© Libro N° 9990. El Chico Listo. Machen, Arthur. Emancipación. Junio 4 de 2022.
Título
original: ©
The Bright Boy; Arthur Machen
(1863-1947)
Versión Original: © El Chico Listo. Arthur Machen
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Arthur Machen
El Chico
Listo
Arthur
Machen
Habiendo abandonado definitivamente la universidad de Oxford, el joven
Joseph Last se preguntaba insistentemente por lo que haría próximamente y en
los años venideros. Era huérfano desde su temprana infancia, pues sus padres
habían muerto de fiebres tifoideas con muy pocos días de diferencia cuando
Joseph tenía diez años, y recordaba muy poco de Dunham, donde su padre fue el
último de un vasto linaje de procuradores que ejercieron en el lugar desde
1797. Hace tiempo los Last habían vivido con holgura. De cuando en cuando se
habían casado con la alta burguesía de los alrededores y dirigieron la mayoría
de los negocios del condado, desempeñando las funciones de mayordomo en varias
casas solariegas, viviendo generalmente en un mundo de discreta pero
confortable prosperidad y alcanzando sus cotas más altas, tal vez, durante las
guerras napoleónicas y después. Luego empezaron a declinar, nada violentamente,
sino muy despacio, de manera que pasaron muchos años antes de que se dieran
cuenta del lento pero firme proceso en marcha.
Los economistas entienden muy bien, sin duda, por qué el campo y sus
poblaciones perdieron gradualmente importancia poco después de la batalla de
Waterloo; y las causas de la decadencia y el cambio que, según él imaginaba, o
creía imaginar, maltrataron tan lamentablemente a Cobbett, absorbiendo la vida
y la resistencia de la tierra para nutrir la monstruosa excrescencia de
Londres. De cualquier modo, incluso antes de la llegada del ferrocarril, las
salas de reunión de las poblaciones rurales se volvieron polvorientas y
desiertas, las familias del condado dejaron de ir a sus ‘casas de la ciudad’ en
la estación veraniega, los pequeños teatros, donde la señora Siddons y Grimaldi
habían actuado en sus diversos papeles, raramente abrían sus puertas, y los
diestros artesanos, relojeros, ebanistas y otros por el estilo, empezaron a
encaminarse a las grandes ciudades y a la capital. Eso ocurría en Dunham.
Desde luego, las fortunas de los Last se hundieron a la par que las de
la ciudad; hubo especulaciones que no salieron bien, y la gente habló de una
gran pérdida en bonos extranjeros.
Cuando murió el padre de Joseph, se comprobó que había suficiente para
educar al chico y suministrarle un bienestar estrictamente modesto, y poco mas.
Se estableció con un tío suyo que vivía en Blackheath y, tras unos pocos años
en la muy conocida escuela preparatoria del señor Jones, fue a Merchant Taylors
y de allí a Oxford. Consiguió una decorosa licenciatura (segundo en Mayores) y,
comenzó entonces aquella perplejidad sobre qué haría consigo mismo. Su renta no
le permitía más que chuletas y filetes, con algún ocasional asado de aves, y
tres o cuatro semanas en el Continente una vez al año. De haberlo querido,
podría haber hecho algo, pero la perspectiva la encontraba sosa y aburrida.
Él era un humanista bastante aceptable, con algo más que el conocimiento
puramente técnico del latín y el griego y el interés profesional por ambos,
propio de un profesor de tipo medio; con todo, la enseñanza parecía ser su
única opción de empleo evidente y obvia. Pero no parecía probable que pudiera
obtener un puesto en ninguno de los grandes colegios privados. En primer lugar,
había desperdiciado sus oportunidades en Oxford. Había ido a una de las
facultades más desconocidas, una de esas que aparecen en memorias que tratan de
los primeros años del siglo diecinueve como centro y origen de la vida
intelectual, y que por alguna razón o sin razón habían caído en el olvido. Nada
existe contra ellas; pero nadie habla ya más de ellas. En uno de estos lugares
Joseph Last hizo amistad con excelentes compañeros, tranquilos y alegres como
él; pero no fueron, en el estricto sentido del término, los buenos amigos que
un joven prudente suele hacer en la universidad. Uno o dos tenían en mente la
abogacía, y dos o tres la administración pública; pero la mayoría de ellos
estaban vinculados a coadjutorías y otros cargos rurales.
Generalmente, y por razones prácticas, no eran hombres cuyos cuchicheos
en las altas esferas pudieran conducir a algo provechoso. Además, aun en
aquellos días, los deportes adquirían otra vez importancia en los colegios
mejor acreditados, y en eso el joven Last quedaba categóricamente excluido.
Llevaba gafas con dos lentes partidas de un modo raro: su incapacidad atlética
era terminante y total.
Después de mucho reflexionar, al principio pensó fundar una pequeña
escuela preparatoria en uno de los suburbios prósperos de Londres; una escuela
diurna donde los padres pudieran proporcionar a sus chicos una buena base desde
el principio por unos honorarios comparativamente modestos, teniendo, no
obstante, en sus propias manos su educación. A menudo le había parecido a Last
que era cosa de bárbaros sacar a un muchacho de siete u ocho años de su
confortable y afectuoso hogar para enviarle por las mañanas, con el estómago
vacío, a un extraño lugar entre poco amistosos desconocidos, tableros desnudos,
olor a tinta y gramática. Pero tras consultar con su antiguo compañero de
facultad Jim Newman, este sabio le aconsejó renunciar a su proyecto y
abandonarlo sobre la marcha. Newman señaló en primer lugar que la enseñanza no
era rentable a menos que estuviese combinada con el alojamiento. Dijo que todo
saldría bien, y más que bien; y supuso que mucha gente que corrientemente
regentaba hoteles con sumo gusto se dedicaría a practicar su misterioso arte
bajo normas docentes.
—Sabes, no necesitas gastarte mucho en mobiliario. No hace falta que los
chicos se hagan sibaritas. Además, no hay nada que un muchacho en su sano
juicio odie más que la falta de ventilación: lo que quiere es aire puro, y en
abundancia. Y como sabes, viejo amigo, el aire puro es bastante barato. Y en
cuanto a la comida, en un hotel ordinario es conveniente preocuparse de si es
comestible; pero en un hotel de los que estamos hablando, un pequeño accidente
en el buey o el cordero proporciona una excelente oportunidad para ejercitar la
virtud de la abnegación.
Last oyó todo esto con una mueca lúgubre.
—Pareces saberlo todo —dijo—. ¿Por qué no te dedicas a eso tú mismo?
—No pude evitar la ironía. Además, no creo que sea muy deportivo. Me voy
a la India en otoño a la caza del jabalí con lanza y a caballo. Y hay otra cosa
—continuó tras una pausa reflexiva—. Tu idea de un externado es pésima. Los
padres no te agradecerían que les permitieras tener a sus chicos en casa
mientras son pequeños. Algunos llegan a decir que el principal propósito de los
colegios es permitir a los padres una buena excusa para deshacerse de sus
hijos. No es ninguna tontería. La mayoría de los padres y madres quieren a sus
hijos y les gusta tenerlos en casa: en todo caso cuando son jóvenes. Pero, de
un modo u otro, se les ha metido en la cabeza que los profesores desconocidos
saben más acerca de cómo educar a un muchacho que su propia gente; y así es. En
suma, desecha esa idea tuya.
Last lo pensó con detenimiento y consideró los pormenores del ámbito
docente, llegando a la conclusión de que Newman tenía razón.
Por espacio de dos o tres años se encargó de recitales poéticos durante
el verano. En el invierno encontró ocupación dando clases particulares a niños
atrasados y preparando muchachos no tan atrasados para su examen de beca; y su
pequeño manual, “Griego para principiantes”, se había revelado bastante útil en
los primeros cursos. En general lo hizo bastante bien y, aunque el trabajo
empezaba a aburrirle mortalmente, el dinero que ganaba, añadido a su renta, le
permitía vivir como quería: bastante confortablemente. Ocupaba un par de
habitaciones en una de las calles que bajaban del Strand al río, por las que
pagaba una libra a la semana; almorzaba pan y queso y otras fruslerías, con
cerveza de su propio barril, y cenaba sencilla y suficientemente ora en una,
ora en otra de esas confortables tabernas que por entonces abundaban en el
barrio. Y, de cuando en cuando, una vez al mes o algo así, en lugar de sus
cenas en tabernas, iba tal vez al teatro, el Vaudeville o el Olympic, el Globe
o el Strand, para terminar con algo caliente.
La tarde podía depararle una pequeña reunión: entre las seis y las siete
iban a visitarle a sus habitaciones antiguos amigos de Oxford; Zouch procedente
de Temple y Medwin de la calle Buckingham; y Garraway posiblemente tomaría el
autobús Yellow Albion, descendería de su remota cuesta al norte de Londres,
llamaría al número 14 de Mowbray Street, y exigiría fumar en pipa, cerveza
negra y una buena función teatral. Y en raras ocasiones se presentaba Noel,
otro miembro de nuestra pequeña asociación. Noel vivía en Turnham Green en una
casa de ladrillo rojo que entonces era considerada simplemente anticuada, pero
que ahora —pues fue derribada hace tiempo— sería célebre por haber sido objeto
de la predilección de la reina Ana o de los primeros georgianos. Vivía allí con
su padre, funcionario retirado del Museo Británico, y, a través de un hombre
que había conocido en Oxford, se había abierto camino en el periodismo
literario, colaborando normalmente en un importante semanario.
