© Libro N° 9997. El Conductor De Autobús. Benson, E.F. Emancipación. Junio 4 de 2022.
Título
original: ©
The Bus-Conductor, E.F. Benson
(1867-1940)
Versión Original: © El Conductor De Autobús. E.F. Benson
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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E.F. Benson
El
Conductor De Autobús
E.F.
Benson
Mi amigo Hugh Grainger y yo acabábamos de regresar de una estancia de
dos días en el campo durante la que nos habíamos hospedado en una casa de
siniestra fama, que se suponía acosada por fantasmas de un tipo peculiarmente
temible y truculento.
Por sí sola la casa tenía todo lo que debía tener una casa semejante,
pues era jacobina y revestida de tablas de roble, con pasillos largos y oscuros
y altas estancias abovedadas. Además se hallaba situada en un lugar muy remoto,
rodeada por un bosque de sombríos pinos que murmuraban y susurraban en la
oscuridad; todo el tiempo que estuvimos allí había predominado un ventarrón del
sudoeste con torrentes de lluvia que era la causa de que día y noche voces
extrañas gimieran y cantaran en las chimeneas, de que un grupo de espíritus
inquietos celebraran coloquios entre los árboles, y de que golpes y señales
llamaran nuestra atención desde los cristales de las ventanas.
Pero, a pesar de ese entorno que casi podríamos decir que bastaba por sí
solo para generar espontáneamente fenómenos ocultos, no había sucedido nada de
ese tipo. Me siento inclinado a añadir, además, que mi estado mental se hallaba
peculiarmente bien dispuesto a recibir, incluso a inventar, los suspiros y
sonidos que habíamos ido a buscar; pues confieso que durante todo el tiempo que
estuvimos allí me hallaba en un estado de abyecta aprensión, y permanecí
despierto las dos noches de largas horas de terrorífica inquietud, teniendo
miedo de la oscuridad; y más miedo todavía de lo que una vela encendida pudiera
mostrarme.
La tarde siguiente a nuestro regreso a la ciudad Hugh Grainger cenó
conmigo, y como es natural, tras la cena nuestra conversación recayó pronto en
esos temas cautivadores.
—No soy capaz de imaginar el motivo de que quieras buscar fantasmas —me
dijo—,pues de puro miedo los dientes te castañeteaban y los ojos se te salían
de las órbitas todo el tiempo que estuvimos allí. ¿Es que te gusta estar
asustado?
Aunque en general inteligente, Hugh es duro de mollera en algunos
aspectos; y uno de ellos es éste.
—Vaya, desde luego que me gusta sentirme asustado —respondí—. Quiero que
me hagan arrastrarme, arrastrarme y arrastrarme. El miedo es la más absorbente
y lujosa de las emociones. Cuando uno tiene miedo se olvida de todo lo demás.
—Bien, pero el hecho de que ninguno de nosotros viera nada confirma lo
que siempre he creído —replicó él.
—¿Y qué es lo que siempre has creído?
—Que estos fenómenos son puramente objetivos, no subjetivos, y que el
estado mental no tiene nada que ver con la percepción que los percibe, ni está
relacionado con las circunstancias o los alrededores. Fíjate en Osburton.
Durante años había tenido fama de ser una casa encantada, y la verdad es que
tiene todos los accesorios necesarios. Fíjate también en ti mismo, con todos
los nervios a flor de piel... ¡temeroso de mirar a tu alrededor o encender una
vela por miedo a ver algo! Seguramente, si los fantasmas fueran subjetivos, ahí
habríamos tenido al hombre adecuado en el lugar correcto.
Se levantó y encendió un cigarrillo, y mirándole —Hugh mide casi un
metro ochenta y es tan ancho como largo— sentí una réplica en mis labios, pero
no pude evitar que mi mente retrocediera a un período determinado de su vida,
cuando por alguna causa que, por lo que sé, no había contado a nadie, se había
convertido en una simple masa estremecida de nervios desordenados.
Extrañamente, en ese mismo momento y por primera vez empezó a hablar de ello.
