© Libro N° 10008. El Cuento De La Vieja Niñera. Gaskell, Elizabeth. Emancipación. Junio 11 de 2022.
Título
original: ©
The Old Nurse’s Story, Elizabeth Gaskell
(1810-1865)
Versión Original: © El Cuento De La Vieja Niñera. Elizabeth
Gaskell
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Elizabeth Gaskell
El Cuento De La Vieja Niñera
Elizabeth
Gaskell
Como sabéis, queridos míos, vuestra madre era huérfana e hija única; y
aseguraría que habéis oído decir que vuestro abuelo fue clérigo de
Westmoreland, de donde vengo yo. Era yo todavía una niña de la escuela del
pueblo cuando, un día, se presentó vuestro abuelo a preguntar a la maestra si
habría allí alguna alumna que pudiera servir de niñera; y me sentí
extraordinariamente orgullosa, puedo asegurároslo, cuando la maestra me llamó y
dijo que yo cosía muy bien y era una muchacha formal y honrada, de padres muy
bien considerados, aunque pobres.
Me pareció que nada me gustaría más que entrar al servicio de aquella
linda y joven señora que se sonrojaba tanto como lo estaba yo al hablar del
niño que esperaba y de lo que yo tendría que hacer con él. Pero veo que esta
parte de mi cuento no os interesa tanto como lo que pensáis que viene después,
así que os lo contaré en seguida. Fui tomada e instalada en la rectoría antes
de que naciera la señorita Rosamunda (que fue la niñita que es ahora vuestra
madre). A decir verdad, me daba poco que hacer cuando llegó, pues siempre
estaba en brazos de su madre y dormía junto a ella toda la noche, y yo me
sentía muy orgullosa cuando mi señora me la confiaba. Ni antes ni después ha
habido un niñito como ella, aunque todos vosotros habéis sido preciosos; pero
en dulzura y atractivo ninguno habéis llegado a vuestra madre. Se parecía a su
madre, que era una señora de verdad, cierta señorita Furnivall, nieta de lord
Furnivall, de Northumberland.
Creo que no había tenido hermanos ni hermanas y se había educado con la
familia de milord hasta que se casó con vuestro abuelo, que no era más que un
vicario, hijo de un comerciante de Carlisle, pero el más cumplido y discreto
caballero que ha existido, y una persona que trabajaba honradamente y de firme
en su parroquia, que era muy extensa y estaba esparcida sobre los Páramos de
Westmoreland.
Cuando vuestra madre, la pequeña Rosamunda, tenía unos cuatro o cinco
años, sus adres murieron en quince días, uno tras otro. ¡Ah, fue una época
triste! Mi linda y joven señora y yo esperábamos otro niñito, cuando el señor
regresó de una de sus largas caminatas a caballo, mojado y cansado, con la
enfermedad que le ocasionó la muerte; y ella ya no volvió a levantar cabeza y
no vivió más que para ver a su hijito muerto y tenerlo sobre su pecho antes de
morir también. Mi ama me pidió en su lecho de muerte que no abandonara nunca a
la señorita Rosamunda; pero aunque no hubiera dicho ni una palabra, habría yo
ido con la pequeña hasta el fin del mundo. En seguida, antes de que se hubieran
aplacado nuestros sollozos, llegaron los testamentarios y tutores a poner las
cosas en orden.
Eran éstos, el primo de mi pobre ama, lord Furnivall y el señor
Esthwaite, hermano de mi amo, comerciante en Manchester, no en tan buena
posición como lo estuvo después y con mucha familia. ¡Bien! No sé si ellos lo
acordaron entre sí o si la cosa se debió a una carta que mi ama escribió a su
primo en su lecho de muerte, pero lo cierto es que se acordó que la señorita
Rosamunda y yo nos fuésemos a la casa solariega de los Furnivall, en
Northumberland; y milord hablaba como si hubiera sido deseo de la madre que la
niña viviera con su familia, y como si él no tuviera nada que objetar, pues una
o dos personas más no se notarían en una casa tan grande. Así que aunque no era
aquél el modo como a mí me hubiera gustado que se pensase en mi alegre y
precioso cariñito (que era como un rayo de sol en cualquier familia, fuera lo
grande que fuese), me complacía que las gentes de Dale se asombraran y se
llenaran de admiración al enterarse de que yo iba a ser la niñera de mi amita
en casa de lord Furnivall, en la casa solariega de los Furnivall.
Pero me equivoqué al pensar que íbamos a vivir con milord. Resultó que
la familia había abandonado la casa solariega hacía cincuenta años o más. No oí
que hubiera vivido allí mi pobre ama, a pesar de haberse educado en la familia,
y ello me decepcionó, porque me hubiera gustado que la señorita Rosamunda
pasara la juventud donde su madre. El acompañante de milord, a quien hice
tantas preguntas como me atreví, dijo que la casa solariega estaba al pie de
los Páramos de Cumberland, y era magnífica; que allí vivía, solamente con
algunos criados, cierta anciana señorita Furnivall, tía abuela de milord; pero
que era un lugar muy saludable y que milord había pensado que sería muy
conveniente para la señorita Rosamunda por algunos años, y que su estancia allí
tal vez serviría de distracción a su anciana tía.
Milord me encargó que tuviera preparadas las cosas de la señorita
Rosamunda para un día determinado. Era un hombre serio y altivo, según es fama
de todos los lores Furnivall, y no pronunciaba nunca ni una palabra más de las
necesarias. Se decía que había estado enamorado de mi joven señora, pero que
como ella sabía que el padre de él se hubiera opuesto, nunca quiso hacerle caso
y se casó con el señor Esthwaite; pero yo no estoy enterada. De todos modos
permaneció soltero. Pero nunca se preocupó mucho de la señorita Rosamunda, cosa
que creo habría hecho, de haber tenido interés por su difunta madre. Nos mandó
a la casa solariega con su acompañante, advirtiéndole que se le uniera en
Newcastle aquella misma tarde; así que no tuvo este señor mucho tiempo para presentarnos
a todos aquellos desconocidos antes de, a su vez, deshacerse de nosotras. Y
allí quedamos, ¡pobrecitas solitarias! (yo no había cumplido los dieciocho
años), en la gran casa solariega.
Parece que llegamos ayer. Habíamos abandonado muy temprano nuestra
querida rectoría y llorábamos ambas como si el corazón fuera a rompérsenos, a
pesar de viajar en el coche de milord, en el que tanto había yo pensado. Y, ya
entrada la tarde, en un día de septiembre, nos detuvimos para cambiar de
caballos por última vez en una pequeña ciudad llena de tratantes de carbón y
mineros. La señorita Rosamunda se había quedado dormida, pero el señor Henry me
dijo que la despertara para que pudiera ver, al llegar, el parque y la casa
solariega. Era una pena, pero yo hice lo que me pedía por miedo a que se lo
dijera a milord. Habíamos dejado atrás todo vestigio de ciudad, e incluso de
pueblo, y franqueado las puertas de un parque grande e inculto, no como los
parques del Sur, sino con rocas, y ruido de agua de corriente, y árboles
retorcidos, y viejos robles, todos blancos y descortezados por los años.
