© Libro N° 10009. El Cuento Más Hermoso Del Mundo. Kipling, Rudyard. Emancipación. Junio 11 de 2022.
Título
original: ©
The Finest Story In The World, Rudyard
Kipling (1865-1936)
Versión Original: © El Cuento Más Hermoso Del Mundo.
Rudyard Kipling
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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EL CUENTO MÁS HERMOSO DEL MUNDO
Rudyard Kipling
El Cuento Más Hermoso Del Mundo
Rudyard
Kipling
Se llamaba Charlie Mears; Era hijo único de madre viuda; vivía en el
norte de Londres y venía al centro todos los días, a su empleo en un banco.
Tenía veinte años y estaba lleno de aspiraciones. Lo encontré en una sala de
billares, donde el marcador lo tuteaba. Charlie, un poco nervioso, me dijo que
estaba allí como espectador; le insinué que volviera a su casa. Fue el primer
jalón de nuestra amistad. En vez de perder tiempo en las calles con los amigos,
solía visitarme, de tarde; hablando de sí mismo, como corresponde a los
jóvenes, no tardó en confiarme sus aspiraciones: eran literarias. Quería
forjarse un nombre inmortal, sobre todo a fuerza de poemas, aunque no desdeñaba
mandar cuentos de amor y de muerte a los diarios de la tarde.
Fue mi destino estar inmóvil mientras Charlie Mears leía composiciones
de muchos centenares de versos y abultados fragmentos de tragedias que, sin
duda, conmoverían el mundo. Mi premio era su confianza total; las confesiones y
problemas de un joven son casi tan sagrados como los de una niña. Charlie nunca
se había enamorado, pero deseaba enamorarse en la primera oportunidad; creía en
todas las cosas buenas y en todas las cosas honrosas, pero no me dejaba olvidar
que era un hombre de mundo, como cualquier empleado de banco que gana
veinticinco chelines por semana. Rimaba «amor y dolor», «bella y estrella»,
candorosamente, seguro de la novedad de esas rimas.
Tapaba con apresuradas disculpas y descripciones los grandes huecos
incómodos de sus dramas, y seguía adelante, viendo con tanta claridad lo que
pensaba hacer, que lo consideraba ya hecho, y esperaba mi aplauso. Me parece
que su madre no lo alentaba; sé que su mesa de trabajo era un ángulo del
lavabo. Esto me lo contó casi al principio, cuando saqueaba mi biblioteca y
poco antes de suplicarme que le dijera la verdad sobre sus esperanzas de
"escribir algo realmente grande, usted sabe". Quizá lo alenté demasiado,
porque una tarde vino a verme, con los ojos llameantes, y me dijo, trémulo:
—¿A usted no le molesta... puedo quedarme aquí y escribir toda la tarde?
No lo molestaré, le prometo. En casa de mi madre no tengo dónde escribir.
—¿Qué pasa? —pregunté, aunque lo sabía muy bien.
—Tengo una idea en la cabeza, que puede convertirse en el mejor cuento
del mundo. Déjeme escribirlo aquí. Es una idea espléndida.
Imposible resistir. Le preparé una mesa; apenas me agradeció y se puso a
trabajar enseguida. Durante media hora la pluma corrió sin parar. Charlie
suspiró. La pluma corrió más despacio, las tachaduras se multiplicaron, la
escritura cesó. El cuento más hermoso del mundo no quería salir.
—Ahora parece tan malo —dijo lúgubremente—. Sin embargo, era bueno
mientras lo pensaba. ¿Dónde está la falla?
No quise desalentarlo con la verdad. Contesté:
—Quizá no estés en ánimo de escribir.
—Sí, pero cuando leo este disparate...
—Léeme lo que has escrito —le dije.
Lo leyó. Era prodigiosamente malo. Se detenía en las frases más
ampulosas, a la espera de algún aplauso, porque estaba orgulloso de esas
frases, como es natural.
—Habría que abreviarlo —sugerí cautelosamente.
—Odio mutilar lo que escribo. Aquí no se puede cambiar una palabra sin
estropear el sentido. Queda mejor leído en voz alta que mientras lo escribía.
—Charlie, adoleces de una enfermedad alarmante y muy común. Guarda ese
manuscrito y revísalo dentro de una semana.
—Quiero acabarlo en seguida. ¿Qué le parece?
—¿Cómo juzgar un cuento a medio escribir? Cuéntame el argumento.
Charlie me lo contó. Dijo todas las cosas que su torpeza le había
impedido trasladar a la palabra escrita. Lo miré, preguntándome si era posible
que no percibiera la originalidad, el poder de la idea que le había salido al
encuentro. Con ideas infinitamente menos practicables y excelentes se habían
infatuado muchos hombres. Pero Charlie proseguía serenamente, interrumpiendo la
pura corriente de la imaginación con muestras de frases abominables que pensaba
emplear. Lo escuché hasta el fin. Era insensato abandonar esa idea a sus manos
incapaces, cuando yo podía hacer tanto con ella. No todo lo que sería posible
hacer, pero muchísimo.
—¿Qué le parece? —dijo al fin—. Creo que lo titularé «La Historia de un
Buque».
—Me parece que la idea es bastante buena; pero todavía estás lejos de
poder aprovecharla. En cambio, yo...
—¿A usted le serviría? ¿La quiere? Sería un honor para mí —dijo Charlie
en seguida.
Pocas cosas hay más dulces en este mundo que la inocente, fanática,
destemplada, franca admiración de un hombre más joven. Ni siquiera una mujer
ciega de amor imita la manera de caminar del hombre que adora, ladea el
sombrero como él o intercala en la conversación sus dichos predilectos. Charlie
hacía todo eso. Sin embargo, antes de apoderarme de sus ideas, yo quería
apaciguar mi conciencia.
—Hagamos un arreglo. Te daré cinco libras por el argumento —le dije.
Instantáneamente, Charlie se convirtió en empleado de banco:
—Es imposible. Entre camaradas, si me permite llamarlo así, y hablando
como hombre de mundo, no puedo. Tome el argumento, si le sirve. Tengo muchos
otros.
Los tenía —nadie lo sabía mejor que yo— pero eran argumentos ajenos.
—Míralo como un negocio entre hombres de mundo —repliqué—. Con cinco
libras puedes comprar una cantidad de libros de versos. Los negocios son los
negocios, y puedes estar seguro que no abonaría ese precio si...
—Si usted lo ve así —dijo Charlie, visiblemente impresionado con la idea
de los libros.
Cerramos trato con la promesa de que me traería periódicamente todas las
ideas que se le ocurrieran, tendría una mesa para escribir y el incuestionable
derecho de infligirme todos sus poemas y fragmentos de poemas. Después le dije:
—Cuéntame cómo te vino esta idea.
—Vino sola.
Charlie abrió un poco los ojos.
—Sí, pero me contaste muchas cosas sobre el héroe que tienes que haber
leído en alguna parte.
—No tengo tiempo para leer, salvo cuando usted me deja estar aquí, y los
domingos salgo en bicicleta o paso el día entero en el río. ¿Hay algo que falta
en el héroe?
—Cuéntamelo otra vez y lo comprenderé claramente. Dices que el héroe era
pirata. ¿Cómo vivía?
