© Libro N° 9998. El Convenio De Sir Dominick. Le Fanu, Sheridan. Emancipación. Junio 4 de 2022.
Título
original: ©
Sir Dominick's Bargain, Sheridan Le Fanu
(1814-1873)
Versión Original: © El Convenio De Sir Dominick. Sheridan
Le Fanu
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Sheridan Le Fanu
El
Convenio De Sir Dominick
Sheridan
Le Fanu
En los primeros días del otoño de 1838 un asunto de negocios me llevó al
sur de Irlanda. El tiempo era agradable, el lugar y la gente me eran nuevos.
Alquilé un caballo en una taberna y envié mi equipaje con un sirviente a bordo
de una diligencia de correo y luego, con la curiosidad de un explorador, inicié
un recorrido de 25 millas a caballo, por caminos inhóspitos, hasta llegar a mi
destino. Atravesé pantanos, colinas, planicies y castillos en ruinas, siempre
bajo un consistente viento.
Inicié la marcha tarde, y habiendo hecho poco menos de la mitad del
camino, ya estaba pensando en hacer un alto en el próximo lugar conveniente,
para que descansase el caballo y se alimentase, y también para hacerme de
algunas provisiones. Eran cerca de las cuatro cuando el camino, que ascendía
gradualmente, se desvió a través de un desfiladero entre la abrupta terminación
de unas montañas a mi izquierda, y una colina que se elevaba a mi derecha.
Abajo se erguía una precaria villa bajo una larga línea de gigantescos árboles
de hayas, cuyas ramas cobijaban a pequeñas chimeneas que emitían sus
respectivas columnas de humo. A mi izquierda, separadas por millas, ascendiendo
el cordón montañoso antes nombrado, había un bosque salvaje, cuyos follajes y
helechos terminaban en las rocas.
A medida que descendía, el camino daba algunas curvas, siempre teniendo
a mi izquierda el paredón de piedra gris, cubierto aquí y allá con hiedra. Y al
acercarme a la villa, a través de sendas en el bosque, pude ver el largo
murallón de una vieja y ruinosa casa ubicada entre los árboles, a medio camino
entre el pintoresco paisaje montañoso. La soledad y la melancolía de esa ruina
picó mi curiosidad, y una vez que hube llegado a la posada de St. Columbkill,
habiendo puesto a descansar a mi caballo y permitiéndome a mí mismo una buena
comida, comencé a pensar nuevamente en el bosque y la casa ruinosa, resolviendo
dar luego un paseo por aquellas soledades. El nombre del lugar, supe, era
Dunoran; y luego de traspasar el portón de entrada a la propiedad, inicié un
paseo por la dilapidada mansión.
Una larga senda en la que sobresalían muchas ligustrinas, me llevó,
luego de algunas curvas y recodos, a la vieja casona, bajo la sombra de los
árboles. El camino traspasaba una hondonada recubierta de malezas, pequeños
árboles y arbustos, y la silente casa tenía su puerta principal abierta hacia
esta oscura cañada. Más allá se extendían robustos árboles por entre la casa,
en sus desiertos parques y establos. Entré y vagué por todos lados, viendo
ortigas y ligustrinas a través de los pasillos; de cuarto en cuarto los
cielorrasos estaban caídos, y por aquí y por allá había vigas oscuras y raídas,
con zarcillos de hiedra por todos lados. Las paredes altas, con el yeso picado,
estaban manchadas y enmohecidas. Las ventanas estaban opacadas por la hiedra y,
cerca de la gran chimenea unos grajos, especie de pequeños cuervos,
revoloteaban mientras que de los árboles que cubrían la cañada, desde el otro
lado, se escuchaban los graznidos de sus pichones.
Y, mientras caminaba por entre aquellos melancólicos pasillos, mirando
solo en las habitaciones cuyos entarimados no estaban hundidos (circunstancia
que hacía de mi exploración una actividad peligrosa), comencé a preguntarme por
qué una casa tan grande, en el medio de tan pintoresco paisaje, se había
permitido decaer; soñé con la hospitalidad de quienes mucho tiempo antes fueran
sus dueños, e imaginé la escena de fiestas y francachelas que se habría visto
en medianoche.
