© Libro N° 10974. Gabriel Ernesto. Saki. Emancipación. Marzo 4 de 2023
Título original: © Gabriel-Ernest, Saki (1870-1916)
Versión Original: © Gabriel Ernesto. Saki
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y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Saki
Gabriel Ernesto
Saki
Hay un animal salvaje en sus bosques -dijo el
artista Cunningham, mientras lo llevaban a la estación. Era la única
observación que había hecho durante el trayecto, pero como Van Cheele había
hablado sin parar, el silencio de su compañero no había sido notorio.
-Un zorro extraviado o dos y unas cuantas
comadrejas de la región. Nada más formidable que eso -dijo Van Cheele. El
artista no dijo nada.
-¿Qué quería decir con animal salvaje? -le dijo Van
Cheele más tarde, cuando estaban en el andén.
-Nada. Mi imaginación. Aquí está el tren -dijo
Cunningham.
Esa tarde, Van Cheele salió a dar uno de sus
frecuentes paseos por su boscosa propiedad. Tenía una garza disecada en su
estudio, y sabía los nombres de un gran número de flores salvajes, de modo que
su tía tenía tal vez alguna justificación para describirlo como un gran naturalista.
En todo caso, era un gran andarín. Tenía la costumbre de tomar nota mental de
todo lo que veía durante esos paseos, no tanto para ayudar a la ciencia
contemporánea, como para disponer de temas de conversación más tarde. Cuando
las campanillas azules comenzaban a florecer, él se encargaba de informar a
todo el mundo de ese hecho; la época del año hubiera podido advertir a sus
oyentes de la probabilidad de que esto ocurriera, pero por lo menos pensaba que
él les estaba siendo absolutamente franco.
Sin embargo, lo que vio Van Cheele esa tarde en
particular era algo muy lejano de su experiencia corriente. En una saliente de
piedra lisa sobre un pozo profundo en el claro de un bosquecillo de robles, un
muchacho de unos dieciséis años estaba echado secándose deliciosamente los
miembros bronceados al sol. Tenía el pelo mojado, partido por una zambullida
reciente y pegado a la cabeza, y sus ojos castaños claros, tan claros que
tenían casi un brillo atigrado, se dirigían a Van Cheele con cierta atención
perezosa. Era una aparición inesperada, y Van Cheele se encontró envuelto en el
desusado proceso de pensar antes de hablar. ¿Dé dónde en el mundo podía
provenir ese muchacho de aspecto salvaje? A la esposa del molinero se le había
perdido un chico hacía unos dos meses, se suponía que se lo había llevado la
corriente que movía el molino, pero aquel era un bebé y no un muchacho crecido
como este.
-¿Qué estás haciendo ahí? -le preguntó.
-Obviamente, asoleándome -replicó el muchacho.
-¿Dónde vives?
-Aquí en estos bosques.
-No puedes vivir en los bosques -dijo Van Cheele.
-Son unos bosques muy bonitos -dijo el muchacho con
cierto tono condescendiente en la voz.
-¿Pero dónde duermes de noche?
-No duermo de noche; es cuando estoy más ocupado.
Van Cheele empezó a tener el irritante sentimiento
de estar lidiando un problema que lo eludía.
-¿De qué te alimentas? -preguntó.
-Carne -dijo el muchacho.
Y pronunció la palabra con una lenta delicia, como
si estuviera saboreándola.
-¡Carne! ¿Qué carne?
-Ya que le interesa, conejos, perdices, liebres,
aves de corral, corderitos recién nacidos, y niños cuando consigo alguno; en
general están encerrados con llave por la noche, cuando yo hago la mayor parte
de la cacería. Hace ya dos meses que no pruebo carne de niño.
Haciendo caso omiso de la irritante naturaleza de
la última frase, Van Cheele trató de llevar al muchacho al tema de la posible
caza furtiva.
-Estás hablando por tu sombrero cuando mencionas lo
de alimentarse con liebres (por el aspecto del muchacho no era un símil muy
afortunado). Las liebres de nuestras colinas no son fáciles de cazar.
