© Libro N° 11986.
El 19 De Marzo Y El 2 De Mayo (Episodios
Nacionales). Pérez Galdós, Benito. Emancipación. Diciembre 16 de 2023
Título original: ©
El 19 De Marzo Y El 2 De Mayo (Episodios Nacionales). Benito Pérez
Galdós
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Nacionales). Benito Pérez Galdós
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
(Episodios Nacionales)
Benito Pérez Galdós
El 19 De
Marzo Y El 2 De Mayo (Episodios Nacionales)
Benito
Pérez Galdós
Cubierta
Portada
Preliminares
El O de marzo y el de
mayo
Notas
I
En marzo
de ] R, y cuando habían transcurrido cuatro meses desde que empecé á trabajar
en el oficio de cajista, ya componía con bastante destreza, y ganaba tres
reales por ciento de líneas en la imprenta del Diario de Madrid. No me parecía
muy bien aplicada mi laboriosidad, ni de gran porvenir la carrera tipográfica;
pues aunque toda ella estriba en el manejo de las letras, más tiene de
embrutecedora que de instructiva. Así es que sin dejar el trabajo ni aflojar mi
persistente aplicación, buscaba con el pensamiento horizontes más lejanos y
esfera más honrosa que aquella de nuestra limitada, oscura y sofocante
imprenta.
Mi vida
al principio era tan triste y tan uniforme como aquel oficio, que en sus
rudimentos esclaviza la inteligencia sin entretenerla; pero cuando había
adquirido alguna práctica en tan fastidiosa manipulación, mi espíritu aprendió
á quedarse libre, mientras las veinticinco letras, escapándose por entre mis
dedos, pasaban de la caja al molde. Bastábame, pues, aquella libertad para
soportar con paciencia la esclavitud del sótano en que trabajábamos, el
fastidio de la composición y las impertinencias de nuestro regente, un negro y
tiznado cíclope, más propio de una herrería que de una imprenta.
Necesito
explicarme mejor. Yo pensaba en la huérfana Inés, y todos los organismos de mi
vida espiritual describían sus amplias órbitas alrededor de la imagen de mi
discreta amiga, como los mundos subalternos que voltean sin cesar en torno del
astro que es base del sistema. Cuando mis compañeros de trabajo hablaban de
sus
amores ó de sus trapicheos, yo, necesitando comunicarme con alguien, les
contaba todo sin hacerme de rogar, diciéndoles:
—Mi amiga
está en Aranjuez con su reverendo tío, el padre D. Celestino Santos del Malvar,
uno de los mejores latinos que ha echado Dios al mundo. La infeliz Inés es
huérfana y pobre; pero no por eso dejará de ser mi mujer, con la ayuda de Dios,
que hace grandes á los pequeños. Tiene dieciséis años, es decir, uno menos que
yo, y es tan linda, que avergüenza con su carita á todas las rosas del Real
Sitio. Pero díganme ustedes, señores, ¿qué vale su hermosura comparada con su
talento? Inés es un asombro, es un prodigio; Inés vale más que todos los
sabios, sin que nadie le haya enseñado nada. Todo lo saca de su cabeza, y todo
lo aprendió hace cientos de miles de años.
Cuando no
me ocupaba en estas alabanzas, departía mentalmente con ella. En tanto, las
letras pasaban por mi mano, trocándose de brutal y muda materia en elocuente
lenguaje escrito. ¡Cuánta animación en aquella masa caótica! En la caja, cada
signo parecía representar los elementos de la creación, arrojados aquí y allí,
antes de empezar la grande obra. Poníalos yo en movimiento, y de aquellos
pedazos de plomo surgían sílabas, voces, ideas, juicios, frases, oraciones,
períodos, párrafos, capítulos, discursos, la palabra humana en toda su
majestad; y después, cuando el molde había hecho su papel mecánico, mis dedos
lo descomponían, distribuyendo las letras: cada cual se iba á su casilla, como
los simples que el químico guarda después de separados; los caracteres perdían
su sentido, es decir, su alma, y tornando á ser plomo puro, caían mudos é
insignificantes en la caja.
¡Aquellos
pensamientos y este mecanismo todas las horas, todos los días, semana tras
semana, mes tras mes!... Verdad es que las alegrias, el inefable gozo de los
domingos compensaban todas las tristezas y angustiosas cavilaciones de los
demás días. ¡Ah!, permitid á mi ancianidad que se extasíe con tales recuerdos;
permitid á esta negra nube que se alboroce y se ilumine traspasada por un rayo
de sol. Los sábados eran para mí de una belleza incomparable: su luz me parecía
más clara, su ambiente más puro; y en tanto, ¿quién podía dudar que los rostros
de las gentes eran más alegres, y el aspecto de la ciudad más alegre también?
Pero la
alegría no estaba sino en mi alma. El sábado es el precursor del domingo, y á
eso del mediodía comenzaban mis preparativos de viaje, de aquel viaje al cielo
que mi imaginación renueva hoy, sesenta y cinco años después. Aún me parece que
estoy tratando con los trajineros de la calle Angosta de San Bernardo sobre las
condiciones del viaje: me ajusto al fin, y no puedo menos de disertar un buen
rato con ellos acerca de las probabilidades de que tengamos una hermosa noche
para la expedición. En seguida me lavo una, dos, tres, cuatro veces, hasta que
desaparezcan de mi cara y manos las últimas huellas de la aborrecida tinta, y
me paseo por Madrid esperando que llegue la noche. Duermo un poco, si la
inquietud me lo permite, y cuando el reloj del Buen Suceso da las doce
campanadas más alegres que han retumbado en mi cerebro, me visto á toda prisa
con mi traje nuevo; corro al lado de aquellos buenos arrieros que son sin
disputa los mejores hombres de la tierra; subo al carromato, y ya estoy en
viaje.
Con
voluble atención observo todos los accidentes del camino, y mis preguntas
marean y enfadan á los conductores. Pasamos el puente de Toledo; dejamos á
derecha mano los caminos de Carabanchel y de Toledo, el portazgo de las
Delicias, el ventorrillo de León; las ventas de Villaverde van quedando á
nuestra espalda; dejamos á la derecha los caminos de Getafe y de Parla, y en la
venta de Pinto descansan un poco las caballerías. Valdemoro nos ve pasar por su
augusto recinto, y la casa de postas de Espartinas ofrece nuevo descanso á las
perezosas mulas. Por fin nos amanece bajando la cuesta de la Reina, desde donde
la vista abarca toda la extensión del inmenso valle en que se juntan Tajo y
Jarama; atravesamos el famoso puente largo; entramos más tarde en la calle
larga, y al fin ponemos el pié en la plaza del Real Sitio. Mis miradas buscan
entre los árboles y sobre las techumbres la modesta torre de la iglesia. Corro
allá. El señor D. Celestino está en la misa, que por ser día festivo es
cantada. Desde la puerta oigo la voz del tío de Inés, que exclama: «gloria in
excelsis Deo». Yo también canto «gloria», en voz baja, y entro en la iglesia.
Una alegría solemne y grave, que da idea de la bienaventuranza eterna, llena
aquel recinto y se reproduce en mi alma como en un espejo. Los vidrios
incoloros
permiten
que entre abundante luz, y que se desparrame por la bóveda desnuda, sin más
pinturas que las del yeso mate. El altar mayor es todo oro; los santos y
retablos todos polvo: en el primero veo al santo varón, que se vuelve hacia el
pueblo y abre sus brazos; después consume; suenan las campanillas dentro y las
campanas fuera; se arrodillan todos, golpeándose el pecho pecador. El oficio
adelanta y concluye: durante él he mirado sin cesar los grupos de mujeres
sentadas en el suelo, y de espaldas á mí: entre aquellos centenares de
mantillas negras distingo la que cubre la hermosa cabeza de Inés. La conocería
entre mil.
Inés se
levanta cuando todo ha concluido, y sus ojos me buscan entre los hombres, como
los míos la buscan entre las mujeres. Por fin me ve, nos vemos; pero no nos
decimos una palabra. Le ofrezco agua bendita, y salimos. Parece que nuestras
primeras palabras al vernos juntos han de ser arrebatadas y vehementes; pero no
decimos cosa alguna que no sea insignificante. Nos reímos de todo.
La casa
está á espalda de la iglesia, y entramos en ella cogidos de las manos. Hay un
patio con un ancho corredor, en cuyos gruesos pilares retuerce sus brazos
negros, ásperos y leñosos una vieja parra, junto á un jazmín que aguarda la
primavera para echar al mundo sus mil flores. Subimos, y allí nos recibe D.
Celestino, cuyo cuerpo no se cubre ya con la sotana verdinegra de antaño, sino
con otra flamante. Comemos juntos, y luégo los tres, Inés y yo delante, él
detrás apoyándose en su bastón, nos vamos á pasear al jardín del Príncipe, si
hace buen tiempo y los pisos están secos. Inés y yo charlamos con los ojos ó
con las palabras; pero no quiero referir ahora nuestros poemas. A cada instante
el padre Celestino nos dice que no andemos tan aprisa, porque no puede
seguirnos, y nosotros, que desearíamos volar, detenemos el paso. Por último,
nos sentamos orillas del río, y en el sitio en que el Tajo y el Jarama,
encontrándose de improviso, y cuando seguramente el uno no tenía noticias de la
existencia del otro, se abrazan y confunden sus aguas en una sola corriente,
haciendo de dos vidas una sola. Tan exacta imagen de nosotros mismos no puede
menos de ocurrírsele á Inés al mismo tiempo que á mí.
El día se
va acabando, porque aunque á nuestros corazones les parezca lo contrario, no
hay razón ninguna para que se altere el
sistema
planetario, dando á aquel día más horas que las que le corresponden. Viene la
tarde, el crepúsculo, la noche, y yo me despido para volver á mis galeras;
estoy pensativo, hablo mil desatinos, y á veces me parece que me siento muy
alegre, á veces muy triste. Regreso á Madrid por el mismo camino, y vuelvo á mi
posada. Es lunes, día que tiene un semblante antipático, día de somnolencia, de
malestar, de pereza y aburrimiento; pero necesito volver al trabajo, y la caja
me ofrece sus letras de plomo, que no aguardan más que mis manos para juntarse
y hablar; pero mi mano no conoce en los primeros momentos sino cuatro de
aquellos negros signos que al punto se reúnen para formar este solo nombre:
Inés.
Siento un
golpe en el hombro: es el cíclope ó regente que me llama holgazán, y me pone
delante un papelejo manuscrito que debo componer al instante. Es uno de
aquellos interesantes y conmovedores anuncios del Diario de Madrid, que dicen:
«Se necesita un joven de diecisiete á dieciocho años, que sepa de cuentas,
afeitar, algo de peinar, aunque sólo sea de hombre, y guisar si se ofreciere.
El que tenga estas partes, y además buenos informes, puede dirigirse á la calle
de la Sal, número , frente a los peineros,
lonja de lanería y pañolería de D. Mauro Requejo, donde se tratará del salario
y demás».
Al leer
el nombre del tendero, un recuerdo viene á mi mente: —D.
Mauro
Requejo—digo—. Yo he oído este nombre en alguna parte.
II
He
recordado días tan felices, y ahora me corresponde contar lo que me pasó en uno
de aquellos viajes. No se olvide que he empezado mi narración en marzo de F L,
y cuando ya había honrado el Real Sitio con diez ó doce de mis visitas. En el
día á que me refiero, llegué cuando la misa había concluido, y desde el portal
de la
casa, un armonioso son de flauta me anunció que D. Celestino estaba tan alegre
como de costumbre, señal de que nada desagradable ocurría en la modesta
familia. Inés salió á recibirme, y hechos los primeros cumplidos, me dijo:
—El tío
Celestino ha recibido una carta de Madrid, que le ha puesto muy alegre.
—¿De
quién?—pregunté.
—No me lo
ha dicho su merced, ni tampoco lo que la carta reza; pero él está contento y...
dice que la carta trae muy buenas noticias para mí.
—Eso es
particular—añadí confundido—. ¿Quién puede escribir desde Madrid cartas que á
tí te traigan buenas noticias?
—No sé;
pero pronto saldremos de dudas—repuso Inés—. El tío me dijo: «Cuando venga
Gabriel y nos sentemos á la mesa, os contaré lo que dice la carta. Es cosa que
interesa á los tres: á tí principalmente, porque eres la favorecida; á mí
porque soy tu tío, y á él porque va á ser tu novio cuando tenga edad para
ello».
No
hablamos más del caso, y entré en el cuarto del buen sacerdote y humanista. Una
cama, cubierta de blanquísima colcha pintada de verdes ramos, ocupaba el primer
puesto en el reducido local. La mesa de pino con dos ó tres sillas que le
servían de simétrica compañía, llenaba el resto, y aún quedaba espacio para una
cómoda estrambótica, con chapas y remiendos de diversos palos y metales.
Completaban tan modesto ajuar un crucifijo y una virgen vestida de terciopelo,
y acribillada de espadas y rayos, ambas imágenes con sendos ramos de carrasca ó
de olivo clavados en varios agujeritos que para el caso tenían las peanas. Los
libros, que eran muchos, no cubrían, por el orden de su colocación, más que
media mesa y media cómoda, dejando hueco para algunos papeles de música y otros
en que borrajeaba versos latinos el buen cura. Desde la ventana se veía un
huerto no mal cultivado, y á lo lejos las elevadas puntas de aquellos olmos
eminentes que guarnecen, como hileras de gigantescos centinelas, todas las
avenidas del Real Sitio. Tal era la habitación del padre Celestino.
Sentámonos
los tres, y el tío de Inés me dijo:
—Gabrielillo:
tengo que leerte una poesía latina que he
compuesto
en loor del serenísimo señor Príncipe de la Paz, mi
paisano,
amigo y aun creo que pariente. Me ha costado una semanita de trabajo; que
componer versos latinos no es soplar buñuelos. Verás, te la voy á leer, pues
aunque tú no eres hombre de letras, qué sé yo... tienes un pícaro gancho para
comprender las cosas... Luégo pienso enviarla á Sánchez Barbero, el primero de
los poetas españoles desde que hay poesía en España; y no me hablen
á mí de Fray Luis de León, de Rioja, de
Herrera, ni de todos esos que compusieron en romance. Fruslerías y juegos de
chicos. Un verso latino de Sánchez Barbero vale más que toda esa jerga de
epístolas, sonetos, silvas, églogas, canciones con que se embobaba el vulgo
ignorante... Pero vuelvo á lo que decía, y es que antes que aquel fénix de los
modernos ingenios la examine, quiero leértela á tí
á ver que te parece.
—Pero,
Sr. D. Celestino, si yo no sé ni una palabra en latín, á no ser Dominus
vobiscum y bóbilis bóbilis.
—Eso no
importa. Precisamente los profanos son los que mejor pueden apreciar la
armonía, la rimbombancia, el ore rotundo, con que tales versos deben
escribirse—dijo el clérigo con tenacidad implacable.
Inés me
dirigió una mirada en que me recomendaba, con su habitual sabiduría, la
abnegación y la paciencia para soportar al prójimo impertinente. Ambos
prestamos atención, y D. Celestino nos leyó unos cuatrocientos versos, que
sonaban en mi oído como una serie de modulaciones sin sentido. Él parecía muy
satisfecho, y á cada instante interrumpía su lectura para decirnos: ¿Qué os
parece este pasajillo? Inés: á esa figura llamamos litote, y á este paloteo de
las palabras para imitar los ruidos del mar tempestuoso de la nación cuando lo
surca la nave del Estado, diestramente guiada por el timonel que yo me sé, se
llama onomatopeya, la cual figura va encajada en otra, que es la alegoría.
Así nos
fué leyendo toda la composición, de la cual figúrense ustedes lo que
entenderíamos. Aún conservo en mi poder la obra de nuestro amigo, que empieza
así:
Te,
Godoie, canam: pacis tua munera coelo
Inserere
aegrediar: per te Pax alma biformem
Vincla
recusantem conduxit carcere Janum.
Cuatrocientos
versos por este estilo nos tragamos Inés y yo, siendo de notar que ella atendía
á la lectura con tanta formalidad como si la comprendiera, y aun en los pasajes
más ruidosos hacía señales de asentimiento y elogio para contentar al pobre
viejo: ¡tal era su discreción!
—Puesto
que os ha agradado tanto, hijos míos—dijo D. Celestino guardando su
manuscrito—, otro día os leeré parte del poema. Lo dejo para otra ocasión, y
así se comparte el placer entre varios días, evitando el empacho que produce la
sucesión de manjares demasiado dulces y apetitosos.
—¿Y
piensa usted leérsela también al Príncipe de la Paz? —¿Pues para qué la he
escrito? A Su Alteza Serenísima le encantan los versos latinos... porque es un
gran latino..., y pienso darle un buen rato uno de estos días. Y á propósito,
¿qué se dice por Madrid? Aquí está la gente bastante alarmada. ¿Pasa allá lo
mismo?
—Allá no
saben qué pensar. Figúrese usted, la cosa no es para menos. Temen á los
franceses, que están entrando en España á más y mejor. Dicen que el Rey no dio
permiso para que entrara tanta gente, y parece que Napoleón se burla de la
corte de España, y no hace maldito caso de lo que trató con ella.
—Es gente
de pocos alcances la que tal dice—repuso D. Celestino—. Ya saben Godoy y
Bonaparte lo que se hacen. Aquí todos quieren saber tanto como los que mandan;
de modo que se oyen unos disparates...
—Lo de
Portugal ha resultado muy distinto de lo que se creía. Un general francés se
plantó allá, y cuando la Familia Real se marchó para América, dijo: «Aquí no
manda nadie más que el Emperador, y yo en su nombre. Vengan cuatrocientos
milloncitos de reales; vengan los bienes de los nobles que se han ido al Brasil
con la Familia real».
—No
juzguemos por las apariencias—dijo D. Celestino—: sabe Dios lo que habrá en
eso.
—En
España van á hacer lo mismo—añadí—; y como los Reyes están llenos de miedo, y
el Príncipe de la Paz tan aturullado, que no sabe qué hacer...
—¿Qué
estás diciendo, tontuelo? ¿Cómo tratas con tan poco respeto á ese espejo de los
diplomáticos, á esa natilla de los ministros? ¿Qué no sabe lo que se hace?
—Lo
dicho, dicho. Napoleón les engaña á todos. En Madrid hay muchos que se alegran
de ver entrar tanta tropa francesa, porque creen que viene á poner en el trono
al príncipe Fernando. ¡Buenos tontos están!
—¡Tontos,
mentecatos, imbéciles!—exclamó con enfado el padre Celestino.
—Lo que
fuere sonará. Si vienen con buen fin esos caballeros, ¿por qué se apoderan por
sorpresa de las principales plazas y fortalezas? Primero se metieron en
Pamplona, engañando á la guarnición; después se colaron en Barcelona, donde hay
un castillo muy grande que llaman el de Montjuich. Después fueron á otro
castillo que hay en Figueras, el cual no es menos grande, el mayor del mundo,
según dice Pacorro Chinitas, y lo cogieron también, y, por último, se han
metido en San Sebastián. Digan lo que quieran, esos hombres no vienen como
amigos. El ejército español está trinando; sobre todo, hay que oir á los
oficiales que vienen del Norte y han visto á los franceses en las plazas
fuertes...; le digo á usted que echan chispas. El gobierno del rey Carlos IV
está que no le llega la camisa al cuerpo, y todos conocen la barbaridad que han
hecho dejando entrar á los franceses; pero ya no tiene remedio...
¿Sabe
usted lo que se dice por Madrid?
—¿Qué,
hijo mío? Sin duda alguna de esas vulgarísimas aberraciones propias de
entendimientos romos. Ya lo he dicho: nosotros no entendemos de negocios de
Estado; ¿a qué viene el comentar las combinaciones y planes de esos hombres
eminentes, que se desviven por hacernos felices?
—Pues
allá dicen que la Familia Real de España, viéndose cogida en la red por
Bonaparte, ha determinado marcharse á América, y que no tardará en salir de
Aranjuez para Cádiz. Por supuesto, los partidarios del príncipe Fernando se
alegran, y creen que esto les viene de perillas para que el otro suba al trono.
—¡Necios,
mentecatos!—exclamó el tío de Inés, incomodándose de nuevo—. ¡Pensar que había
de consentir tal cosa el señor Príncipe de la Paz, mi paisano, amigo y aun creo
que pariente!...
Pero no
nos incomodemos fuera de tiempo, Gabriel, y por cosas que no hemos de resolver
nosotros. Vamos á comer, que ya es hora, y el cuerpo lo pide.
Inés, que
se había retirado un momento antes, volvió á decirnos que la comida estaba
pronta. Durante ella, fué cuando el respetable cura nos comunicó el contenido
de la misteriosa carta que había llegado á la casa por la mañana.
—Hijos
míos—dijo cuando los tres habíamos tomado asiento—: voy á participaros un
suceso feliz; tú, Inesilla, regocíjate. La fortuna se te entra por las puertas,
y ahora vas á ver cómo Dios no abandona nunca á los desvalidos y menesterosos.
Ya sabes que tu buena madre, que santa gloria haya, tenía un primo llamado D.
Mauro Requejo, comerciante en telas, cuya lonja, si no me engaño, cae hacia la
calle de Postas, esquina á la de la Sal.
—D. Mauro
Requejo...—dije yo recordando—, justamente. Doña Juana le nombró delante de mí
varias veces, y ahora caigo en que ese comerciante pone en el Diario unos
anuncios que me dan bastante que hacer.
—Le
recuerdo—dijo Inés—. Él y su hermana eran los únicos parientes que tenía mi
madre en Madrid. Por cierto que siempre se negó á favorecernos, aunque lo
necesitábamos bastante: dos veces le ví en casa. ¿Creería su merced que fué á
consolarnos, á socorrernos? No; fué á que mi madre le hiciera algunas piezas de
ropa, y después de regatear el precio, no pagó más que la mitad de lo tratado,
y decía: «De algo ha de servir el parentesco». Él y su hermana no hablaban más
que de su honradez ó de lo mucho que habían adelantado en el comercio, y nos
echaban en cara nuestra pobreza, prohibiéndonos que fuéramos á su casa,
mientras no nos encontráramos en posición más desahogada.
—Pues
digo—exclamé con enfado—que ese D. Mauro y su señora hermana son dos
grandísimos pillos.
—Poco á
poco—continuó el cura—. Déjenme acabar. El primo de tu madre habrá faltado;
pero lo que es ahora, sin duda, Dios le ha tocado en el corazón, y se dispone á
enmendar sus yerros, favoreciéndote como buen pariente y hombre caritativo. Ya
sabes que es bastante rico, gracias á su laboriosidad y mucha economía. Pues
bien: en la carta que he recibido esta mañana me dice que
quiere
recogerte y ampararte en su casa, donde estarás como una reina; donde no te
faltara nada, ni aun aquello de que gustan tanto las damiselas del día, tal
como joyas, trajes bonitos, perfumes primorosos, guantes y otras fruslerías. En
fin, Dios se ha acordado de ti, sobrinita. ¡Ah! ¡Si vieras qué interés tan
grande demuestra por tí en su carta; que alabanzas tan calurosas hace de tus
méritos; si vieras cómo te pone por esas nubes, cómo lamenta tu orfandad y cómo
se enternece considerando que eres de su misma sangre, y que, á pesar de esta
natural preeminencia, careces de lo que á él le sobra! Te repito que trabajando
mucho y ahorrando más, el señor Requejo ha llegado á ser muy rico. ¡Qué
porvenir te espera, Inesilla! El párrafo más conmovedor de la carta de tus
tíos—añadió sacando la epístola—es este: «¿A quién hemos de dejar lo que
tenemos, sino á nuestra querida sobrinita?».
Inés,
confundida ante tan inesperado cambio en los sentimientos y en la conducta de
sus antes cruelísimos parientes, no sabía qué pensar. Me miró, buscando sin
duda en mis ojos algo que le diera luz sobre tan inexplicable mudanza; mas yo,
que algo creía comprender, me guardé muy bien de dejarlo traslucir ni con
palabras ni con gestos.
—Estoy
asombrada—dijo la muchacha—; y por fuerza, para que mis tíos me quieran tanto,
ha de haber algún motivo que no comprendemos.
—No hay
más sino que Dios les ha abierto los ojos—dijo D. Celestino, firme en su
ingenuo optimismo—. ¿Por qué hemos de pensar mal de todas las cosas? D. Mauro
es un hombre honrado; podrá tener sus defectillos; pero ¿qué valen esos ligeros
celajes del alma cuando está iluminada por los resplandores de la caridad?
Inés,
mirándome, parecía decirme:
—¿Y tú
qué piensas?
Algunos
meses antes de aquel suceso, yo hubiera acogido las proposiciones de D. Mauro
Requejo con el imprevisor optimismo, con el necio entusiasmo que afluían de mi
alma juvenil ante los acontecimientos nuevos é inesperados; pero las
contrariedades me habían dado alguna experiencia: conocía ya los rudimentos de
la ciencia del corazón, y el mío principiaba á reunir ese tesoro de
desconfianzas,
merced á las cuales medimos los pasos peligrosos de la vida. Así es que
respondí sencillamente:
—Puesto
que ese tu reverendo tío era antes un bribón, no sé por qué le hemos de creer
santo ahora.
—Tú eres
un chicuelo sin experiencia—me dijo D. Celestino algo enojado—, y yo no debiera
consultar esto contigo. ¡Si sabré yo distinguir lo verdadero de lo falso! Y
sobre todo, Inés, si él quiere favorecerte, poniéndote en pié de gente grande;
si él quiere gastarse sus ahorros con su querida sobrina, ¿por qué no lo has de
aceptar? Mucho más podría decirte; pero él mismo en persona te explicará mejor
el gran cariño que te tiene.
—¿Pues
qué—preguntó Inés turbada—, vendrá á Aranjuez? —Sí, chiquilla—repuso el
clérigo—. Yo te reservaba esta noticia
para lo
último. El domingo próximo tendrás el gusto de ver aquí á tu amado tío y
protector. ¡Ah, Inés! Mucho sentiré separarme de tí; pero serviráme de consuelo
la idea de que estás contenta, de que disfrutas mil comodidades que yo no te
puedo dar. Y cuando este viejo incapaz eche un paseito á Madrid para visitarte,
espero que le recibirás con alegría y sin orgullo; espero que no te ofuscará la
ruin vanidad al considerarte en posición superior á la mía, porque tío por tío,
hermano soy de tu difunto padre, mientras que el otro...
D.
Celestino estaba conmovido, y yo también, aunque por distinta causa.
—Sí—continuó
el cura—. Dentro de ocho días tendremos aquí á ese eminente tendero de la calle
de la Sal. Me dice que habiendo comprado unas tierras en Aranjuez, junto á la
laguna de Ontígola, vendrá con el doble objeto de conocer su finca y de verte.
Él espera que irás á Madrid en su compañía y en la de su hermana doña
Restituta, á quien también tendremos el gusto de ver en casa.
Después
de oir esto, todos callamos. Revolviendo en mi cabeza extraños y no muy alegres
pensamientos, dije á Inés:
—Pero ese
hombre, ¿es casado?
Ella leyó
en mi interior con su intuición incomparable, y me respondió con viveza:
—Es
viudo.
Después
volvimos á callar, y sólo D. Celestino, tarareando una antífona, interrumpía
nuestro grave silencio. sentimos ruido de
voces en
el patio de la casa; levantámonos, y saliendo yo al corredor, oí una voz hueca
y áspera que decía: «¿Vive aquí el latino y músico D. Celestino Santos del
Malvar, cura de la parroquia?».
D. Mauro
Requejo y su hermana doña Restituta, tíos de Inés, habían llegado.
III
Entraron
en la habitación donde estábamos, y al punto que D. Mauro vió á su sobrina,
dirigióse á ella con los brazos abiertos, y al estrecharla en ellos, exclamó
endulzando la voz:
—¡Inés de
mi alma, inocente hija de la pobre Juana! Al fin, al fin te veo. Bendito sea
Dios que me ha dado este consuelo. ¡Qué linda eres! Ven, déjame que te abrace
otra vez.
Doña
Restituta hizo lo mismo, pero exagerando hasta lo sumo el mohín lacrimoso de su
rostro, así como la apretura de sus abrazos; y luégo que ambos hubieron
desahogado así sus amantes corazones, saludaron á D. Celestino, quien no pudo
menos de derramar algunas lágrimas al ver tal explosión de sensibilidad. Por mi
parte, de buena gana habría correspondido con bofetones á los abrazos con que
estrujaban á Inés aquellos gansos, cuya descripción no puedo menos de
considerar ahora como indispensable.
D. Mauro
Requejo era un hombre izquierdo. Creo que no necesito decir más. ¿No habéis
entendido? Pues lo explicaré mejor. ¿Ha sido la naturaleza ó es la costumbre
quien ha dispuesto que una mitad del cuerpo humano se distinga por su habilidad
y la otra mitad por su torpeza? Una de nuestras manos es inepta para la
escritura, y en los trabajos mecánicos solo sirve para ayudar á su experta
compañera, la derecha. Esta hace todo lo importante: en el piano ejecuta la
melodía; en el violín lleva el arco, que es la expresión; en la esgrima maneja
la espada; en la náutica el timón; en la pintura el
pincel;
es la que abofetea en las disputas; la que hace la señal de la cruz en el rezo,
y la que castiga el pecho en la penitencia. Iguales disposiciones tiene el pié
derecho; si algo eminente y extraordinario ha de hacerse en el baile, es
indudable que lo hará el pié derecho; él es también el que salta en la fuga, el
que golpea la tierra con ira en la desesperación, el que ahuyenta al perro
atrevido, el que aplasta al sucio reptil, el que sirve de ariete para atacar á
un despreciable enemigo que no merece ser herido por delante. Esta superioridad
mecánica, muscular y nerviosa de las extremidades derechas se extiende á todo
el organismo. Cuando estamos perplejos sin saber qué dirección tomar, si el
cuerpo se abandona á su instinto, se inclinará hacia la derecha, y los ojos
buscarán la derecha como un oriente desconocido. Al mismo tiempo en el lado
siniestro todo es torpeza, todo subordinación, todo ineptitud; cuanto hace por
sí resulta torcido, y su inferioridad es tan notoria, que ni aun en desarrollo
puede igualar al otro lado. La mitad de todo hombre es generalmente más pequeña
que la otra: para equilibrarlas, sin duda, se dispuso que el corazón ocupara el
costado izquierdo.
Hemos
hecho tan fastidiosa digresión para que se comprenda lo que dijimos de D. Mauro
Requejo. Los dos lados de aquel hombre eran dos lados izquierdos; es decir, que
todo él era torpe, inepto, vacilante, inhábil, pesado, brusco, embarazoso. No
sé si me explico. Parecía que le estorbaban sus propias manos: al verle mirar
de un lado para otro, creeríase que buscaba un rincón donde arrojar aquellos
miembros inútiles, cubiertos con guantes sin medida, que quitaban la
sensibilidad á los oprimidos dedos, hasta el punto de que su dueño no los
conocía por suyos.
Habíase
sentado en el borde de la silla, y sus piernas, pequeñas y rígidas, no eran los
miembros que reposan con compostura: extendíanse á un lado y otro como las dos
muletas que un cojo deja junto á sí. Ya no le servían para nada, sino para
arrastrar de aquí para allí los pesados pies. Al quitarse el sombrero,
dejándolo en el suelo; al limpiarse el sudor con un luengo pañuelo de cuadros
encarnados y azules parecía el mozo de cuerda que se descarga de un gran fardo.
La buena ropa que vestía no era adorno de su cuerpo, pues él no estaba vestido
con ella, sino ella puesta en él. En
cuanto á
los guantes, embruteciéndole las manos, se las convertían en pies. A cada
instante se tocaba los dijes del reloj y los encajes de las chorreras para
cerciorarse de que no se le habían caído; pero como tras la gamuza había
desaparecido el tacto, necesitaba emplear la vista, y esto le hacía semejante á
un mono que al despertar una mañana se encontrase vestido de pies á cabeza.
Su
inquietud era extraordinaria, como la de un cuerpo mortificado por infinito
número de picazones, y cada pliegue del traje debía hacer llaga en sus
sensibles carnes. A veces aquella inerte manopla de ante amarillo, rellena de
dedos tiesos é insensibles, partía en dirección del sobaco ó de la cintura con
la ansiosa rapidez de una mano que va á rascar; pero se contenía subiendo á
acariciar la barba recién afeitada. También movía con frecuencia el cuello,
como si algún bicho extraño agarrado á su occipucio juguetease en el pescuezo
entre el pelo y la solapa. Era el coleto encebado que irreverentemente se metía
entre piel y camisa, ó escarbaba la oreja. La mano de ante amarillo se alzaba
también en aquella dirección; pero también se detenía pasando á frotar la
rodilla.
La cara
de D. Mauro Requejo era redonda como una muestra de reloj: no estaba en su
sitio la nariz, que se inclinaba del un hemisferio buscando el carrillo
siniestro que, por obra y gracia de cierto lobanillo, era más voluminoso que su
compañero. Los ojos verdosos y bien puestos bajo cejas negras y un poco
achinescadas, tenían el brillo de la astucia, mientras que su boca,
insignificante si no la afearan los dos ó tres dientes carcomidos que alguna
vez se asomaban por entre los labios, tenía todos los repulgos y mohines que el
palurdo marrullero estudia para engañar á sus semejantes. La risa de D. Mauro
Requejo era repentina y sonora; en la generalidad de las personas este fenómeno
fisiológico empieza y acaba gradualmente, porque acompaña á estados particulares
del espíritu, el cual no funciona, que sepamos, con la rigurosa precisión de
una máquina. Muy al contrario de esto, nuestro personaje tenía sin duda en su
organismo un resorte para la risa, de la cual pasaba
á la seriedad tan bruscamente como si un
dedo misterioso se quitara de la tecla de lo alegre para oprimir la de lo
grave. Yo creo que él en su interior pensaba así: «Ahora conviene reír», y
reía.
IV
Es
imposible decir si doña Restituta sería más joven ó más vieja que su hermano:
ambos parecían haber pasado bastante más allá de los cuarenta años; pero si en
la edad se asemejaban, no así en la cara ni en el gesto, pues Restituta era una
mujer que no se estorbaba á sí misma y que sabía estarse quieta. Había en ella,
si no fineza de modales, esa holgada soltura, propia de quien ha hablado con
gente por mucho tiempo. Comparando aquellas dos ramas humanas de un mismo
tronco, se decía: «Mauro ha estado toda la vida cargando fardos, y Restituta
midiendo y vendiendo; el uno es un sabandijo de almacén, y la otra la
bestezuela enredadora de la tienda».
Alta y
flaca, con esa tez impasible y uniforme que parece un forro; de manos largas y
feas, á quien el continuo escurrirse por entre telas había dado cierta
flexibilidad; de pelo escaso, y tan lustrosamente aplastado sobre el casco, que
más parecía pintura que cabello; con su nariz encarnadita y algo granulenta,
aunque jamás fué amiga de oler lo de Arganda; la boca plegada y de rincones
caídos, la barba un poco velluda, y un mirar así entre tarde y noche, como de
ojos que miran y no miran, Restituta Requejo era una persona cuyo aspecto no
predisponía á primera vista ni en contra ni en favor. Oyéndola hablar,
tratándola, se advertía en ella no sé qué de escurridizo, que se escapaba á la
observación, y se caía en la cuenta de que era preciso tratarla por mucho
tiempo para poder hacer presa con dedos muy diestros en la piel húmeda de aquel
carácter que para esconderse poseía la presteza del saurio y la flexibilidad
del ofidio. Pero dejemos estas consideraciones para su lugar, y por ahora
conténtense ustedes con oir hablar á los tíos de Inés.
—Este
estaba tan impaciente por venir—dijo Restituta, señalando
á su hermano—, que con la prisa nos fué
imposible traer alguna cosita, como hubiéramos deseado.
D.
Celestino les dio las gracias con su amable sonrisa.
—Tenía
tanta impaciencia por venir á ver esas tierras—dijo D. Mauro—, que..., y al
mismo tiempo el alma se me arrancaba en cuajarones al pensar en mi querida
sobrinita, huérfana y abandonada...; porque las tierras, señor D. Celestino, no
son ningún muladar, señor D. Celestino, y me han costado obra de trescientos
cuarenta y ocho reales, trece maravedíes, sin contar las diligencias ni el
porqué de la escritura. Sí, señor: ya está pagado todo, peseta sobre peseta.
—Todo
pagado—indicó doña Restituta, mirando uno tras otro á los tres que estábamos
presentes—. A este no le gusta deber nada.
—¡Quiten
para allá! Antes me dejo ahorcar que deber un maravedí—exclamó D. Mauro,
llevando la manopla á la garganta, oprimida por el corbatín.
—En casa
no ha habido nunca trampas—añadió la hermana.
—A eso
deben ustedes el haber adelantado tanto—dijo D.
Celestino.
—La
suerte..., eso sí; hemos tenido suerte—dijo Requejo—.
Luégo,
esta es tan trabajadora, tan ahorrativa, tan hormiguita...
—Pero
todo se debe á tu honradez—añadió Restituta—. Sí, créanlo ustedes, á su
honradez. Este tiene tal fama entre los comerciantes, que le entregarían los
tesoros del Rey.
—En
fin..., algo se ha hecho, gracias á Dios y á nuestro trabajo. Si fuera á hacer
caso de esta, compraría tierras y más tierras. A esta no le gustan sino las
fincas.
—Y con
razón: si este me hiciera caso—dijo la hermana, mirando otra vez sucesivamente
á los circunstantes—, todas nuestras ganancias se emplearían en tierras de
labor.
—Como yo
soy así, tan... pues—afirmó Requejo.
—Sin
soberbia, señor D. Celestino—dijo Restituta—, bueno es aparentar que se tiene
lo que se tiene.
—Y me
hace comprar vestidos, sombreros, alhajas—indicó D. Mauro—. Qué sé yo la
tremolina de cosas que ha entrado en casa. Ello, como se puede... Vea usted
esta cadena—añadió, mostrando á D. Celestino una que traía al cuello—; vea
usted también este alfiler. ¿Cuánto cree usted que me han costado? La
friolerita de mil reales... pchs; yo no quería; pero esta se empeñó, y como se
puede...
—Son
hermosas piezas.
—Y bien
te dije que te quedaras también con la tumbaga de la esmeralda, que ya
recordarás la daban por poco más de nada. Es una lástima que la haya tomado el
duque de Altamira.
Al decir
esto nos miraban, y nosotros les contestábamos con señales de asentimiento,
pero sin palabras, porque ni á Inés ni á mí se nos ocurrían.
—Pero
¿cómo está ahí mi sobrina tan calladita?—dijo Requejo riéndose de improviso y
quedándose muy serio un instante después. Inés se sonrojó y no dijo nada,
porque, en efecto, no tenía nada
que
decir.
—¡Ay, no
puede negar la pinta! ¡Cómo se parece á su madre, á la pobre Juana, mi prima
querida!—exclamó Requejo llevándose la manopla á la boca para tapar un
bostezo—.¡Y qué pronto se murió la pobrecita!
—Ya que
pasó á mejor vida aquella santa y ejemplar mujer—dijo Restituta—, no la
nombremos, porque así se renueva nuestro dolor y el de esta pobre muchacha,
aunque ella es niña, y los niños se consuelan más fácilmente.
Inés no
dijo nada tampoco; pero el color encendido de su rostro se trocó en intensa
palidez. Creyó conveniente el cura variar la conversación, y dijo:
—¿Y ha
visto usted esas tierras de la laguna de Ontígola? —Todavía no—respondió
Requejo—; pero me han dicho que son
magníficas.
Pchs..., para mí, poca cosa. Esta se empeñó en que me quedara con ellas, y al
fin me decidí. Allá en el país tenemos muchas más, que hemos ido comprando poco
á poco.
—En su
país de usted, hacia el Bierzo si no me engaño. —Más acá del Bierzo, en
Santiagomillas, que es tierra de
Maragatería.
De allí semos todos, y allí esta todavía el solar de los Requejos.
—Familia
hidalga, según creo—afirmó el cura.
—Ello...
no deja de tener uno su motu propio—contestó D. Mauro —; y según nos decía un
sabio escribano de mi pueblo, nuestros ascendientes tenían un gran quejigar, de
donde les vino el nombre de Requejo.
—Así debe
de ser: los más ilustres apellidos traen su origen de alguna yerba ó legumbre.
Y si no, ahí están en la Roma antigua los Lentulos, los Fabios y los Pisones,
que se llamaban así porque alguno de sus mayores cultivó las lentejas, las
habas y los guisantes. En cuanto á mí, creo que este nombre de Malvar me viene
de que algún abuelo mío se pintaba solo para el cultivo de las malvas.
—Pues yo
creo—dijo D. Mauro volviendo á reír—que eso de que la nobleza viene de las
guerras y de las hazañas de algunos caballeros es pura mentira. Que no me
vengan á mí con bolas; yo no creo que haya habido nunca esas heroicidades. No
hay más sino que los reyes hicieron duque á uno porque tenía un huerto de
coles, y á otro marqués porque sabía escoger melones. De todos modos, nuestra
familia no viene de ningún cardo borriquero.
—Y venga
de donde viniere—dijo doña Restituta—, lo principal es lo principal. Lo que es
en nuestra casa, señor D. Celestino, no falta nada en gracia de Dios, y aunque
por fuera no gastamos lujo, ni nos gusta andar en carroza, ni figurar, lo que
es la gallina en el puchero todos los días..., eso sí: este y yo no nos podemos
pasar sin ciertas comodidades.
—Lo que
es por mí—interrumpió Requejo—, con cualquier cosa me sustento. Teniendo un
pedazo de pan, otro de tocino y agua de la fuente del Berro, vamos viviendo;
pero esta se empeña en poner las cosas en buen pie. Todos los días ha de traer
libra y media de carne de vaca, y jamón rancio á morrillo, y abadejo del mejor
todos los viernes, y para cenar una perdiz por barba, y los domingos tres
capones, y por Navidad y por el día de san Mauro, que es el O de enero, ó por
san Restituto, que es el V de junio, andan los pavos por casa como si esta
fuese la era del Mico. El mayordomo de los duques de Medina de Rioseco, que
suele ir á casa á pedirnos dinero prestado, se queda estupefacto de ver tanta
abundancia, y dice que no ha visto despensa como la nuestra.
—Eso
sí—dijo Restituta—, no nos duele gastar en el plato, ni en buena ropa para
vestir, ni en buen cisco de retama para la lumbre. Vivimos tranquilos y
felices. Nuestra única pena ha consistido hasta ahora en no tener una persona
querida á quien dejar lo que poseemos, cuando Dios se sirva llamarnos á su
santa gloria; porque
los
parientes que nos quedan en Santiagomillas son unos pícaros que nos dan mucho
que hacer.
Al oir
esto, D. Mauro movió el resorte de la risa y miró á Inés, diciendo:
—Pero
aquí nos depara Dios á nuestra querida sobrinita, á esta rosa temprana, á esta
señoritica que parece un ángel: ¡ay!, si no puede negar la pinta, si es éntica
á su madre...
—Por
Dios, Mauro—exclamó Restituta—, no traigas á la memoria
á aquella santa mujer, porque yo estoy
todavía tan impresionada con su muerte, que si la recuerdo se me vienen las
lágrimas á los ojos.
—Todo sea
por Dios, y hágase su santa voluntad—dijo Requejo tocando el resorte de la
seriedad—. Lo que digo es que cuanto tengo y pueda tener será para esta
palomita torcaz, pues todo se lo merece ella con su cara de princesa.
—Ya,
ya...—indicó Restituta guiñando el ojo—, que no tendrá pretendientes en gracia
de Dios. Marquesitos y condesitos conozco yo que no suspirarán poco debajo de
nuestras ventanas cuando sepan que guardamos en casa tal primor.
—Pelambrones,
hija, pelambrones sin un cuarto—añadió Requejo —. Cuando la niña haya de tomar
estado, ya le buscaremos un joven de una de las principales familias de España,
que sea digno de llevarse esta joya.
—Eso por
de contado. Casas hay muy ricas, donde no es todo apariencia, y mayorazgos
conozco que en cuanto la vean y sepan la riqueza que ha de heredar de sus tíos,
beberán los vientos por conseguir su mano. A fe mía que nuestra casa no es
ningún guiñapo, y cuando pongamos en la sala las cortinas de sarga verde con
ramos amarillos, y aquellos pájaros color de pensamiento que parecen vivos, no
estará de mal ver para recibir en ella á todos los señores del Consejo Real.
¡Pues poco tono se va á dar la niñita en su gran casa!
D.
Celestino, viendo que su sobrina no contestaba nada á tan patéticas
demostraciones de afecto, creyó conveniente hablar así:
—Ella les
agradece á ustedes con toda el alma los beneficios que va á recibir.
—Ya estoy
contento, señor D. Celestino—dijo Requejo—. Una cosa me faltaba, y ya la tengo.
Inés será mi heredera. Inés se casará con una persona que la merezca y que
traiga también buenas peluconas; ella será feliz y nosotros también.
—No
hables mucho de eso, porque lloro—dijo doña Restituta—. ¡Qué gusto es tener
quien la acompañe á una en la soledad, y quien comparta las comodidades que
Dios y nuestro trabajo nos han proporcionado! ¡Ay! Inesita, eres tan linda, que
me recuerdas mi mocedad cuando iba á jugar á la huerta del convento de las
madres Recoletas de Sahagún, donde me crié. Me parece que si ahora te separaran
de mí, no tendría fuerzas para vivir.
Diciendo
esto, abrazó á Inés, y parecióme que el forro de su cara, es decir, la piel, se
teñía de un leve rosicler.
—Puesto
que Inés está impaciente por irse con nosotros—dijo Requejo—, esta misma tarde
nos la llevaremos.
—¡Cómo!
¡Esta tarde! ¡Yo!—exclamó ella vivamente.
—Hija
mía—dijo Restituta—, no conviene disimular el cariño que nos tienes. Somos tus
tíos, y de veras te digo que no debes agradecernos lo que hacemos por ti, pues
obligación nuestra es.
—Tal vez
ponga reparos á ir con ustedes así..., tan pronto—indicó con timidez D.
Celestino—; pero no dudo que comprenda pronto las ventajas de su nueva
posición, y se decida.
—¡Que no
quiere venir!—exclamó Requejo con asombro—. ¿Conque nuestra sobrina no nos
quiere? ¡Jesús! ¡Mayor desgracia!
—Sí...
les quiere á ustedes—añadió el cura, tratando de conciliar la repugnancia que
notaba en el semblante de Inés con el deseo de los Requejos.
—Hermano,
no sabes lo que te dices—afirmó Restituta—. Nuestra sobrina es un dechado de
modestia, de ingenuidad y de sencillez. ¿Quieres que se ponga ahora á hacer
aspavientos en medio de la sala, saltando y brincando de gusto porque nos la
llevamos? Eso no estaría bien. Por el contrario—prosiguió la hermana de D.
Mauro—, se está muy calladita, y como muchacha honesta y bien criada..., ¡ya se
ve!, como hija de aquella santa mujer..., disimula su alborozo y se está así,
mano sobre mano, bendiciendo mentalmente á Dios por la suerte que le depara.
—Entonces,
señor D. Celestino—dijo Requejo—, nosotros nos vamos ahora á ver esas tierras
de Ontígola, que están ahí hacia la parte de Titulcia, y por la tarde, cuando
volvamos, Inés estará preparada para venirse con nosotros á Madrid.
—No tengo
inconveniente, si ella está conforme—repuso el clérigo, mirando á su sobrina.
Mas no
dieron tiempo á que esta expresara su opinión sobre aquel viaje, porque los
Requejos se levantaron para marcharse, diciendo que un coche de dos mulas les
esperaba en el paradero del Rincón. Abrazaron por turno dos ó tres veces á su
sobrina; hicieron ridículas cortesías á D. Celestino, y sin dignarse mirarme,
lo cual me honró mucho, salieron, dejando al clérigo muy complacido, á Inés
absorta y á mí furioso.
V
Al punto
se trató de resolver en consejo de familia lo que debía hacerse; pero deseando
yo conferenciar con el buen cura para decirle lo que Inés no debía oir, rogué á
esta que nos dejase solos, y hablamos así:
—¿Será
usted capaz, señor D. Celestino, de consentir que Inés vaya á vivir con ese
ganso de D. Mauro, y la lechuza de su hermana?
—Hijo—me
contestó—, Requejo es muy rico, Requejo puede dar
á Inesilla las comodidades que yo no tengo,
Requejo puede hacerla su heredera cuando estire la zanca.
—¿Y usted
lo cree? Parece mentira que tenga usted más de sesenta años. Pues yo digo y
repito que ese endiablado D. Mauro me parece un farsante hipocritón. Yo, en
lugar de usted, les mandaría á paseo.
—Yo soy
pobre, hijo mío; ellos son ricos: Inés se irá con ellos. En caso de que la
traten mal, la recogeremos otra vez.
—No la
trataran mal, no—dije muy sofocado—. Lo que yo temo es otra cosa, y eso no lo
he de consentir.
—A ver,
muchacho.
—Usted
sabe como yo lo que hay sobre el particular: usted sabe que Inés no es hija de
doña Juana; usted sabe que Inés nació del vientre de una gran señora de la
corte, cuyo nombre no conocemos; usted sabe todo esto, y ¿cómo sabiéndolo no
comprende la intención de los Requejos?
—¿Que
intención?
—Los
Requejos despreciaron siempre á doña Juana; los Requejos no le dieron nunca ni
tanto así; los Requejos ni siquiera la visitaron en su enfermedad; y ahora,
señor D. Celestino de mi alma, los Requejos lloran recordando á la difunta; los
Requejos echan la baba mirando á su sobrinita, y no puede ser otra cosa sino
que los Requejos han descubierto quienes son los padres de Inés; los Requejos
han comprendido que la muchacha es un tesoro, y, ¡ay!, no me queda duda de que
el Requejo mayor, ese poste vestido, trae entre ceja y ceja el proyecto de
casarse con Inés, obligándola á ello luégo que la pille en su casa.
—Sosiégate,
muchacho, y óyeme. Puede muy bien suceder que la intención de los Requejos sea
la que dices, y puede muy bien que sea la que ellos han manifestado. Como yo me
inclino siempre á creer lo bueno, no dudo de la sinceridad de D. Mauro, hasta
que los hechos me prueben lo contrario. ¿Qué sabes tú si de la mañana á la
noche verás á Inés hecha una damisela, paseando en magnifica carroza, con dos
caballos empenachados y un encartonado cochero? Sí; verásla rodeada de lacayos
y pajes, llena de diamantes como avellanas, y viviendo en uno de esos caserones
que hay en Madrid más grandes que conventos.
—¡Bah,
bah! Eso es como cuando yo quería ser príncipe, generalísimo y secretario del
Despacho. A los dieciséis años se pueden decir tales cosas; pero no á los
sesenta.
—Viviendo
conmigo, Inés ha de estar condenada á perpetua estrechez. ¿No vale más que se
la lleven los parientes de su madre, que parecen personas muy caritativas? En
todo caso, Gabriel, si la muchacha no estuviere contenta allí, tiempo tenemos
de recogerla, porque á mí, como tío carnal, me corresponde la tutela.
—¿Y por
qué la deja usted marchar?
—Porque
los Requejos son ricos..., ¿lo comprenderás al fin?..., porque Inés en casa de
esa gente puede estar como una princesa, y casarse al fin con un comerciante
muy rico de la calle de Postas ó de Platerías.
—Alto
allá, señor mío—exclamé muy amostazado—, ¿que es eso de casarse Inés? Inés,
Dios mediante, no se casara más que conmigo. Sí, ¡vaya usted á hablarle de
comerciantes y de usías!
—Es
verdad; no me acordaba, hijito—dijo el cura con algo de mofa—. ¡Casarse á los
diecisiete años! ¿El matrimonio es algún juego? Y además, hazme el favor de
decirme qué ganas tú en la imprenta donde trabajas.
—Sobre
tres reales diarios.
