© Libro N° 9440. El Pasajero Y Su Negro. Simenon, George. Emancipación. Enero
1 de 2022.
Título original: © El Pasajero Y Su Negro. George Simenon
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Original: © El Pasajero Y Su Negro. George Simenon
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
George Simenon
George Simenon
George Simenon
(Lieja, Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)
El Pasajero Y Su Negro (1940)
(“Le passager et son nègre”)
Originalmente publicado en Police-Roman
(n° 97, 29 de marzo de 1940);
Le Petit Docteur
(París: Éditions Gallimard, 1943, 589 págs.)
I
—¿Mucho
hielo?
—Muy
poco… Gracias.
Y a
veces Dollent, se veía obligado a hacer un violento esfuerzo para no
exteriorizar una satisfacción infantil. ¿Era realmente él, el Doctorcito de
Marsilly, con su traje de un color gris descolorido, su corbata siempre anudada
con desaliño, su viejo sombrero, que tanta lluvia había recibido, era realmente
él quien en aquel salón de primera clase, adornado con artesones de maderas
raras, estaba sentado con las piernas cruzadas, el cuerpo blandamente inclinado
hacia atrás, con, al alcance de la mano, un vaso de whisky en el que flotaba un
pedazo de hielo y, entre los labios, un habano de multimillonario?
Ciertamente, el navío no bogaba por alta mar. A través de los
tragaluces, sólo se distinguía, tras la polvareda del sol, los muelles de
Burdeos, y no era el jadeo de las máquinas lo que se oía, ni el ruido producido
por las olas del océano, ni el roce del agua con el casco, sino el estrépito de
las grúas que descargaban el paquebote Martinique.
¡Y qué
gente distinguida alrededor del Doctorcito, qué de altos personajes
prodigándole cuidados sin cuento! El vejete de la perilla, que no paraba de
limpiar sus lentes, era nada menos que un administrador de la Compañía de
navegación. El mocetón de pelo gris, vestido con un uniforme blanco lleno de
galones, era el capitán del buque. Los demás eran oficiales, el comisario de a
bordo, el médico.
Unos
meses antes, con el fin de hacer una investigación, el Doctorcito veíase
obligado a meterse por entre las piernas de los oficiales, como un chiquillo, y
estuvo en un tris de que lo echaran con violencia.
¿Era
posible que su reputación de descifrador de enigmas se hubiese consolidado con
tanta rapidez? Hoy día ya era un hombre consagrado. Incluso a Ana, la sirvienta
que siempre refunfuñaba, le infundió un gran respeto la lectura del telegrama:
«Le
rogamos encarecidamente acepte investigación urgencia a bordo paquebote
“Martinique”, actualmente escala Burdeos stop Estamos acuerdo con Policía
oficial que le dará facilidades stop Aceptadas por adelantado sus condiciones».
Su
cochecito de cinco caballos, Ferblantine se hallaba en el muelle, entre los
tinglados, blanco de polvo. En cuanto a esos caballeros, ¿no se quedaron
atónitos, por no decir desilusionados, al ver llegar, en lugar del «gran»
detective a quien esperaban, a un joven pequeño, delgado y nervioso que no
aparentaba sus treinta años y que iba vestido sin preocupación alguna del qué
dirán?
Al
igual que en un consejo de administración, el primero en hablar fue el
administrador.
—El
drama que se produjo a bordo de este buque, doctor, y que es de los más
misteriosos, puede acarrear a la Compañía que represento un perjuicio
considerable. Por otra parte, la policía oficial, obligada a seguir ciertos
métodos que pasan por científicos, ha realizado una detención que, de
mantenerse, nos causará un perjuicio aún mayor.
»Por
eso le pedimos que lo ponga todo en juego para descubrir la verdad lo más
pronto posible. El Martinique, como usted sabe, efectúa el servicio regular de
la costa occidental de África, es decir, Burdeos-Pointe-Noire, con escala en
todos los puertos coloniales franceses. Llegó anoche. Teóricamente, ha de
volver a zarpar dentro de dos días, pero es casi seguro que las autoridades lo
retendrán en Burdeos si antes no se aclara el misterio.
»El
estado mayor del buque está a su entera disposición… Nuestra caja también… No
me queda más que desearle buena suerte y dejarle trabajar en paz con estos
señores…
Acto
seguido, y satisfecho de su discurso, el caballero de los lentes y la perilla
estrechó solemnemente la mano del Doctorcito y la del comandante, dirigió un
vago saludo a los personajes de menor importancia y salió en dirección a su
automóvil cerrado que le aguardaba al pie de la escala.
—¿Quiere usted relatarme los hechos, comandante?
—Con
mucho gusto. Empiezo por el final, es decir, por los acontecimientos de anoche.
En principio, el Martinique tenía que atracar ayer martes, a las seis de la
tarde, aproximadamente. Primero, una fuerte marejada en el golfo de Gascuña
retrasó nuestra marcha. Luego, cuando subimos por el Gironda, estalló una
tormenta de violencia tal, que la visibilidad era casi nula. Rozamos con la
quilla un banco de arena. Ése es el peligro que encierran los estuarios. Perdimos,
pues, unas tres horas y cuando llegamos a Burdeos la aduana estaba cerrada.
—¿Quiere decir que los pasajeros no pudieron desembarcar?
—Exactamente. Tuvieron que esperar hasta esta mañana para…
—Dispense… ¿Cuánto tiempo hacía que los pasajeros estaban a bordo?
—Los
que embarcaron en Pointe-Noire, tres semanas.
—¿Y
los parientes o los amigos, los aguardaban en el muelle?
—Exacto también… Ocurre con frecuencia… Es inútil que le diga que cada
vez provoca cierto mal humor. Afortunadamente sólo llevábamos unos veinte
pasajeros de primera clase. En septiembre, el período de las vacaciones ya se
ha terminado. Pasado mañana, en el viaje de ida, todos los camarotes estarán
ocupados.
—¿El
drama, pues, ocurrió aquí mismo, en el muelle?
—Quisiera darle una idea casi exacta del ambiente.
Anochecía y todos los pasajeros se hallaban en cubierta agitando los
pañuelos, contemplando las luces de la ciudad, gritando, con las manos a modo
de altavoz, noticias a los que les esperaban. Antes de la visita aduanera y de
la visita del servicio sanitario, nadie podía desembarcar.
—¿Y no
bajó nadie?
—¡Imposible! La policía del puerto y los aduaneros montaban la guardia a
lo largo del buque. Piense ahora que la mayoría de los pasajeros hacía más de
tres años y algunos diez que se habían ido de Francia. Una mamá, desde el
muelle, mostraba un niño a su marido que él no había visto nunca y que ya
hablaba… Mal humor, le repito. Algunos intentos de colarse, pronto reprimidos…
Fue entonces cuando Cairol, más conocido en África Ecuatorial por el nombre de
Popol, arregló las cosas a su manera.
»—¡Invito a beber champaña a todo el mundo! —gritó—. En el bar de
primera…
—Usted
perdone —murmuró como un colegial el Doctorcito—. No estoy familiarizado con
los buques de lujo. ¿Dónde está situado el bar de primera?
—En el
puente superior. Luego se lo enseñaré… La mayor parte de los pasajeros
aceptaron. Sólo algunos fueron a acostarse… Bob, el barman, sirvió no solamente
champaña sino muchos whiskys y combinados.
—Otra
pregunta antes de proseguir. ¿Quién es ese Cairol llamado Popol?
La
respuesta fue de una comicidad involuntaria, porque, sin pensarlo, el
comandante dijo:
—¡El
cadáver!
—Usted
perdone… ¿Pero antes de ser un cadáver?
—Un
mocetón tan conocido en Burdeos como en la costa de África. Un leñador.
—Lo
siento, comandante, pero ni siquiera sé lo que es un leñador. Supongo que no
será un simple cortador de madera.
Los
oficiales sonrieron y el Doctorcito conservó su aspecto calmoso e inocente de
niño modoso.
