© Libro N° 10971. Fingida Era La Arboleda. Kuttner, Henry y Moore, Catherine L. Emancipación. Marzo 4 de 2023
Título original: © Mimsy Were The Borogoves, Henry Kuttner
(1915-1958) Catherine L. Moore (1911-1987)
Versión Original: © Fingida Era La
Arboleda. Henry Kuttner y Catherine L. Moore
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y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Henry Kuttner
Catherine L.
Moore
Fingida Era La Arboleda
Henry Kuttner
Catherine L.
Moore
No vale la pena intentar describir ni Unthahorsten
ni lo que le rodeaba porque, por un lado, había transcurrido su buen millón de
años desde 1942 Anno Domini, mientras que, por otra parte, Unthahorsten no
estaba en la Tierra, técnicamente hablando. Se hallaba en el equivalente de
permanecer en el equivalente de un laboratorio. Se estaba preparando para
comprobar el funcionamiento de su máquina del tiempo.
Después de conectar la energía, Unthahorsten se dio
cuenta de pronto de que la Caja estaba vacía, lo cual no la haría funcionar. El
instrumento necesitaba un control, un sólido tridimensional que reaccionara a
las condiciones de otra edad. De otro modo, a la vuelta de la máquina,
Unthahorsten no podría decir dónde y cuándo había estado. Mientras que, con un
sólido en la Caja, éste se vería sujeto automáticamente a la entropía y al
bombardeo de rayos cósmicos de la otra era y, cuando la máquina regresara, Unthahorsten
podría medir los cambios, tanto cualitativos como cuantitativos. Entonces, los
Calculadores se podrían poner a trabajar y terminarían por decirle a
Unthahorsten que la Caja había visitado brevemente una época 1.000.000 Anno
Domini, 1.000 Anno Domini, o 1 Anno Domini, fuera cual fuese.
No es que eso importara, excepto para Unthahorsten.
Pero él era infantil en muchos aspectos. Había poco tiempo que perder. La Caja
empezaba a brillar y a estremecerse. Unthahorsten miró rápidamente a su
alrededor y se lanzó rápidamente hacia la habitación contigua, acercándose a un
arcón de almacenamiento que allí había. Salió con las manos llenas de cosas de
aspecto muy peculiar. Eran algunos de los juguetes desechados por su hijo
Snowen, que el chico había traído consigo cuando llegó desde la Tierra, tras
haber dominado la técnica necesaria. Bueno, Snowen ya no necesitaba más
aquellos trastos viejos. Estaba condicionado, y comenzaba a desinteresarse por
las cosas infantiles. Además, aunque la esposa de Unthahorsten conservara los
juguetes por razones sentimentales, el experimento era mucho más importante.
Unthahorsten salió de la habitación y amontonó los
juguetes en el interior de la Caja, cerrándola justo en el instante en que se
encendía la señal de advertencia. La Caja desapareció. La forma en que se fue
hizo que a Unthahorsten le dolieran los ojos. Esperó. Y esperó. Después
abandonó y construyó otra máquina del tiempo con resultados idénticos. Snowen
no se extraño ante la pérdida de sus viejos juguetes, ni tampoco su madre, de
modo que Unthahorsten limpió el arcón y amontonó el resto de las reliquias infantiles
de su hijo en la segunda Caja del tiempo.
De acuerdo con sus cálculos, ésta tendría que haber
aparecido en la Tierra durante la última parte del siglo diecinueve Anno
Domini. Si era eso lo que había ocurrido realmente, el instrumento debía estar
allí. Disgustado, Unthahorsten decidió no construir ninguna máquina del tiempo
más. Pero el daño ya había sido hecho. Había dos de ellas y la primera... Scott
Paradine la encontró mientras hacía novillos en la escuela elemental Glendale.
Aquel día tenían un examen de geografía, y Scott no veía ningún sentido en
memorizar nombres de lugares.... lo que en 1942 era una teoría muy avanzada.
Además, hacía uno de esos cálidos días de primavera, con una brisa ligeramente
fresca, que invitaba a un chico a permanecer echado en un campo y mirar
fijamente las nubes ocasionales que pasaban sobre él, hasta quedarse dormido.
¡Al diablo con la geografía! Scott se quedó medio dormido.
Hacia el mediodía, sintió hambre, así es que sus
fuertes y delgadas piernas le llevaron hasta una tienda cercana. Allí, invirtió
su pequeño tesoro con un cuidado miserable y una desconsideración sublime para
con sus jugos gástricos. Bajó al arroyuelo para comer. Una vez terminada su
provisión de queso, chocolate y pasteles, y después de vaciar la pequeña
botella de soda hasta la última gota, Scott se dedicó a recoger renacuajos y a
estudiarlos con una considerable dosis de curiosidad científica. Pero no perseveró
mucho en su tarea. Algo cayó rodando por la ribera y se introdujo en un
barrizal, junto al agua. Scott, echando una cautelosa mirada a su alrededor, se
acercó para investigar. Se trataba de una caja. En realidad, se trataba de la
Caja. El artilugio atado a ella significaba muy poco para Scott, aunque se
preguntó por qué tendría aquel aspecto de metal fundido y quemado. Lo consideró
con serenidad. Utilizando su navaja, se afanó y probó, mientras la punta de su
lengua se asomaba por una esquina de su boca... Hmmm. No había nadie por los
alrededores. ¿De dónde habría llegado aquella caja? Alguien tendría que haberla
dejado allí y la tierra, al removerse, la habría hecho rodar hacia abajo desde
su posición inicial.
-Esto es una hélice -decidió Scott, bastante
erróneamente.
Tenía un aspecto helicoidal a causa de la
deformación dimensional que se apreciaba, pero no era una hélice. Si el objeto
hubiera sido un modelo de aeroplano, habría tenido muy pocos misterios para
Scott, independientemente de lo complicado que pudiera haber sido. Pero tal y
como estaban las cosas, se le planteaba un problema. Algo le decía a Scott que
aquel objeto era algo mucho más complicado que el motor que había desmontado
con habilidad el pasado viernes. Pero ningún chico ha dejado nunca una caja cerrada,
a menos que se le obligara por la fuerza a hacerlo así. Scott probó con más
ahínco. Los ángulos de este objeto eran muy curiosos. Probablemente se había
producido un cortocircuito. Eso lo explicaba... ¡vaya! La navaja resbaló. Scott
se chupó el pulgar y dio rienda suelta a las blasfemias que conocía.
Quizá fuera una caja de música. Scott no tenía por
qué sentirse deprimido. Aquel artilugio hubiera dado más de un dolor de cabeza
al propio Einstein y hubiera vuelto loco a un Steinmetz. Naturalmente, el
problema consistía en que la caja aún no había penetrado por completo en el
continuum espacio-tiempo en el que Scott existía, por lo que, en consecuencia,
no podía ser abierta. En cualquier caso, no hasta que Scott utilizara una
piedra adecuada para martillear la especie de hélice helicoidal hasta situarla en
una posición más conveniente. La golpeó, en efecto, desde su punto de contacto
con la cuarta dimensión, liberando la torsión espacio-tiempo que había estado
manteniéndola. Se produjo un chasquido. La caja se sacudió ligeramente y quedó
inmóvil. Dejó de ser sólo parcialmente existente. Entonces, Scott pudo abrirla
con facilidad. El suave casquete de tejido fue lo primero que llamó su
atención, pero no tardó en descartarlo sin mucho interés. Sólo era una gorra. A
su lado había un bloque de cristal cuadrado y transparente, lo bastante pequeño
como para caber en la palma de su mano... demasiado pequeño para contener el
laberinto de aparatos que había en su interior. Scott solucionó aquel problema
en un momento. El cristal era una especie de cristal cóncavo, que aumentaba
considerablemente el tamaño de las cosas situadas en el interior del bloque. Se
trataba, de todos modos, de cosas bastante extrañas. Gente en miniatura, por
ejemplo...
Se movían. Como autómatas de relojería, aunque de
forma mucho más suave. Era como estar observando una obra de teatro. Scott se
interesó por sus ropas, pero quedó aún más fascinado por sus acciones. Los
seres diminutos estaban construyendo hábilmente una casa. Scott habría deseado
que se produjera un incendio para ver cómo se las arreglaba aquella gente para
apagarlo. Las llamas se elevaron de la semiterminada estructura. Los autómatas,
utilizando una gran cantidad de extraños aparatos, extinguieron el fuego. Scott
no tardó mucho tiempo en comprender. Pero se sentía un poco preocupado. Los
maniquíes obedecerían sus pensamientos. En cuanto lo descubrió, se sintió
asustado, y arrojó el cubo lejos de sí. Pero cuando ya estaba a medio camino
del terraplén, lo pensó mejor y volvió. El bloque de cristal estaba
parcialmente en el agua, brillando al sol. Era un juguete. Scott lo percibió
así con el inequívoco instinto de un niño. Pero no lo recogió inmediatamente.
En lugar de hacerlo así, regresó a donde se encontraba la caja e investigó el
resto de su contenido.
Encontró algunas cosas realmente notables. La tarde
transcurrió con demasiada rapidez. Finalmente, Scott colocó los juguetes en la
caja y se encaminó hacia su casa, gruñendo y bufando. Cuando llegó ante la
puerta de la cocina tenía el rostro encendido. Ocultó su descubrimiento en el
fondo del armario de su propia habitación, en el piso de arriba. En cuanto al
cubo de cristal, se lo metió en el bolsillo, donde ya tenía un cordel, un rollo
de alambre, dos peniques, un trozo de papel de estaño, un mugriento sello de la
Defensa y un pedazo de feldespato. Emma, la hermana de Scott, de dos años de
edad, se asomó, tambaleándose sobre sus pies, y le saludó.
-Hola, babosa -le saludó Scott, desde la
suficiencia de sus siete años y varios meses.
Llamaba a Emma con los nombres más raros, pero ella
no conocía la diferencia. Pequeña, rolliza y de ojos muy abiertos, se dejó caer
sobre la alfombra y se quedó mirando tristemente sus zapatos.
-¿Me atas, Scotty, pó favo?
-Sapo -le dijo Scott con amabilidad, pero le ató
los cordones-. ¿Sabes si ya está preparada la cena? -preguntó.
Emma asintió con un gesto de cabeza.
-Veamos tus manos.
Para variar, estaban razonablemente limpias, aunque
probablemente no asépticas. Scott observó pensativo sus propias manos y, con
una mueca, se dirigió al cuarto de baño, donde se lavó superficialmente. Los
renacuajos habían dejado sus huellas. Dennis Paradme y su esposa Jane estaban
en la sala de estar de la planta baja tomando un cóctel antes de cenar. El era
un hombre de edad media y aspecto juvenil, con el pelo algo encanecido, el
rostro delgado y la boca prominente; enseñaba filosofía en la Universidad. Jane
era pequeña, esbelta, morena y muy bonita. Después de sorber el martini,
preguntó:
-Zapatos nuevos. ¿Te gustan?
