© Libro N° 9427. El Fantasma Del Señor Marbe. Simenon, George. Emancipación. Enero
1 de 2022.
Título original: © El
Fantasma Del Señor Marbe. George Simenon
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Original: © El Fantasma Del Señor Marbe. George Simenon
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Miranda
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George Simenon
George Simenon
George Simenon
(Lieja, Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)
El Fantasma Del Señor Marbe (1940)
(“Le fantôme de Monsieur Marbe”)
Originalmente publicado en Police-Roman
(n° 85, 5 de enero de 1940);
Le Petit Docteur
(París: Éditions Gallimard, 1943, 589 págs.)
I
Era
raro, pero, sin embargo, cierto: ni una sola llamada durante aquella noche, y
ningún caso urgente entre su clientela. Tan cierto era, que a las ocho de la
mañana el Doctorcito se hallaba sentado tranquilamente en su cama, con la
bandeja del desayuno sobre las piernas, leyendo unas cuantas cartas que acababa
de traer el cartero.
Verdaderamente aquello era demasiado hermoso y no podía durar mucho
tiempo. En efecto, no había terminado todavía el café con leche cuando sonó la
campanilla de la puerta, se oyeron voces apagadas en el corredor y momentos
después el ruido, siempre desagradable, de la puerta de la sala de espera al
abrirse. No cabía duda: era un enfermo. Y, probablemente, se trataría de algún
caso grave, puesto que Ana lo había hecho pasar sin esperar a que dieran las
nueve, hora en que empezaba la consulta.
El
Doctorcito abrió de prisa el último sobre, y cuando acababa de leer la carta,
apareció Ana.
—¿Qué
ocurre?
—Nada
de particular. El viejo Canut.
—Apuesto a que se emborrachó otra vez y se cayó de la bicicleta.
—No
sé, pero tiene la nariz muy hinchada.
—Pues
que se ponga un poco de tintura de yodo. Ya empieza a fastidiarme con eso de
caerse todas las semanas y venir luego a molestarme por cuatro rasguños. ¡Ah!
Oiga, Ana.
—¿Qué
desea?
—¿Qué
es lo que tengo en la mano?
—¿Cómo
quiere que lo sepa? Parece un trozo de papel.
—Pues,
acérquese y verá.
«Páguese a la orden de…», leía Ana con dificultad.
—¿No
ha comprendido todavía que se trata de un cheque? Ahora, lea la cantidad: cinco
mil francos. Y si quiere saber lo que la gente piensa de mis facultades, que
usted casi desprecia, lea esta carta mientras tomo una ducha.
—Pero…
¿y el viejo Canut?
—¡Déjele donde está! Cuando termine de leer, prepáreme una maleta con mi
traje nuevo y ropa para varios días.
—Y
supongo que también deberé telefonear al doctor Magné para que se ocupe de sus
enfermos. A este paso, sería preferible que viniera a instalarse
definitivamente con nosotros…
—¡Lea,
Ana! —insistió Dollent, sacando la cabeza por la puerta del cuarto de baño. Y
abriendo la ducha, se puso a cantar.
La
carta decía así:
Muy señor mío:
Le ruego
me perdone el atrevimiento de dirigirme a usted y molestarle sin conocerle, y
más aún tratándose de un asunto que no está relacionado con su actividad
profesional. Pero creo que comprenderá usted mi audacia cuando haya leído esta
carta.
Desde
hace varios años vivo en Golfo Juan, entre Cannes y Juan-les-Pins, y la semana
pasada me encontré, por una feliz casualidad, con una persona a quien conocí
hace años en las colonias donde ejercía funciones de magistrado, y que
actualmente es fiscal de Nevers: el señor Verdelier.
Como
nuestras relaciones han sido siempre muy cordiales, le puse al corriente de lo
que me ocurría y también de la poca ayuda que había encontrado en la policía
local; y entonces me habló de usted.
Según
me dijo, le había conocido últimamente con motivo del asunto de Nevers, en el
que su intervención en la investigación dio resultados verdaderamente
extraordinarios. Mi amigo el fiscal añadió, es verdad, que no era usted un
detective profesional, sino un médico, y que únicamente se interesaba por puro
placer en un número muy limitado de casos. Sin embargo, me atrevo a dirigirle
estas lineas confiando en que el mío le interesará, y a tal fin me permito rogarle
se sirva venir cuanto antes.
No vaya
a creer que soy un viejo loco, aunque las gentes de por aquí me tomen por un
original. Mi manera de ser se debe, creo yo, a que me he pasado toda la vida en
lugares muy apartados, y esto, sin duda alguna, habrá influido sobre mi
carácter.
Desde
hace varias semanas ocurren cosas increíbles en la casa que he construido, y la
policía ha estado aquí sin encontrar nada anormal. Supongo, por lo tanto, que a
estas horas no estarán lejos de pensar que sufro de algún desequilibrio mental.
Sin embargo, es todo lo contrario, y mi amigo el fiscal Verdelier, hombre
tranquilo y ponderado en sus juicios, puede confirmárselo si lo cree
conveniente.
Dos
veces por semana, alguien viene a mi casa y lo revuelve todo como si buscara
algo; pero no ha sido posible hasta ahora saber quién es ese individuo.
¿Qué
será lo que busca? Lo ignoro. Insisto en el hecho de que no creo en fantasmas;
sin embargo…
Cuando
se halle usted aquí, comprenderá mejor mi congoja y por ello me permito
enviarle un modesto cheque con el fin de que pueda hacer frente a los primeros
gastos que mi petición va a ocasionarle.
Según me
han dicho, se apasiona usted por los enigmas. Pues bien, yo le aseguro que el
mío es uno de los más confusos que se pueden presentar. Cuento, pues, con su
colaboración.
Telegrafíeme la hora de su llegada y le esperaré en la estación. Como
los grandes expresos no paran en Golfo Juan, iré a recogerle a Cannes en mi
coche.
Anticipándole mi más sincero agradecimiento, disponga de su afmo. s. s.
y amigo,
EVARISTO MARBE
Administrador Colonial Retirado
—¿Qué
le parece, Ana?
—Nada,
señorito.
—¡Cómo
que nada! Cuando fui a Nevers me echó en cara que perdía el tiempo en
tonterías. Sin embargo, esta vez creo que mis actividades empiezan a producir
algo.
—¡Mire
que si a todos los locos les da por escribirle! —cortó Ana con cierto desprecio
en la voz—. Bueno, y ¿qué debo decirle al viejo Canut?
—Que
se pinte la nariz con tintura de yodo y que bautice un poco el vino que bebe…
Dollent estaba consultando la guía de ferrocarriles, pues había pensado
tomar el tren y cometer una infidelidad a Ferblantine, su diminuto cinco
caballos. Pero resultó que no había buena combinación entre La Rochelle y la
Costa Azul, y entonces decidió correr la aventura con su coche.
Al día
siguiente —era un sábado—, después de haber dormido cuatro o cinco horas en
Marsella, llegó a Cannes a eso de las diez de la mañana, y un poco más tarde se
encontró en el minúsculo puerto de Golfo Juan. Aquello ocurría en el mes de
noviembre y, a pesar de que el sol todavía calentaba, no había ya ningún
veraneante. Paró el coche y preguntó a un pescador:
—Me
hace el favor, ¿la quinta del señor Marbe?
—La
primera pasado el restaurante de la Rascasse; al fondo de un jardín, ya verá
usted.
Pero
antes de que el coche llegara a la verja de la casa salió del modesto
café-restaurante un curioso personaje. Era un hombre ya maduro, pequeñito,
delgado, pero que todavía lo parecía más a causa de que llevaba una especie de
pijama muy ancho. Por el escote de la chaqueta aparecía el pecho lleno de pelo
ya gris y con una piel muy curtida. Llevaba zapatillas e iba cubierto con un
casco colonial deformado y sucio.
—¡Psitt! ¡Psitt! —llamó el hombre, dirigiéndose al doctor. Y corrió en
su dirección.
—Perdone si me confundo, pero ¿no será usted el doctor Dollent, por
casualidad? Mi amigo el fiscal me dijo que tenía usted un cochecito muy
divertido… Yo estaba desayunando y, al ver su coche, pensé…
—¿El
señor Marbe? —preguntó secamente el Doctorcito, a quien no le gustaban esas
alusiones a su coche.
