© Libro N° 10987. Hasta En Los Mares. Lovecraft, H.P.; Barlow, H. Emancipación. Marzo 11 de 2023
Título original: © Till A' The Seas, H.P. Lovecraft (1890-1937)
H. Barlow.
Versión Original: © Hasta En Los Mares.
H.P. Lovecraft; H. Barlow.
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
H.P. Lovecraft; H. Barlow
Hasta En Los Mares
H.P. Lovecraft; H. Barlow
El hombre descansaba sobre la erosionada cima de un
risco, oteando más allá del valle. Desde allí podía ver una gran distancia,
pero en toda la marchita extensión no había ningún movimiento visible. Nada se
agitaba en la polvorienta llanura ni en la desmenuzada arena de los lechos de
ríos desecados mucho tiempo atrás, por donde una vez fluyeran los caudalosas
corrientes de la juventud de la Tierra. Había poco verdor en aquel mundo
terminal, aquel capítulo final de la prolongada presencia de la humanidad sobre
el planeta. Durante incontables eones, la sequía y las tormentas de arena
habían asolado todas las tierras. Los árboles arbustos habían dado paso a
pequeños y retorcidos matorrales que subsistieron largo tiempo merced a su
fortaleza: pero ellos, a su vez, perecieron ante la embestida de toscas hierbas
y fibrosa y dura vegetación de extraña evolución.
El omnipresente calor, creciente según la Tierra
giraba más próxima al Sol, marchitó y mató con rayos inmisericordes. No había
sucedido repentinamente, transcurrieron largos eones antes de que pudiera
sentirse el cambio. Y, a lo largo de esas primeras eras, la adaptable forma del
hombre había seguido una lenta mutación, moderándose a sí mismo para soportar
el progresivamente tórrido aire. Luego llegó el día en que el hombre pudo
aguantar en sus calurosas ciudades, aunque enfermo, y comenzó el gradual retroceso,
lento pero imparable. Aquellas ciudades y poblaciones cercanas al ecuador
fueron las primeras, por supuesto, pero después fueron seguidas por otras. El
hombre, degenerado y exhausto, no pudo hacer frente durante mucho tiempo al
calor que ascendía inexorablemente. Se consumía, y la evolución era demasiado
lenta para dotarle de nuevas resistencias.
Aunque no bruscamente, las grandes ciudades del
ecuador fueron las primeras en ser abandonadas a merced de la araña y el
escorpión. En los primeros años hubo muchos que resistieron, ideando curiosos
escudos y armaduras contra el calor y la mortífera sequedad. Esas almas
intrépidas, reforzando algunos edificios contra el sol implacable, crearon
mundos refugio en miniatura en cuyo interior no era necesaria la armadura
protectora. inventaron maravillosos ingenios, de forma que unos pocos hombres
continuaron en las oxidadas torres, esperando así aguantar en las antiguas
tierras hasta que terminara la sequía. Ya que muchos no quisieron creer cuanto
decían los astrónomos y aguardaban la vuelta del viejo mundo.
Pero un día, los hombres de Dath, en la nueva
ciudad de Niyara, hicieron señales a Yuanario, su capital de antigüedad
inmemorial, y no recibieron ninguna respuesta de los pocos que permanecían en
su interior. Y cuando los exploradores llegaron a la milenario ciudad de torres
enlazadas por puentes encontraron sólo silencio. No había ni siquiera el horror
de la corrupción, ya que los lagartos carroñeros habían sido diligentes.
Sólo entonces la gente comprendió plenamente que
aquellas ciudades estaban perdidas para ellos y supieron que debían
abandonarlas por siempre a la naturaleza. Los otros colonizadores de las
tierras cálidas huyeron de sus arriesgadas posiciones, y el silencio total
reinó entre los altos muros de basalto de un millar de torres vacías. De las
densas muchedumbres y actividades multitudinarias del pasado no quedó
finalmente nada. Entonces, allí se alzaron, contra los desiertos sin lluvia,
las ahuecadas torres de hogares vacíos, factorías y estructuras de todas
clases, reflejando la deslumbrante radiación del sol y agostándose bajo el cada
vez más intolerable calor.
Muchas tierras, sin embargo, habían escapado aún a
la plaga abrasadora, por lo que pronto los refugiados fueron absorbidos en la
vida de un nuevo mundo. Durante siglos extrañamente prósperos, las blanqueadas
ciudades desiertas del ecuador fueron medio olvidadas y adornadas con
fantásticas fábulas. Hubopocos pensamientos sobre aquellas torres espectrales
en ruinas... aquellos montones de muros gastados y invadidas por cactos,
oscuramente silenciosas y abandonadas.
