© Libro N° 9987. El Cerebro Rojo. Wandrei, Donald. Emancipación. Junio 4 de 2022.
Título
original: ©
The Red Brain, Donald Wandrei
(1908-1987)
Versión Original: © El Cerebro Rojo. Donald Wandrei
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Donald Wandrei
El
Cerebro Rojo
Donald
Wandrei
Una tras otra, las pálidas estrellas que poblaban el firmamento
titilaron cada vez más débilmente, hasta desaparecer. Una tras otra, aquellas
luces llameantes se atenuaron y oscurecieron. Una tras otra se habían
desvanecido para siempre, y en su lugar se formaron como enormes manchas de
tinta que ensombrecían inmensas áreas del cielo que en otro tiempo estaban
iluminadas por las estrellas.
Transcurrieron años; siglos enteros huyeron hacia el pasado; los
milenios se acumularon hasta convertirse en millones, y también ellos se
perdieron en el olvido de la Eternidad. La Tierra había desaparecido. El Sol se
había enfriado y endurecido y se disolvió en el polvo de su tumba. Tanto el
sistema solar como otros innumerables sistemas se desmenuzaron y
desaparecieron, y sus fragmentos se convirtieron en nubes de polvo que fueron
tragándose el universo entero.
A lo largo de billones de años, y barriéndolo todo hacia un destino
común, los inmensos cuerpos, en otro tiempo incontables, que habían salpicado
el firmamento desplazándose a través de distancias inconmensurables en el
espacio, fueron disminuyendo en número a medida que se desintegraban, hasta que
en el negro dosel del firmamento quedaron unos pocos y aislados puntos de luz
tenue, que cada vez se iba haciendo más débil y macilenta. Nadie sabía cuándo
empezó a concentrarse el polvo, pero lejos, en el aura olvidada de los tiempos,
los mundos muertos desaparecieron sin que nadie volviera a recordarlos ni lo
lamentara.
Aquéllos fueron los embriones del polvo. Fueron los progenitores de la
disolución universal que ahora tocaba a su fin. Fueron las primeras estrellas
que se consumieron, murieron y se desperdigaron en miríadas de átomos. Fueron
el primer cultivo que se redujo a la nada convertido en una mota de polvo. Poco
a poco, los claros enjambres se transformaron en nubes, las nubes en mares, y
los mares en monstruosos océanos de polvo que lentamente se iba acumulando,
polvo que procedía de mundos muertos y agonizantes, de colisiones
interestelares causadas por los astros en su caída, de meteoros y cometas que,
envueltos en llamas, llegaban del vacío para precipitarse en el abismo.
El polvo se extendía más y más. La apagada luminosidad de los cielos
siguió debilitándose a medida que en las profundidades del espacio iban
apareciendo grandes tachaduras negras. A lo largo de los millones, billones y
trillones de años que habían huido hacia el pasado, el polvo cósmico siguió
agrupándose. Hubo un tiempo en que el universo estaba formado por centenares de
millones de estrellas, planetas y soles; pero eran tan efímeros como la vida o
los sueños, y se apagaron y desvanecieron uno tras otro.
En primer lugar fueron destruidos los mundos más pequeños; les siguieron
los mayores, y así en una escala que ascendía hacia los gigantes que jamás
sufrieron desafío alguno y que, alzándose en medio de la noche frente al empuje
conquistador del polvo, bramaron su furia e hicieron resplandecer su claridad.
En su infernal e implacable guerra contra el universo, el Polvo Cósmico jamás
concedió tregua; ahogó a los pequeños aerolitos; engulló a los satélites
indefensos; se arremolinó en torno a los cometas, que, lanzados como cohetes,
saltaban de un oscuro extremo del universo al otro, dejando un espléndido
rastro de llamas, abriendo sendas de salvaje aventura a través de un infinito
sin horizontes que el polvo había ya sometido; clavó sus garras en los planetas
y sorbió su esencia; cargado de odio y rencor, fue barriendo a los monarcas y
asolando sus tierras y desiertos.
Cada vez más y más denso, el Polvo Cósmico fue creciendo hasta que a los
gigantes les resultó ya imposible avizorarse mutuamente en sus giros a través
del vacío. Por ello, alzaron sus voces tonantes a través del desierto,
solitarios, sin esperanza y perdidos. En solitaria grandeza, consumieron en
llamas su brillante hermosura. En solitaria derrota y muerte, desaparecieron.
