© Libro N° 10997. A Vueltas Con Amor Y Pedagogía Desde La Filosofía Y La Religión. Augusto González, Luis Manuel. Emancipación. Marzo 11 de 2023
Título original: © A Vueltas Con Amor Y Pedagogía Desde La
Filosofía Y La Religión. Luis Manuel Augusto González
Versión Original: © A Vueltas Con Amor Y
Pedagogía Desde La Filosofía Y La Religión. Luis Manuel Augusto González
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
A VUELTAS CON AMOR Y
PEDAGOGÍA
DESDE LA FILOSOFÍA Y LA
RELIGIÓN
Luis Manuel Augusto González
A Vueltas Con Amor Y Pedagogía
Desde La Filosofía Y La Religión
Luis Manuel Augusto González
Una reinterpretación en clave literario-filosófica de esa obra de Miguel
de Unamuno
Algunos piensan que invento lo contado y lo creen cuento. Estando en la
casa de antaño perteneciente, pues hace ya que murió, a un tal Avito Carrascal,
encontré por fortuna en su biblioteca, entre tratados de ciencia, una vieja
Biblia de esas que huelen a tiempo. No poco estupor sentí. Era obligado
plantear el porqué de un libro precisamente como ese en un lugar tan cargado de
espíritu positivo. Libros ordenados con pulcritud analítica, rallando lo
patológico, y en consonancia con el esquema de la jerarquía entre las ciencias,
dejaban ver, a modo de nota discordante en la melodía del saber del bon
sens, un ejemplar bastante desgastado de las Sagradas escrituras. Hojeando
el Libro, hallé, o tal vez ellos me encontraron a mí, unos fragmentos de papel
amarillento escritos a mano. Llevarían allí sin ver la luz del sol tantos años
como tiempo no respiraba el sagrado libro. La curiosidad, perdición del hombre,
impulsó a mi ser a saber del contenido de los papeles. ¿Qué pensamientos
albergaría esos retazos de papel desgastados encerrados en tan sacrosanto
sepulcro? Cauto, y a la par temeroso por el misteriosos respeto infundido por
lo antiguo, me atreví a sostenerlos entre mis dedos sin siquiera leerlos.
Esperaba. Mi corazón palpitaba por lo insólito del hallazgo. En mi mente se
agolpaban las preguntas sobre el contenido de los mismos. Me abrumaban, casi
desvanezco. ¿Desvelarían un saber oculto a los ojos del hombre? ¿Encerraban
conocimientos prohibidos y arcanos, fruto de la concienzuda investigación al
modo de un libro del que oí una vez hablar llamado: Ars magna combinatoria,
o simplemente contenían unos pensamientos acerca de algún tema en concreto cuyo
autor, probablemente el propio Avito Carrascal, decidió legarlos al futuro como
herencia agónica de su maltrecha existencia? Me fue imposible seguir
cuestionando el contenido de papeles hallados. Me abalancé a su lectura ávido,
cual ave de presa.
El manuscrito en cuestión, era o trataba de ser un conjunto de
reflexiones personales, como si fuesen hojas arrancadas de un diario, sobre la
muerte de su hijo Apolodoro y las circunstancias de la misma. Pero no
únicamente eso. Avito tocaba a un tiempo temas de pedagogía, la relación entre
determinismo y libertad, así como la concepción de la vida como un teatro y,
sobre todo, el ansia de inmortalidad. En el fragmento, Avito da un giro
radical, inesperado, a su condición existencial. No quiero aburrir al lector
con mis palabras ni estropearle ni mucho menos el final del desgraciado –lo
sabemos por lo que confiesa él mismo– Avito. A continuación me limito a
presentar el hallazgo encontrado en lo más profundo de la Biblia del hombre
Avito Carrascal.
