© Libro N° 10959. Gramsci Durante El Bienio Rojo (1919-1920). Forti, Steven. Emancipación. Marzo 4 de 2023
Título original: © Gramsci
Durante El Bienio Rojo (1919-1920). Steven Forti
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Bienio Rojo (1919-1920). Steven Forti
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GRAMSCI DURANTE EL BIENIO
ROJO
(1919-1920)
Steven Forti
Gramsci Durante El Bienio Rojo (1919-1920)
Steven Forti
GRAMSCI DURANTE EL BIENIO ROJO
(1919-1920)
LA POSICIÓN DE L’ORDINE NUOVO EN EL DEBATE SOBRE LOS SOVIETS Y LOS
CONSEJOS DE FÁBRICA EN ITALIA
Steven Forti
El periodo comprendido entre el final de la Gran Guerra y la Marcha
sobre Roma (1918-1922) se califica normalmente como la “crisis del Estado
liberal” y “el origen del fascismo”: la investigación histórica de las décadas
postfascistas han analizado principalmente aquel giro complejo de la historia
política italiana según una de estas dos perspectivas (1). En aquel
lustro sobresale con intensidad el bienio 1919-1920, recordado y estudiado como
el momento de máximo protagonismo del movimiento obrero. Pero el tan mitificado
“bienio rojo” a menudo se explica también con nostalgia como el inesperado
antecedente de los veinte años negros sucesivos. Y a las imágenes de las
invasiones pacíficas de los campos y de las ocupaciones de las fábricas pronto
se encabalgan las imágenes de la violencia de las brigadas fascistas. Al mismo
tiempo, pues, el “bienio rojo” se ve como posible cuna e inequívoco féretro de
la revolución socialista italiana.
Del “bienio rojo” se ha hablado y escrito mucho, igual que de los
orígenes del Partido Comunista Italiano y del grupo ordinovista (2).
Pero a pesar de que se haya dicho mucho, todavía no se ha hablado bastante
respecto de algunas cuestiones. Entre ellas, la principal indudablemente, es la
cuestión de los sóviets y el debate sobre su constitución en Italia a
principios del año 1920. Pararse en esta problemática, analizándola a fondo,
resulta imprescindible para llegar a una comprensión lo más completa posible
del “bienio rojo” en su conjunto. Leer entre líneas las intervenciones y los
artículos de los diferentes dirigentes socialistas italianos –con la vista
también puesta en las teorizaciones de los padres de la revolución rusa– ofrece
una doble posibilidad. En primer lugar, hace inteligible el pensamiento y la
acción política del principio de la posguerra, poniendo de relieve las palabras
del orden sin las cuales no sería posible abrir las puertas de la historia
política de aquel periodo (3). En segundo lugar, en el ámbito
socialista más constreñido, permite reconocer las diversas almas del socialismo
italiano antes de la primera escisión de Livorno (enero de 1921) (4):
como un cirujano, la cuestión soviética secciona el gran cuerpo socialista,
ofreciendo la oportunidad a las diferentes corrientes de mirarse a la cara y de
declararse. Cuando hablan de sóviet, Bordiga, Serrati, Togliatti, Gramsci, Bombacci,
etc. desgranan sus concepciones de la Revolución, explicándola punto por punto,
paso por paso. El debate sobre los sóviets, en realidad, es un debate sobre la
Revolución, el Partido, los Consejos de los Trabajadores y los Sindicatos: un debate,
pues, sobre qué es el socialismo y qué son sus caminos después del Octubre
bolchevique.
El dirigente ordinovista Alfonso Leonetti, comentando en los
primeros años de los años setenta el debate político y teórico interno del
movimiento obrero de aquellos años, escribía que también en Italia el problema
de los sóviets –“el problema de encontrar” la forma práctica que permitiera
al proletariado ejercitar su dominio””– se había convertido en el tema
central de cualquier reunión obrera y de la prensa socialista. “Los
trabajadores de las oficinas o de los campos lo habían entendido todo sólo,
escribiendo en todos los muros de Italia la palabra”sóviet”.[…] Pero
en las esferas dirigentes y en la prensa socialista sólo había confusión”. (5)
Efectivamente, Leonetti tenía razón, tanto en cuanto a
la confusión reinante dentro del Partido Socialista Italiano como por la
centralidad del debate sobre los sóviets. (6) Desgraciadamente,
después de la fuerte derrota sufrida por el movimiento obrero italiano, en los
largos años de exilio y de la Primera República, no se han tratado mucho estas
cuestiones: los sóviets y toda la gran actividad teórica y propagandística
llevada a cabo cayeron pronto en el olvido, y acabaron siendo un recuerdo vago,
un error de recorrido, fruto de la luz emanada por la Rusia soviética. El
organismo sobre cuya instauración estaban todos más o menos de acuerdo según
principios de 1920 quedó totalmente desbancado en la búsqueda teórica e
histórica sucesiva del Consejo de Fábrica. Cómo apuntan A. Benzoni y V.
