© Libro N° 10973. Fueron Testigos. Chacel, Rosa. Emancipación. Marzo 4 de 2023
Título original: © Fueron Testigos. Rosa Chacel (1898-1994)
Versión Original: © Fueron Testigos. Rosa
Chacel
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Rosa Chacel
Fueron Testigos
Rosa Chacel
Había ya pasado un cierto tiempo después del
mediodía, en realidad un tiempo enteramente incierto, más difícil de precisar
que el que tarda una manzana en bajar de la rama a la tierra, pues en este eran
impalpables bloquecillos de piedra los que estaban bajando lentamente y
asentándose en la calle.
Las máquinas que trabajaban en la demolición de una
casa acababan de pararse. Los hombres habían caído rápidamente en el descanso,
así como los cierres metálicos de almacenes y depósitos, y sólo habían quedado
en el aire, fluctuantes y reacias a sedimentarse, las partículas de diferentes
géneros y estructuras que componen el polvo.
Entre estas, de opaca y material pesantez, el
incógnito tráfico de los olores: aceites, frutas mustias, cueros. No había un
alma viva en toda la calle. Sólo, a veces, dejaba asomar en el quicio de una
puerta la mitad de su figura un joven sirio que vendía botones y cintas,
ocupando media entrada de una casa con sus mercancías.
La otra mitad del portal era oscura, la otra mitad
del muchacho quedaba en la sombra. La que se asomaba al quicio de la puerta,
afrontaba el tiempo sin oasis del mediodía. A lo lejos, en la calle apareció un
hombre. Venía por la acera de enfrente a la puerta del sirio. No había nada de
notable ni en su aspecto ni en sus ademanes: era, simplemente, un hombre que
venía por la acera de enfrente.
Sin embargo, al ir aproximándose, su modo de andar
fue dejando de ser natural, fue acortando gradualmente el paso o, más bien, su
paso fue haciéndose lento, cada vez más lento a medida que avanzaba, y al mismo
tiempo fue inclinándose y tendiendo a caer hacia adelante como una vela
reblandecida. Al fin, dos casas antes de llegar enfrente, cayó.
El muchacho no reaccionó en el primer momento.
Esperó a ver si se levantaba. Pero viendo que no, fue a auxiliarle. Cruzó la
calle, y a menos de un metro de distancia alargó la mano con intención de
levantarle y tirar de él por debajo del brazo. No llegó a tocarle. Detuvo la
mano a un palmo de él, quedó un instante paralizado de terror, y al fin echó a
correr hasta el almacén que estaba entreabierto.
Había algunos obreros comiendo en las mesas y no
quisieron hacerle caso. Le decían:
—¿Quién es el que está borracho, él o tú?
Pero el sirio insistía, hasta que uno de ellos miró
por la ventana y vio el bulto del hombre caído en el suelo. Entonces fueron
detrás del muchacho. Suponían que era un accidentado. Cuando estaban ya cerca,
el sirio les retuvo diciéndoles:
—¡Fíjense bien en lo que le pasa!
El hombre no estaba enteramente inerte, no parecía
tampoco que hiciera por levantarse, pero se removía, agitado por una especie de
lucha, en la que se veía bien claro que no podía ganar. Porque al empezarse a
ver bien claro lo que estaba pasándole, por esto mismo empezaba a ser
totalmente incomprensible, humanamente inadmisible.
El terror había paralizado a los cuatro hombres,
hasta que uno de ellos logró soltarse de la repugnante fascinación rompiendo la
cadena que inmovilizaba sus nervios y que estaba tramada por sus nervios
mismos, contraídos, rígidos. Con movimientos convulsos como los de un cable que
ha llegado a saltar por excesiva tensión, el obrero que se había destacado del
grupo dirigió sus pasos otra vez hacia el almacén, y, una vez allí, hasta el
teléfono.
Le preguntaron qué pasaba, y respondió, pero su voz
no era inteligible. Abrió la guía telefónica. Sus manos hacían temblar las
hojas, impidiéndole ver los números. Alguien, una mujer, vino en su ayuda y
adivinó, sin comprender sus palabras, lo que quería. Pasó atolondradamente las
hojas, no encontró nada. Gritó para que viniese el almacenero a ayudarla y,
entre los dos, arrebatando el teléfono de las manos del que estaba aferrado a
él, pidieron la información de la central.
Pero ninguno pudo retener en la memoria el número
de la Asistencia Pública que la central había dado. Así, tuvieron que volver a
llamar. Al fin, lograron la comunicación y pidieron una ambulancia, dando
torpemente las señas del lugar donde se encontraban.
Entonces, todos los que estaban en el almacén
fueron a comprobar aquello que se obstinaban en no entender. Fueron todos, y el
hombre que había ido al teléfono volvió con ellos. Fueron el almacenero y los
mozos, otros obreros con dos mujeres que al principio no habían atendido, y la
que había acudido al teléfono que era la que trabajaba en la cocina. Rodearon
al hombre caído que ya no era un hombre caído: ya no era un hombre.
