© Libro N° 9988. El Ceremonial. Lovecraft, H.P. Emancipación. Junio 4 de 2022.
Título
original: ©
The Festival, H.P. Lovecraft (1890-1937)
Versión Original: © El Ceremonial. H.P. Lovecraft
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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H.P. Lovecraft
El
Ceremonial
H.P. Lovecraft
Efficiunt Daemones, ut quae non sunt, sic tamen quasi sint, conspicienda
hominibus exbibeant.
—Los demonios logran que las cosas que no son aparezcan como reales ante
los hombres—
(Firmiano Lactancio)
Me encontraba lejos de casa, y caminaba fascinado por el encanto de la
mar oriental. Empezaba a caer la tarde, cuando la oí por primera vez,
estrellándose contra las rocas. Entonces me di cuenta de lo cerca que la tenía.
Estaba al otro lado del monte, donde los sauces retorcidos recortaban sus
siluetas sobre un cielo cuajado de tempranas estrellas. Y porque mis padres me
habían pedido que fuese a la vieja ciudad que ahora tenía a paso, proseguí la
marcha en medio de aquel abismo de nieve recién caída, por un camino que
parecía remontar, solitario, hacia Aldebarán —tembloroso entre los árboles—,
para luego bajar a esa antiquísima ciudad, en la que jamás había estado, pero
en la que tantas veces he soñado durante mi vida.
Era el Día del Invierno, ese día que los hombres llaman ahora Navidad,
aunque en el fondo sepan que ya se celebraba cuando aún no existían ni Belén ni
Babilonia ni Menfis ni aun la propia humanidad. Era, pues, el Día del Invierno,
y por fin llegaba yo al antiguo pueblo marinero donde había vivido mi raza,
mantenedora del ceremonial de tiempos pasados aun en épocas en que estaba
prohibido. Al viejo pueblo llegaba, cuyos habitantes habían ordenado a sus
hijos, y a los hijos de sus hijos, que celebraran el ceremonial una vez cada
cien años, para que nunca se olvidasen los secretos del mundo originario. Era
la mía una raza vieja; ya lo era cuando vino a colonizar estas tierras, hace
trescientos años.
Y era la mía una gente extraña, gente solapada y furtiva, procedente de
los insolentes jardines del Sur, que hablaban otra lengua antes de aprender la
de los pescadores de ojos azules. Y ahora estaba esparcida por el mundo, y
únicamente se reunía a compartir rituales y misterios que ningún otro viviente
podría comprender.
Yo era el único que regresaba aquella noche al viejo pueblo pesquero
como ordenaba la tradición, pues sólo recuerdan el pobre y el solitario.
Después, al coronar la cuesta del monte, dominé la vista de Kingsport,
adormecido en el frío del anochecer, nevado, con sus vetustas veletas, sus
campanarios, sus tejados y chimeneas los muelles, los puentes, los sauces y
cementerios. Los interminables laberintos de calles abruptas, estrechas y
retorcidas, serpenteaban hasta lo alto de la colina donde se alzaba el centro
de la ciudad, coronado por una iglesia extraña que el tiempo parecía no haber
osado tocar. Una infinidad de casas coloniales se amontonaban en todos los
sentidos y niveles, como las abigarradas construcciones de madera de algún
niño.
Las alas grises del tiempo parecían cernirse sobre los tejados y las
nevadas buhardillas. Los faroles y las ventanas emitían en la oscuridad unos
reflejos que iban a juntarse con Orión y las estrellas primordiales. Y la mar
rompía incesante contra los muelles miserables, aquella mar de la que emergiera
nuestro pueblo en los viejos tiempos.
Junto al camino, una vez arriba de la cuesta, había una colina yerma
barrida por el viento. No tardé en ver que se trataba de un cementerio, en
donde las negras lápidas surgían de la nieve como las uñas destrozadas de un
cadáver gigantesco. El camino, sin huella alguna de tráfico, estaba solitario.
Únicamente me parecía oír, de cuando en cuando, unos crujidos como de una horca
estremecida por el viento. En 1692 ahorcaron a cuatro de mi raza por brujería.