—Podrás contestarme que tampoco merecía la pena que fuera yo, porque
evidentemente era el hombre equivocado en el lugar erróneo. Pero no es así. Tú,
pese a todas tus aprensiones y expectativas, nunca habías visto un fantasma.
Pero yo sí, aunque sea la última persona en el mundo que tú pensarías que lo ha
visto; y aunque ahora mis nervios están totalmente recuperados, aquello me
deshizo en pedazos.
Se volvió a sentar en la silla.
—Sin duda te acordarás de que había quedado hecho polvo —siguió
diciéndome—. Y como creo que ahora vuelvo a estar bien, preferiría hablarte de
ello. Pero antes no habría podido hacerlo; no era capaz de hablar de ello con
nadie. Y sin embargo en aquello no debía haber nada amenazador; el fantasma que
vi era ciertamente de lo más útil y amigable. Aun así, procedía del lado oscuro
de las cosas; surgió de pronto de la noche y el misterio con el que está
rodeado la vida.
Primero quiero hablarte brevemente de mi teoría sobre la aparición de
fantasmas —siguió diciendo—. Y creo que se explica mejor con un símil, con una
imagen. Piensa que tú y yo, y todo el mundo, somos personas cuyo ojo está
directamente al otro lado de un pequeñísimo agujero hecho en una plancha de
cartón que está continuamente moviéndose y girando. Al otro lado de la hoja de
cartón hay otro, que también por leyes propias se encuentra en un movimiento
perpetuo pero independiente.
»También en el otro cartón hay un agujero, y cuando de una manera al
parecer fortuita los dos agujeros, aquél por el que estamos siempre mirando y
el otro, del plano espiritual, quedan uno delante del otro, vemos a través de
ellos, y sólo entonces las visiones y sonidos del mundo espiritual se nos
vuelven visibles o audibles. En el caso de la mayoría de las personas esos
agujeros nunca llegan a estar uno delante del otro en toda su vida. Pero a la
hora de la muerte lo hacen, y entonces permanecen inmóviles. Sospecho que así
es como perdemos el conocimiento.
»Ahora bien, en algunas naturalezas esos agujeros son comparativamente
grandes, y están colocándose en posición constantemente. Es lo que pasa en el
caso de clarividentes y médiums. Pero por lo que yo sabía no tenía la menor
facultad clarividente o mediumnística. Por tanto soy de esas personas que hace
mucho tiempo decidieron que nunca verían un fantasma. Por así decirlo había una
posibilidad diminuta de que mi pequeño agujero entrara en posición con el otro.
Pero lo hizo, y me dejó sin sentido.
Ya había oído antes una teoría semejante, y si bien Hugh la expresaba de
manera bastante pintoresca, no existía en ella nada que resultara mínimamente
convincente o práctico. Podía ser así, o podía no serlo.
—Espero que tu fantasma fuera más original que tu teoría —dije yo para
que no se desviara del tema.
—Sí, creo que lo fue. Tú mismo podrás juzgar.
Añadí más carbón y avivé el fuego.
Siempre he considerado que Hugh tiene un gran talento para contar
historias, y ese sentido del drama que tan necesario es para el narrador. Lo
cierto es que ya antes le había sugerido que adoptara esa profesión, sentándose
junto a la fuente de Piccadilly Circus, cuando el tiempo es malo, como de
costumbre, y contara historias a los viandantes, a la manera de los árabes, a
cambio de una gratificación. Sé que a la mayor parte de la humanidad no le
gustan las historias largas, pero para aquellas pocas personas, entre las que
me cuento a mí mismo, a quienes les gusta realmente escuchar largos relatos de
experiencias, Hugh es un narrador ideal. No me importan sus teorías ni sus
símiles, pero por lo que respecta a los hechos, a las cosas que han sucedido,
me gusta que se demoren.
—Sigue, por favor, y lentamente —le dije—. La brevedad puede ser el alma
del ingenio, pero es la perdición del contador de historias. Quiero saber
cuándo, dónde y cómo sucedió, y lo que habías comido en el almuerzo, y dónde
habías cenado, y lo que...
Hugh me interrumpió y empezó su historia:
—Fue el veinticuatro de junio, hace exactamente dieciocho meses. Había
abandonado mi piso, como recordarás, para dirigirme al campo y pasar contigo
una semana. Cenamos a solas...
