© Libro N° 10993. Historia, Crisis Y Revolución En Gramsci. Frosini, Fabio. Emancipación. Marzo 11 de 2023
Título original: © Historia, Crisis Y Revolución En Gramsci. Fabio
Frosini
Versión Original: © Historia, Crisis Y
Revolución En Gramsci. Fabio Frosini
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
https://kmarx.wordpress.com/2019/05/15/historia-crisis-y-revolucion-en-gramsci/
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro
contenido, con la única condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Portada E.O. de Imagen original:
https://kmarx.files.wordpress.com/2019/05/gramsci-dossier-2_reto.jpg
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
HISTORIA, CRISIS Y
REVOLUCIÓN EN GRAMSCI
Fabio Frosini
Historia, Crisis Y Revolución En Gramsci1
Fabio Frosini
1. Revolución, revolución en permanencia,
revolución pasiva
En sus escritos, Gramsci utiliza
el término revolución en sentidos muy diferentes. Si consideramos el periodo
turinés (es decir, el periodo que va de 1911 a 1921), en primer lugar la
revolución es la historia misma. La historia es el terreno del
perpetuo cambio: nada fijo existe en ella; en cada momento hay un “aflorar” de
algún nuevo elemento social, que lucha por ser también él parte de la historia,
y de esta manera “revoluciona” todo el sistema de puntos de referencia
culturales, éticos, políticos, institucionales. Así, es con la civilización
proletaria, que antes que nada es un impulso global a saturar la historia con
una nueva visión del mundo, que – en cuanto visión del mundo, y no
simplemente método de investigación o ciencia de la política y de la historia –
es en todos los detalles alternativa a la burguesa.
Por esta razón, la tarea del verdadero
revolucionario es adherir lo más íntimamente posible a la historia, es decir,
identificar su acción política con el “momento revolucionario” de la historia
en su conjunto, sin rechazar nada de ella. La mentalidad del revolucionario es
entonces una mentalidad “historicista”: ella consiste en la capacidad de ver en
todo lo que “hay”; algo que no es fijo, rígido, sino que se transmuta, cambia e
incluso se desvanece. En un artículo famoso, La lengua única y el
esperanto, de febrero de 1918, se lee que «en la historia, en la vida
social, no hay nada rígido, nada definitivo. Y nunca habrá. Nuevas verdades
incrementan el patrimonio de la sabiduría, nuevas necesidades, cada vez más
avanzadas, se crean por las nuevas condiciones de vida…»2. Y en
el mismo mes de febrero 1918 Gramsci escribe a su amigo y
camarada Leo Galetto: «¡Abajo el Esperanto! […] Yo soy un
revolucionario, un “historicista”, y afirmo que son “útiles” y racionales sólo
aquellas formas de actividad social (lingüísticas, económicas, políticas) que
espontáneamente surgen y se realizan a través de la actividad de las energías
sociales libres. Por eso: abajo el Esperanto, así como abajo todos los
privilegios, todas las mecanizaciones, todas las formas definitivas y rígidas
de vida, cadáveres que enferman y agreden la vida en devenir. […] Gramsci».
Y luego añade, en forma de posdata: «¡Panta rei! Heráclito ¡todo se mueve!
Trad. Gramsci»3.
Estamos a comienzo de 1918, y estas afirmaciones
forman un resumen de toda la elaboración anterior del joven periodista
socialista4. Sin embargo, con 1917, y sobre todo con noviembre de
1917, algo ha cambiado, necesariamente. La existencia, por primera vez en la
historia (después de la Comuna), de un Estado obrero, cambia la
perspectiva desde la cual hay que plantear la identificación entre la historia
como revolución y la iniciativa política revolucionaria; o, si se quiere, entre
la revolución como proceso indetenible (idéntico a la historia) y la praxis que
se hace cargo de “realizar” políticamente este proceso.
Cambia la perspectiva, el punto de mirada se
desplaza. Antes, el problema consistía en la elaboración de una estrategia, que
lograra traducir el marco general de la historia en cuanto
revolución en términos políticos concretos, apropiados al momento y al lugar.
Sin esta traducción, la historia en cuanto revolución se convertiría en un
fetiche sin vida y la revolución en un conjunto de frases vacías. El problema
estaba entonces en la capacidad de encontrar lo que se puede llamar el “punto
crítico”, en donde el movimiento de la historia (o la historia en cuanto
movimiento) se “encarna” en una fuerza política determinada, en una “fuerza
real”, en un movimiento social y político concreto; y por lo tanto la historia
se convierte en verdaderamente, activamente, eficazmente revolucionaria. Es
aquí que 1917 representa un punto de inflexión radical. Con la revolución de
Octubre, la perspectiva cambia de manera muy notable, porque ya no se trata de
buscar el “punto crítico” en donde historia y acción política confluyen y se
unen. Porque este punto ya existe, es la Rusia revolucionaria. El punto de
fusión entre tejido objetivo de los acontecimientos y fuerzas subjetivas
organizadas ya se ha hecho historia, proceso político e institucional: se lo
puede estudiar y hay que estudiarlo, porque todas las
dificultades y los obstáculos que Rusia encuentra en su camino hacia el
socialismo representan una ocasión para profundizar el marxismo y, por esta
razón, son un avance teórico fundamental5.
A partir de 1921, con el estancamiento de los
procesos revolucionarios en Europa, Lenin da un giro radical a
la estrategia en Rusia y en el exterior, pasando en ambos casos, en sus
palabras, del «asalto» al «asedio»6. Por consiguiente, el lema
“revolución” cambia también de manera muy importante. En toda Europa las masas
han retrocedido, frente a la violenta contraofensiva burguesa; pero, al mismo
tiempo, la existencia de la Unión Soviética es la prueba de que la época es
revolucionaria. De hecho, el Estado liberal está en crisis, y los intentos de
reconstrucción de la hegemonía burguesa no pueden volver a la situación
precedente a la guerra. Mientras la Unión Soviética siga representando a los
ojos de las masas de los países europeos un proceso de construcción del
socialismo, la crisis no podrá ser superada por completo, y se podrá incluso
hablar de la persistencia, en Europa, de variaciones de procesos
revolucionarios, que se identifican con los desplazamientos ideológicos de las
masas hacia la formación de un bloque hegemónico alternativo al de la hegemonía
burguesa.
