© Libro N° 10969. Felicidad. Mansfield, Katherine. Emancipación. Marzo 4 de 2023
Título original: © Bliss, Katherine Mansfield (1888-1923)
Versión Original: © Felicidad. Katherine
Mansfield
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Katherine Mansfield
Felicidad
Katherine Mansfield
A pesar de sus treinta años, Berta Young tenía
momentos como éste de ahora, en los que hubiera deseado correr en vez de andar;
deslizarse por los suelos relucientes de su casa, marcando pasos de danza;
rodar un aro; tirar alguna cosa al aire para volver a tomarla, o quedarse
quieta y reír, simplemente por nada. ¿Qué puede hacer uno si, aún contando
treinta años, al volver la esquina de su calle le domina de repente una
sensación de felicidad, de felicidad plena, como si de repente se hubiese
tragado un trozo brillante del sol crepuscular y éste le abrasara el pecho,
lanzando una lluvia de chispas por todo su cuerpo?
¿Es que no puede haber una forma de manifestarlo
sin parecer ebrio o trastornado? La civilización es una estupidez. ¿Para qué se
nos ha dado un cuerpo, si hemos de mantenerlo encerrado en un estuche como si
fuera algún valioso Stradivarius?
—No, la comparación con el violín no expresa
exactamente lo que quiero decir —pensó mientras subía corriendo la escalera, y,
después de buscar la llave en su bolso y ver que la había olvidado como de
costumbre, repiqueteaba con los dedos en el buzón—. Y no lo expresa porque...
—¡Gracias, Mary! —Entró en el vestíbulo—. ¿Ha
vuelto la niñera?
—Sí, señora.
—¿Han traído la fruta?
—Sí, señora; ya está aquí.
—Haga el favor de llevarla al comedor; la arreglaré
antes de vestirme.
El comedor estaba ya en penumbra y en él se sentía
algo de frío; pero, a pesar de ello, Berta se quitó el abrigo: no podía
soportarlo abrochado ni un momento más. El aire frío bañó sus brazos. Pero en
su pecho ardía aún aquel fuego resplandeciente que se extendía a todos los
miembros como una lluvia de chispas. Casi era insoportable. Apenas se atrevía a
respirar por miedo a avivarlo más y, sin embargo, lo hacía muy hondamente.
Tampoco se decidía a mirar al frío espejo, pero miró al fin y vio en él a una
mujer radiante, sonriente, de labios trémulos, con unos ojos grandes y oscuros,
y en toda ella ese aire atento de quien escucha, esperando algo, algo divino, y
que sabe ha de ocurrir infaliblemente.
Mary trajo la fruta en una bandeja y dos grandes
platos. Uno de ellos era de cristal y el otro de porcelana azul, muy bonito,
con un reflejo extraño, como si lo hubiesen sumergido en un baño de leche.
—¿Doy la luz, señora?
—No, gracias; veo muy bien.
Había mandarinas como bolas de fuego, manzanas
llenas de lozanía con tintes de rosa; peras amarillas tan suaves como la seda;
uvas blancas con reflejos de plata y un gran racimo de rojas, tan intensas que
parecían moradas. Éstas las había comprado para que entonaran con la nueva
alfombra del comedor. Sí, tal vez pareciera algo absurdo y rebuscado, pero no
era otra la razón de haberlas elegido. En la frutería había pensado:
—Tengo que llevarme un racimo de uvas rojas para
que en la mesa haya algo que recuerde la alfombra.
En aquel momento esta idea le pareció muy
razonable. Cuando hubo hecho con todas aquellas lustrosas redondeces dos
pirámides, se alejó unos pasos para ver el efecto, que era realmente muy
curioso. La mesa oscura se fundía en la penumbra de la habitación, y los dos
platos —el azul y el de cristal cargados de fruta— parecían flotar en el aire.
Esto, debido quizás a su estado de ánimo, le resultó increíblemente hermoso, y
se echó a reír.
—¡No, no! Me estoy volviendo histérica —se dijo.