La gran escalera era de roble, y había aguantado maravillosamente el
tiempo. Me senté en sus escalones pensando vagamente en la transitoriedad de
todas las cosas bajo el sol. Excepto por el ronco y distante clamor de los
pichones, apenas perceptible desde donde yo me encontraba sentado, ningún
sonido quebraba la profunda quietud del lugar. Raras veces había experimentado
tal sentimiento de soledad. No había viento; ni siquiera el crepitar de una
hoja marchita a través del pasillo. Todo era opresivo. Los altos árboles que se
erguían alrededor de la casa la oscurecían y añadían algo de terror a la
melancolía del lugar. En ese momento, cercano a mí, escuché con desagradable
sorpresa una voz muy particular, que repitió estas palabras:
—Comida para los gusanos, muerta y podrida.
Había una pequeña ventana en la pared, y a través de su oscuro hueco vi,
casi entre las sombras, la forma difusa de un hombre, sentado y bamboleando su
pie. Me miraba fijo y reía cínicamente; antes de que pudiera recuperarme de la
sorpresa, repitió este dicho:
—Si la muerte fuera una cosa que con dinero se pudiese evitar, los ricos
vivirían y los pobres habrían de morir.
—Fue una gran casa, señor —continuó— la Casa Dunoran, de los Sarsfield.
Sir Dominick Sarsfield fue el último de su familia. Perdió la vida a no más de
seis pies de distancia de donde usted está sentado.
Y mientras decía esto, saltó con un leve brinco al piso. Tenía el rostro
oscuro, rasgos afilados, un poco encorvado. Tenía un bastón para caminar con el
cual señaló a un punto en la pared. Una mancha en el yeso.
—¿Ve usted la marca, señor? —dijo.
—Sí —respondí, al tiempo que me paraba y miraba con curiosa
anticipación.
—Está a unos siete u ocho pies del piso, señor, y usted no adivinará de
qué proviene.
—Me temo que no —dije— supongo que es una mancha de humedad.
—Nada de eso, señor —respondió con la misma sonrisa cínica, aún
apuntando al manchón con su bastón—. Es un manchón de sesos y sangre. Está ahí
desde hace más de cien años; y nunca se irá mientras la pared esté en pie.
—Entonces, ¿fue asesinado?
—Peor que eso, señor —respondió.
—¿Tal vez se suicidó?
—Peor que eso, señor. Soy más viejo de lo que parezco, señor; usted no
podrá adivinar mis años.
Se quedó en silencio, mirándome, como invitándome a una conjetura.
—Bueno, yo diría que usted tiene unos cincuenta y cinco.
Rió, tomó una pizca de rapé y dijo:
—Cumplí setenta hace poco.
—Le doy mi palabra que no lo aparenta; aún no lo puedo creer. ¿Usted no
recuerda la muerte de sir Dominick Sarsfield? —dije, mirando la ominosa mancha
de la pared.
—No, señor, eso ocurrió mucho antes de que yo naciera. Pero mi abuelo
fue mayordomo aquí y muchas veces escuché de su boca el relato de la muerte de
sir Dominick. No hubo mayordomo en la casa desde que ocurrió aquello, pero hubo
dos sirvientes que la mantuvieron, y mi tía fue una de ellas. Ella me crió aquí
hasta que tuve 9 años, hasta que se marchó a Dublín, desde ese momento todo
comenzó a decaer. El viento fue despojando el tejado y la lluvia pudrió el
maderamen. Poco a poco, a través de estos sesenta años, la casa se fue
convirtiendo en esto que hoy ve usted. Pero yo aún tengo cierto afecto por el
lugar, por los viejos tiempos. Nunca vengo por aquí, pero quise echar un
vistazo. No pienso que esté viniendo muchas veces a ver la vieja casa, ya que
estaré bajo el césped en no mucho tiempo.