El camino subía durante dos millas, y luego vimos una casa grande e
imponente, rodeada de muchos árboles, tan cerca en algunas partes, que las
ramas arañaban las paredes cuando soplaba el viento, y algunas colgaban
tronchadas, pues nadie parecía ocuparse mucho de aquel lugar, podándolos y
teniendo en condiciones el camino de coches cubierto de musgo. Sólo delante de
la casa estaba despejado. En el gran paseo no había ni una hierba, y ni un
árbol ni una enredadera crecían sobre la larga fachada cubierta de ventanas. A
cada lado salía un ala, remate a su vez de otra fachada, pues la casa, aunque
tan desolada, era todavía mayor de lo que yo había esperado. Tras ella se
elevaban los Páramos, interminables y desnudos. Y a mano izquierda de la casa
estando de frente a ella, había un jardincito anticuado, según descubrí
después, y al cual daba una puerta de la fachada occidental. El lugar había
sido limpio del tupido boscaje por alguna antigua lady Furnivall, pero las
ramas de los grandes árboles incultos habían vuelto a crecer ensombreciéndolo,
y había muy pocas flores que vivieran allí entonces.
Cuando llegamos a la gran entrada principal y entramos en el vestíbulo,
creí perderme; tan espacioso, amplio e imponente era. Una lámpara toda de
bronce colgaba en medio del techo; y yo, que jamás había visto otra, la miré
con asombro. Luego, a un lado del vestíbulo, había una gran chimenea, tan
grande como todo el costado de una casa en mi tierra, con macizos morillos para
sostener la leña, y junto a ella se hallaban colocados pesados sofás pasados de
moda. Al otro extremo del vestíbulo, a la izquierda según se entraba, en el
lado de poniente, había un órgano construido en el muro y tan grande que lo
llenaba casi entero. Detrás de él, al mismo lado, había una puerta, y enfrente,
a ambos lados de la chimenea, otras puertas se abrían a la parte este, pero nunca
las crucé mientras estuve en la casa y no puedo deciros lo que había detrás.
Moría la tarde, y el vestíbulo, en el que no había luces, aparecía oscuro y
sombrío.
Pero no nos detuvimos allí ni un momento. El viejo criado que nos había
abierto hizo una inclinación de cabeza al señor Henry y nos condujo a través de
la puerta que había al otro extremo del órgano, haciéndonos atravesar varios
pequeños vestíbulos y pasillos hasta llegar a la sala occidental, en la que, se
hallaba la señorita Furnivall.
La señorita Rosamunda se agarraba a mí con fuerza, como sintiéndose
asustada y perdida en aquel lugar tan grande, y en cuanto a mí, no estaba mucho
mejor. La sala de mediodía tenía un aspecto muy acogedor, con su buen fuego, y
agradablemente amueblada. La señorita Furnivall era una señora vieja, de cerca
de ochenta años, según me pareció, aunque no lo sí. Era delgada y alta y tenía
la cara tan llena de finas arrugas como si se las hubieran dibujado a punta de
aguja. Tenía unos ojos vigilantes, para compensar, supongo, el ser tan sorda
que se veía obligada a usar trompetilla. Sentada a su lado, trabajando en el
mismo gran tapiz, estaba la señora Stark, su doncella y acompañante, casi tan
vieja como ella. Había vivido con la señorita Furnivall desde que ambas eran
muy jóvenes y por entonces más parecía amiga que criada; tenía un aspecto tan
frío, duro e insensible como si nunca hubiera querido ni sentido afecto por
nadie, excepto su ama, y debido a la gran sordera de esta última, la señora
Stark la trataba en cierto modo como si fuera una niña.
El señor Henry trasmitió algún recado de parte de milord y luego nos
dijo adiós a todos (sin hacer caso de la manecita extendida de mi dulce
señorita Rosamunda) y allí nos dejó, en pie, con las dos ancianas mirándonos a
través de sus anteojos. Me alegré cuando llamaron al viejo lacayo que nos había
abierto y le dijeron que nos condujera a nuestras habitaciones. Salimos, pues,
de aquella gran sala y entramos en otra, y salimos también de aquella y pasamos
un gran tramo de escaleras y recorrimos una amplia galería (que era una especie
de biblioteca, pues tenía a un lado libros y al otro ventanas y pupitres),
hasta que llegamos a nuestras habitaciones, que por suerte supe que estaban
justamente sobre las cocinas, pues empezaba a pensar que me perdería en aquel
desierto de casa. Era un antiguo cuarto de niños que había sido utilizado por
todos los pequeños lores y ladies hacía mucho, con un agradable fuego
encendido, la marmita hirviendo sobre él y la mesa puesta para el té. Y aparte
de aquella habitación, estaba el cuarto de dormir de los niños, con una camita
para la señorita Rosamunda junto a mi cama.
Y el viejo Santiago llamó a Dorotea, su mujer, para que nos diera la
bienvenida, y tanto él como ella se mostraron tan hospitalarios y cariñosos
que, poco a poco, la señorita Rosamunda y yo fuimos sintiéndonos como en casa,
y después del té estaba ella sentada sobre las rodillas de Dorotea y
parloteando, todo lo aprisa de que su lengüecita era capaz. Pronto me enteré de
que Dorotea era de Westmoreland, y eso nos unió como si dijéramos; y no pido
tratar gente más cariñosa que lo eran el viejo Santiago y su mujer. Santiago
había pasado casi toda su vida con la familia de milord y le parecía lo más
ilustre del mundo; hasta miraba un poco por encima del hombro a su mujer porque
antes de casarse no había vivido más que en una familia de granjeros. Pero la
quería como era debido. Bajo ellos había una criada que hacía todo el trabajo
duro; se llamaba Inés. Y ella y yo, Santiago y Dorotea, la señorita Furnivall y
la señora Stark constituíamos toda la familia... ¡sin olvidar nunca a mi dulce
señorita Rosamunda!
Me preguntaba muchas veces que harían antes de que la niña llegara allí,
tanto se preocupaban ahora de ella. En la cocina o en la sala, era igual. La
severa señorita Furnivall y la fría señora Stark parecían complacidas cuando
ella aparecía, revoloteando como un pájaro, jugando y enredando de acá para
allá, con un murmullo continuo y un lindo y alegre parloteo. Estoy segura de
que muchas veces, cuando se marchaba a la cocina, se sentían contrariadas, pero
eran demasiado orgullosas para pedirle que se quedase con ellas, y les
resultaba un poco chocante aquel gusto de la niña; aunque a decir verdad,
opinaba la señora Stark, no era de maravillar recordando de qué gente venía el
padre de la pequeña. Aquella enorme y vieja casa era un gran lugar de
exploración para la pequeña señorita Rosamunda.