-Por la noche yo cazo en cuatro patas -fue la
respuesta más o menos enigmática.
-¿Supongo que lo que dices es que cazas con un
perro? -aventuró Van Cheele.
El muchacho se dio vuelta lentamente sobre la
espalda y se rió con una extraña risa baja que tenía algo agradable de broma y
algo desagradable de gruñido.
-No creo que ningún perro tuviera muchas ganas de
andar conmigo, especialmente por la noche.
Van Cheele empezó a sentir que ese muchacho de ojos
y hablar extraño tenía algo pavoroso.
-No puedo permitirle permanecer en estos bosques
-declaró en tono autoritario.
-Creo que usted preferiría tenerme aquí y no en su
casa -dijo el joven.
La perspectiva de ese animal desnudo y salvaje en
la casa ordenada y perfecta de Van Cheele evidentemente era alarmante.
-Si no te vas, tendré que obligarte -dijo Van
Cheele.
El muchacho se volvió como un rayo, se zambulló en
el pozo, y en un momento ya había recorrido con su cuerpo mojado y brillante la
mitad de la distancia de la otra orilla hasta el lugar donde estaba Van Cheele.
En una nutria el movimiento no hubiera sido nada especial; en un muchacho, a
Van Cheele le pareció suficientemente sobrecogedor. Se resbaló al hacer un
movimiento involuntario para retroceder y se encontró casi postrado en la
orilla húmeda, con aquellos ojos atigrados no muy lejos de los suyos. Casi instintivamente
se llevó la mano a la garganta. El muchacho volvió a reírse, con una risa en la
que el gruñido había hecho desaparecer casi toda la alegría, y luego, con otro
de sus movimientos asombrosamente rápidos, desapareció corriendo hacia un tupido
macizo de hierbas y helechos.
-¡Qué animal salvaje tan raro! -dijo Van Cheele
mientras se ponía de pie. Y luego se acordó de la observación de Cunningham,
“hay un animal salvaje en sus bosques”.
De regreso a casa sin prisa, Van Cheele empezó a
darle vueltas en la mente a una serie de acontecimientos locales que podían
atribuirse a la existencia de este asombroso muchacho salvaje.
Algo había estado haciendo que escaseara los
animales silvestres últimamente en aquellos bosques, las gallinas desaparecían
de las granjas, las liebres ya casi no se encontraban, y le habían llegado
noticias de corderos a los que se habían llevado de sus rebaños en las colinas.
¿Sería posible que ese muchacho salvaje estuviera cazando en la región en
compañía de algún perro inteligente? El muchacho había hablado de cazar “en
cuatro patas” durante la noche, pero también había insinuado que a ningún perro
le gustaría acercársele “especialmente de noche”. Era verdaderamente
intrigante. Y luego, mientras Van Cheele repasaba las distintas depredaciones
que se habían cometido en el último mes o dos, de pronto se detuvo tanto en su
camino como en sus especulaciones. El niño perdido del molino hacía dos meses,
la teoría aceptada era que se había caído entre la corriente del molino y ésta
se lo había llevado, pero la madre siempre había declarado haber oído un grito
en el lado de la casa que daba a la colina, en la dirección contraria a la del
arroyo. Era impensable por supuesto, pero él habría preferido que el muchacho
no hubiera hecho esa aterradora alusión a haber comido carne de niño hacía dos
meses. Cosas tan horribles no debían decirse ni en broma.
Van Cheele, contra su costumbre, no se sentía
dispuesto a mostrarse comunicativo sobre su descubrimiento en el bosque. Su
posición como consejero de la parroquia y juez de paz se vería comprometida de
cierto modo por el hecho de estar albergando en su propiedad a una personalidad
de tan dudosa fama; había incluso la posibilidad de que le pasaran una costosa
cuenta por el valor de los corderos y las gallinas que se habían perdido. Esa
noche a la cena estaba desusadamente callado.
-¿Te comieron la lengua? -le dijo su tía-.
Cualquiera diría que te encontraste con un lobo.