—Los
leñadores son, por lo general, unos muchachos que nada temen. Obtienen del
gobierno concesiones para varios millares de hectáreas en la selva ecuatorial,
a menudo a considerables distancias de todo centro… Se internan en ella,
reclutan como pueden a trabajadores indígenas, derriban caobas y ocumes… Esos
árboles se han de enviar luego, por los ríos, hasta la costa… No es raro que en
pocos años los leñadores amasen varios millones…
—¿Es
el caso de su Popol?
—Popol
ganó tres o cuatro veces fortunas así de importantes… Luego regresaba a Francia
y gastaba en pocos meses todo lo que había ganado… Un detalle le define… Hace
de ello cuatro años. Acababa de llegar a Burdeos con los bolsillos repletos.
Llovía a cántaros… Desde un café que había enfrente del teatro, Popol miraba
cómo desfilaban las damas escotadas y los caballeros de frac que asistían a una
función de gala.
»Entonces, para divertirse, Popol alquiló todos los taxis y los simones
de Burdeos, con los que formó un cortejo larguísimo. A la salida del teatro,
pasó a la cabeza de centenares de coches, por delante del teatro, mientras los
espectadores y espectadoras hacían en vano señales desesperadas con las manos.
Los pobres tuvieron que volver a sus casas bajo el chaparrón mientras Popol…
—¿Volvió al Gabón?
—Lo
traía por cuarta vez, muy rico; por lo menos así lo decía. Iba acompañado de un
negro al que, por irrisión, llamaba «Víctor Hugo». Un horrible negro bantú.
»Popol
no hizo nunca nada como los demás… Alquiló para su negro un camarote de primera
clase, contiguo al camarote de lujo que él ocupaba. Le sentaba a su mesa, en el
comedor de primera… En vano intenté hacerle entrar en razón…
»—Yo
pago, ¿no es verdad? —respondía—. Y siempre que “Victor Hugo” no escupa en los
platos…
—¿Dónde está ahora «Víctor Hugo»?
—Ha
desaparecido… Ya le hablaré de él… No sé si usted se imagina lo que representa
un viaje de esta clase… Aparte de Popol y su negro, yo no llevaba a bordo más
que gente seria, sobre todo funcionarios superiores y un general…
»El
calor, a lo largo de lo costa, es sofocante y hasta en el bar hay que cubrirse
con el casco a causa de la reverberación.
»El
“bridge” y la “belote” ayudan a matar el tiempo, amén de numerosos aperitivos y
whiskys… Se bebe mucho a bordo de los buques de línea…
»Ocioso es decir que Popol, con su negro, causó sensación. Siento mucho
que no haya tenido ocasión de conocer al hombre… Vulgar, como es de suponer… Un
gran mocetón de cara huesuda, de ojos insolentes, de alegría ruidosa, que podía
vaciar una botella de “pernod” o de “picón” sin emborracharse.
»Buen
mozo a pesar de sus cuarenta años… Despreciaba a los funcionarios y se mofaba
de sus manías.
»Pero
se imponía, se sentaba a una mesa a la que no se le había invitado, encargaba
bebidas para todo el mundo, contaba historias, daba palmaditas en los muslos de
la gente, hacía tantas cosas y con tal desenvoltura, que acababa con el mal
humor.
»Cuando celebramos a bordo la fiestecita tradicional, gastó veintidós
mil francos en puros y champaña… Creo que la caja que tiene usted delante es la
última que queda a bordo.
»En
cuanto a las mujeres…
Una
leve sonrisa vagó por los labios del comandante, que miró a sus oficiales antes
de proseguir:
—No
quisiera hablar mal del sexo débil, del que soy un gran admirador.
Era
inútil que hiciera confidencias. Ya había notado el Doctorcito que el
comandante tenía cierta predilección por las mujeres hermosas.
—…
Ignoro si el ocio y el calor son la causa de ello, lo cierto es que la
vulgaridad de Popol no desagradó a todas nuestras pasajeras… Cuando usted lo
desee, le proporcionaré algunos datos que sin duda serán de gran utilidad para
sus investigaciones, porque no es necesario que añada que, a bordo de un buque,
ninguna de las pequeñas intrigas que se urden pasa inadvertida al estado mayor.
—Me
parece que empiezo a sentir la atmósfera de a bordo —murmuró el Doctorcito—.
¿Quiere usted enumerarme escuetamente a las mujeres que mantuvieron relaciones
con Popol?
—En
primer lugar, la bella señora Mandine, como se la llama en Brazzaville… Su
marido es administrador… Regresaban ambos para sus vacaciones de seis meses.
—¿Luego?
—Luego, evidentemente, la señorita Lardilier.
—¿Por
qué dice usted evidentemente?
—Porque ha sido ella a la que han detenido… Tal vez he obrado mal al
contarle lo sucedido, ora por el principio, ora por el fin… Mucho me temo que
usted no acierte con la salida de tal laberinto.
—Cuénteme el drama tal como ocurrió.
—Vuelvo, pues, a la pasada noche. La mayor parte de los pasajeros
estaban bebiendo en el bar.
—¿Se
encontraba allí la señora Mandine?
—Sí… Y
su marido había logrado combinar un «bridge» en un rincón, con el general y dos
personas más.
—¿Y la
señorita Lardilier?
—También estaba allí.
—¿Y su
padre? Porque supongo que esa señorita no viaja sola por la costa de África.
—Su
padre, Eric Lardilier, es el propietario de las «Factorías Lardilier», que uno
encuentra en todos los puertos del Gabón… ¿No conoce usted África? Preciso,
pues, el sentido de la palabra factoría. Se trata de unos negocios enormes… En
una factoría, se vende y se compra todo: productos indígenas y máquinas, autos
y víveres, vestidos, utensilios, y hasta barcos y aviones.
—¿Así,
pues, una gran fortuna?
—Enorme.
—¿Se
conocían Popol y Eric Lardilier?
—No
podían dejar de conocerse, pero nunca vi que se dirigieran la palabra entre sí.
El señor Lardilier muestra cierto desprecio por los aventureros que, a su
juicio, perjudican la reputación de las colonias.
—¿Estaba en el bar el señor Lardilier?
—No.
Había ido a acostarse.
—Ahora, el drama, por favor.
—En
cierto momento, hacia la una de la madrugada, Popol abandonó a sus invitados
diciendo que no tardaría en volver… Dio la impresión de alguien que va a buscar
algo a su camarote.
—¿Le
acompañaba su negro?
—No.
«Víctor Hugo» debía hallarse en el camarote cerrando los baúles… Eso me
recuerda un detalle del que le hablaré luego… Así, pues, Popol acababa de
bajar… Fue entonces cuando un camarero, Juan Miguel, que sirve en la Compañía
desde hace muchos años, y en el que uno puede tener confianza, pasaba para su
servicio por el pasillo B, al que da el camarote de Popol… la puerta estaba
abierta… El camarero echó una ojeada maquinalmente…
»Vio
en el centro del camarote a la señorita Lardilier con un revólver en la mano…
»Entró. También la puerta del cuarto de baño estaba abierta. Dio un paso
hacia adelante. Y allí, junto a la bañera, descubrió el cadáver de Paúl Cairol,
llamado Popol, tendido en el suelo, donde se extendía una mancha de sangre.
Enseguida dio la señal de alarma… El primero en llegar fue el médico.
Comprobó que el pasajero sólo hacía unos instantes que había fallecido de un
balazo en el pecho. Él fue también quien tuvo la idea de envolver en un pañuelo
el revólver que la señorita Lardilier, aturdida, acababa de dejar sobre la
mesa.
»Hice
que se avisara a las autoridades… Inmediatamente dio comienzo la investigación,
a fin de hacer posible que en cuanto amaneciera los pasajeros pudieran
desembarcar. Ya puede usted suponer la noche que hemos pasado, los
interrogatorios, en este salón donde ahora nos hallamos…
—¿Pero
y el negro? —Insistió el Doctorcito.
—No
fue posible echarle la mano encima… Los aduaneros y los agentes no le vieron
bajar. La mayoría de los tragaluces estaban abiertos a causa del calor, y es
muy probable que pasara por uno de los de babor y que llegara al muelle
nadando.
—¿Qué
dice la señorita Lardilier?