Y tomando el bolso y el abrigo, subió hasta la
habitación de la niña. La niñera estaba sentada ante una mesita baja dando de
cenar a la pequeña Berta después de haberla bañado. La niña vestía una bata de
franela blanca y una chaquetilla de lana azul, y sus negros y finos cabellos
los llevaba peinados hacia atrás terminados en un gracioso moñito. En cuanto
vio a su madre, levantó la cabeza y empezó a saltar.
—No, querida, no; come quietecita como una niña
buena —dijo la niñera apretando los labios de una forma que Berta conocía ya.
Aquello significaba que era uno de los momentos inoportunos para entrar al
cuarto de la niña.
—¿Ha sido buena hoy, Tata?
—Toda la tarde ha estado encantadora —contestó en
voz baja—. Estuvimos en el parque y me senté en una silla. Cuando la saqué del
cochecito se acercó un perro muy grande que me puso la cabeza sobre las
rodillas, y la niña le agarró las orejas tirando de ellas. ¡Oh, me hubiese
gustado que la señora la hubiese visto!
Berta quiso preguntarle si no le parecía peligroso
dejar que la niña tirara de las orejas a un perro desconocido, pero no se
atrevió y se quedó mirándolas con los brazos caídos, como una niña pobre
delante de otra rica que tiene una muñeca. Su hijita volvió a levantar la
cabeza, contemplándola fijamente, y luego le sonrió de manera tan adorable que
Berta, sin poder resistir más, dijo:
—¡Oh, Tata, déjeme que termine de darle la cena
mientras usted arregla las cosas del baño!
—Como quiera la señora; pero, mientras la niña
come, no debe cambiarse la persona que le da de comer —contestó la niñera en
voz baja.
¡Qué absurdo! ¿Para qué tener una niña si siempre
había de estar guardada, no en una caja como un precioso y raro violín, sino en
los brazos extraños de otra mujer?
—Bien, pero yo deseo darle de cenar —dijo Berta.
La niñera, muy ofendida, le entregó la niña.
—Sobre todo, le ruego a la señora que no la excite
después de cenar. Ya sabe que es muy impresionable y luego para dormirla me
hace pasar un mal rato.
Gracias a Dios la niñera había salido ya de la
habitación con las toallas del baño.
—¡Ahora eres toda para mí, preciosa! —dijo Berta
mientras la niña se apretaba contra ella.
Comió graciosamente, tendiendo los labios hacia la
cuchara y agitando después sus manecitas. A veces no quería soltarla, y otras,
en el momento que Berta la tenía llena, hacía un además apartándola lejos de
sí. Cuando terminó la sopa, Berta se volvió hacia el fuego.
—Eres encantadora, sencillamente encantadora —dijo
mientras la besaba, sintiéndola tan tibia y suave—. ¡Te quiero tanto, tanto!
¡Claro que la quería! ¡La quería por entero! Le
gustaba sentir su cuello tibio y ver los deliciosos dedos de sus pies que ahora
brillaban con rojizas transparencias ante el fuego de la chimenea. Sí, la
quería; la quería tanto, que aquella intensa sensación de dicha plena la dominó
de nuevo, y otra vez no supo cómo expresarla, ni qué hacer con ella.
—La llaman al teléfono, señora —dijo la niñera
volviendo con aire de triunfo y apoderándose de su pequeña Berta.
Bajó corriendo. Era Harry.
—¿Eres tú, Berta? Se me ha hecho tarde. Tomaré un
taxi y llegaré tan pronto como pueda. Retrasa la cena unos diez minutos,
¿quieres?
—Sí, Harry; perfectamente. Oye.
—Dime.
¿Qué podía decirle? Nada, nada en absoluto. Sólo
deseaba seguir en contacto con él un momento más; pero no podía gritarle
absurdamente: ¡qué día más precioso hemos tenido!
—¿Qué querías? —insistió la vocecita lejana.
—¡Nada! —dijo Berta, y colgó el auricular, pensando
lo estúpida que es la civilización.