Hubo guerras, devastadoras y prolongadas, aunque
los tiempos de paz fueron mayores. Pero siempre el henchido sol aumentaba su
emisión según la Tierra giraba más próxima a su progenitor. Era como si el
planeta pensara volver a la fuente de donde brotó, eones atrás, merced a un
cataclismo de dimensiones cósmicas. Tras un tiempo, el desastre reptó más allá
del cinturón central. El sur de Yarat se convirtió en un árido desierto... y
luego el norte. En Perath y Baling, cuyas antiguas ciudades fueron habitadas durante
incontables siglos, tan sólo se movían las escamosas formas de la serpiente y
la salamandra, y en la última Loton sólo se escuchaba las esporádicas caídas de
las tambaleantes torres y las desmoronadas cúpulas.
El gran desahucio del hombre de los dominios que
siempre conocieran tuvo lugar lenta, universal e inexorablemente. Ninguna
tierra en el interior del creciente y destructor cinturón se libró. Fue una
épica, una titánica tragedia cuya trama no fue revelada a los actores: el total
abandono de las ciudades del hombre. No llevó siglos ni eras, sino milenios de
crueles cambios. Y aún continuaba... sombría, inevitable, brutalmente
devastadora.
La agricultura se paralizó; rápidamente, el mundo
se volvió demasiado árido para las cosechas. Se remedió mediante sustitutos
artificiales, pronto universalmente empleados. Y mientras los viejos lugares
que habían conocido los grandes hechos de los mortales eran abandonados, el
botín rescatado por los fugitivos mermó más y más. Objetos del mayor valor e
importancia quedaron olvidados en museos muertos —perdidos entre los siglos— y,
al fin, la herencia de un pasado inmemorial fue abandonada. La decadencia tanto
física como cultural surgió con el insidioso calor. Ya que los hombres habían
vivido tanto tiempo cómodos y seguros que este éxodo de pasados escenarios fue
difícil. Tales sucesos no fueron recibidos Temáticamente, su misma lentitud era
aterradora. La degradación y el desastre fueron pronto comunes, los gobiernos
se disolvieron y las desamparadas civilizaciones se sumieron en la barbarie.
Luego, cuarenta y nueve siglos después de la ruina
del cinturón ecuatorial, todo el hemisferio oeste quedó despoblado y el caos
fue completo. No hubo trazas de orden o decencia en las últimas escenas de esta
titánica, atroz e impresionante migración. Locura y frenesí acosaron a todos, y
los fanáticos portavoces de un Armaged6n estaban a la orden del día.
La humanidad se convirtió un lastimero residuo de
antiguas razas, un fugitivo no sólo de las condiciones imperantes, sino también
de su propia degeneración. Aquellos que pudieron huyeron a las tierras del
norte y el antártico, el resto se sumió durante años en una increíble
saturnalia, dudando vagamente de la cercana tragedia. En la ciudad de Borligo
se llevó a cabo la total ejecución de los nuevos profetas, tras meses de espera
infructuosa. Pensaron que la fuga a tierras del norte era innecesaria y no aguardaban
el amenazador final.
Cómo perecieron debió ser terrible sin duda...
aquellas vanas y necias criaturas que pensaron desafiar al universo. Pero las
tiznadas y chamuscadas torres son mudas...
Tales sucesos, no obstante, no deben ser
registrados, porque hay cosas más importantes para considerar que la lenta y
total caída de una civilización perdida. Durante un largo periodo, la moral
tuvo su punto más bajo entre los pocos valientes asentados en las riberas del
ártico y el antártico, tan templados como lo fuera el sur de Yarat en tiempos
muy pretéritos. Pero aquello era sólo una prorrroga. El suelo era fértil, y las
perdidas artes de 1ª ganadería fueron recobradas de nuevo. Fue durante mucho tiempo
un tranquilo y pequeño epítome de las tierras perdidas, aunque no había ya
inmensas multitudes ni grandes edificios. Tan sólo el diseminado remanente de
humanidad superviviente a eones de cambios habitando aquellas dispersas
poblaciones de la tierra tardía.
