© Libro N° 9465. Los Caminos Del Mundo. Baroja, Pío. Emancipación. Enero 8 de 2022.
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LOS CAMINOS DEL MUNDO
Pío Baroja
Los Caminos Del Mundo
Pío Baroja
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of Memorias de un Hombre de Acción: #3 Los
Caminos del Mundo, by Pío
Baroja
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Title: Memorias de un
Hombre de Acción: #3 Los Caminos del Mundo
Author: Pío Baroja
Release Date: June 25, 2015
[EBook #49280]
Language: Spanish
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PÍO BAROJA
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
El aprendiz de conspirador.
El escuadrón del Brigante.
Los caminos del mundo.
Con la pluma y con el sable.
Los recursos de la astucia.
La ruta del aventurero.
Los contrastes de la vida.
La veleta de Gastizar.
Los caudillos de 1830.
La Isabelina.
El sabor de la venganza.
ES PROPIEDAD
DERECHOS RESERVADOS
PARA TODOS LOS PAÍSES
COPYRIGHT BY
RAFAEL CARO RAGGIO
1921
Establecimiento tipográfico de Rafael Caro Raggio
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
LOS CAMINOS DEL MUNDO
NOVELA
RAFAEL CARO RAGGIO
EDITOR
MENDIZÁBAL, 34
MADRID
AL LECTOR
Al comenzar a revisar este tomo de Las
memorias de un hombre de acción, para enviarlo a la imprenta, encuentro que
el cronista, don Pedro de Leguía y Gaztelumendi, fuera porque así le convino,
fuera porque no halló medio de fundirlas en una sola, escribió tres narraciones
cortas que no ofrecen más unidad que la de aparecer en ellas Aviraneta y
sucederse una a otra en breve espacio de tiempo.
Es posible que Leguía no conociese todos los
detalles de la vida de su amigo y maestro en un riguroso orden cronológico; es
posible también, y más probable aún que, aunque los conociese, no encontrara en
los intervalos, entre narración y narración, nada digno de ser contado.
Las vidas, aun las más aventureras, tienen,
naturalmente, días normales y tranquilos, como los ríos, aun los más
impetuosos; calman su corriente en las paradas y en los remansos.
Leguía dió a sus narraciones y a los capítulos de
éstas títulos un tanto extraños y folletinescos, que yo no he querido cambiar.
De los tres relatos que forman este volumen, el primero se titula La
culta Europa (Amores, hambre, peste y filosofía); el segundo, Una
intriga tenebrosa (Los hombres de la conspiración del Triángulo); y el
tercero, La mano cortada (Historia de Tierra Caliente).
Es muy probable que un escritor de hoy hubiera
intentado modernizar estos relatos y darles un carácter más en armonía con el
gusto de nuestra época. Yo he preferido dejarlos tal como los escribió Leguía.
Leguía, ciertamente, no era un maestro, sino un
aficionado; y así como a un caballo de coche «simón» cuando se desboca, la
furia senil le hace brioso y difícil de sujetar, así la imaginación del hombre,
que no se ve obligado a tenerla, le empuja a desmandarse y a galopar por los
campos de la fantasía.
Hecha esta salvedad, cedo la palabra a Leguía para
que vaya explicando cómo se agenció los datos y papeles que le sirvieron para
escribir el volumen, y desarrolle después sus tres narraciones en orden de
batalla.
LA CULTA
EUROPA
AMORES, HAMBRE, PESTE Y FILOSOFÍA
LOS PAPELES DE ARTEAGA
Examinando unos papeles que habían pertenecido
al padre de mi mujer, don Ignacio de Arteaga, encontré un libro de apuntes
escrito por él, donde contaba su vida.
El libro estaba magníficamente encuadernado en
piel, y tenía en la cubierta el escudo de la familia pintado a la acuarela.
La primera parte de la narración me molestó. Era
petulante, con ínfulas aristocráticas y disertaciones genealógicas, cosa muy
propia de un zapatero republicano enriquecido, pero no de una persona discreta.
El narrador expresaba ideas reaccionarias, que a mí me parecen perjudiciales y
anticuadas. Iba pasando las páginas del cuaderno sin gran curiosidad, cuando
tropecé con el nombre de Aviraneta.
Todos mis amigos saben que este nombre ha sido para
mí una preocupación, y desde el momento que lo vi escrito encontré ya más
interés en el relato de mi suegro.
[10]Don Ignacio de Arteaga había sido amigo y compañero
de la infancia de Aviraneta.
Don Ignacio, al comienzo de la guerra de la
Independencia, cayó prisionero de los franceses y estuvo varios años en los
depósitos de Dijón y de Chalon-sur-Saone, hasta que se celebró la paz entre
Bonaparte y Fernando VII.
Al acabar la guerra, Arteaga volvió a España, se
casó, vivió varios años en la Península, y después marchó a Méjico con su
mujer.
De la ciudad de Veracruz, donde habitó algún
tiempo, pasó a ser destinado de guarnición al castillo de Ulúa. Allí, dentro de
la fortaleza, último refugio de los españoles en Méjico, enfermo y aburrido,
escribió este Diario, del cual copio la parte que se refiere a su
prisión en Francia, por ser la única donde aparece Aviraneta.
LIBRO PRIMERO
EN LA EMIGRACIÓN
I
PRISIONERO
A principios de 1808 me encontraba yo en Irún de
ayudante del general Rodríguez de la Buria.
Creíamos la mayoría de los españoles que en Bayona
no se ventilaba mas que una cuestión de familia entre Don Carlos IV y el
príncipe Fernando, en la cual ejercería de árbitro el poderoso soberano
francés, cuando quedamos horrorizados al saber la inicua usurpación tramada
por Buonaparte contra el mejor de los reyes y el más amable de
los príncipes.
Al conocer lo ocurrido en Madrid el día 2 de mayo,
salí al momento de Irún, me dirigí a la corte y pasé lo más pronto que pude a
Sevilla.
De Sevilla me enviaron a Zaragoza, y aunque Palafox
opuso dificultades a que permaneciera allí, porque, sin duda, no quería tener
cerca testigos de sus andanzas en Bayona, después de una entrevista con su
ayudante y de largas explicaciones, quedé de guarnición en la heroica ciudad.
En este glorioso sitio hubo de todo: muchos
soldados valientes aparecieron postergados y obscurecidos, y [12]otros que no se señalaron en la hora de los combates
fueron los más celebrados en el momento de las recompensas.
No es fácil, ciertamente, en el campo de batalla
aquilatar con exactitud los méritos de cada uno, y aunque haya buena voluntad y
rectitud en el mando, siempre queda motivo para la murmuración y el
descontento.
En las primeras páginas de este cuaderno he
detallado las acciones en que tomé parte, y todas constan en mi hoja de
servicios. No volveré a repetirlas.
Rendida Zaragoza, salí prisionero el mismo día de
la entrega con la columna de jefes, oficiales y tropa.
Poco después nos dividieron en destacamentos y
enviaron éstos a diferentes puntos.
Yo fuí con un grupo de oficiales dirigido a
Pamplona, y después de un viaje penosísimo de muchos días, fatigado y enfermo,
pude llegar a la ciudad navarra.
Prisionero, hambriento, maltratado por la barbarie
del invasor, no es de extrañar que el estado de mi espíritu fuera triste y
decaído.
Escribí desde allá a mi madre; y ésta, que tenía
muy buenas relaciones en Pamplona, avisó a varias personas distinguidas para
que vinieran a verme. Gracias a sus atenciones pude recuperar la salud; si no,
la desesperación y la melancolía hubieran acabado conmigo.
Al reponerse mis fuerzas fuí a visitar a varias
familias aristocráticas, a darles las gracias por sus cuidados, y en una de
estas nobles casas conocí a Mercedes Rodríguez de la Piscina, a la que hoy es
mi mujer.
Mercedes era una muchacha ideal, amable, sonriente,
dulce, tímida. Nuestras almas se comprendieron al momento, y en la primera
mirada fuimos el uno del otro.
Habíamos entablado relaciones formales ella y yo,
cuando un mes o mes y medio después de mi llegada a Pamplona, me encontré con
un oficio del duque de Mahón, virrey del reino de Navarra por el Gobierno
intruso de José Buonaparte.
Los demás oficiales, compañeros míos, recibieron el
mismo escrito, que se nos envió a todos con la anuencia del comandante general.
En el oficio se nos inducía a firmar un papel
declarando que, bajo palabra de honor, guardaríamos obediencia a Su Majestad
Católica José Napoleón. Después de cumplida esta formalidad quedaríamos libres.
En el caso de no aceptar seríamos considerados como
prisioneros e internados en Francia.
La perspectiva de separarme de Mercedes era para mí
dolorosísima; hubo instantes en que di paso en mi alma a proyectos de egoísmo
personal; pero la idea del honor se sobrepuso a conveniencias mezquinas y
contesté al virrey de Navarra, duque de Mahón, con una carta enérgica,
diciéndole que prefería la muerte a aceptar en mi patria la usurpación y la
tiranía de un intruso.
No todos los oficiales rechazaron la propuesta, y
hubo españoles indignos que la aceptaron.
Cuando comuniqué a Mercedes mi decisión, me dijo:
—No esperaba de ti otra cosa; si te llevan a
Francia te esperaré toda la vida.
¡Santa y noble mujer!
Una semana después el comandante de la plaza nos
llamó a los oficiales rebeldes y nos advirtió preparáramos nuestros equipajes,
pues íbamos a ser internados en Francia.
Efectivamente, el siguiente día salimos de
Pamplona, escoltados por una columna de infantería y caballería, y tomamos por
Villava hacia Burguete.
En los días sucesivos cruzamos Roncesvalles,
descansamos en Valcarlos y seguimos por San Juan de Pie del Puerto a
internarnos en territorio francés. Aunque llovió mucho, el tiempo no era
desapacible, y pudimos hacer el largo viaje hasta Dijón con relativa comodidad.
Dijón, la antigua capital de la Borgoña, es una
hermosa ciudad de calles anchas y bien enlosadas, hermosos edificios, grandes
monumentos y antiguos y amenos paseos. Es ciudad aburrida, como muchas
capitales de provincia francesa, sobre todo para el extranjero. En el depósito
de esta ciudad quedé yo acantonado.
Fuí a vivir a una pequeña pensión de madama
Chevalier, vieja avara que nos trataba muy mal.
Esta casa, por lo barata, siempre estaba llena y
había en ella un ir y venir constante de oficiales españoles que pasaban
solamente días.
Yo estuve algunos meses allí, y vi renovarse mucha
gente. Sólo dos oficiales eran los constantes: uno de ellos, Guillermo Minali,
italiano de nacimiento y coronel del ejército español, que había sido hecho
prisionero por los franceses en el sitio de Gerona, y el otro, un tal Jerónimo
Belmonte, castellano viejo, tipo terco, malhumorado y cerril.
Minali tenía un asistente catalán con cara de
pillo, aunque muy grave y muy serio, a quien llamaban el Noy.
Belmonte, el otro oficial, había sido encontrado
mutilado y medio muerto en el campo por los franceses después de la batalla de
Talavera, y el general Víctor le [16]había puesto,
para que le cuidase, un guardia valón, joven efusivo con más condiciones de
enfermero que de militar.
Entre el oficial español mutilado y este muchacho
flamenco, llamado Hans, se estableció una amistad fraternal, a pesar del genio
insoportable de Belmonte, quisquilloso y agresivo.
A este oficial mutilado le faltaban una oreja y
varios dedos de la mano, y no quería considerar sus mutilaciones como
accidentes naturales de la guerra, sino como una ofensa inferida a su honor
personal. Así, cualquier alusión a las orejas o a las manos le ponía fuera de
sí y la consideraba como un insulto.
No pensaba quedarme mucho tiempo en la casa de
huéspedes misérrima de madama Chevalier; pero estuve más de lo que esperaba. Yo
vivía en Dijón muy apartado; iba al Jardín Botánico, paseaba por la Plaza Real,
visitaba los monumentos, y a la hora de la retreta me marchaba a casa. Mi único
consuelo era la música, la música religiosa, que oía en la iglesia siempre que
podía, y la música profana, cuando encontraba sitio donde se tocaba algún
instrumento, como el violín o el clavicordio.
Me hubiera gustado mucho comprar una clave y tocar
en casa; pero no tenía dinero para estos lujos.
Un oficial español, jugador empedernido, un tal
Mancha, a quien veía en el café, realizó en parte mis deseos. Este oficial, al
oír que yo me lamentaba de no tener un instrumento de música, quiso venderme
una guitarra; le dije que no; pero la ofreció a precio tan bajo, que al último
tuve que comprársela. Me hice el cargo; tal era la miseria de los tiempos, que
durante algunos meses, en vez de ir al café, me quedaría en casa tocando este
instrumento.
La guitarra que me proporcionó Mancha era muy
buena, antigua, de madera negra; tenía dentro la fecha de construcción; era de
a mediados del siglo XVII. Qui[17]zá la había tocado
en su vejez don Vicente Espinel, el autor de la Vida del escudero
Marcos de Obregón, que, según dicen, fué el que añadió la quinta cuerda a
la guitarra.
Llegué a ser un guitarrista bastante bueno, y el
ejercicio para conseguir esto constituyó mi gran distracción.
A las dos o tres semanas de vivir en casa de madama
Chevalier, Jerónimo Belmonte me invitó a ir a su cuarto a jugar al tresillo;
fuí, y me chocó que en este día, como en los sucesivos, nos obsequió con vino
de Borgoña y con otros de marca excelente. Me dijo que se los regalaban; me
pareció muy raro, pero no manifesté extrañeza.
Un día averigüé de dónde venían las botellas. Me
había citado Belmonte para que fuera a su cuarto, y, sin duda, se olvidó de la
cita. Llamé a su puerta, y como no me contestaban, empujé y entré en su
habitación. No había nadie; la ventana estaba abierta y se oía hablar. Me asomé
a ella y vi en un patio estrecho, húmedo y sucio, a Belmonte, al flamenco Hans
y al otro asistente de Minali, el Noy; los tres arrimados a unas rejas echando
lazos hacia dentro.
Aquellas rejas daban a una gran bodega, y Belmonte
y los dos asistentes se dedicaban a robar botellas de vino a lazo. Así se
explicaba el buen Borgoña con que el oficial mutilado obsequiaba a sus visitas.
Salí del cuarto de Belmonte sin meter ruido; pocos
días después me mudé de casa.
La nueva pensión adonde fuí era de un monsieur
Bonvalet, pasante de un colegio; parecía más limpia que la otra; pero la
alimentación era tan deficiente, que estaba uno siempre lánguido y débil.
Mis únicas distracciones en Dijón eran escribir a
Mercedes y a mi madre, ir al café a leer las noticias de España, jugar una
partida al tresillo y después tocar la guitarra.
La mayoría de los oficiales españoles no se
contenta[18]ban con estar un momento en el café y jugar
una partida al tresillo, sino que iban a un rincón del billar, se ponían a
jugar al monte con mugrientas barajas españolas y se jugaban todo lo que
tenían: dinero, joyas, espadas, pistolas, trajes, ropa blanca, hasta los
calcetines.
Uno de los más jugadores, y quizá el más
apasionado, era Mancha, el que me vendió la guitarra.
Estuve en el depósito de Dijón una larga temporada.
Intenté fugarme dos veces, pero ninguna de ellas lo pude conseguir; la primera,
porque el guía que se había ofrecido a conducirme hasta la frontera de España,
a la vuelta de un viaje concertado con otro prisionero, fué cogido y metido en
la cárcel; la segunda, porque el dinero que esperaba de mi madre no llegó a
tiempo, y tuve el pesar de ver partir al guía acompañando a varios compañeros.
Esta vez no fué grande mi mala suerte; los
españoles y el guía fueron cogidos y conducidos a un castillo. Entre los
fugitivos iba Belmonte, cansado de Dijón y de la casa de madama Chevalier,
desde que se había encontrado con las rejas de la bodega próxima a su casa
herméticamente cerradas.
Estaba preparando mi tercer proyecto de fuga con
probabilidades de éxito, cuando me encontré sorprendido con la orden de ser
trasladado al depósito de Chalon-sur-Saone.
La distancia de un pueblo a otro no es muy grande;
pero para llegar a conocer los recursos y poder preparar una fuga desde Chalon
necesitaba mucho tiempo.
Chalon del Saona es una pequeña ciudad a
orillas del río de este nombre, en la desembocadura del canal del Centro.
Tiene la antigua Cabillonum de los romanos hermosas
fortificaciones, calles rectas y agradables, aunque algo tristes y lánguidas;
buenos comercios, algunas fábricas de fundición, un Liceo, una Biblioteca, un
pequeño Museo y varios centros de cultura.
Llegué a Chalon del Saona a mediados de otoño de
1811, y tuve la suerte de ir a hospedarme a la pensión de una viuda, señora de
excelentes prendas, llamada madama Hocquard.
La casa de madama Hocquard era un poco triste:
estaba en una calle estrecha y obscura próxima a la catedral, entre una
imprenta y una tintorería, de cuyo fondo salía continuamente un arroyo de agua
de colores.
Madama Hocquard, señora muy inteligente y
trabajadora, tenía dos hijas, Berenice y Camila; la mayor, una belleza; la
pequeña, Camila, muy bonita, pero un poco jorobada.
En la casa servía un mozo llamado Antoine,
diligente y amable.
Madama Hocquard se desvivía para que no
faltara [20]nada a sus huéspedes, y los trataba con
gran consideración.
Eramos siete u ocho constantes, gente seria y
respetable: un magistrado, un canónigo, un ingeniero forestal, dos o tres
empleados y unas señoritas solteras.
Me dieron a mí un cuarto que había dejado un
profesor de literatura del Liceo, con un armario, en el cual quedaban
diccionarios y varios libros clásicos.
Llevaba yo al llegar a Chalon cartas para personas
distinguidas de la ciudad.
Seguía pensando en buscar una ocasión para huír;
pero quería dar la impresión a mis vigilantes de que era un prisionero bien
avenido con su suerte.
Después de instalarme en casa de madama Hocquard le
mostré mis cartas de recomendación para personas del pueblo, y ella me dijo
debía presentarme inmediatamente a monsieur de Montrever, por ser éste el jefe
del partido realista de la ciudad y el personaje de más influencia de los
contornos.
Seguí su consejo, y escribí una carta a dicho señor
preguntándole a qué hora podría ir a saludarle.
Al día siguiente me trajo un criado galoneado una
esquela de monsieur de Montrever fijándome día y hora para la entrevista.
Como hacía un tiempo malísimo alquilé un coche, uno
de estos coches de capital de provincia, suntuoso, grande y destartalado, y fuí
a hacer la visita.
El hotel de monsieur de Montrever estaba rodeado de
casuchas pobres y era grande por fuera, muy adornado de guirnaldas, medallones
y lucernas, con techos de pizarra empinados y dos torrecillas puntiagudas con
veletas de hierro.
Llamé, golpeando la puerta con una gran aldaba de
bronce dorado, y apareció un criado viejo, que me acompañó, cubriéndome con un
paraguas, hasta atravesar el patio de honor de la casa.
Sobre la gran puerta de entrada se destacaba un
es [21]cudo moderno con las armas de los Montrever.
El antiguo, por lo que supe más tarde, había sido roto a martillazos por las
hordas feroces de 1793.
Atravesado el patio, subimos una escalera
resbaladiza y entramos en el hotel. Era éste lujoso, con un lujo un poco macizo
y exagerado.
Un criado me condujo al despacho de monsieur de
Montrever. Monsieur de Montrever era un hombre grueso, fuerte, abultado de
abdomen, de cabeza redonda, muy calva, patillas pequeñas, nariz corta, y la
barba rodeada de tres arrugas de papada.
Monsieur de Montrever me recibió muy amablemente,
aunque con cierta solemnidad, y leyó con mucha calma la carta que yo le
entregué.
Estábamos hablando cuando apareció su señora; me
presentó a ella, y luego, mientras charlábamos madama de Montrever y yo, el
dueño de la casa se dedicó a hacer un trabajo que a mí me chocó por lo
impropio, y fué ponerse a bordar en un bastidor.
Madama de Montrever se dignó hacerme algunas
preguntas acerca del trato que nos daban a los prisioneros en el depósito. Esta
señora era una mujer inteligentísima, de esas mujeres que parecen nacidas para
ser princesas; tenía la nariz larga y algo corva, los ojos claros, la boca
pequeña, el pelo rubio y el cuerpo muy esbelto. Era de una amabilidad
exquisita. Sus dos hijos, un niño y una niña, por lo bonitos, bien cuidados y
vestidos, parecían dos príncipes de familia real.
A los pocos minutos me levanté para marcharme; pero
me instaron a que me quedara allá, y estuve más de tres horas en casa de
monsieur de Montrever. Conocí este día a varias personas.
Una de ellas fué monsieur de Saint-Trivier, señor
anciano, ex oficial de la Guardia del Rey en tiempo de Luis XVI.
Monsieur de Saint-Trivier vestía a la antigua, con
coleta y los cabellos empolvados. Había estado a punto [22]de
ser guillotinado en 1793, y la noche de su prisión le produjo tal efecto, que
le dejó un temblor nervioso para toda la vida.
Saint-Trivier guardaba recuerdos tan terribles de
las inmundas y sanguinarias escenas revolucionarias, que la menor alusión a
esta época le dejaba pálido y tembloroso.
No se recataba en decir que si volvía un período
como aquél, huiría inmediatamente a cualquier parte.
Le bastaba oír por la calle a un chiquillo cantando
la Marsellesa para volverse a su casa, encerrarse en ella y no
querer salir.
Su sobrina, la señorita Magdalena Angennes, era muy
delgada y esbelta. Tenía unos treinta años, vestía de negro y llevaba un
collarín blanco. Parecía una abadesa. Según me dijo después madama Hocquard, mi
patrona, unos amores desgraciados habían impulsado a esta señorita a entrar de
novicia; pero, al poco tiempo, tuvo que salir del convento porque no le
convenía la reclusión y comenzaba a estar enferma del estómago.
Ya de noche, me despedí de monsieur y madama de
Montrever, y de Saint-Trivier, y de su sobrina Magdalena.
Esta me preguntó con interés si no había leído los
libros del vizconde de Chateaubriand; le contesté que no, y prometió
enviármelos.
Saludé a todos y salí del hotel. Atravesé de nuevo
el patio de honor, húmedo y sombrío, acompañado del viejo criado con el
paraguas; me metí en el coche solemne y me volví a casa.
Había en el depósito de Chalon un gran número
de oficiales españoles, y, como en pueblo pequeño, nos veíamos a cada paso.
Nuestro punto de cita era un café, obscuro y
ahumado, con un escaparate bajo, oculto por cortinillas blancas.
Se llamaba el café del Saona. Los compatriotas
solíamos reunimos allí a fumar y a hablar de los asuntos de actualidad.
Algunos, los menos, desgraciadamente, éramos buenos
españoles, católicos y realistas; pero la mayor parte, contagiados con las
ideas revolucionarias, se jactaban de no tener creencias, insultaban atrozmente
a Fernando y a la familia real y elogiaban a todas horas y con entusiasmo la
Constitución de Cádiz.
Casi todos ellos habían ingresado en la masonería y
en las sociedades secretas que se formaban en el ejército francés.
El número de los que se llamaban constitucionales
aumentaba por día.
Varios no se contentaban con ser partidarios de la
Constitución, sino que hablaban de la República y de que había que imitar a
Danton, a Marat y a los demás monstruos de la Revolución Francesa.
Yo muchas veces pensaba: ¿Qué va a pasar en nuestro
país cuando estos hombres vuelvan allá?
[24]De los más señalados entre los militares españoles
de ideas liberales que se hallaban en este depósito, eran el oficial asturiano
Rafael del Riego, y los dos hermanos San Miguel, Evaristo y Santos.
Los constitucionales tenían más simpatías entre la
guarnición francesa, y algunos estaban secretamente ayudados por la logia
masónica de Chalon.
En cambio, nosotros, los realistas, éramos odiados
y sufríamos la mala voluntad de nuestros guardianes.
Pronto las discusiones entre constitucionales y
realistas se hicieron tan agrias y violentas, que muchos tuvimos que dejar de
ir al café del Saona.
Los oficiales franceses que nos custodiaban nos
trataban lo más severamente posible; nos obligaban a acudir a una, y a veces a
dos listas diarias; no se nos permitía salir de noche, y solamente para dar un
paseo fuera de las murallas había que pedir permiso, que no se nos concedía, o
se nos concedía siete u ocho días después, cuando estaba lloviendo.
Tuve una época de fiebres y quedé entristecido,
aburrido y abandonado. Se me hincharon las articulaciones de las manos y de los
pies. En vez de llamar a un médico, no hice caso.
Por entonces, y en la cama, comencé a leer las
obras de Chateaubriand que me había prestado la señorita de Angennes, sobrina
de monsieur de Saint-Trivier.
Yo había sido muy partidario de Pablo y
Virginia, y también de la Nueva Eloísa, de Juan Jacobo
Rousseau, aunque el furor demagógico de este tristemente célebre escritor me
repugnaba siempre. Cuando leí las obras del vizconde de Chateaubriand comprendí
que un nuevo sol aparecía en el horizonte de la literatura.
¡Oh, René! ¡Yo he vivido tu vida, he sentido los
mismos grandes deseos, el mismo desdén por los vulgares menesteres de la
existencia cotidiana, la misma desgarradora pena, la misma niebla espesa de
melancolía!
¡Oh! ¡Tú no morirás! ¡Como tu hermano Werther, se[25]guirás siendo el búcaro donde se guarden las esencias
poéticas del alma moderna!
¡Y Átala y Chactas, Corina y Pablo
y Virginia, sombras amables, que convertís la vida vulgar en algo ligero,
aéreo, lleno de poesía!...
Mi entusiasmo por la lectura era en aquella época
grandísimo; no me ocupaba de mis fiebres para nada; cuando estaba con el
espíritu sereno, leía, y cuando comenzaba la calentura, desvariaba.
Camila, la segunda hija de mi patrona, me cuidaba y
estaba siempre en mi cuarto.
Solíamos tener largas conversaciones los dos, y yo
le contaba mi vida y mis campañas. También le enseñé a tocar la guitarra y
algunas canciones españolas, que las cantaba con mucha gracia.
Ella quiso convencerme de que debía llamar a un
médico; pero yo le decía que cuando se es desgraciado, es mejor que se lo lleve
a uno Dios.
Casi me sentía más feliz enfermo, con fiebre, que
sano y andando por la calle.
Un día se presentó en mi casa un médico, el doctor
Boussieres. Venía de parte de monsieur de Montrever. Me recetó un vino de quina
y unas píldoras, y al cabo de poco tiempo me levanté de la cama.
Tenía el aire enfermizo, sombrío y lánguido, que
entonces comenzaba a estar de moda.
Fuí a casa de los Montrever a darles las gracias
por su atención; y como me recibieron con mucha amabilidad y me instaron
repetidas veces a que volviera, adquirí la costumbre de pasar un rato de
tertulia en su hotel.
También solía verlos el día de fiesta en la misa
mayor de la Catedral, en San Vicente, adonde iban las personas más distinguidas
de la ciudad, y yo solía estar arrobado oyendo las armonías del órgano.
V
LA REUNIÓN DE MADAMA DE MONTREVER
La reunión de madama de Montrever se celebraba
casi todos los días en un saloncito del hotel, alhajado con el gusto fastuoso
del tiempo de Luis XV.
En el salón se habían reunido los muebles antiguos
de la casa; en el techo brillaban guirnaldas, medallones y adornos dorados; las
paredes mostraban grandes espejos y candelabros de muchos brazos, y sobre la
alfombra descansaban consolas y sillones de patas retorcidas. Los escudos de
los muebles y paredes se notaba que habían sido raspados y luego vueltos a
dorar.
Madama de Montrever gustaba mostrar a sus amigos
sus tapices de Beauvais, algunas pinturas buenas y una Venus de Coysevox.
La reunión en el gabinete de madama de Montrever
era casi únicamente de señoras y señoritas, y de alguno que otro muchacho joven
que iba a galantear a las damas.
Los hombres graves, amigos de la casa, se dedicaban
a hablar de política y a pensar en las probabilidades de una restauración de
los Borbones.
Unicamente un señor, por cierto no muy simpático,
alternaba con la gente joven: monsieur Boisjoli de Beauffremont.
Monsieur de Beauffremont era un hombre de unos
cincuenta años, muy currutaco. Llevaba patillas cortas, [28]pintadas
de negro, lo que daba a su rostro un aspecto duro; vestía a la última moda:
frac entallado, corbata muy apretada al cuello, y usaba un lente, con el cual
miraba a derecha e izquierda con marcada impertinencia.
Monsieur de Beauffremont gozaba del privilegio de
abandonar a las personas graves y reunirse con los jóvenes.
—Monsieur de Beauffremont ama la juventud—se decía;
frase que le hacía torcer el gesto; porque daba a entender que, aunque le
gustaba conversar con los jóvenes, no lo era.
Madama de Montrever dirigía su reunión con un arte
exquisito: sabía hacer resaltar los méritos de sus invitados y presentarlos
ante los demás por el lado favorable.
A pesar de esto, a veces, como cansada de su
benevolencia, se entregaba libremente a la sátira, y entonces era capaz de
poner en ridículo a cualquiera.
No comprendía esta señora que ser ultrarrealista y
burlarse de los reyes, de la aristocracia y hasta de las sagradas prácticas de
la religión era un contrasentido. A mí me trataba con mucha amabilidad;
bromeaba a mi costa y me llamaba el Caballero de la Triste Figura.
—Tengo un gran amor platónico por Arteaga—solía
decir riendo.
Una amiga de madama de Montrever, que bullía mucho
en la reunión y que gozaba de gran fama de belleza en el pueblo, era madama de
Hauterive.
Madama de Hauterive, hija de un banquero alemán, se
había casado con un militar francés y quedado viuda al poco tiempo.
Esta señora, joven aún, de veintisiete o veintiocho
años, era muy decidida. Yo comprendía sus encantos; pero no me gustaba.
Tenía una frescura poco elegante, ojos grandes y
azules, pelo rubio y una familiaridad excesiva. Se ocu[29]paba
ella misma de sus negocios, defendía con tenacidad sus ideas, era algo liberal
e imbuída en ideas protestantes.
A mí me resultaba un poco pesada con sus
disertaciones sabias acerca de Alemania.
Siempre me figuré que quería imitar a madama Stael.
La de Montrever la llamaba por su nombre, Corina, y
ésta a su amiga, Gilberta.
Las dos damas eran las estrellas del salón.
En una corte, madama de Montrever hubiera brillado
más que su amiga; pero en una ciudad pequeña la belleza exuberante de la
alemana eclipsaba el tipo espiritual y satírico del ama de la casa.
Las otras señoras que acudían a la reunión eran ya
damas respetables, y algunas muchachas solteras.
Entre las señoritas, Magdalena Angennes, la sobrina
de Saint-Trivier, vivía en pleno romanticismo. Leía los versos de Ossian y
tocaba el arpa.
A mí me decía que, a pesar de ser pequeño de
estatura, debía llevar bien la espada. Me hubiera gustado presentarme ante ella
a caballo y con uniforme.
Otras dos señoritas frecuentaban la casa: la
señorita de O'Ryen y la de Harcourt.
La de O'Ryen era la nieta de un francés emigrado,
en tiempo de la Revolución, a Irlanda.
La madre de esta muchacha se había casado con un
irlandés.
Leopoldina O'Ryen parecía una mujercita muy seria y
formal.
Su amiga Margarita Harcourt era muy viva e
inteligente, pero coqueta como pocas. Vestía siempre trajes vaporosos y tenía
dos o tres novios a la vez.
Madama de Montrever y todas las señoras, al saber
que yo sabía música, me hicieron tocar muchas veces la clave, y cuando les
indiqué que tenía una guitarra me obligaron a llevarla y a cantar.
Pocos días después, madama de Montrever me
dijo [30]que si entre los oficiales españoles de
buenas ideas conocía alguno distinguido, podía llevarlo a su tertulia.
Como muchas veces con la desgracia pierde uno los
sentimientos delicados y se convierte el más correcto en un hombre sin decoro,
yo vacilé en hablar a los compañeros míos, y, por último, le invité a ir a casa
de Montrever a un tal Fermín Ribero.
Ribero era un muchacho inteligente y digno, aunque
muy poco religioso.
Le presenté en casa de los Montrever, y el primer
día tuvo una acogida fría entre las damas.
Yo noté que lo trataban con cierto despego, y pensé
sería costumbre en ellas recibir así a un desconocido; pero luego me confesó
madama de Montrever, con su ironía burlona, que el poco éxito de mi amigo
Ribero entre las damas dependía de que era rubio, con un tipo común de suizo o
de francés, y las señoras y señoritas esperaban un español, moreno y lánguido,
con aire de árabe.
A pesar de esta primera impresión, Ribero siguió
visitando la casa y se hizo amigo de todos. Bromeaba con las muchachas y con
las señoras; les contaba historias y murmuraciones del pueblo. Se le llegó a
considerar hombre muy divertido.
Un día Ribero me dijo que madama de Montrever le
había indicado que él y yo debíamos hacer la corte a la señorita d'Harcourt y a
la de O'Ryen, que tenían un bonito dote: doscientos cincuenta mil francos una,
y más la otra.
Ribero dijo que él no sentía vocación para casarse;
prefería hacer el amor a madama Hauterive o a la de Montrever.
—¿A madama Montrever, estando casada?—le pregunté
yo con asombro.
—¡Eso qué importa!—me replicó él, con una
indiferencia que me dejó asustado—. Lo que debemos hacer nosotros es dedicarnos
a ellas. Tú, escoge. Si tú te de[31]dicas a Corina, yo me
dedico a Gilberta, o al contrario. A mí me es igual.
—Amo con toda el alma a una mujer y no puedo
hacerla traición ni aun con el pensamiento—le dije.
Ribero se echó a reír.
En Carnaval de 1812 representamos, en el hotel
Montrever, Le bourgeois gentilhomme, de Molière. El principal papel
de la comedia, monsieur Jourdain, lo hizo el cuñado de madama Montrever, el
conde de Lannerac, y lo hizo muy bien.
La dama joven, la hija de monsieur Jourdain, fué la
señorita de Harcourt, que estuvo admirablemente; Dorimena, madama Montrever,
dió al tipo la elegancia suya y su gran distinción, y madama de Lateyzonniere,
una señora joven y muy sonriente, tomó a su cargo el papel de la mujer de
Jourdain.
Ribero hizo del maestro bailarín que dice que la
ciencia del baile es la más importante de todas las ciencias, y yo, del
profesor de esgrima; y luego salimos los dos de españoles, recitando:
Sé que me muero de amor
y solicito el dolor.
Tanto Ribero como yo tuvimos un gran éxito en
nuestros respectivos papeles.
Después de la función se organizó un baile, en el
cual lucimos todos el traje que habíamos sacado en la comedia.
En el pueblo se habló mucho de esta fiesta, y los
bonapartistas, dirigidos por el senador barón de Doneville, su jefe, y los
republicanos, por un farmacéutico, monsieur Vertot, y por un almacenista de
maderas, monsieur Meyer, se encargaron de propalar maliciosos rumores.
El Independiente de Chalon, una hoja clandestina de los
liberales, habló del baile del hotel Montrever como si hubiera sido una
bacanal.
[32]A renglón seguido, para realzar la odiosidad de los
aristócratas y realistas, hizo un cuadro, ennegrecido a propósito, acerca de la
miseria que reinaba en Chalon, y pintó dos o tres escenas lamentables de frío y
de hambre.
«Mientrastanto—concluía diciendo El
Independiente—, los realistas, los traidores de Coblenza, los amigos de
Austria y de Metternich se entregan a la orgía en unión de oficiales
extranjeros enemigos de Francia...»
Así se engaña al pueblo y se le dan instintos de
odio y de venganza.
Durante una larga temporada no se oyó hablar
entre los españoles prisioneros del depósito de deserción alguna. Al mismo
tiempo, los asuntos del Imperio iban bien, y el Gobierno francés ordenó se nos
tratara con más dulzura que al principio.
Se nos dieron licencias para salir al campo. Al
terminar la primavera de 1812 estuvimos Ribero y yo invitados a pasar unos días
en una finca de los Montrever: el Chateau des Aubepines.
Ribero se las prometía felices; pensaba que íbamos
a hacer le diable a quatre, como dicen los franceses: la de
Montrever, la de Hauterive, él y yo.
Yo, algo contagiado con su plácido cinismo, le dije
que no se hiciera ilusiones, y él contestó:
—Tú, déjalo a mi cuenta.
Hicimos el viaje, acompañando a monsieur de
Montrever, a su mujer y a sus hijos y a madama de Hauterive.
Ribero y yo íbamos a caballo escoltando el coche.
El tiempo estaba espléndido.
Teníamos que cruzar la Bresse. La Bresse es una
antigua región que formaba en otro tiempo parte de la Borgoña. Es tierra de
llanuras calcáreas, que se interrumpe con los primeros macizos montañosos del
Jura. [34]Había llovido algo, y esto nos evitó en el
viaje el polvo del camino.
Nos detuvimos en un pueblo llamado San Marcelo,
donde hay una antigua abadía en la cual se encuentra depositado el cuerpo del
famoso Abelardo, el amante de Eloísa.
Almorzamos en el campo cerca de Sermesse; cenamos
en Bellevue, y para la noche estábamos en el Chateau des Aubepines.
Todo el mundo sabe que el chateau francés
no corresponde exactamente al castillo español.
El castillo español, en general, es guerrero,
procede del feudalismo y de las luchas con los moros; existen también en España
castillos del Renacimiento con planta de palacios o casas fortificadas, como
los de Segovia, Avila y Salamanca; pero hay pocos de éstos en el campo. En
cambio, en Francia, además del castillo guerrero y del de lujo de las ciudades,
hay mucho chateau en la campiña que no conserva ningún aspecto
militar ni estratégico.
El Chateau des Aubepines era una hermosura por lo
grande y lo maravillosamente situado. Tenía varios pabellones con sus monteras
de pizarra, cuatro torres redondas acabadas en tejados cónicos, y grandes
ventanas en los muros, cubiertos de hiedra.
Los antiguos fosos del castillo habían sido
rellenados de tierra y convertidos en un gran jardín, limitado por una verja.
Por dentro, la casa era espaciosa, cómoda, de
inmensas habitaciones; los suelos, de madera brillante; las chimeneas, de
piedra, y los muebles, pesados. Rodeando la casa se extendía en una gran
distancia un parque magnífico con árboles centenarios y macizos de hierba a
estilo inglés.
Cerca, en una colina, se veían las torres derruídas
de un antiguo castillo, y en el fondo se destacaban montes de la cordillera del
Jura.
[35]Al llegar al Chateau des Aubepines íbamos todos
bastante cansados del viaje y nos retiramos a las habitaciones que nos
destinaron.
En aquella posesión pasamos una temporada
magnífica. Yo, a los ocho días, me encontraba fuerte, como no me había sentido
desde mi salida de Zaragoza.
Ribero y yo acompañábamos a madama de Montrever y a
la de Hauterive.
Teníamos bastante confianza con ellas para
llamarlas por su petit nom: a la una, Gilberta, y Corina, a la
otra. Ibamos con frecuencia de excursión a los pueblos próximos y a una
posesión que tenía madama de Hauterive en el mismo país, aunque ya dentro de la
zona montañesa, que se llamaba el Chateau la Foret, porque estaba en medio de
un gran bosque.
El Chateau la Foret no era tan hermoso como el de
la familia Montrever; pero el sitio donde se encontraba era más agreste y
salvaje y traía a la imaginación ideas de luchas trágicas de los tiempos
feudales.
Varias veces en estos paseos tuvimos que entrar en
ventas y alquerías a almorzar, por encontrarnos lejos de casa. A veces también,
como nuestra bolsa de oficiales proscritos era tan mezquina, teníamos que
dejar, con gran rubor por mi parte, que pagaran las señoras.
Yo solía discutir con las dos damas, a pesar de que
Ribero me hacía callar.
Siempre me han desagradado estas personas
sarcásticas que nada respetan, que atacan con sus ironías lo más sagrado de la
vida, sin pensar que, aunque el bufón arrastre por el lodo la piel del armiño,
será ésta el símbolo de la pureza y de la blancura.
Madama de Montrever, al oírme, se reía a carcajadas
y me abrumaba con sus burlas.
—Mi querido Arteaga, siempre tan
caballeresco—exclamaba.
Un día que la encontré sola, Gilberta me contó su
vida, me habló con tristeza de su infancia, de sus amo[36]res
con un joven, amores que había contrariado la familia, y de su matrimonio de
conveniencia con Montrever. Nunca la había visto tan triste, tan melancólica.
Entonces comprendí que su ironía era en el fondo amargura que le brotaba del
alma, amargura que no había podido borrar el tener dos niños tan hermosos y el
llevar una existencia fácil y rica.
Una semana después, una tarde de junio, de calor,
en que monsieur de Montrever y sus hijos habían ido a una finca próxima,
después de un largo paseo a caballo, tuvimos una cena íntima en un pequeño
gabinete Gilberta, Corina, Ribero y yo. Las dos damas estuvieron muy serias al
principio.
Nuestra madama Stael defendió que una mujer puede
tener la honorabilidad en los mismos asuntos que el hombre, y que si la
Naturaleza le hace obedecer a sus deseos de amor, no por eso deja de ser una
persona honrada.
Yo me permití llevarle la contraria y decirle que
no, que el honor de una mujer está únicamente en su honestidad, en su virtud,
en obedecer a sus padres, y si está casada, a su esposo...
Madama de Montrever me miraba con tan marcada
ironía que me desconcertó.
—¿Por qué me mira usted así, Gilberta?—le dije—.
¿No cree usted lo que digo?
—Gilberta, como yo—replicó Corina—, cree que eso
que dice usted es un poco vieux jeu. Estaría bien en un libro de
Fenelón.
—No; en este momento no quiero pensar en
nada—contestó madama Montrever.
Corina, aficionada como era a las disertaciones, se
puso a filosofar acerca del amor, sentimiento del cual tenía una idea muy
materialista y muy sensual, que a mí, a pesar de ser hombre, me disgustaba.
Al levantarse de la mesa Corina, madama de
Montrever la cogió por la cintura y la sentó en sus rodillas.
[37]—A mí me gusta ver así cerca a una mujer
hermosa—dijo madama de Montrever—, y acariciarla y mirarla.
—Pues a mí me gustaría más estar en las rodillas de
un muchacho—dijo Corina tranquilamente.
—¡Ah, pícara! ¡Ingrata!
—¡Qué quieres, mi querida Gilberta!—replicó la
alemana—. Soy más natural que tú, más primitiva.
A los postres las dos damas, después de haber
bebido una copa de champagne, nos pidieron un cigarrillo y se
pusieron a fumarlo.
Madama de Montrever lo tiró pronto, con disgusto;
abrió la ventana y se puso a respirar el aire frío de la noche. Corina hizo lo
mismo, y vi que el brazo de mi amigo Ribero pasaba alrededor del talle de la
alemana.
—¡Cuánta vida! ¡Cuánto esfuerzo misterioso de todos
los seres hay en una noche como ésta!—exclamó madama de Montrever—. Las
plantas, los gusanos, las hormigas... Me da como el vértigo pensarlo.
—Es la Naturaleza—dijo Corina.
—Es la obra de Dios—repuse yo.
—En el fondo es lo mismo—replicó la alemana.
—¡Cómo lo mismo!—pregunté yo.
—Sí; Dios es para los niños y para los pobres de
espíritu lo que es la Naturaleza para los filósofos.
—¿Y es Dios o es la Naturaleza el que ha dicho:
amaos los unos a los otros?—preguntó Ribero—. Yo creo que, sea uno u otra, el
precepto es digno de ser seguido.
Yo iba a protestar de su irreverencia, cuando
madama de Montrever me dijo:
—Calle usted.
—¿Qué hay?
—Esa estrella que ha pasado. Dicen que si uno pide
algo en ese momento se le concede.
—¿Y usted lo ha pedido?—dijo Ribero.
—La verdad, no he sabido qué—contestó ella.
Madama de Montrever me miró con sus ojos claros
y [38]brillantes. Yo estaba turbado. Luego comenzó a
recitar una poesía de Parny: «La primavera de las flores»:
Printemps chéri, doux matin de l'année
console-nous de l'ennui des hivers;
reviens, enfin, et Flore emprisonnée
va de nouveau s'élever dans les airs.
Como yo conocía estos versos por habérselos oído a
ella, seguí recitando:
Qu'avec plaisir je compte tes richesses!
Que ta présence a de charmes pour moi!
Puissent mes vers, aimables comme toi,
en les chantant, te payer tes larguesses!
Corina, acercándose a nosotros, añadió:
Déja Zéphire annonce ton retour.
Y después, olvidándose de la poesía, llamó a mi
amigo en voz alta.
—¿Ribero?
—¿Qué quiere usted?
—Vayan ustedes, su amigo y usted, a su cuarto. Van
a tener una sorpresa.
Ribero me agarró del brazo y salimos del gabinete.
Entramos en el pasillo y me dejó en mi cuarto. Al cerrar la puerta murmuró:
—Ellas decidirán.
Luego se marchó. Estuve unos minutos anhelante,
lleno de turbación. De pronto se abrió la puerta y apareció madama de Montrever
en mi cuarto...
¿Para qué insistir en este momento poco honorable
de mi vida? No lo he querido callar, para que el descendiente mío que lea mi
historia sepa que yo tampoco fuí virtuoso.
La vida muelle del Chateau des Aubepines se
terminó con una orden del comandante del depósito para que volviéramos en
seguida a Chalon.
Como he dicho, el final del año 1811 y la primera
mitad del 12 se pasaron sin oír hablar de deserción alguna; en cambio, durante
el principio del 13, las fugas se hicieron tan frecuentes, que el Gobierno
francés tuvo que tomar medidas severas para impedirlo.
El empleo de esta medida fué contraproducente, pues
muchos que hasta entonces no habían tenido nunca el proyecto de escaparse,
viendo el rigor con que nos trataban, prefirieron exponerse a ser cogidos y
encerrados en un fuerte, a quedar sujetos a tan bárbaro despotismo.
Había entonces que acudir a tres listas diarias; no
se podía salir de la ciudad con ningún pretexto, y era indispensable estar
encerrado en el cuarto desde el anochecer.
El comandante del depósito nos trataba más como a
presidiarios que como a oficiales y a hombres de honor.
Sobre todo, a Ribero y a mí nos distinguía con su
odio, y cuando estábamos delante de él, hablaba, como si no se refiriese a
nosotros, de las damas de la aristocracia, que eran unas tales; de sus maridos,
adornados de cuer[40]nos, y de los amantes sinvergüenzas
que iban a explotar su físico.
Varias veces estuve a punto de provocar una
explicación; pero Ribero me contuvo.
Exacerbados por el mal trato, Ribero y yo
intentamos fugarnos. Tratamos de informarnos del medio de que los otros se
valían para evadirse; pero esto no era fácil ni para Ribero ni para mí;
primeramente, porque estábamos un tanto aislados de los compañeros y, después,
porque todos los que se escapaban ponían gran cuidado en ocultar los
procedimientos utilizados por ellos para no ser descubiertos, y al mismo tiempo
para que sus íntimos amigos pudiesen aprovechar idénticas circunstancias.
Tras de algunas indagaciones, supimos que el camino
por donde varios se habían ido últimamente era el que sigue el río Saona;
también nos enteramos del nombre de algunos guías.
Era indispensable obrar con cautela; pues si el
comandante sospechaba algo, por primera providencia lo zampaba a uno en la
cárcel pública, y después, conducido por gendarmes, lo enviaba, de pueblo en
pueblo, hasta un recinto fortificado.
Estos casos se repetían muchas veces con oficiales
que no pensaban escaparse, pero a quienes denunciaban como si tuvieran tales
intenciones.
Era necesario desconfiar de los guías, porque dos o
tres de ellos, comprometidos con los españoles, los delataron después a la
policía.
Entretanto avanzaba el invierno, época en la cual
es imposible emprender un viaje largo y atravesar los Altos Pirineos por en
medio de la nieve.