§ § §
Al lector, a otro yo, que bien equivaldría a la voz de mi conciencia, es
al que van dirigidas las siguientes lastimeras palabras. Pensamientos cuyo
desencadenante fue el suicidio de mi Apolodoro; de mi hijo reconocido como tal,
como mío, tras bajarlo del lugar de su funesta muerte. En ese momento, al
reclamar su cuerpo al modo en que José de Arimatea hizo con el de nuestro
Señor, al proclamarlo como mío, fue cuando empecé a adormecerme poco a poco con
el opio de la religión. Cuando abracé a mi Marina, a la eterna fe, me
encontraba falto sin saberlo del consuelo del que me privaba la ciencia
pedagógica. Sentí, al hacerla mía con el abrazo de amor, como si me donase y
compartiese algo de su ser creencial. Por su parte ella, mi querida y
somnolienta materia, en este dormir mío despertó y, con nuestra reconciliación
en el amor unificador de los padres ante el cuerpo inerte de su hijo, nos
hicimos uno por el dolor de la falta de lo más amado.
A raíz de la ausencia filial, volvieron a mi mente los recuerdos de la
niñez, del estado teológico antaño acallado a causa del positivo, y con ello
renací. Me convertí y realicé, mas he de confesar que nunca del todo en ambos,
sino más bien en busca del consuelo y ayudado por el peso de la costumbre.
Hombre me hice o, como me recuerda mi demonio familiar tan a menudo –¡tan
demasiado a menudo!–, caí en los brazos de algo parecido a la fe. Pero no en la
fe estéril que emanaba del pedestal de la cultura y la ciencia, sino en la fe
en el crucificado que cada uno de nosotros llevamos dentro; un cristo que en la
hora nona de su postrera muerte gritaba aquello de: «Dios mío, Dios mío, ¿por
qué me has abandonado?» (Marcos 15:34), como el bueno de san Manuel pensó más
de una vez. Y al igual que el santo varón, no creo, pero quiero creer y he aquí
mi gran contradicción. Frecuentes visitas realicé a la iglesia en busca de fe.
Pero no creer aunque lo quiera. Mi etapa cientificista influenciado por Comte y
Spencer, por todo el empuje racionalista del hegelianismo no pasó en balde; no
desfilaron ni en mi cabeza danzó en vano toda la monumental obra de ingeniería
lógica. La Razón horadó profundamente todo mi ser: mi fe, mi confianza, mi
donación plena a Dios. Mas quiero vivir, vivir por siempre siendo yo, y ello
sólo me lo puede proporcionar la existencia de un dios personal con los
atributos del teísmo clásico; un ser que, según el dictum anselmiano,
sea aquello mayor que lo cual nada cabe concebir; un espíritu necesario, trascendente,
omnipotente, omnisciente y que se revele a los hombres a través de sus
intervenciones en el transcurso de la Historia. Un sujeto así, ha de ser el
garante de mi supervivencia postmortem. El responsable de
garantizar un trasmundo es negado taxativamente por la Razón. No me permite el
entablar diálogo alguno con aquella realidad última o gran Tu consolador. La
razón me impide volar en busca de ese refugio, reducto de la personalidad, al contrario
que la fe tradicional del pueblo. La confianza en Dios poco me consuela, no me
llena porque a ésta le sale inevitablemente al paso, a cortarle las alas, la
Razón. Y, del mismo modo, con la sola razón tampoco encuentro todo el consuelo
necesario para soportar la idea de algún día dejar de ser, de no ser como
negación de la conciencia. En esta lucha interminable y agónica me veo abocado
de la que únicamente se sale, si acaso, con la fría muerte.
Si alguna vez alguien leyese las presentes palabras, en mis parvas
memorias, pues poco es mi legado al género humano, quiero plasmar y hacer
público mi renuncia parcial al positivismo del que hice tan buena gala durante
la maleducación pedagógica de mi hijo Apolodoro. Demasiadas dosis de razón
estéril le suministre: produjo el fenómeno –¡ya he vuelto a caer!– de su
muerte. La Razón mata y se ha de completar con la fe o, en todo caso, con una
educación que cultive y fomente la imaginación. Los niños han de desarrollar su
fantasía burladora de toda lógica anquilosante. No se les tiene que privar,
como yo hice en aras a la diosa Razón, y mucho menos en su infancia, de tan
divino regalo producto de los dioses. Ahora, tarde, doy la razón a don
Fulgencio cuando me decía que dejase a mi Apolodoro inventar si le apetecía,
que ya le llegaría el tiempo de la lógica: la muerte de la inocencia.
