© Libro N° 10005. El Crimen Del Otro. Quiroga, Horacio. Emancipación. Junio 11 de 2022.
Título
original: ©
El Crimen Del Otro. Horacio Quiroga
(1878-1937)
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Horacio Quiroga
El Crimen Del Otro
Horacio
Quiroga
Las aventuras que voy a contar datan de cinco años atrás. Yo salía
entonces de la adolescencia. Sin ser lo que se llama un nervioso, poseía en el
más alto grado la facultad de gesticular, arrastrándome a veces a extremos de
tal modo absurdos que llegué a inspirar, mientras hablaba, verdaderos
sobresaltos. Este desequilibrio entre mis ideas —las más naturales posibles— y
mis gestos —los más alocados posibles—, divertían a mis amigos, pero sólo a
aquellos que estaban en el secreto de esas locuras sin igual. Hasta aquí mis
nerviosismos y no siempre. Luego entra en acción mi amigo Fortunato, sobre
quien versa todo lo que voy a contar.
Poe era en aquella época el único autor que yo leía. Ese maldito loco
había llegado a dominarme por completo; no había sobre la mesa un solo libro
que no fuera de él. Toda mi cabeza estaba llena de Poe, como si la hubieran
vaciado en el molde de Ligeia.
¡Ligeia! ¡Qué adoración tenía por este cuento! Todos e intensamente:
Valdemar, que murió siete meses después; Dupin, en procura de la carta robada;
las Sras. de Espanaye, desesperadas en su cuarto piso; Berenice, muerta a
traición, todos, todos me eran familiares. Pero entre todos, El barril de
Amontillado me había seducido como una cosa íntima mía: Montresor, El Carnaval,
Fortunato, me eran tan comunes que leía ese cuento sin nombrar ya a los
personajes; y al mismo tiempo envidiaba tanto a Poe que me hubiera dejado
cortar con gusto la mano derecha por escribir esa maravillosa intriga.
Sentado en casa, en un rincón, pasé más de cuatro horas leyendo ese
cuento con una fruición en que entraba sin duda mucho de adverso para
Fortunato. Dominaba todo el cuento, pero todo, todo, todo. Ni una sonrisa por
ahí, ni una premura en Fortunato se escapaba a mi perspicacia. ¿Qué no sabía ya
de Fortunato y su deplorable actitud?
A fines de diciembre leí a Fortunato algunos cuentos de Poe. Me escuchó
amistosamente, con atención sin duda, pero a una legua de mi ardor. De aquí que
al cansancio que yo experimenté al final, no pudo comparársele el de Fortunato,
privado durante tres horas del entusiasmo que me sostenía.
Esta circunstancia de que mi amigo llevara el mismo nombre que el del
héroe del El barril de Amontillado me desilusionó al principio, por la
vulgarización de un nombre puramente literario; pero muy pronto me acostumbré a
nombrarle así, y aun me extralimitaba a veces llamándole por cualquier
insignificancia: tan explícito me parecía el nombre. Si no sabía el “barril” de
memoria, no era ciertamente porque no lo hubiera oído hasta cansarme. A veces
en el calor del delirio le llamaba a él mismo Montresor, Fortunato, Luchesi,
cualquier nombre de ese cuento; y esto producía una indescriptible confusión de
la que no llegaba a coger el hilo en largo rato.
Difícilmente me acuerdo del día en que Fortunato me dio pruebas de un
fuerte entusiasmo literario. Creo que a Poe puédese sensatamente atribuir ese
insólito afán, cuyas consecuencias fueron exaltar a tal grado el ánimo de mi
amigo que mis predilecciones eran un frío desdén al lado de su fanatismo. ¿Cómo
la literatura de Poe llegó a hacerse sensible en la ruda capacidad de
Fortunato? Recordando, estoy dispuesto a creer que la resistencia de su
sensibilidad, lucha diaria en que todo su organismo inconscientemente entraba
en juego, fue motivo de sobra para ese desequilibrio, sobre todo en un ser tan
profundamente inestable como Fortunato.
En una hermosa noche de verano se abrió a mi alma en esta nueva faz.