Van Cheele, que no conocía ese viejo dicho, pensó
que la observación era bastante tonta; si se hubiera encontrado con un lobo en
su propiedad su lengua hubiera estado extraordinariamente ocupada con el tema.
Al día siguiente al desayuno, Van Cheele se daba
cuenta de que su desazón por el episodio del día anterior no había desaparecido
del todo y resolvió tomar el tren hasta la población vecina, buscar a
Cunningham, y enterarse de qué era lo que realmente había visto, obligándole a
hablar con insistencia acerca de un animal salvaje en sus bosques. Tomada esa
resolución, su alegría habitual volvió en parte, y empezó a musitar una pequeña
melodía mientras se dirigía al estudio a fumarse su cigarrillo de costumbre. Al
entrar al estudio, la melodía abruptamente dio paso a una invocación piadosa.
Graciosamente extendido en la otomana, en una actitud de reposo casi exagerada,
estaba el muchacho de los bosques. Estaba más seco que la última vez que lo
había visto Van Cheele, pero por otra parte sin ninguna alteración notable de
su apariencia.
-¿Cómo te atreves a venir aquí? -le preguntó Van
Cheele furioso.
-Usted me dijo que no podía quedarme en los bosques
-dijo el muchacho calmadamente.
-Pero no te dije que vinieras aquí. ¡Supón que te
hubiera visto mi tía!
Y con la intención de minimizar semejante
catástrofe, Van Cheele apresuradamente cubrió todo lo posible a su no
bienvenido visitante bajo los pliegues del periódico de la mañana. En ese
momento, la tía entró a la habitación.
-Este es un pobre muchacho que ha perdido su camino
y perdido la memoria. No sabe quién es ni de dónde viene -explicó Van Cheele
desesperadamente, mirando atemorizado a la cara del vagabundo para saber si
agregaba la franqueza inoportuna a sus otras propensiones salvajes.
La señorita Van Cheele estaba enormemente
interesada.
-Tal vez tenga alguna marca en la ropa interior
-sugirió.
-Parece haber perdido eso también -dijo Van Cheele,
dándole tironcitos nerviosos al diario de la mañana para mantenerlo en su
lugar.
Un niño desnudo y sin hogar le atraía tanto a la
señorita Van Cheele como un gatito perdido o un perrito sin dueño.
-Tenemos que hacer todo lo que podamos por él
-decidió, y, en poquísimo tiempo, un mensajero despachado a la parroquia, en
donde había un joven paje, había regresado con un juego de ropa y los
accesorios necesarios como camisa, cuello, zapatos, etc. Vestido, limpio, y
arreglado, el muchacho no había perdido nada de su expresión aterradora, a los
ojos de Van Cheele, pero su tía lo encontraba encantador.
-Debemos llamarlo de algún modo mientras
averiguamos quién es realmente -dijo ella-. Gabriel-Ernesto, me parece; son
nombres apropiados y simpáticos.
Van Cheele estaba de acuerdo, pero en su interior
dudaba sobre si se los estarían poniendo a un muchacho apropiado y simpático.
Sus recelos no disminuyeron por el hecho de que su manso y viejo perro de
cacería se había escapado de la casa apenas llegó el muchacho, y seguía
tiritando y ladrando obstinadamente en el otro lado del huerto, mientras que el
canario, usualmente tan activo vocalmente como el propio Van Cheele, se había
encerrado en su mutismo de píos aterrados. Más que nunca se resolvió a consultar
a Cunningham sin pérdida de tiempo.
Mientras él se dirigía a la estación, su tía hacía
los arreglos para que Gabriel-Ernesto la ayudara a divertir a los niños de la
escuela dominical, esa tarde en el té.
Al principio, Cunningham no estaba dispuesto a
mostrarse comunicativo.
-Mi madre murió de una enfermedad cerebral -explicó
-, de manera que usted comprenderá por qué me niego a confiarle a nadie
cualquier cosa de naturaleza fantástica e imposible que haya visto o pensado
que he visto.
-¿Pero qué fue lo que vio? -insistió Van Cheele.