Cuántos milenios duró esto, no se sabe. El sol era
lento en invadir este último refugio y, con el devenir de las eras, se
desarrolló una raza fuerte y sana que no guardaba memoria o leyendas de las
viejas y perdidas tierras. Este nuevo pueblo efectuaba pocas navegaciones, y
las máquinas voladoras estaban totalmente olvidadas. Sus artefactos eran del
tipo más simple, y su cultura sencilla y primitiva. Aun así, eran felices y
aceptaban el caluroso clima como algo natural y acostumbrado. Pero,
desconocidos para aquellos sencillos campesinos, aún mayores rigores de la
naturaleza les estaban reservados.
Mientras pasaban las generaciones, las aguas del
vasto e insondable océano fueron secándose lentamente, enriqueciendo el aire y
el reseco suelo, pero menguando más a cada siglo. El batiente oleaje aún
relucía claro, y los tornadizos remolinos permanecían, pero un destino de
desecación pendía sobre la total extensión de las aguas. No obstante, la merma
no podía ser detectada excepto mediante instrumentos más delicados que los
conocidos por la raza. Aun descubriendo la gente esta contracción del océano, no
es probable que cundieran grandes alarmas o perturbaciones, ya que las pérdidas
eran tan ligeras y los mares tan grandes... sólo unos pocos centímetros durante
muchos siglos; pero en muchos siglos, e incrementándose.
Así desaparecieron por fin los océanos, y el agua
llegó a ser una rareza en el globo resecado por el ardiente sol. El hombre se
había desparramado lentamente por todas las tierras árticas y antárticas. Las
ciudades ecuatoriales, y muchas de las posteriores poblaciones, estaban
perdidas aun para las leyendas. Había alteraciones de la paz a cada momento, ya
que el agua era escasa y sólo se encontraba en profundas cavernas. Incluso así,
era bastante poca, y los hombres morían en sedientos vagabundeas por lejanos
lugares. Aunque tan lentos eran aquellos mortíferos cambios que cada nueva
generación era renuente a creer lo que oía de sus padres.
Nadie quería admitir que el calor hubiera sido
menor o el agua más abundante en los viejos tiempos, ni guardarse del ardor
resecante y agostador que estaba por llegar. Así fue hasta el final, cuando
sólo unos pocos centenares de humanos jadeaban en busca de aliento bajo el
cruel sol: un mísero puñado agrupado de los incontables millones que una vez
moraran sobre el sentenciado planeta.
Y los centenares disminuyeron aún más, hasta que la
humanidad se redujo a unas decenas. Esas decenas se refugiaron junto a la
menguante humedad de las cuevas y supieron que el fin estaba cerca. Tan pequeño
era su radio de acción, que nadie había visto jamas las pequeñas fabulosas
áreas de hielo cercanas a los polos del planeta... si es que éstas aún
existían. incluso de haber sido así, y de haber sido conocidas por los hombres,
nadie podría haberlas alcanzado a través de los formidables desiertos sin caminos.
Y así el último y patético resto disminuia.
No puede describirse esa espantosa cadena de
sucesos que despoblaron la Tierra entera, es demasiado tremendo para que nadie
pueda pintarlos o abarcarlos. Del pueblo de las eras afortunadas de la Tierra,
miles de millones de años atrás, sólo unos pocos profetas y locos pudieron
haber concebido lo que iba a suceder; pudieron haber tenido visiones de las
tierras silenciosas y muertas, y los lechos de los mares totalmente vacíos. El
resto habría dudado... dudado tanto de la sombra de cambio sobre el planeta como
de la sombra de sentencia sobre la especie. Ya que el hombre se ha considerado
siempre como el amo inmortal de las cosas naturales.
Cuando hubo aliviado los estertores moribundos de
la anciana, Ull lanzó una temerosa mirada a las deslumbrantes arenas. Ella
había sido un ser espantoso, arrugado y deshidratado como una hoja marchita. Su
rostro tenía el color de la enfermiza hierba amarilla que se agostaba bajo el
viento ardiente, y era espantosamente vieja.
Pero había sido una compañía, alguien con quien
compartir vagos temores, con quien hablar de cosas increíbles; un camarada con
el que compartir la esperanza de auxilio de esas otras silenciosas colonias más
allá de las montañas. No podía creer que no viviera nadie en alguna otra parte,
ya que Ull era joven y no tenía la certidumbre de la anciana. Durante muchos
años no había conocido a nadie más que la anciana: su nombre era Mladdna. Había
llegado el día de su undécimo cumpleaños, cuando los cazadores salieron a
buscar carne y no regresaron. Ull no tenía madre que pudiera recordar, y había
pocas mujeres en el grupo. Cuando los hombres desaparecieron, aquellas tres
mujeres, la joven y las dos viejas, habían gritado aterradas y gimoteado
durante mucho tiempo. Luego la joven había enloquecido, dándose muerte con un
bastón afilado.
