© Libro N° 10968. Feathertop. Hawthorne, Nathaniel. Emancipación. Marzo
4 de 2023
Título original: © Feathertop. Nathaniel Hawthorne (1804-1864)
Versión Original: © Feathertop. Nathaniel
Hawthorne
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
FEATHERTOP
Nathaniel Hawthorne
Feathertop
Nathaniel Hawthorne
—¡Dickon! —gritó la Madre Rigby—. ¡Un tizón para mi
pipa!
La pipa estaba en la boca de la anciana cuando
pronunció estas palabras. La había insertado allí después de cargarla con
tabaco, pero sin agacharse para encenderla en la lumbre de la chimenea, donde
en verdad no había señas de que hubieran atizado el fuego esa mañana. Sin
embargo, apenas hubo dado la orden, la cazoleta de la pipa emitió un intenso
fulgor rojo y una bocanada de humo brotó de los labios de la Madre Rigby. Jamás
he logrado descubrir de dónde salió el tizón y cómo llegó hasta allí transportado
por una mano invisible.
—¡Bien! —dijo la Madre Rigby, sacudiendo la
cabeza—. ¡Gracias, Dickon! Y ahora a fabricar el espantapájaros. Quédate cerca,
Dickon, por si volviera a necesitarte.
La buena mujer se había levantado temprano (pues
aún no había terminado de salir el sol) con la intención de fabricar un
espantapájaros que se proponía instalar en el centro de su maizal. Corría la
última semana de mayo y los cuervos y mirlos habían descubierto ya las hojas
pequeñas, verdes, enrolladas del maíz, que empezaban a asomar de la tierra.
Ella estaba decidida, por consiguiente, a confeccionar el espantapájaros con el
aspecto más humano que se hubiera conocido, y a terminarlo de inmediato, de los
pies a la cabeza, para que iniciara su tarea de vigilancia esa misma mañana.
Ahora bien, resulta que la Madre Rigby (como todos
deben saber) era una de las brujas más astutas y poderosas de Nueva Inglaterra,
y podría haber fabricado con poco trabajo un espantapájaros lo bastante feo
como para asustar al mismo pastor de la iglesia local. Pero en esta
oportunidad, puesto que se había despertado con un humor desacostumbradamente
bueno, dulcificado aún más por el tabaco de su pipa, decidió producir algo que
fuera delicado, bello y espléndido, y no espantoso y horrible.
—No quiero instalar un duende en mi propio maizal y
casi en mi propio umbral —dijo la Madre Rigby para sus adentros, mientras
lanzaba una bocanada de humo—.Podría hacerlo si quisiera, pero estoy cansada de
fabricar cosas maravillosas, de modo que para variar me mantendré dentro de los
límites de los asuntos cotidianos. Además, no tengo por qué asustar a los
chiquillos de una milla a la redonda, aunque es cierto que soy una bruja.
Por lo tanto, decidió interiormente que el
espantapájaros representaría a un aristocrático caballero de la época, en la
medida en que lo permitieran los materiales con que contaba. Quizá sea oportuno
mencionar los elementos principales que entraron en la composición de esta
figura. Probablemente el artículo más importante, aunque el menos visible, fue
una cierta escoba sobre la cual la Madre Rigby había hecho muchas cabalgatas a
medianoche y que ahora sirvió al espantapájaros de columna vertebral o, para emplear
la expresión más vulgar, como espinazo. Uno de los brazos era un mayal
inutilizado que Goodman Rigby acostumbraba a blandir antes de que su esposa lo
matara a disgustos; el otro, si no me equivoco, estaba compuesto por el
cucharón de la budinera y por el travesaño roto de una silla, flojamente atados
a la altura del codo.
En cuanto a las piernas, la derecha era el mango de
una azada, y la izquierda, una estaca común e indistinta tomada de la leñera.
Los pulmones, el estómago y otros órganos no consistían en nada mejor que un
morral relleno de paja. Ya conocemos, pues, el esqueleto y la totalidad del
organismo del espantapájaros, con excepción de su cabeza. Y ésta fue
admirablemente conformada por una calabaza l un poco reseca y rugosa, en la que
la Madre Rigby practicó dos agujeros a modo de ojos y un tajo para que hiciera
las veces de boca, dejando que una protuberancia azulada que aparecía en el
medio pasara por ser la nariz. Era, en verdad, una cara muy respetable.
—De todos modos he visto peores sobre hombros
humanos —dijo la Madre Rigby—. Y muchos refinados caballeros tienen cabeza de
calabaza, lo mismo que mi espantapájaros.
Pero en este caso las ropas debían hacer al hombre.
De modo que la buena anciana descolgó de una percha una vieja casaca de factura
londinense, de color ciruela con restos de bordados sobre las costuras, puños,
tapas de los bolsillos y ojales, pero lamentablemente gastada y desteñida,
zurcida en los codos, con los faldones harapientos y totalmente deshilachada.
Sobre la pechera izquierda ostentaba un agujero redondo, ya fuera porque habían
arrancado una estrella de nobleza o porque el corazón ardiente de un antiguo
propietario había quemado la tela de lado a lado. Los vecinos afirmaban que
esta lujosa prenda pertenecía al vestuario del Demonio, y que la guardaba en la
cabaña de la Madre Rigby para poder ponérsela cómodamente cada vez que quería
hacer una majestuosa aparición en la mesa del Gobernador.
Con la casaca hacía juego un holgado chaleco de
terciopelo, otrora recamado con hojas que habían sido tan luminosamente doradas
como las hojas de arce en octubre, pero que ya se habían desvanecido casi por
completo del fondo de terciopelo. Luego venían unas calzas de color escarlata,
usadas antaño por el gobernador francés de Louisbourg, y cuyas rodillas habían
tocado el peldaño inferior del trono de Luis el Grande. El francés había
regalado esta prenda a un hechicero indio, quien se la había cambiado, a su
vez, a la vieja bruja por un frasco de aguardiente durante uno de los bailes
celebrados en el bosque. Además, la Madre Rigby sacó a relucir un par de medias
de seda y enfundó en ellas las piernas de la figura, con lo que demostraron ser
tan tenues como un sueño, con la realidad de la madera que se transparentaba
tristemente a través de los agujeros.
