© Libro N° 10963. Del Miedo. Fernández Tresguerres, Alfonso. Emancipación. Marzo 4 de 2023
Título original: © Del
Miedo. Alfonso Fernández Tresguerres
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Fernández Tresguerres
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Alfonso Fernández
Tresguerres
Del Miedo
Alfonso Fernández Tresguerres
El miedo (que de ningún modo ha de confundirse con la cobardía),
cuando es «normal», esto es, no patológico, es una emoción
del todo natural, bastante útil y nada vergonzosa
1
En nuestra lengua el miedo es entendido según una doble acepción: por
una parte, como «sentimiento de angustia por un riesgo o daño real o
imaginario»; y, por otra, como «recelo o aprensión de que suceda algo contrario
a lo que se desea». Y la diferencia con el temor (al margen de que éste tiene
sus propios significados, tales como el sentimiento de rechazo de cosas
consideradas peligrosas, o el de presunción o sospecha) se encontraría, según
nuestros académicos, en que el temor vendría referido al futuro, esto es,
«recelo de un daño futuro», en tanto que el miedo (parece deducirse), aunque
también puede ser de algo futuro, ya que la segunda acepción de miedo («recelo
o aprensión de que suceda algo contrario a lo que se desea») podría, en efecto,
corresponderse bastante bien con la tercera de temor («recelo de un daño
futuro»), puede estar motivado también por algo presente, sea «real o
imaginario».
Yo creo que hay que introducir una ligera matización en todo eso (y lo
haré más tarde), pero, por el momento, es deber constatar que, en esta ocasión,
nuestra lengua se muestra bastante más sutil que determinados análisis llevados
a cabo por algunos importantes filósofos. Estoy pensando, por ejemplo, en
Epicteto («El miedo nace de lo que se espera, la tristeza de lo presente»),
quien, dentro de las coordenadas en las que nos estamos moviendo, incurriría en
una grosera confusión entre el miedo y el temor ( y eso sin tener en cuenta lo
discutible de la atribución de la tristeza sólo al presente). ¿Acaso no es
auténtico miedo lo que en ocasiones se siente ante situaciones enteramente
presentes? Resultaría, según esto, que el gladiador colocado frente a la fiera
en el circo romano no experimenta miedo, sino tristeza. Y esto, si yo entiendo
bien a Epicteto (no debemos olvidarnos de las traiciones de la traducción),
parece excesivo. Pero no es el filósofo estoico el único que parece caer en
este mismo error. Hume también entiende el miedo como derivado de la
probabilidad de un mal (futuro, por tanto) que causaría tristeza. De nuevo
tenemos que preguntar lo mismo: ¿no es miedo lo que a veces se experimenta ante
un mal efectivo y no sólo probable?
Sorprende, asimismo, la concepción que del miedo tiene Espinosa:
«El miedo (...) es una tristeza inconstante surgida (...) de
la imagen de una cosa dudosa», podemos leer en la Ética, o también:
«El miedo es la tristeza inconstante, surgida de la idea de
una cosa futura o pasada, de cuyo resultado tenemos alguna duda». Mas, ¿por qué
«una cosa dudosa»? ¿Es que lo que sentimos ante un peligro real e indudable no
debe considerarse miedo? ¿Y qué decir de la exclusión expresa del presente tal
como se hace en la segunda definición, al afirmar que el miedo se da ante «una
cosa futura o pasada»? Creo más bien que el miedo, en sentido estricto, no
tiene que ver ni con el futuro ni con el pasado, sino, justamente, con el
presente (bien que «la cosa» sea real o imaginaria, ésa es otra cuestión). La
rememoración de un hecho pasado puede resultar todo lo desagradable o dolorosa
que se quiera, pero no es, hablando con propiedad, miedo lo que provoca; y en
cuanto al futuro, lo que suscita, más que miedo, es temor. No olvido, sin
embargo, que en nuestra lengua también se considera lícito el uso del término
«miedo» referido al futuro. Pero, en cualquier caso, lo que encuentro
verdaderamente sorprendente y chocante es que Espinosa no parezca entender, en
ningún caso, el miedo como algo referido al presente, para lo que él parece
preferir el vocablo «desesperación» («La tristeza surgida de la imagen de una
cosa que hemos temido o esperado»). Pero «desesperación», al menos para quienes
hablamos en español, es algo que ya no tiene mucho que ver con lo que estamos
hablando. Es cierto que el miedo puede conducir hasta la desesperación, pero,
¿no lo es también que se puede estar desesperado sin sentir miedo?
