© Libro N° 9467. La Hermana San Sulpicio. Palacio Valdés, Armando. Emancipación.
Enero 8 de 2022.
Título original: © La
Hermana San Sulpicio. Armando Palacio Valdés
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LA HERMANA SAN SULPICIO
Armando Palacio Valdés
La Hermana San Sulpicio
Armando Palacio Valdés
I
A las aguas de Marmolejo.
Quiero contar la historia puntual de un
episodio de mi vida que no deja de ofrecer algún interés; aunque mi impericia
en el arte de escribir quizá llegue a quitárselo. Los sucesos que voy a confiar
al papel son tan recientes, que el eco de sus vibraciones aún no se ha apagado
en mi alma. Esto hará seguramente más confusa la narración. No han tenido
tiempo a depositarse los sedimentos y no es fácil sumergir en esta época
importante de mi vida la mirada y distinguir lo que debe tomarse y dejarse para
hacer comprensivas y gratas estas confidencias. Pero, en cambio, palpitará en
ellas la verdad, y a su mágico influjo tal vez se disipen y se borren las
infinitas manchas que mi pluma habrá dejado caer.
Ante todo, es bien que os informe de quién soy,
cuál es mi patria y mi condición. Estadme atentos.
Confieso que soy gallego, del riñón mismo de
Galicia, pues que nací en un pueblecillo de la provincia de Orense, llamado
Bollo. Mi padre, boticario de este pueblo, no tiene más hijo que yo, y ha
labrado para mí una fortuna que, si en Madrid significa poco, en Bollo nos
constituye casi en potentados. Cursé la segunda enseñanza en Orense, y la
facultad de medicina en Santiago. Mi padre hubiera deseado que fuese
farmacéutico, pero nunca tuve afición a machacar y envolver drogas. Además, en
el instituto de Orense observé que mis compañeros tenían por más noble
ejercicio el de la medicina, y esto me decidió enteramente a desviarme de la
profesión de mi padre. Así que hube terminado la carrera, solicité y obtuve de
él, no sin algún trabajo, la venia para cursar el año del doctorado en Madrid,
y a la Corte me vine, donde en vez de dar consistencia a mis conocimientos, no
muy seguros por cierto, en las ciencias médicas, perdí bastante tiempo en los
cafés, y lo que es aún peor, contraje la funesta manía de la literatura. Quiso
mi suerte que fuese a dar con mis huesos a una casa de huéspedes donde alojaba
también un autor dramático al por menor, esto es, de los que fabrican piezas
para los teatros por horas, el cual me comunicó al punto su inmensa veneración
por el arte de recrear al público durante tres cuartos de hora, y un desprecio
profundo por todo lo que respetaba y ponía sobre la cabeza anteriormente, por
las ciencias exactas y naturales y por los hombres que las profesaban.
Collantes, que así se llamaba el poeta, sonreía, no ya con desprecio, sino con
verdadera lástima, cuando le hablaba de mis sabios maestros de Santiago, y
hasta una vez tuvo la crueldad de tirarme de la lengua en el café delante de
otros compañeros, literatos también, para que desahogase mi entusiasmo por
Tejeiro y otros que a mí me parecían eminentes profesores. Dejáronme hablar
cuanto quise, y cuando más acalorado estaba en el panegírico, soltaron a reír
como locos, con lo cual quedé fuertemente avergonzado y confuso. Después que se
hartaron de reír, pasaron a tratar de sus asuntos de teatro, pero todavía al
despedirse me dijo uno de ellos: «Adiós, Sanjurjo, hasta la vista; otro día
hablaremos con más espacio del Sr. Tejeiro», lo que hizo estallar de nuevo en
carcajadas a sus amigos. La broma llegó al punto de que cuantas veces me
encontraban en la calle, nunca dejaban de preguntarme por la salud de Tejeiro;
y esto duró algunos meses.
No había que hablar a aquellos jóvenes, que se
reunían todas las tardes y todas las noches del año en torno de una mesa del
café Oriental, de otra cosa que de teatros y comediantes. Conocían cuantas
obras dramáticas se habían puesto en escena desde 1830 hasta la fecha, y un
sabueso no rastreaba mejor la liebre que ellos las semejanzas o filiación de
las que se estrenaban en los teatros de la Corte. Eran peritísimos en el arte
de hacer reír al público con pisotones en los callos, derrumbamiento de sombreros,
tropezones, baños de agua fría con un vaso que se derrama, y otros recursos
análogos que jamás dejan de producir dichoso resultado en el teatro. Sobre
todo, algunos de ellos eran habilísimos para formar un enredo, haciendo
previamente tontos a todos los personajes por medio de una serie de
equivocaciones chistosísimas, hasta que al final uno de ellos, iluminado
súbitamente, exclamaba: «¡Ah! ¿Conque usted no es el guarda de consumos, sino
el arcipreste de…? ¿Y usted no es el padre, sino el nieto de mi amigo Pérez?…
¡Ahora lo comprendo todo!»
Poco a poco, y sin saber cómo, fue penetrando
también en mi mente la idea de que todo en el mundo era despreciable, excepto
los teatros por horas. La astronomía, la química, la filosofía, la
fisiología, cursilerías propias para ser cultivadas por los
hombres inferiores, de los cuales mi amigo Collantes y sus compañeros se
mofaban con mucho donaire, o como ellos decían, con muy buena sombra.
Esto de tener buena sombra fue mi única ambición desde entonces, y me esforcé
con ahínco en alcanzar la ventura de poseerla. Pero mis chistes y equívocos,
preparados con anticipación en la soledad de mi cuarto, no tenían éxito feliz
en el Oriental. Ni una comedia que también forjé y les leí, reuniéndolos al
efecto en casa y regalándolos con cigarros y copas de manzanilla, logró su
aprobación. Después de fumar y beber cuanto quisieron, comenzaron a saetear mi
pobre obra lindamente, y como soy amigo de la verdad, reconozco que lo hicieron
con gracia. Pero los gallegos somos casi tan tercos como los aragoneses. No me
di por vencido. Escribí otra, y después otra, y logré que se pusieran en
escena, y fui estrepitosamente pateado. Tampoco renuncié en absoluto a la
literatura, como debía. Escribí algunos artículos de costumbres en los
periódicos, y aunque no me dieron un cuarto por ellos, tuve la satisfacción de
que Collantes declarase solemnemente, a la hora de almorzar, que «dramático, lo
que se llama dramático, no lo sería nunca, pero en el género descriptivo podría
aún dar mucho juego». Con este fallo tan lisonjero, confirmado por los
tertulios del Oriental, quise volverme loco de alegría y me puse desde entonces
con tanto afán a describir cuanto se me ofrecía delante, como si Dios me
hubiera mandado al mundo exclusivamente con ese objeto. Las prensas de Madrid y
de provincias comenzaron a gemir bajo el peso de mis descripciones. Pronto me
convertí en especialista. Poco faltó para que pusiera en las tarjetas Ceferino
Sanjurjo, poeta descriptivo. Fui al Ateneo y leí un poema describiendo la
siega del trigo, que me valió el ser saludado con los pañuelos por las damas y
calurosamente palmoteado por los caballeros.
En esto ¡quién se acordaba, por supuesto, de la
medicina legal y de las otras asignaturas del doctorado! Fui a pasar el verano
a Bollo, y convencí a mi buen padre de que yo no había nacido para tomar
pulsos, sino para describir en verso todo lo creado, y me facilitó dinero para
volver al año siguiente a Madrid. Seguí haciendo la misma vida de antes y
cultivando la misma especialidad con que casual y dichosamente había acertado.
Mas, por efecto de la vida sedentaria y desarreglada que llevaba, o por ventura
porque las descripciones cuando se abusa de ellas van directamente al estómago
y se sientan en él, es lo cierto que vine a enfermar de este órgano. Tan mal me
puse que me resolví en la primavera a ir a tomar las aguas de Marmolejo.
Aquí comienza el período de mi vida que he
anunciado como interesante. Y en verdad que ya me pesa, pues nada es peor para
obtener buen éxito en las narraciones como despertar la curiosidad con promesas
halagadoras. En fin, he cometido una torpeza, y es justo que la pague. Si os
reís de mí y de mi loca presunción, yo no estaré a vuestro lado, como la noche
funesta en que me silbaron en el teatro de Eslava, para oír vuestras
carcajadas. ¡Es horrible! Además, fío mucho en las descripciones.
Arreglados mis bártulos, y después de comer
precipitadamente, tomé el tren correo de Sevilla el día 4 de Abril de 188…
Cuando hubieron cesado las despedidas, y el pito del jefe dio la señal de
marcha y el prolongado tren salió de la estación, dirigí una mirada de examen a
los que me acompañaban. El viajero que tenía enfrente era un hombre pálido, de
cuarenta a cincuenta años, bigote negro y manos flacas y velludas; el que se
sentaba más allá era un caballero rechoncho, de ojos grandes y saltones, con unas
cortas patillas entrecanas que le bajaban poco de la oreja, fisonomía abierta y
risueña, mientras el otro parecía, por la expresión recelosa y sombría de sus
ojos, hombre de carácter oscuro y malhumorado. Así que salimos de la estación,
quitose éste, lanzando apagados gemidos, las botas y se puso las zapatillas,
colocó el sombrero de castor sobre la rejilla y se encasquetó una gorra de
paño.
—Padece usted de los callos, ¿verdad?—le preguntó
el caballero gordo con palabra insinuante sonriendo con amabilidad.
—No señor—contestó el otro secamente.
—¡Ah!… Como usted se quejaba al sacarse las botas…
—Es que tengo sabañones—replicó con peor humor y
acento catalán bien señalado.
—¡Oh! Pues si usted padece de sabañones es porque
quiere.
El catalán le echó una mirada mitad de indignación
mitad de curiosidad.
—Sí, señor; porque usted quiere—insistió el otro
con aire petulante y satisfecho, mirándole a la cara risueño.
El catalán bajó los ojos, sacudió levemente la
cabeza y se dispuso a encender un cigarro.
—Sí, señor; yo, aquí donde usted me ve, he padecido
terriblemente de sabañones.
Dijo esto con la misma entonación satisfecha y
semblante risueño que si contase que había llegado al polo Norte.
—Pero no tuve más que ponerme unos polvitos que yo
tengo, de mi exclusiva invención… y como con la mano.
—Pues hombre, si usted se ha inventado la medicina,
¿cómo quiere usted que yo me haya curado con ella?—dijo el catalán.
—Es que yo puedo facilitárselos cuando usted
quiera.
—Muchas gracias; no soy amigo de drogas.
—¿Drogas? Mis polvos no son drogas, señor mío;
están hechos exclusivamente con vegetales.
El catalán le miró fijamente, y después volvió la
vista a mí, haciendo una mueca expresiva.
—No entra una sola droga en su confección, y lo
mismo curan los sabañones, que la calentura, que la tisis, cuando no está en el
cuarto grado, se entiende. Las calenturas perniciosas que había en Simancas se
han desterrado, y la tisis no se conoce. Las chicas del pueblo los llaman «los
polvos de D. Nemesio».
Aquí el catalán soltó una carcajada sonora y brutal
que dejó avergonzado al buen D. Nemesio.
—Bueno, señor; si usted no cree en su eficacia,
nada hay perdido.
Quedó un poco amoscado y tardó algún tiempo en
hablar; pero al cabo de algunos minutos no pudo contenerse y volvió a pegar la
hebra asándonos a preguntas. A dónde íbamos, de dónde éramos, qué profesión
teníamos, etc. El catalán le respondía con malos modos, cuando le respondía,
que no era siempre. Yo satisfice de buen grado su curiosidad. Quedó encantado
al saber que iba a Marmolejo. También él se dirigía a este punto, a curarse una
afección de la orina.
—Pero, hombre—exclamó el catalán groseramente,—¿no
dice usted que tiene usted unos polvos que lo curan todo?
—Sí, señor; que curan casi todas las
enfermedades—repuso D. Nemesio algo incomodado;—pero obran mucho mejor ayudados
por otras medicinas.
Gracias a sus preguntas supe pronto que el catalán
era juez electo de primera instancia en un pueblo de la provincia de Córdoba y
que iba a Sevilla a presentarse al presidente de la Audiencia. Se llamaba
Jerónimo Puig. Fue todo lo que pudo sacar de él D. Nemesio, quien por su parte
nos enteró prolijamente de su patria, condición, familia, carácter y cuantas
circunstancias podían ser directa o indirectamente útiles para su biografía.
Era un propietario rico de Simancas, donde había nacido y criádose, y tenía
mujer y siete hijos, cuatro de ellos casados. La exposición seria y concienzuda
que nos hizo del carácter de cada uno de sus yernos y nueras duró cerca de una
hora. El catalán, cuando lo juzgó conveniente, hizo de la capa almohada y se
tendió a lo largo, y no tardó en roncar. Yo me vi obligado a escucharle largo
rato aún, si bien a la postre concluí por pensar en mis asuntos, dejándole
despacharse a su gusto.
El tren corría ya por los campos de la Mancha, que
se extendían por entrambos lados como una llanura negra interminable que
cortaba la esfera brillante del firmamento poblado de estrellas. D. Nemesio,
fatigado al cabo de tanto hablar, comenzó a dar cabezadas, pero sin decidirse a
tumbarse, como si quisiera mantenerse siempre alerta para coger el hilo del
discurso en cuanto el sueño le dejase un momento de respiro.
Paró el tren.—«Argamasilla, cinco minutos de
parada»—gritó una voz.—Di un salto en el asiento y me apresuré a abrir la
ventanilla, clavando mis ojos ansiosos en la oscuridad de la llanura. Aquel
nombre había hecho dar un vuelco a mi corazón; era la patria del famoso Don
Quijote de la Mancha; y aunque yo en mi calidad de poeta lírico he despreciado
siempre a los novelistas por falta de ideal, todavía el nombre de Cervantes
fascinaba mi espíritu por la gran fama de que goza en todo el universo. La
negra silueta del pueblo dibujábase a la lejos, y una torrecilla alzábase sobre
él destacando su espadaña con precisión del fondo oscuro de la noche. ¡Pobre
Cervantes! ¡Aquí fue preso y maltratado como el último comisionado de apremio;
en todas partes despreciado y humillado, cual si no hubiese tropezado en el
curso de su vida más que con poetas líricos!
—¿Sabe usted que entra un fresquecito regular?—dijo
D. Nemesio despertándose.
—¿Quiere usted que levante el cristal?
—Si usted no tiene inconveniente…
—Ninguno—repuse, apresurándome a hacerlo.—Estaba
mirando al pueblo de Argamasilla, donde se dice que Cervantes fue preso y
colocó la patria de su héroe.
—¡Ah, Cervantes!… ¡Ya!—exclamó D. Nemesio abriendo
mucho los ojos para expresar que no era insensible a este nombre. Y luego,
encarándose conmigo, me preguntó con interés:
—Cervantes era un hombre muy despejado, ¿verdad?
—No, señor—respondí bruscamente, echándome a dormir
y tapándome con la manta.
Comenzó a clarear el día en Despeñaperros. Una
banda rojiza y cárdena que se extendía por el Oriente daba al cielo un aspecto
fantástico de panorama de feria. La crestería de la sierra lejana teñíase de
verde. Con los ojos hinchados por el sueño y sintiendo leves escalofríos en el
cuerpo, miré por la ventanilla y vi el pueblecillo de Vilches pintorescamente
colgado entre dos montañas no muy lejos de la vía: parece sentado en un
columpio cuyos cabos invisibles están amarrados a la cima de aquéllas.
D. Nemesio se alzó del asiento restregándose los
ojos, y apenas lo hizo soltó el chorro de nuevo, haciéndome sabedor de los
lances curiosos que le habían pasado en los diferentes viajes que había corrido
por aquella línea. En Manzanares le habían dado en cierta ocasión un café
detestable; la manteca rancia: otra vez el jefe de la estación de Alcázar no le
había querido facturar el equipaje por llegar dos minutos tarde: en otra
ocasión, en la fonda de Menjíbar, no les dieron tiempo a almorzar; pero él, que
es un gran tunante, se burló del fondista apoderándose de lo que había en la
mesa y llevándoselo al coche. Mientras tanto yo envidiaba al catalán que,
enteramente cubierto por la manta, no rebullía. Pero como no es posible la
felicidad en este mundo, cuando yo estaba pensando en ella, apareció el revisor
y le despertó exigiéndole el billete. Se levantó de muy mal humor, por no
variar. Llegamos a la estación de Baeza, donde el catalán se bajó del coche.
Don Nemesio y yo permanecimos en él. Sonó la campanilla, dio el mozo la voz a
los viajeros, se oyó el estrépito de las portezuelas al cerrarse, y nuestro
catalán no parecía. D. Nemesio experimentó viva inquietud.
—¡Caramba, cómo se descuida el señor de Puig!
Pasó un momento: todos los viajeros estaban ya en
sus coches.
—¡Caramba, caramba, ese hombre va a perder el tren!
Cuando sonó el pito del jefe y la máquina contestó
con un formidable resoplido, D. Nemesio, presa de indescriptible ansiedad,
asomó su calva venerable por la ventanilla gritando:
—¡Puig! ¡Puig!… Mozo, mire usted si en el retrete
hay un caballero catalán…
El mozo se encogió de hombros con indiferencia.
Arrancó el tren y comenzó majestuosamente a
separarse de la estación, y mi compañero de viaje seguía gritando a la
ventanilla:
—¡Puig! ¡Puig!
Al fin se dejó caer rendido en el asiento, con la
consternación pintada en el semblante.
—¡Válgame Dios! ¡Válgame Dios! ¡Pobre señor!…
Y principió a hacer comentarios tristísimos acerca
de aquel lance desgraciado. No me parecía a mí tan lamentable como a él, pero
le seguí el humor, deplorándolo amargamente.
—¡Pobre señor!… ¡Y mañana tenía que presentarse sin
falta al presidente de la Audiencia! Yo no comprendo cómo estos hombres se
descuidan… Bien es verdad que si una necesidad apremiante… ¡Vaya por Dios! Y
vea usted, vea usted, Sanjurjo, las botas y el sombrero allí sobre la red…
D. Nemesio miraba con ojos enternecidos aquellas
prendas.
—Se ha quedado el pobre señor con gorra y
zapatillas, sin abrigo alguno, sin maleta… Se me ocurre una cosa. En la primera
estación dejamos estos efectos al jefe y le telegrafiamos, ¿no le parece a
usted?
Encontré razonable la proposición, y como lo
pensamos lo hicimos tan pronto como el tren se detuvo un instante. Cumplido
este deber de humanidad, volvimos de nuevo al coche con la satisfacción que se
experimenta siempre que se lleva a cabo una acción buena, y principiamos a
departir alegremente, escuchando yo con más atención que antes los pormenores
biográficos en que se anegaba el propietario de Simancas. La luz matinal,
esplendorosa ya, y la perspectiva de llegar pronto nos animaban. Sacó D.
Nemesio una maquinita con espíritu de vino y se puso a hacer chocolate, que
tomamos con increíble apetito y alegría.
Pasaron volando cuatro o cinco estaciones más.
Llegamos a Andújar.
—¡Hola, señores! ¿Cómo se va?—dijo una voz, y al
mismo tiempo asomó por la ventanilla el rostro cetrino del catalán, esta vez
risueño y desencogido, mirándonos con ojos benévolos.
D. Nemesio y yo quedamos petrificados y nos
dirigimos una mirada de angustia sin contestar al saludo.
—Buen día, ¿eh?… ¿Se ha tomado chocolate, por lo
que veo?… Nosotros nos hemos desayunado a la catalana… Vienen ahí unos
paisanos, del mismo Reus, ¿sabe? y vinimos de jarana y de broma… Tomamos unas
copitas de ojén, y luego una butifarrita.
Puig se había puesto de un humor excelente con
aquel encuentro. Nosotros, cada vez más confusos, le mirábamos con tan extraña
fijeza y ansiedad, que por milagro no se fijaba en nuestra rarísima actitud.
Abrió la portezuela al fin, y se acomodó alegremente a nuestro lado, mientras a
mí me corrían escalofríos por el cuerpo, y D. Nemesio sudaba de angustia. No
hacíamos otra cosa que dirigir vivas ojeadas a la rejilla, esperando cuándo el
catalán levantara la vista y echaba de menos los bártulos. Al cabo de algunos
minutos, no pudiendo sufrir más tiempo tal congoja, decidí acabar de una vez.
—Señor Puig (mi voz salió un poco ronca. D. Nemesio
me miró con terror). Señor Puig… nosotros, con la mejor intención del mundo, le
hemos hecho un flaco servicio…
El catalán me miró con inquietud y me turbé un
poco.
—Nosotros pensamos—dijo D. Nemesio—que usted había
perdido el tren en Baeza.
—Que se había usted quedado en el retrete—añadí yo.
—Y comprendiendo que su situación debía ser muy
fastidiosa—siguió D. Nemesio.
—Y que le vendría muy bien que su maleta no fuese a
dar a Sevilla—dije yo.
—Se la hemos dejado, con los demás bártulos, al
jefe de la estación de Jabalquinto—se apresuró a concluir D. Nemesio, clavando
sus ojos saltones y suplicantes en el catalán.
—¡Pues es verdad, voto a Dios!—exclamó éste
levantando los suyos a la rejilla.
—Dispénsenos usted por favor…
—Ya comprenderá usted que nuestra intención…
—¡Qué intención ni que Cristo, ni qué mal rayo que
los parta!—profirió Puig llevándose las manos a la cabeza.—¡La han hecho
ustedes buena! ¿Y cómo me presento yo en gorra y zapatillas al presidente?
—¿Quiere usted mi sombrero y mis botas?—le preguntó
D. Nemesio.—También le puedo facilitar alguna camisa.
—Déjeme usted en paz con sus botas y sus camisas…
Lo que yo quiero es mi equipaje, ¿sabe?… ¿Qué rayos tenía usted que ver con él,
ni por qué se ha metido donde no le llamaban?
—Oiga usted, señor mío, me parece que no hay razón
para faltarme—exclamó D. Nemesio encrespándose.
—La culpa ha sido de los dos, señor Puig, me
apresuré yo a decir.
Cada vez más furioso, y tirándose de los pelos y
revolviéndose en el asiento, Puig comenzó a desahogarse en catalán, lo que fue
una gran fortuna, pues no lo entendíamos. Sólo por la entonación y por las
furiosas miradas que alguna vez nos dirigía, sabíamos que nos estaba poniendo
como trapos.
En esto íbamos llegando ya a la estación de
Arjonilla. Cuando paró el tren, nuestra víctima se apresuró a salir sin
despedirse, dio un gran golpe a la portezuela y no volvimos a verle más.
II
Conozco a la hermana San Sulpicio.
El ómnibus saltaba por encima de las piedras
sacudiéndonos en todos sentidos, haciéndonos a veces tocar con la cabeza en el
techo; yo llegué a besar, en más de una ocasión, con las narices el rostro
mofletudo de D. Nemesio. El empedrado no es el género en que más se distingue
Marmolejo. Por las ventanillas podíamos tocar con la mano las paredes
enjalbegadas de las casas. El dueño de la Fonda Continental, hombre de mediana
edad y estatura, bigote grande y espeso, ojos negros y dulces, no apartaba la
vista de nosotros, fijándola cuándo en uno, cuándo en otro, con expresión
atenta y humilde, parecida a la de los perros de Terranova. Cuando quiso Dios
al fin que el coche parase, saltó a tierra muy ligero y nos dio la mano
galantemente para bajar. Yo no acepté por modestia.
La Fonda Continental era una casita de un solo
piso, donde se verían muy apurados para alojarse europeos, africanos,
americanos y oceánicos, aunque viniese un solo hombre por cada continente. En
el patio, con pavimento de baldosín rojo y amarillo, había cuatro o cinco
tiestos con naranjos enanos. La habitación en que me hospedaron era ancha por
la boca, baja y cerrada por el fondo, en forma de ataúd, lo cual revelaba en el
arquitecto que construyó la casa ciertos sentimientos ascéticos que no he
podido comprobar. La cama igualmente parecía descender en línea recta del lecho
que usó San Bruno.
Cuando hube permanecido en aquel agujero el tiempo
suficiente para lavarme y limpiar la ropa, salí como los grillos a tomar el sol
acompañado del patrón, que tuvo la amabilidad de llevarme al paraje donde las
aguas salutíferas manaban. Propúsome ir en coche, mas considerando la traza no
muy apetitosa del vehículo que me ofrecía, y con el deseo, propio de todo
viajero, de ver y enterarme bien del aspecto y situación del pueblo en que me
hallaba, decidí emprenderla a pie. Mientras tanto D. Nemesio permanecía en su
celda, entregado, quizá, a severas penitencias, por el pecado de haber
ocasionado tan cruel disgusto a nuestro compañero de viaje. Porque fue él quien
tuvo la culpa de dejar al jefe de Jabalquinto el sombrero y las botas del juez
catalán. Les juro a ustedes que yo solo nunca me hubiera atrevido.
Marmolejo está situado cerca de la Sierra Morena,
de donde salen las aguas que le han dado a conocer al mundo civilizado. Tiene
el aspecto morisco como algunos pueblos de la provincia de Málaga y los de la
Alpujarra. La blancura deslumbradora de sus casitas, que cada pocos días
enjalbegan las mujeres, la estrechez de sus calles, la limpieza extraordinaria
de sus patios y zaguanes, acusan la presencia, por muchos años, de una raza
fina, culta, civilizada, que ha dejado por los lugares donde hizo su asiento hábitos
graciosos y espirituales.
El pueblo es pequeñísimo: al instante se sale de
él. Caminamos hacia la sierra, que dista dos o tres kilómetros. La Sierra
Morena no ofrece ni la elevación, ni la esbeltez, ni el brillo pintoresco y
gracioso de las montañas de mi país. Es una región agreste y adusta que
extiende por muchas leguas sus lomos de un verde sombrío, donde rara vez llega
la planta del hombre en persecución de algún venado o jabalí. Sin embargo, el
contraste de aquella cortina oscura con la blancura de paloma del pueblo la
hacía grata a los ojos y poética. En suave declive, por una carretera trazada
al intento, bajamos al manantial que sale en el centro mismo del río
Guadalquivir, el cual viene ciñendo la falda de la sierra. Hay una galería o
puente que conduce de la orilla al manantial. Por ella se paseaban gravemente
dos o tres docenas de personas, revelando en la mirada vaga y perdida más
atención a lo que en el interior de su estómago acaecía que al discurso o al
paso de sus compañeros de paseo. De vez en cuando se dirigían al manantial con
pie rápido, bajaban las escalerillas, pedían un vaso de agua y se lo bebían
ansiosamente, cerrando los ojos con cierto deleite sensual que despertaba en su
cuerpo la esperanza de la salud.
—¿Se ha bebido mucho ya, madre?—dijo mi patrón
asomándose a la baranda del hoyo.
Una monja pequeña, gorda, de vientre hidrópico y
nariz exigua y colorada, que en aquel momento llevaba un vaso a los labios,
levantó la cabeza.
—Buenos días, señor Paco… Hasta ahora no han caído
más que cuatro. ¿Quiere usted un poquito para abrir el apetito?
A mi patrón le hizo mucha gracia aquello.
—Para abrir el apetito, ¿eh? Deme usted algo para
cerrarlo, que me vendría mejor. ¿Y las hermanas?
Dos monjas jóvenes y no mal parecidas, que al lado
de la otra estaban con la cabeza alzada hacia nosotros, sonrieron cortésmente.
—Lo de siempre, dos deditos—contestó una de ojos
negros y vivos, con acento andaluz cerrado y mostrando una fila primorosa de
dientes.
—¡Qué poco!
—¡Anda! ¿Quiere usted que criemos boquerones en el
estómago, como la madre?
—¡Boquerones!
—Boquerones gaditanos. No hay más que echar la red.
El vientre hidrópico de la madre fue sacudido
violentamente por un ataque de risa. Los boquerones que allí nadaban, al decir
de la monja, debieron pensar que estaban bajo la influencia de un temporal
deshecho. También reímos nosotros, y bajamos al manantial. Al acercarnos, la
madre me saludó con sonrisa afectuosa: yo me incliné, tomé el crucifijo que
pendía de su cintura y lo besé. La monja sonrió aún con más afecto y expresión
de bondadosa simpatía.
Seamos claros. Si este libro ha de ser un relato
ingenuo o confesión de mi vida, debo declarar que al inclinarme para besar el
crucifijo de metal no creo haber obrado solamente por un impulso místico; antes
bien, sospecho que los ojos negros de la hermana joven, atentamente posados
sobre mí, tuvieron parte activa en ello. Sin darme tal vez cuenta, quería
congraciarme con aquellos ojos. Y la verdad es que no logré el intento. Porque
en vez de mostrarse lisonjeados por tal acto de devoción, pareciome que se animaban
con leve expresión de burla. Quedé un poco acortado.
—¿El señor viene a tomar las aguas?—me preguntó la
madre entre directa e indirectamente.
—Sí, señora; acabo de llegar de Madrid.
—Son maravillosas. Dios Nuestro Señor les ha dado
una virtud que parece increíble. Verá usted cómo se le abre apetito en seguida.
Comerá usted todo cuanto quiera, y no le hará daño… Mire usted, yo puedo
decirle que soy otra, y no hace más que ocho días que hemos venido… ¡Figúrese
que ayer he comido hígado de cerdo y no me ha hecho daño!… Pues esta
filleta—añadió apuntando a la hermana de los ojos negros.—¡No quiero decirle el
color que traía! Parecía talmente ceniza. Ahora tampoco está muy colorada, pero
¡vamos!… ya es otra cosa.
Fijé la vista con atención en ella, y observé que
se ruborizó, volviéndose en seguida de espaldas para coger un vaso de agua.
Era una joven de diez y ocho a veinte años, de
regular estatura, rostro ovalado de un moreno pálido, nariz levemente hundida
pero delicada, dientes blancos y apretados, y ojos, como ya he dicho, negros,
de un negro intenso, aterciopelado, bordados de largas pestañas y un leve
círculo azulado. Los cabellos no se veían, porque la toca le ceñía enteramente
la frente. Vestía hábito de estameña negra ceñido a la cintura por un cordón
del cual pendía un gran crucifijo de bronce. En la cabeza, a más de la toca, traía
una gran papalina blanca almidonada. Los zapatos eran gordos y toscos; pero no
podían disfrazar por completo la gracia de un pie meridional. La otra hermana
era también joven, acaso más que ella, más baja también, rostro blanco, de
cutis transparente que delataba un temperamento linfático, los ojos zarcos, la
dentadura algo deteriorada. Por la pureza y corrección de sus facciones y
también por la quietud parecía una imagen de la Virgen. Tenía los ojos siempre
posados en tierra y no despegó los labios en los breves momentos que allí
estuvimos.
—Vamos, beba usted, señor; pruebe la gracia
divina—me dijo la madre.
Tomé el vaso que acababa de dejar la hermana de los
dientes blancos, y me dispuse a recoger agua, pues el que la escanciaba había
desaparecido por escotillón; mas al hacerlo tuve necesidad de apoyarme en la
peña, y cuando me inclinaba para meter el vaso en el charco, resbalé y metí el
pie hasta más arriba del tobillo.
—¡Cuidado!—gritaron a un tiempo el patrón y la
madre, como se dice siempre después que le ha pasado a uno cualquier
contratiempo.
Saqué el pie chorreando agua y no pude menos de
soltar una interjección enérgica.
La madre se turbó y se apresuró a preguntarme con
semblante serio:
—¿Se ha hecho usted daño?
La hermanita del cutis transparente se puso
colorada hasta las orejas. La otra comenzó a reír de tan buena gana, que le
dirigí una rápida y no muy afectuosa mirada. Pero no se dio por entendida;
siguió riendo, aunque para no encontrarse con mis ojos volvía la cara hacia
otro lado.
—Hermana San Sulpicio, mire que es pecado reírse de
los disgustos del prójimo—le dijo la madre.—¿Por qué no imita a la hermana
María de la Luz?
Esta se puso colorada como una amapola.
—¡No puedo, madre, no puedo; perdóneme!—replico
aquélla haciendo esfuerzos por contenerse, sin resultado alguno.
—Déjela usted reír. La verdad es que la cosa tiene
más de cómica que de seria—dije yo afectando buen humor, pero irritado en el
fondo.
Estas palabras, en vez de alentar a la hermana,
sosegaron un poco sus ímpetus y no tardó en calmarse. Yo la miraba de vez en
cuando con curiosidad no exenta de rencor. Ella me pagaba con una mirada franca
y risueña donde aún ardía un poco de burla.
—Es necesario que usted se mude pronto; la humedad
en los pies es muy mala—me dijo la madre con interés.
—¡Phs! Hasta la noche no me mudaré. Estoy
acostumbrado a andar todo el día chapoteando agua—dije en tono desdeñoso
afectando una robustez que, por desgracia, estoy muy lejos de poseer. Pero me
agradaba bravear delante de la monja risueña.
—De todos modos… váyase, váyase a casa y quítese
pronto el calcetín. Nosotras nos vamos a dar un paseíto por la galería, a ver
si el agua baja. Quédense con Dios Nuestro Señor.
Me incliné de nuevo y besé el crucifijo de la
madre. Lo mismo hice con el de la hermana María de la Luz, que por cierto
volvió a ponerse colorada. En cuanto al de la hermana San Sulpicio, me abstuve
de tocarlo. Sólo me incliné profundamente con semblante grave. Así aprendería a
no reírse de los chapuzones de la gente.
Poco después que ellas, subimos nosotros a la
galería y dimos algunos paseos contra la voluntad de mi patrón, que a todo
trance quería llevarme a casa para que me mudase. Mas yo tenía deseos de
permanecer allí para confirmar a las monjas, sobre todo a la jocosa morena, en
la salud y vigor de que me había jactado. Cuando pasábamos cerca la miraba
atentamente; pero ni ella ni sus compañeras alzaban los ojos del suelo. No
obstante, observé que con el rabillo me lanzaba alguna rápida y curiosa ojeada.
—Es linda la monjita, ¿verdad?—me dijo el señor
Paco.
—¡Phs! No es fea… Los ojos son muy buenos.
—Y qué colores tan hermosos, ¿eh?
—El color no me parece muy allá… Pero ¿de quién
habla usted?
—De la hermana María de la Luz, de la pequeñita.
—¡Ah! Sí, sí… es muy bonita.
Debí suponer que a un patrón de huéspedes le
placería más la corrección fría y repulsiva de ésta que la gracia singular de
la otra hermana. Porque mi rencor hacia ella no llegaba hasta negarle lo que en
conciencia no podía, la gracia. Era una gracia provocativa y seductora que no
residía precisamente en sus ojos vivos y brillantes, ni en su boca, un poco
grande, fresca, de labios rojos que a cada momento humedecía, ni en sus
mejillas tostadas, ni en su nariz, levemente remangada: estaba en todo ello, en
el conjunto armónico, imposible de definir y analizar, pero que el alma ve y
siente admirablemente. Esta armonía, que acaso sea resultado del esfuerzo
constante del espíritu sobre el cuerpo para modelarlo a su imagen, observábase
igualmente en todos sus movimientos, en el modo de andar, de emitir la voz, de
accionar; pero su última y suprema expresión se hallaba indudablemente en la
sonrisa. ¡Qué sonrisa! Un rayo esplendente del sol que iluminaba y
transfiguraba su rostro como una apoteosis.
Después de dar unas cuantas vueltas por la galería
se fueron hacia arriba, y yo al poco rato manifesté al señor Paco deseo de
subir también a ver el parque que en la orilla del río han formado
recientemente para esparcimiento y recreo de los bañistas. Es una gran terraza
natural sobre el Guadalquivir, con que termina la falda de la colina en que
Marmolejo está asentado. En ella hay jardines y paseos, cuyos árboles, nuevos
aún, no consiguen dar sombra y frescura; pero ya crecerán, y allá iré, si Dios
me da vida, a recordar debajo de sus copas los deliciosos días que pasé a su
lado.
La disposición de los paseos, la variedad de
plantas que el señor Paco me mostraba con orgullosa satisfacción, no me la
producía a mí extremada en verdad. Seguía los caminitos de arena y me perdía en
su laberinto con paso distraído, la mirada enfilada a lo lejos.
Al doblar un sendero, en el paraje más solitario
del jardín, me las encontré de frente. Venían acompañadas de un clérigo. Al
cruzar a nuestro lado saludaron muy cortésmente: el clérigo se llevó con
gravedad la mano al sombrero de teja.
—¿Dónde están alojadas estas monjas?—pregunté a mi
patrón.
—¿Dónde están alojadas?… ¡Pues en casa! ¿No las ha
visto usted?… ¡Ah! No me acordaba que ha llegado hoy… Ocupan dos habitaciones
no muy lejos de la que usted tiene.
—¿Son hermanas de la Caridad?
—Me parece que no, señor… Tienen un colegio allá en
Sevilla… La más vieja es la superiora… es valenciana. Las dos jóvenes son
sevillanas y creo que primas carnales… ¿No conoce usted al sacerdote? Es un
jesuita… un señor de mucha fama. Se llama el padre Talavera, ¡Qué linda es la
hermana María de la Luz! ¿eh?
—Mucho.
Vagamos todavía un rato por los jardines, pero no
volvimos a tropezar con ellas. En cambio, fuimos a dar a un cenador donde tres
o cuatro bañistas leían periódicos. Mi patrón entabló conversación con ellos.
Se habló de política: la proximidad de una guerra entre Francia y Alemania era
lo que preocupaba la atención en aquel momento. Pesáronse las probabilidades de
triunfo por una y otra parte. Uno de aquellos señores, hombre gordo, de piernas
muy cortas y traje claro, apostaba por Alemania; los otros dos ponían por
Francia. Cuando hubieron discutido un rato, mi patrón intervino, sonriendo con
superioridad.
—No lo duden ustedes, la victoria esta vez será de
Francia.
—Yo lo creo así también. Francia se ha repuesto
mucho y se ha de batir mejor y con más gana que la primera vez—dijo uno.
—Pues yo creo que están ustedes en un error—saltó
el hombre gordo.—Alemania es un país exclusivamente militar; todas sus fuerzas
van a parar a la guerra; no se vive más que para la guerra… Además, ¿qué me
dicen ustedes de Bismarck?… ¿Y de Moltke? Mientras ese par de mozos no
revienten, no hay peligro que Alemania sea vencida.
—Yo le digo a usted, caballero—contestó mi patrón
con sonrisa más acentuada, en tono excesivamente protector,—que todo eso está
muy bien, pero que vencerá Francia.
—Mientras no me diga usted más que eso, como si no
me dijera nada… Lo que yo quiero son razones—respondió el hombre gordo, un
poquillo irritado ya.
—No es posible dar razones. Lo que le digo es que
Alemania será vencida—manifestó mi patrón con grave continente y una expresión
severa en la mirada que yo no le había visto.
—¿Qué me dice usted? ¿De veras?—replicó el otro
riendo con ironía.
Entonces mi patrón, encendido por la burla,
profirió furiosamente:
—Sí, señor; se lo digo a usted… Sí, señor, le digo
a usted que vencerá Francia.
—Pero, hombre de Dios, ¿por qué?—preguntó el otro
con la misma sonrisa.
—¡Porque quiero yo!… ¡Porque quiero yo que venza
Francia!—gritó el señor Paco con la faz pálida ya y descompuesta, los ojos
llameantes.
Nos quedamos inmóviles y confusos, mirándonos con
estupor. Un mismo pensamiento cruzó por la mente de todos. Y reinó un silencio
embarazoso por algunos segundos, hasta que uno de los bañistas, volviéndose
para que no se le viera reír, entabló otra conversación.
—Allá va el padre Talavera con unas monjas.
Me apresuré a mirar por entre las hojas de la
enredadera, y en efecto vi el grupo a lo lejos. El bañista que nos lo había
anunciado metía el rostro por el follaje para que no se oyesen las carcajadas
que no era poderoso a reprimir.
Mi patrón, avergonzado, y otra vez con aquella
expresión humilde e inocente en los ojos de perro de Terranova, me dijo
tirándome de la ropa:
—D. Ceferino, ya es la hora de almorzar; ¿nos
vamos?
Despedímonos de aquellos señores, que apenas nos
miraron, y subimos a una de las calesas que partían para el pueblo. Mientras
caminábamos hacia él, el señor Paco me dijo con acento triste y resignado:
—Aquellos señores se han quedado riendo de mi…
Bueno; algún día se arrepentirán de esa risa y se llamarán borricos a sí
mismos… ¡Si yo pudiese hablar!… Pero no está lejano el día en que vendrán los
más altos personajes a pedirme de rodillas que les revele mi secreto…
—¡Diablo, diablo!—exclamé para mí.—¡He venido a
parar a casa de un loco!
III
Me enamoro de la hermana San Sulpicio.
Dos días después, el señor Paco, yendo conmigo de
paseo otra vez, me reveló la mitad de su secreto. Los alemanes no podían vencer
porque tenía pensado ofrecer a la Francia un sistema de cañones que daba al
traste con todos los inventos que hasta ahora se habían realizado en materia de
artillería. Era un cañón el suyo extraordinario, mejor dicho, maravilloso; un
hombre lo podía subir a la montaña más alta.
—No será de hierro.
—No, señor.
—¿De madera?
—Tampoco.
—¿De papel?
—No, señor.
Quedeme reflexionando un instante.
—¿Y tiene el mismo calibre que los demás?
—Cuanto se quiera.
—¡No comprendo!…
El señor Paco me miraba con sus grandes ojos
inocentes, donde brillaba una sonrisa de triunfo.
—No puedo decirle ahora, D. Ceferino, de qué está
hecho; pero no tardará usted en saberlo… Dentro de pocos días empezará a
construirse el modelo en París… Ya verá usted, ya verá adónde llega mi nombre…
Por supuesto que si Bismarck supiese lo que tiene encima, ya estaría
ofreciéndome el dinero que quisiera… Pero yo no le vendo el secreto así me
entierre en oro, ¿está usted?… Aunque sea de balde se lo doy yo al francés
primero que al pruso… Cada hombre tiene su simpatía, ¡vamos!… Usted tiene más
aquel por una persona, y le da la sangre del brazo, y a otro ni el agua…
—Tiene usted mucha razón—repuse.—El asunto es tan
serio y trascendental que los intereses particulares de una persona, siquiera
sean los del mismo inventor, deben posponerse a los de tantos millones de
seres…
El inventor quiso conmoverse.
—Sí, señor; primero me quedo con él en el cuerpo
que se lo dé al príncipe de Bismarck… y eso que mire usted, D. Ceferino, yo no
tengo motivo para estar agradecido de los franceses. Aquí ha venido uno hace
dos años, un monsieur Lefebre, que me ha quedado a deber quince días de
pupilaje.
—Doblemente le honra a usted esa generosidad.
Se enterneció el señor Paco, y si hubiera insistido
un poco, tengo la seguridad de que llegaría a revelarme la primera materia de
su famoso cañón; pero tenía yo prisa en aquel momento y no abusé de su
blandura.
Las monjas, como me había dicho el patrón, ocupaban
dos habitaciones no lejos de la mía. En una de ellas dormía la madre y en la
otra las hermanas San Sulpicio y María de la Luz. No bajaban a comer en la mesa
redonda, sino que lo hacían en su cuarto. Lo mismo los suyos que el mío, tenían
la salida a un corredor abierto que daba sobre el patio.
La tarde del mismo día en que llegué, volví a
verlas en la galería de las aguas, y las saludé con mucha cortesía. Me
contestaron igualmente, y observé que la hermana San Sulpicio me dirigió una
franca sonrisa muy amable. Tuve tentaciones de acercarme a ellas y entablar
conversación, pero vacilé durante tres o cuatro vueltas, y cuando iba a
decidirme a ello, se fueron a buscar la calesa para trasladarse a casa. Al día
siguiente por la mañana no las vi. El que escanciaba el agua me dijo que habían
estado. Por el patrón supe que se levantaban con estrellas e iban a la iglesia
a oír la misa de alba y hacer sus oraciones: después bebían el agua y se
retiraban a sus aposentos. Sólo una que otra vez tornaban al manantial antes de
almorzar. No sé por qué me molestó un poco no haberlas tropezado; tal vez por
ser las únicas personas que allí conocía. Porque D. Nemesio, que me acompañaba
bastante, a fuerza de atenciones se me había hecho antipático, abrumador. No
podía asomar la cabeza fuera de mi cuarto sin que me invitase a una partidita
de billar o de tresillo, o a ir de paseo o a beber una botella de cerveza. Y su
conversación interminable, prosaica, me aburría tan extremadamente, que ya le
huía como al sol del mediodía. Luego aquella curiosidad maldita, aquel afán
inmoderado de saber la vida de uno con todos sus pormenores, lo que había hecho
y lo que pensaba hacer, era para desesperarse.
Cuando hube leído algún tiempo tumbado sobre la
cama (después de haber rechazado la invitación de D. Nemesio para jugar unas
carambolas), salí con objeto de dar un paseo hacia el manantial. La hermana San
Sulpicio cruzaba al mismo tiempo por el corredor, y cruzaba tan velozmente que
el vestido se le enganchó en un clavo de la pared y se rasgó con un siete formidable.
—¡Jesús, qué dichosos clavos!—exclamó con rabia,
dando una patadita en el suelo y mirando con tristeza el desperfecto.
—Ahora me toca a mí reír, hermana.
—Ríase usted, ríase usted sin cumplimientos—me
respondió con viveza, riendo ella la primera.
—No soy rencoroso—repuse en tono dulzón y galante;
y acercándome al mismo tiempo, me incliné y besé su crucifijo.
—¿Y por qué había de guardarme rencor? ¿Por la risa
del otro día?… ¡Pues, hijo, si yo nací riendo, y hasta es fácil que me ría
cuando esté dando las últimas boqueadas!
—Hace usted bien en reírse, y aunque sea de mí se
lo agradezco por el gusto que me da el ver una boca tan fresca y tan linda.
—¡Oiga! ¿No sabe que es pecado echar flores a una
monja, y mucho más que ésta las escuche?
—Me confesaré, y en paz.
—No basta; es necesario arrepentirse y hacer
propósito de no volver a pecar.
—¡Es difícil, hermana!
—Pues yo no quiero darle ocasión. Adiós.
Y se alejó corriendo; mas a los pocos pasos volvió
la cabeza, y haciendo una mueca expresiva, sin dejar de correr, me dijo:
—Tenemos a la madre enferma, ¿sabe?
—¿Qué tiene?—pregunté avanzando muy serio, con el
objeto de no espantarla y obligarla a detenerse.
—No sé… Cosas de mujeres cuando nos hacemos viejas,
¿sabe usted?—respondió con desenfado.
—Pues dígale que si necesita mis servicios, tendré
mucho gusto en prestárselos. Soy médico.
—¡Ah! ¿Es usted médico? Pues ya tiene obra en que
poner las manos. En cuantito lo sepa la madre, ya le está a usted llamando…
váyase, váyase, criatura, si no quiere que le secuestren.
—Le repito que tendré mucho gusto en ello. Aquí
aguardo a que me llame.
La hermana entró en el cuarto, y salió a los pocos
momentos.
—¡No se lo decía!—exclamó.—Entre, entre, pobrecito,
y no eche la culpa a nadie, que usted se la ha tenido.
Y al mismo tiempo me empujaba suavemente.
Estaba en lo cierto. La buena madre era una fuente
de chorro continuo para describir las mil y una enfermedades que padecía.
En aquellos momentos decía sentir una gran bola en
el vientre, tan fría que la helaba; al mismo tiempo se quejaba de dolor de
cabeza. Para ponerme en antecedentes de la dolencia empleó cerca de media hora,
con una prolijidad tan fatigosa que a cualquiera desesperaría. Pero yo me
hallaba en tan buena disposición de espíritu, que la escuchaba sin disgusto. La
hermana San Sulpicio me miraba en tanto con ojos de compasión: parecían
decirme: «¡Pobre señor! Conste que yo no tengo la culpa». De vez en cuando fijaba
los míos en ella, y también procuraba decirle tácitamente: «No me compadezca
usted; me encuentro muy bien. La molestia de los oídos se compensa muy bien con
el placer de los ojos».
Cuando la madre hubo concluido su relación, o al
menos cuando creí que la había concluido, tomé la palabra y, recordando
medianamente las lecciones de mi profesor Tejeiro, comencé a soltar por la boca
una granizada de términos técnicos, que yo mismo quedé asombrado. A la paciente
debió de hacerle un gran bien, a juzgar por la expresión feliz con que me
escuchaba, tanto que estuve ya por no recetar y darla por curada; pero en
cuanto terminé comenzaron las preguntas:
—Diga usted, señor, ¿y esta bola fría cree usted
que algún día la arrojaré?
—Esa bola no es más que una sensación: no tiene
realidad; es un fenómeno nervioso. Porque los nervios, que son los que
transmiten nuestras sensaciones al cerebro, a veces nos engañan, son falsos
corresponsales… Verá usted; nosotros tenemos un centro nervioso en el cerebro,
de donde parten…
Y me enfrasqué en una descripción anatómica,
procurando ponerla al alcance de las inteligencias femeniles a quienes iba
dirigida. Después me preguntó si tenía algo que ver con el corazón, y le
expliqué largamente lo que era esta víscera y sus relaciones con las otras de
nuestro cuerpo. Luego tocó el punto del estómago, y no con menor erudición
expuse mis conocimientos acerca de este importante órgano, que denominé, muy
ingeniosamente, «el laboratorio químico de la vida».
La madre estaba encantada, escuchándome con
verdadero arrobamiento. El médico del convento era un buen señor, pero no debía
de saber gran cosa, porque apenas les decía nada de sus enfermedades ni se
producía tan bien. Según me dijo el patrón más tarde, opinaba que yo era un
verdadero sabio y se alegraba en el alma de haber tropezado conmigo, porque
tenía muchas esperanzas de curarse con mis recetas. ¡Pobre señora!
Héteme aquí, pues, en relación amigable, y bastante
íntima, con aquellas monjas, gozando bien gratuitamente de opinión de médico
sapientísimo. No me pesaba de ello, por más que desde entonces saliese a cuatro
o cinco consultas por día. Pero era mucho lo que me placía la vista de la
hermana San Sulpicio, y mucho lo que me hacía gozar su carácter resuelto,
desenfadado, tan poco monjil que verdaderamente en ocasiones asombraba. Por la
tarde de aquel mismo día las acompañé mientras paseaban el agua por la galería,
y charlamos animadamente con la mayor confianza, lo mismo que si nos
conociésemos desde larga fecha. Tal milagro en cualquier otro punto del globo,
es cosa corriente en Andalucía, donde el trato y la confianza son cosas
simultáneas. No dejaba de sorprenderme que la hermana San Sulpicio me hablase
ya en tono festivo y me dijese algunas bromitas delicadas, porque en mi Galicia
las mujeres son más reservadas: sobre todo si visten el hábito religioso, por
milagro se autorizan el departir con un joven. Pero como me agradaba, dejábame
llevar por la corriente, aceptaba las bromas, y las devolvía, procurando, por
supuesto, que no traspasasen los límites en que debían mantenerse tratándose de
una religiosa, y hacía todo lo posible por mostrarme ingenioso y bien educado,
a fin de inspirar cada vez mayor confianza.
Al día siguiente hice que me despertasen muy
temprano, y fui a misa de alba. La madre tenía tan buena idea de mí, que no le
sorprendió nada encontrarme en la iglesia; pero la hermana San Sulpicio me
dirigió una mirada de curiosidad que me puso colorado. La verdad es que nunca
he sido muy devoto, y debo confesar ingenuamente que en aquella ocasión me
llevó a la iglesia, más que el deseo de asistir al santo sacrificio, la
esperanza de ver a la graciosa hermana. Sin embargo, es bien que se sepa al
propio tiempo que no soy ateo ni participo de las ideas materialistas del siglo
en que vivimos, las cuales he combatido en verso varias veces. Soy idealista, y
protesto con todas mis fuerzas contra el grosero naturalismo. Además, a un
poeta lírico no le sienta mal nunca un poco de religión.
Al salir de la iglesia vino hacia mí la madre, me
hizo la consulta matinal, y no tuve más remedio que acompañarlas a beber el
agua, subiendo con ellas a la misma calesa. En los días que siguieron nuestra
confianza y amistad crecieron extremadamente. Era su acompañante obligado en
los paseos, y también en casa departíamos a menudo, ora en el cuarto de la
superiora, ya sentados algún ratito en el patio. Observaba que la gente, al
pasearnos en la galería o en el parque, nos miraba con curiosidad. Sobre todo a
las jóvenes les llamaba mucho la atención que acompañase a unas monjas, y me
dirigían miradas maliciosas y sonrisas, por donde vine a comprender que
sospechaban la admiración que las virtudes y los ojos de la hermana San
Sulpicio me inspiraban.
Pertenecía ésta, lo mismo que las otras, a una
congregación denominada el Corazón de María, que estaba destinada a la
enseñanza de niñas y habitaba un convento de Sevilla. Esta congregación era
francesa y tenía varios colegios, lo mismo en España que en Francia. El
superior de todos ellos era un clérigo viejecito que constantemente los estaba
recorriendo para inspeccionarlos. Los votos que hacían duraban cuatro años, al
cabo de los cuales se renovaban. A la tercera vez era necesario hacerlos
perpetuos o salir de la congregación. Lo mismo la hermana San Sulpicio que su
prima, la hermana María de la Luz, se habían educado desde muy niñas en aquel
convento, del cual no habían salido más que para ejercer su ministerio en dos o
tres puntos de España.
Cada momento me seducía más la gracia y el carácter
campechano de la primera; y eso que más de una vez se reía, según sospecho, a
mi costa. A los dos o tres días de tratarla me preguntó:
—¿De dónde es usted?
—De Bollo.
Me miró con sorpresa.
—Un pueblecito del partido judicial de Viana del
Bollo, en la provincia de Orense—añadí con timidez.
Por sus ojos pasó entonces un relámpago de alegría
y observé que se mordió los labios fuertemente, volviendo al mismo tiempo la
cabeza.
—¿Qué? ¿Le hace a usted gracia el nombre de mi
pueblo, verdad?—le pregunté, comprendiendo lo que pasaba en su interior.
—Pues sí, señor… dispénseme usted… me hace
muchísima gracia—repuso, tratando de reprimir en vano las carcajadas que fluían
a su boca.—Dispénseme, pero tanto bollo… vamos… es cosa que a cualquiera se le
atraganta.
Después que rió cuanto quiso, me dijo:
—No creí que era usted gallego.
—¿Pues?
—No se le conoce a usted nada.
—¿Y en qué distingue usted a los gallegos, hermana?
—Pues en lo que les distingue todo el mundo… Está
bien a la vista—replicó con algún embarazo.
Yo me eché a reír, adivinando que se figuraba que
todos los gallegos eran criados o mozos de cuerda. Se puso un poco colorada y
dijo:
—No es por nada malo… no crea usted que yo quiero
rebajarlos.
En los días sucesivos observé que el sentimiento de
conmiseración por la desgracia de haber nacido en Galicia no se desvanecía,
mostrándome cierta simpatía y benevolencia no exentas de protección. Cuando le
hice algunas preguntas acerca de Sevilla, me habló con entusiasmo y orgullo. Se
sorprendía de que no hubiese estado allí. Para ella era el paraíso; un lugar de
delicias, de donde nadie podía irse sin sentimiento. Apenas salía del convento,
y sin embargo, el apartarse de Sevilla considerábalo como un destierro penoso.
Dos años había pasado en Vergara, donde la congregación tenía colegio, y en los
dos años no había hecho más que suspirar por su patria. Y eso que para la salud
le probaba muy bien el país. Pero ¡qué tristeza asomar la frente por las rejas
de la ventana y ver aquel cielo siempre encapotado, dejando caer, sin cansarse
nunca, agua y más agua! ¡Y luego aquel modo de graznar que tiene la gente para
decir lo que se le ocurre! Parecen todos algarabanes. Lo único que había
sentido al dejar a Vergara fue una niña con quien se había encariñado mucho,
llamada Maximina. Se habían escrito durante una temporada. Después supo que se
había casado; después no supo más de ella.
—Ha muerto—le dije.
—¿Ha muerto?—repitió toda turbada.—¿La conocía
usted?… ¿Dónde ha muerto?
—La conoce hoy todo el mundo. Ha muerto en Madrid.
Su historia sencilla, escrita y publicada recientemente, ha hecho derramar
muchas lágrimas. Aún tengo media idea de que se menciona en ella el nombre de
usted.
La hermana quedó silenciosa, inmóvil. Estábamos
sentados en un banco del parque, a la orilla del río, que corría triste y
fangoso a nuestros pies. Delante, a corta distancia, se extendía la cortina
sombría de la sierra cerrándonos el horizonte. Al cabo de algunos momentos
advertí que la monja estaba llorando.
—Dispénseme usted que le haya dado la noticia así
tan de repente… Yo no pensaba…
—¡Pobrecilla! ¡Si usted supiera lo buena que era
aquella criatura!—dijo llevándose el pañuelo a los ojos.—Luego ha sido uno de
los pocos seres que en el mundo me han querido de veras…
—¡Pocos seres!… Yo creo que se equivoca, hermana. A
usted deben quererla todos los que la traten… Al menos por lo que a mí se
refiere, hace poco tiempo que la conozco y ya se me figura que la quiero…
Después de decir esto comprendí que era algo
descomedido y quedé confuso. Traté de atenuarlo siguiendo:
—Tiene usted un carácter abierto, campechano, que
la hace muy simpática. Yo creo que la virtud y la piedad no exigen por
precisión ese retraimiento, ese silencio y rostro severo y adusto que suele
verse en muchas religiosas, en casi todas. Imagino que la alegría debe ser la
compañera de la virtud; lo mismo opinaba Santa Teresa, como usted debe de
saber. Además, un rostro sereno, risueño, una palabra cortés, indican en
cualquier estado, cuando no es hipocresía, un corazón bondadoso.
Levantó la mirada húmeda hacia mí, diciendo con
graciosa severidad:
—Mire que las religiosas no podemos escuchar
requiebros: ya se lo he dicho.
—Éstos no son requiebros: no he dicho nada de su
figura.
—Pero lisonjea usted mi carácter, que es lo mismo.
Aquella tarde estuvo triste y taciturna, lo cual me
dio buena idea de ella, porque, a no dudarlo, la tristeza provenía de la
noticia que le acababa de dar. Me vi precisado a conversar exclusivamente con
la madre Florentina; porque pensar que se le podía sacar alguna palabra del
cuerpo a la hermana María de la Luz, era pensar lo imposible. Cuando llegamos a
casa, al tiempo de separarnos, la hermana San Sulpicio me dijo:
—Oiga: ¿podría proporcionarme esa novela de que me
hablaba?
—¿La de Maximina?
—Sí: pediré permiso a la superiora y al confesor
para leerla. Creo que me lo concederán… Y si no me lo conceden, la leeré de
todos modos, aunque me cueste una severa penitencia.
Me hizo reír aquella desenvoltura, y le respondí:
—Sí, se la puedo dar a usted. Hoy mismo escribiré a
Madrid pidiéndola.
La casa del famoso inventor, la Fonda Continental,
se había llenado por completo. En la mesa redonda comíamos ya doce, y además
había que contar las monjas, que comían en su cuarto. Por la noche, aquél me
vino a pedir que consintiese poner en mi cuarto otra cama para un joven que
acababa de llegar de Málaga.
—¡Pero, hombre de Dios, si apenas puedo revolverme
yo!
Pues no había más remedio. El inventor tenía o
decía tener con aquel joven un compromiso ineludible, y se empeñaba, con
humildad, sí, pero también con firmeza, en que se pusiera la cama. Yo me
indigné muchísimo y le dije algunas palabras pesadas. Por lo visto, aquel loco
sabía barrer para dentro. Su mirada de perro fiel había llegado a causarme
repugnancia. La verdad es que si no hubiera sido por la simpatía invencible,
que ya no podía ocultarme a mí mismo, que me inspiraba la hermana San Sulpicio,
aquella misma noche me habría mudado de casa. Sufrí a regañadientes la
introducción de la cama, y no pude menos de dirigir al intruso, que se paseaba
solo por el patio, algunas miradas coléricas. Me dispuse a estar con él lo más
grosero posible.
Cuando llegó la hora de acostarse, fuime hacia el
cuarto, me desnudé y me metí en la cama. Poco después de estar allí, cuando aún
no me había dormido, llegó el intruso. Fingí que dormía para no saludarle. A la
mañana siguiente levanteme temprano y fui a misa, según costumbre. Él no se
despertó.
Era un joven de veintiséis a veintiocho años: tuve
ocasión de verle bien paseando por la galería. Bajo de estatura y de color,
cara redonda con ojos pequeños y vivos de una expresión firme y aviesa que le
hacía desde luego antipático; pelo negro y lacio que ofrecía al descubrirse una
leve y prematura calva en la coronilla. Vestía de un modo semejante a los
chulos, como sucede ordinariamente con los señoritos en Andalucía; pantalón muy
apretado, chaqueta corta y apretada también y hongo flexible. Aprovechando un
momento en que nos encontramos al pie del manantial bebiendo el agua, me creí
ya en el caso de dirigirle la palabra.
—Tengo entendido que es usted mi compañero de
cuarto, caballero.
—Eso parece—me respondió en tono resuelto no exento
de impertinencia.
Un poco picado por él, le dije sonriendo:
—Por cierto que ha sido bien a mi pesar. No tenía
ninguna gana de compañía.
—¡Pues qué había usted de hacer! ¿Quién tiene gana
de que le introduzcan una cuña?
Puesta la conversación en este terreno de franqueza
un poco ruda, seguimos platicando amigablemente mientras dábamos vueltas por la
galería. Mi compañero era un malagueño tan cerrado, como lo era sevillana la
hermana San Sulpicio. Hablaba de la zeda, mientras ésta hablaba de
la ese. Fumaba sin cesar pitillo sobre pitillo y sin cesar también
escupía lanzando el chorrito de saliva por el colmillo, como sólo lo había
visto hacer hasta entonces a la plebe. No obstante, era de una familia muy
distinguida, hijo de un cosechero y exportador de pasas, y se llamaba Daniel
Suárez. Hablamos del artículo en que su padre y él comerciaban, y observé que
poseía ideas bastante prácticas, pero no muy escrupulosas, en asuntos
mercantiles. Tenía un modo de producirse resuelto, serio, un poco malhumorado y
desdeñoso. Jamás reía, ni sonreía siquiera. A pesar de esto no acababa de
hacerse antipático. Su franqueza era un poco cínica; pero sus ideas siempre
prácticas y razonables. Aquel tono malhumorado que usaba se veía bien que procedía
de su temperamento, no de un espíritu vanidoso. Le pregunté por el patrón y le
hablé de su invención famosa.
—Sí; es un loco mientras no se llegue a los
céntimos—me respondió.—En cuanto llega a los céntimos su razón se aclara de
repente, y no hay hombre más lúcido en media legua a la redonda. No tenga usted
cuidado de que se equivoque cuando le ponga la cuenta.
—Más vale así, porque de otro modo, sus hijos…
—No tiene hijos. No tiene más que a su mujer y una
sobrina a quienes hace trabajar como mulas de alquiler. A mi padre y a mi nos
ha escrito ya más de cincuenta cartas pidiéndonos dinero para construir su
cañón. No se nos ha pasado por la tela del juicio dárselo, por supuesto; pero
si se lo diéramos, se quedaría con ello, y pediría en seguida a otra persona.
—Ayer, cuando me vino con la embajada de meter la
cama de usted en mi cuarto, estuve a punto de incomodarme de veras y dejar la
casa.
—Hubiera usted hecho bien. Si usted se incomoda de
veras, le deja en paz a escape. Iría recorriendo todos los huéspedes, hasta
tropezar con el tonto que necesitaba.
No me hizo maldita gracia lo del tonto; pero me
callé, esperando ocasión de demostrarle que no lo era.
Cruzamos cerca de una joven elegante que venía
paseando con un viejo. Mi compañero la saludó con mezcla de cortesía y
displicencia, que era lo que le caracterizaba. La joven, que era lindísima,
aunque un poco marchita ya, le clavó una mirada dulce y risueña, como si le
quisiera fascinar.
—¿Quién es esta joven?—le pregunté.
—Pues esta joven—me contestó lanzando el chorrito
de saliva por el colmillo—es hija de ese señor viejo, que se llama D. Serafín
Blanco, y viven en Málaga, aunque son de Granada.
—Parece, a juzgar por la mirada que le ha echado,
que no le es usted enteramente antipático.
—Ni usted tampoco, si es soltero…
—¿Tanta gana tiene de marido?
—Una mijita. Cuando su padre fue a establecerse a
Málaga, hace siete u ocho años, era un hombre rico: esta niña podía tener
entonces diez y seis años, lo más. Entonces era otra cosa. Con aquello de que
su papá tenía cinco vapores en el muelle y arreaba cuatro jacos de primera
cuando salía a paseo, y en todas partes se presentaba soplando por la trompeta,
estaba la chica que cualquiera se acercaba a ella. El papá, que la quería tanto
como Dios quiere a su madre, la cumplía todos los gustos, y, claro, la niña
decía ¡pa riba! Llegó a tener más humo que echa una locomotora. Se acercaron
tres o cuatro muchachos, hijos de labradores bastante acomodados, y… ¡de codo!…
Pero ese tío ha dado de c… hace dos años. Todo aquello de los vapores y los
jacos y los bailes lo llevó el aire: se quedaron con el día y la noche: los
pretendientes desaparecieron, los años aumentaron, y naturalmente, la niña, en
vez de decir ¡pa riba!, dice ahora ¡pa bajo!… Conque si usted quiere picar, ya
sabe…
—Gracias.
—¡Phs! la niña, aunque madurita, no tiene mal
aquel… vamos… Me parece, sin embargo, que la pobrecilla irá a sentarse en el
polletón?
—¿Qué es eso?
—¿No sabe usted lo que es el polletón?—preguntó,
haciendo una mueca rara y dejando escapar de la garganta un sonido más raro
aún, que debía de equivaler a una carcajada.—Pues es un lugar muy alto que hay
allá en el cielo, donde van a sentarse las que mueren solteras.
Dimos algunas vueltas por el parque y observé que
conocía mucha gente, porque al parecer era mucha la que había a la sazón, de
Málaga. Lo que más me sorprendía era la seguridad y precisión con que
determinaba la hacienda de cada uno de sus conocidos. Veíamos, por ejemplo, una
señora con su hijo.
—El marido es comerciante en sederías. Tiene unos
cuarenta mil pesos.
Encontrábamos a dos niñas con sus novios
respectivos.
—Ni una peseta; el palmito y nada más.
Pasábamos cerca de un caballero anciano.
—Adiós, D. Juan… Propietario rico; su labranza vale
más de cien mil pesos.
Parecía que estaba dedicado exclusivamente a tasar
los bienes ajenos.
Me repugnó algo aquella sórdida cualidad. A las
pocas más vueltas que dimos acerté a ver a las monjas, a quienes acababa de
dejar el padre Talavera, y me despedí para acercarme a ellas.
—Vaya usted con Dios—me dijo con un acento donde
creí advertir cierta burla. Al mismo tiempo observé que se fijaba
descaradamente, deteniendo el paso para ello, en la hermana San Sulpicio.
La primera vez que volví a encontrarle, cuando
íbamos a sentarnos a la mesa, me preguntó en tono frívolo y burlón:
—¿Qué tal la monjita?
—¿Qué monjita?—pregunté a mi vez secamente, presto
a irritarme.
—¿Pues cuál ha de ser? Esa chatilla de los ojos
negros que le trae a usted dislocado.
—¿Que me trae a mí dislocado?—repetí, poniéndome
como una cereza.—Vamos, usted está loco o quiere quedarse conmigo… y conmigo no
se queda nadie, se lo advierto. Yo conozco esas monjas desde hace cinco o seis
días. He sido llamado como médico por la madre superiora, después las he
acompañado alguna vez por cortesía. Nada más que esto. Ni yo estoy dislocado
por nadie, y mucho menos por una monja, lo cual sería un absurdo, ni tengo con
ellas más que un conocimiento superficial, como los que aquí se engendran, ni
he reparado si tiene los ojos negros o azules, ni tiene sentido común semejante
cosa.
Dije estas palabras con energía y mostrando
demasiado claramente mi irritación.
Suárez me miró con sorpresa y respondió con acento
mitad afectuoso, mitad despreciativo:
—¡No se apure usted, buen hombre! Déjelo usted
correr, que ya parará. Me han dicho por ahí que le gusta a usted esa morena.
¿No le gusta a usted? Pues corriente. A mí sí; porque es una mujer castiza,
¿sabe usted? de esas que al llamarlas dicen con la mano ¡vuelvo!
—A mí no me apura una broma de ese género—dije
sosegándome y un poco acortado.—Pero se trata de una monja, y ya comprenderá
usted que los que tenemos creencias no podemos tolerarlo. Sería feo y
repugnante hablar de una religiosa como de una mujer cualquiera.
—Pues mire usted, amigo—me respondió con mucha
calma, soltando el consabido chorrito por el colmillo,—al verle a usted tan
bravo, cualquiera diría que le han tocado en lo vivo. Si es así, ¡a ello! Yo le
doy la absolución… Oiga usted: le prevengo que no ha sido ocurrencia mía. Todo
el mundo dice por ahí que le hace usted la rosca a la monjita: ¡conque ojo!
Respondí con un gesto desdeñoso; pero en realidad
me puso inquieto la noticia.
—¿Esas monjas hacen voto de castidad para siempre?
—No, señor; los renuevan cada cuatro años.
—¡Toma! Pues ya sé yo de una que al tocar a renovar
va a decir ¡hasta luego!
No quise recoger la alusión, y encaucé la
conversación por otros sitios. Cuando quedé solo después de esta plática, me
sentí fuertemente desasosegado. Por un lado la noticia de que mi amistad con
las monjas llamaba la atención de los bañistas hasta el punto de juzgarme
enamorado de una de ellas, me molestaba de un modo indecible. Renegaba en mi
interior de la suspicacia malévola que parece inherente al corazón humano en
todos los países, y protestaba con irritación de esa tendencia a ver el lado
malo en las acciones de los demás, y atribuirlas siempre un móvil interesado o
mezquino. Después de todo, ¿qué tenía de particular, vamos a ver, que yo,
siendo amigo y médico a la sazón de la madre superiora, viviendo en la misma
casa que ellas, las acompañase alguna vez en el paseo? Si fuesen viejas las
tres, ¿dirían algo aquellas malas lenguas?… Pero en tal momento cruzó por mi
mente un pensamiento contestando a esta reflexión: «Si fuesen viejas las tres,
¿las acompañarías tú tan asiduamente?» Tuve que confesarme que no. Si las tres
fuesen viejas las acompañaría menos, y si fuesen todas como la madre Florentina
casi nada.
Luego no había duda; a mí me gustaba la hermana San
Sulpicio. «Pero, hombre, ¿ahora estamos en esas? me dijo el pensamiento
respondón al llegar a este punto. ¡Cuánto tiempo hace que estás enamorado de
ella!—¿Cómo enamorado?… ¡Alto, alto!… no transijo…—¡Sí, sí, enamorado! Pues si
no estuvieses enamorado, ¿por qué te habías de levantar a las cuatro de la
mañana? ¿Por qué habías de ponerte de un humor tan endiablado cuando no la
encuentras en el paseo? ¿Por qué, en fin, sientes ahora tal regocijo al escuchar
de otros labios lo que tú has pensado más de quinientas veces en seis u ocho
días, que la hermana no está atada para siempre por un voto?»
¡Tendría gracia! exclamé después de haber meditado
un rato, sonriendo a una idea que me asaltó de pronto. Me propuse, sin embargo,
ser más cauto, procurando aparecer las menos veces posible en público con las
monjas. En cambio me esforzaba por que los ratos de conversación dentro de casa
se prolongasen. Aun escuchando las fastidiosas disertaciones de la madre sobre
sus múltiples enfermedades, me placía permanecer en su cuarto. ¡Los ojos de la
hermana San Sulpicio disertaban en tanto sobre cosas tan lindas!
Un día, poco después de llegar del manantial,
estando sentados un momento en el patio, le pregunté:
—¿Cuál es la verdadera gracia de usted?
—¡Jesús, la verdadera! ¿Pues tengo alguna falsa?
—Nada de eso—respondí riendo.—Toda la que usted
tiene (y tiene usted muchísima) es legítima, de pura raza andaluza.
—Vaya, vaya, ya se ha callado usted; si no, me
levanto y le dejo en poder de la madre, que se encargará de ponerle menos
alegrito.
—¡No, por Dios!
—Pues callando.
—Dígame usted cómo se llamaba antes de ser
religiosa.
—¿Para qué quiere usted saberlo? De todos modos, no
puede llamarme de ese modo, ni yo puedo responderle.
—No importa, lo guardaré en el fondo del pecho y
allí lo tendré sin comunicárselo a nadie, como un recuerdo precioso de usted.
—¡Anda! ¡Cualquiera diría que es usted gallego! Con
esas palabritas gitanas, más parece usted un gaditano.
—¿El nombre?
—Nada, no quiero que se lo guarde usted en el
pecho. Le va a producir catarros.
—Guasitas, ¿eh?
—Además, ¡quién sabe los que tendrá usted ya ahí
almacenados! Una religiosa tiene que mirar mucho la compañía…
Después, quedándose un momento pensativa, sugerida
la idea sin duda por la asociación, me preguntó:
—¿Va usted al baile esta noche?
—¿Al baile del Casino?
—Sin duda.
—Pues sí, señora, tal vez dé una vuelta por allí…
En estos sitios de baños hay tan pocos recursos para distraerse, que si uno no
aprovecha las fiestas… Sin embargo, si usted no quiere, no iré.
—¿A mí qué me importa que usted vaya o no
vaya?—respondió con viveza; pero volviendo sobre sí de repente, añadió:—Digo,
no, perdóneme usted y que me perdone Dios; he dicho una necedad. Los bailes son
lugares de perdición y debemos desear que no vaya a ellos nadie.
—Entonces no los habría… De modo que no quiere
usted que vaya.
—Si usted me consulta, tengo el deber de
aconsejarle que no vaya—me respondió adoptando por primera vez un tono sumiso y
monjil que no le cuadraba.
—Bien, puesto que usted no quiere, no iré; pero en
cambio me va usted a decir cómo se llamaba.
—¿Ya pide usted réditos? Las buenas acciones las
premia Dios en el cielo.
—Y a veces en la tierra, por conducto de sus
elegidos. Sea usted el conducto de Dios en este momento, hermana.
Me miró con la misma expresión curiosa y burlona de
otras veces, bajó después la vista y, trascurrido un momento de silencio,
levantose de la silla para subir al cuarto. Con el mayor disimulo la retuve
suavemente por el hábito, diciendo al mismo tiempo en voz de falsete:
—¿Cómo se llamaba usted?
—¡Chis, suelte usted!
Y dando un tirón se alejó, no sin dirigir una
rápida mirada de temor a la madre.
IV
Peteneras y seguidillas.
¡Oh diablo! ¿Estaría galanteando a la hermana San
Sulpicio? La impresión que saqué de esta plática por lo menos fue ésa. Y si
debo declarar la verdad entera, me parecía que la monja escuchaba los galanteos
sin gran horror.
La idea despertó en mí una sensación extraña en que
el placer se mezclaba con el susto. Fue una sensación viva, un estremecimiento
voluptuoso junto con la sorpresa, el temor, el remordimiento, que me puso
inmediatamente inquieto; pero con una inquietud suave, deliciosa. Yo tengo un
temperamento esencialmente lírico, como he tenido el honor de manifestar, y
todos adivinarán fácilmente los estragos que una idea semejante puede hacer en
tales temperamentos. No hay joven poeta que no haya soñado alguna vez con enamorar
a una monja y escalar las tapias de su convento en una noche de luna, tenerla
entre sus brazos desmayada, bajarla por una escala de seda, montar con ella en
brioso corcel y partir raudos como un relámpago al través de los campos, a
gozar de su amor en lugar seguro. No sé si este sueño poético está inspirado
por el espectáculo del Don Juan Tenorio, o si nace espontáneamente
en los corazones líricos; pero ninguno de ellos me negará que lo ha tenido, y
yo el primero. Puede considerarse, pues, la emoción y el anhelo con que
descubrí aquel sacrílego galanteo.
Pero mis sueños tomaron al instante otra dirección
más práctica que la de escalar el convento y arrebatar de su celda a la
hermana. En estos tiempos hay que contar con la influencia funesta que sobre la
poesía ejerce la guardia civil. Si no se cuenta con ella es facilísimo dar un
disgusto terrible a la familia. En vez del escalamiento me pareció más
factible, si no tan sabroso, gestionar la salida de la hermana por la puerta
principal del convento, para lo cual me propuse averiguar si estaba dispuesta a
renovar sus votos cuando llegase el plazo. Porque, dada su edad, no podían aún
haber trascurrido los ocho años necesarios para hacer el voto perpetuo… A no
ser que lo hubiese hecho la primera vez. Este pensamiento me sobresaltó.
Aproveché la primer coyuntura para entrar en conversación aparte con la
superiora. Con cierta astucia, que no había reconocido en mí hasta entonces,
fui llevándola adonde era mi propósito, y pude averiguar una noticia que hizo
brincar a mi corazón. La hermana San Sulpicio necesitaba renovar sus votos en
el mes entrante, que era cuando terminaban los cuatro años. Según lo que pude
colegir de las vagas indicaciones de la madre, no había gran seguridad de que
lo hiciese. Halagando la pasión desenfrenada que ésta tenía por hablar, logré que
me relatase la historia de la graciosa monja. No necesito advertir que primero
le pedí la de la hermana María de la Luz. El amor me hacía un diplomático
sutilísimo.
La hermana San Sulpicio se llamaba en el mundo
Gloria Bermúdez. Su padre había muerto cuando ella contaba solamente nueve o
diez años de edad. Era un comerciante rico de Sevilla. Su madre, una señora muy
piadosa que poco después de la muerte de su esposo llevó a la niña a educarse
de interna en el colegio del Corazón de María. Desde aquella fecha hasta la
presente, la hermana sólo había pasado fuera del convento algunas temporadas,
casi siempre para reparar la salud.
—¿De suerte que se le manifestó en seguida la
vocación?—pregunté con temor.
—¡Oh, no! La hermana San Sulpicio ha sido siempre
una criatura traviesa y rebelde. ¡No puede usted figurarse lo que me ha dado
que hacer mientras fue educanda! ¡Jesús, qué chica! Parecía hecha de rabos de
lagartijas. Aun hoy habrá usted advertido que su carácter es bastante distinto
del de su prima. Ésta sí que desde muy tiernecita decía lo que había de ser:
¡siempre tan quietecita! ¡tan suave! ¡tan modesta!… Yo creo que no se la ha
castigado en la vida… Luego, ¡si viera usted qué piadosa! Cuando las demás estaban
en el recreo, ella se iba a la capilla solita y pasaba en oración el tiempo que
las otras empleaban en divertirse. Jamás tuvo una mala contestación para sus
maestras ni riñó con sus compañeras. Donde la ponían, allí se estaba… Lo mismo
que hoy, ¿no lo ve usted?
—Sí, sí… La otra nada de eso, ¿eh?—dije sonriendo
estúpidamente.
—¿La otra?… ¡Madre del Amparo, qué torbellino!
Bastaba ella sola para revolver, no una clase, sino todo el colegio. Los
castigos y penitencias nada servían con ella. Al contrario, yo creo que era
peor castigarla. Muchas veces estaba de rodillas pidiendo perdón a la comunidad
y se reía a carcajadas, o entraba en las clases a besar el suelo y con sus
muecas armaba un belén en todas ellas. ¡Las veces que habrá adelantado el reloj
para que llegase primero el momento de recreo! No se podía estar tranquila teniéndola
a ella en la clase. Cuando no pellizcaba a las compañeras, les escribía
cartitas amorosas poniendo la firma de un hombre, o les mandaba retratos de la
hermana que les daba lección, hechos con lápiz. Cuando la dejaba cerrada en la
buhardilla, hacía señas y muecas a las oficialas de un taller de modistas que
había enfrente. Una vez encendió todos los cirios que teníamos allí en
depósito, se prendió fuego a una estera y por poco no ardemos todas. ¡Con
decirle a usted, señor doctor, que una vez llegó a poner la mano en una
hermana! Era una niña medio loca… Muy dispuesta, eso sí; lo que no aprendía era
porque no quería aprenderlo. En una hora de trabajo hacía ella más que otras en
cuatro… y bien hecho, no vaya usted a creer. Tiene unas manos de oro para bordar,
y para los estudios una comprensión tan rápida que pasma. Hoy, sin agraviar a
nadie, se puede decir que es la mejor profesora que tenemos… Hasta en los
deberes religiosos se conoce que a esta criatura le ha faltado siempre algún
tornillo. Generalmente ha sido un poco descuidada en el cumplimiento de ellos;
pero a temporadas de dos o tres meses se le enciende de tal modo el corazón en
amor de Dios, que no hay nadie en el colegio que la pueda seguir en sus
oraciones y penitencias… Apenas come, apenas habla, pasa las horas que tiene
libres arrodillada en su celda, y por los pecados más pequeños se humilla de
tal modo a nosotras y llora con tantas lágrimas que realmente parece una santa.
Pero a lo mejor cambia el viento y vuelve a ser la misma chica alegre y
bulliciosa de siempre. Claro está que desde que es religiosa ha mudado mucho;
se conoce que la pobre procura dominarse. Pero como, según dicen, genio y
figura hasta la sepultura, cierto modo de hablar desenvuelto y alegre, que a
usted le habrá sorprendido en una monja, no ha podido reformarlo. Cuando la
reprendo me saca a Santa Teresa, que opina que la piedad no se opone a la
alegría y buen humor… Y la verdad es que hoy por hoy ella cumple como todas y
en algunas cosas mejor que todas. En el colegio todas la quieren, y las niñas
se mueren por ella, tanto que hay que cambiarla a menudo de clase, porque por
la regla nos está prohibido tener preferencias en el cariño, y la hermana San
Sulpicio no puede menos de tenerlas por su carácter apasionado… Le ha costado
algunos disgustos a la pobre… Allá en Vergara…
—Sí, sí; ya me ha contado ella cómo se había
enamorado de una niña… Uno de los más duros deberes para ustedes sin duda ha de
ser el de no poder profesar cariño a nadie… Y no teniendo así una vocación bien
determinada, y hallándose, como usted dice, en buena posición, ¿cómo es que esa
niña se ha hecho monja?
—No he dicho que careciese de vocación. No era tan
clara como la de su prima, pongo por caso, pero sí la tenía. Estas decisiones
son demasiado graves para que se tomen sin vocación… Creo, sin embargo, que
algo habrá ayudado el no llevarse muy bien con su madre… Al parecer, son genios
opuestos.
Esta plática sirvió para despertar aún más mi
afición.
La posibilidad que se me ofrecía repentinamente de
poder amar sin sacrilegio a la saladísima hermana y de ser amado por ella, fue
un rayo de sol que iluminó mi espíritu y lo bañó de alegría. Excitada de súbito
mi imaginación, me consideré ya como novio de la monja, y saltando por encima
de todos los pasos que debían, como es lógico, preceder a este beatífico
estado, me recreaba pensando en la originalidad de conducir al tálamo a una
religiosa. Consideraba con placer cuán afortunado podía llamarme, hoy que los
antecedentes de una mujer constituyen un problema para el que se casa, pudiendo
recibirlos tan limpios y puros. Veíame en mí casita, a su lado, escuchando
aquel gracioso acento andaluz que tanto me cautivaba, recordando tal vez con
risa los curiosos pormenores de nuestro conocimiento, tal vez interrumpidos en
nuestra plática por el juego ruidoso de algunos nenes…
Cuando desperté de aquel sueño feliz, no pude menos
de pensar que para llegar a allá aún quedaba mucho camino. No obstante, me
sentí con ánimos para emprenderlo, y tomé la resolución de «trabajar a la
monja» hasta conseguir que renunciase al claustro o cambiase su celda por otra
más amplia donde cupiésemos los dos. Además del ningún enojo con que recibía
mis atenciones y galanteos, advertí en ella ciertos síntomas sin duda
favorables al cambio de estado. Por ejemplo, la hermana sentía una pasión
decidida por los niños. Apenas veía uno en brazos de la niñera, ya le brillaban
los ojos, mirábalo con atención insistente, sonreía a la portadora y no paraba
hasta que se acercaba a él, lo acariciaba y le hacía bailar sobre sus brazos.
Para congraciarse con ellos y también con sus mamas, llevaba consigo siempre
buena provisión de bolsitas de seda con unos Evangelios dentro, que colgaba al
cuello de los nenes para preservarlos de peligros y que fuesen con el tiempo
buenos cristianos. Hasta los chiquillos más feos y más sucios le llamaban la
atención. Un día encontramos en la carretera uno de tres o cuatro años de edad
revolcándose en el polvo, en cuya delicada operación parecía encontrar gran
deleite, a juzgar por las risotadas que daba de vez en cuando, sobre todo cuando
el polvo se le metía por los ojos y las narices.
—Mire usted, por la Virgen, esta criatura—exclamó
la hermana San Sulpicio.—Mire usted, madre, lo que está haciendo.
Y se acercó a él y le levantó por un brazo.
—Hola, compadre, ¿le sabe a usted muy dulce? ¿A que
es más dulce este caramelo?
El niño la miró con espanto y no llevó la mano al
que la ofrecía. Hizo pucheritos y estuvo a punto de llorar.
—¡Tontisimo! ¿Lloras porque te doy golosina? ¿Qué
haces entonces cuando te azotan?
Ella misma quitó el papel al caramelo, le abrió la
boca al chiquillo y se lo metió dentro. Al paladear el saborcillo grato, el
niño se humanizó un poco. Sin embargo, seguía mostrando en los ojos un
sobresalto que concluyó por hacernos reír.
—¿Vives aquí cerca?
El niño bajó levemente la cabeza en señal de
asentimiento.
—¿Dónde está tu casa?
Alzó la manecita sin hablar y apuntó a una casucha
que se alzaba no muy lejos sobre la misma carretera.
—Llévame, anda.
Y le cogió de la mano dirigiéndose hacia ella. Era
de ver el encogimiento singular y la expresión de dolor y angustia con que el
chiquillo caminaba, lo mismo que si le fuesen a ahorcar. La hermana no hacía
alto en ello.
—Vamos, ¿quién es tu madre, ésa?—le preguntó
mostrándole una mujer que a la puerta de la casa se hallaba en pie, mirándoles
con enternecimiento.
—¡Mama!—gritó el niño con angustia.
—¿Qué te pasa, hijo?—dijo la madre riendo.
—Aún tiene miedo a las monjas, pero ya se le irá
quitando—dijo la hermana.—Todavía hemos de hacer muchas migas, ¿verdad, buen
mozo?… Señora, ¿me deja usted ir a lavar el chico? Porque así no hay alma que
le dé un beso.
La madre se puso colorada.
—No crea usted que le he dejado de lavar, que le he
lavado dos veces hoy, señora; pero este arrastrao no sé dónde se ensucia tanto.
—Pues yo sí: revolcándose en la carretera.
—¡Ah pícaro!
—¡Corre, corre, que te pega tu madre!
Y arrastró riendo al chico, que caminaba ahora de
bonísima gana, hacia una fuente próxima, y allí le lavó y le peinó con las
manos todo lo esmeradamente que pudo.
Pues digo que, por estos y otros síntomas
semejantes, me parecía que la hermana no estaba haciendo una esposa de Cristo
modelo; esto sin tratar de ofenderla. Y comencé a gestionar el divorcio con
ahínco, pues no hay nada que peor parezca que un matrimonio malavenido. Lo
primero que hice, el mismo día en que la madre me comunicó los pormenores
mencionados, fue procurar adelantarme un poco en el paseo en su compañía, y
cuando comprendí que no podía ser oído por las otras monjas, decirle a boca de
jarro:
—Diga, hermana, ¿piensa renovar los votos el mes
próximo?
La pregunta estaba hecha para turbarla, y merced a
su turbación averiguar algo de lo que acaecía en su espíritu. Pero yo no había
estado en Andalucía, ni tenía idea de lo que es una sevillana.
—¿Y a usted qué le importa?—me contestó sin
alterarse poco ni mucho, mirándome con expresión maliciosa a los ojos.
El que se turbó fui yo, y no poco.
—A mí, nada… digo, sí, mucho, porque todo lo que se
refiera a usted ¡claro! ¡me interesa! ¡claro!…
—¡Oscuro! digo yo, ¡oscuro! ¿Por qué le ha de
interesar a usted que una religiosa renueve sus votos?
Debí espetarle en aquel momento la declaración que
tenía preparada, ¿no lo creen ustedes así? La ocasión era que ni encargada.
Pues no me atreví, ¡ea, no me atreví! En vez de decirle: «Porque yo la adoro a
usted, y sería para mí una horrible desgracia esa renovación que me arranca
toda esperanza de ser algún día amado por usted», comencé a balbucir como un
doctrino, concluyendo por decir una sarta de necedades que sólo al recordarlas
me pongo colorado.
