© Libro N° 9417. A.M.D.G. Pérez De Ayala, Ramón. Emancipación. Diciembre
25 de 2021.
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Ramón Pérez de Ayala
A.M.D.G.
Ramón Pérez de Ayala
The Project Gutenberg EBook
of A.M.D.G., by Ramón Pérez de Ayala
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Title: A.M.D.G.
Author: Ramón Pérez de
Ayala
Release Date: May 28, 2018
[EBook #57225]
Language: Spanish
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Libraries)
[p. 1]
A. M. D. G.
[p. 2]
OBRAS DEL MISMO AUTOR
La paz del sendero (poesía).
Tinieblas en las cumbres (novela).
EN PREPARACIÓN
Troteras y danzaderas.
Fe y Encarnación.
[p. 3]
A. M. D. G.
POR
RAMÓN PÉREZ DE AYALA
Aucune secte, aucune société n’a jamais eu et ne
peut avoir un dessein formé de corrompre les hommes.
Voltaire
La lengua ha jurado; el alma no ha jurado.
Eurípides
MADRID
BIBLIOTECA RENACIMIENTO
V. PRIETO Y COMP.ª, EDITORES
Pontejos, núm. 8
1911
[p. 4]Es propiedad.
Queda hecho el depósito que previene la ley.
Imprenta Artística Española, San Roque, 7
[p. 5]
DEDICATORIA
Á D. Benito Pérez Galdós
Venerado Maestro: La premura con que hube de
realizar esta obra no era muy á propósito para lograrla en cumplida sazón y
madurez, de manera que temo mucho adolecer de osadía poniendo tan menguado
fruto á la sombra inmortal de tan alto nombre. Mi empeño era arduo: las
fuerzas, pocas. Considero que si hay algo digno de estimación en mi libro no es
sino pretendido reflejo de aquella admirable serenidad, decoro y nobleza con
que, en obras de linaje semejante al de la presente, vistió usted de carne
artística y de hermosura inmarcesible el austero principio de la justicia: suum cuique tribuere. Porque si atinamos
á encarecer sin envidia y á censurar sin veneno, participando la alegría de
hacer el bien de la pesadumbre de causar tristeza, nos será otorgado el
equilibrio interior.
Le ruego acepte con benignidad esta muestra, harto
profusa, de mi ingenio.
RAMÓN PÉREZ DE AYALA
Caldas de Reyes, 23 de Octubre de 1910.
[p. 7]
AB URBE CONDITA
[p. 9]
I
Tierra adentro y cara al mar, asentado sobre una
loma de los aledaños de Regium está el Colegio de segunda enseñanza de
la Inmaculada Concepción. Lo regentan los Reverendos Padres de la Compañía
de Jesús.
Es una mole cuadrangular, cuyas terribles
dimensiones hácenla medrosa; la desnudez de todo ornato, inhóspite, y la rojura
viva del ladrillo de que está fabricada, insolente. No tiene estilo. Su fachada
lisa, de meticulosa austeridad, abierta por tres ringlas de ventanales, se
ofrece á la mirada inquisitiva del viandante con la tristeza sorda y hostil de
los presidios, de los cuarteles y los establecimientos fabriles. Sábese que es
casa de religión porque hay una gran puerta ojival rematada por una cruz, al extremo
siniestro del frente, según se mira, á la cual conduce una escalinata de
piedra; un campanario voladizo de hierro, á manera de jaulón de micos, en el
tejado y á plomo sobre aquella puerta, y unas letras de oro contiguas al alar,
promediando el casón: A. M. D. G.
El edificio está á cosa de un tiro de piedra de la
carretera real, que conduce á tierras de Castilla. Entre el camino y el
colegio, así como aislador de paz que aquiete y embote el tráfago del siglo y
sus[p. 10] pecaminosas estridencias, hay pradezuelos mullidos, muy rapados
y verdes; los cortan aquí y acullá unas veredas de arena pajiza, las cuales,
reptando y curvándose con cierta blandura jesuítica, van á meterse en el
convento, por debajo de las puertas. Véase cómo por medio de un sencillo expediente
nos inculcan provechosa lección á tiempo que se nos pone al cabo del espíritu
de la Orden; porque veredicas y pradezuelos, lo mismo que la propincuidad con
la carretera, todo ello obedece á plan y concierto. Quiere decirse que no lejos
del camino de perdición está el cobijo de la gracia, y que para entrar en el
reino de S. M. Divina, de la cual son ministros tan irresponsables como el
propio soberano los Reverendos Padres de la Compañía, es menester trocar las
holgadas y prósperas vías del mundo por pequeños y tortuosos senderitos,
abajarse, rastrear, humillarse.
II
En los alrededores de Regium está la aldea de
Arriares, y en ella una casita de campo, flamante y de rusticidad
arquitectónica adredemente rebuscada; ventanucas, tejadillos, cuerpos adosados
al principal, á modo de establos, cuadras ó cubiles. Los huecos están siempre
en ceguedad, obturados por cortinas inmóviles de tela blanca. Un jardín
sombrío, húmedo, aprisiona á la casa, y una alta cerca, enrejada por uno de sus
costados, guarda el jardín. Es una casita que vive de sí misma, que tiene un
alma misteriosa y activa. Su dueño, constructor y habitante es Gonzalfáñez.
[p. 11]Gonzalfáñez nació en Regium. De niño tuvo
sólo un amigo, Dorín, el de Pedreña, garzón de cuna baja, paupérrima.
Adolescente, Gonzalfáñez desapareció de Regium. Fueron cayendo los años en la
sima de lo pretérito; murieron los padres de Gonzalfáñez; el pueblo olvidó al
hijo.
Cierto día llegó á Regium un señor cenceño,
rasurado, con esclavina de capucha, gafas negras y un bastón tremendo de gordo.
Preguntó por Dorín, el de Pedreña; fuése á Arriares, en su busca; se aposentó
en casa del aldeano, que tal era Dorín; estúvose allí hasta que vió terminada
la rústica casita de arbitraria apariencia, y, entonces, Gonzalfáñez y Dorín se
acogieron al nuevo nido.
Los dos amigos salían á vagar por el campo,
preferentemente carretera adelante, rostro á Castilla, siempre que hubiese buen
tiempo. Gonzalfáñez llevaba, en toda ocasión, colgando de sus hombros próceres
y un poco claudicantes, aquella esclavina de capucha que era como el trasunto
de un manto; lo mismo en invierno que en estío. Caminaban en silencio, de
ordinario. Retenían el paso con frecuencia. Una vaca, un mirlo, un regato, una
flor de genciana; todas las cosas y seres de Naturaleza ejercían tanto imperio
sobre Gonzalfáñez que, reclamándole hacia sí, le hacían permanecer largo rato
suspenso y como ajenado.
En Regium se sustentaban diferentes hipótesis
acerca de Gonzalfáñez. Quiénes aseguraban que era demente, habiendo sido su
padre alcohólico. Cuáles que sufría de infortunios amorosos, habiéndose casado
en Circasia con una princesa de extraordinario ardor é insaciable venustidad.
Estos, que las complicaciones de cierto horroroso atentado le mantenían
recoleto en su fortaleza agreste. Aquéllos, que era un idiota, atacado de
misantropía. Lo cierto es que nin[p. 12]guno sabía nada y que Gonzalfáñez,
después de su vuelta á Regium, no se había dignado cruzar la palabra con
ninguno de sus convecinos y paisanos, como no fuera Dorín.
Desde que se puso la primera piedra de los
cimientos, Gonzalfáñez y Dorín seguían, día por día, la diligente erección del
colegio jesuítico. El maestro de obras era un lego congestivo, agigantado, de
pestorejo y cogullada inmensos, maneras de cómitre y empecatado acento vasco;
el hermano Aurrecoechea.
Aurrecoechea intentó en veces diferentes trabar
plática con Gonzalfáñez; mas la pertinaz cerrazón de éste hizo desistir al
vizcaíno. Afortunadamente, si el uno le negaba este parvo sustento de la
palabra, otorgábanselo, con creces, mujeres que conducían la comida á canteros,
carpinteros y albañiles, y las mozas labriegas. No era raro verle en apretada
cháchara con alguna rapaza pulida y fresca, alongados un trecho de las obras y
guardándose bajo los árboles. No tardó en señalarse evidente favoritismo. La preferida
fué Teresa, de la aldea de Cabeñes, rubia de miel, encendida y gustosa como un
fruto. ¡Cuán pronto hubo de marchitarse su buena color! Lo que
perdió en carmín la neña, fué compensado en vientre. El bárbaro Aurrecoechea la
rechazó entonces. Cierta tarde hubo una llantina de Teresa, con manifestaciones
dramáticas; fueron testigos, á distancia, Gonzalfáñez y Dorín. El de la
esclavina rezongaba: «¡Mala bestia! ¡Mala bestia!»
Un día amaneció Aurrecoechea muerto, al pie de un
muro en construcción. Tenía la cabeza hecha añicos, por obra de un garrotazo. Á
la tarde, así que llegó Gonzalfáñez, por inspeccionar las obras como de
costumbre, interrogó á un pinche:
[p. 13]—¿Y el lego grande?
—Matáronlo, señor, en la noche última.
—¿Del todo?
—Del todo, como á una rata.
Se dijera que Gonzalfáñez sonreía.
El colegio medraba por horas. En corto plazo quedó
rematado y en su punto. El lóbrego enjambre ignaciano lo invadió,
distribuyéndose por las celdas, á llenar arcanas actividades. Y luego otro
enjambre más numeroso, el de la cándida infancia, brotes de futura humanidad.
Y por la tarde, consintiéndolo el tiempo—á las
horas postmeridianas en época de otoñada ó invernal, al levantarse la noche en
verano y primavera—, Gonzalfáñez y Dorín hacían un alto en su paseo y
contemplaban el colegio de la Concepción. Cuándo, tañía en la penumbra
hermética de los claustros la campana del regulador, escandiendo la medida
espaciada de la existencia comunal. Cuándo llegaban de patios y cobertizos la
algarabía conmovedora de la infancia en asueto; el chaschás seco
de la pelota contra el frontón; el bum cóncavo de los grandes
balones de cuero, que á intervalos surgían en el aire, por encima de los
muros...
Y Gonzalfáñez interrogaba:
—¿Te gustan los niños, Dorín?
—Según; cuando son guapos...
—¿Los quieres, Dorín, sean guapos ó feos?
—Hom, querelos... claro. ¿Quién no los quier?
—Los niños... Los niños... ¡Oh, puericia! ¡Oh,
puericia! ¿Sabes lo que es un parque de puericultura, Dorín?
—Mal rayo me parta...
—Que no te parta, Dorín. Me quedaría yo solo.
Dorín sonreía, con su rostro benévolo y bobalicón.
[p. 14]¡Nunca te olvidaré, Gonzalfáñez; hombre
extraño y nombre de romance antiguo! En los paseos nos sorprendías á la vuelta
de una calleja, en la linde de un bosque, en la margen de un río, donde menos
lo pensáramos. Recuerdo tu esclavina, y tu capucha, y tu bastón enarbolado cual
si fuera un báculo, y tu rostro ceñudo y bíblico, cuando repetías infinitas
veces según pasábamos y á tiempo que hundías tu pupila torva en los
inspectores: «¡Oh, puericia! ¡Oh, puericia santa!» Los inspectores bajaban los
ojos y nosotros nos apelmazábamos en las ternas, como rebaño pusilánime, porque
los padres nos habían dicho que eras ateo. ¿Qué habrá sido de ti, Gonzalfáñez,
nombre alto y sonoro, deidad esquiva de las encrucijadas rústicas?
III
¿Cómo y con qué recursos se edificó el colegio?
Dios, que viste de piedra, cuando no de ladrillo,
las buenas intenciones, y de hermosura el lirio de los valles, y da alimento al
pajarillo, y pajarillos al milano, dispuso la marcha de los días de manera que
en Regium se alzase un cuartel de su amada milicia.
La Compañía de Jesús tiene por norma indeclinable
no comenzar la construcción de una nueva casa si no se cuenta de antemano con
todo el dinero preciso para darla fin. Lo contrario redundaría en deshonra del
instituto, poniéndole quizá en pie de pedigüeñerías y mendigueces.
[p. 15]Las primeras avanzadas de batidores, en este
fornido ejército ignaciano, llámanse residencias. Son las residencias pequeñas
delegaciones que andan desparramadas por capitales de provincia y pueblos
ricos, viviendo de la misa y de la predicación y explorando el terreno por si
fuera á propósito para hacer una magna sementera de gracia.
En las últimas décadas del pasado siglo llegó á
Regium una de estas delegaciones. La componían los Padres Anabitarte, Olano,
Lafont y Cleto Cueto, con el Hermano Mancilla. Los enviaba el cacique de la
región, don Nicolás Sol é Il, aquel célebre y ridículo político de la barba
enmarañada y esponjosa, de la elocuencia enmarañada y esponjosa, del intelecto
enmarañado y esponjoso. Alojáronse en un segundo piso de la plaza de Sol é Il,
improvisaron una capillita, y con esto rompieron ya el avance hacia la conquista
de la madreselva, que es como ellos, en la intimidad, llaman á la
beata.
Las primeras jornadas fueron duras. Hubo noche en
que los cinco religiosos se acostaron con las tripas horras.
Apenas si se decían misas, á causa del estipendio
de cinco pesetas que la Compañía tiene señalado. Las gentes de Regium
murmuraban: «¡Mi alma, cinco pesetas! Están locos. ¿Si pagamos una á don
Rebustiano, y cuando muncho dos?» En su nesciencia teológica olvidaban que las
misas oficiadas por jesuítas logran mayor eficacia que ninguna otra misa.
Abundan razones que lo abonan. El Eterno nos ha patentizado, en el curso de lo
temporal, su afición á la lengua del Latio. El arameo no lo eligió, ni el
griego, ni el sanscrito, ni el hebreo, ni el catalán—nobilísimas lenguas
todas—, para lengua litúrgica, sino el latín; infundió en Virgilio el soplo[p.
16] profético y en Ovidio la complejidad y sutileza amatorias que, andando
el tiempo, habían de ostentar los casuístas. La prosodia latina de los jesuítas
es más pura que la de todos esos infelices curas de chicha y nabo; bien lo
saben y no se recatan para decirlo. Claro está que en el Cielo, así que celebra
misa un Padre de la Compañía, el Eterno y su Estado mayor central se vuelven
locos de contentos, porque le entienden todo lo que dice, y, naturalmente, le
hacen caso. Además, los jesuítas tienen muy buenas formas. Esto es, no que
resplandezcan en urbanidad ó que sus miembros se caractericen por cierta
turgencia escultórica, sino que las partículas que emplean para consagrar son
de clase extra y de mucho tamaño, con lo cual, en el punto
curioso y sublime de la transubstanciación, Jesucristo encuentra holgado
alojamiento, y lo agradece mucho. Todo lo que antecede ha sido revelado á un
venerable de la Compañía, y como se supone, fué revelándose con toda cautela, á
las personas piadosas de Regium, las cuales, habiéndose iniciado, satisficieron
fervorosamente las cinco del estipendio.
Y, sin embargo, la residencia no prosperaba. El
Padre Olano había llegado á formar frondoso cerco de madreselvas en
torno á la viña del Señor; de ellas, carcamales y fétidas momias; de ellas,
también, lindísimas muchachas y muy bellas casadas. El Padre Cleto Cueto
mantenía comercio cotidiano con los politicastros católicos del pueblo; logró
fundar un periódico nocedalino, La Reconquista. Anabitarte y Lafont
cultivaban de su parte sendos círculos de relaciones masculinas y femeninas.
Ninguno de los cuatro daba paz al zapato, recorriendo de continuo la provincia.
Pero el dulcísimo y fecundísimo dinero acudía con parquedad y dolorosas
intermitencias. En vano asediaban la casa de los ricachos san[p. 17]turrones de
Pilares, la capital, insinuándoseles con dulzura oleaginosa y sahumerios de
palabras suaves; cuándo, cerca de don Anacarsis Forjador, el multimillonario de
semítica traza, bandolero de asalto en guarida, que no era otra cosa su banca;
cuándo, sobre el marqués de San Roque Fort, por la gracia de Su Santidad León
XIII, forajido sacristanesco más que marqués, que de lo uno llevaba cuatro
meses mal contados y de lo otro algunos lustros poniendo á parir caudales
ajenos, en amorosa complicidad con un su hermano, canónigo, incurso en simonía.
Se les acogía bien, se les proporcionaba lastre para la andorga, hasta se les
socorría, á pretexto de ciertas devociones; pero ¡con cuánta miseria! ¡con qué
torpe y mal celada avaricia!
Recibióse en la residencia una carta del
provincial. Decía: «Miren que, á lo que entiendo y por lo que se me dice, esa
tierra es rica y va para más; que se abren nuevas minas y muchas fábricas cada
día; que los tiempos son de impiedad, de peligro para la Compañía y para la
Iglesia de Cristo; que toda esa parte la tenemos en barbecho, porque si se
quitan las Provincias, puede asegurarse que el Norte nos ignora; que un colegio
ahí paréceme que urge, etcétera, etc.» Luego: «Dícenme que hay una viuda de un tal
señor Zancarro, mujer delicada de salud, pero de mucha fortuna. Infórmense con
discreción, amadísimos Padres, que el asunto es de mucha monta para el servicio
de Dios. Probablemente les enviaremos al Padre Sequeros. A. M. D. G.»
Al leer el anuncio del envío, siquiera fuese de un
hermano en religión, los de la residencia arrugaron el morro, vejados y
hostiles. Luego cambiaron una ojeada, en silencio. Sequeros gozaba de mucho
renombre dentro de la Compañía por haber socaliñado, en París, unos millones de
pesetas á la vieja[p. 18] duquesa de Villabella, hallándose la dama en
trance de muerte.
Llegó Sequeros á Regium. Era un mozarrón de erguida
testa y modesto ademán; sanguíneo, hermoso, abierto de corazón y de carácter,
candoroso y leal; sus ojos miraban siempre al suelo ó al cielo; la voz, clara y
masculina, ignorante de inflexiones capciosas é hipócritas; en el espíritu,
voraz fuego apostólico y amor divino sin medida.
Á poco de llegar á Regium se le tenía por santo. La
mayoría de las madreselvas se pasaron á Sequeros; le besaban
la sotana y el fajín, y le decían: «¡Santín de Dios!» Á lo cual, el
joven religioso sonreía, apartándolas dulcemente de su camino, porque él tenía
una alta misión que cumplir: buscar los materiales para la ciudad de Dios.
Los vecinos de Regium echaron de ver muy pronto la
ventaja que Sequeros hacía á sus hermanos. Por lo pronto, no llevaba los
hombros constelados de caspa, como Olano y Anabitarte; ni tenía los dientes
podridos, como Lafont; ni se dejaba la barba de cinco días, como Cleto Cueto.
Se puede ser santo sin ser puerco. Sequeros era un jesuíta verdad,
según la leyenda que el vulgo de ellos ha creado. Las madreselvas daban
por descontada la aristocracia de su cuna. Todas las puertas se le abrían. Se
le abrió, por ende, la de la viuda de Zancarro. Había sido el tal un
desapoderado bandido que, con ocasión de las guerras coloniales, apilara su
fortuna en la administración militar. Negáronle el trato los de Regium, lo
persiguieron y afrentaron con tanta saña que él, acorralado, determinó
suicidarse. Su viuda cayó en maniática religiosidad; no tenían descendencia.
Los jesuítas, con caritativo desinterés, se
aplicaron á consolarla. La viuda rehuyó semejantes con[p. 19]suelos. Cuando
Sequeros apareció fué otra cosa. Á poco de conocerlo, no podía pasar la vida
sin requerir su presencia una vez cada dos días, por lo menos. Fiaba en él y
creía en su santidad. Sequeros repartía sus horas entre la oración y la viuda.
Habiéndose agravado la enfermedad de la señora, las visitas pasaron á ser
diarias.
Una mañana llegó Sequeros á la residencia
atropellando con todo y las pupilas en ignición. Se precipitó en la capilla y
cayó de hinojos ante un cromo de San Ignacio. Sus compañeros curioseaban desde
la puerta del oratorio; pellizcábanse y se hacían guiños. Salió el Padre
Sequeros. La lumbre de los ojos se había atenuado. El Padre Cleto preguntó,
balbuciendo:
—Bueno, ¿qué?
—Ha fallecido.
—¿Testamento?
—Hecha una santa.
—¿Testamento?
—Testamento.
—¿Cuánto?
—Seis millones de reales.
—Collegium habemus.
Y se abrazaron todos.
Á la hora de comer, hubo pollo, de extraordinario.
Terminados los postres, sorbían plácidamente el café, cuando el Padre Lafont
arremete contra el Padre Anabitarte, superior provisional.
—¡Ah, mon Père! ¡C’est un grand jour![1]. Yo creo que
sería bien oportuno una pequeña copa de ron.
—Sí, Padre. Yo también creo que merece la pena
celebrar el día con honesto regocijo.
—Sea. Mancilla, danos acá la botella de ron.
[p. 20]
Sequeros se niega á beber. Los demás porfían. Al
fin, accede. Levántase con la copita en alto. Síguenle los otros; chocan las
copas. Sequeros tiene el rostro bañado en luz interior:
—¡Ad Majorem Dei Gloriam!
[p. 21]
IANUIS CLAUSIS
[p. 23]
I
El 21 de Septiembre comenzaba el curso en el
colegio de Regium; era el cuarto, desde su apertura á la enseñanza.
El niño Alberto Díaz de Guzmán, conocido
familiarmente por un diminutivo, Bertuco, salió de Pilares en el primer tren de
la mañana. Acompañábale la vieja sirvienta Teodora, mujer de extremada
sencillez, la cual había llenado cumplidamente para con Bertuco maternales
menesteres desde la prematura orfandad del muchacho. Teodora iba aderezada con
sus más ricos arreos y prendas; monumentales arracadas de aljófar, que le
pendían hasta la base del cuello; pañuelo de seda recia y gayos colorines,
anudado debajo de la barbeta; gran mantón negro, de seda también, con muchos
bordados y luengos flecos torzales; falda muy fruncida, de merino; una docena
de enaguas que abombasen y diesen buen aire al cuerpo andando, porque en esto
consiste el toque del vestir de lujo y á lo señor; almadreñas, y un paraguas
rojo. Bertuco, que comenzaba á prever atisbos del arte indumentario,
consideraba que semejante acompañamiento le ponía en ridículo. Intentó ir solo
á Regium, á lo cual Teodora acudió espantada:
—¿Tú qué dices, mi nenú?
[p. 24]—Voy para catorce años.
—¿Yo dejate solo?... ¡Non lo premita Dios!
Teodora pretendía tomar billetes de primera clase;
mas Bertuco se obstinó en que habían de ser de tercera, y, á lo sumo, á lo
sumo, de segunda. Asustábale pensar que las gentes de su propia condición le
sorprendieran sometido á tan extravagante tutela.
En las calles de Regium los miraban con asombro,
mofándose discretamente de aquella vieja, ataviada á usanza de tiempos remotos.
Visitaron el bazar de Badila, en donde Bertuco se proveyó de lo necesario para
el aseo personal durante el curso; llegaron hasta el puerto, por contemplar el
mar, que andaba muy enfurruñado en aquella ocasión, y, poco antes del mediodía,
tomaron el camino del colegio.
—¡Ay, Bertuco! ¿Por qué no vamos á comer á una
fonda? Tiempo tienes de encerrate. Otros años, cuando venías con tu padre,
¿entrabas también pa comer? ¡Ay, Joasús!
Bertuco apretaba el paso; Teodora, siguiéndole
malamente, enjugaba los ojos en un pañuelo á cuadros. Poco antes de llegar al
colegio, Bertuco se plantó delante de la anciana.
—Oye, Teodora: no quiero que vayas con madreñas y
con paraguas. Ya lo sabes. Tendrían risa los compañeros para todo el curso; no
quiero que me tomen el pelo.
Teodora, sin atinar á decir cosa con cosa,
exclamaba, haciéndose cruces:
—¡Joasús, Joasús!
Su consternación era tanta, que Bertuco sintió
remordimiento de haber sido cruel.
—No seas boba. Es que los niños son muy malos; no
me gusta que digan cosas de ti.
—Pero, ¿dónde los tó dejar, neñín de mío alma?
[p. 25]
Bertuco la condujo, á campo traviesa, hasta la
espalda del colegio, al pie de cuyas tapias había unas tupidas matucas.
—Escóndelos aquí.
Teodora dudaba.
—¿Y si me los arroban? ¡Ay! Y cómo están los praos,
pingando mismamente. Tó coger un ruma con estos zapatos de satén; Dios
m’ampare.
Volvieron á las vereditas que se hacen al frente
del edificio. La aldeana detúvose y contempló recogidamente la grave y
cejijunta mole.
—¡Joasús! Paez un maricomio.
—Teodora, se dice manicomio.
Penetraron en el portalillo, angosto y desnudo,
como cosa inútil que es, pues los jesuítas saben no perder espacio ni tiempo en
futilidades. Les abrió un fámulo de aborregado semblante. Desde el vestíbulo se
columbra, á través de la puerta del fondo, el patio de la tercera división,
preso en un claustro de arcos de medio punto, por donde discurrían, con paso
presto, cuándo un pelotón de niños, cuándo una pareja de Padres. Teodora se
mantenía inmóvil, tomada de religioso terror. De la ropería, que está, según se
entra, al costado derecho del vestíbulo, salió el Hermano ropero, Santiesteban
de apellido, esmirriado y amarillento; sonreía con expresión epicena, mostrando
la sima lóbrega de una boca letrinal. Saludó á Teodora y Bertuco, acarició al
niño y les condujo al salón de visitas, frontero á la ropería. Es el salón una
pieza rectangular, muy vasta y severa, amueblada con sillas y sillones de enea;
en las paredes penden fementidas copias de Murillo, pintadas por el Hermano
Urbina, aquel prevaricador de insolente brocha que infestó de mamarrachos los
colegios de la Orden.
En el salón estaba Coste, mocete desmadejado y[p.
26] bermejo, de ojos montaraces, carrillos tan rotundos y boca tan
fruncida, que se dijera estaba tañendo de continuo un invisible instrumento de
viento. Acompañábale su padre, un marino de sotabarba á la británica, hirsuta y
entrecana, boca breve y ojos de lejanía. Llevaba un traje nuevo, de paño tan
rígido que le embarazaba todo movimiento. Tenía la pipa en la boca; sin
rechistar, seguía atentamente el discurso del Padre Eraña, Conejo de remoquete
entre la grey de los alumnos.
En entrando Bertuco, los dos chicos corrieron á
abrazarse. Coste traía ya la blusa puesta, un mandilón de dril agarbanzado, con
orillas blancas. Conejo acudió también.
—Vienes más delgado, Bertuco. Vamos á ver, ¿se te
han olvidado las progresiones aritméticas y geométricas? ¿Sabes que soy Padre
Ministro este año?—y le halagaba con suaves toquecitos en las mejillas.
Teodora, haciendo extraordinario acopio de energía,
se decidió á besar la mano de Conejo. Mas éste se la apartó con ademán
campechano y risa franca. El marino continuaba en su puesto, como clavado en
tierra.
Aportó Santiesteban una blusa, que se vistió
Bertuco. Luego pidió los envoltorios á Teodora.
—Padre, ¿me permite que lleve á la camarilla las
cosas del aseo?
—¿Qué camarilla tiene, Santiesteban?—preguntó el
Padre Ministro.
—La del año pasado.
—¿Ya no vuelves?—se atrevió á decir Teodora, con la
voz quebrada.
—¿Es tu madre?—añadió Conejo.
Y Bertuco, secamente:
—Es una criada vieja.
[p. 27]Teodora, sin haber oído á su Bertuco,
murmuraba entre sollozos:
—¡Probín! ¡No tien madre!
—Cierto, cierto, no recordaba—repuso el jesuíta—. Y
bien, señor Coste, ¿quiere usted que el niño continúe aquí ó que vaya á
preparar sus cosas?
El marino extendió el brazo en dirección á los
senos misteriosos de la santa casa, como indicando que estaba dispuesto á la
separación.
—Despídete, Romualdo. Despídete, Bertuco—ordenó
Conejo.
Pero todos continuaban quietos, cortados, sin saber
cómo afrontar el trance. Teodora fué la primera en precipitarse sobre Bertuco,
estrujándolo, besuqueándolo, chillando é hipando con infinito desconsuelo.
Bertuco se desasió en dos tirones, se arregló la ropa, apretó el entrecejo y
refunfuñó, poseído de cólera:
—¡Vaya, vaya! Es ya mucho.
El señor Coste besó á su hijo en la frente.
—Adiós, Romualdo; sé formal, rec...—(Conejo bajó la
cabeza)—siquiera un año. Adiós, Padre.
Era cosa de ver aquel hombre tieso y sarmentoso,
con los ojos empañados y la voz femenina en fuerza de emoción. Echó á andar
hacia la puerta, pero como tropezase con Teodora, se detuvo.
—¿Viene usted sin paraguas, señora? Salga conmigo,
que yo la acompañaré hasta donde sea.
Y aquí de los apuros de la anciana. ¿Cómo recogería
sus adminículos yendo en compañía de aquel señor tan serio? La pobre mujer
interrogaba angustiosamente con los ojos á Bertuco. Este, adivinando el
aprieto, no pudo disimular la gracia que le hacía.
—Vete ya. ¿Qué aguardas? ¿Piensas que el papá de
Coste va á comerte? Vaya, ¡adiós!
[p. 28]Retozándole la risa en el cuerpo y á
impulsos del cariño que allá en el fondo le inspiraba aquella cándida criatura,
fué á abrazar á Teodora por última vez.
—No se atribule usted, señora—manifestaba el
marino, por hacerse el fuerte, y, tomando del brazo á Teodora, salieron los dos
al mundo.
Coste frunció los labios más que de ordinario, como
si se esforzara en dar una nota aguda, y los ojos azules de Bertuco adquirieron
helado fulgor.
II
Bertuco subió á las camarillas. Coste iba con él,
por especial permiso de Conejo. Tomaron la escalera del torreón.
Los dormitorios ocupan un ala entera del piso
tercero, la del Mediodía, y una buena parte de las de Levante y Poniente. Es
una sala profunda, en cuya lontananza los ojos se extraviaban entre penumbra.
Altas como cosa de dos metros y á lo largo de la sala, van en cuatro filas las
camarillas, haciendo dos cuerpos, de manera que, de sus portezuelas, la mitad
da á un pasillo central y la otra mitad á otros dos pasillos más angostos, los
cuales corren siguiendo los muros laterales del recinto.
Bertuco pegó el rostro á los vidrios de un
ventanal. Pensaba en Teodora: «¿Se habrá atrevido? ¿No se habrá atrevido?»
Llovía copiosamente. El paisaje era un cuadro brumoso, espolvoreado de ceniza.
[p. 29]
—¿Qué haces? Paeces fato—advirtió el carrilludo
Coste, con mal humor.
—De buena gana abría esta ventana.
—P’ro hombre, con lo que llueve...
Llegaron á la camarilla de Bertuco. Como todas las
demás, era un mechinal diminuto, con cabida para una cama infantil y una mesa
de noche, que hacía de lavabo en alzándole la tapa. Por toda techumbre, una
tela metálica. Á los pies, una percha; á la cabecera, estampas y una pila; en
un ángulo, una rinconera, en donde Bertuco depositó, alineándolos, sus avíos de
tocador.
Los dos niños se sentaron en el borde del lecho.
Coste preguntó:
—Estás triste.
—¿Yo?... ¿Y tú?
—¡Psss!... Pienso escaparme en cuanto pueda.
(Pausa.) ¿Te gozaste mucho este verano?
—Hombre, la verdad: yo no me gozo nunca mucho. Ya
ves, en la aldea... Sin amigos... Tuve un seminarista de preceptor.
—¿Y de mozas?—Coste clavó sus ojos en Bertuco, el
cual, muy encendido, guardaba silencio—. ¡Anda, ea...! ¿Á que resulta que no
sabes gramática parda?
—Sí... ya... ya tengo malicia—balbuceó confuso.
—¿Y de mozas? ¿No estuviste con nenguna moza?
—Tú ya eres mayor...
—Sí, es verdad; yo soy mayor. Verás; un día fuimos
desde Ribadeo á Lugo. Estuvimos en una casa de mujeres... Andan desnudas y con
cintas de colores por aquí.
—¡Calla, calla...! Si nos oyeran...
—¡Bah! Se acababa antes todo. ¿Tú crees en el
pecado?
—¿Oyes? Un ruido... ¡Dios mío, si nos oyesen!
Coste, que aunque se las daba de hombre terrible[p.
30] era en la entraña tan infeliz como patrañuelo, empalideció densamente
ante la posibilidad de la expulsión ó de un castigo acerbo. En este punto sonó
el pito de una fábrica; á poco, la campana del regulador conventual, llamando á
la refección meridiana. Coste y Bertuco salieron corriendo. En cuatro brincos
se plantaron en el refectorio.
III
El refectorio es una pieza alongada, de aire
ceniciento; el piso, embaldosado de losetas grises; las paredes, grises y
desnudas; al pie y adosados á ellas, bancos de pino; delante de los bancos,
largas mesas con tablero de mármol gris; por fuera de las mesas, pequeños
escabeles de pino. En la cabecera del refectorio, un crucifijo grande. De una
banda, ventanales, y, promediándolos, un púlpito, desde donde el lector
complementa y ensalza la torpe función de la comida material derramando
sazonado y provechoso alimento para los espíritus.
Aquel día, como primero de curso, la refección se
hacía sin el ritual y solemnidad establecidos en el reglamento. No hubo lector,
porque apenas si había oyentes; Bertuco, Coste, Bárcenas y cuatro ó cinco
nuevos, los cuales, en las mesas destinadas á la última división, hundían la
nariz en el plato, emperrándose en no comer. Los demás alumnos, apurando los
postreros y perentorios instantes de libertad, aguardaban la caída del día para
venir á recluirse. De frente á frente del refectorio pasea[p. 31]ban los que
habían de ser, durante todo el curso, vigilantes de comidas: el nuevo Padre
Ministro (Conejo) y el Padre Mur, segundo inspector de la primera división.
Conejo concedió inmediatamente «Deo gratias», esto
es, permiso para hablar, y él mismo entabló, á seguida, conversación con sus
amigos de años anteriores, enderezándose preguntas chuscas y haciendo payasadas
y facecias, á que era muy inclinado. La carcajada muchachil, sincera ó
hipócrita, puesta á guisa de comentario á raíz de sus donosidades y
contorsiones, le originaba satisfacción tan plena como á un general romano la
ovación.
Coste trasladaba al estómago los colmados platos, y
al plato las colmadas fuentes. El Padre Mur lo aborrecía sin disimulo y lo
asaeteaba con ojos fríos, acerados. Conejo contentábase con burlarse de tanta
glotonería.
El Padre Mur se detuvo, cara á Coste. El muchacho,
que en el instante aquel hacía presa en un trozo de carne, se quedó paralizado.
—Pero, hombre—susurró el jesuíta, frunciendo la
boca como si se sintiese acometido de una náusea—, comes como un gorrino. Da
asco mirarte. ¿No te han dado de comer, durante el verano, en tu casa?
El mofletudo Coste miró al Padre Mur; primero, con
la dolorida dulzura de un can á quien sin razón maltratan; luego, con la
agresividad admonitoria de la bestia que se apercibe á hincar el diente en la
mano que la hiere.
—Si le molesta mirar, no mire—gruñó, y al punto
devoró la carne.
El Padre Mur le volvió la espalda. Este fué el
único incidente de la comida. Terminada ésta, salieron á la recreación. Como
llovía, se acogieron al[p. 32] cobertizo. Los contados alumnos fueron
divididos en varios grupos, según la división á que pertenecían, y entregados á
la tutela de sus inspectores correspondientes. Habiéndose ido á comer Mur, los
de la primera división quedaron con el Padre Sequeros, su inspector primero. El
Padre Sequeros no parecía el mismo que había llegado á Regium tiempo atrás, con
el cráneo alto é imperativo, en son de conquista religiosa. Su cabeza, ahora,
propendía á la humillación, como si el perseverante yugo de la adversidad la
hubiera impreso una actitud sumisa; había enmagrecido y perdido la turgencia
juvenil del rostro, bien á causa de una enfermedad, acaso por obra de morales
sufrimientos, quizá en virtud de penitencias excesivas; tal vez por las tres
cosas juntamente. Manifestábase con esa incertidumbre y timidez constantes de
los seres inofensivos que viven en un medio hostil, sometidos á caprichosas
vejaciones. Pero, cuando estaba á solas con sus chicos, se afirmaba en sí
propio, desentumeciánsele las alas del corazón y comenzaba á esponjarse, á
reir, á retozar... La cabeza tornaba, poco á poco, á adquirir noble imperio;
los ojos se caldeaban; la voz se hacía tierna y velada; los brazos,
larguísimos, según correspondía á su aventajada estatura, se desplegaban como
una gran cruz que cobijase la infantil muchedumbre. En esto llegaba el Padre
Mur, aquel drope gélido y narigudo. Repentinamente, el Padre Sequeros perdía
toda animación, todo fervor, todo entusiasmo; volvía á ser el hombre
ahuyentado, receloso, encogido.
El Padre Sequeros paseaba bajo el cobertizo,
llevando á sus lados á Bertuco y á Bárcenas, segundón del marquesado del Santo
Signo. Coste se entretenía jugando á solas con el balón. El jesuíta apoyaba sus
manos en los hombros de los dos niños,[p. 33] atrayéndolos hacia sí al
tiempo que les dirigía dulces palabras de afecto y bienvenida, junto con
preguntas referentes al empleo del verano.
—Vamos á ver, ¿habéis conservado la devoción al
venerable Padre Crisóstomo Riscal?
Los niños asentían tibiamente.
—¿Habéis contribuído á propagar su devoción?
—Yo, la verdad, Padre... como estuve en la aldea y
los aldeanos no entienden mucho de eso...—dijo Bertuco.
—Yo, sí, Padre. Mis hermanas, sobre todo Amalia y
Enriqueta, son ya muy devotas—aseguró Bárcenas.
—¿Y la Piísima?—interrogó el jesuíta—. ¿La habéis
hecho todos los días?
Respondieron que sí. El Padre Sequeros se inclinó á
mirarles, con expresión dubitativa y severa. Los niños se ruborizaron,
considerando descubierto su embuste. Creían que el Padre Sequeros estaba dotado
de sobrenaturales dones adivinatorios, y que no hacía sino mirar á una persona
para leer en el más replegado y lóbrego rincón de su pensamiento. Al cabo de
unos minutos de silencio, el jesuíta indicó que jugaran un rato, por bien hacer
la digestión. Bárcenas fué á empeñarse en singular y desaforado combate con el
mofletudo Coste. Bertuco, pretextando cansancio á causa del viaje y del
madrugón, continuó paseando con el jesuíta. Eran muy aficionados el uno al
otro. El Padre Sequeros gustaba de la riqueza sentimental y avispado juicio del
muchacho; le amaba entrañablemente, recelando que había de ser carne de
libertinaje y espíritu de impiedad en saliendo al mundo. ¡Pobre almita! ¡Tan
sonora! ¡Tan apta para que los dedos capciosos del enemigo malo le arrancasen
una música de infernal fascinación! Bertuco, á su vez, amaba al Padre Se[p.
34]queros con un amor que participaba del respeto que nos inspiran las cosas
grandes y misteriosas.
Paseando, Bertuco, en cuantas coyunturas se le
presentaban, escudriñaba la fisonomía del amigo y maestro; ahora, con el
rabillo del ojo; ahora, franca y descubiertamente, aprovechando que el Padre
Sequeros caminaba abstraído. Era patente, en opinión de Bertuco, que el jesuíta
recibía á sus alumnos con alegría dolorosa, así como aquel á quien devuelven
prendas queridas, las cuales, con la ausencia, han sufrido detrimento y mal
daño.
