© Libro N° 10962. La Evolución Humana, Virtudes Y Miserias. Eduardo García Morán. Emancipación.
Marzo 4 de 2023
Título original: © La
Evolución Humana, Virtudes Y Miserias. Eduardo García Morán
Versión Original: © La Evolución Humana,
Virtudes Y Miserias. Eduardo García Morán
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA EVOLUCIÓN HUMANA,
VIRTUDES Y MISERIAS
Eduardo García Morán
La Evolución Humana, Virtudes Y Miserias
Eduardo García Morán
Se enumeran algunos de los puntos de discusión
sobre el origen de la vida y el origen del hombre
Una prueba del «dogmatismo» y el «psicologismo» de muchos paleontólogos,
paleoantropólogos y antropólogos físicos en la práctica de sus «ciencias» es la
insistencia de un grupo de ellos en la teoría «multirregionalista» en la
aparición del hombre actual. Pero no sólo porque aseveren que en el plazo,
corto en términos geológicos, de unos 400.000 años (a.) el espécimen de
Zhoukoudian (el Hombre de Pequín) hubiera mutado en el Homo erectus del
sudeste asiático y, durante ese intervalo, fuese capaz de aparearse con éxito
con Ngandong (Hombre de Java), con H. daliensis, con H.
neanderthalensis, con H. sapiens «arcaico» –más tarde
nos referiremos a la cuestión del arcaísmo–, con H. rhodesiensis e,
incluso con H. sapiens «moderno», como única alternativa a que
hoy todos los hombres formen una única especie; no es sólo esto, sino que
también, H. neanderthalensis hubo de mutar para hacerse Hombre de
Cro-magnos, y hubo de hacerlo en 150.000 a. como máximo. Lo que queremos dar a
entender es que la evolución humana es de tal complejidad y las pruebas fósiles
tan escasas y distanciadas en el tiempo que el sostenimiento a ultranza de
hipótesis es una actitud más propia de «niños» que de «adultos» que, además, se
mueven en el territorio del método científico. Para dar dos nombres: el español
Juan Luis Arsuaga, con «su» Atapuerca, y el francés Yves Coppens, con La
odisea de la especie, emitida el pasado mes de junio por TV, están en
la línea del dogmatismo y el psicologismo, que entrarían a formar parte de las
«miserias» con que hemos titulado este trabajo, en contraposición a las
«virtudes» que sin duda existen en el campo de la paleoantropología. Pero
vayamos por partes al objeto de «iluminar» nuestro planteamiento.
Lo primero que se ha de establecer es que el alimento constituye el
cordón recio que orienta las variaciones propias de la evolución, alimento que
se entreteje con las condiciones geológicas dadas en cada momento. Por ejemplo,
hace 4.000 millones de años (m.a.) los protoorganismos «comían» azufre, ácido
sulfúrico, hierro, etcétera, que era lo único disponible en la Tierra que aún
no había terminado de formarse y que carecía de otras fuentes de energía, bien
vegetal, bien animal. Y son precisamente estas fuerzas de la naturaleza las que
nos permiten seguir el rastro del proceso de hominización, porque la deriva
continental (Wegener, Origen de los continentes y de los océanos, 1915:
la teoría del geólogo alemán sólo fue aceptada plenamente a mediados de la
década de los 60 del siglo pasado, cuando se constatá la existencia de placas
en la corteza terrestre, que flotan sobre el manto exterior, que es «líquido»
hasta una profundidad de unos 1.000 kilómetros) ocasionó, hace unos 20 m.a. que
África y Eurasia colisionasen, levantándose los Pirineos, y, paralelamente, que
se iniciase el resquebrajamiento de la parte oriental africana, presentando 8
m.a. más tarde una falla, conocida como el valle del Rift, con una cadena
montañosa al oeste y un altiplano al este.
Tenemos, entonces, dos acontecimientos: el origen de la vida y el origen
del hombre, y, para concretar sus respectivos desarrollos, los esquematizaremos
en una serie de puntos, doce para la vida y once para el hombre.
1.
Todos los seres vivos procedemos de
un antepasado común (bacteriano) de hace unos 4.000 m.a., que se fue
diversificando a medida que se replicaba.
2.
En la replicación no se dan copias
idénticas y, tras la aparición del sexo, la recombinación de los genes de los
progenitores varió aún más la descendencia. Al mismo tiempo, acaecen mutaciones
importantes al azar. Este conjunto de hechos es el punto de partida de la
evolución.
3.
La enorme riqueza genética que
resulta de la replicación en cada generación es «seleccionada» por el medio
físico, donde sobrevivirán unos pocos individuos, los que se han adaptado
mejor, que pasarán a los hijos sus genes «competitivos».
4.
Como los cambios se dan en
poblaciones constituidas por sujetos únicos (genéticamente), la evolución es
continua y gradual. Estos primeros cuatro puntos resumen la teoría de Darwin.
5.