—Porque a mí me complacería que usted los renovase…
vamos… que usted los renovase con gusto… No es decir que lo haga sin gusto…
vamos… Pero yo creo que cuando se hace un voto como ése con vocación, puede
pasar… pero cuando se hace sin ella, debe de ser una gran desgracia… Porque es
muy serio… ¡Caramba si es serio!
Cuando yo decía esto, ella parecía muy lejos de
estarlo. Mirábame con ojos donde chispeaba la gana de soltar una carcajada.
Paré, pues, en firme la lengua, y más colorado que un pavo tosí tres o cuatro
veces hasta reventar, supremo disimulo que hallé entonces, y le pregunté,
afectando gran dominio de mí mismo, cuántos vasos había bebido ya.
Entablamos una conversación indiferente. Sin
embargo, a los pocos momentos ella misma volvió a sacar la otra. Nos habíamos
sentado en un banco del parque. Enfrente, sentadas en otro, estaban la madre,
la hermana María de la Luz y una señora, de Sevilla también, que estaba tomando
las aguas, llamada D.ª Rita. En una pausa me preguntó:
Conque usted deseaba saber si pienso renovar mis
votos, ¿verdad?
—Sí, señora—le respondí sorprendido.
—Pues voy a satisfacerle a usted la curiosidad. No,
señor, no pienso renovarlos.
—¡Caramba, cuánto me alegro!
—Puedo decirlo sin pecado—añadió sin hacer caso de
mi exclamación,—porque es mi propósito firme desde hace tiempo, y así se lo he
comunicado al confesor. ¿Quiere usted saber más, fisgón, chinchosillo?
—Sí, señora—repliqué riendo;—quiero saber por qué,
no teniendo vocación… Digo, me parece que no la ofendo a usted.
—No, señor, no me ofende usted. Adelante.
—Por que, no teniendo vocación, se ha hecho usted
monja.
—¡Oh! Eso es largo de explicar—dijo poniéndose
repentinamente seria.—Además, esas cosas sólo se pueden decir a personas de
mucha confianza… y usted es un amigo de ayer.
—¿Cómo de ayer?
—Bueno, de anteayer… es igual.
—Pues aunque soy tan reciente, crea usted que lo
soy de veras, y que tendría placer muy grande en demostrárselo… aunque fuese
con cualquier sacrificio… Porque usted es muy simpática a todo el mundo por su
carácter franco y espontáneo, pero crea usted que a mí lo es más que a nadie… A
los que nacimos y vivimos en el Norte, esa espontaneidad, esa gracia que tienen
las andaluzas nos causa una impresión inexplicable. De mí sé decirle que no
encuentro música más grata que el acento de usted. Me pasaría las horas muertas
oyéndola hablar. Y no sólo por la gracia y el encanto que tienen sus palabras,
sino porque adivino en usted un corazón tierno y apasionado…
Este era el camino más despejado para llegar a una
declaración. Creo que hubiera llegado sin mayor tropiezo a ella si no se
hubiese presentado inopinadamente delante de nosotros aquel maldito chiquillo
que el día anterior habíamos hallado en la carretera.
—¡Perico!—exclamó la monja levantándose.—Pero ¿qué
cara es ésa, niño? ¿Dónde te has metido, lechoncillo?… Señores, miren ustedes
qué cara—añadió cogiéndole por la cabeza y presentándonoslo, sonriendo.—¿Habrá
cosa más chistosa en el mundo? ¿No da ganas de comérselo?
Y sucio y asqueroso como estaba, le repartió en el
rostro unos cuantos besos. Después, limpiándose la boca con movilidad pasmosa,
arrepentida de haberlo hecho, comenzó a insultarle.
—¡Sucio! ¡gorrino! a ver si te vienes conmigo ahora
mismito para que te friegue los hocicos. No tienes vergüenza ni quien te la
ponga.
Y cogiéndole de la mano bruscamente, lo llevó medio
a rastras en dirección del río. El chiquillo, en veinticuatro horas había
tomado con ella gran confianza, y se dejaba conducir sin resistencia. Poco
después la vimos allá abajo, a la orilla, lavándole con ademanes tan bruscos,
sacudiéndole tan vivamente que a todos nos hizo reír. Aunque no se oían sus
palabras, notábase de sobra que le seguía increpando duramente.
Esto sucedía en sábado. El miércoles de la semana
siguiente tenían pensado irse. Era, pues, indispensable aprovechar aquel corto
plazo para conseguir lo que ya abiertamente me proponía, esto es, que la
hermana me diese algunas esperanzas de quererme a la salida del convento. A la
mañana siguiente, como viniese de casa con ellas hasta el manantial, encontré a
Daniel Suárez, mi compañero de cuarto. Me despedí para dar algunos paseos con
él por la galería. Ya he dicho que procuraba presentarme en público las menos
veces posible en compañía de las monjas. Las saludó con aquella displicencia y
mirada cínica que tanto me desplacía. Así que no pude menos de abocarle con
cierta frialdad.
—Buenos días, amigo. ¿Le ha pedido usted la
conversación ya a la monjita?
—¿Cómo la conversación? Claro está, puesto que
todos los días hablo con ella.
—No me entiende usted. Pedir la conversación, en mi
tierra y en la suya, es decirle que se están pasando unas ducas muy grandes por
ella. ¿S’anterao uté?
—No, señor; no sé lo que son ducas.
—Faitigas.
—¡Ah! Pues no; aún no se lo he dicho, ni he pensado
jamás en ello.
—Lástima que esa niña se haya metido monja. Yo
conozco a su familia. Es hija de un comerciante de la calle de Francos que ha
dejado lo menos dos millones. La viuda dicen que vive con un señor… ¿sabe
usted?… un señor. Y hay quien dice también que a la niña la han metido entre
los dos medio a rastras en el convento.
Ahora debo recordar que, aunque poeta, soy gallego.
En el fondo de mi naturaleza se encuentran tan bien casadas estas dos
cualidades, que casi nunca se mortifican o se dañan. El gallego sirve para
refrenar los ímpetus exagerados del poeta. El poeta ejerce el bello destino de
ennoblecer, de dar ritmo armonioso a la existencia. Pues bien, al escuchar las
palabras de Suárez, el gallego me hizo ver inmediatamente el aspecto práctico
del asunto, que el poeta tenía olvidado de un modo lamentable. ¡Dos millones! Las
gracias de la hermana, ya muy grandes, crecieron desmesuradamente con aquella
repentina aureola de que la vi circundada. El gozo se me subió a la cabeza, y
no tuve la precaución de disimularlo.
—Pues, amigo Suárez—dije echándole el brazo por
encima del hombro, en un rapto de expansión,—todavía puede remediarse todo.
El malagueño volvió hacia mí la cabeza un poco
sorprendido.
—Aún puede remediarse, porque la hermana no parece
muy dispuesta a consagrarse a Dios por toda la vida.
—¿De veras?—preguntó con acento indefinible,
sonriendo como a la fuerza.
—Hombre, ¿cree usted que una mujer con esos ojos
asesinos… y ese aire… y esa gracia, ha nacido para encerrarse en un claustro?
Alzó los hombros desdeñosamente.
—¿Y no tiene usted más datos que esos para creer lo
contrario?… Es poco, compadre—dijo, dando un chupetón al cigarro y soltando el
consabido chorrito de saliva.
Me hirió aquel acento desdeñoso, y no pude reprimir
un desahogo de la vanidad.
—Hay más, hay más, querido. Tengo su palabra
terminante.
—¿Palabra de matrimonio?—preguntó con sorna.
—No, palabra de salir del convento.
—Si puede.
—Ya haremos lo posible por que pueda—repuse con
fatuidad.
Quedó pensativo, y seguimos paseando un rato en
silencio. Al cabo, comenzó, como suele decirse, a meterme los dedos en la boca,
y vomité cuantas menudencias de significación o insignificantes habían acaecido
entre la hermana y yo en los breves días que la trataba. Sentía yo el gozo de
todo enamorado en abrir el pecho y poner de manifiesto mis alegrías, temores y
esperanzas. Medianamente satisfecho debió de quedar el malagueño de aquellas
confidencias, a juzgar por la afectada indiferencia con que después me habló de
otros asuntos enteramente apartados del que me preocupaba; tanto que no pude
menos de preguntarle con zozobra:
—Y respecto a la hermana, amigo Suárez, ¿cree usted
que mis esperanzas tienen alguna base, o será todo engaño de la imaginación?…
Porque ya sabe usted… cuando a uno le gusta cualquier mujer, todo lo convierte
en sustancia.
—Phs… Me parece que la hermanita es una chicuela
con un puchero de grillos en la cabeza. Ni sabe lo que quiere, ni por lo visto
lo ha sabido en su vida. Al cabo hará lo que le manden… Conozco el paño.
Me molestaron grandemente aquellas palabras, no
tanto por el desprecio que envolvían hacia la mujer que me tenía seducido, como
por encontrar en ellas alguna apariencia de razón.
Poco después, como tratase de despedirme de él para
unirme de nuevo a las monjas, me retuvo por el brazo.
—¡Vamos, hombre, no haga usted más el oso!—dijo
riendo.—¿No le parece a usted que basta ya de guasa?
—¿Cómo guasa?—exclamé confuso.
No contestó y seguimos paseando. Al cabo de unos
momentos, la vergüenza que se había apoderado de mí, hizo lugar a la cólera.
«¿Y quién es este majadero para intervenir en mis
asuntos, ni para hablarme con tal insolencia? ¡Vaya una confianza que se toma
el mozo!…»
Cada vez más irritado, no respondí a algunas
observaciones que comenzó a hacer sobre la gente que paseaba, y al cruzar otra
vez a nuestro lado las monjas, me aparté bruscamente, diciendo con el acento
más seco que pude hallar:
—Hasta luego.
—Vaya usted con Dios, amigo—le oí decir con un
tonillo tan impertinente que me apeteció volverme y darle una bofetada.
La vista de la hermana y su encantadora charla
hízome olvidar pronto aquel momentáneo disgusto, si bien no pudo apagar por
completo la excitación que me había producido. Manifestose esta excitación por
un afán algo imprudente de traer de nuevo a la hermana a la conversación del
día anterior, para lo cual procuré que nos adelantásemos otra vez en el paseo.
Ella, sin duda, prevenida o amonestada por la madre, o por ventura obedeciendo
al sentimiento de coquetería que reside en toda naturaleza femenina, mucho más
si esta naturaleza es andaluza, no quiso ceder a aquella tácita insinuación
mía. No se apartó un canto de duro de sus compañeras mientras paseamos. Y fue
en vano que las llevase al parque, pues sucedió lo mismo. Sin embargo, cuando
volvimos a casa tuve la buena fortuna de poder hablarla un rato aparte, gracias
a Perico, el chiquillo de marras, con quien casualmente tropezamos. Verle y
apoderarse de él, y sonarle y limpiarle la embadurnada cara con su pañuelo, fue
todo uno para la hermana. Para ello tuvo necesidad de quedarse un poco
rezagada, y yo, claro está, interesadísimo también por el niño, me quedé a su
lado. Terminado el previo y provisional aseo, la hermana le prometió darle dos
almendras si se venía con ella a casa, y Perico, de buen grado, consintió en
perder de vista sus lares por algunos minutos. Tomole de la mano, y yo, por no
hacer un papel desairado, le tomé por la otra, y comenzamos a caminar
lentamente llevándole en medio. Confieso que maldita la gracia que me hacía
aquel chiquillo sucio y haraposo, feo hasta lo indecible; pero quien me viese
en aquel instante llevándole suavemente, sonriéndole con dulzura, dirigiéndole
frases melosas, pensaría a buen seguro que le adoraba.
Como ya he dicho que estaba algún tanto excitado y
deseaba con extraño anhelo declarar mis sentimientos a la hermana, cogí la
ocasión por los pelos en cuanto se presentó.
—Di, chiquito, ¿te acordarás de mí cuando me vaya,
o te acordarás tan sólo de los caramelos?—preguntaba bajando la cabeza hasta
ponerla a nivel de la del niño.
Éste, con su ferocidad indómita, bajaba más la
suya, sin dignarse responder.
—Di, tío silbante, ¿sientes o no que me vaya?
—¡Oh, Gloria!—exclamé yo entonces con voz
temblona.—¿Quién no ha de sentir perderla a usted de vista?
La monja levantó la cabeza vivamente y me miró de
un modo que me turbó.
—Oiga usted, ¿quién le ha dicho que me llamo
Gloria?
—La madre.
—¡Valiente charlatana! ¿Y no sabe usted que nos
está prohibido responder por nuestro nombre antiguo?
—Lo sé, pero…
—¿Pero qué?
—Me complace tanto llamarla por ese nombre, que aun
a riesgo de incurrir en el enojo de usted…
—No es en mi enojo, es en un pecado.
—Pues bien, que me perdone Dios y usted también;
pero si algo puede disculpar este pecado, debo decirle que cada día la voy
considerando a usted menos como religiosa y más como mujer… Sí, Gloria,
mientras he imaginado que sus votos eran indisolubles, la miraba a usted como
un ser ideal, sobrenatural, si se puede decir así; pero desde el momento en que
entendí que era posible romperlos, se me ha ofrecido con un aspecto distinto,
no menos bello, por cierto, porque lo terrenal, cuando es dechado, como usted,
de gracia y hermosura, se confunde con lo celestial. Hay en sus palabras, en
sus actitudes todas un atractivo que yo no he observado jamás en ninguna otra
mujer… Si usted viese o leyese ahora en mi interior…
—¡Huy, huy!—gritó el niño, a quien yo, al parecer,
con la vehemencia del discurso, estaba apretando la mano hasta deshacérsela.
—¡Ay, pobrecito, perdona!—dije apresurándome a
acariciarle.
La hermana soltó una carcajada tan fresca, tan
argentina, tan deliciosa, que yo, en vez de turbarme, me sentí sacudido con
dulce y grata vibración y seguí cada vez más sofocado describiéndole con locas
hipérboles la impresión que en mi causaba su hermosura. Era una declaración en
regla, viva, apasionada, anhelante, como el hombre que a todo trance quiere
decir una cosa y teme que el tiempo no le alcance. A la vez llena de
incoherencias ridículas. Tan pronto le pintaba un amor platónico, espiritual,
sin pizca alguna de sensualidad, como, abriendo la válvula a lo que, en
realidad, dentro de mí pasaba, aparecía subyugado, rendido por sus ojos
excitantes y su figura de estatua griega. Unas veces me inclinaba a la
melancolía y hablaba de la muerte y casi se me saltaban las lágrimas. Otras,
animado por un soplo de esperanza, concebía mil ilusiones y prescindía de su
estado, y me entretenía a pintar mi felicidad si ella me diese alguna
esperanza.
No sé el tiempo que hablé, pero sí que solté
muchas, muchísimas cosas, y dicho sea prescindiendo momentáneamente de la
modestia, enmedio del desorden extraordinario de las ideas, de algunas
repeticiones y no pocas reticencias de que estaba sembrado el discurso, me
figuro que estuve elocuente. De vez en cuando hacía paradas, esperando que ella
respondiese algo; pero en vano. La graciosa monja, por primera vez desde que la
conocía, me pareció un poco confusa y avergonzada. Por supuesto que, en tres o
cuatro ocasiones, los gritos de Perico me advirtieron que le estaba apretando
la mano muy más de la cuenta. Esto me enfriaba repentinamente; pero mi
entusiasmo era tan grande, que pronto recuperaba el calor y seguía desbocado,
perdido.
Cuando no tuve más que decir, callé. El silencio
pertinaz de la monja me dejó avergonzado. Hubiera preferido una de aquellas
salidas burlonas en que era maestra. Pero no se hizo esperar. Doblando el
cuerpo y acercando la cabeza a la del muchacho para acariciarle, le dijo con
tonillo ligero:
—¿Te duele la mano, pobrecito? ¡Bien empleado te
está, por dársela a gente que tiene los malignos en el cuerpo!
Aquella burla no me mortificó. Al contrario, sin
saber por qué, me sentí gratamente impresionado, y ya me disponía a tomar pie
de ella para insistir en mi fogosa declaración, cuando nos sorprendió una voz
que sonó a nuestra espalda.
—Le veo a usted muy inclinado a los niños, amigo
Sanjurjo.
Era el malagueño, que nos había alcanzado. Me volví
y advertí en su rostro una sonrisa irónica que me crispó. Al mismo tiempo
dirigió su mirada insolente a la hermana, que también se había vuelto. Pero
ella, sin turbarse poco ni mucho, le clavó otra clara, insistente, un poco
provocativa, como quien adivina un enemigo y lo desafía.
—Sí que me gustan. ¿Y a usted, no?—respondí con
frialdad.
—A mí me gustan más las niñas—contestó brutalmente,
sin dejar de mirar a la hermana.
Si hubiera observado la expresión iracunda y
despreciativa que debió presentar mi rostro en aquel instante, tal vez habría
un serio conflicto. Por fortuna, yo no le preocupaba a la sazón poco ni mucho.
Se puso al lado de la hermana y, con el aplomo cínico que le caracterizaba,
trabó conversación con ella.
—Usted es sevillana, ¿verdad?
—Para servir a usted.
—Sí, me parece que he conocido en Málaga a una
parienta de usted. ¿No tiene usted una prima que se llama María León?
—Es tía mía, prima de mi madre. ¿Es usted de
Málaga?
—Sí, señora.
Y siguió la conversación, animándose cada vez más,
él con una amabilidad que a mí me parecía brutal, soltándole el humo del
cigarro a la cara; ella con perfecta naturalidad, como si le hubiera conocido
toda su vida. Afortunadamente estábamos ya cerca de casa, y no tardamos en
llegar. De otra suerte, mi papel no hubiera sido muy airoso.
Por la tarde, en el paseo, volvió a acompañarlas, y
yo me sentí por ello fuertemente mortificado. Tanto que me retraje de
acercarme, y crucé varias veces a su lado, haciéndome el distraído para no
saludarlas. Debió presentar mi fisonomía un aspecto más que sombrío, feroz. En
una ocasión tropezaron mis ojos con los de la hermana, y me miró alegremente.
¡Coquetuela! exclamé para adentro. Sin embargo, al fin no pude resistir más, y
me acerqué cuando ya se disponían a emprender la retirada. Fue en mal hora, porque
Suárez no se apartó un punto de la hermosa monja. Esta vez regresamos en coche,
y él, por más esfuerzos que hice para impedirlo, tuvo habilidad suficiente para
colocarse a su lado. A mí me tocó escuchar por centésima vez la descripción de
las extrañas dolencias que aquejaban a la madre Florentina. Pero mis oídos
estaban más atentos a la plática del malagueño y la hermana, y observé con
rabia que aquél la requebraba descaradamente con una volubilidad y una gracia
que, lo confieso ingenuamente, estaba yo muy lejos de poseer. Mostrábase ella
risueña y desenfadada, como siempre, y aún más que otras veces, contestando con
salidas ingeniosas y picantes a los galanteos, también picantes, de Suárez. He
notado que en Andalucía, al enamorarse dos jóvenes, se establece previamente
entre ella y él una graciosa hostilidad, donde ambos ponen de manifiesto su
imaginación en rápidas y oportunas contestaciones, diciéndose en son de burla
mil frases descomedidas. Es una herencia del genio árabe, tan dado a los
certámenes de la fantasía, a sutilizar conceptos y a mostrar la viveza y
gallardía del ingenio.
—¿De modo que no quiere usted confesar que le he
sido simpático?—decía él.
—Nunca—respondía ella.
—¡Pero si lo estoy leyendo en sus ojos, criatura!
—Pues, hijo, hay que mandarle otra vez a la
escuela, porque no sabe usted leer.
—Entonces, ¿por qué me llamaba usted con la mano
hace poco?
—¡Qué gracioso! ¡Ni que fuera usted perrito!
—Si fuera perrito, ¿sabe usted lo que haría en este
momento?
—¿Qué?
—La lamería la cara.
—Hombre, ¿sabe usted lo que haría yo con usted
entonces?
—Vamos a ver.
—Le cogería por el pescuezo y le tiraría a la
carretera.
—No lo creo.
Yo, que había hecho mi declaración por la mañana
con tantos miramientos, esforzándome en velar a Cupido con mil espesos tules,
quedé aterrado ante aquella… ¿por qué no decirlo? ante aquella desvergüenza. Y
me sorprendió no poco que ella, una religiosa, por más que estuviera en
vísperas de secularizarse, escuchase con tal paciencia y respondiese a
semejantes groserías. Pero de estas sorpresas me quedaban aún muchas en aquel
originalísimo país.
Declinaba ya bien la tarde cuando llegamos a la
fonda. Casi todos los huéspedes estaban fuera paseando. Sólo hallamos a la
puerta a D. Nemesio con el dueño, tomando el fresco. A instancia nuestra, las
monjas se quedaron un rato de tertulia, y no tardó en salir, sin saber quién la
trajera, una guitarra. Empuñola Suárez, y comenzó a manejarla con singular
destreza.
—¿No canta usted?—le preguntó la madre.
—Al tiempo de lavarme únicamente.
—Pues aquí la hermana San Sulpicio lo hace muy
bien. Alguna vez la hemos oído en el colegio… el día del santo del superior,
que es cuando se permiten esas cosas.
—Pues ya está usted arrancándose, hermanita—dijo el
malagueño presentándole al mismo tiempo la guitarra.
—¡Quite usted allá, hombre de Dios!—respondió la
monja riendo y rechazándola.
—¿Quiere que yo la acompañe entonces?
—Vamos, hermana, déjese usted oír—dijimos casi al
mismo tiempo D. Nemesio, el sabio fondista y yo.
—¡Qué guasa! ¿Quieren ustedes reírse?… ¡Haría buena
figura una monja cantando a la puerta de casa!
—Por eso no quede—dijo el fondista.—Vámonos a la
sala. Ahora no hay nadie…
La hermana siguió riendo, sin dejarse persuadir. No
obstante, se adivinaba que la retenían más los respetos de su estado y el de la
superiora que la falta de deseos. Cuando ésta, instada por nosotros, le dijo:
—Como no haya nadie más que estos señores, por mí
bien puede hacerlo.
Se levantó con graciosa resolución exclamando:
—Malo y rogado son dos cosas malas… Vamos andando.
Levantámonos todos también con alegría y en pelotón
fuímonos a la sala. La hermana María de la Luz iba haciendo gestos de susto y
escándalo.
La sala era una estancia cuadrada bastante capaz y
casi tan desmantelada como el resto del edificio: un sofá de paja, una docena
de sillas, una consola de caoba con pequeño espejo de marco dorado encima y
algunos cuadros colgados de la pared componían todo su mobiliario.
La hermana tomó la guitarra luego que todos nos
hubimos acomodado en las sillas, y comenzó a rasguearla dulcemente. Me fijé en
sus manos, que desde que la conocí me habían llamado la atención. Cada hombre
tiene su fetichismo respecto a la mujer, y yo poseo el de las
manos, como otros el de los pies, el de los ojos, los cabellos, etc. Para mí no
hay mujer hermosa con las manos feas. Las de la hermana San Sulpicio eran
ideales; no excesivamente pequeñas, pues éstas antes me causan repugnancia que
placer, de piel tersa y levemente sonrosada, macizas, de dedos bien torneados
aunque no afilados en demasía. Con la mente estaba mandando mil besos a
aquellas manos seductoras.
—¡Jesú, qué guitarriyo tan cruel!—exclamó
sacudiéndolo con impaciencia.—¿De quién ha sido el hallazgo?
—Es mía—dijo el fondista inventor avergonzado.—Como
todo el mundo la trae y la lleva, no es extraño…
—Vaya, déjese de la guitarra y a ello—manifestó
Suárez.
Después de rasguear otro poco, la monja gritó
volviendo la cabeza hacia la pared, porque la avergonzaban, sin duda, nuestras
miradas fijas.
—¡Honraaa!…
Era una voz algo gangosa, si bien se conocía que
salía así, más que por ser natural, por la voluntad de parecerse e imitar las
voces de las mujeres del pueblo.
Dicen que me andas quitando
la honra, y no sé por qué.
—¡Bueno!—gritó Suárez aprovechando la pausa.
¿Para qué enturbias el agua
que has de venir a beber?
—¡Bravo!—grité yo.
—¡Olé!—dijeron los demás.
La hermana sonrió, dejando ver aquellas filas de
dientes blancos y menudos que me hechizaban. Y volvió a cantar:
A mi suegra, de coraje
le he echao una maldisión,
que se la pierda su hijo
y que me le encuentre yo.
—¡Eso, mi niña!—exclamó el desfachatado malagueño.
Yo le eché una mirada atravesada y rencorosa, y
dije por decir algo:
—Son peteneras, ¿verdad?
—¡Está usted enterao, amigo!—respondió Suárez
riendo.—Malagueñas del riñón mismo del Perchel, cantadas con mucho estilo y con
la gracia de Dios.
Quedé bastante avergonzado, y observándolo la
hermana, me dirigió una mirada cariñosa, diciendo al mismo tiempo:
—Ahí van peteneras… Por uté.
La Virgen de la Esperansa,
la que se adora en San Gil,
¡Cristo de la Espirasión!
aquella señora sabe
lo que he llorao por ti.
La copla y la voz, levemente bronca y temblorosa,
de la hermana me hicieron una impresión tan viva, que sentí removidas todas las
fibras de mi corazón, me pasó un frío extraño por el cuerpo y las lágrimas se
me agolparon a los ojos, costándome gran trabajo no darles salida.
Otra vez cantó:
Por Dios te lo pido, niña,
y te lo pido llorando,
¡Cristo de la Espirasión!
que no le cuentes a nadie
lo que a mi me está pasando.
Todos palmotearon fuertemente, menos yo, a quien
ahogaba la emoción. La madre Florentina exclamó:
—¡Vaya, basta de locuras! Pueden enterarse los de
fuera, y sería muy feo.
—Ahora me toca a mí, madre—dijo el malagueño
tomando la guitarra.—Uzté no habrá oído cantar una rata, ¿verdá uzté? Pues no
se mueva, que ahora mizmito la va a oír.
Manejaba la guitarra con singular maestría, y
después de haberla rasgueado y punteado buen rato, comenzó a cantar en voz baja
un tango que no había sido inventado precisamente para los oídos de las
religiosas. O no comprendieron el torpe sentido de sus palabras, o lo
disimularon. Después dio comienzo a unas seguidillas.
—¡Cállese usted, hombre, que no puedo oír eso sin
que se me alegren los pies!—exclamó la hermana haciendo un gesto expresivo.
—¿Baila usted?—preguntó Suárez.
—En otro tiempo… ¿Te acuerdas, primita, cuánto
hemos bailado en tu casa? ¡Qué jaquecas hemos dado a la pobre tiita!
—¿Quién se acuerda de eso?—dijo la hermana María de
la Luz ruborizándose.
—¿Por qué no hemos de acordarnos?… Y bien que lo
hacías tú, gachona; bien ajustadito, aunque te hacía falta un poco de garbo.
—Calle, calle, hermana, que ya no nos corresponde
hablar así.
Por la regla del instituto no podían tutearse las
hermanas aunque fueran próximas parientas. La hermana María de la Luz no
olvidaba jamás este precepto; pero su prima lo infringía a cada instante.
—Es necesario ver eso—dijo Suárez.—¡A bailar, a
bailar!
—No, no, de ninguna manera—manifestó la madre
poniéndose seria.
—Vamos, madre, consienta usted—exclamamos todos a
la vez.
Y comenzamos a rogarla con tan vivas instancias,
que al cabo de algún tiempo la infeliz mujer no pudo resistir y vino en
permitir aquel escándalo, como ella decía, con tal que se explorasen bien los
alrededores de la sala, a fin de cerciorarse de que nadie estaba escuchando.
Mientras duraron nuestros ruegos, la hermana San Sulpicio mostraba en los ojos
una inquietud ansiosa; sus labios rojos temblaban de anhelo. Cuando la
superiora dio al fin la venia, todo su cuerpo se estremeció y una sonrisa de
dicha iluminó su rostro expresivo.
Pero nos faltaba lo más difícil: convencer a la
hermana María de la Luz. Aquella tímida e insignificante criatura rehusaba con
tenacidad levantarse de la silla. Fue preciso que su prima la cogiese
enérgicamente por los brazos y la alzase casi a viva fuerza.
—Beata, chinchosa, ¿crees que te vas a condenar?
Pierde cuidado, que nadie te quita la sillita que tienes en el cielo.
Pero se encontraron con que no había palillos.
El sabio fondista dijo que él los traería; y en
efecto, a los dos minutos se presentó con dos pares de castañuelas que entregó
a las hermanas. Entonces éstas se despojaron de las papalinas y las tocas. Por
primera vez vi los cabellos de la hermana San Sulpicio. Eran negros y lucientes
hasta dar en azules, levemente ondeados, no muy largos porque al pronunciar los
votos la tijera había hecho feroz estrago en ellos.
Hecho otro viaje de exploración por las cercanías
de la sala y cerradas herméticamente todas las puertas, Suárez comenzó a
rasguear la guitarra. Hubo un momento de ansiedad. Las dos bailadoras se habían
puesto una frente a otra y se miraban sonrientes; la hermana María de la Luz
con la cabeza baja y ruborizada hasta las orejas; su prima con los brazos en
jarras, un poco pálida, los labios secos, acentuaba el leve estrabismo de sus
hermosos ojos negros aterciopelados. A mí me daba saltos el corazón de puro anhelo.
El malagueño alzó un poco la voz cantando una seguidilla. De pronto los cuatro
pares de palillos chasquearon con brío, las bailadoras abrieron los brazos y
avanzaron una hacia otra y se alejaron inmediatamente, levantando primero una
pierna, después otra a compás y con extremado donaire. Mis ojos de enamorado
percibieron por encima de la tosca estameña el bulto adorable del muslo de la
hermana San Sulpicio. Siguieron una serie de movimientos y pasos, ajustados
todos al son de la guitarra y de las castañuelas, que no cesaban un instante de
chasquear con redoble alegre y estrepitoso. El cuerpo de las dos primas tan
pronto se erguía como se doblaba, inclinándose a un lado y a otro con
movimientos contrarios de cabeza y de brazos. Éstos, sobre todo, jugaban un
papel principalísimo, unas veces abiertos en cruz para presentar el pecho con
aire de desafío, otras recogiendo del suelo algo invisible que debían de ser
flores, otras levantados en arco sobre la cabeza, formando en torno de ella
como un hermoso marco de medallón.
Yo no miraba más que a la hermana San Sulpicio, no
sólo por la afición que la tenía, sino porque en realidad era la que mejor
bailaba. Su prima, o por temor o vergüenza, o porque no la hubiese dotado la
naturaleza con gran cantidad de sal, limitábase a señalar los movimientos y a
guardar el compás. Ella los acentuaba en cambio briosamente, gozándose en las
actitudes donde la esbeltez y la flexibilidad de su cuerpo se mostraban a cada
instante de un modo hechicero. La hermosa cabeza inclinada a un lado, los ojos
medio cerrados, la boca entreabierta, dilatada por una sonrisa feliz, donde
todo su ser se anegaba, parecía la bayadera del Oriente ostentando con arrobo
místico en la soledad y misterio del templo la suprema gracia de su carne
dorada como las hojas del loto en el otoño, el brillo fascinador de sus ojos.
En aquel momento podía jurarse que no nos veía, absorta enteramente en el
placer de ir mostrando una a una las mil combinaciones elegantes a que su
airosa figura se prestaba. La pasión del baile era la pasión de su cuerpo, era
la adoración extática de su propia gracia. Cuando una mudanza terminaba parecía
salir de su éxtasis, y nos miraba risueña con ojos vagos y húmedos.
Yo estaba crispado de la cabeza a los pies. Hubiera
deseado que el baile se prolongase indefinidamente, y formé propósito inmutable
de escribir unas décimas describiéndolo, que por cierto se publicaron algunos
meses después en La Moda Elegante: no sé si ustedes las habrán
leído.
Las exclamaciones de Suárez ¡Olé, mi niña! ¡Bendito
sea tu salero! ¡Alza, palomita, alza! y otras por el estilo, que soltaba en las
pausas del canto, me parecían groseras e impropias. Pero observé que ellas no
las tomaban a mal, por lo que vine a entender que eran el acompañamiento
natural y obligado de aquel baile. Cuando éste terminó, la hermana María de la
Luz corrió a sentarse avergonzada. Su prima quedó en pie, con el pecho agitado,
el cabello en desorden, sonriendo siempre con la misma gracia maliciosa. El
malagueño, en un arrebato de entusiasmo, puso la guitarra a sus pies,
exclamando:
—¡Si eztá podría ezta niña!
Todos rieron menos yo. En seguida, alargando la
guitarra a nuestro científico patrón, le invitó a que tocase para echar otro
baile con la hermana; mas la madre Florentina se levantó vivamente, y con
semblante muy serio se opuso resueltamente a ello. Bastaba de tonterías. Había
cedido a lo primero sin deber hacerlo, pero aquello rebasaba ya los límites. Y
triste y desabrida, como si le remordiese la conciencia, hizo un gesto
imperioso a las hermanas, y salió con ellas de la estancia. Suárez siguió
tocando y cantando; pero yo, presa de extraña y dulce inquietud, me salí a dar
una vuelta por el pueblo, y no comí hasta muy tarde.
—¡Hombre, si viera usted lo que se ha reído el
padre Talavera cuando le conté lo del bailoteo de esta tarde!—me dijo D.
Nemesio al entrar en casa.
Quedé clavado al suelo.
—¿Pero ha ido usted a contar al padre
Talavera?…—preguntele con acento alterado.
—Le encontré sentado delante de su fonda con otros
clérigos y echamos un párrafo. Es una persona muy campechana y muy corriente.
Le ha hecho una gracia atroz nuestra pequeña juerga. Estos jesuitas son todos
hombres de sociedad, no son como los curas de misa y olla…
Le miré de arriba abajo con expresión rencorosa y
le dije con acento irritado:
—¡Usted siempre tan oportuno!
Y sin aguardar contestación, giré sobre los talones
y me fui.
Lo que inmediatamente preví sucedió, en efecto. A
la mañana siguiente pude verlas en misa y hablé algunas palabras con ellas. En
todo el día después no logré echarles la vista encima, ni en los pasillos de
casa ni en el manantial. Al día siguiente, mientras estábamos bebiendo el agua,
un coche las llevó a la estación para tomar el tren de Sevilla.
V
A Sevilla.
Grande fue la tristeza y desconsuelo que sentí al
tener noticia de la marcha precipitada, o más bien fuga, de las monjas. Bien
imaginé que debió de ser causada por la indiscreción y necedad de D. Nemesio, a
quien dediqué desde entonces en mi pecho tanto odio por lo menos como debía de
profesarle el juez catalán que con nosotros había viajado. Nunca más quise
jugar al billar con él; y eso que llegó a ofrecerme el mísero cuatro rayas.
¡Cuatro rayas a mi, que, dando un trallazo, me salen palos por todos lados!
En cambio, me sentí más inclinado desde entonces al
malagueño, o para hablar más propiamente, me fue menos antipático. Después de
todo, si a él le gustaba también la hermana, nuestra desgracia era común.
Verdad es que la soportaba con más filosofía. Cuando supo la ocurrencia de D.
Nemesio, rió largamente y la glosó con muchos y sabrosos comentarios; pero no
volvió a acordarse de las monjas. Si yo le sacaba la conversación me respondía
en un tono tan frívolo y aun se corría a veces a tan libres y groseras frases
que me herían. Debo confesar que allá, en el fondo, el disgusto se mezclaba con
la satisfacción de advertir que la graciosa hermana sólo pasajeramente había
impresionado su corazón.
Pasaron los días, y llegó el de mi marcha. El
malagueño se había ido el anterior para su tierra. Yo, en vez de irme a Madrid,
tomé el tren de Sevilla. Porque es bien que sepan ustedes que desde el instante
mismo en que tuve conocimiento de la huida de las monjas concebí el proyecto y
aun formé propósito de ir a esta ciudad en cuanto pudiese hacerlo sin ser
advertido. No lo comuniqué absolutamente con nadie, mucho menos, por supuesto,
con Suárez; antes procuraba mañosamente despistarle hablándole de mis quehaceres
en Madrid y la necesidad que sentía de terminarlos pronto para restituirme a mi
país, donde mi padre reclamaba mi presencia inmediata para otros asuntos
urgentes. En fin, que en cuanto llevase los quince días justos de aguas iba a
Andújar a tomar el expreso de Madrid para llegar más pronto. Tuve la suerte de
que él se fuese primero, y así lo hice a mi salvo.
Cuando el tren arrancó y me vi caminando a gran
velocidad hacia el Mediodía, experimenté viva y dulce agitación; sacudió mi
cuerpo un estremecimiento deleitoso. Siempre que camino con rapidez en
cualquier vehículo me sucede algo semejante. El movimiento me embriaga y me
comunica instantáneamente la sensación de la fuerza y el triunfo. Por eso he
pensado muchas veces que los carros de los héroes griegos, arrastrados por
veloces corceles, debían contribuir no poco a aumentar su esfuerzo y coraje en
las batallas. Pues a esta sensación perturbadora añadíase al presente una
inquietud vaga, no exenta de voluptuosidad, que me apretaba la garganta y me
producía un cosquilleo grato. Pensaba en los ojos de la hermana San Sulpicio. Y
como si el tren, con su marcha pujante y vertiginosa, me dotase del poder que
me faltaba para hacerla mía, sentíame feliz hasta llorar. Una angustia
deliciosa me oprimía el pecho blandamente. Sentía escalofríos de anhelo y
voluptuosidad, cual si me hallase a las puertas mismas de la dicha. Pasado
aquel extraño transporte, que debe achacarse en gran parte a la material
impresión del movimiento, me sentí tranquilo; pero me confesé ingenuamente que
estaba enamorado de la monja sevillana mucho más aún de lo que había imaginado.
Cruzó por mi mente la idea de lo que debía hacer cuando llegase a Sevilla; pero
súbito la aparté con miedo de la imaginación. En realidad, ése era un problema
insoluble en tal momento. Más valía entregarse a la esperanza consoladora de
que todo saldría a medida de mis deseos, pensar en las gracias de mi hermoso
dueño, recrearse rumiando los dichosos instantes que a su lado había pasado, y
cuando llegase a la capital de Andalucía, ya veríamos lo que se había de hacer.
Me puse a componerle unos versos, unas quintillas; mas a la segunda tropecé con
un consonante difícil, labios; resabios no pegaba, ni menos los
otros poquísimos que hay. Así que un poco irritado rasgué el papel y lo arrojé
por la ventanilla.
La locomotora corría por los campos de la provincia
de Córdoba. Cubiertos de tiernos trigos se extendían en planicie de un verde
pálido, cortados bruscamente por el muro sombrío y adusto de la sierra. Cuando
nos acercamos a la ciudad, me sentí impresionado vivamente por la grandeza de
sus recuerdos. Aquel montón de casas que se alzaba pardo y melancólico entre el
río y la montaña había sido la gran ciudad del Occidente, la capital del mundo
civilizado. Al ruido, a la alegría que en otro tiempo reinaran en ella, habían
sucedido años y años, siglos y siglos de silencio y tristeza. Veíala con la
imaginación hermosa y feliz enmedio de una comarca fértil, risueña, abundante
en toda clase de cosechas, ocupando una vasta extensión con sus murallas
resplandecientes, provista de puertas monumentales, de infinitas calles donde
las máquinas de riego abatían el polvo. Innumerables transeúntes discurrían por
ellas, entrando y saliendo de sus bazares a cuyas puertas pendían ricos
damascos y tapices. En todas partes se alzaban suntuosos palacios, más bellos y
suntuosos por dentro que por fuera: en todas partes bosques y jardines públicos
donde sus felices moradores se solazaban con el aroma del azahar, del cinamomo
y almoraduj. En torno de ella los amenos vergeles o almuzaras se extendían a lo
lejos, poblados de arboledas umbrías, de fuentes murmuradoras, de pájaros
parleros. Enhiesta sobre el alminar de la mezquita la media luna elevaba sus
cuernos poderosos protegiendo a la ciudad. El ruido de los carros, de los
escuadrones que a todas horas entraban y salían por sus puertas, de las
máquinas de guerra, el gozoso rumor que se elevaba de sus talleres, donde
fabricaban la inmensa variedad de artefactos que exigía su refinada cultura, la
hacían bulliciosa y resonante. Veía la falda de la sierra cuajada de casas de
campo, retiros deleitosos donde los caballeros árabes iban con las bellas de la
ciudad a celebrar sus orgías. Vínome a la memoria cierta confidencia de un
escritor del tiempo del califato, acaso la única que exista de este género en
su literatura. Porque esta raza grave y melancólica no gustaba de entretener al
público con las propias tristezas o alegrías.
El poeta Ibn-Hazm conoció a su amada, siendo niña,
en el palacio de su padre, donde estaba recibiendo educación. Su amada era
hermosa, discreta y modesta; pero orgullosa y reservada. Su modo de pensar era
muy severo y no mostraba inclinación por los vanos deleites, aunque tocaba el
laúd admirablemente. El poeta, de la misma edad que ella, buscaba en vano
ocasión de hablarla sin testigos. Una vez, en cierta fiesta que se daba en su
palacio, las damas se reunieron por la tarde en un pabellón desde donde se gozaba
una magnífica vista de Córdoba. Ibn-Hazm fue con ellas y se acercó al hueco de
una ventana donde se encontraba la joven. Apenas le vio ésta a su lado, se huyó
con graciosa ligereza hacia otra parte del pabellón. Él la siguió, y se escapó
de nuevo. La hermosa niña se había hecho cargo de los sentimientos que
inspiraba al hijo de su amo; pero ninguna de las otras mujeres notó nada de lo
ocurrido. Cuando más tarde bajaron todas al jardín, rogaron a la amada del
poeta que cantase, y él unió también sus ruegos. Cediendo a estos ruegos,
comenzó tímidamente a pulsar el laúd y entonó una canción, una sentida y
melancólica canción. «Mientras cantaba—dice Ibn-Hazm en su deliciosa
confidencia,—no fueron las cuerdas de su laúd, sino las de mi corazón lo que
hería con el plectro. Jamás se ha borrado de mi memoria aquel dichoso día, y
aun en el lecho de muerte he de acordarme de él. Pero desde entonces nunca más
volví a verla en mucho tiempo. Sucedió que tres días después que Mahdi subió al
trono de los califas, abandonamos nuestro nuevo palacio, que estaba en la parte
oriental de Córdoba, en el arrabal de Zahira, y nos fuimos a vivir a nuestra
antigua morada, hacia el Occidente, en Balat-Mogith; pero por razones que es
inútil exponer, la joven no se vino con nosotros.»
Luego cuenta el poeta las desgracias que pasaron a
su familia cuando Hischam II subió otra vez al trono. Una sola vez vio a su
amada, en las exequias de un pariente; pero no la habló. Poco después tuvo que
abandonar a Córdoba. «Cuando al cabo de cinco años volví a Córdoba—dice—fui a
vivir a casa de unos parientes, donde la encontré de nuevo; pero estaba tan
cambiada que apenas la reconocí; tuvieron que decirme quién era. Aquella flor,
que había sido el encanto de cuantos la miraban, estaba ya marchita, por la
necesidad de acudir a su subsistencia con un trabajo excesivo. Sin embargo, tal
como estaba, aún hubiera podido hacerme el más dichoso de los mortales si me
hubiera dirigido una sola palabra cariñosa; pero permaneció indiferente y fría,
como siempre había estado conmigo. Esta frialdad fue poco a poco apartándome de
ella. La pérdida de su hermosura hizo lo restante. Nunca dirigí contra ella la
menor queja. Hoy mismo no tengo nada que echarle en cara. No me había dado
derecho alguno para estar quejoso, ¿De qué la podía yo censurar? Hubiera podido
quejarme de ella si me hubiera halagado con esperanzas engañadoras; pero nunca
me dio la menor esperanza, nunca me prometió cosa alguna.»
Busqué, en vano, con la vista el jardín donde
aquellos tristes amores habían comenzado, busqué el palacio del noble poeta.
¡Cuánta alegría desvanecida! ¡Cuánta actividad aniquilada! ¡Cuánta palabra de
amor, cuánta lágrima, cuánto afán, cuánto suspiro disipados para siempre!
¿Para siempre? ¿Por qué? El amor, que es la vida
misma, no muere, se traslada. ¿Por ventura las golondrinas que vienen a anidar
en los balcones de la Córdoba actual no aman como las que anidaban en la
Córdoba antigua? ¿Y dentro de aquel montón, oscuro y melancólico, de casas no
hay risas, no hay suspiros, no se vierten lágrimas de amor? El fuego que ardía
en el pecho del poeta Ibn-Hazm no se había extinguido: yo lo sentía en el mío.
Los hermosos ojos aterciopelados de mi graciosa sevillana valían, por lo menos,
tanto como los de su bella cordobesa. Y como si la naturaleza quisiera
responder con un signo afirmativo a mis reflexiones, al salir de la estación,
de pie sobre un verde campo de trigo, vi una linda zagala de trece a catorce
años y a un zagal de la misma edad, enlazados con un brazo por la espalda y
saludando con el otro al tren que se alejaba rápido.
Según nos aproximábamos a la provincia de Sevilla,
el paisaje adquiría tonos más secos y calientes. La comarca se desenvolvía
ondulante como un mar de olas inmensas, petrificadas, hasta los últimos
confines del horizonte. Era una tierra roja, sangrienta, que infinitas hileras
de olivos rayaban de verde gris. Y posados entre ellos como blancas palomas,
veíanse de vez en cuando algunos molinos donde la amarga aceituna fluía su
licor. Sólo rara vez ya el verde pálido y tierno de algún sembrado despedía una
nota pacífica en aquella tierra ardiente de una vitalidad feroz.
A medida que avanzábamos, el firmamento se elevaba
y su azul se iba haciendo más intenso y profundo. Lucía el sol de un mediodía
abrasador. La implacable intensidad de la luz me ofuscaba, haciéndome ver los
términos lejanos como masas violáceas envueltas en una gasa blanca. La línea
del último más bien se adivinaba que se percibía en los confines del horizonte
luminoso. La naturaleza africana anunciaba ya su proximidad con los setos de
pita y de higos chumbos erizados de púas. Los olivos se retorcían con furia,
adoptaban posturas grotescas, chupando con ansia de aquella tierra roja las
escasas partículas de agua; árboles tristes, ridículos, donde alguna vez, como
en todos los seres feos de la tierra, brilla un relámpago de hermosura, cuando
el viento arranca de sus pobres hojas algunos reflejos argentados.
¡Nos acercábamos a Sevilla! Sentía mi corazón
palpitar con brío. Sevilla había sido siempre para mí el símbolo de la luz, la
ciudad del amor y la alegría. ¡Con cuánta más razón ahora, que iba hacia ella
enamorado! Veíanse ya algunas huertas de naranjos, y entre sus ramajes de
esmeralda percibíanse como globos de rubíes, según la expresión de un poeta
arábigo, las naranjas que de puro maduras se derretían. En las estaciones
próximas, Brenes, Tocina y Empalme, observaba cierta animación, que no podía
achacarse al número, harto exiguo, de viajeros. Algunas muchachas de ojos
negros, con claveles rojos en el pelo, de pie sobre el andén, sonreían a los
que nos asomábamos a las ventanillas. Todas las casetas de guardas tenían ya en
sus ventanas macetas con flores. Hasta las guardesas, viejas y pobremente
vestidas, que, con la bandera recogida, daban paso al tren, ostentaban entre
sus cabellos grises algún clavel o alelí.
Por fin nos apartamos del Empalme. Debíamos parar
en Sevilla. Me asomé a la ventana, y escruté con ojos ansiosos el horizonte,
que ya no era ondulante, sino llano y dilatado, cubierto de sembrados, de
olivos, de naranjos, cuyos distintos verdes lo matizaban alegremente. Los setos
azulados de pita contribuían poderosamente a embellecerlo, y le daban ya un
carácter enteramente meridional. El río se desplegaba majestuoso por medio del
extenso valle. Allá en el confín del horizonte percibí una torre elevada, y al
lado de ella otras varias más chicas.
—¡Sevilla! ¡Sevilla!—grité con voz recia, sin poder
reprimir la extraña y viva emoción que me embargaba.
Y avergonzado en seguida de aquel grito, me volví
para ver si mis compañeros se reían. Mas, contra lo que esperaba, no sucedió;
antes se abalanzaron todos hacia las ventanillas, con la misma curiosidad y
anhelo que si nunca la hubieran visto. Y eso que la mayor parte eran naturales
y vecinos de la provincia.
—Zeviya es—dijo gravemente, después de haber sacado
la cabeza por la ventanilla, un viajero de cuarenta a cincuenta años, con
patillas hasta la nariz y vestido con chaqueta corta, corbata de anillo y
sombrero de amplias alas.
—¿Usted la ha visto?—le pregunté con solicitud.
—¿Que zi la he visto? Veinte años he paseao por la
calle de las Sierpes, y veinte mil cañas he bebío del lado de acá y otras
veinte mil del lado de allá del río… Pero la suerte mía, que es más negra que
un sombrero de teja, hablando con perdón, hace tiempo que me ha botado fuera…
En fin, paciencia, que más pasa un cornudo…
Me admiró la tristeza del acento con que pronunció
estas palabras.
—¿Ahora no vive usted en Sevilla?
—No, señor; hace seis años que estoy establecido en
Cantillana.
Recordé entonces el antiguo adagio español, y le
dije sonriendo:
—«Anda el diablo en Cantillana»…
—¡Ca, hombre! Ya hace mucho tiempo que no anda… Se
ha marchao aburrío.
Volví a sacar la cabeza por la ventanilla riendo, y
sumergí mi vista extasiada en el radioso espectáculo que delante de mí se
ofrecía. Aquel panorama despertaba en mi alma una gozosa emoción. Todo parecía
reír. La luz caía como una gloria del cielo sobre los campos. El aire vivo que
me hería las sienes, el aroma penetrante del azahar, los olores cordiales del
campo que a él se mezclaban, la caricia ardiente de aquella naturaleza poderosa
que sentía en el rostro me embriagaban, me causaban escalofríos de dicha. La
torre que había visto se acercaba, elevándose cada vez más a mis ojos. El
blanco grupo de casas yacente a sus pies se extendía.
El tren retardó su marcha: el tic tac de
las ruedas llegó más fuerte y acompasado a nuestros oídos. Entramos en la
estación. Después de saludar cortésmente al desterrado de Cantillana, y
sostener con esfuerzo y coraje una lucha empeñadísima con más de veinte
ganapanes que trataban de arrebatarme la maleta, tomé un coche y di al cochero
las señas de una casa de huéspedes situada en la calle de las Águilas, que mi
sabio patrón de Marmolejo me había recomendado. Y a propósito de mi patrón, no
he referido que al tiempo de partir, dándome un apretado abrazo, y sin duda
para ofrecerme un testimonio maravilloso de su cariño y estimación, me reveló
al oído que su famoso cañón estaba hecho de amianto. Ruego al lector que no
divulgue el secreto.
El coche marchaba por una serie de calles
estrechísimas, bailando muy más de la cuenta para mis huesos; pero como yo
venía dispuesto a admirarme de todo y hallarlo de perlas, lejos de quejarme,
sacaba a menudo la cabeza por la ventanilla y echando una ojeada a las casas de
pobre apariencia que íbamos pasando, me dejaba caer otra vez sobre el asiento,
exclamando lleno de gozo: «¡Oh, qué árabe, qué árabe es todo esto!»
Paramos delante de una casa, como todas las demás,
pequeña, de un solo piso, con dos balcones y dos grandes ventanas enrejadas al
nivel del suelo. Enrejada era también la puerta, por la cual se veía un patio
con pavimento de azulejos y columnas de mármol, donde había grandes macetas con
flores y plantas. «¡Qué árabe!» volví a exclamar para mis adentros, mientras
buscaba por todas partes el llamador. Di por fin con un cordelito, tiré de él y
sonó la campanilla. El joven que atravesó lentamente el patio y se acercó a la
cancela mirándome fijamente no tenía nada de árabe, si bien se reparaba: flaco,
largo, pálido, con una nariz ¡qué nariz, cielo santo! que merecía los honores
de trompa, los ojos pequeños, el pelo lacio. Vestía decentemente, por lo que
vine a entender que no era criado; pero traía los pantalones cinco dedos lo
menos más cortos de lo justo. Me preguntó con voz débil, como si quisiera
exhalar con aquella pregunta el último aliento, qué se me ofrecía. Cuando le
dije que venía en busca de alojamiento y recomendado por el dueño del Hotel
Continental de Marmolejo, abrió la puerta diciendo: «¡Ah!» Después, haciendo
otro supremo esfuerzo sobre sí mismo, dijo: «Matilde, Matilde», dos veces
consecutivas. La chiquilla que se presentó acto continuo dando saltitos como
una urraca tampoco tenía gran cosa de árabe. Representaba unos trece años,
aunque después supe que contaba diez y ocho, y era de una estatura inverosímil:
poco más de un metro levantaría del suelo. Con esto, la carita redonda y no
desgraciada, los ojillos vivos y a medio cerrar, los ademanes resueltos y
petulantes.
—¿Qué deseaba usted, caballero?—me preguntó
comiéndose, como andaluza de sangre, la mitad de las letras. Al mismo tiempo
cerró aún más los ojillos para mirarme, levantando la cabeza y ladeándola, como
un pájaro que escucha ruido.
Volví a repetir mi demanda y la recomendación que
traía. El mancebo de los pantalones cortos, tan pronto como se acercó la niña,
habíase retirado majestuosamente, proyectando con su nariz en las paredes una
sombra gigantesca.
—¡Ah! ¿Una habitación? Venga usted conmigo…
Felicia, Felicia, ven a recoger la maleta de este caballero… Por aquí…
Después que solté el equipaje en manos de una
criada que se presentó al reclamo de mi diminuta huéspeda, me condujo, sin
subir escaleras, a una cámara bastante capaz y medianamente amueblada, que
tenía ventana con rejas a la calle.
—¿Le gusta a usted ésta?
Como en realidad no necesitaba otra cosa mejor,
dije que sí; pero la chica, temiendo no haberme dejado satisfecho, se apresuró
a manifestar que había otra en el piso de arriba, que si deseaba verla…
—¿Es usted el ama?—le pregunté, convencido de que
no podía serlo.
—No, señor; soy su hija… pero como si lo
fuese—respondió con cierto énfasis.
Y en efecto, tan pronto como me determiné a quedar
en aquel cuarto, llamó otra vez a la doméstica y comenzó a dictar una serie de
disposiciones respecto al aseo del pavimento, a la cama, al lavabo, etc., en un
tonillo despótico, que no dejó de causarme gracia por venir de tan microscópica
persona. Observé que la criada la obedecía con prontitud y respeto, y lo mismo
un criado a quien llamó para colocar la cómoda que hacía falta.
—¿El joven que salió a abrirme es pariente de
usted?—le pregunté.
—¿Eduardito?… Es mi hermano.
Raro me pareció que llamase Eduardito a aquel
mastuerzo, y más ella que podría pasar sin inclinarse por debajo de sus
piernas.
—¿Pues sabe usted que tienen ustedes bien poco
parecido?
—¿No es verdad? A todo el mundo le sorprende… Pues
tan poco como en la figura nos parecemos en el carácter. A él se le pasea el
alma por el cuerpo…
—Y a usted no le cabe dentro.
—Cierto—respondió riendo.—Vaya, le dejo a usted,
que tengo mucho que hacer… ¿Quiere usted tomar algo?… Pues cuando me necesite
no tiene usted más que dar una voz… La hora de comer a las siete.,. ¿Quiere
usted que le limpien las botas?… Gervasio, Gervasio, ven aquí… Limpia las botas
de este señor en un momentito… ¡Vivo! ¡vivo!… Vaya, hasta luego… ¿Su gracia de
usted, caballero?
—Ceferino Sanjurjo.
—Mil gracias. Hasta luego.
Así que me hube lavado y aliñado un poco, viendo
que aún no eran más de las cuatro de la tarde, salí a dar un paseo por la
ciudad. No tengo para qué advertir que la idea que me embargaba totalmente en
aquel momento era la de hallar y ver el convento o colegio del Corazón de
María, donde tenía el mío prisionero. No quise llamar a Matilde; pero espié sus
pasos, y, cuando la vi en el patio, salí de mi cuarto metiéndome los guantes y
me hice el encontradizo.
—¿Va usted a dar un paseíto?—me preguntó como si
nos tratásemos hacía años.
—Voy a ver un poco las calles hasta la hora de
comer… ¿Usted sabe dónde está un convento que se llama, según creo, del Corazón
de María?—le pregunté afectando gran indiferencia.
—Del Corazón de María… del Corazón de
María—respondió llevándose el dedito a la frente como para recapacitar.—Aguarde
usted un poco… ¿No es un colegio de niñas?
—Creo que sí.
—Pues debe de estar, me parece, en la calle de San
José… ¿Sabe usted allá?
—¡Si no he estado jamás en Sevilla!
—¡Ah! Bien. Pues es muy fácil. No tiene usted más
que seguir esta misma calle hasta la Alfalfa, ¿sabe? Allí tuerce usted a la
izquierda por una calle que se llama de Luchana; ve usted una iglesia, la de
San Isidoro; en seguidita otra, la de San Alberto; baja usted un poco, y a la
derecha encuentra usted una calle que se llama de la Perla; entra usted en la
calle de la Carne, y allí está la de San José… ¿Ha comprendido usted?
—Perfectamente—respondí, convencido de que sería
inútil hacérselo repetir.
Y salí a la calle dispuesto a llegar allá a fuerza
de preguntas. El aspecto de la ciudad me sorprendió y cautivó al mismo tiempo.
Aquellas calles estrechísimas, tortuosas, desiguales; aquellos patios de
jaspeadas columnas atestados de flores, que se divisaban al través de las
cancelas, formando contraste con la modesta apariencia de las casas; el filete
de cielo azul resplandeciente que se veía allá arriba, forzando con su viva luz
irresistible la angostura de las calles; la animación y el ruido que por todas
partes reinaban, despertaron en mi alma una alegría que jamás hasta entonces
había sentido: la alegría del sitio. Había visto en mi país hermosos paisajes
rientes como no es posible verlos en ningún paraje de la tierra, había asistido
al levante del sol en la playa de Vigo, había escalado y hollado con mi pie las
famosas montañas de Asturias. En todas partes, el espectáculo de la naturaleza,
aun en sus momentos risueños, me había empujado blandamente a la meditación y a
una dulce melancolía. Nada de esto sucedía ahora. El cielo comunicaba su
alegría a la ciudad y la ciudad la comunicaba al corazón del que la recorría.
Por las grandes ventanas enrejadas mis ojos exploraban sin obstáculo lo
interior de las viviendas. En una cosían dos jóvenes vestidas de blanco, con
rosas en el pelo. Al observar la mirada insistente que les eché, sonrieron
burlonamente. En otra, una joven tocaba el piano, de espaldas a la calle: me
paré un instante a escucharlo, y conmigo una mujer del pueblo que, metiendo la
cara por las rejas, dijo:
—Señorita, señorita.
La joven se volvió preguntando:
—¿Qué se ofrece?
—Na, señorita; que me gutaba uté por etrá y quería
ver si po elante…
—¿Y cómo soy por delante?—replicó la chica sin
turbarse.
—Como un botón de rosa, mi corasón.
—Muchas gracias.
Y se volvió tranquilamente para seguir tocando.
Yo me alejé riendo de aquella singular escena.
En otra, un padre o preceptor estaba enseñando el
abecedario a un chicuelo de doce a catorce años; en otra se merendaba; en otra
se tocaba la guitarra, digo, en otras, porque fueron bastantes las en que oí
los acordes suaves del instrumento nacional. Cuando venía algún coche o carro,
era menester que los transeúntes nos metiésemos en un portal para no ser
atropellados, porque la calle, a duras penas, dejaba paso al vehículo. Todos
los balcones y ventanas estaban adornados con tiestos que rebosaban de flores:
los claveles de una ventana besaban muchas veces las rosas de la de enfrente.
Las mujeres que encontraba, jóvenes y viejas, las traían asimismo en el pelo.
El piso no era terso ni cómodo: los pies bañaban sobre los guijarros y
pseudoadoquines, con grave detrimento de los callos: además, se corría peligro
inminente de resbalar en alguna corteza de naranja o de sandía o de tomate, de
que había buena copia: de los balcones las dejaban caer sin aprensión ninguna
sobre los que pasábamos. De vez en cuando llegaban a la nariz fuertes tufaradas
de azahar, que casi le suspendían a uno los sentidos.
Pues no hallé, como digo, medio mejor para llegar a
la calle de San José que ir preguntando a los que cruzaban. Y cierto que no me
pesó de ello. Todos me respondían con extremada cortesía y se paraban a darme
cuantas noticias juzgaban necesarias. Algunos llevaban su amabilidad hasta el
punto de acompañarme un buen trecho de camino para dejarme bien encaminado. Y
aquí debo advertir que, así como en Madrid la expresión peculiar y nativa de
los rostros es la hostilidad, en Sevilla es la benevolencia. Quizá será porque
aún no han alcanzado ese grado supremo de la civilización en el que un
saludable desprecio de todo es el fundamento de las virtudes públicas y
privadas.
—¿La calle de San José?… ¿Me hace usted el favor?…
—Tá uté en eya, cabayero.
—¿Sabe usted dónde se encuentra el convento o
colegio del Corazón de María?—pregunté a la buena mujer, viendo, al echar una
mirada a la calle, que había tres o cuatro edificios de aspecto eclesiástico.
—No puedo desirle… Pero aguárdeme uté un momentito,
que voy a preguntarlo.
Se fue calle arriba y entró en una tienda. A los
pocos segundos salió de nuevo y vino a decirme que el colegio estaba próximo a
la iglesia.
—En esa casa que hase rincón, ¿sabe uté?
Le di las gracias y me dirigí hacia allá a paso
lento. Por si acaso la mujer me estaba mirando, entré en el portal, aunque sin
ánimo alguno de llamar a la puerta. Era un edificio viejo sin fachada regular.
No tenía más que unas cuantas ventanas distribuidas caprichosamente por ella,
lo cual me hizo presumir que lo principal de él debía dar a algún jardín. El
portal grande, cuadrado y feo, extremadamente limpio. Empotrada en la pared una
hornacina con cristal donde se veía la imagen de la Virgen, a la cual alumbraba
una lámpara de aceite colgada del techo. La puerta era de roble viejo, labrada
como las de las iglesias: a su lado había una ventanita sin rejas. Al poner
allí el pie me sentí fuertemente conmovido. La idea de que detrás de aquella
puerta estaba mi dueño querido, la saladísima hermana, hacía brincar mi
corazón. Pegué el oído a la cerradura por si lograba escuchar algo, y en
efecto, oí voces y risas. La ilusión me hizo creer que la hermana San Sulpicio
era la que gritaba reprendiendo a una niña. Mas las voces y las risas se
aproximaron repentinamente, y apenas tuve tiempo a ponerme en la calle de dos
saltos, cuando se abrió la puerta con estrépito y aparecieron hasta media
docena de niñas y detrás de ellas dos criadas que se alejaron calle arriba. Por
no exponerme a otro susto, y por considerar que nada adelantaba con quedarme en
el portal, también me aparté del colegio echándole, sin embargo, miradas
codiciosas y tristes.
Llegué a casa, después de caminar entre calles
algún tiempo, a la hora precisa de comer. Mi diminuta huéspeda me salió al
encuentro y me abocó con familiaridad no exenta de protección.
—Se habrá usted perdido, por supuesto.
—Alguna vez; pero he preguntado y fui saliendo
adelante.
—Pues hijo, como usted tardaba tanto, ya creía que
se nos había extraviado. Estaba pensando en poner un anuncio en los papeles…
Buena carpanta traerá ya, ¿verdá uté?
—Así, así.
—Pues a comer, hijo, ¡andandito!
Y se alejó como un jilguero que va a posarse en
otra rama.
En el comedor, y sentados a la mesa, estaban cuatro
señores con los cuales cambié un ceremonioso saludo. Uno de ellos era hombre de
unos cuarenta años, de fisonomía simpática, facciones correctas y barba castaña
recortada. Supe después que se llamaba D. Alfredo Villa, nacido en Cádiz y
comandante de infantería. Otro de los comensales era un señor de patillas
blancas, rostro atezado y expresivo, que me dijeron era alcalde de uno de los
pueblos de la provincia, no recuerdo cuál: se llamaba Cueto. Otro un jovencito
rubio, estudiante de Derecho. Otro, por fin, un catalán de rostro anguloso y
escuálido, ojos saltones y bigotes largos y caídos como un chino, a quien
llamaban Llagostera. Así que me hube sentado apareció Eduardito, que también
tomó asiento, o por mejor decir, se dejó caer exánime en la silla al lado de
nosotros. La comida principió silenciosa, pero no tardó en animarse
generalizándose la conversación; y ¡caso extraño! a pesar de tanto andaluz como
allí había, el que llevaba la voz cantante era el catalán. Y más extraño aún
que lo hiciera ordinariamente para decir pestes de Andalucía, y en especial de
Sevilla. Siempre se sentaba a la mesa furioso, según pude observar en los días
sucesivos. Generalmente su mal humor principiaba adoptando la forma irónica.
—Don Alfredo (dirigiéndose al comandante), ¿no sabe
que ma ancargado unos patines?… ¿Para qué?… Pues para andar por las calles. ¿Le
parese no estar bien lisas con los cascos de pimientos y naranjas que hay por
todas partes?
Abría extraordinariamente las vocales y cerraba los
ojos y alargaba los labios para dar realce gracioso a su humorismo.
—Disen, don Alfredo, que es magnífica la
enstalasión que el munisipio de Sevilla ha dadicado an la asposisión da
Barselona a las cañas da mansanilla. Supongo que no dajarán ustedes de mandar
alguna bailaora… Y qué tal, don Alfredo, ¿no ha venido todavía ningún inglés
que compre la Giralda?
El comandante y los demás comensales eran de buena
pasta y respondían sin incomodarse pizca a estas bromitas. Llagostera pensaba
que eran la flor y la suprema expresión del humorismo y la sal ática. Por
supuesto que, al cabo de algunos dimes y diretes, salía siempre con las manos
en la cabeza.
—Oiga, comandante: no habrán dajado de mandar a la
asposisión una buena partida de naranjas y melones…
—Melones, no—respondió Villa.—Con los catalanes no
hay competencia en ese ramo.
Los demás reían y Llagostera se amoscaba
inmediatamente, y principiaba a poner a la Andalucía y a los andaluces como
hoja de perejil.
—Aquí no hay formalitat, ¿sabe? (dirigiéndose a
mi). Busté va, pongo por caso, a un café y pide media copa de cognac, y le
cobran treinta santimos. Pues al día siguiente pide busté lo mismo, y le cobran
treinta y sinco. ¿As esto formalitat? ¿As esto desensia?… Luego busté va al
teatro, y por ver una mala comedia le llevan tres pesetas… An Barselona, por
una peseta ¿sabe? está toda la noche muy arrellanado en una butaca y oye una
ópera cantada por los mejores artistas catalanes, con cuerpo de baile, y además,
si quiere, ve también volatines, ¿sabe? Si va a un restaurant, no as como aquí,
no le dan camarones y naranjas, y l’assan luego en la cuenta. Allí, buen
solomillo, buenas rajas de salchichón, pedasos de ternera como alpargatas…
Mire, an el restaurant del Comersio, por una peseta y media ¿sabe? se dan
cuatro platos fuertes y vino del Priorato. Si busté porta el pan, antonses son
sinco reales…
No se cansaba jamás Llagostera de enumerar las
ventajas positivas de Barcelona sobre Sevilla, y sobre el resto del mundo.
Además, lo que le ponía fuera de sí era la holgazanería de los andaluces.
—Aquí busté no pida trabajo (siempre dirigiéndose a
mí). No hay una mala fábrica. A las cuatro de la tarde ¿sabe? los hombres astán
santados a la puerta de casa tocando la guitarra. Cuando les cae del sielo una
peseta van al café, piden unas cañas y dan al moso un real de propina. An
Barselona ningún moso puede tomar propina. ¿El café cuesta un real? Pues sa
deja el real sobre el platillo y sa va…
Esto de la propina lo tenía sobre el corazón. Era,
en su concepto, uno de los vicios que roen el corazón de la sociedad
contemporánea.
Pues además de la supremacía de Barcelona sobre
todas las cosas creadas, Llagostera tenía otra aún mucho más notable
especialidad, y era la de haber estado en todos los sitios que se mencionaban
en la conversación, haber presenciado todos los sucesos notables e intervenido
casi siempre en ellos directa o indirectamente. Había ejercido profesiones tan
heterogéneas como las de militar y contratista de obras públicas, inspector de
policía y periodista, etc. Si se hablaba de la cuestión de Oriente, él había
estado en los principados de la Moldavia y la Valaquia, hoy Rumania,
construyendo unos ferrocarriles, y contaba anécdotas más o menos interesantes,
describía el carácter de los príncipes rusos con quienes había tratado
familiarmente y las costumbres feudales de aquellos países.
—Una tarde iba yo con el prínsipe de Golitchof an
una briska, un carruajito, ¿sabe? y ancontramos unos carros que
impedían el paso; los carreteros astaban dormidos allí serca. El prínsipe saltó
del coche, y a latigaso limpio los fue despertando. ¿Busté cree que sa quejaron
siquiera? Nada, sa fueron a los carros y los apartaron sin desir palabra.
Hablando de América, la había recorrido de un cabo
a otro, había cazado tigres con el presidente de Guatemala y se había batido en
calidad de coronel contra el ejército de San Salvador. Saliendo a cuento el
asesinato del general Prim, nos dijo que pocos momentos antes había escuchado
en una taberna la conversación de los asesinos, y que no había ido a dar parte
porque, advirtiendo que los escuchaban, uno de ellos le había seguido durante
varios días después, sin duda para asesinarle en el caso de que los denunciara.
Por último, habiendo sacado el estudiante de Derecho la conversación de toros,
nos explicó cómo en Burdeos le habían tomado a él por un torero, y con tal
motivo le habían agasajado muchísimo. El alcalde de las patillas blancas, que
hasta entonces había guardado silencio, sin levantar la cabeza del plato,
alzola ahora con sorpresa, y echándole una mirada de sorna y cólera al mismo
tiempo, le atajó diciendo:
—¡Compare, no diga uté por ahí que le han tomao por
un torero, porque le van a dar un tiro!
El catalán sostuvo con brío lo que había dicho;
pero viendo que todos reíamos y que Cueto no respondía, se calló por algunos
instantes, con señales de enojo.
Villa comenzó a embromar a Eduardito. Al parecer,
este lánguido mancebo estaba perdidamente enamorado de una vecina amiga de su
madre y hermana, lo cual era causa de haber perdido el apetito casi
enteramente. Lo original del caso es que, según me dijeron, la vecinita contaba
más de veintisiete años, y él no había cumplido diez y nueve aún.
—Eduardito, ¿pongo para usted?
—Muchas gracias, señor Villa… Basta… basta.
—Vamos, joven, ¡valor! Este aloncito nada más. Me
ha dicho Fernanda que le desagrada muchísimo que usted no coma.
—Ya empieza la guasa, ¿eh?—respondía Eduardito,
mostrando síntomas de temor.
—Palabra de honor. Me ha dicho que si usted
continúa enflaqueciendo de ese modo, se va a ver en la precisión de darle
calabazas… Dice ella, y a mi ver tiene razón, que quiere casarse con un hombre,
no con un pájaro disecado de la calle de la Mar.
—Vaya, don Alfredo, no la tome usted siempre
conmigo.
—Pues a comer. Tengo encargo de cuidarle a usted… y
las órdenes de las damas son sagradas.
El cómo le había entrado el amor a Eduardito nadie
lo sabía. Fernanda frecuentaba la casa hacía ya bastantes años: les había visto
criarse, lo mismo a él que a Matilde, les había vestido y peinado infinitas
veces, les llevaba a su casa a pasar el día, y se divertía en cortar y coser
casullas para el primero (que en sus primeros años mostraba decidida vocación
por el estado eclesiástico) y en aderezar vestidos para las muñecas de la
segunda. Andando el tiempo, como Matilde era precoz, y despierta de inteligencia,
Fernanda la hizo confidente de sus secretos, y, poco a poco, a pesar de la
diferencia de años, se fue trabando estrecha amistad entre ellas. Es más, como
Matilde tenía un carácter más firme, o era más tiesecilla, según la expresión
vulgar, pronto llegó a dominar a su dócil y bonachona amiga. Mas por lo que
respecta a Eduardito, nunca había cesado aquel sentimiento de protección
maternal con que Fernanda le trataba. Cuando iba a la escuela, ella era quien
le recosía los sietes de los pantalones, para que su padre, que entonces vivía,
no se los abriese en la piel, le limpiaba los mocos con su propio pañuelo, y le
pasaba una toalla mojada por la cara cuando ésta venía demasiadamente puerca.
Después que entró a cursar la segunda enseñanza, si ya no ejercía estos mismos
oficios con él, los desempeñaba análogos. Lavábale y planchábale los pañuelos
del cuello, le hacía el lazo de la corbata, ocultaba con alguna piadosa mentira
sus fechurías, y de vez en cuando le metía en el bolsillo alguna peseta.
Eduardito, como niño mimado, la trataba sin pizca de miramiento,
desvergonzándose con ella en cuanto le reprendía cualquier travesura.
Mas hete aquí que a lo mejor nuestro mancebo
comienza a estar serio y taciturno delante de ella, y a clavarle a hurtadillas
unos ojazos que daban susto. Con esto, en vez de pasear todo el día por las
calles con sus amigos, o ir a la puerta de Jerez a echar flores a las
cigarreras, o a esperar por la tarde la vuelta de las operarias de la Cartuja,
le gusta quedarse en casa cuando Fernanda va a pasar la tarde con su hermana y
visitar con frecuencia la casa del padre de aquélla, que era maestro tornero en
bronce y marfil. ¿Y todo para qué? Para estarse quieto en una silla las horas
muertas sin chistar, como si asistiera a un duelo. A pesar de que las señales
eran manifiestas y que las mujeres, sobre todo si son andaluzas, saben leer
pronto y bien en el pecho de los galanes, tardó bastante tiempo Fernanda en
darse cuenta de la afición de Eduardito. Tan asombroso y extravagante era aquel
amor, que aun después de advertido no quería creer en él, y no dio parte a
nadie, porque a la verdad le parecía ridículo.
Fernanda era una morena de facciones incorrectas,
nada bonita y poco graciosa. Tenía siempre desmesuradas ojeras, que con la edad
se iban acentuando, y le faltaba un diente de los más principales, lo que le
hacía silbar las palabras de un modo nada grato. Además, estaba bastante ajada,
como que ya iba traspasando los límites de la juventud. Pero el amor es ciego,
y donde los demás veíamos insignificancia y fealdad, él veía hermosura simpar y
perfección. La primera que lo observó, después de la interesada, fue su
hermana. Luego fue del dominio público. Eduardito descaecía a ojos vistas; la
nariz, siempre protuberante, se le había pronunciado de tal modo insólito y
bárbaro, que más parecía accesorio defensivo de algún animal extraño, que parte
integrante del organismo humano. Todos deseaban que aquello se resolviese de
alguna manera. Porque les dolía la consunción de un joven tan notable en su
aspecto físico como en el moral, según tendremos ocasión de ver.
Sin embargo, la protección que los huéspedes le
dispensaban, lejos de satisfacerle, le disgustaba, y hasta llegaba a
enfurecerle. No podía resistir que hablasen de él a Fernanda y le pintasen su
amor y sus penas. Así que manifestó claramente su desabrimiento cuando Villa le
dijo que por la tarde había charlado un rato con aquélla a la reja, y que el
tema de su conversación había sido él.
—Yo creo, don Alfredo—profirió el mancebo muy
amoscado,—que no había necesidad de que usted se metiese en cosas que no le
importan.
—Pero, criatura, si usted no acaba de declararse.
¿Quiere usted que tengamos el cargo de conciencia de verle escaparse por la
corbata el día menos pensado por falta de cuatro palabritas?
—Bueno, pues déjeme usted escaparme. Ni a usted ni
a nadie le ha de venir ningún perjuicio por eso… Acaso valdría más que
sucediera—añadió por lo bajo, con voz conmovida y pugnando por detener las
lágrimas.
Vamos, don Alfredo, no le maree más… Mire que yo
también voy a poner sus trapiyos sobre la mesa—dijo la brevísima Matilde, que
mientras comíamos se movía espiando nuestros deseos, satisfaciéndolos o
haciéndolos satisfacer por Gervasio.
El comandante se puso un poco colorado.
—Vaya, vaya, a callar, Colibrí. Más te valiera
tener cuidado de que este arroz estuviese sabroso.
—Es que, hijo mío, el arrós es muy ladrón; toita la
sustansia se traga.
—Pues avisa a la guardia civil, porque yo no tolero
más robos de esta clase… Y diga usted, señor Cueto—añadió cambiando de
conversación, por temor sin duda de que Matildita cumpliese la amenaza,—¿piensa
usted quedarse muchos días entre nosotros esta vez?
—No, señor. Me voy mañana.
—Prontito. ¿Han ganado ustedes al fin las
elecciones?
—¡Pues qué íbamos a hasé! Eso me trae todavía.
Nunca farta un enrediyo.
—Aquel escribano que tanto les combatía a ustedes
estará furioso.
—El pobresito ha fallesido.
—¡Hombre!…
—Sí, antes de las elecsione… Verá usté qué cosa más
rara. ¿Se acuerda usté de cuando estuve aquí, hase un mes? Pues bueno; hablando
con el señor gobernaor de nuestros asuntos, le dije con franquesa lo que había,
que el escribano tiraba de mucha gente y que la madeja estaba muy enredá; hasía
farta que él pujase desde arriba hasta echar los hígados para que saliésemos
adelante. «¿Sabe usté, alcarde, lo que se me ha ocurrío hase un momento?, me
dijo. Me ha dao de repente en el corasón que a ese escribano le va a pasar argo
antes de las elecsione… Es un presentimiento… vamos… y mire usté, cuando yo he
tenío alguno casi siempre se ha realisao. Ese hombre, para mí, no hase las
elecsiones.» No me acordé más de aquel dicho, y me fui al pueblo. ¿Querrá usté
creer que a los ocho días justitos, al retirarse por la noche a su casa, le
dejaron tendío de un tiro en la cabesa? ¡Y luego dirán que no debemos creer en
las corasonadas!
Sentí un leve escalofrío y cambié una mirada
significativa con Villa.
—He venío—continuó—porque el jues se ha empeñao en
procesar a un pobresiyo, que enjamás ha matao una mosca. Ya ve usté, antes que
yeven al palo a un inosente, ¿no es mejor que nos boten ese jues y nos pongan
otro?
A pesar de la entonación seria con que pronunciaba
estas palabras y del gesto triste y compasivo con que las acompañaba, creí
advertir debajo de ellas una ironía feroz que me causó miedo y repugnancia.
—Para elecciones reñidas, las que yo he presenciado
en Jerez a raíz de la restauración—dijo Villa.
—Durante los años de la revolución, parece que la
gente tomaba menos interés en ellas. Sin duda fiaba más en los motines y
algaradas que a cada momento había—manifesté yo.
El catalán, que hacía lo menos cinco minutos que no
hablaba y estaba pesaroso, cogió la ocasión por los cabellos para
interrumpirnos diciendo con sonrisa entre humilde y petulante:
—¡La restaurasión! ¡Je, je! La restaurasión; aquí
donde ustedes ma ven, si no es por mí no sa hase.
Todos levantamos vivamente la cabeza y le miramos,
y nos miramos después con estupor.
—Sí, señor; si no es por mí no sa hase—repitió
acentuando la sonrisa y gozándose, sin duda, en nuestra sorpresa.—Atiendan un
poco. Yo escribía los sueltos antonses en El Tiempo, y hasía,
además, la confecsión, ¿sabe? Todos los personajes de Madrit ma quitaban el
sombrero y venían a buscarme para que les pusiera algún sueltesito dándoles
bombo. Llagustera para aquí; Llagustera para allí; Llagustera, venga a almorsar
conmigo; Llagustera, suba al coche, le llevaré a su casa. An fin, poco faltaba
para que ma limpiasen las botas, ¿sabe? Uno de los más amigos era el general
Martínez Campos. Muchas tardes echábamos grandes párrafos en el Salón de
Conferensias. Pocos días antes del golpe de Sagunto, le ancontré tumbado an un
diván dormitando. ¡Hola, mi general! Está usté descansando, ¿verdat?, le dije
poniéndole la mano en el hombro.—Dájeme usted, Llagustera; ando muy preocupado
estos días; los compañeros ma ampujan a que saque los soldados a la calle, y ya
ve usté, eso es más fásil desirlo que haserlo. Por otra parte, Cánovas no
quiere por ahora, y el elemento sivil tampoco… Así que, a la verdat, no sé qué
haser… ¿Busté qué me aconseja, señor Llagustera?—Hombre, yo no conosco bien el
espíritu del ejérsito, pero a mí me parese ¿sabe? que no debe busté intentar
nada en Madrit; debe trabajar el ejérsito del Norte o el del Sentro. Después
que le dije esto, sa quedó muy pensativo, y a los pocos días fue cuando sa
escapó a Sagunto a ponerse al frente del ejérsito del Sentro, y ya saben lo que
pasó.
El catalán sonreía de un modo beatífico, acabando
de decir esto. Un silencio lúgubre siguió a sus palabras. Quién más, quién
menos, todos estábamos irritados de tal desvergüenza, y teníamos los ojos
puestos en el plato. Al cabo de algunos segundos, Cueto levantó la cabeza, y
encarándose con él, le preguntó con impertinencia:
—Oiga usté, señor Llagostera, ¿su padre de usté era
de Cabra?
—No, señor; ¿por qué lo pregunta?
—Por na… Es que a los de Cabra los suelen llamar
cabrones.
Quedé espantado. Creí que aquella agresión brutal
iba a producir una escena trágica. Pero afortunadamente no fue así. El catalán
dijo que aquel insulto no se lo diría fuera. Cueto respondió que se lo
repetiría donde y cuando gustase. Llagostera replicó que él no era hombre de
navaja, sino de pistola y espada, y que ventilaba los asuntos de honor como un
caballero, y que mirase por sí, pues en el Perú (donde había sido hombre de
Estado y coronel) había tenido tres desafíos, uno de ellos con rifle, al estilo
americano. Cueto manifestó que él se pasaba todos los estilos por tal y por
cual, y que para zanjar asuntos semejantes no había más que dar solitos una
vuelta por la orilla del río. A todo esto, sin embargo, ninguno de los dos se
levantaba de la silla, y seguían engullendo lo que les ponían delante, sin
ánimo declarado de tomar el fresco; por lo cual nos sosegamos todos. Villa,
guiñándome el ojo, entabló nueva conversación, y a los pocos momentos nadie se
acordaba de tal desagradable incidente.
Dormí bastante mal aquella noche. De un lado, la
incertidumbre sobre lo que debía hacer para ponerme de nuevo en relación con mi
adorada monja, de otro, la dureza bravía de la cama, me hacían dar más vueltas
que un argadillo. Por la mañana, la microscópica Matildita vino a preguntarme
cómo había dormido.
—Muy mal—le respondí.
—¿Y eso?
—No sé… me parece que la cama es algo dura.
—Pues, hijo mío, si tiene uté tres colchones. Esta
noche le pondré a uté otro.
—No; mejor será que me quite usted los tres y ponga
uno blando.
Más de una docena de veces entró y salió aquella
mañana en mi cuarto. Los múltiples quehaceres de la casa la obligaban a cada
momento a interrumpir la conversación y marcharse. Por último se decidió a
sentarse en una mecedora, diciendo:
—De aquí no me levanto ya lo menos en un cuarto de
hora… Digo, a no ser que uté quiera quedarse solo…
Le expresé mi placer en verme tan gentilmente
acompañado, y no fingía; porque además de no tener en qué ocuparme, me recreaba
al mirar aquella figurita meciéndose en la butaca con gran cuidado para no
mostrar las piernas.
—¿Es usted viajante de comercio, don Ceferino?—me
preguntó.
—No, señorita; soy poeta.
—¡Ah, poeta! ¡Qué bonito! ¿Hace usted versos? ¿Me
leerá usted algunos? ¿verdad?
—Con mucho gusto—respondí, sintiendo súbito por
aquella niña ardiente simpatía.
—A mí me gustan muchísimo los versos, ¡Me encantan!
¿sabe uté? A casa venía un chico que los hacía, ¡tan bonitos! ¡tan bonitos!
Vamos, eran preciosos. Otros los hacían bonitos también, pero como Pepe Ruiz,
ninguno. Verá uté, a mí me dedicó unos que tengo arriba guardados…
Principiaban… Hojas del árbol caídas—juguete del viento son…
—Las ilusiones perdidas—hojas son ¡ay!
desprendidas—del árbol del corazón—concluí yo.
—¡Toma! ¿También usted los sabe?
—Sí, señorita; son de Espronceda.
—No, hijo mío, que no son de ese caballero, que son
de Pepe Ruiz; yo misma se los he visto escribir—replicó con energía.
—Entonces serán de los dos—repuse.—No hay nada
perdido.
—Vamos, dígame usted algunos suyos. Si usted es
poeta estará enamorado, ¿eh? ¡A que sí! Todos los poetas son muy enamorados.
Pepe Ruiz ¡uf! a todas cuantas veía les pedía la conversación.
Yo, que sentía la comezón de todos los que aman por
explayarme y narrar las menudencias de mis amores, respondí sonriendo:
—Pues sí… creo que lo estoy un poco.
—Una mijita, ¿eh? ¿Ve uté como a mí no se me escapa
nada?—exclamó, rebosando de alegría y triunfo, como si hubiera descubierto un
tesoro escondido.
Me obligó a contarle, con todos los pormenores
posibles, la historia de mi incipiente pasión. Por cierto que, al decirle que
el objeto de ella era una monja, se asustó; pero le expliqué cumplidamente el
caso y volvió a sosegarse. No conocía a Gloria, aunque había oído hablar de
ella a sus amigas y tenía noticia de su familia. Sabiendo que no había
rechazado mis instancias (creo que mi vanidad me hizo correrme un poco en este
punto) y que tenía deseos de salir del convento, me brindó su protección, con la
misma autoridad y firmeza que si fuese el capitán general del distrito y
pusiera a mis órdenes las fuerzas de la guarnición, para sacar a la hermana de
su celda y volverla al mundo.
—Nada, nada, ya verá uté cómo eso se arregla y le
casamos en seguidita. ¡Vaya con don Ceferino, llegar a Sevilla enamorado ya de
una sevillana!
—Ya ve usted… y siendo yo gallego.
—¿Cómo gallego?—exclamó cambiando repentinamente de
expresión, en el colmo del estupor.—¿Pues no me había dicho hace un momento que
era poeta?
—Bueno, soy poeta y gallego a la vez.
Me costó trabajo hacerle entender cómo podían
aliarse estas dos cualidades en una misma persona. Creía que ser gallego y
llevar baúles al hombro era todo uno. Hasta se me figuró que, para darse cuenta
cabal del caso, se puso a recordar que yo había entrado en casa con la maleta
entre las manos. Destruida a medias esta original concepción de mi procedencia
natal, me volvió a pedir que le recitase algunos versos, y yo, con la buena
voluntad que en este particular nos caracteriza a los poetas, lo mismo líricos
que dramáticos, le dije un número considerable de sonetos, después otro aún
mayor de quintillas, luego algunos romancitos. En fin, que estuve soltando
versos a chorro más de una hora. Matildita, en quien encarnaba dichosamente el
espíritu amplio y receptivo del Ateneo de Madrid, los encontraba todos
deliciosos, insuperables; batía las diminutas manos contra los brazos de la
mecedora, y en sus ojillos, medio cerrados siempre, chispeaba un gozo vivo y
sincero. Tuve que prometer dedicarle unos, y ella me aseguró noblemente que los
guardaría siempre al lado de los inmortales de Pepe Ruiz.
La verdad es que me caía muy en gracia aquella
chiquilla, con su entonación protectora y su modo de hablar breve e imperioso.
Parecía cansada de la vida y muy experimentada en todos sus casos y
circunstancias. A cada paso me llamaba hijo, hijo mío, y por lo que pude
colegir, se pagaba mucho de ser una inteligentísima e inapreciable consejera,
sobre todo en negocios de amor. Por varias reticencias que le escuché en sus
discursos, entendí también que Cupido le había sido adverso, y que sólo después
de una dolorosísima experiencia había llegado a adquirir un conocimiento exacto
y completo de las tretas de este dios, lo cual la ponía ahora en situación de
aleccionar a los neófitos como yo y prevenirles. Después de repetidas
instancias por mi parte, me confesó que el dios alado se le había presentado
hacía tres años en forma de aspirante a telégrafos.
—¡Tres años! Sería usted una criaturita.
—No, hijo, que tenía ya cerca de quince años… Era
guapo, buen mozo, y tenía unos ojos muy pícaros… Venía mucho por casa, porque
era amigo de Eduardito. Una mañana que me encontró sola barriendo, me pidió
conversación. Yo le di… con la escoba en la cabeza; pero otra me quedaba
dentro, porque ¿sabe uté? Felipe me gustaba… nada más que por el aquel que
tenía… Cantaba los tangos ¡que había que oírle! Le digo a uté que había que
oírle. Bailaba panaderos como un gitano de la Macarena. ¡Y luego tan guasón!