Tedesco, este último tuvo el mérito tanto de ser estudiado con más
profundidad cualitativa por un grupo homogéneo (l’Ordine Nuovo [el Nuevo
Orden]) cómo de ser puesto en práctica en la realidad de la fábrica (sobre todo
en Turín). (7)
Pero a pesar de todo lo que se ha escrito sobre el grupo ordinovista y
Gramsci durante el “bienio rojo”, todavía hay muchas cuestiones que no se han
tratado con suficiente claridad. Así pues, ver con una lente de aumento la
posición de los compañeros de Turín en el intenso debate que ocupó las primeras
páginas de los diarios y de las revistas socialistas entre enero y abril de
1920 resultará sin duda heurísticamente interesante, al menos por razones de
dos tipos. La primera es que permite conocer de forma completa la concepción
que el socialismo tenía de l’Ordine Nuovo del “bienio rojo”. La segunda es que
ofrece nuevas pistas para el estudio sobre los primeros años de vida del PCI y
sobre el desarrollo sucesivo de las reflexiones teóricas gramscianas.
Así pues, en estas páginas se tomarán en consideración los artículos que
el grupo ordinovista escribió respecto del debate ignorado alrededor de la
constitución de los sóviets en Italia. El debate se inició por Nicola
Bombacci (8), entonces secretario político del PSI, con la
lectura de un proyecto de constitución de los soviets en Italia en el Consejo
Nacional del PSI en enero de 1920 (9). Entre enero y abril todas
las corrientes del todavía amplio Partido Socialista van tomando posiciones a
partir del proyecto Bombacci: Bordiga y la
Facción Abstencionista, Il Sóviet de Nápoles, Bombacci y Gennari en l’Avanti! y La
Squilla de Bolonia, Serrati y los maximalistas
unitarios en l’Avanti!, el agente bolchevique Niccolini en Comunismo y
el grupo de Gramsci en l’ Ordine Nuovo de
Turín. La referencia a menudo era el proyecto de Bombacci, pero
aquello que se decía iba mucho más lejos. En las respuestas y en las duras
críticas de este proyecto se condensa la concepción del socialismo y de la
revolución del grupo de Turín y se pueden encontrar in nuce las
líneas principales del pensamiento político vanguardista de Gramsci,
que en los setenta sabrán revaluar con atención, con la voluntad de ponerlo en
práctica. (10)
En Turín, al contrario de los otros centros del socialismo italiano, se
pensaba y se actuaba de forma diversa. No faltaba ni la claridad ni la
conciencia, ni tan sólo una reflexión atenta. El grupo ordinovista razonaba
sobre la revolución rusa, se interrogaba sobre las cuestiones que había abierto
el Octubre. Hojear los números de 1919 y de 1920 de l’Ordine Nuovo muestra una
realidad particularmente receptiva a las innovaciones del pensamiento y de la
práctica, nacional e internacional. Esta fue una fase de gran importancia en la
formación de Antonio Gramsci: desde la fundación de l’Ordine Nuovo
en mayo de 1919, las reflexiones políticas y teóricas del socialista sardo
tomaron un tono de una profundidad notable. (11)
La dimensión a la que se hace referencia era diferente en comparación
con las diversas almas del PSI. No era el Partido (cómo para Bordiga),
ni los sóviets (cómo para Bombacci): era el Consejo de Fábrica la
idea a la cual se aspiraba y la realidad que se buscaba. Era una elección
deliberada y perfectamente consciente, y no incomprensión de las enseñanzas
rusas. Una enseñanza leída a través la experiencia de Turín: las palabras de
los bolcheviques se plasmaban en la concreción de los Consejos de Fábrica. El movimiento
turinés, que tuvo su primera afirmación en septiembre de 1919 con el nacimiento
del consejo de fábrica en la “Brevetti FIAT”, “se vinculaba al modelo
soviético lejano, pero traía en su seno[…] elementos de la
tradición sindicalista y del ideal de los ”consejos de productores””. (12)
Los artículos de Gramsci, Terracini, Togliatti y Tasca no
parecen particularmente invadidos por el mito ruso. Se ve más bien un estudio
atento, referencias sensatas sobre la dimensión soviética. Es imprescindible,
en este periodo histórico, leer a los bolcheviques (los primeros
revolucionarios victoriosos) y reflexionar a través las categorías del
paradigma de la Revolución Victoriosa, si se quiere pensar la política. Y Gramsci y
los otros leían frenéticamente a los rusos, publicaban sus textos y a menudo los
citaban. Sufrieron –como todos– aquel síndrome que afecta a los discípulos de
una nueva religión: se consideraban los únicos capaces de comprender
correctamente las enseñanzas del maestro. Así, en el momento en que se los
criticaba y se los acusaba, tiraban anatemas contra los compañeros pidiéndoles
si realmente conocían y habían meditado con atención y profundidad las tesis
de Lenin, Zinoviev o Radek. Mencionar
y citar la doctrina para no ser considerados herejes. Igual que hacían los
otros líderes socialistas: Bordiga, Serrati y,
retóricamente, Bombacci.
