© Libro N° 9420. La Señorita Del Vestido Azul Pálido. Simenon, George. Emancipación. Diciembre
25 de 2021.
Título original: © La Señorita Del Vestido Azul Pálido. George
Simenon
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Original: © La Señorita Del Vestido Azul Pálido. George Simenon
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Miranda
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LA SEÑORITA DEL VESTIDO
AZUL PÁLIDO
George Simenon
La Señorita Del Vestido Azul Pálido
George Simenon
George Simenon
(Lieja, Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)
La Señorita Del Vestido Azul Pálido (1939)
(“La demoiselle en bleu pâle”)
Originalmente publicado en Police-Roman
(n° 79, 24 de noviembre de 1939);
Le Petit Docteur
(París: Éditions Gallimard, 1943, 589 págs.)
I
Más adelante,
es verdad, el Doctorcito había de buscar, con verdadera pasión de
coleccionista, todas las ocasiones de resolver enigmas, o más exactamente, la
oportunidad de poner en práctica el curioso don que había descubierto en si de
desentrañar la pura verdad en las historias de apariencia más complicada.
Pero todavía no había llegado a este
extremo. Hacía escasamente un mes que sus excepcionales cualidades se habían
manifestado con ocasión del crimen de la Casa Baja, y desde entonces el doctor
se contentaba con prodigar sus cuidados a la clientela lugareña.
El verano avanzaba, radiante y caluroso.
Aquel domingo era todavía más radiante que un día cualquiera de la semana, y se
adivinaba en la atmósfera una cercana tormenta; el Doctorcito, aprovechando el
día de fiesta, se había trasladado con su cochecito hasta Royan.
Pero no habían transcurrido todavía quince
minutos desde su llegada y ya estaba enamorado.
Conviene advertir que esto solía ocurrirle
por lo menos una vez al mes, y a menudo hasta dos, pero en la mayoría de las
ocasiones el objeto de su pasión ni tan siquiera se enteraba. ¿Sería que a los
treinta años conservaba todavía el alma tierna de un chiquillo? ¿O era, aunque
inconscientemente, tímido y a ello se debía que todavía estuviera soltero?
Esta vez se había enamorado de una
jovencita, y precisamente las jóvenes más cándidas, más como es debido, tenían
el poder de azorarle hasta hacerle enrojecer despertando en él sentimientos
poéticos.
La playa de Royan, a las cuatro de la
tarde, estaba literalmente cubierta de cuerpos bronceados, de «shorts», de
trajes de baño y de albornoces multicolores. En el templete situado en los
jardines del casino, la orquesta tocaba música ligera, y las familias tomaban
naranjada sentadas alrededor de los veladores de mimbre.
Maquinalmente, buscando una sombra, Jean
Dollent, a quien todo el mundo designaba con el nombre de «el Doctorcito», se
había dirigido hacia el interior del casino, donde unas treinta personas se
agitaban alrededor del tapete verde.
—Hagan juego, señores… ¡No va más! ¡El
siete!…
El «croupier» seguía anunciando con su voz
monótona:
—¡Hagan juego, señores!
Alrededor de la mesa de juego casi todas
eran muchachas jóvenes cuyos padres tomaban refrescos sentados en el jardín, y
algunas viejas estrambóticas. Los hombres se hallaban más bien en la sala de
ruleta o del «chemin de fer».
—Hagan juego… ¡Otra vez el siete!
En el preciso instante en que el
Doctorcito buscaba algún dinero en su bolsillo, vio a la joven del vestido azul
pálido, y a partir de aquel momento se puede decir que no le quitó ojo. No se
trataba de una muchacha más: era la chica ideal, en toda la extensión de la
palabra; fresca como una flor recién cogida, con una gracia todavía imprecisa,
una piel clara y aterciopelada y unos enormes ojos de gacela. Sí, una verdadera
gacela, pensó el Doctorcito.
Era tanta su admiración por la joven, que
se olvidó de jugar y el número siete salió por tercera vez. Con aire distraído
la muchacha recogió las fichas que la paleta del «croupier» empujó hacia ella.
¿Qué estaría pensando para jugar de aquel
modo, con tan poco interés que parecía estar ausente? ¿Estarían también sus
padres sentados alrededor del templete de la música? Ninguna de las jóvenes
allí presentes le dirigía la palabra.
La muchacha permanecía de pie, sola entre
toda aquella gente; cogía una ficha y la lanzaba sobre el tapete. Luego miraba
hacia otro sitio, y varias veces le pareció a Dollent como si pasara una
angustia por su mirada, al igual que de vez en cuando la amenaza de tormenta
aparecía también sobre el fondo del cielo.
¿No volvería a verla más? ¡Mala suerte!
Pero esto no le impedía sentirse en aquel preciso instante verdaderamente
enamorado ni preocuparse únicamente de ella; sabía que después, durante días y
días, estaría pensando en la jovencita mientras asistía a sus enfermos de
Marsilly.
—¡El cinco!…
Ella había jugado también a este número;
verdaderamente, la suerte la acompañaba. En la apuesta siguiente ganó con el
cuatro, y ahora, entre las fichas blancas de cinco francos que tenía en la
mano, se veía alguna roja de veinte e incluso una chapa de cien.
¡Sería verdaderamente interesante
averiguar quién era! ¿Hija de algún potentado? ¿Muchacha de provincia? ¿Una
parisiense? Si permanecía todavía algún tiempo en Royan quizás el Doctorcito
volvería, y entonces…
Desde luego la muchacha se estaba
aburriendo; esto saltaba a la vista. Cuando una persona se divierte no juega
con semejante desinterés. Una señora gruesa, de cierta edad, que se hallaba
sentada al otro lado de la mesa y frente a la joven, le lanzaba miradas
enfurecidas cada vez que ganaba. Parecía decir:
—¡Todo lo gana esa chiquilla!
Naturalmente, la señora gruesa perdía;
jugaba con verdadera pasión, contaba y recontaba los billetes de cien francos
que tenía delante, y además anotaba todas las jugadas al igual que lo haría un
jugador empedernido que siguiera un plan de juego previamente estudiado.
De pronto, el estallido de un fuerte
trueno retumbo en la sala; fue un ruido ensordecedor, como si el rayo hubiera
caído precisamente encima del casino, y seguidamente empezó el chaparrón. Los
músicos, cobijados bajo el templete, siguieron tocando, pero la gente se
dispersó en todas direcciones. Momentos más tarde, la sala de juego se había
llenado por completo; todo el mundo empujaba, apretujándose para poder
colocarse al abrigo de la lluvia, y los «croupiers» hacían esfuerzos
sobrehumanos para mantener el orden alrededor de las dos mesas.
—Hagan juego, señores. El nueve…
Y el Doctorcito tuvo que ponerse de
puntillas para no perder de vista a su nuevo ídolo. A pesar de todo aquel
alboroto, la joven seguía imperturbable.
Alguien le empujó, y Dollent se volvió
bruscamente para interpelar al causante de aquel atropello, pero no lo hizo; en
lugar de ello pidió perdón, pues se hallaba ante una señora de pelo blanco; por
cierto que la señora en cuestión iba pintada como una mona, al igual que suelen
hacerlo ciertas viejas para hacerse todavía una última ilusión de juventud.
—Perdone —dijo el Doctorcito.
La señora no contestó pero inclinó la
cabeza con una ligera sonrisa en los labios. Este pequeño incidente tuvo, sin
embargo, importancia para él, pues en aquel preciso instante la joven del
vestido azul pálido dirigió su mirada hacia donde se hallaba el doctor, y si no
hubiera sido por la vieja del empujón sus ojos se habrían encontrado.
—Hagan juego… No va más…
Así como momentos antes había empezado a
llover, ahora el cielo se despejaba; fuera reinaba un gran silencio, solamente
interrumpido por el suave gotear de los árboles, y la gente se volcó nuevamente
en el jardín; alrededor de la mesa de juego no quedaron más que unas veinte
personas.
Fue entonces cuando se produjo el
extraordinario acontecimiento. Exactamente quince minutos después de terminada
la lluvia. Más tarde, el Doctorcito se reprocharía no haber seguido con más atención
el juego de la joven. ¿Ganaba? ¿Perdía? Al fin y al cabo, ¿qué importancia
podía tener, puesto que se trataba de cantidades insignificantes? De todas
formas, la muchacha había ganado dos veces con el número cuatro, luego…
La muchacha cambió de sitio, y por un
momento el doctor tuvo miedo de que se fuera. Estaba dispuesto a seguirla a
cualquier parte por el solo placer de contemplarla, y lo único que temía era
que al salir del casino se dirigiera hacia algún hombre y le dijera con toda
naturalidad:
—Vamos, querido…
Pero no salió, y se limitó a dar la vuelta
a la mesa de juego. Ahora se hallaba detrás de la señora gruesa que jugaba con
pasión, la cual acababa de sacar de su bolso un buen fajo de billetes.