Estábamos en la azotea, sentados en sendos sillones de tela. La noche cálida y
enervante favorecía nuestros proyectos de errabunda meditación. El aire estaba
débilmente oloroso por el gas de la usina próxima. Debajo nuestro clareaba la
luz tranquila de las lámparas tras los balcones abiertos. Hacia el este, en la
bahía, los farolillos coloridos de los buques cargaban de cambiantes el agua
muerta como un vasto terciopelo, fósforos luminosos que las olas mansas
sostenían temblando, fijos y paralelos a lo lejos, rotos bajo los muelles. El
mar, de azul profundo, susurraba en la orilla. Con las cabezas echadas atrás,
las frentes sin una preocupación, soñábamos bajo el gran cielo lleno de estrellas,
cruzado solamente de lado a lado —en aquellas noches de evolución naval— por el
brusco golpe de luz de un crucero en vigilancia.
—¡Qué hermosa noche! —murmuró Fortunato—. Se siente uno más irreal, leve
y vagante como una boca de niño que aún no ha aprendido a besar...
Gustó la frase, cerrando los ojos.
—El aspecto especial de esta noche —prosiguió— tan quieta, me trae a la
memoria la hora en que Poe llevó al altar y dio su mano a lady Rowena
Tremanión, la de ojos azules y cabellos de oro. Tremanión de Tremaine. Igual
fosforescencia en el cielo, igual olor a gas...
Meditó un momento. Volvió la cabeza hacia mí, sin mirarme:
—¿Se ha fijado en que Poe se sirve de la palabra locura, ahí donde su
vuelo es más grande? En Ligeia está doce veces.
No recordaba haberla visto tanto, y se lo hice notar.
—¡Bah! No es cuestión de que la ponga tantas veces, sino de que en
ciertas ocasiones, cuando va a subir muy alto, la frase ha hecho ya notar esa
disculpa de locura que traerá consigo el vuelo de poesía.
Como no comprendía claramente, me puse de pie, encogiéndome de hombros.
Comencé a pasearme con las manos en los bolsillos. No era la única vez que me
hablaba así. Ya dos días antes había pretendido arrastrarme a una
interpretación tan novedosa de El Cameleopardo que hube de mirarle con
atención, asustado de su carrera vertiginosa. Seguramente había llegado a
sentir hondamente; ¡pero a costa de qué peligros!
Al lado de ese franco entusiasmo, yo me sentía viejo, escudriñador y
malicioso. Era en él un desborde de gestos y ademanes, una cabeza lírica que no
sabía ya cómo oprimir con la mano la frente que volaba. Hacía frases. Creo que
nuestro caso se podía resumir en la siguiente situación: en un cuarto donde
estuviéramos con Poe y sus personajes, yo hablaría con éste, de éstos, y en el
fondo Fortunato y los héroes de las Historias extraordinarias charlarían
entusiasmados de Poe. Cuando lo comprendí recobré la calma, mientras Fortunato
proseguía su vagabundaje lírico sin ton ni son:
—Algunos triunfos de Poe consisten en despertar en nosotros viejas
preocupaciones musculares, dar un carácter de excesiva importancia al
movimiento, tomar al vuelo un ademán cualquiera y desordenarlo insistentemente
hasta que la constancia concluya por darle una vida bizarra.
—Perdón —le interrumpí—. Niego por lo pronto que el triunfo de Poe
consista en eso. Después, supongo que el movimiento en sí debe ser la locura de
la intención de moverse...
Esperé lleno de curiosidad su respuesta, atisbándole con el rabo del
ojo.
—No sé —me dijo de pronto con la voz velada como si el suave rocío que
empezaba a caer hubiera llegado a su garganta—. Un perro que yo tengo sigue y
ladra cuadras enteras a los carruajes. Como todos. Les inquieta el movimiento.
Les sorprende también que los carruajes sigan por su propia cuenta a los
caballos. Estoy seguro de que si no obran y hablan racionalmente como nosotros,
ello obedece a una falla de la voluntad. Sienten, piensan, pero no pueden
querer. Estoy seguro.