Así pues, en Turín la perspectiva era diferente. Una perspectiva
económica, una perspectiva marxista y comunista. El problema de la revolución
era el de “convertir en revolucionaria, de forma permanente, una gran masa
humana”. No se trataba de un problema de propaganda oral y de proselitismo
de partido como para el socialista de 1848 y de la “Segunda Internacional”,
sino más bien un problema de transformación del organismo social. Desde una
perspectiva fielmente marxista, realmente comunista, el problema era “crear
un sistema orgánico que conduzca a los hombres a entrar de forma espontánea,
por la misma evolución que están viviendo las relaciones sociales con el
impulso de las fuerzas que rigen todo el organismo de la sociedad.” (13)
Palmiro Togliatti, en dos artículos con un mes de diferencia, expone las
posiciones de l’Ordine Nuovo sobre la constitución de los sóviets en Italia:
tomar la palabra en el debate sobre los sóviets era una manera de exponer la
manera propia de llegar al socialismo. Desde una perspectiva opuesta a la
bordighiana se criticaba radicalmente aquel tipo de vía intermedia hacia la
revolución que era el proyecto Bombacci; este proyecto, pleno de
errores teóricos, intentaba conciliar la enseñanza rusa y la experiencia
italiana, con un partido político y unas organizaciones que ya existían en el
movimiento obrero. Antes de Togliatti, Angelo Tasca y Umberto
Terracini ya habían tomado la palabra sobre este tema. El 18 de
octubre de 1919 Tasca anticipó el debate sobre la cuestión
soviética en un artículo de comentario del XVI Congreso Nacional del PSI
(Bolonia, octubre de 1919). Al reintroducir la presencia del término
“violencia” como leimotiv en las deliberaciones del Congreso, el fundador de
l’Ordine Nuovo condenó duramente el maximalismo –definido como “nulista” y no
“realizador”– y demolió las referencias a los consejos de trabajadores (Soviet)
realizadas en el nuevo programa del PSI (14). Tras la lectura del
proyecto de Bombacci, Terracini fue el primero de
los ordinovistas en explicitar la posición propia. La condena de la propuesta
bombacciana era absoluta: la única solución, según el abogado turinés, era la
de dirigirse a la masa, dejar el estado burgués y transferir su centro de
acción a la fábrica y al campo, el centro de la vida de la futura República
Comunista. (15)
En Nápoles, la palabra de orden del partido político comunista era la
que dictaba las leyes. En Turín, era el Consejo de Fábrica, experiencia
tangible y ya testada, quien actuaba como iniciador de la revolución. Las
premisas eran las mismas: invariable la deuda hacia los padres mitificados de
la revolución rusa, evidente el llamamiento a la fidelidad de la doctrina
marxista –en este caso concretamente en la política como súperestructura–,
clara la diferenciación entre los soviets y los Consejos de Fábrica y la
contrariedad a la inmediata constitución de los organismos soviéticos. Y se
llegaba a las mismas conclusiones, tanto en una perspectiva feliz –la dictadura
del proletariado y la sociedad comunista– como infeliz –no seguir el camino
propuesto habría matado el espíritu revolucionario y a hacer fracasar la
revolución proletaria.
Por otro lado, era inversamente proporcional la vía que se tenía que
seguir y consecuentemente la crítica planteada contra el proyecto bombacciano.
¿Con qué se puede hacer iniciar la revolución? Para Bordiga aquello
que se tenía que constituir inmediatamente era el Partido Comunista, el partido
secta de clase: los Consejos de Fábrica tienden al reformismo y favorecen la
contrarrevolución si el poder político no está en manos del proletariado (16).