Nunca se sabía cuándo hablaba formal. Verá uté. Un día le preguntamos por su
hermano, que estaba en Cádiz, y nos respondió, con una cara muy larga, que se
había muerto. Todos lo creímos. Uté también lo creería, ¿verdad? Pues nada; por
la tarde se dejó entrar diciendo que todo era mentira. Tenía el muchacho la sal
de María Santísima… No sé quién le sopló a mi padre (q. e. g. e.) que estábamos
en relaciones, y le echó de casa a pescozones… sí, señor, a pescozones… y creo
que también le dio algún puntapié… Pero como yo estaba ya metida en el querer,
¿sabe uté? no importó na. Le hablaba por la reja. En esta misma ventana,
¡cuántas horas habré pasado hablando con él! ¡Me tenía encandilaíta aquel
gitano! Yo no salía a paseo porque él no quería; me obligó a no dar la mano a
ningún hombre, me quitó el flequillo del pelo, me quitó el corsé…
—¿Cómo el corsé?—pregunté sorprendido.
—Sí, señor; el corsé… ¿Uté no sabe? Aquí hay muchos
que no quieren que sus novias gasten corsé… porque así gustan menos a los
otros…
Los amores de Matildita habían terminado de un modo
tristísimo. El aspirante guasón «le había dado el pego» con una amiguita que
vivía por allí cerca. Pero como todos los traidores tienen su recompensa, a los
pocos meses tronó también con ella.
—Ahora será ya telegrafista.
—No, señor; es soldado de caballería. Salió
reprobado en los exámenes, ¿sabe uté? y su padre le echó de casa. El pobre
chico, aburrío, sentó plaza… Y le está muy bien el uniforme, no crea uté, con
su chaquetilla azul y su sable arrastrando…
—Vamos, eso prueba que si quisiera otra vez volver
sumiso a sus pies…
Matildita frunció la frente con severidad, y con su
manecita hizo un ademán dignísimo.
VI
El patio de las de Anguita.
¿Qué se le ofrecía a usted, caballero?
—Don Sabino el capellán… ¿Se puede hablar con
él?—articulé con trabajo, mirando a la monja que asomó la cabeza por la
ventanita sin reja que había al lado de la puerta.
La verdad es que no pensé hallarme con tan gentil
portera. Era joven la monjita y tenía el rostro fresco y sonrosado, con ojos
vivos y penetrantes. Su acento era marcadamente extranjero.
—Sí, señor… pero en este momento va a decir misa.
Si usted quiere oírla, puede subir después a su cuarto.
—Con mucho gusto—repliqué.
Retirose de la ventana, y acto continuo sonó un
campanilleo de llaves y la puerta se abrió con ruido de cerrojos que se corren.
—Pase.
Cerró otra vez con llave y me dijo:
—Venga usted conmigo.
Seguila por una galería de arcos con suelo de
ladrillo, cerrada de cristales. Por ellos se veían muchas flores y plantas.
Parose delante de una puerta, empujola y me dijo:
—Pase y siéntese. Cuando principie la misa, ya se
le avisará.
Había en los ojos de la monja, en su voz y en sus
ademanes una firmeza que distaba mucho de la cortedad y timidez que yo juzgaba
antes inherentes a toda religiosa. Había en sus palabras un dejo protector. Me
ordenaba lo mismo que si se dirigiese a una educanda. «Pues señor (no pude
menos de decirme recordando a Matildita), en este país todas las mujeres me
protegen. Más vale así.»
La estancia donde me hallaba era, sin duda, la sala
de recibo o de espera. No grande, con una ventana de rejas a la calle, abierta
a bastante altura, para que nadie se pudiese asomar sino con escalera. Había un
sofá forrado de tela encarnada y varias sillas, una consola y un espejo: las
paredes estaban tapizadas con buena porción de estampas religiosas; el suelo de
azulejos. Cuando me hallé solo, volvió a acometerme la misma inquietud y
temblor que sentí al penetrar en el portal y tirar de la campanilla. La
presencia de la monja me había distraído un poco y sosegado. Costárame algunos
días de dudas y vacilaciones tomar aquella resolución. Antes había intentado,
sin éxito feliz, sobornar a una de las mandaderas del convento para que
entregase una carta a la hermana San Sulpicio. Me había contestado con
indignación, poco menos que poniéndome la cruz como al diablo. Imagino que si
en vez de dos pesetas hubiera tenido ánimo para ofrecerle cinco duros, sería
otra cosa. Este temperamento tímido que Dios nos ha dado a los gallegos me
perdió. Después quise catequizar a la muchacha que conducía al colegio unas
niñas, y me acogió muy bien mientras supuso que estaba prendado de sus gracias;
mas en cuanto le manifesté tímida y veladamente mi pensamiento, me soltó una rociada
de injurias y denuestos, que sólo mi paciencia, que es muy grande, pudo
tolerar. Finalmente, por consejo de Matildita, y no viendo en realidad otro
medio de salir de aquella situación, me decidí a avistarme con el capellán de
las monjas y, contándole el caso, procurarme su protección. Si era hombre de
bien, no podía menos de considerar que el retener a una joven contra su gusto
en el convento era contra toda religión y derecho, y ayudaría a ponerla en
libertad cuando cumpliese el plazo de sus votos, que debía ser muy presto. No
tomé, sin embargo, esta resolución sin vacilar muchísimo y volverme atrás
infinitas veces, porque bien se me alcanzaba que no tenía derecho alguno a
intervenir en los asuntos de la hermana. Verdad que le había declarado mi amor;
verdad que ella acogía mis galanteos con indulgencia, y aun mostraba en algunas
ocasiones señales, más o menos manifiestas, de que mis instancias le eran
agradables y concluiría por ceder a ellas. Pero no es menos cierto que, por una
o por otra causa, no había cedido, y que yo no podía jactarme con verdad de ser
dueño de su corazón. Sin embargo, como urgía tomar una resolución decisiva,
pues de otro modo mi permanencia en Sevilla se iba haciendo inútil y ridícula,
al cabo llegué a dar el paso que se ha visto.
Luego que la monja me dejó solo comenzaron de
nuevo, como digo, mis congojas. De buena gana me hubiera retirado. Pero la
puerta estaba cerrada con llave, y era necesario buscar y llamar otra vez a la
portera para que me abriese, la cual se sorprendería, me haría alguna pregunta;
en fin, un lío. Para apaciguar mis inquietudes, tomé un libro lujosamente
encuadernado que había sobre la consola y lo abrí. Versaba sobre la milagrosa
aparición de la Virgen en la gruta de Lourdes a los pastorcillos Máximo y Bernardeta;
estaba en francés y adornado con grabados. Su lectura, que comencé de un modo
maquinal, impresionó al cabo de algunos minutos mi imaginación, inclinándola,
no precisamente a las ideas religiosas, sino a cierta suerte de anhelo inefable
y humildad voluptuosa que el misticismo produce siempre en los temperamentos
nerviosos y líricos. Acordeme de la graciosa hermana, y nunca su imagen produjo
en mí un estremecimiento más dulce y feliz. Me dieron tentaciones de bajarme y
besar el suelo porque ella, sin duda, lo había pisado. Todo me parecía en aquel
lugar digno de respeto y aun admiración; hasta un cromo bastante malito que
representaba a Jesús abriéndose el pecho con las manos y mostrando un corazón
de color de chocolate con la cruz encima y ardiendo en llamas de huevo con
tomate. Sin embargo, no hay que engañarse: creo que me sentía más erótico que
religioso.
No se pasaron muchos minutos sin que la monja
portera abriese de nuevo, diciendo con el mismo acento extranjero y tono
imperativo:
—La misa va a empezar. Venga usted.
Y la seguí con la sumisión de antes, como un
colegial a quien llevan a encerrar. Sin embargo, durante el camino dirigí
algunas miradas investigadoras a todos lados, con la vaga esperanza de ver la
figura de mi monja entre las varias que cruzaban a lo lejos por las galerías
desiertas. Por lejos que fuese, tenía absoluta seguridad de reconocerla.
Salimos del primer patio y entramos en otro más grande con arquería de piedra
también, pero sin cierre de cristales. Estaba empedrado, y en el medio había
una fuente de piedra oscurecida por el musgo; cerca de ella un gran pilón
cuadrado, donde lavaban ropa dos hermanas. En uno de los lienzos de aquel patio
acerté a ver una puerta mayor que las otras, de arco ojival, con cruz de piedra
encima, y presumí inmediatamente que era la de la capilla. En efecto, al llegar
a ella la hermana se detuvo; yo me adelanté hacia la pila del agua bendita, la
tomé con los dedos y se la ofrecí. La monja se dignó mirarme entonces, y
sonriendo levemente de un modo compasivo dijo:
—Gracias, no podemos.
Y al mismo tiempo sumergió su mano en la pila y se
hizo después varias cruces. Luego se arrimó a la pared, diciéndome:
—Pase usted.
No poco turbado por la negativa y por el aspecto
imponente de la hermana, le dije para entablar conversación:
—¿La madre Florentina sigue bien?
—La hermana Florentina ha dejado de ser superiora
hace algunos días. Está algo más aliviada, sí, señor—me respondió mirándome ya
con un poco de curiosidad, pero sin abandonar un punto su aire protector, que,
dicho sea de paso, no le sentaba mal.
—¡Ah! ¿No es superiora?—respondí distraídamente, no
dudando que en aquel cambio alguna parte había tenido el bailoteo de Marmolejo.
—No, señor; hoy es la última de las hermanas. Pase
usted.
—¡Arrea!—dije para mis adentros, cruzando por
delante y metiéndome por la primera puerta que hallé.
—Phs, phs… Por ahí no; por esta otra puerta.
Entré por donde mi protectora me señalaba, y me
hallé en la capilla, sin ver de ella casi nada; tal era la oscuridad que
reinaba. Pude apreciar, no obstante, que era bastante grande y bien decorada.
El altar mayor y todo lo que cerca de él había se designaba mejor por la
claridad que caía de las ventanillas de la cúpula; pero desde allí hasta el
fondo, donde yo me hallaba, las sombras se iban espesando. Permanecí indeciso
hasta que la monja, sacando un fósforo, me señaló con el dedo unos
reclinatorios de terciopelo rojo que había arrimados a la pared del fondo. Me
acomodé en el más próximo, pero me obligó a correrme hasta el último, sin duda
para que los que viniesen después no encontrasen dificultad al pasar. Después
se fue dándome los buenos días, acercose a un cordel que pendía del techo, y
comenzó a tirar de él con fuerza. Una campana sonó con tañido dulce y
prolongado. Ya que hubo llamado a misa, bajó una de las lámparas, le echó
aceite, sacudió con un paño las molduras de los altares. Luego se fue hacia el
fondo y desapareció por una puertecita lateral que debía de ser la de la
sacristía.
La capilla me parecía desierta. Sin embargo, al
cabo de algunos momentos percibí un murmullo no lejos, y a fuerza de mirar con
intensidad, logré ver el bulto de un sacerdote sentado en una silla próxima a
la puerta y el de un caballero que, de rodillas delante de él, se estaba
confesando. El cura tenía un brazo echado sobre el cuello del penitente y
acercaba el oído a su boca. Predispuesto como estaba al enternecimiento,
aquella escena me produjo una impresión viva. Despertaron en mi espíritu las
dormidas emociones de la infancia, cuando mi madre me llevaba a confesar con
fray Antolín el excusador. Sentime gratamente turbado y en la mejor disposición
posible para llorar los pecados de mi vida y acercarme contrito al tribunal de
la penitencia. Pero ¡caso raro! en este arrepentimiento no entraba el pecado de
amar a una monja; al contrario, me parecía que este amor era precisamente lo
que me acercaba más a Dios y el camino más seguro para salvarme. Cuando vi al
cura (que sin duda debía de ser el capellán de las monjas) echarse hacia atrás
en la silla y levantar la mano para dar la absolución; cuando vi alzarse al
caballero sacudiéndose el polvo de las rodillas con el pañuelo, me acometió un
súbito afán de echarme a los pies del primero y confesarme y hablarle de la
saladísima criatura que tenía bajo su autoridad y demandarle humildemente que
me protegiese, digo, me absolviese. Mas el tiempo en que permanecí indeciso fue
suficiente para que el cura se marchara y, tosiendo hasta reventar, se alejase
hacia el altar mayor, donde su negra silueta se abatió para alzarse de nuevo y
salir por la puertecita lateral.
La iglesia quedó al fin verdaderamente solitaria.
Mis ojos, habituados ya a la oscuridad, podían explorar todos sus rincones. Era
bonita y recogida y adornada con esmero; por donde se adivinaba bien que no
eran manos de hombres las que la cuidaban. Estaba, hasta el sitio que yo
ocupaba, llena de bancos de madera, colocados unos detrás de otros como las
butacas de un teatro, dejando igualmente en el centro calle para el paso. Por
otra puerta opuesta a la de la sacristía entraron cuatro monjas, se arrodillaron
delante del altar mayor y comenzaron a orar en voz alta de un modo extraño, que
yo jamás había oído antes. Cada una decía su oración alternativamente, y en
todas ellas se repetían muchas veces corazón traspasado, dolores
agudísimos, preciosísimas llagas, y otros superlativos que sonaban de un
modo triste y temeroso en el silencio de la capilla. La hermana portera salió
otra vez, y otra vez volvió a empuñar el cordel para tocar la campana. Y casi
en el mismo instante comenzaron a entrar monjas, formando fila, que iban a
colocarse en pie delante de los bancos, con silencio y corrección admirables.
Detrás de las monjas, que serían unas treinta, vinieron las educandas internas,
a quienes reconocí por el chal blanco que les caía por la espalda. El rostro
apenas se podía distinguir. Parecía una entrada de fantasmas, que me recordó
¡oh sacrilegio! la de los espectros evocados por Beltrán en la ópera Roberto.
Cada diez o doce educandas venía otra monja, que se situaba al cabo del banco.
Cuando la capilla estuvo llena salió el cura, revestido de sus ornamentos, y
comenzó la misa. La comunidad y las educandas se sentaron. Excusado es que diga
que el corazón me saltaba en el pecho, y que hacía esfuerzos visuales
inconcebibles por averiguar cuál de aquellos fantasmas era mi adorada Gloria.
La misma ansia y empeño que ponía en reconocerla me lo impedía. Me fijaba en
una con insistencia, y al cabo de cinco minutos, por un movimiento cualquiera,
comprendía que estaba engañado, y tornaba con afán a fijarme en otra, para sucederme
otro tanto.
No fue larga la misa. A mi lado habían venido a
colocarse tres o cuatro caballeros de aspecto clerical, que supuse serían
devotos del convento, o protectores. Los movimientos de la comunidad y
educandas, para alzarse, sentarse o arrodillarse eran simultáneos, como si las
empujase un mismo resorte. Al alzar y consumir escuchábase en la capilla un
rumor extraño, como el de truenos lejanos, que me sorprendió en extremo, hasta
que vine a comprender que era producido por el golpe de las manos sobre el
lienzo almidonado de los chales. Cuando concluyó, se fueron con el mismo
recogimiento y silencio que antes. Los caballeros que estaban a mi lado me
dieron los buenos días con la afección de correligionarios, y también se
fueron. Volví a quedarme solo y perplejo en la capilla, cuando se presentó la
monja extranjera, diciéndome:
—He avisado a don Sabino, y me ha dicho que le
espera a usted en su cuarto.
Viendo que permanecía quieto, añadió:
—¿No sabe usted a su casa? Venga entonces conmigo.
Me condujo al través de algunas galerías hasta la
entrada de un jardín, y señalándome con la mano una casita que había en el
fondo de él, me dijo:
—Allí es. Llame usted fuerte, porque la criada es
sorda.
Le di las gracias, pero ya no me escuchaba.
La hermana portera sabía darse tono, como sus
colegas del Congreso de los Diputados.
Cumplí fielmente el encargo, dando sobre la puerta
un par de aldabonazos capaces de despertar a los siete durmientes. Al instante
me la abrió una mujeruca pálida, vivaracha, que llevaba, a pesar de sus
cincuenta años lo menos, un clavel en los cabellos grises. Quedó sorprendida al
verme y se apagó súbitamente la sonrisa que contraía sus labios. Sin duda por
aquella puerta no entraban las visitas, y sí sólo las mandaderas del convento o
alguno de sus dependientes. Y vino la pregunta consabida.
—¿Qué se le ofrecía a usted?
—¿Se puede ver a don Sabino?
Tuve que repetirlo otra vez. Antes que la vieja me
contestase se oyó un vozarrón arriba, diciendo:
—Adelante. Suba usted.
Y en cuanto traspuse la puerta y tomé una
escalerita estrecha con peldaños de azulejos guarnecidos de madera, atisbé en
lo alto de ella la figura del cura, que, con grave pero amigable continente, me
invitaba a subir. La casa era pequeña, por lo que pude observar. Me pareció un
pabellón levantado en el jardín recientemente para uso del capellán. Por la
parte de atrás daba a la calle.
Me introdujo en un despachito modesto y aseado, me
invitó a sentarme, y antes de hacerme pregunta alguna, me pidió permiso para
mudarse los hábitos, pues acababa de llegar del convento. Entrose en la alcoba,
y allí se estuvo algunos momentos, mientras yo pasaba fuera las de Caín,
inquieto, aterrado, dando vueltas a la imaginación para hallar el mejor medio
de salir del apuro en que tan imprudentemente me había metido. Porque ¿qué iba
a decir aquel buen señor en cuanto tuviera noticia de la inaudita pretensión
que allí me traía? ¿No me tomaría por loco? Un sudor me iba y otro me venía.
Presentose al fin el clérigo con sotana y gorro de
terciopelo negro y se plantó delante de mí diciendo:
—Usted me dirá.
Era un hombre corpulento, barrigudo, de ancha nariz
arremolachada y ojos pequeños de cerdo, negros y recelosos. No tenía acento
andaluz; después supe que era riojano.
—Pues… el objeto que aquí me trae… Ante todo, debo
decirle que yo no soy ningún aventurero. En toda la provincia de Orense es bien
conocida mi familia… Mi padre es farmacéutico en Bollo y ha hecho una
fortunita… vamos, que aunque no sea ninguna cosa del otro jueves, como soy hijo
único, me permitirá vivir sin trabajar. Mi madre era de una familia muy antigua
y conocida en Galicia, la familia de los Lidones… Acaso usted habrá oído hablar
de los Lidones…
—No, señor—respondió secamente, mirándome con sus
ojuelos cada vez más torvos y recelosos. Por donde entendí que no le apasionaba
mucho el elogio de mi prosapia.
Sobre lo desconcertado que ya estaba, aquella
contestación y la actitud inquisitorial con visos de hostil en que se me
presentaba acabaron de privarme de las escasas migajas de razón que aún
retenía. Comencé a desbarrar de un modo lamentable. No sé lo que dije, ni es
fácil saberlo: una serie de frases incongruentes, mutiladas, incomprensibles,
en que mezclaba «mis convicciones francamente católicas» con «los arrebatos
disculpables de la juventud», «el elevado criterio y la reconocida ilustración
de D. Sabino» con «la necesidad que sentía mi alma de amar a una mujer santa y
religiosamente educada». Cuando al fin terminé aquel galimatías quedé jadeante,
encendido, sudoroso, mirando al cura. La sonrisa que contraía mi rostro desde
que me presentara a él era tan extremosa, que ya me dolían las mandíbulas. De
buena fe creía que me había explicado perfectamente y que no quedaba nada por
decir. Así que me dejó estupefacto la respuesta del cura.
—Pero vamos a ver, ¿qué tengo yo que partir en todo
eso?
—Es que… como usted es sacerdote… yo pensaba que
podría contarle… Ninguna persona me daría mejor un consejo…
—¡Ah! ¿Quiere usted confesarse? Pues debiera
comenzar por ahí. En cuanto tome chocolate, bajaremos a la capilla.
—No, señor… es decir, sí, señor. Es una confesión…
pero al mismo tiempo no es una confesión…
Volví a enredarme de un modo tristísimo, hasta que
el capellán me llamó de nuevo al orden. Al cabo, aunque desastrosamente, me
expliqué y confesé que estaba enamorado de la hermana San Sulpicio, y que venía
a suplicarle que me ayudase contra su familia, que la retenía injustamente en
el convento, para hacerla mi esposa.
El cura, apenas hube acabado de pronunciar las
últimas palabras, me clavó una mirada despreciativa y, extendiendo la mano
hacia la puerta, dio con los dedos dos o tres castañetas y produjo con la
lengua ese sonido particular con que se arroja a los perros de los sitios donde
estorban. Me levanté estupefacto, el rostro encendido de vergüenza y de ira. Me
acometió un impulso de arrojarme sobre aquel hombre soez. No dudo que el poeta
lo hubiera hecho, por más que llevaba noventa y nueve probabilidades contra una
de que el clérigo le aplastase; pero el hombre práctico que en mí reside me
hizo ver inmediatamente los gravísimos inconvenientes de aquel acto, que daría
muy bien al traste con todos mis planes, y me decidí a tomar el sombrero y
salir. El capellán, sin hacer caso de la mirada fulgurante que le arrojé,
chasqueó de nuevo la lengua e hizo otras cuantas castañetas con los dedos, sin
dejar de apuntar a la puerta y mirarme con soberano desprecio. Al pasar por
delante de él llevó su grosería hasta decir:
—¡Largo, largo!
Y cuando ya bajaba por la escalera le oí exclamar
desde lo alto de ella:
—¿La hermanita, eh? Ha olido cuartos, ¿verdad? Ya
arreglaremos, ya arreglaremos a la hermanita.
Aquella ofensa me llegó al corazón. No pude menos
de murmurar: «¡Salvaje!» aunque en un tono delicado que no llegó seguramente a
sus oídos. La verdad es que no fui en aquella ocasión modelo de dignidad y
energía; pero hay que convenir también en que, de haberlo sido, mis asuntos
hubieran empeorado notablemente.
No di cuenta a Matildita de aquella entrevista, y
eso que me aguardaba con gran afán para saber su resultado. Le dije que me
había sido imposible ver al cura. Sin embargo, la turbación, que no pude
arrojar de mí en todo el día, debió de hacerle concebir algunas sospechas.
Presumo que las comunicó al comandante Villa, con quien en pocos días había yo
intimado mucho. Teníamos costumbre éste y yo de irnos después de almorzar a
tomar café a la cervecería Británica y pasarnos allí un par de horas viendo al
través de los grandes cristales que nos separaban de la calle de las Sierpes el
ir y venir de la gente. Era un gran camarada el comandante, apacible, jovial,
recto en el pensar y extremadamente cortés. Yo le había caído en gracia, no sé
por qué, tal vez por ser también apacible de carácter y escuchar siempre con
deferencia lo que me dicen. Me presentó al mozo que le servía como paisano.
—¡Ah! ¿Es usted asturiano también?—me preguntó
éste, muy risueño, limpiando con un paño la mesa.
—No; soy gallego.
—Entonces no somos paisanos—repuso con marcada
frialdad, retirándose.
Villa soltó una carcajada.
—El hijo de Pelayo le desprecia a usted, compadre.
Aquella tarde, luego que nos sentamos, entabló
conversación diciendo:
—Parece, amigo Sanjurjo, que le veo a usted un poco
melancólico. Durante el almuerzo no ha hablado usted nada. ¿Estará usted por
ventura enamorado?
En la entonación de la pregunta y en la sonrisa con
que la acompañó comprendí que algo sabía, y me puse colorado.
—Vamos, hombre, no se ruborice usted. ¿Le trae a
usted dislocado alguna sevillana? Pues adelante… Eso les pasa a todos los que
llegan.
Después de negar por fórmula dos o tres veces, le
manifesté, primero con frases ambiguas, después, según me iba animando, con
toda claridad, el negocio que a Sevilla me traía. Por cierto que lo halló muy
gracioso y original. «¡Una monja! ¡Eso es sabrosísimo, compadre! Choque usted
esos cinco.» Mas apenas le había dado cuenta sucinta de mis amores, y cuando
empezaba, con verdadera sed de confidencias, a narrar los para mí
interesantísimos pormenores, observé que se quedaba distraído, con la mirada
perdida en el vacío, y que una sonrisa de bienaventurado iba iluminando poco a
poco su rostro varonil.
—Hombre… no es usted sólo el chiflado—me atajó de
repente, ruborizándose un poco.—Si a usted le ha vuelto el juicio una
sevillana, a mi me tiene muerto una sanluqueña.
Me sorprendió la emoción que advertí en él, porque
no estaba ya en la edad en que el amor impresiona tan vivamente.
—Una sanluqueña rubia, doradita como una doblilla,
con unos ojos negros, grandes, de macarena, que hay que comérselos. ¿He dicho
algo, compare?
Y sin más preámbulos, me confió prolijamente sus
secretos amorosos con la emoción ansiosa de un adolescente. La hermosa que le
tenía sorbido el seso era una dama principal de Andalucía, la condesita del
Padul, joven de diez y nueve años, heredera de una inmensa fortuna. La amaba y
se creía correspondido; no porque ella hubiera soltado aún el sí apetecido,
sino porque había dado de ello tales muestras tácitas que Villa no podía
resistirse más tiempo a creerlo. No sólo le distinguía muchísimo en la conversación,
y eso que tenía por docenas los adoradores, no sólo se timaba con
él en el teatro y el paseo, sino que aceptaba las flores que a menudo le
enviaba, y muchas veces se las ponía en el cabello o en el pecho. Un día, en
cierta excursión de campo, bebiendo por el mismo vaso que la dama acababa de
dejar, le dio la vuelta para poner los labios donde ella los posara. La
condesita lo advirtió y le dirigió una sonrisa muy significativa. En otra
ocasión, habiéndole ofrecido el brazo varios jóvenes, se había cogido al de él,
diciendo: «El brazo de un militar es más seguro». Otra vez, pasando por debajo
de sus balcones, le había dejado caer una rosa deshojada sobre su cabeza. Y
aunque no le había declarado explícitamente su amor, no obstante, en una
ocasión le había dicho que estaba enamorado, y ella, alejándose riendo,
exclamó:
—¡No me diga usted de quién, que ya lo sé!
Por más que estas señales y otras más por el estilo
que me refirió no me parecieron tan evidentes como a él, no tuve inconveniente
en creer en su buena fortuna, y le felicité por ella. No se trataba, después de
todo, de un cadete inexperto. Era un comandante que frisaba en los cuarenta,
cuando no los hubiera cumplido ya, hombre, al parecer, avezado al trato de
mujeres y muy metido en sociedad. La plática le embriagaba. Con los ojos medio
cerrados y aspirando voluptuosamente el humo del cigarro, iluminado su rostro
siempre por la misma sonrisa beata, iba amontonando noticia sobre noticia,
todas ellas de tan poco momento que concluí por distraerme y pensar en mi cara
monja. Unas veces fijaba la vista en la fisonomía varonil y correcta del
comandante, cuya barba recortada comenzaba a blanquear por algunos sitios;
otras la entornaba hacia la calle, por donde cruzaban sin cesar transeúntes que
cambiaban con nosotros rápidas miradas. Cerca de nosotros, en la otra vidriera,
había unos jóvenes que hacían muecas expresivas a cuantas mujeres bonitas o
feas pasaban. Cuando no miraban, atraían su atención dando golpecitos al
cristal. Ninguna se creía ofendida. Lo mismo las damas que venían haciendo
girar su quitasol de seda sobre el hombro, ostentando los menudos pies ceñidos
por zapatos de tafilete, que las menestralas con blanco pañuelo de percal por
la espalda y el clavel de rigor en el pelo, al levantar sus ojos negros,
expresivos y encontrarse con las sonrisas de nuestros vecinos y los grotescos
ademanes de admiración, sonreían también graciosamente. Algunas más atrevidas
respondían con otra mueca de burla que alborotaba a los maleantes jóvenes y les
hacía prorrumpir en sonoras carcajadas. Pasaban rozando los cristales. El
relampagueo de sus miradas, cándidas y maliciosas a la vez, alegraba el corazón
e inclinaba la mente a suaves y felices imaginaciones. No es fácil ser
pesimista en Sevilla. El pesar que me había producido la vergonzosa escena de
la mañana se fue disipando poco a poco, haciendo hueco a una esperanza, tan
viva como infundada, de que a la postre todo se arreglaría dichosamente. Las
ideas risueñas y triunfadoras de Villa se me pegaron. Para dos enamorados no
hay obstáculos invencibles. Los que tropezaba en mi camino hacían la empresa
más grata y apetitosa. Al cabo, mi compañero, o porque no tuviese ya qué decir,
o porque recordase que no estaba procediendo con sobrada cortesía, comenzó de
nuevo a hablar de mis asuntos en tono campechano y ligero, como quien quiere
hacerse agradable sin importarle mucho por lo que está diciendo. Era tal, sin
embargo, mi deseo de hablar de la hermana, que se lo agradecí. Cuando más
enfrascados estábamos en la conversación y el comandante se había brindado a
protegerme con todas sus fuerzas, observo que se queda pálido, mirando a la
calle con turbado rostro. Volví la cabeza y vi una elegante joven, esbelta y
rubia, acompañada de un caballero, la cual, mirando hacia nosotros, saludó
doblando la mano repetidas veces con ademán y sonrisa insinuantes. Miro otra
vez a Villa y le veo contestando al saludo con profunda reverencia y azucarada
expresión, colorado hasta las orejas.
—Es ella—me dijo con voz temblorosa.
—Bonita—respondí yo por halagarle y porque así era.
—¡Divina!—replicó poniendo los ojos en blanco.—¡Y
si viera usted qué talento! Mire usted, el otro día tuvo una ocurrencia
felicísima…
Y volvió a perderse en un mar de pormenores acerca
de su novia. Yo los escuché en realidad con poquísimo interés, en apariencia
con mucho, porque me lisonjeó la protección con que me había brindado, aunque
no sabía a punto fijo en qué pudiera consistir.
—Esta noche probablemente la veré en casa de las de
Anguita… Hombre, y a propósito, ¿quiere usted que le presente? No lo pasará
usted mal: son unas chicas muy originales. A usted le conviene relacionarse,
porque de algo puede servir para sus planes.
Respondí afirmativamente, pero expresé alguna duda
de que pudiera hacerse sin previo anuncio.
Villa soltó la carcajada.
—Aquí no se guardan esos tiquis miquis, compadre.
Usted irá hoy conmigo y será recibido como si le hubiesen anunciado desde el
día de su nacimiento. Mañana, a la hora de tomar el chocolate, puede usted
hacerles una visita, que de seguro no se sorprenderán. ¡Buenas son ellas para
asustarse!
Después de comer volvimos a tomar café a la
Británica. Desde allí, a las nueve poco más o menos, nos trasladamos a casa de
las de Anguita. Estaba situada en la plaza del Duque; así que tardamos muy poco
en llegar a ella. Por la cancela del portal percibimos ya bastante algazara.
Salió a abrirnos una linda criadita de ojos negros y pelo rizoso, mas antes que
corriese el cerrojo, una señorita delgada, pálida, de cabellos rubios
cenicientos y ojos azules, llegó con presteza y se adelantó a hacerlo.
—Al señor Villa le abro yo, porque es un caballero
muy fino que hace cariñitos a las porteras… Vamos, deme usted una palmadita en
la cara, como hace usted con Carmen.
La criadita de los ojos negros escapó ruborizada.
El comandante se enfadó o aparentó enfadarse.
—Oiga usted, señá Josefa, hable usted bien y no
mienta, que yo no doy palmaditas a las criadas. ¿Qué concepto va a formar de mí
este señor?
—El que usted merece, mal bicho. Le he guipao una
vez dándole palmaditas, otra cogiéndola por la barba, yo no quiero escándalos
en mi casa, ¿estamos? Parece que usted no perdona a ninguna, «desde la princesa
altiva, a la que pesca en ruin barca». Pero aquí estoy para velar por la moral.
—Ya la moral huyó de Grecia,
ya no se baila el rigodón.
—empezó a cantar el comandante, repitiendo un
pasaje de cierta zarzuela bufa muy popular. Al mismo tiempo tiraba por las
narices a la joven, quien se apartó con furia.
—¡Déjeme usted, chinchoso, feo, patoso! Parece
mentira que usted sea de Cádiz. Merecía usted ser gallego… (Yo me puse
colorado.) Por supuesto, que tengo la venganza en la mano. En cuantito
venga Isabel, se lo planto en el pico.
—No hará usted tal, salerosa, porque yo me
encargaré de desmentirla. Vamos a ver, Sanjurjo (dirigiéndose a mí),
¿sabe usted por qué es todo esto?… Pues porque la señorita está enamorada de
mí.
—¡Yo de usted, desaborío! ¡Con esas patas tuertas y
esos andares de aperador! Que se le quite, grandísimo gallego.
«¡Vuelta con la gallegada», dije para mi, cada vez
más inquieto.
—Vamos, Pepita, no se ruborice usted, porque una
debilidad la tiene cualquiera. Si usted no está enamorada de mí, ¿por qué
espera usted todas las noches a la ventana para verme pasar cuando me retiro a
dormir?
—¡Yo! Vaya, hoy se le ha subido San Telmo a la
gavia. Este señor ha tomado algunas cañitas, ¿verdad usted? (Dirigiéndose a
mí.)
Sonreí haciendo una mueca, por no saber qué
responder. Ella, sin aguardar contestación, se alejó diciendo:
—¡Uf! ¡Cómo apesta usted a vino!
—Venga usted acá.
—¿Para que me siga usted dando el rato?—contestó
desde lejos.
—No, para presentarle a usted este señor.
Pepita se acercó de nuevo, y el comandante,
inclinándose profundamente y afectando una solemnidad cómica, dijo:
—Tengo el honor de presentar a usted a mi amigo D.
Ceferino Sanjurjo, joven de relevantes prendas, enamorado, galán y notabilísimo
poeta.
Pepita me alargó su mano flaca, diciendo:
—Si se parece usted a su amigo, no cuente usted con
mi simpatía… Pero no; tiene usted mejor cara.
—Pues es mucho más gallego que yo—dijo Villa
soltando a reír.
—Verdad, señorita—manifesté con resolución.—Soy de
la provincia de Orense.
—No importa—replicó ella con amabilidad.—Él merece
ser gallego, y usted andaluz.
Pasamos al fin al patio, que aquel día se había
transformado por primera vez en sala de recibo. Con esta mutación da comienzo
el verano en Sevilla. Se cubre con un toldo de lona, se bajan los muebles y
comienza la vida verdaderamente andaluza. No era muy grande ni confortable el
de las de Anguita, pero tenía, como todos, el encanto de las plantas y flores.
De los arbustos pendían algunas jaulas con pájaros. El suelo, de azulejos rojos
y amarillos. El piano estaba colocado debajo de los arcos, igual que la sillería
de damasco azul, bastante usada. Fuera, al lado de las macetas, no había más
que sillas de rejilla y algunas mecedoras. Acomodadas en ellas estaban unas
cuantas damas con trajes claros y ligerísimos, que charlaban y reían de modo
atronador. Era una algarabía insufrible, que no se apagó un punto a nuestra
entrada. No causamos emoción de ninguna clase. Pepita se acercó a una joven
rubia también y parecida a ella, que hablaba animadamente con otras, y la llamó
varias veces antes que respondiese:
—Ramoncita… Ramoncita.
Volvió al fin la cabeza y me miró con ojos
distraídos.
—Te presento al señor Sanjurjo, un amigo de Villa…
Ramoncita me alargó su mano, flaca y pálida
también, y me preguntó rápidamente cómo estaba. Después, sin aguardar siquiera
mi contestación, se volvió hacia sus amigas, que me miraban con un poco más de
curiosidad, y anudó con interés la conversación interrumpida. Las dos hermanas
guardaban bastante semejanza; los mismos ojos de un azul claro, nada bellos, el
mismo color de tez y los mismos cabellos rubios cenicientos. Ramoncita, no
obstante, estaba muy ajada y representaba bien unos treinta años, mientras Pepita
no pasaría de veinte.
—Venga usted acá—me dijo ésta.—Voy a presentarle a
mi otra hermana… ¡Joaquinita!… ¡Joaquinita!—comenzó a llamar.
—¿Qué se te ocurre?—respondió otra joven, saliendo
de uno de los cuartos del patio.
—El señor Sanjurjo, un amigo de Villa…
—¡Ah! Tengo mucho gusto…
Me pareció más amable y más bonita que las otras
dos. Era también rubia y de ojos azules, un poco más rellena de carnes, y de
fisonomía dulce y simpática. Entabló conversación conmigo, informándose con
interés de cuándo había llegado, si me agradaba Sevilla, etc. Pepita nos dejó,
y Joaquinita me invitó a sentarme a su lado en una mecedora, cerca de un
naranjo enano que crecía en tiesto de madera pintada de verde.
El patio no estaba bien alumbrado. La luz de dos
quinqués que ardían sobre una mesa debajo de los arcos y las bujías del piano
no llegaban a esclarecer enteramente el centro, donde las sombras se espesaban,
gracias al follaje de los arbustos.
—Siéntese usted bien, Sanjurjo—me dijo, llamándome
ya por mi nombre.
Yo, sin comprender por qué estaba mal sentado, hice
un movimiento y seguí en la misma posición.
—Conque Sevilla le gusta a usted… ¡Milagro! La
gente del Norte suele sufrir un desencanto al llegar aquí… La verdad es que las
calles no son bonitas y anchas, como en Madrid y Barcelona, ni están bien
cuidadas… Las casas son bajitas y de poca apariencia… Pero, siéntese bien,
Sanjurjo.
Hice otro movimiento más pronunciado, y sonriendo
afectadamente exclamé:
—¡Oh! Pues así y todo, me gusta, ¡me encanta! ¡Es
tan árabe todo esto! Parece que está uno viendo salir por estas cancelas las
damas del tiempo de los reyes moros de Sevilla rebujadas en sus alquiceles
blancos. Ustedes son las hijas de ellas, y en verdad que no desmerecen.
—Bien se conoce que es usted poeta… Pero siéntese
bien, criatura; échese hacia atrás.
¡Acabáramos! pensé, y puse en práctica
inmediatamente lo que me ordenaba, columpiándome sin miramiento alguno.
—Pues ya verá usted, Sevilla es muy golosa. En
cuantito la tome usted el gusto, no habrá quien le arranque de aquí.
—Ya se lo he tomado. Los hombres son amables y
francos; ¡las mujeres tan lindas!… Usted es una mezcla deliciosa del tipo
inglés y el sevillano…
Y, lo que pasa cuando uno se ve atendido y
festejado por una mujer no desgraciada en casa desconocida, la cubrí de flores,
celebrando sus partes en todos los tonos y formas posibles. Ella se mostraba
felicísima y me pagaba, en igual o parecida moneda. Dijo que mi presencia era
desde luego muy simpática, que bien se echaba de ver mi esmerada educación, y
que admiraba en mí un corazón de oro; que mis ojos eran muy dulces, aunque un
poco pícaros… en fin, no estampo más porque me ruborizo. Fue la primera y última
vez que hablé con una mujer que me requebrase. Ambos, pues, nos hallábamos
contentísimos el uno del otro. Por un instante me olvidé de mi inolvidable
monja, y estuve a punto de cometer una repugnante infidelidad declarándome a
Joaquinita, cuando vino a impedirlo y a sacarnos de nuestro embelesamiento el
amigo Villa.
—¡Hola! ¿Ya forman ustedes rancho aparte?—dijo en
un tono brutal que no me agradó, plantándose delante de nosotros.
—¿Y a usted qué le importa?—preguntó Joaquinita con
acento picado y agresivo, del cual no la creyera capaz.
—Nada, hija, nada, que buen provecho les haga; pero
no está bien marearme tan pronto a un muchacho que acaba de llegar… Porque ya
le tiene usted flechado… Mire usted cómo está encendido.
—¡Qué guasoncillo! Bien se conoce que no está aquí
aún Isabel para ponerle serio.
La saeta debía de ir envenenada, porque observé que
Villa se inmutó un poco. Las palabras de Joaquinita fueron pronunciadas en un
tonillo sarcástico que ocultaba gran irritación.
—Vaya, ya tenemos a la castañera picada.
La dejo, no sea que me muerda.
Después que se alejó, la plática recayó sobre él.
Joaquinita, dominándose sincera o disimuladamente, me hizo grandes elogios de
su carácter y corazón.
—Siempre estamos riñendo, como usted ha visto, y
sin embargo, creo que es el mejor amigo que tenemos. No hay otro más servicial
ni más cariñoso si llega el caso. Cuando la enfermedad de mi hermana Ramoncita,
que hace seis meses estuvo a la muerte, no salía un momento de esta casa:
hablaba con el médico, iba a buscar las medicinas, la velaba… en fin, un
hermano no haría más. Si no fuera que se chifla con facilidad…
—Parece que ahora está enamorado—dije yo.
—¡Ahí le duele! ¡Pobre Villa!
—Qué, ¿no le corresponde su novia?
—¡Novia! Que Dios haga. Se ha ido a enamoricar el
pobrecillo de una mujer que sólo goza teniendo a los hombres rendidos a sus
pies… Además, aquí entre nosotros, y que no sea decir nada contra Villa, que es
una excelente persona, ¿cree usted que es partido para la condesa del Padul un
comandante de infantería?
Por no murmurar de un amigo ausente, me encogí de
hombros. Joaquinita se extendió bastante a relatarme los pormenores de la
pasión del comandante. Aunque envuelto en frases muy lisonjeras para éste, pude
adivinar cierto rencor en su relato, y alguna fruición al compadecerse de su
malandanza.
Nos interrumpió la voz de una señorita pequeña,
chatilla, regordeta, que colocada frente al piano cantaba el rondó final
de Lucía. No hubo más remedio que escucharla. Lo notable es que la
acompañaba un clérigo en traje de seglar y alzacuello, el cual entornaba la
cabeza hacia atrás de vez en cuando y le dirigía miradas lánguidas, moribundas,
para alentarla a dar sentimiento y expresión a las notas, o por ventura para
atestiguar que él, a pesar de su carácter sacerdotal, no era insensible a
aquella música tierna y amorosa. Tendría el presbítero unos treinta y cuatro o
treinta y seis años de edad, de tez morena acentuada, ojos grandes y negros y
manos velludas. Pregunté a Joaquinita quién era, y supe que se llamaba D.
Alejandro y que desempeñaba un destino en la catedral. Cuando hubo cesado la
señorita y la hubieron colmado de aplausos, del centro del patio salieron
algunas voces diciendo:
—Ahora, que cante don Alejandro.
El clérigo se excusó diciendo que no tenía bien la
garganta; pero, apremiado por el concurso, entonó al fin con voz engolada de
tenor el Spirto gentile, arrastrando las notas y desfigurándolo
hasta convertirlo en empalagoso canto de iglesia. Por supuesto que nos rompimos
las manos aplaudiendo. A todo esto habían llegado ya varios pollastres, los
cuales andaban entreverados con las damas, sentados todos sin ceremonia,
volviéndose unos a otros la espalda cuando así les convenía para hablar más a
gusto a su pareja. Reinaba la alegría, a juzgar por las sonoras carcajadas que
se oían a cada instante y las bromitas que se cambiaban en voz alta. De los más
jaraneros y divertidos era mi amigo Villa, que por la confianza que tenía en la
casa se autorizaba ciertas libertades, como pellizcar a las muchachas y hacerse
abanicar por ellas. Alguna vez salía del patio y se metía por las habitaciones
interiores; pero al instante le seguía Pepita y le traía cogido por una oreja.
—Aquí traigo a este hombre, que al menor descuido
se me escapa a la cocina.
—No hagan ustedes caso. Esta mujer se empeña en no
dejarme satisfacer ciertas funciones apremiantes… No respondo de las
consecuencias.
Ramoncita formaba tertulia aparte con otras damas
que frisaban como ella en los treinta, y no consentía que ningún pollo viniese
a interrumpirlas. Su conversación era siempre animada, y juzgando por la
seriedad con que la tomaban, importantísima.
Ni faltaba tampoco el caballero obligado de buena
sombra, que dice gracias en voz alta y anda de grupo en grupo «quedándose con
todo María Santísima». Era hombre de cincuenta años, poco más o menos, de
mediana estatura, color cetrino, ojos saltones y bigote teñido, con las puntas
engomadas. Se llamaba D. Acisclo. Un gran humorista. La reputación que gozaba
en este punto era tal, que no podía abrir la boca sin que sonrieran los
circunstantes y tratasen de dar un giro malintencionado a sus palabras, por claras
y sencillas que fuesen. Si decía, verbigracia: «Elenita, ¿por qué no canta
usted?» la interpelada le miraba la cara con temor, y en la de los demás
empezaba a dibujarse una sonrisa que quería significar: «¿Qué coba se
traerá este señor?» Si expresaba su sentimiento por cualquier desgracia de un
prójimo, aunque lo hiciese con sinceridad, no faltaba alguno que exclamase
riendo y poniéndole una mano sobre el hombro: «¡Don Acisclo, usted no perdona a
nadie!» Y D. Acisclo, halagado en su talento humorístico, aunque no hubiese
tenido intención de burlarse, comenzaba desde aquel punto a hacerlo. La base de
su humorismo era aquella forma del pensamiento que los retóricos llaman ironía,
y que consiste en expresar lo contrario de lo que se siente. Al mismo tiempo sabía
dar cierta inflexión solemne a sus palabras y mantener su rostro en equilibrio
para que la frase obtuviera el éxito apetecido. Gozaba en mofarse de todo el
mundo, y principalmente de los pollastres enamorados. Por ello era odiado
cordialmente de éstos en el fondo, aunque en la apariencia le bailasen el agua.
Tenía, sin embargo, el instinto o buen sentido de no meterse con los que podían
devolverle las bromas, y buscaba casi siempre como víctima de ellas a algún
pobre muchacho que pacientemente las tolerase.
—Ahora, que nos cante unas granadinas—dijo un
pollo.
—Eso es, y después que baile «por panaderos»—añadió
D. Acisclo.
—No hay inconveniente—respondió D. Alejandro
echándole una mirada ambigua,—con tal que don Acisclo suene los palillos y me
jalee.
Se trajo la guitarra, y el clérigo comenzó a cantar
hondo y gorgoriteado por lo flamenco una copla, que si mal no recuerdo decía
así:
Eres como la avellana,
chiquita y llena de carne,
chiquita y apañadita
como te quiere tu amante.
D. Alejandro era alpujarreño, y a decir verdad,
cantó ésta y otras coplas por el estilo infinitamente mejor que el Spirto
gentile. Hay que observar que las que siguieron eran cada vez más
expresivas, por no decir picantes, y que entre una y otra el beneficiado de la
catedral dirigía por debajo de sus negras y largas pestañas miradas
provocativas a la joven regordeta que había cantado el rondó de Lucía.
Después supe que era su maestro de música.
Aplaudimos esta vez más sinceramente.
—¡Olé el presbítero!—gritó D. Acisclo.
Tres o cuatro curiosos se habían parado a la puerta
de la calle, y al través de las rejas de la cancela nos miraban sin curiosidad
alguna, atentos sólo a la música. Cuando ésta cesó, siguieron su camino.
—Ea, basta de coloquio—dijo Pepita, acercándose a
su hermana y a mí, que aún continuábamos sentados.—Llevan ustedes media hora
juntos, y el reglamento de la casa no permite más que quince minutos.
Levanté los ojos hacia ella, sorprendido.
—Sí, señor, quince minutos. Ninguno puede estar
junto a una niña más de ese tiempo, y yo soy la encargada de hacer cumplir la
orden… ¡Uf! Si alzase la mano, esta casa se convertiría muy pronto en una
gorrería. Con ustedes he guardado consideración porque ésta es mi hermana… y
porque se lo merece… y porque usted tiene buen aquel… ¡y porque me ha dado la
gana, vamos!… ¿Verdá uté que apetece comérsela?—añadió tomando la barba de su
hermanita con dos dedos y sacudiéndole la cabeza.—¿No sería una pena que esta naranjita
de la China se fuese a sentar en el polletón?
—¡Qué tonta!—exclamó Joaquinita, pareciendo que se
ruborizaba.
—Vaya, dígame con franqueza, ¿qué le parece a usted
de la soirée de Cachupín?—me preguntó, cambiando con afectada
volubilidad de conversación.
—¿Qué soirée?
—Esta en que usted se encuentra. ¿Ha estado usted
en su vida en otra más cachupinesca?
—¡Oh!—exclamé apresuradamente.—¡Nada de eso! Es una
tertulia muy agradable y distinguida.
—Con poca luz, ¿verdad?—dijo sonriendo
maliciosamente.
—Así está mejor. La media luz en un patio de éstos
hace muy bien; le da un carácter misterioso y poético.
—Pues mire usted, nosotras no hemos querido hacerlo
más poético, sino gastar menos, ¿sabe usted?—repuso con desenfado, mirándome a
los ojos con tal expresión burlona que me inquietaba.—Antes teníamos cuatro
quinqués encendidos; pero, hijo, se gastaba un Potosí, y nosotras estamos más
pobrecitas que las arañas. Nos hicimos partidarias del obscurantismo… Hay que
tener mucho ojo, por supuesto, porque ¡viene aquí cada gachó!… No paro de un
lado a otro, como usted ve. Parezco una maestra de escuela… ¿No ha pasado usted
al buffet?
—No—dije sencillamente.
Soltó una carcajada.
—Pues allí lo tiene usted, en aquel rinconcito.
—¡Qué loca eres, Pepita!—exclamó Joaquinita, riendo
también.
En el rincón que señalaba con la mano había una
mesilla, y sobre ella una botella de agua con algunos vasos.
—En nuestros buenos tiempos, poníamos azucarillos.
Era el siglo de oro de la casa de Anguita. Ahora, hijo mío, estamos en plena
decadencia. Ni la casa de Austria ha venido nunca tan a menos. Fuera los
azucarillos, que gravan el presupuesto. Luego, no crea usted, había aquí muchos
que se los comían secos por golosina. ¡Una ruina, hijo, una ruina! ¿Ve usted
aquel pollito que parece un lenguado gaditano en tartera, aquél que se mete el
dedo por la nariz en busca de los sesos? Pues ése se ha comido trece una noche,
y no le pasó nada. Por supuesto, yo le eché de casa inmediatamente; pero volvió
al día siguiente pidiendo perdón y que no lo haría más. Le abrimos otra vez la
puerta, y le guardamos los panalitos… En fin, cuando se vuelva a Madrid, ya
puede usted decir que ha estado en una reunión cursi, ¡pero cursi de verdad! No
le falta a usted más que conocer a Cachupín. En seguidita va a salir… ¡Mire
usted qué mono!—añadió dirigiendo los ojos al otro extremo del patio, donde
conversaban, al lado del piano, el cura y su discípula.—Allí está don Alejandro
hecho un caramelo con Elena. ¡De todos los gorros, los que más me sublevan son
éstos de iglesia! Voy allá ahora mismo.
Y partió como una saeta hacia ellos.
—Márchese usted—me dijo Joaquinita, dirigiéndome
una mirada impregnada de simpatía.—Márchese usted, para que no digan. En cuanto
estemos separados un ratito, ya podemos juntarnos otra vez y disfrutar otro
cuarto de hora de seguridad. Hasta luego.
Aparteme de ella y di una vuelta por el patio,
observando la algazara que reinaba. Me llamó la atención una joven bastante
linda que, mientras hablaba con don Acisclo, dirigía miradas de amor al través
del follaje de una hortensia al lenguado gaditano, que le correspondía por el
mismo conducto, sin dejar de meterse el dedo en la nariz. Los lienzos de las
paredes estaban llenos de cuadros al óleo. Me acerqué a examinarlos y, aunque
disto de ser inteligente en pintura, me parecieron horrendos mamarrachos. Por
una de las puertas vi salir a Villa, y me acerqué a él.
—¿Al fin pudo usted llegar a la cocina?—le pregunté
riendo.
—Al fin. Nada más que un achuchón rápido ahí en el
pasillo, ¿sabe usted? Aproveché el momento en que Pepita hablaba con ustedes.
—Estuve largo rato con Joaquinita. Es una chica muy
amable.
—¿Cree usted?…—respondió dirigiéndome una mirada
risueña y burlona.
—Hombre… así me lo ha parecido—repliqué un poco
acortado.
—Bueno, bueno; por mi parte que se le expida el
título.
Como estuviésemos en un rincón y nadie nos
observase, quise enterarme mejor de la vida de aquella familia. Villa me puso
al corriente de todo. Las de Anguita eran hijas de un médico ya anciano, que
había gozado de mucha clientela en Sevilla en otro tiempo. O por su edad
avanzada, o porque hubiesen llegado otros médicos jóvenes de valía, o por las
irregularidades de las hijas, es lo cierto que poco a poco se le había ido
marchando la parroquia, quedándole en la actualidad muy contadas familias. Su
mujer había muerto hacía bastantes años. Las niñas, educadas sin la vigilancia
materna, habían dado siempre bastante que decir por sus extravagancias.
Mientras las ganancias del papá fueron crecidas, en la casa se gastaba por
largo, se vivía con desahogo y con lujo; hasta tenían coche. Nadie pensaba en
mañana. El señor Anguita, un viejo maníaco, que había gozado fama de excelente
médico, aunque en realidad nunca se hubiese cuidado gran cosa de los enfermos,
dejaba a sus hijas la dirección económica de la casa, que no podía ser más
desastrosa. La pasión del viejo era el arte, y su orgullo ser inteligente en
pintura. Que le dijesen que había hecho tal o cual cura maravillosa, le tenía
sin cuidado. En cambio, si le venían a consultar sobre el mérito de un cuadro,
o le nombraban jurado en los exámenes de la escuela de Bellas Artes, le
causaban vivo placer. No le molestaba su decadencia profesional más que por el
momentáneo disgusto que sentía cuando sus hijas le pedían dinero y no podía
dárselo. Éstas la soportaban también o aparentaban soportarla con filosofía, y
en vez de retraerse del trato social, que origina gastos, preferían exhibir y
burlarse de su propia pobreza, asistiendo a todos los sitios donde no costase
dinero, haciendo diariamente un número incalculable de visitas y dando
reuniones del jaez de la presente. Villa suponía que en estas burlas había
cierta afectación y que era un procedimiento ingenioso para poder seguir
tirando sin desdoro. Por lo demás, no se pasaba mal a su lado. Admitían
cualquier broma sin enfadarse, y eran caritativas y serviciales. No ocultaban
su afán por tener marido, y aun hacían chistes bastante graciosos sobre esta su
manía con el mayor descaro. Antes que el ridículo viniese a ellas, iban a su
encuentro. Ramoncita, la primera, se había echado ya en el surco, y sólo
vagamente pensaba en la posibilidad de atrapar un esposo. Mantenía amistad
íntima, estrechísima, con dos de las damas que allí estaban, de su misma edad,
poco más o menos, y entre las tres no solo sabían lo que pasaba en Sevilla,
sino en todo el reino de Andalucía. Dedicábase también a leer por los libros de
medicina de su papá, y estaba tan enterada del organismo humano como un médico,
particularmente de determinadas funciones. Sin embarazo alguno, en términos
técnicos, hablaba de las materias más escabrosas de la medicina. Su hermana
Joaquina se caracterizaba por un deseo furioso, frenético de casarse. Según
ella misma confesaba, le habían entrado las «ganazas». Porque al decir de
Ramoncita, el deseo de hallar marido en una mujer podía dividirse en tres
etapas. Desde los quince a los veinte debía llamarse el período de las
«ganitas», de los veinte a los veinticinco, el de las «ganas», y de los
veinticinco a los treinta, el de las «ganazas». Pepita, la última, era una
chica sin atadero. Sin embargo, Villa creía que era la mejor de las tres, a
pesar de que en su locura entraba un poco de farsa, o lo que es igual, se hacía
más loca de lo que era.
—La broma que le he dado no vaya usted a creer que
es enteramente infundada. Esa muchacha está empeñada a sangre y fuego en que le
haga el amor.
—¿Y es verdad que le espera por la noche para verle
pasar cuando usted se retira?
—¡Tan cierto! Y lo gracioso es que vengo de dar
algunas vueltas por delante de la casa de Isabel, que esta aquí cerca, en la
calle de Trajano.
—¡Pobrecilla! Pues si es así, mucho debe de padecer
con sus bromas.
—No lo crea usted. Cuando usted la trate más, ya
verá adónde llega su despreocupación.
Justamente en aquel momento se acercó a nosotros
Pepita, diciendo:
—¡A que están ustedes hablando de mí!
—¡A que sí!—respondió el comandante riendo.—Estaba
enterando a mi amigo de los secretos de la casa y descubriéndole el carácter y
las mañas de cada una de ustedes. Se hallaba usted sobre el tapete.
—Le diría usted alguna sandez, como si lo viera.
—Muchas gracias; le estaba diciendo ahora mismo que
sentía en el alma no poder corresponder al amor de usted. Si usted hubiera
llegado antes…
—Pero ¿ha visto usted en su vida—dirigiéndose a
mí—un hombre más simple y más retontísimo? No crea usted que es broma. Todo eso
se lo cree. ¡Y mire usted que el bocado es apetitoso! Un señor que ya no puede
con la fe del bautismo en papeles. ¡Repare usted qué patas…! ¡Qué pies! Con dos
juanetes que parecen dos flanes.
—Bueno; insulte usted cuanto quiera. Cuanto más feo
sea yo, peor gusto será el de usted.
La entrada, por una de las puertas que comunicaban
con las habitaciones interiores, de un caballero anciano nos interrumpió.
—Aquí tiene usted un Cachupín—me dijo Pepita—. Voy
a presentarle a usted. Papá—dirigiéndose al anciano—, te presento un nuevo
amigo, el señor Sanjurjo, un joven muy guapo, muy simpático y además un gran
poeta. ¿Eh? ¿Qué tal?
—Muy señor mío, muy señor mío—respondió el anciano,
inclinándose.
He visto en mi vida pocas cosas tan estrafalarias
como el señor de Anguita. Era alto, enjuto, rasurado, dejando solamente unas
cortas patillas blancas; los ojos, grandes, apagados, vidriosos; la tez,
pálida, y los dientes, largos y amarillos. Traía gorro de terciopelo azul en la
cabeza, bordado probablemente por sus hijas; bata de color de canela, y sobre
la bata, dejándola al descubierto por debajo, un gabán de verano.
—Conque poeta… poeta—murmuró con voz opaca y acento
fatigado.—Yo soy muy aficionado a la poesía. En mis buenos tiempos también
escribí versos.
—Muy lindos, por cierto—interrumpió Pepita.—Mi
papá, ahí donde usted le ve, ha sido el gallito de Sevilla. Traía dislocadas a
las niñas con sus chalecos y sus palabritas.
—¡Picaruela!—murmuró el anciano, tocándole la cara
con manifiesta ternura.—La poesía es cosa superior, superior… ¡Pero como la
pintura!… A la pintura no llega nada en el mundo.
—Ya sé que es usted aficionado, y muy
inteligente—le dije.
—Aficionado solamente—repuso sonriendo con
beatitud.—No le diré a usted que a fuerza de ver y observar no sepa distinguir
un poco; pero eso no vale nada.
Villa, para darle por el gusto, le invitó a que nos
mostrase su galería de cuadros, a lo cual accedió inmediatamente. La mayor
parte estaban colgados debajo de los arcos del patio. Pepita encendió una bujía
y la fue acercando a cada uno para que le viésemos bien, mientras el señor de
Anguita, que traía constantemente las manos atrás, separaba de vez en cuando la
derecha para señalarnos los primores de ejecución que abundaban en casi todos.
Cuando era una marina, el agua se transparentaba, parecía que «podía meterse la
mano en ella»; si se trataba de un paisaje de montaña, «apetecía triscar por
las praderas, se sentía casi el olor del heno»; las figuras «estaban todas
hablando, no les faltaba más que moverse». En fin, el señor de Anguita creía
que su galería podía competir con las mejores de Madrid. Pepita aplaudía
también calurosamente, con su habitual exageración, en cada obra que
examinábamos. Los apellidos de los artistas eran totalmente desconocidos. La
mayor parte jóvenes que, según el dueño de la casa, darían mucho que decir y
echarían pronto la pata a Fortuny y a Rosales. Cuando hubimos terminado, Villa
y Pepita se unieron a la tertulia, y observé que el comandante estaba jacarero
y guasón hasta lo sumo, haciendo reír con sus bromas a todos, menos a D.
Acisclo, que no debía de ver con buenos ojos que se riesen otros chistes más
que los suyos. El anciano médico me llevó a un rincón, y allí, de pie, con las
manos cruzadas siempre sobre los riñones, siguió hablándome de pintura.
Confesaba que su galería no era de las más ricas y, sobre todo, carecía de
firmas acreditadas; pero estaba seguro, en cambio, de poseer obras
notabilísimas, dignas de inmortalizar a sus autores. Por más que éstos no
fuesen exagerados en el precio de sus cuadros, una colección como aquélla sólo
podía adquirirse a fuerza de tiempo y serios dispendios.
—¿Cuánto calcula usted que llevo gastado en
cuadros?—me dijo mirándome a los ojos fijamente.
—Phs… Yo no soy perito en la materia…
—Vamos, una cifra aproximada…
—Nada… no puedo calcular…
—Pues llevo sacados del bolsillo más de cinco mil
reales—manifestó solemnemente, separando una mano de la espalda y poniéndomela
sobre el hombro.
—Pues son caros… digo, son baratos… Porque los hay
magníficos.
—¡Maravillosos!
Poco después, el señor de Anguita me manifestó que
sentía frío, lo cual me sorprendió casi tanto como el coste de su galería. No
estaba por la vida en los patios. Ni en el mes de Agosto entraba en el suyo sin
ponerse gabán. Sus hijas se empeñaban en anticipar la estación porque aún no
hacía calor, ¿verdad? Yo, que sudaba por todos los poros, convine con él en que
más bien hacía fresco, y con esta respuesta le confirmé, al parecer, en la idea
que había concebido de retirarse. Lo cual puso en práctica, no sin ofrecérseme
mucho y poner su casa a mi disposición. Pero éste no era un favor muy señalado,
porque, según Villa, no había perro ni gato en Sevilla que no entrase allí como
Pedro por su casa.
Elena, la discípula del presbítero, se marchaba en
aquel momento, aunque no eran más de la diez. Su tío, un señor viejo, bajo y
regordete como ella, de labios abultados y fisonomía riente, que andaba por los
rincones solitario, no consentía retirarse después de esta hora. La niña, que
era vivaracha y traviesa, al despedirse con ruidosos besos de sus amigas,
procuraba ponerle en ridículo: «Qué quieres, hija; mi tío se empeña en hacer
competencia a las gallinas. Voy a leerle la vida del santo del día. No puede
dormirse sin enterarse de los martirios de Santa Irene o San Lorenzo. Adiós,
adiós; pedid a la Virgen que sane mi tío de la cabeza». Éste, fuertemente
amoscado, habiéndose desvanecido la sonrisa que constantemente brillaba en su
rostro, se despedía también sin encontrar palabras con que disculpar su
extravagancia. Procuraba poner prisa para librarse de las risas de los
tertulios. Al salir al portal, llamaba a la cancela una joven con la cabeza
rebujada en toquilla de color rosa, acompañada de un criado con librea. Elena y
ella se tropezaron y se saludaron con efusión, besándose repetidas veces. Oí
las carcajadas de la recién llegada, sin duda producidas por las bromitas de la
amiguita contra su tío. El clérigo de las granadinas no tardó mucho en despedirse
también. La joven que entraba era la condesita del Padul, la adorada de mi
amigo Villa. Y en verdad que tenía excelente gusto. Por la tarde, al cruzar
rápidamente por la calle de las Sierpes, no había podido apreciar bien la
belleza singular de su rostro, la gracia y esbeltez de su figura. Era una mujer
hermosa de veras. El color de oro de sus cabellos formaba contraste delicioso
con el negro de sus ojos. La expresión de su fisonomía suave y atractiva; los
ademanes nobles. Toda su gentil persona revelaba bien claro la egregia cuna en
que había nacido. Vestía con sencillez y elegancia, denunciando el corte
parisién las prendas que llevaba sobre sí. Saludó a todas las damas con efusión
cariñosa. Después la vi dirigirse sonriente a Villa y apretarle la mano. Su
presencia causó en la tertulia alguna turbación, y eso que ella procuraba con
familiar amabilidad que nadie se moviese de su sitio. Me pareció que no estaba
orgullosa de su elevada alcurnia, o que, si lo estaba, sabía disimularlo
perfectamente. Como me dirigiese algunas miradas de curiosidad, sin duda por no
haberme visto nunca en la tertulia, Joaquinita se apresuró a presentarme. Me
dio la mano con suma cortesía y me dirigió una sonrisa tan amable que me sentí
cautivado. Y como yo, al parecer, todos los demás, porque desde su entrada las
miradas de los pollastres se dirigían a ella y las de las muchachas también.
Lisonjeada con el afecto que la demostraban, la gallarda condesa se esforzaba
en aparecer más llana y más amable aún.
Me sacó de mi contemplación admirativa Joaquinita,
que me invitó de nuevo a sentarme a su lado en la mecedora. «Ya tenemos otro
cuarto de hora para hablar», me dijo. En esta segunda conferencia me pareció la
segundogénita de Anguita un poquito pesada y dulzona. Se enteró de mi patria y
familia, y me hizo que le narrase algunos pormenores de mi existencia. Claro
que no le dije una palabra del asunto que a Sevilla me trajo. Venía sólo a dar
una vuelta por Andalucía y a conocer unos parientes que tenía en Sanlúcar.
Semejaba interesarse en todo lo que me atañía, de un modo tan vivo que me
causaba sorpresa y alguna inquietud. Entre col y col me dirigía frases
lisonjeras, aprovechando cualquier ocasión para enaltecer mi carácter (¿cuándo
lo habría conocido?) y el ingenio que se revelaba en mis palabras. En suma, era
como el dulce de piña, que al principio gusta mucho, y cansa pronto. Deseaba ya
dejarla, pero no era empresa fácil. No consentía que se hiciera pausa en
nuestra conversación. Me acordé entonces de la sonrisa de Villa cuando le hablé
de ella y empecé a explicármela. Observando mi distracción, me dijo:
—¿Qué es eso? ¿Repara usted en la seriedad de
Villa? Siempre le pasa igual. En cuanto llega Isabel, concluyen las guasitas.
Se queda con una cara larga, larga, que da pena mirársela… ¡Pobrecillo! Está
enamorado hasta las cachas.
Yo, que no había reparado en ello, me convencí,
mirando al comandante, de que la observación era tan fina y maliciosa como
exacta. Desde la entrada de la condesita no se mostraba como antes alegre y
desenfadado. Las frases jocosas que aún soltaba iban claramente impregnadas de
la preocupación de su espíritu. Isabel, en cambio, se mostraba cada vez más
amable y afectuosa con él y con todo el mundo, particularmente con él. Estaba
rodeada de pollos que la incensaban sin descanso. A todos contestaba con la misma
sonrisa candorosa, enloquecedora. Si a alguno distinguía, era a Villa, en quien
posaba a menudo con amorosa expresión sus grandes ojos inocentes y límpidos. Y
yo, desde lejos, notaba el estremecimiento que aquella mirada clara producía en
mi amigo, y le envidiaba.
La tertulia se deshizo tarde. Algunos criados
entraron a buscar a sus señoras y aguardaron largo rato allá dentro, en la
cocina. A las doce y media vino el conde viudo del Padul a recoger a su hija, y
ésta fue la señal del desfile. Llegaba del Círculo de Labradores, donde, según
me dijo uno, iba dejando ya, sobre el tapete verde de la mesa de juego, una
fortuna. Era hombre de media edad aún, vigoroso, en quien los excesos de su
vida disipada no se reconocían más que en la mirada vaga y perezosa. Reconocíase
en él a un mismo tiempo al caballero y al calavera. Sevilla entera recordaba
todavía sus aventuras galantes, sus orgías, sus duelos singulares y temerosos,
la barbarie inconcebible de algunos actos ejecutados en el frenesí de la
embriaguez. Saludó con amabilidad caballeresca, no exenta de protección, a todo
el mundo, y se llevó a su hija. En pos de él nos marchamos todos. Las de
Anguita salieron hasta el medio de la calle a despedir a sus amigas. Pepita me
preguntó si volvería al día siguiente, y como le respondiese que no sabía si me
sería posible, dijo haciendo un mohín de enfado que yo era «tan chinchoso y tan
apestoso» como mi amigo Villa. Salimos formando grupos, que se fueron
dispersando por las laberínticas encrucijadas de las calles. Villa iba delante
dando vaya a unas muchachas, alegre otra vez y despreocupado. Yo le seguía,
llevando a mi lado al humorista D. Acisclo. No sabiendo cómo entablar
conversación con él, le dije:
—Es muy amena la tertulia de estas señoritas… y muy
original… Se pasa bien el rato.
—Usted es forastero, ¿verdad?—me preguntó
gravemente.
—Sí, señor; hasta ahora no había estado en
Andalucía.
—Pues ha hecho usted bien en venir, porque en
Sevilla sólo hay tres cosas dignas de verse: la catedral, el alcázar y el patio
de las de Anguita—repuso con graciosa solemnidad.
VII
Preparativos para el bloqueo.
Matildita, como he dicho antes, debía de sospechar
el deplorable resultado de mi entrevista con el capellán del colegio del
Corazón de María. No hacía más que dar vueltas en torno mío y tirarme cuanto
podía de la lengua, a fin de cerciorarse de la verdad del caso, o por ventura
para meter su naricita en mis negocios y satisfacer el inmoderado afán de dar
consejos que la atormentaba. Como no tenía gran interés en ocultar la derrota,
pues ya se había disipado en parte la vergüenza que me produjera, concluí por
confesarlo todo. Fuertes aspavientos de la chiquilla. No cabía en sí de
indignación. Me hizo repetir varias veces la repugnante grosería usada por el
clérigo conmigo, y me dijo que ella no la hubiera sufrido. Esto no me pareció
bien. Pero le hice ver en seguida los inconvenientes que habría traído consigo
cualquier resolución violenta en tal momento, y concluyó por convenir en que
mejor había sido «el despresiarle». Después de quedar unos instantes silenciosa
en actitud reflexiva, abrió la llave de los consejos. En su opinión, lo que yo
debía hacer ahora era presentarme a la madre de Gloria, pintarle mi pasión por
su hija, echarme a sus pies y suplicarle que la sacase del convento y nos
permitiese casarnos y ser felices. El consejo era poco práctico, y me convenció
de que los amores del aspirante a telégrafos habían dejado en el espíritu de
Matildita una huella indeleble de romanticismo.
Mejor lo tenía yo pensado. En esto de ver las cosas
como son y conseguir lo que nos proponemos, me parece que nadie saca ventaja a
los que hemos nacido en los valles pintorescos de Galicia. Ya diré más adelante
lo que mi mente, apretada por la necesidad, urdió para alcanzar lo que
apetecía.
Por aquellos días se había marchado el alcalde
Cueto a su pueblo y había llegado un matrimonio de Écija. Sentábase, pues, a la
mesa, a las horas de almorzar y comer, una señora, lo cual había hecho variar
un poco el tono de la conversación. Esta dama se llamaba Raquel. No pasaría de
los treinta años y era mujer hermosa como pocas, de arrogante figura, alta,
mórbida, de tez morena, nariz aguileña, labios gruesos y ojos negros y grandes,
tal vez demasiado grandes. Sus facciones, pronunciadas en demasía, su figura
voluminosa, hacían que pareciese más hermosa de lejos que de cerca. Aquellos
ojos cristalinos, abombados, de ternera, aquella nariz enérgica, borbónica,
aquellos labios rojos abultados, a cierta distancia formaban un conjunto
armónico, maravilloso. No obstante, aun de cerca se la podía diputar por un
buen modelo de escultura femenina. Estaba casada con un viejo, D. José Torres,
que, a pesar de la peluca y llevar teñido el bigote, nadie le haría bajar de
los ochenta. Era un hacendado rico, según supe pronto, porque en las casas de
huéspedes no suelen ignorarse mucho tiempo las circunstancias de cada cual.
Había tenido el capricho de casarse con aquella joven, a quien había dotado en
cuarenta mil duros al tiempo de hacerlo. Para ella, que era una desgraciada sin
recurso alguno, fue gran fortuna, sobre todo teniendo en cuenta que el viejo no
tardaría en dejarla libre. Tuve ocasión de convencerme muy pronto de que la
hermosa no correspondía con agradecimiento a la generosidad y a las atenciones
que constantemente guardaba con ella su marido. Tocome sentarme a su lado en la
mesa, y no tardamos en trabar conversación y entrar en confianza. Raquel
hablaba siempre con énfasis, hablaba mucho, y según avanzaba en el discurso se
iba animando, yo no sé si natural o artificialmente, al punto de que siempre
concluía en el diapasón más alto y muchas veces con el rostro enrojecido. Si
esto era afectación, había concluido, por el hábito, en connaturalizarse con
ella. Mostraba poseer gran presunción y un carácter susceptible y despótico. No
tenía reparo en dirigir a su marido, delante de todos nosotros, frases
irrespetuosas cargadas de desprecio. El señor Torres era un anciano suave,
conciliador, discreto, que veía muy bien el ridículo que su esposa hacía caer
sobre él a cada instante, y padecía y procuraba evitarlo templándola, cuando se
enojaba, con frases cariñosas o con inocentes burlas. Recuerdo que una noche se
trataba de sobremesa, entre bromas y veras, el problema del matrimonio, qué
circunstancias debía reunir la mujer para ser buena esposa, etc. Todos habíamos
emitido nuestra opinión, incluso Eduardito, cuyo parecer, favorable a las
mujeres hechas ya y experimentadas, fue acogido con una salva de aplausos y
carcajadas. Faltaba únicamente el señor Torres, a quien, según Villa,
correspondía hacer el resumen de la discusión. Don José, después de excusarse
un poco, manifestó, con los ojos bajos, quizá por no tropezarse con los de su
mujer, que se fijaban en él nada halagüeños, que la mejor esposa era la más
humilde, la que conocía sus deberes y sabía cumplirlos, haciendo del hogar
doméstico un paraíso. Observé cierta contracción nerviosa en el rostro de
Raquel, que no anunciaba cosa buena. Y, en efecto, con sonrisa forzada, que
dejaba traslucir su irritación, principió a combatir las aserciones de su
marido, sosteniendo que la humildad es una cualidad de las esclavas, no de las
mujeres; que lo que les hace falta a éstas en la mayor parte de los casos es
dignidad, y que si la tuvieran no se verían tantos desastres en los matrimonios.
Según su costumbre, a medida que hablaba se iba enardeciendo con sus propias
palabras. Esta vez concluyó de un modo tan violento, dirigiendo frases tan
agresivas e inconvenientes a su marido, que lo mismo Villa que yo intervinimos
para calmarla.
—Me irrito, porque sé bien por dónde viene el agua
al molino. A mí me gusta que se hable con franqueza. El herir a una persona
solapadamente es una cobardía, ¡sí, señor, una cobardía!
—Pero mujer—decía el pobre anciano con sonrisa
tímida,—si nadie ha tratado de herirte aquí. No he hecho más que sentar una
apreciación general, que nada tiene que ver contigo.
—Repito que es una cobardía, y permíteme que te
diga que hacerlo delante de gente es aún otra cosa peor.
A todos nos causó mal efecto aquella escena, y hubo
una pausa. Villa entabló otra conversación para que cesase el embarazo.
Desde que el matrimonio había llegado, Olóriz, el
estudiante de Derecho que con nosotros vivía, se acicalaba aún más el pelo y la
barba, cosa que parecía ya punto menos que imposible, pues estos dos
aditamentos capilares eran objeto de preferente atención y de asiduos cuidados
para el jurista. El pelo era rubio, lustroso, ondeado, y lo llevaba
esmeradamente partido por el medio, dejando caer dos bucles primorosos sobre la
frente. La barba rubia también, rizosa, larga, y la llevaba igualmente partida
por la mitad. Felicia, la criada, nos decía que empleaba media hora larga en
atusársela, untándola con perfumados aceites; que nunca dejaba, al llegar o
salir de casa, de contemplarse al espejo con delectación, alejándose y
aproximándose para gozar de su figura a distintos puntos de vista, y que el
colocar el sombrero al salir a la calle era negocio largo. Por lo demás,
parecía un infeliz, silencioso, sonriendo a todo lo que se decía, dejando
escapar de vez en cuando alguna frase insignificante. Pues este mancebo delicado,
según mis observaciones, abrigaba proyectos de seducción sobre la bíblica
señora de Torres. Sentábase frente a nosotros, y mientras duraba el almuerzo y
la comida no dejaba de envolverla en una red espesísima de rayos visuales. Y,
confesando la verdad, debo añadir que Raquel no parecía hallarse mal prisionera
dentro de ella; antes correspondía con otra, si no tan espesa, lo suficiente
pura que el joven pensase con razón que sus notabilísimos cabellos y barba eran
apreciados en su justo valor por la hermosa dama. En la mesa apenas cruzaban la
palabra; pero les vi en diferentes ocasiones departir amigablemente, apoyados
en la barandilla del corredor, mirando con ojos extáticos los azulejos del
patio. También observé, una vez que fui a misa de nueve en San Isidoro, que
Olóriz, situado en posición estratégica, cambiaba con la dama, arrodillada
cerca de una capilla, sonrisas y miradas. No sé si el señor Torres habría hecho
las mismas observaciones que yo. Presumo que sí, porque no era tonto, y se necesitaba
serlo para no advertir las insistentes miradas del joven.
Fueme simpático el anciano, y le compadecía
sinceramente. Entramos pronto en confianza, y en ocasión en que quedamos solos
de sobremesa, tuve con él una conversación bastante íntima. Se quejaba del
calor que hacía, al cual nunca se había podido acostumbrar a pesar de vivir en
Écija, llamada la sartén de Andalucía, y decíame que le molestaba
extremadamente la peluca.
—Nunca la he gastado hasta hace poco, y eso que he
quedado sin pelo hace más de cuarenta años…¡Phs! Ha sido un capricho de
Raquel—añadió sonriendo dulcemente.—Dice que sin ella y con la barba blanca que
antes traía aparento tantos años que le da vergüenza ir conmigo por la
calle…¡Como si a pesar de estos adimentos ridículos no se conociese que paso de
los ochenta!… Yo bien comprendo que a ella le avergüenza estar casada con un
ochentón, y usted mismo se habrá dicho al vernos: «¡Vaya un matrimonio estrafalario!…
¿Cómo se le habrá ocurrido a este viejo decrépito casarse con una joven tan
linda?…» Nada; no me diga usted nada; quien dice usted, dice todos los demás
que nos conocen. Ha sido una falta, lo reconozco; pero crea usted que hay
algunas cosas que la atenúan un poco. En primer lugar, Raquel es hija de un
antiguo amigo mío. Hace cuatro años se quedó huérfana y sin recurso alguno.
Necesitó irse a vivir en compañía de una hermana que tiene casada. Yo, que
frecuentaba la casa, me convencí pronto de que allí no la trataban como debían,
y ella misma se me quejó con lágrimas muchas veces de que en casa de su hermana
no era más que una criada sin sueldo. Entre vestir y lavar a los niños, hacer
las camas, asear la casa, aplanchar la ropa, etc., no tenía un momento libre.
Mientras tanto la hermana, como princesa, pasaba el tiempo columpiándose en una
mecedora, reprendiéndole cualquier falta severamente… En fin, ya puede usted
suponer lo que pasaría allí. Compadecía mucho su situación, y pensando en los
medios de aliviarla, se me ocurrió traerla a casa. Mas esto ofrecía
dificultades. ¿En qué concepto iba a venir a mi casa? Por muchas vueltas que le
diese, sólo podía venir de dos maneras: o como esposa, o como criada.
Proporcionarle dinero para que viviese aparte, era factible; pero ¿no sería
herir su susceptibilidad que, como usted ha visto, es grande? Entonces se me
ocurrió casarme con ella. Le hablé con toda franqueza. «Hija mía, soy un trasto
viejo, tendrás que aguantarme un poco de tiempo. En cambio, a mi muerte quedarás
libre y con una fortuna considerable. Por mucho que viva, tiene que ser muy
poco. Mira si la perspectiva de una posición independiente y desahogada
compensa para ti las molestias que yo te pueda ocasionar.» Ella aceptó dando
muestras de agradecimiento, y desde entonces, que fue hace tres años, he
procurado serle lo menos incómodo posible y que viva no sólo con desahogo, sino
con lujo, para que su situación sea más llevadera. Así y todo, parece que
algunas veces se impacienta… Es natural. La pobre se ve joven, hermosa y
adulada por los hombres. El pensar que se encuentra amarrada a un tronco tan
viejo y carcomido le hace padecer.
La sencillez y franqueza del anciano me
conmovieron. Desde entonces le tributé aún más respeto y consideración, y
fuimos amigos. Por eso me atreví a decirle a Raquel un día en que ponderaba el
sacrificio que había hecho casándose con él, y la tristeza de consagrar su
juventud a cuidar a un anciano achacoso:
—Vamos, tenga usted paciencia, que eso no durará
mucho. Al fin se encontrará usted joven y con una buena fortuna.
—Sí, sí, eso me decían mis amigas al casarme; pero
va durando demasiado.
Aquella cínica respuesta nos dejó fríos a todos.
Desde entonces me fue profundamente repulsiva a pesar de su belleza.
Pues volviendo a mis asuntos, digo que comenzó a
germinar en mi mente una idea, y fue la de acometer de nuevo la vía del
capellán del colegio para llegar hasta mi adorada Gloria. El genio astuto de la
raza galaica, que late en el fondo de mi ser lírico, me suministró una traza
apropiada al caso. Yo tengo en Madrid un tío carnal, hermano de mi madre, que
es alto empleado en el Ministerio de Gracia y Justicia desde hace años. Goza
allí de gran consideración, y ha repartido en su vida no pocas canonjías y hasta
ha influido poderosamente en la elección de algún obispo. A este le escribí
rogándole me enviase una tarjeta de recomendación para algún dignatario de la
catedral. Mientras llegaba la respuesta, seguí asistiendo a la tertulia de las
de Anguita. Y, cierto, no lo pasaba mal. A los tres o cuatro días, según me
había anunciado Villa, era íntimo de la casa. Pepita me llamaba chinchoso y mal
gallego a cada instante; Ramoncita me trataba con la misma gravedad campechana
que a los amigos antiguos, y Joaquinita celebraba conmigo numerosas
conferencias de quince minutos cada una. Éste era el punto negro de la
tertulia. La asiduidad de aquella señorita me iba siendo cada vez más
empalagosa.
A pesar de que le tenía muy recomendado a Villa el
secreto de mis amores, imagino que le molestaba dentro del cuerpo, o que no
pudo resistir a la tentación de informar a su adorada condesa de todo, porque
observé que una noche ésta, mientras hablaba con él, fijaba sus hermosos ojos
en mi con curiosidad y benevolencia. Poco después se acercó el comandante y me
dijo risueño:
—Vaya usted con Isabel, que desea hablarle.
Me apresuré a cumplimentar la orden de la dama,
quien me acogió con extremada amabilidad.
—Siéntese aquí, que tengo mucho que hablar con
usted… Ya sé que está usted enamorado…
—¡Ese Villa!—exclamé con enojo.
—No se enfade con él, porque su indiscreción quizá
redunde en beneficio de usted. Ha de saber usted que la monjita por quien pena
es prima mía.
—¿De veras?—pregunté estupefacto y con poca
galantería.
—No muy próxima, pero sí lo bastante para que pueda
llamarla así. Su madre es prima segunda de papá.
Si algo pudiera faltar para que aquella hermosa y
amable joven me fuera del todo simpática, fue este descubrimiento. La contemplé
con embelesamiento, con un éxtasis religioso que no pasó inadvertido para ella.
—Así me gusta—dijo sonriendo.—Cuando se quiere a
una mujer, ha de ser de veras.
Yo me reí también, ruborizado.
—Nunca hemos tenido un trato muy
íntimo—siguió,—porque yo me he criado en Sanlúcar, y ella entró de interna en
el colegio muy temprano. Sin embargo, recuerdo que cuando venía a pasar alguna
temporada a Sevilla, he jugado con ella en su casa y hemos paseado juntas con
frecuencia. Después que entró en el colegio no la he vuelto a ver más de tres o
cuatro veces, que fui exprofeso a visitarla con una tía mía y de ella también…
Tiene usted buen gusto. Gloria es muy graciosa y simpática. ¡Si viera qué bien
bailaba de niña las seguidillas!
—Y ahora también.
—¿Cómo ahora?—preguntó con asombro.
Entonces le expliqué de qué manera la había visto
bailar en Marmolejo, lo cual celebró vivamente.
—Siempre ha sido muy resuelta y un poco aturdida…
Si no fuera por ese carácter alegre que Dios le ha dado, ya estaría muerta hace
tiempo…
Quise saber pormenores de su vida. Los datos vagos
que me había suministrado la madre Florentina habían excitado fuertemente mi
curiosidad, y las reticencias de ahora no eran a propósito para calmarla.
Isabel sabía poco, o no quiso decirlo. La tía Tula (madre de Gloria) era una
señora bastante rara, con un genio diametralmente opuesto al de su hija. Parece
que Gloria fue metida en el colegio contra su voluntad y que luego se hizo
monja por no avenirse con su madre. De aquella insinuación que me había hecho Suárez
en Marmolejo, referente a un señor que dirigía los asuntos de D.ª Tula y vivía
con ella maritalmente, no me dijo nada, ni yo me atreví a preguntarle. Después
me dijo mirándome a los ojos sonriente:
—Además, le prevengo a usted que mi prima es rica.
Su padre pasaba por tener una buena fortuna.
Yo (¡oh gran hipócrita!) hice un gesto de
indiferencia.
—No quiero decir que eso aumente poco ni mucho su
interés por ella—se apresuró a decir.—Pero… vamos, el dinero nunca daña…
Se informó también del estado de mis amores, y con
ella fui más franco que con Matildita. No le dije más de lo que había pasado.
Tuve la satisfacción de escuchar que, en su concepto, era lo bastante para que
pudiese imaginar, sin pecar de presumido, que no le era indiferente a su prima.
De la entrevista con el clérigo no le hablé palabra, porque la verdad del caso
la hubiera hecho reír a mi costa, y una mentira ninguna utilidad me traía. Por
supuesto, por hacer como todos los demás, también me brindó protección.
—Estoy sumamente interesada en que logre usted lo
que desea, tanto por mi prima, que es una lástima que consuma entre cuatro
paredes su juventud, no teniendo vocación para ello, como por usted. Creo que
de algo podré servirle en su campaña… Discurra usted, y vea si puede
utilizarme, que tendré mucho gusto en ello.
Le di un millón de gracias, rebosando de gratitud,
y le prometí que cuando llegase el caso la molestaría sin vacilar, pues me
inspiraba una confianza absoluta. Desde la primera noche que la viera me había
sido extremadamente simpática. Sus ojos dulces y benévolos revelaban un buen
corazón, el timbre de su voz inspiraba desde luego cariño y confianza, etc.,
etc.
Manejé el incensario de lo lindo, aunque loando sus
prendas morales con preferencia a las físicas, por parecerme de mejor gusto y
no inspirar recelos.
Cuando pasaban estas razones entre nosotros,
apareció Joaquinita, diciéndonos con sonrisita forzada:
—Isabel, hija mía, tú nos acaparas todos los
pollos. Déjanos siquiera alguno, por compasión.
—El señor me estaba informando de unas parientes
que tengo en Galicia—respondió la condesita rápidamente.
Le agradecí el disimulo, en el cual me pareció más
maestra de lo que yo había imaginado, y me levanté para sufrir un rato el
chorro de la de Anguita, que seguía cada vez con más ahínco interesándose por
todo lo que me atañía. Si no fuese porque es un poco ridículo, diría que seguía
requebrándome. Declaro que me iba aburriendo y que me distraía de un modo
lamentable. Muchas veces mis respuestas eran incongruentes. Bostezaba
escandalosamente, y llegué en ocasiones a dar cabezadas de sueño. Pero
Joaquinita ni se enojaba ni cedía. Dirigiendo la mirada hacia un grupo donde
estaba D. Acisclo, observé que nos miraban sonrientes. Después supe que éste
les había dicho:
—Miren ustedes a Joaquinita con la caña.
Por fin llegó la carta de mi tío, y dentro de ella
otra muy expresiva para un prebendado de la catedral llamado D. Cosme de la
Puente, recomendándome. Recibí un alegrón y casi no almorcé, con el afán de ir
a visitarle y poner en ejecución mi proyecto. Tan luego como engullí el último
bocado y pasé por el cuarto para recoger el bastón y los guantes, abrí la
cancela y me dispuse a salir a la calle. Mas al trasponer la puerta exterior,
una mujer del pueblo, que sin duda me aguardaba, vino a mi encuentro, diciéndome
con el acento exagerado de la plebe andaluza:
—Señorito, perdone su mersé. ¿No e su grasia don
Seferino?
—Ceferino me llamo—respondí mirándola con sorpresa.
Era una mujer ajada, de buenos ojos, flaca, pálida
y pobremente vestida, con un pañolito de seda blanco al cuello y la cabeza
descubierta. Aparentaba bien cuarenta años; pero quedaba la duda de si sería
más joven. Su rostro ofrecía más claramente las huellas del trabajo y la
miseria que las del tiempo.