—Antoinette… —empezó el comandante, que se mordió la lengua y prosiguió:
—Ella
y yo éramos buenos amigos. Por eso acabo de designarla por su nombre… Se la
interrogó durante más de una hora, y no se obtuvo nada de ella, salvo la
declaración siguiente que ya empiezo a saberme de memoria:
«—Me
dirigía a mi camarote para ir a buscar un mantón español, porque empezaba a
soplar un viento fresco, cuando pasé por delante de la puerta abierta del señor
Cairol… Me sorprendió mucho ver un revólver en el suelo… Lo recogí e iba a
llamar cuando surgió un camarero…
»No sé
nada… Ignoraba que hubiera un cadáver en el cuarto de baño… No tenía yo motivo
alguno para matar al señor Cairol…».
—Lo
malo es —suspiró el comandante— que en ese revólver, el que mató a Popol, no se
ha encontrado más que sus huellas… Vea la copia del interrogatorio de la
señorita Lardilier… Si desea darle un vistazo…
Pregunta. —¿No mantuvo usted relaciones asiduas con el señor Cairol
durante la travesía?
Respuesta. —Como casi con todo el mundo a bordo.
Pregunta. —Hay testigos que afirman que, avanzada la boche, solía
pasearse con él por el puente.
Respuesta. —Yo nunca me acuesto temprano… A veces me paseaba con él,
como también me paseaba con el comandante… Ello no es óbice para que no haya
matado ni al señor Cairol ni a nadie.
—¿Es
exacto, comandante?
—Absolutamente exacto… Y añadiré que, a menudo, la señorita Lardilier
venía a tomar el aperitivo a mi despacho. Con buen fin… Es costumbre corriente
a bordo de los buques donde las distracciones son raras y los flirteos no
tienen consecuencias…
—¿Usted y Cairol eran, pues, sus dos flirteos?
—Si
usted quiere.
Sonrió. El Doctorcito volvió a sumirse en la lectura.
Pregunta. —¿No encontró a nadie cuando llegó al pasillo B.?
Respuesta. —A nadie.
Pregunta. —No obstante, el asesino no podía estar lejos, puesto que,
cuando mucho más tarde llegó el médico, el señor Cairol estaba dando las
últimas boqueadas.
Respuesta. —Lo lamento. No tengo nada que añadir. Por lo tanto, no
responderé más…
—¿Otra
copa de whisky?… Por favor… La policía, pues, tiene a la señorita Lardilier a
su disposición… Ello equivale a decir que está detenida. Su padre se vuelve
loco de rabia. Es un importante cliente de la Compañía y está dispuesto a
amotinar a todos los exportadores de Burdeos contra nosotros. Yo fui, doctor,
quien tuvo la idea de acudir a usted, porque estoy al corriente de muchas de
sus investigaciones… No creo en la culpabilidad de Antoinette… Estoy persuadido
de que este asunto es algo más que una vulgar historia de amor o de celos y de
eso quisiera hablarle ahora.
»Estos
señores, a quienes rogué que se quedaran para que usted pudiera constatar más
fácilmente mi declaración, no me contradecirán.
»La
actitud de Popol, desde el momento en que se embarcó en Libreville, tenía algo
de equívoca.
»Cierto es que siempre fue un hombre muy original y un calavera… No era
el “bluff” el menor de sus defectos Le gustan, mejor dicho, le gustaban, las
actitudes espectaculares… Después de tres años de soledad en la selva en unión
de sus negros, gozaba plenamente de la vida y sentía por ella una pasión casi
agresiva.
»A
pesar de eso, no dejo de estar persuadido de que esta vez su estado no era
normal… Hablando de su negro, decía:
»—¿No
tienen los “gangsters” americanos su escolta? Ya que yo me juego la vida tanto
como ellos, tengo el derecho de poseer la mía. ¿No es cierto, señores?
—Exacto.
—Soltaba otras frases, sobre todo cuando estaba bebido, lo que le
ocurría diariamente. Entre otras, ésta que recuerdo textualmente:
»—Esta
vez, mi fortuna no está en los bancos y no corro el riesgo de que el fisco me
quite la mitad como durante mi última estancia en Francia…
El
Doctorcito, siempre prudente, cortés, preguntó:
—¿Adivinó usted a qué aludía?
—No…
La cosa resultaba más curiosa porque hablaba de varios millones… Afirmaba que
ya no tendría más necesidad de volver a África… Cuando perdimos la costa de
vista exclamó:
»—¡Adiós para siempre!
»Luego, otra vez, dijo, y eso lo oyó el barman Bob:
»—Si
llego vivo a Burdeos, vaya vida la que me voy a dar… Y esta vez durará…
—Supongo, comandante, que su Popol no llevaba consigo varios millones en
billetes de banco.
—¡Es
imposible! —replicó rápidamente el comandante—. ¿Dónde se hubiera procurado esa
suma en Libreville? La banca de Libreville no la posee. Allí, todos los pagos
se efectúan por giros y se guarda la menor cantidad posible de numerario… No
obstante…
El
comandante se quedó meditabundo… Y el médico del buque intervino por primera
vez.
—¡Tengo motivo para creer que Popol llevaba su fortuna consigo! —dijo—.
Recuerdo un detalle. El hecho ocurrió después de la escala de Grand-Bassam.
Aquella noche el hombre había bebido mucho más que de costumbre. Por la mañana,
vino a mi camarote con la mirada inquieta.
»—Tendrá que auscultarme, doctor. Sería una lástima ahora que estoy
forrado para lo que me resta de vida…
»Y
descubriendo su pecho me explicó:
»—Esta
mañana he sentido como unos retortijones en el costado izquierdo… Diga ¿no
padeceré del corazón?
»Le
tranquilicé. Volvió a vestirse. En el momento de ponerse su chaqueta de tela,
se dio cuenta de que le había caído del bolsillo una carterita de piel de
cocodrilo La recogió vivamente con una risita burlona:
»—¡Diablo!… ¡Me iba a dejar la fortuna en su camarote!… ¡Cara me hubiera
resultado la consulta!… Sin contar con que usted no hubiera podido hacer nada
con ella…
»Ahora
bien, aquella cartera no abultaba y debía de contener muy poca cosa…
—¿Declaró usted esa visita a la policía? —preguntó el Doctorcito con
cierta angustia.
—Confieso que no se me ocurrió la idea de hacerlo… Me he acordado de
ello al oír lo que acaba de explicar el comandante.
—Oiga,
comandante. Sin duda, usted asistió, como único dueño del buque después de
Dios, al examen del cadáver y al registro de las ropas y del camarote… ¿Vio
usted la famosa cartera?
—¡No!
Vi una gran cartera de cuero amarillo que contenía papeles de todas clases y un
pasaporte… Pero nada más.
—¿Sabe
usted dónde pasan en Europa sus vacaciones los Mandine?
—En
Arcachon… Poseen allí una pequeña villa.
—Perdone mi indiscreción. ¿Iba también a tomar el aperitivo en su
camarote la señora Mandine?
—Alguna vez.
—¿Cree
usted que entre ella y Popol las relaciones se limitaban a un simple coqueteo?
Una
ligera turbación. Una sonrisa.
—La
señora Mandine es una mujer de mucho temperamento, como se dice vulgarmente…
Cuando usted conozca a su marido, comprenderá que…
—Comprendo. Gracias. Supongo que, en Francia, el señor Lardilier vive en
Burdeos.
—En el
muelle de los Chartrons… A menos de quinientos metros de aquí.
—¿Subió al buque en Libreville?…
—No…
Su principal factoría se halla situada en efecto en Libreville… Pero se
encontraba con su hija en Port-Gentil, la escala siguiente…
—¿Sabía Popol que Lardilier sería pasajero de su buque?
—Lo
ignoro. Las dos escalas están muy cercanas… Los parajes son malos para la
navegación… No tuve tiempo para ocuparme de mis pasajeros.
—¿Acaso el comisario de a bordo?
Éste
intervino a su vez.
—Ya el
primer día, el señor Cairol preguntó quiénes serían los pasajeros que
recogeríamos en las escalas… Yo le enseñé la lista.
