© Libro N° 9992. El Chico Que Predecía Terremotos. Clair, Margaret St. Emancipación. Junio 4 de 2022.
Título
original: ©
The Boy Who Predicted Earthquakes,
Margaret St. Clair (1911-1995)
Versión Original: © El Chico Que
Predecía Terremotos. Margaret St. Clair
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EL CHICO QUE PREDECÍA TERREMOTOS
Margaret St. Clair
El Chico
Que Predecía Terremotos
Margaret
St. Clair
-Naturalmente, tú eres escéptico -dijo Wellman. Se sirvió agua de una
jarra, se colocó una píldora en la lengua y, con ayuda del agua, se la tragó -.
Es lógico y comprensible. No te culpo por ello, ni soñarlo. Aquí, en el
estudio, había un buen montón de gente que, cuando empezamos a programar a ese
chico, Herbert, sustentaba tu misma actitud. Y, entre nosotros, no me importa
admitir que yo mismo sentía bastantes dudas respecto a que un programa de esa
clase pudiera dar buen resultado en televisión.
Wellman se rascó detrás de la oreja, mientras Read le escuchaba con
interés científico.
-Bueno, pues estaba equivocado - siguió Wellman, bajando la mano -. Me
complace decir que erré en un mil por ciento. El primer programa del muchacho,
que no fue anunciado y careció de publicidad, aportó casi mil cuatrocientas
cartas. Y hoy en día recibe... -El hombre se inclinó hacia Read y susurró una
cifra.
-¡Oh! - exclamó Read.
-Aún no hemos divulgado esa información, porque esos borregos de Purple
no nos creerían. Pero es la verdad pura y simple. Hoy en día no existe otra
personalidad en televisión que cuente con una audiencia como la del chico. El
programa también se emite en onda corta, y la gente lo sintoniza en todas
partes del mundo. Después de cada programa, la oficina de Correos ha de
enviarnos dos camiones especiales llenos de cartas. Read, no puedo expresar lo
feliz que me hace el que ustedess, los científicos, estén pensando, por fin, en
hacer un estudio respecto al muchacho. Te soy franco.
-¿De qué tipo es, personalmente? - preguntó Read.
-¿El chico? Oh, muy sencillo, tranquilo y muy, muy sincero. A mí me
gusta muchísimo. Su padre... bueno, es todo un carácter.
-¿Cómo se realiza el programa?
-¿Quieres decir cómo trabaja Herbert? Pues, francamente, Read, eso es
algo que tendrán que averiguar tus informadores. Nosotros no tenemos ni la más
mínima idea de lo que ocurre en realidad. Desde luego, puedo decirte los
detalles del programa. El muchacho actúa dos veces a la semana, los lunes y
viernes. No emplea guión - Wellman hizo una mueca-, y eso nos produce más de un
quebradero de cabeza. Herbert asegura que los guiones le dejan sin saber qué
decir. Permanece en antena durante doce minutos. La mayor parte de ellos se
limita a charlar, contando a los espectadores lo que estudia en el colegio, los
libros que ha leído y cosas por el estilo. La clase de conversación que uno oye
de cualquier muchacho simpático y tranquilo. Pero siempre hace una o dos predicciones.
Como mínimo, una, y como máximo tres. Se trata de cosas que ocurrirán durante
las próximas cuarenta y ocho horas. Herbert dice que, más allá de ese plazo, no
puede ver nada.
-¿Y las predicciones se cumplen? - inquirió Read, y más que una pregunta
era una afirmación.
-Siempre - replicó Wellman, con leve tono de cansancio. Lanzó un bufido
-. El último abril, Herbert predijo la caída del avión estratosférico en Guam,
el huracán de los Estados del Golfo, y los resultados de las elecciones.
También anunció el desastre del submarino en Las Tortugas. ¿Te das cuenta de
que el FBI, durante cada programa, tiene un agente en el estudio, junto al
muchacho? Se trata de una medida para suspender inmediatamente el espacio si el
chico dice algo que sea contrario a la política pública. Así de en serio le
toman.