¿Adónde iba a llegar aquel muchacho, tan manso un mes atrás? Su frente
estrecha y blanca se dirigía al cielo. Hablaba con tristeza, tan puro de
imaginación que sentí una tibia fiebre de azuzarle. Suspiré hondamente:
—¡Oh Fortunato! —Y abrí los brazos al mar como una griega antigua.
Permanecí así diez segundos, seguro de que iba a provocarle una
repetición infinita del mismo tema. En efecto, habló, habló con el corazón en
la boca, habló todo lo que despertaba en aquella encrespada cabeza. Antes le
dije algo sobre la locura en términos generales. Creo sobre la facultad de
escapar milagrosamente al movimiento durante el sueño.
—El sueño —siguió— o, más bien dicho, el sueño dentro de un sueño, es un
estado de absoluta locura. Nada de conciencia, esto es, la facultad de
presentarse a sí mismo lo contrario de lo que se está pensando y admitirle como
posible. La tensión nerviosa que rompe las pesadillas tendría el mismo objeto
que la ducha en los locos: el chorro de agua provoca esa tensión nerviosa que
llevará al equilibrio, mientras en el ensueño esa misma tensión quiebra, por
decirlo así, el eje de la locura. En el fondo el caso es el mismo:
prescindencia absoluta de oposición. La oposición es el otro lado de las cosas.
De las dos conciencias que tienen las cosas, el loco o el soñador sólo ve una:
la afirmativa o la negativa. Los cuerdos se acogen primero a la probabilidad,
que es la conciencia loca de las cosas. Por otra parte, los sueños de los locos
son perfectamente posibles. Y esta misma posibilidad es una locura, por dar
carácter de realidad a esa inconsciencia: no la niega, la cree posible.
»Hay casos sumamente curiosos. Sé de un juicio donde el reo tenía en la
parte contraria la acusación de un testigo del hecho. Le preguntaban:
»—¿Ud. vio tal cosa?
»El testigo respondía:
»—Sí.
»Ahora bien, la defensa alegaba que siendo el lenguaje una convención,
era solamente posible que en el testigo la palabra sí expresara afirmación.
Proponía al jurado examinar la curiosa adaptación de las preguntas al
monosílabo del testigo. En pos de éstas, hubiera sido imposible que el testigo
dijera: no (entonces no sería afirmación, que era lo único de que se trataba,
etc., etc.).
¡Valiente Fortunato! Habló todo esto sin respirar, firme con su palabra,
los ojos seguros en que ardían como vírgenes todas estas castas locuras. Con
las manos en los bolsillos, recostado en la balaustrada, le veía discurrir.
Miraba con profunda atención, eso sí, un ligero vértigo de cuando en cuando. Y
aún creo que esta atención era más bien una preocupación mía.
De repente levantamos la cabeza: el foco de un crucero azotó el cielo,
barrió el mar, la bahía se puso clara con una lívida luz de tormenta, sacudió
el horizonte de nuevo, y puso en manifiesto a lo lejos, sobre el agua ardiente
de estaño, la fila inmóvil de acorazados.
Distraído, Fortunato permaneció un momento sin hablar. Pero la locura,
cuando se la estrujan los dedos, hace piruetas increíbles que dan vértigos, y
es fuerte como el amor y la muerte. Continuó:
—La locura tiene también sus mentiras convencionales y su pudor. No
negará Ud. que el empeño de los locos en probar su razón sea una de aquéllas.
Un escritor dice que tan ardua cosa es la razón que aun para negarla es
menester razonar. Aunque no recuerdo bien la frase, algo de ello es. Pero la
conciencia de una meditación razonable sólo es posible recordando que ésta
podría no ser así. Habría comparación, lo que no es posible tratándose de una
solución, uno de cuyos términos causales es reconocidamente loco. Sería tal vez
un proceso de idea absoluta. Pero bueno es recordar que los locos jamás tienen
problemas o hallazgos: tienen ideas.
Continuó con aquella su sabiduría de maestro y de recuerdos despertados
a sazón:
—En cuanto al pudor, es innegable. Yo conocí un muchacho loco, hijo de
un capitán, cuya sinrazón había dado en manifestarse como ciencia química.