No pude evitar interrumpirle.
—¿Viste al fantasma aquí? —pregunté—. ¿En esta pequeña y cuadrada caja
que es esta casa y en una calle moderna?
—Lo vi en la casa.
Mentalmente, me felicité a mí mismo.
—Habíamos cenado solos aquí, en Graeme Street —dijo—. Y después de la
cena yo salí a una fiesta y tú te quedaste en casa. Tu criado no se quedó hasta
la cena, y cuando te pregunté que dónde estaba me contestaste que se encontraba
enfermo, y me pareció que cambiabas de tema abruptamente. Al salir me diste el
llavín, y al regresar vi que te habías acostado. Yo tenía varias cartas que era
necesario responder, así que las escribí allí mismo, metiéndolas en el buzón de
enfrente, por lo que supongo que era bastante tarde cuando subí a acostarme.
»Me habías asignado la habitación delantera del tercer piso, desde la
que se veía la calle; una habitación que creía yo que solías ocupar tú. Era una
noche muy calurosa, y aunque se veía la luna cuando me dirigí a la fiesta, de
regreso todo el cielo estaba cubierto por nubes; no sólo parecía que fuéramos a
tener tormenta antes de amanecer, sino que tenía además esa sensación. Tenía
mucho sueño y me sentía pesado, y sólo cuando me metí en la cama observé por
las sombras de los marcos de las ventanas sobre la persiana que sólo una de las
ventanas estaba abierta. No me pareció que mereciera la pena levantarme para
abrirlas, aunque me sentía incómodo por la falta de aire, y me dormí.
»No sé qué hora era cuando desperté, pero con seguridad todavía no había
amanecido, y no recuerdo haber conocido jamás una quietud tan extraordinaria
como la que invadía el ambiente. No había ruido ni de peatones ni de tráfico
rodado; la música de la vida parecía haber enmudecido absolutamente. Y
entonces, en lugar de somnoliento y pesado, aunque debía haber dormido una o
dos horas como máximo, pues todavía no había amanecido, me sentí totalmente
recuperado y despierto, y el esfuerzo que antes no me había parecido necesario
hacer, el de levantarme de la cama para abrir la otra ventana, ahora me parecía
muy sencillo, por lo que subí la persiana, abrí bien la ventana y me asomé al
exterior, pues tenía verdadera necesidad de aire fresco.
»Pero también en el exterior la opresión resultaba notable, y, aunque
como ya sabes, no me dejo afectar fácilmente por los efectos mentales del
clima, tuve conciencia de una sensación escalofriante. Intenté rechazarla
mediante el análisis, pero sin éxito; el día anterior había resultado
agradable, el día siguiente me esperaba otra jornada agradable, y sin embargo
me invadía una aprensión inexpresable. Además, en esa quietud anterior al
amanecer me sentía terriblemente solo.
»Escuché entonces de pronto, y no muy lejano, el sonido de un vehículo
que se aproximaba; podía distinguir el resonar de los cascos de dos caballos
que avanzaban a paso lento. Aunque todavía no podía verlos, subían por la
calle, pero esa indicación de vida no puso fin a la terrible sensación de
soledad de la que te he hablado. Además, de una manera oscura y carente de
formulación, lo que se aproximaba me pareció que tenía alguna relación con la
causa de mi opresión.
»El vehículo apareció ante mi vista. No pude distinguir al principio de
qué se trataba, pero luego vi que los caballos eran negros y tenían la cola
larga, y que lo que arrastraban estaba hecho de cristal, aunque con un bastidor
negro. Era un coche fúnebre. Vacío.
»Subía por este lado de la calle y se detuvo junto a tu puerta.
»Entonces me sobrecogió la solución evidente. Durante la cena habías
dicho que tu criado estaba enfermo, y me pareció que no deseabas hablar más del
asunto. Imaginé ahora que sin duda había muerto, y que por alguna razón, quizás
porque no querías que supiera nada sobre ello, habías pedido que se llevaran el
cadáver por la noche. Debo decirte que eso pasó por mí mente instantáneamente,
y que no se me ocurrió lo improbable que resultaba antes de que sucediera el
acontecimiento siguiente.
