© Libro N° 10998. ¿Hay Crisis De Valores? Hurtado Galves, José Martín. Emancipación. Marzo 11 de 2023
Título original: © ¿Hay Crisis De Valores? José Martín Hurtado
Galves
Versión Original: © ¿Hay Crisis De Valores?
José Martín Hurtado Galves
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LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
José Martín Hurtado Galves
¿Hay Crisis De Valores?
José Martín Hurtado Galves
Se discute el propio sentido de tal pregunta
Los valores son el ideal (Ideal, del griego Ιδεα, idea, imagen, y el
sufijo latino al, relativo a: relativo a la imagen) al que aspiran las
diferentes comunidades humanas, «aspiran» porque parten de un arquetipo (Del
griego Αρχη, arqué, arquetipo comienzo, mando autoridad y τυπος, tipos, tipo,
imagen: la imagen primera, la que da autoridad sobre las demás que la preceden)
o prefiguración de lo que deberían ser (Los seres humanos,
existimos como los animales y las cosas; vivimos como los animales; pero, además
nos damos cuenta de que vivimos; es decir, del plano ontológico (el ser),
pasamos al deontológico (el deber ser) de acuerdo a los cánones, preceptos,
normas y principios que rigen nuestra conducta, tanto legal como legítimamente,
dentro de las diferentes sociedades en las que nos desenvolvemos hombres y
mujeres en y desde su propia comunidad.
La comunidad es, a su vez, la parte de la sociedad que se subsume en
formas multidisciplinarias de relación directa y propias (en el sentido de que
se asumen a partir de ellas); ya que la sociedad es el conjunto de las
comunidades que la integran. Por ello, la sociedad no interactúa de manera
directa, sino más bien indirectamente, ora por medio de medios de comunicación
masiva, ora por medio de las relaciones particulares.
Hablar de que hay una crisis de valores en nuestra sociedad, es una
apreciación errónea, pues los valores se suscitan y desarrollan de acuerdo a
las necesidades primarias y secundarias de los seres humanos que les dan
importancia (valor) a tal o cual cosa, y esto se modifica en relación directa
con los cambios culturales que nos modifican e identifican como partes de una
época o un lugar concretos; es decir, lo que en una sociedad tiene valor, por
ejemplo el arco, las flechas, o algunas ollas de barro; en otras, como la
nuestra que de suyo se ha occidentalizado, no tienen un valor directo a la
propia cultura, pues aquí son más apreciados por ejemplo, el automóvil, la
televisión, la computadora, las grabadoras, la ropa de temporada, &c. Así,
a lo que se llama crisis de valores es más bien la pérdida
gradual o transformación de algunos valores que han sido entendidos como base
del desarrollo tanto del individuo como de la sociedad en la que éste se
desenvuelve; pero, esta forma de presentar dicha pérdida, es ambigua y
contradictoria.
Ambigua, porque en realidad no se afirma
nada en concreto al decir que se están perdiendo los valores, pues ¿cómo
podrían perderse aquellos que son definidos como propios de una sociedad
abstracta? Antes que eso, los seres humanos, sujetos en constante construcción,
somos multiculturales inacabados, asidos a las constantes intervenciones tanto
diacrónicos (a través del tiempo: del griego Δια, a través; y Χρονος tiempo)
como sincrónicos (en el tiempo: del griego Σιν, en (de igual duración); y
Χρονος tiempo) en un tiempo y un espacio que ocupamos y desocupamos de acuerdo
a nuestros intereses (querer ser) reales e imaginarios (poder ser).
Contradictoria porque afirmar que los valores
se están perdiendo, es decir que se aspira a la inmovilidad social, cultural,
religiosa, &c., al no-cambio en las formas de desarrollo social en todos
sus sentidos y, como podemos ver, si esta fuera la premisa del desarrollo
humano, entonces no se habrían suscitado los cambios en la historia, tales como
la aparición de las lenguas romances, la religión católica, el capitalismo, el
crecimiento de las ciudades, el reconocimiento de las generaciones de
vanguardia, &c.; imaginemos incluso cómo sería nuestra sociedad, si aún
persistieran formas de pensar como los que hubo durante la Alta Edad Media; es
decir, si no hubieran habido cambios en las formas de conceptuar a los valores,
porque si creemos que eran mejores los valores anteriores a nuestra generación,
cuál sería el punto donde terminaríamos. ¿Hasta dónde llegaría el arquetipo
valoral de nuestra definición? Si decimos que a la generación inmediatamente
anterior a la nuestra, sería caer en un círculo vicioso, porque lo mismo
probablemente dirían los de esa generación y así sucesivamente.
Incluso lo que algunas personas defienden como los valores arquetípicos
fueron, en su momento de aparición, cismas que provocaron rupturas entre
generaciones, dando con ello la posibilidad del surgimiento de nuevos
paradigmas culturales que, con el tiempo, se volvieron fundamentos para
rechazar otros que vinieron a re-mover de nueva cuenta la
apreciación del deber ser social e individual.