—Usted se mantiene joven —dije, y dejando este trivial tema, comenté—:
No me sorprende que le guste este viejo lugar; es un bello lugar, con muchos
árboles.
—Desearía que lo hubiera visto cuando las nueces estaban maduras; son
las nueces más dulces de toda Irlanda, creo —contestó con un práctico sentido
de lo pintoresco—. Usted se llenaría los bolsillos mientras lo recorría.
—Este es un bosque muy antiguo —comenté—. No he visto ninguno más
hermoso en toda Irlanda.
—¡Eiah! Usía, todas las montañas de por aquí ya tenían bosques cuando mi
padre era mozo, y Murroa Wood era el más grande de todos. La mayoría eran
robles, y hoy han sido en gran parte talados. Ni uno quedó que se pueda
comparar con los de aquellos tiempos. ¿Qué camino tomó, usía, para llegar hasta
aquí? ¿Vino desde Limerick?
—No. Killaloe.
—Bueno, entonces pasó por el lugar donde estaba en los viejos tiempos el
Murroa Wood. Fue cerca de allí que sir Dominick Sarsfield se encontró por
primera vez con el Diablo, el Señor nos libre, y este fue un mal encuentro para
él.
Había tomado interés en esta aventura que había tenido lugar en el mismo
marco que ahora me atraía tanto; y mi nuevo conocido, el pequeño encorvado,
estaba bien dispuesto a narrarme la historia. Y comenzando a hablar, pronto nos
sentamos.
—Cuando sir Dominick estaba aquí, la propiedad estaba esplendorosa; y
aquí tenían lugar grandes fiestas, había música y se le daba la bienvenida a
todos aquellos que se acercaban. Había vino de tonel de clase, comida caliente,
como para incendiar una ciudad, y cerveza y sidra, como para hacer flotar un
buque. Esto duraba casi todo el mes, hasta que el tiempo y la lluvia
estropeaban las diversiones de nuestras danzas. Por esa época comenzaba la
feria de Allybally Killudeen, distrayéndonos con sus diversiones.
»Pero sir Dominick sólo estaba comenzando, y no le había quedado método
por intentar que lo llevase a deshacerse de su fortuna (bebida, dados,
carreras, naipes y todo tipo de azares), con lo que no pasaron muchos años para
que se viera en deuda y se convirtiera en un hombre muy desgraciado. Al mundo
exterior mostró, mientras pudo, como que no ocurría nada. Luego vendió todos
sus perros y luego fueron casi todos los caballos. Con eso se marchó a Francia,
y nadie escuchó nada de él durante algo así como dos o tres años. Hasta que al
final, muy inesperadamente, una noche se escuchó un golpe en la gran ventana de
la cocina. Eran pasadas las diez y el viejo Connor Hanlon, mi abuelo el
mayordomo, estaba sentado al lado del fuego, solo, calentándose. Soplaba un viento
fuerte por las montañas, y silbaba a través de la copa de los árboles y hacía
un ruido triste a través de la gran chimenea.
El narrador miró fijo a la más cercana chimenea, visible desde su
asiento.
—Como no estaba seguro acerca del golpe en la ventana, se levantó y vio
el rostro de su patrón. Mi abuelo se alegró de verlo bien, ya que hacía
bastante tiempo que no tenía noticias de él; pero al mismo tiempo estaba triste
porque habían cambiado las cosas y sólo estaban a cargo de la casa el viejo
Juggy Broadrick y mi abuelo mismo, habiendo apenas un hombre en el establo, y
era cosa muy lamentable volver a la propia casa en tal estado. Él le dio la
mano a Connor y dijo:
»—Vine aquí para hablarle. Dejé mi caballo con Dick en el establo; si no
lo vuelvo a buscar antes del amanecer, quiere decir que jamás lo volveré a
utilizar.
