© Libro N° 9418. En Este País. De Larra, Mariano José. Emancipación.
Diciembre 25 de 2021.
Título original: © En Este País. Mariano José De Larra
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Mariano José De Larra
En Este País
Mariano José De Larra
Hay en el lenguaje vulgar frases afortunadas que
nacen en buena hora y que se derraman por toda una nación, así como se propagan
hasta los términos de un estanque las ondas producidas por la caída de una
piedra en medio del agua. Muchas de este género pudiéramos citar, en el
vocabulario político sobre todo; de esta clase son aquellas que, halagando las
pasiones de los partidos, han resonado tan funestamente en nuestros oídos en
los años que van pasados de este siglo, tan fecundo en mutaciones de escena y
en cambio de decoraciones. Cae una palabra de los labios de un perorador en un
pequeño círculo, y un gran pueblo, ansioso de palabras, la recoge, la pasa de
boca en boca, y con la rapidez del golpe eléctrico un crecido número de
máquinas vivientes la repite y la consagra, las más veces sin entenderla, y
siempre sin calcular que una palabra sola es a veces palanca suficiente a
levantar la muchedumbre, inflamar los ánimos y causar en las cosas una
revolución.
Estas voces favoritas han solido siempre
desaparecer con las circunstancias que las produjeran. Su destino es,
efectivamente, como sonido vago que son, perderse en la lontananza, conforme se
apartan de la causa que las hizo nacer. Una frase, empero, sobrevive siempre
entre nosotros, cuya existencia es tanto más difícil de concebir, cuanto que no
es de la naturaleza de esas de que acabamos de hablar; estas sirven en las
revoluciones a lisonjear a los partidos y a humillar a los caídos, objeto que
se entiende perfectamente, una vez conocida la generosa condición del hombre;
pero la frase que forma el objeto de este artículo se perpetúa entre nosotros,
siendo solo un funesto padrón de ignominia para los que la oyen y para los
mismos que la dicen; así la repiten los vencidos como los vencedores, los que
no pueden como los que no quieren extirparla; los propios, en fin, como los
extraños.
«En este país…», esta es la frase que todos
repetimos a porfía, frase que sirve de clave para toda clase de explicaciones,
cualquiera que sea la cosa que a nuestros ojos choque en mal sentido. «¿Qué
quiere usted?» -decimos-, «¡en este país!» Cualquier acontecimiento
desagradable que nos suceda, creemos explicarle perfectamente con la
frasecilla: «¡Cosas de este país!», que con vanidad pronunciamos y sin pudor
alguno repetimos.
¿Nace esta frase de un atraso reconocido en toda la
nación? No creo que pueda ser este su origen, porque solo puede conocer la
carencia de una cosa el que la misma cosa conoce: de donde se infiere que si
todos los individuos de un pueblo conociesen su atraso, no estarían realmente
atrasados. ¿Es la pereza de imaginación o de raciocinio que nos impide
investigar la verdadera razón de cuanto nos sucede, y que se goza en tener una
muletilla siempre a mano con que responderse a sus propios argumentos, haciéndose
cada uno la ilusión de no creerse cómplice de un mal, cuya responsabilidad
descarga sobre el estado del país en general? Esto parece más ingenioso que
cierto.
Creo entrever la causa verdadera de esta humillante
expresión. Cuando se halla un país en aquel crítico momento en que se acerca a
una transición, y en que, saliendo de las tinieblas, comienza a brillar a sus
ojos un ligero resplandor, no conoce todavía el bien, empero ya conoce el mal,
de donde pretende salir para probar cualquiera otra cosa que no sea lo que
hasta entonces ha tenido. Sucédele lo que a una joven bella que sale de la
adolescencia; no conoce el amor todavía ni sus goces; su corazón, sin embargo,
o la naturaleza, por mejor decir, le empieza a revelar una necesidad que pronto
será urgente para ella, y cuyo germen y cuyos medios de satisfacción tiene en
sí misma, si bien los desconoce todavía; la vaga inquietud de su alma, que
busca y ansía, sin saber qué, la atormenta y la disgusta de su estado actual y
del anterior en que vivía; y vésela despreciar y romper aquellos mismos
sencillos juguetes que formaban poco antes el encanto de su ignorante
existencia.
Este es acaso nuestro estado, y este, a nuestro
entender, el origen de la fatuidad que en nuestra juventud se observa: el medio
saber reina entre nosotros; no conocemos el bien, pero sabemos que existe y que
podemos llegar a poseerlo, si bien sin imaginar aún el cómo. Afectamos, pues,
hacer ascos de lo que tenemos para dar a entender a los que nos oyeron que
conocemos cosas mejores, y nos queremos engañar miserablemente unos a otros,
estando todos en el mismo caso.
