© Libro N° 10972. Fuera De La Tierra. Machen, Arthur. Emancipación. Marzo 4 de 2023
Título original: © Out Of The Earth; Arthur Machen (1863-1947)
Versión Original: © Fuera De La Tierra.
Arthur Machen
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Arthur Machen
Fuera De La Tierra
Arthur Machen
Durante agosto hubo una confusa queja acerca de la
mala conducta de los niños en ciertos balnearios de Gales. Semejantes informes
son sumamente difíciles de rastrear; y nadie tiene mejor razón que yo para
saberlo. No necesito recorrer el ancestral suelo galés; pero temo que en estas
fechas mucha gente desearía no haber oído nunca mi nombre.
Por otro lado, un considerable número de personas
están preocupadas seriamente, desde mi punto de vista, por mi bienestar. Me
escriben cartas, algunas con amables censuras, rogándome que no prive a las
pobres almas enfermas del pequeño consuelo que encuentran en medio de sus
penas. Otros me envían folletos izquierdistas; los demás son violenta y
anónimamente injuriosos. Y además, con escritura espaciada, en hermosa forma de
libro, el señor Begbie se ha enfrentado a mí, en mi opinión, severamente.
De mi parte, todo era completamente inocente, más
bien casual. Yo, que en prosa soy un pardillo, no hice sino expresar mi
insignificante lamento en el Evening News, porque así lo quise, pues sentía que
la historia de los arqueros debía ser contada. Cuando todo el mundo está en
guerra, un inventor de fantasmas es, el cielo lo sabe, una despreciable
criatura; pero pensé que, de todos modos, a nadie perjudicaría que yo
atestiguara, a la manera del arte fantástico, mi creencia en la heroica gesta
de las huestes inglesas que regresaron de Mons tras combatir y vencer.
De un modo u otro, fue como si hubiera pulsado un
botón y puesto en funcionamiento un terrible y complicado mecanismo de rumores
que se pretendían auténticos, de murmuraciones que se las daban de evidentes,
de extravagantes disparates, en los que la buena gente creía. El supuesto
testimonio de esa hija de un canónigo muy conocido tomó por asalto las revistas
parroquiales, e igualmente disfrutó de la confianza de los eclesiásticos
disidentes.
La hija negó saber algo del asunto, pero la gente
todavía citaba sus supuestas palabras; y las publicaciones se enredaban con los
relatos, probablemente verídicos, de las angustiosas alucinaciones y delirios
de nuestros soldados en retirada, hombres fatigados y destruidos hasta el borde
de la muerte. Todo resultó peor que los mitos rusos, y como en las fábulas
rusas, parecía imposible seguir el curso del engaño hasta su fuente.
Y eso ocurrirá, en mi opinión, con este extraño
asunto de los impertinentes niños de una ciudad galesa de la costa, o mejor de
un grupo de pueblos situados en determinada región o comarca que no voy a
precisar tanto como quisiera, pues amo a este país y mis recientes experiencias
con Los arqueros me han enseñado que ningún cuento es demasiado fútil para ser
creído. Y, por supuesto, para empezar nadie sabía cómo se originó este extraño
y malicioso chisme. Que yo sepa, se parece más a los mitos rusos que el cuento
de los ángeles de Mons. Es decir, el rumor precedió a la impresión; se habló
del asunto y pasó de una carta a otra mucho antes de que los periódicos
advirtieran su existencia. Y —aquí se asemeja bastante al incidente de Mons—
Londres y Manchester, Leeds y Birmingham murmuraron cosas desagradables
mientras los pequeños pueblos implicados disfrutaban inocentemente de una
prosperidad desacostumbrada.
En esta última circunstancia, como creen algunos,
hay que buscar el fundamento. Es sabido que ciertas ciudades de la costa este
padecieron el terror de los ataques aéreos, y que una buena parte de sus
visitantes usuales se dirigieron al oeste. Así pues, existe la teoría de que la
costa este fue lo bastante ruin como para divulgar rumores contra el oeste por
pura malicia. Puede que así sea; no pretendo saberlo. Pero ahí va una
experiencia personal, que ilustra la forma en que se divulgó el rumor. Estaba yo
un día almorzando en mi taberna de Fleet Street —a comienzos de julio— cuando
entró un amigo mío, abogado de la firma Serjeants Inn, y se sentó a mi mesa.