-Aquí se va a cometer un crimen -dijo Paradine con
aire ausente-. ¿Eh? ¿Zapatos? No, ahora no. Espera a que haya terminado esto.
He tenido un día muy agitado.
-¿Exámenes?
-Sí. Esa condenada juventud que aspira en vano a
llegar a la madurez. Espero que se mueran y tengan la peor de las agonías.
¡Insh' Allahí!
-Quiero la aceituna -pidió Jane.
-Ya lo sé -dijo Paradine resignado-. Hace ya muchos
años que no he podido probar ni una. Quiero decir, en un martini. Aunque te
ponga seis en la copa, no quedas satisfecha.
-Quiero la tuya. Sangre de hermano. Es por ese
simbolismo por lo que la quiero.
Paradine observó a su esposa con una mirada
siniestra y cruzó sus largas piernas.
-Hablas como uno de mis estudiantes.
-¿Cómo esa pícara de Betty Dawson, quizá? -preguntó
Jane, mientras mostraba agresivamente sus uñas-. ¿Aún te mira de ese modo tan
impúdico y descarado?
-Sí, aún lo hace. Esa muchacha tiene un verdadero
problema psicológico. Afortunadamente, no es hija mía. Si lo fuera... -Paradine
asintió significativamente-. Obsesiones sexuales y demasiadas películas. Creo
que aún cree poder conseguir un aprobado enseñándome las piernas que, por otra
parte, son bastante huesudas.
Jane se ajustó la blusa con aire de orgullo
complacido. Paradine se levantó y sirvió nuevos martinis.
-La verdad, no veo ninguna ventaja en enseñar
filosofía a esos monos. Todos tienen la edad equivocada. Sus hábitos de
comportamiento, su forma de pensar; ya están condicionados. Son horriblemente
conservadores, aunque eso, desde luego, no lo admiten. Las únicas personas
capaces de comprender filosofía son los adultos maduros, o los niños como Emma
y Scotty.
-Bueno, no vayas a inscribir a Scotty en tu curso
-pidió Jane-. Aún no está preparado para ser un Philosophiae Doctor. No me
interesan los niños superdotados, especialmente cuando se trata de mi propio
hijo.
-Probablemente, Scotty sería mucho mejor que Betty
Dawson -gruñó Paradine.
-«Se convirtió en un viejo débil y gruñón a los
cinco años» -citó Jane ensoñadoramente--. Quiero tu aceituna.
-Toma. Y a propósito, me gustan tus zapatos.
-Gracias. Aquí está Rosalie. ¿La cena?
-Está preparada, Mrs. Paradine -dijo Rosalie-.
Llamaré a la señorita Emma y al señorito Scotty.
-Yo iré a por ellos -dijo Paradine.
Asomó la cabeza por la habitación contigua y gritó:
-¡Niños! ¡Vamos, a cenar!
Unos pequeños pies bajaron las escaleras. Scott
apareció, limpio y brillante, con un rebelde mechón de cabellos emergiendo de
su cabeza. Emma le seguía, bajando cuidadosamente los escalones. A medio
camino, abandonó el intento de bajar sobre sus pies y se dio media vuelta, para
terminar el descenso a modo de un mono. Mostrando su pequeña espalda, daba la
impresión de poner una maravillosa diligencia en el empeño. Paradine la
observó, fascinado por el espectáculo, hasta que fue lanzado hacia atrás por el
impacto del cuerpo de su hijo.
-¡Eh, papá! -gritó Scott.
Paradine se recuperó y observó a Scott con
dignidad.
-Ten cuidado. Ayúdame a llegar al comedor. Por lo
menos, me has dislocado una cadera.
Pero Scott ya se había abalanzado hacia la
habitación contigua, donde pisó los nuevos zapatos de Jane. En pleno éxtasis de
afectividad, murmuró una disculpa y se apresuró a ocupar su sitio en la mesa.
Paradine elevó una ceja mientras le seguía con la rolliza mano de Emma
desesperadamente agarrada a su dedo índice.
-Me pregunto qué habrá estado haciendo este joven
diablo.
-Probablemente, nada bueno -dijo Jane con un
suspiro-. Hola, querida. Vamos a ver tus orejas.
-Bueno, esa lengua está mucho más limpia que tus
orejas -dijo Jane, haciéndole un rápido examen-. Pero mientras puedas oír, la
suciedad sólo será superficial.
-¿Terminado?
-Un poco sucias, pero están bien.
Jane cogió a su hija, la llevó hacía la mesa e
introdujo sus piernas en una silla elevada. Hacía poco tiempo que Emma había
adquirido la habilidad suficiente como para tener el privilegio de cenar con el
resto de la familia y, según observó Paradine, la niña se sentía muy orgullosa
ante la perspectiva. A Emma se le había dicho que sólo los bebés derraman la
comida. Como consecuencia, llevaba tanto cuidado en llevarse la cuchara a la
boca, que Paradine se ponía nervioso cada vez que la observaba.
-Una cinta transportadora sería lo que necesitaría
Emma -sugirió, acercando una silla para Jane-. Pequeños racimos de espinacas
llegando ante su boca a Intervalos determinados.
La cena se desarrolló sin incidentes hasta que a
Paradine se le ocurrió mirar el plato de Scott.
-¡Eh! ¿Qué te pasa? ¿Estás enfermo? ¿Has estado
comiendo por tu cuenta?
Scott examinó pensativo la comida que aún tenía
-Ya he comido todo lo que necesitaba, papá
-explicó.
-Normalmente, comes todo lo que te cabe y un poco
más -dijo Paradine-. Sé que los chicos que están creciendo necesitan varias
toneladas de comida al día, pero esta noche estás muy por debajo de tus
posibilidades. ¿Te sientes bien?
-Sí, sí. De verdad. He comido todo lo que tenía
ganas.
-¿Todo lo que has querido?
-Claro. Yo como diferente.
-¿Es algo que te han enseñado en la escuela?
-preguntó Jane.
Scott sacudió la cabeza con solemnidad.
-Nadie me lo ha enseñado. Yo mismo lo he
descubierto. Utilizo el esputo.
-Vuélvelo a intentar -sugirió Paradine-. No es la
palabra adecuada.
-Es... sa... saliva. ¿No?
-Vaya, vaya. ¿Más pepsina? ¿Hay algo de pepsina en
los jugos de la saliva, Jane? Lo he olvidado.
-En los míos hay veneno -observó Jane-. Rosalie ha
vuelto a dejar grumos en las patatas chafadas.
Pero Paradine estaba interesado.
-¿Quieres decir que le estás sacando todo el
provecho posible a tu comida... sin desperdiciar nada... y comiendo menos?
Scott se lo pensó un momento.
-Supongo que sí. No es simplemente el es... la
saliva. Elijo la cantidad que me quiero poner en la boca en una sola vez, y qué
alimentos debo mezclar. Así es como lo hago.
-Hum -murmuró Paradine, tomando una nota para
comprobarla después-. Una idea bastante revolucionaria.
Los niños tienen a menudo ideas locas, pero ésta no
parecía andar muy equivocada. Apretó los labios.
-Supongo que, con el tiempo, la gente comerá de un
modo diferente... Me refiero a cómo comerán y a lo que comerán. Jane, nuestro
hijo da muestras de estar convirtiéndose en un genio.
-¡Oh!
-Lo que acaba de decir es una buena reflexión sobre
la dietética. ¿Lo pensaste tú mismo, Scott?
-Claro -dijo el chico, creyendo realmente en lo que
decía.
-¿Y de dónde sacaste la idea?
-¡Oh! Yo... -pero, en lugar de contestar, se escapó
hábilmente del asunto-. No lo sé. No significa mucho, supongo.
Paradine quedó desilusionado sin saber por qué.
-Pero sin duda alguna...
-Essssputo -gritó Emma, sintiéndose dominada por un
repentino acceso de maldad-. ¡Esputo! -intentó demostrarlo, pero sólo consiguió
lanzar unas gotas sobre su babero.
Con un aire resignado, Jane acudió en ayuda de su
hija, reprendiéndola, mientras Paradine miraba a Scott con un interés bastante
insólito. Pero no volvió a suceder nada más hasta después de la cena, cuando ya
se encontraban en la sala de estar.
-¿Tienes algún deber que hacer?
-No... no -contestó Scott ruborizándose, con una
sensación de culpabilidad.
A fin de ocultar su desconcierto, se sacó del
bolsillo un objeto que había encontrado en la caja y comenzó a desplegarlo. El
objeto parecía un mosaico, lleno de pequeñas piezas. Al principio, Paradine no
lo vio, pero Emma sí. Quiso jugar con él.
-No. Estáte quieta, babosa -le ordenó Scott-.
Puedes mirar.
Estuvo manoseando las piezas, produciendo sonidos
suaves e interesantes. Emma extendió un grueso dedo índice y lanzó un grito.
-Scotty -dijo Paradine, en tono de advertencia.
-No le he hecho daño.
-Me ha mordido. Lo ha hecho -murmuró Emma.
Paradine levantó la mirada. Frunció el ceño,
mirando fijamente a Scott. ¿Qué diablos...?
-¿Es eso un ábaco? -preguntó-. Déjamelo ver, por
favor.
De mala gana, Scott llevó el objeto hasta la silla
donde estaba sentado su padre. Paradine parpadeó. El «ábaco» desplegado, de
unos treinta y cinco centímetros cuadrados, estaba compuesto por hilos delgados
y rígidos que se entrelazaban aquí y allá. En los hilos estaban ensartadas las
piezas de colores. Podían ser deslizadas hacia atrás y hacia delante, y
trasladadas de un soporte a otro, incluso por los puntos de unión. Pero... una
cuenta agujereada no podía cruzar los hilos entrelazados. Así es que, al parecer,
no estaban agujereados. Paradine miró el objeto más de cerca. Cada pequeña
esfera tenía una profunda ranura a su alrededor, de modo que podía ser girada y
deslizada a lo largo del hilo al mismo tiempo. Paradine intentó liberar una de
las cuentas. Se adhería al hilo, como sí fuera magnética. ¿Hierro? Parecía más
bien plástico. En cuanto a la estructura... Paradine no era un matemático. Pero
los ángulos formados por los hilos le resultaban vagamente extraños, con su
ridícula falta de lógica euclidiana. Constituían todo un laberinto. Quizá el
objeto no fuera más que eso... un rompecabezas.
-¿Dónde has conseguido esto?
-Me lo dio el tío Harry -dijo Scott, estimulado por
la dificultad del momento-. El último domingo, cuando vino a vernos.
El tío Harry se había marchado de la ciudad, una
circunstancia muy bien conocida por Scott. A la edad de siete años, un niño no
tarda en darse cuenta de que los caprichos de los adultos se rigen por ciertas
normas invariables y que, según ellas, siempre se ponen nerviosos ante las
personas que hacen regalos a los niños. Y, lo que era más importante, el tío
Harry no regresaría hasta el cabo de varias semanas; el final de este período
de tiempo era algo inimaginable para Scott o, por lo menos, el hecho de que su
mentira fuera descubierta al final de ese período significaba para él menos que
las ventajas de que se le permitiera conservar su juguete. Paradine se encontró
murmurando en silencio, confundido en su intento de manipular las piezas del
objeto. Los ángulos resultaban vagamente ilógicos. Era como un rompecabezas.
