© Libro N° 10970. Fin Del Mundo. Kuttner, Henry. Emancipación. Marzo 4 de 2023
Título original: © World's
End, Henry Kuttner (1915-1958)
Versión Original: © Fin Del Mundo. Kuttner,
Henry
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Henry Kuttner
Fin Del Mundo
Henry Kuttner
Kenneth Blake se removía dentro de una prenda de
cuero negro. Levantó la mirada cuando el viejo Norwood entró al laboratorio. A
su rostro demacrado lo definían varias líneas rugosas: así estaba desde que
Blake anunció que el experimento se llevaría a cabo ese día. De todos modos,
era curioso que Norwood, apenas un espectador del suceso, estuviera tan
preocupado. Blake, por el contrario, estaba ansioso por utilizar la máquina y
verificar las teorías que lo habían obsesionado durante siete años.
Blake sonrió mientras se acomodaba el cabello.
—No seas tan negativo, Jep —dijo, mientras
levantaba las cejas en fingido asombro—. Santo cielo, ¿otra arma? No me
enfrentaré a un ejército, sabes.
Norwood encogió sus estrechos hombros.
—Es mejor estar preparado —dijo.
Luego puso a un lado el revólver y se acercó para
ayudar a Blake, quien seguía luchando con su traje y buscando los seguros de su
casco. Impaciente, Norwood apartó las manos de Blake y fijó hábilmente el casco
en su sitio.
Blake presionó un botón de su traje y su voz sonó
hueca y metálica.
—¿Me oyes, Jep?
—Perfectamente. El comunicador funciona. Prueba la
temperatura interna.
Blake presionó otro botón y lo regresó a su
posición original. Su rostro, a través del cristal, se llenó de gotas de sudor.
—Está muy cálido.
—Mejor así. Quizás lo necesites, Ken. No podemos
saber qué encontrarás allá… si es que la máquina funciona.
—Por supuesto que funcionará.
La voz de Blake vibraba con incertidumbre. En ese
momento, Norwood experimentó el mismo miedo que lo había perseguido durante
años. Blake se volteó para esconder su rostro de la mirada penetrante de
Norwood. Si la cosa fallara… pero no, no podía fallar. Todos los experimentos
fueron exitosos, incluso el último. Sin embargo, el verdadero éxito dependía de
esta prueba final. De repente, Blake se mostró impaciente. Atravesó el
laboratorio con su grotesco traje hasta que llegó a la máquina.
La máquina estaba compuesta por una plataforma
elevada de metal, de aproximadamente unos ocho pies cuadrados, con un refuerzo
a la altura de los hombros que corría de lado a lado. Del centro de la
plataforma sobresalía un grueso pilar lleno de botones, indicadores y diales.
Una palanca se asomaba por una ranura en la parte superior de la columna. Al
verla, los ojos de Blake soñaban.
Norwood, al principio, fue tan entusiasta como su
compañero, pero últimamente se había vuelto taciturno y temeroso. Era como si
le tuviese miedo a la máquina que él y su hábil compañero habían diseñado. A
veces, Blake descubría a Norwood observando a la máquina con terror en la
mirada, mientras que él mismo solo sentía una increíble euforia por embarcarse
en la aventura más grande de todas: viajar en el tiempo.
Blake se mantuvo de pie en el centro de la
plataforma. A sus pies había una gran cantidad de objetos que Norwood
consideraba que podría necesitar: libros, termómetros, abrigo, alimentos
enlatados, agua y armas... muchas armas: revólveres, rifles e incluso una
ametralladora. Norwood no parecía advertir que la máquina era la mejor arma
ante cualquier peligro: a la mínima señal de problema, Blake podría poner una
docena de años entre él y sus posibles enemigos.
—¿Listo, Jep? —preguntó Blake.
—Listo.
Sin embargo, Blake no accionó la palanca. Volteó la
cabeza para observar el rostro de su compañero.