Una vez que la carretera comenzó a descender hacia la mar, presté
atención por si oía el alegre bullicio de los pueblos anochecer, pero no oí
nada. Entonces recordé la época en que estábamos, y se me ocurrió que el viejo
pueblo puritano conservaría tal vez costumbres navideñas, extraigas para mí, y
que entonces estaría entregado a silenciosas oraciones. Así que abandoné mis
esperanzas de oír el bullicio propio de estas fiestas, dejé de buscar viajeros
con la mirada, y seguí mi camino. Fui dejando atrás, a uno y otro lado, las
silenciosas casas de campo con sus luces ya encendidas. Después me interné
entre las oscuras paredes de piedra, en las que el aire salitroso mecía las
chirriantes enseñas de antiguas tiendas y tabernas marineras. Las grotescas
aldabas de las puertas, bajo los soportales, brillaban a lo largo de los
callejones desiertos reflejando la escasa luz que se escapaba de las estrechas
ventanas encortinadas.
Traía conmigo el plano de la ciudad y sabía dónde se encontraba la casa
de los míos. Se me había dicho que sería reconocido y que me darían acogida,
porque la tradición del pueblo posee una vida muy larga. De modo que apresuré
el paso y entré en Back Street hasta llegar a Circle Court; luego continué por
Green Lane, única calle pavimentada de la ciudad, que va a desembocar detrás
del Edificio del Mercado. Aún servía el antiguo plano, y no me tropecé con
dificultades. Sin embargo, en Arkham me habían mentido al decirme que había
tranvías; al menos yo no veía redes de cables aéreos por ninguna parte. En
cuanto a los raíles, es posible que los ocultara la nieve.
Me alegré de tener que caminar, porque la ciudad, revestida de blanco,
me había parecido muy hermosa desde el monte. Por otra parte, estaba impaciente
por llamar a la puerta de los míos, por llegar a esa séptima casa de Green
Lane, a mano izquierda, de tejado puntiagudo y doble planta, que databa de
antes de 1650.
Había luces en el interior y, por lo que pude apreciar a través de la
vidriera de rombos de la ventana, todo se conservaba tal y como debió de ser en
aquellos tiempos. El piso superior se inclinaba por encima del estrecho
callejón invadido de hierba y casi tocaba el edificio de enfrente, que también
se inclinaba peligrosamente, formando casi un túnel por donde caminaba yo. Los
peldaños del umbral estaban enteramente limpios de nieve. No había aceras y
muchas casas tenían la puerta muy por encima del nivel de la calle, llegándose
hasta ella por un doble tramo de escaleras con barandilla de hierro. Era un
escenario verdaderamente singular; acaso me pareció tan extraño por ser yo
extranjero en Nueva Inglaterra. Pero me gustaba, y aún me hubiera resultado más
encantador si hubiera visto pisadas en la nieve, gentes en las calles y alguna
ventana con las cortinillas descorridas.
Al dar los golpes con aquella vieja aldaba de hierro, me sentí preso de
una alarma repentina. Se despertó en mí cierto temor que fue tomando
consistencia, debido tal vez a la rareza de mi estirpe, al frío de la noche o
al silencio impresionante de la vieja ciudad de costumbres extrañas. Y cuando
en respuesta a mi llamada, se abrió la puerta con un chirrido quejumbroso, me
estremecí de verdad, ya que no había oído pasos en el interior. Pero el susto
pasó en seguida: el anciano que me atendió, vestido con traje de calle y en
zapatillas, tenía un rostro afable que me ayudó a recuperar mi seguridad; y
aunque me dio a entender por señas que era mudo, escribió con su punzón, en una
tablilla de cera que traía, una curiosa y antigua frase de bienvenida.
Me señaló con un gesto una sala baja iluminada por velas. Tenía la pieza
gruesas vigas de madera y recio y escaso mobiliario del siglo XVII. Aquí, el
pasado recobraba vida; no faltaba ningún detalle. Me llamaron la atención la
chimenea, de campana cavernosa, y una rueca sobre la que una vieja, ataviada
con ropas holgadas y bonete de paño, de espaldas a mí, se inclinaba afanosa
pese a la festividad del día. Reinaba una humedad indefinida en la estancia, y
por ello me extrañó que no tuvieran fuego encendido. Había un banco de alto
respaldo colocado de cara a la fila de ventanas encortinadas de la izquierda, y
me pareció que había alguien sentado en él, aunque no estaba seguro.