Hacía expediciones por todas partes, llevándome a sus talones; por
todas, excepto el ala de mediodía, que nunca estaba abierta y el ir a la cual
no se nos pasaba por la imaginación. Pero en las zonas norte y poniente había
muchos aposentos agradables, llenos de cosas extraordinarias para nosotras,
aunque no lo resultasen a las gentes que hubieran visto más. Las ventanas
estaban ensombrecidas por las ramas de los árboles que las rozaban y por la
hiedra que las había cubierto, pero en la verde oscuridad podíamos distinguir
antiguos jarrones de porcelana, cajas de marfil tallado, grandes y pesados
libros y, ¡sobre todo, los antiguos retratos! Me acuerdo que una vez mi niña
quiso que Dorotea fuera con nosotras a decirnos quiénes eran todos, pues todos
eran retratos de personas de la familia de milord, aunque Dorotea no podía
decirnos sus nombres.
Habíamos recorrido casi todas las habitaciones cuando llegamos a un
antiguo salón situado sobre el vestíbulo en el que había un retrato de la
señorita Furnivall o, como por entonces la llamaban, la señorita Gracia, pues
era la hermana menor. ¡Debió ser una belleza!, pero tenía una mirada tan rígida
y orgullosa y tal desprecio pintado en los ojos, con las cejas un poco
levantadas, que parecía como si preguntara quién cometería la impertinencia de
atreverte a mirarla, y fruncía los labios cuando la contemplábamos. Llevaba un
truje enteramente nuevo para mí, pues era según la moda de cuando ella era
joven: un sombrero blanco y suave, como de fieltro, un poco inclinado sobre las
sienes, con un hermoso penacho de plumas a un lado, y un traje de ruso azul que
se abría por delante sobre mi pechero blanco.
—¡Vaya! —dije luego de mirarla hasta hurtarme—. No hay nada como la
juventud, según dicen, pero ¿quién que la viera ahora pensaría que la señorita
Furnivall ha sido una belleza tan declarada?
—Sí —dijo Dorotea—. Las personas cambian tristemente. Pero si es verdad
lo que el padre de mi señora solía decirnos, la señorita Furnivall, la hermana
mayor, era más hermosa que la señorita Gracia. Su retrato está por ahí, en
alguna parte, pero si te lo enseño no has de decírselo nunca a nadie, ni
siquiera a Santiago. ¿Crees que la señorita sabrá callarse?
Yo no estaba muy segura de ello, tratándose de una niña tan dulce,
decidida y franca, así que la hice esconderse y luego ayudé u Dorotea a dar la
vuelta a un gran cuadro que estaba de cara a la pared, y no colgado como ¡os
otros. A decir verdad, ganaba en belleza a la señorita Gracia, y me pareció que
la ganaba también en altivo orgullo, aunque en este punto resultaría difícil
decidirse. Hubiera estado contemplándola durante una hora, pero Dorotea parecía
medio asustada por haberme enseñado el retrato y volvió a darle la vuelta
apresuradamente, y me hizo ir corriendo en busca de la señorita Rosamunda, pues
había en la casa algunos sitios desagradables a los que no quería que fuese la
niña. Yo era una muchacha valiente y animosa y me importaba poco lo que la
vieja decía, pues me gustaba jugar al escondite tanto como a cualquier niño de
la parroquia; corrí, pues, en busca de mi pequeña.
Al acercarse el invierno y acortarse los días me parecía oír cierto
ruido, como si alguien tocara el órgano en el vestíbulo. No lo oía todas las
tardes, pero desde luego sonaba muy a menudo mientras yo estaba con la señorita
Rosamunda, quieta y silenciosa en su dormitorio después de haberla acostado.
Luego solía oírlo a lo lejos, rugiendo y aumentando. La primera noche, cuando
bajé a cenar, pregunté a Dorotea quién había estado tocando, y Santiago dijo
brevemente que yo era una tonta tomando por música el viento que suspiraba
entre los árboles; pero vi que Dorotea le miraba muy asustada y que Bessy, la
pincha, decía algo para sus adentros y se ponía muy pálida. Me di cuenta de que
no les había gustado mi pregunta, así que me callé esperando encontrar sola a
Dorotea, que era cuando sabía que podía sonsacarle.
Así que al día siguiente estuve al cuidado e insistí para que me dijera
quién tocaba el órgano, pues sabía muy bien que era el órgano y no el viento,
aunque me había callado en presencia de Santiago; pero aseguraría que Dorotea
estaba aleccionada, y no pude sacarle ni una palabra. Entonces probé con Bessy,
aunque siempre me había considerado por encima de ella, pues yo era una igual
de Santiago y Dorotea y ella poco más que su criada. Así que me dijo que no
debía decirlo nunca, y que si lo decía no tenía que declarar nunca que había
sido ella quien me lo había comunicado, pero que era un ruido muy extraño y que
ella lo había oído muchas veces, aunque casi todas en noches invernales y antes
de haber tormenta, y que decían las gentes que se trataba del viejo lord que
tocaba el gran órgano del vestíbulo, como solía hacer en vida. Pero quién fuese
el viejo lord o qué tocaba, o por qué lo tocaba precisamente en víspera de
tormenta invernal, no pudo o no quiso decírmelo.
¡Bien! Como ya os he dicho, yo tenía un corazón animoso y me pareció que
resultaba muy agradable oír resonar por la casa aquella música, la tocase quien
la tocase; pues tan pronto se elevaba sobre las fuertes ráfagas de viento,
lamentándose o triunfal, exactamente igual que un ser viviente, como caía en un
silencio casi absoluto; sólo que se trataba siempre de música y melodías, así
que era una tontería decir que era el viento. Al principio pensé que la que
tocaba fuera tal vez la señorita Furnivall sin que lo supiese Bessy. Pero un
día, estando yo misma en el vestíbulo, abrí el órgano y miré en su interior y
todo alrededor, como hice una vez en el órgano de la iglesia de Crosthwaite, y
vi que por dentro estaba todo roto y estropeado a pesar de tener un aspecto tan
lucido y hermoso. Y entonces, aunque era de día, sentí cierto hormiguillo y lo
cerré, echando a correr a toda prisa hacia mi alegre cuarto de niños; y durante
algún tiempo después de esto no me gustó escuchar la música, ni más ni menos
que como les pasaba a Santiago y Dorotea. Mientras tanto, la señorita Rosamunda
se iba haciendo querer más y más.
Las viejas señoras deseaban que cenara temprano con ellas; Santiago
permanecía en pie detrás de la silla de la señorita Furnivall y yo detrás de la
señorita Rosamunda, con toda etiqueta; y, después de cenar, la niña jugaba en
un rincón de la gran sala, silenciosa como un ratón, mientras la señorita
Furnivall se dormía y yo cenaba en la cocina. Pero se ponía muy contenta cuando
volvía conmigo al cuarto de los niños, pues, según decía, la señorita Furnivall
era tan triste y la señora Stark tan aburrida... Pero ella y yo éramos bien
alegres y poco a poco me acostumbré a no preocuparme por aquella música
sobrenatural que no hacía mal a nadie y que no sabíamos de dónde venía.