—Piénsalo, Jep —dijo con tranquilidad—. Con solo
mover esta palanca iré tras la aventura más grande que ningún hombre emprendió
jamás. Seré proyectado a otra dimensión, mientras los años y siglos pasan sobre
mí, y regresaré nuevamente a este plano tridimensional, pero en otro tiempo. Es
como si pudiera librarme de la gravedad y dejar que la Tierra girara debajo de
mí. ¡Por Dios! Traeré a alguno de tus descendientes para que lo conozcas
—finalizó, algo avergonzado por su arrebato.
Norwood no sonrió.
—Sé cómo te sientes, Ken. Y... —vaciló un segundo—
¿no sientes algo extraño? ¿Está el hombre destinado a hacer una cosa así? ¿No
se supone que el tiempo es inmutable? Eso es lo que yo siento, Ken. Creo que
estamos haciendo algo incorrecto.
Blake lo miró.
—¿Incorrecto? ¿El tiempo es inmutable? Por qué te
preguntas eso, si ya hemos logrado cambiarlo. Todos esos modelos que hicimos
los enviamos a través del tiempo.
—Al futuro, sí, no al pasado. Algo salió mal allí.
A ver, dime por qué no podríamos enviar un modelo hacia atrás en el tiempo.
—No lo sé —dijo Blake lentamente, y su expresión
cambió—. Pero voy a averiguarlo. Retrocede, Jep.
Accionó la palanca hacia la izquierda. No sucedió
nada. A excepción de los latidos de su corazón, no se oía ningún sonido.
Inmediatamente, Norwood dijo:
—¿Lo ves, Ken? Algo anda mal. De acuerdo a nuestros
cálculos tendrías que estar ya en el pasado. Pero no lo estás. Te lo dije, el
hombre no puede ir en contra de...
Mientras hablaba, Blake movió la palanca
empujándola en la dirección contraria. De repente, con la brusquedad de un
relámpago, lo envolvió la negrura. Involuntariamente sus manos soltaron la
palanca. Temeroso por no encontrarla en aquella oscuridad, buscó a tientas
hasta que sus dedos la tantearon.
—¡Jep!
Su lengua articuló los sonidos, sin embargo, no se
oyó nada. Era como si se hubiese quedado mudo. Volvió a pronunciar el nombre de
Norwood, ahora con todas sus fuerzas. Pero no había sonido.
Una oleada de júbilo lo golpeó: ¡la máquina había
funcionado! Había sido expulsado del espacio tridimensional hacia una dimensión
extraña en la que, aparentemente, el sonido era imposible: una dimensión en la
que las leyes de la naturaleza se habían deformado. De repente, le surgió una
idea. Buscó entre la oscuridad la linterna que traía en el cinturón. Presionó
el interruptor, pero no hubo señal de luz: la oscuridad permanecía
inquebrantable. Entonces, si la linterna funcionaba, los rayos de luz tampoco
existían en este lugar.
El pánico lo poseyó por un instante.
¿Cómo haría para leer sus herramientas e
instrumentos? Por lo que sabía, pudo haber sido transportado millones de años
hacia el futuro.
Temblando, tomó su linterna y rompió el cristal que
protegía el dial. Tampoco hubo sonido alguno, sin embargo, notó algo irregular.
Se quitó un guante y tocó delicadamente la aguja indicadora. Aparentemente no
se había movido. Entonces tuvo un pensamiento extraño:
—Supongamos que el tiempo no existe en esta
dimensión, no al menos como lo conocemos en la Tierra. No, eso es imposible.
Ahora la aguja temblaba como bajo el estrés de
fuerzas desconocidas. Había girado completamente, estaba hasta el otro extremo,
había alcanzado su límite: y ese límite era de cien mil años.
Mientras buscaba a tientas la palanca, lo apresó un
miedo irracional. Se quedó en silencio por un momento, y la oscuridad
desapareció. Una luz rojiza penetró en los ojos de Blake, quien se llevó las
manos a la cara, olvidándose del casco. Lentamente el dolor disminuía.
Abrió los ojos y se quedó observando a su
alrededor. Este era un mundo blanco pero salpicado de manchas rojizas. Y era
frío, muy frío. Blake encendió la calefacción de su traje, pero a pesar del
aislamiento no logró apaciguar el frío. Era un mundo de nieve enrojecido por
los rayos de un enorme sol escarlata. La atmósfera debía ser tenue, es cierto,
pero eso era difícil de explicar. Después de todo, cien mil años eran sólo un
día en la vida de un planeta.
