© Libro N° 10007. El Cuchillo. Arthur, Robert. Emancipación. Junio 11 de 2022.
Título
original: ©
The Knife , Robert Arthur (1909-1969)
Versión Original: © El Cuchillo.
Robert Arthur
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Robert Arthur
El Cuchillo
Robert
Arthur
Edward Dawes reprimió su curiosidad tanto como pudo; luego se ladeó,
acomodándose en la silla opuesta a Herbert Smithers. Inclinando sobre la mesa
su gran humanidad, observó al otro hombre, que limpiaba con cuidado el objeto
que tenía en las manos. Era un cuchillo, evidentemente. Lo que ya no parecía
tan evidente era que Smithers pusiera tanta atención en él, en las condiciones
en que se encontraba.
Edward Dawes tomó el vaso de cerveza y esperó a que Smithers hablara.
Como Smithers continuaba ignorándole, Dawes se bebió la cerveza y dejó de mala
forma el vaso sobre la mesa.
—Ese cuchillo no vale nada —dijo con desdén—. Ni siquiera merece que se
limpie.
—¡Oh! —exclamó Smithers, y, delicadamente, continuó quitando con la uña
el barro acumulado en el objeto encontrado por él.
—¿Qué es? —preguntó Gladys, la camarera de Los Tres Robles, con
curiosidad, mientras recogía los vasos vacíos colocados delante de los dos
hombres.
—Es un cuchillo —concedió Smithers—. Un cuchillo raro y antiguo, que me
pertenece porque lo encontré.
Ahora le tocó a míster Dawes exclamar:
—¡Oh!
—Creo que es de valor —dijo dirigiéndose a todo el local, aunque en él
no había más personas que ellos tres.
—A mí no me parece que tenga valor alguno —dio Gladys, francamente—.
Parece una cosa vieja, mohosa y llena de barro, que debiera tirarse al
basurero, de donde ha salido seguramente.
El silencio de Smithers era más elocuente que las palabras. Dejando el
filo, mojó con saliva la punta de un pañuelo sucio y limpió con ella una
pequeña marca escarlata que tenía el final del mango aún manchado. La mota se
agrandó, surgiendo de la suciedad como una piedra tallada, con reflejos
rojizos.
—¡Vaya, si es una joya! —exclamó Gladys, repentinamente interesada—.
¡Miren cómo brilla! ¡A lo mejor es buena!
—Otra cerveza, por favor —dijo Smithers punzante.
Gladys se alejó de la mesa. El balanceo de sus bien contorneadas caderas
gritaba su falta de interés; pero la mirada que echó por encima del hombro
revelaba que el balanceo de sus caderas era una forma de negar la evidencia.
—¡Una joya!
En el desdén de Dawes había ahora un grado más profundo, y se inclinó
hacia adelante para observar cómo limpiaba Smithers.
—¡No lo creo verosímil!
—¿Y cómo lo sabe? —preguntó Smithers, con lógica aplastante.
Echó una bocanada de vaho sobre la piedra roja, la pulimentó con la
manga y la alzó para mirarla y admirarla. Guiñaba y fulguraba como un ojo rojo
pareciendo reunir en sí todos los destellos del fuego de la chimenea que se
hallaba en un rincón detrás de la mesa.
—Probablemente es un rubí —observó, con la tranquilidad y la dignidad
propias del que acaba de hacerse rico.
—¡Un rubí!
Dawes pareció extrañarse de la palabra.
—¿Desde cuándo un cuchillo, con un rubí bueno en su mango, va a estar
tirado en la calle para que uno se lo encuentre?
—No estaba —respondió, lacónico, Smithers.
Tomó de nuevo el cuchillo y comenzó otra vez a limpiar el barro de las
hendiduras del complicado labrado del mango.
—Lo encontré en un montón de escombros, donde están limpiando las
alcantarillas, en la parte baja de la calle Dorset. Seguramente llevaba allí
muchos años.
Su cuerpecito se irguió dentro de sus ajadas ropas; sus delgados labios
se apretaron.
—Observe el moho y el barro que tiene —dijo—. Eso prueba que estuvo allí
mucho tiempo. Cualquiera sabe quién lo perdió.
De mala gana, Dawes estuvo conforme con esa afirmación.
—Además, tiene buen acero —añadió—. Con moho y todo, corta bien.
