© Libro N° 10010. El Cuerno Del Horror. Benson, E. F. Emancipación. Junio 11 de 2022.
Título
original: ©
The Horror Horn, E. F. Benson
(1867-1940)
Versión Original: © El Cuerno Del Horror. E. F. Benson
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
E. F. Benson
El Cuerno Del Horror
E. F.
Benson
Durante los últimos diez días Alhubel había estado cubierto de sol bajo
el radiante clima invernal propio de su altura, superior a los mil ochocientos
metros. Desde el amanecer hasta el crepúsculo, el sol (que tan sorprendente
resultaba para quienes hasta ahora lo habían asociado con un disco pálido y
tibio que brillaba vagamente a través del aire turbio de Inglaterra) había
abierto su camino llameante a través de un azul de chispas, y todas las noches
la helada serena y quieta había hecho que las estrellas titilaran como polvo de
diamantes iluminado. Antes de Navidad había caído nieve suficiente para
contentar a los esquiadores, y la pista grande, sobre la que nevaba todas las
noches. El bridge y el baile servían para distraer la mayor parte de la noche, y
a mí, que disfrutaba por primera vez de las alegrías de un invierno en
Engadine, me parecía que una tierra y un cielo nuevos habían sido iluminados,
calentados y refrigerados especialmente en beneficio de aquellos que, como yo
mismo, habían sido lo bastante inteligentes como para reservar sus días de
vacaciones para el invierno.
Pero en esas condiciones ideales se produjo una ruptura: una tarde un
velo vaporoso fue cubriendo el sol, y valle arriba, desde el noroeste, un
viento helado que había recorrido millas de distancia sobre laderas cubiertas
de hielo comenzó a batir los tranquilos salones de los cielos. Muy pronto se
fue cubriendo de nieve, primero en copos pequeños que se movían casi
horizontalmente ante el aliento congelado, y más tarde en copos tan gruesos
como de plumón de cisne. Durante los quince días anteriores el destino de las
naciones y la vida y la muerte me habían parecido de menos importancia que
realizar determinados trazados de las cuchillas de patinaje sobre el hielo con
la forma y el tamaño adecuados, pero ahora me parecía que la consideración
primordial era regresar al hotel: era más prudente abandonar los giros entre
las rocas antes de quedar congelado.
Había acudido allí con mi primo, el profesor Ingram, famoso fisiólogo y
alpinista. En la serenidad de la última quincena había hecho un par de
ascensiones invernales, pero aquella mañana la sabiduría que tenía para el
tiempo le había hecho desconfiar de los signos celestes, y en lugar de intentar
el ascenso del Piz Passug, había aguardado a comprobar si se justificaban sus
recelos. Se había quedado sentado por ello en el salón del admirable hotel, con
los pies apoyados en las tuberías de la calefacción y la última entrega de la
correspondencia de Inglaterra en sus manos. Incluía un panfleto concerniente al
resultado de la expedición al monte Everest, que acababa de leer atentamente
cuando entré yo.
—Un informe muy interesante —dijo pasándomelo—. Y la verdad es que
merecen conseguirlo el próximo año. Pero quién sabe lo que pueden entrañar esos
dos mil últimos metros. Casi dos mil metros más cuando ya has subido cerca de
siete mil no parece mucho, pero por el momento nadie sabe si la estructura
humana puede soportar el esfuerzo a esa altura. Quizás no afecte sólo a los
pulmones y el corazón, sino también al cerebro. Pueden producirse alucinaciones
delirantes. De hecho, diría que los escaladores sufrieron ya una de esas
alucinaciones, de no ser porque sé que no fue así.
—¿A qué te refieres? —pregunté.