—Estaba en la cubierta de abajo de esa especie de barco del que le
hablé.
—¿Qué clase de barco?
—Eran esos que andan con remos, y el mar entra por los agujeros de los
remos, y los hombres reman con el agua hasta la rodilla. Hay un banco entre las
dos filas de remos, y un capataz con un látigo camina de una punta a la otra
del banco, para que trabajen los hombres.
—¿Cómo lo sabes?
—Está en el cuento. Hay una cuerda estirada, a la altura de un hombre,
amarrada a la cubierta de arriba, para que se agarre el capataz cuando se mueve
el barco. Una vez, el capataz no da con la cuerda y cae entre los remeros; el
héroe se ríe y lo azotan. Está encadenado a su remo, naturalmente.
—¿Cómo está encadenado?
—Con un cinturón de hierro, clavado al banco, y con una pulsera atándolo
al remo. Está en la cubierta de abajo, donde van los peores, y la luz entra por
las escotillas y los agujeros de los remos. ¿Usted no se imagina la luz del sol
filtrándose entre el agujero y el remo, y moviéndose con el banco?
—Sí, pero no puedo imaginar que tú te lo imagines.
—¿De qué otro modo puede ser? Escúcheme, ahora. Los remos largos de la
cubierta de arriba están movidos por cuatro hombres en cada banco; los remos
intermedios, por tres; los de más abajo, por dos. Acuérdese de que en la
cubierta inferior no hay ninguna luz, y que todos los hombres ahí se
enloquecen. Cuando en esa cubierta muere un remero, no lo tiran por la borda:
lo despedazan, encadenado, y tiran los pedacitos al mar, por el agujero del
remo.
—¿Por qué? —pregunté asombrado, menos por la información que por el tono
autoritario de Charlie Mears.
—Para ahorrar trabajo y para asustar a los compañeros. Se precisan dos
capataces para subir el cuerpo de un hombre a la otra cubierta, y si dejaran
solos a los remeros de la cubierta de abajo, éstos no remarían y tratarían de
arrancar los bancos, irguiéndose a un tiempo en sus cadenas.
—Tienes una imaginación muy previsora. ¿Qué has estado leyendo sobre
galeotes?
—Que yo me acuerde, nada. Cuando tengo oportunidad, remo un poco. Pero
tal vez he leído algo, si usted lo dice.
Al rato salió en busca de librerías y me pregunté cómo, un empleado de
banco, de veinte años, había podido entregarme, con pródiga abundancia de
pormenores, datos con absoluta seguridad, ese cuento de extravagante y
ensangrentada aventura, motín, piratería y muerte, en mares sin nombre. Había
empujado al héroe por una desesperada odisea, lo había rebelado contra los
capataces, le había dado una nave que comandar, y después una isla "por
ahí en el mar, usted sabe"; y, encantado con las modestas cinco libras,
había salido a comprar los argumentos de otros hombres para aprender a
escribir. Me quedaba el consuelo de saber que su argumento era mío, por derecho
de compra, y creía poder aprovecharlo de algún modo. Cuando nos volvimos a ver
estaba ebrio, ebrio de los muchos poetas que le habían sido revelados. Sus
pupilas estaban dilatadas, sus palabras se atropellaban y se envolvía en citas,
como un mendigo en la púrpura de los emperadores. Sobre todo, estaba ebrio de
Longfellow.
—¿No es espléndido? ¿No es soberbio? —me gritó luego de un apresurado
saludo—. Oiga esto: ¿Quieres —preguntó el timonel— saber el secreto del mar?
Sólo quienes afrontan sus peligros comprenden su misterio.
—¡Demonios!
—Sólo quienes afrontan sus peligros comprenden su misterio —repitió
veinte veces, caminando de un lado a otro, olvidándome.
Encontrarán al final los versos en inglés.
—Pero yo también puedo comprenderlo —dijo— No sé cómo agradecerle las
cinco libras. Oiga esto: Recuerdo los embarcaderos negros, las ensenadas, la
agitación de las mareas y los marineros españoles, de labios barbudos y la
belleza y el misterio de las naves y la magia del mar. Nunca he afrontado
peligros, pero me parece que entiendo todo eso.
—Realmente, parece que dominas el mar. ¿Lo has visto alguna vez?
—Cuando era chico estuvimos en Brighton. Vivíamos en Coventry antes de
venir a Londres. Nunca lo he visto... Cuando baja sobre el Atlántico el
titánico viento huracanado del Equinoccio
Me tomó por el hombro y me zamarreó, para que comprendiera la pasión que
lo sacudía.
—Cuando viene esa tormenta —prosiguió— todos los remos del barco se
rompen, y los mangos de los remos deshacen el pecho de los remeros. A
propósito, ¿usted ya hizo mi argumento?
—No, esperaba que me contaras algo más. Dime cómo conoces tan bien los
detalles del barco. Tú no sabes nada de barcos.
—No me lo explico. Es del todo real para mí hasta que trato de
escribirlo. Anoche, en la cama, estuve pensando, después de concluir La Isla
del Tesoro. Inventé una porción de cosas para el cuento.
—¿Qué clase de cosas?
—Sobre lo que comían los hombres: higos podridos y habas negras y vino
en un odre de cuero que se pasaban de un banco a otro.
—¿Tan antiguo era el barco?
—Yo no sé si era antiguo. A veces me parece tan real como si fuera
cierto. ¿Le aburre que hable de eso?
—En lo más mínimo. ¿Se te ocurrió algo más?
—Sí, pero es un disparate —Charlie se ruborizó algo.
—No importa; dímelo.
—Bueno, pensaba en el cuento, y al rato salí de la cama y apunté en un
pedazo de papel las cosas que podían haber grabado en los remos, con el filo de
las esposas. Me pareció que eso le daba más realidad. Es tan real, para mí,
usted sabe.
—¿Tienes el papel?
—Sí, pero a qué mostrarlo. Son unos cuantos garabatos. Con todo, podrían
ir en la primera hoja del libro.
—Ya me ocuparé de esos detalles. Muéstrame lo que escribían tus hombres.
—Sacó del bolsillo una hoja de carta, con un solo renglón escrito, y yo
la guardé.
—¿Qué se supone que esto significa en inglés?
—Ah, no sé. Yo pensé que podía significar: Estoy cansadísimo. Es absurdo
—repitió— pero esas personas del barco me parecen tan reales como nosotros.
Escriba pronto el cuento; me gustaría verlo publicado.
—Pero todas las cosas que me has dicho darían un libro muy extenso.
—Hágalo, entonces. No tiene más que sentarse y escribirlo.
—Dame tiempo. ¿No tienes más ideas?
—Por ahora, no. Estoy leyendo todos los libros que compré. Son
espléndidos.
Cuando se fue, miré la hoja de papel con la inscripción. Después... pero
me pareció que no hubo transición entre salir de casa y encontrarme discutiendo
con un policía ante una puerta llamada Entrada Prohibida en un corredor del
Museo Británico. Lo que yo exigía, con toda la cortesía posible, era "el
hombre de las antigüedades griegas". El policía todo lo ignoraba, salvo el
reglamento del museo, y fue necesario explorar todos los pabellones y
escritorios del edificio. Un señor de edad interrumpió su almuerzo y puso
término a mi busca tomando la hoja de papel entre el pulgar y el índice, y
mirándola con desdén.