—¿Sanhurho?
—Sanjurjo.
—Pue tengo que darle a su mersé un recaíto…¿Quiere
que entremo en el portal?
—Como usted guste—repuse, fuertemente excitada mi
curiosidad.
Nos apartamos, en efecto, de la estrechísima acera,
y ya dentro del portal, la mujer sacó del pecho una carta doblada y me la
entregó. Rompí el sobre apresuradamente y fui derecho con los ojos a ver la
firma. No la tenía.
—¿De quién es la carta?
—De mi señorita.
—¿Y quién es su señorita?
—¡Toma! La señorita Gloria.
No pude reprimir un movimiento de susto, y me puse,
no a leer, sino a devorar la carta, apretada la garganta y las manos trémulas.
La buena mujer debió de observar mi turbación, porque al levantar los ojos vi
una sonrisa en sus labios. La carta decía lo siguiente, en una magnífica letra
inglesa de colegio: «Muy señor mío: Habiendo sido severamente castigada por la
superiora, hasta privarme por cinco días de toda comunicación con mis hermanas
y con las educandas, después de rogarlo con muchas lágrimas, me han dicho que
la razón del castigo era que un joven cuyas señas coinciden con las de usted se
había presentado al P. Sabino diciendo que era mi novio y que venía a sacarme
del convento. Si fuera usted, como presumo, el autor de la gracia, merecía le
tuviesen toda la vida encerrado en un calabozo como me han tenido a mí cinco
días. Le ruego que no vuelva a ocuparse de una pobre mujer a quien ha
ocasionado y puede aún ocasionar serios disgustos».
Entre confuso y dolorido, pregunté a la mensajera:
—Pero ¿es verdaderamente de la hermana San
Sulpicio?
—Así creo que se yama en el convento. Para mí e y
será la señorita Gloria.
—¿Se la puede contestar?
—¿Por qué no?
—Pero ¿quién es usted, y cómo puede llevar cartas a
una monja?
Me lo explicó con la brevedad y el lenguaje
espontáneo y pintoresco que caracteriza a las menestralas sevillanas. Se
llamaba Paca y «había sido siempre mucho» de la casa de la señorita Gloria. Su
madre había sido nodriza de ésta, y ella niñera, por más que no llevaba a la
señorita más de doce años. Doña Tula la protegía y la llamaba para recados
cuando hacía falta. Tenía una prima, criada de unas niñas que asistían al
colegio del Corazón de María, y por su mediación se comunicaba con la señorita
Gloria, a la cual también iba a ver de vez en cuando. Esta prima fue la que le
diera la carta que ahora me entregaba.
—Pero ¿cómo sabía usted que era yo y dónde vivía?
—Verá uté, señorito. Su mersé da casi toíto lo día
tre o cuatro paseíto por la caye de San José y mira mu encandilao hasia la
parte del convento, ¿verdá uté? Fue mi prima lo ha arreparao y se diho contra
sí: «Ete e er señorito de la señorita», y le ha seguío lo paso hata da con la
posá. Aluego me lo diho a mí… y aquí etamo.
—¿Y ha preguntado usted a alguien más?
—Uté e er primé señorito que sale de eta casa dende
que aguardo.
—¿Y es usted criada ahora de la madre de la
señorita?
—No señó; yo estoy casá y trabaho en la frábica.
—¿En qué fábrica?
—¡Toma! ¿En cuál ha de sé? En la de sigarro.
¿Quiere uté que vuerva por la repueta?
—Sí, venga usted al oscurecer.
Después que se despidió, yo, en vez de seguir hacia
casa del canónigo, retireme a la mía poseído de fuerte turbación. La cosa no
era para menos. Aquella carta daba al traste con todos mis proyectos amorosos.
Comencé a pasear agitadamente en sentido oblicuo por la estancia. La tristeza,
la cólera y el despecho armaban un verdadero motín en mi cabeza. Por encima de
todo, como sentimiento más vivo, asomaba el odio profundo contra el miserable
capellán y un deseo irresistible de vengarme de él a toda costa. ¡Quién sabe
los proyectos asesinos que en un instante cruzaron por mi imaginación! Ahora
iba derecho a su casa y le metía una bala en los sesos; ahora le aguardaba
traidoramente por la noche y le daba con un palo de hierro en la cabeza, o bien
le asestaba una puñalada con un puñalito cincelado que me regalaron la noche en
que leí varias poesías en El Fomento de las Artes. De todos modos, aunque la
forma variase, el fondo era siempre idéntico, ¡zas! y al cementerio. Por
fortuna, después que murmuré ¡zas! ¡zas! algunas docenas de veces de un modo
fatídico, quedé más tranquilo y pude reflexionar. Al cabo de media hora de
paseos, se me ocurrió una idea que, a no estar perturbado, debió ocurrírseme en
cuanto leí la carta, a saber: que si bien en ésta se me trataba duramente y con
cierto desprecio, el hecho positivo, tangible, era que la hermana me enviaba
una carta y que para hacerlo necesitó exponerse mucho y buscar medios
clandestinos. Si yo le fuese enteramente indiferente, no correría semejante
riesgo. Con manifestar francamente a la superiora y al capellán que ella no era
responsable de que a un loco se le ocurriera lo de la visita a aquél, ambos se
darían por convencidos seguramente, y no tendría más que temer. Este
pensamiento halagüeño fue creciendo en mi espíritu hasta llenarlo todo. Cuanto
más meditaba sobre él, más verosímil me parecía. Entonces, bailándome el
corazón de gozo, me senté a la mesa, saqué papel y me puse a escribir. No me
salían más que protestas exageradas, ternezas empalagosas que al leerlas después
me disgustaron. Tanto que, rasgados tres o cuatro pliegos, me decidí a esperar
que las ideas se me compusieran un poco en la cabeza. Lo mejor me pareció salir
a la calle y hacer la visita al canónigo. Según iba caminando hacia su casa,
situada en la calle de la Mar, cerca de la catedral, me confirmaba más en la
intriga proyectada, una vez adquirido el convencimiento de que la hermana no me
rechazaría.
El prebendado D. Cosme, leída la carta de mi tío,
me recibió cordialísimamente, manifestándome que tendría gran placer en
servirme en todo cuanto pudiese. Era un señor ya anciano, con los cabellos
enteramente blancos y rosetas encarnadas en los pómulos, ojos vivos y francos y
boca grande, sonriente. Habitaba una gran casa, y observé en las habitaciones
excesivo lujo, sobre todo para lo que estaba acostumbrado a ver en mi tierra en
casa de los clérigos. Me declaró con franqueza que la prebenda se la debía a mi
tío. Aunque sus ejercicios habían sido los mejores, sin la recomendación
poderosa de aquél, un opositor de Teruel se la hubiese birlado. «¡Figúrese si
yo tendré gusto en servirle de cabeza!» Animado por esta acogida, estuve por
soltarle todo mi cuento y pedirle protección. Tuve, no obstante, prudencia para
contenerme y limitarme por entonces a demandarle una tarjeta expresiva para el
capellán del colegio del Corazón de María.
—¿Don Sabino Guerra?… Hombre, sí, le conozco. Fue
sacristán algunos años en el Sagrario.
Sacó de un escritorio de roble tallado una tarjeta
y se puso a escribir sobre ella. Aunque no me lo preguntase, por discreción,
creí del caso decirle que necesitaba de los servicios de D. Sabino para ciertas
particularidades referentes a una parienta que tenía profesa en la orden del
Corazón de María.
—No dude usted que le atenderá—dijo entregándome la
tarjeta.—Le prevengo a usted que no le tocó nada de lo de Salomón. Si le
sacuden, suelta bellotas. Pero conoce bien la gramática parda. Le digo, por lo
que pueda tronar, que es usted sobrino del señor Gemerediz, jefe de sección en
el Ministerio de Gracia y Justicia.
Le di gracias repetidas, y le prometí, a su
instancia, que volvería por allí a comer con él. No me invitaba a almorzar,
porque las horas de coro le desarreglaban todos sus planes. Me convencí de que
no tenía cariño al coro.
Cuando llegué a casa, después de dar algunas
vueltas entre calles, me encontraba en buena disposición de espíritu para
escribir la carta a Gloria. Me puse a ello y concluí de una vez sin
vacilaciones ni tachaduras.
«Hermosa y amabilísima amiga: En efecto, yo he sido
el desdichado que ha tenido la ocurrencia de visitar al P. Sabino y
proporcionarle a usted un disgusto. Tiene usted razón. Merecía por ello gemir
toda la vida en oscuro calabozo. Pero es más terrible aún el castigo que usted
me ha impuesto con su enojo. Me he atrevido a tanto porque mi pobre imaginación
no halló otro medio de acercarme a usted. Además, como usted me había asegurado
que estaba resuelta a dejar el convento, no me pareció un acto punible tratar
de saber si, una vez libre, rechazaría mis instancias. Que estoy enamorado
profundamente de usted, no necesito repetírselo, porque bien lo he demostrado.
Por eso su carta me ha sumido en la desesperación; porque me persuade de que
mis esperanzas han salido fallidas, y nuestras conversaciones de Marmolejo no
han sido más que un sueño feliz, del cual conservaré grato recuerdo toda mi
vida.
Suyo hasta la muerte,
S.
Postdata. He conocido en cierta tertulia a una
prima de usted, la condesita del Padul, que, siendo de la familia, había de
ser, claro está, hermosa y amable.
¿Contestará usted a esta carta?
Si así no fuera, esperaré pacientemente su salida
del convento, para verla siquiera una vez más y marcharme.
S.
La carta, después de leída, me satisfizo, porque,
sin las redundancias de las que antes había ensayado, tocaba los puntos
necesarios. Era humilde y expresiva, y la inclinaba suavemente a contestarme,
que era lo que yo con ansia apetecía.
Paca no fue todo lo puntual que hubiera deseado.
Haría ya una hora que la noche había cerrado, y más de dos que yo espiaba su
llegada a la ventana de mi cuarto, cuando al fin apareció. Salí
precipitadamente al portal y le entregué el billete, y con él, haciendo un
esfuerzo sobre mí mismo, un duro. Hubo lucha para que lo aceptase, y en ella
tuve momentos de desfallecimiento. Al fin quedaron las cinco pesetas en su
poder.
¡Qué de fatigas comenzaron para mí! La
contestación, si la había, me la traería Paca a la misma hora del oscurecer. Al
día siguiente no salí en toda la tarde de casa. Ni a la cervecería quise ir con
Villa después de almorzar. Cuando el sol comenzó a declinar, no contento con
espiar por las rejas de mi ventana, salime al portal, y desde allí, enfilando
la calle, me sacaba los ojos por si atisbaba a la cigarrera. Nada. Aquella
tarde hube de retirarme triste y cabizbajo. Al otro día lo mismo; al otro igual.
Ya iba perdiendo la esperanza. Villa, observando mi tristeza, me preguntó el
motivo, pero no quise manifestárselo, porque lo hizo sonriendo. A mí me parecía
aquello el negocio más serio de la tierra.
Al fin, a los cuatro días mortales apareció Paca.
—¿Trae usted carta?—le pregunté temblando de
anhelo.
—¿Qué me da su mersé por eya?—respondió la pícara
mirándome con semblante risueño.
—¡Venga, venga!—exclamé con ansiedad, temeroso al
mismo tiempo de que en efecto quisiera hacérmela pagar cara.
No contenía más que dos renglones. Decía así:
«Sigue usted tan gitanillo como antes. Después que
salga del convento hablaremos.»
El efecto que me causó fue delicioso. Corrió por
todo mi cuerpo un estremecimiento de placer, y en los primeros momentos no supe
mas que ponerme rojo de alegría y sonreír estúpidamente frente a Paca, quien a
su vez soltó la carcajada.
—¡Madre mía del Rosío, y cuánto me alegraría que su
mersé y mi señorita… ¡Vamo!—exclamó juntando con un gesto expresivo los dos
índices.
—Allá veremos, allá veremos—respondí con
petulancia, afectando aire reservado.—Venga usted mañana, que tengo que darle
otra carta.
Con la alegría acudió a mi la actividad. Casi me
hallaba seguro de ser correspondido. Villa, a quien tuve la flaqueza de
comunicar mi dicha, entre sorbo y sorbo de café, me confirmó en ella,
diciéndome después de leer la carta:
—¡Olé por la monjita barbiana! Está usted de
enhorabuena, compadre. ¿Ve usted el tiempo que Isabel y yo nos queremos? Pues
todavía no he recibido carta suya.
El genio de la intriga volvió a arder en mí
espíritu. Me propuse proseguir al día siguiente la que tenía comenzada.
Provisto de la tarjeta del prebendado, como de un salvoconducto para atravesar
una región peligrosa, me arriesgué a ir de nuevo a visitar al salvaje de D.
Sabino. Esta vez no tomé la vía del convento, sino que fui a llamar por la
puerta que daba a la calle. Saliome a abrir la criada sorda, que al verme puso
muy mala cara. Sin duda su amo se había desahogado contra mí después de la
primera visita; y desde luego me dijo, cuando yo le hube preguntado por el
capellán a grandes gritos, que no se le podía ver, por hallarse rezando.
Repliqué que de todos modos le avisase para después que concluyese. Vino
diciendo que ni ahora ni después podía recibirme. Sospecho que el clérigo, al
oír llamar, había mirado por la celosía de madera que cubría las ventanas de la
casa y me había visto. Entonces le entregué la tarjeta y dije que aguardaba
contestación. No se hizo esperar mucho. La sorda acudió a decirme que «tuviese
la bondad de subir».
D. Sabino salió a recibirme fuera de la sala con
sotana y gorro. Había cambiado la decoración. Aquellos ojos de cerdo, recelosos
y malignos, que me habían perseguido pocos días antes bajando por la misma
escalera, brillaban ahora con expresión de humildad y temor.
—Pase usted, señor Sanjurjo, pase usted—me dijo,
quitándose el gorro y haciendo reverencias.
—Bueno va—dije para mí.
Y pasé con aire triunfal, mostrándome serio y un
tantico desdeñoso, lo cual surtió admirable efecto. La expresión de temor se
fue acentuando en el semblante del clérigo, contraído por una sonrisa forzada.
—Señor Sanjurjo, usted me perdonará si la vez
pasada no le he recibido como correspondía. Si hubiese tenido el honor de saber
que estaba delante de una persona tan respetable y decente, nunca me hubiera
atrevido…
Hice un ademán para que no siguiese adelante,
levantando los hombros y alargando la mano hacia él.
—Usted no me conocía—dije gravemente.
—Eso es, no le conocía a usted. Yo quisiera
enmendar mi falta. Basta que me lo recomiende mi amigo don Cosme para que yo le
sirva en cuanto pueda.
No se me ocultó que la recomendación de D. Cosme no
era la que le obligaba a estar tan deferente, sino el ser yo sobrino de mi tío.
Así que dije con tono protector:
—Don Cosme es una persona muy amable y simpática.
Mi tío Anselmo le quiere mucho.
—Sí, ya sé… Creo que a su señor tío debe la
posición en que se encuentra…
—¡Tanto como eso!… Pero, en fin, bueno es tener
aldabas donde agarrarse.
El clérigo, al verme sonreír, se apresuró a hacer
lo mismo, mostrando unos dientes podridos que causaban náuseas.
Comprendí que había tropezado con un hombre vulgar
y servil, y que podía sacar de él buen partido. Por lo pronto, antes de llegar
al punto concreto que allí me llevaba, dejé que la conversación siguiese por
donde había empezado, hablando de D. Cosme y de mi tío. Con maña y disimulo
supe introducir bien en su mente la idea del poderío de éste. Recordé al obispo
Tal, al prebendado Cual, al ministro de la Rota D. N., amigos antiguos suyos.
Sin decírselo, logré convencerle de que todos ellos le debían el cargo que
ocupaban. De este modo desperté su ambición, y para inflamarla más empecé a
hacerle preguntas referentes a su persona y posición. ¿Hacía muchos años que
era capellán del colegio? ¿Cuándo había venido a Sevilla? ¿En qué se empleaba
antes? ¿Estaba contento con su cargo? En seguida descubrió la oreja. D. Sabino
era un hombre despechado, lleno de hiel contra la sociedad, y sobre todo contra
el régimen actual de cosas, con el cual no medraban más que los intrigantes,
mientras los hombres de carácter independiente quedaban postergados. Después de
ser muchos años sacristán del Sagrario, había solicitado un beneficio en la
catedral con empeño, y por dos veces se lo habían birlado otros. Algunos
personajes de Sevilla, el marqués de Tal, el banquero Fulano, se habían
interesado en su favor; pero nada habían conseguido.
—Eso—dije yo gravemente—consiste en que no tenía
usted en el ministerio una persona que tomase con calor el asunto.
—Sí, señor. Eso es lo cierto.
Hubo una pausa, que prolongué adrede, para que el
capellán reflexionase sobre lo que yo deseaba. Al fin, sacando la petaca y
ofreciéndole un magnífico cigarro habano, abordé el asunto.
—Pues mi objeto al venir a verle—dije, como si no
hubiera pasado nada antes—era que usted me enterase de ciertas particularidades
referentes a una de las profesoras del colegio, la hermana San Sulpicio.
—Con mucho gusto—repuso algo avergonzado.
Afecté no advertirlo y, envolviéndome en una nube
de humo, comencé a hacerle preguntas con fingida indiferencia. D. Sabino estaba
con tantas ganas de servirme, que se pasó de amable. También daba feroces
chupetones al cigarro para disimular su turbación, que no tardó en desaparecer.
Me enteró de todo lo que quise y no quise saber. Me contó cómo había entrado la
hermana en el colegio cuando niña y cómo su madre había recomendado a la
superiora que la inclinasen suavemente a la vida religiosa. Esto era difícil.
La chica era muy traviesa. Mientras niña, no se hizo gran reparo en ello; pero
cuando se hizo mujer trataron en vano de corregirla. En esta época fue cuando
él había entrado de capellán al servicio del colegio. La madre habló con él,
manifestándole que se sentía enferma y deploraba en el alma dejar a su hija
expuesta a los peligros del mundo; que en ninguna parte sería tan feliz, como
en el convento; que la felicidad de su vida consistía en ver a la hija de su
alma tan cerca de Dios, y otras muchas cosas que le habían decidido a influir
sobre el ánimo de la joven. Esta no se mostraba muy inclinada a consentir en lo
que de ella se exigía. Se la llevó entonces a casa. Pero a los tres meses, con
gran sorpresa suya, se presentó de nuevo en el convento, solicitando entrar de
novicia. Don Sabino creía que la habían impulsado a ello desavenencias con su
madre. Pasado el año de noviciado, se la envió a Guipúzcoa, y allí estuvo
ejerciendo su ministerio dos años. Luego la trajeron a Sevilla, y desde
entonces no había ocultado su resolución de abandonar el convento tan pronto
como transcurriesen los cuatro años del primer voto. Indicome también que su
madre, una persona muy piadosa y respetable, la excitaba a renovar los votos, y
que el superior la había llamado varias veces a su celda para hacerle la misma
recomendación.
—Pero, ¿el superior del convento no es usted?
—¡Ca! No, señor. Yo no soy más que el capellán. Hay
un superior general de todos los colegios del Corazón de María, lo mismo de los
que existen en España que en los de Francia, donde se establecieron primero. Es
francés, y constantemente está viajando, pasando temporadas en cada uno para
inspeccionarlos y dirigirlos. A sus manos va a parar todo el dinero que se
recauda…
—¡Ah!—exclamé.
—Sí, señor; todo el dinero va a Francia.
Advertí que pronunció estas palabras con un poco de
despecho, por donde pude entender que estaba herido por el alejamiento de los
asuntos económicos.
—Vamos, es una empresa donde el personal no cuesta
nada—dije sonriendo.
El clérigo no contestó; pero en sus ojos brilló una
chispa de malicia, que me indicó que sólo callaba por prudencia.
—Bien—dije después de chupar tres o cuatro veces el
cigarro en silencio.—Pues lo único que le ruego, por ahora, es que no se
moleste a la hermana. Yo estoy seguro, no sólo por lo que usted me ha indicado,
sino por saberlo de sus mismas labios, que está enteramente resuelta a salir
del convento, quiera o no su madre. Para cuando llegue el caso, que será
pronto, espero que usted no pondrá obstáculos…
—Yo, señor Sanjurjo, he hecho hasta ahora lo que
creía de mi deber, aconsejándola, guiándola por el camino de la piedad y de la
devoción… Pero desde el momento en que ella no quiere renovar los votos, yo
creo que mancharía mi conciencia si contribuyese a que se la molestase poco ni
mucho… Ya ve usted, sería responsable ante Dios de formar una mala religiosa.
—Justo, justo—dije, bajando la cabeza con
aprobación, y pensando mientras tanto:—«¡Ah, gran tuno, qué poco te acordarías
de esos tiquis miquis si no fuera por el olor del beneficio!»
Despedime de él, no sin prometerle alguna otra
visita para convenir lo que habíamos de hacer en aquel asunto. Al tiempo de
salir, le dije:
—Muchas gracias, don Sabino, y cuente usted
conmigo, que tendré gusto en demostrarle mi gratitud.
Escribí otra carta a la hermana y le conté lo que
había pasado con el capellán, y volví a protestar de mi inquebrantable
adhesión. Me contestó por el mismo conducto, diciéndome que me propasaba a
hacer cosas que no me correspondían, que no tenía derecho alguno a mezclarme en
sus asuntos, y que me dejaba toda la responsabilidad de lo que pudiera suceder.
«Con esto, y con que yo le dé calabazas cuando salga del convento, está usted
aviado», terminaba diciendo. No me desanimé por ello. Al contrario, detrás de esta
salida humorística, vi claramente que aceptaba mis galanteos.
«Está bien—le repliqué;—vengan esas calabazas
cuando usted salga del convento, pero déjeme usted antes contribuir a que
salga.» En suma, casi diariamente nos escribíamos. Comprendía el trabajo que a
Gloria le costaba esto, porque todos los días venía el billete en papel
distinto, en lo blanco de otra carta, en los temas de francés de las niñas;
hasta en el dorso de un figurín me tiene escrito.
Lo que a mí no, se le ocurrió a ella: buscar la
intervención del conde del Padul. En una de las cartas me dijo que, si bien el
conde no visitaba casi nunca la casa de su madre, ésta le guardaba estimación y
cariño, y le mentaba a menudo en la conversación. «Mamá está orgullosa de su
sangre, y aunque es un calavera deshecho, creo que atendería mucho a lo que le
dijese mi tío Jenaro. Hable usted con Isabel primero, pero no le diga que ha
salido de mí la idea.»
Así lo hice a la noche siguiente en casa de las de
Anguita. Isabel se mostró muy propicia a ayudarme, y agradecida por la
confianza que le hacía. Ella se encargaba de decírselo todo a su padre y
rogarle que pusiese su influencia a mi servicio. Estaba segura de obtener buen
éxito. El conde tenía un gran corazón, no había en el mundo un hombre más
propenso a sacrificarse por los demás.
—Ya verá usted qué simpático es mi papá. Quedará
usted encantado de él. En Sevilla no hay quien no le conozca y le quiera.
Me conmovió la ternura y el entusiasmo con que la
condesita hablaba de su padre, que, según la voz pública, la estaba arruinando.
Quedamos convenidos en que aquella noche, al retirarse a casa, le enteraría del
caso, y en que al día siguiente, antes de almorzar, fuese yo a visitarle y
proponerle lo que se podía hacer. Y en efecto, al día siguiente, correctamente
vestido de levita negra abrochada, guantes, botas de charol y sombrero de copa
alta (casi del todo inusitado en Sevilla), me personé en la mansión de los
condes del Padul, situada en la calle de Trajano. La fachada no era suntuosa;
un caserón de sillería deteriorada y ennegrecida, con algunas molduras toscas;
los balcones de hierro toscamente labrados también; las armas de Padul en el
medio, cerca del techo. Por dentro era muy distinta. El patio magnífico, con
arquería de mármol primorosamente labrada: en el centro había un jardincito y
por entre el follaje veíase blanquear una fuente monumental de mármol y se
escuchaba el rumor del agua. Por una puerta de cristales columbrábase, tras
larga y oscura galería, otro patio y jardín. Subí por una escalera de mármol
igualmente, acompañado del criado que salió a abrirme. En lo alto de ella
estaba Isabel, sonriente y hermosa, que parecía un sueño. Vestía una bata
blanca con adornos azules, y sus dorados cabellos caían en gruesa trenza sobre
la espalda, con un lacito azul también en la punta. Comprendí mejor que nunca
el loco amor de mi amigo Villa. Mis ojos debieron expresar tan sincera
admiración que se ruborizó levemente.
—Papá duerme todavía—me dijo.
—Entonces, me retiro; ya volveré.
—Nada de eso; pase usted, que no tardará en
levantarse.
Me obligó a pasar a un salón lujosamente decorado
con tapices y objetos antiguos de gran valor. Lo que le hacía deslucir un tanto
eran ciertos muebles de moderna factura, que contrastaban ingratamente con
aquéllos. Sentose en un diván y yo traté de acomodarme en una butaca; pero la
condesa me señaló en el mismo diván asiento, y me coloqué a su lado.
Me dio cuenta de que aún no había hablado con su
padre, porque éste se había retirado tarde. «No importa; en cuanto se despierte
voy allá y en cuatro palabras le pongo al corriente de todo. Pierda usted
cuidado, que ha de hacer en su obsequio lo que pueda. Pidiéndoselo yo…»
A pesar de las seguridades que me daba, no dejé de
sentir cierta inquietud. Mucho más valiera que el conde estuviese prevenido ya.
En fin, la cosa no tenía remedio y me dispuse a aguardar. La condesita entabló
conversación sobre diversos asuntos indiferentes; la compañía que actuaba en el
teatro de San Fernando; el real alcázar, a cuyas recepciones familiares por las
noches solía asistir cuando la reina estaba en Sevilla; la casa de las de
Anguita, etc. Isabel hablaba con perfecta naturalidad, la sonrisa en los
labios, con entonación dulce y simpática que cautivaba. Sus frases envolvían
siempre una cortesanía tan exquisita, una posesión tan cabal de todas sus
facultades, que en ello se echaba de ver la egregia cuna en que había nacido y
el comercio en que había vivido con elevadas personas. Jamás murmuraba de
nadie. Hasta para las acciones más ridículas hallaba siempre palabras
indulgentes de disculpa; exaltaba las buenas cualidades de sus amigas; a todas
las encontraba hermosas, elegantes o discretas; los amigos eran ingeniosos,
leales, cariñosos; de Villa dijo primores. «¡Qué persona más simpática,
¿verdad? ¡Tan fino, tan servicial! Luego tiene un corazón de niño. Le encuentra
usted siempre dispuesto a hacer el bien. A mí me hacen muchísima gracia sus
bromas con Pepita… me río como una tonta…»
Indudablemente era una mujer a propósito para
fascinar a cualquiera. Su hermosura singular estaba realzada no sólo por el
brillo de su timbre nobiliario, sino por el atractivo del carácter. Sin
embargo, al cabo de media hora de plática sentía como una impresión de fatiga.
Había cierta igualdad monótona en su discurso; jamás una observación fina, ni
un rasgo ingenioso, ni una frase que removiese la alegría en el corazón. La
misma sonrisa, el eterno juego de ojos para acariciar al interlocutor, iguales
elogios de todo lo creado. Creía adivinar que en el fondo no había más que una
muchacha bastante vulgar, con un buen carácter y mucho y distinguido trato.
¡Qué diferencia de mi adorada hermana! ¡de aquella gracia espontánea, de
aquellos ojos parleros, siempre diciéndole a uno cosas distintas, de aquella
frase impensada, vibrante, donde se condensaban todo el fuego y toda la sal de
Andalucía! Sin disputa alguna, la condesita era más hermosa, pero no serían
muchos los que la cambiasen por su prima. Al menos, esto me parecía a mi.
—Aguarde usted un momento. Voy a ver si papá se ha
despertado—me dijo, saliendo de la estancia. Y al pasar por la puerta se volvió
para añadir—: Si tardo un poco, es que le estoy enterando, ¿sabe usted?
En efecto, tardó en volver, y yo comencé a sentirme
agitado y algo pesaroso de lo hecho. ¿Qué diría el conde al saber que un
quídam, con quien no había cruzado la palabra siquiera, venía a molestarle para
un asunto tan baladí e impropio de sus años y jerarquía? Entonces vi la fase
ridícula de mi proyecto, y me sentí fuertemente avergonzado. Tuve tentaciones
de escaparme de la casa; pero me pareció, al instante, necio y descortés.
Isabel se había portado muy delicadamente conmigo, y parecía interesada sinceramente
en mi empresa. Al cabo de diez minutos se presentó de nuevo sonriente, haciendo
un signo con la mano para que me acercase.
—Venga usted… Ya se lo he dicho… Por su parte, no
hay inconveniente; pero es necesario que le digamos lo que hay que hacer…
Atravesando algunos corredores y piezas, me condujo
a la que ocupaba su padre. Observé gran diversidad en el mobiliario de la casa.
Mientras el salón donde me habían recibido estaba amueblado, como ya he dicho,
con lujo, de las cámaras que íbamos pasando no podía decirse lo mismo. Sólo
contenían algunos trastos viejos; las paredes sucias; el pavimento de azulejos,
roto y deteriorado. Isabel no quiso pasar sin explicarme tal contraste. Aquella
casa había estado deshabitada largo tiempo, porque la familia vivía en
Sanlúcar. Su papá, que pasaba largas temporadas en Sevilla, vivía en la fonda.
Cuando, hacía cuatro años, se habían decidido a venirse a esta población,
amueblaron de nuevo algunas piezas, las que necesitaban. El resto de la casa lo
habían dejado tal cual estaba, en la previsión de que les viniese otra vez la
gana de irse a Sanlúcar.
Empujó una puerta y penetró en la habitación de su
padre. Luego me llamó. Era un gabinete espacioso, con balcón a la calle,
suntuosamente decorado. Había la misma variedad de muebles antiguos y modernos.
Los primeros, existentes tal vez en la casa; los segundas, recientemente
comprados. Advertíase, en la riqueza y refinamiento de los objetos usuales y en
el desorden que reinaba, que era la habitación de un hombre con instintos de
gran señor y carácter desarreglado. El escritorio era lindo y pequeñito, como los
que usan las señoras; butacas de formas diversas, forradas de telas preciosas;
una fumadora; candelabros de plata tallados en el siglo pasado; las paredes
forradas de damasco encarnado; en el balcón persiana de estilo modernísimo;
sobre una butaca un sombrero cordobés de alas anchas y rectas; en el suelo un
par de botas de montar, con las espuelas puestas aún; sobre el escritorio, en
vez de papeles, un cajón abierto de cigarros habanos y un revólver niquelado.
No se veía por ninguna parte un libro.
—Papá, aquí está el señor Sanjurjo.
—Voy allá—respondieron de la alcoba.
Y a los pocos instantes, levantando el portier de
seda encarnada con greca amarilla, se presentó el conde a medio vestir aún, con
un batín de color gris y vivos azules, y pañuelo blanco de seda cubriendo mal
la desnuda garganta. Era, a pesar de este traje casero, la misma arrogante
persona que había visto dos o tres veces en casa de Anguita. Sólo que aquella
expresión de fatiga que había advertido en su rostro se mostraba ahora más
claramente. El color de su rostro era moreno cetrino. En sus facciones había
regularidad y decisión; ojos grandes, negros y opacos; la cabellera gris,
abundante y ondeada. Era una figura enérgica e interesante. Me estrechó la mano
con franqueza y cordialidad. Yo sentí crecer la vergüenza en mi pecho, y quedé
turbado unos momentos en su presencia. No pareció advertirlo. Me obligó a
sentarme, y acto continuo me presentó el cajón de cigarros. Comenzamos a fumar,
y esto, y las miradas de aliento que me dirigía Isabel, contribuyeron a
serenarme.
El conde se mostró sumamente fino y deferente. Me
dijo que recordaba haberme visto en casa de Anguita, aunque no había tenido el
honor de cruzar la palabra conmigo. Se informó de mi patria, de mi edad y
profesión, mostrando un interés que me sedujo tanto como me sorprendió. Yo
tenía idea de que era un hombre seco y desdeñoso en su trato, como suelen ser
los calaveras famosos, tal vez por el tedio que les acomete cuando trasponen la
edad juvenil. De D. Jenaro Montalvo (que así se llamaba) había oído contar las
acciones más extravagantes y los casos más estupendos. La mayor parte de ellos
no le acreditaban como hombre culto y bien educado. Algunos hacían presumir que
sus sentimientos no eran muy delicados. Contábase en Sevilla que el conde se
embriagaba a menudo, y en las juergas que corría con sus amigotes, casi toda
gente soez, hacía cosas indignas de su nombre. Una noche había desnudado a las
mujerzuelas que le acompañaban y las había zambullido en el río; otra vez había
hecho violencia a una criada del establecimiento donde cenaba en presencia y
ayudado de sus amigos. Decíase que en cierta ocasión había disparado el
revólver sobre unos muchachos que le dirigían en son de burla el reflejo de un
espejo a los ojos; se había batido con una pistola cargada de arena y otra de
pólvora, y había matado a su contrario. Fue íntimo amigo del Naranjero, el
célebre bandido de Córdoba, y se hacía acompañar por él en sus cacerías por la
sierra. Todas estas cosas, y otras muchas que omito, habían formado en torno
suyo una leyenda, mitad caballeresca, mitad rufianesca, que le hacía muy
conocido y popular en la ciudad. Se me revolvían todas ellas en la cabeza al
hablar con él, y le contemplaba con muchísima curiosidad y mezcla de
repugnancia y admiración. Pero los modales corteses y la afabilidad extremada
de D. Jenaro borraron tales impresiones a la postre. Cualquiera se resistiría a
creer que aquella persona suave, atenta y cortés fuese el héroe de tanta
anécdota brutal y escandalosa. Por su palabra grave y reposada, por sus modales
aristocráticos sin altivez, pero donde se traslucía su linaje, por la leve
insinuante sonrisa que acompañaba a su discurso, era el perfecto tipo del
caballero a la antigua española.
—¿Conque voy a tener el gusto de llamarle pronto
pariente?
—¡Oh! señor conde—respondí todo sofocado,—el honor
sería para mí… pero no hay nada de eso.
—¿Por qué no? Mi sobrinita le quiere a usted… Usted
la quiere a ella… Se casan ustedes, y en paz.
—Para llegar ahí hay mucho camino que andar.
—Se andará—dijo Isabel.
—Bueno—manifestó el conde sonriendo y dirigiéndose
a la vez a su hija y a mí.—¿Y qué quieren ustedes que yo haga en este asunto?
En la sonrisa que contraía sus labios advertíase
benevolencia y también un poco de burla, que volvió a desconcertarme. Isabel
respondió por mí.
—Queremos que trabajes para que Gloria salga del
convento. Por confesión de ella misma, tiene deseos de salir. Hay obstáculos
que al parecer se lo impiden. Quiero que tú averigües cuáles son y que los
deshagas.
—¡Quiero! Mejor dirías ordeno y mando—dijo el conde
soltando una carcajada.—¿Qué le parece a usted de la princesita? ¿Sabe o no
sabe mandar?
Yo me contenté con sonreír.
—La tía Tula—prosiguió la joven, sin hacer caso—te
quiere mucho. Estoy segura de que hará lo que tú le aconsejes.
—¡En seguida! ¡Si no la he visto hace un siglo!
—No importa. Te haces encontradizo con ella… Para
eso es menester que te levantes un día temprano… Ya sabes que va a misa a San
Alberto… Le dices que has estado, con cualquier motivo… conmigo, por ejemplo,
en el colegio del Corazón de María, que has hablado con Gloria y que consideras
que no debe permanecer en el convento por esto y lo otro… Que no tiene vocación
de monja, y que sería cargo de conciencia tenerla allí contra su gusto. La tía,
aunque no sea más que por vergüenza, se apresurará a sacarla… De lo demás yo me
encargo.
—Todo eso está muy bien—dijo el conde después de
una pausa, mirando con cariño a su hija.—Sólo hay un punto negro.
—Ya lo sé; el madrugar, ¿verdad? Yo me encargo de
despertarte…
—¡No, no!—exclamó asustado.—Prefiero ir
directamente a casa de la prima.
—¡Qué hombre tan perezoso!
—Siento en el alma, señor conde, ocasionarle a
usted una molestia… mucho más cuando no tengo título alguno…—me apresuré a
decir.
—Usted es muy dueño, señor mío… Pero ya lo haremos
sin todos esos laberintos que pide esta chiquilla… Déjelo usted de mi cuenta,
que yo me encargo de arreglarlo todo… Vamos a ver—añadió dirigiéndose a su
hija,—este señor, seguramente, me ha de recompensar mandándome los dulces el
día de la boda… Pero tú ¿qué vas a darme por ello?
—¿Yo? Un abrazo muy apretado y un millón de besos.
¿Te conviene el precio?
—Me conviene—respondió D. Jenaro, cogiéndole la
cabeza con las dos manos y besándola con ternura sobre los cabellos.—Ahora ve a
decir que nos pongan el almuerzo… Supongo que el señor almorzará con nosotros.
Traté de excusarme, porque me parecía demasiada
confianza para el primer día; pero ante la insistencia afectuosa del padre y la
hija, hube de rendirme. Mientras nos avisaban, continuamos conversando. El
conde me pidió permiso para arreglarse en mi presencia. Hablamos de caballos y
toros. Era peritísimo en estos asuntos, y daba gusto escucharle. En cambio, en
cuanto mudé la conversación y le traje a la política, D. Jenaro no emitió más
que ideas vulgares o disparatadas. España, en su opinión, no podía gobernarse
sino a latigazos. Lo primero que hacía falta era barrer a todos los granujas
que bullen por los ministerios, y poner en su lugar personas decentes y de
arraigo. Luego, ¿para qué sirve el Congreso? Para que medren unos cuantos
ganapanes que no saben más que charlar por los codos. Fuera el Congreso y fuera
el Senado. Una persona arriba, llámese rey, presidente o Preste Juan, que tenga
firme por la rienda y arree con el látigo al que se desmande. Luego, nada de
indultos. Al que conspire, cuatro tiros y en paz. Cuando se tuvieran llenas las
cárceles, se metía a los criminales en un barco viejo, se le llevaba a alta mar
y se le daba un barreno. ¿Por qué ha de mantener la nación a los bandidos,
vamos a ver?
Yo, que estaba pasmado de aquellas atrocidades,
asentía sonriente con la cabeza. En aquel momento hubiera convenido con él en
que era menester degollar a las dos terceras partes de los españoles. Luego que
se hubo arreglado, pasamos al comedor, situado en la planta baja, con dos
puertas vidrieras al patio. Era una pieza grande, un poco destartalada, donde
había dos armarios de roble tallado antiguos, espejo grande de marco negro, una
mesa elástica de estilo moderno y sillas de rejilla. Al lado de nosotros vino a
sentarse una señora vieja, modestísimamente vestida, de semblante pálido y
rugoso, cabellos blancos y anteojos ahumados. Nos hicimos una inclinación de
cabeza, y apenas abrió la boca mientras duró la refacción. Ni el padre ni la
hija me presentaron a ella. Después supe que era una parienta lejana, llamada
Etelvina, que el conde había buscado para acompañar y autorizar a su hija,
según los casos.
El almuerzo fue sencillo. En Andalucía no se da a
la mesa la importancia que en los países del Norte. Observé que el conde comía
poco, lo cual, según me dijo, le pasaba casi siempre a la hora de almorzar,
quizá por levantarse tarde. En cambio, a la noche solía tener apetito.
—Eso es lo que yo no puedo atestiguar—dijo Isabel,
sonriendo con tristeza.
—¡Claro, como que nunca me has visto comer!—dijo el
conde, un poco contrariado por el oculto reproche.
—Poquitas veces—añadió la joven tímidamente.
—¡Phs!—murmuró D. Jenaro, levantando los hombros
con indiferencia.—Supongo, señor Sanjurjo, que usted ya se irá acostumbrando a
las exageraciones de las andaluzas.
Seguimos hablando de política. Luego volvimos a
hablar de toros. Por último, recayó la conversación sobre poesía. La exquisita
amabilidad del conde le impulsaba a ello, pues que yo le había sido presentado
como poeta.
—En España hay muy buenos poetas—dijo el prócer con
la mayor vaguedad posible.
—¡Phs!… Sí, sí, algunos.
Como este relato es una verdadera confesión,
declaro que aquel «¡Phs!», pronunciado con indiferencia desdeñosa,
quería significar que yo, como gran poeta también, no estaba obligado a
admirarme de otros grandes poetas, sino a profesarles tan sólo la estimación
debida a los compañeros. Que se me perdone esta flaqueza que confieso. Otros
las tienen y no las confiesan.
—Me han gustado siempre mucho los versos… Leo
pocos, ¿sabe usted?… Como uno tiene tantas cosas que hacer… ¿Y cuál es el poeta
que usted prefiere?
—¿Yo? Zorrilla.
—Perdone usted, señor Sanjurjo; confieso que
escribe muy bonitos versos. Algunos he leído, y aun sé de memoria, que me
encantan… Aquello de
Pobre garza enjaulada,
dentro la jaula nacida,
¿qué sabe ella si hay más vida
ni más aire en que volar?
es precioso, ¡precioso!… Pero yo no puedo sufrir a
ese señor. Creo que es quien tiene la culpa, hoy por hoy, de todo lo malo que
sucede en España.
Quedé con la boca abierta.
—¿Cómo?…
—Sí, porque si no tuviese constantemente alarmado
al país, éste disfrutaría de los beneficios de la paz. Las industrias
prosperarían con los capitales que se retraen; la agricultura, la ganadería
también…
Comprendí que el buen conde creía que el poeta
Zorrilla y el revolucionario del mismo nombre eran una misma persona. Me
apresuré a sacarle del error, tomando precauciones para que la lección no le
molestase. Pero no pareció poco ni mucho humillado, como si el ignorar tales
cosas no valiese la pena de fijar la atención. Y la plática volvió, es claro, a
rodar sobre caballos. El conde preparaba dos para las próximas carreras. De
allí, como por la mano, entramos otra vez en el terreno de los toros, y de nuevo
tuve ocasión de admirar los conocimientos del prócer y la afición. En otro
tiempo había sido uno de los más bravos aficionados, aunque nunca había querido
torear en público. «Eso no es más que una guasa, ¿sabe usted?», me decía en
tono desdeñoso. Lo que le placía, aun hoy, era tentar y derribar toretes en sus
fincas y en las de sus amigos, montar buenos caballos, cazar venados y cochinos
en el monte. Otras cosas sabía yo que le gustaban tanto o más que todo esto.
Pero ésas no me las dijo, me las ofreció a la vista. Mientras tomamos café se
bebió una botellita entera de cognac. Y hablando, hablando, también
advertí que el conde no era muy fuerte en geografía. Saliendo a cuento el viaje
de Cúchares a Cuba, si yo no entendí mal, D. Jenaro suponía que Buenos Aires
estaba muy próximo a esta isla.
Pues a pesar de esta falta de cultura, que a
cualquiera parecerá ridícula, era un hombre que se imponía. Nunca entraban
deseos de reírse de él. Había cierta energía en su acento y un desdén oculto
detrás de su refinada cortesía, que infundían respeto y hasta miedo. En su
mirada opaca, distraída, leíase bien que había pasado por muchos casos raros y
terribles, que había tratado gente de la más opuesta condición social y que no
carecía de inteligencia y sagacidad. Era un hombre habituado al dominio, no tan
sólo por su posición, sino por su valor, del que se decían cosas pasmosas en
Sevilla. Su hija le envolvía, mientras hablaba, en una mirada de admiración y
cariño que él no parecía observar. Sin embargo, la trataba con mimo: no la
llamaba más que «chiquita», y la atendía en la mesa como a una dama festejada.
De la prima Etelvina hacía poco o ningún caso. Ella parecía también que se
bastaba a si misma, comiendo y callando, dirigiendo sus ojos, ribeteados de
encarnado, al que llevase la palabra, por encima de las gafas ahumadas. La
sobrina tampoco reparaba en ella, y cuando alguna vez se veía obligada a
alargarle algún objeto, lo hacía sin mirarle a la cara. Únicamente cuando el
conde quiso hablar de nuevo de mis amores, le hizo seña para indicarle que no
convenía delante de testigos. Pero aquél, o no la vio o no quiso ceder a la
indicación, porque siguió despachándose a su gusto acerca del tema.
—Mi prima Tula es muy rara… Aquí ésta la conoce
bien…¿Verdad, Etelvina?
—Sí, la conozco bien—respondió la vieja con voz
lúgubre, que semejaba la de un aparecido.
—Como se han criado juntas, ¿verdad?
—Sí, nos hemos criado juntas—volvió a responder el
aparecido.
—¿Cuándo os habéis separado?
—Nos separamos hace treinta años.
—Y es muy rara, ¿no es cierto?
—Muy rara.
Pormenores de las rarezas de su prima no fue
posible sacárselos. Confirmaba los que el conde relataba, con un movimiento de
cabeza.
Cuando nos levantamos de la mesa, yo me apresuré a
despedirme por no molestar. Isabel aprovechó el momento para rogar a su padre
que fuese aquella noche con ella al teatro. El conde respondió, mientras
encendía un cigarro:
—No puede ser: ya sabes que no me gusta la ópera.
—Vamos, papaíto; esta noche solamente—repitió la
joven con mimo, besándole la mano que tenía cogida.
—No puede ser; me aburro y me duermo. ¿Por qué no
vas con las de Enríquez?
—Pues por eso precisamente. He ido convidada una
porción de veces, y me da vergüenza no llevarlas alguna vez.
—Manda por un palco, y llévalas.
—Bien sabes que eso no puede ser, papá. Parecería
muy feo que tú no fueses autorizándome.
—Pues, hija, lo siento… pero yo no voy.
—¡Parece mentira que me niegues este favor! Si te
lo pidiese todos los días, se comprende… ¡Pero una noche tan sólo! Bien podías
hacer el sacrificio de dejar a tus amigos…—profirió la joven con voz alterada,
pugnando por no llorar.
El conde volvió los ojos hacia ella, y le dirigió
una mirada larga y dura sin decir palabra. Isabel bajó los suyos con temor, y
por debajo de las negras pestañas asomó temblando una lágrima.
Aquella corta e insignificante escena me produjo
mal efecto. Pareciome que el conde era un padre muy tierno sólo mientras no se
tocase a sus gustos y placeres.
VIII
Con perdón de ustedes, pelo la pava.
Comenzaba el calor a dejarse sentir. Estábamos a
mediados de Junio. El sol, desde las cinco de la mañana, envolvía a la ínclita
ciudad en una caricia viva y prolongada hasta las siete de la tarde, enmedio de
un cielo puro y flamígero. La angostura y tortuosidad de las calles no nos
preservaba enteramente de sus ardores. Por aquellas estrechas ranuras entraba
su luz como una llamarada, como un latigazo de fuego que encendía el rostro y
caldeaba la cabeza. Había llegado a cogerle miedo a este gran sol feroz de
Andalucía, y salía poco de casa.
—Diga usted, Matildita, ¿hace más calor que éste en
Sevilla?
—¡Anda! ¡Pues, hijo mío, si ahora está haciendo
fresquito! ¿No ve usted qué noches más hermosas?
En efecto, el calor por la noche cedía bastante.
Pero yo, acostumbrado a la temperatura primaveral de mi país durante el estío,
lo sentía ya abrumador. Se me erizaban los pelos, y eso que los tenía bien
mojados por el sudor, ante la perspectiva de las noches que me anunciaban.
En la calle de las Sierpes, arteria principal de
Sevilla y centro de su comercio elegante, se había colocado un toldo que la
cubría toda. Gracias a él podía transitarse cómodamente por ella. Los casinos y
cervecerías, en que abunda, estaban abiertos todos, y los transeúntes
comunicaban con los de adentro libremente. Por la noche, la gente, recluida
durante el día en sus casas, salía a tomar el fresco. Después de comer me
gustaba permanecer una hora en la Británica, viendo desfilar la gente en
compañía de Villa. Cuando nos cansábamos allí, los días que no íbamos a casa de
Anguita, o hasta que llegaba la hora de ir, solíamos dar algunas vueltas por la
plaza Nueva, que, por serlo, es la única grande y regular que hay en la ciudad.
En los jardines del centro, que adornan naranjos y palmeras, se colocaban filas
de sillas, y allí pasaban algunas horas de la noche muchedumbre de familias.
—En esta época—me decía el comandante—se ven aquí
caras que no volverá usted a ver en todo el año…¡Y que las hay retrecheras!…
Otras veces nos íbamos hacia la orilla del río,
donde las noches de luna no encienden los faroles. A lo largo del paredón que
separa el paseo del muelle había muchos bultos de mujeres sentadas en el banco
de piedra con respaldo de hierro que lo guarnece. Al cruzar por delante de
ellas, como les daba la luna por la espalda, sólo percibíamos la silueta de sus
hermosas cabezas desnudas o cubiertas por blanca toquilla; pero sí veíamos
lucir, con vivo relampagueo, sus ojos negros, sus dientes blancos, marroquíes.
Y aquella fugaz visión producía en el alma un dulce desasosiego, al cual, ni
Villa con su adoración por la condesita, ni yo con mi entusiasmo por la hermana
San Sulpicio, podíamos sustraernos.
—Compadre—decía en voz alta para que lo oyesen las
interesadas,—no se puede pasar por aquí sin coraza.
Algunas carcajadas reprimidas contestaban a este
requiebro.
No era el sol el enemigo principal que yo temía en
Sevilla, ni el más molesto. Otros había que, aunque más pequeños, me daban
mucha y muy cansada guerra. Eran éstos los abanicos. A cualquiera le asombrará
que, siendo objetos tan inofensivos y aun útiles para todo el mundo, sólo
conmigo fuesen fieros y sañudos contrarios. Mas aquí debo recordar que los
abanicos generalmente son de papel, y este papel por uno de los lados suele
estar pintarrajeado con asuntos campestres, y por el otro queda en blanco. Pues
bien, lo que más me pesaba no eran los paisajes, y eso que hay en ellos
montañas de café con leche y mariposas que parten los corazones, sino
precisamente el reverso blanco, lo que parecía que no debía de dar cuidado a
nadie. Desde que en la tertulia de Anguita se supiera que era poeta, no sólo
las niñas de la casa, sino cuantas tertulianas allí acudían, se creyeron con
derecho para exigir de mí que llenase con versos aquel malhadado reverso. Y no
sólo las tertulianas, pero también sus amigas y conocidas me mandaban los
abanicos, ora por mediación, ora directamente con un billetito recomendándose a
mi galantería y poniendo por las nubes mis dotes poéticas. A lo cual contestaba
yo manifestando, en una décima o redondilla, que no había ojos como los del
dueño del abanico, y que envidiaba al aire que iba a acariciar su rostro
hechicero, y que toda la sal de Andalucía, sin exceptuar un grano, estaba
depositada en Fulanita (a quien la mayor parte de las veces no conocía), etc.,
etc. Pero tantas había repetido estos o parecidos conceptos, que para hallar
forma diversa con que exponerlos me veía y deseaba, prensaba la cabeza y me
mordía los dedos de rabia. Claro que cuantos más de estos sencillos artefactos
venían a mi poder, las torturas eran mayores y más prolongadas. Llegó al punto
que no podía ver uno en poder de alguna señorita, que se relacionase más o
menos con conocidas mías, sin sentirme acometido de congojas y sudores fríos, y
alguna vez de calambres y náuseas. Hay que confesar, sin embargo; que tal plaga
no es propia únicamente de los climas cálidos. Existe, más o menos atenuada, en
todas las regiones comprendidas entre el trópico de Cáncer y el de Capricornio.
Tardé cuatro días en recibir carta de Gloria.
¡Cuatro días mortales! Estaba desesperado. Las vueltas que di a la calle de San
José fueron incalculables. Esperé a Paca a la salida de la Fábrica, pero no
logré verla. Isabel tampoco parecía por casa de Anguita. Con Villa no quise
desahogarme, porque temía que lo echase a broma. ¡Para bromas estaba yo! Por
fin, una noche llegó Isabel a la tertulia, y en la mirada larga e intencionada
que me dirigió comprendí que algo grave tenía que decirme. Me eché a temblar, porque
el estado de inquietud en que me hallaba hacía algunos días me predisponía a
los sobresaltos.
—Tengo que hablar con usted—dijo por lo bajo,
pasando cerca de mí con semblante severo.
Debí de ponerme pálido, pensando que iba a
anunciarme una catástrofe. Si hubiera tenido el espíritu sereno, podía
comprender que las mujeres gozan interviniendo en las intrigas amorosas y
desempeñan su papel con mucha seriedad. Vi que se acercaba al piano y comenzaba
a teclear distraídamente. Agitado y convulso, me aproximé también.
—Prepárese usted a recibir una noticia
importante—dijo la condesita, sin mirarme y con acento grave y misterioso.
—¿Qué hay?—murmuré con voz desfallecida.
—Gloria está ya en su casa.
Creí que me caía. Tardé algunos segundos en
contestar.
—¿Cómo? ¿En su casa? ¿Desde cuándo?
En aquel instante, Joaquinita, ¡maldita sea su
estampa!, se llegó a nosotros con sonrisa picante.
—Pero ¿qué tapujos traen ustedes? ¿Contra quién se
conspira?
Yo no pude reprimirme un gesto de impaciencia. Pero
Isabel, con mayor aplomo, sonriendo plácidamente, respondió:
—Contra ti.
—¡Puede!—replicó la de Anguita, riendo para
disimular su recelo.
—La pura verdad.
—Sí será; porque yo nunca te he sido simpática—dijo
Joaquinita sin dejar de sonreír, pero con acento irritado.
—En efecto, lo que se llama simpática no me lo
eres.
Al decir esto sonreía con la misma dulzura. Yo
pensé que estaban hablando en broma.
—Pues, hija, no haces más que tomar lo que yo te he
cobrado por anticipado.
—También lo creo. Hace tiempo que sé que me
aborreces.
—No; aborrecerte no, pero quererte tampoco.
—Sí, aborrecerme; ¿por qué no eres franca, como yo
lo soy?
—Con franqueza te digo que no te quiero.
Se hablaban con tal sosiego y naturalidad, sonreían
de un modo tan plácido, sobre todo Isabel, que cualquiera dudaría, como yo, si
estaban bromeando. Sin embargo, al fin pude convencerme de que se lo decían muy
en serio, lo cual me sorprendió y a la vez me hizo gracia. Las dejé
departiendo, al parecer amigablemente, y fui a contárselo a Villa, quien arrimó
el ascua a su sardina, exclamando:
—¡Qué corazón tan franco el de Isabel! ¿verdad? Ni
cuando quiere ni cuando aborrece puede ocultarlo.
Antes de retirarse, tuvo ésta ocasión para
invitarme a almorzar al día siguiente, de parte de su papá. Acepté con júbilo,
porque sabía que íbamos a hablar de lo que más me interesaba. Pero antes de ir
a su casa di más de treinta vueltas aquella mañana por la calle de Argote de
Molina, donde Gloria vivía. Esta calle, una de las más originales e
interesantes de Sevilla, va desde la de Conteros a la iglesia de San Alberto.
Es estrecha y hace una porción de vueltas, con recodos bruscos que le prestan
carácter misterioso y poético. Transita por ella poca gente, y está habitada en
general por familias bien acomodadas, a juzgar por los suntuosos patios que a
derecha e izquierda se ven al través de las cancelas.
La casa de doña Tula ocupaba uno de los rincones
más solitarios. No era grande, pero estaba restaurada recientemente con
bastante lujo. Solo tenía un piso alto, con dos balcones miradores, y uno bajo,
con dos grandes ventanas enrejadas. El pavimento del portal era de mármoles
finos; la cancela, elegante con delicados trabajos en los hierros; el patio, no
grande, con primorosa arquería de jaspe, lleno de plantas y flores. Advertíase
que no faltaban el dinero y el gusto. Yo tenía bien conocida aquella casita. En
cuanto llegué a Sevilla, fue una de las primeras que visité, porque Gloria me
había dado las señas. Mas en todo el tiempo que hacía que allí estaba no había
logrado ver alma viviente ni en los balcones ni en el patio, y eso que había
pasado bastantes veces por delante.
Lo mismo acaeció esta mañana, lo cual me pesó, como
es natural, más que nunca. No vi a Gloria ni rastro de ella. Los miradores
seguían con los mismos transparentes de tela fruncida; las ventanas, con las
mismas persianas verdes; el patio, en idéntica soledad. Ni una sombra ni el más
leve ruido. ¡Qué anhelo, qué curiosidad sentía yo por ver a mi monjita con el
vestido de sociedad! Durante el almuerzo, Isabel me dio cuenta de los trabajos
de su padre en mi favor. El conde no estuvo tan expansivo y locuaz como la otra
vez. Se conocía que algo le preocupaba, tal vez una pérdida grave en el juego
de la noche anterior. Había ido de visita con su hija a casa de la prima Tula,
con pretexto de llevarle noticias de una parienta que tenía en Filipinas.
Siguiendo los impulsos de su carácter, atacó bruscamente la fortaleza,
reprobando en términos severos la estancia de Gloria en el convento. La tía
había intentado defenderse, alegando que era vocación de su hija y que su
conciencia no le permitía contrariarla; pero el conde la atajó con energía,
manifestando que para creer en esa vocación era menester demostrarla.
—Mira, chica, sácala del convento; pero no para
encerrármela en casa, como la otra vez. Que vea el mundo, que entre en
sociedad, que asista a teatros, paseos y tertulias. Si después de hacer esta
vida durante seis meses o un año persiste en meterse monja, déjala que vaya
bendita de Dios. Mientras tanto, a nadie convencerás de que no se ejerce
presión sobre ella.
—¡Uf!—exclamó Isabel, después de repetir estas
palabras de su padre.—La tía se puso de veinticinco colores. Creí que le iba a
dar un desmayo.
—Si le hablé tan duramente—dijo el conde sin
levantar la vista, con acento de mal humor,—fue porque estaba presente aquel
señor tan empachoso.
—El pobrecito no dijo una palabra. Se estuvo lo
mismito que un muerto.
—¡Tendría que ver que dijese algo!—replicó el conde
con arrogancia.
—¿Quién era ese señor?—le pregunté por lo bajo a
Isabel.
Se encogió de hombros, sonrió con malicia, y al
cabo dijo:
—…¡Un señor! ¡Un bendito señor, como dice la tía
Tula!
—¿Cómo se llama?
—Don Oscar.
—Nombre romántico.
—Pues ¿sabe usted? él no tiene nada de romántico ni
de poético—repuso, cambiando una mirada y una sonrisa significativas con su
padre.
En resumen, después de aquella memorable visita, y
a los cuatro días justos de haberse efectuado, Isabel recibió una carta de
Gloria diciéndole que estaba ya en su casa.
—¿Qué le parece a usted de nuestros trabajos? ¡No
contaría usted con el triunfo tan pronto! ¿verdad?
Mostreme en efecto asombrado de aquella rapidez, y
más agradecido aún que asombrado. La condesita me pidió en albricias que le
dedicase una de las poesías que de vez en cuando publicaba en La
Ilustración Española, a lo cual cedí con gusto. No obstante, aquellas
últimas palabras despertaron en mi mente un pensamiento cruel. Gloria estaba en
su casa hacía dos días, había escrito a su prima, y para mí no había tenido una
letra siquiera. ¿Me estaría alegrando estúpidamente de un suceso que no me iba
a reportar ventaja alguna? ¿Resultarían ciertas aquellas calabazas que
humorísticamente me había anunciado? Quedeme preocupado. Por más esfuerzos que
hacía por aparecer alegre, no lo alcanzaba, y temiendo que se advirtiese
demasiado mi distracción, despedime de los condes, repitiéndoles con efusión
las gracias. Antes de partir, Isabel pudo decirme en voz baja que procuraría
traer a Gloria a casa, y que cuando esto sucediese, me avisaría para que
pudiésemos hablarnos. Esta promesa me conmovió extremadamente. El temor, la
alegría y la esperanza se apoderaron a la vez de mí corazón. El conde, al
apretarme la mano, también me dijo con exquisita cortesía:
—No basta lo que hemos hecho. Es menester llegar
hasta el fin… Ya sabe usted cuál es… Véngase por aquí otro día, y trataremos de
organizar la batida.
Salí de aquella casa en un estado de espíritu
indecible, sin saber si me hallaba alegre o triste. Cuando pasaron dos o tres
horas, la tristeza había crecido lo bastante para quedar señora del campo. A la
caída de la tarde vino un suceso imprevisto a cambiar por completo el curso de
mis emociones. Cuando regresaba a casa para comer, hallé a Paca esperándome a
la puerta para entregarme una carta de Gloria. No quise abrirla delante del
emisario, y traté de despedirlo lo más pronto posible. Pero la buena mujer estaba
demasiado contenta con la salida de la señorita para no desahogarse un ratito.
Entre interesado e impaciente escuché todos los pormenores: cómo D.ª Tula la
había ido a buscar en coche; la grosería que con ella usaron en el convento, no
saliendo a despedirla nadie más que el capellán; lo bien que le sentaba a la
señorita el traje de sociedad; la alegría de todos al verla tan «salaíta y tan
reguapísima» y todas las palabras insignificantes que con ella cambió en la
conversación que habían mantenido. Al cabo se fue, y corrí a mi cuarto, encendí
agitadamente la bujía y abrí la carta; «Ya estoy fuera del convento—me
decía.—Si usted quiere recibir las calabazas prometidas, pase usted a las once
por delante de mi casa. Estaré a la reja, y hablaremos». Puede juzgar
cualquiera la viva alegría que aquella carta debió producirme. Todos mis sueños
se realizaban de una vez. Gloria me quería, me daba una cita, y esta cita tenía
el singular atractivo para un poeta y un hombre del Norte de ser a la reja. ¡La
reja! ¿Verdad que este nombre ejerce cierta fascinación, despierta en la
fantasía un enjambre de pensamientos dulces y vagos, como si fuese el símbolo o
el centro del amor y la poesía? ¿Quién es el que, por poca imaginación que
tenga, no ha soñado con un coloquio amoroso al pie de la reja en una noche de
luna? Estos coloquios y estas noches tienen además la incalculable ventaja de
que pueden describirse sin haberlos visto. No hay mosquito lírico de los que
zumban en las provincias meridionales o septentrionales de España que no haya
expuesto sus impresiones acerca de ellos y armado un tinglado más o menos
armonioso con «los dulces acordes de la guitarra», «el aroma de los nardos»,
«la luz de la luna esparciendo sus hebras finísimas de plata sobre la ventana»,
«el cielo salpicado de estrellas», «el azahar», «los ojos fascinadores de la
doncella», «su aliento cálido, perfumado», etc., etc. Yo mismo, en calidad de
poeta descriptivo y colorista, había barajado en más de una ocasión estos
lugares comunes de la estética andaluza, con aplauso de mis convecinos. Mas
ahora la realidad excedía y se apartaba un poco de este convencionalismo
poético. Por lo pronto, yo no reparé al entrar en la calle de Argote de Molina,
a las once, si había en el cielo luna y estrellas. Debía de haberlas, porque
son cosas naturales; pero no reparé. Lo que sí vi divinamente fue al sereno que
estaba arrimado con su chuzo y farol a una puerta no muy lejos de la de Gloria.
«¿Habrá que esperar que este tío se vaya?», me pregunté con sobresalto. Por fortuna,
a los pocos minutos de espiarle se apartó de aquel sitio y se fue calle arriba.
Además, yo iba a la cita sin guitarra ni capa, sólo con un junquillo en la mano
y vestido de sencilla e inofensiva americana. Nada de brioso corcel tampoco,
negro, tordo o alazán. Sobre las propias y míseras piernas, que por cierto me
temblaban demasiadamente al acercarme a las ventanas de la casa. En una de
ellas vi blanquear un bulto, y me aproximé hasta tocar en las rejas.
—¡Gloria!—dije muy quedo.
—Presente—respondió la voz de la joven.
Y al mismo tiempo su graciosa cabeza desnuda se
inclinó hacia la reja y vi blanquear sus menudos dientes con la misma sonrisa
hechicera y burlona que tenía yo dibujada en el alma. Vi lucir sus ojos negros
de terciopelo. Quedeme inmóvil, sobrecogido, como si estuviese delante de una
aparición sobrenatural, agarrado con entrambas manos a las rejas. No supe más
que decir:
—¿Cómo sigue usted?
Aquella forma habitual de cortesía no despertó al
parecer en ella ideas tristes, porque la vi acercarse la mano a la boca para
ocultar la risa. Después de unos instantes de silencio contestó:
—Bien, ¿y usted?
—¡Cuántos deseos tenía ya de que llegase este
momento!…—exclamé, comprendiendo que no estaba en situación, como se dice en el
teatro.—No puede usted figurarse el ansia con que lo esperaba, Gloria…
—¿Y por qué tenía usted tantos deseos?
—Porque me atormentaba en el corazón el afán de
decirle a usted que la idolatro.
—¡Noticia fresca! Pues, hijo, si en las nueve
cartas que usted me ha escrito lo ha repetido cuarenta y una veces… Lo llevo
por cuenta.
—Entonces será para decírselo la cuarenta y dos. Lo
que nos está pasando, Gloria, parece una novela. No hace siquiera tres meses
que la he conocido, y creo que he vivido tres años desde entonces. ¡Cuánto
cambio! ¡cuánta peripecia! Era usted una religiosa, y hoy la encuentro
transformada en una linda damisela.
—¿Me encuentra usted linda de verdad?
—Preciosa.
—Mil gracias. ¡Qué sería si usted me viera!
—La veo a usted… no bien; pero lo bastante para
apreciar lo favorable del cambio.
Hasta cierto punto era esto verdad. Aunque la
oscuridad que reinaba en aquel rincón no me permitía observar sus facciones,
veía la silueta de su cabeza primorosa cubierta de cabellos ondeados. Cuando la
inclinaba un poco hacia la reja, la escasa luz de la calle iluminaba su rostro,
que me pareció algo más pálido que en Marmolejo, aunque no menos gracioso.
Hubo un momento de silencio, y embarazado por él,
dije al fin:
—¿Ese cuarto es el de usted?
—Este no es cuarto, es la sala de recibo.
—¡Ah!
Y volvió el silencio. Notaba que sus ojos estaban
fijos en mí, y, la verdad sea dicha, no se me figuraba que estaban impregnados
de amor, sino más bien de curiosidad burlona.
—¡Si viera usted, Gloria, qué tristeza he pasado
estos días en que no tenía noticias suyas! Creí que me había usted olvidado.
—Yo no me olvido nunca de los buenos amigos.
Además, le había prometido una cosa, y de ningún modo querría dejar de cumplir
mi promesa.
—¿Qué cosa?
—¿No se acuerda usted? Las calabazas…
—¡Ah, sí!—exclamé riendo.
Y animado por tales palabras, me pareció que debía
dejar establecidas definitivamente mis relaciones amorosas, y dije:
—Pues bien, Gloria, no otra cosa vengo a hacer aquí
sino a que usted me desengañe si estoy engañado, o a que usted confirme mis
esperanzas de ser querido si tienen algún fundamento. Puesto que ya cuarenta y
una veces le he repetido que la adoro, como usted dice, no necesito
expresárselo de nuevo. Desde que la vi y la hablé en Marmolejo, me tiene usted
prisionero por la admiración y el cariño. En sus manos está mi suerte y espero
con zozobra mi sentencia.
Gloria tardó unos instantes en contestar. Tosió
poco, y dijo al cabo:
—Ha llegado el momento fatal. Prepárese usted, que
allá van… Señor don Ceferino, mentiría si te dijese a usted que desde los
primeros días en que hablé con usted en Marmolejo no había comprendido que me
estaba usted galanteando. Es más, yo creo que aquel beso que usted dio en el
crucifijo de la madre Florentina la primera vez que nos vimos, se lo dio usted
a mi salud…¿Se ríe usted? Bien; es que no ando descaminada. Estos galanteos me
han costado algunos disgustos; pero no le guardo a usted rencor. Antes o después
tenía que estallar el trueno, porque estaba resuelta a no quedarme en el
convento, aunque tuviese que ir a servir de criada a una casa. Después, usted
me ayudó mucho a salir con la mía, y por ello le estoy agradecida… Pero una
cosa es el agradecimiento y otra el amor. Amor no he podido hasta ahora
tenérselo a usted… Le estimo… me es simpático y no olvidaré nunca lo bueno que
ha sido conmigo; pero, soy franca, no quiero que viva más tiempo engañado. Seré
amiga sincera y cariñosa de usted… Novia, no puede ser…
Me es imposible definir el estado de mi espíritu al
oír estas palabras. Fueron pronunciadas en un tonillo irónico que podía hacer
creer que se trataba de una broma; pero los razonamientos eran tan verosímiles
y lógicos, que destruían tal suposición. No obstante, haciendo un esfuerzo
sobre mí mismo, solté la carcajada, exclamando:
—¡Vaya unas calabazas bien fabricadas! Parecen
talmente naturales.
—¿Cómo? ¿No cree usted lo que le digo?… ¡Hijo, no
está usted poco pagado de su personita!
—No es que esté pagado de mí, Gloria—repliqué,
poniéndome grave;—es que cuesta trabajo creer que haya aguardado usted tanto
tiempo para darme calabazas.
—¡Si no me las ha pedido usted hasta ahora!
—¿Pero habla usted en serio, Gloria?
—¿Por qué no? Vamos, usted se ha figurado que
porque yo he aceptado su ayuda para salir del convento quedaba comprometida a
adorarle, ¿no es cierto?
Una ola de sangre subió a mis mejillas. Los oídos
me zumbaron. Comprendí, de repente, que había estado haciendo el tonto de un
modo lamentable, que aquella muchacha se había burlado despiadadamente de mí.
La indignación y la ira contrajeron mi hígado, que soltó una verdadera avenida
de bilis, desbordándose en palabras. Estuve un rato bastante prolongado cogido
a las rejas, mirándola con ojos llameantes en silencio. Al fin, con voz ronca
de cólera, le dije:
—Lo que es usted una solemnísima coquetuela,
indigna de fijar la atención de ningún hombre formal. No me pesa del tiempo que
he perdido queriéndola, me pesa sí de haberla querido. Creí que bajo esa
aparente frivolidad se ocultaba un corazón, pero veo que no hay más que vanidad
y aturdimiento. Me alegro de saberlo de una vez, porque de una vez la arrancaré
de mi corazón y mi pensamiento, donde nunca debió usted haber estado. Quede
usted con Dios, y hasta nunca.
Al separar mis manos crispadas de los hierros,
sentí la presión de las suyas y oí una comprimida carcajada que me dejó
confuso.
—¡Eso! ¡eso! ¡Así me gusta usted, hombre! Ya iba
empalagada de tanto dulce.
—¿Qué quiere decir esto, Gloria?
—Quiere decir que no sea usted tan melosito, porque
el jarabe cansa y el incienso marea. Mire usted, ha adelantado usted más en un
momento, llenándome de improperios, que en tres meses de lisonjas. Usted dirá
que es que me gusta que me den con la badila en los nudillos. Puede ser. Pero
yo le digo que a ningún hombre le sienta mal una mijita de genio.
—¿Sí? Pues aguárdese un poco, que voy a comenzar a
insultarla a usted otra vez—dije riendo.
—¡No, no!—exclamó ella, riendo también.—Por hoy
basta.
En aquella dulce y memorable sesión, que se
prolongó hasta la una, quedó nuestro amor asentado y reconocido. Sin esfuerzo
alguno comenzamos a tutearnos y nos prometimos fidelidad hasta la muerte,
sucediese lo que sucediese. Por la calle no pasaba un alma. El sereno, desde
que me viera arrimado a la reja, no se aproximaba. Manifesté temores de que
enterase a D.ª Tula de nuestra conversación, pero Gloria me tranquilizó
afirmando que en Sevilla nadie hacía traición a dos enamorados. Los serenos
menos que ningún otro se fijaban en estos coloquios a la reja, que estaban
viendo todas las noches. En las criadas también tenía confianza. Se nos
presentaba, pues, una perspectiva de gratas conferencias, que me embriagaba de
alegría.
—Concluirán por saberlo más tarde o más
temprano—dijo.—Pero ¿qué? Trabajo les mando si intentan llevarme la contraria.
Y en sus ojos hermosos vi arder una chispa de
travesura provocativa que me convenció, en efecto, de que no sería empresa
fácil conducirla por caminos que ella no quisiera seguir.
—Ya es tarde. Mamá madruga mucho a misa y querrá
llevarme consigo. Vete.
—Un poco más, salada. Aún no es media noche.
—Sí, en la Giralda ha sonado ya la una. Adiós.
—No; han sido las doce y cuarto…
El golpe lento y grave de la campana de la Giralda
dio entonces la una y cuarto.
—¿Lo oyes? La una y cuarto. Adiós, adiós.
—¿Y te marchas así, sin darme la mano?
Me la alargó, y yo, como es lógico, traté de
besarla; pero la retiró con fuerza.
—No, eso no. Aguarda un poco, te daré el crucifijo,
como en Marmolejo—repuso riendo.
—Prefiero la mano.
—¡Hereje, vete!
—Dios está en todas partes. Pero, en fin, si
quieres darme el crucifijo, lo guardaré con cariño como un recuerdo.
—Espérate un momentito. Tengo aquí el hábito.
Se retiró un instante y volvió trayendo el
crucifijo de bronce, que me pasó al través de las rejas. Al tomarlo me apoderé
de aquella mano morena y firme y la besé cuantas veces pude con voraz
glotonería.
—¡Basta, chiquillo! ¿Crees que se va a concluir de
aquí a mañana?
Me retiré de la reja con pena, ebrio de amor y de
alegría. Tan mareado iba, que a los pocos pasos encontré al sereno y le di dos
pesetas. Después me pesó, porque no había necesidad, según lo que Gloria me
había dicho. Tampoco reparé esta vez si las estrellas centelleaban allá arriba
con suave fulgor, ni si la luz de la luna se filtraba por el laberinto de
calles oscuras, manchándolas aquí y allá con jirones de plata. Llevaba yo
dentro del alma un sol radiante que me ofuscaba y me impedía observar tales menudencias.
IX
Hago amistad con un bendito señor.
Recibí al día siguiente una carta de D. Sabino el
capellán, invitándome a que pasara por su casa. Era para decirme, con mucho
misterio, que Gloria había salido del convento. Le di las gracias por la
noticia, y, haciéndome cargo de que esperaba algo más que esto, le pregunté si
tenía intención de permanecer en el cargo que ocupaba, o si aspiraba a otro. Me
confesó su ardiente deseo de un beneficio en la catedral. Le prometí escribir a
mi tío, y en efecto, así lo hice. Por cierto que me contestó severamente, preguntándome
si no creía que eran bastantes las cien recomendaciones que todos los días
recibía, para que un sobrino viniese también a concluir con su paciencia. No le
di cuenta, por supuesto, a D. Sabino de esta carta.
El coloquio de la noche siguiente, si no tan
prolongado, no fue menos dulce para mí que el de la anterior. Gloria, más
fértil en astucias que el prudente Ulises, tenía ya un proyecto en la cabeza.
Expresándole yo con tristeza mi desconfianza de que algún día llegáramos a
unirnos, porque su madre no lo consentiría, exclamó riendo:
—¡Oh, qué pajarito eres tan madruguero! ¡Quién
piensa todavía en esas cosas!
Con disgusto cambié de conversación, temiendo haber
cometido una imprudencia; pero al cabo de un rato, ella misma volvió a sacarla
de la manera espontánea y graciosa que caracterizaba su charla.
—Mira tú, cuando nos casemos, haremos un viaje a
Francia, y pasaremos por las Provincias, ¿verdad? Tengo deseos de ver otra vez
el colegio de Vergara, donde estuve dos años… Porque nosotros nos casamos; es
cosa resuelta… Mi madre podrá tener intención de dedicarme a vestir imágenes,
pero desde ahora renuncio al empleo. Ni me siento en el polletón, ni quiero que
San Elías me apunte en su libro de memorias.
—¿Qué es eso de San Elías?
Me explicó que por Semana Santa sale un paso donde
va San Elías con una pluma en la mano y mirando a los balcones. Se dice en
Sevilla que va sacando una lista de las solteronas.
Reí de buena gana, porque me halagaba aquella
resolución, y volví sobre la idea de matrimonio y a dolerme por anticipado de
los obstáculos con que íbamos a tropezar.
—¿Sabes lo que se me ocurre en este momento?—dijo
de pronto, mirándome fijamente.—Pues se me ocurre que debías entrar en casa y
ser amigo de mamá… y de don Oscar.
—¿Quién es don Oscar?—le pregunté insidiosamente,
pues, aunque vaga, ya tenía noticia de quién era y qué representaba este
personaje en la casa.
—Don Oscar—dijo con alguna vacilación—es un señor
que administra la hacienda de mamá… Es amigo antiguo de la familia…
—¿Y vive con vosotras?
—Sí, desde hace tres o cuatro años… Como es un
señor viudo sin hijos y a mamá le sobraba mucha casa… se vino a vivir aquí…
Después me explicó que le era muy antipático, por
el afán que tenía de meter la nariz en todo y dirigirlo y mangonearlo.
—¡Las lágrimas que me hizo verter ese maldito en
los meses que estuve en casa hasta que volví al convento! Me puso un reglamento
más estrecho que el del colegio. Desde que me levantaba hasta que me iba a la
cama, no tenía un momento mío. Ahora quiso hacer lo mismo… ¡pero ya me lo he
sabido sacudir!… Bueno—añadió, haciendo un gesto con la mano, como si alejase
ideas enfadosas de la mente.—Importa mucho que tú te hagas amigo de este señor,
porque mamá no ve más que por sus ojos. Lo mejor para ello es que vengas
recomendado por algún carlista de los gordos, porque este señor es muy beato,
¿sabes?…Si te fingieras oficial de don Carlos, ¡qué gran golpe! Te recibiría,
de seguro, con los brazos abiertos… Y tú tienes tipo de militar, con esos
bigotes retorcidos y esa perilla. Además, eres buen mozo…
—Muchas gracias…
—Hombre, déjame que te diga alguna mentirilla, en
pago de las que me has ensartado desde que nos conocemos… Pues nada, te finges
oficial, pides una carta de recomendación a cualquiera y vienes a hacernos una
visita.
Por la obstinación con que sostuvo este plan y por
el modo resuelto y habilidoso con que iba descartando las dificultades que a él
se oponían, entendí que lo tenía muy meditado. Quedé convencido de que, a pesar
de lo dicho, había madrugado tanto como yo a pensar en nuestro matrimonio. El
mayor obstáculo era que yo no había estado en la guerra y no podía hablar de
las batallas y los sitios, que sólo conocía de oídas o por los datos vagos de
los periódicos.
—Mira, don Oscar tiene una porción de historias y
documentos de la guerra. Mañana te traigo dos o tres libros, los lees, y luego
vuelvo a colocarlos en su sitio. Aunque los echase de menos, ¿cómo iba a
presumir que yo se los había llevado?
—¿Y la carta de recomendación?
—Para eso entiéndete con tío Jenaro. Él es también
un poco carlista y tiene un hermano que ha sido general con don Carlos… Sabe
muchas cosas de la guerra, y podrás aprovechar algo de lo que él te diga.
El plan era arriesgado; pero Gloria me infundía
aliento, y me dispuse a llevarlo a cabo con la prudencia y astucia que me fuera
posible. No quise pedir la recomendación al conde. Comprendía que, siendo él
también carlista, le había de repugnar algo esta farsa, por más que su
amabilidad le hiciera consentir en ella. Me dirigí a Villa, a quien había oído
decir que tenía un tío en Cádiz, presidente del comité carlista. En cuanto le
manifesté mi plan, se apresuró con júbilo a secundarlo. Escribiole a su tío pidiéndole
una carta de recomendación para D. Oscar, destinada a un oficial carlista amigo
suyo, y no se hizo esperar. Provisto de ella, y después de haber convenido con
Gloria la hora y las circunstancias de la visita, me personé en su casa a eso
de las once de la mañana, preguntando por D. Oscar.
La criada que salió a abrirme me condujo, al través
del patio que yo había mirado tantas veces desde fuera, a la sala de recibo,
desde donde Gloria me hablaba. Aunque turbado y tembloroso, no pude menos de
echar a la ventana una mirada enternecida. Sobre su alféizar se sentaba mi
saladísimo dueño todas las noches. ¿Dónde se encontraría ahora? El corazón me
decía que no debía de andar muy lejos; pero, por más que miré con atención a
todos lados, desde que traspuse la cancela, no había logrado ver ni el borde de
su vestido. La estancia donde me hallaba no era grande. Tenía el sello
característico de las salas donde no se hace vida de familia y se destinan
solamente a las visitas. Los muebles, antiguos todos, se hallaban esmeradamente
cuidados y colocados en perfecto orden y simetría: las sillas forradas de seda
color oro viejo, de alto respaldo terminado con unas bellotitas de poco gusto.
El suelo tapizado de estera fina de paja. Con el sombrero en la mano y las
manos colocadas sobre los riñones, comencé a dar vueltas examinando los cuadros
que colgaban de las paredes. Lo primero que llamó mi atención fue un retrato al
óleo que representaba una mujer joven y agraciada, con lejano parecido a
Gloria. Llevaba en la cabeza la alta peineta que se gastaba a principios del
siglo, lucía hermoso pecho y tenía entre las manos una paloma. Presumí que
sería la madre de Gloria. A entrambos lados había dos cuadritos al pastel que
decían debajo: «Les petits favoris du jeune âge». El uno representaba un
niño dando de comer a algunos conejos. En el compañero se veía a otro niño
abrazado a un corderito. Frente a estos cuadros, en el lienzo opuesto, había un
reloj en forma de cuadro, igualmente representando un paisaje; por el día
señalaba las horas un pequeño disco que figuraba ingeniosamente el sol; por la
noche debía de señalarlas otro que figurase la luna. A los lados había dos
medallones bordados sobre papel con sedas de colores y en el centro la firma de
Gloria Bermúdez, y debajo una fecha bastante atrasada.
Aquella salita tenía extremado carácter, como hoy
se dice. Respirábase una atmósfera donde se mezclaba el sosiego, la
mojigatería, el bienestar físico, el misticismo, la soledad y la riqueza, que
no sabría decir si la hacía grata o desagradable. No era de esas estancias que
acusan al instante los gustos, la vida y hasta el carácter de sus dueños.
Detrás de aquel orden, de aquella limpieza y esmero, no se notaba más que
cierto apego a la tradición y una vida retraída, sin saber por qué causa. Lo
mismo podía vivir allí una familia de la Biblia que de una tragedia de
Shakspeare. Olvidábaseme decir que no sólo en el patio, sino en todo el
tránsito que había recorrido, en los rincones de la sala y hasta en el medio de
ella, se veían tiestos con flores. Luego que hube examinado todo lo que allí
había, acerqué la nariz a estas flores, claveles, alelíes, rosas, y me pasé
algunos segundos tratando de embriagarme con su perfume para calmar la
inquietud que me atormentaba. Escuché entonces algunos golpecitos como dados en
un cristal. Alcé los ojos, y vi pegado a las vidrieras de la puerta de la
alcoba el rostro sonriente de Gloria. Con la agradable sorpresa que puede
imaginarse me dirigí rápidamente allá; pero se retiró, poniendo un dedo en los
labios, y no volví a verla.
Habían transcurrido diez minutos lo menos desde que
la criada me había dejado en la sala, y D. Oscar no parecía. Aún transcurrieron
otros cuantos. Al fin la puerta, que estaba entornada, se abrió y dejó paso a
un hombre de figura por cierto originalísima. Era de estatura mucho menos que
mediana, lo cual dependía, a no dudarlo, de la cortedad de las piernas, pues el
torso era grande, robusto, casi atlético. Las facciones correctas, los ojos
saltones y negros adornados con espesas cejas. Pero lo que caracterizaba
fuertemente a aquel rostro eran unos enormes bigotes blancos que tapaban lo
menos la mitad. Podría tener sesenta y pico de años.
—Servidor de usted, caballero—me dijo con
desembarazo al entrar, clavándome sus ojazos.
La voz me dejó aún más confuso. Era un vozarrón
poderoso de bajo profundo, áspero y seco, como si las cuerdas vocales fuesen de
cáñamo. Saludele cortésmente, y venciendo la agitación que quería dominarme, le
presenté sonriendo la tarjeta del tío de Villa.
—¡Ah! De don Alfonso.
Y enterándose rápidamente de lo que decía, levantó
la cabeza, exclamando con satisfacción:
—¿Conque es usted de los netos? ¿Y ha hecho la
campaña en el Norte? Apriete usted esa mano, compañero. A nadie se la doy yo
con más satisfacción que a los soldados del rey y la religión… ¿Con qué general
ha estado usted?
—He servido a las órdenes de Ollo y Dorregaray. En
dos días me había tragado un número harto considerable de noticias referentes a
la guerra, sacadas de la biblioteca misma de aquel extraño personaje. Tenía la
cabeza mareada y corría grave peligro de equivocar los datos y decir algún
disparate. Pero, comprendiendo que en la situación en que me hallaba hacía
falta serenidad y osadía, me dispuse a responder con aplomo a todas las
preguntas.
—¡Pobre Ollo!—exclamó D. Oscar.—¡Qué lástima de
hombre! Era uno de los mejores generales que el rey tenía.
—Estaba yo a treinta pasos de él cuando cayó
muerto—dije con la mayor desvergüenza.
—¿Un casco de granada?
—Le hizo pedazos la cabeza.
—¿Qué graduación tenía usted?
—Teniente de la cuarta del primer batallón navarro.
—A la entrada del rey en Francia, le habrá a usted
hecho capitán.
—Eso es; todos ascendimos un empleo.
Invitome a sentarme con vivas instancias, y
hablamos un rato de la guerra y de nuestras esperanzas, quiero decir, de las
suyas, porque las mías se cifraban en cosas bien distintas y de las que él, por
fortuna, estaba ignorante. Creo que puedo decir, sin faltar a la modestia, que
salí no sólo bien, sino con lucimiento, del compromiso. Mi imaginación supo
llenar los vacíos que en las noticias de los libros existían, describiendo
interesantes y pintorescos pormenores, los accidentes de los combates en que me
había hallado, los sitios, las personas, reconstruyéndolo todo con los vagos
datos que tenía. Al mismo tiempo huía con cuidado de aquellos sucesos de más
bulto, que mi hombre podía tal vez conocer bien. No insistí más que en las
escaramuzas. En una de ellas, mientras esperábamos un convoy enemigo ocultos en
un bosque de robles, sentí cierto campanilleo extraño y temeroso. Eran las
espuelas de los soldados de caballería, que chocaban, por el temblor de las
piernas, con las vainas de los sables.
—¿Cómo por el temblor? Yo pensé que los valientes
voluntarios del rey no temblaban jamás.
—¡Oh! Crea usted, señor, que cuando se entra en
batalla, al que más y al que menos se le encoge un poco el corazón. Es cosa de
un momento. En cuanto se entra en la pelea, pasa.
Este dato, que yo había oído a un oficial amigo,
como era en perjuicio nuestro, imprimió gran sello de verdad a todas mis
noticias. Mientras departía con él, no dejaba de observarle. Hablaba con gran
firmeza y aplomo, no parecía tonto, y mostraba cierta superioridad que me
humillaba, aunque yo no fuese lo que estaba aparentando. Alguna que otra vez me
interrumpía extendiendo la mano; hacía una observación en términos precisos, y
cuando terminaba, volvía a extender la mano, diciendo lleno de condescendencia:
«Puede usted continuar». Cuando me dirigía alguna pregunta y yo me disponía a
contestar como Dios me sugiriese, solía atajarme exclamando; «¡Método! ¡método!
No comience usted por el fin, porque no nos entenderemos». Escuchaba después
con cortesía no exenta de severidad, dignándose aprobar con la cabeza mientras
yo llevaba la palabra. En suma, los modales y las palabras de aquel señor, lo
mismo que su rostro, parecían los de un ser superior, un poderoso gigante
confiado en su fuerza, seguro de que su destino era el de dirigir a los demás
seres que pueblan la tierra. De aquellas míseras piernas con que el cielo le
había dotado hacía caso omiso. Por ventura se forjaba la ilusión de que
correspondían perfectamente al ciclópeo torso y a su espíritu altanero. Preguntome
por algunos personajes del carlismo que él había conocido, y dio la casualidad
que siempre me había hallado algunas leguas distante de ellos. En cambio le
hablé largamente del Pretendiente, a quien conocía por las fotografías, y de su
esposa D.ª Margarita.
Por fin llegó la pregunta que esperaba.
—¿Y qué vientos le traen por aquí, señor Sanjurjo?