Contábanme sus parientes que aquél leía de un modo asombroso, escribía páginas
inacabables, daba a entender, por monosílabos y confidencias vagas, que había
hallado la ineficacia cabal de la teoría atómica (creo se refería en especial a
los óxidos de manganeso. Lo raro es que después se habló seriamente de esas
inconsecuencias del oxígeno). El tal loco era perfectamente cuerdo en lo demás,
cerrándose a las requisitorias enemigas por medio de silbidos, pst y
levantamientos del bigote. Gozaba del triste privilegio de creer que cuantos
con él hablaban querían robarle su secreto. De aquí los prudentes silbidos que
no afirmaban ni negaban nada.
»Ahora bien, yo fui llamado una tarde para ver lo que de sólido había en
esa desvariada razón. Confieso que no pude orientarme un momento a través de su
mirada de perfecto cuerdo, cuya única locura consistía entonces en silbar y
extender suavemente el bigote, pobre cosa. Le hablé de todo, demostré una
ignorancia crasa para despertar su orgullo, llegué hasta exponerle teoría tan
extravagante y absurda que dudé si esa locura a alta presión sería capaz de ser
comprendida por un simple loco. Nada hallé. Respondía apenas:
»—Es verdad... son cosas... pst... ideas... pst... pst...
»Y aquí estaban otra vez las ideas en toda su fuerza.
»Desalentado, le dejé. Era imposible obtener nada de aquel fino
diplomático. Pero un día volví con nuevas fuerzas, dispuesto a dar a toda costa
con el secreto de mi hombre. Le hablé de todo otra vez; no obtenía nada. Al
fin, al borde del cansancio, me di cuenta de pronto de que durante esa y la
anterior conferencia yo había estado muy acalorado con mi propio esfuerzo de
investigación y hablé en demasía; había sido observado por el loco. Me calmé
entonces y dejé de charlar. La cuestión cesó y le ofrecí un cigarro. Al mirarme
inclinándose para tomarle, me alisé los bigotes lo más suavemente que me fue
posible. Dirigióme una mirada de soslayo y movió la cabeza sonriendo. Aparté la
vista, mas atento a sus menores movimientos. Al rato no pudo menos que mirarme de
nuevo, y yo a mi vez me sonreí sin dejar el bigote. El loco se serenó por fin y
habló todo lo que deseaba saber.
»Yo había estado dispuesto a llegar hasta el silbido; pero con el bigote
bastó.
La noche continuaba en paz. Los ruidos se perdían en aislados
estremecimientos, el rodar lejano de un carruaje, los cuartos de hora de una
iglesia, un ¡ohé! en el puerto. En el cielo puro las constelaciones ascendían;
sentíamos un poco de frío. Como Fortunato parecía dispuesto a no hablar más, me
subí el cuello del saco, froté rápidamente las manos, y dejé caer como una bala
perdida:
—Era perfectamente loco.
Al otro lado de la calle, en la azotea, un gato negro caminaba
tranquilamente por el pretil. Debajo nuestro dos personas pasaron. El ruido
claro sobre el adoquín me indicó que cambiaban de vereda; se alejaron hablando
en voz baja. Me había sido necesario todo este tiempo para arrancar de mi
cabeza un sinnúmero de ideas que al más insignificante movimiento se hubieran
desordenado por completo. La vista fija se me iba. Fortunato decrecía,
decrecía, hasta convertirse en un ratón que yo miraba. El silbido desesperado
de un tren expreso correspondió exactamente a ese monstruoso ratón. Rodaba por
mi cabeza una enorme distancia de tiempo y un pesadísimo y vertiginoso girar de
mundos. Tres llamas cruzaron por mis ojos, seguidas de tres dolorosas puntadas
de cabeza. Al fin logré sacudir eso y me volví:
—¿Vamos?
—Vamos. Me pareció que tenía un poco de frío.
Estoy seguro de que lo dijo sin intención; pero esta misma falta de
intención me hizo temer no sé qué horrible extravío.