Empezamos a hablar de las vacaciones y mi amigo Eddis me preguntó adónde
pensaba ir.
—Al mismo lugar de siempre —dije.
—¿De veras? —dijo el jurista—. Pensé que la costa
había dejado de gustar. Mi esposa tiene un amigo que ha oído decir que no es ni
mucho menos lo que era.
Me asombró oír eso, pues no entendía que una ciudad
como Manavon pudiera dejar de gustar. La había conocido durante diez años,
habiéndome alojado en ella en mis veinte visitas, y no podía creer que hubieran
surgido alborotos en las casas de huéspedes desde agosto de 1914. No obstante,
hice una pregunta a Eddis:
—¿Turistas? —lo pregunté sabiendo, en primer lugar,
que los turistas odian los lugares solitarios, tanto en el campo como en la
playa; en segundo lugar, que no había ciudades industriales a una distancia
asequible y cómoda, y, en tercer lugar, que los ferrocarriles no expedían
billetes de ida y vuelta durante la guerra.
—No, no exactamente turistas —replicó el abogado—.
Pero el amigo de mi esposa conoce a un clérigo que afirma que la playa de
Tremaen no es ahora en modo alguno agradable, y Tremaen está sólo a unas
cuantas millas de Manavon, ¿no es así?
—¿De qué forma no es agradable? —proseguí con mi
interrogatorio— ¿Payasos, ferias y esa clase de cosas? Pienso que no puede ser
así, ya que las solemnes rocas de Tremaen convertirían en piedra al más animado
Pierrot. Se quedaría inmóvil sobre la playa, y las gaviotas se llevarían su
canción y la convertirían en un lamento a través de las solitarias y resonantes
cavernas que miran hacia Avalon. Eddis dijo que no había oído nada acerca de
los feriantes, pero tenía entendido que desde la guerra los niños del distrito
estaban completamente fuera de control.
—Palabrotas, ya sabe —dijo—, y todo ese género de
cosas, peores que los niños de los suburbios de Londres. Nadie desea que su
esposa e hijos escuchen conversaciones groseras, mucho menos durante sus
vacaciones. Y se dice que Castell Coch está verdaderamente imposible; ninguna
mujer decente se dejaría ver por allí.
—Realmente es una pena —dije yo, y cambié de tema.
Pero no podía entenderlo del todo. Conocía bien
Castell Coch: una pequeña bahía, rodeada de dunas y acantilados de arena roja
repletos de verdor. Una corriente de agua fría desciende hasta el mar; allí se
encuentran el castillo Norman en ruinas, la antigua iglesia y la dispersa
aldea; en conjunto es un lugar pacífico, tranquilo y de gran belleza.
Allí la gente, tanto los niños como los adultos, no
es simplemente amable, sino atenta. No había creído los chismes del jurista;
por mucho que lo intentase no podía comprender lo que insinuaba. Y, para evitar
cualquier misterio innecesario, puedo añadir que tanto mi esposa como mi hijo y
yo mismo fuimos el pasado agosto a Manavon y pasamos unas deliciosas
vacaciones. Entonces no fuimos conscientes, por supuesto, de ningún tipo de
molestia o desavenencia. Después, lo confieso, me contaron una historia que me
desconcertó y todavía me desconcierta, y esta historia, si la aceptamos, puede
proporcionar su propia interpretación a una o dos circunstancias que en sí
mismas parecían completamente insignificantes.
Pero durante todo julio encontré perversos rumores
que afectaban a este grato rincón de la tierra. Algunos coincidían con los
chismes de Eddis; otros ampliaban su vaga historia y la precisaban aún más. Por
supuesto, no se disponía de ninguna prueba. En estos casos nunca existen
pruebas. Pero A conocía a B, que había oído decir a C que la hija menor de su
primo segundo había sido atacada y golpeada por una pandilla de jóvenes
salvajes galeses. Luego, la gente mencionó a un doctor con una numerosa clientela
en una ciudad muy conocida de las Midlands, en el sentido de que Tremaen era
una cloaca de depravación juvenil. Opinaban que la prueba de un médico
responsable era terminante y convincente; pero no se molestaron en averiguar
quién era el doctor, ni siquiera si había algún doctor relacionado con la
cuestión. Entonces el asunto comenzó a aparecer en los periódicos de forma
indirecta. La gente mencionó el caso de estos imaginarios niños traviesos en
apoyo de sus opiniones en materia de educación.