Como tenía bien preparada la respuesta, le expliqué
prolijamente las desgracias que me habían acaecido desde la paz. Primero, había
residido dos años en Bayona, manteniéndome con los recursos que nos
proporcionaban a los emigrados algunas personas acaudaladas del partido. Cuando
cesaron, me vi precisado a venir a España, y vivir a expensas de un hermano que
tenía en Galicia, ayudándole en la administración de sus rentas. Pero este
hermano había fallecido, y su esposa, a quien pertenecían todos los bienes, tenía
un carácter que me había hecho padecer bastante, hasta que al fin rompimos
definitivamente. Quedé sin medio alguno para vivir. Durante algún tiempo me
sostuve como pude un el pueblo; pero ya, últimamente, lo pasaba tan mal, y me
daba tal vergüenza deber algunas mensualidades en la posada, que decidí
marcharme y buscar en cualquier parte una colocación honrosa.
D. Oscar escuchó con atención mi relato. Después
comenzó a hacerme observaciones severas sobre los males que acarrea la falta de
previsión y de ahorro, dándome una verdadera lección de economía doméstica.
Para él, todas las desgracias humanas dependían de la falta de previsión y de
método en la vida. «Distribuya usted bien el tiempo, distribuya usted bien el
dinero, y todos seremos felices, y el mundo será una balsa de aceite.»
—Aquí, en Andalucía, casi, casi nos podemos creer
dentro de ella. Todo lo componen con aceite las cocineras—dije sonriendo.
No le pareció bien la bromita. Permaneció grave y
severo, y prosiguió desenvolviendo su tesis. No es que supusiera que yo había
sido un malversador… pero se autorizaba el dudar que hubiese aprovechado todo
el tiempo en cosas útiles.
—¡Oh, en cuanto a eso!…
—¿Lo ve usted?—exclamó con aire triunfal.—Pero, en
fin, usted es muy joven aún, y puede corregirse.
Quedose después algunos instantes pensativo, y al
cabo dijo, como si tomase una resolución importante:
—Voy a presentarle a la señora de la casa, una
persona de grandísimo talento y consejo. Lo hago porque es usted un oficial de
S. M., y deseo serle útil.
Agradecí el inusitado favor que me hacía. En cuanto
se levantó del asiento, le perdí el respeto que le había tenido mientras
permaneciera sentado. En esta posición, y no mirándole a las piernas, lo
infundía realmente por sus bigotes, por su corpulencia, y sobre todo por su
extraordinario vozarrón, que atronaba los oídos. Mas en cuanto ponía los pies
en el suelo, volvía a ser el enano ridículo que me había excitado la risa al
entrar. Olvidado siempre de sus piernas, o equivocado sobre su valor intrínseco,
avanzó hacia la puerta pisando muy fuerte, la abrió y gritó como un trueno:
—¡Doña Tula! ¡doña Tula!
Al instante se oyó una vocecita lejana:
—¿Qué se ofrece, don Oscar?
—Tenga usted la bondad de venir un instante—volvió
a decir el cíclope-enano.
—En seguidita.
Tornó a sentarse a mi lado, diciéndome en voz que
para ser confidencial tuvo que semejar a un sordo gruñido:
—Va usted a ver qué talento tan portentoso. La
penetración de esta buena señora asombra a todo el mundo…
Me eché a temblar, pensando que con tanta
penetración no podría menos de descubrir al instante que yo no era oficial
carlista, sino el novio gallego de su hija Gloria.
—Y a su inteligencia, verdaderamente
extraordinaria, se une una piedad ejemplar… verdaderamente ejemplar… ¡Oh, es
más entusiasta que yo todavía por los héroes de la guerra!… Luego, tiene un
tacto maravilloso para conducirse en sociedad, aunque sus costumbres austeras
no le permitan estar mucho tiempo dentro de ella… ¡Es una santa! En cuanto
usted la conozca un poco, le inspirará un profundísimo respeto. Le apetecerá
prosternarse y besar la orla de su vestido…
«Por conducto de las mejillas de su hija, no diré
que no», pensé.
—Luego, inocente, a pesar de sus años, como una
paloma… Pero ya me extraña que no venga—añadió, levantándose y avanzando otra
vez a la puerta con más fuerte y poderoso taconeo.
—¡Doña Tula! ¡doña Tula!
La voz del medio cíclope hizo retemblar la casa.
—Ahorita.
Todavía tardó algunos segundos, durante los cuales
D. Oscar permaneció inmóvil, cogido a la puerta como uno de esos enanos
decorativos que se colocan a la entrada de los panoramas para atraer a la
gente.
Llegó al fin D.ª Tula. Era una señora bajita
también, pero bien proporcionada, de tez pálida, ojos claros y facciones
regulares. Sus cabellos rubios, donde brillaban muchas hebras de plata, estaban
peinados formando un número considerable de ondas o rizos pegados a la frente
con goma. Su traje era un poco extravagante, o por lo menos impropio de una
señora de su edad, pues frisaría ya en los sesenta. Consistía en falda oscura y
pañuelo color crema de seda atado a la cintura, como lo gastan las artesanas en
mi país, y otro pequeñito de batista anudado a la garganta a guisa de corbata.
De joven habría sido una mujer muy linda, aunque sin la gracia que
caracterizaba a su hija, con quien guardaba cierto parecido, que más bien
debiera llamarse aire de familia. El conjunto no era simpático. Había en
aquella figura un nosequé de estrafalario y misterioso que chocaba y repelía.
Mas el pensamiento de que era la madre de Gloria hacíame mirarla con vivo
interés, y hasta cariño.
—Tengo el honor de presentar a usted al señor
Sanjurjo, oficial de los ejércitos de S. M. don Carlos, que ha hecho la campaña
del Norte.
—¡Oh! ¡Es usted militar carlista!—exclamó con
vocecita dulce y sonriendo.—¡Cuánto me alegro de conocerle! ¡Pobrecito!
¡pobrecito!
No dejó de sorprenderme aquella compasión tan
prematura, cuando yo no había narrado en su presencia desgracia alguna, ni
siquiera había abierto la boca.
—Señora, la alegría y el honor son míos—pronuncié
algo turbado.
—Y viene usted a hacer un viajecito por nuestro
país, ¿verdad? ¡Cuánto me alegro! ¿Le gusta a usted Sevilla?
—Muchísimo. Es una ciudad encantadora.
—Muchísimo, ¿verdad? ¡Pobrecito! ¿Y piensa usted
permanecer aquí todo el verano?
—Señora, eso depende de las circunstancias—dije
echando una mirada de inteligencia a D. Oscar, quien se dignó aprobar con la
cabeza.
—Vamos, al parecer, trae usted asuntos pendientes
con don Oscar. ¡Cuánto me alegro! No le pesará a usted nada de ello, porque
este bendito señor se pinta para arreglar cualquier negocio, por intrincado que
sea. ¿De dónde viene usted ahora, de Navarra?
—No, señora; de Galicia, donde he nacido.
—¡Ah, de Galicia! Entonces, no me asombra que esté
usted encantado con este país. ¡Qué diferencia! ¿eh?
—Sí, señora, mucha… Pero aquello también es bonito.
—¿Lo encuentra usted así? ¡Ay, pobrecito, cómo
quiere a su patria!
Y volvió los ojos hacia D. Oscar, para hacerle
participe de la compasión que sentía, no sé si por mí o por Galicia, o por
ambos a la vez.
Doña Tula, en su acento, era una andaluza más
cerrada, si cabe, que Gloria. Si ésta se comía la mitad de las letras del
abecedario, su madre se comía lo menos las dos terceras partes. Su amabilidad
era tan melosa que no despertaba agrado. Al cabo de un momento se veía que
decía las cosas maquinalmente, y que debajo de aquel aparente interés no había
más que indiferencia. En el espacio de pocos minutos me hizo un sin fin de
preguntas, muchas de ellas tan insustanciales que era dificilísimo
contestarlas. Sus ojos estaban siempre clavados en mí con expresión dolorosa de
piedad, como si le estuviese dando cuenta de los más tristes y amargos pesares.
Confieso que aquella mirada insistente y ridículamente compasiva llegó a
irritarme la bilis.
—¿Conque no ha estado usted en Sevilla hasta ahora?
¡Pobrecito! ¿Entonces no habrá usted visto la Semana Santa? ¡Ay, madre mía, no
haber visto nunca las procesiones del Jueves y Viernes Santos, no haber visto
las cofradías ni los pasos, no haber visto al divino Señor del Gran Poder ni a
la Santísima Virgen de la Esperanza!… ¡Parece mentira, vamos, parece mentira!
¡Pobrecito!
Si me hubiera dejado llevar del genio, le habría
dicho que había muchas cosas en el mundo que me gustaría ver más que aquéllas.
Pero en vez de hacerlo, le manifesté con el mayor servilismo que lo consideraba
como una gran desgracia, y que aceptaría cualquier sacrificio por verlas algún
día. Llegó mi rebajamiento hasta suplicarle me indicase cómo me arreglaría para
visitar algunas de aquellas santas y primorosas imágenes en sus santuarios.
Entonces, D.ª Tula, con el acento de una persona que va a mostrar a un
moribundo el medio de librarse de sus dolores y volver a la vida, me fue dando
noticia de las iglesias, las calles en que estaban situadas, las horas en que
podían verse y los parajes de las capillas en que las imágenes se hallaban
colocadas.
Yo escuchaba con afectada atención, pero el severo
D. Oscar comenzó a dar señales de impaciencia y concluyó por decir:
—Bueno, doña Tula; ya le irá usted dando esas
noticias poco a poco, pues de una vez todas no es fácil que las retenga.
—Verdad, don Oscar, verdad. Tiene usted mucha
razón. ¡Como soy tan polvorilla!… Lo mismo era mi difunto. Nos juntábamos un
par, que no hacía falta más que un tantito así (señalando con el dedo)
para que saltásemos por la chimenea.
—Ya se ve bien por el resultado de tal unión—dijo
el enano con mal humor.
—Es verdad… Lo dice por mi hija Gloria (dirigiéndose
a mí).
—¿Tiene usted una hija?—preguntele yo con la mayor
indiferencia.
—Sí, señor, tengo una hija, que parece amasada con
rabos de lagartijas. ¡Jesús, qué criatura! Desde que ha venido al mundo, no se
ha estado quieta un minuto en ningún sitio.
«Señora, no mienta usted. ¡Pues si está dos horas
lo menos todas las noches sentada a la ventana hablando conmigo!»
Esto me apeteció decirle, pero me lo guardé. En su
lugar pregunté, afectando cada vez más indiferencia:
—¿Hace muchos años que es usted viuda?
—¡Oh! Sí, bastantes. Mi marido tenía el pobrecito
un genio demasiado vivo para poder vivir mucho tiempo. La pobrecita de mi hija
se quedó huérfana a los siete años…
Y con fastidiosa prolijidad para cualquiera, menos
para mi a quien interesaba aquella historia, me la contó, perdiéndose en un mar
de pormenores, mientras D. Oscar, impaciente y cejijunto, tocaba el tambor con
los dos sobre el brazo del sofá.
—¡Oh! ¡Si viera usted cuántos trabajos he pasado
por todos estilos! Las travesuras de mi hija no me dejaban ni un ratito de
sosiego. Luego, Dios nuestro señor quiso probarme con unos dolores tan fuertes
de cabeza, que pensé volverme loca. Estos dolores me vinieron, sin duda, al ver
que la fortuna ganada por mi pobrecito esposo se iba deshaciendo poco a poco y
no podía hacer nada para remediarlo. Claro, a nosotras las mujeres nos engañan
con mucha facilidad. ¿Qué sabía yo de administrar ni regir unos negocios tan
complicados? Entonces fue cuando pedí auxilio a este bendito señor que usted
tiene delante. Y en seguidita que él se puso al frente, las cosas cambiaron de
golpe, y todo comenzó a ir como una seda. Él fue quien puso en claro las
cuentas, se entendió con los acreedores, hizo marchar la fábrica, que estaba en
pérdidas… En fin, ha sido la Providencia de mi hija y la mía. A este bendito
señor debemos el poder hoy comer, porque si no hubiera sido por él, Dios sabe
si estaríamos pidiendo una limosnita en las calles. ¡Si usted supiera la cabeza
que tiene este bendito señor y lo dispuesto que es para todo!…
D. Oscar extendió la mano, exclamando:
—¡Basta, doña Tula, basta!
—Déjeme usted, don Oscar, déjeme usted decir a este
caballero los motivos que tengo de agradecimiento para con usted.
—Ya ha dicho usted bastante. Ahora le ruego nos
deje solos, porque tengo que hablar con él reservadamente.
—Está bien, don Oscar, está bien.
Se despidió de mí con el acento meloso que la
caracterizaba y se apresuró a salir de la estancia, con una sumisión que me
sorprendió altamente. Verdad que el tono de Don Oscar y sus ademanes firmes y
resueltos parecía que no daban lugar a contradicción.
Luego que el bendito señor se quedó a solas
conmigo, volvió a instruirme severamente acerca de mis deberes para conmigo
mismo. Otra lección en toda regla, durante la cual me apeteció más de una vez
cerrarle la boca de una puñada. Al final me ofreció con naturalidad y modestia
ocupación en la casa, haciéndome observar que el sueldo sería corto, veinte
duros al mes, mientras la fábrica no diese más producto.
—Poco, muy poco es para la categoría que usted
tiene ya en el ejército; pero los tiempos corren malos lo mismo para ustedes
que para nosotros. Acomódese usted por ahora, que tal vez más adelante…
Di las gracias con efusión, pensando que aquel
empleo me acercaría a Gloria y me facilitaría el camino para hacerla mía. Don
Oscar, figurándose que tal calor dependía del mal estado en que me hallaba,
dirigiome una mirada de compasión, que me avergonzó. Púsome una mano sobre el
hombro (mientras estaba sentado podía hacerlo) y tornó a alentarme con mayor
protección aún al trabajo y al ahorro. Nos despedimos cordialmente. Al
trasponer la puerta volvió a llamar con recia voz a D.ª Tula, que se presentó
con la misma sonrisa dulzona, y me extendió la mano, dejándola suelta para que
yo la estrechase. Aunque mis ojos iban presurosos de un lado a otro, no logré
ver a Gloria. En cambio, al acercarme a la cancela en compañía de don Oscar
tuve un encuentro, que por poco se convierte en catástrofe y da al traste con
todos mis planes. Al tiempo de salir entraba en el portal Paca, quien, al
verme, abrió unos ojos como puños, y dilatándose después su rostro con sonrisa
placentera, exclamó:
—¡Madre mía del Rosío! ¿Uté aquí, señorito?
Pero yo le eché una mirada tan furibunda que la
pobre mujer, aterrada, cambió instantáneamente de expresión, y con la viveza y
la astucia que caracterizan a andaluzas, dijo con perfecta naturalidad:
—Uté dispense, señorito… Le había confundío con don
Celipe el inpetor del taller de pitiyo.
El cíclope enano no hizo alto en esta equivocación,
y pude salir a la calle satisfecho del éxito de mi visita.
¡Cómo reímos por la noche Gloria y yo de la famosa
entrevista y del peligroso encuentro! Mas al día siguiente tuve ocasión de
ponerme serio, cuando, al presentarme a Don Oscar, éste me entregó un papel
doblado, diciéndome:
—Ahí tiene usted la lista de sus obligaciones o de
los trabajos que ha de desempeñar en esta casa.
Lo desdoblé, y vi una especie de cuadro sinóptico
de los que se usan en las escuelas para determinar los trabajos de los niños,
lleno de claves artísticamente trazadas y de rayas admirablemente hechas con
tinta de China. Era la obra de un gran calígrafo: Mañana. De tal
hora a tal hora: Examen de cuentas. De tal hora a tal hora: Correspondencia.
Luego, media hora para almorzar, un cuarto de hora de descanso. Apenas me
quedaba tiempo para rascarme. Aquella portentosa obra de caligrafía me puso de
muy mal humor, sobre todo porque advertí que debía pasar la mayor parte del día
en las oficinas de la fábrica, situada en las afueras de la ciudad, hacia el
barrio de San Bernardo. Cuando con acento de amargura se lo dije a Gloria, ésta
se echó a reír locamente.
—¡Pobrecillo mío, ya te ha caído el cuadro sobre la
cabeza! Consuélate, hijo, que tu Gloria ha vertido muchas lágrimas sobre otros
parecidos. ¡Qué hombre más apestoso! Cuando niña, en vez de traerme confites,
se entretenía en dibujar cuadritos distribuyéndome las horas. De tal hora a tal
hora gramática castellana. Después lección de solfeo. En seguida bordado. Por
la tarde lección de dibujo… Y como mamá le apoyaba, no había más remedio que
sufrirle… ¡Maldita sea su estampa!… ¿Quieres creer que ahora ha tenido la
desvergüenza de hacer lo mismo? Verás tú. Al día siguiente de llegar del
convento, al pasar por delante de su despacho, le veo muy atareado con el
pocillo de la tinta de China a un lado y el tiralíneas en la mano… ¡Vaya,
cuadrito tenemos! dije para mí. ¡Ya verás, saleroso, lo que hago yo con tus
litografías! Por la tarde me lo entrega con mucha ceremonia. Yo lo recibo con
la misma y le doy un millón de gracias. En seguidita me voy a mi cuarto y hago
con él una pajarita preciosa… Ninguna me ha salido tan bien… El papel era
gruesecito, ¿sabes?… Tenía el piquito levantado, que apetecía comérsela… Voy
muy callandito a su alcoba y se la coloco sobre la mesa de noche. Al día
siguiente le encontré con un hocico de media vara, que aún dura, y a mamá lo
mismo… pero no me han dicho palabra.
Me dispuse a cumplimentar las tareas del cuadro
sinóptico, con la esperanza de que aquello no duraría mucho tiempo. No dije
nada a Villa ni a Matildita, ni a Isabel siquiera. Se hubieran reído de mí
grandemente. Aunque pasaba la mayor parte de las horas en La
Innovadora, gran fábrica de jabones comunes y finos perfumados (que
por cierto examiné cuidadosamente, como quien cuenta ser pronto dueño de ella),
algún tiempo me tocaba estar también en casa de Gloria, dando cuenta a D. Oscar
de mis trabajos o escribiéndole algunas cartas. En estas ocasiones veía rara
vez a mi novia, y cuando llegaba este caso, en los corredores, pasábamos el uno
al lado del otro sin aparentar conocernos. El primer día que la vi le pregunté
a D. Oscar, que iba conmigo:
—¿Quién es esta joven?
Tardó en contestar, y dijo al cabo con acento donde
se traslucía sorda hostilidad:
—La hija de doña Tula.
—¿Tiene más que ésta?
—No… Y es bastante.
Me abstuve de insistir, porque el tono del enano
era concluyente y revelaba mal humor.
Por detrás de él Gloria me solía hacer mil muecas,
poniéndome en grave peligro de perder la serenidad y echarlo todo a rodar. Dos
veces, en el espacio de ocho días, me invitaron a comer. Los manjares
predilectos de aquellos seres eran tan extravagantes como ellos. Don Oscar
cogía a puñados los berros y se los metía en la boca y los rumiaba como un
buey. Además, hacía uso inmoderado del vinagre. Hasta lo echaba en la sopa. D.ª
Tula, con empalagosa solicitud, se lo advertía.
—¡Don Oscar! ¡don Oscar!
—Déjeme usted, doña Tula. Atienda usted a su
estómago, y no se meta en el de los demás—respondía con su voz formidable el
enano, trayendo hacia si la vinagrera.
En cambio, D.ª Tula abusaba fuertemente del azúcar.
Era cosa que me causaba náuseas verla echar cucharadas colmadas en cuantos
platos se la presentaban. D. Oscar comía rajas de naranja con aceite y vinagre.
D.ª Tula espolvoreaba de azúcar los pimientos.
Así se pasaron diez o doce días. La exactitud de
don Oscar me abrumaba. Estuve por mandarlo al diablo más de veinte veces.
Cuando me encargaba de cualquier comisión, sacaba del bolsillo su enorme
cronómetro.
—Tiene usted que llevar estas letras a la
presentación. Después debe usted pasar por casa de Ricardo y ver si le quiere
dar algún dinero, a cuenta de las cincuenta cajas que se llevó el mes pasado.
Son las diez y treinta y cinco. Para ir al despacho de Arias, en la calle de
San Pablo, le bastan a usted ocho minutos; cinco más para presentar las letras,
son trece; echemos diez para ir a la Campana, a casa de Ricardo, son
veintitrés; ocho para tratar con él la cuestión de los cuartos, son treinta y
uno, y seis para venir de la Campana hasta aquí… echemos nueve… son cuarenta… A
las once y cuarto, o a todo más a las once y veinte, puede usted muy bien estar
de vuelta.
No había más remedio que caminar por Sevilla con la
lengua fuera, si no quería incurrir en el desagrado de aquel enano autoritario,
que lo expresaba en frases corteses, sí, pero firmes y severas. Invariable,
infaliblemente, D. Oscar iba a misa de ocho a San Alberto con doña Tula todos
los días. Gloria les acompañaba unas veces sí y otras no. Cuando lo hacía, se
iba lo menos veinte a treinta pasos delante. El bendito señor no asistía a
ningún café, ni iba jamás al teatro, ni salía a paseo. Sus horas de recreo, que
tenía tan bien clasificadas como las de trabajo, las invertía en jugar a
las damas con D.ª Tula. Ésta pasaba la vida limpiando la casa
o en brega con las flores, por las cuales profesaba idolatría. Cuando la
tropezaba en los pasillos, rara vez dejaba de llevar en brazos alguna maceta
que iba a colocar al sol o a la sombra, según conviniese.
—Agur, querido; voy a llevar este geranio a atrás,
porque el pobrecito se me está requemando aquí en el patio. ¿No ha visto usted
este rosalito? Mire qué botoncito más lindo y más rico tiene ya, y eso que no
hace siquiera un mes que lo he plantado… Voy a aprovechar el rayo de sol que
cae ahora en la ventana de la sala para que se alegre un poquito…
Y en busca de los rayos de sol o de las rayas de
sombra, la pobre señora no paraba un instante, llevando y trayendo las macetas.
En la tarea de regarlas por la mañana y por la tarde, no sólo se ocupaba ella,
sino que empleaba también a las criadas. Era uno de los quehaceres mayores de
la casa. D. Oscar no estaba de acuerdo con esta manía, pero la toleraba
bondadosamente como una debilidad femenina. Algunas veces le decía sonriendo
con superioridad:
—Vamos a ver, doña Tula, ¿quiere usted decirme qué
utilidad reportan las flores?
La señora quedaba desconcertada.
—¡Las flores son muy bonitas, don Oscar!—exclamaba
llena de despecho.
—Bonitas, convengo en ello… pero no son útiles.
Otro de los quehaceres que más tiempo la exigía era
el tocado; caso raro, porque exceptuando a misa, jamás salía de casa, y en casa
apenas se recibía visita alguna. Aquella serie de rizos tan iguales, tan
primorosos, pegados a la frente con esmero, no tenían más ojos que los viesen,
salvo los de las cuatro viejas que se reunían a oír misa en San Alberto, que
los de su hija, D. Oscar y las criadas. D.ª Tula conservaba vivo el sentimiento
de la belleza, que reside sin excepción apenas en todas las andaluzas. Cuando
me tropezaba y no iba muy ocupada, solía detenerme y charlar conmigo,
mostrándome siempre la misma compasión. ¡Las veces que me habrá llamado
pobrecito aquella buena señora!
¿Qué clase de relaciones eran las que existían
entre ella y D. Oscar? Si fuera a dar crédito a las insinuaciones y reticencias
que había oído, el bendito señor era su amante. Mas, aparte de que la edad de
ambos no lo hacía probable, en los días que frecuenté la casa no pude observar
nada que lo confirmase. Se trataban siempre con igual ceremonia, D. Oscar con
cierta superioridad intelectual, D.ª Tula con humildad afectuosa. Ni una mirada
donde se pudiera traslucir un sentimiento más íntimo, ningún dato que los
acusara. D.ª Tula tenía sus habitaciones en el piso bajo; el bendito señor, en
el alto. Esto no obstante, yo no juraría que lo que se decía careciese en
absoluto de fundamento.
La vida que llevaba en aquellos días era por demás
asendereada y trabajosa, y lo que es peor, no veía la utilidad de ella, como D.
Oscar la de las flores. Mi entrada en la casa, aunque otra cosa pensase Gloria,
no había facilitado la solución del problema que ambos tratábamos de resolver.
Por el contrario, me parecía que cuando se descubriese el engaño quedaría en
peor estado. Además, ni un minuto más de plática con mi novia me había
concedido tal entrada. Cuando le hice presente a aquélla mis quejas y le expuse
amargamente los abrumadores trabajos que D. Oscar me imponía, exclamó riendo:
—¿Te habías figurado, hijo, que el conquistar esta
plaza no había de costar ninguna pena? Si fuese en otro tiempo, estarías a
estas horas en un calabozo de la Inquisición por haberte atrevido a galantear a
una monja.
Vi en la obscuridad brillar sus ojos negros,
gozosos y blanquear las filas de sus dientes moriscos, y se huyó de repente mi
tristeza. Sin embargo, dije exhalando un suspiro:
—¡Oh! Si esto dura mucho tiempo, me voy a quedar
como una flauta… Mira, las sortijas se me salen del dedo.
—Mejor, cuanto más delgadito menos galleguito. Ya
verás, chiquillo, ya verás lo que voy a quererte después que hayas pasado esta
crujía. Conviene que mamá te tome algún cariño y don Oscar te estime. ¡Uf! Ya
habla de ti como si hubiera tropezado con un tesoro escondido. Cuando llegue el
momento damos el golpe… Te presentas un día con aquella levita tan larga que
tienes… Mira, te ruego por Jesucristo vivo que no te me presentes delante con
ella. Pareces el hermano mayor de la Paz y Caridad… Pero ese día sí, ¿sabes?…
Es para que don Oscar te tome algún miedo… Pides mi blanca… digo, mi negra
mano. A don Oscar se le erizan los bigotes y muge. Mamá llora y dice:
«¡Pobrecita hija! Si se la ha de llevar un hombre, más vale que sea este señor
de la levita larga, que ya entiende de jabones». Ya veras qué bien se arregla
todo.
No participaba yo, como he dicho, de su optimismo.
El cuadro sinóptico del bendito señor me traía loco. La curiosidad de Matildita
estaba fuertemente excitada al verme salir temprano de casa y no volver hasta
la noche, pues la mayor parte de los días almorzaba de prisa y corriendo en un
café. En la tertulia de Anguita ya empezaban a correr bromas sobre mis
desapariciones misteriosas. Excusado es decir que la que más preocupada andaba
con ellas era Joaquinita. Isabel también se me quejó de que no iba por su casa
ni le daba cuenta de la marcha de mis amores. Dijo que había estado un día a
visitar a su prima, y que por ella sabía que hablábamos a la reja. «¡Parece
mentira que sea usted más reservado!» Estuve tentado a soltar en su pecho el
fardo que tanto me pesaba, pero un instinto de prudencia me retuvo. Quién sabe
si me tomaría por un mentecato, viéndome en aquella ridícula situación. Por
fortuna o por desgracia, vino un suceso inesperado a sacarme muy pronto de
ella. Un día, al entrar en el despacho de D. Oscar, me encontré repantigado en
una butaca al malagueño que había conocido en Marmolejo, a Daniel Suárez, mi
presunto rival en el amor de Gloria. Quedé sin gota de sangre en el rostro.
Toda debió fluir al corazón. Apenas tuve fuerzas para hacer una mueca que quiso
y no pudo parecer sonrisa.
—¡Hola! ¿Usted por aquí?—dijo al verme,
levantándose a medias del asiento y extendiéndome la mano.—No contaba verle tan
pronto, amigo. ¿Cómo lo ha pasado usted?
—¿Se conocen ustedes, a lo que veo?—preguntó don
Oscar con su voz recia y profunda.
—Hemos sido compañeros de cuarto en Marmolejo hace
unos tres meses, poco más o menos… cuando Gloria estaba allí tomando las aguas,
¿sabusté?
Era el mismo hombre cínico y displicente. Sus
ojillos negros y aviesos bailaban, sonrientes, de mí a D. Oscar, reluciendo de
malicia. Si fuera posible quedar más desconcertado y confuso de lo que estaba,
quedaría, seguramente, con estas palabras. Sentí la mirada de don Oscar en la
mejilla, como una bofetada que me la enrojeció; pero no volví los ojos hacia
él.
—¿Viene usted de Málaga?—pregunté, por preguntar
algo.
—Sí, señor, vengo de Málaga… Me trae aquí un
asuntillo, ¿sabusté?… un asuntillo—dijo, dando un chupetón y soltando el
consabido chorrito de saliva. Al mismo tiempo me clavaba una mirada risueña,
donde quise leer cierta burla despreciativa.—¿Usté también habrá venido a sus
negocios?
—Sí, señor, aquí me ha traído un asunto que, por
fortuna, ya tengo casi arreglado—respondí con tonillo impertinente, contestando
a su mirada burlona con otra de desafío.
El amor propio herido hizo despertar la cólera en
mi pecho. Y sin entrar en más contestaciones y sin volverme hacia D. Oscar,
cuyos ojos sentía siempre posados sobre mí, dije:
—Vaya, señores, ustedes tendrán que hablar… Hasta
la vista.
—Vaya usted con Dios, amigo… Y que el asunto se
arregle del todo—me respondió Suárez.
Don Oscar no dijo una palabra. Pero al salir
arrogante y altanero del despacho, resuelto a cualquier violencia si se me
provocaba a ella, todavía sentí su mirada luciente y acerada en el cogote.
X
Tropiezo con un grave escollo
Cuando se hubieron pasado los primeros momentos de
sorpresa y de cólera y, ya en la calle, pude reflexionar, caí en un profundo
abatimiento. Creí que todo había venido al suelo, todo lo que constituía mi
felicidad. La intención del malagueño no podía ocultárseme. Lo que seguiría
después de doña Tula y el bendito señor se enterasen de mi intriga podía
sospecharlo. Maldije la hora en que había conocido a aquel antipático sujeto, y
le deseé de todas veras la muerte. Hecho lo cual, me dije con heroica decisión que
yo no renunciaría por él ni por todos los malagueños diseminados por el globo
al amor de Gloria y que nos veríamos las caras.
Sin embargo, el horizonte se presentaba muy oscuro,
había que reconocerlo. Era menester comenzar de nuevo y urdir otras intrigas.
Se urdirían. ¡Vaya si se urdirían! Pero ¿cómo empezar, si cortaban toda clase
de relaciones entre Gloria y yo y se la llevaban a otro sitio, a un convento
quizá? Pues la seguiría adondequiera que fuese y armaría un tejido tal de
invenciones, que concluyesen por marearlos y hacerles ceder. Ceder, ¡ay! Si no
estuviesen los cien mil pesos de Gloria por el medio, ya lo creo que cederían.
«Pues yo no renuncio tampoco a ellos, aunque me hagan tajadas—dije con energía,
entre dientes—. Podría renunciar si no se tratase más que de mí, y aun, si se
quiere, de ella, pero hay que tener presente que mañana tendremos hijos, y que
yo no puedo, en conciencia, despojarlos de lo que es suyo.» Pensando en estos
hijos nonatos, despojados sin culpa del haber materno, me enternecí. Pasé aquel
día en un estado de fuerte excitación, ideando mil monstruosidades y
majaderías. Por la noche, al llegar las once, a sabiendas de que Gloria no
podía estar en la reja, las piernas me llevaron a la calle de Argote de Molina.
Calcúlese mi sorpresa y alegría cuando al pasar por delante de la casa vi la
ventana abierta y percibí, como todas las noches, blanquear la figura indecisa
de mi adorado sueño. Acerqueme con precaución, temiendo una emboscada; pero en
seguida me convencí, al escuchar su voz, de que eran infundados mis temores. Me
saludó muy enfadada, llamándome chinchoso, feo, ente, fatuo…, ¡gallego! Este
era siempre el último insulto y el que, en su opinión, resumía y compendiaba
todos los demás. La razón de aquella granizada de denuestos: que hacía diez
minutos largos que eran sonadas las once y que esperaba. Quedé estupefacto.
—Pero, chica, ¿no sabes?
—¿Qué?…
Quise contarle el encuentro que había tenido por la
mañana.
—Toíto lo sé; no me cuentes… ¿Y qué hay con eso?
—Pensé que tu mamá y don Oscar, al saber el engaño,
te regañarían…
—¿Regañar?… Me armaron una escandalera atroz… Por
supuesto, yo te negué con más desvergüenza que San Pedro a su Maestro… ¡Qué
quieres, hijo…, las circunstancias!… Me preguntaron si te conocía… «En mi vida
le he visto», contesté. «Pues ha estado en Marmolejo cuando tú.» «Pues no he
reparado en él.» No es fácil que se hayan tragado la bola, porque es muy gorda;
pero Daniel no debió de decirles nada. Se ha portado mejor de lo que podía
esperarse.
—Si no lo ha dicho, lo dirá—manifesté con mal
humor, producido por oírle llamar al malagueño por su nombre de pila, lo cual
me parecía ya una infidelidad.
—¡Pues que lo diga! Si me aburren mucho, me planto
como los borriquillos gallegos… (¡perdona, chico!) y digo: Señoras y
caballeros, hasta aquí he llegado…
Me enteré de la edad que tenía, diecinueve años
cumplidos, y propúseme consultar a algún abogado para saber si podría casarme
contra la voluntad de su madre. Le dije también que, aunque Suárez hubiera sido
discreto, tenía el convencimiento firme de que tramaba algo contra nosotros y
que pronto se había de ver el resultado. Convino conmigo en que era imposible
que volviese a presentarme en su casa. Aunque ignorasen los pormenores, lo
mismo don Oscar que su madre estaban seguros de que yo no era tal oficial carlista
y que venía en seguimiento de ella desde Marmolejo. Cuando le expresé mi temor
de que cortasen aquellos coloquios a la reja, me respondió con resolución:
—Si me quitan la reja, ya buscaremos otro medio.
El ánimo de Gloria y la confianza que mostraba en
los recursos de su imaginación me la infundían a mí también y me
tranquilizaban. Al día siguiente, no conociendo a más jurista en Sevilla que a
Olóriz, que estaba en el último año de la carrera, le consulté sobre los
requisitos del matrimonio. Aunque se atusó gravemente la preciosa barba y metió
dos o tres veces los dedos por la rizada selva de sus cabellos, masticando
algunas generalidades, comprendí que sabía tanto como yo sobre el particular.
Fui con él a su cuarto y examinamos los libros donde se declaraban. Allí vi que
mi adorada pronto estaría en edad de casarse con quien quisiera. Por la noche
comuniqué a ésta la noticia; pero, en vez de recibirla con alegría, se me puso
muy enojada.
—¿Qué? ¿Un año todavía? ¿Y me lo cuentas con esa
tranquilidad?… Ceferino, mira que te lo digo yo, ¡tú no tienes corazón!
—¡Oh Gloria!—respondí, todo sofocado, llevándome la
mano al pecho—. No me digas eso. Aquí lo siento latir sólo por ti. Si dejases
de amarme algún día, tengo la seguridad…
—Pero, hombre, repara que te estás llevando la mano
al lado derecho, y ahí no puede estar el corazón.
Después dijo proféticamente, con una resolución que
me inundó de alegría:
—¿A cuántos estamos hoy? A cuatro de agosto,
¿verdad?… Bien; pues el día primero de octubre será nuestra boda.
Sin estorbo alguno, con igual seguridad y placidez
que antes, proseguimos nuestros coloquios nocturnos a la reja. Yo estaba
algunas veces inquieto, sin embargo, imaginando que la hora menos pensada una
delación del malagueño podría concluir con ellos. Su mismo silencio me daba
miedo, haciéndome pensar en terribles asechanzas. Pero Gloria no sentía
preocupación alguna. Cuando le interrogaba acerca de Suárez, me respondía que
frecuentaba, en efecto, la casa, porque traía negocios mercantiles con don
Oscar, que le hablaba alguna que otra vez; mas nunca, en su conversación, había
hecho alusión a nuestras relaciones, ni tampoco se había propasado a
galantearla más que en los términos vagos que en Andalucía carecen por entero
de significación. Poco a poco me iba serenando. Allá, en el fondo, estaba quizá
contento por haber sacudido de los hombros el tremendo cuadro sinóptico de don
Oscar.
Las noches eran calurosas, asfixiantes. Cuando no
iba a casa de Anguita, después que dejaba al amigo Villa, me agradaba dar
vueltas por la ciudad en espera de las once, a pasos cortos y lentos,
arrastrando los pies. Pasear a aquellas horas por las calles de Sevilla era lo
mismo que visitar lo interior de las casas. Las familias y los tertulios se
hallaban reunidos en los patios, y los patios se veían admirablemente desde la
calle, al través de las cancelas. Veía a las jóvenes, con trajes claros,
columpiándose en las mecedoras, los negros cabellos en trenza, adornados con
alguna flor de vivos colores, mientras sus galanes, montados sin etiqueta en
las sillas, departían con ellas en voz baja o les daban aire con el abanico. En
algunos patios se tocaba la guitarra y se cantaban alegres malagueñas o
peteneras, de notas prolongadas, melancólicas, coreadas por los «¡olés!» y el
palmoteo del concurso. En otros, una o dos parejas de niñas bailaban
seguidillas. Los palillos sonaban con gozoso chasquido; las siluetas de las
bailaoras pasaban y repasaban por delante de la cancela, en actitudes ora
arrogantes, ora lánguidas y desmayadas, siempre provocativas, llenas de
promesas voluptuosas. Estos eran los patios que podían llamarse tradicionales.
Los había también modernos o modernizados, donde sonaban en el piano los valses
de moda o los trozos más notables de las zarzuelas estrenadas en Madrid
recientemente, cuando no se cantaba el Vorrei morir, o La
stella confidente, u otra de las piezas que los italianos componen para
recreo de las familias sensibles de la clase media. Habíalos, por último, de
carácter misterioso, donde la luz andaba sobradamente regateada, silenciosos,
tristes, en la apariencia. Fijándose un poco, solía percibirse, a la media luz
que reinaba entre el follaje de las plantas, alguna pareja amartelada. Y si el
transeúnte detuviese el paso, quizá llegara a su oído el leve, blando, rumor de
un beso, aunque no lo doy por seguro.
De todos modos, aquellos fuertes toques de luz que
salían de los patios, aquel soplo rumoroso que pasaba a través de la enrejada
puerta, animaban la calle y esparcían por la ciudad ambiente de cordialidad y
de alegría. Era la vida meridional, franca, bulliciosa, expansiva, que no teme
la mirada curiosa del paseante, antes la solicita y se huelga con ella, donde
aún late vivo, después de tantos siglos, el sentimiento de la hospitalidad, la
religión de los árabes. Sevilla ofrecía a tal hora un aspecto mágico, un
encanto que turbaba el ánimo y convidaba a soñar. Creíase estar dentro de una
ciudad calada, transparente, de un inmenso cosmorama de aquellos que, cuando
niños, inquietan nuestra fantasía y despiertan en el corazón ansias invencibles
de lanzarse a otras regiones misteriosas y poéticas. Aspirábanse aromas
embriagadores. Ni un leve soplo de brisa refrescaba la frente. Mis pasos eran
cada vez más cortos y más tardos, recorriendo, mareando, el confuso laberinto
de las calles, animadas con vivas ráfagas de luz, regaladas de músicas y
vibrantes de gritos y carcajadas femeninas.
Llegaban las once, y entonces mis pies se movían
presurosos por la revuelta calle de Argote de Molina, hasta alcanzar la casa de
Gloria. El misterio daba a nuestras entrevistas un encanto infinito. Con la
frente apoyada en las rejas de la ventana, sintiendo el hálito blanco de mi
amada y el roce de sus cabellos perfumados, dejaba transcurrir las horas, que
tal vez serán las más felices de mi existencia. Gloria hablaba, hablaba sin
cesar. Yo, ofuscado por la luz de sus ojos, que, como dos acumuladores eléctricos,
iban lenta y suavemente magnetizándome, la escuchaba sin pestañear, acariciado
por aquel acento andaluz, dulce y salado a la vez, cuyo recuerdo hace suspirar
a más de un inglés en las brumas de la Gran Bretaña. ¿De qué hablaba? Apenas lo
sé: de los sucesos insignificantes del día, de las nonadas de la vida; algunas
veces, de lo por venir, imaginando mil proyectos contradictorios que me hacían
reír; algunas también, de sus recuerdos de convento. Gozaba extremadamente
oyéndole contar las travesuras de su época de colegiala, los mil incidentes,
tristes o cómicos, que le habían pasado en el colegio.
De niña era un diablejo irresistible, lo reconocía
ingenuamente. Apenas se pasaba día sin que dejase de proporcionar algún
disgusto a las hermanas. La vida triste y monótona del colegio no era para
ella. Se levantaban muy temprano y hacían media hora de oración en la sala de
clases. Luego oían misa. A la salida se hablaban, preguntándose por la salud
únicamente. A la hora de recreo, o récréation, como allí se decía,
también se hablaban. Fuera de estas horas estaba prohibido comunicarse. Pero
ella nunca había cumplido esta orden, ni mientras colegiala, ni cuando hermana.
«No podía, hijo, no podía. Se me agolpaban las palabras a la lengua, y, o
salían, o estallaban.» En cierta ocasión, por haberse burlado de la hermana San
Onofre, la habían encerrado en la buhardilla. Desde allí se veía un cuartel, y,
oyendo gritar al centinela: «¡Centinela, alerta!», contestó a grito pelado:
«¡Alerta está!» Esto produjo un verdadero escándalo en el colegio, y le acarreó
un castigo ejemplar. Pero se burlaba de los castigos lo mismo que de las
hermanas. Muchas veces le imponían por penitencia entrar en todas las clases,
hincarse de rodillas en medio de ellas y hacer algunas cruces en el suelo con
la lengua. No le importaba. Al contrario, lo que hacía era excitar la risa de
las otras niñas con sus muecas. Quise saber algo de la madre Florentina. Lo que
me había dicho la monja francesa había despertado mi curiosidad.
—¡Ah! La madre Florentina era muy buena. Nos
llamaba siempre filletas y nos dejaba hacer cuanto queríamos,
menos cuando tocaban a trabajar. ¡Oh! Entonces no había más remedio que apretar
durito. No consentía en nuestros cuartos ni un tantico así de polvo. Nos tenía
barriendo hasta que quedaban como un espejo. ¿No sabes que ella también pagó
caro el bailoteo de Marmolejo? Se la depuso y se la obligó a pedir perdón de
rodillas a la comunidad. ¡Pobre madre! Por culpa nuestra…, quiero decir, por
culpa tuya.
—He sabido que no era ya superiora por la monja que
salió a abrirme en el colegio; una monja guapa, por cierto, con ojos muy
severos y acento extranjero.
—¡Ah, sí! La hermana Desirée.
—Mal genio debe de tener.
—¡Condenadísimo! No somos amigas. Cuando era
educanda no me dejaba vivir. Hasta que un día vino el trueno gordo, ¿sabes?,
quiero decir, hasta que le rompí la cabeza. Desde entonces quedó como un
guante.
—¡Romperle la cabeza!—exclamé, sorprendido.
Me lo explicó con lujo de pormenores. Un día, a la
comida, advirtió que su cuchara tenía cardenillo, y lo dijo en voz alta. La
hermana Desirée, que tenía la intención de un veragua, tomó la cuchara, la
limpió y se fue a la superiora con el cuento de que no quería comer con ella
por capricho. La superiora, entonces, le había mandado lamerla delante de la
comunidad y de las otras niñas. Lo hizo por no dar mal ejemplo; pero en seguida
se levantó y se fue a encerrar en su celda. La hermana Desirée la siguió y quiso
traerla de nuevo a la mesa, a viva fuerza. Comenzó a reprenderla ásperamete,
diciéndole mil insultos, y hasta trató de golpearla. Entonces, al sentir la
mano de la profesora en la mejilla, había perdido la razón, cogió un taburete y
se lo zampó sobre la cabeza. «¡Qué susto, chiquillo, al verla con la cara llena
de sangre!» Se precipitó a socorrerla, limpiándola con el pañuelo, lavándole la
herida, y, llorando como una Magdalena, se arrojó a sus pies, pidiéndole
perdón. Luego, cuando quisieron que hiciese lo mismo delante de la comunidad,
se negó a ello. La misma hermana Desirée intervino para que no se la violentase
ni castigase. Desde este suceso parece que la miraba con mejores ojos o, al
menos, no la reprendía tanto como antes. Gloria había advertido que alguna que
otra vez, muy rara, la hermana se enternecía. Cuando pensaba que nadie la
miraba, quedábase largo rato con los ojos en el vacío, pasaba por ellos una
ráfaga de ternura y concluían por arrasársele. Entonces se ponía guapa de
veras. Apetecía ir a besarla. Mas si se advertía que la estaban mirando, volvía
a poner aquellos ojazos crueles que a todas nos asustaban. Más tarde se había
enterado de que se había hecho monja por unos amores desgraciados.
Además de esta, pintábame con gracia el tipo de
otras hermanas que había tenido por profesoras. Había una, francesa también,
llamada la hermana Saint-Etienne, a quien remedaba con singular donaire: «Oh,
silence, enfant! Oh malheureux enfant, je vous mettrai en cachot!» Era
delicioso oírle pronunciar el francés. «Tenía razón la pobrecita—concluía
riendo—, porque yo era un bicharraquillo muy malo.»
En aquellas noches me enteró también de los
pormenores de su profesión. Estaba tan aburrida en casa, que resolvió volverse
al convento. No quería, sin embargo, profesar. Pero su estancia allí, de otra
suerte, se haría imposible. Al fin, obligada por la necesidad y bajo la presión
continua y persistente de cuantos la rodeaban, se decidió a hacerlo. Era el día
9 de mayo. Su madre y algunas tías y primas que tenía en Sevilla habían ido al
convento para asistir a la toma de hábito.
Después que había oído una plática del confesor en
la capilla y habían terminado todas las ceremonias, una hermana la llevó a su
celda y la dejó sola para que se vistiera el hábito y se pusiera la cofia. El
hábito se lo había metido sin vacilar; pero al llegar a la cofia le había
entrado una repugnancia tan grande, que por tres veces la arrojó al suelo
diciendo: «¡Yo no me pongo este gorro!» Y otras tres la había recogido. Por
fin, se la puso. Llegó otra vez la hermana y le pidió un espejo. En el colegio
no lo había; pero dijo que iba a llevarla a la sacristía, donde lo encontraría
y podría verse bien. No quiso ir. Estaba de un humor de todos los diablos. Al
pasar por delante de una puerta vidriera que tenía cortinillas encarnadas había
podido ver su imagen reflejada.
—¿Y sabes que no me pareció que estaba feílla con
la cofia?
—Al contrario—repuse yo—: te sentaba
admirablemente, estabas guapísima.
—¡Chitón! Déjame concluir. Después que me vi en la
vidriera me animé un poquirritillo. Fui otra vez a la capilla y allí me
abrazaron todas mis amigas. ¡Ay hijo, entonces comencé a soltar lágrimas a
chorro! ¡Me dio una perrera, que pensé liquidarme!
Pero, como era una chiquilla, pasó al instante de
la tristeza a la alegría. La comunidad celebró su toma de hábito con un
refresco espléndido y una comedia en que trabajaron las educandas. Aquel día
había estado fuertemente excitada: tan pronto reía como lloraba. Después que se
vio monja se había modificado un poco. Hasta hubo temporadas en que se había
creído realmente con vocación, en que exageraba como ninguna hermana las
penitencias y los escrúpulos. Poco faltó para que la creyeran santa. La más leve
falta le producía tal escozor en la conciencia, que no se contentaba con ir a
pedir perdón de rodillas a aquella a quien había ofendido, sino que, al
reunirse la comunidad a la hora de comer, se arrodillaba delante de todas y
decía con lágrimas: «Hermanas mías, me acuso de haber ofendido a Fulana, de
este o de otro modo, dando mal ejemplo a la comunidad», y también se acusaba de
sus pensamientos malos: «Hermanas mías, me acuso de ser soberbia, de tener
mucho amor propio y creer que hago las cosas mejor que ninguna. Hermanas mías,
¿me perdonan vuestras caridades el pecado de haberme distraído durante la
misa?»
—En fin, hijo: que las traía fritas a perdones. No
sé cómo me aguantaban.
Después pasaba al extremo opuesto. Había temporadas
en que le daba por ser mala y mortificar a todo bicho viviente. Las niñas le
temblaban. Buscaba pretextos para castigarlas. Armaba riñas entre las hermanas.
Era el genio malo del convento. Estas temporadas terminaban, como las otras,
por una gran crisis nerviosa, un fuerte ataque, que la dejaba postrada algunos
días en cama. También tenía momentos de tristeza tan profunda, que apetecía y
aun buscaba la muerte. En cierta ocasión se arrojó al pozo, y de allí la
sacaron medio asfixiada; pero nadie supo, mas que el confesor, que había tenido
intención de suicidarse. Los únicos días felices fueron algunos que pasó en el
convento de Vergara, cuando había estrechado amistad con Maximina. El cariño
ciego, mejor dicho, la adoración extática de aquella niña, la había consolado
de bastantes pesares. «¡Dios perdone a quien me separó de ella!»
La charla incesante, suave, monótona, de Gloria,
donde se percibía el silbido continuo de la ese, me producía un mareo lánguido,
cierto retardo voluptuoso, al cual contribuía el ambiente abrasador que se
respiraba, el perfume penetrante de las flores y plantas de almoraduj y
albahaca, entre las cuales aquella se sentaba.
Durante estas confidencias íntimas, preocupada
enteramente por sus recuerdos, me abandonaba la mano. El tibio contacto de su
piel delicada, al través de la cual sentía palpitar el calor misterioso de la
vida, me llenaba de dicha, una dicha profunda, incomparable, infinita; jugaba
suavemente con los dedos torneados y creía sentir en ellos tan pronto febriles
estremecimientos como languideces invencibles, ardientes promesas y ahogados
anhelos de ternura. De cuando en cuando separaba la cabeza, porque me sentía
sofocado, y aspiraba fuerte y prolongadamente el aire con un suspiro extraño
que hacía reír a la hermosa. Según avanzaba la noche, iban cerrándose, uno a
uno, los agujeros de luz que había en la calle. La atmósfera, quieta y
abrasada, nos traía rumores confusos de puertas que se cierran, saludos que se
cambian, pasos que se alejan; los ruidos todos que preceden al reposo. Y este
llegaba al fin. El aire desierto y melancólico ya no vibraba con ningún sonido.
Sólo de tarde en tarde el golpe lento del reloj de la Giralda lo estremecía de
improviso con metálico clamor. La sultana de la Andalucía se entregaba al sueño
debajo de su espléndido dosel de estrellas. Dentro de su recinto, no obstante,
velaba siempre el amor. Hasta el amanecer podían verse en sus estrechas y
misteriosas encrucijadas algunos galanes que, como yo, yacían inmóviles, con la
frente pegada a alguna reja.
Las horas corrían veloces; pero nosotros no oíamos
o no queríamos oír los golpes del reloj sonando lentamente en el silencio y
soledad de la noche. Sin embargo, la seca campanada de la una nos estremecía y
nos llenaba de inquietud. Aún permanecíamos hablando algún tiempo. Sonaba la
una y media…
—Vete, vete.
—Cinco minutos nada más.
Pasaban cinco minutos, y otros cinco después, y yo
no me movía. Entonces Gloria, de repente, a la mitad de una frase, se levantaba
enojada consigo misma y me decía bruscamente:
—Adiós; hasta mañana.
—Dame la mano siquiera para despedirte.
Me la daba, y yo la retenía a la fuerza algunos
minutos más. De pronto alzaba la cabeza en señal de susto, y decía en voz
alterada:
—¡Siento ruido!
Yo, estremecido, soltaba la mano, y ella se alejaba
riendo del engaño.
De malísima gana también me alejaba yo de aquel
rincón oscuro y discreto, donde dejaba mi felicidad. A paso rápido iba salvando
las estrechas calles anegadas en sombra, no viendo por encima de mi cabeza más
que una banda de azul profundo sembrada de estrellas.
Todos los días me condecoraba, esto es, me ponía en
el ojal la flor que llevaba en el pecho. Al día siguiente era menester
llevársela marchita; la deshojaba cuidadosamente y me ponía la nueva. La idea
de que pudiera regalar aquella flor a otra mujer la estremecía. Empezaba a
notar con deleite que sentía celos, celos inconscientes y vagos que ansiaban
formularse, sin llegar a conseguirlo. Hacíame mil preguntas acerca de la
tertulia de Anguita, me obligaba a describirle minuciosamente todas las jóvenes
que allí asistían, y luego, repentinamente, mirándome con fijeza a los ojos, me
preguntaba:
—Vamos a ver: ¿y cuál es de todas la que más te
gusta?
—Ninguna. Todas me gustan por igual.
—¿Por qué sueltas esas simplezas? ¿Crees que me voy
a enojar porque te guste una más que otra? Al contrario, hijo.
—Yo no tengo ojos nada más que para mirarte a ti. Y
desde que tú me gustas he perdido el gusto de todas las demás.
Ella, insistía con calor, llamándome embustero,
gitano, comediante. Al fin, una noche, más por complacerla que por otra cosa,
le dije:
—Pues, si he de serte sincero, la que allí me
parece mejor es tu prima Isabel.
¡Dios eterno, qué hice! A pesar de la poca claridad
que había, la vi ponerse densamente pálida.
—¡Ya me lo sospechaba!—exclamó con voz ronca y
extraña, que me asustó—. ¡No había de gustarte una chica tan hermosa! Tú
también le habrás gustado a ella, como si lo viera… ¡Lucido papel me habéis
hecho representar! Pero esa es una infamia; sí, una infamia… Desde el momento
en que has comenzado en recaditos con ella debí comprender que lo que ella
quería era un novio más; mejor dicho, un esclavo más de los que lleva sujetos
con un cordelito…
—Pero, Gloria, ¿qué estás diciendo ahí?
—No me trate usted de tú—exclamó, mirándome con
ojos chispeantes de furor—. Yo no tengo ya nada que ver con usted… Márchese
usted y déjeme el alma quieta…
Asombrado, dolorido, sin saber lo que me pasaba,
traté de hacerla entrar en razón. Todo era inútil. No me escuchaba. Excitada
por sus mismas palabras, que se atropellaban unas a otras, colérica,
descompuesta, me cubría de denuestos, repitiendo a cada instante: «¡Márchese
usted! ¡No quiero verle a usted delante!»
No hubo más remedio que aguardar a que se
desahogase. Cuando lo hubo hecho, cayó en un singular abatimiento. Tapose la
cara con las manos y comenzó a sollozar fuertemente. Aproveché aquellos
momentos para decirle lo que creí del caso, demostrándole con razones
irrefutables su engaño y el agravio que me hacía. Parece que mis palabras y mi
actitud firme y serena hicieron sobre ella impresión, porque no tardó en
parlamentar.
Sin embargo, me asaeteó a preguntas, procurando
cogerme en contradicciones, observando mi rostro fijamente con ojos
inquisitoriales. Después me hizo jurar más de cien veces, por todos los seres
queridos que se me habían muerto, por todos los santos del Cielo, que sólo ella
me gustaba de veras y sólo a ella quería. Uno de los juramentos, el último y
más solemne de todos, me obligó a hacerlo de rodillas sobre las piedras de la
calle.
—Si me engaña—concluyó diciendo, con la frente
fruncida y mirándome severamente—, cuenta que te clavo un puñal en el corazón.
—Ahí va el puñal—dije, sacando el que me habían
regalado en el Fomento de las Artes y que llevaba por precaución en mis
excursiones nocturnas—. Te clavarás a ti misma clavando mi corazón—añadí,
sonriendo.
—¡Ah gitano, macareno!—exclamó, mirándome al mismo
tiempo con sorpresa y cariño—. Venga… Lo guardo… Ten por seguro que no escapas
vivo si me haces traición.
—Casi me entran ganas de hacértela por el gusto de
morir a tus manos.
Pasó del dolor a la alegría instantáneamente. Las
carcajadas se sucedieron a los sollozos. Como si quisiera indemnizarme del
susto y de las injurias que me había dicho, ninguna noche estuvo tan cariñosa y
zalamera. Tirándome por las manos y sonriendo con sus ojos llorosos aún,
exclamaba:
—¿No parece mentira que haya llegado a enamorarme
de este modo de un gallego?
No obstante, desde entonces había días en que me
hacía padecer mucho con sus celos injustificados. Tenía un miedo tan grande a
que se la pegara, como ella decía, que sólo con la idea se estremecía y
empezaba a injuriarme. Después me pedía perdón, riendo de sí misma.
Cerca de su casa había un establecimiento de
bebidas, que solía estar abierto hasta hora muy avanzada. Una noche,
hallándome, como de costumbre, en coloquio amoroso, se me presentó de improviso
un chico, trayendo en la mano una batea de cañas de manzanilla. Acercose a mí y
me dijo:
—De parte de unos señores que están ahí bebiendo,
que haga usted el favor de beber a la salud de la señorita.
Quedeme estupefacto mirándole, y pensando después
que era una broma, dije con malos modos:
—Yo no conozco a esos señores ni sé cómo se
atreven…
Pero Gloria me tiró de la manga, diciéndome:
—Bebe.
La miré sorprendido.
—¿Hay que beber?
—Sí, hombre, sí; bebe.
Hice como me mandaba, apurando una caña, y luego
dije:
—Deles usted las gracias.
Cuando se hubo alejado el chico, me dijo:
—¡Buena la hubieras hecho si no aceptas! ¡Menuda
bronca te arman esos gachós!
Luego me explicó que aquello en Andalucía no solo
no tenía nada de particular, sino que era un acto de cortesía y franqueza que
debía agradecerse. Me recomendó que no dejase de pasar después por la tienda a
darles las gracias, pero encareciéndome mucho que no permaneciese allí más
tiempo que el indispensable, porque a menudo había reyertas. Algo maravillado
de aquellas singulares costumbres, así que me despedí de ella, apresureme a
cumplir su encargo. En la taberna hallé hasta media docena de individuos con
trazas de personas decentes, que comían alcaparras y langostinos, remojándolos
con tragos de manzanilla. Pregunté al chico si eran los que me habían
convidado, y habiéndome respondido afirmativamente, le encargué que sacase unas
copas de jerez, corriendo de mi cuenta. Fui a darles después las gracias, y me
recibieron con una cordialidad tan rara como grata. A los cinco minutos de
hallarme entre ellos parecíamos camaradas de toda la vida. Creo que si estoy
allí una hora, salimos tratándonos de tú. Me hicieron de Gloria unos elogios
que, aunque un poco vivos y si se quiere brutales, tuve que aceptar y aun
agradecer, pues se comprendía que eran dichos de buena fe y con ánimo de
agradar. Brindamos y bebimos por ella más de una docena de veces, y se
invitaron con la mayor alegría para beber unas cañitas a la salud de los novios
el día de la boda. Iba ya a despedirme, acordándome de la recomendación de mi
novia, cuando creí escuchar ruido de dinero y murmullo de gente arriba.
—¿Qué hay arriba?—pregunté a uno.
—Timbirimba. Si usted quiere echar una miraíta,
suba usted esa escalera.
Aunque no soy jugador, siempre he tenido alguna
inclinación a los naipes. Subí, pues, por donde me señalaban, con cierta
curiosidad, y al llegar a la sala de arriba vi, en efecto, hasta veinte o
treinta personas reunidas en torno a una mesa de juego. Procuré ver las cartas
asomándome por encima de los hombros, y lo primero que observé, ¡caso
chistoso!, fue al famoso Llagostera, mi compañero de fonda, aquel catalán
eterno detractor de la holgazanería andaluza, con la baraja entre las manos
tirando un entrés. Si hubiera visto al arzobispo en persona en aquella forma,
no me hubiese sorprendido más. Manejaba los naipes con singular maestría, como
jugador de oficio. De cuando en cuando, así que las apuestas estaban hechas,
decía en voz alta, con el acento rudo que le caracterizaba: «Juego,
caballeros.» Después de la sorpresa acudió a mí cierta irritación, no exenta de
risa. ¿Este era el hombre que todos los días nos mareaba con el trabajo de
Cataluña y mostraba tal desprecio al resto de los españoles? «Pues no te escapas
sin verme», dije para mí, y a fuerza de trabajar con los codos logré ponerme en
primera fila. Saqué un duro del bolsillo y, tirándolo sobre la mesa, dije: «Ese
duro al cinco, señor Llagostera.» Levantó la cabeza, y al verme se inmutó
ligeramente; pero, reponiéndose en seguida, me saludó con la mayor
desvergüenza: «Buenas noches, compañero.»
Cuando le conté la aventura a Villa, se tiraba en
la cama de risa. Luego, a la hora del almuerzo, comenzó a cantar las
excelencias del trabajo, llamando a cada paso en su apoyo al catalán: «¿Verdad,
señor Llagostera, que no hay otra fuente de riqueza?—al mismo tiempo hacía con
disimulo el ademán de tirar de una carta—. ¿Verdad, señor Llagostera, que el
único medio de prosperar las naciones y los individuos es el trabajo honrado?
¿Eh? ¿El trabajo decente?—la misma a mueca—. Yo no conozco más que a los catalanes
que sepan tirar…, tirar bien del carro de la riqueza, ¿eh?—tirando de la carta
imaginaria—. ¡Oh, si los andaluces tirásemos tan bien!…» Los comensales no
podíamos reprimir la risa. Yo estaba temiendo un conflicto. Pero no lo hubo.
Aquella misma noche se mudó el catalán de la casa.
Aunque no tan asiduamente como antes, continuaba
asistiendo a la tertulia de las de Anguita, cuidando, por supuesto, de salir
antes de las once. Joaquinita seguía persiguiéndome con sus cuartos de hora de
conversación zalamera, empalagosa. Vagamente, sin embargo, porque lo mismo
Villa que Isabel habían guardado reserva absoluta, entró en su mente la idea de
que yo estaba enamorado en otra parte, y no me dejaba vivir con su «Uté etá
chiflaíto, Sanhurho. Se le conose a uté en los oho. A vese lo pone uté entornaíto,
entornaíto, que paese que se quea uté dormío.» Y era verdad. Más de una vez y
más de dos me tengo dormido escuchándola. Isabel se había ido aquellos días con
su padre a Sanlúcar, a la boda de una prima suya. Pepita proseguía la
persecución de Villa, y éste, desembarazado por la ausencia de Isabel,
continuaba dando caza a la criadita de la casa en las mismas narices de la
señorita. El señor Anguita, que no se calentaba, a pesar de hallarnos en los
días más terribles de agosto, había adquirido recientemente un pandero con el
retrato de una chula, y se había vuelto loco y casi nos había vuelto locos a
todos. Ramoncita, siempre en conversación grave, importantísima, con sus amigas
jamonas y solteras. Don Acisclo, esparciendo el humorismo a un lado y a otro, y
con él un vivo deseo de venganza en los pechos de los pollastres a quienes
maltrataba. Lo único que me interesaba un poco eran los amores del presbítero
don Alejandro con su discípula.
A pesar de la vigilancia exquisita de Pepita, se
los veía tan pronto en un rincón como en otro, cuchicheando lo mismo que en el
confesonario. El presbítero andaba tan revuelto y acongojado, que apenas si
había contestado a lo que le preguntaban. Se había puesto pálido, ojeroso, y
cuando alguna vez cantaba cosas de ópera, arrastraba de tal modo las notas, que
parecía que se las paseaba a uno por las tripas. Observé que Elenita no estaba
acongojada ni mucho menos, antes se mostraba alegrísima, acribillándole a
sonrisitas y miradas tiernas, lo cual no era óbice para que las prodigase
también a todos los jóvenes «en disponibilidad» que asistíamos a la tertulia.
Llegué a imaginar que aquella vivaracha joven se gozaba en las angustias y los
desvelos de su maestro.
Un suceso inesperado vino a sacudir el letargo y
aburrimiento que la tertulia me causaba. Daniel Suárez, el odioso malagueño que
me había inspirado tantos recelos y que aún me los inspiraba, fue presentado a
las de Anguita por un pollastre en que no me había fijado. Esto no tenía nada
de particular. Por aquella tertulia pasaban todos los forasteros, como habían
pasado ya todos los naturales. Sin embargo, me produjo cierta emoción y, ¿por
qué no decirlo?, bastante malestar. Disimulé cuanto pude, mostrándome afable.
Él, por su parte, observó conmigo una conducta irreprochable, hablándome con
naturalidad, como a un conocido que se estima y que no llega a amigo, ni
buscándome ni huyéndome.
Por supuesto, no dejaba aquel acento displicente y
aquellos modales bruscos y frases cínicas que le caracterizaban. En los breves
momentos que departía con él no me habló palabra de Gloria, ni de don Oscar, ni
mentó para nada aquella casa. Se contentaba con despellejar a los dueños de la
en que estábamos o a cualquiera otra persona que tuviéramos delante. De tan
antipático, aquel hombre daba frío. Procuré que su presencia no alterase poco
ni mucho mis costumbres; esto es, pasaba mis ratos charlando con Joaquinita o
con Villa, y al llegar las once menos cuarto me despedía. Su mirada, fija,
luciente, me seguía hasta la puerta; pero no me importaba. Al contrario, con
cierta complacencia feroz decía entre dientes: «Ya sabes adonde voy. ¡Rabia,
antipático; rabia!» Alguna vez, cuando estaba charlando con Joaquinita en un
rincón, sentía posarse sobre mí sus ojos pequeñuelos y malignos. Mas al
levantar la cabeza hacia él los separaba inmediatamente.
En estos días, la segundogénita de Anguita me dio
una noticia que no dejó de causarme pena. Me dijo que estaba concertada la boda
de la condesita del Padul con un primo suyo, el duque de Malagón.
—¿Y Villa?—le pregunté, sorprendido.
Joaquinita me dirigió una larga mirada burlona.
—Pero ¿usted se ha imaginado que Isabelita le trae
al retortero para casarse con él?
—No lo sé…, pero sí creía que le profesaba algún
cariño.
—Atienda usted al cariño…
Y con cierta complacencia, que me molestó, contome
algunos pormenores recientes de los amores de Villa. Al parecer, éste había
escrito últimamente una carta a la condesita suplicándole le desengañase de una
vez. En vez de hacerlo, ella le había respondido de un modo ambiguo y
artificioso. Le decía que la había puesto en un compromiso serio, que su
corazón le estaba pidiendo una cosa y que le era imposible escucharle; que
obstáculos gravísimos le impedían responder como quisiera, etc.; una serie de
palabras melosas para disfrazar unas calabazas muy amargas. El pobre Villa, en
vez de darse por enterado, había replicado que le dijese cuáles eran esos
obstáculos, para salvarlos si era posible, tornando a hacer protestas vivas de
su amor y constancia.
—Pero ¿por dónde se supo eso?—pregunté bastante
desabrido.
—Pues por la misma Isabel, que se lo ha contado en
confianza a Ramoncita.
Me pareció aquello muy mal y formé de Isabel idea
distinta de la que tenía. Desde entonces no podía hablar con Villa sin sentirme
animado de compasión, que, por supuesto no dejé traslucir.
Por una de esas simplezas que los hombres
inexpertos solemos tener, viví aquellos días en un estado de feliz confianza,
que aún hoy, al recordarlo, me irrita contra mí mismo. Creía de buena fe que
todo marchaba a pedir de boca, que don Oscar y doña Tula no pensaban ya en el
engaño que les había hecho, que Gloria inventaría algún medio para casarnos
antes que llegase a la mayor edad, y (¡esto es lo más original!) que Daniel
Suárez había desistido por completo de sus pretensiones respecto a ella y me
dejaba el campo libre. Pronto tuve ocasión de arrepentirme de tal confianza.
El día de Nuestra Señora, 15 de agosto (siempre
recordaré la fecha), estuve a primera hora de la noche en la Británica con
Villa. A eso de las diez, aunque ya era tarde para mí, se empeñó en dar una
vuelta por casa de Anguita, y le acompañé no de buen grado. Estaba allí Daniel,
más locuaz y alegre que de costumbre, conversando animadamente en un grupo de
niñas. Al entrar, su mirada, casi siempre agresiva, se clavó en mí, con
expresión maliciosa de burla y desprecio, que me lastimó como una bofetada. Le pagué
con otra fría y desdeñosa, y me dispuse a sentarme al lado de Joaquinita por no
unirme a aquel grupo. Pero el malagueño vino a mí muy risueño y se sentó
también al lado de la de Anguita, y le dijo con una rudeza que todos se
autorizaban con aquellas jóvenes, y él, por su carácter, con más razón:
—¿Para qué me perzigue usted a este gachó, si ya
está amartelaíto perdío por otra niña zevillana?
—¿De veras está usted enamorado, Sanjurjo?—me
preguntó Joaquinita, visiblemente contrariada.
—Cuando el señor lo dice…—repuse muy fríamente.
—Diga usted que zí… Es una morena hasta allí…, con
unos ojos como dos negros bozales…, ¡ham!, dispuestos a comérselo a uno… ¡Y
unos andares…, que el suelo cruhe de gusto cuando se siente su taconeo!…¡Luego
un arma que ni la de un violín… y más zentío que un miura!…
Aquellos elogios brutales, que más parecían dichos
en son de menosprecio, despertaron en mí profunda indignación, y dije,
sonriendo rabiosamente:
—Le falta a usted lo mejor.
—¿Qué?
—Que tiene cien mil duros de dote.
El sarcasmo no le hizo efecto alguno.
—¡Ezo e! Y, además, se encuentra uno con el
inconveniente de los cien mil duros. ¡Diga usté ahora que este zeñó no es má
zabio que Víctor Hugo!
No sé en qué hubiera parado aquella conversación si
no llega a levantarse y despedirse. Mi sangre estaba dando más vueltas que un
argadillo. Luego que se fue me calmé un poco, aunque todavía tardé algunos
minutos en contestar acorde a las preguntas que Joaquinita me dirigía.
Disimulando mal su turbación y enojo, me pedía noticias de mi novia con una
insistencia y una melosidad tan empachosa que yo no sé si hubiera preferido las
insolencias del malagueño.
—Vamos, Sanhurho, no disimule uté má… ¿Es tan guapa
como Daniel la ha pintao?
—Señora, ya le digo a usted que no ha sido más que
una broma para divertirse un poco a mi costa.
—¡Jesú, qué pesao y apestoso está uté hoy, amigo!
¿Se figura uté que por hablar de ella se va a disipá en el aire como el álcali
volátil?
Sufrí aquella mosca el tiempo que pude, que no fue
mucho, pues me llegaban las once menos cuarto. No me dejó hasta la puerta y me
prometió enterarse de todo, «porque sacar algo de mí estaba visto que era
imposible». Tomé, al fin, el camino de la calle de Argote de Molina. Según me
acercaba a ella, se iba desvaneciendo la negra bruma de odio y de tedio que la
desvergüenza del malagueño y la fatuidad de la de Anguita habían echado en mi
espíritu. Cuando entré en ella y alcancé a ver la casa de Gloria, me hallaba en
la misma feliz disposición con que acudí siempre a la cita. Pero en el mismo
instante, al echar una mirada a la reja, veo arrimado a ella, o próximo a ella
al menos, el bulto de un hombre. Me detuve estupefacto. Lo primero que imaginé
fue que era el sereno. Después pensé que se trataba de un borracho; luego, que
aquel hombre no estaba arrimado a la reja donde Gloria me hablaba, sino a la de
otra ventana. Todo esto en menos de un segundo. Anduve tres o cuatro pasos más
y me convencí de que, en efecto, era un hombre, que estaba arrimado a la
ventana de mi novia, en la misma posición que yo solía estar. Di otros tres o
cuatro, y vi que aquel hombre era, sin género de duda, Daniel Suárez.
Es horrible decirlo, pero lo diré, porque quiero
que este libro sea una confesión. Si me hubiesen dicho en aquel momento: «Se ha
muerto tu padre», no hubiera recibido impresión más cruel. Miraba y no quería
creer a mis ojos. Estaba a unos veinte pasos de distancia. En la media luz que
el farol de la esquina esparcía en aquel rincón se destacaba bien clara la
silueta del malagueño recostado sobre la reja, con su americana corta, pantalón
claro ceñido y sombrero cordobés de alas rectas. Sin darme cuenta de lo que
hacía, avancé con lentitud, el paso vacilante, y me cercioré de que detrás de
la reja se hallaba Gloria. Fui tan estúpido o estaba de tal modo aturdido, que,
en vez de retroceder y alejarme pronto de aquel sitio, continué avanzando y
pasé por delante de ellos con el rostro vuelto hacia la ventana. Daniel se
volvió enteramente de espaldas. Luego que pasé oí un animado cuchicheo y risas
comprimidas. No acierto a describir lo que pasó por mí entonces.
A pesar de hallarnos en una de las noches más
calurosas de agosto, sentí la frente cubierta de un sudor frío y vacilé como un
beodo. Necesité apoyarme en la pared un instante. Luego, por un esfuerzo, mejor
dicho, un sentimiento de amor propio, seguí resueltamente mi camino. Anduve a
paso largo no sé cuánto tiempo por entre calles; no recuerdo cuáles. Sólo tengo
una idea de que estuve en el muelle y que me apeteció arrojarme al agua. Entré
en un café y me bebí unas cuantas copas de coñac. En lugar de contribuir a
turbarme, el licor sirvió para despejarme y aclarar mis ideas. Al menos, esto
me pareció entonces. Contemplé con decisión el suceso y reconocí al instante
que había tenido la desgracia de caer en manos de una redomadísima coqueta. El
lance no era nuevo. Esto mismo había pasado a muchos millares de hombres antes
y pasaría después. Confieso que me acometió un vivo sentimiento de venganza, no
por el acto en sí, sino por la forma grosera y humillante en que había sido
llevado a cabo. De ella no podía tomarla, al menos por entonces. Pero de él,
sí. Él era, seguro estaba de ello, quien había imaginado tal escena vergonzosa.
A él era a quien debía exigir la responsabilidad.
Luego que me hube aferrado bien a esta idea, bebí
otra copa de un trago, me levanté y salí decidido a entendérmelas con aquel
guapo. Mientras caminaba a paso largo hacia la calle de Argote de Molina,
discurrí que acometerle de improviso a bofetadas era indigno. Además, una
cachetina no era lo que yo apetecía. En aquellos momentos me sentía inclinado a
lo trágico. Una estocada que le traspasase el corazón, un tiro que le
deshiciese la cabeza; esto era lo que mejor representaba mis sencillos deseos,
y en ello me detuve con voluptuosa complacencia. Si yo fuera un hombre
aturdido, falto de previsión y de cálculo, quizá hubiera hecho aquella noche
una barbaridad muy gorda. Mas, por mucho que me halagase la consoladora idea de
abrir un boquete en la cabeza o en los intestinos de mi rival, comprendí al
instante que los hombres civilizados no pueden proporcionarse estas puras
satisfacciones sin tropezar con la Policía, el Juzgado y el presidio. Forzoso
era renunciar a ella si no apelaba al desafío. Esto ya no me halagaba tanto.
Sin embargo, aunque agucé cuanto pude el entendimiento, no hallé otro
procedimiento.
Penetré en la calle por la parte baja, esto es, por
la de Mercaderes y Conteros, y fui siguiéndola cautelosamente, ciñéndome bien a
las paredes hasta poder avistar la casa de Gloria. Pude notar, sin ser notado,
que Suárez continuaba en el mismo puesto. Fuerza de voluntad necesité para no
correr allá y patearle. La tuve, no obstante. Esperé con paciencia un rato,
asomando de cuando en cuando la cabeza para cerciorarme de que no se había
movido. El corazón me latía fuertemente. Difícil me hubiera sido continuar en
aquel estado mucho tiempo; pero quiso la suerte que no sucediese. Al dar el
reloj las doce se cerró la vidriera de la ventana y Suárez se separó de ella.
No debo ocultar que experimenté cierta satisfacción pueril al pensar que
conmigo se estaba hasta la una y media y aún más algunos días. Me detuve un
instante a ver qué dirección tomaba mi enemigo, y observando que seguía calle
abajo, corrí cuanto pude delante, perdiéndome en sus recodos. Cuando di la
vuelta a la esquina de la calle de Conteros, me detuve y esperé. No tardó en
aparecer.
—Una palabra, amigo—le dije, saliéndole al
encuentro y colocándole una mano en el hombro.
Se puso atrozmente pálido, retrocedió dos pasos y
llevó rápidamente la mano al bolsillo de la americana, sin duda en busca de un
arma. Mas al verme tranquilo y como sorprendido de su movimiento, la dejó caer
otra vez y me preguntó:
—¿Qué se ofrece?
—Tengo que hablar con usted dos palabritas.
—Las que usted quiera.
—Aquí en la calle estamos mal. ¿Tiene usted
inconveniente en que entremos en cualquier establecimiento? Muy cerca hay uno.
—Vamos allá.
La idea de entrar en un café le había serenado por
completo, como es natural. Anduvimos algunos pasos por la calle arriba otra vez
y penetramos en la taberna donde me habían convidado no hacía muchos días. Se
encontraban en ella los mismos alegres compadres, que me recibieron con igual
agasajo y cordialidad. Todos a un tiempo elevaron sus cañas, invitándome a
beber. Uno de ellos me dijo:
—¿Qué tal la morenita?
La pregunta me turbó extremadamente en aquel
momento.
—¡Pchs!… No anda mal.
Echamos un trago para no desairarlos y nos fuimos a
sentar en un rincón.
Suárez y yo nos miramos un instante a los ojos sin
disimular el odio. Yo fui quien rompió el silencio, diciendo:
—Ante todo, hablaremos bajito para que no se
enteren esos señores… Quiero decirle a usted que, después de lo que ha pasado
esta noche, usted comprenderá que necesito matarle.
—Compare, no comprendo esa necesidá; pero si uté lo
ziente, no debía darme aviso, porque ahora va a coztarle una mijita más de
trabajo.
—No soy un asesino. Aunque lo que usted ha hecho
conmigo es una indignidad…, una porquería, voy a hacerle a usted el honor de
batirme con usted.
—Eztimando ese honor, amigo. ¿Zabe uté una cosa que
estoy pensando?… Que está uté un poquirritiyo…—apoyando el dedo índice en la
sien—. No se ofenda uté.
—No me ofendo. Sí; loco debo de estar cuando, en
vez de patearle a usted la cara hace poco, he aguardado para decirle muy
cortésmente que es usted un canalla.
El malagueño cambió su natural color aceitunado por
otro algo más bajo; pero no pareció alterarse. Guardó silencio unos momentos,
dio un par de chupetones al cigarro, que eternamente tenía entre los dientes;
separolo después de la boca, soltó el consabido chorrito de saliva por el
colmillo, quitó la ceniza con el dedo meñique y dijo tranquilamente:
—Vamo; uté quiere, por lo vizto, buya.
—Bulla, no. Quiero matarle a usted. Ya se lo he
dicho.
—E igual, porque yo no he de morir zin un poquito
de buya. Pero voy a decirle a uté un sentimiento que tengo ayá dentro, y no lo
eche uté a mala parte… Creo yo que todo ezo del duelo, y lo padrino, y la
espada, y lo zable ez una guaza, ¿zabuté? Cuando un hombre le hace a otro mala
zangre, para deshogarze no necesita tanto compá de espera. Pero, ademá, el
matarse en este cazo me paece, ¿zabuté?, una gran zimpleza.
—Será lo que usted quiera—repliqué con viveza—,
pero estoy dispuesto a que nos matemos.
—¡No ze apure uté, buen hombre! Nos mataremos.
Hablábamos en voz muy baja y procurábamos ambos
sonreír diciéndonos estas ferocidades; de suerte que los que allí estaban
creían que departíamos amigablemente.
—Nos mataremos, zi uté tiene tanto empeño… Pero
conzte que yo cuando le he vizto a uté a la reha con eza niña no he ido a
buscarle buya.
—¡Hombre, tiene gracia! ¿Y por qué me la había
usted de buscar?
—Puez por la misma razón que uté me la busca a mí…
¿Es uté el marío de eza joven?… ¿Es uté zu padre o zu hermano?… Pue entonce,
¿con qué derecho me quiere uté privá de hablar con eya zi eya tiene guzto en
hacerlo?… Uté la ha conocío en lo mizmo día que yo…¿A uté le ha guztao zu
palmito y zu aquel? También a mí. ¿A uté le han apetecío lo cien mil duro de la
dote?… Lo mizmito me ha sucedío a mí, compare. Uté ha comenzao a hacerle rozca…
Yo también ze la he hecho. Por conziguiente, igualito. Llevará el gato al agua
el que la niña quiera. Paece que ahora zoy yo. ¿Qué quiere uté hacerle?
—No estoy enteramente de acuerdo con esa opinión;
pero no discutamos… Tiene usted un modo de apreciar las cuestiones demasiado…,
demasiado prosaico, por no emplear otro calificativo… Se preocupa usted mucho
de los duros…
—¿Y uté les ezcupe, compare?
—Voy a suplicarle a usted un favor…, y es que no me
llame usted compadre.
—Hombre, uté me dizpensará que pida un vazo de
limón para que uté reflezque… Etá uté muy nervioziyo… Cuando le haya a uté
pazao eze fogonazo de celo que ahora le ha dao, ze reirá de lo que etá diciendo
y haciendo… Que no le haga buena tripa el verme a la reha con la niña que uté
creía chalaíta, se comprende bien; pero que uté se dizpare de ese modo, vamo,
compare (uté dizpense, amigo), me paece a mí…, digo que no eztá en lo regulá.
—No me disparo porque esa mujer u otra cualquiera
deje de quererme o prefiera a otro, entiéndalo usted bien. Es muy libre de
hacerlo. Lo que no tolero es lo que usted ha hecho, con bien poca delicadeza
por cierto…, preparar una escena tan fea y vergonzosa con el solo propósito de
humillarme. Si usted se hubiera dirigido a mí, diciéndome: «Gloria ya no le
quiere a usted; me quiere a mí», en cuanto lo comprobase convenientemente le
dejaría a usted el campo libre y quedaríamos tan amigos, al menos en la apariencia.
—Alto ahí, amigo. La escena de que uté habla no ha
zío preparada por mí, sino por eya. Por empeño zuyo fui a la reha un poco antes
de las once. Es maz: quize oponerme a eyo porque zabía que eza era la hora en
que uté echaba zu parrafiyo; pero la niña lo tomó por too lo alto, y no hubo má
remedio que conformarze.
—Permítame usted que lo dude.
—Uté ez mu dueño. Zi uté quiere convencerze,
véngaze mañana de noche conmigo a la reha y ze lo preguntamo. Seguro etoy de
que no me dejará por embuztero.
—Yo no tengo para qué presentarme otra vez delante
de esa p…—exclamé, poniéndome rojo.
Creí que aquel insulto dirigido a su amada le iba a
exasperar. Nada de eso. Siguió tan tranquilo como si nada fuese con él.
Ambos guardamos silencio. Yo quedé profundamente
pensativo. Las últimas palabras del malagueño me habían llegado a lo profundo
del corazón. Era imposible dudar ya de que la ofensa había venido directamente
de ella. A pesar de que tenía la mirada fija en la mesa, sentía sobre mí los
ojos de Suárez, observándome, serios y recelosos. Levanté al cabo la cabeza y
dije gravemente:
—Está bien. Puesto que es ella sola la que ha
querido ofenderme, nada de lo dicho. Quede usted con Dios.
Al mismo tiempo me alcé del asiento y salí de la
taberna, un poco sorprendido, en verdad, de que Suárez me dejase ir tan
tranquilo, pues en nuestra corta plática le había dirigido algunas injurias que
merecían explicación.
XI
Me dedico a buscar a Paca
Lo que no se me ocurrió mientras estuve bajo la
impresión del latigazo de la cólera, penselo en cuanto me serené un poco y se
me acordaron las ideas. Quiero decir que, apenas hube reposado algún tiempo en
el lecho, habiéndome despertado a medianoche, al instante se me ofreció con
admirable claridad que Gloria no podía cometer una acción tan ruin por
capricho. Podía abandonarme, entrar en amores con otro, coquetear, darme
cordelejo y reírse. Todo eso estaba en lo verosímil; mas herirme villana y
sañudamente sin más pecado que el de amarla, no era creíble. Debía de haber
gato encerrado. El acto de aquella noche parecía inspirado en un deseo de
venganza, y para vengarse, menester era una ofensa previa. Esta consideración
me dio harto consuelo. Propúseme, pues, tan pronto como llegase el día, poner
en práctica los medios para deshacer la intriga que, sin duda, había tramado el
malagueño contra mí. Comenzó a pesarme de no haberle dado una buena
«pateadura»; pero se la prometí para la primera ocasión que se presentase. Y
con este pensamiento confortante, el sueño tranquilo de los justos acudió de
nuevo a mis sienes, y no me desperté hasta las nueve de la mañana.
Vestime con premura y salí a la calle sin saber
adónde iba, pero con la resolución incontrastable de ir a alguna parte. Por lo
pronto, los pies me llevaron a casa del conde del Padul.
—El señor conde y la señorita vienen pasado mañana.
¡Cielos! ¡Dos días aún! ¡Una eternidad para mí!
Pensé que en dos días había tiempo suficiente para morirse de pena, y si no es
de pena por lo menos de hambre, pues sentía que me faltaba el apetito y no
comería a manteles mientras no se resolvieran mis dudas. ¡A quién acudir en
aquellas críticas, terribles circunstancias! Si en la mano lo tuviese, hubiera
hecho intervenir en el asunto a la autoridad civil. Pero no siéndome posible,
me decidí a buscar a Paca. ¿Dónde? Yo, que había estudiado matemáticas, historia
de España, patología interna y tantas otras cosas inútiles, ¡no sabía dónde
vivía Paca! Renegué cien veces de mi imperdonable abandono, de mi descuido para
aprender cosa de tan reconocida necesidad. No había más remedio que aguardar la
salida de las cigarreras de la fábrica, y aun así exponerme mucho, como me
había sucedido ya, a no verla. Todas las desdichas se cernían de una vez sobre
mi cabeza.
Pasando por la calle de Francos en tal estado de
abatimiento, vecino al sepulcro, oí que me llamaban desde una tienda de
sederías.
Eran las de Anguita.
—Venga uté acá, Sanhurho…—me dijo Ramoncita—.
Ayúdenos uté a escoger un traje que sirva para las tres. Estamos mareadas hase
más de una hora buscando un color que diga a toa estas fisonomía…
Los dependientes sonrieron de la desfachatez. Yo
permanecí grave. Entonces Joaquinita, mirándome atentamente a la cara, me
preguntó con sorpresa:
—¿Qué tiene uté, Sanhurho? Etá uté paliito.
—¡Pachs! No me siento hoy muy bien.
—¿Es que le ha dao calabasas la novia?
Aquella pregunta, hecha sin duda alguna al sabor de
la boca, me causó una extraña y profunda impresión. Debí de ponerme como una
cereza, y sonreí forzadamente. Joaquinita soltó la carcajada.
—Vaya, he dao en el clavo sin saberlo.
Aturdido estúpidamente, dije algunas frases que no
recuerdo, y me despedí de aquellas señoritas, a quienes no deseé otra cosa más
que Dios confundiera en el mismo momento.
¡Bueno estaba yo para bromitas! Andando entre
calles un rato, se me ocurrió la idea, no muy sensata, de ir a la Fábrica de
Tabacos y preguntar allí por Paca…¿Para qué? Llegaba mi grosera ignorancia
hasta no saber su apellido. Busque usted a una tal Paca entre seis mil mujeres.
Lo menos que habría en la fábrica eran doscientas o trescientas Pacas. Sin
embargo, insistí en la idea, porque no me venía otra más asequible, y eso que
trabajaba mi cabeza como un horno encendido. Poco a poco fui acercándome a la
puerta de Jerez, y me encontré, cuando menos lo pensaba, frente al vasto y
suntuoso edificio alzado por Felipe III para la confección del rapé.
Di bastantes paseos por delante de él. Al cabo, me
resolví a franquear la verja, y me acerqué a una de las puertas.
—¿El señor administrador?—pregunté a un hombre que
me pareció portero.
Así que hice esta pregunta, me quedé sorprendido,
confuso. ¿Para qué quería yo al administrador?
—Siga usted adelante, suba usted por aquella
escalera, tuerza a la izquierda, siga usted el corredor, tuerza a la derecha,
suba otra escalerilla, y allí enfrentito tiene usted su despacho.
De todo aquello no me hice cargo sino de que
siguiera adelante. Y seguí. Vi una escalera y subí por ella.
—¿El señor administrador?—pregunté a otro hombre.
—Venga usted conmigo; yo le llevaré hasta su
despacho.
Mientras me guiaba por los anchurosos y sucios
corredores, no pude menos de decirme: «Ceferino, dispensa, chico, pero estás
haciendo una melonada.» Tropezábamos aquí y allá con mujeres y hombres que me
miraban fijamente, como si adivinasen aquel juicio poco lisonjero que había
formado de mi persona y lo corroborasen en todas sus partes. Al fin me hallé
frente a frente del administrador, un señor anciano, pálido, bigote y perilla
blancos, traza de militar retirado y gorro de terciopelo azul en la cabeza.
—¿Qué se le ofrece a usted?
Esta pregunta me pareció tan inaudita, tan bárbara,
que me quedé clavado en el suelo, mirándole con espanto.
—Vamos, caballero, ¿qué se le ofrece a usted?
Tosí, sudé, empalidecí, di algunas vueltas al
sombrero, estiré el cuello de la camisa, que no me apretaba, y, por último, le
alargué la mano.