Este medio saber nos impide gozar de lo bueno que
realmente tenemos, y aun nuestra ansia de obtenerlo todo de una vez nos ciega
sobre los mismos progresos que vamos insensiblemente haciendo. Estamos en el
caso del que, teniendo apetito, desprecia un sabroso almuerzo con la esperanza
de un suntuoso convite incierto, que se verificará, o no se verificará, más
tarde. Sustituyamos sabiamente a la esperanza de mañana el recuerdo de ayer, y
veamos si tenemos razón en decir a propósito de todo: «¡Cosas de este país!»
Solo con el auxilio de las anteriores reflexiones
pude comprender el carácter de don Periquito, ese petulante joven, cuya
instrucción está reducida al poco latín que le quisieron enseñar y que él no
quiso aprender; cuyos viajes no han pasado de Carabanchel; que no lee sino en
los ojos de sus queridas, los cuales no son ciertamente los libros más
filosóficos; que no conoce, en fin, más ilustración que la suya, más hombres
que sus amigos, cortados por la misma tijera que él, ni más mundo que el salón
del Prado, ni más país que el suyo. Este fiel representante de gran parte de
nuestra juventud desdeñosa de su país fue no ha mucho tiempo objeto de una de
mis visitas.
Encontrele en una habitación mal amueblada y peor
dispuesta, como de hombre solo; reinaba en sus muebles y sus ropas, tiradas
aquí y allí, un espantoso desorden de que hubo de avergonzarse al verme entrar.
-Este cuarto está hecho una leonera -me dijo-. ¿Qué
quiere usted? En este país… -y quedó muy satisfecho de la excusa que a su
natural descuido había encontrado.
Empeñose en que había de almorzar con él, y no pude
resistir a sus instancias: un mal almuerzo mal servido reclamaba
indispensablemente algún nuevo achaque, y no tardó mucho en decirme:
-Amigo, en este país no se puede dar un almuerzo a
nadie; hay que recurrir a los platos comunes y al chocolate.
«Vive Dios -dije yo para mí-, que cuando en este
país se tiene un buen cocinero y un exquisito servicio y los criados
necesarios, se puede almorzar un excelente beefsteak con todos
los adherentes de un almuerzo à la fourchette; y que en París los
que pagan ocho o diez reales por un appartement garni, o una
mezquina habitación en una casa de huéspedes, como mi amigo don Periquito, no
se desayunan con pavos trufados ni con champagne.»
Mi amigo Periquito es hombre pesado como los hay en
todos los países, y me instó a que pasase el día con él; y yo, que había
empezado ya a estudiar sobre aquella máquina como un anatómico sobre un
cadáver, acepté inmediatamente.
Don Periquito es pretendiente, a pesar de su
notoria inutilidad. Llevome, pues, de ministerio en ministerio: de dos empleos
con los cuales contaba, habíase llevado el uno otro candidato que había tenido
más empeños que él.
-¡Cosas de España! -me salió diciendo, al referirme
su desgracia.
-Ciertamente -le respondí, sonriéndome de su
injusticia-, porque en Francia y en Inglaterra no hay intrigas; puede usted
estar seguro de que allá todos son unos santos varones, y los hombres no son
hombres.
El segundo empleo que pretendía había sido dado a
un hombre de más luces que él.
-¡Cosas de España! -me repitió.
«Sí, porque en otras partes colocan a los necios»,
dije yo para mí.
Llevome en seguida a una librería, después de
haberme confesado que había publicado un folleto, llevado del mal ejemplo.
Preguntó cuántos ejemplares se habían vendido de su peregrino folleto, y el
librero respondió:
-Ni uno.
-¿Lo ve usted, Fígaro? -me dijo-: ¿Lo ve usted? En
este país no se puede escribir. En España nada se vende; vegetamos en la
ignorancia. En París hubiera vendido diez ediciones.
-Ciertamente -le contesté yo-, porque los hombres
como usted venden en París sus ediciones.
En París no habrá libros malos que no se lean, ni
autores necios que se mueran de hambre.
-Desengáñese usted: en este país no se lee
-prosiguió diciendo.
«Y usted que de eso se queja, señor don Periquito,
usted, ¿qué lee? -le hubiera podido preguntar-. Todos nos quejamos de que no se
lee, y ninguno leemos.»
-¿Lee usted los periódicos? -le pregunté, sin
embargo.
-No, señor; en este país no se sabe escribir
periódicos. ¡Lea usted ese Diario de los Debates, ese Times!
Es de advertir que don Periquito no sabe francés ni
inglés, y que en cuanto a periódicos, buenos o malos, en fin, los hay, y muchos
años no los ha habido.
