© Libro N° 10002. El Corazón Púrpura. Sisk, Herman. Emancipación. Junio 11 de 2022.
Título
original: ©
The Purple Heart, Herman Sisk. (Traducido
Al Español Por Sebastián Beringheli Para El Espejo Gótico)
Versión Original: © El Corazón Púrpura. Herman Sisk
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Herman Sisk
El Corazón Púrpura
Herman
Sisk
Estaba cansado de la niebla que se cernía sobre mí como una mortaja. Me
sentía fatigado hasta el punto del total agotamiento. Desde las primeras horas
de la tarde, el viento frío y la llovizna me habían atravesado la ropa,
congelándome.
El país por el que viajaba, completamente solo, era un lugar desolado,
casi despoblado, salvo aquí y allá, donde algunos arbustos raquíticos asumían
formas fantásticas. El aire mismo era opresivo. Por lo que pude ver, había
colinas... nada más que colinas y esos arbustos. De vez en cuando oía el
extraño grito de un animal escondido.
Mientras avanzaba, el presagio de un desastre inminente se apoderó de
mí. Pensé en mi hogar, en mi madre y mi hermana, y me pregunté si estarían
bien. Traté de deshacerme de este estado mental mórbido, pero no pude. Creció a
medida que avanzaba, hasta que se convirtió en lo único en lo que podía pensar.
Había caminado unas quince millas, y estaba tan cansado que apenas podía
mantenerme de pie cuando de repente llegué a una cabaña. El sitio era rústico,
bastante pequeño, que se situaba entre viejos árboles y a cierta distancia de
una carretera poco transitada. Una pequeña ventana y una puerta me observaron a
medida que me acercaba. Ninguna pintura había cubierto nunca los troncos
toscamente tallados de los que estaba hecha, y el sol, el viento y la niebla
habían convertido el delicado tono de la madera virgen en un marrón oscuro.
Sentí que era inútil golpear, ya que la cabaña parecía estar desierta.
Sin embargo, lo hice. Ninguna voz me invitó a entrar, de manera tal que, con un
esfuerzo, abrí la puerta y me tambaleé dentro de la casa. Casi inmediatamente
mis piernas cansadas se doblaron debajo de mí. Al caer me golpeé fuertemente en
la cara.
Cuando recuperé la conciencia observé una habitación áspera, escasamente
amueblada. Había una mesa de mal aspecto, la parte superior de la cual estaba
deformada y de forma rectangular, situada justo en el centro. A un lado había
una silla rústica. Más allá de la mesa había una litera empotrada en la pared;
y sobre ella yacía un hombre con ojos brillantes y una larga barba blanca. Una
gruesa manta gris lo cubría todo menos la cabeza.
—Llegas justo a tiempo —dijo con voz aguda.
Lo miré de cerca.
—No te conozco —le dije.
—Yo tampoco, pero sabía que vendrías.
—¿Estás enfermo y necesitas ayuda? —pregunté.
—No —respondió con su extraño tono monótono—. Pero en esta fecha siempre
viene algún visitante. Ninguno ha regresado. Me apena tener que estar solo en
la noche del aniversario.
Había algo tan extraño en la forma en que me miraba con esos ojos
grandes y llorosos que involuntariamente me estremecí.
—¿Qué aniversario?
—El asesinato de mi padre —respondió—. Sucedió hace muchos años. Un
hombre extraño vino a esta cabaña tal como tú lo has hecho.
Hizo una pausa. No me atreví a decir nada.
—¿Quieres quedarte a pasar la noche? —preguntó.
—Me gustaría, si es posible —respondí.
Un momento después, lo lamenté.
—Muy bien —dijo él, con un ligero movimiento de cabeza—. Esas fueron las
palabras que nos dirigió el extraño. Lo acogimos aquí, sabes. Cuando llegó la
mañana encontré a mi padre muerto allí —rodó los ojos para indicar algún punto
detrás de él—, con una daga en su corazón. Puedes ver la habitación si abres la
puerta detrás de mí.
Lo miré un momento, dudando. Luego fui a la puerta y la abrí. Al mirar
con cautela la otra habitación vi que no había nada más que una litera similar
a la que ocupaba el viejo.
—No tengas miedo —dijo—. Nada te hará daño ahora. Es después de la
medianoche cuando sucede.
—¿Qué cosa sucede? —pregunté.
—No lo sé. No hay dos hombres que tengan la misma experiencia. Todo
depende del estado mental de uno.
—Quieres decir... —comencé.
—Sí —me interrumpió—. Un hombre vio unas manos extendiéndose hacia él y
cuerdas en el aire. Estaba escapando de la horca. Otro vio caras de hermosas
mujeres. Se dirigía a una gran boda en la iglesia. Un tercero vio charcos de
sangre en la nieve. Estaba escapando de una masacre en Rusia.
—¿Vive usted aquí?
—No. Nadie vive aquí. La cabaña está desierta. Vengo cada año para
recibir al invitado de la noche.
—¿No hay otro lugar cerca para quedarse? —pregunté, un repentino miedo
se había apoderado de mí.
—Ninguno. Además, está oscureciendo, y no podrías orientarte con este
clima incluso si pudieras irte.
Había algo siniestro en la forma en que pronunció estas palabras.
—Sí —continuó, como si hubiese podido leer mi línea de pensamientos—,
quizás pienses que puedes ir, todos lo hacen, pero no puedes. Esa es la
maldición que mi padre lanzó sobre esta cabaña. Vengo cada año para asegurarme
que su palabra sea obedecida. Quien entre por esa puerta en esta fecha debe
quedarse hasta la mañana y soportar las agonías que solo el sol puede disipar.