Finalmente, encasquetó la peluca de su difunto
esposo sobre el cráneo desnudo de la calabaza y remató el conjunto con un
polvoriento sombrero de tres picos, en el cual estaba insertada la pluma caudal
más larga de un gallo. Luego, la anciana apoyó el muñeco contra un rincón de su
cabaña y rió por lo bajo al observar el amarillo simulacro de cara, con su
pequeña nariz protuberante y respingada. Tenía un aspecto extrañamente
satisfecho de sí mismo y parecía decir: ¡Vengan a mirarme!
—¡Y por cierto que eres verdaderamente digno de ser
mirado! —comentó la Madre Rigby, admirando su propia obra—. He confeccionado
muchos muñecos en mi vida de bruja, pero creo que éste es el más hermoso de
todos. Es casi demasiado bello para que desempeñe la tarea de espantapájaros.
Y, ya que estamos, cargaré mi pipa con otra pizca de tabaco fresco y luego lo
llevaré al maizal.
Mientras llenaba la pipa la anciana continuó
contemplando, con afecto casi maternal, la figura apoyada en el rincón de la
cabaña. Para ser sinceros diremos que ya fuera por casualidad, o por pericia, o
por auténtica brujería, había algo maravillosamente humano en esa ridícula
figura, ataviada con sus andrajosas prendas; y en cuanto al rostro, parecía
contraer su amarilla superficie con una sonrisa, curiosa expresión que oscilaba
entre el sarcasmo y la alegría, como si entendiese que sus propias formas eran una
burla a la humanidad. Cuanto más lo miraba, tanto más satisfecha se sentía la
Madre Rigby.
—¡Dickon! —gritó con voz estridente—. ¡Otro tizón
para mi pipa!
Apenas terminó de hablar cuando, como en la
oportunidad anterior, un carbón al rojo apareció sobre el tabaco. La bruja
aspiró una larga bocanada y volvió a exhalarla hacia el rayo de sol matutino
que pugnaba por filtrarse a través del único y polvoriento vidrio de la
ventana. A la madre Rigby siempre le gustaba condimentar su pipa con un tizón
encendido de la chimenea particular de donde había sido traído éste. Pero no
puedo precisar dónde se encontraba esa chimenea ni quién había traído la brasa
de ella; sólo puedo decir que el mensajero invisible parecía responder al
nombre de Dickon.
Este muñeco —pensó la Madre Rigby, con los ojos
todavía fijos en el espantapájaros— está demasiado bien hecho para pasar todo
el verano en el maizal, espantando cuervos y mirlos. Es capaz de prestar
mejores servicios. ¡Vaya, si yo he bailado con otros más feos cuando los
compañeros escaseaban en nuestros aquelarres del bosque! ¿Qué sucedería si lo
dejara probar suerte entre los otros hombres de paja que circulan afanosamente
por el mundo sin nada dentro?
La vieja bruja dio otras tres o cuatro chupadas a
la pipa y sonrió.
¡Encontrará muchos hermanos suyos en todas las
esquinas! —continuó reflexionando—. Bien; hoy no me proponía ocuparme de
brujerías, como no fuera para encender mi pipa, pero bruja es lo que soy y lo
que probablemente continuaré siendo, de modo que sería inútil disimularlo.
¡Convertiré a mi espantapájaros en hombre, aunque sólo sea para divertirme!
Mientras mascullaba estas palabras, la Madre Rigby
sacó la pipa de su boca y la insertó en el tajo que representaba el mismo rasgo
en la cara de calabaza del espantapájaros.
—¡Fuma, querido, fuma! —dijo—. ¡Fuma con fuerza, mi
querido personaje! ¡En ello te va la vida!
Era ésta una extraña exhortación, ciertamente,
puesto que tenía por destinatario a un simple objeto confeccionado con palos,
paja y ropas viejas, sin nada mejor que una calabaza arrugada por cabeza...
como sabemos que era el caso del espantapájaros. Sin embargo, debemos recordar
con mucha atención que la Madre Rigby era una bruja dotada de singulares
poderes y habilidades; y si nos atenemos escrupulosamente a esta circunstancia,
no encontraremos nada de increíble en los notables episodios de nuestra historia.
En verdad, habremos vencido de una vez la mayor
dificultad si conseguimos convencernos de que, apenas la anciana le hubo
ordenado al muñeco que fumara, una bocanada de humo brotó de la boca del
espantapájaros. Por cierto, fue la más débil de las bocanadas; pero la
siguieron otra, y otra, cada una de ellas más enérgica que la anterior.
—¡Fuma, mi cachorro! ¡Fuma, mi encanto! —no cesaba
de repetir la Madre Rigby, con la más plácida de sus sonrisas—. Puedes creerme
cuando te digo que éste es tu hálito de vida.
Sin duda alguna, la pipa estaba embrujada. El
hechizo debía residir en el tabaco o en la brasa intensamente roja que ardía de
forma tan misteriosa sobre él, o en el humo de aroma penetrante que emanaba de
las hojas encendidas. Después de algunas tentativas inciertas, la figura
terminó por exhalar un chorro de humo que se proyectó desde el oscuro rincón
hasta el rayo de sol, y allí flotó y se desvaneció después entre las motas de
polvo. El esfuerzo pareció convulsivo, porque las dos o tres bocanadas siguientes
fueron más débiles, aunque la brasa continuó ardiendo y esparciendo su
resplandor sobre el rostro del espantapájaros. La vieja bruja aplaudió con sus
manos huesudas y miró su obra con una sonrisa alentadora. Comprobó que el
hechizo funcionaba correctamente. La cara arrugada, amarilla, que hasta ese
momento no había sido siquiera una cara, ya ostentaba sobre sí una bruma fina,
fantástica, por así decirlo, de semejanza humana, que bailoteaba de aquí para
allá; desvaneciéndose a ratos por completo, pero haciéndose más nítida que
nunca con la siguiente bocanada de la pipa.
Toda la figura asumió análogamente un aspecto de
vida, como la que impartimos alas vagas figuras que aparecen entre las nubes,
engañándonos a medias con los caprichos de nuestra propia fantasía. Si nos
viéramos obligados a analizar escrupulosamente lo sucedido, podríamos poner en
tela de juicio que se hubiera producido, al fin y al cabo, algún cambio
verdadero en la sustancia sórdida raída inservible y desarticulada del
espantapájaros; y sacar en conclusión que todo se reducía a una quimera
espectral y un artero juego de luz y sombra coloreado y montado en la forma
apropiada para engañar los ojos de la mayoría de los hombres. Los milagros de
la brujería siempre parecen tener una sutileza muy superficial y, por lo menos,
si la explicación precedente no desentraña la verdadera naturaleza del proceso,
yo no puedo sugerir otra mejor.