»Estaba todavía asomado a la ventana y recuerdo que me sorprendió,
aunque momentáneamente, lo extraño que era que viera las cosas —o más bien la
única cosa que estaba mirando— de manera tan clara. Evidentemente la luna
estaba tras las nubes, pero resultaba curioso que fueran visibles todos los
detalles del coche y los caballos. En el coche sólo iba un hombre, el
conductor, y aparte del vehículo la calle estaba absolutamente desierta. Ahora
le estaba mirando a él. Pude ver todos los detalles de su ropa, aunque desde el
lugar en el que me encontraba, muy por encima de él, no pudiera verle el
rostro.
»Vestía pantalones grises, botas marrones, una capa negra abotonada
hasta arriba y un sombrero de paja. Le cruzaba el hombro una cinta de la que
parecía colgar una especie de bolsita. Parecía exactamente como... bueno, a
partir de esa descripción, ¿qué crees tú que parecía?
—Bueno... un cobrador de autobús —respondí yo de inmediato.
—Eso es lo que pensé yo, y cuando lo estaba pensando, él me miró. Tenía
un rostro delgado y alargado, y en la mejilla izquierda un lunar en el que
crecían pelos oscuros. Todo resultaba tan claro como si fuera mediodía, y como
si me encontrara a un metro de él. No tuve tiempo sin embargo —fue tan
instantáneo lo que narrado exige tanto tiempo— para pensar que era extraño que
el conductor de un coche mortuorio fuera vestido de manera tan poco funeraria.
»Se quitó el sombrero ante mí e hizo una señal con el pulgar por encima
de su hombro.
»—Dentro hay sitio para uno, señor—dijo.
»Había en ello algo tan odioso, tan tosco y desagradable, que al
instante metí la cabeza, volví a bajar la persiana y, por alguna razón que
desconozco, encendí la luz eléctrica para ver qué hora era. Las manecillas del
reloj señalaban las once y media. Creo que fue entonces cuando por primera vez
cruzó mi mente una duda relativa a la naturaleza de lo que acababa de ver.
Apagué la luz de nuevo, me metí en la cama y empecé a pensar. Habíamos cenado;
yo había ido a una fiesta, al regresar había escrito cartas, me había acostado
y me había dormido. Entonces, ¿cómo podían ser las once y media...? O, ¿qué
once y media eran?
»Entonces se me ocurrió otra solución sencilla; mi reloj se debía haber
parado. Pero no era así; podía oír su tic-tac. Volvió otra vez la quietud y el
silencio. A cada momento esperaba escuchar pasos ahogados en las escaleras,
pasos que se movieran lenta y cuidadosamente bajo el peso de una gran carga,
pero en el interior de la casa no había sonido alguno. También fuera había ese
mismo silencio mortal mientras el coche funerario aguardaba en la puerta. Los
minutos pasaban y pasaban y finalmente empecé a ver una diferencia en la luz de
la habitación que me hizo saber que fuera empezaba a amanecer.
»¿Cómo explicar entonces que si el cadáver iba a ser sacado por la noche
estuviera todavía allí, y que el coche funerario aguardara aún, cuando la
mañana ya había llegado?
»Volví a salir de la cama, y con una sensación poderosa de encogimiento
físico fui a la ventana y subí la persiana. El amanecer se acercaba
rápidamente; la calle entera estaba iluminada por esa luz plateada y sin
tonalidad de la mañana. Pero allí no estaba el coche. Volví a mirar el reloj.
Eran las cuatro y cuarto, y habría jurado que no había pasado media hora desde
que había visto las once y media.
»Tuve entonces una curiosa sensación doble, como si hubiera estado
viviendo en el presente y simultáneamente viviera en otro tiempo. Era el
amanecer del veinticinco de junio, y naturalmente la calle estaba vacía. Pero
poco antes el conductor de un coche funerario me había hablado y eran las once
y media. ¿Qué era ese conductor, a qué plano pertenecía? Y además, ¿qué once y
media eran las que había visto en la esfera de mi reloj?