—¿Qué significa esto? Veamos —dijo—; si no me engaño es un texto en
griego sumamente corrompido, redactado por alguien —aquí me clavó los ojos—
extraordinariamente iletrado.
Leyó con lentitud:
—Pollock, Erkmann, Tauchintz, Hennicker, cuatro nombres que me son
familiares.
—¿Puede decirme lo que significa este texto?
—He sido... muchas veces... vencido por el cansancio en este menester.
Eso es lo que significa.
Me devolvió el papel; huí sin una palabra de agradecimiento, de
explicación o de disculpa. Mi distracción era perdonable. A mí, entre todos los
hombres, me había sido otorgada la oportunidad de escribir la historia más
admirable del mundo, nada menos que la historia de un galeote griego, contada
por él mismo. No era raro que los sueños le parecieran reales a Charlie. Las
Parcas, tan cuidadosas en cerrar las puertas de cada vida sucesiva, se habían
distraído esta vez, y Charlie miró, aunque no lo sabía, lo que a nadie le había
sido permitido mirar, con plena visión, desde que empezó el tiempo. Ignoraba
enteramente el conocimiento que me había vendido por cinco libras; y
perseveraría en esa ignorancia, porque los empleados de banco no comprenden la
mentempsicosis, y una buena educación comercial no incluye el conocimiento del
griego.
Me suministraría —aquí bailé, entre los mudos dioses egipcios, y me reí
en sus caras mutiladas— materiales que darían certidumbre a mi cuento: una
certidumbre tan grande que el mundo lo recibiría como una insolente y
artificiosa ficción. Y yo, sólo yo sabría que era absoluta y literalmente
cierto. Esa joya estaba en mi mano para que yo la puliera y cortara. Volví a
bailar entre los dioses del patio egipcio, hasta que un policía me vio y empezó
a acercarse. Sólo había que alentar la conversación de Charlie, y eso no era
difícil; pero había olvidado los malditos libros de versos. Volvía, inútil como
un fonógrafo recargado, ebrio de Byron, de Shelley o de Keats.
Sabiendo lo que el muchacho había sido en sus vidas anteriores, y
desesperadamente ansioso de no perder una palabra de su charla, no pude
ocultarle mi respeto y mi interés. Los tomó como respeto por el alma actual de
Charlie Mears, para quien la vida era tan nueva como lo fue para Adán, y como
interés por sus lecturas; casi agotó mi paciencia, recitando versos, no suyos
sino ajenos. Llegué a desear que todos los poetas ingleses desaparecieran de la
memoria de los hombres. Calumnié las glorias más puras de la poesía porque
desviaban a Charlie de la narración directa y lo estimulaban a la imitación;
pero sofrené mi impaciencia hasta que se agotó el ímpetu inicial de entusiasmo
y el muchacho volvió a los sueños.
—¿Para qué le voy a contar lo que yo pienso, cuando esos tipos
escribieron para los ángeles? —exclamó una tarde—. ¿Por qué no escribe algo
así?
—Creo que no te portas muy bien conmigo —dije conteniéndome.
—Ya le di el argumento —dijo con sequedad, prosiguiendo la lectura de
Byron.
—Pero quiero detalles.
—¿Esas cosas que invento sobre ese maldito barco que usted llama galera?
Son facilísimas. Usted mismo puede inventarlas. Suba un poco la llama, quiero
seguir leyendo.
Le hubiera roto en la cabeza la lámpara del gas. Yo podría inventar si
supiera lo que Charlie ignoraba que sabía. Pero como detrás de mí estaban
cerradas las puertas, tenía que aceptar sus caprichos y mantener despierto su
buen humor. Una distracción momentánea podía estorbar una preciosa revelación.
A veces dejaba los libros —los guardaba en mi casa, porque a su madre le
hubiera escandalizado el gasto de dinero que representaban— y se perdía en
sueños marinos.
De nuevo maldije a todos los poetas de Inglaterra. La mente plástica del
empleado de banco estaba recargada, coloreada y deformada por las lecturas, y
el resultado era una red confusa de voces ajenas como el zumbido múltiple de un
teléfono de una oficina en la hora más atareada. Hablaba de la galera —de su
propia galera, aunque no lo sabía— con imágenes de La Novia de Abydos.
Subrayaba las aventuras del héroe con citas del Corsario y agregaba
desesperadas y profundas reflexiones morales de Caín y de Manfredo, esperando
que yo las aprovechara. Sólo cuando hablábamos de Longfellow esos remolinos se
enmudecían, y yo sabía que Charlie decía la verdad, tal como la recordaba.
—¿Esto qué te parece? —le dije una tarde en cuanto comprendí el ambiente
más favorable para su memoria, y antes de que protestara le leí casi íntegra la
Saga del Rey Olaf.
Escuchaba atónito, golpeando con los dedos el respaldo del sofá, hasta
que llegué a la canción de Einar Tamberskelver y a la estrofa: Einar, sacando
la flecha de la cuerda que ya no tensaba, dijo: Era Noruega lo que se quebraba
bajo tu mano, oh Rey.
Se estremeció de puro deleite verbal.
—¿Es un poco mejor que Byron? —aventuré.
—¡Mejor! Es cierto. ¿Cómo lo sabría Longfellow?
Repetí una estrofa anterior:
—¿Qué fue eso?, dijo Olaf, erguido en el puente de mando, oí algo como
el estruendo de un barco destrozado al encallar.
—¿Cómo podía saber cómo los barcos se destrozan, y los remos saltan y
chocan contra la costa? Anoche apenas... Pero siga leyendo, por favor, quiero
volver a oír The Skerry of Shrieks.
—No, estoy cansado. Hablemos. ¿Qué es lo que sucedió anoche?
—Tuve un sueño terrible sobre esa galera nuestra. Soñé que me ahogaba en
una batalla. Abordamos otro barco, en un puerto. El agua estaba muerta, salvo
donde la golpeaban los remos. ¿Usted sabe cuál es mi sitio en la galera?
Al principio hablaba con vacilación, bajo un hermoso temor inglés de que
se rieran de él.
—No, es una novedad para mí —respondí humildemente, y ya me latía el
corazón.
—El cuarto remo a la derecha, a partir de la proa, en la cubierta de
arriba. Eramos cuatro en ese remo, todos encadenados. Me recuerdo mirando el
agua y tratando de sacarme las esposas antes de que empezara la pelea. Luego
nos arrimamos al otro barco, y quedé inmóvil, con los tres compañeros encima y
el remo grande atravesado sobre nuestras espaldas.
—¿Y?
Los ojos de Charlie estaban encendidos y vivos. Miraba la pared, detrás
de mi asiento.
