© Libro N° 10986. Haïta El Pastor. Bierce, Ambrose. Emancipación. Marzo 11 de 2023
Título original: © Haïta The Shepherd, Ambrose Bierce (1842-1914)
Versión Original: © Haïta El Pastor.
Ambrose Bierce
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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Ambrose Bierce
Haïta El Pastor
Ambrose Bierce
En el corazón de Haïta las ilusiones de la juventud
no habían sido suplantadas por esas, de la edad y la experiencia. Sus
pensamientos eran puros y placenteros, pues su vida era simple y su alma estaba
desprovista de ambición. Se levantaba con el sol y andaba a rezar al santuario
de Hastur, el dios de los pastores, quien oía y se complacía.
Después de realizar ese rito piadoso, Haïta abría
el portón del redil y, con una mente animada, conducía su rebaño a la campiña,
comiendo su matinal harina de cuajada y pastel de avena mientras andaba,
haciendo una pausa, ocasionalmente, para agregar unas pocas bayas frías de
rocío, o para beber de las aguas que venían de las colinas para unirse al
riachuelo en el centro del valle, y ser llevadas a lo largo de éste él no sabía
adónde.
Durante el largo día de verano, mientras sus ovejas
pacían la hierba buena, que los dioses habían hecho crecer para ellas, o yacían
con sus patas delanteras dobladas bajo sus pechos, y rumiaban el bolo, Haïta,
reclinado a la sombra de un árbol, o sentado sobre una roca, tocaba una música
tan dulce en su flauta de junco que a veces, por el rabillo del ojo, tenía
vislumbres accidentales de las deidades selváticas menores, que se inclinaban
afuera del matorral para oír, aunque si él las miraba de forma directa, éstas
se desvanecían.
De esto —pues él debía estar pensando si no se
convertiría en una de sus propias ovejas— extrajo la solemne inferencia de que
la felicidad podía venir si no era buscada, y que si era buscada nunca sería
vista; pues junto al favor de Hastur, que nunca se revelaba, Haïta valoraba
mucho el amistoso interés de sus vecinos, los tímidos inmortales del bosque y
el riachuelo. Al anochecer conducía su rebaño al redil de vuelta, veía que el
portón estuviera asegurado y se retiraba a su cueva para refrescarse y para los
sueños.
Así pasaba su vida, un día igual a otro, salvo
cuando las tormentas proferían la furia de un dios ofendido. Entonces Haïta se
agachaba en su cueva, el rostro oculto entre las manos, y rezaba para que sólo
él pudiera ser castigado por sus pecados, y el mundo se salvara de la
destrucción. A veces, cuando había una gran lluvia y el riachuelo se salía de
sus orillas, y lo compelía a empujar a su rebaño aterrado a las tierras altas,
intercedía por las gentes de las ciudades, que le habían dicho estaban en la
llanura más allá de las dos colinas azules, que formaban la puerta de entrada
de su valle.
—Es amable de tu parte, oh Hastur —así rezaba—, que
me hayas dado unas montañas tan cercanas a mi vivienda y mi redil, que yo y mis
ovejas podamos escapar de los torrentes coléricos, pero tú mismo debes liberar
al resto del mundo de algún modo que yo no sé, o no te voy a adorar más.
Y Hastur, sabiendo que Haïta era un joven que
mantenía su palabra, se apiadaba de las ciudades y hacía volver las aguas al
mar.
Así había vivido desde que podía recordar. No podía
concebir rectamente cualquier otro modo de existencia. El santo ermitaño que
moraba en la cabeza del valle, a toda una hora de viaje, de quien había oído el
cuento de las grandes ciudades, donde moraban las gentes -¡pobres almas!- que
no tenían ovejas, no le dio ningún conocimiento de ese tiempo temprano, cuando,
como razonaba, él debió haber sido pequeño e indefenso como un cordero.
Fue a través de la meditación de esos misterios y
maravillas, y de ese cambio horrible hacia el silencio y la corrupción, que
estaba seguro debería llegarle a él en algún tiempo, como había visto llegarle
a muchas ovejas de su rebaño -como le llegaba a todos los seres vivos excepto a
los pájaros- que Haïta fue consciente por primera vez de lo miserable y sin
esperanza que era su suerte.
—Es necesario —dijo—, que yo sepa de dónde y cómo
he venido, ¿pues cómo puede uno realizar sus deberes, a menos que sea capaz de
juzgar lo que éstos son, por la forma en que fue instruido con ellos? ¿Y qué
contento puedo tener yo, cuando no sé cuánto tiempo va a durar eso? Acaso,
antes del otro sol, yo pueda haber cambiado, ¿y entonces qué será de las
ovejas? ¿Qué, en efecto, habrá sido de mí?