Por supuesto, todo se vuelve más complicado e
incluso cambia de forma. En los Cuadernos de la cárcel Gramsci resume
este cambio en la alternativa entre guerra de movimientos y guerra
de posiciones, dos expresiones que retoman la alternativa planteada
por Lenin en la dicotomía asalto/asedio7. La guerra
de posiciones describe esta nueva situación, caracterizada por el carácter
estratégico de la “mentalidad” de las masas como elemento de la disputa
hegemónica. Cada desplazamiento, cada deslizamiento de esta mentalidad, por
mínimo que sea, implica un cambio en la situación de la crisis y, por ende, de
la hegemonía. La lucha se vuelve “molecular”: ya no hay un “evento” central,
sino una multitud indefinida de acontecimientos, de conflictos y disputas
locales, de desplazamientos casi imperceptibles, que se trata de impulsar con
una estrategia de nuevo tipo, ella misma molecular y difusa.
También la crisis de hegemonía – lo que Gramsci llama crisis
orgánica – cambia de aspecto8. No se presenta como una
explosión repentina, sino que hay que estudiar su progreso – como en 1977
escribió un gran intérprete de Gramsci, Franco De Felice –
«a través de las formas de su gestión». Bajo estas condiciones, la lucha
ideológica se vuelve inmediatamente política, dado que «la pérdida –siempre De
Felice– de la confianza en la posibilidad de construir el
socialismo se vuelve parte integrante de la reconstrucción del aparato
hegemónico de las clases dominantes sobre las masas que por la guerra y por el
ejemplo ruso se habían movilizado»9.
En los Cuadernos la perspectiva de
análisis se enriquece y amplía de manera notable, porque Gramsci inicia
todo un estudio sobre las estrategias de salida de la crisis. Esta parte de su
trabajo de elaboración lleva a Gramsci, en un cierto punto, a
acuñar la categoría de revolución pasiva. Si se presta atención a
la manera en que él va esbozando esta categoría mediante intentos sucesivos, se
puede constatar que ella, después de haber sido enunciada por primera vez solo
en relación al Risorgimento italiano, se generaliza después hasta incluir todo
el siglo XIX e identificarse, de esta manera, con el liberalismo en general.
Más tarde, Gramsci propone incluso extender la vigencia de
esta categoría al siglo XX, es decir, a los regímenes posliberales que se han
ido formando después de la Guerra y de 191710.
El elemento común entre la vieja y la nueva
revolución pasiva es precisamente el hecho que son revoluciones, o sea, que
ante la amenaza jacobina y, luego, comunista, la burguesía se ha hecho cargo de
impulsar una serie de cambios revolucionarios en el entramado del Estado y, por
ende, de la producción, con el objetivo de “absorber”, y por este medio
“pasivizar”, las reivindicaciones de las clases populares. De ahí se sigue que,
en su formulación más acabada, la revolución pasiva designa la manera en que la
burguesía quita la iniciativa a sus adversarios, porque consigue ponerse del
lado de la “historia” como “revolución”, exactamente en el sentido que hemos
visto antes, de ser una “encarnación” subjetiva (práctica, política) de la
historia en cuanto cambio permanente. Dicho de otra manera: a partir de la
Revolución Francesa, la revolución burguesa ha estado principalmente (aunque no
exclusivamente) caracterizada por una duplicidad de fondo entre transformación
de las condiciones históricas y necesidad de controlar el
proceso que así se desencadena, lo que ha hecho que el impulso al cambio nunca
haya estado del todo exento de la preocupación de controlar a las masas para
que no tomen la iniciativa, para que no consigan ponerse “del lado de la
historia”, “encarnar” la historia, es decir, definitivamente, volverse
hegemónicas.
Un aspecto importante de la revolución pasiva, que
impide pensarla simplemente como un proceso de enfrentamiento entre fuerzas
sociales que produce una serie de cambios moleculares en ambos lados de la
disputa, es la relación orgánica que Gramsci establece entre
ella y el Prólogo de Marx a la Contribución
a la crítica de la economía política, es decir, el tema de la transición. La
revolución pasiva aparece entonces como la manera en que la burguesía se
coloca en el marco de la transición, por un lado impulsando los
cambios y así perfilándose como clase revolucionaria, es decir, como una clase
que tiene la iniciativa política en sus manos; y, por otro lado, ampliando de
manera desmesurada los organismos de control11 de las masas
subalternas, para que éstas no consigan desarrollar su propia posición política
en este mismo marco. En síntesis, se puede decir que la transición es el revés
de la revolución pasiva, como en una negativa fotográfica.
2. Filosofía de la praxis
En los Cuadernos de la cárcel se
registra también otro elemento nuevo, de gran importancia: la elaboración del
marxismo como una “filosofía de la praxis”. Por supuesto, elementos, indicios,
premisas de esta concepción están ya en los escritos de Turín. Para este asunto
elegiré uno de los primeros textos publicados por Gramsci: el
artículo Neutralidad activa y operante, de octubre de 1914. Gramsci escribe:
«Pero los revolucionarios que conciben la historia como creación de su
propio espíritu, hecha por una serie ininterrumpida de tirones operados sobre
las demás fuerzas activas y pasivas de la sociedad, y preparan el máximo de
condiciones favorables para el tirón definitivo (la revolución), no deben
contentarse con la fórmula provisional de “neutralidad absoluta”, sino que
deben transformarla en una “neutralidad activa y operante”»12.
Lo que sobresale de este fragmento es, sin duda, la definición de la «historia»
como una «creación de su propio espíritu». Pero ¿qué quiere decir
exactamente esta definición?
Por un lado, se trata de una referencia genérica al
hecho de que la historia no refleja una regularidad de tipo natural, que en
ella hay saltos abruptos, momentos en que surge algo imprevisible y
nuevo. Hasta aquí, Gramsci comparte el frente con todos
los críticos del positivismo (y del socialismo positivista de la Segunda
Internacional)13. En su posición hay sin embargo también algo
original, porque la manera concreta de ser de la historia en
cuanto «creación del espíritu» es la «serie ininterrumpida de tirones
operados sobre las demás fuerzas activas y pasivas de la sociedad». Ahora
bien, ¿qué son estos tirones? Nótese aquí que los revolucionarios
“operan” los “tirones” sobre las demás fuerzas activas y pasivas de
la sociedad, una expresión bastante singular para aludir al conjunto de las
clases sociales, que en la definición se convierten en otras tantas “fuerzas”,
o sea, “lugares” o “puntos” donde pueden actualmente o potencialmente
originarse otros “tirones”.
