© Libro N° 9430. Discurso Sobre El Libre Cambio. Marx, Carlos. Emancipación. Enero 1 de 2022.
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Sobre El Libre Cambio. Carlos Marx
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DISCURSO SOBRE EL LIBRE
CAMBIO
Carlos Marx
Discurso Sobre El Libre Cambio
Carlos Marx
Discurso Sobre El Libre Cambio
Carlos Marx
Pronunciado por Marx el 9 de enero de 1848 en una
sesión pública de la Sociedad Democrática de Bruselas[1]
Señores:
La abolición de las leyes cerealistas en Inglaterra
es el triunfo más grande que el libre cambio ha alcanzado en el siglo XIX. En
todos los países donde los fabricantes hablan de libre cambio, tienen en cuenta
principalmente el libre cambio del grano y de las materias primas en general.
“Gravar con aranceles protectores el grano extranjero es una infamia, es
especular con el hambre de los pueblos”.
Pan barato y salarios altos —cheap food, high
wages—: he aquí el único objetivo en aras del cual los freetraders ingleses han
gastado millones, y ya han contagiado con su entusiasmo a sus cofrades del
continente. En general, si se quiere el libre cambio es para mejorar la
situación de la clase trabajadora.
Pero, ¡cosa extraña!, el pueblo, al que se quiere
proporcionar a toda costa pan barato, es muy ingrato. El pan barato goza hoy en
Inglaterra de tan mala reputación como el Gobierno barato en Francia. El pueblo
ve en los hombres llenos de abnegación, en un Bowring, un Bright y consortes,
sus mayores enemigos y los hipócritas más desvergonzados.
Todo el mundo sabe que la lucha entre los liberales
y los demócratas es en Inglaterra la lucha entre los freetraders y los
cartistas.
Veamos ahora cómo los freetraders ingleses han
demostrado al pueblo los buenos sentimientos que les mueven.
He aquí lo que decían a los obreros de las
fábricas:
El arancel de los cereales es un impuesto sobre el
salario; este impuesto lo pagáis a los grandes terratenientes, a esos
representantes de la aristocracia de la Edad Media; si vuestra situación es
calamitosa, la causa estriba en la carestía de los artículos de primera
necesidad.
Los obreros, a su vez, preguntan a los fabricantes:
¿Cómo se explica que en el curso de los últimos treinta años, en los que
nuestra industria ha alcanzado el mayor desarrollo, nuestro salario haya bajado
en una proporción mucho mayor de lo que ha subido el precio de los cereales?
El impuesto que, según afirmáis, pagamos a los
propietarios del suelo, equivale para cada obrero a tres peniques
aproximadamente por semana. Y, sin embargo, el salario del tejedor manual ha
descendido de 28 chelines por semana a 5 chelines en el periodo comprendido
entre 1815 y 1843; y el salario del tejedor que trabaja en telares mecánicos ha
sido reducido de 20 chelines semanales a ocho chelines entre los años 1823 y
1843.
Durante todo ese tiempo, el impuesto que hemos
pagado a los propietarios de la tierra no ha pasado nunca de los tres peniques.
Y en 1834, cuando el pan estaba muy barato y en la vida comercial reinaba gran
animación, ¿que nos decíais? ¡Si sois desgraciados es porque tenéis demasiados
hijos, porque vuestros matrimonios son más fecundos que vuestro oficio!
Esto es lo que nos decías entonces, al mismo tiempo
que promulgabais las nuevas leyes sobre los pobres y construías las work-houses
(Casas de Trabajo), esas bastillas de los proletarios.
A esto replicaban los fabricantes:
Tenéis razón, señores obreros; el salario no está
determinado solamente por el precio de los cereales, sino también por la
competencia entre los brazos que se ofrecen en demanda de trabajo.
Pero fijaos bien en que nuestro suelo no se compone
sino de rocas y arenales. ¡No iréis a pensar que se pueda cultivar trigo en
macetas! Pues bien, si en lugar de dedicar nuestro capital y nuestro trabajo al
laboreo de un suelo totalmente estéril, abandonásemos la agricultura para
dedicarnos exclusivamente a la industria, toda Europa se vería obligada a
cerrar sus fabricas e Inglaterra formaría una sola gran ciudad fabril, mientras
el resto de Europa quedaría convertido en una provincia agrícola.