Ribero encontró una proporción, que durante algún
tiempo nos llenó de esperanza. Un amigo de su padre, un tal Jordá, comerciante
de Barcelona, poseía una hacienda en las inmediaciones de Perpiñán, confiada a
un administrador.
[41]Se escribió al señor Jordá, diciéndole que
preguntara a su administrador si nos podría tener en su casa, y se le dijo que
nos contestara de una manera especial y con frases convenidas, pues todos los
papeles y cartas que recibíamos eran examinados por el comandante del depósito,
y si éste encontraba algo sospechoso, le podía costar a uno ir a la cárcel.
El administrador de la finca de Perpiñán contestó
al señor Jordá diciendo que estaba conforme en darnos albergue en su casa.
Comenzamos a hacer nuestros preparativos, cuando mi
amigo Ribero recibió la orden inmediata de partir para el depósito de Besanzon.
Sin duda, la correspondencia suya con Barcelona
produjo alguna sospecha en el comandante.
Como Ribero había llevado el negocio, y yo ni sabía
el nombre ni las señas del administrador de Perpiñán, tuve que dar el proyecto
por fracasado.
En el transcurso de la primavera y del verano
de 1813 se escaparon muchos oficiales del depósito; pero casi todos fueron
cogidos y encerrados.
Los castillos estaban llenos de militares
españoles. Yo no sabía qué determinación tomar; de mi familia no tenía
noticias; ni del paradero de mi novia.
No iba tampoco a visitar a madama de Montrever,
porque esta señora me había dicho que no fuera a su casa mas que muy de tarde
en tarde. Corina, que venía algunas veces a verme, me contó que había entrado
de preceptor de los niños de Montrever un cura joven, hijo de una antigua
criada de la familia, y que este curita se estaba haciendo el dueño de la casa.
Corina me dijo que veía poco a su amiga, y afirmó con desdén:
—Gilberta acabará siendo devota.
La soledad, el tiempo triste de otoño me hicieron
desear la muerte.
Mi única distracción era hablar con Camila, la hija
menor de mi patrona. La pobre muchacha sentía alguna inclinación por mí y me
atendía con cariño.
En estas circunstancias, un día se me presentó
Antoine, el mozo, a decirme que un abate me estaba esperan[44]do.
Supuse si sería algún amigo de los Montrever; me vestí, salí al salón de la
casa y ¡cuál no sería mi asombro al encontrarme con Aviraneta!
—¡Eugenio! ¡Con ese traje! ¿Es que Dios te ha
llevado por el buen camino?
—No, no—me dijo él con sorna—; soy tan cura como
tú; es decir, algo menos que tú; pero por una serie de circunstancias, enojosas
y largas de contar, he tomado este disfraz. Vengo enviado por tu madre para
ayudarte a salir de aquí.
—¿Está bien mi madre?
—Muy bien.
—¿Y mi novia? ¿Sabes algo de ella?
—Me han dicho que está en un convento.
—¡Ah! Por eso no contestaba a mis cartas. Me
consuelas. Ya estoy más tranquilo.
—¿Pero cómo no has intentado escaparte?
—Lo he intentado; pero todos mis intentos han
fracasado. Los Pirineos están muy lejos.
—Bueno; pero ahora hay otro camino posible para
huír.
—¿Cuál?
—El de Suiza. No hay mas que veinticinco o treinta
leguas que recorrer.
—Sí, pero las fronteras están muy guardadas, y como
Suiza está aliada con Francia, aun después de pasadas las líneas fronterizas
hay el riesgo de ser entregado a los franceses.
—No, ahora no—replicó Aviraneta—. Después de la
batalla de Leipzig y de la disolución de la Confederación del Rhin, Suiza se ha
declarado neutral en la guerra con los aliados.
—No lo sabía.
—Sí; y por lo que dicen, a los españoles que han
llegado allí los han acogido bastante bien y proporcionado los papeles
necesarios para continuar su camino. Así que la única dificultad es pasar las
treinta leguas [45]que hay de aquí a la frontera.
¿Tú conoces los alrededores?
—Sí, en parte.
Expliqué a Eugenio el camino de la Bresse y la
situación del Chateau la Foret.
Madama de Hauterive me había dicho que ella iba a
pasar parte del invierno en su castillo y que me ofrecía hospitalidad en él.
—Si me dieran licencia como enfermo podía ir al
Chateau la Foret y de allí fácilmente entrar en Suiza.
—No la pidas, porque no te la darán y suscitarás
sospechas—dijo Aviraneta.
—Entonces, ¿qué hago?
—Puesto que tú conoces bien este país, arréglatelas
como puedas para salir de Chalon y llegar a Lons-le-Saunier. Allí estaré yo y
mandaré a mi antiguo asistente Ganisch a Saint-Laurent para que prepare el paso
a Suiza.
—Yo no tengo dinero—le dije.
—Toma quinientos francos.
Y Aviraneta, con gran asombro por mi parte, me dió
un montón de monedas de oro.
Decidimos comunicarnos por un sistema especial que
me enseñó Eugenio. El mandaría una carta de amor, y entre líneas las
instrucciones.
Después de quedar conformes, Aviraneta se fué. Le
vi marchar por la calle con aire humilde, de cura, y doblar la esquina.
El invierno se presentó frío y cruel. Ya
estábamos a principios de diciembre, y algunas personas, a quienes había yo
confiado mi proyecto de marcha, me decían que era el mayor absurdo que podía
hacer.
En esta época, todas las montañas del Jura y de los
Alpes están cubiertas de nieve y es difícil atravesarlas no siguiendo el camino
real. Por éste no se podía entrar ni salir de Francia mas que con documentos en
regla, y había, no una, sino triple fila de puestos de guardia para registrar a
cuantos pasaban.
Tales observaciones no me movieron a renunciar al
plan, y comencé a dar pasos para agenciarme un carricoche en el cual salir del
pueblo.
A mediados de diciembre recibí carta de Aviraneta;
su amigo Ganisch, situado en Saint-Laurent, tenía ya hechos los preparativos
necesarios para atravesar los Alpes.
Hacia el final de diciembre o principios de enero
llegó a Chalon una noticia importante. Los aliados habían pasado el Rhin por
Basilea y avanzaban a marchas forzadas hacia Belfort y el Franco-Condado. La
noticia consternó al vecindario.
[48]Todo el mundo se figuraba de un momento a otro ver
a las tropas enemigas apoderándose de las casas del pueblo y saqueándolas.
Yo temía que el Gobierno francés nos hiciera salir
de Chalon a los oficiales españoles, o que tomase nuevas precauciones para
impedir nuestra deserción.
Seguí con mis diligencias para alquilar un coche.
No era esto fácil, ni mucho menos.
Todos los alquiladores tenían orden expresa de no
dejar carruaje a ningún oficial prisionero.
El ir a ver a los almacenistas de coches era cosa
comprometida; había el peligro de ser delatado por algún patriota o,
sencillamente, por un hombre de mala intención.
Varios días empleé en tratos con los cocheros; pero
no pude encontrar quien me prestara un vehículo. Unicamente un labrador me
alquiló un cabriolé sin caballo, porque él no tenía sitio donde guardarlo.
La patrona, madama Hocquard, me dijo, por entonces,
que los prusianos habían entrado en Ginebra y se acercaban, avanzando
rápidamente. Debían de ser las fuerzas de los generales Blucher y
Schwarzenberg, que, cruzando por el Franco-Condado, fueron a reunirse a la
meseta de Langres, para desde allí marchar sobre París a restaurar la monarquía
legítima.
El pueblo estaba espantado; los bonapartistas
aseguraban que todo se iba a arreglar al momento; pero los medios de arreglo
faltaban; no había ejército francés por aquella parte, y los aliados podían
llegar a Chalon en una semana sin dificultad.
Antoine, el mozo, me daba noticias, recogidas en la
calle, del avance de los enemigos y de sus supuestos planes. A mí me
preocupaban más los proyectos de los franceses.
—¿Qué harán con nosotros, con los emigrados?—le
preguntaba.
—Unos dicen que les van a obligar a ustedes a
salir [49]de Chalon; otros, que les dejarán aquí
para impedir que los aliados hagan daño en la ciudad.
En medio de esta confusión yo seguí en mis trabajos
para agenciarme caballos. Aviraneta me decía que me esperaba.
En vista de los muchos obstáculos y de los nuevos
acontecimientos consulté con madama de Montrever.
Ella era de la opinión que aguardara la llegada de
los ejércitos monárquicos.
Esto le parecía lo más prudente.
Escapándome por un camino por donde se iban a
retirar todas las partidas de tropas y gendarmes que abandonaban los puntos de
la frontera me exponía a ser preso.
Madama de Montrever suponía que en este caso lo
pasaría malamente, pues las fuerzas fugitivas traerían un espíritu natural de
venganza contra los extranjeros.
—¿Y usted qué cree que debía hacer?—le dije.
—Yo, como usted, me ocultaría en una casa
cualquiera hasta que entraran los defensores del rey legítimo.
Este consejo hubiera sido excelente con la
seguridad de que el Gobierno francés no iba a tomar disposiciones nuevas
respecto a nosotros y sabiendo que los aliados podían entrar en seguida; pero
los aliados estaban aún a más de veinte leguas y no se sabía los obstáculos que
hallarían en su marcha.
Era muy probable también la llegada de fuerzas
imperiales a disputar el paso del Saona, y que los franceses cerrasen las
puertas de Chalon y se dispusieran a defenderse en un largo sitio.
Estas consideraciones me obligaron a persistir en
mis proyectos.
Al día siguiente, por la mañana, fuí a buscar un
amigo de mi patrona, monsieur Martin, hombre muy honrado, y le encargué buscase
un caballo para mi cabriolé.
Monsieur Martin me dijo hablaría a un conocido[50] suyo, cochero, y me daría la respuesta a las doce
de aquel día.
Yo me encontraba en un estado de impaciencia
grande. Aviraneta me escribía dándome prisa. A cada instante llegaban noticias
contradictorias de la posición del ejército aliado; los unos decían que los
austriacos se encontraban solamente a quince leguas; los otros, que al día
siguiente entrarían en Chalon; no faltaba quien aseguraba que aun no habían
pisado el Franco-Condado.
Con estas noticias, todos los emigrados estábamos
presa de la mayor agitación. Al salir de la lista diaria fuí a saber la
respuesta de monsieur Martin. El hombre de los caballos había ido a conducir un
carruaje a una casa de campo, a dos leguas de Chalon, y no volvería hasta la
noche.
A media tarde me hallaba en casa de monsieur
Montrever, cuando oímos el redoblar de tambores y ruido de gente en la calle;
salimos al balcón; se veía una multitud reunida hablando entre sí, con aire
satisfecho; se envió a un criado para que se enterase de la causa de esta
algazara, y al cabo de un momento volvió diciendo acababa de llegar de Lyón la
noticia de la paz con España. Unos momentos después se iba a publicarla con
todo aparato.
Monsieur y madama Montrever me felicitaron por mi
libertad, y los franceses conocidos, en la calle, me dieron la enhorabuena.
La gente, sobre todo los bonapartistas, se
mostraban satisfechos; suponían que los miles de hombres empleados en la guerra
de España volverían a Francia a luchar contra los austriacos, rusos y
prusianos.
Quise enterarme bien de la certeza de la noticia y
fuí al Ayuntamiento. Había allí un tropel de hombres y mujeres aguardando por
si salía alguien a publicar la paz.
Tuve la suerte de ver a un camisero conocido mío,[51] monsieur Frontenard; llevaba una copia de la carta
que había producido tanto revuelo en el pueblo. Estaba escrita por el prefecto
de Lyón al subprefecto de Chalon. Al parecer, un senador que acababa de llegar
a Lyón había traído la noticia de la paz definitiva, concluída con España, y, a
consecuencia de ella, las tropas francesas de ocupación de los Pirineos
volverían a marchas forzadas a oponerse al paso de los aliados.
Por la carta comprendí que la noticia no era
oficial; probablemente la habían echado a volar para tranquilizar la población;
de todas maneras no iba a influír en la suerte de los emigrados.
Efectivamente, los días sucesivos tuvimos que
seguir presentándonos a las tres listas como antes.
LIBRO SEGUNDO
RASTROS DE LA GUERRA
I
LA SALIDA DE CHALON
Una tarde, al anochecer, estaba contemplando a
través del cristal la nieve; había perdido casi toda esperanza de salir de
Chalon, cuando se presentó en mi casa Aviraneta, como días antes, vestido de
cura.
Habló con mi patrona y entró en mi cuarto.
Me recriminó por mi tardanza en salir del pueblo, y
yo fuí explicándole las dificultades con que tropezaba.
—Bueno; vamos a hacer una intentona—dijo él—; ven a
cenar conmigo.
—¿Y qué hago con mis cosas?
—Déjalas aquí, o di que las recoja alguna persona
conocida.
—Bueno. Pero tendré que avisar a la patrona.
—No; no avises nada. Dile solamente que hoy cenas
conmigo y que vendrás muy tarde.
Lo hice así; salimos los dos y nos fuimos a la
fonda. Cenamos, y después Eugenio me llevó a su cuarto, cogió una maleta, sacó
del interior un vestido negro de mujer y lo extendió sobre la cama.
—¿Para qué es eso?—pregunté.
—Para ti.
—No me lo pongo.
—Ya lo veremos. Es sólo para salir del pueblo;
inmediatamente que estemos fuera te lo quitas.
—¿Pero cuándo vamos a partir?
—Por la mañana, cuando aclare; el coche espera en
la cuadra.
Como Aviraneta era terco no quise entrar en
discusiones.
—¿Tienes la seguridad de salir de Chalon?—le dije.
—Sí.
—¿Cómo lo has podido conseguir?
—Amigo, los masones tenemos recursos
secretos—contestó él con jactancia.
—¿No nos detendrán?
—No, no; puedes estar tranquilo.
—Si es así, bueno.
Pasamos toda la noche charlando, esperando a que
aclarara. El tiempo estaba horrible; llovió, nevó, venteó con fuerza, y sólo al
amanecer fué serenándose. Escribí yo una carta a mi patrona despidiéndome de
ella y de sus hijas.
Luego, Eugenio me ayudó a vestirme de mujer, y al
alba salimos a la calle.
En la puerta de la fonda encontramos un coche y al
cochero, que estaba enganchando.
—Buenos días, Juan—dijo Aviraneta.
—Buenos días, señor abate. ¿Lleva usted a su
sobrina?
—Sí; al fin se ha convencido. ¿Estamos ya?
—Sí, señor abate; pueden ustedes montar.
Subimos al carruaje. Las calles estaban muy
obscuras, cubiertas de nieve, envueltas en niebla. No se oía más ruido que el
agua al caer de los canalones a las aceras.
El coche marchaba en silencio.
Atravesamos despacio la ciudad, pasamos el puente[55] y el barrio de Saint-Laurent; no había un alma por
las calles. Al acercarnos a la puerta de San Marcelo, la única por donde se
podía salir, nos la encontramos cerrada.
—Me habían dicho que se abría al amanecer—murmuró
Aviraneta, preocupado.
Un vecino se acercó y Eugenio le dijo:
—¿No es hora de que la puerta esté abierta?
—Sí—contestó el vecino—; sin duda, al guardián se
le han pegado las sábanas; yo lo despertaré.
Estaba temblando y temiendo que el guardián tuviese
alguna orden para preguntar o pedir pasaportes; mas que nada, por el ridículo
que caía sobre mí.
Salió el vecino con el guardián, y éste se puso a
abrir la puerta.
—¿Sin duda no creía usted que con tal mal tiempo
tendría nadie ganas de viajar?—le preguntó Aviraneta.
—No, señor abate; el tiempo no convida a viajar.
—Gracias, muchas gracias.
Pasamos la puerta.
—¿Por qué no le has dado algo?—le dije a Eugenio.
—¡Un cura dando dinero! Eso sería ponerse en contra
de todas las tradiciones.
—¿Este hombre es de los vuestros?—le pregunté a
Aviraneta al cabo de un momento.
—¿De cuáles?
—De los masones.
—¡Ca, hombre!
—Entonces, ¿qué preparativos tenías hechos?
—¡Yo!... Ninguno.
—¿Así que hemos salido al buen tuntún? ¡No tenías
preparado nada! Y si me cogen a mí así vestido me pongo en ridículo. Me están
dando ganas de volverme.
—Sería peor—me dijo Aviraneta tranquilamente—. La
cuestión era salir de Chalon; ahora, ya fuera, no nos pueden detener; tengo un
salvoconducto para los dos.
Pasamos el puente de piedra inmediato a la puerta[56] de San Marcelo; en seguida, el arrabal de este
mismo nombre, y luego, otro puentecillo sobre un brazo del Saona, y embocamos
la calzada, que tiene tres cuartos de legua de largo y es la única vía que hay
para cruzar la Bresse.
Al fin de la calzada de San Marcelo sigue el camino
que va al Franco-Condado.
Aquel día la carretera estaba infranqueable por la
nieve y el lodo. Las ruedas del coche se hundían hasta los ejes.
Yo pensaba que en el camino encontraríamos tropas
de regreso de la frontera, y se lo advertí a Aviraneta para que dijera al
cochero que corriese.
—El cochero no puede hacer más—replicó él—. Hay que
dejarle.
Marchamos despacio, muy despacio. Yo no sé
cómo no me morí de impaciencia. Recorrimos la calzada y llegamos a
Saint-Marcel.
Al entrar en este pueblo empezaba a ser de día; la
gente estaba ya levantada, y al ruido de los caballos y del coche salían todos
a las puertas, creyendo que entraba el enemigo.
Atravesamos la aldea entre la expectación pública,
y dejando el camino real del Franco-Condado, tomamos otro a la izquierda, más
pequeño y de menos tránsito.
Pasamos por Bay y Dameray, pueblecitos pequeños que
estaban cubiertos de nieve, y seguimos adelante.
Preguntamos a los campesinos que encontramos si se
sabía por dónde venían los aliados. Cuando nos decían que estaban a diez o doce
leguas aparentábamos gran temor.
A las nueve y media llegamos a Sermesse y nos
detuvimos en una posada para tomar un bocado.
El posadero, un buen hombre grueso y rojo, hablaba
a gritos. Se manifestaba indignado de la insolencia de los austriacos.
Cualquiera hubiese dicho al oírle que la guerra era una cuestión de etiqueta.
Nos trajeron un buen almuerzo, y Eugenio comió y
trincó de lo lindo. Yo estaba avergonzado con mi disfraz.
—La pobre señorita no tiene apetito—dijo varias
veces el posadero.
Aviraneta, con la boca llena, me decía:
—Te advierto, hija mía, que los pollos de este país
tienen fama.
Mientras estábamos comiendo, se presentó un
caballero, que pidió también de almorzar, y se puso a mirarme con aire de
impertinencia. Luego comenzó a preguntar a Aviraneta noticias de Lyón.
Me figuré que debía ser algún empleado del
Gobierno. Efectivamente; supimos que era el subprefecto del Dôle, que se
retiraba a Chalon porque los aliados se acercaban y no quería llevar las
cuestiones de etiqueta hasta aguardarlos en su subprefectura.
A las diez y media, y con mucha calma, ordenamos al
cochero que preparase los caballos.
Aviraneta me dijo que ya se había supuesto en
Sermesse que yo era una heredera rica y él un jesuíta.
Al pasar por un pueblecito llamado Frontenard oí
dar las doce en el reloj de la parroquia, y recordé que en aquel momento se
habrían enterado en el depósito de que yo faltaba. Probablemente, con las
inquietudes naturales de la invasión, no se preocuparían en buscarme.
A las tres de la tarde cruzamos por Pierre, pueblo
próximo a Bellevue.
Ibamos avanzando, cuando oímos detrás de nosotros
el ruido de unos caballos que venían al galope. Alarmados, volvimos la cabeza.
Eran cuatro caballos montados por criados de una finca inmediata que, sin duda,
los habían sacado a pasear.
Poco después encontramos un grupo de aldeanos con
cargas de leña en la cabeza. Les preguntamos si sabían dónde estaban los
enemigos, y respondieron que habían oído decir que en Lons-le-Saunier. Como
Lons está próximamente a seis leguas de aquel lugar, suponían que pronto los
tendrían en los alrededores, y se disponían a hacer provisiones.
El cochero, al oír estas noticias, comenzó a
dar muestras de intranquilidad, y preguntó a Aviraneta si no temía encontrarse
con los aliados. Aviraneta se hizo el asustadizo, y luego agregó que, como los
austriacos, si veían el vehículo lo decomisarían, era mejor que el cochero nos
llevara a las puertas de Bellevue y después se volviera adonde quisiera.
Efectivamente: al acercarse a las primeras casas
del pueblo el coche se detuvo; bajamos Aviraneta y yo, y el cochero se volvió
rápidamente, fustigando a los caballos.
Al vernos solos, yo me quité rápidamente el traje
de mujer y lo tiré entre unas matas.
—Ahora, vamos—dije.
—El caso es—murmuró Eugenio—que yo no he dicho en
Bellevue que sea cura. Tendrás que vestirte tú de abate.
Me repugnaba este disfraz irrespetuoso, pero no
tuve más remedio que acceder. Eugenio me dió la sotana y el sombrero y él se
quedó de paisano.
En esta disposición avanzamos hacia Bellevue y
entramos en una posada donde anteriormente había tomado cuarto Aviraneta.
Aviraneta dijo en la casa que el cochero nos había[60] hecho traición; que al oír decir que los aliados
estaban en el pueblo, se detuvo asustado y nos obligó a bajarnos del coche.
La dueña de la casa, madama Fleury, se indignó
contra el cinismo de los cocheros. Yo, a pesar mío, tuve gran éxito como abate.
Después de comer, salimos Eugenio y yo de la posada
y fuimos a la plaza, llena de aldeanos y de curiosos que hablaban y discutían.
En esto vimos, en medio de la multitud, un caballo ensillado, que por sus
arreos parecía de un militar. Nos acercamos y luego entramos en un café de la
plaza, debajo de los arcos. El mozo, en la puerta, permanecía contemplando la
gente.
Al vernos, dijo:
—¡A buen tiempo vienen ustedes!
—¿Pues qué hay?
—Que ya está ahí un oficial austriaco.
—¿De veras?
—Sí; parece que acaba de llegar para preparar las
raciones a un destacamento que va a venir esta noche. Ese caballo que está ahí
es el suyo.
Yo estaba dispuesto a buscar al militar y hablarle,
pero Aviraneta decía que no, que no debíamos acercarnos a la canalla austriaca.
Hacía un momento que habíamos entrado en el café
cuando se oyó un gran barullo en la plaza. Salimos apresuradamente a los arcos.
—¿Qué pasa?—preguntamos.
—¡Los austriacos! ¡Los austriacos!—gritaba la
gente—. ¡Ya están aquí! ¡Que vienen!
Fué una desbandada general; todo el mundo echó a
correr; las puertas y ventanas se cerraron de golpe, se metieron los caballos
en los patios y en las cuadras. El mozo cerró el café y quedamos nosotros
dentro... Pasaron unos minutos de silencio... El galope de los caballos de
los kaiserlicks no se oía por ninguna parte.
—No es nada—dijo Aviraneta al mozo—. Es el[61] miedo que se comunica. Nos asomamos a los arcos.
Efectivamente, no venía nadie.
Poco después se abrió de nuevo una ventana; luego,
un postigo; un vecino cambió unas cuantas palabras con otro; uno más osado se
asomó al portal, y transcurrido un instante salieron todos a la plaza riéndose
del pánico producido por la falsa alarma.
Volvimos a la posada, entramos en el comedor y
saludamos a los amos de la casa.
Estábamos hablando con ellos cuando entró el
oficial que habían tomado en el pueblo por austriaco. Era un militar francés
que se retiraba y, al pasar por allí, se había detenido para ver a sus padres.
Este militar dijo que los aliados estaban a una
legua de Lons-le-Saunier.
Cenamos, y acabada la cena me despedí del ama de la
casa, que quiso que me acostase temprano, pues decía necesitaba descansar de la
fatiga del día.
Aviraneta compró dos caballos y alquiló un guía
práctico en aquellos contornos. Estuvimos en Bellevue día y medio, y al
segundo, a las cuatro de la mañana, vino a llamarme Eugenio a mi cuarto. Dijo
que no convenía nos viesen salir los vecinos del pueblo, pues podían entrar en
sospechas. Me vestí a tientas, no queriendo encender luz por no despertar a
nadie, y sin hacer ruido, salí a la calle.
Esperaban dos caballos ensillados y el guía.
Montamos y echamos a andar detrás del hombre.
El guía se había comprometido a llevarnos por el
camino de Lons hasta salir fuera de unos bosques espesos, en donde era muy
fácil perderse.
El tiempo estaba frío; la noche, obscura; no había
amanecido aún; nuestro conductor iba a pie, a una cierta distancia de nosotros,
andando con mucho trabajo.
A cada paso nos encontrábamos con pantanos
profundos, y el hombre salía de ellos ayudándose con un gran palo que llevaba.
Mucho nos compadecimos del infeliz al ver lo que
trabajaba en un camino tan penoso.
Le dijimos que subiera en uno de nuestros caballos;
pero él contestó que montado era muy posible que no conociese el terreno.
Después de andar cerca de tres horas por medio de
bosques muy espesos y caminos impracticables salimos a campo raso.
Había aclarado y se veía ya nuestra ruta. Aviraneta
dió un luis a nuestro guía, el cual lo cogió contento, como si fuera una
fortuna.
Continuamos nuestro camino; pasamos por Arlay,
pueblo del departamento del Jura y centro de las posesiones del príncipe de
Chalon; subimos un monte en el cual hay un hermoso castillo; luego cruzamos por
Saint-Germain en Bois, y llegamos al Chateau la Foret, donde nos presentamos a
madama de Hauterive.
Nuestra Corina nos recibió amabilísimamente, y
después de mostrarnos los cuartos que nos destinaba nos dijo que nos esperaba
para almorzar. Nos presentamos Eugenio y yo en el comedor, y acabábamos de
sentarnos cuando vinieron a decirnos que una partida de caballería austriaca
atravesaba el campo.
Salimos a la ventana a ver aquellos famosos kaiserlicks.
Era una patrulla de doscientos hombres que iban a
alguna descubierta. Llevaban todos capas blancas, lo que hacía un efecto muy
raro y muy lujoso.
Pasaron al galope y los perdimos de vista.
Nos sentamos a la mesa, y después de almorzar nos
preguntó Corina qué itinerario pensábamos seguir, y al decirle que íbamos por
Suiza, subiendo luego por la orilla del Rhin, dijo que nos acompañaría, porque
pensaba marcharse a Radstadt y nuestro camino era el suyo.
—Va usted a tener muchas molestias en el viaje—le
advertí yo.
—No me asusta el frío ni el cansancio;
probablemente me divertiré presenciando escenas que no he visto.
Aviraneta celebró la decisión de Corina, y quedamos
de acuerdo en ponernos en camino los tres juntos al día siguiente.
Corina tenía un carricoche, pero no caballos,
porque se los había decomisado un intendente austriaco.
Decidimos enganchar los nuestros y partir en el
coche suyo.
Al día siguiente nos pusimos en camino. Yo
había sabido que el general en jefe de la columna austriaca, conde de Bubna,
estaba en un pueblecito próximo llamado Poligny.
Prefería presentarme al conde que no al simple
comandante que había en Lons-le-Saunier.
Aviraneta dijo que le parecía una tontería esta
formalidad. A pesar de su opinión, Corina y yo convinimos en ello, y al salir
del Chateau la Foret comenzamos a subir una cuesta muy empinada que va de
Chateau-Chalon a Poligny.
De pronto vimos venir hacia nosotros una partida de
caballería. Cuando estuvo cerca, el que iba a la cabeza de ella nos preguntó en
francés, con una voz chillona, si aquél era el camino de Lons-le-Saunier.
Le contestamos que sí, y después le dije yo si
sabía si el conde de Bubna estaba aún en Poligny.
—Ya no está—replicó él—. ¿Para qué lo necesita
usted?
—Es que yo soy un oficial español fugado del
depósito de Chalon.
—Pues yo soy el conde de Bubna—contestó él—. Voy a
Lons. Esta noche preséntese usted en mi casa.
Saludé, y seguimos la comitiva del general hasta[66] Lons-le-Saunier. Llegamos a esta ciudad. Dejamos
al carricoche en un cobertizo y fuimos nosotros a una posada.
Por la noche me presenté al conde de Bubna, quien
me recibió en un salón muy elegante, vestido de tal manera y con tantos
bordados que parecía una odalisca.
Me hizo mil preguntas sobre mi fuga; el número de
españoles que había en el depósito de Chalon; si quedaban tropas francesas, y
si preparaban alguna defensa contra los aliados.
Contesté a sus preguntas diciendo lo que sabía.
Después ordenó tomasen nota de nuestros nombres y
nos diesen los papeles necesarios para seguir nuestro camino a Suiza, donde
encontraríamos el cuartel general de los Emperadores.
Los documentos no nos los dieron en seguida.
Volví a la posada. A Eugenio se le había
desarrollado un odio furioso por los austriacos, y cuando oía hablar de
Emperadores, Altezas y Excelencias fruncía el ceño.
Corina se reía de las ocurrencias de Aviraneta.
Lons-le-Saunier estaba en aquel momento ocupado por
los austriacos.
Las tropas no habían cometido grandes excesos,
porque los habitantes, intimidados, no se atrevían a oponerse a nada. Metida en
los rincones, la gente estaba sin salir a la calle.
Los soldados se habían alojado en las posadas y
casas particulares, donde comían y bebían a discreción, sin que nadie intentase
cobrarles lo más mínimo. Si necesitaban algo abrían las tiendas y cogían lo que
les parecía.
Por la noche volví a casa del general a buscar
nuestros pasaportes, y hubo que esperar al día siguiente para que nos los
dieran.
Aquella noche la pasamos sin acostarnos en la posa[67]da, llena de tropa. Como la mayor parte de los soldados
estaban borrachos, hacían tal ruido que no nos dejaron dormir.
Madama de Hauterive se vió muchas veces asaltada
por soldados que la estrujaron y manosearon violentamente. Yo quise poner coto
a tales brutalidades; pero viendo que ella se reía de estos excesos, no quise
ser más papista que el Papa.
Al día siguiente, por la mañana, recogí nuestros
papeles en casa del conde de Bubna.
Más tarde, al ir al cobertizo donde habíamos dejado
el carricoche y los caballos, supimos que estaban embargados por el ejército
invasor y que no había comunicación alguna, ni correo, ni diligencia.
Después de muchas indagaciones fuimos a ver a un
oficial de Administración militar, y por trescientos francos rescatamos el
carricoche y los caballos. Dimos nuestras más expresivas gracias al honrado
oficial, y montamos en seguida en el carricoche.
Era al anochecer. Al sentarnos en los asientos nos
dimos cuenta de que nos habían robado los almohadones.
Sin pensar en recobrarlos echamos a andar. Cruzamos
las calles, ya a obscuras. Llovía. En todo el pueblo había una gran confusión
por la continua entrada y salida de tropas. En las calles no se veían mas que
soldados borrachos.
En un casa, dos muchachitas, medio desnudas,
lloraban, mientras que una mujer desmelenada gritaba furiosa delante de un
oficial austriaco.
Fácil era comprender lo ocurrido.
Nos alejamos rápidamente de Lons; cesó de llover y
comenzó a nevar; después paró la nieve y salió la luna.
Su luz nos iluminaba perfectamente el camino en el
campo nevado.
Al pasar por una pequeña alquería bajó Aviraneta y
compró un montón de heno seco, que nos sirvió para[68] sentarnos
encima y al mismo tiempo para cubrirnos los pies.
Seguimos nuestra marcha de noche, despacio, pero
sin parar.
Empezamos luego a subir cuestas y más cuestas y a
ascender por caminos en espiral, y cuanto más subíamos parecía que los puntos
adonde debíamos llegar se alejaban también cada vez más.
La nieve se iba espesando a medida que ascendíamos.
Esto, unido al mal camino, hacía que fuéramos muy
despacio.
Aviraneta sacó del bolsillo del gabán una botella
de kirsch; bebimos los tres, y al poco rato Corina comenzó a cantar
alegremente.
Después de haber recorrido unas seis horas llegamos
a Sanyot, pueblo muy pequeño y muy pobre, sobre el Jura, a cinco leguas de
Lons. Aquí nos detuvimos para dejar descansar a los caballos y almorzar.
El frío nos había dado un gran apetito.
Comimos; Aviraneta renovó la botella de licor y nos
pusimos de nuevo en marcha.
Había ya tanta nieve y las pendientes eran tan
rápidas, que los caballos patinaban y no podían avanzar. Al anochecer llegamos
a Saint-Laurent, y apareció Ganisch, el asistente Aviraneta, vestido con
pantalón corto, chaleco de Bayona y sombrero de copa.
A Corina le hizo mucha gracia el tipo y nos
preguntó varias veces:
—¿De dónde han sacado ustedes este hombre?
—Es un español amigo mío—contestó Aviraneta,
riéndose también.
Ganisch nos llevó a su posada. Pregunté al patrón
si los aliados, al cruzar por allí, habían hecho mucho daño.
—¿Daño?—contestó—. Nos han comido y bebido lo que
había, y algunos soldados sueltos han detenido a[69] los
pasajeros que han encontrado en el camino cerca del pueblo y les han quitado el
dinero y el reloj. A las mujeres las han violado.
El patrón añadió que debíamos avanzar con mucho
cuidado y no ir por la carretera, aunque por otra parte tendríamos mucha
dificultad para atravesar las montañas en coche, porque todos los caminos
estaban cerrados con la nieve.
El hombre no era nada tranquilizador, y sus
consejos no servían mas que para dejarle a uno inquieto.
Al día siguiente Ganisch, dando grandes voces,
nos despertó bruscamente.
Era todavía de noche, pero se veía tanto como de
día.
La luna brillaba hermosa en el cielo claro.
—Señal del frío que hace—dijo Aviraneta—y del que
nos espera por esos montes.
A la puerta de la posada Ganisch tenía preparado el
trineo.
Nos metimos los cuatro envueltos en nuestros
abrigos; salimos de Saint-Laurent y continuamos nuestra marcha hasta que la
mañana vino a mostrarnos un paisaje magnífico.
A pesar de los malos encuentros que nos
pronosticaron no vimos a nuestro paso mas que unos cuantos soldados franceses
alrededor de una hoguera ya consumida. Todos estaban destrozados y sin armas,
excepto uno que llevaba un fusil.
Nos paramos al acercarnos a ellos, y un cabo, con
los bigotes largos y amarillos, que dijo era parisiense, nos pidió algo para la
compañía. Aviraneta le dió unos francos, y el soldado tuvo algunas toscas
galanterías para Corina y un saludo militar para Aviraneta, a quien llamó
generoso burgués. Nos alejamos de allí y seguimos adelante.
Desaparecieron las nieblas del amanecer, y el cielo
quedó azul, sin una nube. El sol convertía la nieve en un conjunto de perlas
resplandecientes.
Los grandes pinos, agobiados con su peso, dejaban
ver por debajo sus ramas verdes de follaje.
En una extensión de blancura tan luminosa, con un
cielo tan claro, todos los objetos parecían negros.
Apenas se podía percibir si hacía viento o no; pero
el frío era tan sutil que se metía hasta los huesos.
Charlando alegremente, cantando a veces, siempre en
acecho por si encontrábamos algunos kaiserlicks o gendarmes
que vinieran a registrar nuestros bolsillos, llegamos a Morez, pueblo que
aparecía negruzco en una hondonada cubierta de nieve.
Ganisch dijo que sería útil tomar un caballo más
para subir la cuesta de un monte que llaman Les Rousses, cuesta bastante
empinada y de más de una legua de larga.
En una granja todavía lejana de Morez alquilamos el
otro caballo y lo enganchamos.
Mientrastanto salté yo del trineo para calentarme
los pies, que los tenía helados, y fuí andando, sin darme cuenta, unos
doscientos pasos, hasta acercarme al pueblo.
Al llegar delante de una casa me detuvo un hombre,
preguntándome quién era y adonde iba. Yo le respondí que iba a Ginebra; me dijo
que estaba de guardia, y me pidió el pasaporte, añadiendo que tenía orden de
detener a todo viajero hasta que el alcalde examinase sus documentos.
—Bueno, pues avisaré a mis amigos—dije, y me
acerqué al trineo con el guardia.
—¿Qué hay?—preguntó Aviraneta al verme llegar
acompañado.
Expliqué lo que pasaba. Aviraneta torció gesto y de
pronto preguntó:
—¿Está lejos la casa del alcalde?
—No, aquí cerca—contestó el guardia.
—Podemos ir en el trineo—le dijo Aviraneta—. Le
haremos a usted sitio.
Efectivamente, se le hizo sitio al guardia.
Aviraneta tomó las riendas; los caballos comenzaron
a marchar; luego, a trotar sobre la nieve helada, y a galopar, por último.
—¡Pare usted! ¡Pare usted!—gritó el hombre—. Ya
hemos llegado, ya hemos pasado.
Aviraneta siguió sin hacer caso, fustigando a los
caballos durante un cuarto de hora.
El guardia estaba furioso. Corina reía a
carcajadas. Al fin se detuvo el trineo.
—Mi querido amigo—dijo Aviraneta al amoscado
guardia—: nosotros no teníamos ningún gran interés en presentarnos a las
autoridades de su pueblo. No crea usted que es una prueba de desdén, no. Es
sencillamente prudencia por nuestra parte. Para usted, claro es, este paseo es
un poco desagradable, pero le daremos unas monedas para que a la vuelta se
caliente el estómago.
El guardia no sabía qué hacer. Aviraneta metió mano
al bolsillo y sacó una monedita de oro.
—Puede usted elegir—dijo Aviraneta—entre marcharse
incomodado y sin nada, o marcharse con dinero y contento. Ahora, si intenta
usted detenernos, le daremos un golpe y le tiraremos en la nieve.
El guardia, medio enfurruñado y medio risueño, tomó
el dinero y se fué.
Seguimos el camino; el viento fuerte producía una
ventisca que nos azotaba la cara como si fuera polvo.
En la parte alta de la cuesta los caballos, a
veces, metían los brazos en la nieve hasta el pecho. El camino estaba señalado
por unos palos muy altos, puestos a intento, de distancia en distancia, para
que se pudiera conocer su dirección aun cubierto por una gran nevada.
A las once llegamos a las Rousses; dejamos
descansar a los animales, comimos, seguimos adelante y pasamos el cuello de
Saint-Cergues. Estábamos ya en Suiza.
Pronto comenzamos a bajar la otra vertiente alpina,
hacia el lago Leman.
A las cinco llegábamos a Nyón e íbamos a la fonda
de la Cruz Blanca. Encontramos una excelente posada, buena cena, buen cuarto y
un magnífico fuego.
En la fonda nos encontramos Corina y yo a un
francés realista de Chalon, con el cual nos sentamos a la mesa.
La noche transcurría amablemente, cuando el
realista y Aviraneta se pusieron a discutir con acritud. El realista acusaba a
Aviraneta de mal español, porque deseaba el triunfo de Napoleón contra los
aliados; y Aviraneta acusaba al realista de mal francés, porque aspiraba a que
los extranjeros venciesen en su patria y realizaran los planes
ultraconservadores de Metternich.
A punto estuvieron de desafiarse; pero terció
Corina y los tranquilizó.
Cuando se fué el francés tuvimos que oír una serie
de absurdos y de barbaridades de Eugenio.
—Esta gente enamorada del pasado—decía a Corina—,
es gente estólida y cobarde que cree imposible dominar el porvenir. Nosotros,
no; nosotros tenemos confianza...
—Pero es que usted, mi querido amigo, no comprende
la poesía de la tradición; no admite usted la abnegación, el desinterés de los
realistas—replicaba Corina.
—No, señora, no—gritaba Aviraneta—; no hay
desinterés en ellos.—Luego, más tranquilo, decía—: Yo veo que unos luchan por
el rey y otros por el pueblo. Los que luchan por el rey buscan el ascenso, el
dinero; los que luchan por el pueblo, ¿qué van a encontrar?: la horca, el
fusilamiento. Sin embargo, toda la gente de buen tono ha decidido que los que
pelean por su inte[75]rés son los desinteresados, los
idealistas, y que, en cambio, los que no podemos esperar nada somos egoístas y
miserables.
No quise replicar por no enzarzar de nuevo la
cuestión y me retiré a mi cuarto.
VI
UNA ANÉCDOTA IMPORTANTE ACERCA DE CALVINO
Nos levantamos al otro día temprano y salimos
de Nyón en el mismo trineo en que habíamos llegado.
El camino hasta Ginebra pasa a orillas del lago
Leman; pero había una niebla tan espesa que apenas se veía. Este camino debe
ser muy hermoso, pues está rodeado de un sinnúmero de hoteles y jardines.
Hacía un frío inaguantable, que nos obligó a
pararnos dos o tres veces y a entrar en las casas a calentarnos las manos y los
pies.
Al llegar a Ginebra, un oficial austriaco nos pidió
los pasaportes, y al leer el mío me abrazó y me dió dos besos en la mejilla y
en la boca.
Yo, avergonzado, no sabía qué hacer, ni qué decir.
—Te ha tomado por alguna chica disfrazada—me dijo
irónicamente Aviraneta.
—Si me besa a mí así..., lo mato—exclamó el bruto
de Ganisch.
Fuimos a la posada del Escudo de Ginebra, y al ir a
recoger nuestros pasaportes, el comandante de la plaza [78]me
dió boleta para ser alojado en una casa de la Treille, que tenía un mirador a
este paseo.
La casa era de un señor Cordier. Fuí a saludarle, y
me lo encontré rodeado de una familia muy simpática. A pesar de esto, tenían
todos un aspecto algo extraño y sombrío; aspecto que yo me expliqué cuando
supe, tras de una hora de charla, que todos ellos pertenecían a la secta
calvinista.
Realmente, yo no recordaba qué eran los
calvinistas, ni quién era Calvino. Sin embargo, tenía alguna idea, e
insistiendo en ella vine a dar en la fuente de mis conocimientos acerca de
Calvino.
Todos ellos databan de una tía mía muy vieja. Esta
señora me contaba que Calvino era un hereje muy malo y muy soberbio; un día le
invitaron a un banquete, y un vecino de la mesa le puso en el mantel un poco de
sal, otro poco de cal y una copa de vino.
Al acercarse a la mesa el soberbio hereje vió sal,
cal y vino: Sal Calvino; y, furioso, se marchó.
Como ni mi tía ni yo sabíamos de qué país era
Calvino, ni qué lengua hablaba, dábamos como seguro que entendió la alusión de
la mesa.
En tan importante anécdota estaban condensados
todos mis conocimientos acerca de Calvino.
Al ir a despedirme de la familia de Cordier se
presentó un señor suizo, casado con una inglesa. Este matrimonio, que vivía en
una villa del lago Leman, conocía a madama Stael y a lord Byron.
Hablaron de ellos, y luego, del vizconde de
Chateaubriand y de la literatura de la época.
Pasamos la velada agradablemente en casa de los
calvinistas.
¡Qué sorpresa hubiera tenido mi tía, si viviera, al
saber que yo había encontrado amables y buenas personas a los discípulos de
aquel hereje, a quien habían tenido que poner en la mesa sal, cal y vino para
que se marchara!
[79]Al salir del hotel de monsieur Cordier y llegar a
casa, me encontré con una escena desagradable.
Eugenio y Ganisch gritaban y se insultaban
ferozmente. Por lo que dijeron, habían dado varias vueltas por el pueblo; luego
se embarcaron en el lago, donde estuvieron a punto de zozobrar, y acabaron por
reñir.
A las siete de la mañana nos metimos en el coche;
pasamos de nuevo por Nyón, cruzamos por Rolle, y a las cuatro de la tarde
estábamos en Lausana, en la posada del León de Oro.
Lausana es una ciudad pequeña, bonita, muy bien
colocada sobre un cerro que domina el lago Leman.
Subimos a la catedral para contemplar el pueblo y
el lago, y después fuí a presentarme a un coronel inglés, quien debía firmar
nuestros pasaportes.
En casa del coronel había, cuando yo me presenté,
varias señoras de visita, entre ellas una italiana joven, preciosa, cuyo marido
acababa de morir días antes de un balazo en el vientre.
Con este motivo, las mujeres abominaban de la
guerra y, sobre todo, de Napoleón, que les parecía un monstruo vomitado por el
infierno.
Volví a la posada, cenamos los cuatro y, concluída
la cena, fuimos a la posta, donde salían las diligencias. No quedaba mas que un
lugar dentro y dos fuera, en la imperial. Aviraneta y Corina decidieron ir en
la imperial; Ganisch, sobre la capota, y yo, dentro.
Salimos de Lausana de noche; la diligencia llevaba[82] cuatro caballos que corrían muy bien. Como hacía
frío, se cerraron las ventanillas del coche, y todos los viajeros se acomodaron
para dormir.
Por mi desgracia, yo iba colocado entre dos
alemanes grandes, gruesos y muy cargados de paño, de modo que no me podía
mover; al poco tiempo de estar cerradas las ventanillas hacía un calor dentro
del coche tan inaguantable, que empecé a sudar como si estuviera en el mes de
julio. Además, como me hallaba sujeto, emparedado entre los dos hombretones, me
entraron unas ansias y vahidos que creí morirme. En este estado me resolví a
suplicar a uno de aquellos colosos germánicos, que no hacía mas que roncar, me
cediese su puesto, pues me encontraba muy mal. El alemán, refunfuñando, se
levantó y me dejó el sitio; yo abrí la última ventanilla del coche y saqué la
cabeza fuera. El aire fresco me vivificó y me volvió un poco en mí.
Uno de los viajeros dijo que valía más se dejara
una ventanilla abierta, pues si no, nos íbamos a asfixiar todos.
Continuamos nuestro camino haciendo zigzags por
montes y barrancos y atravesando aldeas.
A media noche, pasamos por Friburgo de Suiza, donde
se baja una cuesta sumamente rápida, a cuyo fin está la ciudad.
En un pueblo, poco después de llegar a Friburgo,
dejamos el coche y entramos en un trineo.
Se hizo de día, y comenzó a verse el país, cubierto
de nieve, entre la bruma blanquecina de la mañana.
Ganisch se había hecho amigo del cochero, y
gritaba: ¡Coronela!, ¡Generala!, produciendo el escándalo de los
alemanes. Corina se reía a carcajadas. Después se le ocurrió al vasco poner un
palo sujeto entre los equipajes y una bandera blanca en la punta.
A medida que la claridad se desparramaba por la
tierra, se iba viendo el campo nevado; por todas partes se advertía el paso de
los soldados: casas saqueadas, in[83]cendiadas, árboles
rotos, caminos desfondados por los cañones.
A las doce del día llegamos a Berna. Antes de comer
fuí a presentarme al embajador austriaco Prylixnin y a entregarle una carta que
llevaba del coronel inglés de Lausana. El embajador me recibió muy bien, firmó
nuestros pasaportes y me enseñó sus habitaciones.
Tenía una casa admirablemente cómoda, llena de
estufas, y en el piso alto, un invernadero y una enorme pajarera.
El embajador me dijo que la vida de sus pajaritos
era lo que más le interesaba en el mundo. Confesaba que la muerte de uno de
ellos le hacía más efecto que el que muriesen veinte o treinta mil soldados en
un campo de batalla.
Yo le repliqué que esto no podía ser mas que una
broma, y él contestó:
—¿Es que usted cree, mi querido señor, que se
pierde algo con que mueran cuarenta o cincuenta mil individuos de canalla
humana?
No le contesté nada, y me despedí de él.
Dejamos Berna, pueblo muy curioso, y avanzamos en
nuestro camino. Aviraneta y Ganisch siguieron escandalizando, echando besos a
las aldeanas, que se reían. De noche llegamos a un pueblo, donde nos detuvimos
solamente un momento y en el que dijeron había una gran cascada sobre el Rhin.
Yo me hubiera quedado a verla; pero como Aviraneta no manifestó la menor
curiosidad por ello, seguimos adelante.