Las ancianas la enterraron en un agujero poco
profundo excavado con sus propias uñas; así que Ull estaba solo cuando llegó
esta Mladdna, aún más vieja. Ella caminaba con ayuda de un nudoso bastón, una
preciada reliquia de los viejos bosques, duro y pulido por los años de uso. No
dijo de dónde provenía, pero renqueó hasta el interior mientras la joven
suicida era enterrada. Allí aguardó hasta que volvieron las dos, y éstas la
aceptaron sin curiosidad.
Así fue durante muchas semanas, hasta que las otras
dos cayeron enfermas, y Mladdna no pudo curarlas. Extraño fue que aquellas dos,
más jóvenes, cayeran, mientras que ella, más débil y anciana, sobrevivió.
Mladdna las había cuidado durante muchos días, y por fin murieron, por lo que
Ull quedó solo con la extranjera. Él gritó toda la noche, hasta que ella acabó
perdiendo la paciencia y le amenazó con morir también. Entonces, oyéndola, se
calmó al fin, ya que no deseaba quedar en completa soledad. Tras eso, había
vivido con Mladdna y ella desenterraba raíces para comer. La podrida dentadura
de Mladdna estaba demasiado enferma para roer la comida que encontraba, pero
ellos la picaban hasta que ella podía tomarla. Esta fatigosa rutina de búsqueda
y comida constituyó la infancia de Ull.
Ahora, a sus diecinueve años, era fuerte y firme, y
la anciana había muerto. No había nada que le atara allí, por lo que se decidió
por fin a buscar aquellas fabulosas cabañas detrás de las montañas y vivir con
aquel pueblo. Ull cerró la puerta de su choza —por qué, él no pudo
contestárselo, ya que no había allí animales desde hacía muchos años— y dejó a
la mujer muerta en su interior. Medio deslumbrado, y aterrado ante su propia
audacia, caminó durante largas horas por las secas hierbas, hasta que por fin alcanzó
las primeras estribaciones de las colinas. El atardecer llegó, y él trepó hasta
que estuvo exhausto y se tumbó sobre la hierba.
Allí tendido, pensó en muchas cosas. Se preguntó
acerca de la vida extranjera, apasionadamente ansioso de alcanzar la perdida
colonia del otro lado de las montañas, pero al fin se durmió. Cuando despertó,
había luz de estrellas en su rostro y se sintió vigorizado. Ahora que el sol se
había ido por un tiempo, viajó más rápido y decidió apresurarse antes de que la
falta de agua se volviera insoportable. No había llevado nada consigo, ya que
el último pueblo, morando en un lugar fijo y no teniendo ocasiones para
acarrear su preciada agua, carecía de recipientes de cualquier clase. Ull
deseaba alcanzar su meta antes de un día y escapar así de la sed, por eso se
apresuraba bajo el fulgor de las estrellas, corriendo a veces en la atmósfera
cálida y reduciendo a un paso ligero en otras ocasiones.
Prosiguió mientras el sol se elevaba, aunque aún
estaba en las pequeñas colinas con tres grandes picos alzándose al frente. Bajo
su sombra, descansó de nuevo. Luego ascendió durante toda la mañana, y a
mediodía remontó el primer pico; allí se tumbó por un tiempo, estudiando el
espacio antes de la nueva etapa. El hombre descansó sobre el borde erosionado
de un risco. Ante él pudo ver grandes distancias, pero en toda la desértico
extensión no había movimientos visibles.
Llegó la segunda noche, y encontró a Ull entre los
rudos picos, con el valle y el lugar donde había descansado muy lejos y abajo.
Estaba cerca del segundo pico ahora y aún se apresuraba. Alcanzó el tercero
aquel día, lamentando su locura. Aunque no podía haber permanecido allí con el
cadáver, solo en la pradera. Trató de convencerse de esto y se apresuró todavía
hacia delante, cansadamente tenso.
Y por fin sólo hubo unos pocos pasos antes de que
el risco terminara, permitiéndole contemplar la tierra de más allá. Ull se
tambaleó agotado por el camino rocoso, cayendo y golpeándose aún más. Estaba
cerca, esa tierra donde los hombres rumoreaban que habían habitado, esa tierra
sobre la que había oído historias en su niñez. El camino era largo, pero la
recompensa grande. Una roca de gigantesco perímetro interrumpió su Vista, y él
la escaló ansiosamente. Por fin pudo contemplar el sumido orbe de su tan ansiado
destino, y sus doloridos y sedientos músculos fueron olvidados cuando vio
gozoso que una pequeña aglomeración de construcciones pendía de la base del
risco más lejano.