Pero este dialogo del fabricante con sus obreros lo
interrumpe el pequeño comerciante diciendo:
Si aboliésemos las leyes cerealistas, es cierto que
arruinaríamos nuestra agricultura, pero no obligaríamos con ello a los demás
países a hacer pedidos a nuestras fábricas y a cerrar las suyas.
¿Cuál sería el resultado? Yo perdería los clientes
que ahora tengo en el campo, y el comercio interior perdería sus mercados.
El fabricante, volviendo la espalda a los obreros,
responde al tendero: En cuanto a esto, concedednos libertad de acción. Una vez
abolido el impuesto sobre los cereales, recibiremos del extranjero trigo más
barato. Luego bajaremos el salario, que subirá al mismo tiempo en los países
que nos proporcionen el grano.
Así, además de las ventajas que ya disfrutamos,
tendremos la de un salario menor, y con todas estas ventajas obligaremos al
continente a adquirir nuestras mercancías.
Pero he aquí que en la discusión se mezclan el
arrendatario y el obrero del campo. ¿Y nosotros?, exclaman. ¿Qué será de
nosotros?
¿Es que vamos a pronunciar la sentencia de muerte
contra la agricultura que nos da de comer?
¿Consentiremos sin rechistar que se nos arrebate el
terreno que pisamos?
Por toda respuesta, la Liga contra las leyes
cerealistas se conformó con asignar premios para los tres mejores trabajos que
tratasen acerca de la influencia saludable de la abolición de las leyes
cerealistas sobre la agricultura inglesa.
Estos premios han sido adjudicados a los señores
Hope, Morse y Greg, cuyos libros se han difundido por las zonas rurales en
miles de ejemplares.
Uno de los laureados pretende demostrar que quienes
perderán por la libre importación de grano extranjero no serán ni los
arrendatarios ni los obreros agrícolas, sino los terratenientes. El
arrendatario inglés, escribe, no tiene por qué temer la abolición de las leyes
cerealistas, porque ningún país puede producir trigo de tan buena calidad y tan
barato como Inglaterra.
Por tanto, afirma, si bien bajaría el precio del
trigo, ello no os causaría perjuicio alguno, porque esta baja afectaría sólo a
la renta, que se vería disminuida, pero no al beneficio industrial y al
salario, que seguirían siendo los mismos.
El segundo laureado, el señor Morse, sostiene, por
el contrario, que el precio del trigo se elevaría a consecuencia de la
abolición de las leyes cerealistas. Hace denodados esfuerzos para demostrar que
los aranceles proteccionistas no han podido jamás asegurar al trigo un precio
remunerador.
En apoyo de su aserto cita el hecho de que el
precio del trigo ha subido considerablemente en Inglaterra siempre que se ha
importado grano del extranjero, y cuando se ha importado poco, el precio ha
descendido muy sensiblemente. El laureado olvida que la importación no era la
causa del precio elevado, sino que el precio elevado era la causa de la
importación.
En completo desacuerdo con su colaureado, afirma
que toda alza en el precio del grano redunda en beneficio del arrendatario y
del obrero, y no en beneficio del propietario.
El tercer laureado, el señor Greg, que es un gran
fabricante y que ha escrito su libro para la clase de los grandes
arrendatarios, no podía contentarse con repetir semejantes simplezas. Su
lenguaje es más científico.
Reconoce que las leyes cerealistas no contribuyen a
elevar la renta sino en tanto en cuanto suscitan una elevación del precio del
trigo, y que no promueven el alza del precio del trigo sino imponiendo al
capital la necesidad de buscar aplicación en terrenos de calidad inferior, lo
que se explica muy sencillamente.
A medida que crece la población, si el grano
extranjero no puede entrar en el país, se tienen que poner por fuerza en
cultivo tierras menos fértiles, cuyo aprovechamiento requiere más gastos y cuyo
producto es, por tanto, más caro.
Como la venta del grano está plenamente asegurada,
el precio se regulará necesariamente por el precio de los productos obtenidos
en los terrenos que exigen más gastos. La diferencia entre este precio y el
coste de producción en los terrenos mejores constituye la renta.
Así, pues, si con la abolición de las leyes
cerealistas desciende el precio del trigo y, por consiguiente, también la
renta, es porque dejarán de cultivarse los terrenos menos fértiles. De donde se
deduce que la disminución de la renta acarreará indefectiblemente la ruina de
una parte de los arrendatarios.
Estas observaciones eran necesarias para hacer
comprender el lenguaje del señor Greg.