No me gustaba nada de lo que veía allí y nuevamente sentí temor. Y mi
temor fue en aumento, porque cuanto más miraba el rostro suave de aquel
anciano, más repugnante me parecía su suavidad. No pestañeaba, y su color era
demasiado parecido al de la cera. Por último, llegué a la plena convicción de
que aquello no era un rostro sino una máscara confeccionada con diabólica
habilidad. Entonces sus flojas manos, curiosamente enguantadas, escribieron con
pasmosa soltura en la tablilla, informándome de que yo debía esperar un rato
antes de ser conducido al sitio donde se celebraría el ceremonial. Me señaló
una silla, una mesa, un montón de libros, y salió de la estancia.
Al echar mano de los libros, vi que se trataba de volúmenes muy antiguos
y mohosos. Entre ellos estaban el viejo tratado sobre las Maravillas de la
Naturaleza, de Morryster, el terrible Saducismus Triumphatus de Joseph Glanvil,
publicado en 1681; la espantosa Daemonotatreia de Remigius, impresa en 1595 en
Lyon, y el peor de todos, el incalificable Necronomicón, del loco Abdul
Alhazred, en la excomulgada traducción latina de Olaus Wormius. Era éste un
libro que jamás había tenido en mis manos, pero del cual había oído decir cosas
monstruosas. Nadie me dirigió la palabra; lo único que turbaba el silencio eran
los aullidos del viento en el exterior y el girar de la rueca mientras la vieja
seguía con su silencioso hilar.
Tanto la estancia como aquella gente y aquellos libros me daban una
extraña impresión de morbosidad e inquietud; pero, puesto que se trataba de una
antigua tradición de mis antepasados, en virtud de la cual se me había
convocado para tan extraña conmemoración, pensé que debía esperarme las cosas
más peregrinas. Conque me puse a leer. Interesado por un tema que había
encontrado en el Necronomicon no tardé en darme cuenta que la lectura aquella
me encogía el corazón. Se trataba de una leyenda demasiado espantosa para la
razón y la conciencia.
Luego experimenté un sobresalto, al oír que se cerraba una de las
ventanas situadas delante del banco de alto respaldo. Parecía como si la
hubiesen abierto furtivamente. A continuación se oyó un rumor que no provenía
de la rueca. Sin embargo, no pude distinguirlo bien porque la vieja trabajaba
afanosamente y, justo en aquel momento, el vetusto reloj se puso a tocar.
Después, la idea de que había personas en el banco se me fue de la cabeza, y me
sumí en la lectura hasta que regresó el anciano, con botas esta vez, vestido
con holgados ropajes antiguos, y se sentó en aquel mismo banco, de forma que no
le pude ver ya.
Era enervante aquella espera, y el libro impío que tenía en mis manos me
desazonaba más aún. Al dar las once, el viejo se levantó, se acercó a un enorme
cofre que había en un rincón, y extrajo dos capas con caperuza; se puso una de
ellas, y con la otra envolvió a la vieja, que dejó de hilar en ese momento.
Luego, ambos le dirigieron hacia la puerta. La mujer arrastraba una pierna. El
viejo, después de coger el mismísimo libro que había estado leyendo yo, me hizo
una sería y se cubrió con la caperuza su rostro inmóvil ... o su máscara.
Salimos a la tenebrosa y enmarañada red de callejuelas de aquella ciudad
increíblemente antigua. A partir de ese momento, las luces se fueron apagando
una a una tras las cortinas de las ventanas, y Sitio contempló la muchedumbre
de figuras encapuchadas que surgían en silencio de todas las puertas y formaban
una monstruosa procesión a lo largo de la calle, hasta más allá de las enseñas
chirriantes, de los edificios de tejados inmemoriales, de los de techumbre de
paja, y de las casas de ventanas adornadas con vidrieras de rombos. La
procesión fue recorriendo callejones empinados, cuyas casas leprosas se
recostaban unas contra otras o se derrumbaban juntas, y atravesó plazas y
atrios de iglesias y los faroles de las multitudes compusieron constelaciones
vertiginosas y fantásticas.
Yo caminaba junto a mis guías mudos, en medio de una muchedumbre
silenciosa. Iba empujado por codos que se me antojaban de una blandura
sobrenatural, estrujado por barrigas y pechos anormalmente pulposos, y no
obstante seguía sin ver un rostro ni oír una voz.