La educación de mi Apolodoro, fundamentada en la sola razón pedagógica
con la finalidad de crear el genio sociológico... ¿y el individuo, pienso
ahora? ¿y mi hijo de carne y hueso, el que sentía y sufría de amor? ¿dónde
quedó durante toda mi locura? El inconveniente fundamental, el de verdad, era
el no reparar en su individualidad. Tanto prepararle para lo que sería, hizo
olvidar y relegar lo esencial: ser un hijo mío, sobre todas las cosas. No
cesaré ni me cansaré de repetir, hasta la hora próxima de mi reunión con Dios,
para que otros desdichados no cometan mi mismo error, que los genios son
producto del instinto. Son fruto del acto de la inconsciente unión entre los
padres. Cuando sus almas se comunican sin necesidad de mediación lingüística,
entonces hay común-unión entre ellas: amor instintivo-inductivo. Durante la
educación de mi Apolodoro, la comunión con mi materia era inexistente por no
producirse una unión real y efectiva entre Naturaleza y Razón. Predominaba el
domeñamiento de la segunda sobre la primera: las consecuencias eran de esperar.
Pero el sólo amor tampoco, como se ve por la pobre Rosita de mi Marina, es la
solución definitiva a una buena educación. Un equilibrio, una comunión
reconciliadora y complementaria entre ambas, como sugirió tímidamente mi
difunto hijo: «hacer del amor pedagogía», es lo único que puede generar talento
o, si cabe, individuos. En mis delirios pedagógicos estaba ciego, ciego de
pedagogía; tan ciego como para permanecer impasible ante la muerte mi hija
meteorizada, producto del arte natural de la braquimorena. Como cuando soplamos
un diente de león, sin siquiera prestar importancia al hecho –¡no! ¡Dios mío!
¡otra vez los hechos! Demasiada importancia a la educación racional y olvidé, o
la razón cientificista me hizo querer hacer olvidar, la parte afectiva de todo
proceso educativo, el sentimiento, las emociones con las que teñía mi hijo el
caleidoscopio de la vida. En el transcurso del progreso –¡otra vez mi
demonio!–, o mejor, del proceso educativo de Apolodoro, la pobre materia
adormecía, tolerándome mis desvaríos cientificistas. Era la Naturaleza y yo la
Razón cuya unión por matrimonio darían origen al genio. Una vez sucedido todo,
me pregunto, ya no si el procedimiento para crear el genio era el adecuado,
pues los resultados son nefastos, sino si acaso era el padre propicio para
generar al genio, o ¿es que hay algún padre adecuado para crear genios? o
incluso ¿se pueden crear éstos conscientemente? ¿es posible el sueño de la
eugenesia? El genio es producto del inconsciente. Se gesta y se desarrolla.
Es nature y nurture a un tiempo. Las opciones
son complementarias no excluyentes. Naturaleza y Razón, Amor y Pedagogía,
juegan un papel decisivo en la educación. Su relación es recíproca. Sin la
interrelación educacional necesaria entre ambos lados del binomio, nos vemos
abocados al más estrepitoso fracaso. El genio, individuo singular configurador
de su talidad. Instinto capaz de modificar el ambiente con su acción creadora y
original. Pero también el genio es producto de la educación, de los estímulos
recibidos del exterior. Confieso mi equivocación en considerar que los genios,
en la especie humana, tenían que ser niños, en lugar de niñas. Aun con tristeza
recuerdo la poca atención prestada a mi hija durante su vida y la morbosa
descripción de los fenómenos –¡otra vez más fenómenos! ¡no!– vitales y su fatal
sucesión. En todo este mundo no hay manifestación menos humana, amorosa, para
con un moribundo que el explicar a los familiares presentes los procesos
mórbidos que acontecen en el cuerpo agónico de la persona amada. Tal persona
tan carente de escrúpulos era yo. Así era Avito Carrascal, como alguien dijo
una vez sobre mi: «anda por mecánica, digiere por química, y se hace cortar el
traje por geometría proyectiva.» y tenía que morir mi hijo para abrirme los
ojos con el acto más sublime y último de su existencia. ¿Último? ¿o es que
acaso mi Apolodoro no dejó en el vientre de Petra una semilla, un hijo con el
que se le recordaría?