Ayer, cuando me enteré de que la Universidad pensaba hacer un estudio
sobre el tema, repasé el historial de Herbert. Hace ahora año y medio que su
programa se emite, dos veces a la semana. Durante ese tiempo, el chico ha hecho
ciento seis predicciones. Y cada una de ellas, sin excepción, ha resultado
cierta. En estos momentos, el público en general tiene tal confianza en él
que... - Wellman se humedeció los labios, buscando la comparación adecuada -,
que si predijese el fin del mundo o el ganador del Derby irlandés, le creerían.
"Soy sincero por completo, Read, terriblemente sincero: Herbert es
la cosa más importante que ha habido en televisión desde el invento de la
célula de selenio. Resulta imposible sobreestimarle a él o a su importancia. Y
ahora, ¿ te parece que vayamos a presenciar su programa? Ya es casi hora de que
empiece.
Wellman se puso de pie frente a su escritorio y colocó, en su lugar, la
corbata, adornada con pingüinos rosa y púrpura. Luego condujo a Read a través
de los pasillos de la emisora hasta la sala de observación del estudio 8-G,
donde se encontraba Herbert Pinner.
Read pensó que Herbert parecía un muchacho agradable y pacífico. Tendría
unos quince años y estaba muy desarrollado para su edad. Su rostro era
agradable, inteligente y con cierta expresión preocupada. Realizó los
preparativos para su programa con perfecta compostura, que tal vez escondiese
un punto de desagrado.
-He estado leyendo un libro muy interesante -dijo Herbert a la audiencia
televisiva-. Se llama El conde de Montecristo. Creo que a casi todo el mundo le
gustaría - el muchacho mostró el volumen a los espectadores -. También he
comenzado a leer una obra sobre astronomía escrita por un hombre llamado
Duncan. Eso me ha hecho desear un telescopio. Mi padre dice que, si trabajo de
firme y consigo buenas notas en el colegio, a fin de curso me regalará un
pequeño telescopio. Cuando lo compremos, les diré lo que veo por él.
"Esta noche, en los Estados del Atlántico Norte habrá un terremoto.
No será muy malo. Producirá considerables daños en las propiedades; pero no
habrá víctimas. Mañana por la mañana, a eso de las diez, encontrarán a
Gwendolyn Box, que está perdida en las sierras desde el jueves. Aunque tendrá
una pierna rota, estará aún con vida.
"Cuando tenga el telescopio, espero hacerme miembro de la Sociedad
de Observadores de las Estrellas Variables. Las estrellas variables se llaman
así porque su brillo varía, ya sea debido a cambios internos o a causas
externas...
Al final del programa, Read fue presentado al joven Pinner. El
científico encontró al muchacho muy cortés y cooperativo; pero un poco
distante.
-No sé cómo lo hago, señor Read - dijo Herbert, después de responder a
cierto número de preguntas preliminares -. No son imágenes, como usted ha
sugerido, y tampoco palabras. Sólo es que... esas cosas se me ocurren.
"He observado que no logro predecir nada a no ser que sepa, más o
menos, de qué se trata. He podido anunciar el temblor de tierra porque todo el
mundo sabe lo que es un terremoto. Pero no hubiera conseguido hablar de
Gwendolyn Box de no saber que estaba perdida. Sólo hubiera tenido la sensación
de que algo o alguien iba a ser encontrado.
-¿Quieres decir que no puedes hacer predicciones acerca de nada a no ser
que, con anterioridad, conozcas la cosa conscientemente? - preguntó Read, con
interés. Herbert dudó.
-Supongo que sí... -dijo-. En caso contrario se forma una especie de...
borrón en mi cerebro; pero no puedo identificar lo que es. Es como mirar a una
luz con los ojos cerrados. Uno sabe que existe luz, pero eso es cuanto conoce.
Ese es el motivo de que lea tantos libros. Cuantas más cosas conozco, sobre más
cosas puedo hacer predicciones. Algunas veces se me escapan cosas importantes.