—Sabrás que creyeron ver a gran altitud las huellas de un pie humano
descalzo. A primera vista parece una alucinación. ¿Qué hay más natural que un
cerebro excitado y estimulado por la altura extrema interpretara ciertas marcas
en la nieve como las huellas de un ser humano? A esa altitud todo órgano
corporal está esforzándose al máximo para realizar su trabajo, y el cerebro se
fija en esas marcas de la nieve y dice: Sí, tengo razón, estoy haciendo mi
trabajo y veo marcas en la nieve que afirmo son huellas humanas. Tú sabes que
incluso a la altitud a la que nos encontramos el cerebro se muestra inquieto y
ansioso, y me hablaste de la viveza de los sueños que tuviste anoche.
Multiplica por tres ese estímulo con su consiguiente ansiedad e inquietud, y
verás lo natural que resulta que el cerebro albergue ilusiones. Al fin y al
cabo, ¿qué es el delirio que suele acompañar a la fiebre alta sino el esfuerzo
del cerebro para realizar su trabajo bajo la presión de la condición febril?
¡Está tan ansioso por seguir percibiendo que percibe cosas que no existen!
—Y sin embargo no crees que esas huellas humanas fueran ilusiones
—dije—. Me dijiste que así lo habrías creído de no ser por alguna otra cosa.
Se removió en su silla y se quedó un momento mirando por la ventana. El
aire se había vuelto espeso ahora por la densidad de los grandes copos de nieve
que transportaba el ventarrón del noroeste.
—Así es —añadió—. Con toda probabilidad eran huellas humanas auténticas.
Espero que fueran las de un ser que se parezca más a un hombre que a cualquier
otra cosa. El motivo de que diga eso es que sé que esos seres existen. Incluso
he tenido muy cerca a la criatura, llamémosla así, que podría dejar esas
huellas, y te aseguro que, a pesar de mi curiosidad intensa, no deseé tenerla
más cerca. Si la nevada no fuera tan densa podría enseñarte el lugar en donde
la vi.
Señaló por la ventana, más allá del valle, hacia donde se elevaba la
enorme torre del Ungeheuerhorn, con el pico de roca tallada arriba como una
especie de gigantesco cuerno de rinoceronte. Por lo que vi, la montaña sólo era
practicable por un lado, y eso sólo para los mejores escaladores; por los otros
tres una sucesión de repisas y precipicios los volvían imposibles de escalar.
Seiscientos metros de roca perpendicular formaban la torre; abajo se extendían
ciento cincuenta metros de cantos rodados, y hasta el borde de éstos crecían
bosques densos de pino y alerces.
—¿En el Ungeheuerhorn? —pregunté.
—Sí. Hasta hace veinte años nadie lo había escalado, y yo mismo, como
otros muchos, empleé mucho tiempo tratando de encontrar una ruta en él. Mi guía
y yo pasamos a veces hasta tres noches en la choza que hay bajo el glaciar de
Blumen, merodeando por los alrededores, y sólo por un golpe de suerte
encontramos la ruta, pues la montaña parece todavía más impracticable desde el
lado alejado que desde éste. Pero un día encontramos en el costado una fisura
larga y transversal que conducía a una plataforma transitable; partía de allí
un pasillo de hielo en pendiente que no se veía hasta que lo estabas pisando.
Pero no necesité meterme en él.
La sala grande en la que nos hallábamos sentados se estaba llenando de
alegres grupos empujados allí por la repentina tormenta y nevada. Además la
orquesta, esa herencia invariable de la hora del té en los establecimientos
suizos, había comenzado a afinar los instrumentos para atacar el habitual
popurrí de las obras de Puccini. Un momento después empezaban las azucaradas y
sentimentales melodías.
—¡Qué contraste tan extraño! —observó Ingram— Aquí estamos sentados,
calientes y cómodos, dejando que estas melodías infantiles acaricien nuestros
oídos mientras en el exterior la gran tormenta se va haciendo más violenta a
cada momento, arremolinándose alrededor de los austeros riscos del
Ungeheuerhorn: el cuerno del horror, pues eso es lo que fue en realidad para
mí.
—Quiero oír toda la historia —intervine—. Cada detalle: si la historia
es breve, alárgala. Quiero saber por qué es tu Cuerno del horror.