—Es
decir, noventa y tres reales los meses de treinta y uno. Algo es; pero no
basta, chiquillo. Ya ves tú: cuando Inés este en su sala con cortinas verdes de
ramos amarillos, y se siente en aquellas mesas donde hay siete pavos en
Navidad, y todas las noches cena de perdiz por barba..., ya ves tú, no sé cómo
podrá arrimarse á ella un pretendiente con noventa y tres reales al mes, en los
que traen treinta y uno.
—Eso ella
es quien lo ha de decir—repuse con la mayor zozobra —; y si ella me quiere así,
veremos si todos los Requejos del mundo lo pueden impedir. En resumidas
cuentas, señor D. Celestino, ¿usted está decidido á que Inés se vaya esta tarde
con D. Mauro?
—Decidido,
hijo; es para mí un caso de conciencia.
—¿Y quién
le dice á usted que con noventa y tres reales al mes no se puede mantener una
familia? Pues á mí me da la gana de casarme, sí, señor.
—¡Casarse
á los diecisiete años! Uno y otro debéis esperar á tener los treinta y cinco
cumplidos. La vida se pasa pronto; no te apures. Para entonces podréis casaros.
Sois á propósito el uno para el otro. Casar y compadrar cada uno con su igual.
Veremos si de aquí allá te luce más el oficio.
—¿Y no
puedo yo buscar un destinillo?
—Eso es
como cuando se te puso en la cabeza que te iba á caer un principado ó un
ducado.
—No; un
destinillo de estos que se dan á cualquier pelón, en la contaduría de acá ó en
la de allá.
—¿Pero
crees tú que un destino es cosa fácil de conseguir? —¿Por qué no?—respondí
enfáticamente—. ¿Pues para que son
los
destinos sino para darlos á todos los españoles que necesitan de ellos?
—Hijo,
las antesalas están llenas de pretendientes. Ya recordarás que á pesar de ser
paisano y amigo del Príncipe de la Paz, estuve catorce años haciendo
memoriales.
—Y al
fin... pero hoy visita usted á Su Alteza. Y le trata; de modo que si le pidiera
para mí una placita, no creo que se la negara.
—¡Ah!—exclamó
D. Celestino con satisfacción—. El día que visité
á Su Alteza fué para mí el más lisonjero de
mi vida, porque oí de sus augustos labios las palabras más cariñosas. Si vieras
con cuánto agasajo me trató; ¡y qué amabilidad, qué dulzura, qué llaneza, sin
dejar por eso de ser príncipe en todos sus gestos y palabras! Cuando entré, yo
estaba todo turbado y confuso, y la lengua se me quedó pegada al paladar.
Mandóme Su Alteza que me sentara, y me preguntó si yo era de Villanueva de la
Serena. ¿Ves qué bondad? Contestéle que había nacido en Los Santos de Maimona, villa
que está en el camino real como vamos de Badajoz á Fuente de Cantos. Luégo me
preguntó por la cosecha de este año, y le respondí que, según mis noticias, el
centeno y cebada eran malos, pero que la bellota venía muy bien. Ya
comprenderás por esto el interés que se toma por la agricultura. En seguida me
dijo si estaba contento en mi parroquia, á lo cual contesté afirmativamente,
añadiendo que me tenía edificado la piedad de mis feligreses. Al decir esto no
pude contener las lágrimas. Bien claro se ve que al Príncipe le interesa mucho
cuanto se refiere á la religión. Habléle después de que entretenía mis ocios
con la poesía latina, y notifíquele haber compuesto un poema en hexámetros,
dedicado á él. Enterado de esto, dijo que bueno, en lo cual se demuestra
palmariamente su desmedida afición á las letras humanas, y por fin, á los diez
minutos de conferencia, me rogó afectuosamente que me retirara, porque tenía
que despachar asuntos urgentísimos. Esto prueba que es hombre trabajador, y que
las mejores horas del día las consagra
puntualmente
á la administración. Te aseguro que salí de allí conmovido.
—¿Y no
vuelve usted?
—¡Pues no
he de volver! Supliqué á Su Alteza que me fijara día para llevarle el poema
latino, y mañana tendré el honor de poner de nuevo los pies en el palacio de mi
ilustre paisano.
—Pues yo
iré con usted, señor D. Celestino—dije con mucha determinación—. Iremos juntos
y usted le pedirá un destino para mí.
—¡Estás
loco!—exclamó el sacerdote con asombro—. No me creo capaz de semejante
irreverencia.
—Pues se
lo pediré yo—dije, más resuelto cada vez á entrar en la administración.
—Modera
esos arrebatos, joven sin experiencia. ¿Cómo quieres que te presente sin más ni
más al Príncipe de la Paz? ¿Qué puedo decir de ti, cuáles son tus méritos?
¿Conoces acaso por el forro los versos latinos? ¿Has saludado siquiera el
Divitias alius fulvo sibi congerat auro , el Passer delitiae meae puellae, ó el
Cynthia prima suis me cepis ocellis? ¿Estás loco, piensas que los destinos
están ahí para los mocosos á quienes se les antoja pedirlos?
—Usted le
dice que soy un joven pariente suyo, y yo me encargo de lo demás.
—¿Pariente
mío? Eso sería una mentira, y yo no miento.
Así
disputamos un buen rato, y al fin, entre ruegos y razones, logré convencer al
padre Celestino para que me llevara á presencia del serenísimo señor Godoy. Mi
tenaz proyecto se explica por el estado de desesperación en que me puso la
visita de los Requejos y su propósito de cargar con la pobre Inés. La viva
antipatía que ambos hermanos me inspiraron desde que tuve la desdicha de poner
los ojos sobre ellos, engendró en mi espíritu terribles presentimientos. Se me
representaba la pobre huérfana en dolorosa esclavitud bajo aquel par de
trasgos, condenada á perecer de tristeza si Dios no me deparaba medios para
sacarla de allí. ¿Cómo podía yo conseguirlo, siendo como era, más pobre que las
ratas? Pensando en esto, vino á mi mente una idea salvadora, la que desde
aquellos tiempos principiaba á ser norte de la mitad, de la mayor parte de los
españoles, es decir, de todos aquellos que no eran mayorazgos ni se sentían
inclinados al claustro; la idea de
adquirir
una plaza en la administración. ¡Ay! Aunque había entonces menos destinos, no
eran escasos los pretendientes.
España
había gastado en la guerra con Inglaterra la espantosa suma de siete mil
millones de reales. Quien esto derrochó en una calaverada, ¿no podía darme á mí
cinco mil para que me casara? Por supuesto, el pretender casarse entonces á los
diecisiete años era una calaverada peor que la de gastar siete mil millones en
una guerra. Aquella idea echó raíces en mi cerebro con mucha presteza. A la
media hora de mi conferencia con D. Celestino, ya se me figuraba estar
desempeñando, ante la mesa forrada de bayeta verde, las funciones que el Estado
tuviera á bien encomendarme para su prosperidad y salvación. Atrevido era el
proyecto de pedir yo mismo al poderoso Ministro lo que me hacía falta pero la
gravedad de las circunstancias y el loco deseo de adquirir una posición que me
permitiera disputar la posesión de Inés á la temerosa pareja de los Requejos,
disminuía los obstáculos ante mis ojos, dándome aliento para las empresas más
difíciles.
La
huérfana no disimuló, al hablar conmigo, la repugnancia que le inspiraban sus
tíos: tal vez hubiera yo logrado impedir el secuestro; pero D. Celestino
repitió que era para el caso de conciencia, y con esto Inés no se atrevió á
formular sus quejas: ¡tan grande era entonces la subordinación á la autoridad
de los mayores! La escrupulosidad del buen sacerdote no impidió, sin embargo,
que yo hablara mil pestes de los dos hermanos, criticando sus fachas y
vestidos, y comentando á mi manera aquello de los siete pavos y capones, con la
añadidura de las perdices por barba en la hora de la cena. También me reí con
implacable saña de los tratamientos que se daban hermano y hermana, pues, según
el lector observaría, se llamaban simplemente este y esta. D. Celestino me dijo
al oirme que tratase con más miramientos á dos personas respetables que habían
sabido labrar pingüe fortuna con su trabajo y honradez, y, entre tanto, Inés
preparaba de muy mala gana su equipaje.
No tardó
la casa del cura en verse honrada de nuevo con las personas de los Requejos,
que llegaron á eso de las cuatro, haciendo mil ponderaciones de las tierras
adquiridas cerca de Ontígola; y su contento al ver que Inés se disponía á
seguirles fué extraordinario.
—No te
des prisa, pimpollita—decía D. Mauro—, que todavía hay tiempo de sobra.
—Su
impaciencia por emprender el viaje—añadió doña Restituta, plegando de un modo
indefinible el forro cutáneo de su cara—es tan viva, que la pobrecilla quisiera
tener alitas para salir más pronto de aquí.
—Eso
no—dijo D. Celestino algo amoscado—, que su tío no le ha dado malos tratos para
que así se impaciente por abandonarle.
Inés se
arrojó llorando en brazos del cura, y ambos derramaron muchas lágrimas. Por mi
parte, tenía interés en que los Requejos no conocieran que un antiguo y cordial
amor me unía á Inés; así es que disimulé mi sofocación, y acechándola fuera,
cuando salió en busca de un objeto olvidado, le dije:
—Prendita,
no me digas una palabra, ni me mires, ni me saludes.
Yo me
quedo aquí; pero descuida, pronto nos hemos de ver allá.
Llegó por
fin la hora de la partida; el coche se acercó á la puerta de la casa. Inés
entró en él muy llorosa, y los Requejos tomaron asiento á un lado y otro, pues
aun en aquella situación temían que se les escapara. Jamás he visto mujer
ninguna que se asemejara á un cernícalo como en aquel momento doña Restituta.
El coche partió, y al poco rato nuestros ojos le vieron perderse entre la
arboleda. D. Celestino, que hacía esfuerzos por aparentar gran serenidad, no
pudo conservarla, y haciendo pucheros como un niño, sacó su largo pañuelo y se
lo llevó á los ojos.
—¡Ay,
Gabriel! ¡Se la llevaron!
Mi
emoción también era grande, y no pude contestarle nada.
Al día
siguiente me llevó D. Celestino al palacio del Príncipe de la Paz. Era el U de
marzo, si no me falla la memoria.
Aunque no
tenía ropa para mudarme en tan solemne ocasión, como la que llevaba á Aranjuez
era la mejorcita, con una camisa limpia que me prestó el cura quedé en
disposición, según él mismo me dijo, de presentarme aunque fuera á Napoleón
Bonaparte. Por el camino, y mientras hacíamos tiempo hasta que llegara la hora
de las audiencias, D. Celestino, sacaba del bolsillo interior de su sotana el
poema latino para leerlo en alta voz, porque,
—Quizás
el señor Príncipe—decía—me mande leer algún trozo, y conviene hacerlo con
entonación clásica y ritmo seguro, mayormente si hay delante algún embajador ó
general extranjero.
Después,
guardando el manuscrito, añadió con cierta zozobra:
—¿Sabes
que el sacristán de la parroquia, ese condenado Santurrias..., ya le
conoces..., me ha puesto esta mañana la cabeza como un farol? Dice que el señor
Príncipe de la Paz no dura dos días más al frente de la nación, y que le van á
cortar la cabeza. Esto no merece más que desprecio, Gabrielillo; pero me da
rabia de oir tratar así á persona tan respetable. Pues ¿qué crees tú?; he
descubierto que ese pícaro Santurrias es jacobino, y se junta mucho con los
cocheros del infante D. Antonio Pascual, los cuales son gente muy alborotada.
—¿Y qué
dice ese reverendo sacristán?
—Mil
necedades; figúrate tú. ¡Como si á personas de estudios y que tienen en la uña
del dedo á todos los clásicos latinos, se les pudiera hacer tragar ciertas
bolas! Dice que el señor Príncipe de la Paz, temiendo que Napoleón viene á
destronar á nuestros queridos Reyes, tiene el propósito de que estos marchen á
Andalucía para embarcarse y dar la vela á las Américas.
—Pues
anoche—dije yo—cuando fuí al mesón á decir á los arrieros que no me aguardaran,
oí decir lo mismito á unos que estaban allí, y por cierto que hablaban de su
amigo y paisano de usted con más desprecio que si fuera un bodegonero del
Rastro.
—No saben
lo que se pescan, hijo—me dijo el cura—. Pero ó yo me engaño mucho, ó los
partidarios del príncipe de Asturias andan metiendo cizaña por ahí. Ello es que
en Aranjuez hay mucha gente extraña y... ¡quiera Dios!... Ya me dijo esta
mañana Santurrias que su mayor gusto será tocar las campanas á vuelo si el
pueblo se amotina para pedir alguna cosa; pero ya le he dicho—y al hablar así
D.
Celestino se paró, y con su dedo índice hacía demostraciones de la mayor
energía—, ya le he dicho que si toca las campanas de la iglesia sin mi permiso,
lo pondré en conocimiento del señor Patriarca para lo que este tenga á bien
resolver.
Con esta
conversación llegó la hora, y nosotros al palacio de Su Alteza. Atravesamos por
entre varios guardias que custodiaban la puerta, porque ha de saberse que el
generalísimo tenía su guardia de á pié y de á caballo, lo mismo que el Rey, y
mejor equipada, según observaban los curiosos. Nadie nos puso obstáculo en el
portal ni en la escalera; pero al llegar á un gran vestíbulo, en cuyo pavimento
taconeaban con estrépito las botas de otra porción de guardias, uno de estos
nos detuvo, preguntando á D. Celestino con cierta impertinencia que adónde
íbamos.
—Su
Alteza—dijo el clérigo muy turbado—tuvo el honor de señalarme..., digo..., yo
tuve el honor de que él señalara el día de hoy y la presente hora para
recibirme.
—Su
Alteza está en palacio. Ignoramos cuándo vendrá—dijo el guardia dando media
vuelta.
D.
Celestino me consultó con sus ojos, y también iba á consultarme con sus
autorizados labios, cuando se sintió ruido en el portal.
—¡Ahí
está! Su Alteza ha llegado—exclamaron los guardias, tomando apresuradamente sus
armas y sombreros para hacer los honores.
Pero el
Príncipe subió á sus habitaciones particulares por la escalera excusada que al
efecto existía en su palacio.
—Quizás
Su Alteza no reciba hoy—dijo á D. Celestino el guardia que poco antes nos había
detenido—. Sin embargo, pueden ustedes esperar, si gustan, y el avisará si da
audiencia ó no.
Dicho
esto, nos hizo pasar á una habitación contigua y muy grande, donde vimos á
otras muchas personas que desde por la mañana habían acudido en solicitud del
favor de una entrevista con Su Alteza. Entre aquella gente había algunas damas
muy distinguidas, militares, señores á la antigua, vestidos con antiguas
casacas y cubiertos con antiquísimas pelucas, y también algunas personas
humildes.
Los
pretendientes allí reunidos se miraban con recelo y mal humor, porque á todo el
que hace antesala molesta mucho el verse acompañado, considerando sin duda que
si el tiempo y la benevolencia del Ministro se reparten entre muchos, no puede
tocarles gran cosa. Un ujier se acercó á nosotros y preguntó á D. Celestino
quiénes éramos, á lo cual repuso el buen eclesiástico:
—Nosotros
somos curas de la parroquia de..., quiero decir, soy cura de la parroquia, y
este joven..., este joven gana noventa y tres reales en los meses de treinta y
uno; y venimos a...; pero yo no pienso pedirle nada al señor Príncipe, porque
este picarón (señalando á mí) no se morderá la lengua para decirle lo que
desea.
Cuando el
ujier se alejó, dije á mi acompañante que tuviera cuidado de no equivocarse tan
á menudo; que no anunciara anticipadamente nuestra comisión pedigüeña, y que no
había necesidad de ir pregonando lo que yo ganaba; á lo que me respondió que
él, como persona nueva en antesalas y palacios, se turbaba á la primera
ocasión, diciendo mil desatinos. Uno de los señores que aguardaban se nos
acercó, y reconociendo al cura, se saludaron ambos muy cortésmente, diciendo el
desconocido:
—Señor D.
Celestino, ¿qué bueno por aquí?
—Vengo á
visitar á Su Alteza. Ya sabe usted que somos paisanos y amigos. Mi padre y su
abuelo hicieron un viaje juntos desde Trujillo
á La Vera de Placencia, y un tío de mi madre
tenía en Miajadas una dehesa donde los Godoyes iban á cazar alguna vez. Somos
amigos, y le estoy muy reconocido, porque á la munificencia de Su Alteza debo
el beneficio que disfruto, el cual me fué concedido en cuanto Su Alteza tuvo
conocimiento de mi necesidad; así es que desde mi primer memorial hasta el día
en que tomé posesión, sólo transcurrieron catorce años.
—Se
conoce que el Príncipe quiso servirle á usted—dijo nuestro interlocutor—. No á
todos se les despacha tan pronto. Hace veintidós años que yo pretendí que se me
repusiera en mi antigua plaza de la Colecturía, del Noveno y del Excusado, y
esta es la hora, señor D. Celestino. A pesar de todo, yo no me desanimo, y
menos ahora, porque tengo por seguro que la semana que viene...
—No todos
son tan afortunados como yo—dijo el optimista D. Celestino—. Verdad es que,
como paisano y amigo de Su Alteza,
estoy en
situación muy favorable. De mi pueblo á Badajoz, cuna de D. Manuel Godoy, no
hay más que trece leguas y media por buen camino, y estoy cansado de ver la
casa en que nació este faro de las Españas. Así es que en cuanto supo mi
necesidad...
—Pero
diga usted—preguntó bajando la voz el señor de la semana que viene—, ¿tenemos
viaje de los Reyes á Andalucía ó no tenemos viaje?
—¿Pero
usted cree tales paparruchas?—dijo D. Celestino—. Esa voz la ha corrido
Santurrias, el sacristán de mi iglesia. Ya le he dicho que si tocaba las
campanas sin mi permiso...
—Todo el
mundo lo asegura. Ya sabe usted que ha venido mucha tropa de Madrid, y por las
calles del pueblo se ve gente de malos modos.
—¿Pero
qué objeto puede tener ese viaje?
—Amigo,
ya Napoleón tiene en España la friolera de cien mil hombres. Ha nombrado
general en jefe á Murat, el cual dicen que salió ya de Aranda para Somosierra.
Y á todas estas, ¿hay alguien que sepa á qué viene esa gente? ¿Vienen á echar á
toda la Familia Real? ¿Vienen simplemente de paso para Portugal?
—¿Quién
se asusta de semejante cosa?—dijo D. Celestino—. Pongamos por caso que vengan
con mala intención. ¿Qué son cien mil hombres? Con dos ó tres regimientos de
los nuestros se podrá dar buena cuenta de ellos, y ahí nos las den todas. Como
Su Alteza se calce las espuelas... Eso del viaje es pura invención de los
desocupados y de los enemigos de Su Alteza, que le insultan porque no les ha
dado destinos. Como si los destinos se pudieran dar á todo el que los pretende.
No siguió
esta conversación, porque el ujier se acercó á nosotros, haciéndonos señas de
que le siguiéramos. Su Alteza nos mandaba pasar. Cuando los demás pretendientes
vieron que se daba la preferencia á los que habían llegado los últimos, un
murmullo de descontento resonó en la sala. Nosotros la atravesamos muy
orgullosos de aquella predilección, y mientras D. Celestino saludaba
á un lado y otro con su bondad de costumbre,
yo dirigí á los más cercanos una mirada de desprecio, que equivalía al
convencimiento de mi próximo ingreso en la administración de ambos mundos.
Pasamos
de aquella sala á otras, todas ricamente alhajadas. ¡Qué bellos tapices, qué
lindos cuadros, qué hermosas estatuas de mármol y bronce, qué vasos tan
elegantes, qué candelabros tan vistosos, qué muebles tan finos, qué cortinajes
tan espléndidos, qué alfombras tan muelles! No pude detenerme en la
contemplación de tan bonitos objetos, porque el ujier nos llevaba á toda prisa,
y yo me sentía atacado de una cortedad tal, que se disipó mi anterior
envalentonamiento, y empecé á comprender que me faltarían ideas y saliva para
expresar ante el Príncipe mi pensamiento. Por fin llegamos al despacho de
Godoy, y al entrar ví á este en pie, inclinado junto á una mesa y revisando
algunos papeles. Aguardamos un buen rato á que se dignase mirarnos, y al fin
nos miró.
Godoy no
era un hombre hermoso, como generalmente se cree pero sí extremadamente
simpático. Lo primero en que se fijaba el observador era en su nariz, la cual,
un poco grande y respingada, le daba cierta expresión de franqueza y
comunicatividad. Aparentaba tener sobre cuarenta años: su cabeza, rectamente
conformada y airosa; sus ojos vivos, sus finos modales y la gallardía de su
cuerpo, que más bien era pequeño que grande, le hacían agradable á la vista.
Tenía sin duda la figura de un señor noble y generoso: tal vez su corazón se
inclinaba también á lo grande; pero en su cabeza estaban el desvanecimiento, la
torpeza, los extravíos y falsas ideas de los hombres y las cosas de su tiempo.
Nos miró,
como he dicho, y al punto D. Celestino, que temblaba como un chiquillo de diez
años, hizo una profunda cortesía, á la cual siguió otra hecha por mi persona. A
mi acompañante se le cayó el sombrero; recogiólo, dió algunos pasos, y con voz
tartamuda dijo así:
—Ya que
Vuestra Alteza tiene el honor de..., no..., digo... ya que yo tengo el honor de
ser recibido por Vuestra Alteza Serenísima..., decía que me felicito de que la
salud de Vuestra Alteza sea buena, para que por mil años sigamos haciendo el
bien de la nación...
El
Príncipe parecía muy preocupado, y no contestó al saludo sino con una ligera
inclinación de cabeza. Después pareció recordar, y dijo:
—¿Es
usted el señor chantre de la catedral de Astorga, que viene a...?
—Permítame
Vuestra Alteza—interrumpió D. Celestino—que ponga en su conocimiento como soy
el cura de la parroquia castrense de Aranjuez.
—¡Ah!—exclamó
el Príncipe—, ya recuerdo..., el otro día... se le dio á usted el curato por
recomendación de la señora condesa de X (Amaranta). ¿Es usted natural de
Villanueva de la Serena?
—No,
señor; soy de Los Santos de Maimona. ¿No recuerda Vuestra Alteza esa villa? En
el camino de Fuente de Cantos. Allí se cogen unas sandías que pesan muchas
arrobas, y también hay muchos melones... Pues, como decía á Vuestra Alteza, hoy
venía con dos objetos: con el de tener el honor de presentarme á Vuestra Alteza
para que este chico lea un poema latino que ha compuesto..., no, quiero
decir...
D.
Celestino se atragantó, mientras que el Príncipe, asombrado de mi precocidad en
el estudio de los clásicos, me miraba con ojos benévolos.
—No—dijo
el cura entrando de nuevo en posesión de su lengua
—. El
poema ha sido compuesto por mí, y, accediendo á los deseos de Vuestra Alteza,
voy á comenzar su lectura.
El
Príncipe adelantó la mano con ese instintivo movimiento que parece apartar un
objeto invisible. Pero D. Celestino no comprendió que su protector rechazaba
por medio de un movimiento físico la amenazadora lectura del poema, y firme en
su propósito, desenvainó el manuscrito homicida. En el mismo instante, Godoy,
que atendía poco á nosotros y parecía estar pensando cosas muy graves, volvióse
bruscamente hacia la mesa, y empezó á hojear de nuevo los papeles.
D. Celestino me miró, y yo miré á D. Celestino.
Así
transcurrió un minuto, al cabo del cual el Príncipe dirigióse hacia nosotros y
dijo, señalando unas sillas:
—Siéntense
ustedes.
Después
siguió en su investigación de papeles. Sentados en nuestros asientos el cura y
yo, nos hablábamos en voz baja.
—Para
exponerle tu pretensión—me dijo el tío de Inés—, debes esperar á que yo lea mi
poema, en lo cual, con la pausa
conveniente,
no tardaré más que hora y media. El admirable efecto que le ha de producir la
audición de los versos clásicos, á que es tan aficionado, le predispondrá en tu
favor, y no dudo que te concederá cuanto le pidas.
Después
de otro rato de espera, un oficial entró para dar un despacho al Príncipe. Este
le abrió al punto, y después que lo hubo leído con mucha ansiedad, dejólo sobre
la mesa y se dirigió hacia D. Celestino.
—Dispénseme
usted—dijo—mi distracción. Hoy es día para mí de ocupaciones graves é
inesperadas. No pensaba recibir á nadie en audiencia, y si le mandé entrar á
usted fué porque sabía no es de los que vienen á pedirme destinos.
D.
Celestino se inclinó en señal de asentimiento, y yo dije para mí: «Lucidos
hemos quedado». Después dirigióse Su Alteza á mí, y me dijo:
—En
cuanto al poema latino que este joven ha compuesto, ya tengo noticias de que es
una obra notable. Persista usted en su aplicación á los buenos estudios, y será
un hombre de provecho. No puedo hoy tener el gusto de conocer el poema; pero ya
me habían hablado de usted con grandes encomios, y desde luégo formé propósito
de que se le diera á usted una plaza en la oficina de Interpretación de
Lenguas, donde su precocidad sería de gran provecho. Sírvase usted dejarme su
nombre...
D.
Celestino iba á contestar, rectificando el error; pero su turbación se lo
impidió. Antes que mi compañero pudiera decir una palabra, levantéme yo, y
extendiendo mi nombre sobre un papel que en la mesa encontré, ofrecílo
respetuosamente al Príncipe, que concluyó así:
—Ruego á
ustedes que tengan la bondad de retirarse, pues mis ocupaciones no me permiten
prolongar esta audiencia.
Hicimos
nuevas cortesías; D. Celestino balbució las fórmulas pomposas propias del caso,
y salimos del despacho del Príncipe. Al pasar por la sala donde esperaban con
impaciencia los demás pretendientes, el ujier lanzó esta terrorífica
exclamación: «¡No hay audiencia!».
Al
encontrarse en la calle, el buen cura, recobrando la serenidad de su espíritu y
la soltura de su lengua, me dijo con cierto enojo:
—¿Por qué
no le dijiste tú que el poema no era tuyo, sino mío? No pude menos de soltar la
risa viéndole picado en su amor
propio, y
considerando el extraño resultado de nuestra visita al Príncipe de la Paz.
VII
—Pues,
Gabrielillo—me dijo D. Celestino cuando entrábamos en la casa—, cierto es que
hay demasiada gente en el pueblo. Se ven por ahí muchas caras extrañas, y
también parece que es mayor el número de soldados. ¿Ves aquel grupo que hay
junto á la esquina? Parecen trajineros de La Mancha..., y entre ellos se ven
algunos uniformes de caballería. Por este lado vienen otros que parecen estar
bebidos...; ¿oyes los gritos? Entrémonos, hijo mío, no nos digan alguna
palabrota. Aborrezco el vulgo.
En
efecto: por las calles del Real Sitio y por la plaza de San Antonio discurrían
más ó menos tumultuosamente varios grupos, cuyo aspecto no tenía nada de
tranquilizador. Asomábase á las ventanas el vecindario todo para observar á los
transeúntes, y era opinión general que nunca se había visto en Aranjuez tanta
gente. Entramos en la casa, subimos al cuarto de D. Celestino, y cuando este
sacudía el polvo de su manteo y alisaba con la manga las rebeldes felpas del
sombrero de teja, la puerta se entreabrió, y una cara enjuta, arrugada y
morena, con ojos vivarachos y tunantes; una cara de esas que son viejas y
parecen jóvenes, ó al contrario, cara á la cual daba peculiar carácter toda la
boca necesaria para contener dos filas de descomunales dientes, apareció en el
hueco. Era Gorito Santurrias, sacristán de la parroquia.
—¿Se
puede entrar, señor cura?—preguntó sonriendo con aquella jovialidad mixta de
bufón y de demonio que era su rasgo sobresaliente.
—A tiempo
viene el señor Santurrias—dijo el cura frunciendo el ceño—, porque tengo que
prevenirle... Sepa usted que estoy incomodado, sí, señor; y pues los sagrados
cánones me autorizan para imponerle castigo..., allá veremos..., y digo y
repito que la gente que se ve por ahí no viene á lo que usted me indicó esta
mañana. ¡Pues no faltaba más!
—Señor
cura—contestó irrespetuosamente Santurrias—, esta noche me desollará las manos
la cuerda de la campana grande. Es preciso tocar, tocar para reunir la gente.
—¡Ay de
Santurrias si suenan las campanas sin mi permiso!...
Pero ¿qué
quiere esa gentuza? ¿Qué pretende?
—Eso lo
veremos luégo.
—Ande
usted con Barrabás, diablo de siete colas. ¿Pero á qué viene esa gente á
Aranjuez?—repitió D. Celestino dirigiéndose á mí
—.
Gabriel, se nos olvidó advertir al señor Príncipe de la Paz lo que pasa, y
aconsejarle que no esté desprevenido. ¡Cuánto nos hubiese agradecido Su Alteza
nuestro solícito interés!
—Ya se lo
dirán de misas—murmuró burlonamente Santurrias—. Lo que quiere esa gente es
impedir que nos lleven para las Indias á nuestros idolatrados Reyes.
—¡Ja,
ja!—exclamó el sacerdote, poniéndose amarillo—. Ya salimos con la muletilla.
Como si uno no tuviera autoridad para desmentir tales rumores; como si uno no
fuera amigo de personas que le enteran de lo que pasa; como si uno no estuviera
al tanto de todo.
Diciendo
esto, D. Celestino no quitaba de mí los ojos, buscando sin duda una discreta
conformidad con sus afirmaciones. En tanto Santurrias, que era uno de los
sacristanes más tunos y desvergonzados que he visto en mi vida, no cesaba de
burlarse de su superior jerárquico, bien contradiciéndole en cuanto decía, bien
cantando con diabólica música una irreverente ensaladilla compuesta de trozos
de sainete mezclados con versículos latinos del oficio ordinario.
—¡Ay,
señor cura, señor cura!—dijo—. Si veremos correr á su paternidad por el camino
de Madrid con los hábitos arremangados. ¡Ja, ja, ja!
Préstame
tu moquero,
si está
más limpio,
para
echar los tostones
que me
has pedido.
Asperges
me, Domine, hissopo, et mundabor.
—Mi
dignidad—repuso el clérigo, cada vez más amostazado—no me permite rebajarme
hasta disputar con el señor de Santurrias. Si yo no le tratara de igual, como
acostumbro, no se habría relajado la disciplina eclesiástica; pero en lo
sucesivo he de ser enérgico, sí señor, enérgico, y si Santurrias se alegra de
que esa plebe indigna vocifere contra el Príncipe de la Paz, sepa que yo mando
en mi iglesia, y... no digo más. Parece que soy blando de genio; pero Celestino
Santos del Malvar sabe enfadarse, y cuando se enfada...
—Cuando
llegue la hora del jaleo, señor cura, su paternidad nos sacará aquellas
botellitas que tiene guardadas en el armario, para que nos refresquemos—dijo
Santurrias, descosiéndose de risa otra vez
—¡Borracho!
Así está la santa iglesia en tus pícaras manos— repuso el clérigo—. Gabriel,
¿querrás creer que hace dos días tuve que coger la escoba y ponerme á barrer la
capilla del Santo Sagrario, que estaba con media vara de basura? Desde que
llegué aquí, me dijeron que este hombre acostumbraba visitar la taberna del tío
Malayerba; yo me propuse corregirle con piadosas exhortaciones; pero ¡el diablo
le lleve!, hay días, chiquillo, que hasta el vino del santo Sacrificio
desaparece de las vinajeras. ¡Y esto se permite tener opinión, y disputar
conmigo, asegurando que si cae ó no cae el dignísimo, el eminentísimo, ¡óigalo
usted bien!, el incomparabilísimo Príncipe de la Paz!
—Pues y
nada más. ¡Como que no le van á arrastrar por las calles de Aranjuez, como al
gigantón de pascua florida!
—¡Qué
abominaciones salen por esa boca, Dios de Israel! Santurrias tan pronto
ahuecaba la voz para cantar gravemente un
trozo de
la misa ó del oficio de difuntos, como la atiplaba entonando con grotescos
gestos una seguidilla. Luégo imitaba el son de las campanas, y hasta llegó en
su irrespetuoso desparpajo á remedar la voz gangosa de mi amigo, el cual, todo
turbado, variaba de color á cada instante, sin poder sobreponerse á las zumbas
de su miserable subalterno.
—Pero, en
resumen—dijo al fin—, ¿qué es lo que mi señor sacristán espera? ¿Cuenta, sin
duda, con ordenarse de menores para que le hagan cardenal subdiácono?
—Allá
veremos, señor D. Celestino—contestó el bufón—. Esta noche ó mañana veremos lo
que hace Santurrias. No tema nada mi curita, que ya le pondremos en salvo.
Tuba
mirum spargens sonum
per
sepulchra regionum
coget
omnes ante thronum.
Esta sí
que es tira, tirana
ojo
alerta, cuidado, señores,
que
aunque tengan las caras de plata muchas tienen las manos de cobre
—Eso es,
mezcle usted los cantos divinos con los mundanos. ¡Me gusta! Pero se me acaba
la paciencia, señor rapavelas. ¡Oh, Gabriel!, estoy sofocadísimo. Yo bien sé
que no hay nada, que no ocurre nada; bien sé que de ese monigote no hay que
hacer caso. Sabe Dios cuántos cuartillos de lo de Yepes tendrá en el bendito
estómago; pero conviene averiguar... Mira, hijito: sal tú por ahí, entérate
bien, y tráeme noticias de lo que se dice en el pueblo. Puede que esos tunantes
tengan el propósito aleve... Si así fuese, haz lo que te digo; que aquí quedo
yo esperándote, y en cuanto descabece un sueñecito, iré á prevenir al Príncipe
para que se ande con cuidado... ¡Pues no me lo agradecerá poco el buen señor!
No sólo
por obedecerle, sino también por satisfacer mi curiosidad, salí de la casa y
recorrí las calles del pueblo. El gentío aumentaba en todas partes, y
especialmente en la plaza de San Antonio. No era preciso molestar á nadie con
preguntas para saber que el generoso pueblo, enojado con la noticia verdadera ó
falsa de que los Reyes iban á partir para Andalucía, parecía dispuesto á
impedir el viaje, que se consideraba como una combinación infernal fraguada por
Godoy, de acuerdo con Bonaparte.
En todos
los grupos se hablaba del generalísimo, como es de suponer, y en verdad digo
que no hubiera querido encontrarme en el pellejo de aquel señor, á quien poco
antes había visto tan fastuoso y espléndido, pero sabido es que la fortuna
suele ser la más traidora de las diosas con aquellos mismos que favoreció
demasiado, y no
hay que
fiarse mucho de esta ruin cortesana. Decía, pues, que á los vasallos del buen
Carlos no les parecía muy bien el viaje, y aunque hasta entonces no se les
había hablado del derecho á influir en los destinos de esta nuestra bondadosa
madre España, ello es que, guiados sin duda por su instinto y buen ingenio,
aquellos benditos se disponían á probar que para algo respiraban doce millones
de seres humanos el aire de la península.
Más de
dos horas estuve paseándome por las calles. Como á cada instante llegaba gente
de la corte, traté de encontrar alguna persona conocida; pero no hallé ningún
amigo. Ya me retiraba á la casa del cura, cercana la noche, cuando de un grupo
se apartó un joven de más edad que yo, y llegándose á mí con aparatosa
oficiosidad, me saludó llamándome por mi nombre y pidiendo informes acerca de
mi importantísima salud. Al pronto no le conocí; mas cuando cambiamos algunas
palabras, caí en la cuenta de que era un señor pinche de las reales cocinas,
con quien yo había trabado conocimiento cinco meses antes en el palacio de El
Escorial.
—¿No te
acuerdas de quien te daba de cenar todas las noches? —me dijo—. ¿No te acuerdas
del que contestaba á tus mil preguntas?
—¡Ah!,
sí—repuse—ya reconozco al señor Lopito. Has engordado, sin duda.
—La buena
vida, amigo—dijo con petulancia, terciando airosamente la capa en que se
envolvía—. Ya no estoy en las cocinas: he pasado á la montería del señor
infante D. Antonio Pascual, donde no hay mucho que hacer y se divierte uno.
Velay: ahora nos han mandado que nos quitemos las libreas y paseemos por el
pueblo...; en fin, esto no se puede decir.
—Pues yo
por nada serviría en palacio. Tres días fuí paje de la señora condesa Amaranta,
y quedé harto.
—Quita
allá: en ninguna parte se vive como en palacio, porque después que le dan á uno
buena cama, buen plato y buena ropa, cuando llega una ocasión como esta no
falta un dobloncito en el bolsillo... Pero esto no es para dicho aquí entre
tanta gente, y allí está la taberna del tío Malayerba, que parece llamarnos,
para que, refrescando en ella, nos contemos nuestras vidas.
Lopito
era un chicuelo de esos que prematuramente se quieren hacer pasar por hombres,
pues también entonces existía esta casta, no conociendo para tal objeto otro
medios que beber á porrillo y dar de puñetazos en las mesas, desvergonzarse con
todo el mundo, mirar con aire matachín, y contar de sí propios inverosímiles
aventuras. Pero con estas cualidades y otras muchas, el ex pinche no dejaba de
ser simpático, sin duda porque unía á su vanidosa desenvoltura la generosidad y
el rumbo, que acompañan por lo regular á los pocos años. Convidóme á cenar en
la taberna, charlamos luégo hasta las nueve, y nos separamos tan amigotes, cual
si hubiéramos aprendido á leer en la misma cartilla.
Al día
siguiente, como no me era posible volverme á Madrid á causa de que los
trajineros pedían fabulosos precios por el viaje, nos reunimos otra vez. Lopito
estaba tan desocupado como yo, y entre la taberna del tío Malayerba y los
jardines del Príncipe nos pasamos la mayor parte del día conferenciando sobre
cuanto nos ocurría, y especialmente acerca de acontecimientos públicos, asunto
en que él se daba extraordinaria importancia. Al principio se mostraba algo
reservado en esta cuestión; pero, por último, no pudiendo resistir dentro de su
alma el sofocante peso de un secreto, se franqueó conmigo generosamente.
—Si
quieres—me dijo—, puedes ganarte algunos cuartos. Yo te llevaré en casa del
señor Pedro Collado, criado de Su Alteza el príncipe Fernando, y verás como te
dan soldada. ¿Ves esos paletos manchegos que andan por ahí? Pues todos cobran
ocho, diez ó doce reales diarios, con viaje pagado y vino á discreción.
—¿Y por
qué es eso, Lopito? Yo creí que esa gente gritaba y chillaba porque así era su
gusto. ¿De modo que todo eso de vivan nuestros Reyes y lo de muera el
choricero, es porque corre el dinero?
—No; te
diré. Los españoles todos aborrecen á ese hombre; mas para que dejen sus casas
y tierras y sus caballerías por venir aquí á gritar, es preciso que alguien les
dé el jornal que pierden en un día como este. Todos los que servimos al infante
D. Antonio Pascual y los criados del príncipe de Asturias hemos estado por ahí
buscando gente. De Madrid hemos traído medio barrio de Maravillas, y en los
pueblos de Ocaña, Titulcia, Villatobas, Corral de Almaguer,
Villamejor
y Romeral, creo que no han quedado más que las mujeres y los viejos, pues hasta
un racimo de chiquillos trajo el señor Collado.
—Pero,
tonto—dije yo, creyendo presentar un argumento decisivo —, ¿qué importa que
toda esa gente chille á las puertas de palacio pidiendo lo que no les han de
dar? ¿Pues no tiene ahí Su Majestad sus reales tropas para hacerse respetar?
Porque ó somos ó no somos. Si con un puñado de gente gritona traída de los
pueblos y de las Vistillas de Madrid se puede obligar al Rey á que haga una
cosa, no sé para qué se toma ese señor el trabajo de llevar corona en la
cabeza.
—Dices
bien, Gabrielillo; y si el condenado generalísimo estuviera seguro de que la
tropa le sostenía, ya podían volverse á sus casas todos esos caballeros que han
venido á darle una serenata; pero tú no sabes de la misa la media. También han
repartido dinero á la tropa—añadió bajando la voz—; y como el príncipe de
Asturias tiene no sé cuantas arcas llenas de onzas de oro que le ha ido dando
su padre para juguetes..., ya ves... Su Alteza hará lo que le dé la gana,
porque le ayudan todos los señores de la grandeza, muchos obispos, muchos
generales, y hasta los mismos ministros que ahora tiene el Rey.
—Eso sí
que es una grandísima picardía—exclamé con ira—. Son ministros del Rey, son
compañeros del otro, á quien sin duda deben los zapatos con que se calzan, y al
mismo tiempo le hacen la mamola al niño Fernando, porque ven que el pueblo le
quiere, y dicen: «Por fas ó nefas, por la mano derecha ó por la izquierda, no
ha de tardar en sentarse en el trono».
Con este
diálogo llegamos á la taberna, y allí nos sentamos, pidiendo Lopito para sí
aguardiente de Chinchón y yo tintillo de Arganda. No estábamos solos en aquella
academia de buenas costumbres, porque cerca de la mesa en que nosotros
perfeccionábamos nuestra naturaleza física y moral, se veían hasta dos docenas
de caballeros, en cuyas fisonomías reconocí á algunos famosos Hércules y Teseos
de Lavapiés, de aquellos que invocó con épico acento el poeta al decir:
Grandes,
invencibles héroes,
que en
los ejércitos diestros
de
borrachera, rapiña,
gatería y
vituperio,
fatigáis
las faltriqueras,
las
tabernas y los juegos
venid á
escuchar el modo
de vengar
nuestro desprecio.
Envidiable
Pelachón;
Marrajo
temido y fiero
inimitable
Zancudo,
y demás
que sois modelo
de
virtudes venid todos
Entre
estos hombres ví otros de figura extraña, y tan astrosos y con tanto andrajo
cubiertos, que daba lástima verlos.
—Estos—me
dijo Lopito, satisfaciendo mi curiosidad—son lo mejorcito de Zocodover de
Toledo, donde ejercitan su destreza en el aligeramiento de bolsillos y alivio
de caminantes.
También
entraron en la taberna muchos soldados de caballería, y al poco rato se había
entablado conversación tan viva, que no era posible entender ni una palabra, si
palabras pueden llamarse las vociferaciones y juramentos de aquella gente. Unos
sostenían que la Familia Real partiría aquella misma tarde, y otros que el Rey
no había pensado en tal viaje. Pronto se disiparon las dudas, porque corrió la
voz de que Su Majestad dirigía la voz á sus súbditos por medio de una proclama
que al punto se fijó en todos los sitios públicos. En ella, después de llamar
vasallos á los españoles decía el buen Carlos IV que la noticia del viaje era
invención de la malicia; que no había que temer nada de los franceses, nuestros
queridos amigos y aliados, y que él era muy dichoso en el seno de su familia y
de su pueblo, al cual conceptuaba asimismo como empachado de prosperidad y
bienaventuranza al amparo de paternales instituciones.
La mayor
parte de los héroes del Zocodover y las Vistillas no parecían inclinados á dar
crédito á la regia palabra, antes bien se burlaban de cuantos acudían á leerla,
añadiendo:
—No se
nos engañará. A mí con esas... Aspacito, Sr. D. Carlos, que ya lo arreglaremos.
Cuando
fuí á casa encontré á D. Celestino loco de alegría: paseaba con la sotana
suelta por su habitación, y aunque no estaba presente, ni aun en sombra, el
pícaro sacristán, mi amigo profería con desaforado acento estas palabras:
—¿Lo ves
malvado Santurrias? ¿Lo ves tunante, borracho, mal acólito, que no sabes más
que juntar gotas de aceite y mocos de vela para venderlo en pelotillas? ¿Ves
como yo tenía razón? ¿Ves como los Reyes no han pensado nunca en semejante
viaje? Sí, que ahí están esos señores en el trono para darte gusto á ti,
pérfido sacristán, escurridor de lámparas y ganzúa de cepillos. ¿No bastaba que
lo dijera yo, que soy amigo de Su Alteza Serenísima y tengo estudios para
comprender lo que conviene al interés de la nación? Véngase usted ahora con
bromitas; amenáceme con tocar las campanas sin mi permiso. Agradézcame el muy
tunante que no me cale ahora mismo el manteo y teja para ir en persona á
contarle á Su Alteza qué clase de pajarraco es usted, con lo cual dicho se está
que el señor Patriarca me lo pondría de patitas en la calle. Pero no, señor
Santurrias; soy un hombre generoso y no iré; no quiero quitarle el pan á un
viudo con cuatro hijos. Pero véngase usted ahora con bromitas, diciendo que mi
paisano acá y allá, y que le van
á arrastrar; y repita aquello de «¡Viva
Fernando, Kirie eleyson! ¡Muera Godoy, Christe eleyson!», con que me despierta
todos los días.
A este
punto llegaba, cuando advirtió que yo estaba delante, y echándome los brazos al
cuello, me dijo:
—Al fin
hemos salido de dudas. Todo era invención de Santurrias. ¿Qué hay por el
pueblo? Estará la gente contentísima, ¿no? Ahora, cuando salga el señor
Príncipe de la Paz á paseo, supongo que le vitorearán ¡Ay!, qué susto me he
llevado, hijito. De veras creí que íbamos á tener un motín. ¡Un motín! ¿Sabes
tú lo que es eso? En mi vida he visto tal cosa, y sírvase Dios llevarme á su
seno antes que lo vea. Un motín no es ni más ni menos que salirse todos á la
calle gritando viva esto ó muera lo otro, y romper alguna vidriera, y hasta si
se ofrece golpear á algún desgraciado. ¡Qué horror! Gracias á Dios no tendremos
ahora nada de esto, y sin duda la prudencia y tino de aquel hombre... ¿Sabes
que estuve en su palacio á prevenirle de lo que pasaba, y no me recibió?
—Lo creo.
En estos días no tendrá Su Alteza humor para recibir, porque, como dijo el
otro, no está la Magdalena para tafetanes.
—Tal vez
él tenga noticias de las picardías de Santurrias y de los otros perdidos con
quien se junta en la taberna del tío Malayerba— continuó el cura—. ¿Pero en
dónde está ese endemoniado sacristán? No parece por aquí, porque sabe que le he
de poner más colorado que un pimiento riojano.
No había
acabado de decirlo, cuando entreabriéndose la puerta, dejó ver los dientes, la
plegada y siempre risueña boca, la exprimida cara y arrugada frente del
sacristán.
—Venga
acá—exclamó D. Celestino con alborozo—; venga el sapientísimo señor Santurrias,
presunto cardenal metropolitano; venga acá para que nos ilustre con su saber,
para que nos aconseje con su prudencia. ¿Puede decirnos cuándo es el viaje?
Porque yo tengo para mí que la proclama de Su Majestad es una tiñería; ¿y qué
crédito merece el Rey de las Españas, de las Indias, de Jerusalén, de Rodas,
etc., cuando habla el excelentísimo Sr. D. Gregorio de las Santurrias,
sacristán que fué de monjas Bernardas, y hoy de mi parroquia? A ver, ¿nos
sacará de dudas su señoría?
—Mañana,
mañana, mañanita, señor cura—contestó el sacristán —. Dígame su paternidad:
¿saca ó no las botellicas?
Y luégo,
sin desconcertarse ante la ironía de su superior, sino por el contrario,
burlándose de los graves gestos con que se le interpelaba, empezó á entonar los
singulares cantos de su repertorio, haciendo mil grotescos visajes y moviendo
los brazos, ya en ademán de repicar, ya aparentando recorrer el teclado de un
órgano, ya, en fin, con la postura propia de tocar la guitarra, sin dejar de
cantar en la forma siguiente:
—Domine,
ne in furore tuo arguas me...
Es la
corte la mapa
de ambas
Castillas,
y la flor
de la corte
las
Maravillas.
Anda,
moreno,
que no
hay cosa en el mundo
como tu
pelo.
De
profundis clamaví ad te, Domine. Domine exaudi vocem meam... Don, dilondon,
don, don.
VIII
Al día
siguiente no hallé tampoco quien me llevase á Madrid; pero deseando vivamente
saber de Inés y curioso por oir de sus propios labios si era verdad ó mentira
la bienaventuranza que le habían ofrecido los Requejos, determiné marcharme á
pie, lo cual, si no era muy cómodo, era más barato; D. Celestino y yo
hablábamos de esto, cuando Lopito entró á buscarme.
—Esta
noche—me dijo al bajar la escalera—tendremos fiesta. No lo digas ni á tu
camisa, Gabrielillo. Pues verás..., aquel papelote que escribió ayer el Rey es
una farsa. Bien decía yo que D. Carlitos, con su carita de pascua, nos esta
engañando.
—¿De modo
que hay viaje?
—Tan
cierto como ahora es día. Pero como no queremos que se vayan, porque esto es
enjuague de Napoleón con Godoy para luégo repartirse á España entre los dos;
como no queremos que se vayan, el viaje se prepara ocultamente para esta noche.
Si fuera verdad que no pensaban salir, ¿por qué no se ha retirado la tropa?
¿Por qué ha venido más tropa, y más tropa, y más tropa? ¿Ves? Ahora está
entrando un batallón por la calle de la Reina.
Confieso
que á mí no me importaba gran cosa que saliese un batallón ó entraran ciento,
ni tampoco me ponía en cuidado el que mi Sr. D. Manuel se marchara á Andalucía
ó á donde mejor le conviniese. Así se lo manifesté á mi amigo; pero hallándose
el alma de Lopito inundada de generoso entusiasmo, por el bien del Reino, me
hizo ver que mi indiferencia era censurable y hasta criminal. Largas horas
pasamos discurriendo por el pueblo y matando el tiempo con amenas
conversaciones. Él se empeñó en llevarme á la taberna, y á la taberna fuimos.
La concurrencia era la misma,
aunque el
panorama de caras había variado, viéndose entre ellas la de Santurrias, que no
era la menos animada. También estaba allí muy macilento y meditabundo, con los
agujereados codos sobre la mesa, el poeta calagurritano que dos años antes
capitaneaba la turba de silbantes en el estreno de El sí de las niñas, y con él
libaba el néctar de Esquivias en el mismo vaso otro de los dioses menores del
Olimpo comellesco, el famoso Cuarta y Media, calderero y poeta. ¡Pobres hijos
de Apolo!
El pinche
me dijo que todos aquellos personajes habían venido de
Madrid
traídos por los confeccionadores de la conjuración, y añadió:
—Esto
para que se vea que también toman parte los hombres que se llaman científicos.
No puedo
menos de decir que toda aquella gente me repugnaba; y en cuanto á sus
intenciones y propósitos, todo me parecía absurdo, sin explicarme por qué.
—Estúpidos—decía
para mí—, ¿pensáis que semejante gatería es capaz de quitar y poner reyes á su
antojo?
Pero en
la noche de aquel mismo día fué cuando pude medir en toda su inexplorada
profundidad el abismo de ignorancia y fanatismo de aquel puñado de
revolucionarios. No hallando otro alivio á mi aburrimiento que la asistencia á
la taberna en compañía de Lopito, en cuanto cerró la noche procuré tranquilizar
á D. Celestino, y me fuí allá. Lopito, que me aguardaba con impaciencia, me
dijo al verme á su lado:
—Me
alegro de que hayas venido, pues con eso no perderás lo mejor. Aquí esta
reunida toda la gente, y después... después veremos.