VIII
EL PLACER DE VER A UN REY GUAPO
Llegamos a Basilea a las siete de la mañana y
no pudimos encontrar sitio donde meternos por estar las posadas llenas de
gente.
Corina tenía amigos allí y fué a dormir a casa de
uno de ellos.
Nosotros, después de haber corrido fondas y
posadas, paramos en una, llamada La Cabeza de Oro, donde nos dieron un cuarto
para nosotros tres y un alemán.
No había mas que dos camas en el cuarto, y éstas
muy estrechas y pegadas una a la otra; así que tuvimos que dormir como si
estuviéramos en formación.
El motivo de haber tanta gente en Basilea era el
encontrarse allí el cuartel general de los emperadores de Rusia y Alemania y el
del rey de Prusia, y un sinnúmero de tropas que se preparaban a entrar en
Francia. Todas tenían que pasar por el puente que hay en esta ciudad sobre el
Rhin.
Es imposible explicar la confusión y laberinto de
Basilea en aquel momento; no se podía andar por las calles.
Se hallaba uno expuesto a ser atropellado
continuamente por los innumerables coches de generales y de príncipes, que no
cesaban de pasar de una parte a otra,[86] y por los
caballos de cosacos y edecanes, que iban al galope.
Al mismo tiempo se cruzaban los carros de
municiones, de heridos y pertrechos de guerra, que seguían al ejército. Añadido
a esto la poca anchura de las calles y que comenzaba a deshelar, se puede
comprender lo molesto y peligroso que era el tránsito por el pueblo.
Nos acercamos a la catedral, que es de piedra roja,
y desde una plazoleta próxima estuvimos viendo el Rhin, de aguas turbias y
verdosas, que pasaba a medias helado con un estrépito de torrente.
Yo me aproximé también a la fortaleza de Auninguen,
que se hallaba en este momento sitiada por los bávaros y defendida por los
franceses.
Como teníamos que esperar y la fortaleza estaba
cerca, fuí paseando hasta el mismo campamento de los bávaros; pero aquel día no
se hacían fuego con los franceses.
Al volver a Basilea tuve el gusto de ver al
emperador de Rusia, Alejandro I, que salía de una capilla ortodoxa, donde había
ido a oír misa. Iba a pie, con algunos grandes de su Imperio y dos generales.
Llevaba uniforme azul con muchas condecoraciones y bordados, sombrero con galón
de oro y botas de montar. Era un hombre de cerca de seis pies, bien
proporcionado y de hermosa presencia; tenía el semblante muy risueño, que
inspiraba confianza a primera vista. A todo el mundo saludaba con el mayor
agrado y afabilidad.
Confieso que sentí un gran entusiasmo por aquel
soberano que venía a restaurar las venerandas tradiciones de la Monarquía.
Realmente, es un espectáculo conmovedor contemplar a un rey de cerca.
También vi en su coche al emperador Francisco I de
Austria, el kaiser Franz. No tenía el aspecto de Alejandro I de
Rusia; a pesar de no contar mas que cuarenta y tres años, representaba lo menos
cincuenta, y se le veía flaco y avejentado. Los austriacos no pueden[87] estar muy orgullosos de tener un emperador de
buena figura.
Al rey de Prusia no tuve el gusto de verle.
El emperador de Austria se paró a contemplar el
desfile de tropas por el puente. Yo hice lo mismo; pasaron algunos cuerpos de
la guardia imperial rusa, que es magnífica. Es una satisfacción para un militar
ver tropas tan bien vestidas y gente tan igual de estatura y de tan buena
presencia. Realmente, no se pueden comparar las tropas austriacas con las rusas
y alemanas. Cierto que los bávaros tienen regimientos lúcidos; pero no los
austriacos, cuya única fuerza bien presentada es la caballería.
Estaba presenciando el desfile cuando se acercaron
Aviraneta y Ganisch. Cruzaron entre dos compañías, y un viejo aldeano que quiso
también pasar fué empujado por un sargento y cayó al suelo.
—¡Lo han reventado a ese pobre hombre!—exclamó
Aviraneta.
—¿Para qué habéis pasado?—pregunté yo—. ¿No veíais
que venía la tropa?
—¿Y nos van a tener parados constantemente estos
animales? ¡Qué brutos! ¿Por qué no habrá una peste que acabe con todos los
reyes, emperadores, papas, mariscales, aristócratas, militares y demás canalla?
No quise replicar nada. Creer que se puede vivir
sin reyes, sin nobles y sin militares me parece lo mismo que pensar que se
puede suprimir el sol y las estrellas.
No comprendo cómo Eugenio, que es de una familia
decente, defiende estas extravagancias, que no se explican mas que en los
delirios monstruosos de hombres como los de la Revolución Francesa.
Fuimos a comer a la posada, y por la tarde me
presenté yo a lord Aberdeen, que era un inglés guapo, todavía joven, de unos
treinta años, muy estirado, quien me dirigió al enviado de España cerca del rey
de Prusia,[88] don José León García de Pizarro. Este
caballero me recibió de una manera bastante incorrecta, diciéndome incontinenti
que no me podía dar socorro alguno, a lo cual contesté yo con altivez que no le
pedía socorro, sino que firmase mi pasaporte.
Al volver a la posada me encontré a Aviraneta
hablando con un oficial español, don Rafael del Riego, que también se había
escapado de Chalon-sur-Saone.
Riego y yo no comulgábamos en las mismas ideas y
nos saludamos poco efusivamente. Era Riego entonces un joven moreno, bajito, de
cara larga y chupada y cabeza grande para su estatura. Tenía ojos expresivos y
lánguidos, la voz chillona, de un timbre muy agudo, y el pelo negro y
abundante. Estaba en Francia desde que fué hecho prisionero en la batalla de
Espinosa; había aprendido muy bien el francés, y era de los afiliados a lo
masonería.
IX
LAS CORNETAS EN LA SELVA NEGRA
La hora señalada para la salida de la
diligencia de Basilea, que debía ser las siete de la mañana, se retrasó con
motivo de estar todos los caballos embargados para conducir el tren del
ejército aliado hasta las seis de la tarde. Todo este tiempo estuvimos
esperando a que llegaran algunos caballos a la posta.
Nos pusimos en camino ya obscuro, con un tiempo
malísimo.
Afortunadamente, éramos los primeros, y Corina,
Aviraneta, Riego y yo tomamos los mejores sitios.
Viajamos toda la noche, sin adelantar gran cosa.
En cada parte teníamos que detenernos cuatro o
cinco horas para aguardar la llegada de caballos; luego era menester esperar a
que comiesen y descansasen y a que los postillones, con su acostumbrada calma,
acabasen de fumar la pipa y beber el aguardiente, que, eso sí, bebían con
rapidez y como si fuera agua.
—¿Pero cuándo salimos?—les preguntaba yo,
impaciente.
Ellos contestaban: ¡gleij!, ¡gleij!,
que parece que quiere decir: ahora, al momento; pero el momento no llegaba
nunca. Lo mismo daba que fuera Fritz, Frantz o Peter. Todos eran igualmente
pesados, calmosos, de una flema desesperante. Cuanta más prisa manifestaban los[90] viajeros, menos prisa se daban ellos, y con este
motivo conseguían quemarnos la sangre. A todo decían: Ya... ya...
Luego, como los caballos estaban aspeados y
cansados y había nieve, barro y grandes charcos, marchábamos a paso de tortuga.
Los caminos se iban poniendo peor que los días
anteriores; en vez de nevar, llovía, y la nieve se convertía en cieno.
Antes de llegar a Friburgo de Baden atravesamos un
bosque muy extenso. Se llama este bosque la Selva Negra; en alemán: Schwarz-Wald.
Uno de los viajeros contó que, al principio de la
Revolución, habían matado allá a unos enviados franceses encargados de una
misión por el Gobierno jacobino.
Con este motivo se habló de los ejércitos
improvisados por la Revolución Francesa, y volvimos al eterno tema de nuestras
discusiones sobre si era mejor la tradición o el progreso. Corina y yo
defendíamos la tradición: Corina, como una idea a la moda; yo, no, por
convencimiento.
—Para mí, lo más simpático en la vida es la
improvisación, maniobrando en lo imprevisto—decía Aviraneta—. Prefiero un
general improvisado a un general viejo; prefiero un político nuevo a uno viejo.
—Pero si no hubiera tradición en la sociedad
faltaría lo más hermoso de la vida—replicaba Corina.
—Para mí, la tradición es un principio sin valor.
Riego abundaba en las mismas ideas. Los dos eran
por el estilo. Sobre todo a Aviraneta le comenzaba a conocer bien.
Sus planes no eran madurados. Entreveía algo y se
lanzaba en su busca, y luego lo desarrollaba según las circunstancias.
Aunque se jactaba de tener proyectos estudiados, en
el fondo no los tenía, y los iba modificando a medida que los realizaba. A
Riego le pasaba lo mismo.
A mí me dijeron que no podría ser nunca mas que un
oficial que cumpliese. Y yo repliqué:
—En cambio, vosotros podréis ser buenos coroneles,
jefes de partida; pero vuestras condiciones no valen para ser generales.
Con esta discusión llegamos a Friburgo de Baden y
comimos en el hotel de la Tête d'Or, hotel de estilo francés, con un hermoso
jardín.
Partimos de Friburgo, y poco después subimos una
cuesta muy alta, desde donde se descubría, entre la niebla, una extensión de
país inmensa, y se dominaba toda la ciudad.
Al escalar la cuesta tuvimos una verdadera función
musical. Nuestro postillón, como todos los de Alemania, llevaba una corneta de
posta, que tocaba de tiempo en tiempo para avisar a los carros y caballos que
interrumpían el paso. Estas cornetas de posta tienen las notas afinadas con la
octava baja del clarín ordinario, y su sonido es muy agradable.
Ibamos envueltos en la niebla cuando se reunieron,
una detrás de otra, cuatro diligencias en fila, y los cuatro postillones
comenzaron a tocar sus cornetas de una manera tan armónica, que causaba
asombro. La idea de atravesar un bosque, llamado la Selva Negra, entre la
bruma, oyendo aquellos aires de trompa, me producía la impresión de que íbamos
a una cacería fantástica en un mundo de sueño.
Sin duda, los alemanes tienen un gran instinto
musical, porque si se hubiera tratado de franceses no hubieran podido hacer los
acordes tan admirablemente.
Corina y yo únicamente podíamos comprender el
sentido de armonía que se necesitaba para aquello. Riego y Aviraneta se
manifestaban insensibles a la música. Eran hombres de acción, a quienes
únicamente gustaba el movimiento, el peligro. Se veía que para ellos no había
más vida que la vida exterior: vencer las dificulta[92]des
del momento y cambiar por el esfuerzo las circunstancias adversas en
favorables.
Ninguno de los dos podía recrearse en la
contemplación del mundo interior: para ellos, la poesía, la música, la belleza
del cielo y de la naturaleza no significaban nada.
Sobre todo para Aviraneta; la única vida estribaba
en hallarse metido en un infierno de dificultades, en un torbellino ciego, al
cual pretendía dominar.
Esta tensión de la voluntad era en él lo principal;
las ideas, en el fondo, creo que le preocupaban menos de lo que él se figuraba.
Tenía la furia de hacer por hacer, y, como consecuencia lógica, la música le
decía poco.
Seguimos viajando toda la tarde y toda la
noche, haciendo en cada posta nuestros acostumbrados altos, amén de los que
hacían por su gusto los conductores de la diligencia. Estos eran
indispensables. En un pueblo, un encargo; en el otro, un trago; aquí, un
momento de charla con los amigos; allí, un instante para encender la pipa. Los
postillones y cocheros se divertían. Nosotros, en cambio, nos aburríamos. Lo
peor era que de noche no podíamos dormir. En casi todas las postas donde se
renovaban caballos teníamos que aguardar algunas veces tres y cuatro horas;
pero como siempre creíamos que de un instante a otro nos iban a comunicar el
momento de partir, estábamos inquietos. Si nos sentábamos en la estación de
diligencias al lado de la estufa, con la idea de no perder el coche, no
podíamos conciliar el sueño, y si daba uno unas cabezadas, más le servían para
dejarle a uno lánguido que para alivio. Unicamente Corina dormía
tranquilamente, apoyada sobre el hombro de cualquiera de nosotros.
Varias veces me quejé a los conductores de las
diligencias, diciéndoles que no nos indicaban el tiempo preciso que íbamos a
esperar; pero me contestaban encogiéndose de hombros, dando a entender que
ellos no tenían la culpa.
Yo, durante mucho tiempo, no pude descansar. La
falta de sueño me tenía intranquilo y nervioso.
Las pequeñas posadas y casas de posta donde hacía
alto las más veces la diligencia eran curiosas para el que no las hubiera
visto, pero muy incómodas. En general, toda la gente de la casa, de miedo al
frío, se reunía en la cocina o en el cuarto próximo a ella, en el cual había
siempre una estufa grande encendida en medio.
El cuarto solía estar con las puertas y ventanas
cerradas herméticamente.
Las estufas, por lo regular, eran de hierro y la
mayor parte del tiempo estaban rojas.
Alrededor de la estufa se congregaban familia y
huéspedes, y éstos, sentados o tendidos.
A la gente de la casa se la veía echada sobre un
mal jergón o sobre un banco tan estrecho que no podían estar sino de lado.
Allí dormían y roncaban como si estuvieran en la
mejor cama del mundo, todos revueltos, padres, hijos y yernos.
Las camas que se encontraban en algunas de estas
posadas para los pasajeros eran unos cajones colocados el uno sobre el otro, a
estilo de cómoda; de manera que al que le tocaba el último de arriba tenía que
subir por una escalerilla para ir a buscar su cama, y los de abajo estaban con
el recelo de que el cajón de encima se desfondara y viniera a caer sobre ellos
en medio de la noche.
Cuando después de haber pasado algún tiempo al aire
libre se entraba de pronto en estos cuartos, achicharrados por el calor de la
estufa, parecía que se metía uno en un horno, pues además del terrible calor
había una nube espesa del humo de las pipas de postillones y cocheros. Este
calor y tufo que reinaba en habitaciones tan cerradas era muy desagradable e
incómodo para el que no estaba acostumbrado.
A pesar del fuego de la estufa el suelo se veía
siempre húmedo y era difícil tener los pies secos. Los que iban viniendo de
fuera traían un poco de nieve pegada a los zapatos, que al derretirse iba
produciendo la continua humedad del piso.
Como el cambio brusco del calor al frío se
consideraba bastante peligroso, los cocheros y postillones llevaban siempre la
pipa encendida y entraban y salían envueltos en nubes de humo.
Estas posadas pobres se encuentran únicamente en el
camino, porque en las ciudades las hay muy buenas y muy aseadas, aunque me
parecieron siempre mejores las de Francia.
Dejamos los alrededores de Friburgo; dejamos la
Selva Negra; pasamos varias pequeñas aldeas, y llegamos a Offemburgo.
Tuvimos aquí el honor de que el gran duque de
Wutzburg viniese a parar a la misma posada en que nosotros estábamos, que era
la Casa de la Posta. El gran duque era hermano del emperador de Austria y se le
parecía mucho.
No sé si Corina le conocía de antemano, pero ella
fué la que nos presentó a su alteza.
El gran duque se quedó una noche y luego continuó
camino para Basilea con su escolta y su acompañamiento. La llegada de este gran
señor fué causa de que nosotros nos quedásemos más tiempo en Offemburgo que el
que pensábamos, porque se llevó todos los caballos que había en la posta y fué
preciso aguardar a que los que él había dejado descansasen.
Ganisch me contó que Eugenio y Riego eran rivales
ante madama de Hauterive; que los dos se consideraban los preferidos; pero que
el gran duque de Wutzburg les había ganado la partida llevándose la dama.
Advertí al criado que no me contara más torpezas, y
él se encogió de hombros groseramente.
XI
CORINA DESCUBRE ESPAÑA Y ARTEAGA A BEETHOVEN
Al llegar a Radstadt madama de Hauterive,
nuestra Corina, nos invitó a comer en casa de su madre con otras varias
personas.
Fuimos todos, incluso el criado o familiar de
Aviraneta, llamado Ganisch, a quien Eugenio aleccionó para que no hablara.
Comimos espléndidamente y recordamos las peripecias
del camino.
Corina dijo a su madre, riendo, que nunca se había
divertido tanto como en aquel viaje.
Después quiso descubrirnos España y decirnos cómo
éramos los españoles.
—Ustedes, en el fondo, son gentes que tienen poca
vida interior—nos dijo—, con cualidades, con virtudes, sobre todo con mucha
fuerza orgánica, con mucha elasticidad, pero con muy poca conciencia. Se ve que
a ustedes les entusiasma lo difícil. Un pueblo compuesto por tipos así no puede
ser un pueblo; será, más que nada, una agrupación de individuos, de individuos
grandes, duros, de hombres a lo Hernán Cortés o Pizarro; pero no un pueblo. Yo
prefiero con mucho mi país, Alemania, en donde la clase pobre es sensual,
obediente[98] y humilde. Claro que un alemán no
sabrá desenvolverse a solas tan bien como ustedes, pero sabrá obedecer. En toda
nación es necesaria una aristocracia inteligente que dirija y una masa que
siga, y por lo que ustedes dicen, en España no tienen ni pueblo, ni
aristocracia.
Aviraneta y Riego se pusieron a rebatir los
conceptos de esta señora; yo no quise decir nada; en el fondo, me parecía
ridículo el que una mujer pretendiese conocer un país por cuatro o cinco
personas naturales de ese país que había tratado.
Después Corina comenzó a atacarnos en nuestra
religión. Según ella, los católicos, sobre todo los católicos españoles, no
éramos cristianos mas que de nombre; no teníamos conciencia.
Yo le advertí que no debía juzgarnos tan a la
ligera; pero ella aseguró que ya nos conocía hasta lo hondo, y concluyó
diciendo que nosotros, los españoles, éramos hijos de Roma, y que ellos, los
alemanes, pretendían y deseaban ser hijos de Atenas.
Yo, por mi parte, no tenía para qué oponerme a esta
filiación.
Después de comer llegaron otras personas y
estuvimos charlando.
La madre de Corina, al oír que yo hablaba de
literatura, me preguntó si conocía las obras de Goethe; le dije que no, porque
no sabía el alemán, pero que había tenido el gusto de leer Werther, traducido
al francés. A pesar de encontrar su obra soberbia, yo consideraba tan grande y
tan hermosa el René, del vizconde de Chateaubriand, y casi también
la Nueva Eloísa. La mayoría de los presentes protestaron,
asegurando que la obra de Goethe era superior a la de Chateaubriand, y un señor
inglés dió la nota cómica. Para este señor, Werther era un ente tan ridículo y
tan fatuo como René; respecto a la Nueva Eloísa, le
parecía el libro más declamador y más necio que se había escrito.
Después de hablar de literatura, este inglés se
puso a[99] comentar la política del tiempo, y dijo
que era una prueba de bestialidad la guerra y el matarse así.
La mayoría de los presentes asintió a las
afirmaciones del inglés; pero un joven profesor repuso que era indispensable
para el desarrollo de la gran nación alemana, victoriosa en Leipzig, la primera
en las ciencias y en las artes, expulsar de su territorio a conquistadores tan
bárbaros y tan superficiales como los franceses.
La Alemania del sueño, de la poesía, de la
metafísica, no podía estar bajo las botas de los soldados de Napoleón,
meridionales advenedizos, mozos de posada y de cuadra, groseros sorbedores de
aceite, llenos de galones y de plumas.
Me pareció absurdo que los alemanes se consideraran
más civilizados que los franceses, y como si el joven profesor notara en mi
aspecto la duda, citó a Lessing, a Kant, a Herder, a Schelling, a Fichte, a
Hegel y a una porción de nombres más que, ciertamente, yo no conocía.
Un estudiante dijo que se estaba desarrollando
entre los alemanes un entusiasmo patriótico extraño por lo inesperado. Todo el
mundo hablaba de que era preciso renunciar a lo extranjero, y principalmente a
lo francés, cambiando de ideas, de costumbres, de política y hasta de trajes.
Había patriotas que recomendaban una indumentaria
gótica para andar por las calles, cosa que a él le parecía completamente
grotesca.
El joven profesor replicó que el punto de vista del
estudiante era mezquino y francés; que Alemania necesitaba aislarse,
reconcentrarse, para ser la directora del mundo científico, y que aquella
tendencia patriótica era admirable.
Riego preguntó al profesor qué idea tenía de los
españoles, y el profesor dijo:
—Yo tengo la costumbre de no tener ideas de las
cosas que no conozco.
—Está muy bien esa probidad—replicó Corina—; pero
si no se tuviera opinión mas que de las cosas que se conocen muy bien, no se
podrían tener mas que un número muy corto de opiniones.
—No se perdería con esto gran cosa—replicó él.
Luego dijo que en un libro de un célebre
filósofo—creo que se refirió a Kant—se asegura que los turcos son gentes que lo
ven todo por su lado negativo. Así, un turco que quisiera definir los países
europeos, llamaría a Francia el país de la moda; a Inglaterra, el país
del spleen; a España, la tierra de los antepasados...
Esta era la única opinión del joven profesor;
suponía que España era país de recuerdos, de ideas antepasadas y de hombres
antepasados; país que había quedado separado de la cultura general de Europa,
como las aguas de una marisma quedan separadas de las aguas del mar.
Riego y Aviraneta afirmaron que no había tal; que
existía el contacto entre España y el resto de Europa; que así se había podido
dar en España, antes que en otra nación europea, unas Cortes como las de Cádiz,
que continuaban las tradiciones de la Revolución Francesa.
A esto contestó el alemán diciendo que la
Revolución Francesa no era mas que un conjunto de ideas inglesas y alemanas,
vestidas a la moda clásica y desarrolladas en un ambiente de locura
sanguinaria.
Aviraneta hubiera replicado con violencia, de no
salir Corina al paso, invitándonos a ir al salón.
Allí, una señorita cantó un trozo del Don
Juan, de Mozart. Me pareció una cosa maravillosa. Tanto me gustó, que a un
joven que iba a sentarse a una clave moderna hecha en Alemania, que llaman
piano forte, le dije que casi le agradecería no tocara nada, porque con el
recuerdo de la canción de Mozart era feliz.
—No, no; oiga usted—dijeron todos—: va a tocar a
Beethoven. Es el genio musical más grande de Europa.
Efectivamente; tocó dos sinfonías: una,
llamada Pastoral, y la otra, Heroica.
El joven profesor, al ver que yo estaba
entusiasmado con estas sinfonías, me dió una serie de explicaciones estéticas y
filosóficas acerca del arte de Beethoven, tan claras, que yo no comprendí
palabra; me habló de la cosa en sí, de lo nouménico, de lo fenomenal.
Yo le di las gracias por sus comentarios.
No tengo palabras para expresar mis impresiones.
Sólo sé que aquella noche fué para mí inolvidable y que me sentí feliz y
desgraciado al mismo tiempo.
Antes de cenar, nos despedimos del ama de la casa.
Aviraneta y Riego discutieron en la calle acerca de la superioridad de
Alemania, que afirmaban como artículo de fe los amigos de Corina. Yo iba
preocupado con aquellas frases musicales extraordinarias que acababa de oír.
—¿Os habéis fijado en las sinfonías que ha tocado
ese joven?—le pregunté a Eugenio.
—¡Sí, hombre, si!—contestó él—. ¡Qué cosa más
pesada! Nunca me he aburrido tanto.
Al día siguiente llegamos a Carlsruhe, ciudad
muy amplia, hermosa, que forma un semicírculo, con calles que irradian del
centro como las varillas de un abanico. Parece que la construcción de esta
ciudad se debe al capricho de un margrave.
Vimos la magnífica plaza central que hay delante
del palacio del gran duque de Baden, donde dicen que pueden evolucionar con
facilidad hasta ochenta mil soldados.
El interior del palacio se asegura que es
admirable; pero nosotros no tuvimos el gusto de ver mas que los jardines.
Después del paseo matinal fuimos a comer a una
posada llamada Rothes Haus, la Casa Roja.
El amo y el ama se sentaron a la mesa con los
huéspedes y nos trajeron una comida bastante mala, en la que figuró la choucroute,
cosa que me pareció horrible.
Aviraneta y Riego trabaron conversación con un
mayor holandés, el mayor Witkamp, y éste se puso a decir pestes de los
católicos, y sobre todo de los españoles. Eramos el país de Felipe II y del
duque de Alba, de los inquisidores y de los matadores de judíos.
Además de lo irritantes que eran para mí sus
afirmaciones, concluyó de molestarme el vecino de la mesa, un[104] alemán
grueso y rojo, que al oír lo que decía el mayor holandés de los católicos se
reía, se sonaba y estornudaba encima del plato.
Ya asqueado y molesto, y viendo que el alemán sabía
francés, le dije:
—Monsieur, vous etes un degoutant personnage.
El alemán se me quedó mirando asombrado, y yo
repetí la frase, recalcándola:
—Je dis que vous etes un degoutant personnage.
El alemán, al oírme, se levantó, cogió un plato y
me dió con él en la cabeza; yo le tiré una botella; me agarró él del brazo; yo,
de la solapa; tiramos la vajilla y los cubiertos al suelo y armamos el gran
estrépito.
Se mezclaron los de la mesa; el alemán se explicó
en su lengua y yo conté lo ocurrido en francés. El alemán, al parecer, dijo que
él no se reía de mí, y que si se sonaba con frecuencia era porque estaba
acatarrado.
Había entre los comensales un francés tuerto, con
un agujero de una bala en la mejilla, que parecía llegarle al cogote, y un
brazo de menos.
Este francés, sin que se le encomendara misión
alguna, afirmó que el alemán y yo habíamos concertado un duelo y que estaban
nombrados los padrinos. El duelo se verificaría en el jardín del hotel.
Salimos al jardín el alemán y yo; Riego y Aviraneta
me siguieron. El francés no se sabe de dónde sacó dos sables, y me entregó uno
a mí y otro al alemán. Luego intentó ponernos frente a frente.
El alemán, que no se había enterado hasta entonces
de qué se trataba, y que creía quizá que íbamos a darnos de puñetazos en el
jardín, al ver lo que le proponían cogió el sable, lo tiró al suelo, lo pisoteó
con furia, nos insultó a todos en su lengua y se marchó.
Después de aquella ridícula escena se hicieron
bastante amigos nuestros el francés tuerto del agujero en la mejilla, llamado
Braquemond, y el mayor Witkamp.
Los dos iban, como nosotros, hacia Holanda, y como
llevaban el mismo camino, decidimos seguirlo juntos.
El mayor Witkamp tenía la costumbre de viajar
provisto de botellas de licor del más fuerte que encontraba, y lo prodigaba sin
tasa.
Bajo la influencia de los licores del mayor pasamos
Heidelberg, cuyo castillo vimos cubierto de nieve; comimos abundantemente, nos
metimos en la diligencia, y seguimos adelante cantando, vociferando y riendo,
dentro de aquel estrecho espacio, hasta que nos quedamos todos dormidos.
No sé el tiempo que pasamos así; supongo que fué un
día entero; lo que recuerdo es que desperté por la noche bostezando de hambre.
La excitación de los licores del mayor Witkamp
había pasado, y todo el mundo se sentía hambriento.
Por la noche hicimos alto para comer un bocado en
un pueblo muy miserable.
Llegamos a una posada, llamamos, y tardaron mucho
en abrirnos la puerta.
Eran las doce de la noche. Al pasar adentro
encontramos dos cosacos que estaban acostados en el suelo al lado de la estufa,
durmiendo tan profundamente, que ni nuestras voces ni el ruido que hicimos pudo
despertarlos; parecían capuchinos por sus barbas, que les caían hasta la
cintura, y tenían una cara espantosa.
Lo único que encontramos de comer en aquella posada
fué un poco de cecina muy dura, que aderezamos con aceite y vinagre, y pan de
centeno sumamente negro.
Mientras tomábamos esta cena, con un apetito
desordenado, nos contaba el tabernero, que era un joven de unos veinte años,
con una cara triste e indiferente, que en aquel pueblo había pocos vecinos,
porque la mayor parte habían muerto de una epidemia reinante.
—¿Hay epidemia aquí?—le preguntamos.
—Sí, desde que pasó el ejército francés en retirada
—contestó él—. Como dejó muchos enfermos en todos los pueblos de su tránsito se
ha corrido el mal.
—¿Y en esta casa ha muerto alguno?—le dijo
Aviraneta.
—Nada más que mi padre—contestó él—. Ahí, en ese
banco donde ustedes están, murió—dijo, señalando al nuestro.
—¿Sería ya viejo?
—No, no era viejo—replicó el joven—. Lo que sí era
que estaba muy gordo. El pobre hombre tenía mucha conformidad. Aquí vivíamos
antes de la guerra mi padre y dos hermanas. Lo pasábamos bien; pero vino la
guerra y nos fastidió.
—Pues ¿qué les ocurrió a ustedes?—le preguntamos.
—Nada; a una de mis hermanas se la llevaron los
austriacos, y a la otra la violaron los franceses y la dejaron embarazada y
sifilítica. Mi padre, al saberlo, dijo que así estaría escrito. Cuando le dió
este mal y se tendió en ese banco, lo único que le molestaba era una go[107]tera que le caía en el cuello. Estuvo unos días
delirando, hasta que murió.
—¡Qué desdicha!
—Sí; entonces un pariente mío y yo le vestimos y le
pusimos los pantalones, cosa difícil, porque estaba muy hinchado. A media noche
el vientre le hizo plaf, y reventó. Fué su única protesta.
El joven posadero nos siguió contando otros
horrores con la misma indiferencia; pero no nos quitó las ganas de comer.
¡Tanto se animaliza uno! Bebimos después, vaso tras vaso, de los licores del
mayor Witkamp; fumamos luego, y nos tendimos en el suelo.
LIBRO TERCERO
DEL RHIN AL TÁMESIS
I
EL JUDÍO DE FRANCFORT
De Darmstadt, pueblo en donde paramos pocas
horas, en un barrio antiguo, con calles angostas y muchos jardines con rejas a
la calle, recuerdo solamente el hermoso parque del palacio ducal.
Entre Darmstadt y Francfort hay una llanura arenosa
y monótona, pobre y sin vegetación.
Llegamos a Francfort por la mañana y nos alojamos
en una posada llamada Cour de Paris. El mayor Witkamp, conocedor de la ciudad,
nos mostró en el puente de piedra sobre el Main los agujeros de las balas y
granadas, huellas de la lucha sostenida allí entre el ejército francés y el
aliado después de la batalla de Leipzig.
Por las calles de Francfort se veían a cada paso
oficiales rusos, austriacos y bávaros, y una nube de mujeres alegres alemanas,
francesas, italianas y polacas.
Unos y otras, según el mayor Witkamp, llevaban la
quintaesencia de la sífilis de Oriente y de Occidente.
Aviraneta, que tenía una gran inclinación por
desacreditar todo lo que fuera autoridad, dijo que había oído que los generales
del ejército aliado, que venían a[110] imponer la
Monarquía de Derecho Divino, eran más ladrones aún que los generales franceses;
que se tragaban armamentos, uniformes, medicinas, como píldoras.
—Todos son iguales, sean franceses, alemanes o
rusos—dijo el mayor Witkamp—. Militar y ladrón son sinónimos.
Después de comer fuimos a un café; y estábamos
hablando castellano cuando se nos acercó un hombrecito, pequeño, moreno, con la
nariz corva, la barba entrecana y los ojos brillantes.
—¿Son ustedes españoles?—nos preguntó.
Y al decirle que sí, se nos quedó mirando
ensimismado y comenzó a hablar.
¡Pero qué manera de hablar! Era un chaparrón de
palabras. Cuando concluía un período repetía afirmativamente: Sí... sí...
sí..., como para no perder el derecho de seguir hablando.
Este hombre era judío, de origen español, y nos
habló de España y de los judíos en un castellano arcaico. Decía agora por
ahora, aínda por todavía, y empleaba giros muy extraños.
—Vosotros los cristianos de Castilla—exclamó
gesticulando—creéis que nosotros os guardamos rencor porque quemasteis a
nuestros remotos, y debíamos guardarlo; pero, no, no tenemos odio.
No; nosotros amamos a España; ése ha sido el país donde hubo un florecimiento
más bello del alma hebraica. Sí, sí, sí, amamos a España, Toledo, Sevilla,
Granada, Córdoba... Allí vivió nuestra raza; allí fueron príncipes, poetas,
banqueros... Sí, sí, sí...
Después se puso a comparar la religión judía con la
cristiana, y decía:
—La religión hebraica es religión de vida; la
cristiana es religión de muerte, y la católica es sólo paganismo, paganismo
nada más. Sí, sí. Y nuestra religión es justicia... Nosotros no tenemos la
palabra limosna; entre nosotros, dar al pobre es restituír, es hacer justicia,
no[111] es dar limosna. Entre nosotros no existe la
limosna. Sí, sí, creedlo, creedlo. Sí... sí... sí...
Y seguía así con aire de inspirado, los ojos
brillantes y las manos temblorosas.
Aviraneta y Riego le escuchaban. No comprendo cómo
podían oír con calma las blasfemias e impertinencias de aquel miserable enemigo
de la religión.
Este judío, que se llamaba Salomón Blumenkhol,
tenía grandes agravios que vengar de los alemanes. Estos bárbaros, en tiempo de
Federico el Grande, habían obligado a los judíos a cambiarse de apellidos y
abandonar sus Levy, sus Cohen, sus Israel, y para burlarse de ellos les habían
dado apellidos ridículos; así él, un Levy descendiente del rey David, se
llamaba Blumenkhol (coliflor), el rabino de Francfort se llamaba Zanahoria, y
otros. Patata, Ratón, Zapatilla, etc.
Los alemanes, según el señor Coliflor, odiaban a
los hebreos; llegaban a poner en las tiendas letreros como éste: «No se permite
la entrada de judíos ni de perros».
El señor Coliflor preguntó a Aviraneta y a Riego si
eran liberales, y al saber que eran masones quiso llevarlos a su casa.
Salimos del café, cruzamos calles estrechas
tortuosas, negras, algunas con las fachadas pintadas y con torres en las
esquinas, y llegamos a la calle de los judíos, Judengasse, calle más miserable
y más estrecha que las demás, en cuyo extremo se encontraba la sinagoga.
Por lo que dijo el señor Coliflor, antiguamente la
calle se cerraba con puertas y cerrojos. El judío nos llevó a su casa, nos
obsequió con té y después nos condujo a una imprenta próxima, donde nos
presentó a un hombre alto y joven que no hablaba francés y con el cual hubo que
entenderse teniendo al judío por intérprete.
Este impresor era de una Sociedad secreta
llamada Tugendbund (asociación de la virtud), constituída con
un objeto mixto, medio liberal, medio patriótico. Parece que los asociados
trabajaban con un enorme entusiasmo[112] por la
unidad alemana formada alrededor de Prusia, y que las dos cabezas principales
eran: el ministro prusiano, barón de Stein, y un poeta llamado Mauricio Ernesto
Arndt, que había publicado canciones patrióticas, atacando a Napoleón y
elogiando a los alemanes.
Aviraneta y Riego quisieron enterarse de lo que
hacían las Sociedades secretas en Alemania, y el impresor habló de la masonería
y de la Secta de los Iluminados, con su procedimiento del triángulo, formada
por Adan Weishaupt y su compañero Filon Knigge. Las dos Sociedades habían ya
casi desaparecido, y con sus restos se habían fundado la Tugendbund y
la Burchenschaft (reunión de estudiantes). Estas, abandonando
las cuestiones místicas y religiosas, se dedicaban a una obra liberal y
patriótica más inmediata.
La Tugendbund conservaba un aire
misterioso y romántico, según nos dijo el impresor. Los individuos que
pertenecían a ella iban a las sesiones vestidos a la antigua alemana, cordón
blanco y negro al cuello, del que colgaba un puñal adornado con una calavera y
la leyenda en latín Ultima ratio populorum.
El impresor nos dijo que a esta Sociedad había
pertenecido Fichte, célebre profesor que había escrito un discurso a la nación
alemana que, a la verdad, ni Riego, ni Aviraneta, ni yo conocíamos.
El impresor afirmaba, con entusiasmo, que Alemania
era el primer país del mundo por su espíritu. La ciencia alemana, la filosofía
alemana, la cultura alemana estaban por encima de todo.
Ya cansados de disertaciones, nos despedimos del
patriota y volvimos a nuestra fonda acompañados del señor Coliflor, que no
quería separarse de nosotros.
II
UN BURGOMAESTRE OSADO Y UNA VIEJA IRACUNDA
Por la mañana nos levantamos muy temprano, y
en vista de que no había posibilidad de encontrar coche, tomamos un carro los
cuatro españoles, el mayor Witkamp y un capitán italiano herido en una batalla
cerca de Dresde. Braquemond, el inválido, sin duda se quedó en Francfort.
El italiano no tenía más preocupación que su
uniforme. Vivía pendiente de que no se le manchara, y constantemente se estaba
mirando las mangas y los pantalones.
De día llegamos a Koenigstein. Era tal el saqueo
que habían efectuado allí franceses y aliados, que no quedaba una migaja de pan
en el pueblo.
El italiano comenzó a quejarse y a decir que con la
debilidad que se encontraba y sin comida se iba a morir. El mayor Witkamp le
alargó una botella de licor para que disimulara un poco el hambre, y seguimos
adelante. El italiano, excitado, nos preguntó qué éramos; le dijimos que
españoles, y nos habló mal de España. Decía que la decadencia de Italia se
debía a los españoles. Si no hubiera sido porque estaba herido y[114] enfermo, le hubiera enseñado a hablar de
nosotros con más respeto.
Llegamos a media tarde a Limburgo y nos dijeron que
allí se cebaba la epidemia de una manera inusitada y que se morían hasta los
perros.
Ganisch, el criado o amigo de Eugenio, dijo que en
su país, cuando había una epidemia semejante, se solía llevar el ángel San
Miguel desde el monte Aralar, de Navarra, y se curaban en seguida los hombres y
las bestias. El sentía que Aralar estuviese tan lejos, que si no...
Aviraneta, de pronto, dijo incomodado que no
comprendía cómo un hombre que andaba con él podía ser tan burro para creer
estas cosas. Ganisch dijo que era lo que decía todo el mundo. Riego se puso de
parte de Aviraneta y yo defendí a Ganisch.
Cuando se explicó al mayor Witkamp de lo que se
trataba, el mayor exclamó:
—¡Supersticiones! ¡Supersticiones!
Olvidamos pronto este punto y discutimos lo que
había que hacer. El italiano dijo que él se quedaba allí porque no podía más;
lo dejamos en una posada que se llamaba Preussiseher Hor, y nosotros seguimos
adelante en el carro.
No sé si era antes o después de llegar a
Altenkirchen, pueblo nombrado porque en él murió el general francés Marceau,
cuando nos paramos de noche en una aldea casi hundida en la nieve.
Llamamos en la posada, y el posadero nos dijo que
nos podía dar unas patatas pagándolas a doble precio, pero que no tenía sitio
donde ponernos a dormir.
Asamos nosotros mismos las patatas al fuego, las
comimos, bebimos un aguardiente muy malo y nos decidimos a tendernos en el
suelo.
El posadero dijo que allí no podía ser, porque
tenía que dormir él con su familia, y que nos fuéramos.
—Nada; vamos a ver al burgomaestre—dijo el mayor.
Salimos de la posada y, pasando por zanjas abiertas
entre la nieve, llamamos en casa del alcalde; le hicimos bajar, y el mayor le
explicó en alemán lo que deseábamos.
Era la primera autoridad del pueblo hombre grueso,
fuerte, de pelo rojo y rapado, la cara redonda, las cejas salientes y el aire
de demonio.
—Aquí no hay camas ni posada—gritó el burgomaestre
furioso—; todas las casas están llenas. Además, este pueblo no es de tránsito
de tropas.
—¿Pero no podríamos entrar bajo techado?—preguntó
el mayor.
—Aquí, no; váyanse ustedes a otro pueblo.
En esto acertó a pasar una patrulla con un oficial.
Al ver nuestro grupo se acercó. Precisamente el oficial había estado en España.
Le expliqué yo lo que pasaba, creyendo que sabría reducir a la obediencia a
aquel bürgermeister bárbaro y selvático; pero, no.
El burgomaestre volvió a asegurar que no había
camas en el pueblo, y añadió que estaba deseando que la epidemia reinante
acabase con todos los militares de la tierra, alemanes, franceses, españoles o
rusos, sanguijuelas del país, gorrones, canallas, bandidos, que no dejaban a
nadie vivir en paz.
Se le dijo que el Ayuntamiento nos podría indicar
un sitio donde dormir y que le pagaríamos lo que fuera. El contestó que el
Ayuntamiento no quería dinero robado.
Como hablaba en alemán, yo no me enteré de las
palabras de tan audaz enemigo del ejército. Si le hubiera entendido le hubiera
castigado a aquel miserable que así insultaba a la institución más noble de la
sociedad, defensora de la patria, espejo de la hidalguía y de los sentimientos
caballerescos en todas las naciones.
En vista de la acogida que nos dispensaban, no
tuvimos más remedio que volver al carro y seguir nuestro camino. La noche
estaba clara y fría; en las afueras del[116] pueblo
había un montón de ataúdes que, sin duda, habían dejado allí por no poder
llevarlos al camposanto. Despedía aquello una peste que echaba para atrás.
Apresuramos la marcha, y a la hora u hora y media de salir pasamos por delante
de una casa bastante grande que había a un lado de la carretera, y nos
decidimos a pedir auxilio.
Llamamos repetidamente durante un cuarto de hora.
La lluvia arreciaba cada vez más. La carretera estaba convertida en un pantano
y nos hundíamos en el barro hasta las rodillas.
En vista del silencio nos decidimos a entrar en la
casa, pasara lo que pasara.
Aviraneta y Riego, el uno por un lado, el otro por
otro, escalaron unas ventanas y entraron en la casa. No había nadie. Abrieron
la puerta, entramos todos, llevamos los caballos al pesebre, y yo, siguiendo el
ejemplo del mayor Witkamp y de los demás, me metí a dormir en una cama.
A la mañana siguiente nos despertó la gritería de
una vieja, guardiana de la casa, indignada de nuestra audacia y desfachatez.
El mayor Witkamp la quiso tranquilizar y pagarle
algo del perjuicio causado; pero la vieja estaba fuera de sí; nos llamó cien
veces ladrones, salteadores, y dijo que iba a ir al pueblo próximo a avisar a
la justicia. Luego, sin duda, pensó que el pueblo estaba lejos y se quedó
refunfuñando.
Nosotros preparamos el carro y continuamos nuestra
marcha. La vieja nos siguió durante algún tiempo tirándonos piedras e
insultándonos, hasta que Ganisch, cogiendo un palo como si fuera un fusil, le
apuntó desde el fondo del carro. Entonces la vieja echó a correr chillando,
volviéndose y amenazándonos con el puño desde lejos.
A media mañana el mayor sacó unos embutidos, un
jamón y un par de quesos de un saco.
—¿De dónde ha salido esto?—pregunté yo.
—Lo he cogido de la despensa de la casa—contestó él
con indiferencia—. También he arramblado con unas botellas.
—¡Cómo estará la vieja cuando lo sepa!—dijimos.
Comimos muy bien; llegamos a Siegburgo, cuyas
posadas y fondas estaban todas ocupadas, y tuvimos que ir a dormir a un pueblo
próximo.
III
EL PASO DEL RHIN Y LA «LANDSTURM» DE COLONIA
Camino adelante íbamos viendo la silueta de
Colonia, con las torres de su catedral no concluídas y los baluartes de sus
murallas.
El mayor holandés se marchó a Mulheim y nosotros
fuimos a Deutz, pequeño pueblo frente por frente a Colonia, que casi se puede
considerar como un barrio, donde se reúnen las barcas para pasar el Rhin, que
en este punto tiene una anchura de un tiro de cañón.
Cuando el río está helado suelen cruzar muy bien
por encima del hielo, de una orilla a otra, hombres y carros, y a veces ha
cruzado hasta la artillería.
Había al llegar nosotros al embarcadero mucho
barullo, porque pasaba un regimiento de coraceros alemanes y este paso del río
era operación larga y difícil.
El Rhin estaba en parte helado y en parte no.
Nosotros nos metimos, sin pedir permiso a nadie, en una de las barcas que
aguardaban en la orilla, ya cargadas de tropa.
Costó mucho trabajo cruzar de una orilla a otra. El
canal transversal se interceptaba con grandes bloques de hielo y había que ir
apartándolos a fuerza de palancas.
Además, el centro del río, que estaba ya
enteramente deshelado, tenía mucha corriente y era muy difícil llevar la barca
en la dirección necesaria.
Algunos pasaron en balsas arrastradas por caballos
que marchaban por encima del hielo.
Ya en la otra orilla estábamos en Colonia, y
entramos en la ciudad.
Colonia había pertenecido a Francia hasta hacía
unos días, y al llegar nosotros la ocupaban los rusos.
La gran preocupación de los comerciantes de Colonia
en aquel momento era borrar todos los nombres de las muestras y anuncios que
recordaban la dominación francesa. El café de París se llamaba desde entonces
de Viena o de San Petersburgo; la fonda de Francia, fonda de Alemania, y allí
donde estaba escrito en francés coiffeur, cordonnier,
se ponía perru ckenmacher, schuhmacher, peluquero y
zapatero en alemán.
Fuimos a ver al gobernador, un coronel ruso que nos
firmó los pasaportes y nos dijo que podíamos seguir el camino por donde se nos
antojase.
Hubiéramos querido ir por la orilla izquierda del
Rhin, por ser el camino más corto; pero nos dijeron que no había aún
diligencias ni postas y que los parajes por donde debíamos pasar eran
inseguros, porque estaban llenos de partidas francesas.
En Colonia nos acomodamos en una posada llamada
Neuhaus (casa nueva), y después fuimos a visitar el pueblo, que nos pareció un
poco irregular, pero muy grande, lleno de vida y de comercio y con muy hermosos
jardines.
Por la tarde, acabábamos de volver de nuestro paseo
cuando oímos un redoble de tambores. Nos asomamos a la ventana. Había un gran
tropel de gente en la calle. Bajamos a la puerta de la fonda para informarnos
del motivo de tanto alboroto, y vimos que todo el mundo salía de sus casas, los
unos con picas, otros con pistolas, otros con sables y escopetas, y echaban a
correr.[121] Algunos estudiantes cantaban, con un
aire parecido al God save the King de los ingleses, un himno
cuya letra comenzaba así:
Heil dir im Siegerkranz
Herrscher des Vaterlands
Heil, Kaiser, dir!,
palabras que parece quieren decir: ¡Salve, coronado
de victoria! Soberano de la patria. ¡Salve, César!
Estos preparativos y estos cantos nos hicieron
pensar si los franceses habrían pasado el Rhin de nuevo y si vendrían a atacar
las pocas tropas que estaban allí acantonadas. Como no entendíamos nada de
cuanto entre sí decían aquellas gentes y las veíamos armarse con tal
precipitación, nos encontrábamos inquietos.
Nos reunimos en la calle con el dueño de la posada,
y éste nos dijo que tales preparativos eran para recibir al gobernador o
comandante del reino de Westfalia, príncipe alemán que iba a entrar momentos
después en Colonia.
Ya más tranquilos, fuimos de nuevo a pasear. En las
casas encendían hogueras y luminarias; la música del pueblo salía a una de las
entradas de la ciudad para tocar a la llegada del príncipe. Toda esta gente
armada formó en las calles próximas al Palacio del Gobierno y de Justicia, por
donde había de pasar el gobernador, dejando en medio sitio suficiente para la
comitiva.
A esta milicia, rápidamente organizada, parece que
llaman en alemán landsturm, o leva en masa. La landsturm de
Colonia se acababa de crear cuando salieron los franceses, y tenía por objeto
defender el país en ausencia de las tropas, que en su totalidad habían pasado a
Francia.
Aviraneta no quiso presenciar la ceremonia de
recibir al gobernador y nos volvimos hacia casa. Antes de llegar a la posada,
Eugenio nos propuso meternos en un café a tomar un ponche, y así lo hicimos. El
café estaba[122] vacío; como era natural, todo el
mundo había salido con la landsturm a presenciar la entrada
del príncipe.