No sé a qué se debe. Como, por ejemplo, cuando estalló la pila atómica y murió
tanta gente. Para aquel día, lo único que yo había anunciado era un aumento en
los empleos. En realidad, no sé cómo me pasa esto, señor Read. Lo único que sé
es que me pasa.
En aquel momento apareció el padre de Herbert. Era un hombre bajo y
robusto, con la persuasiva personalidad del extrovertido.
-Así que van a investigar a Herbert, ¿eh? - dijo, tras las
presentaciones -. Esto está bien. Ya era hora de que lo hiciesen.
-Creo que lo haremos - respondió Read, con cautela -. Primero tendrán
que aprobar la subvención para el proyecto.
El señor Pinner le miró astutamente.
-Antes quiere ver si se produce un terremoto, ¿verdad? Cuando se le oye
decirlo a él mismo, es diferente. Bueno, pues lo habrá. Una cosa tremenda, un
terremoto - chasqueó la lengua con desagrado -. Al menos no habrá muertos, y
eso es bueno. Y encontrarán a la señorita Box de la forma anunciada por
Herbert.
El terremoto se produjo a eso de las nueve y cuarto, mientras Read se
hallaba sentado bajo la lámpara de pie, leyendo un informe de la Sociedad de
Investigaciones Físicas. Se oyó un ominoso retumbar que fue seguido por un
largo y mareante temblor.
A la mañana siguiente, Read hizo que su secretaria la pusiera en
contacto con Haffner, un sismólogo al que el científico conocía
superficialmente. Por teléfono, Haffner se mostró definitivo y brusco:
-Claro que no existe forma de predecir un temblor de tierra - dijo, con
sequedad -. Ni siquiera con una hora de anticipación. Si la hubiera,
advertiríamos a la gente y haríamos evacuar las áreas donde se va a producir.
Nunca se producirían muertos. En forma general, podemos adelantar los lugares
donde son probables los terremotos, eso sí. Hace años que sabemos que en esta
área pueden producirse temblores. Pero respecto a marcar la hora exacta...
Sería lo mismo que preguntarle a un astrónomo cuándo se va a convertir en nova
una estrella. No lo sabe, y nosotros tampoco. De todas formas, ¿a qué se deben
sus preguntas? ¿A la predicción de ese muchacho, ese Pinner?
-Sí. Estamos pensando en observarle.
-¿Pensando? ¿Quiere decir que sólo ahora empiezan a estudiarle? ¡Señor,
en qué torre de marfil deben de vivir ustedes, los psicólogos investigadores!
-¿Cree usted que lo que hace el muchacho es auténtico ?
-La respuesta es un rotundo sí.
Read colgó. Cuando salió a almorzar, por los titulares de los periódicos
se enteró de que la señorita Box había sido encontrada de la forma predicha por
Herbert en su programa. Sin embargo, aún dudaba. Hasta el jueves no comprendió
que sus dudas no se debían al temor de malgastar el dinero de la Universidad en
una impostura, sino a su excesiva seguridad de que Herbert Pinner era sincero.
En el fondo, no deseaba comenzar su estudio. Estaba asustado. Comprender
aquello le conmocionó. Inmediatamente llamó al decano y le pidió la subvención.
La respuesta fue que no habría dificultades para conseguirla. El viernes por la
mañana, Read escogió a los dos hombres que debían ayudarle en el proyecto. Y
para cuando el programa de Herbert estaba a punto de salir al aire, los tres se
encontraban ya en la emisora.
Hallaron a Herbert tensamente sentado en una silla del estudio 8-G. A su
alrededor, Wellman y otros cinco o seis ejecutivos de la emisora. El padre del
muchacho iba de un lado a otro, dando claras muestras de excitación y
retorciéndose las manos. Incluso el hombre del FBI había abandonado su habitual
alejamiento e impasibilidad, e intervenía acaloradamente en la discusión. En
medio de todos ellos, Herbert meneaba la cabeza y decía, una y otra vez:
-No, no. Me es imposible.
-Pero, ¿por qué, Herbie? - gimió su padre -. Por favor, dime por qué no
quieres. ¿Por qué te niegas a actuar en tu programa?