Aquel removerse que en un principio pudo parecer la
lucha contra algún mal espasmódico que le sacudía, no se había aplacado
enteramente, pero se había ido convirtiendo en un temblor semejante al que
agita a una masa espesa cuando comienza la ebullición. Pues el hombre, en suma,
ya no era más que esto: una masa sin contornos.
Se había ido sumiendo en sí mismo, se había ido
ablandando, de modo que los dedos de sus manos ya no eran independientes entre
sí, sino que la mano era una masa de color más claro que se fundía con la masa
de color oscuro que era todo el cuerpo, envuelto en el traje, pues traje y
calzado sufrían idéntica transformación que el hombre mismo.
Todo ello se unía e iba afectando un carácter de
material homogéneo, iba pasando del estado sólido, de un ser vivo que aún
alienta, a una viscosidad que retemblaba y delataba algún vapor encerrado en
ella pugnando por escapar en una burbuja, como un suspiro lento, y poco a poco
empezaba a tomar la turbia transparencia de un ágata, tendiendo a volverse
líquido, como las gotas de cera que se mantienen redondas porque el aire las
comprime alrededor y les crea una película capaz de contener largó rato su masa
sin dejarla extender.
Ya no conservaba relieve alguno que correspondiese
a la forma que había tenido. Aquella forma quedaba aún acusada sólo por una
especie de vetas que tardaban en borrarse del conjunto total, y naturalmente,
este conjunto, al abandonar la solidez, se iba aplanando contra las losas,
cubriendo un espacio cada vez más grande, hasta que, al fin, su falta de
densidad fue haciéndole irregular el contorno, que acabó por romperse en
aquellos puntos en que el nivel del suelo descendía, y se escurrió por entre
las losas de la acera, buscando la cuneta.
En aquel momento parecía que volvía a cobrar vida,
esa vida con que los líquidos corren apresurados a ganar las parte más bajas,
obedeciendo a una ley que el ojo humano no registra, y por eso parecen llenos
de una sabiduría o de una voluntad que los conduce. Pero antes de llegar a la
boca de la alcantarilla, se le vio detenerse y empezar a empaparse en la
tierra.
Parecía, primero, filtrarse por las junturas de las
losas, y después, la primera porción que quedaba sobre las planchas de granito
empezó a reducirse como sumiéndose por los poros de la piedra. Su ligereza
llegó a ser entonces como la de esos líquidos muy volátiles cuya mancha, si se
vierten en el suelo, empieza a mermar rápidamente por los bordes y desaparece
sin dejar huella.
Antes de que hubiese llegado a desaparecer, se oyó
la campanilla de la Ambulancia y el coche, doblando la esquina, vino a pararse
junto al grupo de gente.
Los dos camilleros saltaron al suelo y empezaron a
abrirse paso. Ya en el primer contacto con aquellas gentes que habían
presenciado el prodigio hubo una ruda extrañeza por parte de unos y otros. Los
que llegaban, empleaban el lenguaje usual. Preguntaban dónde estaba el hombre
enfermo, si estaba aún vivo, quién se lo había llevado. Los que formaban el
corro, no contestaban nada.
Llevaban largo rato sin que entre sus labios,
separados por el terror, pasase una sola palabra, y lo único que hicieron fue
apartarse un poco para que llegasen y viesen. Pero los enfermeros exigían
explicaciones. Miraban aquella mancha que se consumía por sí misma y no la
reconocían como mancha de sangre. Estaban acostumbrados a encontrar en el sitio
donde un hombre había caído la mancha que se vierte de las venas rotas, y
aquella materia que estaban considerando no tenía el irrevocable carmesí que
grita la piedad como razón última.
Tenía un sombrío matiz, complejo como la angustia o
el poder sin límites, y las preguntas de aquellos hombres, que no lograban
entrar en la comprensión total del hecho, se perdían sin respuesta, como meros
ademanes de una realidad ineficiente.
Entre los que habían asistido desde el principio,
el silencio era una guardia sobre las armas que no podía deponerlas antes de la
total consumación. Sólo el hombre que había logrado romper la cárcel de aquel
pasmo y había establecido el contacto con los de fuera, había quedado sin poder
volver a entrar en él y sin poder volver tampoco a ser libre.
La voz de aquel hombre sonaba entre las preguntas,
no porque las contestase, sino porque no podía callar. Su sonido no era
articulado. Era como una campana que moviese el viento, era, como ya quedó
dicho, una vibración convulsa, semejante a la de un alambre que salta por
excesiva tensión.
Sin querer ceder a la estupefacción, aquellos
hombres curtidos en el servicio de socorro temían el engaño. Querían asegurarse
de que no habían sufrido una burla, amenazando con investigaciones judiciales.
Nadie les escuchaba. Los que tenían los ojos fijos en la pálida sombra que
apenas se distinguía ya en las losas, lo más que hicieron fue alzarlos alguna
vez hasta sus rostros, esperando verles ceder en su desconfianza.