»Dicho esto, fue a la gran cocina y tomó un taburete, donde se sentó
para tomar un poco de calor del fuego.
»—Siéntate, Connor, frente a mí, y escucha lo que voy a contar, y no
temas decir lo que pienses.
»Habló todo el tiempo mirando al fuego, con sus manos extendidas. Se
veía muy cansado.
»—¿Y por qué habría de temer, amo Dominick? —preguntó mi abuelo—. Usted
ha sido un buen amo para mí, lo mismo que su padre, que su alma descanse en
paz, antes de usted. Y soy sincero.
»—Todo terminó para mí, Con —dijo sir Dominick.
»—¡Dios no lo permita! —dijo mi abuelo.
»—Reza por ello —dijo sir Dominick—. Perdí mi última moneda; sólo queda
esta vieja casa. Debo venderla y he venido, sin saber bien por qué, a dar un
último vistazo y luego marcharme hacia la oscuridad. Con, dicen que el Diablo
te da dinero durante la noche que al otro día se convierte en guijarros,
astillas y cáscaras de nuez. Si juega limpio, creo que podré hacer negocios con
él esta noche.
»—¡Dios no lo permita! —dijo mi abuelo, con un sobresalto, mientras se
santiguaba.
»—¡Cómo pasa el tiempo! ¿Cuánto tiempo pasó desde que el capitán Waller
lidió conmigo por la joya en New Castle?
»—Seis años, amo Dominick, y con el primer disparo le rompió la pierna.
»—Lo hice, Con —dijo él— y ahora desearía que, en cambio, él me hubiera
atravesado el corazón. ¿Tienes un whisky?
»Mi abuelo tomó una botella de un aparador y sir Dominick lo sirvió en
una copa.
»—Saldré para echar un vistazo a mi caballo —dijo, levantándose y
enfundándose con su capa, y con la mirada fija como si estuviese pensando en
algo malo. No tardaré más que un minuto en ir al establo y mirar el caballo por
usted, señor —dijo mi abuelo.
»—No iba a ir al establo —dijo sir Dominick—; puedo decirte la verdad,
ya que lo sabrás tarde o temprano. Iba a ir a través del bosque; si vuelvo me
verás en no más de una hora. De cualquier manera, no sería bueno que me
siguieras, ya que si lo haces te dispararía y sería un mal fin para nuestra
amistad.
»Dicho esto, caminó por este pasillo de ahí. Abrió la puerta y salió
hacia la espesura bajo la luz de la luna y el viento frío. Mi abuelo lo vio
caminar a través del bosque, hasta que entró y cerró la puerta. Sir Dominick se
detuvo para pensar cuando se encontró en el medio del bosque. No se había dado
cuenta cuando dejó la casa, pero el whisky no le había aclarado la mente, tan
solo le había dado coraje. Ya no sentía el viento, no temía a la muerte, ni
pensaba en nada más que en la vergüenza y la caída de su familia.
»De pronto no le vino mejor idea que seguir caminando hasta Murroa Wood,
en donde podía subirse a uno de los robles para colgarse con su pañuelo de una
de las ramas. Era una brillante noche de luna llena, tan solo había una pequeña
nube que de cuando en cuando ocultaba al satélite que, sin embargo, daba tanta
luz como si fuera día. Marchó hacia el bosque de Murroa, iba tan rápido que
cada uno de sus pasos equivalía a tres normales. No tardó mucho tiempo en
llegar al lugar en que los robles extendían sus sarmentosas raíces y sus ramas
como si fueran los maderos de un techo, dejando filtrar, empero, algo de la luz
lunar, y provocando unas sombras gruesas y tan espesas como la suela de mi
zapato.
»Ya estaba volviendo a su sobriedad, y comenzaba a afloja su paso,
pensando que sería mejor enlistarse en el ejército del Rey de Francia. En ese
momento, cuando había resuelto para sí mismo no quitarse la vida, fue que
comenzó a escuchar un leve tintineo a través del bosque y, de pronto, vio a un
gran caballero justo enfrente suyo, que venía caminando por ese mismo lugar.