Los valores son, entonces, la forma abstracta de re-conocer el
ideal al que aspiramos llegar, pero, en la práctica cotidiana, es decir, en la
realidad diaria y concreta, dichos valores se convierten en moral. La moral
(del latín moralis, costumbre: relativo a las costumbres) es el acto concreto
en donde se resumen los valores, pues es en y a partir de
ella desde donde podemos reconocer a los integrantes de una comunidad, de un
colectivo, de una sociedad. Siendo así que, lo que aquí podría ser moral, en
otros lugares sería inmoral (el prefijo in denota negación en
el sentido de oposición); es decir, no-sería-moral. A su vez, alguien amoral
(el prefijo a denota negación en el sentido de ausencia) sería
quien careciera de moral, por ejemplo un niño pequeño o bien un enfermo mental.
Como podemos ver, el ser moral responde más bien a los principios de la
comunidad o sociedad en donde vive, antes que a un arquetipo universal en el
que pudiéramos caber todos los seres humanos. Como si no hubiera diferencias
identitarias entre los diferentes seres humanos que habitamos, desde diferentes
manifestaciones multiculturales, este mismo plantea.
Cuando se ha querido imponer una sola forma de moral para todos los
hombres y mujeres del mundo, –como si pudiera haber una así–, se ha caído en
actos de intolerancia que han suscitado y desarrollado caos históricos tales
como la colonización, la xenofobia y el nazismo.
Es importante que identifiquemos que cuando hablamos de valores, estamos
haciendo alusión a alguien que los practica, o bien, a alguien a quien están
siendo dirigidos. Para ello es necesario que incluyamos la categoría de sujeto
histórico social, éste aparece con Hegel y aunque es una construcción del
ser humano a partir de su relación en un tiempo y espacio concretos, no lo
contempla como materialidad, es decir, como alguien que necesita antes que nada
de sobrevivir para poder existir, por ello, se queda en el plano del discurso,
de lo ontológico. Por su parte, Marx retoma a Hegel incluyendo en el término el
aspecto material, es decir, las necesidades reales que como grupo
socioeconómico al que se pertenece tiene. Como podemos ver, en ambos (Hegel y
Marx) hay una paradigma de consenso universal, mismo que aparece y se sustenta
en el Estado, pues es éste quien asume el control de los individuos,
entendiendo a éstos sólo a partir de la incrustación masificada que tienen
dentro del primero. Así, todos somos parte del Estado, pero ¿quién es éste?,
¿en dónde termina?, ¿en dónde comienza?, ¿cómo diferenciar a los que son parte
del Estado sin serlo en realidad? (como ejemplo: los indígenas y las clases
minoritarias que están fuera del discurso del Estado y de su proyecto de
nación.
Posteriormente Gramsci recupera las tesis de aquellos y plantea que el
sujeto es la clase social que se expresa por medio del Partido, de quien surge
el devenir concreto de los integrantes de éste. Como podemos ver, volvemos al
mismo problema, pues el sujeto es entendido sólo a partir del reconocimiento de
la mismidad del todo, que en este caso es el Partido, pero, ¿dónde queda el
sujeto concreto?
A diferencia de éstos, Enrique Dussel dice que el sujeto histórico
social con conciencia en-sí y para-sí es un sujeto ético en la medida en que
hace su planteamiento desde el otro excluido, si no, no es crítico, pues para
poder serlo, se tiene que partir de la totalidad pero, entendiendo a ésta como
conformada por sujetos de carne y hueso, con necesidades vitales, es decir
históricos. Así, los valores no pueden ser entendidos sólo desde la
exterioridad y abstracción del todo, antes bien, tienen que partir de la
concretud y relación de las partes de ese todo, o sea desde sus hombres y
mujeres reales que la conforman e interactúan (en un tiempo y espacio
concretos). De otro modo sólo se estaría haciendo alusión a una entidad (lo que
constituye la esencia del ser) y a una identidad (conjunto de cualidades que
distinguen a una persona de otra) prefabricadas, ya que se seguirían hablando
de valores propios de arquetipo a-históricos y esto, como hemos podido ver, son
solamente elucubraciones que se quedan en un discurso deontológico del Estado.
Para terminar este breve artículo, podemos resumir lo anterior en las
siguientes afirmaciones:
1. El ser humano está en una constante construcción a partir de
referentes socioculturales, tanto diacrónicos como sincrónicos por lo que la
identidad, al igual que el sujeto social histórico, no son algo acabado, antes
bien están en constante construcción multicultural.
2. Los valores, como partes consustanciales del deber ser humano, valen, sólo
en tanto éste los haga valer.
3. Los valores no se presentan siempre de la misma manera en las
diferentes culturas, antes bien, responden a esas culturas que están en
constante movimiento, aún cuando dicho movimiento no sea perceptible a primera
vista.
4. Afirmar que los valores se están perdiendo es, de suyo, desconocer
los procesos sociales y culturales que le dan sentido y movilidad al desarrollo
humano.
5. Si cada hombre y cada mujer responden a los esquemas socioculturales
que les permiten asumirse desde ella, ¿por qué tendría entonces que haber sólo
una forma de a-preciar y re-conocer (forma unívoca y univocista) los valores?

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