Pero los hombres se resistían, hablaban de una
mentira acordada entre aquel grupo de gentes para encubrir el delito de alguno
de ellos, y al fin, viendo que de un momento a otro desaparecería el último
resto material del fenómeno, que no tenían valor para juzgar ni para negar,
hablaron de llevar algo de aquello para analizarlo, e intentaron acercarse para
tomar un poco, sin saber cómo. Entonces, una de las mujeres se interpuso y
gritó o, más bien, exhaló, pues su voz era como un soplo lejanísimo:
—¡No lo toquen!
Los hombres del socorro retrocedieron.
Los del grupo dejaron escapar un rumor, una especie
de rugido rechazando amenazadoramente aquella intrusión que turbaba los últimos
momentos en que el prodigio iba a desaparecer sin dejar rastros. No querían
perder aquel instante en que el último matiz se borraría, en que el último
punto en que el grano de la piedra fuese aún afectado por un tinte extraño,
recobraría su color.
Querían palpar con la mirada el suelo después que
no hubiese en él ni un solo testimonio de la existencia que había embebido. Y
al fin llegó a no haberlo. Entonces comprendieron que tenían que dispersarse, y
el final, el definitivo y total término del hecho empezó a conformarse a las
distintas almas como a recipientes de formas diversas.
Efectos ilógicos, al parecer, imprevisibles desde
cualquier punto de vista exterior, porque sólo obedecían a reacciones químicas,
a fermentos, a resistencias o repulsiones.
Así, los hombres últimamente llegados, que habían
asistido apenas al desarrollo del fenómeno y que por tanto carecían de datos
para dar fe de él, empezaron a anhelar aquella fe, y con lo poco que habían
visto empezaron a gritar su convencimiento. Otros, en cambio, habían agotado
sus fuerzas soportando el proceso desde el principio al fin y, al comprobarlo
totalmente extinguido, se sentían liberados de su inhumana opresión, y
perezosamente querían no creer que habían visto.
Otros, trataban de armonizar lo que sabían cierto e
increíble con las leyes de la razón ordinaria y decían que en el porvenir se
progresaría lo suficiente como para encontrarle una explicación, o bien que
había que aceptar las cosas vedadas al entendimiento que caían del cielo o de
donde fuese.
El hombre de la voz que no podía reposar seguía
delirando los gritos de su mudez, y de su garganta parecía a veces partir el
mortuorio lamento de la hiena, a veces la azarosa armonía de las arpas colgadas
al viento, a veces el acento de los profetas.
Todos se dispersaron por la ciudad y todos, menos
este, volvieron a sus vidas y faenas habituales, combatiendo unos el recuerdo
hasta lograr lavarse de él, conservándole otros con gratitud y temor.
Sólo este, el hombre que creyendo nada más ver
gritó para despertarse, rompió su orden cotidiano, enajenó su vida al
injertarla en la rama de aquella creencia en cuyo sentido, hostil a la mente,
exento de toda ejemplaridad, se nutría una savia de locura.
No quedó sobre las losas ni un aura que advirtiese
a los pasajeros dónde ponían la planta. Desde su puerta, el joven sirio
vigilaba el lugar sin perder la certeza de los palmos de tierra donde todo
había acontecido y, aunque nunca llegó a dudar, en algunos momentos su certeza
era más firme porque la corroboraban ciertos hechos que, repetidamente
observados, constituían una respuesta muda, más que muda vaga o ambigua. Esa
respuesta que se tiene al interpelar a aquello que sobrepasa las medidas
humanas.
El muchacho veía a diario pasar sobre aquellas
losas a los transeúntes ocupados en sus quehaceres y no esperaba de ellos
ninguna señal. Pero cuando veía venir un perro, aguardaba ansiosamente. Sabía
que la pureza irracional tenía que ser sensible al magnetismo que se
desprendiese de aquel trozo de suelo. Y aunque nunca obtuvo una confirmación
contundente, nunca tampoco fue claramente defraudado en su suposición.
No llegó nunca a sorprender en el animal un
movimiento de retroceso o titubeo que le hiciera decir claramente: al llegar
aquí no pasa. Y sin embargo era el caso que no pasaba. Siempre, como unos
metros antes, se desviaba sin mirar, o bien, al llegar ya al límite justo,
parecía atraído de pronto por cualquier desperdicio que iba a revolver y
olfatear frívolamente.
Nunca, ninguno llegó a pararse en seco, a mirar
derecho, como el hombre necesita mirar para ver. Sólo logró sorprender en
algunos una ligera crispación de la oreja o bien ese curvamiento rápido del
lomo con el cual parece que hacen escurrir el miedo hasta la cola. Nunca logró
observar más. Pero esto siguió observándolo indefinidamente sin que sus ojos
errasen en una pulgada.
El lugar donde el prodigio se había logrado estaba
tan bien delimitado en su memoria como la planta de un templo cuyos cimientos
no pudieran ser gastados por los siglos. Y siguió atendiendo a sus mercancías
sin que nadie notase el misterio que acechaba, porque todos creían que lo que
brillaba en su mirada oriental era esa oscura lámpara de fe que arde en los
ojos negros que bebieron la luz en sus fuentes.
_________________________
Rosa Chacel (1898-1994)

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