La
taberna del tío Malayerba estaba llena de bote en bote, y también disfrutaba el
honor de una desmesurada concurrencia un patio interior, destinado de ordinario
á paradero y taller de carretería. No puedo haceros formar idea de la variedad
de trajes que allí vi, pues creo que había cuantos han cortado la historia, la
costumbre y el hambre con su triple tijera. Veíanse muchos hombres envueltos en
mantas, con sombrero manchego y abarcas de cuero; otros tantos cuyas cabezas
negras y redondas adornaba un pingajo enrollado, última gradación del turbante
oriental; otros muchos calzados con la silenciosa alpargata, ese pié de gato,
que tan bien
cuadra al
ladrón; muchos, con chalecos botonados de moneditas, se ceñían la faja morada,
que parece el último jirón de la bandera de las Comunidades; y entre esta
mescolanza de paños pardos, sombreros negros y mantas amarillas, se destacaban
multitud de capas encarnadas, cubriendo cuerpos famosos de las Vistillas, del
Ave María, del Carnero, de la Paloma, del Águila, del Humilladero, de la
Arganzuela, de Mira el Río, de los Cojos, del Oso, de Tribulete, de
Ministriles, de los Tres Peces, y otros célebres faubourgs (permítasenos la
palabrota), donde siempre germinó al beso del sol de Castilla la flor de la
granujería.
En cuanto
á la variedad de las voces, nada puedo decir, porque todos hablaban á un
tiempo. Pero al fin en aquella reunión, como en todas las de igual naturaleza,
resonó una voz para dominar á las demás. La multitud sabe á veces callar para
oir, sin duda porque se marea con sus propios gritos. Algunos de los presentes
dijeron: «Que hable Pujitos», y al instante Pujitos, cediendo á los reiterados
ruegos de sus amigos políticos (dispensadme este anacronismo), salió al patio,
por no tener la taberna capacidad para tan grande auditorio, y subió á la
tribuna, es decir, á un tonel.
Pujitos
era lo que en los sainetes de don Ramón de la Cruz se señala con la
denominación de majo decente, es decir, un majo que lo era más por afición que
por clase, personaje sublimado por el oficio de obra prima, el de carpintero ó
el de platero, y que no necesitaba vender hierro viejo en el Rastro, ni
acarrear aguas de las fuentes suburbanas, ni cortar carne en las plazuelas, ni
degollar reses en el matadero, ni vender aguardiente en Las Américas, ni
machacar cacao en Santa Cruz, ni vender torrados en la verbena de San Antonio,
ni lavar tripas allá por el portillo de Gilimón, ni freír buñuelos en la
esquina del hospital de la V.O.T., ni menos se degradaba viviendo holgadamente
á expensas de ninguna mondonguera, ó castañera, ó de alguna de las muchas Venus
salidas de la jabonosa espuma del Manzanares. Pujitos estaba con un pié en la
clase media: era un artesano honrado, un hábil maestro de obra prima; pero tan
hecho desde su tierna y bulliciosa infancia á las trapisondas y jaleos
manolescos, que ni en el traje ni en las costumbres se le distinguía de los
famosos Tres Pelos, el Ronquito,
Majoma y
otras notabilidades de las que frecuentemente salían á visitar las cortes y
sitios reales de Ceuta, Melilla, etc.
Pujitos
era español. Como es fácil comprender, tenía su poco de
imaginación,
pues alguno de los granos de sal, pródigamente
esparcidos
por mano divina sobre esta tierra, había de caer en su
cerebro.
No sabía leer, y tenía ese don particular, también español
neto, que
consiste en asimilarse fácilmente lo que se oye; pero
exagerando
ó trastornando de tal manera las ideas, que las
repudiaría
el mismo que por primera vez las echó al mundo. Pujitos
era
además bullanguero, era de esos que en todas épocas se
distinguen,
por creer que los gritos públicos sirven de alguna cosa;
gustaba
de hablar cuando le oían más de cuatro personas, y tenía
todos los
marcados instintos del personaje de club; pero como
entonces
no había tales clubes ni milicias nacionales, fué preciso
que
pasaran catorce años para que Pujitos entrara con distinto
nombre en
el uso pleno de sus extraordinarias facultades. Setenta
años más
tarde, Pujitos hubiera sido un zapatero suscrito á dos ó
tres
periódicos, teniente de un batallón de voluntarios,
vicepresidente
de algún círculo propagandista, elector diestro y
activo,
vocal de una comisión para la compra de armas, inventor de
algún
figurín de uniforme; hubiera hablado quizás del derecho al
trabajo y
del colectivismo, y en vez de empezar sus discursos así:
«Jeñores:
Denque los güenos españoles...», los comenzaría de este
otro
modo: «Ciudadanos: A la raíz de la revolución...».
Pero
entonces no se había hablado de los derechos del hombre, y lo poco que de la
soberanía nacional dijeron algunos no llegó á las tapiadas orejas de aquel
personaje; ni entonces había asociaciones de obreros, ni derecho al trabajo, ni
batallones de milicias, ni gorros encarnados, ni había periódicos, ni más
discursos que los de la Academia, por cuyas razones Pujitos no era más que
Pujitos.
De pié
sobre el tonel, con la capa terciada, el sombrero echado sobre la ceja derecha,
aquel personaje, hombre pequeño de cuerpo, si bien de alma grande, morenito,
con sus ojuelos abrillantados por los vapores que le subían del estómago, habló
de esta manera:
—Jeñores:
Denque los güenos españoles golvimos en sí y vimos quese menistro de los
dimonios tenía vendío el Reino á Napolión risolvimos ir en ca el palacio de Su
Sacarreal Majestad pa icirle
cómo
estemos cansaos de que nos gobierne como nos está gobernando y que naa más sino
que nos han de poner al príncipe de Asturias, pa que el puebro contento diga:
¡EI Kirie eleyson cantando, ¡viva el príncipe Fernando! (Fuertes gritos y
patadas). Ansina se ha de hacer, que ínterin quel otro se guarda el dinero de
la nación, el puebro no come y Madrid no quiere al menistro; conque, ¡juera el
menistro!, que aquí semos toos españoles, y si quieen verlo, úrguennos un
tantico y verán dó tenemos las manos. (Señales de asentimiento). Pos sigo
iciendo que esombre nos ha robao, nos ha perdío, y esta noche nos ha de dar
cuenta de too, y hamos de ecirle al Rey que le mande á presillo y que nos ponga
al príncipe Fernando, á quien por esta (y besó la cruz) juro que le efenderemos
contra too el que venga, manque tenga enjércitos y más enjércitos. Jeñores,
astamos ya hasta el gañote, y ahora no hay naa más sino dejarse de pedricar y
coger las armas pacabar con Godoy, y digamos toos con el ángel:
El Kirie
eleyson cantando,
¡viva el
príncipe Fernando!
Un
alarido, un colosal balido resonó en el patio y el orador bajó de su escabel.
Mientras limpia el sudor de su frente coronada con los laureles oratorios, la
moza de la taberna se acerca á escanciarle el vino. ¿Es Hebe, la gallarda
copera de los dioses, que vierte el néctar de Chipre en el vaso de oro del
joven de los rubios cabellos, al regresar de la diurna carrera? No; es
Mariminguilla, la ninfa de Perales de Tajuña, á quien trajo desde las riberas
de aquel florido río el señor Malayerba, dándole el cargo de escanciadora
mayor, que desempeña entre pellizcos y requiebros.
Lopito,
que tiene con ella alguna aventura pendiente, la llama, la pellizca también,
dícele mil niñerías... Pero á todas estas la multitud que ocupa la taberna se
levanta, obedeciendo á la orden de un hombre que allí se presentó de improviso.
Salieron todos, y yo, no queriendo perder el final de una función que parecía
ser divertida, les seguí.
—¡Silencio
todo el mundo!—dijo una voz, perteneciente, según comprendí, á persona resuelta
á hacerse obedecer; y la turba se puso en marcha con cierto orden. La noche era
oscurísima, pero serena.
—¿Adónde
vamos, Lopito?—pregunté á mi compañero.
—A donde
nos lleven—me contestó por lo bajo—. ¿A qué no sabes quién es ese que nos
manda?
—¿Quién?
¿Aquel palurdo que va delante con montera, garrote, chaqueta de paño pardo y
polainas; que se para á ratos, mira por las bocacalles, y se vuelve hacia acá
para mandar que callen?
—Sí; pues
ese es el señor conde de Montijo. Conque figúrate, chiquillo, si no podemos
decir aquel refrán de... cuando los santos hablan, será porque Dios les habrá
dado licencia.
IX
El grupo
recorrió algunas calles y unióse á otro más numeroso que encontramos al cuarto
de hora de haber salido. Lopito, señalándome las tapias que se veían en el
fondo del largo callejón, me dijo:
—Aquellas
son las cocheras y la huerta del Príncipe de la Paz.
Pasamos
de largo y vimos de lejos las dos cúpulas del palacio.
Cerca del
mercado se nos unieron otras muchas personas que, según Lopito, eran cocheros,
palafreneros, pinches, mozos de cuadra y lacayos del infante D. Antonio y del
príncipe de Asturias. —Pero ¿qué vamos á hacer aquí?—pregunté á mi amigo—
¿Vamos á
impedir que los Reyes salgan del pueblo, ó vamos simplemente á tomar el fresco?
—Eso lo
hemos de ver pronto—me contestó—. Yo, si he de decirte la verdad, no sé lo que
se ha de hacer, porque Salvador el cochero no me ha dicho más sino que vaya
donde van los demás y grite lo que los demás griten. Ves, ahí frente tenemos el
palacio: no hay luces en las ventanas ni se oye ruido alguno, como no sea el de
las ranas que cantan en los charcos del río.
La voz
del que nos mandaba dijo «alto», y no dimos un paso más.
—Es
raro—dije á Lopito muy quedamente—que no hayamos encontrado centinelas que nos
detengan, ni siquiera una ronda de tropa que nos pregunte adónde vamos á estas
horas.
—¡Necio!—me
contestó—. ¡Si sabrá la tropa lo que se pesca! ¿Pues qué hacen ellos sino
estarse quietecitos en sus cuarteles esperando á que les digan: Caballeros,
esto se acabó?
Dime por
convencido y callé. Durante un rato bastante largo no se oyó más que el sordo
murmullo de diálogos sostenidos en voz baja, algunos sordos ronquidos,
sofocadas toses, y á lo lejos el canto de las discutidoras ranas y el rumor de
leves movimientos del aire sacudiendo las ramas de los olmos, que empezaban á
reverdecer. La noche era tranquila, triste, impregnada de ese perfume extraño
que emiten las primeras germinaciones de la primavera. El cielo estaba
tachonado de estrellas, á cuya pálida claridad se dibujaban las espesas y
negras arboledas, la silueta cortada del Real Palacio, y más allá la figura del
Anteo de mármol levantado del suelo por Hércules, en el grupo de la fuente
monumental que limita el llamado parterre. El sitio y la hora eran más propios
para la meditación que para la asonada.
De
improviso, aquel silencio profundo y aquella oscuridad intensa se
interrumpieron por el relámpago de un fogonazo y el estrépito de un tiro que no
se sabe de dónde partió. La turba de que yo formaba parte lanzó mil gritos,
desparramándose en todas direcciones.
Parecía
que reventaba una mina, pues no á otra cosa puedo comparar la erupción de todo
aquel rencor contenido. Todos corrían; yo corría también. Lucieron antorchas y
linternas; se alzaron al aire nudosos garrotes; muchas escopetas se dispararon;
oyóse un son vivísimo de cornetas militares, y una multitud de piedras,
despedidas por manos muy diestras, fueron á despedazar, produciendo horribles
chasquidos, los cristales de una gran casa. Era la del Príncipe de la Paz.
La
historia dice que el tumulto empezó porque la multitud se empeñó en conocer á
una dama encubierta que, acompañada de dos guardias de honor, salía en coche de
casa del generalísimo. Aseguran algunos que en una de las ventanas del palacio
se vió una luz, considerada como señal para empezar la gresca.
Del tiro
y toque de corneta no tengo duda, porque los oí perfectamente. En cuanto á la
luz, yo no la vi; pero creo haber oído decir á Lopito que él la vio, aunque no
estoy muy seguro de ello. Poco importa que apareciera ó no: lo primero es, si
no cierto, muy verosímil, porque el centro de la conjuración estaba en el
alcázar, y los principales conspiradores eran, como todo el mundo sabe, el
príncipe de Asturias, su tío, su hermano, sus amigos y adláteres, muchos
gentiles hombres, altos funcionarios de la Casa del Rey, y algunos ministros.
Los
alborotadores se multiplicaban á cada momento, pues nuevas oleadas de gente
engrosaban la masa principal, sin que un soldado se presentase á contener al
paisanaje. No tardó en caer al suelo, destrozada por repetidos golpes y
hachazos, la puerta del palacio del Príncipe de la Paz, cuyo nombre pronunciaba
el irritado vulgo entre horribles juramentos y amenazas.
La turba
siempre es valiente en presencia de estos ídolos indefensos, para quienes ha
sonado la hora de la caída. Tienen estos en contra suya la fatalidad de verse
abandonados de improviso por los amigos tibios, por los servidores asalariados,
y hasta por los que todo lo deben al infeliz que cae; de modo que á las manos
del odio justo ó injusto, se unen, para rematar á la víctima, las manos de la
ingratitud, el más canalla de todos los vicios.
Sintiendo
el auxilio de la ingratitud, la turba se envalentona, se cree omnipotente é
inspirada por un estro divino, y después se atribuye orgullosamente la
victoria. La verdad es que todas las caídas repentinas, así como las
elevaciones de la misma clase, tienen su manubrio interior manejado por manos
más expertas que las del vulgo.
Cuando la
puerta de la casa se abrió, precipitóse la turba en lo interior, bramando de
coraje. Su salvaje resoplido me causaba terror
é indignación, mayormente cuando consideré
que iba á saciar su sed de venganza en la persona de un hombre indefenso. Era
aquella la primera vez que veía yo al pueblo haciendo justicia por sí mismo, y
desde entonces le aborrezco como juez.
A los
gritos de ¡muera Godoy! se mezclaban preguntas de feroz impaciencia: ¿Le han
cogido? ¿Le han matado? Todos querían entrar; pero no era posible, porque la
casa estaba ya atestada de
gente.
Desde fuera y al través de los balcones, de par en par abiertos se veía el
resplandor de las hachas. Siniestros gritos y ruidos de muebles ó vasos que se
quebraban bajo las garras de la fiera, salían de la casa á mezclarse con el
concierto exterior. En un instante se encendió una gran hoguera que iluminó la
calle: las campanas de todas las iglesias y conventos del pueblo tocaban sin
cesar; pero no podía definirse si aquellos tañidos eran toques de alarma ó
repiques de triunfo.
Lopito,
que bailaba como un demonio adolescente junto á la hoguera, se acercó á mí y me
dijo:
—Gabriel,
¿no te entusiasmas?, ¿qué haces ahí tan friote? Ven, subamos al palacio. Alguna
vez ha de ser para nosotros. ¿No dicen que todo lo ha robado á la nación?
Casi
arrastrado por mi joven amigo entré en el palacio y subí á las habitaciones
altas, abriéndonos paso por entre los energúmenos que bajaban y subían. Recorrí
todas las salas por las cuales había transitado dos días antes; llegué al mismo
despacho del Príncipe, y ví la mesa donde escribí mi nombre. La multitud subía
y bajaba, abría alacenas, rompía tapices, volcaba sofás y sillones, creyendo
encontrar tras alguno de estos muebles al objeto de su ira; violentaba las
puertas á puñetazos; hacía trizas á puntapiés los biombos pintados; desahogaba
su indignación en inocentes vasos de China; esparcía lujosos uniformes por el
suelo; desgarraba ropas; miraba con estúpido asombro su espantosa faz en los
espejos, y después los rompía; llevaba á la boca los restos de cena que
existían aún calientes en la mesa del comedor; se arrojaba sobre los finos
muebles para quebrarlos; escupía los cuadros de Goya; golpeaba todo por el
simple placer de descargar sus puños en alguna parte; tenía la voluptuosidad de
la destrucción, el brutal instinto tan propio de los niños por la edad como de
los que lo son por la ignorancia; rompía con fruición los objetos de arte, como
rompe el rapaz en su despecho la cartilla que no entiende; y en esta tarea de
exterminio, la terrible fiera empleaba á la vez, y en espantosa coalición,
todas sus herramientas, las manos, las patas, las garras, las uñas y los
dientes, repartiendo puñetazos, patadas, coces, rasguños, dentelladas,
testarazos y mordiscos.
La rabia
del monstruo aumentó cuando corrieron de boca en boca estas frases: «No está
ese perro», «El endino se ha escapao». Efectivamente: el Príncipe no parecía
por ninguna parte, de lo cual me alegré.
Cuando la
turba no puede saciar su hambre de destrucción en el objeto humano de su
rencor, suele darse el gustazo de tomar venganza en los cuerpos inocentes de
los muebles que á aquel pertenecieron. Así ha ocurrido en todos los motines de
nuestro repertorio, y así ocurrió en aquel, más que ninguno famoso, por las
diversas causas que lo ocasionaron. Convencidos, pues, los conjurados de que no
habrían á las manos ni un pelo del Príncipe de la Paz, concibieron el heroico
pensamiento de quemar todas las preciosidades del palacio recién saqueado. Con
gozo sin igual, con la embriaguez del triunfo y la conciencia de su fuerza
irresistible, comenzaron los nuevos huéspedes del palacio á arrojar por los
balcones sillas, sofás, tapices, vasos, cuadros, candelabros, espejos, ropas,
papeles, vajillas y otros mil perversos cómplices de la infame política de
Godoy. La fiera cumplía este cometido con cierto orden, sin dejar de decir:
«¡Muera ese tunante ladrón!», y «¡Viva el Rey, viva el príncipe de Asturias!».
Pero
antes de que empezara esta operación, y cuando los exploradores se convencieron
de que el Príncipe había huido, la Princesa de la Paz, que estaba hasta
entonces oculta, se presentó pidiendo socorro é implorando la compasión de la
multitud. El miedo hacía temblar á la infeliz señora, lo mismo que á su hija,
niña de corta edad, que con ambos puños en los ojos lloraba sin consuelo. No sé
si los ruegos de la madre y de la hija ablandaron á los amotinados, ó si las
personas de categoría que dirigían la fiesta determinaron poner en salvo con
todo miramiento y consideración á la infeliz Princesa; lo cierto fué que, lejos
de maltratarla de obra ó de palabra, sacáronla de la casa, y puesta en una
berlina fué llevada en ca el palacio de los Reyes, como decía Pujitos, el cual,
sin que nadie se lo ordenara, se encargó de tan caballeresca comisión.
Ustedes
comprenderán que todo lo que fuese figurar en primer término agradaba á
Pujitos, así es que si se reunía un pelotón para marchar á cualquier parte,
allí estaba él para mandarlo, complaciéndose en decir: «Malchen, media güelta á
lizquielda», con
tanta
marcialidad como un coronel de guardias valonas. No me cansaré de repetirlo:
Pujitos tenía en su cráneo, entre un lobanillo y un chichón, la protuberancia
(¿cómo lo diré...?) la protuberancia de la tenientividad. Como Napoleón el
genio de la guerra, poseía él el instinto de la milicia nacional, y los hados
le permitieron gozar el mando de varias compañías en los años de jarana del H
al O y aun posteriormente.
Cuando
los infatigables trabajadores del motín comenzaron á arrojar por ventanas y
balcones los muebles del palacio, Lopito, que llevaba á cuestas una maravillosa
obra de porcelana, producto de los talleres de la Moncloa, se llegó á mí y
díjome:
—Gabrielillo,
cuidado cómo coges nada. El tío Pedro, que está allí observando lo que hacemos,
tiene en la mano una pistola, y dice que levantará la tapa de los sesos al que
robe cualquier chuchería. No es el único gran caballero que está entre nosotros
¿Ves aquel hombre vestido de majo que está dando de patadas á un retrato de
cuerpo entero? Pues es un gentilhombre del cuarto del Príncipe. ¿Ves? Ya pasó
el pié del otro lado de la tela. Tremendo agujero le han hecho. ¡Al fuego, al
fuego!
La
hoguera, alimentada con tanto combustible, subía á enorme altura, y las llamas
oscilantes iluminaban de un modo pavoroso la calle toda, y también el interior
del palacio. Parecíamos los cíclopes de una inmensa fragua; y digo parecíamos,
porque yo también, temiendo que mi falta de entusiasmo fuera sospechosa y me
proporcionase algún porrazo, puse manos á la obra, y cogiendo una armadura
milanesa, en cuyo peto y casco se veían batallas microscópicas, trabajadas por
finísimo cincel, dí con ella en la calle y en la hoguera. Ni por un momento
cesaban los gritos de «¡Muera Godoy!» y sin duda querían matarlo á voces, ya
que de otra manera les fué imposible conseguirlo. Pero es de advertir que entre
nosotros es muy común el intento de arreglar las más difíciles cuestiones
mandando vivir ó morir á quien se nos antoja, y somos tan dados á los gritos,
que repetidas veces hemos creído hacer con ellos alguna cosa.
Yo no sé
si los asaltadores de la casa del Príncipe de la Paz creían estar quemando algo
más que muebles muy finos y primorosas obras de arte; pero por lo que en boca
de alguno de
aquellos
héroes oí, se me figura que ellos estaban convencidos de que hacían un gran
papel político; de que con la llama de los espinos y de los brezos, sin cesar
alimentada por ébanos tallados y bordadas telas, estaban cauterizando las más
feas llagas de la doliente España. ¡Ay! He presenciado después la misma escena
repetida cada pocos años, ya por esta idea, ya por la otra, y he dicho:
«Algunas veces puede conseguirlo la espada en manos de un hombre de genio; pero
el fuego en manos del vulgo, jamás».
Tras la
armadura cogí un reloj de bronce, y al llevarlo sobre mí sentía el palpitar de
su máquina. El pobrecillo andaba, vivía; aquel artificio, que tanto se parece á
un ser animado; aquella obra de los hombres que parece una obra de Dios, y que
ha sido inventada por la ciencia y adornada por las artes para uno de los más
útiles empleos de la vida, iba á perecer á manos del hombre mismo, sin haber
cometido más crimen que el de marcar las horas... ¿Pero á qué vienen estas
consideraciones hechas ante la hoguera del rencor? Aunque me daba lástima del
relojito, y lo estrechaba contra mi pecho escuchando su latido que iba á
extinguirse, arrójelo al fin, y las mil piezas de su máquina ingeniosa
repercutieron sobre el suelo. Al reloj siguieron cuantas baratijas encontré á
mano, entre ellas guantes perfumados, un estuche de marfil, pequeñas estatuas
de alabastro, y después unos mapas del Asia, libros lujosamente encuadernados
(que sin duda los muy necios se creían libres de la Inquisición), unas
pantuflas, cuatro casacas con galones de plata y oro, y el pupitre en que dos
días antes se había extendido mi recomendación. Fortuna, vil prostituta, ¿por
qué te invocan los hombres? ¿Por qué consagran su vida á buscarte, ya con
afanes y trabajos, ya con intrigas y sutilezas, por todos los rincones del
mundo, en altas y bajas esferas? Y el que te encuentra, ¿por qué se te entrega
ciegamente, ignorante de tus traiciones? Vale más ser constante entre tus
desdeñados que entre tus elegidos, y la mayor suerte del hombre será el no conocerte
ni de nombre, y su mejor hazaña darte con la puerta en los hocicos el día en
que intentes penetrar en su casa.
X
Cuando
revolvía uno de los armarios, aparecieron varias cruces; pero algunos de los
presentes ni aun me permitieron tocarlas y pusiéronlas todas en una bandeja de
plata, para entregarlas, según decían, al Rey en persona. Lo más singular de la
determinación de aquellos cortesanos tiznados con el hollín de la demagogia,
era que disputaban sobre quién debía llevarlas, pues ninguno quería ceder á los
demás semejante honor. Uno de ellos venció al fin; y no quisiera equivocarme,
pero me pareció reconocer al señor de Mañara.
Con el
crecer de la llama parecía que cobraban nuevos bríos los quemadores, si bien
puede atribuirse este fenómeno á que algunos zaques dieron vuelta á la redonda,
humedeciendo los secos paladares, y alegrando los ánimos que un trabajo tan
penoso como patriótico había comenzado á abatir. Creí oir la voz de Pujitos,
obligado nuevamente por sus amigos políticos á tomar la palabra; pero no: era
Santurrias, que teniendo en la izquierda la bota y en la derecha mano un leño
encendido, pronunciaba sentidas frases en loor del pueblo y del Rey, ambos en
buen amor y compaña, para bien del Reino; y añadía que el endino Príncipe de la
Paz estaba bien castigado, puesto que eran ya cenizas todos los muebles que
robó al Reino, y que de aquí palante, es decir, en lo sucesivo, no habría más
menistros pillos y lairones.
Las
hogueras, cuando ya no había nada que echarles, se aplacaron; el populacho,
mientras el tío Malayerba tuvo vino, y Pujitos y Santurrias elocuencia, seguía
ardiendo y chisporroteando. Algunos quisieron trasladar el teatro de sus
ingeniosas proezas á las puertas de palacio, no siendo extraños los dos
oradores á un proyecto que ensanchaba la esfera de sus triunfos; pero debió
oponerse á esto el tío Pedro y compañeros de polaina, mayormente cuando tenían
la seguridad de que el motín de las calles no era más que una sucursal de la
gran asonada que en los mismos momentos estallaba en palacio y en la cámara del
rey Carlos IV.
Era ya la
madrugada cuando quise retirarme, sin que lograra detenerme Lopito que decía:
—Aún
falta lo mejor. ¿Qué te parece, Gabrielillo, lo que hemos hecho? Pues entavía
hemos de hacer mucho más. Ya habrá visto el Rey si se puede ó no se puede.
Pónganos otra vez menistros malos, y verá como en menos que canta un gallo los
despabilamos. Lo que es Lopito..., je, je... ya habrán visto que tiene malas
moscas..., y como yo hubiera encontrado á Godoy en cualquiera parte de la casa,
le juro que no sale vivo de mis manos.
Diciendo
esto, el valiente pinche sacó una navajilla, con la cual le ví describir
heroicas curvas en el aire.
—Y si
llegamos á ir á palacio—prosiguió, alzando el arma homicida—, yo, yo mesmito
soy el que me presento al Rey y á la Reina para decirles que si no nos ponen al
príncipe Fernando en el trono, lo pondremos nosotros. Lo que es al Rey no le
haré nada, porque es el Rey; pero á la Reina, manque se ponga de rodillas
delante, no la perdono.
Dijo, y
guardó el arma. A todas estas llegó una compañía de guardias para custodiar la
casa después de saqueada: fácil era comprender la inteligente dirección del
motín de que había sido brutal instrumento un pueblo sencillo. Este no hubiera
podido dar un paso más allá de la línea que se le marcara sin sentir encima la
fuerte mano de la autoridad.
No
necesito decir que cuando se montó la guardia, el predestinado Pujitos quiso
formar parte de ella, aunque no era militar, y su genio organizador se
entretuvo en reunir en pelotón hasta una docena de hombres, con los cuales se
ocupó en patrullar por las inmediaciones de la casa, mandándoles marchar á
compás, y supliendo él mismo con su voz la falta de tambor.
Al fin me
marché, no sólo porque tenía sueño, sino porque cuanto había visto y oído me
repugnaba con exceso. Llegue á la casa del cura, y no puedo haceros formar idea
del estado de agitación y de fiebre en que le encontré. Envuelta en un pañuelo
la cabeza, puesta la sotana vieja y con su antiguo gabán de paño burdo echado
sobre los hombros, sus anchos pantuflos en los pies, estaba mi buen
eclesiástico recorriendo de largo á largo los corredores y pasillos de su casa.
Su aspecto era semejante al de los que sufren un terrible
dolor de
muelas; á cada instante se llevaba las manos á las orejas, como para
resguardarlas del ruido que hacían aún las campanas de la iglesia vecina; de
vez en cuando golpeaba el suelo con fuerte patada, y á lo mejor daba media
vuelta, cambiando de dirección en su calenturiento paseo. Entre tanto, no
cesaba de hablar un solo momento. ¿Con quién? Con las paredes, con la luna, con
la parra, que, enredándose en los maderos del corredor, extendía sus flacos y
secos brazos para coger alguna cosa. Cuando me vio, hablome sin aguardar á que
llegase á su lado.
—Estoy
loco, Gabrielillo. ¿Qué pasa, qué ocurre? ¿Oyes las campanas de la parroquia?
Por los mártires de Alcalá juro..., no, jurar no, que es pecado..., prometo que
Santurrias me las ha de pagar todas juntas. ¿Pero has visto cómo se burla de mí
ese condenado? No es él el que toca, que si fuera... Mira, estaba yo
descabezando el primer sueño, cuando me hizo saltar de la cama el ruido de las
campanas ¡Dios mío, qué algazara! Plin, plan, plin, plan..., parecía que el
cielo se venía abajo. Lleno de indignación corrí á la torre; pero Santurrias no
estaba, y en su lugar sus cuatro hijos tocaban las campanas. Tal era mi cólera,
que resolví mostrar la mayor energía, y les dije: «Pillos, granujas, váyanse de
aquí noramala»; pero ellos se rieron de mí y siguieron tocando... plin, plan,
plin, plan... ¡Si hubieras visto á los cuatro condenados muchachos, con qué
alegría, con qué frenesí tiraban de las cuerdas!...¡Malditos sean!... y uno de
ellos, el mayor, es listillo y muy mono... y ayuda á misa como un zarapico. Pero
me dio tal enfado, que les mandé salir de la torre. ¿Tú me obedeciste? Pues
ellos tampoco. El más chico me dijo: «Pare Gorio jué matal á Godoy, y nos puso
á que tocálamos fuelte, fuelte». Desde las once hasta ahora no han cesado ni un
momento. Pero dime, ¿qué ocurre en el pueblo? He visto el resplandor de una
llamarada, he sentido gritos. La tía Gila fué por orden mía á ver lo que
pasaba, y volvió horrorizada, diciendo que estaban quemando todo el palacio
Real de punta á punta, y los jardines, y el Tajo, y la cascada. Cuéntame,
hijito, que estoy sin sosiego.
Contéle
lo que había pasado en casa del Príncipe su amigo. —Pero á estas horas habrán
salido las tropas para castigar á esa
vil
plebe—me dijo.
—¡Quia!
Si entre la multitud había muchos soldados... La tropa debe de estar sobornada.
—Pero á
estas horas el Príncipe ha de estar tomando sus disposiciones para arreglarlo
todo..., porque él no es hombre que se anda con chiquitas, y si les sienta la
mano... ¡Cuánto deploro no haber podido advertirle ayer lo que se preparaba! Ya
ves, hubiéramos podido evitar este tumulto.¡Miserable de mí!... Yo, yo tengo la
culpa. Si no fuera por este genio corto que Dios me ha dado...
—El
Príncipe ha huido, y debe estar á estas horas muy lejos de Aranjuez.
—¡Que ha
huido! No puede ser, no puede ser—exclamó con cierta enajenación—. Gabriel,
¿para qué mientes? ¿O eres tú también de los que creen las majaderías y
simplezas de Santurrias?
A este
punto llegábamos de nuestro coloquio, cuando sentimos una voz ronca y
desapacible que gritaba en el portal.
—¡Ah!—dijo
el cura—; me parece que siento á Santurrias. Ahora va á ser ella: no intercedas
por él..., estoy decidido..., ahora sí que es preciso ser enérgico.
La voz se
acercaba. Era efectivamente el sacristán, que cantaba así, subiendo por la
escalera:
Vale una
seguidilla
de las
manchegas
por
veinticinco pares
de las
boleras.
Solvet
saeclum in favilla, teste David cum Sibylla.
—Váyase
usted, señor Santurrias—exclamó el cura—. No le quiero ver á usted, no quiero
oir sus necedades.
El
sacristán, que hasta entonces no nos había visto, se paró ante nosotros, y
lanzando una carcajada de estupidez, habló así, con lengua estropajosa:
El Kirie
eleyson cantando
¡viva el
príncipe Fernando!
Luégo dio
fuertes golpes en el suelo con un garrote medio quemado que en la mano traía, y
acto continuo empezó á marchar militarmente por el corredor, imitando con la
boca el ruido del tambor.
—¡Está
borracho!—dijo el cura—. Pero, miserable, ¿no ves que el vino se te sale por
los ojos?
Santurrias,
apoyado en su palo para no caer al suelo, alargó su cuello, fijó en nosotros
los encandilados ojos, arrugóse su cara más aún que de ordinario, y dijo:
—Señor
paterniá: el Príncipe ha juío... ¡Viva el Rey! ¡Muera el
choricero!
¡Muera ese pillo lairón!... ¡Ó salutaris hooo...stia! Si me
bían
dejao, le hago porvo con este palo... Prrum, prrum... ¡marchen!
Media
güelta... ¡Viva el comendante Pujitos!
—¡Oh
espectáculo lastimoso!—dijo D. Celestino—. Está como una cuba. Ya no le aguanto
más... A la calle, á la calle mañana mismo. Se lo diré al señor Patriarca...
Pero no: ahora me acuerdo de que es un viudo con cuatro hijos.
A todas
estas las campanas seguían tocando con igual furia, prueba evidente de que el
entusiasmo de los cuatro muchachos no había disminuido.
Santurrias
se agarró al antepecho del corredor para no caer. Después de haber dicho mil
herejías, que á D. Celestino le pusieron el cabello de puntas, dijo que nos iba
á contar lo que había hecho.
—Calla de
una vez, deshonra de la santa iglesia, borracho, hereje, blasfemo—le dijo D.
Celestino empujándole—. Yo te aseguro que si no fueras un viudo con cuatro
hijos...
—Pos,
pos...—balbuceó Santurrias—; lo que hamos hecho se llama... ¡rigolución!... Que
si vamos á palacio, que si no vamos. Yo quería ir pa pedí la aldicación.
—¡Cómo!—exclamó
el cura con espanto—. ¿Ha abdicado Su Majestad el rey Carlos IV?
—Nones...
entavía nones...
Quantus
tremor es futurus
Quando
judex est venturus.
Viva
quien baila,
que
merece la moza
mejor de
España.
¡Muera
Godoy!..., marchen..., señor cura. Ya el menistro no es menistro polque el
Rey...
—Creo que
el Rey—dije yo para sacar de su ansiedad al buen anciano—ha firmado ya la
destitución del Príncipe de la Paz. Según
allí se
dijo, los ministros que estaban en palacio se lo pedían así. —Eso..., eso...,
juimos á palacio—continuó Santurrias, que no pudiendo sostenerse ya, había
caído al suelo—, y salió un gentilón con un papé escrito, y leyó..., y
decía..., decía: Queriendo mandal por mi mesma mesmedá en el enjército y la
marina, he venido en
ex...
ex... ex...
—En
exonerar—dijo el cura, dirigiendo sus ojos al cielo. Santurrias murmuró algunas
palabras más entre latinas y
castellanas,
y calló al fin. Un fuerte ronquido anunció el aplanamiento de aquel elevado
espíritu, conturbado por el vino de la conjuración.
Observé
que D. Celestino enjugaba una lágrima con la punta del mismo pañuelo que tenía
arrollado en la cabeza. Amanecía, y una turba de pájaros procedentes de los
árboles cercanos, pasaron por sobre el patio cantando un himno de paz. Las
primeras luces de la mañana iluminaron la casa, y el cura se retiró á su
cuarto, diciendo:
—Dentro
de un rato diré la misa y la aplicaré por la salvación de mi amigo el Príncipe
de la Paz... ¡Ay, si yo le hubiera avisado con tiempo!... Pero ¿no oyes? ¡Esas
condenadas campanas me tienen loco!
En
efecto, los cuatro muchachos seguían tocando.
XI
Pasé todo
aquel día durmiendo. Al caer de la tarde salí para observar el aspecto del
pueblo, y en la taberna encontré á Lopito, que hacía con su navajita mil
rúbricas en el aire, para que le viera Mariminguilla. Después, guardando el
arma, me dijo:
—Le he
caído en gracia á la muchacha, y si el tío Malayerba no me la deja sacar de
aquí, ya sabrá quién es Lopito. ¡Qué bien me porté anoche, Gabriel! Todos están
entusiasmados conmigo, y para cuando tengamos al Príncipe en el trono, ya me
han prometido
darme una
plaza de ocho mil reales en la Contaduría del Consejo de Hacienda.
—Chico,
si tienes buena letra...
—Ni buena
ni mala, porque no sé escribir; pero eso será lo de menos. Me ha dicho Juan el
cochero que ahora van á quitar de las oficinas á todos los que puso el Príncipe
de la Paz, y como son cientos de miles, quedarán muchas plazas vacantes. Conque
á toos nos han de poner..., porque, chico, esto de la montería me cansa, y para
algo más que para cuidar perros y machos de perdiz me parece que nos echaron
nuestras madres al mundo.
—Pero
¿ponen al príncipe de Asturias, ó no lo ponen? —Nos lo pondrán; y si no, ¿para
qué vienen ahí las tropas de
Napoleón?
¡Qué bueno estuvo lo de anoche! Dicen que el Rey temblaba como un chiquillo, y
quería venir á calmarnos; pero parece que los ministrillos no le dejaron. La
Reina decía que nos debían matar á todos, para que no pasara aquí otra como la
de Francia, donde les cortaron la cabeza á los reyes con un estrumento que
llaman la tía Gillotina. Así me lo contó está mañana Pujitos, que sabe de toas
estas cosas, y lo ha leído en un papel que tiene. Nosotros queremos al Rey
porque es el Rey, y esta mañana, cuando salió al balcón, gritamos mucho y le
aclamamos. Él se llevaba la mano á los ojos para secarse las lágrimas; pero la
condenada Reina estaba allí como un palo, y no nos saludó. Pujitos, que lo sabe
todo, dice que es porque está afligida con lo que hemos hecho en casa del
choricero, y asegura que ella lo tiene escondido en su camarín.
—Puede
ser.
—Pues yo
me he lucido—continuó Lopito, alzando la voz para que lo oyera Mariminguilla—.
Esta mañana, cuando prendieron á don Diego Godoy, hermano del menistro, íbamos
toos gritando detrás, y yo le tire una piedra, que si le llega á dar en metá la
cara, lo deja en el sitio.
—¿Y qué
había hecho ese señor?
—¿Te
parece poco ser hermano de ese pillastrón? Era coronel de guardias; pero sus
mismos soldados le quitaron las insignias, y ahora me lo van á llevar á un
castillo.
Aquella
noche oí un nuevo discurso de Pujitos; pero haré á mis lectores el señalado
favor de no copiarlo aquí. El poeta calagurritano que antes mencioné, jefe de
la conspiración literaria fraguada contra El sí de las niñas, se arrimó á
nosotros, acompañado de Cuarta y Media, y entre uno y otro nos descerrajaron la
cabeza con media docena de sonetos y otros proyectiles fundidos en sus
cerebros. Pero después que nos molieron á sonetazos, Lopito trabó cierta
pendencia con el poeta, porque á este se le antojó requebrar á Mariminguilla,
llamándola ninfa de no sé qué aguas ó poéticos charcos. La navaja de Lopito
salió á relucir, y si el poeta no hubiera sido el más cobarde de los
cabalgantes del Pegaso, habrían corrido, mezcladas en espantoso río, la sangre
de un futuro empleado de Hacienda, y la de un pretérito émulo del viejo Homero.
Nada más
ocurrió en aquella noche digno de ser transmitido á la posteridad; pero á la
mañana siguiente se esparció con la rapidez del rayo por todo el pueblo la voz
de que el Príncipe de la Paz había sido encontrado en su propia casa. La
taberna del tío Malayerba se vació en dos minutos, y de todas partes cundió en
gran masa la gente para verle salir.
Era
cierto: Godoy se había refugiado en un desván donde le encerró uno de sus
sirvientes, el cual, preso después, no pudo acudir á sacarle. A las treinta y
seis horas de encierro, el Príncipe, prefiriendo sin duda la muerte á la
angustia, hambre y sed que le devoraban, bajó de su escondite, presentándose á
los guardias que custodiaban su morada. Estos, lejos de amparar al que un día
antes era su jefe, alborotaron el vecindario, y la misma turbamulta de la noche
del acudió con heroico entusiasmo á
apoderarse de él.
—¡Ya
pareció, ya le cogimos, ya es nuestro!—exclamaban muchas voces.
Fuimos
todos allá, y en la puerta del palacio el agolpado gentío formaba una muralla.
Los feroces gritos, los aullidos de cólera, componían espantoso y discorde
concierto. Sorprendiome oir entre tanta algarabía las voces de algunas mujeres
chillonas, que deshonraban á su sexo pidiendo venganza. Lopito no cabía en sí
de satisfacción, y la navajilla fué blandida sobre nuestras cabezas como si
quisiera partir el firmamento en dos pedazos.
Empujábamos
todos, pugnando cada cual por acercarse, y codazo por aquí, codazo por allí,
Lopito y yo pudimos aproximarnos bastante á la puerta. El poeta y Cuarta y
Media estaban en primera fila. El segundo de estos personajes se volvió á mí y
me dijo con gozo:
—Creo que
no saldrá vivo de manos del pueblo.
—¿Y á
usted qué le ha hecho ese caballero?—le pregunté. —¡Oh!—me contestó—. Ese
hombre es un infame, un pícaro que
se ha
hecho rico á costa del Reino. Yo le aborrezco, le detesto: yo soy una víctima
de sus picardías. Ha de saber usted que la tienda de calderería que tengo me la
puso él, por ser yo hijo de la que le lavaba la ropa... Al año de tener la
tienda me arruiné, y él me dio unos cuartos para seguir adelante; pero como le
pidiese un destino donde con descanso y sin trabajar me ganase la vida, tuvo la
poca vergüenza de contestarme que yo no debía ser empleado, sino calderero, y
añadió que yo era un animal. Vea usted, ¡decir que yo soy un animal!
No quise
oirle más, y me volví de otro lado. La turba chillaba; no he podido olvidar
nunca aquellos gritos que relaciono siempre con la voz de los seres más
innobles de la creación; y mientras aquel gatazo de mil voces mallaba, extendía
determinadamente su garra con la decisión irrevocable, parecida al valor, que
resulta de la superioridad física, con la fuerte entereza que da el sentirse
gato en presencia del ratón.
La tropa
contenía al pueblo, anheloso de entrar, y algunos jinetes de la guardia se
colocaron á derecha é izquierda de la puerta. No lejos de allí, Pujitos, que
tenía, como hemos dicho, el instinto, el genio de la reglamentación del
desorden mandaba á la turba que se pusiese en fila, y decía, alzando su
garrote:
—Jeñores,
á un laíto..., de dos en dos. Formen en batallón, y no rempujen.
De
pronto, un clamor inmenso, compuesto de exclamaciones groseras, de torpes
dichos, de gritos rencorosos, resonó en la calle. En la puerta había aparecido
un hombre de mediana estatura, con el pelo en desorden, el rostro blanco como
el mármol, los ojos hundidos y amoratados, los brazos caídos, en mangas de
camisa, y con un capote echado sobre los hombros. Era el ministro de ayer, el
jefe de
los ejércitos de mar y tierra, el árbitro del gobierno, el opulento príncipe y
prócer, señor de inmensos estados, el amigo íntimo de los reyes, el dispensador
de gracias, el dueño de España y de los españoles, pues de aquella y de estos
disponía como de hacienda propia; el coloso de la fortuna, el que de nada se
convirtió en todo, y de pobre en millonario; el guardia que á los veinticinco
años subió desde las cuadras de su regimiento al trono de los reyes, el conde
de Eboramonte, y duque de Sueca, y duque de la Alcudia, y Príncipe de la Paz, y
Alteza Serenísima, que en un día, en un instante, en un soplo había caído desde
la cumbre de su grandeza y poder al charco de la miseria y de la nulidad más
espantosas.
Cuando
apareció, mil puños cerrados se extendieron hacia él; los caballos tuvieron que
recular, y los jinetes que hacer uso de sus sables, para que el cuerpo del
Príncipe no desapareciera, arista devorada por aquel gran fuego del odio
humano. El favorito dirigió al pueblo una mirada que imploraba conmiseración;
pero el pueblo, que en tales momentos es siempre una fiera, más se irritaba
cuanto más le veía: sin duda el mayor placer de esa bestia que se llama vulgo,
consiste en ver descender hasta su nivel á los que por mucho tiempo vió á mayor
altura.
El
piquete de guardias de á caballo trató de conducir al Príncipe al cuartel, para
lo cual fué preciso que él se colocase entre dos caballos, apoyando sus brazos
en los arzones, y siguiendo el paso de aquellos, que si al principio era lento,
después fué muy acelerado, con objeto de terminar pronto tan fatal vía crucis.
Entre tanto, la multitud pugnaba por apartar los caballos; por aquí se alargaba
un brazo, por allí una pierna; los garrotes se blandían bajo la barriga de los
corceles, y las piedras llovían por encima. Tanto menudeaban estas, que los
jinetes empezaron á amoscarse y repartieron algunos linternazos.
Lopito,
ebrio de gozo, me dijo:
—He sido
más listo que todos, porque me escurrí por entre las patas de los caballos, y
le pinché con mi navaja. Mírala: entavía tiene sangre.
Cuarta y
Media vociferaba diciendo:
—Es una
iniquidad lo que hacen con nosotros. Esos guardias debían ser fusilados. ¿Por
qué no nos dejan acercar?
Pujitos,
que en su petulancia no carecía de generosidad, fué el único de los por mí
conocidos en quien advertí señales de compasión.
Hubo
momentos angustiosos en que la turba se arremolinaba estrechándose, y parecía
próxima á devorar al prisionero y á los jinetes que le custodiaban; pero estos
sabían abrirse paso, y aclarándose el grupo volvía á aparecer la cara del
mártir, asido con convulsas manos á los arzones, cerrados sus ojos, la frente
herida y cubierta de sangre, las piernas flojas y trémulas, llevado casi en
volandas y casi arrastrando, con la respiración jadeante, la boca espumosa, las
ropas desgarradas. Parecíame mentira que fuese aquel el mismo hombre que dos
días antes me recibió en su palacio; el mismo á quien ví asediado por los
pretendientes, agitado y receloso sin duda, pero seguro aún de su poder, y muy
ajeno á tan repentina y traidora y alevosa mudanza del destino... ¡Y los chicos
más desarrapados se aventuraban entre los pies de las cabalgaduras para
golpearle, y las mujeres le arrojaban el fango de las calles, menos repugnante
que las exclamaciones de los hombres..., y estos no disparaban sus escopetas
por temor de herir
á los soldados! No creo que haya ocurrido
jamás caída tan degradante. Sin duda está escrito que la caída sea tan
ignominiosa como la elevación.
Los
favoritos que dejaron su cabeza sobre el tajo de un cadalso, fueron sin disputa
menos mártires que D. Manuel Godoy, llevado en vergonzosa procesión entre
feroces risas y torpes dicharachos, sin morir, porque no matan los arañazos y
pellizcos.
XII
Al fin
entró en el cuartel la comitiva, y el populacho, azuzado sin cesar por los
lacayos palaciegos, tuvo el sentimiento de no poder mostrar su heroísmo con el
éxito que deseara. Alguno de los más
celosos
entre tan bravos campeones salió malherido á consecuencia de que todas las
piedras lanzadas contra el Ministro no seguían la dirección dada por la mano
que las tiraba. Digo esto, porque en el momento en que Santurrias se encaramaba
sobre los hombros de dos palurdos para poder asestar un golpe certero al
infeliz mártir, recibió una peladilla de arroyo sobre la ceja derecha con tanta
fuerza, que el benemérito sacristán cayó al suelo sin sentido. Al punto, los
que más cerca estábamos, Lopito y yo, corrimos en su ayuda, y en unión de otras
dos personas caritativas, llevamos aquel talego á su casa, pues Santurrias
vivía pared por medio con mi buen amigo D. Celestino del Malvar. Luégo que este
vió entrar á su subalterno tan malparado, cruzó las manos y dijo:
—Castigo
de Dios ha sido, por las muchas blasfemias de este hombre y su abominable
complicidad con los enemigos del Estado. No es esta ocasión de demostrar
cólera, sino blandura: aquí estoy yo para curarle y asistirle, pues prójimo es,
aunque un grandísimo bribón. Dejadle ahí sobre una estera, que yo prepararé las
bizmas y el ungüento, con lo cual quedará como nuevo. Ánimo, amigo Santurrias,
¿estáis encandilado todavía? ¿Queréis que saque una de aquellas botellas que
tanto deseáis? Tía Gila—añadió, dando una llave á la mujer que le servía—abra
usted la alacena y saque al punto una de las que dicen La Nava, seco, para ver
si con la perspectiva de ella se reanima un tantico este buen hombre. Y
vosotros, chiquillos—prosiguió dirigiéndose á los cuatro hijos de Santurrias,
que exhalaban plañideros hipidos en torno al desmayado cuerpo de su padre—, no
lloréis, que esto no es más que un rasguño alcanzado por este buen hombre en
alguna disputa. No lloréis, que vuestro padre vive y estará sano dentro de una
hora... Y si muriese, yo os prometo que no quedaréis huérfanos, porque aquí me
tenéis á mí, que os he de amparar como un padre. Vamos, chiquillos, aquí no
servís más que de estorbo. Idos á jugar... Vaya, para que os quitéis de en
medio, os permito que toquéis un poquito las campanas, picarones..., id á la
torre; pero no toquéis fuerte: tocad á sermón ó á completas.
Como se
levanta la bandada de pájaros, sorprendida por el cazador, así volaron fuera
del cuarto los cuatro muchachos, y un instante después todas las viejas del
pueblo salían á sus puertas y
balcones,
diciéndose unas á otras: «Señora doña Blasa, esta tarde tenemos sermón y
completas. Buena falta hace, á ver si se acaban pronto estas herejías».
Santurrias,
que había perdido mucha sangre, recobró algo tarde el completo uso de sus
eminentes facultades, y al abrir á la luz del día sus ojos, permaneció como
atontado por un buen rato hasta que fué devuelto á su lengua el don de la
facundia.
—¡Que lo
ahorquen!—dijo—. Que nos lo den; que lo echen hacia acá, y nosotros le
enjusticiaremos. Despachemos primero á los guardias de á caballo, y dimpués á
él... No arrempujar, señores. Darle onde le duela. Pincha tú por bajo,
Agustinillo, que yo con esta almendra le echo la puntería en metá la nariz.
¡Mil demonios! ¿Quién tira piedras?... ¡Muerto soy!
—No,
yerba ruin: vivo estás—dijo D. Celestino, aplicándole una venda á la herida—.
Mira esto que he puesto delante. Es una botella de aquellas que deseabas,
borracho; tuya será cuando te pongas bueno, si prometes no decir disparates.
Después
nos preguntó que en qué refriega había acontecido tan funesto percance, y
Lopito y yo, cada cual con distinta manera y estilo, le contamos lo que había
sucedido: el encuentro del Príncipe, su prisión y su suplicio por las calles
del pueblo.
—Corro
allá, voy al instante—exclamó fuera de sí D. Celestino—. Es mi bienhechor, mi
amigo, mi paisano, y aun creo que pariente. ¿Cómo he de desampararle en su
desventura?
Quisimos
disuadirle de tan peligroso intento; pero él no reparaba en obstáculos ni menos
en el riesgo que corría, haciendo pública ostentación de sus sentimientos
humanitarios en favor del desgraciado valido. Nada le convencía, y después que
dejó á Santurrias muy bien vendado, y ya algo repuesto de su malestar, tomó el
manteo, vistióse á toda prisa y fué en dirección del cuartel.
—No se
exponga usted—le decía yo por el camino—. Mire que son unos bárbaros, y en
cuanto usted demuestre que es amigo del Príncipe, no respetarán ni sus canas ni
su traje.
—¡Que me
maten!—contestó—. Quiero ver al Príncipe... ¡Cuando me acuerdo de lo que me
quería ese buen señor!... ¡Ah! Gabrielillo: lo que está pasando es espantoso y
clama al cielo. Pase que algunos estén descontentos de su gobierno; pase que le
tengan
otros por
mal ministro, aunque yo creo que es el mejor que hemos tenido desde hace mucho
tiempo; se puede perdonar que sus enemigos le quieran derribar y le insulten;
se comprende que dichos enemigos, en un momento de coraje, le prendan, le
arrastren, le ahorquen; pero, hijo, que esto lo hagan los mismos á quienes ha
favorecido tanto; los que sacó de la miseria; los que de furrieles trocó él en
capitanes, y de covachuelos en ministros; los que han vivido á su arrimo, y han
comido sobre sus manteles, y le han adulado en verso y en prosa... ¡Ah!, esto
no tiene perdón de Dios, y menos si se considera que se han valido para esto de
los mismos lacayos, cocineros y criados de los infantes... Hijo mío, me parece
que veo la corona de España paseada por los patanes y los majos en la punta de
sus innobles garrotes.