—¿Y no
notó usted nada anormal en su conducta?
—Hace
ya tiempo de eso… Poco podía suponer que ocurriría un drama al terminar el
viaje… No obstante, casi podría afirmar, aunque sin jurarlo, que sonrió de una
manera rara.
—¿Una
sonrisa de satisfacción?
—Me es
muy difícil responderle… Sin embargo… Pero no quisiera que hiciera gran caso de
lo que voy a decirle… Me parece que su sonrisa era irónica… No… Exactamente…
Más bien sarcástica.
—¿No
dijo nada?
—Dijo,
lo que no me sorprendió viniendo de él, pero ahora quizás adquiera un sentido:
»—¡No
nos faltarán mujeres bonitas!
—¡Muchas gracias, señores! —dijo gravemente el Doctorcito descruzando
las piernas.
Y, por
vez primera, juzgó necesario adoptar un aire casi solemne.
—¿Puedo preguntarle, doctor, si tiene usted una idea y si cree…?
—Dentro de veinticuatro horas le responderé, comandante…
Al ver
que se le tomaba tan en serio, hubiera soltado una carcajada de no haber
pensado:
—Pobre
de ti, resulta halagador el haber impresionado a esos caballeros y ser una
especie de celebridad nacional.
¡Pero
ahora de lo que se trata es de descubrir algo! Basta ya de pavonearse en un
salón de primera clase bebiendo whisky helado y fumando cigarros de lujo.
Dentro de pocas horas, te expones a ponerte en ridículo una vez para todas y a
volver a Marsilly con el rabo entre piernas…
No
obstante, rebosaba de alegría. Quizás era debido al sol, a la nueva atmósfera
de aquel hermoso paquebote, a los uniformes blancos que le rodeaban y a aquel
perfume de aventura que respiraba desde que subió a bordo…
Al fin
y al cabo, ¿por qué iba a quemarse la sangre? Era evidente que alguien había
asesinado a Cairol, alias Popol.
¿Iba
él a ser más tonto que el asesino? ¿No tenía él por principio la frase
siguiente, que ya pensaba hacer inscribir en la cabecera de la cama: «Todos los
asesinos son unos imbéciles, puesto que el asesinato no rinde nunca nada»?
¡Y
como él no pretendía ser más estúpido que un imbécil!…
—¿Había ya estado en Europa «Víctor Hugo»?
—¡Jamás!
—¿Habla francés?
—Diez
palabras… Popol y él conversaban en bantú.
—¿Hay
muchos bantús en Burdeos?
—Un
centenar… Las autoridades marítimas los conocen a todos…, porque para traer a
un negro del África Ecuatorial hay que dar una importante fianza… Diez mil
francos.
—¿Entregó, pues, diez mil francos, Popol, para traer consigo a «Víctor
Hugo»…? Supongo que la Policía no tardará en dar con ese indígena.
Como
si hubiese sido una cosa convenida el camarero anunció:
—El
inspector Pedro, comandante.
Y el
inspector entró, saludó a todo el mundo y se quedó mirando al Doctorcito, de
quien debió haber oído hablar.
—He
venido para comunicar que hemos encontrado al negro. Estaba escondido a bordo
de una vieja gabarra amarrada cerca del puente… Tiembla como un azogado… Se
está buscando a un intérprete para interrogarle.
—¿Me
permite hacerle una pregunta, inspector? —intervino Juan Dollent—. El revólver.
—Y
bien…
—¿Se
sabe a quién pertenece?
—Es un
Smith y Wesson. Un arma peligrosa… Pero nadie, entre los pasajeros, confiesa
haber poseído un Smith y Wesson.
—Es un
arma que se adquiere difícilmente, ¿no es cierto?
—Es
algo embarazosa… Sólo los especialistas… A quince pasos mata a un hombre, en
tanto que los pequeños brownings…
El
doctor vació su copa, se enjugó los labios, vaciló, luego metió la mano en la
caja de cigarros.
¡La
clientela de Marsilly no le ofrecía habanos de aquel calibre!
II
Por el
momento, la escena alcanzaba tan realmente la cumbre de lo grotesco que se
convertía en sublime. El Doctorcito y el inspector Pedro no se atrevían a
mirarse por miedo a soltar la carcajada y el comandante tenía que volver la
cabeza sin cesar.
Así,
pues, la casualidad había obrado a las mil maravillas. Donde se hubiera
necesitado al hombre más paciente del mundo, el azar había designado al
comisario Frittet, que era aproximadamente en la policía lo que el brigada
Frick [es decir, un suboficial ignorante, huraño y apegado a los reglamentos]
es en el ejército; un hombre pequeño de pelo negro, de bigotes agresivos, con
la sangre a flor de piel y que echaba pestes y alborotaba el cotarro con el
acento sonoro de los alrededores de Toulouse.
—Esta
noche… noche… negro… Esta noche… tú aquí… esperar dueño… dueño «sahib» bajará…
El
camarote era bastante amplio, estaba lleno de sol y los baúles de Pablo Cairol
se hallaban allí todavía. La puerta del cuarto de baño estaba abierta. El
comisario gritaba. El intérprete gritaba más fuerte que él y finalmente un
destello de razón pareció aflorar a los ojos de «Víctor Hugo». Entró en el
cuarto de baño. Todo el mundo le siguió. Se fue hacia un gancho esmaltado
fijado en la pared cerca de la bañera y del que aún colgaba un albornoz de tela
esponjosa abigarrado.
—¡Aquí! —dijo el negro.
¡Vaya!
¡Por fin, había comprendido! No obstante, el comisario insistió y «Víctor Hugo»
asintió con la cabeza.
Se
hallaba realmente en el cuarto de baño cuando bajó su dueño… Ocupado en
preparar los baúles, iba a buscar el albornoz y los objetos de tocador.
—¿Me
permite usted? —preguntó el Doctorcito, colocándose junto al negro.
Y
comprobó que desde aquel lugar no se podía ver el camarote.
—¿Qué
está diciendo? Traduzca lo que dice.
Porque, ahora «Víctor Hugo», callado durante tanto tiempo, hablaba por
los codos y no había manera de hacerle callar.
—¿Qué
es lo que dice?
—Dice
que, de golpe, entró su dueño. Iba aprisa, como si hubiese olvidado algo
importante. Luego se oyó un ruidito, algo así como un hipo, y el blanco cayó de
bruces.
—¡A
Pablo Cairol le hirieron por la espalda! —dijo el inspector en voz baja al
Doctorcito—. Lo que parece confirmar la buena fe del negro.
El
comisario insistió:
—¿Y
luego?… Pregúntale lo que hizo, lo que vio…
—No
vio a nadie… Se agachó… Había mucha sangre… Entonces, tuvo tanto miedo que
saltó por el tragaluz.
En
aquel momento, Juan Dollent notó que pisaba algo duro. Había retrocedido para
dejar paso al comisario y a sus negros y se encontraba casi detrás de la
puerta. Se agachó y recogió un pequeño tubo de acero negro que alargó a Frittet
murmurando algo ininteligible con tanta calma y un aire tan ingenuo que
contrastaba extrañamente con la precedente escena tumultuosa:
—Dígame, comisario ¿no es eso lo que se llama un silenciador?
Lo
era, en efecto, y al mismo policía se le habían ofrecido pocas ocasiones para
examinar uno tan de cerca, porque ese objeto, inventado por los bandidos
americanos, es muy difícil de encontrar.
—He
ahí por qué nadie oyó la detonación.
Los
dos negros se preguntaban por qué ya nadie se ocupaba de ellos. El asunto, de
golpe, tomaba otro cariz. Ya el hecho de que el arma fuese un Smith y Wesson
había dejado perplejo al Doctorcito. ¡Mas he aquí que aquella arma temible se
volvía más temible aún, puesto que estaba provista de uno de los últimos
modelos de silenciadores!
¿Quién
había entrado la noche anterior en aquel camarote?
—Desearía hacerle algunas preguntas más, comisario. Me han afirmado que
ninguna persona, perteneciente al buque, había desembarcado. Pero ¿se tiene la
misma certeza de que nadie entró en el barco?