Jean Dollent frunció el ceño. ¿Poseía
realmente un instinto especial? No podía asegurarlo, pero presintió que se
preparaba algo: la joven miraba a su alrededor con demasiada indiferencia. De
pronto…
El doctor enfureció de rabia. ¡No! ¡Eso no
se hace! ¡Sobre todo con tanta ingenuidad, con tanta torpeza, tan tontamente!
La señora antipática estaba sentada a la izquierda del «croupier», y seguía la
bola con su mirada ávida. ¡Era imposible que no se diera cuenta de que la mano
de la joven se escurría, tocándola casi, y cogía algunos billetes!
¡Le hubiera dado un par de bofetadas!
Cuando se es tan bonita, tan radiante, y se tiene una mirada tan cándida, no se
roba.
—Y de hacerlo, señorita, tenga por lo
menos un poco más de soltura.
El doctor tenía unas ganas locas de
soltarle estas palabras.
Y, naturalmente, el escándalo se produjo
en aquel preciso instante. La señora gruesa miró la mano de la joven llena de
billetes y lanzó un grito. Y el «croupier» no tuvo ni necesidad de moverse para
coger aquella mano culpable en flagrante delito. La gente, alrededor de la
mesa, exclamaba:
—¡Oh!… ¡Oh!…
El «croupier», sin soltar la mano, dijo a
su colega:
—Llame al inspector, por favor…
Pero lo más sorprendente del caso fue la
cara que puso la joven. ¿Se daba cuenta de lo que acababa de hacer? ¿Comprendía
al menos en qué situación se encontraba y que acababa de deshonrarse por tan
poca cosa?
Casi se hubiera podido decir que estaba
sonriendo. ¡Ni siquiera se había ruborizado! Sólo suspiraba, señalando su
muñeca con un movimiento de la barbilla:
—Me hace daño…
Entonces, sin darse cuenta de lo que hacía
ni de las posibles consecuencias que podía tener su gesto, el Doctorcito,
abriéndose paso a codazos, se dirigió hacia el «croupier» y el inspector que en
aquel momento llegaba.
—Señores, les ruego que me perdonen…
La gente le miró con sorpresa y esta vez
fue él quien enrojeció al darse cuenta de que se había convertido en el punto
de mira de todo el mundo.
—Todo lo que ocurre es culpa mía. Se trata
de una broma… Sí, señores, de una broma de mal gusto, lo reconozco.
Solamente disponía de unos segundos para
encontrar una explicación verosímil; pero ¿no era precisamente en estos casos
cuando se le ocurrían las mejores salidas? De momento todo el mundo estaba
pendiente de él, y aquello ya constituía un verdadero triunfo.
—Hace un rato yo estaba hablando con la
señorita, y me refería precisamente a esta señora. Yo le decía que parecía
atontada… Perdone la incorrección, señora… Y la señorita afirmaba, por el
contrario, que la señora parecía una persona observadora y con mucha sangre
fría… Entonces yo le dije: «Le apuesto lo que quiera a que le coge usted la
mitad de su dinero sin que se dé por enterada…».
La gente estaba sorprendida, intrigada,
sin saber si debían creerlo o no. Y el doctor, nervioso, cogió una tarjeta de
su cartera y la entregó al inspector diciendo:
—Soy el doctor Jean Dollent, de Marsilly…
Además, si quiere usted podemos ir a ver al director del establecimiento; me
conoce. Esta pobre señorita no ha hecho más que prestarse a un juego estúpido
al que casi la he obligado.
—Venga usted conmigo…
Los «croupiers» estaban satisfechos de que
terminara el pequeño incidente y de poder continuar la partida. ¿Cómo fue que
se olvidaron de la joven? El caso es que cuando llegaron a la puerta del
despacho del director se dieron cuenta de que ella se había quedado con los
jugadores como si el incidente no la hubiera afectado para nada.
—No se inquiete usted por ella, ya verá
como el director…
Dollent, en efecto, lo conocía por haber
cuidado a su hijo pequeño. Repitió su historia ante él embrollándose en sus
explicaciones, y cuando, momentos después, la señora gruesa entró en el
despacho mal repuesta todavía de su furor, el doctor le dirigió una exquisita
sonrisa al tiempo que le pedía mil perdones y se esforzaba en hacerle
comprender cuánto sentía haber ofendido a una dama tan distinguida…
Tenía prisa de acabar con aquello y su
único temor era el no encontrar a la joven. ¿No se habría aprovechado de la
confusión para desaparecer?
—Si usted me permite, señora, desearía
poder mandarle una caja de bombones en testimonio de mi mayor consideración y
respeto…
El director, contento de que todo acabara
bien, añadió:
—Le puedo asegurar, señora, que el doctor
Dollent es un perfecto caballero y que en este preciso momento se arrepiente
sinceramente de su chiquillada…
¡La joven, en efecto, había desaparecido!
—Era de esperar —murmuró el doctor entre
dientes.
¿Cómo encontrarla entre tanta gente que se
aglomeraba alegremente en la playa y en el casino? ¡Sí que la había hecho
buena!
La actitud del doctor parecía la de un
niño que se ha perdido de la niñera. Iba y venía en todas direcciones, buscando
con ansiedad, y echaba a correr cada vez que distinguía un vestido azul.
¡Ni rastro en el casino! ¡Nada en los
jardines! Y ya había transcurrido casi una hora desde el momento del incidente.
Tenía mucho calor y el cuello de su camisa empezaba a ablandarse de manera
alarmante. De pronto, allí en el paseo, frente al mar, y sentada tranquilamente
en un banco, divisó a la joven.
Hubiérase dicho que ésta no pensaba más
que en admirar la puesta de sol, y con la mayor naturalidad del mundo dirigía
su apacible mirada hacia el horizonte. Y en el banco de al lado, observando con
interés cómo desfilaba la gente, Dollent reconoció a la señora que le había
dado el empujón.
¡Qué más daba ya, aunque le diera un
desplante! Se precipitó hacia el banco de la joven, se sentó y dijo con cierta
timidez:
—Le ruego que perdone mi intervención en
el incidente del casino, pero me pareció inadmisible que una señorita como usted…
Ella le volvió la espalda y el doctor se
sonrojó.
—Ya sé que usted no había pedido ninguna
ayuda, y quizás me tome por una especie de don Quijote… Sin embargo, si yo no
hubiera intervenido, ahora se hallaría usted detenida, y sus padres…
La joven seguía dándole la espalda como si
se tratara de una muchacha que hace caso omiso de los avances de un
desconocido. ¡Ni siquiera se dignaba contestarle! Hubiérase dicho que el doctor
se dirigía al vacío.
—Le hago observar, señorita, que ni
siquiera le he preguntado su nombre, y que si he obrado de esta manera es por…
El doctor vio que uno de sus pies se movía
con impaciencia. Pero lo que realmente le atraía era el cuello de la joven; un
cuello de un modelado perfecto, que hacía sentir al doctor grandes deseos de
besarlo.
—No me negará usted que tenía derecho a
esperar, si no un acto de agradecimiento, por lo menos unas palabras de
atención. Al fin y al cabo he hecho el ridículo por usted, y si mis clientes de
Marsilly se enterasen…
Tuvo la impresión de que la joven sonreía.
Pero como solamente la veía de espaldas no pudo precisarlo.
El doctor estaba furioso. Nunca se había
puesto tan en ridículo como esta vez, y todo parecía indicar que aún se pondría
más en evidencia. La señora del empujón, que se hallaba sentada en el banco de
al lado, se acercó a ellos.
«Sin duda, alguna vieja inglesa», se dijo
el doctor al tiempo que miraba su pequeña silueta nerviosa.
La señora se paró delante de la joven y dijo:
—Recuerde, Lina, que no me gusta que
dirija usted la palabra a los desconocidos. ¡Vámonos! —Y acto seguido lanzó al
doctor una mirada de desprecio.
La joven —que por lo visto se llamaba
Lina— se levantó, encogiéndose de hombros, y se alejó acompañada del dragón
empolvado.
¿Será la madre? ¿La tía? Más bien una
institutriz, decidió el doctor. Una de esas señoritas de compañía que suelen ir
con las muchachas jóvenes cuando los padres no pueden acompañarlas.
¿Y dónde estaría aquella señorita cuando
ocurrió el incidente? Dollent no recordaba haberla visto en aquel momento, pero
también era verdad que entonces el doctor se hallaba demasiado ocupado con la
joven y la otra vieja, la gruesa señora víctima del robo.
«¡Lo que es esta vez —pensó el doctor— la
lección ha sido de primera! Si después de lo ocurrido todavía me quedan ganas
de meterme donde no me importa…».
La joven y su institutriz se alejaron por
el paseo. Dollent decidió seguirlas, pasara lo que pasara. Verdaderamente se
sentía demasiado humillado.
Pero, en el momento de levantarse, algo
que había en el suelo llamó su atención. Miró, y en la arena del suelo vio que
el pie de la joven había escrito una palabra, una sola:
«¡Imbécil!».