De ahí la importancia de sus ocasionales descensos a Buckingham Street,
Mowbray Street, y el Temple. Noel, como hombre de letras en cierta manera, o,
al menos, periodista profesional, era miembro del Blacks. Club, que en aquellos
días tenía exiguos locales en Maiden Lane. Noel solía visitar las guaridas de
sus amigos y tomaba con ellos cerveza de malta y ostras, y los arrastraba al
patio de butacas de cualquier teatro del vecindario, donde contemplaban una
excelente interpretación y una animada y disparatada función, disfrutaban de
ambas, y luego cenaban en el Tavistock.
Después de esto, Noel les llevaba al Blacks., donde, muy probablemente,
verían a alguno de los actores que les habían divertido por la tarde, y a sus
amigos los periodistas y hombres de letras, así como algún ocasional pintor o
fotógrafo. Last disfrutaba mucho en este lugar, especialmente entre los
actores, que le parecían más geniales que los literatos. Sobre todo se hizo
amigo de uno de los actores, el viejo Meredith Mandeville, que había conocido
al anciano Kean, era un fiable intérprete de los más modestos personajes de
Shakespeare, y se empeñaba en contar chismes acerca de los primeros tiempos del
condado.
—Para empezar disponías de nueve chelines a la semana. Cuando llegabas a
quince chelines le dabas a tu casera ocho o nueve y el resto lo tenías para
gastar. Te sentías como un príncipe. Y las familias del condado solían venir a
vernos a menudo a la Habitación Verde: de lo más agradable.
A Last le encantaba conversar con este amable y anciano caballero, cuya
plácida y cordial serenidad no se había echado del todo a perder a causa de las
incalculables cantidades de ginebra que ingería, vislumbrando una vida
extrañamente alejada de la suya propia: vagabundeo, inseguridad, malas rachas,
y jolgorio; y, como fondo de todo, el encendido murmullo del escenario, voces
profiriendo cosas tremendas, y la sensación de moverse en dos mundos. El
anciano, por su parte, no había sido especialmente próspero o afortunado, y, no
obstante, había disfrutado de su vida, se burlaba de sus inconvenientes, y
hacía de los malos tiempos una aventura. Last solía expresar su envidia por la
carrera del actor, haciendo hincapié en la insignificancia de su propio trabajo,
el cual, decía él, consistía en manipular los cerebros de los pequeños, enseñar
a los mayores los trucos de los exámenes, y, en general, hacer cosas sin
importancia.
—Tiene tanto que ver con la educación como la albañilería con la
arquitectura —dijo él una noche—. Y no es nada divertido.
El viejo Mandeville, por su parte, escuchaba con interés estas
revelaciones acerca de un mundo tan extraño y desconocido para él como el de
las candilejas lo era para el preceptor.
Hablando en términos generales, nada sabía de libros a excepción de los
textos teatrales. Había oído hablar, sin duda, de cosas llamadas exámenes, como
la mayoría de la gente ha oído hablar de los ritos de iniciación de los pieles
rojas, pero era tan ajeno a unos como a los otros. Encontraba interesante y
extraño estar sentado en Blacks., hablando en realidad con un buen compañero
que estaba dedicado seriamente a esta curiosa profesión. Y existían cuestiones
-advirtió Last con asombro- en las que los dos círculos coincidían, o así lo
parecía. El preceptor, deseando mostrarse agradable, empezó una noche a hablar
acerca de los orígenes del “Rey Lear”. El actor se sorprendió escuchando
leyendas celtas que le sonaban a incomprensible disparate. Y cuando llegaron al
episodio del Caballero que lucha con el rey del País de las Hadas por la mano
de Cordelia, hasta el día del juicio Final, estalló:
—Lear es una bicoca; de eso no hay duda. Eres demasiado joven para haber
visto el Lear de Barry O.Brien: magnífico. Desde entonces se ha ensayado mucho
el papel. Pero nunca ha sido representado. Yo mismo he interpretado al Loco, y
debo decirlo, no sin alguna recompensa aprobatoria. Recuerdo una vez en
Stafford...
Y a Last le alegró dejarle contar su historia, que acababa, bastante
extrañamente, con un corazón de buey para cenar.
Pero una noche, cuando Last se quejaba, como solía hacer frecuentemente,
de la fragmentaria, inconexa y nada satisfactoria índole de su ocupación, el
anciano le interrumpió de una forma completamente inesperada.
—Es posible —empezó—, es posible, fíjese, que yo disponga de medios para
aliviar el tedio de su destino. Hace unos días hablaba con una prima mía, la
señorita Lucy Pilliner, una mujer muy agradable. Ella conoce el mundo a fondo,
y en el curso de nuestra conversación le mencioné, espero que me permita la
libertad, que últimamente había conocido a un joven caballero de considerable
eminencia docente, que estaba algo molesto con las demasiado bruscas y
frecuentes admisiones y despidos en su actual empleo de preceptor. Me
sorprendió que mi prima recibiera estas observaciones con cierto interés, pero
no contaba con recibir esta carta.
Mandeville entregó la carta a Last. Ésta comenzaba así: Mi querido
Ezequiel, y Last advirtió de reojo una mirada del actor que abogaba por el
silencio y la discreción en esta cuestión. La carta venía a decir en un estilo
casi tan digno como el de Mandeville que la remitente había considerado
detenidamente las circunstancias que rodeaban al joven preceptor, según se las
refirió su primo en el transcurso de su muy agradable conversación del último
viernes, y se inclinaba a pensar que sabía de un puesto docente, de lo más
estable y satisfactorio, disponible dentro de poco en una familia que ella
conocía.
Si le interesa a su amigo —terminaba la señorita Pilliner—, me
encantaría que se pusiera en contacto conmigo con vistas a prepararle una
entrevista en la que pudiera discutir el asunto con mayor precisión y detalle.
—¿Qué le parece? —dijo Mandeville, mientras Last le devolvía la carta de
la señorita Pilliner.
Last vaciló por un momento. Existe una atracción y también una repulsión
en lo poco corriente e improbable, y Last dudaba que el trabajo docente
obtenido en el Blacks. a través de un actor y una dama de Islington —había
visto el nombre al comienzo de la carta— fuera sólido o conveniente. Pero
prevalecieron los pensamientos más luminosos, y le aseguró a Mandeville que
estaría encantado de llegar al fondo del asunto, agradeciéndole muy
afectuosamente su interés. El anciano asintió favorablemente, le devolvió la carta
para que tomara nota de la dirección de la señorita Pilliner, y le sugirió una
nota inmediata solicitando una cita.
—Y ahora —dijo—, a pesar de las censurables objeciones del Príncipe
Taciturno, propongo beber esta noche a su jocunda salud.
Y le deseó a Last la mejor suerte del mundo con sincera amabilidad.
Dos días más tarde, la señorita Pilliner presentó sus respetos al señor
Joseph Last y le rogó que hiciese el favor de visitarla tres días después, al
mediodía, ‘si el día y la hora no son incompatibles con su conveniencia’.
Entonces podrían aprovechar la ocasión, prosiguió ella, para discutir cierta
propuesta, cuya índole, creía ella, había sido significada al señor Last por su
buen primo, el señor Meredith Mandeville.
Corunna Square, donde vivía la señorita Pilliner, era una pequeña, casi
diminuta, plazoleta en los más remotos parajes de Islington. Sus edificios de
dos plantas, de ladrillos amarillentos, estaban completamente cubiertos de
parras, clemátides y toda clase de enredaderas. Frente a las casas había
pequeños arriates ajardinados, vistosamente florecidos, y el recinto de la
plaza contenía poco más aparte de un venerable y enorme moral, mucho más
antiguo que los edificios circundantes. La señorita Pilliner vivía en la
esquina más tranquila de la plaza. Recibió a Last con una especie de mezcla de
saludo y reverencia, y le rogó que se sentara en un sillón de respaldo alto,
tapizado con crines de caballo. La señorita Pilliner, según advirtió él,
aparentaba unos sesenta años, pero era, tal vez, un poco mayor. Era sobria,
íntegra y sosegada; y, sin embargo, podía uno imaginar en ella una oculta
extravagancia. En seguida, mientras discutían sobre el tiempo, la señorita
Pilliner le ofreció un oporto o un jerez de primera calidad, galletas dulces o
bizcocho de pasas. Y después fue derecha al asunto del día.