¿Qué es lo que había traído esta muerte prematura a
la Tierra?
Una intolerable sensación de abandono se apoderó de
él. ¿No había vida en ninguna parte de la Tierra? ¿Una capa de nieve yacía
desde el Ecuador hasta los polos? Mientras se preguntaba esto, vislumbró un
breve movimiento a lo lejos. Recordó que traía consigo un par de binoculares y
se puso a buscarlos rápidamente. Cuando los halló, poco fue lo que le
revelaron: parecía como si el cielo, cerca del horizonte, se estuviera
moviendo. Pequeños rayos de luz brillaban en el horizonte, como una especie de
luciérnagas chocando contra una pared de basalto.
Puso rumbo hacia el horizonte. Como una pared que
se alza sobre el cielo, la Negrura y sus rayos brillantes se precipitaron sobre
él. Increíblemente, esa nube de oscuridad estaba viva. Era como una gran capa
que se extendía por todo el horizonte y más allá. Aquello era como una muralla,
como una ola, pensó Blake, avanzando a través de la nieve.
Se quitó los binoculares y se quedó sin aliento.
Aquella gran ola estaba amenazantemente cerca, quizá a treinta millas de
distancia, y abarcaba, aparentemente, unos mil pies de altura. Blake todavía no
podía identificarla con claridad: era una oscuridad tenue, brillante, llena de
diminutas chispas de luz que disparaba azarosamente. Sintió vida en aquella
cosa, una vida maligna. Corría hacia él con increíble velocidad, más rápido que
cualquier objeto conocido.
En instantes esa cosa lo alcanzaría hasta
envolverlo. Blake llevó su mano hasta la palanca, pero no la movió. Para su
sorpresa, la escena había cambiado. La nieve rojiza y la capa de negrura habían
desaparecido. Se habían esparcido como niebla y, en su lugar, había crecido
otra escena, completamente diferente, asombrosamente extraña: la plataforma de
la máquina descansaba sobre un piso de piedra blanca y, muy por encima, se
alzaba un techo abovedado del mismo material. La habitación era circular e
inmensa, de casi medio kilómetro de diámetro, consideró. Por todos lados había
máquinas indescifrables. Salvo por lo anterior, la cámara estaba completamente
vacía. El intenso frío había desaparecido y Blake apagó la calefacción de su
traje.
Un pequeño rayo de luz comenzó a brillar en el
aire, cerca de la plataforma. Blake se detuvo para tomar su revólver, sin
embargo, la luz hizo que se volteara. Cuando regresó la vista vio a un hombre
parado donde había estado la luz.
Era un hombre extraño, de cuerpo enjuto, bajo, de
manos esbeltas y dedos que parecían tentáculos. Al principio pensó que se
trataba de un jorobado, pero luego se dio cuenta de que el objeto que parecía
un saco colgado en la espalda era realmente parte de su cráneo. La cabeza, de
frente, parecía normal, aunque los ojos fuesen asombrosamente grandes y la boca
diminuta. Sin embargo, de perfil, la parte posterior del cráneo estaba
extendida sobre un cilindro pulposo de cuerpo blanco y de dos pies de largo que
colgaba casi hasta el suelo.
Esa debía ser la evolución lógica del cráneo, pensó
Blake, ya que el cuello normal apenas si puede soportar el peso de un cráneo
globular. En tal caso, cualquier paso en falso haría que la cabeza se fuera de
lado y el cuello se rompiera. Parecía fantástico, pero era real.
Su cuerpo robusto vestía una reluciente malla
metálica. Una de sus delgadas manos se levantó en un gesto inmemorial de paz.
Blake devolvió el revólver al cinturón, pero no bajó la guardia.
—¿Quién eres? —le preguntó.
Como había esperado, el otro no dio muestras de
entendimiento. Un abismo de cien mil años separaba el lenguaje de ambos. Sin
embargo, ese hombre del futuro había logrado romper rápido ese abismo de una
forma asombrosa. Después de una breve pausa, dijo:
—Mi nombre es Nak.