Detuviéronse á mirar cómo caía el agua en los
grandes patios de recreación, vacíos y fangosos. Luego, el Padre Sequeros tomó
á Bertuco dulcemente por las sienes, elevándole un poco el rostro, de manera
que lo podía contemplar á su sabor, como lo hizo.
—Estás más delgado, Bertuco. Y algo pálido. ¿Por
qué no levantas los ojos? ¡Ay, Bertuco! ¡Has perdido la pureza: estás en pecado
mortal!
—No, padre. Por esta vez se equivoca—. Pero no
lograba reirse, como pretendía.
—Calla, calla, Bertuco. No agraves tus faltas con
la mentira—. En sus palabras no había acritud, sino infinita amargura.
Comenzaron á llegar los alumnos, lentamente. Los
nuevos, de la tercera división, lloraban casi todos. Los antiguos se saludaban
y abrazaban, con cierta timidez y encogimiento, como si los tres meses de
separación les hubiera extrañado á unos de otros. Á las seis de la tarde estaba
el hato completo, en la majada jesuítica.
[p. 35]
IV
Las divisiones se encaminaron, en dos filas, á sus
respectivas salas de estudio ó estudios, á secas, según el estilo
vernacular del colegio.
Son los estudios grandes salas, de muros blancos y
desguarnecidos; mesas de pino barnizado, cada una con cuatro pupitres ó cajones,
que así se llaman, los cuales se abren en dos hojas laterales, de suerte que al
ser usados no oculten la cabeza del alumno; miran todas las mesas en un
sentido, y están repartidas en dos bandas, dejando en el medio angosto
pasadizo; dominándolas, se levanta el púlpito del inspector, con acceso de uno
y otro lado; en la pared, sobre el púlpito, un doselete y la Inmaculada Concepción.
Se rezó el rosario, se hizo lectura espiritual...
Llegó el Padre Eraña, interrumpiendo la lectura, y fué á colocarse en la mesa
de cabecera, vuelto hacia la división. El alto cargo que le habían conferido le
tenía lleno de inocente orgullo, que se traicionaba en la sonrisa satisfecha y
en cierta arrogancia pretendida, incompatible con la desmedrada humanidad del
buen Conejo. Era hombre sencillo, de cortísimas luces y su rostro plebeyo.
Usaba, como todos sus compañeros, bonete sin borla, de puntas desmesuradas, que
á media luz y algo á lo lejos remedaban las erectas orejas de un asno. Se
ignora la génesis del remoquete con que era caracterizado el Padre Eraña;
veníale ya de Carrión de los Condes.
[p. 36]Conejo paseó su mirada sobre los muchachos;
le bailaba siempre en los ojos la alegría de vivir, y ahora con harta razón.
Hubo un gran silencio, que el Padre Ministro prolongó adredemente, gozándose en
él como en una lisonja. Un hipo descomunal resonó en el estudio.
—¿Quién es el marrano?—preguntó Conejo, aparentando
severidad.
Los vecinos del culpable, con esa baja intención
característica de la infancia, y que los jesuítas cultivan con mucho esmero, en
fuerza de miradas y gestos, lo colocaron en tanta turbación, que ella misma
hubo de delatarle. Era Marcialito, hijo del heroico general Pandolfo.
—¿Es esa la educación que te dan en tu casa? ¿Te
parece éste sitio para regoldar?—y Conejo fruncía las cejas de una manera tan
ridícula, que todos rompieron en una gran carcajada.
Á seguida comenzó el reparto de libros de texto.
Los niños pasaban, uno por uno, recogiendo los que le correspondían. Á Bertuco
le entregaron la «Psicología, lógica y ética», de Ortí y Lara; la «Geometría»,
de Rubio, y el segundo de Francés, de Goicoechea. Concluída la distribución,
Conejo preguntó quiénes querían inscribirse en las clases de adorno. Bertuco se
matriculó en violín y dibujo. Coste, aterrorizado ante el hastío tremebundo de
las interminables horas de estudio que tenía por delante, juzgó cómodo
expediente solicitar alguna clase de adorno, ya que éstas se seguían hurtando
el tiempo al estudio.
—Padre, yo quisiera...
—¡Bravo! El señor Coste quisiera... ¿Qué quisiera
el señor Coste?
Un poco cortado ya, el mofletudo Coste continuó:
—Pues yo quisiera tocar algo...
[p. 37]
—Pero, hombre, si parece que lo estás tocando
siempre...
Carcajada unánime.
—No, si digo... vamos, algún instrumento.
—¿De viento?
—Bueno; tocar algo.
—Ya estás tocando el violón.
Nueva carcajada, sobre la cual salía la voz aguda
de Manolo Trinidad, el hipócrita alfeñicado y casi femenino que se pasaba el
curso haciendo la pelotilla, adulando y llevando chismes á los Padres. Coste se
sentó furioso, y con disimulo hizo señas á Trinidad, dándole á entender que
pensaba romperle algo, hacia la cabeza.
Conejo salió del estudio con aire marcial y
exagerado contoneo.
El inspector, desde lo alto del púlpito, enderezó
breves frases de salutación á los alumnos, y terminó diciéndoles que podían
hojear los libros de texto en tanto llegaba la hora de la cena. Levantóse
entonces un revuelo sordo, y, á poco, la muchedumbre de cabecitas se inclinaba
atentamente sobre el pupitre.
V
Unos pasaban y repasaban con afán las páginas;
otros meditaban, la cabeza hundida entre las manos; algunos cayeron dormidos.
Había un religioso silencio. El Padre Sequeros derramaba una turbia mirada de
misericordia sobre todos ellos; los escrutaba luego con ahinco, como si se
esforzase en[p. 38] descifrar vagos enigmas. «¿Qué ha sido de ellos? ¿Qué
será de ellos?», se decía. Su destino humano no le inquietaba, sino la eterna
solución de aquellas vidas. «¿Cuántos se salvarán? ¿Cuántos se condenarán?» Y
le tomaba un temblor de espanto.
La solución de ultratumba no queremos aventurarla.
Pero como de esto han corrido muchos años, algo podemos decir del destino
terrenal que pesaba ya sobre aquellos cráneos candorosos.
Sumidos en el triste recogimiento del estudio
estaban: Luis Felipe Ríos, que había de morir frenético, de parálisis general;
Rielas, que había de morir alcohólico; Lezama y Menéndez, á quienes habían de
recluir en sendos manicomios; Macías Guarino, su hermano Enrique, Celedonio
Pérez, Caztán y Borromeo Gusano, que habían de morir tuberculosos; Manolo
Trinidad, que había de llegar á ser bardaje; Forjador, jesuíta, y Ricardín,
alcalde de Regium. Nada queremos adelantar de Bertuco y Coste.
Entretanto, el Padre Sequeros seguía planteándose
el para él magno problema: «¿Quiénes se salvarán? ¿Quiénes se condenarán?»
Á las ocho menos cuarto asomó por la puerta del
estudio el temible morro del Padre Mur, un morro puntiagudo y vibrátil como el
de las ratas de alcantarilla. El Padre Sequeros le dejó el púlpito y salió del
estudio, á fin de tomar su refección vespertina.
El Padre Mur creyóse también en la obligación de
pronunciar unas palabras. Hízolo muy secamente, mirando á los alumnos con
manifiesto desdén y agrura. Insistió repetidas veces en lo saludable y
provechoso de los castigos para quien los recibe, y, á guisa de epílogo,
advirtióles que lamentables benevolencias de otros Padres tendrían necesaria
compensación en su justa severidad (la de Mur). Los niños vieron en sus últimas
frases una clara alusión[p. 39] al Padre Sequeros, á quien odiaba, y no
era preciso ser muy listo para echarlo de ver.
Luego de terminar tan sucinta y rotunda plática,
les conminó á que inmediatamente le fueran entregando relojes, monedas,
cortaplumas y cualesquiera otros objetos prohibidos, por ser ocasión de
distracciones en clases y estudios. Así lo hicieron todos.
Á las ocho comenzó la cena. Á las ocho y media
había terminado. Después de una breve oración en la capilla particular, los
colegiales subieron al dormitorio, yendo cada cual á guardarse en su respectiva
camarilla.
VI
Bertuco fué despojándose pausadamente de sus
vestidos. Contempló algún tiempo el camastro, pequeñuelo y blanquísimo, amable
ensenada á donde se recogía después de los diurnos afanes, entregando su
espíritu en brazos de los ángeles por que lo recreasen con dulces ensueños y
anticipaciones de la gloria venidera. Había sido el lecho de su virginal
candor; ya no podía volver á serlo. No se atrevía á acostarse, cual si fuese
una profanación. Cruzó los brazos y abatió la cabeza. Estábase así cuando el
Padre Sequeros le sacó de su ensimismamiento tocándole el hombro con blandura.
—¿Por qué no te acuestas, Bertuco? Vamos,
acuéstate.
Obedeció el niño. El jesuíta le acarició la frente.
—Duerme, Bertuco. El Señor sea contigo—. Salió,
cerrando por fuera la portezuela.
[p. 40]Bertuco hundió el rostro entre la almohada,
solicitando el sueño ahincadamente, por huir de sus propios pensamientos.
Oíase el susurro de la lluvia contra los ventanales
y algunos sollozos, saliendo ahogadamente de camarillas remotas.
Bertuco se acordó de que iba ya para dos meses que
no hacía sus oraciones antes de dormirse; comenzó á bisbisear sin lograr
aplicarse á infundirlas un sentido. Una sola idea se alojaba en su mente,
expandiéndose, expandiéndose como si amenazase quebrarle el cráneo. Era la idea
de tener que confesarse y descorrer ante un sacerdote el velo de sus pudores
mostrándole aquella vergüenza. ¡Tenía ya malicia! El demonio le había iniciado
en el gran secreto que rige al mundo.
Se le hacía presente la escena y el supremo minuto
en que su infame preceptor le había sugerido inmundas verdades, induciéndole á
pecaminosos actos con la hija del jardinero. Bertuco no quería oir; huyó
aterrorizado. El seminarista, riéndose, corrió á darle alcance. Luego, había
remachado sobre lo ya dicho. Bertuco protestó. ¡No, no podía ser tal
monstruosidad! Le asaltó el recuerdo de su madre. «Entonces... mi madre... ¿Y
la Virgen?» había suspirado roncamente. Acudió el seminarista con textos de la
doctrina, los cuales en el instante adquirieron cabal sentido.
Fué un cataclismo. El edificio de su piedad y fe
cayó, y entre la confusión ruinosa corrían los lagartos de los malos
pensamientos y deseos, calentándose al sol interno de una lujuria meditativa,
creciente, avasalladora, porque lo presunto érale incentivo y alimento. Se
retrajo á los parajes esquivos de la aldea y á los rincones apartados de la
casa. Su espíritu modelaba en todo punto fantasmagóricas es[p. 41]culturas de
carne femenina y rectificaba las formas, aspirando á la realidad desconocida.
Bertuco devoraba á las mujeres con ojos ardorosos, imaginando la desnudez plena
por las sugestiones que le ofrecían pliegues, caídas y adherencias del ropaje;
acechaba una pierna que en fugitivo movimiento se mostrase, un brazo
arremangado, la hendedura y suave henchimiento de un descote... Comenzó á dudar
de la sabiduría del omnipotente, que había dispuesto para la propagación de la
especie acto tan torpe y puerco, y no un arbitrio más decoroso y amable. Sintió
repugnancia de sus progenitores y desprecio de sí propio, considerando su bajo
y vergonzoso origen. Llegó á mirar con odio á sus semejantes. Cada vez que
tropezaba con una madre amamantando al pequeñuelo, con una señora encinta, con
un matrimonio, volvía el rostro, asqueándose y reconstruyendo, á pesar suyo,
hipotéticas intimidades é inmundas complacencias. Pero todo su ser aspiraba
hacia la hembra. Una mano soberana é ígnea le asía por la nuca, lanzándole
vertiginosamente al amor. Cayó. ¡Oh, aturdimiento y rabia de los primeros
tanteos, en los cuales una ignorancia frenética se ayuntaba con otra ignorancia
pasiva, incapaces de consumar el incógnito acto! Rosaura, la hija del
jardinero, aquella rapacina pelirroja y tímida, fué la
compañera de pecado: era una adolescente informe y glabra aún.
Después, las torturas de ver cómo el curso se le
echaba encima, su despego de los deberes religiosos, su horror al tribunal de
la penitencia, la aridez y tenebrosidad de corazón...
Y la lluvia batía contra los vidrios. Una voz
angustiada hendía la paz del dormitorio: «¡Mamá! ¡Mamá!» De fuera del colegio
llegó, apagado y suspirante, un canto campesino:
[p. 42]Á mí me gusta lo blanco.
¡Viva lo blanco! ¡Muera lo negro!
Á mí me gusta la niña
Con zapatitos de terciopelo.
Zapatitos de terciopelo... Jamás los había visto
Bertuco. Imaginólos en el acto, á manera de cimientos de una rica hembra
desnuda, más rellenica que Rosaura y con penumbrosos recodos en alguna parte.
Por evitar la tentación abrió los ojos. La luz era mortecina y amodorrante.
Volvió la pupila llorosa hacia las estampas de la cabecera, y con determinada
dilección la puso en la imagen de San José, aquel varón manso que había sido
puro y sencillo. Incorporóse y besó la florecida vara del santo.
El sereno, con pie inaudible, se acercó á la
camarilla de Bertuco, habiendo oído dentro algún rumor. Espió á través de la
mirilla y penetró repentinamente en el mechinal, sorprendiendo al niño cuando
besaba el cromo. Era el Hermano Mancilla, y habló malhumorado:
—¿Qué te haces, pues, ahí, mastuerso? ¡Ah! Tú,
Bertuco, que te eres... Dispensa. ¿Qué majadería es esa? Duérmete, pues, de
seguida.
[p. 43]
A MAXIMIS AD MINIMA
[p. 45]
I
Y empezó el curso.
Comenzó á funcionar aquel ingente y delicado
mecanismo, cuya operación consiste en tejer la hilaza de la historia humana, de
manera que Dios se gloríe de ella en la mayor medida posible, gracias á los
hijos de San Ignacio. La infancia, levadura del pan de lo futuro, aportaba
abundante é informe materia que bregar en las innumerables y quebradizas ruedas
y engranes del maravilloso mecanismo. Comenzó á funcionar; pero marchaba
torpemente aún, con rémora y pesadumbre, á causa del desuso é inacción de los meses
estivales. Hacíale falta un pronto lubrificante, y ninguno más á propósito que
el suavísimo aceite de la gracia, del cual son representantes sobre
la haz de la tierra los jesuítas, como se sabe, y apercibían ya las aceiteras,
desobstruyendo el pitorro, á fin de ablandar toda superficie de frotación.
II
Y empezó el curso.
Comenzó el celo jesuítico á pulir y adestrar á su
modo inteligencias infantiles y á enderezar almas[p. 46] al fin de la
gloria divina. Los primeros pasos eran difíciles. Las vacaciones habían
destruído en gran parte la cauta edificación espiritual de otros cursos.
Volvían los niños disipados, tibios, melancólicos, con la frente tostada de sol
y libertad, el corazón lleno de añoranza y la voluntad rendida al desmayo. Á
las horas de recreación volvían á ser fácilmente los antiguos alumnos;
empeñábanse en duras partidas de balón y pelota, ó medían en la maroma el
esfuerzo del brazo. Con el afán de la lucha y el entusiasmo del ejercicio,
purpúreo el rostro y la mirada tranquila, eran de nuevo criaturas dóciles para
quienes el pasado no existe. Pero llegaban á los estudios, á las clases...
hundíanse en recogimiento... Entonces, á tiempo que el cansancio iba cediendo y
el sofoco de la cara apagándose, el inspector, desde la atalaya de su púlpito,
podía observar cómo aquellas pupilas se iban poblando de visiones lejanas y las
cejas se fruncían con ahinco, como solicitando más energía y vivacidad en la
imagen que se intentaba evocar, y las frentes, pensativas, apoyábanse con
desaliento en las palmas, y el mundo—toda su claridad infinita, todo su
armonioso bullir y sus sabrosísimos señuelos y sus halagüeñas futilidades—venía
á alojarse en las tiernas mentes, y, aunque invisible, estaba allí, allí
dentro.
Á los pequeñuelos, á los recién llegados, no era
empresa ardua saturarlos presto de espíritu religioso, moviéndolos, á voluntad,
por el asa del temor de Dios, cultivado sabiamente con narraciones de interés
sumo y tales aciertos trágicos, que las carnes de los chiquitines se
estremeciesen y el cuero cabelludo se les erizase. Los pipiolos de la tercera
división, la mayor parte de ellos en los albores de la vida consciente, no
ofrecían dificultad alguna pedagógica ni de otro linaje. Sus profesores é inspec[p.
47]tores eran los Padres de más pobre inteligencia y breve ilustración.
En la segunda división, compuesta de niños de diez
á doce años, no era tampoco difícil imbuir la resignación claustral, al propio
tiempo que se cercenaban leves reliquias de los pretéritos meses de vacaciones.
Al fin y al cabo, eran todos aún almas pasivas y ligeras como la arcilla en
manos del alfarero.
El hueso estaba en la primera división. En ella
había mozalbetes, había hombrecillos, los más eran púberes ya. Los primeros
brotes del carácter, de la personalidad, se levantaban impetuosamente á la
vida, en cada individuo. La poda de estas vegetaciones espontáneas no era muy
hacedera, antes al contrario, faena de tacto y parsimonia exquisitos. De la
forma de realizarla dependía el fruto que, andando el tiempo, habían de rendir
aquellos arbolitos en flor. Para alguno de ellos era el último año de invernadero,
de plantel, de calor artificioso y de cultivo amañado. Los troncos habían
adquirido cierta reciedumbre y fortaleza; aspiraban á explayarse en giros
fantásticos, y ya no cedían blandamente á la mano del jardinero que pretendía
enderecharlos al cielo, perpendiculares, monótonos y adustos, como cipreses.
Á las horas de estudio eran contadísimos los que
estudiaban. Unos, con exterior muy formal y los ojos fijos en el libro de
texto, paladeaban memorias, vencidos de nostalgia. No era posible castigarlos,
porque guardaban la debida compostura y aparentemente se aplicaban. Otros,
aprovechando un descuido del Padre Sequeros, bisbiseaban con los vecinos, ó les
transmitían recados escritos, ó hacían telégrafos de señales. Estos, aspirantes
al laurel de Apeles, á pretexto de resolver cálculos algebraicos ó delinear
figuras geométricas, componían minucio[p. 48]sos dibujos, con escenas de la
vida de colegio. Bertuco era el más hábil en las artes del dibujo, así como en
la poesía. Porque también había en la división unos cuantos poetas en canuto,
que mantenían enconadísima lucha de rivalidades, como si ya fueran literatos
hechos y derechos. Con todo, la opinión muchachil, casi en pleno, concedía la
supremacía á Bertuco, en lo serio, y á Ricardín Campomanes, en lo jocoso.
Entrambos tenían fácil vena; pero el carácter de las musas respectivas era
opuesto. Así, con ocasión del santo del Padre Sequeros, uno y otro tañeron la
lira. La oda de Bertuco comenzaba de esta suerte:.
¡Santo varón á quien la gracia ungiera
por la virtud propicia de Riscal...!
Las estrofas de Campomanes concluían con esta
deprecación:
Pido al Padre Sequeros, que es gran petate,
nos regale pastillas de chocolate.
También había quienes enredaban en
el estudio, sin disimulo ni cautela, especialmente estando presente el Padre
Sequeros, cuya tolerancia y benevolencia eran proverbiales; no así en cuanto el
odioso Mur asomaba por la puerta del salón la rubicunda nariz, inquisitiva y
husmeante, que, en lo más avanzado de su punta, se complicaba manifestando
turgente y sanguinolenta verruga. Conejo, desde que era ministro, tenía en
jaque también á los alumnos. Inopinadamente y con pie tácito se filtraba en los
estudios, y, andando de puntillas, iba de un lado á otro escudriñando lo que se
hacía, metiendo el morro por encima del hombro de los chicos, afanoso de sor[p.
49]prender alguna acción punible, más que por castigarla por darse el gustazo
de haberla descubierto, por dar á entender que era hombre á quien nadie
engañaba, y, á última hora, por mostrarse, magnánimo y perdonar. Envidiaba á
Argos, á causa de su centenar de ojos, y aun á la espléndida cola del pavón, á
donde, luego de haber sido asesinado por Mercurio, Juno trasladó las cien
pupilas metálicas del hijo de Arestor, porque Conejo era también muy fanfarrón,
pero perfectamente ingenuo. Tenía, además, el instinto de lo grotesco y
apayasado, que ejercitaba en cuanto veía coyuntura, y muchas veces sin haberla.
Con su cuerpecillo diminuto y sus zancas exiguas, de manera que las asentaderas
levantaban un palmo escaso de la tierra, hubiera llegado á emular la gloria
bufa de Little-Tich, el celebrado clown, si en lugar de haberse
adscrito á la milicia ignaciana hubiera seguido el quebrado derrotero del
títere. Sentado, pasaba por persona, porque el cuerpo todo se le volvía torso,
si bien le mermaba prestancia la cortedad de los brazos, á modo de fantoche.
Sus dotes policíacas, su natural activo y diligente, su ineptitud para la
enseñanza y su carácter probo, que le hacía simpático á los alumnos, todas
estas circunstancias reunidas habían hecho que el Padre Arostegui, Rector, le
nombrase Prefecto de disciplina, ó sea jefe de la jerarquía compuesta de
inspectores, profesores é internos. Sobre él, en lo atañedero á la vida de los
alumnos, no había otra autoridad de apelación que la del propio Rector. Los
chicos llamaban al Padre Prefecto Padre Ministro, impropiamente.
[p. 50]
III
El Padre Francisco Xavier Arostegui, Superior ó
Rector del Colegio de la Inmaculada, tipificaba con toda netitud y precisión el
jesuíta vasco. Su cuna fué Azpeitia. Cenceño, aventajado de estatura, rígido,
sobrio ó más bien nulo en el ademán. Constante en un mismo gesto, veíasele por
primera vez y para siempre; perdurable y hermético como un destino.
Cejiapretado, por donde se adivinaba su tenacidad; la boca muy sutil y
contraída, componiendo una expresión en que complacencia y desdén se
entremecían confusamente. Fanático, pero con fanatismo sordo y cauto, no con el
bélico ardor de los corazones sencillos. Su máxima era el dicho del estratega
antiguo: Σπευδε βραδεως, apresúrate lentamente. En palabras tan corto que de
seguida quebrantaba locuacidades ajenas. En sus hechos, incógnito. Mandaba
raras veces; pero se las componía de suerte que las cosas andaban conformes á
su voluntad. Gustábale extremadamente que sus jesuítas vinieran á confiarle
chismes y cuentos, unos de otros, si bien se guardaba de agradecerles el
servicio ó de inducirles claramente á ello, sino que los alentaba con disimulo
y por otros medios, estableciendo, por ejemplo, distinciones y privanzas á
favor de los más celosos en las delaciones. Su valido era el Padre Mur, á quien
exentaba de no flojos deberes, y lo hubiera hecho Prefecto de disciplina si de
su inclinación se guiara; pero se lo impidieron, primero, los cortos años que
Mur llevaba en la orden, y, segundo, la odiosidad que este joven jesuíta
determi[p. 51]naba en los alumnos, razón ésta muy de pesar, que no va en
prestigio de la Compañía que los muchachos se duelan de los maestros, ó que,
andando el tiempo, guarden recuerdo esquivo de sus años de internado.
Los jesuítas de Regium, antes que respetarle,
temían á su Superior, con ese temor mezcla de angustia que ocasionan las
perspectivas vagas y de arcana solución.
Tan sólo tres estaban libres de este sentimiento:
el Padre Urgoiti, aquel santo varón para quien no existía la realidad externa;
el Padre Atienza, aquel varón santo y desenvuelto, excelente en doctrina y en
virtud, en la elocuencia único y el más alto en talentos, que pagaba con
desprecio la envidia de sus hermanos y la malquerencia con el alejamiento de su
trato. Tampoco puede asegurarse que el Padre Sequeros temiera á su Superior;
tan perseguido como el Padre Atienza, pero de ánimo más dúctil, había concluído
por replegarse sobre sí propio en una actitud resignada, aguardando á cada
minuto el mal cierto que sobre su cerviz había de caer; mas, no medrosamente.
IV
Children are excellent physiognomists and soon
discover their real friends.
Sidney Smith
El Padre Atienza vivía hundido en el misterio de su
celda. En ella comía; en ella explicaba su cátedra. Unos chicos aseguraban que
lo tenían preso los demás Padres; otros, que estaba así porque le daba[p.
52] la gana; á casi todos asombraba que le hubieran hecho profesor
de Psicología aquel curso, coincidiendo con la prisión ó lo
que fuese. Le recordaban de otros años, descendiendo á los recreos y
mezclándose en las diversiones de los alumnos, regalándoles confites y estampas
alemanas, dándoles cariñosos capones y azotainas paternales.
¡Qué gracioso y qué bueno era!
Si se hubiera convocado un plebiscito entre los
muchachos, con el fin de averiguar á qué Padre ó Padres preferían en sus
cariños, es indubitable que la unanimidad hubiera recaído sobre Atienza y
Sequeros. Y eso que los menores no los conocían sino de vista y por referencia.
¿Qué importa? Bien dijo Sidney Smith: «Los niños son excelentes fisonomistas;
al punto averiguan quiénes son sus verdaderos amigos».
Más aún: si entre las gentes de Regium y de la
provincia se hubiera hecho el propio ensayo que con los alumnos, el resultado
hubiera sido idéntico. ¿Por qué? Eso se preguntaban, sin dar con la respuesta,
los demás Padres y Hermanos del colegio al observar la muchedumbre de visitas
de toda índole que preguntaban por Atienza ó Sequeros, el gran caudal de misas
encomendadas con la voluntad expresa de que habían de celebrarlas Sequeros ó
Atienza, los continuos requerimientos que de los pueblos venían solicitando un
predicador para tal ó cual fiesta, y añadiendo á guisa de vale, que
se vería con placer fuese Atienza ó Sequeros; las gustosas y abundantes
golosinas que las beatas enviaban á sus dos Padres favoritos; y esta caprichosa
é insultante preferencia fué la causa, que no otra, de que ninguna visita se
realizase, cuándo por estar delicados de salud Atienza y Sequeros, cuándo
por[p. 53] estar de oración Sequeros y Atienza; de que sus misas las
dijeran siempre en la capilla particular y no en la iglesia pública; de que no
volvieran á salir á predicar ni á misiones; de que las golosinas fuesen
rechazadas á pretexto de la endeblez estomacal de Atienza y Sequeros, y, en
suma, de que, al cabo de un tiempo, tanto Sequeros como Atienza, se hallasen
acordonados, desgajados por entero del orbe, como pestíferos ó leprosos.
Pasándose el uno de listo y no teniendo el otro nada de tonto, claro está que
no ignoraban la traidora labor de aislamiento que sus dulces Hermanos ponían en
práctica, sin cejar un momento. Cierto día, á la hora del recreo, halláronse,
solos y juntos, paseando Sequeros y Atienza; muy raro en verdad, porque la
Providencia quiso siempre que no les faltasen testigos presenciales un solo
minuto. Paseaban por el tránsito de las celdas; era unos días antes de comenzar
el curso. Atienza, poniéndose de puntillas, como si pretendiera colocarse á la
par del gigantesco Sequeros, y procurando solemnizar la voz, dijo:
—¡Estamos solos, Sequeros! ¿Qué te parece?—Primero
alargó el morro de una manera cómica, y luego rompió á reir abiertamente,
mostrando sus grandes dientes, blancos é iguales. Añadió:—¿Pero ves qué
gaznápiros?
Sequeros se encogía de hombros y sacudía la cabeza
tristemente.
—Pero hombre, Sequeros, eres un sangre gorda, voto
al chápiro. ¡Cómo te han cambiado!... Nunca dices nada...—continuó el impetuoso
y vivaz Atienza.
—¿Qué quieres que diga? Es la voluntad de Dios...
No me hacen ningún mal. Yo no deseaba otra cosa.
—¡Anda, qué cuerno! Y yo también. Si no, ¿crees que
me callaba, canario? Te digo que estaba de madreselvas hasta aquí—poniendo la
mano dos cuar[p. 54]tas por encima del bonete—. Y luego, mira que son feas.
¡Chápiro, rechápiro!—y reía de nuevo con aquella cara miope que era tesoro de
alegría honesta y espejo de hombría de bien.
—Vamos, Atienza...—Sequeros hablaba blandamente,
así como si quisiera reprochar á su amigo, sin que en puridad hallase razón
para hacerlo—. Cualquiera que te oyera...
—¡Qué cuerno! Ya sabes que yo se las canto al más
pintado. Y esto, ¿qué tiene de particular, hombre? Las madreselvas me
estomagan.
Oyeron pasos á la espalda. No quisieron volver la
cabeza. Sequeros murmuró rápidamente:
—No deseaba otra cosa que dedicarme por entero á
mis hijitos.
—Y yo á mis librazos, carape.
El Padre Mur se les emparejó. Atienza volvióse al
intruso, y con tono campanudo lo interpeló:
—¿Qué hay, mi querida doña Petra? ¿Cuándo se corta
usted esa verruga? Vaya, vaya, Petrita, no te enfurruñes, que por tu bien te lo
digo. La verruga te afea bastante.
—¡Qué chanzas, Padre Atienza...! Á su
edad...—rezongó muy mohino Mur.
—Pero, Petrita, ¿qué te has creído? Cuando más, te
aventajo en ocho ó diez años. Pero, aun cuando fuera en cuarenta, ¿ignoras,
Petrita, que es más viejo un burro á los veinte que un hombre á los sesenta?
—Bueno, Padre; ya sé que no soy ningún Séneca, ni
tampoco entré en la Compañía para cubrirme de gloria mundana. La tiene usted
tomada conmigo y yo le digo que un poco de caridad no le estaría mal. Yo no me
defiendo; pero lo que usted hace es impropio de un hijo de la Compañía. Si el
Padre Superior entendiera en estas minucias...
[p. 55]—Anda, Petrita, ¡corre á decírselo á tu
mamá! Vaya, me voy á mi cuarto por no oir á este joven Catón.
Y se fué con mucho tejemaneje de sotana.
Atienza pasó toda aquella tarde encerrado en su
celda, y tan zambullido en la lectura que, cuando la campana sonó para la cena,
el jesuíta dió un salto de sorpresa. Estaba en mangas de camisa, con la sotana
por la cintura; vistiósela de prisa y se ciñó el fajín. La poca luz que había
marchábase raudamente. Desde la ventana de Atienza se avizoraba la compacta
espesura del parque de Regium, llamado los Campos Elíseos. Había entonces
fiestas en la villa; una banda de música latía bajo las frondas lejanas; era un
vals de Strauss. Atienza lo recordaba, y con él sus diez y seis años de niño
rico. Apagábanse las últimas brasas del crepúsculo. Los ecos amortiguados del
vals venían á hundirse en el silencio del colegio sin alumnos. Atienza llevó el
compás sobre los cristales un minuto, maquinalmente: luego, suspiró. Salió, á
buen paso, á través de pasadizos y escaleras cargados de penumbra, hasta el
refectorio de los Padres. De camino iba tarareando, sin parar mientes en ello,
el vals de Strauss; los últimos peldaños los bajó haciendo zapatetas al compás
de la música. Llegaba muy cerca del refectorio cuando se acordó de las gafas,
olvidadas, entre libracos, en la celda. Volvió á buscarlas, corriendo y
saltando inocentemente, como chicuelo á quien dan suelta después de larga
reclusión. Llegó al refectorio, muy retrasado. La comunidad sorbía en aquel
momento, moviendo fuerte rumor, las últimas cucharadas de un puré de lentejas,
y era tal y tan sonora la aplicación de los Padres, que apenas si se oían los
amplios y castizos períodos latinos de la «Historia So[p. 56]cietatis
Jesu», auctore Cæsare Cordara, que Ocaña, el jesuitilla
quisquilloso y guapito, leía, á pleno pulmón y casi congestionado, desde el
púlpito.
El Padre Atienza fué á ocupar su sitio, entre el
bienaventurado Urgoiti y el valetudinario Avellaneda, el cual, con sus accesos
de asma y aquello de babear en el plato, era una tortura para sus vecinos. No
lejos, andaba Iturria, procurador del Colegio, con su cara aguda, bermeja y
alegre, siempre en alto, y también al disforme apéndice nasal de Mur veíasele
vibrar entre el vaho y husmillo de los manjares presuntos.
El Superior recibió á Atienza con una mirada agria
que el recipendiario no advirtió, porque el buen apetito que traía le hizo
lanzarse vivamente al plato de puré que le presentó el abrutado fámulo
Zabalrazcoa. Atienza contempló el lóbrego caldo con deleitación y sorpresa;
después, volvióse á sus vecinos, como diciéndoles: ¿qué novedad es ésta? En
efecto, era una novedad que á todos tenía asombrados. Como el vapor del
hervoroso puré le empañara las gafas, Atienza las levantó hasta la frente, sin
desasirlas de las orejas, y dió comienzo á su refección, luego de haberse
santiguado y orado en voz baja.
El Padre Anabitarte, que era ministro, esto es,
encargado del material y de los Hermanos, conserje y maître-d’hôtel en
una pieza, paseaba por el centro del refectorio, con ampuloso aire de hombre de
cuya pericia dependen grandes destinos; acuciaba á los fámulos, examinaba las
fuentes, en ocasiones penetraba sigilosamente en la cocina próxima, á fin de
activar el servicio.
Y he aquí que el Padre Arostegui susurra con su voz
de silbo: Deo gratias. La comunidad permanece un minuto suspensa y
en silencio. ¿Habían oído[p. 57] bien? Ocaña absorbe una gran bocanada de
aire y se enjuga el sudor. Arostegui repite: Deo gratias. Y todos
rompen á hablar á un tiempo. Anabitarte se pasea triunfalmente, mirando á uno y
otro lado.
—Pero, hombre—interroga Atienza, que ha ingurgitado
ya su puré—, ¿á qué obedece esto? ¿Cómo nos han servido hoy caldo espartano?
¿Por qué han consentido que nuestras lenguas se desaten en dulces palabras?
Una voz corre de mesa en mesa: es el santo del
Padre Anabitarte.
—¿Pues qué día es hoy?
—San Nicolás.
—¡Ah, sí! San Nicolás de Tolentino.
Y todos saludan á Anabitarte y le dan mil
parabienes.
—Pero, ¿y el caldo espartano?—insiste Atienza,
quien, como buen navarro, es tozudo.
Se lo explican. Anabitarte ha estado en Pilares,
alojándose en casa del marqués de San Roque Fort, en donde le dieron caldo ó
puré, que allí llamaban consommé, antes de la cena; era la gran
moda.
—¡Ave María Purísima!—exclama Atienza,
santiguándose. Y luego á Ocaña, frontero á él y, como él, de buena familia:—¿Tú
ves, Ocañita? Estos hermanos nuestros, que vienen directamente de la rusticidad
á la Compañía, son tremendos. Luego dirán por ahí afuera que todos los jesuítas
son hombres de mundo... ¡Vaya por Dios!
Hay santa alegría y hay vino y un postre más.
Anabitarte se ha portado con magnificencia; ha sabido recabar de Arostegui
refinamientos sardanapálicos.
—¡Bravamente! ¡Bravamente, Anabitarte!—clama
Atienza cuando el ministro pasa cerca—. Nadie lo esperaría de tu reducida
cholla.
[p. 58]
Ocaña celebra el desparpajo.
—Este Padre Atienza tiene el hablar escita—.
Porque, como influido de Atienza, sumo helenista, es él también algo
helenizante, recuerda que la libertad de Anacarsis en el decir dió motivo, en
Atenas, á la frase hablar escita, según aseguran historiadores
graves.
Mur y algunos otros reprueban con el gesto la
procacidad del Padre Atienza. De chancero, lo convierten en cruel y orgulloso.
Sobrevienen unas chuletas empanadas, fritura en que
ha logrado renombre el obeso Hermano Calvo, cocinero. Mas ¡ay!, que las
indecorosas chuletas abrigan, bajo la ternura del pan, un seno correoso y de
invencible dureza específica. Vanamente y en repetidas ocasiones, el
bienhumorado Atienza determina hincarlas el diente con redoblado ahinco, á fin
de deglutirlas. Las chuletas manifiestan la pasividad heroica de los mártires
de la fe. Atienza traduce su contrariedad en palabras someras:
—Este cocinero se ha empeñado en ponernos suelas de
zapato y estragarnos los estómagos.
La voz es suave; pero Mur tuerce la luenga nariz á
la parte de Atienza, como si todos sus sentidos radicaran en el olfato.
Conejo, á la diestra del Rector en razón de su
nuevo cargo, se refocila discretamente y ensaya tímidas payasadas, que algunos
Padres comentan con risas.
Á los postres hay unas copas de Jerez generoso. Se
reza la acción de gracias y todos suben al pasillo de las celdas. Se
distribuyen en grupos, según sus inclinaciones personales. Comienzan á pasear:
los unos, hacia delante, conforme á lógica racional; los otros, de espalda,
haciéndoles frente á los anteriores. Es preciso recabar café de la
condescenden[p. 59]cia del Superior. Un buen golpe de Padres pone cerco á
Arostegui; lo envuelven en anfibologías y circunloquios, no atreviéndose á
pedir derechamente el café, que los legos ya tienen apercibido.
Landazabal, el deforme, misionero que fué en
tierras de América, desviado de la espina en términos que para andar ha de
sujetarse las posaderas con entrambas manos, inicia el asalto.
—Veamos, Padre Superior: San Nicolás de Tolentino
es un hermoso nombre. Tolentino... Tolentino es asonante de caracolillo,
¿verdad?
—Indudablemente—responde Arostegui,
desentendiéndose de la indirecta, por dar vaya á sus amados hijos—. Digo, me
parece á mí. ¿Estoy equivocado, Padre Estich?
El dulce Padre Estich, profesor de Retórica,
poetastro de la comunidad y tan larguirucho y angosto que, como á doña Madama
Roanza, pudiera enterrársele en una lanza, aprueba sonriendo al Superior.
Landazabal toca con el codo á Ocaña y le murmura al
oído: «Anda tú, hombre, que á ti te ve bien.» Ocaña acude al paño.
—Caracolillo es una clase de café. Me parece
entender que es el que tenemos en el colegio...
—No sé, no sé. Es cosa que no me va ni me
viene—exclama el Superior, dilatoriamente, enarcando los ojos.
Landazabal se ensombrece. Piensa para su sotana:
«¡Á que nos quedamos hoy sin café!» Da un traspié; recobra el equilibrio
afianzándose en las propias nalgas. Se había aficionado extraordinariamente al
café en Puerto Rico. Entonces mira con ojos suplicantes á Mur, al favorito. Lo
que á él se le niegue no lo consigue ningún otro. Pero Mur no le presta
atención. El infeliz y deforme jesuíta pone[p. 60] en libertad un sollozo.
Al llegar aquí, Olano se planta de por medio.
—Realmente, hoy ha sido un día muy caluroso. El
café tiene la virtud, virtud pagana, llamémosla así, de proporcionar á quien lo
toma lo mismo el calor que el refresco apetecido. Creo, Padre Superior, que no
incurriríamos en sensualidad si usted nos proporcionase sendos pocillos de esta
grata mixtura—. Y luego, volviéndose al Padre Atienza, que cruza á corta
distancia:—¡Qué pena que no me hayas oído este párrafo! ¡Me ha salido perfecto!
Á lo cual replica el navarro, garbosamente:
—Lo dudo. Como dice un autor de cuya existencia no
han llegado noticias hasta aquí, tienes los retorcimientos de la sibila, pero
sin su inspiración.
—Pues vaya que tu lengua no se mueve si no es para
herir.
—No seas mameluco, Olano, que nadie trata de
herirte.
El Padre Arostegui corta la disputa.
—No haya discordias entre hermanos por tan liviano
empeño como es el café ó la elocuencia. ¡Venga el café, si así lo desean!
Y como á un conjuro, surgen el abrutado fámulo
Zabalrazcoa y el fámulo Azurmendi, de faz lasciva, conduciendo bandejas con
tazas de café.