-No puedo - replicó Herbert -. Por favor, no me pregunten. No puedo. Eso
es todo.
Read observó lo pálido que estaba el muchacho.
-Pero, Herbie... Tendrás cuanto quieras. ¡Lo único que has de hacer es
pedirlo! Ese telescopio... Mañana te lo compraré... O, mejor: esta misma noche.
-No quiero ningún telescopio - rechazó el joven Pinner, cansado -. No
quiero mirar a través de él.
-¡Te compararé un pony, una lancha a motor, una piscina! ¡Herbie,
cualquier cosa que pidas te la daré!
-No - dijo el muchacho.
El señor Pinner miró en torno, con desesperación. En un rincón vio a
Read y corrió hacia él:
-Mire a ver si puede usted convencerle, señor Read- suplicó.
Read se mordió el labio inferior. En cierto sentido, era su deber. Se
abrió paso a través de la gente y llegó junto a Herbert. Apoyando una mano
sobre su hombro, preguntó:
-¿ Qué es eso que me han dicho de que no quieres hacer tu programa,
Herbert?
Herbert le miró. La acusada expresión de su rostro hizo que Read se
sintiera culpable y contrito.
-Me es imposible -dijo el chico-. No empiece usted también a
preguntarme, señor Read.
Read volvió a morderse el labio. La técnica de la parasicología
consiste, en parte, en conseguir que los sujetos cooperen.
-Herbert, si el programa no se emite, un montón de gente quedará
defraudada.
El rostro del muchacho adoptó una expresión arisca.
-No puedo evitado - dijo.
-Y más aún, muchas personas se asustarán. No se explicarán por qué el
programa no se emite y comenzarán a imaginar cosas. Cosas de toda índole. Si no
te ven, muchas personas se alarmarán terriblemente.
-Yo... -comenzó el muchacho. Se pasó una mano por la mejilla -. Quizá
tenga razón - contestó, con lentitud-. Sólo que...
-Tienes que realizar tu programa. Repentinamente, Herbert capituló:
-De acuerdo - dijo -. Lo intentaré.
Todos en el estudio lanzaron un suspiro de alivio y se produjo un
movimiento general hacia la puerta de la cabina de control. Los comentarios se
hacían en tono agudo y nervioso. La crisis había acabado sin que ocurriese lo
peor.
La primera parte del programa de Herbert fue muy parecida a la de otras
veces. La voz del muchacho sonaba un poco insegura, y sus manos mostraban
cierta tendencia a crisparse, mas tales anormalidades pasarían inadvertidas al
espectador normal. Cuando hubieron transcurrido unos cinco minutos, Herbert
hizo a un lado los libros y diseños (había estado charlando sobre el diseño
mecánico) que estaba mostrando a su audiencia y comenzó, con enorme seriedad:
-Quiero hablarles de mañana. Mañana... - hizo una pausa y tragó saliva
-, mañana va a ser distinto a cuanto ha habido en el pasado. Mañana será el
comienzo de un mundo nuevo y mejor para todos nosotros.
Al oír aquellas palabras, Read sintió que le recorría un escalofrío.
Observó los rostros que le rodeaban. Todo el mundo escuchaba a Herbert con
expresión absorta. Wellman tenía la mandíbula un poco caída y, sin darse
cuenta, jugueteaba con los unicornios que adornaban su corbata.
-En el pasado ha habido etapas muy malas - seguía el joven Pinner -.
Hemos tenido guerras, ¡tantas!, y hambre, y epidemias. Se han producido
depresiones sin que supiésemos qué las producía; ha habido gente que pasaba
hambre cuando había comida y que moría de enfermedades para las cuales
conocíamos el remedio. Hemos visto malgastar la riqueza del mundo. El agua de
los ríos se ha vuelto negra a causa de los desperdicios que a ella arrojaban,
aproximando cada vez más el hambre a nosotros. Hemos sufrido, hemos atravesado
una larga y mala época... Pero a partir de mañana - su voz se hizo más alta y
más profunda -, todo esto cambiará. No habrá más guerras. Viviremos el uno
junto al otro, como hermanos. Dejaremos de matar, de causar destrozos, de
arrojar bombas. El mundo, de polo a polo, serán gran y fértil jardín, repleto
de fruta, y nos pertenecerá a todos, para que lo disfrutemos y seamos felices.