—No sé cómo peleamos. Los hombres me pisoteaban la espalda y yo estaba
quieto. Luego, nuestros remeros de la izquierda, atados a sus remos, ya sabe,
gritaron y empezaron a remar hacia atrás. Oía el chirrido del agua, giramos
como un escarabajo y comprendí, sin necesidad de ver, que una galera iba a
embestirnos con el espolón, por el lado izquierdo. Apenas pude levantar la
cabeza y ver su velamen sobre la borda. Queríamos recibirla con la proa, pero
era muy tarde. Sólo pudimos girar un poco, porque el barco de la derecha se nos
había enganchado y nos detenía. Entonces vino el choque. Los remos de la
izquierda se rompieron cuando el otro barco, el que se movía, les metió la
proa. Los remos de la cubierta de abajo reventaron las tablas del piso, con el
cabo para arriba, y uno de ellos vino a caer cerca de mi cabeza.
—¿Cómo sucedió eso?
—La proa de la galera que se movía los empujaba para dentro y había un
estruendo ensordecedor en las cubiertas inferiores. El espolón nos agarró por
el medio y nos ladeamos, y los hombres de la otra galera desengancharon los
garfios y las amarras, y tiraron cosas en la cubierta de arriba —flechas,
alquitrán ardiendo o algo que quemaba— y nos empinamos, más y más, por el lado
izquierdo, y el derecho se sumergió, y di vuelta la cabeza y vi el agua inmóvil
cuando sobrepasó la borda, y luego se curvó y derrumbó sobre nosotros, y recibí
el golpe en la espalda, y me desperté.
—Un momento, Charlie. Cuando el mar sobrepasó la borda, ¿qué parecía?
Tenía mis razones para preguntarlo. Un conocido mío había naufragado una
vez en un mar en calma y había visto el agua horizontal detenerse un segundo
antes de caer en la cubierta.
—Parecía una cuerda de violín, tirante, y parecía durar siglos —dijo
Charlie.
Precisamente. El otro había dicho: Parecía un hilo de plata estirado
sobre la borda, y pensé que nunca iba a romperse.
Había pagado con todo, salvo la vida, esa partícula de conocimiento, y
yo había atravesado diez mil leguas para encontrarlo y para recoger ese dato
ajeno. Pero Charlie, con sus veinticinco chelines semanales, con su vida
reglamentaria y urbana, lo sabía muy bien. No era consuelo para mí que una vez
en sus vidas hubiera tenido que morir para aprenderlo. Yo también debí morir
muchas veces, pero detrás de mí, para que no empleara mi conocimiento, habían
cerrado las puertas.
—¿Y entonces? —dije tratando de alejar el demonio de la envidia.
—Lo más raro, sin embargo, es que todo ese estruendo no me causaba miedo
ni asombro. Me parecía haber estado en muchas batallas, porque así se lo repetí
a mi compañero. Pero el canalla del capataz no quería desatarnos las cadenas y
darnos una oportunidad de salvación. Siempre decía que nos daría la libertad
después de una batalla. Pero eso nunca sucedía, nunca.
Charlie movió la cabeza tristemente.
—¡Qué canalla!
—No hay duda. Nunca nos daba bastante comida y a veces teníamos tanta
sed que bebíamos agua salada. Todavía me queda el gusto en la boca.
—Cuéntame algo del puerto donde ocurrió el combate.
—No soñé sobre eso. Sin embargo, sé que era un puerto; estábamos
amarrados a una argolla en una pared blanca y la superficie de la piedra, bajo
el agua, estaba recubierta de madera, para que no se astillara nuestro espolón
cuando la marea nos hamacara.
—Eso es interesante. El héroe mandaba la galera, ¿no es verdad?
—Claro que sí, estaba en la proa y gritaba como un diablo. Fue el hombre
que mató al capataz.
—¿Pero ustedes se ahogaron todos juntos, Charlie?
—No acabo de entenderlo —dijo, perplejo—. Sin duda la galera se hundió
con todos los de a bordo, pero me parece que el héroe siguió viviendo. Tal vez
se pasó al otro barco. No pude ver eso, naturalmente; yo estaba muerto.
Tuvo un ligero escalofrío y repitió que no podía acordarse de nada más.
No insistí, pero para cerciorarme de que ignoraba el funcionamiento del alma le
di la Transmigración de Mortimer Collins y le reseñé el argumento.
—Qué disparate —dijo con franqueza, al cabo de una hora—; no comprendo
ese enredo sobre el Rojo Planeta Marte y el Rey y todo lo demás. Deme el libro
de Longfellow.
Se lo entregué y escribí lo que pude recordar de su descripción del
combate naval, consultándolo a ratos para que corroborara un detalle o un
hecho. Contestaba sin levantar los ojos del libro, seguro, como si todo lo que
sabía estuviera impreso en las hojas. Yo le interrogaba en voz baja, para no
romper la corriente, y sabía que ignoraba lo que decía, porque sus pensamientos
estaban en el mar, con Longfellow.
—Charlie —le pregunté—, cuando se amotinaban los remeros de las galeras,
¿cómo mataban a los capataces?
—Arrancaban los bancos y se los rompían en la cabeza. Eso ocurrió
durante una tormenta. Un capataz, en la cubierta de abajo, se resbaló y cayó
entre los remeros. Suavemente, lo estrangularon contra el borde, con las manos
encadenadas; había demasiada oscuridad para que el otro capataz pudiera ver.
Cuando preguntó qué sucedía, lo arrastraron también y lo estrangularon; y los
hombres fueron abriéndose camino hacia arriba, cubierta por cubierta, con los
pedazos de los bancos rotos colgando y golpeando. ¡Cómo vociferaban!
—¿Y qué pasó después?
—No sé. El héroe se fue, con pelo colorado, barba colorada, y todo. Pero
antes capturó nuestra galera, me parece.
El sonido de mi voz lo irritaba. Hizo un leve ademán con la mano
izquierda como si lo molestara una interrupción.
—No me habías dicho que tenía el pelo colorado, o que capturó la galera
—dije al cabo de un rato.
Charlie no alzó los ojos.
—Era rojo como un oso rojo —dijo, distraído—. Venía del norte; así lo
dijeron en la galera cuando pidió remeros, no esclavos: hombres libres.
Después, años y años después, otro barco nos trajo noticias suyas, o él
volvió...
Sus labios se movían en silencio. Repetía, absorto, el poema que tenía
ante sus ojos.
—¿Dónde había ido? —Casi lo dije en un susurro, para que la frase
llegara con suavidad a la sección del cerebro de Charlie que trabajaba para mí.
—A las Playas, las Largas y Prodigiosas Playas —respondió al cabo de un
minuto.
—¿A Furdurstrandi? —pregunté, temblando de pies a cabeza.
—Sí a Furdurstrandi —pronunció la palabra de un modo nuevo— Y ví
también...
La voz se le apagó.
—¿Sabes lo que has dicho? —grité con imprudencia.
Levantó los ojos, despierto.
—No —dijo secamente—. Déjeme leer en paz. Oiga esto: Pero Othere, el
viejo capitán, no se detuvo ni se movió hasta que el rey escuchó, entonces tomó
una vez más su pluma y transcribió cada palabra. Y al Rey de los sajones como
prueba de la verdad, levantando su noble rostro, extendió su mano curtida y
dijo, observe este colmillo de morsa... ¡Qué hombres habrán sido esos para
navegarse los mares sin saber cuándo tocarían tierra!