—¿Cómo sigue usted?
Tomola, mirándome con desconfianza, y contestó de
mal talante al saludo.
—Usted me dispensará… Yo buscaba a una tal Paca…,
una operaria de la fábrica, ¿sabe usted?… Necesito con mucha urgencia darle una
noticia… Si usted me hiciese el favor…, yo le agradecería en el alma.
—¿Qué favor quiere usted que le haga?
—Hacer que salga para que pueda decirle no más de
dos palabras.
—¿Cuál es su apellido y en qué taller trabaja?
Esta terrible pregunta volvió a desconcertarme.
—¿Sabe usted que no puedo decírselo?—respondí,
sonriendo hasta con las orejas.
El administrador me miró gravemente de arriba abajo
y estuvo un rato indeciso, tal vez dudando entre si era un loco, un guasón, o
un tonto. Parece que debió de inclinarse a este último partido, porque alzó los
hombros y dijo sonriendo a uno que entraba a la sazón en el despacho:
—Oiga usted, Nieto: este señor desea que le busquen
a «una tal Paca».
Y recalcó mucho las últimas palabras, lo cual no me
hizo muy buena sangre.
—¿Para qué?—preguntó el empleado que entraba,
dirigiéndose a mí.
Yo, acometido súbitamente de una gran dignidad,
respondí con gesto desdeñoso:
—No lo sé.
Pero aquel empleado era, por lo visto, hombre
amable y de buena pasta, porque insistió, diciendo:
—Si usted supiera el apellido, tal vez, preguntando
por los talleres, podríamos dar con ella.
—Es una mujer de treinta años o más, pálida, de
ojos negros, que lleva un pañolito blanco al cuello.
El administrador y él se miraron, dirigiéndose una
leve sonrisa, no muy halagüeña para mí.
—Bueno, bueno, venga usted conmigo—dijo el
complaciente Nieto con resolución entre galante y burlona—.Ya veremos si
podemos dar con ella.
Salí, haciendo una fría inclinación de cabeza al
administrador, y seguí al empleado, que comenzó a guiarme por los corredores.
—¿Usted no sabe en qué taller trabaja?
—No, señor.
Nieto se dolió de esta ignorancia con suavidad,
como si en ello le fuera algo. Era un hombre alto, grueso, de fisonomía abierta
y simpática. Sin saber por qué, parecía interesarse en mi negocio y no se
cansaba, mientras caminábamos, de hacerme preguntas por donde pudiera ponerse
en la pista de la cigarrera. Me dijo que era inspector del taller de pitillos,
y que conocía personalmente a muchísimas operarias, sobre todo de vista.
—Cuando veo a una mujer en la calle, es difícil que
no sepa decir si trabaja o no en la fábrica.
En su opinión, lo mejor que podíamos hacer era
entrar en los talleres, recorrerlos despacio a ver si distinguía entre las
mujeres a la que buscaba. Preguntome si quería comenzar por el de pitillos, que
era el suyo y el más numeroso. Ningún inconveniente tuve. Al llegar a la puerta
diome en el rostro un vaho caliente, y percibí un fuerte olor acre y
penetrante, que no era solo de tabaco, pues este se siente apenas se pone el
pie en la fábrica, sino de sudores y alientos acumulados, la infección que
resulta siempre de un gran número de personas reunidas en el verano.
Eran las once de la mañana, y el calor tocaba a su
grado máximo.
—Aguárdese usted un momento, voy a prevenir a la
maestra—me dijo Nieto, adelantándose.
Observé que llamó a una mujer, habló con ella unas
palabras, y esta se fue y volvió al cabo de unos momentos, diciendo:
—Pueden ustedes pasar.
Por lo que vine a entender, había ido a dar la voz
de «visita» para que se tapasen las operarías, que, por razón del calor, habían
descubierto alguna parte no visible de su cuerpo. Cuando entramos, aún pude
notar que algunas se abotonaban apresuradamente la chambra o ponían un alfiler
al pañuelo que llevaban a la garganta.
* * *
El cuadro que se desplegó ante mi vista me
impresionó y me produjo temor. Tres mil mujeres se hallaban sentadas en un
vasto recinto abovedado; tres mil mujeres que clavaron sus ojos sobre mí. Quedé
avergonzado, confuso; pero supe aparentar cierto desembarazo, y me puse a
charlar con Nieto, haciéndole preguntas tontas, mientras me guiaba por los
pasillos del taller. Apenas se respiraba en aquel lugar. El ambiente podía
cortarse con un cuchillo. Filas interminables de mujeres, jóvenes en su
mayoría, vestidas ligeramente con trajes de percal de mil colores, todas con
flores en el pelo, liaban cigarrillos delante de unas mesas toscas y
relucientes por el largo manoseo. Al lado de muchas de ellas había cunas de
madera con tiernos infantes durmiendo. Estas cunas, según me advirtió Nieto,
las suministraba la misma fábrica. Algunas daban de mamar a sus hijos. El tipo
de todas aquellas mujeres variaba poco: cara redonda y morena, nariz remangada,
cabellos negros y ojos negros también, muy salados. Cada cierto número había
una maestra, que se levantaba a nuestro paso. La principal del taller nos
acompañaba. Nieto iba explicándole cómo yo buscaba a una tal Paca, cuyo
apellido o mote (porque este es muy frecuente entre las cigarreras) ignoraba.
Desde que comenzamos a caminar por aquel gran salón
de paredes desnudas y sucias, observé un chicheo constante. No podía mirar a
cualquier parte sin que me llamasen con la mano o los labios, haciéndome alguna
vez muecas groseras y obscenas. A duras penas el miedo del inspector y la
maestra las retenía. Si me fijaba en alguna más linda que las otras al instante
me clavaba sus grandes ojos fieros y burlones, diciendo en voz alta:
—Atención, niñas, que ese señor viene por mí.
O bien:
—¡Una miraíta más, y me pierdo!
A la idea de que averiguasen que era gallego, daba
diente con diente. Por eso había enmudecido repentinamente, y dejaba que el
inspector me dijese en voz alta:
—Vamos, mire usted bien. ¿Es alguna de éstas?
Yo hacía signos negativos con la cabeza.
Aquel enjambre humano rebullía, zumbaba,
produciendo en la atmósfera pesada, asfixiante, cargada de olores nauseabundos,
un rumor sordo y molesto. Por encima de este rumor se alzaba el chicheo con que
la asamblea me saludaba. Los ágiles dedos se movían, envolviendo el tósigo con
que pronto se envenenaría toda España.
—¡Mariita! ¡Mariita!—dijo Nieto, dirigiendo una
reprensión cariñosa a cierta joven a quien había sorprendido fumando.
—Don Celipe, es que me duelen las muelas.
—Pues cuidado con ellas, porque pueden salirte
caras.
Habíamos recorrido casi todas las naves, y mi Paca
no aparecía. Nieto me invitaba ya a que pasáramos al taller de cigarros puros.
Mas, al dar la vuelta para dirigirnos a la salida, sentí que me tiraban de la
americana. Bajé los ojos, y vi a Paca sentada al borde del mismo pasillo.
—¡Ya apareció!—dije al inspector y a la maestra.
—Ya aparesió aquello—repitió, en son de burla, una
cigarrera, que había oído mi exclamación.
Paca se había levantado. Me apresuré a decirle:
—¿Sabe usted lo que pasa?
Y, con sobrado calor, sacudido nuevamente por la
emoción que desde la noche anterior embargaba todas mis facultades, me puse a
contarle lo sucedido y la presunción que tenía de que hubiese una intriga
infame tramada contra mí. Necesitaba de su auxilio: que fuese a casa de Gloria,
la interrogase, le hablase en mi favor o, por lo menos, alcanzase de ella una
explicación.
Aunque había comenzado a hablar en tono muy bajo,
como me hallaba tan preocupado, descuideme y fui alzando la voz sin notarlo.
Algunas palabras sueltas debieron de haber llegado a los oídos de las
cigarreras más próximas, porque las oía repetidas en voz alta acompañadas de
risas y jarana. No hice caso.
Seguí hablando, cada vez con más empeño y calor,
hasta que Paca, a quien advertía inquieta y distraída, me dijo por lo bajo:
—Señorito, váyase uté… Me paese que hay bronca.
Oí, en efecto, gran algazara, y, al tender la vista
por el taller, observo que todos los rostros están vueltos hacia mí,
sonrientes; que se agitan las manos, imitando mis ademanes, un poco
descompasados; que se tose, y se estornuda, y se ríe, y se patea.
—Esta noche pase uté por casa. Vivo en Triana,
calle de San Jasinto. Pregunte uté por el corral de la Parra—me dijo Paca cada
vez más agitada.
En aquel instante venía el inspector, que se había
separado cuando entablé conversación con la cigarrera, y dijo sonriendo:
—Me ha revuelto usted el taller. Concluya usted
pronto, porque estas niñas tienen, al parecer, ganas de bronca.
—¡Bronca! ¡Bronca!… ¡Bron…ca! ¡Bron…ca!—empezaron a
repetir las cigarreras.
El grito se extendió por todo el taller. Y,
acompañado por él, oyéndome llamar cabrón por tres mil voces femeninas, salí
del recinto haciéndome que reía, pero abroncado de veras. Di las gracias al
amable Nieto y me aparté de la fábrica, satisfecho a medias de la visita.
Fui derecho a casa, pero no intenté siquiera
almorzar. La comida me causaba asco. Matildita dio cien vueltas en torno mío,
como una gata mimada, intentando averiguar si me sentía enfermo, como decía, o
bien me hallaba bajo el peso de uno de esos dolores morales que, por desgracia,
¡ay!, ella tan bien conocía. No le fue posible, y quedó grandemente desabrida.
Encerreme en mi cuarto y me puse a escribir una carta a Gloria, que me resultó
de nueve pliegos y una cuartilla. Yo no sé cuántas cosas le decía. Sospecho que
estaba llena de repeticiones, y doy por seguro que abundaban en ella las
metáforas, hipérboles, epifonemas y, en general, toda clase de tropos y figuras
de dicción. Había, además, gran copia de signos de admiración y puntos
suspensivos. También recuerdo que citaba una octava real de Espronceda y dos
versos de Musset. Como formaba demasiado bulto para un sobre común, me vi
precisado a fabricar otro, para lo cual pedí las tijeras a Matildita, que no
dejó de echar una mirada penetrante a los pliegos escritos que estaban sobre la
mesa.
—Don Seferino, uté escribe largo y no come… ¡Malo!
Vi en lontananza una nube de consejos presta a
reventar sobre mí. Y no di juego, limitándome a alzar los hombros y a dejar
escapar un gruñido galante.
Luego que tuve lacrado y sellado el protocolo, lo
metí a duras penas en el bolsillo y salí a refrescar la cabeza, que bien lo
necesitaba. ¡Tres horas había pasado escribiendo!
Cerca del oscurecer, pasando por la calle de las
Sierpes, vi en la Británica a Villa, y entré a acompañarle. Invitome a beber
una copa de cerveza. Acepté, porque sentía en el estómago una pena singular.
Después de beberla, en vez de calmarse, creció esta pena, a tal punto, que
pensé ponerme malo. Entonces surgió en mi mente la sospecha de que lo que tenía
era hambre, y pedí un bistec. ¡Caso pasmoso! Hambre, y de órdago, era lo que yo
padecía, pues devoré la carne y las patatas hasta no dejar migaja, y sobre esto
pedí queso y otro bollo de pan. Nunca imaginara que un hombre, en el estado de
espíritu en que yo me hallaba, pudiera sentir con tal apremio esa necesidad.
Pero lo he visto comprobado prácticamente, y contra los hechos no hay
argumento.
—¡Compare, qué carpanta se trae usted!
Villa se encontraba en felicísima disposición,
alegre y chancero, que hubiera dado gozo a cualquiera y le hubiera despertado
el contento. Pero yo, en vez de animarme, me fui poniendo cada vez más sombrío,
y con el egoísmo del que padece ansias de amor, a riesgo de cortar aquel
torrente de alegría que le inundaba, me puse a contarle con todos los
pormenores lo que me estaba sucediendo. Doliose extremadamente del percance, y
me aconsejó que, por sí o por no, cascase las liendres al
malagueño. Mas, contra lo que esperaba, el relato de mis desgracias no logró
mermar aquel tesoro de buen humor que guardaba. Siguió riendo y jaraneando lo
mismo que si acabase de notificarle mil felicidades; lo cual no dejó de
mortificarme un poco. Creía yo que mi historia era de las que manaban sangre y
ablandarían las piedras.
Luego, sin ceremonia alguna, bruscamente, comenzó a
hablar de sí mismo.
—Hombre, si viera usted qué aburrido anduve todos
estos días, sin tener aquí a Isabel.
Hablaba de ella como si ya fuera suya, lo cual me
hizo sonreír interiormente. Al mismo tiempo nació en mi espíritu cierto innoble
deseo de vengarme por su falta de atención.
Afortunadamente, la condesita debía de llegar
pasado mañana con su padre, y volverían los párrafos en casa de Anguita y las
noches de teatro. A la sazón había comenzado a actuar una compañía de ópera en
el de San Fernando. El comandante se las prometía muy felices. Hablaba con un
entusiasmo, con una unción, de su adorada, que daba pena el considerar lo
engañado que aquel hombre vivía; digo, daría pena a cualquiera que no
estuviese, como yo, profunda y vivamente llagado por el desprecio de otra
pérfida. Ruborizado como un colegial y tembloroso, volvió a hacerme por
centésima vez confidente de unas niñerías que nunca me parecieron tan ridículas
como entonces. Si se había sonreído cuando besó un guante que le cayera; si se
estaba al balcón a la hora que él pasaba; si le echaba miradas largas,
intencionadas; si le había concedido dos rigodones y una polca en el último
baile del Alcázar.
De confidencia en confidencia, se conoce que se le
fue subiendo la sangre a la cabeza, y concluyó por decirme, con el rostro
encendido y los ojos brillantes:
—Voy a confiarle a usted un secreto, amigo
Sanjurjo. Espero que usted me lo guardará con cuidado… Ya ve usted, hay cosas…
Sabrá usted cómo he escrito a Isabel, poco antes de marcharme a Sanlúcar,
haciéndole una declaración en regla y pidiéndole que me desengañase de una vez…
—Ya lo sé—repuse brutalmente.
Estupefacción de Villa.
—¿Lo sabe usted?
—Sí, y también sé lo que Isabel le ha contestado…
Que su corazón le exigía una respuesta; pero que había gravísimos obstáculos
que le impedían seguir los impulsos de su alma… A lo cual replicó usted que le
dijese cuáles eran esos obstáculos, para salvarlos, si fuese posible…
El comandante se había quedado como una estatua,
mirándome con ojos que, por lo abiertos, parecían querer saltar de las órbitas.
—¿Y cómo sabe usted eso?—preguntó, al fin, con voz
áspera, donde se advertían el recelo y la amenaza.
—Lo sabe hoy toda Sevilla—le respondí con mal
humor—. Isabel se lo ha contado a las de Anguita, y estas niñas no se muerden
la lengua.
Le vi ponerse pálido. Guardó silencio obstinado,
mirando fijamente a la copa de cerveza que tenía delante. Al fin, dijo con voz
apagada:
—Nunca creyera a Isabel capaz de una acción tan
fea.
Entonces yo, entre compadecido y rencoroso, con la
complacencia que sienten los desgraciados al encontrar otros como ellos, le
dije:
—Amigo Villa, por lo mismo que le estimo a usted de
veras, voy a darle un consejo franco y leal. Creo que debe desistir de
galantear a Isabel… Me duele ver a un amigo en ridículo, y que una muchacha se
burle de un hombre tan formal y discreto como usted… A riesgo de darle un mal
rato, le diré que me consta positivamente que Isabel se casa con su primo, el
duque de Malagón, y que los padres han aprovechado el viaje a Sanlúcar para
arreglar definitivamente el asunto.
No era verdad que me constase positivamente. La
noticia me la había dado Joaquinita; pero lo dije así por cierto instinto
dramático que todos los hombres tenemos, aun los más líricos.
Villa no respondió palabra ni pareció inmutarse.
Siguió inmóvil, con la vista fija en la copa. Sólo observé que se había puesto
más pálido. Su fisonomía simpática y varonil iba contrayéndose por momentos con
expresión de dolor, que, al fin, logró conmoverme y que me olvidase de mí
mismo.
Luego, con voz alterada, me dijo que me agradecía
la noticia y que sentía no se la hubiese dado primero, lo cual dudé un poco.
Quedaba convencido de que la condesita era una coquetuela que no merecía que
ningún hombre se tomase por ella disgusto (¡pero él se lo tomaba, el infeliz!).
Pensar en que había de volver a hablarle más que como amigo y con la mayor
ceremonia posible, era pensar lo excusado. Estaba resuelto a hacerle comprender
que no era ningún chicuelo o mentecato de quien se pudiera burlar impunemente.
Después de todo, salvando su hermosura, que seguía
reconociendo, lo que en ella amaba y admiraba más era el espíritu candoroso y
sincero que pensaba poseía. Desde el momento en que se demostraba que era una
muchacha vulgar, falsa y vanidosa, el ídolo caía de su pedestal y dejaba de
inspirarle amor y respeto. Sobre este tema se extendió muchísimo, acentuando
cada vez más el tono digno y resuelto con que había comenzado. Yo procuré
afirmarle en su determinación, hallando muy cuerdo todo lo que decía.
Salimos juntos de la cervecería, dimos unas cuantas
vueltas entre calles. Haciendo oficio de paño de lágrimas, yo, que necesitaba
tanto de consuelo, procuré distraerle, hablándole de otros asuntos, aunque
inútilmente. Mostrábase silencioso, taciturno, y cuando hablaba, lo hacía de un
modo distraído y como a la fuerza. Dejamos pasar la hora de comer. Viendo que
la noche era ya cerrada, me despedí al cabo, porque su percance no me había
quitado la memoria del mío.
Emprendila a paso largo hacia el barrio de Triana;
salvé el hermoso puente que lo separa de la ciudad, y entré en la calle de San
Jacinto, que es la primera que se encuentra de frente. En aquella hora reinaba
allí mucha animación. La población de Triana se compone, en casi su totalidad,
de obreros e industriales. Era el momento en que, llegados de sus faenas, se
esparcen por las calles, charlan en grupos, se sientan delante de las casas,
cantan y puntean la guitarra. La calle de San Jacinto tiene soportales feos y
de sucia apariencia, donde hay tiendas, pobres también, para el gasto de los
menestrales del barrio. A un muchacho que vi solo, arrimado al quicio de una
puerta, le pregunté por el corral de la Parra.
—Dé usted veinte pasitos más, y aquí, a la
izquierda, tiene usted la entrada.
En efecto, la hallé pronto, y di en un patio
estrecho y largo, y luego en otro mucho más amplio que era, según vine a
entender, el propio corral. Al mismo tiempo comprendí que llevaba la
denominación de la Parra por una que tapaba un trecho del pasadizo, enredándose
en palitroques viejos. Aquel gran recinto cuadrilongo ofrecía aspecto de
pobreza, pero no de suciedad. La luz de la luna no alumbraba de lleno. Hacia el
medio estaba el pozo del agua. En varios sitios veíanse tabladitos sostenidos
por estacas y, sobre ellos, cantidad regular de macetas. Todas las viviendas
tenían sus puertas abiertas, por donde se escapaban toques de luz que rayaban
el pavimento empedrado. Constaban de un solo piso bajo. Algunas debían de tener
estancias abuhardilladas, a juzgar por las bufardas que se veían en el tejado.
Arrimadas a la pared había en casi todas macetas con flores.
—Diga usted, hermosa—pregunté a una joven de rostro
correcto, virginal, que se hallaba delante de una puerta—: ¿me podría usted
decir si vive en este corral una tal Paca?
—¿Sigarrera?
—Eso es.
—Sí, señó; allí enfrentito, donde está aquel
jardinillo, ¿sabuté?
Le di las gracias, no sin dejar de echarle una
larga mirada de inteligente satisfecho.
Ella bajó la suya, ruborizándose. Era la primera
vez que veía esto en Sevilla. Recordando la escena de por la mañana en la
fábrica, le dije:
—Apostaría a que no es usted cigarrera.
—No, señó; soy planchadora.
—¿De Sevilla?
—De Badajoz.
—¡Ah! ¡Es usted extremeña!
Y me puse a hacer el elogio de las extremeñas y a
quejarme amargamente de lo desgarradas y burlonas que eran las sevillanas, todo
por adularla. En esto de hablar a las mujeres con soltura había adelantado
mucho desde que llegara a Sevilla. La verdad es que aquella chica merecía
cualquier requiebro hiperbólico. Nunca vi un rostro de facciones más delicadas
ni de ojos más claros y suaves. Algo pavita, con todo, como dicen en la tierra.
Mas hete aquí que, cuando me hallaba más enfrascado
en la conversación, olvidado casi del asunto que allí me traía, aparece por el
lado de la entrada del corral un joven con chaquetilla y pantalón ceñidos, faja
encarnada y sombrerillo flexible, a interrumpir nuestros dimes y diretes.
Acercose lentamente, con las manos metidas dentro de la faja y silbando por lo
bajo una malagueña.
—¡Hola, Juan!—dijo la muchacha, inmutándose y
sonriéndole con cariño.
—A la paz de Dios, señores—respondió el Juan
gravemente, mirándome con fijeza.
«Éste es el novio», dije para mí. Y empecé a buscar
medios de largarme dignamente, porque, cierto, estos novios de Andalucía suelen
ser muy celosos, y, además, tienen la fea costumbre de gastar navaja.
—Y esa Paca está casada, ¿verdad?—pregunté.
—Sí, señor. Y tiene un montón de chiquiyo—respondió
la joven, agradeciéndome el giro que daba a la conversación.
—Pues si ahora no estuviese muy ocupada…,
necesitaba darle un recado.
—Yo no creo… El marido no ha venío, y Dios sabe
cuándo vendrá, porque suele ajumarse un poco por ahí, y llega tarde… Etará
quisá acostando a los niño…
—Pues, con permiso de usted, voy allá a ver si la
veo.
Y traté de separarme, haciendo una inclinación de
cabeza. Pero el joven de la faja, que no había dejado de mirarme con extraña
atención, sin interrumpir su malagueña silbada, extendió la mano solemnemente,
diciendo:
—No, cabayero, no vaya uté… Yo iré a darle el
recao… Uté puee quearse con esta chavaliya, sin perjudicá…
«Bronca tenemos», pensé; y, como maldito el deseo
que sentía de liarme con un chulo, me hice el tonto.
—Muchas gracias; quede usted con Dios.
Aléjeme a paso largo. Antes de llegar a la puerta
de Paca ya oí ruido de bofetadas y lamentos.
Algunas mujeres se mantenían sentadas delante de
las viviendas o salas, como allí las llaman, departiendo en voz
alta. Dos hombres tocaban la guitarra en puntos opuestos del corral, y un
chicuelo de doce a catorce años, con vocecita cascada y antipática, iba
entonando unas carboneras con bastante estilo. La puerta de Paca estaba
solitaria. Oí adentro su voz y llamé con los nudillos.
—¿Es uté, señorito? No le esperaba tan pronto—dijo
la cigarrera, saliendo.
Cinco o seis niños la siguieron y la rodearon,
mirándome con ojos de curiosidad.
—Sentiría estorbar.
—No, señor; no. Pase su mersé adelante.
Me condujo a una estancia reducida, pero muy aseada
y amueblada con más decencia de lo que podía esperarse. En mi país hay salas de
hacendados que no están tan bien puestas. Una consolita, un espejo, algunas
sillas forradas, cortinas en la alcoba, y detrás de ellas, una cama bien
aderezada, con colcha de punto de estambre y sábanas con encaje ordinario. Todo
despedía un olor de limpieza y curiosidad que me fue grato.
—¡Oh, qué lujo!—dije, sonriendo—. Vamos, Paca, que
no vive usted tan mal.
—¡Ay señorito!—exclamó ella, siempre rodeada de sus
niños y con un quinqué de petróleo en la mano—. El lujo del pobre: mucha escoba
y mucho trapo. Si fuera solita, no digo que no compraría algunas cositas que
nos hasen farta, y estaría regulá. Pero ¡cómo quiere uté que una porspere con
esta gusanera de chico!
El símil no dejaba de ser exacto. Los chicos,
morenos, casi negros, delgados y medio desnudos, que se colgaban a sus faldas,
parecían, en efecto, lombrices.
—¿Quiere su mersé esperá un momento aquí a que dé
de senar a los niños y los deje acostado?
Respondí que prefería quedarme a la puerta de casa
si me sacaba una silla, porque la noche estaba asaz calurosa, y así lo hizo.
Senteme, pues, al aire libre mientras terminaba sus
quehaceres, y me puse a escuchar con sosiego los acordes suaves de las
guitarras y la vocecita destemplada del niño, que parecía un hilo que se
retorcía en el aire. Una mujer sacó agua del pozo, y el chirrido de la polea
hizo coro a las guitarras y al chico. Pero lo que excitaba la curiosidad era la
joven que había padecido persecución de bofetadas por mi causa. Escruté cuanto
pude al través de los pies derechos del jardinillo, que tenía delante, y logré
verla en compañía de su novio, limpiándose los ojos con el pañuelo, pero
hablando ya tranquilamente.
—Oiga usted, Paca—le dije cuando vino a la puerta—.
¿Ve usted aquella joven que está allí enfrente?… Pues ya ha recibido esta noche
unas bofetadas por mi causa.
—¿Qué dise usted?
—Lo que oye. Me acerqué a preguntarle dónde vivía
usted, y en aquel momento llegaba ese chulapo, que debe ser su novio, y, al
parecer, se ha enfadado.
—Sí, por variá… No hay un día en que no la arme ese
gachó con too María Santísima.
—¿Quién es él?
—No… ¡Un disinificante!
—Pues ella tiene tipo de niña candorosa muy
agradable. No pensé que tuviera novio.
—¡Oh! «No hay sábado sin sol, ni mosita sin su
amor», como esimo aquí.
La imagen de Gloria surgió de improviso en mi
cerebro al escuchar estas palabras. Sin acordarme ya de la joven ni del novio,
ni de otra cosa en el mundo, repetí a la cigarrera, con frase calurosa y más
amplificada, lo que me había sucedido con mi novia, y que a toda prisa le había
contado por la mañana en la fábrica. Me escuchó con muchísimo interés,
reflejándose en su expresiva fisonomía los diversos afectos que iban agitando
su espíritu: la indignación, la duda, la tristeza, la esperanza. Cuando cesé de
hablar, me dijo con acento de convencimiento que estaba segura de que su
señorita no había hecho aquello por maldad o coquetería. Sin remedio allí debía
de haber algún embuste del picaronaso del malagueño (ya le
llamaba así sin conocerle). Conocía muy bien a su señorita: era bondadosa,
campechana, caritativa.
—No es una de esas niña recosía, ¿sabuté?, que se
lo guardan toíto pal ombligo. A mí señorita le baila el arma en los oho,
¿sabuté? Más clara que el agua clara y más fina que el oro… Tiene un geniesiyo
como un cohete. Le da una gofetá al mezmo arzobispo en presona si se descuida…,
pero en pasándole el aquel, es más durse que una corderita de Dios… Consentir
ella un embuste, ¡quita ayá! Desirle a un hombre que le quiere y no ser verdá,
¡no lo piense su mersé, señorito!
Gran bien me hicieron aquellas palabras. Yo también
pensaba como ella, o quería pensar al menos y cada vez me confirmaba más en mi
sospecha. En apoyo de sus afirmaciones, Paca me contó varias anécdotas de la
vida de mi novia, que escuché con entusiasmo y recogimiento. Hablamos largo
rato de ella. Poco a poco fue serenándose mi espíritu y acudió la alegría a mi
corazón. Al cabo de media hora de estar allí, no me cabía duda alguna de que el
asunto se arreglaría inmediatamente, en cuanto Gloria leyese la carta suasoria
que Paca tenía ya metida en su seno lacio de mujer abrumada de hijos y
trabajos.
Entonces, para pagarle el bien que me hacía, mostré
interesarme por su vida (mejor hubiera hecho en darle cinco duros, lo
comprendo). Comencé a hacerle preguntas acerca de su situación. El patio se
había ido despoblando poco a poco. El muchacho se había callado y una guitarra
también. Sólo la otra persistía murmurando suavemente una canción melancólica.
La cigarrera no tuvo inconveniente en ponerme al tanto de sus intimidades
domésticas. Se había casado por amor, contra la voluntad de sus padres. El marido,
que se llamaba Joaquín, pero a quien nadie conocía en el barrio sino por el
mote de Fierabrás, ya anunciaba de muy joven lo que había de ser:
calavera, pendenciero y borracho. Por esto quizá se había chiflado por él.
Nunca le habían gustado de mocita los hombres formales y laboriosos. Su madre
le daba cada soba que la breaba, a fin de arrancarle aquel maldito amor. ¡Ojalá
la hubiera muerto de una! Pero nada: cuantos más palos, más se encendía su
pasión por aquel perdío. En una ocasión, su padre, sabiendo que había estado
con él en un merendero, la sacó de la cama, donde ya dormía, y la había dado
con el tirapié (era zapatero) hasta saltar la sangre por muchas partes de su
cuerpo. Su madre, otra vez, la había cogido por los pelos y la había arrastrado
por toda la casa. Si no llegan los vecinos, la mata. Habíanla encerrado;
tuviéronla a pan y agua una porción de días; quitáronla de trabajar en la
fábrica y no la dejaban salir ni a misa. Nada; ella todo lo sufría con gusto
por su Joaquín.
—Cuando ya me creían medio muerta de hambre y
congoja, me ponía a cantá con la mayor desvergüensa:
Me han quitao de ir a misa,
me han quitao el confesá,
me han quitao de ir a verte.
¡Qué más me pueen quitá!
¡Uf! ¡Cómo se ponía la venturá de mi maresita
cuando me oía esta copla!
Al fin, una tarde se había fugado y se había estado
tres días sin volver a casa. De esta salida había resultado compuestita,
y no hubo más remedio que ceder a casarlos. El matrimonio no hizo más que
acrecer sus desdichas. Fierabrás era albañil; pero en vez de
traer el jornal a casa, se gastaba una gran parte en las tabernas. No había
aguardado siquiera quince días para comenzar esta vida de perdío borracho, que
no se había interrumpido desde entonces. Y no era lo peor que se gastase la
mitad del jornal en beber vino, sino que cuando volvía borracho a casa la
mataba a golpes. Y todavía no era lo peor que la matase a ella, sino que mataba
también a sus hijos. Cuando se quejaba a sus padres, no querían oírla, y con
razón. Su madre había muerto hacía siete años. Su padre había vuelto a casarse
con una tía pescueza. Estaba, pues, sola en el mundo y abandonada en las manos
de aquel maldito. El que maltratase a sus hijos la volvía loca, y era el toque
para promover todos los escándalos que, al parecer, eran casi diarios. De una
cosa estaba satisfecha únicamente, y es que no le daba por
mujeres. Si fuese así, Paca se creía capaz de envenenarle. Todo menos eso.
—Mire uté, señorito: es un perdío sin vergüensa, un
lechonaso que se cae por las caye… ¡Esto es lo que no pueo aguantar! Que me
atrape una jumera cada día, pase…; ¡pero que venga por su pie con mil pares de
cuerno!, y no me lo encuentren tirao como un perro. Y cuidao que él es pa too
lo que le manden… Por el aire se entera de las cosas… No hay en Seviya quien le
eche el arto en su ofisio, y trabaja como un buey cuando le sopla el viento por
ahí… Aluego dimpués le da a uté la sangre del braso. La peseta que tiene en el
borsiyo le dura el tiempo que tardan en pedírsela… Bruto y cafre, ¡eso sí!… Por
un tantico así es capaz de dejar seco a un hombre. ¡Pero en tocante a corasón,
no le digo a uté na…, es el hombre más cariñoso y más lila que habrá uté vito
en su vía… Holgasanaso, no hay otro en el barrio, ni má susio tampoco… Le dará
a uté náusea verlo, como me la da a mí… Dondequiera que él va hay juerga y
jarana. ¡Madre mía del Rosío, la vese que le habré tenío que llevá comida a la
carse! Es un tunante, un fasineroso de cuerpo entero… Si le viera uté trabajá,
¡una gloria de Dios! Tiene unas manos de plata y unos hígado que antes de
consentir en que nadie le ponga el pie delante se está sobre la escalera tres
días con tres noche… Pero es muy encogío él de su natural, y cuando ha hecho
una cosita bien, ¿sabuté?, no la cacarea, como otros… ¡Si no fuese lo arrastrao
que es y la mala entraña que tiene, habría que meterle en un fanal!… ¡Hemos
pasao cada crujía, señorito! ¡Qué crujía! Y él como si tal, ¡el grandísimo perro!…
Más de una vez y más de dos he tenío que consolarle yo a él, porque se me
echaba a llorar como un chiquiyo a lo mejó… Y lo que yo le desía: «Ven acá,
grandísimo roío, ¿a ti qué te dan por llorá y suspirá so lechonaso?»
No era empresa fácil averiguar el verdadero
carácter o tipo moral del señor Fierabrás por los datos que me
suministraba su digna esposa. Mas como yo no sentía necesidad apremiante de
conocerlo, dejábala explayarse a su gusto y asentía silenciosamente con la
cabeza.
El gran patio cuadrilongo estaba ya casi desierto.
La única guitarra se había callado también. Las tertulias de comadres se habían
deshecho. Eran sonadas ya las once, y toda aquella gente necesitaba madrugar.
La luna seguía iluminando, al través de la atmósfera serena y abrasada, la
mayor parte del recinto. Su luz, deshecha en jirones, formando figuras
geométricas, dormía tranquila sobre las piedras lustrosas del suelo.
Los palitroques de los jardinillos trazaban
delgadas y negras rayas en él, semejando la proyección de grandes ventanas
enrejadas. Allá lejos, enfrente, seguía percibiendo la figura del celoso
enamorado, inmóvil, plantado sobre sus piernas abiertas, con las manos en los
bolsillos. La de la sufrida doncella no se veía, pero se adivinaba. Un asno,
que arrimaba su hocico a una puertecita vieja, que debía de ser la de la
cuadra, rebuznó, y su grito antipático y discordante estremeció el aire dormido
y turbó con furia la paz y el silencio del corral.
Pedile a Paca algunos informes acerca de éste, y me
dijo que había en él más de cuarenta salas, y que en algunas de ellas vivían
dos o tres familias. Todas habían de entenderse con la casera, o
sea, la mujer que el dueño de la finca tenía para el cobro del alquiler, que se
hacía por semanas, y para el cuidado y vigilancia. Los que allí habitaban eran
braceros. De las mujeres, solo algunas como ella salían a ganar un jornal,
dejando a sus hijos confiados a la miga, que así se llamaba a la
maestra de niños de corta edad. Las vivencias en los corrales salen más
baratas; pero hay todos los días reyertas sobre si el pozo, sobre si la
alberca, sobre si la ropa, etc., que hacen la vida más fastidiosa. Luego
la casera ejerce sobre ellas un mando despótico y abusa de su
posición.
Pues así como se hallaba Paca comunicándome estos
pormenores, oímos hacia el pasadizo de entrada unos formidables maullidos, que
a mí me parecieron al principio de un gato monstruoso. Después empecé a dudar
que fueran producidos por ningún individuo de la raza felina.
—Ahí está mi marío—dijo la cigarrera, levantándose
agitada.
—¿Su marido?—pregunté con sorpresa.
—Sí, señor; es el que maya… Hágame su mersé el
favor de esconderse ahí, detrás de ese montón de leña. Después que él entre se
puee usté ir.
Hice como me mandaba, y asomando con precaución la
cabeza pude ver en medio ya del patio, iluminado de lleno por la luz de la
luna, a un hombre con blusa blanca que venía caminando lentamente a cuatro
patas. De cuando en cuando gritaba: «¡Miau! ¡Miau!», procurando imitar el
maullido de los gatos y consiguiéndolo a medias. Acercose al fin a la puerta, y
una vez allí repitió con más fuerza y más a menudo sus formidables maullidos.
Hasta que salió Paca, y poniéndose en jarras
comenzó a increparle.
—¿Eres tú, so arrastrao, porconaso, escandaloso?
—¡Miau! ¡Miau!—respondió Fierabrás, sin
abandonar la posición cuadrúpeda, comenzando a dar vueltas en torno a su esposa
y a frotarse contra ella, como un gato que quiere ser acariciado.
—¿No te dará vergüensa argún día de ser el
hasmerreí der barrio? ¿No tendrás argún día compasión de tus pobresitos hijos?
—¡Miau! ¡Miau!
—¡Quita ayá, bandolero! ¡Vamos a ver cómo entras
ahora mismito!
—¡Miau! ¡Miau!
—¡Entra Joaquín!
—¡Miau!
—¡Entra, canalla!
—¡Miau!
Vi a Paca llevarse las manos a la cabeza y tirarse
con rabia de los cabellos.
—¡Mardita sea mi suerte! ¡Y que Dios tenga en er
mundo a este roío dao pol tal y me haya llevado aquel corasón de hijo!
Hubo un momento de silencio, un compás de espera,
durante el cual Fierabrás siguió imperturbable dando vueltas
en torno de su esposa, lanzando ahora maullidos dulces y apagados, roncando y
levantando el espinazo con voluptuosidad.
Al fin advertí que Paca hacía con la cabeza un
gesto de resignación forzada, y principió a pasarle la mano por la espalda,
diciendo al propio tiempo:
—Vamos, menino, entra…, bis…, bis… ¡Pobresito!…
¡Pobresito!
Exactamente como si su marido fuese un gato, Fierabrás se
frotó todavía varias veces contra las sayas de su esposa, dio unas cuantas
vueltas roncando, y al fin entró en la casa en la misma posición. Una vez allí,
quiso, al parecer, levantarse, pero no pudo. Mareado por el alcohol, por las
vueltas que había dado en cuatro pies y por la viva luz de la lámpara de
petróleo, dio consigo en tierra.
Me acerqué a la puerta y advertí que intentaba en
vano levantarse, arrastrándose por el pavimento de ladrillos.
—¿Conque no te puedes levantar, ladrón?—oí exclamar
a Paca, con feroz placer—. ¡Pues ahora e la mía!
Y descalzándose apresuradamente un zapato y
cogiéndolo por la punta comenzó a zurrarle la badana de lo lindo. Era increíble
la prisa y la destreza con que la cigarrera le azotaba por todo el cuerpo,
principalmente por la cara y las manos, que era donde más había de doler. Y al
compás de la azotaina exclamaba con acento rabioso:
—¡Esta por la gofetá que me diste el sábado! ¡Esta
otra también!…¡Esta por el candelero que me tiraste a la cabesa el lune!… ¡Esta
por la palisa que me has dao el día de Nuestra Señora! ¡Esta también!… ¡Y
esta!… ¡Y esta!… ¡Esta por lechonaso!… ¡Esta por sinvergüensa!
Fierabrás se revolcaba en el suelo, lanzando rugidos,
pataleando con furor. Hacía esfuerzos por levantarse. Pero cuando ya iba a
conseguirlo, un acertado zapatazo en la cara lo volcaba de nuevo. Intentaba
agarrar a su mujer por los pies, mas esta brincaba con ligereza increíble y le
atacaba por otro sitio con mayor brío, de suerte que el infeliz se vio
necesitado a rendirse, dejando, sin resistencia, que su consorte le vapulease a
su buen talante.
—Vamos, Paca, déjele usted ya—le dije,
interviniendo por humanidad.
—Aguárdese usted un poquirritiyo… Todavía no me las
ha pagao todas—respondió sin abandonar su cruel tarea.
Al fin, cansada, jadeante, los brazos quebrantados,
el rostro cubierto de sudor, se alzó y me miró con ojos donde todavía llameaba
la ira.
—¿Sabuté?—me dijo—.En estos días que viene
desjarretao como un toro, me aprovecho.
XII
Paseo por el Guadalquivir
Demasiadamente confiado dormí yo aquella noche y
dejé transcurrir el día siguiente. Por la tarde, poco antes de oscurecer, me
fui a situar al puente de Triana, donde Paca me había dicho que la esperase
para darme cuenta del resultado de la carta y de sus gestiones. Era la hora de
más animación en aquel paraje. Los obreros y obreras de Triana que trabajaban
en Sevilla tornan a sus casas. Los de Sevilla que trabajan en Triana y en la
Cartuja hacen lo mismo. Unos y otros se encuentran en el puente, que hierve de
transeúntes.
Arrimeme perezosamente al petril, de espaldas al
río, y contemplé con ojos distraídos aquel ir y venir mareante. El atractivo de
mi contemplación eran las caras saladísimas de las cigarreras y trabajadoras de
la Cartuja que allí suelen verse. Unas en grupos resonantes de gritos y risas,
otras solitarias preocupadas, caminando a paso largo, todas con vistosos trajes
de percal y flores en el cabello, pasaron por delante de mí, dirigiéndome
alguna vez breves miradas de curiosidad y sorpresa, como si pensasen:
«¿Qué hará aquí este desaborío, que ni siquiera nos
dise: ¡Olé las mujeres castisas! ¡Viva tu madre, mi niña!?»
¡Para olés estaba yo! A medida que
se acercaba el momento de la conferencia con Paca parecíame más grave y
decisivo. Un germen de duda había entrado en mi espíritu después de almorzar, y
en pocas horas se había desarrollado, crecido, se hallaba en completo florecimiento.
¿Por qué me parecía tan natural antes que Gloria me hubiese desairado en virtud
de una intriga de Suárez, y no por libre y espontáneo movimiento de su
voluntad? No acertaba a explicármelo. Por más esfuerzos que hacía para volver
otra vez a aquella mi anterior convicción, no lo lograba. Oscuro y temeroso se
me ofrecía lo que poco antes veía claro y risueño. Pues, a pesar de eso, no
observaba en mi alma aquel sentimiento de furor y rabia que me había acometido
al saber mi derrota. Una extraña laxitud la invadía, un desfallecimiento que me
inclinaba a la tristeza, no a la cólera. La memoria de la ofensa se deshacía,
se disipaba entre las brumas del cerebro. Solo quedaba el tierno recuerdo de un
amor feliz y el vivo pesar de no haber podido preservarlo de desgracia.
Testimonio irrecusable era éste, si lo supiera entender, de que continuaba
enamorado y más que nunca. Llegó a parecerme que lo que me habían concedido
había sido por pura merced y bondad, y que era natural privarme ahora de lo que
no merecía. Hacia Gloria, dando por supuesto que me había engañado, no sentía
rencor alguno. El malagueño seguía inspirándome aversión y repugnancia, pero no
deseaba vengarme de él.
Cuando, al impulso de mis imaginaciones
melancólicas, se huyó el deseo de recrear la mirada en los rostros peregrinos
de las cigarreras, volvime para derramarla por el río y sus pintorescas
márgenes. El sol acababa de ponerse. Un resplandor rojizo, que se extendía
desde el horizonte por el firmamento, esfumándose en lo alto y transformándose
en el rosicler de tintas puras y nacaradas, indicaba el paraje por donde el
astro del día se había ocultado. A mi izquierda, no muy lejos, alzábase la
Torre del Oro, que, bañada por los reflejos del horizonte rojizo, parecía
fabricada, en efecto, con el metal que le da su nombre. Más a la izquierda,
asomando solo la cabeza sobre las azoteas del caserío de la ciudad, veíase
también la Torre de Plata, con su blanca corona de almenas. Más allá, el
palacio de San Telmo, envuelto en la masa verde de sus naranjos, asomando las
agujas de sus torrecillas de pizarra. El Guadalquivir corría bajo mis pies. Sus
aguas, revueltas, amarillentas, gracias a los reflejos del crepúsculo, semejaban
un espejo tembloroso donde brillaban mil tintas de ópalo y plata carmín. A lo
largo de él, acostados al muelle, había gran número de buques, cuyos mástiles y
enredada jarcia parecían surgir del gran bosque de naranjos que se extiende por
la margen izquierda. A la derecha, las casas del barrio de Triana tocan en la
orilla del río, el cual seguía su curso majestuoso hasta unos dos kilómetros
del puente, donde, al hacer un recodo, parecía detenido por la muralla de
verdura que los jardines de las Delicias le oponían.
El sosiego melancólico de aquel espectáculo formaba
contraste con la barahúnda que tenía a mi espalda. El aire caldeado no recogía
del río ninguna humedad. Sentíase igualmente abrasador, insufrible, que en
medio de la ciudad. La luz, al huirse, cambiaba poco a poco los colores del
cielo, repartiendo sobre él infinitos matices, imposibles de nombrar. Sobre la
tierra derramaba una triste palidez, que tornaba las cosas incoloras y las
confundía y las borraba. Allá, debajo del muro verde de las Delicias, se amontonaban
las sombras formando una masa espesa que se iba dilatando rápidamente. Sobre
Triana, de lo alto de la suave colina donde se asienta Castilleja de la Cuesta,
descendía igualmente la noche. El aire fresco resonó con un ronco silbido
prolongado. Era un vapor que salía. Vi su masa negra apartarse lentamente de la
orilla, oí el ruido estridente de las cadenas, algunas voces lejanas. Luego su
quilla rompió, silenciosa, el acerado espejo del río, y no tardé en perderle de
vista a lo lejos, al penetrar en el espeso montón de sombras que los bosques de
naranjos dejaban caer sobre el agua.
Placíame, por las tardes, ir a aquel sitio a
presenciar la puesta de sol. La vista del paisaje, que, por lo variado y
recogido, parecía un gran lienzo panorámico, me infundía siempre un sentimiento
de bienestar, cierta deliciosa plenitud de vida, que solo las grandes ciudades
meridionales poseen y saben transmitir al alma. Mas ahora sentíame triste y
solo. Aquel riente espectáculo, que parecía impregnado de la gracia y la
alegría de mi Gloria adorada, perdió de pronto su encanto. Nada me decía. Su
vida no era la mía. El espíritu de belleza vivo y ardiente que lo animaba
rechazaba el mío, serio y contemplativo.
Yo que, guiado por el amor, había penetrado de
golpe en lo más íntimo y profundo de aquella naturaleza ardorosa, perfumada,
palpitante, dejando perderse en ella mi ser antiguo, grave y soñador, de hombre
del Norte; yo, que aspiraba y recogía por todos los poros la vida andaluza,
como si aquella fuese mi patria verdadera y a la cual fuera restituido después
de muchos años de ausencia, me encontraba ahora despegado, solitario. Faltaba
el lazo que nos unía. Entre aquel río, aquella Torre del Oro, aquellos bosques
de naranjos, aquel horizonte diáfano de tintas brillantes y yo, no había nada
ya de común. No era frente a estas cosas más que un curioso, un touriste,
como ahora se dice; pero no tardaría en partir, acaso para siempre. ¡Partir!,
¡ay! No se rían ustedes. Viendo centellear suavemente en lo alto del cielo una
estrellita azulada, sentí correr por las mejillas dos lágrimas.
Después de enjugarlas cuidadosamente, volví de
nuevo el rostro hacia los transeúntes, buscando distracción a mi tristeza.
Apenas lo había hecho, enfilando la vista por el puente en dirección a la
ciudad, veo a lo lejos una colosal nariz que se oculta detrás de la gente, y
vuelve a ocultarse, y vuelve a aparecer, aproximándose siempre. Aquella nariz
no podía pertenecer, lógicamente, a otro que a Eduardito. Ésta fue mi
convicción instantánea, que tuve el gusto de ver confirmada. Cruzó por delante
de mí con el sombrero en la mano, el paso desigual y precipitado, más que nunca
pálido y las facciones desencajadas.
—¡Eh!, ¡eh! ¡Eduardito!…
Detúvose un instante, miró y vino hacia mí.
—¿Dónde va usted tan escapado, hombre de Dios?
—No lo sé, don Ceferino—me respondió, posando sobre
mí sus ojos vidriosos.
—¡Tiene gracia! ¿Y se iba usted como si le faltase
medio minuto para llegar a la cita?
—¡Oh, si supiera usted, don Ceferino!… ¡Me están
pasando unas cosas!… ¡Unas cosas!
La voz del sensible joven era temblorosa, apagada.
Hacía tiempo que se hallaba en un estado de debilidad extremada. Ahora parecía
que hablaba como si no hubiese tomado alimento desde hacía ocho días.
Mirele sorprendido y con curiosidad.
—¡Si supiera usted lo que me está pasando en este
momento!
—¿Qué hay?
—Pues nada… Verá usted… Mi hermana acaba de darme
un golpe terrible… Fui a casa… Verá usted… Por la mañana le dije que no podía
continuar de este modo…, que era necesario resolver uno u otro… Más de veinte
veces quise pedirle a Fernanda la conversación…; pero cuando iba a hacerlo se
me ponía un nudo aquí, en la garganta… Usted no sabe; aunque me matasen, no
podía…, vamos, no podía… Si yo tuviese tanto pico como mi hermana… ¡Maldito
sea!… Le dije que me hiciese el favor de decírselo a Fernanda de mi parte, y
que me la diese o me desengañase de una vez… Pues bien…, verá usted…: quedó en
decírselo esta tarde… ¡Yo no puedo continuar así, don Ceferino; crea usted que
no puedo continuar!… Pues bien: quedó en decírselo. Esta tarde debía venir
Fernanda a casa. Matilde me dijo después de almorzar que saliese y no volviese
hasta el oscurecer…, y cuando volviese estaría todo arreglado, o poco había de
poder. Mi hermana se pinta para estas comisiones. Obedecí. Di más de mil
vueltas por Sevilla, y cuando vi que oscurecía me fui a casa. Crea usted, don
Ceferino, que me temblaban las piernas. Cuando llamé a la puerta estaba más
muerto que vivo. Salió Matilde a la cancela, y al verme se puso hecha una
hiena: «¿Qué vienes a hacer aquí? ¡Márchate! ¡Vete ahora mismo!» Creí que el
mundo caía sobre mí… No sé cómo pude salir del portal, ni sé cómo he llegado
hasta aquí…
—¿Y no es más que eso?… Pues se apura usted por
bien poco. Es que las ha sorprendido usted en el momento de la conferencia.
Estoy seguro de que nada malo le sucederá… Fernanda le quiere a usted… Me
consta.
—¡Oh, no!—exclamó el apasionado joven.
—Sí; le quiere a usted, hombre… Ya verá usted.
Estuve por decirle: «¿Cómo no ha de quererle,
siendo vieja y fea y no teniendo a nadie que la mire a la cara?» Pero me
contuve.
—¡Ay don Ceferino, qué bien me está usted
haciendo!—exclamó, dándome un abrazo y rozando con su estupenda nariz mi oreja
izquierda.
—Nada, váyase usted tranquilo. Dé usted algunas
vueltas por ahí, y luego, dentro de una media horita, cuando ya Fernanda se
haya ido, entra usted en casa. Estoy seguro de que Matildita tiene para usted
una buena noticia.
Eduardito me contempló un momento con sus ojos
pequeños, insípidos, y algo avergonzado, con ansioso acento, me dijo:
—Si usted quisiera, don Ceferino, dar una
vueltecita por allí… y luego salir a avisarme…
—Amigo mío—le respondí con tono triste y
desengañado—, en este momento me hallo en igual caso que usted… Dentro de unos
momentos voy a saber si mi novia me quiere o me manda con la música a otra
parte… Esto último será lo más probable. Conque ya puede usted dispensarme.
—Pero ¿cree usted que Fernanda…?—replicó con
egoísmo feroz, sin tomar en cuenta para nada mi confidencia.
—¡Sí, hombre, sí; váyase usted tranquilo!
No se habían pasado diez minutos desde que el
mancebo y su gran cartílago se alejaron, cuando apareció, por la boca del
puente, Paca. En la primera mirada que me dirigió comprendí que todo se había
perdido.
—No ha querido contestar, ¿verdad?—le pregunté sin
saludarla, esforzándome por sonreír.
—¡Uf! ¡Cómo está con uté, señorito! Ni por un Señor
Crucificao ha querido tomar la carta. Me ha dicho: «Paca, si no quieres que
riña contigo, no vuervas en tu vía a hablarme de ese…»
—¿De ese qué?—pregunté, viendo que se detenía.
—De ese «tío»—agregó, avergonzada—. Uté dispense,
señorito.
—Está bien, Paca—dije aparentando sosiego, pero con
voz alterada por la emoción—. Muchas gracias por el interés que se ha tomado
usted por mí…
Hubo un instante de silencio.
—Lo siento de too corasón, señorito. Yo creo que
ustedes dos pareaban mu bien…
Pocas palabras más hablamos. No podía ocultar mi
tristeza y desaliento. Los consuelos de la cigarrera no penetraron siquiera en
mis oídos.
Antes de despedirse quiso darme la carta, que no
había podido entregar. Yo la tomé y, sin rasgarla, la arrojé al río, sonriendo
tristemente.
Lo primero que se me ocurrió caminando a casa fue
marcharme al día siguiente sin ver a nadie ni despedirme. Pero después
consideré que debía hacerlo, por lo menos, de Isabel y su padre, a quienes
debía hartas atenciones, y me decidí a ir a esperarlos al día siguiente a la
estación. Además, abrigaba todavía la esperanza de que la condesita
interviniese de un modo beneficioso en mis enredados asuntos amorosos. Me
costaba trabajo creer que Gloria se negase en absoluto a dar explicaciones de
su conducta.
Al entrar en casa me encontré, sin saber cómo, en
los brazos de Eduardito, y otra vez sentí en la oreja el cosquilleo de su nariz
indómita. Mi profecía se había cumplido. Matildita obtuvo un éxito tan
satisfactorio en su dificilísima gestión diplomática, que Fernanda había
concedido a su enamorado trovador el permiso de ir a hablarle por la reja los
martes, jueves y sábados. Eduardito osaba esperar que, andando el tiempo,
obtendría el mismo señalado favor los lunes, miércoles y viernes. Llegó a la
sazón Matildita, y Eduardito, presa de un rapto de amor fraternal, se abrazó a
ella y le restregó el rostro con la nariz repetidas veces en testimonio de
gratitud eterna. El Colibrí, con aquel éxito, se había crecido y
entornaba la cabecita a un lado y a otro con más petulancia, si cabe. Decía que
la indiscreción del chinchoso de su hermanito, llegado justamente en el momento
en que estaba tratando con su amiga de los puntos más delicados, por poco hace
fracasar las negociaciones. El hermanito empalidecía escuchando aquel horrible
peligro que había corrido sin saberlo.
Aquella noche tuve la flaqueza, que acaso el lector
encuentre perdonable, de irme a eso de las once y media hacia la calle de
Argote de Molina. Cuando emprendí el camino no sabía fijamente qué es lo que
allí iba a hacer. Muy pronto quedó determinado en mi cerebro. Avancé
cautelosamente por ella, y al llegar al recodo desde donde podía verse la casa
de Gloria, me detuve. El corazón me daba saltos. Estiré el cuello, asomé la
cabeza como un miserable espía y… nadie. A la reja no había nadie. Un goce
intensísimo bañó todo mi ser como un bálsamo celestial. A este goce sucedió
ansia indefinible de cerciorarme de que los ojos no me engañaban, que a la reja
no había nadie, absolutamente nadie.
Marché resueltamente por la calle y pasé por
delante de la casa a paso lento, y hasta me parece que me detuve un instante
frente a ella. Era verdad; ¡qué verdad tan sublime! Allí no estaba el
malagueño. La calle, desierta; las ventanas, herméticamente cerradas. Pero era
necesario que me convenciese bien, que gozase plenamente de aquella grande y
sabrosa verdad. Y para eso estuve dando paseos por las calles hasta las dos de
la madrugada, y cada poco tiempo pasaba por aquella con toda lentitud y me
detenía algunos instantes a ver si la ventana se abría y el aborrecido rival
llegaba. No fue así. Me consideré dichoso, como si fuese gran fortuna. Una de
las veces que por allí crucé me sentí tan tiernamente apasionado y aun
agradecido, que me acerqué a la reja, y después de convencerme de que nadie me
observaba, besé los hierros donde mi saladísimo dueño había puesto tantas veces
sus manos.
Retireme contento a casa. Aquel feliz estado de
espíritu me hizo de nuevo ver las cosas de color de rosa. Al día siguiente me
enteré de la hora a que llegaba el tren de Cádiz, y fui a esperar al conde y a
la condesita del Padul, prometiéndomelas muy felices.
Era la hora de oscurecer. En el andén estaban
Pepita Anguita y otras cuatro amigas de Isabel. Dos de ellas eran las de
Enríquez, a quienes ya conocía de vista. Mientras llegaba el tren, paseamos y
departimos alegremente, riendo bastante con las ocurrencias de Pepita.
Cuando el cuerno del guardagujas anunció la
llegada, nos abalanzamos presurosos al borde del andén, y tuvimos el gusto de
ver a la ventanilla de un coche a la condesita, que nos saludó con el pañuelo,
muy regocijada y agradecida. Antes de salir de la estación, ya las de Enríquez
la invitaron a ir con ellas aquella noche al teatro. Isabel manifestó que
estaba cansada; pero no cedieron, y tanto empeño formaron, que al fin consintió
en que la vinieran a buscar después de comer. El coche del conde y el de las de
Enríquez los esperaban. Mas antes que entraran en ellos tuve ocasión para
quedarme un momento detrás con Isabel y explicarle en cuatro palabras lo que
sucedía. Maravillose en extremo, e hizo sin vacilar la misma afirmación de
Paca; esto es, que debía de haber una intriga o mala inteligencia. No pudimos
hablar más, porque llegamos a la puerta de salida y era preciso montar en
carruaje. Yo no quise hacerlo, aunque me invitaron con insistencia. La
condesita me dijo al darme la mano:
—Váyase usted esta noche por el teatro y
hablaremos.
Comí con premura, me vestí y me eché a la calle en
el momento en que entraba Villa.
—Hombre—le dije con imperdonable ligereza y egoísmo
(lo mismo que Eduardito conmigo),—¿cómo no ha ido usted a esperar a Isabel?
Le vi inmutarse, y me respondió, turbado, que había
tenido qué hacer en el cuartel.
Llegué al teatro de San Fernando cuando solo había
dentro de la sala dos docenas de personas a lo sumo. Aún tardó en poblarse
larga media hora. Se representaba una función extraordinaria, a beneficio de no
sé qué desgraciados, por la compañía de ópera que había actuado en Cádiz y
regresado a Madrid. La sala del teatro es amplia, elegante, bien decorada. Pero
el verdadero adorno de ella son los rostros expresivos de las niñas indígenas,
que allí pueden verse con más comodidad y espacio que en ninguna otra parte. Es
el teatro aristocrático de Andalucía. Las damas que allí asisten, vestidas con
esplendidez y gusto, pueden mirar sin bajar la cabeza a las abonadas del teatro
Real de Madrid. Los hombres, por el afectado descuido de su persona y por su
desmedida afición al flamenquismo, no son dignos de figurar al lado
de ellas.
Isabel y sus amiguitas, las de Enríquez, fueron de
las últimas en llegar, y se acomodaron en un palco bajo. La condesita estaba
radiante de belleza y elegancia. Observé que todas las miradas, lo mismo de los
hombres que de las señoras, se volvían hacia ella con frecuencia, al tenor de
lo que había pasado en la tertulia de Anguita la noche en que la conocí. Y,
como entonces, la joven recibía aquel homenaje con perfecta naturalidad, sin
ruborizarse ni envanecerse, sonriendo franca y bondadosamente, lo que prestaba
a su rostro encanto irresistible. Si aquella expresión era hija del cálculo,
hay que confesar que Isabel había ascendido a lo más delicado y exquisito del
arte de agradar. Saludome graciosa y familiarmente con la mano, con lo cual
todos los ojos que estaban fijos en ella se tornaron hacia el sitio donde yo
estaba. En cualquiera otra ocasión esto me hubiera halagado. Ahora me hallaba
tan inquieto por el resultado de mis amores, que me fue indiferente, y aun me
pesó, de la distinción por la curiosidad de que fui objeto. Seguro estoy de que
muchos me disputaron, sin más, por su novio.
En cuanto el segundo acto terminó, un acto
larguísimo de I Puritani, me levanté para ir a saludarla. Pero al
cruzar el pasillo de butacas sentí que me llamaban por mi nombre:
—¡Qué encandilado va, hermano!
Era Raquel, la dama de Écija, que se alojaba en la
misma casa que yo. Teníamos gran confianza. Estaba con su esposo, quien cada
día simpatizaba más conmigo.
—¿Dónde va usted tan escapao?
—A saludar a unas señoritas ahí, a un palco.
—Bien; pues antes salúdeme usted a mí. Siéntese un
ratito.
Me indicó una butaca desocupada a su lado, y por no
parecer grosero, me senté.
La belleza «en colosal» y llamativa de la dama
había traído hacia aquel sitio a algunos pollastres, que la miraban fijamente.
Ella, comprendiendo el efecto que en los tales causaban sus grandes ojos de
ternera y enérgico seno, se esponjaba y hablaba alto, para decir, por supuesto,
mil simplezas, que el bueno de Torres escuchaba sin pestañear, aletargado en su
butaca bajo el peso de la peluca, impuesta como un castigo. No tardé en ver
entre aquellos admiradores a Olóriz, atusándose, por variar, la barba y dirigiendo
miradas lánguidas a Raquel. Se conoce que luchó un poco con el temor, pero que,
al fin, se decidió a saludarla. Llegose, pues, y se quitó el sombrero, dejando
al descubierto su magnífica cabellera rubia, peinada cual si viniese
directamente de la peluquería. Preguntole por la salud, y luego hizo lo mismo
con su esposo. Pero éste, sea porque se hallaba distraído o bien por la
aversión concentrada que le tuviese, no contestó al saludo. El estudiante quedó
cortado. Raquel, entonces, no pudiendo disimular la indignación o, por mejor
decir, la rabia que la conducta de su esposo le produjo, tomó la palabra, y
¡aquí fue ella!
—Pepe, que te está saludando el señor Olóriz… Yo
pensé que era una regla de buena educación contestar a los saludos que nos
dirigen.
—Mujer, no le he visto—manifestó Torres con
dulzura.
—La verdad es que ya tienes tiempo para haber
aprendido un poco de crianza… ¡Cuidado que se necesita no tener un adarme para
quedarse hecho una estaca cuando una persona decente, cuando un caballero, nos
hace el favor de preguntarnos cómo estamos!
Yo, viéndola tan irritada, traté de calmarla con
algunas frases de disculpa. Mas ella, aturdida y excitada, como siempre, por
sus propias palabras, cada vez se iba poniendo más encrespada, hasta el punto
de que algunas personas que se sentaban en las butacas inmediatas lo
observaron.
—¡Es una grosería, Sanjurjo…, una indignidad!…
Usted es persona de buena educación, y en su interior se está escandalizando,
segura estoy, de ello. Y si él sólo se pusiera en ridículo, no me importaría
nada…; pero me pone a mí, y esto no puedo tolerarlo… ¡No quiero tolerarlo!…
¿Qué se figuraría una persona desconocida que presenciara este lance?… ¡Se
figuraría cualquier cosa mala, indecente!… ¿Es esto dar consideración a su
señora? ¿Es hacer que se la respete?
—¡Si no le he visto, mujer; si no le he
visto!—repetía dulcemente el anciano.
Olóriz, en pie delante de nosotros, pálido,
silencioso, hacía una figura verdaderamente desgraciada, tirándose con mano
convulsa de la barba hasta arrancarse algunos pelos.
Tomé el partido de dejarla desahogarse. Cuando hizo
una pausa, le dije en son de broma:
—Vaya, Raquel, no sea usted tan nerviosilla.
Y antes que de nuevo se exaltase, me levanté y le
di la mano. Olóriz vio el cielo abierto y aprovechó mi marcha para retirarse
también, haciendo un reverente saludo.
Isabel me estaba esperando con impaciencia, según
me dijo. Había pensado bastante en mi situación y quería a todo trance
deshacer los monos, que dependían, sin duda, de alguna mala
inteligencia, de algún embuste. Oyéndola llamar monos a las
tremendas calabazas que Gloria me había propinado, alegróseme el alma. Había
encontrado un medio de que tropezásemos y pudiésemos hablarnos. En su casa no
quería que fuese. Quizá su prima se ofendería de que la llevasen engañada. Lo
mejor era ir de excursión a la Palmera, una casa de campo que tenían del otro
lado del río. Allí, estando todo el día juntos, no podía menos de operarse la
reconciliación, para lo cual ella pondría de su parte lo que pudiera.
—Por supuesto, no invitaremos a ese malagueño
antipático—añadió, guiñándome el ojo con gracia—. Usted campará todo el día por
sus respetos.
Mi pecho se inundó de gratitud. Era adorable
aquella chica.
Quedó en ir a la mañana siguiente a invitar a
Gloria y en avisarme por medio de carta el día y hora de la excursión y, en
general, todo lo que sucediese. Mis esperanzas, tan pronto vivas como muertas,
renacieron ahora más frescas y lozanas que nunca. Parecíame imposible que,
dejándome un rato a solas con mi ex novia, no la conmoviese y redujese a
quererme otra vez. Tal fe tenía en mi elocuencia. Además, era dificilísimo
suponer que tanto amor como aquella gentil muchacha me había demostrado en el
tiempo que duraron nuestras relaciones se hubiese desvanecido en un instante,
sin quedar entre las cenizas rescoldo alguno. En resumen, que dormí bastante
bien aquella noche y pasé el día siguiente tranquilo. Por la tarde recibí carta
de Isabel. No la esperaba tan pronto. Decíame que la partida de campo se haría
mañana. Como tenía muchas cosas que decirme, esperaba que fuese aquella noche a
comer a su casa.
Según costumbre, el conde comió fuera de ella. Lo
hicimos solos Isabel, la tía Etelvina y yo. En verdad que, con las muchas y
graves noticias que la condesita me comunicó, no hice más que picar de los
platos, sin comer realmente de ninguno. Por la mañana había estado en casa de
su prima a visitarla. Hablaron de mí, y Gloria se mostró enojadísima, mejor
dicho, indignadísima conmigo. Le dijo que le constaba de un modo evidente que
yo estaba, ¡qué horror!, en amores con Joaquina Anguita. Todo lo que Isabel hizo
por disuadirla fue inútil. Sabía el tiempo que todas las noches hablaba con
ella y que todos en la tertulia tenían conocimiento de tales relaciones.
Preguntó si yo era de la partida, y, respondiéndole que sí, negose a formar
parte de ella. Sólo a fuerza de ruegos cedió, y eso con la condición de que se
invitase también a Daniel Suárez.
—Mire usted, Sanjurjo: la impresión que yo he
sacado es que mi prima tiene celos, ¡unos celos que le comen el alma!…, y una
mujer celosa es una mujer enamorada.
—Pero ¿ese Daniel…?
—No haga usted caso… Lo ha escogido como
instrumento para dárselos a usted… Por lo demás, entre usted y él ninguna
muchacha puede vacilar—añadió sonriendo.
—Mil gracias.
Pero después que ambas primas hubieron resuelto
este punto, quedó otro más difícil: la cuestión del permiso. Doña Tula se negó
a darlo. Gloria estaba haciendo en su casa una vida conventual. Desde que se
descubrió el galanteo de Marmolejo, sobre todo, la tenían terriblemente sujeta.
Isabel acudió a su padre, quien mandó a doña Tula una cartita diciéndole que no
era aquello lo convenido, que se había prometido sacar al mundo a su sobrina
para averiguar su vocación y que se la tenía prisionera, peor que en el
colegio; que aquello daría mucho que hablar en Sevilla, y que le rogaba, para
evitar murmuraciones, que le concediese alguna libertad. Dos horas después vino
una cartita con la autorización. La excursión se efectuaría, pues, al día
siguiente, y los convidados partirían de la casa de los condes a las dos de la
tarde.
—Invite usted de nuestra parte al amigo Villa.
Dígale que es un ingrato… Hasta ahora no le he echado la vista encima—me dijo
al tiempo de despedirme.
«¡Pobre Villa!», exclamé para mí, observando el
tono ligero con que pronunció estas palabras su ídolo. Y desde allí me fui
derecho a la cervecería para darle el encargo. Cambió un poco de color al
escucharme; pero me dijo con sosegada energía:
—Ya sabe usted, amigo Sanjurjo, que yo con esa
mujer no puedo tener decentemente ni siquiera relaciones de buena amistad. Si
me hubiese dado calabazas…, nada…, hubiésemos quedado tan amigos; pero el
pregonar mis cartas y el consentir que se haga chacota de ellas no lo olvidaré
en mi vida… La saludaré cortésmente, la dirigiré la palabra con respeto; pero
ser su amigo, ¡nunca!
Entendí que tenía razón y no quise insistir.
Aquella noche tampoco fui a casa de Anguita. Hacía tres noches que no iba por
no encontrarme de frente con Suárez. A las altas horas di algunos paseos por la
calle de Argote de Molina y volví a sentir un placer intenso viendo la reja de
Gloria cerrada.
Amaneció, al fin, el día 20 de agosto, memorable en
el curso de esta verídica historia. Amaneció brillante como todos los
anteriores, más que los anteriores, a mi juicio. Pasé agitadísimo la mañana. Me
puse un traje apropiado al caso, ligero, claro y holgado. Fui a comprar un
sombrero que había visto en un escaparate, muy adecuado para el sol y elegante;
me afeité hasta dejar las mejillas suaves y tersas como las de un niño; también
me puse un calzado de becerro, blanco, muy lindo; en una palabra: me preparé
convenientemente para la gran batalla que por la tarde iba a librar. Observé
que Villa no salió de casa y daba vueltas en torno mío, con cierta inquietud y
como si desease hablarme. Por fin, cuando nos avisaron para almorzar, me dijo
desde la butaca donde estaba sentado en mi habitación, chupando un cigarro puro
y envolviéndose en una nube de humo:
—¿Sabe usted, amigo Sanjurjo, que me voy de
excursión con ustedes esta tarde?… Sí, voy—añadió en voz baja y con acento
rápido—para que Isabel no se figure que me estoy muriendo de pena.
—Me alegro muchísimo. Hace usted
perfectamente—respondí, y exclamé otra vez para adentro: «¡Pobre Villa!»
Durante el almuerzo estuvo alegre y jovial, como
hacía muchos días no le veía, como si acabase de recibir una grata nueva.
A las dos en punto nos personamos en casa de Padul.
Estaban ya allí casi todos los convidados: las dos chicas de Enríquez con su
mamá y el novio de una de ellas; Pepa y Joaquinita Anguita (Ramoncita no había
podido venir por estar con jaqueca), Daniel Suárez y el presbítero con
Alejandro. Poco después llegaron Elena y su tío, y luego, otro chico a quien no
conocía. No estaba Gloria en el patio, donde se hallaban reunidos: pero tampoco
vi a Isabel, y supuse que las dos se habían juntado en las habitaciones interiores.
Tardaron poco, en efecto, en presentarse.
No me dirigió una mirada. Estaba grave, contra su
costumbre. Vestía un traje de color rojo con encajes blancos, ligero y de poco
valor, que le sentaba de perlas. (¿Qué es lo que no le sentaba a aquella
admirable criatura?)
Saludé primero efusivamente a Isabel, porque la
actitud de Gloria me imponía. Luego me aventuré a dar la mano a ésta, que me
alargó la suya con marcada frialdad, mirando hacia otro lado. Isabel me hizo
una mueca para indicarme que no tuviese miedo. Pareciome lo más prudente
observar una conducta reservada, digna, esperando los acontecimientos, y me
retiré hacia otra parte. Don Jenaro nos manifestó que se le había ofrecido un
quehacer perentorio y sentía no poder ser de la partida; que íbamos bien autorizados
por la señora de Enríquez, y su prima Etelvina, don Mariano (tío de Elenita) y
don Alejandro.
—Ya sé cuál es el quehacer del conde… Una juerga—me
dijo Pepita por lo bajo.
—¿Cree usted?…
—¡Uf! Como si lo viera.
Las señoras en coche y los hombres a pie, nos
trasladamos todos al muelle, donde nos esperaba una espaciosa falúa entoldada,
con cuatro remeros sentados a la proa. El calor en aquel sitio era estupendo.
El reflejo de las piedras abrasaba el rostro. Parecía que estábamos envueltos
en una atmósfera de fuego. Ni los quitasoles, ni los sombreros de paja, ni los
trajes de dril podrían librarnos de la ardiente saña de aquel sol que desde lo
alto del cielo amenazaba secar los árboles, el cauce del río y hasta la vida de
nuestros cerebros. Las señoras nos aguardaron un rato sentadas a la popa.
Cuando llegamos, nos acomodamos como pudimos. Daniel Suárez fue a sentarse, ¡el
miserable!, al lado de Gloria, que le recibió con afectado regocijo. Villa y yo
nos retiramos hacia la proa; pero al instante fuimos llamados por las damas,
que se apresuraron a dejarnos sitio.
—Villa, aquí tiene usted asiento—dijo Isabel, con
sonrisa dulce y como avergonzada, señalándole un puesto a su lado.
El comandante vaciló un momento, pero fue a
ocuparlo. Joaquinita también me llamó. Hice como que no la oía y fui a sentarme
entre la señora de Enríquez y Etelvina, un par de setentonas.
Los remos, como grandes antenas, comenzaron a
maniobrar sobre el agua amarillenta. Pasamos al lado de grandes vapores, cuyos
vientres colosales, pintados de rojo, parecía que iban a aplastarnos. De lo
alto de ellos, algunos marineros nos miraban con curiosidad, y se decían,
sonriendo, frases que no llegaban a nuestros oídos. Detrás dejábamos el gran
puente de Triana, cuyos ojos se iban achicando lentamente. Pronto salimos del
atracadero de los barcos y llegamos al recodo que guarnecen los naranjos del jardín
de las Delicias. El río hace una gran ese, revolviendo hacia Triana. Las
orillas están orladas de mimbres en primer término. Por detrás de ellos asoman
algunas filas de álamos blancos, cuyas hojas plateadas, heridas por la luz y
agitadas por el soplo blando de la brisa, despiden hermosos destellos. La falúa
se deslizaba suavemente, aguantando imperturbable los rayos solares. El aire
reseco había perdido sus condiciones de sonoridad. Sentíase en los oídos un
suave zumbido constante, a través del cual los ruidos llegaban amortiguados y
confusos. La vista no gozaba siquiera la voluptuosidad de posarse en el agua,
porque el río mismo despedía un aliento cálido. El sol, implacable, lanzaba de
una vez, en apretado haz, todos sus rayos sobre nosotros, cual si quisiera
aplastarnos, reducirnos a la nada, de donde su calor vivificante nos había
sacado. ¡Qué hermoso, qué vivo, qué omnipotente sol! Solo en el Mediodía se
siente su fuerza augusta y acometen deseos de adorarlo.
En los primeros momentos hablose poco en la lancha.
El calor era tan intenso que aturdía. Todos los rostros estaban encendidos y
sudorosos. Los brazos no tenían brío para abanicarse. Pero la alegría no tardó
en renacer. Aquella insufrible molestia que sentíamos sirvió de pretexto para bromear
y reír. Uno de los pollos proponía un baño general: que nos echásemos todos
juntos al agua así que llegásemos a San Juan, cosa que escandalizaba y hacía
reír a un mismo tiempo a las damas. Elenita sostenía que su tío no sudaba agua
como los demás, sino café con leche; y como todos los ojos se volvían,
sonrientes, a mirarle, el buen señor no podía ocultar su despecho. Cada cual
comenzó a hablar con los que tenía al lado. Isabel y Villa empeñaron una
conversación animada. La de Enríquez y su novio, lo mismo. Elenita y el pollo
desconocido, que ya se habían asaeteado bastante con los ojos, comenzaron a
charlar por detrás de la cabeza de jabalí del presbítero don Alejandro, que
tenía las enormes cejas temerosamente fruncidas y el rostro contraído por una expresión
de dolor y de ira que ponía espanto. Finalmente, y esto era lo que
verdaderamente me interesaba, Gloria y Suárez no cerraban la boca. La infiel
reía alegremente, harto alegremente quizá para que no hubiese en ello cierta
afectación, de los chistes (estúpidos, claro está) del malagueño. No quise
disimular mi tristeza. Al contrario, forcé la nota lúgubre, permaneciendo
silencioso y cabizbajo, a pesar de los esfuerzos que las dos viejas que tenía a
mi lado y Joaquinita hicieron por sacarme de mi éxtasis doloroso. Todos allí
estaban ya al tanto de lo que me ocurría.
Sentía, en verdad, una viva y profunda pena, que me
apretaba el pecho y la garganta. Deploraba amargamente el haber venido. Las
esperanzas que Isabel me había dado parecíanme ahora infundadas, ridículas,
engendradas sólo por su deseo frívolo de agradar a todo el mundo. Presa de una
angustia indecible, sofocado también por aquel ambiente abrasador, al cual no
estaba acostumbrado como los demás, me sentía desfallecer. Los oídos me
zumbaban, y pasaban a menudo por delante de mis ojos gasas negras, flotantes, como
si fuera a caerme. No suspiraba ni me movía, sin embargo. No sólo no temía
perder el sentido, pero lo apetecía por huir de aquella amargura que inundaba
mi alma. Deseaba que el poderoso sol se filtrase por la lona del toldo y me
abatiese, aniquilase mi conciencia, me transformase en una piedra, en una
planta, en algo que no pensase ni sintiese.
Comprendía que mi actitud y mi semblante denotaban
demasiado claro lo que pasaba en mi espíritu, que me estaba poniendo en
ridículo. Nada me importaba. Allá, después de un buen cuarto de hora, cuando
aún no estábamos a la mitad del camino, observé que Gloria me dirigió con el
rabillo del ojo una rapidísima mirada, como si tuviese curiosidad de ver lo que
yo hacía. No sé lo que pasó por mí. Sentime de pronto revivir, como un hombre
medio ahogado a quien sacasen la cabeza fuera del agua. Erguime y aspiré con ansia
el aire, dando un largo suspiro, que hizo sonreír a la señora de Enríquez y
puso seria a Joaquinita. No tardó en venir otra mirada igual, que me hizo el
mismo bien. La mano invisible que me apretaba cruelmente la garganta aflojaba
los dedos. Luego vino otra, y pude sacar el pañuelo y limpiarme el sudor. Luego
otra, y tuve ya fuerzas para sonreír. Aquellas miradas, aunque serias y
rápidas, penetraban hasta mi corazón, y reían allí alegremente, y sonaban como
una armonía celeste, y hasta pienso que olían como un perfume embriagador.
Cuanto más nos acercábamos al término de nuestro viaje, más frecuentes eran y,
si no me equivoco, más duraderas también. No dejaba por eso de hablar con
Suárez; pero cualquiera podía notar que no era con la misma animación, que una
leve sombra de gravedad y preocupación se había esparcido por su rostro.
El cauce del río nos conducía hacia la loma que
cierra el contorno de Sevilla, por la parte del Sudoeste. A la falda de esta
loma se encuentra el pueblecillo llamado San Juan de Aznalfarache, adonde
tardamos poco en atracar saltando a un tabladito que hace de muelle. Es una
aldehuela irregular, triste y de ruin caserío. Desde la ciudad ofrece vista muy
grata aquel blanco grupito de casas, posado, como una gaviota, a la orilla del
río; pero una vez dentro de él, la ilusión se desvanece. Mirado desde Sevilla,
parece asentado en la falda misma de la colina, sin terreno llano donde
esparcirse. Después que se está en él se observa que hay en torno muy llanas y
muy hermosas huertas de naranjos y olivos.
El malagueño dio la mano, para saltar, a Gloria, y
esto me contrajo el corazón fuertemente; pero apenas los diminutos pies de ésta
se posaron en el suelo y me lanzó una ojeada firme y rápida como un latigazo,
volvió a dilatarse. Se descansó algunos minutos delante de una taberna y nos
refrescamos con agua azucarada. Las damas se sentaron en las sillas que sacamos
del establecimiento. La mayor parte de los hombres permanecimos en pie,
sirviéndoles los panalitos. La verdad es que todos estábamos necesitados de un
rato de sombra verdadera, porque la del toldo de la falúa dejaba mucho que
desear. Joaquinita, que, por lo visto, tenía ganas de mortificarme, me demandó
un vaso de agua. Sintiendo, más que viendo, que Gloria me observaba, fui a
buscarlo; pero en la taberna se lo di a don Alejandro, diciéndole:
—Haga el favor de llevar este vaso a Joaquinita.
El presbítero se apresuró a cumplir el encargo, y
yo salí después, harto satisfecho de no dar pretexto a que pudiera pensarse que
la segunda de Anguita me inspiraba el más pequeño interés. Como diese luego
algunas vueltas por delante de las damas, dirigí distraídamente la mirada a los
pies de Pepita y observé que traía las botas rotas. Al instante lo advirtió:
—¡Qué! ¿Se fija usted en mis botas rotas?
—¿Se le han roto a usted al saltar?—repliqué.
—No, señor. Las traía ya rotas de casa.
—¡Ah! No lo ha notado usted al ponerlas.
—Sí, señor, sí; lo he notado hace días. Las he
puesto con todo conocimiento.
No quise insistir, porque entendí que, si
proseguía, iba a decirme que no tenía dinero para comprar otras, con la poca
aprensión, vecina de la desfachatez, que la caracterizaba.
Isabel dio la señal de marcha. No sé a quién se le
ocurrió subir al monasterio antes de ir a La Palmera, y emprendimos, en efecto,
la ascensión. La comitiva se repartió en parejas. Yo, para hacer méritos a los
ojos de Gloria, viéndola emparejada con Suárez, me fui solo delante. El camino
es corto, pero bastante agrio.
—Sanjurjo—me gritó Joaquinita, con el sano
propósito de desconcertarme—, muy melancólico anda usted hoy.
Me volví y respondí, sonriendo:
—Hay motivos.
—Cuéntemelos usted.
—Nunca.
Y seguí adelante, muy contento de haber enviado a
Gloria, delicadamente, un testimonio de mi amor. No tardamos en llegar al
monasterio. Está situado en una meseta o cornisa que forma la falda de la
colina, a una altura bastante considerable ya sobre el nivel del río. El
edificio no es grande ni ofrece mucho de particular en el estado de abandono en
que se halla; pero delante de él hay una especie de terraza, desde donde se
divisa uno de los paisajes más hermosos que pueden verse en ninguna parte del
mundo.
Todos nos quedamos extasiados en su contemplación.
Lo que primero atraía la vista era la ciudad. La hermosa sultana del Mediodía
reposaba del lado de allá del río con blancura deslumbradora, que le da
carácter africano. Eran las cuatro de la tarde. El sol la bañaba con sus rayos
oblicuos, pero vivos aún y ardorosos. Sus innumerables torrecillas mudéjares,
de pizarra y azulejos, brillaban como diamantes, y sobre todas ellas descollaba
la formidable y esbelta Giralda, el antiguo y severo alminar de los árabes, con
fuerte color anaranjado. El espacio que ocupa en la vega donde está asentada es
grande.
Todos detrás de ella, sin embargo, nuestros ojos
percibían extensa llanura verde y dorada, cerrada por una leve ondulación del
terreno. «Allí está Alcalá de Guadaira—me dijeron—; allí, Carmona.» No conseguí
verlas. Del lado de acá, por la parte del Sur, la gran ese del río brillaba a
los rayos del sol, desarrollándose entre huertas de naranjos y olivos. A cierta
distancia, estas cesaban y la campiña se extendía llana, desnuda, con un color
dorado, hasta tocar en el cielo, en los confines del horizonte. En aquel
espléndido paisaje, mis ojos no veían la riqueza infinita de matices de mi
Galicia. El esplendor irresistible de la luz los borra y los confunde.
La impresión, a pesar de eso o por eso quizá, era
más viva. A falta de colores, había destellos. El suelo y el aire ardían como
una iluminación universal. Luego, los contornos de los objetos, lo mismo los
próximos que los lejanos, eran tan puros, tan claros, que algunos, como la
Giralda, parecían dibujados en un gran lienzo con mano dura. Los mismos
bosquecillos que rodean la ciudad no formaban masas verdes o manchas, sino que
veíamos los árboles separados con admirable precisión.
Por una atracción de que no me daba cuenta, mi
vista se fijaba con persistencia en el espacio azul. La luz ejercía sobre mí en
aquel momento la misma fascinación que sobre las mariposas. Sentía un placer
inmenso, un deleite casi sensual, en sumergir la mirada en aquel aire
transparente y límpido; me acometían vagos anhelos, ansias indefinibles que me
producían una especie de desvanecimiento. Por un instante, se me borró hasta la
noción de la existencia, hasta el pensamiento de Gloria, que tenía a cuatro pasos
de distancia. Si hubiera tenido alas, me hubiera lanzado al infinito luminoso
sin acordarme de ella, aunque esto parezca una contradicción inverosímil. Esta
especie de enajenación desapareció cuando oí la voz de Pepita a mi espalda:
—¡Considera, alma cristiana, en esta primera
estación…!
Volvía la cabeza riendo, y mis ojos tropezaron con
los de Gloria, que los apartó al instante. No cabía duda: me estaba mirando.
Bajamos de nuevo al pueblo, y advertí que Suárez,
por más que hizo, no consiguió emparejarse con ella. Se había cogido del brazo
de su tía Etelvina y hablaba animadamente sin hacer caso de él, hasta que,
despechado al fin, se acercó a acompañar a una de las de Enríquez. «Bueno va»,
dije para mí con viva alegría, que me brotaba a la cara. Isabel y Villa no se
habían separado. Consideré con tristeza al pobre comandante, preso de nuevo en
las redes de aquel amor imposible, cuando Joaquinita se me acercó diciendo:
—¿Mira usted a Villa? ¿Verdad que parece imposible
que un hombre formal se ponga en ridículo hasta ese punto?
Me encogí de hombros y sonreí. ¡Ponerse en
ridículo! ¿Qué le importa al que ama de veras ponerse en ridículo? Quien se
admire de esto, ni ha amado nunca ni sabe lo que es amor. A riesgo de parecer
grosero, alejeme de Joaquinita. Su compañía en aquel momento podía echar a
perder un fausto suceso que veía en lontananza.
Atravesamos de nuevo el pueblo, y salimos por la
parte del Sur a las huertas y jardines que lo circundan. Al través de las
puertas enrejadas veíamos las casitas de campo, con persianas verdes
cuidadosamente echadas, enteramente solitarias. Sus habitantes, si es que los
había, debían de estar resguardados del calor hasta la hora en que el sol se
pusiese. Próxima ya a la falda de la colina estaba La Palmera. Era la más
amplia en territorio y la que poseía casa más grande y suntuosa. Desde la
puerta de salida hasta el edificio había una ancha avenida, orlada de palmeras
en suave declive. A entrambos lados se extendía un bosque inmenso de naranjos.
El jardín de la casa estaba ya tallado en la colina. Para subir a aquella había
tres escalinatas adornadas con macetas. En los tres descansos se veían
jardinillos bastante descuidados, pero que tenían ese encanto misterioso y
poético que la Naturaleza presta a los lugares que el hombre le abandona. Los
arbustos habían crecido desmesuradamente y tejían sus ramas, formando
bosquecillos impenetrables. Las flores eran escasas y crecían donde los
arbustos no les quitaban la luz.
A la puerta nos recibieron los criados que habían
ido por la mañana con los víveres. El que estaba al frente de la finca nos
acompañaba desde la puerta de hierro. Era una casa del siglo pasado, espaciosa,
fresca y un poco desmantelada. Hacía tiempo que los dueños no iban por allí
sino por un día o dos.
Excitada la curiosidad de todos, quisimos
recorrerla luego que hubimos descansado unos minutos y lo hicimos en tropel,
entrando y saliendo por las vastas habitaciones solitarias, turbándolas con
nuestros gritos y risas. En la planta baja había un gran salón de techo
elevadísimo, con pavimento de azulejos colocados en caprichoso mosaico. Los
muebles eran severos; el damasco encarnado de las sillas y cortinas había
empalidecido extremadamente. Los muros tenían pintado al fresco un gran zócalo,
que llegaba hasta la mitad; de allí arriba, enjalbegados como la casa de un
menestral, pendían de ellos varios retratos al óleo de caballeros y damas del
siglo XVIII. Estos retratos, que eran los de los antepasados de Isabel,
llamaron poderosamente la atención de los convidados. Particularmente las
damas, no acababan de asombrarse de que se gastasen tales tocados y vestidos,
como si no pudiera ponerse un pero a los que ellas llevaban. Había, además, un
comedor espacioso, con grandes armarios de caoba, bien provistos de vajilla. En
el piso alto nos llamó la atención un gabinete muy lindo, en cuyos balcones
habían puesto por capricho cristales de todos colores. Nos detuvimos bastante
rato contemplando la campiña al través de cada uno. Aquellos paisajes azules,
rojos, amarillos, que alguna vez se ven en sueños, hacían prorrumpir en
exclamaciones de alegría o disgusto a mis compañeros.
—Voy a enseñarles a ustedes la salida del
manantial—nos dijo Isabel.
Bajamos, guiados por ella, a la planta baja;
atravesamos un patio, abrió un criado una puertecita verde, y entramos en un
recinto semejante a una gruta. La atmósfera estaba impregnada de humedad.