Blake levantó las cejas desconcertado. Había estado
mirando los labios de aquel pequeño hombre: estaba seguro de que no se
movieron. Curiosamente tampoco podía distinguir el tono de su voz.
—Soy Nak. Es mi mente la que escuchas.
—¿Tu mente?
—Sí. Lo que tu cerebro, por lo visto, conoce como
telepatía.
—Pero puedo oírte.
—No. Eso es lo que tú crees. Tu cerebro transmite
mis pensamientos a los nervios auditivos donde se traducen a tu lengua. Cuando
hablas, tus palabras para mí son incomprensibles. Lo que realmente recibo son
los pensamientos detrás de ellas. Nuestra raza ha conversado así durante miles
de años.
—¿Entonces eres un ser humano?
—Sí. Estás desconcertado. Tu mente está confundida.
Puedo ver que has viajado a través del tiempo... —hubo una vibración en su
rostro— desde el pasado. Creí que nunca se había construido una máquina del
tiempo exitosa.
—Esta es la primera —dijo Blake—, pero supongo que
eso fue hace mucho tiempo desde tu perspectiva.
—¿La fecha?
Blake se la dijo. El otro movió la cabeza en un
gesto de desconcierto.
—En toda la historia no hay registro de tal suceso.
Ni siquiera cuando la Oscuridad trajo consigo el Renacimiento de la Ciencia.
—¿La Oscuridad? —Blake recordó abruptamente la
ráfaga de negrura que había visto hace apenas unos instantes—. Entonces, ¿cómo
es que yo llegué aquí? ¿cómo es que tú...?
—Yo te traje aquí por medio de un proceso que no
creo que puedas entender. Se trata de deformar el espacio, de doblarlo. Por un
momento, el Séptimo Círculo —que era donde estabas— y esta habitación se
estaban tocando a través del hiperespacio. Todo a consecuencia de una antigua
transmisión de la materia.
El pequeño hombre del futuro, Nak, estuvo mirando
la máquina con curiosidad. Inmediatamente se adelantó hasta ponerse de frente
de Blake, quien dio un paso atrás.
—No hubo daño —dijo la extraña voz— Tu llegada ha
traído esperanza a este mundo en el que yo soy uno de los doce sobrevivientes.
Veo que todo esto es muy difícil para ti. No lo puedes comprender, te lo
mostraré.
Hizo un gesto y Blake miró una enorme máquina que
se encontraba a cuarenta pies de distancia. Era metálica y poseía unas luces
que brillaban suavemente. Inmediatamente después, una luz cegadora dio paso a
una pantalla ovalada, de radiante fulgor y de unos veinte pies de altura. Unas
sombras se arrastraron a través de ella y luego se hicieron más claras hasta
convertirse en imágenes. Una ciudad resplandeció, vista desde el aire: Nueva
York, en el año en que Blake viajó. Sin embargo, notó incongruencias extrañas:
un avión volando hacia atrás, además, era una máquina torpe de la preguerra;
también había un barco en el puerto, pero era un velero bastante viejo; los
edificios no tenían ventanas.
—Es una reconstrucción —dijo Nak—. Las historias no
siempre son precisas, especialmente cuando tratas con tiempos tan remotos.
Observa.
La escena cambió. Hubo una visión de aguas verdes
corriendo. Otra ciudad apareció: Sidney, Australia, pensó Blake. Se desvaneció:
sólo quedó un extenso y blanco desierto reseco por el sol. De repente, apareció
otra luz cegadora. En cuanto se esfumó, Blake vio un gran cráter, todavía
humeante, arraigado en el desierto.
—Un meteorito —dijo Nak—. La Semilla de la
Destrucción.
La escena cambió nuevamente. Ahora el desierto
parecía menos árido, como si docenas, quizá cientos de años, hubieran pasado.
Al fondo del cráter se hacía visible una mancha negra. Brillaba pese a la
deslumbrante luz del sol.
—Esa es la Oscuridad —dijo Nak; y había odio en su
voz—. Esa entidad aniquiló toda la vida: toda, a excepción de unos cuantos
cientos. Nunca descubrimos lo que es, pese a que experimentamos con ella por
miles de años. Está viva, pero su composición es completamente distinta a
cualquier tipo de materia conocida. No es ni cristalina, no mineral, ni
orgánica, y aun así está viva. Y se alimenta. Consume toda la materia: piedras,
arena, agua, incluso aire. Observa.
