© Libro N° 10961. El Fin, Los Medios Y La Propiedad Transitiva. Saurio. Emancipación. Marzo 4 de 2023
Título original: © El
Fin, Los Medios Y La Propiedad Transitiva. Saurio
Versión Original: © El Fin, Los Medios Y
La Propiedad Transitiva. Saurio
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Portada E.O. de Imagen original:
Ilustración para el cuento "El fin, los medios y la
propiedad transitiva", Saurio
© 2010, Valeria Uccellli: https://axxon.com.ar/rev/208/cuento4ilus1.jpg
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL FIN, LOS MEDIOS Y LA
PROPIEDAD TRANSITIVA
Saurio
El Fin, Los Medios Y La Propiedad Transitiva
Saurio
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—¡Ah, me olvidaba de contarte! Hará cosa de un mes andaba por el sistema
Kranseht Fog Nitnuheht, no sé si lo ubicás…
—De pasada.
—Deberías ir, Ignatz, es muy bonito1.
—No creo que pueda. Tendría que atravesar el Imperio Reig y arriesgarme
a que me atrapen. Porque sabías que tengo una orden de captura allí, ¿no?
—No, no sabía. Tampoco sabía que los Reig tuviesen leyes.
—Sí, tienen leyes. Lo que pasa es que las ocultan muy bien. No me
preguntes por qué.
—Quizás porque si desconocés las leyes es más fácil que quebrantes una.
—Quizás. Bueno, de hecho me buscan por culpa de mi ignorancia. Resulta
que me llama el Primer Divisor Reig y me encarga siete toneladas de merluza en
buen estado, recalcando «buen estado» varias veces. Como pagaban bien tomé
todos los recaudos posibles para que los malditos pescados estuviesen casi como
recién salidos del mar. Además, hay que juntar siete toneladas de merluzas en
esta parte de la galaxia. Bueno, la cosa que llego haciéndome el cancherito,
fanfarroneando por mi eficiencia, el tipo abre el container y se pone moteado
de la furia. Parece que el «buen estado» de un pescado para un Reig es de
podrido a peor. Empezó a los gritos, que yo era un estafador, un corrupto, que
qué me creía, que si les vi las caras de idiota, etcétera.
—Y, pero qué importaba, lo dejaban pudrir y listo.
—Eso es lo que le dije al chabón este. Pero el problema es que yo había
traicionado su buena fe y eso es un crimen que allí se paga con la vida.
—¡La mierda! Voy a tenerlo en cuenta. ¿Y cómo zafaste?
—No me lo vas a creer pero el viejo truco de «¡Ey, allí hay una mina en
bolas!» aún sigue funcionando. Me subí a mi nave, pisé el acelerador a fondo y
adiós muchachos. Lo que sí, no te como una puta merluza más en mi vida.
—¡No me digas que…! ¿Las siete toneladas?
—Las siete toneladas.
—Ugggg… Me da cuchi pensarlo…2
—Estabas contándome de Kranseht Fog Nitnuheht.
—Ah, sí, sí. ¿Lo ubicás a Pfabulapfio, el n!/(n—t)! que a veces para por
el bar de Ong Huan, el que se tira pedos de colores?
—Sí, lo ubico. ¿Qué pasa con él?
—Me llama y me dice que tenía el dato que en el quinto planeta de
Kranseht Fog Nitnuheht estaba escondido Chubmakii con todo lo que me afanó el
año pasado y que si quería podría proporcionarme, por una recompensa, claro
está, la exacta localización del escondite y un plano para pasar las trampas
que el hijo de puta había colocado. No creo que la recompensa que le di le haya
gustado mucho, más que va a pasar un buen tiempo antes de que pueda volver a
tirarse pedos de colores, pero igual me entregó el plano. ¡Eso es lo que
siempre me gustó de ser un rudo contrabandista, poder abusar impunemente de los
demás y no tener que preocuparme por los buenos modales en la mesa! Deberías
probar esta vida, Ignatz.