Esta bola roja, si se deslizaba a lo largo de este hilo hacia ese ángulo,
debería llegar allí... pero no llegaba. Un extraño laberinto, pero sin duda
alguna instructivo. Paradine tenía la bien fundada sensación de no poseer la
paciencia suficiente como para descubrir el secreto del objeto. Sin embargo,
Scott lo hizo. Se retiró a un rincón y empezó a deslizar bolas, manoseándolas
de un lado a otro y gruñendo. Las bolas pasaron cuando Scott eligió las
erróneas y trató de deslizarlas en la dirección ilógica. Finalmente, se dirigió
excitado y jubiloso hacia su padre.
-¡Lo he hecho, papá!
-¿Eh? ¿Qué? Déjame ver.
A Paradine, el objeto le pareció estar exactamente
igual que antes, pero Scott señaló y sonrió.
-La he hecho desaparecer.
-¿Está aún ahí?
-Esa bola azul. Ahora ha desaparecido.
Paradine no se lo creyó, así es que se limitó a
sonreír burlonamente. Scott volvió a manosear la estructura. Ensayó varios
movimientos. En esta ocasión no se produjo ninguna vibración, ni siquiera
ligera. El ábaco le había enseñado el método correcto de manejarlo. Ahora
dependía de él seguir haciéndolo por su propia cuenta. De algún modo, los
extraños ángulos de los hilos parecían ya un poco menos confusos. Era un
juguete muy instructivo. Scott pensó que actuaba de una forma muy similar a
como lo hacía el cubo de cristal. Al recordar aquel otro objeto, lo sacó del
bolsillo y le dejó el ábaco a Emma, que se quedó muda de alegría. Empezó a
trabajar deslizando las cuentas, sin preocuparse en esta ocasión por las
vibraciones del objeto que, en realidad, eran ahora muy pequeñas y, gracias a
su naturaleza imitativa, se las arregló para conseguir hacer desaparecer una de
las bolas casi con la misma rapidez con que lo hiciera Scott. Entonces, la bola
azul volvió a aparecer, pero Scott no se dio cuenta. Se había retirado premeditadamente
a un rincón de la habitación y tras sentarse en una butaca empezó a
entretenerse con el cubo. Había gente muy pequeña en su interior, diminutos
maniquíes, muy aumentados por las propiedades del cristal, que se movían.
Construían una casa. Surgió un incendio, con llamas aparentemente reales, y las
figuras se quedaron quietas. Scott murmuró con urgencia:
-¡Apagadlo!
Pero no ocurrió nada. ¿Dónde estaba aquella extraña
máquina contraincendios, con aquellos brazos que se movían y que había
aparecido la vez anterior? Ahora llegaba. Apareció inmediatamente en la imagen
y se detuvo. Scott les dio prisa. Aquello resultaba divertido. Era como estar
dirigiendo una obra de teatro, sólo que parecía más real. Los seres diminutos
hacían lo que Scott les decía, con sólo pensarlo. Si cometía un error,
esperaban a que él encontrara el camino correcto. Hasta le plantearon nuevos problemas...
El cubo también era un juguete muy instructivo. Enseñaba a Scott con una
alarmante rapidez... y de una forma muy entretenida. Pero, en realidad, aún no
le proporcionaba ningún conocimiento nuevo. No estaba preparado todavía. Más
tarde... más tarde... Emma se cansó del ábaco y se dirigió en busca de Scott.
Pero no pudo encontrarle, ni siquiera en su habitación. Sin embargo, una vez en
ella, se sintió intrigada por el contenido del armario. Descubrió la caja.
Contenía un verdadero tesoro... una muñeca, cuya presencia ya había sido
advertida por Scott, pero que éste despreció con un bufido. Lanzando pequeños
gritos de alegría, Emma llevó la muñeca a la planta baja, se sentó en medio de
la habitación y empezó a desarmarla.
-¡Querida! ¿Qué es eso?
-¡Señor Oso!
Evidentemente, el muñeco al que ya no le quedaban
ojos, ni orejas, no era un oso, pero resultaba reconfortante en su suave
gordura. Sin embargo, para Emma, todos los muñecos eran Señor Oso.
-¿Se lo has cogido a alguna otra niña? - preguntó
Jane, tras un momento de duda.
-No. Es mío.
En aquel momento, Scott salió de su rincón,
metiéndose el cubo en el bolsillo.
-¡Vaya!... Eso es del tío Harry.
-¿Te lo dio el tío Harry, Emma?
-Me lo dio a mí, para Emma -se apresuró a decir
Scott, añadiendo otra piedra a su edificio de mentiras-. El pasado domingo.
-Lo vas a romper, querida.
Emma llevó la muñeca a su madre.
-Se separa... ¿lo ves?
-¡Oh! Eso... ¡vaya!
Jane contuvo la respiración. Paradine levantó la
mirada rápidamente.
-¿Qué ocurre?
Le llevó la muñeca, pero dudó un momento y después
se dirigió hacia el comedor, lanzando una mirada muy significativa a su esposo.
El la siguió, cerrando la puerta tras de sí. Jane había colocado ya la muñeca
sobre la mesa.
-Esto no parece muy bonito, ¿verdad, Denny?
-Hum...
Era bastante desagradable a primera vista. Uno
podía esperar encontrarse con un maniquí anatómico en una escuela médica, pero
en el muñeco de una niña. La muñeca se desmontaba en diversas partes: piel,
músculos, órganos, todo ello en miniatura, pero realizado con bastante
perfección, por lo que Paradine pudo observar. Se sintió interesado.
-No sé. Estas cosas no son muy apropiadas para un
pequeño.
-Mira ese hígado. ¿Es un hígado?
-Después de todo, no es anatómicamente perfecto
-Paradine acercó una silla a la mesa-. El canal digestivo es demasiado corto.
Los intestinos no son grandes. Tampoco hay apéndice.
-¿Crees tú que Emma debe jugar con una cosa como
ésta?
-No me importaría jugar yo mismo con esta muñeca
-dijo Paradine-. ¿De dónde diablos habrá sacado Harry una cosa así? No, no veo
ningún mal en ello. Los adultos estamos condicionados para reaccionar de modo
desagradable ante la visión de las tripas. Pero los pequeños, no. Se figuran
que son sólidas en nuestro interior, como una patata. Emma puede conseguir un
sano conocimiento del cuerpo de esta muñeca.
-Pero ¿qué es eso? ¿Nervios?
-No, los nervios son éstos. Las arterias están
aquí; las venas aquí. Un tipo de aorta muy curioso -Paradine miraba extrañado-.
Eso... ¿cuál es la palabra latina para designar una red? ¿Rita? ¿Rata?
-Rales-sugirió Jane casualmente.
-Eso es una forma de respirar -dijo Paradine con
decisión-. No puedo imaginarme de qué material está hecha esta red luminosa.
Atraviesa todo el cuerpo, como si se tratara de nervios.
-Sangre.
-No. No es nada circulatorio, ni neural… ¡qué
extraño! Parece tener algo que ver con los pulmones.
Quedaron absortos y extrañados ante aquella muñeca
tan rara. Estaba construida con una notable perfección hasta en sus más
pequeños detalles y eso ya era bastante extraño de por sí cuando lo comparaban
a los evidentes errores fisiológicos.
-Espera que coja ese libro de anatomía -dijo
Paradine.
Después empezó a comparar la muñeca con las láminas
anatómicas del libro. Se enteró de pocas cosas, aunque la comparación aumentó
aún más su curiosidad. Pero aquello era más curioso que un simple rompecabezas.
Mientras, en la habitación contigua, Emma estaba deslizando las cuentas del
ábaco de un lado a otro. Ahora, los movimientos no parecían tan extraños como
antes. Ni siquiera cuando las cuentas desaparecían. Casi podía seguir esa nueva
dirección... casi... Scott lanzó un suspiro, mirando fijamente el cubo de
cristal, mientras dirigía mentalmente, con muchos comienzos falsos, la
construcción de una estructura algo más complicada que la destruida por el
fuego. También él estaba aprendiendo... estaba siendo condicionado... El error
de Paradine, desde nuestra perspectiva, fue el de no deshacerse inmediatamente
de los juguetes. No se dio cuenta de su significado y cuando se dio cuenta, el
desarrollo de los acontecimientos se le había escapado de las manos. El tío
Harry estaba fuera de la ciudad, de modo que Paradine no pudo comprobar nada
con él. Por otra parte, estaban en marcha los exámenes de mediados de curso,
que representaban un arduo esfuerzo mental hasta llegar al completo agotamiento
por la noche; por su parte, Jane estuvo ligeramente enferma durante una semana.
Emma y Scott pudieron jugar libremente con los juguetes.
-¿Qué es un wabe, papá? -preguntó una noche Scott a
su padre.
-¿Quieres decir wave, ola?
-No... -dudó un momento-. No lo creo. ¿No está bien
dicho wabe?
-Wab es la palabra escocesa para designar web,
tejido. ¿Es eso?
-No veo cómo puede serlo -murmuró Scott, y se
marchó con el ceño fruncido, para entretenerse con el ábaco.
Ahora, ya era capaz de manejarlo con bastante
habilidad. Pero, con el instinto de los niños para evitar las interrupciones,
tanto él como Emma solían jugar con los juguetes en privado. Aquello no era
nada evidente, desde luego, pero los experimentos más intrincados nunca se
desarrollaban cuando estaban presentes los adultos. Scott estaba aprendiendo
con rapidez. Lo que veía ahora en el cubo de cristal tenía muy poca relación
con los problemas originales, tan simples. Al contrario, ahora eran fascinantemente
técnicos. Si Scott se hubiera dado cuenta de que su educación estaba siendo
guiada y supervisada -aunque sólo mecánicamente-, con toda probabilidad hubiera
perdido todo su interés por los juguetes. Pero, tal y como se desarrollaban las
cosas, su iniciativa nunca se veía anulada. Abaco, cubo, muñeca... y otros
juguetes que los niños encontraron en la caja... Ni Paradine, ni Jane
supusieron la importante influencia que estaba teniendo el contenido de la
máquina del tiempo en sus hijos. ¿Cómo podrían haberlo supuesto? Los jóvenes
son dramaturgos instintivos a fin de autoprotegerse. Aún no se han adaptado a
las exigencias -para ellos parcialmente inexplicables- del mundo de los seres
adultos. Y, más aún, sus vidas se ven complicadas por las variables humanas.
Una persona les dice que pueden jugar en el barro, pero que, en sus
excavaciones, no deben destrozar las raíces de las plantas y de los pequeños
árboles. Otro adulto, sin embargo, veta el barro porque sí. Los Diez
Mandamientos no están esculpidos en piedra; al contrario, varían, y los niños
dependen sin remedio de los caprichos de quienes les han dado a luz y les
alimentan y visten. Y les tiranizan. El joven no guarda resentimiento contra
esa tiranía benevolente, pues es una parte esencial de la naturaleza. Sin
embargo, es un individualista y defiende su integridad mediante una lucha sutil
y pasiva.