—Mi primo, el señor Mandeville, me habló —comenzó ella— de un joven
amigo suyo de gran experiencia docente, quien, no obstante, estaba descontento
con la, en cierto modo, informal y ocasional índole de su empleo. Por una
singular coincidencia, uno o dos días antes había recibido una carta de una
amiga mía, la señora Marsh. En realidad es parienta lejana, una especie de
prima creo, pero al no ser montañesa ni galesa, realmente no puedo decir en qué
grado. Era una criatura encantadora, y todavía una mujer hermosa. Se llamaba
Manning, Arabella Manning, y realmente no sabría decirle por qué razón se casó
con el señor Marsh. Solamente le vi una vez, y le encontré inferior a ella
desde todos los puntos de vista posibles, y considerablemente mayor. Sin
embargo, ella proclama que es un marido fiel y una excelente persona, en todos
los aspectos. Se conocieron, por extraño que pueda parecer, en Pekín, donde
Arabella era institutriz de una de las familias de la legación extranjera.
»El señor Marsh, tenía yo entendido, representaba intereses comerciales
muy importantes en la capital del País Florido, y al ser presentado a mi
parienta, se produjo inmediatamente una atracción mutua. Arabella Manning
renunció a su puesto en la familia del agregado, y, a su debido tiempo, se
celebró el matrimonio. Recibí esta información hace nueve años en una carta de
Arabella, fechada en Pekín, y mi parienta acabó por decir que temía le fuera
imposible facilitarme una dirección para mi inmediata respuesta, ya que el
señor Marsh estaba a punto de ponerse en camino para una misión sumamente
urgente en nombre de su empresa, que implicaba viajar mucho y frecuentes
cambios de domicilio. Sentí mucho desasosiego a causa de Arabella, por lo
inestable que me parecía su forma de vida, y tan poco hogareña.
»No obstante, un amigo mío que trabaja en la City me aseguró que no
había nada raro en tales circunstancias, y que no debía alarmarme por ello. Sin
embargo, cuando pasaron los años y no recibí más correspondencia de mi prima,
decidí que probablemente habría contraído alguna enfermedad tropical que se la
habría llevado, y que el señor Marsh se habría olvidado cruelmente de
comunicarme la noticia del triste suceso. Pero hace un mes más o menos —la
señorita Pilliner consultó un almanaque en la mesa a su lado— quedé asombrada y
encantada al recibir una carta de Arabella. Escribía desde uno de los más
lujosos y selectos hoteles del West End londinense, anunciándome la vuelta a su
tierra natal de ella y de su marido tras muchos años de vagabundeo. El vivo
interés del señor Marsh por los negocios, al parecer, había concluido
finalmente de una forma sumamente próspera y afortunada, y estaba ahora en
negociaciones para adquirir una pequeña propiedad en el campo, donde esperaba
pasar el resto de sus días en pacífico retiro.
La señorita Pilliner hizo una pausa y rellenó la copa de Last.
—Siento molestarle —prosiguió— con esta larga historia, que estoy segura
debe ser un deplorable tormento para su paciencia. Pero, como verá usted dentro
de poco, las circunstancias se salen un poco de lo normal, Y. como usted debe
tener, confío, un particular interés en ellas, pienso que es conveniente que
esté informado de todo... a carta cabal, y en toda regla, como solía decir mi
pobre padre con sus bruscos modales. Bien, señor Last, como le he dicho, recibí
esta carta de Arabella con su extremadamente gratificante información. Como
usted puede suponer, me alegró mucho enterarme de que todo se había resuelto
tan felizmente. Y al final de la carta, Arabella me rogaba que fuera a
visitarles al hotel Billing, añadiendo que su marido estaba muy deseoso de tener
el gusto de conocerme.
La señorita Pilliner se acercó al cajón del escritorio que había junto a
la ventana y sacó una carta.
—Arabella fue siempre muy considerada. Dice:
»Sé que siempre has vivido muy discretamente y no estás acostumbrada a
la agitación del elegante Londres. Pero no tienes por qué alarmarte. El hotel
Billing no es ningún bullicioso caravasar moderno. Todo es muy tranquilo, y
además tenemos nuestra propia suite. Herbert —su marido, señor Last— insiste
rotundamente en que nos hagas una visita, y no debes defraudarnos. Si te
conviene, el próximo jueves, día 22, te enviaré un carruaje a las cuatro en
punto que te traiga al hotel, y estarás de vuelta en Corunna Square después de
compartir con nosotros un pequeño refrigerio.«
—Muy amable, de lo más considerado, ¿no está de acuerdo conmigo, señor
Last? Pero mire la posdata.
Last tomó la carta, de escritura apretada y pulcra, y leyó:
»P.D: Tenemos que darte una maravillosa noticia. Es demasiado buena para
ponerla por escrito, así es que la reservaré para nuestra entrevista.«
Last devolvió la carta de la señora Marsh. El prolongado y ceremonioso
recibimiento de la señorita Pilliner le estaba sumiendo en un dulce sopor; se
preguntaba vagamente cuando iría ella al grano y cual sería éste, y, sobre
todo, qué diablos tenía que ver con él esta historia familiar algo insulsa. La
señorita Pilliner prosiguió.
—Naturalmente, acepté tan amable y urgente invitación. Estaba ansiosa
por ver a Arabella una vez más tras su larga ausencia, y me alegraba gozar de
la oportunidad de formarme mi propia opinión con respecto a su marido, del cual
lo ignoraba absolutamente todo. Y además, debo confesar señor Last, que no
carezco de ese espíritu curioso que los caballeros raramente han contado entre
las virtudes femeninas. Deseaba ardientemente que me hicieran partícipe de la
maravillosa noticia que Arabella había prometido comunicarme en nuestra
reunión, y pasé muchas horas especulando acerca de su naturaleza.
»Llegó el día. A la hora convenida apareció una elegante berlina con su
correspondiente lacayo, y fui conducida entre refinados lujos al hotel Billing
en Manners Street, en Mayfair. Allí un mayordomo me guió a la ‘suite’ del
primer piso, ocupada por el señor y la señora Marsh. No malgastaré su valioso
tiempo, señor Last, reparando en el suntuoso y sobrio lujo de aquellos
aposentos; simplemente mencionaré que mi parienta me aseguró que las piezas de
Sévres de su saloncito habían sido valoradas en novecientas guineas. Encontré
todavía hermosa a Arabella, pero no pude menos de comprobar que los países
tropicales en los que había vivido por tantos años habían causado estragos en
su resplandeciente belleza; había en su aspecto y en su comportamiento un
cansancio, una lasitud, que me angustiaba observar.
»En cuanto a su marido, el señor Marsh, soy consciente de que formarse
una opinión desfavorable tras sólo unas pocas horas de relación es poco
caritativo y a la vez insensato; y no olvidaré con facilidad el discurso que el
querido señor Venn pronunció en la iglesia de Emmanuel el domingo siguiente a
la visita a mi parienta: realmente parecía, lo confieso avergonzada, como si el
señor Venn tuviera en mente mi propio caso, y se sintiera obligado a advertirme
mientras todavía había tiempo. Sin embargo, debo decir que no le tomé del todo
simpatía al señor Marsh. Realmente no podría decir por qué. Lo encontraba
extremadamente educado; no podía serlo más. Más de una vez comentó el
excepcional placer que le producía conocer al fin a una de las personas de las
que tanto le había hablado su querida Bella; confiaba en que ahora que habían
finalizado sus vagabundeos, el placer podría repetirse con frecuencia; no
omitió nada de lo que la más cordial cortesía pudiera sugerir. Y, sin embargo,
no podía decir que la impresión recibida fuera favorable. A pesar de eso, me
atrevo a decir que estaba equivocada.
Hubo una pausa. Last estaba resignado. El sentido de la larga historia
parecía perderse en la lejanía, esfumarse en el horizonte.
—¿Algo en concreto? —insinuó él.
—No; nada. Podía haber imaginado que percibí una falta de sinceridad,
una oculta reserva, detrás de toda la generosidad de las expresiones del señor
Marsh. No obstante, espero estar equivocada.
»Pero voy a olvidarme de esas trivialidades y a fiarme de observaciones
erróneas, único asunto de importancia; al menos para usted, señor Last. Poco
después de mi llegada, y antes de que apareciera el señor Marsh, Arabella me
confió su importante información. Su matrimonio había sido bendecido con un
retoño. Dos años después de su unión con el señor Marsh había nacido un niño
varón. El nacimiento tuvo lugar en una ciudad de Sudamérica, Santiago de Chile
—he comprobado el lugar en mi atlas—, donde la estancia del señor Marsh había
sido más prolongada de lo usual.
»Afortunadamente, había un médico inglés disponible, y el pequeño tuvo
buena salud desde el principio, y, como Arabella, su orgullosa madre, se
jactaba, era ahora un precioso muchacho, apuesto e inteligente en grado sumo.
Naturalmente; pregunté por el niño, pero Arabella dijo que no estaba en el
hotel con ellos. Después de unos pocos días se pensó que el denso y húmedo aire
de Londres no era muy adecuado al pequeño Henry, y le enviaron con una niñera a
un balneario en la isla de Thanet, donde se dice que goza de excelente salud y
ánimos.