Escuchábase el rumor del agua, pero no la veíamos porque estaba oscuro. Cuando
los ojos se fueron acostumbrando, observamos allá en el fondo, brotando de la
peña, un raudal enorme, verdadero río, que caía en un estanque cerrado
toscamente por piedras. El sitio era el más grato que pudiera hallarse en tal
instante. La frescura singular que se sentía dilató nuestros pechos, harto
oprimidos, y nos hizo prorrumpir en exclamaciones de bienestar. Nadie quería
salir de allí. Sin embargo, fue preciso, al fin, porque se llegaba la hora de
confortar los estómagos. Isabel había dejado a Villa y tenía abrazada a Gloria
por la cintura. Ambas fueron quedando rezagadas a la salida. Cuando iba a
transponer la puerta, Isabel me llamó:
—Oiga usted una palabrita Sanjurjo.
Al mismo tiempo se retiró hacia el fondo de la
gruta, arrastrando a Gloria. El corazón me dio un vuelco, y las piernas me
flaquearon. Llegaba el momento crítico que había de resolver mi suerte.
Haciendo un esfuerzo sobre mí mismo, acerqueme sonriente a las jóvenes. Debía
de estar o muy rojo o muy pálido. Isabel no me dejó pronunciar una palabra. Si
me hubiese dejado, no sé si hubiera sido capaz de hacerlo.
—Sanjurjo, mi opinión es que debe concluir eso que
hay entre Gloria y usted. Ustedes se quieren. ¿Por qué han de pasar el tiempo
en monerías?
¡Pasar el tiempo en monerías! Declaro que nada me
ha parecido, ni antes ni después, tan lógico, tan convincente como esta
sencilla proposición.
Y como nos quedásemos turbados, ella roja, yo rojo
también, mirándonos con ojos brillantes, la condesita nos dijo en tono
protector:
—Vamos, dense ustedes la mano y no haya más
regaños.
Me apresuré a coger la mano de mi adorada y la
aprisioné entre las mías largamente. Al fin, la emoción venció a la vergüenza,
y comencé a verter una serie de frases incoherentes, apasionadas, estúpidas,
protestando de mi cariño. Estaba loco. Tantos disparates debí de decir, que
Gloria soltó su mano bruscamente y se echó a correr hacia el fondo. Isabel me
hizo con los ojos señas de que la siguiese.
—Gloria—le dije en voz baja, acercándome
suavemente—, ¿sigue enfadada conmigo?
Por toda contestación se llevó el dedo a los
labios, diciéndome con fingido enojo:
—Cargante, ¿no tenías tiempo de desirme esas
guasitas cuando estuviéramos solos?
No pude contenerme. Me acerqué más a ella y la
estreché fuertemente contra mi corazón. Una tosecilla seca de Isabel, cuya
figura tapaba la puerta, nos avisó de que nos veía y que juzgaba aquello un
poco descomedido. Gloria me rechazó; pero yo, tomándole las manos, preguntele
con acento conmovido:
—¿Por qué me has hecho sufrir tanto?
—También yo he sufrido; calla.
Y se dirigió a la puerta, llevándome a su lado.
Isabel dio algunos pasos hacia nosotros y, sonriendo maliciosamente, nos dijo:
—Veo que la reconciliación ha sido completa.
Luego abrazó a Gloria y le dijo al oído algunas
palabritas. Esta soltó una carcajada y la besó con efusión repetidas veces.
Después, sin saber cómo, la risa se tornó en llanto: ocultó el rostro en el
pecho de su prima y comenzó a sollozar perdidamente. Comprendí que aquellas
lágrimas no eran de dolor, pero me apresuré a preguntarle:
—¿Qué te pasa, Gloria? ¿Te sientes mal?
Sin levantar la cabeza, me hizo seña con la mano de
que me fuese. Yo, sin hacer caso, volví a preguntar:
—¿Estás indispuesta?
Entonces, levantando la frente, con los ojos
nublados de lágrimas y sonrientes a la vez, exclamó con rabia:
—¡Vete, payaso, vete! No quiero que me veas llorar.
Muchas veces después me he oído llamar payaso por
Gloria, y siempre se lo he agradecido; pero nunca este calificativo me hizo
experimentar una sensación más feliz, un transporte tan delicioso como
entonces. Salí por la puertecilla en un estado de turbación que hubiera hecho
reír a cualquiera. Llegué al comedor, y no comprendí por qué Suárez me dirigía
una mirada tan glacial. Yo, de buena gana, le hubiera abrazado, como a todo el
mundo. Si no abrazos, por lo menos empecé a repartir sonrisas a todos, porque me
parecía que todos habían contribuido a mi felicidad. Lo único que me
sorprendió, al cabo de algunos momentos, fue que no me preguntasen por Gloria.
Dios mío, ¿cómo se podía vivir sin Gloria? Pero Gloria no tardó en llegar, las
mejillas inflamadas, los ojos enrojecidos y brillantes. No me miró al entrar.
Comprendí que sin mirarme me veía, y esperé.
—A la mesa, a la mesa—dijo Isabel.
Vi que el malagueño se acercaba a Gloria y le decía
algunas palabras, y vi que ella hacía una mueca de indiferencia y le volvía la
espalda. ¡Qué criatura tan inteligente! Vi que, como quien no quiere la cosa,
se iba acercando al sitio donde yo estaba; y vi que se llevaba las dos manos al
pelo y se daba unos toquecitos nerviosos para arreglárselo; y vi que cogía una
silla y la separaba para sentarse; y vi que apoyaba su mano en la contigua… Y
no quise ver más. Fui allá y me senté resueltamente a su lado.
No recuerdo los manjares que nos sirvieron ni creo
que los recordaría entonces, después de haberlos comido. Me parece que eran la
mayor parte fiambres de fonda y que había gran profusión de confites. Lo que
retengo en la memoria admirablemente es que Gloria me sirvió almíbar de azahar,
diciéndome que era cosa exquisita, y que yo no lo encontré tanto, y que ella se
enfadó y me dijo que era un simple y un desaborío, y que yo, para cortar la
discusión, le dije que si me la sirvieran a ella en ese almíbar la comería,
pero otra cosa, no; y que ella me respondió, riendo, que yo «era un gaditano
con más conchas que un galápago». En cambio, cinco yemas de San Leandro, que me
hizo comer una tras otra, me parecieron deliciosas, y alabé las manos de las
monjas y a Dios, que las había criado.
Después de merendar nos fuimos al salón. Elenita se
puso a teclear en el piano, antiquísimo, de voces cascadas y metálicas: un
verdadero trasto. Temblé que comenzase a cantar alguna de sus romanzas
sentimentales, y más cuando vi acercarse al presbítero y decirle algunas
palabras al oído; pero no fue así. La vivaracha joven tocó una tanda de valses
y llamó al pollo desconocido, nombrado Lisardo, según creo, para que le
volviese las hojas. Don Alejandro, mientras tanto, paseaba a grandes trancos
por el salón, con su aspecto sombrío.
—Qué, ¿no se baila?—preguntó la chica al terminar,
haciendo girar el asiento para ponerse frente a nosotros—. Pues yo voy a dar el
ejemplo… Isabel, ven aquí; tócanos una mazurca.
Y, sin más preámbulos, se cogió a Lisardo, y
comenzaron a bailar, dando fuertes taconazos sobre los azulejos, sin reparar en
la mirada furiosa, pulverizante, que su maestro de música le dirigía.
Yo estaba sentado en uno de aquellos viejos sofás,
al lado de Gloria. Le pregunté si quería bailar y me respondió que no sabía. En
Andalucía, casi todas las jóvenes saben los bailes del país porque se les toma
maestro o maestra para enseñarlos; pero a menudo ignoran los de sociedad, con
ser mucho más fáciles.
—No importa; yo te enseñaré.
Y, sin aguardar su respuesta, la cogí de las manos,
obligándola a levantarse, y la abracé por el talle.
—Uno…, dos… Ahora con el izquierdo. Uno…, dos…
Vuelta con el derecho.
Perdíamos el compás a cada momento; pero ¡qué
importa! Cada traspiés nos hacía reír alegremente. Una vez Gloria me pisó.
—¡Huy, huy!—exclamé, fingiendo un gran dolor—.
¡Cómo pesa la carne de monja!
—¡Vaya una grasia mohosa!… Pero, hombre, ¿tienes la
desvergüenza de quejarte? ¿De cuándo acá el pie de una andaluza puede hacer
daño al de un gallego?
Y era verdad. Aunque sus pies diminutos hubieran
bailado sobre los míos, creo que no me harían daño.
Por otra parte, nadie reparaba en nosotros, y
podíamos bailar lo mal que quisiéramos sin llamar la atención. Todos brincaban
por el salón, acometidos de un vértigo en el cual debían de tener alguna parte
el manzanilla y el amontillado que nos habían servido. Cuando nos cansamos,
fuimos de nuevo a sentarnos. Cogí su abanico, le di aire fuertemente, tan
fuerte, que lo rompí, lo cual fue ocasión de nuevas bromas y risas. No habíamos
hablado nada de nosotros mismos. Nuestra conversación sólo tenía por tema las cosas
y los sucesos exteriores. No sé si era porque el placer de hallarnos de nuevo
juntos y enamorados nos bastaba en aquel momento, o por el temor de hablar de
asuntos en cuya apreciación pudiéramos no estar de acuerdo.
Por supuesto, en cuanto el baile de sociedad fue
cansando, vinieron a escape las seguidillas. Gloria fue la primera invitada,
porque Isabel afirmó en voz alta que no había en Sevilla quien las bailase como
ella. No se hizo de rogar. Formáronse cuatro parejas, comenzó a sonar la
guitarra, chasquearon los palillos (en Andalucía, la guitarra y los palillos
aparecen siempre, como si brotaran de la tierra), y el baile, aquel baile
animado, vibrante, gracioso, que produce escalofríos de dicha y hace bullir el
alma del más linfático, dio comienzo al son de una copla, cantada por el
clérigo don Alejandro. Costó gran trabajo reducirle a que lo hiciese.
Confieso que, aun placiéndome mucho, no me causó la
impresión que en Marmolejo. Gloria en hábito de monja no diré que estaba mejor
que ahora con su vestido rojo; pero, desde luego, era aquello más original.
Cuando salimos a tomar el fresco a los jardines, el
sol ya se había puesto y andaba cerca de llegar la noche. La sociedad se
diseminó por el gran bosque de naranjos. Gloria, en cuanto vio un columpio, se
empeñó en subirse y me pidió que lo moviese, lo cual hice, como debe suponerse,
con extremado placer. Por entre los árboles vi reunidos a Suárez y a
Joaquinita, que nos miraban con sonrisa despechada y maligna. No hice caso;
pero Gloria, que también acertó a divisarlos, se puso seria repentinamente y no
tardó en bajarse. Volvimos a reunirnos al grupo mayor. Observé que mi novia
procuraba, por cuantos medios podía, demostrar a Daniel el mayor desprecio,
como si tuviese contra él algún grave motivo de odio. Yo era tan feliz, que
compadecía sinceramente a mi enemigo y hallaba la conducta de ella demasiado
cruel. Nos sentamos, al fin, sobre el césped, no lejos de Isabel y Villa, que
charlaban animadamente. Hubo un rato de silencio. Temía, por lo que ya he
dicho, volver a las conversaciones íntimas, y no se me ofrecía en aquel
instante objeto de qué tratar. Noté que Gloria me miraba con frecuencia,
sonreía levemente, bajaba la vista y otra vez volvía a mirarme y sonreír,
moviendo los labios un poco, cual si le viniesen deseos de decirme algo y no se
atreviese.
Una de las veces sus ojos chocaron francamente con
los míos, y los dos sonreímos, sin saber por qué. Bajolos, al fin, y, mostrando
vergüenza, dijo en voz baja:
—Ya sé que me has llamao…—aquí pronunció a medias
la palabra fea que yo había dicho a Suárez en la memorable conferencia de la
taberna.
Debí de empalidecer terriblemente, y murmuré,
rechinando los dientes:
—¡Infame!
—No te apures, hijo—se apresuró a decirme, sin
caérsele la sonrisa avergonzada de los labios—. Ya ves qué enojada estoy. ¿No
te he dicho que a mí me gusta que me peguen en los nudillos?… Además, eso me ha
probao que no se te pasea el alma por el cuerpo, como yo creía. Cuando me has
llamao tal cosa, es que me quieres.
Algún reparo podría ponerse, en buena lógica, a
esta conclusión; pero la verdad es que entonces era legítima.
—Sí que te quiero. ¡Más de lo que tú te figuras!
—¡Mira que me figuro mucho!…
—Pues más aún…; pero el decirte semejante porquería
es una indignidad que ese canalla me ha de pagar.
—Déjalo de mi cuenta, tonto. Vosotros no sabéis
castigar esas cosas… Ya verás cómo yo sé tocarle en lo vivo.
Y tenía razón, porque supo tan bien manifestar su
desdén, que a ninguno de la partida se le ocultó la vergonzosa derrota del
malagueño. Volvió a quedar silenciosa mi dueña, y volvió a dirigirme rápidas
miradas y a sonreír, esta vez con malicia.
—Te he visto—me dijo al cabo—pasear de noche por mi
calle.
—¿Sí? ¿Cuándo?
—Estas noches pasaas, mientras hemos estao
reñagaos…, y te he visto, además, haser una cosa…
—¿Qué cosa?—pregunté, poniéndome ya colorado.
—Besar las rejas de mi ventana… Vamos, no te pongas
colorao, porque estuvo muy bien hecho.
—¿Dónde estabas tú?
—Pues detrás de las cortinas.
—¡Ah, cruel! Y no has tenido siquiera corazón para
abrir y darme las gracias!—exclamé con tristeza.
—¡Qué quieres, hijo!—respondió, ruborizándose a su
vez—. Bien me apetesió…; pero la honrilla…, la negra honrilla…, ¿sabes?… «No
vaya a creerse ese tío lila—dije para mí—que le estoy asechando los pasos.»
—Pues no te lo perdono.
—¿Qué no me lo perdonas?—dijo, propinándome un
soberano pellizco en el brazo.
—No—repetí, riendo y quejándome al mismo tiempo.
—¿No?—preguntó de nuevo, intentando darme otro.
—No—repuse con firmeza, levantándome y echando a
correr por el bosque.
Ella me siguió; jugamos un rato al escondite entre
los árboles. A cada instante me preguntaba: «¿No?» «No», respondía yo, cada vez
con más decisión. Observé que se iba impacientando y que su voz estaba ya
alterada. Por fin se quedó inmóvil y silenciosa. Entonces me acerqué y vi que
sus ojos estaban nublados de lágrimas. Me recibió con una granizada de
denuestos. Después, como yo procurase templarla, mostrándome arrepentido,
cambió repentinamente y, mirándome con ojos suplicantes…, tornó a repetirme:
—¿Me perdonas?
Costome trabajo impedir que se pusiera de rodillas.
Había llegado a persuadirse de que lo que había hecho era un grave delito.
La noche estaba ya encima. Se trató de partir; pero
la mayoría de los jóvenes decidió, contra la minoría de los viejos, que nos
estuviésemos aún otro ratito. Se jugó todavía al escondite, a
la gallinita ciega, y nos divertimos en ver furioso al tío de
Elenita, que a todo trance quería marchar. Cuando lo hicimos se veía muy poco:
cuando saltamos a la falúa en el pequeño embarcadero de madera de San Juan, era
ya noche cerrada.
Yo, que no me había separado un instante de Gloria
después de nuestra reconciliación, tampoco lo hice entonces, como es fácil de
presumir. Senteme a su lado en la popa, teniendo cerca a Isabel y Villa, que
tampoco habían andado muy apartados durante la excursión. Frente a nosotros
estaba la de Enríquez, con su novio; más allá, la mamá y la tía Etelvina, y en
medio de ellas, don Alejandro, más sombrío y ojeroso que nunca.
Elenita charlaba por los codos con el pollo
Lisardo. Joaquinita y Suárez hablaban, aunque no tan animadamente, allá lejos,
cerca de los marineros, y Pepita se encargaba de darnos matraca a todos. Lo
cierto es que el malagueño soportaba su derrota con más filosofía que yo lo
había hecho.
El firmamento se había poblado de estrellas. La
luna aún no aparecía. Apartámonos de la orilla y los remos comenzaron a
chapotear dulcemente sobre el agua. El calor había cedido, pero no cesaba. El
aire, inflamado por los rayos del sol, nos envolvía como una onda tibia,
acariciando nuestras sienes y penetrándonos de una languidez invencible. Los
mimbres y álamos esparcían por las orillas sombras flotantes que temblaban y
desaparecían a nuestro paso. Impresionados todos por el silencio de la noche,
el blando vaivén de la barca sobre la superficie elástica del río y el suave
rumor de los insectos que cantaban en las praderas de las márgenes, comenzamos,
sin darnos cuenta, a bajar la voz. Al poco rato no se oía en la falúa más que
cuchicheos y rumor de risas comprimidas.
Nuestros ojos sonreían, cambiando largas miradas
impregnadas de pasión; nuestros labios murmuraban frases de amor; nuestras
manos se buscaban en la oscuridad y se oprimían, tan pronto viva como
débilmente. Gloria me preguntaba aún muy bajito si la perdonaba. Yo respondía
que sí y que la adoraba. Ella replicaba que sólo se adora a Dios y a los
santos, que le bastaba ser querida, pero muy querida, y que la única ambición
de su vida era ser mi mujercita, que yo la llevase a donde bien quisiera, aunque
fuese a Galicia. Viendo sus ojos posarse sobre los míos anhelantes,
escuchando su dulce acento enternecido, cualquiera diría que estaba
profundamente enamorada de mí. Yo no lo digo por modestia.
La luna apareció por encima de las azoteas de la
ciudad cuando ya estábamos próximos al muelle. Inicié un aplauso a la diosa de
la noche, y todos me secundaron con vivo palmoteo. Isabel manifestó que era
lástima meternos en casa, y nos propuso dar la vuelta y pasearnos un rato, lo
cual hicimos contra la voluntad expresa del tío de Elenita. Otra vez perdimos
de vista la negra silueta de Sevilla y nos hallamos en medio del río, mecidos
entre sus riberas sombrías, sobre la faja de plata que extendía la luna en el
agua. Esta faja nos servía de camino. Era un sendero soñado, glorioso, que se
prolongaba a lo lejos, se perdía entre los negros contornos de las orillas,
conduciéndonos, en apoteosis, al través de la noche desierta. Brillaban sobre
la espalda del río mil escamas argentadas, mil ampollitas lucientes, que
parecían caídas del alto cielo dormido.
Sumergí los dedos en el agua, y la hallé tibia. Se
lo dije a Gloria, y se inclinó para hacer lo mismo. Después nuestras manos
mojadas cambiaron un dulce y corto apretón, que nadie vio. Volvimos a sentirnos
acariciados por la onda silenciosa de la noche. Las palabras que nos
murmurábamos volvieron a tener un sentido íntimo, un sabor secreto que nos
inundaba de alegría. Los acentos de Gloria, al salir de sus labios húmedos, no
quedaban en el oído, sino que corrían por mis venas con dulzura infinita, y sus
negros ojos brillantes me interrogaban sobre aquel misterioso y divino sabor
que ella notaba también, sin saber de dónde venía. Escuchábase el glu-glu cristalino
del agua; la falúa oscilaba, dejando escapar una suave queja monótona. Los
marineros habían levantado los remos, a nuestra instancia, y nos dejaban
marchar arrastrados por la imperceptible corriente.
Duró poco aquel sopor lánguido y voluptuoso que a
todos nos había embriagado. Pepita, después de rasguear primorosamente la
guitarra tres o cuatro veces, se la pasó a Gloria, diciendo:
—Hija mía, basta de pichoneo… A ver si nos cantas
alguna copliya salaíta de esas que tú sabes.
Quiso resistirse, pero todos la instaron, afirmando
que estábamos lejos ya del muelle, que nadie, más que nosotros, la oiría, y se
vio precisada a ceder. Observé siempre que Gloria estaba más dispuesta a bailar
que a cantar.
Punteó y rasgueó la guitarra un momento y de
improviso lanzó el grito prolongado, vibrante, apasionado, con que comienzan
los cantos andaluces. El aire dormido se estremeció, y sobre sus alas
invisibles arrastró aquel grito a través de la campiña desierta. Yo sentí un
vivo escalofrío, un fuerte estremecimiento, como si hubiera tocado en el botón
de una máquina eléctrica. Aquella nota se fue apagando, hasta que murió en su
garganta como un blando suspiro. Luego cantó rápidamente y con brío los dos
primeros versos de la copla y guardó silencio.
—¡Olé, mi niña! ¡Bueno! ¡Viva tu salero!—gritaron
algunas voces.
Gloria, sin pestañear, la mirada fija y abstraída,
los rasgos de su fisonomía levemente alterados, como le acontece a quien pone
en el canto buena parte de su alma, concluyó la copla, bajando la voz hasta
convertirla en murmullo vago, gorjeo suave que, al morir, asemeja un sollozo.
Por qué en aquel momento, en que mi amor por Gloria
se convertía en delirio y embriaguez, en que todo me sonreía y tocaba al logro
de mis deseos, sentí el alma inundada de tristeza y apetecí la muerte, no puedo
explicarlo, pero así fue. Quizá tengan razón los que creen que el amor y la
muerte son dos cosas que se identifican y confunden allá en el centro
misterioso de la vida universal. Dejé resbalar mis lágrimas por las mejillas
sin cuidar si me miraban. Gloria volvió a entonar otra copla, y luego otra, y luego
otra. No se cansaban de pedirle más, y ella de complacerles.
Un suceso inesperado vino a destruir el
arrobamiento en que todos estábamos. Los marineros, que también participaban de
él, se habían descuidado, y la falúa, abandonada a sí misma, se acercó a la
orilla y embarrancó. En vez de susto, lo que aquel lance produjo fue risa y
algazara. Los marineros se remangaron los pantalones y se echaron al agua, y al
momento nos pusieron a flote. Pero la paciencia del tío de Elenita había tocado
a su fin. Tropezando de ira, nos dirigió frases de mal gusto, verdaderos insultos,
que nosotros acogíamos con ¡bravos! y palmadas. Sin embargo, las señoras se
pusieron de su parte, y no hubo más remedio que dar la vuelta.
La barca siguió de nuevo el argentado sendero del
río, que fulguraba como el éter. Todo dormía, lo mismo la sombra que la luz,
con un sueño profundo y sosegado. El aire tibio nos traía de las márgenes vagos
aromas de frutos maduros, de flores marchitas, de musgo y tierra, que era el
hálito de la Naturaleza dormida. La profunda negrura de las riberas, donde las
sombras se acumulaban, hacía más brillante y glorioso nuestro camino. Parecía
que marchábamos, suspendidos en las tinieblas, sobre un rayo de luna. Del
firmamento caía una lluvia de estrellas que no llegaban al suelo jamás, y las
praderas elevaban hacia él su voz suave y monótona, formada por los suspiros de
millones de insectos que en el fondo de sus pequeños agujeros también se
estremecían, como yo, de amor y de dicha.
¡Hermosa noche andaluza: mientras me quede un soplo
de vida vivirás impresa en mi corazón!
XIII
Doy una bofetada que puede costarme cara
Tornaron a reanudarse nuestras sabrosas pláticas a
la reja. Por algunos días fui dichoso. Sin embargo, los celos de Gloria no
habían desaparecido por completo. Lo mismo era mentar la casa de Anguita que se
ponía de mal humor y me hablaba en tono desabrido, por lo cual procuraba ir a
ella lo menos posible.
En una de estas noches dio un baile el conde del
Padul. Isabel hizo esfuerzos muy grandes porque Gloria asistiese, pero todos se
estrellaron contra la negativa rotunda de doña Tula. Ni aquella ni yo lo
sentimos mucho. Nuestros coloquios valían más que todos los bailes imaginables.
Quedamos en que yo sólo iría un rato después de nuestra conversación nocturna.
Mas al verme llegar a la reja con el gabán puesto, dejando asomar la corbata
blanca y la pechera de la camisa, observé que se esparcía por su rostro una
leve nube de tristeza. Me habló durante largo rato distraída, preocupada. Por
último, como no era posible que guardara mucho tiempo cualquier sentimiento que
la agitase, dijo con una resolución severa, como si esperase oposición y se
preparase a reñir:
—Mira, no quiero que vayas al baile.
—¿Pues?
—Porque no.
Callé un momento y sonreí, viéndole arrugar su
linda frente y desviar la vista hacia otro sitio, cual si temiese flaquear en
su determinación fijándola en mí.
—Bueno—dije con afectada resignación—, no iré.
Tardó un poco en contestar. Pero inquieta tal vez
su conciencia por mi estudiada humildad, dijo:
—No quiero que vayas porque sé lo que va a pasar…
¡Cómo si lo viera! Hoy están allí las chicas más bonitas de Sevilla, y tú te
enamorarás de una… Y yo no quiero, ¿lo oyes? ¡No quiero, no quiero!
El arranque con que pronunció estas palabras me
hizo reír.
—Bien, hija; si ya te he dicho que no voy.
—Es que lo dices así, en un tonillo de manso
cordero…, como si fuese una tontada mía…
—No, querida, no. Lo hago con mucho gusto, puesto
que tú me lo ordenas…
—No, yo no te lo ordeno.. Si quieres, vas, y si no,
te quedas.
Concluyó por ponerse furiosa y decir que yo no la
quería un tantito así (se picaba la falange del dedo chiquito) y que era muy
desgraciada. Imagino que, en el fondo, de quien estaba descontenta era de sí
misma.
Pronto se sosegó, y charlamos con la mayor alegría,
como todas las noches. No obstante, cuando llegó el momento de separarnos, me
preguntó sonriente, pero mostrando inquietud en los ojos:
—¿Te vas a casa?
—Sí.
—¿De veras?
—De veras.
Quedó un instante pensativa. De repente sacó su
hermosa mano por la reja, me cogió la corbata y me la arrancó.
—Así ya no puedes ir al baile, aunque quieras.
—No había necesidad de eso. No tengo ningún deseo
de ir. Si quieres que esté aquí hasta que amanezca, aquí estoy… Y a mí no me
gusta ni me gustará jamás otra mujer que tú.
La firmeza y sinceridad con que pronuncié estas
últimas palabras la conmovieron. Me apretó la mano con ternura y dijo, sacando
otra vez la corbata por la reja:
—Toma; tengo confiansa en ti.
—Quédate con ella. Quiero que la conserves como
recuerdo de esta noche.
Guardó silencio y se la anudó lentamente al cuello
haciendo un lacito.
—Está bien—dijo, al cabo, sonriendo—; pero cuando
te vayas, estoy segura de que me irás llamando tonta.
—No te lo llamaré tal.
—Sí me lo llamarás…, y tendrás rasón… Di, ¿me lo
llamarás?
—¡No, mujer, no!
—Chinchoso, feo; como lo hagas, mañana te doy un
pellizco que te acordarás toa la vía.
«Efectivamente—decía yo para mí mientras caminaba
hacia casa—, merecía que se lo llamase; ¡pero es tan salada!»
Por aquellos días ocurrió en la casa donde vivía
una desgracia que, si bien no me tocaba de cerca, no dejó de impresionarme. Una
mañana, un poco antes de almorzar, noté cierto movimiento. Matildita
revoloteaba como un jilguero asustado; los criados iban y venían con botellitas
y frascos entre las manos. Pregunté lo que pasaba, y me enteraron de que la
señora de Torres se había puesto enferma repentinamente; un ataque al corazón,
decían. ¡Estaba tan gruesa! Fui a su habitación y me dijeron que estaba dentro el
médico. Esperé un instante y le vi salir en compañía de Torres, que se hallaba
extremadamente pálido. El doctor mostraba también inquietud en la fisonomía.
Hablaron en voz baja cortos momentos, y oí que se despedía para dentro de una
hora. El pobre Torres andaba tan preocupado, que ni reparó en mi presencia.
Tuve que llamarle la atención. Sentose en el sofá, y con voz temblorosa y
aspecto aterrado me contó cómo había comenzado aquello y en qué disposición se
hallaba su esposa. Luego me invitó a que entrase a verla un momentito nada más,
a ver qué me parecía. Penetré en el gabinete, luego en la alcoba, y hallé a
Raquel en la cama, sin más síntoma aparente que una grande fatiga. Sonrió al
verme y me habló en voz baja y con grande trabajo. Iban a ponerle una
cantárida, y me salí. En el corredor tropecé con Olóriz, que daba paseos por
delante de la puerta, atusándose la barba con mano convulsa.
Confieso que no me preocupé gran cosa, y después de
almorzar me fui a la calle, como todos los días; pero al regresar a la hora de
comer hallé la casa en un estado de agitación que me sorprendió altamente. «Van
a traer el Viático a doña Raquel», me dijo el criado con tono confidencial. El
médico, en efecto, había mandado disponerla a escape, porque, según me repetía
Villa, «se iba por la posta». El cura estaba a la sazón confesándola. Cuando
terminó, nos dijo que salía a buscar el Viático, y todos los huéspedes de la
casa y algunos amigos de nuestra huéspeda le acompañamos a la iglesia. Allí nos
dieron un cirio a cada uno. Noté que la palidez de Olóriz había aumentado. No
salió una palabra de sus labios. El cirio que el sacristán le dio no era más
amarillo que su rostro en aquel momento. Atravesamos las calles tristemente,
precedidos de la campanilla fatal, que, a intervalos largos, tañía con repique
temeroso. A la puerta de la casa, Matildita, Fernanda, los criados y algunas
amigas, de rodillas y con cirios encendidos también, esperaban al Señor. Pasó
el sacerdote por delante de ellas murmurando lúgubremente latines, y en pos de
él, nosotros. A la puerta de la sala hallamos al infortunado Torres, de
rodillas, con un cirio igualmente en la mano y sollozando. Con el cura entramos
en el gabinete, donde habían puesto un altar portátil, diez o doce personas,
entre ellas Olóriz. Mis ojos no se apartaban apenas de él. Su situación me
inspiraba gran curiosidad. A la luz de la vela, que el monaguillo arrimó al
lecho, pude ver el rostro de la enferma. Raquel no era la misma. Todos sus
rasgos fisonómicos se habían descompuesto: la nariz, ya grande, era ahora
monstruosa; los ojos, más abombados, vidriosos, sin expresión alguna; las
mejillas, hundidas. Parecía mentira que en tan poco tiempo se pudiese operar
tal transformación.
Mientras el sacerdote decía sus preces con murmullo
solemne, observé que Eduardito cambiaba vivas y risueñas miradas con Fernanda,
la cual le sonreía con sus ojos bordeados de ojeras dilatadas y su feo diente
mellado. Aquel espectáculo tristísimo no les impresionaba. Cuando el sacerdote
alzó la sagrada hostia, entre Matildita y otra mujer incorporaron a la enferma,
quien nos dirigió una mirada vaga. Al encontrarse sus ojos con los de Olóriz,
pintose en ellos un espanto, una angustia, que por largo tiempo tuve impresa su
expresión en mi cerebro. Aún hoy no puedo recordarla sin horror. Olóriz se
demudó mucho más de lo que estaba. Le vi vacilar un instante, pero no cayó.
Permaneció clavado al suelo, inmóvil y rígido, como una estatua de cementerio.
Poco después de comulgar se aumentó la disnea, y a
las diez y cinco minutos de la noche expiró la bella Raquel, del modo más
inesperado, en la flor de la juventud, cuando una fortuna cuantiosa iba a caer
en sus manos. Aquella muerte me pareció un verdadero sarcasmo del Destino, si
no una lección tremenda de la Providencia. No pude menos de recordar el mal
disimulado deseo que aquella mujer sentía de quedarse viuda y libre. ¡Quién le
dijera, pocos días antes, que debía ponerse bien con Dios, porque aquel ochentón
que tanto le estorbaba la iba a sobrevivir!
El dolor de Torres, vivo, profundo, desesperado, a
todos pareció ridículo menos a mí. Cuando, quebrantado por los sollozos,
hablaba de la «Raquel de su alma», los que habían ido a consolarle cambiaban
rápidas miradas donde se traslucía una conmiseración burlona. Su pena era tan
sincera, tan inmensa, que ni la presencia de Olóriz le estorbaba. Al contrario,
noté con asombro que se dirigía a él con preferencia a nosotros, cual si
creyese que, por amarla también, era el único capaz de entender y apreciar su
dolor. El tema constante de su discurso era que mucho más valía que se hubiera
muerto él, ya que de nada servía en este mundo. Parecía irritado con Dios por
haber cometido aquella equivocación tan lamentable. Sentíase avergonzado de
vivir él, tan viejo y tan feo, muriendo su mujer, joven y hermosa.
Hicimos cuanto pudimos por consolarle. Después de
algunos días supe que la había dotado en vida en más de la mitad de su
hacienda, y que la hermana de Raquel se había apresurado a reclamarle esta
dote.
Mis amores experimentaron un gravísimo
contratiempo. Una de aquellas noches, estando a la reja con Gloria, en medio de
nuestro cuchicheo íntimo y delicioso, soltó ésta un grito de terror que me dejó
yerto, agarrado a la reja sin poder moverme. Había sentido una mano apoyarse en
su hombro. Era la de su madre. En la oscuridad de la sala vi blanquear la faz
pálida de doña Tula y su pañolito amarillo y escuché su voz, de timbre agudo y
delicado, exclamar:
—No te asustes, hija mía. No vengo a hacerte ningún
daño.
Luego se inclinó hacia la reja y me dijo en tono
irónico y alegre:
—Buenas noches, señor capitán.
Yo que, pasado el estupor, me disponía a emprender
la fuga, apenas tuve fuerzas para contestar al saludo.
—Siento mucho haber hecho el papel de gavilán… Pero
las tortolitas no deben asustarse, que no vengo a comérmelas…
Viendo que el asunto no se presentaba del todo feo,
se me ensanchó el corazón y pude replicar, sonriendo humildemente:
—Espero que usted nos perdonará esta falta… Gloria
no ha tenido ninguna culpa… He sido yo el que…
—¿Falta? Aquí no hay falta. Ustedes son jóvenes y
se quieren… ¿Qué tiene de particular que se hablen por la reja?… Lo único que
me traspasa el corasón es que mi hijita del alma no haya tenido confiansa en mí
para desírmelo… ¿A quién mejor que a su mamaíta puede ella abrir el pecho?
¿Quién deseará su felisidá como yo?
Aquel desagradable suceso tomaba aspecto tan
propicio, que me sentí enternecido y con ganas de besar la orla del vestido de
doña Tula, como don Oscar había previsto cuando me habló de ella. Sin embargo,
noté que Gloria continuaba grave y sombría, como había quedado así que se le
pasó el susto.
—No ha sido desconfianza por parte de ella—dije,
metiéndome en camisa de once varas—. Es que temíamos que a usted le pareciesen
mal estos amores y nos los privara.
—¿Por qué? ¿Yo no he sido joven también y no he
tenido novios? ¡Pobresita!—añadió, acariciando la cabeza de su hija—. ¿Tenías
miedo de verdá a tu mamita?… No, hija, no; siendo el novio una persona
regular…, y el señor lo es…, no hallo motivo… No sé por qué este señor ha
dejado de venir a casa… Lo he sentido mucho… Pero, en fin, cuando él lo ha
hecho, sus rasones tendrá.
Intenté explicar mi repentino alejamiento, sin
herirla a ella ni a don Oscar. Pero estaba tan confuso y avergonzado, que no
dije más que tonterías.
Doña Tula estuvo amabilísima conmigo; pero cuanto
más lo estaba, más seria y cejijunta se ponía Gloria, que no había despegado ni
despegó los labios durante nuestra plática. Por fin, la simpática mamá
manifestó que era una hora intempestiva y fea aquella en que celebrábamos
nuestros coloquios; convenía adelantarla, de nueve a once, por ejemplo. Lejos
de poner estorbo a nuestras entrevistas, nos estimuló a proseguirlas.
Me despedí de madre e hija loco de contento. Poco
faltó para llamar a doña Tula mamá; bien me apeteció el hacerlo. Sin embargo,
cuando, entre el laberinto de casas sombrías, iba caminando hacia mi casa, no
pude menos de pensar que mi futura suegra no había soltado prenda alguna
respecto a la posibilidad de nuestro matrimonio ni me había invitado a entrar
de nuevo en su casa. Además, se me vino de pronto a la imaginación que su
actitud de ahora contrastaba con la que había tomado cuando supo o presumió que
yo había venido a Sevilla y entraba en su casa por el amor de su hija, según
ésta me había dicho. Por otra parte, la seriedad de mi novia, tan impropia de
la ocasión, no anunciaba nada bueno. Tales reflexiones bastaron para echar agua
sobre mi fervoroso entusiasmo y me acosté en la cama medianamente inquieto.
Al día siguiente recibí una invitación del
presidente del Casino Español, que ya me habían anunciado, para que leyese
algunas de mis poesías en aquel centro recreativo. Esta fiesta o velada ya se
venía tratando hacía tiempo entre mis conocidos. Particularmente Villa formaba
mucho empeño en ella. Como no hay felicidad en el mundo comparable a la que
siente un poeta leyendo sus versos, me apresuré a contestar afirmativamente.
Quedó convenido en que la lectura se daría el domingo próximo. Estábamos en
jueves. Por la noche fui, a las nueve, como había quedado, a ver a Gloria.
Estaba tan preocupado con la lectura poética, que, por un momento, la figura de
mi novia aparecía en segundo término dentro de mi espíritu. La encontré más
grave y preocupada. Cuando le hablé de la escena de la noche anterior,
mostrándome muy contento por su resultado, me dijo:
—No te fíes…
—¿Sabes algo?…
—No sé nada; pero conosco a mamá mejor que tú…
Mira: lo mejor que podemos haser es prevenirnos para lo que pueda suseder… Hay
que andar un poquillo avispaítos y no dejar que el asunto se enfríe. Te vas a
ver al tío Jenaro. Nadie mejor puede componer el pastel.
—¿Qué pastel?
—El de nuestro matrimonio, retonto… Digo, si es que
apeteses esta mano, que no tiene nada de blanca ni de suavesita…, ¡bien lo
sabes!—dijo, sacándola por la reja.
Por toda contestación, me apoderé de ella, la llevé
a mi corazón y luego la besé repetidas veces.
A la noche siguiente me manifestó que se hallaba
muy inquieta. Su madre le hablaba risueña, pero con cierto tonillo burlón que
la indignaba. Además, había observado que aquella mañana había celebrado con
don Oscar una larguísima conferencia. Luego había llegado el tenedor de libros
de la fábrica con un hombre desconocido, y los cuatro se habían encerrado en el
gabinete de don Oscar y habían estado charlando buen rato. Este entró y salió
aquel día muchas veces. En fin: que había cuchicheos misteriosos en la casa que
nada bueno auguraban. No participé de sus temores. Pensé más bien que eran
imaginaciones de su temperamento exaltado; pero le prometí ir al día siguiente,
sin falta, a casa del conde del Padul para enterarle de lo que pasaba (apurado
me vería) y pedirle que interviniese ya directamente en nuestra unión,
adelantándola cuanto fuese posible. Gracias a esta solemne promesa se
tranquilizó, y pudimos gozar de las dos horas que la generosidad de doña Tula
nos otorgaba.
En la mañana del otro día hice un ensayo general de
la lectura poética. Reuní en mi cuarto a Matildita, Fernanda, Eduardito y los
criados, y les leí las composiciones que tenía preparadas para la noche; en
realidad, para medir el tiempo empleado en la lectura.
Puse el reloj abierto sobre la mesa, y leí primero
una leyenda de la Edad Media, titulada La mancha roja, que resultó
durar treinta y siete minutos. Luego, un diálogo, con intención política, sobre
las sombras de Solón y González Bravo, que duró quince. Una descripción, en
tercetos, de las cataratas del río Piedra, dieciocho, y otras varias
composiciones, de cuatro a ocho minutos, formando, en total, una hora y media,
que, como todo el mundo sabe, es el tiempo prescrito para esta clase de
solemnidades. Resuelto el problema de los minutos, me encontré en una feliz
disposición de ánimo y almorcé con apetito.
Por la tarde fui al palacio de Padul, según había
prometido a Gloria. Isabel estaba en casa de las de Enríquez. El conde se
disponía a salir en coche, a ver los toros que debían lidiarse al día
siguiente. Me invitó a acompañarle, lo cual acepté con gusto, tanto por
enterarle de mi negocio cuanto por dar aquel grato paseo. El coche en que
montamos era un faetón tirado por cuatro caballos tordos enjaezados a la
calesera. Don Jenaro y yo nos sentamos delante, y éste empuñó las riendas. Dos
criados venían sentados detrás. La tarde era ideal, tan pura y diáfana como las
del mes de agosto, y menos calurosa, por cuanto ya habíamos entrado en el mes
de septiembre. Seguimos el paseo de las Delicias, a la orilla del río. Había
bastante gente a pie y en carruaje. El conde era muy saludado. No tardamos en
salir del paseo y entrar en la carretera que conduce a Tablada, donde los toros
se hallaban. Como nosotros, iban muchos con el mismo objeto. Otros venían; de
suerte que había bastante movimiento de coches en el camino. También se veían
algunos señoritos, en traje de chulo, montando los hermosos y petulantes
caballos de la tierra. Ningún buen aficionado de Sevilla, por lo que pude
entender, deja de ir a Tablada la víspera de la corrida.
La carretera se desplegaba al través de los campos
llanos y dilatados del sur de la ciudad. A un lado y a otro se extendían, secos
y amarillos, manchados a trechos por el verde gris de los olivos y el profundo
oscuro de las huertas de naranjos.
Enteré al conde del estado de mis negocios, esto
es, procuré enterarle, seguro de haber disfrutado de su atención, por lo menos,
la mitad del tiempo. Escuchome con la grave y simpática cortesía que le
caracterizaba. Decía a menudo: «Sí, sí. ¡Oh! ¡Mucho, mucho!»; pero el caballo
delantero de la derecha, nombrado, si mal no recuerdo, Muslim, me
hacía una competencia desastrosa. Y todo porque a menudo ponía tiesas las
orejas y frotaba a su compañero con el hocico. «Quieto, Muslim,
quieto. ¡Tunante! Eso, eso. ¡Bueno!» A menudo no sabía si sus exclamaciones
iban dirigidas a Muslim, a don Oscar o a mí. Cuando llegamos al
término de nuestro viaje, me dijo, con amable entonación:
—De modo que, por lo que veo, mi prima Tula está de
acuerdo en que ustedes se casen. El que se opone es don Oscar…
«¡Maldita sea mi suerte!», exclamé para adentro, y
para afuera dije:
—No, señor conde. Lo mismo Gloria que yo, creemos
que doña Tula se opone aún más que don Oscar…
Y vuelta a explicárselo otra vez con pelos y
señales.
Luego entendió que lo que yo deseaba era que fuese
a pedir por mí la mano de Gloria a su madre, y le pareció grave.
—No, señor conde; lo único que solicito de usted es
que hable con su prima y procure suavemente vencer su resistencia.
—¡Mordiscos también!, ¿eh?—exclamó, fustigando al
odioso Muslim—. ¡Ojalá le hubiese rajado!
En aquel momento divisamos los toros. Se apresuró a
prometerme todo lo que le pedía. Quedé con la sospecha, casi la certeza, de que
no supo, al cabo, lo que era, y, lo que es más doloroso, no le importaba.
Allá, en medio de un extenso campo de un verde
amarillento, había un grupo de reses. El coche dejó el camino y se puso a
correr sobre el césped hacia aquel grupo.
—¿Los toros estarán amarrados, por
supuesto?—pregunté.
El conde me miró sonriente y con sorpresa.
—¡Amarrados! No, señor. Están sueltos.
«¡Oh diablos!», dije para mí. De buena gana me
hubiera apeado. Se me había desvanecido por completo la curiosidad de conocer
el ganado. Pero los caballos, felices con pisar la hierba, corrían al galope,
acercándose con velocidad pasmosa. En torno de él, como a unos cien metros,
había algunos carruajes y gente a pie, formando círculo contemplativo. Creí que
el conde se iba a detener allí; pero franqueó la fila de los curiosos, y sólo
hizo alto a veinte o treinta varas de las fieras, que no lo parecían, a juzgar
por su actitud tranquila; unos, acostados sobre los brazos, rumiando, con
sosiego; otros, fijos sobre las cuatro patas, inmóviles, abstraídos quizá en
alguna meditación sangrienta. El conde echó pie a tierra y me invitó a hacer lo
mismo. Mas, con pretexto de encender un cigarro, me fui retrayendo.
—¿Son todos toros?—pregunté, afectando serenidad,
al único criado que se había quedado conmigo.
—¡Zeñorito!—exclamó en el colmo de la sorpresa—.
¿No ve su mersé los cabestros?
—¡Ah, sí!
La verdad es que no distinguía unos de otros. Todos
me parecían en aquel momento igualmente sospechosos y aborrecibles. «Yo no me
apeo», dije interiormente, a pesar de que veía al conde aproximarse a las reses
hasta casi tocarlas. Pero el prócer gozaba fama de temerario, y yo no tenía
deseo alguno de adquirirla.
—¿Qué tal los muruves?—preguntó el mismo criado a
un chulo que andaba por allí cerca.
—¡No lo ves, hiho, qué animalitos de Dio! Paesen
hechos de masapán de Toledo… Aluego allá ellos… Si se najan, la farta será del
gobernaó… Que les den lo suyo; los toritos no piden más que eso.
—¿Te acuerdas de los muruves de Pascua? ¡Qué
toritos! Dejaban el cuerno en los jacos y se queaban ¡dormíos, dormíos!
—Toos lo mesmo… Que les den lo suyo, ¡ya verás!…
Esta mañana se ha arrancao uno porque un cabayero traía un perro e lana… Por
poco hay aquí un espetáculo.
Yo, que estaba extremadamente inquieto, me
sobresalté al oír esto, y, como quien no quiere la cosa, cogí las riendas que
el criado sujetaba. Hice bien en tomar tal precaución, porque al instante se
produjo cierto movimiento entre los toros. Vi uno negro, espantoso, que,
mirándonos con horrible fijeza, bajó la cabeza con intención hostil y dio
algunos pasos…
El terror me arrebató de tal modo, que sin saber lo
que hacía cogí la fusta y pegué un feroz latigazo a los caballos. El coche
partió como un rayo, rompió la línea de curiosos y se lanzó por el campo, en
medio del vocerío de la gente. El criado me había arrancado las riendas y
blasfemaba como un condenado, tratando de contener los jacos. Entre éstos, al
fin, se produjo divergencia de pareceres sobre la línea que habían de seguir.
Como resultado de ella, vino el arremolinarse y volcar. Fui lanzado del asiento
a una distancia de seis varas lo menos; pero no recibí daño alguno, según pude
colegir después de tentarme todos los miembros. El criado, tampoco. Acudió un
pelotón de gente en nuestro socorro, y cuando nos vieron salvos y se enteraron
de lo que había hecho, principiaron las bromitas y la risa. Creí que el conde
lo iba a tomar a mala parte; pero también le dio por reír. Los toros seguían
inmóviles y agrupados. Cuando manifesté que había arreado a los caballos porque
un toro negro se dirigía a nosotros:
—¿Dónde está el toro negro?—me preguntó el conde.
—Mírelo usted allí.
—¡Si es un cabestro, amigo!
Explosión de risa entre los que nos rodeaban. Don
Jenaro tuvo la delicadeza de montar en el carruaje apenas lo levantaron y
amarraron un tirante roto. La bronca en mi obsequio amenazaba ser mayúscula.
Con todo, detrás de mí, los criados no cesaban de reír. El conde había vuelto
la cabeza, dirigiéndoles una mirada severa; pero sus carcajadas reprimidas me
humillaban más que las francas.
—¿Qué tal los toros?—les preguntó un cochero al
cruzar a nuestro lado.
—¡Finos, finos! Hay uno negro, zaino, de mucho
cuidado.
El conde no pudo menos de sonreír…, y yo también.
A lo que entendí, era costumbre entre los
aficionados detenerse, a la vuelta de Tablada, en alguna de las numerosas
ventas que hay a la salida de Sevilla por aquella parte. Son los centros de
reunión de la gente alegre, donde se corren las juergas, sin
peligro de despertar a los vecinos y entenderse con la Policía. El conde paró
delante de una de las más celebradas, llamada de Eritaña, y me invitó a bajar
con él. A la puerta había muchos carruajes vacíos. Atravesamos un corto zaguán
y salimos pronto a los jardines, dispuestos para recibir a los numerosos
parroquianos que aquel establecimiento tiene, principalmente entre la clase
elevada o rica. Está dividido en pequeños y grandes cenadores, no bien aislados
unos de otros por el follaje de los arbustos. Todos, o casi todos, estaban
ocupados a la sazón. El conde se detuvo un momento, sin saber dónde meternos,
cuando saliendo de uno de ellos dos personas decentes, aunque de porte
achulado, le abrazaron familiarmente y nos hicieron entrar.
Había seis u ocho hombres y tres mujeres. Los
hombres, salvo dos, parecían personas distinguidas. Vestían chaqueta y hongo;
pero sus manos eran finas y llevaban en los dedos sortijas de valor. Casi todos
estarían entre los treinta y los cuarenta. Dos eran claramente de clase
baja, que alternaban. Las tres mujeres tampoco había duda que
pertenecían a la vida airada. Por la confianza con que trataban al conde
comprendí que a menudo debían de ser sus compañeros de francachela, por más que
aquel les llevase bastantes años. Entre ellos había uno rubio, de fisonomía
extranjera. Después supe que era un inglés tan noble y rico como calavera, que
acostumbraba pasar largas temporadas en Sevilla.
Aquellos individuos merendaban alegremente, y nos
dispensaron una acogida cariñosa, brindando, así que entramos, a nuestra salud.
Observé que, en medio de la confianza, don Jenaro infundía cierto respeto a
todos. De las tres muchachas, una se llamaba Concha la Carbonera:
era delgada, de un rubio ceniciento, mejillas pálidas y marchitas y ojos
azules, fieros y desvergonzados. Otra, Matilde la Serrana: era
morena y regordeta, y tenía el tipo común de las sevillanas. La tercera se
llamaba lisamente Lola, una mujer obesa, con seno monstruoso, que inspiraba
repugnancia, y manos amorcilladas, cubiertas de sortijas de poco valor. Las
tres vestían el traje de percal y el pañolón de Manila, común a las jóvenes del
pueblo, y ostentaban flores en los cabellos.
La conversación versó al principio sobre los toros.
El conde dio acerca de ellos pormenores que se les habían escapado a los otros.
No hizo alusión a mi percance, y se lo agradecí. Los manjares eran pocos y
ordinarios: langostinos, boquerones, alcaparras, soldados de Pavía (pedazos de
bacalao fritos con rebozo de huevo). En cambio, los vinos—jerez, manzanilla y
montilla—eran de lo más fino y exquisito que pudiera beberse en ninguna parte.
Las mujeres, abandonadas a sí mismas, charlaban en grupo aparte. El conde
apenas se había dignado dirigirles una mirada fría cuando levantaron las copas
saludándole.
Uno de los individuos, de traza plebeya, el más
viejo, tañía la guitarra con singular maestría, mientras los demás charlaban de
toros y toreros. Cambiábanse entre ellos frases técnicas, que probaban la
profunda erudición que casi todos poseían en este ramo del saber, y se hacían
predicciones y apuestas para el día siguiente. Unos elogiaban los muruves,
otros ponían los de Saltillo sobre todos los demás. De cuando en cuando, entre
el grupo de los hombres y el de las mujeres se cruzaban palabras libres, gestos
desvergonzados, un tiroteo de chistes convencionales, que sorprenden la primera
vez y aburren en seguida. Particularmente, Concha la Carbonera respondía
con una viveza y desgarro que me infundían repulsión.
El hastío me hizo acercarme al guitarrista y trabar
conversación con él. Era hombre de cincuenta años, de mejillas rasuradas
surcadas de arrugas, ojos pequeños y vivos, el pelo gris peinado sobre las
sienes, como todos los chulos. Vestía chaquetilla corta, hongo flexible y
pantalón ceñido, la camisa con rizados y sin corbata. Alabé su destreza,
verdaderamente admirable, y me dijo que era guitarrista de oficio, se llamaba
Primo y tocaba ahora en casa de Silverio. Quise mostrar mis conocimientos en
materia de tañedores de guitarra, y le dije que había oído hablar con gran
elogio de uno llamado el Niño de Lucena.
—Bien está. Paco de Lusena conosía er instrumento
como denguno; pero tocaba solo palante, ¿sabuté? Er Niño de Morón tocaba mejor…
a lo que se pide… ¡Se entiende!… Nosotros no semos de teatro; allí to va pa
lante… Tocamos pa que lo oiga la gente, ¿etá uté?, y pa que lo baile si quiere.
Yo copié de Paco de Mairena, un tío que hasía bailar las mesas. Cuando agarraba
la guitarra paesía que se la metía en er estómago… De filadelfias, na, ¿sabuté?
A renglón seguido, como todos los artistas, Primo
se quejaba de que el arte se hallaba en lamentable decadencia, que no se
estimaba ya el mérito. Con lo que daba Silverio (dos duros cada noche y la
cena), apenas podía vivir. Recordaba con entusiasmo los tiempos antiguos.
—Aquí onde usté me ve, cabayero, he vestío como un
mataor de toros. Las onsas que han entrao en mi borsiyo no caben sobre un
manter… ¡Pchs! Hoy s’a güerto la tortilla. No hay quien dé un perro chico por
oír la guitarra de verdá, ¿sabuté?… Aluego epué yo he tenío argunas crujías
onde s’ha ido la guita sin sentirlo… Grasia que haya podido horadar hasta aquí…
Hablaba con mucho aplomo y una entonación grave y
persuasiva, que es en Andalucía general entre los hombres de la plebe cuando se
hacen viejos. Después que le dejé desahogarse, le fui preguntando por la gente
que allí había.
—Esta mosita, que se yama Concha, es mi sobrina,
nasía en Graná, recriá en Málaga; es bailaora en casa de Silverio y gana sinco
pesetas… Aquella del chaleco es una tía pescuesa, ¿sabuté?, que viene siempre
onde se jama… Esta otra regordetiya, la Serrana, es bailaora en er
Burrero…, una güeña chica… Ha sido novia der Saleri—añadió con cierto respeto-.
Ya conosería uté ar Saleri…
—¡Mucho!—respondí, aunque en mi vida le había oído
nombrar.
—¡Qué lástima de chico!
Oyendo esta exclamación supuse que se había muerto,
y puse la cara triste.
La conversación no impedía beber de firme a los
amigos del conde… Dejaron, al fin, los toros y comenzaron a bromear con las
chicas. Una de ellas, la tía pescueza que decía Primo, vino hacia mí con una
cañita, y se la bebió, diciendo:
—Por uté, güen moso.
Luego se sentó a mi lado y emprendió mi conquista,
sin lograr enternecerme. Sus redondeces excepcionales no me hacían efecto: me
causaban asco.
Uno de aquellos barbianes se divertía en tirar
aceitunas a Concha la Carbonera, que, lastimada en la cara,
profería insultos atroces, entreverados de blasfemias.
—No me tirarás una monea de sinco duros, grandísimo
arrastrao, dao pol tal.
—¿A que sí? Párala en la boca.
Y le arroja con tal ímpetu una moneda que si no
baja la cabeza la descalabra. Fue corriendo a buscarla; pero el barbián le tiró
otra a la vez, y le pegó en el cogote. La Carbonera dio un
grito y se llevó la mano al sitio de donde brotaba sangre. Las atrocidades que
salieron de sus labios no son para dichas. Quiso llorar; pero su tío Primo
recogió del suelo las dos monedas de oro y se las entregó, con lo cual, y con
un poco de agua y vinagre con que la lavó su amiga la Serrana,
apaciguose lindamente. No sé si me asustó más la barbarie o la prodigidad de
aquel bruto.
—¿Qué es eso? ¿Estamos en la necrópolisss o en el
merenderosss de Eritañasss?—exclamó otro barbián, cuya gracia consistía en
agregar una ese final a las palabras y silbarlas mucho—. ¡A bailars, niñasss!
¡A cantars, niñasss!
Primo comenzó a preludiar un tango. Todos se
sentaron formando corro. La Carbonera, sentada también, olvidada
del descalabro, inició allá en las profundidades de la garganta un canto que
tenía mucho de salmodia:
Con sentimiento profundo
voy a nombrá
un torero que en er mundo
no tuvo rivaliá.
Por su arte y su bravura
era el rey de los torero,
por su elegante figura
se paesía ar Chiclanero.
La voz era ronca, aguardentosa, desagradable; el
sonete, lúgubre.
De pronto se levanta, me arranca el sombrero de la
cabeza sin mirarme, salta al medio del corro y se lo pone. Comienza una serie
de movimientos con las caderas, con el pecho, los brazos, la garganta, con todo
menos con los pies.
—¡Olé la Carboneriya!—gritaron dos o
tres.
La Serrana y Lola siguieron:
Para España su nombre es tan grato,
que er nombrarlo nos causa plaser;
como Antoñito Sánchez, er Tato,
denguno ha imitao el volapié.
¡Qué lástima de torero!
Será eterna su memoria.
¡Mardito sea asta aquer toro
que le ha quitao al arte su gloria!
Concha se había despojado del sombrero y hacía con
él mil gestos y carocas, ora poniéndoselo, ora quitándoselo. Luego que se hartó
de mover su cuerpo flexible con ondulaciones de vara verde agitada por el
viento, de echar los brazos atrás y adelante, levantarlos y bajarlos, se dejó
deslizar sobre la arena con movimiento imperceptible de los pies. Anduvo así
formando un círculo por delante de nosotros, rozando nuestras rodillas.
Al pasar cerca de mí, me puso el sombrero y dijo
sordamente:
—Grasia, senificante.
Volvió de nuevo al centro del corro, y volvieron
los movimientos a pie firme. Lola y la Serrana seguían
cantando nuevas coplas, todas referentes a toreros más o menos difuntos. Los
barbianes jaleaban a la bailaora, prodigándole mil epítetos extravagantes.
Principalmente el plebeyo, a quien apodaban el Naranjero, que por
lo que noté oficiaba de gracioso, se distinguía de los otros por la multitud de
frases burdas, obscenas, pero extrañas, propias de una imaginación
descompuesta, que sin cesar profería.
Concha taconeaba fuertemente sobre el suelo,
levantando polvo, restregando los muslos, las manos en las caderas, dejando
inmóvil el torso. Su mirada se iba tornando de maliciosa en lúbrica. Una
sonrisa vaga, delatando el cansancio y el vicio, se esparcía por sus facciones
marchitas. El taconeo llegó a su período culminante, y de allí a debilitarse,
hasta morir en suave, imperceptible agitación de los muslos. La bailaora, en
términos técnicos, se quedaba dormía, con íntimo gozo de los
espectadores, que la jaleaban vivamente. Parecía una estatua, la estatua de la
impudicia.
La bailaora despierta, al fin, de su inmovilidad,
con leve vaivén de las caderas, que se va acentuando, acentuando, hasta
convertirse en desenfrenado movimiento de rotación, conservando, no obstante la
fijeza en el resto del cuerpo. Este era el supremo toque de la voluptuosidad,
al parecer, porque al llegar aquí los barbianes de la reunión quisieron
volverse locos.
—¡Viva tu sangre, chiquilla!—exclamó el Naranjero—.
¡Vivan las mujeres castisas! Al estante nos vamos a beber una cañita, ¿verdá,
prenda?… ¡Viva tu mare, que tengo para ti en er borsiyo un biyete de la lotería
pasá!
La estatua sonrió, sin perder su inmovilidad ni
suspender aquella impúdica rotación que a los otros tanto alegraba y a mí me
causaba profunda repugnancia. Súbito hizo una pirueta, pateó el suelo tres o
cuatro veces con furor, y vino a sentarse tranquilamente, entre los olés y los
aplausos de la reunión. El Naranjero se apresuró a ofrecerle
una caña, que ella apuró de un tope, como quien la vierte en el estómago.
A nuestro lado, en los demás cenadores, se oían
también los sones de la guitarra, el choque de las copas y los jipíos de los
cantaores y cantaoras, entreverados de blasfemias y frases obscenas. La novia
del Saleri cantó, acompañada por Primo, un jaleo o canto gitano, que tampoco
fue de mi gusto. El conde permanecía grave, silencioso, apurando con sosiego
las cañas que le vertían, respondiendo a las preguntas con exquisita cortesía,
cual si se hallase en una recepción palaciega. Su actitud, correcta, contrastaba
con los modales descompuestos, rufianescos, de los amigos. Sólo el inglés se
mantenía también tranquilo y serio. De cuando en cuando, sin que se alterase
poco ni mucho la expresión fría de su rostro, gritaba en español chapurrado
alguna frase asquerosa que hacía retorcerse de risa a las chicas.
—¡Qué grasia tiene er chavó! ¡Maldita sea su
estampa!—exclamaba la Carbonera, que gozaba realmente con la
excentricidad del inglés.
Entre dos de los barbianes había surgido una
disputa acerca de los muruves (¡vuelta a los muruves!), y estaban a punto de
venir a las manos. Los demás no les hacían caso. Yo hablaba con la ex novia del
Saleri, aquella morena regordetilla, que era la única que no me disgustaba
enteramente. Pero ignorando en absoluto el lenguaje que se usa con esta clase
de mujeres, nuestra conversación languidecía. La entretenía con preguntas
acerca de Málaga, a las cuales ella contestaba con marcada indiferencia, mirándome
alguna vez con curiosidad, como diciendo para sí: «¿Quién será este desaborío?»
Me esforzaba en aparecer alegre y jacarandoso como
los demás, y, sobre todo, en disimular el acento de mi país, adoptando otro, si
no andaluz, castellano puro, al menos. No lo conseguía. Cada vez me iba
poniendo más serio y hacía preguntas más insustanciales.
La Serrana me dijo de pronto:
—¿Tú eres gallego?
—No; soy de Salamanca—respondí, negando a mi
tierra, como San Pedro negó a su Maestro.
—Pues se me figuraba…
Habiéndole tocado el asunto de su infancia, la ex
novia del Saleri se animó un poco. Comenzó a recordar a Granada con
enternecimiento, asegurando que allí se divertía la gente mucho más que en
Sevilla. No dijo en qué. Traía a la memoria algunos episodios bastante ñoños de
su niñez, que yo escuchaba con aparente atención, respirando, al fin,
libremente, al verla distraída.
Dos de los barbianes habían ido al cenador
inmediato y habían vuelto trayendo dos mujeres, que se fueron tan pronto como
bebieron algunas cañas y dijeron algunas desvergüenzas. El Naranjero,
cada vez más alegre, respondía a las insolencias con otras mucho mayores,
gozando en aquellos dimes y diretes, donde tanto padecía la decencia. El
inglés, grave y tieso, vino a sentarse sobre las rodillas de Concha la Carbonera,
que le recibió a pellizcos, desternillándose de risa.
—Mi dar a ti un beso antropófago, ¿no quieres?
—¿Un beso como en tu tierra?
—Más allá.
—Bueno, venga—respondió la pobre, sin imaginar lo
que pedía.
El inglés se inclinó y le dio un mordisco feroz en
el carrillo. La chica lanzó un grito penetrante. Al separarse se vieron los
dientes bien señalados en sus mejillas. Concha agarró una caña y la tiró a la
cabeza del bárbaro, sin lograr acertarle. Pero su tío, indignado, comenzó a
echar bravatas y sacó una navaja. Afortunadamente, se detuvo lo bastante para
que pudiéramos intervenir y sujetarle. Imaginé que no tenía voluntad muy
decidida de sacarle las tripas al inglés, aunque bien lo repetía.
Todo volvió a quedar tranquilo. La pobre Carbonera lloraba
en un rincón, poniéndose el pañuelo sobre la parte dolorida. Estaba de Dios que
aquella tarde la habían de perseguir.
Empezaba a sentirme mareado. La lengua me había
engordado sensiblemente. Noté que algo de lo que decía excitaba la risa de mi
amiga la Serrana, quien me ofrecía a cada instante cañas y más
cañas. Animado con sus carcajadas, me figuré que había logrado, al fin, dar con
el secreto de la gracia andaluza, y, por lo visto, comencé a desbarrar de un
modo lamentable. Una de las veces que Matilde me ofrecía una caña, le dijo no
sé quién:
—¡Ojo, chiquiya, que eso es un bolo! (Una caña
llena.)
La Serrana le hizo un guiño, que
pude ver.
—Vamos, tú lo que quieres es emborracharme, ¿eh?—le
dije con sonrisa protectora—. ¡Qué chasco te llevas, hija! A mí no ha
conseguido emborracharme nadie jamás. Prepara el Guadalquivir de manzanilla si
deseas verme ajumado.
—Matilde, deja a ese maleta… ¡Si es un
gallego!—dijo a la sazón la tía pescueza de las manos amorcilladas, que no me
perdonaba el mostrarme insensible a sus enormes glándulas.
—¿Yo gallego, so z…?—bramé furioso—. Ni soy gallego
ni he estado en mi vida en Galicia.
Por segunda vez, como San Pedro, negué a mi tierra,
y casi en los mismos términos.
Estaba muy locuaz. Les conté todos los
chascarrillos que sabía y les recité una tirada de versos de mi cosecha. La ex
novia del Saleri me preguntó si era escribano.
—Escritor querrás decir, prenda.
—Bueno, es igual.
—¿Igual? ¡Anda, anda!
Y con mucha formalidad me puse a explicarle la
diferencia. Debí de estar muy pesado, porque concluyeron por dejarme solo.
El Naranjero, que no cesaba de bromear con todo el mundo, se acercó
a mí y me dijo:
—Joven, ¿qué debe hasé er que se casa?…
Aprovecharse, ¿verdá uté?
No comprendo por qué aquella inocente broma me
pareció un insulto terrible.
—Aprovecharse, ¿eh?—respondí rechinando los
dientes—. Me parece a mí que aquí hay muchos aprovechados que se van a
encontrar con la horma de su zapato.
No debió de entender lo que quería decir, porque
siguió, con sonrisa plácida, preguntando lo mismo a todos.
El Naranjero era hombre de unos
cuarenta y cinco años, de piel morena y curtida, cabellos cerdosos y grises,
ojos negros extremadamente vivos, más bien bajo que alto y vestía, como el
guitarrista Primo, la chaquetilla clásica, la faja y el hongo flexible. Sin saber
por qué, quizá por su presunción de gracioso, me fue antipático desde el
principio.
Ahora, después de la injuria que me había hecho
(así lo creía yo), concebí por él un odio mortal, y deseaba vivamente armarle
camorra. Desde el rincón donde me hallaba sentado arrojábale miradas
furibundas, que él estaba lejos de advertir. Sin embargo, al cabo de un momento
observé que la Serrana y Lola, formando grupo con él y otros
dos barbianes, miraban hacia mí sonrientes. El Naranjero se
destacó del grupo, vino con sonrisa burlona, y llevándose la mano al sombrero,
con afectado respeto, me preguntó:
—Mi amo, ¿e su mersé gallego?
Una ola de indignación me invadió la cabeza. Me
levanté furioso, y tratando de arremeterle, le escupí a la cara más que le
dije:
—El gallego lo será usted, ¡tío granuja indecente!
Por tercera vez negué a mi tierra. El gallo no
cantó, pero sucedió una cosa peor.
El Naranjero dijo con tranquilidad
amenazadora y poniéndome una mano en el pecho:
—Arto, señorito, no se descomponga usté, que no va
haber quien le arregle.
—¡A usted es a quien voy yo a arreglar,
canalla!—grité con incomprensible rabia.
Y diciendo y haciendo, le largué una bofetada.
¡Caso extraño! Todos los que allí había, en vez de
dirigirse a mí, se lanzaron hacia él y le sujetaron. Observelos pálidos y con
señales de terror en el rostro. La niebla que tenía en la cabeza se me disipó.
Vagamente comencé a entender que había hecho algo más grave de lo que a primera
vista parecía. No sabía dónde estaba esta gravedad, pero la adivinaba. Mi
enemigo, agarrado por todas las manos, me dirigió una mirada centelleante de
cólera. Luego la cambió por otra irónica, y dijo con aparente sosiego:
—Vamo, señore, suerten ustedes, que no ha pasao na…
Bofetá más o menos, ¡qué importa!
Le soltaron, pero sin dejar de observarle con
inquietud. Apareció completamente tranquilo. Se puso el sombrero, que se le
había caído, bebió una caña de manzanilla, y acto continuo se despidió,
sonriendo, de sus amigos:
—A la paz de Dios, señores. De aquí a luego.
Así que salió reinó un silencio embarazoso. Los
semblantes expresaban mal humor e inquietud, incluso el del conde, quien me
dirigió una mirada fría de curiosidad donde creí advertir también cierta
conmiseración burlona.
—¿Qué les parece de mi amigo Sanjurjo?—preguntó
después a los barbianes con cierta sorna—. ¿Verdad que no tiene el vino bueno?
—¡Pchs! No ha estao mal—respondió uno, con la misma
entonación de zumba, y sin mirarme.
Observé que los barbianes cambiaron entre sí
rápidas miradas burlonas, que me hicieron malísimo efecto.
La tía pescueza, que aún persistía en su conquista,
vino a mí con una caña en la mano, y me dijo en voz baja:
—Así me gustan los hombres. Perdona, hijo, si te he
llamao gallego.
Me encogí de hombros con indiferencia superior, y
le volví la espalda. Fui a sentarme al lado de Primo. Pasado el primer momento
de malestar, todo volvió a su ser. Las cabezas, harto calientes ya por el
alcohol, después de aquel fugaz enfriamiento, se pusieron más fogosas. Vino el
período de las canciones báquicas, desacordadas; las frases obscenas menudearon
entre ellos y ellas. Un barbián salió a bailar el tango con Matilde la Serrana,
mientras Concha les batía las palmas y cantaba con voz opaca de prostituta.
—¿Quién es ese tío a quien di la bofetada?—pregunté
en voz baja y confidencial a Primo.
—¿No lo conose usté?—dijo, mirándome con sorpresa—.
¿No conose usté a Juan Ruiz?… ¡Ya me lo paresía!
Me explicó que aquel Juan Ruiz, apodado el Naranjero,
era un antiguo y célebre bandido de la provincia de Córdoba, que, por varios
años, había traído en jaque a la Guardia Civil y había dado muerte a varios de
sus individuos.
Voy a confesar que, al oír esta noticia, sentí
cierto cosquilleo por la parte de adentro, cuya sensación era semejante a si se
me desprendiese de su sitio alguna entraña interesante, aunque sin dolor. Los
cortos residuos de niebla que la manzanilla podía haber dejado en mi cerebro se
evaporaron de súbito. En mi vida me sentí más despejado.
Sin que yo se lo preguntase, Primo me enteró del
carácter e historia de aquel dulce personaje. Había robado unos gallos cuando
tenía dieciocho años. Le echó mano la Policía. Se fugó a la sierra. Comenzó a
merodear, asaltando a los pastores y a los viajeros, pero nunca les exigía más
que lo indispensable para vivir. Mató a un guardia. Ya no pudo presentarse,
porque le costaba la cabeza. Luego hirió a otro, luego a otro, y siguió
viviendo del robo, aunque «sin hasé daño a denguno». Era un bandido generoso.
Algunas veces se presentaba de noche a los propietarios y les pedía un duro
para comer. Si querían darle más, lo rechazaba, diciendo que no lo necesitaba
por entonces. La razón de encontrarse allí pacíficamente y no haber muerto en
el patíbulo era haberse puesto al frente de una partida liberal poco antes de
la revolución del 68. Cuando ésta estalló, le indultaron, gracias a las
influencias de algunos magnates que le protegían. Era un hombre, al decir de
Primo, «mu guasón y mu corriente», un hombre de bien, pero de muy mala sangre.
Aunque todo aquello me lo decía en voz baja, me
sonaban sus palabras en los oídos como si las profiriese con bocina. Sin
embargo, no quise dar el brazo a torcer, y escuché la historia con una
indiferencia que, ¡ay!, estaba muy lejos de sentir. Hasta tuve fuerzas para
formar una sonrisa y decir:
—¿Cree usted que me matará?
Primo se rascó la oreja, rasgueó distraídamente la
guitarra después, y, por último, dijo mirándome francamente a la cara:
—Yo que usté, cabayero, tomaría el olivo en er
primer tren de la mañana.
—¡Pchs!—silbé yo, alzando los brazos con desdén.
El guitarrista me dirigió una mirada donde creí ver
mezcladas la lástima y la admiración.
La animación, en tanto, iba creciendo entre los
barbianes. Llegó el período de las salvajadas. Uno de ellos se puso sobre la
mesa a perorar, y los demás, para aplaudirle, le arrojaban jerez y manzanilla a
la cara. Otro se empeñó en levantar con los dientes a un compañero que la
borrachera había tendido en el suelo, y no lo consiguió; pero le rasgó la
chaqueta. Otro quiso que la tía pescueza nos enseñase algo que debe ocultarse,
y entre los dos se trabó una lucha y rodaron por el suelo.
El conde permanecía grave, silencioso, apurando,
una tras otra, las copas de jerez. Pero su mirada ya no era la misma, opaca y
distraída, del hombre hastiado. Brillaban ahora sus pupilas con un fuego feroz
y maligno que imponía temor. Sus labios estaban contraídos siempre con una
sonrisa despreciativa.
Sin hablar ni moverse, parecía otro hombre
distinto.
El inglés se había despojado de la americana y el
chaleco y, remangándose la camisa, enseñaba los bíceps de sus brazos, que eran
en verdad poderosos, entreteniéndose en dar sobre ellos con las botellas vacías
hasta partirlas. Se había hecho sangre una vez, pero continuaba sin hacer caso.
Luego pidió al mozo que le trajese una botella de ron y un vaso grande. Llenolo
hasta los bordes de este licor, y lentamente, sin hacer el menor gesto ni
pestañear siquiera, lo bebió todo. Luego colocolo sobre la mesa frente al
conde, y dijo gravemente:
—Usté no haser esto.
Pasó por los ojos del magnate calavera una chispa
de furor. Supo reponerse, no obstante, y vertiendo en el vaso el resto de la
botella, mandó tranquilamente al mozo traer pimienta. Echó un puñado de ella;
echó luego ceniza de su cigarro, que tenía amontonada delante de sí, y sin
decir palabra, con la misma sonrisa despreciativa, apuró el vaso, y no contento
con esto, lo rompió con los dientes. Vimos sus labios manchados de sangre. La
reunión acogió con olés y gritos de triunfo esta prueba de gran estómago, en
que, al parecer, se hallaba interesada la honra nacional.
Estaba oscureciendo. Dentro del cenador la luz era
ya muy escasa. Como mi cabeza no estaba al unísono con las demás, porque, según
he dicho, el paso con el Naranjero había tenido la virtud de
despejármela, las grotescas y bárbaras escenas que presenciaba me infundían
profundo malestar. Deseaba irme; pero, como cualquiera comprenderá, no se me
pasó siquiera por la imaginación el hacerlo. Nuestros vecinos de los demás
cenadores debían de haber alcanzado el mismo grado feliz de temperatura. No se
oían más que gritos descompasados, campanilleo de copas, carcajadas groseras y
blasfemias.
El conde no se había dado por satisfecho con la
victoria alcanzada sobre el inglés. Mientras seguía paladeando, con aparente
sosiego, las cañas que le ofrecían, no dejaba de comérselo con los ojos,
embargado por una rabia sorda que no tardó en estallar. Sus ojos, que eran lo
único móvil en su fisonomía impasible, brillaban cada vez más feroces,
semejando los de un loco cuando le han puesto la camisa de fuerza.
El inglés seguía haciendo alardes de fuerza,
completamente ebrio y causando bastante molestia a los demás, que no tenían una
borrachera tan brutal.
—Usted es muy valiente, ¿verdad?—le dijo el conde,
sin dejar de sonreír con desdén.
—Más que usted—respondió el inglés.
Don Jenaro fue a lanzarse sobre él, pero le
sujetaron. Calmándose de pronto, dijo:
—Ya que es usted tan bravo, ¿a qué no pone la mano
sobre la mesa?
—¿Para qué?
—Para clavársela con la mía.
El inglés, sin vacilar, extendió su grande y
membruda mano. El conde sacó del bolsillo un puñalito damasquinado, y puso la
suya, fina, de caballero, sobre la del inglés. Y, sin vacilar, con arranque
feroz, alzó el puñal con la otra y clavó de un golpe ambas sobre la mesa.
Las mujeres lanzaron un grito de terror. Los
hombres nos precipitamos a socorrerlos. Algunos salieron en busca de auxilio.
En un instante llenose nuestro cenador de gente. De las heridas brotaban
abundantes chorros de sangre, que manchaban los pañuelos que les aplicábamos.
Un médico, que por casualidad había entre los circunstantes, les hizo la
primera cura provisional con los pocos elementos de que pudo disponer. El conde
sonreía mientras le curaban. El inglés se había abatido como un buey,
vomitando. No tardó aquél en hacer lo mismo. A ambos se les subió a los cuartos
que el establecimiento tiene, y se los acostó. Todo el mundo se dispersó,
comentando la barbarie del acto.
Pero el horror que me había producido aquella
escena no bastó para curarme del que sentía ante la que se preparaba para mí,
cien veces más cruenta. Porque si tanta sangre salía de las manos atravesadas
por un estrecho puñalito, ¿qué cantidad no saldría del boquete abierto en mi
estómago por una faca de siete muelles o por una lengua de vaca?
¡Cielos, una lengua de vaca! Se me erizaba hasta el vello de la nuca. Viendo a
todo el mundo montar en los carruajes y partir, se me ocurrió que era
necesario, a todo trance, buscar vehículo para trasladarme a Sevilla, porque
pensar en que iba a hacer el viaje a pie a aquellas horas era un delirio. Miré
con ansia a todas partes, a ver si tropezaba con alguno de los barbianes del
cenador. No hallé ninguno. Se habían evaporado no sé por dónde. Me entró un
gran abatimiento, y pensé en pedir a cualquier desconocido un puesto en su
carruaje, pues no había ninguno por alquilar, cuando se acercó a mí la tía
pescueza, que tanto había desdeñado.
—¿Te vienes con nosotras? Matilde y yo traemos una
berlina; pero cabemos los tres si te avienes a ir en la bigotera.
Vi el cielo abierto. Con tanto júbilo acepté, que
la prójima me miró con curiosidad. Me puse colorado, pensando en que había
adivinado mi congoja. Fui con ellas, y creo que estuve todo el camino
amabilísimo.
¡Qué no se hace por conservar íntegra esta preciosa
piel que nos envuelve!
XIV
Principio a ser un héroe de novela
Me dejaron a la puerta de mi casa. Quise pagar al
cochero, pero ellas lo impidieron, y no insistí. Prometiles ir más tarde al
café de Silverio, engolosinándolas con empalmar la juerga a mis expensas. Por
supuesto, que lo hice. ¡Buena gana tenía de gastarme las pesetas neciamente!
Era ya noche cerrada, pero no habían sonado las
nueve. Fui a mi cuarto, y para esperar la hora de la cita con Gloria, me tendí
un poco sobre la cama a reposar, que harto lo necesitaba. Ello es que eché un
sueño, y cuando me desperté sobresaltado y miré el reloj eran más de las nueve
y media. Me puse el sombrero y salí corriendo; pero cuando puse el pie en la
calle y se me ofreció repentinamente a la imaginación la bofetada del Naranjero y
el peligro que corría, volvime y a toda prisa cambié de traje y de sombrero.
Después, caminando con grandes precauciones, mirando a todos lados y procurando
ir siempre pegado a algún transeúnte, me dirigí a casa de mi novia. Eran cerca
de las diez cuando llegué. La ventana estaba ya cerrada, mas al aproximarme a
ella se abrió con estrépito y apareció Gloria con semblante hosco.
—¡Hijo, me has dao el rato! Creí que ya hasías
rabona.
Procuré desenojarla, explicándole cómo había ido a
ver a su tío Jenaro, en cumplimiento de lo acordado, y lo que con él me había
sucedido, aunque ocultándole el incidente del Naranjero. No había
para qué inquietarla. Habíamos llegado tarde porque el asunto de las manos
atravesadas nos había retenido mucho tiempo. El relato de esto último le causó
sensación, aunque menos de lo que yo pensaba. Hasta no tardó en envanecerse.
—Qué sangre tiene mi tío, ¿verdá, tú?
Compartí su admiración, aunque en el fondo me
reservé el derecho de juzgar al conde como merecía. Contome otras cuantas
atrocidades de él en este género, que no hicieron más que confirmar mi opinión.
Al ver cómo le gustaba la gente cruda, estuve tentando a darle cuenta de mi
hazaña; pero me detuve, considerando que podía traslucir el miedo que ahora
sentía. Porque demasiado a menudo volvía la cabeza, explorando de un lado y de
otro de la calle. Siempre veía aparecer al terrible Juan Ruiz ¡con la horrenda lengua
de vaca!
También me distraía, a lo mejor, no diciendo cosa
con cosa.
—¡Niño, tú parese que estás ajumao!… Y sí que lo
estarás: ¡echas una peste a bebía! ¡Puf, quita allá, gorrino!
No me dejó acercar la cara a la reja.
Antes de irme le hice presente cómo al otro día me
era imposible pelar la pava, a causa de la velada poética que daba en el Casino
Español. Estuvimos a punto de reñir, no por la supresión de la pava, sino
porque, al saber que asistirían señoras, se le antojó que se iban a enamorar
todas de mí. La sospecha no era verosímil. Le expuse, razonablemente, que mi
figura, por esto y lo otro, no merecía tanto honor. Sin embargo, debí de estar
blando en la argumentación, porque ella insistía cada vez con más fuerza, y por
un momento creí ser derrotado. Entonces capitulé. Le dije que, aun suponiendo,
lo cual no era probable, que las señoritas que allí asistieran se enamoraran de
mí, nada malo podía redundar para ella, puesto que yo estaba ya perdidamente
enamorado, y en mi corazón no cabía otro amor. Todavía se defendió, pero en
retirada, negando mi cariño, para verme afirmarlo cada vez con más brío. ¡Si
ella pudiese ir! ¡Qué feliz sería asistiendo a mi triunfo! Pero no había que
pensar en ello siquiera. Persistía en creer que nuestros asuntos marchaban mal,
que era necesaria, de todo punto, la intervención del tío Jenaro porque tenía
la seguridad de que su madre no consentiría buenamente en nuestro casamiento.
—Por supuesto—exclamó—, es igual que quiera o no
quiera… Yo me caso contigo así tenga que escaparme por la alcantarilla.
Vi sus hermosos ojos brillar con una expresión de
orgullo y bravura que me conmovió hondamente.
El alma vehemente, apasionada, de aquella mujer
despertaba en la mía energía que no sospechaba existiese. Le apreté la mano con
fuerza. En aquel instante no temía a nadie en el mundo, incluso al Naranjero.
Luego que me separé de la reja y entré en mi casa,
ya fue otra cosa. La idea de la lengua de vaca comenzó a
hacerme cosquillas nuevamente. Reflexioné largo rato acerca de los medios
oportunos para no trabar conocimiento con este precioso artefacto de la
industria nacional. Al fin, di con uno. Se me ocurrió que lo mejor era
desagraviar al Naranjero con un acto que mostrase que la
escena de la tarde anterior había sido ocasionada por la borrachera. Tenía en
mi poder unas cuantas tarjetas de invitación para la velada del Español. ¡Si le
enviase una!…. Supongo que no sería tan bruto que… Nada, nada, se la envío….
Pero ¿cómo?… No conocía su domicilio. Pero el guitarrista Primo debía de
conocerlo.
A la mañana siguiente tomé un coche y me fui al
café de Silverio; pregunté allí dónde vivía Primo, y me dijeron que en el Real
de la Feria, número… Acto continuo me dirigí allí, siempre en coche, porque
aunque había convenido conmigo mismo, al separarme de Gloria, en que nada en el
mundo podía asustarme, durante la noche había hecho alguna ligera rectificación
a este juicio. El artista flamenco aún estaba en la casa. Insistí en querer
verlo. Una mujer del pueblo, pobremente vestida, su esposa, según dijo, me
introdujo en el dormitorio, que era, por cierto, un cuartucho bien oscuro y
estrecho. Primo, despertado violentamente por su mujer, no me conoció al
pronto; no tardó en caer. Le expliqué el asunto con alguna timidez. Se trataba
de hacer llegar a manos de Juan Ruiz la presente tarjeta que le entregaba.
Sentado sobre la cama y dándole vueltas entre las manos, el guitarrista sonrió
antes de contestarme. Aquella sonrisa me hirió profundamente. Cualquiera diría:
«¿Qué importa la sonrisa de un flamenco?» Sin embargo, cuando el flamenco tiene
razón para sonreír y lo hace del modo espontáneo y sencillo que Primo, puede
muy bien sentirse uno humillado.
—Juan Ruiz vive aquí serquita, en la Alameda de
Hércules…
—Bueno; pero si usted pudiera…
—¿Pregunta su mersé por er Naranjero?—interrumpió
la solícita esposa—. Pues no tiene más que torser a la derecha, saliendo de
aquí; toma la callesita primera…
El guitarrista la atajó de mal humor, mandándola
callar. No se trataba de ir yo en persona a casa del Naranjero,
sino de enviarle una tarjeta…
Todo aquello me humillaba cada vez más. Después de
que ambos cónyuges, con excesiva cuanto inmerecida amabilidad, me prometieron
cumplir el encargo, apresureme a salir, dándoles las gracias. Y como la
vecindad de mi enemigo hacía peligrosos aquellos sitios, ordené al cochero que
me llevase de prisa a mi casa, donde me entretuve en escribir los sobres y
enviar las tarjetas que me quedaban a las personas que conocía, y en leer por
centésima vez los versos que por la noche había de presentar a la admiración de
los sevillanos. En los pasajes que me parecían más enérgicos procuraba ahuecar
la voz y hacerla sonora, campanuda; en los más tiernos me conmovía, pero de
verdad, y llegaba hasta derramar lágrimas, aunque me los sabía mejor que el
padrenuestro.
Por la tarde estuve en el palacio de Padul.
Encontré al conde sentado en una butaca, con el brazo en cabestrillo. Tenía
alguna fiebre. En la mirada que me dirigió al entrar comprendí que debía
sorprenderme de la herida, y así lo hice. Me contó, con la mayor sangre fría,
que la noche anterior, tratando de separar a dos hombres que reñían en una
calle, le habían herido, o, por mejor decir, se había herido él mismo. Isabel
recriminaba a su padre por tanto celo. ¡Cómo se iba a meter entre dos hombres
que tenían la navaja abierta! Dejarlos que se maten. Más valía la vida de su
padre que la de aquellos chisperos. El conde escuchó sin ruborizarse las
calurosas expresiones de su hija, cosa que me parecía imposible.
Llegó, por fin, la hora crítica de las nueve de la
noche. Había comido muy poco. Estaba nervioso, como si fuera a batirme. En la
casa todos estaban revueltos, como si el amor propio de la fonda de la calle de
las Águilas estuviese comprometido en aquella jornada. Eduardito se empeñó en
ir conmigo, lo mismo que Villa y Olóriz. Matildita había ofrecido un cirio a la
Virgen de la Esperanza si me aplaudían, y Fernanda, el dueño adorado cuanto
maduro de su hermanito, oír una misa en día que no fuese festivo. Todos me
recomendaban el ánimo.
—¡Mucho ánimo, ¿eh?, don Seferino!
Me mimaban, me festejaban, andaban todos solícitos
para traerme cualquier cosa que me apeteciese; pero siempre con una expresión
entre dolorida y afectuosa, como si se tratase de un reo en capilla. Matildita
concluyó por declarar que dudaba mucho de mi serenidad, y que desearía
encontrarse en mi lugar, «porque ella era capaz de leer versos delante de la
misma reina de España.»
Después de tomar té en la Británica los cuatro,
viendo que llegaban las nueve, me levanté con arranque diciendo:
—Vamos, Señores.
Y nos dirigimos a la acera de enfrente, donde
estaba el casino. Me había puesto de frac y sombrero de copa. Cuando entramos,
el Círculo hervía ya de gente, lo cual me causó una emoción de placer y de
miedo difícil de explicar. Mi entrada produjo cierta sensación. En aquel
momento sería bien difícil convencerme de que yo no era un personaje
importantísimo, y que el acto que allí se iba a ejecutar no tenía una gran
significación en el curso de los acontecimientos de este siglo. Rodeáronme unos
cuantos socios de la Junta directiva, hablándome con deferencia. Yo respondía
con pocas palabras, pero mostrando gran amabilidad y una estudiada modestia,
que debía de realzarme mucho. Afectaba hablar de todo menos de la solemnidad
que iba a efectuarse, porque los hombres verdaderamente superiores y avezados
al aplauso del público miran la exhibición como un acto natural y corriente. En
fin, me estaba dando un tono horroroso.
El salón estaba ya mediado de señoras. Levanté un
portier cautelosamente, y vi sentadas en las primeras filas a las de Anguita.
Isabel y las de Enríquez estaban un poco más allá. Dejé que se llenase por
completo, para que mi aparición hiciese más efecto. Poco a poco, los
concurrentes habían ido desapareciendo de los corredores y acomodándose en las
sillas del salón, detrás de las señoras. Al fin, quedé solo con la Junta
directiva, porque Villa, Olóriz y Eduardito, mis fieles acompañantes, se habían
ido también a coger sitio.