—Charlie —rogué—, si te portas bien un minuto o dos, haré que nuestro
héroe valga tanto como Othere.
—Es de Longfellow el poema. No me interesa escribir. Quiero leer.
Imagínense ante la puerta de los tesoros del mundo, guardada por un niño
—un niño irresponsable y holgazán, jugando a cara o cruz— de cuyo capricho
depende el don de la llave, y comprenderán mi tormento. Hasta esa tarde Charlie
no había hablado de nada que no correspondiera a las experiencias de un galeote
griego. Pero ahora (o mienten los libros) había recordado alguna desesperada
aventura de los vikingos, del viaje de Thorfin Karlsefne a Vinland, que es
América, en el siglo nueve o diez.
Había visto la batalla en el puerto; había referido su propia muerte.
Pero esta otra inmersión en el pasado era aún más extraña. ¿Habría omitido una
docena de vidas y oscuramente recordaba ahora un episodio de mil años después?
Era un enredo inextricable y Charlie Mears, en su estado normal, era la última
persona del mundo para solucionarlo. Sólo me quedaba vigilar y esperar, pero
esa noche me inquietaron las imaginaciones más ambiciosas.
Nada era imposible si no fallaba la detestable memoria de Charlie. Podía
volver a escribir la Saga de Thorfin Karlsefne, como nunca la habían escrito,
podía referir la historia del primer descubrimiento de América siendo yo mismo
el descubridor. Pero yo estaba a merced de Charlie y mientras él tuviera a su
alcance un ejemplar de Clásico para Todos, no hablaría. No me atreví a
maldecirlo abiertamente, apenas me atrevía a estimular su memoria, porque se
trataba de experiencias de hace mil años narradas por la boca de un muchacho
contemporáneo, y a un muchacho lo afectan todos los cambios de opinión y aunque
quiera decir la verdad tiene que mentir.
Pasé una semana sin ver a Charlie. Lo encontré en Gracechurch Street con
un libro Mayor encadenado a la cintura. Tenía que atravesar el Puente de
Londres y lo acompañé. Estaba muy orgulloso de ese libro Mayor. Nos detuvimos
en la mitad del puente para mirar un vapor que descargaba grandes lajas de
mármol blanco y amarillo. En una barcaza que pasó junto al vapor mugió una vaca
solitaria. La cara de Charlie se alteró; ya no era la de un empleado de banco,
sino otra, desconocida y más despierta. Estiró el brazo sobre el parapeto del
puente y, riéndose muy fuerte, dijo:
—Cuando bramaron nuestros toros, los Skroelings huyeron.
La barcaza y la vaca habían desaparecido detrás del vapor antes de que
yo encontrara palabras.
—Charlie, ¿qué te imaginas que son Skroelings?
—La primera vez en la vida que oigo hablar de ellos. Parece el nombre de
una nueva clase de gaviotas. ¡Qué preguntas se le ocurren a usted! —contestó—.
Tengo que verme con el cajero de la compañía de ómnibus. Me espera un rato y
almorzamos juntos en algún restaurante. Tengo una idea para un poema.
—No, gracias. Me voy. ¿Estás seguro de que no sabes nada de Skroelings?
—No, a menos que esté inscrito en el Clásico de Liverpool —Saludó y
desapareció entre la gente.
Está escrito en la Saga de Eric el Rojo o en la de Thorfin Karlsefne que
hace novecientos años, cuando las galeras de Karlsefne llegaron a las barracas
de Leif, erigidas por éste en la desconocida tierra de Markland, era tal vez
Rhode Island, los Skroelings —sólo Dios sabe quiénes eran— vinieron a traficar
con los vikingos y huyeron porque los aterró el bramido de los toros que
Thorfin había traído en las naves. ¿Pero qué podía saber de esa historia un
esclavo griego?
Erré por las calles, tratando de resolver el misterio, y cuanto más lo
consideraba, menos lo entendía. Sólo encontré una certidumbre, y esa me dejó
atónito. Si el porvenir me deparaba algún conocimiento íntegro, no sería el de
una de las vidas del alma en el cuerpo de Charlie Mears, sino el de muchas,
muchas existencias individuales y distintas, vividas en las aguas azules en la
mañana del mundo. Examiné después la situación. Me parecía una amarga
injusticia que me fallara la memoria de Charlie cuando más la precisaba. A
través de la neblina y el humo alcé la mirada, ¿sabían los señores de la Vida y
la Muerte lo que esto significaba para mí? Eterna fama, conquistada y
compartida por uno solo.
Me contentaría —recordando a Clive, mi propia moderación me asombró— con
el mero derecho de escribir un solo cuento, de añadir una pequeña contribución
a la literatura frívola de la época. Si a Charlie le permitieran una hora
—sesenta pobres minutos— de perfecta memoria de existencias que habían abarcado
mil años, yo renunciaría a todo el provecho y la gloria que podría valerme su
confesión. No participaría en la agitación que sobrevendría en aquel rincón de
la tierra que se llama el mundo.
La historia se publicaría anónimamente. Haría creer a otros hombres que
ellos la habían escrito. Ellos alquilarían ingleses de cuello duro para que la
vociferaran al mundo. Los moralistas fundarían una nueva ética, jurando que
habían apartado de los hombres el temor de la muerte. Todos los orientalistas
de Europa la apadrinarían verbosamente, con textos en pali y sánscrito. Atroces
mujeres inventarían impuras variantes de los dogmas que profesarían los
hombres, para instrucción de sus hermanas. Disputarían las iglesias y sus
religiones.
Al subir a un ómnibus preví las polémicas de media docena de sectas,
igualmente fieles a la Doctrina de la verdadera Mentempsicosis en sus
aplicaciones a la Nueva Era y al Universo, y vi también a los decentes diarios
ingleses dispersándose, como hacienda espantada, ante la perfecta simplicidad
de mi cuento. La imaginación recorrió cien, doscientos, mil años de futuro. Vi
con pesar que los hombres mutilarían y pervertirían tal historia; que las
sectas rivales la deformarían hasta que el mundo occidental, aferrado al temor
de la muerte y no a la esperanza de la vida, la descartaría como una
superstición interesante y se entregaría a alguna fe tan olvidada que pareciera
nueva.
Entonces modifiqué los términos de mi pacto con los Señores de la Vida y
la Muerte. Que me dejaran saber, que me dejaran escribir esa historia, con la
conciencia de registrar la verdad, y sacrificaría el manuscrito y lo quemaría.
Cinco minutos después de redactada la última línea, lo quemaría. Pero que me
dejaran escribirlo, con entera confianza. No hubo respuesta. Los violentos
colores de un aviso del casino me impresionaron, ¿no convendría poner a Charlie
en manos de un hipnotizador? ¿Hablaría de sus vidas pasadas? Pero Charlie se
asustaría de la publicidad, o ésta lo haría intolerable. Mentiría por vanidad o
por miedo. Estaría seguro en mis manos.
—Son cómicos, ustedes, los ingleses —dijo una voz.