»Y ahora, señor Last, después de este tedioso aunque necesario
preámbulo, llegamos al punto que, espero, pueda interesarle. En cualquier caso,
como usted puede suponer, la vida que las exigencias comerciales obligaron a
llevar a los Marsh, que implicaba viajes casi continuos, habría sido poco
favorable para el desarrollo sistemático de la educación del niño. Pero, aparte
de este obstáculo, deduje que el señor Marsh sostenía opiniones muy drásticas
en lo referente al desatino de la instrucción prematura. Me declaró su
convicción de que muchas mentes agudas habían sido lamentablemente dañadas al
verse obligadas a soportar el sistema de estímulos prematuros; y señaló que,
por la naturaleza del caso, los encargados de los niños más pequeños no eran
los más sabios e inteligentes. ‘Como reconocerá en seguida, señorita Pilliner’,
me comentó, ‘los grandes eruditos no enseñan el alfabeto a los niños, y no es
probable que los misterios de la tabla de multiplicar los imparta un licenciado
en matemáticas. En consecuencia’, alegó él, ‘la inteligencia en ciernes suele
despertar en contacto con mentes obtusas e inferiores, y el daño bien puede ser
irreparable’.
»Hubo mucho más, pero gradualmente comenzó a imponerse en el aturdido
hombre la luz de la razón. El señor Marsh había mantenido la virginal
inteligencia de su hijo Henry fuera del contacto y la corrupción de la cultura
inferior e incompetente. Juzgando que el muchacho estaba ya maduro para la
auténtica educación, el señor y la señora Marsh habían suplicado a la señorita
Pilliner que hiciera averiguaciones y encontrara, si era posible, un erudito
que se hiciera cargo de la completa educación mental del pequeño Henry. Si
ambas partes llegaban a un acuerdo, el compromiso sería por siete años al
menos, y las asignaciones, como la señorita Pilliner llamaba al salario,
comenzarían con quinientas libras al año, con un incremento anual de cincuenta
libras. Se requerían referencias y pormenores de las distinciones académicas:
el señor Marsh, ausente de Inglaterra por tanto tiempo, estaba dispuesto a dar
instrucciones a sus banqueros.
La señorita Pilliner, sin embargo, estaba completamente segura de que el
señor Last podía considerarse contratado, si le interesaba el puesto.
Last dio las gracias de todo corazón a la señorita Pilliner, y le dijo
que le gustaría disponer de un par de días para pensárselo. Después la
escribiría, y ella le pondría en contacto con el señor Marsh. Y de esta manera
abandonó Corunna Square en un estado de ánimo de gran desconcierto y duda.
Incuestionablemente, el puesto ofrecía muchas ventajas. La paga era muy buena.
Y estaría bien alojado y bien alimentado. Los Marsh eran ricos, y la señorita
Pilliner le había asegurado que ‘no tendría motivo de queja en cuanto a la
hospitalidad’. Y desde el punto de vista pedagógico habría, sin duda, una
mejoría con respecto al trabajo que había estado desempeñando desde que
abandonó la universidad. Hasta entonces había sido un remendón, un chapucero
del trabajo de los demás; ahora tenía la oportunidad de demostrar que era un
consumado artista.
Muy poca gente de la profesión docente, si es que hay alguna, había
disfrutado alguna vez de una oportunidad como ésta. Incluso los profesores de
sexto curso de los grandes colegios privados deben padecer a veces el tener que
apuntalar y reemplazar los malos cimientos del quinto y cuarto cursos. Él iba a
empezar por el principio, sin ningún falso trabajo que le estorbara: ‘desde el
abecedario a Platón, Esquilo y Aristóteles’, se susurraba a sí mismo.
Indudablemente era una gran oportunidad.
Y en cuanto a su contrapartida, tendría que abandonar Londres, pese a
haber crecido encariñado con la familiar y animada ciudad que tan bien conocía;
y sus confortables habitaciones en Mowbray Street, junto al poco frecuentado
Victoria Embankment, bastante tranquilas y, no obstante, a sólo un minuto o dos
del estruendoso Strand. Las reuniones con los viejos amigos de Oxford, las
veladas en el teatro, las agradables tabernas con sus compartimentos secretos,
y sus excelentes chuletas y filetes y cerveza negra, las campanadas a media
noche y después, oídas en cordial compañía en el Blacks: todo eso
desaparecería.
La señorita Pilliner había hablado de que el señor Marsh buscaba algún
lugar a considerable distancia de la ciudad. Tenía puesto el ojo, dijo ella, en
una casa en la frontera con Gales, que pensaba alquilar amueblada, con una
opción de compra si definitivamente la encontraba apropiada. Viviendo en alguna
parte de la frontera galesa no podría ir a Londres a visitar a sus viejos
amigos y regresar en la misma noche. Sin embargo, tendría vacaciones, y en
vacaciones puede hacerse mucho. No obstante, todavía existían muchas dudas en
su mente cuando se sentó a comer su pan con queso y carne en conserva, y a
beber su cerveza en su salita de estar de la tranquila Mowbray Street. Estaba
influenciado, pensó, por la evidente antipatía de la señorita Pilliner hacia el
señor Marsh, y aunque aquélla hablaba al estilo del Dr. Johnson, tenía la
impresión de que, como una dama de la propia época del doctor, tenía un fondo
de sensatez. Evidentemente no confiaba demasiado en el señor Marsh.
Sin embargo, ¿qué puede hacerle el más astuto estafador a su preceptor
permanente? ¿Darle cordero frío para comer u olvidarse de pagarle el salario?
En ambos casos el remedio era simple: el preceptor abandonaría rápidamente la
residencia y regresaría a Londres, y no sería mucho peor. Después de todo,
reflexionaba Last, nadie puede imponer al preceptor de su hijo que invierta en
plata uruguaya o en especias de Java o cualquier otra falaz empresa comercial;
por tanto, ¿qué le importaban a él las presuntas astucias de Marsh?
Pero una vez más, resumidos y considerados todos los pros y los contras,
quedaba pendiente una vaga objeción. Last no podía aportar argumentos para
oponerse a ella, ya que no estaba formulada en palabras y era variable como una
nube. Sin embargo, a la mañana siguiente, llegaron un par de cartas invitándole
a atiborrar a dos jóvenes estúpidos de datos, cifras y verbos en “mi”. La
perspectiva era tan terriblemente desagradable que escribió a la señorita
Pilliner en cuanto desayunó, adjuntando informes de su colegio y otras cartas
elogiosas que tenía en su escritorio. A su debido tiempo se entrevistó con el
señor Marsh en el hotel Billing. En general se agradaron mutuamente.
Last encontró a Marsh enjuto, mordaz, sombrío y de mediana edad. Su pelo
negro encanecía en las sienes, y su rostro estaba surcado de arrugas alrededor
de los ojos. Sus cejas eran espesas y en su mandíbula había indicios de
amenaza; pero la sonrisa con que recibió a Last iluminó sus severas facciones
con reconfortante cordialidad. Había algo raro en su acento y en el tono de su
voz; algo, tal vez, extranjero. Last recordó que durante muchos años había
estado viajando por todo el mundo, y supuso que en su habla resonaban ecos de
muchas lenguas. Su comportamiento y modales eran desde luego amables, pero Last
no tenía prejuicios contra la amabilidad, más bien sentía inclinación por las
delicadezas en el trato común. No obstante, Marsh no era, sin duda alguna, el
tipo de hombre que la señorita Pilliner estaba acostumbrada a tratar en Corunna
Square o en la congregación del señor Venn.
Probablemente sospechaba que había sido pirata.
El señor Marsh, por su parte, estaba encantado con Last. Como aparece en
una carta suya a la señorita Pilliner: Era exactamente el tipo de hombre que él
y Arabella habían esperado conseguir por consejo de aquélla. Ellos no querían
dejar a su hijo en manos de cualquier ostentoso hombre de mundo con un sustrato
de conocimientos. El señor Last era, evidentemente, un erudito reservado y poco
mundano, más acostumbrado a tratar con libros que con personas; el verdadero
preceptor que Arabella y él mismo habían deseado para su hijo. El señor Marsh
se sentía profundamente agradecido a la señorita Pilliner por el gran servicio
que ella le había prestado a Arabella, a él mismo y a Henry.
Y, en efecto, como había dicho el señor Meredith Mandeville, Last
encajaba muy bien en el papel. Sin duda, las gafas ayudaban a crear la
impresión del distante y recatado Dominie Sampson. Resolvieron que pasada una
semana comenzarían sus deberes. El señor Marsh extendió un generoso cheque,
‘para costear pequeñas cuestiones de equipamiento, gastos de viaje, y cosas
así; nada tiene que ver con su sueldo’. Last tomaría el tren para determinada
gran ciudad del oeste, y allí le irían a buscar y le conducirían a la casa,
donde ya estaban instalados la señora Marsh y su alumno. ‘Hermoso país, señor
Last; estoy seguro que lo apreciará.’