—Los
guardias y los aduaneros así lo aseguran.
—Yo
pensé que… teniendo en cuenta que «Víctor Hugo» pudo desaparecer valiéndose del
tragaluz y nadando, ¿no hubiera podido un hombre llegado en un bote…?
—Nos
hallamos a unos seis metros o más sobre el nivel del mar… A menos de creer que
el hombre trajera una escalera o que alguien, desde el interior, le lanzara un
cabo…
Entonces el Doctorcito sonrió y el irascible comisario se preguntó por
qué. Y era que ocurría un fenómeno bastante curioso. En el preciso instante en
que Dollent abandonaba la hipótesis de un asesino llegado del exterior, sintió
que aquella idea interesaba a su interlocutor y que éste iba a lanzarse tras
esa pista.
¡No
conducirá a ningún lado!
El
resorte que detenía el mecanismo acababa de soltarse y el Doctorcito contaba
desde entonces con ana base, una primera verdad:
Popol no
tenía miedo de nadie que viniera del exterior.
Si no,
¿por qué durante todo el viaje, cuando estaban en alta mar y nadie podía subir
a bordo, había tomado tantas precauciones, como la de hacerse acompañar por el
negro, todo el día, hasta en el comedor?
¿Y por
qué, precisamente en Burdeos, había descuidado su vigilancia?
—Me
estoy preguntando —dijo a media voz, como si hablara consigo mismo— por qué,
cuando estaba bebiendo en el bar, bajó tan precipitadamente.
El
equipaje estaba todavía allí. El comisario siguió la mirada del Doctorcito.
—Lo
registré todo anoche —se apresuró a declarar—. Debo decirle que en el bolsillo
del muerto se encontró un revólver.
—¿Smith y Wesson?
—No…
Un revólver de cilindro con recámara de gran calibre… En el cajón de este baúl
hay otro…
—¿Y no
encontró en ningún sitio una carterita de piel de cocodrilo? Tal vez le voy a
dar un trabajo inútil, comisario. Creo, no obstante, que tendría que registrar
minuciosamente este camarote y el cuarto de baño… Entretanto, se podría
encerrar a los dos negros aquí al lado.
El
registro duró cerca de una hora y el comandante, obsequioso, hizo servir
aperitivos. Dollent, dirigiéndose al camarero, le preguntó:
—¿Es
usted quien estaba de servicio anoche en este pasillo?
—Sí,
señor.
—¿Puede precisar cuáles fueron las personas que llegaron primero cuando
usted dio la señal de alarma?
—Confieso que no presté atención. Estaba muy nervioso… Era la primera
vez que veía semejante espectáculo… Recuerdo que el doctor…
—¿Pero
y los pasajeros?… ¿Llegó el señor Lardilier entre los primeros?
—No,
eso puedo afirmarlo.
—¿Por
qué?
—Porque, en pleno tumulto, oí un timbre. Me pregunté quién podría llamar
en aquel momento. Fui al pasillo a ver. La luz estaba encendida en la parte
superior de la puerta del señor Lardilier. Llamé. Entré. Estaba en su cama de
muy mal humor y me preguntó:
»—¿Quién es el que promueve este alboroto? ¡No solamente nos retienen a
bordo una noche más, sino que nos impiden dormir!… Dígale al comandante…
—¿Le
puso al corriente?
—Sí.
Se puso una bata y me siguió.
—¿No
vio usted a la señora Mandine?
—No.
—Yo la
asistí —intervino el médico del buque—. Cuando se enteró de lo ocurrido al
señor Cairol, bajó como todo el mundo, pero no llegó hasta aquí porque se
desmayó en la escalera. Allí fue donde la hice volver en sí, y ordené a una
camarera que la acompañara a su camarote.
Entonces, el comisario Frittet suspiró:
—Prefiero decirles enseguida que por ese camino no llegarán a ninguna
parte. Interrogué a los pasajeros y a la tripulación, la noche misma, cuando
los recuerdos estaban aún frescos en todas las memorias. He podido comprobar
que en un buque es imposible precisar los hechos y los movimientos de cada
persona en un momento dado… Dejando aparte a los cuatro jugadores de «bridge»…
Ésos no podían abandonar su mesa.
—¡Usted perdone! —replicó el Doctorcito—. Usted no debe ser jugador de
«bridge», comisario; porque en el «bridge» hay siempre un muerto, es decir, uno
de los jugadores que puede levantarse de la mesa durante los pocos minutos que
dura una partida…
Sus
ojitos brillaban. Era divertido arrojar así al policía sobre pistas diversas;
divertido, sobre todo, el ver con qué ardor corría hacia ellas.
—¿Cree
usted que…?
—Creo
que no sabremos nada hasta que hayamos encontrado la pequeña cartera de que le
hablé. Creo también que no somos nosotros los que la encontraremos… No
conocemos bastante los buques para lograrlo… Comandante, son ustedes y el
maquinista los que han de ayudarnos… Veamos… Si usted ocupara este camarote y
este cuarto de baño y tuviera que esconder una cartera de pequeñas dimensiones,
¿cómo se las arreglaría?
Se
pasó revista a todas las hipótesis. Se hicieron resonar uno tras otro los
azulejos de las paredes del cuarto de baño. Hasta se desarmaron ciertas
tuberías y los cuatro ventiladores.
—¿Se
pueden estropear esos baúles, comisario?
—Por
mí… Usted se las entenderá con el juzgado…
Se
redujeron literalmente a pedazos para asegurarse de que no contenían
escondrijos. Se examinaron los tacones de los zapatos que habían pertenecido a
Popol.
—En
fin, señores, es imposible que… Ocupemos todos el lugar de este hombre… Tiene
una cartera y la ha de esconder… Es una cuestión de vida o muerte.
Empezó
a impacientarse también él. No podía admitir su derrota. Miraba a su alrededor
buscando una inspiración. Fue entonces cuando se dejó oír la voz del comisario.
—Si es
cuestión de vida o muerte, ¿quién le dice a usted que el asesino no se llevó la
cartera? Además, doctor, me parece que nos hemos apartado mucho de la señorita
Lardilier, que se hallaba precisamente aquí, con el arma homicida en la mano
cuando el camarero… Le hago observar, también, que sus huellas hablan con
indestructible elocuencia.
—¡Evidentemente! ¡Evidentemente! —gruñó el Doctorcito—. Creo que voy a
dar una vuelta por la ciudad para variar de ideas.
El
comandante fue a su encuentro en el fondo del pasillo.
—Dos
palabras, doctor… Creo interpretar el deseo de la compañía… Ignoro si
descubrirá usted la verdad como deseo. Pero quisiera que, en todo caso, dé al
señor Lardilier la impresión de que usted actúa en un sentido favorable a su
hija… Quisiera que él supiera que hemos hecho todo lo posible para sacarla del
apuro… Usted me comprende, ¿verdad?
Ése
estaba seguramente enamorado de Antoinette Lardilier y se alejaba sonrojándose
levemente.
III
Si me
he permitido molestarle, es porque estoy persuadido de que su hija no asesinó a
Pablo Cairol… La Compañía, deseosa de descubrir la verdad, me ha encargado que
realice una investigación conjuntamente con la de la Policía… He creído que lo
mejor que podía hacer era venirle a ver a usted primero.
Hablaba con un hombre de aspecto tosco, de pelo tupido y desconfiada
mirada. El Doctorcito se hallaba en su salón del muelle de los Chartrons, y las
persianas, en las que el sol daba de lleno, no dejaban filtrar más que delgados
rayos de luz.
—Usted
es un viejo colonial, si puedo permitirme esa palabra.
—He
cumplido sesenta y dos años, de los cuales pasé cuarenta en las colonias. No le
ocultaré que todo lo he obtenido a pulso por mi propio esfuerzo, a fuerza de
trabajo, de paciencia y también de voluntad.
—¿Conocía al llamado Popol?
—No le
conocía ni quise conocerle jamás. Si usted hubiera vivido en África, sabría que
los hombres como él, aventureros vulgares y esclavos de los goces materiales,
son los que más perjudican a una buena colonización.