—¡Bien soplado, mi lindo muchacho! —continuaba
gritando la vieja Madre Rigby —. Vamos, otra buena bocanada, con todas tus
fuerzas. ¡Te digo que soples por tu vida! ¡Sopla desde el fondo mismo de tu
corazón, si es que tienes corazón y si es que éste tiene fondo! ¡Muy bien, otra
vez! Aspiraste esa bocanada como si lo hicieras con verdadero gusto.
Y entonces la bruja le hizo señas al
espantapájaros, poniendo tanta fuerza magnética en cada uno de sus pases que al
parecer debían ser obedecidos inevitablemente, como sucede con la llamada
mística del imán sobre el hierro.
—¿Porqué te escondes en el rincón, perezoso?
—preguntó ella—. ¡Adelante! ¡Tienes el mundo frente a ti!
Juro que si no hubiera escuchado la leyenda sobre
la rodilla de mi abuela, y no hubiera conquistado un lugar entre las historias
verosímiles antes de que mi juicio infantil pudiese analizar su credibilidad,
probablemente ahora no tendría coraje para repetirla.
Obedeciendo la orden de la Madre Rigby, y
extendiendo su brazo como si quisiera tocar la mano estirada de la anciana, el
muñeco dio un paso, aunque su movimiento fue una especie de brinco y
contracción, más que un paso, y luego osciló y casi perdió el equilibrio. ¿Qué
podía esperar la bruja? Al fin y al cabo, sólo se trataba de un espantapájaros
sostenido sobre dos estacas. Pero la vieja terca frunció el ceño, y agitó los
brazos, y proyectó la energía de su voluntad con tanta violencia contra ese
pobre conjunto de madera podrida, y paja húmeda, y prendas andrajosas, que el
engendro sintió la necesidad de demostrar que era un hombre pese a que la
realidad era muy distinta, y así caminó hasta colocarse bajo el rayo de sol.
Allí se quedó ese infeliz aparejo, rodeado por el
barniz más transparente de apariencia humana, a través del cual se veía el
rígido, endeble, incongruente, desvaído, harapiento, inútil amasijo de su
sustancia, pronto a desplomarse sobre el piso, como si tuviera conciencia de su
propia falta de méritos para mantenerse erguido. ¿Debo confesar la verdad? En
ese estado de vivificación, el espantapájaros me recuerda a algunos de esos
personajes tibios y abortados, compuestos por materiales heterogéneos, utilizados
por milésima vez y siempre indignos de ser empleados, con que los novelistas (y
sin duda yo mismo, entre ellos) han superpoblado en tan gran medida el mundo de
la ficción.
Pero la feroz vieja bruja empezó a enojarse y a
exhibir un atisbo de su naturaleza diabólica (como la cabeza de una serpiente
que asomara de su pecho, silbando) ante el comportamiento pusilánime del
engendro que ella se había molestado en confeccionar.
—¡Chupa, infeliz! —chilló, enfurecida—. ¡Chupa,
chupa, chupa, criatura de paja y vacuidad! ¡Tú, montón de trapos! ¡Morral de
avena! ¡Tú, cabeza de calabaza! ¡Tú que no eres nada! ¿Dónde encontraré un
nombre suficientemente vil para llamarte? ¡Chupa, te digo, y absorbe tu
fantástica vida junto con el humo! ¡De lo contrario te arrancaré la pipa de la
boca y te arrojaré al lugar de donde salió ese tizón!
Así amenazado, al pobre espantapájaros no le quedó
más recurso que fumar en beneficio de su anhelada vida. Por consiguiente, tal
como debía suceder, se aplicó violentamente a chupar la pipa y despidió nubes
tan abundantes de humo de tabaco que la pequeña cocina de la cabaña se inundó
de niebla. El único rayo de luz luchó por infiltrarse a través de la espesa
atmósfera y sólo consiguió marcar imperfectamente en la pared opuesta la imagen
del vidrio trizado y polvoriento.
Mientras tanto, la Madre Rigby acechaba torvamente
en medio de la penumbra, con un oscuro brazo en jarras y el otro estirado hacia
la figura, y su porte y expresión eran los mismos que adoptaba cuando quería
afligir a sus víctimas con una espantosa pesadilla y disfrutar de su tormento
sentada junto al lecho. El desgraciado espantapájaros fumaba asustado y
trémulo. Pero hay que reconocer que sus esfuerzos daban un excelente resultado,
porque con cada bocanada sucesiva la figura perdía más y más su vertiginosa y
desconcertante inmaterialidad y adquiría más consistencia. Incluso sus atavíos
participaban en el cambio mágico, y resplandecían con el fulgor de la novedad y
brillaban con los alamares de oro diestramente bordados que habían sido
arrancados mucho tiempo atrás. Y, esbozado a medias entre el humo, un rostro
amarillo fijaba sus ojos opacos sobre la Madre Rigby.
Finalmente, la vieja bruja cerró el puño y lo
blandió en dirección al muñeco. —No es que estuviera verdaderamente enojada,
sino que partía de la hipótesis quizá falsa, o sólo parcialmente veraz, pero de
todos modos la más respetable que podía pretenderse que fuese comprendida por
la Madre Rigby—, la hipótesis, repetimos, de que las naturalezas febles y
aletargadas, puesto que son indiferentes a una mejor inspiración, deben ser
acuciadas mediante el miedo. Pero ése era el punto critico. Si fracasaba en lo
que se proponía, tenía la despiadada intención de desintegrar el miserable
simulacro para reducirlo a sus elementos originarios.
—Tienes aspecto humano —dijo severamente—. También
tienes el eco y el remedo de una voz. ¡Te ordeno que hables!
El espantapájaros jadeó, forcejeó y, por fin,
emitió un murmullo tan fusionado con su ahumado aliento que apenas se podía
discernir si era en verdad una voz o sólo un hálito de tabaco. Algunos
narradores de esta leyenda sustentan la opinión de que los conjuros de la Madre
Rigby, y su enérgica voluntad, habían insuflado un espíritu familiar dentro del
muñeco, y que esa voz era la suya.
—Madre —musitó la pobre voz ahogada—, no seáis tan
mala conmigo. Podría fingir que hablo; pero, al carecer de inteligencia, ¿qué
podría decir?