Cuando se encuentra bajo la mirada de un adulto,
cambia. Al igual que un actor que está sobre el escenario, cuando es consciente
de ello, se esfuerza por agradar, y también por atraer hacia sí la atención de
los demás. Esta clase de actitudes tampoco son desconocidas en la madurez. Pero
en los adultos son menos evidentes... para el resto de los adultos. Es difícil
admitir que los niños estén faltos de sutileza. Los niños son diferentes del
hombre maduro porque piensan de otra manera. Podemos penetrar con mayor o menor
facilidad en las pretensiones que plantean... pero ellos pueden hacer lo mismo
con respecto a nosotros. Un niño puede destruir despiadadamente la propia
imagen de un adulto. Su prerrogativa consiste en ser iconoclastas. Tomemos, por
ejemplo, la afectación. Las amenidades de la relación social exageradas, pero
sin llegar a lo absurdo. El gigoló... ¡Ese savoír faire! ¡Esa puntillosa
cortesía! La viuda y la joven rubia quedan a menudo muy impresionadas. Los
hombres, en cambio, tienen comentarios algo menos agradables que hacer. Pero el
niño llega a la verdadera raíz de la cuestión, cuando exclama:
-¡Eres un tonto!
¿Cómo puede un ser humano inmaduro comprender el
complicado sistema de las relaciones sociales? No puede. Para él, cualquier
exageración de la cortesía natural es una idiotez. En su estructura funcional
de modelos de comportamiento, es como el rococó. Es un pequeño ser egocéntrico,
que no puede visualizarse a sí mismo en la posición de otro... y mucho menos en
la de un adulto. Siendo una unidad natural contenida en sí misma y casi
perfecta, viendo cómo sus deseos son facilitados por otros, el niño se parece
mucho a una criatura unicelular que flota en la corriente sanguínea, que es la
que le proporciona la nutrición y se encarga de transportar los productos de
desecho. Desde el punto de vista de la lógica, un niño es un ser extraordinario
y horriblemente perfecto. Un bebé puede ser aún más perfecto, pero también algo
tan extraño a un adulto que sólo se pueden aplicar aquí niveles de comparación
superficiales. Los procesos de pensamiento de un niño son inimaginables. Pero
los bebés piensan, incluso antes de nacer. Se mueven y duermen en el seno
materno, y no lo hacen únicamente a través del instinto. Estamos condicionados
para reaccionar de un modo bastante peculiar a la idea de que un embrión apenas
viable pueda pensar. Nos sentimos sorprendidos, inclinados a la risa, y hasta
sentimos cierto asco. Nada humano es extraño. Pero un bebé no es humano. Y un
embrión es aún mucho menos humano.
Quizá fuera ésta la razón por la que Emma aprendió
más a través de los juguetes que el propio Scott. El, desde luego, podía
comunicar sus pensamientos; Emma no lo podía hacer, sino a través de fragmentos
casi ininteligibles. Podríamos considerar, por ejemplo, la cuestión de los
garabatos... Demos lápiz y papel a un niño pequeño y dibujará algo que para él
tiene un aspecto diferente al que tiene para un adulto. Esos garabatos absurdos
tienen muy poca semejanza con una máquina contraincendios, pero es una máquina
contraincendios, al menos para el niño. Quizá sea incluso tridimensional. Los
niños piensan de un modo diferente y ven las cosas de un modo diferente.
Paradine reflexionó sobre todo esto una noche, mientras leía el periódico y
observaba cómo Emma y Scott se comunicaban. Scott estaba haciéndole preguntas a
su hermana. A veces, lo hacía en inglés. Pero, más a menudo, recurría a un
lenguaje de signos que era un verdadero galimatías. Emma trataba de contestar,
pero el hándicap era demasiado grande. Finalmente, Scott cogió lápiz y papel.
Eso le gustó a Emma. Dejando sacar ligeramente la lengua, la niña escribió
laboriosamente un mensaje. Scott cogió el papel, lo examinó y frunció el ceño.
-Eso no es correcto, Emma -dijo.
Emma asintió vigorosamente. Volvió a coger el lápiz
y trazó más garabatos. Scott, que permaneció extrañado durante un rato, sonrió
finalmente, con cierta indecisión, y se levantó. Paradine también se levantó y
echó un vistazo al papel, teniendo el loco pensamiento de que Emma podría haber
dominado de repente los secretos de la caligrafía. Pero no, no lo había hecho.
El papel estaba cubierto de garabatos sin sentido alguno, de ese mismo tipo que
resulta familiar a todos los padres. Paradine apretó los labios. Podría
tratarse de un dibujo que mostrara las variaciones mentales de una cucaracha
maníaco-depresiva, pero probablemente no lo era. Y, sin embargo, no cabía la
menor duda de que tenía algún significado para Emma. Quizá no hizo otra cosa
que intentar representar con aquellos garabatos la figura de Señor Oso. Scott
regresó. Tenía aspecto de sentirse contento. Se encontró con la mirada de Emma
y asintió. Paradine sintió la picazón de la curiosidad.
-¿Secretos? -preguntó.
-Ninguno. Emma... bueno... me pidió que hiciera
algo por ella.
-¡Oh!
Paradine, recordando entonces los ejemplos de niños
muy pequeños que habían balbuceado cosas en lenguas extrañas, dejando
asombrados a los lingüistas, decidió guardarse el papel cuando los niños
hubieran terminado. Al día siguiente, se lo enseñó a Elkins, en la Universidad.
Elkins poseía buenos y amplios conocimientos de numerosas lenguas, pero soltó
una risita ante la aventura de Emma en el campo de la literatura.
-He aquí una traducción libre, Dennis. Comienzo: no
sé lo que significa esto, pero no se trata más que de chiquilladas. Termina la
cita.
Los dos hombres se echaron a reír y se dirigieron a
sus respectivas clases. Pero más tarde, Paradine recordó el incidente.
Especialmente después de encontrarse con Holloway. Sin embargo, antes de que
sucediera eso, transcurrieron varios meses y la situación se fue desarrollando
mucho más, acercándose a un punto de extrema tensión. Quizá Paradine y Jane
habían mostrado demasiado interés por los juguetes. Emma y Scott comenzaron a
mantenerlos ocultos y a jugar con ellos únicamente en privado. Nunca lo hacían abiertamente,
sino con discretas precauciones. A pesar de todo, Jane se sintió algo
preocupada. Habló con Paradine sobre el asunto una noche.
-Esa muñeca que Harry le dio a Emma.
-¿Sí?
-Hoy he estado en el centro de la ciudad y he
tratado de descubrir de dónde procede. Ningún indicio.
-Quizá Harry la trajera de Nueva York.
-También pregunté por esas otras cosas -añadió
Jane, sin quedar convencida por la observación de su esposo-. Me enseñaron todo
lo que tenían... La tienda de Johnson es muy grande, ya sabes. Pero no existe
en ella nada parecido al ábaco de Emma.
-Hum.
Paradine no estaba muy interesado. Aquella noche,
habían comprado entradas para un espectáculo, y se estaba haciendo tarde. Así
es que, por el momento, dejaron el tema pendiente. Más tarde, el tema volvió a
surgir cuando una vecina llamó por teléfono a Jane.
-Scotty nunca ha sido así, Denny. Mrs. Burns dice
que atemorizó enormemente a su hijo Francis.
-¿Francis? ¿No es ese bobo pequeño y regordete? Es
como su padre. En cierta ocasión, cuando éramos estudiantes de segundo curso,
le rompí las narices.
-Deja de fanfarronear y escúchame -dijo Jane,
mezclando un cóctel-. Scott enseñó a Francis algo que le asustó. ¿No sería
mucho mejor que...?
-Supongo que sí.
Paradine escuchó. Los sonidos procedentes de la
habitación contigua le indicaron dónde se encontraba su hijo.
-¡Scott! -le llamó.
-¡Bang! -exclamó Scott, cuando apareció sonriente-.
Les he matado a todos. Piratas del espacio. ¿Querías algo, papá?
-Sí. Si no te importa dejar sin enterrar por un
momento a los piratas del espacio. ¿Qué le hiciste a Francis Burns?
Los ojos azules de Scott reflejaron un candor
increíble.
-¿Qué?
-Inténtalo. Estoy seguro de que puedes recordarlo.
-¡Oh! Eso... No hice algo.
-Nada -le corrigió Jane con aire ausente.
-Nada. De veras. Sólo le permití mirar en mí
aparato de televisión y eso... eso le asustó.
-¿Aparato de televisión?
Scott sacó entonces el cubo de cristal.
-Bueno, en realidad no es eso. ¿Lo ves?
Paradine examinó el objeto, asombrado por el
aumento de tamaño. Sin embargo, todo lo que pudo ver fue un complicado
laberinto de dibujos de colores sin ningún significado para él.
-El tío Harry...
Paradine extendió la mano, cogiendo el teléfono.
Scott tragó saliva.
-¿Es que... es que el tío Harry ha vuelto a la
ciudad?
-Sí.
-Bueno, tengo que tomar un baño.
Scott se dirigió hacía la puerta. Paradine se
encontró con la mirada de Jane y asintió significativamente. Harry estaba en
casa, pero aseguró no tener el menor conocimiento de todos aquellos juguetes
tan peculiares. De un modo bastante hosco, Paradine le pidió a Scott que bajara
de su habitación todos aquellos juguetes. Finalmente se encontraron en un
montón sobre la mesa: el cubo, el ábaco, la muñeca, el gorro en forma de
casquete y algunos otros objetos misteriosos. Scott fue interrogado. Al
principio, mintió con valentía, pero finalmente se desmoronó y cantó, entre
hipos, su confesión.
-Tráeme la caja donde estaban estas cosas -ordenó
Paradine-. Y después, vete a la cama.
-¿Vas a... vas a castigarme, papá?
-Por hacer novillos y por mentir, sí. Ya conoces
las reglas. No verás ningún espectáculo en dos semanas. Y nada de golosinas
durante todo ese tiempo.
-¿Vas a dejarme mis cosas? -preguntó Scott,
tragando saliva.
-Aún no lo sé.
-Bueno... Buenas noches, papá. Buenas noches, mamá.
Una vez que la pequeña figura del niño desapareció
escaleras arriba, Paradine acercó una silla a la mesa y examinó cuidadosamente
la caja. Después removió preocupado los demás objetos. Jane le observaba.
-¿Qué es, Denny?
-No lo sé. ¿Quién dejaría una caja de juguetes
junto al río?
-Puede haberse caído de un coche.
-No en ese lugar. La carretera no pasa junto al río
al norte de la vía del ferrocarril. Son campos vacíos... no hay nada -Paradine
encendió un cigarrillo-. ¿Quieres beber algo?
-Yo lo prepararé.