—Sí,
señor, yo mismo. Celebro que haya usted venido. Pero, como no me avisó usted,
todavía no me he vestido.
El tal
Marbe parecía excesivamente nervioso, y, mientras hablaba, no cesaba de hacer
muecas y agitar constantemente los brazos.
—Tengo
por costumbre desayunar en la Rascasse. Titin, el dueño, es ya casi un amigo.
¿Qué le parece si nos tomáramos unas anchoas con un vaso de vino de Cassis?
Luego iremos a casa y le explicaré.
Para
ser sincero, el Doctorcito no estaba muy tranquilo. La realidad era que se
había dado cuenta de que poseía un determinado olfato en cuestiones criminales,
y por dos veces consecutivas había encontrado la solución del misterio cuando
la policía andaba a tientas. Incluso en el asunto de Nevers, con un ligero
error de hermanas, había reconstituido con sus solos medios, un caso
particularmente difícil. Pero esta vez era diferente: había cobrado por
anticipado un cheque de cinco mil francos, y no tenía ninguna gana de
devolverlo. Sin embargo, ¿qué remedio le iba a quedar si resultaba que aquel
buen señor Marbe era un loco, o por lo menos un perturbado?
—¡Titin! Te presento a un viejo amigo —dijo el señor Marbe guiñando un
ojo al doctor—. Un amigo de hace muchos años que viene ahora para charlar un
poco y pasar unos días conmigo…
Otro
guiño que significaba:
«¿Ve
usted? Respeto su incógnito. No es preciso que todo el mundo se entere del
verdadero motivo de su visita».
—¡Sírvenos unas anchoas, Titin! Y también unas aceitunas con una botella
de Cassis bien fresca.
Hubiérase dicho que era una fatalidad, pero cada vez que el Doctorcito
empezaba una investigación tenía que haber algún motivo que le obligaba a
beber. Y esta vez se trataba de un vinillo inofensivo en apariencia, pero que
se subía fácilmente a la cabeza al cabo de un par de copas.
—¿Nos
vamos ya? —dijo el señor Marbe—. Seguramente mi hermana no se habrá levantado
todavía, pero no tiene importancia; así podremos charlar en espera de la
comida. No se fije mucho en mi manera de vestir; he sufrido tanto del calor
durante toda mi vida que ahora solamente me encuentro bien en pijama…
La
casa se parecía a su dueño como una gota de agua a otra. Era una casa como
tantas otras que se ven en la Costa Azul, pero tenía la particularidad de
poseer una especie de minarete y un patio interior con un surtidor en el
centro, al igual que las del África del Norte. Pero de confort, cero.
Había
un cuarto de baño, pero la bañera estaba llena de cajas de sombreros y objetos
de toda clase, y el calentador indicaba a las claras que hacía ya mucho tiempo
que no se utilizaba. El comedor era húmedo y el papel de las paredes se
despegaba. Los muebles eran tan disparatados que la casa daba más bien la
impresión de un establecimiento de compraventa.
—Algún
día —decía el infeliz Marbe— pondré orden en todo esto. Piense usted que aquí
hay un verdadero museo de objetos que he traído de todas partes del mundo. Mi
carrera colonial empezó en Madagascar, luego Indochina, y también pasé algún
tiempo en África del Norte, como todo el mundo. Y, por último, las Hébridas,
Tahití…
Después de echar un vistazo a la casa, se comprendía que el señor Marbe
prefiriera comer en el café de la esquina.
—Se
trata de recuerdos queridos —trató de explicar para justificarse—, y cuando
muera los dejaré al museo colonial.
En un
desván, y junto a recuerdos exóticos, el Doctorcito observó que había unos
cuantos juguetes de niño.
—¿Estuvo usted casado? —preguntó, al tiempo que encendía un cigarrillo
para combatir el mal olor que se desprendía de todos aquellos trastos.
—¡Chut! En Tahití, y con la hija de un Jefe de Distrito. Ella murió,
pero traje conmigo a mi hijo, y ahora es profesor de natación en Niza. Pero, a
todo esto, todavía no le he hablado del verdadero motivo de mi llamada. Venga
usted por aquí, para que nadie pueda oírnos, pues desconfío hasta de Eloísa.
—¿Y
quién es Eloísa?
—Mi
hermana, que vive conmigo. Es viuda y sin hijos; viuda de un jefe de estación.
La pobre está algo delicada. Pero, pasemos a mi despacho.
El
despacho en cuestión se hallaba todavía más abarrotado de toda clase de objetos
que el resto de la casa.
—Imagínese usted que hace cuatro años…
Quizás
fuera por el hecho de que era la primera vez que cobraba, pero el Doctorcito
decidió, en un rasgo de audacia, jugar a que era un verdadero detective. Y, con
la tranquilidad que le proporcionaba el vinillo de Cassis, cortó bruscamente y
sin rodeos.
—¡Permítame! Si no le molesta, haré yo las preguntas.
Excepto el bloc de recetas, nunca había llevado en el bolsillo ningún
cuaderno de notas. Pero se decidió a sacarlo con el aplomo de un policía de
indiscutible experiencia.
—Decíamos, pues, que está usted retirado. ¿Desde cuándo?
—Desde
hace seis años. Voy a explicarle…
—¡Ahora no! Más tarde me dará usted todas las explicaciones que quiera.
Quedamos en que está retirado desde hace seis años (en el bloc de recetas
escribió: seis años). ¿Vino a instalarse aquí enseguida?
—Perdone, pero yo no he dicho eso. Cuando salí de Tahití hace seis años,
no sabía todavía dónde me instalaría, y por ese motivo me dirigí a casa de mi
hermana, que tenía una casita en Sancerre.
—¿Y
cuánto tiempo vivió allí?
—Dos
años, el tiempo necesario para decidirme por un clima que me conviniera.
El
doctor escribió: Sancerre, dos años.
—¿Y
luego?
—Compré este terreno por poco dinero.
—¿Por
cuánto?
—Veintidós mil francos. En aquellos momentos todo era más barato que
ahora, pero además hice un buen negocio.
—¿Y
construyó usted la casa?
—Sí,
señor, esta modesta casita, para vivir en ella con mi hermana.
—¿Su
hermana, es rica?
—¡Oh,
no! Pero tiene una pensión de mil ochocientos francos al mes.
—¿Y
usted?
—Tres
mil quinientos. Yo era administrador de primera clase. Y ahora, voy a los
hechos.
—¡Venga, pues!
—Desde
hace tres meses…
—Pero
¿y antes de estos tres meses?
—Pues,
nada. Vivíamos felices mi hermana y yo; solamente teníamos una asistenta por
las mañanas, ya que casi todas las comidas las trae de casa de Titin; y yo
jugaba al tute con la gente del pueblo o me paseaba…
—¿Y su
hermana?
—Duerme, cose, borda y suele pasar muchos ratos sentada en el jardín.
—Bien.
Decía usted que desde hace tres meses…
—Oigo
los pasos por las noches dos veces por semana.
—¿Y no
ha visto nunca a nadie?
—Lo he
intentado, pero sin conseguirlo. Varias veces me he levantado, me he dirigido
rápidamente al lugar de donde parecían provenir, pero siempre he llegado tarde.
Si fuera el único en oírlos creería que son alucinaciones mías.
—¿Su
hermana, también? ¿Quiere recordarme su nombre, por favor?
—Eloísa. Sí, señor, también los ha oído a pesar de que está hecha un
vejestorio. Suelen oírse en el desván de arriba, y luego lo encontramos todo
revuelto.
—Además de ustedes dos, ¿hay alguien más que duerma en la casa?
—Absolutamente nadie.
—¿Cierran bien las puertas por la noche?
—Y
también las persianas. Precisamente es lo que le decía a mi amigo el fiscal.
Escuche, doctor Dollent, no soy hombre que crea en fantasmas, pero le confesaré
que empiezo a tener mucho miedo. He vivido en las cinco partes del mundo y he
conocido gentes de diferentes razas, y también sus creencias; incluso tuve que
ocuparme, en el Gabón, de varios casos de brujería. Esto le probará que no me
impresiono con facilidad…
—¿Una
copita de algo, doctor? ¿De veras que no? Por favor, no haga usted cumplidos…
—Prosigo… y los ingleses, con sus historias de fantasmas, me han hecho
reír siempre. Sin embargo, y puesto que tiene que descubrir usted la verdad de
este misterio, voy a confiarle un detalle.