Hubo una magnífica reunión de despedida con los viejos amigos. Zouch y
Medwin, Garraway y Noel, llegaron de todas partes. Hubo lenguado a la plancha
antes del enorme filete, y después pollo asado. Habían decidido que, como
posiblemente sería la última vez, no irían al teatro, sino que se sentarían a
hablar alrededor de la mesa de caoba. Zouch, que se sobreentendía que llevaba
la voz cantante, había consultado con el jefe de los camareros y, cuando
quitaron el mantel, les sirvieron solemnemente un raro y curioso oporto.
Hablaron de los viejos tiempos cuando iban juntos al colegio Wells, fingieron
—aunque sabían que no debían hacerlo— que el estudiante que había acuchillado a
su propio padre en Piccadilly era amigo suyo, volvieron a contar chistes que
debían ser más viejos que el vino, relataron cuentos de Moll y Meg, Moll
Cutpurse, ladrona, falsificadora y adivina, y Meg of Westminster, sucesivamente
camarera, soldado y la famosa historia de Melcombe, que atornilló al decano en
sus propias habitaciones.
Y luego el asunto de las Poses Plásticas. Algunos compañeros lascivos,
en expresión de uno de los catedráticos del colegio Wells, se habían procurado
ciertas escandalosas figuras de cera del barracón correspondiente de la feria,
y durante la noche las habían colocado en el jardín del colegio de manera más
vergonzosamente escandalosa todavía. Los autores de esta infamia nunca fueron
descubiertos: los cinco amigos se miraron astutamente uno al otro, apretaron
los labios, y se pasaron el oporto.
El vino añejo y las viejas historias juntas produjeron un estado de
ánimo ligeramente reflexivo; y, entonces, Noel los llevó al Blacks., donde Last
buscó entre la nueva compañía al anciano Mandeville y le contó con cordial
gratitud el feliz resultado de su intervención. Cuando repicaron las campanas
cada uno se fue por su camino.
Aunque Joseph Last no era, de ninguna manera, un prodigio de observación
y deducción, tampoco era del todo el simplón encerrado en sus libros que creía
el señor Marsh. Todavía no había pasado mucho tiempo cuando una cierta
inquietud le asaltó en su nuevo empleo. Al principio todo parecía muy bien. El
señor Marsh tenía razón en creer que estaría encantado con el lugar en el que
estaba instalada la Casa Blanca. Ésta se levantaba, sobre terrazas en la
ladera, por encima de un río gris y plateado, que serpentea por un precioso y
solitario valle. Por encima de ella, hacia el este, existía un vasto, sombrío y
viejo bosque, que trepaba hasta el más elevado risco de la colina y descendía
hasta el nivel de las praderas y el mar.
Situado en el extremo más alto del bosque, Last miró hacia el oeste
entre las ramas y contempló las tierras del otro lado del río, la elevación y
declive de la región en sucesivas ondulaciones, la inmensa y borrosa muralla
montañosa, azul en la distancia, y las blancas granjas brillando al sol en la
vasta ladera. Era un hombre en un mundo nuevo. No existía otra región como ésta
alrededor de Dunham, en las Midlands, o en las cercanías de Blackheath u
Oxford; jamás había visitado nada parecido en sus recitales. Estaba asombrado y
encantado por la cortina de verdor, por ese gran prodigio que podía contemplar.
Cerca de él, el manantial descendía a borbotones de las grises rocas,
abriéndose camino desde las entrañas de la colina.
Y en la Casa Blanca las condiciones de vida eran del todo agradables.
Le había impresionado la belleza morena de la señora Marsh, que,
evidentemente, era, como la señorita Pilliner le había contado, bastante más
joven que su marido. También notó los efectos que su prima atribuía a los años
que aquélla vivió en los trópicos, aunque difícilmente podía llamarlos
cansancio o desfallecimiento como hacía ella. Había algo todavía más extraño:
el rostro de la señora Marsh estaba marcado por la rubicundez, pero Last no
sabía si era debido al sol o a las desconocidas emociones de los lugares en
donde se había metido, hace mucho tiempo tal vez. Pero el alumno, el pequeño
Henry, era toda una sorpresa y un encanto.
Parecía algo mayor para sus siete años; pero Last estimó que esta
impresión no estaba basada tanto en su estatura o en su físico como en la
brillante viveza e inteligencia de su mirada. El preceptor había tratado a
muchos niños, aunque ninguno tan joven como Henry; y en general los había
encontrado gordinflones y pesados, con rostros en los que se leía un decidido
odio al saber y la resolución de aprender lo menos posible. A Last nunca le
había sorprendido esta expresión habitual. Le parecía eminentemente natural.
Sabía que los rudimentos de cualquier disciplina eran siempre condenadamente
aburridos y difíciles. Se preguntaba por qué estaba inexorablemente fijado que
la desafortunada criatura humana pasara gran parte de su vida desde el
principio mismo haciendo cosas que detesta; pero así era, y ahora por la
sintaxis del modo optativo.
Pero no existían tan obstinados atrincheramientos en el rostro o en los
modales de Henry Marsh. Era un muchacho apuesto, de aspecto brillante y que
hablaba brillantemente, y, con toda evidencia, no consideraba a su preceptor
como una fuerza hostil dirigida en contra suya. Era lo que algunos, por extraño
que parezca, llamarían anticuado; ingenuo, pero no infantil, con una caprichosa
expresión de vez en cuando más evocadora de un hombre gracioso que de un
muchacho.
Este antiguo hábito tenía, sin duda, que ser atribuido en parte a las
enseñanzas de los viajes, el espectáculo del paisaje cambiante y las cambiantes
apariencias de personas y cosas, pero sobre todo al hecho de que siempre había
estado con su padre y su madre y nada sabía de la compañía de niños de su edad.
—Henry no ha tenido compañeros de juegos —explicó su padre—. Debió
contentarse con su madre y conmigo. No hubo más remedio. Todo el tiempo
estuvimos viajando; a bordo de un barco o alojados durante unas pocas semanas
en hoteles cosmopolitas, y después otra vez en ruta. El muchacho no tuvo
oportunidad de hacer ningún amigo.
Y la consecuencia fue, sin duda, la carencia de puerilidad que Last
había advertido. Probablemente fue una lástima que fuera así. Después de todo,
puerilidad es una maravillosa palabra, y Henry la desconocía: había perdido lo
que, tal vez, fuera tan valioso como cualquier otro aspecto, de la experiencia
humana, y podía comprobar su carencia según iba creciendo. Con todo, ésa era la
situación, y Last dejó de pensar en estas carencias, posiblemente imaginarias,
cuando empezó a instruir al muchacho desde el principio mismo, tal y como había
prometido. Realmente, no desde el principio, pues el muchacho confesó con una
sonrisa apaciguadora que había aprendido a leer un poco por su cuenta.
—Pero, por favor, señor, no se lo diga a mi padre, pues sé que no le
gustaría. Entienda, señor, mi padre y mi madre tuvieron que dejarme a veces
solo, y eso era tan aburrido que pensé lo divertido que sería que aprendiera
por mi cuenta a leer libros.
He aquí, pensó Last, una buena lección para un profesor. ¿Puede
convertirse el saber en un atractivo secreto, una excelente diversión, en vez
de una horrorosa penitencia? Tomó nota mentalmente y se puso manos a la obra
que tenía ante sí. Descubrió en el muchacho una extraordinaria aptitud, una
prontitud en captar sus indicaciones y explicaciones como nunca había visto
antes. El afortunado preceptor estaba inclinado a creer que este niño, sacado a
duras penas de su estricta infancia, poseía algo muy semejante al genio. De vez
en cuando, con su ‘Sí, señor, comprendo. Y después, por supuesto...’,
verdaderamente le quitaba a Last las palabras de la boca, y anticipaba lo que,
sin duda, era lógicamente el siguiente paso en la demostración.
Pero Last no estaba acostumbrado a alumnos que se anticipasen a nada,
excepto al momento de volver a poner los libros en las estanterías. Y sobre
todo, el profesor se sentía atraído por la apasionada e intensa curiosidad del
alumno. Parecía un lector de La piedra lunar, o cualquier otra novela
sensacional, incapaz de dejar el libro hasta haber leído la última página y
descubrir el secreto. Sencillamente, el muchacho aportaba este espíritu de
insaciable curiosidad a cualquier tema que se le propusiera.
—Desearía haberle enseñado a leer —pensó Last para sí mismo—. Sin duda
habría considerado el alfabeto con el mismo miramiento que nosotros empleamos
con aquellas fascinantes y misteriosas claves de los cuentos de Edgar Allan
Poe. Y, después de todo, ¿acaso no es ésa la forma apropiada y lógica de
enfocar el alfabeto?
Y después continuó preguntándose si la curiosidad, considerada a menudo
como un defecto, casi un vicio, no sería, en realidad, una de las mayores
virtudes del alma humana, la clave de todos los conocimientos y todos los
misterios, el verdadero significado del secreto que hay que desvelar.
Entre unas cosas y otras: este modelo de alumno, el encanto del extraño
y hermoso país en que residía, y la excepcional amabilidad y consideración
hacia él mostradas por el señor y la señora Marsh, Last gozaba de una vida de
abundancia plena. Escribió a sus amigos de la capital, contándoles sus felices
experiencias, y Zouch y Noel, casualmente reunidos en El Sol, El Perro o El
Triple Tonel, comentaron la felicidad de su amigo.