Para Gramsci y compañía, la propaganda para la constitución inmediata
tenía que ser a favor de los Consejos de Fábrica: los sóviets están destinados
a precipitarse en el vacío sin la transformación económica previa de la
sociedad y de las relaciones sociales en su sustancia. Con una deliberación de
partido no era concebible iniciar la creación de una sociedad nueva. El Partido
es una institución política que, como el sóviet, atraía poco la atención del
grupo turinés puesto que era “externa al ‘lugar central’ del choque de
clases en marcha”: la visión ordinovista del partido “tiende
constantemente a privilegiar el elemento espiritual de la ‘conciencia’ sobre el
elemento funcional de ‘el instrumento’”. (17)
Cuando se lee a Bordiga en los meses del “bienio rojo”
parece que se trata de un enviado bolchevique en Italia: la sintaxis es clara,
la forma ágil, los contenidos claros. Sus intervenciones ponen de manifiesto
una absoluta perfección en cuanto a la precisión terminológica y teórica. (18) Aun
así, la claridad no era sólo una virtud de Bordiga. Ya antes de
tratar a fondo la cuestión de los sóviets, en febrero, l’Ordine Nuovo había
presentado el resumen de su pensamiento en cinco tesis. Se hacía hincapié en el
binomio masa-economía. La revolución fracasaría si no se trataba de un
movimiento de masas: esta tenía que “partir de la intimidad de la vida
productiva”. Su base real no la daban los Sindicatos, ni tan sólo las
Secciones del Partido, sino un movimiento que “tienda a educar los
productores por autogobernarse, en el puesto de trabajo” y que “se
concreten de una forma orgánica permanente”. Así, “los sóviets tienen
que ser formación de masas vinculada estrechamente con los órganos
estructurales de la nueva economía comunista libre. Sólo si se acercan a la
economía, se convertirán en organismos vitales y dejarán de ser simples
conciliábulos políticos”. (19)
La constitución de los Consejos de Fábrica era, pues, el único inicio
posible para la afirmación comunista en Italia.
La semana siguiente, Togliatti desolló –hasta tocar el
hueso– el proyecto de Bombacci. El dirigente ordinovista sostenía
que el razonamiento de base se desprende del postulado que “los sóviets
están en la base del Estado socialista”. Simplificando, según Togliatti,
“los sóviets son el Estado socialista” con el corolario “crear el
Estado socialista quiere decir hacer la revolución, y para hacer la revolución
es necesario, por lo tanto, crear los sóviets”. Si la lógica era exacta de
un punto de vista formal, ¿qué valor y qué significado se tenía que dar a los
términos empleados? Como Bordiga y como los enviados bolcheviques Niccolini y Humbert-Droz,
también el futuro compañero Ercoli analizaba la diferencia
entre forma y sustancia: “la concepción que implica la realización de una
revolución en la creación de un Estado es exacta en nuestra opinión […]. Pero
qué es un Estado? Está la forma del Estado y está la substancia. La forma es la
red de las instituciones en las cuales entran los hombres para operar como
hombres políticos.”
Empleando como modo de comparación el Estado burgués, Togliatti sostenía
que, según la ley tan empleada de los recursos históricos, el futuro Estado
proletario tendría que haber sufrido el mismo proceso evolutivo. Por lo tanto,
dado que “antes de cambiar la forma del Estado, los burgueses habían
modificado la sustancia, habían modificado la constitución de la comunidad
civil y después habían pensado en las ”Constituciones”….”, tenía que
suceder lo mismo para los proletarios. Así pues, era necesario pensar construir
el estado socialista, pero era inútil la tarea si no se consideraba como “un
ejercicio de una acción continúa y orgánica directa para modificar la
naturaleza de las relaciones sociales. El Sóviet es para nosotros, cómo ha sido
el Parlamento para los burgueses, un punto de llegada, es la estructura
política extrema de la sociedad.”
Por otro lado, Bombacci quería que se hiciera “el
camino inverso, partir del resultado antes de tener las premisas y las
condiciones del mismo”. Como Bordiga, también Togliatti recuperaba
de las enseñanzas del Lenin de El Estado y la
Revolución la doctrina marxista pura para dibujar la manera en la cual
tenía que darse la revolución y de plasmarse el Estado socialista. Y para
desmontar de forma creíble el proyecto bombacciano. Según Togliatti,
a pesar de que se utilizara la palabra revolución y las frases que remitían a
una concepción marxista del futuro social, “el proyecto no es ni
revolucionario ni marxista, es un ejercicio que no puede tener más valor que el
de una construcción jurídica anticipada”.
“Marx nos había enseñado que el derecho no es una
superestructura: Bombacci se contenta con la
superestructura; Marx nos había enseñado que la revolución es
un proceso de desarrollo y de transformación de las relaciones sociales
[…]: Bombacci se contenta con la forma. Y la Revolución […]
ocurre para él en una palabra, una sombra: los órganos revolucionarios que
querría crear son la sombra de una sombra.” (20) Por
tanto, ¿cuál era la solución por la que no se construyeran sólo planes y la
sombra de Marx no nos sugiriera “que el constructor de los
”planes” es un contrarevolucionario”? Era necesario hacer una acción
concreta: “ejercitar una influencia orgánica sobre esta conciencia y sobre
esta voluntad [de los individuos] que se forman y se desarrollan en el mundo
económico, en el mundo de la producción”. El periodo de la lucha de clases
se había caracterizado por la resistencia, originada en el mismo lugar de
trabajo: en la fábrica, en el campo, la lucha de clases era una cosa concreta.
Y ahora como entonces, en el momento de la conquista que anticipa la
reconstrucción, se tenía que partir del puesto de trabajo, del lugar donde
había empezado la resistencia.