—¡Ah, ah! Había conspiración...—dice el Rector,
como si le tomara de sorpresa.
Esto ocurría un día sí y otro no.
Se trasiega el café con reposada voluptuosidad. El
valetudinario Avellaneda toma un sofoco que le pone en trance de expirar.
Atienza insinúa que acaso en el café infunden poca de la substancia
característica de esta poción y que sin esfuerzo se le pudiera creer agua de
fregar. Se reanudan los grupos, hasta terminar el recreo, y la conversación
corre[p. 61] más animada que antes. Atienza expone ante sus amigos una
alegría ruidosa, que los discretos toman como envoltura de una tristeza
disimulada.
—¿Qué tal va esa moral, Ocañita? ¿Estudias mucho?
¡Aprovéchate! Supongo que desearás recibir las órdenes prontamente. Á no ser
que quieras hacer lo del Padre Valderrábano... Siete suspensos lleva en Moral,
y no hay quien le haga cura. Ahí le tienes, en San José, de Valladolid,
explicando Historia Natural; nadie lo mueva. Claro, con esto se ahorra rezos, y
cuando quiera salir no está comprometido.
—¡Qué cosas tiene, Padre Atienza...!—Al responder,
el joven Padre Ocaña hace señas á Atienza, esforzándose en hacerle entender que
Mur los puede oir. Atienza se encoge de hombros.
Á la vuelta siguiente descubren á Mur, en cháchara
bajita con el Superior.
—¿Lo ve usted, Padre Atienza? Es usted demasiado
bueno y demasiado franco. No quieren entenderle—susurra Ocaña.
—Sí, ya veo á ese mariquita insuflándole chismes al
Superior. ¿Á mí qué se me da?
Sonó el toque de retiro. El Padre Atienza tomó el
derrotero de su cuarto, dispuesto á hacer el examen de conciencia, cuando,
acercándosele el Hermano Ortega, le indicó con gran mansedumbre que el Padre
Superior le aguardaba.
—¿Á mí?—preguntó con las cejas arrugadas,
estupefacto—. Vamos á ver qué tripa se le ha roto.
El Hermano Ortega no quiso oir lo de la tripa.
Atienza llegó á los umbrales del Superior y se detuvo unos segundos,
contemplando amorosamente la negra cruz clavada sobre el dintel. Dió con los
nudillos en la puerta. Una voz incisiva silbó dentro: Adelante.
Atienza penetró, llanamente. Sus ojos te[p. 62]nían un resplandor interrogante.
El Padre Superior le aguardaba sentado detrás de la mesa. Atienza permaneció en
pie, al otro lado, frente á él.
—Le extrañará que le haya llamado á estas horas.
Atienza asintió con la cabeza.
—En realidad de verdad, no tengo queja de usted en
materia grave...
—Espero que no, Padre Superior. Bien sabe Dios que
me conduzco lo mejor que se me alcanza, y si yerro no será por negligencia,
sino por ignorancia. Dígame para qué me llama.
—Yo pienso que es fuera del caso recordarle que al
ingresar en la Compañía aspiramos á la perfección. De tal manera, que aquello
que fuera de nuestra casa es leve, ó aun indiferente, entre nosotros, indica el
germen de un mal que debemos extirpar en seguida.
Atienza se impacientaba. «Este hombre tan seco de
palabras—se decía—¿por qué no me pone las cosas claramente?» Y luego, en voz
alta y serena:
—Cuanto usted me dice, Padre, es cordura por
excelencia. Pero yo quisiera saber para qué me llama.
—¿Y aún me lo pregunta? ¿No tiene nada de qué
acusarse?
—De qué acusarme al Superior, nada. Ahora que, como
no soy un prodigio, como lo fué San Roque, que ya en mantillas era devoto y no
había quien le hiciera mamar los viernes, digo que como yo no soy un prodigio,
claro está que tendré muchas cosas de qué acusarme en penitencia, ante Dios. ¿Y
quién tira la primera piedra?
—¿Y le parece bien perseguir con cuchufletas de mal
gusto y hasta crueldad á un hermano que es la timidez y la inocencia misma? ¿Y
le parece bien pregonar á los cuatro vientos que aquí se le mata[p. 63] de
hambre? ¿Y le parece bien no encontrar nada que merezca su aprobación ó su
respeto dentro de la Compañía, é ir derramando desprecios en torno suyo? Que es
usted muy sabio... Peor para usted si lo acompaña de diabólico orgullo. No está
mal la ciencia humana, pero siempre arropada en humildad.
Atienza se llevó la mano al pecho. Era la gota que
derrama el vaso, la paja precisa que quiebra el espinazo del camello, abrumado
bajo la carga. Recogió su energía y con aquella llaneza bondadosa que era su
cualidad preponderante, contestó al Padre Arostegui:
—Todo eso son niñadas, Padre Superior. Yo no
desprecio á mis hermanos, que los amo muy de veras, y por eso no puedo llevar
con bien ciertas cosas. Cuchufletas... ¿Es que yo me ofendo si me las dicen?
Usted mismo las califica: cuchufletas. No es herir, no enojar, sino
reprender levemente bajo la encubierta del regocijo. Nuestros santos, los
castizos, han sido siempre alegres y aun mordaces. Luego, lo del orgullo...
¡Anda, morena!
—¿Qué es eso de anda, morena?—El Superior dió un
puñetazo en la mesa y se puso en pie—. Y además, ¿qué autoridad tiene para
reprender?
Atienza se puso pálido.
—¿Me consiente retirarme, Padre Superior?
—Retírese cuando le plazca. Y no olvide que esto se
terminó, se terminó, se terminó. ¿Estamos?
Al día siguiente el Padre Atienza escribió una
carta al Provincial, poniendo de claro su propósito de salir de la Compañía.
El negocio era difícil. El Padre Atienza era
conocido por sus obras de ciencia en todo el mundo; estaba emparentado con
personas nobilísimas y había cebado los tesoros de la Compañía con un pe[p.
64]culio de quinientas mil pesetas. ¿Cómo apechugar con el escándalo? Fueron y
vinieron cartas. Atienza se ablandaba. Afirmó, en todo momento, que era jesuíta
por vocación; pero declaraba al propio tiempo que le era imposible convivir con
la mayor parte de sus compañeros. «Permaneceré—escribía al Padre Provincial—en
la Compañía, y aun en este colegio, si usted lo juzga necesario, para evitar
tantos males de que me habla y que yo alcanzo cumplidamente; pero, ¡por Dios
Santo, Padre mío!, déjeseme solo, consiéntaseme permanecer en mi celda sin
mezclarme con nadie, á no ser que yo lo juzgue oportuno.» Suplicaba, luego
estaba entregado. Concediéronle muy presto lo de vivir en su celda, que allí
era menos peligroso. Intentaron rebajarlo haciéndole profesor de «Psicología,
Lógica y Ética». ¡Ligera y secundaria labor de maestrillo impuesta
á una lumbrera de la orden! Mas él recibió la nueva con alegría y buen humor.
—Me parece que lo haré con más provecho que el
pobre Padre Numarte, ese paquidermo filosófico—exclamó.
Por eso vivía recoleto en su cuarto; en él comía;
en él daba la clase, y desde él oía, de tarde en tarde, ecos remotos de un vals
de Strauss.
Á raíz de confinarse el Padre Atienza en su rincón,
ningún jesuíta pensaba que el arrechucho durase largo tiempo. Conocían lo
expansivo de su carácter y su locuacidad impenitente. ¿Qué se va á hacer á
solas—preguntaban—, sin blanco cerca á donde enderezar las saetas de su
malignidad burlona? Contados eran los que se aventuraban á visitarle, por no
atraerse la ojeriza del Superior. Pero los días pasaban, y el turbulento
navarro no salía de la covacha como no fuera para ir á la biblioteca,[p.
65] de donde volvía cargado de volúmenes. Encerrado en su celda, rey de
sus acciones, se encontraba á las mil maravillas y extraía de la caduca
amarillez de los libros viejos un goce inenarrable y tranquilo.
Comenzó el curso. Los seis alumnos, que no eran
más, de Psicología, Lógica y Ética, subían á su celda á recibir sus enseñanzas,
las cuales de ordinario no eran materia relacionada con la asignatura, sino
porción de cosas varias y amenas á propósito para robustecer el temperamento
antes que para apesadumbrar la inteligencia con noticias inútiles. Se
conversaba no pocas veces, en tono familiar, de los asuntos interiores del
colegio; se hacían comentarios á las noticias que desde fuera llegaban; se reía
y se decían chancetas, y, en resolución, para los niños eran unas horas de
cordialidad y saludable frescura. Adoraban al maestro.
Los demás Padres se hallaban muy á gusto sin la
enojosa presencia del desenvuelto Atienza. Aun cuando no se ignorase que la
reclusión era voluntaria, considerábase como un triunfo del Superior y prueba
patente de la habilidad política de Arostegui, porque ésta no es otra cosa que
maña y astucia con que se coloca á los demás en ocasión de hacer de grado lo
que uno desea que se haga. Claro está que el que más y el que menos, mirando
para su fuero interno, se veía como sujeto posible de esa misma habilidad política
y por lo tanto juguete de una fuerza muda que nunca daba el rostro claramente,
y de aquí la punta de odio, casi siempre vago é inconsciente, que unos
jesuítas, los nacidos para ser mandados, sentían contra otros, aquellos que,
sin proferir la voz de mando, mandaban de hecho, moviendo sin plan conocido y
arcanamente las figuras del retablo. El Padre Arostegui estaba al cabo de este
odio latente; pero se le daba un ardite.[p. 66] Como Calígula, él también
lo reputaba por señal cierta de su soberanía; ódienme en tanto me teman, oderint
dum metuant. Aquel temor, arraigado y permanente, porque lo infundía el
misterio, era la fuerza de cohesión de la comunidad, y merced á su eficacia
Arostegui mantenía organizadas sus huestes con suma disciplina.
Se ha dicho de la Compañía de Jesús épée
dont la poignée est à Rome et la pointe partout; por lo que se refiere á
aquellos parajes en donde radica el Colegio de la Inmaculada, puede asegurarse
de la influencia jesuítica que era una espada cuyo puño estaba en la diestra
del Padre Arostegui, y su punta donde menos se pensase.
El Padre Arostegui había diferenciado netamente las
funciones de cada uno de los confesores y predicadores, de manera que la
dirección espiritual de los diferentes poderes sociales fuera de la absoluta
incumbencia de la Compañía. Olano corría con las señoras, en general, y con los
capellanes de monjas. El Padre Cleto Cueto cultivaba á los políticos de la
derecha y, poco á poco, había logrado hacer hijas de confesión á la mayoría de
las mujeres de los políticos de las izquierdas, á las cuales tenía muy bien adoctrinadas
en punto á la conducta doméstica. También era cargo suyo asistir con alguna
frecuencia al Seminario Conciliar de la diócesis, á fin de dar pláticas y
visitar asiduamente al señor Obispo, de suerte que no se les fuera de la mano.
Era el único Padre que leía periódicos liberales. Á su modo, estaba al tanto de
la situación política del país y de algunos de nuestros problemas capitales. Si
salía de misión no pronunciaba sermones, sino conferencias para hombres, que se
anunciaban como científicas, versaban sobre materias profanas y merecían
grandes elogios de la estulticia asinaria de la prensa lo[p. 67]cal. En fuerza
de ir y venir, más en aire de conquista que apostólico, había llegado á tomar
un continente absolutamente bélico; accionaba levantando en el aire el brazo
derecho, cual si blandiese una lanza ó pendón imaginario; se movía pesadamente,
como si gravitara sobre su cuerpo la recia armadura de un guerrero medioeval;
ante el altar, recordaba aquellos sacerdotes de otras edades que celebraban misa
con la espada al cinto y las espuelas calzadas, hasta que León IV prohibió el
marcial aparato; tintineaban las vinajeras, y, por instinto, se le miraba al
talón, en busca del sonoro acicate. Atienza lo llamaba Pentapolín del
arremangado brazo.
El Padre Anabitarte, además de ser ministro, tenía
á su cargo la paternal curatela de los bandoleros de levita, salteadores de
fortunas y vampiros del tanto por ciento. Para cumplir la misión no se
requerían muchos sesos ni fina ductilidad. En este punto, la moral jesuítica
ostenta una rara y sapientísima previsión de cuantos artilugios, sonsacas,
socaliñas, fraudes y aun saqueos puedan descubrir los hombres con el fin de
apropiarse los bienes ajenos á favor de resquebrajaduras legales; estudia los
casos de conciencia y los resuelve deliciosamente sin que la restitución sea
menester en ninguno de ellos. Un libro hay que es un tesoro. En él Escobar
compiló, con orden sumo y en apartados convenientes para la facilidad de la
compulsa, la teología moral de los 24 Padres, ó, por mejor decir, soles del
firmamento de la Compañía. En el prefacio se hace un cotejo alegórico de este
libro y del Apocalipsis. «Jesús—dícese—lo ofrece de esta suerte sellado á los
cuatro animales Suárez, Vázquez, Molina y Valencia, ante los 24 jesuítas que
simbolizan á los 24 ancianos.» Animales, en un alto sentido místico, se
entiende. En esta obra excelente abun[p. 68]dan sentencias del más alto valor
para la vida. Véase, por ejemplo, la siguiente, del gran Padre Molina: «En
conciencia no hay obligación de devolver los bienes que, por frustrar á sus
acreedores, otra persona nos haya confiado en custodia.» ¡Con qué expedita
holgura, gracias á la ciencia de estos ilustres é iluminados varones, penetra
la rapacidad por las puertas del paraíso! La virtud de atar y desatar que
Cristo otorgó á sus apóstoles mantúvose como en rudimento y á tientas en la
cristiandad hasta tanto que no sobrevino Íñigo de Loyola y reclutó su milicia.
¿Qué nudo gordiano hay que los jesuítas no deshagan con celeste garbo y
presteza? ¿Qué lóbrega conciencia que no alumbren? ¿Qué corazón tormentuoso que
no apacigüen? ¿Cuántos no les deben fácil fortuna junto con el sosiego del
alma? Oid lo que el Reverendo Padre Cellot pone en su libro De la
Jerarquía: «De uno sabemos que llevando crecidísima suma de dinero á fin de
restituirla por orden de su confesor, húbose de detener en la tienda de un
librero. Preguntóle qué tenía de nuevo (num quid novi), á lo cual el
librero le mostró un libro reciente de teología moral, escrito por uno de
nuestros Padres. Comenzó el hombre á hojearlo con negligencia y sin pensar en
nada, mas fué á caer en un pasaje en donde se estudiaba su propio caso, y allí
aprendió que no estaba obligado á restituir. De esta suerte descargóse de la
pesadumbre del escrúpulo y permaneció con la del dinero, que no le impidió
volver ligeramente á su morada.»
Como Anabitarte era un zote, si los hay, y
berroqueño de mollera, el ejemplar en donde había de beber la ciencia
penitenciaria concerniente á las restituciones, ó sea extracto de teología
moral á través del séptimo mandamiento, estaba subrayado y glosado de puño y
letra del Padre Arostegui, y, bien[p. 69] que el latín, tanto de Escobar
como de los demás Padres, es fácil, algunas sentencias obscuras ó equívocas
tenían al margen la traducción castellana, hecha también por el Superior. De
las innumerables glosas, apostillas y connotaciones se deducía paladinamente
que la muchedumbre de casos de conciencia cuyo origen es el hurto y el robo, se
compendian en esta máxima: no es necesario restituir, teniendo
siempre en cuenta que el empleo de esta máxima no sea nocivo para el Estado,
que entonces no se la permite; tunc enim non est permittendus.
(Padre Lessius.) De aquí el que los jesuítas, fieles guardadores de verdades
peligrosas, no pongan la posesión de ésta en cualesquiera manos, por temor á
que gentecillas sandias se dediquen al latrocinio desembozadamente, lo cual
perjudicaría sin duda y de modo notable la buena marcha del Estado, y así, sólo
á los que hubieran amasado pingüe fortuna se les hace sabedores de la máxima en
cuestión, y las razones se le alcanzan á cualquiera persona de buen juicio. La
materia era de tan claro simplismo que hasta el propio Anabitarte llegó á
dominarla al punto y á ser confesor y consejero íntimo de cuantos banqueros,
industriales, comerciantes y prestamistas puercos había en la provincia. Le
traían en palmitas, se hacían visitar de él, le alojaban con magnificencia y
molicie, y por su intermedio, disimulada en honestos arbitrios, pasaba una
comisión prudente á las cajas de la Compañía. Paradisíaco reposo caía sobre
aquellos cráneos de rapiña, roídos antes por cuidados sin cuento. No es de
extrañar que don Anacarsis Forjador, el viejo é insaciable forajido, dijera
frecuentemente de sobremesa á su padre espiritual:
—Padre Anabitarte, no sé cómo hay personas que
pueden vivir sin religión.
[p. 70]Y Anabitarte, una mano sobre el abarrotado
bandullo, con la otra levantando en alto una copita de benedictino, respondía
distraídamente en tanto miraba al trasluz el denso licor de oro:
—No son personas, que son bandidos, don Anacarsis.
—Y por supuesto, Padre, hay ciertas cosas... vamos,
que al vulgo... Usted me entiende.
—Hasta un autor profano, don Anacarsis...—Un
sorbo—. Hasta un autor profano lo dice—. Otro sorbo—. ¿Cuál es su nombre, don
Anacarsis?—Otro sorbo—. ¿Á que se me ha olvidado?—Otro sorbo—. No, no; es
Fontenelle. Pues bien, el señor de Fontenelle dice, verá usted: Si je
tenais toutes les vérités dans ma main, je me donnerais bien de garde de
l’ouvrir aux hommes. ¿Me entiende usted?
—Está muy bien, caracho—. Y don Anacarsis se reía,
sin entender una sola palabra.
Tampoco Anabitarte lo entendía: se lo había hecho
estudiar de memoria, con pronunciación figurada, el Padre Arostegui.
Con esta división tripartita de funciones,
encomendadas respectivamente á los RR. PP. Olano, Cleto Cueto y Anabitarte, la
resaca latente de la vida regional afluía al Colegio de la Inmaculada
Concepción y se soldaba en un vértice ó foco de donde partían á su vez nuevos
impulsos, porque dase por entendido que ninguno de los esforzados paladines que
componían el triunvirato antedicho disfrutaban de autonomía ó espontaneidad en
sus movimientos, sino que obraban en todo caso atentos á la norma circunstancial
impuesta por el Superior.
Por eso el puño de la espada estaba en la diestra
del Padre Arostegui.
[p. 71]
V
Algunos niños refirieron á sus padres en la visita
el caso misterioso del Padre Atienza. Del salón de visitas salió la noticia al
mundo. Los amigos, admiradores é hijos de confesión del Padre Atienza hacíanse
cruces y cábalas, con ocasión de tan insólito suceso; menudeaban los plañidos y
las elegías sobre el triste sino del desventurado é ilustre jesuíta; se le
comparaba con el Papa, prisionero en el Vaticano, y con el Padre Coloma, de
quien se decía sufrir también idéntica adversidad que Atienza; en resolución,
la voz corrió prestamente de hogar en hogar y de puebluco en puebluco, por la
región.
Un periódico anticaciquil y anticlerical, El
Pulpo, arremetió contra los jesuítas con inusitada violencia, acusándolos
de mantener secuestrado contra su voluntad á un hombre insigne, y sobre todo
opulento, que por serlo y no por otra cosa le retenían aherrojado en una celda
mefítica, á pan y agua, sin que el infortunado hallara expediente hacedero con
que transmitir sus quejas fuera de la clausura. El Pulpo requería
á las autoridades, conjurándolas á que averiguaran y dieran fin inmediato al
secuestro, baldón de nuestra hermosa villa. Recordaba al maestro de
obras, Aurrecoechea, que había sumido en el deshonor á una hija de Regium. Y,
por último, á vuelta de unas cuantas frases grandilocuentes, venía á llamar á
los benditos Padres milanos y estupradores.
En vano el insidioso Benavides, director de La[p.
72] Reconquista, aquel periódico fundado por el Padre Cleto Cueto á
poco de llegar á la localidad, intentó poner en entredicho las burdas ficciones
y soeces apóstrofes de El Pulpo, asegurando que si el Padre Atienza
guardaba un retiro casi absoluto era porque tenía en preparación cierta obra
magna y había menester de soledad para darla gloriosa cima. Cundía el
escándalo. Los buenos amigos de los jesuítas les aconsejaron que hallaran con
urgencia el remedio de estancar tanta y tan grosera maledicencia. El Padre
Arostegui recibía á los consejeros sin inmutarse, sin perder aquel gesto
peculiar suyo, entre burlón y despectivo, con que acostumbraba á desconcertar á
sus interlocutores. El Padre Olano, en un recreo, no pudo menos de exclamar:
—Ese jabato, dondequiera que está, destruye todas
las siembras.
Entretanto, el Padre Atienza, de la parte de fuera
del revuelo, sin conocerlo ni sospecharlo, continuaba su vida cenobítica y
plácida.
Subía una tarde el Padre Ocaña á su celda, después
de haber explicado la clase de Geometría, cuando se tropezó con el Padre Mur.
—¡Vaya con Dios!—le dijo, sin ánimo de detenerse.
Mas, el valido del Superior se le plantó delante.
—Á propósito, Padre Ocaña. Cuánto celebro haberme
dado con usted á solas. ¿Tiene mucho que hacer? ¿Puede concederme unos minutos?
¿Á dónde iba? ¿Á su celda? Le acompañaré.
Continuaron en silencio hasta la puerta del cuarto.
—Pase, Padre Mur.
—¿Qué más tiene? Entre hermanos...—Y luego,
riéndose—: Reliquias de la falsedad del mundo.
—¿Qué quiere, Padre Mur? Cuando no es falsedad,[p.
73] la educación no está mal, ni entre hermanos—. Aquella tarde se
encontraban de malas pulgas.
—Bueno, bueno. Agradezco la lección. Sentémonos.
¿No sospecha de qué quiero hablarle?
—No se me ocurre...
—Ya sabe á qué punto ha llegado lo del Padre
Atienza. Usted, como todos, estará consternado.
—Lo lamento; pero no me atrevo á cargar á nadie con
la culpa.
—No se trata de eso. La Compañía pierde... Y en
cuanto á culpa... No digo que la tenga el Padre Atienza...
—Desde luego.
—Claro está; pero... ¿que no gustaba de nuestro
trato? Es triste para nosotros... Se mete en su cuarto, y acabado. No se
tendría con todos la misma transigencia.
—Dicen que quiso salir de la Compañía.
—¡Bah! No lo creo. Bien. Ya está en su cuarto. Pero
eso ¿impide que de vez en cuando salga á dar un paseo por la población? ¿Que se
deje ver de las gentes?
—Usted ya sabe que nunca salía de paseo...
—Ahora debe salir. Es preciso aplastar las lenguas
envenenadas.
—Acaso él no sepa lo que ocurre. Ningún Padre lo
visita. No le digo ninguna novedad; pero temen no ser gratos al Padre Superior.
—¡Dulce Jesús! ¿Por qué? Le aseguro que me
maravilla. Siempre creí que era porque no tenía amigos... El Padre Superior,
tan bondadoso... Y por usted siente gran afecto, lo sé. Mire, Padre Ocaña,
pienso que ganaría mucho en su favor si usted lograra sacar de paseo al Padre
Atienza. Hágale ver que es en servicio de Dios, y los males que ya nos ha
causado, inocentemente sí, ni que decir tiene.[p. 74] Yo iría, pero... No
le soy simpático, ¿á qué me he de engañar? Le convence usted y salen los dos,
por la población, claro está. Convendría evitar detenciones con madreselvas y
curiosos. Bueno, ¿qué le voy á decir yo á usted? ¿Quedamos en eso, eh? Vaya,
adiós.
—Adiós, Padre Mur. Lo haré como usted me lo indica.
Á los pocos minutos estaba el Padre Ocaña en el
cuarto del Padre Atienza. Comenzó por referirle la historia del secuestro, del
antro mefítico y del ayuno á pan y agua. Atienza se retorcía de risa.
—Pero ¿qué me dices, Ocañuela?
Ocaña continuó puntualizándole ce por be las
patrañas y estolideces que se habían urdido.
—Se creían que yo soy un sandio y mal hostalero, un
badulaque de tres al cuarto... Ya sabía yo que les iba á salir la burra mal
capada...
—Por Dios, Padre Atienza; déjese de burras y... de
lo otro. El trance es serio. La Compañía pierde.
—Naturalmente que pierde. ¿Crees tú que gana con
otras cosas que se hacen?
—Si no es eso, Padre.
—¿Y yo qué le voy á hacer? ¿Quieres que envíe un
comunicado á La Reconquista?
—¡Qué chanza!
Le explicó el plan de Mur, dándolo como propio.
—¡Cuerno! Pues tienes razón. El jueves por la tarde
salimos, si te parece. Iremos al muelle, á ver el mar. Vamos, lo que más me
ofende es que haya papanatas capaces de creer que á mí se me tiene á pan y
agua. ¡Se necesitaría mucho ombligo!
Y con esto, se despidieron hasta el jueves.
El día convenido, y como á cosa de las cuatro de la
tarde, los dos jesuítas salían del colegio, con rumbo á la villa.
[p. 75]—¿Querrás creer, Ocaña, que estoy nervioso?
Bien sabe Dios el sacrificio que hago, porque el salir me revienta sobre toda
ponderación.
—Así se lo agradece más. Y se lo agradecemos todos.
—¿Todos?
—Evidente.
—¡Puun! He dado un tropezón. Se me ha olvidado
andar.
Entraron por el paseo público del Salvador. Á los
veinte pasos mal contados ya tenían una beata delante de las narices.
—¡Ay! ¡Bendito sea Dios! ¿Cómo está, Padre Atienza?
¿Cómo está, santín? Si paez que está gordo y arrecachao...
—¿Pues cómo quiere que esté, doña Ramona, una
persona que come bien y no se mueve del sillón, holgando, porque leer no es
trabajar?
—Ya me lo parecía á mí. ¿Y los demás Padres?
—Tan gordos y tan arrecachaos, doña Ramona. Quede
con Dios.
De que se apartaron de la beata, resolvieron
encaminarse al muelle, siguiendo calles extraviadas. El objeto estaba
conseguido; doña Ramona sería heraldo incansable y pregonera del buen estado y
robustez de Atienza.
Llegados al puerto, avanzaron hasta el malecón más
saliente, que en Regium llaman punta de Liquerica. Apoyados de bruces en el
alto pretil de caliza, estuviéronse un tiempo con los ojos perdidos sobre el
vasto y cantante mar.
—¿Qué te parece de subir al cerro de Santa Delfina?
Allí podremos tumbarnos sobre la hierba...
—Muy bien, Padre Atienza.
Treparon á la montañuela, en cuya rocosa raíz yace
de una parte el puerto, y más hacia el mar un[p. 76] fuerte. Desde allí
dominaban la villa; la masa cuadrada y roja del colegio en las afueras, entre
verde veronés de praderías. La villa, con sus casitas cucamente apiñadas, era
como rompecabezas de niño; el colegio, una pieza inútil dejada de lado. Más
allá del colegio, colinas, boscajes, que alejándose azuleaban; al fondo, una
sierra azul; y el cielo, de un azul menos agrio que el serraniego, por encima.
Volviendo el rostro, mar, mar... traineras de vuelta al seguro; humaredas
tenues de invisibles buques; una gaviota, cerniéndose.
El Padre Atienza suspiraba. Despojóse de la teja y
oró en silencio. Ocaña estaba conmovido. No hablaron. De vuelta al colegio, el
joven atrevióse á decir:
—Padre Atienza, quiero consultarle. Yo tengo mis
escrúpulos.
—Hábleme usted lo que guste, Ocaña. Poco vale mi
consejo, mas...—Su voz era grave—. Volveremos rodeando, de manera que nos dé
tiempo.
—Sí, Padre; tengo mis escrúpulos. Muchas veces
intento recogerme dentro de mí mismo, verme tal como soy y en relación con lo
que fuí. ¡Ay, qué tristeza! No veo sino neblina y tinieblas; pienso que es
artificio de Satanás. Me parece que no vivo, que soy un tinglado sin alma en
donde hacen y deshacen manos invisibles. Es algo así como si yo hubiera sido
una esponja que estrujaran, estrujaran hasta echarle todo el jugo y luego la
empaparan en un líquido turbio. El jugo es mi infancia, es mi pasado, era mi yo,
como dicen los filósofos de ahora, y todo lo he perdido en mis años de
noviciado. ¡Ah, el noviciado! Me pregunto: ¿son los caminos de Dios? ¡Las
incertidumbres que hube de sufrir en Carrión y luego en Oña...! ¡Las noches de
aridez y desconsuelo...! ¡Si viera usted con qué fervor, esto es, con qué
crueldad, atormentaba mi carne á disciplinazos, así que[p. 77] el distributario apagaba
la luz, como es de rigor! Oía el runrún de mis compañeros, y con el rumor mi
brazo adquiría nuevos bríos. Al día siguiente, en los recreos, escuchaba á
otros novicios con gran asombro, porque se jactaban de fingir los
disciplinazos, que denominaban guitarreo. Y éstos precisamente son
los que suben y son considerados y objeto de mimo y favor. Me refugié en los
libros; estudié el latín, el griego, retórica y humanidades, y más tarde las
ciencias y la filosofía de Perrone, con todo ahinco, y no por vanagloria, sino
por anularme y quizá con un anhelo confuso de ser útil á la Compañía. Aquí
estoy ya, en el magisterio, explicando geometría. Como le he dicho, me
contemplo y no me conozco. Imaginé que nosotros, los maestrillos, éramos
considerados como personas. No sé si algunos lo serán: yo no lo soy. No sé
nada, no veo nada claro, no sé á dónde vamos, ando á tientas, entre zozobras y
presentimientos de un no sé qué. ¿Ha de ser así para salvar el alma? ¿Por qué
no habíamos de vivir en una fraternidad en donde todas las opiniones tuvieran
su voz y todas las almas su peso en los destinos de la orden? Alma... ¡Cuántas
veces temí que se me hubiera evaporado, derretido, Dios sabe dónde! Pero, con
todo, ciego había de ser para no advertir un singular fenómeno, y es que
aquellos de entre nosotros que descuellan, ya sea en ciencia, ya en virtud, se
les persigue y acorrala, siendo así que ellos tan sólo dan lustre á la
Compañía. He dicho persigue y no está bien, porque la persecución es algo
visible, y propiamente no se puede asegurar que se les persiga á usted y á
Sequeros, por ejemplo. No es eso. Ya está aquí la niebla, la turbiedad, que es
lo que me enajena. ¿Qué seres ocultos conviven con nosotros y lo trastruecan
todo á su antojo? ¿Es la voluntad de Dios?
[p. 78]—Es la voluntad de Dios, Ocaña, no lo dude
usted. Nada mortal es perfecto; no puede pretenderse que lo sea la Compañía.
Sin embargo, por las trazas, hay presunciones y hechos históricos que las
fundamentan, de donde puede inferirse lógicamente que Dios ama con predilección
á nuestro instituto. Dios no ha echado tantos vicios al mundo á humo de pajas,
sino para que se entienda cómo hasta por caminos errados se puede alcanzar un
buen fin. Observe que, vicio por vicio, todos ellos traen en pos, entre noventa
y nueve malas, una consecuencia provechosa. El vicio de orgullo, por ejemplo,
es por naturaleza de tal índole que contribuye como ningún otro á conservar y
enaltecer en la consideración ajena tanto á los individuos, como á las
comunidades y á los pueblos. Voltaire nos ha acusado á los jesuítas de orgullo,
y al orgullo atribuía lo que él juzgó nuestra perdición. Al contrario, el
orgullo nos salvó y nos sigue manteniendo en el candelero. El orgullo está
repartido entre nuestros miembros á dosis iguales; pero no así los
merecimientos en los cuales ha de arraigar y afirmarse; de donde deducirá usted
que para justificar el orgullo se requiere, lo primero, dar gran aire y
publicidad á quien tenga mérito ó brille con algún prestigio, al Padre A., que
es un gran filósofo; al Padre B., que es un gran filólogo; al Padre C., que es
un gran novelista; al Padre D., que es hijo de un duque con grandeza; pero,
comprenderá usted que si se mantuviese siempre ante el juicio público á estos
cuatro ó cinco privilegiados, de manera que fuera sencillo el contraste entre
ellos y la masa de jesuítas, lo que ganaban los menos lo perdía con creces, y á
riesgo del servicio de Dios, la Compañía, y su orgullo en tal caso sería
risible, pues tan breve número de eminencias no es para gloriarse. Por el
contrario, apenas se ha pasado[p. 79] la miel del arte, de la ciencia, de
la virtud ó del nacimiento por el paladar público, sirviéndose de este ó de
aquel Padre á guisa de hisopo, cuando se le retira al proviso de la circulación,
de suerte que los de fuera no han tenido respiro para detenerse á pensar que el
virtuoso ó el sabio era el padre Tal, sino un jesuíta, in genere.
Añádase que si por azares de la maledicencia trascienden nuevas de que algunos
de nosotros viven obscurecidos, no es raro que se discurra de esta suerte:
«Cuando á ese que, según se reconoce de público, vale tanto, lo tratan con
desdén y él se lo calla, ¿qué no valdrán los otros?» De donde, por uno que es
astrónomo de fuste, todos pasamos por Pitágoras; porque otro escribió una
novela mejor ó peor, todos le damos ciento y raya á Balzac y á Dickens; porque
éste obró milagros, todos nos tratamos mano á mano con la Santísima Trinidad;
porque aquél surgió del vientre de una marquesa, todos somos azules por la
sangre, en el trato exquisitos y dechados de cortesanía y sutileza, aun cuando
la mayor parte hayan nacido entre breñas en el monte, como terneros; y nos lo
tomamos en serio, ya lo creo, como que todo el mundo lo toma. ¿Comprendes qué
terrible fuerza es este orgullo? También te digo que si las cosas son así yo
juraría que no hay conspiración, ni se hacen deliberadamente. Instinto, puro
instinto, y es sorprendente lo certero que va. Yo veo la mano de Dios en esto.
¿No te ha ocurrido á ti descubrir con mayor transparencia á Dios á través de
los animalucos y en los elementos naturales, es decir, en todo aquello que obra
inconscientemente, que en el hombre? ¡Cuánta armonía! ¡Con cuánta justeza se
acoplan causas y efectos! ¡Qué hermosura y bondad! ¿Qué ojos no se mojan, contemplando,
ó qué corazón no se enternece? Pues en esas nieblas de que antes me hablabas[p.
80] y por donde vas á tientas, yo veo la mano de Dios. El día de mi
tropezón, ya sabes, el santo de Anabitarte, resolví salir de la Compañía...
¡Figúrate! Después vi claro. Jesús quiso iluminarme. Ahora, hablando de otra
cosa; lo que pasa con ese pobre Sequeros... Yo lo amo entrañablemente. Ten en
cuenta que sumadas la viuda de Zancarro con la Villabella, son no sé cuántos
millones. Para eso Sequeros se da un arte... Ya verás cómo, si se presenta otro
caso parecido, echamos mano de Sequeros, porque cuando el trance apura no basta
el orgullo; entonces, fuerza es servirse del mérito positivo. Pues bien, temo
que la razón de Sequeros está en peligro. Su misticismo no me parece cosa
natural; hasta incurre en idolatría. No extraño que se le haya alejado de los
ministerios...
Caía la noche rápidamente. Entre la penumbra,
destacaba anguloso el colegio.
—¿Nos habremos retrasado, Ocaña?
Y ya en el portal, por lo bajo:
—Sé bueno, Ocañita; sé siempre bueno. ¡Ese pobre
Sequeros...!
Atravesaron el umbral santiguándose.
VI
¡El pobre Padre Sequeros hasta incurría en
idolatría...!
Habiéndose separado el joven Ocaña del autorizado
Atienza no se le apagaba aquella frase en las mientes, como si continuase
oyéndola. De buena[p. 81] gana hubiera acudido á la celda del recluso
voluntario en demanda de una aclaración. Con toda prudencia contuvo de momento
las solicitaciones de la curiosidad.
Á la noche, en el refectorio, el Padre Superior
definió su acostumbrado gesto equívoco resolviéndolo en sonrisa de evidente
complacencia enderezada á Ocañita y que todos los Padres le envidiaron. Pero él
andaba distraído; le atraía Sequeros, idólatra y loco presunto. Por algo
chiflado siempre lo había tenido; pero idólatra... Esto era grave.
Leía aquella semana Estich, el ahilado y larguísimo
retórico, vocalizando exageradamente de manera que sus oyentes pudieran coger
al punto consonancias, asonancias, endecasílabos esporádicos y otros defectos
de la prosa, porque frecuentando de continuo las obras satíricas de Valbuena,
había caído en la presunción de poseer mucha agudeza crítica. El libro
era Varones ilustres de la Compañía de Jesús, por el Padre Juan
Eusebio Nieremberg. En los intersticios alimenticios, de plato á plato, la
atención crecía. Encomiaba Nieremberg á un santísimo varón tan amante de la
pobreza, que en los muchos años que vivió en la Compañía no había gastado sino
un sombrero. Puntualizaba luego las otras virtudes del bendito Padre. «Era tan
recogido que nunca salió de casa.» Y aquí se levantó un bisbiseo de risas,
ahogadas tras de la servilleta. ¡Qué candor el de Nieremberg!
—¿De qué se ríen?—preguntó por lo bajo Ocaña á su
vecino.
—Calle, hermano; luego se lo diré.
En el recreo de la noche, paseando por el tránsito
del piso principal, todo se les volvía acosar á preguntas á Ocaña. Mur lo tomó
aparte unos segundos.
[p. 82]
—Creo, Padre Ocaña, que no estaría de más repetir
otro día la cosa. Segunda salida de don Quijote. La de hoy ha tenido mucho
éxito. El Padre Superior está satisfechísimo. No hay sino verle la cara.
Ocaña no quería otra cosa que volver á salir con
Atienza; pero, no atreviéndose á tomar la iniciativa, dió gracias á Dios por
venir los acontecimientos tan bien encarrilados para su gusto. Pasó el viernes
y el sábado impaciente. El domingo á la tarde, así que se alongaron un trecho
de la casa, Atienza propuso:
—¿Qué le parece ir hoy hacia la aldea?
—No se lo apruebo, Padre. Aunque la comparación
parezca dura, yo no soy más que el gitano, y usted el osezno con argolla en la
nariz que yo voy mostrando por las calles para que las gentes admiren su
domesticidad.
—¡Cuerno! Tienes mucha razón. Vamos por las calles
á divertir á la gente. Pero te advierto que tengo pocas ganas de andar, así es
que volveremos pronto al cubil.
—Como usted resuelva. Y ahora voy á preguntarle
algo que me importa.
Y le espetó lo de la idolatría.
—¡Voto al chápiro verde! Qué cosas se te ocurren...