Era joven, tal como él, y vestía un sombrero ladeado, con un listón dorado a su
alrededor, como el de un oficial, y una indumentaria como la que en algunas
ocasiones vestían los oficiales franceses. Los dos caballeros se quitaron sus
respectivos sombreros, y el extraño dijo:
»—Estoy reclutando, señor —dijo él— para mi soberano, y usted se dará
cuenta de que mi dinero no se convertirá en guijarros, astillas y cáscaras de
nuez a la mañana siguiente.
»Al mismo tiempo sacó una gran bolsa repleta de oro; sir Dominick sintió
cómo se le erizaban los pelos de la nuca.
»—No tema —dijo el extraño— el dinero no te consumirá. Si pruebas ser
honesto y si esto prospera contigo, desearía proponerte un pacto. Hoy estamos a
último día de febrero —continuó— te serviré durante siete años exactos, y al
término de los mismos tú me servirás a mí. Volveré a buscarte cuando el séptimo
año se cumpla, cuando el reloj surque el minuto entre febrero y marzo. Tú no me
verás como un mal amo, ni tampoco como un mal sirviente. Amo mis propiedades; y
ordeno todos los placeres y glorias del mundo. El contrato se iniciará hoy, y
el arriendo se cumplirá en la medianoche del último día nombrado; y en el año
de —me dijo el año, pero ciertamente lo olvidé— y si tú prefieres esperar para
ver el progreso antes de firmar, tendrás un plazo de ocho meses y 28 días. Pero
en este lapso no puedo hacer gran cosa por ti; y si llegado el día no quieres
firmar, todo lo que te otorgué se desvanecerá, y te encontrarás tal y como esta
noche, listo para colgarte del primer árbol.
»Bien, sir Dominick eligió esperar, y regresó a la casa con la bolsa
llena de oro, tan redonda como su sombrero. Mi abuelo se alegró de ver a su amo
seguro y regresando tan pronto. Llamó nuevamente por la cocina y dejó caer la
bolsa sobre la mesa. Se quedó parado y moviendo los hombros, como si hubiera
estado cargando un gran peso sobre ellos; miró la bolsa y mi abuelo lo miró a
él, y de él a la bolsa y nuevamente a él. Sir Dominick se veía pálido como una
hoja de papel.
»—No lo se, Con, ¿qué habrá dentro? Es la carga más pesada que jamás
acarreé.
»Se mostró tímido para abrirla y antes de hacerlo hizo que mi abuelo
avivara el fuego de la chimenea. Una vez abierta, vieron que la bolsa estaba
repleta de monedas de oro, nuevas y brillosas, como si fueran recién salida de
la casa de la moneda. Sir Dominick hizo que mi abuelo se sentara a su lado
mientras contaba cada una de las monedas de la bolsa. No faltaba mucho para que
rompiera el día cuando terminó de contar, y sir Dominick le hizo jurar a mi
abuelo que no diría palabra de aquel asunto a nadie. Y él lo guardó en secreto.
»Cuando el plazo de los ocho meses y veintiocho días estaba cerca de
expirar, sir Dominick regresó muy preocupado a esta casa. No sabía bien qué
hacer. Nadie más que mi abuelo sabía algo sobre el tema, y no conocía ni la
mitad de lo que había pasado. A medida que se acercaba el final del mes de
octubre, sir Dominick se iba angustiando cada vez más. Una vez que pudo
tranquilizarse pensando que no tendría que decir más nada sobre el asunto, ni
hablar nuevamente con aquel que conociera en el bosque de Murroa, las deudas
volvieron a hacer palpitar su corazón. Sólo unas semanas antes de la expiración
del plazo, todo comenzó a andar mal. Un hombre le escribió desde Londres para
decir que sir Dominick había pagado trescientas libras al hombre equivocado, y
que debería pagar de nuevo; otro reclamaba una deuda de la que nunca antes
había oído nada; y otro más, en Dublín, negaba el pago de una gran deuda, y sir
Dominick no tenía idea de dónde había puesto los recibos. Por la misma fecha
tuvo una cincuentena de reclamos similares.