Los pequeños arrendatarios, dice, que no podrán
continuar dedicándose a la agricultura, encontrarán los medios de sustento en
la industria. En cuanto a los grandes arrendatarios, saldrán ganando con ello.
Los propietarios del suelo se verán obligados a vender sus tierras a muy bajo
precio, o bien a concertar con ellos contratos de arrendamiento por plazos muy
largos. Esto permitirá a los arrendatarios invertir en la tierra grandes
capitales, emplear en ella máquinas en mayor escala y economizar así trabajo manual,
que, por otra parte, será más barato a causa del descenso general de los
salarios, consecuencia inmediata de la abolición de las leyes cerealistas.
El doctor Bowring ha dado a todos estos argumentos
una sanción religiosa al exclamar en un mitin público: “¡Jesucristo es el libre
cambio; el libre cambio es Jesucristo!”
Se comprende que toda esta hipocresía no contribuye
a hacer que el pan barato sea menos amargo para los obreros.
¿Cómo iban a creer los obreros en la súbita
filantropía de los fabricantes, de los mismos que no cejaban en su lucha contra
el bill de las diez horas, que estipulaba la reducción de la jornada de trabajo
de los obreros de las fábricas de doce horas a diez?
Para que os forméis una idea de la filantropía de
estos fabricantes, os recordaré, señores, los reglamentos establecidos en todas
las fábricas.
Cada fabricante dispone para su uso particular de
un verdadero código, en el que se prescriben multas por todas las faltas
voluntarias o involuntarias. Por ejemplo, el obrero pagará tanto si tiene la
desgracia de sentarse en una silla, si cuchichea, conversa o se ríe, si llega
algunos minutos más tarde, si se rompe alguna parte de la máquina, si las
piezas que entrega no son de la calidad requerida, etc., etc. Las multas son
siempre superiores al daño causado realmente por el obrero. Y para que el obrero
pueda fácilmente incurrir en multas, se adelanta el reloj de la fábrica, se le
facilitan materas primas pésimas, con las que el obrero debe fabricar piezas de
buena calidad. Se destituye al contramaestre que no posee la habilidad
suficiente para multiplicar los casos de contravención.
Como veis, señores, esta legislación doméstica ha
sido ideada para dar lugar a contravenciones, y se da lugar a contravenciones
para ganar dinero. Así, pues, el fabricante recurre a todos los medios para
reducir el salario nominal y para sacar beneficio hasta de accidentes fortuitos
que no dependen del obrero.
Estos fabricantes son los mismos filántropos que
han querido hacer creer a los obreros que eran capaces de realizar dispendios
enormes únicamente para mejorar la suerte de éstos.
Así, de un lado cercenan de la manera más mezquina
el salario del obrero valiéndose de los reglamentos de fabrica, y, de otro, se
imponen los mayores sacrificios para elevarlo con el concurso de la Liga contra
las leyes cerealistas.
A costa de grandes dispendios construyen palacios
en los que la Liga establece en cierto modo su sede oficial, envían un ejercito
de misioneros a todos los puntos de Inglaterra para que prediquen la religión
del libre cambio, publican y distribuyen gratis millares de folletos
para hacer ver a los obreros sus propios intereses,
gastan sumas enormes para atraer a su lado a la prensa, montan un gran aparato
administrativo para dirigir los movimientos librecambistas y derrochan
elocuencia en los mítines públicos. En uno de esos mítines un obrero exclamó:
“¡Si los propietarios de la tierra vendiesen
nuestros huesos, vosotros, los fabricantes, seriáis los primeros en comprarlos
para echarlos a un molino de vapor y hacer con ellos harina!”
Los obreros ingleses han comprendido muy bien la
significación de la lucha entre los propietarios del suelo y los capitalistas
industriales. Saben muy bien que se quería rebajar el precio del pan para
rebajar el salario y que el beneficio industrial aumentaría en la misma
proporción en que disminuyera la renta.
Ricardo, el apóstol de los freetraders ingleses, el
economista más distinguido de nuestro siglo, en este punto esta completamente
de acuerdo con los obreros.
En su famosa obra sobre economía política dice:
“Si en lugar de cultivar trigo en nuestro país,
descubriésemos un nuevo mercado en el que pudiéramos obtenerlo a un precio más
bajo, en ese caso deberían bajar los salarios y aumentar las ganancias. El
descenso de los precios de los productos agrícolas reduce los salarios no sólo
de los obreros ocupados en el cultivo de la tierra, sino también de todos los
que trabajan en la industria o están empleados en el comercio”.