«¡Qué
convencido está de mi éxito!», pensó el Doctorcito.
—Decía
que cuando era administrador de un distrito de Tahití, hice construir una casa
de madera sobre un terreno que los indígenas consideraban como sagrado. Tuvimos
incluso que retirar la mole de piedra que sirvió en tiempos pasados para los
sacrificios humanos. Yo me burlaba de sus creencias, como había hecho con las
supersticiones de los Mois o de los indígenas de las islas Salomón…
»—Ya
verás —me decían ellos (allí todos los indígenas tutean a todo el mundo)— los
Tu-Papau se vengarán…
»Los
Tu-Papau, doctor, eran sus demonios…
—¿Y le
han causado alguna molestia esos Tu-Papau? —preguntó el Doctorcito
flemáticamente.
—Allí,
no. Pero desde hace tres meses… No se ría, doctor. No quiero afirmar nada, pues
ya le he dicho que no creo en esas cosas, y estoy dispuesto a admitir que los
acontecimientos que han motivado que le llamara a usted tienen una causa
natural… Sin embargo, cuando por la noche oigo esos ruidos no puedo evitar el
pensar en las amenazas de que me hicieron objeto aquellos indígenas.
»¿Quién tendría interés en venir a pasearse a las tres de la madrugada
por una casa como ésta? Nunca han robado nada; por lo tanto, no se trata de un
ladrón; pero tampoco de un asesino, pues no le habría sido difícil matarnos a
los dos, a mi hermana y a mí. ¿Qué se puede buscar en la casa de un pobre
retirado, durante semanas y más semanas…?
—Perdone que le interrumpa —dijo Dollent—. Usted me escribió algo sobre
la policía local. ¿Se ha interesado por este asunto?
—Sí,
señor, durante una semana tuve aquí a unos agentes que montaron la guardia.
—¿Y
qué conclusión sacaron estos señores?
—Ninguna, puesto que el visitante nocturno no vino. De tal forma que me
tomaron por un excéntrico. Perdone, veo que acaba de bajar mi hermana y nos
espera; ella está al corriente del motivo de su visita. De todas formas le
ruego procure no azorarla. Para ella todo es cuestión de los Tu-Papau, que
vienen para vengarse…
La
hermana era una mujer de unos cincuenta o cincuenta y cinco años, gruesa y
plácida. Más que plácida, hubiera podido decirse que estaba reblandecida por el
dulce sol del Mediodía.
—Perdone usted que le reciba así, doctor, pero ¡hace tanto calor en este
país! Tomará una copita, ¿verdad? Sí… Sí… Ya las he servido en la terraza, bajo
la higuera.
Al
poco rato el doctor comprendió el motivo de su decaimiento. Eloísa se bebía las
copas como si estuviera muy acostumbrada a hacerlo, y no vaciló en servirse una
segunda copa cuando llenó de nuevo las de sus acompañantes.
—Sí,
doctor, esto no hace ningún daño. Cuando no hay nada que hacer, ya sabe usted…
El
Doctorcito estaba absorto en sus pensamientos, y tenía que hacer grandes
esfuerzos para vencer la somnolencia que le producía el sol de la Costa Azul.
—¿Ve
usted a menudo a su hijo, señor Marbe?
—Suele
venir por aquí de vez en cuando, para pedir dinero. No se forje usted una idea
equivocada sobre el muchacho; los tahitianos son gente como nosotros y, además,
su madre tenía la piel casi tan clara como mi hermana. A él solamente se le
puede distinguir de los demás habitantes de la Costa Azul en que es más guapo…
—¿Dónde lo tenía mientras usted vivía en casa de su hermana?
—En el
Instituto de Cannes.
—Otra
pregunta. El fantasma, si es que así puedo llamarle, ¿tiene preferencia por
algunos días determinados?
—Al
principio no me fijé en ello. Los jubilados, ¿sabe usted?, no nos fijamos nunca
en las fechas ni en los días de la semana. Sin embargo, acabé por darme cuenta
de que sus días de visita solían ser los miércoles y los sábados.
—¿Siempre esos dos días?
—Creo
que sí, ¿verdad, Eloísa?
—También lo creo así, y hasta no sé si los fantasmas estarán al
corriente de las fechas…
—¿A
qué día estamos hoy?
—Precisamente a sábado.
—Entonces tenemos probabilidades de recibir su visita. Confío, señor
Marbe, en que no habrá hablado a nadie del verdadero motivo de mi visita.
—¡A
nadie absolutamente!
—¿Ni
siquiera a su hijo?
—El
chico hace más de diez días que no ha venido por aquí. Ya habrá visto usted que
lo he presentado a Titin como a un viejo camarada, y espero que no se habrá
molestado por la libertad que me he tomado; y creo que si el fantasma, como
usted dice, no ha aparecido cuando la policía se hallaba vigilando, se debe a
que de una manera u otra se enteraría. La policía de aquí habla con mucha
facilidad…
Y
cambiando de conversación dijo el señor Marbe:
—¿Qué
le parecería si nos fuéramos a tomar una buena bullabesa a casa de Titin?
—Pues
me parece una excelente idea.
—¿Lleva usted armas?
—¿Para
ir a casa de Titin? —contestó cándidamente el Doctorcito.
—¡No,
hombre! Para esta noche, pues me figuro que estaremos de guardia para ver si
sorprendemos a mi… a nuestro… en fin, al fantasma.
—¿Me
podría usted jurar que no le ha robado nunca nada?
—¡Con
toda seguridad!
—¿Y
cree usted que con el desorden que aquí reina se habría dado cuenta de ello?
—Ya lo
creo, aunque sólo me quitaran un alfiler. Usted habla de desorden, pero
seguramente no se da cuenta de que no es más que aparente, y yo sé exactamente
dónde se encuentra cada cosa…
—¿No
ha recibido ninguna carta de amenaza?
—No,
nunca.
El
Doctorcito tuvo la sensación de que el señor Marbe había vacilado un poco antes
de contestar, pero no se hubiera atrevido a jurarlo.
—En
resumen, usted y su hermana Eloísa vivían felices en esta casa desde hacía
cuatro años y sin tener enemigos; usted pasaba el rato jugando a las cartas, y
su hijo, que nació en Tahití, era profesor de natación en Niza.
—Desde
hace un año solamente —intervino el señor Marbe.
—De
acuerdo. Pero, desde hace tres meses, un individuo o unos espíritus vienen dos
veces por semana, durante la noche, y lo revuelven todo.
—Sí,
señor; rigurosamente exacto.
—Pero
el individuo en cuestión —supongamos que sea un individuo— no ha robado nunca
nada, ni tampoco ha intentado atacarles. ¿Tiene usted alguna idea del lugar por
donde entra en la casa?
—Sí,
señor; por la puerta.
—¿Cómo
dice?
—Digo
que por la puerta, pues es imposible que lo haga por otro sitio. Debe de tener
un duplicado de la llave, o quizá posea la propiedad de atravesar las paredes…
Desde luego, desde hace tres meses dormimos con las ventanas cerradas.
—¿Y si
nos fuéramos a tomar la bullabesa? —suspiró el Doctorcito.
¿En
qué lío se había metido? ¡Y decir que todo lo hacía para deslumbrar a Ana! ¿Y
si luego resultaba que el señor Marbe era verdaderamente un loco?
De
repente tuvo una idea. ¿No sería que el fiscal de Nevers, humillado por su
intervención, había dado su nombre al señor Marbe con el único objeto de
ponerlo en ridículo? Sin embargo, existían ciertos elementos, no muchos, pero
bastante característicos, que el Doctorcito iba archivando en su memoria
mientras le servían la bullabesa en la terraza de la Rascasse:
1.° El
Sr. Marbe estaba retirado desde hacía seis años.
2.º
Había vivido dos años en casa de su hermana.
3.º
Había comprado un terreno y hecho una casa.
—Dígame, por favor, —dijo de repente Dollent, dirigiéndose a Titin—.