—Me
voy a permitir hacerle una pregunta indiscreta, señor Lardilier… No vea en ella
sino mi deseo de llegar a la verdad… Teniendo en cuenta lo que usted pensaba
acerca del imbécil de Popol, ¿por qué permitía que su hija?…
—Ya sé
lo que va usted a decirme. Sin duda, doctor, usted no tiene hijos. Mi hija,
cuya madre murió hace quince años, pasó la mayor parte de su vida en las
colonias, donde la existencia es más libre que aquí… Sólo tengo a ella en el
mundo… Es inútil que le diga que es una niña mimada. Cuando me atreví a
llamarle la atención sobre Pablo Cairol, me respondió simplemente:
»—¿Acaso tengo yo la culpa de que él sea la única persona divertida de a
bordo?
»Y
conozco lo suficiente a mi hija para saber que hubiera sido inútil insistir…
—Así,
pues, sintiéndolo mucho, asistió usted al flirt que se iniciaba.
La
frente del negociante se frunció.
—¿Por
qué habla usted de flirt? ¿No puede acaso una joven jugar al tejo o a las
cartas con un hombre sin que haya necesidad de sospechar otras cosas? Si eso es
lo que cree, doctor, prefiero declararle enseguida que…
«¡No,
hombre, no! ¡No te enfades, amigo! —pensó Juan Dollent—. Mi pasión por los
asuntos policíacos ha sido la causa de que varias veces me echaran de casas
como ésta. Esta vez no ocurrirá lo mismo. ¡Me mostraré lo más amable posible!».
Y, en
voz alta, con aire cándido:
—Usted
perdone… La expresión ha ido más allá de mi pensamiento. Me he limitado a
repetir una palabra que el comandante…
Y el
otro, al oír eso, se puso furioso.
—¡Lo
más bonito del caso es que fue justamente su comandante quien no cesó de
molestar a Antoinette con sus asiduidades!… ¡Y si, por lo menos, se hubiese
limitado a perseguir a ella!… Pero se pasaba el día corriendo tras las faldas
de las damas y es él ahora quien se permite…
—Lo
cierto es que se siente atraído por el bello sexo… Pero yo desearía hablar con
usted de cosas más serias… Imagínese que he llegado a la conclusión de que
Popol ocultaba algo en su camarote y que fue debido a ese algo que lo mataran.
Si yo llego a demostrarlo, es casi seguro que su hija quedará descartada,
porque es poco probable que se trate de una carta de amor… ¿Me comprende usted?
—¿Qué
le hace creer eso?
—Una
idea sin base alguna, claro está. Pero tengo ciertas intuiciones… Así, le diré…
Su
verborrea y su aplomo se hacían insoportables. Al verle, era difícil imaginar
que aquel hombre presuntuoso había realmente dilucidado misterios tenidos por
indescifrables.
—Usted, señor Lardilier, ha navegado mucho… Figúrese que, esta mañana,
ha sido la primera vez que he subido a bordo de un verdadero paquebote… Excepto
el correo que presta servicio entre Boulogne e Inglaterra… Por eso le hago esta
pregunta: si usted tuviera que esconder una pequeña cartera, o un simple papel,
en un camarote de lujo como el de Popol, ¿qué sitio escogería?
»¡Todo
estriba en eso!… Cuando yo pueda responderle a esa pregunta, esos señores de la
Policía tendrán que soltar a su hija y excusarse humildemente.
—¿Una
cartera? —repitió Lardilier—. ¿Qué clase de cartera?
—Por
ejemplo, una carterita de piel de cocodrilo… Registramos el camarote esta
mañana… Casi derribamos el cuarto de baño y desarmamos la bañera… También
registramos la habitación del negro.
—¿Y no
encontraron nada?
—¡Nada! Ahora bien, yo me resisto a creer, como el comisario, que el
asesino tuvo tiempo para apoderarse de la cartera en cuestión para huir con
ella… El hecho de que su hija surgiera…
—Mi
hija afirma que no vio a nadie.
—Ya lo
sé… Ya lo sé… Leí su declaración.
—¿Y no
le parece sincera?
—Absolutamente sincera… Es decir…
—¿Es
decir qué?…
—Nada…
Usted no ha respondido a mi pregunta, señor Lardilier… Si usted tuviera que
esconder…
—No
sé… ¿Debajo de la alfombra?
—Ya lo
miraremos.
—¿Encima de un armario?
—Allí
buscamos…
—En
ese caso… Dispénseme… He de recibir al abogado de mi hija, que me aguarda a las
dos. ¡Cuando pienso que han tenido el cinismo de encerrarla como a una
criminal!… Le agradezco su visita, doctor… Si en algo más puedo serle útil… ¿Un
cigarro?
—Gracias.
¡Demasiados cigarros!… ¡Demasiados whiskys! ¡Ya era lo bastante
petulante sin ellos! Raras veces se había sentido tan jovial. Raras veces había
dado muestras de un buen humor tan estrepitoso, y sorprendió al secretario de
redacción de la Petite Gironde con su parloteo.
—He
pensado que no le disgustaría tener algunos informes acerca del crimen de
anoche… La Policía oficial no debe proporcionarles muchos… Pero como he sido
encargado oficialmente de la investigación…
»Imagínese que he llegado a la conclusión de que todo el drama gira
alrededor de un pedazo de papel. ¿Quiere tomar nota?…
»Vea,
pues: Pablo Cairol, alias “Popol”, regresaba del Gabón con una fortuna de
muchos millones, según él afirmaba…
»Tenía
miedo… Sabía que le acechaba un peligro…
»Ahora
bien, esa fortuna de muchos millones estaba contenida en una carterita de piel
de cocodrilo. Un día, la dejó caer en el camarote del médico y así fue como…
»¿Voy
demasiado aprisa?
»Así,
pues, alguien, a bordo, quería apoderarse de la carterita o, mejor dicho, del
documento que contenía…
»Durante todo el viaje, ese alguien estuvo al acecho, pero Popol tomó
muchas precauciones, y en ningún momento le cogieron desprevenido…
»¿Por
qué, la última noche?… O, mejor, voy a formular la pregunta de otra manera:
¿Por qué Popol, que estaba en el bar bebiendo muy alegremente, bajó de pronto,
corriendo, a su camarote?
»¿Porque se sintió súbitamente en peligro? De haber llevado el documento
consigo, no hubiera tenido nada que temer…
»Así,
pues, he aquí mi hipótesis… Después de haber dejado caer la cartera en el
camarote del médico, Popol se dio cuenta de que era inseguro llevarla encima,
sobre todo llevando trajes de tela.
»Buscó
un escondrijo seguro… Lo encontró, porque era un hombre de imaginación.
»Usted
convendrá, ¿no es cierto?, que su adversario también era de talla, porque, de
no haberlo sido, pronto le hubiera eliminado del campo de batalla…
»Dicho
de otro modo, el escondrijo seguro era un escondrijo que ese adversario era
incapaz de encontrar.
»Vuelvo a formular mi primera pregunta: ¿Por qué fue en Burdeos, donde
el buque estaba amarrado, cuando súbitamente Popol se sintió temeroso y corrió
a su camarote, donde había de encontrar la muerte?
»Nada
más… Puede usted servirse de esas revelaciones para su diario…
Diez
minutos más tarde, subía las escaleras de La France de Bordeaux y del
Sud-Ouest, el diario contrincante, y se mostró tan comediante como antes, y
volvió a contar toda su historia, adornándola primorosamente.
—Afirmo que mi razonamiento nos conduce fatalmente a decir que…
¡Jornada excitante, por cierto! ¡Este hermoso buque blanco acariciado
por el sol, aquellos uniformes, aquellos oficiales tan amables, y él, que se
sentía tan ligero, tan sutil, y que tenía la impresión de hacer juegos
malabares con el destino de la gente!
Jamás
en su vida estuvo tan agitado. La camisa se le adhería al cuerpo. Aunque ya
corría el mes de septiembre, el asfalto parecía derretirse en las calles, cuyo
suelo era blando como una tupida alfombra.