Aquel invierno fue muy frío. A mediados de octubre empezaron las heladas
y duraron muchas, muchas semanas. Recuerdo que un día, durante la cena, la
señorita Furnivall levantó sus tristes y cargados ojos y dijo a la señora Stark
de una manera extrañamente significativa:
—Me temo que vamos a tener un invierno terrible.
Pero la señora Stark hizo como que no oía y se puso a hablar muy fuerte
de otra cosa. A mi señorita y a mí no nos importaban las heladas, ¡nada de eso!
Mientras el tiempo se mantuvo seco subíamos las pendientes que había detrás de
la casa y recorríamos los Páramos, que eran muy yermos y pelados, corriendo
bajo el aire fresco y cortante, y una vez bajamos por una nueva senda que nos
llevó más allá de los dos viejos acebos nudosos que crecían a mitad de camino
de la ciudad polla parte de saliente de la casa.
Pero los días se acortaban más y más y el viejo lord, si era él, tocaba
el gran órgano cada vez más frenética y tristemente. Un domingo por la tarde
(debió ser a fines de noviembre) pedí a Dorotea que se encargara del cuidado de
la señorita cuando saliera de la sala después que la señorita Furnivall hubiera
echado su sueñecito, pues hacía demasiado frío para llevarla conmigo a la
iglesia y, sin embargo, no quería yo dejar de ir. Y Dorotea lo prometió con
mucho gusto y quería tanto a la niña que todo parecía marchar bien, y Bessy y
yo nos pusimos en camino muy aprisa, aunque el cielo se cernía opresivo y
cargado sobre la blanca tierra, como si la noche no acabara de alejarse, y el
aire, aunque sosegado, era muy cortante y afilado.
—Tendremos una nevada — me dijo Bessy.
Y efectivamente, aun estábamos en la iglesia cuando empezó a nevar
espesamente, en grandes copos, tan espesamente, que casi se oscurecían las
ventanas. Dejó de nevar antes de que saliéramos, pero la nieve se extendía,
blanda, espesa y profunda bajo nuestros pies mientras nos encaminábamos a casa.
Antes de entrar en el vestíbulo salió la luna y me parece que estaba entonces
más claro (en parle por la luna y en parte por la blanca y deslumbradora nieve)
que cuando partimos para la iglesia entre las dos y las tres. No os he dicho
que la señorita Furnivall y la señora Stark no iban nunca a la iglesia; parecía
como si el domingo se les hiciera muy largo, por no estar ocupadas con su
tapiz.
Así que cuando fui a la cocina a reunirme con Dorotea pensando recoger a
la señorita Rosamunda y subirla conmigo, no me sorprendió que me dijera que las
señoras habían retenido a la niña y que ésta no había ido a la cocina, como yo
le tenía dicho que hiciera cuando se cansase de portarse bien en la sala. Así
que me quité mis cosas y fui a buscarla para llevarla a cenar a su cuarto. Pero
cuando llegué a la sala, allí estaban sentadas las dos señoras, muy calladas y
quietas, diciendo una palabra de cuando en cuando, pero con el aspecto de que
una cosa tan esplendorosa y alegre como la señorita Rosamunda no hubiera pasado
nunca junto a ellas. Creí que estaría escondida (era uno de sus juegos) y que
las habría convencido para que hicieran como que no sabían nada, así me dirigí
paso a paso a mirar debajo de este sofá y detrás de aquella silla, haciendo
como si me asustara mucho al no encontrarla.
—¿Qué pasa, Ester? —me dijo con aspereza la señora Stark.
No sé si la señorita Furnivall me habría visto, pues según os he dicho,
estaba muy sorda, y se hallaba sentada inmóvil contemplando ociosamente el
fuego con desesperanzado rostro.
—Estoy buscando a mi pequeñita Rosy Posy —contesté siguiendo en la idea
de que la niña estaba allí y cerca de mí, aunque yo no la viera.
—La señorita Rosamunda no está aquí —dijo la señora Stark—. Se marchó,
hace más de una hora, en busca de Dorotea.
Y también ella se dio la vuelta y se puso a mirar al fuego. El corazón
me dio un salto al oír aquello y empecé a desear no haber abandonado nunca a mi
cielito. Volví junto a Dorotea y se lo dije. Santiago había ido a pasar el día
fuera, pero ella, Bessy y yo, tomamos luces y fuimos primero al cuarto de los
niños, y luego recorrimos la inmensa casa, llamando y suplicando a la señorita
Rosamunda que saliera de su escondite y no nos asustara mortalmente de aquel
modo, pero no se oyó contestación alguna, no se oyó nada.
—¡Oh! —dije yo al fin—. ¿Se habrá ido al ala del mediodía y estará
escondida allí?
Pero Dorotea aseguró que no era posible, que ni ella misma había estado
allí nunca, que las puertas estaban siempre con cerrojo y que, según creía, el
lacayo de milord tenía las llaves; que fuera lo que fuera, ni ella, ni Santiago
las habían visto nunca. Así que yo dije que volvería a ver si después de lodo
estaba escondida en la sala sin que las viejas señoras lo supiesen, y que si la
encontraba allí le daría unos azotes por el susto que me había proporcionado;
pero no pensaba hacerlo en absoluto. Bien; volví a la sala de poniente y dije a
la señora Stark que no la encontrábamos por ninguna parte y le pedí que me
dejara mirar allí, pues iba ya pensando que podía haberse quedado dormida en
algún escondido rincón caliente. ¡Pero nada!
Miramos (y la señorita Furnivall se levantó y se puso a buscar,
temblando toda), y no apareció en ningún sitio. Luego salimos otra vez todos
los de la casa y miramos en todos los sitios en que habíamos buscado untes,
pero no la encontramos. La señorita Furnivall tiritaba y temblaba de tal modo,
que la señora Stark la volvió a llevar a la sala; pero no sin haberme hecho
prometer que le llevaría a la niña cuando la encontráramos. ¡Ay de mí! Empezaba
a pensar que no la encontraríamos nunca, cuando se me ocurrió mirar en el gran
patio delantero, que estaba enteramente cubierto de nieve. Me asomé desde el
piso de arriba, pero hacía una noche de luna tan clara, que pude ver, bien
distintamente, dos pequeñas huellas de pisadas que se seguían desde la puerta
del vestíbulo hasta dar la vuelta a la esquina del ala oriental.
No sé ni cómo bajé, pero abrí a empujones la grande y pesada puerta y,
cubriéndome la cabeza con la falda del traje, eché a correr. Di la vuelta a la
esquina de mediodía, y al llegar allí, una gran sombra caía sobre la nieve;
pero cuando salí otra vez a la luz de la luna, volví a ver las pequeñas huellas
que subían, subían a los Páramos. Hacía un frío terrible, tan terrible, que el
aire casi me despellejaba la cara según iba corriendo; pero yo corría pensando
lo acabada y amedrentada que estaría mi pobre cielito. Ya distinguía los
acebos, cuando vi a un pastor que descendía de la colina, llevando algo en los
brazos. Me dio voces, preguntándome si había perdido una niña, y mientras el
llanto me impedía hablar, pude ver a mi niñita chiquita que yacía en sus brazos,
inmóvil, blanca y rígida, como si estuviera muerta.