¿Cuánto cree usted que puede valer una casa como la del señor Marbe?
Titin
contestó sin vacilar:
—Cuatrocientos cincuenta mil. ¿Verdad, señor Marbe? Si me hubiera
escuchado se hubiera economizado treinta mil francos. Pero ahora ya está hecho.
¿Un poco de caldo, señor doctor? ¿Quiere que le ponga un trocito de escorpina y
una patata? Créame, la patata absorbe el azafrán y mejora el gusto. ¿Qué
tomarán después de la sopa, señor Marbe? ¿Quieren que les ase tres hermosos
«lobos» con un poco de hinojo?
El
Doctorcito, que había cobrado el cheque de cinco mil francos antes de salir de
viaje, estaba muy apurado. ¿Cómo acabaría todo aquello? Y además, aquel sol,
aquella bullabesa tan sabrosa que incitaba a beber, y aquel vinillo que, como
por milagro, llenaba continuamente el vaso…
II
—¿Le
gustaría echar una siestecita, doctor? Aquí en el Mediodía es casi un rito
oficial, sobre todo después de la bullabesa de Titin y del viejo coñac que
ahora nos servirá. Seguramente habrá viajado usted parte de la noche, ¿verdad?,
y, en cuanto a la que viene (un guiño), es probable (otro guiño) que no tenga
usted intención de dormir mucho. Por cierto, Eloísa, deberías preparar una
habitación para el doctor.
—Ya
está arreglada —contestó la hermana del señor Marbe, que no quería perderse la
copita de coñac.
El
Doctorcito, a pesar del sueño que le entraba, tuvo la impresión de que el señor
Marbe estaba contrariado. Quizás hubiera deseado que su hermana les dejara
solos, para hablarle de ella…
Diez
minutos más tarde, Jean Dollent tomó posesión de una habitación en la que todo
el arreglo había consistido en amontonar en un rincón los numerosos objetos que
antes deberían hallarse sobre la cama. Las persianas, que recibían el sol de
lleno, estaban cerradas, pero por entre las rendijas el doctor pudo ver cómo el
señor Marbe se instalaba bajo la higuera para echar la siesta. Iba vestido con
un traje de tusor blanco, cuya chaqueta, con una sola hilera de botones que
llegaban hasta el mismo cuello, debía de ser un antiguo uniforme de
administrador colonial. La desabrochó, puso un pañuelo alrededor de su casco,
como si fuera un velo, se extendió en la mecedora, y al momento las moscas
empezaron a zumbar a su alrededor.
Apenas
había tenido Dollent el tiempo de quitarse la chaqueta y los zapatos, cuando
llamaron suavemente a su puerta. Era Eloísa, la que hizo con los dedos un signo
de silencio.
—¡Chist! Ya duerme, y quería aprovechar este momento para hablarle de mi
hermano. ¿No cree usted, doctor…?
Y
diciendo esto aplicó su dedo índice contra la sien, con un ademán que en todos
los países del mundo significa una alusión directa a la locura.
—Usted, que es médico, ¿no cree que está…?
—¿Y
qué motivos tiene para pensar eso?
—Verá
usted. Mi hermano, como casi todos los funcionarios de las colonias, ha sido
siempre muy original, y hasta le diré que cuando regresó a Francia
definitivamente, a pesar de ser yo viuda, dudé en irme a vivir con él. Durante
los dos primeros años, cuando estuvo en mi casita de Sancerre, todavía podía
decir que estaba bastante tranquilo, y se pasaba el tiempo clasificando una y
otra vez todas esas porquerías que se ha traído de los cuatro rincones del mundo.
¿Cree usted que es normal cargar con todos esos chismes, que pueden haber sido
tocados hasta por leprosos?
Miró
al doctor, luego echó una ojeada por las rendijas de la persiana, y continuó:
—Pero
de repente me propuso que viniéramos a vivir al Sur y que hiciéramos una casa.
Yo ignoraba que fuese rico, y le dije:
»—¿Con
qué dinero vas a hacer todo eso?
»—No
te ocupes de ello —contestó.
»—¿Tienes economías?
»—No
pienso dar cuenta a nadie de lo que poseo…
»Y
desde aquel momento, justo es confesarlo, cada día está peor. Anda siempre con
tapujos, como si fuera una vieja; nunca puedo saber a dónde va cuando sale de
viaje, y cuando abre el buzón para recoger el correo parece que teme algo… Y a
pesar de lo que le ha dicho a usted, doctor, tiene un miedo que se muere, pero
no se atreve a confesarlo. Por ejemplo, no es verdad que cuando se oyen los
ruidos se levante y recorra la casa, sino todo lo contrario. A decir verdad, yo
no he oído nunca nada concreto: claro está que tengo un sueño muy pesado. Pero
estoy segura de que mi hermano se queda detrás de la puerta, temblando. Y sólo
a la mañana siguiente, cuando ya es completamente de día, recorre toda la casa
para asegurarse de que nada falta.
»Pero
lo que más me preocupa es el hecho de que de un tiempo a esta parte siempre
guarda en su habitación dos o tres revólveres cargados. ¿Y sabe usted de qué
manera se pasa muchas tardes? Pues verá, baja solo al sótano, ilumina durante
un breve instante con su linterna eléctrica las botellas vaciás que se hallan
contra la pared, y luego a oscuras empieza a disparar sobre ellas. ¿Cree usted
que esto es una distracción propia de un hombre de su edad? ¿Y no le parece que
estoy en lo cierto cuando le digo que esta chiflado…?».
Eloísa
no pudo comprender la ligera sonrisa que se dibujó en los labios del doctor; el
motivo de tal sonrisa fue el hecho de que al mirar éste por entre las rendijas
de la persiana, se dio cuenta de que el señor Marbe ya no estaba debajo de la
higuera, y adivinó que se hallaría escuchando detrás de la puerta…
Y, en
efecto, la puerta se abrió, y Eloísa tuvo un sobresalto al verse descubierta.
—¿Qué
estás haciendo aquí? —le preguntó su hermano.
—He
venido para ver si no le faltaba nada al doctor, ¿verdad?
—Entonces ya puedes marcharte.
¡Qué
lástima que el Doctorcito estuviera medio dormido por los efectos de la
exquisita bullabesa y del famoso vinillo de Cassis! En otro momento hubiera
podido saborear mejor las pintorescas escenas de los dos habitantes de aquella
casa…
—¿Qué
le estaba diciendo? —preguntó el señor Marbe—. No me he atrevido a ponerle a
usted en guardia antes, pero ahora debo confesárselo. Desde que murió su
marido, mi hermana se ha aficionado mucho a la bebida. No quiero decir que
llegue a emborracharse, pero con frecuencia podrá usted observar que sus ojos
brillan demasiado y que su boca está más pastosa de lo debido.
—Oiga,
señor Marbe, ¿y si echáramos una siesta, como ha dicho usted antes?
—Tiene
usted razón, y le pido que me perdone. Pero cuando vi que mi hermana subía la
escalera… Tengo un oído muy fino y acostumbrado al gran silencio de la selva…
Diciendo esto salió de la habitación, pero el Doctorcito ya no intentó
dormir, y ante el temor de sucumbir a la modorra que le iba entrando prefirió
sentarse incómodamente en una silla.
«Supongamos —pensó el doctor— que el señor Marbe no está loco y dice la
verdad».
Prosiguiendo el método que tan buenos resultados le había dado en los
casos anteriores, trató de hallar una sólida base de partida, una verdad
indiscutible, Y esta verdad podía resumirse, poco más o menos, con lo
siguiente:
Un
desconocido buscaba algo en la casa de Golfo Juan.
Este
algo era difícil de encontrar, puesto que, al cabo de tres meses de visitar la
casa, dos veces por semana, todavía no habían o había dado con ello.
Y por
último, con anterioridad a estos tres meses, el desconocido no había intentado
apoderarse de ningún objeto.
Por lo
tanto, cabían tres soluciones:
1.ª Que
el objeto buscado no estuviera allí tres meses antes.
2.ª Que
el desconocido lo ignorase hasta aquel momento.
3.ª Que
el individuo en cuestión no hubiese podido ir hasta entonces.
¿Y por
qué motivo solamente iba dos veces por semana?