-Lo que creí ver fue algo tan fuera de lo común,
que nadie, en su sano juicio le daría crédito como a algo realmente sucedido.
Yo estaba la última tarde que estuve con usted, medio escondido entre los
arbustos de la entrada del huerto viendo la puesta del sol. De pronto me di
cuenta de la presencia de un muchacho desnudo; pensé que fuera un muchacho que
se había estado bañando en algún pozo cercano, y que se había quedado en la
falda de la colina también mirando el atardecer. Su actitud sugería de tal modo
la de un fauno silvestre de la mitología pagana que inmediatamente se me
ocurrió contratarlo como modelo, y lo hubiera llamado un momento después. Pero
justo en ese momento el sol dejó de verse, y todos los colores naranja y rosado
desaparecieron del paisaje, dejándolo frío y gris. En ese mismo momento, pasó
algo asombroso, ¡el muchacho también desapareció!
-Qué, ¿se desvaneció en la nada? -preguntó Van
Cheele excitado.
-No; esa es la parte horrible del asunto -contestó
el artista-, en la falda de la colina, en donde había estado el muchacho hacía
un segundo, estaba un lobo grande, de color negruzco, con los colmillos
brillantes y los ojos amarillos crueles. Uno creería...
Pero Van Cheele no se detuvo por algo tan fútil
como lo que se creía. Ya estaba corriendo a toda velocidad hacia la estación
del tren. Desechó la idea de un telegrama. “Gabriel-Ernesto es un hombre-lobo”
era un esfuerzo desesperadamente inadecuado para hablar de lo que pasaba, y su
tía lo tomaría por un mensaje en una clave de la cual él no le había dado la
contraseña. Su única esperanza era alcanzar a llegar a casa antes de la puesta
del sol. El taxi que tomó en el otro extremo del viaje en tren lo llevó con lo
que parecía una lentitud exasperante por los caminos rurales, que ya se ponían
rosados y malva bajo la luz del sol poniente. Su tía estaba recogiendo algunos
bizcochos sin terminar cuando él llegó.
-¿Dónde está Gabriel-Ernesto? -preguntó casi
gritando.
-Está llevando a casa al pequeño de los Toop -dijo
la tía-. Se estaba haciendo tan tarde que no me pareció seguro dejarlo ir solo.
Qué bonito atardecer, ¿cierto?
Pero Van Cheele, aunque consciente del resplandor
del cielo al occidente, no se quedó a comentar su belleza. A una velocidad para
la cual estaba escasamente dotado corría a lo largo del estrecho sendero que
llevaba a casa de los Toop. A un lado corría la rápida corriente que movía el
molino, del otro estaba la franja de loma pelada.
Un resplandor mortecino de sol poniente todavía se
veía en el horizonte, y tras la próxima vuelta del camino podía estar la pareja
dispareja que buscaba. De pronto el color de las cosas desapareció, y la luz
gris se posó con un leve temblor sobre el paisaje. Van Cheele oyó un estridente
grito de terror, y dejó de correr.
Nunca se volvió a saber nada del pequeño Toop o de
Gabriel-Ernesto, pero se encontró la ropa de este último tirada en el camino,
de modo que se supuso que el niño había caído al agua y que el muchacho se
había desnudado y se había lanzado en un vano intento de salvarlo. Van Cheele y
unos trabajadores que andaban por allí cerca en esos momentos testificaron
sobre el fuerte grito del niño que habían oído hacia el lugar en donde se
encontraron las ropas. La señora Toop, que tenía otros once hijos, se resignó decentemente
a su desgracia, pero la señorita Van Cheele hizo un duelo sincero por su
muchacho expósito perdido. Por iniciativa suya, se puso una placa en memoria de
éste en la iglesia parroquial. A Gabriel-Ernesto, muchacho desconocido, que
sacrificó valientemente su vida por la de otro.
Van Cheele complacía a la tía en la mayoría de sus
asuntos, pero se rehusó por completo a contribuir con su dinero a una placa en
memoria de Gabriel-Ernesto.
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Saki (1870-1916)

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