Idólatra y fetichista, y todo lo que quieras, pero sin herejía, no vayas á
imaginar. No des nunca mucha importancia á las palabras gruesas que yo diga. Me
explicaré. Quería referirme á la devoción exagerada y absorbente que Sequeros
rinde y propaga al Corazón de Jesús, y señaladamente al venerable Padre
Crisóstomo Riscal. Sabes que en la Iglesia de Cristo, á partir ya de San Pedro
y San Pablo, se manifiestan dos porciones, como las valvas de una concha, una
espiritualista y otra ma[p. 83]terialista. Nuestra Sociedad, no la dudes, trajo
nueva substancia á la valva materialista. Atiende á los ejercicios de San
Ignacio, á la manera que tiene de hacer intervenir las potencias del alma en la
meditación; la composición de lugar, ó sea la materialización del espíritu, es
lo primero y es el todo, en rigor, porque de esta suerte, en lugar de elevarnos
de golpe, y con evidente riesgo, claro está, á las huecas y cristalinas
regiones de lo inefable, permanecemos asidos á lo sensible, á lo tangible y
concreto. Y esto es de manera tal, que trabajando el entendimiento sobre cosas
casi palpables, en fuerza de imaginarlas atentamente, se inflama la voluntad y
se robustece y determina el propósito. Con lo cual no parece sino que San
Ignacio se propuso dar un gran sentido práctico á su Compañía, un impulso de
acción, y, al propio tiempo, alejar á sus hijos del grave peligro de aletazos
inútiles en la abstracción pura, en cuyo vientre vacío han germinado la mayor
parte de las herejías y sandeces sin número. Pero, así como se incurre en
anatema y error por aletazo de más del lado del espíritu, no se yerra menos
revolcándose en la parte material y de cándido sensualismo. Esto es muy
delicado. Si el hombre fuera más perfecto y de más firme inteligencia, no dudo
que la religión se iría purificando de gran parte del rito y del culto, á lo
menos en aquello que no es sino incentivo de la contemplación y vestidura de
verdades que desnudas cegarían la flébil razón de las muchedumbres. Dios habló
en el Antiguo Testamento con lenguaje apropiado al caletre de quienes le habían
de oir; las verdades fundamentales de la creación y la historia milagrosa del
pueblo elegido se guardan bajo la suave sombra que, como si fuera tupida
ramazón, tiende el estilo, pintoresco, imaginativo, al gusto oriental,
sembra[p. 84]do aquí y acullá de ocasionales errores, á los cuales se han
agarrado los sabios chirles con ridículo regocijo. ¡Infelices! No comprenden
que tenía que ser así... Por eso conviene, más que conviene, es de razón y
necesidad distribuir en toda propaganda religiosa un atinado pasto de los
sentidos, promoviendo el culto á ciertos idolillos inocentes y adobando la
ceremonia con magnificencia, pompa y arte. Nuestra Sociedad, ateniéndose al
ejemplo bíblico antes citado, ha hecho derivar la adoración teológica de la
Trinidad, de suyo harto metafísica y á propósito para suscitar telarañas
bizantinas, hacia la de una trinidad más moderna y de fácil comprensión, la de
Jesús, María y José, matematizados, por decirlo así, en la fórmula JMJ. ¿Quién
sino nuestra Compañía ha logrado que los Pontífices Pío IX y León XIII elevasen
á San José al rango de patrono de la Iglesia católica, por encima de San Pedro
y San Pablo? Hay que dar á Dios lo que es de Dios, y al vulgo lo que es del
vulgo; pero, aquí de la cautela, del tacto, de la serenidad para mantenerse
siempre fuera de esas nimiedades tristemente necesarias y exclusivamente
externas, de trámite como quien dice. ¿Me entiendes? Y Sequeros se ha hundido
de hoz y coz en ellas. Con toda reserva voy á comunicarte una cosa. No soy
partidario del culto al Sagrado Corazón de Jesús, con parecer ello una cosa tan
característica de nuestra Sociedad para ojos extraños, como el fajín que
ceñimos. No me sorprende que Roma, en un principio, se opusiera á este culto
de latría. El trueque de corazones entre la Alacoque y Jesucristo
me parece una torpe y burda superchería. Sin embargo, nuestro Padre La
Colombière y sus cofradías de cordiocolismo se impusieron. Él
sabría lo que se hacía. Pero ahora ya no estamos en el siglo XVII. Este
culto,[p. 85] puramente simbólico, del amor divino, es de condición tan
frágil, en su forma sensible, que las gentes de poco seso al punto lo
adulteran, convirtiéndolo en devoción á una víscera, sagrada por haber
pertenecido al cuerpo de nuestro Salvador, pero no en mayor grado que otras
vísceras de Cristo, porque ¿la ciencia es tan despreciable que vayamos á creer,
á estas alturas, que, orgánicamente, el corazón es la residencia de los afectos?
Revestir un concepto de carne simbólica es empresa de mucho fuste, como que no
se requiere menos que abundar en genialidad poética; y en nuestra Sociedad, en
donde relumbran varones conspicuos en muchos órdenes, no ha habido ningún
poeta, ni malo ni bueno, porque supongo que no los reputarás por tales á
nuestro amado, pero grotesco, Padre Alarcón, y mucho menos á Estich. ¿Eh?
—¡Qué cosas tiene! Siga, siga, aun cuando me sature
de confusión; es como si al hambriento le embutiesen manjares recios y
amostazados con toda violencia. Pero, siga, siga...
Atienza extrajo de la sotana un gran pañuelo á
cuadros, exoneró con estrépito la nariz, carraspeó y se dispuso á continuar su
disquisición.
—Te hablo desordenadamente, sin método, y de aquí
nace quizá tu confusión. Pero esta confusión es aparente; á medida que tu
espíritu trabaje en reposo (bonita paradoja) sobre cuanto te digo, verás cómo
cada idea tiende á su justo plano y se superponen adecuadamente formando el
pequeño universo de un sistema. Creo que por hoy tenemos bastante...
—No, no. ¿Y Sequeros?
—¡Recuerno! Te he dicho todo lo que tenía que
decirte. Sequeros es un alma de cántaro: bueno, bueno, bueno, mejor no puede
ser; pero cargado[p. 86] de flato y de visiones á tanta presión, que el
peor día estalla. Sí, hijo mío. Ya sabes que en las constituciones de San
Ignacio se prohibe que sean admitidos en la Compañía aquellos individuos que
propenden al ensueño. ¿Conoces á nadie que propenda más determinadamente que
Sequeros? ¿Cuál es la teogonía y teología de Sequeros? ¿De qué manera concibe
la región de los bienaventurados? Helo aquí: un puchero rojo, ceñido de una
guirnalda de juncos y espinas, coronado por una llama que surge de su seno, del
propio modo que de una tortilla al ron...
—¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! Padre Atienza...
—¡Voto al chápiro! Que no hay de qué
horrorizarse... No es culpa mía, sino de los malos artistas, como el Hermano
Ortega, como el Padre Quevedo, que con sus pecadoras manos han traído á tan
baja condición una cosa tan alta. Examina, examina atentamente las imágenes y
lienzos devotos que gozamos en este punto. Pues en ellos se inspira Sequeros.
Bien. Esta cosa que te he dicho, en el centro y sitio más eminente del cielo.
Al lado, su administrador, que es el Padre Crisóstomo Riscal, con la imagen de
la cosa en cuestión, grabada en el pecho, sobre la sotana, y del cacharro sale
una voz que dice: «Reinaré en España y con más veneración que en otras partes».
Luego ya, todo lo que hay en el empíreo, es secundario para Sequeros. Ahora,
serénate y atiende. Como Sequeros tiene vehemencia, sinceridad, efusión, y es
honesto y buen mozo, comienza á hacer sus propagandas de cordiocolismo y riscalismo,
y todas las madreselvas se vuelven locas. Es natural. Pero,
una vez que ha traído á casa todo lo que tenía que traer, ¿conviene que su
fuego apostólico siga propagándose á otras esferas de la sociedad con aquella
puerilidad incon[p. 87]sistente que es su característica? ¡Líbrenos Dios! Hasta
ahora se nos ha escarnecido, injuriado, perseguido; nunca se ha intentado
ponernos en ridículo. Y ¡ay, cuando se abra la brecha! Por eso Sequeros está
que ni pintado para los chicos: en casita, sí, en casita...
Aquel día no se dijeron más cosas que importen.
VII
EL PROFETA
Todos los alumnos creían en la santidad de
Sequeros; le consideraban adornado con ese don especialísimo que Dios otorga
raras veces: la previsión de los acontecimientos por venir. Era profeta. Los
hechos lo tenían suficientemente comprobado. Además sustentaba relaciones
íntimas con el mundo suprasensible, espiritual; sabía los minutos cabales que
su madre había permanecido en el purgatorio y los siglos que le habían durado;
había visto con los ojos del alma, pero tan claramente como con los de la
carne, el sitio que le estaba asignado en el cielo, á corta distancia del
amadísimo Padre Riscal y de la favorecida Alacoque; había retumbado en sus
oídos mortales la voz áspera y fétida de Satanás, á quien había conjurado con
el signo de la cruz; y otra porción de prodigios que él mismo refería á los
alumnos de la división, á las horas de recreo y en los paseos. De esta suerte
les satisfacía la curiosidad con el elixir de lo ma[p. 88]ravilloso, les
aligeraba la voluntad y los conducía por medio del prestigio y del amor. Pero,
desgraciadamente, el sol rudo de estío, la holganza y las malas compañías,
disipaban los vapores místicos que Sequeros con tanta diligencia alimentaba en
las tiernas mentes. ¡Dichosas vacaciones del diablo!... Los niños volvían
escépticos, con el corazón empedernido. Y aquel año más que nunca. Sequeros se
mostraba atribuladísimo, extremaba sus narraciones milagrosas, quedábase
algunos momentos como en arrobo, llevaba la mano al pecho y compungía el
rostro, dando á entender horribles dolores y amarguras; suspiraba sonoramente
cuando menos se pensase, á lo mejor en el silencio de los estudios, por que no
pasase inadvertida su cuita. Á pesar de todo, los niños no entraban por los
deberes religiosos, y los pocos que retornaban á las antiguas prácticas devotas
parecían hacerlo con frialdad, remolona ó hipócritamente. El primer sábado, á
la hora de la confesión, sólo acudieron al santo tribunal cuatro alumnos:
Abelardo Macías, aquel muchachete anémico, acosado de alucinaciones y con
pretensiones de santidad; Manolito Trinidad, el lánguido hipócrita,
desconfianza perdurable de sus camaradas; Casiano López, bodoque de
remoquete, candoroso mancebo y objeto de vaya continua por el fútil pretexto de
haber rotulado el engendrador de sus días «La costura acerada» á un bazar de
calzado, muy boyante, de que era dueño, y Ángel Caztán, el mexicano, de
lúbricos labios bozales, tez mate y ojillos codiciosos. Dióse la palmada, en el
estudio de la noche. «Salgan los que quieren confesar», dijo el Padre Sequeros.
Y se levantaron aquellos cuatro, que, acompañados de Mur, se encaminaron á la
celda del confesor elegido. Dijérase que fué una cuchillada que le ases[p.
89]tasen al pobre Padre Sequeros: tal se puso de lívido, y con tanta angustia
revolvió los ojos en sus órbitas. Algunos niños se sintieron pesarosos y á
punto de querer confesarse; pero pudo más en ellos la timidez de evacuar en el
seno de un confesor leves torpezas de los amables meses libres.
Las oraciones, al comienzo y final de los estudios,
las rezaban contadísimas bocas, y esas como por rutina, con frialdad y voz
endeble.
Un día, el Padre Sequeros comenzó como de
costumbre:
—En el nombre del Padre, del Hijo, del...
Le siguieron dos ó tres. El resto, de rodillas
sobre los bancos, permanecía en distracción absoluta, algunos cruzados de
brazos, los más con las manos en los bolsillos del blusón, arrebolados aún por
la fatiga del juego. El inspector asegundó, casi adusto:
—En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu...
Santiguábase con mucha solemnidad, dando gran
amplitud al movimiento del brazo. Le siguieron los mismos de la primera vez.
Hubo un silencio enojoso. El Padre Sequeros comenzó de nuevo, ahora con voz
entrecortada:
—En el nombre del Padre...
Y como su ejemplo no fuera eficaz rompió en
sollozos, los cuales, á causa del acento fuertemente masculino, eran
conmovedores. Abrió los brazos en cruz; la garganta se le henchía, bermeja y
congestionada. Los niños le miraban con ojos espantados. Macías se echó á
llorar. Bertuco pensó desfallecer. Unos pocos se guiñaban el ojo, burlándose.
Coste susurró á Bárcenas:
—¡Está chiflado!
Bárcenas le colocó entre las costillas un codazo
que dejó sin sentido al pobre gallego. Y, al fin, es[p. 90]pontáneamente, la
división entera, aullando con frenética devoción y arrepentimiento, se
santiguó.
—¡En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu
Santo. Amén!
Sentáronse, dispuestos á sus faenas y con propósito
de enmendarse. Sin embargo, á los dos ó tres días el entusiasmo se congeló por
entero.
En los paseos, cuando después de romper filas
vagaban los niños por algún pradezuelo ó bosque aldeano, el Padre Sequeros
solía ensayarles en himnos corales; el de San Ignacio, el del Padre Riscal, que
él mismo había compuesto:
¿Quién dió á la España la nueva alegre
de los amores del Salvador?
Riscal ha sido, que en San Ambrosio
del mismo Cristo la recibió.
Este año ¡ay! los cantos eran inútiles; ningún
alumno estaba para músicas celestiales. Otro paso de tortura para Sequeros.
El segundo sábado, el número de confesandos subió á
seis; número misérrimo.
Esto aconteció un día de Octubre, ceniciento é
ingrato. Llovía acerbamente. La noche salió de su escondrijo antes que de
costumbre. Los recreos hubieron de ser bajo los cobertizos. Al comenzar el
estudio de las cinco y media, la obscuridad lo envolvía ya todo. Los alumnos se
hallaban con desgana para el estudio, díscolos é inquietos como nunca,
especialmente Ricardín Campomanes, á quien el Padre Sequeros amaba
señaladamente, á causa de su inocente condición: era un azogue. Le reprendió
varias veces, inútilmente. Del propio modo amonestó á toda la división. La voz
se le fué calentando y haciendo[p. 91] conminatoria. Los ojos le despedían
flechas de luz; la sangre huyó de sus labios.
—¡Os burláis de Dios; apuñaláis el delicadísimo y
amorosísimo Corazón de Jesús, lo apuñaláis, lo apuñaláis con saña, con frenesí,
cobardemente...! Habéis cerrado los oídos á sus mansos requerimientos. Le
tenéis á vuestro lado y no le queréis ver. Os quiere envolver en misericordia y
le rechazáis... Pues bien; ha llegado la hora de la justicia. ¿Os reisteis?
Ahora lloraréis. ¿Desdeñasteis? Ahora imploraréis. ¿Fuisteis duros? Ahora os
ablandaréis, mal que os pese. La mano de Dios está sobre vuestras cabezas. ¡Ay
de vosotros si descarga su justo enojo!
¡Sí, sí! Todo aquello estaba muy bien para las
beatas viejas, pero no para aquel vivero de mocetes que se creían ya hombres,
de la cabeza á los pies. Macías, Trinidad y otros pocos, manifestábanse
consternadísimos. Bertuco estaba serio, reconcentrado. El resto, atendía á la
lluvia tanto como al machaqueo terrorífico del inspector. Ricardín andaba
atareadísimo en cazar moscas. Había hecho una plaza de toros de papel, con sus
toriles, en donde aprisionaba las moscas, habiéndoles mutilado las alas, y
luego las sometía á torturas inenarrables, rematándolas á descabello con una
pluma de corona. Escuchó vagamente las amenazas del Padre Sequeros, más por
frivolidad que por despego. Un moscardón, atontado por el frío, vino á pararse
sobre el pupitre de Ricardín. ¡Este sí que es bueno! El niño adelanta la mano,
con toda precaución, doblando los dedos en forma de cáscara marina, hasta
ponerla próxima al aterido animalucho; la imprimió rápido movimiento
transversal, en sentido del moscardón, rasando el pupitre, y ¡oh triunfo! lo
aprisionó. Pero ¿en dónde lo guar[p. 92]daba? Se acordó de un alfiletero para
barras de lápiz automático que estaba dentro del pupitre. Disimuladamente, con
infinitas combinaciones y una mano sola, que la otra guardaba la presa, logró
apoderarse del alfiletero sin que el inspector parase en él la atención. El
bicho, con el calor de la mano, revivía y se agitaba desesperado; pasó á su
nuevo alojamiento sin peripecia digna de mención. Y ya en este punto, Ricardín
se aplicó á componer un dístico jocoso, que había de colocar á manera de rabo y
banderín en la trasera del moscardón. Cortó una tira de papel y escribió esta
singular y enigmática aleluya:
Al fuelle Trinidad le da el azteca
un buen pitón de lavativa seca.
Arrolló la tira de papel, aguzándola en un extremo,
que hundió en el vientre del bichejo, y lo echó á volar, lleno de orgullo por
la hazaña. Siendo el bagaje mucho, el moscardón batió las alas con toda su
fuerza, de manera que movía un gran zumbido, el cual hubo de poner alerta al
estudio y dar ocasión á risas sofocadas cuando se vió cruzar por el aire la
bandera de papel, de insólitas dimensiones. Las traicioneras miradas
denunciadoras indicaron en seguida al inspector quién fuese el culpable.
Ricardín quedó anonadado. ¡Tan bien como le había salido...! ¡Malditos fuelles!
—Veo que no tienes enmienda, Ricardín. Ponte de
rodillas en el centro del estudio.
El niño obedeció. Llevaba el rostro muy compungido.
Á los dos minutos ya estaba en cuclillas, revolcándose por el suelo, gateando
bajo las mesas, pellizcando á sus amigos en las piernas, hasta que[p.
93] por su mala fortuna llegó á la femenina pantorrilla de Manolo
Trinidad, á quien pellizcó de la propia suerte que á los otros; pero fuera por
la más aguda sensibilidad de este jovencito, fuera con el malévolo propósito de
poner en evidencia al enredador, ello es que Trinidad lanzó un alarido de parturienta,
adredemente prolongado durante medio minuto; y justo es decir que la segunda
parte del lamento tuvo causa bastante, porque Coste, que había sufrido
heroicamente varios pellizcos con retorcimiento por no comprometer á su
compañero, viendo que el dulce Trinidad se dolía tan de pronto y con escándalo,
no pudo reprimirse, y le aplicó tal pisotón, que á poco le quiebra los huesos
de un pie, convirtiéndoselo en pata de palmípedo, y por lo bajo le dijo
colérico:
—¡Calla, marica!
El Padre Sequeros levantó los ojos del libro de
oraciones en oyendo el alarido. Ricardín salía de debajo de las mesas,
corriendo á todo correr, en cuatro patas.
—Esto es ya intolerable. Salga usted del estudio,
señor Campomanes.
—¡Si no fué él! ¡Si no fué él!—suspiraba Manolo
Trinidad.
Pero Sequeros, á quien desagradaban las artes
hipócritas y rastreras de Trinidad, le hizo callar sin más averiguaciones.
Coste respiró, y en la primera coyuntura, hundiendo mucho la cabeza en el
libro, de modo que aparentaba estar absorto en el estudio, envió á Trinidad
estas palabras, lentas y cortantes:
—¡Si dices algo, te saco los hígados; te los saco,
fuelle!—Y le lanzaba ojeadas iracundas, sin dejar de tañer el invisible
cornetín.
El trueno rebullía sordamente, á lo lejos. Caía
la[p. 94] lluvia, emperezada y rumorosa. Bertuco pensaba en su émulo
poético, Ricardín, que en aquel momento estaba á la intemperie, en el patio
central del colegio, al cual dan los estudios.
Ricardín, entretanto, poseído de zozobra y pavor,
no sabía qué hacerse. Ahora se acurrucaba contra el quicio de la puerta, como
oveja rezagada que, fuera de la majada, busca el calor del hato; luego corría
tiritando, la mano sobre los ojos, por guardarse del flechazo de los
relámpagos.
La tormenta rodaba, acercándose. Una vaga desazón
invadía el pecho de los niños. La luz de los velones parecía amortiguarse,
asustada. Por los resquicios de las contraventanas filtrábase, de vez en vez,
la fosforescencia de las exhalaciones, trayendo á la zaga formidables
estampidos.
Comenzó el rosario. El primer misterio se rezó de
rodillas sobre los bancos; los otros cuatro en el asiento, para volver á
arrodillarse en la letanía. Abelardo era el guía; respondían todos
fervorosamente.
—Vas spirituale.
—Ora pro nobis.
—Vas honorabile.
—Ora pro nobis.
—Vas insigne devotionis.
—Ora pro nobis.
El recinto se inflama con una cegadora luz azulina.
Horrísono tableteo de cataclismo estremece los muros. Ábrese la puerta
violentamente é irrumpe Ricardín, enloquecido, clamoroso, con los brazos
abiertos, demudado el rostro, los ojos como cristalizados é insensibles,
híspido el cabello; da unos cuantos pasos vacilantes y cae en tierra. Todos los
niños gritan, espantados; pegan la frente sobre las losas, y, juzgando que es
el fin del mundo, el des[p. 95]atarse de la cólera divina, según había predicho
Sequeros, imploran angustiadamente:
—¡Misericordia! ¡Absolución! ¡Absolución!
El jesuíta los bendice. Pasan unos minutos,
inacabables, en espera de la segunda sacudida, que ha de hacer añicos y
escombros el universo. Mas ya la tormenta huye; los monstruos del estrago
braman cada vez más lejos.
Los niños van recobrándose lentamente; se miran
unos á otros con extraviada pupila; rezan en voz baja; todos quieren confesarse
en el acto. El Padre Sequeros les disuade.
—El sábado próximo lo haréis, y no se os olvide
esta lección.
Pero los niños tienen memoria de pájaros. Á los dos
días, si se acordaban del medroso paso, era para avergonzarse de tanta
pusilanimidad. Le echaban la culpa á Campomanes por haberlos sobresaltado con
su aparición súbita y la caída, que lo tomaron por muerto. Y Ricardín
contestaba:
—Sí, sí; quisiera yo haberos visto afuera.
[p. 97]
CONSEJO DE PASTORES
[p. 99](Celda del Padre Rector. Una pieza
cuadrangular, de muros blancos, mates. La puerta que la da acceso desde el
tránsito, muy cerca de una esquina. De cabecera al muro de la puerta, la
camarilla, cerrada por tabiques cuya altura promedia la de la estancia, y de
manera que mata otra esquina y hace un pasillo pequeño y obscuro, en cuyo fondo
está la dicha puerta. Una cortina oblitera la entrada de la camarilla. Una
mesa; un sillón de enea; un crucifijo en la pared, sobre el sillón; un
reclinatorio; un comodín con algunos libros, al pie del ventanal. Todas las
celdas son iguales; pero la del Rector caracterízase por cierta desnudez hosca,
hermética, que corresponde justamente con el carácter del Padre Arostegui.)
INTERLOCUTORES
Padre Rector.
Padre Prefecto de disciplina.
Padre Sequeros.
Padre Mur.
Arostegui
(Sentado. Los otros tres en pie, frente á él.)
Según eso, Padre Sequeros, la disciplina de la primera división... Yo no digo
nada.
[p. 100]Sequeros
Deja bastante que desear, reverendo Padre.
Arostegui
¿Explicaciones?
Sequeros
Las conocidas. Los primeros pasos son los más
difíciles de dar. Añádase que, siendo los alumnos todos mayorcitos, la obra
destructora de estos meses disipados de vacaciones llega muy hondo.
Arostegui
¿Qué dice usted, Padre Prefecto?
Conejo
(Dando saltitos.) Me parece muy cuerda la
observación del Padre Sequeros.
Arostegui
¿Y tú, Mur?
Mur
¿Yo qué voy á decir, reverendo Padre...?
Arostegui
Lo que pienses.
Mur
Estoy poco tiempo con los alumnos: una hora en los
estudios y el tiempo de las recreaciones. No sé si atreverme... Desde luego, en
principio, lo que dice el Padre Sequeros es acertado; pero eso es precisamente
lo que hay que corregir, y sin blandear, inexorablemente. Mi insignificante
opinión es que hay tolerancias funestas. ¿Merece tolerancia el error ó la
rebeldía?
(Conejo, algo nerviosillo, interviene.)
Conejo
Claro que no; pero no se trata de eso.
Arostegui
Déjesele hablar.
Mur
No tengo otra cosa que decir, y, por lo que veo, no
he acertado.
Arostegui
Padre Sequeros, ¿qué remedio ó medicina...?
Sequeros
Adelantar los ejercicios de San Ignacio este curso.
(Eleva los ojos al cielo.) ¡Oh, santos y divinos ejercicios hechos de
luz especial de Dios! ¡El maná guar[p. 101]dáis, la médula del Líbano y el
granito de mostaza del evangelio!
(Conejo le mira sorprendido; Mur, con aspereza y
despego.)
Arostegui
Bueno, bueno; todo eso ya lo hemos oído muchas
veces. (Sequeros se encoge de pronto, como caracol al cual trincan un
cuerno; indudablemente ha pisado en falso al sacar su alma al sol del
entusiasmo.) Habíamos dicho que adelantar los ejercicios este curso; bien.
Los adelantaremos. Y hasta entonces, ¿qué remedio ó medicina...?
Sequeros
(Con timidez.) Aumentar la dosis del único
que está en mi mano, el que hasta ahora vengo administrando: el amor. Decir
tratamiento de amor, es decir tratamiento de indulgencia. Nuestro Padre San
Ignacio, en sus Constituciones...
Arostegui
(Frío.) Sí, sí; recomienda la indulgencia;
pero es en teología moral, en los ministerios, que en el magisterio y
disciplina fué siempre inflexible. ¿Y usted, Padre Prefecto?
Conejo
Sí, sí, la disciplina; una disciplina militar, ¿qué
duda tiene? Pero con su cuenta y razón. Lo primero, probar á la división,
baquetearla, apretarla las clavijas, de modo que se atemorice y considere lo
que se le puede echar encima. Luego, llegada la hora de la sanción... hablo tal
como pienso, me inclino al Padre Sequeros, esto es, á la indulgencia. Desde hoy
en adelante, y le ruego al Padre Inspector no crea[p. 102] que con esto
pretendo desacreditar su conducta, pienso tomar una acción más inmediata sobre
la división.
Arostegui
¡Bien, bien! Tú, Mur, ¿qué dices?
Mur
¿Quién soy yo, reverendo Padre?
Arostegui
Pues que te pregunto, señal de que me importa tu
opinión y la juzgo de peso.
Mur
Aun cuando mi experiencia es corta, me basta para
saber que el hombre es naturalmente malo. Pero ¡qué la experiencia propia! ¿No
nos lo dice la sabiduría eterna? El corazón humano es seco, pedregoso, y no lo
ablanda si no es el temor de las penas venideras ó el recuerdo de las pasadas,
y muchas veces, ni aun eso. Amor... Sí, amor á todo y á todos; es cosa debida.
Amor, señaladamente á nuestros santos fines, de los cuales son medios de mucho
fuste estas criaturas que se nos encomiendan y en las cuales apuntan ya todos
los malos instintos: la sensualidad, el orgullo, la rebeldía; la
rebeldía. Amor... No en balde la ciencia, que la tradición elabora, afirma:
Quien bien te quiere, te hará llorar.
(Una pausa.)
Arostegui
Procuren la enmienda de la división. (Salen
Sequeros, Eraña y Mur. Conejo piensa): «Este viborezno no escatima su
ponzoña».
[p. 103]
PEDAGOGÍA LAXA
RARA AVIS
[p. 105]El estudio de la tarde era el más pesado;
dos horas y media de inacción y recogimiento, desde las cinco y media hasta las
ocho, sin otro respiro que la media hora de rosario y lectura espiritual, los
cuales solían comenzar á las siete. Terminada la lectura, entraba el Padre Mur
á sustituir al Padre Sequeros, promoviendo entre los alumnos cierto malestar
medroso. Tras de la aridez del largo día y monótonas faenas de clases y
estudios, aquellas dos horas pesaban con abrumadora gravedad. Algunos se dormían
sobre los libros, pachorrudamente, contando con que el Padre Sequeros no les
había de traer á la vida consciente. Les consentía dormir, que es una manera de
guardar compostura, siempre que no roncasen. El pobre Coste estaba incapacitado
para este dulce y acomodaticio reparo del tedio, porque, debido á la curiosa
configuración de sus carrillos, lo mismo era caer en blando sopor que
convertirse en un instrumento que exhalase los sonidos más descompuestos y
risibles. Un día ensayó á obturarse la boca con el pañuelo; el remedio le fué
fatal, porque si ya en estado de vigilia la exuberancia gaseosa de los
intestinos le ponía en feroces aprietos, así que se[p. 106] zambulló en
las linfas del sueño, teniendo cegado el desahogo de la boca, las flatulencias
de que adolecía se acumularon, buscando otro escape por donde insinuarse
libremente, lo cual hicieron con magníficas explosiones. El escándalo fué
mayúsculo. Coste despertó, rojo hasta el blanco de los ojos, bien á causa de la
vergüenza en que su flaco le puso, bien porque anduviese á punto de ahogarse,
faltándole la respiración. Las manifestaciones de sonoridad que caracterizaban
á Coste eran de ordinario bastante inoportunas. Por ejemplo, rezábase un día el
rosario. Iba conduciéndolo Trinidad, con su voz de contrahecha devoción.
Terminada la letanía se llegó á las oraciones finales, que se rezan en
silencio.
—Un Credo al sacratísimo Corazón de Jesús.
Y todos oraban en voz baja.
—Una Salve al sacratísimo Corazón de María.
Reanudóse el silencio, y cuando más grave y
profundo era, retumba un bárbaro estampido que se alonga un trecho, cantante y
juguetón. Las válvulas de Coste se habían relajado bajo la presión desesperada
de una espantosa procela visceral. Todos rompieron á reir, inhábiles para
mantenerse en piadosa actitud. El Padre Sequeros se mostró entristecido por el
desacato, pero no amonestó á Coste, ni le impuso pena ninguna. Era su
procedimiento. Decía á los alumnos: «Cada falta que cometéis es una puñalada
que me dais. Compadeceos de mí». Y como en su rostro transparecía paladinamente
el dolor, los niños le conmiseraban é iban absteniéndose poco á poco de pecar.
El disparo de Coste se propagó en ecos numerosos,
algunos de los cuales fueron á repercutir en el oído de Conejo y también de
Mur: ecos físicos, no, ciertamente, que á tanto no llegaba el aliento de[p.
107] Coste, con ser estentóreo, sino ecos morales, soplos supletorios de
los fuelles. (Llámase fuelle, en la vida de colegio, á
los chismosos, acusones, correveidiles, etc., etc.) Coste sospechó, en primer
término, de Trinidad, que era el fuelle más acreditado en la
ínsula.
—¡Vaya, hom, vaya!—le rugió, torvamente—. No es mal
oficio el tuyo: llevar en la boca las ventosidades que yo suelto. ¿Qué tal
sabía? He de pagarte el servicio, no te creas; he de pagártelo, y bien—. Los
carrillos, con la cólera acumulada, se le expandían, amenazando desgarrarse.
Ricardín Campomanes, que andaba por los alrededores
del frenético gallego, se le acercó.
—Vamos á ver, Coste: ¿por qué no pruebas á
ahogarlos?
—¡Ay, no, no!—suspiró Manolo Trinidad, dengueando
de tal manera, que no daba paz al trasero—. ¿Quieres que nos mate por asfixia?
—¡Ay, hijo! Pues no sabes los que te has tragado,
porque todos los días ahogo más de dos docenas.
—De todas suertes, el otro día no has sido
oportuno.
—Otro día lo seré más, Campomanes.
Cumplió su palabra, en plazo brevísimo. Pronunciaba
Conejo su acostumbrada plática hebdomadaria en el estudio de la primera
división. Era un comentario á las palabras evangélicas: «Más fácil es que pase
un camello por el ojo de una aguja, que no un rico por las puertas del Cielo.»
Conejo, esforzándose en dar plasticidad al estilo, menudeaba las comparaciones
pintorescas y hasta cómicas. Los niños le seguían atentamente.
—Porque ¿me queréis decir—gritaba—de qué le sirve
al rico su riqueza cuando le llegue la hora de[p. 108] su último juicio?
Le servirá para ir al infierno en coche, ó si queréis en tren especial, ó si
queréis en una bala de cañón.
¡POM! Coste había sido el artillero. La propiedad
onomatopéyica del estallido fué tan acendrada, que á todos dejó maravillados y
suspensos durante un minuto, después del cual se siguió un desenfreno de
risotadas, justa ovación á la maestría de Coste. El mismo Conejo anduvo á pique
de soltar el trapo. Por el momento no dijo nada, guardándolo para mejor
coyuntura; más que otra cosa experimentaba cierta envidia, como de todos
aquellos que movían la risa ajena con simplicidad de medios. ¡Lástima que la
austeridad de la sotana no le consintiese las mismas expansiones!
El Padre Sequeros contaba para sus fines con la
tierna coacción que la Naturaleza ejerce sobre las almas, constriñéndolas, por
decirlo así, á meditativa seriedad y grave melancolía. Conociendo los parajes
más apacibles, insinuantes y hermosos de las aldeas circunvecinas, los elegía
para los paseos de la división, jueves y domingos, y según la sazón del tiempo
y circunstancias del sitio, narraba historias de piedad, edificantes ejemplos
que ajustasen en el fondo, en el ambiente.
—¿Veis ese puente? Es un puente romano.
—Parece un dromedario con gualdrapas de seda
verde—habló Bertuco.
—Ya salió éste con sus metáforas—interpuso
Campomanes, avinagrado—. Deja que cuente el Padre Sequeros.
Estaban en una pradera, al margen de un remanso y
no lejos de un puente en ruinas, de giboso lomo, vestido de hiedra.
—Sentémonos—. El jesuíta se acomodó al pie de[p.
109] un roble, y en tanto algunos niños retozaban, otros se asentaban á la
redonda del inspector, apelmazándose por mejor oirle.—Pues hay un puente en
Francia, entre otros muchos puentes, no vayáis á creer. Pero este puente, que
se llama el de Saint-Cloud, es un puente que... ¿á qué no averiguáis quién lo
hizo? Pues lo hizo el diablo. Es lo cierto que el maestro de obras se veía
negro para concluirlo, porque, según parece, sus planos no estaban bien y no
había forma de darle remate. Se hundió varias veces y hubo que comenzarlo de
nuevo. En esto que se le aparece un personaje embozado al maestro de obras.
Comenzaba la noche. «Señor Dubois—porque se llamaba así el maestro—, yo soy
Satanás.» «Muy señor mío.» «Yo te hago el puente.» «No caerá esa breva.» «Te lo
hago; pero...» «Sepamos el pero.» «Con una condición, y es que lo primero que
pase, persona ó cosa, sea para mí. Tú has de apoderarte de ello y hacerme
entrega. ¿Hace?» «Ya lo creo que hace.» Conque, tiqui, taca, tiqui, taca, el
puente crecía asombrosamente por arte de Satanás. El maestro, que era un
galopín, pero temeroso de Dios, escápase á su casa y habla al oído á su mujer.
Cuando amanecía, el puente estaba ya concluído. «Ya sabes: lo prometido es
deuda.» «Sí, señor Satanás. Esperemos.» Pasado un momento, dice el maestro:
«Por allí me parece que viene algo.» ¿Y sabéis lo que era? El gato del maestro.
Este lo cogió por el rabo y se lo dió al demonio, el cual huyó avergonzado y
confuso.
—¡Bah!—advirtió Bertuco—. Ese es un cuento de
niños.
Los oyentes no ocultaban su decepción. El Padre
Sequeros proseguía:
—¡De niños...! ¿Y qué sois vosotros, por ventura?
¿No os hablo á todas horas de cosas serias, de[p. 110] asuntos que
interesan á la salvación de vuestra alma? ¿Qué hacéis, entonces? También
suponéis que son cosas de niños. Pues bueno; yo os cuento cosas de niños por
ver si lo tomáis en serio.
Oíase acaso el ruido profuso de las aves, alguna
esquila trémula, voces campesinas; veíase el remanso sorbiendo en su dormida
transparencia toda la serenidad del cielo. Los niños inclinaban la frente; la
magistral circunspección del campo cohibía la frivolidad de aquellos espíritus
en flor. Sequeros sabía colegir muy bien de la hondura de la mirada cuándo las
almitas se agrietaban en surcos, anhelando la semilla. Y en aquel punto
comenzaba á caer de sus labios la mansedumbre del milagro y la luz de la leyenda.
Ante la tersura diamantina del remanso, evocábase
el prodigio de San Blas, San Jacinto y San Francisco de Asís, caminando con
paso leve y pie enjuto sobre las aguas.
Llovía de pronto; la prole muchachil abrigábase
bajo la ramazón de los poblados robles y aprendía cómo un águila, abiertas las
alas luengas, cobijaba contra el azote de la lluvia á San Medardo.
Presumíase en el horizonte una tormenta; y era la
historia de San Sátiro, hermano de San Ambrosio, que en lo más recio de un
naufragio átase la hostia consagrada al brazo, con un lienzo, arrójase al mar y
logra salvarse. O de San Maló, que celebra su misa sobre el lomo de una ballena
que tomó por isla.
Vense unos mulos paciendo sobre un oteruelo; y es
el peregrino milagro de San Antonio de Padua, el cual, por convencer á un
incrédulo, presenta la hostia á un mulo; húndese el animal de rodillas y baja
la cabeza en señal de adoración.
Y cuando el Poniente se inflama y arroja
incandescentes saetazos que pasan de claro á las nubecillas,[p.
111] sellándolas con cifras y rasgos de lumbre, es la hora de reverenciar
en el recuerdo á los favorecidos con estigmas, á las almas exaltadas de pasión
divina cuyo premio fué la sabrosísima herida en la carne mortal, maravillosa
correspondencia de las llagas del Salvador; Francisco de Asís, Benito de
Reggio, Carlos de Sazzia, Nicolás de Rábena, Catalina de Sena, Magdalena de
Pazzi, Angela de la Pace, Stephana Quinzani, Rosa Tamisier. Luego eran las
delicadas mercedes y amantes finezas de Jesús con sus elegidos. Santa Catalina,
recitando el miserere, llega al versículo: cor mundum crea
in me, Deus. Repítelo la santa casi desfallecida, implorando al esposo. En
esto aparécesele Jesús, vestido de resplandores, y con amorosa ternura le saca
el corazón. Tres días permanece sin él la santa. Al tercero, Jesús la ofrece
otro, purísimo, diciendo: «Hija mía Catalina: porque seas enteramente limpia á
mis ojos te doy un corazón nuevo.» Y durante toda su vida conserva la cicatriz
en el costado. O el trance sublime y conmovedor de María Alacoque, permutando
el corazón con Jesús, quien formaliza el cambio por medio de un documento que
él mismo dicta: «Te constituyo heredera de mi corazón y de todos sus tesoros
para la eternidad. Te prometo que no te faltará ayuda, como á mí no me falte
poder. Serás siempre la preferida: juguete y holocausto de mi corazón.» O
también, el suavísimo regalo que nuestro Redentor hizo al venerable Riscal.
Paseábase por los tránsitos del convento de San Ambrosio, en Valladolid, cuando
he aquí que se encuentra con un niño de extraordinaria hermosura. «¿Cómo te
llamas?» «Yo, Jesús de Crisóstomo. ¿Y tú?» «Yo, Crisóstomo de Jesús.»
Volvían al colegio con el crepúsculo vespertino.
Del monte, de la colina, del árbol, bajaban sombras[p. 112] caprichosas.
De los matorrales nacían vocecillas inquietantes. Era el momento de hablar de
las trazas, ardides y encarnaciones de que Lucifer se sirve para tentar al
justo ó castigar al impío; gústale preferentemente tomar la forma del cerdo,
también la de la cabra, y en alguna ocasión se presentó de entrambas maneras en
las camarillas de los alumnos, habiendo uno en pecado mortal. Los niños, que en
otras circunstancias se hubieran reído de la estúpida fantasía de un diablo que
elige al cerdo por ornamento y apariencia carnal, transidos por el misterio del
campo y de la noche, se estremecían y buscaban mutuo amparo, apretujándose.
—También—dijo Coste cierta vez—se aparece el diablo
en forma de león; pero cuando se le coloca un gallo delante, desaparece.
—Calla, Coste, que esas son supersticiones necias.
—No, Padre Sequeros; por allí, dícenlo. Y hay
muchos que lo vieron.
Los de las primeras ternas se detuvieron de súbito.
—¿Por qué no avanzan esos?—preguntó Sequeros.
Los niños callaban. Por el camino y en dirección
opuesta se deslizaba un indeciso fantasma blanquinoso, en compañía de un bulto
negro. Los más medrosos hicieron la señal de la cruz. El Padre Sequeros los
animó.
—Es gente que vuelve á sus casas. Adelante. ¿Qué
miedo es este?