Pasábamos al lado de una obra de esas que hermosean
continuamente este país, y clamaba:
-¡Qué basura! En este país no hay policía.
En París las casas que se destruyen y reedifican no
producen polvo.
Metió el pie torpemente en un charco.
-¡No hay limpieza en España! -exclamaba.
En el extranjero no hay lodo.
Se hablaba de un robo:
-¡Ah! ¡País de ladrones! -vociferaba indignado.
Porque en Londres no se roba; en Londres, donde en
la calle acometen los malhechores a la mitad de un día de niebla a los
transeúntes.
Nos pedía limosna un pobre:
-¡En este país no hay más que miseria! -exclamaba
horripilado.
Porque en el extranjero no hay infeliz que no
arrastre coche.
Íbamos al teatro, y:
-¡Oh qué horror!- decía mi don Periquito con
compasión, sin haberlos visto mejores en su vida- ¡Aquí no hay teatros!
Pasábamos por un café.
-No entremos. ¡Qué cafés los de este país!
-gritaba.
Se hablaba de viajes:
-¡Oh! Dios me libre; ¡en España no se puede viajar!
¡Qué posadas! ¡Qué caminos!
¡Oh infernal comezón de vilipendiar este país que
adelanta y progresa de algunos años a esta parte más rápidamente que
adelantaron esos países modelos, para llegar al punto de ventaja en que se han
puesto!
¿Por qué los don Periquitos que todo lo desprecian
en el año 33, no vuelven los ojos a mirar atrás, o no preguntan a sus papás
acerca del tiempo, que no está tan distante de nosotros, en que no se conocía
en la Corte más botillería que la de Canosa, ni más bebida que la leche helada;
en que no había más caminos en España que el del cielo; en que no existían más
posadas que las descritas por Moratín en El sí de las niñas, con
las sillas desvencijadas y las estampas del Hijo Pródigo, o las malhadadas
ventas para caminantes asendereados; en que no corrían más carruajes que las
galeras y carromatos catalanes; en que los «chorizos» y «polacos» repartían a
naranjazos los premios al talento dramático, y llevaba el público al teatro la
bota y la merienda para pasar a tragos la representación de las comedias de
figurón y dramas de Comella; en que no se conocía más ópera que el Marlborough (o
«Mambruc», como dice el vulgo) cantado a la guitarra; en que no se leía más
periódico que el Diario de Avisos, y en fin… en que…
Pero acabemos este artículo, demasiado largo para
nuestro propósito: no vuelvan a mirar atrás porque habrían de poner un término
a su maledicencia y llamar prodigiosa la casi repentina mudanza que en este
país se ha verificado en tan breve espacio.
Concluyamos, sin embargo, de explicar nuestra idea
claramente, mas que a los don Periquitos que nos rodean pese y avergüence.
Cuando oímos a un extranjero que tiene la fortuna
de pertenecer a un país donde las ventajas de la ilustración se han hecho
conocer con mucha anterioridad que en el nuestro, por causas que no es de
nuestra inspección examinar, nada extrañamos en su boca, si no es la falta de
consideración y aun de gratitud que reclama la hospitalidad de todo hombre
honrado que la recibe; pero cuando oímos la expresión despreciativa que hoy
merece nuestra sátira en bocas de españoles, y de españoles, sobre todo, que no
conocen más país que este mismo suyo, que tan injustamente dilaceran, apenas
reconoce nuestra indignación límites en que contenerse.
Borremos, pues, de nuestro lenguaje la humillante
expresión que no nombra a este país sino para denigrarle; volvamos los ojos
atrás, comparemos y nos creeremos felices. Si alguna vez miramos adelante y nos
comparamos con el extranjero, sea para prepararnos un porvenir mejor que el
presente, y para rivalizar en nuestros adelantos con los de nuestros vecinos:
solo en este sentido opondremos nosotros en algunos de nuestros artículos el
bien de fuera al mal de dentro.
Olvidemos, lo repetimos, esa funesta expresión que
contribuye a aumentar la injusta desconfianza que de nuestras propias fuerzas
tenemos. Hagamos más favor o justicia a nuestro país, y creámosle capaz de
esfuerzos y felicidades. Cumpla cada español con sus deberes de buen patricio,
y en vez de alimentar nuestra inacción con la expresión de desaliento: «¡Cosas
de España!», contribuya cada cual a las mejoras posibles. Entonces este país
dejará de ser tan mal tratado de los extranjeros, a cuyo desprecio nada podemos
oponer, si de él les damos nosotros mismos el vergonzoso ejemplo.
FIN
Revista Española, 1833
Nota: Larra escribió bajo varios seudónimos. Uno de
ellos era “Fígaro”.

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