2
Creo que debemos quedarnos con la definición de nuestra Academia. El
miedo es, ciertamente, un estado afectivo o de ánimo intenso y caracterizado
por la angustia, la ansiedad y la inseguridad ante un peligro o riesgo, sea
real o imaginario, sea presente o futuro, aunque sospecho (insisto) en que la
lejanía disminuye la intensidad, y el miedo adopta la forma más moderada del
temor.
Pero la matización (a la que me refería antes) que considero conveniente
hacer a nuestros académicos es que el miedo no es un sentimiento, sino una
emoción. Los sentimientos son duraderos y de intensidad moderada, en tanto que
las emociones son intensas y pasajeras, y, sin duda, el miedo se corresponde
mejor con estas dos últimas notas que con las primeras. A un miedo persistente
en el tiempo le cuadra mucho mejor la denominación de «temor». Los propios
trastornos de ansiedad nos pueden servir de ayuda para clarificar esto. En la
llamada «ansiedad generalizada», el sujeto experimenta un estado constante de
angustia y de temor, pero no de miedo, en cuanto tal; éste tenemos que buscarlo
más bien en los denominados «ataques de pánico», intensísimos, pero pasajeros.
Y esto nos da pie también para señalar que existe un miedo normal, mas
también un miedo patológico. Este último (del que la neurosis de angustia y las
fobias serían un buen ejemplo) es aquél en el que la reacción de temor es
desproporcionada a la causa que la provoca, e incluso no parece existir ninguna
relación con ella. Que es patológico y, en último término, no adaptativo, puede
comprobarse por el hecho de que el individuo presa de un miedo tal ve alteradas
su vida y su conducta cotidianas, así como la relación con los otros y con el
propio ambiente, a lo que hay que añadir el profundo sufrimiento que le
ocasiona. Existe también un miedo que se encontraría a caballo entre lo normal
y lo patológico, ya que si bien por su intensidad y la incapacidad manifiesta
del sujeto para controlar y ajustar su respuesta (cualquiera que sea) a la
situación, podría considerarse patológico, es lo cierto que puede ser
experimentado por individuos enteramente normales, quiero decir, no neuróticos.
Tal miedo bloquea de tal modo la conciencia del individuo, e incluso su
responsabilidad, que nuestro ordenamiento jurídico lo considera causa de no
imputabilidad. Se trata de lo que nuestro Código Penal (Art.º 20.6º) denomina
«miedo insuperable», y dictamina que quien «obra impulsado por miedo
insuperable de un mal igual o mayor está exento de responsabilidad criminal».
Pero el miedo que hemos denominado «normal» es una emoción básica y primaria,
ligada, sin duda, a la propia conservación y al intento de lograr un estado de
seguridad. Y como tal, se encuentra presente en el comportamiento de todas las
especies animales, incluso las más simples, desde el punto de vista biológico.
Hasta tal punto se trata de una emoción fundamental de cara a la supervivencia,
que algunos (entre ellos Emilio Mirá y López, en su conocido Manual de
Psicología jurídica) consideran que el miedo es una de las tres emociones
primitivas (es decir, que dentro de las emociones básicas o primarias habría
tres aún más básicas, si así puede decirse): las otras dos son la cólera y el
amor. En tanto que la cólera sería una tendencia a la agresión, el miedo lo
sería a la defensa, y ambas tendrían como referencia la conservación del
individuo, a diferencia del amor (una forma adornada de referirse al impulso
sexual), que conduciría a la reproducción, y, por tanto, su referencia sería,
no la conservación del individuo, sino la conservación de la especie. Y aun
cabría decir (y Mirá y López está de acuerdo) que el miedo es emoción más
primitiva o básica que la cólera, lo que parece bastante claro, si se tiene en
cuenta que, en no pocas ocasiones, ésta última es suscitada por el primero, o,
por decirlo de otro modo, es secundaria a él, porque presa del miedo, el animal
(incluido el animal humano) huye o ataca, según las circunstancias.