—¿Puedes hablar, querido, no es cierto? —exclamó la
Madre Rigby, aflojando su adusta expresión en una sonrisa—. ¿Y preguntas qué
debes decir? ¡Nada menos qué decir! ¿Perteneces a la fraternidad del cráneo
vacío, y me preguntas qué debes decir? ¡Dirás un millar de cosas, y luego de
haberlas repetido un millar de veces, todavía no habrás dicho nada! ¡No tienes
qué temer, te lo aseguro! ¡Cuando ingreses en el mundo, en el que tengo el
propósito de introducirte, no te faltará de qué hablar! ¡Habla! Vaya, si quieres,
podrás murmurar como los arroyos que mueven ruedas de molino. ¡Pienso que
tienes seso suficiente para hacerlo!
—A vuestro servicio, madre —respondió la figura.
—Eso está bien dicho, mi encanto —contestó la Madre
Rigby—. Habla como te plazca, sin decir nada. Tendrás un centenar de frases
hechas de parecida índole, y quinientas más. Y ahora, querido, he volcado
tantos afanes en ti y eres tan bonito que, te lo juro, te amo más que a
cualquier otro muñeco de bruja en el mundo, a pesar de que los he hecho de toda
clase... de arcilla, de cera, de ramas, de niebla nocturna, de bruma matutina,
de espuma de mar y de humo de chimenea. Pero tú eres el mejor. De modo que presta
atención a lo que te digo.
—Sí, tierna madre —asintió la figura—, con todo mi
corazón.
—¡Con todo tu corazón! —exclamó la vieja bruja
apretándose los flancos con las manos y riendo a carcajadas—. Tienes una forma
tan buena de hablar. ¡Con todo tu corazón! ¡Y te tocaste el lado izquierdo del
chaleco, como si en verdad tuvieras uno! Así pues, entusiasmada con ese
fantástico engendro, la Madre Rigby le dijo al espantapájaros que debía ir a
desempeñar su papel en el gran mundo, donde —afirmó — ni un hombre de cada cien
había sido forjado con una sustancia más real que la suya.
Y para que pudiera mantener su cabeza erguida entre
los mejores, lo dotó de una fortuna incalculable. Ésta consistía parcialmente
en una mina de oro en Eldorado, en diez mil acciones sobre una burbuja
reventada, en doscientas mil hectáreas de viñedos en el Polo Norte, y en un
castillo en el aire, y el otro en España, junto con las rentas y beneficios de
todas estas propiedades. Además le cedió la carga transportada por un cierto
navío, que había embarcado sal en Cádiz y que ella misma había hecho naufragar con
sus artes nigrománticas hacía diez años, en el abismo más profundo del océano.
Si la sal no se había disuelto, y era posible ofrecerla en el mercado, los
pescadores la pagarían muy bien. Para que no le faltara dinero suelto, le
entregó un cuarto de penique acuñado en Birmingham, que era la única moneda que
tenía encima, y también una gran cantidad de bronce que aplicó contra su
frente, poniéndola más amarilla y dura que antes.
—Sólo con esta cara dura —dijo la Madre Rigby— te
podrás costear la vuelta al mundo. ¡Bésame, mi encanto! He hecho todo lo
posible por ti.
Además, para que el aventurero pudiera iniciarse en
la vida con todas las ventajas posibles, esta excelente anciana le entregó un
salvoconducto mediante el cual debía presentarse ante un cierto magistrado,
miembro del Ayuntamiento, comerciante y patriarca de la iglesia (cuatro
funciones que se conjugaban en un mismo hombre) que encabezaba la sociedad de
la metrópoli vecina. El salvoconducto consistía ni más ni menos que en una sola
palabra, que la Madre Rigby le susurró al espantapájaros y que éste, a su vez,
debería susurrar al comerciante.
—A pesar de que el viejo es gotoso, correrá para
hacer lo que le ordenes después de que le hayas deslizado esta palabra en el
oído —explicó la anciana bruja—. La Madre Rigby conoce al venerable juez
Gookin, y el venerable juez Gookin conoce a la Madre Rigby.
Al decir esto la bruja acercó su cara arrugada a la
del muñeco, sin poder contene la risa, y sacudiéndose por el deleite que le
producía la idea que deseaba transmitir.
—La hija del venerable Gookin —susurró la
hechicera— es una bonita doncella. ¡Y escucha con atención lo que te digo, mi
pequeño! Tú tienes una linda facha y un buen ingenio propio. ¡Sí, bastante
bueno! Te forjarás una mejor opinión de él cuando lo hayas cotejado con el
ingenio de algunos otros. Ahora bien, con tu exterior y tu interior eres el
hombre ideal para conquistar el corazón de una joven muchacha. ¡Jamás lo dudes!
Te aseguro que será así. Asume una expresión audaz, suspira, sonríe, haz
revolotear el sombrero, adelanta la pierna como un maestro de danza, llévate la
mano derecha al costado izquierdo del chaleco... y la hermosa Polly Gookin te
pertenecerá.
Durante todo este rato la nueva criatura no había
cesado de chupar la pipa y de exhalar su vaporosa fragancia, y parecía
consagrarse ahora a este pasatiempo tanto por el placer que le producía como
porque era una condición esencial para su supervivencia. Era maravilloso ver
hasta qué punto se comportaba como un ser humano. Sus ojos (porque parecía
poseer un par) estaban fijos sobre la Madre Rigby, y en los momentos oportunos
inclinaba o meneaba la cabeza. Tampoco le faltaban palabras apropiadas para la ocasión:
«¡Vaya! ¡Por favor! ¡Le ruego que me lo cuente! ¿Es posible? ¡Quién lo habría
dicho! ¡De ningún modo! ¡Oh! ¡Ah! ¡Ejem!», y otras ponderables exclamaciones
que demuestran que el que escucha está atento, indaga, asiente o discrepa.
Incluso si ustedes hubieran presenciado el proceso de fabricación del
espantapájaros, difícilmente habrían resistido a la convicción de que entendía
perfectamente los astutos consejos que la vieja bruja vertía en su remedo de
oreja.
Cuanto mayor era la seriedad con que se llevaba la
pipa a los labios, tanto mas nítido era su aspecto humano estampado entre las
realidades visibles, tanto más sagaz se hacía su expresión, tanto más vivaces
eran sus ademanes y movimientos, y tanto más inteligible era su voz. Sus
prendas también refulgían intensamente con ilusoria magnificencia. La misma
pipa, en la que ardía la causa de todo este hechizo, dejaba de parecer un
vulgar trozo de madera ennegrecido por el humo para transformarse en una pieza
de espuma de mar, con una cazoleta pintada y boquilla de ámbar.