Una vez muerto y enterrado mi hijo, marché a hablar con don Fulgencio.
Por sus numerosas entrevista con Apolodoro, presentí que él sabría algo de los
motivos de su suicidio. Mi intuición no era en vano. La noticia fue una
sorpresa y desató temor en el ánimo de don Fulgencio. Llegó a contemplar la
posibilidad de ser él, con sus duros comentarios acerca del fracaso de la
novelilla de Apolodoro, el detonante, el incitador a mi hijo al suicidio. Como
decía, en mi charla con el filósofo extravagante, tuve conocimiento de lo
último de lo que hablaron y no dejó de extrañarme. A lo que parece, estuvieron
conversando acerca de un tal Erostrato, el cual, por anhelo de pasar a la
posteridad, quemó el templo de Éfeso... ¿Es algo compartido entre los hombres
el ansia de inmortalidad? ¿Por qué queremos los hombres ir en contra de nuestra
naturaleza? ¿Por qué queremos durar y pasar a la historia a través de las
sombras de inmortalidad? Porque como le recordaba don Fulgencio, según me dijo,
a mi Apolodoro: «no creemos ya en la inmortalidad del alma y la muerte nos
aterra, nos aterra a todos, a todos nos acongoja y amarga el corazón la
perspectiva de la nada, del ultratumba, del vacío eterno.»
Los hombres somos mortales. Nuestro ansia de conocimiento supone una
falta de fe. El árbol de la Ciencia del Bien y del Mal supone el despertar de
la consciencia, la conciencia de la muerte del otro y, por ende, la nuestra.
Los hombres hemos mamado de los pechos de la Razón, negadora de la inmortalidad
de lo finito del hombre. La fe, a penas tiene peso para los que hemos probado
la amarga leche de la diosa Razón; credibilidad insuficiente para saltar o
apostar como Jacobi y Pascal. La cuestión no planteada es mi pregunta: ¿y si no
hay nada después de la muerte? ¿y si resulta que para representar nuestro papel
contamos sólo con este teatro? La aterradora visión de la Nada obliga al hombre
a buscar refugio y escapar. Se imbuye de finitud, de mundo, desciende hasta el
lugar de la inmanencia. Ya no creemos. Aquel que en su vida no dude por un
momento, aquel que siempre tenga fe, vivirá eternamente porque no tendrá
conciencia de que algún día dejará de ser. Jamás confianza, nunca fe en la
trascendencia, aunque la deseemos; la razón: nos conformamos con falsos modos
de inmortalidad. La fe se muestra ineficaz para cohesionar nuestra subjetividad
existencial, luego buscamos substitutos, sucedáneos de inmortalidad: las obras
y los hijos, el recuerdo en la mente de los que todavía viven. Pero esas
sombras de inmortalidad son falsas, malas imitaciones. Tampoco nos sirven ni
los hijos ni la fama. No proporcionan la inmortalidad verdadera, la de la
totalidad de nuestro cuerpo y conciencia como individuo singular y concreto.