Me dijo que había subido a los Páramos para recoger sus ovejas antes de
que llegara el gran frío nocturno, y que bajo los acebos (negras marcas en la
ladera, desprovista de todo matojo en varias millas a la redonda), había
encontrado a mi señorita, mi corderino, rígida y fría en el terrible sueño
producido por la helada. ¡Ah, la alegría y las lágrimas de tenerla en mis
brazos de nuevo! Pues no le dejé que la llevara, sino que la sostuve en mis
propios brazos, sosteniéndola junto al calor de mi pecho y mi cuello, y sentí
que la vida volvía lentamente a sus dulces miembrecitos. Pero aún estaba
insensible cuando llegué al vestíbulo y yo me hallaba sin alientos para hablar.
Entramos por la puerta de la cocina.
—Traed el calentador —dije.
Y subí con ella y empecé a desnudarla en el cuarto de los niños, junto
al fuego que Bessy había mantenido encendido. Llamé a mi corderillo con todos
los nombres cariñosos y juguetones que se me ocurrieron,, todavía con los ojos
llenos de lágrimas. Y al fin, ¡oh, al fin!, abrió sus grandes ojos azules.
Entonces la metí en su cama calentita y envié a Dorotea a decir a la señorita
Furnivall que todo marchaba bien, decidida a permanecer toda la noche junto a
la cama de mi corazoncito. En cuanto su preciosa cabeza tocó la almohada, cayó
en un sueño apacible y yo estuve velándola hasta que se hizo de día, y entonces
se despertó resplandeciente y despejada, según creí entonces... y, queridos
míos, según creo ahora.
Dijo que había pensado que le apetecía irse con Dorotea, pues las dos
señoras se habían dormido y se estaba muy aburrida en la sala, y que cuando
pasaba por el pequeño vestíbulo de poniente, vio cómo caía la nieve a través de
la alta ventana, cómo caía blandamente y sin interrupción, pero que queriendo
ver lo bonita y blanca que estaría en el suelo, se dirigió al gran vestíbulo y
allí, acercándose a la ventana, pudo contemplarla sobre el paseo, suave y
brillante, y que estando en esto, vio una niña más pequeña que ella, «¡pero tan
linda!», decía mi cielito, «y aquella niña me hizo señas para que saliera, y
¡oh!, era tan linda y tan dulce que no me quedaba más remedio que ir. Y que
luego aquella otra niña la había tomado de la mano y, una junto a otra, habían
dado la vuelta a la esquina de mediodía.
—Bueno, eres una niña mala que está contando cuentos —dije—. ¿Qué diría
tu buena mamá, que está en el cielo y no dijo una mentira en su vida, qué diría
a su pequeña Rosamunda si la oyera, ¡y de seguro que la oye!, contar cuentos?
—Pero Ester —sollozó mi niña—, ¡te digo la verdad! ¡De verdad que sí!
—¡No me digas! —contesté muy enfadada—. He seguido tus huellas en la
nieve y no se veían más que las tuyas, y si hubiera habido una niña que hubiera
subido la colina de tu mano, ¿no crees que sus pisadas estarían con las tuyas?
—Yo no tengo la culpa de que no estén querida Ester —dijo ella
llorando—. Nunca miré a sus pies; pero ella sostenía mi mano en su manita,
fuerte y apretada, y hacía mucho, mucho frío. Me llevó hacia arriba, por el
camino de los Páramos, hasta los acebos, y allí encontré a una señora llorando
y lamentándose, pero cuando me vio dejó de llorar y sonrió con mucho orgullo y
majestad y me puso sobre sus rodillas y empezó a arrullarme para que me
durmiera. Y esto es todo, Ester, pero es verdad ¡y mi querida mamá lo sabe!
—añadió llorando.
Así que pensé que la niña tendría fiebre e hice como que la creía y ella
volvió a repetir su historia una y otra vez, y siempre igual. Finalmente,
Dorotea llamó a la puerta con el desayuno de la señorita Rosamunda, y me dijo
que las viejas señoras estaban abajo, en el comedor, y que querían hablarme.
Ambas habían estado en el dormitorio de la niña la noche anterior, pero cuando
la señorita Rosamunda estaba ya dormida, así que no habían hecho más que
mirarla sin preguntarme nada.
—Me espera una reprimenda —pensé mientras recorría la galería del
Norte—. Y, sin embargo —me dije envalentonándome—, la dejé a su cuidado y son
ellas las que merecen que se les reproche por haberla dejado escabullirse
desapercibida y sin vigilancia.
Así que llegué valientemente y conté mi historia. Se la conté toda a la
señorita Furnivall, gritándosela al oído; pero cuando hablé de la otra niña que
había en la nieve y que engatusó a la nuestra para llevarla junto a la
majestuosa y bella señora que estaba bajo el acebo, levantó los brazos, sus
viejos y pálidos brazos, y gritó en voz alta:
—¡Perdonad, cielos! ¡Tened misericordia!
La señora Stark la tomó (me pareció que con bastante rudeza), pero ella
se desasió y se dirigió a mí con una autoridad frenética y amonestadora:
—¡Ester, apártala de esa niña! ¡La llevará a la muerte! ¡Malvada niña!
Dile que es una niña mala y perversa.
Luego la señora Stark me sacó apresuradamente de la habitación, de la
que verdaderamente salí con mucho gusto. Pero la señorita Furnivall seguía
gritando:
—¡Misericordia! ¿No perdonarás nunca? ¡Hace muchos años!
Después de aquello me sentía muy a disgusto. No me atrevía a dejar nunca
a la señorita Rosamunda, ni de noche ni de día, temiendo que volviera a
encaparse Iras alguna visión, y con más motivo porque me pareció haber
descubierto que la señorita Furnivall estaba loca y temía que algo parecido
(que podía ser cosa de familia) pudiera suceder a mi cielito. Y mientras tanto,
el frío no amainaba y cada vez que la noche era desusadamente tormentosa, entre
las ráfagas y a través del viento oíamos al viejo lord que tocaba el órgano.
Pero viejo lord o no, donde iba la señorita Rosamunda, iba yo detrás, pues mi
cariño por ella, preciosa huérfana sin amparo, era más fuerte que el miedo que
me inspiraba el imponente y terrible sonido. Además a mí me tocaba procurar que
ella estuviera alegre y contenta, como correspondía a su edad, así que
jugábamos juntas y juntas vagábamos de acá para allá y por todas partes, no
atreviéndome a perderla de vista en aquella casa enorme.