“Ser concretos hoy quiere decir para nosotros ayudar en este pasaje,
en esta transformación: hacer que en el puesto de trabajo la lucha de clases
acontezca creadora de nuevas relaciones sociales, y que [continúe siendo] la
acción de las masas que operan en el ámbito de la producción.”
El “plan” correcto de la reconstrucción se encontraba “en la realidad
misma de la vida económica”. En la fábrica, esto era evidente gracias a la
construcción de un organismo en el cual cada parte estaba ligada a una unidad
orgánica, pero también en el Estado y a nivel internacional “el desarrollo
mismo de la economía tiende a convertir a los hombres en parte e instrumento de
un organismo” donde se empiezan a realizar “las condiciones del paso a
un sistema económico solidario”. Según Togliatti, era necesario
educar los productores para que se apropiaran del “plan” comunista, es decir “es [era] necesario
educarlos para autogobernarse”.
En el proyecto del secretario político del PSI N. Bombacci se
diferenciaban con claridad los sóviets de los Consejos de Fábrica, intentando
poner en una relación orgánica ambos organismos. Sin embargo, para el futuro
presidente del PCI, haciendo esto “los obreros están en el Consejo de
Fábrica naturalmente como productores, pero en los sóviets de Bombacci entran
como hombres con un determinado programa político”. Los sóviets quedarían
reducidos, pues, en la realidad, a ser duplicados, con una base más vasta, de
las Secciones del Partido, sin ninguna posibilidad de desarrollo nuevo y
diverso de aquel que tendría que tener normalmente el Partido.
“En el Consejo de Fábrica y, en general, en la organización para la
unidad y para el puesto de trabajo queda claro que nos encontramos ante la
aplicación de un principio nuevo. […] Se sigue una nueva táctica, que plantea
las bases de una organización natural de masas, que tiene que surgir y
desarrollarse en el terreno mismo de la producción.”
En el proyecto Bombacci, finalmente, se afirmaba que la
conciencia “de ser rivales de los amos” ya existía en un número de
productores suficiente como para crear una “gran red de organismos estatales”
mientras que en la concreción de la constitución de los Consejos de Fábrica “se
reconoce que hasta que esta conciencia no se afirme universalmente en el puesto
de trabajo es inútil hablar de constitución de un nuevo Estado”. Por lo
tanto, la acción en aquella difícil coyuntura tenía que ser crear y reforzar
esta conciencia para que, en el puesto de trabajo, “se diera la
transformación de la conciencia de los productores con voluntad constructiva,
[…] capaces de crear un Estado”. (21)
Las críticas al proyecto bombacciano se incluían en la óptica de una
reafirmación limpia de la perspectiva ordinovista y de la del grupo turinés en
las fábricas, ratificada en abril por Alfonso Leonetti (22). El
joven dirigente comunista corroboró la necesidad de traer la discusión a su
lugar natural, entre los obreros, en las fábricas, abandonando proyectos
inútiles y polémicos. “Hoy no existe un pueblo, como en la época de Moisés,
al cual se pueda dictar las tablas de su ley desde una montaña.” El error innato
del proyecto Bombacci –“que es su condena; su muerte”–
era lo de proponer esquemas de leyes: esto “es fruto del estudio de un
individuo, no de la colectividad […], destinado a caer en el nada, puesto que
no encuentra en las masas […] el humus que asegura la continuidad lógica de su
existencia”. Por lo tanto, se tenía que crear, antes de la Constitución, los
órganos de ésta mediante el esfuerzo de toda la colectividad que actúa en el
ámbito de la fábrica. La mentalidad autoritaria de quien propone individualmente
desde arriba “es la negación de cualquier doctrina revolucionaria”. La vía
que se tenía que seguir era, pues, aquella donde la clase obrera había hecho
suyo el problema de la creación de los órganos del Estado socialista, cosa que
ya se había hecho en Rusia, en Alemania, pero también en la misma Italia.
“Esto demuestra como el problema de los sóviets y de los Consejos
puede resolverse de forma adecuada sólo en el lugar de la producción, que es su
sede natural.” La confusión existente entre los sóviets y los Consejos
de Fábrica era una prueba más, para Leonetti, que los proyectos no
servían por establecer aquello que no era posible establecer a priori. Los
obreros “nos abren el paso y nos reclaman” a la realidad revolucionaria,
moviéndose “en el terreno concreto de la experiencia”: el Consejo de
Fábrica los concienciaba que “el Estado socialista empieza a construirse
desde la fábrica” y “la educación revolucionaria que prepara el
nacimiento y la formación del Estado de los sóviets”. Leonetti reafirmaba
finalmente dos conceptos muy cercanos a la concepción ordinovista: que la
fábrica y el campo son los primeros núcleos del Estado de los Consejos y que “los
obreros tendrán que educarse en el autogobierno”, para que la oficina sea
la primera experiencia para el futuro gobierno del Estado.