La columnas espectrales ascendían más y más por las interminables
cuestas y todos se iban aglomerando a medida que se acercaban a los lóbregos
callejones que desembocaban en la cumbre, centro de la ciudad, donde se elevaba
una inmensa iglesia blanca. Ya la había visto antes, desde lo alto del camino,
cuando me detuve a contemplar Kingsport en las últimas luces del atardecer y me
estremecí al imaginar que Aldebarán había temblado un instante por encima de su
torre fantasmal. Había un espacio despejado alrededor de la iglesia. En parte
era cementerio parroquial y, en parte, plaza medio pavimentada, flanqueada por
unas casas enfermas de puntiagudos tejados y aleros vacilantes, donde el viento
azotaba y barría la nieve.
Los fuegos fatuos danzaban por encima de las tumbas revelando un
espeluznante espectáculo sin sombras. Más allá del cementerio, donde ya no
había casas, pude contemplar de nuevo el parpadeo de las estrellas sobre el
puerto. El pueblo era invisible en la oscuridad. Sólo de cuando en cuando se
veía oscilar algún farol por las serpenteantes callejas, delatando a algún
retrasado que corría para alcanzar a la multitud que ahora entraba silenciosa
en el templo.
Esperé a que terminaran todos de cruzar el pórtico, para que acabaran
así los empujones. El viejo me tiró de la manga, pero yo estaba decidido a
entrar el último. Cruzamos el umbral y nos adentramos en el templo rebosante y
oscuro. Me volví para mirar hacia el exterior; la fosforescencia del cementerio
parroquial derramaba un resplandor enfermizo sobre la plaza pavimentada. Y de
pronto, sentí un escalofrío: aunque el viento había barrido la nieve, aún
quedaban rodales sobre el mismo camino que conducía al pórtico. Y sobre aquella
nieve, para asombro mío, no descubrí ni una sola huella de pies, ni siquiera de
los míos. La iglesia apenas resultaba iluminada, a pesar de todas las luces que
habían entrado, porque la mayor parte de la multitud había desaparecido. Todos
se dirigían por las naves laterales, sorteando los bancos, hacia una abertura
que había al pie del púlpito, y se deslizaban por ella sin hacer el menor
ruido.
Avancé en silencio; me metí en la abertura y comencé a bajar por los
gastados peldaños que conducían a una cripta oscura y sofocante. La cola
sinuosa de la procesión era enorme. El verlos a todos rebullendo en el interior
de aquel sepulcro venerable me pareció horrible de verdad. Entonces me di
cuenta de que el suelo de la cripta tenía otra abertura por la que también se
deslizaba la multitud, y un momento después nos encontrábamos todos
descendiendo por una escalera abominable, por una estrecha escalera de caracol
húmeda, impregnada de un color muy peculiar que se enroscaba interminablemente
en las entrañas de la tierra, entre muros de chorreantes bloques de piedra y
yeso desintegrado.
Era un descenso silencioso y horrible. Al cabo de muchísimo tiempo,
observé que los peldaños ya no eran de piedra y argamasa, sino que estaban
tallados en la roca viva. Lo que más me asombraba era que los miles de pies no
produjeran ruido ni eco alguno. Después de un descenso que duró una eternidad,
vi unos pasadizos laterales o túneles que, desde ignorados nichos de tinieblas,
conducían a este misterioso acceso vertical. Los pasadizos aquellos no tardaron
en hacerse excesivamente numerosos. Eran como impías catacumbas de apariencia
amenazadora, y el acre olor a descomposición que despedían fue aumentando hasta
hacerse completamente insoportable.
Seguramente habíamos bajado hasta la base de la montaría, y quizá
estábamos por debajo incluso del nivel de Kingsport. Me asustaba pensar en la
antigüedad de aquella población infestada, socavada por aquellos subterráneos
corrompidos. Luego vi el cárdeno resplandor de una luz desmayada y oí el
murmullo insidioso de las aguas tenebrosas. Sentí un nuevo escalofrío; no me
gustaban las cosas que estaban sucediendo aquella noche. Ojalá que ningún
antepasado mío hubiera exigido mi asistencia a un rito de ese género. En el
momento en que los peldaños y los pasadizos se hicieron más amplios hice otro
descubrimiento: percibí el doliente acento burlesco de una flauta; y
súbitamente, se extendió ante mí el paisaje ilimitado de un mundo interior: una
inmensa costa fungosa, iluminada por una columna de fuego verde y bañada por un
vasto río oleaginoso que manaba de unos abismos espantosos, insospechados, y
corría a unirse con las simas negras del océano inmemorial.