Unicamente en una mesa vimos a un hombre alto con
una porción de papeles delante. Nos sentamos a su lado y observamos que en los
papeles tenía muchos cálculos complicados. Aquel hombre debía de ser algún
profesor o inventor. De cuando en cuando hacía números y ecuaciones; luego se
quedaba mirando al techo como esperando algo.
Daba la impresión de que para él no existían los
demás.
Aviraneta, que era hombre que siempre le gustaba
llevarme la contraria, señalando al desconocido dijo:
—Es muy posible que dentro de cien años se hable de
este hombre como de un personaje eminente, y, en cambio, no se sepa quién era
el fantasmón que entra ahora en Colonia en medio de aclamaciones y músicas.
Como yo creo que hay que dejar a cada loco con su
tema, no contesté.
Tomamos nuestro ponche y poco después se presentó
en el café un grupo de estudiantes; comenzaron a beber cerveza, y uno de ellos
se subió a una mesa y entonó canciones patrióticas con un gran fuego, coreadas
por tempestades de aplausos.
Nosotros nos levantamos y nos fuimos a acostar.
Desde Colonia hasta la entrada de Holanda
pasamos Dusseldorf, Arnhem y Múnster, y de este pueblo, notable por sus
anabaptistas, tomamos el camino de Zwolle, que nos dijeron era el mejor.
Ibamos en una silla de posta abierta. Hacía un frío
terrible; el camino estaba cubierto de nieve y tenía no solamente agujeros y
baches, sino verdaderas lagunas de más de una vara de profundidad, en parte
heladas y en parte, no.
En los sitios donde el hielo se hallaba compacto,
los caballos corrían por encima fácilmente; pero donde se encontraba roto y a
medias fundido, se hundían las ruedas y era muy difícil salir del atranco.
Afortunadamente, los caballos eran buenos y el
cochero muy hábil. Gracias a esto pudimos salir con fortuna de aquellos malos
pasos.
Después de la silla de posta tomamos un carro y,
molidos por el traqueteo de cincuenta horas de camino, llegamos a Zwolle,
pueblo de Holanda, a no mucha distancia del golfo de Zuidersee.
Zwolle es un pueblo muy limpio, de calles rectas.
Preguntamos si podríamos encontrar barco para Inglaterra en el Zuidersee, y nos
dijeron que probablemente no lo encontraríamos. En vista de esto tomamos
asiento en[124] la posta para Utrecht, con la idea
de ir a La Haya, en donde nos dijeron hallaríamos con seguridad transportes.
En Nijkerk nos encontramos sin tiros al llegar a la
posta. Había pasado unas horas antes el hermano del príncipe de Orange con
mucha comitiva, llevándose todos los caballos. Tuvimos que aguardar a que
trajesen otros, sentados al lado de la estufa, dando cabezadas, hasta la noche,
en que volvimos a ponernos en camino.
Llegamos a Utrecht, ciudad hermosa, con calles
magníficas, de mucho comercio y hermosos canales. El cochero nos dijo con sorna
que en Utrecht se recordaba mucho a Carlos V y a los españoles; pero parece que
se les recordaba como a una enfermedad mortal.
Paramos poco en Utrecht; tomamos una diligencia con
cuatro caballos y salimos en dirección a Leyden, con tiempo claro y muy frío.
Los caminos en Holanda están muy bien cuidados;
pero son estrechos hasta tal punto, que en algunos parajes, si se encuentran
dos coches, el uno o el otro tiene que pararse.
Los árboles de la carretera, muy bien cuidados,
forman alamedas, y por entre su ramaje se ven canales de agua inmóvil.
Cuando pasamos nosotros, los canales estaban
helados, y en la proximidad de los pueblos los chicos patinaban y se deslizaban
en trineos.
Continuamente, a un lado y a otro de la carretera,
aparecían granjas, huertas, jardines, bosques, casas de madera, todo limpio y
arreglado.
Los holandeses son gentes que lavan con frecuencia
las fachadas de sus casas y se cuidan de los más pequeños detalles; así que su
país da una impresión de orden y de limpieza muy agradable.
Llegamos a Leyden, ciudad rodeada de agua por todas
partes, con el río, un canal alrededor como el foso[125] de
una ciudad amurallada, y otros varios canales por las calles.
El pueblo estaba amotinado contra los franceses,
que ya se habían marchado de allí; manera de amotinarse muy cómoda. Al parecer,
los soldados de Napoleón, mientras ocuparon Leyden, no habían dejado hueso sano
a los hombres, ni doncella íntegra en unas leguas a la redonda.
Los habitantes de Leyden se habían vengado de los
invasores, cogiendo a los dependientes encargados del cobro de derechos que
percibía el Gobierno francés, metiéndolos en toneles y echándolos al agua.
Llegamos a La Haya y fuimos a la posada del
Aguila de Oro. En la mesa se sentó junto a nosotros un comerciante inglés con
su hija, muchacha muy bonita.
La inglesa, al saber que éramos españoles, expresó
cándidamente su sorpresa.
—¿Por qué le choca a usted?—le preguntamos
nosotros.
—Porque yo he oído decir que los españoles son tan
crueles y tan feroces, que no creía tuvieran el aspecto de las demás personas.
Aquello me indignó.
Aviraneta, tomándolo a broma, dijo a la inglesa:
—¿De manera que usted creía que la generalidad de
los españoles tendrían todavía peor aspecto del que tenemos nosotros? Es decir:
que suponía usted que eran más flacos, más negros y más feos que nosotros. No,
no, señorita; no todos son como nosotros. Hay alguno que otro presentable.
Riego, que sabía algo de inglés, dijo en serio:
—Mire usted, señorita. No tiene duda que los
españoles hemos hecho, en todos los tiempos, muchas barbaridades; pero crea
usted que no las han hecho menores los ingleses, los franceses, los alemanes o
los holan[128]deses. Si nosotros hemos sido crueles, tan
crueles han sido ellos; si hemos sido ladrones y piratas, ladrones y piratas
han sido ellos. Lo único que no hemos sabido hacer tan bien como ustedes ha
sido vestir nuestros crímenes históricos con el manto de la hipocresía.
—Pero ustedes mandaron la Armada Invencible para
destruír Inglaterra—dijo la muchacha.
—Y ustedes mandaron la escuadra de Nelson a
Trafalgar. Sólo que la Armada Invencible tuvo la mala suerte de desaparecer en
un temporal, y la de Nelson la buena suerte de echar abajo nuestros buques.
La señorita inglesa no quería reconocer esta
identidad; suponía que Inglaterra había vencido siempre porque tenía la virtud
y llevaba al lado a San Jorge, que la protegía.
El padre de la muchacha, más transigente, nos
decía, llenando su vaso:
—Sí, sí; hacen ustedes bien en defender su bandera,
jóvenes. Antes que nada, la bandera.
Y vaciaba el vaso de un trago.
El día siguiente nos presentamos en casa del
embajador inglés lord Clancarty a que nos dieran los pasaportes para entrar en
Inglaterra.
El embajador, que era un inglés de estos ridículos
y soberbios, nos trató muy desdeñosamente, y después de hacernos esperar mucho
tiempo, nos envió los documentos con un criado.
Hecha esta diligencia, volvimos al hotel.
Había por las calles de La Haya gran animación. El
príncipe de Orange acababa de llegar procedente de Inglaterra, en cuyo país
había permanecido el tiempo que Holanda estuvo ocupada por los franceses.
Con este motivo se celebraban fiestas y se
organizaban cuerpos de voluntarios que iban a reunirse a los aliados.
Aviraneta decía que era cosa extraña que los
pueblos que se habían prestado a morir por unos reyes que se escapaban de su
país en el momento del peligro los recibieran a éstos, al volver, con
entusiasmo.
Aviraneta no podía comprender que un rey no es un
hombre. No estábamos en aquellos momentos para discutir, porque nos
encontrábamos cansados de tanto ajetreo.
Creíamos que podríamos embarcarnos en el puerto de
La Haya, llamado Scheveninguen, al día siguiente; pero allí no había ningún
paquebote inglés y nos dijeron que teníamos que ir a las bocas del Mosa.
Nos resignamos a quedarnos en La Haya por aquella
noche. En la fonda, en la mesa, encontramos un chino que iba a embarcarse para
su tierra.
Sabía un poco de francés y de español y hablamos
con él. Yo le dije que iría verdaderamente asombrado de la civilización de
Europa, y me contestó que no; que Europa le parecía una cosa despreciable. Me
quedé atónito. Riego y Aviraneta se reían.
Preguntándole por qué tenía una idea tan mala de
nuestro continente, dijo que en su país no se mataban los hombres como en
Europa, ni se quemaban las casas; que allí el matar no tenía valor, sino el
saber y las virtudes.
Le quise convencer de que debía tener más respeto
por nuestra civilización, primeramente por creer nosotros en la única religión
verdadera, que es la Católica Apostólica Romana, establecida por Cristo y su
Iglesia, y gozar nuestros países de los mayores adelantos, a lo que contestó el
chinito que la única religión verdadera es la establecida por Buda, y que hay
mayores adelantos en China que en Europa.
Si hubiéramos estado en España le hubiera dirigido
a algún sabio padre inquisidor para que convirtiera a aquel bárbaro; pero en
Holanda descuidan los asuntos de conciencia y no hay inquisidores.
El tal chino era malicioso en extremo y se burlaba
de cuanto veía de una manera verdaderamente molesta.
Ya no me faltaba más sino que, después de haber
sido vejado durante todo el camino por alemanes, holandeses, italianos e
ingleses, viniera un ridículo chino a reírse de uno.
Al día siguiente, en compañía del chino, salimos de[131] La Haya por las calles, adornadas con arcos de
triunfo y guirnaldas para el paso del príncipe de Orange.
Llegamos a Maassluis, e inmediatamente fuimos al
embarcadero a pasar un brazo de mar que comunica con el río Mosa.
En la punta del muelle encontramos un correo de
gabinete inglés que se llevó con su comitiva las barcas. Esperamos a ver si
volvía; pero como tardaba mucho, después de calarnos hasta los huesos, tuvimos
que retornar al pueblo.
Las posadas en Maassluis estaban ocupadas y nos
repartieron en casas particulares. A mí me llevaron a la de un médico, donde no
había nada que comer. Parece que el domingo hay por allá la costumbre de tener
las tiendas cerradas. Comí unas patatas y un poco de queso y estuve en un
cuarto calentado con una estufa de turba, que olía muy mal y que me dió dolor
de cabeza. Mientrastanto, el médico, cirujano, o lo que fuese, me echó un
discurso en mal francés, diciendo que explicara a los españoles lo que era la tolerancia,
y cómo allí convivían los católicos, los presbiterianos, los luteranos y los
judíos en paz. Le dije que esto sería cierto, pero que en España, en cambio, no
se tenía la costumbre de molestar a los huéspedes.
Se calló el médico y no me habló más.
VII
EFECTO DE SOL EN EL TECHO DE UNA POSADA
Al día siguiente pasamos la desembocadura del
Mosa y salimos a Brielle. De Brielle marchamos a Hellevoetsluis, que está en
una gran ensenada. De aquí salían casi diariamente paquebotes para Inglaterra.
En Hellevoetsluis las posadas estaban llenas; no
cabía en todo el pueblo una rata, y nos dijeron que fuéramos a alojarnos al
cuartel. Fuimos a ver el cuartel, que era un lugar horrible y sucio.
En vista de esto, nos dedicamos, cada uno por su
lado, a ver si encontrábamos posada.
Yo vi un cuarto como un camarote, que lo alquilaban
por dos coronas inglesas; Riego, una alcoba en una casa; Aviraneta dijo que lo
único con que se había topado era una sala de billar, y Ganisch, que tardó
mucho, dijo que había encontrado un cuarto magnífico, cómodo y barato, en una
posada de los alrededores.
Riego se quedó en el pueblo, y nosotros fuimos con
Ganisch, y, efectivamente, nos hallamos con un cuarto muy hermoso, con dos
camas.
La dueña de la casa era una vieja que tenía una
criada rubicunda, gruesa, muy blanca, con la cara ancha, algo parecida a esas
mujeres de los cuadros de Ru[134]bens. Ganisch comenzó a
andar tras ella, mientras Aviraneta y yo charlábamos.
Cenamos muy bien, nos acostamos en el cuarto grande
Eugenio y yo, y nos despertamos con un espectáculo verdaderamente grotesco.
Había concluído de rezar mis oraciones y estaba en
el momento de conciliar el sueño, cuando oí un grito y un ruido de cascotes que
caían sobre mi cama.
—¡Eugenio!—dije.
—¿Qué?
—¿Has oído?
—No; ¿qué pasa?
—Que cae algo de arriba.
—No he oído nada.
Encendí la luz, miré al techo, y ¡cuál no sería mi
asombro al ver que éste cedía e iba apareciendo encima de mí, entre briznas de
heno, como un sol de carne, la parte posterior de la criada rubicunda de la
posada!
—¡Eh!, ¿qué es eso?—exclamó Aviraneta, como si la
parte aquella al descubierto de la criada le fuera a contestar.
Aviraneta se levantó de la cama, se puso un abrigo,
salió del cuarto y subió las escaleras al pajar. Por lo que me dijo, se
encontró a Ganisch, que intentó esconderse, y ayudó a la criada rubicunda a
salir del atranco en que estaba, pues por poco se cae desnuda encima de mí.
Después de haber aconsejado a los dos que escogieran sitio más sólido para sus
experiencias, se volvió a acostar, riendo a carcajadas.
Al día siguiente, salimos de la posada de la criada
rubicunda y nos fuimos a ver a un comisario inglés, a pedirle plazas en un
barco.
El comisario era tipo quisquilloso y antipático, y
nos dijo que debíamos pagar los billetes por anticipado, si queríamos que se
nos reservaran los puestos. Lo hicimos así, y nos dijo que nos presentáramos al
día siguiente, por la mañana, en el muelle.
VIII
EL «FÉNIX», LA «SOFÍA» Y EL «VULCANO»
A las ocho de la mañana estábamos en el puerto
Riego, Aviraneta, el chino de La Haya, Ganisch y yo.
Nos dijeron que nos apresuráramos, porque el Fénix iba
a salir.
Los bateleros nos hicieron pagar la friolera de
tres coronas inglesas por persona por llevarnos al buque, que estaba a un tiro
de fusil.
Llegamos al Fénix, y el barco se quedó
sin moverse. Intentó salir, y no salió. En vista de esto volvimos al muelle,
hablamos al comisario inglés, y éste nos dijo que la que partía de veras era la
corbeta Sofía, que iba directamente a España. Dijimos al comisario
inglés que nos devolviera el dinero, que iríamos en la Sofía; pero
el comisario contestó que no, que nada tenía que ver un barco con otro.
Nos metimos en una lancha, que no nos costó tanto
como la primera, y fuimos a la Sofía. El buque era un brick
holandés pequeño; llevaba treinta oficiales españoles, sesenta soldados, entre
ellos algunos ingleses, y otros pasajeros.
No había sitio para tanta gente.
Llegó la hora de comer, y nos dieron como ración
para seis un pedazo de carne salada de tres libras, un[136] poco
de harina, un puñado de pasas, un cuartillo de ron y galleta.
Algunos oficiales fueron a pedir más ración; pero
el capitán les volvió la espalda. Aviraneta tenía dinero y compró suplementos
al cocinero, y además contrató con él que nos hiciera la comida. Con la harina,
metida en un saco de lienza, las pasas y un poco de sebo hacían un pudding muy
pesado; una pasta que parecía de engrudo.
A la mañana siguiente creímos que íbamos a salir, y
nada; en cambio, el otro transporte, el Fénix, donde habíamos
estado el día anterior, pasó por delante de nosotros con las velas desplegadas.
El chino nos saludó al pasar, y nos dijo en
castellano, maliciosamente:
—Buda puele más que Clisto.
No quise contestar nada a aquel pobre salvaje.
El capitán de la Sofía, al ver nuestra
desesperación, dijo que a la mañana siguiente saldríamos.
Vino la mañana; los marineros empezaron sus
preparativos; todos los soldados y oficiales ayudamos a la maniobra, tirando de
los cables; pero el barco no se movió. El capitán, muy tranquilo, dijo que
la Sofía estaba encallada en arena y que había que esperar a
que la marea subiera más.
Al día siguiente ocurrió lo mismo; la Sofía no
quiso salir. Tres días pasamos así, sometidos al capricho de la Sofía y
al pudding con engrudo, hasta que el capitán confesó que el
barco se iba poniendo muy pesado y que había que descargarlo para que pudiera
moverse.
Bajamos a tierra y volvimos a ver al comisario
inglés. El hombre, cínicamente, dijo que el haber pagado antes no valía, y
solamente a Ganisch, al ver que no se separaba de él y se miraba los puños, le
devolvió el dinero.
Por la tarde llegó un transporte inglés, el Vulcano.
Intentamos embarcar, pero nos dijeron que no podía
ser. Acababa de venir un embajador austriaco que iba a[137] Londres
con su séquito y le habían reservado todos los puestos del transporte.
Aviraneta se puso como un loco y dijo mil disparates y barbaridades, sin
comprender que los diplomáticos tienen asuntos más importantes que las demás
personas.
El comisario indicó que nos prepararían otro
transporte, cuando llegó un aviso de que el embajador austriaco no podía salir
aquel día. Por lo tanto embarcábamos para Londres.
—¡No se pueden ustedes quejar!—nos dijo el
comisario inglés.
Nosotros torcimos el gesto. Era demasiada broma.
Ganisch hizo una de las suyas: al subir al barco aparentó que tropezaba, se
agarró al comisario inglés y cayó con él al agua.
El inglés salió sin sombrero y chorreando como un
perro, y esta falta de respeto de Ganisch fué muy celebrada por Aviraneta y por
todo el equipaje del barco.
Se puso el Vulcano en
franquía, enderezó el rumbo a Inglaterra, y a las diez o doce horas de
navegación, después de marearnos todos, pasamos las corrientes del Canal de la
Mancha y entramos en el Támesis.
Estuvimos en Londres sólo unas horas; Riego se
quedó allí, donde formó un cuerpo militar con muchos refugiados españoles, y
volvió a la península meses después.
Aviraneta, Ganisch y yo tomamos pasaje para España
en un paquebote, en donde iban únicamente treinta y tantos pasajeros. La
navegación fué feliz y el tiempo bueno.
Al acercarnos a La Coruña, al pasar por delante del
castillo de San Antón, se levantó de improviso una racha de viento favorable,
que aprovechamos para acercarnos a la ciudad; con el anteojo veíamos a la gente
que se agolpaba en el paseo de la Alameda. Luego el viento se nos puso de proa
y creíamos que no podríamos pasar. Así estuvimos un cuarto de hora, al cabo del
cual cambió el viento, y entramos en el puerto a las tres y media.
El muelle y el paseo estaban ocupados por una
multitud que nos recibió con aclamaciones y aplausos.
Bajamos y fuimos a una posada de la calle Real.
Por la tarde me llamó el general Lacy, que mandaba
el ejército, y me dijo que se iban a formar dos batallones con los oficiales y
clases que venían repatriados.
En dos días se organizaron los batallones y nos
pasó revista Lacy. Una semana más tarde mandó formar el cuadro en el patio del
cuartel y pronunció una corta arenga. Después se celebró la jura.
En el centro del patio se había levantado una pila
con tambores, poniendo encima los Evangelios, un ejemplar de la Constitución y
la bandera del regimiento.
Juraron el nuevo Código nacional: primero, el
coronel y un oficial de cada grado; en seguida, un sargento, un soldado y un
cabo de cada batallón.
El general Lacy recogía el juramento con el
tricornio en la mano. El que iba a jurar se arrodillaba delante de los
tambores, colocando la mano en el libro santo.
Preguntaba el general:
—¿Juráis a Dios y prometéis guardar y hacer guardar
la Constitución y defender al rey?
—Sí, juro.
—Si así lo hacéis, Dios os lo premie, y si no, os
lo demande.
Después de esta ceremonia me reuní con Aviraneta,
que me dió cuenta del dinero que le había entregado mi madre y de la forma en
que lo gastó.
Yo no quise oírle; le abracé y le rogué que se
quedara con lo que sobraba. El no aceptó, y entonces nos lo repartimos entre
los dos.
Poco después hubo en La Coruña varios días de
iluminación por la llegada de Fernando VII a Madrid. El general Lacy fué
suspendido de su empleo y sustituído por Bassecourt, lo que a los
constitucionales sentó muy mal.
Al despedirme de Aviraneta le pregunté:
—¿Y ahora, qué vas a hacer?
—Me voy a Soria o a Navarra a vegetar.
Yo marché a Madrid a abrazar a mi madre.
UNA INTRIGA
TENEBROSA
LOS HOMBRES DE LA CONSPIRACIÓN DEL TRIÁNGULO
HABLA LEGUÍA
En el tiempo a que me refiero, el restaurante
del Rocher de Cancale era muy célebre en París.
Ni los salones de Very o de Vefour, ni la celebrada
fonda de los Hermanos Provenzales, podían competir en fama con el Rocher de
Cancale entre los discípulos y practicadores de las suculentas teorías de
Brillat-Savarin.
Una noche, de sobremesa, después de cenar con
varias personas en el Rocher, oí la historia que voy a contar al barón de
Oiquina.
Era a fines de 1840. Había ido yo a París desde
Bayona con una comisión de Aviraneta para don Vicente González Arnao, personaje
de larga historia que en las postrimerías de la primera guerra carlista fué el
intermediario entre el Gobierno de María Cristina y el cabecilla Muñagorri.
Este Muñagorri, escribano de Berástegui, hacía la guerra al carlismo con la
bandera Paz y Fueros.
En el fondo, el cabecilla-escribano era una
creación de Aviraneta, y su proyecto de escisión del carlismo estaba copiado de
otro de don Juan Olavarría, el cual había presentado al Gobierno, hacía años,
una Memoria considerando la bandera de Paz y Fueros como un buen medio de
acabar la guerra.
Muñagorri no tuvo el éxito que se esperaba de él.
Era hombre ligero, de pocos arrestos y, sobre todo, de poca sindéresis. A pesar
de esto, algo contribuyó a descomponer el carlismo, y hubiera contribuído más
si el cónsul de Bayona, Fernández de Gamboa, esparterista y enemigo de toda
transacción, no hubiese opuesto una serie de obstáculos y dificultades a la
empresa.
González Arnao, partidario como Aviraneta de acabar
la guerra a todo trance, creyó que la campaña de Muñagorri podría ser útil y
trabajó para ayudarla con lord John Hay y con el embajador de España en París,
marqués de Miraflores.
Arnao, muy patriota, tenía gustos e inclinaciones
de parisiense más que de español, a pesar de ser hijo de Madrid; cosa no muy
rara, porque había vivido cerca de treinta años en la capital de Francia.
Cuando le conocí yo, Arnao era muy viejo, pero se
conservaba derecho y fuerte.
Como la mayoría de los hombres de esta época, había
tenido una vida doble. En tiempo de Carlos IV fué profesor de Física
experimental en la Universidad de Alcalá, síndico del Ayuntamiento de Madrid y
abogado.
Por esta época publicó, en colaboración, el Diccionario
histórico-geográfico de Navarra y de las Provincias Vascongadas.
Formó parte, en 1808, de la Junta de Bayona, y al
tomar posesión de la corona de España José Bonaparte le nombraron consejero de
Estado.
En 1813 tuvo que huír a Francia con todos los que
habían aceptado el Gobierno del intruso.
Don Vicente estuvo en París hasta 1820, y cuando[143] el Gobierno anuló el decreto de la Junta Central
de Cádiz, en que declaraba a los ministros y empleados del rey José traidores a
la patria, a la religión y al rey, volvió a España con otros josefinos.
Era González Arnao hombre sinceramente liberal;
amaba la libertad como algo necesario para la vida, y no le preocupaba gran
cosa la cuestión de personas.
Al entrar en España vió que no se podía vivir en
Madrid; que entre comuneros y masones estaban acabando con el régimen
constitucional; quiso mediar entre unos y otros, y enemistado con los dos
bandos, se volvió a París.
En el lapso de tiempo comprendido entre la segunda
época constitucional y la primera amnistía otorgada por Fernando VII poco
después de su matrimonio con María Cristina, don Vicente llegó a ser el abogado
de los proscritos españoles, no sólo de Francia, sino de toda Europa.
Tenía Arnao por entonces su despacho en una de las
calles más animadas de París, la del Faubourg Montmartre, y su casa era un
constante subir y bajar de personas que iban a consultarle.
Entre los políticos y escritores franceses contaba
Arnao con amigos ilustres, y en esta época sentaba con frecuencia a su mesa a
Destutt Tracy, a Armando Carrel y al historiador Mignet.
González Arnao podía alternar con ellos; era un
hombre muy culto; sabía el latín y el griego admirablemente y conocía a la
perfección los idiomas modernos: el francés, el inglés y el alemán.
A fines de 1831, Arnao marchó a España y dejó su
bufete a su secretario y socio, un catalán llamado Pagés.
En 1838, don Vicente volvió de nuevo a Francia y
estuvo en Bayona y en París por asuntos relacionados con la guerra carlista.
Mientras él acudía a la Embajada de España y celebraba consultas en la calle
del Fau[144]bourg Montmartre, su antiguo secretario
corría medio París en su cabriolé.
Arnao, a quien fuí a visitar por encargo de
Aviraneta y a darle datos de las conjuras que se fraguaban en Bayona para
reanudar la guerra después del Convenio de Vergara, me recibió muy
afectuosamente.
Después de una larga conferencia me dijo:
—¿Quiere usted comer esta noche conmigo?
—Con mucho gusto.
—Comeremos en el Rocher de Cancale. ¿Sabe usted
dónde está?
—No.
—Pues entonces mi amigo Pagés le irá a buscar a su
casa. ¿Dónde vive usted?
—Vivo en el hotel de Embajadores, calle de Santa
Ana, 75.
—¡Oh, lo conozco! Allí hemos conspirado los
españoles durante mucho tiempo. Espere usted a Pagés; irá a buscarle al
anochecer.
—Muy bien. Le esperaré.
Me fuí a la fonda, y, efectivamente, antes del
anochecer se presentó el señor Pagés a buscarme. Subimos al coche, que esperaba
a la puerta, y nos encaminamos al Rocher de Cancale.
Aguardamos un rato y, uno tras otro, se presentaron
los tres comensales que iban a cenar con nosotros. En total éramos cinco:
Arnao, Pagés, un cura vizcaíno, don Ignacio, que hacía mucho tiempo vivía en
París, expulsado de España por afrancesado, y el barón de Oiquina.
El barón de Oiquina era un viejo que, a pesar de
ser exageradamente atildado en el vestir, resultaba no sólo un hombre serio,
sino una persona respetable.
Tendría el barón más de setenta años; era
sonrosado, de ojos azules, de cabellos blancos, que parecían vellones de lana.
Iba rasurado, vestía de claro y tenía el tipo y el porte de un lord inglés.
Su larga permanencia en Francia le hacía hablar con
giros extraños y con muchos galicismos.
El barón de Oiquina vivía habitualmente en una
propiedad de una hermana suya, próxima a Bayona, y había ido por entonces a
París a pasar unos días.
Por lo que me dijo Arnao, el barón había sido
subprefecto de Valladolid en tiempo de José Bonaparte, y en vez de evolucionar,
como casi todos los afrancesados, en sentido reaccionario, se distinguía por
sus ideas avanzadas.
Durante la comida, Arnao, el barón y el cura don
Ignacio recordaron escenas, anécdotas y personas de España y Francia.
Salieron a relucir el general Mina, Galiano,
Mendizábal, Istúriz, Lafayette, el general Berton, Caron, Vaudoncourt, Cugnet
de Montarlot, y otros más.
—¿Y usted no le ha conocido a Aviraneta?—le
preguntó González Arnao al barón, de pronto—. Este caballero, el señor Leguía—y
me señaló—, es amigo suyo.
—¡A Eugenio de Aviraneta! ¡Sí, hombre! Le he
conocido cuando era un muchacho joven como lo es ahora el señor Leguía.
—Entonces hará mucho tiempo.
—¡Figúrese usted! El año 12.
—¡Qué raro!
—Sí; yo era subprefecto de Valladolid por el
Gobierno de José Bonaparte. Un día se me presentaron dos jóvenes, acompañados
de un capitán francés, que les recomendaba para que les diera un pasaporte.
Dijeron que eran comerciantes; pero yo sospeché que eran guerrilleros—. Y
¿hacen ustedes mucho comercio?—les pregunté—. Sí; no estamos
descontentos—contestó uno de ellos, que era Aviraneta; y un relámpago de ironía
brilló en sus ojos. Aquella mirada y aquel perfil de aguilucho no se me borró
de la imaginación. Cuatro años después le volví a ver en París... ¡Aviraneta!
¡Qué[146] tipo! Ha debido tener una vida curiosa
ese hombre. ¿Estará ya viejo?—preguntó el barón.
—No mucho—dije yo.
Habíamos concluído de comer y de tomar café y,
retirándonos de la mesa, nos preparábamos a encender unos habanos.
—Don Joaquín—dijo Arnao, dirigiéndose al barón.
—¿Qué quiere usted, querido?
—Creo que le conozco a usted bastante bien.
—Es posible; no digo que no.
—He notado que el nombre de Aviraneta le ha
sugerido intensos recuerdos...
—Sí; es cierto.
—¿No querrá usted contarnos en qué circunstancias
conoció usted a Aviraneta cuatro años después de verle en Valladolid?
—¿Qué supone usted?
—Supongo que Aviraneta y usted no estarían quietos
cuando se encontraron por segunda vez en París y que tramarían alguna cosa.
—¿Y quiere usted que la cuente?
—Creo que nos haría usted pasar un buen rato
contando lo que fué.
—Estos señores se van a aburrir... preferirán ir al
teatro... a ver Lázaro el pastor, la última obra de Bouchardy, el
éxito del día.
—Yo, por mi parte—dije—, prefiero oírle a usted que
ir a cualquier teatro de París.
—Muchas gracias.
El socio de Arnao pretextó que tenía que verse con
un agente, y se fué; el cura don Ignacio, González Arnao y yo acercamos
nuestras butacas a la del barón. Este su puso a contemplar melancólicamente la
ceniza de su cigarro hasta que levantó la cabeza y comenzó así su relato:
LIBRO PRIMERO
DE PARÍS A MADRID
I
ANTECEDENTES
Como ha supuesto usted muy bien, mi querido
Arnao, el nombre de Aviraneta me ha sugerido recuerdos de cosas y de hombres de
otra época: Mina, Renovales, Yandiola, Richart, Arquez... ¡Qué tiempos! ¡Qué
entusiasmo!
El señor Leguía, no, porque es muy joven; pero
ustedes recordarán que cuando la primera reacción de 1814 todos se asombraron
en España y en Francia de que la resistencia de los liberales españoles fuese
tan débil.
La razón principal era que había aún en Francia y
en Inglaterra muchísimos cientos de oficiales y de soldados de ideas liberales
que, prisioneros en los depósitos, no habían vuelto a España.
Además, nos encontrábamos en la emigración los que
habíamos ejercido algún cargo con Bonaparte.
Fernando VII sabía que la ocasión de recobrar el
poder absoluto era oportuna, y los informes del duque de San Carlos, a quien
envió a Madrid con nombre supuesto a explorar los ánimos de los políticos y
generales, le confirmaron la idea de que la reacción era fácil.
Cierto que se decía que algunos caudillos de la
guerra[148] de la Independencia, como Mina, Lacy,
el Empecinado, Villacampa, Renovales, se inclinaban a la Constitución; pero era
solamente la parte plebeya y guerrillera, porque los generales palaciegos, los
Castaños, los Palafox, los Eguía, los Montijo, estaban por el absolutismo.
Se creía por muchos que se había implantado en
España el poder personal y teocrático a gusto de todos, cuando al cabo de unos
meses se comenzó a hablar de que se fraguaban conspiraciones.
Primeramente se descubrió una en Cádiz, y se mandó
allí de comisario regio a Negrete, hombre que para mucho tiempo dejó fama de
bárbaro por sus procedimientos inquisitoriales.
Esta conspiración inventada por el Gobierno, no
tenía más objeto que limpiar Cádiz de liberales y de masones, atemorizarlos y
hacerles huír.
Después se levantó don Francisco Espoz y Mina con
la División Navarra, e intentó, en unión de su sobrino Mina el Mozo, del
coronel Asura, de Górriz y de otros, apoderarse de la ciudadela de Pamplona, de
noche, aprovechando un tumulto que debía estallar en la ciudad, y proclamar la
Constitución.
El comandante de uno de los regimientos mandados
por Mina, después realista célebre, don Santos Ladrón, fué el que denunció la
empresa.
Ladrón era amigo de Mina el tío y rival y enemigo
de Mina el Mozo. Los dos eran jóvenes; los dos, estudiantes; los dos, navarros
de pueblos vecinos: Mina, de Idocin, y Ladrón, de Lumbier.
Ladrón era realista furioso; Mina el Mozo, liberal
exaltado; Ladrón y Mina eran valientes; pero Mina, además, era audaz,
conquistador, de estos mozos que arrastran a los hombres y se hacen querer por
las mujeres.
La envidia de Ladrón por Mina influyó en el fracaso
de la empresa liberal de Pamplona, que costó la vida al coronel don José Górriz
y al mayor Cía, fusilados delante de los muros de la ciudad navarra.
Los españoles gozaron unos meses de calma.
La guerra de la Independencia había sido funesta
para nuestra cultura.
En Madrid se volvió a la estolidez y a la ñoñería
habituales. No se publicaban mas que folletitos contra los liberales y masones;
se adulaba al rey de la manera más vil, y por toda literatura se daban a la
estampa historias de bandidos, de ahorcados y de almas en pena; los cuarenta y
ocho motivos que tiene el hombre para no casarse, y otras obras igualmente
importantes.
La salida de Napoleón de la isla de Elba produjo en
todas las testas coronadas de Europa un enorme pánico. Fernando y sus ministros
amainaron en la persecución contra los liberales.
Se dijo que Napoleón iba a dejar a Francia con un
gobierno democrático; que abdicaría de ser emperador para llamarse generalísimo
de la República, y se añadió que iban a traer de nuevo a España a Carlos IV.
Lo único que resultó algo cierto fué que el
elemento republicano se agitó en Francia y que los reyes de la vieja Europa
temblaron a la idea de que Napoleón se consolidara en el trono.
Pasaron los Cien Días; vino Waterloo y volvieron
Fernando y los suyos a su persecución contra los liberales.
La primera conspiración de que se ocupó el Gobierno
español después de los Cien Días fué una supuesta tramada en el café de
Levante, de Madrid.
Como yo tenía gran curiosidad y gran deseo de que
pasara algo en España, me enteré de lo que era.
No había tal conspiración. Lo ocurrido fué que en
ese café, por aquella época, se habían reunido unos cuantos señores de ideas
liberales y habían hablado de la posibilidad de que Napoleón volviera a dominar
en Francia y de que Fernando tuviera que huír.
A los serviles ministros del tirano esto les
escandalizó tanto, que tuvieron que condenar a presidio a varios[150] de aquellos señores por haber puesto en
ridículo, como decía la Gaceta al hablar de este asunto, las
constantes virtudes del mejor de los reyes.
De los conspiradores del café de Levante, tres o
cuatro eran abogados; uno, un teniente, don Ramón de Latas, y otro, un músico
de la Real Capilla, llamado Balado, que dijo no conocía los designios de sus
amigos. Naturalmente, no tenían ninguno; pero fueron todos condenados a varios
años de prisión, como verdaderos conspiradores.
Después de los Cien Días, tras de la batalla de
Waterloo, fué cuando comenzó en grande el éxodo de los oficiales españoles
emigrados hacia España. Hubo que establecer depósitos en las capitales de
provincia para ellos.
Pronto se notó que la mayoría de los oficiales que
volvían de Francia e Inglaterra eran de las nuevas ideas, y se les trató de una
manera tan cruel, que llegaron a echar de menos los pueblos extranjeros de
donde llegaban.
Elío, luego famoso por su crueldad, fué de los que
se distinguió por su mal trato con los que venían de la proscripción.
En Madrid las persecuciones contra afrancesados,
liberales y masones las dirigía un tribunal presidido por el mariscal de campo
don Pedro Agustín de Echavarri.
Se estaba consolidando la Santa Alianza; la
política de Metternich iba triunfando, y los gobiernos creían poder apretar
impunemente los tornillos a sus respectivos países.
En España comenzaba a haber dos elementos
importantes contra el despotismo: uno, el de los oficiales venidos de la
emigración, exacerbados por la crueldad y la indiferencia que les demostraban;
otro, el de los paisanos liberales que iban ingresando en la masonería.
Entonces, de todos los pequeños Centros masónicos
españoles, el más importante era el de Granada, que[151] estaba
presidido por el conde del Montijo, personaje enigmático e inquieto, extraño
botarate que tan pronto intrigaba a favor del rey como a favor del pueblo.
El conde del Montijo, que había sido uno de los
partidarios de la abdicación de Carlos IV y de los inspiradores del motín de
Aranjuez; que había conspirado con los reaccionarios contra la Junta Central en
tiempo de la guerra de la Independencia; que en 1814, complicado con Macanaz,
con Escoiquiz, Palafox y San Carlos, había trabajado por el absolutismo y dado
dinero a la chusma de los barrios bajos de Madrid para que gritara: «¡Abajo la
Constitución!»; el conde del Montijo, que apareció firmando el manifiesto de
los Persas, era, año y medio después, el jefe principal de la masonería en
España, y el Oriente fundado por él en Granada se llamaba Oriente Montijano.
Al mismo tiempo tenía la amistad del rey y era
capitán general de Granada.
Realmente, estas cosas despistan a cualquiera y
hacen pensar que había entre nosotros muchas personas que por debajo de cuerda
trabajaban por Fernando VII.
Aunque esto ocurriera, era lo positivo que los dos
núcleos rebeldes, el de los masones y el de los militares, aumentaba. El
levantamiento de Díaz Porlier en La Coruña fué fruto de los dos elementos, y
fracasó por confidencias y por trabajos que hizo el arzobispo, ayudado por el
clero.
Porlier, a quien llamaban el Marquesito, fué
ahorcado; pero sus cómplices se escaparon y fueron apareciendo en la frontera
de Francia y estableciéndose allí.
Las emigraciones ocasionadas por las tentativas de
Mina y de Porlier produjeron en Francia, unidas a la de los afrancesados,
núcleos importantes, en donde no faltaba la gente de dinero y de influencia.
Teníamos en París a Toreno, a Urquijo, a
Hermosilla, a Llorente, al ex fraile don Manuel Núñez Taboada, a González
Arnao, a Azanza...
En Burdeos estaban el ex jesuíta Rafael Martínez,
el coronel de Caballería Gavilanes, el bibliotecario Gallardo, el fraile músico
Moliner, el coronel Colombo, el capitán Arquez.
En Bayona se hallaba el núcleo mayor. Allí estaban
Espoz y Mina, Fermín de Asura, que acababa de escaparse de la prisión de Cahors
y estaba escondido en una casa de campo de los contornos; el fabulista alavés
don Pablo de Jérica, complicado en lo de Porlier, a quien por orden del
embajador de España habían tenido preso en el castillo de Pau; el capitán de
fragata O'Connor; el ex fraile Arrambide; Juan Bautista Beunza, preso también
en Pau; Nicolás Uriz, secretario de Mina, preso en Montauban, y otros que no
recuerdo.
Ya por entonces bullía José Manuel del Regato; el
traidor Regato, que jugó un papel tan triste en la segunda época
constitucional. Regato había publicado en Bayona un folleto contra Fernando,
titulado El Carolino, papel lleno de palabrería vulgar, pero que
había tenido algún éxito entre los emigrados.
Regato se hacía llamar Oyo, Abeille y Abella. Yo,
como vivía en Bayona y conocía mucha gente, me enteré de la vida que hacía
Regato y sospeché siempre de él; tenía relaciones secretas con la policía, lo
que hubiera bastado a cualquiera para desconfiar. Sin embargo, este hombre pasó
durante mucho tiempo por un hombre íntegro, gracias a la pedantería española y
a la importancia que damos a las palabras; vivió en París, en casa del conde de
Toreno, y fué protegido en Madrid por Alcalá Galiano.
Al último, él mismo se desenmascaró, cuando en 1823
dirigió en Madrid la pedrea contra las Embajadas, dejando en las garras de la
policía a un pobre zapatero remendón a quien engañaba.
Regato vivió después en Madrid tranquilamente en la
calle de Silva de agente de Calomarde, con el que hacía jugadas de Bolsa, y
cuando en 1833 comenzaron a vol[153]ver los liberales de
la emigración, temeroso de una venganza, huyó de España.
En Londres teníamos un núcleo de emigrados; pero la
mayoría eran gente de libros, a quienes dirigía Blanco-White. Había también
allí una reunión en casa de un banquero bilbaíno, don Fermín Tastet, hombre muy
viejo, muy jovial y que llevaba muchos años viviendo en Londres, y en su casa
se reunían Flórez Estrada, el general Romay y otros varios...
He dado estos antecedentes para que vean ustedes,
poco más o menos, con qué fuerzas contábamos fuera de España; tengo que añadir
que, a pesar de lo que se ha dicho, no éramos tan ilusos y tan confiados como
se nos ha querido pintar. No. Unicamente lo que nos diferenciaba de épocas
posteriores es que había entonces más entusiasmo, más ansia de alcanzar la
libertad.
A fines de otoño de 1815 vine yo a París a estar
una temporada.
Era todavía joven, despreocupado, amigo de
divertirme y de gozar de la vida.
Tenía muy buenos amigos en París y lo pasaba bien.
Uno de ellos, de los que conservo más vivo
recuerdo, era Nicolás de Miniussir, uno de los hombres más cultos y simpáticos
que he conocido. Miniussir era austriaco, de Trieste, aunque naturalizado
español.
Había estado en la batalla de Waterloo en compañía
del general don Miguel Ricardo de Alava, y luego, entre los dos, presentaron un
servicio importante a nuestro país.
Durante la guerra de la Independencia los franceses
habían desvalijado a España, trayendo a París una porción de cuadros y de
joyas.
Miniussir y el general Alava discutieron la manera
de recobrar las riquezas robadas, y decidieron que Miniussir, al frente de
doscientos hombres de infantería inglesa, entrara en los museos y recuperara lo
que pudiera.
Así se hizo: Miniussir cargó con cuadros y con todo
lo que vió de procedencia española; pasó la frontera belga, arrollando a los
aduaneros; llegó a Amberes, embarcó sus riquezas y las transportó a Cádiz.
Con Miniussir y con algunos otros acudíamos a los
teatros, a las fiestas, al salón de Teresa Cabarrús...
Iba acabándose mi tiempo de estancia en París,
dentro de lo vulgar y corriente, cuando de improviso me encontré metido en una
intriga amorosa y en una intriga política.
Tenía yo un encargo que me habían dado en Bayona
para entregarlo en París a un señor don José González, presbítero, que habitaba
en el hotel de la Cometa, calle de la Cometa, en el Gros Caillou.
Como ya me faltaba pocos días de estancia cogí el
encargo y fuí a ver al presbítero. Entré en el hotel, llamé en la puerta que me
indicaron y, en vez de salir un clérigo, salió una de las muchachas más bonitas
que yo he visto en mi vida. Pensé si me habría equivocado; pero, no; allí vivía
don José, el cura, y esta muchacha, llamada Concepción, era su sobrina.
Don José había ido aquella tarde a cobrar la renta
en casa del banquero Hardouin. Con el pretexto de esperar, hablé largo rato con
la muchacha, y nos entendimos tan bien, que quedamos de acuerdo en escribirnos
todos los días y en vernos siempre que ella pudiera, porque el cura era regañón
y suspicaz.
Cuando llegó don José, el cura, le entregué el
encargo, saludé a Conchita con afectada indiferencia y me marché a la calle.
Durante mucho tiempo ya no pensé mas que en la
muchacha y en hablar con ella.
Como en esta época había una policía al servicio
del partido ultramontano, que entonces se llamaba del pabellón Marsan, y esta
policía espiaba a los extranjeros tildados de liberales, me vi molestado con
frecuencia por los agentes, que preguntaban en mi hotel quién era yo, qué hacía
y qué personas venían a verme.
Seguía entregado a mis amores, luchando con el
viejo cura del hotel de la Cometa, que hacía de don Bartolo con mi Rosina y
quería guardarla en un rincón obscuro,[157] cuando
un día me encontré con una invitación para ir a un baile de la Embajada
Española.
Me chocó la invitación y pensé en no ir, cuando al
día siguiente recibí una carta en la que me decían:
«Mañana por la noche, en el baile de la Embajada
Española, se reunirán los suyos. El punto de cita será el tercer balcón a la
derecha, entrando en la gran sala. La hora, las doce.
X.»
El aviso me sorprendió. Aquello de que se reunirían
los míos había picado mi curiosidad. Decidido, después de cenar me vestí de
etiqueta, tomé un coche y fuí a la Embajada.
No recuerdo quién era nuestro embajador por
entonces; me figuro que era el duque del Parque, un señor un tanto fatuo y muy
entusiasta de las ideas liberales, que en tiempo de la segunda época
constitucional gustaba de que no le llamaran duque, sino el ciudadano Cañas,
pues éste era su apellido, y que peroró en Madrid, en el club que se llamaba la
Cruz de Malta.
No recuerdo bien, como digo, si en esta época era
el embajador el duque del Parque o el de San Carlos.
Cuando entré en el gran salón eran las once y
media, y el baile comenzaba a animarse. Había muchas máscaras, muchos emigrados
españoles y muchas mujeres hermosas.
El espíritu de esta época en París era muy distinto
al del Imperio. La megalomanía napoleónica había sucumbido por muerte natural;
la gente no quería mas que olvidar y divertirse. Tantos años de guerra del
reinado de Napoleón habían producido una gran fatiga. Tras del dominio de los
militares, venía el de los jesuítas y de los abogados de provincia, y se
preparaba el de los periodistas.
La aristocracia reaccionaba; las damas del gran mun[158]do intentaban desterrar de las reuniones a las
generalas e intendentas del Imperio, y trataban de mezclar las costumbres de la
Regencia con el culto del Sagrado Corazón de Jesús.
En esta época todo el mundo intrigaba ferozmente, y
los jóvenes ambiciosos esperaban hacer una carrera rápida en un salón o en una
sacristía.
Un baile entonces era un lugar de enredos y de
maquinaciones; se sentía la necesidad de la Prensa, que no era nada aún, y la
gente tenía que contarse muchos secretos y hacer un sinnúmero de cábalas.
Estaba yo solo, en medio de los bailarines,
presenciando el espectáculo; la orquesta tocaba un aire de la ópera Jean
de Paris, de Boieldieu, cuando una enmascarada se agarró de mi brazo.
—¡Caballero!—me dijo.
—¿Qué quieres, máscara?
—¿Me puede usted dar el brazo un momento?
—Con mucho gusto; pero tendrás que dispensarme,
porque tengo una cita.
—¿Conoce usted aquí algún español?
—A varios. Además, yo lo soy. Pero observo,
máscara, que no sigues las reglas del Carnaval. En estos días las máscaras
hablan de tú.
—¿De manera que es usted español?—preguntó ella sin
hacer caso de mi observación.
—Sí. Pero dispénsame ahora; tengo una cita.
Y, soltando el brazo de la máscara, me metí entre
la gente, fuí al tercer balcón que me habían señalado, y quedé de pie junto a
los cristales.
Al poco rato se acercó a mí un joven seco, delgado,
vestido a la moda, con una levita larga de color azul, pantalón de nanquín,
zapato bajo y media de seda blanca.
Quedé mirando atentamente a aquel joven. Yo le
conocía; pero, ¿de dónde?
—Ha sido usted puntual a la cita, señor barón—me
dijo.
—Ya ve usted.
—Me mira usted sorprendido. Parece que está usted
preocupado.
—Sí, lo estoy, caballero—le contesté—. Estoy
preocupado, pensando que le conozco a usted, y no sé dónde.