Y á poco, Ricardín Campomanes, que era un lince:
—Anda, si es Villamor, el ingeniero, y Ruth, su
mujer.
—¡Vaya unas horas de pasear!—manifestó Sequeros.
—Por eso no los habíamos visto aún este curso—habló
Bertuco.
[p. 113]—Rara avis—añadió el jesuíta—. Ave
rara, de insuperable belleza; su alma tiene que ser bellísima también. ¡Se
convertirá, se convertirá! Es mi profecía.
Era, en efecto, la profecía del Padre Sequeros; su
realización se alargaba bastante.
Ruth era inglesa. Decíase que judía ó protestante.
Lo cierto es que vivía fuera de la Iglesia Romana. No sustentaba relaciones
amistosas con las damas de Regium. Acostumbraba salir de paseo por las afueras,
del brazo de su esposo, un individuo rechoncho y de aspecto vulgar, ingeniero
en las obras del puerto. Á veces iban también dos niños, varón y hembra, rubios
como su madre, gentilísimos. Los alumnos del colegio encontraban al paso con
frecuencia á Villamor y á Ruth. La primera vez que la vió Sequeros había dicho,
como ahora:
—Rara avis.
[p. 115]
LA PEDAGOGÍA DE CONEJO
[p. 117]La pedagogía de Conejo era simplicísima. El
perilustre Prefecto de disciplina aplicaba al gobierno de los alumnos lo que
San Ignacio en sus Constituciones aconsejó para el buen gobierno de la
Compañía, esto es, adiestramiento militarista del carácter y de la
sensibilidad; sustituir con el principio de la jerarquía militar el de
igualdad, y con el de obediencia militar el de fraternidad; obediencia
absoluta, perinde ac cadaver. Pero, como al propio tiempo era tan
inclinado á payasear y dar que reir á los alumnos, resultaba que la autoridad
que ganaba con sus ejercicios cuartelarios la perdía en los pasillos cómicos.
En cuanto á lo primero, decidió Conejo, por lo
pronto, bajar á los recreos; formaba á los alumnos en los patios y les instruía
en una táctica de su invención; les obligaba á evolucionar, sin descanso,
ordinariamente á paso ligero, al compás de los gritos reglamentarios «un, dos,
tres, cuatro», ó también vociferando la marcha de San Ignacio:
Fundador sois, Ignacio, y general
de la Compañía real
que Jesús con su nombre distinguió...
En opinión de Conejo, uno de los más graves aten[p.
118]tados que podían cometerse contra la disciplina era el acto de volver la
cabeza en los estudios, en las filas, en donde fuese; en suma, el hecho de
sentir curiosidad. Nada de cuanto acontece á espaldas nuestras, por
extraordinario y estruendoso que sea, merece que volvamos la vista atrás, en
busca de información. Por conseguir esta pasividad total de los alumnos en
punto á los hechos externos de que vivían rodeados, Conejo apelaba á muy
extraños arbitrios.
Estaban, por ejemplo, los niños conllevando mal que
bien las horas imponderables de estudio. El Padre Sequeros, desde el
púlpito-atalaya, por mejor hacer la vista gorda, leía su breviario. En esto,
por la puerta del estudio, que está al extremo de la sala y detrás de los
pupitres, penetra Conejo, con todo género de precauciones, de manera que no se
levante ni el más débil rumor. Sin embargo, los de los bancos traseros
advierten el ruido levísimo de alguien que anda sobre las puntas de los pies,
sienten el movimiento del aire, rumores lejanos que, estando abierta la puerta,
suben de intensidad; escudriñan con el rabillo del ojo, y aunque haciéndose los
desentendidos, ven con profundo espanto, personas que rebullen, instrumentos
que brillan, preparativos inexplicables. Piensan: «Debe de ser cosa de Conejo.
¿Qué burrada se le ocurrirá?»
De pronto, revienta un torrente de sones
descompuestos, agudísimos, demoníacos. Algunos niños, tomados de la sorpresa,
chillan y tiemblan nerviosamente; otros, botan sobre los asientos, á punto de
caer accidentados. Seis han vuelto la cabeza.
Conejo avanza fanfarronamente hasta la testera del
estudio:
—Amiguitos; seis han vuelto la cabeza. El próximo
jueves os quedáis sin el paseo de la tarde.
[p. 119]Se oyen las risas ahogadas de los bestiales
fámulos, que son quienes han tañido con toda la fuerza de sus pulmones agrestes
los instrumentos más rudos de la charanga del colegio.
Llegado el jueves, Conejo levanta el castigo, bajo
promesa formal de que las cabezas han de permanecer inmóviles en la primera
ocasión. Y en la primera ocasión, el ingenioso jesuíta quema una tanda de
fuegos artificiales, los cuales derraman por los ámbitos del estudio infinitas
chispas. Se les queman las orejas y chamusca el pelo á unos cuantos, entre
ellos Manolito Trinidad, que suspira como una tórtola y vuelve la cabeza,
poseído de lamentable turbación, creyendo sin duda que se trataba del fuego de Sodoma
y Gomorra. Nueva imposición del castigo. Esta vez el único causante ha sido
Trinidad, y como Conejo no ha tenido á bien otorgar indulto, el joven cofrade
de la mujer de Lot, encima de improperios sin cuento, sufre en las narices un
balonazo que así como por casualidad Coste le aplica, dejándole exánime y
ensangrentado.
Otras dos experiencias realizó Conejo; la una,
derribando un armario lleno de cachivaches y cacharros inservibles, que vino á
tierra con el estruendo que se supone; la otra, lapidando, por decirlo así, los
indefensos cogotes de los alumnos con estropajos húmedos. Á la postre consiguió
cercenar todo movimiento espontáneo y hacer á los niños simuladores, ladinos y
desconfiados.
El sistema de la emulación, mediante el cual los
niños ignoraban el concepto de lealtad y compañerismo no viendo los unos en los
otros sino émulos, es decir, enemigos del propio bien, seres tortuosos, les
estaba encomendado á los maestrillos, en las cátedras. Cada clase se dividía en
dos bandos, ro[p. 120]manos y cartagineses, con sus estandartes
correspondientes. Los romanos se sentaban en los bancos de la derecha del
profesor; á la izquierda, los cartagineses. El más aventajado del aula
trascendía de este particularismo; era el emperador. Seguíale el cónsul romano,
y á éste el cartaginés. Venían detrás los centuriones, cuya misión era
inspeccionar la aplicación de las respectivas huestes y mantener, por medio de
frecuentes delaciones, al maestro, en noticia constante de la conducta de los
alumnos. Los sábados, á la tarde, se verificaban los desafíos. El que
pretendiese avanzar un puesto desafiaba al que le precedía; salían al centro
del recinto y comenzaba encarnizada lucha en que cada cual, según recitaba el
otro su lección, acechaba fieramente á fin de patentizarle, al menor descuido,
sus errores. Luchaban también bando contra bando, computándose en la pizarra
las faltas. Á la postre, los estandartes hacían campear la victoria y la
derrota de ambos ejércitos. Por una cara decían: «ROMA VICTRIX», Roma
vencedora. Por el reverso, «ROMA VICTA», Roma vencida. Lo mismo el de Cartago.
Durante la semana permanecían insolentemente las palabras de triunfo y las de
baldón. El mismo sábado, después de las últimas clases, el colegio se
encaminaba, en dos filas, á la Salve solemne, celebrada en la iglesia pública.
En el medio iban los emperadores de las diversas promociones, con los cónsules
á entrambos costados, y el victorioso enarbolaba la bandera de la clase. De esta
suerte la ciencia, en vez de sacramento, se convertía en guiñapo de vanagloria
y presa á propósito para ser disputada á mordiscos y uñaradas.
El ensayo de instrumentación religiosa que Coste
hizo rezándose el rosario, y el comento sonoro que[p. 121] puso á la
plática de Conejo acontecieron en la misma semana. El carrilludo mancebo estaba
maravillado viendo que sus manifestaciones explosivas no le acarreaban
complicación ni contratiempo. Llegó el domingo. Después de la segunda misa, el
Prefecto recorría los estudios, con un gran libro debajo de la axila derecha, y
leía las notas semanales que los alumnos hubieran obtenido. Las calificaciones
eran las siguientes:
A = Muy bien.
AE = Bien.
E = Bastante bien.
EI = Regular.
I = Bastante mal.
IO = Mal.
O = Muy mal.
Las oes se aplicaban en
contadísimas excepciones.
Conejo iba leyendo las notas lentamente. Cada
alumno, para oir las suyas, poníase en pie.
—Don Romualdo Coste y Celaya—masculló Conejo.
Coste se levantó, avergonzado y encogido. Tenía
tristes presentimientos.
El Padre Prefecto sacó la caja de rapé, tomó un
polvo, se golpeó las ventanas de la nariz, que sonaron á oquedad; todo muy
espaciadamente. Luego:
—Deberes religiosos: O.
Una pausa de mucha expectación. Conejo contempló á
la víctima con un gesto de insolencia jocosa. Y rompió á hablar, dando
amenazadora prosopopeya á las palabras:
—¡Puerco! ¡Repuerco! ¡Requetepuerco! ¡Ultrapuerco!
¡Archipuerco!... ¡Vaya usted á soltar cuescos á su padre!
[p. 122]Una gran carcajada coronó el elocuente
apóstrofe de Conejo. Coste miraba de reojo, con ánimo de ajustar más tarde las
cuentas á los que se excediesen en las risas con que por lisonjear al Ministro
le zaherían. Cuando se sentó, pensaba: «Menos mal; como todos los castigos
fuesen así...»
[p. 123]
MUR, PEDAGOGO
[p. 125]Dos eran las cosas que Mur abominaba sobre
toda ponderación; la primera, que yendo en filas, como siempre iban las
divisiones al trasladarse de un punto á otro del colegio, se tararease por lo
bajo; la segunda, que en caso de acometer al alumno, en las altas horas de la
noche, una necesidad, aun siendo acosadora é inaplazable, se satisficiera
haciendo uso del bacín que para casos de menor entidad había en la mesilla de
noche. Es decir, que Mur se había propuesto luchar con dos fuerzas naturales.
Una, porque estando los alumnos en punto de crecimiento y con gran remanente de
actividad que no hallaba medio fácil de explayarse, la energía les rezumaba por
todas partes y en toda ocasión, siendo la forma preferente el canturreo en que,
á compás del paso en las filas, incurrían sin darse cuenta y á pesar de los
castigos. La segunda, porque permaneciendo cerrados por de fuera en sus
camaranchones durante la noche, y no acudiendo el sereno á los toques por
hallarse monolíticamente dormido, no les quedaba otro recurso decoroso á los
alumnos, caso de apretarles la urgencia, que aprovechar el único recipiente
idóneo que á mano tenían. Mas, por lo mismo que era físicamente imposible
corregir uno[p. 126] y otro fenómeno, Mur exteriorizaba particular enojo
ante su frecuencia, y era que ello le daba pie para imponer penas y para
imaginar los más absurdos procedimientos de tortura, con lo cual se refocilaba
tan por entero que le salían á la cara las señales del goce entrañable y cruel
que esto le traía.
Era cosa de verle ante el niño penado, cuando le
hacía sustentarse en posturas forzadas é inverosímiles, durante minutos
eternos. Su fría carátula tomaba calor de vida, los labios se aflojaban, la
nariz trepidaba y la siniestra verruga se henchía de sangre, se esponjaba,
lograba expresión.
Su indiferencia aparente era tanta que
desconcertaba á los alumnos. Caminaba entre las filas como absorto en sus
propias cavilaciones. Un niño, creyéndole ausente de las cosas externas,
volvíase para decir cualquiera paparrucha á un amigacho; no había pronunciado
tres palabras, y ya tenía sobre la mejilla la mano huesuda de Mur, impuesta en
el tierno rostro con la mayor violencia. Era especialista en los pellizcos
retorcidos, que propinaba con punzante sutileza, poniendo los ojos en blanco y
sorbiendo entre los apretados dientes el aire, cual si le transiera un goce
venusto. En el castigo de la pared, el más benigno y corriente, Mur
lograba poner un matiz propio. La pena consistía en estar cara al muro y
espalda á los juegos, diez ó quince minutos, durante la recreación. Mur se
encaraba con el reo, engarabitaba los dedos y los iba plegando sucesivamente,
trazando esa seña que en la mímica familiar expresa el hecho de hurtar alguna
cosa; al mismo tiempo decía: Apropíncuate, con lentitud,
mordisqueando las letras como si fueran un retoñuelo de menta ó algo que le
proporcionara frescura y regalo. Y estando ya el niño de cara á la pared, le
aplicaba un coscorrón en el colodrillo, de[p. 127] tal traza, que las
narices del infeliz chocaban despiadadamente contra el muro.
—En sorprender á los cantores tengo un raro
tino—solía exclamar.
No tan raro, si se tiene en cuenta que el que más y
el que menos no conseguía abstenerse de esta discreta expansión lírica.
Ninguno, en verdad, tan canoro como Ricardín Campomanes; ninguno, tampoco, más
distraído. Mur le aborrecía, entre otras razones, cuyo peso específico
ignoramos, por ser uno de los favoritos de Sequeros. También lo era Bertuco; no
embargante esto, Mur mostraba para con él expresiva lenidad y le hacía objeto
de pegajosas asiduidades, que el chico repugnaba: hubiera preferido el odio del
jesuíta, sobre todo por asco á las caricias de sus manos, calientes y ásperas
como la lengua de un buey.
Una tarde salió Ricardín de las clases más contento
que nunca: había sabido la lección de geometría y, en consecuencia, Ocaña había
celebrado lo estupendo del caso prodigándole honores y plácemes sin cuento. Las
entrañas del niño eran un puro ímpetu de saltar, de gritar, de hacer zapatetas
y lanzar la gorra al aire. Iba en las filas como ajenado, positivamente perdido
en fantasmagorías y quimeras; pensaba que ascendía ya á los puestos más
relevantes de la clase, á centurión, al consulado cartaginés, al romano;
componía, en su imaginación, con animada plasticidad, el cuadro del desafío
desaforado, descomunal que había de reñir con el simiesco Benavides, temible
empollón, y con Bertuco, disputándoles y arrancándoles de los hombros la
investidura imperial; veíase emperador, caminando mayestáticamente á la Salve,
entre marchas é himnos triunfales; ¡tra, la, li, lara, pon, pón! En efecto, en
las filas, que silenciosamente se enca[p. 128]minaban al refectorio, hubo un
movimiento de estupor al ver á Ricardín entregado de lleno al vértigo musical,
agitando el brazo derecho, con el cual empuñaba una supuesta batuta, rígidas
las piernas, taconeando á paso de procesión.
¿Quién describirá la cólera disimulada, recóndita,
de Mur y la espantable lividez que invadió sus mejillas? Se acercó ágil y
elásticamente, como bestia de presa, tiró un zarpazo á Ricardín en el brazo de
la batuta, arrancándole así del seno de los sueños en donde reposaba y
forzándole á prorrumpir en un grito de sorpresa y dolor. Por las orejas le
separó de las filas, calificándole con voz severa y potente que de todos fuese
oída:
—¡Títere! ¡Mameluco! ¡Imbécil! ¿Qué dices? ¿Que no
tienes ganas de merendar? Si ya lo sé; probablemente no la tendrás en quince
días.
Y lo arrastró por un estrecho pasadizo, que
conducía á los patios exteriores.
Después de la merienda había un recreo de media
hora. Llegaban las divisiones á sus patios respectivos, rompían filas en oyendo
la palmada del inspector, y dos niños, que éste mismo designaba, corrían en
busca de los balones y maromas de saltar, a una de las clases, en la cual y
dentro de un pequeño receptáculo al pie del púlpito, se guardaban. Aquel mismo
día fueron designados Coste y el orejudo Rielas. Coste movíase con embarazo,
sin apartar la mano del bolsillo del blusón, evidentemente congestionado con
algún objeto pecaminoso y de bulto.
—Eh, tú, Coste, acércate—gritó Sequeros.
Le tentó el bolsillo, por fuera, reconociendo una
manzana y un trozo de pan. Sequeros comprendió.
—Vaya, hombre... tú, tan glotón. Eres bruto, pero
eres bueno. Dios te lo pagará—. Y le golpeó afectuosamente el cogote.
[p. 129]
El carrilludo Coste partió de nuevo,
resplandeciente. Interpúsosele Mur:
—¿Á dónde vais?
—Á por los balones—respondió Rielas.
—Pues no están en la clase del pasillo de los
lugares, que los he cambiado yo á la del Padre Urgoiti. Ya lo sabéis.
Y sabían más con esto.
—¿Has oído?—mugió sordamente Coste, en habiéndose
alongado un trecho de Mur—. Tiene allí encerrado á Ricardín.
—¡Qué bruto! Le habrá puesto en la butaca[2].
—Sabe Dios. ¿Quieres que veamos?
Se acercaron al aula. Inquirieron, á través del ojo
de la cerradura.
—No se ve nada. Mira tú, Rielas.
—No hay nadie. Como no esté escondido...
Examinaron precavidamente la cerradura. La puerta
cedió. Metieron la cabeza, husmeando, fruncido el morro.
—¡Canario! ¿Dónde lo tendrá?
Se oyó un susurro tenue: «Pss... Coste, ¿vienes
solo?» Coste y Rielas retrocedieron, sobresaltados.
—¿Has oído, Rielas?
—Sí.
—Pero si no había nadie.
—Vamos á ver, antes de que noten nuestra falta.
Oyóse de nuevo la voz incorpórea: «Pss... Coste,
¿quién viene contigo?»
—¿Eres tú, Ricardín?
—Sí.
[p. 130]—¿En dónde estás?
—Debajo del púlpito, en el sitio de guardar los
balones.
—Si no puede ser; si no cabes.
—¿Que no? Me han embutido. ¡Ay! Tengo una pierna
dormida, y el brazo como un sacacorchos. Oye, ¿qué os han dado de merendar?
—Espera... Pues ha dejado abierta la puertina.
¡Reconcho! ¿Cómo pudiste entrar?
—No entré, me metió á puñadas. ¿Qué tal? Parezco un
contorsionista de circo. ¿Eh?
—No sé lo que es un contorsionista, Ricardín.
—Sí que lo pareces—afirmó Rielas.
En efecto, el niño aparecía con los miembros
enmadejados; no conservaba la más lejana apariencia racional, como no fuese por
la angustiada carita que surgía inadecuadamente de entre las piernas.
—¡Pobriño! ¡Pobriño!—suspiró Coste.
—No, tonto; si es muy entretenido. ¿Cuándo creéis
que me sacará?
—Toma.
—¿Qué traes ahí?
—Mi merienda.
—Tú eres bobo; ¿por qué no la comiste?
—No tenía gana.
—Bueno; escribiré á mi hermano José María para que
me traiga bombones y los repartiré contigo. ¿Sabes que tengo mucha sed?...
—Con la manzana se te pasará.
—Por si acaso luego te escapas, humedeces bien el
pañuelo en la bomba del patio y me lo traes para que yo lo chupe. No estéis más
tiempo, que os pueden sorprender.
El hallazgo de esta mazmorra halagó el orgullo de
Mur, induciéndole á admirarse de su propia inven[p. 131]tiva. Después del
ensayo de Ricardín lo puso en práctica muy á menudo. No llegó el castigo á
conocimiento de otros jesuítas porque los niños, presumiendo las feroces
represalias de Mur, se guardaron mucho de exteriorizar sus quejas. Á algunos
los sacaba medio tullidos, y yacían algún tiempo sobre las losas del pavimento
antes de que con la circulación se renovase la actividad de los miembros. Á
Coste, en razón de su desarrollo nada común, la compresión le originaba
peculiares agonías. El pobre muchachote hacía buen blanco á las cóleras de Mur.
El jesuíta, como dispépsico que era, se revolvía en aborrecimiento á la vista
de aquellos mofletes túrgidos y bermejos, le odiaba la buena salud y el apetito
insaciable de que hacía gala entablando apuestas con los más alampados gañotes
de la división. Por escarmentarle en su voracidad, hizo que el abrutado fámulo
Zabalrazcoa preparase una mixtura con cierto purgante violentísimo y la
derramase en el guisado que Coste había de deglutir. Contaba al propio tiempo
con que, acosado de subitáneas torsiones intestinales, había de acudir al
orinal, sin vado para otras diligencias, porque la pócima había de servirse en
la cena; y de esta suerte, junto con el sufrimiento físico, se acarrearía la
afrenta pública de un escandaloso castigo. Mas quisieron los hados benignos de
Coste que Zabalrazcoa se equivocase, y en lugar de servirle á él el pérfido
condimento, se lo adjudicase á Abelardo Macías, el místico, quien, embebecido
siempre en sus célicas musarañas, fué trasladando lentamente al estómago el
corrosivo guisado, sin advertir ningún gustillo delator de la ponzoña. Rezó más
tarde sus acostumbradas oraciones y se durmió pensando en el venerable Riscal y
en la túnica inconsútil de las once mil vírgenes. Ya en sueños, antojósele que
por obra de[p. 132] sus pecados era conducido al infierno, en donde una
falange de feísimos demonios le desgarraban la tripa con garfios candentes. Cuando
despertó, la turbulencia tempestuosa de su vientre amenazaba romper con las
esclusas que la sabia providencia colocó en el organismo humano en previsión de
nauseabundos derrames y destilaciones. En vano se encomendó al venerable
Riscal, rogándole de todas veras bajara en su ayuda, otorgándole unos minutos
de energía muscular con que resistir el ímpetu de las rugientes oleadas que por
dentro le invadían. Saltó de la cama; intentó llamar á la portezuela; discurrió
vertiginosamente y no se le ocurrió cosa mejor que servirse de la jofaina que,
promediada de agua, tienen los alumnos en la camarilla para su aseo matutinal.
Al hacerlo se echaba la cuenta de que quizá á la mañana siguiente los fámulos
atribuyeran la abundante porquería á un prurito general de limpieza, ya que
pasaban semanas y aun quincenas sin que Abelardo, absorto en sus oraciones de
comienzo del día, dispusiera de un corto vagar en que lavarse cara y manos; era
una compensación verosímil.
Á la mañana siguiente, Mur andaba por el tránsito
de los dormitorios, con su nariz de rata de alcantarilla más vibrátil que
nunca, venteando y sonriendo. Tomó por el brazo al fámulo Babzola, uno de los
que hacían las camas:
—Oye, Babzola; por aquí huele que apesta. Alguno ha
hecho una gorrinada. Mira bien y baja á decirme el número á mi celda.
Aquel día, cuando los alumnos salían del estudio de
la mañana para ir á desayunar, en mitad del claustro se dieron de cara con un
espectáculo repugnante. Había una mesilla de noche con la tapadera abierta; en
el agua turbia de la palangana flo[p. 133]taban excrementos; el hedor se
prolongaba espesamente, atacando el sentido. Detrás de la mesilla de noche
estaba en pie Abelardo Macías, con los brazos cruzados y los ojos puestos en la
techumbre, como ofreciéndose en holocausto á una justicia invisible.
¡Cuán inocente estaba Coste de sospechar el riesgo
que había corrido, y cómo aquella deshonrosa exhibición á él estaba destinada!
Á Mur no le apesadumbró gran cosa el inesperado error de Zabalrazcoa. Como
quiera que tenía por la más necia presunción la de santidad, agradeció al
capricho de la suerte que le colocara en coyuntura de infligir á Macías público
correctivo. Y ya satisfecho en este punto, aplicóse á sorprender á Coste en
alguna falta flagrante y á inventar nuevas penas, del linaje de las infamantes
y aflictivas, que eran las únicas que le parecían saludables. La empresa no
presentaba dificultades; la conducta de Coste tenía tantos lunares como pulgas
un gozque aldeano.
Á los pocos días de haber evitado Coste
milagrosamente las asechanzas del purgante, en la postrera media hora de
estudio de la noche, encomendada á la vigilancia de Mur, cayó dormido y dióse á
roncar en forma que simulaba con cierta propiedad los tanteos preliminares del
rebuzno. Le despertó Mur, le alabó sus aficiones y le prometió cumplida
satisfacción para el siguiente día, como lo hizo. Para ello, presentóse en el
recreo con una cabezada en la mano, que aplicó al cráneo de Coste,
conduciéndole luego, entre la alborotada chacota de los alumnos, á la cuadra
de Castelar.
Castelar era el burro de que se servía el Hermano
cocinero para traer las provisiones de la plaza. El acto de caracterizar al
animal con un nombre había sido asunto de seria deliberación entre los
Padres.[p. 134] Convenían todos en que fuese el de algún hombre célebre,
hostil á la Iglesia. Se pensó en Voltaire, en Renán; luego, la preferencia se
inclinó hacia los nacionales. Salmerón, era sonoro y expresivo; pero hubo de
rechazarse porque así se apellidaba un compañero de San Ignacio. Pí, demasiado
breve y anfibológico. Pí Margall, no sonaba bien. Entonces, el Padre Estich,
que á la sazón leía una diatriba contra D. Emilio Castelar, escrita por el
Padre Alarcón, propuso el nombre de este glorioso tribuno. Se aceptó al punto,
con gran algazara. Y, desde aquel instante, el pollinejo fué Castelar.
Castelar era rucio, sociable, bondadoso y melancólico.
Sobre la frente le caía, con mucha gracia, espeso flequillo. No incurría en
vanagloria, y rara vez alborotaba sus hermosas orejas, suaves, velludas, como
de terciopelo.
Mur introdujo á Coste en la cuadra, y lo ató corto
al pesebre, de manera que le fuera imposible distraerse cabalgando el asno, y
en tal guisa, que la cabeza del niño quedaba en una alarmante vecindad con la
del pollino. Estando todo dispuesto, los dejó solos. En un principio, Coste
permaneció mustio y receloso, con la vaga sospecha de una coz ó de una
dentellada. Luego, mirando de reojo, tropezó con las pupilas afables y
meditabundas del burro, que parecían darle la bienvenida. Á los pocos minutos
se habían familiarizado por entero; reía el niño y reía el asno, á su manera.
Aquella tarde, Coste comunicó á Bertuco un grato
secreto.
—Bertuco, ¿sabes? Castelar es una
gran persona. Si vieras...
[p. 135]
VIVE MEMOR LETHI
[p. 137]
I
El Conductor de los ejercicios espirituales fué
aquel curso el Padre Olano. Eran privados, para los alumnos solamente y se
celebraban en la capilla particular del colegio. El Superior había aconsejado á
Olano:
—Conviene que disponga bien su plan, Padre. Tome de
la biblioteca los libros necesarios: enciérrese en su celda y trace punto por
punto el modo en que las meditaciones han de distribuirse, adornándolas con las
comparaciones, ejemplos y bien urdidas composiciones de lugar que han de
ilustrarlas, de manera que no quede nada confiado á la improvisación. ¡Oh, de
cuánta importancia es esto!
El Padre Olano tenía asco á la letra de molde, la
cual solía inducirle á laberínticos embrollos; confiaba en las fuerzas propias
y en su larga práctica de orador tremebundo. Así, prefería lanzarse á la
elucubración espontánea.
Se precipitó en el currículo; se cerró en el
cuarto, con un librito aforrado en roja piel labrada, y un buen abasto de
papel. Caviló, plumeó, tachó, rasgó pliegos sin cuento. En las etapas de
indigencia men[p. 138]tal acudía en demanda de luces á un grabado en acero que
el librito aquél tenía en la anteportada: allí estaba San Ignacio, en lo hondo
de una cueva, los ojos en alto, la siniestra mano sobre el esternón, suspendida
la diestra en el aire y con una pluma de ave; delante de él un considerable guijarro,
á manera de bufete, con un libro abierto y un tintero con su pluma de repuesto;
arriba y naciendo de nebulosas vedijas, la Virgen, con el niño en brazos, que
señala imperativamente hacia el libro; más arriba y en la clave del grabado una
hostia reverberante, en cuyo centro campea una cifra J H S sobre tres
clavos; en el ángulo inferior derecho, caídos al desgaire sobre los pedruscos,
un bastón, una capa y un chambergo con pluma al costado. Debajo de la estampa
dice.
S. IGNATIUS LOYOLA S. J. FUNDAT
Manresal Spiritualia Exercitia
dictante Virgine scribit
Y en lo más alto de la página, sobre flotante
cinta, una leyenda del salmo 138 que alude á la ciencia infusa.
¡Ay! El Padre Olano estaba huérfano de ciencia
infusa. De aquí el que padeciera inenarrables tormentos y sudores antes de dar
cima al plan que el Padre Arostegui le encomendara, y del cual transcribimos
algunos fragmentos, con las mismas acotaciones que, al estilo de las comedias,
el propio Olano puso.
[p. 139]
«Los maestros espirituales dividen la materia de
las meditaciones en tres órdenes, según los tres estados de los que meditan.
Unos son pecadores que desean salir de sus pecados, y éstos caminan por el
camino que llaman vía purgativa, cuyo fin es purificar el alma de todos sus
vicios, culpas y pecados. Otros pasan más adelante y aprovechan en la virtud,
los cuales andan por el camino que llaman vía iluminativa, cuyo fin es llenar
el alma con el resplandor de muchas verdades y virtudes, y alcanzar grande aumento
de ellas. Otros son ya perfectos, los cuales andan por la vía que llaman
unitiva, cuyo fin es unir y juntar nuestro espíritu con Dios en unión de
perfecto amor. Para los niños basta la vía purgativa. San Ignacio divide la
materia en cuatro semanas, que nosotros reduciremos aquí á cuatro días. Para
los niños basta y sobra.»
«MEDITACION PRIMERA. PRELUDIO PRIMERO, ó sea
composición de lugar.—Tenéis que imaginaros que veis al glorioso San Ignacio
con el libro de los Ejercicios en la mano, y que á su alrededor tiene á un
sinnúmero de justos confirmados en gracia, de pecadores convertidos y de tibios
enfervorizados; y que, dirigiéndoos la palabra, dice: «Tomad, hijos, este libro
y meditad seriamente las verdades que están en él contenidas.» (Es preciso
pintar bien la cara del fundador, según el retrato de Pantoja, que revela penitencias,
y que[p. 140] desentrañen en la cojera una reliquia de su vida mundanal,
por donde tuvo siempre presentes los riesgos que corrió, estando si se condena
ó no se condena. ¡Ah, si Jesús os señalara á todos al primer mal paso que
dais!) Luego imaginaos que veis aquella gran muchedumbre que nadie puede
contar, de todas naciones, tribus, pueblos y lenguas, que están ante el trono y
delante del Cordero, revestidas de un ropaje blanco, con palmas en sus manos,
con que simbolizan la victoria que han reportado, ya de los tiranos, ya de sus
propias pasiones, y que aclamando á grandes voces, dicen: «La salvación la
debemos á nuestro Dios, que está sentado en el solio, y al cordero, y sobre
todo á los ejercicios de San Ignacio. (Apoc., cap. VII, versículos 9 y 10.) Que
entiendan los alumnos cómo tanto esta sentencia del Apocalipsis como otras
varias de las Escrituras, dictólas el Santo Espíritu pensando en nuestra
Orden.»
«Los niños tienen especial precisión de los
Ejercicios, porque si no grandes pecadores, suelen ser grandes tibios. ¡Ojalá,
te dice el mismo Dios, fueses tú caliente por la gracia ó frío por el pecado!
Mas, porque eres tibio empezaré á vomitarte de mi boca, quia tepidus
es, incipiam te evomere de ore meo.»
«Afecto de gratitud. ¡Bendito seáis,
Dios mío, de haberme llevado á esta probática piscina en que se cura de toda
enfermedad, no al primero que entra, sino á todos cuantos se presentan con
deseo verdadero de curar!»
«Disposiciones y modo de hacer bien los santos
ejercicios... Estará muy recogida la capilla; sólo se permitirá entrar
aquella luz que se necesita para no tropezar, y que en lo demás esté muy
obscura. Esto es muy importante para que los niños mediten, examinen y rumien
mucho. Tener cuidado con los fá[p. 141]mulos, que son unos gaznápiros, para que
no se olviden de este requisito... Cuidarse de que los niños tengan la vista
muy mortificada y mortificarán también toda curiosidad, y así sólo atiendan á
los cuadros que yo les trace. Han de mortificar la lengua y el oído, para lo
cual no habrá recreos en los cuatro días, que serán todos de silencio... Si
queréis aprovechar muchísimo en estos ejercicios, entregaos y dejaos
enteramente en las manos de Dios para que haga de vosotros y de todas vuestras
cosas lo que quiera, á la manera que el barro en manos del alfarero, ó el leño
en las manos del escultor. En todos estos días repetiréis con mucha frecuencia
y de todo corazón alguna de estas jaculatorias: Hágase tu voluntad y no
la mía. Señor, ¿qué queréis que haga? etc., etc.... No estará de más
que por las noches, en el tránsito de las camarillas, algún Padre ó Hermano
haga ruidos raros y rumores temerosos. Esto dispone muy bien el corazón de los
niños para el día siguiente.»
«MEDITACION II. Del fin del hombre.
Principio y fundamento de todas las meditaciones.—Persíguese que los niños
vean cómo el hombre, por grandezas que llegue á alcanzar, no es nada. Hágaseles
claro la vanidad de todas las ilusiones que puedan tener y lo necio de las
esperanzas. Este es el principio y fundamento de los ejercicios: principio,
como en las ciencias; fundamento, como en los edificios.»
«Composición de lugar.—Se imagina ver á Dios
lleno de majestad y grandeza, sentado en su trono. Barba luenga, hasta medio
pecho. Ojos que ciegan. El trono, de púrpura. Muchas piedras preciosas. Más
rico que lo más rico del mundo. (Ademanes solemnes; voz profunda y reposada; brazos
al cielo, de vez en cuando. Se puede uno poner de puntillas, poco[p.
142] á poco...) Luego, dice Dios: Yo soy el principio y el fin:
Ego sum principium et finis. También se puede ver un mar grande, grande,
inmenso, de donde salen muchos ríos y que todos vuelven á él.»
«Petición... Dios y señor mío, os
suplico me concedáis gracia para hacerme superior á mí mismo y vencer todos los
obstáculos que me lo puedan estorbar.»
«Proposición (son palabras del santo).
El hombre fué criado para alabar, reverenciar y servir á Dios nuestro Señor, y
mediante esto salvar su alma.»
Vienen ahora largos desarrollos de estos puntos, y,
á modo de corolarios, dos afectos que se han de sacar; un acto
de acusación de sí mismo; y un acto de dolor.
«Hágase revivir en la memoria de los alumnos las
faltas ó pecados que hayan cometido. Empléanse palabras y términos repugnantes
para denominar los pecados. Son llagas asquerosísimas; son postemas y manaderos
de pus; son pústulas y lepra que infestan el aire que se respira é imprimen al
alma que los comete una horrible fealdad. ¡Vosotros no lo veis; pero el ángel
de la guarda, que está á vuestra diestra, lo ve, y sufre, y llora, y tiene que
taparse el rostro con el ala, para no contemplar tanta suciedad! (Esta
meditación debe hacerse á la tarde, después de la comida. Al hablar, se hacen
gestos de repulsión, como si uno tuviera delante las nauseabundeces que
describe.) Como todo lo temporal está unido á pecado, dedúcese, como afecto,
el desprecio de lo temporal. ¡Para en adelante prometo, quiero y propongo amar
lo eterno y celestial!»
«El fin de Dios es su mayor gloria, y esto os ha[p.
143] de servir de norma en la vida. ¿No queréis entenderlo? ¿Seréis
capaces de olvidarlo andando el tiempo, é incurrir en la blandura del mundo?
Haced enhorabuena lo que os agrade; pero siempre será verdad que serviréis á la
gloria de Dios, porque Dios logrará siempre é infaliblemente su fin. Sirviendo
á Dios en la tierra, alabarás eternamente su misericordia en el cielo; no
sirviéndole, glorificarás eternamente su justicia en el infierno. Píntase de un
lado el cielo y de otro el infierno; pero esta pintura no es todavía más que un
esbozo. Más adelante se añaden las tintas necesarias. Sácase el afecto de
temor é incertidumbre.—¡Qué diré yo, oh, Dios mío! ¿Iré yo al cielo ó al
infierno?—Quien ama su vida en este mundo, la perderá; y el que la aborrece en
este mundo, la conservará para la vida eterna.»
«De la indiferencia con que se deben mirar las
cosas sensibles. (Palabras del santo.)... tanto ha de usarse de las
cosas sobre la faz de la tierra cuanto ayuden para el fin...»
«Breve consideración acerca de cómo todas las cosas
que no son Dios merecen indiferencia. Hacer reconocer el supremo dominio de
Dios y sáquese como afecto la confusión de uno mismo, la
humillación.»
De otra meditación, sobre el Pecado de los
Ángeles y de nuestro padre Adán.
«Son palabras del Santo. El primer punto será traer
á la memoria sobre el primer pecado, que fué de los ángeles; y luego, sobre el
mismo, el entendimiento, discurriendo; luego la voluntad, queriendo todo esto
memorar y entender por más se avergonzar y confundir, trayendo en comparación
de un pecado de los ángeles, tantos pecados míos; y donde ellos, por un pecado,
fueron al infierno, cuántas[p. 144] veces yo lo he merecido por tantos...
El segundo es hacer otro tanto, es á saber, traer las tres potencias sobre el
pecado de Adán y Eva, trayendo á la memoria cómo por el tal pecado hicieron
tanta penitencia, y cuánta corrupción vino en el género humano, andando tantas
gentes para el infierno. Digo traer á la memoria el segundo de nuestros padres,
como después que Adán fué criado en el campo Domaceno, y puesto en el Paraíso
terrenal, y Eva ser criada de su costilla, siendo vedado que comiesen del árbol
de la Ciencia, y ellos comiendo, y asimismo pecando; y después, vestidos de
túnicas pellíceas, y lanzados del Paraíso, vivieron sin la justicia original
que habían perdido, toda su vida en muchos trabajos y mucha penitencia... Se
describe el Paraíso, sin frío, calor, lluvias ni vientos; flores, frutos
sabrosísimos, pájaros y animales dóciles; la felicidad del cuerpo de Adán y
Eva... y cómo se pierde todo por un pecado.»
«Derívase el afecto del arrepentimiento. El cielo y
la tierra me dan testimonio de que Dios tiene un odio infinito al pecado. ¡Ah,
si cayese una sola gota de ese santo odio en mi corazón! ¡Cuánto mejor hubiera
sido para mí haberme podrido bajo tierra antes que pudiese pecar!»
De la MEDITACION V, también acerca del pecado. «No
hay cosa más vergonzosa que el pecado, ni más infame que el pecador. Figúrate,
alma mía, que Dios abre los ojos á todos de modo que puedan ver claramente en
tu corazón todos los vicios y todos los pecados que has cometido en tu vida en
pensamientos, palabras y obras. ¡Oh, Dios, qué rubor y qué vergüenza sería la
tuya! ¿No irías antes á esconderte en las grutas y cuevas de los desiertos, que
comparecer delante de los hombres?»
[p. 145]«MEDITACION VI. De las penas del
infierno, y singularmente de la pena de daño. Con grande acuerdo
propone San Ignacio la meditación de las penas del infierno inmediatamente
después de las del pecado, para que así más lo deteste y llore quien por
desgracia lo cometió, viendo el reato que trae como consecuencia necesaria.»
«Son palabras de San Ignacio:
«Primer preámbulo, composición de lugar, que
es aquí ver con la vista de la imaginación la longura, anchura y profundidad
del infierno.»
«El segundo, demandar lo que quiero; será
aquí pedir interno sentimiento de la pena que padecen los dañados, para que si
del amor del Señor eterno me olvidare por mis faltas, á lo menos el temor de
las penas me ayude para no venir en pecado.»
«El primer punto será ver con la vista de la
imaginación los grandes fuegos y las ánimas como en cuerpos ígneos.»
«El segundo, oir con las orejas llantos, alaridos,
voces, blasfemias contra Cristo nuestro Señor y contra sus santos.»
«El tercero, oler con el olfato humo, piedra
azufre, sentina y cosas pútridas.»
«El cuarto, gustar con el gusto cosas amargas, así
como lágrimas, tristeza, y el verme (¡oh, gusano!) de la conciencia.»