Ull no se detuvo, sino que, espoleado por lo que
vio, corrió, se tambaleó y se arrastró el kilómetro restante. Creyó detectar
formas entre las rústicas cabañas. El sol estaba a punto de ponerse; el odioso,
devastador sol que había acabado con la humanidad. No pudo vislumbrar detalles,
pero pronto las cabañas estuvieron cerca. Eran muy viejas, de bloques
arcillosos consumidos por la perenne sequedad del mundo moribundo. Poco, en
efecto, cambiaba excepto por los seres vivientes: las hierbas y aquellos últimos
hombres.
Ante él, una puerta abierta pendía de toscos
goznes. Bajo la luz moribunda Ull entró, exhausto, buscando con avidez los
ansiados rostros. Luego se desplomó sobre el suelo y lloró a mares, ya que
sobre la mesa se apoyaba un reseco y antiguo esqueleto. Se levantó por fin,
enloquecido por la sed, insoportablemente dolorido y sufriendo las mayores
desilusiones que cualquier mortal pueda conocer. Era, pues, el último ser
viviente sobre el globo. Él, el heredero de la Tierra... todas las tierras, y
todas igualmente inútiles para él. Retrocedió tambaleándose, sin mirar a la
borrosa figura blanca bajo el reflejo de la luz de la luna, y cruzó la puerta.
Deambuló por el vacío poblado buscando agua e inspeccionando con tristeza aquel
lugar vacío, tan espectralmente conservado por el aire inmóvil. Ahí había una
morada, allá un rústico lugar para fabricar objetos... recipientes de arcilla
que sólo contenían polvo y nada de líquido para mitigar su sed abrasadora.
Entonces, en el centro del pequeño poblado, Ull vio
la boca de un pozo. Sabía qué era, ya que había oído cuentos sobre ello a
Mladdna. Con mísera alegría, se tambaleó hacia adelante y se inclinó sobre la
boca. Allí, por fin, estaba el final de su búsqueda. Agua —fangosa, estancada y
escasa, pero agua— ante sus ojos.
Ull aulló con la voz de un animal torturado,
tanteando en busca de cubo y cadena. Su mano resbaló en el fangoso borde y cayó
sobre el pecho en el pretil. Durante un instante se mantuvo allí, luego, sin un
sonido, su cuerpo se precipitó en el negro pozo.
Hubo un ligero chapuzón en la tenebrosa superficie
cuando impactó contra una piedra sumergida, desprendida eones atrás de la
masiva albardilla. La agitación del agua se sosegó progresivamente. Así, por
fin, la Tierra estuvo muerta. El último superviviente, digno de lástima, había
perecido. Los incontables miles de millones, los lentos eones, los imperios y
civilizaciones de la humanidad se resumían en aquella pobre forma retorcida...
¡y cuán titánico sinsentido fue todo!
Ahora, en efecto, había llegado un final y clímax
para todos los esfuerzos de la humanidad... ¡cuán monstruoso e increíble clímax
a ojos de aquellos pobres necios complacientes de los días prósperos! Nunca más
conocería el planeta el atronador hollar de millones de humanos... ni el reptar
de los lagartos o el zumbido de insectos, ya que ellos también se habían ido.
Había llegado el reino de las ramas sin savia y de los interminables campos de
marchita hierba. La Tierra, como su fría e imperturbable luna, se había sumido
en el silencio y la oscuridad para siempre.
Las estrellas ronroneaban; el mismo plan descuidado
continuaría por desconocidas infinidades. Este final trivial para un episodio
insignificante no importaba a las distantes nebulosas o a los soles naciendo,
floreciendo y muriendo. La estirpe del hombre, demasiado minúscula y efímera
para tener una función o propósito reales, era tal conclusión le habían como si
nunca hubiera existido. A tal conclusión le habian llevado los eones de su
ridícula y tramposa evolución. Pero cuando los mortíferos rayos del sol naciente
se derramaron por el valle, una luz alcanzó el fatigado rostro de una quebrada
figura que yacía en el fango.
___________________________
H.P. Lovecraft (1890-1937)
R.H. Barlow (1918-1951)

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