Desfallecido, con la respiración agitada, contemplé aquel Averno profano
de leproso resplandor y aguas mucilaginosas; la muchedumbre encapuchada formó
un semicírculo alrededor de la columna de fuego. Era el rito del Invierno, más
antiguo que el género humano y destinado a sobrevivirle, el rito primordial que
prometía solsticio y primavera después de las nieves; el rito del fuego, del
eterno verdor, de la luz y de la música. Y en aquella gruta estigia vi cómo
ejecutaban todos el rito y adoraban la nauseabunda columna de fuego y arrojaban
al agua puñados de viscosa vegetación que resplandecía con una fosforescencia
pálida y verdosa. Y vi también, fuera del alcance de la luz, un bulto amorfo,
achaparrado, que tocaba la flauta de modo repugnante.
Y mientras tañía la criatura monstruosa, me pareció oír también unas
notas apagadas en la fétida oscuridad donde nada podía ver. Pero lo que más me
llenaba de espanto era la columna de fuego. brotaba como un surtidor volcánico
de las negras profundidades; no arrojaba sombras como una llama normal, y
bañaba las rocas salitrosas de un verdor sucio y venenoso. Toda aquella
hirviente combustión no producía calor, sino únicamente la viscosidad de la
muerte y la corrupción. El hombre que me había guiado se escurrió ahora hasta
colocarse junto a la horrible llama y ejecutó unos rígidos ademanes rituales
hacia el semicírculo que le miraba. En determinados momentos del ceremonial,
los asistentes rindieron homenaje de acatamiento, especialmente cuando levantó
por encima de su cabeza aquel detestable Necronomicón que llevaba consigo. Yo
también tomé parte en todas las reverencias, puesto que había sido convocado a
esta ceremonia de acuerdo con los escritos de mis antecesores.
Después, el viejo hizo una señal al que tocaba la flauta en la
oscuridad; éste cambió su débil zumbido por un tono, más audible, provocando
con ello un horror inimaginable e inesperado. Faltó poco para que me desplomara
sobre el limo de la tierra, traspasado por un espanto que no provenía de este
mundo ni de ninguno, sino de los espacios enloquecedores que se abren entre las
estrellas.
En la negrura inconcebible, más allá del resplandor gangrenoso de la
fría llama, en las tartáreas regiones a través de las cuales se retorcía aquel
río oleaginoso, extraño, insospechado, apareció danzando rítmicamente una horda
de mansos, híbridos seres alados que ningún ojo, ningún cerebro en su sano
juicio, ha podido contemplar jamás. No eran cuervos, ni topos, ni buharros, ni
hormigas, ni vampiros, ni seres humanos en descomposición; eran algo que no
consigo —y no debo— recordar. Daban saltos blandos y torpes, impulsándose a
medias con sus pies palmeados y a medias con sus alas membranosas. Y cuando
llegaron hasta la muchedumbre de celebrantes, las figuras encapuchadas se
agarraron a ellos, montaron a horcajadas, y se alejaron cabalgando, uno tras
otro, a lo largo de aquel río tenebroso, hacia unos pozos y galerías donde
venenosos manantiales alimentan el caudal tumultuoso y horrible de las negras
cataratas.
La vieja hilandera se había marchado con los demás, y el viejo se había
quedado, porque yo me negué a cabalgar sobre una de aquellas bestias como los
otros. El flautista amorfo había desaparecido, pero dos de aquellas bestias
permanecían allí pacientemente. Al resistirme a cabalgar, el viejo sacó su
punzón y su tablilla, y me comunicó por escrito que él era el verdadero
delegado de aquellos antepasados míos que habían fundado el culto al Invierno
en este mismo venerable lugar, que había sido decretado que yo volviera allí, y
que faltaban por celebrarse los misterios más recónditos. Escribió todo esto en
un estilo muy antiguo, y aún dudaba yo cuando sacó de sus amplios ropajes un
sello y un reloj con las armas de mi familia, para probar que todo era según había
dicho él.