Tenían invitados a cenar. Los Norman Knight -una
pareja muy bien avenida: él iba a abrir un nuevo teatro y a ella le interesaba
la decoración de interiores-; un muchacho joven, llamado Eddie Warren, que
acababa de publicar un tomito de versos y a quien todo el mundo invitaba a
cenar, y Perla Fulton, un "hallazgo" de Berta. Ésta ignoraba lo que
la señorita Fulton hacía. Se habían conocido en el club y Berta se entusiasmó
enseguida con ella, como siempre le sucedía con una mujer guapa que tuviera
algo extraño y misterioso. Lo que más le atraía de la joven era que, a pesar de
haberse visto y hablado muchas veces, aún no la comprendía. Hasta cierto punto,
encontraba a la señorita Fulton extraordinariamente franca; pero había en ella
esa línea divisoria imposible de trasponer. ¿Existía algo más? Harry decía que
no. Le parecía insulsa y fría como todas las rubias, y quizá con un poco de
anemia cerebral. Pero Berta no estaba de acuerdo con él por el momento.
—Esa manera que tiene de sentarse ladeando un poco
la cabeza y de sonreír oculta algo, Harry —le había dicho—. Tenemos que
averiguar lo que es.
—Pues aseguraría que tiene un buen estómago
—contestaba Harry.
Le gustaba dejar a su esposa sin respuesta con
salidas de esta índole. Unas veces decía: A mi juicio tiene el hígado helado.
Otras: Quizás padece de narcisismo. En ocasiones: Tal vez sufre de una afección
al riñón, y cosas por el estilo. Sin embargo, por alguna razón extraña, a Berta
le gustaba eso, y casi lo admiraba.
Se dirigió al salón y encendió el fuego en la
chimenea. Luego tomó uno de los cojines que Mary había arreglado con tanto
esmero y volvió a disponerlos sobre los sillones y los sofás. Así ya era otra
cosa. La habitación pareció de repente cobrar vida. Mientras dejaba el último
almohadón, quedó sorprendida al ver que lo abrazaba fuerte y apasionadamente.
Pero esto no logró extinguir el fuego que ardía en su pecho. ¡Oh, no, no; al
contrario!
Las ventanas del salón se abrían a un balcón sobre
el jardín. Al fondo, cerca de la tapia, un alto y esbelto peral, totalmente en
flor, se erguía magnífico y sereno recortado en el cielo verde jade. Berta
veía, a pesar de la distancia, que no tenía ni una flor ni un solo pétalo
marchito. Más abajo, en los arriates, los tulipanes rojos y amarillos parecían
apoyarse en la oscuridad. Un gato gris, arrastrando el vientre, se deslizaba a
través del césped, y otro negro —como su sombra— le seguía. Al verlos tan rápidos
y cautelosos, Berta sintió un extraño temblor.
—¡De qué forma más inquietante se arrastran esos
animales —balbuceó. Y, apartándose de la ventana, comenzó a pasear por el
cuarto.
¡Cómo flotaba el aroma de los narcisos en el aire
caliente del cuarto! ¿Olían demasiado? ¡Oh, no, no! Y, sin embargo, como si no
hubiese podido resistir más el intenso perfume, se echó en un sofá apretándose
los ojos con las manos.
—¡Soy feliz, demasiado feliz! —dijo con un susurro.
Aún persistía en su retina, bajo los párpados
cerrados, el hermoso peral, con todas las flores completamente abiertas como el
símbolo de su vida. Realmente lo tenía todo: era joven; Harry y ella se querían
más que nunca, llevándose muy bien; tenía una niña adorable; no le agobiaban
preocupaciones económicas; vivían en una hermosa casa, con jardín, que reunía
todas las condiciones deseables, y tenían amigos, modernos e interesantes:
escritores, pintores, poetas y hombres de mundo, precisamente la clase de amistades
que a ambos les gustaban. Y, para colmo de su dicha, había descubierto una
modista maravillosa, el próximo verano saldrían de viaje por el extranjero, y
su nueva cocinera sabía hacer unas tortillas sabrosísimas.