Y no creáis, señores, que al obrero le es
totalmente indiferente que no vaya a recibir más que cuatro francos, estando el
trigo más barato, cuando antes recibía cinco.
¿Acaso su salario no ha ido descendiendo más y más
con respecto a la ganancia? ¿No es claro que su posición social ha ido
empeorando en comparación con la del capitalista? Pero, además, sufre de hecho
una pérdida directa.
Mientras el precio del trigo era más alto, siéndolo
igualmente el salario, al obrero le bastaban unas pequeñas economías hechas en
el consumo de pan para poder satisfacer otras necesidades. Pero en cuanto baja
el precio del pan y, en consecuencia, el salario, el obrero no puede economizar
apenas en el pan para comprar otros artículos.
Los obreros ingleses han dado a entender a los
freetraders que no están dispuestos a ser victimas de sus ilusiones y de sus
engaños, y si, a pesar de eso, se han unido a ellos contra los propietarios de
la tierra, ha sido para destruir los últimos restos del feudalismo y para no
tener que vérselas más que con un solo enemigo. Los obreros no se han engañado
en sus cálculos; porque los propietarios de la tierra, para vengarse de los
fabricantes, han hecho causa común con los obreros a fin de conseguir la aprobación
del bill de las diez horas, que estos últimos venían demandando en vano desde
hace 30 años y que ha sido aprobado inmediatamente después de la abolición de
las leyes cerealistas.
En el Congreso de los economistas, el doctor
Bowring sacó del bolsillo una larga lista para hacer ver la cantidad de carne
de vaca, jamón, tocino, pollos, etc., etc., importada a Inglaterra con objeto
de satisfacer, según el, las necesidades de los obreros; pero, lamentablemente,
se
olvidó añadir que, al mismo tiempo, los obreros de
Mánchester y de otras ciudades fabriles habían sido arrojados a la calle por la
crisis que comenzaba.
En principio, en economía política, no hay que
deducir nunca leyes generales a base de las cifras referentes a un solo año.
Hay que tomar siempre el término medio de seis a siete años, lapso de tiempo
durante el que la industria moderna pasa por las diferentes fases de
prosperidad, de superproducción, de estancamiento y de crisis, recorriendo así
su ciclo fatal.
De suyo se comprende que si baja el precio de todas
las mercancías —y este descenso es la consecuencia necesaria del libre cambio—,
yo podría adquirir por un franco muchas más cosas que antes. Y el franco del
obrero vale tanto como cualquier otro. Por tanto, el libre cambio será muy
ventajoso para el obrero. En esto hay sólo un pequeño inconveniente, y es que
el obrero, antes de cambiar su franco por otras mercancías, tiene que llevar a
efecto el cambio de su trabajo con el capital. Si al realizar este cambio
siguiese recibiendo por el mismo trabajo el franco en cuestión y bajasen los
precios de todas las demás mercancías, saldría siempre ganando en una tal
transacción. La dificultad no estriba en demostrar que, bajando el precio de
todas las mercancías, por el mismo dinero podría yo comprar más mercancías.
Los economistas examinan siempre el precio del
trabajo en el momento en que el trabajo se cambia por otras mercancías. Pero
siempre dejan completamente de lado el momento en que el trabajo efectúa su
cambio con el capital.
Cuando hagan falta menos gastos para poner en
movimiento la máquina que produce las mercancías, igualmente costarán menos las
cosas necesarias para mantener la máquina llamada obrero. Si abaratan todas las
mercancías, el trabajo, que es también una mercancía, bajará igualmente de
precio, y, como veremos más adelante, este trabajo mercancía bajará
proporcionalmente mucho más que las demás mercancías. El trabajador, siguiendo
siempre la argumentación de los economistas, descubrirá que el franco se ha
fundido en su bolsillo y que de él no le quedan más que cinco sus.
Los economistas replicarán a esto: Bien, supongamos
que la competencia entre los obreros, que, ciertamente, no disminuirá bajo el
régimen del libre cambio, no tardará en poner los salarios de acuerdo con el
bajo precio de las mercancías. Pero, por otra parte, la disminución del precio
de las mercancías hará que aumente el consumo; un mayor consumo exigirá una
mayor producción, que será seguida de una mayor demanda de brazos, y a esta
mayor demanda de brazos seguirá un alza de salarios.