De todas las estrellas de las incontables miríadas que una vez
salpicaron los cielos, solamente quedaba Antares. Sólo subsistía Antares, la
más inmensa de las estrellas, el último cuerpo del universo, habitado por la
última raza qu aún poseía conciencia, que aún poseía vida. Esta raza, sumida en
una compasión sin esperanza, había asistido al oscurecimiento de los cielos y,
con cicatería, llevo la cuenta de las estrellas que todavía resistían. Se les
desgarraba el corazón cada vez que una dejaba de titilar; cada una que
abandonaba la lucha y era engullida por la marea de polvo, añadía un nuevo
acento en el himno nacional, esa melodía indescriptible, esa salmodia a la
fatalidad infinitamente sombría que arrancaba solemnes armonías de cada corazón
de aquella raza agonizante.
Los habitantes de Antares habían construido una gran cúpula de cristal
alrededor de su mundo a fin de impedir que penetrase el polvo y la atmósfera se
dispersara; protegidos por esta cúpula, los vigías mantenían su observación
silenciosa. Las sombras llegaban avasalladoras, con más ímpetu cada vez, desde
los lejanos reinos de la oscuridad, engullendo apresuradamente a la última de
las estrellas. La tarea de los astrónomos se había convertido en la más
sencilla, y al propio tiempo la más triste, de Antares: observar a la Muerte y
el Olvido extendiendo un palio de oscuridad sobre cuanto era, sobre cuanto pudo
ser.
La última estrella, Mira, la segunda después de Antares, había brillado
con palidez glacial, su titilar se oscureció... y se desvaneció. En el espacio
quedó tan sólo una extensión ilimitada de polvo que se expandía más y más en
todas direcciones; sólo esto y Antares. Ya no volvieron los astrónomos a
escudriñar los cielos par ver cómo una estrella moribunda sucumbía antes que
ellos. No volvieron a explorar los más lejanos confines. Por todas parte s el
polvo, envolviendo el espacio en una oscuridad sofocante. Hubo un tiempo a
través de los abismos, en que fueron sembradas multitud de hermosas estrellas
de blanco, casi enfermizo resplandor.
Ahora no había nada. Hubo un tiempo en que existió luz en el cielo.
Ahora no había nada. Hubo un tiempo en que se veía una tenue fosforescencia en
la bóveda Ahora sólo había un pesado crespón de ébano un lóbrego reino huérfano
de radiación, algo sofocante constituido por una oscuridad eterna e infinita.
—Nos reunimos otra vez en esta Mansión de la Niebla, no con la esperanza
de haber encontrado un remedio sino para ver cuál es la mejor forma de aceptar
nuestra muerte. Nos reunimos, no en la vana esperanza de que podamos controlar
el polvo, sino en la esperanza d que podamos triunfar aun cuando seamos
destruidos. Sólo podemos ganar la batalla aceptando nuestra muerte
heroicamente.
El orador hizo una pausa. A su alrededor se desplegaba una extraña sala
del Espacio. A gran altura se extendía un vago techo cuyos bordes ondulantes se
diluían pedidos en la distancia; un techo sustentado por paredes invisibles y
poderosas columnas que, separadas por largos intervalos, emergían ondulantes
del liso suelo de mármol. Una vaga neblina parecía flotar en el aire, debido a
las dimensiones inconmensurables de aquella cclosal arquitectura.
Difuminado por la distancia, el orador se reclinó en la plataforma de
metal que se alzaba por encima del mar de seres que se extendía frente a él.
Aun que en realidad no era un orador, ni tampoco un ser como los que una vez
habitaron el mundo llamado Tierra.
Debido a las insólitas condiciones de Antares, la evolución se
desarrolló, según esquemas completamente distintos a los que siguió en cuerpos
que habían poblado el firmamento cuando, en un pasado remoto, el infinito
estaba salpicado de estrellas. Antares fue el sol más intenso de cuantos
surgieron del caos primitivo. Cuando se enfrió, lo hizo mucho más lentamente
que los demás, y cuando en él apareció la vida, tenía por delante una
existencia, no de miles ni de millones de años, sino de millardos.
Esta vida, en sus comienzos, había evolucionado desde las formas más
simples a las de la edad de las primeras sociedades humanas, y siguió
recorriendo la escala paso a paso. Las civilizaciones de otros mundos
alcanzaron su cenit y los propios mundos se enfriaron y murieron cuando la
poderosa civilización de Antares no hacía más que empezar. La estrella pasó
entonces por un período de guerras, hasta que se vio azotada por espantosas
destrucciones, de tal magnitud, que, en la Guerra de los Dos Días, produjeron
siete billones de víctimas de los ocho billones y medio de habitantes con que
contaba el planeta. Aquellos dos días de carnicería terminaron con la guerra
para siempre.