«El quinto, tocar con el tacto, es á saber, cómo
los fuegos tocan y abrasan las ánimas.»
Á continuación de estas frases de Ignacio, aparecen
en el manuscrito sendas amplificaciones de los puntos siguientes: el
condenado pierde la fruición de Dios; el condenado perdiendo á Dios, pierde
también el afecto con que era amado de las criaturas; después que el[p.
146] condenado ha perdido á Dios, y con él todas las cosas, entra
además bajo la potestad del demonio: originales del Padre Olano. Luego:
«La repugnancia de uno mismo, que hasta ahora se ha
ido acumulando como enorme abceso que vierte ponzoña y pus de fetidez atroz,
hará que los alumnos sientan con toda instancia la necesidad de la confesión
general, como no sean unos almas de cántaro.»
Hay unas notas marginales;
«San Ignacio veía el demonio á manera de forma
serpentina, acariciadora, ó semejante á una muchedumbre de ojos brillantes y
misteriosos. Para niños me parece demasiado sutil. Dibújese á Satanás como
hombre, con patas de cabrón, el cuerpo del color de la langosta cocida, rabo
largo, cuernos feroces y labios apestosos. También en forma de cabra, y cómo á
veces anda por las camarillas, y se lleva á los pecadores, de suerte que no
incurran en torpezas ó tocamientos.»
«MEDITACION VII. De la pena de sentido. Tiene
por objeto asegundar el afecto de la anterior. Refiérase la parábola del rico
avariento y de Lázaro, y de cómo aquél pide á Abraham que Lázaro, mojando en
agua uno de sus dedos, fuese á refrescarle la lengua. La pena de
sentido es universal y atormenta todo el cuerpo y toda el alma. El
condenado yace en el infierno siempre en aquel mismo sitio que le fué señalado
por la Divina justicia, sin poderse mover, como en un cepo: el fuego de que
está, como el pez en el agua, todo circuído, le quema alrededor, á diestra, á
siniestra, por arriba y[p. 147] por abajo. La cabeza, el pecho, la
espalda, los brazos, las manos y los pies, todo está penetrado de fuego, de
manera que todo parece un hierro hecho ascua, como si en este momento se sacase
de la fragua; el techo, bajo el cual habita el condenado, es fuego; el alimento
que toma, es fuego; la bebida que gusta, es fuego; el aire que respira, es
fuego; cuanto ve y cuanto toca, es fuego. Mas este fuego no se queda sólo en el
exterior, sino que pasa también á lo interior del condenado: penetra el
cerebro, los dientes, lengua, garganta, hígado, pulmón, entrañas, vientre,
corazón, venas, huesos, médula de éstos, sangre (in inferno erit ignis
inextinguibilis, vermis inmortalis, foetor intolerabilis, tenebrae palpabilis,
flagella cedentium, horrida visio demonum, confusio peccatorum, desperatio
omnium bonorum); y lo que es más terrible, este fuego, elevado por divina
virtud, llega también á obrar contra las potencias de la misma alma,
inflamándolas y atormentándolas.»
Prosiguen abundantes disquisiciones sobre la
eternidad, sin interrupción y sin alivio. La octava meditación versa sobre la
parábola del hijo pródigo, reposorio grato después de las lóbregas jornadas
anteriores, porque:
«Esta parábola anima de un modo admirable al
pecador para que no desespere del perdón, por grandes y muchos que sean sus
pecados.»
Concisa y elocuente insinuación de la benevolencia
de los padres confesores:
«El padre confesor te oirá con toda dulzura y
caridad.»
[p. 148]Sucédense algunas meditaciones de apacible
naturaleza, las cuales, por contraste, sirven para templar la aguda tensión de
espíritu. La Meditación XII es como la clave del arco. Su
asunto, la muerte.
«No hay cosa que tanto contenga al hombre de pecar
como es el pensar en la muerte.»
En una apostilla.
«Así como una vez desvanecida la doncellez de la
hembra no es posible que se recobre, si se sabe inculcar bien en el espíritu el
torcedor de la muerte, no hay modo ya de recuperar la espontaneidad y descuido
de los goces terrenos. Vive memor lethi.»
«Nequaquam morte moriemini. No seas
tonta, no seas boba, dijo la serpiente á Eva, no moriréis. ¡Ay! Quitada esa
barrera, cayó miserablemente en el pecado.»
«Composición de lugar. Imaginaos que os
halláis y veis enfermos en una cama, con el aviso de confesaros y de recibir el
santísimo Viático y la santa Unción; luego os halláis moribundos, que os dicen
la recomendación del alma, que vais perdiendo los sentidos, y que, finalmente,
morís...»
«Morir es sacar de casa á ese tu cuerpo y llevarlo
al campo santo, y allí dejarlo solo, de día y noche, rodeado de calaveras y
huesos de otros muertos. Morir es dejar á tu cuerpo, solo, muerto, cadáver,
para que lo coman los gusanos, que esto es lo que quiere decir cadáver, caro data vermibus,
carne dada en comida á los gusanos.»
Nada tan fecundo como la muerte. El Padre Olano
aprovecha muy por largo dicha fecundidad en su manuscrito. Sí[p. 149]guense
diferentes meditaciones, hasta llegar al celebérrimo símil ignaciano de las
dos banderas ó divisas enarboladas respectivamente por Jesús y
Satanás. Satanás predica á sus huestes, ambición, entusiasmo, confianza en sí
propio: Jesús, penuria cordial, perfidia, rebajamiento. O, dicho con palabras
del santo:
«...Considerar el sermón que Cristo nuestro Señor
hace á sus siervos, encomendándoles que á todos quieran ayudar en traerlos
primero á suma pobreza espiritual; segundo, á deseo de oprobio y menosprecios,
porque de estas dos cosas se sigue la humildad; de manera que sean tres
escalones: el primero, pobreza contra riqueza; el segundo, oprobio ó
menosprecio contra el honor mundano; el tercero, humildad contra soberbia...»
En las meditaciones sobre la vida de Jesucristo
resplandece aquel estilo llanote y vernacular del Padre Olano, que es la
elocuencia suma, á juicio de las madreselvas. Tomamos algunos ejemplos:
Dice Satanás á Jesús: «Pasaremos al desierto, si
usted gusta. Allí estaremos solos.»
Después de haber vencido la tentación del desierto
«la Santa Virgen envióle comida, que ella misma había condimentado con sus
purísimas manos: berzas, sopa, espinacas y quizá sardinas (caules, vel
brodium ut spinaria et forte sardinas)».
La túnica de Jesucristo, según el Padre Olano: «Era
de color de ceniza, redonda lo mismo por arriba que por abajo, con mangas
también redondas; en la orilla, bordados, á la usanza judía. Habíala cosido la
Virgen, y así como Cristo crecía, la túnica[p. 150] crecía también y no
sufría deterioro.» Detalle enternecedor: «Un año antes de la pasión, Jesús se
había acostumbrado á llevar una camiseta de abrigo, debajo de la túnica.»
«Durante la flagelación diéronle 6.000 golpes. De
ellos fueron 5.000 en el cuerpo y 1.000 en la cabeza. La corona de espinas
componíase de 1.000 puntas, y estaba tejida con junco marino.»
Ya en las últimas meditaciones, persíguese el fin
de alentar en el pecho de los ejercitantes la confianza en María y alguno que
otro santo. Los ejemplos que el Padre Olano cita en su manuscrito son muchos.
Tomaremos uno de muestra:
«Bonfinius, en su Historia de Hungría,
cuenta que tres años después de la batalla de Nicópolis oíase una voz en la
llanura pronunciando los nombres de Jesús y María. Encontróse ser la cabeza de
un cristiano, muerto sin confesión, que honraba á la Virgen con particular
devoción. Esta habíale preservado de las penas del infierno, conservando con
vida su cabeza. Trajéronle un sacerdote, quien le confesó y dió de comulgar, no
muriendo hasta este punto.»
II
Las pláticas del Padre Olano se celebraban, como se
ha dicho, en la capilla del colegio. Las maderas de los ventanales estaban
entornadas. Sobre el altar pendían negros paños y crespones. El ambiente era
lúgubre y medroso.
[p. 151]Al final de las meditaciones, cantaban á
coro los alumnos, acompañados del harmonio:
¡Perdón, oh, Dios mío,
Perdón, indulgencia,
Perdón y clemencia,
Perdón y piedad!
Luego, Lezama, el tiple, y dos fámulos, á tres
voces:
Pequé; ya mi alma
Su culpa confiesa;
Mil veces me pesa
De tanta maldad.
El silencio, durante los cuatro días, fué absoluto;
la comida, escasa. Al tercer día, los tiernos corazones é inteligencias habían
caído en un á manera de torpor y ofuscamiento continuo, originado por los
hórridos sobresaltos que les metían en el pecho. Á mitad de las meditaciones,
algunos niños daban en tierra, presa de síncopes y soponcios. Al concluir la
plática del infierno aullaban, con indecible espanto, más que decían:
Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh! buen Jesús, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me separe de ti.
Del enemigo malo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y manda que venga á ti,
Para que te alabe con los santos
Por infinitos siglos. Amén.
[p. 152]«¡Oh, Jesús mío! Yo no me quiero
condenar... Me quiero salvar... ¡Cueste lo que costare!»
Bertuco padeció, todo el tiempo que duraron los
ejercicios espirituales, dolorosos desfallecimientos y agonías interiores.
Dentro de él despertábase un sentido crítico y de rebelión contra aquellas
verdades, pretendidamente inconcusas, que con tanto aparato escénico intentaban
inculcarle. Maravillábase de la burda estofa de un Dios que cría al hombre como
muñeco con que distraer infinito tedio, y lo trae á la acerbidad de una vida
miserable y breve por recibir de él alabanzas, que, siendo Dios, no había de menester,
no de otra suerte que un monarca antojadizo y estólido forma cortesanos que lo
recreen con adulaciones y lisonjas. Pues si el hombre es cosa tan torpe y
hedionda, ¿cómo asegurar que Dios lo hizo á imagen y semejanza suya? Cierto que
es así, y no más perfecto, porque incurrió en el pecado del paraíso; mas, ¿por
qué se le amasó de barro tan frágil que al primer soplo satánico hízose todo
grietas y hendeduras? ¿Sabíalo Dios cuando lo sacó del barro? Pues hizo mal en
criar seres para el dolor. ¿No lo sabía? Entonces, ¿dónde está la divina
sapiencia y omnipresencia?
Bertuco se oprimía las sienes y trituraba los
labios, murmurando: «¡Jesús, Jesús bondadoso, ayúdame! Es Satanás que se
introduce en mi inteligencia. ¿Quién soy yo para desentrañar verdades tan
altas? ¡Virgen mía, Virgencita blanca y guapina, madre de mi alma, no me
desampares! Ves que camino al infierno. ¡Dame la mano!» Pasó toda una noche
arrodillado en su camarilla. Fabricó á su modo unas disciplinas, con la cuerda
de hacer las palas de red para el juego de pelota, y se azotaba hasta que los
ojos se le anublaban y los sentidos se le adormecían.
[p. 153]El Padre Sequeros, que por lo demacrado de
la carita de Bertuco adivinaba las cuitas y martirios del muchacho, le enviaba
miradas de ternura, dándole con esto algún alivio y fortaleza. ¡Oh, si él
pudiera conseguir algún día la seguridad interior de aquel varón santo y
sereno! Y, sin embargo, no era raro que se burlasen de Sequeros, motejándolo de
loco. ¡Cuánta injusticia! Bertuco entendía de claro modo en aquellos momentos
la rara virtud de su inspector, una virtud de aplomo, por decirlo así, que le
hacía caer del cielo perpendicularmente hacia el centro de la vida temporal y
médula de todas las virtudes, como la plomada busca el centro de la tierra
rigiéndose por la armonía múltiple y unánime de las constelaciones. Y de esta
suerte, el eje de la vida de Bertuco, en lugar de correr á sumarse y
entremecerse en el gran curso de la humanidad, iba descentrándose, apartándose
del cauce hondo y materno, aspirando á huir aguas arriba, ó, no siendo esto
hacedero, á ser remanso.
La necesidad de la confesión general llegó á
hostigar al niño con la violencia de una comezón física. Pero el rubor de sus
deshonestidades le mantuvieron largo tiempo indeciso en la elección de Padre
con quien confesarse. Resolvióse por el valetudinario Avellaneda, conjeturando
que la propincuidad en que se hallaba de la tumba y los muchos años de
experiencia le ladearían á la indulgencia. En esto, la erró de medio á medio.
Cuando el anciano oyó la historia menuda y prolija de Bertuco y Rosaura,
encrespóse coléricamente; babeando, y con voz tartajosa, de mandíbulas
desdentadas, profería frases amenazadoras.
—¡Mereces morir aquí mismo, sin absolución,
miserable! ¡Tentado estoy de no absolverte, bestia maligna!
[p. 154]Bertuco se arrastraba por tierra,
implorando:
—¡Absolución! ¡Absolución! ¡Por Dios, tenga
caridad!
Y sus bellos ojos azules manifestaban el espanto de
un cielo en donde se apagase el sol para siempre. Aquella mano temblona de
senectud le absolvió. Bertuco salió de la celda con el alma leve y ágil; creía
llevar alas en los talones, como un dios pagano. Al día siguiente, recibiendo
la comunión, temió derretirse en un deliquio.
[p. 155]
AMARI ALIQUID
[p. 157]
I
Á LA...
Verificábase la Distribución de premios y
reparto de dignidades, junto con una Concertación ó
certamen científico de la clase de Física, y declamación de odas. Los alumnos
vestían el uniforme por primera vez en el curso: un uniforme de traza militar,
con gorra y calzones galoneados, luenga y entallada levita de botones metálicos
y fajín de seda azul. Á los nuevos, el uniforme les traía extraordinario
contentamiento. Los antiguos, mayorcicos ya, avergonzábanse de él como de una
librea vilipendiosa, testimonio de esclavitud, y los días señalados para
vestirlo procuraban arreglárselas de suerte que sus inspectores no los llevaran
de paseo á la ciudad, sino al campo.
La ceremonia se celebraba en el gran salón de actos
del colegio. Comenzó á las diez y media de la mañana. Los alumnos de Física y
los recitadores ocupaban el estrado. Al pie de éste, y á su derecha, detrás de
amplísima mesa, aderezada con rico tapiz, donde se apilaban rimeros de
cartulinas, entorchados, cruces y otros objetos varios, enhiestábase el seco
torso del Padre Rector, entre dos Padres graves.
[p. 158]La orquesta del colegio ejecutó, en el
riguroso sentido de la palabra, la marcha de Tannhäuser. Don
Manuel, profesor de música, cuyo rostro era como una masa informe de pudding de
sémola, tal le habían roído las viruelas, llevaba la batuta, entregándose á las
más desatentadas contorsiones, con lo cual daba á entender que sentía mucho la
música.
Los alumnos de Física ostentaron su conocimiento en
la materia é hicieron diferentes experimentos, entre otros el de asfixiar en la
máquina neumática á un gorrioncillo.
Entremesó la orquesta con la serenata de Schubert,
que cantó Lezama, alardeando de aquella cristalina voz asexual con que
Naturaleza le había compensado de otras deficiencias.
Luego, uno por uno, los recitadores fueron
adelantándose al proscenio. Bertuco declamó una oda á la Estrella Polar,
parto doloroso y frigidísimo del Padre Estich. Comenzaba:
Reluciente lucero que sobre el Polo
Estás inmóvil, triste, plateado y solo.
Á tu lumbre, en tormentas rudas y graves,
La proa hacia la ruta ponen las naves...
Se le congratuló con aplausos repetidos. Los niños
murmuraban: «La escribió el Padre Estich», profundamente admirados, y el
esquelético jesuíta, autor de los versos, sentía como si la satisfacción se le
hiciese carne y cubriéndole los huesos le otorgara más espesor y corpulencia.
Á seguida, se pasó á la imposición de dignidades,
ó sea jerarquías nominales con que se galardona la buena conducta. Duraban todo
el curso, como el dignatario no incurriera en demasías, y consistían[p.
159] en entorchados y galones que se aplicaban á la bocamanga del
uniforme.
Conejo, en pie, leía la proclamación:
—Brigadier: Don Segismundo Bárcenas de Toledo y
Fernández Portal.
El niño se acercaba á la mesa del Rector, el cual
prendía con alfileres los entorchados, que después habían de coser los fámulos,
y enderezaba unos cuantos plácemes al recipendiario.
—Regulador: Don José Forjador y Caicoya.
Esta dignidad era muy envidiada;
su misión consistía en tañer la campana que escande la distribución de horas,
y, consecuentemente, junto con los galones se le entregaba... ¡un reloj!
—Primera división. Subrigadier: Don...
Y así con los bedeles de estudio, bedeles
de juegos y jefes de filas, para cada división.
Bertuco nunca había obtenido una dignidad,
ni por ellas se le daba una higa. Buena conducta y talento son incompatibles,
pensaba. Dignidades eran siempre muchachos de inteligencia
roma y prematuro apersonamiento, para quienes las abundantes horas de estudio
resultaban escasas aún, y así, tras de voluntarioso machaqueo, llegaban al aula
con las lecciones á medio saber. Además, la buena conducta, la quietud sin
reproche durante todo el día suponía un esfuerzo, y Bertuco consideraba que el
esfuerzo estigmatiza con caracteres asinarios. Á Bertuco bastábale y sobrábale,
para ir á la cabeza de sus compañeros, con la explicación previa que el
profesor hacía después de haber señalado la lección. Aun la demostración de los
más inextricables teoremas y fórmulas algebraicas, en oyéndola una vez, la
repetía seguidamente, con gentil desahogo y firmeza. En virtud de esta
vivacidad de su inteligencia las horas de estudio, sién[p. 160]dole superfluas,
le pesaban en términos que, por llevarlas más levemente, no había travesura que
no inventase. De ordinario le colocaban en el último banco, por que no
distrajera á los demás, y le consentían satisfacer libremente sus
inclinaciones: hacía versos, dibujaba, leía libros de literatura que
subrepticiamente el Padre Estich le daba.
Después de la imposición de dignidades se
otorgaron los premios de aplicación. Bertuco ganó la excelencia primera,
la cual acredita el mejor aprovechamiento en un grupo genérico de asignaturas,
y tres primeros premios en las mismas. De consiguiente, le colgaron en el pecho
la cruz de emperador. Cuando el Padre Arostegui se la prendía, le
dijo:
—Bien está, Alberto; pero no olvides que el
infierno está empedrado de cabezas de hombres de genio. Por mucho que sepas,
más tienes que aprender de tus compañeros á quienes hemos hecho dignidades.
¡Bah! La dignidad... Harto adivinaba Bertuco que la
dignidad no la da el empleo, sino el mérito; no la otorga la voluntad ajena,
sino que es virtud inmanente: se tiene ó no se tiene; nunca se recibe.
El acto terminaba. Don Manuel conducía
desaforadamente la desmedrada orquesta en un himno final. Eran las doce menos
cuarto.
Las divisiones bajaron á los patios de recreación.
Antes de romper filas, á la señal de unas palmadas de los inspectores,
desglosábanse los que sintieran necesidad de evacuarse, é iban á los lugares
excusados, los cuales, en el uso del colegio, se acostumbran llamar lugares,
á secas. Bertuco fué, entre otros. Bajo el brazo llevaba las cartulinas. ¿Para
qué las quería él? Su padre... Dios conocía por dónde andaba... En todo el
curso no había recibido noti[p. 161]cias suyas. La vieja Teodora no sabía leer.
Años anteriores había enviado sus premios con gran entusiasmo, y luego, en las
vacaciones, había tropezado con ellos en un desván, desdeñados, sucios,
rugosos. ¡Puaf! Hizo un rollo y los arrojó desdeñosamente por el agujero, al
depósito excrementicio.
II
EL HOMBRE DE LAS CAVERNAS
Coste dijo á Pajolero, el alumno más aventajado en
años, en cuerpo y en fuerzas físicas:
—Tú podrás ganarme á todo, pero lo que es
comiendo...
—Y comiendo también, Coste; no seas mazcayo.
—Quita pa allá, hom.
—Quítate tú.
—Pues á verlo.
—Cuando quieras.
—¿Qué apostamos?
—¿Esta pala contra esa pelota?
—Apostao. ¿Á chuletas? ¿Á huevos? ¿Á cocletas? ¿Á
tortilla?
—Á lo que se presente.
Coste y Pajolero comían en la misma mesa y frente á
frente. De esta manera, el singular y cavernario desafío podía celebrarse con
algún rito, oculares testimonios de jueces íntegros y garantías de probidad.
Lo primero que se presentó fueron huevos fritos,
los cuales hinchan harto rápidamente el bandullo[p. 162] y oponen tenaz
indiferencia á los ácidos estomacales. El espectro de la indigestión,
denominada familiarmente en el colegio triponcio, se cernía en el
refectorio. Pajolero y Coste pensaban en los aprietos de la noche, dentro de la
camarilla; y en el inexorable Mur, realizando investigaciones estercolarias y
arrojándoles el peso de la ley. No embargante esto, entrambos contendientes se
desplomaron sobre los indefensos huevos fritos, y, par por par, deglutieron
cinco cada uno. En lo engallado del cráneo y lo insolente de la pupila echábase
de ver que se hallaban en buena disposición para ingerir otros tantos pares.
Pero el abrutado fámulo Zabalrazcoa, con malos modos y añadiendo una expresión
torpe, les manifestó que se habían acabado los huevos. El tribunal, atendida la
carencia de armas de combate, declaró tablas.
Presentáronse los huevos por segunda vez, á la
vuelta de tres días. Pala y pelota pasaron á poder de Pajolero. Después, con
ocasión de unas chuletas, pala y pelota retornaron á Coste. Á la cuarta vez
surgieron croquetas, una de las pasiones más ardientes del mofletudo gallego,
quien, contemplando con sorna á su adversario, parecía decirle: «¿Para mí tú,
con las cocletas delante? Tendría que ver...» Y, en efecto,
tuvo que ver. Los vecinos estaban deslumbrados ante la delirante celeridad con
que Coste obligaba á las croquetas á escabullírsele, gaznate adentro. Ya iba
por las dos docenas, cuando Mur, atraído por la expectación que se advertía en
aquella parte del refectorio, acudió, interrogó, y logró noticias cabales del
heroico hecho. Á la salida, llamó aparte á Coste, y luego á Bertuco, en calidad
de ejecutor de la vindicta que meditaba; los condujo á una
clase y allí les hizo esperar unos momentos. Coste, abarrotado de croquetas, no
osaba moverse por[p. 163] temor de que se le extravasase el estómago.
Reapareció Mur con un libro abierto en las manos; dióselo á Bertuco. El niño
conocía bien el volumen: era la Diferencia entre lo temporal y lo
eterno, por el Padre Juan Eusebio Nieremberg.
—¿Sabes de qué se componen las croquetas, guarro,
glotón?
Coste, congestionado, defendiéndose del sopor que
le invadía, no prestaba atención á Mur.
—Y tú, Bertuco, ¿lo sabes?
—Yo creo que de gallina, cuando son buenas...
—Como lo son las que os dan en el colegio. ¿Lo
oyes, gorrino? Pues bien; Bertuco, lee. Por aquí.
Las ventanas estaban entornadas. En el recinto
había penumbra. Bertuco se acercó á una rendija, de donde manaba la luz. Y
leyó:
«Los regalos, ¿qué son sino cosas viles y
sucísimas? Por cierto, que si se considera lo que es un capón ó gallina, que es
el pasto más ordinario de los ricos y regalados, que se había de hacer mil
ascos de ellos; porque si cociéndose la olla echaran dentro gusanos, lombrices
y estiércol de la caballeriza, nadie comiera de ella; pues la gallina, ¿qué es
sino un vaso lleno de estiércol, gusanos, lombrices y otras cosas
asquerosísimas que come, como son flemones, excrementos de las narices, y otras
más asquerosas del cuerpo humano? Y si sólo el sonarse el cocinero ó escupir un
flemón en el guisado...»
En llegando á este punto, el pobre lector, lívido,
estomagado, desfalleciente, se dejó caer, arrojando cuanto había comido. Coste
roncaba, sentado en actitud canónica y profunda.
[p. 164]
III
EL SISTEMA DEMOCRÁTICO
El Padre Urgoiti tenía á su cargo las clases de
Historia de España é Historia Universal. Su bondad y candidez eran tantas, que
así que un alumno, sorprendido absolutamente in albis acerca
de la lección del día sacaba el morrito simulando sollozar por salir con bien
del trance, ya estaba el Padre Urgoiti atribuladísimo, dispuesto á encontrar
disculpable y hasta meritoria la ignorancia, y pasaba á otro alumno, y luego á
otro, hasta uno que atinase á urdir cuatro paparruchas, y si no daba con
ninguno no se encolerizaba ni repartía denuestos y amenazas, pero volvía á
explicarles la lección, y en viendo gestos distraídos ó de cansancio, les leía
versos del duque de Rivas ó de Zorrilla, y libros amenos. Se le burlaban en las
narices, campaban por sus respetos, ideaban los más caprichosos abusos,
prostituían la austera dignidad histórica; y el Padre Urgoiti, en su
bienaventuranza perennal, dulce y casi sonriente con aquel su rostro correcto
de piel mate, como tallado en marfil.
Una mañana empezaba el Padre Urgoiti á referir por
lo menudo curiosas particularidades de la vida espartana, cuando á las pocas
frases se detiene, algo pálido, y recorre la casta y elevada frente con la
diestra mano, así como si pretendiera ahuyentar un desvanecimiento del sentido.
Al reanudar la plática, se advierte que la voz le tiembla un poco. Nueva pausa,
acompañada de más intensa palidez. Es evi[p. 165]dente que el Padre Urgoiti
hace esfuerzos por seguir hablando de manera que no se trasluzca cierta inquietud
que le acosa. Tercer alto en el discurso. Ahora se enjuga el sudor que constela
su ebúrnea frente.
—¿No creéis sentir que la tierra oscila, hijos
míos?
Los niños se ríen.
—Sí, sí; oscila, sin duda alguna. Quizá un
terremoto. No; más bien es el púlpito, que se mueve. Fijad la atención.
Los niños miran de hito en hito. Sí, el púlpito se
estremece. Los ensamblados tablones hacen: crac, crac. Desciende el
Padre Urgoiti, y abriendo la portezuela que hay en la base, descubre á Alfonso
Menéndez, Patón de apodo, con los miembros ensortijados,
cadavérica la faz. El Padre Urgoiti retrocede dos pasos, santiguándose. Luego
extrae al niño de aquella cavidad poliédrica en donde lo habían vaciado,
tomándolo por el pestorejo, á la manera maternal con que la gata transporta sus
cachorrillos, y lo deposita sobre el pavimento. El niño permanece algún tiempo
enmadejado, inhábil para la moción. Algunos compañeros comentan con vayas la
extravagante estructura á que el tormento lo constriñó: como manifiesta un
perspicuo psicólogo: «La crueldad es connatural del hombre; los niños son
crueles, los salvajes son crueles.»
—¿Quién te ha metido aquí, infortunado?
—El Padre Mur.
—No puede ser.
—Pues es, sin embargo, Padre Urgoiti.
—¿En qué tremendo pecado has podido caer, Patón?
—Eso sí que ya no lo puedo decir.
—Tan vergonzoso es...
[p. 166]—No. Es que yo mismo lo ignoro.
—Imposible, Patón, imposible.
Entonces los niños desarrollan ante los espantados
ojos de Urgoiti el repertorio de temas penales inventado por Mur, sus infinitas
variantes y las innumerables infracciones leves á pretexto de las cuales
sobrevenían.
El Padre Urgoiti quedó aterrado. Al salir de la
clase corrió en busca de su amigo Ocaña.
—¿Sabes, Ocaña, lo que ocurre? El Padre Rector lo
ignora, de seguro—. Y le traslada, ce por be, las noticias que de sus alumnos
ha recibido.
—Conocía algo—le respondió el Padre Ocaña—,
sospechaba más aún, pero nunca creí que llegase á tanto. Es indecoroso, no
encuentro otra palabra.
—Fuerza es que nos resolvamos á hacer algo.
—¿El qué?
—Decírselo al Rector.
—Y ¿quién le pone el cascabel al gato? Mur es su
ojito derecho.
—También á ti te mira bien...
—Yo no me atrevo.
—Una idea. Al recreo hablaré con algunos otros; de
esta suerte nos presentamos varios.
—¿Quién ha de hablar?
—Viniendo ustedes, yo mismo. Su presencia me
prestará alientos.
—Pues entonces, á ello.
En el recreo reclutaron á Estich, Numarte y al
deforme Landazabal. Convinieron en reunirse á la caída de la tarde é ir
conjuntamente á la celda de Arostegui. Mas, habiéndose traslucido algún síntoma
de la conspiración, adelantóseles Mur, y, cuando daban unos golpecitos en la
puerta del Rector, ya estaba éste al cabo de que un grupo de Padres venía á él
en son de queja, y en cuanto á los he[p. 167]chos y razones en que la asentaban
Arostegui aceptó como óptimos aquellos que su valido le ofreciera.
—Tan, tatatán, tan...—los golpecitos.
En el silencio, los corazones batían sonoramente. Y
el silbo, desde el fondo de la guarida:
—Adelantee...
Á la cabeza de los quejosos caminaba el
bienaventurado Urgoiti, todo candor y mansedumbre. Como el pasadizo que la
camarilla hace no consentía otra cosa, fueron penetrando de uno en uno, de modo
que el Superior pudo elevar su mueca de asombro hasta la quinta potencia, é ir
apartando en cinco veces las posaderas del asiento, según aparecía un jesuíta
más, hasta quedar en pie. Y ya cuando los tuvo á todos presentes, afilando los
sutiles labios, les envió estas someras palabras, antes de que ellos pudieran
hablar:
—¡Una comisión...! ¡Una comisión...! En la milicia
de Ignacio nacen los retoños primeros del sistema democrático... Y á ustedes
cinco corresponde la honrosa empresa... Retírense, retírense por Dios vivo, y
hagan por aliviarme de esta pesadumbre que me imponen. ¡El sistema democrático!
En el tránsito no osaron cruzar una palabra, sino
que huyeron á su rincón, ruborosos, abochornados.
IV
EL COLILLERO, EMPUÑANDO EL CETRO
Bertuco llevaba quince días de malestar,
disimulando. Estaba inapetente, insomne, laxo y con fuertes jaquecas. Ahiló y
empalideció.
[p. 168]Una noche, después de la cena, Conejo le
ordenó que no se levantara al día siguiente.
—Estás enfermo, Bertuco.
—No me encuentro bien.
—¿Por qué no lo has dicho?
—Creí que pasaría.
Á las seis de la mañana oyó cómo sus compañeros
salían de la cama, se lavoteaban, partíanse á las faenas habituales. Á poco de
quedarse solo llegó el Hermano Echevarría, enfermero, el cual le hizo varias
preguntas, inquiriendo los síntomas de la dolencia; le pulsó, le tocó las
sienes, por ver si tenía calentura, y, á la postre, introduciendo la mano por
debajo del embozo, le tanteaba con dos dedos el vientre, punto por punto, é
interrogaba: «¿Te duele aquí? ¿y aquí?», bajando siempre, con tendencia á la
coyuntura de los muslos, hasta llegar á lo que Celestina denominó
graciosamente el rabillo de la barriga, al cual tomó por la base, así como al
descuido y á manera de accidente en el examen facultativo; entretúvose con él
un buen espacio de tiempo, que fuera de cierto más largo si la manifiesta
inquietud y turbación del muchacho no le hubieran obligado á abandonar la débil
presa.
Dieta, purgantes, lavativas, y á los tres días ya
estaba Bertuco en la sala de convalecencia, una habitación clara, con dos luces
y diferentes juegos en que pasar distraídamente las horas los enfermitos. De
los muros pendían carteles en colores, explicando la nutrida variedad de hongos
y setas, comestibles y venenosos. El deforme Padre Landazabal solía acompañar á
los niños convalecientes; era uno de sus mayores placeres. Les narraba
historias curiosas y milagreras de sus años de misiones; describíales ridículas
costumbres de los países salvajes y mil amenas curiosidades. Otras veces jugaba
con[p. 169] ellos al asalto, á las damas ó al billar romano. No era raro
tampoco que se hiciera servir sus modestas refecciones junto con sus amiguitos.
Á eso de las once llegaba á la enfermería, después de muchas peripecias, porque
á tal hora los fámulos barrían los tránsitos y el Padre Landazabal no pisaba
las barreduras por nada del mundo. Era una reliquia de su vida de misionero; él
evangelizaba á los salvajes, y los salvajes, á trueque de esto, le infundían
innumerables supersticiones. En el colegio barrían con aserrín húmedo, y
Landazabal había aprendido en el Perú que pisar aserrín ó despojos de madera es
causa de desgracia. Saltaba por encima de las barreduras; mas, como según
sabemos, este excelente jesuíta no se sostenía en pie si no era afianzándose en
las propias nalgas, acontecía que por el aire olvidaba el equilibrio y venía á
tierra sonoramente. Era un espíritu débil y candoroso. Los demás Padres no se
cuidaban de él; vivía vagando por la casona inmensa con la timidez y el
apocamiento de una criatura de tres años. Cuando había algún niño convaleciente
Landazabal se consideraba feliz. Á Bertuco le inició en varios curiosos enigmas
de la Naturaleza; por ejemplo: matando una golondrina se originan lluvias
durante cuatro semanas; los huevos de gallina puestos los días de Jueves y
Viernes Santo extinguen el incendio en donde se arrojen; cuando un grano de
polvo entra en el ojo, sale por sí mismo, escupiendo tres veces en el brazo
derecho; no se deben romper á la mesa cáscaras de huevo, daría fiebre; no se
debe señalar con el dedo al cielo, á la luna ó á las estrellas, es ponerlo en
los ojos de los ángeles.
Landazabal era singularmente dado á hacer la
apología del tabaco, viniera ó no en oportunidad.
Una tarde de domingo hablaban Bertuco y el de[p.
170]forme jesuíta, apoyados en el alféizar de una ventana. Caía el sol, dorado
y melancólico. Los alumnos estaban de paseo. Veíanse al pie de la ventana los
senderitos que conducen al colegio. Iban y venían devotas enlutadas.
—Tú no sabes, Bertuco... Aquello es gloria. Cuba ha
sido el país que más me gustó. ¡Qué cigarros! Si vieras... Aquellas mulatazas
se dan un arte para hacerlos... Te advierto que andan desnudas.
—Ave María Purísima. ¿Usted qué dice, Padre?
—Son como demonios: no te exagero.
—¡Calla! ¿Usted ve?
—¿El qué?
—Ruth.
—¿Ruth?
—Sí, señor.
—¿Quién es Ruth?
—Aquella señora que viene hacia el colegio... Ahora
entra.
—Bueno, ¿qué?
—Pero ¿usted no sabe?
—¡Yo qué he de saber, Bertuco!
—Es una señora guapísima, inglesa, no se sabe si
protestante ó judía, casada con Villamor, el ingeniero. El Padre Sequeros nos
profetizó que se convertiría...
—Eso son cuentos.
—Entonces, ¿á qué viene?
—¡Yo qué sé!
Un silencio.
—Á propósito, Bertuco: ¿no fumas?
Bertuco oprimió instintivamente con el codo una
cajetilla que guardaba oculta.
—Vamos, Padre... ¡Qué bromas! Tan prohibido como
está...
—Vaya... vaya... Si yo no te he de reñir... Con[p.
171]fiesa...—El jesuíta amabilizaba la voz, una voz extraña, vacilante.
Bertuco pensaba: «Quiere tenderme una añagaza.
¡Pobre hombre!»
—¿Por qué callas? ¿No tienes confianza conmigo?
¿Crees que soy malo? Me gustaría que dijeses la verdad. De seguro tienes
pitillos. Y si no los tuvieras y yo sí, te los ofrecería de buen grado...
Bertuco pensaba: «Para quien te crea, viejo.»
—Vaya, Bertuco: dame esa prueba de que eres mi
amigo. Supón que yo te pido un pitillo, que quiero fumar...—La voz era por
momentos más vacilante.
Bertuco pensaba: «Nunca pude imaginar que fuera tan
astuto este Padre.»
—Mire usted, Padre Landazabal: no fumo fuera del
colegio ¿y quiere que fume dentro?
—¡Qué lástima! El tabaco es lo mejor que hay. El
tabaco y el café.
El deforme jesuíta fué á sentarse, abatido y
evidentemente triste. Bertuco enviaba volando el pensamiento hacia Ruth. ¿Qué
haría? ¿Á qué vendría? ¿En dónde la habrían recibido?
El lunes, Bertuco, restablecido ya, ingresó de
nuevo en la monótona disciplina escolar. En la recreación, sus amigos acudieron
á saludarle.
—Una semanita así nunca viene mal—dijo Ricardín
Campomanes.
—¿Fué maula?—preguntó el carrilludo Coste.
—Maula... Anda allá. Me mandó Conejo. Voy á daros
una noticia tremenda. La señora de Villamor estuvo ayer en el colegio.
—¡Bah! Noticia fresca—exclamó Ricardín—. Ayer,
cuando volvimos del paseo, nos la encontramos en la portería. El Padre Sequeros
asegura que viene á convertirse.
[p. 172]
Formaban grupo Campomanes, Coste, Rielas y Bertuco,
apartados un trecho de la división.
—Y el Hermano Echevarría, ¿qué tal?—Rielas guiñaba
el ojo, afanándose en apicarar el gesto.
—Es un gran médico. Examina con mucho cuidado á los
enfermos—afirmó Campomanes, socarronamente.
Coste acudió á opinar.
—Yo nunca os hablé de ello; pero, vamos que, cuando
me disloqué el pie, empezó á palparme la barriga y...—Los carrillos se le
arrebolaron.
Los mancebos enmudecieron unos minutos. Estaban
cohibidos luchando entre el deseo de descubrir algo y la dificultad de
expresarlo en términos convenientes. Bertuco se adelantó:
—Y... te empuñó el cetro, ¿eh?, lo mismo que á mí.
—¡Reconcho! Has acertado.
—Y á mí.
—Y á mí.
—¡Qué bárbaro!
Muequeaban de asombro y proferían risotadas.
Añadió Bertuco:
—Ahora viene lo bueno. Trátase del Padre
Landazabal. El muy pícaro quería sonsacarme si fumaba ó no. Hasta un pitillo
llegó á pedirme... Qué tal, si me dejo engañar...
—No te hubieras engañado, es decir, no te hubiera
engañado.
—¿Qué quieres decir, Ricardín?
—Que el pobre jorobeta se perece por fumar. Los
demás Padres lo reputan idiota, no le hacen caso y lo dejan abandonado á su
suerte. El infeliz no se atreve á pedir de fumar al Rector, como hace el Padre
Iturria, y se sirve de estos medios, cuando no de otros. Un día salí yo á lugares,
en el estudio de[p. 173] la tarde. Pues bien, me encontré al Padre
Landazabal buscando por los retretes las colillas que nosotros dejamos. Cuando
lo sorprendí se echó á temblar y me rogó que no contara nada á nadie. Luego me
pidió, por amor de Dios, un pitillo. Yo le dí los que tenía.
—¡Jesús!
—¡Jesús!
—¡Pobre corcovado!
Llegó en esto el Padre Sequeros.
—¿Qué concilios hacéis? ¡Á jugar, á jugar!
Y dispersó á los niños, dando palmadas, como se
hace con las aves de corral[3].
[p. 175]
EL LIBRO DE RUTH
Quae respondit: ne adverseris mihi ut relinquam te
et abeam; quoqumque enim perrexeris, pergam: et ubi morata fueris, et ego
pariter morabor. Populus tuus populus meus, et Deus tuus Deus meus.
(Libro de Ruth. Cap. I. v. XVI.)
[p. 177]
I
Ruth Flowers había nacido en una de las islas del
Canal, en Jersey. Por la traza corpórea pertenecía al tipo angélico de la mujer
inglesa: figura espigada y fusiforme; equívoca sexualidad de efebo; el
continente, virginalmente tímido; la complexión ó matiz del
rostro, según aquel terceto de Isabel Barret Browning:
And her face is lily-clear,
Lily-shaped, and dropped in duty
To the law of its own beauty.