»Una vez que llegó la noche del 28 de octubre, estaba por volverse loco
con la cantidad de reclamos que le llegaban de todos lados. Sólo veía como
salida el recurrir a su terrible amigo, aquel a quien había conocido aquella
noche en el bosque de aquí cerca. Así que decidió marchar para cumplimentar el
asunto que ya había iniciado, a la misma hora que había ido la última vez. Se
quitó el crucifijo que llevaba en torno al cuello, ya que era católico, y su
pequeño evangelio, y se deshizo de la astilla de la Sagrada Cruz que guardaba
en un relicario, ya que desde que había tomado dinero proveniente del El
Maligno, había comenzado a sentir miedo, y se había hecho de diversos elementos
para protegerse del poder del demonio. Pero esa noche no se atrevía a llevarlos
consigo, así que se los dio en la mano a mi abuelo, sin decirle palabra, con el
rostro tan blanco como el papel. Luego tomó su sombrero y espada y le dijo a mi
abuelo que estuviera pendiente de su regreso para luego salir hacia el bosque.
»Era una noche tranquila, y la luna, no tan brillante como la primera
noche, iluminaba el brezal y las rocas y caía sobre el solitario bosque de
robles. Su corazón iba latiendo, a medida que se acercaba al lugar, con mayor
fuerza. No había sonido alguno, ni siquiera el aullido distante del perro de la
villa cercana. Si no fuera por sus deudas y pérdidas que lo estaban por volver
loco y, a pesar del temor por su alma, esperanzas del paraíso y de todo lo que
su buen ángel le susurraba al oído, se habría dado la vuelta, habría enviado
por su clérigo para que le tomare la confesión y le diera una penitencia, para
poder cambiar su camino hacia una buena vida, ya que había llegado al punto de
aterrorizarse por el pacto que iba a realizar. Aligeró el paso hasta que llegó
al mismo lugar bajo las grandes ramas del viejo roble. Se detuvo y se sintió
tan frío como un muerto. Imagínese que no se sintió mucho mejor cuando vio
venir al mismo hombre por detrás del gran árbol.
»—Encontró que el dinero fue bueno —dijo éste— pero no fue suficiente.
No importa, tendrás suficiente como para ahorrar. Te haré una sugerencia para
que cada vez que necesites mi servicio, cada vez que desees verme, sólo tendrás
que acudir a este lugar y recordar mi rostro en tu mente, y desear mi
presencia. Ahora para fin de año ya no deberás ni un centavo, y nunca perderás
a los naipes, siempre tendrás el mejor lanzamiento de dados y apostarás al
caballo correcto. ¿Estás complacido?
»La voz de sir Dominick casi se atenazaba en su garganta, pero emitió
una o dos palabras que significaban su consentimiento. Y con esto El Maligno lo
tocó con una aguja, invitándolo a escribir unas palabras que tenía que repetir
y que sir Dominick no comprendió, sobre dos delgadas hojas de pergamino. Con
una de ellas se quedó el caballero, y la otra se la entregó a sir Dominick,
dándosela en la misma mano de la que había tomado su sangre. También le cerró
la herida, ¡y esto es verdad, como que usted está ahí sentado!
»Bueno, sir Dominick regresó a casa. Estaba muy asustado. Pero poco a
poco iba calmándose. En breve tiempo se vio librado de sus deudas. El dinero
pronto le cayó en avalancha, y nunca hizo apuesta o tomó parte en juego de azar
que no ganara; y por sobre todo, no hubo pobre en sus propiedades que no fuese
menos feliz que sir Dominick. Él volvió a los viejos tiempos, cuando el dinero
propiciaba que hubiera sabuesos, caballos y vino en abundancia, muchos
invitados, diversiones y todo aquello que alegraba la gran casa. Y algunos
dijeron que sir Dominick estaba pensando en casarse, en tanto otros decían que
no. De cualquier modo, algo había que lo preocupaba más de lo común y una
noche, sin que nadie lo supiera, marchó al bosque de robles. Mi abuelo pensó
que sería algún problema con una joven y bella dama de la que estaba celoso y
enamorado. Pero es sólo una suposición.