Por lo tanto, la realidad social es pensada
por Gramsci como una realidad de carácter esencialmente práctico,
donde momentos de actividad y de pasividad se entrelazan y superponen por
razones que se pueden en cada ocasión investigar y explicar (p. ej., la
tradicional pasividad política de los campesinos), y se alternan de manera
contradictoria (por lo cual existe la activación de una fuerza que lleva a una
serie de “tirones”, es decir, que esta fuerza intenta salir de su condición de
subordinación política y social). En este marco, los “revolucionarios” deben
hacerse cargo de manera consciente de este carácter práctico y conflictivo, es
decir, abierto, “revolucionario”, de la realidad social y, por lo tanto,
volverse los intérpretes más coherentes de la historia. La
conclusión política consiste en que hay que interpretar de esta manera activa,
práctica, también la posición neutralista del Partido Socialista en el contexto
bélico: la neutralidad no se puede pensar como el equivalente de un “quedarse
fuera” del choque entre fuerzas a nivel nacional e internacional, porque de
esta manera el partido se quedaría en una posición de pasividad, enfriaría toda
su capacidad de modificar las demás fuerzas que, en contra, siguen dando
“tirones”.
En este texto se puede vislumbrar lo que, mucho más
tarde, sería la filosofía de la praxis. Vislumbrar, justamente, porque hasta
los Cuadernos Gramsci no expresa la necesidad de
reflexionar ex professo sobre la naturaleza práctica de la
realidad, incluyendo en la realidad, y por ende en la práctica, también
el pensamiento (en el sentido de las Tesis sobre
Feuerbach), y por consiguiente no llega a pensar la posibilidad de una
“praxis” que no solo no se reduzca al “espíritu” del idealismo, sino que sea la
forma concreta, no especulativa, de ese mismo espíritu; es decir, su reducción
crítica o traducción en términos político- ideológicos14.
Así se ve que la filosofía de la praxis posibilita
pensar la manera en que las “fuerzas” sociales y políticas se “identifican” con
la historia en cuanto “revolución” (es decir, de “pasivas” se tornan
“activas”); y, por otro lado, permite pensar concretamente la identificación
entre historia y revolución. La historia es revolución no porque sea un flujo
indetenible, o, en sentido idealista, porque sea una especie de desarrollo de
un principio inherente. La cuestión se desplaza, porque la identidad entre historia
y revolución procede del hecho de que la realidad es práctica, es
decir, un entrelazamiento abierto de relaciones prácticas, o sea políticas, que
siempre son inestables, justamente porque, en cuanto relaciones, suponen la
presencia de “fuerzas” que todas son, al menos potencialmente, si no
actualmente, “activas”. En otras palabras: la filosofía de la praxis implica,
necesariamente, la traducción del “proceso” histórico en una sucesión de
diferentes configuraciones de las relaciones de fuerzas en un
determinado contexto nacional e internacional15.
Se trata entonces de identificar los que se pueden
llamar los “nudos” de las relaciones de fuerza, o sea, los puntos que de una
determinada “situación” (es decir, de una específica configuración de las
relaciones de fuerzas) reciben en cada ocasión una relevancia decisiva para
poder influir sobre el conjunto de las relaciones16.
3. El análisis de la “crisis” y los “nudos” de las
“relaciones de fuerzas”
En cuanto en ellos se condensa el aspecto dinámico
de una “situación”, los “nudos” son los momentos que desencadenan las crisis y,
al mismo tiempo, son momentos o formas de ejercicio de la hegemonía. De hecho,
hegemonía y crisis nunca se pueden separar por completo: la hegemonía es
siempre la gestión de una crisis latente o manifiesta, en curso o tan solo
posible.
La imbricación estructural entre hegemonía y crisis
se presenta, con gran claridad, en un texto intitulado Momentos de vida
intensamente colectiva y unitaria en la vida del pueblo italiano,
donde Gramsci escribe: «Estos momentos, en las diversas
fases históricas, pueden haber sido de distinta naturaleza, de distinto alcance
e importancia nacional-popular. […] Estos momentos pueden haber tenido carácter
y naturaleza distinta: guerras, revoluciones. plebiscitos, elecciones generales
de especial importancia y significado»17. La hegemonía está en
lograr “encarnar” (en el sentido dicho antes) la “historia”, es decir, la
dinámica de las relaciones de fuerzas en cuanto dinámica, o sea,
como movimiento, desarrollo. En otras palabras, se conquista la hegemonía si se
consigue colocarse desde el punto de vista de la vida nacional en su conjunto,
incluyendo y gestionando los conflictos que necesariamente brotan del desnivel
de poder que la hegemonía intenta instituir o consolidar. Pero, al mismo
tiempo, la hegemonía supone que de los grupos sociales a los que el proyecto
hegemónico se dirige, la clase dominante espera una respuesta, una forma de
activa colaboración. De ahí las distintas etapas del proceso hegemónico, que
son las guerras, las revoluciones, los plebiscitos, la elecciones, etc., es
decir, otros tantos momentos en que el conflicto de las clases se condensa y se
resuelve, se controla y se absorbe.
En un determinado momento, a este movimiento de
control y absorción Gramsci le da un nombre específico: el
de revolución pasiva. La revolución pasiva consiste en la capacidad
de controlar la dinámica social desencadenada por la lógica hegemónica, volviéndose
parte de esta misma dinámica. De ahí el carácter contradictorio de la
fórmula. En el siglo XIX la revolución pasiva es el largo ciclo de lo que Gramsci llama
«jacobinismo de contenido»18, que permite a la burguesía
hacerse con el poder del Estado, evitando el “trauma” de una revolución
popular. En el siglo XX, la revolución pasiva es el corporativismo fascista en
cuanto parte de un proyecto de “política totalitaria”, que permite a la burguesía
mantener el poder neutralizando la propuesta hegemónica alternativa del
movimiento obrero19.