Esa noche, solo ya y calmado, pensé detenidamente. Fortunato me había
transformado, esto era verdad. ¿Pero me condujo él al vértigo en que me había
enmarañado, dejando en las espinas, a guisa de cándidos vellones de lana,
cuatro o cinco ademanes rápidos que enseguida oculté? No lo creo. Fortunato
había cambiado, su cerebro marchaba aprisa. Pero de esto al reconocimiento de
mi superioridad había una legua de distancia. Este era el punto capital: yo
podía hacer mil locuras, dejarme arrebatar por una endemoniada lógica de gestos
repetidos; dar en el blanco de una ocurrencia del momento y retorcerla hasta
crear una verdad extraña; dejar de lado la mínima intención de cualquier
movimiento vago y acogerse a la que podría haberle dado un loco excesivamente
detallista; todo esto y mucho más podía yo hacer. Pero en estos
desenvolvimientos de una excesiva posesión de sí, virutas de torno que no
impedían un centraje absoluto, Fortunato sólo podía ver trastornos de sugestión
motivados por tal o cual ambiente propicio, de que él se creía sutil
entrenador.
Pocos días más tarde me convencí de ello. Paseábamos. Desde las cinco
habíamos recorrido un largo trayecto: los muelles de Florida, las revueltas de
los pasadizos, los puentes carboneros, la Universidad, el rompeolas que había
de guardar las aguas tranquilas del puerto en construcción, cuya tarjeta de
acceso nos fue acordada gracias al recrudecimiento de amistad que en esos días
tuvimos con un amigo nuestro —ahora de luto— estudiante de ingeniería.
Fortunato gozaba esa tarde de una estabilidad perfecta, con todas sus nuevas
locuras, eso sí, pero tan en equilibrio como las del loco de un manicomio
cualquiera. Hablábamos de todo, los pañuelos en las manos, húmedos de sudor. El
mar subía al horizonte, anaranjado en toda su extensión; dos o tres nubes de
amianto erraban por el cielo purísimo; hacia el cerro de negro verdoso, el sol
que acababa de trasponerlo circundábalo de una aureola dorada.
Tres muchachos cazadores de cangrejos pasaron a lo largo del muro.
Discutieron un rato. Dos continuaron la marcha saltando sobre las rocas con el
pantalón a la rodilla; el otro se quedó tirando piedras al mar. Después de
cierto tiempo exclamé, como en conclusión de algún juicio interno provocado por
la tal caza:
—Por ejemplo, bien pudiera ser que los cangrejos caminaran hacia atrás
para acortar las distancias. Indudablemente el trayecto es más corto.
No tenía deseos de descarrilarle. Dije eso por costumbre de dar vuelta a
las cosas. Y Fortunato cometió el lamentable error de tomar como locura mía lo
que era entonces locura completamente del animal, y se dejó ir a corolarios por
demás sutiles y vanidosos.
Una semana después Fortunato cayó. La llama que temblaba sobre él se
extinguió, y de su aprendizaje inaudito, de aquel lindo cerebro desvariado que
daba frutos amargos y jugosos como las plantas de un año, no quedó sino una
cabeza distendida y hueca, agotada en quince días, tal como una muchacha que
tocó demasiado pronto las raíces de la voluptuosidad. Hablaba aún, pero
disparataba. Si tomaba a veces un hilo conductor, la misma inconsciente
crispación de ahogado con que se sujetaba a él, le rompía. En vano traté de
encauzarle, haciéndole notar de pronto con el dedo extendido y suspenso para
lavar ese imperdonable olvido, el canto de un papel, una mancha diminuta del
suelo. Él, que antes hubiera reído francamente conmigo, sintiendo la absoluta
importancia de esas cosas así vanidosamente aisladas, se ensañaba ahora de tal
modo con ellas que les quitaba su carácter de belleza únicamente momentánea y
para nosotros.
Puesto así fuera de carrera, el desequilibrio se acentuó en los días
siguientes. Hice un último esfuerzo para contener esa decadencia volviendo a
Poe, causa de sus exageraciones. Pasaron los cuentos, Ligeia, El doble crimen,
El gato negro. Yo leía, él escuchaba. De vez en cuando le dirigía rápidas
miradas: me devoraba constantemente con los ojos, en el más santo entusiasmo.