»Bien, sir Dominick se metió en el bosque, caminando y espantándose cada
vez más a medida que se iba acercando al punto de encuentro; luego de un rato
allí, se estaba por volver sobre sus pasos, cuando vio a quien había ido a ver,
sentado sobre una gran roca, bajo uno de los árboles. En lugar de estar
ataviado como un elegante caballero, con el listón dorado y la gran vestimenta,
ahora estaba vestido con harapos y su estatura era del doble que antes. Su
rostro estaba embadurnado de hollín y tenía un gran martillo metálico, que se
veía tan pesado como cincuenta, con un mango de casi un metro de largo entre
sus rodillas. Estaba tan oscuro que no le vio claramente por un largo rato.
»Se paró, vio que tenía un tamaño descomunal. Qué ocurrió entre ellos mi
abuelo jamás escuchó, pero sir Dominick se empezó a volver un tipo melancólico,
noche tras noche, y no reía por nada ni decía palabra alguna a nadie. Cada vez
empeoraba más y se volvía más solitario. Y esa cosa, cualquiera que fuera,
solía atacarle espontáneamente, algunas veces de una forma y otras veces de
otra, podía ser en lugares solitarios o cuando regresaba cabalgando solo a
casa. Al final se desesperó tanto que envió por el sacerdote.
»El cura estuvo con él por largo tiempo, y cuando hubo escuchado toda la
historia se marchó rápidamente en busca del obispo, quien estuvo aquí al día
siguiente, dándole un buen consejo a sir Dominick. Le dijo que debía cortar por
lo sano con los dados, los juramentos y la bebida, y que debía deshacerse de
las malas compañías, para vivir en la virtud hasta que se cumpliera el plazo de
siete años. Y si el Diablo no venía por él durante el minuto posterior a las
doce en punto del primero de marzo, él estaría a salvo del pacto.
»No faltaban más de ocho o diez meses para que se cumpliera el plazo de
los siete años, y sir Dominick vivió todo ese tiempo de acuerdo al consejo del
obispo, tan estrictamente como si estuviera en un retiro. Bien, usted puede
suponer que se sintió raro hasta que llegó la mañana del 28 de febrero. El cura
llegó ese día, y sir Dominick y el reverendo se encerraron juntos en el cuarto
que usted ve ahí, donde estuvieron rezando hasta casi la medianoche y durante
la siguiente hora. No hubo signos de desorden ni mayor disturbio, y el obispo
durmió esa noche en la habitación contigua de sir Dominick, despertando
confortable al otro día, estrechando sus manos y besándose como dos camaradas
luego de una victoria en la guerra. Sir Dominick creyó que tendría una placentera
velada, luego de todas sus abstinencias y oraciones, así que invitó a una
docena de sus camaradas, incluidos el cura, a cenar con él, y hubo copas y un
sinfín de vino, juramentos, dados, naipes, cantinelas y cuentos, pero nada
bueno para escuchar, de manera que él sacerdote se marchó cuando vio el rumbo
que habían tomado las cosas. No faltaba mucho para la medianoche cuando sir
Dominick, sentado a la cabeza de su mesa, exclamó:
»—¡Este es el mejor primero de marzo que jamás pasé con mis amigos!
»—Pero si no estamos a primero de marzo —dijo el señor Hiffernan de
Ballyvoreen. Era un hombre erudito y siempre tenía un almanaque.
»—¿Qué día es entonces? —preguntó sir Dominick, pasmado, dejando caer
una cuchara en el plato y mirándolo fijamente, como si tuviera dos cabezas.