Al ponderar estas cosas Haïta se tornó melancólico
y hosco. Ya no le habló a su rebaño de modo animado, ni corrió con alacridad al
santuario de Hastur. En cada brisa oyó los susurros de las deidades malignas,
cuya existencia observaba ahora por primera vez. Cada nube fue un portento que
significaba un desastre, y la oscuridad estaba llena de terrores. Su flauta de
junco, cuando se la aplicaba a los labios, no soltaba una melodía, sino un
lamento lúgubre; las inteligencias selváticas y ribereñas ya no se agolpaban en
la espesura para escuchar, sino huían del sonido, como él sabía por las hojas
agitadas y las flores inclinadas.
Él se relajó en su vigilancia, y muchas de sus
ovejas se alejaron hacia las colinas y se perdieron. Las que quedaron se
pusieron magras y enfermas por la carencia de buen pastoreo, pues él no lo
buscaba para ellas, sino las conducía día tras día al mismo sitio, sumido en la
mera abstracción, mientras se quedaba perplejo con lo misterioso de la vida y
la muerte, con la inmortalidad que no conocía.
Un día, mientras se entregaba a las reflexiones más
tenebrosas, súbitamente, saltó de la roca en la que estaba sentado y, con un
gesto decidido de la mano derecha, exclamó:
—Yo no voy a ser más un suplicante del conocimiento
que los dioses retienen. Que ellos miren a que no me hagan mal. Yo voy a
cumplir con mi deber lo mejor que pueda, ¡y si me equivoco que caiga sobre sus
propias cabezas!
Súbitamente, mientras hablaba, una gran brillantez
cayó sobre él, haciéndolo mirar hacia arriba, pensando que el sol había
irrumpido por una grieta en las nubes, pero no había nubes. No más lejos que la
longitud de un brazo, estaba parada una bella doncella.
Era tan bella que las flores a sus pies doblaban
sus pétalos con desespero, e inclinaban sus cabezas en muestra de sumisión; tan
dulce su mirada que los colibríes se agolpaban en sus ojos, y lanzaban sus
picos sedientos casi en éstos, y las abejas silvestres estaban alrededor de sus
labios. Y su brillantez era tal, que las sombras de todos los objetos yacientes
divergían de sus pies, girando mientras ella se movía.
Haïta estaba en trance. Se levantó, se arrodilló
delante de ella en adoración, y ella puso su mano sobre su cabeza.
—Ven —dijo ella con una voz que tenía la música de
todas las campanas de su rebaño—, ven, tú no estás para adorarme, pues yo no
soy una diosa, pero si tú eres verídico y obediente, yo habitaré contigo.
Haïta tomó su mano y, tartamudeando su regocijo y
gratitud, se levantó y, mano con mano, se pararon y se sonrieron a los ojos el
uno al otro. Él la miraba con reverencia y rapto. Le dijo: -Yo te ruego,
adorable doncella, decirme tu nombre y de dónde y por qué has venido.
Ante eso ella puso un dedo de advertencia en su
labio, y empezó a retirarse. Su belleza sufrió una visible alteración que lo
hizo estremecer a él, sin saber por qué, pues ella era bella aún. El paisaje
fue oscurecido por una sombra gigante que recorrió el valle con la velocidad de
un buitre. En la oscuridad la figura de la doncella se volvió borrosa y
confusa, y su voz pareció venir desde la distancia, mientras ella decía, en un
tono de pesaroso reproche:
—¡Joven presuntuoso y desagradecido!, ¿yo debo
entonces dejarte tan pronto? ¿No habría nada que hacer, para que tú no debas
romper por una vez el pacto eterno?
Indeciblemente agraviado, Haïta cayó de rodillas y
le imploró que se quedara, se levantó y la buscó en la oscuridad profunda,
corrió en círculos, la llamó en voz alta, pero todo fue en vano. Ella ya no era
visible, pero fuera de la tiniebla él oía su voz diciendo:
—No, tú no me tendrás si me buscas. Ve a tu deber,
pastor sin fe, o nunca nos volveremos a encontrar.
La noche había caído, los lobos estaban aullando en
las colinas, y las ovejas aterradas se agrupaban junto a los pies de Haïta. Con
las demandas de la hora éste olvidó su decepción, condujo sus ovejas al redil
y, acudiendo a su lugar de adoración, derramó su corazón en gratitud a Hastur,
por haberle permitido salvar su rebaño, luego se retiró a su cueva y durmió.