—¡Soy absurda, absurda! —murmuró levantándose. Pero
notó que se sentía completamente aturdida, como embriagada. Sería seguramente
la primavera. ¡Sí, era la primavera! Estaba tan cansada, que le costó trabajo
subir a vestirse.
Se puso un vestido blanco, un collar de jade y
zapatos verdes. Esta combinación no era casual. Lo había pensado tras muchas
horas de haber visto el peral en flor por la ventana del salón. Los pliegues de
su vestido crujieron suavemente cuando entró en el vestíbulo y besó a la señora
Knight que estaba quitándose un extravagante abrigo color naranja, adornado con
una procesión de monos negros que orlaban todo el borde y subían después por
las solapas.
—No hago más que preguntarme —dijo— por qué será la
clase media tan obtusa y tendrá tan poco sentido del humor. Querida mía, estoy
aquí por pura casualidad, y gracias a Norman, que me ha servido de protección.
Mis adorables monos han revuelto el tren entero de tal manera, que todos los
ojos no eran ya más que un solo par. Se me comían, sencillamente. No se reían,
no; no les producía risa, cosa que al fin me hubiese gustado. Sólo me miraban
muy fijos, como si quisieran atravesarme.
—Pero lo gracioso del caso —repuso Norman calándose
un gran monóculo—. No te importa que lo cuente, ¿verdad, Cara? —En casa y entre
amigos se llamaban Cara y Careto—. Lo gracioso fue que cuando Face estaba más
enojada se volvió a la mujer que tenía a su lado y le dijo: ¿Es que nunca ha
visto usted un mono?
—¡Oh, sí! —y su esposa unió su risa a la de los
demás—. Tuvo gracia, ¿verdad?
Pero lo que resultó aún más divertido fue que, una
vez quitado el famoso abrigo, la señora Knight parecía realmente un mono
inteligente que se hubiese hecho un traje con tiras de papel de plátano. Y sus
pendientes de ámbar eran como dos pequeñas nueces colgantes. Sonó otra vez el
timbre de la puerta. Era Eddie Warren, delgado y pálido como de costumbre y en
su estado de extrema angustia.
—Es ésta la casa ¿verdad? ¿Es ésta? —preguntó.
—Sí, supongo que sí —contestó riéndose Berta.
—He pasado un rato malísimo con el chofer de un
taxi: tenía un aspecto de los más siniestros y no había forma de hacerlo parar.
Cuando más tocaba en el cristal para avisarle, más corría él. Bajo el claro de
luna, era una figura grotesca con la cabeza achatada hundida en el volante.
Al quitarse un inmenso pañuelo de seda blanco que
le envolvía el cuello se estremeció. Berta observó que sus calcetines también
eran blancos. ¡Una combinación realmente encantadora!
—¡Debió ser horrible! —le dijo.
—Sí, verdaderamente lo fue —continuó Eddie
siguiéndola al salón—. Yo me veía rodando hacia la eternidad en un taxi sin
taxímetro.
A Norman Knight ya lo conocía, pues estaba
escribiendo una obra para su teatro.
—¿Qué tal, Warren? ¿Cómo va esa comedia? —le
preguntó, dejando caer el monóculo y concediendo a su ojo un momento de
libertad para que pudiera dilatarse a gusto antes de volver a quedar otra vez
prisionero tras el cristal.
La señora Knight también se acercó a él.
—¡Oh, señor Warren! Sus calcetines son preciosos.
—Celebro que le gusten —dijo mirándose los pies—. A
la luz de la luna producen mucho mayor efecto —Y volviendo su rostro delgado y
triste hacia Berta, añadió—: Porque esta noche hay luna, ¿no lo sabía usted?
Berta sintió ganas de gritar: ¡Estoy segura de que
la hay con frecuencia!
Verdaderamente, Warren era muy atractivo; pero
también lo era Cara, que estaba inclinada ante el fuego, con su vestido de
pieles de plátano, y Careto, que, dejando caer la ceniza de su cigarrillo,
preguntaba:
—Pero, ¿dónde está el novio?
—Ahora llega.
Se oyó abrir y cerrar de golpe la puerta de la
calle y Harry gritó:
—¡Un saludo a todos! ¡Estaré listo dentro de cinco
minutos!
