© Libro N° 10012. El Cuerpo Infeliz. Dunsany, Lord. Emancipación. Junio 11 de 2022.
Título
original: ©
The Unhappy Body; Lord Dunsany
(1878-1957)
Versión Original: © El Cuerpo Infeliz. Lord Dunsany
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Lord Dunsany
El Cuerpo Infeliz
Lord
Dunsany
—¿Por qué no bailas y te solazas con nosotros? —le decían a cierto
cuerpo.
Y el cuerpo confesó su tribulación. Dijo:
—Estoy unido a un alma feroz y violenta que es sobremanera tiránica y no
me deja reposo, y me arrastra fuera de las danzas de los míos para hacerme
trabajar en su detestable obra, y no me deja hacer las cosas menudas que
complacerían a la gente que amo, sino que sólo cuida de agradar a la posteridad
cuando haya concluido conmigo entregándome a los gusanos; y entre tanto, hace
absurdas demandas de afecto a los que están cerca de mí, y es demasiado
orgullosa para apreciarlo cuando se le da menos de lo que pide, así que
aquellos que serian bondadosos para mí me odian.
Y el cuerpo infeliz rompió a llorar.
Y le dijeron:
—Ningún cuerpo sensible se cuida de su alma. Un alma es poca cosa y no
ha de gobernar a un cuerpo. Tú debes beber y fumar hasta que deje de afligirte.
Pero el cuerpo no hacía más que llorar y decir:
—La mía es un alma espantosa. La he arrojado fuera de mí un rato con la
bebida. Mas pronto volverá. ¡Ay, pronto volverá!-
Y el cuerpo fuese a acostar anhelando reposo, porque estaba adormilado
por la bebida. Mas cuando el sueño se le acercaba, levantó los ojos, y allí
estaba su alma sentada en el alféizar de la ventana, como nebulosa llama de
luz, mirando a la calle.
—Ven —dijo aquel alma tirana— y mira a la calle.
—Necesito dormir —dijo el cuerpo.
—Pero la calle es una bella cosa —dijo el alma con vehemencia—. Cien
personas están soñando en ella.
—Estoy enfermo por falta de descanso —dijo el cuerpo.
—No importa —dijo el alma—. Hay millones como tu en la tierra, y
millones y millones que vendrán. Los sueños de la gente vagan a campo traviesa;
cruzan mares y montañas de maravilla, guiándose por sus almas en los
intrincados pasos; vienen a los templos de oro que resuenan con miles de
campanas; suben empinadas calles que alumbran farolillos de papel, donde las
puertas son verdes y pequeñas; conocen el camino de las cámaras de los
hechiceros y de los castillos encantados; saben el hechizo que los atrae a las
calzadas a través de las montañas de marfil. Si miran a un lado y hacia abajo,
contemplan los campos de su juventud, y al otro se extienden las radiantes
planicies del futuro. Levántate y escribe lo que sueña la gente.
—¿Qué recompensa hay para mí —preguntó el cuerpo— si escribo lo que me
pides?
—No hay recompensa —dijo el alma.
—Entonces voy a dormir —dijo el cuerpo.
Y el alma empezó a susurrar una perezosa canción que cantara un joven en
una tierra fabulosa al pasar una ciudad de oro (que guardaban fieros
centinelas), y sabía que su mujer estaba en ella, aunque no era todavía más que
una niña, y sabía por las profecías que feroces guerras aún no empeñadas en
lejanas e ignoradas montañas habrían de rodar sobre él con su polvo y su sed
antes de volver de nuevo a aquella ciudad. El joven cantaba al pasar por la
puerta, y estaba muerto con su mujer hacía cien años.
—No puedo dormir con esa canción abominable —gritó el cuerpo al alma.
—Entonces haz lo que se te manda —replicó el alma.
Y cansado el cuerpo, tomó otra vez la pluma. Entonces habló el alma
alegremente en tanto que miraba por la ventana.