—Bien, Chanton y yo (él era mi guía) solíamos pasar varios días
merodeando por los riscos, avanzando un poco por un lado para luego vernos
detenidos, y ganando quizás ciento cincuenta metros por otro lado para vernos
enfrentados después a un obstáculo insuperable, hasta el día en que, por
suerte, encontramos la ruta. A Chanton no le gustaba ese trabajo, por alguna
razón que yo no podía ni sospechar. No era por la dificultad o el peligro de la
escalada, pues era el hombre con menos miedo que he conocido nunca frente a las
rocas y el hielo, pero siempre insistía en que abandonáramos la montaña y
regresáramos a la cabaña de Blumen antes del crepúsculo.
»No se sentía tranquilo ni siquiera cuando habíamos regresado a nuestro
abrigo y habíamos cerrado la puerta con una barra, y me acuerdo bien de una
noche en la que, mientras cenábamos, escuchamos a un animal, probablemente un
lobo, que aullaba en algún lugar del exterior. Se apoderó de él un pánico
auténtico, y creo que no pegó ojo hasta el amanecer. Se me ocurrió entonces que
pudiera existir alguna leyenda horrible acerca de la montaña, relacionada
posiblemente con su nombre, por lo que al día siguiente le pregunté el motivo
de que se llamara el Cuerno del Horror. Al principio evadió la pregunta y dijo
que, lo mismo que el Schreckhorn, debía ese nombre a sus precipicios y a las
rocas caídas; pero cuando le presioné un poco reconoció que existía una leyenda
que le había contado su padre.
»Se suponía que había allí criaturas que vivían en sus cuevas, de forma
humana y cubiertas de un pelo negro y largo salvo en el rostro y las manos. Su
estatura era baja, aproximadamente un metro veinte, pero su agilidad y fuerza
eran prodigiosas y debían ser los restos de alguna raza salvaje y primitiva.
Parecía que se hallaban todavía en una fase ascendente de la evolución, o eso
conjeturé yo, pues se contaba que algunas veces habían raptado chicas jóvenes,
pero no como presa, ni para someterlas al destino de los cautivos de los
caníbales, sino para tener descendencia. También habían raptado a hombres
jóvenes para emparejarlos con las mujeres de su tribu. Tal como te digo, daba
la impresión de que esas criaturas tendieran hacia la humanidad.
»Como es natural no me creí una palabra, sobre todo pensando en el día
de hoy. Quizás hace siglos pudieran haber existido esos seres, y por la
tenacidad extraordinaria de la tradición las noticias sobre ellos pudieron ser
transmitidas de generación en generación y escucharse todavía en los hogares de
los campesinos. En cuanto a su número, Chanton me contó que un hombre que
gracias a su velocidad con los esquíes pudo escapar para contar la historia vio
en una ocasión a tres de ellos juntos. Afirmó que aquel hombre no era otro que
su abuelo, a quien una tarde de invierno se le hizo de noche mientras cruzaba
los densos bosques que hay bajo el Ungeheuerhorn, y Chanton suponía que
aquellos seres habían descendido a altitudes tan bajas buscando alimento por
causa de la severidad del clima invernal, pues en todas las otras ocasiones
sólo se les había visto entre las rocas de la propia cumbre. Habían perseguido
a su abuelo, que entonces era un hombre joven, a un paso extraordinariamente
rápido, corriendo a veces erguidos como hombres, y otras veces a cuatro patas,
a la manera de los animales, y sus aullidos eran como el que habíamos escuchado
aquella misma noche en la cabaña de Blumen. Ésa fue, en todo caso, la historia
que me contó Chanton, y lo mismo que te pasa a ti la consideré como una absurda
superstición. Pero al día siguiente tuve motivos para reconsiderar mi opinión.