Dándome vuelta, me encontré con un conocido, un joven bengalí que
estudiaba derecho, un tal Grish Chunder, cuyo padre lo había mandado a
Inglaterra para educarlo. El viejo era un funcionario hindú, jubilado; con una
renta de cinco libras esterlinas al mes lograba dar a su hijo doscientas libras
esterlinas al año y plena licencia en una ciudad donde fingía ser un príncipe y
contaba cuentos de los brutales burócratas de la India que oprimían a los
pobres.
Grish Chunder era un joven y obeso bengalí, escrupulosamente vestido de
levita y pantalón claro, con sombrero alto y guantes amarillos. Pero yo lo
había conocido en los días en que el brutal gobierno de la India pagaba sus
estudios universitarios y él publicaba artículos sediciosos en el Sachi Durpan
y tenía amores con las esposas de sus condiscípulos de catorce años de edad.
—Eso es muy cómico —dijo señalando el cartel—. Voy a Northbrook Club.
¿Quieres venir conmigo?
Caminamos juntos un rato.
—No estás bien —me dijo— ¿Qué te preocupa? Estás silencioso.
—Grish Chunder, ¿eres demasiado culto para creer en Dios, no es verdad?
—Aquí sí. Pero cuando vuelva tendré que propiciar las supersticiones
populares y cumplir ceremonias de purificación, y mis esposas ungirán ídolos.
—Y adornarán con tulsi y celebrarán el purohit, y te reintegrarán en la
casta y otra vez harán de ti, librepensador avanzado, un buen khuttri. Y
comerás comida desi, y todo te gustará, desde el olor del patio hasta el aceite
de mostaza en tu cuerpo.
—Me gustará muchísimo —dijo con franqueza Grish Chunder—. Una vez hindú,
siempre hindú. Pero me gusta saber lo que los ingleses piensan que saben.
—Te contaré una cosa que un inglés sabe. Para ti es una vieja historia.
Empecé a contar en inglés la historia de Charlie; pero Crish Chunder me
hizo una pregunta en indostaní, y el cuento prosiguió en el idioma que más le
convenía. Al fin y al cabo, nunca hubiera podido contarse en inglés. Grish
Chunder me escuchaba, asintiendo de tiempo en tiempo, y después subió a mi
departamento, donde concluí la historia.
—Beshak —dijo filosóficamente— Lekin darwaza band hai (Sin duda; pero
está cerrada la puerta). He oído, entre mi gente, esos recuerdos de vidas
previas. Es una vieja historia entre nosotros, pero que le suceda a un inglés
—a un Mlechh lleno de carne de vaca—, un descastado... Por Dios, esto es
rarísimo.
—¡Más descastado serás tú, Grish Chunder! Todos los días comes carne de
vaca. Pensemos bien la cosa. El muchacho recuerda sus encarnaciones.
—¿Lo sabe? —dijo tranquilamente Grish Chunder, sentado en la mesa,
hamacando las piernas. Ahora hablaba en inglés.
—No sabe nada. ¿Acaso te contaría si lo supiera? Sigamos.
—No hay nada que seguir. Si lo cuentas a tus amigos, dirán que estás
loco y lo publicarán en los diarios. Supongamos, ahora, que los acuses por
calumnia.
—No nos metamos en eso, por ahora. ¿Hay una esperanza de hacerlo hablar?
—Hay una esperanza. Pero si hablara, todo este mundo se derrumbaría en
tu cabeza. Tú sabes, esas cosas están prohibidas. La puerta está cerrada.
—¿No hay ninguna esperanza?
—¿Cómo puede haberla? Eres cristiano y en tus libros está prohibido el
fruto del árbol de la Vida, o nunca morirías. ¿Cómo van a temer la muerte si
todos saben lo que tu amigo no sabe que sabe? Tengo miedo de los azotes, pero
no tengo miedo de morir porque sé lo que sé. Ustedes no temen los azotes, pero
temen la muerte. Si no la temieran, ustedes los ingleses se llevarían el mundo
por delante en una hora, rompiendo los equilibrios de las potencias y haciendo
conmociones. No sería bueno, pero no hay miedo. Se acordará menos y menos y
dirá que es un sueño. Luego se olvidará. Cuando pasé el Bachillerato en Calcuta
esto estaba en la crestomatía de Wordsworth, Arrastrando Nubes de Gloria, ¿te
acuerdas?
—Esto parece una excepción.
—No hay excepciones a las reglas. Unas parecen menos rígidas que otras,
pero son iguales. Si tu amigo contara tal y tal cosa, indicando que recordaba
todas sus vidas anteriores o una parte de su vida anterior, en seguida lo
expulsarían del banco. Lo echarían, como quien dice, a la calle y lo enviarían
a un manicomio. Eso lo admitirás, mi querido amigo.
—Claro que sí, pero no estaba pensando en él. Su nombre no tiene por qué
aparecer en la historia.
—Ah, ya lo veo, esa historia nunca se escribirá. Puedes probar.
—Voy a probar.
—Por tu honra y por el dinero que ganarás, por supuesto.
—No, por el hecho de escribirla. Palabra de honor.
—Aún así no podrás. No se juega con los dioses. Ahora es un lindo
cuento. No lo toques. Apresúrate, no durará.
—¿Qué quieres decir?
—Lo que digo. Hasta ahora no ha pensado en una mujer.
—¿Cómo crees? —Recordé algunas de las confidencias de Charlie.
—Quiero decir que ninguna mujer ha pensado en él. Cuando eso llegue:
bushogya, se acabó. Lo sé. Hay millones de mujeres aquí. Mucamas, por ejemplo.
Te besan detrás de la puerta.
La sugestión me incomodó. Sin embargo, nada más verosímil. Grish Chunder
sonrió.
—Sí, también muchachas lindas, de su sangre y no de su sangre. Un solo
beso que devuelva y recuerde, lo sanará de estas locuras, o...
—¿O qué? Recuerda que no sabe que sabe.
—Lo recuerdo. O, si nada sucede, se entregará al comercio y a la
especulación financiera, como los demás. Tiene que ser así. No me negarás que
tiene que ser así. Pero la mujer vendrá primero, me parece.
Golpearon a la puerta; entró Charlie. Le habían dejado la tarde libre,
en la oficina; su mirada denunciaba el propósito de una larga conversación, y
tal vez poemas en los bolsillos. Los poemas de Charlie eran muy fastidiosos,
pero a veces lo hacían hablar de la galera. Grish Chunder lo miró agudamente.
—Disculpe —dijo Charlie, incómodo. No sabía que estaba con visitas.
—Me voy —dijo Grish Chunder.
Me llevó al vestíbulo, al despedirse.
—Este es el hombre —dijo rápidamente—. Te repito que nunca contará lo
que esperas. Sería muy apto para ver cosas. Podríamos fingir que era un juego
—nunca he visto tan excitado a Grish Chunder— y hacerle mirar el espejo de
tinta en la mano. ¿Qué te parece? Te aseguro que puede ver todo lo que el
hombre puede ver. Déjame buscar la tinta y el alcanfor. Es un vidente y nos
revelará muchas cosas.
—Será todo lo que tú dices, pero no voy a entregarlo a tus dioses y a
tus demonios.
—No le hará mal; un poco de mareo al despertarse. No será la primera vez
que habrás visto muchachos mirar el espejo de tinta.