—Es posible; yo no recuerdo.
—¿Quiere usted decirme su nombre?
—A otro no se lo diría—me contestó él—. A usted,
sí. Me llamo Eugenio de Aviraneta.
—No; pues no me dice nada el nombre... Sin embargo,
yo le recuerdo a usted. ¿Usted no ha usado nunca otro apellido de carácter
también vasco?
—Sí; en tiempo de la guerra de la Independencia me
llamaban Echegaray.
—¿Y estuvo usted una vez en Valladolid con un amigo
y un militar francés?
—Sí.
—De ahí lo recuerdo a usted. Yo era entonces
subprefecto de Valladolid. Usted era guerrillero, ¿verdad?
—Sí.
—Lo adiviné. ¿En qué partida estaba usted?
—Con el Cura Merino.
—¡Estaba usted entre realistas!
—Entonces nos sentíamos solamente patriotas. Cuando
Merino se enteró de que era masón, quiso fusilarme.
En esto, una máscara se aproximó a Aviraneta y le
habló al oído.
—Está bien—dijo Aviraneta.
Y, separándose de la máscara, se acercó a mí y
añadió:
—Ahora que nos conocemos, señor barón, le voy a
poner al corriente de lo que tramamos. Usted sabrá que el Gobierno de los Cien
Días, al verse perdido, llamó en su socorro no sólo a los bonapartistas y
republicanos franceses, sino a los patriotas de todos los pueblos europeos.
Como nada se improvisa, por más que la maso[160]nería y
las Sociedades secretas comenzaron a trabajar en favor de Bonaparte, no se pudo
organizar algo eficaz, no hubo tiempo ni medios. Bueno. Han pasado unos meses,
y los diferentes centros de París han creído que hoy en España es más fácil un
movimiento liberal que en Francia, y han pensado ponerse en relación con los
españoles y ayudarles con su dinero. Yo he tenido una reunión con los delegados
de las Sociedades, que me han encargado de entrevistarme con los emigrados
españoles. Y como la policía nos vigila, y como tenemos amigos en la Embajada,
he escogido este baile para citar a unos cuantos conspiradores, porque aquí no
suponen que vengamos nosotros. Ya sabe usted de qué se trata: de preparar un
movimiento a favor de la Constitución.
—¿Quién patrocina el movimiento?—dije yo.
—La masonería, con los centros liberales y
republicanos franceses y los núcleos de nuestros emigrados.
—Y en España, ¿quién se pondría al frente?
—Por ahora, el general Renovales.
—¿Y Mina?
—Mina, según parece, no quiere nada con Renovales.
—¿Por qué?
—Rivalidades del tiempo de la guerra de la
Independencia. Renovales mandó desarmar un escuadrón de caballería de Mina.
—¿Y no se podrían llegar a poner de acuerdo?
—No sé; dicen que no.
—¿Y Renovales tiene bastante prestigio para ponerse
a la cabeza del movimiento?
—Sí.
—¿Es valiente?
—Hasta la temeridad.
—¿Es discreto?
—Menos que valiente.
—¿Es honrado?
—Menos que discreto.
—¿No nos venderá?
—Hoy por hoy, no.
—¿Nuestros emigrados favorecerán el movimiento?
—Veremos.
—¿Y los franceses republicanos piensan hacer algo?
—Sí; formarán secretamente una legión extranjera,
al mando del general Berton, y la enviarán a España. Hay alistados más de tres
mil hombres, casi todos oficiales y suboficiales del Imperio, entre los que
abundan polacos, italianos y griegos.
—La aventura me parece muy difícil y muy peligrosa.
—A mí también.
—¿Pero usted no piensa abandonarla?
—Yo, no; y usted tampoco la abandonará.
—¡Mucho afirmar es eso!
—Usted decidirá. Dentro de media hora volveré a
este balcón. Usted me dirá si quiere seguir, o no.
—¿Tiene usted algún otro conspirador en el baile?
—Sí.
—¿Se va usted?
—En seguida vuelvo.
No hizo mas que marcharse Aviraneta, cuando la
máscara que había encontrado al entrar se me acercó de nuevo.
—¿Ha concluído usted su cita misteriosa?—me dijo.
—Sí.
—¿Han tratado ustedes algo importante?
—Me estás escamando, máscara—le dije yo—. ¿Es que
eres de la policía?
Comprendí a través de la careta que la mujer se
había turbado y avergonzado.
—Está bien—dijo con dignidad—. No le preguntaré a
usted nada más. Me voy.
—Es que yo no le conozco a usted—repliqué—; no le
veo la cara. No tengo motivos para tener confianza.
—Y si me viera usted la cara, ¿tendría más
confianza?
—Según.
La máscara me llevó a un extremo del salón y se
quitó la careta. Era una mujer hermosa, morena, de ojos negros y brillantes.
—Tiene usted unos ojos soberbios—le dije.
—¿De verdad?
—Sí. Creo que no voy a poder olvidarlos. Y eso que
estoy enamorado.
—¿Está usted enamorado?
—Sí.
—Un español, ¿no está siempre enamorado?
—No siempre. ¿Tenía usted algún interés en saber mi
nombre?
—Sí.
—Pues me llamo el barón de Oiquina y en este
momento estoy citado con algunos de mis compatriotas que trabajan allí para
implantar la Constitución... No dirá usted que no tengo confianza.
—¿De verdad, es usted español?
—De verdad.
—¿Y liberal?
—Completamente.
—¿Conoce usted a Miniussir?
—Es muy amigo mío.
—Yo también lo conozco. Es el que me ha dicho que
vendrían españoles liberales aquí.
—¿Usted es italiana?
—Sí, soy de Roma. Mi nombre es María Visconti.
—¿Visconti? ¡Nombre ilustre!
—Para nosotros no hay nombres ilustres. Sólo la
patria y la libertad son ilustres. Pero no quiero detenerle, barón. Vaya usted
ahora con sus amigos. Quisiera de usted una cosa.
—¿A ver cuál es?
—Que mañana o, lo más, pasado, vaya usted por mi
hotel.
—Iré.
—Necesito un favor que sólo un español puede
hacerme.
—Lo que usted quiera, señora.
—A cambio de esto les ayudaré en su conspiración.
Soy romana, entusiasta de la libertad, y España es hija de Roma, tierra
latina...
Aquella mujer extraña me dió las señas de su casa,
estrechó mi mano y desapareció entre las máscaras. Volví al punto de cita y me
encontré a Aviraneta acompañado de dos señores.
—Querido barón—me dijo Aviraneta—, conspirar y
hacer conquistas creo que es demasiado. Le voy a presentar a dos amigos...: el
conde de Tilly..., monsieur Cugnet de Montarlot.
Nos dimos la mano. El conde de Tilly era un
currutaco de aspecto enfermizo, que hablaba el castellano con acento
extranjero. Debía de ser hijo del Tilly que perteneció a la Junta Central que
intervino en la batalla de Bailén y murió en el Castillo de Cádiz.
Respecto a Cugnet de Montarlot era el tipo del
soldado del Imperio: jactancioso, valiente, fanfarrón y audaz. Vestía de
paisano, de tal manera que se le notaba en seguida que era militar.
Cugnet de Montarlot, después de cambiadas algunas
palabras, dejó a Tilly y a Aviraneta charlando conmigo, y entró en medio de la
gente. Al poco rato, vino con dos tipos, por su aspecto también militares, que
nos presentó:
—Nantil... Lamotte...
Saludamos. Nos dimos la mano.
—Son de los mejores—dijo Cugnet—. Volvió a
marcharse, y un momento después se presentó con otros tres.
—Moreau... Pombas... Vallé...
Volvimos a saludar y a darles la mano. Al cuarto de
hora hubo nueva presentación:
—Fabvier... Delon... Caron... Vaudoncourt...
Nos dimos un apretón de manos, y, como no convenía
llamar la atención, nos desperdigamos por el baile.
—Está aquí la flor de la Sociedad El
alfiler negro—dijo Cugnet—, y añadió, dirigiéndose a mí:
—España dirá el momento, caballero. Los tiranos nos
han de conocer. La libertad española tendrá a su servicio las mejores espadas
de Francia.
—Ahora, señores, como aquí es imposible hablar con
comodidad—dijo Aviraneta—, nos vamos a ver mañana en la librería de Eymery, de
la rue Mazarine. Yo iré a avisar a dos o tres personas por la mañana; ustedes
vayan a las cuatro. Usted, Cugnet, lleve, si puede, a Berton. Si ven ustedes
que les espían, no entren. Ahora, señores, ¡buenas noches!
Y Aviraneta hizo un signo masónico y desapareció.
Al día siguiente, cuando me desperté, tuve la
impresión de que había soñado que conspiraba en un baile; pero pronto mis
recuerdos se fueron aclarando y tomaron una absoluta precisión.
Salté de la cama.
Me vestí. Eran las diez. Al recoger mis zapatos,
encontré en uno de ellos una carta, que, sin duda, acababa de dejar el mozo del
hotel. Era de Conchita, mi novia. Me decía estas palabras:
«Ven a sacarme de aquí. Mi tío me quiere encerrar
en un convento. Hoy irá a cobrar a casa de su banquero, y estaré sola. Me
vigila una vieja bruja, madama Mathieu, que ha traído mi tío expresamente para
eso. Cuando esta tarde quede sola y se vaya mi tío, pondré un papel blanco en
el cristal de la ventana de mi cuarto. Inventa un pretexto para que salga la
vieja. Mándale un recado diciendo que la esperan para darle un dinero de
Angulema. Es de ese pueblo y es muy avara, e irá.
Tu Conchita.»
Impaciente, acabé de arreglarme y en seguida salí a
la calle, tomé un coche y pasé por delante del hotel de[166] la
Cometa. Todavía no estaba el papel en el cristal de la ventana. Sin duda no
había salido el viejo don Bartolo. Mandé al cochero que me aguardara en una
esquina de la calle, y me puse a esperar que apareciese la señal. Eran las dos
y media, y aun no había aparecido. Empecé a pensar que para las cuatro tenía la
cita con Aviraneta y que no iba a poder acudir. A las tres menos cuarto, el
cuadrado de papel blanco se vió en el cristal de la ventana.
Inmediatamente me fuí a una taberna, que se
llamaba A la cita de los cocheros; entré y pregunté al dueño por el
hotel de la Cometa. El hombre me dió una explicación de dónde estaba, y yo le
dije que era recién venido de Angulema; que tenía el encargo de dar quinientos
francos de una herencia a una señora Mathieu, que vivía en el hotel de la
Cometa, y añadí:
—Si hubiera algún chico, yo le daría cuatro o cinco
francos para que fuera a avisar a esa señora.
—Yo mismo iré—dijo el tabernero.
—Bueno; pues dígale usted a esa mujer que venga
aquí con usted y que me espere unos minutos, porque mientrastanto yo voy a
hacer otro recado.
Le di al tabernero los francos prometidos, salí de
la taberna y me metí en el coche. Al ver pasar a la vieja y al tabernero
juntos, entré en el hotel de la Cometa y subí las escaleras hasta el cuarto de
Conchita. Llamé.
—¿Eres tú?—me dijo ella.
—Sí.
—Esa vieja ha cerrado la puerta y se ha llevado la
llave. Yo no sé cómo abrirla.
Saqué yo un cortaplumas e intenté meter la hoja por
la rendija de la puerta; pero no era posible abrir.
—¿No tienes algún cuchillo grande o alguna otra
cosa para correr la lengüeta de la cerradura?—dije a Conchita—. ¡A ver, ensaya!
Perdimos el tiempo lastimosamente y no se consiguió
nada.
De pronto se me ocurrió una idea que me pareció muy
buena.
—Oye—le dije.
—¿Qué?
—El cuarto de tu tío, ¿está pared por medio de
éste?
—Sí.
—¿No tiene alguna comunicación, alguna puerta
condenada, o algo por el estilo?
—Sí; detrás del colgador tiene un tabique de tela
que cierra el hueco de una puerta.
—La llave del cuarto de tu tío, ¿estará en el
clavero?
—Sí.
—¿Qué número es?
—El 23.
Bajé las escaleras hasta el portal, esperé un
momento a que no pasara nadie, cogí la llave y entré en el cuarto del cura.
Después abrí el cortaplumas y desgarré de arriba abajo el tabique o biombo que
separaba un cuarto de otro. Conchita saltó de su habitación a mis brazos.
Salimos del cuarto del clérigo, lo cerramos, y, ella cubierta con un velo negro
y yo detrás, avanzamos hasta el coche que esperaba, y montamos en él.
Eran las cuatro menos cuarto. Yo tenía que estar a
las cuatro en la librería de Eymery.
—Tendremos que separarnos—le dije a Conchita.
—¿Por qué?
—Porque yo tengo una cita a las cuatro con unos
amigos.
—¿Tanta importancia les das a ellos para dejarme a
mí sola, y hoy?
—Es que es una cita política. Estamos conspirando.
—No te creo.
—¿No?
—No.
—Pues, mira, ven conmigo. Les diré a mis amigos que
eres mi mujer.
Saqué la cabeza por la ventanilla y le dije al
cochero:
—Vaya usted a la calle de Mazarino. De prisa.
El caballo comenzó a trotar y unos minutos después
de las cuatro estábamos en la calle de Mazarino, enfrente de la librería de
Eymery.
Esta librería era una tiendecilla negra con un
fondo obscuro. Estaba al lado de una mercería en cuyo estrecho escaparate había
un mono disecado con camisa y puños, y un letrero en el pecho donde se leía:
«Jean». Después me enteré que este mono «Jean» con su camisa era un jeroglífico
o chiste del dueño de la tienda. Cualquiera, al verlo, decía: Au singe
Jean en batiste (al mono Juan en batista), y la tienda se
llamaba Au Saint Jean-Baptiste (al San Juan Bautista),
palabras que en francés se pronuncian de una manera algo parecida.
Entré en la librería, expliqué al librero a lo que
iba, y me dijo que no habían llegado mas que los habituales, don Juan Antonio
Llorente y don Miguel José de Azanza, que estaban hablando.
—Si quieres, entra—le dije a Conchita.
—No, no.
Se había convencido de que el asunto que tratábamos
era serio y me dijo que iría a mi casa.
—Yo te acompañaré.
Advertí al librero que dijera a mis amigos que
tardaría una hora en volver.
Yo vivía al otro lado del río, pero cerca de allí,
en la calle de Richelieu.
Tomamos el coche y fuimos Conchita y yo a casa.
Una hora después me hallaba de nuevo en la
librería de Eymery. Hacía tiempo que estaban todos. Me hicieron pasar a la
trastienda, un cuarto un poco ahogado, iluminado con una lámpara de aceite y
con las cuatro paredes cubiertas de libros.
Se encontraban Llorente, Azanza, Tilly, el general
Berton, que había ido con un joven amigo suyo apellidado Navarro; Cugnet de
Montarlot, Nantil, Aviraneta y un tal Bloumy, que se hacía pasar por coronel
español.
Yo me hallaba tan impresionado por mi feliz
aventura, que no podía fijarme bien en lo que me decían. Muchas veces creía que
me estaban dando la enhorabuena y me veía en la obligación de sonreír.
Al principio no me enteré apenas de lo que se habló
y no hice mas que contemplar con atención los tipos de todos.
Azanza, a quien conocía yo hacía tiempo, estaba
quieto en su sillón con las manos cruzadas, sin hablar. Era muy viejo y, aunque
afrancesado, en el fondo, reaccionario.
A don Juan Antonio Llorente, el autor de la Historia
de la Inquisición, le vi entonces por primera vez.[170] Era
un hombre bajito, de aspecto simpático y bondadoso.
Tenía la frente ancha, espaciosa; llevaba melenas
grises y un solideo negro. Su tipo era de un buen cura; su mirada, viva y
brillante; los labios, gruesos.
En aquel rostro de cura bondadoso apuntaba la
malicia y la socarronería frailuna. Había en él, aunque mitigada, la expresión
satírica del Voltaire esculpido por Houdon.
Llorente acababa de venir de Londres, pues el
gobierno de Luis XVIII no le permitía que se estableciera en París. Vestía de
paisano, pero conservando el aspecto de un clérigo. Llorente, como muchos de
estos hombres de la época, había vivido dos vidas completamente distintas.
Después de haber sido vicario general del obispado de Calahorra, secretario de
la Inquisición de Corte y canónigo maestrescuela de Toledo, tenía en esta época
que andar en París y en Londres a salto de mata, ganándose la vida con folletos
y traducciones.
Llorente habló poco en la reunión; no hizo mas que
oponerse a las exageraciones de algunos y ofrecer un medio de comunicación con
España. Tenía él una sobrina casada con un francés llamado Robillot, que vivía
en la calle de la Coquillere. Esta sobrina enviaba a Madrid artículos de modas
desde París, y en las cajas se podía meter la correspondencia.
El general Berton se limitó a escuchar lo que se
decía y a permanecer de pie, apoyado sobre un armario.
Juan Bautista Berton era un tipo sombrío y trágico;
entonces contaría unos cincuenta años. Tenía una estatura media y poco cuerpo;
los ojos, azules; la boca, grande; la frente, despejada; la palidez del hombre
que ha vivido encerrado: acababa entonces de salir de la cárcel.
Berton conocía bien España, donde había hecho la
guerra con Bonaparte, y hablaba el castellano.
Estaba para casarse con una señorita española, la
se[171]ñorita Navarro, hermana de su ayudante, y pensaba
retirarse a una propiedad suya del departamento de Oise, en Plessis-Cuvergnon.
El conde de Tilly explicó con qué elementos podía
contar él en España. Primeramente, tenía el Oriente Montijano de Granada, que
estaba dispuesto a trabajar por la Revolución. El conde del Montijo acababa de
ser nombrado capitán general de Granada y se pronunciaría con sus fuerzas desde
el momento que en otra parte se diera el grito. En Murcia se contaba con una
logia de las más activas, en la que figuraban Torrijos, Van Halen, López Pinto
y Romero Alpuente, que estaban deseando lanzarse a la calle. En Cádiz había el
grupo de masones, dirigido por Istúriz, ya de acuerdo en la conspiración. En
Barcelona, la logia de Cambaceres, en la fonda de Wellington, con Llinás y
algunos otros. En Valencia, grandes núcleos de liberales, dirigidos por los
Bertrán de Lis y por el conde de Almodóvar.
No se necesitaba mas que dinero para poner en
comunicación los distintos puntos en donde la Revolución fermentaba.
Después de Tilly habló Aviraneta.
Aviraneta dijo que él, de antemano, no podía
prometer nada; pero que intentaría mover a la gente del Norte; que hablaría, o
iría si era necesario a la logia de Bilbao; que trataría de conquistar a Mina,
el tío, y a Mina el mozo; que se pondría en comunicación con el Empecinado, con
el general Renovales, con Sarasa, con Longa, que al parecer estaba vacilante;
con el cabecilla Dos Pelos, con Iriarte, con el coronel Eguaguirre, con Gaspar
de Jáuregui (el Pastor), con Fermín Leguía, con Noain, con Michelena, con
Legarda, y con otros muchos constitucionales.
Después habló Cugnet de Montarlot, que al principio
me pareció un tipo cómico.
Cugnet era un francés aparatoso que creía que todas
las cosas se resuelven con frases oportunas y atrevidas.
Era valiente, declamador y entusiasta de la
libertad y de la gloria. Le gustaba repetir en sus discursos esta frase: Ubi
Libertas ibi Patria (donde está la Libertad está la Patria).
Cugnet hablaba de una manera demasiado solemne. Nos
dijo que su sociedad, L'epingle noir, iba a ser la espina que se
iba a clavar en las viejas monarquías y a producir su gangrena.
Su sociedad había hecho un llamamiento a las
generaciones presentes y futuras. Su fin era formar una liga de pueblos contra
el despotismo, para asentar la República sobre las ruinas del Trono y del
Altar. Para él todos los medios eran buenos: desde la barricada hasta la
caricatura; desde el discurso elocuente hasta el pinchazo con el estoque.
Cugnet discurría como un verdadero revolucionario;
comprendía que se necesitaba una asociación fuerte para luchar contra el Poder,
que se iba robusteciendo.
No habían ni él ni los otros imaginado medios
fáciles de comunicarse; no se había disciplinado el espíritu de protesta, y se
ignoraban los procedimientos de preparar movimientos internacionales. Esto se
aprendió en 1820, cuando triunfó la Revolución Española y comenzó a funcionar
el carbonarismo.
Cugnet, después de sus generalidades, nos dijo que
los quinientos hombres de El alfiler negro se incorporarían a
la legión extranjera que mandaría el general Berton y pasarían los Pirineos.
Como yo no tenía que decir nada no hablé.
Se decidió que al día siguiente tendríamos una
reunión con los delegados de la masonería en casa del conde de Tilly, que vivía
en la calle de Choiseul, en el número 6.
Al terminar la conferencia se presentaron en la
librería los dos hermanos Caron, a quien los presentó Cugnet y a uno de los
cuales yo conocía del baile de la Embajada.
Eran los dos, tipos de militares del Imperio y se
distinguían por sus ideas republicanas, lo que había hecho que no ascendieran
rápidamente.
Cugnet les explicó lo acordado y los dos se
ofrecieron para cuando llegara el momento.
Salimos de la librería, y yo, volando, me marché a
casa.
De aquella gente con quien nos reunimos en la
librería de Eymery, de la calle de Mazarino, no volví luego a ver a nadie. Es
probable que de todos ellos no vivamos mas que Aviraneta y yo.
Azanza murió el año 26 en Burdeos, abandonado.
Alguna que otra vez iba a visitarle el Sordo, como le llamaban sus
amigos al viejo pintor Goya.
Llorente, obligado por el Gobierno francés, que no
quería tener en su territorio al autor de la Historia de la Inquisición,
fué a España a principios del año 23, y murió de una manera misteriosa, al
decir de sus amigos.
Berton tomó parte en varios complots
antiborbónicos, hasta que en 1822 avanzó a la cabeza de un puñado de sublevados
sobre Saümur por el puente de Thouars, y, hecho prisionero, fué guillotinado en
Poitiers en octubre, al año siguiente.
Tilly murió poco después.
Navarro y Bloumy desaparecieron.
Nantil estuvo en España y luego se perdió su pista.
Uno de los Caron, Agustín José, tomó parte en la
conjuración de Belfort e intentó libertar a sus compañeros presos, en Colmar.
Denunciado, fué fusilado en Estrasburgo.
El otro Caron fué jefe de carbonarios y dirigió el
Ba[176]tallón Sagrado, que salió de San Sebastián el año
23 y fué al Bidasoa con banderas tricolores, pensando detener así a los
soldados de Angulema. Después este Caron creo que fué a América.
Respecto a Cugnet, unos días después de nuestra
reunión fué preso. Pasó en la cárcel varios meses. Luego, al salir, fundó
nuevas sociedades secretas con nombres fantásticos: Los caballeros del
León, Los Patriotas, Los buitres de Bonaparte, Los
europeos reformados, La regeneración universal, y, por último,
entró en el carbonarismo.
Siempre pintoresco, firmó manifiestos titulándose
Jefe del Gran Imperio francés y Principal Dignatario de la Orden del Sol.
Después de la Revolución del 20 pasó a España y se
cambió de nombre, llamándose desde entonces Carlos de Malsot. Cugnet trabajó
con Vaudoncourt, con Riego y Villamor, en Zaragoza, para proclamar la República
en España y propagarla a Europa; peleó contra los franceses de Angulema en
1823, y se refugió en Almería.
El verano en 1824, mientras los dos Valdés, Pedro y
Francisco, llevaban a cabo la hazaña heroica y absurda de apoderarse de Tarifa,
Cugnet de Montarlot, con otros exaltados como él, se levantaba en San
Bartolomé, en Almería, a proclamar la Constitución al grito de Libertad o
Muerte. Esto fué al amanecer del 13 de agosto de 1824.
Once días después, el 24 de agosto, el mismo día en
que el Gobierno de Fernando VII fusilaba a treinta y seis constitucionales en
Tarifa, fusilaba en Almería a treinta y uno. Entre ellos estaba Cugnet, que
dejó su nombre adoptivo de Carlos de Malsot como un héroe obscuro de la
Libertad a su patria también adoptiva.
Jamás había sentido tal plenitud de vida como
entonces. Estaba enamorado como un cadete, y mi entusiasmo me daba una
confianza y una serenidad que no he tenido nunca.
Conchita y yo...; pero no tengo que contarles a
ustedes una historia de amores, sino una historia de conspiración.
Al día siguiente de vernos en la librería de la
calle Mazarino se celebró en casa del conde de Tilly la reunión nuestra con los
delegados de la masonería.
Se expuso ante ellos los hombres y sociedades con
que se contaba, y se dijo que el movimiento lo dirigían Renovales, Lacy,
Freire, O'Donnell y otros jefes de prestigio.
Los delegados aceptaron la proposición y dijeron
que debíamos hacer un presupuesto de gastos. Tilly arguyó que le parecía perder
el tiempo, y que consideraba mejor y más práctico que nos dieran una cantidad
para los primeros trabajos, y que luego se aumentara si el asunto marchaba
bien. Los delegados discutieron un momento y aceptaron, al último, la
propuesta. Nos abrirían un crédito de doscientos mil francos, de los cuales se
tomaría la cantidad necesaria. Este crédito se cobraría en casa de un tal Foualdés,
abogado, que vivía en el mue[178]lle Voltaire, número 2,
duplicado. Foualdés, por lo que dijo uno de los masones, no era sospechoso al
Gobierno; tenía negocios en Inglaterra y se podía entender con él sin riesgo.
Los delegados de la masonería nos avisarían cuándo podíamos ir a cobrar a casa
de Foualdés.
Decidida esta cuestión se discutió quiénes debían
ir a España, y, tras largos debates, se dispuso que fuera el conde de Tilly a
Cádiz y a Granada, y Aviraneta y yo, al Norte de España y a Madrid.
No hubo más remedio que aceptar. Terminada la
reunión se dijo que al día siguiente nos reuniríamos en el café de la Rotonda
del Palais Royal, después de comer.
Algunos españoles, militares emigrados, vinieron a
ofrecerse, presentándonos planes absurdos para hacer el movimiento. Hubo gente
que encontró que era poca cosa destronar a Fernando VII y traer a Carlos IV, y
que pensaba en la República. Tres militares y un abogado que vivían con el
señor Bloumy en un hotel infecto de la calle del Dragón, se reunieron para
escribir un proyecto de Constitución republicana, con tres cónsules y una
Cámara, y nos mandaron el proyecto como diciendo: Ya está todo arreglado.
Aviraneta, que tenía de las cosas que le
preocupaban ideas singulares, decía:
—¿Sabe usted lo que nos va a faltar?
—¿Qué?
—Disciplina en el ejército.
—Pero, hombre, eso es absurdo. Vale más que no haya
disciplina para nosotros—le decía yo.
—Al revés. Valdría más que la hubiese. Con hombres
que obedecen ciegamente se puede hacer una conspiración. Con indisciplinados,
imposible. Ahí tiene usted el caso de Malet en el cuartel de Popincourt, que
estuvo a punto de triunfar gracias a la disciplina. He estudiado ese complot.
Estuvo muy bien preparado. Si fracasó fué por tener demasiadas complicaciones.
En política hay que acercarse a la naturaleza. Mire usted el[179] caso
del Marquesito. Fué la indisciplina lo que le impidió triunfar. Si
el general no arrastra a los oficiales, y los oficiales a los sargentos,
estamos perdidos.
Aviraneta me hacía gracia; hablaba de
conspiraciones como de un instrumento o de un aparato de relojería.
Decidimos todos los días cambiar de punto de cita
para reunirnos, y al día siguiente estuvimos en el café de Corazza, donde
supimos que acababa de ser preso Cugnet de Montarlot.
A la salida íbamos Aviraneta y yo por la calle de
Rívoli cuando se me acercó un joven, delgadito, esbelto, envuelto en una capa.
Me quedé mirándole con sorpresa y sin reconocerle.
—¿No me conoce usted?—me dijo.
—Ahora, sí—le contesté.
En el acento la había conocido. Era la italiana del
baile, María Visconti. Al ver a Aviraneta, que se había apartado un poco de
nosotros, me preguntó:
—¿Es un conspirador español?
—Sí. ¿Quiere usted que le presente?
—Bueno; con mucho gusto.
Les presenté, y fuimos los tres juntos un momento.
Al llegar a la esquina de la calle de Richelieu la italiana me dijo:
—Antes de que se vaya avíseme usted, barón.
—Muy bien.
Se despidió la italiana gallardamente.
—¿Quién es este muchacho tan raro?—me preguntó
Aviraneta.
—Este muchacho es una mujer—le dije yo.
—¡Ah...!
—Sí, y quiere venir a España con nosotros.
—¿No será una espía?
—No, no. Pero, en fin, antes de aceptarla entre
nosotros nos enteraremos de su vida.
Por Miniussir y por ella conocimos su historia.
VII
LA HISTORIA DE MARIA VISCONTI
Puesto que hemos de vivir y luchar juntos—dijo
María Visconti—, les contaré mi vida y les diré el motivo que me arrastra a ir
a España.
La familia de los Visconti, familia célebre en
Milán, que durante mucho tiempo fué la cabeza del partido aristocrático de los
gibelinos, es mi familia.
Mi abuelo, al parecer, no sentía los mismos
sentimientos monárquicos de los suyos y, expulsado de casa por su padre, fué a
vivir a Roma, donde se casó con una Malatesta.
Mi padre, desde niño, vivió en la pobreza, y para
ganarse la vida se dedicó a la pintura y al grabado.
Tenía el pobre buen gusto, conocía muy bien el arte
clásico, pero no podía producir; le faltaba confianza en sí mismo, le faltaba
fuerza.
Entristecido por la miseria, vivíamos en la mayor
estrechez en una casa del Transtevere. A veces nos mandaban algún dinero los
parientes de mi madre y salíamos del apuro.
En esto, mi hermano Emilio, que era algo mayor que
yo y que estaba en un taller, comenzó a distinguirse y a ganar algún dinero. Mi
padre, entusiasmado, le hacía dibujar; quería que sus conocimientos sirviesen
para[182] Emilio. El padre se sentía renacer con la
esperanza de tener un hijo ilustre.
Mi hermano era un muchacho a quien todo el mundo
quería. Su padre le miraba conmovido y soñaba con que fuese un Rafael o un
Leonardo.
El viejo padre nos acompañaba a Emilio y a mí a la
Capilla Sixtina, al museo del Vaticano, a las iglesias, y nos mostraba las
obras maestras de los antiguos y nos las explicaba detalladamente.
A los quince años mi hermano puso un taller de
pintor y llegó a vender lienzos y a tener encargos.
Cuando empezábamos a vivir mejor, mi hermano nos
trajo a casa algunos amigos suyos jóvenes y comenzó a andar constantemente con
ellos. Estos jóvenes, sobre todo uno, apellidado Orsini, eran republicanos
entusiastas, partidarios de la unidad italiana y enemigos del papado.
Mi hermano, a pesar de convivir con ellos, era más
que nada pintor; les seguía, pero en su espíritu los sueños artísticos no
dejaban lugar a las ideas políticas.
El atrevimiento y la audacia de los jóvenes
republicanos aumentó; un amigo de mi padre nos avisó que a Emilio le iban a
prender y a encerrar en las cárceles de la Inquisición. Mi padre y yo
acompañamos a mi hermano a Civitta Vechia, y allí le dejamos en un barco.
Emilio desembarcó en Marsella; luego fué a
Barcelona y, por último, se trasladó a Madrid, al final de la guerra de los
españoles contra Napoleón.
Emilio, muy contento y satisfecho en España, nos
escribía sus impresiones de la guerra y nos hablaba de que estaba sorprendido
con la pintura española, tan distinta de la italiana.
Un dibujante italiano, Fernando Brambilla, que hizo
un álbum de las Ruinas de Zaragoza, y en cuya casa vivía, le llevaba a mi
hermano al Palacio Real a ver cuadros magníficos. Este mismo Brambilla le
presentó a un pintor, Goya, de quien mi hermano, en sus cartas, ha[183]cía grandes elogios, afirmando que era el mejor que
había en Europa.
En esto, hará dos años, comenzaron a faltar las
cartas de mi hermano. Mi padre estaba desesperado. Escribimos a dos o tres
personas de Madrid, que no nos contestaron; escribimos al dibujante Brambilla,
que, sin duda, no recibió la carta; y entonces a mí se me ocurrió dirigirme a
un maestro de música italiano, Pablo Brambilla, de Milán, pidiéndole que si
sabía las señas del dibujante de su mismo apellido, Fernando Brambilla, que
vivía en España, le enviara mi carta.
Al cabo de mucho tiempo recibimos una carta del
dibujante Brambilla, desde Zaragoza.
Mi hermano había muerto en las cárceles de la
Inquisición de Madrid.
Mi hermano visitaba una familia española con
frecuencia, en compañía de Brambilla. Parece que esto era a la vuelta del rey
de España desde Francia.
Atolondrado y exaltado como era mi hermano, en vez
de moderarse, exageraba sus ideas. Una vez, en esta casa amiga, tuvo la
imprudencia de discutir con un fraile, de contradecirle; de asegurar que había
tomado parte en Roma en una conjuración contra el Papa, y de que era
republicano.
Al día siguiente, el fraile, con dos esbirros de la
Inquisición fueron a casa de mi hermano y lo prendieron. Brambilla quiso
salvarlo, afirmando que lo dicho por mi hermano era una chiquillada. El fraile
no sólo no cedió, sino que fué al Tribunal a declarar contra mi hermano y
aumentar los cargos que había contra él.
Mi hermano fué atormentado en el calabozo, y a los
seis meses de estar encerrado en él, murió.
Mi padre, al leer la carta, no derramó una lágrima.
—Escríbele a Brambilla—me dijo—y pregúntale el
nombre, el nombre de ese fraile que ha denunciado a Emilio.
Le escribí y nos lo dijo. Desde entonces mi padre
vi[184]vió únicamente soñando en la venganza. Quería
marchar a España, pero no podía moverse. Estaba muy enfermo.
Entonces una pariente lejana nuestra murió,
dejándonos una pequeña fortuna. Mi padre ha muerto hace un mes clamando
venganza.
—A eso voy a España. A vengar la muerte de mi
hermano—concluyó diciendo María Visconti—. Ustedes me pueden ayudar a mí con
sus conocimientos; yo pondré a su servicio mi buena voluntad y mi dinero.
Aceptamos el trato y decidimos que desde entonces
María Visconti fuera para nosotros un camarada.
Cobró Aviraneta treinta mil francos en casa de
Foualdés y tomamos la diligencia de Bayona María Visconti, Conchita, Aviraneta
y yo.
Nosotros dos establecimos como centro de
operaciones la librería de Gosse, y desde allí fuimos citando a las personas
con quienes teníamos precisión de hablar.
Cosa extraña. Aviraneta no servía para esto. Cuando
trataba con una persona a quien tenía que considerar como superior a él por su
categoría o su prestigio, tomaba una actitud encogida y poco desenvuelta.
Parecía que los resortes de su voluntad perdían su fuerza cuando tenía que
contar con otra voluntad. Le era indispensable estar solo, dirigir él, para que
su energía tomara el máximo de tono.
En las conferencias que tuve comprendí que con mis
antiguos correligionarios los afrancesados no se podía hacer nada; repugnaban
las medidas violentas y eran ya partidarios del principio que en tiempo de Zea
Bermúdez se llamó el despotismo ilustrado.
Los amigos de Renovales estaban dispuestos a todo;
pero, en cambio, Mina se mostraba reacio.
Yo fuí a ver al general. Era hombre terco y
suspicaz como pocos. En aquel momento estaba muy disgustado[186] porque
su sobrino se marchaba a Méjico a ayudar a los insurrectos contra España.
Me preguntó quiénes llevábamos el asunto. Le dije
que la Junta de París había enviado a Andalucía al conde de Tilly, y a
Aviraneta y a mí, al Norte.
—¿Tilly...? ¿El conde de Tilly...? Será hijo del
otro... Esos aristócratas son poco de fiar. Perdone usted—añadió—. Usted
también es aristócrata.
—No; yo, no.
—Y al Norte, ¿quién va?—preguntó él.
—Aviraneta y yo.
—¿Aviraneta? ¿Quién es Aviraneta?
Le di sus señas.
—Ah, sí... lo conozco... No me fío de él.
—¿Por qué?
—Un hombre que ha hecho la campaña con Merino no
puede ser de los nuestros.
—Mi general, yo conozco la historia de Aviraneta.
Fué la casualidad la que le llevó a pelear con el cura cabecilla.
—Sí, sí; pero toda esa gente de Merino no es de
fiar; son salvajes, facciosos de corazón. ¡Aviraneta! ¡Tilly! ¡Qué se yo! ¡Y
luego Renovales! No tengo confianza en Renovales. Es un loco; es un
atolondrado, un farsante.
No hubo manera de convencerle; por más esfuerzos
que hice para vencer su terquedad no conseguí nada, ni aun que su nombre
patrocinara la empresa. Lo único que dijo es que él no disuadiría a sus amigos
de que tomaran parte en la expedición. Solamente si llegara el caso de que
Renovales sublevara las Provincias Vascas, o si el general Berton se presentara
con grandes fuerzas a pasar la frontera, él entraría en Navarra; pero en las
negociaciones primeras en que tomara parte Renovales preferiría no intervenir.
Conté a Aviraneta lo ocurrido y decidimos
prescindir de Mina por el momento.
Escribimos a Renovales por conducto de un amigo de
Aviraneta, comerciante en Bilbao en esta época, don Juan Olavarría; y éste
contestó en seguida de parte del general diciendo que aceptaba la dirección del
movimiento y el ser el primero en lanzarse al campo.
Necesitábamos agentes para relacionarnos con los
amigos y buscamos hombres de confianza.
La casa de Basterreche nos proporcionó varios.
Uno de los buenos agentes fué Pedro Beunza, joven
nacido en Urdax y dedicado al comercio. A éste lo enviamos a Pamplona.
Otro fué Cadet, el de Ustaritz, amigo de los Garat,
a quien se envió a Vitoria.
Al tercero, otro francés, Julián Francisco Cognard,
un muchacho jorobado, republicano, se le mandó a San Sebastián.
Al cuarto, un milanés, Cayetano Illuminati, le
enviamos a Barcelona con una carta para don Francisco Mancha, que estaba allí
de guarnición.
El quinto, que nos dió mucho que hacer, fué Paulino
Couzier, gascón a quien nos recomendaron los amigos de Renovales como hombre de
gran energía y audacia. Couzier vivía en Bayona, cerca de la Puerta de España,
y tenía fama de republicano.
Aviraneta se entendió con él. Le dió tres mil
pesetas y le envió a Madrid con orden de hablar con Manuel Santurio y Justo
Galarza y hacer propaganda entre los militares.
El mejor elemento que teníamos era el de los
guerrilleros reservistas, que había muchos.
Verdaderamente era indigno lo que hacía el Gobierno
con los guerrilleros. Después de haber conseguido ellos el triunfo de Fernando,
los iban retirando y dejando de cuartel en los pueblos. No se les consideraba
presentables. Los militares de carrera los trataban con desprecio; al coronel
don Bartolomé Amor le habían puesto un capitán adjunto, suponiendo que él no
sabría cumplir su[188] cometido, y en documentos
oficiales se leían frases como ésta: Sólo entre guerrilleros y gente de la
misma calaña...
Es lo que sucede siempre en las guerras; los que
más se baten son los que menos ascienden y están menos considerados.
Entre los guerrilleros descontentos era donde
encontrábamos más gente dispuesta a luchar por la Constitución.
Concluído lo que teníamos que hacer en Bayona nos
preparamos a entrar en España.
Fácilmente se podía comprender que nuestra
misión, además de difícil, era muy expuesta. Como necesitábamos alguna
justificación para entrar en España, a Aviraneta se le ocurrió que pasáramos
como charlatanes vendedores de baratijas. Compró un coche en Bayona, con un
toldo; dos caballos en Dax, y una partida de cortaplumas, sacacorchos, jabones,
agua de colonia, aceite de Macassar, y otras cosas. Por la distribución de
funciones que hizo Aviraneta para el viaje, María y yo seríamos los amos del
coche; Conchita, una muchacha recogida, y él, el criado y el cochero.
Nos proveímos de pasaportes falsos y nos dirigimos
hacia la frontera.
Al cruzar el puente de Behobia me vino a la
imaginación la idea de que todavía estaba en vigor un decreto de la Junta
Central de Cádiz en que se declaraba a los ministros, consejeros y empleados
del rey José traidores a la patria, a la religión y al rey; se les confiscaba
los bienes, y además, de propina, se les condenaba a muerte.
Tardé bastante tiempo en desechar este recuerdo,
que se me venía a la imaginación automáticamente.
Al pasar por delante de San Sebastián se acercó a
nosotros, de noche, nuestro agente el jorobado francés[190] y
republicano Julián Francisco Cognard, el cual nos dijo que suponía que Paulino
Gouzier, el de Bayona, estaba en relaciones con la policía.
Aviraneta dijo que, afortunadamente, a Couzier no
se le habían dado detalles de la conspiración y que, sabiendo que estaba
vendido a la policía, se huiría de él.
Yo conocía los caminos de las Provincias
Vascongadas, y Aviraneta, también; así que no teníamos que preguntar para ir de
aquí a allá, y dábamos la impresión de gente habituada al país.
Seguimos nuestro camino, llegamos a Bilbao y nos
hospedamos en una posada de las Siete Calles.
Aviraneta y María salieron con el coche al paseo
del Arenal y se pusieron a vender con gran frescura, rodeados de público, las
baratijas, el agua de colonia y el aceite de Macassar. Al volver a casa dijeron
que habían vendido una porción de chucherías y de frascos. Resultaba que el
aceite de Macassar y las baratijas eran un negocio.
Le envié yo a Conchita con una carta para don Juan
Olavarría, amigo de Aviraneta, y este señor vino a buscarme. Después de hablar
largo rato y de comunicarnos detalles de la conspiración, salimos de casa y nos
encaminamos al Arenal, en donde vimos a Aviraneta subido en el coche, perorando
con un gran entusiasmo, mientras María ofrecía, sonriente, frascos y baratijas
a los curiosos.
—Este Eugenio es capaz de todo—murmuró Olavarría, y
habló de él con entusiasmo.
Realmente, Aviraneta, entonces, era un tipo
extraordinario. Flaco, menudo, con malicia de mono, atrevido y audaz con las
mujeres, desenvuelto como un paje, irónico y burlón, un poco petulante,
hablando tan pronto en madrileño de los barrios bajos como en vasco o francés,
era un hombre muy gracioso.
Le escuchamos, y al anochecer, en el despacho de
Olavarría, nos avistamos Aviraneta y yo con dos libera[191]les
bilbaínos, los dos masones, y éstos nos dijeron que nos mandarían aviso de
dónde podíamos conferenciar con Renovales.
Por lo que nos dijo Olavarría, Renovales estaba
viviendo en un pueblo de las Encartaciones llamado Gordejuela, en la casa de
don Bernabé Mariaca. Se le avisaría dejando el recado en el comercio de la
viuda de Osabal, y al día siguiente se nos diría el punto de reunión.
Cenamos, y después de cenar, dejando a María y a
Conchita juntas, fuimos al comercio de Olavarría.
Olavarría nos llevó a un cuarto estrecho y sin
ninguna ventana, y allí entramos. Era Olavarría muy alto, de unos cuarenta
años, grueso, abultado de cara, de voz fuerte y poderosa; usaba patillas largas
y pobladas y tupé sobre la frente. Hombre de gran espíritu, no le arredraba
nada.
Todos teníamos la seguridad de que si nuestra
tentativa fracasaba y éramos descubiertos, iríamos a la horca, pasando antes
por la poco agradable perspectiva del potro.
Estábamos hablando cuando llamaron en la puerta
suavemente; Olavarría abrió y entraron dos hombres, a quienes nos presentó el
amo de la casa.
—¿Son hermanos?—preguntaron al vernos.
—Sí.
Uno de ellos era el teniente coronel don Francisco
Colombo, que se hacía llamar en Bilbao don Fermín Urrutia.
Colombo era hombre alto, esbelto, de buen color; el
pelo, con tupé a la inglesa; las patillas, cortas y rubias, con algunas canas,
y la voz, clara y bien timbrada. Había servido a las órdenes de don Luis Lacy,
en Galicia.
El otro caballero que iba con él confesó que era un
oficial enviado por Mina para informarse de la situación. Se llamaba Téllez, y
en Bilbao se había hecho pasar como comerciante americano.
Téllez no tenía el aspecto tranquilizador de
Colombo,[192] ni de Olavarría. Era alto, seco,
pálido, bizco, con patillas muy negras y la boca desdeñosa y fruncida.
Discutimos lo que había que hacer. Téllez llevaba
la pretensión de que se prescindiera de Renovales. Le dijimos que era
imposible; la cosa estaba ya pactada entre él y nosotros; no se le podía
descartar sin motivo.
Poco después se presentaron los dos masones
bilbaínos Olalde y Rementería a decirnos que la viuda de Osabal había recibido
un recado de Gordejuela, diciendo que Renovales nos esperaría por la noche en
casa de un amigo en Portugalete.
Salimos del despacho de Olavarría y echamos a
andar, en dos grupos, camino de las Arenas.
La noche estaba templada, húmeda, amenazando
lluvia.
Antes de llegar a las primeras casas del pueblo,
Olalde se detuvo y bajó las escaleras de un muelle. Nosotros hicimos lo mismo.
Olalde saltó de barca en barca, hasta que al llegar a una dijo:
—En ésta vamos.
Desenrolló la vela, que hinchó el viento, y fuimos
marchando en medio de la más completa obscuridad hasta la otra orilla.
Desembarcamos y, conducidos por Rementería,
entramos en la casa en donde se encontraba Renovales. Subimos una escalera
estrecha y pasamos a un cuarto iluminado con una lamparilla. Renovales se
paseaba de un lado a otro, envuelto en un mantón de mujer.
Era don Mariano Renovales de pequeña estatura,
color moreno, ojos obscuros, de mirada viva y penetrante, sombreados por cejas
muy negras, muy pobladas y cerdosas. Tenía una gran cicatriz en el cuello y dos
o tres señales de cuchilladas en la cara.
Al vernos a nosotros tiró el mantón encima de una
silla. Estaba vestido como un aldeano: calzón de paño, chaleco y chaqueta
rayada, con botones amarillos, y sombrero redondo de hule.
Saludamos a Renovales y él contestó a nuestro
saludo de una manera un tanto fría y ceremoniosa.
Aviraneta expuso el plan trazado en París. Se
organizarían, sobre todo en Madrid, las huestes constitucionales por el
procedimiento del triángulo, formando una cadena de modo que cada uno conociera
a sus dos eslabones, pero nada más. Cuando en Madrid se contara con gente se
daría el grito de «¡Viva la Constitución!» y se proclamaría a Carlos IV, que
estaba ya avisado.
El plan estratégico sería el siguiente: Renovales
daría el primer grito y se lanzaría a ocupar Vizcaya y Gupúzcoa; Mina bajaría a
Navarra, entrando por Valcarlos o por Vera; ocuparía Pamplona, se reuniría con
el regimiento de San Marcial y llegaría a Zaragoza. Al mismo tiempo, Miláns,
Lacy y Copóns, después de haber sublevado Cataluña, bajarían hacia el Ebro y,
unidos con las fuerzas del Norte, se acercarían a Madrid, que se sublevaría con
O'Donnell, Eroles y Sarsfield.
La cosa, presentada así, parecía factible; pero
había muchos puntos obscuros que aclarar.
Renovales aceptó lo que se le dijo, mirándonos a
todos nosotros con expresión fiera y bravía. Se le pidió que citara nombres de
amigos de Madrid con los cuales se pudiera contar, y, paseando por el cuarto
como un lobo en la jaula, dijo cincuenta o sesenta nombres.
Ya íbamos a despedirnos del general, cuando una
observación de Téllez, el amigo de Mina, le enfureció de tal manera que se
encaró con él y comenzó a interpelarle con su voz bronca y dura.