En este sentido, la revolución pasiva cambia en el
siglo XX su forma y su contenido respecto al siglo anterior. Si en ambos casos
la revolución pasiva surge como “contragolpe” de una revolución popular – la
francesa y, ahora, la rusa –, la situación no es la misma. En el primer caso se
trataba de evitar los excesos jacobinos, pequeñoburgueses, democráticos, que
brotaban desde el interior de la burguesía misma, y la respuesta fue una forma diferente
–pasiva– de la misma hegemonía. Ahora, en cambio, se trata de enfrentar las
consecuencias devastadoras de un desafío a la hegemonía misma de la burguesía.
Este punto cambia las cosas por completo20. El factor desencadenante
de las crisis son la guerra y la revolución de 1917, es decir, dos “nudos” del
mismo tipo que hubo también en el pasado. La diferencia es que, por un lado, la
guerra tiene unas proporciones, un alcance y una magnitud inédita; y que, por
otro lado, la revolución proletaria tiene, por primera vez, éxito, logrando
consolidarse en un nuevo poder estatal. Guerra y revolución son la prueba de
que otro proyecto hegemónico está listo. Este proyecto se basa
en lo que Gramsci llama «fenómeno sindical», una
expresión en que él resume toda una serie de procesos que, por fin, con la
guerra, han «hecho bloque», desencadenando una crisis de hegemonía que
la existencia de la Unión Soviética –a pesar de la dificultad que significa
superar el nivel «económico-corporativo» de su estructura estatal– no
permite “cerrar” por completo. En este sentido, la época de la posguerra se
caracteriza por una serie de revoluciones pasivas a nivel regional (Estados
Unidos, Italia-Europa), pero «el rasgo distintivo de la situación mundial
[…] es la crisis de hegemonía»21.
La existencia de la crisis corresponde a la
presencia viva y actual de una propuesta hegemónica alternativa a la de la
burguesía. En consecuencia, el “nudo” de las relaciones de fuerzas habrá que
analizarlo en relación con todos estos elementos: la crisis del Estado liberal
y el nuevo nivel o tipo “totalitario” de la política; el desafío hegemónico
representado por el “sindicalismo”; la revolución de 1917; la guerra mundial en
cuanto producto del imperialismo.
La crisis del Estado liberal marca una tendencia
general. Según Gramsci, el mismo desarrollo y expansión de la
hegemonía burguesa a lo largo del siglo XIX “empuja” hacia la emergencia de
otro tipo de política y, por ende, de Estado, dentro de la “envoltura” del
Estado liberal. La envoltura – aunque pasiva – de las masas populares en la
esfera estatal “despierta” la posibilidad de que estas masas se organicen de
manera autónoma, “sindical”. De ahí se sigue que, en el momento en que – en el
siglo XX – este grado de organización alcanza una difusión “nacional”, los
“nudos” se convierten en otros tantos “desgarros” en el tejido de la revolución
pasiva liberal, porque dejan “ver” la presencia, de hecho, de otro tipo de
ordenamiento jurídico dentro del envoltorio del Estado liberal; y este nuevo
ordenamiento corresponde a una concreta alternativa hegemónica22.
La crisis del Estado liberal marca, como he dicho,
una tendencia general. El punto de inflexión es, para Gramsci, 1870.
Después de la Comuna y con el arranque del imperialismo, el “rumbo” de la
hegemonía empieza a cambiar, en el sentido que se perfila un tipo en parte
nuevo: a la necesidad de conquistar el poder, se añade – y toma cada vez más
importancia – la de mantenerlo frente a las amenazas del proletariado.
La época del imperialismo, de 1870 a 1914,
representa ya un momento cualitativamente diferente respecto a la “edad
clásica” de la hegemonía burguesa. En este período, en efecto, se utiliza la
expansión hacia el espacio exterior para poder reconstruir la base de la
hegemonía en el espacio interior, y este hecho da comienzo a una dinámica en
parte nueva, porque articula el nexo nacional/internacional como un instrumento
de producción hegemónica al interior del Estado nacional23. O sea,
se superpone el eje social de la hegemonía al eje nacional de la expansión
colonial, creando la dicotomía entre “naciones capitalistas” y “naciones
proletarias” que, a su vez, forma la base de masas tanto de los
anarco-sindicalistas como de los “nacional-socialistas” (Giovanni Pascoli, Edmondo
De Amicis), como, en fin, de los nacionalistas tout court24.
En la expansión colonial se entrelazan y confunden, de hecho, dos dinámicas muy
distintas, incluso opuestas: por un lado, el acaparamiento de las materias
primas en las periferias (con la producción de una aristocracia obrera en el
centro) y, por otro lado, la idea de una emigración masiva del «hombre-trabajo»
(como Gramsci le llama en un texto del Cuaderno 9, § 12725),
que tiene como una de las consecuencias posibles el apoyo proletario al
colonialismo (de ahí surge el llamado “nacional-socialismo” italiano de
principios del siglo XX).
Este proceso presenta, sin embargo, también otras
implicaciones. Con el imperialismo, la dimensión internacional se torna inmediatamente decisiva
para el poder hegemónico nacional, y el Estado nacional cambia su estructura,
porque pierde gran parte de su autonomía a nivel internacional. En un texto muy
importante del Cuaderno 9 (§ 99) Gramsci escribe: «La
personalidad nacional (como la personalidad individual) es una abstracción
fuera del nexo internacional (y social). La personalidad nacional expresa una “distinción”
del complejo internacional, por lo tanto está vinculada a las relaciones
internacionales»26. Gracias al imperialismo, se hace evidente el
hecho de que todo proceso nacional es la expresión específica, “local”, de un
proceso “global”. Esta implicación del nivel nacional con el nivel mundial
recibe con el imperialismo una forma concreta, una articulación política.
