© Libro N° 10011. El Cuerno De Niebla. Bradbury, Ray. Emancipación. Junio 11 de 2022.
Título
original: ©
The Fog Horn, Ray Bradbury (1920-2012)
Versión Original: © El Cuerno De Niebla. Ray Bradbury
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Ray Bradbury
El Cuerno De Niebla
Ray
Bradbury
Allá, en el agua helada, lejos de la costa, esperábamos todas las noches
la llegada de la niebla, y la niebla llegaba, y aceitábamos la maquinaria y
encendíamos los faros en lo alto de la torre. Como dos pájaros en el cielo
gris, McDunn y yo lanzábamos el rayo de luz: rojo, blanco, luego rojo otra vez,
que miraba los barcos solitarios.
Y si no veían nuestra luz, oían siempre nuestra voz, el grito alto y
profundo de la sirena, que temblaba entre jirones de neblina y sobresaltaba a
las aves.
—Es una vida solitaria, pero uno se acostumbra, ¿no es verdad? —preguntó
McDunn.
—Sí —dije—. Por suerte, usted es un buen conversador. ¿En qué piensa
usted, McDunn, cuando lo dejo solo?
—En los misterios del mar.
McDunn encendió su pipa. Eran las siete y cuarto de una fría tarde de
noviembre. La luz se movía, la sirena zumbaba en la garganta del faro.
En ciento cincuenta kilómetros no había poblaciones; sólo un camino
solitario que atravesaba los campos hasta el mar, un estrecho de tres
kilómetros de frías aguas, y unos pocos barcos.
—Los misterios del mar —repitió McDunn pensativamente—. ¿Pensaste alguna
vez que el mar es como un enorme copo de nieve? Se mueve y crece con mil formas
y colores, siempre distintos. Es raro.
»Una noche, hace años, cuando todos los peces del mar salieron ahí a la
superficie. Algo los hizo subir y quedarse flotando en las aguas, como
temblando y mirando la luz del faro que caía sobre ellos. Me quedé helado. Se
quedaron ahí hasta la medianoche. Luego, casi sin ruido, desaparecieron.
»Imaginé que quizás, vinieron en peregrinación. Raro, pero piensa qué
debe parecerles una torre que se alza veinte metros sobre las aguas, y el
dios-luz que sale del faro, y la torre que se anuncia a sí misma con una voz de
monstruo. Nunca volvieron aquellos peces, ¿pero no se te ocurre que creyeron
ver a Dios?
Me estremecí. Miré las grandes y grises praderas del mar que se
extendían hacia ninguna parte, hacia la nada.
McDunn chupó su pipa nerviosamente, parpadeando. Estuvo nervioso durante
todo el día y nunca dijo la causa.
—A pesar de nuestras máquinas —dijo—, pasarán siglos antes que pisemos
realmente las tierras sumergidas, sus fabulosos reinos, y sintamos realmente
miedo. Piénsalo, allá abajo es todavía el año 300.000 antes de Cristo. Cuando
nos paseábamos con trompetas arrancándonos países y cabezas, ellos vivían ya
bajo las aguas, a dieciocho kilómetros de profundidad, helados en un tiempo tan
antiguo como la cola de un cometa.
—Sí, es un mundo viejo.
—Ven. Te reservé algo especial.
Subimos con lentitud los ochenta escalones, hablando. Arriba, McDunn
apagó las luces del cuarto para que no hubiese reflejos en las paredes de
vidrio. El gran ojo de luz zumbaba y giraba con suavidad. La sirena llamaba
regularmente cada quince segundos.
—Es como la voz de un animal, ¿no es cierto? —McDunn se asintió a sí
mismo con un movimiento de cabeza—. Un gigantesco y solitario animal que grita
en la noche. Echado aquí, al borde de diez billones de años, y llamando hacia
los abismos. Estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí. Y los abismos le responden,
sí. Ya llevas aquí tres meses, Johnny, y es hora que lo sepas. En esta época
del año algo viene a visitar el faro.
—¿Los cardúmenes de peces?
—No, otra cosa. No te lo dije antes porque me creerías loco, pero no
puedo callar más. Si mi calendario no se equivoca, esta noche es la noche. No
diré mucho, lo verás tú mismo. Siéntate aquí. Mañana, si quieres, empaquetas
tus cosas y tomas la lancha y sacas el coche desde el galpón del muelle, y
escapas hasta algún pueblito del mediterráneo y vives allí sin apagar nunca las
luces de noche. No te acusaré. Ha ocurrido en los últimos tres años y sólo esta
vez hay alguien conmigo. Espera y mira.