—¡Oiga!… ¿Es Marsilly?… ¡Oiga! ¿Es usted,
Ana? Aquí el señorito. La llamo para decirle que no cenaré en casa. No… Quizás
tampoco vaya a dormir. ¿Cómo dice?… ¿Qué no ha dicho nada? ¿Cómo que no? ¡Lo he
oído bien! Y ya le diré cuatro cosas cuando regrese… Le hablo en serio,
¿comprende? Ya empieza a cansarme con sus insinuaciones… ¡Oiga! Si mañana no
estuviera de vuelta… ¡Sí, señora, perfectamente, pudiera ser que mañana tampoco
estuviera de vuelta!…, entonces telefonea usted al doctor Magué, le da una
excusa cualquiera y le pide que atienda a mis clientes durante mi ausencia.
Esta vez le toca a él… Si le pregunta algo, le dice que he tenido que
ausentarme por una cuestión de familia… ¡No! No es preciso decirle que me
encuentro en Royan…
Cuando terminó de hablar con Ana eran las
ocho de la noche. Se encontraba en el Hotel Metropol, un hotel confortable, sin
pretensiones de «palace», pero cuya clientela estaba formada por familias de
buena posición. Desde el «hall» se dominaba el vasto comedor; sobre cada mesa
había una pequeña lámpara con una pantalla de seda color rosa salmón, y en una
de dichas mesas estaban sentadas Lina y su institutriz.
—¿Puede usted darme una habitación?
—Con vista al mar, no, señor —contestó el
conserje—. Todo está tomado. Pero ya le encontraremos algo… ¿Cena usted en el
hotel?
¡Naturalmente que iba a cenar allí! ¡Y en
la mesa más próxima a la de las dos mujeres!
¡Esta decisión no la había tomado por
estar enamorado! Quizás en el fondo lo estuviera todavía, pero ahora le
empujaban otros móviles. Sin saber por qué, acababa de sentir en su interior
como si se hubiera producido el disparo de una cámara fotográfica; era
exactamente la misma impresión que tuvo cuando el asunto de la Casa Baja. ¿Qué
era lo que le había hecho descubrir toda la trama del crimen de Esnandes,
mientras la policía y los magistrados chapoteaban lamentablemente? Pues una
cosa bien sencilla: el hecho de que no era posible que le hubiesen
telefoneado desde la Casa Baja, puesto que a las doce y media el teléfono de
Esnandes estaba cerrado. Todo lo demás había seguido como el hilo de una
madeja.
Esta vez era igual de sencillo. Existían
el trueno y el chaparrón.
—Suponiendo que una joven tenga la
intención de cometer un robo en una sala de juego…
Al igual que en el caso anterior, el
doctor procuraba colocarse dentro de la piel de los personajes. Supongamos que
nos encontremos en una sala de juego donde no hay más de unas treinta personas.
¡Será muy difícil hacer un gesto sin que nadie se dé cuenta! En cambio, estalla
de repente aquel tremendo trueno providencial y acto seguido cae el chaparrón,
lo cual obliga a la gente del jardín a cobijarse en la sala de juego. A partir
de aquel momento el orden de la sala se altera por completo. La gente se
apretuja, se empuja, y todo el mundo mira hacia el jardín en espera de que cese
la lluvia; y, como son muchos más de los que caben normalmente, se forma en la
sala una compacta masa de gente.
—¡Es el momento que yo hubiera escogido!
—Piensa el Doctorcito.
Sin embargo, Lina, había escogido el
momento más tranquilo, cuando había menos gente, es decir, cinco minutos
después de haber cesado la lluvia y cuando ya todo el mundo se había marchado
de la sala. ¿Por qué razón? ¿Por qué motivo no había cometido aquel acto
insensato cuando se le presentó el momento propicio? ¿Qué fue lo que la impulsó
a llevarlo a cabo cuando era prácticamente imposible que le saliera
bien?
Lina comía sin dirigirle la mirada, con
mucha finura y masticando suavemente, como suelen hacerlo las jóvenes bien
educadas. La institutriz, en cambio, sentada delante de ella, con su barbilla
puntiaguda y toda nervios, devoraba con verdadero apetito todo lo que le
presentaban.
Era difícil poder escuchar algo en el
alegre murmullo del comedor; sin embargo, pasados unos minutos, el Doctorcito
se dio cuenta de que la mesa situada precisamente ante la de la joven estaba
ocupada por un hombre solo.
«¿Qué edad tendría aquel hombre? ¿Treinta
y cinco, cuarenta años?» se preguntó Dollent con un poco de envidia.
El doctor siempre había lamentado ser
pequeño y flaco. Aquel hombre, en cambio, era alto y fuerte como un atleta. Su
piel estaba tostada y curtida por el sol, y parecía uno de esos hombres que se
adentran en el mar hasta que sólo se distingue de ellos el punto blanco o rojo
de su gorro de baño.
«Apostaría…».
¡Claro, hombre! No se equivocaba. Bastaba
con un poco de paciencia para darse cuenta de que cuando la joven no se creía
observada, dirigía su mirada aterciopelada hacia el desconocido. Y éste, con
una alegría inmensa en sus ojos, se la devolvía con mayor ternura y luego
bajaba la nariz hacia el plato…
«Entonces, ¿que estaba haciendo él allí?
¿Qué otra cosa podía parecer sino un aguafiestas?» pensó el Doctor.
Terminada la cena, Lina y su institutriz
tomaron el ascensor. El desconocido estuvo fumando un cigarrillo en el «hall» y
luego se dirigió hacia el bar.
—¿Quién es? —preguntó Dollent al conserje.
—¿No le conoce usted? Es Bernard Villetan,
el hijo de los fabricantes de los famosos cojinetes Villetan, campeón
de «hors-bord». Acaba de ganar otra carrera esta misma tarde. Viene
aquí todos los años.
Era natural que siendo hijo de un gran
industrial y, además, campeón de «hors-bord»…
—Quisiera hacerle otra pregunta. La
señorita… ¡Hum! La señorita del vestido azul pálido. ¿Sabe usted a quién me
refiero?
—¿La señorita Lina?
Y el conserje, guiñando un ojo, preguntó
al doctor:
—¿Se ha dado usted cuenta?
—Hombre, verá…
—Yo también. Pero lo malo es la
institutriz, la camarista, como dicen entre ellas: la señorita Esther. Si se
diera cuenta de que hay algo… con lo feroz que es…
—¿Quién es la señorita Lina?
—No lo sé. Es la primera vez que la veo
por aquí, y lleva ya un mes hospedada en el hotel. Su apellido es… Espere…
Consultó el registro y dijo:
—Grégoire. Lina Grégoire, y viene de
París. También debe de ser hija de algún industrial o de un gran comerciante.
Para pagar una institutriz inglesa…
—¿Sabe usted su edad?
—Un momento, voy a consultar su ficha.
Diecinueve años.
—Muchas gracias…
Dio al conserje cinco francos de propina y
se alejó. No era mucho, quizás, pero el Doctorcito no era rico. Él no había
tenido la suerte de nacer entre cojinetes y nunca le habían puesto una
institutriz inglesa para que le acompañara a uno de los mejores hoteles de
Royan.
Estaba un poco triste y sentía deseos de
volver a Marsilly. Pero no lo hizo a causa de Ana, su vieja sirvienta. Sin duda
alguna se burlaría de él y le diría:
—¿Qué ha ocurrido, señorito? ¿No han
salido las cosas como esperaba?…
Se dirigió hacia el casino y no encontró
ni a Lina ni al joven de los cojinetes. Jugó cincuenta francos a la «bola» y
los perdió. Entretanto, el «croupier» le miraba de reojo y vigilaba atentamente
los bolsos de las señoras…
Aburrido, se fue a dormir. La habitación
que le habían reservado se hallaba en el último piso, y parecía el cuarto del
servicio que aprovechaban durante la temporada de gran afluencia. Cerró la
puerta con llave, abrió la ventana de par en par, apagó la luz y trató de
conciliar el sueño.
Pero su cerebro no dejaba de pensar. Desde
el momento, se repetía el Doctor, en que el robo sólo era prácticamente
realizable durante la aglomeración producida por el inesperado chaparrón…
Por desgracia, el doctor acababa de
cometer una equivocación. Durante la investigación de la Casa Baja, había
bebido mucho, aunque sin querer; pero en cambio, esta vez, y con el fin de
hallar la inspiración necesaria, se había tomado varias copas. Incluso momentos
antes de subir a acostarse pidió un whisky en el bar del
hotel, una bebida que, precisamente, no acostumbraba tomar nunca. Esto le
producía una extraña sensación de somnolencia, y, si bien conservaba la plena
lucidez, parecía como si estuviera entumecido. Es decir, que, manteniéndose
despierto, carecía de fuerzas para moverse. Durante un tiempo bastante largo,
un mosquito estuvo molestándole con su característico zumbido. Y más tarde
percibió un ruido que no llegó a poder precisar; parecía el roer de una rata…
¿Por qué demonios la tal Lina había…?
De pronto, se incorporó con un sobresalto.