La gente vivirá mucho tiempo, será dichosa y sólo morirá de vieja. Nadie
volverá a tener miedo. Por vez primera desde que los hombres existen sobre la
tierra, viviremos como deben hacerlo los seres humanos.
"Las ciudades serán ricas en cultura: arte, música, libros... Y
todas las razas contribuirán, cada una según sus posibilidades, a esa cultura.
Seremos más inteligentes, más felices y más poderosos de lo que nadie ha sido
jamás. Y muy pronto... -el muchacho dudó un momento, como si temiera cometer un
desliz -. Muy pronto mandaremos al espacio nuestras naves cohete. Llegaremos a
Marte, a Venus y a Júpiter. Iremos hasta los límites de nuestro sistema solar
para ver cómo son Urano y Plutón. Y a lo mejor desde allí, es posible,
seguiremos adelante y visitaremos las estrellas... Mañana será el comienzo de
todo esto. Y nada más, por ahora. Adiós. Buenas noches.
Durante unos momentos, después de que el muchacho hubo concluido, nadie
se movió ni habló. Luego comenzaron a oírse voces que balbucían en tono
delirante. Read, mirando a su alrededor, advirtió lo pálidos que estaban todos
y lo dilatados que tenían los ojos.
-¿Cómo repercutirá el nuevo orden en la televisión? - dijo Wellman, como
para sí mismo. Su corbata aparecía totalmente desanudada y le colgaba de
cualquier manera alrededor del cuello -. Seguirá habiendo TV, eso es seguro,
forma parte de la buena vida. - Y en seguida, volviéndose hacia Pinner, padre,
que estaba sonándose y secándose los ojos -: Sáquele de aquí inmediatamente,
Pinner. Si se queda, vendrá tanta gente que se formará un tumulto.
El padre de Herbert asintió y se metió en el estudio en busca de su
hijo, que se hallaba ya en medio de un corro de personas, y regresó con él. Con
Read precediéndoles, se abrieron camino por el pasillo y bajaron hasta la calle
para salir por la parte de atrás de la emisora. Sin que le invitaran, Read se
metió en el coche y tomó asiento, en uno de los transportines, frente a
Herbert. El muchacho parecía exhausto. No obstante, en sus labios había una
leve sonrisa.
-Será mejor que el chófer les lleve a un hotel tranquilo... - dijo Read
al padre -. Si van a su domicilio habitual, les asediarán.
Pinner asintió.
-Al hotel Triller -ordenó al conductor del coche-. Vaya despacio,
taxista. Queremos pensar.
El hombre deslizó un brazo en torno a su hijo y le dio un cariñoso
apretón. Sus ojos brillaban de felicidad.
-Me siento orgulloso de ti, Herbie - declaró, solemnemente-. No podría
sentírmelo más. Lo que dijiste... Fue algo maravilloso, maravilloso...
El conductor no había hecho nada por poner el coche en movimiento. Ahora
se volvió y dijo:
-Es usted el joven señor Pinner, ¿verdad? Acabo de verle. ¿Me permite
estrechar su mano?
Tras una ligera duda, Herbert se inclinó hacia adelante y extendió la
suya. El chófer la aceptó casi con reverencia.
-Sólo quería darle las gracias..., sólo darle las gracias... ¡Oh,
diablos! Excúseme, míster Herbert. Pero lo que ha dicho ha significado mucho
para mí. Estuve en la última guerra.
El coche se apartó del bordillo. Mientras iban hacia el centro, Read
observó que la petición de Pinner al taxista de que fuera lentamente había sido
innecesaria. El público atiborraba las calles. Las aceras se encontraban
atestadas, y la gente comenzaba a invadir las calzadas. El vehículo redujo
primero su velocidad hasta ir a la de un hombre a pie. Read echó las
cortinillas para evitar que reconocieran a Herbert.