Y sucedió que una tarde, poco antes de Navidad, jugábamos juntas en la
mesa de billar del gran vestíbulo (no porque supiéramos jugar, sino porque a
ella le gustaba echar a rodar las pulidas bolas de marfil con sus lindas manos
y a mi me gustaba hacer lo que hacía ella) y pronto, sin que nos diéramos
cuenta, nos quedamos a oscuras dentro de casa, aunque todavía había claridad en
el exterior, y estaba yo pensando en llevármela a su cuarto cuando de repente
gritó:
—¡Mira, Ester, mira! Ahí fuera, sobre la nieve, está mi pobre niñita.
Me volví hacia las altas y estrechas ventanas y allí, con toda certeza,
vi una niña más pequeña que la señorita Rosamunda, vestida de la manera menos a
propósito para estar a la intemperie en una noche tan cruda, llorando y
golpeando los cristales de la ventana, como si quisiera que la abrieran.
Parecía gemir y lamentarse y cuando la señorita Rosamunda, no pudiendo resistir
más, se precipitó sobre la puerta para abrirla, he aquí que, de repente, justo
encima de nosotras, sonó el órgano con un estruendo tan fuerte y atronador, que
me hizo temblar toda; y más aún cuando me di cuenta de que, incluso en el
silencio de aquel frío invierno, no había oído ruido alguno de manos que
golpeasen los cristales de la ventana, a pesar de que la niña-fantasma parecía
hacerlo con todas sus fuerzas, y que aunque la había visto llorar y quejarse,
ni el más ligero sonido había llegado a mis oídos.
Si en aquel preciso momento me di cuenta de todo aquello no lo sé —el
sonido del gran órgano me tenía aturdida de terror—, pero lo que sí sé es que
tomé a la señorita Rosamunda antes de que abriera la puerta del vestíbulo y,
sujetándola fuertemente, me la llevé pataleando y chillando a la cocina grande
y clara, donde Dorotea e Inés cataban ocupadas haciendo pasteles rellenos.
—¿Qué tiene mi vidita? —exclamó Dorotea cuando entré llevando a la
señorita Rosamunda, que gemía como si el corazón fuera a rompérsele.
—No me ha querido dejar abrir la puerta para que entrase la niñita, y se
morirá si está fuera, en los Páramos, toda la noche. ¡Eres mala y cruel, Ester!
—dijo pegándome.
Pero podía haber pegado más fuerte, porque yo había sorprendido en los
ojos de Dorotea una mirada de terror sobrenatural, que me heló la sangre.
—¡Cierra inmediatamente la puerta trasera de la cocina y echa bien el
cerrojo! — dijo a Inés.
No dijo más. Me dio pasas y almendras para calmar a la señorita
Rosamunda, pero ella seguía llorando, pensando en la niña que estaba en la
nieve, y no quiso tocar ninguna de aquellas buenas cosas. Me alegré cuando se
quedó dormida en la cama, a fuerza de llorar. Luego me escabullí a la cocina y
comuniqué a Dorotea que había tomado una decisión: me llevaría a mi cielito a
casa de mi padre a Applethwaite, donde, aunque humildemente, vivíamos en paz.
Dije que ya había pasado bastante miedo con el ruido del órgano del viejo lord,
pero que después de haber visto con mis propios ojos a aquella niñita que se
quejaba, vestida como no podía estarlo ninguna niña de la vecindad, dando
golpes para que la abrieran y sin que pudiera oírse el menor ruido, con una
oscura herida en el hombro derecho, y de que la señorita Rosamunda había vuelto
a tener noticias del fantasma que casi la había arrastrado a la muerte (cosa
que Dorotea sabía que era verdad), no aguantaría más.
Vi que Dorotea cambiaba de color una o dos veces. Cuando acabé, me dijo
que no creía que pudiera llevarme conmigo a la señorita Rosamunda, pues era
pupila de milord y yo no tenía derechos sobre ella, y me preguntó si iba a
abandonar a la niña que tanto quería sólo por unos ruidos y apariciones que no
podían hacerme daño y a los que todos habían ido acostumbrándose. Yo estaba
emberrenchinada y trémula y contesté que ella podía decir todo aquello porque
sabía qué significaban todas aquellas apariciones y ruidos, y tal vez había
tenido algo que ver con la niña-espectro mientras vivió. Y tanto la llené de
improperios, que acabó contándomelo todo. Y entonces deseé que no lo hubiera
hecho, pues sólo sirvió para dejarme más atemorizada que nunca. Dijo que había
oído contar aquella historia a varios vecinos viejos que vivían cuando ella se
casó, cuando las gentes iban algunas veces al vestíbulo, antes de que
adquiriera tan mala fama en el país, y que podía o no podía ser verdad lo que
la habían contado.
El viejo lord fue el padre de la señorita Furnivall —la señorita Gracia,
la llamaba Dorotea—, pues la mayor era la señorita Maude y señorita Furnivall
por derecho. El viejo lord rebosaba orgullo, jamás se había visto un hombre tan
orgulloso. Y sus hijas se le parecían. No había hombre digno de casarse con
ellas, y eso que tenían dónde escoger, pues en su tiempo fueron notables
bellezas, según podía verse por sus retratos mientras estuvieron colgados en la
sala. Pero como dice el antiguo proverbio, «Dios abate al orgulloso», y
aquellas dos bellezas altaneras se enamoraron del mismo hombre, y él no era más
que un músico extranjero que su padre había traído de Londres para que tocase
en la casa solariega. Pues sobre todas las cosas, después de su orgullo, lo que
más amaba el viejo lord era la música. Sabía tocar casi todos los instrumentos
conocidos y, aunque parezca extraño, esto no le suavizaba el carácter, sino que
era un viejo cruel y duro, que, según decían, había destrozado el corazón de su
pobre esposa. La música le volvía loco y daba por ella lo que le pidieran.
Y así fue como hizo venir a aquel extranjero cuya música era tan bella
que, según decían, hasta los pájaros suspendían sus cantos en los árboles para
escucharle. Y poco a poco aquel músico extranjero alcanzó tal ascendiente sobre
el viejo lord, que éste llegó a no poder prescindir de que le visitara todos
los años, y fue él quien hizo traer de Holanda el gran órgano y colocarlo en el
vestíbulo, donde ahora está. Enseñó al viejo lord a tocarlo; pero muchas,
muchísimas veces, mientras lord Furnivall no pensaba más que en su maravilloso
órgano y en su aún más maravillosa música, el moreno extranjero paseaba por los
bosques con una de las jóvenes: unas veces con la señorita Maude, otras con la
señorita Gracia.
Venció la señorita Maude y se llevó el premio; y él y ella se casaron en
secreto y antes de que él repitiera su visita anual, ella había dado a luz una
niña en una granja de los Páramos, mientras su padre y la señorita Gracia la
creían en las carreras de Doncaster. Pero, aunque esposa y madre, no se
dulcificó lo más mínimo, sino que siguió tan altiva y violenta como siempre; o
tal vez más, pues tenía celos de la señorita Gracia, a la que su extranjero
esposo hacía la corte... para cegarla, según decía él a su esposa.