Jane se dirigió a preparar las bebidas, con una
mirada de preocupación. Le trajo un vaso a Paradine y se quedó detrás de él,
acariciándole el pelo con los dedos.
-¿Algo anda mal?
-Claro que no. Sólo que... ¿de dónde habrán venido
estos juguetes?
-Johnson no lo sabía y ellos traen sus existencias
de Nueva York.
-Yo también he estado haciendo averiguaciones
-admitió Paradine-. Esa muñeca -la cogió- me preocupaba bastante. Quizá sea una
deformación profesional, pero me gustaría saber quién la hizo.
-¿Un psicólogo? Ese ábaco... ¿no hacen tests a la
gente con esta clase de cosas?
Paradine castañeteó con los dedos.
-¡Eso es! -exclamó-. ¡Y fíjate qué suerte! Hay un
tipo llamado Holloway, un psicólogo de niños, que va a hablar en la Universidad
la semana que viene. Es un tipo importante, con bastante reputación. Puede que
sepa algo de todo esto.
-¿Holloway? No...
-Rex Holloway. Es... ¡Hum! No vive muy lejos de
aquí. ¿Crees que habrá hecho estas cosas él mismo?
Jane estaba examinando el ábaco. Frunció el ceño y
lo dejó donde estaba.
-Si lo hizo, no me gusta. Pero mira a ver si puedes
descubrirlo, Denny.
-Lo haré -dijo Paradine, asintiendo.
Bebió su copa, mientras intentaba quitar
importancia a todo aquello. Se sentía vacamente preocupado. Pero no estaba
asustado... todavía. Rex Holloway era un hombre grueso y brillante, con una
calva y unas gafas gruesas, sobre las que se encontraban sus espesas cejas
negras, como peludas orugas. Una semana después, Paradine le trajo una noche a
cenar a casa. Holloway no pareció observar a los niños en ningún momento, pero
nada de lo que dijeron o hicieron le pasó inadvertido. Sus ojos grises, sagaces
e inteligentes, no se perdieron casi nada. Los juguetes le fascinaron. En la
sala de estar, los tres adultos se encontraban reunidos alrededor de la mesa,
donde habían sido colocados los juguetes. Holloway los estudió cuidadosamente,
mientras escuchaba lo que Jane y Paradine tenían que decirle. Finalmente,
rompió su silencio:
-Me alegro de haber venido aquí esta noche. Pero no
del todo. Ya sabe que todo esto es muy molesto.
-¿Cómo? -preguntó Paradine, asombrado, mientras el
rostro de Jane mostraba su consternación.
Las siguientes palabras de Holloway no
contribuyeron a calmarles:
-Nos estamos enfrentando con la locura.
Sonrió ante la mirada sobresaltada de la pareja.
-Todos los niños están locos, desde el punto de
vista de un adulto. ¿Han leído Viento alto en Jamaica, de Hughes?
-Lo tengo.
Paradine extrajo el pequeño libro de la estantería
donde estaba. Holloway extendió una mano, lo cogió y pasó las páginas hasta
encontrar lo que buscaba. Después leyó en voz alta:
-«Los niños, desde luego, no son humanos... Son
animales, y poseen una cultura muy antigua y ramificada, como la tienen los
gatos, y los peces, y hasta las serpientes; la suya es de la misma clase, pero
mucho más complicada y vivaz, pues los bebés son, después de todo, una de las
especies más desarrolladas de los vertebrados inferiores. En resumen, los bebés
tienen mentes que actúan en términos y categorías propias, que no pueden ser
traducidas a términos y categorías de la mente humana.»
Jane trató de tomarse aquello con calma, pero no
pudo.
-¿No querrá decir que Emma...?
-¿Puede usted pensar como su hija? -preguntó
Holloway-. Escuche: «No puede uno pensar como un bebé, del mismo modo que no
puede uno pensar como una abeja.»
Paradme preparó unas bebidas. Entonces, por encima
de su hombro, dijo:
-Está usted teorizando bastante, ¿verdad? Tal y
como yo lo veo, sus palabras implican que los bebés tienen una cultura propia,
e incluso un nivel de inteligencia elevado.
-No necesariamente. No existen normas fijas. Todo
lo que digo es que los bebés piensan de un modo diferente a como lo hacemos
nosotros. No quiero decir que piensen necesariamente mejor... eso es una
cuestión de valores relativos. Pero sí lo hacen en una forma diferente en
cuanto a extensión... -buscaba las palabras adecuadas con la mirada perdida en
el techo.
-Fantasías -dijo Paradine con cierta rudeza,
extrañado al pensar en las actitudes de Emma-. Los bebés no tienen sentidos
diferentes a los nuestros.
-¿Y quién ha dicho que los tengan? -preguntó
Holloway-. Utilizan sus mentes de un modo diferente, eso es todo. ¡Pero es
suficiente!
-Estoy tratando de comprender -dijo Jane con
lentitud-. Todo lo que puedo pensar es en mi batidora. Puede batir mantequilla
y patatas hervidas, pero también puede estrujar naranjas.
-Es algo parecido. El cerebro es un coloide, una
máquina extraordinariamente complicada. No sabemos mucho sobre sus
posibilidades. Ni siquiera sabemos cuánto puede aprender. Pero se sabe que la
mente va quedando condicionada a medida que va madurando el ser humano. Sigue
ciertos esquemas familiares y todo pensamiento posterior está perfectamente
basado sobre un modelo que se acepta como algo garantizado. Miren esto
-Holloway tocó el ábaco-. ¿Han experimentado con él?
-Un poco -dijo Paradine.
-Pero no mucho, ¿verdad?
-¿Por qué no?
-No vale la pena -se quejó Paradine-. Hasta un
rompecabezas ha de tener una cierta lógica. Pero esos ángulos tan extraños...
-Su mente está condicionada por Euclides -dijo
Holloway-. Así es que ahora nos encontramos con que esta casa... nos preocupa,
y parece no tener ningún sentido. Pero un niño no sabe nada de Euclides. Si se
le presentara una lección de geometría diferente a la que nosotros conocemos,
no le impresionaría por considerarla ilógica. El niño cree en lo que ve.
-¿Está tratando de decirme que este objeto posee
una extensión cuatridimensional? -preguntó Paradine.
-En cualquier caso, no de una forma visual -denegó
Holloway-. Todo lo que digo es que nuestras mentes, condicionadas por Euclides,
no pueden ver en esto otra cosa que un laberinto ilógico de hilos. Pero un
niño, y especialmente un bebé, puede ver más. No al principio. Al principio
sería un rompecabezas, desde luego. Pero un niño no se vería limitado en sus
capacidades a consecuencia de excesivas ideas preconcebidas.
-Arterioesclerosis del pensamiento -observó Jane.
Paradine no estaba convencido.
-¿Quiere eso decir que un niño sería capaz de
calcular mejor que Einstein? No, no quiero decir eso. Comprendo más o menos
claramente su punto de vista. Sólo que...
-Bien, mire esto. Supongamos que existen dos clases
de geometría... las limitaremos a ese número para facilitar el ejemplo. Nuestra
geometría, la euclidiana, y una segunda a la que llamaremos x. Esta segunda
geometría x no tiene mucha relación con la euclidiana. Está basada en teoremas
completamente diferentes. En ella, dos y dos no son necesariamente igual a
cuatro; pueden ser igual a y2, o quizá ni siquiera son igual a nada. La mente
de un bebé no está aún condicionada, excepto por ciertos factores cuestionables
de herencia y medio ambiente. Comencemos a enseñar al niño la geometría
euclidiana...
-¡Pobre chico! -exclamó Jane.
Holloway le lanzó una mirada rápida.
-Me refiero a la base teórica de Euclides: los
bloques alfabéticos. Las matemáticas, la geometría, el álgebra... llegarían
mucho después. Estamos muy familiarizados con esa clase de desarrollo. Por el
otro lado, iniciemos a bebé en los principios básicos de nuestra lógica x.
-¿Bloques? ¿De qué clase?
Holloway se quedó mirando el ábaco un momento y
dijo:
-No tendría mucho sentido para nosotros. Pero hemos
sido condicionados por Euclides.
Paradine se sirvió una buena cantidad de whisky.
-Eso es algo bastante terrible -dijo-. No está
usted limitándose a las matemáticas.
-¡Correcto! No me estoy limitando a nada. ¿Cómo
podría hacerlo? Yo no estoy condicionado por la lógica x.
-Ahí está la respuesta -dijo Jane, con un suspiro
de alivio-. ¿Quién es? Me refiero a la clase de persona capaz de haber hecho la
clase de juguetes que usted, al parecer, piensa que son.
Holloway asintió, brillándole los ojos detrás de
las gruesas gafas.
-Esa clase de personas pueden existir.
-¿Dónde?
-Quizá prefieran mantenerse ocultas.
-¿Superhombres?
-Quisiera saberlo. Como ve, Paradine, volvemos a
encontrarnos con la cuestión de los criterios. Para nuestros propios niveles,
esa clase de seres pueden parecer superhombres en ciertos aspectos. En otros,
en cambio, pueden parecemos imbéciles. No se trata de una diferencia
cuantitativa; es cualitativa. Ellos piensan de un modo diferente. Y estoy
seguro de que nosotros podemos hacer cosas que ellos no pueden realizar.
-Quizá no deseen realizarlas -observó Jane.
Paradine golpeó ligeramente los objetos que estaban
en la caja y preguntó:
-¿Y qué me dice de esto? Implica...
-Un propósito, claro está.
-¿Transporte?
-Al principio puede uno pensar en eso. SI es así,
la caja puede haber venido de cualquier parte.
-¿De donde las cosas son... diferentes? -preguntó
Paradine con lentitud.
-Exactamente. En el espacio, e incluso en el
tiempo. No lo sé. Soy un psicólogo. Desgraciadamente, yo también estoy
condicionado por Euclides.
-Debe ser un lugar muy extraño -dijo Jane- Denny,
deshazte de esos juguetes.
-Tengo la intención de hacerlo.
Holloway cogió entonces el cubo de cristal y
preguntó:
-¿Ha interrogado mucho a los niños?
-Sí -contestó Paradine-. Scott me dijo que, al
principio, cuando miró, había gente en el interior de ese cubo. Le pregunté lo
que había ahora en él.
-¿Y qué contestó? -preguntó el psicólogo, abriendo
mucho los ojos.
-Me dijo que estaban construyendo un lugar. Esas
fueron sus palabras exactas. Le pregunté quién lo hacía... ¿gente? Pero no me
lo pudo explicar.
-No, supongo que no -murmuró Holloway-. Debe
tratarse de algo progresivo. ¿Durante cuánto tiempo han tenido los niños estos
juguetes?
-Unos tres meses, supongo.
-Tiempo suficiente. Como ve, se trata del juguete
perfecto, tanto instructivo como mecánico. Debe hacer cosas, para interesar al
niño, y debe enseñar preferiblemente sin que el niño se dé cuenta. Problemas
sencillos al principio. Y más tarde...
-La lógica x -dijo Jane, pálida.
Paradine maldijo por lo bajo.