De repente, en la pantalla apareció un gran
peñasco, en el cual crecía precariamente un árbol arraigado en un pequeño
pedazo de tierra. Dentro de la pantalla, un dedo de Oscuridad se arrastraba y
se acercaba lentamente, envolviendo la piedra y el árbol. Ambos fueron
devorados por la oscuridad.
—La tierra no tenía nada que pudiera detenerlo. Se
movió hacia el exterior del desierto australiano y luego se extendió. A través
de los siglos ha crecido hasta lo más profundo de la tierra. Salvo por una
isla, todo consiste en esa sustancia. Como una infección, lo ha devorado todo a
su paso, desde el acero hasta las piedras más duras. Al principio creció
lentamente, luego cada vez más rápido; quizá fue hace cuarenta mil años que el
hombre se dio cuenta de que era una amenaza. Para entonces, había cubierto sólo
ochenta millas. Su tasa de crecimiento aumentó exponencialmente, y no hubo nada
que pudiera detenerla. Aquí, en esta isla, se reúnen los últimos restos de
humanidad. En un círculo sobre esta ciudad central están los Puestos de Avance.
Éste es uno de ellos, uno de los varios grupos de torres dispersos en el borde
de la isla, instalados para combatir la Oscuridad.
—¿Ustedes la combaten? —preguntó Blake.
El otro asintió.
—Sí. Quizá ahora ya sea muy tarde, pero descubrimos
cómo destruirla: rompiendo los átomos que la componen. Pero ya nos queda muy
poca energía. Por cientos de años hemos estado perdiendo terreno. Pronto la
Oscuridad avanzará sin control, y el hombre desaparecerá para siempre. Te he
dicho todo esto porque está en tu poder salvar a la humanidad —Nak continuó, su
voz era tensa—. Para que puedas moverte en el tiempo y que...
Un sonido de alerta atravesó la sala. Nak se dio
vuelta y corrió hacia una máquina. Sus dedos delgados temblaron sobre la
consola.
—¡Mira!
En la pantalla oval surgió otra imagen. Una gran
torre, monolítica, situada en una llanura sin nieve. A la distancia se veía una
ráfaga de negrura que avanzaba. Era la Oscuridad barriéndose inexorablemente y
reclamando tierra para sí misma.
—La torre... es la torre en la que estamos ahora
—dijo Nak.
Desde la cima de la torre se disparó un rayo de luz
pálida. La mancha se arrastró hacia abajo, batiendo la ráfaga de Oscuridad.
Brillaron pequeñas chispas. Inmediatamente, la ola desapareció. Se con el
viento. En su lugar quedó un profundo barranco de donde emanaban vapores
ardientes.
—Regresará —dijo Nak—. Siempre regresa.
Eventualmente nuestra energía se agotará y entonces...
No terminó la frase. Tocó algo en la consola y la
imagen desapareció.
—¿Lo entiendes? Te he mostrado la Oscuridad porque
tú puedes ayudarnos.
—¿Cómo? —dijo Blake con la voz quebrada—. Dios, si
pudiera lo haría, pero nuestra ciencia no está a la altura.
—Te puedes mover a través de tiempo. Si hubiéramos
conocido el secreto de la destrucción del rayo cuando llegó la Oscuridad,
cuando el meteorito golpeó Australia, podríamos destruir la semilla antes de
que se esparciera y lo infectara todo.
—Y yo puedo regresar en el tiempo —lo interrumpió
Blake—. Eso es a lo que te refieres, ¿verdad? Puedo llevarte de vuelta al día
en el que cayó el meteorito para que lo destruyas. Pero, ¿podré transportar el
rayo?
Nak sacó un reluciente cilindro de metal de su
traje.
Este proyector contiene suficiente energía. El
meteorito era pequeño cuando llegó. Entonces, ¿me llevarás?
—Por su puesto. Trae lo que necesites y vamos.
Nak sonrió.