El imperialismo es, paradójicamente, una forma de
integración mundial, que relativiza la dicotomía entre “naciones proletarias” y
“naciones capitalistas”. El carácter de articulación política de las relaciones
internacionales, que el imperialismo revela, pone en luz la existencia da una
dinámica común hacia la reconstrucción de la hegemonía sobre una base nueva, en
un contexto en que se van formando áreas de hegemonía a nivel global (en este
sentido, el Risorgimento italiano es la expresión “pasiva” de relaciones
internacionales, pero esto no excluye el hecho de que pueda ser una propuesta
hegemónica a nivel nacional).
Sin embargo, en la gestión y reproducción de la
propia hegemonía, la burguesía no puede evitar “brindar” continuamente a las
clases hegemonizadas la oportunidad de formar una alternativa. Esta es una
dinámica que abarca toda la edad moderna. En el momento en que se empieza a
desmontar el «Estado federación de clases»27, (ese Estado que
resulta de una pluralidad de ordenamientos jurídicos distintos y estructurado
en “estamentos” bien definidos) y se comienza paulatinamente a delinear una
sociedad homogénea, unificada bajo un único régimen jurídico, en este mismo
momento tienen su punto de arranque los intentos de auto-organización por parte
de las clases subalternas. Cuando estas “pierden” sus formas de vida feudales –
formas dadas, estáticas – tienen la oportunidad de reconquistar formas de
autonomía gracias al “sindicalismo”.
En este sentido, no hay hegemonía sin la formación,
en el mismo acto, de otra hegemonía alternativa. El elemento nuevo que la
revolución pasiva añade a esta dinámica consiste en el uso de la esfera de la
“privacidad” (o sea, de la dimensión “civil”, de la “sociedad civil” como
externa a la “sociedad política”) como un instrumento político para poder
“canalizar” la capacidad de maniobra de las clases subalternas28.
Sin embargo, el conjunto formado, por un lado, por
la crisis del Estado liberal y la formación de una «política totalitaria», y,
por otro lado, por el paso al imperialismo y la articulación política de nexo
nacional/internacional, hace inevitable la producción de un vínculo nuevo entre
la relación público/privado y la hegemonía. En la época de la política
totalitaria el instrumento para poder controlar a la dinámica social ya no es
la dimensión “civil” (en el sentido de una “sociedad civil”). La hegemonía deberá
ser de nuevo tipo, porque tendrá que “encarnar” aquella
tendencia a la superación de la dicotomía liberal-burguesa público/privado que
se presenta con el sindicalismo, es decir, con la búsqueda de nuevas formas –
no parlamentarias – de representación política. En el presente italiano de los
años 20 y 30, el corporativismo fascista intenta hacerse
representante de esta tendencia: el corporativismo como, a la vez, método para
la gestión de la fuerza de trabajo y nueva forma de mediación entre economía y
política.
4. Sobre la disgregación de un
sistema hegemónico
La crisis de hegemonía tiene su origen en la
existencia concomitante de una serie de condiciones “actuales”, que son en
parte “estructurales” o relativamente “permanentes” y en parte “coyunturales” u
“ocasionales”29. La combinación en que estas condiciones producen
una crisis no se puede determinar materialmente. Sin embargo, no cabe duda de
que la crisis depende de la presencia de una propuesta hegemónica
alternativa global, y este carácter global existe sólo si el
proyecto en cuestión consigue articular, de manera coherente, todos los
niveles de las relaciones de fuerzas, desde el económico-social hasta al
militar, pasando por el estrictamente político.
En la dinámica hegemónica no hay espacios vacíos:
la crisis no equivale a un “vaciamiento” o a un “quitar”, es decir, a una
regresión a la “pura fuerza”. O, mejor dicho, la emergencia en primer plano de
la “fuerza” es la manifestación de una situación de “empate catastrófico” entre
dos fuerzas, que se enfrentan sin que una de las dos consiga prevalecer o
mostrar de poder prevalecer. En este sentido, se trata de una situación muy
peculiar, que no puede extenderse más allá de una fase de resolución violenta del
conflicto. Esta situación de empate – que Gramsci llama cesarismo –
no puede solucionar la crisis de hegemonía, sino de manera transitoria y
provisional30.
La crisis de hegemonía consiste entonces en el
hecho que una serie de dinámicas de diferentes orígenes se “condensan” y, de
este modo, hacen visible a los ojos de las fuerzas subalternas
el mismo dominio hegemónico, la existencia de la hegemonía. En el caso de la
posguerra, la dinámica lenta pero continua de la política totalitaria se ha
cruzado y sobrepuesto a la del imperialismo-colonialismo, que, a su vez, ha
sido el principal factor de aceleración y condensación de las contradicciones
en la guerra31. La guerra ha disgregado la hegemonía en el plano
nacional como en el internacional, con la crisis de las relaciones entre los
Estados. El problema de la hegemonía (o sea, de su crisis), se plantea entonces
sobre ambos niveles – el nacional y el geopolítico – y la clase obrera podrá
ganar sólo si logra formular su propuesta en los dos planos.
Por esta razón, es un error representar la crisis
hegemónica como un vacío de hegemonía, como un lugar político donde, entre un
régimen hegemónico y el siguiente, “aflora” o se hace visible el “entramado”
del poder que normalmente se “esconde” por debajo de la “pátina” de los
discursos hegemónicos; y donde, por consiguiente, las relaciones se presentan
no sólo en un estado más o menos “puro”, sino que ellas también pueden
articularse o rearticularse nuevamente, en un vacío de determinación previa,
que hace posible instituir un nuevo régimen de verdad. Esta es la posición que
defiende Laclau en New Reflections on the Revolution of Our Time,
cuando presenta la crisis de hegemonía como el efecto de una «dislocación de
la estructura», come un «desajuste (maladjustment) que es
irrepresentable en términos espaciales», en una palabra, como un «evento»32.
La crisis de significación, el “colapso” de las cadenas de la significación,
equivale a un poner en cero la articulación hegemónica y a la apertura de un
instante puntual de indeterminación absoluta, en el cual todo es posible.
De ahí se sigue que la crisis de hegemonía será
exclusivamente una crisis negativa, como elocuentemente explican
los términos elegidos: des-ajuste y dis- locación. Se trata pues de pensar la
manera en que un orden determinado colapsa y cómo en el vacío, que de este
acontecimiento resulta, una decisión puntual abre otro espacio de orden. Se
trata de una decisión que, por esto, necesita presuponer a un “sujeto”, que sin
embargo es un sujeto antes del momento de su sujetivación33, es
decir, antes de cualquier organización de su continuidad por parte de un nuevo
discurso (lo que Laclau llama «mito»).