-¡Emma y Scott son perfectamente normales! -dijo.
-¿Sabe usted cómo piensan sus mentes... ahora?
Holloway no siguió el razonamiento. Manoseó la
muñeca.
-Sería interesante saber las condiciones del lugar
de donde proceden estás cosas. Sin embargo, la inducción no nos ayuda mucho.
Nos faltan demasiados factores. No podemos visualizar un mundo basándonos en el
factor x... con el medio ambiental ajustado a mentes que piensan según los
modelos x. Tomemos, por ejemplo, esta luminosa red existente en el interior de
la muñeca. Puede ser cualquier cosa. Podría existir también en nuestro
interior, aún cuando no lo hayamos descubierto aún. Cuando encontremos la clave
correcta... -se encogió de hombros-. ¿Qué piensa usted de esto?
Se trataba de un globo carmesí, de unos cinco
centímetros de diámetro, con un bulto protuberante en su superficie.
-¿Qué puede pensar cualquiera de eso?
-¿Y Scott? ¿Y Emma?
-Yo ni siquiera lo había visto hasta hace apenas
unas tres semanas, cuando Emma empezó a jugar con eso -Paradine se mordió el
labio-. Después, Scott empezó también a sentirse interesado.
-¿Qué es lo que hacen?
-Lo mantienen frente a ellos y lo mueven hacia
adelante y hacia atrás, sin ningún tipo de movimiento especial.
-No es ningún tipo de movimiento euclidiano -le
corrigió Holloway-. Al principio no pudieron comprender el propósito del
juguete. Tenían que ser educados para utilizarlo.
-Eso es horrible -dijo Jane.
-No para ellos. Probablemente, Emma comprende con
mayor rapidez la lógica x que Scott, pues su mente todavía no está condicionada
por nuestros modelos.
-Pero yo puedo recordar muchas cosas de las que
hice cuando era un niño -dijo Paradine-. E incluso siendo un bebé.
-¿Qué quiere decir con eso?
-¿Estaba... loco, entonces?
-Las cosas que no recuerda son los criterios de su
locura -replicó Holloway-. Pero he utilizado la palabra «locura» como un
símbolo puramente convencional para designar la variación de la norma humana
conocida. Un criterio arbitrario de mente sana.
Jane dejó su vaso sobre la mesa.
-Ha dicho usted que la inducción era difícil, Mr.
Holloway. Pero me da la impresión de que está usted convirtiendo algo muy
pequeño en algo excesivamente grande. Después de todo, estos juguetes...
-Yo soy un psicólogo y me he especializado en los
niños. No soy un lego en la materia. Estos juguetes significan mucho para mí,
principalmente porque tienen tan poco significado.
-Puede usted estar equivocado.
-Bueno, diría que me gustaría estarlo. Desearía
examinar a los niños.
-¿Cómo? -preguntó Jane, levantando los brazos.
Una vez que Holloway se lo hubo explicado, ella
asintió, aunque seguía mostrándose un poco dubitativa:
-Bueno, está bien. Pero no son cobayas.
El psicólogo extendió blandamente una mano en el
aire.
-¡Mi querida señora! No soy un Frankenstein. Para
mí, el individuo es el factor primordial... no podría ser de otra forma, ya que
trabajo con mentes. Si hay algo que va mal en los jóvenes, quiero curarles.
Paradine dejó el cigarrillo en el cenicero y
observó la lenta espiral de humo azul, oscilando hacia arriba.
-¿Puede usted ofrecer un pronóstico?
-Lo intentaré. Eso es todo lo que les puedo decir.
Si las mentes, aún no desarrolladas de los niños, ya han sido dirigidas hacia
el canal x, será necesario hacerlas retroceder. No estoy diciendo que eso sea
lo mejor que podamos hacer, aunque probablemente sea así desde nuestro propio
punto de vista. Después de todo, tanto Emma como Scott tendrán que vivir en
este mundo.
-Sí, sí. No creo que pueda haber nada de malo en
ello. Parecen niños de tipo medio, más o menos normales.
-Superficialmente pueden parecerlo así. No tienen
ninguna razón para actuar anormalmente, ¿verdad? ¿Y cómo puede usted decir si
piensan... de un modo diferente?
-Les llamaré -dijo Paradine.
-Hágalo entonces de un modo informal. No quiero que
estén prevenidos.
Jane hizo un gesto hacia los juguetes. Holloway
dijo:
-Dejémoslos aquí, ¿no le parece?
Pero, después de que llegaran Emma y Scott, el
psicólogo no hizo ningún intento por interrogarles directamente. Se las arregló
para atraer a Scott, sin que éste se diera cuenta, hacia una conversación, en
la que de vez en cuando dejaba caer palabras clave. Nada tan revelador como un
test de asociación de palabras... se necesita cooperación para eso. El momento
más interesante se produjo cuando Holloway cogió el ábaco.
-¿Te importaría enseñarme cómo funciona esto?
-Sí, señor -contestó Scott, tras un momento de
duda-. Así…
Deslizó hábilmente una bola a través del laberinto,
en sentido tangencial, con tanta rapidez que nadie estuvo seguro por completo
de sí la bola había desaparecido o no. Podría haber sido desplazada
simplemente. Después, una vez más... Holloway intentó hacerlo. Scott le
observó, arrugando la nariz.
-¿Es así?
-No, no. Tiene que ir hacia allí...
-¿Aquí? ¿Por qué?
-Bueno, porque es la única forma de hacerlo
funcionar.
Pero Holloway estaba condicionado por Euclides.
Para él, no existía ninguna razón particular que explicar por qué la cuenta
debía deslizarse desde aquel hilo particular hacía aquel otro. Parecía tratarse
de un factor casual. De repente, Holloway también se dio cuenta de que éste no
era el camino tomado previamente por la bola, cuando Scott manipuló el
rompecabezas. Al menos, por lo que pudo entender.
-¿Quieres volvérmelo a enseñar?
Scott lo hizo, y hasta dos veces más ante la
petición del doctor. Holloway parpadeaba detrás de las gafas. Casualidad, sí. Y
una variable. En cada ocasión, Scott movía la cuenta siguiendo un curso
diferente. De algún modo, ninguno de los adultos podía decir si la cuenta
desaparecía o no. Si hubieran esperado verla desaparecer, sus reacciones
podrían haber sido diferentes. Al final, no se resolvió nada. Cuando se
despidió, Holloway parecía sentirse muy inquieto.
-¿Puedo volver otra vez?
-Quisiera que lo hiciera -le dijo Jane-. En
cualquier momento. ¿Sigue pensando...?
-Las mentes de los niños no están reaccionando con
normalidad -dijo, asintiendo con la cabeza-. No están embotadas, en modo
alguno, pero tengo la más extraordinaria impresión de que llegan a conclusiones
a través de un camino que nosotros no podemos comprender. Como si utilizaran
álgebra mientras que nosotros utilizamos geometría. La misma conclusión, pero
un método diferente para llegar a ella.
-¿Qué me dice de los juguetes? -preguntó Paradine
de repente.
-Manténgalos fuera de su alcance. Me gustaría
llevármelos, si me lo permiten...
Aquella noche, Paradine durmió mal. El paralelo
empleado por Holloway había sido desafortunado. Conducía a teorías muy
perturbadoras. El factor x... Los niños estaban utilizando el equivalente de un
razonamiento algebraico, mientras que los adultos utilizaban la geometría.
Bastante bonito. Sólo que... El álgebra puede dar respuestas a las que no se
puede llegar a través de la geometría, puesto que hay ciertos términos y
símbolos que no pueden ser expresados geométricamente. ¿Y si la lógica x
mostraba conclusiones inconcebibles para la mente adulta?
-¡Maldita sea! -murmuró Paradine.
Jane se removió a su lado.
-Querido... ¿Tampoco puedes dormir?
-No.
Se levantó, dirigiéndose a la habitación contigua.
Emma dormía como un querubín, tranquilamente, con su grueso bracito abrazado
alrededor de Señor Oso. A través de la puerta abierta, Paradine podía ver la
cabeza morena de Scott, inmóvil sobre la almohada. Jane estaba a su lado. La
rodeó con su brazo.
-Pobres niños -murmuró ella-. Y Holloway les ha
llamado locos. Creo que los locos somos nosotros, Dennis.
-¡Eh, eh! Estamos poniéndonos nerviosos.
Scott se agitó en su sueño. Sin despertarse, hizo
lo que era evidentemente una pregunta, aunque no pareció ser expresada en
ningún lenguaje en particular. Emma emitió un pequeño grito, como un maullido,
que cambió hasta alcanzar un tono agudo. Ella tampoco se había despertado.
Ahora, los niños permanecían quietos, sin agitarse. Pero Paradine pensó,
sintiéndose repentinamente enfermo, que todo fue exactamente como si Scott le
hubiera preguntado algo a Emma y ella le hubiese contestado. ¿Acaso sus mentes habían
cambiado hasta el punto en que incluso... el sueño era diferente para ellos?
Apartó de su mente aquella idea.
-Te vas a enfriar. Será mejor que nos marchemos a
la cama. ¿Quieres beber algo?
-Creo que sí -contestó Jane, mirando a Emma.
Extendió ciegamente su mano hacia la niña; pero la
retiró antes de tocarla.
-Vamos -le dijo su esposo-. Si no, les
despertaremos.
Bebieron juntos un pequeño sorbo de brandy, pero no
dijeron nada. Más tarde, en sueños, Jane lanzó un grito. Scott no estaba
despierto. Pero su mente actuaba de un modo lento y cuidadoso. Así: «Se
llevarán los juguetes. El hombre grueso... listava, quizá peligroso. Pero la
dirección Ghoric no se mostrará... evankrus, no les apremies. Intransdección...
inteligente y luminosa Emma. Ahora, ella es más elevada khopranik que... Aún no
veo cómo.., thavarar lixery dist...»
Una pequeña parte de los pensamientos de Scott aún
podían ser comprendidos. Pero Emma había quedado condicionada por x con mucha
mayor rapidez. Ella también estaba pensando. No pensaba como un adulto, ni como
una niña. Ni siquiera como un ser humano. Excepto, quizá, como un humano de un
tipo sorprendentemente extraño para el género conocido por el nombre de homo
sapiens. A veces, hasta el propio Scott tenía dificultades para seguirle en sus
pensamientos. De no haber sido por Holloway, la vida podría haber continuado en
una rutina casi normal. Los juguetes ya no eran objetos que les recordaran el
problema de un modo inmediato. Emma, con una delicia perfectamente explicable,
aún disfrutaba con sus muñecas y con el cajón de arena. Por su parte, Scott se
sentía satisfecho con el baseball y con su juego de química. Hacían lo mismo
que otros niños y ponían de manifiesto muy pocos rasgos de anormalidad, si es
que aparecía alguno. Holloway parecía ser un alarmista. Estaba llevando a cabo
experimentos con los juguetes, con resultados bastante idiotas. Dibujó
innumerables gráficos y diagramas, mantuvo contactos con matemáticos,
ingenieros y otros psicólogos y casi se volvió loco tratando de encontrar una
concordancia o una razón en la construcción de los objetos. La caja misma, con
su misterioso mecanismo, no le decía nada. Los fusibles habían derretido una
gran parte del material, convirtiéndolo en escoria. Pero los juguetes... Era el
elemento aleatorio que había en ellos lo que le impedía avanzar en la
investigación. Incluso hasta eso era una cuestión de semántica. Porque Holloway
estaba convencido de que, en realidad, no se trataba de casualidad. Lo que
sucedía era que no había suficientes factores conocidos. Ningún adulto podía
hacer funcionar el ábaco, por ejemplo. Y, reflexivamente, Holloway se negaba a
permitir que un niño jugara con aquel objeto.