Y subió corriendo la escalera. Berta no pudo
contener una sonrisa. Sabía que a Harry le gustaba hacer las cosas a gran
velocidad, aunque al fin y al cabo, ¿qué importaban cinco minutos más o menos?
Pero él se convencía a sí mismo de que eran importantísimos y además luego
tenía el puntillo de entrar en el salón muy lento y sosegado. Harry sabía
exprimir a la vida todo su sabor y Berta lo admiraba por ello. También sentía
admiración hacia él por su amor a la lucha, por dar en todo cuanto se le oponía
una prueba de su fuerza y de su valor, aún cuando delante de personas que no lo
conocían bien. Berta comprendía que este rasgo de su carácter lo ridiculizaba
un tanto, pues había momentos en los que se lanzaba a la lucha cuando ésta en
realidad no existía.
Hablando y riendo, Berta olvidó completamente que
Perla Fulton no había llegado aún y no se dio cuenta de ello hasta que su
marido entró en el salón exactamente como ella se había figurado.
—Estaba pensando si la señorita Fulton se habrá
olvidado de nosotros.
—No me extrañaría —dijo Harry—. ¿Tiene teléfono?
—Ahora llega un taxi —Y Berta sonrió con aquel aire
de posesión que siempre adoptaba mientras sus nuevas amigas constituían para
ella un misterio—. Es una mujer que vive en los taxis.
—Engordará demasiado si tiene esta costumbre
—repuso Harry tranquilamente, tocando el gong para la cena—. Y eso es un
terrible peligro para las rubias.
—Harry, por favor —le suplicó Berta riendo.
Esperaron todavía un momento hablando y riéndose
como si tal cosa, pero quizá con demasiada naturalidad. Luego apareció la
señorita Fulton con un vestido de tisú de plata y una cinta también de plata,
sujetando sus rubios cabellos. Entró sonriendo y con la cabeza ladeada.
—¿Llego tarde? —preguntó.
—No, no, de ninguna manera —dijo Berta—. Venga —Y,
tomándola del brazo, la guió hasta el comedor.
¿Qué había en el contacto de su brazo frío que
avivaba y hacía arder aquel fuego de felicidad que Berta sentía en su interior
sin saber cómo exteriorizarlo? La señorita Fulton no advirtió nada en su rostro
porque rara vez miraba a las personas cara a cara. Sus espesas pestañas le
caían sobre los ojos, y una extraña sonrisa bailaba en sus labios. Parecía
vivir más para escuchar que para mirar. Pero de repente Berta sintió como si se
hubiera cruzado entre las dos la más íntima mirada y se hubiesen dicho la una a
la otra: ¿Tú también?.
Y Perla Fulton, mientras movía la sopa rojiza en el
plato gris, sintió lo mismo. ¿Y los demás? Cara y Careto, al igual que Eddie y
Harry, hablaban de diversas cosas mientras subían y bajaban las cucharas, se
secaban los labios, desmenuzaban el pan y tocaban los tenedores y los vasos. De
cosas así:
—La conocí una noche de estreno en el Alfa. Es un
ser de lo más fantástico. No sólo tenía muy recortado el pelo, sino que parecía
también haberse quitado trocitos de sus piernas y brazos, un pedazo de cuello,
y algo de su pobre nariz.
—¿No está muy ligada con Michael Oat?
—¿El autor de El amor con dentadura postiza?
—Ahora quiere escribir un monólogo para mí. El
argumento es un hombre que decide suicidarse. Expone primero todas las razones
por las cuales debería hacerlo y a continuación las que a su juicio se lo
impiden y, en el preciso momento en que después de sopesar el pro y el contra
toma una determinación, cae el telón. Es una idea bastante buena.
—¿Cómo va a titularla? ¿Digestión pesada?
—Creo haber visto la misma idea en una pequeña
revista francesa casi desconocida en Inglaterra.