Alguien dijo que estos desgraciados pequeños se
habrían portado bien si no hubieran tenido ningún tipo de educación; la
oposición declaró que la permanencia en la escuela los reformaría,
transformándolos en ciudadanos admirables. Luego, los pobres niños del condado
de Arfon parecieron verse envueltos en disputas acerca de la separación de la
Iglesia y el Estado en Gales y la cuestión minera; y todo el tiempo se
preocuparon de comportarse cortés y admirablemente como siempre hacían. Supe
todo el tiempo que todo era un disparate, pero no pude comprender en lo más
mínimo lo que quería decir, ni quién movía los hilos del rumor. Empecé a pensar
si la presión, la ansiedad y la tensión de una terrible guerra no habrían
desquiciado a la opinión pública, de manera que estuviera dispuesta a creer
cualquier fábula, a discutir los motivos de unos sucesos que nunca habían
ocurrido.
Finalmente empezaron las murmuraciones acerca de
cosas del todo increíbles: los niños visitantes no solamente habían sido
golpeados, sino también torturados; un chico fue encontrado empalado con una
estaca en un campo solitario cercano a Manavon; otro niño había sido incitado
con engaño a despeñarse por los acantilados de Castell Coch.
Un periódico de Londres envió discretamente a Arfon
a un competente investigador. Estuvo ausente una semana, y al final de ese
período volvió a su oficina y, en sus propias palabras, echó por tierra toda la
historia. No existía una sola palabra de verdad, dijo, en ninguno de esos
rumores. Nunca había visto un país tan hermoso; jamás encontró hombres, mujeres
y niños más agradables; no había ni un solo caso de enfado o inquietud en
ninguna de sus formas.
Sin embargo, la historia siguió creciendo,
haciéndose cada vez más monstruosa e increíble. Yo estaba demasiado ocupado en
observar el avance de mi propio monstruo mitológico para prestarle atención. El
secretario del ayuntamiento de Tremaen, al que finalmente alcanzó la leyenda,
escribió una breve carta a la prensa negando que existiera la más mínima base
para los desagradables rumores, y casi por aquella fecha fuimos nosotros a
Manavon y, como dije antes, lo disfrutamos. El tiempo fue perfecto: azules paradisíacos
en el cielo, el mar todo un prodigio reluciente, con verdes oliva y esmeraldas,
violetas vivos y zafiros cristalinos alternando entre las rocas; y a lo lejos
una confusión de mágicas luces y colores en la confluencia de mar y cielo.
El trabajo y la preocupación me acosaban; no
encontré nada mejor que detenerme junto a la costa repleta de tomillo, donde
hallaba alivio y descanso infinitos en la gran extensión de mar frente a mí y
en las minúsculas flores a mi lado. O nos quedábamos toda la tarde en un alto
sobre los acantilados grises, observando la marea al encresparse entre las
rocas, y escuchando su bramido en las cuevas del fondo. Más tarde, hubo una o
dos cosas que me sobrecogieron.
Pero entonces no les hice caso. Ves pasar a un
hombre con un extraño sombrero blanco y piensas muy poco o nada en él. Después,
cuando te enteras de que un hombre que llevaba un sombrero así ha cometido un
asesinato en una calle próxima cinco minutos antes, descubres en ese sombrero
un cierto interés e importancia. Extraños niños fue la frase utilizada por mi
hijo pequeño; y empecé a pensar que verdaderamente eran extraños.
Si existe alguna explicación de todo este turbio
asunto, creo que debe buscarse en una conversación que sostuve no hace mucho
con un amigo mío llamado Morgan. Como buen galés es un soñador, y algunos dicen
que parece un niño que todavía no ha madurado. Aunque no lo supe mientras
permanecí en Manavon, mi amigo pasó sus vacaciones en Castell Coch. Era un
hombre solitario, amante de los sitios solitarios, y cuando nos vimos en otoño
me contó que solía ir, día tras día, a un lejano promontorio en la costa conocido
por el Campamento Viejo, llevando en una cesta su pan con queso y su cerveza.