En abril, fue el mismo Gramsci quién intervino en la
discusión, con un artículo no firmado en l’Ordine Nuovo, en respuesta a los
artículos de Carlo Niccolini (23). Este había acusado a los
ordinovistas de graves errores respecto de los comités de fábrica: su
concepción habría sido en el fondo reformista y habría diseminado ilusiones
nocivas entre el proletariado. De la pluma del socialista sardo salió una
defensa apasionada de las palabras y de los hechos del grupo de l’Ordine Nuovo.
Gracias a su empujón, los obreros turineses sabían que “la conquista de la
fábrica no puede sustituir la lucha para la conquista del poder político o
precederla” y lo han entendido “experimentalmente, a través de las
discusiones y la práctica de los Consejos de fábrica”. Es por eso que
l’Ordine Nuovo insiste tanto en este nuevo organismo del proletariado. Así
pues, “¿ha sido informado el compañero Niccolini seriamente
sobre las discusiones que se han llevado a cabo en Rusia sobre las
instituciones de la fábrica? ¿Conoce las opiniones de los teóricos de la
Tercera Internacional sobre estas instituciones? […] Nosotros estamos
convencidos que el compañero Niccolini no conoce ni la
práctica de los compañeros rusos, ni la práctica de los compañeros turineses”. (24)
Lo que nos podemos preguntar es cuánto se conoce realmente sobre las
discusiones y las realizaciones de los bolcheviques en Italia (y en Europa)
durante el “bienio rojo”. Ya es un hecho aceptado el notable retraso y la
patente deformación de las informaciones presentes en los vínculos entre la
Rusia soviética y Europa (25), sin contar la divergencia existente
entre aquello que se decía y aquello que se hacía por parte de los bolcheviques
desde el nacimiento del Estado soviético, es decir, entre la propaganda que se
hacía en el exterior y aquello que realmente sucedía dentro de Rusia (26). H.
König (y la crítica académica) han insistido en este punto: todo
aquello que razonaban y teorizaban respecto del sóviet, Partido y Revolución,
ya sea l’Ordine Nuovo o Il Sóviet en el primer año de vida de la Internacional
Comunista, se hacía sin conocimiento de la realidad soviética y sin la
actualización de los cambios de las directivas políticas en las altas esferas
del nuevo estado bolchevique, en aquel período tan cambiante (27).
Esto, a pesar de poner de manifiesto la posible fragilidad de algunos
espaldarazos y de algunas coberturas de las teorizaciones ordinovistas, no
lleva importancia a la creatividad política del grupo de Turín. Si a la línea
gramsciana del bienio rojo se le puede imputar la ausencia de debate sobre la
Guerra y el retraso en el debate sobre el Partido, se le tiene que otorgar, aun
así, el mérito de haber, al menos de forma embrionaria, anticipado algunas
características que han acontecido patrimonio común de la izquierda italiana en
la segunda posguerra:
“la conciencia de la relación dialéctica entre clase y partido; la
autonomía creativa de la confrontación en activo en las estructuras
productivas; […] la definición de un sistema de un sistema de valores
alternativo; […] el redescubrimiento de la autonomía del momento social
respecto de la representación que hacían las fuerzas políticas” (28)
NOTAS
1. Ver, por ejemplo, la obra fundamental de Roberto Vivarelli, Storia
delle origine del fascismo. L’Italia della grande guerra alla marcia su Roma (2
vol.), Bologna, Il Mulino, 1991 o el estudio de una realidad local importante
como por ejemplo Bolonia, Nazario Sauro Onofri, La
strage di palazzo de Accursio. Origino e nascita del fascismo bolognese
1919-1920, Milano, Feltrinelli, 1980.
2. Ver, entre la infinidad de textos publicados sobre el “bienio rojo” y
sobre los orígenes de los Partido Comunista Italiano, Franco De Felice, Serrati,
Bordiga, Gramsci e il problema della rivoluzione in Italia, 1919-1920,
Bari, De Donato, 1971; Giuseppe Maione, Il bienio roig.
Autonomia e spontaneità operaia nel 1919-1920, Bologna, Il Mulino,
1975; Paolo Spriano, Storia del Partito Comunista Italiano.
1. Da Bordiga a Gramsci, Torino, Einaudi, 1967; Luigi Cortesi, Le
origine del PCI, Roma-Bari, Laterza, 1977.
3. Para una perspectiva de historia de la política que tenga en
consideración las palabras y las acciones de los actores políticos en una
determinada situación política, ver Valerio Romitelli, Mirco
Degli Esposti, Quando si è fatto politica in Italia? Storia di
situazioni pubbliche, Catanzaro, Rubbettino, 2001, pp. 19-73.