El cubo de cristal era un misterio similar.
Mostraba un modelo alocado de colores, que, a veces, se movían. En esto se
parecía a un caleidoscopio. Pero el cambio de equilibrio y de gravedad no le
afectaba. Una vez más, el factor casual. O, más bien, lo desconocido. El modelo
x. Poco a poco, Paradine y Jane retornaron a una situación de tranquilidad.
Tenían la sensación de que los niños habían quedado curados de su peculiaridad
mental, ahora que se había eliminado la causa que contribuía a ella. Algunas de
las acciones de Emma y de Scott les ofrecían todos los motivos para dejar de
preocuparse. Los chicos disfrutaban nadando, haciendo excursiones, viendo
películas y jugando con los juguetes funcionales y normales de su tiempo.
Cierto que fallaban al tratar de dominar ciertos instrumentos mecánicos,
bastante problemáticos, que implicaban algún tipo de cálculo. Por ejemplo, un
rompecabezas tridimensional, en forma de globo terráqueo, que Paradine había
comprado. Pero hasta él mismo lo encontraba difícil. De vez en cuando, se
producían deslices. Un sábado por la tarde, Scott se encontraba con su padre,
dando un paseo, y los dos se detuvieron en la cima de una colina. Bajo ellos se
extendía un valle bastante hermoso.
-¿Verdad que es bonito? -preguntó Paradine.
Scott examinó la escena con actitud solemne.
-Todo está mal -dijo.
-¿Eh?
-No sé.
-¿Qué hay de malo en todo esto?
-Mira... -Scott terminó por guardar un extraño
silencio y añadió-: No lo sé.
Los niños echaron de menos sus juguetes, pero no
por mucho tiempo. Emma fue la primera en recuperarse, mientras que Scott seguía
mostrándose deprimido. Mantenía conversaciones ininteligibles con su hermana, y
estudiaba los garabatos sin significado alguno que ella dibujaba en el papel
que él le proporcionaba. Era casi como si estuviera consultándola para tratar
de resolver problemas difíciles que estaban más allá de su comprensión. Si Emma
tenía una mayor capacidad de comprensión, Scott poseía una mayor inteligencia
real, así como una gran habilidad manual. Utilizando su juego de mecano,
construyó un artilugio, pero no quedó satisfecho. La causa aparente de su
disgusto fue exactamente la misma por la que Paradine se sintió aliviado al ver
la estructura. Era la clase de cosas que un niño normal construiría, algo con
una vaga semejanza a una nave cúbica. Resultaba demasiado normal para agradar a
Scott. Planteó más preguntas a Emma, aunque en privado. Ella se lo pensó
durante un rato y después dibujó más garabatos con un lápiz que agarraba con
una fuerza terrible.
-¿Puedes leer eso que escribe? -preguntó Jane a su
hijo, una mañana.
-Bueno, exactamente no se trata de leerlo. Puedo
entender la idea que ella trata de comunicar. No lo puedo hacer siempre, aunque
sí en la mayor parte de las ocasiones.
-¿Se trata de una escritura?
-No... no. No significa lo mismo que aparenta.
-Simbolismos -sugirió Paradine por encima de su
taza de café.
Jane le miró, abriendo mucho los ojos.
-Denny...
El guiñó un ojo y sacudió la cabeza. Más tarde,
cuando se encontraban solos, le dijo a su esposa:
-No permitas que Holloway te saque de tus casillas.
No estoy queriendo decir que los niños se estén comunicando por medio de una
lengua extraña. Si Emma dibuja un garabato y dice que es una flor, se tratará
siempre de una regla arbitraria... Scott lo recuerda. Y si en la ocasión
siguiente ella dibuja la misma clase de garabato, o trata de hacerlo... ¡bueno!
-Claro -dijo Jane, dudosa-. ¿Te has dado cuenta de
que Scott está leyendo mucho últimamente?
-Sí, ya me he dado cuenta. Sin embargo, no es nada
anormal. No es ningún Kant o Spinoza lo que lee.
-Se pasa el tiempo hojeando los libros, eso es
todo.
-Bueno, es lo mismo que hacía yo a su edad -dijo
Paradine, y se marchó a dar sus clases de la mañana.
Almorzó con Holloway, lo que ya se estaba
convirtiendo en una costumbre diaria, y habló de los entretenimientos
literarios de Emma.
-¿Tenía razón sobre lo del simbolismo, Rex?
-Bastante -asintió el psicólogo-. Nuestro propio
lenguaje no es otra cosa que una simbología arbitraria. Al menos, en su
aplicación. Mira esto -y en su servilleta dibujó una elipse muy estrecha-.
¿Sabes lo que es esto?
-¿Te refieres a lo que representa?
-Sí. ¿Qué te sugiere? Podría tratarse de una
representación vulgar... pero ¿de qué?
-De muchas cosas -contestó Paradine-. El canto de
un cristal. Un huevo frito. Una hogaza de pan francés. Un puro.
Holloway añadió entonces un pequeño triángulo a su
dibujo anterior, situándolo en uno de los extremos de la elipse. Después se
quedó mirando a Paradine.
-Un pez -dijo éste instantáneamente.
-Es nuestro símbolo familiar para indicar un pez.
Se le puede reconocer, aunque no tenga agallas, ni ojos, ni boca, porque
estamos condicionados para identificar esa figura particular con nuestra imagen
mental de un pez. Esa es la base del jeroglífico. Para nosotros, un símbolo
significa mucho más de lo que en realidad vemos sobre el papel. ¿Qué hay en tu
mente cuando miras este dibujo?
-¿Por qué?... Un pez.
-Continúa. ¿Qué visualizas?... ¿Todo?
-Escamas -dijo Paradine con lentitud, mirando hacia
el espacio-. Agua. Espuma. El ojo de un pez. Las agallas. Los colores.
-Como ves, el símbolo representa mucho más que la
simple idea abstracta de pez. Date cuenta de que las connotaciones son las de
un nombre, no las de un verbo. Resulta mucho más difícil expresar acciones
mediante simbolismos, eso ya lo sabes. En cualquier caso... invirtamos el
proceso. Suponte que quieres encontrar un símbolo para algún nombre concreto,
como por ejemplo un ave. Dibújala.
Paradine dibujó dos arcos conectados, con las
concavidades hacia abajo.
-El más bajo denominador común -dijo Holloway,
asintiendo-. La tendencia natural es la de simplificar. Especialmente cuando un
niño está viendo algo por primera vez y tiene pocos niveles de comparación.
Trata de identificar el objeto nuevo con algo que ya le sea familiar. ¿Te has
fijado alguna vez cómo dibuja un niño el océano? -no esperó una respuesta y
continuó hablando-: Una serie de puntos dentados. Como la línea oscilante de un
sismógrafo. La primera vez que vi el Pacífico, tenía unos tres años. Lo recuerdo
con bastante claridad. Parecía algo... cubierto de tejas. Una llanura plana,
inclinada en uno de sus ángulos. Las olas eran como triángulos regulares, con
el vértice hacia arriba. Ahora no las veo estilizadas de ese modo. Pero más
tarde, recordando eso, sé que tuve que encontrar algún nivel familiar de
comparación, que es la única forma de obtener una concepción nueva a partir de
algo completamente nuevo. El niño medio trata de dibujar esos triángulos
regulares, pero su coordinación es pobre. En consecuencia, obtiene el modelo de
una línea de sismógrafo.
-¿Y qué significa todo eso?
-Un niño ve el océano, y lo estiliza. Dibuja un
cierto modelo definido, simbólico, de lo que para él es el mar. Los garabatos
de Emma también pueden ser símbolos. No quiero decir con eso que el mundo tenga
para ella un aspecto diferente... más amplio quizá, o más agudo, más vívido o
con una disminución de la percepción por encima del nivel de sus ojos. Lo que
quiero decir es que sus procesos de pensamiento son diferentes; que ella
convierte lo que ve en símbolos anormales.
-Sigues creyendo que...
-Sí, continúo creyéndolo. Su mente ha sido
condicionada de un modo poco normal. Puede ser que ella desmembre lo que ve en
modelos individuales y obvios... y conceda un significado a esos modelos, que
nosotros no podemos comprender. Como el ábaco. Ella vio en él un modelo,
aunque, para nosotros, se trataba de algo completamente aleatorio.
De repente, Paradine decidió cortar aquellas citas
para almorzar con Holloway. Aquel hombre era un alarmista. Sus teorías se
estaban haciendo cada vez más fantásticas; rastreaba cualquier cosa, aplicable
o no, siempre que apoyara sus teorías.
-¿Crees que Emma se está comunicando con Scott en
un lenguaje desconocido? -preguntó en un tono bastante irónico.
-En símbolos para los que ella no dispone de
palabras. Estoy seguro de que Scott comprende una buena parte de esos...
garabatos. Para él, un triángulo isósceles puede representar cualquier factor,
aunque probablemente se trate de un nombre concreto. ¿Crees que un hombre que
no entienda nada de química puede comprender lo que significa H2O? ¿Se dará
cuenta de que ese símbolo podría evocar la imagen del océano?
Paradine no contestó. Sin embargo, mencionó a
Holloway la curiosa observación de Scott en el sentido de que el paisaje, visto
desde la colina, le había parecido erróneo. Un momento después se mostró
inclinado a lamentar su comentario, pues el psicólogo volvió a empezar.
-Los modelos de pensamiento de Scott están
acumulándose, hasta llegar a una suma que no es igual al aspecto que tiene este
mundo. Quizá esté esperando inconscientemente ver el mundo de donde procedieron
esos juguetes.
Paradine dejó de escucharle. Ya era suficiente. Los
niños se las iban arreglando bastante bien, y el único factor perturbador que
aún quedaba era el propio Holloway. Sin embargo, aquella noche, Scott demostró
un interés por las anguilas, que más tarde resultó ser muy significativo. No
había nada aparentemente nocivo en la historia natural. Paradine le explicó lo
que sabía sobre las anguilas.
-Pero ¿dónde ponen sus huevos? ¿O es que no los
ponen?
-Eso todavía es un misterio. Los lugares donde
desovan son desconocidos. Quizá lo hagan en el mar de los Sargazos, o en las
profundidades, donde la presión les puede ayudar a sacar los huevos de sus
cuerpos.
-Qué divertido -dijo Scott, reflexionando
profundamente.