—Está orgulloso de su cachorro —dijo Zouch.
—Y contento con las perspectivas —respondió Noel, pensando en los versos
de Last acerca de los bosques y las aguas, y en las vistas de la Casa Blanca—.
Con todo, timeo Hesperides et dona ferentes. Desconfío de occidente. Como dijo
uno de sus propios habitantes, es una tierra de hechizo e ilusión. Nunca se
sabe qué puede ocurrir después. Es una suerte que Shakespeare naciera dentro de
la zona de seguridad. Si Stratford estuviese veinte o treinta millas más hacia
el oeste..., no quiero ni pensarlo. Estoy completamente seguro de que en las
minas galesas, únicamente se extrae oro mágico. Y ya sabe usted lo que pasa.
Entretanto, ajeno a las luces y rumores del Strand, Last seguía feliz en
su apartado lugar, bajo el gran bosque. Pero muy pronto recibió un sobresalto.
Una tarde, entre la hora del té y la cena, estaba paseando por el jardín una
vez finalizado su trabajo diario y, sintiendo ganas de fumar en paz, se
encaminó al cenador de piedra —o, tal vez, belvedere— que había al borde del
césped a la sombra de los acebos. Allí podía uno sentarse y dominar el plateado
serpenteo del río, atravesado por un viejo puente de piedra gris. Cuando iba a
instalarse, reparó en un libro sobre la mesa frente a él. Lo cogió, le echó un
vistazo, suspiró, y, pasando unas cuantas páginas más, se derrumbó sobre el
banco horrorizado. El señor Marsh siempre había deplorado su ignorancia acerca
de los libros.
—Sabía leer y escribir, y poco más —decía— cuando fui arrojado al mundo
de los negocios... en el escalón más bajo. Y he estado tan ocupado desde
entonces que temo que ahora sea demasiado tarde para recuperar el tiempo
perdido.
En efecto, Last había advertido que aunque Marsh solía hablar con
bastante esmero, tal vez con excesivo esmero, podía equivocarse en el calor de
la conversación. Y sin embargo parecía que, no solamente había tenido tiempo
para leer, sino que había adquirido suficientes conocimientos como para
descifrar el latín de un terrible tratado renacentista, por lo general
desconocido incluso para los coleccionistas de semejantes cosas. Last había
oído hablar del libro, y las pocas páginas que había hojeado le indicaron que
bien se merecía su pésima reputación.
Fue una desagradable sorpresa.
Last admitía abiertamente que la moral de su patrón no era asunto suyo.
Pero ¿por qué se molestaría el hombre en contar mentiras? Last recordó que la
extravagante señorita Pilliner le había contado sus impresiones sobre Marsh:
había detectado ‘una falta de sinceridad’, una especie de reserva bajo una
cortés fachada de cordialidad. La señorita Pilliner era, desde luego, una mujer
perspicaz: existía en Marsh una indudable falta de sinceridad.
Last dejó sobre la mesa el espantoso volumen y anduvo por el jardín de
un lado a otro, sintiéndose muy preocupado. Sabía que había estado violento
durante la cena, y dijo que se sentía un poco pachucho, con tendencia al dolor
de cabeza. Marsh estuvo afable y alegre, como siempre, y su esposa simpatizó
con Last. Apenas había dormido en toda la noche, se lamentaba, y se sentía
abatida y cansada. Pensaba que había amenazas en el ambiente. Last, admirando
su belleza, confesó una vez más que la señorita Pilliner llevaba razón. Dejando
aparte su fatiga momentánea, había en ella una cierta languidez tropical, algo
de las noches apacibles y ardientes y de la fragancia de las flores exóticas.
Marsh sacó un brandy muy especial que administró con el café, diciendo
que curaría a ambos enfermos y les haría compañía. Efectivamente, Last tuvo que
confesar que se sentía considerablemente más a gusto después de la excelente
cena, el buen vino y el raro brandy. Aunque humillante, era imposible,
seguramente, negar la influencia del estómago. Last se retiró pronto a su
habitación, tratando de convencerse de que la doblez de Marsh no era asunto
suyo. Encontró una inocente, o casi inocente, explicación antes de que se le
acabara la última pipa, sentado junto a la ventana abierta, escuchando
vagamente el murmullo del río y contemplando las sombrías tierras de más allá.
—He aquí —reflexionó— una forma modificada del Mal de Bounderby. Decía
Bounderby que él empezó siendo un miserable paria, hambriento y desaliñado.
Marsh dice que se convirtió en recadero o algo por el estilo antes de poder
aprender algo. Bounderby mentía, y Marsh, sin duda, miente. Es una manía de los
ricos: exageran sus éxitos recientes exagerando sus primitivas desventajas.
Cuando se fue a dormir casi había decidido que el joven Marsh había
estado en un buen instituto de segunda enseñanza, y había hecho bien.
A la mañana siguiente, Last se despertó casi relajado. Fue, sin duda,
una lástima que Marsh adoptara una sutil y falsa jactancia; sus gustos
literarios eran ciertamente deplorables, pero eso era únicamente asunto suyo. Y
el muchacho compensaba de todo. Mostraba un dominio tan claro de la gramática
inglesa que Last pensó que muy pronto podría empezar con el latín. Una noche,
durante la cena, lo mencionó mirando a Marsh con jocosa atención. Pero Marsh no
dio muestras de que el dardo le hubiera alcanzado.
—Eso demuestra que tenía razón —observó—. Siempre he dicho que no hay
equivocación mayor que obligar a los niños a estudiar antes de estar
capacitados para ello. La gente suele cometerla, y en nueve de cada diez casos
las cabezas de esos niños quedan confundidas para el resto de sus vidas. Ya ve
usted lo que ocurre con Henry; le he mantenido apartado de los libros hasta
ahora, y puede usted comprobar por sí mismo que no he perdido el tiempo con él.
Está maduro para aprender, y no me extrañaría que en seis meses adelantara a
chicos corrientes prematuramente atiborrados de conocimientos durante seis
años.
Puede ser, pensó Last, pero, en general, estaba dispuesto a atribuir el
rápido progreso del chico antes a su propia inteligencia excepcional que al
sistema, o falta de sistema, de su padre. Y, en cualquier caso, era un gran
placer enseñar a un muchacho así.
A buen seguro su aplicación a los libros no había sido perjudicial para
su espíritu. En las cercanías de la Casa Blanca había escaso vecindario, y
además la gente ignoraba si los Marsh iban a instalarse definitivamente o eran
visitantes pasajeros: vacilaban en visitarlos mientras persistiera esta
incertidumbre. Sin embargo, el párroco les había visitado; el párroco y su
esposa fueron los primeros; ella, animada, jovial y parlanchina, y él, algo
sombrío e indeciso.
Se suponía que el párroco, en sus tiempos un gran pendenciero, repartía
su ocio entre su jardín y la invención de un ingenio volador. Tenía la
reputación de ser ligeramente excéntrico. Él nunca volvió, pero la señora
Winslow solía pasar por el camino forestal en su carruaje de dos ruedas con sus
dos hijos: Nancy, una preciosa chica rubia de diecisiete años, y Ted, un
muchacho de once o doce años, de esa clase que Last catalogó como gordinflones
y pesados, de corpulenta y tosca complexión, con abultados ojos y mejillas y un
poco de la resuelta expresión de un cachorro de bulldog. Después del té, Nancy
solía organizar juegos para los dos niños en el jardín, a los que se unía
personalmente con aparente fruición. Henry, que conocía a pocos compañeros
aparte de sus padres, y probablemente nunca había jugado a ningún tipo de
juego, protestaba con deleite, corría de un lado para otro, se escondía detrás
del cenador, y, con el mayor placer, abandonaba súbitamente la protección de
las judías verdes, y Ted Winslow se le unía con un aire de protesta. Estaba de
vacaciones y su expresión indicaba que ese tipo de cosas sólo eran apropiadas
para chicas y críos.
A Last le agradaba ver a Henry tan dispuesto y tan deseoso de
divertirse; después de todo, él mismo tenía algo de niño. Parecía un poco
incómodo cuando Nancy Winslow lo ponía sobre sus rodillas al acabarse los
juegos; evidentemente temía la desdeñosa mirada de Ted Winslow. En efecto,
parecía como si el joven bulldog temiera ver comprometida su reputación al
asociársele con un tan evidente y declarado niño. La siguiente vez que la
señora Winslow tomó el té en la Casa Blanca, Ted tenía un diplomático dolor de
cabeza y se quedó en su casa. Pero Nancy propuso juegos para dos personas, y a
ella y a Henry se les oyó gritar alegremente por el parque.
Henry quería mostrar a Nancy un maravilloso pozo que había descubierto
en el bosque, y que, según dijo, procedía de la base de un enorme tejo. Pero la
señora Marsh parecía creer que podían perderse.