Estaba seguro de que la rata se hallaba cerca de él, en la misma mesita de
noche. Alargó la mano y buscó la pera del interruptor, pero sin llegar a
encontrarla. Esto le hizo perder un tiempo precioso. Cuando al fin la halló,
encendió rápidamente y miró a su alrededor.
¡Nada! ¡No había ninguna rata! La ventana
seguía abierta. Miró su reloj: las dos de la madrugada, Estaba seguro de no
haberse dormido todavía: a lo sumo quizás se habría amodorrado un poco.
Antes de acostarse (el doctor era un
hombre muy pulcro), había tomado la precaución de colocar la chaqueta sobre el
respaldo de una silla, para que no se arrugara. Y ahora, al mirarla, vio en una
de las solapas algo que le llamó la atención. Se trataba de una nota prendida
con un alfiler…
Así, pues, alguien había entrado en su
habitación, y, sin duda alguna, el ruido que le sorprendió provenía del
intruso. Ahora bien, no era posible que el tal hubiera entrado por la puerta,
ya que estaba cerrada con llave y con el pestillo puesto. Quedaba solamente la
ventana.
Se levantó y echó un vistazo. Su
habitación se hallaba en el quinto piso, y para subir hasta ella hubiera sido
preciso trepar por la canal de desagüe de la azotea y luego realizar una
contracción muy peligrosa…
Volvió a la silla donde estaba la
chaqueta, cogió el papel prendido y leyó:
«Si se empeña en meterse en lo que no le
importa puede ocurrirle un accidente. En cambio, si vuelve prudentemente a su
casa recibirá un buen regalo».
Naturalmente, el papel no estaba firmado.
Pero lo más sorprendente de todo aquello era que el autor del anónimo había
encontrado la manera de penetrar minutos antes en su habitación, sin revelar su
presencia, y precisamente en un momento en que el doctor no dormía ¡Sólo aquel
leve escarbar de una rata!…
De pronto se dio cuenta de que tenía un
teléfono en la habitación.
—¡Oiga! Póngame con la habitación de la
señorita Lina Grégoire, por favor.
El timbre sonó varias veces. Por fin, una
voz medio dormida contestó:
—¡Diga!… ¿Quién es?…
Colgó el auricular y pidió comunicación
con la institutriz.
—¡Diga!… —contestó una voz más dura y con
un marcado acento inglés.
Colgó de nuevo y pidió la habitación de
Bernard Villetan, el hijo del fabricante de cojinetes.
No contestaron. Entonces pidió a la
telefonista que le pusiera con el conserje.
—¡Oiga!… ¿Sabe usted si ha salido el señor
Villetan?
—No, señor, no ha salido, se encuentra en
el bar. ¿Quiere que le llame?… Pero le advierto que ha celebrado su victoria en
las carreras con esos señores del Yacht Motor Club, y en este momento…
—¡No le moleste, muchas gracias!
¡Accidente o un buen regalo! ¿Qué elegir?
¡No cabía la menor duda: se quedaba!
Volvió a acostarse y pasó toda la noche
soñando que le habían encargado que robara los billetes de cien francos de una
señora vieja que se encontraba en el casino, y que buscaba la mejor manera de
realizarlo.
¿Podía sospechar el Doctorcito que
mientras se debatía con sus sueños se estaba cometiendo un crimen a pocos
metros de distancia?
II
Eran las seis
de la mañana y llevaba ya más de una buena hora despierto. El Doctorcito quiso
conciliar nuevamente el sueño, pero no lo consiguió. Cansado de estar así,
saltó de la cama y decidió:
—¡Me voy a bañar!
¡No tenía bañador ni tampoco el más
pequeño equipaje! En vista de ello se envolvió en un gran albornoz que encontró
colgado en una percha de la habitación, con la idea de que una vez en la playa
podría alquilar un bañador. Y como a horas tan tempranas estaría seguramente
solo, no le importaba el pensar que quizás no fuera de su medida.
Con aire marcial y muy contento, pues el
día se anunciaba hermoso, fue bajando la escalera. Casi tuvo que saltar por
encima de una mujer que estaba fregando los últimos peldaños, y en el momento
en que se disponía a atravesar el «hall» le interpeló una voz:
—¡Eh, Dollent! ¿Qué haces tú por aquí?
Era Ricou, un compañero de Facultad, que
se había establecido en Royan. Ceremonioso, como es de rigor en todo médico de
pequeña localidad, Ricou, a pesar de lo temprano de la hora, iba ya vestido con
un pantalón de corte, una chaqueta negra y un cuello de pajarita.
—¿Adónde vas a estas horas? —preguntó a
Dollent.
—A bañarme —contestó el doctor—. ¿Y tú?
—Pues verás, hace cosa de media hora me ha
llamado el director del hotel. Parece ser que ha ocurrido un estúpido
accidente…
Los ojitos del doctor se abrieron y su
mirada se hizo penetrante como la mina de un lápiz bien afilado.
—A ver, cuéntame…
—Oh, nada de particular. Uno que se quedó
esta noche demasiado tiempo en el bar, y que luego confundió el borde del
balcón con su cama. No se ha matado por milagro. Imagínate que se cayó desde el
tercer piso; por fortuna, sobre la pérgola y luego de rebote en la terraza. No
dijo ni pío, y solamente se dieron cuenta las asistentas cuando llegaron a eso
de las cinco.
—¿Ha habido fractura de cráneo?
—¡Quita, hombre, ni eso! Lo he mandado a
la clínica Chevrel. Sufre algunas fracturas. Es cuestión de algunas semanas,
aunque de todas formas tardará algún tiempo en ponerse del todo bien.
—¿Sabes cómo se llama?
—Bernard Villetan; es el chico de los
cojinetes… Creo que había ganado una carrera de no sé qué.
Pensando en el buen mozo de la víspera, el
Doctorcito no pudo por menos de decir con aire soñador.
—¿Y dices que tardará algún tiempo en
reponerse del todo?
—¿Lo conoces?
—Muy poco… A propósito, ¿recuerdas cómo
iba vestido el herido?
—Pantalón de smoking y
camisa blanca. Ya se había quitado el cuello y la corbata. Por cierto que
también los zapatos. Estaba descalzo.
Ricou se sorprendió al ver que el
Doctorcito, sin decir una sola palabra, daba media vuelta y se dirigía hacia la
escalera. El director del hotel corrió tras de él y dijo:
—Un momento, señor Dollent. Le agradeceré
la máxima discreción. No es necesario que nuestros clientes se enteren de lo
que ha ocurrido. No es culpa nuestra, naturalmente, pero esta clase de
accidentes siempre perjudican a un hotel…
—¿Está usted seguro de que el muchacho
estaba descalzo?
—Absolutamente.
—¿De qué material está hecho el suelo del
balcón?
—¡Pues de cemento, como todos!
—¡Muchas gracias!
¡Veamos! Si Bernard Villetan estaba
descalzo y el suelo del balcón era de cemento… «Siempre tiene uno que ponerse
en el lugar de los demás»… Supongamos que el muchacho entra en la habitación
con una media turca y quiere tomar un poco el aire antes de
acostarse. Se quitará la chaqueta, el cuello… ¡pero no los zapatos! Y menos aún
los calcetines.
Apenas llegó a su habitación el Doctorcito
se dio cuenta de que se había olvidado de hacer otra pregunta. Descolgó, pues,
el teléfono y llamó al Director.
—Usted perdone, soy Dollent. ¿Puede
decirme si la cama estaba deshecha?
No, no lo estaba. Por lo tanto, el Bernard
en cuestión, demasiado guapo y buen mozo, y también demasiado rico para ser del
todo simpático, se estaba desnudando en su habitación cuando oyó un ruido en el
balcón y salió para ver qué era, pensó el Doctorcito.
A menos que… ¿Y si fuera Bernard el que
entró en su propia habitación, y luego, durante sus ejercicios acrobáticos,
hubiera perdido el equilibrio?
El Doctorcito empezó a vestirse, pero como
no tenía equipaje alguno ni útiles de ninguna clase, no pudo afeitarse. La
barba de dos días le daba el aspecto de un refugiado político y su traje
arrugado, como siempre, completaba el parecido. Mientras se arreglaba, iba
dándole vueltas a su idea.
Bajó al «hall» para desayunar, y se sentó
ante una de las mesitas de mimbre que estaban dispuestas a tal efecto. En la
mesa de enfrente se hallaba la joven con su institutriz. Lina mojaba un
«croissant» en una taza de chocolate, y el viejo dragón, con la cara ya
embadurnada con todos los colores del arco iris, engullía con deleite una
copiosa ración de huevos con jamón.
El tiempo era espléndido, y, a pesar de la
hora relativamente temprana, la mayoría de los clientes del hotel se preparaban
para marcharse a la playa o invadir las pistas de tenis. El Doctorcito sentía
de nuevo el placer que experimenta el cazador cuando sigue una pista, la
voluptuosidad de aquél que contempla cosas y personas, no como todo el mundo,
sino entre bastidores.