Según se mire, sólo queda el consuelo o la esperanza. Esperanza en que nuestros
actos sean recordados, nos sobrevivan; consuelo inconsolable porque queremos
ser, ser siempre, tenemos hambre de Dios, sed de inmortalidad. El conatus spinoziano,
ese perseverase en el ser constitutivo de lo existente, incita al hombre, a
todo lo que existe como modo del Deus sive Natura, a permanecer en
la existencia, a querer no morir nunca. En definitiva, a ansiar la
inmortalidad. Y ese querer, ese deseo, constituye la íntima naturaleza,
constituye al hombre existenciariamente: Yo, entendido como el conjunto de
rango igual al sumatorio de todos los hombres que por el teatro de la vida han
desfilado, quiero vivir por siempre.
A los tocados por la razón; a los que dudaron –al contrario que
Descartes–; a los sin patria, a los abandonados en la encrucijada entre la
Razón y la Fe; a todos aquellos que no nos quedamos con ninguna de las dos pero
cogimos ambas; a todos aquellos sabedores que el hombre es, tomando aquello de
Píndaro, sombra de un sueño, los hijos o las obras son nuestros modos de
inmortalidad. «Haz hijos, haz hijos», le increpaba don Fulgencio a mi hijo,
sabedor de que ese es el modo de inmortalidad, de perdurar más tiempo, es el
modo más seguro pero no infalible. Algo así le aconsejaba yo a ese Augusto
Pérez cuando nos encontramos en la iglesia, lugar más de búsqueda de fe, de
querer creer, que de confirmación: «¡cásate, Augusto, cásate!». Es por el
matrimonio como los padres pueden conseguir la inmortalidad a través de la
descendencia de sus hijos y de los hijos de los hijos.. Amén. Vano consuelo
otorga, sombra de inmortalidad es. Mas no nos queda otra: inmortalidad
biológica viviendo en la inconsciencia, en los rasgos constitutivos de la
personalidad o caracteriología de las generaciones futuras. Perpetuar nuestro
ser a través de la carne de nuestra carne y de la sangre de nuestra sangre.
El amor sexual es nuestra ansia de inmortalidad. Por todos los medios,
crear hijos para evitar la muerte. Vivir, aunque la vida en sí no tenga sentido
y no sea más que sueño. ¿Y para los que no tienen hijos o los hijos no les
sobreviven? A individuos Fulgencio o como yo el único consuelo es el de
perdurar por nuestras obras, por nuestros actos como hizo Erostrato o tal vez
pretendió hacer mi hijo con su suicidio. El erostratismo: enfermedad humana,
demasiado humana. Hambre de prevalecer sobre todas las cosas aun a riesgo de la
vida. Causa, junto con el amor, como diría Menaguti, de todas las grandes obras
de los hombres concretos. Arte, poesía, música, política, ciencia, religión, y
sobre ésta última, son formas de alcanzar la inmortalidad: modos de dejar una
huella en la Historia. Pero ¿hasta cuanto durará la historia del hombre, el
relato de los avatares de lo humano en la existencia? El ansia de conocer más,
el querer ser yo en todos, el hacer el mundo mío, obliga al hombre a mantener
una cruenta lucha exenta de reglas: batalla de almas de vivos contra muertos,
en la que se disputan pedazos del cielo de la fama. El hombre quiere ser
imperecedero. Pero la imposibilidad de lograr la supervivencia del cuerpo se
presenta como un escollo insalvable. La opción es la búsqueda de alternativas a
esta perdurabilidad de la esencia de uno en el recuerdo de otros. Porque el
hombre, si hay algo que no tolera, es la no-existencia, la aniquilación total
de todo recuerdo y huella de su conciencia. Queda sumido bajo las arenas del
tiempo todo resquicio de individualidad, de intento de sobresalir, de separarse
de la masa. Pero el hombre quiere destacar. Se rebela contra su destino. Da
culto a la inmortalidad y rechaza, teme a la muerte total, que borra todo
rastro en la historia. A pesar de todo, como finitud, el hombre se configura en
esa quiebra entre el anhelo de inmortalidad y su constitutiva finitud. El
hombre individual y es más, como especie, sucumbirá al inexorable paso del
tiempo. Su moira le fue dada. Nadie puede oponerse, ir contra
el destino. ¿Qué es un ligero viso de conciencia en el Cosmos? ¿Y un surgir,
apogeo y declive de una civilización para la Historia del Mundo? La grande y
verdadera –y por ello menos nuestra, más falsa– Historia. Recuérdese las
primeras palabras de Nietzsche de Verdad y mentira en sentido
extramoral. Por mucho tiempo que el hombre dure, milenios tal vez... Todos
esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. ¿Qué
representa eso para el Tiempo? Un fiat, una pequeña luz, en el
transcurso de los eones. ¿Cuál es el sentido de este mundo mío, coloreado por
la conciencia? ¿de dónde venimos? pero sobre todo ¿a dónde vamos? ¿qué fin se
le tiene destinado al hombre?