Pasó media hora y sólo murmuramos unas pocas frases. Cuando nos cansamos
de esperar, McDunn me explicó algunas de sus ideas sobre la sirena.
—Un día, hace muchos años, vino un hombre y escuchó el sonido del océano
en la costa fría y sin sol, y dijo: Necesitamos una voz que llame sobre las
aguas, que advierta a los barcos; haré esa voz. Haré una voz que será como todo
el tiempo y toda la niebla; una voz como una cama vacía junto a tí toda la
noche, y como una casa vacía cuando abres la puerta, y como otoñales árboles
desnudos. Un sonido de pájaros que vuelan hacia el sur, gritando, y un sonido
de viento de noviembre y el mar en la costa dura y fría. Haré un sonido tan
desolado que alcanzará a todos y al oírlo gemirán las almas, y los hogares
parecerán más tibios, y en las distantes ciudades todos pensarán que es bueno
estar en casa. Haré un sonido y un aparato y lo llamarán la sirena, y quienes lo
oigan conocerán la tristeza de la eternidad y la brevedad de la vida.
La sirena llamó.
—Imaginé esta historia —dijo McDunn en voz baja— para explicar por qué
esta criatura visita el faro todos los años. La sirena la llama, pienso, y ella
viene.
—Pero... —interrumpí.
—Silencio —ordenó McDunn—. ¡Allí!
Señaló los abismos.
Algo se acercaba al faro.
Era una noche helada, como ya dije. El frío entraba en el faro, la luz
iba y venía, y la sirena llamaba y llamaba entre los hilos de la niebla. Uno no
podía ver muy lejos, ni muy claro, pero allí estaba el mar profundo moviéndose
alrededor de la tierra nocturna, aplastado y mudo, gris como barro, y aquí
estábamos nosotros dos, solos en la torre, y allá, lejos al principio, se elevó
una onda, y luego una ola, una burbuja, una raya de espuma.
En seguida, desde la superficie del mar frío salió una cabeza, una
cabeza grande, oscura, de ojos inmensos, y luego un cuello. Y luego... no un
cuerpo, sino más cuello, y más. La cabeza se alzó doce metros por encima del
agua sobre un delgado y hermoso cuello oscuro. Sólo entonces, como una isla de
coral negro y moluscos y cangrejos, surgió el cuerpo desde los abismos. La cola
se sacudió sobre las aguas.
No sé qué dije entonces, pero algo dije.
—Calma, muchacho, calma —murmuró McDunn.
—¡Es imposible! —exclamé.
—Nosotros somos imposibles. Él es lo que era hace diez millones de años.
No ha cambiado. Nosotros y la Tierra cambiamos, nos hicimos imposibles.
Nosotros.
El monstruo nadó lentamente y con una gran y oscura majestad en las
aguas frías. La niebla iba y venía a su alrededor, borrando por instantes su
forma. Uno de los ojos del monstruo reflejó nuestra inmensa luz, roja, blanca,
roja, blanca, y fue como un disco que en lo alto de una mano enviase un mensaje
en un código primitivo. El silencio del monstruo era como el silencio de la
niebla.
Yo me agaché, sosteniéndome en la barandilla de la escalera.
—¡Parece un dinosaurio!
—Sí.
—¡Pero murieron todos!
—Algunos quizás se ocultaron en los abismos del mar, en el más abismal
de los abismos. Es ésta una verdadera palabra ahora, Johnny, una palabra real;
dice tanto: los abismos. Una palabra con toda frialdad y la oscuridad y las
profundidades del mundo.
—¿Qué haremos?
—¿Qué podemos hacer? Es nuestro trabajo. Además, aquí estamos más
seguros que en cualquier bote que pudiera llevarnos a la costa. El monstruo es
tan grande como un destructor, y casi tan rápido.
—¿Pero por qué viene aquí?
En seguida tuve la respuesta.
La sirena llamó.
Y el monstruo respondió.