Y
precisamente siempre los miércoles y los sábados. Pues seguramente debido a que
no estaría libre los demás días. Y lo más curioso del caso es que le avisaron
de la presencia de la policía, puesto que durante aquella semana no llevó a
cabo su acostumbrada aparición.
En
cuanto a saber si el señor Marbe estaba o no loco, el Doctorcito, sin ser
psiquiatra, había estudiado las enfermedades mentales durante su internado en
un hospital. Y su conclusión era que se trataba de un hombre nervioso, no cabía
duda. Pero al propio tiempo daba la impresión de estar perseguido por una idea
fija, o más exactamente, parecía un hombre obsesionado por el miedo, y no por
un temor impreciso, sino por un hecho o una cosa bien determinados. Era tan
cierto, que si se daba crédito a lo que decía su hermana, ni siquiera se
atrevía a salir de su habitación durante las noches en que se producían los
ruidos. ¿Sabría por casualidad quién era la persona que removía con tanta
obstinación los viejos recuerdos allí amontonados? Y en caso afirmativo,
¿sabría también qué era lo que buscaba el desconocido? ¿Por qué otro motivo que
no fuera el de estar decidido a disparar se entrenaba con el revólver en el
sótano?
Y por
último venía la cuestión esencial: ¿por qué razón si el señor Marbe sabía todo
aquello había llamado al Doctorcito, del que sólo de oídas conocía la pericia?
¿Por qué motivo le había mandado de antemano, sin saber si aceptaría o no, una
cantidad de dinero bastante importante?
«Esta
noche —se dijo a sí mismo— no beberé. Y estoy seguro de que ocurrirá algo. Esta
noche o nunca».
En
aquel preciso instante se oyeron unas voces, primero en el jardín y luego bajo
la pérgola, y eran las de dos hombres que disputaban.
Dollent entreabrió la ventana para escuchar, pero sólo llegó hasta él un
confuso murmullo. En vista de ello decidió salir a la pérgola; al fin y al cabo
no era un invitado corriente y tenía el deber, casi la obligación, de ser
indiscreto. Bajó tranquilamente la escalera, como si acabara de echar una buena
siesta, y halló a Eloísa en el comedor, que estaba arreglando. Ella le dijo
bajito:
—Su
hijo acaba de llegar.
El
Doctorcito encendió un cigarrillo, adoptó una actitud lo más desenvuelta
posible y salió a la pérgola. Al hacerlo tuvo claramente la impresión de que el
señor Marbe, que le vio el primero, hacía una seña a su hijo para que callara.
—Perdonen si les molesto, pero…
—Al
contrario, doctor. Le presento a mi hijo Claude. Le hablé ya de él, ¿verdad?
¿Qué le parece? Un buen mozo, ¿eh…?
¡Hum!
No era el hijo que el Doctorcito hubiera deseado tener. Se trataba de un
muchacho alto, de facciones un poco gruesas, debido, seguramente, a su origen
tahitiano, pelo negro, piel fina y morena, ojos enormes y labios carnosos.
Pero
lo que más chocaba del muchacho era su elegancia demasiado chillona y su
actitud, que recordaba, incluso en su manera de mirar y en el balanceo de su
cuerpo, a los chulos de la Costa Azul.
Seguramente era cierto que ejercía funciones de profesor de natación,
pero sin duda alguna también frecuentaría algunos de esos bares mal afamados, y
no parecía ser el tipo de persona que duda en realizar, cuando la ocasión se
presenta favorable, algún que otro pequeño tráfico no muy limpio.
—¡Buenas tardes! —dijo el muchacho con bastante sequedad.
—El
doctor es un amigo, un viejo camarada que ha venido a pasar algunos días con
nosotros.
Y
mientras decía esto el señor Marbe miraba al doctor como queriéndole indicar
que su hijo no estaba al corriente de nada.
—¿También ha estado usted en las colonias? —preguntó Claude con cierta
desconfianza.
Dollent no tuvo ni tiempo de contestar, pues el padre, temiendo sin duda
que metiera la pata, se adelantó:
—¡Oh,
no! Al doctor lo conocí en Sancerre, y cuando supe que se encontraba en la
región pasando unos días le he invitado para que viniera a vernos.
—¡Oiga, doctor!
«Muy
vulgar el joven Claude», pensó éste.
Y en
aquel preciso momento dejó de gustarle el muchacho, sobre todo por la manera
agresiva e irónica a la vez con que le interpelaba.
—No sé
si conocerá usted a mi padre desde hace mucho tiempo, pero lo que puedo decirle
es que se trata de un maldito maniático.
—¡Claude! —dijo el padre, contrariado.
—¿Qué?
No veo la necesidad de andar con misterios. Lo que he venido a pedirle es tan
natural que todo el mundo puede saberlo, y más aún un viejo amigo, como tú
dices…
—Mi
hijo, señor Dollent, es un poco…
—¡Déjame hablar! Y ante todo confiesa que no te molesto a menudo. Ya me
gano la vida, lo cual tiene bastante mérito, pues no es culpa mía si llevo
sangre tahitiana en las venas y si a la gente de aquel país no le gusta
trabajar.
—¡Claude!
—¿Me
comprende usted, doctor? Voy tirando y apenas si de tarde en tarde, cuando me
encuentro en un apuro, vengo a pedirle a mi padre uno o dos billetes de mil
francos. A mi edad todos los muchachos hacen lo mismo, y tampoco sería justo
que mi padre disfrutara él solito de su fortuna. Pero hoy he venido para otra
cosa.
—Si lo
que quieres es un billete de mil…
—Ya
sabes muy bien que no es eso, papá. Escuche, doctor, usted hará de árbitro. Si
ha visitado la casa habrá podido darse cuenta de que parece a la vez un museo y
una tienda de antigüedades. Aquí hay de todo, cosas horribles y otras que no
están del todo mal. Mi padre es un hombre que no ha tirado nunca nada, ni
siquiera un traje roto, y si buscásemos un poco seguramente hallaríamos una
caja con todos sus botones viejos…
—¡Me
parece que exageras, Claude!
—¡De
acuerdo! Pero no me negarás que allá arriba guardas todavía todos mis juguetes.
Yo he sido un niño mimado, doctor, y cuando vivíamos en Tahití cada barco que
llegaba de Francia me traía nuevos juguetes. Pues bien, mi padre los ha
guardado todos. Esto, desde luego, no tiene ningún valor, pero da la casualidad
de que hoy los he prometido al hijo de un amigo, y por eso he venido a
pedírselos.
El
viejo esbozó una ligera sonrisa triste y dijo:
—¿Comprende, doctor? El chico encuentra muy natural llevarse, para
regalarlos a otra persona, unos objetos que me recuerdan su infancia y a su
pobre madre…
—No te
pongas ahora sentimental —cortó el muchacho—. Bueno, ¿qué? ¿Dices que no?
—Llévate lo que quieras —suspiró el viejo con resignación.
—He
venido en el coche de un amigo. Verás como me doy prisa.
Y, sin
el más leve remordimiento, se lanzó escaleras arriba en dirección al desván.
—Es un
buen chico —suspiró el padre—, pero muy impulsivo y con el corazón en la mano.
Como se lo prometió a un amigo…
—¿Y si
fuéramos a ver? —dijo el doctor.
—¿A
ver qué?
—Los
juguetes que se lleva.
—¡Si
se empeña usted en ello…!
Momentos más tarde hallaron a Claude en el desván buscando en medio del
polvo. Desde luego, saltaba a la vista que el señor Marbe había sido generoso
con los juguetes de su hijo. Mezclados con objetos procedentes de todos los
países tropicales (hasta había allí un enorme cocodrilo disecado), se veían
varios caballos de madera de distintos tamaños, un triciclo, soldados de plomo…
—¿Te
lo llevas todo? —preguntó el padre mirando hacia otro lugar.
Y en
aquel preciso momento el Doctorcito estuvo a punto de dejarse ganar por la
emoción. ¡Qué curioso! Pero le pareció como si el muchacho dudara y sus ojos
buscaron la mirada de su padre. ¿Qué habría entre ellos dos? ¿Y por qué motivo
Marbe se obstinaba en mirar hacia el lado opuesto de la habitación?