No, no; ninguno compartía los sentimientos que a
ella le animaban, pero todos eran encantadores, ¡todos! Le gustaba tenerlos
allí, sentados a su mesa, dándoles manjares exquisitos y buenos vinos. Y le
alegraba tanto su presencia, que hubiese querido decirles lo simpáticos que
eran, y lo decorativo que a su juicio resultaba el grupo en el que cada uno
parecía servir para hacer resaltar al otro, como si fueran personajes de una
comedia de Antón Chéjov.
Harry estaba disfrutando con la comida. Formaba
parte de su... no diremos exactamente, naturaleza, ni tampoco su actitud, sino
de su... algo, al hablar de los diversos platos y vanagloriarse de su exagerada
pasión por la carne blanca de la langosta y el verde de los helados de
pistacho, tan verdes y fríos como los párpados de las danzarinas egipcias.
Cuando mirando a su esposa le dijo:
—Berta, este soufflé es admirable.
A ella le faltó poco para echarse a llorar de
felicidad como una niña. ¡Oh! ¿Por qué sentía tanta ternura esta noche hacia el
mundo entero? ¡Todo era bueno, todo justo! Cuanto ocurría colmaba más y más la
copa rebosante de su dicha hasta hacerla desbordarse. Y constantemente, en lo
profundo de su pensamiento, tenía fija la imagen del peral. Ahora debía ser
todo de plata bajo la luz de la luna a la que ser refirió el pobre Eddie;
plateado como la señorita Fulton , que estaba acariciando una mandarina con sus
dedos largos y tan pálidos que parecían despedir una extraña y débil luz.
Lo que Berta no llegaba a comprender —y en ello
estaba precisamente el milagro— era cómo había podido adivinar exactamente y en
el instante preciso el pensamiento de la señorita Fulton, porque no tenía la
más leve duda de que lo había adivinado y, sin embargo, ¿en qué se había
fundado? En casi nada; en menos que nada.
—Supongo que esto pasa alguna vez, aunque muy
raramente, entre mujeres, pero nunca entre hombres —pensó Berta—. Tal vez
mientras prepare el café en el salón, la señorita Fulton hará o dirá algo que
ha comprendido.
En realidad no sabía lo que quería decir con esto.
¡Tampoco imaginaba lo que pasaría después! Mientras pensaba de este modo se
daba cuenta de que seguía hablando y riendo. Tenía que hacerlo así porque no le
era posible contener su alegría.
—Tengo que reírme —se dijo— , si no, me moriría.
Y cuando se dio cuenta de la extraña costumbre que
Cara tenía de meterse la mano en el escote de su vestido, como si guardara allí
una diminuta y secreta provisión de avellanas, Berta tuvo que clavarse las uñas
en las manos para no estallar en una carcajada.
Por fin terminaron de cenar.
—Vengan a ver mi nueva cafetera exprés —les dijo.
—Cada quince días tenemos una nueva —comentó Harry.
Esta vez fue Cara quien la cogió del brazo. La
señorita Fulton las siguió con la cabeza ladeada. El fuego del salón convertido
en ascuas brillaba como un ojo intenso y vacilante hecho un nido de pequeños
Fénix, como dijo Cara.
—No encienda todavía la luz. ¡Es tan bonito! —Y
volvió a inclinarse cerca de las brasas. Siempre tenía frío.
—Sin duda lo siento hoy porque no lleva su
caquetita de lana roja —pensó Berta.
Y en aquel instante la señorita Fulton hizo el
signo de inteligencia esperado.
—¿Tienen ustedes jardín? —preguntó con voz
tranquila y soñadora.
Pronunció estas palabras de una manera tan
delicada, que Berta no pudo hacer más que obedecer. Atravesó el cuarto, y
descorriendo las cortinas abrió los anchos ventanales.
—¡Aquí está! —murmuró.