Era un espectáculo como presenciar una tormenta oír
a aquel hombre tan violento, tan brutal. Sus amenazas se convertían en su boca
en algo espantoso. Tenía una muletilla constante, y era ésta: «¡Cristo! ¡Ya se
acabó la Humanidad!» Otras veces, en vez de ¡Cristo!, decía ¡hostias!
Renovales estaba descontento de todo: del Gobierno,[194] de España, del rey, que era un canalla; de sus
compañeros, que eran unos egoístas.
—¡Maldita sea mi alma!—exclamó—. Pensar que hemos
peleado como perros para defender a ese bribón de Fernando VII; pensar que nos
hemos llenado de heridas, y que ahora nos dice: «Ustedes son una morralla».
¡Maldita sea la...!
Después, en una brusca transición, exclamó:
—¡Cristo! No me importa... Yo soy capaz de comerme
los hígados del mundo... ¡Hostias!... Ya se acabó la Humanidad... Y a Fernando
VII, yo... yo solo he de ir a su palacio, y lo tengo que ahorcar de una
puerta...
Se tranquilizó el general, y, despidiéndonos de él,
volvimos a la otra orilla de la ría, y de aquí, a Bilbao.
Como supongo que no recordarán ustedes quién
era el general Renovales, que iba a iniciar el movimiento, porque en España las
cosas y los hombres se olvidan como en ninguna parte, les diré lo que sé de él.
Renovales era un navarro nacido en un pueblo del
valle del Roncal, creo que en Isaba. De joven había emigrado a la América, y
estaba en Buenos Aires cuando supo la entrada de los franceses en Madrid.
Decidido, tomó un barco y se fué a España.
Renovales era de esos hombres audaces y temerarios
que se distinguen por su ardor en el combate. Estuvo en los dos sitios de
Zaragoza; hizo en uno de ellos una defensa heroica del fuerte de San José, y
quedó prisionero de los franceses al concluír el último sitio. Era entonces
coronel. En unos meses, de soldado había pasado a jefe; se puede suponer las
cosas que tendría que hacer.
Renovales, prisionero, fué conducido con otros
camino de Francia; pero al llegar cerca de los Pirineos, en esa zona intermedia
entre Aragón y Navarra, que él conocía muy bien, se escapó, a riesgo de que le
pegaran un tiro, y fué a esconderse a una choza de pastores.
Cuando pudo salir de su escondrijo, de noche, por
entre las matas, fué recorriendo pueblos de Navarra y de[196] Huesca,
y reuniendo y armando soldados y paisanos. Llamó a uno de sus amigos de la
infancia, Miguel de Sarasa, que era de Embun, hombre muy alto, corpulento, de
grandes bríos, gran jugador de barra y de pelota, y le nombró su segundo.
A este Sarasa parece que le llamaban en broma Mal
Alma, porque era de una bondad extremada.
Entre Renovales y Mal Alma hicieron
las cosas extraordinarias y prodigiosas que solían hacer los guerrilleros. Los
franceses mandaron grandes columnas en su persecución. Renovales llegó a
destrozar batallones enteros, como en la batalla que tuvo en la Peña de Undari.
Renovales fué, de todos los guerrilleros, el que
hizo una campaña más rápida y eficaz.
Si a su valor y a su instinto militar hubiese
añadido conocimientos técnicos, hubiese sido uno de los primeros generales de
la época, probablemente el primero de España.
Tal desasosiego y zozobra produjeron en el Gobierno
las correrías de Renovales, que desde Zaragoza y Pamplona mandaron tropas para
obrar en combinación contra él. Una de las columnas francesas que se dirigió al
Monasterio de San Juan de la Peña fué deshecha por Mal Alma.
Renovales llegó a organizar una brigada de cuatro
mil soldados.
Era un hombre extremado en todo; en sus pasiones,
en sus juicios, en la suerte y en la desgracia.
A Alcalá Galiano le he oído muchas veces hablar con
desprecio de Renovales, porque en una proclama que dió en Cádiz, cuando estuvo
allá, dijo estos o los otros absurdos, hizo un dibujo de José Bonaparte,
borracho y cayéndose, y se expresó con la rudeza de un hombre del campo.
Juzgar a guerrilleros como Mina, El Empecinado o
Renovales como se puede juzgar a un catedrático, no se[197] le
ocurre mas que a un dómine de Ateneo tan pedante y tan vanidoso como Galiano.
Renovales llegó a mandar la cuarta división del
séptimo ejército e intervino en hechos de armas importantes.
Este hombre, que con nosotros iba a trabajar para
destronar a Fernando VII, había tomado parte años antes en una tentativa del
marqués de Ayerbe, hecha con el objeto de libertar al mismo Fernando de su
destierro de Valencey.
Habían conducido los franceses al marqués de Ayerbe
a Pamplona, a fines del año 9, y pensaban llevarle a los pueblos del Alto
Aragón, de donde, al parecer, era natural el marqués, para que contribuyese a
pacificarlos.
Ayerbe se escapó de Pamplona vestido de calesero, y
fué a reunirse con Renovales, que estaba en el Roncal. Le expuso el plan que
tenía para sacar al rey de su cautiverio, y Renovales le dijo debía presentarse
a la Junta Central de Sevilla a que autorizase el proyecto y diera medios para
realizarlo.
Renovales facilitó al marqués el viaje, y Ayerbe se
presentó en la capital andaluza. La Junta parece que aceptó el plan, y estando
Renovales en Cataluña volvió a reunírsele el marqués, ya con amplios poderes.
El general eligió gente de confianza, y se embarcó
con ella y con Ayerbe en un bergantín de guerra español llamado el Palomo.
El gobernador francés de Tarragona sospechó algo, mandó dar caza al bergantín,
y éste, perseguido por navíos franceses, tuvo que bajar por el Mediterráneo,
atravesar el estrecho de Gibraltar y entrar en Cádiz.
Allí Renovales tuvo grandes trifulcas con los
marinos de guerra; luego, meses después, en junio de 1810, salió, mandando un
cuerpo expedicionario que debía trasladarse al Norte. Ayerbe y el general
desembarcaron en La Coruña, y aquí riñeron y se separaron. Ayerbe, siempre
preocupado por libertar a Fernando, se encaminó hacia la frontera francesa, y
fué asesinado en Le[198]rín, de Navarra; Renovales quedó
al frente de sus tropas en la costa cantábrica, y fué avanzando y batiéndose
con los franceses, en combinación con Salcedo, Longa y Mina.
Concluída la guerra de la Independencia, Renovales,
de mariscal de campo, estuvo en Madrid.
Renovales, como la mayoría de los guerrilleros de
la época, fué entusiasta de la Constitución. Al restablecerse el régimen
absoluto manifestó en público la indignación que le producía tal medida; el
Gobierno, al saber su actitud, se dispuso a prenderlo; Renovales huyó a Francia
y, como era todo violencia y pasión, quiso vengarse y se dedicó a conspirar.
Fué el alma de nuestra conspiración, que en aquel tiempo se llamó de Bilbao y
que estaba relacionada, aunque esto no se supo, con la del Triángulo, y una carta
suya, dirigida a Lacy, contribuyó a que este general fuera condenado a muerte
por un Consejo de Guerra.
Renovales era de una acometividad y de un valor
frenéticos; pero le faltaba reposo; le faltaba también cultura y moral; no
sabía poner freno a sus odios y a sus pasiones. En su fondo había el hombre
primitivo, tipo de condottiere del Renacimiento.
Los juicios suyos eran de intuición y se aferraba a
ellos, considerando que no podía volver sobre su acuerdo. Mina adolecía también
de la misma falta de principios; pero en Mina no había sólo el león o el tigre,
sino también el zorro.
Mina, por lucidez natural, llegó a comprender su
papel en España y, a pesar de algunas brutalidades que empañaron su vida, dejó
a la historia de nuestro país una gran figura.
Renovales, no; después de una serie de aventuras
extraordinarias, llevadas a cabo con un valor y una suerte admirables, echó a
perder todo su brillante pasado con una traición a su patria, que luego quiso
arreglar con otra traición.
Un agente de los insurrectos americanos ofreció a
Renovales el mando de una expedición que había de ir a defender la
independencia de Méjico. Renovales aceptó; luego, arrepentido, fué a ver al
embajador de España en Londres y denunció lo que ocurría.
Después publicó un manifiesto desde Nueva Orleáns;
pero estaba desprestigiado y nadie le hizo caso.
Al día siguiente de ver a Renovales nos
reunimos en el despacho de Olavarría para ultimar detalles.
Se decidió enviar a Téllez a que se viese con don
Gaspar de Jáuregui, coronel retirado en clase de dispersos; así se le llamaba.
Uno de nuestros amigos, don Anselmo Acebedo, encargó a Téllez dijera a Jáuregui
iba de su parte. Téllez fué a ver al ex guerrillero vasco en Villarreal de
Zumárraga; pero Jáuregui se mostró reacio, y no sólo reacio, sino que, poco
después, declaró todo cuanto había pasado en su conversación con Téllez.
Como teníamos que comunicarnos con varias ciudades
se pensó en un medio de hacerlo tan secreto que fuera casi imposible
averiguarlo.
Aviraneta mandó comprar dos tableros de ajedrez, y
en los dos marcamos unos cuadros sí y otros no. Cada uno de los tableros nos
serviría de modelo para hacer una plantilla que tendría unos cuantos cuadros
cortados. Escribiríamos con tinta simpática, y nuestro sello sería dos
triángulos cruzados, lo que se llama el signo de Salomón.
Quedamos de acuerdo en que Olavarría serviría de
unión entre nosotros cuando estuviéramos en Madrid y la gente de Bayona y
París. Aviraneta recomendó a Olavarría que no empleara la misma plantilla para
co[202]municarse con ellos. Si podía mandarles emisarios
en vez de escribirles, sería mejor.
Como teníamos una lista de más de doscientos
nombres de conspiradores sólo de Madrid, con sus señas, hicimos una combinación
especial en el libro de misa de Conchita, en un tomo de poesías de Petrarca que
tenía María y en una Guía de Forasteros de Madrid. En el libro de
Conchita y en el de María marcamos con un alfiler en el texto las letras del
nombre del afiliado, y en la Guía de Forasteros, la calle.
Para hacer llegar la correspondencia a Renovales
escribiríamos a Domingo Fernández, y la carta la meteríamos en un sobre con las
señas de don Pedro Láriz, del comercio de Bilbao.
Con la logia de Granada nos entenderíamos por
intermedio de Veramendi, que era intendente en aquella ciudad, y con Valencia,
por la casa de Bertrán de Lis.
Dispuesto esto, entre todos redactamos varias
proclamas, que en el fondo eran la misma, pues no tenían más variación sino que
en una decía castellanos; en otra, navarros, y en otra, catalanes; y que
comenzaba así:
«Concordia y valor: Españoles: el yugo infame que
nos oprimía ha sido quebrantado...»
Venía luego un corto programa político con las
reformas que considerábamos necesarias.
Después, como la mayoría de nuestros afiliados
habían de ser militares, se les prometía a todos un ascenso y aumentarles el
sueldo.
Cuando llegamos a estar de acuerdo en la redacción
se mandó a imprimir la proclama a casa de Gosse, en Bayona.
Concluída nuestra tarea, repusimos nuestro almacén
ambulante de agua de Colonia y de aceite de Macassar, este último con aceite
común un poco perfumado, y tomamos el camino hacia Castilla.
En Burgos, Aviraneta tuvo que esconderse en el
coche, temiendo el encuentro con alguna gente de Merino, y en[203] Valladolid,
en cambio, tuve que esconderme yo, pues si alguno me hubiese reconocido como el
subprefecto del tiempo de José me hubiesen hecho pedazos.
Aviraneta se detuvo en la ciudad castellana unas
horas. Tenía una cita con don Anselmo Acebedo, el de Bilbao. Se reunieron y
hablaron con el general Ballesteros, que estaba desterrado allí y que ofreció
levantarse contra el Gobierno absoluto el día que se lo indicasen.
Hablaron también con el médico don Mateo Seoane,
que estaba de titular en un pueblo próximo. Seoane dijo que se vería con el
Empecinado, y, efectivamente, poco después el general don Juan Martín contestó
adhiriéndose a la idea y ofreciéndole para todo.
De Valladolid fuimos a Aranda por la orilla del
Duero.
Al llegar a Aranda, donde Aviraneta tenía
conocimientos, vendió el carro y los caballos, y decidió que entráramos en
Madrid en diligencia y separados.
Primero marchó María; luego, dos días después,
Conchita y yo, y al cuarto día, él.
Nos veríamos el quinto día en el café de Lorencini,
a las seis de la tarde. Si había gente nos comunicaríamos únicamente las señas
de nuestras respectivas casas; si no, hablaríamos.
LIBRO SEGUNDO
LUCHA EN LAS SOMBRAS
I
PRIMEROS PASOS
Una tarde de febrero, al anochecer, fuí al
café de Lorencini a ver si encontraba a Aviraneta. Lo vi; estaba el café
desierto, y hablamos. María, Conchita y yo habíamos ido a una fonda de la calle
de Preciados.
Aviraneta me dijo que acababa de alquilar un cuarto
en una casa de huéspedes de la Plaza Mayor, en el ángulo de la escalerilla que
baja a la calle de Cuchilleros.
Aviraneta dijo en la casa que era administrador de
un ricachón de Soria, y que le era indispensable estar con frecuencia en el
campo.
Añadió con sorna que había llevado a la patrona, de
regalo, un queso comprado en la calle, y la buena señora quedó convencida de
que era muchísimo mejor que los que se vendían en Madrid.
—¡Ay, don Ignacio!—parece que le solía decir—. ¡Qué
queso nos ha traído usted!
Charlamos un rato y le pregunté a Eugenio:
—¿Cuándo nos veremos?
—Mañana iré por su casa de usted.
—¿Por la mañana?
—Sí; a las nueve.
Nos despedimos, y al día siguiente me había
levantado y estaba esperándole, cuando la criada de la casa, una gallega
cerril, entró y me dijo:
—Señorito.
—¿Qué hay?
—Que está aquí el barberu.
Yo no le había llamado al barbero, y me sorprendió.
Iba a decirle que se fuera, cuando le veo entrar a Aviraneta, con una toalla
bajo el brazo izquierdo, haciendo genuflexiones. Me dió una risa verdaderamente
inextinguible. Aviraneta apenas había cambiado de traje, y, sin embargo, en
aquel momento tenía un aire de barbero completo.
—Joven—dijo, recalcando las palabras como un
madrileño y dirigiéndose a la criada gallega—, ¿quiere usted traer agua
caliente?
La gallega trajo una jarra, y Aviraneta, cambiando
de expresión, me dijo:
—Bueno, vamos a sacar los nombres de nuestra gente.
Busqué yo los tres libros: el de misa, el de
poesías y la Guía de Forasteros, e hicimos la lista. Aviraneta
traía una plantilla hecha en una hoja de papel, y se mandó esta plantilla a
unas veinte personas de las que nos habían indicado Renovales, Olavarría y los
demás.
Con la plantilla iba una carta que decía:
«¿Quiere usted entrar en nuestra Sociedad? Se le
invita de parte de Renovales. Si acepta usted, mande usted su aceptación y
debajo su número.»
Cada persona tendría un número. Como no convenía
que todos contestaran a un mismo punto, pues podrían asombrarse en Correos de
una correspondencia tan grande para uno solo, se indicó que unos enviaran sus[207] contestaciones a un joyero, Cobianchi, paisano y
recomendado de María Visconti, y otros al mayordomo del conde de Tilly.
Las primeras maniobras nuestras tuvieron gran
éxito.
Había descontento entre los militares; el Gobierno
tiraba contra todos los que tuvieran ideas liberales; los héroes de la
Independencia estaban vejados.
Acababan de prender al general Villacampa, de
enviarlo al castillo de Montjuich y de encerrarlo en un horrible calabozo.
El crimen que reprochaban a Villacampa era haber
asistido a una comida que se dió en el café de Lorencini, de la Puerta del Sol,
en compañía de algunos liberales; el haberse opuesto al final de la guerra a
que la Regencia fuese sustituída por la infanta doña Carlota Joaquina, y el
afirmar que derramaría su sangre por conservar la Constitución.
Entre las personas primeras a quien se solicitó, y
que contestaron adhiriéndose, había héroes y traidores; estaban don Luis de
Lacy, el fusilado en Bellver; don Enrique O'Donnell, conde de La Bisbal, el que
fué a saludar a Fernando VII con dos cartas en el bolsillo, una muy liberal y
otra muy realista, para leer una u otra, según el viento que soplara; el
general de artillería don Manuel de Velasco, héroe del sitio de Zaragoza, que
después de la segunda época constitucional, perseguido por los absolutistas,
murió en 1824, en Cádiz, y fué enterrado por caridad como mendigo y con nombre
supuesto; el general O'Donojú, que traicionó a España en Méjico en unión de
Itúrbide; los oficiales Infante, Núñez de Arenas, Hezeta, Herrera, Dávila...
Estaban también Vicente Ramón Richart, que fué
ahorcado y decapitado en Madrid; Salvador Manzanares, muerto en Ronda años
después; los Bazán, que fueron fusilados uno en Alicante y otro en Orihuela;
Bartolomé Amor, el que dió la carga en 1823 en la Puerta de Alcalá contra los
realistas de Bessieres; Francisco[208] Valdés, que
ya en Irún había querido sublevarse cuando Fernando abolió la Constitución;
Juan Antonio Yandiola, que fué martirizado en el potro; el cirujano don
Baltasar Gutiérrez, que fué ahorcado y decapitado con Richart; Francisco
Esbriz, el guerrillero fray José y el sargento Plaza, que fueron los tres
ahorcados; el cabecilla Chaleco, que fué ahorcado en Granada después de la
segunda época constitucional, y además otros desconocidos, como Blas León
Veyan, Manuel Santurio, Cayetano Torres, el fraile Moliner, etc. A los que
contestaron aceptando les mandamos el plan detallado e instrucciones para
formar el Triángulo.
Desde Barcelona nos escribió Illuminati diciendo
que había hablado con el general don Francisco Miláns del Bosch, con el
comandante con grado de coronel del regimiento de Murcia, don Francisco Mancha,
liberal exaltado, y con otros militares como López Baños, el mayor Espínola, el
teniente coronel Frichi, el capitán Bacigalupi, y que todos estaban dispuestos
a secundar el movimiento. De Murcia, Valencia y Granada las noticias eran
buenas.
Ya contando con las cabezas, lo que necesitábamos
era gente, y con este propósito nos dedicamos a escribir a los sargentos y
oficiales de poca graduación, buscando el atraerles por el cebo del ascenso.
Alguno que otro no entendía la manera de escribir
con la plantilla y hubo que explicársela.
Nosotros dos, que formábamos el Directorio,
teníamos en la memoria los nombres de los principales conspiradores y de sus
números; pero los otros no los sabíamos ni podíamos saberlos, porque
precisamente en esta ignorancia de los mismos afiliados, que desconocían
quiénes eran sus amigos, estaba la fuerza de la organización del Triángulo.
Se envió el proyecto general. Se proclamaría la
Constitución de 1812. Se traería de nuevo a Carlos IV, que ya estaba avisado y
pronto a admitir y jurar el Código[209] de Cádiz.
Se aboliría la inquisición y se entregaría al fuego sus edificios, se
expulsaría a los frailes, se suprimirían las aduanas interiores y se daría un
grado y tres pagas a los militares.
Se indicó a los afiliados que hiciesen las
observaciones que consideraran útiles.
Por las respuestas vimos que había partidarios de
la República, gente ilusa que podía echar a perder nuestros trabajos.
Pasaron unas semanas; la cadena formada por
militares y empleados iba aumentando en eslabones. Las cartas con la plantilla
abundaban.
Como el mayordomo del conde de Tilly y el joyero
Cobianchi comenzaban a extrañarse de tanta correspondencia, decidimos recibirla
por otro conducto.
Aviraneta se dió a pensar procedimientos, y se le
ocurrió alquilar un cajón de zapatero remendón que había en un ángulo de la
calle de Capellanes. En la covacha hizo una ranura y puso por dentro un buzón
para recoger las cartas.
Aviraneta llevó un viejo al puesto, que estuvo allí
una semana haciendo el paripé, como decía Eugenio, y luego lo
despidió.
El cajón del zapatero servía para recoger nuestra
correspondencia. Como no estábamos muy seguros de la fidelidad de todos los
conjurados, íbamos María, Conchita, Aviraneta y yo a vigilar la calle de noche,
y cuando no se veía a nadie recogíamos las cartas. Varias veces tuvimos que
esperar hasta muy tarde, porque entre busconas y gente de mala vida que
husmeaba por allí podía haber espías de la policía.
No sé si ustedes conocerán ese barrio que hay
en Madrid entre la calle Mayor y la plaza de Oriente. Es un barrio pequeño, con
callejuelas estrechas y cortas, que tiene dentro dos iglesias, la de Santiago y
la de San Nicolás.
Se encuentran por allí la calle de la Almudena, la
del Rebeque, la de Noblejas, la de Requena, la de los Autores, la de la
Cruzada, y otras.
Yo no sé cómo estarán ahora, porque hace mucho
tiempo que no he ido a Madrid; pero entonces eran callejones con casas
pequeñas, pobres y de mal aspecto; el piso, con hoyos, sin empedrado y sin
aceras, por donde se formaba un lodazal inmundo con las lluvias invernales.
Aviraneta, como madrileño nacido en el barrio, lo
conocía muy bien.
En el tiempo que anduve por él no me di cuenta
clara de la topografía de sus encrucijadas, de las vueltas y revueltas de este
rincón de Madrid.
En una de estas revueltas, al final de la calle que
se llama del Rebeque, que tiene una escalinata, hay otra calle con un solo
edificio, la de Viento, y en ésta alquiló Aviraneta una guardilla.
Esta casa de la calle del Viento se hallaba en la
par[212]te más alta del barrio, y dominaba el Palacio
Real, la plaza de la Armería y el Cubo de la Almudena.
Era una casa vieja, amarillenta, de tres pisos, que
daba a la parte posterior del cuartel de Alabarderos. No tenía vecindad
enfrente, sino un pretil de piedra. No había que temer allá miradas de curiosos
ni de gente indiscreta.
Por dentro, la casa era espaciosa. Hasta el tercer
piso tenía una escalera bastante ancha y fuerte; pero para llegar a la
guardilla no había mas que una escala de cuerda y de madera, con un barandado
también de cuerda.
La causa por la cual Aviraneta había alquilado esta
guardilla era la siguiente: Hacia principios de marzo se nos dió el informe de
que algunas tardes el rey bajaba del coche en la Puerta de Alcalá con sus
favoritos el duque de Alagón, Lozano de Torres y Chamorro.
Allí, escoltado por varios guardias, daba un paseo
a pie hasta las Ventas. Los conjurados de los triángulos primero y tercero
pensaban ser éste el momento más favorable para prenderle y matarle.
Antes también habíamos discutido el proyecto de
entrar en Palacio valiéndonos, si era necesario, de un afiliado nuestro que se
llamaba Negrillo, administrador de las encomiendas del infante don Antonio;
pero tuvimos que abandonar el proyecto por impracticable.
En esto el triángulo primero propuso en su
comunicación el plan de acabar con Fernando en casa de una buena moza adonde
solía ir por las noches, disfrazado, en compañía del duque de Alagón.
Esta buena moza, Pepa la Malagueña, era muy
conocida en el barrio de Puerta de Moros, y vivía en una callejuela cuyo nombre
no recuerdo, pero que estaba entre Puerta de Moros y Puerta Cerrada. La voz
pública afirmaba que el rey visitaba a la Malagueña diariamente.
La muerte del tirano en casa de su querida hubiera[213] sido un final digno de su vida miserable. Como
es natural, no se sabía si la noticia era cierta, o no.
Contestamos a los triángulos pidiéndoles
puntualizaran sus proyectos. Desechamos el de la Puerta de Alcalá por imposible
y nos dedicamos al otro.
Se hicieron gestiones para averiguar quién era Pepa
la Malagueña. Se supo que el padre había sido guarda del monte de Río frío, y
que una hermana de la Pepa tenía amores con un alabardero. Se comprobó lo de
las visitas de Fernando.
Considerado el proyecto como viable, Aviraneta se
decidió a estudiarlo, y entonces alquiló la guardilla de la calle del Viento,
desde donde se veía Palacio y la plaza de Armas.
Su plan era apostar treinta hombres durante varios
días en una taberna de Puerta Cerrada.
A estos hombres se les avisaría cuando el rey
estuviera en casa de la Malagueña por una ventana de la casa de huéspedes de
Aviraneta, que daba a la calle de Cuchilleros.
Desde la guardilla de la calle del Viento podía
espiarse de noche la salida del rey. Aviraneta había pensado un sistema de
señas por luces. Desde la guardilla de la calle del Viento se veía una torre
pequeña de la casa de la familia de Aviraneta, en la calle del Estudio de la
Villa, y desde aquí, el tejado de la casa de huéspedes de la Plaza Mayor. De
una guardilla a otra era fácil dar una seña con luces, y desde la ventana de la
calle de Cuchilleros se avisaría a los conspiradores, que se reunirían en la taberna
de Puerta Cerrada. Si se llegaba a matar al rey, se avisaría a todos los
conspiradores para que saliesen armados a la calle.
En esto, el número dos del triángulo quinto nos
comunicó que tenía la sospecha de que habían entrado traidores en la Sociedad,
y que éstos él suponía eran un francés y dos sargentos.
Al saber lo del francés pensamos en seguida en Pau[214]lino Couzier; respecto a los sargentos no teníamos
pista alguna.
Alarmados, decidimos redoblar la vigilancia; y
avisar a los cabezas de los triángulos que esperasen unos días sin comunicar.
Abandonamos el cajón de zapatero y dijimos que el
punto para la correspondencia se fijaría de nuevo. Había que esperar una
ocasión, sin avanzar ni retroceder.
A mediados de marzo se presentó Aviraneta en mi
casa con un tal Arquez, militar amigo de Renovales, que venía de Bilbao.
Arquez se hacía llamar Francisco Ruiz, y otras
veces, Jorge Calleja. Era un hombre bajito, grueso, canoso, de cara abultada y
picada de viruelas, y la voz, bronca y dura.
Cuando se le explicó lo que se había hecho quedó el
hombre maravillado, porque el buen Arquez no se distinguía ni por su
inteligencia, ni por su astucia.
Se le exhortó a que se callara y él prometió no
decir nada aunque lo asparan. Iba a despedirse de nosotros cuando vió a María
Visconti, y tal fué su entusiasmo, que dijo que inmediatamente que hiciera su
comisión tenía que volver a Madrid.
Efectivamente, así lo hizo, y se convirtió en un
mastín de la italiana.
Aviraneta le llamaba el Perrete.
María Visconti seguía con la idea fija de
realizar su venganza. Tenía un gran sentido de la maquinación y de la intriga.
Se había hecho amiga de unas monjas y de una
francesa llamada Luisa, que se enriqueció en poco tiempo siendo el ama de
llaves del ministro de Gracia y Justicia don Pedro Macanaz.
Luisa y el ministro hicieron magníficos negocios
vendiendo empleos.
Terciaba Luisa cuando vacaban los destinos más
lucrativos, averiguaba quiénes eran los pretendientes y se entendía con ellos.
Ajustada la cantidad, que se depositaba en casa de
un comerciante de la calle de la Montera, don Carlos Doyt, la plaza recaía,
como era natural, en el designado por doña Luisa.
Durante el tiempo en que Macanaz fué ministro se
hizo este sencillo tráfico, hasta que se descubrió el chanchullo y el hombre
fué enviado desde el ministerio al castillo de La Coruña.
Si hubiera sido liberal lo hubieran ahorcado; pero
Fernando VII tenía una manifiesta simpatía por los pillos; probablemente por
pertenecer él a la cofradía.
La maquinaria inventada por Macanaz y su ama de[216] llaves, doña Luisa Robinet, no desapareció, y
fué a parar a unas monjitas que se entendían con uno de la camarilla llamado
Corpas.
María fué a visitar a Corpas y nos contó lo que
habían hablado.
—Le he dicho que mi marido está sin destino; hemos
conversado largo rato, y me ha indicado que vuelva—nos dijo—. Uno de ustedes
tendrá que acompañarme otro día.
—¿Cree usted que hay que ir?—le pregunté a
Aviraneta.
—Sí—contestó él—. Estamos expuestos a que nos
engañen y a que intenten jugar con nuestra baraja. Juguemos nosotros también
con la suya.
—¿Pero podremos desenvolvernos?—pregunté yo.
—Sí; no tenemos que dar explicaciones a nadie. En
estos casos hay que defenderse como el calamar, obscureciendo el agua de
alrededor.
María y Aviraneta se trasladaron a otra casa de
huéspedes. Aquí recibieron la visita de un tal Freire, que luego fué intendente
de Hacienda de Don Carlos.
Freire, María y Aviraneta fueron a casa de Corpas,
que vivía en la plaza de los Afligidos.
Según me dijo María, Aviraneta se presentó como
víctima de los masones, barajando en su charla los nombres de una porción de
curas y de frailes.
Al parecer, el haber estado en la guerrilla de
Merino le servía muy bien.
Cuando le vi a Aviraneta le pedí noticias de su
entrevista con Corpas.
Me dijo que se había reducido a hablar acerca del
estado de España, pero que tenía la impresión de que Corpas pensaba utilizarle
de algún modo.
—¿Qué clase de hombre es?—le pregunté.
—Es un hombre de cuidado—me contestó.
—¿Sí?
—Un tipo muy inteligente, muy sutil, de estos ambi[217]ciosos y atrabiliarios cuya única idea es subir, y que
disfrazan sus ansias de poder con el manto de la religión. Es capaz de todo.
—¿De todo?
—Creo que sí.
—¿Qué aspecto tiene?
—Tiene un aspecto de hombre dueño de sí mismo. Muy
pálido, muy frío. Conoce a la perfección varios idiomas y disimula su acento
andaluz hablando casi como un extranjero.
—¿De dónde es él?
—Es granadino.
—Un andaluz de estos fríos... será terrible.
Aviraneta se enteró en seguida de todos los
detalles de la vida de Corpas.
La manera de llegar este hombre a ser familiar de
Fernando VII indicaba su gran audacia.
Al parecer, después de haber sufrido, recién
llegado de Granada, una época de paria miserable y hambriento en Madrid, Corpas
se elegantizó un poco y se metió en Palacio con otros muchos pretendientes que
no podían pasar jamás a ver al rey.
Era durante la privanza de Ugarte, el favorito que
había sido basurero y que compartía la confianza de Fernando VII con una
persona tan distinguida como Chamorro, Pedro Collado, el ex aguador de la
fuente del Berro.
Un día Corpas, cansado de esperar, se decidió; se
puso el tricornio como lo llevaban los palaciegos y entró en la cámara regia.
Saludó al favorito Ugarte con desembarazo.
Ugarte creyó que aquel hombre pasaba con la venia
del rey; Corpas, al entrar Fernando, avanzó al mismo tiempo que el favorito y
le besó la mano. El monarca pensó que el nuevo cortesano era algún amigo y
protegido de Ugarte.
Cuando Ugarte supo que nadie había presentado al[218] audaz palaciego, intentó prenderlo y llevarlo a
pudrirse a un calabozo; pero Corpas se contaba ya entre los amigos de Fernando
y entre los íntimos de Don Carlos.
En su conferencia con Aviraneta, Corpas parece que
comprendió que tenía delante un hombre útil, y quiso aprovecharlo. Le dijo que
volviera a su casa solo, y en la conversación que tuvieron los dos le habló de
que sería conveniente saber si se conspiraba en Madrid, y le indujo a que, en
unión de Freire, hiciera algunas averiguaciones.
A los ocho días, Aviraneta era el hombre de
confianza de Corpas.
Corpas tenía a Aviraneta por un hombre útil y
cándido, cuyos servicios iba a aprovechar y a pagar con esperanzas.
Aviraneta le daba informes confusos a Corpas, y
éste le aconsejaba que entrara, que se metiera en los rincones donde se
conspiraba, a enterarse de lo que ocurría.
Aviraneta le pidió a Corpas un papel, autorizándole
para hacer investigaciones en los centros masónicos y revolucionarios, y Corpas
se lo dió, escrito por una letra que no era la suya, y como hombre que no
reparaba en medios, falsificó la firma del superintendente de policía.
—Vamos a fundar—le dijo Corpas a Aviraneta—una
Sociedad de hombres honrados para defender la religión, que se ve atacada por
todas partes. Usted y Freire acudirán a la reunión y se les pondrá una mesa con
recado de escribir. Escribirán lo que oigan, pasarán por alto las reflexiones
políticas y religiosas y recogerán todo cuanto se diga con relación al
funcionamiento y al régimen de la Sociedad.
—Muy bien—dijo Aviraneta.
—Cuando termine la reunión, yo quisiera que
tuvieran hechas dos actas, para que pudiesen firmarlas todos.
—Bueno. Yo creo que podré hacer ese resumen. No sé
si Freire...
—La verdad es que Freire es muy torpe. ¿Usted no
tendrá algún amigo?
—Sí, tengo un amigo en expectación de destino...
—¿Inteligente?
—Sí, muy inteligente.
—Pues tráigalo usted. Espérenme ustedes los dos,
mañana, a la noche, delante de mi casa, a las nueve.
Me habló Aviraneta de lo que teníamos que hacer. No
comprendía yo para qué nos metíamos así en la boca del lobo; pero ésta era una
de las grandes voluptuosidades de Eugenio.
Al día siguiente, a las siete, se presentó
Aviraneta en casa. Llevaba una levita larga, anteojos, un aire humilde y
clerical. Iba un poco encorvado. Parecía un hombre de cuarenta a cincuenta
años. Me quedé asombrado.
—Este es el aspecto que llevo siempre a casa de
Corpas—dijo él—. Me cuesta trabajo tomar esta actitud. Como ve usted, hasta me
pinto algunas canas en las sienes.
Realmente, era una caracterización perfecta. El no
verle la mirada, le cambiaba en absoluto.
Cenamos los dos y salimos con el embozo hasta los
ojos a la calle. Llegamos a la plaza de Afligidos, frente a la casa de Corpas,
y nos paramos. Al poco rato se acercó un coche, bajó el cochero y nos dijo:
—¿Esperan ustedes de parte del señor Corpas?
—Sí, señor.
Pues suban ustedes.
Subimos; el cochero cerró la ventanilla y
comenzamos a marchar. Como estaba obscuro, no nos fijamos en que no entraba luz
por los cristales. Al dar una vuelta, Aviraneta murmuró:
—¿Por dónde iremos?
Se asomó, pero no se veía nada; bajó el cristal y
vió que, cerrando la ventanilla, había una chapa de hierro.
—¿Qué pasa?—le pregunté yo.
—Que vamos presos—me dijo.
Yo me estremecí. Instintivamente buscamos el
pestillo de la portezuela; pero no lo tenía por dentro.
—¿Qué hacemos?—murmuré yo.
—Tengamos calma.
El coche, por la dirección que llevaba, debía ir
hacia Palacio; dimos luego una serie de vueltas, que nos desorientaron, y
debimos salir a alguna ronda. El coche iba dando tumbos; en uno de éstos me
apoyé, sin querer, sobre el pecho de Aviraneta y noté la línea rígida de un
puñal.
Pasada la ronda, cruzamos por una calle o plazoleta[221] empedrada; entramos en un zaguán, y se abrió la
portezuela.
—Síganme ustedes—dijo un señor con aspecto de
criado o mayordomo.
Subimos una escalera de servicio y pasamos a un
gran salón antiguo; el techo con artesones; magníficos cuadros y muebles.
—Aquí van ustedes a tener frío—nos dijo el
mayordomo.
—Sí, es muy probable.
El mayordomo trajo un brasero repujado en una
tarima pequeña, llena de adornos, de cobre; lo puso debajo de la mesa y colocó
en una carpeta papel y recado de escribir.
Aviraneta y yo nos mirábamos de reojo.
El primero que llegó a la reunión de todos los
invitados fué Corpas, con un señor que debía ser el amo de la casa. Corpas
advirtió a Aviraneta que, después de que hablasen los demás, él hablaría con el
único objeto de alargar la sesión, para dar tiempo a que nosotros redactáramos
las actas.
Yo le miraba a Eugenio; y si no hubiera sido porque
en todos aquellos preparativos se sentía algo siniestro, me hubiese dado ganas
de reír. Eugenio talló las plumas con gran cuidado, probó la tinta, estuvo
admirablemente en su papel.
En esto se presentó un fraile hético, de cara de
estupor, los ojos apagados, la nariz roja, el labio superior un arco de círculo
que mostraba con una mueca desdeñosa los dientes amarillos; la tez, de color
verdinegro, y el tipo, de hombre peligroso y fanático. Era un producto de
seminario o de convento digno de un museo de curiosidades monstruosas. Luego
llegó un señor sonriente, y después, juntos, un hombre moreno, de aire
avinagrado, y otro grueso, de patillas rojas y largas y cara rubicunda.
Fué llegando más gente, entre ellos un jesuíta
joven,[222] con acento italiano, de ojos azules, de
tez sonrosada y sonrisa falsa. Por lo que me dijo Aviraneta en voz baja, era el
hombre de confianza del padre Cirilo de la Alameda, de este intrigante
ambicioso, cortesano y bajo, que va apoyándose tan pronto en María Cristina
como en Don Carlos, que ha llegado a arzobispo de Cuba y que llegará a Papa si
le dejan.
Estaban también en la sala, según me dijo Eugenio,
el decano de la Inquisición, don Luis Cubero; el fiscal Zorrilla y el
inquisidor general, don Pablo Mir.
Antes de que comenzara la sesión entraron un fraile
dominico, navarro, grande, abultado, con aire de elefante, acompañado de un
frailuco joven e inquieto, de ojos vivos. El frailuco se llamaba el padre
Madruga.
Comenzó la reunión diciendo Corpas cuál era el
objeto de la Santa Fe, y todos los reunidos dieron su parecer.
La idea general era que había que atacar con mano
firme la masonería y la irreligión y poner espías en su campo; algunos
indicaron vagamente la opinión de que Fernando estaba vendido a los masones.
—Sí, no ha habido severidad bastante—dijo el
dominico navarro; no se ha castigado como se debía a ningún hereje.
—Y el restablecimiento de la Inquisición ha sido
una farsa—repuso don Pablo Mir, el inquisidor general—. No se procesa a nadie.
—Hay una lenidad verdaderamente abominable—dijo el
fiscal Zorrilla.
—En el Consejo de la Suprema estamos mano sobre
mano—añadió el inquisidor general.
El Consejo de la Suprema, que era un centro de
consulta de la Inquisición, por lo que me dijo Aviraneta, estaba instalado en
la calle de Torija, en una casa de ladrillo, grande, próxima al que luego ha
sido palacio de María Cristina.
—Lo mismo que traer a la Compañía de Jesús—sal[223]tó el jesuitilla joven—. ¿Para qué llamarla, si no se
la dan atribuciones? ¿Para qué hacerla venir, si se la aparta sistemáticamente
de la dirección de la juventud?
Por una hábil maniobra de Corpas, dejando las ideas
generales, se comenzó a hablar del funcionamiento de la Sociedad la Santa Fe,
del dinero que se podía reunir, de las obligaciones de los socios, etc.
Aviraneta y yo comenzamos a tomar notas y estuvimos
escribiendo unos veinte minutos. Al cabo de éstos nos miró Corpas, como
indicando: «Hemos acabado», y mientras él, como había dicho, comenzó a hablar,
nosotros nos pusimos a redactar el acta.
Corpas habló con mucho fuego y se manifestó muy
entristecido de la política del rey, entregado a gente incapaz, como el nuncio
Gravina, terco, negado y cruel; al canónigo Ostolaza, al duque del Infantado,
que era un imbécil; al arcediano Escoiquiz..., hombres que no tenían ni la
inteligencia ni el entusiasmo necesario para defender el altar y el trono en
peligro.
Luego se ocupó de la camarilla de Fernando, formada
por mozos viciosos, como el duque de Alagón y Ramírez de Arellano; traidores
advenedizos, como Lozano de Torres, y gente de tan baja extracción, como
Chamorro, como Ugarte y como el clérigo Melo.
Cuando concluyó Corpas, Aviraneta y yo teníamos
copiada el acta.
Después habló de nuevo el dominico navarro, y
mientrastanto, Corpas se puso los quevedos, repasó las actas, borró dos o tres
palabras y luego firmó por duplicado. Los demás leyeron y firmaron uno tras
otro. La Santa Fe había nacido.
Comenzaron a marcharse todos. Corpas nos dictó una
lista de personas que podían figurar en la Sociedad. Aviraneta y yo tuvimos que
aparecer en la lista de aquellos primeros feotas: Aviraneta con el
nombre de Alzate; yo, con el de Arizaga.
Al cabo de algún tiempo, Corpas nos dijo:
—Ahora iremos los tres hasta mi casa.
Entramos en el mismo coche cerrado en donde
habíamos ido y paramos en la plaza de Afligidos.
Ni Aviraneta ni yo pudimos darnos cuenta exacta de
dónde habíamos estado aquella noche.
Sustituímos nuestro buzón de la calle de
Capellanes por un despacho de memorialista de la Corredera Baja, y comenzamos
de nuevo las comunicaciones.
Algunos de los afiliados se manifestaban
impacientes, como si la cosa fuera sencilla y sin complicaciones.
En verdad, teníamos la gente preparada. Los
generales Lacy, O'Donnell, O'Donojú y los oficiales Richart, Manzanares, Bazán
y otros muchos estaban dispuestos a echarse al campo cuando llegara el momento
oportuno. Necesitaban, naturalmente, hombres y medios económicos.
En esto los triángulos 12 y 13 nos mandaron una
comunicación sospechosa. En ella decían que tres sargentos estaban dispuestos a
entrar en Palacio y a matar al rey a sablazos en su trono. Añadían que tenían
que vernos para comunicarnos detalles.
Discutimos la cuestión Aviraneta, María, Conchita,
Arquez y yo, y quedamos de acuerdo en que se trataba de un lazo de algún
traidor o traidores que esperaban denunciarnos.
Se dió aviso a todos los triángulos, menos al 12 y
al 13, de que quemaran papeles, si los guardaban, y esperaran nueva plantilla.
Aviraneta, que estaba muy preocupado, nos dijo a[226] Arquez y a mí que había pensando una combinación
para descubrir a los triángulos 12 y 13 y ver si estaban en relación con la
policía. Nos explicó el proyecto, que me pareció bastante complicado.
Había preparado la celada de este modo. Iba a citar
a los triángulos 12 y 13, y al mismo tiempo a la policía, en un punto, de noche
y a la misma hora, a ver si se entendían y hablaban los conspiradores y los de
la Ronda.
Si no se conocían, y la gente de los triángulos
iba, por tanto, de buena fe, no les podía pasar nada; si se entendían, era que
estaban en relación con la Ronda.
¿Pero cómo íbamos a saber nosotros si hablaban y se
entendían?
Esto era lo que había maquinado Aviraneta. La casa
de su madre, de la calle del Estudio de la Villa, comunicaba con el convento de
las monjas del Sacramento por un balcón corrido. El balcón corrido caía sobre
el huerto monjil, y éste tenía una puertecilla con una reja que daba a la plaza
de la Cruz Verde.
Aquí citaría Aviraneta a los conspiradores
sospechosos de traición y a la policía, mientras nosotros les observábamos por
la reja.
Aviraneta fué por la mañana a ver a su hermana a la
iglesia del Sacramento y le pidió la llave de la casa. Le dijo que andaba
perseguido, que quería buscar unos papeles y que necesitaba que no se enterase
nadie. Su hermana le entregó la llave y Aviraneta se decidió a dar el aviso a
los sargentos sospechosos.
Les escribimos, disimulando la letra y con la
plantilla.
El aviso decía así:
«A los T ∴ 12 y 13.
Esta noche los T ∴ 1 y 3.º os esperan, a la una, en la plaza de la
Cruz Verde.»—Oteroba.
Después redactamos esta carta:
«Al superintendente de Policía.
Esta noche, a la una, se reúnen varios
conspiradores en la plaza de la Cruz Verde. No hay que vigilar antes, pues se
darán cuenta. Caed sobre ellos a la una en punto.—Un amigo del orden.»
Aviraneta me invitó a mí, pero Arquez quiso también
acompañarnos. Nos citamos a las seis en el Pretil de los Consejos. Estaba
lloviendo. Bajamos la escalerilla del Pretil y entramos en el portal de casa de
Aviraneta. Este nos llevó de puntillas a su cuarto y nos tuvo allí hasta la
noche. Tenía preparado algo de comer, y para la excursión, una linterna sorda y
una cuerda.
Dieron las doce en el reloj de Santa María de la
Almudena y en San Justo, y los tres, Arquez, Aviraneta y yo cruzamos la casa,
abrimos una puerta vidriera y aparecimos en el balcón corrido que daba al
huerto de las monjas.
La noche estaba obscura. Seguía lloviendo.
Aviraneta iba a atar la cuerda al barandado del balcón.
—Llueve mucho—dijo.
—Sí. ¿Eso qué importa?—preguntó Arquez.
—Importa. Si la tierra está húmeda y bajamos
directamente vamos a dejar huellas. Las monjas se alarmarán y darán parte a la
policía. Se comprenderá que si han pasado hombres por la huerta, esos hombres
han venido de aquí; registrarán mi casa, encontrarán huellas y quedaremos
descubiertos.
—¿Qué hacemos entonces?—pregunté yo.
—A ver qué se les ocurre a ustedes—dijo Aviraneta.
A mí no se me ocurrió nada.
Después de un rato Eugenio indicó:
—Se pueden hacer dos cosas: una, que vaya yo por el
tejado y baje por la cañería al huerto y observe yo solo lo que pasa; otra, que
vaya por el tejado y lleve esta cuerda. Se ata antes al balcón y luego yo veré
de suje[228]tarla a aquel árbol del huerto. Ustedes
tendrán que bajar colgados de la cuerda.
—Esto es fácil—dije yo.
—La vuelta para ustedes será más difícil—repuso
Aviraneta.
—No, tampoco. Lo difícil es lo de usted. Se puede
usted matar bajando por la cañería.
—No; he bajado algunas veces de chico.
—¿Y subir, cómo va usted a subir después? ¿Otra vez
por la cañería? No puede ser.
—No; verá usted, vamos a hacer otra cosa; esta soga
es larga. Yo bajaré al ángulo del huerto, rodearé una rama fuerte de ese árbol
con la cuerda y echaré el otro extremo al balcón. Si ponemos cuerda doble, yo
vendré también por la soga y la retiraremos desde aquí. ¿No le parece a usted?
—Sí; eso, sí.
Atamos un extremo de la cuerda al balcón, que era
fuerte, y Aviraneta desapareció. Al poco rato asomó la cabeza por encima del
alero y dijo:
—¡Bueno, venga la cuerda!
Se la echamos, y notamos que se la llevaba. Como la
noche estaba tan obscura no se le veía. Oímos un ruido de algo que se rompe.
—Ese hombre se va a matar—pensé yo.
No siguió el ruido, y a los pocos minutos un
extremo de la soga dió un latigazo en el balcón.
—¿Está usted ya?—preguntamos Arquez y yo.
—Sí.
—Habernos avisado. ¿Se ha hecho usted daño?
—Nada. Allá va eso.
La cuerda pasó de nuevo por encima de nuestras
cabezas y la cogimos al aire.
Atamos este otro extremo en el balcón y Arquez y yo
saltamos fuera del barandado y pasamos. Yo llevaba colgada al cuello la
linterna, encendida y herméticamente cerrada. Llegamos fácilmente al árbol,
bajamos[229] por el tronco y avanzamos por el
claustro, alumbrados por un hilo de luz de la linterna, hasta la puerta que
daba a la plaza de la Cruz Verde. Quedamos allí, mirando por las rendijas,
esperando.
A la una menos minutos apareció la gente de los dos
triángulos sospechosos. Venían embozados y no pudimos conocer quiénes eran.
Poco después se presentaron los de la Ronda y se echaron sobre ellos.