En las esquinas, los vendedores de periódicos voceaban histéricamente.
Aprovechando un momento en que el taxi se detuvo, Pinner abrió la portezuela y
saltó a la calle. Regresó en seguida con un montón de diarios bajo el brazo.
Decía uno: "¡Comienza un nuevo mundo!". Y otro: "¡Mañana
se cumple el milenio!". Y otro simplemente: "¡Alegría en el
mundo!". Read abrió uno de los ejemplares y comenzó a leer los
comentarios:
"Un muchacho de quince años ha anunciado al mundo que, a partir de
mañana, sus penas habrán concluido, y el mundo se ha vuelto loco de alegría. El
muchacho, Herbert Pinner, cuyas siempre exactas predicciones le han ganado una
audiencia mundial, ha predicho una era de paz, abundancia y prosperidad como
jamás se ha conocido..."
-¿No es maravilloso, Herbert? - jadeó Pinner. Sus ojos brillaban de
excitación. Meneó el brazo de su hijo-. ¿No es maravilloso? ¿No estás contento?
-Sí - dijo Herbert.
Al fin llegaron al hotel y se registraron. Se les dio una suite en el
piso dieciséis. Incluso a esta altura podía oírse algo de la excitación que
reinaba en la masa de allá abajo.
-Acuéstate y descansa, Herbert - dijo el señor Pinner -. Pareces
rendido. Debió de resultarte difícil decir todo aquello... - recorrió la
habitación a grandes pasos y luego se volvió hacia el muchacho, como
disculpándose -. Me excusarás si salgo, hijo, ¿verdad? Me siento demasiado
excitado para quedarme quieto. Deseo ver lo que pasa afuera - su mano estaba ya
en el tirador de la puerta.
-Sí, vete - respondió Herbert, que se había hundido en un sillón.
Read y Herbert quedaron solos. Durante unos instantes, nadie dijo nada.
El muchacho ocultó la cara entre los manos y lanzó un suspiro.
-Herbert - dijo Read, con suavidad -. Creí que no lograbas ver el futuro
más allá de las próximas cuarenta y ocho horas.
-Es cierto - replicó Herbert, sin mirarle.
-Entonces, ¿cómo pudiste predecir las cosas que has anunciado esta
noche?
La pregunta se hundió en el silencio del cuarto como una piedra arrojada
a un estanque. De ella parecieron surgir ondas circulares. Herbert preguntó:
-¿De veras quiere saberlo?
Read tuvo que buscar el nombre de la emoción que sentía. Era miedo.
Respondió:
-Sí.
El muchacho se puso en pie y fue hasta la ventana. Se quedó ante ella,
mirando al exterior, no a las atestadas calles, sino al cielo, donde, gracias
al horario de verano, aún se veía el leve resplandor del ocaso.
-De no haber leído el libro, no lo hubiera sabido - dijo. Se volvió
hacia Read y continuó, precipitadamente -: Sólo hubiese tenido noción de que
algo importante, muy importante, iba a ocurrir. Pero ahora lo sé. Leí sobre
ello en mi libro de astronomía. Mire hacia ahí -el chico señalaba al Oeste,
hacia el lugar que había ocupado el Sol-. Mañana será de otra forma.
-¿Qué quieres decir? - gritó Read. Su voz estaba trastornada por la
ansiedad-. ¿Qué intentas dar a entender?
-Que mañana el Sol será distinto... Quizá sea preferible... Quise que
todos fueran felices. No puede reprocharme que les mintiera, señor Read.
Read fue hacia él, furioso.
-¿Qué pasa? ¿Qué va a ocurrir mañana? ¡Tienes que decírmelo!
-Pues mañana, el Sol... He olvidado la palabra... ¿Cómo se llama una
estrella cuando aumenta repentinamente su brillo y se vuelve un millón de veces
más cálida de lo que era antes?
-¿Una nova? - gritó Read.
-Eso es. Mañana... el Sol estallará.
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Margaret St. Clair (1911-1995)

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