Llegamos
al cuartel, cuya puerta estaba bloqueada por el populacho. D. Celestino se
abrió paso difícilmente. Algunos preguntaron con sorna: «¿Adónde va el
padrito?», y él, dando codazos á diestro y siniestro, repetía: «Quiero ver á
ese desgraciado, mi amigo y bienhechor».
Muy mal
recibidas fueron estas palabras; pero al fin, más que la exaltada pasión pudo
el tradicional respeto que al pueblo español infundían los sacerdotes.
—Hijos
míos—les decía—, sed caritativos; no seáis crueles ni aun con vuestros
enemigos.
La turba
se amansó, y D. Celestino pudo abrirse calle por entre dos filas de garrotes,
navajas, escopetas, sables y puños vigorosos, que se apartaban para darle paso.
Yo estaba muy asustado viéndole entre aquella gente, y mi viva inquietud no se
calmó hasta que le consideré sano y salvo dentro del cuartel.
Y los
cuatro hijos de Santurrias seguían tocando á sermón y completas, y la iglesia
se llenaba de viejas que, al tomar agua bendita, se saludaban diciendo: «Creo
que aún no ha concluido todo, y que tendremos esta tarde otra jaranita». Y el
segundo acólito, creyendo que la cosa iba de veras, encendió el altar, y
preparó las ropas, y abrió los libros santos. Y dieron las tres, las tres y
media, las cuatro, las cuatro y media, y el cura no parecía, y las viejas se
impacientaban, y el segundo acólito se volvía loco, y los cuatro hijos de
Santurrias seguían tocando.
Y yo fuí
también á la iglesia, y sentado en un banco reflexioné detenidamente sobre la
inestabilidad de las glorias humanas, hasta que al fin, observando que la
impaciencia de las beatas llegaba á su último extremo, y que empezaban á
entablar diálogos pintorescos para matar el fastidio, salí en busca de mi
amigo. Encontréle muy á punto en el momento en que regresaba del cuartel. Su
rostro era cadavérico; su habla, trémula.
—¡Ah,
Gabriel!—me dijo—. Vengo traspasado de dolor. Allí sobre unas fétidas pajas,
cubierto de sangre y pidiendo á voces la muerte, está el que ayer gobernaba dos
mundos. Ni un alma compasiva se acerca á darle consuelo. Ayer cien mil soldados
le obedecían, y hoy hasta los furrieles se ríen de su miseria. No creí que todo
se pudiera perder tan pronto; pero ¡ay, hijo!, el hombre es así. Gusta mucho de
las caídas, y el día en que un poderoso de la tierra viene al suelo siempre es
un día feliz.
—Sosiéguese
usted—le dije—. Usted no recordará que mandó tocar á sermón y á completas. La
iglesia está llena de gente. No hay más remedio sino subir al púlpito.
—Hablé
con él—prosiguió sin hacerme caso—. El corazón se me parte recordándolo. Desde
anteanoche hasta esta mañana estuvo en un desván, envuelto en un saco de
esteras, muerto de hambre y de sed. La horrorosa calentura le devoraba de tal
modo, que prefirió la muerte. Por eso salió el infeliz. ¡Pobre amigo mío! Yo le
dije: «Señor, si cada uno de los que han recibido un beneficio de Vuestra
Alteza le hubiera echado una gota de agua en la boca, su sed se habría
apagado». Él me miró con expresión de agradecimiento, y no dijo más; pero á mí
se me caían las lágrimas. Todo esto ha sido obra del príncipe de Asturias y de
sus amigos. Bien claro se ve. Cuando el Príncipe fué de orden de su padre á
calmar al pueblo para que no despedazara al infeliz prisionero, los amotinados
le aclamaban y obedecían. Y esto no ha de parar aquí. Ellos quieren la
abdicación del Rey, y viendo que esto no es fácil de conseguir, tratan de
irritar más al populacho para que don Carlos coja miedo y suelte la corona.
Ahora pusieron en la puerta del cuartel un coche de colleras, con lo cual ese
bestia de pueblo creyó que el preso iba á ser puesto en salvo de orden del Rey.
¡Qué fácilmente se engaña á esos desgraciados! El ardid salió bien, porque la
turba destrozó el
carruaje,
y después ha corrido hacia palacio dando vivas á Fernando VII.
—Ya me
explicará usted detenidamente—repuse—. Ahora prepárese usted para ir á la
iglesia, donde le aguarda una multitud de respetables señoras.
—¿Qué
dices? Si no hay sermón esta tarde...
—Usted
mandó á los cuatro muchachos que tocaran a...
—¡Es
verdad, que inadvertencia!—dijo muy confundido—. Y están allí esas buenas
señoras, doña Robustiana, doña Gumersinda, doña Nicolasa la del escribano. ¡Oh!
¿Qué dirá Nicolasa si no predico?
—Es
preciso que usted haga un esfuerzo.
—Si no
tengo ideas, si no sé qué decir. No puedo apartar mi mente del espectáculo que
he visto. ¡Ah! ¡Cuánto me quería! ¡Si vieras cómo me apretó la mano! Yo lloraba
á moco y baba. Si á él se lo debo todo... Él fué mi amparo, él me dio este
beneficio á los catorce años de haberlo pedido, en seguida, como quien dice. Y
lo mejor es que sin merecimientos por parte mía... No, no puedo predicar...,
estoy atontado... Esos endiablados muchachos todavía no cesan de tocar á
sermón... ¡Oh!, tendré que hacer un esfuerzo.
D.
Celestino, comprendiendo la necesidad de no desairar á sus feligresas, entró en
su iglesia y oró un poco, recogiendo su espíritu. Después subió al púlpito y
predicó un sermón sobre la ingratitud.
Todas las
viejas lloraron.
XIII
Ya era de
noche cuando me avisaron que á las diez salía un coche para Madrid. Resolví
partir, y por hacer tiempo hasta que llegase la hora de la marcha, fuí á la
taberna. Como en los días anteriores, el gentío era inmenso, los trajes
pintorescos y variados, las voces animadas (aunque ya enronquecidas por el
patriotismo), los gestos elocuentes, las patadas clásicas, los pellizcos
propinados
á Mariminguilla infinitos, el vino más
aguado que el día anterior, pues por algo disfruta Aranjuez el beneficio de dos
copiosos ríos.
Lopito y
Cuarta y Media me convidaron á beber con demostraciones de entusiasmo, y el
primero de aquellos consecuentes hombres políticos me dijo:
—Hoy sí
que nos hemos lucido, Gabrielillo. Aquí me está diciendo el señor Cuarta y
Media que esta noche ponen al príncipe de Asturias, de modo que hemos de ir á
darle vivas al balcón.
Pujitos
distrajo mi atención, hablándome de que pensaba organizar una compañía de
buenos españoles que desfilaran por delante del palacio en marcial formación
como la tropa con objeto de hacer ver á los Reyes que el pueblo sabe dar media
vuelta á la izquierda lo mismo que el ejército. ¡Qué predestinación! ¡Qué
genio! ¡Qué mirada al porvenir! Yo contesté á Pujitos, excusándome de formar
parte de tan brillante escuadrón, por serme indispensable marchar del Sitio
aquella misma noche.
Había
oscurecido. Mariminguilla colgó el candil de cuatro mecheros para la completa,
aunque pálida, iluminación de la escena, y aún me encontraba yo allí, cuando
llegó la feliz, la anhelada noticia. Algunos entraron diciéndolo, y no se les
dio crédito; otros salieron á averiguarlo, y tornaron al poco rato confirmando
tan fausto suceso; y por fin un grupo, el más bullicioso, el más maleante, el
más entrometido de todos los grupos de aquellos días, la comparsa de cocineros
vestidos de patanes manchegos y de pinches convertidos en majos, entró
anunciando con patadas, manoplazos, berridos y coces, que la corona de España
había pasado de las sienes del padre á las del hijo. No dejaban de tener razón
al entusiasmarse aquellos angelitos, porque en apariencia ellos lo habían hecho
todo.
Comunicada
por tan brillante pléyade la noticia, no podía menos de ser cierta, y en prueba
de que los patres conscripti la creyeron, allí estaban los mil cascos de los
vasos rotos en el momento en que se convencieron del cambio de monarca. También
Mariminguilla tenía en sus brazos señales evidentes del alborozo fernandista,
pues se redoblaron los pellizcos. La multitud, espoleada por Pujitos, partió á
los alrededores de palacio á pedir que saliese el nuevo Rey para vitorearle, y
la taberna quedó desocupada en dos minutos.
Pueblo y
soldados, mujeres y chiquillos, todos se unieron al alegre escuadrón: su paso
era marcha y baile y carrera á un mismo tiempo, y su alarido de gozo me habría
aterrado, si hubiese yo sido el príncipe en cuyo loor entonaban himno tan
discorde las gargantas humedecidas por el fraudulento vino del tío Malayerba.
No quise
ver ni oir más aquello, y fuí á despedirme del incomparable D. Celestino, á
quien hallé en el cuarto de Santurrias, ocupado aún en bizmarle y curar sus
heridas. luégo que puso fin á esta operación, se ocupó en acostar á los cuatro
muchachos campaneros, los cuales, fatigados de la batahola de aquel día, yacían
medio dormidos sobre el suelo. Era preciso desnudarles como á cuerpos muertos,
y al mismo tiempo hacerles comer las sopas de ajo que la tía Gila había traído
en una gran cazuela. D. Celestino, teniendo sobre sus rodillas al más pequeño
de aquellos diablillos, le acercaba la cuchara á la boca, esforzándose en
introducirla por entre los apretados dientes. Después, procurando despabilarle,
decía:
—Vamos
ahora á rezar todos el padrenuestro. Si vieras, Gabrielillo—añadió dirigiéndose
á mí—, ¡cómo me han mortificado estos cuatro enemigos! Uno me ponía rabos de
papel en la sotana; otro tendía una cuerda desde la cama á la mesa para que al
pasar me enredara las piernas y cayese al suelo; otro calentó la llave de la
alacena y me abrasé los dedos cuando fuí á abrir; y por último, con mi sombrero
hicieron un muñeco que decían era el Príncipe de la Paz, y después de
arrastrarle por el patio, iban á meterle en el fogón para quemarlo.
Afortunadamente, la tía Gila acudió á tiempo. ¡Pero qué han de hacer, si ya no
hay autoridad, ni se obedece á los superiores! Me parece que ahora van á venir
tiempos muy calamitosos. Si cada vez que se les antoje quitar á un ministro,
salen gritando los cocheros de los príncipes con unas cuantas docenas de
labriegos y soldados de la guarnición, de antemano seducidos, vamos á estar con
el alma en un hilo. Gabriel, aquí para entre los dos, ¿no es indecoroso,
humillante, indigno que un príncipe de Asturias arranque la corona de las
sienes de su padre, amedrentándole con los ladridos de torpes lacayos, de
ignorantes patanes, de bárbaros chisperos y de una soldadesca estúpida y
sobornada? ¡Ah! Si yo no fuera un hombre corto de genio, y lo
hubiera
tenido para decirle al Príncipe de la Paz lo que se fraguaba; si él, siguiendo
mis consejos, hubiera puesto á la sombra á tres ó cuatro pícaros como
Santurrias y otros... Porque créelo, hijo: este borrachón es, según me han
dicho, el que ha embaucado á medio pueblo para hacerle tomar parte en el
alboroto...; por supuesto que ha corrido dinero de largo. Yo de buena gana
castigaría á este hombre execrable, á este pérfido sacristán; pero ¿cómo he de
dejar sin pan á un viudo con cuatro hijos? Ya ves: se me parte el corazón al
considerar que estos angelitos andarán por las calles pidiendo una limosna...
Lo que antes te he dicho es cierto... El vulgo, esa turba que pide las cosas
sin saber lo que pide, y grita viva esto y lo otro, sin haber estudiado la cartilla,
es una calamidad de las naciones, y yo, á ser rey, haría siempre lo contrario
de lo que el vulgo quiere. La mejor cosa hecha por el vulgo resulta mala. Por
eso repito yo siempre con el gran latino: Odi profanum vulgus et arceo...
et arceo,
y lo aparto..., et arceo, y lo echo lejos de mí..., et arceo, y no quiero nada
con él.
Concluida
esta filípica, me abrazó deseándome mil felicidades, y haciéndome jurar que le
enteraría puntualmente de la situación de Inés. Salí al fin de su casa y del
pueblo, y cuando el coche que me conducía pasó por la plaza de San Antonio,
sentí la algazara del pueblo agolpado delante de palacio. Sus gritos formaban
un clamor estrepitoso que hacía enmudecer de estupor á las ranas de los
estanques y asustaba á los grillos, pues unas y otros desconocían aquella
monstruosidad sonora que tan de improviso les había quitado la palabra.
El pueblo
vitoreaba al nuevo Rey. El plan concebido en las antecámaras de palacio había
sido puesto en ejecución con el éxito más lisonjero. Todo estaba hecho, y los
cortesanos que desde los balcones contemplaban con desprecio el entusiasmo de
la fiera, tan brutal en su odio como en su alegría, no cabían en sí de
satisfacción, creyendo haber realizado un gran prodigio.
En su
ignorancia y necedad no se les alcanzaba que habían envilecido el trono,
haciendo creer á Napoleón que una nación donde príncipes y reyes jugaban la
corona á cara y cruz sobre la capa rota del populacho, no podía ser
inexpugnable.
Hasta que
nuestro coche no se internó mucho por la calle Larga no dejamos de oir los
gritos. Aquel fué el primer motín que he presenciado en mi vida, y á pesar de
mis pocos años entonces, tengo la satisfacción de no haber simpatizado con él.
Después he visto muchos, casi todos puestos en ejecución con los mismos
elementos que aquel famosísimo, primera página del libro de nuestros trastornos
contemporáneos; y es preciso confesar que sin estos divertimientos periódicos,
que cuestan mucha sangre y mucho dinero, la historia moderna de la heroica
España sería esencialmente fastidiosa.
Pasan
años y más años: las revoluciones se suceden, hechas en comandita por los
grandes hombres y por el vulgo. sin que todo lo demás que existe en medio de
estas dos extremidades se tome el trabajo de hacer sentir su existencia. Así lo
digo yo hoy, á los ochenta y dos años de mi edad, á varios amigos que nos
reunimos en el café de Pombo, y oigo con satisfacción que ellos piensan lo
mismo que yo. Don Antero, progresista blindado, cuenta la picardía de O’Donnell
el Q; don Buenaventura Luchana, progresista fósil, hace depender todos los
males de España de la caída de Espartero el O ; don Aniceto Burguillos, que fué
de la Guardia Real en tiempo de María Cristina, se lamenta de la caída del
Estatuto. Reúnense junto á nuestra mesa algunos jóvenes estudiantes, varios
capitanes y tenientes de infantería, y no pocos parásitos de esos que pueblan
los cafés, probándonos que son tan pesados de pretendientes como de cesantes.
Todos nos ruegan que les contemos algo de las felicidades pasadas para
edificación de la edad presente, y sin hacerse de rogar, cuenta don Antero la
del $ ; don Buenaventura se conmueve un poco y relata la del ; don Aniceto da doce puñetazos sobre la
mesa, mientras narra la del , y yo,
mojando un terroncito de azúcar y chupándomelo después, les digo con este
tonillo zumbón que no puedo remediar: «Ustedes han visto muchas cosas buenas;
ustedes han visto la de los grandes militares, la de los grandes civiles y la
de los sargentos; pero no han visto la de los lacayos y cocheros, que fué la
primera, la primerita y sin disputa la más salada de todas».
XIV
Me siento
fatigado; pero es preciso seguir contando. Ustedes están impacientes por saber
de Inés: lo conozco y justo es que no la olvidemos.
Llegué,
pues, á Madrid muy temprano, y después de haber acomodado mi equipaje en la
casa que tenía el honor de albergarme (calle de San José, número doce, frente
al parque de Monteleón), me arreglé y salí á la calle, resuelto á visitar á
Inés en casa de sus tíos. Mas por el camino ocurrióme que no debía presentarme
en casa de tales señores sin informarme primero de su verdadera condición y
carácter. Por fortuna, yo conocía un maestro guarnicionero instalado en la
calle de la Zapatería de Viejo, muy contigua á la de la Sal, y resolví
dirigirme á él para pedir informes del señor Requejo.
Cuando
entré por la calle de Postas, mi emoción era violentísima, y cuando ví la casa
en que moraba Inés, me flaqueaban las piernas, porque toda la vida se me fué de
improviso al corazón. La tienda de los Requejos estaba en la calle de la Sal,
esquina á la de Postas, con dos puertas, una en cada calle. En la muestra,
verde, se leía Mauro Requexo , inscripción pintada con letras amarillas; y de
ambos lados de la entrada, así como del andrajoso toldo, pendían piezas de
tela, fajas de lana, medias de lo mismo, pañuelos de diversos tamaños y
colores. Como la puerta no tenía vidrieras, dirigí con disimulo una mirada al
interior, y ví varias mujeres á quienes mostraba telas un hombre amarillo y
flaco, que era de seguro el mancebo de la lonja. En el fondo de la tienda había
un san Antonio, patrón sin duda de aquel comercio, con dos velas apagadas, y á
la derecha mano del mostrador una como balaustrada de madera, algo semejante á
una reja, detrás de la cual estaba un hombre en mangas de camisa, y que parecía
hacer cuentas en un libro. Era Requejo: visto al través de los barrotes,
parecía un oso en su jaula.
Aparteme
de la puerta, y alzando la vista observé otra muestra colocada en la ventana
del entresuelo, la cual decía: Préstamos
sobre
alhajas. En la ventanilla donde campeaba tan consolador llamamiento, no había
flores ni jaulas de pájaros, sino una multitud de capas, que respiraban
higiénicamente el aire matutino por entre los agujeros de sus remiendos y
apolilladuras. Tras los vidrios pendía una mugrienta cortineja. Observé que una
mano apartó la cortina: ví la mano, luégo un brazo y después una cara. ¡Dios
mío! Era Inés. Yo la vi, y ella me vio. Parecióme que sus ojos expresaban no sé
si terror ó alegría. Aquel rayo de luz duró un segundo. Cayó la cortinilla y ya
no la ví más.
Esto
avivó en mí el deseo de entrar. ¿Cómo podían encontrarse en aquella vivienda
las comodidades, los lujos, las riquezas que ponderaban los Requejos en su
visita inolvidable? Para salir de dudas, doblé la esquina, y molí á preguntas
al guarnicionero.
—Ese
Requejo—me dijo—es el bicho de peores trazas que ha venido al mundo. Está rico;
pero ya se ve...; en casa donde no se come, ¿no ha de haber dinero? Porque has
de saber que en el barrio corre la voz de que él se alimenta con las carnes de
su hermana, y su hermana con las del mancebo, que por eso está como una vela.
¡Y cuidado si tienen dinero esas dos ratas!... Con la tienda y la casa de
préstamos se han puesto las botas. Verdad es que por las prendas de vestir no
dan más que la cuarta parte de su valor, con interés de dos pesetas en duro por
cada mes. Cuando toman sábanas finas y vajillas, dan una onza, con interés de
cuatro duros al mes. En la tienda dan al fiado á los vendedores que van por los
pueblos; pero les cobran cuatro pesetas y media por cada duro que venden. Dicen
que cuando doña Restituta entra en la iglesia, roba los cabos de vela para
alumbrarse de noche; y cuando va á la plaza, que es cada tercer día, compra una
cabeza de carnero, y sebo del mismo animal, con lo cual pringa la olla, y con esto
y legumbres van viviendo. Una vez al año van á la botillería, y allí piden dos
cafés. Beben un poquito, y lo demás lo echa ella disimuladamente en un
cantarillo que deja escondido bajo las faldas, cuyo café traen á casa, y
echándole agua lo alargan hasta ocho días. Lo mismo hacen con el chocolate. D.
Mauro es vanidoso y gastaría algo más si su hermana no le tuviera en un puño,
como quien dice. Ella tiene las llaves de todo, y no sale nunca de casa,
por miedo
á que les roben; y la casa es bocado apetitoso para los ladrones, porque se
dice que en el sótano está la caja del dinero.
Estas
noticias confirmaron la opinión que acerca de los tíos de Inés había yo
formado. La primera pena que sentí al oir el panegírico de los dos personajes,
consistió en la certidumbre de que me sería muy difícil introducirme, y menos
trabar amistad con sus dueños. En esto pensaba tristemente, cuando vino á mi
memoria un anuncio que varias veces había compuesto en la imprenta del Diario ,
el cual decía: «Se necesita un mozo de diecisiete á dieciocho años, que sepa de
cuentas, afeitar, algo de peinar, aunque solo sea de hombre, y guisar si se
ofreciere. El que tenga estas partes, y además buenos informes, diríjase á la
calle de la Sal, esquina á la de Postas, frente á los Peineros, lonja de
lencería y pañolería de D. Mauro Requexo, donde se tratará del salario y
demás».
Corrí á
la imprenta del Diario á ver si aún se insertaba aquel anuncio, y tuve el gusto
de saber que los Requejos no habían encontrado quien les sirviera. Abandoné mi
profesión de cajista, y sin consultarlo con nadie, pues nadie me hubiera
comprendido, presenteme en la casa de la calle de la Sal, declarándome poseedor
de las cualidades consignadas en el anuncio.
Mi único
temor consistía en que los Requejos recordasen haberme visto en Aranjuez, con
lo cual recelarían de tomarme á su servicio; pero Dios, que sin duda protegía
mi buena obra, permitió que ni uno ni otro me reconocieran; y si doña Restituta
me miró al pronto con cierta expresión sospechosa y como diciendo «yo he visto
esta cara en alguna parte», fué sin duda un fugaz pensamiento que no la decidió
á poner obstáculos á mi admisión.
Cuando
entré en la tienda, la primera persona á quien expuse mis pretensiones fué D.
Mauro, el cual, dejando un rancio librote donde escribía torcidos números, se
rascó los codos y me dijo:
—Veremos
si sirves para el caso. De un mes acá han venido más de cincuenta; pero piden
mucho dinero. Como ahora quieren todos ser señoritos...
Llamada
por su hermano, presentóse doña Restituta, y entonces fué cuando me miró, como
más arriba he dicho.
—¿Tú
sabes—me preguntó la tía de Inés—lo que damos aquí al mozo? Pues damos la
mantención y doce reales al mes. En otras
partes
dan mucho menos, sí, señor; pues en casa de Cobos, después de matarles de
hambre, danles ocho reales y gracias. Conque, muchacho, ¿te quedas?
Yo fingí
que me parecía poco; hasta intenté regatear para que no se descubriera mi
propósito, y al fin dije que, hallándome sin acomodo, aceptaba lo que me
ofrecían. En cuanto á los informes que me exigieron, fácil me fué conseguir la
merced de una recomendación del regente del Diario.
—Doce
reales al mes y la mantención—repitió doña Restituta, creyendo sin duda, vista
mi conformidad, que había ofrecido demasiado—; la mantención, sí, que es lo
principal.
¡Ay! El
lector no conoce aún todo el sarcasmo que allí encerraba la palabra mantención.
—Por
supuesto—dijo Requejo—, que aquí se viene á trabajar. Veremos si sabes tú de
todos los menesteres que se necesitan. Y aquí hay que andar derechito, sí,
señor, porque si no... Mírame á mí: yo era un jambrera lo mismo que tú, y en
fin..., con mi honradez y mi...
—La
economía es lo principal—añadió la hermana—. Gabriel, coge la escoba y barre
todo el almacén interior. Después irás á llevar estos fardos á la posada de la
calle del Carnero; luégo copiarás las cuentas; más tarde lavarás la loza de la
cocina, antes de mondar las patatas, y así te quedará tiempo para apalear las
capas, encender el fuego y soplarlo, devanar el hilo de la costura, poner los
números á las papeletas, aviar la lamparilla, limpiar el polvo, dar lustre á
los zapatos de mi hermano, y todo lo demás que se vaya ofreciendo.
XV
Al punto
empecé las indicadas operaciones, cuidando de poner en ellas todo el celo
posible para contentar á mis generosos patronos.
Debo ante
todo dar á conocer la casa en que me encontraba. La tienda, sin dejar de ser
pequeñísima, era lo más espacioso y claro de aquella triste morada, uno de los
muchos escondrijos en que realizaba sus operaciones el comercio del Madrid
antiguo. La trastienda era almacén y al mismo tiempo comedor, y los fardos de
pañuelos y lanas servían de aparador á la cacharrería cuyo brillo se empañaba
diariamente con repetidas capas de polvo. Todos los artículos del comercio
estaban allí reunidos y hacinados con cierto orden. Los Requejos vendían telas
de lana y algodones, á saber: pañuelos del Bearn, género muy común entonces;
percales ingleses, que desafiaban en la frontera portuguesa las aduanas del
bloqueo continental; artículos de lana de las fábricas de Béjar y Segovia;
algunas sederías de Talavera y Toledo; y por último, viendo D. Mauro que sus
negocios iban siempre á pedir de boca, se metió en los mares de la perfumería,
artículo eminentemente lucrativo. Así es que, además de los géneros citados,
había en la trastienda multitud de cajas que encerraban polvos finos, pomadas y
aguas de olor en su variedad infinita, verbi gratia: de lima, tomillo,
bergamota, macuba, clavel, almizcle, lavanda, del Carmen, del cachirulo y otras
muchas. Como el local donde se guardaban todos estos géneros servía de comedor,
ya pueden ustedes figurarse la repugnante mescolanza de olores desprendidos de
sustancias tan diversas, como son una pieza de lana teñida con rubia, un frasco
de vinagrillo del príncipe y una cazuela de migas; pero los Requejos estaban
hechos de antiguo á esta repugnante asociación de olores inarmónicos.
De la
trastienda se subía al entresuelo por una escalera que presumo fué construida
por algún sapientísimo maestro de gimnasia, pues no pueden ustedes figurarse
las contorsiones, los dobleces, las planchas, las mil torturas á que tenía que
someterse para subirla el frágil barro de nuestro cuerpo. Sólo la escurridiza
doña Restituta pasaba por aquellos aéreos escollos sin tropiezo alguno. Subía y
bajaba con singular ligereza; y como por un don especial á ella sola concedido,
no se le sentía el andar, siempre que la veía deslizarse por aquella
problemática escalera, sus pasos no me parecían pasos, sino los ondulantes y
resbaladizos arqueos de una culebra.
Cuando,
franqueada la escalera, se llegaba al entresuelo, era preciso hacer un calculo
matemático para saber qué dirección debía tomarse, pues el viajero se
encontraba en el centro de un pasillo tan oscuro, que ni en pleno día entraba
por él una vergonzante luz. Tentando aquí y allí, se encontraba la puerta de la
sala, con ventana
á la calle de Postas, y por cierto que allí
no ví ninguna cortina verde con ramos amarillos, sino un descolorido papel, que
en mil jirones se desternillaba de risa sobre las paredes. Un mostrador negro y
muy semejante á las mesillas en que piden limosna para los ajusticiados los
hermanos de la Paz y Caridad, indicaba que allí estaba el cadalso de la miseria
y el altar de la usura. Efectivamente: un tintero con pluma de ganso, cortada
de ocho meses, servía para extender las papeletas, algunas de las cuales esperaban
sobre la mesa la anhelada víctima. Una cómoda y varios cofres, resguardados con
barrotes, eran Bastilla de las alhajas y Argel de las ropas finas. Las capas,
sábanas y vestidos estaban en una habitación inmediata, que además tenía la
preeminencia de proteger el casto sueño del amo de la casa.
Además de
esta sala había otra, con ventana á la calle de la Sal; elegante pieza que no
desmerecía de la anterior en lujo ni en exquisitos muebles, pues su sillería de
paja, adornada con vistosos festones, y tan aéreas que cada pieza parecía
dispuesta á caer por su lado, no hubieran hallado compradores en el Rastro. En
esta sala estaba el taller. ¿El taller de qué? Los Requejos tenían tres
industrias: la venta, los préstamos y la confección de camisas, que en los días
á que me refiero eran cortadas por doña Restituta y cosidas por Inés. Allí
estaba Inés desde las cinco de la mañana hasta las once de la noche, trabajando
sin cesar en beneficio de la sórdida tacañería de sus tíos. Una orden expresa
de doña Restituta le impedía salir de aquel cuarto: no bajaba á la trastienda
sino á la hora de comer; no se le permitía asomarse á la ventana; no se le
permitía cantar, ni leer un libro; no se le permitía distraerse de su obra
perenne, ni mencionar á su tío, ni recordar á su madre, ni hablar de cosa
alguna que no fuera la honradez de los Requejos, y la longanimidad de los
Requejos.
Pero
sigamos la descripción de la casa. En una habitación interior, mejor dicho, en
una caverna, estaba el dormitorio de la tía y la
sobrina,
y en el fondo del pasillo y junto á la cocina se abría mi cuarto, el cual era
una vasta pieza como de tres varas de largo por dos de ancho, con una
espaciosísima abertura, no menos chica que la palma de mi mano, por cuya
claraboya entraban, procedentes del patio medianero, algunos intrusos rayos de
luz, que se marchaban al cuarto de hora después de pasearse como unos
caballeros por la pared de enfrente. Mis muebles eran un mullido jergón de hoja
de maíz, y un cajón vacío que me servía de pupitre, mesa, silla, cómoda y sofá.
Semejante ajuar era para mí, en realidad, más que suficiente; y en cuanto á la
densa y providencial lobreguez que envolvía la casa como nube perpetua, me
parecía hecha de encargo para mi objeto.
El
entresuelo se comunicaba con la escalera general de la casa, la cual partía
majestuosamente desde la misma puerta de la calle, y en su grandioso arranque
de tres cuartas tenía espacio suficiente para que fuera matemáticamente
imposible que una persona subiese, mientras otra estaba ocupada en la fatigosa
tarea de bajar. Por ese túnel ascendente tenían que introducirse los que iban á
empeñar alguna cosa, siendo en cierto modo simbólico aquel tránsito, y
expresión arquitectónica muy exacta de las angustias del alma miserable en los
momentos críticos de la vida. Bien podía llamarse la escalera de los suspiros.
No debo
pasar en silencio que en la casa de los Requejos había cierto aseo, aunque,
bien considerado el problema, aquella limpieza era la limpieza propia de todos
los sitios donde no existe nada; exempli gratia : la limpieza de la mesa donde
no se come, de la cocina donde no se guisa, del pasillo donde no se corre, de
la sala donde no entran visitas, la diafanidad del vaso donde no entra más que
agua.
Allí no
había perros ni gatos, ni animal alguno, si se exceptúan los ratones, para cuya
persecución D. Mauro tenía un gato de hierro, es decir, una ratonera. Los
infelices que caían en ella eran tan flacos, que bien se conocía estaban
alimentados con perfumes. Un perro hubiera comido mucho; un jilguero habría
necesitado más rentas que un obispo; una codorniz hubiera echado la casa por la
ventana; las flores cuestan caras, y además el agua... La fauna y la flora
fueron
por estas razones proscritas, y para admirar las obras del Ser Supremo, los
Requejos se recreaban en sí mismos.
Me falta
ahora hacerme cargo de otro ser que habitaba la casa durante el día: me refiero
al mancebo.
El cual
era un hombre cuajado, quiero decir, que parecía haberse detenido en un punto
de su existencia, renunciando á las transformaciones progresivas del cuerpo y
del alma. Juan de Dios tenía el aspecto de los treinta años, aunque frisaba en
los cuarenta. Su cara amarilla tenía gran semejanza con la de doña Restituta;
pero jamás se notaron en ella las contracciones, los enrojecimientos
repentinos, propios de aquella señora. Era en sus modales lento y acompasado;
su movilidad tenía límites fijos como la de una máquina, y si el método puede
llegar á establecerse de un modo perfecto en los actos del organismo humano,
Juan de Dios había realizado este prodigio. Llegar, abrir la tienda, barrerla,
cortar las plumas, colgar las piezas de tela en la puerta, recibir al
comprador, decirle los precios, regatear siempre con las mismas palabras, medir
y cortar el género, cobrarlo, contar por las noches el dinero, apartando el
oro, la plata y el cobre: tales eran sus funciones, y tales habían sido por
espacio de veinte años.
Juan de
Dios comía en casa de los Requejos, que le trataban como un hermano. Servíales
él con fidelidad incomparable, y si en algo nacido tenían ellos confianza, era
en su mancebo. Cinco años antes de mi entrada en la casa, la organizadora y
genial cabeza de D. Mauro Requejo concibió un proyecto gigantesco, semejante á
esos que de siglo en siglo transforman la faz del humano linaje. D. Mauro,
después de hacer la cuenta del día, se rascó los codos, dióse un golpe en la
serena frente, puso los ojos en blanco, rióse con estupidez, y llamando aparte
á su hermana, le dijo:
—¿Sabes
lo que estoy pensando? Pues pienso que tú debes casarte con Juan de Dios.
Es fama
que doña Restituta arqueó las cejas, llevóse un dedo á la barba, inclinó hacia
el suelo la luminosa mirada y pensó.
—Pues
sí—continuó Requejo—. Juan de Dios es trabajador, es ahorrativo, entiende del
comercio, y en cuanto á honradez, creo que, no siendo nosotros, no habrá en el
mundo quien le iguale. Yo no
pienso
volver á casarme; y si hemos de tener herederos, no sé cómo nos las vamos á
componer.
El
mancebo fué enterado del proyecto, y desde entonces se trabó entre ambos
prometidos una comunicación amorosa, de la cual no hablo á mis lectores porque
no puedo figurarme cómo sería, aunque cavilo en ello. Debieron ellos sin duda
tratar de aquel asunto, como si el matrimonio no fuera la unión de dos almas al
mismo tiempo que es la unión dos cuerpos. Restituta pensaría en casarse, y Juan
de Dios pensaría en casarse, ambos sin pena ni alegría, de tal modo que,
pasados cinco años, hablaban del asunto con indiferencia, y dándolo como cosa
cercana. Parecía que no les importaba el rápido paso de los años, y aquellos
seres encerrados en una tienda sin duda medían la vida por varas, no
considerando que alguna vez llegarían al fin de la pieza. Ambos novios eran de
esos que se aprestan á casarse y se casan al fin, sin que los hombres ni Dios
ni el demonio sepan nunca por qué.
X;
Por las
noches, después de cenar, rezábamos el rosario, que llevaba el amo de la casa
con voz becerrona; y concluida la oración al patrono bendito, permanecían en la
trastienda en plácida tertulia que sólo duraba hora y media, y á la cual solía
concurrir algún antiguo amigo ó vecino cercano. La noche de mi inauguración no
se alteró tan santa costumbre. D. Mauro, su hermana, Juan de Dios, Inés y yo
decíamos el último ora pro nobis, cuando sonó la campanilla del entresuelo y
mandáronme que abriese.
—Es el
vecino Lobo—dijo mi ama.
Figúrense
mis lectores cuál sería mi confusión cuando al abrir la puerta encaré con la
espantable fisonomía del licenciado de los espejuelos verdes que había querido
prenderme cinco meses antes en El Escorial. El temor de que me conociera dióme
gran turbación;
pero tuve
la suerte de que el ilustre leguleyo no parara mientes en mi persona. No sé si
he dicho que en mí se estaba verificando la transformación propia de la edad, y
que un repentino desarrollo había engrosado mi cuerpo y redondeado mi cara,
donde ya me apuntaba ligero bozo. Esta fué la causa de que el licenciado Lobo
no me reconociera, como yo temía.
—Señores—dijo
Lobo, sentándose en un cajón de medias—, hoy es día de universal enhorabuena.
Ya tenemos á nuestro Rey en el trono. ¿No han salido ustedes? Pues está Madrid
que parece un ascua de oro. ¡Qué luminarias, qué banderas, qué gentío por esas
calles de Dios!
—Nosotros
no salimos á ver luminarias—contestó Requejo—, que harto tenemos que hacer en
casa. ¡Ay, señor de Lobo, qué trabajo! Aquí no hay haraganes, y se gana el pan
de cada día como Dios manda.
—¡Loado
sea Dios!—añadió el leguleyo—, y vivan los hombres ricos como D. Mauro Requejo,
que á fuerza de inteligencia...
—La
honradez, nada más que la honradez—dijo Requejo, rascándose los codos.
—¡Viva el
comercio!—exclamó Lobo—. Lo que es la pluma, señor D. Mauro, no da ni para
zapatos. Ahí estoy yo hace veintidós años en mi placita del Consejo y Cámara de
Castilla, y Dios sabe que hasta hoy no he salido de pobre. Mucho romper de
zapatos para andar en las actuaciones, y nada más. Lo que hay es que ahora
espero que me den una de las escribanías de Cámara, que harto la merece este
cuerpo que se ha de comer la tierra.
—Como
usted ha servido al favorito...
—No...,
diré á usted: yo no me he andado en dibujos, y serví al gobierno anterior con
buena fe y lealtad. Pero, amigo, es preciso hacer algo por este perro garbanzo
que tanto cuesta. En cuanto ví que el generalísimo estaba ya en manos de la Paz
y Caridad, he hecho un memorial al de Asturias y escrito ocho cartas á don Juan
Escóiquiz para ver si me cae la escribanía de Cámara. Yo les perseguí cuando la
famosa causa; pero ellos no se acuerdan de eso, y por si se acuerdan, ya he
redactado una retractación en forma, donde digo que me obligaron á hacer á
aquellas actuaciones poniéndome una pistola en el pecho.
—No he
visto jormiguita como el señor de Lobo.
—¡Y qué
entusiasmado está el pueblo español con su nuevo Rey! —continuó el curial—. Dan
ganas de llorar, señora doña Restituta. Ahora salí á llevar á mi Angustias con
las niñas á la novena del señor san José, y después que rezamos el rosario en
San Felipe, fuimos á dar una vuelta por las calles. ¡Ay, qué risa! Parece que
están quemando la casa de Godoy, la de su madre y su hermano don Diego, lo cual
está muy retebién hecho, porque entre los tres han robado tanto, que no se ve
una peseta por ningún lado. Después que nos entretuvimos un poco, volvimos
allá: ellas se han quedado en el trece, en casa de Corchuelo, y yo me he venido
aquí
á charlar un poquito. Pero me había
olvidado... Inesita, ¿cómo va? ¿Y usted, señor don Juan de Dios?
Inés
contestó brevemente al saludo.
—Está un
poco holgazana—dijo Restituta mirando con desdén á la huérfana—. Hoy no ha
cosido más que camisa y media, lo cual es un asco.
—Pues me
parece bastante.
—¡Ay!,
señor de Lobo, no diga usted que es bastante. Mi abuela, según me contaba mi
madre, echaba en un día la friolera de dos camisas. Pero esta chica está
acostumbrada á la holgazanería: ya se ve..., su madre no hacía más que
arrastrar el guardapiés por las calles, y la niñita me andaba todo el día de
zeca en meca, aquí te pongo, aquí te dejo.
—Pues es
preciso trabajar—dijo Requejo—, porque, chiquilla, el garbanzo y el tocino, y
el pan y las patatas no caen del cielo, y el que viene á esta casa á sacar el
vientre de mal año, no se puede estar mano sobre mano. Y si no, aprendan todos
de mí, que me he ganado lo que tengo ochavo por ochavo, y cuando era mozo,
fardo por la mañana, fardo por la noche, fardo á todas horas, y siempre tan
gordo y tan guapote.
—Ella es
habilidosilla—afirmó Restituta—, y sabe coser: sólo que le falta voluntad. No
es ya ninguna chiquilla, que tiene sus quince años cumplidos, y ya puede
comprender las cosas. A su edad yo gobernaba la casa de mis padres. Verdad es
que como yo había pocas, y me llamaban el lucero de Santiagomillas.
—Pues yo
creo que Inesita es una muchacha que no tiene pero— dijo benévolamente Lobo—. Y
tan calladita, tan modesta, que no se puede menos de quererla.
—Ya le
dije cuando entró aquí—continuó Restituta—que los tiempos están muy malos, que
no se gana nada, que se vende poco, y en lo de arriba no cae más que miseria.
Ella comprenderá que nos hemos echado encima una carga muy pesada al recogerla,
porque... ¡Si viera usted, señor de Lobo!..., ¡qué miseria había en aquella
casa del cura de Aranjuez, donde estaba mi sobrina! ¡Ay, partía el corazón!
—Pero es
preciso que trabaje—dijo D. Mauro—. Mi sobrina es una muchacha muy buena, y ya
he dicho á usted cuánto la quiero. Como que, al fin y al cabo, para ella ha de
ser cuanto hay en esta casa.
—Ya le he
dicho—prosiguió Restituta—que mañana tiene que lavar toda la ropa de la casa,
porque ya que ella está aquí, ¿para qué se ha de gastar en lavandera? Por
supuesto que no ha de dejar la costura; y si pasa mañana de las veinte varas,
la echaré en el pañuelo unas gotitas de agua de bergamota, de la de los frascos
averiados. Lo bueno que tiene esta muchacha, señor de Lobo, es que nunca da
malas contestaciones. Verdad que no le faltan luces, y harto conoce lo que nos
debe, pues ha encontrado en nosotros su santo Ángel de la Guarda. ¡Ah, no puede
usted figurarse la miseria que había en aquella casa del cura de Aranjuez!...
—Le
conozco, sí—dijo Lobo, enseñando con feroz sonrisa sus dientes verdes—. Es un
pobre hombre que hacía versos latinos al Príncipe de la Paz. Ya se lo dirán de
misas. Está probado que ese D. Celestino, con su capita de hombre de bien, era
el confidente del favorito, y el que le llevaba la correspondencia con
Napoleón, para repartirse á España.
—¡Jesús,
qué iniquidad! Bien decía yo que aquel hombre tenía cara de malo.
—Pero ya
le daremos cordelejo—continuó Lobo—. Como la parroquia de Aranjuez la pretende
un primo mío, ya se la tenemos armada á D. Celestino, y entre yo y un compañero
pensamos escribir ocho resmas de papel sellado para probar que el señor curita
es reo de lesa nación.
Mientras
esto hablaban, yo hacía esfuerzos por contener mi indignación. Inés, aterrada
por la verbosidad de sus tíos, no se atrevía á decir una palabra. Lo mismo
hacía Juan de Dios; pero por un fenómeno singular, las facciones heladas y
quietas del mancebo indicaban aquella noche que lo que oía no le era
indiferente.
—Así lo
haremos—contestó Lobo frotándose las manos—. ¿Pero qué hace ahí tan callado el
señor don Juan de Dios? ¡Ay, Restituta, qué marido tan mudo va usted á tener! Y
lo que es por palabra de más ó por palabra de menos no armarán ustedes camorra.
¿Y para cuándo dejan ustedes la boda? Animarse, señores, y anímese usted
también, señor D. Mauro de mis entrañas, porque mire usted que la niñita lo
merece. Nada: el mes que entra, á la vicaría. Restituta con mi señor Juan, y
usted con su querida sobrinita Inés, que, si no me engaño, le ha rezado ya
algún padrenuestro á san Antonio para que esto se realice.
Todas las
miradas se dirigieron hacia Inés. D. Mauro estiró los brazos en cruz; luégo,
cerrando los puños levantólos hacia arriba como si quisiera coger el techo;
descoyuntóse las quijadas; cayeron luégo ambas manos sobre la mesa con
estruendosa pesadez, y habló así:
—Yo se lo
he dicho ya, y por cierto que la niñita no tuvo á bien contestarme.
—¿Pues
qué quiere decir el silencio en esos casos? ¿Cómo quiere usted que una niña
bien criada diga: «Me quiero casar, sí, señor, venga marido»? Al contrario, es
ley que hasta el último momento hagan mil ascos al matrimonio, diciendo que les
da vergüenza.
—Ya te
dije, hermano—indicó doña Restituta—, que aunque ese es el destino de la
muchacha, si se porta bien y trabaja, no conviene tratar todavía de tal asunto.
Ya sabes lo que son las muchachas, y si les entra el entusiasmo y el aquel del
casorio, no hay quien las aguante. Ella bien sé yo que se chupará los dedos;
pero haces mal en manifestarle tan pronto tu generosidad, porque puede echarse
á perder, pensando todos los días en el amorcito, en la palabrilla, en el
regalito. ¡Ah, bien sabe ella lo que se hace, la picarona! Bien sabe que un
hombre como tú no lo catan las muchachas de Madrid todos los días.
—¿Y por
qué no he de decírselo desde luégo?—contestó Requejo riendo, es decir, moviendo
la tecla de la risa en su brutal organismo
—. Mi
sobrina me gusta; y aunque conocemos todos á una porción de señoras muy
principales que me pretenden y se beben los cuatro vientos por mí, yo dije:
«Vale más que todo se quede en casa». ¿Por qué no se le ha de decir de una vez
que quiero casarme con ella? Bien sé que del alegrón se estará ocho noches sin
dormir, y se trastornará toda, y no dará una puntada; y si por ella fuera,
mañana mismo...; pero váyase lo uno por lo otro. Pues digo: si ella viera el
collar y los pendientes de oro que tengo apalabrados con el platero del Arco de
Manguiteros!...
—Dale...,
dale—dijo Restituta—. ¿A qué viene hablar de esas cosas? ¿A qué sacar de quicio
á la chica, trastornándole el seso? Nada: no hay collar ni pendientes. ¿Ni cómo
quieres que la niña lave la ropa ni cosa las camisas, cuando le dicen que va á
ser, como si dijéramos, princesa?
—Nada,
nada..., yo la quiero y la estimo—afirmó Requejo—. ¿Por qué la hemos de privar
de ese gusto? Que lo sepa..., y digo más, señora hermana; y es que aunque á mí
no me gusta la holgazanería, porque, ya ven ustedes, yo, desde la edad de
catorce años..., quiero decir, que aunque no me gusta la holgazanería, lo que
es por estos días y de aquí á que nos casemos, si Inés quiere trabajar que
trabaje, y si no que no trabaje.
D. Mauro volvió á reír, y alargando el brazo
hacia Inés, le tocó la barba. Estremecióse la muchacha como al contacto de un
animal asqueroso, y rechazó bruscamente la caricia de su impertinente tío.
—¿Qué es
eso, niña? ¿Qué modales son esos?—dijo D. Mauro frunciendo el ceño—. Después
que me caso contigo...
—¡Conmigo!—exclamó
la huérfana sin poder disimular su horror. —Contigo, sí.
—Déjala,
Mauro; ya sabes que es un poco mal criada. Niña, no se contesta de ese modo.
—¿Pues no
tiene también su orgullito la pazpuerca?—exclamó Requejo.
—Yo no me
caso con usted, yo no quiero casarme—dijo enérgicamente Inés, recobrando su
aplomo, una vez dicha la primera palabra.
—¿Que
no?—preguntó Restituta con un chillido de rabia—. Pues, indinota, mocosa,
¿cuándo has podido tú soñar con tener semejante marido, un Mauro Requejo, un
hombre como mi hermano? ¡Y eso después que te hemos sacado de la miseria!...
—A mí me
han sacado ustedes del bienestar y de la felicidad para traerme á esta miseria,
á esta mortificación en que vivo—dijo la huérfana llorando—. Pero mi tío vendrá
por mí, y me marcharé para no volver aquí ni verles más. ¡Casarme yo con
semejante hombre! Prefiero la muerte.
¡Oh, al
oirla me la hubiera comido! Inés estaba sublime. Yo lloraba.
Cuando
los Requejos oyeron en boca de su víctima tan absoluta negativa, se encendió de
un modo espantoso la ira de sus protervas almas. Restituta se quedó lívida, y
levantóse D. Mauro balbuciendo palabrotas soeces.
—¿Cómo es
eso? Venir á comer mi pan, venir aquí á lavarse la sarna, venir aquí después de
haber andado por los caminos pidiendo limosna..., y portarse de esa manera!...
¿Pero eres tú una Requejo, ó de qué endiablada casta eres?... Cuidado con la
señorita Panza en trote. Niñita, ¿sabes tú quién soy yo? ¿sabes que tengo cinco
dedos en la mano?... ¿sabes que me llamo Mauro Requejo?...
¿sabes
que de mí no se ríe ninguna piojosa?... ¿sabes que á mí no me pican pulgas de
tu laya?... Tengamos la fiesta en paz..., y tú ten por sabido que has de hacer
lo que yo mando, y nada más.
Diciendo
esto, agarró con su mano de hierro el brazo de la muchacha, y la sacudió con
mucha fuerza. Quiso poner más alto aún el principio de autoridad, y lanzó á
Inés contra la pared, avanzando sobre ella en actitud rabiosa. Cuando tal vi,
pareciome que se me nublaban los ojos, y sentí saltar mi sangre toda del
corazón á la cabeza. Yo estaba en pié junto á la mesa, y al alcance de mi mano
había un cuchillo de punta afilada. El lector comprenderá aquella situación
terrible, y no es posible que vitupere mi conducta, si es que esos hechos,
hijos de la ciega cólera y la impremeditación, pueden llamarse conducta. ¿Quién
al ver una huérfana inocente é indefensa, maltratada por el más necio y soez de
los hombres, hubiera podido permanecer en calma? Durante aquella escena de un
segundo, alargué la mano hasta tocar la
empuñadura
del cuchillo, y con rápida mirada observé el cuerpo deforme de D. Mauro
Requejo; pero afortunadamente para mí y para todos, este, sin duda aterrado
ante la debilidad de la víctima, se contuvo y no se atrevió á tocarla. En un
movimiento insignificante, en un paso atrás, en una mirada, en una idea que
pasa y huye estriba la perdición de personas honradas, y un grano de arena hace
tropezar nuestro pie, precipitándonos en el abismo del crimen. Por aquella vez,
Dios apartó del camino de mi vida el cadalso ó el presidio.
El
licenciado Lobo y el mancebo contribuyeron á calmar la enconada soberbia de su
amigo. En el semblante del segundo noté una alteración vivísima, y su piel
amarilla se encendió con inusitado enrojecimiento, que yo no sabía si atribuir
á la indignación ó á la vergüenza.
Doña
Restituta queriendo poner fin á una escena que no podía tener buenas
consecuencias, cortó la cuestión diciendo:
—No te
acalores, hermano. Yo la haré entrar en razón. Ya sabes que es un poco mal
criada. Vamos arriba, niña, y ajustaremos cuentas.
Esta fué
la orden de retirada. Juan de Dios salió de la tienda para retirarse á su casa,
y doña Restituta é Inés subieron seguidas por mí, pues también se me dio la
orden de que me acostara. Entraron las dos mujeres en su cuarto y yo en el mío;
mas no pudiendo dominar mi inquietud, y recelando que en el dormitorio vecino
se repetiría entre tía y sobrina la violenta escena de la trastienda, luégo que
pasó un rato, salí muy quedamente de mi escondrijo, y deslicéme por el pasillo,
conteniendo la respiración para no ser sentido. Puesto cerca de la puerta del
dormitorio, sentí la voz de doña Restituta que decía: «No llores, duérmete. Mi
hermano es una persona muy amable; sólo que de pronto... ¡Si él te quiere
mucho, niñita!...». Esta afabilidad de la culebra me sorprendió mucho; mas al
punto comprendí que debía ser puro artificio.
También
llegaban confusamente á mí las voces de D. Mauro y de Lobo, que habían quedado
en la trastienda. Avancé un poco más hasta llegar á la escalera, y echándome en
tierra apliqué el oído.
—Cuando
yo le doy á usted mi palabra de que es así...—decía el leguleyo—, Inesita fué
abandonada y recogida por doña Juana. Su
madre,
que es una de las más principales señoras de la corte, desea encontrarla y
protegerla. Yo poseo los papeles con que se puede identificar la personalidad
de la muchacha. De modo que si usted se casa con ella... Amiguito, la señora
Condesa tiene los mejores olivares de Jaén, las mejores yeguadas de Córdoba,
los mejores prados del Jarama, y más de treinta mil fanegadas de pan en tierra
de Olmedo y de Don Benito, sin herederos directos que se lo disputen á esa
barbilinda que hace poco estaba haciendo pucheros aquí mismo.