A partir de entonces empezó la edad de oro. La mente de los pobladores
de Antares aumentó más y más, al tiempo que sus cuerpos se reducían
proporcionalmente, hasta que el ciclo se completó. Cada ser situado frente al
orador era un montón monstruoso de sustancia negra y viscosa, cada masa un
enorme cerebro, un ente híbrido que vivía sólo para el Pensamiento. Mucho
tiempo atrás se descubrió que la vida podía crearse artificialmente mediante
tejidos formados en los laboratorios químicos. Entonces se destruyó el deseo y
los habitantes dejaron de consumir su tiempo ocupándose de la familia. Casi
todas las incontables horas que de esta forma se ahorraron, fueron dedicadas al
desarrollo científico, con el resultado de que la estrella experimentó un salto
prodigioso hacia una era de progreso sin parangón.
En su rápida transformación en cerebros, los seres descubrieron que
mediante la exterminación de los parásitos y las bacterias de Antares y
modificando su propia estructura orgánica, y por medio de la voluntad de vivir
se aproximaban a la inmortalidad. Descubrieron los secretos del tiempo y del
espacio; conocieron la extensión del universo y supieron que el espacio, en sus
límite extremos, se convierte en autoaniquilante. Supieron que la vida se creó
a sí misma y controlaron su propio período de duración. Aprendieron que cuando,
cansada de la existencia, una vida se daba muerte a sí misma, estaba muerta
para siempre; no podría vivir de nuevo, pues la muerte era el último cambio
químico de la vida.
Esas eran las formas que se desparramaban en vasto mar ante el orador.
Eran formas porque podían adoptar cualquier apariencia que desearan. Sus mentes
todopoderosas tenían un absoluto control de sí mismas. Cuando los Cerebros
deseaban viajar, se relajaban, abandonando su habitual semirrigidez, y fluían
de un lugar a otro como un reguero de tinta deslizándose cuesta abajo; cuando
estaban cansados, se aplanaban hasta convertirse en discos; al exponer sus
ideas, se convertían en arrogantes columnas de rígida exudación; y cuando se
sumían en la abstracción o se perdían en una placentera contemplación de mundos
sin límites creados en sus mentes, mundos por entre los que a menudo vagaban,
ofrecían el aspecto de enormes esferas durmientes.
Ningún sonido había emitido el orador pese a que impartió sus
pensamientos a la sensitiva asamblea. Cuando sus mentes lo permitían, los
pensamientos de los Cerebros fluían instantáneamente hacia quienes les
rodeaban, lo mismo que ondas eléctricas. Antares era un mundo de silencio jamás
quebrantado.
Los pensamientos del Gran Cerebro siguieron fluyendo:
—Hace mucho tiempo llegó a conocimiento de todos nosotros el destino que
nos esperaba. Nada podíamos hacer. Ello no importaba mucho, desde luego, pues
la existencia es algo inútil que a nadie beneficia. Sin embargo, en aquella
reunión celebrada en fecha ya olvidada, solicitamos que quien quisiera ocuparse
de ello, intentara pensar en alguna posible forma de salvación para nuestra
propia estrella cuando menos, si no para las demás. No se ofreció ninguna
recompensa porque no existía para ello recompensa adecuada. El Cerebro
recibiría tan sólo la gloria de ser uno de los mayores que jamás se hubieran
producido. En cuanto al resto de nosotros, recibiría solamente los efectos de
esta gloria mediante el conocimiento de que habíamos dominado el Destino,
considerado en aquel entonces, y todavía hoy, como inexorable; el placer que de
ello obtendríamos se debería tan sólo al hecho de que nosotros, que nos hemos
autocreado pero que no somos supremos, nos habríamos convertido a nosotros
mismos en supremos por la conquista de la más poderosa amenaza que jamás haya
atacado a la vida, el tiempo y el universo: el Polvo Cósmico.
»Nuestros cerebros más inteligentes estuvieron pensando en este tema
durante incalculables millones de años. Excluyeron de sus pensamientos
cualquier cosa que no fuera la pregunta: ¿cómo es posible dar jaque al polvo?
Elaboraron innumerables planes, que se probaron concienzudamente. Todos
fallaron. Lanzamos al vacío descargas de rayos imposibles de controlar,
llamadas interplanetarias con la esperanza de poder fundir masas de polvo y
convertirlas en nuevos mundos incandescentes. Hemos anclado en el espacio inmensos
imanes con la esperanza de atraer el polvo, que es ligeramente magnético, y de
esta forma solidificarlo o extraer de él gran parte de los escombros.