—¡Sí,
todo!
—Como
quieras…
Claude
estaba recogiendo basta las cosas más insignificantes y pequeños objetos sin
ningún valor, pero, a pesar de ello, no parecía satisfecho. Daba la impresión
de estar buscando algo que no encontraba; su frente se arrugaba y de vez en
cuando dirigía a su padre una mirada de desconfianza.
—¿Todavía no tienes bastante? —Trató de bromear el señor Marbe—. ¿Crees
que el hijo de tu amigo, como dices, no podrá jugar con todo eso?
—Estoy
buscando algo…
El
muchacho vaciló, y el Doctorcito se dio cuenta de que habían llegado al punto
sensible.
—¿Qué
es lo que buscas?
—Una
trompeta de madera. Probablemente ya no te acordarás de ella; era una trompeta
que tenía unas rayas azules y rojas y una borla de seda encarnada.
—No
recuerdo.
—Es
curioso.
—¿Por
qué dices eso?
—Porque me parecía haberla visto otras veces por aquí.
—¿Crees verdaderamente que el hijo de tu amigo necesita esa trompeta?
—No,
no es por eso. Pero me acuerdo de ello porque era mi juguete preferido y me
hubiera gustado encontrarla.
—¡Búscala!
La
mirada que el señor Marbe dirigió al Doctorcito parecía decir:
—¡Así
son los hijos! Uno se sacrifica por ellos y un buen día casi le insultan. Y por
fin se llevan todos los recuerdos de su infancia para darlos a un desconocido,
sin tener en cuenta que pueden herirnos…
Esta
observación hubiera llegado a emocionar a Dollent si en aquel preciso instante
no hubiera notado algo anormal. ¿Qué era? No podía precisarlo, pero tuvo la
impresión de que las palabras que se cruzaban entre padre e hijo tenían todas
un doble sentido. Y las situaciones, incluso cómicas, que se estaban creando
escondían un drama, del cual no poseía Dollent el secreto.
—¿La
has encontrado?
—¡No!
Y el
muchacho lanzó a su padre una dura mirada.
—¿Quieres registrar la casa entera?
Claude
no contestó ni si ni no, pero, por una trompeta de madera, que debería valer
cuatro o cinco francos como máximo, parecía dispuesto a revolver las
colecciones exóticas que el viejo administrador colonial había ido recogiendo
durante toda su vida.
La
nota casi cómica la dio Eloísa. Llegó al desván toda sofocada por el esfuerzo
de subir las escaleras, y de su manera de mirar el Doctorcito sacó la
conclusión de que acababa de beberse un buen trago.
—¿Qué
es lo que están haciendo aquí? —preguntó con sorpresa.
—Claude se lleva todos sus viejos juguetes para regalárselos a un amigo.
—¡Vaya
un fresco!
—Se ha
empeñado en no dejar ninguno.
—Pues
que coja todo lo que hay en la casa y así podremos luego limpiarla un poco.
¿Qué estás buscando, Claude?
—Una
trompeta de madera.
—¿Una
trompeta que tiene rayas azules y rojas y una borla también roja?
—¿La
ha visto usted…?
—Claro; está en el armario ropero de tu padre; allí la vi el otro día.
Me extrañó que guardara aquella porquería junto a su ropa limpia.
El
señor Marbe permaneció impasible, pero su rostro se puso más pálido que de
costumbre y unas gotas de sudor aparecieron en su frente.
—¿Es
verdad? —preguntó el muchacho mirando a su padre.
—Puesto que tu tía lo dice… Yo no lo sé. Es posible que hayamos guardado
allí por casualidad esa trompeta. Pero ya empezáis a cansarme con estas
historias de juguetes. Cualquiera diría que no tengo otras preocupaciones más
importantes.
Por
una vez el señor Marbe se alteró, y su cólera, o mejor dicho, su rabia, fue
creciendo.
—Lo
que no puedo comprender es que escojáis precisamente el momento en que tengo un
amigo en casa para fastidiarme con estas estupideces de juguetes. No sé si no
sería preferible…
—¿Dónde está el armario, tía? —preguntó Claude tranquilamente.
—En su
habitación.
Sin
preocuparse en lo más mínimo del disgusto de su padre, el muchacho se dirigió
hacia el piso inferior. El señor Marbe le siguió, el Doctorcito hizo otro
tanto, y, naturalmente, Eloísa cerraba la marcha.
—Siempre que la veía me preguntaba qué es lo que hacia allí aquella
trompeta —murmuró ella mientras bajaban.
La
puerta de la habitación estaba abierta y el señor Marbe señaló el armario.
—Anda,
busca. Y llévatela si la encuentras.
Y
mientras decía aquello tenía una sonrisa triste, como si acabasen de herirle en
sus sentimientos más queridos.
Claude
había ido ya demasiado lejos para desistir, y metía la mano por entre los
trajes y las pilas, de ropa. Al momento se produjo la escena que hubiera debido
proporcionar el instante más cómico; fue cuando el muchacho, en medio de una
situación muy violenta, enarboló de pronto un objeto cuya desproporción con el
ambiente que le rodeaba era demasiado exagerada; se trataba de una trompeta de
madera, como las que venden en cualquier bazar, pintada con tanta ingenuidad,
que el Doctorcito estuvo a punto de soltar la carcajada. No obstante, y
haciendo un gran esfuerzo, se contuvo; miró entonces al viejo Marbe y vio que
por sus mejillas corrían dos gruesas lágrimas.
—Reina
un tal desorden en esta casa… —balbució el viejo con voz conmovida y volviendo
la cabeza hacia el otro lado.
III
—No
haga caso de mi emoción, doctor. Si fuera usted padre me comprendería… Y le
advierto que no estoy enfadado con el muchacho.
El
viejo Marbe y el doctor se hallaban en la pérgola, mientras Claude amontonaba
apresuradamente los juguetes en el coche.
—Esta
noche estaremos de guardia y entonces…
—Si es
que he vuelto —rectifico el Doctorcito.
—¿Cómo? ¿Se marcha usted?
—Tengo
que hacer en Niza. No se preocupe por mí.
—Pero
¿y si viene el individuo?
Dollent se contuvo para no decirle:
«No
tema, que esta noche no vendrá».
Pero
no lo dijo, porque la experiencia le había enseñado a no mostrar demasiado
aplomo en sus afirmaciones.
Claude
vino hacia ellos.
—Espero, papá, que no lo habrás tomado a mal. Lo había prometido,
¿sabes? Te pido perdón si te he disgustado, y creo que admitirás que los
juguetes no hacían nada en esta casa; en cambio, estarán más en su sitio en
otra donde haya un niño que juegue con ellos.
—Sí
—asintió el padre con un movimiento de cabeza.
—Hasta
pronto, papá; y adiós, doctor. Diviértase mucho en casa de mi padre. Adiós,
tía.
¿Estaría el muchacho arrepentido de haber insistido tanto? Su actitud
era más agradable que hacía un rato, y daba la impresión de que había intentado
descargarse de una inquietud.
—¡Vamos, papá! ¡Una sonrisa, y no hablemos más de ello…!
A
pesar del esfuerzo que hizo, la sonrisa del señor Marbe fue amarga.
—Me
marcho, mis amigos me esperan…
—Me
marcho también —dijo el doctor—, y no se inquiete por mí, señor Marbe.
—Pero…
Demasiado tarde. Aún no había andado unos doscientos metros el coche del
muchacho en dirección a Juan-les-Pins, cuando el Doctorcito ponía ya en marcha
el motor de Ferblantine. Si en aquel momento le hubieses preguntado adónde se
dirigía tan de prisa, habría contestado sin temor al ridículo:
—¡Voy
detrás de la trompeta!
Y
parecía, en efecto, que este instrumento tenía su importancia, puesto que, poco
antes de llegar a Antibes, Claude miró hacia atrás. ¿Se daría cuenta de que el
doctor le seguía? El caso es que aceleró su coche; en lugar de seguir por la
carretera de Niza, torció a la izquierda, luego a la derecha, torció nuevamente
por una calle que cruzaba, hizo marcha atrás y metió el coche por un estrecho
pasaje.