-El salmón hace más o menos lo mismo. Remonta los
ríos para desovar -siguió diciendo Paradine, hablando sobre los detalles.
Scott estaba fascinado.
-Pero eso está bien, papá. Han nacido en el río y
cuando aprenden a nadar, descienden hasta el mar. Y regresan después a poner
sus huevos, ¿no?
-Correcto.
-Sólo que ellos no regresan -consideró Scott-. Se
limitan a enviar sus huevos...
-Para eso necesitarían un oviducto muy largo -dijo
Paradine, y añadió algunas observaciones muy bien escogidas sobre los ovíparos.
Su hijo no quedó completamente satisfecho. Las
flores, argumentó, envían sus semillas a grandes distancias.
-Pero no las guían. No son muchas las que
encuentran un suelo fértil.
-Pero las flores no tienen cerebros, papá. ¿Por qué
la gente vive aquí?
-¿En Glendale?
-No... aquí. En todo este lugar. Apuesto a que no
está aquí todo lo que hay.
-¿Te refieres a los otros planetas?
-Esto es sólo... -Scott se mostró vacilante-
parte... del gran lugar. Es como el río al que acude el salmón. ¿Por qué la
gente no baja al océano cuando se hace mayor?
Paradine se dio cuenta entonces de que Scott estaba
hablando en sentido figurado. Sintió un breve escalofrío. ¿El... océano? Los
jóvenes de las especies no están preparados para vivir en el mundo más
completo, donde viven sus padres. Sólo entran en ese mundo cuando se han
desarrollado lo suficiente. Más tarde, procrean. Los huevos fertilizados son
enterrados en la arena, en la parte alta del río, donde más tarde incuban. Y
aprenden. El instinto, por sí solo, es fatalmente lento. Especialmente en el
caso de un género especializado, incapaz de hacer frente incluso a este mundo,
incapaz de alimentarse, beber o sobrevivir, a menos que alguien proporcione
previsoramente esas necesidades. El joven, alimentado y cuidado, sobrevivirá.
Habría incubadoras y robots. Los jóvenes podrían sobrevivir, pero no sabrían
cómo nadar corriente abajo, hacia el mundo, mucho más amplio, del océano. Así
es que se les tenía que enseñar. Tenían que ser preparados y condicionados de
muchas maneras. Sin dolor, sutilmente, discretamente. A los niños les encantan
los juguetes que hacen cosas... y si esos juguetes enseñan al mismo tiempo...
En la última mitad del siglo XIX, un inglés estaba
sentado junto a la ribera, cubierta de hierba, de un río. Una niña muy pequeña
estaba sentada junto a él, mirando fijamente el cielo. Había dejado a un lado
un curioso juguete con el que había estado jugando y ahora tarareaba una
canción corta, sin palabras, que el hombre escuchaba con cierta atención.
-¿Qué era eso, querida? -preguntó al final.
-Sólo es algo que me he inventado, tío Charles.
-Vuélvelo a cantar -pidió, sacando un libro de
notas.
La niña obedeció.
-¿Significa algo?
-¡Oh, sí! -exclamó ella, asintiendo-. Como las
historias- que te he contado, ya sabes.
-Son historias muy bonitas, querida.
-¿Y las escribirás algún día en un libro?
-Sí, pero tengo que cambiarlas bastante, o nadie
las comprendería. Sin embargo, creo que no voy a cambiar tu canción.
-No tienes que hacerlo. Si lo haces, puede
significar cualquier cosa.
-De todos modos, no cambiaré esa estrofa
-prometió-. ¿Qué significa?
-Creo que es el camino para salir -dijo la niña,
vacilante-. No estoy segura todavía. Mi juguete mágico me lo dijo.
-¡Quisiera saber qué tiendas de Londres venden esos
juguetes tan maravillosos!
-Mamá me los compró para mí. Ella está muerta
ahora. Y papá no se preocupa.
Mentía. Había encontrado los juguetes en una caja,
un buen día, mientras jugaba junto al Támesis. Y, en realidad, eran juguetes
maravillosos. Su tío Charles pensó que aquella pequeña canción no significaba
nada. (El no era su verdadero tío, pero se portaba muy bien con ella.) La
canción, sin embargo, significaba mucho. Era el camino. Ahora, ella haría lo
que decía la canción, y después... Pero ya era demasiado vieja. Nunca encontró
el camino.
Paradine había dejado de ver a Holloway. A Jane le
disgustaba mucho aquel hombre, algo bastante natural puesto que ella sólo
deseaba ver conjurados sus temores. Desde que Scott y Emma empezaron a actuar
con normalidad, Jane se sintió satisfecha. Pero, en parte, se trataba más de
deseos que de realidades, algo en lo que Paradine no podía estar de acuerdo por
completo. Scott seguía llevando a Emma artilugios, pidiéndole su aprobación.
Por regla general, la niña se limitaba a negar enérgicamente con una sacudida
de su cabeza. A veces, mostraba una expresión de duda. Muy ocasionalmente,
demostraba estar de acuerdo. Entonces se producía una hora de laborioso y loco
garabatear en trozos de papel, y Scott, después de estudiar las anotaciones,
arreglaba una y otra vez sus artilugios, las partes de su maquinaria, los cabos
de vela y sus trastos viejos. La sirvienta los limpiaba cada día y Scott
comenzaba cada día de nuevo. Condescendió en explicarle algo a su extrañado
padre, que no veía ningún sentido o razón al juego.
-Pero ¿por qué vas a poner este guijarro aquí?
-Es duro y redondo, papá. Pertenece ahí.
-Este otro también es duro y redondo.
-Bueno, ése tiene vaselina. Cuando se llega a este
punto, no puedes ver una cosa dura y redonda.
-¿Y qué viene a continuación? ¿Ésta vela?
Scott parecía disgustado.
-Eso se coloca al final. Primero hay que poner la
anilla de hierro.
Paradine pensó que todo aquello era como el rastro
de un boy-scout dejado entre los bosques, como marcas en un laberinto. Pero,
una vez más, se encontraba aquí con el factor aleatorio. La lógica, la lógica
familiar, se detenía ante los motivos que Scott tenía para acoplar los trastos
viejos tal y como lo hacía. Paradine se marchó. Por encima del hombro, vio a
Scott sacar un trozo arrugado de papel y un lápiz del bolsillo y dirigirse
hacia donde estaba Emma, en cuclillas, pensando en sus cosas en un rincón.
Bueno... Jane había ido a almorzar con el tío
Harry. En aquella calurosa tarde de verano había poco que hacer, excepto leer
los periódicos. Paradine tomó asiento en el lugar más frío que pudo encontrar
con un diccionario Collins, y se perdió en los crucigramas cómicos. Una hora
después, el sonido de unos pasos en las habitaciones de arriba le despertó de
su modorra. La voz de Scott estaba gritando, llena de júbilo:
-¡Eso es! ¡Eso es, babosa! ¡Vamos!
Paradine se levantó con rapidez, frunciendo el
ceño. En el momento en que penetraba en el vestíbulo, empezó a sonar el
teléfono. Jane había prometido llamarle... Su mano estaba sobre el auricular
cuando Emma lanzó un grito lleno de excitación. Paradine hizo una mueca. ¿Qué
diablos estaba sucediendo allá arriba?
-¡Mira! ¡Por este camino! -gritó Scott.
Balbuciendo unas palabras, y con los nervios
ridículamente tensos, Paradine olvidó el teléfono y echó a correr escaleras
arriba. La puerta de la habitación de Scott estaba abierta. Los niños se
desvanecían. Desaparecían en fragmentos, como un humo espeso transportado por
el viento, o como un movimiento en uno de esos espejos que desfiguran la
imagen. Se iban, cogidos de la mano, en una dirección que Paradine no podía
comprender. Y mientras él estaba allí, parpadeando, bajo el umbral de la
puerta, acabaron por desaparecer del todo.
-¡Emma! -gritó, con la garganta seca-. ¡Scotty!
Sobre la alfombra quedaba un montón de fichas, una
anilla de hierro... trastos viejos. Formaban una figura casual. Una arrugada
hoja de papel voló hacia Paradine. La cogió automáticamente.
-Niños. ¿Dónde estáis? No os escondáis...
-¡Emma! ¡SCOTTY!
En la planta baja, el teléfono dejó de sonar con su
agudo y monótono timbre. Paradine miró el papel que tenía en la mano. Era una
hoja arrancada de un libro. Había cosas escritas entre las líneas y en los
márgenes, dibujadas con los garabatos sin significado alguno de Emma. Una
estrofa de versos había sido subrayada y tachada de modo que resultaba casi
ilegible. Pero Paradine estaba familiarizado con A través del espejo. Su
memoria recordó las palabras:
Era brillante, y la estopa deslizante
giraba y surgía en espiral en la banda.
Fingida era la arboleda,
y los momentos fueron arrebatados.
De un modo idiota, pensó: «Eso lo explica todo.»
Una banda, se refería al lugar lleno de hierba que hay alrededor de un reloj de
sol. Un reloj de sol. Tiempo... Tenía algo que ver con el tiempo. Hacía ya
mucho tiempo, Scott le había preguntado algo sobre una banda. Puro simbolismo.
Era brillante...
Una fórmula matemática perfecta, en la que se daban
todas las condiciones del simbolismo que, finalmente, habían comprendido los
niños. Los trastos viejos en el suelo. Las estopas tenían que ser hechas de
modo que fueran deslizantes... ¿vaselina? Y tenían que ser colocadas de modo
que guardaran una cierta relación, y pudieran así girar y surgir en espiral.
¡Locura!
Pero no había sido locura ni para Emma ni para
Scott. Ellos pensaban de modo diferente. Ellos utilizaban la lógica x. Aquellas
notas que Emma había garabateado en la página... había traducido las palabras
de Carroll en símbolos que tanto ella como Scott eran capaces de comprender. El
factor aleatorio había terminado por tener un sentido para los niños. Ellos
habían cumplido las condiciones de la ecuación espacio-tiempo. Y los momentos
fueron arrebatados... Paradine emitió un sonido débil y profundo a través de su
garganta. Observó el loco modelo dibujado en la alfombra. Si pudiera seguirlo,
tal y como habían hecho los niños... Pero no pudo. Aquel modelo no tenía
sentido alguno. El factor aleatorio le desafiaba. El estaba condicionado por
Euclides. Aun cuando se volviera loco, seguiría sin poder hacerlo. Sería un
tipo de locura erróneo. Ahora, su mente había dejado de pensar. Pero, dentro de
un instante, se pasaría el éxtasis de horror incrédulo y se sumiría en la
angustia de un horror irracional... Paradine arrugó la página entre sus dedos,
-Emma, Scotty --llamó con una voz muy débil, como
si ya no esperara respuesta.
La luz del sol penetraba por las ventanas abiertas,
iluminando la piel dorada de Señor Oso. En el piso inferior comenzó a sonar de
nuevo el timbre del teléfono.
________________________
Henry Kuttner (1915-1958)
C.L. Moore (1911-1987)

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