Ni una sola vez le dirigió la joven la
mirada; el doctor, en cambio, se pasó más de un cuarto de hora contemplándola,
presa de una extraña impaciencia.
¿Qué le encontraba de raro? ¿Qué era lo
que le chocaba en la muchacha? Sentía como un vago malestar, pero sin poder
precisar el porqué. Veamos. No se podía negar que era bonita, más que bonita,
quizá demasiado perfecta.
¡Era esto! La perfección es rara, si es
que existe, y ningún bebé se parece a las perfectas muñecas de las tiendas,
siempre hay algo que no concuerda, que no encaja…
Pero en el caso de Lina todo era perfecto.
Ni una arruga en su vestido, ni una irregularidad en sus facciones, ni siquiera
el más pequeño desorden en sus cabellos oscuros… ¡Nada de nada! Sus ojos
parpadeaban, y cuando los abría su mirada era cándida; exactamente como las
muñecas de lujo en las que el doctor acababa de pensar. Hasta cuando comía,
ocupación por cierto bien trivial, conservaba aquel aire vaporoso, celeste…
Y, sin embargo, había robado en el
preciso instante en que tenía mayores probabilidades de que la cogieran…
La vieja inglesa le estaba mirando, y por
un momento el doctor tuvo la impresión de que aquella mujer estaba a punto de
sonreírle.
—Dígame, conserje, ¿sabe usted lo que
suelen hacer la joven y la señora por las mañanas?
—Acostumbran sentarse en la playa bajo un
parasol, como todo el mundo, y leen revistas.
—¿Se bañan?
—La institutriz nunca. La joven suele
hacerlo a eso de las once.
El doctor se tranquilizó. Ahora ya sabía
dónde podría encontrarlas más tarde. Mientras tanto se dirigió al bar, donde a
aquellas horas no estaba más que Jef, el «barman», que limpiaba los dorados.
—Sírvame una copita de oporto, por favor.
¿Era culpa suya si para poder hacer una
investigación se veía obligado a beber continuamente?
—Dígame, Jef. Ayer noche Bernard Villetan
estaba un poco alegre, ¿verdad?
—Un poco trompa, sí, señor. No quería
acostarse de ningún modo. A eso de la una de la madrugada se fueron sus amigos,
y, naturalmente, yo quería cerrar el bar. Pero él se obstinó en quedarse,
pidiéndome un whisky tras otro y jurando siempre que era el
último. Hay que reconocer que aguanta estupendamente el alcohol, y que otro en
su lugar…
—¿A qué hora le trajeron una carta?
—¿Por qué me hace usted esa pregunta?
—Oh, por nada. Una idea que se me ha
ocurrido.
Y el Doctorcito notó que el «barman» le
miraba con cierta admiración.
—No recibió ninguna carta, señor, pero
sí escribió una… ¡No sé cómo habrá podido adivinarlo!
—Ande, tómese una copa, le invito. Decía,
pues, que el señor Villetan escribió una carta. ¿A qué hora?
—Por lo menos serian ya las dos. Por su
manera de beber comprendí que le ocurría algo. Y entonces le pregunté:
—¿Algún disgusto, señor Bernard?
»Debo decirle que es un antiguo cliente,
un muchacho muy simpático y sin pretensiones.
»—¡Ca, hombre! ¡Más sencillo que un
disgusto! —contestó.
»—Entonces —dije yo—, ¿se habrá enamorado?
»—¡Justamente, y no tiene nada de
divertido!
»—Sin embargo, señor Bernard, usted es más
bien un hombre mimado de las mujeres…
»Dada su manera de mirarme, comprendí que
iba más en serio de lo que yo creía al principio.
»—Vamos, deme otro whisky, el
último. Y no hablemos más de ello…
»Al tiempo que decía esto recogió un
periódico que se encontraba sobre el mostrador. Lo leyó como si quisiera
distraerse con ello, olvidar algo… De la misma manera que se suele leer en la
sala de espera de un dentista, ¿sabe usted?, de la primera a la última línea,
cualquier cosa, hasta los anuncios…
Los ojos del Doctorcito se hicieron como
dos puntas de alfiler.
—No diga nada más, Jef. Veamos… El señor
Bernard leía y bebía, y de pronto… Sírvame otra copita.
El «barman» se quedó asombrado:
—¡Igual que él! —dijo.
—¿Qué quiere usted decir?
—Pues que de repente levantó la cabeza. Su
aspecto había cambiado por completo. Tenía una idea. Su mirada se
clavaba en mí, pero sin verme. Entonces lanzó:
»—Jef, un whisky…
»Esta vez no juró que fuera el último. Ya
no pensaba en ello. Buscó nerviosamente algo sobre la mesa, y al no encontrarlo
me pidió papel y pluma.
—¿A las dos de la madrugada?
—Sería lo menos esa hora. Y le diré que le
costó un trabajo enorme conseguir escribir. No es que estuviera borracho
perdido, pero, en fin, como ya le dije antes, tenía una bonita trompa… Quizás
todavía hubiera conseguido andar casi derecho, pero escribir… Lo veía
esforzarse pero unas letras le salían pequeñas y otras grandes. Y, además,
sacaba un poco la lengua como los chiquillos que se aplican en sus deberes.
—Y le dio la carta para que se la echara.
—No, señor, se la llevó.
—Entonces ¿salió del hotel?
—No, señor, tampoco. Se fue hacia su
habitación diciéndome que cargase los gastos en su cuenta.
—¿Vio usted si tomaba el ascensor?
—No lo hizo, subió a pie. Su habitación se
hallaba en el tercer piso…
»Y la de la joven del vestido azul pálido
en el segundo.
—¿Podría recordar qué periódico leyó?
—La verdad es que me pone en un apuro. Si
hubiese llegado usted media hora antes… Ya los he tirado todos al cubo.
—¿Puede dármelos?
—No estarán muy limpios, ¿sabe usted? Allí
hay de todo un poco: huesos de aceitunas, cáscaras de cacahuetes, colillas…
Pero, en fin, si usted lo desea…
El «barman» sacó varios papeles. Allí
había periódicos franceses e ingleses, semanarios y alguna revista.
—Veamos, Jef, procure hacer memoria. ¿Era
un periódico grande? ¿En colores?…
—¡Espere! Ahora recuerdo. El señor Bernard
estaba sentado en ese taburete, y tuve que levantar el periódico para coger el
«shaker», que se hallaba debajo. Era un periódico inglés. Sí, estoy seguro de
ello. Y además, de muchas páginas…
Entre los que se hallaban sobre el
mostrador había tres, gruesos como revistas. El Doctorcito se los llevó con un
suspiro.
«Veamos —pensó—, hay que ponerse en el
caso de los demás… Bernard bebe unas cuantas copas con unos amigos para
celebrar su victoria en las carreras, pero se niega a retirarse al mismo tiempo
que ellos. Se encuentra triste, decaído, hasta el extremo de estar a punto de
hacer confidencias al “barman”».
En aquel momento, sin embargo, no
piensa escribir ninguna carta.
Por lo tanto, para que se decida a ello
hace falta un motivo. Y a las dos de la madrugada ese motivo no existía
todavía.
Ahora bien, a partir de ese momento no
habla con nadie ni nadie le dirige la palabra. En cambio, lee un periódico,
ávidamente, como si se encontrara en la peluquería, según las propias palabras
del «barman». Por consiguiente, el periódico le dio la idea de escribir la
carta, de hacerlo enseguida.
—Usted perdone, señor director… Quisiera
hacerle una pregunta más.
Esta vez el director del establecimiento
frunció el ceño con aire contrariado. El Doctorcito empezaba a importunarle.
—Supongo que desnudarían al herido antes
de colocarlo en la ambulancia, ¿verdad? Y usted estaría presente… Si en su ropa
hubiera aparecido una carta… una carta con el membrete del hotel, usted la
hubiera visto…
—¡No había ninguna carta! —afirmó el
director. El buen señor creía haber terminado con el doctor, pero no fue así.
—Unas palabras más, si me permite… Supongo
que también habrá visitado usted la habitación.
—Sí, señor, acabo de hacerlo con el
comisario de policía, al que no he tenido más remedio que avisar.
—¡Estupendo!
El director no pareció compartir el
entusiasmo del doctor.
—¿Le parece estupendo? —preguntó
impaciente.
—Quiero decir que si en la habitación se
hubiera hallado una carta, usted la habría visto.
—¡No había ninguna!…
—¡Gracias, estaba seguro de ello!
—¿Por qué motivo?
—Oh, por nada. Todo va bien así, señor
director. Quizás me quede todavía otra noche más…
Al director no le hizo ninguna gracia esta
noticia.
… Sigamos el razonamiento. Bernard escribe
una carta en el bar después de las dos de la madrugada. Luego sube a pie a su
habitación. Y a las cinco de la madrugada lo encuentran tendido en la terraza y
sin carta. Por lo tanto, la carta ha llegado a su destinatario. Consecuencia: esta
carta es la causante de…
El argumento era aceptable. Pero ¿quién
podía demostrar que la carta en cuestión no fuera, precisamente, la misma que
un desconocido había dejado prendida en la chaqueta del doctor? Bernard podía
muy bien haberse enterado de la actitud de éste con respecto a la joven en el
casino. Y luego, al hallarlo de nuevo en el comedor, cerca de Lina, sentir
celos… De ahí que escribiera la carta amenazándolo si se quedaba y
prometiéndole un regalo si le dejaba la vía libre.