Sin embargo, era lógico pensar que, puesto que la
vida de la ilusión parecía identificada con el humo de la pipa, se extinguiría
también en el mismo momento en que el tabaco quedara reducido a cenizas. Pero
la bruja previó esta posibilidad.
—No sueltes tu pipa, precioso mío —dijo ella—,
mientras vuelvo a llenártela.
Fue penoso ver cómo el delicado caballero empezaba
a disolverse de nuevo en un espantapájaros mientras la Madre Rigby sacudía las
cenizas de la pipa y volvía a cargarla con el contenido de su tabaquera.
—¡Dickon! —gritó, con su voz enérgica y aguda—.
¡Otro tizón para esta pipa! No había terminado de decirlo cuando el punto de
fuego intensamente rojo volvió a brillar dentro de la cazoleta, y el
espantapájaros, sin esperar la orden de la bruja, se llevó la boquilla a los
labios y aspiró unas bocanadas breves y convulsivas, las cuales no tardaron,
empero, en hacerse regulares y parejas.
—Ahora, amada criatura de mi corazón —dijo la Madre
Rigby—, debes aferrarte a esta pipa sin preocuparte por lo que te suceda. Tu
vida depende de ella y esto, por lo menos, lo sabes bien, aunque no sepas nada
más. ¡Aférrate a tu pipa, te digo! Fuma, chupa, exhala tu nube de humo, y si
alguien te pregunta algo, contesta que lo haces por tu salud, y que te lo ha
ordenado el médico. Y, querido mío, cuando observes que se está agotando el
contenido, vete a algún rincón y, después de haberte llenado de humo, grita con
fuerza: «¡Dickon, una nueva ración de tabaco!», y «¡Dickon, otro tizón para mi
pipa!», y vuelve a llevártela a los labios lo antes posible. De lo contrario,
en lugar de ser un elegante caballero ataviado con una chaqueta recamada en
oro, no serás más que un montón de estacas y harapos, y una bolsa de paja, y
una calabaza mustia. Ahora puedes partir, tesoro mío, y que la suerte te
acompañe.
—¡No temáis, madre! —dijo la figura, con voz
profunda, exhalando una fuerte bocanada de humo—. ¡Triunfaré en la medida en
que puede hacerlo un caballero honrado!
—¡Oh, terminarás por matarme! —chilló la vieja
bruja, sacudida por la risa—. Eso estuvo bien dicho. ¡En la medida en que puede
hacerlo un caballero honrado! Representas tu papel a la perfección. No hay
nadie capaz de competir contigo en inteligencia, y si se tratara de elegir a un
hombre sensato y prudente, con cerebro y eso que llaman corazón, y todo lo
demás que debe tener un hombre, yo apostaría a tu favor contra cualquier otro
bípedo. Gracias a ti me siento una bruja más hábil que ayer. ¿Acaso no te confeccioné
yo? Y desafío a todas las brujas de Nueva Inglaterra a hacer otro como tú.
¡Toma, llévate mi báculo!
Aunque el báculo no era más que una simple vara de
roble, asumió inmediatamente el aspecto de un bastón con empuñadura de oro.
—Esa cabeza de oro es tan inteligente como la tuya
—dijo la Madre Rigby— y te guiará directamente hasta la puerta del venerable
Maese Gookin. Vete ahora mismo, mi lindo cachorro, mi querido, mi precioso, mi
tesoro; y si te preguntan cómo te llamas, di que tu nombre es Feathertop.
Porque ostentas una pluma en tu sombrero y he introducido un puñado de plumas
en el hueco de tu cabeza, y también tu peluca pertenece al estilo que denominan
Feathertop, ¡de modo que Feathertop será tu nombre!
Así que Feathertop salió de la cabaña y se encaminó
virilmente hacia la ciudad. La Madre Rigby permaneció en el umbral, muy
satisfecha al ver cómo los rayos de sol refulgían sobre él, como si toda su
pompa fuera auténtica, y con qué diligencia y cariño fumaba su pipa, y con qué
elegancia marchaba, pese a la ligera rigidez de sus piernas.
Lo siguió con la mirada hasta que se perdió de
vista, y cuando desapareció en un recodo del camino lanzó en pos de él una
bendición brujeril.
Poco antes de mediodía, cuando la calle principal
de la ciudad vecina estaba en el apogeo de su vida y de su algazara, un
forastero de muy distinguido porte apareció en la acera. Tanto su apostura como
su indumentaria reflejaban sólo nobleza. Lucía una casaca de color ciruela
ricamente bordada, un chaleco de fino terciopelo magníficamente ornamentado con
hojas de oro, un par de espléndidas calzas escarlatas y las medias de seda
blanca más tersas y resplandecientes. Su cabeza estaba tocada con una peluca,
tan prolijamente empolvada y ajustada que habría sido un sacrilegio alborotarla
con un sombrero; sombrero que, por lo tanto (recamado en oro y rematado por una
nívea pluma), llevaba debajo del brazo. Sobre la pechera de su casaca brillaba
una estrella. Balanceaba con gracia elegante su bastón con pomo de oro —típico
de los exquisitos caballeros de la época—, y para dar el toque más refinado
posible a su indumentaria lucía en las muñecas puños de encaje de una
delicadeza casi etérea, como para testimoniar suficientemente cuán ociosas y
aristocráticas debían ser las manos que ocultaban a medias.
Un detalle notable del equipo con que se acicalaba
este brillante personaje era que en su mano izquierda llevaba una especie de
pipa fantástica, con una cazoleta finamente pintada y una boquilla de ámbar.
Cada cinco o seis pasos se llevaba esta pipa a los labios y aspiraba una
profunda bocanada de humo que, después de permanecer un momento en sus
pulmones, brotaba elegantemente de su boca y fosas nasales. Como es fácil
suponer, toda la calle bullía con los deseos de averiguar el nombre del
forastero.
—Sin lugar a dudas es un noble poderoso —dijo uno
de los vecinos—. ¿Veis la estrella que luce sobre el pecho?
—No; me encandila con su brillo —intervino otro—.
Sí; tiene que ser necesariamente un noble, como decís vos. Pero ¿por qué medios
creéis que su señoría ha viajado hasta aquí? Desde hace un mes no arriban
barcos del viejo terruño; y si ha llegado por tierra desde el Sur, ¿dónde
están, pregunto, sus sirvientes y su carruaje?