Last había pasado por alto el incómodo incidente de ese infame libro del
cenador. En carta a Noel le había comentado que temía que su patrón fuera en
algunos aspectos un poco granuja, pero de confianza por lo que a él se refería;
y así era. Hacía progresos en su trabajo y no se metía en lo que no le
importaba. Sin embargo, de vez en cuando, se renovaba su vaga inquietud por el
hombre. Ocurrió un mal asunto en una aldea a un par de millas, donde una chica
de doce o trece años, que después de oscurecer volvía a casa de visitar a un
vecino, fue atacada en el bosque y vilmente maltratada. La desgraciada niña,
según parecía, había sido abandonada por el canalla en lo más recóndito del
bosque, a poca distancia del sendero que ella debía haber tomado a su regreso a
casa. Un hombre que había estado bebiendo hasta tarde en el Fox and Hounds oyó
que alguien lloraba y gritaba, como presa de un arrebato, en expresión suya, y
encontró a la chica en un estado lastimoso, en el que permanece desde entonces.
Era incapaz de describir a la persona que tan vergonzosamente la había
maltratado; la conmoción la había dejado fuera de sí; gritaba cada vez que
alguien aparecía por detrás de ella en la oscuridad, pero no podía añadir nada
más, y era imposible tratar de conseguir que describiera a una persona a la
que, probablemente, ni siquiera había visto. Naturalmente, esta horrible
historia se convirtió en la atracción principal del periódico local, y una
noche, estando Last y Marsh fumando sentados después de la cena, el preceptor
habló del caso; dijo algo acerca del contraste entre la paz, belleza y
tranquilidad del lugar y el infame crimen que tan cerca se había cometido. Le
sorprendió comprobar que inmediatamente aumentó la inquietud de Marsh. Se
levantó de la silla y recorrió la habitación de acá para allá murmurando
‘terrible asunto, vergonzoso asunto’, y, cuando volvió a sentarse dándole la
luz de lleno, Last vio el rostro de un hombre asustado. La mano que Marsh había
puesto sobre la mesa estaba crispada por la ansiedad; golpeaba el suelo con el
pie como si tratara de calmar el temblor de sus labios, y había un miedo mortal
en sus ojos.
A Last le chocaba y le asombraba el efecto que había producido con unas
cuantas frases convencionales. Tímidamente, dispuesto a superar una situación
difícil, comenzó a decir algo todavía más convencional como que la belleza de
la naturaleza jamás había conferido inmunidad para el crimen, o cualquier otra
necedad parecida. Pero estaba claro que Marsh no iba a calmarse con nada por el
estilo. Se levantó otra vez de la silla y golpeó su mano contra la mesa, en un
fiero gesto de rechazo y negativa.
—Por favor, déjelo, señor Last. No diga nada más. Verdaderamente nos ha
afectado mucho a la señora Marsh y a mí. Nos horroriza pensar que hemos traído
a nuestro hijo aquí, a este pacífico lugar según teníamos entendido, sólo para
exponerle al contagio de este espantoso incidente. Por supuesto, hemos dado a
los sirvientes órdenes estrictas de que no digan ni una palabra en presencia de
Henry; pero usted sabe cómo son los sirvientes y el finísimo oído que tienen
los niños. Una o dos palabras casuales pueden arraigar en una mente infantil y
contaminar todo su temperamento. Realmente es un pensamiento terrible. Debe
usted haber advertido lo angustiada que ha estado la señora Marsh estos últimos
días. Lo único que podemos hacer es tratar de olvidarlo todo, y confiar en que
no se haya producido ningún daño irreparable en el muchacho.
Last murmuró un par de palabras de disculpa y asentimiento, y la
conversación tomó otros derroteros menos conflictivos. Pero cuando el preceptor
se quedó solo, examinó con curiosidad lo que había visto y oído. Pensó que el
aspecto de Marsh no se correspondía con sus palabras. Hablaba como un padre
devoto, temeroso de que su pequeño pudiera sorprender algún nauseabundo y
repugnante chismorreo o hiciera conjeturas acerca de un crimen horrible y
obsceno.
Parecía como si hubiera divisado el patíbulo, y su miedo, Last lo
presentía, fuera de un género completamente diferente. Y además estaba la
referencia a su esposa. Last había advertido que desde el crimen en el bosque
algo le pasaba; pero de nuevo desconfió de la observación de Marsh. Su esposa
era una mujer habitualmente de un buen humor algo lánguido; pero recientemente
mostraba un aspecto y un semblante de furia contenida, la ardiente mirada de
una mujer celosa, la rabia de la belleza desdeñada. Hablaba poco, y cuando lo
hacía era lo más concisa posible; pero podía uno imaginarse en su interior el
fuego de la pasión. Last había comprendido esto y se asombraba, aunque no
demasiado, decidiendo no meterse en lo que no le importaba. Suponía que había
alguna diferencia de opinión entre ella y su marido; muy posiblemente acerca de
la nueva disposición del mobiliario del salón y del alquiler de un gran piano.
Desde luego no se le había ocurrido achacar el semblante alterado de la señora
Marsh al infame crimen que se había cometido. Y ahora Marsh le contaba que esos
destellos de rabia oculta eran los signos externos de su compasiva ansiedad
materna.
Pero no le creyó ni una sola palabra. Comparó el mal disimulado terror
de Marsh con la mal disimulada furia de su esposa; se acordó del libro del
cenador y de las cosas que se rumoreaban acerca del horror en el bosque: la
repugnancia y el pavor se apoderaron de él. Era cierto que no tenía pruebas
sino simples conjeturas; pero no dudaba. No podía haber otra explicación. Y
¿qué podía hacer él sino abandonar este terrible lugar?
Last no pudo conciliar el sueño.
Se desvistió y se metió en la cama, y estuvo dando vueltas en la
penumbra de la noche veraniega. Luego encendió su lámpara y se volvió a vestir,
preguntándose si no sería mejor escabullirse sin decir palabra, caminar las
ocho millas hasta la estación, y escaparse en el primer tren que fuera a
Londres. No era solamente su aversión por el hombre y sus obras; el miedo
también le incitaba a huir de la Casa Blanca. Estaba seguro de que si Marsh
adivinaba sus sospechas, su vida podía correr peligro. Aquel hombre maligno no
conocía la clemencia ni los escrúpulos. Incluso podía estar en su puerta,
escuchando, acechando. Sólo de pensarlo se le helaba el corazón y el sudor frío
le caía a borbotones.
Iba y venía por la habitación, descalzo, deteniéndose de vez en cuando a
escuchar hasta el más leve paso en el exterior. Cerró la puerta lo más
silenciosamente que pudo y se sintió más seguro. Esperaría hasta el amanecer en
que la gente alborota toda la casa, y entonces podría aventurarse a salir y
escaparse. Y, sin embargo, cuando oyó la agitación de los criados en sus
ocupaciones, vaciló. El sol brillaba en el valle, y la niebla que cubría el
plateado río se elevó y desapareció; la dulce fragancia del bosque penetraba
por la ventana de su habitación. El miedo y el terror ciego habían desaparecido
de su ánimo. Comenzó a vacilar, a recelar de su juicio, a preguntarse si no se
habría precipitado en sus negras conclusiones por el pavor de la noche.
Sus lógicas conclusiones a medianoche parecían sugerir una pesadilla en
la transparencia de aquel valle; pero el canto de una alondra en lo alto se lo
refutaba. Recordó el argumento de Garraway después de una excelente cena en La
Cabeza del Turco: siempre era peligroso que la improbabilidad fuera consejera
de la vida. Se demoraría un poco, permanecería alerta, y se aseguraría antes de
pasar a la acción repentina y violentamente. Y quizás fuera cierto que Last
estaba fuertemente influido por su aversión a dejar al joven Henry, cuya
extraordinaria brillantez e inteligencia le asombraban y deleitaban cada vez
más.
Todavía era temprano cuando, finalmente, abandonó su habitación y salió
al aire puro de la mañana. Era poco más de una hora después del desayuno, y
Last se puso en camino por el sendero que conducía, pasada la tapia del huerto,
a lo alto de la colina y al corazón del bosque. Se detuvo un instante en la
curva superior y, dándose la vuelta, contempló, al otro lado del río, el alegre
país con toda su magia y encanto matutinos. Mientras andaba despacio, mirando
en torno suyo, oyó unos débiles pasos que se aproximaban por el otro lado de la
tapia y unos murmullos en voz baja. Después, cuando los pasos se acercaron, una
de las voces se elevó un poco, y Last oyó a la señora Marsh diciendo:
—¿Demasiado vieja yo? Y trece años son demasiado pocos. ¿Habrá que
esperar a los próximos diecisiete para que puedas introducirla en el bosque?
Después de todo lo que he hecho por ti, y lo que tú me has hecho a mí.
La señora Marsh enumeró todas esas cosas sin remisión y sin ningún
vergonzoso temblor en la voz. Se detuvo momentáneamente. Tal vez le sofocaba la
rabia; y pudo escucharse una estridente risa burlona, como si la voz de Marsh
se hubiera cascado de desprecio.