Un grito que atravesó un millón de años, nieblas y agua. Un grito tan
angustioso y solitario que tembló dentro de mi cuerpo y de mi cabeza. El
monstruo le gritó a la torre. La sirena llamó. El monstruo rugió otra vez. La
sirena llamó. El monstruo abrió su enorme boca dentada, y de la boca salió un
sonido que era el llamado de la sirena. Solitario, vasto y lejano. Un sonido de
soledad, mares invisibles, noches frías. Eso era el sonido.
—¿Entiendes ahora —susurró McDunn— por qué viene aquí?
Asentí con un movimiento de cabeza.
—Todo el año, Johnny, ese monstruo estuvo allá, mil kilómetros mar
adentro, y a treinta kilómetros bajo las aguas, soportando el paso del tiempo.
Quizás esta solitaria criatura tiene un millón de años. Piénsalo, esperar un
millón de años. ¿Esperarías tanto? Quizás es el último de su especie. Yo así lo
creo. De todos modos, hace cinco años vinieron aquí unos hombres y construyeron
este faro. E instalaron la sirena, y la sirena llamó y llamó y su voz llegó
hasta donde tú estabas, hundido en el sueño y en recuerdos de un mundo donde
había miles como tú. Pero ahora estás solo, enteramente solo en un mundo que no
te pertenece, un mundo del que debes huir.
»El sonido de la sirena llega entonces, y se va, y llega y se va otra
vez, y te mueves en el barroso fondo de los abismos, y abres los ojos como los
lentes de una cámara de cincuenta milímetros, y te mueves lentamente,
lentamente, pues tienes todo el peso del océano sobre los hombros. Pero la
sirena atraviesa mil kilómetros de agua, débil y familiar, y en el horno de tu
vientre arde otra vez el juego, y te incorporas lentamente, lentamente.
»Te alimentas de grandes cardúmenes de bacalaos y de ríos de medusas, y
subes lentamente por los meses de otoño, y septiembre cuando nacen las nieblas,
y octubre con más niebla, y la sirena todavía llama, y luego, en los últimos
días de noviembre, luego de ascender día a día, unos pocos metros por hora,
estás cerca de la superficie, y todavía vivo. Tienes que subir lentamente: si
te apresuras; estallas. Así que tardas tres meses en llegar a la superficie, y
luego unos días más para nadar por las frías aguas hasta el faro.
»Y ahí estás, ahí, en la noche, Johnny, el mayor de los monstruos
creados. Y aquí está el faro, que te llama, con un cuello largo como el tuyo
que emerge del mar, y un cuerpo como el tuyo, y, sobre todo, con una voz como
la tuya. ¿Entiendes ahora, Johnny, entiendes?
La sirena llamó.
El monstruo respondió.
Lo vi todo, lo supe todo. En solitario un millón de años, esperando a
alguien que nunca volvería. El millón de años de soledad en el fondo del mar,
la locura del tiempo allí, mientras los cielos se limpiaban de pájaros
reptiles, los pantanos se secaban en los continentes, los perezosos y dientes
de sable se zambullían en pozos de alquitrán, y los hombres corrían como
hormigas blancas por las lomas.
La sirena llamó.
—El año pasado —dijo McDunn—, esta criatura nadó alrededor y alrededor,
alrededor y alrededor, toda la noche. Sin acercarse mucho, sorprendida, diría
yo. Temerosa, quizás. Pero al otro día, inesperadamente, se levantó la niebla,
brilló el sol, y el cielo era tan azul como en un cuadro. Y el monstruo huyó
del calor, y el silencio, y no regresó. Imagino que estuvo pensándolo todo el
año, pensándolo de todas las formas posibles.
El monstruo estaba ahora a no más de cien metros, y él y la sirena se
gritaban en forma alternada. Cuando la luz caía sobre ellos, los ojos del
monstruo eran fuego e hielo.
—Así es la vida —dijo McDunn—. Siempre alguien espera que regrese algún
otro que nunca vuelve. Siempre alguien que quiere a algún otro que no lo
quiere. Y al fin uno busca destruir a ese otro, quienquiera que sea, para que
no nos lastime más.
El monstruo se acercaba al faro.
La sirena llamó.
—Veamos que ocurre —dijo McDunn.
Y apagó la sirena.
El minuto siguiente fue de un silencio tan intenso que podíamos oír
nuestros corazones que golpeaban en el cuarto de vidrio, y el lento y lubricado
girar de la luz. El monstruo se detuvo. Sus grandes ojos de linterna
parpadearon. Abrió la boca. Emitió una especie de ruido sordo, como un volcán.