Provocamos espantosas perturbaciones haciendo estallar nuestros
compuestos más poderosos en las regiones que nos rodean, con la esperanza de
agitar tan violentamente el polvo que, en el seno de las tempestades así
formadas, se conmocionarán las tormentas de la creación. Con nuestros rayos
aniquiladores hemos abierto billones de brechas a través del incesante flujo de
polvo. Destruimos la vida en Betelgeuse y emplazamos allí titánicos generadores
de vacío, descomunales máquinas zumbantes destinadas a succionar el polvo del
espacio y amontonarlo en aquella estrella. Liberamos enormes cantidades de gas,
lo incendiamos y lanzamos el fuego ardiente y furioso en enloquecidas
llamaradas, a través del polvo estremecido.
En nuestra desesperación, llegamos a llamar en nuestra ayuda a los
Devoradores de Éter. Finalmente, sí, utilizamos nuestra Voluntad-Potente para
barrer las oleadas arrolladoras ¡Fue en vano! ¿Qué ocurrió? El polvo, que por
un momento había cedido terreno, se tomó un respiro y volvió a lanzarse
adelante, en oleadas. Retornó triunfante, en silencio, y de nuevo colgó su
palio de oscuridad sobre un Espacio acosado por el temor y cabalgado por las
pesadillas.
Henchidos de silenciosa aflicción, los pensamientos del Gran Cerebro
seguían fluyendo y esparciéndose por la Mansión de la Niebla:
—Con una amarga tenacidad que jamás antes habían desplegado, nuestros
químicos dedicaron su tiempo a la producción de Supercerebros, con la esperanza
de llegar a obtener uno que fuera capaz de vencer al Polvo Cósmico. Cambiaron
los componentes utilizados en nuestra génesis; experimentaron con moldes y
formas, ensayaron todas las posibilidades. ¿Cuál fue el resultado? Salieron
monstruos rabiosos, locas abominaciones, horrores satánicos y asquerosos entes
devoradores que chillaban salvajemente bajo el influjo de los innúmeros e
indescriptibles fantasmas que atestaban sus mentes.
»Les matamos para salvarnos. ¡Y el Polvo siguió avanzando! Hemos pedido
ayuda a todos los Cerebros vivientes. En los siglos remotos, cubiertos por el
velo del pasado, hemos apelado a cualquier clase de ayuda. De vez en cuando se
nos han propuesto planes que durante cierto tiempo han causado estragos
terribles en el Polvo, pero que, por último, siempre han fracasado.
»Está a punto de producirse el triunfo del Polvo Cósmico. Nos queda ya
tan poco tiempo que los esfuerzos que podamos hacer ahora serán inevitablemente
vanos. Pero hoy, la esperanza de que algún Cerebro, ya sea de los viejos o de
los nuevos y gigantescos, haya descubierto una posibilidad aún no ensayada, nos
ha movido a convocar esta conferencia, la primera que se celebra desde hace más
de doce mil años.
El silencio tenso y alerta que reinaba en el Salon se suavizó,
relajándose, cuando dejaron de fluir los pensamientos del Gran Cerebro. Las
ondas eléctricas que habían llenado la vasta Mansión de la Niebla se
extinguieron y durante largo rato el recinto se vio invadido por una extraña
tranquilidad. Pero la masa no permanecía nunca inmóvil. El mar que se extendía
frente a la tarima se agitaba en un flujo y reflujo cuando lo atravesaban las
olas de pensamiento. Pero ningún Cerebro se ofreció para hablar, y toda la
extensión visible se fue aquietando a medida que transcurrían los minutos.
En forma de fina columna que emergía de la tarima, elevándose hasta gran
altura, el Gran Cerebro se balanceaba una y otra vez recorrió con la mirada
todo el Salón, escudriñando entre las ondulantes formas con la esperanza de
encontrar en algún punto, entre aquella multitud una que pudiera ofrecer una
sugerencia. Pero transcurrieron los minutos y el tiempo se alargaba sin que
llegara ninguna respuesta; la tristeza del fin inmutable y fijo se infiltró a
través de la última raza. Y los Cerebros, absortos en su meditación, vieron
cómo el Polvo presionaba sobre la concha de cristal de Antares, mostrando una
mueca de triunfo.
El Gran Cerebro no había esperado obtener respuesta, ya que desde hacía
siglos se consideraba inútil combatir al Polvo; así, pues, cuando su previsión,
aunque no su deseo sé vio cumplida, se relajó y se dejó caer en señal de que la
reunión había terminado. Pero antes de que se hubiera completado su movimiento,
en el centro de aquel mar, surgiendo de las profundidades, se produjo una
violenta agitación; en un instante todo un sector se replegó y, precipitándose
en tromba como un surtidor, se lanzó hacia arriba silbando al cortar el aire;
el chorro ascendió en dirección al techo hasta que empezó a ondular, fino y
tenue como una columna de humo desde la oscuridad de las alturas de la Sala, la
cúspide del Cerebro, miró fijamente hacia abajo.