—No necesita carruaje para proclamar su rango
—observó un tercero—. Si hubiera aparecido entre nosotros con harapos, su
nobleza habría refulgido a través de un agujero del codo. Nunca vi un aspecto
tan solemne. Doy fe de que por sus venas corre la vieja sangre normanda.
—A mi juicio, es holandés, o un habitante de la
Alta Alemania —dijo otro vecino—. Los hombres de esos países llevan siempre la
pipa en la boca.
—Y también la llevan los turcos —respondió su
acompañante—. Pero desde mi punto de vista, este forastero se ha criado en la
Corte francesa, y allí ha aprendido cortesía y buenos modales, que nadie
practica como la nobleza de Francia. ¡Fijaos en su marcha! Un espectador vulgar
podría juzgarla rígida, podría definirla como un salto y una convulsión; pero
para mis ojos tiene una inefable majestuosidad, y debe haber sido aprendida
mediante la observación constante del porte del Gran Monarca. Es un embajador
francés, que ha venido a discutir con nuestros gobernantes la cesión de Canadá.
Su misión y carácter son bastante evidentes.
—Es más probable que sea español —dijo otro—, lo
cual explicaría el color, amarillo de su tez; o es más fácil aún que sea un
nativo de La Habana, o de algún puerto español del Caribe, y que venga a
investigar los actos de piratería de los que se cree que nuestro Gobierno es
cómplice. Los colonos de Perú y Méjico tienen; una piel tan amarilla como el
oro que extraen de sus minas.
—¡Amarillo o no, es un hombre hermoso! —exclamó una
dama—. ¡Tan alto, tan esbelto! Tiene facciones muy finas, muy nobles, con una
nariz muy bien formada, y con una expresión tan delicada en los labios... ¡Y
que Dios me bendiga, cómo brilla su estrella! ¡Verdaderamente, despide fuego!
—Otro tanto le sucede a sus ojos, encantadora dama
—dijo el forastero, con una reverencia y describiendo un arco en el aire con su
pipa, pues pasaba por allí en ese instante—. Le juro por mi honor que me han
fascinado.
—¿Es posible imaginar un cumplido más original y
exquisito? —murmuró la dama, en el colmo del deleite.
En medio de la admiración general que despertó la
presencia del forastero sólo se elevaron dos voces discordantes. Una fue la de
un chucho impertinente que, después de olfatear los talones de la
resplandeciente figura, metió la cola entre las patas y corrió a refugiarse en
los fondos de la casa de su amo, emitiendo un aullido abominable. El otro
disidente fue un chiquillo, que berreó a todo pulmón y balbuceó algún disparate
ininteligible acerca de una calabaza.
Mientras tanto, Feathertop continuó su marcha calle
arriba. Con excepción de las pocas palabras galantes que había dirigido a la
dama, y de alguna ligera inclinación de cabeza de vez en cuando para retribuir
las profundas reverencias de los transeúntes, parecía totalmente absorto en su
pipa. Para atestiguar su abolengo y jerarquía no se necesitaba más prueba que
la de la absoluta ecuanimidad con que se comportaba, en tanto que la curiosidad
y la admiración de la ciudad crecían entorno a él hasta convertirse casi en un
clamor. Con una multitud apiñada sobre sus" huellas, llegó finalmente a la
mansión del venerable juez Gookin, atravesó el portón, subió por la escalinata
que conducía a la puerta de entrada y golpeó. Mientras tanto, antes de que
contestaran su llamada, se observó que el forastero' sacudía las cenizas de su
pipa.
—¿Qué fue lo que dijo con voz tan aguda? —preguntó
uno de los espectadores.
—No lo sé —respondió su amigo—. Pero el sol me
encandila de un modo extraño.¡Qué borroso y desvaído veo de pronto a su
señoría! ¡Ay de mis sentidos!, ¿qué me sucede?
—Lo maravilloso es —dijo el otro— que su pipa, que
estaba apagada hace apenas un instante, se haya encendido de nuevo, y con la
brasa más roja que he visto en mi vida. Este forastero tiene algo de extraño.
¡Qué bocanada de humo acaba de lanzar! ¿Lo encuentras borroso y desvaído?
¡Vaya, si cuando se vuelve, la estrella que luce sobre el pecho echa otra vez
llamas!
—Es verdad —asintió su compañero—, y es probable
que deslumbre a la bella Polly Gookin, a la que veo atisbar por la ventana de
su cuarto.
Como en ese momento se abrió la puerta, Feathertop
se volvió hacia la multitud, hizo una majestuosa reverencia, propia de un gran
hombre que retribuye el homenaje de sus inferiores, y desapareció en el
interior de la casa. Sobre sus facciones se dibujaba una sonrisa misteriosa,
que quizá sería más correcto definir como una mueca sarcástica; pero entre
todos los que le contemplaban nadie pareció tener la sensibilidad necesaria
para descubrir la naturaleza fantástica del forastero, con excepción de un niño
y un perro.
Aquí nuestra leyenda pierde un poco de continuidad
y, pasando por alto la conversación preliminar entre Feathertop y el
comerciante, partimos en busca de la bella Polly Gookin. Era una damisela de
figura dulce y rozagante, con cabellos rubios y ojos azules, y una carita tersa
y rosada que no parecía ni demasiado perspicaz ni demasiado tonta. Esta joven
había divisado al fulgurante desconocido mientras él aguardaba en el umbral, y
se había engalanado a continuación con una cofia de encaje, y con un collar de
cuentas, y con su pañuelo más fino, y con su enagua de damasco más almidonada,
preparándose para la entrevista.
Luego corrió de su aposento a la sala, y desde ese
momento se consagró a contemplarse en el amplio espejo de luna y a practicar
actitudes seductoras: primero, una sonrisa; luego, un semblante de ceremoniosa
dignidad; a continuación, una sonrisa más tierna que la primera, un beso de
igual índole en su propia mano, y un movimiento de cabeza, agitando su abanico,
en tanto que dentro del espejo una menuda e incorpórea doncella repetía todos
los gestos e imitaba todas las bobadas que hacía Polly, pero sin avergonzarse
por ello. En síntesis, si la bella Polly no se convirtió en un mecanismo tan
perfecto como el ilustre Feathertop fue debido más a la insuficiencia de sus
artes que a su falta de voluntad; y cuando jugaba así con su propia simpleza,
el fantasma de la bruja bien podía concebir la ilusión de conquistarla.