Allí, por encima de las aguas, hay impresionantes y enormes murallas cubiertas
de césped, así como defensas redondeadas y pulidas por el transcurso de varios
millares de años. En un extremo de este lugar tan antiguo existe un túmulo, una
torre de observación quizás, y debajo el verde y engañoso foso parece finalizar
en el centro del campo, cuando en realidad se precipita hacia las escarpadas
rocas y el precipicio sobre las aguas.
A este lugar venía Morgan, según dijo, a soñar con
Avalon, a purificarse de la fuliginosa corrupción de las calles.
Y así, según me contó, una tarde, mientras
dormitaba y soñaba, abriendo los ojos de vez en cuando para admirar el milagro
y la magia del mar, mientras escuchaba los innumerables murmullos de las olas,
su meditación fue interrumpida pavorosamente por un repentino estallido de
horribles y estridentes gritos, acompañados de gritos infantiles, pero de niños
de la peor especie. Morgan dice que se echó a temblar con sólo oírlos.
—Eran para el oído lo que el légamo para el tacto—
dijo.
Luego identificó las palabras: todas las groserías
y obscenidades posibles del vocabulario; blasfemias que ponían el grito en el
cielo, para luego sumergirse en las puras y radiantes profundidades,
desafiándolas. Morgan estaba asombrado. Miró con atención la verde muralla de
la fortaleza y vio en el fondo un enjambre de repulsivos niños, pequeñas y
horribles criaturas con caras de viejo, rostros de ojos hundidos y lascivos.
Era peor que destapar una nido de serpientes o una madriguera de gusanos.
No; no llegó a describir lo que eran en realidad.
—Lea usted lo de Bélgica —dijo Morgan— y piense que
no podían tener más de cinco o seis años.
No hubo infamia, dijo, que no perpetraran, ni
crueldad que escatimaran.
—Vi correr la sangre a raudales, mientras ellos se
reían a carcajadas, pero después no pude hallar ni rastro de ella en la hierba.
Morgan dijo que los observó sin hablar; fue como si
una mano lo amordazara. Al fin recuperó su voz y les chilló, y ellos estallaron
en obscenas carcajadas, devolviéndole los gritos y desapareciendo de su vista.
No pudo seguirlos; supone que se ocultaron entre los espesos helechos por
detrás del Campamento Viejo.
—A veces no puedo entender a mi casero de Castell
Coch —prosiguió Morgan—. Es el administrador de correos del pueblo y tiene una
granja propia: una especie de tipo corriente, honrado y agradable. Pero a veces
habla extrañamente. Iba a contarle lo de esos niños bestiales y a preguntarle
quiénes podían ser, cuando empezó a hablar en galés, algo así como la lucha
generacional de siempre; y la gente se deleita con ella.
Morgan no añadió nada más; era evidente que no
había entendido nada.
Pero este extraño relato suyo me recordó un par de
circunstancias extrañas que había observado: el caso de nuestro pequeño que se
extravió más de una vez y anduvo perdido entre las dunas, y que regresó
horriblemente asustado, gritando y balbuceando algo acerca de extraños niños.
Entonces no le prestamos atención; no nos preocupaba, creo yo, si era o no
cierto que algunos niños vagaban por las dunas. Estábamos acostumbrados a sus
pequeñas fantasías.
Pero después de oír la historia de Morgan me volvió
a interesar el asunto y escribí a mi amigo el anciano doctor Duthoit, de
Hereford. Su respuesta fue la siguiente:
—Sólo los pueden ver y oír los niños y los
inocentes. He aquí la explicación a lo que le desconcertó al principio: cómo
surgieron los rumores. Surgieron de los chismes infantiles, de residuos y
sobras del habla semiarticulada de los niños, de los horrores que no entendían,
de palabras que avergonzaban a sus niñeras y a sus madres.
—Esta gente pequeña sale del interior de la tierra
y disfruta de nuestra época. Pues, como dijo el galés, se alegran cuando saben
que los hombres siguen su propio camino.
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Arthur Machen (1863-1947)

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