Y las dos mujeres juntas contemplaron el esbelto
árbol en flor. Lo vieron como la llama de una vela que se alargaba en punta,
temblando en el aire tranquilo. Y mientras lo miraban les pareció que crecía
más y más, casi hasta tocar el borde de la luna plateada. ¿Cuánto tiempo
estuvieron así? Fue como si ambas hubieran sido aprisionadas por aquel círculo
de luz sobrenatural; como si fueran dos seres de otro planeta que,
perfectamente compenetrados, se preguntasen lo que estaban haciendo en este
mundo, yendo como iban cargadas con aquel tesoro de felicidad que ardía en sus
pechos y caía hecho de flores de plata de su cabeza y de sus manos.
¿Estuvieron así una eternidad? ¿Un momento? La
señorita Fulton murmuró:
—Sí, eso es —¿o soñó Berta que lo decía?
Luego alguien encendió la luz y, mientras Cara
hacía el café, Harry dijo:
—Mi querida señora Knight, no me pregunte por mi
hija, porque no la veo casi nunca. No quiero ocuparme de ella hasta que tenga
novio.
Careto se quitó un momento el monóculo y enseguida
volvió a ponérselo. Eddie Warren se tomó el café y dejó la taza con una
expresión de angustia, como si al beber hubiera visto una araña.
—Lo que yo quiero es dar una oportunidad a los
jóvenes —dijo Careto—. Creo que Londres está lleno de obras muy buenas, unas
escritas y otras por escribir. A todos ellos quiero decirles: Aquí hay un
teatro; trabajen y adelante.
—¿No sabe usted, amigo —dijo la señora Knight—, que
voy a decorar una habitación para los Jacob Narthan? Estoy tentada de llevar a
la práctica una idea que tengo. Hacer una decoración a base de pescado frito:
los respaldos de las sillas tendrían la forma de una sartén y en las cortinas
irían bordadas unas lindas papas fritas haciendo dibujos.
—El inconveniente de nuestros jóvenes escritores
—continuó Careto— es que aún son demasiado románticos. No es posible viajar por
mar sin marearse y sin tener que echar mano de una palangana. Pero, ¿por qué no
tienen el valor de decir que ésta se necesita?
—Un poema horrible que trataba de una niña a la que
un mendigo sin nariz violaba en un bosquecillo.
La señorita Fulton se sentó en el sillón más bajo y
hondo y Harry le ofreció cigarrillos. Se puso delante de ella y presentándole
la pitillera de plata le dijo fríamente:
—¿Egipcios? ¿Turcos? ¿Virginia? Están todos
mezclados.
Berta entonces comprendió que la señorita Fulton no
sólo no le gustaba a Harry, sino que le molestaba. Y comprendió también, por el
modo en que la señorita Fulton le contestó que no deseaba fumar, que esta
antipatía la percibía y ofendía.
¡Oh, Harry! ¿Por qué no te agrada? Estás
equivocado. Es extraordinaria, y, además, ¿cómo es posible que te sientas tan
alejado de una persona que significa tanto para mí? Cuando estemos acostados
trataré de explicarte lo que ambas hemos sentido esta noche —se dijo.
Y con las últimas palabras, algo extraño y casi
espantoso cruzó por la mente de Berta. Y este algo ciego y sonriente le
susurró:
—Pronto se marcharán todos. Se apagarán las luces,
y tú y él se quedarán solos, metidos en la cama caliente, con el dormitorio a
oscuras.
Se levantó rápidamente de la silla y corrió hacia
el piano.
—¡Es una lástima que nadie sepa tocar! —dijo alto—.
¡Una verdadera lástima!
Por primera vez en su vida, Berta Young deseaba a
su marido. Antes sí, lo quería, estaba enamorada de él, pero de otras muy
distintas maneras, no precisamente como ahora. Y también había comprendido que
él era diferente. Lo habían discutido muchas veces. Al principio, a ella le
había preocupado mucho descubrir que era tan fría; pero al cabo de algún tiempo
pareció que aquello no tenía la menor importancia. Se trataban con entera
confianza, eran muy buenos compañeros y, a su entender, esto era lo mejor de los
modernos matrimonios. Pero ahora lo deseaba, ¡ardientemente, ardientemente!
Esta sola palabra la sentía de una forma dolorosa en su cuerpo abrasado. ¿Era
esto lo que aquella sensación de felicidad significaba? Pero, ¡entonces,
entonces!