—Por eso mismo no quiero volver a verlo. Más vale que te vayas, Grish
Chunder.
Se fue, repitiendo que yo perdía mi única esperanza de interrogar el
porvenir. Esto no importó, porque sólo me interesaba el pasado y para ello de
nada podían servir muchachos hipnotizados consultando espejos de tinta.
—Qué negro desagradable —dijo Charlie cuando volví—. Mire, acabo de
escribir un poema; lo escribí en vez de jugar al dominó después de almorzar.
¿Se lo leo?
—Lo leeré yo.
—Pero usted no le da la entonación adecuada. Además, cuando usted los
lee, parece que las rimas estuvieran mal.
—Léelo en voz alta, entonces. Eres como todos los otros.
Charlie me declamó su poema; no era muy inferior al término medio de su
obra. Había leído sus libros con obediencia, pero le desagradó oír que yo
prefería a Longfellow incontaminado de Charlie. Luego recorrimos el manuscrito,
línea por línea. Charlie esquivaba todas las objeciones y todas las
correcciones, con esta frase:
—Sí, tal vez quede mejor, pero usted no comprende adónde voy.
En eso, Charlie se parecía a muchos poetas. En el reverso del papel
había unos apuntes a lápiz.
—¿Qué es eso? —le pregunté.
—No son versos ni nada. Son unos disparates que escribí anoche, antes de
acostarme. Me daba trabajo buscar rimas y los escribí en verso libre.
Aquí están los versos libres de Charlie:
Hemos remado para vos cuando el viento estaba contra nosotros y con las
velas bajas.
¿Nunca nos soltaréis?
Comimos pan y cebollas cuando os apoderabais de ciudades, o corrimos
velozmente a bordo cuando el enemigo os rechazaba.
Los capitanes caminaban a lo largo de la cubierta, cantando, cuando
hacía buen tiempo; pero nosotros estábamos abajo.
Nos desmayábamos con el mentón sobre los remos y no veíais que estábamos
ociosos porque aún sacudíamos el remo, adelante y atrás.
¿Nunca nos soltaréis?
La sal volvía los cabos de los remos ásperos como la piel del tiburón;
la sal cortaba nuestras rodillas hasta el hueso; el pelo se nos pegaba a la
frente y nuestros labios estaban cortados hasta las encías; y nos azotabais
porque no podíamos remar.
¿Nunca nos soltaréis?
Pero dentro de poco tiempo nos iremos por los escobenes como el agua que
corre por los remos, y aunque ordenéis a los otros que remen detrás nuestro,
nunca nos agarraréis hasta que atrapéis la espuma de los remos y atéis los
vientos al hueco de la vela. ¡A-Ho!
¡Nunca nos soltaréis!
—Algo así podrían cantar en la galera, usted sabe. ¿Nunca va a concluir
ese cuento y darme parte de las ganancias?
—Depende de ti. Si desde el principio me hubieras hablado un poco más
del héroe, ya estaría concluido. Eres tan impreciso.
—Sólo quiero darle la idea general... el andar de un lado para otro, y
las peleas, y lo demás. ¿Usted no puede suplir lo que falta? Hacer que el héroe
salve de los piratas a una muchacha y se case con ella o algo por el estilo.
—Eres un colaborador realmente precioso. Supongo que al héroe le
ocurrieron algunas aventuras antes de casarse.
—Bueno, hágalo un tipo muy hábil, una especie de canalla —que ande
haciendo tratados y rompiéndolos—, un hombre de pelo negro que se oculte detrás
del mástil, en las batallas.
—Los otros días dijiste que tenía el pelo colorado.
—No puedo haber dicho eso. Hágalo moreno, por supuesto. Usted no tiene
imaginación.
Como yo había descubierto en ese instante los principios de la memoria
imperfecta que se llama imaginación, casi me reí, pero me contuve, para salvar
el cuento.
—Es verdad; tú sí tienes imaginación. Un tipo de pelo negro en un buque
de tres cubiertas —dije.
—No, un buque abierto, como un gran bote.
Era para volverse loco.
—Tu barco está descrito y construido, con techos y cubiertas; así lo has
dicho.
—No, no ese barco. Ese era abierto, o semiabierto, porque... Claro,
tiene razón. Usted me hace pensar que el héroe es el tipo de pelo colorado.
Claro, si es el de pelo colorado, el barco tiene que ser abierto, con las velas
pintadas.
Ahora se acordará, pensé, que ha trabajado en dos galeras, una griega,
de tres cubiertas, bajo el mando del "canalla" de pelo negro; otra,
un dragón abierto de vikingo, bajo el mando del hombre "rojo como un oso
rojo" que arribó a Markland. El diablo me impulsó a hablar.
—¿Por qué claro, Charlie?
—No sé. ¿Usted se está riendo de mí?
La corriente había sido rota. Tomé una libreta y fingí hacer muchos
apuntes.
—Da gusto trabajar con un muchacho imaginativo, como tú —dije al rato—.
Es realmente admirable cómo has definido el carácter del héroe.
—¿Le parece? —contestó ruborizándose—. A veces me digo que valgo más de
lo que mi ma... de lo que la gente piensa.
—Vales muchísimo.
—Entonces, ¿puedo mandar un artículo sobre Costumbres de los Empleados
de Banco, al Tit-Bits, y ganar una libra esterlina de premio?
—No era, precisamente, lo que quería decir. Quizá valdría más esperar un
poco y adelantar el cuento de la galera.
—Sí, pero no llevará mi firma. Tit-Bits publicará mi nombre y mi
dirección, si gano. ¿De qué se ríe? Claro que los publicarían.
—Ya sé. ¿Por qué no vas a dar una vuelta? Quiero revisar las notas de
nuestro cuento.
Este vituperable joven que se había ido, algo ofendido y desalentado,
había sido tal vez remero del Argos, e, innegablemente, esclavo o compañero de
Thorfin Karlsefne. Por eso le interesaban profundamente los concursos de
Tit-Bits. Recordando lo que me había dicho Grish Chunder, me reí fuerte. Los
Señores de la Vida y la Muerte nunca permitirían que Charlie Mears hablara
plenamente de sus pasados, y para completar su revelación yo tendría que
recurrir a mis invenciones precarias, mientras él hacía su artículo sobre
empleados de banco.
Reuní mis notas, las leí; el resultado no era satisfactorio. Volví a
releerlas. No había nada que no hubiera podido extraerse de libros ajenos,
salvo quizá la historia de la batalla en el puerto. Las aventuras de un vikingo
habían sido noveladas ya muchas veces; la historia de un galeote griego tampoco
era nueva y, aunque yo escribiera las dos, ¿quién podría confirmar o impugnar
la veracidad de los detalles? Tanto me valdría redactar un cuento del porvenir.
Los Señores de la Vida y la Muerte eran tan astutos como lo había
insinuado Grish Chunder. No dejarían pasar nada que pudiera inquietar o
apaciguar el ánimo de los hombres. Aunque estaba convencido de eso, no podía
abandonar el cuento. El entusiasmo alternaba con la depresión, no una vez sino
muchas en las siguientes semanas. Mi ánimo variaba con el sol de marzo y con
las nubes indecisas. De noche, o en la belleza de una mañana de primavera,
creía poder escribir esa historia y conmover a los continentes. En los
atardeceres lluviosos percibí que podría escribirse el cuento, pero que no
sería otra cosa que una pieza de museo apócrifa, con falsa pátina y falsa
herrumbre.