Pero la señorita Gracia triunfó sobre la señorita Maude, y la señorita
Maude se volvió cada vez más áspera, tanto para con su esposo como para con su
hermana, y el primero, que podía sacudirse fácilmente de lo que le desagradaba
e irse a ocultar al extranjero, se marchó aquel verano un mes antes de lo
acostumbrado y medio amenazó con que no volvería más. Mientras tanto, la niña
quedó en la granja y su madre acostumbraba a hacerse ensillar el caballo y
galopar desesperadamente sobre las colinas para verla, al menos una vez por
semana, pues cuando quería, quería, y cuando odiaba, odiaba. Y el viejo lord
seguía tocando y tocando el órgano y los criados creían que la dulce música que
tocaba había amansado su terrible carácter, del cual (decía Dorotea) se podían
contar historias terribles. Además se puso achacoso y tuvo que usar una muleta.
Y su hijo, es decir, el padre del actual lord Furnivall, estaba en
América sirviendo en el ejército, y el otro hijo estaba en el mar, así que la
señorita Maude podía hacer lo que quería, y ella y la señorita Gracia eran cada
vez más frías y más hostiles una para la otra, hasta que acabaron por no
hablarse más que cuando el viejo estaba presente. El músico extranjero volvió
al verano siguiente, pero fue por última vez, pues tal vida le hicieron llevar
con sus celos y pasiones que se cansó y se marchó y no volvió a saberse de él.
Y la señorita Maude, que siempre había tenido intención de dar a conocer su
matrimonio a la muerte de su padre, quedó entonces abandonada, sin que nadie
supiera que se había casado, con una hija que no se atrevía a reconocer, aunque
la amaba con locura, y viviendo con un padre que temía y una hermana que
odiaba.
Cuando pasó el verano siguiente y el moreno extranjero no se presentó,
tanto la señorita Maude como la señorita Gracia se pusieron sombrías y tristes;
estaban ojerosas, pero más hermosas que nunca. Luego, poco a poco, la señorita
Maude fue alegrándose, pues su padre estaba cada vez más achacoso y más
ensimismado en su música, y ella y la señorita Gracia vivían casi aparte, en
habitaciones separadas, una en la parte de poniente y otra, la señorita Maude,
en la de mediodía, precisamente en las habitaciones que ahora están cerradas.
Así que pensó que podía tener a su hija consigo y que nadie necesitaba saberlo
más que aquellos que no se atreverían a hablar de ello y se verían obligados a
creer que se trataba, como ella decía, de una niña de un campesino a la que
había tomado afición.
Todo esto, decía Dorotea, se sabía muy bien. Pero lo que pasó después
nadie lo sabía, excepto la señorita Gracia y la señora Stark, que era entonces
su doncella y mucho más amiga suya que su hermana lo había sido nunca. Pero los
criados suponían, por palabras sueltas, que la señorita Maude había derrotado a
la señorita Gracia diciéndole que, mientras el moreno extranjero se había
estado burlando de ella fingiendo amarla, había sido su propio esposo. A partir
de aquel día, el color se retiró para siempre de las mejillas y los labios de
la señorita Gracia y se le oyó decir muchas veces que, tarde o temprano, le
llegaría la venganza. Y la señora Stark estaba siempre espiando las
habitaciones del mediodía. Una noche pavorosa, justamente pasado Año Nuevo,
mientras la nieve se extendía en una capa espesa y profunda y los copos seguían
cayendo como para cegar a cualquiera que estuviera fuera de casa, se oyó un
ruido grande y violento y, sobre él, la voz del viejo lord que maldecía y
juraba de una manera espantosa, y el llanto de una niña, y el orgulloso reto de
una mujer furiosa, y el ruido de un golpe, y un silencio de muerte, y gemidos y
lamentos que morían en la ladera de la colina.
Luego, el viejo lord reunió a todos sus criados y les dijo, con
terribles juramentos, que su hija se había deshonrado y que la había echado de
casa y que así no entraran nunca en el cielo si le facilitaban ayuda o comida o
abrigo. Y mientras tanto la señorita Gracia estuvo en pie a su lado, pálida y
silenciosa como el mármol; y cuando él acabó, exhaló un gran suspiro, como
significando que había dado cima a su obra y alcanzado su fin. Pero el viejo
lord no volvió a tocar el órgano y murió en aquel año; ¡y no es de maravillar!,
pues en la mañana que siguió a aquella noche feroz y espantosa, los pastores,
al bajar la ladera de los Páramos, encontraron a la señorita Maude, perdida la
razón y sonriendo, sentada bajo los acebos, acariciando a una niña muerta que
tenía en el hombro derecho una señal terrible.
—Pero no fue el golpe lo que la mató —dijo Dorotea—. Fueron la helada y
el frío. ¡Todos los animales del monte estaban en su agujero y todas las
bestias en su aprisco, mientras la niña y su madre fueron arrojadas a vagar por
los Páramos! ¡Y ya lo sabes todo! —y me preguntó si tenía menos miedo ahora.
Tenía más miedo que nunca, pero dije que no. Deseé hallarme con la
señorita Rosamunda lejos para siempre de aquella horrible casa, pero ni quería
dejarla ni me atrevía a llevármela, ahora que ¡cómo la cuidaba y vigilaba!
Echábamos los cerrojos a las puertas y cerrábamos las contraventanas una hora o
más antes de oscurecer, prefiriéndolo a dejarlas abiertas cinco minutos
demasiado tarde. Pero mi señorita seguía oyendo llorar y lamentarse a la niña
sobrenatural, y por más que hacíamos y le decíamos, no podíamos hacerla
desistir en su deseo de abrir para protegerla contra el cruel viento y contra
la nieve. Mientras tanto, me mantenía todo lo alejada que podía de la señorita
Furnivall y la señora Stark, pues les tenía miedo... sabía que no podían tener
nada bueno, con aquellos rostros macilentos y severos y aquellos ojos
desvariados que miraban hacia los horribles años pasados. Pero incluso en mi
miedo, sentía una especie de compasión, al menos por la señorita Furnivall. Los
que se han hundido en el abismo no pueden tener una mirada más desesperada que
la que se veía siempre en sus ojos. Finalmente, hasta llegué a apiadarme tanto
de aquella mujer (que nunca pronunciaba una palabra más que cuando se veía
obligada a hacerlo), que rezaba por ella, y enseñé a la señorita Rosamunda a
pedir por una persona que había cometido un pecado mortal. Pero a menudo, al
llegar a estas palabras, la niña, que estaba de rodillas, se quedaba escuchando
y se levantaba diciendo:
—Oigo a mi niñita que llora y se lamenta muy tristemente. ¡Ay!, ¡ábrela
o morirá!