Miré a mi alrededor. Quería asegurarme que fuésemos los únicos seres
vivos en la habitación.
—¿Qué podría evitar que me vaya? —pregunté.
—Intenta hacerlo —respondió, con una extraña nota de alegría en su voz.
Caminé hacia la puerta y di un poderoso tirón. Para mi completo asombro,
estaba cerrada. Lo intenté nuevamente, esta vez con mayor determinación; pero
la puerta permaneció inquebrantable. Un terror repentino me invadió. Me volví
para suplicarle al anciano que me dejara ir, pero él ya no estaba allí.
Miré rápidamente a mi alrededor. No se lo veía por ninguna parte. Corrí
a la otra habitación. Estaba tan vacía como antes. Corrí hacia la puerta y tiré
vigorosamente, pero mis esfuerzos fueron en vano.
Volviendo hasta su litera, la examiné de cerca. Para mi gran asombro, la
pesada manta gris se había ido. Desesperado, intenté una vez más forzar la
puerta por la que había entrado en la cabaña. Seguía siendo tan inflexible como
el hormigón.
La oscuridad cayó rápidamente y la habitación se volvió muy oscura.
Tanteé y descubrí algunos fósforos y una vela en un estante debajo de la mesa.
Encendí una cerilla y encendí la vela. Dejé que un poco de sebo goteara sobre
la mesa para apoyarla allí. Luego me senté al borde de la litera y esperé
ansiosamente los acontecimientos. Pero nada ocurrió para estropear el silencio
sombrío de mi prisión.
Así permanecí hasta que mi reloj señaló las nueve. Mi viaje me había
fatigado mucho, pero mis temores contrarrestaron mi cansancio, de modo que me
mantuve despierto a pesar de ello. Finalmente, sin embargo, mis párpados se
volvieron pesados. Me recosté en la litera dura, tomando la precaución de dejar
la vela encendida. Tenía frío, mis nervios estaban entumecidos, y sentía una
gran necesidad de comida y ropa seca. Pero mi fatiga pronto me venció y me
quedé dormido.
Cuando desperté, una sensación de asfixia y desconcierto se apoderaron
de mí. Mientras que la habitación había estado fría cuando me acosté, ahora
parecía tibia, incluso caliente. Me senté a medias sobre la litera. El cuarto
estaba oscuro. La vela se había apagado.
Me puse de pie de un salto y comencé a caminar hacia la mesa. Entonces
me paralicé ante lo que ví justo enfrente.
En el otro extremo de la habitación había un brillo púrpura con forma de
corazón humano. Estaba estacionado en el aire cuando lo vi, pero casi de
inmediato comenzó a moverse por la habitación Ahora estaba en la ventana. Luego
al lado de la mesa. De nuevo se movió rápida pero silenciosamente hacia el otro
cuarto.
Reuní algo de fuerza para coordinar mis sentiso y me dirigí a tientas
hacia la mesa. Con manos temblorosas, encendí la vela. Para mi sorpresa, casi
no se había consumido. Miré mi reloj. Era la una en punto.
Un momento después, la llama se apagó y volví a estar en la oscuridad
total. Miré salvajemente a mi alrededor. Entonces noté que el corazón púrpura
estaba a mi lado. Retrocedí, aterrorizado, a medida que el corazón se acercaba.
De repente adquirí un coraje sobrehumano. Intenté sujetar al espectro,
espantarlo, pero mis dedos no tocaron nada en el aire. Puse mi mano izquierda
delante de mí, con el brazo extendido, en un vano intento por separar mi rostro
de la cosa.
Entonces se alejó.
Una calma relativa se apoderó de mí, a pesar de que ahora sentía una
presencia en la habitación. Sin ningún temor, y con mano firme, volví a
encender la vela. La llama extinguió casi de inmediato. Obtuve el mismo
resultado, una y otra vez.
Algo rozó mis labios, y un brazo pasó suavemente sobre mis hombros, pero
ya no tenía miedo. La habitación continuó siendo cálidamente acogedora, y una
mayor sensación de paz me invadió. Luego me recosté de nuevo y observé el
corazón púrpura que venía hacia mí y tomaba su lugar en el borde de la litera,
como un ser querido que se sentaba a mi lado.
Debo haberme quedado dormido otra vez, porque no supe nada más hasta que
me despertó la luz del día, y me encontré acostado en medio de la habitación.
No había niebla. El sol brillaba intensamente, y un amplio haz de luz
atravesaba el polvoriento cristal de la ventana. La vela y el fósforo ya no
eran visibles.
De repente pensé en la puerta cerrada. Saltando hacia ella, di un
poderoso tirón. Se abrió fácilmente. Recogí mi gorra del suelo áspero y me
apresuré a la cálida luz del sol.
A poca distancia de mí, un hombre vino caminando penosamente. Era un
tipo robusto, de mediana edad, que vestía toscas ropas de trabajo.
—¿Sabes algo de esa cabaña? —grité, mientras nos acercamos.
—Claro. Está embrujada —respondió. Me miró fijamente—. ¿Estuviste allí
anoche?
Le relaté brevemente mi experiencia.
—¡Eso es extraño! —murmuró—. Pero no me sorprende. Anoche fue la noche.
—¿Qué noche? —exigí.
Hace diez años, un anciano fue asesinado en esa cabaña, y su hijo juró
en su lecho de muerte que regresaría cada aniversario y atraería a alguien a la
cabaña para pasar la noche y torturarlo.
Se estremeció. Su rostro blanco miraba fíjamente la cabaña.
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Herman Sisk.

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