A este respecto, los etólogos (pero ya antes Darwin) han subrayado el
carácter adaptativo del miedo. Así, Eibl-Eifesfeldt ha insistido en lo
ventajoso (en términos de supervivencia) de miedos tales como a la noche y la
oscuridad, a la separación (generalmente de la madre) o al extraño.
A mí me parece que de ninguna manera debe menospreciarse la importancia
de los factores de aprendizaje en la génesis de según qué miedos, y creo
también que hay que poner mucho cuidado en que el estimar innata una
determinada aversión no nos lleve a la legitimación moral de determinadas
conductas. Estoy pensando, por supuesto, en el miedo al extraño y en la
consecuencia, que para algunos podría parecer enteramente lógica, de considerar
que fenómenos tales como el racismo o la xenofobia son reacciones innatas y,
por tanto, inevitables, desde el momento en que lo innato siempre parece ser
interpretado (y habría mucho que discutir al respecto) como sinónimo de
fatídico o inevitable. Ahora bien, es cierto que el niño manifiesta temor ante
la presencia de cualquier rostro extraño (y más si es feo); pero de cualquiera
(y durante un tiempo, de cualquiera que no sea el de su madre), no solamente de
un rostro perteneciente a otra raza o a otra etnia, o del rostro del extranjero
(un recién nacido es poco lo que sabe de fronteras políticas). Siente miedo
ante cualquier extraño (incluido el pediatra o su tío materno) hasta que se
familiariza con él. Eso es todo. Y cualquier otra conclusión que se quiera
derivar de ahí es puramente ideológica.
Tampoco hay que olvidar la modulación cultural del miedo: cada cultura
tiene su propio repertorio de fantasmas y de temores, a veces difícilmente
comprensibles para los miembros de otra distinta, y esto aboga, naturalmente,
como no podía ser menos (porque eso es lo que sucede con cualquier otra
manifestación del comportamiento humano), por la importante incidencia de los
factores culturales y de aprendizaje en la génesis y manifestación del miedo,
que constituiría, así, una prueba más de la confluencia (dialéctica) entre la
dimensión biológica y la dimensión cultural del ser humano.
Y a propósito de la modulación cultural del miedo, hay que señalar,
asimismo, el uso político que a veces se hace de él. Eibesfeldt (a mi juicio
con total acierto) ha reparado e insistido en esta cuestión. Me limitaré, pues,
a hacer mías sus palabras: «El miedo –escribe– no sólo induce patrones de
comportamiento infantiles, que, por su condición de demandas, suscitan la
empatía, sino también una disposición infantil para el aprendizaje. Por tanto,
los adultos sometidos al miedo son más fáciles de transformar ideológicamente.
Bajo la presión del miedo se da una conversión, una disposición que se utiliza
para lavar el cerebro (...) Las dictaduras –prosigue el etólogo alemán–
utilizan esa vinculación por el miedo. Porque el miedo despierta la necesidad
de recurrir a una personalidad fuerte». Bien, yo no sé si todos lo dictadores
son o no personalidades fuertes, pero lo que sí es seguro es que utilizan el
miedo, no ya al extraño (del que protegernos), sino principalmente a sí mismo,
como mecanismo para mantener el dominio. Algo así como la expresión atribuida a
Calígula: «Oderint dum metuant», es decir: «Que me odien, con la condición de
que me teman».
3
Pero estas matizaciones no implican, desde luego, la negación del
carácter innato del miedo, en tanto que reacción emocional primaria y básica al
servicio de la supervivencia, y presente, por tanto, en aquellas situaciones en
que tal supervivencia, y la seguridad mínima en la que se sustenta, se viesen
amenazadas.
Y esto debe ponernos a salvo de la descalificación del miedo,
considerándolo no sólo inútil y negativo, sino incluso pasión vil y vergonzosa.