—Hace un minuto solamente —señaló Smithers— decía usted que no valía la
pena que lo limpiara.
Habiendo quitado el barro suficiente para que se viera un corto y
labrado mango y una larga hoja de forma triangular, dejó que sus manos
acariciaran el alma. El mango se deslizó por el cuenco de su mano con toda
naturalidad. Lo balanceó, jugueteando con él.
—Parece como si formara parte de mí —observó soñador—. Me transmite una
especie de tibieza a lo largo de todo el brazo cada vez que lo sujeto. Me
produce un cosquilleo, como si tuviera electricidad.
—Déjeme a mí —sugirió Dawes, olvidando ya todo desdén.
Smithers frunció el ceño y retiró las manos.
—¡Es mío! —dijo con una nueva nota de fiereza en la voz—. Nadie más que
yo lo tocará.
Jugueteó otra vez con él, dando puñaladas al aire, y la piedra roja del
mango despedía fuego.
La delgada y puntiaguda cara de Smithers estaba arrebolada, como si
reflejase la luz de la chimenea, y se bamboleó, igual que si estuviese
borracho.
—Vale mucho —dijo con descaro—. Es un cuchillo raro, un cuchillo
antiguo, con un rubí bueno en el mango. Lo encontré, y es mío.
Gladys puso dos vasos sobre la mesa, olvidando por completo limpiar
maquinalmente su parte superior. Smithers manipulaba el cuchillo con destreza,
tratando de extraer de la piedra del mango los más brillantes reflejos
posibles, y Gladys lo miraba con ojos de codicia.
—Tal vez sea un rubí bueno —dijo—. Deje que le eche una mirada, querido.
Sus húmedos y largos dedos tocaron la mano de Smithers. El hombrecillo
giró rápidamente y se puso en pie.
—¡No! —gritó—. ¡Es mío! ¿Lo oye?
—Sólo una mirada —insistió Gladys ansiosamente—. Prometo devolvérselo.
Ella le siguió, intentando engatusarle, y la arrugada cara de Smithers
se puso terriblemente roja.
—¡Le digo a usted que es mío! —gritó, en el colmo de la ira—. Ninguna
cara bonita lo arrancará de mis manos. ¿Lo oye? ¿Lo oye?
A continuación, los tres, incluida Gladys, cayeron en un silencio mortal
mientras miraban, transfigurados, al ojo rojo que, de repente, se encontró a
escasos centímetros del corazón de Gladys. Los dedos de Smithers continuaban
agarrando el mango.
Los ojos de Gladys se desorbitaron.
—¡Me ha apuñalado! —exclamó lenta pero claramente—. ¡Me ha apuñalado!
Y sin hacer otro ruido, a excepción del ronquido que salió de su
garganta, se desplomó. Su cuerpo cayó al suelo con tal fuerza que se estremeció
la habitación, llenando el vacío. Un corto reguero de sangre manó de su pecho y
se extendió rápidamente.
Pero aun eso no cambió, por el momento, la posición de los dos hombres:
Smithers, en pie, con el cuchillo en la mano tras la caída de Gladys, y Dawes,
medio levantado de su silla, con las manos apoyadas sobre la mesa y la barbilla
recogida.
El poder de la palabra retornó primero al pequeño basurero.
—¡Yo no lo hice! —gritó angustiado—. ¡Yo no lo hice! ¡Fue el cuchillo
quien la apuñaló! ¡Ésa es la verdad! ¡Se lo digo yo! ¡Me fue imposible
detenerlo!
Recobrando su dominio, arrojó al suelo el cuchillo y, girando sobre sus
talones, se dirigió tambaleándose hacia la puerta y se marchó.
Edward Dawes se movió al fin. Jadeando, como si acabara de hacer un
largo recorrido corriendo, se irguió. El cuchillo yacía a sus pies. Escuchó. No
se oía ruido, ni gritos. Se agachó. Cuando se irguió de nuevo, llevaba en la
mano el cuchillo.
Mecánicamente, su mirada se dirigió a la puerta, volviendo luego al
cuchillo. Limpió la hoja con la mitad de su periódico de la tarde. Luego, lo
envolvió en la otra mitad. Un instante después avanzaba, cauteloso, hacia la
salida.