—Pero ya
usted la ha visto—dijo D. Mauro, midiendo con grandes zancadas el piso de la
trastienda—. La muchacha es un puercoespín. Le hago una caricia y me da una
manotada; le digo que la quiero y me escupe la cara.
—Amigo D.
Mauro—repuso el licenciado—, el sistema que ustedes siguen no es el más á
propósito para hacerse querer de la muchacha. Ustedes debían traerla en
palmitas, y la están maltratando haciéndola trabajar hasta que reviente. ¿A
quién se le ocurre que una princesita como esta friegue los platos y lave la
ropa? Por este camino aborrecerá á mi señor D. Mauro como si fuera el demonio.
—Pues me
parece—dijo mi amo, dándose un golpe en la majestuosa cerviz—, que el señor
licenciado tiene muchísima razón. Eso mismo dije yo á mi hermana; pero como
Restituta es tan ambiciosa, que se dejaría desollar por un ochavo, ha dado en
sacarle el cuero á la infeliz. ¿No somos ricos, señor Lobo? Pues si somos
ricos, ¿a qué viene el descajillarse por un maravedí? Pero con mi hermana no
hay quien pueda. ¿Le parece á usted? Aquí vivimos como en el hospicio: mi padre
se llama hogaza y yo me muero de hambre, como dijo el otro. Pues digo que ha de
ser lo que yo mando, y mi hermana que se case con Juan de Dios y se lleve lo
que es suyo..., y nada más. Inesita no trabajará más, porque si se me muere...
—Además—dijo
Lobo—, procure usted ser amable con ella. Cuide algo más de lo exterior, y no
se le presente con esa facha de mozo de cordel, porque las niñas son niñas,
señor D. Mauro, y no se entra en el templo del amor sino por la puerta del buen
parecer.
—Eso está
muy bien parlado. Si fuera por mí... Yo quiero vestirme bien; pero esa
langostilla de Restituta no me deja, y dice que no me he de poner el traje
bonito más que el día de San Corpus Christi.
Nada,
nada, aquí mando yo: me pondré guapote, porque yo..., á Dios gracias, no soy de
esos que necesitan afeites y menjunjes para parecer bien, y cuanto me cae
encima está que ni pintado. Trataré á Inesita como ella se merece, y Dios por
delante. Antes de un mes la llevo á la parroquia.
—Ese es
el mejor sistema, señor D. Mauro. Con las amenazas, con el encierro, con las
privaciones, con el trabajo excesivo, no conseguirán ustedes sino que la
muchacha les odie y se enamorisque del primer pelafustán que pase por la calle.
Así
hablaron el comerciante y el leguleyo. Despidiéronse después, y el segundo
salió á la calle por la tienda. Retiréme á toda prisa; pero aunque no hice
ruido, doña Restituta, con su sutilísimo órgano auditivo, debió sentir no sé si
mi aliento ó el ligero rumor de un ladrillo roto que se movió bajo mis pisadas.
Esto produjo cierta alarma en su vigilante espíritu y saliendo al encuentro de
su hermano que subía, le dijo:
—Me
parece que he sentido ruido. ¿Tendremos ladroncitos? Anoche hicieron un robo en
la calle Imperial, metiéndose por los tejados. ¿Estaremos seguros?
Registraron
toda la casa, mientras yo, metido entre mis sábanas, fingía dormir como un
talego. Al fin, convencidos de que no había ladrones, se acostaron.
Mucho más
tarde advertí que doña Restituta registraba la casa segunda vez, hasta que todo
quedó en silencio. Cerca ya de la madrugada oí ruido de monedas. Era doña
Restituta contando su dinero. Después la sentí salir de su cuarto, bajar á la
trastienda y de allí al sótano, donde estuvo más de una hora.
XVII
Al
siguiente día, D. Mauro se desvivió obsequiando á su sobrina; pero tan
ramplonamente lo hacía, que cada una de sus finezas era una gansada, y cada
movimiento una coz.
—Restituta—decía—,
no quiero que trabaje la muchacha. ¿Oyeslo, hermana? Inés es mi sobrinita, y
todo es para ella. Si hace falta coser, aquí tengo yo mi dinero para pagar
costureras. Sácame el vestido nuevo, que me lo quiero poner todos los días, y
quiero estar en la tienda con él..., y no me pongas más olla con cabezas de
carnero, sino que quiero carne de vaca para mí y para este angelito de mi
sobrina..., y lo que es el collar que tengo apalabrado, lo compro hoy mismo...,
y aquí no manda nadie más que yo..., y voy á traer un fortepiano para que Inés
aprenda á tocar..., y la voy á llevar en coche á la Florida..., y si entra
mañana el nuevo Rey, como dicen, hemos de ir todos á verle, y yo con mi vestido
nuevo y mi sobrinita agarrada del brazo, ¿no verdá, prenda?
Restituta
quiso protestar contra estos despilfarros; pero amoscóse su hermano, y no hubo
más remedio que obedecer, aunque á regañadientes. Merced á la enérgica
resolución del amo de la casa, vióse la trastienda honrada con inusitados y
allí nunca vistos platos, aunque doña Restituta, firme en su adhesión al
antiguo régimen, no probó de ninguno.
—Hermana—le
decía D. Mauro—, ya estoy de miserias hasta aquí. Nada, no más trabajar. ¿Ves
esta gallina, Inesilla? Pues te la tienes que comer toda sin dejar ni una
tripa, que para eso la he comprado con mi dinero. Y aquí te tengo un guardapiés
de raso verde con eses de terciopelo amarillo que te has de poner mañana si
vamos á ver entrar al Rey... Y también te has de poner unos zapatos azules y
unas mediecitas encarnadas con rayas negras..., y también le tengo echado el
ojo á una escofieta que lo menos lleva
catorce
varas de cinta de varios colores... Conque á ponerse guapa..., porque lo mando
yo.
—Buenas
cosas le estás enseñando á la niña—dijo doña Restituta, dirigiendo oblicuamente
los ojos á las prendas indicadas, que acababan de traer á la tienda.
En
efecto, señores la generosidad de D. Mauro era tan bestial como su tacañería y
salvajismo; así es que su empeño en que Inés se vistiera con tan chabacano y
ridículo traje, fué uno de los mayores tormentos que padeció la huérfana
durante su encierro.
—Esta
tarde—continuó el tío—voy á traer dos ciegos para que toquen, y puedas bailar
cuanto quieras, Inesilla. Yo quiero que bailes lo menos tres horas seguidas, y
así has de hacerlo, porque yo lo mando..., y aquellos pendientes de á cuarta
que están arriba, y son nuestros, porque no han venido á desempeñarlos, te los
pondrás en tus lindas orejitas.
—Sí, para
ella estaban—dijo con avinagrado gesto Restituta—. ¡Dos pendientes de filigrana
de oro, largos como badajos de campana, y que pertenecieron á una camarista de
la reina doña Isabel de Farnesio! Hermano, tengamos la fiesta en paz.
—Aquí no
manda nadie más que yo—exclamó Requejo, haciendo retemblar de un puñetazo el
cajón que servía de mesa.
Como es
de suponer, Inés se resistió á ponerse los vestidos de sainete comprados por D.
Mauro, lo cual puso de mal humor al buen comerciante, quien no tuvo sosiego
durante todo aquel día, y se quitó y puso repetidas veces el traje nuevo,
jurando que en su casa nadie mandaba más que él.
Al lector
habrá sorprendido una circunstancia, y es que en tres días que llevaba yo de
permanencia en la funesta casa, no pudiese ni una vez tan sólo hablar con Inés.
La suspicacia del ama era tan atroz y tan previsora, que siempre que bajaba del
entresuelo á la trastienda, como no fuera en la hora tristísima de la comida,
la dejaba encerrada, guardando la llave en su profundo bolsillo. Esto me
desesperaba, quitándome toda esperanza de salvar á la pobre huérfana, hasta que
un día, resuelto á comunicarme con ella, aceché la ocasión en que doña
Restituta estaba desplumando á unos infelices en el despacho de los préstamos,
y acercándome á la
puerta
del encierro, la llamé muy quedamente. Sentí el roce de su vestido, y su voz me
preguntó:
—Gabriel,
¿eres tú?
—Sí,
Inesilla de mi corazón. Hablemos un poquito; pero no alces la voz. Haré mucho
ruido con la escoba para que no nos oigan.
—¿Cómo
has venido aquí? Di, Gabrielillo, ¿me sacarás tú? —Reina, aunque aquí hubiera
cien mil Requejos y ochocientas mil
Restitutas,
te sacaría. No llores ni te apures. Pero di, picarona, ¿me quieres ahora menos
que antes?
—No,
Gabriel—me contestó—.Te quiero más, mucho más.
Hice
mucho ruido y dí mil besos á la puerta.
—Toca con
tus dedos en la puerta para que yo sienta—dije.
Inés dio
algunos golpecitos en la madera, y después me interrogó:
—¿Tardarás
mucho en sacarme? Escribe á mi tío para que venga
por mí.
—Tu tío
no conseguiría nada de estos cafres. Espera y confía en mí. Chiquilla, hazme el
favor de besar la puerta.
Inés besó
la puerta.
—Yo te
sacaré de esta casa, prenda mía, ó no soy Gabriel—le dije
—. Haz
por no disgustarles. Si te quieren sacar de paseo, no te resistas. ¿Oyes bien?
Déjame á mí lo demás. Adiós, que viene la culebra.
—Adiós,
Gabriel. Estoy contenta.
Ambos
besamos la barrera que nos separaba, y el diálogo acabó, porque consumado en el
despacho de los préstamos el asesinato pecuniario, salieron las víctimas, y
tras ellas doña Restituta, radiante de ferocidad avariciosa. En su cara se
conocía que había hecho un buen negocio.
XVIII
Aquella
noche vino á la tertulia de la trastienda, además del señor de Lobo, doña
Ambrosia de los Linos, tendera de la calle del Príncipe, á quien mis lectores,
si no me engaño, tienen el honor de conocer, pues algo me parece que figuró en
los sucesos que conté anteriormente. Su difunto esposo había sido compañero de
D. Mauro en el cargamento y arrastre de fardos y mercancías, y desde entonces
entre ambas familias quedó establecida cordial amistad. Reconocióme doña
Ambrosia, mas no dijo nada que pudiese desfavorecerme en el concepto de mis
nuevos amos; y cuando se hubo sentado, operación no muy fácil, dados su volumen
y la estrechez de los asientos, soltó la sin hueso en estos términos:
—¿Cómo es
eso, Restituta; cómo es eso, D. Mauro?... ¿Conque no han ido ustedes á ver la
entrada de los franceses? Pues, hijos, les aseguro que era cosa de ver. ¡Qué
majos son, válgame el santo Ángel de la Guarda!... ¡Pues digo, si da gloria ver
tan buenos mozos!..., y son tantos, que parece que no caben en Madrid. Si viera
usted, D. Mauro, unos que andan vestidos al modo de moros, con calzones como
los maragatos, pero hasta el tobillo, y unos turbantes en la cabeza con un
plumacho muy largo. ¡Si vieras, Restituta, qué bigotazos, qué sables, qué
morriones peludos y qué entorchados y cruces! Te digo que se me cae la baba...
Pues á esos de los turbantes creo que los llaman los zamacucos. También vienen
unos que son, según me dijo don Lino Paniagua, los tragones de la guardia
imperial, y llevan unas corazas como espejos. Detrás de todos venía el general
que los manda, y dicen está casado con la hermana de Napoleón... Es ese que
llaman el gran duque de Murraz
ó no sé qué. Es el mozo más guapo que he
visto..., ¡y cómo se sonreía el picarón mirando á los balcones de la calle de
Fuencarral! Yo estaba en casa de las primas, y creo que se fijó en mí. ¡Ay,
hija, qué ojazos! Me puse más encarnada... Por ahí andan pidiendo alojamiento.
A mí no me ha tocado ninguno, y lo siento; porque la verdad, hija, esos señores
me gustan.
—Gracias
á Dios que tenemos rey—dijo D. Mauro—. Y usted, doña Ambrosia, ¿ha vendido
mucho estos días? Porque lo que es de aquí no ha salido ni una hilacha.
—En mi
casa ni un botón—contestó la tendera—. ¡Ay, hijito mío! Ahora, cuando ese
saladísimo Rey que tenemos arregle las cosas,
hay
esperanzas de hacer algo. ¡Qué tiempos, Restituta, qué tiempos! Pero no saben
ustedes lo mejor. ¿No saben ustedes la gran noticia?
—¿Qué?
—Que
mañana hará su entrada triunfal en Madrid el nuevo Rey de España, señor don
Fernando el Séptimo.
—Ya lo
sabe hoy todo Madrid.
—Pues no
nos quedaremos sin ir á verle: óyelo tú, Restituta; óyelo tú, Inés—dijo
Requejo—. Mañana no se trabaja.
—Yo,
primero me aspan que dejar de ir á verlo—dijo doña Ambrosia—. Los primos han
salido esta noche al camino de Aranjuez para esperarle. ¡Ay qué alegría, señor
D. Mauro! ¡Si viviera mi esposo para verlo! Él, que me decía: «Mientras duren
este Rey y esta Reina de tres al cuarto, no tendremos un gobierno ilustrado».
Mañana va á ser un día de alegría. Yo tengo un balcón en la calle de Alcalá, y
ya hemos encargado al valenciano media docena de ramos de flores para apedrear
con ellas á Su Majestad cuando pase.
—Nada, lo
dicho, dicho—exclamó D. Mauro—: si esta no quiere ir, que se quede en la
tienda. Inés me coserá la manga del casaquín que se me rompió ayer cuando me lo
quité... Veremos qué tal sabe Gabriel hacer el coleto... Por supuesto,
Inesilla, si quieres coger uno de esos frascos de agua de clavel que tienes á
mano derecha, puedes hacerlo. Todo es para ti.
Así
siguió la conversación sin ningún incidente notable en lo sucesivo, por lo cual
la omito, pues supongo al lector poco interesado en conocer la historia de la
enfermedad que padeció el esposo de doña Ambrosia, trágico acontecimiento que
ella refirió. Los únicos personajes siempre mudos en aquellas tertulias, además
de un servidor de ustedes, eran Inés y el señor Juan de Dios, este último por
ser hombre de pocas palabras, como he dicho.
Llegó el
día H de marzo, y la cabeza de D. Mauro, peinada por mí, salió á competir con
el sol en brillo y hermosura. Doña Restituta, que no pudo resistir á las
súplicas de su hermano, frotóse con una toalla el apergaminado forro de su cara
hasta sacarse lustre, y después se puso el mismo clásico traje con que por
primera vez se presentó á mis ojos en Aranjuez. Por más que D. Mauro atronó la
casa, no pudo conseguir que Inés se disfrazara con el guardapiés
verde,
las medias encarnadas, las azules botas y la escofieta que su vanidoso tío
compró para adornar dignamente á la que consideraba como futura esposa. Negóse
la muchacha ser objeto de una fiesta pública, y al fin, para decidirla á salir,
la permitieron vestirse con su ropa de luto. Luégo que los tres estuvieron
apercibidos, encargaron
á Juan de Dios el cuidado de la casa, y D.
Mauro me dijo gravemente:
—Gabriel,
hoy es día de descanso. Vente con nosotros: con eso me enderezarás el rabo del
coleto si se me tuerce, y me ayudarás á ponerme los guantes cuando pase Su
Majestad, pues hasta ese momento no quiero meter mis manos en tal inquisición.
¿Qué te parece? ¿Voy bien? Tira de ese faldón que está arrugado. Mira,
chiquillo, haz el favor de meter bonitamente tu mano por entre la casaca y la
chupa hacia la espalda, y rascarme en esa paletilla derecha, que no parece sino
que se ha juntado ahí un regimiento de pulgas... Así..., así...; basta ya.
Dicho
esto, y rascado el asno, tomé mi gorra y salimos. ¡Ay, Dios mío, cómo estaba
esa Puerta del Sol, y esa calle Mayor, y esa calle de Alcalá! Mis lectores,
cualquiera que sea su edad, habrán visto alguna de las solemnes entradas con
que nos obsequia cada pocos años la historia contemporánea; de modo que para
hacerles formar una idea de aquel gentío, de aquella algazara y de aquel
júbilo, me
bastará
decirles que lo del H de marzo de O R no se diferenció de lo visto en años
posteriores sino en la exageración del delirio.
De los
balcones de las casas nobles pendían las ricas colgaduras de damasco con su
ancho escudo y brillantes flecos, prendas vinculadas que hasta hace poco han
lucido, ya marchitas y mermadas como el patrimonio de sus dueños, en alguna
fiesta del Corpus. Las demás casas se engalanaban con lo que el entusiasmo de
sus inquilinos había encontrado á mano, siendo considerable la cantidad de
piezas de muselineta que un pueblo loco lanzó al aire de balcón á balcón en
aquel memorable día. La multitud infinita de abanicos con que resguardaban del
sol su cara los millares de damas asomadas á los balcones, ofrecía un aspecto
sorprendente; y cuando la vista recorría panorama tan encantador, causábale
cierto desvanecimiento el incesante ondular de los que se movían dando aire á
sus dueñas. Aquel parlante dije español, en tan
inmenso
número reproducido, presentando alternativamente al sol una de sus caras, ya
blanca, ya azul, ya roja, y adornado con lentejuelas de plata y oro, remedaba
el aleteo de millares de pájaros pugnando por levantar el vuelo. Era un día de
marzo de esos que parecen días de junio, privilegio de la corte de las Españas,
que suele abrasarse en febrero y helarse en mayo. La naturaleza sonreía como la
nación.
El
abigarrado gentío que poblaba las calles se componía de todas las clases de la
sociedad, abundando principalmente la manolería y chispería, hombres y mujeres,
viejos y muchachos. Los ancianos inválidos y gotosos habían dejado el lecho, y
sostenidos por sus nietos abríanse paso. Las viejas santurronas, que durante
tantos años olvidaran todo camino que no fuera el de sus casas á la cercana
iglesia, acudían también, llevadas de la devoción al nuevo Rey, y felicitándose
unas á otras aturdían á los demás con el cotorreo de sus bocas sin dientes. Los
niños no habían asistido á la escuela, ni los jornaleros al trabajo, ni los
frailes al coro, ni los empleados á la covachuela, ni los mendigos á las
puertas de las iglesias, ni las cigarreras á la fábrica, ni los profesores de
las Vistillas dieron clase, ni hubo tertulia en las boticas, ni meriendas en la
pradera del Corregidor, ni jaleo en el Rastro, ni colisión de carreteros en la
calle de Toledo.
La
muchedumbre, obligada por su colosal corpulencia á estarse quieta, se
arremolinaba y estremecía como un monstruo atado. Agrietábase á veces aquella
gran masa, pero el surco abierto era invadido por la corriente: de pronto
crecía la aglomeración en un punto y se aclaraba en otro. El empuje era
tremendo, y el retroceso tan peligroso, que había riesgo de ser hollado por las
mil patas de la bestia. El zumbido con que aquel enjambre manifestaba sus
impresiones, trastornaba el cerebro más fuerte: exclamaciones de alegría,
diálogos entusiastas seguidos de abrazos generosos, gritos de dolor á
consecuencia de los callos aplastados, ó de indignación por cada sombrero que
perdía su hechura, se unían á las donosidades de las majas, que arrojaban
cáscaras de naranja sobre los petimetres, y á los lamentos de los mendigos
haraposos y mutilados que, escurriéndose entre la multitud, aun allí imploraban
la caridad enseñando una pierna leprosa ó una mano deforme.
Nosotros
tuvimos que quedarnos en la Puerta del Sol. Una de las oscilaciones del gentío
nos llevó hacia la acera que hoy une las calles de Espoz y Mina y Carretas;
otra oscilación nos arrastró hacia la inclusa, que estaba entre las calles del
Carmen y Preciados; y por último, un nuevo sacudimiento, haciéndonos pasar por
ante Mariblanca, nos encaminó hacia el Buen Suceso, á cuya verja nos agarramos
D. Mauro y yo para no ser nuevamente arrastrados á merced de aquel oleaje. Yo
me alegraba de que esto sucediera, por si en alguna evolución quedábamos Inés y
yo apartados de los Requejos; pero buen cuidado tenía D. Mauro de no separarse
de su sobrina, y antes le hubiera roto el brazo que soltarla: tal era la fuerza
con que su mano lagartijera tenía aprisionados los olivares de Jaén y las
yeguadas de Córdoba.
Situados
donde he dicho, aguardamos la aparición de aquel sol hespérico, de aquel iris
de paz, de aquel príncipe Fernando, que este pueblo, á ser pagano, hubiera
puesto en la jerarquía de sus dioses más queridos. En derredor nuestro zumbaban
algunas viejas.
—¡Ay, mi
señora doña Gumersinda!—decía una estantigua—. Dios y mi patrono san Serapio,
ese bendito fraile de la Merced que es abogado contra los dolores de
coyunturas, han querido que yo no mordiera la tierra sin ver este día.
—¡Ay, mi
señora doña María Facunda!—contestaba otra—. Desde que entró en Madrid, al
venir de Nápoles, el Sr. D. Carlos III, á quien ví desde este mismo sitio, no
ha habido en Madrid una alegría semejante. ¿Pero usted no llora?
—¿Pues no
me ve usted, señora doña Gumersinda? Bendito sea el Señor, que nos ha permitido
ver este día. Al menos se morirá una con la alegría de que España sea feliz con
ese gran Rey que Dios nos ha dado. ¡Pues pocos rosarios he rezado yo para que
esto sucediera! Al fin la Virgen nos ha oído, y si nosotras no nos estuviéramos
en la iglesia rogando día y noche, ya podía la nación esperar sentada su
felicidad.
—¿Pero
usted no ha visto al Príncipe, señora doña María Facunda? Si es el más
rozagante, el más lindo mozo que hay en toda España y sus Indias. Yo le ví el
día de la jura, y me parece que le tengo delante.
—No le he
visto. Ya sabe usted, señora doña Gumersinda, que desde que reñí con aquel
oficial de valonas que me quería tanto, allá cuando echaron á los jesuitas, no
he vuelto á mirar á la cara á ningún hombre.
—¡Pero
oiga usted: dicen que viene; ya está cerca!
En
efecto: se oían las exclamaciones del gentío apelmazado en la calle de Alcalá,
y muchos gritaban: «¡Ya viene por la Cibeles! ¡Ya viene por el Carmen Descalzo!
¡Ya viene por las Baronesas! ¡Ya viene por los Cartujos!».
Una voz
conocida me hizo volver la cara. Pacorro Chinitas, el famoso amolador, cuyas
opiniones no habréis olvidado, estaba detrás de mí disputando acaloradamente
con una mujer del pueblo, gruesa, garbosa, de ojos vivos, lengua expedita y
expeditísimas manos.
—¡Que en
todas partes has de meter camorra, condenada mujer! —decía Chinitas—. Vete
callando, que ya se me sube la mostaza á la nariz.
—No me da
gana de callar—contestó la Primorosa, cruzándose en la cintura las puntas del
pañuelo que le cubría los hombros—. ¿Pues qué, estamos en misa? Si ese señorito
del tupé no se nos quita delante...
Un
petimetre, que olía á jazmín, volvió la compungida cara pidiendo mil perdones á
la emperatriz del Rastro.
—¡Eh, tío
cata-caldos!—continuó la Primorosa, tirando por los faldones al currutaco—.
¡Quítese de ahí, que me estorba!
—Mujer,
deja en paz á ese caballero. Mira que la armo. —¡Sopa sin sal, endino!—exclamó
la manola, mostrando sus
dedos
cuajados de anillos con piedras falsas—. ¡Pos pa qué quiero estas cinco manos
de almirez! ¡Enriten á la Primorosa, y verán lo güeno! ¡Eh..., señor marqués
del Barrilete!—añadió dirigiéndose á D. Mauro—, que me está usted metiendo por
los ojos el rabo de su peluquín.
—Mujer—insistió
Chinitas—, que donde quiera que vamos me has de avergonzar...
El
petimetre se volvió hacia nosotros y dijo, infestándonos con los perfumes de su
ropa:
—No se
puede estar donde hay gente ordinaria.
—¿Qué es
eso de gente ordinaria?—clamó la Primorosa, atropellando á los que tenía al
lado para abalanzarse hacia el almibarado joven—. Ya..., á mí con esas. Pero si
es el señor don Narciso Pluma. Eh, Nicolasa, Bastiana, Polonia: mira al señor
de Pluma, al que la otra noche le emprestamos dos reales pa osequiar
á las madasmas que llevó á tu casa... Señor
marquesito de la olla vacía, menos facha y más comenencia con las señoras,
porque yo soy muy reseñorona y muy requeteusía, y sé dar pa el pelo, y vivan
los farolones de Madrid.
A este
punto llegaba, cuando un rumor creciente indicó que el Príncipe estaba cerca.
La Primorosa, con las majas que la seguían, trató de atravesar el gentío dando
codazos y manotadas á derecha é izquierda.
—Ea,
desapártense toos, que viene el sol del mundo. A un lao, á un laíto, señores.
Bastiana, Nicolasa, quitaos las flores del pelo y vengan acá, que yo se las
daré al lucero de las Españas. Míralo allá: viene á caballo por la Aduana.
A fuerza
de empujones la Primorosa logró, ¡cosa inaudita!, despejar en torno suyo un
breve espacio, donde campeaba sin obstáculo. Pero queriendo avanzar más aún,
halló insuperable barrera en la persona de un majo decente que, con la capa en
cuadril y el sombrero sobre la ceja, rechazaba varonilmente á cuantos
intentaban adelantar hacia el centro de la carrera.
—¡Cómo!—dijo
la maja con centelleante ira—. ¿Que no se pasa? ¿Y quién lo ice?...; ¿tú,
Pujitos? Anda, y qué güeno me sabe.
—No se
pasa—dijo Pujitos, que se esforzaba en poner á la multitud en fondo, en filas,
en compañías, en batallones y en brigadas—. Póngase ca una en su puesto, y no
ladrar. Orden, señores...; toos en fila. Primorosa: las mujeres á sus casas, y
aquí denguna me levante el chillío.
—Pujitos
de mi corazón—dijo la Primorosa con terrible ironía, clavando ambas manos en su
cintura—. Si te requiero; si he venido por verte; si aquí vengo á pedirte de
rodillas que me dejes pasar, y traigo un irgumento pa tu cara de peine viejo.
¿Quieres verlo? Pues toma.
Aún no lo
había dicho, cuando rápida, fuerte y destructora como un ariete romano, la mano
derecha de la maja voló en dirección de
la cara
de Pujitos, y el carrillo de este resonó con tremendo chasquido. Una risotada
general fué el himno con que los circunstantes celebraron la desgracia de
Pujitos, el cual, vacilando primero y desplomado después, fué á caer sobre un
fraile, rompiéndole la escofieta á doña María Facunda y la escusabaraja á doña
Gumersinda. La multitud hizo un movimiento: el oleaje corrió de un lado á otro,
y Pujitos desapareció ante nuestra vista como un cuerpo que cae al mar.
La causa
de aquel movimiento de la muchedumbre fué una nueva irrupción de carne humana
en aquel recinto estrecho donde ya había tanta. Un destacamento de la Guardia
Imperial, con Murat á la cabeza, apareció por la calle del Arenal. Figuraos un
pié que se empeña en entrar en una bota donde ya hay otro pie. El gran duque de
Berg, petulante y vanidoso, se obstinó en presentarse con sus tropas en la
carrera por donde había de pasar el Rey, lo cual no tenía nada de culpable;
pero lo hizo tan inoportunamente, y sus mamelucos y dragones vejaron de tal
modo al pueblo madrileño, que algunos historiadores hacen datar desde aquella
hora la general antipatía de que los franceses fueron objeto. La multitud es un
río, cuyo nivel no puede subir cuando recibe el caudal de otro río, y tiene que
acomodarse juntando carne con carne y hueso con hueso, hasta que desaparece la
personalidad humana en el informe conjunto. Esto pasó cuando los franceses
penetraron en la estrecha plaza, y una tempestad de silbidos, reconvenciones é
insultos fué la primera manifestación del pueblo español contra los invasores.
Entre tanto, el desconcierto crecía, la sofocación iba en aumento. D. Mauro
bramó como un toro; doña Restituta lanzó un gemido desde el fondo de su angosto
pecho...; pero la multitud olvidó sus penas, porque ya estaba cerca, ya venía,
ya le veíamos en su caballo blanco, que apenas podía dar un paso; ya embocaba
en la Puerta del Sol; ya se agitaban los abanicos; llovían ramos de flores;
alzábase de la superficie de aquel inquieto mar un rumor espantoso; cruzaban el
aire como pájaros desbandados millares de gorras, y los brazos convulsos
sobresalían de las cabezas descubiertas; los pañuelos no eran bastante
expresivos, y las capas eran desplegadas como banderas de triunfo.
Entonces
la masa de gente que estaba en torno mío avanzó con irresistible empuje. D.
Mauro y Restituta clavaron las uñas en las mangas del vestido de Inés, que se
les escapaba; pero un jirón de tela se quedó en sus manos, é Inés en mis
brazos. Miré á la derecha, y ví entre una aglomeración de cabezas el coleto de
D. Mauro y el moño de doña Restituta, que huían llevados como despojos de
naufragio sobre la espuma de aquel mar alborotado. Estábamos solos.
Inés y yo
nos abrazamos, y el gentío, comprimiéndose después, estrechaba á Inés contra
mí, como si de nuestros dos cuerpos hubiera querido hacer uno solo.
XIX
—Estamos
solos, Inés—le dije—. Ahora podremos hablarnos y vernos.
En
efecto, estábamos solos. Yo no veía ni rey, ni pueblo, ni Guardia Imperial, ni
balcones, ni quitasoles, ni abanicos, ni capas, ni gorras, ni flores, ni nada;
yo no veía más que á Inés, é Inés no veía más que á mí. Aprisionados entre un
pueblo inmenso, nos creíamos en un desierto. Olvidamos que existía un rey
recién coronado, y una nación alegre, y una ciudad feliz, y una multitud ebria,
y no pensamos más que en nosotros mismos. No oíamos nada: el clamor de la
gente, los vivas, los mueras, las felicitaciones, aquella borrachera de
entusiasmo no producía en nuestros oídos más impresión que el vuelo de un
insignificante insecto.
—Gracias
á Dios que nos han dejado solos—dijo Inés, estrechándose más contra mí.
—¡Inés de
mi corazón!—dije yo—. ¡Cuánto deseaba hablarte! ¡Cuántas cosas tengo que
decirte! Tus tíos se han ido y no volverán, y si vuelven no estaremos aquí.
Somos libres: oye lo que voy á
decirte.
Estamos fuera de esa maldita casa, Inés mía, y serás feliz y rica y poderosa y
tendrás todo lo que es tuyo.
—Yo no
tengo nada—me contestó.
—Sí, tú
no sabes un cuento que yo te voy á contar; un cuento que sé, y que me hace
feliz y desgraciado al mismo tiempo.
—¿Qué
estás diciendo, loquillo?
—Que tú
no eres lo que pareces. Yo te devolveré á tus padres, que son muy ricos.
—¿Padres?
¿Acaso yo tengo padres?
—Sí; tú
no eres hija de doña Juana. Pero esto te lo explicaré en otra ocasión. ¡Ah!,
amiga mía: estoy alegre y estoy triste, porque deseo que seas feliz, y rica, y
señora, y poderosa, y duquesa, y princesa; pero al mismo tiempo considero que
cuando llegues al puesto que te corresponde, no me has de querer.
—No
entiendo una palabra de lo que dices.
—Ya
veremos. Tú no me querrás. ¿Cómo has de querer á un desgraciado como yo, sin
padres, sin fortuna, sin educación? Te avergonzarás de mí, que soy un criado,
un infeliz de las calles...
Pero
¡ay!, no temas, que yo te llevaré á donde debes estar, y te pondré en tu
verdadero puesto, y serás lo que debes ser. Yo no quiero nada para mí. Dime:
¿me dejarás que sea tu criado y que viva en tu casa, lo mismo que vivo ahora en
la de tus condenados tíos?
—De veras
te digo que pareces loco, Gabriel. Esto me recuerda cuando tú decías que ibas á
ser ministro, generalísimo y príncipe. Yo no tengo esas ideas.
—No es lo
mismo, niñita. Aquello era una necedad mía, y esto es cierto. Ya no volveremos
á casa de los Requejos. Huiremos por la calle de Alcalá cuando se despeje,
buscando refugio en Aranjuez, hasta tanto que yo te lleve á donde debo
llevarte. Aunque sé que no lo has de cumplir, júrame que me querrás siempre.
—Yo no
necesito jurarlo. Prométeme tú no decir disparates—dijo ella, mientras la
presión de la embriagada multitud estrechaba su cabeza contra mi pecho.
—No son
disparates. Pronto te convencerás de ello; ¿pero me querrás siempre como me
quieres ahora? ¿No te avergonzarás de
mí, no me
despreciarás? ¿Seré siempre para tí lo mismo que soy ahora, tu único amigo, tu
salvación y tu amparo?
—Siempre,
siempre.
Al
pronunciar estas palabras, Inés sintió que le cogían un pie. Miró ella, miré
yo, y vimos que clavaba en el pié sus flacos dedos una mano correspondiente á
un brazo negro que, extendiéndose entre las piernas de los circunstantes estaba
unido al cuerpo de Restituta, quien estiraba el otro brazo hasta tocar la mano
que pertenecía á una de las extremidades de D. Mauro Requejo, el cual D. Mauro
Requejo, colocado como á dos varas de nosotros, pugnaba por abrirse paso entre
piernas de hombre y faldas de mujer recibiendo aquí una pisada, allí una coz.
Sucedió que encontrándose los dos hermanos tan separados de nosotros perdían el
tino buscándonos, y mientras ella se encaramaba anhelando divisar por algún
lado nuestras cabezas, él, á causa de su corpulencia, alcanzó á distinguir mi
gorro.
Forcejeaban
hasta alcanzarnos, cuando doña Restituta cayó al suelo; diole D. Mauro la mano,
y ella alargó la otra para asir el pié de Inés, temiendo que en un nuevo vaivén
ó sacudimiento se le escapara. Nuestro proyecto de fuga quedó frustrado, y
ambos Requejos hicieron presa en los olivares de Jaén, asiéndoles cada uno por
un brazo para estar más seguros.
—¡Pobrecita
mía!—dijo D. Mauro—. Creímos que te nos perdías.
Si no es
por ti, Gabriel, se nos pierde.
A causa
del revolcón quedaron ambos hermanos tan lastimosamente magullados, que daba
compasión verles. Del casaquín de mi amo se habían hecho dos, sin intervención
de ningún sastre, y su hermana veía con ojos furibundos los flotantes jirones
de su vestido negro, rasgado de arriba abajo.
—¿Ves?—decía
Restituta á su hermano al regresar á la casa— ¿Ves lo que sacamos de ir á donde
nadie nos llama? Has perdido un guante...; ¡lástima de guante, que costó un
dineral en el Rastro! ¿Pues y la casaca? Ya tengo costura para tres días...
¡Sí, que está barata la seda!... Y tú, niña, ¿has perdido algo? ¡Ay! ¿Dónde
está mi pañuelo? ¿Pues y mi pañuelo? ¡Lo he perdido! ¡Dios me favorezca!...
¡Jesús mil veces! ¡Y yo que le eché tres gotas de agua de bergamota!
XX
Transcurrieron
muchos días desde aquel, famoso por la entrada de nuestro soberano, sin que se
alterara con ningún accidente la uniformidad de la casa de los Requejos.
Largo
tiempo estuve sin poder hablar con Inés, aunque vivíamos tan cerca el uno del
otro; pero el encierro en que la guardaba Restituta era cada vez más
inaccesible, y la vigilancia llegó á ser un acecho implacable. D. Mauro estaba
furioso algunas veces, otras triste, y sin duda en su rudeza no dejaba de
comprender que era incapaz de hacerse amar por Inés. Su cólera no podía menos
de derivarse de la conciencia de su brutalidad. Si no hubiera mediado el
ambicioso interés, que era su alma, quizás D. Mauro habría sido naturalmente
afable y hasta cariñoso con la que pasaba por su sobrina; pero la falta de
educación, de delicadeza, de modales y de sentido común le perdía, haciéndole
no sólo aborrecible, sino espantoso á los ojos de la misma á quien deseaba interesar.
Las
dificultades para sacar á Inés del poder de los Requejos aumentaban de día en
día con la suspicaz vigilancia de Restituta; pero esto no me desanimaba, y
firme en mi honrado propósito, procuré por todos los medios posibles conquistar
la benevolencia de los dos hermanos, fingiendo en mí gustos é inclinaciones
iguales á las suyas. Yo aspiraba á una empresa más difícil que las doce de
Hércules: aspiraba á conquistar el inexpugnable castillo de su confianza, donde
jamás entrara persona alguna.
Para
llegar á este fin, principié fingiéndome mezquino y avaro, cual si me
consumiera, como á ellos, la mísera pasión del ahorro en su último delirio. Un
día, después de haber barrido los pasillos y cuartos, me ocupaba en reunir el
polvo y la tierra, recogiendo y guardando aquellos ingredientes en un gran
cucurucho. Como esta operación la hacía yo de modo que doña Restituta me
observase, preguntóme un día cuál era mi objeto, y le contesté:
—Pues
qué, señora, ¿se ha de desperdiciar esta sustancia alimenticia?
—¿Cómo?
¿El polvo y la basura de los ladrillos, con las telarañas de los techos y el
lodo de los zapatos, forman una sustancia alimenticia?
—Ya lo
creo; y me asombra que usted no sepa que hay en Madrid un jardinero francés que
compra todo esto para criar unas endemoniadas yerbas farmacéuticas que han
inventado ahora.
—¿Qué me
dices, Gabriel? Pues yo no sabía nada. —Pues cuando yo estaba en la casa del
señor duque de
Torregorda,
la señora Duquesa vendía esto todas las semanas, y por un paquete así le daban
sus cuatro cuartos como cuatro soles. Ella se regocijaba tanto con esto, que
cuando yo, después de
arrojar á
un muladar el paquete, volvía entregándole los cuatro cuartos de mi fingida
venta, me decía:
—Eres un
chico de disposición, Gabriel; no he conocido otro como tú.
También
fingía vender los cráneos de carnero que allí se consumían con frecuencia, los
huesos de toda clase de frutas, los pedazos de papel, los cascos de vidrio, y
hasta los pezones de los higos pasados, diciéndole que un boticario los
compraba para hacer cierta droga venenosa. Cuando llegó el V de abril y me
dieron los diez reales de mi salario, dije á doña Restituta:
—Señora,
¿para qué quiero yo todo ese dineral? Puesto que tengo todas mis necesidades
satisfechas y no me falta nada, guárdemelo; y si algún día salgo de esta
bendita casa (lo que ojalá no suceda nunca), me lo entregará junto. Guardadito
quiero que esté como oro en paño, y primero me dejaré cortar las orejas que
consentir en el gasto de un maravedí.
—¡Ay,
Gabriel!—me contestó, rebosando satisfacción—, no he visto nunca un chico como
tú. Bien es verdad que no en vano se pisa esta casa, donde reinan el orden y la
economía. Eres un rapaz de provecho: si sigues trabajando, á vuelta de diez
años tendrás reunidos sesenta duros; y si siempre persistes en tan buenas
ideas, llegarás al fin de tu vida... (pongamos que vives sesenta años más...)
con un capital de trescientos sesenta duros, que tendrás guardaditos y los
enterrarás antes de morirte, para que ningún heredero holgazán se divierta con
tu dinero.
Con estas
y otras artimañas me hacía querer de mis amos, hasta el punto de que confiaban
mucho en mí; pero á pesar de todo, no logré nunca adquirir la confianza
suprema, que consistía para mí en ser encargado de la custodia de Inés,
mientras ellos estaban fuera. ¡Ay!, cuando alguna vez permitían los hados que
doña Restituta se ahuyentara del hogar doméstico, siempre era depositario de
todas las llaves el impasible, el mecánico, el glacial mancebo.
Pero he
hablado poco de este personaje, cuando en realidad debiera ocuparnos mucho, y
urge dar de él completa idea. Juan de Dios era, sin género de duda, un
excéntrico, pues también en aquella época había excéntricos. Un hombre que no
habla, que ignora lo que es risa, que no da un paso más de los necesarios para
trasladarse al punto donde están la pieza de tela que ha de vender, la vara con
que la ha de medir, y la hortera en que ha de guardar el dinero; un hombre que
en todas la ocasiones de la vida parece una máquina cubierta con la humana piel
para remedar mejor nuestra libre, móvil é impresionable naturaleza, ha de
llevar dentro de sí algo ignorado y excepcional. Sin embargo, al poco tiempo de
conocer yo
á Juan de Dios, ocurrió algún percance en el
misterioso engranaje de las piezas de aquel mueble animado.
Por
aquellos días, D. Mauro y doña Restituta habíanse comunicado con asombro su
extrañeza por las frecuentes distracciones de Juan de Dios. Juan de Dios, que
en veinte años no se equivocara nunca midiendo ó contando, contaba y medía como
un mancebillo recién venido de la Alcarria. Aún había algo más alarmante. Juan
de Dios se paseaba por la tienda sin hacer nada, lo cual era tan extraordinario
como el choque de un planeta con otro; Juan de Dios preguntaba al parroquiano
si quería poplín, cotepalis, organdís, madapolanes ó muselinetas, y en vez de
traer lo pedido, daba media vuelta, rascándose la cabeza; iba á la trastienda,
y salía después á preguntar de nuevo, porque se le había olvidado. Al mismo
tiempo, Juan de Dios estaba más amarillo y más flaco, lo cual parecía imposible
al que en sus buenos tiempos le hubiese conocido, y su mirada, siempre
mortecina y tristona, como la llama de un candil que se apaga, indicaba
últimamente una resignación, un dolor que no son susceptibles de descripción ni
pintura.
Un día
salieron los amos, encargándole como de costumbre la custodia de la casa. Inés,
encerrada en su aposento, habló conmigo como Tisbe al través del muro, y en mi
desesperación, no pudiendo ni verla ni sacarla de allí, discurrí que convenía
explorar el corazón del mancebo, por si era posible ablandarle para que
protegiera nuestra fuga. Bajé á la tienda, y después que hablamos un poco de
cosas indiferentes, dije á Juan de Dios:
—¿No es
un dolor, señor don Juan, que esa muchacha se muera de tristeza en ese
cuartucho? ¿Por qué no la dejan suelta por la casa? ¿Acaso es alguna fiera?
Advertí
en el semblante del mancebo un como estremecimiento ó vislumbre; después
pareció que la poca sangre de su cuerpo se le agolpaba en la frente, y me habló
así:
—Gabriel,
tienes razón. ¿Por qué la encierran así, siendo tan buena y tan humilde?... Ya
estará libre...—dijo Juan de Dios, como hablando consigo mismo.
Estas
palabras despertaron mucho mi curiosidad, y resolví hacerle hablar sobre el
asunto, fingiendo poco interés por la huérfana.
—Verdad
es—dije—que como está tan mal criada...
—¡Mal
criada!—exclamó el dependiente con viveza—. Tú sí que eres un mal criado y un
bruto. Cuando la veo tan dulce, tan modesta, tan guapa, me da lástima que...
Aquí la tratan de un modo que da compasión...
—Pero los
amos son muy buenos con ella, le han comprado un vestido, y D. Mauro quiere que
sea su mujer.
Al oirlo,
Juan de Dios se inmutó de tal modo, que le tuve miedo. —¡Casarse con
ella!—exclamó—. No, no; eso no puede ser. —Bien es verdad que si la muchacha no
quiere, ¿por qué la han
de
obligar?
—Es
verdad. No, no la obligarán.
Comprendí
que convenía variar de táctica, demostrando mucho interés por la prisionera.
—Pues si
ella no quiere—dije—, será una obra de caridad sacarla de aquí.
—¿Tú
crees lo mismo?—me preguntó con ansiedad.
—Sí. Me
da tanta lástima de la pobrecita, que si en mí consistiera, ya le hubiera
abierto las puertas para que volara como un pajarito.
—Gabriel—me
dijo Juan de Dios solemnemente, poniendo su mano sobre mi brazo—, si tú fueras
un chico prudente y discreto, yo te confiaría un proyectillo.
No había
más remedio que fingir gran indignación contra los
Requejos,
y así lo hice, diciendo:
—¡Pues no
he de serlo! A mí puede usted confiarme lo que quiera, sobre todo si se refiere
á esa niña, porque le tengo compasión; y si mi amo se empeña en maltratarla, no
lo podré aguantar, y el mejor día...
—Nuestros
patronos son muy crueles—dijo él con la gravedad de quien revela importante
secreto.
—¿Qué
dice usted, crueles? Bárbaros y tacaños, que serían capaces de vender á Cristo
por dos cuartos.
El
semblante de Juan de Dios expresó cierto entusiasmo. Después de vacilar un
momento entre la seriedad y una sonrisa, se apretó el corazón con ambas manos,
y me dijo:
—Gabriel,
yo estoy enamorado, yo estoy loco.
—¿De
quién? ¿Por quién?
—No me lo
preguntes y adivínalo. A tí sólo te lo digo: quiero que me ayudes. Veo que
tienes buenos sentimientos, y que aborreces á los carceleros de Inés. Pero tú
no te has fijado bien en ella. ¿No te admira su resignación, no te admira su
modestia? Y sobre todo, Gabriel, ¿has visto alguna vez joven más linda? Dime,
¿te ha mirado alguna vez y no te has vuelto loco?
Juan de
Dios lo parecía al decir estas palabras.
—Inés es
una gran personita—respondí—. Hace usted bien en quererla, y mucho mejor en
sacarla de aquí. ¿Pero no dicen que se casa usted con doña Restituta?
—¿Yo?
¿Estás loco?... Antes de ahora he sido tan estúpido que llegué á creerme capaz
de semejante desgracia. Pero ahora... ¿Has conocido mujer más repugnante que
esa?
—No, no
hay otra que la iguale en toda la tierra. Pero hablemos de Inés, que es lo que
á usted le interesa.
—Sí,
hablemos. ¡Ay! No sabes qué desahogo siento al confiarte este secreto. Yo
necesitaba decírselo á alguien para no desesperarme. Desde que Inés entró en
esta casa, yo experimenté una sensación desconocida. Yo había dicho muchas
veces: «Tanto
como oigo
hablar del amor, y yo no sé lo que es...». Pero ya sé lo que es... ¡Ay!, he
pasado toda mi vida trabajando como una bestia. Hace veinte años tuve algo con
una mujer que vivía en mi casa, pero aquello no pasó de tres días. Yo nací en
Francia, de padres españoles; me crié en un convento, y cuando salí de él á los
veinte años, estaba muy persuadido de que las mujeres todas eran el demonio,
pues así me lo decían los padres del convento de Guetaria. Así es que cuando
pasaba alguna cerca de mí, yo bajaba los ojos, cuidando de no mirarla. Siempre
he sido melancólico y... no sé por qué me han disgustado las mujeres... Nunca
voy á bailes ni á tertulias, y con tan uniforme vida me he vuelto tan tristón,
que me aburro de mí mismo. Los domingos echo un paseo allá por los
Melancólicos, y esto un año y otro, hasta que ahora... Te contaré punto por
punto. Cuando llegó Inés aquí, me pareció que no era como las mujeres que yo he
visto siempre; quedeme asombrado contemplándola, y hasta se me figuró que la
había visto en alguna parte. ¿Dónde? ¡Qué sé yo! Sin duda dentro de mí mismo.
Todo aquel día pensé en ella, y al día siguiente, que era domingo, me fui,
después de oir misa, á mi paseo de los Melancólicos. Allí dí mil vueltas,
figurándome que hablaba con ella, y fueron tantas las cosas que le dije, que de
seguro no cabrían en este libro grande. Pasó algún tiempo: Inés no me había
mirado nunca, hasta que una noche... Estábamos comiendo, yo fuí á coger un
plato, y como me temblaba la mano, lo dejé caer al suelo y se rompió. Restituta
se puso á dar gritos, y D. Mauro me dijo no sé qué barbaridades. Entonces Inés
alzó los ojos y me miró.
Cuando
esto decía, Juan de Dios mostraba la incomparable satisfacción del amante que
ha recibido favor muy lisonjero de su dama.
—Pues
ánimo—le dije—, la madamita es linda y buena. Sáquela usted de aquí.
—¡Que si
la saco! ¿Pues no he de sacarla?—exclamó con decisión—. Resuelto estoy á ello.
Pero necesito hablarle, Gabriel; necesito decirle lo que siento por ella. ¿Me
corresponderá? ¿Crees tú que me corresponderá?
—Pero,
tonto, si quiere usted hablarle, ¿qué más tiene que ir á su cuarto y entrar?
¿Los amos no le dejan las llaves?
—Varias
veces he intentado hablar con ella, he subido la escalera, he llegado junto á
la puerta, y al fin me he vuelto sin valor para decirle: «Inés, ¿oye usted una
palabra?»
—Pues de
esa manera no consigue usted nada—le contesté—. ¡Ah! Vea usted lo que me ocurre
en este instante. Yo me pinto sólo para esas comisiones. Me da usted la llave,
abro, entro y le digo que usted la quiere y discurre el modo de sacarla de aquí
¿Qué le parece mi invención?
—Te
equivocas si crees que tengo la llave de su cuarto. Todas me las dejan menos
esa.
—Entonces
todo está perdido.
—No,
porque voy á que un cerrajero me haga una por un molde de cera, enteramente
igual. Por de pronto, ya que te ofreces á servirme, mira lo que he pensado.
Aquí tengo un ramito de violetas que he comprado esta mañana. Se lo llevas,
arrojándolo dentro por el tragaluz que está sobre la puerta, y le dices: «Esto
le manda á usted una persona que la ama», pero sin mentarle quién es. Luégo,
otro día que los amos salgan, le llevas una carta que estoy escribiendo en mi
casa, y que tiene ya ocho pliegos de papel, con una letra como el sol. ¿Lo
harás así?
—Todo lo
que usted me mande.
—¡Ay,
Gabriel! Desde que ella está en esta casa, me he vuelto todo del revés. Pero
di: ¿crees tú que Inés me querrá? ¿Lo crees tú? ¡Ay!, yo de veras te digo que
por verme amado de ella por todo el día de hoy, consentiría mañana en perder la
vida. Te juro que si supiera de cierto que no me puede querer, moriría. Si Inés
me ama, seré tan feliz que... no sé lo que me pasará. Y tiene que ser, tiene
que amarme; yo me la llevaré á una parte del mundo donde no haya gente, y allí,
solitos los dos, ¿no es verdad que tendrá que quererme? Estoy ahora averiguando
por qué camino se va á una de esas islas desiertas que, según dicen, hay no sé
dónde... La sacaré de aquí, Gabriel; nos iremos ella y yo, si quiere, bien, y
si no, también. Cuando llegue el caso, me creo capaz de todo: de matar al que
quiera impedírmelo, de vencer cuantas dificultades se me opongan, de echarme á
cuestas toda la tierra y beberme todo el mar, si es preciso para mi fin...
Gabriel, ¿llevarás á Inés el ramo de violetas? Yo tengo miedo de ir... Cuando
le hable una vez, se me
quitará
esta turbación... ¿No es verdad?... ¿Crees tú que ella me amará?
La pasión
de Juan de Dios tenía cierta ferocidad. Junto con la timidez más ingenua, el
corazón de aquel hombre abrigaba una determinación impetuosa y una energía
suficiente para llevar adelante el más difícil propósito. El secreto confiado
causóme tanto asombro como miedo, porque si bien el amor del mancebo podía ser
un gran auxilio para la evasión de Inés, también podía ser obstáculo.