Lo que me interesa recalcar de este modelo de
explicación de la crisis hegemónica es que el colapso de lo que Laclau llama
«estructura» (el discurso hegemónico, es decir, el sistema de significados
instituidos por diferencia) sólo se puede pensar de manera negativa. En sentido
riguroso, ese colapso equivale a un vaciamiento, y es por esto que la decisión
se hace posible.
En términos gramscianos hay que pensar de manera
muy diferente. En primer lugar, el colapso de un discurso hegemónico es más
bien representado como una disgregación. Es decir, un discurso
hegemónico siempre es un conjunto más o menos estable de
discursos diferentes, a los cuales se consigue dar un orden determinado por un
objetivo general. En este sentido, sería más correcto hablar siempre de
un sistema hegemónico. En segundo lugar, si se trata de una
disgregación, la disrupción de un sistema hegemónico no deja aflorar sino
sus pedazos, que son también siempre proyectos hegemónicos que
habían quedado subordinados al proyecto dominante. Estos pedazos no son
necesariamente proyectos hegemónicos globales; de hecho, su
subalternidad respecto al discurso dominante deriva de su escasa o insuficiente
capacidad de universalizarse, es decir, de no haber formulado una posición
coherente para todas la cuestiones cruciales de la vida nacional y de su
proyección internacional. En tercer lugar, la crisis, es decir, la disgregación
del sistema hegemónico, se determina por la elaboración de un sistema
alternativo, en el sentido de un sistema global, que se presenta
como alternativa total al pre-existente. El proyecto hegemónico es pues una
visión de lo que es la civilización en todos sus aspectos.
5. Hegemonía, ideología y sentido común: la
visibilidad de las hegemonías alternativas
Lo antes dicho nos lleva a considerar la relación
entre hegemonía, ideología y sentido común. En efecto, si la hegemonía es una
actividad que se ejerce sobre otros niveles de hegemonía, ¿qué
son, donde están y qué función tienen la ideología y el sentido común? No es
esta la ocasión para discutir detenidamente la extensión semántica de estas
expresiones en los Cuadernos de la cárcel34. Me limitaré
aquí a dar unas indicaciones sobre lo que, en mi opinión, es la orientación
fundamental del pensamiento de Gramsci al respecto.
El sentido común, exactamente como la filosofía
profesional, son ideologías, es decir maneras más o menos coherentes y
efectivas de organizar una visión del mundo. El sentido común es entonces una
actividad ideológica que se caracteriza por la falta de coherencia y
efectividad en su labor de organización de la visión del mundo de los grupos
sociales que se encuentran en cada ocasión “inmersos” en él.
Sin embargo, el sentido común, en cuanto es una
forma de ideología, no carece del todo de actividad: es un conjunto de
creencias, opiniones, etc. en donde la pasividad y la actividad se entrelazan
siempre. En un cierto sentido, se puede definir como un “umbral” entre el
discurso coherente de la filosofía y los elementos dispersos que forman parte
del sentido común. Estos elementos son de varios tipos: religión y folklore
fundamentalmente; pero, aparte de eso, también ideas políticas, científicas,
filosóficas, etcétera. Los elementos del sentido común tienen entonces orígenes
muy diferentes: la religión y el folklore forman parte de la cultura popular,
las ideas políticas no necesariamente, y las ideas científicas y filosóficas
necesariamente nacen fuera de la cultura popular. Sin embargo, todos estos
elementos se convierten en componentes del sentido común, en la medida en que
se encuentran bajo el mismo régimen ideológico de falta de coherencia, es
decir, de falta de elaboración crítica.
En cuanto es un “umbral” entre la filosofía y una
gran serie de elementos de la cultura nacional, el sentido común es un lugar de
lucha y de disputa, porque es criticándolo, reformándolo y reorganizándolo que
la filosofía ejerce su función, que consiste entonces en producir una visión
del mundo que otorgue coherencia a la ideología de la clase dirigente y que
consiga articular alrededor de esta ideología toda una “constelación” de
formaciones ideológicas menos coherentes pero relacionadas de forma subalterna
a la ideología hegemónica.
En cuanto se preocupa por criticar y reformar el
sentido común, la filosofía tiene entonces una estrecha relación con la
hegemonía: ejerce una función hegemónica, es parte de una actividad hegemónica
más amplia, incluso ocupa en el contexto del sistema hegemónico un lugar
privilegiado, que deriva del hecho de que la filosofía – en cuanto es una
actividad dirigida a los problemas de la sociedad en su conjunto y, al mismo
tiempo, se caracteriza por un elevado grado de abstracción – es capaz de
organizar ese mismo sistema también en sus partes no filosóficas, asignando,
por decirlo así, a cada una su función. En efecto, se puede decir que en el
momento en que el sentido común entra en contacto con la filosofía, se ve
involucrado en una dinámica de tipo hegemónico; es decir, el carácter
disgregado e incoherente del sentido común es – por lo menos parcialmente y, en
medida variable, acorde a la época, al país, etc. – reformulado y reformado por
una actividad hegemónica.
Esta actividad de articulación del sentido común en
base a una visión del mundo marca el cambio: en sí mismo, el sentido común se
caracteriza por el predominio de elementos de “espontaneidad”. Sin embargo, la
espontaneidad es aquí el signo no de la falta de un trabajo hegemónico, sino de
su carácter total o parcialmente “indocumentado”, donde indocumentado quiere
decir nada más que en el trabajo de organización hegemónica que aparece como
“espontaneidad”, prevalece la falta de una visión del mundo global y coherente.
De hecho, la espontaneidad pura no existe; lo que se da es la falta de control,
el carácter asistemático de la actividad ideológica que se ejerce en el sentido
común, el carácter semi-casual de las influencias hegemónicas que se cruzan y
chocan en este vasto campo.