Las cuestiones abren la puerta a un problema capital: el de la libertad.
¿Es libre el hombre para poder meter en el teatro de la vida su morcilla, el
acto metadramático de libertad que le otorga la inmortalidad y originalidad o,
por el contrario, el gran Tramoyista tiene ya todo planeado sub specie
aeterni y no admite corrección alguna en su divina tragicomedia? Según
opinión de don Fulgencio Entrambosmares, porque eso de la libertad es más cosa
de locos, de filósofos, de hombres extravagantes que de hombres normales, no
somos libres. Todo está predeterminado. Somos marionetas de papel al servicio
del gran Autor de la vida. Desde las tinieblas de la inconsciencia los hombres
son, se limitan a aprender y a recitar un papel asignado. En un mundo así todo
se encuentra ya predeterminado. Ni siquiera es posible incluir la morcilla en
la trama de la obra, pues esa morcilla, ese momento presuntamente espontáneo ya
estaba decidida su aparición. ¿Qué es la Libertad? Cabría responder del modo
más dramático y real posible: una ilusión, un sueño, el sueño del que soñamos y
participamos todos. Al igual que una piedra arrojada al aire con fuerza por una
mano piensa que es libre en su trayectoria y que desea llegar al suelo, del
mismo modo, los hombres piensan, se imaginan libres, creen que sus actos son
significativos y ello da importancia a sus vidas. La ilusión de libertad les
vale para vivir: es verdadera. Al final, en el fondo oscuro, el implacable
determinismo ontológico pasa su cuenta. De modo superfluo somos libres, podemos
realizar nuestras grandes gestas, pero vistos sub specie aeterni el
conjunto de las acciones humanas, del tan apreciado mundo del hombre, se
asemejar al ejemplo de la piedra. ¿Y los sufrimientos? Los hombres con sus
inquietudes, discuten, aman, odian, matan y dan forma a todo el conjunto de las
obras humanas, de la obra, de la tragedia humana que se representa cada día en
el teatro de la vida. Y ese es el caso: vivir, como creo que le increpaba el
profesor de pintura a mi Apolo. Si la vida es un teatro hagamos que nuestra
actuación arranque al menos unos aplausos, aunque leves, en el auditorio. Los
instantes sobre el escenario son decisivos, es nuestra ocasión para lograr la
perdurabilidad de nuestro ser en los espectadores, los que nos ven y nos recuerdan
por el papel representado, por nuestra actuación. La obra vital interpretada,
la que más nos interesa, de ésta precisamente no hay bis. Nadie obtiene una
segunda oportunidad. Siempre nos encontramos cara a cara con la Nada... La Nada
a la que yo me dirijo tras escribir estas palabras, porque no hay que me de
consuelo, porque de tanto vivir con la razón muero. Mi demonio familiar. ¡Ah!