Pensando
en esto, me separé de él, para llevar las violetas, sacadas de un cajón donde
guardaba sus plumas: subí y púseme al habla con mi desgraciada amiga.
—Inés—le
dije, arrojando el ramillete por el tragaluz—, toma esas flores que he comprado
para ti.
—Gracias—me
contestó.
—Niñita
mía—continué—, mételas en tu seno, para que la bruja de tu tía no las descubra.
¿Las has guardado ya?
—En eso
estoy—repuso la dulce voz dentro del cuarto—. Vaya, ya están.
—Mira,
Inesilla, pon la mano sobre tu corazón, y júrame que no has de querer á nadie,
á nadie más que á mí: ni á D. Mauro, ni á Juan de..., quiero decir... á nadie.
—¿Qué
estás ahí hablando?
—Júramelo.
Pronto estarás libre, paloma. Pero cuando seas señora rica y condesa, y tengas
palacio, y lacayos, y tierras, ¿me olvidarás? ¿Despreciarás al pobre Gabriel?
Júrame que no me despreciarás.
La
prisionera reía en su cárcel.
—Vaya,
adiós—añadí—. Ponte frente al agujero de la llave para verte: ¡qué guapa estás!
Adiós; me parece que ahí están tus simpáticos tíos. Sí; ya siento la voz del
buitre de D. Mauro. Adiós.
XXI
Aquella
noche nos favorecieron doña Ambrosia de los Linos y el licenciado Lobo. La
primera se quejó de no haber vendido ni una vara de cinta en toda la semana.
—Porque—decía—la
gente anda tan azorada con lo que pasa, que nadie compra, y el dinero que hay
se guarda, por temor de que de la noche á la mañana nos quedemos todos en
camisa.
—Pues
aquí nada se ha hecho tampoco—dijo Requejo—; y si ahora no trajera yo entre
ceja y ceja un proyecto para quedarme con la contrata del abastecimiento de las
tropas francesas, puede que tuviéramos que pedir limosna.
—¿Y usted
va á dar de comer á esa gente?—preguntó con inquietud doña Ambrosia—. ¿Por qué
no les echa usted veneno para que revienten todos?
—¿Pero no
era usted—preguntó Lobo—tan amiga del francés, y decía que si Murat la miró ó
no la miró?... Vamos, señora doña Ambrosia, ¿ha habido algo con ese caballero?
—¡Ay! Le
juro á usted por mi salvación que no he vuelto á ver á ese señor, ni ganas.
¡Demonios de franceses! ¿Pues no salen ahora con que vuelve á ser rey mi Sr. D.
Carlos IV, y que el Príncipe se queda otra vez príncipe? Y todo porque así se
le antoja al Emperadorcito.
—¡Bah!—dijo
Lobo—. Pues ¿a qué ha ido á Burgos nuestro Rey, sino á que le reconozca
Napoleón?
—No ha
ido á Burgos, sino á Vitoria, y puede ser que á estas horas me le tengan en
Francia cargado de cadenas. ¡Si lo que quieren es quitarle la corona! Buen
chasco nos hemos llevado; pues cuando creímos que el señor de Bonaparte venía á
arreglarlo todo, resulta que lo echa á perder. Parece mentira: deseábamos tanto
que vinieran esos señores, y ahora si se los llevara Patillas con dos mil pares
de los suyos, nos daríamos con un canto en los pechos.
—No; que
se estén aquí los franceses mil años es lo que yo deseo—dijo Requejo—. Como me
quede con la contrata, ¡ay, mi señora doña Ambrosia!, puede ser que el que está
dentro de esta camisa salga de pobre.
—Quite
usted allá. ¿Ni para qué queremos aquí franceses ni zamacucos, ni tragones, ni
nada de toda esa canalla, que no viene aquí más que á comer? Pues ¿qué cree
usted? Muertos de hambre
están
ellos en su tierra, y harto saben los muy pillastres dónde lo hay. Si es lo que
yo he dicho siempre. Dicen que si Napoleón tiene esta intención ó la otra. Lo
que tiene es hambre, mucha hambre. —Yo creo que tenemos franceses por mucho
tiempo—afirmó el
licenciado—,
porque ahora... Luégo que nuestro Rey sea reconocido, vendrán acá juntos para
marchar después sobre Portugal.
—¡Qué
majadería!—exclamó la señora de los Linos—. Aquí nos están haciendo la gran
jugarreta. Esta mañana estuvo en casa á tomarme medida de unos zapatos el
maestro de obra prima, ese que llaman Pujitos. Díjome que en el Rastro y en las
Vistillas todos están muy alarmados, y que cuando ven un francés le silban y le
arrojan cáscaras de frutas; díjome también que él está furioso, y que así como
fué uno de los principales para derribar á Godoy, será también ahora el primero
en alzarles el gallo á los franceses... ¡Ah! lo que es Pujitos mete miedo, y es
persona que ha de hacer lo que dice.
—Si me
quedo con la contrata, Dios quiera que no se levanten contra los franceses—dijo
Requejo.
—Si hay
levantamiento—afirmó Restituta—, y mueren unos cuantos cientos de docenas, esos
menos serán á comer. Siempre son algunas bocas menos, y la contrata no
disminuirá por eso.
—Has
pensado como una doctora—dijo D. Mauro—. ¿Pero y si se van?
—Se irán
cuando nos hayan molido bastante—añadió doña Ambrosia—. ¡Pues no tienen poca
facha esos señores! Van por las calles dando unos taconazos y metiendo con sus
espuelas, sables, carteras, chacós y demás ferretería, más ruido que una
matraca...
¡Y cómo
miran á la gente!... Parece que se quieren comer los niños crudos... Por
supuesto, que ya les verá usted correr el día en que el español diga: «Por ahí
me pica, y me quiero rascar».
—Eso es
música—dijo Lobo—. Deje usted que vuelvan á Madrid el Rey y el Emperador, y
verá como todo se arregla. Don Juan de Escóiquiz, que es amigo mío, y el primer
diplomático de toda la Europa, me dijo antes de irse que son unos bobos los que
creen que Napoleón intenta destronar al Rey de acá. Descuiden ustedes, que,
como haya
dificultades, mi canónigo las arreglará todas, que para eso le dio el Señor
aquel talentazo que asusta.
—Napoleón
no viene acá sino con la espada en la mano— continuó doña Ambrosia—. El padre
Salmón, de la Orden de la Merced, que estuvo esta mañana en casa (y por cierto
que se llevó media docena de huevos como puños), me dijo que á él no se le
escapa nada, y que tendremos guerra con los franceses. Napoleón nos está
engañando como á unos dominguillos. Ya ve usted: hace quince días se dijo que
venía, y en palacio enseñaban las botas y el sombrero que había mandado por
delante. Don Lino Paniagua, que vió aquellas prendas y las tuvo en su mano, me
dijo que las botas eran grandísimas y casi tan altas como este cuarto. En
cuanto al sombrero, dice que era tan grasiento, que un cochero simón no se lo
pondría, lo cual prueba que este Emperador es un grandísimo gorrino, con perdón
sea dicho.
—Veinte
mil franceses tenemos aquí—dijo D. Mauro con expresión meditabunda—. ¡Mucho
pan, mucho tocino, muchas patatas, mucho pimentón, mucha sal, mucha berza han
de entrar por veinticinco mil bocas! Y dicen que traen hambre atrasada.
—Por
supuesto, hermano—dijo Restituta—, el dinerito por adelantado.
D. Mauro
tomó un papel, y con profunda abstracción hizo cuentas. —Y de lo que sobre en
el almacén, ¿no se podrá traer lo
necesario
para el gasto de la casa?—preguntó la digna hermana—. Porque están unos
tiempos..., ¡ay!, señora doña Ambrosia, no se gana nada...
—Vaya,
vaya—dijo doña Ambrosia—. Poco, mal y bien quejado. Más dinero tienen ustedes
que las arcas del Tesoro. Y á propósito, Restituta, ¿cuándo se casa usted?
—¡Jesús!
¿Quién piensa ahora en eso? No corre prisa.
—No
pensará lo mismo Juan de Dios. ¿Y usted, Inesita, cuándo se decide?
—Ya está
decidida—dijo vivamente Restituta—. La pícara harto disimula su satisfacción.
Este la tiene muy mimosa.
—Esto
está muy bien: una niña bien criada debe hacer ascos al matrimonio hasta que
llegue el momento crítico. Pero, hija, con la conversación se me ha ido el
tiempo: son las diez... Adiós, adiós.
Fuese
doña Ambrosia; desfiló al poco rato Lobo, y habiendo subido á acostarse las dos
mujeres, quedaron solos en la trastienda el patrono y el mancebo haciendo las
cuentas de la contrata.
Yo me
acosté y dormí profundamente; pero á eso de la media noche, y cuando, recogido
también el amo, reinaban en la casa el sosiego y la tranquilidad, me desvelaron
unos agudos gritos, que al punto reconocí como procedentes de la exprimida
laringe de Restituta.
—Sin duda
hay ladrones en la casa—dije levantándome. Restituta llamaba angustiosamente á
su hermano, el cual salió
con una
tranca, diciendo:
—¡Dónde
están esos pícaros, dónde están, para que sepan si soy hombre que se deja
quitar el fruto de su honradez!
—No son
ladrones—dijo Restituta con voz temblorosa á causa de la ira—; no son ladrones,
sino otra cosa peor.
—¿Pues
qué son, con mil pares de diablos?
—Es
que...—continuó la hermana, dirigiéndose al amo y á mí, que también había
acudido con un palo—. Inesilla..., bien decía yo que esa muchacha nos daría que
sentir... Es una loca, una mujerzuela, una trapisondista, una perdida de las
calles.
—A
ver..., ¿qué ha hecho?
—Pues yo
velaba, ella dormía, y de repente empezó á hablar en sueños. ¡Ay, no sé cómo no
la estrangulé! Primero pronunció algunas palabras que no pude entender, y
después dijo así: «Juro que te querré siempre; juro que te querré cuando sea
condesa, cuando sea princesa, cuando sea rica, cuando sea gran señora. Pero yo
no quiero ser nada de eso sin ti». Estuvo callada un rato, y después siguió
diciendo: «¿Cómo no he de quererte? Tú me arrancarás del poder de estas dos
fieras... ¡Ay!, adiós: siento la voz del buitre de mi tío. Adiós...». Después,
la condenada niña, como si le parecieran poco estos insultos, llevóse las
palmas de las manos á su boquirrita y se dio muchos besos. ¿Qué te parece,
hermano? ¡No sé cómo no la ahogué! Sin poderme contener, arrójeme sobre ella;
despertóse despavorida, y al incorporarse se le cayó del pecho este ramo de
violetas.
Al decir
esto, Restituta mostraba en su trémula mano la terrible prueba del delito.
Quedóse D. Mauro aturrullado, confuso, y luégo,
tomando
el ramo y mordiéndolo con rabia, lo arrojó al suelo, donde fué pisoteado
alterno pede por ambos furiosos hermanos.
—¡Conque
dice que soy un buitre!—exclamó él echando chispas
—. ¡Un
buitre! ¡Llamar buitre á un caballero como yo! ¡Bonito modo de pagar el pan que
le doy! Ya le enseñaré los dientes á esa chiquilla. Pero ese ramo, ¿quién le ha
dado ese ramo?
—Pero
Mauro...
—Pero
Restituta...
Y más se
confundían los dos cuanto más se irritaban, y crecía su cólera á medida que
aumentaba su aturdimiento, hasta que Requejo, recogiendo sus luminosas ideas en
rápida meditación, dijo:
—Tiene
amores con algún mozalbete de las calles. ¿Habrá entrado aquí? Esto es para
volverse loco. Gabriel, Gabriel, ven acá.
Al punto
comprendí que estaba en peligro de hacerme sospechoso á mis feroces amos; y
como en este caso me arrojarían de la casa, imposibilitando de un modo absoluto
la realización de mi proyecto, hallé prudente el desorientarles con una
invención ingeniosa, que apartara de mí toda sospecha.
—Señor—dije
á mi amo—, estaba esperando á que su merced acabara de hablar, para decirle
alguna cosa que contribuya á descubrir esta picardía. Pues anoche, cuando salí
en busca del cuarterón de higos pasados, me pareció que ví en la calle á un
señorito, el cual señorito miraba á estos balcones..., y después, creyendo él
que yo no le veía, arrojó una cosa...
—¡Eso,
eso fué..., el ramo!—exclamó Requejo.
—Anoche
mismo—continué—pensaba decírselo á su merced; pero como estaba ahí esa señora,
y después se quedaron usted y Juan de Dios haciendo números...
—¿Y ella
se asomó al balcón?—preguntó Restituta.
—Eso no
lo puedo asegurar, porque hacía oscuro y no ví bien. Pero encárguenme mis amos
que esté ojo alerta, y no se me escapará nada. A fe que si ustedes me dieran la
comisión de vigilar á la niña cuando salen de casa, la niña no se reiría de
nosotros.
—¡Esto no
se puede aguantar!—exclamó fieramente D. Mauro—. Vaya, acuéstense todos, que
mañana le leeré yo la cartilla á la señorita.
Retiréme
á mi cuarto, y desde mi cama oía al espantoso Requejo hablando con su hermana.
—Nada,
nada. Esta semana me casaré con ella. Si no quiere de grado, será por fuerza...
Estoy furioso, estoy bramando. Mañana sabrá ella si soy yo Mauro Requejo, ó
quién soy. La encerraremos en el sótano, sin darle de comer. ¿Acaso vale ella
el mendrugo de pan con que le matamos el hambre? Le diremos que no probará
bocado, ni beberá gota hasta que no consienta en ser mi mujer... La
encerraremos en el sótano, sí, señor, en el sótano. Y si no quiere, palos y más
palos. A fe que tengo yo buena mano de almirez...
¡Llamarme
buitre esa rapazuela de las calles!... Estoy furioso..., me la comería... Sí:
que yo iba á dejarla escapar con el mozalbete del ramo... Se casará sí, se
casará, y si no, de aquí no sale sino difunta... ¡Buen genio tengo yo!... Malas
brujas me chupen, si no la caso conmigo mismo... Y si no quiere por blandas,
será por duras: la amarraré á un poste, la azotaré, la abriré en canal con el
cuchillo de abrir las latas de pomada.
Requejo,
en aquel instante parecía un demonio escapado del infierno; y la primera luz de
la aurora, entrando difícilmente en la oscura casa, le encontró despierto aún y
vociferando como un insensato.
XXII
Dicho y
hecho: desde la mañana del día siguiente, D. Mauro pareció dispuesto á llevar
adelante su bestial propósito: el de precipitar el martirio de Inés, casándola
consigo mismo , como él decía en su bárbaro lenguaje. La táctica de amabilidad
y de astuta dulzura, recomendada por el licenciado Lobo, se consideró inútil,
siendo sustituida por un sistema de terror, que ponía en fecundo ejercicio las
facultades todas de doña Restituta. Antes de partir á la junta donde D. Mauro y
otros dos comerciantes debían ponerse de
acuerdo
para la subasta del abastecimiento, mi amo tuvo el gusto de plantear por sí
mismo el nuevo sistema. Dispuso que Inés no saldría de su cuarto ni para comer,
que los vidrios y maderas de la ventanilla que daba á la calle de la Sal se
cerraran, asegurándolas por dentro con fuertísimos clavos; que se colocara un
centinela de vista dentro de la misma pieza, cuya misión á nadie podía
corresponder más propiamente que á Restituta.
Ya no era
posible, pues, ni ver á Inés, ni hablarla ni prevenirla, porque todo indicaba
que aquella tenaz vigilancia no concluiría sino cuando los Requejos vieran
satisfecho su ardiente anhelo de casar
á la muchacha consigo mismos. Por último,
llegaron las vejaciones ejercidas contra Inés hasta el extremo de notificarle
enérgicamente que no vería la luz del sol sino para ir á casa del señor vicario
á tomar los dichos. La situación de Inés era, por lo tanto, insostenible, y tan
crítica, que me decidí á intentar resueltamente, sin esperar más tiempo, su
anhelada libertad. Para hacer algo de provecho, era indispensable utilizar un
día en que ambas fieras, macho y hembra, salieran á la calle á cualquier negocio,
pues pensar en la fuga mientras nuestros carceleros estuviesen en la casa, era
pensar en lo excusado. D. Mauro, ocupado en su contrata, salía con frecuencia;
pero Restituta, imperturbable como esfinge faraónica, no se movía de la casa,
ni del cuarto, ni de la silla. Para vencer tan formidable dificultad, discurrí
á fuerza de cavilaciones el siguiente medio.
Mi
seductora ama tenía la costumbre, harto lucrativa, de asistir á todas las
almonedas que se anunciaban en el Diario y hacíalo con la benemérita intención
de pescar muebles, colchones, ropas, adornos de sala y otros objetos que,
adquiridos por poco precio, vendía después en dos ó tres prenderías de la calle
de Tudescos, que eran de su exclusiva pertenencia, aunque no lo pareciese.
Hacia el quince de abril tuvo noticia de un ajuar completo de ricos muebles,
puestos en almoneda en una casa de la plazuela de Afligidos. Habíales ella
visto y examinado, y aunque le parecieron de perlas, no los tomó, porque la
dueña, que era viuda de un consejero de Indias, no se resignaba á entregar su
única fortuna casi de balde. Regatearon: Restituta ofreció una cantidad alzada;
mas no fué posible la avenencia, y volvióse aquella á su casa sin aflojar los
cordones de la bolsa, aunque harto se le conocía su desconsuelo
por haber
dejado escapar negocio de tal importancia. Pues bien: sobre aquella almoneda,
sobre aquel regateo, sobre este desconsuelo, fundé yo el edificio de la
invención que debía quitarme de delante á mi señora doña Restituta por unas
cuantas horas.
Era un
domingo, día primero de mayo. Salí por la mañana, y dirigiéndome á mi antigua
casa, buscáronme allí una mujer que se encargó de llevar á doña Restituta el
recado que puntualmente le di. Estaba el ama, á las cuatro de la tarde, sentada
en el cuarto de la costura, cuando se presentó mi comisionada en la casa,
diciendo que la señora de la plazuela de Afligidos consentía en dar los muebles
á la señora de la calle de la Sal por el precio que esta había tenido el honor
de ofrecer.
Dio un
salto en su asiento Restituta, y al punto su acalorada imaginación ilusionóse
con las pingües ganancias que iba á realizar. Se vistió con aquella ligereza
viperina que le era propia, y después de cerrar el balcón y la puerta de la
habitación de Inés, tuvo la condescendencia incomparable de entregarme la llave
de la puerta que conducía á la escalerilla principal; encargó á Juan de Dios el
mayor cuidado, y salió.
Cuando la
ví salir, respiré con indecible desahogo. Parecióme que huía para siempre,
llevada en alas de demonios vengadores.
Ya no
podía perder un instante, y dije á mi amiga desde fuera:
—Inesilla,
prepárate. Recoge toda tu ropa, y aguarda un
momento.
La única
contrariedad consistía ya en que Juan de Dios descubriese mi intriga,
oponiéndose á nuestra fuga; pero yo contaba con la facilidad que ha existido
siempre para cegar por completo á quien ya tiene ante los ojos la venda del
amor. Bajé á la tienda, y ya desde el primer momento advertí que la fortuna no
me era muy favorable, porque Juan de Dios estaba en conversación con dos
militares franceses, y no era aquella ocasión á propósito para que me diera la
llave falsificada que hacía falta.
Diré
brevemente por qué estaban allí los dos franceses. Un oficial de administración
militar fué en busca de mi amo para hablarle de no sé qué particularidades
relativas al contrato de abastecimiento; acompañábale otro que me parecía
teniente de la Guardia Imperial, el cual, entablada conversación con Juan de
Dios, habló en
incorrecto
español, y dijo que era del país vascofrancés. Como el hortera había nacido y
criádose en el mismo país, al punto se la echaron los dos de compatriotas, y
hubo apretones de manos. El extranjero era un mozo alto y rubio, de modales
corteses y simpática figura.
—¿No
recuerda usted la familia Sajous, en Bayona?—dijo al mancebo.
—¿Pues no
la he de recordar? Mi padre, don Blas Arroiz estuvo de escribiente en casa de
monsieur Hipólito Sajous, en Bayona, y después en casa de otro Sajous, en
Saint-Sever—repuso Juan de Dios.
—El de
Saint-Sever es mi padre—añadió el francés—; pero yo nací en Puyoo, donde aquel
tiene una fábrica de tejidos. Me acuerdo de haber oído hablar en mi niñez de un
administrador guipuzcoano que falleció en nuestra casa.
A este
tenor continuaron hablando un cuarto de hora, hasta que al fin, después de
mutuas felicitaciones y ofrecimientos, despidióse el francés, prometiendo
volver á visitarnos. Yo estaba tan impaciente, que necesité disimular mi
agitación para que no se me conociera en el semblante lo que traía entre manos.
Sin perder tiempo, porque perderlo era perderme, dije á Juan de Dios:
—Vamos,
amigo: este es el momento de entregar á la niña la carta amorosa que usted
tiene escrita.
—Sí,
chiquillo: aquí está—repuso mostrándome la epístola, que era un monumento
caligráfico—. ¿Qué te parece este trabajo? ¿Has visto alguna vez letra como
esta? Repara bien esa M y esa H mayúsculas. ¡Qué rasgos tan finos! Y esas
letras con que pongo su nombre, ¿qué te parecen? Tres días de tarea eché en ese
nombre divino, que, como el de Jesús, endulza el alma y la lengua más que con
la miel y azúcar con sólo sus cinco letras.
Este no
tiene más que cuatro; pero ¡qué perfiles! Y toda la carta está lo mismo. No
tiene más que once pliegos; pero me parece que es bastante. Como es la primera
que le escribo, no debo marearla mucho. ¿No te parece?
—Me
parece bien. Dos palabritas bien dichas, y baste por ahora. Pero lo que importa
es llevársela cuanto antes, pues la espera con impaciencia.
—¿Cómo
que la espera? ¿Pues acaso tú le has dicho algo? —No..., verá usted... Ella
debe haberlo adivinado. Cuando le dí el
ramo,
díjele que se lo mandaba una persona de la casa que la quería mucho y tenía
pensado sacarla de aquí; ella lo besó.
—¡Lo
besó!—exclamó el mancebo, tan conmovido, que algunas lágrimas asomaron á sus
ojos—. ¡Lo besó! Es decir, se lo llevó á sus divinos labios. ¡Ah!, Gabriel,
¿crees tú que me corresponderá?
—No lo
creo sino que lo afirmo—respondí enérgicamente—. Pero venga la carta. ¡Pues no
se va á poner poco contenta!... Ahora caigo en que me debe usted dar la llave
que encargó para que yo entre y le dé la carta en propia mano, porque no está
bien visto que una cosa de tanta importancia se arroje así..., pues.
—No, la
llave no te la daré—contestó—, porque no necesitas entrar. Quiero que esté
sola, para que se entregue á sus anchas al placer de la lectura. ¿Conque dices
que lo recibió bien?
—Pero la
llave, la llave... ¿No me da usted la llave?
—No, la
llave no te la doy. Déjala encerrada, que no faltará quien la saque pronto.
¡Ay!, si me atreviera á ir yo mismo, y á hablarle...
Pero no.
En la carta le digo mi amor y mis proyectos; le digo que la sacaré pronto de
esta espantosa esclavitud, y que será mi mujer, mi mujercita, pues nos
casaremos en tierras lejanas... ¿Sabes tú por dónde se va á alguna de esas
islas desiertas que nos cuentan?...
Iremos;
porque has de saber, Gabrielillo, que yo soy rico. Yo he guardado mis ganancias
desde hace veinte años. Lo malo es que todo lo tengo en poder de los
Requejos...; pero ya, ya tomaré yo lo que me pertenezca. Entre esta noche y
mañana he de poner por obra mi plan. ¿Ves esta carta que tengo aquí para mi
amo? Pues de esto depende todo. Cuando él lea esta carta... Pero esto es un
secreto...; punto en boca.
—¿De modo
que no me da usted la llave?
—No.
¿Para qué? No quiero que la veas, no quiero que le hables, cuando yo no le
hablo ni la veo. Al considerar que si entras en su cuarto te ha de mirar,
siento unos celos... ¡Ay!, yo me muero. Gabriel; yo no duermo, ni como, ni
bebo. Si no tuviera qué hacer, me estaría día y noche paseando por los
Melancólicos. Esta es mi única delicia: pensar en ella, representármela en la
imaginación, y entablar con ella unos diálogos que no tienen fin. A cada
instante la abrazo y
la beso á
mis anchas, le pongo una flor en la cabeza, la llevo en mis brazos cuando está
cansada, la arrullo, le canto para que se duerma, y la visto por la mañana
cuando despierta.
—Así es
usted feliz—repuse—; pero si me diera usted la llave, le contaría todo eso.
—No; yo
se lo diré mañana, esta noche quizás—dijo Juan de Dios con exaltación—. Pues
qué, ¿crees tú que soy capaz de consentir un día más los martirios que padece?
Gabriel, á tí te puedo confiar mis planes. ¡Esta noche, esta noche quedará Inés
en libertad! ¿Tú sabes por dónde se va á alguna isla desierta?... Anda, lleva
la carta, se la arrojas por el tragaluz, ¿entiendes? Pobrecita. Qué dirá cuando
vea que hay quien se interesa por ella, quien la adora, y está dispuesto á
sacrificar vida, hacienda y honor... Así se lo he dicho esta mañana al
Santísimo Sacramento y á la Virgen María. Todos los días voy á misa y ruego por
ella á Dios y á los santos. Esta mañana, cuando el cura alzaba el cáliz, le
miré y dije: «Santísimo Sacramento de mi alma, yo amo á Inés. Si quieres que no
la ame más que á Ti, dámela. Nunca te he pedido nada. Con ella seré bueno; sin
ella seré... lo que el demonio quiera». Anda, Gabriel, llévale de una vez la
esquelita.
A este
punto llegábamos, cuando entró D. Mauro con dos amigos. Dióle Juan de Dios la
carta de que antes me había hablado con tanto misterio, y cuando la hubo leído
lanzó grandes exclamaciones de coraje, que á todos los presentes nos
infundieron miedo. Al instante hizo salir á Juan de Dios con una comisión
apremiante, y yo me retiré. Aunque el maniático no había querido entregar la
llave, comprendí que no debía retroceder en mi empresa, y resuelto á todo,
pensé en descerrajar la puerta de la prisión de Inés. Favorecía este proyecto
la circunstancia de estar Requejo en coloquio muy acalorado con sus dos amigos,
y además ignorante de la ausencia de su hermana.
Pedí
auxilio á Dios mentalmente, y después de advertir á Inés para que estuviese
preparada y me ayudase por dentro, cogí un pequeño barrote de hierro en figura
de escoplo, que había en la sala de los empeños, y comencé la delicada obra. El
miedo de hacer ruido me obligaba á emplear poca fuerza, y la cerradura no
cedía. Canté en alta voz para ahogar todo rumor, y al fin, ayudado por Inés,
que
empujaba desde dentro, logré desquiciar una de las hojas, que tuvimos buen
cuidado de sostener para que no viniese al suelo.
—¡Estás
libre, Inés, vámonos! ¡Huyamos sin tardanza!—exclamé con locura—. Si nos
detenemos un instante, estamos perdidos.
Nos
dirigimos á la puerta que conducía á la escalera exterior. Abrila yo, y
salimos. Ya oscurecía. Un hombre bajaba de los pisos superiores y se juntó á
nosotros en la meseta. Advertí que nos miraba con sorpresa; observéle yo á mi
vez, y no puede menos de temblar reconociendo al licenciado Lobo, el cual,
extendiendo sus brazos como para detenernos, preguntó:
—¿Adónde
van ustedes?
—¿Y á
usted qué le importa?—dije con rabia, viendo delante de mí obstáculo tan
terrible.
Después,
considerando que contra semejante cernícalo más convenía la astucia que la
fuerza, añadí:
—Doña
Restituta nos ha mandado salir en busca suya. Ha ido en casa de una amiga...
—Tú eres
un pícaro redomado—me contestó—. ¿Adónde vas con esa muchacha? Tunantes, ¡os
fugáis de esta santa casa! Ya os arreglaré yo. Adentro pronto, si no queréis ir
conmigo á la cárcel de Villa.
Mi
desesperación no tuvo límites, y ahora celebro no haber tenido en aquel momento
un puñal en mi mano, porque de seguro le hubiera partido el corazón al leguleyo
trapisondista.
—¡Ah!,
pícaro ladrón, ya te conozco, ya sé quién eres—continuó
—. Esta
noche precisamente pensaba venir á ajustarte las cuentas...
No te
había conocido, bribonzuelo; pero ya sé qué clase de pájaro eres... Ya tenía
ganas de cogerte entre mis uñas.
Y
efectivamente, me tenía tan cogido, que no sé cómo no me desolló el brazo.
Inés
lloraba. Lobo la asió también por un brazo, y empujándonos hacia dentro, nos
dijo:
—¡Qué á
tiempo llegué, pimpollitos míos!
Hice un
esfuerzo desesperado para desprenderme de sus garras, y me desprendí. Él
entonces alzó el grito, exclamando:
—¡Que se
me escapa ese tuno..., ladrones..., acudan acá!
Subió
precipitadamente D. Mauro, reunióse en el portal alguna gente, y acertando á
llegar Restituta, poco después me encontraba entre ambos Requejos como Cristo
entre los dos ladrones. Inés, desmayada, era sostenida por el escribano.
XXIII
—¡Pero si
apenas puedo creerlo!—exclamaba mi ama—. ¡Conque la señorita huía con Gabriel!
Tunante, ladroncillo, y cómo nos engañaba con su carita de Páscua. Ven acá
añadió dándome golpes
—.
¿Adónde ibas con Inesilla, monstruo? ¿Qué te han dado por entregarla, ladrón de
doncellas? A la cárcel, á presidio, pronto, si es que no lo desollamos vivo.
Pero dí, ¿robabas á Inés?
—¡Sí,
vieja bruja!—respondí con furia—. ¡Me iba con ella! —Pues ahora vas á ir por el
balcón á la calle—dijo D. Mauro,
clavando
en mi cuerpo su poderosa zarpa.
Francamente,
señores, creí que había llegado mi último instante entre aquellos tres
bárbaros, que, cada cual según su estilo peculiar, me mortificaban á porfía. De
todos los golpes y vejaciones que allí recibí, les aseguro á ustedes que nada
me dolía tanto como los pellizcos de doña Restituta cuyos dedos, imitando los
furiosos picotazos de un ave de rapiña, se cebaban allí donde encontraban más
carne.
—Y sin
duda fuiste tú quien mandó á aquella maldita mujer para sarcarme de la casa,
pues en la plazuela de Afligidos no hay ya rastros de almoneda. Este chico
merece la horca, sí, señor de Lobo, la horca.
—¡Y la
muy andrajosa de mi sobrina se marchaba tan contenta!— dijo Requejo, encerrando
de nuevo á Inés en el miserable cuartucho.
—Si
tenemos metido el infierno dentro de la casa—añadió Restituta—. La horca, sí,
señor; la horca, señor de Lobo. No tiene
usted
pizca de caridad si no se lo dice al señor alcalde de Casa y Corte. ¡Pero cómo
nos engañaba este dragoncillo! Si esto es para morirse uno de rabia.
El
leguleyo tomó entonces la autorizada palabra, y extendiendo sobre mi cabeza sus
brazos en la actitud propia de esa tutelar Justicia que ampara hasta á los
criminales, dijo:
—Moderen
ustedes su justa cólera y óiganme un instante. Ya les he dicho que ahora nos
ocupamos celosísimamente de hacer un benemérito expurgo, descubriendo y
desenmascarando á todas las indignas personas que fueron protegidas por el
Príncipe de la Paz; ese monstruo, señora, ese vil mercader, ese infame
favorito..., ¡gracias á Dios que está caído y podemos insultarle sin miedo!
Pues, como decía, para que la nación se vea libre de pícaros, á todos los que
con él sirvieron les quitamos ahora sus destinos, si no pagan sus crímenes en
la cárcel ó en el destierro. ¡Si vieran ustedes, amigos míos, cómo me estoy
luciendo en estas pesquisas; si oyeran ustedes los elogios que he merecido de
los principales servidores de la real persona!
—Pero ¿a
qué viene tanta palabrería—dijo impaciente Requejo—, ni qué tiene eso que ver?
—Tiene
que ver...—prosiguió el hombre de la Justicia—, porque ¿qué dirán mis señores
D. Mauro y doña Restituta al saber que ese tramposo y embaucador chicuelo aquí
presente recibió favores del Príncipe, y es el mismo Gabrielillo que desde hace
quince días estamos buscando con los hígados en la boca mi compañero y yo?
Los
Requejos, macho y hembra, se miraron con espanto. —Pues oigan ustedes y
tiemblen de indignación—prosiguió el
leguleyo—.
El día antes de su caída, el señor Godoy envió á la Secretaría de Estado un
volante mandando que se diese á este joven una plaza en las oficinas de la
Interpretación de Lenguas.
¿Qué tal,
señores? ¿Y por qué?, dirán ustedes. Porque este joven parece que sabe latín, y
compuso un poema en versos latinos, y algunos de esos alcahuetones que lo
leyeron fueron con el cuento al Príncipe, diciéndole que mi niño era un
portento de sabiduría. ¡Mentiras y más mentiras! Ya se ve: cuando en la
Secretaría de Estado recibieron el volante, se escandalizaron, porque ya había
caído el Príncipe de la Paz, y aquellos eminentes repúblicos,
después
de poner en la calle á Moratín, esperaron á que se presentara este prodigio, si
no para colocarle, para verle al menos. Pero yo ando tras el objeto de que
coloquen allí á un primo mío que sabe tres lenguas, el valenciano, el gallego y
el castellano; así es que al punto mi compañero y yo pusimos una diligencia en
busca para tener antecedentes de esta buena pieza, y hemos conseguido probar:
que en Aranjuez vivía con el curita D. Celestino; otrosí, que todos los días
iban ambos á casa de Godoy; otrosí, que el chico le escribía las cartas y las
traía á Madrid los domingos al embajador de Francia; otrosí, que se disfrazaba
para entrar en cierta taberna á oir lo que se decía, y otras muchas bribonadas
de que en el supradicho protocolo tengo hecha detallada mención.
—¡Jesús,
Dios nos ampare! Al santo patrono de la tienda debemos el haber descubierto á
tiempo lo que teníamos en casa— dijo Restituta.
—Por
supuesto, que lo del latín era pura farsa.
—Pues no
hay que andarse con chiquitas—dijo mi amo—, sino entregarle á la Justicia.
—Eso
corre de mi cuenta—repuso Lobo—. Veremos qué responde á los cargos que se le
hacen en la sumaria como cómplice del cura castrense de Aranjuez. A este no le
hemos podido coger, y según las noticias que hoy recibí, ha desaparecido del
Real Sitio. Es seguro que ha venido á Madrid, y lo que es aquí no se nos
escapa.
—¡Cuidado
con el sabandijo que tenía yo en mi casa!—vociferó D. Mauro, amenazando segunda
vez poner fin á mis días—. Señor de Lobo, quítemelo, quítemelo usted de entre
las manos, porque acabo con él. Estoy furioso. ¡Qué día, señor san Antonio de
mi alma! ¡Qué día!
—Yo me
encargaré del mocito—dijo Lobo—. Lo único que les pido es que me lo guarden
hasta mañana.
—¿Hasta
mañana?
—Este
bandolero no puede quedar en la casa hasta mañana, no, señor—objetó mi ama.
—¿No hay
lugar seguro donde encerrarle?
—¡Oh!,
pierda usted cuidado, que si le guardamos en el sótano estará como en un
sepulcro—dijo Requejo—. Dificililla es la salida, y puedo irme tranquilo.
—¿Pero te
vas, hermano? ¿Adónde vas de noche? —¿Adónde he de ir? ¡Mil pares de demonios!
¿Adónde he de ir
sino á
Navalcarnero? ¿No saben ustedes lo que me pasa? ¿No les he contado?...
—Nada nos
has dicho. Verdad es que con esta trapisonda de la sobrinita...
—Pues
acabo de recibir una carta en que se me notifica que mi almacén de Navalcarnero
ha sido robado. ¿Ves, hermana? ¡Esto es para volverse loco! Sí..., me escribe
don Roque notificándome el robo, y diciéndome que acuda allí esta noche misma,
si no quiero perderlo todo.
—¿Y va
usted?
—Ahora
mismo voy á buscar coche. Conque vean ustedes qué desastre. ¡Ay, Restituta!
Bien te dije que no dejaras de encender la vela al santo patrono. ¿Ves? Esto es
un castigo.
—En el
cielo no gustan despilfarros. ¿Vas allá? ¿Pero me dejas en la casa á este
ladronzuelo?
—En el
sótano, en el sótano, hasta mañana, hasta que mi señor de Lobo disponga de él.
¿No puede hacerse cuenta de que le dejamos en la sepultura? Sólo Dios puede
sacarlo.
—¿Pero me
quedo sola? ¡Ánimas benditas!
—Juan de
Dios vendrá á eso de las diez. Ya le he dicho que se quedará en casa esta
noche.
La
conferencia terminó aquí, y sin más palabras, me encerraron en el sótano, á
cuyo subterráneo aposentamiento daba entrada una gran compuerta por bajo el
piso de la trastienda. Yo estaba medio aletargado por la rabia y el despecho de
aquella situación terrible. Sentí que me impulsaban escalera abajo. D. Mauro
cerró el escotillón, riendo con ese gozo felino que da la conciencia de la
propia crueldad, y me encontré entre densas tinieblas. Mi amo había dicho bien
al asegurar que allí estaba como en un sepulcro. Sólo Dios podía sacarme.
Para que
se comprenda si ellos tenían confianza en la seguridad de mi cárcel, baste
decir que allí tenían parte de su fortuna en un arca de hierro. Cuando me
encerraban en compañía de su dinero, ¿tendrían mis amos la convicción de que
era imposible la salida?
Hallábame
en una de esas construcciones abovedadas con rosca de ladrillo, que sirven de
fundamento á casi todas las casas de Madrid antiguas y modernas. Faltos de
espacio superficial, los madrileños han buscado la extensión hasta el cielo y
hacia el abismo, de modo que cada albergue es una torre colocada sobre un pozo.
La de mis amos no tenía en su sótano luces á la calle: la oscuridad era
absoluta y el silencio también, excepto cuando pasaba algún coche. Extendiendo
mis brazos á derecha, á izquierda y hacia arriba, tocaba ásperos ladrillos
endurecidos por un siglo, no tan húmedos como los que describen los novelistas,
cuando el hilo de sus obras les lleva á alguna mazmorra donde ocurren
maravillosas y nunca vistas aventuras.
Como he
dicho, ni un ruido lejano ni un rayo de luz turbaban la paz de aquel antro,
donde era posible llegar al convencimiento de no existir, existiendo. Todo un
arsenal de herramientas no habría bastado á proporcionarme escapatoria, y
pensar en la fuga habría sido pensar en lo absurdo. No tenía más consuelo que
la resignación, y me resigné. Estar allí dentro en plena soledad, en plena
lobreguez, en pleno silencio, era como cuando cerramos los ojos encarcelándonos
voluntariamente dentro de esa otra bóveda de nuestro pensamiento. Acósteme en
el suelo rendido de fatiga, y medité. Mi prisión no me parecía otra cosa que
una prolongación de mi cerebro.
Quise
pensar en varias cosas; pero no pude pensar más que en Dios. Reconociéndome
absolutamente incapaz para vencer la desgracia, comprendí que la voluntad
suprema había arrojado sobre mí tan gran pesadumbre de males, y cruzándome de
brazos, incliné la cabeza, esperando que la misma voluntad suprema me
descargase de ella. Como esta esperanza me infundió pronto una fe que hasta
entonces en pocas ocasiones había tenido, creí firmemente que Dios me sacaría
de allí, y con esta creencia empecé
á adquirir un reposo moral y físico,
precursor de cierto desvanecimiento parecido al sueño. El de la desgracia se
diferencia mucho del sueño de todos los días; así es que el mío fué, conforme
al angustioso estado de mi alma, un sueño de esos en que se representa el
malestar real que experimentamos en proporciones informes, estrambóticas,
monstruosas.
Yo
percibía vagamente figuras y formas de esas que no pertenecen al mundo visible,
ni á la humanidad, ni á la fauna, ni á la flora, ni al cielo, ni á la tierra,
sino á cierta misteriosa geología, á yacimientos que contradicen todas las
leyes de la estática y la dinámica; percibía una fantástica y continuada
concatenación de colores geométricos que se enredaban en mi cuerpo como
culebras, y en aquella transmutación de lo físico y lo moral, se verificaba el
fenómeno de que un color me dolía, y un objeto semejante á una espada, á un
cangrejo ó á un arpa, pronunciaba palabras incomprensibles. ¿Quién no ha
desvariado alguna vez con estos sueños de lo absurdo? Las ideas se mezclan con
las visiones, y estas son aquellas, y aquellas estas. En aquel laberinto, en aquella
aberración, mi pensamiento formulaba sin cesar un silogismo azul, verde, ahora
con picos, después con curvas, más tarde irradiado, luégo concéntrico, en
seguida poligonal y dorado, y al fin pequeño como un punto, para luégo ser
grande como el mundo. El perenne silogismo era: «La justicia triunfa siempre;
los Requejos son unos pillos; Inés y yo somos personas honradas. Luégo nosotros
triunfaremos».
Así pasé
mucho tiempo en poder de estos demonios del sueño, cuando percibí una claridad
que no irradiaba de los focos de mi imaginación. ¿Estaba dormido ó despierto?
Híceme esta pregunta, y al punto contesté que no sabía. La claridad aumentaba,
y un chirrido metálico produjo en mí cierto estremecimiento. Me moví, miré y ví
las paredes del sótano, la bóveda de ladrillo y multitud de cajas llenas y
vacías; á mi izquierda, una puerta que comunicaba á otro departamento
subterráneo, y á mi derecha, una escalera por la cual descendía la claridad que
llamaba mi atención. Estaba indudablemente despierto, y así lo reconocí. Miré á
la escalera, y ví dos pies que se trasladaban lentamente de peldaño á peldaño.
La luz de una linterna me deslumbró; pero en el foco de la repentina claridad
distinguí una cara amarilla. Era la de Juan de Dios; era Juan de Dios en
persona.
XXIV
Cuando me
vio, su espanto fué tan grande, que la linterna con que se alumbraba estuvo á
punto de caer de sus manos. Temblando y mudo, me miraba como se mira una
aparición diabólica ó imagen evocada por la brujería. Figuraos la impresión del
que entra en un sepulcro no creyendo, como es natural, encontrar nada vivo, y
encuentra un hombre que se mueve y no parece pertenecer al mundo de los
muertos. Juan de Dios se santiguó, y ya parecía dispuesto á huir como se huye
de las apariciones de ultratumba, cuando le hablé para disipar su miedo.
—Juan de
Dios, soy yo. ¿No sabía usted que estaba aquí? —Gabriel, si lo veo y no lo
creo. ¡Jesús, María y José! ¿Cómo has
entrado
aquí dentro?
—¿No sabe
usted que me encerró D. Mauro, al sorprenderme en el momento de arrojar la
carta á la señorita Inés? Acababa usted de salir.
—¡No
había vuelto hasta ahora! ¡Y te encerraron aquí! ¡Qué casualidad! Estoy
absorto. Pero dime, ¿la carta...?
—Ella la
tiene. No hay cuidado por eso. Después de habérsela dado, me entró tentación de
hablar con ella. Toqué á la puerta, ¡ay! este fué el crítico momento en que se
apareció doña Restituta. Puede usted figurarse lo demás. Gracias á Dios que
viene una buena alma para ponerme en libertad. Dios le ha enviado á usted.
—Óyeme,
Gabrielillo—añadió con más sosiego—. Ya te dije que mi fortunilla la tengo
depositada en poder de los Requejos. Si se la pido de improviso, estoy seguro
de que no me la han de dar. Por consiguiente, yo la tomo. Mira lo que hay allí.
Señaló al
fondo del sótano contiguo, y ví un arca de hierro. Juan de Dios prosiguió de
este modo:
—Yo tengo
mi conciencia tranquila. No cojo más que lo mío, y antes moriría que tomar un
ochavo más. Eso bien lo sabe el Santísimo Sacramento, que ya me conoce. Pero si
en esta parte estoy tranquilo, ¡ay!, ya le he dicho al Santísimo Sacramento que
estoy
loco de amor y que me perdone los dos grandes pecados que he cometido hoy.
—¿Y qué
pecados son esos?
—Trabajo
me cuesta el decirlo; pero allá van para empezar desde ahora á purgarlos con la
vergüenza que me causan. Los dos pecados son: haber escrito una carta falsa á
D. Mauro para obligarle
á ir á Navalcarnero, y haber hecho construir
por un molde de cera la llave con que he entrado aquí y la de la caja. La carta
estaba perfectamente falsificada; las llaves no valen menos.
—¿Conque
eso va á toda prisa? ¿Y nuestra chicuela?
—Esta
noche me la llevo. ¡Ah!, ya habrá leído la carta. La habrá leído; sabrá que la
quiero poner en libertad, y su inquietud, su agonía, su zozobra entre la
esperanza y el temor serán inmensas. Dentro de un rato será mía. ¿Cuento
contigo?
—Para lo
que usted quiera. Pues no faltaba más—dije, discurriendo cuál sería el mejor
modo de burlar á un mismo tiempo á doña Restituta y á su prometido esposo.
—¡Ay!,
tiemblo todo al pensar que pronto he de sacarla del poder de estas fieras—dijo
Juan de Dios—. La pobrecita me estará esperando ya. ¿Qué te parece? ¡Ah!, he
preguntado á varias personas por una isla desierta, y nadie me ha dado razón.
¿Esas que llaman las Canarias son desiertas? ¿Sabes tú adónde caen? Creo que
allá por el gran golfo, ó como si dijéramos, entre la China y el Moro. ¿Por
dónde se va?
—De eso
sí que no sé palotada—contesté, tratando de dejar á un lado la geografía—. Pero
vamos á ver: ¿cómo piensa usted engañar
á doña Restituta?
—Eso no
me inquieta. La amarraremos tapándole la boca, pero sin hacerle daño, porque es
una buena mujer, como no sea para criar sobrinas..., y ya ves. Hace veinte años
que como el pan de esta casa. Si no fuera por esta terrible sofocación que me
ha entrado... Gabriel, yo me vuelvo loco; lo que no te sabré decir es si me
vuelvo loco de alegría ó de pena.
—¿Le
parece á usted—dije, afectando oficiosidad—que suba pasito á pasito á ver si
doña Restituta duerme ó vela?
—Bien
pensado. Mejor es que te estés en la trastienda de centinela, y en caso de que
sientas ruido en el entresuelo me avisas
al
instante. Yo despacharé eso fácilmente.
No esperé
á que me lo repitiera, y subí. No: Gabriel no subía, volaba. Mi resolución,
prontamente tomada, llevóme sin vacilar al cuarto donde dormía Inés y velaba su
feroz tía. Cuando esta sintió mis pasos, cuando oyó que alguien se acercaba,
cuando llegué al cuarto y me puse ante su vista, su terror no tuvo límites.
Como no comprendía la posibilidad material de mi evasión, y era además mujer
supersticiosa, no creyó sino que yo era el diablo en persona, ó al menos hombre
protegido por todos los diablos del infierno. Quedóse muda de terror: quiso
hablar y no pudo; quiso gritar y lanzó un aullido congojoso, cual si le
apretaran el cuello. No queriendo yo perder un instante, me arrojé á sus
plantas, exclamando con sofocante precipitación:
—Señora,
ama mía, ama de mi corazón, óigame su merced: soy inocente. Perdóneme su
merced. Quise revelarles á ustedes todo; pero aquellos hombres no me dejaron.
Yo no intenté robar á Inés: quise sacarla de aquí para impedir que la robara su
amante. ¿No sabe usted quién es? ¡Juan de Dios, Juan de Dios! ¡Ah, señora! ¡Y
dudaba usted de mi fidelidad!
Restituta
pasó del terror á la sorpresa, al asombro, al anonadamiento, á la estupidez.
—¡Juan de
Dios!—exclamó—. ¡Juan de Dios! Mi... No, no puede ser..., tú eres el demonio.
¡Jesús, María y José! Por la señal de la santa Cruz...
—¿Qué
cruz ni cruz? ¿Quiere usted la prueba? Pues tome usted esa carta que el
caballerito me dio para su novia—dije, entregándole la carta del mancebo.
Restituta
la tomó en sus manos, frías como el mármol y temblorosas; recorrió muy de prisa
sus once pliegos, examinó la firma, y díjome después:
—¿Estoy
soñando? Tú... eres Gabriel... ¡Oh!, yo estoy loca... ¡Ese miserable, á quien
hemos dado de comer!...
—¿Aún lo
duda usted?—dije—. Pues en este momento Juan de Dios está en el sótano abriendo
el arca del dinero.
No me es
posible hacer formar idea del salto que dio Restituta. Creo que hasta la silla
saltó también arrastrada por el espantoso sacudimiento de los nervios de la
hermana del señor D. Mauro.
—Venga
usted y lo verá con sus propios ojos—exclamé, tomándole de la mano é
impeliéndola hacia afuera.
Restituta
me siguió, porque la curiosidad, la rabia, el mismo terror, la impulsaban tras
mí. Tropezó mil veces. Su cuerpo temblaba, y con frecuencia llevábase las manos
á los desgreñados pelos para arrancarse algunos ó para echarlos todos hacia
atrás. El extravío de sus ojos á nada es comparable, y á mí mismo, que ya creía
tenerla vencida, me causaba miedo.
Llegamos
á la boca del escotillón, y allí, mientras hería nuestros ojos la tenue
claridad que del sótano salía, oímos claramente ruido de monedas. Juan de Dios
contaba sus ahorros de veinte años.
Cuando el
tímpano de Restituta fué afectado de aquel vibrante sonido, un estremecimiento
nervioso como el producido en la organización humana por la descarga de
poderosas pilas eléctricas, sacudió sus miembros. Precipitándose ciegamente por
la escalera, exclamó:
—¡Malvado!
¡Así nos pagas el pan de veinte años!
Aún no
habían llegado los resbaladizos pies de mi ama al quinto peldaño, cuando la
pesada puerta del escotillón cayó, lanzada por mis manos. No había llave con
qué cerrar, porque Juan de Dios la había quitado, pero al instante puse sobre
la puerta una caja de latas de pomada, y luégo dos, y luégo cuatro, y después
un fardo de tela, y otro y otro encima. En diez minutos puse sobre la entrada
de la que había sido mi prisión un peso tal, que cuatro hombres fuertes no
hubieran podido levantarlo desde abajo.
Concluido
esto, subí. Inés, despavorida y aterrada, no sabía á qué santo encomendarse.
—¡Ya eres
libre, Inés!—exclamé con la mayor alegría—. Vístete, vámonos pronto. No perder
un momento; puede venir el amo.
Vistióse
tan precipitadamente, que la ví medio desnuda. Pero ni ella, con el gran
azoramiento de la prisa, cayó en la cuenta de que me estaba mostrando su lindo
cuerpo, ni yo me cuidaba más que de ayudarla á vestir, poniéndole enaguas,
medias, zapatos, ligas. Al fin salimos de la casa y huimos á toda prisa de la
calle de la Sal, por temor de encontrar al licenciado Lobo ó á mi amo. Hasta
que no nos vimos en la Puerta del Sol, no tomamos aliento, y sintiéndome yo sin
fuerzas, nos sentamos en un escalón junto á Mariblanca. Profundo
silencio
reinaba en la plaza: Madrid dormía sosegado y tranquilo. Paseé mi vista en
derredor, y no ví más que dos perros que se disputaban un hueso. El chorro de
la fuente alegraba nuestras almas con su parlero rumor.
—Ya estás
libre, condesilla—dije, reclinándome sobre el pecho de Inés—. Bendito sea Dios
que nos ha sacado de allí. No te olvidaré nunca, horrenda noche de amargura; no
te olvidaré nunca, risueña mañana de este día feliz. Estamos en lunes, día del
mes de mayo.