—Allí hay una montaña que se alza escarpada sobre Londres, en parte de
cristal y en parte de niebla. A ella van los soñadores cuando se ha apagado el
ruido del tráfico. Al principio apenas pueden soñar a causa del estruendo; pero
antes de media noche se para, gira y se va a marea menguante con todos sus
naufragios. Entonces, los soñadores se levantan y escalan la montaña
fulgurante, y en su cumbre encuentran los galeones del ensueño. De allí navegan
unos rumbo a Oriente, otros a Occidente, unos por el Pasado y otros por el
Futuro, porque los galeones navegan sobre los años como sobre los espacios;
pero casi todos ponen proa al pasado y a las viejas dársenas, porque allá van
los suspiros de los hombres y los navíos navegan a su favor, como los
mercaderes bajan costeando el Africa empujados por los perennes vientos
alisios. Todavía veo a los galeones levar ancla tras ancla; las estrellas
fulguran entre ellos; los navíos deslízanse fuera de la noche; sus proas van
resplandecientes hacia el crepúsculo del recuerdo, y la noche pronto queda
lejos, una negra nube que cuelga baja, y débilmente salpicada de estrellas,
como el puerto y la ribera de una tierra baja vista a lo lejos con las luces de
su puerto.
Uno tras otro, el alma, sentada junto a la ventana, relató los sueños.
Contó de tropicales selvas vistas por desdichados hombres que no pueden salir
de Londres, ni nunca podrán; selvas que hacía de súbito maravillosas el canto
de una ave de paso que cruza volando hacia desconocidos lugares y cantando un
canto desconocido. Vio a los viejos bailando ligeramente al son de los pífanos
de los elfos hermosas danzas con vírgenes quiméricas, toda la noche, sobre
montañas imaginarias, a la luz de la luna; oía a lo lejos la música de
rutilantes primaveras; vio la hermosura de las yemas del manzano caídas acaso
hacía treinta años; oyó viejas voces, viejas lágrimas tornaban brillando; la
Leyenda sentábase encapotada y coronada sobre las lomas del sur, y el alma la
conoció.
Uno a uno contó los sueños de todos los que dormían en aquella calle. A
veces deteníase para denostar al cuerpo porque trabajaba mal y perezosamente.
Sus ateridos dedos escribían tan veloces como podían, pero el alma no reparaba
en ello. Y así transcurrió la noche, hasta que oyó el alma tintinear por el
cielo de Oriente las pisadas de la mañana.
—Mira ahora —dijo el alma— la alborada que temen los soñadores.
Comienzan a palidecer las velas luminosas de los galeones insumergibles; los
marineros que los gobiernan tornan al mito y la fábula; la marea del tráfico
vuelve ahora a subir, y va escondiendo sus pálidos naufragios, y viene por
oleadas con su tumulto a la pleamar. Ya los destellos del sol flamean en los
golfos tras el Oriente del mundo; los dioses lo han visto desde el palacio
crepuscular que han levantado sobre el amanecer; calientan las manos a su llama
cuando fluye por sus arcos resplandecientes antes de tocar el mundo; allí están
todos los dioses que han sido y todos los dioses que serán; siéntanse allí a la
mañana, cantando y alabando al Hombre.
—Estoy entumecido y helado por falta de sueño —dijo el cuerpo.
—Tendrás siglos para dormir —repuso el alma—, pero no puedes dormir
ahora, porque he visto hondas praderas con flores de púrpura llameando altas y
extrañas sobre el brillante césped; rebaños de puros y blancos unicornios que
retozan alegres, y un río que corre con un reluciente galeón en él, todo de
oro, que va de una tierra desconocida a una ignorada isla del mar, para llevar
una canción de un hijo del Rey de las Cumbres a la Reina de la Lontananza.
—Yo te cantaré este canto, y tú has de escribirlo.
—He trabajado años y años para ti —dijo el cuerpo—. Dame ahora siquiera
una noche de descanso, porque estoy fatigado.
—¡Oh, vete y descansa! Estoy harta de ti. Me voy —dijo el alma.
Elevóse y partió no sabemos adónde. Pero al cuerpo lo colocaron en la
tierra, y a la media noche siguiente los espectros de los muertos vinieron
desde sus tumbas para felicitar al cuerpo.
—Aquí eres libre, ya lo sabes —dijeron a su nuevo compañero.
—Ya puedo descansar —dijo el cuerpo.
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Lord Dunsany (1878-1957)

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