pérfido segador de la vida de mi hijo, portador de penas y muerte. Ahora voy,
ahora me mato yo, ¡sobre todo yo!, para que tú no lo hagas. Me mato no por la
pedagogía, como mi hijo, sino por el amor, por amor a mí mismo. Para negar con
un acto pasional y lleno de sentimiento la razón privadora de la trascendencia
inmortal de mi conciencia. Quiero vivir por siempre y si muero tal vez
encuentre el consuelo. El vivir, sin estar preso del sueño, duele. No soporto
el intenso dolor. Sorprenderé a la muerte, la querré cuando ella no me quiera y
romperé con el suicidio con el conatus natural. «Los tragos
amargos cuanto antes Avito» –ya está este demonio. Decidido. Me quitaré la
vida. A diferencia del pueblo, dormido en sus ensoñaciones de vida futura, soy
consciente gracias a la razón de cuál es la verdadera realidad. Y es fría,
tenebrosa, sin el refugio de la cándida fe. Me encuentro sólo, a la deriva, en
un mar de tempestades donde no hay nada seguro, a salvo. Tarde o temprano, la
balsa que somos no podrá soportar el envite de las olas y acabará por
hundirse... Carezco de cualquier sentido, sea cual sea, en la vida, pues para
vivir es necesario tener uno. Como decía el santo párroco de Valverde de
Lucerna para acallar en los demás al demonio, vive trabajando y te preocupes
demasiado por lo que nos intenta comunicar la cabeza, porque es algo harto
sabido que la razón mata, que sólo nos da disgustos y eso bien lo sé. El
suicidio es la consecuencia vital del racionalismo. Realizaré la única acción
consecuente de toda mi vida: negar mi prolongación de la vida para confiar en
otra intemporal. Si se me concediese un deseo, tan sólo quisiera saber si es
verdad aquello que predican las religiones, aquello de lo que la razón me vedó
tildándolo como falso... ¿y qué es lo verdadero y qué es lo falso? ¿Acaso lo
verdadero no es lo que nos da vida y lo falso lo que nos la quita? Así, hijo de
la falsa razón, yo, un hombre siente y piensa, me quito la vida. No soporto la
agonía del existir impregnada de muerte; de la muerte de aquellos que me darían
la vida, de mis hijos. Yo los maté y por ellos, para ojalá reunirme con ellos,
me mataré. Es hora de morir.
Avito Carrascal
Postscriptum
En la parte final daremos suficiente cuenta de los motivos internos que
nos han llevado a escribir, a adoptar una postura poco ortodoxa a la hora de
enfrentarnos con Amor y pedagogía. Explicaremos las líneas
argumentales ocultas a lo largo del comentario para subsanar los posibles
malentendidos ocasionados por el presente ensayo. A no ser como justificación
acerca de lo escrito o ante nosotros mismos, el postscriptum no
forma parte del grueso del ensayo.
Tomamos una primera licencia en la recreación sobre Amor y
pedagogía y ella versaba sobre qué comentar. En otros términos,
consideramos como nuestro objeto no el libro en su conjunto con Prólogo,
Prólogo-epílogo y Epílogo, sino únicamente la nivola misma. Es un requisito,
sin cuya concesión las anteriores páginas carecerían de sentido, al omitir
aspectos fundamentales encontrados en las partes no tratadas. En lo
concerniente al móvil de la acción, a los motivos internos del proceso textual,
cabe decir lo siguiente: abordamos el pensamiento de Unamuno desde una
perspectiva pareja a la suya, desde la narración misma. Involucrándonos en el
texto y recreándonos, haciéndonos uno con él. Creemos, y tal aserto lo tomamos
como compromiso personal con el propio autor, que Unamuno se merece algo más:
introducirnos en la obra, creernos, a sabiendas de lo ficticio, uno de sus
personajes, viviendo una vida ajena: interpretando. La finalidad de todo el
proceso posesivo de la personalidad, reside en la liberación del sistematismo
para realzar el aspecto esencial de la nivola: el gozar el relato de
dramatismo, de realidad vivida y surgida de la íntima naturaleza del autor.