—Hum, hum… —murmuraba el Doctorcito
mientras andaba por el Paseo, con los periódicos debajo del brazo, mirando
hacia la playa donde esperaba encontrar a Lina y su institutriz—. Pero… ¿y el
periódico?
¿Cuál era el papel que realmente
desempeñaba el periódico? ¿Por qué al leer un diario inglés de treinta y dos
páginas, Villetan había tenido la idea de amenazar al que suponía ser su rival?
Pero además, y a pesar de lo deportivo que era el muchacho, ¿quién le había
enseñado a trepar por una cañería, cosa que solamente saben hacer muy pocos
especialistas?
Jean Dollent iba vestido con el viejo
traje gris que solía ponerse para hacer sus visitas en el campo, y la verdad
era que no se sentía muy orgulloso entre la gente medio desnuda que llenaba la
playa. Hasta le parecía oír cómo le crecía la barba, una barba de dos días
terriblemente espesa. Pero, al fin y al cabo… Ahora ya no era el enamorado de
la joven del vestido azul pálido, sino un hombre absorbido por la pasión de
descifrar enigmas.
Las dos mujeres estaban allí. Iba tan
ensimismado en sus pensamientos que por poco pisó a la joven, que se hallaba
tendida al sol, boca abajo.
A dos metros de ella, y a la sombra de un
parasol a rayas rojas y amarillas, la institutriz, cómodamente sentada, leía un
periódico. Precisamente uno como los que el Doctorcito llevaba bajo el brazo.
Absorta en la lectura no le vio acercarse. Normalmente, el doctor debía haberse
sentado un poco más lejos, pues sobraba sitio en la playa. Pero con toda
frescura y tranquilidad se colocó a tres metros escasos de la vieja inglesa y a
menos de dos de la joven.
Tal como iba vestido, el doctor parecía
uno de esos viajeros, que se sientan en la playa, de tren a tren, y que llaman
la atención porque no van vestidos como los demás. Y para colmo, aquellos
zapatos negros que llevaba cuando todo el mundo a su alrededor iba en
alpargatas o descalzo…
«¿Qué página estará leyendo?», se
preguntó.
Con la mayor frescura se levantó e inclinó
la cabeza hacia adelante, al igual que aquellas personas que le aplastan a uno
el hombro en el tranvía para poder leer el periódico.
«La cuarta. Bueno».
Y abrió el suyo por la misma página. Con
el poco inglés que sabía, hubiera necesitado varias horas y un buen diccionario
para poder traducir aquella página. Pero lo que le interesaba, puesto que Lina
seguía boca abajo y no podía verle la cara, era la fisonomía de la institutriz.
¿Puede realmente una persona darse cuenta
de cuando otra la contempla con atención? El caso es que la institutriz levantó
la mirada en dirección del doctor. Su primer gesto fue un fruncimiento de
cejas, y por un momento Dollent tuvo la impresión de que aquella mujer iba a
armar un escándalo y soltarle cuatro frescas. Pero no dijo nada y se limitó a
bajar los ojos hacia el periódico. Este gesto le dio tiempo al doctor para
reflexionar.
Al momento, la institutriz le miró de
nuevo. Pero esta vez su mirada no era tan dura. Nuevamente bajó la vista hacia
su periódico.
Por tercera vez volvió a mirarle, y sus
labios esbozaron una ligera sonrisa; su cara adoptó la expresión acogedora que
se suele tener con las personas que todavía no han sido presentadas, pero que
uno conoce por haberlas visto muy a menudo.
El Doctorcito, todo mieles, sonrió a su
vez.
III
Para el
Doctorcito lo más extraordinario del caso no era ya el drama oculto que se
estaba desarrollando entre la vieja institutriz, la joven y él, sino más bien
el ambiente en que esto sucedía. ¿Cuántas personas habría en la playa? ¿Mil,
quizás dos mil? Puede que hasta más. Y para todo el mundo aquel día era uno más
de agradables vacaciones. La gente sólo pensaba en tomar el sol, divertirse y
bañarse en las plácidas aguas de color azul turquesa.
Entre los grupos sentados en la arena, a
pocos metros de ellos, unos niños casi desnudos correteaban jugando con una
pelota.
Y decir que entre ellos tres empezaba a
desarrollarse…
¿Quién podía decir hasta dónde llegarían
las cosas? ¿No era cierto que Bernard Villetan, que ayer ensordecía los oídos
con el zumbido orgulloso de su «hors-bord», se hallaba hoy en una clínica,
envuelto en vendas como una momia?
La vieja institutriz acababa de sonreírle.
Y la joven, pensando sin duda que ya le habría dado bastante el sol en la
espalda, se incorporaba un poco para dar la vuelta. Al ver al Doctorcito tan
cerca que casi le hubiera podido tocar extendiendo el brazo, tuvo un
sobresalto, pero su cara permaneció impasible.
Desde el lugar donde se hallaban se podía
ver la fachada del hotel y los balcones de las habitaciones; incluso el famoso
balcón por donde Bernard cayó al vacío…
¿Qué era lo que estaba haciendo la joven?
Por lo visto tenía la manía de escribir en la arena. Con su dedo índice iba
trazando unas letras mientras vigilaba de reojo los movimientos de la
institutriz. ¿Se trataría de otro insulto como el del día anterior cuando se
hallaban en el banco?
Sonriente, el Doctorcito esperaba. «L… A…
R…».
De repente, la mano borró las letras, y el
doctor vio que la institutriz se movía. Pasados unos minutos la joven
recomenzó:
«L… A… R…».
«¡Lárguese!», leyó Dollent.
¡Una palabra singular, pensó el doctor,
tratándose de una joven de aspecto tan educado! Claro está que las muchachas de
hoy son tan modernas…
La víspera no era más que un imbécil. Y
hoy le decían con toda claridad que se largase. No estaba mal.
Pero él no se movió y siguió con el
periódico abierto sobre las rodillas. ¿Por qué había de marcharse?
Veamos. ¿Qué página estaría leyendo la
vieja? La ocho… Abrió su periódico por la misma página. Todo eran artículos con
grandes titulares en que figuraban nombres de políticos.
«¡Lárguese!». Esta palabra se le había
metido en la cabeza.
De pronto se produjo algo realmente
inesperado. Una voz, que no era otra que la de la vieja institutriz, le
pregunto:
—¿Habla usted el inglés?
Fue tal su sorpresa que Dollent quedó
cortado.
—Sí… No… Lo aprendí de niño en el colegio…
—¿Es difícil, verdad? Pero creo que lee
usted corrientemente nuestra lengua. La señorita Grégoire la lee también, pero
la habla con un acento terrible…
Una mujer curiosa. O mejor aún, una
caricatura de mujer.
¿Por qué llevaba aquel vestido tan
anticuado, tan ridículo, bajo el que se adivinaba un fuerte corsé, y aquellas
medias de color malva? ¿Y sobre todo, aquel maquillaje tan chocante que no
engañaba a nadie?
Puesta a hablar, quizá llegara a confesar
de una vez su edad… ¡Y aquella sonrisa que tenía! Era melosa, pero debajo de
ella la señorita Esther descubría unos largos dientes a punto de morder. ¡Y
para colmo, la mitad eran de oro!
—¿Piensa estar mucho tiempo en Royan?
—Todavía no lo sé.
—Me avergüenzo de no haberle dado todavía
las gracias. Ya me he enterado de la manera elegante y espiritual con que
arregló usted la travesura de la señorita Grégoire… Pues no fue más que una
simple travesura, ¿verdad, señorita?
Ésta les miraba con dureza.
—Fíjese usted lo fácilmente que puede
ocurrir un verdadero drama. Acababa de ausentarme de la sala…
Dollent tuvo como una inspiración, y poco
le faltó para que pronunciara:
«¡Mentira!».
No lo dijo, pero lo pensó. Ahora recordaba
perfectamente la escena del Casino y estaba seguro de haber visto a la vieja
institutriz dirigirse subrepticiamente hacia la salida cuando ocurrió el
incidente.
—Esas jóvenes de hoy en día… ¡En fin! Me
veré obligada a no dejarla sola ni un momento. Y estaba verdaderamente confusa
de no haberle dado las gracias en nombre de los padres de la señorita.
—Vivirán en París, seguramente…
—Ahora se encuentran en América del Sur.
Viajan mucho, ¿sabe usted? Por ello tuvieron que buscar una persona de toda
confianza.
«Este vejestorio empieza a hablar con
demasiada facilidad», pensó el Doctorcito.
Pero lo gracioso era la expresión de la
pareja vecina a donde se encontraban ellos. Le miraban como queriendo decir:
—Salada la vieja, ¿eh?… Pero ya no podrá
quitársela de encima…
Y el caso era que ella insistía en hablar.