No bien oyó Polly que las gotosas pisadas de su
padre se aproximaban a la sala, seguidas por el duro repiqueteo de los zapatos
de tacos altos de Feathertop, se sentó muy erguida y empezó a gorjear
inocentemente una canción.
—¡Polly! ¡Polly, hija mía! —gritó el viejo
comerciante—. Ven aquí, chiquilla.
Cuando Maese Gookin abrió la puerta tenía una
expresión preocupada e inquieta.
—Este caballero —continuó, presentándole al
forastero— es el caballero Feathertop, o mejor dicho, con su perdón, Milord
Feathertop, quien me ha traído una prenda de recuerdo de una vieja amiga mía.
Saluda a su señoría y trátalo con el respeto que merece.
Después de pronunciar estas breves palabras de
presentación, el venerable magistrado abandonó inmediatamente el cuarto. Pero
incluso en esa fugaz circunstancia, si la hermosa Polly hubiera mirado a su
padre en lugar de consagrarse totalmente al deslumbrante huésped, quizás habría
intuido que algo malo se cernía sobre ellos. El anciano estaba nervioso,
sobresaltado y muy pálido. Con la intención de sonreír cortésmente, había
crispado su rostro en una especie de mueca galvánica que, cuando Feathertop le
volvió la espalda, se transformó en un gesto furibundo, al mismo tiempo que
blandía el puño y descargaba una patada con el pie gotoso, grosería que tuvo en
sí su propio castigo.
En verdad parece ser que la palabra de presentación
de la Madre Rigby, cualquiera que fuese, había influido mucho más sobre los
temores del mercader que sobre su buena voluntad. Además, puesto que era un
hombre dotado de un poder de observación extraordinariamente agudo, había
notado que las figuras Pintadas en la cazoleta de la pipa de Feathertop se
movían. Al observarla con mayor atención se convenció de que dichas figuras
representaban un contingente de pequeños demonios, cada uno de ellos debidamente
provisto de cuernos y cola. Los diablillos bailaban tomados de la mano, con
morisquetas de satánica alegría en torno a la cazoleta de la pipa. Y como para
confirmar sus sospechas, cuando Maese Gookin acompañó a su huésped a lo largo
de un pasillo oscuro que conducía desde su habitación privada hacia la sala, la
estrella que Feathertop ostentaba sobre el pecho despidió llamas de verdad y
proyectó un resplandor fluctuante sobre la pared, el cielo raso y el piso.
Dado este cúmulo de síntomas siniestros que se
manifestaban por todos lados, no es extraño que el mercader tuviera la
impresión de estar comprometiendo a su; hija en una relación muy extraña. En lo
recóndito de su ser maldijo la insinuante; elegancia de los modales de
Feathertop, mientras el seductor personaje hacía reverencias, sonreía, se
llevaba la mano al corazón, aspiraba una larga bocanada de su pipa y enriquecía
la atmósfera con el ahumado vapor de un suspiro fragante y visible. El pobre
Maese Gookin habría arrojado gustosamente a la calle a su peligroso huésped;
pero se sentía constreñido y aterrorizado. Tememos que este respetable
caballero hubiera concertado algún pacto con el principio del mal, en una etapa
previa de su vida, y quizás ahora debía cumplir su parte, mediante el
sacrificio de su hija.
Sucedía que la puerta de la sala estaba
parcialmente formada por paneles de cristal, y protegidos por una cortina de
seda, cuyos pliegues colgaban un poco al sesgo. El interés del mercader por
presenciar lo que iba a suceder entre la bella Polly y el galante Feathertop
era tan intenso que, después de salir del cuarto, no encontró fuerzas para
abstenerse de espiar por los intersticios de la cortina. Pero no había nada
milagroso que ver, nada... a excepción de los detalles que había observado
anteriormente y que confirmaban su idea de que un peligro sobrenatural
amenazaba a la hermosa Polly.
Claro que el forastero era, evidentemente, un
hombre de mundo, cabal y experimentado, sistemático y dueño de sí, por lo que
pertenecía a esa categoría de personas a las que un padre no debe confiar la
seguridad de una muchacha joven y sencilla sin considerar atentamente las
consecuencias. El digno magistrado, que había tenido contacto con todos los
niveles y caracteres humanos, no podía menos que notar que todos los
movimientos y gestos del distinguido Feathertop eran los e adecuados, que nada
quedaba en él de primitivo o espontáneo; que un convencionalismo bien digerido
se había integrado plenamente a su sustancia y lo había transformado en una
obra de arte.
Quizá ésta era la cualidad que le impartía un
cierto aire terrorífico y apabullante. Todo aquello que es completa y
consumadamente artificial bajo una forma humana tiende a impresionarnos como
irreal y desprovisto de sustancia suficiente para proyectar su sombra sobre el
piso. En el caso de Feathertop, todos estos elementos contribuían a dar una
sensación absurda, extravagante y fantástica, como si su vida y su ser
estuvieran emparentados con el humo que se levantaba en espiral desde su pipa.
Pero el sentir de Polly Gookin era otro. En ese
momento la pareja se paseaba por el cuarto: Feathertop, con su paso exquisito y
su no menos exquisita mueca; la joven, con una gracia virginal innata, apenas
teñida, aunque no estropeada, por una actitud ligeramente melindrosa, que
parecía reflejar la perfecta afectación de su compañero. Cuanto más se
prolongaba esta entrevista tanto más fascinada se sentía la encantadora Polly,
hasta que, en el transcurso del primer cuarto de hora (tal como el anciano magistrado
controló con su reloj), empezó evidentemente a sentirse enamorada. No fue
necesariamente la brujería la que la doblegó en un lapso tan breve. Es posible
que el corazón de la pobre criatura estuviera tan inflamado que se derritió con
su propio calor reflejado sobre la hueca imagen de un amante.
Cualesquiera que fuesen las palabras que
pronunciaba Feathertop, éstas penetraban y reverberaban profundamente en los
oídos de Polly; e hiciera lo que hiciese, sus actos asumían una dimensión
heroica ante sus ojos. Y hay que suponer que a todo esto las mejillas de Polly
ya estaban arrebatadas, que había en su boca una sonrisa y en su mirada una
líquida ternura, en tanto que la estrella continuaba brillando sobre el pecho
de Feathertop y los diablillos triscaban con una alegría cada vez más frenética
en torno a la cazoleta de su pipa. ¡Ay, bella Polly Gookin! ¿Por qué esos
demonios se regocijaban tan locamente cuando un tonto corazón inmaculado estaba
a punto de entregarse a una sombra? ¿Era un infortunio tan insólito, un triunfo
tan singular?