Toda esta argumentación se reduce a lo siguiente:
El libre cambio aumenta las fuerzas productivas. Si la industria crece, si la
riqueza, si la capacidad productiva, en una palabra, si el capital productivo
aumenta la demanda de trabajo, aumenta igualmente el precio del trabajo y, por
consiguiente, el salario. La mejor condición para el obrero es el crecimiento
del capital. Hay que convenir en ello. Si el capital permanece estacionario, la
industria no sólo permanecerá estacionaria, sino que declinará, y el obrero
será en ese caso la primera victima. El obrero sucumbirá antes que el
capitalista. Y en el caso en que el capital vaya creciendo, en ese estado de
cosas que hemos calificado como el mejor para el obrero, ¿cuál
será su suerte? Sucumbirá igualmente. El
crecimiento del capital productivo implica la acumulación y la conservación de
capitales. La centralización de capitales conduce a una mayor división del
trabajo y a un mayor empleo de las máquinas. Una mayor división del trabajo
reduce a la nada la especialidad del trabajador y, colocando en lugar de esta
especialidad un trabajo que todo el mundo puede hacer, aumenta la competencia
entre los obreros.
Esta competencia es tanto más fuerte, por cuanto la
división del trabajo permite al obrero realizar él solo el trabajo de tres. Las
máquinas producen el mismo resultado en una escala mucho mayor. El crecimiento
del capital productivo, al obligar a los capitalistas industriales a
desenvolverse en sus empresas con medios cada vez mayores, arruina a los
pequeños industriales y los arroja a las filas del proletariado. Además, como
el tipo de interés disminuye a medida que se acumulan los capitales, los pequeños
rentistas, que ya no pueden vivir de sus rentas, se ven forzados a lanzarse a
la industria para luego ir a engrosar el número de proletarios.
Por último, cuanto más aumenta el capital
productivo, tanto más obligado se ve a producir para un mercado cuyas
necesidades no conoce, tanto más precede la producción al consumo, tanto más
tiende la oferta a aumentar la demanda y, por consiguiente, las crisis son cada
vez más intensas y más frecuentes. Pero toda crisis, a su vez, acelera la
centralización de capitales y hace crecer las filas del proletariado.
Así, pues, a medida que crece el capital
productivo, la competencia entre los obreros aumenta en una proporción mucho
mayor. La remuneración del trabajo disminuye para todos, y el peso del trabajo
aumenta para algunos.
En 1829 había en Mánchester 1.088 hiladores
ocupados en 36 fábricas. En 1841 no había más que 448, y estos obreros atendían
a 53.353 husos más que los 1.088 obreros de 1829. Si la cantidad de trabajo
manual empleado hubiese aumentado proporcionalmente al desarrollo de las
fuerzas productivas, el número de obreros debería haber alcanzado la cifra de
1.848; por consiguiente, los perfeccionamientos introducidos en la mecánica
dejaron sin trabajo a 1.100 obreros.
Sabemos de antemano la respuesta de los
economistas. Estos hombres privados de trabajo, dicen, encontrarán otra
ocupación. El doctor Bowring no ha dejado de repetir este argumento en el
Congreso de los economistas, pero tampoco ha dejado de refutarse a sí mismo.
En 1835, el doctor Bowring pronunció un discurso en
la Cámara de los Comunes a propósito de los 50.000 tejedores de Londres que
desde hacía largo tiempo se morían de hambre, sin poder encontrar esa nueva
ocupación que los freetraders les hacían entrever en lontananza.
Citemos los pasajes más salientes de este discurso
del doctor Bowring.
“La miseria de los tejedores manuales —dice— es la
suerte inevitable de todo trabajo que se aprende fácilmente y que puede ser
reemplazado a cada instante por medios menos costosos. Como en este caso la
competencia entre los obreros es grande en extremo, la menor disminución de la
demanda origina una crisis. Los tejedores manuales se encuentran, por
decirlo así, situados en los límites de la
existencia humana. Un paso más, y su existencia será imposible. El menor golpe
basta para condenarles a perecer. El progreso de la mecánica, al suprimir más y
más el trabajo manual, reporta indefectiblemente durante la época de transición
numerosos sufrimientos temporales. El bienestar nacional no se puede lograr
sino a costa de determinado número de calamidades individuales. En la industria
no se avanza sino a expensas de los rezagados; de todos los inventos, el telar
de vapor es el que más pesa sobre los tejedores manuales. En la producción de
muchos artículos que antes se hacían a mano, el tejedor ha sido ya desplazado
por completo, y tendrá que correr la misma suerte en la producción de otros
muchos que aún se fabrican a base del trabajo manual”.