—¿No siente usted demasiado calor en pleno
sol? ¿Quiere sentarse bajo nuestra sombrilla?
—Muchas gracias, no tengo calor.
—Verdaderamente, Royan es una playa
deliciosa. En Inglaterra solamente tenemos…
Lo más difícil para el Doctor era poder
pensar, hacerlo lo bastante de prisa para no quedarse atrás, y al propio tiempo
adoptar una expresión cándida y sonriente. Sobre todo a causa de que Lina no le
quitaba ojo y su mirada era dura, contrariada; daba la impresión de haber
envejecido cinco o seis años en pocos minutos.
¿Qué había sido de la muñeca ideal, de la
joven cándida que se parecía a las figuras de las postales?
—Me han dicho que es usted médico —susurró
la vieja.
—Médico de pueblo, sí…
—Debe ser muy interesante, ¿verdad?
¿Por qué iba a ser interesante su
profesión? ¿Y por qué razón la vieja le había dirigido de pronto la palabra?
¿Por qué motivo parecía retenerlo ahora? Todas estas preguntas afluían a la
mente del doctor, y presentía que era preciso encontrar la solución
rápidamente; que todo dependería de esto. También se daba cuenta de que Lina se
impacientaba, de que estaba deseando que se fuera al diablo y cuanto antes
mejor.
—Quizá el señor querrá tomar un baño —dijo
la joven—. Es la hora de la marea alta.
La vieja lanzó una mirada fulminante a la
muchacha.
—Si desea usted bañarse, Lina, hágalo;
pero no se preocupe de las personas mayores.
La situación era verdaderamente cómica, a
condición de no acordarse de que la noche anterior y por uno de los balcones
del hotel un muchacho gallardo y lleno de vida…
—Supongo que no será a causa de su trabajo
por lo que se encuentra usted en Royan, y que probablemente estará disfrutando
unas vacaciones.
—Le diré a usted. Nosotros, los médicos…
Esta noche pasada, por ejemplo, he estado a punto de que me despertaran a causa
de un accidente que ha ocurrido en el hotel.
Mientras decía esto el doctor miraba a las
dos mujeres. La vieja seguía impasible; Lina, en cambio, estaba ansiosa.
—Pero no han pensado en que yo era médico
y han llamado a un compañero de Royan. La víctima del accidente vive, pero se
ha salvado de milagro. Imagínese, cayó de un tercer piso…
No pudo comprobar el efecto que producían
sus palabras, debido a que dos niños que correteaban por los alrededores se le
echaron materialmente encima. De todas formas oyó a la institutriz que decía:
—Es tremenda la cantidad de accidentes que
ocurren hoy en día. ¿Se quedará usted unos días más en el hotel?
—Por lo menos una noche más.
—En ese caso creo que debería darle las
gracias en nombre de los padres de Lina e invitarle a cenar con nosotras. No sé
si le divertirá mucho nuestra compañía.
Por lo visto era imposible tener en
aquella playa un momento de tranquilidad. Mientras la institutriz hablaba, una
pelota roja y azul, que sólo Dios sabía de dónde venía, le cayó encima; la
vieja señorita, con un gesto instintivo, la aprisionó entre sus rodillas…
—… Una comida muy sencilla —añadió—. Como
nosotras no salimos nunca de noche, no solemos vestirnos.
El doctor miró hacia la joven y vio que
ésta, con el pie, había escrito nuevamente sobre la arena:
«¡Lárguese!».
La muchacha era testaruda, pero Dollent no
tenía ninguna gana de marcharse. Desde hacia unos instantes se había puesto
todo colorado. Miró al pequeño alejarse con su balón, luego al balcón del
hotel, y reflexionó.
La brisa del mar había vuelto la página de
su periódico. Instintivamente sus ojos miraron la página. Su semblante
palideció, y tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para adoptar un semblante
alegre.
—Acepto su invitación —contestó—, pero con
una condición. Que tomen ustedes el aperitivo conmigo en el bar del hotel. Jef
prepara unos cócteles deliciosos.
—¡No bebo cócteles! —contestó rápida Lina.
—¡Cállese! —le ordenó la institutriz—. Y
no sea impertinente. En lugar de agradecer al caballero su amable atención
después de lo que ha hecho por usted, todavía parece como si le molestara su
invitación. Si sus padres estuvieran aquí…
El doctor tuvo la impresión de que los
ojos de la joven se habían humedecido.
—Aceptamos con mucho gusto, señor —dijo la
vieja—. ¿A qué hora quiere usted?
—Pues ahora mismo, si les parece bien.
—¡Lina! Póngase el vestido playero.
Siempre le he dicho que este bañador era muy indecente…
El Doctorcito, al levantarse, sintió la
garganta seca y húmedas las palmas de las manos. Falta de costumbre, pensó. Y
en realidad no era para menos. Estaba acostumbrado a jugar a diario con la vida
de los demás, pero era la primera vez que jugaba con la suya…
Y mirando a la gente que se divertía a su
alrededor, se decía a sí mismo para darse ánimo:
«Delante de todo el mundo no es posible…
Aquí no corro ningún peligro. En cambio si nos encontráramos en otro lugar
menos frecuentado…».
Y, mientras reflexionaba, dobló el
periódico para esconder el anuncio que tan poderosamente había llamado su
atención.
IV
Saber escoger
el momento. Toda la cuestión estaba en eso. Mientras caminaban hacia el hotel
la gente se volvía a su paso, y algunos le dirigían una sonrisa al verle
acompañar con tanta dignidad a la vieja señorita tan ridícula e insolentemente
maquillada. Seguramente no faltaría quien pensara:
«¡Éste es un vivo! Está camelando a la
vieja para conseguir a la joven».
Pero nadie sospecharía, ni por un
instante, que el Doctorcito pudiera sentirse más cerca de la muerte de lo que
nunca había estado. ¿Lo sospechó acaso Bernard cuando se desnudaba con toda
tranquilidad la noche anterior?
¡Escoger el momento! Y hacerlo de tal
forma que…
Era terriblemente complicado, pero el bar,
con su configuración, se prestaba bastante bien a los proyectos del doctor. Su
principal ventaja consistía en que no tenía más que una sola puerta, no muy
ancha, aparte de la salida de servicio que se hallaba detrás del mostrador.
Llegaron en un momento en que no había
casi nadie. La gente se encontraba todavía en la playa, y no solía acudir a
tomar el aperitivo hasta a eso de la una. Solamente se encontraban allí los
verdaderos clientes, aquellos que en Royan, Deauville, Biarritz o París
empiezan el día tomando un coctel para ver si se les pasa el mal sabor de boca
que les han dejado los de la víspera.
—Tres Rosas, Jef —pidió el Doctor—.
Siéntese, miss… ¿Es miss, verdad?
Sus ojos brillaban mientras recordaba el
balón rojo y azul. Estaba tan contento de sí mismo, de todo lo que acababa de descubrir,
y del ingenioso camino que su pensamiento había seguido para conseguirlo, que
incluso llegaba a olvidar su congoja.
—¿Quiere usted cerrar la ventana, Jef? Hay
mucha corriente.
No era cierto que hubiese corriente de
aire, pero el doctor lo decía para suprimir una salida de escape demasiado
accesible. Esta vez la ventana no se encontraba en el tercer piso, sino en el
entresuelo…
¿Cuántos serian en el bar? Vamos a ver:
Jef y el camarero, un botones que no tenía nada que hacer y que miraba a los
clientes con aire aburrido, dos muchachos jóvenes sentados en los taburetes del
mostrador y un grupo de tres hombres sentados alrededor de una mesa;
probablemente unos comerciantes que aprovecharían sus vacaciones para ver si
conseguían hacer algún negocio.
—¿Le parece bien este coctel, miss?
¿No es demasiado seco? Usted perdone, pero me gustaría pedir a la señorita
Lina… Se llama así, ¿verdad? Pues decía que me gustaría pedirle que me firmara
una postal como recuerdo. Y también desearía que dicha postal la escogiera ella
personalmente. En la conserjería hay un puesto de venta. Ya sé que quizás
pensarán que abuso un poco, y espero que me perdonarán. Pero soy algo
maniático, ¿sabe usted?
Su manera de proceder no era muy astuta,
pero no podía escoger otra. Era preciso apartar a la joven.
Lina se alejó resignada, o mejor dicho,
furiosa. El botones seguía apoyado en la puerta. Jef era un hombre corpulento,
y probablemente habría tenido en su vida profesional más de una pelotera con
algún cliente bebido…
—Pues verá, miss; la lectura
de los periódicos ingleses… Bueno, cuando digo la lectura me refiero más bien a
los grabados. Lo leo tan mal…
La institutriz sostenía con una mano la
copa y bebía a pequeños sorbos. El Doctorcito abrió el periódico por la página
8, y de repente se condujo como si le hubiera dado un ataque de locura; o al
menos así les pareció a Jef y a las personas que se hallaban en el bar.