Su plan, formulado sin una idea consciente, era muy sencillo. La casa de
huéspedes regentada por su mujer se hallaba justamente enfrente, en la otra
acera. Desde allí telefonearía a la Policía. Se llevaba el cuchillo como
prueba. Cuando llegase la Policía, se lo entregaría, sin la piedra del mango,
claro está. Si Smithers, al ser detenido, la mencionaba, Dawes juraría que la
piedra se habría desprendido del mango y perdido cuando el cuchillo fue
arrojado al suelo.
¿Quién demostraría lo contrario?
Aún jadeando, Edward Dawes empezó a extraer la piedra roja y brillante
con la punta de una navaja. Estaba en la cocina, sólo a un paso de donde se
hallaba el teléfono. Acaso tuviera tres minutos solamente antes que la Policía
acudiera a su llamada. Trabajaba con el sudor corriéndole por la frente y
palpitándole el corazón, como si estuviese realizando un esfuerzo supremo.
Dos minutos más. Los engarces que sujetaban la piedra eran gruesos. Se
le escurrió la navaja y se cortó. Maldijo por lo bajo, y continuó trabajando.
La sangre de su herida hacía resbaladizos sus dedos, y un minuto después, el
cuchillo se le escapaba de entre las manos, cayendo al suelo. La hoja del acero
produjo una nota musical.
Dawes se agachó. Su gordura dificultaba sus movimientos. Trató de
recoger el cuchillo. Pero éste le eludió, alejándose unos centímetros.
Transcurrió un minuto. Dawes le siguió, y lo tenía ya en sus manos cuando entró
su esposa, parándose justamente en el umbral de la puerta.
—Edward —dijo, chillona—, te oí telefonear hace un momento. ¿Qué
tontería es esa que estabas contando sobre un crimen en Los Tres Robles?
Mientras él se erguía, ella se dio cuenta de la escena: su arrebolada y
furiosa cara, el cuchillo en sus manos, la sangre escurriendo por sus dedos.
—¡Edward! —gritó—. ¡Tú has matado a alguien! ¡Tú has matado a alguien!
Dawes dio un paso hacia ella. En sus oídos sonaba una extraña
cancioncilla y un calorcito le subía por el brazo. Ante sus ojos flotó una
neblina rojiza, ocultándole a su esposa.
—¡Cállate, condenada loca! —gritó.
Su gruesa esposa se quedó callada, a excepción de un sollozo ahogado que
parecía querer abrirse paso a través de su garganta. Entonces se aclaró la
neblina roja, y Edward Dawes vio que su esposa yacía en el suelo, con el mango
del cuchillo surgiendo de su gordezuelo y blanco cuello, justamente debajo de
la barbilla. El ojo rojo le estaba guiñando, entreteniéndose de tal forma que
no oyó la llamada en la puerta de la calle, ni un momento después el ruido que
hizo al abrirse, ni las pisadas de los pesados pies del agente cruzando el
vestíbulo.
—Éste es, señor —dijo el sargento Tobins con respetuoso tono a un
inspector muy alto—. Mató a dos mujeres en diez minutos. Lo utilizaron dos
hombres diferentes. Ambos dicen que no saben por qué lo hicieron.
Sonrió, como si decir eso fuera una cosa que nadie creería.
—¡Hum!
El inspector, un hombre callado alto y delgado, dio vueltas al cuchillo
entre sus dedos, delicadamente.
—Por lo que veo, es un trabajo realizado por los indios. Del siglo
dieciséis o diecisiete.
—¡Apunte eso, señorita Mapes!
La mujer de mediana edad que se hallaba al lado del inspector asintió
con la cabeza.
—Sí, sargento.
E hizo unas anotaciones en su cuadernillo.
—Lo han limpiado, inspector Frayne —aventuró el sargento Tobins—. No hay
huellas digitales. De todas formas, ambos confesaron.
—¿La piedra —preguntó el inspector señalando el mango—, es buena?
—Es un rubí bastante bueno —dijo el sargento—. Aunque está mal tallado.
En el centro tiene una burbuja, del tamaño de una gota de sangre —tosió
suavemente—, como una lágrima, diría.
El inspector Frayne continuaba dando vueltas al objeto. Con el lápiz
preparado, la señorita Mapes esperaba.
—Es una rareza genuina, de todas formas —dijo Frayne—. Me alegro que me
pidiese usted que lo examinase. Seguramente, ha sido traído a este país por uno
de nuestros soldados, después de la rebelión de Sepoy. Ya sabe usted que, a
continuación de eso, se llevaron a cabo varios saqueos.