Cuando, minutos más tarde, llegó el doctor a la entrada de dicho pasaje,
el coche había desaparecido. En vista de ello no insistió en la búsqueda; se
detuvo, y entró en un bar para telefonear al señor Marbe, confiando en que
tendría teléfono. Por fortuna lo tenía.
—¡Oiga! ¡Aquí el doctor Dollent! ¿Tiene usted la bondad de darme la
dirección de su hijo en Niza? ¿Cómo dice? ¡No! ¡No ha ocurrido nada! ¡Sí!
Seguramente volveré. ¿Cómo dice…? ¿Hotel Albión…? Muchas gracias.
—No,
señor. El señor Claude no ha vuelto, y no suele hacerlo nunca hasta las doce de
la noche o más.
—Muchas gracias.
El
Doctorcito se sentía ya presa de la fiebre de los descubrimientos, lo cual le
ocurría cada vez que concebía alguna idea. La de ahora era más bien
disparatada, pero se aferraba a ella precisamente porque parecía inverosímil.
—Dígame, camarero. ¿Sabe usted cuál es el oficio que sólo deja libres
los miércoles y sábados por la noche?
—¿Cómo
dice?
—Le
pregunto si puede decirme cuál es el empleo que solamente deja libres…
—¿Cómo
quiere usted que le conteste a esa pregunta? Antes los días de permiso eran
fijos; había el día de los peluqueros, el de los carniceros, el de los
salchicheros… Pero hoy, con todas estas leyes sociales, es mucho más
complicado, y en la mayoría de los oficios se trabaja por turnos. Y aquí en
Niza, con el asunto de los casinos, ya nadie se entiende.
A
pesar de ello, pensó el doctor, tenía que averiguarlo, y era preciso hallar la
solución rápidamente.
—¡Oiga, camarero! —insistió Dollent.
—¿Qué
desea? —contestó éste con cierta desconfianza.
—¿Quién es el encargado de controlar los turnos, como usted dice?
—¡Toma, el inspector de Trabajo!
—¡Muchas gracias!
Diez
minutos más tarde, dicho funcionario escuchaba asombrado el relato que le hacía
el Doctorcito.
—Compréndame usted, señor inspector. Mi pregunta es muy delicada. Se
trata de alguien que solamente tiene dos noches libres por semana, la del
miércoles y la del sábado; por consiguiente, es de suponer que este hombre
trabaja hasta una hora bastante avanzada de la noche. Yo desconozco por
completo los reglamentos y la manera de formar los equipos de turno, pero me ha
asegurado que todo esto lo controlaba usted. ¿Cuáles son las profesiones que
trabajan de noche en una región donde no hay fábricas? ¿Los «croupiers», los
camareros del casino, los panaderos, los…?
—Además de la compañía de aguas, hay un servicio de permanencia en las
del gas y electricidad…
—¡Dos
noches por semana, señor inspector! Esto es lo que debe orientarnos. ¿Me
permite rogarle que consulte sus archivos?
El
Doctorcito estaba crispado, como siempre en estos casos, y parecía un
polichinela recién salido de la caja.
—Dos
noches… —murmuraba a regañadientes el inspector—. Esto es precisamente lo que
me intriga. Si se tratara de una sola ya lo hubiera acertado. Pero, espere… En
ciertas casas el trabajo de día alterna con el de noche; pero, claro, en estos
casos es durante una semana sí y otra no. Quizás…
—¡Diga
usted!
—Pues,
quizás el Casino de la Escollera. Pero allí todos son «barmen». Ahora que
recuerdo, se ponen de acuerdo entre ellos para tener cada uno dos noches libres
por semana y, durante esos días, para compensar, sirven el aperitivo de la
mañana.
—Gracias… Muchas gracias.
Cuando
el inspector se dio cuenta de lo que ocurría, el Doctorcito ya había salido del
despacho, y el pobre hombre se dijo que sin duda alguna se trataría de algún
chiflado.
Dollent llegó al Casino de la Escollera, pagó la entrada y se precipitó
hacia el bar de la primera sala de juego. ¡Beber! ¡Siempre beber! ¡Qué oficio
el de detective! Seguramente los inspectores tendrían una asignación especial
para bebidas…
—Un
coctel.
—¿Martini, rosa?
—Como
quiera, póngame un rosa.
Lo
bebió de un tirón y pidió otro para inspirar confianza al «barman».
—Dígame. ¿Son ustedes muchos aquí?
—¿«Barmen»? Una docena.
—Es
que busco a un compañero suyo que me ha citado aquí, y ahora no recuerdo su
nombre. Lo único que sé de él es que está libre esta noche. Le toca los
miércoles y sábados…
—¿Uno
alto y bizco?
—¿Cómo
se llama?
—Patris.
—¿Y
dónde vive?
—No lo
sé, pero espere, que se lo voy a preguntar al jefe. Si no es este que le digo,
sólo puede ser Pierrot-des-Iles.
—¿Me
quiere dar también su dirección? Mientras tanto, póngame otro coctel.
¡Tres
cócteles! Pero, a cambio de ellos, dos direcciones, una de las cuales parecía
tener que ser la buena: Pierrot-des-Iles vivía en el Hotel Albión, situado en
una callejuela que desembocaba en el Paseo de los Ingleses.
—Es un
muchacho de media edad, ¿verdad?
—Más
bien maduro. Pierrot debe de tener cerca de los cincuenta, pero ha corrido
tanto por esos mundos… También ha estado en las islas del Pacífico, y por eso
le llaman Pierrot-des-Iles. Pero también ha estado en otra de la que no le
gusta hablar: la isla del Diablo, en la Guayana. Si es a él a quien busca lo
hallará a eso de las ocho en un pequeño restaurante que hace esquina a…
El
Doctorcito ya había desaparecido, dejando un billete encima del mostrador.
«¡Vaya
amigos que tiene Pierrot!», pensó el «barman»…
IV
—¿Puede
decirme si ha vuelto el señor Claude Marbe? El Albión era un hotel de segundo
orden, bastante nuevo, y su clientela se componía, principalmente, de empleados
de casino, bailarines profesionales y alguna que otra mujercita.
—Hace
una media hora que ha subido, y por cierto que llevaba varios paquetes. Pero no
sé si habrá vuelto a salir. ¡Oiga! ¡El 57! ¡Oiga! ¿Cómo dice, señorita? ¿Que no
contesta? Gracias.
El
conserje gruñó entre dientes:
—Y, si
embargo, no le he visto salir.
—¿Puede decirme cuál es la habitación de Pierrot-des-Iles?
—El
32. ¿Quiere que le avise su llegada?
—No es
necesario, gracias. Me está esperando…
El
Doctorcito se lanzó escaleras arriba, y, al llegar ante el número 32, oyó la
voz de alguien que hablaba fuerte; pero, como no consiguió distinguir lo que
decía, prefirió llamar francamente a la puerta. Ésta se entreabrió, y un
hombre, al que el doctor no conocía, le examinó y dijo:
—¿Qué
quiere?
Por la
abertura de la puerta, Dollent entrevió la silueta de Claude. Éste le reconoció
y dijo con sorpresa:
—Déjalo entrar.
Luego,
desconfiando, añadió:
—¿Qué
ha venido usted a hacer aquí?
¡Uf!
¡Lo más difícil ya había pasado! Ahora ya se encontraba dentro, y desde el
momento en que los dos hombres se hallaban en la habitación, estaba seguro de
no haberse equivocado. Pero, en realidad, ¿qué era lo que sabía? Bien poca
cosa, por no decir casi nada.
De lo
único que estaba seguro, era de que, desde hacía tres meses, Pierrot-des-Iles
buscaba una trompeta en casa del señor Marbe sin haber podido dar con ella.
También sabía que, desesperado de no hallarla, se había dirigido a Claude
ofreciéndole, sin duda alguna, una cantidad importante si la encontraba. Sabía
que dicha trompeta había pasado por Tahití, que el señor Marbe había vivido
allí, y también que Pierrot-des-Iles se encontraba en aquella isla antes de
que…
La
habitación del tal Pierrot era de lo más vulgar. Los juguetes traídos por
Claude se hallaban en un rincón, amontonados de cualquier manera, y la trompeta
estaba encima de la cama.
—Espero que me dé una explicación —dijo Pierrot bruscamente.