—No te olvides que yo en realidad estoy en el espacio en una misión
científica. Por ahora los giles no se han avivado de mis changuitas pero
tampoco es cuestión de andar levantando la perdiz. Uno nunca sabe cuando a
algún conocido se le dé por aterrizar en Santa Gregoria de los Cardales y se le
escape que ando al borde de las leyes de media galaxia. Porque la verdad es
que, aunque pagan una miseria, la obra social es de primera y uno nunca está
libre de que le agarre algo.
—Toco madera.
—Toco madera.
—Bueno, ¿qué te estaba contando? Ah, sí, que Chubmakii estaba escondido
en el quinto planeta de Kranseht Fog Nitnuheht. Pero no me podía arriesgar a
mandarme de lleno a matarlo porque no creo que se hubiera contentado sólo con
poner unas trampas, bastante bobas, por cierto, de seguro tendría algún sistema
de alarma extra y no bien detectase mi nave se las iba a tomar. Así que muy a
mi pesar tuve que calmarme y pensar un plan para agarrarlo desprevenido.
Después de muchas noches sin dormir llegué a la conclusión de que, dado que el
mejor plan puede fallar, el peor plan resultaría infalible.
—Nunca se me había ocurrido tal cosa.
—Es que no es fácil. Uno instintivamente trata de hacer las cosas bien
con la esperanza de que esto traerá buenos resultados, cuando el éxito viene al
hacer las cosas mal. Y cuanto peor las hagas, mejor. Este es un secreto
celosamente guardado por políticos y cantores de moda.
—Y pensar que durante milenios incontables estudiosos sociales se
devanaron los sesos tratando de encontrar la respuesta a la paradójica
situación de los habitantes del Universo sin llegar a nada…
—Lo que pasa es que todos ellos también son parte de la conspiración.
—¿Te parece?
—Bueno, no es que lo sean voluntariamente. Es más, la gran mayoría lo
ignora. Pero vos viste como son los libros que escriben, pura palabrería
retorcida que parece servir sólo para hacer sonar inteligente una obviedad. Y,
en realidad, con esos términos rebuscados lo único que logran es no darse
cuenta de lo evidente: Que hacer las cosas bien a la larga trae felicidad para
todos, pero hacerlas mal enriquece a unos pocos. Yo, como por suerte no leo,
pensé un poco y me di cuenta.
—Interesante teoría. Pero hay algo que no me cierra.
—Lo que pasa es que sólo te conté un esbozo muy sintético. Tené en
cuenta que este ocultamiento se da por los medios de comunicación, por la
escuela y por la comida.
—¿La comida?
—Sí. ¿Para qué te creés que se inventaron los supermercados? Para tener
toda la comida concentrada en un solo lugar y así se hace más fácil inocularles
la «droga del olvido». Y encima tenés la música que pasan por los parlantes.
¡Como para no volverse un zombi!
—Mmmmmm…. Mejor seguí con lo de Chubmakii, que estaba interesante.
—Oká3. ¿Cuál era el peor plan que podía pensar?
—No sé. Llamarlo por teléfono y decirle que ibas para allá.
—No. Aún ese era bastante bueno. Lo primero que hice fue alistarme como
tripulante de un crucero Wskiokub rumbo a Srju Ez XI. Siete meses pasé allí
lavando las cubiertas con un cepillo de dientes. Al llegar a destino, deserté,
me dejé crecer un segundo bigote, me depilé la entrepierna, me tatué «El vicio
es un antiguo consejero» en las encías y me dediqué a degollar prostitutas en
el puerto. Cuando la policía estaba a punto de atraparme, me escondí en un
container lleno de espárragos y viajé como polizón en una nave no identificada
que me dejó en un planeta que no pude reconocer. Allí me teñí las orejas,
falsifiqué mi documentación y me hice pasar por un peletero freqají por más de
un año. Después fingí mi muerte en un accidente de tránsito y volví a Srju Ez
XI. La policía me descubrió rápidamente pese a que usaba día y noche un antifaz
con lentejuelas para que no me reconozcan. El juicio duró quince minutos y me
condenaron a ser decapitado al día siguiente. Afortunadamente una flotilla de
platos voladores de Kranzor III atacó el planeta esa misma noche y fui hecho
esclavo del Séptimo Naftalín de la provincia de sCherkatzjovinia.