Pero la prueba era espantosa, porque yo sabía por ciertos documentos
antiquísimos que aquel reloj había sido enterrado con el tatarabuelo de mi
tatarabuelo en 1698.
Al poco rato, el viejo echó hacia atrás su capucha y me mostró el
parecido familiar de su rostro; pero aquello me hizo estremecer, porque yo
estaba convencido de que se trataba solamente de una diabólica máscara de cera.
Las dos bestias voladoras aguardaban y arañaban inquietas los líquenes del
suelo, y me di cuenta de que el viejo estaba a punto de perder la paciencia.
Cuando uno de aquellos animales comenzó a moverse, alejándose del lugar, el
viejo se volvió rápidamente y lo detuvo, de suerte que, con la rapidez del
movimiento, se le desprendió la máscara que llevaba en el lugar correspondiente
a la cabeza.
Y entonces, al ver que aquella pesadilla se interponía entre la escalera
de piedra y yo, me arrojé al fondo oleaginoso del río pensando que sin duda
desembocaría, por alguna cavidad, en el fondo del océano. Me lancé en aquel
jugo pútrido de las entrañas de la tierra antes que mis locos chillidos
pudieran hacer caer sobre mí las legiones de cadáveres que aquellos abismos
pestilentes ocultaban.
En el hospital me dijeron que me habían encontrado en el puerto de
Kingsport, medio helado, al amanecer, aferrado a un madero providencial. Me
dijeron que la noche anterior me había extraviado por los acantilados de Orange
Port, cosa que habían deducido por las huellas que encontraron en la nieve. No
hice ningún comentario. Mi cabeza era un caos. Nada encajaba con mi experiencia
de la noche anterior. Los ventanales del hospital se abrían a un panorama de
tejados de los que apenas uno de cada cinco podía considerarse antiguo. Las
calles vibraban con el estrépito de tranvías y automóviles. Me insistieron en
que esto era Kingsport, cosa que yo no pude negar. Al verme caer en un estado
de delirio cuando me enteré de que el hospital se encontraba cerca del cementerio
parroquial de Central Hill, me trasladaron al Hospital St. Mary, de Arkham,
donde me atenderían mejor.
Me gustó, en efecto, porque los médicos eran de mentalidad más abierta,
y aun me ayudaron, ya que gracias a su influencia pude conseguir un ejemplar
del censurable Necronomicon de Alhazred, celosamente guardado en la Biblioteca
de la Universidad del Miskatonic. Dijeron que sufría una especie de psicosis y
convinieron en que el mejor sistema de alejar las obsesiones de mi cerebro era
provocar mi cansancio a base de permitirme ahondar en el tema. De esta suerte
llegué a leer el espantoso capítulo aquél, y me estremecí doblemente, puesto
que no era nuevo para mí: lo que contaba, lo había visto yo, dijeran lo que
dijesen las huellas de mis pies, y era mejor olvidar el sitio donde lo había
presenciado.
Nadie durante el día me lo hacía recordar pero mis sueños son
aterradores a causa de ciertas frases que no me atrevo a transcribir. Si acaso,
citaré únicamente un párrafo. Lo traduciré lo mejor que pueda de ese desgarbado
latín vulgar en que está escrito: «Las cavernas inferiores -escribió el loco
Alhazred- son insondables para los ojos que ven, porque sus prodigios son
extraños y terribles.
Maldita la tierra donde los pensamientos muertos viven reencarnados en
una existencia nueva y singular, y maldita el alma que no habita ningún
cerebro. Sabiamente dijo Ibn Shacabad: bendita la tumba donde ningún hechicero
ha sido enterrado y felices las noches de los pueblos donde han acabado con
ellos y los han reducido a cenizas. Pues de antiguo se dice que el espíritu que
se ha vendido al demonio no se apresura a abandonar la envoltura de la carne,
sino que ceba e instruye al mismo gusano que roe, hasta que de la corrupción
brota una vida espantosa, y las criaturas que se alimentan de la carroña de la
tierra aumentan solapadamente para hostigaría, y se hacen monstruosas para
infestarla. Excavadas son, secretamente, inmensas galerías donde debían bastar los
poros de la tierra, y han aprendido a caminar unas criaturas que sólo deberían
arrastrarse.
_____________________
H.P. Lovecraft (1890-1937)

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