»Ese día, después de una semana de exploración, fue cuando dimos con la
única ruta actualmente conocida hasta nuestra cumbre. Partimos en cuanto hubo
luz suficiente para escalar, pues como podrás imaginarte es imposible escalar
esas rocas dificilísimas con la luz de la luna o de una linterna. Vimos la
fisura alargada de la que te he hablado, exploramos la plataforma que desde
abajo parecía terminar en el vacío, y formando una escalera con los picos
ascendimos por el pasillo que sube desde allí. De ahí en adelante hay una
escalada en roca de considerable dificultad, pero sin descubrir nada
angustioso, hacia las nueve de la mañana estábamos arriba. No nos quedamos allí
mucho tiempo, pues cuando el sol calienta en ese lado de la montaña se corre el
riesgo de que caigan piedras al soltarse del hielo que las sujeta, y cruzamos
la plataforma en la que las caídas son más frecuentes. Después teníamos que
descender por la larga fisura, lo que no era muy difícil, y habíamos terminado
nuestro trabajo a mediodía, encontrándonos los dos, como podrás imaginar, en un
estado de euforia máxima.
»Se abría entonces ante nosotros una larga y fatigosa caminata por entre
los enormes cantos rodados que habían caído al pie del risco. Allí la ladera es
muy porosa y se extendían grandes cuevas hasta la montaña. Nos habíamos
desatado en la base de la fisura y estábamos deshaciendo el camino como mejor
sabíamos entre aquellas rocas caídas, muchas de ellas más grandes que una casa,
cuando al rodear una de ellas vi algo que evidenciaba que las historias que me
había contado Chanton no eran ningún fragmento de una superstición tradicional.
»A menos de veinte metros de mí estaba uno de esos seres de los que
Chanton había hablado. Estaba allí desnudo, calentándose boca arriba con el
rostro vuelto hacia el sol, que sus ojos estrechos contemplaban sin pestañear.
En cuanto a la forma era totalmente humano, aunque el crecimiento del pelo, que
cubría por igual miembros y tronco, ocultaba casi totalmente su piel bronceada.
Pero el rostro carecía de pelo, salvo en las mejillas y la barbilla, lo que me
permitió contemplar un semblante de bestialidad sensual y malévola que me dejó
horrorizado. De haber sido un animal, apenas habría sentido un estremecimiento
ante su grosero animalismo; el horror estaba en el hecho de que era un hombre.
Estaba allí tumbado junto a un par de huesos roídos, y terminada la comida se
relamía perezosamente los labios protuberantes, de los que brotaba como un
ronroneo de alegría. Con una mano se rascaba el pelo grueso del vientre, con la
otra sujetaba uno de los huesos, que en ese momento se partió por la mitad bajo
la presión de sus dedos. Pero mi horror no se basó en la información acerca de
lo que les ocurría a quienes eran apresados por esos seres; se debía tan sólo a
la proximidad de algo tan humano y tan infernal. La cumbre, que tanta
satisfacción y euforia nos había producido sólo unos momentos antes al lograr
coronarla, se convirtió verdaderamente para mí en un Ungeheuerhorn, pues era el
hogar de unos seres más horribles de los que habría podido producir el delirio
de una pesadilla.
»Chanton estaba unos doce pasos detrás de mí, y con un movimiento hacia
atrás de la mano le indiqué que se detuviera. Después, retrocediendo yo mismo
con infinita precaución, para no atraer la mirada de esa criatura, rodeé la
roca por el otro lado, susurrándole lo que había visto, dimos un largo rodeo,
escudriñando desde cada esquina y agachados, pues no sabíamos si al siguiente
paso daríamos con otro de esos seres, o si por la boca de una de las cuevas de
la ladera aparecería otro de esos rostros temibles y sin pelo, llevando esa vez
los pechos y la señal de la mujer. Eso habría sido lo peor de todo.
»La suerte nos favoreció, pues nos abrimos camino entre los cantos
rodados y las piedras sueltas, que en cualquier momento habrían podido crujir y
traicionarnos, sin que se repitiera mi experiencia, y cuando nos encontramos
entre los árboles corrimos como si las propias Furias nos persiguieran. Ahora
entendía, aunque creo que no soy capaz de transmitirlo, los recelos de la mente
de Chanton cuando me hablaba de aquellos seres. Era su humanidad misma lo que
los volvía tan terribles, el hecho de que fueran de nuestra misma raza, pero de
un tipo tan abismalmente degradado que el más brutal e inhumano de los hombres
habría parecido angélico en comparación.