—Disculpá, ¿todo esto lo planeaste de antemano?
—Absolutamente todo.
—No te creo.
—Cosa tuya. No te olvides que este era un pésimo plan.
—Ah. Cierto.
—Once años pasé sirviendo al Naftalín como escanciador de su hija, la
bella Trafusilina, quien no sólo perdió su virginidad conmigo sino que además
conoció lo que realmente significa el Placer.
—¡Faaaaaa!
—Como te podrás imaginar, la chica se encariñó conmigo. Así que cuando
le expliqué mi plan se entusiasmó y juntos escapamos hacia Geropafrusia Menor,
donde compramos una casita, un perro y un auto. ¡Pobre Trafusilina! ¡Todavía
debe de estar esperando que yo vuelva de comprar el pan! En fin… los tres días
siguientes me dediqué a rondar el espaciopuerto buscando un gil que viajase
solo y que aceptase llevarme en su nave. Al final encontré un zr’nm’ld que
accedió a acercarme hasta Satcronia B si me lo culeaba durante todo el viaje.
No era la cosa que más me alegrase en el universo pero, bueno, a veces uno
tiene que hacer de tripas corazón. Además, apenas estuvimos en una zona neutral
del hiperespacio lo asfixié con una almohada y ahora es un asteroide más del
sistema Melxtrajn. Cambié el rumbo de la nave y me mandé hasta Esion Fotra IV.
Allí me encontré con vos…
—¡Pará! Yo no me acuerdo haberte encontrado jamás en Esion Fotra IV.
—Por supuesto que no. Esto que te estoy contando pasó dentro de
dieciséis años. Es más, te pregunté si había tenido éxito en mi venganza.
—¿Y qué te dije?
—Que yo te había hecho jurar que no me ibas a decir nada al respecto.
—¿Cuándo me hiciste jurar tal cosa?
—Ahora. Jurame que no me vas a decir si pude o no matar a Chubmakii o
cualquier otra cosa que pueda estar relacionada directa o indirectamente con
este hecho.
—Te lo juro.
—Bien. En Esion Fotra cambié la…
—Una cosita antes de que sigas: ¿cómo estaba yo dentro de dieciséis
años?
—Me hiciste jurar que no te diga nada si te volvía a encontrar en el
pasado.
—¡Mierda!
—Así es la vida, hermano. Igual, por las dudas te aviso: No te queda
bien el peluquín.
—¿Qué? ¿Yo estaba usando peluquín?
—¡Sshhhh!
—Bua, está bien. Seguí.
—En Esion Fotra cambié la nave por una notoriamente menos maricona y me
fui hasta la distorsión espaciotemporal de Resa E’trekoob, donde me metí pese a
que la computadora de navegación protestaba como una spordreat histérica. El
viaje, la verdad, no fue tan malo como esperábamos. Fue peor. No sé si alguna
vez te cruzaste con un remolino cuántico.
—Un par de veces. Nada agradable, por cierto.
—Imaginate entonces lo que fue esto, que venía un remolino tras otro.
Hasta la computadora perdió la cuenta de cuántos eran… Esquivé la gran mayoría
pero eso significó que me desviase de mi trayecto y cuando pude volver al
espacio normal me encontré setecientos años en el pasado y muy cerca de la
Tierra.
—Mirá vos. ¿Y qué hiciste?
—Fui a buscarlo a Leonardo da Vinci para que me construya una máquina
del tiempo.
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—¿Leonardo da Vinci?
—Sí. ¿Por qué no?
