© Libro N° 10006. El Cuarteto De Cuerdas. Woolf, Virginia. Emancipación. Junio 11 de 2022.
Título
original: ©
The String Quartet, Virginia Woolf
(1882-1941)
Versión Original: © El Cuarteto De Cuerdas. Virginia
Woolf
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Virginia Woolf
El Cuarteto De Cuerdas
Virginia
Woolf
Bueno, aquí estamos, y si lanzas una ojeada a la estancia, advertirás
que el ferrocarril subterráneo y los tranvías y los autobuses, y no pocos
automóviles privados, e, incluso me atrevería a decir, landos con caballos
bayos, han estado trabajando para esta reunión, trazando líneas de un extremo
de Londres al otro. Sin embargo, comienzo a albergar dudas...
Sobre si es verdad, tal como dicen, que Regent Street está floreciente,
y que el Tratado se ha firmado, y que el tiempo no es frío si tenemos en cuenta
la estación, e incluso que a este precio ya no se consiguen pisos, y que el
peor momento de la gripe ha pasado; si pienso en que he olvidado escribir con
referencia a la gotera de la despensa, y que me dejé un guante en el tren; si
los vínculos de sangre me obligan, inclinándome al frente, a aceptar
cordialmente la mano que quizá me ofrecen dubitativamente...
—¡Siete años sin vernos!
—La última vez fue en Venecia.
—¿Y dónde vives ahora?
—Bueno, es verdad que prefiero que sea a última hora de la tarde, si no
es pedir demasiado...
—¡Pero yo te he reconocido al instante!
—La guerra representó una interrupción...
Si la mente está siendo atravesada por semejantes dardos —y debido a que
la sociedad humana así lo impone—, tan pronto uno de ellos ha sido lanzado, ya
hay otro en camino; si esto engendra calor, y además han encendido la luz
eléctrica; si decir una cosa deja detrás, en tantos casos, la necesidad de
mejorar y revisar, provocando además arrepentimientos, placeres, vanidades y
deseos; si todos los hechos a que me he referido, y los sombreros, y las pieles
sobre los hombros, y los fracs de los caballeros, y las agujas de corbata con
perla, es lo que surge a la superficie, ¿qué posibilidades tenemos?
¿De qué? Cada minuto se hace más difícil decir por qué, a pesar de todo,
estoy sentada aquí creyendo que no puedo decir qué, y ni siquiera recordar la
última vez que ocurrió.
—¿Viste la procesión?
—El rey me pareció frío.
—No, no, no. Pero, ¿qué decías?
—Que ha comprado una casa en Malmesbury.
—¡Vaya suerte encontrarla!
Contrariamente, tengo la fuerte impresión de que esa mujer, sea quien
fuere, ha tenido muy mala suerte, ya que todo es cuestión de pisos y de
sombreros y de gaviotas, o así parece ser, para este centenar de personas aquí
sentadas, bien vestidas, encerradas entre paredes, con pieles, repletas, y
conste que de nada puedo alardear por cuanto también yo estoy pasivamente
sentada en una dorada silla, limitándome a dar vueltas y revueltas a un
recuerdo enterrado, tal como, todos hacemos, por cuanto hay indicios, si no me
equivoco, de que todos estamos recordando algo, buscando algo furtivamente.
¿Por qué inquietarse? ¿Por qué tanta ansiedad acerca de la parte de los
mantos correspondiente al asiento; y de los guantes, si abrochar o desabrochar?
Y mira ahora esa anciana cara, sobre el fondo del oscuro lienzo, hace un
momento cortés y sonrosada; ahora taciturna y triste, cual ensombrecida. ¿Ha
sido el sonido del segundo violín, siendo afinado en la antesala? Ahí vienen.
Cuatro negras figuras, con sus instrumentos, y se sientan de cara a los blancos
rectángulos bajo el chorro de luz; sitúan los extremos de sus arcos sobre el
atril; con un simultáneo movimiento los levantan; los colocan suavemente en
posición, y, mirando al intérprete situado ante él, el primer violín cuenta
uno, dos, tres...
¡Floreo, fuente, florecer, estallido! El peral en lo alto de la montaña.
Chorros de fuente; gotas descienden. Pero las aguas del Ródano se deslizan
rápidas y hondas, corren bajo los arcos, y arrastran las hojas caídas al agua,
llevándose las sombras sobre el pez de plata, el pez moteado es arrastrado
hacia abajo por las veloces aguas, y ahora impulsado en este remanso donde —es
difícil esto— se aglomeran los peces, todos en un remanso; saltando,
salpicando, arañando con sus agudas aletas; y tal es el hervor de la corriente
que los amarillos guijarros se revuelven y dan vueltas, vueltas, vueltas,
vueltas —ahora liberados—, y van veloces corriente abajo e incluso, sin que se
sepa cómo, ascienden formando exquisitas espirales en el aire; se curvan como
delgadas cortezas bajo la copa de un plátano; y suben, suben...
¡Cuan bella es la bondad de aquellos que, con paso leve, pasan sonriendo
por el mundo! ¡Y también en las viejas pescaderas alegres, en cuclillas bajo
arcos, viejas obscenas, que ríen tan profundamente y se estremecen y balancean,
al andar, de un lado para otro, ju, ja!
—Mozart de los primeros tiempos, claro está...
—Pero la melodía, como todas estas melodías, produce desesperación,
quiero decir esperanza. ¿Qué quiero decir? ¡Esto es lo peor de la música!
Quiero bailar, reír, comer pasteles de color de rosa, beber vino leve y con
mordiente. O, ahora, un cuento indecente... me gustaría. A medida que una entra
en años, le gusta más la indecencia. ¡Ja, ja! Me río. ¿De qué?
