© Libro N° 9991. El Chico Que Amaba Una Tumba. James O'Brien, Fitz. Emancipación. Junio 4 de 2022.
Título
original: ©
The Child Who Loved A Grave; Fitz James
O'Brien (1828-1862)
Versión Original: © El Chico Que Amaba Una Tumba. Fitz
James O'Brien
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Fitz James O'Brien
El Chico
Que Amaba Una Tumba
Fitz
James O'Brien
Muy lejos, en el corazón de un país solitario, había una vieja y
solitaria iglesia. En su patio ya no se enterraba a los muertos, pues había
dejado de funcionar hacía mucho tiempo; su pasto crecido alimentaba ahora a
algunas cabras salvajes que trepaban el muro ruinoso y vagaban por el triste
desierto de tumbas. El camposanto estaba bordeado de sauces y cipreses
sombríos; y su oxidado portón de hierro, rara si alguna vez abierto, crujía
cuando el viento agitaba sus bisagras, como si alguna alma perdida, condenada a
vagar por siempre en ese lugar desolado, sacudiera los barrotes y se lamentara
de su terrible prisión.
En este cementerio había una tumba distinta a las demás. La lápida no
llevaba nombre, pero en su lugar aparecía la rara escultura de un sol saliendo
del mar. El sepulcro era muy pequeño y estaba cubierto de una espesa capa de
retama y ortigas; uno podría suponer por su tamaño que correspondía a un niño
de pocos años.
No lejos del lugar vivía con sus padres un chico en una casita triste;
era un chico soñador, de ojos negros, que nunca jugaba con los otros niños del
barrio, él amaba correr por los campos, recostarse a la orilla del río, mirando
caer las hojas y enrularse las aguas, y los lirios que mecían sus blancas
cabezas al compás de la corriente. No era de asombrarse que su vida fuera
triste y solitaria, ya que sus padres eran personas crueles y salvajes que
bebían y discutían todo el día y toda la noche; los ruidos de sus peleas
llegaban en las cálidas noches de verano hasta los vecinos que vivían en la
aldea bajo la colina.
El muchachito se aterrorizaba con estas horribles disputas y su alma
joven se encogía cada vez que escuchaba las maldiciones y los golpes resonando
en la mísera casa, así que solía escaparse a los campos donde todo lucía tan
calmo, tan puro, y hablar con los lirios en voz baja como si fueran sus amigos.
De este modo dio un día con el viejo cementerio y empezó a caminar entre las
lápidas cubiertas de maleza, deletreando los nombres de las personas que había
partido de la tierra años y años atrás.
Por algún motivo, la pequeña tumba anónima y olvidada atrajo su atención
más que las otras. El extraño agregado del sol naciendo del mar era para él una
fuente perpetua de misterio y asombro, y así, fuera de día o de noche, cuando
la furia de sus padres lo espantaba de su casa, solía dirigirse allí, echarse
entre la maleza espesa y pensar en quién podría estar enterrado debajo. Con el
tiempo su amor por la pequeña tumba creció tanto, que la adornó según su gusto
infantil. Arrancó las retamas y ortigas y la maleza que crecía sombríamente
sobre la piedra, y recortó el pasto hasta que empezó a crecer espeso y suave
como la alfombra del cielo. Después trajo pimpollos de las lomas verdes, de los
caminos de rocío donde los espinos llueven sus flores blancas, rojas amapolas
de los maizales, campanillas azules del corazón del bosque y las plantó
alrededor de la tumba. Con las ramas flexibles del mimbre plateado trenzó un
simple cerco alrededor y raspó el moho que se arrastraba sobre la lápida, hasta
que la pequeña tumba se vio como si fuera la de una bella hada.
Entonces estuvo contento. Durante los largos días de verano, gustaba de
echarse allí, aferrando con sus brazos el hinchado montículo, mientras un
viento suave de voluntad cambiante jugaba sobre él y tímidamente levantaba sus
cabellos. Del otro lado de la colina le llegaban los gritos de los chicos de la
aldea jugando; a veces alguno de ellos venía y le proponía sumarse al juego;
pero él lo miraba con sus calmos ojos negros y le respondía gentilmente que no;
el muchacho impresionado se iba en silencio y susurraba con sus compañeros
sobre el chico que amaba una tumba. Era cierto, él amaba aquel cementerio más
que cualquier juego. La quietud del lugar, el aroma de las flores salvajes, los
rayos dorados cayendo por entre los árboles y jugueteando en la hierba eran
delicias para él. Permanecía horas recostado boca arriba contemplando el cielo
de verano, mirando navegar las nubes blancas y preguntándose si serían las
almas de buenas personas yendo a casa en el cielo.