Movió la cabeza de un lado a otro como buscando los sonidos que ahora se
perdían en la niebla. Miró el faro. Algo retumbó otra vez en su interior. Y se
le encendieron los ojos. Se incorporó, azotando el agua, y se acercó a la torre
con ojos furiosos y atormentados.
—¡McDunn! —grité—. ¡La sirena!
McDunn buscó a tientas el obturador. Pero antes que la sirena sonase
otra vez, el monstruo ya se había incorporado. Vislumbré un momento sus garras
gigantescas, con una brillante piel correosa entre los dedos, que se alzaban
contra la torre. El gran ojo derecho de su angustiada cabeza brilló ante mí
como un caldero en el que podía caer, gritando. La torre se sacudió. La sirena
gritó; el monstruo gritó. Abrazó el faro y arañó los vidrios, que cayeron
hechos trizas sobre nosotros.
McDunn me tomó por el brazo.
—¡Abajo! —gritó.
La torre se balanceaba, tambaleaba, y comenzaba a ceder. La sirena y el
monstruo rugían.
Trastabillamos y casi caímos por la escalera.
—¡Rápido!
Llegamos abajo cuando la torre ya se doblaba sobre nosotros. Nos metimos
bajo las escaleras en el pequeño sótano de piedra. Las piedras llovieron en un
millar de golpes. La sirena calló bruscamente. El monstruo cayó sobre la torre,
y la torre se derrumbó. Arrodillados, McDunn y yo nos abrazamos mientras el
mundo estallaba.
Todo terminó de pronto, y no hubo más que oscuridad y el golpear de las
olas contra los escalones de piedra. Eso y el otro sonido.
—Escucha —dijo McDunn en voz baja—. Escucha.
Esperamos un momento. Y entonces comencé a escucharlo. Al principio fue
como una gran succión de aire, y luego el lamento, el asombro, la soledad del
enorme monstruo doblado sobre nosotros, de modo que el nauseabundo hedor de su
cuerpo llenaba el sótano. El monstruo jadeó y gritó. La torre había
desaparecido. La luz había desaparecido. La criatura que llamó a través de un
millón de años había desaparecido. Y el monstruo abría la boca y llamaba. Eran
los llamados de la sirena, una y otra vez. Y los barcos en alta mar, no
descubriendo la luz, no viendo nada, pero oyendo el sonido debían de pensar:
ahí está, el sonido solitario, la sirena de la bahía Solitaria.
—Todo está bien. Hemos doblado el cabo.
Y así pasamos aquella noche. A la tarde siguiente, cuando la patrulla de
rescate vino a sacarnos del sótano, sepultado bajo los escombros de la torre,
el sol era tibio y amarillo.
—Se vino abajo, eso es todo —dijo McDunn gravemente—. Nos golpearon con
violencia las olas y se derrumbó.
Me pellizcó el brazo.
No había nada que ver. El mar estaba sereno, el cielo era azul. La
materia verde que cubría las piedras caídas y las rocas de la isla olían a
algas. Las moscas zumbaban alrededor. Las aguas desiertas golpeaban la costa.
Al año siguiente construyeron un nuevo faro, pero en aquel entonces yo
había conseguido trabajo en un pueblito, y me había casado, y vivía en una
acogedora casita de ventanas amarillas en las noches de otoño, de puertas
cerradas y chimenea humeante. En cuanto a McDunn, era el encargado del nuevo
faro, de cemento y reforzado con acero.
—Por si acaso —dijo McDunn.
Terminaron el nuevo faro en noviembre. Una tarde llegué hasta allí y
detuve el coche y miré las aguas grises y escuché la nueva sirena que sonaba
una, dos, tres, cuatro veces por minuto, allá en el mar, sola.
¿El monstruo?
No volvió.
—Se fue —dijo McDunn—. Se ha ido a los abismos. Comprendió que en este
mundo no se puede amar demasiado. Se fue a los más abismales de los abismos a
esperar otro millón de años. Ah, ¡pobre criatura! Esperando allá, esperando y
esperando mientras el hombre viene y va por este lastimoso y mínimo planeta.
Esperando y esperando.
Sentado en mi coche, no podía ver el faro o la luz que barría la bahía
Solitaria. Sólo oía la sirena, la sirena, la sirena, y sonaba como el llamado
del monstruo.
Me quedé así, inmóvil, deseando poder decir algo.
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