—Porque es de una época en la que a nadie se le habría ocurrido
relacionar las palabras «máquina» y «tiempo». Es más, apenas existían máquinas
y la idea de tiempo estaba recién naciendo.
—Sin embargo, he visto cientos de películas en que o lo llevan al futuro
o se lo encuentran en el pasado, y el quía los ayuda, aun cuando no entienda
bien la tecnología que está usando. Y no tiene por qué ser da Vinci, puede ser
Einstein, Newton o quien más te guste, siempre y cuando sea una gran mente.
—Y vos te creíste esas películas.
—Es que ustedes los humanos son tan extraños… Me pareció que podría ser
perfectamente posible ir y hablar con da Vinci y pedirle auxilio. Igual no lo
pude ver.
—¿Ah, no?
—No, porque la gente empezó a decir que yo era un demonio y a tirarme
piedras, vinieron un montón de curas que me bañaron en agua bendita y si no
corro me ensartan un crucifijo enorme en el orto. De regreso a mi nave me di
cuenta que mi plan estaba comenzando a fallar. Lo que quería decir que mi plan
no era tan malo como yo creía. ¿Qué es lo peor que podía hacer? Se ve que me lo
pregunté en voz alta porque la computadora, bicho racional y obediente, me
contestó «Y… volver a la distorsión espaciotemporal». No pude menos que
felicitarla por tan pésima idea, porque la verdad es que había que ser un
boludo y un suicida para intentar tal acción en las condiciones en que
estábamos. Y después fui para allá. Cuando pude salir de la distorsión sólo
quedaba de la nave un asiento. Y yo, por supuesto. El resto quién sabe por
dónde habrá quedado. Lo que, convengamos, fue una desgracia con suerte porque
aparecí en el sótano de la casa donde Chubmakii estaba escondido. O, mejor
dicho, donde se iba a esconder al día siguiente.
—Ya sé. Te quedaste ahí oculto, esperaste a que viniera y lo mataste.
—Sí y no. En realidad me quedé dos semanas, cosa de que se aclimatase
Chubmakii y se sintiese confiado. Es que quería que mi venganza fuese perfecta.
Pero esperar era una buena idea y ahí todo falló. Cuando estaba dispuesto a
sorprenderlo él me sorprendió antes, cayendo muerto al sótano con un tiro en la
nuca. Subí corriendo las escaleras a ver si podía agarrar al asesino pero
cuando llegué ya no había nadie en la casa. Tampoco estaban las cosas que
Chubmakii me robó, así que aún me queda la esperanza de que quien lo mató haya
sido yo. O, mejor dicho, un yo del futuro que aprovechó que yo estaba distraído
yendo de un lado para el otro y se mandó directo y lo mató.
—Podría ser… Tendrías que viajar de nuevo en el tiempo y listo.
—¿Y si no era yo el asesino y caigo justo y lo interrumpo?
—Bué, ese es un riesgo que vas a tener que correr.
—¡Es que ya me cansé de toda esta historia de Chubmakii!
—La verdad, yo también.
—Qué se le va a hacer…
—En fin…
NOTAS
NOTA 1: «Bonito». ¿Qué clase de palabra es esa en boca de un rudo
contrabandista interestelar como Lardei Eskukada? Mmmm… VOLVER
NOTA 2: ¿»Me da cuchi»? Algo le hicieron a mi amigo. VOLVER
NOTA 3: Efectivamente, algo le hicieron a mi amigo. VOLVER
Saurio nació en Buenos Aires en 1965. Dice estar preocupado por su
futura muerte, lo que estimula en él la necesidad de aprovechar el poco tiempo
que le queda dedicándose a cuanta arte, ciencia o religián se le cruza en el
camino. Ha escrito dos novelas, El vacío del bostezo y La
indiferencia de los peces, dos libros de poemas y uno de humor, Un
libro al pedo y sostiene sitios de Internet: La Idea Fija (donde entre
otras muchas cosas desarrolla su hi

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