Pero cuando las nubes negras de la tormenta se acercaban llenas de
lágrimas apasionadas y reventaban con ruido y fuego, pensaba en sus malos
padres en casa y giraba sobre la tumba, presionando su mejilla contra ésta como
si fuera su hermano mayor. Así el verano se convirtió en otoño. Los árboles
estaban tristes y temblaban al acercarse el tiempo en que el viento feroz les
arrebataría sus capas y las lluvias y las tormentas golpearían sus miembros
desnudos. Los pimpollos se pusieron pálidos y se marchitaron, pero en sus
últimos momentos parecieron mirar sonrientes al chico como diciendo:
No llores por nosotros, volveremos el año que viene.
Pero la tristeza de la temporada lo invadió mientras se acercaba el
invierno y a menudo mojaba la pequeña tumba con sus lágrimas y besaba la piedra
gris como uno besaría a un amigo que está a punto de partir.
Una tarde, casi al fin del otoño, cuando los árboles se veían marrones y
severos y el viento sobre la colina parecía aullar malignamente, el chico,
sentado junto a la tumba, escuchó chirriar la vieja puerta girando sobre sus
oxidados goznes, y mirando por sobre la lápida vio acercarse una extraña
procesión. Allí había cinco hombres: dos llevaban entre ellos lo que parecía
ser una caja larga cubierta con un paño negro, otros dos llevaban picas en sus
manos y el quinto, un hombre alto de rostro consternado envuelto en una capa
larga caminaba a la cabeza. Cuando el muchachito vio andar a estos hombres de
un lado a otro por cementerio, tropezando con lápidas medio enterradas o
parándose a examinar las escrituras semiborradas, su corazoncito casi dejó de
latir y se encogió detrás de la piedra gris con la rara escultura, lleno de
terror.
Los hombres caminaban de un lado a otro, con el hombre alto a la cabeza,
buscando concienzudamente entre el pasto y de vez en cuando parando a consultar
entre ellos. Finalmente el líder giró y caminó hacia la pequeña tumba y,
agachándose, se puso a mirar la lápida. La luna acababa de levantarse y su luz
bañaba la peculiar escultura del sol saliendo del mar. Entonces el hombre alto
le hizo señas a sus compañeros.
—La encontré —dijo—; aquí está.
Los demás se acercaron al escucharlo y los cinco hombres quedaron
parados mirando la tumba. El pequeño detrás de la piedra no podía respirar. Los
dos hombres que llevaban la caja la apoyaron en el pasto y quitaron el paño
negro, con lo que el chico vio un pequeño ataúd de ébano brillante con adornos
plateados y en la cubierta, labrada también en plata, la escultura de un sol
saliendo del mar, y la luna brilló sobre todo esto.
—Ahora, ¡a trabajar!— dijo el alto y al momento los dos que llevaban
picas las clavaron en la pequeña tumba.
El chico pensó que se le rompería el corazón y ya no se pudo contener,
se arrojó sobre el montículo y exclamó sollozando:
—¡Oh, señor! ¡No toquen mi pequeña tumba! ¡Es lo único que tengo en el
mundo para amar! No la toquen, pues todo el día me recuesto aquí y la abrazo y
es como si fuera mi hermano. La cuido y mantengo el pasto cortito y grueso, y
les prometo que si me la dejan el año que viene plantaré aquí las más bellas
flores de la colina.
—¡Calla, muchacho, eres un tonto! —respondió el hombre serio—. Es una
tarea sagrada la que debo realizar, el que yace aquí era un chico como tú, pero
de sangre real, y sus ancestros descansan en palacios. No corresponde que
huesos como los suyos reposen en un terreno común y corriente. Del otro lado
del mar los espera un lujoso mausoleo, y he venido a llevarlos conmigo para
depositarlos en bóvedas de pórfido y mármol. Quítenlo, hombres, y sigan con su
trabajo.
Los hombres forcejearon y arrastraron al chico, lo dejaron cerca sobre
el pasto, sollozando como si se le rompiera el corazón, y cavaron en el
montículo. A través de sus lágrimas vio cómo juntaban los blancos huesos y los
ponían en el ataúd de ébano; escuchó la tapa cerrarse y vio las palas volviendo
a poner la tierra negra en la tumba vacía; se sintió robado. Los hombres
levantaron el ataúd y se fueron por donde habían venido. El portón chirrió una
vez más sobre sus goznes y el chico quedó solo.
Regresó a su casa en silencio, vacío de lágrimas y pálido como un
fantasma. Cuando se acostó en su cama llamó a su padre y le dijo que iba a
morir. Le pidió que lo enterraran en la pequeña tumba que tenía una lápida gris
con un sol naciendo del mar esculpido. El padre rió y le dijo que se durmiera;
pero cuando llegó la mañana el chico estaba muerto.
Lo enterraron donde él había deseado y cuando el césped estuvo alisado y
el cortejo fúnebre se retiró, esa noche apareció una nueva estrella en el cielo
para cuidar la pequeña tumba.
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Fitz James O'Brien (1828-1862)

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