—¡A la
Policía! —ordenó a voz en grito al chofer de su taxi.
Es que
había dejado el Ferblantine en el muelle.
—Me he
permitido, comisario… Mire… Quisiera pedirle dos pequeños favores. En primer
lugar, que haga vigilar discretamente el camarote de Popol y el de su criado.
—Se
vigilan.
—¿Por
qué?
—Porque es corriente…
El
Doctorcito sonrió. Tenía motivos sobrados para desear que se vigilaran aquellos
camarotes.
—¿Durará toda la noche la vigilancia?… Bueno… Segunda petición, y ésta,
más delicada. Supongo que el negro sigue detenido.
—«Víctor Hugo» está en una, celda. Son nuestros principios… Mientras no
se pruebe que…
—Pues
bien, justamente yo desearía que usted le soltara… Entendámonos; no le pido que
lo abandone pura y simplemente a su suerte… Usted lo suelta. Le hace seguir por
uno o dos de sus mejores inspectores… No creo que «Víctor Hugo» sea tan sutil
para darse cuenta.
—¿Cree
que le llevará a alguna parte?
Lo que
era extraordinario en el comisario Frittet era que cada vez que creía haber
descubierto las secretas intenciones de su interlocutor se equivocaba de lo
lindo.
—No se
le puede ocultar nada —suspiró el Doctorcito sin ironía.
—No
opino lo mismo… Estoy persuadido de que es un trabajo inútil. «Víctor Hugo» es
demasiado tonto para ser un cómplice o para… ¡En fin! La Compañía nos ha
recomendado tanto que hagamos cuanto podamos para serle agradables… ¿No desea
nada más?
—Mientras usted dé las órdenes oportunas por lo que respecta al negro,
me gustaría poder utilizar su teléfono.
Llamó
al secretario de redacción de la Petite Gironde, y luego al de la France de
Bordeaux.
—¿Ha
terminado su ajuste?… ¿Saldrá dentro de una hora? ¿Quiere añadir unas líneas a
su artículo? Le aseguro que son sensacionales: el negro que Popol había traído
como escolta y que había bautizado «Víctor Hugo» será puesto en libertad dentro
de una hora… ¿Que la noticia no es importante? ¡Créame! Es de una importancia
capital… Sobre todo si usted añade que, por no hablar francés, el negro buscará
sin duda a su intérprete de esta mañana en cierta callejuela del puerto que
sólo frecuentan los negros. ¿Cómo dice?… ¿Que aparecerá en su edición?…
Gracias.
Y el
Doctorcito sacó de su bolsillo uno de los magníficos cigarros de la Compañía,
porque había tomado la precaución de hacerse con algunos.
IV
Extraña
profesión —pensó con buen humor—. ¡Y decir que hay gente que se gana la vida
haciendo eso todo el día!
Eso
era lo que se llama una persecución o, en términos del oficio, una planque.
Hacía
ya tres largas horas que seguía los pasos del inefable «Víctor Hugo», tratando
de no dejarse ver y cambiando a veces un guiño con los dos policías encargados,
por su parte, de vigilar oficialmente al negro.
¡Verdaderamente, pobre negro! La gran ciudad le había deslumbrado como
el potente sol de agosto deslumbra a una lechuza. Y, por lo menos diez veces,
estuvo a punto de morir bajo las ruedas de los tranvías o ser atropellado por
taxis y autobuses.
No
sabía adónde ir. Su silueta, embutida en el traje viejo con que le vistiera
Popol y que una permanencia en la Gironde había vuelto más andrajoso todavía,
era estrambótica y la gente se volvía para mirarle.
Además, no llevaba un céntimo en los bolsillos. Nadie había pensado en
darle dinero. Erraba, zigzagueaba, miraba a su alrededor con ojos atontados y,
cuando tenía que cruzar una calle, se lanzaba como un loco, hasta el extremo de
que varias veces estuvieron a punto de perder su pista.
¡Afortunadamente, divisó desde lejos, por encima de los árboles de la
alameda, las chimeneas de los buques! Era lo único que conocía de los blancos
y, como había previsto el Doctorcito, el negro se dirigió hacia allí.
Otros
negros paseaban por el muelle, pero éstos eran arabizados, civilizados, de una
raza muy distinta y más adelantada que la del pobre bantú, quien no se atrevió
a dirigirles la palabra.
Siguió
andando a lo largo del muelle. Llegaría fatalmente al sitio que el Doctorcito
había señalado, frente a los últimos tinglados, en un laberinto de callejones
habitados únicamente por pañoleros negros y por toda la hez traída de África a
bordo de los buques…
Hacía
una hora que habían salido los dos diarios. Tiempo ganado. Sin ellos, el
Doctorcito se hubiera visto obligado a visitar a todos los pasajeros del
Martinique como visitó a Lardilier y, cada vez, repetir su largo discurso, la
historia del escondrijo inhallable, etc.
Gracias a los diarios, ahora todos los pasajeros ya estaban al corriente
de sus ideas acerca del crimen. Así, pues, fatalmente uno de ellos…
Si era
Mandine, ¿tendría tiempo para llegar a Arcachon? ¿Y si era la señora Mandine?…
¿Si era el comandante en persona?… ¿Si…?
¡Bueno! Decididamente, el Doctorcito, jactancioso, se divertía
haciéndose trampas a sí mismo. Sabía perfectamente a quién esperaba ver surgir.
O, mejor dicho, sólo podía elegir entre dos personajes.
Desde
él momento en que Antoinette Lardilier se había callado… Porque era imposible
que ella no hubiese visto al asesino… Desde el momento que había preferido
dejarse encerrar a decir un nombre…
¿A
quién puede salvar así una joven?… En primer lugar a su padre, bien, Pero
también a su novio o a su amante… Y el comandante del Martinique…
No le
quedaba otro recurso que esperar. Y otras escenas cómicas se desarrollaban no
lejos del Doctorcito, que tropezaba con cierta dificultad para ocultarse. En la
terraza de un tabernucho tan roñoso que más bien parecía de Oriente que de
Francia, «Víctor Hugo» descubrió a su intérprete matutino. Se quedó allí, al
borde de la acera, contemplándole estúpidamente.
El
otro le dijo por señas que se acercara, con toda la autoridad que le daba su
pantalón de color palo de rosa, su gorra blanca y su calidad de francés desde
hacía mucho tiempo.
¿Qué
podían decirse? Se adivinaba por los gestos, por la mímica de ambos.
—¿Te
han soltado? —preguntó el intérprete.
—No lo
sé… Me han dicho que tomara el portante.
—Siéntate… ¿Tienes dinero, por lo menos?
Y el
otro, que no lo tenía, hizo ademanes desesperados.
—¿Te
has dejado traer a Francia por un blanco sin reclamar dinero? Entonces es que
no sabes despabilarte…
Todo
eso no era sino una reconstitución aproximada del Doctorcito, porque ya había
llegado la noche y él estaba demasiado lejos para ver las expresiones de la
fisonomía de los dos personajes.
De
pronto se estremeció; al otro lado de la calzada había visto al comandante del
Martinique, que había trocado su uniforme blanco por uno azul marino. Estaba
allí, al parecer desenvuelto, fumando un cigarrillo y mirando en dirección a la
taberna.
Sin
vacilar, el Doctorcito se metió en un auto parado en el que se halló al abrigo
de las miradas.
Los
dos negros, ahora, estaban sentados uno junto al otro, ante un velador y
sostenían una conversación que debía de ser agridulce, porque gesticulaban más
que nunca.
En
cuanto a los inspectores, estaban en los muelles contemplando unos carteles que
anunciaban una gran feria internacional.
—¡Irá!… ¡No irá!… ¡Irá!… ¡No irá!…
Jugar
al escondite… Y decir que por un simple razonamiento, pero un razonamiento
impecable, se ha podido…
—Irá…
Era
probable… El comandante daba la impresión de que iba a cruzar la calle y de que
se disponía a abordar a los dos negros.
Pero
se paró de repente. El Doctorcito miró hacia la terraza y vio que una silueta
pequeña y robusta penetraba en la taberna.