Quienes así piensan (desde Platón a Descartes), lo hacen porque identifican sin
más (de forma tan ligera como gratuita) el miedo con la cobardía. Esto resulta
obvio en el caso del filósofo francés: «el miedo o terror –escribe Descartes–,
lo contrario de la audacia, no es sólo una frialdad, sino también una turbación
y un pasmo del alma que le quita la fuerza para resistir a los males que
presiente próximos (...) me parece –continúa Descartes– que nunca puede ser
loable y útil; no se trata de una pasión particular, sino sólo de un exceso de
cobardía, de pasmo y de temor siempre vicioso.» También Espinosa considera que
se trata de pasión innoble, ya que, por una parte, jamás es bueno en sí mismo,
puesto que (al igual que la esperanza), no puede darse sin tristeza; y, por
otra, porque «el miedo nace de la impotencia del ánimo, y no pertenece, por
tanto, al uso de la razón».
Sin duda, el miedo es una emoción negativa; negativa sólo en el sentido
de desagradable (y si afecta a una importante masa de gente, enormemente
peligrosa también). Si eso es lo que quiere decir Espinosa al afirmar que «no
puede darse sin tristeza», no hay nada que decir (aunque yo no estoy muy seguro
de que en verdad pueda decirse que la tristeza sea compañera no ya permanente,
sino ni siquiera habitual del miedo, aunque, como hemos tenido ocasión de ver,
no es Espinosa el único en relacionar ambos estados de ánimo). Ocasionalmente,
sin embargo, resulta agradable, pero sólo con la condición de que nosotros
mismos hayamos buscado deliberadamente los estímulos capaces de desencadenarlo
(en el cine, en la literatura, &c.) y siempre que tengamos la certeza de
que a ningún peligro real nos enfrentamos. En cuanto a lo de que «nace de la
impotencia del ánimo», supongo que se trata (como en Descartes) de una
identificación del miedo con la cobardía. Pero esto es sencillamente falso. Es
erróneo (como hemos visto) que el miedo no sea de utilidad alguna, y es erróneo
también que el miedo sea «un exceso de cobardía» (afirmaciones ambas sostenidas
por Descartes). Sin duda que los cobardes sienten miedo, pero también los
valientes. No se es valiente por no tener miedo (quien nunca ha tenido miedo es
un imbécil), sino por ser capaz de superarlo. Y, por lo mismo, no se es cobarde
por tener miedo, sino por ser incapaz de sobreponerse a él. No se olvide, por
lo demás, que en ocasiones el miedo puede llegar a paralizarnos, pero otras,
por el contrario, puede tener el efecto contrario, generando un comportamiento
audaz y hasta temerario: no pocos heroísmos han nacido de grandes temores. Como
señala Montaigne: «El máximo poder del miedo se demuestra cuando nos impele a
la valentía que había sustraído a nuestro deber y honor.»
No son esos, sin embargo (parálisis o audacia) los únicos efectos que
puede provocar el miedo. El componente expresivo de esta emoción (detenidamente
estudiado por Darwin) es riquísimo, mas también lo son las manifestaciones
neurovegetativas de la misma: sudoración, temblores, taquicardia, diarrea,
necesidad de orinar, piloerección, &c. Y, por supuesto, angustia y
ansiedad. Incluso es cierto que se puede llegar a morir de miedo.
Pero no son menos interesantes aquellos fenómenos psicológicos generados
por él. Y no está de más insistir en ello toda vez que con frecuencia son
secuestrados, como prueba irrefutable de fenómenos paranormales, por los
cultivadores de esa pléyade de falsas ciencias, a las que a veces se da en
denominar «ciencias ocultas». Se trata de fenómenos que tienen de paranormal lo
mismo que un corte de digestión. En efecto, vivencias tales como sentimientos
de desrealización o despersonalización, estados crepusculares, visión de túnel,
sensación de presencia, y tantos otros, frecuentes en determinados trastornos
mentales, pueden ser también generados, en un individuo enteramente normal, por
un miedo intenso. A veces es suficiente incluso con el miedo a que sucedan para
que sucedan. O lo que es lo mismo, que tal vez el peor de los miedos es el
miedo a tener miedo. La observación hecha por Montaigne vuelve a ser aquí del
todo pertinente, cuando afirma que: «La cosa de que tengo más miedo es el
miedo, porque supera en poder a todo lo demás.»

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