»Me dije entonces que todo había sido un sueño. Pero si me preguntas si
creía lo que me estaba diciendo, debo confesarte que no. Tu criado no se
presentó esa mañana durante el desayuno, ni volví a verle antes de irme por la
tarde. Creo que de haberlo visto te habría contado todo esto, pero, como
comprenderás, seguía siendo posible que lo que yo hubiera visto fuera un coche
funerario auténtico conducido por un conductor auténtico, pese a la animación
fantasmal del rostro que me miró, y a la levedad de la mano con la que me hizo
la señal. Debía haberme quedado dormido poco después de verle, y permanecer así
mientras el coche funerario se llevaba el cadáver. Por eso no te dije nada.
»En todo aquello había algo maravillosamente sencillo y prosaico; no
había aquí casas jacobinas con entablamientos de roble rodeadas por pinares, y
de alguna manera la ausencia de un entorno conveniente hacía que la historia
resultara más impresionante. Pero por un momento me asaltó la duda.
—No me digas que todo fue un sueño —comenté.
—No sé si lo fue o no. Lo único que puedo decir es que creía estar bien
despierto. En cualquier caso, el resto de la historia es... extraña.
»Aquella tarde volví a ir a la ciudad —siguió diciendo—, y debo decir
que no creo que ni siquiera por un momento me acosara la sensación de lo que
había visto o soñado aquella noche. Estaba siempre presente en mí como una
visión incumplida. Era como si algún reloj hubiera dado los cuatro cuartos y
siguiera esperando a que tocara la hora exacta.
»Exactamente un mes después volví a encontrarme en Londres, pero sólo
para pasar el día. Llegué a la estación Victoria hacia las once, y tomé el
metro hasta Sloane Square para ver si estabas en la ciudad y almorzabas
conmigo. Era una mañana muy calurosa y decidí tomar un autobús desde King's
Road hasta Graeme Street. Nada más salir de la estación vi una parada en la
esquina, pero el piso superior del autobús estaba completo y el interior
también parecía estarlo. En el momento en que yo llegaba el cobrador, que
imagino había estado en el interior cobrando los billetes, salió a la
plataforma, a escasos metros de mí. Llevaba pantalones grises, botas marrones,
una chaqueta negra abotonada, sombrero de paja y sobre el hombro llevaba una
cinta de la que colgaba su maquinilla para perforar billetes.
»Vi también su rostro y era el del conductor del coche funerario, con un
lunar en la mejilla izquierda. Entonces me habló haciéndome una seña con el
pulgar por encima de su hombro.
»—Dentro hay sitio para uno, señor—dijo.
»Al oír eso se apoderó de mí una especie de pánico y terror, y me
acuerdo que gesticulé torpemente con los brazos mientras gritaba:
»—¡No, no!
»Pero en ese momento no vivía en la hora que era entonces, sino en
aquella hora que había transcurrido hacía un mes, cuando me asomé a la ventana
de tu dormitorio poco antes de amanecer. También supe en ese momento que el
agujero de mi cartón se había colocado enfrente del agujero del cartón del
mundo espiritual. Lo que había visto allí había tenido algún significado que
ahora se estaba realizando, un significado que estaba más allá de los
acontecimientos triviales del hoy y el mañana.
»Las Potencias de las que tan pocas cosas sabemos funcionaban de una
manera visible delante de mí. Y yo me quedé allí en la acera, agitado y
tembloroso.
»Me encontraba enfrente de la oficina de correos de la esquina y
exactamente cuando se marchó el autobús mi mirada se fijó en el reloj del
escaparate. No es necesario que te diga qué hora marcaba.
»Quizás no sea necesario que te cuente el resto, pues probablemente lo
imaginarás, ya que no habrás olvidado lo que sucedió en la esquina de Sloane
Square a finales de julio durante el último verano. El autobús, al salir de la
parada, rodeó un furgón de mudanzas que tenía delante. Bajaba en ese momento
por King's Road un gran vehículo de motor a una peligrosísima velocidad. Se
estrelló contra el autobús, metiéndose en él con la facilidad con la que una
barrena se mete en un tablero.
Se detuvo.
—Y ésa es mi historia —dijo.
__________________________
E.F. Benson (1867-1940)

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