Un rato
permanecí en aquella postura, porque estaba rendido de cansancio. El día se
acercaba; se sentían los primeros lejanos y vagos rumores, desperezos de la
indolente ciudad que despierta. Por oriente, hacia el fin de la calle de
Alcalá, se veía el resplandor de la aurora, y cuando nos retirábamos, Inés y yo
nos detuvimos un instante á contemplar el cielo, que por aquella parte se teñía
de un vivo color de sangre.
XXV
Al entrar
en mi casa, donde yo pensaba descansar un rato con Inés, antes de emprender la
fuga, encontramos al buen D. Celestino, que habiendo llegado la noche anterior,
creyó conveniente albergarse en mi humilde posada, antes que en otra cualquiera
de las de la corte. Ya le había yo informado por escrito de la verdadera
situación de las cosas en casa de los Requejos, así es que desde luégo guardóse
de poner los pies en la famosa tienda. Él y nosotros nos alegramos mucho de
vernos juntos, y apenas teníamos tiempo para preguntarnos nuestras mutuas
desgracias, pues ya habrán comprendido ustedes que las del bondadoso sacerdote
no eran menores que las nuestras.
—Pero,
hijos míos—nos dijo—, Dios nos ha de proteger. ¿Cómo es posible que los
malvados triunfen fácilmente de los rectos de corazón? Vosotros huís de la
maldad de aquellos dos hermanos, y
yo
también huyo, yo también vengo aquí ocultando mi nombre honrado, porque me
persiguen como á un criminal.
Al decir
esto, el buen anciano derramó algunas lágrimas, y nosotros, para consolarle, le
animábamos presentándole el espectáculo de nuestra alegría, y contábamos entre
risas y chistes las extravagancias y tacañerías de los tíos de Inés.
—Dios nos
ayudará—continuó el cura—. Veamos ahora cómo salimos de Madrid. ¡Oh qué
persecución tan horrorosa! Me acusan de que fuí amigo del Príncipe de la Paz.
Ya lo creo que fuí amigo de Su Alteza. No sólo amigo, sino aun creo que
pariente. No puedes figurarte los líos que me han armado, Gabrielillo..., y
también te acusan á ti... ¿Has visto qué pícaros?... Que si escribíamos
cartas..., que si tú las llevabas... Verdad es que yo fuí varias veces al
palacio de Su Alteza para aconsejarle lo que me parecía conveniente para el
bien de la nación; pero nunca le dije nada, porque con esta mi cortedad de
genio... En resumen, hijo, sabiendo que me iban á prender, me puse en camino
callandito, y pienso presentarme al señor Patriarca para que disponga de mí.
Pero oíd lo mejor. ¿Creeréis que ese tunante de Santurrias es quien más
sañudamente me ha perseguido, dando testimonios falsos de mi conducta? Nada,
nada; es cierto lo que yo dije en aquel sermón; ¿te acuerdas, Gabriel? Dije que
la ingratitud es el más feo monstruo que existe sobre la tierra. Vilissima et
turpissima hydra. ¡Quién lo había de pensar!
—Ahora
pensemos, señor cura, cómo nos las vamos á componer para salir de este
laberinto. ¿Adónde vamos? ¿Qué recursos tenemos?
—Hijo
mío, Dios no ha de desampararnos. Confiemos en él, y entre tanto oye un
proyecto que esta madrugada me ha ocurrido.
Hace ocho
días estaba en Aranjuez la señora marquesa de ***, persona discreta, temerosa
de Dios, y de tan buen corazón, que remedia cuantas necesidades llegan á su
noticia. Visitóme ella varias veces, la visité yo también, y según me decía, mi
trato le era sumamente agradable. Esto lo diría por urbanidad. Me preguntaba
mucho por Inés, mostrando grandísimos deseos de conocerla, y cuando por última
vez la vi, suplicome encarecidamente que, si alguna vez pasaba á la corte, no
dejase de acudir á su casa, en
compañía
de mi sobrina. Esto me lo repitió muchas veces, y su empeño por ver á la
sobrinilla me ha llamado mucho la atención.
—También
á mí—repuse—. Conozco á la señora Marquesa, en cuyo palacio representé cierto
papel de traidor, de que no quisiera acordarme. Era en la misma casa donde
ustedes vivían.
—Pero la
señora Marquesa no vive ahora allí, pues durante la primavera se traslada á la
casa de su hermano, allá por la Cuesta de la Vega, en un palacio que tiene muy
amenos jardines y espacioso horizonte hacia la parte del Manzanares. Allí
encontraremos hoy á esa insigne señora, honor de la hispana grandeza. ¿Por qué
no acudir allá? Me ha dicho infinitas veces que desea servirme, tanto á mí como
á mi sobrina, y que espera con ansia el momento en que yo quiera usar de su
poder y valimiento para cualquier asunto.
—En esa
señora nos manda Dios un comisionado para salir de este apuro—dije yo,
sintiéndome con mayores ánimos—. Le contaremos lo que nos pasa, comprenderá con
cuánta injusticia se nos persigue, y cuando vea á Inés... ¡Ay!, se me figura
que el empeño de la Marquesa en ver á Inés no es simple curiosidad. En fin,
visitarémosla hoy mismo, y Dios dirá.
—Temo
salir á la calle.
—Yo
también; pero es preciso salir, pues no es cosa de que andemos por los tejados.
Si quiere usted, iré yo ahora mismo á casa de la señora Marquesa, que ya me
conoce, y diciéndole que voy de parte de usted, le pintaré la situación en que
nos encontramos, hablándole también de Inesilla que es, sin duda, lo que le
interesa más.
—Me
parece bien; ¿y si te ven?
—Iré por
calles extraviadas, y en caso de apuro, no me faltan piernas con que perderme
de vista.
Yo estaba
dominado por vivísima excitación, y cuando adoptaba un plan, cada segundo que
transcurría sin ponerlo por obra, parecíame un siglo. No me era posible
entregarme al reposo sin dar aquel paso en un camino que me parecía conducir á
lugar seguro en nuestro desgraciado aislamiento. Inés no podía descansar
tampoco, y su espíritu, no repuesto del azoramiento y zozobra de la madrugada
anterior, era impresionado fuertemente por cuanto veía.
Asomábase
á la ventana que caía hacia la calle de San José, frente al parque de
artillería, y como la vivienda era piso principal bajando del cielo, se veía el
gran patio interior de aquel establecimiento de guerra, con los cañones y demás
pertrechos, puestos en ordenadas filas á un lado y otro.
—Esto que
ves es el parque de artillería, hija—le dijo D. Celestino
—. ¿Ves?
En aquellos grandes edificios se alojan los artilleros. Mira, salen algunos con
un carro para ir á casa del abastecedor en busca de las provisiones.
—¿Y esas
montañitas tan bonitas, formadas por cosas negras y redondas, iguales todas y
puestas con mucho orden?—preguntó la muchacha sin dar tregua á su admiración.
—Esas son
balas, chicuela—repuso el clérigo—. Los hombres han inventado esos juguetes
para matarse unos á otros.
—Esas
balas se meten en los cañones que están allí junto—dije yo, queriendo mostrar
mi erudición—, y poniendo también pólvora y un cartucho, se dispara y es muy
bonito. Hace un ruido, chiquilla, que se vuelve uno loco. ¡Si vieras cómo me
lucí en el combate de Trafalgar! ¡Si tú me hubieras visto!... Lo menos maté mil
ingleses.
—¡Quiten
para allá!—exclamó con miedo D. Celestino—. Sólo de pensar que eso se dispara,
me pongo á temblar.
Y se
retiraron de la ventana. Yo aconsejé á Inés que descansara, y salí á la calle
después que D. Celestino, echándome algunas bendiciones, rezó un Pater noster
por mi seguridad y buena suerte en la comisión que iba á desempeñar.
Alejándome
todo lo posible del centro de la villa, llegué á la plazuela de palacio, donde
me detuvo un obstáculo casi insuperable: un gran gentío que, bajando de las
calles del Viento, de Rebeque, del Factor, de Noblejas y de las plazuelas de
San Gil y del Tufo, invadía toda la calle Nueva y parte de la plazuela de la
Armería. Pensando que sería probable encontrar entre tanta gente al licenciado
Lobo, procuré abrirme paso hasta rebasar tan molesta compañía; pero esto era
punto menos que imposible, porque me encontraba envuelto, arrastrado por aquel
inmenso oleaje humano, contra el cual era difícil luchar.
Yo estaba
tan preocupado con mis propios asuntos, que durante algún tiempo no discurrí
sobre la causa de aquella tan grande y
ruidosa
reunión de gente, ni sobre lo que pedía, porque indudablemente pedía ó
manifestaba desear alguna cosa. Después de recibir algunos porrazos y tropezar
repetidas veces, me detuve arrimado al muro de palacio, y pregunté á los que me
rodeaban:
—Pero
¿qué quiere toda esa gente?
—Es que
se van, se los llevan—me dijo un chispero—, y eso no lo hemos de consentir.
El lector
comprenderá que no me importaba gran cosa que se fueran ó dejaran de irse los
que lo tuvieran por conveniente, así es que intenté seguir mi camino. Poco
había adelantado, cuando me sentí cogido por un brazo. Estremecime de terror,
creyendo hallarme nuevamente en las garras del licenciado; pero no se asusten
ustedes: era Pacorro Chinitas.
—¿Conque
parece que se los llevan?—me dijo.
—¿A los
Infantes? Eso dicen; pero te aseguro, Chinitas, que eso me tiene sin cuidado.
—Pues á
mí, no. Hasta aquí llegó la cosa, hasta aquí nos aguantamos, y de aquí no ha de
pasar. Tú eres un chiquillo y no piensas más que en jugar, y por eso no te
importa.
—Francamente,
Chinitas, yo tengo que ocuparme demasiado de lo que á mí me pasa.
—Tú no
eres español—me dijo el amolador con gravedad.
—Sí que
lo soy—repuse.
—Pues
entonces no tienes corazón, ni eres hombre para nada. —Sí que soy hombre y
tengo corazón para lo que sea preciso. —Pues entonces, ¿qué haces ahí como un
marmolillo? ¿No
tienes
armas? Coge una piedra y rómpele la cabeza al primer francés que se te ponga
por delante.
—Han
pasado sin duda cosas que yo no sé, porque he estado muchos días sin salir á la
calle.
—No, no
ha pasado nada todavía; pero pasará. ¡Ah! Gabrielillo, lo que yo te decía ha
salido cierto. Todos se han equivocado, menos el amolador. Todos se han ido y
nos han dejado solos con los franceses. Ya no tenemos rey, ni más gobierno que
esos cuatro carcamales de la Junta.
Yo me
encogí de hombros, no comprendiendo por qué estábamos sin rey y sin más
gobierno que los cuatro carcamales de la Junta.
—Gabriel—me
dijo mi amigo, después de un rato—, ¿te gusta que te manden los franceses, y
que con su lengua, que no entiendes, te digan haz esto ó haz lo otro, y que se
entren en tu casa, y que te hagan ser soldado de Napoleón, y que España no sea
España, vamos al decir, que nosotros no seamos como nos da la gana de ser, sino
como el Emperador quiera que seamos?
—¿Qué me
ha de gustar? Pero eso es pura fantasía tuya. ¿Los franceses son los que nos
mandan? ¡Quia! Nuestro rey, cualquiera que sea, no lo consentiría.
—No
tenemos rey.
—¿Pero no
habrá en la familia otro que se ponga la corona? —Se llevan todos los Infantes.
—Pero
habrá grandes de España y señores de muchas campanillas, y generales y
ministros que les digan á esos franceses: «Señores, hasta aquí llegó. Ni un
paso más».
—Los
señores de muchas campanillas se han ido á Bayona, y allí andan á la greña por
saber si obedecen al padre ó al hijo.
—Pero
aquí tenemos tropas que no consentirán...
—El Rey
les ha mandado que sean amigos de los franceses y que les dejen hacer.
—Pero son
españoles, y tal vez no obedezcan esa barbaridad; porque dime: si los franceses
nos quieren mandar, ¿es posible que un español de los que vistan uniforme lo
consienta?
—El
soldado español no puede ver al francés; pero son uno por cada veinte. Poquito
á poquito se han ido entrando, entrando, y ahora, Gabriel, esta baldosa en que
ponemos los pies es tierra del emperador Napoleón.
—¡Oh,
Chinitas! Me haces temblar de cólera. Eso no se puede aguantar, no, señor. Si
las cosas van como dices, tú y todos los demás españoles que tengan vergüenza
cogerán un arma, y entonces...
—No
tenemos armas.
—Entonces,
Chinitas, ¿qué remedio hay? Yo creo que si todos, todos, todos dicen: «Vamos á
ellos», los franceses tendrán que retirarse.
—Napoleón
ha vencido á todas las naciones.
—Pues
entonces echémonos á llorar y metámonos en nuestras casas.
—¡Llorar!—exclamó
el amolador, cerrando los puños—. Si todos pensaran como yo... No se puede
decir lo que sucederá; pero...
Mira: yo
soy hombre de paz; pero cuando veo que estos condenados franceses se van
metiendo callandito en España, diciendo que somos amigos; cuando veo que se
llevan engañado al Rey; cuando les veo por esas calles echando facha y
bebiéndose el mundo de un sorbo; cuando pienso que ellos están muy creídos de
que nos han metido en un puño por los siglos de los siglos, me dan ganas... no
de llorar, sino de matar, pongo el caso, pues... quiero decir que si un francés
pasa y me toca con su codo en el pelo de la ropa, levanto la mano..., mejor
dicho..., abro la boca y me lo como. Y cuidado que un francés me enseñó el
oficio que tengo. El francés me gusta; pero allá en su tierra.
XXVI
Durante
nuestra conversación, advertí que la multitud aumentaba, apretándose más.
Componíanla personas de ambos sexos y de todas las clases de la sociedad,
espontáneamente reunidas por uno de esos llamamientos morales, íntimos,
misteriosos, informulados, que no parten de ninguna voz oficial, y resuenan de
improviso en los oídos de un pueblo entero, hablándole el balbuciente lenguaje
de la inspiración. La campana de ese rebato glorioso no suena sino cuando son
muchos los corazones dispuestos á palpitar en concordancia con su anhelante
ritmo, y raras veces presenta la historia ejemplos como aquel, porque el
sentimiento patrio no hace milagros sino cuando es una condensación colosal,
una unidad sin discrepancias de ningún género, y, por lo tanto, una fuerza irresistible
y superior á cuantos obstáculos pueden oponerle los recursos materiales, el
genio militar y la muchedumbre de enemigos.
El más
poderoso genio de la guerra es la conciencia nacional, y la disciplina que da
más cohesión, el patriotismo.
Estas
reflexiones se me ocurren ahora recordando aquellos sucesos. Entonces, y en la
famosa mañana de que me ocupo, no estaba mi ánimo para consideraciones de tal
índole, mucho menos en presencia de un conflicto popular que de minuto en
minuto tomaba proporciones graves. La ansiedad crecía por momentos: en los
semblantes había más que ira, aquella tristeza profunda que precede á las
grandes resoluciones, y mientras algunas mujeres proferían gritos lastimosos,
oí á muchos hombres discutiendo en voz baja planes de no sé qué inverosímil
lucha.
El primer
movimiento hostil del pueblo reunido fué rodear á un oficial francés que á la
sazón atravesó por la plaza de la Armería. Bien pronto se unió á aquel otro
oficial español, que acudía como en auxilio del primero. Contra ambos se
dirigió el furor de hombres y mujeres, siendo estas las que con más denuedo les
hostilizaban; pero al poco rato una pequeña fuerza francesa puso fin á aquel
incidente. Como avanzaba la mañana, no quise yo perder más tiempo, y traté de
seguir mi camino; mas no había pasado aún el arco de la Armería, cuando sentí
un ruido que me pareció de cureñas en acelerado rodar por calles inmediatas.
—¡Que
viene la artillería!—exclamaron algunos.
Pero
lejos de determinar la presencia de los artilleros una dispersión general, casi
toda la multitud corría hacia la calle
Nueva(
). Todo
servía, con tal que sirviera para matar.
El
resultado era asombroso. Yo no sé de dónde salía tanta gente armada. Cualquiera
habría creído en la existencia de una conjuración silenciosamente preparada;
pero el arsenal de aquella guerra imprevista y sin plan, movida por la
inspiración de cada uno, estaba en las cocinas, en los bodegones, en los
almacenes al por menor, en las salas y tiendas de armas, en las posadas y en
las herrerías.
La calle
Mayor y las contiguas ofrecían el aspecto de un hervidero de rabia imposible de
describir por medio del lenguaje. El que no lo vio, renuncie á tener idea de
semejante levantamiento. Después me dijeron que entre nueve y once todas las
calles de Madrid presentaban el mismo aspecto; habíase propagado la
insurrección
como se
propaga la llama en el bosque seco azotado por impetuosos vientos.
En el
Pretil de los Consejos, por San Justo y por la plazuela de la Villa, la
irrupción de gente armada viniendo de los barrios bajos era considerable; mas
por donde ví aparecer después mayor numero de hombres y mujeres, y hasta
enjambres de chicos y algunos viejos, fué por la plaza Mayor y los portales
llamados de Bringas. Hacia la esquina de la calle de Milaneses, frente á la
Cava de San Miguel, presencié el primer choque del pueblo con los invasores,
porque habiendo aparecido como una veintena de franceses que acudían á
incorporarse á sus regimientos, fueron atacados de improviso por una cuadrilla
de mujeres, ayudadas por media docena de hombres. Aquella lucha no se parecía á
ninguna peripecia de los combates ordinarios, pues consistía en reunirse súbitamente,
envolviéndose y atacándose sin reparar en el número ni en la fuerza del
contrario.
Los
extranjeros se defendían con su certera puntería y sus buenas armas; pero no
contaban con la multitud de brazos que les ceñían por detrás y por delante,
como rejos de un inmenso pulpo; ni con el incansable pinchar de millares de
herramientas, esgrimidas contra ellos con un desorden y una multiplicidad
semejante al de un ametrallamiento á mano; ni con la espantosa centuplicación
de pequeñas fuerzas que, sin matar, imposibilitaban la defensa. Algunas veces
esta superioridad de los madrileños era tan grande, que no podía menos de ser
generosa; pues cuando los enemigos aparecían en número escaso, se abría para
ellos un portal ó tienda donde quedaban á salvo, y muchos de los que se
alojaban en las casas de aquella calle debieron la vida á la tenacidad con que
sus patronos les impidieron la salida.
No se
salvaron tres de á caballo que corrían á todo escape hacia la Puerta del Sol.
Se les hicieron varios disparos; pero irritados ellos, cargaron sobre un grupo
apostado en la esquina del callejón de la Chamberga, y bien pronto viéronse
envueltos por el paisanaje. De un fuerte sablazo el más audaz de ellos abrió la
cabeza á una infeliz maja en el instante en que daba á su marido el fusil
recién cargado, y la imprecación de la furiosa mujer al caer herida al suelo
espoleó el coraje de los hombres. La lucha se trabó entonces cuerpo á cuerpo y
á arma blanca.
Entre
tanto, yo corrí hacia la Puerta del Sol buscando lugar más seguro, y en los
portales de Pretineros encontré á Chinitas. La Primorosa salió del grupo
cercano, exclamando con frenesí:
—¡Han
matado á Bastiana! Más de veinte hombres hay aquí, y denguno vale un rial.
Canallas, ¿para qué os ponéis bragas si tenéis almas de pitiminí?
—Mujer—dijo
Chinitas, cargando su escopeta—, quítate de en medio. Las mujeres aquí no
sirven más que de estorbo.
—¡Cobardón,
calzonazos, corazón de albondiguilla!—dijo la Primorosa, pugnando por arrancar
el arma á su marido—. Con el aire que hago moviéndome, mato yo más franceses
que tú con un cañón de á ocho.
Entonces
uno de los de á caballo se lanzó al galope hacia nosotros blandiendo su sable.
—¡Menegilda!
¿Tienes navaja?—exclamó la esposa de Chinitas con desesperación.
—Tengo
tres: la de cortar, la de picar y el cuchillo grande. —¡Aquí estamos,
espantacuervos!—gritó la maja, tomando de
manos de
su amiga un cuchillo carnicero, cuya sola vista causaba espanto.
El
coracero clavó las espuelas á su corcel, y despreciando los tiros, se arrojó
sobre el grupo. Yo ví las patas del corpulento animal sobre los hombros de la
Primorosa; pero esta, agachándose más ligera que el rayo, hundió su cuchillo en
el pecho del caballo. Con la violenta caída, el jinete quedó indefenso, y
mientras la cabalgadura expiraba con horrible pataleo, el soldado proseguía el
combate, ayudado por otros cuatro que á la sazón llegaron.
Chinitas,
herido en la frente y con una oreja menos, se había retirado como á unas diez
varas más allá, y cargaba un fusil en el callejón del Triunfo, mientras la
Primorosa le envolvía un pañuelo en la cabeza, diciéndole:
—¡Si te
moverás al fin! No parece sino que tienes en cada pata las pesas del reloj del
Buen Suceso.
El
amolador se volvió hacia mí y me dijo:
—Gabrielillo,
¿qué haces con ese fusil? ¿Lo tienes en la mano para escarbarte los dientes?
En
efecto: yo tenía en mis manos un fusil, sin que hasta aquel instante me hubiese
dado cuenta de ello. ¿Me lo habían dado? ¿Lo tomé yo? Lo más probable es que lo
recogí maquinalmente, hallándome cercano al lugar de la lucha, y cuando caía
sin duda de manos de algún combatiente herido; pero mi turbación y estupor eran
tan grandes ante aquella escena, que ni aun acertaba á hacerme cargo de lo que
tenía entre las manos.
—¿Pa qué
está aquí esa lombriz?—dijo la Primorosa, encarándose conmigo y dándome en el
hombro una fuerte manotada—. Descosío: coge ese fusil con más garbo. ¿Tienes en
la mano un cirio de procesión?
—Vamos,
aquí no hay nada que hacer—afirmó Chinitas, encaminándose con sus compañeros
hacia la Puerta del Sol.
Echeme el
fusil al hombro y les seguí. La Primorosa seguía burlándose de mi poca aptitud
para el manejo de las armas de fuego.
—¿Se
acabaron los franceses?—dijo una maja, mirando á todos lados—. ¿Se han acabado?
—No hemos
dejado uno pa simiente de rábanos—contestó la Primorosa—. ¡Viva España y el rey
Fernando!
En
efecto: no se veía ningún francés en toda la calle Mayor; pero no distábamos
mucho de las gradas de San Felipe, cuando sentimos ruido de tambores, después
ruido de cornetas, después pisadas de caballos, después estruendo de cureñas
rodando con precipitación. El drama no había empezado todavía realmente. Nos
detuvimos, y advertí que los paisanos se miraban unos á otros, consultándose
mudamente sobre la importancia de las fuerzas ya cercanas. Aquellos infelices
madrileños habían sostenido una lucha terrible con los soldados que encontraron
al paso, y no contaban con las formidables divisiones y cuerpos de ejército que
se acampaban en las cercanías de Madrid. No habían medido los alcances y las
consecuencias de su calaverada, ni aunque los midieran, habrían retrocedido en
aquel movimiento impremeditado y sublime que les impulsó á rechazar fuerzas tan
superiores.
Había
llegado el momento de que los paisanos de la calle Mayor pudieran contar el
número de armas que apuntaban á sus pechos, porque por la calle de la Montera
apareció un cuerpo de ejército, por
la de
Carretas otro y por la Carrera de San Jerónimo el tercero, que era el más
formidable.
—¿Son
muchos?—preguntó la Primorosa.
—Muchísimos,
y también vienen por esta calle. Allá por Platerías se siente ruido de
tambores.
Frente á
nosotros y á nuestra espalda teníamos á los infantes, á los jinetes y á los
artilleros de Austerlitz. Viéndoles, la Primorosa reía; pero yo..., no puedo
menos de confesarlo..., yo temblaba.
XXVII
Llegar
los cuerpos de ejército á la Puerta del Sol y comenzar el ataque, fueron
sucesos ocurridos en un mismo instante. Yo creo que los franceses, á pesar de
su superioridad numérica y material, estaban más aturdidos que los españoles;
así es que en vez de comenzar poniendo en juego la caballería, hicieron uso de
la metralla desde los primeros momentos.
La lucha,
mejor dicho, la carnicería, era espantosa en la Puerta del Sol. Cuando cesó el
fuego y comenzaron á funcionar los caballos, la guardia polaca, llamada noble,
y los famosos mamelucos cayeron á sablazos sobre el pueblo, siendo los
ocupadores de la calle Mayor los que alcanzamos la peor parte, porque por uno y
otro flanco nos atacaban los feroces jinetes. El peligro no me impedía observar
quién estaba en torno mío, y así puedo decir que sostenían mi valor vacilante,
además de la Primorosa, un señor grave y bien vestido que parecía aristócrata,
y dos honradísimos tenderos de la misma calle, á quienes yo de antiguo conocía.
Teníamos
á mano izquierda el callejón de la Duda, como sitio estratégico que nos
sirviera de parapeto y de camino para la fuga, y desde allí el señor noble y yo
dirigíamos nuestros tiros á los primeros mamelucos que aparecieron en la calle.
Debo advertir que
los
tiradores formábamos una especie de retaguardia ó reserva, porque los
verdaderos y más aguerridos combatientes eran los que luchaban á arma blanca
entre la caballería. También de los balcones salían muchos tiros de pistola y
gran número de armas arrojadizas, como tiestos, ladrillos, pucheros, pesas de
reloj, etc.
—Ven acá,
Judas Iscariote—exclamó la Primorosa, dirigiendo los puños hacia un mameluco
que hacía estragos en el portal de la casa de Oñate—. ¡Y no hay quien te meta
una libra de pólvora en el cuerpo! ¡Eh, so estantigua! ¿Pa qué le sirve ese
chisme? Y tú, piltrafilla, echa fuego por ese fusil, ó te saco los ojos.
Las
imprecaciones de nuestra generala nos obligaban á disparar tiro tras tiro. Pero
aquel fuego mal dirigido no nos valía gran cosa, porque los mamelucos habían
conseguido despejar á golpes gran parte de la calle, y adelantaban de minuto en
minuto.
—¡A
ellos, muchachos!—exclamó la maja, adelantándose al encuentro de una pareja de
jinetes, cuyos caballos venían hacia nosotros.
Ustedes
no pueden figurarse cómo eran aquellos combates parciales. Mientras desde las
ventanas y desde la calle se les hacía fuego, los manolos les atacaban navaja
en mano, y las mujeres clavaban sus dedos en la cabeza del caballo, ó saltaban,
asiendo por los brazos al jinete. Este recibía auxilio, y al instante acudían
dos, tres, diez, veinte, que eran atacados de la misma manera, y se formaba una
confusión, una mescolanza horrible y sangrienta que no se puede pintar. Los
caballos vencían al fin y avanzaban al galope; y cuando la multitud,
encontrándose libre, se extendía hacia la Puerta del Sol, una lluvia de
metralla le cerraba el paso.
Perdí de
vista á la Primorosa en uno de aquellos espantosos choques; pero al poco rato
la ví reaparecer, lamentándose de haber perdido su cuchillo, y me arrancó el
fusil de las manos con tanta fuerza, que no pude impedirlo. Quedé desarmado en
el mismo momento en que una fuerte embestida de los franceses nos hizo recular
á la acera de San Felipe el Real. El anciano noble fué herido junto á mí; quise
sostenerle, pero deslizándose de mis manos, cayó exclamando: «¡Muera Napoleón!
¡Viva España!».
Aquel
instante fué terrible, porque nos acuchillaron sin piedad; pero quiso mi buena
estrella que, siendo yo de los más cercanos á
la pared,
tuviera delante de mí una muralla de carne humana que me defendía del plomo y
del hierro. En cambio, era tan fuertemente comprimido contra la pared, que casi
llegué á creer que moría aplastado. Aquella masa se replegó por la calle Mayor,
y como el violento retroceso nos obligara á invadir una casa de las que hoy
deben tener la numeración desde el veintiuno al veinticinco, entramos decididos
á continuar la lucha desde los balcones. No achaquen ustedes á petulancia que
diga nosotros, pues yo, aunque al principio me ví comprendido entre los
sublevados como al acaso y sin ninguna iniciativa de mi parte, después el ardor
de la refriega, el odio contra los franceses que se comunicaba de corazón á
corazón de un modo pasmoso, me indujeron á obrar enérgicamente en pro de los
míos. Yo creo que en aquella ocasión memorable hubiérame puesto al nivel de
algunos que me rodeaban, si el recuerdo de Inés y la consideración de que
corría algún peligro no aflojaran mi valor á cada instante.
Invadiendo
la casa, la ocupamos desde el piso bajo á las bohardillas; por todas las
ventanas se hacía fuego, arrojando al mismo tiempo cuanto la diligente valentía
de sus moradores encontraba á mano. En el piso segundo, un padre anciano,
sosteniendo á sus dos hijas, que medio desmayadas se abrazaban
á sus rodillas, nos decía: «Haced fuego;
coged lo que os convenga. Aquí tenéis pistolas; aquí tenéis mi escopeta de
caza. Arrojad mis muebles por el balcón y perezcamos todos, y húndase mi casa
si bajo sus escombros ha de quedar sepultada esa canalla. ¡Viva Fernando! ¡Viva
España! ¡Muera Napoleón!».
Estas
palabras reanimaban á las dos doncellas, y la menor nos conducía á una
habitación contigua, desde donde podíamos dirigir mejor el fuego. Pero nos
escaseó la pólvora, nos faltó al fin, y al cuarto de hora de nuestra entrada ya
los mamelucos daban violentos golpes en la puerta.
—Quemad
las esteras y arrojadlas ardiendo á la calle—nos dijo el anciano—. Ánimo, hijas
mías. No lloréis. En este día el llanto es indigno aun en las mujeres. ¡Viva
España! ¿Vosotras sabéis lo que es España? Pues es nuestra tierra, nuestros
hijos, los sepulcros de nuestros padres, nuestras casas, nuestros reyes,
nuestros ejércitos, nuestra riqueza, nuestra historia, nuestra grandeza,
nuestro nombre,
nuestra
religión. Pues todo esto nos quieren quitar. ¡Muera Napoleón!
Entre
tanto, los franceses asaltaban la casa, mientras otros de los suyos cometían
las mayores atrocidades en la de Oñate.
—¡Ya
entran, nos cogen y estamos perdidos!—exclamamos con terror, sintiendo que los
mamelucos se encarnizaban en los defensores del piso bajo.
—Subid á
la bohardilla—nos dijo el anciano con frenesí—, y saliendo al tejado, echad por
el cañón de la escalera todas las tejas que podáis levantar. ¡Subirán los
caballos de estos monstruos hasta el techo?
Las dos
muchachas, medio muertas de terror, se enlazaban á los brazos de su padre,
rogándole que huyese.
—¡Huir!—exclamaba
el viejo—. No, mil veces no. Enseñemos á esos bandoleros cómo se defiende el
hogar sagrado. Traedme fuego, fuego, y apresarán nuestras cenizas, no nuestras
personas.
Los
mamelucos subían. Estábamos perdidos. Yo me acordé de la pobre Inés, y me sentí
más cobarde que nunca. Pero algunos de los nuestros habíanse en tanto internado
en la casa y con fuerte palanca rompían el tabique de una de las habitaciones
más escondidas. Al ruido acudí allá velozmente, con la esperanza de encontrar
escapatoria, y, en efecto, ví que habían abierto en la medianería un gran
agujero por donde podía pasarse á la casa inmediata. Nos hablaron de la otra
parte, ofreciéndonos socorro, y nos apresuramos á pasar; pero antes de que
estuviéramos del opuesto lado sentimos á los mamelucos y otros soldados
franceses vociferando en las habitaciones principales; oyóse un tiro; después
una de las muchachas lanzó un grito espantoso y desgarrador. Lo que allí debió
pasar no es para contado.
Cuando
pasamos á la casa contigua, con ánimo de tomar inmediatamente la calle, nos
vimos en una habitación pequeña y algo oscura, donde distinguí dos hombres que
nos miraban con espanto. Yo me aterré también en su presencia, porque eran el
uno el licenciado Lobo y el otro Juan de Dios.
Habíamos
pasado á una casa de la calle de Postas, á la misma casa en cuyo cuarto
entresuelo había yo vivido hasta el día anterior al servicio de los Requejos.
Estábamos en el piso segundo, vivienda
del
leguleyo trapisondista. El terror de este era tan grande, que al vernos dijo:
—¿Están
ahí los franceses? ¿Vienen ya? Huyamos.
Juan de
Dios estaba también tan pálido y alterado, que era difícil reconocerle.
—¡Gabriel!—exclamó
al verme—. ¡Ah!, tunante: ¿qué has hecho de Inés?
—¡Los
franceses, los franceses!—exclamó Lobo, saliendo á toda prisa de la habitación
y bajando la escalera de cuatro en cuatro peldaños—. ¡Huyamos!
La esposa
del licenciado y sus tres hijas, todas trémulas de miedo, corrían de aquí para
allí, recogiendo algunos objetos para salir á la calle. No era ocasión de
disputar con Juan de Dios, ni de darnos explicaciones sobre los sucesos de la
madrugada anterior; así es que salimos á todo escape, temiendo que los
mamelucos invadieran aquella casa.
El
mancebo no se separaba de mí, mientras que Lobo, harto ocupado de su propia
seguridad, se cuidaba de mi presencia tanto como si yo no existiera.
—¿Adónde
vamos?—preguntó una de las niñas en la calle—. ¿A la calle de San Pedro la
Nueva, en casa de la primita?
—¡Estáis
locas? ¿Frente al parque de Monteleón?
—Allí se
están batiendo—dijo Juan de Dios—. Dicen que se ha empeñado un combate
terrible, porque la artillería española no quiere soltar el parque.
—¡Dios
mío! ¡Corro allá!—exclamé sin poderme contener. —¡Perro!—gritó Juan de Dios,
asiéndome por un brazo—. ¿Allí la
tienes
guardada?
—Sí, allí
está—contesté sin vacilar—. Corramos.
Juan de
Dios y yo partimos como dos insensatos en dirección á mi casa.
En
nuestra carrera no reparábamos en los mil peligros que á cada paso ofrecían las
calles y plazas de Madrid, y andábamos sin cesar, tomando las vías más
apartadas del centro, con tantas vueltas y rodeos, que empleamos cerca de dos
horas para llegar á la puerta de Fuencarral por los pozos de nieve. Por un
largo rato ni yo
hablaba á
mi acompañante, ni él á mí tampoco, hasta que al fin
Juan de
Dios, con voz entrecortada por el fatigosos aliento, me dijo:
—¿Pero tú
sacaste á Inés para entregármela después, ó eres un tunante ladrón, digno de
ser fusilado por los franceses?
—Señor
Juan de Dios—repuse apretando más el paso—, no es ocasión de disputar, y vamos
más aprisa, porque si los franceses llegan á meterse en mi casa...
—¡Cuánto
se asustara la pobrecita! Pero di, ¿por qué la sacaste, por qué me encontré
encerrado en el sótano con aquella maldita mujer?... ¡Oh!, me falta el aliento;
pero no nos detengamos... ¿Inés no se asustó al verse en tu poder? ¿No te
preguntó por mí? ¿No te rogó que me llevases á su lado? ¡Qué confusión! ¿Qué es
lo que ha pasado? ¿Quién eres tú? ¿Eres un infame, ó un hombre de bien? Ya me
darás cuenta y razón de todo. ¡Ay!, cuando me encontré en el sótano con
Restituta... ¿Ves este rasguño que tengo en la mano?...
Yo me
quedé azorado y mudo de espanto cuando la ví. ¡Qué desdicha! Creo que fué
castigo de Dios por los pecadillos de que te hablé... Ella me insultaba
llamándome ladrón, y á mí un sudor se me iba y otro se me venía. Luégo tratamos
de salir... La compuerta cerrada..., ella parecía una gata rabiosa. ¿Ves este
arañazo que tengo en la cara?... Descansemos un rato, porque me ahogo. ¿No
llegamos nunca á tu casa? ¿Y mi Inés, está allí? Pero, tunante, modera un poco
el paso y dime: ¿Inés me espera? ¿Te mandó en busca mía? ¿Sabe que á mí me debe
su libertad? Gabriel, te juro que tengo la cabeza como una jaula de grillos, y
que no sé qué pensar. ¡Cuando ví entrar á Restituta!... ¿Creerás que no puedo
apartar de mi memoria su repugnante imagen? Lo que dije..., aquellos dos
pecadillos... Pero en cuanto Inés esté á mi lado, me confesaré... El Santísimo
Sacramento sabe que mi intención es buena, y que el inmenso, el loco amor que
me domina es causa de todo... ¿Pero no hablas? ¿Estás mudo? ¿Inés me espera?
Dímelo francamente y no me hagas padecer. ¿Está contenta? ¿Está triste? ¿Ella
quiso desde luégo salir contigo para esperarme fuera?... ¡Mil demonios! ¿Cuándo
llegamos á tu casa? Me aguarda, ¿no es verdad? Ahora le hablaré cara á cara por
primera vez. ¿Sabes que me da vergüenza?... Pero ella quizás me dirá primero
algunas palabras, dándome pié para que después siga yo hablando como un
cotorro.
¿Tú estás seguro de que leyó mi carta? Pues si la leyó, ya está al corriente de
mi ardiente amor, y en cuanto me vea se arrojará llorando en mis brazos,
dándome gracias por su salvación. ¿No lo crees tú así? ¿Pero por qué callas?
¿Te has quedado sin lengua? ¿Qué le has dicho tú? ¿Qué te ha dicho ella? ¿No te
habló de aquel pasaje de la carta en que le decía que mi amor es tan casto como
el de los ángeles del cielo?... Me faltó decirle que mi corazón es el altar en
que la adoro con tanto fervor como al Dios que hizo el mundo para todos, y para
nosotros una isla desierta, llena de flores y pajaritos muy lindos que canten
día y noche... ¡Ah, Gabriel! ¿Sabes que soy rico? Cogí lo mío, aunque la
condenada me clavó las uñas para arrebatármelo. ¡Cuánto luchamos! ¡Espantosa
noche! Por fin, ya muy avanzado el día, llega D. Mauro y abre el sótano para
sacarte... Salimos Restituta y yo; ella está medio muerta. Su hermano, al
vernos... ¡Jesús cómo se pone! Después de insultarnos, nos dice que tenemos que
casarnos el mismo día. Luégo, al saber que Inés se ha fugado contigo, brama
como un león, arráncase los cabellos, y después de amenazar con la muerte á su
hermana y á mí, enciende las dos velas al santo patrono. Yo salgo de la casa
sin contestar á nada, y como ya empiezan los tiros, me refugio en la del
licenciado Lobo... Todos están allí llenos de terror...
¡Los
franceses, los franceses!... ¡Bam, bum! Golpean un tabique: acudimos; se abre
un agujero, y apareces tú... ¿Pero llegaremos al fin? ¡Qué impaciente estará la
pobrecita! Cuando me vea entrar, ella romperá á hablar, ¿no lo crees tú? Si
no..., yo estoy seguro de que me quedaré como una estatua. Si se me quitara
esta vergüenza...
Yo no
contestaba á ninguna de las atropelladas é inconexas razones de Juan de Dios,
porque más que la verbosidad de aquel desgraciado, ocupaba mi mente la idea de
los peligros que corrían Inés y su tío en mi casa. Nuestra marcha era sumamente
fatigosa pues algunas veces, después de recorrer toda una calle, teníamos que
volver atrás huyendo de los mamelucos; otras veces nos detenía algún grupo,
compuesto en su mayor parte de mujeres y ancianos, que con lamentos y gritos
rodeaban un cadáver, víctima reciente de los invasores; más adelante veíamos
desfilar precipitadamente pelotones de granaderos que hacían retroceder á todo
el mundo; luégo el espectáculo de una lucha parcial, tan
encarnizada
como las anteriores, era lo que de improviso nos estorbaba el paso.
En la
calle de Fuencarral, el gentío era grande, y todos corrían hacia arriba, como
en dirección al Parque. Oíanse fuertes descargas, que aterraron á mi
acompañante, y cuando embocamos
á la calle de la Palma por la casa de
Aranda, los gritos de los héroes llegaban hasta nuestros oídos.
Era entre
doce y una. Dando un gran rodeo pudimos al fin entrar en la calle de San José,
y desde lejos distinguí las altas ventanas de mi casa entre el denso humo de la
pólvora.
—No
podemos subir á nuestra casa—dije al mancebo—, á menos que no nos metamos en
medio del fuego.
—¡En
medio del fuego! ¡Qué horror! No; no expongamos la vida. Veo que también hacen
fuego desde algún balcón. Escondámonos, Gabriel.
—No,
avancemos. Parece que cesa el fuego.
—Tienes
razón. Ya no se oyen sino pocos tiros, y me parece que oigo decir: «¡Victoria,
victoria!».
—Sí, y el
paisanaje se despliega, y vienen algunos hacia acá. ¡Ah! ¿No son franceses
aquellos que corren hacia la calle de la Palma? Sí; ¿no ve usted los sombreros
de piel?
—Vamos
allá. ¡Qué algazara! Parece que están contentos. Mira como agitan las gorras
aquellos que están en el balcón.
—Inés;
allí está Inés, en el balcón de arriba, arriba... Allí está: mira hacia el
Parque, parece que tiene miedo y se retira. También sale á curiosear D.
Celestino. Corramos, y ahora nos será fácil entrar en la casa.
Después
de una empeñada refriega, el combate había cesado en el Parque con la derrota y
retirada del primer destacamento francés que fué á atacarlo. Pero si el crédulo
paisanaje se entregó á la alegría, creyendo que aquel triunfo era decisivo, los
jefes militares conocieron que serían bien pronto atacados con más fuerzas, y
se preparaban para la resistencia.
Pacorro
Chinitas, que había sido uno de los que primero acudieron á aquel sitio, se
llegó á mí ponderándome la victoria alcanzada con las cuatro piezas que Daoíz
había echado á la calle; pero bien pronto él y los demás se convencieron de que
los
franceses
no habían retrocedido sino para volver pronto con numerosa artillería. Así fué,
en efecto; y cuando subíamos la escalera de mi casa, sentí el alarmante rumor
de la tropa cercana.
El
mancebo tropezaba á cada peldaño, circunstancia que cualquiera hubiera
atribuido al miedo, y yo atribuí á la emoción. Cuando llegamos á presencia de
Inés y D. Celestino, estos se alegraron en extremo de verme sano, y ella me
señaló una imagen de la Virgen ante la cual habían encendido dos velas. Juan de
Dios permaneció un rato en el umbral, medio cuerpo fuera, y dentro el otro
medio, con el sombrero en la mano, el rostro pálido y contraído, la actitud
embarazosa, sin atreverse á hablar ni tampoco á retirarse, mientras que Inés,
enteramente ocupada de mi vuelta, no ponía en él la menor atención.
—Aquí,
Gabriel—me dijo el clérigo—, hemos presenciado escenas de grande heroísmo. Los
franceses han sido rechazados. Por lo visto, Madrid entero se levanta contra
ellos.
Al decir
esto, una detonación terrible hizo estremecer la casa. —¡Vuelven los franceses!
Ese disparo ha sido de los nuestros, que siguen decididos á no entregarse. Dios
y su santa Madre, y los
cuatro
patriarcas y los cuatro doctores nos asistan.
Juan de
Dios continuaba en la puerta, sin que mis dos amigos, profundamente afectados
por el próximo peligro, hicieran caso de su presencia.
—¡Va á
empezar otra vez!—exclamó Inés, huyendo de la ventana después de cerrarla—. Yo
creí que se había concluido. ¡Cuántos tiros! ¡Qué gritos! ¿Pues y los cañones?
Yo creí que el mundo se hacía pedazos, y puesta de rodillas no cesaba de rezar.
¡Si vieras, Gabriel!... Primero sentimos que unos soldados daban recios golpes
en la puerta del Parque. Después vinieron muchos hombres y algunas mujeres
pidiendo armas. Dentro del patio, un español, con uniforme verde, disputó un
instante con otro de uniforme azul, y luégo se abrazaron, abriendo en seguida
las puertas. ¡Ay! ¡Qué voces, qué gritos! Mi tío se echó á llorar y dijo
también «¡Viva España!» tres veces, aunque yo le suplicaba que callase para no
dar que hablar á la vecindad. Al momento empezaron los tiros de fusil, y al
cabo de un rato los de cañón, que salieron empujados por dos ó tres mujeres...
El del uniforme azul mandaba el fuego, y otro
del mismo
traje, pero que se distinguía del primero por su mayor estatura, estaba dentro
disponiendo cómo se habían de sacar la pólvora y las balas... Yo me estremecía
al sentir los cañonazos; y si
á veces me ocultaba en la alcoba, poniéndome
á rezar, otras podía tanto la curiosidad, que sin pensar en el peligro me
asomaba á la ventana para ver todo... ¡Qué espanto! Humo, mucho humo, brazos
levantados, algunos hombres tendidos en el suelo y cubiertos de sangre, y por
todos lados el resplandor de esos grandes cuchillos que llevan en los fusiles.
Una
segunda detonación, seguida del estruendo de la fusilería, nos dejó paralizados
de estupor. Inés miró á la Virgen, y el cura, encarándose solemnemente con la
santa imagen, dirigióle así la palabra:
—Señora:
Proteged á vuestros queridos españoles, de quienes fuisteis reina y ahora sois
capitana. Dadles valor contra tantos y tan fieros enemigos, y haced subir al
cielo á los que mueran en defensa de su patria querida.
Quise
abrir la ventana; pero Inés se opuso á ello muy acongojada. Juan de Dios, que
al fin traspasó el umbral, se había sentado tímidamente en el borde de una
silla puesta junto á la misma puerta, donde Inés le reconoció al fin, mejor
dicho, advirtió su presencia, y antes que formulara una pregunta, le dije yo:
—Es el
señor Juan de Dios, que ha venido á acompañarme. —Yo..., yo...—balbució el
mancebo en el momento en que la
gritería
de la calle apenas permitía oirle—. Gabriel habrá enterado á usted...
—El miedo
le quita á usted el habla—dijo Inés—. Yo también tengo mucho miedo. Pero usted
tiembla, usted está malo...
En
efecto, Juan de Dios parecía desmayarse, y alargaba sus brazos hacia la
huérfana, que absorta y confundida no sabía si acercarse á darle auxilio, ó si
huir con recelo de visitante tan importuno. Yo estaba tan excitado, que sin
parar mientes en lo que junto á mí ocurría, ni atender al pavor de mi amiga,
abrí resueltamente la ventana. Desde allí pude ver los movimientos de los
combatientes, claramente percibidos, cual si tuviera delante un plano de
campaña con figuras movibles. Funcionaban cuatro piezas: he oído hablar de
cinco, dos de á ocho y tres de á cuatro; pero yo
creo que
una de ellas no hizo fuego, ó sólo trabajó hacia el fin de la lucha. Los
artilleros me parece que no pasaban de veinte; tampoco eran muchos los de
infantería, mandados por Ruiz; pero el numero de paisanos no era escaso, ni
faltaban algunas heroicas amazonas de las que poco antes ví en la Puerta del
Sol. Un oficial de uniforme azul mandaba las dos piezas colocadas frente á la
calle de San
Pedro la
Nueva(
). Por
cuenta del otro, del mismo uniforme y graduación, corrían las que enfilaban las
calles de San Miguel y de
San José(
),
apuntando una de ellas hacia la de San Bernardo, pues por allí se esperaban
nuevas fuerzas francesas en auxilio de las que invadían la Palma Alta y sitios
inmediatos á la iglesia de Maravillas.
La lucha
estaba reconcentrada entonces en la pequeña calle de San Pedro la Nueva, por
donde atacaron los granaderos imperiales en número considerable. Para
contrarrestar su empuje, los nuestros disparaban las piezas con la mayor
rapidez posible, empleándose en ello lo mismo los artilleros que los paisanos,
y auxiliaba á los cañones la valerosa fusilería que tras las tapias del Parque,
en la puerta y en la calle hacía mortífero é incesante fuego.
Cuando
los franceses trataban de tomar las piezas á la bayoneta, sin cesar el fuego
por nuestra parte, eran recibidos por los paisanos con una batería de navajas,
que causaban pánico y desaliento entre los héroes de las pirámides y de Jena,
al paso que el arma blanca en manos de estos aguerridos soldados no hacía gran
estrago moral en la gente española, por ser esta de muy antiguo aficionada á
jugar con ella, de modo que al verse heridos, antes les enfurecía que les
desmayaba. Desde mi ventana, abierta á la calle de San José, no se veía la
inmediata de San Pedro la Nueva, aunque la casa hacía esquina á las dos; así es
que yo, teniendo siempre á los españoles bajo mis ojos, no distinguía á los
franceses sino cuando intentaban caer sobre las piezas, desafiando la metralla,
el plomo, el acero y hasta las implacables manos de los defensores del parque.
Esto pasó una vez, y cuando lo vi, pareciome que todo iba á concluir por el
sencillo procedimiento de destrozarse simultáneamente unos á otros; pero
nuestro valiente paisanaje, sublimado por su propio arrojo y el ejemplo, la
pericia y la inverosímil constancia de los dos oficiales de artillería,
rechazaba las bayonetas enemigas, mientras sus navajas hacían estragos,
rematando la obra de los fusiles.
Cayeron
algunos, muchos artilleros, y buen número de paisanos; pero esto no desalentaba
á los madrileños. Al paso que uno de los oficiales de artillería hacía uso de
su sable con fuerte puño, sin desatender el cañón, cuya cureña servía de escudo
á los paisanos más resueltos, el otro, acaudillando un pequeño grupo, se
arrojaba sobre la avanzada francesa, destrozándola antes de que tuviera tiempo
de reponerse. Eran aquellos los dos oficiales oscuros y sin historia, que en un
día, en una hora, haciéndose, por inspiración de sus almas generosas,
instrumentos de la conciencia nacional, se anticiparon á la declaración de
guerra por las Juntas y descargaron los primeros golpes de la lucha que empeñó
á abatir el más grande poder que se ha señoreado del mundo. Así sus ignorados
nombres alcanzaron la inmortalidad.
El
estruendo de aquella colisión, los gritos de unos y otros, la heroica
embriaguez de los nuestros, y también de los franceses, pues estos evocaban
entre sí sus grandes glorias para salir bien de aquel empeño, formaban un
conjunto terrible, ante el cual no existía el miedo, ni tampoco era posible
resignarse á ser inmóvil espectador. Causaba rabia, y al mismo tiempo cierto
júbilo inexplicable, lo desigual de las fuerzas, y el espectáculo de la
superioridad adquirida por los débiles á fuerza de constancia. A pesar de que
nuestras bajas eran inmensas, todo parecía anunciar una segunda victoria. Así
lo comprendían, sin duda, los franceses, retirados hacia el fondo de la calle
de San Pedro la Nueva; y viendo que para meter en un puño á los veinte
artilleros, ayudados de paisanos y mujeres, era necesaria más tropa con
refuerzos de todas armas, trajeron más gente, trajeron un ejército completo, y
la división de San Bernardino, mandada por Lefranc, apareció hacia las Salesas
Nuevas con varias piezas de artillería. Los imperiales daban al parque, cercado
de mezquinas tapias, las proporciones de una fortaleza, y á la abigarrada
pandilla, las proporciones de un pueblo.
Hubo un
momento de silencio, durante el cual no oí más voces que las de algunas
mujeres, entre las cuales reconocí la de la Primorosa, enronquecida por la
fatiga y el perpetuo gritar. Cuando en aquel breve respiro me aparté de la
ventana, ví á Juan de Dios
completamente
desvanecido. Inés estaba á su lado presentándole un vaso de agua.
—Este
buen hombre—dijo la muchacha—ha perdido el tino. ¡Tan grande es su pavor!
Verdad que la cosa no es para menos. Yo estoy muerta. ¿Se ha acabado, Gabriel?