Por esta razón, se puede decir que en el espacio
social no hay momentos exentos de hegemonía, y que una crisis orgánica no se
puede pensar como la desaparición – aunque sea sólo por un “instante” (el
“instante” de Laclau) – de toda determinación hegemónica. La crisis es más bien
la desarticulación (más o menos generalizada) de una determinada estructura
hegemónica. Esta desarticulación deja ver a las masas
populares las virtualidades hegemónicas que en aquella estructura quedaban
“incluidas” y “subordinadas”, es decir, reducidas a funciones internas de
aquella y por esta razón no se dejaban visualizar.
Hay que insistir sobre esta doble implicación
recíproca, entre el carácter global de la hegemonía y la visibilidad de las
“capas” de los discursos hegemónicos subordinados. Si la fórmula hegemónica no
es global, es decir, si no se relaciona con el conjunto de las relaciones de
fuerzas a nivel nacional e internacional, el carácter contingente del sistema
hegemónico no aparece como tal. La visibilidad del carácter hegemónico de sus
elementos coincide con su crisis, con su disgregación. Todo lo que aparecía como
obvio y evidente se vuelve expresión de una determinada manera de organizar las
relaciones de fuerzas.
Esta visibilidad es un hecho ideológico de gran
calado: no tiene nada que ver con una idea de convicciones subjetivas o, peor
aún, de sugestiones. Expresa una nueva estructura práctica que se está
consolidando en la sociedad y en el Estado, y que ha llegado a un punto
crítico, porque ha cuestionado el carácter “natural” del sistema hegemónico. En
este sentido, se puede decir que la visibilidad del carácter contingente de la
organización hegemónica de la relaciones de fuerzas coincide con la existencia
de formas de organización autónomas de las clases subalternas, de manera que, a
partir de estas organizaciones, todos los discursos
hegemónicos presentes en la sociedad conocen una redistribución orgánica.
NOTAS
1 Quiero expresar mi más profunda gratitud a Martín Cortés y a Juan
Jorge Barbero por su cuidadosa revisión lingüística del texto.
2 Antonio Gramsci, La lingua unica e l’esperanto, en La città futura.
1917-1918, a cargo de Sergio Caprioglio, Turín, Einaudi, 1982, p. 672.
3 Antonio Gramsci, Epistolario, Vol. 1, gennaio 1906-dicembre 1922, a
cargo de David Bidussa, Francesco Giasi, Gadi Luzzatto Voghera, Maria Luisa
Righi, Roma, Istituto della Enciclopedia Italiana, 2009, pp. 173-74.
4 Sobre los años de Gramsci en Turín, y especialmente sobre el
“historicismo” de Gramsci, véase Leonardo Rapone, Cinque anni che paiono
secoli. Antonio Gramsci dal socialismo al comunismo (1914-1919), Carocci, Roma
2011, pp. 259-93. Sobre el mismo tema también Leonardo
Paggi, Antonio Gramsci e il moderno principe. I. Nella crisi del
socialismo italiano, Roma, Editori Riuniti, 1970, capítulo I.
5 Sobre el significado de la revolución rusa en relación al marxismo de
Gramsci, cfr. Rapone,
op. cit., cap. 5.
6 Véase Vladimir I. Lenin, Rapporto presentato all’apertura della VII
Conferenza del partito del governatorato di Mosca, en Opere complete, Vol.
XXXIII, Roma, Editori Riuniti, 1967, pp. 67-
84. Cfr. Leonardo Paggi, Le strategie del potere in Gramsci. Tra
fascismo e socialismo in un solo paese. 1923-1926, Roma, Editori Riuniti, 1984,
pp.27-31.
7 Una reconstrucción del uso de las metáforas militares en el
pensamiento marxista en Clemente Ancona, L’influenza del Vom Kriege di
Clausewitz nel pensiero marxista da Marx a
Lenin, «Rivista storica del socialismo», a. VIII, 1965, n. 25-26, pp.
129-54.
8 Cfr. Lelio La Porta, Crisi organica, en Dizionario gramsciano.
1926-1937, a cargo de Guido Liguori y Pasquale Voza, Roma, Carocci, 2009, pp.
180-82.
9 Rivoluzione passiva, fascismo, americanismo in Gramsci, en Politica e
storia in Gramsci. Atti del convegno internazionale di studi gramsciani tenuto
a Firenze nei giorni 9-11 dicembre 1977, a cargo de Franco Ferri, 2 voll.,
Roma, Editori Riuniti-Istituto Gramsci, 1977-1979, Vol. I, pp. 161-220, aquí p.
176.
10 Sobre la categoría de revolución pasiva, véanse Dora Kanoussi, Una
introducción a Los cuadernos de la cárcel de Antonio Gramsci, Mexico City,
Plaza y Valdés, 2000; Pasquale Voza,
Rivoluzione passiva, en Le parole di Gramsci. Per un lessico dei
Quaderni del carcere, a cargo de Fabio Frosini y Guido Liguori, Roma, Carocci,
2004, pp. 189-207; Peter D. Thomas, Modernity as “passive revolution”: Gramsci
and the Fundamental Concepts of Historical Materialism, «Journal of the
Canadian Historical Association / Revue de la Société historique du Canada», a.
XVII, 2006,
n. 2, pp. 61-78; Giuseppe Vacca, Modernità alternative. Il Novecento di
Antonio Gramsci, Turín, Einaudi, 2017, pp. 95-149.
11 Véase mi artículo De la mobilisation au contrôle: les formes de
l’hégémonie dans les
«Cahiers de prison» de Gramsci, «Mélanges de l’École française de Rome –
Italie et Méditerranée modernes et contemporaines», a. 128, 2016, n. 2, pp.
1-15 (URL:http://mefrim.revues.org/2918).
12 Antonio Gramsci, Neutralità attiva ed operante, en Cronache torinesi.
1913-1917, a cargo de Sergio Caprioglio, Turín, Einaudi, 1980, pp. 11-12. Cfr.
el comentario a este artículo en Rapone,
Dieci anni…, cit., pp. 11-37. Cfr. también Pierfranco Taboni, La
gramsciana «neutralità attiva ed operante», «Differenze», a. X, 1979, pp.
119-87.
13 En los Cuadernos de la cárcel Gramsci habla de «imprevisible (como
dice Bergson)». Cfr.