»—Estamos a veintinueve de febrero, año bisiesto —dijo.
»Y mientras hablaban de esto, el reloj anunció las doce de la noche; y
mi abuelo, que estaba medio dormido en su silla junto a la chimenea del
vestíbulo, abrió los ojos y vio a un caballero robusto y no muy alto, con una
capa y un cabello muy largo y negro, que escapaba de su sombrero, parado en ese
lugar donde se ve esa luz contra la pared. Mi encorvado amigo apuntó con su
bastón a una pequeña franja que iluminaba la luz del atardecer, que hacía un
relieve sobre la profunda oscuridad del pasillo.
»—Dile a tu amo —dijo él con una voz espantosa, como la del gruñido de
una bestia— que estoy aquí por un contrato, y que lo esperaré durante un
minuto.
»Mi abuelo subió por esas escaleras sobre las cuales usted está sentado.
»—Dile que aún no puedo bajar —dijo sir Dominick, y volviéndose a sus
compañeros en el cuarto, les dijo, con un sudor frío en la frente —: Por el
amor de Dios, caballeros, ¿alguno de ustedes podría saltar por la ventana e ir
en busca del cura?
»Todos se miraron entre sí, sin saber qué hacer, y en ese momento mi
abuelo regresó diciendo:
»—Señor, dice que, a no ser que baje, él subirá por usted.
»—No comprendo esto, caballeros, veré que significa —dijo sir Dominick,
al tiempo que recomponía su semblante y caminaba a través del cuarto, como un
hombre condenado al que su verdugo espera fuera. Al bajar las escaleras,
algunos de sus camaradas espiaron a través del pasamanos. Mi abuelo iba
caminando seis u ocho escalones detrás suyo, y llegó a ver al extraño dar unas
zancadas en dirección a sir Dominick. Lo tomó entre sus brazos e hizo girar su
cabeza contra la pared. En ese momento las velas y los leños de las chimeneas
se apagaron con un fuerte viento que recorrió todo el piso.
»Los compañeros bajaron corriendo. Un golpe provino de la puerta
principal. Algunos corrieron para arriba y otros para abajo, con faroles.
Encontraron a sir Dominick. Alumbraron su cadáver y pusieron sus hombros contra
la pared; pero no pudo decir ni media palabra, ya se había enfriado y se estaba
poniendo tieso. Pat Donovan llegaba tarde esa noche. Luego que traspasó el
pequeño arroyo, y que su carruaje se encaminó hacia la casa, faltando unos
veinticinco metros para llegar, su perro, que estaba a su lado, dio un giro
súbito y brincó, dando un aullido que se habrá escuchado a una milla a la
redonda; en ese momento dos hombres pasaron a su lado en silencio, provenientes
de la casa. Uno de ellos era pequeño y robusto y el otro como sir Dominick,
pero sólo la forma, ya que como había muy poca luz bajo los árboles por donde
pasaron, sólo se veían como sombras. Cuando pasaron por ahí, él no pudo
escuchar sus pasos. Se asustó bastante y, cuando llegó a la casa, encontró a
todos en una gran confusión, en torno al cadáver del dueño, con la cabeza en
pedazos, yaciendo en aquel lugar.
El narrador se detuvo y me indicó con la punta de su bastón el sitio
exacto en donde estaba el cuerpo de sir Dominick, y mientras miraba, las
sombras iban oscureciendo el manchón rojizo, a medida que el sol se iba
ocultando tras las distantes colinas de New Castle, dejando la fantasmagórica
escena en el profundo gris de la penumbra. Al fin el narrador y yo partimos, no
sin despedirnos con buenos deseos y una pequeña "propina" de mi parte
que no fue mal venida. Estaba oscuro y la luna brillaba en lo alto cuando
llegué a la villa, monté mi caballo y di una última mirada al lugar de la
terrible leyenda de Dunoran.
_________________________________
Joseph Sheridan Le Fanu (1814-1873)

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