—Querida mía —dijo la señora Knight—. Ya conoce
usted nuestras desgracias: somos víctimas del tiempo y del tren. Vivimos en
Hampstead y debemos retirarnos. Hemos pasado una agradable velada.
—Los acompañaré hasta el vestíbulo —dijo Berta—. No
desearía que se marcharan aún, pero comprendo que no deben perder el último
tren. ¡Es tan desagradable!, ¿verdad?
—Tome antes otro whisky, Knight —dijo Harry.
—No, gracias.
Como reconocimiento por esta palabra, Berta, al
darle la mano, se la estrechó un poco más.
—¡Adiós! ¡Buenas noches! —les gritó desde la
escalera, notando que su viejo ser se despedía de ellos para siempre. Cuando
volvió al salón, los demás se disponían también a marcharse.
—Usted podrá ir parte de su trayecto en mi taxi
—dijo la señorita Fulton a Warren.
—Me alegra mucho. Así no tendré que hacer solo otro
viaje después de la horrible aventura de esta tarde.
—Encontrarán una parada al final de la calle. Sólo
tendrán que andar unos metros.
—¡Qué cómodo! Voy a ponerme el abrigo.
La señorita Fulton se dirigió hacia el vestíbulo.
Berta iba a seguirla cuando Harry se adelantó:
—Yo la acompañaré -dijo.
Berta comprendió que su esposo se arrepentía de la
poca amabilidad anterior, y dejó que fuera él. ¡Era a veces tan niño en su
comportamiento, tan impulsivo, tan sencillo!
Y Berta se quedó con Eddie junto al fuego.
—¿Ha leído el nuevo poema de Bilk Table d´Hote? —le
preguntó Eddie lentamente—. ¡Es magnífico! Está en la última antología. ¿Tiene
usted el volumen? Me gustaría podérselo enseñar. Empieza con un verso
increíblemente maravilloso: ¿Por qué darán siempre sopa de tomate?
—Sí —dijo Berta. Y se dirigió silenciosamente a una
mesita que estaba al lado de la puerta, seguida de Eddie. Tomó el librito y se
lo dio, sin que ni él ni ella hubiesen hecho el más leve ruido.
Mientras Eddie buscaba la página correspondiente,
Berta volvió la cabeza hacia el vestíbulo y vio a Harry con el abrigo de la
señorita Fulton en las manos y a ésta de espaldas a él con la cabeza ladeada.
Harry arrojó de pronto el abrigo, la tomó por los hombros y la hizo volverse
violentamente. Sus labios dijeron:
—Te adoro.
La señorita Fulton le puso sus manos con aquellos
dedos como rayos de luna en el rostro y le sonrió con su sonrisa de perezosa.
Harry entonces se estremeció y sus labios dibujaron una terrible mueca mientras
decían en voz baja:
—¿Mañana?
Y la señorita Fulton , bajando los párpados,
contestó:
—Sí.
—¡Aquí está! —exclamó Eddie—. ¿Por qué darán
siempre sopa de tomate?. Es completamente cierto. ¿No le parece? La sopa de
tomate es desesperadamente eterna.
—Si lo desea —dijo Harry en el vestíbulo— puedo
pedirle un taxi por teléfono.
—No es necesario —contestó la señorita Fulton. Y
acercándose a Berta le tendió sus dedos levísimos—. Adiós, y mil gracias.
—Adiós —dijo Berta.
La señorita Fulton le estrechó un poco más la mano.
—¡Su hermoso peral! —murmuró.
Y se fue. Eddie la siguió, como el gato negro había
seguido al gato gris.
—Bueno, cerremos la tienda —dijo Harry
extraordinariamente frío y sereno.
¡Su hermoso peral! ¡Su hermoso peral!
Berta corrió hacia la ventana.
—¿Qué va a pasar ahora? —gritó.
Y el peral alto y esbelto, cargado de flores,
seguía inmóvil como la llama de una vela que alargándose estuviera casi a punto
de tocar el borde plateado de la luna.
Katherine Mansfield (1888-1923)

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