Entonces maldije a Charlie de muchos modos, aunque la culpa no era suya.
Parecía muy atareado en certámenes literarios; cada semana lo veía menos a
medida que la primavera inquietaba la tierra. No le interesaban los libros ni
el hablar de ellos y había un nuevo aplomo en su voz. Cuando nos encontrábamos,
yo no proponía el tema de la galera; era Charlie el que lo iniciaba, siempre
pensando en el dinero que podría producir su escritura.
—Creo que merezco a lo menos el veinticinco por ciento —dijo con hermosa
franqueza—. He suministrado todas las ideas, ¿no es cierto?
Esa avidez era nueva en su carácter. Imaginé que la había adquirido en
la City, que había empezado a influir en su acento desagradablemente.
—Cuando la historia esté concluida, hablaremos. Por ahora, no consigo
adelantar. El héroe rojo y el héroe moreno son igualmente difíciles.
Estaba sentado junto a la chimenea, mirando las brasas.
—No veo cuál es la dificultad. Es clarísimo para mí —contestó—.
Empecemos por las aventuras del héroe rojo, desde que capturó mi barco en el
sur y navegó a las Playas.
Me cuidé muy bien de interrumpirlo. No tenía ni lápiz ni papel, y no me
atreví a buscarlos para no cortar la corriente. La voz de Charlie descendió
hasta el susurro y refirió la historia de la navegación de una galera hasta
Furdurstrandi, de las puestas del sol en el mar abierto vistas bajo la curva de
la vela, tarde tras tarde, cuando el espolón se clavaba en el centro del disco
declinante y navegábamos por ese rumbo porque no teníamos otro —dijo Charlie.
Habló del desembarco en una isla y de la exploración de sus bosques,
donde los marineros mataron a tres hombres que dormían bajo los pinos. Sus
fantasmas, dijo Charlie, siguieron a nado la galera, hasta que los hombres de a
bordo echaron suertes y arrojaron al agua a uno de los suyos, para aplacar a
los dioses desconocidos que habían ofendido. Cuando escasearon las provisiones
se alimentaron de algas marinas y se les hincharon las piernas, y el capitán,
el hombre del pelo rojo, mató a dos remeros amotinados, y al cabo de un año
entre los bosques levaron anclas rumbo a la patria y un incesante viento los
condujo con tanta fidelidad que todas las noches dormían.
Eso, y mucho más, contó Charlie. A veces era tan baja la voz que las
palabras resultaban imperceptibles. Hablaba de su jefe, el hombre rojo, como un
pagano habla de su dios; porque él fue quien los alentaba y los mataba
imparcialmente, según más le convenía; y él fue quien empuñó el timón durante
tres noches entre hielo flotante, cada témpano abarrotado de extrañas fieras
que querían navegar con nosotros, —dijo Charlie—, y las rechazábamos con los
remos.
Cedió una brasa y el fuego, con un débil crujido, se desplomó atrás de
los barrotes.
—Caramba —dijo con un sobresalto—. He mirado el fuego, hasta marearme.
¿Qué iba a decir?
—Algo sobre la galera.
—Ahora recuerdo. Veinticinco por ciento del beneficio, ¿no es verdad?
—Lo que quieras, cuando el cuento esté listo.
—Quería estar seguro. Ahora debo irme, tengo una cita.
Menos iluso, habría comprendido que ese entrecortado murmullo junto al
fuego era el canto de cisne de Charlie Mears. Lo creí preludio de una
revelación total. Al fin burlaría a los Señores de la Vida y la Muerte. Cuando
volvió, lo recibí con entusiasmo. Charlie estaba incómodo y nervioso, pero los
ojos le brillaban.
—Hice un poema —dijo. Y luego, rápidamente—. Es lo mejor que he escrito.
Léalo.
Me lo dejó y retrocedió hacia la ventana. Gemí, interiormente. Sería
tarea de una media hora criticar, es decir alabar, el poema. No sin razón gemí,
porque Charlie, abandonado el largo metro preferido, había ensayado versos más
breves, versos con un evidente motivo. Esto es lo que leí:
El día es de los más hermosos,
¡El viento contento ulula detrás de la colina,
donde dobla el bosque a su antojo,
y los retoños a su voluntad!
Rebélate, oh Viento; ¡hay algo en mi sangre
que no te dejaría quieto!
Ella se me dio, oh Tierra, oh Cielo;
¡mares grises, ella es sólo mía!
¡Que los hoscos peñascos oigan mi grito,
y se alegren aunque no sean más que piedras!
¡Mía! La he ganado, ¡oh buena tierra marrón,
alégrate! La primavera está aquí;
¡Alégrate, que mi amor vale dos veces más
que el homenaje que puedan rendirle todos tus campos!
¡Que el labriego que te rotura sienta mi dicha
al madrugar para el trabajo!
—El verso final es irrefutable —dije con miedo en el alma. Charlie
sonrió sin contestar.
Roja nube del ocaso, proclámalo: soy el vencedor. ¡Salúdame, oh Sol,
como dueño dominante y señor absoluto sobre el alma de Ella!
—¿Y? —dijo Charlie, mirando sobre mi hombro. Silenciosamente puso una
fotografía sobre el papel. La fotografía de una muchacha de pelo crespo y boca
entreabierta y estúpida—. ¿No es... no es maravilloso? —murmuró, ruborizado
hasta las orejas—. Yo no sabía, yo no sabía... vino como un rayo.
—Sí, vino como un rayo. ¿Eres feliz, Charlie?
—¡Dios mío... ella... me quiere!
Se sentó, repitiendo las últimas palabras. Miré la cara lampiña, los
estrechos hombros ya agobiados por el trabajo de escritorio y pensé dónde,
cuándo y cómo había amado en sus vidas anteriores. Después la describió, como
Adán debió describir ante los animales del Paraíso la gloria y la ternura y la
belleza de Eva. Supe, de paso, que estaba empleada en una cigarrería, que le
interesaba la moda y que ya le había dicho cuatro o cinco veces que ningún otro
hombre la había besado. Charlie hablaba y hablaba; yo, separado de él por
millares de años, consideraba los principios de las cosas. Ahora comprendí por
qué los Señores de la Vida y la Muerte cierran tan cuidadosamente las puertas
detrás de nosotros. Es para que no recordemos nuestros primeros amores. Si no
fuera así, el mundo quedaría despoblado en menos de un siglo.
—Ahora volvamos a la historia de la galera —le dije aprovechando una
pausa.
Charlie miró como si lo hubiera golpeado.
—¡La galera! ¿Qué galera? ¡Santos cielos, no me embrome! Esto es serio.
Usted no sabe hasta qué punto.
Grish Chunder tenía razón. Charlie había probado el amor, que mata el
recuerdo, y el cuento más hermoso del mundo nunca se escribiría.
_________________________
Rudyard Kipling (1865-1936)

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