No sintió absolutamente nada, estoy seguro. Repetía la lección demasiado
sabida, y pensé en aquella manera de enseñar a bailar a los osos, de que hablan
los titiriteros avezados; Fortunato ajustaba perfectamente en el marco del
organillo. Deseando tocarle con fuego, le pregunté, distraído y jugando con el
libro en el aire:
—¿Qué efecto cree Ud. que le causaría a un loco la lectura de Poe?
Locamente temió una estratagema por el jugueteo con el libro, en que
estaba puesta toda su penetración.
—No sé. Y repitió: no sé, no sé, no sé —bastante acalorado.
—Sin embargo, tiene que gustarles. ¿No pasa eso con toda narración
dramática o de simple idea, ellos que demuestran tanta afición a las
especulaciones? Probablemente viéndose instigados en cualquier corazón delator
se desencadenarán por completo.
—¡Oh! no —suspiró—. Lo probable es que todos creyeran ser autores de
tales páginas. O simplemente, tendrían miedo de quedarse locos —Y se llevó la
mano a la frente, con alma de héroe.
Suspendí mis juegos malabares. Con el rabo del ojo me enviaba una
miradilla vanidosa. Pretendía afrontarlo y me desvié. Sentí una sensación de
frío adelgazamiento en los tobillos y el cuello; me pareció que la corbata,
floja, se me desprendía.
—¡Pero está loco! —le grité levantándome con los brazos abiertos—. ¡Está
loco! —grité más.
Hubiera gritado mucho más pero me equivoqué y saqué toda la lengua de
costado. Ante mi actitud, se levantó evitando apenas un salto, me miró de
costado, acercóse a la mesa, me miró de nuevo, movió dos o tres libros, y fue a
fijar cara y manos contra los vidrios, tocando el tambor. Entretanto yo estaba
ya tranquilo y le pregunté algo. En vez de responderme francamente, dio vuelta
un poco la cabeza y me miró a hurtadillas, si bien con miedo, envalentonado por
el anterior triunfo. Pero se equivocó. Ya no era tiempo, debía haberlo
conocido. Su cabeza, en pos de un momento de loca inteligencia dominadora, se
había quebrado de nuevo.
Un mes siguió. Fortunato marchaba rápidamente a la locura, sin el
consuelo de que ésta fuera uno de esos anonadamientos espirituales en que la
facultad de hablar se convierte en una sencilla persecución animal de las
palabras. Su locura iba derecha a un idiotismo craso, imbecilidad de negro que
pasea todas las mañanas por los patios del manicomio su cara pintada de blanco.
A ratos atareábame en apresurar la crisis, descargándome del pecho, a grandes
maneras, dolores intolerables; sentándome en una silla en el extremo opuesto
del cuarto, dejaba caer sobre nosotros toda una larga tarde, seguro de que el
crepúsculo iba a concluir por no verme. Tenía avances. A veces gozaba
haciéndose el muerto, riéndose de ello hasta llorar. Dos o tres veces se le
cayó la baba. Pero en los últimos días de febrero le acometió un irreparable
mutismo del que no pude sacarle por más esfuerzos que hice. Me hallé entonces
completamente abandonado. Fortunato se iba, y la rabia de quedarme solo me
hacía pensar en exceso.
Una noche de estas, le tomé del brazo para caminar. No sé adonde íbamos,
pero estaba contentísimo de poder conducirle. Me reía despacio sacudiéndole del
brazo. Él me miraba y se reía también, contento. Una vidriera, repleta de
caretas por el inminente carnaval, me hizo recordar un baile para los próximos
días de alegría, del que la cuñada de Fortunato me había hablado con
entusiasmo.
—Y Ud., Fortunato, ¿no se disfrazará?
—Sí, sí.
—Entiendo que iremos juntos.
—Divinamente.
—¿Y de qué se disfrazará?
—¿Me disfrazaré?
—Ya sé —agregué bruscamente—: de Fortunato.
—¿Eh? —rompió éste, enormemente divertido.
—Sí, de eso.
Y le arranqué de la vidriera. Había hallado una solución a mi inevitable
soledad, tan precisa, que mis temores sobre Fortunato se iban al viento como un
pañuelo. ¿Me iban a quitar a Fortunato? Está bien. ¿Yo me iba a quedar solo?