La sorpresa de unos y otros fué grande. Vimos
claramente que se entendían y estaban de acuerdo.
No había que saber más y nos preparamos a volver al
balcón. Los tres, uno tras otro, haciendo ejercicios gimnásticos, subimos al
árbol y, avanzando por la cuerda, llegamos a la galería; retiramos la cuerda,
cerramos el balcón y nos encerramos en el cuarto de Aviraneta. Tenía éste las
manos llenas de sangre. Hice yo que se las lavara y le puse un poco de tafetán
en las desolladuras. A la mañana siguiente, antes de que amaneciera, salimos
Arquez, Aviraneta y yo de la casa. En seguida se mandó este aviso a los
conocidos y a los no desconocidos:
«Los triángulos 12 y 13 son traidores.»
Corpas seguía dando avisos constantemente a
Aviraneta, llamándole a su casa para hablarle. Le había hecho entenderse para
las intrigas políticas con Freire y con el fraile que había acompañado en la
reunión al dominico navarro, fraile a quien llamaban el padre Madruga.
Aviraneta me dijo que había cedido su guardilla de
la calle del Viento a la Sociedad de la Santa Fe. Así como ésta tenía su
reunión aristocrática en el palacio donde habíamos estado una noche, y que no
sabíamos cuál era, tendría su reunión plebeya en la guardilla de la calle del
Viento, capitaneada por el padre Madruga.
—Usted tiene el amor del peligro—le dije a
Aviraneta.
—¿Por qué?
—¿A qué llevar a esos hombres a un sitio donde
hemos estado nosotros? Ha podido quedar algún rastro, un papel...
—No, no hay nada. Les he llevado allí porque
conozco las salidas y entradas de la casa, y en una pared falsa tengo un
armario con un arsenal, armas, cuerdas, etcétera... Además, en esta Sociedad
naciente he metido dos o tres amigos de confianza, gente del pueblo.
—¿Quiénes son?
—No los conoce usted. Son compañeros de la
infancia; a uno le dicen el Majo de Maravillas, y es de estos
trabajadores en hierro que en Madrid llaman chisperos; al otro, Sabino el Gordo,
y al otro, el Garroso. La que está dentro de la Sociedad y
entusiasmada, al parecer, es María.
—¿Pero qué podemos sacar de esa Sociedad? ¿Para qué
mezclarnos con ellos?
—¿Y si ellos se encargaran de despachar a Fernando
para traer a Carlos?
—¡Oh! Es imposible.
—Todo es posible. Ahora, barón—añadió Aviraneta—,
convendría que desapareciera usted una semana. Múdese usted de casa y llévese
usted a Conchita y a María, si ella quiere, y por unos días no salga usted.
—¿Y cómo nos vamos a entender?
—Yo le avisaré a usted todos los días lo que hago.
Si pudiera usted encontrar una casa de huéspedes hacia la Plaza Mayor sería
conveniente.
—Bueno.
María y Conchita, por indicación mía, encontraron
una casa de huéspedes, bastante regular, en la Plaza Mayor, cerca del arco que
sale por una callejuela que creo que se llama de Gerona y comunica con la
plazuela de Santa Cruz. Estaba la casa alquilada frente por frente de la de
Aviraneta.
Yo fuí a la casa en un coche y fingí que estaba
malo de unos dolores que no me permitían andar.
La patrona, que se interesó mucho por mi salud, me
indicó una porción de emplastos que debía ponerme, y no tuve más remedio que
hacerlo.
A pesar de que Arquez tenía la consigna de
Aviraneta de estar oculto, se presentó en casa, llevado por su gran entusiasmo
por María, y me hizo salir dos o tres veces con él a tomar café en la Fontana
de Oro.
Una noche, al volver del café, un hombre del pueblo
me dió un papel. Lo guardé en el bolsillo, esperé a que no me siguiera nadie y
lo leí. Decía lo siguiente:
«Vaya usted a la calle del Viento esta noche, de
nueve a doce. Lo necesito a usted. La contraseña es: Marzo, Fernando y
Religión.—X.»
Me chocó aquella carta y consulté a María y a
Conchita qué debíamos hacer. La letra no era de Eugenio, no tenía duda; pero
tampoco tenía duda de que Aviraneta no había dado señales de vida aquella
tarde. ¿Nos prepararían una encerrona?
Aunque así fuera, yo no podía dejar solo a
Aviraneta, y me dispuse a marchar.
—Tomé mi capa e iba a salir cuando María me dijo
que tenía que acompañarme.
—¿Para qué?—le pregunté yo.
—Estará el padre Madruga—dijo—. Tengo que ir.
—¿Tanto entusiasmo tiene usted por él?—le pregunté
riendo, aunque no sentía ninguna gana de reír.
—Mucho.
—Bueno, vamos.
Ella se vistió de hombre, yo me embocé en la capa y
fuimos juntos.
Hacía una noche de marzo fría y negra. El aire
silbaba en las encrucijadas y hacía oscilar los faroles en sus cuerdas.
Atravesamos la Plaza Mayor; luego, la calle de este nombre, y entramos en la
del Viento.
Empujamos la puerta, entramos en el zaguán, subimos
los noventa y tantos escalones que había hasta la guardilla. María miró por el
ojo de la cerradura y no entró. Se quedó en la escalera. Yo llamé con los
nudillos.
—¿Quién es?—dijeron de adentro.
—Yo.
—¿Qué santo y seña?
—Marzo, Fernando y Religión.
—Pase usted.
—Entré, y al ver a Aviraneta noté que estaba
alarmado.
—Siéntese usted, amigo—me dijo el padre Madruga.
Me senté. Había catorce o quince personas en el
cuartucho, alumbrado por un velón. Al lado del padre Madruga estaban Freire, un
tal Magaz, hombre pequeñito y rubio, y un gigantón apodado Juan y Medio.
El padre Madruga estaba contento y se sentía
hablador y dicharachero.
El padre Madruga era de lo más antipático y
repulsivo que puede haber en la clase de frailes.
Era pequeño, negro, de movimientos rápidos y
violentos. Tenía los ojos brillantes de un animal selvático, el afeitado de la
barba muy azul, la boca saliente, con morro, y los dientes amarillos.
Hablaba con acento aragonés o riojano; salpicaba de
latinajos la conversación y era amigo de emplear palabras soeces. Tenía una
risa de fraile grosera, plebeya y cínica.
Por dentro era bajo, adulador, cobarde, enemigo
furioso de toda novedad y de todo lo extranjero.
Aviraneta oía lo que decía el fraile con aparente
tranquilidad. Yo comprendía que estaba alarmado y que su alarma había aumentado
al verme a mí.
—¿No me habrá citado él?—pensé.
Aquella gente tramaba algo contra nosotros; ¿pero
qué podía ser?
No debían querer impedirnos la salida, porque
Aviraneta dijo: «Yo me voy»; y el padre Madruga y los demás se quedaron
tranquilos.
—Antes voy a beber un poco de agua—repuso luego
Eugenio.
Por lo que supe después, Aviraneta habló en este
momento con uno de sus amigos, el Majo de Maravillas, y éste le
explicó lo que ocurría.
—El padre Madruga—parece que le dijo—nos ha
indicado que hay dos masones peligrosos en la Sociedad. Un francés de Bayona se
lo ha contado. Este francés le conoce a uno; al otro, no.
—¿Cómo se llama el francés?—le preguntó Aviraneta.
—Paulino.
Aviraneta comprendió que era Paulino Couzier.
—Este francés—siguió diciendo el Majo,
el chispero—va a venir aquí con la policía a las doce, y la Ronda estará hasta
esa hora en la calle y registrará a todos los que salgan de aquí, menos a los
que sepan el santo y seña.
—Pero el santo y seña lo sabemos todos: «Marzo,
Fernando y Religión».
—No, no; lo han cambiado. Desde las diez de la
noche es distinto.
—¿Y no lo sabes tú?
—No; por ahora, no.
—No querrán decírtelo. Sospecharán.
—Es posible.
—Espérame un momento—le dijo Aviraneta.
Y, acercándose a su armario secreto, sacó varias
botellas y las puso sobre el fogón de la cocina.
—¿Qué es esto?—preguntó el Majo.
—Dentro de un cuarto de hora lleva estas botellas
al cuarto donde estamos; di que las has encontrado, y tú no bebas el vino, y
ponte cerca de mi amigo, y que no beba tampoco él.
Efectivamente, así se hizo. Minutos después,
el Majo salió, y entró de pronto con las botellas en la mano.
—¿Quién ha traído esas botellas?—dijo.
Nadie sabía quién las había traído. Muchos pensaron
que era un regalo del padre Madruga; quizá éste y Freire creyeron que las había
enviado Corpas.
Aviraneta seguía haciéndose el indiferente. Se
abrie[236]ron las botellas; dos eran de vino obscuro, y
dos, de aguardiente. Se trajeron unos vasos.
—¿Es vino de Málaga? ¡Venga!—dije yo, pensando
cobrar ánimos.
Iba a beber, cuando sentí que el Majo me
pisaba el pie. Volví a levantar el vaso, y volvió la presión del pie. Entonces,
disimuladamente, vertí el vino en el suelo.
Aviraneta y el Majo enjuagaron sus
copas y bebieron aguardiente.
El fraile bebió un vaso de vino y luego murmuró:
—Está bueno, pero tiene un gusto raro. Parece vino
de botica.
—¡Pues el aguardiente está bueno!—exclamó el Majo.
—¡Ya lo creo!—dijo Juan y Medio, el
gigantón—, y el vino, también.
Yo no sabía qué pasaba. Tan pronto me parecía que
estaba presenciando algo horrible; que Aviraneta envenenaba a todos los
comensales, como que no ocurría nada.
La influencia del vino y el aguardiente hizo la
conversación más animada.
A eso de las once, la mayoría de los reunidos
acordaron marcharse.
—¡Bueno, vámonos!—me dijo Aviraneta.
Pensé en si Eugenio no se habría dado cuenta del
peligro de la calle e intenté hablarle. No pude allí dentro. Salimos un grupo
bastante grande del cuartucho y comenzamos a bajar la escalera.
Al llegar al portal, Aviraneta dijo:
—¡Caramba! Se me ha olvidado una cosa. Voy a
hablarle al padre Madruga.
El grupo entero que había bajado con nosotros salió
a la calle. Aviraneta cerró la puerta.
—Volvamos arriba—me dijo—. Si nos preguntan por qué
volvemos, decimos claramente que hay policía en la calle. Ahora ellos son
cuatro; nosotros, tres.
—Ustedes serán también cuatro—dijo de pronto la voz
de María Visconti.
—¿Está aquí María?—exclamó Aviraneta.
—Sí—dijo ella.
—¡Yo pensé que se había usted marchado!—exclamé.
—No; ahí arriba hay un hombre cuya vida me
pertenece.
—¿Quién es?—dijimos Aviraneta y yo.
—El padre Madruga.
—¿Qué le ha hecho a usted?
—Que él fué el que denunció a mi hermano, el que le
llevó al calabozo y declaró contra él. La muerte de mi hermano pide venganza.
—Calle usted—dijo Aviraneta—. ¿Quiere usted entrar
con nosotros?
—Sí.
Efectivamente, entramos los tres en la guardilla.
Estaban Freire, Magaz, el padre Madruga y Juan
y Medio, en la ventana; el Majo el chispero seguía sentado
a la mesa y bebiendo a sorbos aguardiente.
—¿Qué, vuelven ustedes?—preguntó el fraile.
—Sí, hay gente sospechosa en la calle—contestó
Aviraneta, riendo.
El fraile se mordió los labios.
—Sí, allí se les ve—añadí yo, asomándome a la
ventana.
—Pero ustedes saben el santo y seña; no les pasará
nada—dijo el fraile.
—Sí, pero no me fío.
—No nos fiamos.
Aviraneta, rápidamente, cerró la ventana y las
maderas.
—¿Para qué cierra usted?—dijo el fraile.
—Para que no vean la luz.
Aviraneta se sentó a la mesa e invitó a Juan
y Medio a beber una copa de aguardiente.
—No, no; yo prefiero el vino.
Aviraneta bebió la copa de aguardiente y Juan
y Medio un vaso de vino. De pronto, el hombre alto dijo que no estaba
acostumbrado a trasnochar y que tenía sueño, se levantó y se marchó.
Quedamos siete en el cuarto: Freire, Magaz, el
padre Madruga, María, el Majo, Aviraneta y yo.
Freire se iba poniendo pálido de miedo; Magaz
estaba intranquilo, nervioso, pronto a saltar; el fraile, con las mejillas
rojas, comenzaba a desvariar.
Miraba a María con asombro. La italiana tenía las
pupilas dilatadas por la emoción, y en sus ojos había una inquietud y una
negrura brillante que daba miedo.
Aviraneta bebía y se turbaba. Me chocó esto;
Aviraneta tenía bastante prudencia y la cabeza bastante fuerte para no
emborracharse, y, sin embargo, se dejaba ir, considerando quizá que un estado
de semiembriaguez le serviría para fingir indiferencia y tranquilidad y no le
estorbaría para obrar.
—Ustedes han comprendido lo que pasa—dijo el padre
Madruga, creyendo que ya no podía disimular nada—. En esta Sociedad comenzaba a
haber gente sospechosa, y nos hemos entendido con la policía para que vaya
identificando a las personas que salgan de aquí. Esto a ustedes no les
perjudica.
—¡Ah, claro!—dije yo.
—¿Y lo sabe Corpas?—preguntó Aviraneta.
—Sí. Yo no tengo desconfianza en ustedes—siguió
diciendo el fraile—, porque no creo que ustedes sean masones, sino realistas y
buenos cristianos.
—Eso por de contado—replicó Aviraneta, riendo—.
Excelentes cristianos, aunque un poco borrachos; yo, al menos, por mi parte.
Hubo un largo momento de silencio.
—¿Qué hora es?—preguntó el fraile.
—Las once y cuarto—contesté yo.
—Este sueño... intempestivo... me choca... Si me
dieran un poco de agua...
—Ahí está la botella—dijo Aviraneta, señalando una
colocada sobre un vasar.
El fraile llenó un vaso de agua y comenzó a
beberlo.
—¡Es extraño!—dijo—; le encuentro el mismo gusto
que al vino.
—Estará vieja—saltó Aviraneta.
—Sí, esa agua está muy turbia—repuso Freire.
—Sí, está turbia—añadió Magaz—. No beba usted,
padre; ¡quién sabe lo que puede haber ahí!
—Vámonos, vámonos; esto es lo mejor.
—Sí, vámonos—dijeron los tres, levantándose.
—Este velón parece que se nos apaga—murmuró
Aviraneta, levantándolo en el aire.
—No, no alumbra bien—replicó Magaz.
—Usted cree...—y Aviraneta lo levantó hasta la
altura de los ojos y lo dejó caer al suelo.
Quedó todo a obscuras; en aquel momento yo no
supe lo que pasó; luego me dijo Aviraneta que él y el Majo habían
sujetado con dos cuerdas a Magaz y a Freire, atándolos en un momento, con la
ayuda de María.
Después de un ruido ahogado de voces y patadas, en
que se oyó cerrar una puerta, Aviraneta, con voz tranquila, dijo:
—A ver si pueden ustedes encender una vela.
—¿Pero qué ha pasado?—murmuró el fraile, temblando.
—Nada; no ha pasado nada. Que yo he bebido
demasiado de este aguardiente y no me sostienen bien las piernas y he caído
sobre la mesa.
—¿Y Magaz y Freire?
—Se han escapado, tropezando con todo el mundo. Yo
no sé lo que han creído.
—Yo también me voy.
—Espere usted que encendamos una luz; no vamos a
poder bajar las escalaras si no.
—No; me voy ahora mismo, sin luz.
—Usted quédese en el portal—me dijo Aviraneta.
Aviraneta trajo una linterna, y con una pajuela la
en[242]cendimos. El Majo el chispero
fué acompañando al fraile por las escaleras. María llevaba la linterna. La
soñolencia y la torpeza del padre iban en aumento; tropezaba en los escalones;
se tenía que agarrar al barandado suspirando. Al llegar cerca del portal
Aviraneta indicó al chispero que llevara al fraile hacia el patio. El Majo y
el fraile avanzaron, y acercándose a los dos, embozado, gritó Aviraneta:
—¡Alto! El santo y seña.
—Carlos, Adhesión y Fe—murmuró el fraile.
Al mismo tiempo, con el esfuerzo de recordar, el
fraile se serenó un momento; oyó voces fuera hacia la calle, comprendió dónde
estaba, y se abalanzó al portal.
Lo detuve yo y forcejeamos. Estábamos luchando,
cuando a la luz de la linterna apareció Aviraneta, de pronto, con un antifaz
negro en la cara y un puñal en la mano derecha.
—Si das un grito, eres muerto—dijo con voz sorda.
Detrás de él apareció el chispero, también
enmascarado.
El fraile lanzó un chillido agudo, tropezó, y
temblando, se apoyó en la pared.
—Quitadle él hábito—dijo Aviraneta.
Se lo quitamos.
—Ahora, atadlo.
Entre el Majo y yo le atamos y lo
dejamos tendido. Aviraneta tenía una mordaza en la mano y se la puso al fraile.
—Vámonos—dijo Aviraneta.
—Ahora, mi venganza—exclamó María; y arrodillándose
junto al fraile exclamó varias veces:
—Soy Visconti. Me conoces, ¿verdad? Me conoces.
Ahora vas a morir.
Nosotros, los tres hombres, contemplábamos
espantados aquella escena. De pronto María sacó del pecho un estilete delgado,
como una aguja de hacer media, que brilló a la luz del farol como un relámpago,
y lo clavó[243] en el pecho del fraile. Luego, con
sus dos manos pequeñas, hundió el arma en el cuerpo hasta que no se vió mas que
la empuñadura. Se oyó un estertor confuso, y luego, poco después, ruido en la
calle.
—Vamos, vamos—dije yo—. Nos van a perseguir.
María no quería moverse. El chispero la cogió en
brazos, la levantó en el aire y salió con ella detrás de nosotros.
Cruzamos un pasillo, atravesamos un patio y salimos
a un portal frente a la plaza del Biombo.
Aviraneta se puso el hábito del fraile y dió a
María su capa.
—Nos reuniremos en el portal de mi casa, en la
Plaza Mayor—dijo Aviraneta a María y a mí. Ahora cada cual por su lado. Ya
saben ustedes el santo y seña: Carlos, Adhesión y Fe.
VIII
LAS PERIPECIAS DE LA FUGA
Marché yo por la calle del Biombo, no muy de
prisa, para no dar la impresión de que huía. Iba horrorizado. Al pasar por
delante de San Nicolás un embozado me detuvo.
—Alto, ¿quién va?
—Carlos, Adhesión y Fe—contesté yo.
—Adelante. ¿Qué hay, amigo?
—Nada de particular.
—¿Mucha gente por allá?
—Sí, alguna.
—¿Tiene usted un cigarrillo?
—Tome usted.
—Muchas gracias.
Luego me quedé asombrado de poder haber seguido
aquel diálogo vulgar en el estado en que yo me encontraba. Tal es la fuerza del
instinto de conservación.
Por la calle de Santiago, y luego por la de
Milaneses, entré en la Plaza Mayor hasta la escalera que baja a Cuchilleros. Al
llegar allí, la puerta estaba entornada. Aviraneta esperaba en el portal
vestido de fraile. Me dijo que el sereno le había acompañado, y que él,
sintiéndose paternidad, le había contado una porción de mentiras.
Esperamos media hora; no apareció María.
—¿Qué habrá hecho esta mujer?—pensamos—. Sabe el
camino. Tenía tiempo de sobra para venir; indudablemente, le habrá pasado algo.
—¿Qué hacemos ahora?—pregunté yo.
—Vamos a casa de usted por el tejado—dijo Eugenio.
Subimos de puntillas las escaleras hasta la casa de
huéspedes de Aviraneta; abrió él la puerta, cruzamos un largo corredor y
entramos en su cuarto. Abrimos el balcón que daba al tejado, saltamos por
encima de la barandilla y comenzamos a marchar por encima de las tejas.
Aviraneta, como había bebido mucho y no sentía la necesidad de estar sereno,
comenzaba a hacer locuras, reía sin motivo y se le ocurrían una porción de
simplezas.
—Verdaderamente—decía—, debe usted estar agradecido
de mi invitación a ser conspirador hecha en París, en un baile... Esta es una
vida de gato, señor barón...; y todo irá bien si no le dan a uno el golpe del
conejo y lo meten en la cazuela.
El viaje fué penosísimo. Aviraneta con el hábito no
podía andar. Tropezaba, se caía, se echaba a reír.
De pronto Aviraneta se detuvo, se remangó el hábito
y se quedó inmóvil.
—¿Qué le pasa a usted?—le dije.
—No puedo más—contestó él.
—¿Es el alcohol que hace efecto diurético?
—Sí. Pero con este balandrán no me las puedo
arreglar. ¡Aquí le quisiera yo tener a Fernando VII!
—¿Para qué?
—Para inundarlo. ¿Sabe usted lo que yo haría ahora?
—¿Qué?
—Proclamar la República desde este tejado.
—La cabeza de usted no funciona bien, Aviraneta.
Vamos.
—Espere usted un instante. Voy a quitarme el hábito
y a tirarlo a la Plaza Mayor. Que se lo ponga si quie[247]re
ese rey de bronce que está ahí a caballo... Yo no quiero hábitos viles.
—No tire usted el hábito—le dije yo—. No haga usted
barbaridades. Algún sereno, el que ha hablado con usted, puede verlo.
—Es que con este hábito me parece que me voy
sintiendo fraile. ¡Muera el obscurantismo! ¡Salud y República, señor barón! No,
barón, no..., no hay barones. Ciudadano, nada más... Todos somos ciudadanos...
—Sí, hombre, sí. Tiene usted razón. Vamos adelante.
Avanzamos unos doscientos pasos más y vimos la
ventana de una guardilla que resplandecía.
—¿Qué habrá ahí?—exclamó Aviraneta, interrumpiendo
su monólogo.
—Deje usted. ¿Qué importa lo que haya?
Aviraneta se acercó a la guardilla y me llamó con
la mano.
Dentro de un cuartucho se veía un cadáver en una
caja de madera, en el suelo, rodeado de cuatro velas.
—Voy a entrar a ponerle el hábito del padre
Madruga...; ¡ja... ja!..., ¡qué idea!
—No sea usted bárbaro.
—¿Por qué no? Creerán que es un milagro.
—No fastidie usted, Aviraneta. Está usted borracho.
Obedézcame usted. Nos va la vida.
Aviraneta se ofendió de que le llamara borracho, y
dijo que aunque él era un ciudadano y no un aristócrata, no se emborrachaba.
Seguimos avanzando y llegamos a la guardilla de la
casa donde yo vivía. Entramos en ella de cabeza, bajamos las escaleras, abrimos
la puerta y pasamos al cuarto. Conchita me esperaba impaciente. Conté yo lo
ocurrido y hablamos.
Era indudable que íbamos a ser perseguidos.
Freire y Magaz, en seguida que se viesen libres, da[248]rían nuestras señas a la policía y se nos buscaría con
ahinco.
Como Aviraneta no se enteraba de lo que se hablaba,
le preparé una cama en el suelo, y no hizo mas que tenderse y quedar dormido.
La noche para mí fué horrible; no pude dormir
un instante; aquella escena final en el portal de la calle del Viento la tenía
constantemente ante los ojos. A veces dudaba de que fuese una realidad.
Por la mañana iba a conciliar el sueño cuando me
despertó un campanillazo.
—¡Ya está aquí la Justicia!—pensé.
Era María Visconti, que había pasado la noche en el
taller de el Majo de Maravillas, atendida por la mujer y por una
hermana del chispero.
Aviraneta se despertó y discutimos lo que había que
hacer.
Eugenio no recordaba detalles de lo ocurrido la
noche anterior.
No hicimos la menor alusión a la muerte del fraile.
Nos parecía que bastaba que reconociéramos nosotros
el hecho para que lo conociera todo el mundo.
Por lo que dijo María, a ella no la había seguido
nadie. Al entrar en casa no se encontró tampoco persona alguna.
—En cambio, yo parece que hablé con el sereno ayer
noche—dijo Aviraneta.
—Eso me contó usted—repuse yo.
—¿Dije, no que le vi, sino que le hablé?
—Sí, que le habló usted.
—Entonces pueden encontrar nuestra pista.
—No me parece tan fácil.
—Sí, no es difícil; cuando vean al otro sin
el hábito de fraile comprenderán que nosotros se lo llevamos e interrogarán a
los serenos del barrio.
—¿Y qué hacemos?—dije yo.
—Si no fuera por Arquez, que va a venir y nos va a
fastidiar, porque ya le han visto varias veces con nosotros, lo más prudente
sería quedarnos aquí ocho o diez días. Pero viniendo el Perrete,
como vendrá, lo mejor es marcharnos.
—¿Adónde?
—Eso es lo que estoy pensando. Porque la cuestión
es que desaparezcamos los cuatro.
Eugenio comenzó a pasearse arriba y abajo por el
cuarto; luego se puso a escribir con mucho trabajo, simulando la letra.
—¿Qué hace usted?—le dije.
—Voy a ver si les estorbo un tanto a Corpas y a
Freire. Les voy a denunciar a la policía.
—Se va usted a comprometer.
—No; si me comprometiera no lo haría. Esto, por el
contrario, nos puede servir.
—Pero, ¿qué crédito cree usted que van a dar a una
denuncia anónima?
—Pueden darle alguno. Porque yo, que he tenido
siempre el temor de que Corpas nos denunciara, he dejado disimuladamente en su
casa, metido entre las hojas de un libro de su biblioteca, los estatutos de la
Santa Fe y una lista de conspiradores amigos de Don Carlos. Una maniobra
parecida he hecho en casa de Freire, dejando debajo de la estera una serie de
facturas de compra de armas. Ahora le digo a la policía que busquen en la
biblioteca del uno y debajo de la estera del cuarto del otro. Antes de que Corpas
y Freire vayan a denunciarnos se encontrarán ellos denunciados.
—Está bien—dije a Aviraneta.
—Hay que ennegrecer el agua de alrededor—repuso
él—. Empezamos a jugarnos la cabeza seriamente.
—¡Y tan seriamente!
—Pero no hay que desesperar.
—Claro que no.
De cuando en cuando íbamos a mirar al balcón de la
casa de Aviraneta, que estaba frente por frente de la mía, para ver si abrían
las persianas. Esto indicaría que entraban en el cuarto, y de entrar, siempre
era posible que fuese la policía.
—¿Usted sabe si cerramos ayer las persianas bien?
—me preguntó Aviraneta.
—No; no lo sé.
Otro problema lo tuvimos con el hábito. ¿Qué íbamos
a hacer con el balandrán del padre Madruga? Tirarlo era peligroso. Quemarlo, no
teníamos dónde.
Por indicación de Conchita decidimos que se hiciera
con él un refajo, uno de esos refajos de aldeana pesados que hacen abultar el
cuerpo.
María y Conchita se pusieron a coserlo a grandes
puntadas, mientras Aviraneta y yo seguíamos discutiendo.
Por la tarde llegó Arquez y le contamos lo
ocurrido. El hombre se quedó pasmado con los sucesos que le contamos; le
dijimos que teníamos necesidad de encontrar otro rincón donde meternos.
—Mandadme—dijo él—. ¿Qué tenéis pensado?
Nosotros no teníamos nada pensado; no habíamos
encontrado aún una solución aceptable. En esto Aviraneta vino con el anteojo en
la mano.
—¡Diablo!—exclamó.
—¿Qué pasa?
—Que han abierto las ventanas de mi cuarto.
Cierto que podía ser el viento, o la patrona, que
entrara a cualquier menester; pero temíamos que fuera la policía.
—Decidan ustedes algo—dijo Arquez.
—Aviraneta comenzó a pasear por la habitación con
la cabeza baja.
—¿Tú conoces los alrededores de Madrid?—preguntó de
pronto a Arquez.
—No. Pero puedo preguntar...
—No... no... no. Eso no nos conviene. Yo quisiera
que fueras a buscar a un conocido mío, a Santiaguito el Chaval, que
vive en la calle del Tribulete, número once, y lo traigas aquí. No preguntes a
nadie por la calle: compra un planito de Madrid, que se vende en la librería de
la calle de Carretas; mira dónde está la del Tribulete, busca a Santiaguito
el Chaval, que es zapatero, ven con él, y de paso echa esta carta
al Correo.
Se marchó Arquez, y nosotros dos seguimos en
observación de la casa de Aviraneta y de la Plaza Mayor.
La ausencia de Arquez nos pareció larguísima.
X
EL ASILO DE MAESE JUAN «EL FILÓSOFO»
Al anochecer aparecieron Arquez y Santiaguito,
el Chaval. Santiaguito, que era un hombrecillo bajito, rubio, algo
cojo y jorobado, y que hablaba de tú a Aviraneta, dijo a éste que en su casa no
podía esconder a nadie. A los requerimientos de Eugenio concluyó diciendo que,
si no teníamos escrúpulos en meternos en cualquier rincón, nos llevaría a todos
a un sitio donde estaríamos seguros.
—Nada; ahora mismo.
Decidimos dejar la casa de dos en dos y reunimos en
la Puerta de Atocha. Marcharon primero María y Conchita. A Conchita se le puso
el refajo hecho con el hábito del fraile y un mantón; parecía una criada
alcarreña. Luego salieron Santiaguito y Aviraneta, y, por último, Arquez y yo,
embozados en nuestras capas.
Al pasar por la plaza de Santa Cruz nos encontramos
con una patrulla de gente armada, a las órdenes del corregidor, que iba, sin
duda, a recorrer los barrios bajos.
Pasamos el susto correspondiente y seguimos nuestro
camino por la calle de Atocha. Ya estaba completamente obscuro. Hacía una noche
fría, venteaba con furia y los farolillos de aceite de las calles oscilaban con
las [254]ráfagas del aire. Salía a ratos la luna
entre nubarrones negros.
Al llegar a la plaza de Antón Martín tuvimos otro
susto; nos encontramos con un grupo de sayones que se nos acercaron cantando
canciones tristísimas. No podía yo comprender qué era aquéllo, y luego
Santiaguito me explicó que era la Ronda de los Hermanos del Pecado Mortal, que
iba entonando saetas.
Al llegar a la Puerta de Atocha salimos todos,
menos Arquez, y comenzamos a marchar a campo traviesa. Llegamos a las orillas
de un arroyo que se llama el Arroyo Abroñigal; allí Santiaguito se paró delante
de una casa solitaria, en cuya pared se leía este letrero a la luz de la luna:
Orno de hasados.
—Esperen un momento—nos advirtió.
Esperamos media hora. Al cabo de este tiempo
Santiaguito volvió y dijo:
—Entren ustedes. Ahí no les buscará nadie.
Pasamos a un local grande y destartalado. Era la
cocina de un horno derruído, donde había un viejo calentándose delante de una
hoguera. Saludamos al viejo y nos sentamos. Aviraneta se entendió con él para
que nos pusiera de cenar.
Era el viejo un aldeano de ojos azules y pequeños,
cara de zorro, mal afeitada, el aire de malicia y socarronería. Se llamaba el
señor Juan. Nos dijo que estaba allá al fuego porque tenía gran resfrío.
Hablaba un castellano tan claro y tan sonoro, que a
mí me maravillaba; me parecía estar oyendo a un español del siglo XVII.
Después de cenar nos preparó unas camas de paja, y
allí nos acomodamos. El viejo se tendió sobre un saco, se echó dos capas encima
y se quedó dormido. Yo no pude conciliar el sueño en toda la noche. El recuerdo
de[255] los acontecimientos me tenía nervioso,
excitado; sólo al amanecer pude descansar un poco.
Al día siguiente, al despertarme, entraba un
hermoso sol por la ventana. El cuarto donde estábamos era grande, encalado, con
unas cuantas sillas de paja, una mesa de aspas, un arcón y una imagen de la
Virgen en la pared.
El señor Juan salió a la puerta con su hacha y rajó
unas cuantas maderas viejas; luego hizo fuego y puso dos pucheros a la lumbre.
Comimos muy bien. Me chocó que no apareciese nadie
por los alrededores de aquella casa, realmente desolados y tristes.
El señor Juan nos contó historias de su vida de
cazador, con su lenguaje castizo y puro.
Se le podía oír como a un libro. Era tal la fuerza
de su egoísmo, que, al escucharle, daba la impresión de que habitaba un mundo
sin gente. Le gustaba explicarlo todo con una gran profusión de detalles. Nos
habló de la vida que hacía en el campo, de lo que comía por la mañana; después,
cómo guardaba el tocino en la cuerna (como la llamaba él) y la
tapaba con la corcha. Luego contó lo que le habían costado las dos
capas que tenía, de las que estaba muy orgulloso.
Por la noche, el señor Juan rezó el rosario con un
gran fervor, y los demás le acompañamos.
Realmente, como la preocupación de no ser presos
era en todos nosotros tan grande, no se me ocurrió pensar qué oficio tendría
aquel hombre.
Un día que el señor Juan abrió su arca, vi dentro
una porción de cuerdas muy nuevas, garfios y otros aparatos.
—¿Para qué tiene usted tantas cuerdas?—le pregunté.
—Son para mi oficio—contestó él sonriendo.
No quise ser indiscreto. A Aviraneta, que supuse lo
sabría, le dije:
—¿Pero quién es este hombre en cuya casa vivimos?
¿Qué es?
—¿Este? Es nada menos que maese Juan, el verdugo de
Madrid—me contestó Aviraneta.
—¡El verdugo!
—Sí.
La noticia me hizo impresión.
—No se lo diga usted a ellas—advirtió Eugenio.
—No, no.
—¿Y se le puede hablar de su oficio?
—Sí; le contará a usted sus ejecuciones como cuenta
sus batidas de caza. Igual.
Efectivamente: maese Juan, al preguntarle si era
verdugo, me contestó, sonriendo, que sí, y me habló de los hombres que había
echado al otro mundo como un médico de sus enfermos o un párroco de sus
feligreses. La cosa, sin duda, le parecía natural y sin gran importancia.
Me contó también que había sido pastor en el pueblo
y que había venido a Madrid de guarda. Al quedar vacante la plaza de verdugo,
él la había solicitado, porque se ganaba más; pero a su mujer y a su hijo les
había parecido tan horrible su decisión, que no querían vivir con él.
Maese Juan no comprendía esto, y se encogió de
hombros, como quien no se explica una preocupación absurda.
—¿Usía no estaba enterado de que yo era el
verdugo?—me preguntó luego sonriendo.
—No.
—Don Eugenio sí lo sabía.
—Sí; don Eugenio, sí.
—Cuando se tiene el oficio de usía, hay que estar
bien con el verdugo—dijo filosóficamente maese Juan.
Yo me estremecí.
—Es verdad—dije—, porque el mejor día se está
expuesto a entregar a uno de ustedes el cuello.
—Por fortuna—dijo él—, no todos los verdugos son
iguales; hay verdugos y verdugos, caballero.
—Cierto. En esa profesión, como en todas, habrá sus
más y sus menos.
—Y que lo puede usía decir muy alto, señor, porque
parte del oficio depende del material. Y buenas cuerdas, como yo, no hay
verdugo que las tenga; pero parte, y perdone que se lo diga a usía, depende de
la mano.
—¿Y usted la tiene buena, maese Juan?
—No es por alabarme, caballero; pero creo que para
enviar con limpieza a un cristiano al otro mundo no hay muchos que se me puedan
poner delante.
—Y, sin embargo, ¿usted no habrá matado a nadie
antes de ser verdugo?
—A nadie, señor. Es más: la idea sola de matar me
desazonaba; pero cuando entré en las funciones del cargo, cambié y me dije:
«Juan, tú no eres un hombre; tú eres la misma Justicia bajada del cielo, que se
sirve de tus manos para castigar».
—¿Así que no tiene usted remordimientos?
—¿Remordimientos? ¿Por qué, señor? Cumplo mi oficio
lo mejor que puedo.
—¿Y cree usted que con esta profesión ganará usted
el cielo?
—Así lo espero, señor; habré de pasar por el
purgatorio; pero supongo no será por mucho tiempo.
—Lo malo de los verdugos es que no tendrán un santo
patrono que interceda por ustedes.
—No; eso, no. Es verdad, eso nos falta; pero yo
tengo a la Virgen de la Fuencisla, que intercederá por mí.
Con estas charlas, maese Juan, el verdugo y yo, nos
entreteníamos.
No supimos hasta mucho tiempo después lo que
había ocurrido en Madrid. A la casa del verdugo no llegaba noticia alguna.
El padre Madruga había muerto; pero, sin duda, era
personaje de vida misteriosa y no se quiso hacer luz sobre su pasado.
Respecto a nuestra conspiración, quedó en la
obscuridad. Solamente los triángulos 12 y 13, al ver que no podían denunciar el
complot entero porque nos habíamos dado cuenta de su traición, delataron al
comisario don Vicente Ramón Richart.
Richart, al saber que iban a prenderle por
sospechoso, quemó todos los papeles comprometedores que guardaba y fué a casa
de dos sargentos de Infantería de Marina, que formaban el triángulo con él.
Les dijo que estaban descubiertos, que se salvaran,
que hicieran desaparecer todo papel comprometedor, y aquellos miserables, que
eran precisamente los traidores, le pusieron una pistola al pecho y lo
prendieron.
El Gobierno recompensó a los sargentos y pagó las
delaciones a buen precio. Se encarceló al cirujano don Baltasar Gutiérrez, al
empleado don Juan Antonio Yandiola y al general O'Donojú.
Richart, Gutiérrez y Yandiola sufrieron el
tormento [260]en el potro; pero, como hombres de
alma fuerte, no confesaron nada.
Pocos días después la policía prendió al sargento
de Húsares Vicente Plaza, a un ex fraile, guerrillero de la Independencia,
llamado fray José, conocido por sus ideas liberales y amigo de Richart, pero
que no había entrado en la conspiración; a don Francisco Esbriz y a algunas
otras personas.
El Gobierno no pudo averiguar de dónde había
partido el complot ni quiénes lo dirigieron.
El 6 de mayo de 1816 don Vicente Ramón Richart y
don Baltasar Gutiérrez, después de sufrir el martirio, fueron ahorcados y luego
descuartizados por maese Juan, el verdugo de Madrid. Las cabezas de los dos
conspiradores, separadas del tronco, quedaron expuestas al público en la Puerta
de Alcalá, punto que se suponía había de ser teatro de la conspiración
abortada.
Meses después, el 4 de julio del mismo año, fueron
ahorcados en la plaza de la Cebada el sargento de Húsares Vicente Plaza, el
guerrillero fray José y don Francisco Esbriz. Yandiola y O'Donojú fueron
absueltos.
Después del fracaso de esta conspiración, y poco
tiempo más tarde, se descubrió que Renovales estaba en Bilbao y que intentaba
un movimiento. Aquello debió obedecer a una maniobra de agentes provocadores
por el estilo de Couzier; luego se supo que Regato y su mujer habían estado en
Bilbao y dado un banquete el día de San Joaquín a los amigos de Renovales;
banquete en el cual se brindó por la Constitución, por la muerte de Fernando y
por Carlos IV.
Para denunciar estos hechos fué a Madrid un tal
Juan Antonio Carrera, probablemente enviado por Regato.
Los conspiradores de Bilbao, Renovales, Olavarría,
Colombo, Olalde, Acevedo, tuvieron que andar huyendo a salto de mata,
escondiéndose por el campo en las chozas y en las cuevas, hasta que se
refugiaron en [261]Francia; Arquez se marchó a
Gibraltar; Istúriz tuvo que escapar de Cádiz.
Paulino Couzier y Regato habían vendido a todos.
Se formó causa a muchas personas por cómplices en
la conspiración de Bilbao, y en pueblos como en Pamplona y en Tolosa hubo gente
atrevida que entró en el Juzgado, robó los procesos y les prendió fuego.
Aviraneta, María, Conchita y yo estuvimos quince
días ocultos en casa de maese Juan, el verdugo. Aviraneta se dejó las patillas
y yo la barba.
Pasadas dos semanas pensamos que la vigilancia de
la policía habría aminorado. Con esta idea hicimos que María y Conchita tomaran
la diligencia y se encaminaran hacia Portugal y nos esperaran en Lisboa.
Una semana después Aviraneta se entendió con una
partida de contrabandistas, y en unión de ellos entramos en Portugal.
Al llegar a Lisboa, un agente realista debió
sospechar de nosotros y nos denunció y nos persiguió, y nos vimos tan en
peligro, que tuvimos que tomar un barco inglés que iba a Gibraltar. De aquí
fuimos a Marsella y de Marsella a París.
Dimos cuenta de nuestra gestión a la Junta y del
dinero gastado, y yo me casé con Conchita. No tenía ganas de más conspiraciones
ni de más enredos.
—Y ahora, ¿qué proyecta usted, Aviraneta?—le dije.
—Me voy a Méjico, a ver si hago un poco de dinero.
—¿Y después?
—Después a España. Yo no cedo. Hasta que no le vea
ahorcado a Fernando VII o, por lo menos muerto por cualquier otro
procedimiento, no estaré tranquilo...
—Y María Visconti, ¿qué fué de ella?—preguntamos
Arnao y yo a un mismo tiempo.
—María entró en un convento de Austria. Antes tuvo
memoria y envió una miniatura con un retrato suyo y una cantidad de dinero
bastante grande al Majo de Maravillas, el chispero.
De todos nosotros no hubo mas que uno que siguió en
la brecha: Aviraneta.
Hace dos años me decían que había tramado un
proyecto para ir a Azcoitia y quemar la casa de Don Carlos estando el
Pretendiente dentro.
No me choca. Aviraneta es un liberal y un patriota
monomaníaco. Ha presenciado tantos horrores, tantas brutalidades, que su alma
está enconada y siempre intranquila...
—¡Pero qué energía indica eso!—dije yo.
—¡Ah! ¡Ya lo creo!—exclamó el barón—. El
liberalismo en España ha tenido y tiene figuras admirables; pero nuestra
historia de hoy es la historia de un país pobre, exhausto, aniquilado por tres
siglos de aventuras en América... A nuestros hombres les ha faltado el
pedestal... la masa, el pueblo... y también la cultura.
Estuvimos todos un momento sin hablar, embebidos en
nuestras reflexiones.
—Bueno, caballeros, vámonos—dijo González Arnao.
Salimos los cuatro del Rocher de Cancale y fuimos a
dar una vuelta por los bulevares. Al día siguiente volvía yo a Bayona.
LA MANO
CORTADA
(HISTORIA DE TIERRA CALIENTE)
PRÓLOGO
Hace ya muchos años estuve con mi mujer
pasando el verano en Irún.
Escogí este pueblo porque podía ir rápidamente a
Vera, donde vivía mi madre, y también porque me gustaba enseñar a mi mujer los
sitios y lugares de las correrías hechas por Aviraneta y por mí.
Visitaba con frecuencia el valle de Oyarzun, donde
tengo parientes, y charlaba con algunos amigos del pueblo en la tertulia de la
botica.
—El boticario, don Rafael Baroja, era un señor que
de joven fué a Oyarzun desde un pueblo de Alava y se estableció allí, casándose
con la hermana de otro farmacéutico, apellidado Arrieta.
Don Rafael Baroja, o de Baroja, como se llamaba él,
el buen viejo, como hombre del siglo XVIII, tenía la chifladura de la
hidalguía, y a poco que se insistiese sobre este punto sacaba sus ejecutorias;
sentía, al mismo[264] tiempo que la efusión por el
pasado y por la casta, gran entusiasmo por el progreso.
Una de las manifestaciones de su entusiasmo había
sido instalar, a poco de llegar a Oyarzun, una pequeña imprenta y ponerse a
componer en el rincón de la rebotica, contento como un chico con un juguete
nuevo.
Baroja imprimió en su farmacia proclamas de los
franceses, desde 1808 a 1813; manifiestos de los patriotas, de los realistas,
de los constitucionales de Riego y Quiroga, de los feotas de
Quesada y Juanito, de los personajes de la Junta de Oyarzun, de los generales
de Angulema, de los cristinos y de los carlistas.
Mientrastanto iba dando a la estampa catecismos en
vascuence, almanaques y alguno que otro libro más voluminoso.
Baroja recordaba muchas cosas. Como impresor, se
había tenido que avistar con generales de Napoleón, con guerrilleros, con
liberales acérrimos y con reaccionarios furibundos, y contaba sus recuerdos de
una manera amena y graciosa.
Baroja había tenido su corta vida política. Se
había afiliado a una Sociedad, constituída en San Sebastián de 1820 a 1823,
llamada La Balandra, Sociedad dirigida por su secretario, un tal Legarda.
Entonces San Sebastián era pequeño, pero tenía espíritu y algún carácter vasco;
no se parecía a la ciudad de hoy, híbrida como un pueblo americano, petulante,
sin tipo, dominada por los jesuítas y por una burguesía ramplona y vulgar.
Baroja en aquella época se sintió atrevido, y en
unión de su cuñado y de su hijo comenzó a publicar en San Sebastián El
Liberal Guipuzcoano, periódico radicalísimo, muy bien informado de los
asuntos del extranjero, y que fué como un vigía de los liberales españoles en
la frontera.
Miñano, Llorente, González Arnao, y otros, mandaban
artículos y sueltos al periódico.
El ex fraile Arrambide daba en El Liberal
Guipuzcoano la nota irónica y furiosamente anticlerical.
El Espectador y los periódicos liberales de Madrid copiaban
las noticias de El Liberal Guipuzcoano. Al acercarse la invasión de
los franceses con Angulema, el periódico, editado por don Rafael, tuvo un
momento de importancia.
Don Rafael, al entrar el duque de Angulema, dejó
San Sebastián, que estaba sitiado, y se volvió a Oyarzun. Nadie le molestó.
Aquella fué toda su vida política.
Baroja conocía a Aviraneta, y celebraba mucho las
ocurrencias de Eugenio, como le llamaba él.
Algunos días iba a la botica un señor de Irún que
había estado en América, pariente mío, don José Antonio de Alzate.
Alzate era todo un tipo: muy alto, muy viejo, muy
encorvado, siempre vestido de negro, con traje de riguroso invierno, y siempre
con un paraguas.
Tenía la cara larga y roja, la nariz grande, los
ojos grises, patillas blancas y el sombrero negro, de ala ancha.
Algunos detalles de su indumentaria denunciaban al
indiano.
Alzate tenía una hija casada con un labrador rico
vascofrancés, de Urruña, y se entendía muy bien con su yerno. Constantemente
andaban los dos en un carricoche; el joven con las manos en las riendas, y el
viejo con las manos en el paraguas.
De hacer la vida igual suegro y yerno, y de su
identificación de ideas, habían llegado a parecerse, al menos, en la expresión,
en los gestos y en la manera de vestir. Los dos decían las mismas cosas, con el
mismo acento, el mismo accionado y la misma sonrisa.
Alzate era hombre rico; había traído de Méjico gran
caudal, y además, joyas, cadenas de oro y otra porción de cosas.
Después de estar cerca de medio siglo en América, a[266] José Antonio de Alzate le había entrado la
avaricia por la tierra vasca; su afán, que había comunicado a su yerno, era
acaparar todo lo que podía, intrigando, prestando.
Al mismo tiempo que esta furia de posesión, se le
metió en la cabeza la idea de que no debía emplear el castellano, y hablaba
vascuence hasta en los sitios donde no le entendían.
Alzate tenía varios caseríos en Oyarzun y por las
mañanas iba a visitarlos; luego, por la tarde, se establecía en la Botica
Vieja—así se llamaba a la de don Rafael—y, sentado cerca del mostrador, con las
correas del bastón vasco alrededor de la muñeca, charlaba.
Al principio yo pensé que su cabeza andaba mal;
pero después fuí comprendiendo que no oía y no quería parecer sordo.
Luego vi que tenía una memoria muy grande para las
cosas antiguas.
Don Rafael me indicó que Alzate le había hablado,
hacía ya mucho tiempo, de una historia ocurrida en Méjico, donde intervenía
Aviraneta, y yo le rogué que le instara para que la contase de nuevo.