Cuadernos de la cárcel, edición crítica del Instituto Gramsci a cargo de
Valentino Gerratana, traducción al español de Ana María Palos, revisada por
José Luis González, 6 tomos, México D.F., Era, 1981-2000, t. 2, p. 14 (haré
referencia a esta traducción, cambiándola siempre que lo considere necesario).
Esta referencia se confirma por las numerosas alusiones a Bergson y a términos
claves de su pensamiento, que se encuentran en los artículos de Gramsci entre
1917 y 1921.
14 Para una reconstrucción de la lectura de las Tesis sobre Feuerbach,
especialmente de la segunda tesis, en los Cuadernos de la cárcel, véanse Peter
D. Thomas, The Gramscian Moment. Philosophy, Hegemony, and Marxism, Leiden,
Brill, 2009, pp. 308 y 448; Fabio Frosini, La religione dell’uomo moderno.
Politica e verità nei Quaderni del carcere di Antonio Gramsci, Roma, Carocci,
2010, pp. 35, 74-5, 79-80, 83, 144, 181, 192-93. Sobre el desarrollo de la
teoría de la traducibilidad en los Cuadernos, cfr. Fabio Frosini, Sulla
«traducibilità» nei «Quaderni» di Gramsci, «Critica marxista», N.S., 2003, n.
6, pp. 29-38; y Traducibilità dei linguaggi e filosofia della praxis: su una
fonte crociana dei «Quaderni», «Critica marxista», N.S., 2016, n. 6, pp. 39-48.
15 Sobre la noción de “relaciones de fuerzas” en el pensamiento de
Gramsci, cfr. Luis Razeto Migliaro – Pasquale Misuraca, Sociologia e marxismo
nella critica di Gramsci. Dalla critica delle sociologie alla scienza della
storia e della politica, Bari, De Donato, 1978.
16 Al hablar de “nudos”, retomo una expresión utilizada por Gramsci en
varias ocasiones – en los escritos políticos (cfr. p. ej. Contro il pessimismo,
1924 y Alcuni temi della quistione
meridionale, 1926) y luego en los Cuadernos – para indicar el hecho que
en determinados momentos y circunstancias se “concentra” una red de relaciones
contradictorias, que determina la posibilidad de lograr un cambio significativo
en el desarrollo de un proceso histórico. Así, p. ej., en el Cuaderno 15, § 70,
Gramsci habla del papel desempeñado por Lorenzo de Medici: «La función de
Lorenzo es importante para reconstruir el nudo histórico italiano que
representa el paso de un periodo de desarrollo imponente de las fuerzas
burguesas a su decadencia rápida, etcétera» (Cuadernos de la cárcel, cit., t.
5, p. 239).
17 Cuaderno 9, § 103, en Cuadernos de la cárcel, cit., t. 4, p. 75.
18 Cuaderno 1, § 48, en Cuadernos de la cárcel, cit., t. 1, p. 123.
19 Cfr. Cuaderno 8, § 236, en Cuadernos de la cárcel, cit., t. 3, p.
344.
20 La distinción entre las dos formas de revolución pasiva ha sido
puesta en luz por Franco De Felice, Rivoluzione passiva, fascismo, americanismo
in Gramsci, cit., pp. 162-66.
21 Vacca, Modernità alternative, cit., p. 149. Sobre el «fenómeno
sindical», cfr. Cuaderno 15, §§ 47 y 59.
22 Para una exposición muy nítida de este proceso de desarrollo hacia
formas de política totalitaria en el marco jurídico del Estado liberal, véase
De Felice, Rivoluzione passiva, fascismo, americanismo in Gramsci, cit., p.
196.
23 Cfr. Cuaderno 1, § 48, en Cuadernos de la cárcel, cit., t. 1, p .123;
y Cuaderno 13, § 7, ibidem, t. 5, p. 22.
24 Cfr. Cuaderno 1, § 58; Cuaderno 2, §§ 51 y 52; Cuaderno 6, §§ 129 y
144; Cuaderno 7, § 82; Cuaderno 9, § 4; Cuaderno 14, § 14.
25 Cuadernos de la cárcel, cit., t. 4, p. 98.
26 Ibidem, t. 4, p. 70.
27 Cuaderno 3, § 18, ibidem, t. 2, p. 30.
28 Sobre la privacidad como rasgo constitutivo de la hegemonía burguesa
liberal, cfr. Cuaderno 1, § 47, ibidem, t. 1, p. 122. Sobre el carácter
«civil» de la «hegemonía» post-jacobina, cfr. Cuaderno 8, § 52, ibidem, t. 3,
p. 244.
29 Sobre las condiciones generales de una «crisis de hegemonía», cfr.
Cuaderno 13, § 23, ibidem, t. 5, p. 52. La crisis de hegemonía se enmarca en la
noción de crisis orgánica, que Gramsci trata a la luz de las relaciones de
fuerzas. Véase, al respecto, Cuaderno 4, § 38, ibidem, t. 2, pp. 167 y sgg.
30 Sobre el cesarismo, véase Francesca Antonini, “Il vecchio muore e il
nuovo non può nascere”: cesarismo ed egemonia nel contesto della crisi
organica, «International Gramsci Journal», Vol. 2, n. 1, 2016, pp. 167-84 (http://ro.uow.edu.au/gramsci/vol2/iss1/26/).
31 Sobre el carácter sobredeterminado de las dinámicas que han llevado a
la revolución en Rusia, cfr. Louis Althusser, Contradicción y
sobredeterminación (Notas para una investigación), en Id., La revolución
teórica de Marx, trad. e introd. de Marta Harnecker, México D.F., Siglo XXI,
1967, pp. 71-106.
32 Ernesto Laclau, New Reflections on the Revolution of Our Time, London
and New York, Verso, 1990, p. 42.
33 Cfr. Ernesto Laclau, Identity and Hegemony: The Role of Universality
in the Constitution of Political Logics, en Judith Butler, Ernesto Laclau,
Slavoj Žižek, Contingency, Hegemony, Universality. Contemporary Dialogues
on the Left, London and New York, Verso, 2000, pp. 44-89: 79.
34 Cfr. Fabio Frosini, Gramsci e la filosofia. Saggio sui Quaderni del
carcere, Roma, Carocci, 2003, cap. 9.

No hay comentarios:
Publicar un comentario