»La música de la pequeña banda había terminado antes que la narración, y
los grupos de conversadores sentados junto a la mesa de té se habían
dispersado. Se detuvo un momento.
»Lo que experimenté entonces fue un horror del espíritu, del que
verdaderamente creo no haberme recuperado totalmente. -siguió diciéndome-
Entonces vi lo terrible que puede ser un ser vivo, y en consecuencia lo
terrible que era la vida misma. Supongo que en todos nosotros habita algún
germen heredado de esa bestialidad inefable, y quién sabe si, aunque parece
haberse vuelto estéril con el curso de los siglos, no podrá fructificar de
nuevo. Cuando vi tomar el sol a esa criatura contemplé el abismo del que hemos
salido a rastras. Y esas criaturas están tratando de salir ahora, si es que
existen todavía, pues lo cierto es que en los últimos veinte años no se sabe de
nadie que los haya visto, hasta que encontramos esta historia de las huellas
vistas por los escaladores del Everest. Si la historia es auténtica, si el
grupo no las confundió con las huellas de algún oso, o por qué no de unos pasos
humanos, es como si todavía existiesen esos restos varados de la humanidad.
Ingram había contado bien su historia; pero sentados en esa habitación
cálida y civilizada no me había comunicado de una forma viva el horror que,
claramente, había sentido él. Acepto que intelectualmente podía apreciar su
horror, pero la verdad es que mi espíritu no se estremeció interiormente.
—Resulta extraño que tu gran interés por la fisiología no venciera tus
vacilaciones. Estabas contemplando una forma de hombre que probablemente es más
remota que los más antiguos restos humanos. ¿Acaso no había algo en tu interior
que te decía que aquello tenía un significado apasionante?
Lo negó con un gesto.
—No: lo único que quería era escapar. Tal como te he dicho, no era el
terror hacia lo que nos podía aguardar si nos capturaban, según la historia de
Chanton; era un horror absoluto ante la criatura. Me estremecí ante aquello.
Aquella noche aumentó la violencia de la nevada y la tormenta, y dormí
inquieto, saliendo una y otra vez del sueño por los fuertes golpes del viento
al sacudir mis ventanas, como si exigiera imperiosamente ser admitido. Venía en
ráfagas hinchadas entremezcladas con extraños ruidos cuando menguaba un
momento, con aleteos y quejidos que se convertían en gritos cuando retornaba su
furia. Sin duda esos ruidos se mezclaron en mi conciencia amodorrada y
somnolienta, y en una ocasión salí de la pesadilla imaginando que las criaturas
del Cuerno del Horror estaban en mi balcón golpeando los cerrojos de la
ventana. La tormenta pasó antes de que amaneciera y al despertar vi la nieve
cayendo rápida y densa en el aire. La nevada prosiguió tres días sin cesar, y
cuando acabó la siguió una helada como nunca en mi vida había experimentado.
Una noche el termómetro marcó cuarenta y cinco grados bajo cero, y más la noche
siguiente, por lo que no era capaz de imaginar el frío que debía hacer en los
riscos del Ungeheuerhorn. Creí que sería suficiente para acabar por completo
con sus habitantes secretos: ese día, hacía veinte años, mi primo había perdido
una oportunidad de estudio que probablemente no volvería a tener ni él ni
ningún otro.
Una mañana recibí la carta de un amigo que me decía que había llegado a
la vecina estación invernal de St. Luigi, y me proponía que fuera a patinar con
él durante la mañana para almorzar después juntos. El lugar se encontraba a
unos cuatro kilómetros si se tomaba el camino de las laderas bajas cubiertas de
bosques de pinos, por encima de las cuales se encontraban los bosques empinados
bajo las primeras pendientes rocosas del Ungeheuerhorn. Llevando a la espalda
una mochila con los patines, me deslicé con los esquíes sobre las pendientes
arboladas y tomé una pendiente que en un suave descenso que me conducía hasta
St. Luigi. El día estaba encapotado, las nubes oscurecían totalmente las
cumbres más altas, aunque el sol resultaba visible, pálido y sin brillo, por
entre la niebla.