Silenciosa, pero rápidamente, Last, con la cara triste y los ojos
desorbitados, se largó desesperadamente de la Casa Blanca. Una vez en el
camino, libre de sembrados y de maleza, aminoró su carrera sin detenerse nunca,
hasta llegar con un suspiro de alivio a las feas calles de una gran ciudad
industrial. En seguida se dirigió a la estación, y comprobó que todavía faltaba
una hora para el expreso de Londres. Por tanto, disponía de mucho tiempo para
su desayuno, que consistió en aguardiente.
El preceptor volvió a su antigua vida y a sus antiguas costumbres,
haciendo todo lo posible por olvidar este extraño y horrible interludio de la
Casa Blanca. Se rodeó una vez más de sus gordinflones cachorros; dio clases
intensivas y durante sus largas vacaciones preparó para los exámenes a los
alumnos suspendidos, estando moderadamente satisfecho, en general, con el curso
de los acontecimientos. De vez en cuando, procurando convencer a los
gordinflones de que el latín y el griego eran lenguas habladas anteriormente
por seres humanos y no enigmas sin sentido inventados por demonios, pensaba,
suspirando de pena, en el muchacho que tan bien las entendía y tanto las
deseaba comprender. Y se preguntaba si no habría sido un cobarde por dejar a
este encantador niño en las nefastas manos de sus espantosos padres. Pero ¿qué
otra cosa podía hacer? Era horrible pensar en Henry, corrompido más o menos
rápidamente por sus detestables padre y madre y creciendo con el fango de sus
abominaciones gravitando sobre él.
No entró en detalles con sus viejos amigos. Les dio a entender que había
surgido una grave desavenencia que le hizo imposible continuar. Sus amigos
asintieron con la cabeza, y, comprendiendo que el asunto era delicado, no le
hicieron preguntas, hablándole en su lugar de libros antiguos y de filetes
recientes. De hecho, todos coincidieron en que el filete era demasiado
reciente, y emplazaron a William a que explicara este horror. ¿No sabía que el
filete, que sirve para el consumo de los cristianos, lo que los distingue de
los hotentotes, necesita airearse tanto como la caza? El benigno y laborioso
William probó, analizó y asintió con gran pesar suyo.
Se disculpó y a continuación les dijo que como a los caballeros no les
gustaría esperar a que cocinaran unas aves, les sugeriría una enorme, tierna y
jugosa rodaja de ternera asada, recién cortada. La sugerencia fue aceptada y la
encontraron excelente. La conversación volvió a la métrica coral y a Florence
St. John y el Strand. Más tarde hubo oporto.
Muchos años después, cuando su vida, destruida desde mucho tiempo atrás,
se había derrumbado en un estallido final, Last se enteró de la verdadera
historia de su empleo como preceptor en la Casa Blanca. Tres terribles personas
fueron sentadas en el banquillo del Old Bailey. Un anciano, con aspecto de
mortífera serpiente; una deplorable mujer, gorda y desaliñada, de colgantes
carrillos y ojos con un vago indicio de belleza marchita; y, para total asombro
de aquellos que no conocían la historia, un maravilloso niño. La gente que le
vio en el estrado dijo que aparentaba nueve o diez años, no más. Pero la
evidencia mostraba que debía tener entre cincuenta y sesenta por lo menos,
quizás incluso más.
La acusación imputó a estas tres personas un crimen incalificable y
horroroso. Fueron acusados bajo el nombre de Mailey, que llevaban cuando fueron
detenidos; pero al final del proceso resultó que habían sido conocidos por
muchos nombres en el transcurso de su carrera: Mailey, Despasse, Lartigan,
Delarue, Falcon, Lecossic, Hammond, Marsh, Haringworth. Se estableció que el
presunto muchacho, a quien Last había conocido como Henry Marsh, no tenía
ningún tipo de parentesco con los prisioneros de más edad. Sus orígenes eran
completamente desconocidos. Se creía que era hijo ilegítimo de un importante
diplomático inglés, cuya influencia había contado mucho en el Extremo Oriente.
Nadie sabía nada acerca de su madre. El muchacho prometía mucho desde su más
tierna infancia, y el padre, que era soltero y a quien desagradaba lo poco que
sabía de su parentela, le legó su enorme fortuna. El diplomático murió cuando
el muchacho tenía doce años; y era ya bastante mayor cuando el niño nació.
La gente comentaba que Arthur Wesley, como le llamaban entonces, era de
muy baja estatura para su edad, y así permaneció, conservando el rostro de un
niño de siete u ocho años.
Como no se le podía mandar a la escuela, fue educado en privado. Cuando
fue mayor de edad, los albaceas tuvieron la extraordinaria experiencia de poner
una propiedad bastante considerable en manos de un joven que parecía un niño.
Muy poco después, Arthur Wesley desapareció. Dudosos rumores hablaron de
reapariciones suyas, ora aquí, ora allá, por todas partes del mundo. Se comentó
que Wesley había adoptado las costumbres de lo que entonces se llamaba la
desconocida África, cuando las Montañas de la Luna todavía persistían en los
mapas más antiguos. También se dijo que había ido a explorar las crecidas aguas
del Amazonas, y jamás había regresado; aunque pocos años más tarde un personaje
que debió haber sido Arthur Wesley desplegaba actividades desagradables en
Macao.
De acuerdo con el proceso, fue poco después de este período cuando -en
palabras del fiscal- comprendió la necesidad de ‘ponerse a cubierto’. Su
extraordinaria personalidad, con suficientes dotes de naturalidad, atrajo la
atención sobre él y sus actividades, y dado que esas actividades eran por lo
general, o siempre, odiosas, semejante atención era a la vez molesta y
peligrosa. En alguna parte de Oriente, estando muy mal acompañado, encontró a
las dos personas que luego fueron procesadas con él. Arabella Manning, de quien
se decía que tenía respetables parientes en Wiltshire, se había ido a Oriente
como institutriz, pero pronto había hallado otras ocupaciones.
Meers había trabajado como empleado de una firma comercial de Shanghai.
Su ingeniosísimo sistema de fraude le valió el despido, pero, por una razón u
otra, la empresa rehusó demandarle, y Meers se fue al lugar donde Arthur Wesley
le encontró. A Wesley se le ocurrió un gran plan. Manning y Meers pretendían
ser el señor y la señora Marsh —ése parece haber sido su primer tratamiento—, y
él iba a ser su hijo pequeño. Les pagó bien sus variados servicios: durante
algunos años Arabella fue su gobernanta, la compañera en sus momentos más
discretos. Ocasionalmente contrataron a un preceptor para hacer la situación
más plausible. De esta guisa, el horroroso trío recorría el mundo.
El tribunal escuchó todo esto, y mucho más, después que el jurado
encontrara culpables a los tres del concreto delito del que les acusaban.
Este último crimen —que la prensa tuvo que envolver en paráfrasis y
perífrasis— había sido descubierto, por extraño que parezca, como consecuencia
en gran parte de los celos de la mujer. Los afectos de Wesley, llamémoslos así,
todavía estaban dispuestos a extraviarse, y la celosa furia de Arabella la
llevó más allá de toda cautela y de todo control. Ella era el punto vulnerable
de la armadura de Wesley, la grieta en su protección.
La gente de la sala les miró a los dos; a la pervertida y deplorable
mujer de carrillos flojos y colgantes, en cuyos fatigados ojos todavía brillaba
un débil fuego, y a Wesley, que, al parecer, todavía era un guapo y listo
muchachito. Se quedaron boquiabiertos de asombro ante el grotesco e
insoportable horror de la escena.
El juicio llegaba a su fin.
—A pesar de su diminuta estatura y su aspecto juvenil, el preso Charles
Mailey, alias Arthur Wesley, se resistió desesperadamente a su arresto. Poseía
una inmensa fuerza para su talla, y casi estranguló a uno de los agentes que lo
arrestó.
Las fórmulas procesales fueron proferidas. El juez, sin un solo
comentario, sentenció a Mailey, o Wesley, a cadena perpetua; a John Meers, a
quince años de cárcel, y diez años, para Arabella Manning. El viejo mundo, ya
ha sido señalado, había caído con gran estrépito.
Habían pasado muchísimos años desde que echaran a Last de Mowbray
Street, desde que descendiera sórdida y tranquilamente del Strand. Mowbray
Street estaba ahora repleta de resplandecientes edificios de oficinas.
Después fue de un cómodo escondrijo a otro, según Londres crecía en
majestad y esplendor. Pero durante un año más o menos, estuvo oculto en una
callejuela que tenía la ventaja de conducir a un cementerio abandonado, cerca
de Gray.s Inn Road. Medwin y Garraway habían muerto; pero una noche Last
convocó en su domicilio a los supervivientes Zouch y Noel, e inmediatamente
preparó para ellos un excelente ponche.
—Es tan estupendo que debe ser pecaminoso —dijo, mientras pelaba los
limones—, pero hasta el presente creo que no es ilegal. Y todavía tengo unas
cuantas botellas de aquel oporto que compré en el noventa y dos.
Y entonces les contó por primera vez toda la historia de su empleo en la
Casa Blanca.
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Arthur Machen (1863-1947)

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