“Tengo ante mis ojos —dice más adelante— una
correspondencia del gobernador general con la compañía de las Indias
Orientales. Esta correspondencia se refiere a los tejedores del distrito de
Dacca. El gobernador dice en sus cartas: Hace algunos años, la compañía de las
Indias Orientales compraba de seis a ocho millones de piezas de algodón,
fabricadas en los telares manuales del país. La demanda descendió de modo
gradual, hasta quedar reducida aproximadamente a un millón de piezas.
En la actualidad, la demanda ha cesado casi por
completo. Además, en 1800, América del Norte obtuvo de la India cerca de
800.000 piezas de algodón. En 1830 no recibió ni 4.000. Por ultimo, en 1800 fue
embarcado, para su transporte a Portugal, un millón de piezas de algodón. En
1830, Portugal no recibió más que 20.000.
Los informes sobre las calamidades de los tejedores
indios son terribles. ¿Y cuál es el origen de estas calamidades?
La presencia de productos ingleses en el mercado,
la producción del artículo por medio de telares de vapor. Gran número de
tejedores han muerto de inanición; el resto ha pasado a otras ocupaciones y,
sobre todo, a las faenas agrícolas. No saber cambiar de profesión equivale a
condenarse a muerte. Y en estos momentos el distrito de Dacca se ve invadido de
tejidos e hilados ingleses. La muselina de Dacca, famosa en todo el mundo por
su belleza y su firme textura, también ha sido eclipsada por la competencia de
las máquinas inglesas. En toda la historia del comercio sería difícil, tal vez,
encontrar sufrimientos semejantes a los que han tenido que soportar, de este
modo, clases enteras en las Indias Orientales”.
El discurso del doctor Bowring es tanto más
significativo cuanto que los hechos en él citados son exactos, y las frases con
que trata de paliarlos llevan impreso el sello de la hipocresía común a todos
los sermones librecambistas. Presenta a los obreros como medios de producción
que es preciso reemplazar por medios de producción menos costosos. Finge ver en
la rama de trabajo de que habla una rama completamente excepcional, y en la
máquina que ha exterminado a los tejedores una máquina igualmente excepcional.
Olvida que no existe ni una sola rama del trabajo manual que no pueda
experimentar un buen día la suerte de la tejedura.
“El fin constante y la tendencia de todo
perfeccionamiento en mecánica es, en efecto, el desplazamiento total del
trabajo del hombre o la disminución de su precio, sustituyendo el trabajo del
obrero adulto por el de las mujeres y los niños, o el del hábil artífice por el
del
obrero sin calificar. En la mayor parte de las
hilanderías mecánicas —en inglés throstle-mills—, el trabajo es ejecutado
exclusivamente por muchachas de dieciséis años y aun más jóvenes. Como
resultado de la sustitución de la máquina ordinaria de hilar por la máquina
automática, la mayor parte de los hiladores adultos han sido despedidos y sólo
han quedado niños y adolescentes”.
Estas palabras del doctor Uren, el librecambista
más apasionado, sirven para completar las confesiones del señor Bowring. El
señor Bowring habla de algunas calamidades individuales y dice al mismo tiempo
que estas calamidades individuales hacen sucumbir a clases enteras; habla de
sufrimientos pasajeros en la época de transición, y al mismo tiempo que habla
de esto no oculta que estos sufrimientos pasajeros han significado para la
mayoría el paso de la vida a la muerte, y para los restantes el tránsito de la
situación anterior a una peor. Al afirmar más adelante que las penalidades de
los obreros son inseparables del progreso de la industria y necesarias para el
bienestar nacional, reconoce simplemente que la infelicidad de la clase
trabajadora es condición necesaria para el bienestar de la clase burguesa.
Todo el consuelo que el señor Bowring prodiga a los
obreros que sucumben, y en general toda la doctrina de compensación que
formulan los freetraders, se reducen a lo siguiente:
Vosotros, millares de obreros que sucumbís, no
debéis desesperar. Podéis morir con toda tranquilidad. Vuestra clase no
perecerá. Será siempre lo bastante numerosa para que el capital la pueda
diezmar sin temor a acabar totalmente con ella. Pero, además, ¿Cómo queréis que
el capital encuentre un empleo útil si no se preocupa de asegurarse la materia
explotable, los obreros, para explotarlos de nuevo?