Destacamos enérgicamente el por qué realizamos del siguiente modo el ensayo,
con el objetivo de no generar el equívoco del que aparentemente puede adolecer
todo comentario en forma novelesca. Me explicaré. La razón del malentendido
estriba en que, al emplear este método de comentario, la reelaboración del
pensamiento del autor se puede ocultar, por falta de rigor aparente y
deficiencias de conocimiento acerca del mismo. Así, y se creerá con error, que
una persona con un conocimiento tremendamente superficial acerca del tema a
tratar, es suficiente que lo exprese metafóricamente, con una elaboración
retórica, para que pase por bueno, pues pone el insensato escritor toda la
confianza en que el lector interprete adecuadamente en la línea vagamente
señalada; que sea él el encargado de sacarle jugo al cadáver exquisito. Éste se
encuentra bien lejos de ser nuestro caso.
Tras esta breve advertencia y considerado lo anterior, señalaremos que
otro de nuestros propósitos fue el de, en función de apelar al juego unamuniano
de la confusión entre realidad y ficción, como bien podemos ver en Niebla cuando
el mismo autor se entrevista con Augusto Pérez, crear un espacio –nos estamos
refiriendo al texto del principio, no en vano, en primera persona– con el que
reproducir ese aspecto que Unamuno ha dado tanto juego en sus escritos. Con la
creación de diversas dimensiones de realidad, pretendemos generar sendos
espacios de actuación para perder el punto de referencia o trastocarlo y no
saber –fingirlo es una petición de principio– diferenciar la realidad de la
ficción. La forma de operar cobra mayor sentido al versar nuestro ensayo sobre
el libro en el que Unamuno elabora el concepto de la vida como teatro; como un
papel que el hombre, al igual que los personajes de la novela, se limita a
seguir; de forma que nosotros seríamos también entes de ficción, representando
el rol repartido por el divino Autor. Queremos dar cuenta de ello contando un
relato de otro relato. A raíz de estos pensamientos decidimos articular el
concepto de la inmortalidad de la ficción. Pensamos la mejor manera de seguirle
el juego a Unamuno para alcanzar esta inmortalidad en consonancia con el
concepto de la vida como teatro. Al igual que en las novelas unamunianas,
nuestro personaje, Avito Carrascal, tenía que morir; debíamos matar al propio
personaje para darle la vida y así evitar que, tal vez, otros se la amarguen.
También el suicidio de Avito Carrascal tiene en nuestra narración, la cual no
deja de ser uno de los posibles finales de la historia, el cometido de resaltar
el aspecto dual que configura al propio personaje. Uno de los puntos a tener en
cuenta en Amor y pedagogía, son las diferentes intervenciones a lo
largo de la obra –veinte en total– de esa conciencia: el demonio familiar.
Apolodoro murió por causa de ese daimon. Su padre tenía que caer
bajo la misma espada pero entendida su muerte como un deseo de acabar, de matar
a la parte cientificista que hay en él y que provocó ese exceso de pedagogía.
Como se lo recrimina Federico al propio Apolodoro, la muerte de lo más querido
para él: su hijo. A Unamuno, le rondó el espíritu del suicidio durante toda su
vida. Avito Carrascal debía morir, tenía que ser más osado que su creador,
creer en lo que Miguel de Unamuno no podía, aunque lo quisiese, creer en la
inmortalidad del alma y la vida de ultrumba. Por ello el suicidio, el acto de
valentía, o temeridad de Avito.
Con el ensayo hemos pretendido abordar los temas clave de Amor y
pedagogía, analizar no tanto la obra como el pensamiento a través del que
discurre el mismo y lo constituye, del modo más cautivador, pensando acerca de
lo escrito. Bien se nos puede acusar de la falta de sistematicidad y rigor, mas
todo esto carecerá de sentido si con ello hemos conseguido mover el ánimo del
lector y comunicarle, exponerle, los aspectos más destacados de Amor y
pedagogía narrados de modo nivolesco y no exentos por ello de una
aportación propia. Al realizar esto hemos pretendido emular, recrear, en
nuestro pensamiento el de Unamuno; jugar a las máscaras, a ser Miguel de
Unamuno y Jugo, pero conscientes de que queremos serlo. No nos vale vivir la
vida de otros porque queremos ser nosotros mismos por siempre... ¿Hasta cuando
dejaremos de interpretar?

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