De vez en cuando, Feathertop se detenía y,
adoptando una postura imponente, parecía invitar a la hermosa joven a estudiar
su figura y a continuar resistiendo, si ello era posible. Su estrella, sus
encajes, sus hebillas, relumbraban en ese instante con inefable esplendor; los
pintorescos colores de su indumentaria asumían tonos más vivos; su presencia
íntegra irradiaba un fulgor y un lustre que atestiguaba el cabal estilo
demoníaco de sus pulidos modales. La doncella levantó los ojos y los posó sobre
su acompañante con una expresión tímida y admirada. Luego, como si quisiera
juzgar qué valor podía tener su propia sencilla donosura junto a tanta
magnificencia, echó una mirada en dirección al espejo que estaba frente a
ellos. Sus reflejos eran de los más veraces e incapaces de cualquier adulación.
Pero apenas las imágenes allí reflejadas
impresionaron la vista de Polly, lanzó un grito, se apartó del forastero, lo
miró fugazmente con la más tremenda consternación, y se desplomó sin
conocimiento sobre el piso. Feathertop también había mirado en dirección al
espejo y allí vio no la deslumbrante falsedad de su despliegue exterior, sino
la imagen del sórdido pastiche de su composición auténtica, despojado de todo
embrujo.
¡Infeliz simulacro! Casi lo compadecemos. Levantó
los brazos con un gesto de desesperación que contribuyó más que cualquiera de
sus esfuerzos anteriores a reivindicar su naturaleza humana; porque quizá por
primera vez desde que empezó a transcurrir esta vida a menudo hueca y engañosa
de los mortales, una quimera se había visto nítidamente a sí misma y se había
reconocido como tal.
La Madre Rigby estaba sentada junto a la chimenea
de su cocina en el crepúsculo de aquella memorable jornada, y acababa de
sacudir las cenizas de su nueva pipa cuando oyó que alguien corría por el
camino. Sin embargo, no le pareció que se tratara de pisadas humanas, sino de
un tabletear de maderas o un entrechocar de huesos secos.
«¡Ah! —pensó la vieja bruja—, ¿qué pasos son éstos?
Me pregunto a quién pertenece el esqueleto que ha escapado ahora de su tumba.»
Una figura se lanzó de cabeza por la puerta de la
cabaña. ¡Era Feathertop! Su pipa estaba todavía encendida; la estrella llameaba
aún sobre su pecho; los alamares continuaban brillando sobre sus ropas; y no
había perdido tampoco, en una medida o forma perceptible, el aspecto que lo
equiparaba a nuestra fraternidad humana. Y, no obstante, por alguna razón
inexplicable (tal como sucede siempre que desenmascaramos algo que nos ha
engañado), era posible vislumbrar la pobre realidad, debajo del artero disfraz.
—¿Qué te ha sucedido? —preguntó la bruja—. ¿Acaso
ese lloriqueante hipócrita arrojó a mi amorcito de su casa? ¡El villano!
¡Enviaré veinte demonios., para que le atormenten hasta que te ofrezca a su
hija de rodillas!
—No, madre —respondió Feathertop, amargamente—. No
fue eso lo que sucedió.
—¿Acaso la chica despreció a mi precioso? —inquirió
la Madre Rigby, mientras sus ojos feroces brillaban como dos carbones de
Tofet—. ¡Le cubriré la cara de pústulas! ¡Su nariz se pondrá tan roja como el
tizón de tu pipa! ¡Se le caerán los dientes de delante! ¡Dentro de una semana
no valdrá la pena que la consigas!
—Dejadme en paz, madre —contestó el pobre
Feathertop—. La muchacha estaba casi conquistada. Y pienso que un beso de sus
dulces labios me habría hecho totalmente humano. Pero —agregó después de una
breve pausa, seguida por un bufido de desprecio por sí mismo—, ¡yo me he visto,
madre! ¡He visto la cosa; infame, harapienta y vacía que soy! ¡No continuaré
viviendo!
Arrancándose la pipa de la boca, la arrojó con toda
su fuerza contra la chimenea, y en ese mismo instante cayó al suelo, convertido
en un montón de paja y ropas andrajosas, de donde asomaban algunas estacas con
una calabaza arrugada en medio. Las órbitas oculares carecían ahora de brillo,
pero el tajo groseramente tallado —que un momento antes había sido una boca—
aún parecía crisparse en una mueca desesperada, y por ello conservaba su
carácter humano.
—¡Pobre criatura! —murmuró la Madre Rigby, echando
una mirada pesarosa a los restos de su malhadado engendro—. ¡Mi pobre, amado y
bello Feathertop! Hay miles y miles de petimetres y charlatanes en el mundo
forjados como él con, una misma sarta de desperdicios ruinosos, olvidados e
inútiles. Y, sin embargo, viven plácidamente y nunca se contemplan tal como son
en realidad. ¿Por qué mi pobre muñeco debió ser el único que se conoció a sí
mismo y murió por ello?
Mientras mascullaba de este modo, la bruja volvió a
cargar su pipa con tabaco y sostuvo la boquilla entre los dedos, como dudando
si debía insertarla en su propia boca o en la de Feathertop.
—¡Pobre Feathertop! —continuó—. Podría darle
fácilmente otra oportunidad y lanzarlo mañana al mundo de nuevo. Pero no; sus
sentimientos son demasiado tiernos, y su sensibilidad demasiado profunda.
Parece tener demasiado corazón para pelear por su propio bienestar en un mundo
tan vacío y despiadado. Bien, bien; al fin y al cabo, lo utilizaré como
espantapájaros. Esta es una vocación inocente Y útil, y muy apropiada para mi
tesoro; y si cada uno de sus hermanos de carne y hueso tuviera otra igualmente
adecuada, la humanidad marcharía mejor. Y en cuanto a esta pipa, la necesito
más que él.
Dicho lo cual, la Madre Rigby se acomodó la
boquilla entre los labios:
—¡Dickon! —gritó, con voz aguda y destemplada—.
¡Otro tizón para mi pipa!
________________________
Nathaniel Hawthorne (1804-1864)

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