Cuando Haïta se despertó, el sol estaba alto y
resplandecía adentro de la cueva, iluminando ésta con una gran gloria. Y allí,
junto a él, estaba sentada la doncella. Ella le sonrió con una sonrisa, que
parecía la música visible de su flauta de junco. Él no se atrevió a hablar,
temiendo ofenderla como antes, pues no sabía qué se podría aventurar a decir:
—Porque —dijo ella—, tú hiciste tu deber con el
rebaño, y no te olvidaste de agradecer a Hastur por detener a los lobos en la
noche, yo vengo a ti de nuevo. ¿Quieres tenerme por compañera?
—¿Quién no quisiera tenerte para siempre? —replicó
Haïta—. ¡Oh! Nunca más me dejes hasta que, hasta que yo cambie y me vuelva
silencioso y estático.
Haïta no tenía una palabra para la muerte.
—Me gustaría, en efecto —continuó—, que tú fueras
de mi propio sexo, para que pudiéramos luchar y correr carreras, y así nunca
cansarnos de estar juntos.
Ante esas palabras la doncella se levantó y salió
de la cueva, y Haïta, saltando de su lecho de ramas fragantes, para adelantarse
y detenerla, observó para su asombro que la lluvia estaba cayendo, y que el
riachuelo en medio del valle se había salido de sus orillas. Las ovejas estaban
balando con terror, pues las aguas crecidas habían invadido su redil. Y había
peligro para las ciudades desconocidas de la llanura distante.
Pasaron muchos días antes de que Haïta viera a la
doncella de nuevo. Un día estaba retornando de la cabeza del valle, donde había
ido con leche de oveja, torta de avena y bayas para el santo ermitaño, que era
demasiado viejo y débil para proveerse de alimentos.
—¡Pobre viejo! —dijo en voz alta, mientras caminaba
con dificultad a casa.
—Voy a retornar mañana, y me lo voy a llevar en mi
espalda a mi propia vivienda, donde puedo cuidar de él. Sin dudas, es por eso
que Hastur me ha criado por todos estos muchos años, y me ha dado salud y
fuerza.
Mientras hablaba, la doncella, vestida con prendas
lustrosas, lo encontró en el sendero con una sonrisa que le quitó el aliento.
—Yo vengo de nuevo —dijo—, para morar contigo si tú
me quieres tener ahora, pues nadie más me tendrá. Tú puede que hayas adquirido
sabiduría, y estés deseando tomarme como yo soy, sin cuidarte de saber.
Haïta se arrojó a sus pies.
—Ser bello —gritó—, si sólo te dignas a aceptar
toda la devoción de mi corazón y alma, después que Hastur sea servido, éstos
serán tuyos para siempre. ¡Pero ay!, tú eres caprichosa y descarriada. Antes
del sol de mañana yo puedo perderte de nuevo. Prométeme, te lo ruego, que si en
mi ignorancia yo puedo ofenderte de algún modo, tú me vas a perdonar y quedarte
conmigo para siempre.
Apenas había terminado de hablar, cuando una tropa
de osos salió de las colinas, corriendo hacia él con bocas carmesíes y ojos
feroces. La doncella se desvaneció de nuevo, y él se volteó y huyó para salvar
su vida. No se detuvo hasta que estuvo en la cabaña del santo ermitaño, de
donde había salido. Tras atrancar la puerta rápido contra los osos, se echó al
suelo y lloró.
—Hijo mío —dijo el ermitaño desde su lecho de paja,
recién reunida esa mañana por las manos de Haïta—, no es como si tú lloraras
por los osos, dime qué pesar te ha caído, la edad puede ministrar las heridas
de la juventud con bálsamos, como el de la sabiduría.
Haïta le dijo todo: cómo se había encontrado tres
veces con la doncella radiante, y las tres veces que ella lo había dejado
desamparado. Él relató de forma minuciosa todo lo que había pasado entre ellos,
sin omitir ni una palabra de lo que se ha dicho.
Cuando hubo terminado, el santo ermitaño estuvo un
momento en silencio, luego dijo:
—Hijo mío, yo he atendido a tu historia, y conozco
a la doncella. Yo mismo la he visto, como muchos. Sabe entonces que su nombre,
que ella incluso no te permitiría preguntar, es Felicidad. Tú le dijiste la
verdad, que ella es caprichosa porque impone condiciones que un hombre no puede
cumplir, y el descuido es castigado con la deserción. Ella viene sólo cuando no
es buscada, y no se le pregunta. Una manifestación de curiosidad, un signo de
duda, una expresión de recelo, ¡y ella está lejos! ¿Cuánto tiempo la tuviste
cada vez antes de que huyera?
—Sólo un instante —respondió Haïta, sonrojado por
la confesión—. Cada vez la llevé lejos en un momento.
—¡Joven infortunado! —dijo el santo ermitaño—, si
no fuera por tu indiscreción, la habrías podido tener dos.
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Ambrose Bierce (1842-1914)

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