Está bien. ¿Fortunato no estaba a mi completa disposición? Está bien. Y sacudía
en el aire mi cabeza tan feliz. Esta solución podía tener algunos puntos
difíciles; pero de ella lo que me seducía era su perfecta adaptación a una
famosa intriga italiana, bien conocida mía, por cierto, y sobre todo la gran
facilidad para llevarla a término. Seguí a su lado sin incomodarle. Marchaba un
poco detrás de él, cuidando de evitar las junturas de las piedras para caminar
debidamente: tan bien me sentía.
Una vez en la cama, no me moví, pensando con los ojos abiertos. En
efecto, mi idea era ésta: hacer con Fortunato lo que Poe hizo con Fortunato.
Emborracharle, llevarle a la cueva con cualquier pretexto, reírse como un
loco... ¡Qué luminoso momento había tenido! Los disfraces, los mismos nombres.
Y el endemoniado gorro de cascabeles... Sobre todo: ¡qué facilidad! Y por
último un hallazgo divino: como Fotunato estaba loco, no tenía necesidad de
emborracharlo
A las tres de la mañana supuse próxima la hora. Fortunato, completamente
entregado a galantes devaneos, paseaba del brazo a una extraviada Ofelia, cuya
cola, en sus largos pasos de loca, barría furiosamente el suelo.
Nos detuvimos delante de la pareja.
—¡Y bien, querido amigo! ¿No es Ud. feliz en esta atmósfera de
desbordante alegría?
—Sí, feliz —repitió Fortunato alborozado.
Le puse la mano sobre el corazón:
—¡Feliz como todos nosotros!
El grupo se rompió a fuerza de risas. Mi amplio ademán de teatro las
había conquistado. Continué:
—Ofelia ríe, lo que es buena señal. Las flores son un fresco rocío para
su frente. La tomé la mano y agregué: —¿no siente Ud. en mi mano la Razón Pura?
Verá Ud., curará, y será otra en su ancho, pesado y melancólico vestido
blanco... Y a propósito, querido Fortunato: ¿no le evoca a Ud. esta galante
Ofelia una criatura bien semejante en cierto modo? Fíjese Ud. en el aire, los
cabellos, la misma boca ideal, el mismo absurdo deseo de vivir sólo por la
vida... perdón —concluí volviéndome—: son cosas que Fortunato conoce bien.
Fortunato me miraba asombrado, arrugando la frente. Me incliné a su oído
y le susurré apretándole la mano:
—¡De Ligeia, mi adorada Ligeia!
—¡Ah, sí, ah sí! —y se fue. Huyó al trote, volviendo la cabeza con
inquietud como los perros que oyen ladrar no se sabe dónde.
A las tres y media marchábamos en dirección a casa. Yo llevaba la cabeza
clara y las manos frías; Fortunato no caminaba bien. De repente se cayó, y al
ayudarle se resistió tendido de espaldas. Estaba pálido, miraba ansiosamente a
todos lados. De las comisuras de sus labios pendientes caían fluidas babas. De
pronto se echó a reír. Le dejé hacer un rato, esperando fuera una pasajera
crisis de que aún podría volver.
Pero había llegado el momento; estaba completamente loco, mudo y sentado
ahora, los ojos a todos lados, llorando a la luz de la luna en gruesas,
dolorosas e incesantes lágrimas, su asombro de idiota.
Le levanté como pude y seguimos la calle desierta. Caminaba apoyado en
mi hombro. Sus pies se habían vuelto hacia adentro.
Estaba desconcertado. ¿Cómo hallar el gusto de los tiernos consejos que
pensaba darle a semejanza del otro, mientras le enseñaba con prolija amistad mi
sótano, mis paredes, mi humedad y mi libro de Poe, que sería el tonel en
cuestión? No habría nada, ni el terror al fin cuando se diera cuenta. Mi
esperanza era que reaccionase, siquiera un momento para apreciar debidamente la
distancia a que nos íbamos a hallar. Pero seguía lo mismo. En cierta calle una
pareja pasó al lado nuestro, ella tan bien vestida que el alma antigua de
Fortunato tuvo un tardío estremecimiento y volvió la cabeza. Fue lo último. Por
fin llegamos a casa. Abrí la puerta sin ruido, le sostuve heroicamente con un
brazo mientras cerraba con el otro, atravesamos los dos patios y bajamos al sótano.