Mejoró conforme pasaba la mañana y pude deslizarme hacia St. Luigi bajo
un firmamento centelleante. Patinamos, almorzamos y después, como parecía que
retornaba el mal tiempo, inicié el viaje de regreso hacia las tres. Apenas
había entrado en los bosques cuando por arriba se espesaron las nubes y madejas
e hilachas de éstas comenzaron a descender entre los pinares que cruzaba mi
camino. Diez minutos más tarde su opacidad había aumentado tanto que apenas sí
podía ver a un par de metros delante de mí. Enseguida me di cuenta de que debía
haberme salido del camino, pues me cerraban el paso matorrales con las puntas
cubiertas de nieve, y al retroceder para encontrarlo de nuevo confundí
totalmente la dirección. Pero aunque el avance era difícil sabía que bastaba con
que siguiera ascendiendo, pues de ese modo llegaría a la cresta de las colinas
bajas y podría descender desde allí al valle abierto en donde estaba Alhubel.
De modo que seguí avanzando, dando traspiés y resbalando, e incapaz por el
espesor de la nieve de quitarme los esquíes, pues de haberlo hecho me habría
hundido hasta las rodillas a cada paso.
El ascenso proseguía y al mirar el reloj vi que hacía ya casi una hora
que había salido de St. Luigi, período más que suficiente para completar el
viaje. Seguía todavía aferrado a la idea de que, aunque debía de haberme
alejado de la ruta adecuada, con toda seguridad llegaría a la parte de arriba y
podría encontrar el camino descendente hasta el siguiente valle. Fue entonces
cuando observé que la niebla se iba llenando de un color rosado, y aunque
deduje por ello que el crepúsculo debía estar próximo, me consolé pensando que
sin duda la niebla se levantaría en cualquier momento descubriéndome mi
posición. Pero el hecho de que pronto fuera a anochecer me obligaba a
defenderme mentalmente contra esa desesperación de la soledad que roe el
corazón de un hombre perdido en el bosque o en una ladera hasta el punto de
que, aunque tiene todavía mucho vigor en sus miembros, pierde la fuerza
nerviosa y no puede hacer otra cosa que tumbarse y abandonarse a lo que le
reserva el destino... Lo que escuché entonces me hizo pensar que la soledad era
en realidad una bendición, pues había un destino peor que el de estar solo. Lo
que oí se asemejaba al aullido de un lobo y procedía de un lugar no muy alejado
de mí, donde la cresta —¿era una cresta?— seguía elevándose recubierta de
pinos.
Repentinamente el viento sopló a mi espalda agitando la nieve congelada
de las ramas de los pinos y barriendo la niebla lo mismo que una escoba barre
el polvo del suelo. Ante mí se extendía radiante el cielo sin nubes, cargado ya
del color rojo del crepúsculo, y delante vi que había llegado a la linde misma
del bosque que durante tanto tiempo había recorrido. Pero no encontré delante
ningún valle en el que pudiera penetrar, sino la fuerte pendiente de cantos
rodados y rocas que se elevaban al pie del Ungeheuerhorn. ¿De dónde procedía
entonces el grito de lobo que me había paralizado el corazón? Pude verlo.
A menos de veinte metros había un tronco caído y se apoyaba en él uno de
los habitantes del Cuerno del Horror: era una mujer. Estaba envuelta por una
espesa capa de cabellos grises y en forma de mechones, desde la cabeza le caía
el pelo sobre los hombros y el pecho, del que colgaban unos pechos marchitos y
oscilantes. Al mirarle el rostro entendí lo que había sentido Ingram, pero no
sólo con la mente, sino también con un estremecimiento del espíritu. Jamás una
pesadilla había dado forma a un semblante tan terrible; la belleza del sol y
las estrellas, y de los animales del campo y de la amigable raza de los hombres
no podía expiar una encarnación tan infernal del espíritu de la vida. Un
bestialismo insondable modelaba la boca babeante y los hombros estrechos;
contemplé el abismo mismo, y supe que desde ese abismo en cuyo borde yo me
inclinaba habían subido, escalándolo, generaciones de hombres.