Pero, entonces, ¿por qué seguir hablando de la
influencia que la realización del libre cambio ejercerá sobre la situación de
la clase obrera? Todas las leyes, expuestas por los economistas, desde Quesnay
hasta Ricardo, se basan en la suposición de que las trabas que coartan aún el
libre cambio han dejado de existir. Estas leyes se confirman a medida que se
realiza el libre cambio. La primera de ellas consiste en que la competencia
reduce el precio de toda mercancía hasta el mínimo de su coste de producción.
Por tanto, el mínimo de salario es el precio natural del trabajo. ¿Y qué es el
mínimo de salario? Es justamente lo que hace falta para producir los artículos
indispensables para el sustento del obrero, con el fin de que esté en
condiciones de alimentarse bien que mal y propagar a poco que sea su especie.
No saquemos de aquí la conclusión de que el obrero
no podrá recibir más que este mínimo de salario, y no vayamos a creer tampoco
que ha de recibir siempre este mínimo.
No, como resultado de la acción de esta ley, la
clase obrera conocerá a veces momentos más felices. Habrá ocasiones en que
reciba más que el mínimo; pero este excedente no será más que el suplemento de
lo que haya recibido —menos que el mínimo— durante los tiempos de estancamiento
industrial. Esto quiere decir que, en un determinado lapso de tiempo que es
siempre periódico, en el ciclo que recorre la industria, pasando por las fases
de prosperidad, de superproducción, de estagnación y de crisis, la clase obrera
—si se cuenta todo lo que recibe por encima de lo necesario y todo lo que
recibe de menos— no tendrá en suma ni más ni menos que el mínimo: es decir, la
clase obrera se conservará como clase a pesar de todas
las calamidades y de la miseria sufridas, a pesar
de los cadáveres dejados sobre el campo de batalla industrial. Pero, ¿qué
importa? La clase subsiste y, lo que es mejor aun, crecerá en número.
Esto no es todo. El progreso de la industria
produce medios de existencia menos costosos. Así, el aguardiente ha reemplazado
a la cerveza, el algodón a la lana y el lino, y la patata al pan.
Por tanto, como se descubren constantemente nuevos
medios para alimentar a los obreros con artículos más baratos y peores, el
mínimo de salario disminuye de continuo. Este salario, que al principio
obligaba al hombre a trabajar para vivir, ha terminado por hacer vivir al
hombre una vida de autómata. Su existencia no tiene otro valor que el de una
simple fuerza productiva, y como tal lo trata el capitalista.
Esta ley del trabajo mercancía, ley del mínimo de
salario, se manifestará más y más a medida que sea un hecho real y verdadero la
suposición de los economistas, el libre cambio. Así, pues, una de dos: o es
preciso negar toda la economía política basada en el postulado del libre
cambio, o bien hay que convenir en que, bajo este libre cambio, los obreros
habrán de experimentar todo el rigor de las leyes económicas.
Resumamos: ¿Qué es, pues, el libre cambio en el
estado actual de la sociedad? Es la libertad del capital. Cuando hayáis hecho
desaparecer las pocas trabas nacionales que aún obstaculizan la marcha del
capital, no habréis hecho más que concederle plena libertad de acción. Por
favorables que sean las condiciones en que se haga el intercambio de una
mercancía por otra, mientras subsistan las relaciones entre el trabajo
asalariado y el capital, siempre existirán la clase de los explotadores y la
clase de los explotados. Verdaderamente es difícil comprender la pretensión de
los librecambistas, que se imaginan que un empleo más ventajoso del capital
hará desaparecer el antagonismo entre los capitalistas industriales y los
trabajadores asalariados, Por el contrario, ello no puede acarrear sino una
manifestación aún más neta de la oposición entre estas dos clases.
Admitid por un instante que no existen ya ni leyes
cerealistas, ni aduanas, ni arbitrios municipales, en una palabra, que han
desaparecido por completo todas las circunstancias accidentales que el obrero
podía tomar aún como las causas de su situación miserable, y habréis desgarrado
todos los velos que no le permitían ver a su verdadero enemigo.
El obrero comprobará entonces que el capital,
desembarazado de toda traba, le reporta no menos esclavitud que el capital
coartado por los derechos de aduanas.
Señores: No os dejéis engañar por la palabra
abstracta de libertad. ¿Libertad de quién? No es la libertad de cada individuo
con relación a otro individuo. Es la libertad del capital para machacar al
trabajador.