Un rostro embebido en luz, como la azucena, y en
forma de azucena, y rociado de una á manera de gravedad que no era sino la
conciencia del respeto debido á la propia hermosura; azules los ojos, dulce
oración bajo el relicario de la nevada frente; rubio[p. 178] lino cardado,
la cabellera. En lo espiritual, era soñadora, sensitiva y dócil á todo linaje
de quimeras. El mar múltiple y Shakespeare múltiple habían envuelto su
infancia. Su casita, sobre la playa de Saint Helier, enfrentábase con la fortaleza,
ya en ruinas, que la Reina Virgen levantara, mar adentro. Desde su isla
alcanzábase á ver, del lado allá de las olas, en los días serenos, una mancha
lechosa de tierra francesa, en donde está la tumba de Chateaubriand. Y no lejos
de su cuna yérguese la mole bélica del castillo de Mont Orgueil, sobre el
acantilado rudo que multiplicó el canto de Childe Harold peregrino.
En Jersey conociera á Villamor, quien, reposándose
de los estudios que le habían llevado á la Gran Bretaña, veraneaba en Jersey. Á
poco de relacionarse contrajeron matrimonio.
Ruth pensaba en España como en una tierra encendida
de rosas y poblada de aventuras, el país de la novela cotidiana.
Cruzó, en su viaje nupcial, la llanada francesa,
amable y riente, y desde San Sebastián, siguiendo la costa del Cantábrico,
llegó á Regium, húmedo y melancólico. Villamor había alquilado una casa en la
calle de Zubiaurre, frente al mar; un mar verdinegro y hosco, como el de Ruth.
¡Y ella que había soñado con un mar latino, color de añil, tachonado de velas
purpúreas...!
Al año de matrimonio llegó una niña, Grace, y dos
años más tarde un varón, Lionel.
Villamor amaba á Ruth con tan delicado rendimiento
que no gustaba ni atinaba á decírselo, experimentando cierto pudor de la
palabra como de cosa fútil, vestidura de ficciones y tosco remedo del amor.
Acordábase de sus breves aventuras con damas galantes, y la herida que le
hacían en el sentimiento con charlas mimosas de encarecido afecto, movién[p.
179]dole á apartarse de ellas con repugnancia. Muchas veces era tan caudalosa
la crecida de su pasión que se hubiera arrojado á los pies de Ruth murmurando mil
locuras que se le atropellaban en los labios y pidiéndole caricias, como un
niño; pero el temor de caer en liviandad á los ojos de su esposa, le contenía.
Ni aun osaba mirarla con amorosa insistencia, por miedo al ridículo ó á que en
sus ojos adivinara Ruth alguna vislumbre de torpeza. Era de un exterior frío,
reconcentrado, impasible: como los líquidos bullidores y expansivos, necesitaba
un continente muy recio. Hasta con sus hijos parecía adusto.
El corazón de Ruth, tierno y nacido para el halago,
no comprendía al esposo, y juzgaba como desamor lo que no era sino amor
acrecentado. Esclavos los dos de la propia dignidad, una timidez y frialdad
aparente se había unido á otra timidez fría en la superficie, de suerte que en
el trato familiar se les interponía una terrible y opaca oquedad. Y así vivían
mano á mano, alejándose por momentos; ella cada vez más triste y más ausente
del hogar con el pensamiento; él cada vez más enamorado y más triste, comprendiendo
que su Ruth dejaba de quererlo.
Las continuas cavilaciones y melancolías de
Ruth—tras de los vidrios del mirador, cara al mar; el artístico volumen de
Longfellow ó de Shelley, caído en el regazo—trajeron por obra una gran
alteración nerviosa. La linda azucena del Norte se mustiaba. Observábala
cautelosamente Villamor, atribulado y sin saber cómo acudir con el remedio. Al
fin, temiendo serias complicaciones del mal, se atrevió á decir:
—Querida, me parece que Regium no te sienta. Es
preciso que pases una temporada de campo, de montaña á ser posible. Si quieres
ir á Jersey, no te[p. 180] contrarío. Pero, en mi opinión, te conviene un
clima de altura. Mi madre vive en Agnudeña, ya sabes, una región abrupta y
solitaria; se parece á los highlands escoceses. Te gustará. Mi
madre aún no te conoce; te querrá mucho. Creo que tú también la querrás. Es una
mujer sencilla... aldeana... pero...
—Eso ¿qué importa?
—Gracias, Ruth. ¿Te gustaría ir?
—¿Por qué no?
—Llevarás á los niños y á la nurse.
Para todos será muy saludable. Os acompañaré una corta temporada, porque las
obras del puerto... ya sabes...
—Como quieras.
—¡Ah! Perdóname. No quisiera ofender tus creencias;
pero es preciso que mi madre piense que eres católica, y hasta... No me atrevo.
—Habla.
—Hasta que asistas á misa. En este caso sólo
podremos ir. De otra suerte, imposible.
—Como quieras.
Se fueron al arriscado Agnudeña. Ruth, la niña y
la nurse hablaban inglés, y contadas frases en castellano. El
niño comenzaba á chapurrar la lengua paterna. Villamor les sirvió de intérprete
en la montaña. Á Ruth le gustó la braveza del paraje y la buena gracia pastoral
de sus moradores. La vieja estaba encantada con su nuera y sus nietos. De la
una decía que Dios no hace cuerpos tan guapos si no es para
infundirles un alma buena, y que parecía talmente un querubín.
De los nenes que eran pintiparaos los angelotes de las
estampas. La que no le entraba enteramente era la nurse, á causa de
lo acecinado de su semblante y de lo doctoral de sus lentes.
Ruth asistía los domingos á misa. El santuario era
una ermita montañesa, rodeada de castaños pa[p. 181]triarcas, y con un esquilón
de acento inocente y díscolo. Los santos, toscamente entallados en madera,
tenían esa rigidez bizantina que sin duda conviene á la bienaventuranza. Dentro
del recinto olía á monte y á fortaleza. Y Ruth comprendió que aquella sed que
alteraba sin tregua su alma podía satisfacerse en las aguas de la religión
católica. La fiesta del patrono acaeció estando Ruth en Agnudeña. Sobre el
pavimento de la ermita los montañeses amontonaron un tapiz de espadaña, juncia,
romero y rosas carmíneas. Los incensarios borbollaban fragancias de Oriente. En
el coro, seis cornamusas vertían sin reposo guturales y halagadoras canturrias.
Ruth sintió á modo de una ebriedad; era su tierra de promisión, lo emotivo y lo
pintoresco de la novela cotidiana que había soñado frente á la fortaleza de la
Reina Virgen.
Allí mismo, sin salir de Agnudeña, hubiera
entablado conversaciones piadosas con el párroco; pero éste, aparte la agria
cerrazón de su dialecto, era un bárbaro que vivía sólo para la caza y otros
ejercicios violentos y crueles.
De vuelta en Regium, Villamor buscó un preceptor
que enseñase correcto castellano á sus hijos.
—Es un amigo íntimo mío, Ruth, que por especial
favor accede á mi deseo. Ha viajado mucho, hasta el Japón, y habla
correctamente el inglés y el francés; de suerte que contigo puede entenderse en
tu propio idioma, y, hasta si lo deseas, darte lecciones de castellano. Tiene
gran talento y elocuencia; no será raro que lo elijan diputado en la próxima
legislatura. Se llama Luciano Pirracas. Espero que, por su educación y
particularidades, no te cause enojo, antes te sirva para conversar y
distraerte.
Don Luciano Pirracas apareció en casa del
ingeniero. De primera intención, á Ruth no le fué sim[p. 182]pático. Andaba por
la treintena y era adiposo y locuaz. Su charla, como la atmósfera, envolvía
todas las cosas existentes sobre la haz de la tierra. Dijérase que nada podía
vivir como no fuera alentando en su palabra profusa. Á fuerza de perspicacia
daba en superficial; tocaba los asuntos en la costra y los creía ya resueltos.
Describiendo tierras exóticas lograba poner en sus frases vivos colores y evocaciones
repentinas. En tal caso, Ruth le escuchaba con atención. Era anticlerical
furibundo, é induciendo de la religión de Ruth que ésta le prestaría
aquiescencia, disparábase en vituperios contra la clerecía y muy
particularmente contra la Sociedad de Jesús. Pero Ruth, que vivía en crisis
religiosa, le vedó con delicadeza que la hablara de este extremo.
Insensiblemente, Pirracas se fué enamorando de
Ruth, y como no era hombre de vida profunda, la mujer del ingeniero lo
comprendió en seguida, agradeciéndole la nobleza con que procedía esforzándose
en acallar aquel fuego, por respeto al amigo y á su esposa.
Cada vez que en sus paseos dominicales pasaba el
matrimonio por delante del colegio de la Inmaculada, á Ruth se le iban los ojos
hacia el caserón. Deseaba entrar y desentrañar su vida oculta. Conocía á todos
los Padres, habiéndose cruzado con ellos tantas veces; pero ignoraba sus
nombres. Los conceptuaba eminentes en santidad y únicos en ciencia divina.
Comprendía que sólo ellos eran á propósito para otorgarla la luz de la gracia y
un cabezal de sosiego en que adormecer el espíritu. Sin saber cómo, sus ansias
iban hacia aquel jesuíta alto, fuerte y austero que regía á los niños mayores.
No le había visto nunca los ojos, y, sin embargo, sabía que eran pardos y
penetrativos, de esos ojos desnudos, tristes y castos que saben leer en las
almas.
[p. 183]Otro individuo que le atraía singularmente
era Gonzalfáñez, del cual Villamor le había hecho breve relato acerca del
misterio en que se arrebozaba. Los dos esposos lo habían sorprendido en guisas
extravagantes: una vez, conversando con las hierbas, tumbado en el prado; otra,
encaramado en un pomar, cebando los bichejos de un nido.
La única relación que en Regium mantenía Ruth era
con la señora del vista de aduanas, Aurora Blas. Visitábanse de tarde en tarde
y con mucha etiqueta. Aurora andaba muy metida por los jesuítas y no perdonaba
ocasión de pronunciar un ardoroso elogio de los benditos Padres. Y así fué cómo
Ruth confió un día á Aurora sus inquietudes espirituales y su resolución de
acogerse á una religión que la satisficiera.
—Mais, alors vous devez aller tout de suite au
couvent des Jésuites. Oh, combien ça me plait! Vous êtes un ange.
—Ma chère Aurora: ça c’est bien difficile.
Comment pourrais-je aller moi toute seule? Je n’y connais personne[4].
Aurora se prestó, al proviso, á servir de
correveidile. No faltaba más. Fué á visitar al Padre Olano, su confesor; éste
acudió á Arostegui; Arostegui manifestó que le placía mucho el caso, y á los
dos días, Aurora y Ruth entraban en el colegio, un domingo, al caer la tarde.
Olano las aguardaba en el salón de visitas. La primera dificultad con que
tropezaron fué que Olano no sabía inglés, ni francés, y Ruth no se enteraba
cumplidamente del castellano. Aurora sintióse perpleja:
[p. 184]—Padre, yo creí que todos ustedes sabían al
dedillo el francés.
—¿Para qué, hija mía?—respondió el Padre Olano,
ruborizándose—. Lo estudian los que tienen necesidad de él. En los otros sería
vanidad. Pero, en fin, esto no es un impedimento absoluto. La señora, por lo
que veo, entiende español. Yo la hablaré despacio, y cuando no me comprendiera,
le repetiré lo que sea cuantas veces sea preciso. De este modo las verdades se
le inculcarán con mayor fuerza. De aquí en adelante puede venir á la hora que
mejor le convenga, y hablaremos aquí.
—Six heures du soir, si ça vous plait.
—¿Qué dice?
—Que á las seis de la tarde, si no le molesta.
—Muy bien. ¿Quedamos en eso?
Así se hizo.
Ruth acudió puntualmente, aun cuando le repelía el
aspecto del Padre Olano y cierta manera crasa y adherente que tenía de mirarla.
Convencida á la postre de que no avanzaba nada en
el camino de perfección, escribió un billete al Padre Olano despidiéndose, y
achacando su determinación á la dificultad insuperable del idioma. Con la
esquela en la mano y sombrío abatimiento en el rostro, el catequista encaminóse
á la celda del Rector.
—Pero, hombre, ¿por qué no me ha dicho usted el
primer día que esa señora no sabía castellano?
—Yo creía...
—Usted creía que el Espíritu Santo le iba á soplar
á usted el don de lenguas, ¿no es eso?
Aquel mismo día, la señora de Villamor recibió una
carta, en correcto francés, rogándola que tuviera á bien continuar por el
camino emprendido, y que volviera al colegio, en donde hallaría un Pa[p.
185]dre con quien poder entenderse á su gusto. El Padre resultó ser Conejo, que
además de Prefecto de disciplina era profesor de francés, primer curso. Á los
pocos días, Conejo renunciaba á la empresa de adicionar un alma á los rebaños
del romano pontífice.
—Reverendo Padre Rector, lo lamento mucho, pero no
me es posible hacer nada, porque... ó yo no sé francés ó es la señora esa quien
no lo sabe. No podemos interpretarnos recíprocamente.
—Lo más probable, Padre Eraña, es que usted lo
ignore, y en esto no hay ofensa.
—¡Por Dios, Padre Rector! Ni por pienso...
—Acaso el Padre Sequeros... ¿Usted qué opina?
—Yo...
—Sí, usted; puesto que le pregunto...
—Que lo habla como Fenelón, eso ya se sabe.
—Pues dígale esta tarde á esa señora que desde
mañana bajará á recibirla otro Padre. Y como no estaría bien hacer esta
distinción á favor de una solamente, bueno es que, con cautela, vayan ustedes
informando á otras beatas de que el Padre Sequeros vuelve á los ministerios.
Cuando Sequeros recibió la orden, no pudo celar la
alegría que le daban. Vió el dedo de Dios eligiéndole, y por la noche se
revolcó sobre la tarima de su celda, humedeciéndola de llanto y besándola, y
luego se zurraba los lomos con las disciplinas, y murmuraba:
—¡Corazón santo, yo no soy digno! ¡Amado Padre
Riscal, yo no merezco...!
En las recreaciones de los Padres hubo comidilla
abundosa. La nueva llegó hasta la manida de Atienza, el cual, en la primera
ocasión, le sopló á Ocaña en el oído:
—¿Qué te he dicho yo, Ocañita? Que echarían[p.
186] mano de Sequeros cuando lo necesitasen. ¿No te lo he dicho yo? Mira,
lo tengo muy bien organizado—. Y daba un golpecito con el índice en la carnosa
nariz.
II
Un repique de nudillos en la puerta le despertó.
Levantóse en paños menores y salió á la celda. Encendió el quinqué, miró
instintivamente el reloj, que había dejado sobre la mesa, al acostarse. Eran
las cinco de la matinada.
Sequeros volvió con el quinqué en la mano al
camaranchón en donde estaba su yacija, y lo colocó en el suelo. Enderezó los
ojos hacia el crucifijo, colgado del muro, sobre la cabecera del lecho,
santiguándose. Calzóse luego las medias, de lana y hasta más arriba de la
rodilla, se vistió los calzones, de mahón azul, desteñido ya, no más largos de
la corva y acuchillados de remiendos, insistentemente en la culera; se puso los
zapatos; arremangó los puños de la camiseta y comenzó á lavotearse en un
cacharro que había sobre un sillete. En habiéndose enjutado, tal como estaba y
sin ponerse más prendas de vestir, hizo la limpieza del cuarto. Con una
escobilla fué barriendo la suciedad del entarimado y la apiló en un montoncito,
á la puerta. Sacudió violentamente el fementido colchón; aireó un momento las
sábanas luego que hubo abierto el ventanal; batió el cabezal, y con mucha
destreza, dejó lista la cama. Se le ocurrió: «¡Vamos, que si Ruth me
sorprendiera en esta traza...!» Avergonzado, se llevó las manos al rostro; en
seguida se empinó y[p. 187] golpeó el tillado con el pie, como si
espantase un gato, diciendo: Fugite, Satana, y trazó una cruz en el
vacío. Vistióse la camisa, la sotana, única que tenía, y se encasquetó el
bonete. Giró la vista en torno, contemplando su ajuar indigente; después de
vestido no le quedaban otras prendas que el balandrán, el manteo, una teja despeluchada,
raída, lamentable, y luego un rosario, el crucifijo que le habían entregado al
hacer los votos y con el cual le enterrarían, El Tesoro y el
breviario.
Sonrió, envanecido de lo que él creía tanta
pobreza. Marchábase ya, cuando, arrepintiéndose de camino, penetró en el
zaquizamí nuevamente y salió con el balandrán puesto.
En los tránsitos, otros Padres caminaban en la
misma dirección, silenciosamente. Estich se estrujaba las manos, haciendo sonar
los huesos, por ahuyentar el frescor de la madrugada. Penetraron en la capilla
reservada, en donde hicieron las oraciones en común. Oíase, de vez en vez, el
canto de un gallo campesino. Sequeros celebró su misa y se restituyó á la
celda, para hacer la oración y meditación matinales. Sacó el crucifijo de sobre
la cabecera al cuarto exterior, suspendiólo en un clavo é hincóse de rodillas,
orando vocalmente. Púsose en pie y trajo á la memoria el punto elegido la noche
anterior en el libro del Padre Luis de la Puente, durante el penúltimo cuarto
de hora antes de acostarse: Del primer milagro que hizo Cristo nuestro
Señor en las bodas de Caná, de Galilea. Imaginóse en la presencia de Dios,
trayendo en ayuda de sus propósitos la interpretación que San Bernardo da del
pasaje bíblico aquel en que Abraham, subiendo á sacrificar su hijo, deja en la
falda del monte impedimenta y servidumbre; una y otra representan cuidados y
pensamientos terrenales. Por[p. 188] recogerse en el punto de la
meditación se esforzó en que sus potencias contribuyeran, como quiere San
Ignacio, de manera que trabajando el entendimiento en las varias circunstancias
que encierra el conocido versículo quis, quid, ubi, cui, quoties, cur, quomodo, quando[5], se le
inflamase la voluntad, y, enfervorizada el alma, luego de cavar, rumiar y
ahondar en la meditación, entrarse por el coloquio. Aderezaba con meticulosa
solicitud la composición de lugar. Su imaginación plasmaba prestamente
realidades apetecidas. Hubo unas bodas en Caná de Galilea, en las
cuales se halló la madre de Jesús, y él fué convidado con sus discípulos; y
como faltase el vino, díjole su madre: No tienen vino. Sequeros veía
la gran cuadra del festín; columnas de alabastro, al fondo; fragancias espesas;
colgaduras, y á través de una que la brisa alzaba, colinas de oro, palmeras y
un lago terso; los comensales, con túnicas abigarradas; vasijas de plata
bruñida; manjares condimentados con especias; la desposada, embellecida por el
rubor; el marido, con ojos como tizones; Cristo, corpulento y dulce, la cabeza
inclinada sobre la túnica inconsútil de lino blanco; la Virgen... con el propio
rostro de Ruth.
«¡Oh, Jesús mío!», sollozaba Sequeros, «apartad de
mi mente imágenes temporales.» Pero la Virgen permanecía con el rostro ebúrneo
y angélico de Ruth.
«Ponderaré la confianza tan amorosa y resignada
con que hizo la Virgen aquella brevísima petición: Vinum non
habent, no tienen vino, como quien estaba certificada de las entrañas
de piedad de su[p. 189] Hijo. Á esta demanda respondió Cristo
nuestro Señor: ¿Qué tienes que ver conmigo, mujer? No ha llegado mi hora.
Ponderemos las causas de esta respuesta, al parecer tan desabrida...»
Y Sequeros, arrastrado enteramente por la
existencia imaginativa que había provocado, continuó en voz alta:
«Ves, Ruth, que á las veces te hablo con dureza, lo
cual te mueve á desconsolación. ¿Qué otra cosa persigo si no es tu bien? ¡Ay,
que las veredas del bien son ásperas, Ruth! ¿Piensas que no te amo? ¿Cómo no he
de amar tu alma de armiño, alma blanca y suave en la cual la mía se recrea?
¡Ruth, Ruth, corderilla mimada de mi rebañuelo, la más linda, la más graciosica
y débil, la que más amo, por habérseme extraviado! ¡Si supieras, Ruth, cuánto
te amo, cuánto, cuánto...!»
En esto, el astuto Hermano Cervino, lego visitador,
esto es, encargado de ir espiando de celda en celda á la hora de meditación,
abrió la puerta súbitamente, insinuó la cabezota en el cuarto de Sequeros y
cazó al vuelo las últimas frases del soliloquio. Cuando Sequeros volvió los
ojos á la entrada, atraído por el ruido audible del mundo efectivo, el
visitador había desaparecido ya. Á través del ventanal se infundía la bruma
argentífera de la matinada. Los muebles de la celda se concretaban en la
naciente luz de Dios. Fuera, la campiña empezaba á manifestarse entre tules de
suma levidad. Sequeros consultó el reloj.
—¡Dios me valga! Van á dar las seis y media. No he
sacado el fruto de la meditación ni he hecho examen de conciencia. ¡Jesús!
¡Jesús, ayúdame!
Besó el crucifijo y subió raudamente á las
camarillas de los alumnos. Los acompañó, según era su[p. 190] deber,
durante la misa, hasta las siete y cuarto; durante el estudio de la mañana,
hasta las ocho, hora de desayunar.
Desayunó en el refectorio de los Padres y volvió á
la recreación de los niños, hasta las ocho y media, en que comenzaban las
clases. Subió á su celda y distrajo el tiempo, hasta las nueve, leyendo libros
devotos. Bajó á su confesonario, en la iglesia pública del colegio. Desde el
comienzo de la catequización de Ruth, el Padre Arostegui le había ordenado
reanudar su ministerio penitenciario, lo cual le originaba estúpidas molestias
que Sequeros ofrecía á cambio de culpas veniales. Las madreselvas bloqueaban
su confesonario y hasta se enredaban en querellas ruidosas, disputándose la vez
que habían de seguir en el turno. Luego, en habiéndose adherido á la rejilla,
en fuerza de escrúpulos y sandias menudencias que traían para desembuchar, no
había expedienté fácil y piadoso con que dar por terminada la confesión.
Á las diez y media, Sequeros daba su clase de
francés, segundo curso, hasta las once. Eran discípulos suyos, Bertuco,
Campomanes, Rielas y Rodríguez. Á las once salían los niños á recreo,
acompañados de Sequeros, hasta las once y media. Entonces, los alumnos iban al
estudio, con el inspector segundo. Sequeros subió á su habitación, en donde
hizo examen de conciencia, durante quince minutos. Á las doce menos cuarto
asistió á las letanías de los Padres, rezadas en la capilla íntima. La comida
era á las doce, y se prolongaba hasta la una menos cuarto. Los Padres subían á
los tránsitos, á solazarse platicando, y los alumnos á los patios de
recreación. El Padre Sequeros, con los alumnos. Duraba el recreo de los niños
hasta la una y media, y á continuación venía un estudio de[p. 191] media
hora, preparatorio de las clases de la tarde, presidido por Sequeros. Al final
de este estudio Sequeros quedó libre; consentíasele dormir hasta media hora de
siesta. Se tendió en la cama; elevó la mirada al cielo raso; sobre la tediosa
tersura de la techumbre dióse arte con que esbozar visiones é ilusiones. Dentro
de unos instantes llegaría Ruth al salón de visitas. Quizá venía ya de camino.
¡Cuán dócil y bondadoso el espíritu de Ruth! ¡Con qué santa celeridad se
alimentaba de las verdades fundamentales de la religión católica,
convirtiéndolas en sustancia de su sustancia! ¡Cómo aderezaba con imágenes
preñadas de divina luz los místicos arrebatos de su corazón! Los adelantos
conseguidos eran sorprendentes: estaba adoctrinada ya en todos los extremos que
importan, porque á las veces viene el Señor muy tarde; pero paga tan bien y tan
por junto como en un punto da á otros. «¡Oh, mi Jesús y venerable Riscal; qué
regalo tan sabroso me hacéis!» Al día siguiente se bautizaría Ruth en la iglesia
pública del colegio. Los alumnos en pleno asistirían. El Padre Sequeros iba á
verter las aguas lustrales del simbólico Jordán sobre la aurina cabeza de
Ruth... «¡Qué regalo tan sabroso me hacéis!» Descendió del lecho y dióse á
pasear. De minuto en minuto, sacaba el reloj. «Las tres menos cuarto. No me
explico...» Púdole la impaciencia y bajó al recibimiento. Santiesteban, de la
sonrisa pútrida, salió á su encuentro.
—Subía á llamarle, Padre Sequeros. La señora está
en el locutorio.
Vestía de negro, lo cual sutilizaba su natural
sutilidad. Á través del velo, flotante y translúcido, la cabellera tomaba
reflejos de metal. Levantóse, así que vió asomar á Sequeros, y corrió hacia él.
—Mon Père, mon Père.
[p. 192]
—Ma sœur, ma chère sœur, ma petite sœur...[6].
Se estrecharon las manos, contemplándose con
regocijo infantil. La obligó á sentarse luego y se acomodó al lado de ella.
«Hoy, verdaderamente, no tenemos de qué hablar; es día de callar...» decía
Sequeros.
—De chanter plutôt[7].
«De rezar, hermanita.» «No, no de cantar. Soy
feliz.»
—Donc, ¡Aleluya![8].
Rieron, alborozados. Tenían los ojos
resplandecientes. Ruth refirió que ya tenía terminado el traje, blanco y muy
elegante. «Siempre le dije á usted, Ruth, que el blanco y el negro es lo que
mejor le va. Mañana parecerá usted un ángel. Y lo es...»
—Mais non, mais non. Que vous êtes gentil[9].
«Repito que sí. Soy su padre espiritual, y no hay
pecado de orgullo en creer lo que digo.» Luego, meditabundo: «¡Qué lástima que
no puedan bautizarse mañana los niños! Sería un espectáculo conmovedor. Y su
marido, ¿vendrá?» «¡Ay! No lo sé. Ya sabe, Padre mío, lo fríamente que vivimos.
¡Padezco mucho!» «¡Pobre hermanita!» Platicaron sin tasa.
Santiesteban vino á dar la hora: las cinco y media.
—Pas possible[10]—exclamó
Ruth.
¡Cómo había volado el tiempo...! Despidiéronse
tiernamente hasta el siguiente día.
Los alumnos salían de las clases. En el claustro[p.
193] unióseles el Padre Sequeros; merendaron; salieron á la recreación, en
donde, rodeado de un pequeño grupo de adictos y devotos, el inspector les hizo
menuda cuenta de varias circunstancias edificantes que habían concurrido en
Ruth para ser elegida de la gracia, ponderando la extraordinaria virtud, candor
y belleza de esta señora y otras muchas curiosidades que deleitaban á los
niños; siguióse el estudio, entreverado de rosario y lectura espiritual; á las
ocho, la cena, y Sequeros fué al refectorio de los Padres; condujo luego á los
muchachos al dormitorio y retornó al pasillo del piso principal. Los jesuítas
paseaban en pequeños grupos, quiénes de frente, quiénes de espalda, platicando
sobre nonadas y baladíes rencillas, de muros adentro. Sequeros se sumó al
primer pelotón que halló al paso. Lo formaban Landazabal, titubeante y con las
manos clavadas en lo mollar del trasero; Estich, ajirafado y redicho; Numarte,
panzudo y estólido como un trompo, y Ocañita, minúsculo y murmurador. No había
entre ellos ningún profeso, ó jesuíta propiamente dicho, esto es, que además de
los tres votos simples hubieran hecho el cuarto, de obediencia al Papa. Numarte
y Landazabal eran coadjutores espirituales, Padres graves; Estich y Ocaña,
maestrillos. Cuando se les acercó Sequeros conversaban precisamente de las
intrigas y favoritismos con que se elegían, contra justicia y caridad, los
individuos que habían de hacer el último voto, ideal supremo de todo el que
ingresa en la Orden.
—Y usted, Padre—preguntó Ocañita á Sequeros—, ¿por
qué no llegó á hacer el cuarto voto?
—Sin duda porque después de mi tercera aprobación
los superiores hallaron que yo no era eminente en ciencia ó virtud, como quiere
San Igna[p. 194]cio. Pero desde todas las partes se puede servir á Dios.
—Ya lo creo; y mucho más desde nuestro sitio—afirmó
Landazabal, deforme.
Pasáronse á hablar del dinero de la Compañía. Las
aseveraciones de Numarte, muy amigo del Padre Iturria, procurador, tenían gran
fuerza:
—Iturria me aseguró que este colegio es un negocio
excelente. Hechas las tres partes de los ingresos, una para el General, en
Roma, y otra para el Provincial, queda mucho dinero aún en la tercera, para los
gastos de la casa. Según me dice Iturria, lo sobrante lo tiene el Rector, y
dispone de ello á su manera, en labores de propaganda, etc. Creo que se piensa
hacer un periódico en Pilares y varias reformas en el colegio.
—La verdad es que—interviene Estich—cuando nuestros
adversarios propalan que somos ricos, no se equivocan. Y vamos á ver, ¿qué
hacen del dinero, tanto en Roma, como en la provincia? ¿Dónde lo guardan?
—Mira este bobo...—replica Numarte—. En un banco de
Londres. Eso lo sabemos todos. Según parece, Inglaterra es un país en donde hay
cierta seguridad. Es curioso, ¿verdad? Entre protestantes... Ya veis, aquella
condenada Isabel...
Y expone Landazabal:
—Sí; porque mira tú que aquí, á cada paso, ¡zas!
Hay una algarada de verduleras y terminan apedreando nuestras casas.
—La culpa la tiene el liberalismo—interpone
Numarte.
—Pss... ¿Qué más da que la canalla, la hez, la
cloaca nos odie?—se pregunta Estich, con inflexiones oratorias—. Con nosotros
están los buenos, las clases acomodadas y los ricos. Es fuerza reconocer[p.
195] que, en esto, nuestros Superiores han demostrado siempre una rara
habilidad para captarse las voluntades de los que mandan.
El coloquio era perfectamente pueril; los
interlocutores exteriorizaban su prurito de opinar á la manera de atolondrados
mancebos que ignoran por entero las cosas de la realidad.
Á las nueve y media terminóse el recreo. La
comunidad acudió á la capilla. Cada Padre hizo su examen de conciencia y breve
oración, retornando individualmente á sus celdas, según iban concluyendo.
Sequeros, luego de quedar en ropas menores, apagó
su quinqué y, á tientas, se orientó hacia el lecho. Arrebujábase en las ropas,
dispuesto á dormir, cuando, al introducir la mano debajo del cabezal buscando
fácil postura, halló un papel, cuidadosamente doblado. Saltó á tierra, encendió
el quinqué, leyó:
«Aun cuando nunca logré favorecerle con mi
confianza, por sospechar que usted transige harto fácilmente con flaquezas de
la carne, nunca pude imaginar que se dejara corromper con tanta prontitud por
las pasiones, y mucho menos que las expresara con escándalo de sus Hermanos y
del mundo. Se conocen de público muchos de sus pecaminosos diálogos con la
señora inglesa. ¡Dios le perdone! Las gentes generalizan su desenfreno
atribuyéndolo á todos los hijos de la Compañía. Así, he resuelto disponer que
desde mañana no salga usted para nada de su celda. Para nada. El aislamiento le
es necesario; labrará usted en su pasado y quizá Dios le toque de
arrepentimiento. Por no dar más que decir no suprimimos la ceremonia de mañana,
y el Padre Olano bautizará á esa señora, la cual me[p. 196] temo mucho que
no esté en disposición por culpa de usted. Repito que no salga usted de la
celda para nada. Obedezca la voluntad de su Rector, que en este caso es la de
Dios mismo.
P. Arostegui, S. J.»
El Padre Sequeros empalideció atrozmente. Estrujó
la esquelita azul, la arrojó al suelo y la escupió. En el formidable biceps de
su brazo derecho un nerviecillo comenzó á palpitar. Sin acordarse de que estaba
casi desnudo, se lanzó á la puerta, con ánimo de asaltar al Superior y saciar
en él su furia; pero le tomó un desfallecimiento de la voluntad y se detuvo
secamente en el centro de la estancia. Era la segunda vez que le acometía una
iracundia homicida. La primera fué en Loyola, siendo muy mozo, contra el
ayudante del maestro de novicios.
—Me viene una tentación, Padre—había dicho
Sequeros.
—¿Cuál, hijo mío?—respondió el ayudante, sonriendo
fríamente.
Y Sequeros, frenético, arrebatado:
—La de tirarle ahora mismo por el balcón y que le
salten los sesos contra las piedras.
El ayudante, inmóvil, con sonrisa gélida, había
exclamado:
—¡Ah! ¡Cosas del demonio!
—El demonio es usted. Yo soy generoso y abierto, no
puedo con ese carácter de usted, torcido, hipócrita, malicioso, cruel,
empedernido... ¿Es usted representante de Dios? ¿Son como usted los hijos de
San Ignacio? ¡Dios mío, Dios mío! No puedo más...
Ahora, Sequeros reanimaba aquella triste esce[p.
197]na. Volvió los extraviados ojos hacia una estampa del venerable Riscal. El
rostro se le fué empurpurando. Rompió á llorar y á sollozar, y, arrodillándose,
besó el suelo:
—¡Fiat voluntas tua!
III
Á Ruth, el día de su bautizo, la dijeron que el
Padre Sequeros había enfermado repentinamente la noche antes. Lo creyó, y se
dejó bautizar por el casposo Olano. Ruth acudió ávidamente al colegio,
interesándose por la salud de su catequista. El Padre Sequeros no mejoraba;
Ruth sintióse invadida de melancolía y zozobra. Al tercer día escribió una
carta al jesuíta; los trazos temblaban de solicitud. No hubo respuesta.
Sucediéronse las cartas, aumentando el quejumbroso desconsuelo de ellas
conforme la mudez del confesor permanecía inquebrantable. «Le necesito—llegó á
escribir, con angustia—. Mi espíritu no está aún plenamente fortificado en la
nueva fe. Tengo desmayos y pensamientos horribles. No sosiego. ¡Ayúdeme, por
Dios! Póngame siquiera una línea por donde vea que no debo desesperar de que el
Señor se apiade de mis sufrimientos.» Y, en verdad, Ruth sufría de continuo; la
fiebre de sus cavilaciones la iba devorando, poco á poco, y empañando aquella
tersura translúcida—leche y rosas—de su tez. Apartábase del curso del tiempo,
durante largas horas, recostada en un sillón, ó vagaba fantasmagóricamente por
sus habitaciones, sin contacto con el mundo sensible. Villamor y Pirracas
espiaban atribulados los pro[p. 198]gresos del mal; creían entender, pero no
hallaban la medicina. La creciente consunción de Ruth consumía igualmente al
esposo.
Una noche, la nurse hubo de
restituir á Ruth á la realidad. Villamor acababa de pegarse un tiro, bien
asestado. Murió al instante. Ruth se precipitó sobre el cuerpo, caliente aún,
de su marido, amortajándolo con delirantes besos. Había dejado dos cartas, una
para Ruth, otra para Pirracas. La nurse, después de vestir, en
silencio, á Gracia y Lionel, los condujo á casa de la señora de Blas, llevando
al propio tiempo la epístola de Pirracas. La de Ruth era rotunda y misteriosa:
«¡Farewell for ever! I loved you, Ruth, above
all. ¡I loved you, my sweet, my sweetest heart!»[11].
Ruth no lloraba; sus ojos estaban áridos; el
corazón, yermo, amenazaba quebrarse. Arrodillóse junto al cadáver de Villamor,
y le miraba con desvarío, los finos brazos en cruz. Así pasó un tiempo, hasta
que Pirracas se precipitó en el despacho, con gesto soez, lanzando al rostro de
Ruth un papel arrugado. Ordenó á la mujer que leyese. Esta, maquinalmente, le
obedeció:
«Amigo de mi alma: no puedo más. Tú comprendes,
como yo comprendo; quizá sabes. De tus torturas de amigo fiel deduce las mías
de marido engañado. No he querido enterarme. ¿Para qué? ¿Me robó la honra ese
jesuíta y luego abandonó á Ruth? ¿Qué más da? Lo cierto es que ella está
enamorada de otro, y yo sin el amor de Ruth no puedo vivir. Cuida de ella y de
mis pobres hijos. ¡Adiós!
César.»
[p. 199]Ruth exclamó embravecida:
—¡Oh, no! That is not true. ¡Tremendous Thing!—Y
luego, derritiéndose en llanto, sobre la frente del marido—. I was
faithfull with you. I loved you. Forgive me, dearest[12].
En la frente de Pirracas se inflaban dos lóbregas
venas; estaba congestionado; sanguíneos los ojos y la mano derecha en el
bolsillo de la americana. Intentó hablar y rugió. Violentos escalofríos le
sacudían, de arriba á abajo. Asiendo á Ruth por un hombro la zarandeó
brutalmente. La mujer se puso en pie á tiempo que Pirracas enarbolaba un
revólver.
Ruth empuñó las muñecas de Pirracas, obligándole á
permanecer con los brazos en alto. La mujer parecía endeble y el hombre
nervudo; los brazos de Ruth, como de espuma; los de Pirracas, roblizos; la
carita de ella, de un blanco irreprochable; la de él, púrpura. Pero aquel
cuerpo sutil no se doblegaba, y sus manecitas apresaban aceradamente las
muñecas del agresor, y éste, fuera de sí, la escupía, la pataleaba,
desollándola los tobillos, bramando:
—¡Whore, damned whore![13].
Al rumor, acudieron los domésticos, y entre ellos
Celestino el delineante. Sujetaron al energúmeno. Ruth se envolvió la cabeza en
un chal y salió á la calle.
Eran las ocho de la noche. Los transeuntes de
Regium vieron con asombro la silueta rauda y fina de Ruth atravesando calles
con rumbo al colegio de los Padres jesuítas. Algunos la siguieron. Curiosearon
cuando zarandeó vertiginosamente el alam[p. 200]bre de la campana. En viéndola
entrar, volviéronse, forjando historias picarescas.
Ruth se adentró por la portería, sin decir nada;
apoyóse un momento contra un muro, sorbiendo aire, la mano sobre el corazón.
Luego, con voz ahilada y moribunda, suspiró:
—El Padre Sequeros... Yo necesito ver... ¡por Dios!
Santiesteban, de la sonrisa pútrida, estaba
boquiabierto. Respondió, á gritos, de manera que su castellano fuera
inteligible:
—Padre Sequeros, enfermo. Demás Padres, refectorio.
Imposible ver—. Con esta construcción telegráfica suponía llegar más derecho á
las entendederas de Ruth, la cual, comprendiendo la negativa, levantó el busto
arrogantemente y penetró al patio con decisión. Quiso interponerse el lego, mas
Ruth, de un manotazo, le constriñó á apartarse, haciéndole bailar de camino un
aurresku rudimentario. Santiesteban salió, dándose con los zancajos en la
rabadilla de tanto correr, disparado, hacia el refectorio de los Padres; fué á
la vera del Superior y le puso al tanto de la insolencia femenina. Arostegui
llamó á Olano; le dijo al oído:
—Vaya á ver la tripa que se le ha roto á esa
individua y procure hacerla tomar las de Villadiego cuanto antes.
Olano dispúsose á obedecer las órdenes del Rector,
repapilándose de placer y quizá un algo nerviosillo. Desde el patio oyó gritos
en el tránsito del piso primero; era Ruth, clamando por el Padre Sequeros.
Subió Olano las escaleras con cuanta agilidad le consentían sus fofas
facultades, llegando al tránsito jadeante, sin resuello. Á los pocos pasos
topóse con Ruth.
—Padre Sequeros... ¡Yo necesito ver!
[p. 201]—Vamos, tranquilícese, hija mía. Acompáñeme
á la celda.
—¡Padre Sequeros!
—Sí, ya entiendo. Un momento de calma. Acompáñeme.