Don Rafael se prestó a ello y un día le dijo:
—Oye, José Antonio, ¿tú eres primo de Aviraneta?
—¿De quién?
—Digo que eres primo de Eugenio de Aviraneta,
—Sí, primo segundo o tercero.
—¿No le has conocido?
—Es más joven que yo.
—Pero ¿no le has conocido?
—¿A Eugenio? Sí.
—¿En Méjico?
—En Méjico y en España.
—No quiere contar nada—me dijo don Rafael—; otro
día que le cojamos de buen humor contará lo ocurrido.
—¿Lo que hizo Aviraneta en Méjico la primera
vez que estuvo allá?—dijo Alzate mirando a Baroja—. Creo que lo he contado ya
muchas veces aquí.
—No recuerdo—dijo don Rafael.
—Sí, lo he contado; pero, en fin, lo volveré a
contar, Aviraneta fué a Méjico en tiempo del virrey Apodaca, por el año de 1816
al 17.
Yo llevaba ya cerca de veinte años viviendo en la
ciudad de Veracruz como socio de mi tío Ramón. Teníamos entre los dos un gran
almacén, que había comenzado por ser una tienda de comestibles, que por allá
llaman pulpería, y que llegó a convertirse en casa de banca.
Aviraneta se presentó en nuestro almacén y habló
con mi tío y conmigo.
Le preguntamos si contaba con algún empleo y dijo
que no. Entonces le ofrecimos que se quedara en la casa. Mi tío y yo teníamos
demasiado trabajo.
—Muchas gracias—contestó él—. Si vengo aquí he de
estar poco tiempo en el almacén, porque tengo otros proyectos.
—Pero mientrastanto...
—Bueno; mientrastanto os acompañaré. ¿Tenéis muchas
horas de trabajo?
—No. El almacén se abre a las nueve y media hasta
la una y media, en que se cierra; luego, a la tarde, se vuelve a abrir a las
tres y media y se vuelve a cerrar a las seis.
—Es muy poco. Y desde las seis en adelante, ¿se
está libre?
—Completamente.
—Muy bien.
Al otro día vino Aviraneta con su equipaje, que en
junto era un par de maletas. Se instaló en nuestra casa y empezó a trabajar.
Allá en Veracruz, en mi tiempo, los dependientes de
las tiendas llevaban una vida muy regalada. Amos y criados hacíamos siete
comidas al día: en la cama, la jícara de chocolate; a media mañana, las once,
que consistía en un bizcocho con una copa de vino; a las dos, la comida; a las
cinco, nueva jícara de chocolate; a las ocho, otro bizcochito, y a las diez, la
cena.
Aviraneta no hizo caso de estas costumbres; comía
una o dos veces al día, a lo más, y trabajaba él solo como tres o cuatro
personas juntas.
Los otros dependientes, acostumbrados a la pereza
de un país tropical, le tenían como a un hombre extraordinario.
Como allí se ganaba el dinero fácilmente y
Aviraneta nos hacía tan buen servicio, le quisimos aumentar el sueldo e
interesarle en nuestros negocios; pero él no se entusiasmó; seguía pensando en
otra cosa.
Hacia mediados de verano, seis meses después de
llegar, me dijo a mí que se marchaba.
Mi tío y yo, suponiendo, por los antecedentes que
nos había contado, que pensaría intervenir en la política mejicana, le
convencimos de que no lo hiciera.
—España va a perder el imperio mejicano—le dijo mi
tío—. Si tú eres un patriota español no te mezcles en esto; será una vergüenza
para ti y para nosotros.
Mi tío tenía razón; la correría de Mina el mozo y[269] después la intervención de los masones españoles
durante el mando de O'Donojú, acabaron de precipitar la independencia de
Méjico.
Más tarde o más temprano, América se tenía que
perder. Bien perdida está. ¡Ojalá se hubiera perdido antes!
Aviraneta, al oír lo que le decíamos, replicó que
no pensaba ocuparse de política en Méjico; que su idea era explorar las zonas
próximas a Veracruz y dedicarse a negocios de minas.
—¿En el verano? ¿En la estación de las lluvias?—le
pregunté yo.
—Sí.
—¡Creo que no sabes lo que te haces!
—¿Por qué no?
—Porque aquí no se puede hacer nada durante el
verano.
—Ya veremos.
La estación de las lluvias es allí la época del
vómito negro y de los mosquitos.
La gente de Veracruz, en estos meses de calor
sofocante, se encerraba en sus casas como para un sitio; muchos iban a sus
haciendas, otros a Jalapa, villa colocada a bastante altura sobre el nivel del
mar y de clima sano.
En nuestras casas nos encerrábamos dentro amos y
dependientes, y mi tío Ramón se dedicaba a hacer de médico: al uno le daba un
purgante; al otro, un emético. Tenía el negociado de sanidad.
Yo no sé cómo será hoy Veracruz; entonces era uno
de los pueblos más malsanos, más inclementes del mundo. La poca gente que
transitaba por la calle tenía aire febril; al que no, se le veía pasar
irritado, desafiador por el calor y el alcohol.
La ciudad, muy blanca, llena de cúpulas y terrazas
de conventos, ardía, calcinada por el sol; las calles, anchas y tiradas a
cordel, estaban desiertas; las casas,[270] blancas,
se veían herméticamente cerradas, y los miradores y los balcones, vacíos.
Los únicos pobladores del pueblo eran unos
pajarracos negros, como cuervos, que allí llaman zopilotes, y que se lanzan
desde los tejados a la calle a llevarse en el pico las basuras que echan de las
casas.
Alrededor de la ciudad, sobre la muralla de piedra
con sus garitas y fortines, se veían dunas de arena rojiza, arenales blancos
salpicados por pantanos negruzcos, y muy cerca del mar, arrecifes cubiertos de
algas.
No había por allí rastro de vegetación; ni un árbol
ni una mata en muchas leguas a la redonda. Era una calma de desierto, un cielo
implacable, sin una nube, en el cual únicamente se veían bandadas de cuervos
del país, que se detenían a mondar los esqueletos de los caballos enterrados en
medio de los arenales. En estos meses de verano la poca gente que quedaba en
Veracruz no salía de casa ni aun de noche. Toda la vida comercial estaba
paralizada.
Los domingos, en el paseo que había fuera de la
puerta del Sur, no se veía en este tiempo a nadie, y solamente algunos
vagabundos y ladrones, que allí llaman léperos, dormían tendidos en los bancos.
Pasamos algún tiempo, casi un año, sin saber
lo que hacía Aviraneta, y las primeras noticias que tuvimos de él fueron que
estaba hecho un calavera y que se reunía con lo más perdido de Veracruz, con un
grupo de unos cuantos españoles y extranjeros en bandada, que se dedicaban a
escandalizar el pueblo.
Algunos de los españoles eran militares que habían
tomado parte en la guerra de la Independencia y en las conspiraciones
liberales; los extranjeros, los gringos, que decían allí, eran
restos del ejército de Napoleón, italianos, griegos, polacos, gente de todas
castas y condiciones.
Entre los españoles se distinguían el capitán
Gavilanes, Arquez, Aviraneta y un bribón llamado Paulo Mancha, que llevaba el
monte en una chirlata y que jugaba muchas veces con cartas marcadas.
Estos aventureros españoles alarmaban al pueblo con
sus juegos, sus riñas y sus amores y, sobre todo, por el alarde que hacían de
irreligión y de impiedad.
El gobernador los toleraba porque no tomaban
carácter político. Allí lo que se temía era la política. Así se oía decir a
algún lépero cuando le llevaban preso, dirigiéndose al público: «Me toman por
político, y yo no soy mas que ladrón».
Aviraneta se distinguió pronto entre la cuadrilla
de calaveras por su valor y su audacia. Una noche ataron a un policía a una
reja; otra vez, varios amigos que habían ido a cazar patos silvestres a la luz
de la luna, dieron una paliza terrible a unos cuantos ladrones que salieron a
atacarles.
Contra esta partida de calaveras españoles y
extranjeros se había formado otra de criollos, casi todos afiliados a la
masonería.
Los criollos tenían más arraigo en el país, más
partidarios entre la gente pobre, y también más prudencia. No iban ellos a
atacar a los que consideraban intrusos, sino que enviaban a sus criados y
deudos contra los españoles al grito de: «¡Dios y libertad! ¡Mueran los
gachupines!»
Los aventureros españoles y extranjeros se
defendían a fuerza de audacia. Los criollos contaban con la protección del
ejército y del Gobierno. Aviraneta y sus amigos tenían relación con los
bandidos que pululaban por el estado de Veracruz, a los que se llamaba
salteadores del camino grande.
El capitán Gavilanes, íntimo de Aviraneta, había
sido jefe de una partida de bandidos, y estaba dispuesto a volver de nuevo a
serlo cuando se cansara de la vida tranquila de la ciudad. Gavilanes tenía
amistades con lo peor del país: con los léperos, con los bandidos y con los
indios totonacas.
Aviraneta, rodeado de tan excelentes camaradas, se
distinguió pronto entre ellos y fué considerado como su jefe. Su tipo extraño,
su mirada atravesada, el gusto de vestir de negro, le daban un aire
verdaderamente siniestro.
Se comenzó a acumular sobre él aventuras e
historias.
Muchos robos y asesinatos que se cometían en el
camino de Veracruz a Méjico se atribuyeron a él y a sus camaradas.
Eugenio era un personaje casi popular.
Los hombres le miraban de reojo, y las mujeres le
sonreían.
Estos países americanos, que han heredado todo lo
malo de los españoles, adoran al bravucón y al Tenorio.
Cuando Aviraneta paseaba a caballo fuera de la
puerta del Sur, en compañía del capitán Gavilanes, el antiguo jefe de bandidos,
y con un polaco amigo suyo llamado Volkonsky, podía tener la seguridad de que
la mayoría de las damas habían hablado de él.
Mi tío y yo preguntábamos a los conocidos qué se
sabía de Eugenio, y uno de ellos nos contó que tenía una novia riquísima, hija
de una familia criolla, muy entonada y orgullosa, los Miranda, y que iba por la
noche a hablar con la muchacha.
¿Serían éstos los planes de Aviraneta?, nos
preguntamos mi tío y yo. ¿Querría llegar a la fortuna, haciendo una buena boda?
No lo creíamos.
De pronto se comenzó a hablar de una expedición
misteriosa, para buscar minas, que iban a hacer Volkonsky el polaco y
Aviraneta.
Efectivamente: partieron para su expedición, y al
cabo de tres o cuatro meses, cuando ya creíamos que se habían perdido o que
estarían prisioneros de los indios, volvieron a Veracruz diciendo que habían
encontrado riquísimas minas de plata.
Se habló de que el filón descubierto por ellos era
abundantísimo; de que iban a formar una Sociedad por acciones; de que habían
encontrado dinero. De lo que no se hablaba ya era de los amores de Aviraneta.
—¿Y la novia?—preguntaba mi tío, que era muy
curioso—. ¿Qué ha hecho Eugenio de la novia?
—Ahora parece que la novia es la mina de plata—le
contestaba yo.
Desde aquella expedición minera, las calaveradas de[274] Aviraneta concluyeron; ya no se le veía en
ninguna parte. Por lo que decían, se pasaba la vida en casa trabajando,
escribiendo cartas, y de quince en quince días marchaba a Puebla, pues era la
ciudad más próxima a la zona minera encontrada por el polaco y por Aviraneta.
Un día que estábamos en el almacén se nos presentó
don Luis Miranda, el padre de la que había sido novia de Aviraneta.
Bajó de su coche y entró en casa.
Venía a vernos a mi tío o a mí. Le hice pasar a mi
despacho, llamé a mi tío y hablamos.
Don Luis nos dijo que nuestro pariente, Eugenio de
Aviraneta, después de estar en relaciones con su hija, a pesar de ser un hombre
de fortuna y de calidad inferior a la suya, había dejado de aparecer por su
casa, a la vuelta de una excursión al Orizaba en busca de minas. Esto creía él
que era una informalidad o una tontería; pero, fuese lo que fuese, no se
hallaba dispuesto a tolerarla.
—Yo necesito una explicación—terminó diciendo don
Luis—. El buen nombre de mi hija no puede estar en manos de un aventurero o de
un calavera. Ustedes, que son parientes de Aviraneta, hagan ustedes el favor de
hablarle.
Yo le hubiera contestado a aquel señor del mismo
modo que nos había hablado él; pero mi tío veía en todo el negocio, y contestó
amablemente diciendo que don Luis tenía razón, que hablaría a Eugenio y que le
convencería de lo incorrecto de su conducta.
El señor Miranda se fué arrogantemente, como si él
fuera un príncipe y nosotros unos pobres tenderos.
Era don Luis Miranda un criollo, hijo de un español
y de una mestiza.
En estos países americanos, que se las echan de
demócratas, la cuestión de sangre tiene una importancia capital; un lejano
ascendiente de color entre cierta clase[275] de
personas es una deshonra. Sentirse mestizo allí es una inferioridad; de esto
proviene el fondo de odio inextinguible del americano contra el español.
El americano, hijo de España y nacido en América,
odia al país de donde procede y desdeña interiormente aquel donde ha nacido. Le
pasa como al mulato hijo de blanco y de esclava, que odia al padre y desprecia
a la madre.
Don Luis Miranda odiaba a los españoles de una
manera furiosa. Se atribuía a él la frase de que si se hubiera podido sacar la
sangre española de sus venas a puñaladas, lo hubiera hecho con gusto.
En casi todos los criollos, más en los ricos que en
los pobres, existía, y existirá seguramente, el espíritu filibustero, que no
cesó con la independencia, ni cesará nunca, hasta que las Américas españolas
sean conquistadas por los yanquis.
Los criollos fingían burlarse de nosotros, y nos
llamaban gachupines, chapetones, patones, porque decían que teníamos los pies
grandes, como es natural en gente acostumbrada a andar y a trabajar; pero
debajo de estas burlas aparecía la verdad, y ésta era que nos odiaban y nos
envidiaban.
Don Luis Miranda era el jefe del partido
antiespañol de Veracruz. Tenía casa de banca importante, mucho dinero y una
enorme hacienda a diez o doce leguas de la ciudad.
Don Luis estaba casado con una cubana muy guapa, de
la que decían también que tenía algo de sangre negra.
Los dos hijos de don Luis, don Fernando y Coral,
eran tipos del criollo puro. Don Fernando, el hermano mayor, era alto, delgado,
de tez mate, el pelo muy negro y muy lacio, las manos y los pies muy pequeños.
Don Fernando se parecía a su padre en la figura y
en las inclinaciones. Era orgulloso, altivo, con gustos de aristócrata, y
sentía el mismo odio frenético por los españoles.
Eso de que allí lejos, en España, hubiera condes y
marqueses de verdad, sin mezcla de indios y de negros en su ascendencia, le
producía una gran desesperación.
Coral, la hija menor, era una mujer soberbia. Tenía
la piel blanca y muy mate, el pelo rizado, los ojos azules, claros, ardientes;
la boca, muy roja, y las manos y los pies, pequeñísimos. Vestía casi siempre de
negro, trajes de seda, e iba llena de joyas.
Algunas veces, muy pocas, se la veía en coche. A
pie no andaba nunca.
Llamamos a Eugenio a casa, y mi tío comenzó a
sermonearle. Le dijo que le parecía muy mal su conducta con la señorita de
Miranda, una muchacha de familia tan distinguida. No tenía más remedio que
volver de su acuerdo. Iba a creer todo el mundo que había pretendido a aquella
señorita cuando estaba sin un cuarto y que desde el momento que había
encontrado algún dinero no quería nada con ella.
Aviraneta escuchó las reflexiones nuestras y
contestó que había reñido con la chica y que le molestaba la familia, que
constantemente y con cualquier motivo estaba hablando mal de los españoles.
Este odio le irritaba.
—Sí; pero tú debes dar una satisfacción a los
padres.
—¿Por qué?
—Porque has comprometido a esa muchacha de una
familia tan respetable.
Para mi tío, toda familia rica era necesariamente
respetable.
—Yo no veo que la haya comprometido—replicó
Eugenio—. La he galanteado, he ido a hablar algunas noches con ella, y nada
más.
—Pero tú la has dejado..., y no tienes motivos para
dejarla.
—Sí tengo motivos. ¡Ya lo creo!
—¿Pues?
—Nada, que la niña ha tenido ya unos cuantos
amantes antes de hablar conmigo.
—¿Amantes?... Quieres decir novios.
—No, no, amantes—replicó con indiferencia
Aviraneta.
—¿De manera que la hija de don Luis Miranda?...
—La hija de don Luis Miranda es una Mesalina
criolla.
Mi tío no sabía quién era Mesalina; pero por el
tono comprendió que la acusación de Eugenio se agravaba.
—¿Y tú cómo has averiguado eso?
—Usted sabe que yo he andado hecho un perdido en
Veracruz. Tenía mi objeto. Quería orientarme, conocer la vida de aquí... Entre
mis amigos estaba Ladislao Volkonsky, ese polaco que fué el primero que cogió
la pista de estas minas próximas a Puebla. Nos hicimos amigos Volkonsky y yo, y
decidimos encontrar un capital, ir a ese punto y ver las minas.
Formamos nuestra caravana y nos pusimos en camino.
Hombres que llevan doce o catorce días de marcha juntos no tienen más remedio
que hacerse amigos o enemigos. Nosotros nos hicimos amigos. Yo le hablé de mis
correrías con el Cura Merino y de mis conspiraciones; él, de Waterloo, donde
había estado, y de su campaña con Mina el mozo.
Yo le conté que tenía relaciones con Coral, la hija
de Miranda, y él me escuchó sin decir nada.
De pronto, una vez en la conversación, me habla de
don Luis Miranda, me dice que había vivido en su casa, que había sido profesor
de francés de Coral y tenido relaciones con ella.
Entonces yo le pregunté de pronto:
—¿Y cómo me has ocultado eso sabiendo que Coral es
novia mía?
Volkonsky se turbó y no supo qué contestarme.
El polaco, que es un hombre inteligente y efusivo,
comprendió que yo no dejaría nunca de sospechar de Coral, y al día siguiente de
esta conversación me preguntó:
—¿Qué vas a hacer con Coral?
—La voy a dejar.
—¿No estás enamorado de ella?
—No. Puedes decirme lo que sepas de su vida. ¿Tú
has sido su amante?
—Sí.
—¿Y la sedujiste y la abandonaste luego?
—No, yo no la seduje ni la abandoné. Coral es una
mujer lasciva. A los trece o catorce años había tenido amores con un viejo,
amigo del padre, que le ayudó a pervertirla. Cuando la conocí yo tenía diez y
seis o diez y siete años. Aunque yo en mi país sea de una familia más
aristocrática que la de un simple hacendado rico mejicano, aquí, en Veracruz,
era un pobre emigrado, obscuro y hambriento. Llegué a casa de los Mirandas
recomendado y me puse a dar lecciones de francés a los dos hijos. Yo no soy muy
decidido, y apenas me atrevía a hablar con Coral. Ella me provocó con sarcasmos
por mi timidez; si había una barrera entre ella y yo, ella me convenció de que
podía saltar esa barrera. Fuí el amante de Coral durante varios meses, y cuando
ella me dijo que nuestros amores iban a tener fruto, yo me apresuré a decirle
que debíamos casarnos, y que si no quería quedarse allí, nos iríamos a Europa.
Ella no aceptó mi propuesta, y después supe que había llamado a una vieja india
y que había abortado.
Esto fué lo que me contó Volkonsky—siguió diciendo
Aviraneta—; y al llegar a Veracruz de vuelta de nuestra excursión por el
Orizaba y los montes próximos, comencé a hacer indagaciones para averiguar la
verdad, cosa no muy difícil en un pueblo pequeño como Veracruz y conociéndolo,
como lo conozco yo, bien.
El capitán Gavilanes me llevó a casa de una india,
celestina de gente rica, y ésta me contó los devaneos de Coral. Efectivamente,
lo dicho por Volkonsky era verdad. La celestina me dijo el nombre del primer
amante de la niña, un criollo que goza fama de hombre respetable en Veracruz.
Después de sus amores con Volkonsky, la niña de Miranda se lanzó. Tuvo amores
con un capataz mulato de su hacienda, y porque el mulato estaba en relaciones
íntimas con una india, la mandó azotar a ella y luego a él lo tuvo cargado de
cadenas. La celestina me ha asegurado que Coral, por intermedio suyo, ha tenido
citas amorosas, aquí en Veracruz, con marinos extranjeros, a quienes no conocía
de antemano.
—En fin—concluyó diciendo Aviraneta—; esta vieja me
ha pintado a Coral, no como una mujer que puede haber marchado por el mal
camino, sino como una hembra lasciva, mal intencionada y perversa. Tanto es
así, que la india, al concluír de hablar conmigo, temblaba pensando en la
venganza de Coral, y yo le tuve que dar algún dinero para que se marchara de
Veracruz.
—¿Y ahora, qué vas a hacer?—le preguntamos mi tío y
yo a Aviraneta.
—¿Ahora? Nada. Coral me escribió preguntándome por
qué no iba a verla. Le contesté que tenía razones para no ir. Volvió a
escribirme y a preguntarme qué razones tenía, y le contesté que lo sabía todo.
Que no me obligue a dar explicaciones a su padre o a su hermano, porque sería
para mí muy desagradable; pero si cree ella que debe vengarse de mí y me envía
al hermano, al amigo o al amante, aceptaré el desafío en las condiciones que
quieran.
Mi tío estaba espantado oyendo a Aviraneta.
Pasaron días y no ocurrió nada. En casa no volvió a
aparecer don Luis Miranda.
Por lo que contó Aviraneta, Coral había ido con
gran sigilo a ver a la celestina india; y al saber que había es[281]capado comprendió de dónde venían las noticias de su
novio.
Un día le dieron a Aviraneta una cita de noche.
Eugenio, que era desconfiado, se presentó con cinco amigos suyos, entre ellos
Gavilanes y Volkonsky.
Aviraneta iba algo separado de los otros, que
marchaban a pocos pasos tras él.
Al llegar al punto de la cita, siete u ocho
enmantados, dirigidos por Fernando Miranda, se echaron sobre Eugenio. Mientras
éste se defendía, Gavilanes, Volkonsky y los demás corrieron al lugar de la
pelea y se enzarzaron a puñaladas y a tiros, dejando descalabrados a unos
cuantos y haciendo huír a los otros, entre ellos a Miranda.
Aviraneta y Volkonsky, trabajando mucho,
consolidaron su sociedad minera, que fundaron con muy buen capital, e hicieron
que nuestra casa se encargase de los giros.
Entonces conocí yo a Ladislao Volkonsky. Volkonsky
era un muchacho muy simpático. Su historia era curiosa.
Poco más o menos, al mismo tiempo que llegaba en el
barco a Méjico el general don Juan Ruiz de Apodaca, venía Mina el mozo al mando
de una expedición que organizó la masonería para favorecer la independencia de
Nueva España.
Nunca pudo encontrar Mina el mozo peor ocasión.
Apodaca fué un hombre que entró en la capital de Méjico mientras por las calles
andaban a tiros, y al cabo de algunos meses imponía la paz y el orden en todo
el vasto imperio mejicano.
Mina el joven, que era un aturdido, aceptó el mando
de esta expedición sin pensar que no se debe pelear contra la patria. Su tío,
el general don Francisco Espoz, nunca sancionó tal correría.
Javier Mina, a quien se llamaba Mina el
mozo y Mina el Estudiante, salió de Liverpool y desembarcó
en Norfolk, en Virginia.
Le acompañaba un cuerpo expedicionario de oficiales
franceses republicanos, italianos y polacos. Entre ellos iba Volkonsky,
muchacho joven que se había alistado en el ejército de Napoleón meses antes de
Waterloo.
Volkonsky, a pesar de ser de familia aristocrática
y católica, había sido muy republicano y muy patriota. Cuando nosotros le
conocimos nos enseñó en la muñeca derecha un tatuaje, hecho por un compañero
suyo al salir de Varsovia, con estas palabras: Libertas Poloniæ.
Después, algo avergonzado de aquella marca, se
había quemado la muñeca para borrarse el tatuaje.
Volkonsky era un tipo muy fino, rubio, delgado,
distinguido.
Después de Waterloo el regimiento de Volkonsky fué
disuelto, y el polaco entró en la partida de aventureros capitaneada por Javier
Mina.
Mina el mozo quería considerar su expedición no
como antiespañola, sino como antimonárquica. Esperaba que al proclamarse la
República en Méjico corriera por España y luego por Europa. Había dicho, con la
petulancia de un mozo, que iba a encender en Méjico las fraguas de Vulcano y a
lanzar desde allí sus rayos para abrasar los tronos de Europa.
Mina se entendió desde Virginia con los oficiales
del general Lallemant, establecido en Tejas, y con varios que procedían de los
cuerpos reformados de Napoleón que estaban en Nueva Orleáns, y, reunidos unos y
otros, desembarcaron en Soto la Marina. Allí les esperaban algunos españoles,
algunos indios y no muchos mejicanos para unirse con ellos.
El general Apodaca se dispuso a batirlos y comenzó
a preparar sus fuerzas con calma.
Mandó vigilar la costa a la fragata Sabina y
a las goletas Proserpina y Belona, que estaban en
Veracruz al mando del general don Francisco Berenguer, y envió a luchar con
Mina y los suyos a los regimientos de Na[285]varra y
Zaragoza y a los dragones de San Luis, San Carlos y Realistas, a las órdenes
del mariscal de campo don Pascual Sebastián de Liñán.
Si Liñán era un hombre de talento, Mina no le era
menos; y si los soldados de Liñán se batían admirablemente, los aventureros de
Mina, franceses, ingleses, polacos y españoles, luchaban como fieras. Eran los
extranjeros los que en medio de la indolencia y la estolidez americana
sostenían la insurrección. Así, cuando Liñán tomó el fuerte de Comanja, dijo
que garantía la vida de todos menos de los extranjeros, considerando
extranjeros igualmente a los españoles recién venidos.
Mina el mozo, que era un caudillo de verdadero
genio, había hecho destrozos en las tropas del rey, derrotando a las fuerzas
del coronel Armiñán y a las del oficial Ordóñez, que murió en la acción.
Cuando Liñán apareció como jefe de todas las tropas
que habían de luchar contra los insurrectos, los mejicanos se rieron de él;
decían que un hombre tan pulido y tan afeminado no podía servir para la guerra.
Sin embargo, Liñán puso la campaña en buena marcha.
Al poco tiempo derrotó a los insurrectos y los desalojó del fuerte de Comanja.
Después comenzó a sitiar el fuerte de Remedios, ocupado por las tropas
mejicanas insurrectas.
Mina, nada aficionado a encerrarse dentro de
murallas, hacía correrías que desconcertaban a las tropas del Gobierno.
Liñán encargó primero al coronel Andrade, y luego
al coronel Orrantia, para que persiguieran a Mina.
Orrantia marchó con sus dragones en busca del
caudillo navarro y lo encontró. Las tropas del Gobierno lo hubieran pasado mal
y hubieran sido copadas a no venir en su auxilio la columna del teniente
coronel Bustamante.
Entre los dos jefes lograron sostener la acción y
consiguieron que se fraccionase la partida insurrecta. Ter[286]minado
el combate, Orrantia perdió la pista de Mina y dejó sus tropas entregadas al
descanso.
Dos o tres días después de la acción estaba la
columna de Orrantia en la cañada de Marfil, cerca de Guanajuato, cuando vieron
una gran llamarada que supusieron procedía de la ciudad.
Se acercó Orrantia a Guanajuato y supo que habían
incendiado una mina que se llamaba la Valenciana. Estando aquí
dispuesto a ayudar a extinguir el incendio, se le presentó un confidente
diciéndole que aquella misma noche Mina estaba en la hacienda del Venadito, que
hacía parte de una aldea o rancho llamado Tlachiquera.
Orrantia, abandonando el incendio, avanzó con su
gente hasta aquel rancho, rodeó el cortijo del Venadito y prendió a Mina el
mozo con veinticinco hombres. Entre éstos se hallaba Volkonsky.
Fueron llevados todos al campamento de Remedios.
Liñán era amigo de Mina, a quien había conocido en la guerra de la
Independencia, y quiso salvarle. Propuso a los sitiados en el fuerte de
Remedios que si entregaban el fuerte perdonaría la vida a Mina; ellos no
aceptaron, y ahí, en un altozano, a la vista de los insurrectos, fué fusilado
Javier Mina, por la espalda, como traidor a la patria.
Volkonsky estuvo también expuesto a ser pasado por
las armas; pero como era desconocido, muy religioso y parecía que no había roto
un plato, obtuvo la protección de un fraile y consiguió el indulto, y después
la libertad.
Volkonsky fué a Veracruz, y alguien, sabiendo las
ideas antiespañolas de los Mirandas, le indicó esta casa como refugio.
Después de la expedición de Mina todavía hubo otro
plan, organizado por los ingleses, para preparar la independencia de Méjico,
dirigido por un español. Esta colaboración de los españoles en empresas
filibusteras era una vergüenza.
[287]Se anunció que el nuevo movimiento iba a ser
patrocinado por el general Renovales. Mandaron agentes por toda América. Un
aventurero escocés, MacGregor, marcharía a Méjico con mil hombres. La
expedición se uniría a las fuerzas de Bolívar y mientrastanto los marinos Brion
y Hore atacarían a Veracruz.
Renovales, que era el jefe de esta expedición
filibustera, la denunció en Londres al embajador de España, duque de San
Carlos, y, cobrando todo el dinero que pudo y abandonando a la gente
comprometida, se fué a Nueva Orleáns.
Volkonsky no se mezcló en esta tentativa. No era
hombre de mucha firmeza de carácter, sino más bien mudable y antojadizo.
Durante los primeros meses de estancia en Veracruz había sido muy partidario de
los filibusteros; luego, desde que se juntó con Aviraneta, se hizo amigo de los
españoles.
Afirmó más en él esta tendencia el ponerse en
relaciones con una jovencita, huérfana de un militar vizcaíno, llamada Luisa
Olaechea. Luisa vivía en Puebla y llevaba una vida muy recogida, siempre en
casa y en la iglesia.
Volkonsky, que era hombre fogoso, se enamoró de la
muchacha locamente y no pensaba mas que en casarse con ella y en vivir en paz.
V
LA DESAPARICIÓN DE VOLKONSKY
Enamorado como estaba el polaco y lleno de
ardor por sus negocios mineros, todas las ocasiones le parecían buenas para ir
a Puebla a ver a su novia y a sus minas.
En una de estas excursiones Volkonsky fué y no
volvió. Pasaron días y días y no se supo nada de él. Aviraneta escribió a Luisa
Olaechea, y ésta contestó que llevaba más de una semana sin tener noticias de
su novio.
Volkonsky había desaparecido, se había extraviado,
lo habían hecho prisionero los indios, había caído en alguno de los abismos del
Orizaba...
La cosa para Aviraneta y para la Sociedad nuestra
era grave. Se perdían planos, expedientes, obra de mucho tiempo y mucho dinero.
Aviraneta no tenía seguridad ninguna de encontrar
el sitio de los yacimientos del mineral; pero inmediatamente se dispuso a
volver a la zona minera y a explorar. Formó una caravana, mandada por el
capitán Gavilanes. Yo me uní a ella. Tenía interesado algún capital en el
negocio y quería saber pronto si era dinero perdido o no.
Unos días antes de salir nuestra caravana, un
oficial español, Arteaga, que estaba de guarnición en el casti[290]llo
de Ulúa, fué a ver a Aviraneta y le contó que a Luisa Olaechea, la novia de
Volkonsky, le habían enviado una mano cortada en una cajita de laca. La
muchacha afirmaba que era la mano de su novio, porque tenía unas letras que
ella creía haberle visto anteriormente en la muñeca. Estas letras decían: i er
as ol n e.
—Es la mano de Volkonsky—dijo Aviraneta al oír a
Arteaga.
—¿Por qué tienes esa seguridad?
—Por las letras.
—¿Sabías tú que las tenía?
—Sí.
—¿Qué quieren decir?
—Es lo que le quedaba de un tatuaje, ya medio
borrado, con estas dos palabras: Libertas Poloniæ.
A la pregunta de Arteaga de quién podía ser el que
había matado al polaco, Aviraneta no contestó.
Dos días después de esta conversión, Eugenio dió la
orden de partida, y salimos de Veracruz.
En vez de marchar por el camino conocido, Aviraneta
dijo que había que seguir otro itinerario.
Durante la marcha, los capataces afirmaron que
Aviraneta no sabía lo que se traía entre manos; que aquel no era el camino para
ir hacia el Orizaba; que nos estábamos alejando cada vez más.
Al quinto o sexto día, al anochecer, nos acercamos
a un gran bosque de cedros americanos. En el lindero del bosque Aviraneta mandó
hacer alto, cenamos y, después de ordenar a unos cuantos indios dirigidos por
un capataz que guardasen nuestros caballos y nuestros equipajes, nombró una
pequeña tropa de ocho hombres, entre los que estaba yo, y mandó que cada uno
llevara fusil, pistola, machete y municiones en abundancia, y así, armados
hasta los dientes, nos internamos en aquella selva. Había una calzada grande en
medio que cortaba este bosque; pero Aviraneta no quiso seguirla, y marchamos
paralelamente a ella por entre los árboles.
[291]La luna, muy redonda y rojiza, aparecía en el cielo
con una aureola amarillenta.
A las dos horas o dos horas y media de marcha
entramos en una vega feraz cruzada por un río, con grandes extensiones de
tierras de labor. En medio había una casa amplia con ventanas y galerías que
brillaban a la luz de la luna. El humo salía blanquecino en aquel momento de
una chimenea. Cerca de la granja se distinguía una capilla con su cruz, y
alrededor, chozas pequeñas desparramadas por el campo.
Al ponernos a la vista de la casa, por orden de
Aviraneta dimos un rodeo, metiéndonos por un barranco, que él, sin duda,
calculó bastaba para ocultarnos. Estos detalles de estrategia denunciaban en
Eugenio al guerrillero.
Salimos cerca de la alquería, y Aviraneta destacó
cuatro hombres para que espiaran y nos anunciaran con una seña a los cuatro que
esperábamos si salía alguno de la granja.
No tardó media hora en aparecer una mujer. Los
cuatro marchamos en la dirección que nos indicó el espía, y sin que diera un
grito la cogimos, la atamos y la llevamos dentro del bosque.
Yo hasta entonces no sabía que aquella casa que
estábamos sitiando era la de don Luis Miranda y que en aquel momento se
encontraban allí sus hijos, don Fernando y Coral.
A la india, a quien habíamos prendido, le hizo
Aviraneta algunas preguntas que me sorprendieron, entre ellas si sabía de
un gringo a quien habían matado allá. Ella dijo que no sabía
nada.
Se le amenazó con darle tormento, se le dijo que se
le colgaría y se le pondría fuego a los pies. Ella permaneció tranquila sin
contestar.
En vista del mal resultado de las preguntas y de
las amenazas quedó la vieja india a mi cargo para que no se escapara y fuese a
dar parte a sus amos de lo que [292]ocurría, y
Aviraneta y los otros dos volvieron hacia la granja.
Pasé unos momentos malos dentro del bosque; la
vieja, atada, me lanzaba unas miradas que me llenaban de espanto. Yo no sé qué
maldiciones debía estar echándome en su lengua. A la hora próximamente vino uno
de los nuestros corriendo a decirme que me reuniera con ellos.
Habían prendido a un viejo capataz, y éste,
asustado por las amenazas de atormentarle, cantó de plano.
Dijo que Coral había mandado al gringo rubio,
a Volkonsky, una carta diciéndole que fuera a su casa a despedirse de ella.
El gringo fué a la granja; estuvo
hablando con la señorita, y en el patio, al ir a marcharse, dos indios
apostados allí le mataron.
Al verlo tendido en el suelo, ella preguntó:
—¿Está muerto?
—Sí, mi ama—contestaron los indios.
—Cortadle la mano derecha y enterradle.
El viejo capataz dijo que el gringo rubio
había sido enterrado en el corral de la casa, en un ángulo, cerca de un banco
con una cruz. Por lo que dijo, era fácil saltar la tapia y entrar en el corral.
Se llevó a la india y al capataz viejo a una choza,
se les encerró allí, se sujetó la puerta por fuera, y nosotros, los ocho,
cogimos azadas, palas y picos, y uno tras otro saltamos la tapia de la casa de
Miranda.
Encontramos el sitio indicado por el capataz, que
se señalaba por estar la tierra removida, y nos pusimos a cavar.
Realmente la escena era fantástica: dos de los
nuestros trabajaban con el azadón y la pala, mientras los otros, en acecho,
estaban con las armas dispuestas para disparar.
Al cabo de unos minutos se dió con el cuerpo del
polaco y se dejó a la superficie su cadáver, ensangrentado y lleno de tierra.
[293]Aviraneta, con una serenidad tremenda, le registró
los bolsillos y sacó una cartera abultada. Luego fué viendo uno a uno los
papeles. Allá estaban los planos y los documentos de las minas. Ibamos a volver
a enterrar al polaco cuando se oyeron voces en el patio. Alguien se acercaba.
—Cuidado—dijo Aviraneta—; si alguien viene,
prendedlo sin ruido.
El que se acercaba era Fernando. Cuando estuvo a
pocos pasos de nosotros quedó preso y con la boca tapada.
El espanto y la sorpresa lo dejaron amilanado.
De pronto se oyó la voz de Coral, que decía:
—Pero, Fernando, ¿dónde estás? ¿Qué pasa?
—No le hagáis nada—nos dijo Aviraneta, y avanzando
exclamó:—Fernando está aquí, señorita. Mira en este momento con nosotros el
cadáver de Volkonsky.
Un grito ahogado fué la respuesta de Coral; pronto
logró calmarse y quedar tranquila. Coral contempló el cadáver del polaco a la
luz de la luna.
—Su hermano, que la tiene a usted por un
ángel—siguió diciendo Aviraneta—y a mí por un demonio, comenzará a comprender
la clase de mujer que es usted. Verá que no sólo tiene usted amantes, sino que
los manda matar cuando le estorban.
—Cuando me estorban, no: cuando me engañan—replicó
ella.
Fernando lanzó un quejido lastimero. Aviraneta
mandó que lo soltáramos.
—¡Pobre hermano! ¡Lo siento por él!—exclamó Coral—.
¿Van ustedes a dejar el muerto así?—preguntó luego.
Dos de los nuestros cogieron el cadáver, y después
todos, con las palas, comenzamos a echar tierra encima.
—Y ustedes, ¿qué son?—me preguntó de pronto Coral—.
¿De la Justicia?
[294]—No—contesté yo, secándome el sudor que corría por
mi frente.
—¿Pues qué interés han tenido ustedes para venir
aquí?
—Es que Volkonsky guardaba los planos de nuestras
minas.
—¡Ah!—exclamó ella con desprecio—. Son ustedes
comerciantes.
Realmente, lo lógico hubiera sido prender a aquella
mujer y entregarla a los tribunales de Justicia; pero a ninguno se le ocurrió
esto. Cuando concluímos de enterrar de nuevo el cadáver miramos a Aviraneta
esperando sus órdenes, y por su indicación cruzamos el patio tras él y salimos
al vestíbulo de la granja.
—Y con esta real moza, ¿qué hacemos?—preguntó de
pronto Gavilanes.
—Amigo, allá usted—replicó Aviraneta—; esta real
moza un día le dirá a usted que le quiere y al otro le cortará la mano... o la
cabeza.
Ella nos miraba indiferente, con frialdad y con
desprecio. Salimos de la granja, nos formamos y echamos a andar por el camino.
Aviraneta temía que nos fueran a atacar; pero no nos atacaron.
A la mitad del camino Gavilanes se retrasó; le
esperamos, y no vino.
—¡A ti también te cortarán la mano,
Gavilanes!—gritó Aviraneta en burla.
Nadie contestó.
Avanzamos hasta salir del bosque y reunirnos con
nuestra caravana. Al día siguiente volvimos de nuevo camino de Veracruz; se
copiaron los planos de las minas, y la Sociedad siguió adelante.
Un mes más tarde Aviraneta iba en una
expedición, con varios capitalistas e ingenieros, al coto minero de la
Sociedad. Se comenzó en Veracruz a hablar con gran entusiasmo de estas minas.
El país, gracias a las disposiciones del general don Juan Ruiz de Apodaca,
comenzaba a disfrutar de la paz. Las acciones de las minas subían...
En este momento, cuando se empezaba a pensar en la
explotación, Aviraneta realizaba sus acciones de la Sociedad y se marchaba a
España, acompañando a su amigo Arteaga, a quien habían dado licencia como
enfermo y que salía para la Península con su mujer.
Aviraneta tuvo gran acierto en liquidar
todo—concluyó diciendo el viejo Alzate—, porque luego las minas aquellas no
dieron resultado alguno, por más de que se gastó en la explotación mucho
dinero.
—Y en la muerte del polaco, ¿no intervino la
policía? ¿No se indagó quién era el autor?—pregunté yo.
—No; el muerto era un desconocido, y a nadie le
interesaba averiguar lo que había pasado.
—¿Y Coral, la hija de Miranda?
—No se supo su paradero—contestó Alzate—. No volvió
a Veracruz. Unos dijeron que estaba en Nueva Orleán; otros, que en la Habana...
[296]—¡Qué barbaridad!—exclamé yo—. ¡Qué Justicia!
—¡Cosas de la vida!—dijo don Rafael Baroja
frotándose las manos.
Alzate se levantó, sacó del bolsillo del chaleco un
reloj de plata, grande y pesado, y, acercándose al yerno, que le miraba en
silencio, le dijo:
—¡Vamos, tú, que ya es tarde!
Y el viejo Alzate y su yerno salieron de la botica,
montaron en el carricoche y marcharon rápidamente a tomar el camino de Irún.
Madrid, marzo, 1914.
FIN DE LOS CAMINOS DEL MUNDO
ÍNDICE
|
Páginas. |
||
|
7 |
||
|
La culta Europa.—Amores, hambre, peste y filosofía.—Los papeles de
Arteaga. |
9 |
|
|
LIBRO PRIMERO |
||
|
I. — |
11 |
|
|
II. — |
15 |
|
|
III. — |
19 |
|
|
IV. — |
23 |
|
|
V. — |
27 |
|
|
VI. — |
33 |
|
|
VII. — |
39 |
|
|
VIII. — |
43 |
|
|
IX. — |
47 |
|
|
LIBRO SEGUNDO |
||
|
I. — |
53 |
|
|
II. — |
57 |
|
|
III. — |
59 |
|
|
IV. — |
65 |
|
|
V. — |
71 |
|
|
VI. — |
77 |
|
|
VII. — |
81 |
|
|
VIII. — |
85 |
|
|
IX. — |
89 |
|
|
X. — |
93 |
|
|
XI. — |
97 |
|
|
XII. — |
103 |
|
|
XIII. — |
105 |
|
|
LIBRO TERCERO |
||
|
I. — |
109 |
|
|
II. — |
113 |
|
|
III. — |
119 |
|
|
IV. — |
123 |
|
|
V. — |
127 |
|
|
VI. — |
129 |
|
|
VII. — |
133 |
|
|
VIII. — |
135 |
|
|
IX. — |
139 |
|
|
Una intriga tenebrosa.—Los hombres de la conspiración del
Triángulo.—Habla Leguía. |
141 |
|
|
LIBRO PRIMERO |
||
|
I. — |
147 |
|
|
II. — |
155 |
|
|
III. — |
163 |
|
|
IV. — |
169 |
|
|
V. — |
175 |
|
|
VI. — |
177 |
|
|
VII. — |
181 |
|
|
VIII. — |
185 |
|
|
IX. — |
189 |
|
|
X. — |
195 |
|
|
XI. — |
201 |
|
|
LIBRO SEGUNDO |
||
|
I. — |
205 |
|
|
II. — |
211 |
|
|
III. — |
215 |
|
|
IV. — |
219 |
|
|
V. — |
225 |
|
|
VI. — |
231 |
|
|
VII. — |
241 |
|
|
VIII. — |
245 |
|
|
IX. — |
249 |
|
|
X. — |
253 |
|
|
XI. — |
259 |
|
|
263 |
||
|
I. — |
267 |
|
|
II. — |
271 |
|
|
III. — |
277 |
|
|
IV. — |
283 |
|
|
V. — |
289 |
|
|
VI. — |
295 |
|
Obras publicadas por esta Casa.
Novelas de Willy.
Willy:
Los amigos de Siska.
La insaciable Siska.
Historia sombría.
Ginette la soñadora.
Ledos, tapicero.
El éter consolador.
Historia, Sociología y Biografía.
Carlos Rivet:
El último Romanof (historia del Tsar y su corte).
José María Salaverría:
Los conquistadores. (Origen heroico de América.)
En la vorágine.
Julián Sorel:
Los hombres del 98: Unamuno.
La raza.
Literatura española contemporánea.
A. Martínez Olmedilla:
Resurgimiento.
R. Baroja (J. G. Nessi):
Aventuras del submarino alemán U...
Fernanda.
Fiebre de amor.
José María Salaverría:
Páginas novelescas.
A. de Hoyos y Vinent:
Las tragedias cotidianas.
Ciro Bayo:
(Ilustraciones de Galván.)
Indios pampas, gauchos y collas.
La terraza de los Andes.
El tempe boliviano.
Los ríos del oro negro.
Felipe A. Salto:
Aristocracia de sangre.
Azorín, Baroja, Byron, Gautier, Palacio Valdés,
etcétera:
Páginas taurómacas.
Néstor de la Torre:
La huella perdida.
Jaime Brunet:
Por el mérito.
Henri Barbusse:
El fuego (nueva edición).
Claridad.
Stendhal:
Un oficial enamorado (Luciano Leuwen), dos tomos.
A. S. Puchkin:
El bandido Dubrovsky.
La casita solitaria.
Novelas contemporáneas extranjeras.
Henri Kistemaeckers:
El relevo galante.
Abel Botelho:
El libro de Alda (dos tomos).
Abel Hermant:
Los amores de Fanfan.
Juan D'Ivrai:
Memorias de un eunuco.
Henri Bordeaux:
Una mujer honrada.
Paul Acker:
Pequeñas confesiones (dos tomos).
Séméne Zemlak:
La eterna fatalidad.
J. de Gachons:
El valle azul.
Carlos Foley:
La dama de los millones.
Artzybashef:
Sanin (dos tomos).
H. Harland:
La tabaquera del Cardenal.
P. Villetard:
Las muñecas se rompen.
Horacio van Offel:
La exaltación.
Clemente Vautel:
La reapertura del paraíso terrenal.
Juan Lorrain:
La feria de las pasiones.
Jehan Testewide:
Amar...
Marc Twain:
Aventuras de Huck.
Andrés Guilmain:
El divino instante.
M. Ruiz Maya:
Los incultos.
Novelas ligeras.
Andrés Guilmain:
Margot peca siete veces.
«Frou-Frou», vendedora de caricias.
La Condesa busca un amante.
Las perversiones de Totó.
La ninfa de los «Souper-tangos».
La virgen desflorada.
Una «cocotte» último grito.
El divino instante.
El favorito de las damas.
La sonrisa de la Aventura.
Álvaro Retana:
La primera aventura de Leticia.
Las mujeres del diablo.
El príncipe que quiso ser princesa (ilustrada).
Una confesión «muy siglo XX».
Rosas blancas.
Rosas ingenuas.
A. Hoyos y Vinent:
Obscenidad (ilustrada).
Rafael Gerino:
Una aventura erótica.
A. Reguera:
Melita busca sensaciones.
A. Hernández:
Lulú, pasional y ambigua.
J. G. Nessi:
De tobillera a «cocotte».
Félix Cuquerella:
Mariposas del placer.
Valentín de Pedro:
Cartas de amor de Clara Matei.
Florián.
E. M. del Portillo:
La señorita Capricho.
Novelas clásicas extranjeras.
Julio Vallés:
El niño (vida de Jaime Vingtras).
Rudyard Kipling:
Capitanes valientes.
End of the Project Gutenberg EBook of Memorias de
un Hombre de Acción: #3
Los Caminos del Mundo, by Pío Baroja
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE
UN HOMBRE ***

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