Ya no se oyen tiros. ¿Ha concluido todo? ¿Quién ha vencido?
Un
cañonazo resonó, estremeciendo la casa. A Inés cayósele el vaso de las manos, y
en el mismo instante entró D. Celestino, que observaba la lucha desde otra
habitación de la casa.
—Es la
artillería francesa—exclamó—. Ahora es ella. Traen más de doce cañones. ¡Jesús,
María y José nos amparen! Van á hacer polvo á nuestros valientes paisanos.
¡Señor de justicia! ¡Virgen María, santa patrona de España!
Juan de
Dios abrió sus ojos buscando á Inés con una mirada calmosa y apagada como la de
un enfermo. Ella, en tanto, puesta de rodillas ante la imagen, derramaba
abundantes lágrimas.
—Los
franceses son innumerables—continuó el cura—. Vienen cientos de miles. En
cambio, los nuestros son menos cada vez. Muchos han muerto ya. ¿Podrán resistir
los que quedan? ¡Oh! Gabriel, y usted, caballero, quienquiera que sea, aunque
presumo será español: ¿están ustedes en paz con su conciencia, mientras
nuestros hermanos pelean abajo por la patria y por el rey? Hijos míos, ánimo:
los franceses van á atacar por tercera vez. ¿No veis cómo se aperciben los
nuestros para recibirlos con tanto brío como antes? ¿No oís los gritos de los
que han sobrevivido al último combate? ¿No oís las voces de esa noble juventud?
Gabriel; usted, caballero, quienquiera que sea, ¿habéis visto á las mujeres?
¿Darán lección de valor esas heroicas hembras á los varones que huyen de la
honrosa lucha?
Al decir
esto, el buen sacerdote, con una alteración que hasta entonces jamás había yo
advertido en él, se asomaba al balcón, retrocedía con espanto, volvía los ojos
á la imagen de la Virgen, luégo á nosotros, y tan pronto hablaba consigo mismo
como con los demás.
—Si yo
tuviera quince años, Gabriel—continuó—, si yo tuviera tu edad... Francamente,
hijos míos, yo tengo muchísimo miedo. En mi vida había visto una guerra, ni
había oído jamás el estruendo de los
mortíferos
cañones; pero lo que es ahora cogería un fusil, sí, señores, lo cogería... ¿No
veis que va escaseando la gente? ¿No veis como los barre la metralla?... Mirad
aquellas mujeres que con sus brazos despedazados empujan uno de nuestros
cañones hasta embocarle en esta calle. Mirad aquel montón de cadáveres del cual
sale una mano increpando con terrible gesto á los enemigos. Parece que hasta
los muertos hablan, lanzando de sus bocas exclamaciones furiosas... ¡Oh!, yo
tiemblo, sostenedme; no, dejadme tomar un fusil, lo tomaré yo. Gabriel,
caballero, y tú también, Inés, vamos todos á la calle, á la calle. ¿Oís? Aquí
llegan las vociferaciones de los franceses. Su artillería avanza. ¡Ah, perros!,
todavía somos suficientes, aunque pocos. ¿Queréis á España? ¿Queréis este
suelo? ¿Queréis nuestras casas, nuestras iglesias, nuestros reyes, nuestros
santos? Pues ahí está, ahí está dentro de esos cañones lo que queréis.
Acercaos. ¡Ah! Aquellos hombres que hacían fuego desde la tapia han perecido
todos. No importa. Cada muerto no significa más sino que un fusil cambia de
mano, porque antes de que pierda el calor de los dedos heridos que lo sueltan,
otros lo agarran... Mirad: el oficial que los manda parece contrariado; mira
hacia el interior del parque, y se lleva la mano á la cabeza con ademán de
desesperación. Es que les faltan balas, les falta metralla. Pero ahora sale el
otro con una cesta de piedras de chispa. Cargan con ellas hacen fuego... ¡Oh!,
que vengan, que vengan ahora. ¡Miserables! España tiene todavía piedras en sus
calles para acabar con vosotros... Pero ¡ay!, los franceses parece que están
cerca. Mueren muchos de los nuestros. Desde los balcones se hace mucho fuego;
mas esto no basta. Si yo tuviera veinte años... Si yo tuviera veinte años,
tendría el valor que ahora me falta, y me lanzaría en medio del combate, y á
palos, sí, señores,
á palos, acabaría con todos esos franceses.
Ahora mismo, con mis sesenta años... Gabriel, ¿sabes tú lo que es el deber?,
¿sabes tú lo que es el honor? Pues para que lo sepas, oye: yo, que soy un viejo
inútil; yo, que nunca he visto un combate; yo, que jamás he disparado un tiro;
yo, que en mi vida he peleado con nadie; yo, que no puedo ver matar un pollo;
yo, que nunca he tenido valor para ver matar un gusanito; yo, que siempre he
tenido miedo á todo; yo, que ahora tiemblo como una liebre, y á cada tiro que
oigo parece que
entrego
el alma al Señor, voy á bajar al instante á la calle, no con armas, porque
armas no me corresponden, sino para alentar á esos valientes, diciéndoles en
castellano aquello de Dulce et decorum est pro patria mori!
Estas
palabras, dichas con un entusiasmo que el anciano no había manifestado ante mí
sino muy pocas veces, y siempre desde el púlpito, me enardecieron de tal modo,
que me avergoncé de reconocerme cobarde espectador de aquella heroica lucha,
sin disparar un tiro ni lanzar una piedra en defensa de los míos. A no
contenerme la presencia de Inés ni un instante habría yo permanecido en aquella
situación. Después, cuando ví al buen anciano precipitarse fuera de la casa,
dichas sus últimas palabras, miedo y amor se oscurecieron en mí ante una
grande, una repentina iluminación de entusiasmo, de esas que rarísimas veces,
pero con fuerza poderosa, nos arrastran á las grandes acciones.
Inés hizo
un movimiento como para detenerme; pero sin duda su admirable buen sentido
comprendió cuánto habría desmerecido á mis propios ojos cediendo á los reclamos
de la debilidad, y se contuvo, ahogando todo sentimiento. Juan de Dios, que al
volver de su desmayo era completamente extraño á la situación en que nos
encontrábamos, y no parecía tener ojos ni oídos más que para espectáculos y
voces de su propia alma, se adelantó hacia Inés con ademán embarazoso, y le
dijo:
—Pero
Gabriel le habrá enterado á usted de todo. ¿La he ofendido á usted en algo?
Bien habrá comprendido usted...
—Este
caballero—dijo Inés—está muerto de miedo, y no se moverá de aquí. ¿Quiere usted
esconderse en la cocina?
—¡Miedo!
¡Que yo tengo miedo!—exclamó el mancebo con un repentino arrebato que le puso
encendido como la grana—. ¿Adónde vas, Gabriel?
—A la
calle—respondí saliendo—. A pelear por España. Yo no tengo miedo.
—Ni yo,
ni yo tampoco afirmó resuelta, furiosamente Juan de Dios, corriendo detrás de
mí.
XXVIII
Llegué á
la calle en momentos muy críticos. Las dos piezas de la calle de San Pedro
habían perdido gran parte de su gente, y los cadáveres obstruían el suelo. La
colocada hacia poniente había de resistir el fuego de las de los franceses, sin
más garantía de superioridad que el heroísmo de don Pedro Velarde y el auxilio
de los tiros de fusil. Al dar primeros pasos encontré uno, y me situé junto á
la entrada del parque, desde donde podía hacer fuego hacia la calle Ancha,
resguardado por el machón de la puerta. Allí se me presentó una cara conocida,
aunque horriblemente desfigurada en la persona de Pacorro Chinitas, que
incorporándose entre un montón de tierra y el cuerpo de otro infeliz ya
moribundo, hablome así con voz desfallecida:
—Gabriel,
yo me acabo; yo no sirvo ya para nada.
—Ánimo,
Chinitas—dije, devolviéndole el fusil que caía de sus manos—; levántate.
—¿Levantarme?
Ya no tengo piernas. ¿Traes tu pólvora? Dame acá: yo te cargaré el fusil...
Pero me caigo redondo. ¿Ves esta sangre? Pues es toda mía y de este compañero
que ahora se va...
Ya
expiró... Adiós, Juancho; tú al menos no verás á los franceses en el parque.
Hice
fuego repetidas veces: al principio muy torpemente, y después con algún
acierto, procurando siempre dirigir los tiros á algún francés claramente
destacado de los demás. Entretanto, y sin cesar en mi faena, oí la voz del
amolador que, apagándose por grados, decía:
—Adiós,
Madrid, ya me encandilo... Gabriel, apunta á la cabeza. Juancho, que ya estás
tieso, allá voy yo también: Dios sea conmigo y me perdone. Nos quitan el
parque; pero de cada gota de esta sangre saldrá un hombre con su fusil, hoy,
mañana y al otro día. Gabriel, no cargues tan fuerte, que revienta. Ponte más
adentro. Si no tienes navaja, búscala, porque vendrán á la bayoneta. Toma la
mía. Allí está junto á la pierna que perdí... ¡Ay!, ya no veo más que
un cielo
negro. ¡Qué humo tan negro! ¿De dónde viene ese humo? Gabriel, cuando esto se
acabe, ¿me darás un poco de agua? ¡Qué ruido tan atroz!... ¿Por qué no traen
agua?... ¡Agua, Señor Dios Poderoso! ¡Ah!, ya veo el agua: ahí está. La traen
unos angelitos: es un chorro, una fuente, un río...
Cuando me
aparté de allí, Chinitas ya no existía. La debilidad de nuestro centro de
combate me obligó á unirme á él, como lo hicieron los demás. Apenas quedaban
artilleros, y dos mujeres servían la pieza principal, apuntada hacia la calle
Ancha. Era una de ellas la Primorosa, á quien ví soplando fuertemente la mecha,
próxima á extinguirse.
—Mi
general—decía á Daoíz—, mientras su merced y yo estemos aquí, no se perderán
las Españas ni sus Indias... Allá va el petardo...
Venga
ahora acá el destupidor. ¡Cómo rempuja pa tras este animal cuando suelta el
tiro! ¡Ah! ¿Ya estás aquí, tripita?—gritó al verme—. Toca este instrumento y
verás lo bueno.
El
combate llegaba á un extremo de desesperación, y la artillería enemiga avanzó
hacia nosotros. Animados por Daoíz, los heroicos paisanos pudieron rechazar por
última vez la infantería francesa, que en pequeños pelotones se destacaba de la
fuerza enemiga.
—¡Ea!—gritó
la Primorosa cuando recomenzó el fuego de cañón
—. Atrás,
que yo gasto malas bromas. ¿Vio usted cómo se fueron, señor general? Sólo con
mirarles yo con estos recelestiales ojos, les hice volver pa tras. Van muertos
de miedo. ¡Viva España y muera Napoleón!... Chinitas, ¿no está por ahí
Chinitas? Ven acá, cobarde, calzonazos.
Y cuando
los franceses, replegando su infantería, volvieron á cañonearnos, ella, después
de ayudar á cargar la pieza, prosiguió gritando:
—Renacuajos,
volved acá. Ea, otro paseíto. Sus mercedes quieren conquistarme á mí, ¿no
verdá? Pues aquí me tenéis. Vengan acá: soy la reina, sí, señores; soy la
emperadora del Rastro, y yo acostumbro á fumar en este cigarro de bronce,
porque no las gasto menos. ¿Quieren ustedes una chupadita? Pos allá va.
Desapártense pa que no les salpique la saliva; si no...
La
heroica mujer calló de improviso, porque la otra maja que cerca de ella estaba,
cayó tan violentamente herida por un casco de
metralla,
que de su despedazada cabeza saltaron, salpicándonos, repugnantes pedazos. La
esposa de Chinitas, que también estaba herida, miró el cuerpo expirante de su
amiga. Debo consignar aquí un hecho trascendental: la Primorosa se puso
repentinamente pálida y repentinamente seria. Tuvo miedo.
Llegó el
instante crítico y terrible. Durante él sentí una mano que se apoyaba en mi
brazo. Al volver los ojos, ví un brazo azul con charreteras de capitán.
Pertenecía á don Luis Daoíz, que, herido en la pierna, hacía esfuerzos por no
caer al suelo, y se apoyaba en lo que encontró más cerca. Yo extendí mi brazo
alrededor de su cintura, y él, cerrando los puños, elevándolos convulsamente al
cielo, apretando los dientes y mordiendo después el pomo de su sable, lanzó una
imprecación, una blasfemia, que habría hecho desplomar el firmamento, si lo de
arriba obedeciera á las voces de abajo.
En
seguida se habló de capitulación y cesaron los fuegos. El jefe de las fuerzas
francesas acercóse á nosotros, y en vez de tratar decorosamente de las
condiciones de la rendición, habló á Daoíz de la manera más destemplada y en
términos amenazadores y groseros. Nuestro inmortal artillero pronunció entonces
aquellas célebres palabras: Si fuerais capaz de hablar con vuestro sable, no me
trataríais así.
El
francés, sin atender á lo que le decía, llamó á los suyos, y en el mismo
instante... Ya no hay narración posible, porque todo acabó. Los franceses se
arrojaron sobre nosotros con empuje formidable. El primero que cayó fué Daoíz,
traspasado el pecho á bayonetazos. Retrocedimos precipitadamente hacia el
interior del parque todos los que pudimos, y como aun en aquel trance espantoso
quisiera contenernos don Pedro Velarde, le mató de un pistoletazo por la
espalda un oficial enemigo. Muchos fueron implacablemente pasados á cuchillo;
pero algunos y yo pudimos escapar, saltando velozmente por entre escombros,
hasta alcanzar las tapias de la parte más honda, y allí nos dispersamos,
huyendo cada cual por donde encontró mejor camino, mientras los franceses,
bramando de ira, indicaban con sus alaridos al aterrado vecindario que
Monteleón había quedado por Bonaparte.
Difícilmente
salvamos la vida; y no fuimos muchos los que pudimos dar con nuestros fatigados
cuerpos en la huerta de las Salesas Nuevas ó en el Quemadero. Los franceses no
se cuidaban de perseguirnos, ó por creer que bastaba con rematar á los más
próximos, ó porque se sentían con tanto cansancio como nosotros. Por fortuna,
yo no estaba herido sino muy levemente en la cabeza, y pude ponerme á cubierto
en breve tiempo; al poco rato ya no pensaba más que en volver á mi casa, donde
suponía á Inés en penosa angustia por mi ausencia. Cuando traté de regresar,
hallé cerrada la puerta de Santo Domingo, y tuve que andar mucho trecho
buscando el portillo de San Joaquín. Por el camino me dijeron que los
franceses, después de dejar una pequeña guarnición en el parque, se habían
retirado.
Dirigime
con esta noticia tranquilamente á casa, y al llegar á la calle de San José,
encontré aquel sitio inundado de gente del pueblo, especialmente de mujeres,
que reconocían los cadáveres. La Primorosa había recogido el cuerpo de
Chinitas. Yo ví llevar el cuerpo, vivo aún, de Daoíz en hombros de cuatro
paisanos, y seguido de apiñado gentío. De don Pedro Velarde oí que había sido
completamente desnudado por los franceses, y en aquellos instantes sus deudos y
amigos estaban amortajándole para darle sepultura en San Marcos. Los imperiales
se ocupaban en encerrar de nuevo las piezas, y retiraban silenciosamente sus
heridos al interior del parque; por último, ví una pequeña fuerza de caballería
polaca, estacionada hacia la calle de San Miguel.
Ya estaba
cerca de mi casa, cuando un hombre cruzó á lo lejos la calle, con tan marcado
ademán de locura, que no pude menos de fijar en él mi atención. Era Juan de
Dios, y andaba con pié inseguro de aquí para allí, como demente ó borracho, sin
sombrero, con el pelo en desorden sobre la cara, las ropas destrozadas, y la
mano derecha, envuelta en un pañuelo manchado de sangre.
—¡Se la
han llevado!—exclamó al verme, agitando sus brazos con desesperación.
—¿A
quién?—pregunté, adivinando mi nueva desgracia. —¡A Inés!... Se la han llevado
los franceses; se han llevado
también á
aquel infeliz sacerdote.
La
sorpresa y la angustia de tan tremenda nueva me dejaron por un instante como
sin vida.
XXIX
—Una vez
que tomaron el parque—continuó Juan de Dios—, entraron en esa casa de la
esquina y en otra de la calle de San Pedro para prender á todos los que les
habían hecho fuego, y sacaron hasta dos docenas de infelices. ¡Ay, Gabriel, qué
consternación! Yo entraba en la taberna para echarme un poco de agua en la
mano... porque sabrás que una bala me llevó los dos dedos... Entraba en la
taberna y ví que sacaban á Inés. La pobrecita lloraba como un niño, y volvía la
vista á todos lados, sin duda buscándome con sus ojos. Acerqueme, y hablando en
francés, rogué al sargento que la soltase; pero me dieron tan fuerte golpe, que
casi perdí el sentido. ¡Si vieras cómo lloraba la pobrecita, y cómo miraba á
todos lados, buscándome sin duda!... Yo me vuelvo loco, Gabriel. El buen
eclesiástico subía la escalera cuando le cogieron, y dicen que llevaba un
cuchillo en la mano. Todos los de la casa están presos. Los franceses dijeron
que desde allí les habían tirado una cazuela de agua hirviendo. Gabriel, si no
ponen en libertad á Inés, yo me muero, yo me mato, yo les diré á los franceses
que me maten.
Al oir
esta relación, el vivo dolor arrancó al principio ardientes lágrimas á mis
ojos; pero después fué tanta mi indignación, que prorrumpí en exclamaciones
terribles, y recorrí la calle gritando como un insensato. Aún dudé; subí á mi
casa; encontrela desierta; supe de boca de algunos vecinos consternados la
verdad, tal como Juan de Dios me la había dicho, y ciego de ira, con el alma
llena de presentimientos siniestros y de inexplicables angustias, marché hacia
el centro de Madrid, sin saber adónde me encaminaba, y sin que me fuera posible
discurrir cuál partido sería más conveniente en
tales
circunstancias. ¿A quién pedir auxilio si yo á mi vez era también injustamente
perseguido? A ratos me alentaba la esperanza de que los franceses pusieran en
libertad á mis dos amigos. La inocencia de uno y otro, especialmente de ella,
era para mí tan obvia, que sin género de duda había de ser reconocida por los
invasores. Juan de Dios me seguía y lloraba como una mujer.
—Por ahí
van diciendo—me indicó—que los prisioneros han sido llevados á la Casa de
Correos. Vamos allá, Gabriel, y veremos si conseguimos algo.
Fuimos al
instante á la Puerta del Sol, y en todo su recinto no oíamos sino quejas y
lamentos por el hermano, el padre, el hijo ó el amigo, bárbaramente
aprisionados sin motivo. Se decía que en la Casa de Correos funcionaba un
tribunal militar; pero después corrió la voz de que los individuos de la Junta
habían hecho un convenio con Murat para que todo se arreglara, olvidando el
conflicto pasado y perdonándose respectivamente las imprudencias cometidas.
Esto nos alborozó á todos los presentes, aunque no nos parecía muy
tranquilizador ver á la entrada de las principales calles una pieza de
artillería con mecha encendida. Dieron las cuatro de la tarde, y no se
desvanecía nuestra duda, ni de las puertas de la fatal Casa de Correos salía
otra gente que algún oficial de órdenes que á toda prisa partía hacia el Retiro
ó la Montaña. Nuestra ansiedad crecía; profunda zozobra invadía los ánimos, y
todos se dispersaban tratando de buscar noticias verídicas en fuentes
autorizadas.
De pronto
oigo decir que alguien va por las calles leyendo un bando. Corremos todos hacia
la del Arenal; pero nos es imposible enterarnos de lo que leen. Preguntamos, y
nadie nos responde, porque nadie oye. Retrocedemos pidiendo informes, y nadie
nos los da. Volvemos á mirar la Casa de Correos, tras cuyas paredes están los
que nos son queridos, y media compañía de granaderos con algunos mamelucos
dispersan al padre, al hermano, al hijo, al amante, amenazándoles con la
muerte. Nos vamos al fin por las calles, cada cual discurriendo qué influencias
pondrá en juego para salvar á los suyos.
Juan de
Dios y yo nos dirigimos hacia los Caños del Peral, y al poco rato vimos un
pelotón de franceses que conducían maniatados y en traílla, como á salteadores,
á dos ancianos y á un joven de
buen
porte. Después de esta fatídica procesión, vimos hacia la calle de los Tintes
otra no menos lúgubre, en que iba una señora joven, un sacerdote, dos
caballeros y un hombre del pueblo en traje como de vendedor de plazuela. La
tercera la encontramos en la calle de Quebrantapiernas, y se componía de más de
veinte personas, pertenecientes á distintas clases de la sociedad. Aquellos
infelices iban mudos y resignados, guardando el odio en sus corazones, y ya no
se oían voces patrióticas en las calles de la ciudad vencida y aherrojada,
porque los invasores dominábanla toda piedra por piedra, y no había esquina
donde no asomase la boca de un cañón, ni callejuela por la cual no desfilaran
pelotones de fusileros, ni plaza donde no apareciesen, fúnebremente estacionados,
fuertes piquetes de mamelucos, dragones ó caballería polaca.
Repetidas
veces vimos que detenían á personas pacíficas y las registraban, llevándoselas
presas por si acertaban estas á guardar acaso algún arma, aunque fuera navaja
para usos comunes. Yo llevaba en el bolsillo la de Chinitas, y ni aun me
ocurrió tirarla: ¡tales eran mi aturdimiento y abstracción! Pero tuvimos la
suerte de que no nos registraran. Últimamente, y á medida que anochecía, apenas
encontrábamos gente por las calles. No íbamos, no, á la ventura por aquellos
desiertos lugares, pues yo tenía un proyecto que al fin comuniqué á mi
acompañante: pensaba dirigirme á casa de la Marquesa, con viva esperanza de
conseguir de ella poderoso auxilio en mi tribulación. Juan de Dios me contestó
que él por su parte había pensado dirigirse á un amigo, que á su vez lo era del
señor O’Farril, individuo de la Junta. Dicho esto, convinimos en separarnos,
prometiendo acudir de nuevo á la Puerta del Sol una hora después.
Fui á
casa de la Marquesa, y el portero me dijo que su excelencia había partido dos
días antes para Andalucía. También pregunté por Amaranta; mas tuve el disgusto
de saber que su excelencia la señora Condesa estaba en camino de Andalucía.
Desesperado, regresé al centro de Madrid, elevando mis pensamientos á Dios,
como el más eficaz amparador de la inocencia, y traté de penetrar en la Casa de
Correos. Al poco rato de estar allí procurándolo inútilmente, ví salir á Juan
de Dios tan pálido y alterado, que temblé, adivinando nuevas desdichas.
—¿No
está?—pregunté—. ¿Los han puesto en libertad? —No—dijo, secando el sudor de su
frente—. Todos los presos
que
estaban aquí han sido entregados á los franceses. Se los han llevado al Buen
Suceso, al Retiro, no sé adónde... ¿Pero no conoces el bando? Los que sean
encontrados con armas, serán arcabuceados... Los que se junten en grupo de más
de ocho personas, serán arcabuceados... Los que hagan daño á un francés, serán
arcabuceados... Los que parezcan agentes de Inglaterra, serán arcabuceados.
—¿Pero
dónde está Inés?—exclamé con exaltación—. ¿Dónde está? Si esos verdugos son
capaces de sacrificar á una niña inocente y á un pobre anciano, la tierra se
abrirá para tragárselos, las piedras se levantarán solas del suelo para volar
contra ellos, el cielo se desplomará sobre sus cabezas, se encenderá el aire, y
el agua que beban se les tornará veneno; y si esto no sucede, es que no hay
Dios ni puede haberlo. Vamos, amigo: hagamos esta buena obra. ¿Dice usted que
están en el Retiro?
—Ó aquí,
en el Buen Suceso, ó en la Moncloa. Gabriel, yo salvaré
á Inés de la muerte, ó me pondré delante de
los fusiles de esa canalla para que me quiten también la vida. Quiero irme al
cielo con ella; si supiera que sus dulces ojos no me habían de mirar más en la
tierra, ahora mismo dejaría de existir. Gabriel, todo lo que tengo es tuyo si
me ayudas á buscarla; que después que ella y yo nos juntemos, y nos casemos, y
nos vayamos al lugar desierto que he pensado, para nada necesitamos dinero. Yo
tengo esperanza; ¿y tú?
—Yo
también—respondí, pensando en Dios.
—Pues,
hijo, marcha tú al Retiro, que yo entraré en el Buen Suceso, por la parte del
hospital, que allí conozco á uno de los enfermeros. También conozco á dos
oficiales franceses. ¿Podrán hacer algo por ella? Vamos: las diez. ¡Ay! ¿No
oíste una descarga?
—Sí,
hacia abajo; hacia el Prado; se me ha helado la sangre en las venas. Corro
allá. Adiós, y buena suerte. Si no nos encontramos después aquí, en mi casa.
Dicho
esto, nos separamos á toda prisa, y yo corrí por la Carrera de San Jerónimo. La
noche era oscura, fría y solitaria. Por mi camino encontré tan sólo algunos
hombres que corrían
despavoridos,
y á cada paso lamentos dolorosísimos llegaban á mis oídos. A lo lejos distinguí
las pisadas de las patrullas francesas y de rato en rato un resplandor lejano
seguido de estruendosa detonación.
Cómo se
presentaba en mi alma atribulada aquel espectáculo en la negra noche, aquellos
ruidos pavorosos, no es cosa que puedo yo referir, ni palabras de ninguna
lengua alcanzan á manifestar angustia tan grande. Llegaba junto al Espíritu
Santo, cuando sentí muy cercana ya una descarga de fusilería. Allá abajo, en la
esquina del palacio de Medinaceli, la rápida luz del fogonazo había iluminado
un grupo, mejor dicho, un montón de personas, en distintas actitudes colocadas,
y con diversos trajes vestidas. Tras de la detonación, oyéronse quejidos de
dolor, imprecaciones que se apagaban al fin en el silencio de la noche. Después
algunas voces, hablando en lengua extranjera, dialogaban entre sí; se oían las
pisadas de los verdugos, cuya marcha en dirección al fondo del Prado era
indicada por los movimientos de unos farolillos de agonizante luz. A cada rato
circulaban pequeños tropeles con gentes maniatadas, y hacia el Retiro se
percibía resplandor muy vivo, como de la hoguera de un vivac.
Acerqueme
al palacio de Medinaceli por la parte del Prado, y allí ví algunas personas que
acudían á reconocer los infelices últimamente arcabuceados. Reconocilos yo
también uno por uno, y observé que pequeña parte de ellos estaban vivos, aunque
ferozmente heridos, y arrastrábanse estos pidiendo socorro, ó clamaban con voz
desgarradora suplicando que se les rematase.
Entre
todas aquellas víctimas no había más que una mujer, que no tenía semejanza con
Inés, ni encontré tampoco sacerdote alguno. Sin prestar oídos á las voces de
socorro, ni reparar tampoco en el peligro que cerca de allí se corría, me
dirigí hacia el Retiro.
En la
puerta que se abría al primer patio me detuvieron los centinelas. Un oficial se
acercó á la entrada.
—Señor—exclamé
cruzando las manos y expresando de la manera más espontánea el vivo dolor que
me dominaba—, busco á dos personas de mi familia que han sido traídas aquí por
equivocación. Son inocentes: Inés no arrojó á la calle ningún caldero de agua
hirviendo, ni el pobre clérigo ha matado á ningún francés.
Yo lo
aseguro, señor oficial, y el que dijese lo contrario es un vil mentiroso.
El
oficial, que no me entendía, hizo un movimiento para echarme hacia fuera; pero
yo, sin reparar en consideraciones de ninguna clase, me arrodillé delante de
él, y con fuertes gritos proseguí suplicando de esta manera:
—Señor
oficial, ¿será usted tan inhumano que mande fusilar á dos personas inofensivas:
á una muchacha de dieciséis años y á un infeliz viejo de sesenta? No puede ser.
Déjeme usted entrar; yo le diré cuáles son, y usted les mandará poner en
libertad. Los pobrecitos no han hecho nada. Fusílenme á mí, que disparé muchos
tiros contra ustedes en la acción del parque, pero dejen en libertad á la joven
y al sacerdote. Yo entraré, les sacaremos... Mañana, mañana probaré yo, como
esta es noche, que son inocentes, y si no resultasen tan inocentes como los
ángeles del cielo, fusíleme usted
á mí cien veces. Señor oficial, usted es
bueno; usted no puede ser un verdugo. Esas cruces que tiene en el pecho las
habrá adquirido honrosamente en las grandes batallas que dicen ha ganado el
ejército de Napoleón. Un hombre como usted no puede deshonrarse asesinando á
mujeres inocentes. Yo no lo creo, aunque me lo digan. Señor oficial, si quieren
ustedes vengarse de lo de esta mañana maten á todos los hombres de Madrid,
mátenme á mí también, pero no á Inés. ¿Usted no tiene hermanitas jóvenes y
lindas? Si usted las viera amarradas á un palo, á la luz de una linterna,
delante de cuatro soldados con los fusiles en la cara, ¿estaría tan sereno como
ahora está? Déjeme entrar; yo le diré quiénes son los que busco, y entre los
dos haremos esta buena obra, que Dios le tendrá en cuenta cuando se muera. El
corazón me dice que están aquí...; entremos, por Dios y por la Virgen. Usted
está aquí en tierra extranjera, y lejos, muy lejos de los suyos. Cuando recibe
cartas de su madre ó de sus hermanitas, ¿no le rebosa el corazón de alegría, no
quiere verlas, no quiere volver allá? Si le dijesen que ahora les estaban
poniendo un farol en el pecho para fusilarlas...
El
estrépito de otra descarga me hizo enmudecer, y la voz expiró en mi garganta
por falta de aliento. Estuve á punto de caer sin sentido; pero haciendo un
heroico esfuerzo, volví á suplicar al oficial con voz ronca y ademán
desesperado, pretendiendo que me dejase
entrar á
ver si algunos de los recién inmolados eran los que yo buscaba. Sin duda, mi
ruego, expresado ardientemente y con profundísima verdad, conmovió al joven
oficial, más por la angustia de mis ademanes que por el sentido de las
palabras, extranjeras para él, y apartándose á un lado me indicó que entrara.
Hícelo rápidamente, y recorrí como un insensato el primer patio y el segundo.
En este, que era el de la Pelota, no había más que franceses; pero en aquel
yacían por el suelo las víctimas aún palpitantes, y no lejos de ellas las que
esperaban la muerte. ví que las ataban codo con codo, obligándoles á ponerse de
rodillas, unos de espaldas, otros de frente. Los más extendían sus brazos
agitándolos al mismo tiempo que lanzaban imprecaciones y retos á los verdugos,
algunos escondían con horror la cara en el pecho del vecino; otros lloraban;
otros pedían la muerte, y ví uno que, rompiendo con fuertes sacudidas las
ligaduras, se abalanzó hacia los granaderos. Ninguna fórmula de juicio, ni
tampoco preparación espiritual, precedían á esta abominación: los granaderos
hacían fuego una ó dos veces, y los sacrificados se revolvían en charcos de
sangre con espantosa agonía.
Algunos
acababan en el acto; pero los más padecían largo martirio antes de expirar, y
hubo muchos que, heridos por las balas en las extremidades y desangrados,
sobrevivieron, después de pasar por muertos, hasta la mañana del día V, en que
los mismos franceses, reconociendo su mala puntería, los mandaron al hospital.
Estos casos no fueron raros, y yo sé de dos ó tres á quienes cupo la suerte de
vivir después de pasar por los horrores de una ejecución sangrienta. Un maestro
herrero, comprendido en una de las traíllas del Retiro, dio señales de vida al
día siguiente, y al borde mismo del hoyo en que se le preparaba sepultura. Lo
mismo aconteció á un tendero de la calle de Carretas, y hasta hace poco tiempo
ha existido uno, que era entonces empleado en la imprenta de Sancha, y fué
fusilado torpemente dos veces: una en la Soledad, donde, se hizo la primera
matanza; después en el patio del Buen Suceso; desde cuyo sitio pudo escapar,
arrastrándose entre cadáveres y regueros de sangre hasta el hospital cercano, donde
le dieron auxilio. Los franceses, aunque á quemarropa, disparaban mal, y
algunos de ellos, preciso es confesarlo, con marcada repugnancia,
pues sin
duda conocían el envilecimiento en que habían repentinamente caído las águilas
imperiales.
Casi sin
esperar á que se consumara la sentencia de los que cayeron ante mí, les examiné
á todos. Las linternas, puestas delante de cada grupo, alumbraban con su
siniestra luz la escena. Ni entre los inmolados ni entre los que aguardaban el
sacrificio ví á Inés ni á D. Celestino, aunque á veces me parecía reconocerles
en cualquier bulto que se movía implorando compasión ó murmurando una plegaria.
Recuerdo
que en aquel examen una mano helada cogió la mía, y al inclinarme ví un hombre
desconocido que dijo algunas palabras y expiró. Repetidas veces pisé los pies y
las manos de varios desgraciados, pero en trances tan terribles, parece que se
extingue todo sentimiento compasivo hacia los extraños, y buscando con anhelo á
los nuestros, somos impasibles para las desgracias ajenas.
Algunos
franceses me obligaron á alejarme de aquel sitio; y por las palabras que oí, me
juzgué en peligro de ser también comprendido en la traílla; pero á mí no me
importaba la muerte, ni en tal situación hubiera dejado de mirar á un punto
donde creyera distinguir el semblante de mis dos amigos, aunque me arcabucearan
cien veces. Corrí hacia otro extremo del patio, donde sonaban lamentos y mucha
bulla de gente, cuando un anciano se acercó á mí tomándome por el brazo.
—¿A quién
busca usted?—le dije.
—¡Mi
hijo, mi único hijo!—me contestó—. ¿Dónde está? ¿Eres tú mi hijo? ¿Eres tú mi
Juan? ¿Te han fusilado? ¿Has salido de aquel montón de muertos?
Comprendí
por su mirada y por sus palabras que aquel hombre estaba loco, y seguí
adelante. Otro se llegó á mí y preguntóme á su vez que á quién buscaba. Contéle
brevemente la historia, y me dijo: —Los que fueron presos en el barrio de
Maravillas no han venido
aquí ni á
la Casa de Correos. Están en la Moncloa. Primero los llevaron á San Bernardino,
y á estas horas... Vamos allá. Yo tengo un salvoconducto de un oficial francés,
y podremos salir.
Salimos,
en efecto, y en el Prado aquel hombre corrió desaladamente y le perdí de vista.
Yo también corrí cuanto me era posible, pues mis fuerzas, á tan terribles
pruebas sujetas por tanto
tiempo,
desfallecían ya. No puedo decir qué calles pasé, porque ni miraba á mi
alrededor, ni tenía entonces más ojos que los del alma para ver siempre dentro
de mí mismo el espectáculo de aquella gran desdicha. Sólo sé que corrí sin
cesar; sólo sé que ninguna voz, ninguna queja que sonasen cerca de mí me
conmovían ni me interesaban; sólo sé que mientras más corría, mayores eran mi
debilidad y extenuación, y que al fin, no sé en qué calle, me detuve apoyándome
en la pared cercana, porque mi cuerpo se caía al suelo y no me era posible dar
un paso más. Limpié el sudor de mi frente; parecíame que se había acabado el
aire y que el suelo se marchaba también bajo mis pies, y que las casas se
hundían sobre mi cabeza. Recuerdo haber hecho esfuerzos para seguir; pero no me
fué posible, y por un espacio de tiempo que no puedo apreciar, sólo tinieblas
me rodearon, acompañadas de absoluto silencio.
XXX
Durante
mi desvanecimiento, hijo de la extenuación, traje á la memoria las arboledas de
Aranjuez, con sus millares de pájaros charlatanes, aquellas tardes sonrosadas,
aquellos paseos por los bordes del Jarama y el espectáculo de la unión de este
con el Tajo. Me acordé de la casa del cura, y parecíame ver la parra del patio
y los tiestos de la huerta, y oir los chillidos de la tía Gila, riñendo
formalmente con las gallinas porque sin su permiso se habían salido del corral.
Se me representaba el sonido de las campanas de la iglesia, tocadas por los
cuatro muchachos ó por el ingrato padre. La imagen de Inés completaba todas
estas imágenes, y en mi delirio no me parecía que estaba la desgraciada
muchacha junto á mí, ni tampoco delante, sino dentro de mi propia persona, como
formando parte del ser á quien reconocía como yo mismo. Nada estorbaba nuestra
felicidad, ni nos cuidábamos de lo por venir; porque abandonada á su propio
ímpetu la corriente de nuestras almas, se
habían
juntado al fin Jarama y Tajo, y mezcladas ambas corrientes cristalinas, cavaban
en el ancho cauce de una sola y fácil existencia.
Sacóme de
aquel estado soñoliento un fuerte golpe que me dieron en el cuerpo, y no tardé
en verme rodeado de algunas personas, una de las cuales dijo, examinándome de
cerca: «Está borracho».
Creí
reconocer la voz del licenciado Lobo, aunque, á decir verdad, aún hoy no puedo
asegurar que fuera él quien tal cosa dijo. Lo que sí afirmo es que uno de los
que me miraban era Juan de Dios.
—¿Eres
tú, Gabriel?—me dijo—. ¿Cómo estás por los suelos? ¡Bonito modo de buscar á la
muchacha! No está en el Retiro ni en el Buen Suceso. El señor licenciado me
ayuda en mis pesquisas, y estamos seguros de encontrarla, y aun de salvarla.
Estas
palabras las oí confusamente, y después me quedé solo, ó mejor dicho,
acompañado de algunos chicuelos que me empujaban de acá para allá jugando
conmigo. No tardé en recobrar, con el completo uso de mis facultades, la idea
perfecta de la terrible situación, sólo olvidada durante un rato de marasmo
físico y de turbación mental. Oí distintamente las dos en un reloj cercano, y
observé el sitio en que me encontraba, el cual no era otro que la plazuela del
Barranco, inmediata á los Caños del Peral. Contemplar mental y
retrospectivamente cuanto había pasado; medir con el pensamiento la distancia
que me separaba de la Montaña, y correr hacia allá, todo pasó en el mismo
instante. Sentíame ágil; la desesperación aligeraba tanto mis pasos, que en
poco tiempo llegué al fin de mi viaje; y en la portalada que daba á la huerta
del Príncipe Pío ví tanta gente curiosa, que era difícil acercarse. Yo lo hice,
á pesar de los obstáculos, y habría sido preciso matarme para hacerme
retroceder. Las mujeres allí reunidas daban cuenta de los desgraciados que
habían visto penetrar para no salir más. Desde luégo quise introducirme, é
intenté conmover á los centinelas con ruegos, con llantos, con razones, hasta
con amenazas. Pero mis esfuerzos eran inútiles, y cuanto más clamaba, más
enérgicamente me impelían hacia fuera. Después de forcejear un rato, la
desesperación y la rabia me sugirieron estas palabras que dirigí al centinela:
—Déjeme
entrar. Vengo á que me fusilen.
El
centinela me miró con lástima, y apartóme con la culata de su fusil.
—¡Tienes
lástima de mí—continué—, y no la tienes de los que busco! No, no tengas
lástima. Yo quiero entrar. Quiero ser arcabuceado con ellos.
Fui
nuevamente rechazado; pero de tal modo me dominaba el deseo de entrar, y tan
terriblemente pesaba sobre mi espíritu aquella horrorosa incertidumbre, que la
vida me parecía precio mezquino para comprar el ingreso de la funesta puerta,
tras la cual agonizaban ó se disponían á la muerte mis dos amigos.
Desde
fuera escuchaba un sordo murmullo, concierto lúgubre á mi parecer, de plegarias
dolorosas y de violentas imprecaciones. Yo tan pronto me apartaba de la puerta
como volvía á ella, á suplicar de nuevo, y la angustia me sugería razones
incontestables para cualquiera, menos para los franceses. A veces golpeaba la
pared con mi cabeza, á veces clavábame las uñas en mi propio cuerpo hasta
hacerme sangre; medía con la vista la altura de la tapia, aspirando á
franquearla de un vuelo; iba y venía sin cesar, insultando á los afligidos
circunstantes, y miraba el negro cielo, por entre cuyos apelmazados celajes
creía distinguir, danzando en veloz carrera, una turba de mofadores demonios.
Volvía á
suplicar al centinela, diciéndole:
—¿Por qué
no me fusiláis? ¿Por qué no entro, para que me maten con mis amigos? ¡Asesinos
de Madrid! ¿Sabéis para qué quiero yo á vuestro Emperador? Para esto.
Y escupía
con rabia á los pies de los soldados, que sin duda me tenían por loco. Luégo,
concibiendo una idea que me parecía salvadora, registré ávidamente mis
bolsillos, como si en ellos encerrase un tesoro, y sacando la navaja de
Chinitas, que aún conservaba, exclamé con febril alegría:
—¡Ah! ¿No
veis lo que tengo aquí? Una navaja, un cuchillo aún manchado de sangre. Con él
he matado muchos franceses, y mataría al mismo Napoleón I. ¿No prendéis á todo
el que lleva armas? Pues aquí estoy. Torpes: habéis cogido á tantos inocentes,
y
á mí me dejáis suelto por las calles... ¿No
me andabais buscando? Pues aquí estoy. Ved, ved el cuchillo: aún gotea sangre.
Tan
convincentes razones me valieron el ser aprehendido, y al fin penetré en la
huerta. Apenas había dado algunos pasos hacia las personas que confusamente
distinguía delante de mí, cuando un vivo gozo inundó mi alma. Inés y D.
Celestino estaban allí, ¡pero de qué manera! En el momento de mi entrada, á
ambos los ataban, como eslabones de la cadena humana que iba á ser entregada al
suplicio. Me arrojé en sus brazos, y por un momento, estrechados con inmenso
amor, los tres no fuimos más que uno sólo. Inés empezó después á llorar
amargamente; mas el clérigo conservaba su semblante sereno.
—Desde
que le has visto, Inés, has perdido la serenidad—dijo gravemente—Ya no estamos
en la tierra. Dios aguarda á sus queridos mártires, y la palma que merecemos
nos obliga á rechazar todo sentimiento que sea de este mundo.
—¡Inés!—exclamé
con el dolor más vivo que he sentido en toda mi vida—. ¡Inés! Después de verte
en esta situación, ¿qué puedo hacer sino morir?
Y luégo,
volviéndome á los franceses ebrio de coraje, y sintiéndome con un valor
inmenso, extraordinario, sobrehumano, exclamé:
—Canallas,
cobardes, verdugos, ¿creéis que tengo miedo á la muerte? Haced fuego de una vez
y acabad con nosotros.
Mi furor
no irritaba á los franceses, que hacían los preparativos del sacrificio con
frialdad horripilante. Lleváronme á presencia de uno, el cual, después de
decirme algunas palabras, me envió ante otro, que al fin decidió de mi suerte.
Al poco rato me ví puesto en fila junto al clérigo, cuya mano estrecho la mía.
—¿Cuándo
te cogieron? ¿Te encontraron algún arma, desgraciado?—me dijo—. Pero no es esta
ocasión de mostrar odio, sino resignación. Vamos á entrar en nueva y más
gloriosa vida. Dios ha querido que nuestra existencia acabe en este día, y nos
ha dado el laurel de mártires por la patria, que todos no tienen la dicha de
alcanzar. Gabriel, eleva tu mente al cielo. Tú estás libre de todo pecado, y yo
te absuelvo. Hijo mío, este trance es terrible; pero tras él viene la
bienaventuranza eterna. Sigue el ejemplo de Inés. Y tú, hija mía, la más
inocente de todas las víctimas inmoladas en este
día,
implora por nosotros si, como creo, llegas la primera al goce de la eterna
dicha.
Pero yo
no atendía á las razones de mi amigo, sino que me empeñaba en hablar con Inés,
en distraerla de su devoto recogimiento, en pretender que dirigiera á mí las
palabras que á Dios sin duda dirigía, en obligarla á alzar los ojos y mirarme,
pues sin esto yo me sentía incapaz de contrición.
Un
oficial francés nos pasó una especie de revista, examinándonos uno á uno.
—¿Para
qué prolongáis nuestro martirio?—exclamé sin poderme contener, viendo sobre mí
la impertinente mirada del francés—. Todos somos españoles, todos somos
españoles; todos hemos luchado contra vosotros. Por cada vida que ahoguéis en
sangre, renacerán otras mil que al fin acabarán con vosotros, y ninguno de los
que estáis aquí verá la casa en que nació.
—Gabriel,
modérate y perdónales como les perdono yo—me dijo el cura—. ¿Qué te importa esa
gente? ¿Para qué les afeas su pasado, si harto lo verán en el turbio espejo de
su conciencia? ¿Qué importa morir? Hijo mío, destruirán nuestros cuerpos, pero
no nuestra alma inmortal, que Dios ha de recibir en su seno. Perdónalos; haz lo
que yo, que pienso pedir á Dios por los enemigos del Príncipe de la Paz, mi
amigo y hasta pariente; por Santurrias, por el licenciado Lobo, por los tíos de
Inesilla, y hasta por los franceses que nos quieren quitar nuestra patria. Mi
conciencia está más serena que ese cielo que tenemos sobre nuestras cabezas, y
por cuyo lejano horizonte aparece ya la aurora del nuevo día. Lo mismo están
nuestras almas, Gabriel, y en ellas despuntan ya los primeros resplandores del
día sin fin.
—Ya
amanece—dije mirando á Oriente—. Inés: no bajes los ojos, por Dios, y mírame;
estréchate más contra nosotros.
—Procura
serenar tu conciencia, hijo mío—continuó el clérigo—. La mía está serena. No,
no he manchado mis manos con sangre, porque soy sacerdote; me encontraron un
cuchillo, pero no era mío. Yo cumplí mi deber, que era arengar á aquellos
valientes, y si ahora me soltaran acudiría de pueblo en pueblo repitiendo
aquello de Dulce et decorum est del gran latino. Únicamente me arrepiento de no
haber advertido á tiempo al señor Príncipe. ¡Ah!, si él hubiera
puesto en
la cárcel á aquellos perdidos..., tal vez no habría caído, tal vez no habría
sido rey Fernando VII, tal vez no habrían venido los franceses..., tal vez...
Pero Dios lo ha querido así... Verdad es que si yo hubiera vencido la cortedad
de mi genio..., si yo hubiera prevenido á Su Alteza, que me quería tanto...
¡Ah!, no nos ocupemos ya más que de morir y perdonar. ¡Ah, Gabriel! Haz lo que
yo, y verás con qué tranquilidad recibes la muerte. ¿Ves á Inés? ¿No parece su
cara la de un ángel celeste? ¿No la ves como está tranquila en su recogimiento,
y digna y circunspecta sin afectación? ¿No la ves cómo contempla á los
franceses sin odio, y suspira dulcemente, animándonos con su mirada?
—¡Inés—exclamé
yo, sin poder adquirir nunca la serenidad que D. Celestino me pedía—, tú no
debes morir, tú no morirás! Señor oficial, fusiladnos á todos, fusilad al mundo
entero; pero poned en libertad á esta infeliz muchacha, que nada ha hecho. Así
como digo y repito y juro que he matado yo más de cincuenta franceses, digo y
repito y juro que Inés no arrojó á la calle ningún caldero de agua hirviendo,
como han dicho.
El
francés miró á Inés, y viéndola tan humilde, tan resignada, tan bella, tan
dulcemente triste en su disposición para la muerte, no pudo menos de mostrarse
algo compasivo. D. Celestino, viendo aquella inclinación favorable, se echó á
llorar, y dijo también: «Todos nosotros hemos pecado; pero Inés es inocente».
Las lágrimas del anciano produjeron en mí trastorno tan vivo, que de improviso,
á la tirantez colérica de mi irritado ánimo, sucedió una como tranquila, aunque
penosísima expansión, un reblandecimiento, si así puede decirse, de mi
endurecido dolor.
—Inés es
inocente—exclamé de nuevo—. ¿No ven ustedes su semblante, señores oficiales?
¡Ah!, ustedes son unos caballeros muy decentes y muy honrados, y no pueden
cometer la villanía de asesinar á esta niña.
—Nosotros
no valemos para nada—dijo el clérigo con voz balbuciente—. Mátennos en buen
hora, porque somos hombres, y el que más y el que menos... Pero ella...,
señores militares... Me parece que son ustedes unas personas muy finas...,
pues... ¡Ah! Inés es inocente. No tienen ustedes conciencia; ¿no tienen en su
corazón una voz que les dice que esa jovencita es inocente?
El
oficial, más inclinado á la compasión, pareció hasta conmovido.
Acercándose,
miró á Inés con interés.
Mas la
huérfana se abrazó á nosotros en el momento en que los granaderos formaron la
horrenda fila. Yo miraba todo aquello con ojos absortos, y sentíame nuevamente
aletargado, con algo como enajenación ó delirio en mi cabeza. ví que se acercó
otro oficial con una linterna, seguido de dos hombres, uno de los cuales nos
examinó ansiosamente, y al llegar á Inés, paróse y dijo: «Esta».
Era Juan
de Dios, acompañado del licenciado Lobo y de aquel mismo oficial francés que
varias veces le visitó en nuestra tienda.
Lo que
entonces pasó se me representa siempre en formas vagas, como las que pasea la
mentirosa fiebre ante nuestros ojos cuando estamos enfermos.
El
oficial recién venido y el que antes nos custodiaba hablaron un instante con
precipitación. El segundo dirigióse enseguida á desatar
á Inés para entregarla á su amigo. ¡Momento
inexplicable! Inés no quería separarse de nosotros, y abrazándonos, se aferraba
á la muerte con sus manos ya libres. Un violento, un irresistible egoísmo, que
hundía sus poderosas raíces hasta lo más profundo de mi ser, se apoderó de mí.
No sé qué íntima fuerza desarrollada de súbito me permitió romper la ligadura
de un brazo, y pude asir fuertemente
á Inés, mientras con angustiosa impaciencia
miraba los fusiles del pelotón de granaderos.
¡Instante
terrible, cuyo recuerdo hiela la sangre en las venas y paraliza el corazón,
simulando la muerte! Aunque la infeliz quería compartir nuestra suerte, la
tardía compasión de nuestros asesinos nos la quitaba. Ella, durante la breve
lucha, dijo algo que no sé recordar. Yo también pronuncié palabras de que hoy
no puedo darme cuenta. Pero nos la quitaron; no olvidé nunca la extraña
sensación que experimenté al perder el calor de sus manos y de su cara. Yo
estaba como loco. Pero la ví claramente cuando se la llevaron, cuando
desapareció de entre las filas, arrastrada, sostenida, cargada por Juan de
Dios.
Y al ver
esto sentí un estruendo horroroso; después un zumbido dentro de la cabeza, y un
hervidero en todo el cuerpo; después un calor intenso, seguido de penetrante
frío; después una sensación inexplicable, como si algo rozara por toda mi
epidermis; después como un vapor dentro del pecho que subía invadiendo mi
cabeza; después una debilidad incomprensible que me hacía el efecto de quedarme
sin piernas; después una palpitación vivísima en el corazón; después un súbito
detenimiento en el latido de esta víscera; después la pérdida de toda sensación
en el cuerpo, y en el busto, y en el cuello, y en la boca, después la
inconsciencia de tener cabeza, la absoluta reconcentración de todo yo en mi
pensamiento; después unas como ondulaciones concéntricas en mi cerebro parecidas
á las que forma una piedra cayendo al mar; después un chisporroteo colosal que
difundía por espacios mayores que cielo y tierra juntos la imagen de Inés en
doscientos mil millones de luces; después oscuridad profunda, misteriosamente
asociada á un agudísimo dolor en las sienes; después un vago reposo, una
extinción rápida, un olvido creciente, invasor, y, por último, nada,
absolutamente nada.
Madrid,
julio de M X
NOTAS
Hoy de Bailén
Hoy del Dos de Mayo Bailén
Hoy de Daoíz y Velarde

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