Los cambios continuos y graduales
generan nuevas especies desde dos parámetros: el tiempo y el espacio. Por el
primero, se produce una nueva especie cuando adquiere características propias
(evolución filética); por el segundo, esa especie nueva es posible porque
desarrolla sus características en lugares determinados, alejados o separados
por barreras (geográficas, entre otras) del territorio de sus de los padres. A
este parámetro espacial se le llama especiación.
6.
La variación no dibuja una línea
evolutiva, sino un árbol filogenético ramificado (dendograma). Las ramas, de
mayor a menor grosor, representan fila (estructuras de diseño básicas o
bauplanes), clases, órdenes y, así, hasta las especies. Todas las ramas salen
de un tronco común en cuya base está el antepasado común, que dotó a toda forma
de vida del mismo principio elemental: el ADN. La raíz del tronco, que
corresponde al primer ser vivo (no necesariamente del que derivó el antepasado
común), permanece en el anonimato.
7.
El ADN no se ve modificado por los
caracteres adquiridos durante la existencia de un organismo (lamarckismo) ni
tiene un objetivo intrínseco (teleología). El ADN pasa de padres a hijos
(herencia mendeliana) por puro mecanismo natural «ciego», que denominamos
genotipo (información codificada), por el que se forman las proteínas, el
fenotipo, que se somete a la competencia con otros en un ambiente cambiante, de
donde surge la selección (no aleatoria).
8.
Aunque la norma es la evolución
continua y gradual, de cuando en cuando se dan mutaciones drásticas que alteran
por completo un bauplan (el «equilibrio puntuado» de Eldredge y Gould sería una
de estas teorías). No obstante, la clave de la evolución no es una suerte de
«saltacionismo», sino de la interacción de genes con el medio, sobre la que
actúa la selección natural.
9.
El hombre está constituido por
células eucariotas (con núcleo), al igual que el resto de animales, plantas y
hongos, entre otros. Las arqueobacterias y bacterias son procariotas (células
sin núcleo), y fueron los que «alumbraron» a los eucariotas unicelulares, de
los que emergieron los pluricelulares (animales), entre hace 1.500 y 700 m.a.
10.
Hace unos 560 m.a. aflora un animal
(los científicos le han puesto el nombre de Urbilateria) con una
dotación de genes Hox (genes «arquitecto», porque dirigen a los demás)
extraordinaria, por la que se podía dibujar cualquier tipo de cuerpo, y uno de
esos tipos fue el cordado, al que pertenece el hombre. Urbilateria ya
tenía simetría lateral, en lugar de radial (esponjas, medusas...)
11.
Unos 300 m.a. atrás, los reptiles
(cordados) se dividieron en diápsidos y sinápsidos; de éstos últimos, surgieron
los morganucodóntidos, de los que evolucionaron los mamíferos. Hace 125 m.a.,
un espécimen, bautizado Eomaia scansoria («madre primigenia»),
abrió la ruta de los mamíferos placentarios, separándose así de los monotremas
(equidna y ornitorrinco) y de los marsupiales (canguros, koalas y zarigüeyas).
12.
Después de la extinción de los
dinosaurios, hace 65 m.a., unos mamíferos nuevos, los primates estrepsirrinos
(desnudez en la zona de la nariz y del labio superior, éste escindido),
empezaron a vivir parte de su tiempo en los árboles, aunque es casi seguro que
esto se produjo 10 ó 15 m.a. antes, con los adápidos. De estos prosimios
(lémures, loris, ayeayes, tarseros) se infieren, en el Oligoceno intermedio,
los primeros antropoides, los simios pequeños o monos (titís, capuchinos,
macacos, colobos). Hace 26 m.a., a inicios del Mioceno, entran en escena los
simios grandes o simios antropomorfos (como Ramapithecus) e,
incluidos en ellos, 10 m.a. después, aparecen los hominoideos: gibón y siamang
(16 m.a.), orangután (15), gorila (12) y chimpancé y bonobo (8 ó 7 m.a.).
Despejado mediante sinopsis un camino evolutivo de 4.000 m.a., se
abordarán ahora las referencias más «espinosas» y las lagunas más «extensas»
del espacio La odisea de la especie, que ayudarán a comprender
mejor el complejo proceso de hominización.
1.
En torno a los 6 m.a. antes del
presente se inicia la era de los homínidos (de un precursor de chimpancés y
bonobos), cuya característica más importante es su bipedismo: Orrorin
tugenensis (6 m.a.), Ardipithecus ramidus kadabba (5.5), A.
r. ramidus (4.4), Australopithecus anamensis (4), A.
afarensis (3.9), A. africanus (3), Homo
habilis (2.4), H. ergaster (2), H. erectus (1.9), H.
antecessor (800.000 a.), H. heidelbergensis (500.000), H.
neanderthalensis (200.000) y H. sapiens, nosotros
(150.000).
2.
Es arbitrario situar los antecedentes
del arranque del hombre hace 10 m.a.: si atendemos a la formación de la falla
del Rift, en el este de África, y de norte a sur, habría que remontarse otros
10 m.a. De tomar como referente el cambio climático (glaciación), la fecha
sería 8 m.a.