¿Y si esa plataforma se deshacía delante de mí y me enviaba directamente
a sus profundidades inferiores?
Ella sostenía con una mano los cuernos de una gamuza que luchaba y
pateaba. Un golpe de una pata trasera del animal dio en su muslo seco, y ella,
con un gruñido de cólera, cogió la pata con la otra mano, y con la facilidad
con la que un hombre puede sacar de su vaina un tallo de hierba de la pradera,
se la arrancó del cuerpo dejando la piel desgarrada colgando alrededor de la
herida abierta. Entonces, llevándose a la boca el miembro rojo y sangrante, lo
chupó como haría un niño con un palo de caramelo. Sus dientes oscuros
penetraron en la carne y los cartílagos y después se relamió los labios con un
sonido de satisfacción. Dejó entonces la pata a un lado, volvió a contemplar el
cuerpo de la presa, que se estremecía ahora en sus convulsiones mortales, y con
un dedo y el pulgar le sacó un ojo. Le clavó los dientes y crujió como una nuez
de cascara blanda.
Debí pasar algunos segundos observándola en pie, preso de una
indescriptible catalepsia de terror, mientras a través de mi cerebro
repiqueteaba la orden que el pánico enviaba a mis miembros encogidos: Vete,
vete mientras tengas tiempo. Recuperando la capacidad de mis músculos y
articulaciones, traté de colocarme tras un árbol para ocultarme a esa
aparición. Pero la mujer —¿debo llamarla así?— debió captar el movimiento, pues
levantó la vista que tenía fija en el festín vivo y me vio.
Inclinó el cuello, dejó caer su presa y, alzándose a medias, comenzó a
moverse hacia mí. Al hacerlo abrió la boca y lanzó un aullido como el que había
oído un momento antes. Le respondió otro, aunque débil y distante.
Deslizándome, con las puntas de los esquíes tropezando en los obstáculos
que había bajo la nieve, me lancé colina abajo entre los pinos. El sol
descendente se hundía bajo una elevación montañosa, enrojeciendo con sus
últimos rayos la nieve y los pinos. La mochila, con los patines dentro, se
sacudía de un lado para otro a mi espalda, y una rama baja de un pino me había
quitado de la mano un bastón de esquiar, pero no podía permitirme ni un sólo
segundo para recuperarlo. No miraba hacia atrás y no sabía a qué velocidad iba
mi perseguidora, o si todavía me perseguía, pues toda mi mente y mi energía,
que volvían a funcionar a pleno rendimiento por la tensa situación de pánico,
estaban dedicadas a alejarme colina abajo y salir del bosque tan rápidamente
como me lo pudieran permitir mis piernas. Durante unos momentos no oí otra cosa
que la nieve que siseaba a mi paso, y el crujido de los matorrales cubiertos de
nieve bajo mis pies, hasta que muy cerca y detrás de mí volvió a sonar el
aullido de lobo y escuché unos pasos distintos a los míos.