—Pues,
verá. He venido para avisarle de que es preferible que esta noche no vaya a la
casa del señor Marbe. Claro está que, puesto que ya tiene la trompeta,
seguramente no pensará en volver por allí…
Pierrot lo examinó con ojos inquisidores. Parecía un hombre al que ya
nada sorprendía y difícilmente impresionable.
—¡Oye,
Claude! —gruñó enfurecido—. ¿Eres tú el que ha metido a este tipo entre
nuestras piernas?
—Te
juro que le despisté en Antibes. Y no sé cómo habrá podido llegar hasta aquí.
—Ya se
lo explicaré, hijitos —dijo el doctor con desenfado—. Usted, Pierrot, está
furioso, ¿verdad? La trompeta no le ha dado lo que buscaba…
—¿No
será usted de la policía?
—¿Yo?
¡Eso nunca! Soy médico. Y lo que busco en este momento es saber por qué motivo
el señor Marbe, hombre apacible y asustadizo, quiere a toda costa matar a su
visitante nocturno, el cual, por cierto, no le ha hecho nunca ningún daño y no
le ha robado nunca nada…
Los
dos hombres quedaron boquiabiertos, pero el más sorprendido fue Claude, que
miró a su compañero esperando una explicación.
—¿Dice
usted —preguntó Pierrot— que quería matar al visitante nocturno?
—Verá.
Se ha estado entrenando durante tiempo al tiro de revólver en la obscuridad.
Luego, y temiendo quizás verse acusado de asesinato, se aseguró de mi
testimonio. ¿Comprende? Yo le hubiera servido de mucho, pues hubiera tenido que
reconocer que el señor Marbe había disparado en legitima defensa…
—¡El
muy sinvergüenza!
—De
acuerdo con el calificativo. Pero, dígame: y la trompeta…
—Usted, doctor, me parece que sabe mucho y no sabe nada, ¿verdad? ¿Tengo
o no razón? Ya comprenderá que, con lo que he rodado por esos mundos de Dios,
conozco un poco el paño, y usted no me dejará tranquilo hasta que sepa la
verdad. Ahora bien, yo no tolero que nadie husmee en mis asuntos. En cuanto a
Claude, todavía sabe menos que usted, y me limité a ofrecerle diez billetes de
mil si me traía todos los juguetes que se hallaban en casa de su padre,
incluyendo una trompeta de madera…
Pierrot-des-Iles alzó los hombros.
—¡Pero
he llegado tarde! De todas formas, será preciso que ese sinvergüenza suelte lo
que debe, de lo contrario… Es demasiado fácil aprovecharse del trabajo de los
demás, sobre todo cuando éstos han pagado con varios años de presidio, y luego
adoptar aires de persona decente…
»Mire,
doctor, puesto que, según parece, es usted médico, estoy asqueado. Sí, señor,
¡asqueado! Y si el Marbe ese estuviera aquí… Perdona, Claude, pero es que la
jugarreta que me ha hecho el sinvergüenza de tu padre…
»Ya no
me importa que lo sepan ustedes. La cosa ocurrió en Tahití. Allí hacía yo de
todo un poco, y una de mis ocupaciones consistía en esperar a los pasajeros de
los barcos. Tenía una lancha motora y en ella llevaba a los aficionados a la
pesca de tiburones. Un día embarqué a un yanqui y, cuando nos encontrábamos
fuera de puerto, sacó, sin saber yo por qué, su billetero y lo abrió. ¿Qué cree
usted que vi? Pues cuatro billetes de diez mil dólares cada uno…
»Los
americanos, ¿sabe usted?, son inmensamente ricos y tiran los billetes de
cualquier manera: de diez, de veinte, de cincuenta, de cien, de mil dólares…
Eso no tiene para ellos ninguna importancia. Y, cuando se les terminan, no
tienen más que pedir otros al banco…
»El
tipo que yo llevaba me contó que estaba dando la vuelta al mundo y que los
billetes grandes eran más prácticos.
»En
resumen…».
Hubo
una pequeña pausa y tanto al doctor como a Claude se les cortó la respiración.
—En
pocas, palabras: se lo llevó un tiburón… Ahora, ya no tiene importancia, puesto
que me costó bastante caro. Quince años, ya que aquellos señores de la policía
no creyeron en la historia del tiburón.
»Pero
por lo que se refiere a los billetes…
»Yo
iba algunas veces a casa de Marbe; era una buena persona y, además, tenía un
chiquillo precioso. Me encontraba precisamente en su casa, cuando supe que iban
en mi busca por lo del yanqui. Yo llevaba los billetes en el bolsillo y no iba
a ser tan tonto como para que me los cogieran. Por eso cogí la trompeta de
madera que rodaba por el suelo y metí dentro los billetes, bien doblados…
»Imagínese que al cambio de hoy aquello valdría cerca del millón y medio
de francos.
»Tuve
que pasar quince años en presidio, y, como siempre ocurre en estos casos, salí
sin una gorda. Como es natural, me dije enseguida:
»—Tengo que encontrar a Marbe. Es preciso que recupere la trompeta.
»Y
hace tres meses me enteré de que se había hecho una casa en Golfo Juan y de que
todavía conservaba una infinidad de objetos acumulados durante toda su vida.
»Me
coloqué en el casino y dos veces por semana iba a registrar la casa».
—¡Ya
sé! —cortó el Doctorcito—. No ha conseguido encontrar usted la trompeta.
—Entonces encargué a su hijo…
—¡También lo sé!
—Pero
el muy sinvergüenza ya se había dado cuenta.
—Puedo
incluso decirle en qué fecha. Ocurrió cuando hacía dos años que había regresado
definitivamente a Francia y vivía en Sancerre con su hermana. Un día encontró
los billetes en la trompeta. ¿Adivinarla que se trataba de su dinero?
—¡Claro! Pues menudo revuelo armó por aquel entonces la policía buscando
los famosos billetes. Además, unos billetes así no se pueden confundir… Pero
como él sabía que yo estaba en presidio se aprovechó. Se hizo una casa y
probablemente habrá colocado el resto repartido en varios bancos. Luego, cuando
se enteró por los periódicos de que me habían soltado, le entró el miedo, y al
empezar los ruidos por la noche… Le diré que en el fondo he sido un tonto, por
haber creído que él no habría hallado el escondite. Me imaginaba que un
administrador colonial retirado podría pagarse una casa como la que tiene…
»Como
comprenderá, no me era posible presentarme a la policía y decir:
»—Vengo a reclamar el dinero que robé al americano y que está escondido
dentro de una trompeta en casa del señor Marbe.
»Y
esto lo sabe el muy sinvergüenza.
»Pero,
además, tiene miedo de verme…
Muy
señor mío:
Dando
por terminada mi investigación y por resuelto el problema que tuvo la
amabilidad de someter a mi juicio, y lamentando, por otra parte, no poder
despedirme personalmente de usted, así como de su señora hermana, le ruego…
Doctor Dollent
¿Para
qué volver allá? Para coger el señor Marbe por las solapas y gritarle:
»¡Usted sabía perfectamente quién era el visitante nocturno y no tenía
ningún miedo de los Tu-Papau! Pero no se atrevía a enfrentarse solo con él ni a
matarlo usted solo. Tenía demasiado miedo al hecho en si y a sus
responsabilidades…
»Entonces, como era su propio hijo el que avisaba —de manera bien
inocente, por cierto— al visitante de la presencia de la policía, pensó usted
en recurrir a un aficionado…
»Un
cándido aficionado, debió decirle su amigo el fiscal de Nevers. Un aficionado
que se hallará presente para poder afirmar que usted disparó en legítima
defensa.
»¡Me
da usted asco, señor Marbe!
»Se ha
aprovechado del dinero de un crimen y lo mejor que puede hacer, es…».
Habían
pasado ya ocho días sin que el Doctorcito recibiera ninguna noticia de Marbe.
En cambio, llegó una postal con estas palabras:
Todo va
bien. Le haré soltar los cuartos.
Pierrot
Y
luego, seis meses más tarde:
Hemos
llegado a un acuerdo. Me caso con Eloísa y nos repartimos la casa y los
cuartos.
Pierrot
Ésta
fue la primera aventura del Doctorcito como detective privado.

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