—No necesito nada salvo este proyector —dijo
mientras se acercaba a la plataforma.
Trepó torpemente por la barandilla. Blake vaciló un
poco cuando su mano se colocó sobre la palanca. Nak lo miró con ojos
inquisitivos.
—¿Todo en orden?
Blake había recordado la inmersión dentro de la
otra dimensión en la que las leyes de la física estaban extrañamente alteradas
o simplemente suspendidas. Ahora no estaba seguro de que pudiera encontrar el
camino de regreso a su propio tiempo. Le explicó el problema a Nak, y éste
soltó una pequeña risa.
—¿Puedes abrir la plataforma y mostrarme la
maquinaria? —preguntó.
Blake asintió.
Levantó un panel del piso metálico y Nak miró hacia
abajo. Tras un breve instante, sacudió su cabeza, metió su brazo por la
abertura e hizo los ajustes algo apresurado.
—Con esto bastará —dijo—. Solo acciona la palanca.
Tu máquina es bastante simple en cuanto a su construcción y su sistema. No
entiendo cómo no pudimos diseñarla.
—¿Listo? —preguntó Blake.
Nak, sosteniendo con fuerza el cilindro de metal,
asintió. Blake movió la palanca. Instantáneamente, la negrura muerta de la otra
dimensión los rodeó. Sin embargo, aunque esperaba ese cambio, algo lo hizo
estremecer.
—¡Nak! —llamó—. ¿Puedes escucharme?
No hubo ruido.
Blake extendió su mano, buscando a tientas en la
oscuridad, pero no pudo encontrarlo. Sintió que la palanca se movía bajo su
mano, regresando a su posición natural. Una luz lo cegó. Al mismo tiempo, un
dolor inmenso se produjo en su cabeza. Tenía la extraña sensación de haber
percibido un cambio, como si una extraña metamorfosis hubiera tenido lugar
dentro de él.
Entonces escuchó la voz de Jepson Norwood
terminando la frase que había empezado cuando la palanca había sido movida para
lanzar a Blake hacia delante en el tiempo. Lo rodearon las paredes familiares
del laboratorio. —... las leyes de la naturaleza. No se pueden hacer a un lado,
Ken. Tú mismo puedes ver que la máquina no funciona ni hacia el pasado ni hacia
el futuro.
—No lo entiendo —Blake se escuchó a sí mismo
diciéndolo—. Debería funcionar, Jep, pero no lo hace.
—Creo que sé por qué no puedes viajar al pasado
—dijo Norwood—. El pasado no puede ser modificado, y tú no puedes lograr lo
imposible, no puedes viajar a un tiempo en el que no existes, ni siquiera a
pocos años o pocos minutos; si lo pudieras hacer, recordarías haberte visto
saltar del vacío. Y no tienes memoria alguna de que eso haya sucedido.
—¿Pero, y al futuro? —preguntó Blake—. Tu argumento
no aplica ahí.
Norwood sacudió su cabeza.
—No lo sé, el universo tiene sus reglas, Ken, y no
pueden romperse tan fácilmente.
—La Ley de Compensación —susurró Blake, y luego
miró a Norwood—. Me pregunto si es posible que haya podido viajar en el tiempo,
hacia el futuro, y no recordar nada sólo por el simple hecho de que esos
recuerdos se borraron cuando regresé a un segmento del tiempo en el que no
fueron forjados. Después de todo, uno no puede recordar algo antes de que haya
sucedido. Sin embargo, pude haber ido al futuro y haber traído (o intentado al
menos) a alguien conmigo y haber fallado porque nadie puede existir antes de su
propio nacimiento. Tengo la sensación de haber olvidado algo, algo importante.
Kenneth Blake se encogió de hombros y saltó el
barandal de la máquina.
—Demonios, esto apesta, Jep —dijo Blake golpeando
amistosamente los hombros de Norwood—. Es demasiado increíble como para ser
cierto. Si hubiera ido al futuro lo recordaría, estoy seguro. Hemos fallado,
esa es la verdad. Nuestras teorías eran correctas, pero no funcionaron. Quizá
no haya tal cosa como los viajes en el tiempo después de todo.
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Henry Kuttner (1915-1958)

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