La cinta de la mochila se había movido, y como dentro los patines se
agitaban de un lado a otro, rozaba y presionaba mi garganta, impidiendo que
entrara libremente el aire que, bien lo sabía Dios, mis fatigados pulmones
necesitaban desesperadamente, por lo que sin detenerme la deslicé para dejar
libre el cuello y la sostuve con la mano que había quedado libre por la pérdida
del bastón. Con ese cambio me moví con algo más de facilidad, y no muy distante
pude ver entonces, más abajo, el camino del que me había apartado. Si podía
llegar hasta él, el deslizamiento más suave me permitiría seguramente
distanciar a mi perseguidora, pues incluso en un terreno más accidentado sólo
lentamente se aproximaba a mí, y la visión de esa cinta que se extendía sin
impedimentos colina abajo permitió que un rayo de esperanza cruzara el pánico
negro de mi alma. Con esa esperanza llegó también el deseo insistente de ver
quién o qué me perseguía, por lo que me permití una mirada hacia atrás. Era
ella, la bruja a la que había visto entregada a su horripilante comida; sus
largos pelos grises volaban hacia atrás con el movimiento, su boca parloteaba y
farfullaba, sus dedos se movían como asiendo algo, como si se hubieran cerrado
ya sobre mí.
Pero el camino ya estaba cerca y supongo que esa proximidad me hizo
dejar de ser precavido. Un grupo de arbustos cubiertos de nieve se hallaba en
mi camino, y creyendo que podría saltar por encima de él tropecé y caí
ahogándome en la nieve. Muy cerca de mí escuché un ruido maníaco, mitad grito y
mitad risotada, y antes de que pudiera recobrarme sus dedos estaban agarrándome
el cuello, con una fuerza que me hacía pensar que lo tenía metido en un torno
de acero. Pero mi mano derecha, aquella con la que sujetaba la mochila de los
patines, estaba libre, y con un movimiento desde atrás hacia adelante la lancé
en toda la longitud de la correa, y supe que mi golpe desesperado había dado en
algún lugar del objetivo. Antes incluso de que pudiera mirar sentí que se relajaba
el apretón en mi cuello, al tiempo que algo caía encima del matorral mismo que
me había atrapado. Me puse en pie y me di la vuelta.
Allí estaba ella, agitándose y estremeciéndose. El talón de uno de los
patines, traspasando la piel delgada de la mochila, le había golpeado en una
sien, de la que brotaba sangre, pero a unos cien metros vi a otra de esas
figuras que bajaba hacia allí, dando grandes saltos. El pánico volvió a
sobrecogerme y me apresuré a recorrer el camino liso y blanco que llevaba hasta
las luces del pueblo. Ni una sola vez me detuve en mi camino: no volvería a
tener seguridad hasta que hubiera regresado a las guaridas de los hombres. Me
precipité contra la puerta del hotel y grité pidiendo que me dejaran entrar,
aunque sólo hubiera tenido que girar el asa para hacerlo; y una vez más, como
cuando Ingram me contó su historia, encontré el sonido de la banda, las voces
conversando y también estaba allí él; levantó la vista y se puso rápidamente en
pie ante mi ruidosa entrada.
—También yo los he visto —grité—. Mira mi mochila. ¿No hay sangre en
ella? Es la sangre de uno de ellos, una mujer, una bruja que mientras yo la
miraba arrancó la pata de una gamuza, y me persiguió por ese maldito bosque.
Yo...
No sé si fui yo quien dio la vuelta, o si la habitación pareció girar a
mi alrededor, pero me oí caer sobre el suelo, y en el siguiente instante de
conciencia me encontré en la cama. Allí estaba Ingram, que me dijo que estaba
totalmente a salvo, y otro hombre, un desconocido, que pinchaba mi brazo con la
aguja de una jeringa, y me tranquilizaba...
Uno o dos días más tarde pude dar una descripción coherente de mi
aventura, y tres o cuatro hombres armados con escopetas siguieron mi rastro.
Encontraron el matorral con el que había tropezado junto al cual un charco de
sangre había empapado la nieve, y siguiendo las huellas de mis esquíes dieron
con el cuerpo de una gamuza a la que le habían arrancado una de las patas
traseras y le habían vaciado un ojo. Eso es lo único que puedo aportar al
lector para corroborar mi historia, y personalmente imagino que la criatura que
me persiguió no murió por causa de mi golpe, o que sus compañeros se llevaron
el cadáver... en cualquier caso, el incrédulo puede merodear por las cuevas del
Ungeheuerhorn para ver si sucede algo que pueda convencerle.
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E. F. Benson (1867-1940)

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