¿Cómo podéis refrendar la libre concurrencia con la
idea de libertad, cuando esta libertad no es más que el producto de un estado
de cosas basado en la libre concurrencia?
Hemos mostrado el género de fraternidad que el
libre cambio engendra entre las diferentes clases de una misma nación. La
fraternidad que el libre cambio establecería entre las diferentes naciones de
la tierra no seria más fraternal. Designar con el nombre de fraternidad
universal la explotación en su aspecto cosmopolita, es una idea que sólo podía
nacer en el seno de la burguesía. Todos los fenómenos destructores suscitados
por la libre concurrencia en el interior de un país se reproducen en
proporciones más gigantescas en el mercado mundial. No necesitamos detenernos
por más tiempo en los sofismas que difunden a este propósito los librecambistas
y que tienen tanto valor como los argumentos de nuestros tres laureados, los
señores Hope, Morse y Greg.
Se nos dice, por ejemplo, que el libre cambio hará
nacer una división internacional del trabajo, determinando para cada país el
género de producción que corresponda a sus ventajas naturales.
Pensaréis, tal vez, señores, que la producción de
café y de azúcar es el destino natural de las Indias Occidentales.
Hace dos siglos, la naturaleza, que apenas tiene
que ver con el comercio, no había plantado allí ni el árbol del café ni la caña
de azúcar.
No pasará, tal vez, medio siglo y ya no
encontraréis allí ni café ni azúcar, puesto que las Indias Orientales, gracias
a su producción más barata, discuten ya con ventaja a las Indias Occidentales
su pretendido destino natural. Y estas Indias Occidentales, con sus dones
naturales, son ya para los ingleses una carga tan pesada como los tejedores de
Dacca, que también estaban destinados, desde tiempos inmemoriales, a tejer a
mano.
Hay otra circunstancia que no debe perderse de
vista: como todo ha pasado a ser monopolio, existen en nuestros días algunas
ramas de industria que predominan sobre todas las demás y que aseguran a los
pueblos que más se dedican a ellas el dominio en el mercado mundial. Así, por
ejemplo, en el comercio internacional el algodón tiene más valor comercial que
todas las demás materias primas juntas empleadas en la fabricación de vestidos,
Causa verdaderamente risa ver cómo los librecambistas escogen algunos tipos
especiales de producción en cada rama industrial para colocarlos en la balanza
con los productos de use común, que se fabrican a más bajo coste en los países
donde la industria ha alcanzado el mayor desarrollo.
Nada de extraño tiene que los librecambistas sean
incapaces de comprender cómo un país puede enriquecerse a costa de otro, pues
estos mismos señores tampoco quieren comprender cómo en el interior de un país
una clase puede enriquecerse a costa de otra.
No creáis, señores, que al criticar la libertad
comercial tengamos el propósito de defender el sistema proteccionista.
Se puede ser enemigo del régimen constitucional sin
ser partidario del viejo régimen.
Por lo demás, el sistema proteccionista no es sino
un medio de establecer en un pueblo la gran industria, es decir, de hacerle
depender del mercado mundial; pero desde el momento
en que depende del mercado mundial, depende ya más
o menos del libre cambio. Además, el sistema proteccionista contribuye a
desarrollar la libre concurrencia en el interior de un país. Por eso vemos que,
en los países donde la burguesía comienza a hacerse valer como clase, en
Alemania, por ejemplo, realiza grandes esfuerzos para lograr aranceles
protectores. Para ella son armas contra el feudalismo y contra el poder
absoluto; son para ella un medio de concentrar sus fuerzas y de realizar el
libre cambio en el interior del propio país.
Pero, en general, el sistema proteccionista es en
nuestros días conservador, mientras que el sistema del libre cambio es
destructor. Corroe las viejas nacionalidades y lleva al extremo el antagonismo
entre la burguesía y el proletariado. En una palabra, el sistema de la libertad
de comercio acelera la revolución social. Y sólo en este sentido
revolucionario, yo voto, señores, a favor del libre cambio.
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[1] Discurso
sobre el libre cambio fue publicado en Bruselas a comienzos de febrero de 1848
en francés. Fue traducido ese mismo año al alemán y editado en Alemania por
Joseph Weydemeyer, amigo de Marx y Engels. En 1885, por deseo de Engels, este
trabajo fue incorporado como apéndice a la primera edición alemana de la
Miseria de la Filosofía.

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