Fortunato miró todo atentamente y quiso sacarse el frac, no sé con qué objeto.
En el sótano de casa había un ancho agujero revocado, cuyo destino en
otro tiempo ignoro del todo. Medía tres metros de profundidad por dos de
diámetro. En días anteriores había amontonado en un rincón gran cantidad de
tablas y piedras, apto todo para cerrar herméticamente una abertura. Allí
conduje a Fortunato, y allí traté de descenderle. Pero cuando le cogí de la
cintura se desasió violentamente, mirándome con terror. ¡Por fin! Contento, me
froté las manos. Toda mi alma estaba otra vez conmigo. Me acerqué sonriendo y
le dije al oído, con cuanta suavidad me fue posible:
—¡Es el pozo, mi querido Fortunato!
Me miró con desconfianza, escondiendo las manos.
—Es el pozo... ¡el pozo, querido amigo!
Entonces una luz pálida le iluminó los ojos. Tomó de mi mano la vela, se
acercó cautelosamente al hueco, estiró el cuello y trató de ver el fondo. Se
volvió, interrogante.
—¿...?
—¡El pozo! —concluí, abriendo los brazos. Su vista siguió mi ademán.
—¡Ah, no!
Me reí entonces, y le expresé claramente bajando las manos:
—¡El pozo!
Era bastante. Esta concreta idea: el pozo, concluyó por entrar en su
cerebro completamente aislada y pura. La hizo suya: era el pozo. Fue feliz del
todo. Nada me quedaba casi por hacer. Le ayudé a bajar, y aproximé mi
seudocemento. En pos de cada acción acercaba la vela y le miraba.
Fortunato se había acurrucado, completamente satisfecho. Una vez me
chistó.
—¿Eh? —me incliné. Levantó el dedo sagaz y lo bajó perpendicularmente.
Comprendí y nos reímos con toda el alma.
De pronto me vino un recuerdo y me asomé rápidamente:
—¿Y el nitro? —Callé enseguida. En un momento eché encima las tablas y
piedras. Ya estaba cerrado el pozo y Fortunato dentro. Me senté entonces,
coloqué la vela al lado y como El Otro, esperé.
—¡Fortunato!
Nada: ¿Sentiría?
Más fuerte:
—¡Fortunato!
Y un grito sordo, pero horrible, subió del fondo del pozo. Di un salto,
y comprendí entonces, pero locamente, la precaución de Poe al llevar la espada
consigo. Busqué un arma desesperadamente: no había ninguna. Tomé la vela y la
estrellé contra el suelo. Otro grito subió, pero más horrible. A mi vez aullé:
—¡Por el amor de Dios!
No hubo ni un eco. Aún subió otro grito y salí corriendo y en la calle
corrí dos cuadras. Al fin me detuve, la cabeza zumbando.
¡Ah, cierto! Fortunato estaba metido dentro de su agujero y gritaba.
¿Habría filtraciones? Seguramente en el último momento palpó claramente lo que
se estaba haciendo... ¡Qué facilidad para encerrarlo! El pozo... era su pasión.
El otro Fortunato había gritado también. Todos gritan, porque se dan cuenta de
sobra. Lo curioso es que uno anda más ligero que ellos...
Caminaba con la cabeza alta, dejándome ir a ensueños en que Fortunato
lograba salir de su escondrijo y me perseguía con iguales asechanzas... ¡Qué
sonrisa más franca la suya!... Presté oído... ¡Bah! Buena había sido la idea de
quien hizo el agujero. Y después la vela...
Eran las cuatro. En el centro barrían aún las últimas máquinas. Sobre
las calles claras la luna muerta descendía. De las casas dormidas quién sabe
por qué tiempo, de las ventanas cerradas, caía un vasto silencio. Y continué mi
marcha gozando las últimas aventuras con una fruición tal que no sería extraño
que yo a mi vez estuviera un poco loco.
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Horacio Quiroga (1878-1937)

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