—¡He encontrado un plan infalible! ¡El Cerebro Rojo ha conquistado al
Polvo Cósmico!
Una terrible tensión cayó sobre los Cerebros entumecidos por el lamento
que en oleadas silenciosas se extendía desde la Mansión de la Niebla hasta el
sepulcro vacío y huérfano de sueños hecho de mármoles exótico . El Cerebro Rojo
era una de las últimas creaciones de los químicos, y se había obtenido durante
los experimentos que se realizaron para producir cerebros más perfectos. En el
pasado, todos habían sido negros, pero quizá debido a impurezas en los
componentes químicos éste había evolucionado hacia un color rojo mate muy
oscuro. Sus compañeros sintieron admiración por él sobre todo cuando
descubrieron que muchos de sus pensamientos no podían ser captados por ellos.
De entre las cosas que pasaban por su interior y que él permitía a los demás
conocer, había una considerable porción que les resultaba incomprensible. Nadie
sabía cómo juzgar al Cerebro Rojo, pero muchos pusieron sus esperanzas en él.
Por lo tanto, cuando el Cerebro Rojo lanzó su anuncio, los demás
formaron un ancho círculo alrededor de él, con las mentes pasivas y abiertas
hacia la explicación. Así, pues, se tendieron silenciosamente, a la espera del
descubrimiento, y se recostaron, completamente desprevenidos para lo que iba a
suceder. Ya que, en cuanto el Cerebro Rojo se halló suspendido en el aire
inició un lento pero incansable balanceo; a medida qué se balanceaba, sus
pensamientos se verían en forma de canto rítmico. Descollaba en lo alto por
encima de todos, igual que una columna lisa y tenue cuyo altivo capitel se
moviera cada vez más rápidamente a medida que un estremecimiento nervioso
recorría toda su extensión en oleadas que subían y bajaban.
El tono del extraño canto se fue haciendo cada vez más y más fuerte,
hasta convertirse en un salvaje y ditirámbico salmo, dedicado a la belleza del
pasado, a la gloria del presente y al esplendor del futuro. Y la balada se
convirtió en una quejumbrosa loa, en una exaltación; ramalazos de furiosa
alegría la recorrieron, repitiendo:
El Cerebro Rojo ha conquistado al Polvo. Otros fracasaron, pero él no.
Cantemos el himno nacional en honor del Cerebro Rojo, porque él ha triunfado.
Exaltémosle, porque ha demostrado ser el más grande de todos. Veneremos al que
es más grande que Antares, más grande que el Polvo Cósmico, más grande que el
Universo.
De repente se detuvo. Los Cerebros, perplejos, miraron hacia lo alto.
Por un momento, el Cerebro Rojo había detenido su cabeceo, acercando a ellos
sus pensamientos. Pero, a lo largo de toda su extensión, inició un giro
vertiginoso, que fue acelerándose hasta alcanzar una increíble velocidad. De
pronto, algo antagónico emanó de él y antes de que los Cerebros lograran captar
la situación, antes de que pudieran protegerse cerrando sus mentes, los
impulsos de voluntad del Cerebro Rojo, cargados de odio y muerte, latieron
sobre ellos y penetraron en sus mentes abiertas. Como un remolino, el Cerebro
Rojo giraba arrastrándoles a su destino.
Igual que balones semihinchados, los demás Cerebros yacían a su
alrededor; durante un segundo se pusieron rígidos como burbujas de vidrio al
enfriarse; y a medida que sus pensamientos, y por lo tanto, sus vidas, ya que
Pensamiento era Vida, iban siendo aniquilados, quedaban instantáneamente
aplastados como globos pinchados, disolviéndose en charcos de limo evanescente.
Sucumbían por decenas y por centenares, destruidos por los pensamientos
devastadores, imparables, del Cerebro Rojo, que llenaba todo el Salón; por
grupos, por secciones, por doquier.
Alrededor del círculo caían los cerebros sentenciados por el destino en
aquel único momento de descuido, mientras fluía una espesa tinta que formaba
charcos, que se arrastraba y se convertía en ríos de brea que se precipitaban
por el suelo de mármol pulido con un suave siseo sedoso.
La esperanza del universo se había cifrado en el Cerebro Rojo. Y el
Cerebro Rojo estaba loco.
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Donald Wandrei (1908-1987)

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