3.
Tampoco fue muy acertado insistir
sólo en la desaparición del bosque como la causa del bipedismo, no en vano
pudieron existir otras razones, como las ventajas selectivas que pudieron tener
las hembras de homínidos, con las manos liberadas, para cuidar mejor a sus
crías indefensas durante el largo tiempo que duraba su infancia, y, a la vez,
elegir para aparearse a los machos más capaces para obtener comida,
precisamente por utilizar sus manos para ello. De hecho, es más que probable
que Orrorin habitase el bosque y no la sabana, al igual
que A. r. kadabba, y que fuese la conducta maternal, y no las
herramientas, la que «reforzase» la postura erecta, porque la más indicada
definición que encuentro de mamífero es la de ser «la mejor madre».
4.
Es esta especie, y no Toumaï (Sahelanthropus
tchadensis), como se apuntó, la candidata, por ahora, a ser la precursora
de la posición erguida. Mientras que no se han encontrado fósiles suficientes
de Toumaï que avalen su candidatura, y su datación de 7 m.a.
es demasiado lejana, en Orrorin hay pocas dudas: el cuello de
su fémur presenta el característico surco de los bípedos, incluido el hombre,
producido por el músculo obturador externo al andar, y, además, sus 6 m.a. de
antigüedad coinciden con la fecha máxima que los genetistas dan a la separación
entre chimpancés y homínidos.
5.
El propio acto de ponerse de pie no
fue tratado muy «científicamente» en el documental, donde se dio la impresión
de ser «voluntario», cuando fue debido a alteraciones en las secuencias
moleculares.
6.
También fue aventurado decantarse
por A. anamensis como el probable «abuelo» de los hombres, en
detrimento de A. afarensis. Hoy por hoy, ambos parten con las
mismas posibilidades y, en todo caso, de argumentar que A. anamensis comía
más carne que A. afarensis, y esto es clave en la «humanidad»,
hay otra especie, Australopithecus garhi, que fue el primero
en utilizar herramientas para cortar carne.
7.
Tal vez por imprecisión involuntaria,
el reportaje data a Homo habilis en 3 m.a., cuando es 600.000
a. posterior.
8.
Resulta insatisfactorio que no se
haya indicado que la inmensa mayoría de los paleontólogos y la totalidad de los
genetistas (los que han secuenciado el ADN de diferentes etnias actuales)
apuestan por un único origen africano del hombre, al objeto de no dar la misma
credibilidad a la hipótesis que sostiene que el hombre que hoy habita África,
Asia (y Oceanía, y América) y Europa evolucionó por separado de tres ramas
distintas de homo (teoría multirregional).
9.
No dar resquicio a una edad más
temprana en el descubrimiento del fuego, no fue prudente: de los 500.000 años
habría que dar un margen hasta el millón de años.
10.
Asimismo, no es creíble que el Homo
neanderthalensis articulase tan bien las palabras, como se oyó en el
documental, puesto que su hueso hioides estaba aún colocado en una posición que
impedía la formación de una musculatura suficiente para esa articulación.
11.
Por último, trazaré el eje cardinal
del paso del «mono al hombre»: cambios geológicos y climáticos alteran el
hábitat en África oriental; algunas especies de grandes simios se adaptan tras
sufrir mutaciones en el ADN nuclear: bipedestación, reducción de los caninos,
etcétera; con las manos libres, varió la conducta maternal y se empezaron a
usar de modo más eficaz piedras, huesos, palos; se va incrementado la carne en
la dieta, que favorece cerebros mayores y, sobre todo, reorganización de los
complejos neuronales; la inteligencia crece con la ayuda de la fabricación de
instrumentos cada vez más avanzados y se potencia la cohesión de los clanes; el
australopitecino se hace homo (habilis y rudolfensis),
sale del viejo continente (2 m.a.): es, quizá, el H. ergaster, que
se convierte en H. erectus en Asia y en H. antecessor en
Europa (discrepo de la idea de Arsuaga de que éste sea el «antecesor» de
neandertales y hombres actuales, que se aproxima más al terreno del chauvinismo que
al de la ciencia); otro homo, el heidelbergensis, abandona
África hace unos 600.000 años (en el sureste asiático, para algunos, es
el H. daliensis, y, en la propia África, en el sur, H.
rhodesiensis) y, mientras en nuestro continente evoluciona a H.
neanderthalensis, en el valle del Rift pasa el «testigo» al sapiens, a
través de intermedios: se acaban de encontrar fósiles de sapiens «primitivo»
en Herto (Etiopía), de unos 160.000 años de antigüedad; entre 100.000 y 40.000
años atrás, otro homo emprende el que será el último viaje
desde África: H. sapiens «moderno» toma la dirección noreste,
cruza el Sinaí, se divide para coger varias direcciones, sustituye (o elimina)
a todas las poblaciones que va encontrando a su paso y se hace el «amo del
mundo»: somos nosotros.

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