El lápiz de la señorita Mapes escribía sin descanso.
—Lo encontraron entre la basura que sacaron de unas alcantarillas,
¿verdad? —preguntó el inspector—. Y allí estuvo mucho tiempo, eso es evidente.
¿Quién de ellos lo encontró: Dawes o Smithers?
—Smithers, señor. Cosa curiosa: estaba limpiándolo, no hacía ni una hora
que lo había encontrado, cuando apuñaló a la camarera. Luego, lo tomó Dawes y,
diez minutos después, hería con él a su esposa en el cuello. Y ambos dijeron lo
mismo cuando los interrogamos.
—Sí, ¿eh? ¿Y qué dijeron?
—Dijeron que experimentaron una extraña sensación de calor cuando
tomaron el cuchillo. Que todo sucedió repentinamente, como si se encolerizaran
con las mujeres. Ellos no sabían por qué se encolerizaron, pero fue así, y en
seguida, las mujeres cayeron muertas. Dijeron —el sargento Tobins se permitió
una sonrisa— que no sabían cómo lo hicieron, que el cuchillo actuó solo,
mientras lo tenían sujeto.
—Dijeron eso, ¿eh? ¡Dios santo! —exclamó el inspector contemplando el
cuchillo con interés—. Sargento, ¿dónde estaba la alcantarilla de donde sacaron
este cuchillo?
—En la calle Dorset, señor —respondió el sargento Tobins—, cerca de la
esquina de la calle Comercial.
—¿Dice usted la calle Dorset? —la voz del inspector Frayne era punzante
y sus ojos brillaban—. ¡Por Júpiter! Me gustaría saber…
Ni Tobins ni miss Mapes le interrumpieron en sus pensamientos. Tras unos
instantes, Frayne volvió a meter el cuchillo en su caja, que estaba sobre el
escritorio de Tobins.
—He sido víctima de una pesadilla —dijo, sonriendo—. Ese cuchillo…
Bueno, ¿sabe usted lo que sucedió en la calle Dorset hace ya muchísimos años?
El sargento Tobins afirmó con la cabeza.
—Creo haber leído algo sobre eso —dijo—. Pero no puedo recordar en
dónde.
—Se menciona en uno de los más gruesos legajos archivados en nuestro
Departamento de Información: en noviembre de mil ochocientos ochenta y cinco
asesinaron brutalmente a una mujer… con un cuchillo, en Millers Courts, junto a
la calle Dorset. Su nombre era Marie Kelley.
El sargento Tobins le miró.
—Ahora lo recuerdo —exclamó—. ¡Jack el Destripador!
—Exactamente. Creo que fue su último crimen. El último de doce. Todas
mujeres. Al parecer, sentía un odio feroz hacia las mujeres. Y he estado
jugando con la idea de un asesino corriendo desde ese lugar, al caer la tarde,
con un cuchillo manchado de sangre en la mano. He podido verle tirándolo a una
alcantarilla mientras huía, para permanecer allí hasta ahora. Bueno, como
decía, una pesadilla.
El sargento Tobins miró la puerta cerrada; luego, se volvió.
—El inspector tendría mucho éxito si escribiera novelas policíacas
—dijo, tras la salida de su jefe, y sonrió—. ¡Tiene excelente información para
hacerlo!
Tomó el cuchillo, lo agarró firmemente y empezó a dar puñaladas al aire.
—¡Tenga cuidado, señorita Mapes! —dijo, de excelente humor— ¡Jack el
Destripador!
La señorita Mapes se rió entre dientes.
—¡Vaya, vaya! —exclamó—. Permítame que lo vea, sargento Tobins. No le
importa, ¿verdad?
Los dedos de la secretaria lo tocaron. El sargento Tobins retiró la mano
bruscamente. Se le arreboló la cara, y una terrible ira se apoderó de él cuando
le tocó la mano de miss Mapes. Fue algo incontenible. Sin embargo, cuando miró
su ingenua y entrañable cara, la ira quedó apaciguada por el agradable y
hormigueante calorcillo que se apoderó de su brazo derecho y de su puño. Y,
cuando dio un ligero paso hacia ella, sonó en sus oídos, alta, alta y lejana,
una extraña y dulce cancioncilla.
¿O fue el sollozo de una mujer?
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Robert Arthur (1909-1969)

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