Rápido como el rayo, sujetó la mano
izquierda de la vieja inglesa, mientras con la derecha la agarraba por los
pelos, tiraba con todas sus fuerzas y le arrancaba la peluca.
Al momento, los dos cuerpos rodaron por el
suelo. No habían transcurrido todavía diez segundos cuando sonó un disparo, y
una bala fue a incrustarse en la caoba del mostrador del bar.
El Doctorcito sabía perfectamente que él
solo no podría dominar a su adversario, pero estaba seguro de que Jef y las
demás personas allí presentes intervendrían. Y como solamente había una puerta
de escape confiaba en poder llegar a feliz término.
La peluca de miss Esther
había rodado por el suelo, y en lugar de la vieja institutriz aparecía ahora un
hombre muy corpulento y extraordinariamente nervioso que procuraba deshacerse
del Doctorcito.
—¡Llamen a la policía! —gritaba Dollent
con todas sus fuerzas mientras intentaba sujetar a su adversario.
La respiración del Doctorcito era todavía
jadeante. Su chaqueta estaba rota por la espalda, y el sudor corría por su cara
poniendo aún más de relieve la barba de dos días.
El director del hotel, que había puesto su
despacho a disposición de los señores de la policía, le miraba con aire feroz,
mientras el comisario no disimulaba su asombro…
—Usted asegura que esta vieja institutriz…
este hombre, quiero decir… en fin, esta persona…
—Me es muy difícil, señor comisario,
explicarle a usted en pocos minutos, y encontrándome sin ánimos para hablar,
unas conclusiones que me han hecho exprimir el seso durante muchas horas, examinando
indicio por indicio, e idea por idea. Todo empezó por el robo en el casino.
Verá, si usted quisiera cometer un robo…
—Por favor, doctor, no personalice usted…
¡Desde luego, los policías son todos
iguales! ¡Qué susceptibilidad! Y nadie era capaz de comprender su método
personal. Pero al fin y al cabo, peor para ellos.
—Yo afirmo, para ser breve —dijo el
doctor—, que la persona que ha cometido este robo lo ha hecho con intención de
que la cogieran, es decir, para poder permanecer durante cierto tiempo bajo la
protección de la policía, si usted me permite la expresión. Por lo tanto, la
citada persona quería protegerse contra algún peligro…
»Y se lo demuestra el hecho de que,
después de mi ridículo acto para sacarla del apuro en que se había metido, la
joven me llamó imbécil, y perdone usted la expresión, señor comisario.
»¿Me sigue usted?».
No, naturalmente, nadie le seguía en su
razonamiento, pero el doctor continuaba hablando como si lo hiciera para sí
mismo.
—Bernard Villetan se ha enamorado de la
joven, pero no puede hablarle nunca, a causa de la terrible institutriz. Por
ello el muchacho está triste y bebe. Y un buen día, al leer un periódico, ve un
anuncio; y este anuncio le da una idea…
»Hay que reflexionar, señores… La guardia
que monta esta institutriz alrededor de Lina tiene verdaderamente algo de
anormal. Hasta el aspecto de la vieja se parece más a una caricatura que a una
persona real.
»Y ahora vayamos al anuncio. Ahí está. Voy
a traducirles el texto: “Ella perdía sus cabellos y envejecía diez años cada
mes… Las pelucas Sander…”.
»Y echen una ojeada a las dos fotografías.
Antes… y después. Antes, esa carita masculina… Después, esos rasgos
enternecedores de vieja coqueta…
»Estoy seguro, señores, de que cuando
Bernard vio este anuncio comprendió por qué la joven le huía…
»Miss Esther era un hombre.
¿Su amante? Todavía no lo sé. El caso es que Bernard escribió una carta a la
joven comunicándole su descubrimiento, y luego la deslizó bajo la puerta de
Lina.
»Y esta carta, naturalmente, la recogió la
falsa institutriz que duerme en la misma habitación.
»La misma noche cayó Bernard por el
balcón, y fue un verdadero milagro que no se matara…
»Y también aquella misma noche recibí yo
una nota ordenándome que me alejara.
»¿Lo entienden ahora, señores?
¡No! Nadie comprendía nada. Sólo la falsa
institutriz lanzaba al Doctorcito miradas de odio en las que se podía percibir,
sin embargo, cierta admiración.
—Ya sé que esto es mezclarme en lo que no
me importa, y por ello les ruego me perdonen ustedes.
El director hacia signos de asentimiento
con la cabeza; hay que reconocer que antes de la llegada del Doctorcito el
establecimiento estaba mucho más tranquilo.
—¡Reflexionen ustedes! Una joven tiene
tanto miedo que prefiere la cárcel a… Una falsa institutriz no duda en intentar
matar al hombre que ha descubierto una parte de su secreto e intenta alejar a
otro —¡un servidor!— que parece querer seguir el mismo camino que el anterior…
»Esta mañana, al sentarme en la playa, el
hombre, que todavía no podemos llamar de otra forma que Esther —rían ustedes,
si les parece bien—, se da cuenta de que he descubierto algo, y me invita a
cenar. Sin duda alguna me reservaba la misma suerte que al pobre Bernard
Villetan…
»Pero además debo añadir que, cuando
aquella pelota cayó sobre miss Esther, ésta apretó las
rodillas, como hacen los hombres, en lugar de abrir las piernas,
como hacen instintivamente las mujeres…
»¿Lo entienden ahora?».
Todavía seguían sin comprender nada. Pero
al fin y al cabo, ¿qué importancia podía tener esto? El Doctorcito sabía,
estaba seguro de que no podía haberse equivocado. Su razonamiento no tenía
ningún fallo.
—Procuré apartar a la joven durante unos
momentos, y ya habrán observado que no ha vuelto, que ha desaparecido…
—Todo eso está muy bien, doctor, pero
todavía no nos ha dicho usted por qué se ha ocupado de este asunto.
¡Cómo iba a contestarles! ¡La verdad era
que no podía decirles que desde el asunto de la Casa Baja se interesaba por los
problemas criminales al igual que un coleccionista se apasiona por las viejas
porcelanas o por unas antiguas cajas de rapé!
Por ello se contentó con decir:
—¡Tengo mucha sed!
Tres días más tarde, Scotland Yard
contestó con un informe completo sobre las huellas dactilares que se le habían
mandado de miss Esther. El informe se podía resumir como
sigue:
«Huellas de John O’Patrick… Durante mucho
tiempo fue acróbata y prestidigitador de circo. Conoció a Lina Powell, hija de
madre francesa. Lina se había especializado, desde los doce años, en la danza
de las muñecas. Cuando fallecieron sus padres en un accidente de tren, se
juntó, a los dieciséis años, con John O’Patrick…».
¡Ahora se explicaba la impresión de muñeca
que le daba al Doctorcito! Era una muchacha cuya edad no se podía adivinar. Y
en la vida real seguía siendo lo mismo que representaba en los escenarios de
los circos y «music-halls».
»… Dejaron el circo a causa de que un
hombre, el alemán von Hoest, acróbata del trapecio, que cortejaba a Lina, murió
en accidente…
»Se sospechó que O’Patrick fuera el
causante de lo ocurrido.
»Entonces la pareja se fue a Francia, pero
se le había prohibido trabajar en lo sucesivo en circos y “music-halls”. Por
otra parte, O’Patrick, que le llevaba a Lina veinte, años y además no era nada
atractivo, se volvió cada día más celoso. Al no poder montar un número
artístico, inventó la pareja de la joven de buena familia y su
institutriz, y de esta forma pudieron ir obrando en las playas y balnearios
de moda».
Pero todo se estropeó el día en que Lina
conoció a Bernard Villetan, aquí en Royan. Ella estaba ya cansada de esta vida
y quería librarse de aquel hombre. Pero su amante le comunicó que si intentaba
dejarlo la mataría sin contemplaciones. Y era capaz de hacerlo… Hasta que un
buen día, no pudiendo ya soportar por más tiempo aquella situación, Lina
decidió deshacerse de él a costa de lo que fuera. Y aprovechó un momento en que
se encontraba en el casino para cometer aquel robo tan estúpido a la vista de
todo el mundo…
Al fin y al cabo, en la cárcel sería libre…
Había transcurrido ya más de una semana y
el Doctorcito se hallaba de nuevo recorriendo las granjas y casuchas de los
clientes de su región, cuando un buen día le llamó al teléfono su compañero
Ricou. Dollent cogió el teléfono con cierto nerviosismo.
Diga. ¿Es usted, Ricou? Aquí Dollent, sí.
¿Cómo sigue su enfermo? ¿Que mejora rápidamente? Sí. ¿Cómo dice? ¿Adónde quiere
marcharse? ¿A España? ¿Por qué?
Y cuando recibió la contestación el doctor
colgó el aparato, pensativo.
—Pues, porque ha recibido un misterioso
mensaje de aquel país —había contestado Ricou—. Alguien le está esperando… Una
joven…
¡Naturalmente! ¡La joven del vestido azul
pálido!
Y él, metido en aquello…

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