—Cuando usted guste, señor Sanjurjo—me dijo, al
fin, el presidente, sacando el reloj.
Despojeme del paletó, que entregué a no sé quién,
como un torero que tira la capa al tendido; hice lo mismo con el sombrero; metí
los dedos por el cabello, a guisa de escarpidor, levantándolo y ahuecándolo
lindamente, y, por último, aparecí en la plataforma alzada al efecto en el
salón. Y fui saludado por una salva de aplausos.
Durante la lectura de La mancha roja me
bebí dos vasos de agua con azucarillo. Pero sucedió un percance, que no puedo
pasar en silencio por las fatales consecuencias que pudo tener. En vez de los
treinta y siete minutos que tenía calculados, la lectura de la leyenda no duró
más que veintidós. Se aplaudió muchísimo; las señoras se conmovieron y agitaron
los pañuelos con entusiasmo, esparciendo por el ambiente caldeado mil perfumes
de opoponax, fleur d’Italie, reseda, etc.
Era una leyenda altamente patética. No me
sorprendió nada que se hubieran impresionado vivamente. No lejos de mí, hacia
la derecha, había un señor que cuatro o cinco veces, durante la lectura, dio un
fuerte porrazo con el bastón en el suelo, gritando:
—¡Olé! ¡Viva tu mare!
El aplauso no era muy oportuno a la sazón, y me
escamé un poco. Le dirigí alguna que otra mirada exploradora; pero no vi en su
rostro nada que pudiera indicar intención de burlarse. Era un señor de mediana
edad, con patillas que le llegaban hasta la nariz, de continente grave, y que
parecía prestar gran atención.
El diálogo político entre Solón y González Bravo
gustó menos, y en vez de durar quince minutos, no duró más que ocho, casi la
mitad de lo calculado. Sin embargo, bebí un vaso de agua azucarada. Los criados
del Círculo no cesaban de ir y venir con bandejas en las manos. En cambio, la
descripción de las cataratas del río Piedra produjo un escándalo de palmadas y
vítores y me la hicieron repetir tres veces, con lo cual gané lo menos veinte
minutos de los perdidos. Gracias a esta oportunísima compensación no pasé la
vergüenza de suspender la lectura antes de la hora y media, mínimum, como ya he
dicho, de estas solemnidades. Las señoras volvieron a agitar los pañuelos con
entusiasmo. Observé, sin embargo, que Joaquinita Anguita se estaba queda, lo
cual me pareció una ruin venganza y me irritó más de lo que el asunto merecía.
Durante estas poesías y las otras que siguieron, el caballero de las patillas
no dejaba de gritar de cuando en cuando, al final de las estrofas: «¡Olé! ¡Viva
tu mare!», dando el consabido porrazo en el suelo con el enorme roten que
empuñaba. Yo cada vez estaba más escamado de él, y por encima de las cuartillas
que tenía en la mano le echaba miradas, ora de temor, ora de recriminación.
Ningún efecto le hacían. Seguía atento, imperturbable, sin mirar a los lados, y
eso que observé con cólera que sus vecinos reían cada vez que lanzaba el
«¡Olé!» No pude saber entonces, ni a estas horas sé aún, si aquel individuo me
admiraba sinceramente o era todo guasa viva, por más que me inclino a lo
segundo.
Ello es que fui aplaudido a rabiar, que la
Directiva me abrazó con efusión al concluir; las señoras, al marcharse, me
dirigían miradas de curiosidad, y que sudé como un caballo de carrera y me bebí
una cantidad prodigiosa de agua azucarada. Al salir a los corredores me tropecé
de frente con el Naranjero, de quien ya no me acordaba más que de
la muerte; bien es cierto que el Naranjero y la muerte eran
para mí términos idénticos. Me parece que los colores que el calor y los
aplausos habían puesto en mis mejillas debieron de bajar mucho de repente. Sin
embargo, fue por poco tiempo. Juan Ruiz vino a mí con el semblante risueño y me
dio un cordial apretón de manos. Comprendí que se sentía muy honrado con la
amistad de un hombre tan eminente y lleno de gratitud por mi galante
invitación. Respiré con un placer como no volví a respirar en mi vida, y le
invité a beber con mis amigos Villa, Olóriz y Eduardito un chato en
casa de Juanito, allí cerca.
Noche feliz fue aquella para mí. Sólo otra podía
comparársele: la primera en que pelé la pava con Gloria. Después de estar un
rato en casa de Juanito, tomando un tentempié, nos fuimos a casa. El Naranjero nos
acompañó, y al dejarme a la puerta se me ofreció por amigo, con un calor y
efusión que me conmovieron; verdad es que estaba yo muy predispuesto en aquel
instante a las emociones tiernas. Aprovechando la ocasión en que los demás
hablaban entre sí, me dijo en voz baja:
—Don Seferino, si alguna vez le hase farta un
hombre…, ya sabe usté…, ¡un hombre!…, cuente usté conmigo.
Aunque había cierta vaguedad en él, acaso por esto
mismo me hizo profunda impresión el ofrecimiento. Eso de necesitar un hombre
¡era tan enérgico!
Dormí aquella noche bastante agitado. La felicidad
también produce insomnio. No faltaba para completar la mía sino que Gloria
hubiese asistido a mi triunfo. Pero me consolaba la idea de que los periódicos
darían cuenta de él, y aun lo abultarían, como suelen, proponiéndome llevarle
recortados los sueltos o los artículos, si a tanto llegaban. Matildita,
llorando de emoción, me pidió permiso para darme un abrazo, el cual le otorgué
generosamente. Tuvo que subirse a una silla para hacerlo. La verdad es que, a
pesar de su petulancia, que nada tenía de ofensiva, era una buena chica la hija
de mi huéspeda. Llegó a decirme, en el calor de su entusiasmo, que se le
figuraba que era yo mejor poeta que Pepe Ruiz, el autor de Hojas del
árbol caídas—juguete del viento son. En su boca era mejor elogio que si me
hubiera colocado por encima de Homero.
Pero, como «la roca Tarpeya está muy cerca del
Capitolio», como dice, un número sí y otro no, cierto periódico de mi pueblo
titulado El Centinela del Bollo, estaba de Dios que no había de
gozar muchas horas de la dicha con que amor y gloria me
inundaban. Compré todos los periódicos de la mañana, y en la mayor parte se
daba cuenta de mi lectura con frases muy laudatorias, aunque no tanto como yo
hubiera apetecido. Un poeta, en materia de elogios, jamás dice en su fuero
interno: «Basta.» Pero, en fin, esto era natural que sucediese, y no fue lo que
turbó mi felicidad. Recorté los sueltos más calurosos y los guardé en un sobre
para dárselos a Gloria aquella noche. ¡Qué ajeno estaba, cuando los metía en el
bolsillo, de lo que iba a suceder! Durante el almuerzo, la conversación, claro
está, versó sobre la velada. Eduardito y Olóriz daban pormenores a otros
huéspedes recientes, que, enterados ya por los periódicos, me miraban con una
curiosidad y respeto que contribuían a inflarme.
Antes de concluir, Matildita vino a decirme al
oído:
—Don Seferino, hay ahí una mujer que pregunta por
usté con mucha prisa.
Preguntele si la conocía, y me dijo que se le
figuraba que era la misma que alguna que otra vez me traía recaditos. «Paca»,
dije para mí, y salí del comedor apresuradamente. En efecto, hallé en el patio
a la cigarrera, quien avanzó precipitadamente a mi encuentro, con la fisonomía
pálida y descompuesta, diciendo:
—¡Señorito, se la yevan!
—¿Se la llevan? ¿A quién?
—¿A quién ha de ser? ¡A mi señorita!
Quedé clavado al suelo.
—¿Adonde?—pregunté con un vago terror de algo
extraordinario, maravilloso, que la palidez de Paca me infundía.
—No sé…, al convento me parese.
Mi terror disminuyó al saber el caso concreto, y
recobré la acción. Nada nos deja tan paralizados como el miedo de lo que se
ignora.
—¿Y cuándo se la llevan?
—Ahora mismito. Hase poco fui a casa, como otras
veses, y no vi a la señorita. Me dijeron que estaba malita; pero yo, que guipo
de lejos, no lo creí. «¡Aquí hay gato enserrao!», me dihe. La casa andaba un
poco revuelta, y oí voses en el piso de arriba; pongo la oreja, y oigo gritar a
la señorita Gloria, isiendo: «¡No voy, no voy así me hagan ustedes peasos!»
«Sierto son los toro», me dihe. Veo entrar a don Manuel, el teneor de libros de
la fábrica de la señora; luego salí…, ¡vamo, que no quise ver más! Y salí
escapá a contárselo a su mersé.
Me lancé a mi cuarto sin responderle, me puse el
sombrero, cogí el revólver y lo metí en el bolsillo, y salí a la calle,
resuelto a impedir el rapto de Gloria, aunque no sabía por qué medio. Noté que
Paca corría detrás de mí. En un instante alcancé la calle de Argote de Molina.
Al divisar la casa de Gloria vi que un coche, parado delante de ella, arrancaba
hacia abajo, y que don Oscar, a la puerta, gesticulaba violentamente haciendo
señas al cochero. No me cupo duda alguna de que dentro del coche iba Gloria
prisionera.
Lanceme a toda carrera de mis piernas en su
seguimiento. Al pasar por delante, enseñé con rabia los puños, sin detenerme,
al perverso enano, que aún seguía a la puerta, como guardián misterioso de
algún cuento de Las mil y una noches. Como las calles son tan
estrechas, los carruajes no pueden correr en Sevilla, so pena de atropellar a
los transeúntes.
Gracias a esto pude alcanzar pronto al que conducía
a mi novia, y aun lo hubiera pasado si me lo propusiera. Pero no me convenía.
Mientras caminaba, mi cerebro reflexionaba acerca de aquel lance y combinaba el
plan de ataque único a la sazón factible. Pensé en coger las riendas al caballo
y detenerlo. Pero sobre ser esto un poco aventurado, porque el cochero podía
arrear y volcarme, se adelantaba poco en ello. Sin poder ofrecer las pruebas,
no era fácil que hiciese creer a la gente que llevaban a una joven secuestrada.
Imaginé que sería mejor esperar a que se detuviese a la puerta del convento y,
al tiempo de apearse, impedir la entrada en él y dar un escándalo, reunir gente
en torno de nosotros y llamar la atención de la Policía.
Así que el coche salió de la calle de Alemanes,
como hay mayor espacio, se puso al galope y le vi alejarse con dolor. Pero no
me desanimé. Emprendí otra vez la carrera furiosa, y cuando entró en la calle
de la Borceguinería tuvo que acortar el paso y le alcancé.
Seguile de cerca, y al entrar en la calle de San
José me adelanté y fui a situarme delante del convento. No tardó en llegar y
pararse. Observé que un individuo que estaba en el portal del colegio tiró de
la campanilla y que la puerta se abrió instantáneamente. Del carruaje salió un
hombre que no conocí y cogió por las manos a mi Gloria, que vi claramente hacía
esfuerzos por desasirse. De dentro la empujaron, y saltó también a la calle, y
detrás de ella, don Manuel, el tenedor de libros. No faltaba más que un paso
para meterla en el portal. Pero aquel paso no pudieron darlo.
Con el coraje que cualquiera puede suponer me lancé
a ellos, diciendo en voz alta, casi a gritos:
—¡Alto! ¿Adonde llevan ustedes a esa señorita?
—¡Seferino, sálvame!—gritó Gloria, tratando de
acercarse a mí y siendo retenida fuertemente de un brazo por don Manuel.
—¿Y a usted qué le importa?—dijo éste con mirada y
actitud agresivas, pero en voz baja.
—Me importa mucho—repliqué en tono más alto aún—.
Ustedes llevan a esta joven secuestrada. Ustedes son unos secuestradores.
Suelten ustedes a esa joven, tunantes.
Algunos transeúntes ya habían acudido al escuchar
mis voces.
—Vamos, apártese usted—me dijo el hombre
desconocido, tratando de echarse sobre mí.
Pero di un paso atrás y, sacando el revólver,
grité:
—¡No pasarán ustedes, canallas, miserables! Suelten
a esa joven que llevan secuestrada…
En un instante se llenó aquello de gente. Mis
gritos eran horrendos. Deseaba que el escándalo fuese gordo y viniese la
Policía cuanto más pronto.
—Suelten ustedes a esa joven,
secuestradores—proseguía yo, agitando el revólver—. Para que ustedes la
encierren en la prisión, tendrán que pasar sobre mi cadáver.
—No grite usted tanto, buen hombre—dijo el tenedor
con rabioso acento.
—¡Ah! ¿No quieren ustedes que se sepa?—exclamé con
voz campanuda de cómico de la lengua—. ¡Pues yo sí! Quiero desenmascarar a los
canallas. No estamos ya en los tiempos en que se emparedaba a la gente. La
Inquisición se ha suprimido en España hace mucho tiempo.
Este recuerdo oportunísimo me captó la simpatía de
la gente. Tanto, que cuando el acompañante desconocido del tenedor se arrojó
sobre mí de improviso y me sujetó la mano con que empuñaba el revólver, un
hombre del pueblo le sujetó a la vez, diciendo:
—¡Aquí no se hacen canalladas! Deje usted que
vengan los guardias.
Y hubo un murmullo de aprobación en el corro.
Gloria se había desprendido de las manos de don
Manuel y había corrido a ponerse a mi lado. Cualquiera otra se hubiera
desmayado ante aquella escena; pero ella no estaba de ese humor. Agitada,
furiosa, dijo en voz alta:
—¡Dame el revólver, yo le mato!
Esta frase tuvo un gran éxito. El coro la acogió
con risas y muestras de aprobación. Uno exclamó:
—¡Olé por la niña de sangre!
En esto llegó, desalada, Paca, se abrió paso por
entre el círculo de curiosos y, dándose por enterada instantáneamente de lo
acaecido, comenzó a decir a grito herido:
—¡Eso! ¡Eso! Estos desalmados quieren enchiquerar a
la pobresita de mi niña. La culpa no la tienen ellos, sino el fenómeno que está
allá en la casa, que tiene pato con el demonio. ¿No hay justisia en Seviya? ¿Pa
cuándo se deha la horca? Por unos cuantos reales, esos arrastraos hasen de
verdugos.
—¡Señora, mire usted lo que dice!—exclamó, ya
descompuesto, el tenedor—. Nosotros traemos a esta joven por orden de su madre.
Un guardia se presentó en aquel momento. Todos nos
dirigimos a él explicándole el suceso, de modo que, como todos hablábamos a un
tiempo, imposible era que se hiciese cargo de él. Sin embargo, Paca, a fuerza
de chillidos, logró dejarse oír. El guardia no quiso dar la razón a nadie y nos
ordenó que fuésemos a la Inspección con él, y así lo hicimos, seguidos de un
buen golpe de gente. Mientras caminábamos, Paca iba explicando el caso a la
muchedumbre. Contaba la historia en estilo pintoresco, y consiguió poner de
nuestra parte a todos los curiosos.
—La quieren emparedá pa comerse la guita, ¿sabéi
ustedes? Mi señorita es rica, y un enano que asota toas las noches a un Cristo,
¡yo lo he visto con estos oho!, se quiere engullí los millones que le ha dejado
mi señorito. A la fuersa la quiere meté monha ese perro; pero ella no quiere,
¿sabéi ustedes? Le guta ese señorito, porque es un buen moso y tiene buen
aquel…, ¡porque sí, vamo!, y se casará con él, ¡vaya si se casará!, y le dará
al roío enano pol tal. ¡Que no vaya a la gloria si yo mesma no le ayudo!…
Yo iba bastante avergonzado, y Gloria mucho más,
como puede suponerse. Pero mi plan hasta entonces se desenvolvía con buen
éxito, y esto compensaba hasta cierto punto aquella molestia. Por fortuna,
llegamos pronto a la Inspección. Allí expuse con firmeza mi querella, apoyada
por Gloria, y reclamé la intervención del juez. Al mismo tiempo mandé un recado
al conde del Padul por medio de Paca. El juez, a quien se avisó, tuvo la
atención de venir por tratarse de una señorita, y delante de él volvimos, como ante
el inspector, a exponer nuestro litigio. El tenedor de libros también reclamó.
Yo pedí, desde luego, el depósito de Gloria en lugar adecuado, y el juez lo
decretó inmediatamente. Como nos hallásemos deliberando sobre esto,
presentáronse Isabel y la tía Etelvina, y sin más dilaciones cogieron a Gloria
y la hicieron montar en un coche con ellas, llevándola a casa. El conde no
había podido venir a causa de su indisposición. En casa de él, como pariente y
persona caracterizada, quedó, pues, depositada mi animosa Gloria.
XV
Tropiezo de nuevo con el Malagueño
El escándalo fue grave y tuvo en Sevilla, con ser
gran población, mucha resonancia. Los periódicos se apoderaron de él e hicieron
comentarios nada halagüeños para la familia de Gloria. El conde dirigió una
carta a su prima, donde cortés, pero enérgicamente, le manifestó que su sobrina
no saldría de su casa sino para el altar, y aconsejándole que desistiera, por
el buen nombre de ella y de la familia, de querer forzar la voluntad de la
joven. No sé si a influjo de esta carta o por temor o vergüenza, doña Tula no
dio un paso para reclamar a su hija. El odioso enano, su director, tampoco.
Comenzaron para mí días venturosos. El palacio de
Padul se me abría a todas horas y siempre hallaba en él grato recibimiento. Se
me consideraba ya como de la familia. Por las tardes, después de almorzar, me
iba allá, y sentado o montado en una silla (que a tanto llegaba mi confianza),
las veía coser o bordar y bromeábamos con alegría. Gloria, que se había puesto
de un humor delicioso y hasta creo que engordó en pocos días, gozaba en hacer
jugarretas a todo el mundo, pero muy particularmente a mí. La casa, un poco
sombría por el abandono del conde, el humor tétrico de la tía Etelvina y el
carácter débil de Isabel, había cambiado notablemente de aspecto. Estaba ahora
riente, sonora, gozosa, merced al ambiente de franqueza y alegría que mi
adorada esparcía en torno suyo. El conde paraba más tiempo en casa. La tía
Etelvina, que acostumbraba pasar el día encerrada en su habitación, buscaba
ahora la compañía de las jóvenes, y a menudo su rostro de piedra se contraía
con una sonrisa al escuchar las salidas de la huéspeda. Hasta los criados
servían con más agrado y eran más locuaces.
No dejaba de sorprenderme, sin embargo, aquella
alegría y aturdimiento de Gloria. Parecíame que después de las tristes
ocurrencias pasadas, en guerra abierta con su madre, con las miradas de la
población fijas en ella, debía mostrar más reserva y circunspección.
Asaltábanme tristes sospechas respecto a su carácter, y, reconociendo su
irresistible atractivo, acusábala interiormente de frívola y ligera. Estas
dudas me atormentaban, porque, al fin, pretendía hacerla mi esposa. Toda mi
felicidad podía venir a tierra si a mi esposa le faltaba un poco de aplomo en
el cerebro. «¿Será una mujer casquivana?», me preguntaba con miedo. Y cada vez
la observaba con más atención, interpretaba escrupulosamente sus menores actos
y palabras y me perdía en un mar de cavilaciones. Al cabo no pude menos de
desahogarme. Un día le dije:
—¿Sabes que me sorprende que estés tan alegre estos
días?
—¿Pues?—me preguntó, fijando en mí sus grandes ojos
aterciopelados.
—Porque… yo presumía—aquí comencé a vacilar y
turbarme—que después de una escena tan desagradable como aquella…, teniendo que
reñir con tu mamá…, ibas a estar abatida, melancólica…
—¡Melancólica! ¿Por qué?… Lo estaría si me hubieran
enchiquerado allá en el colegio… ¡Pero ahora! ¡Anda, hijo; pues si estoy como
el pez en el agua! ¿No te veo todos los días? ¿No me dices que me quieres? ¿No
vamos a casarnos?
—Bien…; pero creí que sentirías a tu madre.
—A mamá la quiero mucho; pero a ti te quiero
retemuchísimo más… No te des tono, porque yo siempre he tenío muy mal gusto. Mi
primera pasión fue un perro ratonero.
La verdad es que quien menos debía recriminar a
Gloria por su alegría era yo. Sólo por una de esas aberraciones con que el
sistema nervioso, excitado, nos atormenta, podía hallar mal una conducta que
era el testimonio más convincente del entrañable amor que me profesaba.
Cambié de conversación; pero al poco rato,
acometida, sin duda, de una sospecha, me dijo:
—Oye: ¿por qué te extraña que esté contenta?
—Por nada—respondí, sonriendo, con un poco de
vergüenza.
—¡Ya!… Tú querías que hiciese un poco la comedia,
¿verdad? Que soltase algunas lagrimillas y me riese por dentro. Pues, hijo, si
la quieres así, busca otra… Yo no sé llorar sin gana…
Procuré disuadirla, riendo, de su fundada sospecha,
y loé de corazón su franqueza. ¿Cómo pude hallar censurable aquella naturaleza
espontánea, sincera, rebosante de pasión y de alegría?
Pero las nieblas de la duda no se desvanecieron por
completo en mi espíritu, harto suspicaz. Confesaba que Gloria tenía un corazón
honrado, era una mujer sin dobleces y que me amaba de todas veras; pero… su
carácter ligero seguía inspirándome algún temor. «Hoy me quiere; convenido—me
decía—. Sería capaz de hacer por mi amor cualquier sacrificio. Pero en una
mujer de tan viva imaginación, ¿será el amor duradero? ¿Podrá resistir a la
prosa continuada del matrimonio? ¿No habrá miedo de que algún día esta vehemencia,
este fuego, que es la esencia de su carácter la despeñen, tristemente para ella
y para mí, sobre todo para mí?» Como éste era el fondo de mis cavilaciones
aquellos días, no es extraño que le sacase la conversación a Villa. Una noche
le dije en el café, hablando de las mujeres sevillanas:
—Amigo Villa, evidentemente estas mujeres son más
graciosas y apasionadas que allá en el Norte, tienen más ingenio y saben querer
de verdad…; pero me temo que no hagan tan buenas esposas como amantes.
Quería tirarle de la lengua. Y lo conseguí, con
gran satisfacción por mi parte. El comandante hizo una defensa acabada y fogosa
de la mujer sevillana. Según él, ésta es viva y ardiente, pero no vanidosa, lo
cual suprime uno de los grandes incentivos, acaso el más capital, que la mujer
tiene para caer. El fuego de su alma, al casarse, se convierte en ternura y
abnegación. Exige que se la ame, no que se la adorne. El lujo en Sevilla no
fascina, como en otras partes, al sexo femenino, y es porque la pobreza no se
considera ridícula; la mantilla es una prenda que las iguala a todas. Aquí no
se siente la diferencia de clases. La joven más encopetada por su nacimiento y
fortuna alterna de igual a igual con otras muchachas que viven del modesto
sueldo de su padre. Luego, por la tradición árabe quizá, la mujer casada vive
casi siempre retirada. No se concibe que frecuente con toda libertad, como en
las grandes capitales, los saraos, los teatros y paseos. El orgullo de la
esposa es ser amada por su marido. Si éste es una mijita calavera, se me figura
que le quiere más. Dicen que hay en ella algo de odalisca todavía; pero con una
mujer que no exige más que se la acaricie tiernamente al llegar a casa, la vida
es muy fácil y muy dulce. «Por lo demás—terminó diciendo el comandante—, esas
mujeres de su país, más vergonzosas, más tímidas, más circunspectas que las
nuestras, acaso sean más peligrosas.»
Callé, porque no quise hacer injuria a las mujeres
de mi país; pero no me pareció descaminada del todo aquella idea.
Isabel consiguió que Gloria fuese alguna vez a la
tertulia de las de Anguita, hacia las cuales seguía mostrando antipatía.
Imagino que vino en ello por el gusto de demostrar su triunfo a Joaquinita,
pues aún no se le habían desvanecido los celos por completo. Se había
abandonado el patio por hacer ya demasiado fresco, y la reunión se trasladó a
un salón contiguo. Los tertulianos, excepto el pequeño núcleo que ya conocemos,
variaban constantemente. Ahora asistía casi diariamente una partida de cinco o
seis muchachos de Antequera, al parecer estudiantes, gente de buen humor,
socarrones y maleantes, que tramaban entre sí mil guasas, algunas
de ellas de un color harto subido. Las de Anguita, como buitres al olor de la
carne fresca (perdón por este símil; pero mejor sería como palomas al reclamo
del cazador), acudieron a ellos, esperando hallar el novio apetecido, y
abandonaron así mismo al resto de los asistentes. Ramoncita caminaba con cierta
cautela, con la sonrisa en los labios y el escepticismo en el corazón,
dispuesta a dejar el campo al primer contratiempo. Pepita, fiando siempre en su
gracioso desenfado, rayano del cinismo. Joaquinita perseguía a uno de los
antequeranos con incansable brío, con una firme voluntad de hacerle suyo,
digna, en verdad, de admiración. Dejábanse querer los estudiantes, y con
afectado ahínco, para ser sincero, las festejaban y hacían con ellas apartes
prolongados que colocaban en posiciones desairadas a los demás que allí
asistíamos. Comprendí que sería ridículo tomárselo a mal.
Una de las guasas de aquellos
mozalbetes consistía en presentarse los martes siempre vestidos de rigurosa
etiqueta, en forma y actitud enteramente diversas del resto de la semana,
haciendo profundas reverencias al entrar, saludando a todos con gran ceremonia
y llamando a Ramoncita duquesa; a Joaquinita, condesa, y a Pepita, baronesa.
Esto causaba gran regocijo en la tertulia, no sé por qué, sobre todo a las
niñas de la casa, que aceptaban los títulos. Durante la noche representaban su
papel como damas de teatro cursi. Al señor de Anguita le llamaban el gran duque
de Anguitoff, y el pobre viejo aceptaba, riendo, el título. Otra consistía en
mostrarse celosos los unos de los otros y en obligar a sus respectivas damas a
que declarasen en público sus preferencias. Si uno de ellos, convenidos entre
sí anteriormente, regalaba una flor a Joaquinita, el amante de esta exigía que
la arrojase al suelo y disimuladamente la pisase. El donante adoptaba un
continente lúgubre y siniestro, y Joaquinita se asustaba, pensando que podría
haber reyerta al salir de la tertulia. A su vez, ellos procuraban introducir la
discordia entre las hermanas, dedicándose ora a una, ora a otra. Venían los
consiguientes líos y desabrimientos, y en esto se divertían.
Pero lo que dio más juego fue cierto aparato de
proyección o linterna mágica que uno de ellos compró para dar sesiones en la
tertulia. Se colocaba una cortina blanca en el fondo del salón, se hacían
apagar todas las luces (solía ser una) y comenzaba el experimento cuando todos
se habían colocado convenientemente al lado de alguna niña. En seguida malicié
de lo que se trataba, y más viendo que el que mostraba las vistas era siempre
distinto, sucediéndose en esta tarea, que debía ser la más ingrata, por riguroso
turno. Observé también que la noche en que, previo anuncio, se daba sesión de
linterna, la concurrencia era mucho más numerosa. El que estuvo a punto de
echar a perder aquel sabroso recreo fue el tío de Elenita, que en lo más
interesante de él se puso a gritar, indignado, que le habían dado un beso.
Nunca pudo saberse quién había sido el desdichado agresor.
No quise decir nada a Gloria; pero procuré con
todas mis fuerzas que dejase de ir a aquella casa. Algo contribuyó también a
hacérmela poco grata la escena inverosímil que una de aquellas noches
presenciara en ella. Ha de saberse que el piano había desaparecido del salón.
Cuando se notó la falta, Pepita, con su habitual despreocupación, nos dirigió
el siguiente discurso:
—Señores, el piano era de alquiler: nos costaba
tres duros cada mes. Como ya estarán ustedes enterados de que la casa de
Anguita viene hace tiempo en decadencia y se encuentra en el día bastante
escasa de metales preciosos, no extrañarán ustedes que, con harto dolor de
nuestro corazón, porque somos muy artistas, hayamos tenido que prescindir de
él. Si a ustedes les acomodara que lo hubiese para bailar, con abrir una
suscripción y pagarlo estaba todo resuelto.
—Que se abra esa suscripción—dijo uno—. Yo doy dos
pesetas.
—Que se abra… Yo no doy nada—dijo otro.
Pensé que todo aquello era pura broma. Así que mi
estupor fue grande cuando observé que, efectivamente, a presencia de todos, se
recogía el dinero. Me vi en la precisión de contribuir con un óbolo de dos
pesetas, lo cual me llenó de indignación, no tanto por las dos pesetas cuanto
por lo indecoroso del acto.
Pero en aquellos días había llegado el duque de
Malagón, novio oficial de Isabel, y a ésta le gustaba exhibirlo en la tertulia.
Era un jovencito de veinte a veintidós años, delgado, moreno, completamente
insignificante. Enterado inmediatamente de que yo era el novio de Gloria y la
especial situación en que nos hallábamos, me mostró simpatía algo pegajosa. Iba
a buscarme para salir de paseo, tomaba café conmigo y con Villa y cuando
salíamos de casa de Padul, nunca dejaba de acompañarme hasta la mía. Era bondadoso
y simpático; pero tenía el aturdimiento y la petulancia de un adolescente. Todo
lo zanjaba de golpe y porrazo; para él no había dificultades. Tan pronto me
proponía facilitarme medios para marcharme con Gloria al extranjero, como hacer
prender a don Oscar por conspirador carlista o pagar a unos gañanes para que le
rompiesen la cabeza, etc. Sus proyectos eran siempre expeditivos y penables por
el Código. Costábame trabajo sustraerme a sus importunidades, aunque le
agradecía el interés que tomaba por mis asuntos. Creía hallarse enamorado de la
condesita. Pronto comprendí que estaba en un error. El duque se casaba por
hacer el hombre formal. Su novia le preocupaba menos que las dos jacas
francesas que le habían llegado recientemente. Le placía que alabasen a Isabel,
y se daba tono acompañándola en el paseo y bailando con ella todos los valses y
rigodones que se tocaban en los saraos del Alcázar. Pero, cumplida la
obligación del hombre formal, respiraba con libertad y me iba a
buscar para jugar unas carambolas al billar, en lo que, sin duda, se deleitaba
mucho más.
Villa andaba celoso de esta nueva amistad. Alguna
vez me había dicho, con sonrisa forzada:
—¡Hombre, qué íntimos se han hecho usted y el duque
en pocos días!
Yo alzaba los hombros con indiferencia y me reía de
aquella amistad, que suponía debida exclusivamente al carácter infantil del
duque. Trataba en lo posible de no herir la susceptibilidad del comandante,
pues bien se me representaba que el pobre tenía una espina clavada en el
corazón. Su rival, ignorando en absoluto que lo fuese (creo que si lo supiere
sería lo mismo), le hablaba con toda cordialidad y hasta le distinguía mucho,
por la razón de ser hombre hecho y militar. En cambio, Villa hacía esfuerzos visibles
por parecer amable con él, aunque sin conseguirlo más que a medias. Alguna vez
se le tiene escapada ésta y otras exclamaciones semejantes:
—¡Cómo me carga este chiquillo! ¡Parece mentira que
usted le pueda sufrir tanto tiempo!
Había que perdonarle esta injusticia por lo que el
pobre debía de padecer. Hasta pocos días antes de la llegada del duque había
seguido obsequiando a Isabel. Esta no dejaba de coquetear con él y alentarle,
cosa que nos tenía sorprendidos lo mismo a Gloria que a mí. Pero hacía ya
algunos días que, desengañado tal vez, o por ventura para hacerse interesante,
se dedicaba a una de las de Enríquez, que, con ser amiga y parienta de la
condesita, le había recibido con los brazos abiertos.
Entonces observé que ésta procuraba atraérselo de
nuevo, prodigándole aquellas sonrisas cándidas y bellas de querubín con que le
había enloquecido a él y a otros muchos. Le hablaba con singular agrado y, aun
delante del duque, le prodigaba atenciones que hubieran parecido mal a
cualquier novio menos aturdido que éste. El comandante quería mostrarse
insensible a este dulce reclamo, pero no podía. Veíasele rojo, tembloroso, cada
vez que la condesita le llamaba para decirle algo. Era curioso observar la lucha
que dentro de aquel hombre sostenían el entendimiento y el corazón. El primero
le aconsejaba no apartarse de la de Enríquez, no mirar a la condesita; el
segundo le exigía adorarla de rodillas, como siempre. Una noche, y tomando café
en la Británica, me dio una sorpresa. Estábamos los dos solos frente a la mesa.
Notábale distraído, preocupado, pero no triste. Sus ojos brillaban con un fuego
especial de malicia y triunfo. A veces, sus labios se contraían con leve
sonrisa inmotivada. Se conocía que deseaba hablar, desahogarse, y yo le busqué
pretexto para ello en cuanto lo advertí. Le hablé del duque y le expresé mi
sospecha de que no estuviese verdaderamente enamorado de Isabel.
—Al mismo tiempo—añadí—, ¿sabe usted lo que se me
figura?… Que la condesita tampoco le profesa un amor muy entrañable…
La cara de beatitud que puso Villa al escuchar esta
afirmación en mi boca, por poco me hace soltar la carcajada. Bajó la vista
sonriendo, dejó escapar tres o cuatro chicheos, revolvió el café con la
cucharilla, echó un sorbo, poniendo los ojos en blanco, y después de limpiarse
los labios con sosiego, con el sosiego del hombre fuerte que va a hacer sentir
en breve el peso de su valor, llevó la mano al bolsillo interior de la
americana, y dijo, sacando una cartera, y de la cartera un sobrecito:
—Entérese usted de lo enamorada que está Isabel del
duque.
Dentro del sobrecito, que despedía perfume
penetrante, había una tarjeta y algunas hojas de rosa. La tarjeta decía:
«Isabel de Montalvo, condesa del Padul», con corona encima. Al respaldo se leía
en letra diminuta, pero clara: «Lo prometido es deuda.»
Volví a encerrarla en el sobre con las hojas y se
la entregué, altamente sorprendido, a Villa.
—¿Qué le parece a usted?—me dijo, guardándola en la
cartera con aire triunfal.
—¡Muy extraño! ¿Usted se las había pedido?…
—Nada más que una, de la rosa que llevaba en el
pecho anteayer, en casa de Anguita… ¡Y esta mujer se casa el ocho de diciembre!
Me espanté del caso más de lo que debiera, porque
comprendía que con ello le daba mucho gusto. La verdad es que la conducta de
Isabel era inexplicable; pero aquello no tenía la extraordinaria importancia
que Villa le daba, mucho más cuando en la tarjeta nada se decía que pudiera
alentar sus pretensiones. Conseguí ponerle de un humor delicioso, asegurándole
que la condesita sólo se casaba por presión de la familia o por razones de
conveniencia. Su corazón, indudablemente, estaba en otro lado. Hasta le hice entrever
un porvenir dichoso cuando hubiera por medio un editor responsable. En aquel
momento mentía yo como un bellaco, porque, en mi concepto, si Isabel no estaba
enamorada del duque, por lo menos lo parecía. A Villa tenía la absoluta
seguridad de que no le amaba.
—Si yo mandase esta tarjeta al duque—dijo con
profunda emoción—, la boda quedaría deshecha… Pero no lo haré, porque soy
hombre de honor. De las mujeres me vengo de otro modo.
Convine con él en que era cierto que tenía entre
sus manos aquella egregia boda, y aplaudí calurosamente su nobleza. Esta
ilusión de ser un hombre de alma generosa y heroica acabó de hacerle feliz.
Mandó por cigarros habanos y me regaló un puñado de ellos.
* * *
A la tertulia de Anguita seguía asistiendo con
bastante puntualidad mi ex rival Daniel Suárez. Desde la tarde aquella de la
excursión a La Palmera, en vez de aumentar su hostilidad hacia mí, decreció
notablemente. Con buen acuerdo, sin duda, comprendió que la lucha era
imposible, y renunció a ella. Hasta me dio una explicación cierta tarde que me
tropezó en las Delicias y se emparejó a pasear conmigo.
—Aunque a uzté le dizguzte, voy a pacear con uzté
un ratiyo.
—¡Disgustarme! ¿Por qué?
—Porque uzté me aborrece…, confiézelo uzté…
—Pues, en efecto, no le tengo mayor simpatía; bien
lo sabe usted.
—Mientra hemos zido rivales, ez natural que
zucediese… ¡Pero ahora que me ha vito uzté caer en la mizma cuna y por do vece
recogío…!
No pude menos de sonreír. Comprendí que tenía
razón. Habló con la mayor franqueza de su posición y recordó todos los pasos
que había dado para agradar a Gloria, haciendo burla de sí mismo con bastante
gracia.
—Bazta de ezo… He eztao zacudiendo el árbol, y la
naranja no ha caío… Uzté no ha hecho má que tocarle y ze le ha venío a la boca…
Buen provecho le haga.
El triunfo me hizo generoso. En un momento olvidé
lo que aquel hombre me había hecho rabiar, y se borró mi antipatía. Después de
la escena violenta que dio por resultado la salida de Gloria de su casa, Suárez
me dio la enhorabuena cordialmente y mostró interés porque aquel estado de
cosas durase lo menos posible y viniese la boda cuanto más antes. Lo mismo en
casa de Anguita que cuando nos tropezábamos en la calle, charlábamos como
buenos y antiguos amigos; tanto, que una vez, que confidencialmente reíamos en
un rincón, exclamó Pepita, al cruzar por nuestro lado:
—¡Tiene grasia! Hase poco querían ustedes matarse,
y ahora…
—Y ahora noz estamo dando la lengua, ¿verdá,
prenda?—replicó Daniel con su inveterado cinismo.
A Gloria le sorprendía un poco aquella repentina
intimidad; pero no hacía gran caso de ella. En el fondo, el malagueño le era
por completo indiferente. Este convencimiento, que recabé de mis observaciones,
fue lo que más contribuyó, como puede suponerse, a que se borrase mi antipatía.
Daniel era un compañero malévolo, a quien no se podía profesar estimación, pero
ameno. Su lenguaje, harto cínico, no dejaba de tener gracia; su escepticismo
despreciativo salpicaba con picantes especias la conversación. Tenerlo siempre
al lado sería aburridísimo, porque no hay nada que fatigue tanto como los
hombres predispuestos a burlarse de todo; pero de cuando en cuando sus
murmuraciones, removiendo las heces que todos tenemos en el alma, despertaban
la alegría. A Villa y al duque les caía en más gracia que a mí.
Cierta noche le tropecé en el teatro. Hablamos en
los entreactos y me citó para irnos a beber a la salida unas cañas. Gloria no
asistía al teatro por ciertos miramientos bien comprensibles. Me encontraba
libre, y acepté con gusto su oferta. Salimos, pues, juntos, y haciendo
comentarios sobre las actrices, bastante escandalosos por cierto, dirigimos
nuestros pasos a una tienda de montañeses que Suárez conocía en la plaza del
Pan. Entramos, pasamos por en medio de varios parroquianos y fuimos a sentarnos
en un cuartito de la trastienda, alumbrados por una lámpara de petróleo colgada
de la pared.
El dueño, grande amigo de Daniel, nos sirvió por sí
mismo boquerones fritos y japuta, poniéndonos al lado un par de botellas de
manzanilla. Suárez estaba muy contento, y comía y bebía bravamente. No lo hacía
yo mal tampoco. Las niñas de Anguita y su original papá nos servían de tema
inagotable de conversación. Pidiose otro par de botellas.
—¿Zabe uzté cómo llaman las monjas en mi país a
este pezcao?—me preguntó mi compañero, cortando un trozo de japuta y
llevándoselo a la boca.
Le miré sin contestar:
—El pezcao del nombre feo.
Y dejó escapar al mismo tiempo aquella risita
equívoca, parecida a un chillido nacido y apagado en la garganta y que era en
él la suprema explosión de alegría.
—Ya zabe uzté cómo ha de decirle a zu monjita que
ha comío japuta—añadió.
Confieso que el sacar a cuento a mi novia me hizo
malísima impresión. Me contenté con sonreír levemente y traté en seguida de
cambiar de tema. Pero él insistió al cabo de un momento:
—¿Y cuándo se caza uzté, compare?… Ezo huele ya a
puchero de enfermo.
—No sé cuándo me casaré ni si me casaré—respondí,
bastante secamente.
—Todo ezo es mojama, amigo. ¡Ahora que tiene uzté
los dos milloncetes en el borziyo, viene uzté con remilgos!
Sentí aquella frase como un bofetón en la mejilla,
y le dije, frunciendo el entrecejo, en tono áspero:
—Ruego a usted, Suárez, que no siga en ese camino,
porque vamos a reñir. No tolero bromas sobre tal asunto.
El malagueño volvió a reír, diciendo con
protección:
—Vamo, no ze críe uzté bilis, ahora que está uzté
en vízperas de ser feliz.
—¡Nada, nada: lo dicho!—repliqué, con las mejillas
encendidas ya y con acento más imperioso.
—A la zalú de uzté y de zu gachona—dijo por toda
contestación, sorbiendo una caña.
Cambiamos de conversación, y volvió a reinar la
alegría y cordialidad. Bebimos el otro par de botellas. Noté que cada vez
hablábamos más alto, y sentí en el rostro un calor extraordinario. El de Suárez
permanecía tan sereno y cetrino como siempre. Sólo sus ojuelos, siempre vivos,
parecían bailar ahora arrebatadamente. Dije que en aquel cuartucho hacía
demasiado calor, y me levanté para quitarme la americana, pero al hacerlo
observé que la habitación se bamboleaba.
—¿Sabe usted que estoy un poco mareado?… El humo de
los cigarros y el calor que aquí hace… ¿Quiere usted que salgamos a
refrescarnos?
Daniel se levantó a su vez; me prohibió pagar,
porque tenía allí cuenta abierta, y salimos a la calle. Bajamos a la de las
Sierpes, única donde quedaban aún ciertos residuos de animación. Había algunos
cafés abiertos. Al través de los cristales veíamos a los rezagados parroquianos
gesticular delante de las mesas, aunque ninguna palabra llegaba a nuestros
oídos. La noche era espléndida, como casi todas las de aquella venturosa
región. Estábamos a últimos de octubre. Suárez se quejaba de que estaba un poco
fresca. Para mí, hombre del Norte, aquello era una temperatura deliciosa, y no
me subí siquiera el cuello de la americana, como hizo mi compañero. Sentía la
cabeza caliente; me quité el sombrero y caminé con él en la mano. Suárez me
propuso dar una vuelta por el muelle, y yo accedí gustoso porque sentía la
necesidad de despejarme.
Comenzamos a discutir sobre política con calor.
Seguimos todo el paseo de las Delicias, enteramente solitario a tales horas, y
cuando nos cansamos de caminar hacia abajo, dimos la vuelta por el muelle. En
una de las pocas pausas que hicimos, Daniel dijo de pronto:
—Diga uzté, amigo: ¡zupongo que ahora podré
enjabonarme las manos de balde!
—¿Pues?
—¡Como uzté va a zer el dueño de una fábrica de
jabones…!
—¡Ah, sí!—exclamé, sonriendo crispadamente.
No sé por qué, aquella noche me molestaba de un
modo horrible cualquiera alusión a mis amores. Suárez, o por imprevisión o por
malicia, cometió la falta de insistir:
—La barbiana vale máz que la fábrica, aun… para un
andaluz. A uzté, como ez gallego, le guztará más la fábrica.
Sin aguardar más, a mano vuelta, según íbamos
caminando emparejados, le dirigí una tremenda bofetada, que le hizo caer sobre
los vagones estacionados sobre la vía del muelle. Me pareció entonces que me
había dicho la injuria más atroz que a ningún ser humano puede dirigirse. Y, no
contento con esto, me arrojé sobre él con rabia, dirigiéndole con los golpes
mil denuestos:
—¡Canalla! ¡Granuja! ¡Tío indecente!
Suárez, repuesto un poco, me echó las manos al
cuello, y comenzamos a forcejear furiosamente. Los dos estábamos bastante
cargados de alcohol; pero yo era más alto y más fuerte. Pronto conseguí separar
las manos de mi enemigo, que me oprimían, y le abrumé a mojicones. Mas, de
repente, vi brillar un arma en su mano, y casi al mismo tiempo sentí hacia la
cadera como la impresión de un alfilerazo.
Me arrojé de nuevo sobre él y le sujeté la mano en
que tenía la navaja.
—¡Cobarde, suelta esa navaja!—le decía.
Y dábamos vueltas por el muelle, sin hacernos cargo
de que estábamos a la orilla del agua. En una de estas vueltas me falló un pie
y caí al río, no sin arrastrar conmigo al malagueño. No le vi más. La impresión
del agua fría apagó la calentura de ambos. Solté las manos y el primer
pensamiento de los dos al salir a la superficie fue el de salvar nuestras
preciosas existencias. Cada cual nadó por su lado.
Al ruido que habíamos hecho habíanse despertado
algunos marineros que dormían en los barcos anclados, y acudió también la
pareja de carabineros que estaba de vigilancia. Diéronse voces de socorro;
prodújose el alboroto consiguiente. A mí me sacaron en vilo dos marineros que
habían saltado en un bote. A Suárez fueron a sacarle un poco más lejos, por las
escaleras mismas del muelle.
Pero al poner el pie en el bote me encontré con que
no podía mantenerme derecho.
—Estoy herido—les dije—. Háganme el favor de
llevarme a casa.
Subiéronme al muelle, y se vio que, en efecto,
destilaba sangre por una cadera. Entonces los carabineros prendieron a Suárez,
y uno de ellos le condujo a la Inspección. A mí me transportaron a la botica
más próxima; se llamó al boticario, que dormía; bajó éste y examinó la herida.
Era mayor de lo que yo pensaba. Me hizo la primera cura provisional y mandó que
inmediatamente me trasladasen a la cama y se avisase al médico. Lleváronme en
una silla hasta casa. No fue pequeño el susto que allí hubo al verme entrar de
aquel modo. Los huéspedes se levantaron, y todos se pusieron en movimiento para
socorrerme. Matildita se hizo merecedora de mi gratitud eterna por la actividad
prodigiosa que desplegó en atenderme, a pesar de hallarse la pobrecita muy
asustada.
Antes que el médico forense y los otros que, por
diferentes conductos, habían sido llamados, vino el juez a tomarme declaración.
Procuré hacer con ella el menor daño posible a Suárez. Dije que éramos amigos
íntimos, que habíamos bebido más de la cuenta y, disputando en el muelle por
cuestiones insignificantes, nos habíamos pegado; que Suárez había sacado una
navaja para defenderse, porque yo era más fuerte, y que me había precipitado
sobre él, saliendo herido en el encuentro.
La conciencia me obligaba a hacer esta declaración,
pues yo le había agredido por leve motivo, teniendo en cuenta que hablaba en
broma. Sin embargo, más adelante pensé que bien podría haber sido preparada
aquella escena, porque el malagueño era hombre malintencionado y vengativo. En
el día en que esto escribo aún no sé si, en efecto, me llevó al muelle con
objeto de buscarme camorra y herirme o matarme, o todo fue resultado del
manzanilla que teníamos entre pecho y espalda.
La herida, aunque bastante profunda, no había
interesado ningún órgano importante. El único peligro, según el médico, hubiera
sido la hemorragia; pero ésta se cortó, afortunadamente, por el baño imprevisto
de agua fría que me di. Sin embargo, me levantó bastante fiebre y me obligó a
permanecer en cama nueve días. Al siguiente de mi percance mandé un recado por
Villa a Gloria, participándole lo que me había sucedido. Por la tarde, ella,
Isabel y el conde se presentaron de improviso en mi cuarto. Tuve una alegría
inmensa y más cuando Isabel me dijo en voz baja que Gloria había tomado la
iniciativa en aquella visita.
Cuando entró estaba pálida y tenía los ojos
hinchados de llorar.
Después que me oyó hablar, el susto dio paso a la
indignación. Rompió en denuestos contra mi agresor:
—¡Qué cobardía! ¡Qué vilesa! ¡Herirte ese tío de
las patas tuertas! Callaba, y después de un rato volvía a exclamar, con rabia:
—¡Atreverse ese tío de las patas tuertas!…
Por lo visto, mi novia pensaba que el agravio
habría sido menor si el adversario hubiera tenido las piernas derechas.
El conde, viendo mi estado relativamente
satisfactorio, se opuso a que se telegrafiase a mi padre, para no alarmarle.
Y, en efecto, a los nueve días pude levantarme, y
cuatro después salir a la calle y terminar, como se dirá en el capítulo
siguiente, la aventura amorosa que constituye el fondo de esta verídica
narración.
XVI
En qué paró la hermana San Sulpicio
Pensando en los medios de unirme pronto a Gloria,
antes del suceso que acabo de narrar se me había ocurrido una transacción con
el maldito enano. Como yo tenía la certidumbre de que éste era el único
causante de nuestros males y sospechaba que la razón de oponerse a nuestro
casamiento y el empeño de hacer monja a Gloria estribaban en el interés,
imaginé que podíamos llegar a un acuerdo. Verdad que acaso pudiera alcanzar la
meta de mis deseos sin necesidad de componendas, porque la actitud, pasiva
hasta entonces, de doña Tula lo hacía verosímil. Pero ¿quién me aseguraba que
de la noche a la mañana no cambiasen totalmente las cosas? Aunque no pudieran
encerrar a Gloria en el convento contra su voluntad, porque las autoridades
estaban ya sobre aviso, al matrimonio podía oponerse la madre mientras no fuese
mayor de edad. Ahora se encontraban, lo mismo ella que don Oscar, amedrentados
por la escena escandalosa de la puerta del convento y por la actitud firme del
conde del Padul, que inspiraba general temor por su posición y carácter. Mas,
si llegaban a vencer este miedo, lo mismo del conde que de la opinión pública,
volvería a encontrarse en grave aprieto. Aunque no consiguiesen otra cosa que
aplazar el matrimonio, ya era bastante para mi anhelo, que cada día iba siendo
mayor. Además, en esta dilación había peligro. Gloria era muy celosa, y
cualquier insignificante pretexto podía levantar una reyerta como la de marras
y dar al traste con mi felicidad. Sin contar con los acontecimientos
imprevistos a que todos nos hallamos sujetos, y más los que esperan con afán
cualquier bienandanza.
Pesaban estas consideraciones de tal modo en mi
ánimo, que me vino la idea de abandonar en las garras de don Oscar, como
precioso vellón, la mitad de la dote de Gloria, con tal de unirme pronto a ella
y obtener la otra mitad. Confieso que este proyecto duró poco tiempo en la
cabeza. ¡La mitad de la dote! ¡Cincuenta mil duros! La idea de desprenderme
(los conservaba ya como míos) de esta cantidad exorbitante de duros me produjo
tal desasosiego que la abandoné presto por insensata. Y de un golpe rebajé la
cifra a la mitad. Si la dejaba de los dos millones veinticinco mil duros, bien
podía darse por contento y facilitarme todos los medios para que el cura nos
bendijese cuanto más antes. Pero, aunque duró mucho más, tampoco este arreglo
consiguió echar hondas raíces en mi espíritu acongojado. Veinticinco mil duros
tampoco son un grano de anís. Poníame a considerar la renta que de esta
cantidad, bien administrada, se podía obtener, y me aturdía. Colocadas allá, en
Bollo, con buenas hipotecas, podían dar cuarenta mil reales al año, sin manchar
la conciencia.
Volví a rebajar la mitad. Me parecía que doce mil
duritos no eran de despreciar por quien nada tenía que ver con ellos, máxime
cuando no se le compraba ningún servicio extraordinario, sino tan solo que se
callase y dejase hacer. Para no volverme atrás de este propósito, hablé del
asunto al conde. Si tuviera mucho tiempo para rumiarlo, es casi seguro que
concluiría por vacilar y arrepentirme; me conozco bien. No le dije a don Jenaro
mi plan concreto; le hablé únicamente, en términos vagos, de convenio amistoso
con la madre de Gloria, para lo cual no tenía inconveniente en ceder algunos
de mis derechos.
Halló razonable mi pensamiento, y me prometió
entender en el negocio y llevarlo a feliz remate. Pero ya sabía yo, por
experiencia, lo que eran las promesas del conde. Lo que no se refiriese directa
o indirectamente a sus placeres, le interesaba tan poco que podía esperarse
sentado a que diera los pasos necesarios. Y así sucedió, como temía. Pasábanse
los días, y nada me comunicaba de sus gestiones.
Yo no le hablaba de ello, porque temía
impacientarle, y no me convenía por ningún concepto ponerme mal con él. Al
cabo, al entrar un día en su casa, exclamó, como enfadado consigo mismo:
—¡Caramba! ¡Siempre se me olvida que tengo que ir a
casa de mi prima Tula!… Pero no tenga usted cuidado, que de mañana no pasa…
Transcurría el día siguiente, y otro después, y
otro, y otro, sin que el viejo calavera se acordase de mi asunto más que de la
muerte. Imagino que hubiera tenido toda la vida a Gloria en casa sin
inconveniente mejor que molestarse en buscar solución a aquel conflicto. Isabel
se mortificaba viendo mi impaciencia; pero tampoco se atrevía a insistir mucho
con su padre, por temor a uno de esos movimientos de feroz desdén con que
zanjaba todas las dificultades cuando le apuraban. En fin: que comprendí que debía
tomar yo mismo la iniciativa y buscar aparejo para salir de aquella situación
molesta. Decidime a dirigir una carta a doña Tula, sin advertírselo a Gloria.
Temía que su orgullo me obligara a desistir. Después de tres o cuatro
borradores, escribí una carta habilísima (dispénsenme la inmodestia), ni
humilde ni altiva, clara, correcta y metódica. Como que, más que a doña Tula,
iba dirigida al enano sinóptico, que era seguramente quien habría de
contestarla.
Y bien conocí su estilo en la que, a los tres a
cuatro días, recibí de mi futura suegra. Era un modelo de epístolas razonadas,
metódicas y hasta simétricas. Principiaba dividiendo la mía en tres grandes
secciones. En la «primera» se comprendía lo referente «al supuesto propósito de
hacer monja a Gloria contra su voluntad», de que yo hablaba; en la «segunda»
entraba el permiso para contraer matrimonio; en la «tercera», todo lo relativo
a intereses, y la posibilidad de una entrevista y convenio amistoso. Estos tres
capítulos los subdividía doña Tula, o, lo que es igual, el enano, en varios
párrafos, igualmente numerados. Las palabras subrayadas, y había bastantes, lo
estaban con tiralíneas.
De todo esto saqué en limpio que, con el escándalo
y la perspectiva de matrimonio, estaban bastante más blandos. Al punto de la
entrevista, que era, sin duda, el más interesante, me respondía que estaba
dispuesta a concedérmela, con tal que fuese solo. «A la hija ingrata y
desobediente no quería verla más en casa.» Además, había de ser a presencia de
don Oscar. No tuve inconveniente en suscribir estas condiciones, que ya de
antemano presumía. Quedé citado para el día siguiente, a las ocho de la noche.
Aquella tarde di conocimiento a Gloria de mi
intriga. Al pronto se enfadó y me llamó hipócrita y pastelero, rechazando con
energía toda idea de concierto con quien tan inicuamente se había portado con
ella. La dejé desahogarse, como solía hacer en estos casos, y a los pocos
momentos ella misma volvió sobre sí, sin costarme palabra alguna, aplacando su
enojo y suavizando bastante la aspereza de sus conceptos. Cuando, al fin, le
dije:
—Hay que considerar que es tu madre, y con una
madre no hay humillación posible.
La vi enternecerse; los ojos se le arrasaron de
lágrimas, y exclamó, queriendo reprimir los sollozos con un esfuerzo:
—A mi madre la quiero con toda mi alma, y la
perdono… Está embaucada… Si no lo estuviera, no haría conmigo lo que ha hecho…
¡Pero a ese tío brujo, que ha de arder en los infiernos, nadie le corta el
pescuezo más que yo!
Y, detrás de las lágrimas, brillaron sus ojos
africanos con un fulgor siniestro, que hacía verosímil la promesa.
Todo el día siguiente lo pasé concertando mi plan
diplomático de ataque. Debía aprovechar aquella repentina blandura, ocasionada
por los últimos sucesos, para arrancar de doña Tula y su director todas las
ventajas posibles o, mejor dicho, que no me arrancasen a mí las que de derecho
me correspondían. Preparé mi discurso de introducción y las respuestas que
había de dar a las objeciones que, en mi concepto, podían hacerme. Repetime más
de cien veces que lo más esencial en la próxima conferencia era no alterarse
bajo ningún pretexto, escuchar con absoluta calma cualquier impertinencia y
obligarlos por la astucia a ceder y transigir en lo que me importaba. No había
necesidad de tantas interiores recomendaciones, porque la Naturaleza me ha
hecho bastante diplomático. El espíritu dúctil y fijo de mi raza nunca se ha
desmentido en los actos trascendentales en que me he visto precisado a
intervenir.
Cuando llegaron las siete y media de la noche, me
vestí aquella famosa larga levita que tanto odiaba Gloria, pero que juzgué muy
del caso en estas circunstancias. Púseme el sombrero de copa alta y una chalina
severa de raso negro, y metiéndome los guantes salí de casa y me dirigí con
todo el aspecto de un embajador a la morada de mi futura suegra. Fui retardando
el paso, para llegar a la puerta a las ocho en punto; ni un minuto más ni uno
menos. La criada que salió a abrirme, y que me conocía del tiempo en que yo era
dependiente de la casa, me acogió con alegría y quiso entablar conversación;
pero la corté con un gesto grave, preguntándole con toda solemnidad por la
señora doña Gertrudis Osorio, viuda de Bermúdez.
—Sí, señorito…, le está a usted esperando.
Y me introdujo en aquella sala discreta,
misteriosa, donde tantas noches había resonado el leve murmullo de mi charla
amorosa con Gloria. Miré otra vez con enternecimiento el alféizar de aquella
ventana en que mi adorada se sentaba; pero al instante volví en mi acuerdo,
juzgando que no era hora de enternecerse ni pensar en niñerías, sino de aguzar
el ingenio y dar gallarda muestra de ser tan buen dialéctico como poeta.
Sobre la consola ardían dos quinqués con sendas
pantallas, que no les permitían alumbrar más que el suelo, dejando envuelto en
media luz y muy tenue el resto de la habitación. Al poco rato de estar allí
sentí el taconeo de unos pasos, y doña Tula y don Oscar llegaron al mismo
tiempo a la puerta. Éste se hizo a un lado y dejó pasar respetuosamente a
aquélla, siguiéndola y empujando la puerta tras sí, con objeto sin duda, de no
ser escuchados por la servidumbre. Hice dos profundas y consecutivas reverencias
a uno y a otro, que me había ensayado al espejo: los pies juntos, el rostro
grave y majestuoso. Sabía cuánto influye el aparato de las formas para imponer
respeto, y pude notar en seguida que mis cortesanos saludos habían hecho su
efecto. Don Oscar se inclinó también gravemente, y doña Tula, bastante confusa,
me preguntó por la salud y me invitó a sentarme. Después que los tres lo
hicimos: doña Tula en el sofá, a guisa de presidente; don Oscar y yo en los
sillones de los lados, principié, en tono mesurado, mi aprendida peroración.
Las primeras palabras de ella fueron dirigidas a
dar las gracias a la señora por la cortesía que usaba recibiéndome en su casa.
Tuve ocasión, a este propósito, de deslizar algunas lisonjas que le supieron a
almíbar a mi futura mamá, como luego pude conocer.
Entrando después en el asunto, me mostré
enteramente seguro de casarme con Gloria. Lo di como cosa indiscutible. Para
dar fuerza a estas afirmaciones, hice presente que aquella cumpliría los veinte
años dentro de seis meses, que con tres más que la ley exige para esperar el
consejo paterno, sumaban nueve. A los nueve meses, pues, nos hallábamos en
libertad de unirnos. Pero… (aquí bajé los ojos y me abrí de brazos con ademán
tan modesto, tan compungido, que lo envidiaría un gran actor); pero yo sentía
tal dolor en llevar a cabo aquel matrimonio contra la voluntad de la madre de
la que iba a ser mi esposa, una señora que por tantos conceptos era merecedora
a nuestra veneración y cariño (golpe de incensario en este punto), que temía no
hallarme con valor para realizarlo. Hice gala de mis sentimientos honrados, de
mi profundo respeto a los lazos sagrados de la familia. Protesté de que primero
que consentir que Gloria faltase a la obediencia y sumisión que a su madre
debía, sería preferible para mí renunciar a su mano. Al llegar aquí manifesté
que traía de ella encargo expreso de pedirle humildemente perdón. No venía en
persona a pedirlo por el temor de no ser recibida. (Si Gloria hubiese escuchado
esta parte de mi discurso, de seguro que me araña.)
Pasé luego a la cuestión de intereses, y aparecí
generoso, desprendido. Este asunto, para mí, era muy secundario. Aunque no
podía llamarme rico, como era hijo único tenía más que suficiente para vivir
con modestia. La fortuna de Gloria no me interesaba mucho. Sabía que estaba
perfectamente administrada, y tal seguridad me obligaba a mostrarme indiferente
y descuidado respecto de ella. Esta fue la parte del discurso que peor dije.
Era la menos sentida.
Cuando terminé, doña Tula se apresuró a
manifestarme, con su vocecita dulce, que no me guardaba ningún rencor, que le
parecía una persona muy decente, y que lo único que sentía era que hubiese
tenido la desgracia de enamorarme de su hija. La miré con sorpresa, y eso que
venía resuelto a no asombrarme de nada, y respondí que, lejos de considerar
como una desgracia el haber tropezado con Gloria, lo tenía a gran ventura, y me
creía obligado por ello a dar gracias a la Providencia, sobre todo el día que
nuestra unión se realizase. Mirome fijamente, con ojos compasivos, la diminuta
señora.
—¿Cree usted de verdad que le hará feliz mi hija
Gloria?
—¿Por qué no, señora?
—Mucho le agradezco esa buena opinión que tiene de
mi niña. ¡Los padres gozamos tanto cuando oímos elogiar a los hijos de nuestro
corazón!… ¡Pobresito! Se conoce que tiene usted buenos sentimientos. ¿No es
verdad, don Oscar, que nuestro amigo Sanjurjo tiene un alma muy buena?
Aquellas reticencias respecto a Gloria, con que no
contaba, me molestaron más aún que el discurso de don Oscar, que se apresuró a
tomar la palabra, diciendo:
—No estoy conforme con casi nada de lo que acaba de
decirnos este caballerito. Ha hablado bastante, y a pesar de traerlo aprendido
de memoria, he observado mucha confusión y mucho desorden en su perorata. Ha
pronunciado frases, muchas frases; pero ideas razonables y serias he hallado
muy pocas. En primer lugar, este caballerito nos habla de su matrimonio con la
desdichada hija de doña Tula como de cosa resuelta y juzgada, sin tener en
cuenta que su madre puede reclamarla al instante y hacerse cargo de ella en
tanto no cumpla los veinte años. Para entonces, ¿quién sabe si se habrán
modificado sus ideas? Después de esta afirmación, que considero atrevida y un
poco desvergonzada, nos habla de sus sentimientos honrados, de su respeto a la
autoridad paterna y de otra porción de cosas por el estilo, que son en su boca
risibles. El que ha entrado en esta casa usurpando un nombre para mejor
engañarnos; el que se ha vendido por amigo y dependiente de la casa para
seducir a la hija de su dueño; el que ha tenido la osadía de oponerse con el
revólver en la mano a que se cumpliese la voluntad de una madre, produciendo un
escándalo en la calle, no debe venir hablándonos de sus sentimientos, porque ya
los conocemos bien. Este caballerito ha visto una joven que le han dicho que es
rica y huérfana, y ha abierto el ojo. Quiere a todo trance hacer fortuna, y no
repara en llevar la discordia y la desolación a una familia. Le prevengo, sin
embargo, que todavía no ha caído en sus manos. Si esta excelente señora quiere
seguir mi consejo, no sólo no concederá el perdón a su desobediente hija, sino
que mañana mismo la reclamará. Veremos si, a pesar de la protección de su
magnate (que más le valiera atenderse a sí mismo), no se cumplen las leyes.
La voz cavernosa del enano, poblando de sones
ásperos y profundos la estancia, resonó todavía después de haber callado. Sus
piernas, que no llegaban al suelo, se movían como péndulos; sus enormes
bigotes, proyectados por la luz en la pared, parecían dos grandes colas de
zorro.
—Me parece, don Oscar—profirió doña Tula con su
vocecita aguda—, que ha tratado usted demasiado mal a nuestro amigo Sanjurjo…
¡Este bendito señor es tan severo!—dirigiéndose a mí con una mirada falsa—.
¡Pobresito! No se disguste usted demasiado, que todo se ha de arreglar con la
ayuda de Dios Nuestro Señor.
—Doña Tula, aquí no hay severidad—replicó el
enano—. Lo que he dicho del señor es lo que, dado su proceder, me parece justo.
—Bien, don Oscar, bien…; pero hágase cargo de que
es muy joven y no es bueno aturdirle. La juventud no reflexiona.
—Lo dicho, dicho, doña Tula.
Se me figuraba estar escuchando esos juegos en que
los organistas se entretienen, a veces, soltando alternativamente los registros
más agudos y más graves del órgano.
No me descompuse en manera alguna por los insultos
del enano. Los había previsto y tenía formado mi plan para responder a ellos.
Después de un breve silencio comencé diciendo, sin
dirigirme a él—como él había hecho conmigo—, que sentía en el alma haber
incurrido en el desagrado de una pareja tan discreta, tan ilustrada…—golpe de
bombo aquí—. Que, en efecto, había entrado en la casa por medio de un
subterfugio, impulsado a ello por la esperanza de hacerme simpático a la mamá
de Gloria…
—No lo ha conseguido usted—interrumpió groseramente
don Oscar.
—Lo siento mucho, pero mi intención era buena—dije,
echando una mirada a doña Tula, que bajó la suya, más por sumisión al terrible
enano que por hacerme agravio. Eso me pareció al menos.
Respecto a lo que había afirmado acerca de mis
sentimientos y los móviles que me habían impulsado para dirigir mis obsequios a
Gloria, insistí con firmeza en lo que había dicho, pero sin alterarme. Conté
sencillamente cómo había sido nuestro conocimiento y cómo la había amado sin
saber si era rica o pobre, incitado, más que por nada, por su carácter franco y
abierto y por la bondad de su corazón…
Aquí doña Tula dejó escapar una risita irónica, y
el enano sacudió su cabeza de tal modo que las colas de zorro dieron varios
paseos por la pared en un segundo.
Dejé adrede, para lo último, la cuestión del
casamiento.
—Es cierto—dije—que la señora puede impedir nuestra
unión mientras no cumpla su hija los veinte años…; pero—añadí, sonriendo—eso de
exigir que vuelva a su poder traería tal vez algunos inconvenientes, sobre todo
para el señor. Hay en el Juzgado una querella suscrita por Gloria, a la que no
se ha dado curso hasta ahora por mi intervención. Se da cuenta a la autoridad
de cómo ha sido violentada para entrar en el convento y ha tenido que sufrir
malos tratamientos de una persona que no puede invocar derecho alguno sobre
ella… Como la persona aludida es aquí, el señor, en el momento en que se dé
curso a la queja el juez vendrá a averiguar no sólo lo que ha pasado, sino cuál
es el verdadero papel que el señor desempeña en esta casa. Y deploraría que
esto se realizase, por tratarse de un sujeto a quien debo muchas atenciones…
—No debe usted nada—interrumpió el enano con mal
humor—. Me tiene sin cuidado que el juez entre en averiguaciones, de las cuales
no puede resultar nada, absolutamente nada.
A pesar del acento desdeñoso de don Oscar, observé
que manifestaba en el rostro señales de inquietud. Después de haber callado,
sus bigotes se estremecían con leve temblor, que era más visible en la pared.
—Salvo siempre su autorizada opinión—dije sin
abandonar mi sonrisa impertinente—, me parece que tal afirmación es un poco
prematura, sobre todo teniendo en cuenta que el señor no sabe los testigos y
las pruebas que el juez ha de examinar.
—¡Calumnias y falsedades serán!—gritó el enano, ya
enteramente descompuesto.
Yo me limité a alzar los hombros con afectada
indiferencia.
Todavía se desahogó un instante y protestó
violentamente del poco cuidado que le inspiraba la Justicia teniendo la
conciencia limpia; pero la píldora iba haciendo su efecto. No tardé en
conocerlo por el sesgo más suave y amical que tomó la conversación. Aunque no
abandonó las formas severas, un tanto agrias, que le caracterizaban, ya no
volvió a insultarme. Excusado es decir que le facilité cuanto pude el camino,
barriéndoselo cuidadosamente para que mejor se deslizase. Antes de un cuarto de
hora se dio como hecho nuestro matrimonio, y discutíamos amigablemente las
condiciones en que debía efectuarse. Doña Tula me miraba fijamente, con ojos
compasivos, mientras el enano y yo arreglábamos el asunto. Confieso que aquella
extemporánea compasión me desconcertaba más que lo habían hecho las expresiones
de su amigo. Se convino en que el casamiento se realizaría con el permiso
escrito de doña Tula, pero fuera de la casa y sin que Gloria se presentase en
ella ni antes ni después de casada.
La mamá manifestó que aquella prueba de severidad
era para ella tan dura, que temía no poder resistirla; pero como aquel
bendito señor, que tanto sabía del mundo, creía que debía darla, se
conformaba con mucho dolor de su corazón, porque «los hijos…, ¡ah los hijos!
¡Ya sabrá usté cómo se los quiere!» Me comprometí también a no pedir cuenta de
su administración a la señora, a cobrar las rentas de tres casas que su difunto
marido tenía en Córdoba y a dejar la fábrica en poder de don Oscar, que la
había hecho prosperar extremadamente. Al fin de cada año me daría cuenta del
balance y me entregaría las dos terceras partes de los rendimientos, dado que
la otra tercera parte correspondería a la madre por los aumentos hechos
mientras estuvo en su poder.
A todo ello accedí de buen grado, y me mostré en el
resto de la conferencia, que duró hasta cerca de las once, amable, generoso y
de una flexibilidad que no quiero decir en qué rayaba. Salí de la casa en
extremo satisfecho. Don Oscar me despidió con gravedad cortés a la puerta. Mi
futura mamá, sin dejar de mostrarse compasiva, me dirigió algunas zalamerías,
como la de decirme que tenía un corazón de oro, y que si algún día perdonaba a
su hija, sería más por consideración a mí que a ella. Tanto como el resultado
satisfactorio de aquella plática me halagaba la habilidad diplomática que creía
haber desplegado durante ella. Ni Metternich ni Bismarck quedaron jamás tan
contentos de sí mismos como yo en aquella ocasión.
Una cosa debo decir, y es que acabó de encajar en
mi cerebro la opinión que hacía algún tiempo se había insinuado respecto a don
Oscar. Me convencí de que éste era un ente ridículo y cargante, pero no el ser
misterioso y terrible que al principio de conocerle me había forjado. Hasta le
reconocía algunas cualidades de formalidad y buen sentido, que le hacían
estimable en cierta medida. La que continuaba envuelta en el misterio era mi
futura suegra. Había en su carácter algo indefinible que despertaba recelos. En
alas de la imaginación podía llegar a sospecharse en aquella figura menuda y
pálida, sonriente y compasiva, un carácter de tragedia. Sin embargo, hasta la
fecha no he tenido ocasión de comprobar esta idea, que alguna vez surgió en mi
fantasía.
Voy a abreviar. Estas memorias se van haciendo ya
pesadas.
De la escena anterior conté a Gloria lo que me
pareció, que, como debe inferirse, fue lo que no podía molestarla. Para que no
le sorprendiese que su madre no quisiera recibirla en casa ni verla después de
aquella entrevista, al parecer amistosa, le dije con la mayor desfachatez que
me había negado a pedir perdón, por considerar que no había existido falta
alguna.
Fijamos el matrimonio para quince días después.
Hicimos a toda prisa los indispensables preparativos. Estuve en casa de doña
Tula otras dos veces para ultimar la cuestión de papeles. El prebendado don
Cosme de la Puente sacó dispensa de las proclamas y bendijo nuestra unión en la
capilla del palacio del Padul, siendo madrina Isabel y padrino mi buen padre,
que llegó a Sevilla tres días antes con ese objeto. No se invitó a la ceremonia
a más de una docena de personas. Sin embargo, las de Anguita se arreglaron para
ser incluidas en esta docena.
* * *
Mi Gloria estaba hermosa, radiante de gracia y de
dicha. Ni por un instante advertí en ella algunas de esas vacilaciones o
enternecimientos extemporáneos con que las niñas suelen demostrar su
sensibilidad en tales casos.
En sus ojos, serenos y brillantes, no se leía más
que la alegría y el triunfo del amor. Quizá por esto Joaquinita, mientras
tomábamos el chocolate a la mesa del conde, se acercó a ella con fisonomía
atribulada para decirle medio llorando:
—¡Ay, hija, cuánto la compadezco a usted en este
momento! ¡Qué triste debe de ser casarse sin tener junto a sí a una madre!
—Más triste es no casarse—respondió secamente mi
esposa, con una intención que hizo subir los colores al rostro de la
imprudente.
Cuando nos hubimos desayunado se fue arriba a
cambiar de traje, pues nos marchábamos a Madrid en el tren correo, que sale a
las diez. Fueron a despedirnos a la estación todos los asistentes a la
ceremonia. Mi mujer dio la mano a todo el mundo, pero no abrazó más que a
Isabel y a otra persona… ¿A que no saben ustedes cuál? A Paca, a la buena y
valiente cigarrera, que tanto había contribuido a nuestra dicha.
Yo me despedí con verdadera emoción de mis amigos,
sobre todo de Villa, de Matildita, que había ido a la estación la pobrecita a
despedirme con su hermano, y del duque de Malagón. Este muchacho, a pesar de su
ligereza y de las tonterías que sus pocos años le obligaban a cometer, era tan
afectuoso, que había llegado a quererle de veras. Su casamiento debía
realizarse pocos días después. Quedamos citados para París, adonde yo pensaba
dirigirme.
Nuestro viaje no tuvo incidente alguno, fuera de
esos pormenores propios del caso, que tantas veces los novelistas han contado.
Yo ni quiero ni puedo hacerlo. Hasta Madrid, donde nos dejó, las canas de mi
anciano padre imponían a nuestras relaciones un sello tan casto y tan dulce a
la vez, que es fácil no vuelva a sentir felicidad tan pura como entonces. Me
detuve en Madrid quince días, y aunque no me apartaba casi nunca de mi esposa,
como era natural, tuve ocasión para dejarla en la fonda una noche charlando con
otra huéspeda y me fui a saludar a mis amigos, los poetas dramáticos del
Oriental. Recibiéronme con una indiferencia que me heló el corazón. Verdad es
que en el momento que yo me acerqué a la mesa discutían con calor si una pieza
de un compañero estrenada en Martín la noche anterior daría entradas o no;
sería un éxito «metálico», como decía gráficamente uno, o simplemente
literario. Cuando terminó la disputa, al cabo, se fijaron un poco más en mí.
Les hizo mucha gracia el que me hubiese casado, no sé por qué, y se rieron a mi
costa un rato. Uno de ellos me dijo, con semblante risueño y protector:
—Bien, amigo Sanjurjo; le doy a usted la
enhorabuena. Todos le deseamos muchas felicidades y que no tarde usted en
volver en comisión, con otros diputados provinciales, a gestionar la rebaja de
la tarifa de Consumos.
—Y que sea usted pronto de la Comisión
permanente—dijo otro.
—Y a ver si me echa usted a presidio a alguno del
bando contrario.
—Yo creo que Sanjurjo es hombre de ambición y ha de
llegar a ser de la Comisión de Actas del Congreso.
Vamos, que aquellos jóvenes autores me estaban
tomando el pelo. Salí de mal humor del café. Pero al regresar a la fonda y
encontrarme con Gloria recobré de pronto la alegría y no pude menos de decirme
riendo:
«¡En medio de todo, no deja de ser chistoso que
esos desharrapados me compadezcan por haberme casado con este lucero de la
mañana y tener dos millones más en el bolsillo!»
Uno de ellos llevaba dos dedos de grasa en el
cuello del gabán; a otro le faltaban los botones; otro no gastaba puños en la
camisa. Y todos, absolutamente todos, tenían los pantalones deshilachados. Me
los representaba en su domicilio durmiendo en un catre con chinches, comiendo
albondiguillas como perdigones en salsa viscosa y peleándose con la patrona por
inexactitud en el reintegro de sus haberes; y admiré y bendije la providencia
de Dios, que a los que priva de medios de dicha, provee tan largamente de imaginación.
Mi mujer, al revés de muchas provincianas que
juzgan rebajada su dignidad si se asombran o admiran de algo al entrar en la
capital, se admiraba y entusiasmaba con todo lo que veía. El paseo de coches
del Retiro, los suntuosos escaparates, los grandes edificios, el lujo del
teatro Real, la hacían prorrumpir en exclamaciones de placer y de asombro. El
teatro, sobre todo, la seducía. No sólo gozaba en las óperas cantadas por los
primeros artistas y representadas con un lujo que ella no había soñado, sino que
tanto, y aun sospecho que más, le placían las piezas en uno o dos actos que se
hacían en los teatros por horas. Se desternillaba de risa con los chistes y los
gestos de los actores. Como casi todas las andaluzas, tenía muy afinado el
sentido de lo cómico.
Otra cosa que le gustaba muchísimo era almorzar en
los restaurantes. Eso de entrar cada día en sitio distinto, sentarnos a una
mesa entre otra porción de ellas ocupadas, quitarse el sombrero y los guantes y
hacer con gran detenimiento la elección de los platos entre los más apetitosos
de la lista, constituía para ella un placer muy vivo. Yo, conociéndolo, se los
prodigaba, con detrimento del bolsillo, pues el pupilaje seguía corriendo en la
fonda. El examen que nunca dejaba de hacer de los que comían cerca de nosotros
le sugería observaciones algunas veces muy saladas, siempre vivas y alegres,
animadas por esa imaginación meridional que todo lo agiganta. A los postres
tenía las mejillas encendidas; los ojos, aquellos ojos incomparables, brillaban
con fuego dulce y malicioso. Crean ustedes que mi mujer estaba guapísima en
tales momentos. Tomábamos un coche y nos íbamos de paseo al Retiro.
—No quisiera marcharme de aquí—me decía alguna
vez—. ¡Qué feliz soy!
—¿Más que en el convento?—le preguntaba riendo.
—¡Uf, el convento!… Mira, si me hubieses
abandonado, entraría en él otra vez a mortificar a las niñas, como la hermana
Desirée. Ahora comprendo que nosotras estábamos pagando el mariposeo de algún
gallego francés.
Antes de partir para París, donde contábamos pasar
otros quince días, hice una cosa que me va a enajenar la simpatía del lector,
si por casualidad he logrado alcanzarla.
No la estamparía en estas memorias si no me
hubieran dicho personas que lo entienden que con ciertas confesiones de
nuestras flaquezas gana mucho el estudio de la psicología. Aunque poeta lírico,
profeso a la ciencia un respeto profundísimo, que las cuchufletas de Collantes
y demás amigos dramáticos no han logrado entibiar. Tratándose, pues, de su
adelantamiento, no vacilo en sacrificar mi humilde persona, y espero que el
lector, si no es uno de esos Catones atrabiliarios que no conocen más que la
línea recta, aunque me censure, como es justo, no se ensañará conmigo.
Ha de saberse, pues, que antes de dejar a Madrid
envié a Sevilla un poder legalizado para reclamar en debida forma la hacienda
que, por herencia de su padre, pertenecía a mi esposa. Como se recordará, en la
entrevista que tuve con mi suegra y don Oscar me había comprometido a no
pedirles cuentas y a dejar la fábrica en su poder, lo mismo que las demás
fincas que constituían la herencia. No había firmado ningún documento, pero
había dado mi palabra. Ahora bien: esta palabra me mortificaba de un modo increíble
durante mi luna de miel. A todas horas estaba pensando en aquella bendita dote,
prisionera en manos extrañas. ¡Quién sabe lo que harían con ella! Comprendí que
mientras esto sucediese no podía ser feliz; que un pensamiento melancólico, una
duda funesta iría siempre unida a mis transportes amorosos, mientras las
escrituras de la herencia no estuviesen en mi poder. Cuando, al fin, eché la
carta al correo con el documento notarial, respiré como si me hubiesen quitado
un gran peso de encima.
Salimos para París sin grandes deseos por parte de
Gloria. Mas a los tres o cuatro días de hallarnos allá, y después de haber
disfrutado de su maravillosa animación, me pedía ya que nos volviésemos a
España. Conocía perfectamente el francés, pero le causaba, según me decía, una
impresión extraña oírlo en boca de los actores sirviendo para expresar
conceptos maliciosos, acostumbrada como estaba a leer en los libros de oración.
En cuanto a mí, debo confesar, aunque me cueste trabajo, que no conozco del idioma
de Víctor Hugo más que un trozo del Telémaco, que aprendí cuando
empecé a estudiarlo, y algunas frases de la gramática: «¿Ha visto usted el
queso de mi hermana?—No, señor; he visto el trinchante del cocinero.—¿Tiene
usted el libro de la doncella?—No, señor; tengo los calzoncillos del notario»,
etc.
Cuando ya nos preparábamos para el regreso,
llegaron, unidos por el santo vínculo, Isabel y el duque de Malagón. Sentimos
gran placer al verlos, y los tres días que estuvimos juntos fueron los más
felices que pasamos desde nuestra partida. Dimos, al fin, la vuelta para
España, dejándolos a ellos en la capital de Francia. Nuestro proyecto era ir a
pasar unos días a Bollo, con mi padre, y luego venir a establecernos
definitivamente a Madrid. En San Sebastián nos detuvimos para llevar a cabo la
visita que Gloria se había propuesto hacer al convento donde había pasado cerca
de dos años. Tomamos, en efecto, la diligencia de Vergara y llegamos a esta
villa por la tarde, cerca del oscurecer. No era ya hora de visitar el convento;
lo dejamos para el día siguiente. Pasamos, sin embargo, por delante de él
cogidos del brazo. Era un edificio grande y vetusto, con dos torres almenadas,
que había sido palacio o casa solariega de un título y estaba situado en una
plazoleta con árboles.
—Mira—me dijo mi esposa con enternecimiento—: ¿ves
aquellas dos ventanitas de la torre? Allí dormía yo con Máxima y otra educanda.
¡Cuántas noches me tengo levantado para mirar al cielo!
—¿Y en qué pensabas mirándolo?
—No sé… En nada.
—¿No te venían deseos de escaparte?
—Nunca. Las mujeres no se escapan sino cuando están
enamoradas.
* * *
Por la mañana, a la hora que Gloria indicó como
mejor, que era la de récréation, nos fuimos al convento. La portera
no reconoció a mi mujer, y ésta tampoco le dijo quién era, para mejor gozar de
la sorpresa de las monjas. Atravesamos un largo portalón toscamente empedrado,
las paredes enjalbegadas y algunas cruces negras pintadas en ellas de trecho en
trecho. Subimos una escalera grande, sucia y añosa, de piedra gastada por el
uso, y entramos en los grandes corredores del caserón, entarimados al uso del
país. Las tablas, viejas y resquebrajadas por todos lados, ofrecían en algunos
puntos agujeros por donde podría pasar una persona. Al llegar aquí percibimos
un ruido confuso y lejano de gritos y carcajadas.
—¿No oyes?—me dijo Gloria, mientras una sonrisa
feliz se esparcía por su rostro—. Son las niñas que están en récréation.
—¿No te apetece ir a jugar a los aros o al
volante?—le pregunté riendo.
—Un poquito, no creas.
Nos introdujeron en el locutorio, que era una gran
pieza cuadrada y bastante clara, partida al medio por una reja. Del lado de
allá se veía una puertecita, y a su lado una pila de agua bendita. Gloria
preguntó a la hermana lega que nos había introducido si seguía siendo superiora
la hermana Saint-Just; y habiendo respondido afirmativamente, le encargó le
dijese que una señora deseaba verla. Esperamos un rato, sentados en sillas al
pie de la reja, y al cabo vimos entrar a la superiora por la puertecita del fondo,
tomar con los dedos agua bendita y santiguarse. Era una monjita flacucha y
pálida, de unos cuarenta años de edad. Gloria se levantó, acercó la cara a la
reja y le dijo sonriendo:
—La gracia del Espíritu Santo sea con vuestra
reverencia. ¿No me reconoce?
La monja la miró sorprendida por el saludo, sólo
usual en el convento; pero no dio señales de conocerla.
—Sea siempre con ella, señora… No tengo el
gusto…—respondió con marcado acento francés.
—¿No se acuerda de la hermana San Sulpicio?
—¡Ah!—exclamó, mientras todos los músculos de la
cara se le contraían con una sonrisa—. ¡Ah! ¡La hermana Saint-Sulpice, la
andaluza! ¡Quién había de pensar…! Y eso que ya sabía que no estaba usted en el
convento.
—Me he separado del camino que llevaba solamente
por saludar a ustedes.
La superiora se mostró muy amable, con esa cortesía
humilde y empalagosa de las monjas. Recordó algunas anécdotas que demostraban
el carácter bullicioso y alegre de mi esposa, dejando escapar al mismo tiempo
una risita protectora y compasiva, por donde, sin duda, quería dar a entender
que nunca la había juzgado con suficiente seso y virtud para aquella vida de
perfección.
Mi mujer quiso ver a sus antiguas compañeras: la
hermana San Onofre, la hermana María del Socorro y otras. Algunas de ellas ya
no estaban allí. Sin embargo, la superiora salió y se presentó a los pocos
instantes con cinco o seis hermanas, que saludaron a Gloria con sonrisa muy
pronunciada, pero con poca efusión.
Todas parecían confusas y avergonzadas. La sonrisa
era tan persistente en su rostro, que llegaba a convertirse en mueca. Mientras
hablaban se frotaban suavemente los nudillos de la mano izquierda con la palma
de la derecha. Todo era admirarse de verla en traje de seglar y tan cambiada
que, según decían, nunca la hubieran conocido. Aquella admiración me iba
pareciendo un poco impertinente y creo que a mi mujer también: «¡Vaya con la
hermana San Sulpicio! ¡Siempre tan alegre! ¡Cuánto nos hemos reído con ella!
¡Ay, qué hermana! ¿Quién había de conocerla? No parece la misma.» Y sus
palabras y sus gestos dejaban traslucir la misma idea que los de la superiora;
esto es, que nunca la habían juzgado con el espíritu de oración y contemplación
indispensable para ser esposa de Jesucristo, o sea, hablando vulgarmente, que
la habían considerado toda la vida como una joven sin chaveta.
A todo esto, ni la superiora ni las hermanas habían
preguntado quién era yo y cómo y por qué se encontraba Gloria en aquel sitio.
Dirigíanme con disimulo vivas miradas de curiosidad, advirtiéndose que les
embarazaba mi presencia. Yo no había despegado los labios. Mi esposa, picada,
sin duda, de aquella preterición, les dijo de pronto:
—¿No saben vuestras caridades que me he casado?
Las hermanitas soltaron la carcajada.
—¡Ay, qué hermana! ¡Siempre de tan buen
humor!—exclamó la superiora.
—Sí, madre; me he casado hase un mes y tres días
con este buen moso que ustedes ven delante… No tiene más que un defecto—añadió,
poniéndose triste—, y es que es gallego… Pero no lo parese, ¿verdad?
—¡Qué hermana!—volvieron a exclamar algunas
monjitas—. ¡Qué gracia tiene! ¡Pues no dice que se ha casado!… ¡Lo que no se le
ocurre a ella!…
—¡Qué! ¿No quieren vuestras caridades creerlo?
Las caridades siguieron riendo, arrojándome miradas
penetrantes y maliciosas.
—¡Pues ahora mismito se van ustedes a
convenser!—exclamó mi esposa con arranque.
Y echándome al mismo tiempo los brazos al cuello,
comenzó a darme sonoros besos en las mejillas, diciendo:
—Rico mío. ¿No es verdá que eres mi mariíto? ¿No es
verdá que soy tu mujersita? ¿No es verdá que estamos casaos? ¡Di, corasón! ¡Di,
vidita!
Mientras trataba, avergonzado, de huir sus
caricias, oí exclamaciones de reprobación y vi que las monjitas escapaban
asustadas hacia la puerta. Una de ellas, más intrépida, se apoderó de los
cordones de la cortina y tiró de ellos con fuerza. La cortina, al correrse,
lanzó también un chirrido de escándalo. Todavía escuché pasos precipitados y
rumor de voces. Después, nada; se hizo el silencio. Mi esposa, riendo a
carcajadas y ruborizada al mismo tiempo, me cogió de la mano y me sacó de la
habitación. Cruzamos los tristes corredores de esta suerte, bajamos la
escalera, atravesamos el largo portalón, y cuando nos vimos en la calle, le
dije, medio enfadado:
—¡Chica, qué loca eres! ¡A quién se le ocurre!
—Perdona, hijo—respondió, riendo y encarnada
todavía—. Me estaban poniendo nerviosa. Tan bien sabían que éramos casados como
el cura que nos echó la bendisión.
FIN
1889

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