Una noche, justamente pasado, por fin, Año Nuevo, oí tocar tres veces la
campana de la sala, que era la señal convenida para llamarme. No quería dejar
sola a la señorita Rosamunda, que estaba dormida, pues el viejo lord había
estado tocando con más frenesí que nunca y temía que mi cielito se despertara
oyendo a la niña espectro; en cuanto a verla, sabía que no podría, pues había
cerrado muy bien las ventanas para ello. Así que la saqué de la cama,
envolviéndola en las ropas que encontré más a mano, y me la llevé a la sala,
donde las viejas señoras estaban sentadas trabajando en su tapiz, como de
costumbre. Cuando llegué levantaron los ojos y la señora Stark preguntó,
completamente asombrada, por qué había llevado allí a la señorita Rosamunda,
sacándola de su cama caliente. Yo había empezado a musitar:
—Porque tenía miedo de que, en mi ausencia, fuera arrastrada por la niña
salvaje de la nieve...
Cuando me detuvo (con una mirada a la señorita Furnivall) y dijo que la
señorita Furnivall quería que deshiciera unas puntadas que habían hecho mal y
que ellas no veían a deshacer. Así que dejé a mi precioso cielito en el sofá y
me senté en un taburete al lado de las señoras, con el corazón hostil hacia
ellas, mientras oía al viento que rugía y bramaba. La señorita Rosamunda dormía
profundamente, a pesar de lo que soplaba el viento, y la señorita Furnivall no
decía ni una palabra, ni miraba a su alrededor cuando las ráfagas sacudían las
ventanas. De repente se puso de pie y levantó una mano, como indicándonos que
escuchásemos.
—¡Oigo voces! —dijo—. ¡Oigo terribles gritos! ¡Oigo la voz de mi padre!
Justamente en aquel momento, mi cielito se despertó sobresaltada:
—¡Mi niñita está llorando! ¡Oh, cómo llora! —e intentó levantarse para
reunirse con ella. Pero los pies se le engancharon en la manta y yo la detuve,
porque se me abrían las carnes ante estos sonidos que ellas podían oír y
nosotras no. Al cabo de uno o dos minutos, los ruidos se acercaron y se
agruparon y llegaron a nuestros oídos: también nosotras distinguimos voces y
gritos y dejamos de oír el viento invernal que bramaba afuera.
La señora Stark me miró y yo la miré a ella, pero no nos atrevimos a
pronunciar palabra. De repente, la señorita Furnivall se dirigió a la puerta y
atravesando el pequeño vestíbulo de poniente, abrió la puerta del gran
vestíbulo. La señora Stark la siguió y yo no me atreví a quedarme atrás, aunque
tenía el corazón casi paralizado de miedo. Tomé estrechamente a mi cielito en
los brazos y las seguí. En el vestíbulo, los gritos eran más fuertes que nunca;
parecían venir del ala de mediodía... cada vez más cerca... más cerca, al otro
lado de las puertas cerradas... justo tras ellas. Luego me di cuenta de que la
gran lámpara de bronce estaba toda encendida, aunque el vestíbulo permanecía
oscuro, y que un fuego ardía en la gran chimenea, aunque no desprendía calor. Y
me estremecí de terror y apreté más a mi cielito junto a mí. Pero al hacerlo,
la puerta de mediodía se estremeció, y ella gritó fíe repente, luchando para
desembarazarse de mí:
—¡Ester, tengo que ir! ¡Mi niñita está ahí!, ¡la oigo!, ¡viene! ¡Ester,
tengo que ir!
La sostuve con todas mis fuerzas, la sostuve con voluntad resuelta.
Aunque hubiera muerto, mis manos no la hubieran soltado, tan decidida estaba a
sujetarla. La señorita Furnivall se mantenía en pie escuchando y sin hacer caso
de mi cielito, que estaba en el suelo, y que yo sujetaba, puesta de rodillas,
rodeándole el cuello con ambos brazos, mientras ella seguía forcejeando y
llorando por desasirse. De repente, la puerta del mediodía se abrió con
estrépito, como si la empujaran violentamente, y en aquella luz clara y
misteriosa se destacó la figura de un hombre viejo y alto, de cabello gris y
ojos relampagueantes. Empujaba ante sí, con implacables gestos de odio, a una
mujer hermosa y altanera que llevaba a una niña que se pegaba a su traje.
—¡Oh Ester, Ester! —exclamó la señorita Rosamunda—. ¡Es la señora! ¡La
señora de debajo de los acebos! y mi niñita está con ella. ¡Tiran de mí hacia
ellas!... lo noto... ¡debo ir!
De nuevo casi se crispó en sus esfuerzos para soltarse, pero yo la
sostenía más y más fuerte, hasta que temí hacerle daño, prefiriéndolo a dejarla
correr hacia aquellos terribles fantasmas. Éstos se dirigieron a la puerta del
gran vestíbulo, donde el viento aullaba reclamando su presa, pero antes de
llegar a ella, la señora se volvió y pude ver que desafiaba al anciano con un
reto fiero y orgulloso; y luego se acobardó, y levantó los brazos desesperada y
lastimosamente para proteger a su hija —su hijita— del golpe de la muleta que
él había levantado.
Y la señorita Rosamunda, como herida por una fuerza mayor que la mía, se
retorció en mis brazos y sollozó (pues ya entonces mi pobre cielito iba
desfalleciendo).
—¡Quieren que vaya con ellas a los Páramos! ¡Me arrastran hacia ellas!
¡Oh, niñita mía! ¡Iría, pero la cruel, la mala de Ester me tiene agarrada muy
fuerte!
Pero cuando vio la muleta levantada se desmayó, y yo di gracias a Dios
por ello. En aquel preciso momento, cuando el viejo alto, con el cabello
flameante como la ráfaga de un horno, iba a pegar a la niña que temblaba, la
señorita Furnivall, la mujer vieja que estaba a mi lado, gritó:
—¡Oh padre, padre! ¡Perdona a la niñita inocente!
Pero justamente entonces, vi —vimos todas— cómo tomaba forma otro
fantasma, destacándose en la luz azulada y brumosa que llenaba el vestíbulo. No
la habíamos visto hasta entonces, y era otra dama, que estaba de pie junto al
viejo, con una mirada de odio inexorable y de triunfante desprecio. Aquella
figura era muy agradable de mirar, con su sombrero blanco inclinado sobre las
orgullosas sienes y sus labios rojos y fruncidos. Iba vestida con un traje de
raso azul. Yo la había visto antes. Era el retrato de la señorita Furnivall en
su juventud.
Y los terribles fantasmas avanzaron, sin hacer caso de la desesperada
súplica de la señorita Furnivall, la vieja... y la levantada muleta cayó sobre
el hombro derecho de la niña, mientras la hermana menor miraba, sin inmutarse y
mortalmente serena.
Pero en aquel momento desaparecieron las oscuras luces y el fuego que no
daba calor, y he aquí que la señorita Furnivall yacía a nuestros pies, herida
de muerte.
¡Sí! Aquella noche fue llevada a su cama para no levantarse más. Yacía
con el rostro hacia la pared, musitando por lo bajo, pero musitando siempre:
—¡Ay!, ¡ay! ¡Lo que se hace en la juventud, no puede deshacerse en la
vejez! ¡Lo que se hace en la juventud, no puede deshacerse en la vejez!
__________________________
Elizabeth Gaskell (1810-1865)

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