4. Una rápida, pero interesante panorámica sobre la transición entre
PSI[Partido Socialista Italiano] y PCd’I [Partido Comunista de Italia] y sobre
sus respectivas concepciones de la revolución en Serge Noiret, Il
partito di demasiado massimalista dal PSI al PCd’I, 1917-1924: la scalata alle
istituzioni democratiche, in Fabio Grassi Orsini, Gaetano
Quagliarello (cur.), Il Partito politico dalla grande guerra
al fascismo. Crisis della rappresentanza e riforma dello Stato nell’età dei
sistemi politici di massa (1918-1925), Bologna, Il Mulino, 1996, pp.
909-965.
5. Antonio Gramsci, Amadeo Bordiga, Dibattito sui
Consigli di fabbrica, introducción de Alfonso Leonetti, Roma,
Savelli, 1973, p. 9.
6. Otros dos protagonistas importantes del “bienio rojo”, con distancia
de algunos años, reconocerán el mismo mix de confusión y de centralidad de la
cuestión sovietista. Ver, Pietro Nenni, Il diciannovismo,
Milano, Edizioni Avanti!, 1962, p. 91; Angelo Tasca, La
nascita del fascismo, prefazione di D. Bidussa, Torino, Bollati
Boringhieri, 2006, pp. 15-17.
7. Alberto Benzoni, Viva Tedesco, Sóviet, Consigli
di fabbrica e “preparazione rivoluzionaria” del PSI (1918-1920), “Problemi
del socialismo”, 1971, pp. 189-190.
8. Para la interesante trayectoria política de N. Bombacci,
del socialismo al fascismo, ver Serge Noiret, Massimalismo
e crisis dello stato liberale. Nicola Bombacci (1879-1924), Milano, Franco
Angeli, 1992; Guglielmo Salotti, Nicola Bombacci da Mosca a
Salò, Roma, Bonacci, 1986.
9. Sección Socialista de Pistoia, Por la
costituzione dei Sóviet. Relazione presentata al Congresso Nazionale da Nicola
Bombacci, Pistoia, Tipografía F.lino Cialdini, 1920.
10. Entre los numerosos estudios dedicados al pensamiento de Gramsci publicados
en España durante los años setenta y ochenta, ver Giorgio Bonomi, Partido
y revolución en Gramsci y la teoría gramsciana del Estado, Barcelona,
Avance, 1973; Maria-Antonietta Macciocchi, Gramsci y la
revolución de Occidente, Madrid, Siglo XXI, 1976; Cesáreo
Rodríguez-Aguilera de Prat, Gramsci y la vía nacional al socialismo,
Madrid, Akal, 1985. En cuanto a la actualidad del pensamiento de Gramsci en
los años setenta, ver, entre otros, AA. VV., Oltre Gramsci?,
prefacio de Corrado Belci, Roma, Edizione cinque lune, 1977; Louis
Althusser et alli, Actualidad del pensamiento político de Gramsci,
Barcelona, Grijalbo, 1977.
11. Los escritos de Gramsci de esta época se han vuelto
a publicar en Antonio Gramsci, Scritti politici, edición de Paolo
Spriano, Roma, Editori Riuniti, 1971 y Antonio Gramsci, Per la
verità. Scritti (1913-1926), edición de Renzo Martinelli, Roma,
Editori Riuniti, 1974.
12. Esta es la tesis de Helmut König, Lenin e il
socialismo italiano, Firenze, Vallecchi, 1972, p. 59, que señala que, en
1919, era común tanto para los socialistas cómo para los populares,
combatientes y fascistas el intento de pasar de un sistema económico
capitalista a una organización económica con reclamos evidentes a la tradición
sindicalista.
13. Palmiro Togliatti, La costituzione dei Sóviet in
Italia (Dal progetto Bombacci all’elezione dei Consigli di
Fabbrica), “L’Ordine Nuovo”, a. I, núm. 37, 14 febrero de 1920, p. 291.
14. Angelo Tasca, Impresione del Congresso
Socialista, “L’Ordine Nuovo”, a. I, núm. 22, 18 octubre de 1919, p.
171-173.
15. El proyecto de Bombacci se define como “una marca nítida y muy
especificada de derecho constitucional sovietista”, Umberto
Terracini, Il Consejo Nacional de Florencia, “L’Ordine Nuovo”,
a. I, núm. 35, 24-31 enero de 1920, p. 277-278.
16. Bordiga interviene en el debate con el ensayo Para
la constitución de los consejos obreros en Italia publicado en 5
artículos sobre “El Sóviet” entre el 4 de enero y el 22 de febrero de 1920.
Para el pensamiento político de Bordiga en esta etapa,
ver Amadeo Bordiga, Scritti scelti, al cuidado de Franco
Livorsi, Milano, Feltrinelli, 1975, pp. 73-103; F. De Felice,
Serrati, Bordiga, Gramsci, cit., pp. 129-233; Andreina
De Clementi, Amadeo Bordiga, Torino, Einaudi, 1971.