Era
Eric Lardilier. Había entrado. El dueño, sin duda obedeciendo órdenes suyas,
fue a buscar a los dos negros con el fin, seguramente, de evitar una discusión
en la terraza.
—Y
bien, comandante…
Éste,
sorprendido, se quedó mirando al Doctorcito y se quedó asombrado de pronto.
—¿Pensó usted en ello?
—¿En
qué?
—¡En
el escondrijo!… A causa de su insistencia, me estoy requemando la sangre todo
el día y repitiéndome:
«¿Si
tuviera que esconder un documento, dónde lo pondría?».
»Hasta
el punto de que se me ha ocurrido una idea… Me vino leyendo el diario hace
poco…
—¿El
diario que da la noticia de que han soltado a «Víctor Hugo»?
—Sí…
Pues bien… si yo tuviera que esconder un documento y llevara un negro en mi
compañía, yo…
De
golpe, el Doctorcito le dejó plantado en medio de la calle y corrió a la
taberna indicando con señas a los dos inspectores que le siguieran.
En una
mesa mal iluminada estaba sentado el señor Lardilier con los dos negros y hacía
grandes esfuerzos para hacerse comprender. Quiso levantarse al ver que la
puerta se abría. ¡Demasiado tarde!
—Buenas noches, señor Lardilier… Veo que varios hemos tenido la misma
idea…
—Pero…
Yo…
—Entren, señores… Conocen al señor Lardilier, ¿verdad?… Se le ha
ocurrido una idea genial… Quiere salvar a su hija, este hombre, y ello es
natural… Pensó que…
También había entrado el comandante. El dueño se preguntaba qué sucedía
y dos árabes prefirieron marcharse.
De
pronto, el Doctorcito apostrofó al intérprete bantú.
—Pregúntale dónde su dueño escondió el papel…
El
otro, que había perdido el aliento, no encontraba las palabras y «Víctor Hugo»
parecía intentar huir.
—¡Regístrenlo!… Los bolsillos, no… No vale la pena… Ya lo cachearon
cuando lo detuvieron… Registren el forro de la chaqueta, las hombreras, el
pliegue del pantalón…
Se
interrumpió y cogió a Lardilier por el brazo.
—Ya
supuse que usted me proporcionaría una idea… Teniendo en cuenta que a bordo de
un buque se ha de esconder un documento…
Interrogó a los inspectores:
—¿Qué?
La
chaqueta ya estaba encima de una silla, casi reducida a hilachos.
—Quítenle el pantalón…
¡Que
se fastidie el pudor! Allí no había más que hombres y, cosa inesperada, «Víctor
Hugo» llevaba calzoncillos.
—¿Nada?
—Me
parece que toco algo… Espere… Sí; hay un papel…
—Cuidado… Uno de ustedes dos que no se mueva de la puerta… Denme ese
papel.
Estuvo
a punto de echar a correr con él, temiendo algo inesperado…
—¿Hay
teléfono aquí?… ¿No?… Pues entonces será preferible que lea este documento en
voz alta, pues, en el caso de que se destruyera, habría testigos de ello…
Acérquese, tabernero…
La
tinta se había descolorado, el papel estaba todavía húmedo a consecuencia del
baño de la noche precedente.
«A quien
encuentre esta carta.
»Hay que
llevarla a toda costa a las autoridades, no aquí en el Gabón, sino en Francia.
ȃsta es
la última voluntad de un moribundo. Dentro de una hora, quizás menos, estaré
muerto. Estoy solo en unión de cuatro negros obtusos, en una barraca en el
fondo de la selva, a quinientos kilómetros de la población más próxima…
»Nadie
puede salvarme… No poseo medicamento alguno… de modo que…
»Me
llamo Bontemps… Roger Bontemps, socio de Eric Lardilier… Cuando éste vino a
Francia hizo que colocara toda mi fortuna en un negocio que estableció en el
Gabón…
»Siento
escalofríos en todo el cuerpo… Tengo que ir de prisa para poder decir lo
esencial.
»Ganamos
mucho dinero ambos, él en África y yo en Francia, donde dirigía nuestra casa
central.
»¿Por
qué le escuché cuando me pidió que viniera a comprobar el estado de nuestras
factorías? ¿Y sobre todo cuando me propuso la inspección de la selva?
ȃsta
tenía que durar cuarenta días… Estábamos en el quinceavo… Él fue quien me
entregó los sellos de quinina… El que acabo de tomar no contenía quinina, sino
estricnina.
»He
abierto los restantes… Había aún seis que contenían veneno…
»De
todos modos estoy condenado. Porque Lardilier ha querido ser el propietario
único del negocio que…
»Tengo
frío… Estoy sudando de frío… Mi última voluntad es que le condenen y…».
—Comandante, ¿quiere ir a buscar un coche? Desconfío de este caballero…
—¿Un
pedazo de hielo?
—No,
gracias. Ni más whisky tampoco. Le confesaré, comandante, que yo no bebo nunca,
salvo en el curso de mis indagaciones, porque siempre existe un motivo u otro
para tragar algo.
»Supongo que usted no necesitará explicaciones. Nuestro amigo Popol,
esta vez, no tuvo necesidad de cortar muchas caobas y ocumes para ganar dinero…
Le bastó con descubrir aquel papel en una cabaña abandonada en el fondo de la
selva.
»Comprendió que era rico y que aquel papel valía más que todos los que
emite con muchos más floreos el Banco de Francia…
»Chantaje, por decirlo crudamente…
»Chantaje y peligro, porque un hombre que ya ha matado a otro no
vacilará, para conservar todo el botín, en…
»En
cuanto al escondrijo, fue usted quien, por decirlo así, lo encontró. ¡El
negro!… ¡He aquí por qué Popol no se separaba de él!… He aquí por qué, al no
ver a “Víctor Hugo” en el bar, desapareció súbitamente arrepintiéndose de…
»Una
bala… en la espalda…
»El
pobre bantú no vio al asesino. Huyó por el tragaluz, loco de terror.
»Y
Antoinette, que sospechaba de su padre…
—¿Cree
usted verdaderamente que ella era su cómplice?
—Creo
que en realidad no sabía de qué se trataba. Pero su padre le había aconsejado
que intimara con Cairol. Era una manera para saber…
—Le
confieso que la creo honrada.
—Yo
también… y es por eso por lo que, viendo que Popol bajaba en tal estado de
nervosidad, ella le siguió. Debió de ver a su padre… No pudo dejar de verlo.
Para utilizar el revólver se había enguantado… Y ella, maquinalmente, antes de
descubrir el cadáver, recogió el arma…
»¿A
qué se exponía Lardilier dejando que se sospechara de su hija? No la podían
condenar por tales presunciones… Lo peor que podía ocurrir era que el crimen se
calificara de pasional y a Popol se le tuviera por un innoble seductor.
»Entretanto, Lardilier hallaría la manera de apoderarse de la famosa
carta.
»Por
eso le hablé tanto de la cartera de piel de cocodrilo… Y, como yo no estaba
seguro de que fuese él, charlé mucho y acaso demasiado con los chicos de la
prensa…
»El
que había matado a Popol para apoderarse del documento, fatalmente tenía que
volver, ya sea yendo al camarote o bien siguiendo al negro para…
—¿Un
cigarro?
—¡No,
gracias! He fumado tantos cigarros desde esta mañana que me siento hastiado… En
cuanto a la investigación…
—La ha
llevado usted con un arte consumado…
—¡Dispense! He obtenido un resultado opuesto al que usted deseaba:
tratar con miramientos al señor Lardilier, el gran cliente de la Compañía y…
¡Oiga! Tendría que telefonear a Ana… Le dije que estaría ausente dos o tres
días… Y, mañana por la mañana, con Ferblantine…
—La
Compañía me ha rogado que le entregue…
—¿Qué?
—Ya
verá… Se ha hablado tanto de una cartera de piel de cocodrilo… Es lo que hemos
escogido.
Lo que
el comandante del Martinique no añadió era que en la cartera había unos cuantos
hermosos billetes del Banco de Francia que la gente como Popol llama de gran
formato.

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