—No has dicho nada, ni tampoco el anciano caballero de enfrente. Pero
supongamos, supongamos... ¡Silencio!
El melancólico río nos arrastra. Cuando la luna sale por entre las
lánguidas ramas del sauce, veo tu cara, oigo tu voz, y el canto del pájaro
cuando pasamos junto al mimbral. ¿Qué murmuras? Pena, pena. Alegría, alegría.
Entretejidos, como juncos a la luz de la luna. Entretejidos, sin que se puedan
destejer, entremezclados, atados con el dolor, liados con la pena, ¡choque!
La barca se hunde. Alzándose, las figuras ascienden, pero ahora,
delgadas como hojas, afilándose hasta convertirse en un tenebroso espectro que,
coronado de fuego, extrae de mi corazón sus mellizas pasiones. Para mí canta,
abre mi pena, ablanda la compasión, inunda de amor el mundo sin sol, y tampoco,
al cesar, cede en ternura, sino que hábil y sutilmente va tejiendo y
destejiendo, hasta que en esta estructura, esta consumación, las grietas se
unen; ascienden, sollozan, se hunden para descansar, la pena y la alegría.
¿Por qué apenarse? ¿Qué quieres? ¿Sigues insatisfecha? Diría que todo ha
quedado «n reposo. Sí, ha sido dejado en descanso bajo un cobertor de pétalos
de rosa que caen. Caen. Pero, ah, se detienen. Un pétalo de rosa, que cae desde
una enorme altura, como un diminuto paracaídas arrojado desde un globo
invisible, da la vuelta sobre sí mismo, se estremece, vacila. No llegará hasta
nosotros.
—No, no, no he notado nada. Esto es lo peor de la música, esos tontos
ensueños. ¿Decías que el segundo violín se ha retrasado?
—Ahí va la vieja señora Munro, saliendo a tientas. Cada día está más
ciega, la pobre. Y con este suelo resbaladizo.
Ciega ancianidad, esfinge de gris cabeza... Ahí está, en la acera,
haciendo señas, tan severamente, al autobús rojo.
—¡Delicioso! ¡Pero qué bien tocan! ¡Qué — qué — qué!
La lengua no es más que un badajo. La mismísima simplicidad. Las plumas
del sombrero contiguo son luminosas y agradables, como una matraca infantil. La
hoja del plátano destella en verde por la rendija de la cortina. Muy extraño,
muy excitante.
—¡Qué — qué — qué! ¡Silencio!
Estos son los enamorados sobre el césped.
—Señora, si me permite que tome su mano...
—Señor, hasta mi corazón le confiaría. Además hemos dejado los cuerpos
en la sala del banquete. Y eso que está sobre el césped son las sombras de
nuestras almas.
—Entonces, esto son abrazos de nuestras almas.
Los limoneros se mueven dando su asentimiento. El cisne se aparta de la
orilla y flota ensoñado hasta el centro de la corriente.
—Pero, volviendo a lo que hablábamos. El hombre me siguió por el pasillo
y, al llegar al recodo, me pisó los encajes del viso. ¿Y qué otra cosa podía
hacer sino gritar ¡Ah!, pararme y señalar con el dedo? Y entonces desenvainó la
espada, la esgrimió como si con ella diera muerte a alguien, y gritó: ¡Loco!
¡Loco! ¡Loco! Ante lo cual, yo grité, y el príncipe, que estaba escribiendo en
el gran libro de pergamino, junto a la ventana del mirador, salió con su capelo
de terciopelo y sus zapatillas de piel, arrancó un estoque de la pared —regalo
del rey de España, ¿sabe?—, ante lo cual yo escapé, echándome encima esta capa
para ocultar los destrozos de mi falda, para ocultar... ¡Escuche! ¡Las trompas!
El caballero contesta tan aprisa a la dama, y la dama sube la escalinata
con tal ingenioso intercambio de cumplidos que ahora culminan con un sollozo de
pasión, que no cabe comprender las palabras a pesar de que su significado es
muy claro —amor, risa, huida, persecución, celestial dicha—, todo ello surgido,
como flotando, de las más alegres ondulaciones de tierno cariño, hasta que el
sonido de las trompas de plata, al principio muy a lo lejos, se hace
gradualmente más y más claro, como si senescales saludaran al alba o anunciaran
temiblemente la huida de los enamorados...
El verde jardín, el lago iluminado por la luna, los limoneros, los
enamorados y los peces se disuelven en el cielo opalino, a través del cual,
mientras a las trompas se unen las trompetas, y los clarines les dan apoyo, se
alzan blancos arcos firmemente asentados en columnas de mármol... Marcha y
trompeteo. Metálico clamor y clamoreo. Firme asentamiento. Rápidos cimientos.
Desfile de miríadas. La confusión y el caos bajan a la tierra. Pero esta ciudad
hacia la que viajamos carece de piedra y carece de mármol, pende eternamente,
se alza inconmovible, y tampoco hay rostro, y tampoco hay bandera, que reciba o
dé la bienvenida.
Deja pues que tu esperanza perezca; abandono en el desierto mi alegría;
avancemos desnudos. Desnudas están las columnatas, a todos ajenas, sin
proyectar sombras, resplandecientes, severas. Y entonces me vuelvo atrás,
perdido el interés, deseando tan sólo irme, encontrar la calle, fijarme en los
edificios, saludar a la vendedora de manzanas, decir a la doncella que me abre
la puerta: Noche estrellada.
—Buenas noches, buenas noches. ¿Va en esta dirección?
—Lo siento, voy en la otra.
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Virginia Woolf (1882-1941)

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