17. A. Benzoni, V. Tedesco, Sóviet, Consigli di
fabbrica, cit., “Problemi del socialismo”, cit., p. 194.
18. Son frecuentes las críticas del teórico sobre su nulo contacto con
la realidad. En el Consejo Nacional de Milán de abril de 1920, el entonces
secretario político del PSI, E. Gennari dirigiéndose a Bordiga dijo:
“Y yo querría dirigir algunas palabras al amigo Bordiga, que quiere ser siempre
lógico, impecable, puro como por ejemplo Parsifal, que quiere estar siempre en
el azul del cielo de los principios, de las teorías, nunca en contacto con el
terreno de la realidad, al amigo Bordiga que denominaría casi San Amadeu el
estilita, que medita absorto en sus teorías sobre una columna, pero que no baja
a todas las contingencias, a todas las necesidades de la lucha […]”, en Il
Consejo nacional socialista. Sesiones tenidas EN mILÁN entre el 18 y el 22 de
abril de 1920. Texto taquigráfico íntegro inédito, Volumen tercero: X-XII
asamblea, Milano, Edizioni del Gallo, octubre 1968, p. 29.
19. La costituzione dei Sóviet in Italia, “El Ordine Nuovo”, a. I, núm.
36, 7 febrero de 1920, p. 285.
20. Palmiro Togliatti, La costituzione dei Sóviet in
Italia (Dal progetto Bombacci all’elezione dei Consigli di Fabbrica),
“L’Ordine Nuovo”, a. I, núm. 37, 14 febrero 1920, p. 291. [Cursiva mía].
21. Palmiro Togliatti, La costituzione dei Sóviet in
Italia (Dal progetto Bombacci all’elezione dei Consigli di Fabbrica),
“L’Ordine Nuovo”, a. I, núm. 40, 13 marzo 1920, p. 315. [Cursiva mía].
22. Alfonso Leonetti fue un “periodista proletario” muy
activo, que colaboró hasta el 1918 al Grido del popolo [el Grito del Pueblo]
de Gramsci y en la edición turinesa de l’Avanti!. Ordinovista
desde el primer momento, fue uno de los fundadores del PCd’I de Livorno,
distinguiéndose por la obra de organización de la prensa comunista. Redactor
del diario L’Ordine Nuovo y, más adelante, director de l’Unità, se convirtió,
el 1924, en miembro del CC del PCd’I. Perseguido al final de la vida por los
fascistas, el 1926, se quedó en Italia para gestionar el primer centro interno
del partido. En 1928 emigró clandestinamente en Francia, donde continuó su
actividad política y periodística comunista. F. Andreucci, T. Detti (cur.), Il
Movimento Operaio Italiano. Dizionario biografico (1853-1943), Roma,
Editori Riuniti, 1979, vol. IV, Leonetti Alfonso, p. 97-101.
23. C. Niccolini, alias N. M. Ljubarskij, fue el enviado
oficial de la Comintern en Italia entre el otoño de 1919 y enero de 1921.
Inicialmente cercano a Serrati y crítico con el grupo
ordinovista, después del verano de 1920 se acercó, por indicaciones
bolcheviques, a la facción comunista de Bordiga y Gramsci,
favoreciendo la escisión en el XVII Congreso Nacional del PSI de Livorno.
Ver, Antonello Venturi, Rivoluzionari russi in Italia,
1917-1921, Milano, Feltrinelli, 1979, p. 196-258.
24. Antonio Gramsci, Sóviet e Consigli di fabbrica,
“L’Ordine Nuovo”, a. I, núm. 43, 3-10 de abril de 1920, p. 340.
25. Se puede pensar únicamente, a título de ejemplo, en el retraso de la
carta de Lenin sobre la participación en las elecciones
políticas generales de los 16 de noviembre de 1919, datada el 28 de octubre de
1919 y que no fue publicada a “l’Avanti! hasta el 6 de diciembre. O el retraso,
el septiembre de 1920, de las noticias relativas a la ocupación de las fábricas
en Italia, que desembocaron en un acto tragicómico: las cartas de Lenin a
los obreros de las fábricas ocupadas llegaron cuando ya se habían desmovilizado!
26. Ver, entre otros, Paolo Melograni, Il mito della
rivoluzione mondiale. Lenin tra ideología e ragion di stato (1917-1920),
Roma-Bari, Laterza, 1985; Oscar Anweiler, Storia dei
Sóviet, 1905-1921, Roma-Bari, Laterza, 1972.
27. Ver también, Silverio Corvisieri, Il Bienio rojo
1919-1920 della Terza Internazionale, Milano, Java Book, 1970.
28. A. Benzoni, V. Tedesco, Sóviet, Consigli di
fabbrica, cit., “Problemi del socialismo”, cit., p. 651

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