Exhausta de energías y casi inconsciente, la viuda
de Villamor siguió al jesuíta, el cual la había tomado de la mano, y de esta
suerte la condujo á su celda, dejándola en la habitación, en tanto él se
ocultaba detrás de la cortineja que hay á la entrada de la camarilla. El Padre
Olano tenía la boca seca, el corazón acelerado y las manos temblonas, por obra
de la emoción é incertidumbre, á tiempo que se desceñía el fajín y se desvestía
la sotana porque era muy cuidadoso de no incurrir en necias infracciones, cuya
manera de burlar conocía al dedillo. Así, Olano no ignoraba que el religioso
que se despoja de sus hábitos se hace ipso facto reo de
excomunión; pero, el mismo aligeramiento indumentario se trueca en acto
meritorio cuando, por no profanar las santas vestiduras, se realiza para
fornicar, por ejemplo, ó ir de incógnito á un prostíbulo, según concretamente
se asegura en los Veinticuatro Padres, en la Praxis ex
Societatis Jesu scola, y en el Padre Diana: Si habitum dimitat ut
furetur occulte, vel fornicetur. Ut eat incognitus ad lupanar.
Ruth Flowers, en una butaca de enea, permanecía con
la cabeza caída sobre las manos y los codos en las rodillas. Olano asomó en la
puerta de la camarilla; avanzó con sigilo hasta sentarse á la izquierda de
Ruth. La señora murmuró, sin alzar los ojos:
—¡Padre Sequeros! ¡Padre Sequeros!
—Por ahora... es imposible... hija mía—. La
concupiscencia le quebraba la voz.
[p. 202]Ruth se puso en pie y Olano hizo lo propio,
aprisionándola entrambas manos. Hasta aquel instante, la cuitada mujer no había
parado atención en la traza inconveniente del jesuíta: el plebeyo rostro,
torturado de furor venusto; el bovino pestorejo, de color cárdeno; la camisa,
burda y con mugre, abierta por el pecho y mostrando una elástica fuerte y
áspera pelambre; los calzones azules, remendados, con fuelles y sin botones en
la pretina; las pantorras, de extraordinario desarrollo, embutidas en toscas
medias, agujereadas á trechos; sin zapatos. En cualquier otro trance hubiera
sido grotesco, risible sobre toda ponderación. En aquel caso resultaba
terrible, como un sátiro brutal, embriagado de mosto y de lujuria. Ruth creyó
perder el sentido y con él la razón. El dolor de los tobillos, que aumentaba
por momentos, apenas la consentía sustentarse sobre los pies. Deseaba la
muerte. Los ojos se le nublaban.
Mas he aquí que, como entre sueños, advierte que la
torpe y embotada mano del jesuíta explora sus senos, aquellos dulcísimos senos
cuya delicadeza eréctil la maternidad había respetado, y, luego unos labios
calientes y blanduchos sobre su boca casi exangüe, que el terror helaba. Por un
prodigio de fortaleza, nacida de tanto horror, Ruth pudo sacudirse de encima
aquel fardel de libidinosidades furiosas. Olano retomó á la presa; Ruth le
contuvo aplicándole un puñetazo sobre un ojo, y aprovechando el aturdimiento
del hombre, huyó de aquella estancia maldita, y luego de aquellos tránsitos
penumbrosos y hostiles, y luego de aquella casona negra, alucinante. Y salió á
las veredicas y pradezuelos que hay tendidos al pie del colegio; sus pasos
vacilaban; su razón se ensombrecía. Cayó sobre la hierba, exhalando un lamento:
[p. 203]—¡My God![14].
Unos brazos tímidos y afectuosos se posaron sobre
sus hombros; luego la ayudaron á que se incorporase. Una voz buena, dijo:
—¡Poor beautiful creature! ¡Come to me!
—You... Gonzalfáñez. Let me see the children,
and die.
—Not yet. Come to me[15].
Desde aquella noche, Ruth, con sus hijos y la nurse,
se instalaron en casa de Gonzalfáñez.
[p. 205]
FRONTI NULLA FIDES
[p. 207]
I
Secuestrado en su celda el Padre Sequeros,
desgajado de su prole infantil y de su prole espiritual, del estudio y del
confesonario, ¿quién había de ser el pastor preferido de las damas devotas,
sino el dulcísimo, casposo y oleaginoso Padre Olano? Veíasele de continuo en
juntas femeninas, de visiteo y conferencia con mujeres, enredado de madreselvas temblorosas,
á la manera de un bravo roble antiguo, y, sin embargo, ¡cuán entera su
reputación! ¡Cuán pulquérrima su fama! ¡Su prestigio, cuán en creciente! Cierto
que era muy madurico de años, poco agraciado de rostro y nada aseado de su
persona; mas, no por estas nimias circunstancias se ha de entender que se
mermase en un ápice su virtud y fortaleza, que para la opinión de sus
confesadas y amigas no le cedía en belleza y encanto á un querubín. Habiendo
hembra próxima, el Padre Olano se transfiguraba. Un hombre de mundo y poco
versado en achaques de cosas santas quizá dijese que los ojos se le inflamaban,
que la boca le rezumaba lascivamente y que las mejillas se le congestionaban.
¡Oh, qué dañoso error! Ello es que nadie osó decir semejante dislate é
impiedad. ¡Celo, puro celo de las almas! No había sino verle predicando.
¡Cuánta energía interior![p. 208] ¡Qué manera de doblegarse á las
insinuaciones del Espíritu Santo, que bajaba á infundírsele! Las contorsiones
que hacía, ¡qué inspiradas! Los gritos, ¡qué patéticos! Los lloriqueos, ¡qué
hondos y contagiosos! Seguíanle al punto las beatas, lagrimeciendo y moqueando,
que no había cuadro más edificante y gustoso á los ojos de nuestro Señor y del
santo Padre San Ignacio.
Pues ¿y en obras de caridad, de labor social,
propaganda y beneficencia? Innumerables son las cofradías, archicofradías,
congregaciones, sociedades y centros que en Regium nacieron gracias á la
diligencia del Padre Olano, todos los cuales existen todavía, á pesar de
vicisitudes largas, como si un especial favor divino las rigiera.
Por entonces, una proxeneta de ínfima estofa que
había apilado algún caudal en pecaminosos tratos de tercería, estableció una
casa de mal vivir en un sitio céntrico; una morada de construcción reciente, y
á lo que se decía, con mucha decencia, entendiendo por decencia ¡oh, pícara
elasticidad del vocablo! lujo indecoroso. En los círculos canallescos y entre
gente libertina, se conocía á la proxeneta referida por el apodo de Telva
les burres. Esta mujer implantó el negocio sin perdonar sacrificio. Era voz
pública que sus pupilas ostentaban provocativa belleza, que hacían dulcísimo el
pecado, exornándolo con no pocas complicaciones de gran novedad en Regium; que
acostumbraban bañarse á diario, ó cuando menos un día sí y otro no, y, en suma,
que estaban reclutadas entre la flor y nata de las falanges del vicio. Las
había andaluzas, madrileñas, catalanas, ¡hasta una portuguesa! Con esto, los
umbrales de Telva se elevaron en dignidad. Á los antiguos visitantes
(mozarrones zafios y cazurros, chalanes, obreros, marinerazos[p. 209] de
toda laya y procedencia) se les dió con el postigo en las narices. Ahora, los
contertulios y parroquianos pertenecían á las clases acomodadas de la sociedad:
tenderos, consignatarios de buques, empleados de fábricas y almacenes, propietarios,
etcétera, etc. Con lo cual, Telva se enorgulleció grandemente. Hízose vestidos
de rica tela y severo colorido, compró una mantilla negra, y así ataviada, á lo
señor, salía á ostentar su cinismo, paseando las calles más concurridas,
visitando iglesias y poniendo en un brete á las señoras honradas.
Las orgías de la casa nueva fueron tan frecuentes y
locas, que todo Regium murmuró del asunto, manifestando púdico estupor. Andando
el tiempo, las orgías degeneraron en violencias y báquicas necedades. Señoritos
y horterillas, así que se embriagaban, acudían en horda á casa de Telva,
tomaban el edificio por asalto si se les negaba permiso para entrar, y ya
dentro, daban al traste con personas y cosas, convencidos de que con esto
conseguían heroico renombre. Y así fué como una pandilla de bárbaros sacaron á rastras
á la portuguesa desnuda, tirándole de la cabellera, y con tan poca cortesanía,
que le desollaron las nalgas, le magullaron un seno, la acardenalaron y la
dejaron con vida por inexplicable antojo de la providencia.
Aquella morada de escándalo y abominación tenía
consternadas á las almas sencillas de Regium. Intentaron influir cerca de los
poderes públicos, por ver de suprimirla y hasta derruirla; pero fracasaron tan
santos propósitos.
Una mañanita, la señora del vista de aduanas,
Aurora Blas de Enríquez, hija de confesión del Padre Olano, se presentó en la
portería del colegio. La acompañaba Maruja Pelayo, hija también del mismo Padre
espiritual, y, en cuanto á la carne,[p. 210] de un reputado ortopédico.
Venían de oir la misa del Padre Anabitarte, muy ligerita y simpática. El traje
que traían era sencillo; el rostro, empenumbrado bajo la flotante mantilla. Las
dos lindas, las dos rubias, las dos gazmoñas; más gordezuela la casada. Recibiólas
el hermano Santiesteban, con su pútrida sonrisa.
—Venimos á ver al Padre Olano. Tenemos precisión de
hablarle hoy mismo—manifestó con mucho garbo Aurora.
—Ay, señoras mías; no sé si estará ó no. Pasen,
pasen al salón de visitas entretanto—. Y se fué.
No tardó en aparecer el Padre Olano, grande y
sencillo como una montaña, como la montaña nevado también en la cumbre, pero de
caspa.
—Siéntense, hijas mías. Vamos, vamos, ¿qué
ocurre?—Estaba con las manos escondidas dentro de las mangas del balandrán.
Aguzaba la mirada por desentrañar el misterio y penumbra de las mantillas.
—Venimos á concluir esa enojosa cuestión de la
congregación para el alivio de la trata de blancas, ó como se llame. Le juro,
Padre Olano, que yo no sirvo para esto—. Con la mano se arreglaba los ricillos
de la sien derecha, levantando la mantilla y mostrando la lechosa frente.
—Ni yo tampoco—agregó Maruja.
El Padre Olano reía con benevolencia, echando atrás
la cabeza. Aurora continuó:
—Así que terminemos con esa... esa...
—Sí, Telva les burres. Bonito nombre—.
El Padre Olano dijo estas palabras impregnando de severidad el acento.
—Precioso—continuó Aurora—. Pues bueno; así que
demos este primer paso, yo no doy otro. Vaya, que no lo doy, Padre. La idea es
muy santa y muy[p. 211] buena, como de usted; pero yo no doy otro paso.
Este sí, ya lo creo, porque nada se puede hacer más grato al Señor, me parece.
—Así es, hija mía.
—¡Buen trabajo me cuesta, Padrecito! Imagine: tener
que hablar, que oir, que rozarme con una mujerota de esas...
—¡Ay, es horrible!—suspiró Marujina, frunciendo el
morrito deliciosamente—. Pero el Sagrado Corazón nos lo premiará. Por supuesto,
papá no sabe nada.
—Ni mi marido.
—Ni falta que hace, hijas mías. Esta es una gestión
que hemos de llevar á cabo con absoluta reserva. Sor Florentina ha convencido á
la superiora, que está ya en ello. Así, pues, el jueves, de anochecida, nos
veremos en el locutorio del convento.
—¿Y usted cree que acudirá esa mujerona, Padre
Olano?—preguntó la señora, con ansiedad.
—¿Por qué no, Aurora?
—¿Y se dejará tocar de la gracia?
El Padre Olano apartó los ojos que tan gratamente
se hallaban apoyados en las lindas interlocutoras y los elevó hacia el cielo
raso.
—¡En Dios confío! Además, según mis referencias, es
mujer que no tiene abandonados sus deberes religiosos...
—Insolencia, Padre, insolencia.
—En Dios confío, hijas.
[p. 212]
II
El día señalado y á la hora convenida, se hallaban
en el locutorio de las Siervas de Jesús, el Padre Olano, la señora de Enríquez,
la señorita de Pelayo y sor Florentina. La monja era una mujer como de treinta
años, rechonchita, bella, graciosa y desenvuelta, con mucho trato de gentes y
un ligero estrabismo en la mirada, que le caía muy bien. El locutorio daba al
jardín. De fuera de los vidrios de las dos ventanas caían temblando vástagos
tiernos de enredaderas. De un pasillo llegaba un vaho denso, olor á cera y á
potaje, á pobreza y santidad.
Temblaban de expectación las cuatro personas. El
Padre Olano estaba hundido en sí mismo, como si impetrase la ayuda del
Todopoderoso, orando en silencio. Sor Florentina tenía los carrillitos
arrebolados y bizqueaba más que de ordinario. Aurora y Maruja revolvíanse en
las sillas, muy excitadas y poseídas de bélico ardor. Creíanse poco menos que
Juanas de Arco, y la conquista que iban á emprender de más fuste que una
cruzada. Al fin y al cabo, aparte de la gloria de Dios y la pureza de las
costumbres, á ellas les importaba singularmente el buen éxito de la aventura,
porque en casa de la Telva adivinaban un vago y grande peligro.
—¡Oh, si quisiera Su Divina Majestad que
extirpásemos esta hedionda llaga que infesta á Regium...!—murmuró sor
Florentina.
Pasaba el tiempo. Aurora y Marujina Pelayo se
miraban con desaliento.
[p. 213]
Por fin apareció la vieja celestina. Entró
fingiendo gran timidez y desconcierto, como si no supiera qué hacerse, ni qué
decir, ni á dónde mirar. Pero, con solamente examinarle la cara, llena de burla
y desenfado, pudiera echarse de ver que era una redomadísima sinvergüenza y más
dueña de la situación que quienes la recibían. Á favor del aturdimiento que le
tenía cuenta aparentar, fuése derecha á abrazar al Padre Olano, sollozando más
que diciendo:
—¡Ay, santo varón! ¿Cómo le voy á agradecer...? Yo
no sé cómo decirle...
El Padre Olano hubo de recibir, por sorpresa, el
primer abrazo de la infecta anciana. Pero, recobrándose pronto, la apartó de sí
con tanta mansedumbre como energía, de manera que Telva abordó á Aurora, que
era la que estaba más cercana, con idénticas muestras de agradecimiento y
efusión. La señora de Enríquez dió un grito y retrocedió dos pasos. Marujina
huía también, temblando, y fué á guarecerse detrás del jesuíta. La descarada
vieja se detuvo entonces, y humillándose bajo un infinito abatimiento, balbuceó,
con voz quebrantada:
—¡Ay, Dios! Es cierto... ¡Dispénsenme! ¡Ay,
señoritas! ¿Cómo me van á saludar si yo soy una mala mujer, si estoy condenada,
si para mí no hay salvación...?
—De eso se trata—añadió el Padre Olano—. Siéntese,
buena mujer, y hablemos.
Sor Florentina miró asombrada al jesuíta, en oyendo
aquello de buena mujer. La celestina replicó:
—¿Yo buena mujer? ¡Ay! No se burle, señor...
—Siéntese, siéntese y hablemos. Siéntense, hijas
mías.
[p. 214]Sentáronse todos. Aurora y Marujina
tiritaban de miedo y de asco. La alcahueta sacó un gran pañuelo tan cargado de
esencia, que el Padre Olano creyó desmayarse. Hubo un largo silencio enojoso
que sor Florentina interrumpió afirmando:
—La misericordia de Dios es infinita.
El jesuíta se agarró á este cabo y asegundó:
—La misericordia de Dios es infinita. No está usted
condenada, mujer, ni se ha perdido para siempre; pero, ¡ay de usted si no
escucha la voz de quien dispone en cielos y tierra y que en este momento suena
en sus oídos! ¡Te llamé y me rechazaste! No olvide, hermana, que si la muerte,
en todo caso llega de pronto y cuando menos se piensa, y troncha esperanzas y
siega juventudes, en la edad de usted...
—¡Ay! señor; yo no soy tan vieja como parezco. Los
malos tratos de aquel... Iba á decir una atrocidad. Usted ya me entiende. Estas
señoritas, no; son unas palomas, las pobres. Treinta años, señor, viví con él,
chupándome el dinero y cuanto había que chupar. Era un verdadero... bueno,
usted ya me entiende.
—No, no la entiendo, ni falta que me hace—contestó
el jesuíta, visiblemente malhumorado. Hizo una pausa y continuó:—Á lo que
vamos. Confío en que no está usted por entero dejada de la mano de Dios y en
que se ha de dejar mover á arrepentimiento por mis palabras. El oficio que
usted sigue es el más aborrecible, porque ha de saber, hermana, que esto que
hace es pecado mortal, pues se opone al sexto precepto de la ley de Dios; de
manera que, después de matar, no hay pecado mayor contra el prójimo, como lo observará
si se para un poco en el orden de los mandamientos. En el quinto se nos prohibe
matar, y en el sexto, hacer[p. 215] cosas indecentes. (Las damas bajan
la vista. Telva sigue al orador atentamente. Este ha ido levantándose poco á
poco; ahora está en pie.) Por favorecer este pecado, hermana mía, por
intervenir en sucios tratos zurciendo libidinosas voluntades, se ha hecho usted
reo de las penas del infierno. Á fin de que conozca mejor la malicia de este
pecado, me valdré de la razón natural. Ha de saber, hermana, que ha dado el
Creador al hombre una inclinación tan fuerte á esas cosas, porque si el hombre
fuese como estatua, dentro de poco ya se habría acabado el género humano. Mas
viéndose impelidos los hombres á esto, toman el estado del matrimonio, se
casan, y entonces pueden hacer lo que las leyes del matrimonio permiten, y
pueden desahogar legítimamente su pasión, sin que de ello resulte ningún
desorden, antes bien, es como las pesas de un reloj, que hacen andar con buen
orden y concierto la propagación del género humano. Mas si usted, por antojo ó
codicia hace gastarse al hombre, es ciertísimo que Dios nuestro Señor, estará
muy agraviado de usted, que le gasta inútilmente y por antojo esa sustancia,
medio de conservación y propagación del género humano, y que le impide,
destruye y mata aquellos seres que con el tiempo existirían. Si usted toma una
naranja y la estruja, ¿cómo queda? ¡Ay, Dios mío! Toda enjuta, árida, seca, y
no es buena para nada. Pues lo mismo pasa con los hombres que usted toma entre sus
manos, y los estruja de manera que no les quede blanca en los bolsillos, y los
deja áridos y disipados de suerte que ellos mismos se abren la puerta á todas
las enfermedades y al infierno. Considere cuánto cargo pesa sobre su
conciencia, hermana, por favorecer y alentar este hediondo vicio que Séneca
llama mal máximo, y Cicerón peste capital.[p. 216] Piense que si la
misericordia de Dios es infinita, no lo es menos su justicia, y que las
iniquidades que usted promueve van llenando la copa de la divina paciencia. Y
entonces, ¡ay de usted y de sus infames asiladas! (Aquí la voz del Padre
Olano se hace recia y tonante. Telva simula suspirar.) Se ha visto perecer
á personas repentinamente en medio de los goces venéreos, y á una vieja de
Alejandría que se ocupaba en prostituir mancebos y doncellas, como usted, la
devoraron cierta noche los diablos en forma de feroces perros negros. (Telva
se estremece. Sor Florentina hace guiños á sus amigas, dándolas á entender que
tiene buenos presentimientos. El Padre Olano endulza el tono, lo hace
confidencial.) Y bien, hermana: aparte de estas consideraciones que le he
hecho, ¿no siente usted el espíritu fatigado con una existencia tan azarosa y
triste? Digo triste, porque convienen respetables doctores en que siempre es
triste el vicio, y más que ningún otro éste de que se trata y de que usted hace
profesión. Omne animal post coitum tristatur. Lo propio que á
las bestias les acontece á los hombres; como que en este caso no son sino
bestias del peor linaje, y usted, hermana, puede sernos testigo de mayor
excepción por las muchas bestialidades de que ha sido víctima y malos tratos
que la han inferido. Pues, ¿y qué diremos del pecado de escándalo en que usted
cae de lleno sustentando esa casa de mal vivir? ¡Ay, hermana! Retírese del
vicio, cierre esa aduana de Satanás, y guíese por las personas que solamente su
bien procuran, como somos nosotros, si quiere salvar el alma y hasta el cuerpo.
Telva escondió el rostro, abrujado y socarrón,
entre los pliegues del pestífero pañuelo y rompió á llorar amarguísimamente.
Como su llanto se prolongase con exceso, acudieron los presentes á conso[p.
217]larla, pensando para su sayo, «esto es hecho». Alentáronla con palabras
amigas; le hacían ver los errores y peligros del pasado y cómo, de continuar al
frente del burdel, la asesinaría cualquier día un libertino beodo; daban por
sentado que tendría algún dinero con que vivir honestamente, alejada de tratos de
tercería, y por si no lo tuviese la prometían favorecerla. En esto, Telva se
levantó de su asiento, dispuesta á marcharse. Los otros cuatro la miraron,
llenos de ansia, aguardando una contestación concreta. La vieja celestina
enjugó sus ojos y arregló el mantón con mucha parsimonia.
—Vaya, yo me voy, que ustedes tendrán que hacer y
mis mujeres andarán todas revueltas. ¡Ay, señor! ¡Ay, señoritas! Ustedes, ¡qué
buenos son! ¡Qué santinos! ¿Cómo les voy á agradecer? ¡Qué razón tienen! ¡Qué
razón tienen, en eso de los maltratos! Parece que los inspira Dios... ¡Si
ustedes vieran...! Aquello no es vivir, es un infierno: tiene razón el señor
cura. ¡Ay!—dirigiéndose á la señora de Enríquez—. Si todos fueran como el su
marido. ¡Qué hombre tan formal, tan simpático! Allí llega todas las noches; tráenos
dulces, siéntase en el comedor, y cuándo con la Portuguesa, cuándo con la Pepa,
cuándo con Loreto... En fin, mejor no cabe. Ni un grito, ni una bofetada nunca.
O como su padre de usté, el señor Pelayo—dirigiéndose á Marujina—. ¡Ay, qué
señor! Es un bendito. Antes se seca el mar que él falte por las tardes. ¡Y qué
cariñoso! Que pañuelos, que faldas, que blusas, que cadenas, que peinetas; á
las niñas no les falta nada. ¡Lo queremos tanto...! Vaya, que será tarde.
Adiós, señora. Adiós, señorita. Adiós hermana—á sor Florentina—, ya sabe dónde
está su casa, Munuza, 5. Lo mismo le digo, señor cura, y no deje de ir para que
concluyamos de hablar de estas cosas.
[p. 218]La proxeneta salió majestuosamente. No
había llegado á la calle cuando caían en tierra, tomadas de sendos berrinches ó
desmayos, sor Florentina, Aurora y Maruja. El Padre Olano estaba aterrado,
maldiciendo la hora en que se le había ocurrido la liga para la supresión de la
trata de blancas. Á sus pies, Aurora mostraba las piernas, macizas y gentiles,
cuya blanquísima carne trasparecía por el punto de seda. El Padre Olano no pudo
menos de considerar cuán bellas eran, y con esto sintió que el pecho se le
aliviaba de la contrariedad sufrida.
[p. 219]
ACTA EST FABULA
[p. 221]
I
En la puerta del refectorio, los inspectores
primeros aguardaban la salida de sus grupos respectivos. Aquel día, después de
comer, los mayores echaron de menos al Padre Sequeros. En su lugar, la temerosa
é ingente nariz de Mur avanzaba por el claustro, de salida del comedor,
trayendo en pos, casi escondido, al citado jesuíta. Se originó un movimiento de
sorpresa y expectación. Cada niño construía una hipótesis, que aclarase la
ausencia del Padre Sequeros. Aun cuando desde el refectorio hasta el patio de
recreación había muy corto trecho, Caztán, el mexicano, no supo reprimir su
impaciencia y susurró al oído de Coste, que iba delante de él en filas:
—¿Qué será del Padre Sequeros?
Coste, con aquella liviana inconsciencia que de
ordinario le inclinaba al desatino, respondió:
—Estará durmiendo la siesta con la inglesita.
Y no volvió á acordarse de la réplica. Pero estas
palabras aventuradas no se derritieron en el aire, sino que avanzaron por una
ruta fatal hasta los oídos de Manolito Trinidad, y luego hasta los de Mur y
luego hasta los del Rector.
El mismo día, en el estudio de la noche, sonaron
tímidos golpes de nudillos á la puerta. Salió á in[p. 222]formarse Ricardín
Campomanes, por orden de Mur; subió al púlpito, bajó al pupitre de Coste y le
dijo:
—Te llama el Hermano Santiesteban.
Coste salió del estudio, campechanote y descuidado,
creyendo que alguna visita insólita le reclamaba. Silenciosamente se
encaminaron á la ropería.
—Quítese la blusa.
Coste se desvistió el blusón.
—¿Quién viene á verme?
—Nadie por ahora.
—Entonces...
—Sígame.
El niño frunció cejas y morro; los carrillos se le
distendieron hasta adquirir alarmante inflazón, como le ocurría cuando
sospechaba alguna contrariedad. Echaron á andar en silencio; escaleras arriba,
al último piso; luego, á través de oscuros tránsitos, á la enfermería. El
Hermano empujó una puerta, y con el brazo derecho invitó á Coste á que
penetrase en la celda. Ardía un quinqué, colgado del techo. Por todo atalaje,
la cama, una mesa y una silla. Sobre la cabecera del lecho una estampa mala del
corazón de María. En la mesa, un libro de devoción. Coste creyó que le tomaba
un desmayo.
—Es el caso, Hermano—suspiró—, que usted se debe de
equivocar. Yo... yo no me he quejado; no me siento mal; estoy sano.
—No creo equivocarme, señor Coste: cumplo las
órdenes del Reverendo Padre Rector.
Salió de la celda, cerrándola con llave. Y quedó
Coste á solas, víctima de lúgubres ideas. No acertaba á ver claro en las causas
de su confinamiento. «¿Por qué me encierran? ¿Qué lío es éste?» Recorrió su
cárcel impulsado por la vehemencia á que aquella sinrazón le arrojaba; cayó,
abatido, sobre la silla; lanzó contra la pared el libro devoto;[p. 223] se
precipitó después sobre el lecho, y repitió la suerte, cada vez desde mayor
distancia, muy complacido al ver que los muelles del colchón le hacían botar; abrió
la ventana, que daba al campo; y al cabo de ensayar todas las formas lícitas de
la desesperación, reposó un momento y creyó advertir que el estómago estaba en
buena coyuntura para soportar algún lastre. En esto, juzgó lo más sensato
revestir de forma audible sus propios pensamientos, desdoblarse, conversar
consigo mismo.
—Coste, tú tienes apetito. No me lo niegues.
—Un apetito bárbaro.
—¿Lo ves? ¿Y si no te bajaran al refectorio?
—Mejor. Comida me habían de traer bastante y aquí
comería más á mi gusto.
—Puede que te castiguen sin vino.
—¡Bah!
—Quizá, sin postre.
—Esas son caxigalinas. Pero, vamos á
ver, ¿por qué me van á castigar?
—Eso digo yo.
—Como que es una machada.
Sonó la campana del regulador, llamando á la cena.
Coste se puso en pie, con el rostro inflamado de júbilo. La ansiedad le llevó
de muro á muro, en agigantados paseos. Oyóse el estridor de la llave; giró la
puerta; surgió Santiesteban con una bandeja y, adelantándose hasta la mesita,
la despojó del mantel de hule y dejó al aire el tablero de mármol, en donde
depositó un panecillo francés y una botella de agua. Coste sonreía, bañado en
saliva el paladar. Pensó: «al parecer me dejan sin vino. Paciencia». El Hermano
Santiesteban no se fué en busca del resto de la comida, sino que, tomando la
botella de agua, empapó convenientemente el pan, hasta casi dejarlo convertido
en papilla. Las piernas de Coste[p. 224] flaquearon visiblemente; los
mofletes se le volvieron flácidos. El Hermano Santiesteban desapareció,
cerrando la puerta. Coste, vacilando, llegó hasta el lecho, se desplomó sobre
él, hozó rabiosamente en la almohada, y á la postre, estalló en hipos y
sollozos. Á poco se incorporó, enjutándose el llanto y domeñando el hipo.
—Ya soy un hombre; no puedo llorar.
Apretó los puños, amenazando al corazón del
monasterio. Sus carrillos atacaban la nota más aguda del invisible cornetín.
Escarbó en la memoria, por buscar el vocablo carreteril ó marineril ajustado á
las circunstancias, y gruñó con sordo acento:
—¡Cabrones, daos pol tal; me lo habéis de pagar!
Desnudóse y se acostó. No quiso probar el misérrimo
alimento que le ofrecían. Antes de que se durmiese, entró el Hermano
Echevarría, y le envolvió en una ojeada cariciosa.
—¡Márchese, márchese pronto!—amenazó el muchacho.
—Calla, hombre, que vengo á apagar el quinqué.
Á media noche, despertó, roído por el hambre; fué á
tientas á la mesilla y devoró el pan, húmedo aún. Sentía fuego en las fauces y
apuró toda el agua de la botella.
Á la mañana siguiente, faltáronle materias sólidas
con que quebrantar el ayuno del día; es decir, que no desayunó. Como la sed le
hostigase, hubo de beber de bruces en la jofaina que de mañanita le había
entrado el Hermano enfermero. Permaneció en el lecho, contemplando á través de
la ventana los agros renacientes, tendidos al sol, y reconstruyendo, por los
toques de la campana, las etapas de la vida de sus compañeros. Cuando se
levantaba, calculó que sería cosa de las diez y media. Sus amigos estarían en clase,
esto es, más aburri[p. 225]dos que él en aquel momento, y desde luego más
temerosos. «Si hubiera moscas por aquí—pensó—; pero, no es tiempo. O arañas...»
Examinó bien los ángulos, debajo de la cama; se puso en pie sobre la mesilla
hasta casi tentar el cielo raso; no había bicho viviente. Tampoco tenía papel
con que plegar pajaritas y gabarrones. Se acodó en el alféizar de la ventana y
su ruda imaginación campesina voló hacia el pueblo natal, asentado en la orilla
de aquel mismo mar que á su derecha se veía. Se acordó de su padre, navegando
quizá á tales horas por las alturas de océanos distantes en el barco velero de
casco verde y nombre bello, Las Tres Marías.
Á las once y media, Conejo penetró en el cuarto.
—¿Está el gavilán en la jaula? ¿Hemos acorralado á
la fiera?—interrogó de chanza.
Volvióse Coste, quedando de espaldas á la luz.
Conejo no era de temer.
El jesuíta añadió:
—Conque, ¿qué te parece esto?
—Yo qué sé.
—Ya, ya. Como que estarás en la gloria, sin
estudiar, sin clase... Pues bien; el Padre Rector ha acordado expulsarte del
colegio.
Coste disimuló su alegría.
—¿Por qué?
—¿Qué has dicho ayer en las filas á Caztán, al
salir del comedor?
—Maldito si me acuerdo.
—¿No? ¿No fué algo del Padre Sequeros y de la
inglesa? ¿Eh, galopín? ¿Quién te ha enseñado esas abominaciones?
—Ahora ya sé. Pero, ¿Caztán es fuelle también?
—No se trata de eso.
—Y bien, Padre Ministro, si me expulsan, ¿por qué
me tienen sin comer?
[p. 226]
—¿Sin comer?
—Sí, señor. Anoche el Hermano Santiesteban me trajo
sólo una bolla mojada en agua. Ya ve usted, Padre, yo soy de mucho alimento. Y
si me echan, ellos ya no tienen que ver.
—Ya lo creo que eres de mucho alimento. Canario; yo
no sabía... Á otra cosa. Como la expulsión es tan vergonzosa, he intercedido
con el Rector, y por último, ha resuelto perdonarte, contando con tu enmienda,
ya sabes. Y de aquí en adelante procura hacerte simpático al Padre Mur.
Ni la expulsión le parecía vergonzosa á Coste, ni
la intercesión de Conejo le hacía ninguna gracia. Disponíase á partir el
Prefecto.
—Padre Ministro, Padre Ministro. ¿Me van á tener
mucho tiempo encerrado?
—No sé. Allá veremos.
—Si usted quisiera que me mudasen á otro cuarto,
desde donde pudiera ver á los compañeros durante la hora de la recreación...
—¿Para hacer telégrafos?
—No, Padre; para verlos. Así, solo á todas horas,
me da tristeza.
—Allá veremos. Adiós, galopín.
Á la hora de comer, Coste volvió á realizar voraces
proezas de animal carnívoro. Tras de veinticuatro horas de abstinencia el
alimento le pareció gustoso como maná, pero lamentable por la escasez. Á la
tarde le mudaron de habitación. Desde el nuevo encierro, aunque á mucha altura,
podía contemplar los juegos de sus amigos. Observó que el Padre Sequeros no
bajaba á los patios, ni se le veía nunca, y atando cabos y soldando
murmuraciones y cuchicheos de los alumnos, dedujo evidentemente que también el
primer inspector sufría la pena de reclusión temporal.
[p. 227]
Llevaba Coste ocho días de encerramiento. Con la
inacción, las mantecas se le habían dilatado; sentíase torpe y perezoso. Era
una mañana transparente y risueña. Por detrás de los vidrios, espiaba el
bullicio que movían sus compañeros en el recreo matinal, después del desayuno.
Vió á los inspectores agitando la campanilla; á los niños, abandonar sus
diversiones y acudir á las filas, y á éstas moverse pesadamente, con derrotero
á la clase. De pronto hubo un alto. Apareció el Padre Rector; dijérase que hablaba,
ante la prole infantil. ¿Qué ocurre? Las filas se deshacen súbitamente; los
niños parten á la carrera, en todas direcciones, brincan, profieren alaridos,
lanzan las boinas al aire; un frenesí. Coste comprende; es día de campo.
Y á él, ¿lo dejarán preso? El corazón se le alborota, angustiado;
enternécensele los ojos; aguza los oídos hacia el tránsito, en espera de
pisadas venturosas. Más tarde, ve cómo se forman de nuevo las filas, y
desaparecen, y se oye, alejándose, la charanga del colegio que toca la acostumbrada
diana:
Después, la pesadumbre de un silencio infinito cae
sobre la inmensa casa vacía. Coste se ha tumbado en el camastro. Está rabioso,
rechinando los dientes. Se incorpora; ha tenido una idea. Prorrumpe en una
risotada, y dice, en voz alta: «Luego, luego.» Se pasea, discurre, robustece su
plan.
Á mediodía, Santiesteban se presenta con unas
viandas fiambres. Coste investiga ladinamente.
—¿Por qué me traen comida fría?
—El cocinero no está en la casa, señor Coste.
[p. 228]
—Pero alguno habrá que las caliente.
—Nadie hay, señor Coste.
—Pero ¿se han ido también los Padres de campo?
—Estamos solos usted y yo, señor Coste, y algún
fámulo.
—Pues déjeme aquí la comida. Hoy tengo un hambre
tremenda.
—¿Hoy, señor Coste?
Y Santiesteban se va, después de haberle ofrecido
su pútrida sonrisa.
Así que ha comido, el muchacho guarda en el pañuelo
las sobras y las esconde debajo de la almohada. Permanece sentado hasta que
Santiesteban vuelve á retirar el cubierto. En estando nuevamente á solas,
arranca el tirador de la mesilla, endereza la argolla y va á la puerta con
ánimo de forzar la cerradura, lo cual consigue á los pocos tanteos. Extrae una
frazada del lecho, y se la carga al hombro; torna en la diestra el pañolico de
la comida y sale decidido. Desciende hasta el tránsito en donde están las celdas
de los Padres; recorre varias puertas hasta una en cuyo umbral deposita el
cobertor y el hatillo. Llama. «Adelante», responden desde dentro. El niño
penetra y se hinca de rodillas á los pies del Padre Sequeros.
—Padre, vengo á despedirme de usted, porque me
escapo, y á pedirle perdón por el mal que le haya hecho, ó que de usted haya
dicho. Le juro que nunca tuve mala intención.
—¿Cómo? ¿No ves que no puedo dejarte huir? Sería un
remordimiento, un cargo...
—Si no me dejara, Padre, no sé lo que haría, no
sé..., no sé. Ya no puedo más.
—Pues que Dios te ampare, hijo mío—. Y le bendice.
Coste toma al salir su bagaje y viático; baja es[p.
229]caleras; atraviesa pasadizos; se enhebra en la angostura de un tendejón
sombrío, húmedo; se detiene, vacila, zozobra, murmura; «¿se lo habrán llevado?»
Decídese al fin y éntrase por la cuadra. Castelar relincha;
Coste grita, abraza á su amigo, lo besa y le dice expresiones tiernas:
«¡Queridiño, queridiño! Vamos á Ribadeo. Ya verás allí. Te haré una albarda
guapiña, con madroños; te compraré lo que quieras, para comer. Vamos, vamos,
queridiño, no sea que nos pesquen.» Y, luego de sujetarle la frazada con una
cincha, á manera de montura, sale á los patios exteriores, conduciendo al asno
del ramal. Cruzan el patio de la segunda, hasta el cobertizo nuevo; en una
rinconada hay un portón. El chicuelo hace saltar el candado con una piedra. No
sabe si tirar á campo traviesa ó deslizarse junto á los muros hasta la espalda
de la casa; resuélvese á favor de la última manera. Camina con tiento, pisando
sobre las matas á veces. Ahora ha dado un traspié por haber tropezado con un
objeto incomprensible. «¿Qué es esto?» Y saca del matuco unas almadreñas y un
enorme paraguas de seda roja. Como no tiene el sentido de la propiedad
individual, muerto de risa, se apodera del raro paraguas y atribuye su hallazgo
á la merced divina que se lo coloca á los pies, quizá por valimiento del Padre
Sequeros, para el caso en que, durante su huída á la dulce patria, se abran en
agua las nubes.
Ya está, á rebalgas sobre Castelar, en
campo abierto. Lo tupido de la población queda á la izquierda; detrás el
colegio y la tierra montuosa; al frente, una rala prolongación de la ciudad y
más al fondo el mar; paisaje de costa, rocas en acantilado, pinares, á la
derecha. No cabe duda que siguiendo la orilla del mar todo el tiempo se llega á
Ribadeo; pero, ¿de qué costado?, ¿del derecho?, ¿del izquier[p. 230]do? Coste,
dejándolo á la libre determinación de la cabalgadura, como hizo San Ignacio en
parecido trance, ya no piensa en otra cosa que en su libertad
reconquistada. Castelar toma, sin vacilación, un camino con
derrotero á la derecha. Aquella parte la conoce bien Coste, que han venido allí
de paseo con frecuencia; sabe que detrás de la robleda hay praderías, y luego
unos pinos, y más luego arenal, y el río Piles y la playa, y el mar...
—¡Sooo, Castelar! Sooo... Párate.
Coste, densamente pálido, escucha. Sí; se oye muy
cerca gran gritería. Son los alumnos del colegio. De seguro están en los prados
del lado de allá de la robleda.
—Riá, riá, Castelar. Á escondernos, no
sea el diaño que nos atrapen.
Se sumen en lo más intrincado y espeso del bosque
de robles. Luego, el niño ata su borrico á un tronco, y con paso furtivo,
reptando entre tojos, avanza hasta la linde de la arboleda. La tentación es más
recia que sus temores. «Si pudiera ver á Bertuco y á Ricardín, despedirme de
ellos... Siempre me han querido.» Ya ve las praderías, parceladas por seto vivo
de zarzamoras; y ahora á un grupo de Padres, sentados en la hierba, leyendo el
breviario; y á los niños, que han traído los balones y juegan sin reposo. «Si
un balón cayera del lado de acá de aquella sebe y viniera á recogerlo Ricardín
ó Bertuco...» Pensado y acaecido. La pelota de cuero traza en el aire una
gentil parábola, gana al caer la sebe y rueda por la grama con tanto impulso
que anda á punto de entrar en el bosque. Un niño salta el seto, corre en
seguimiento del balón. El atribulado Coste apenas se atreve á asomar el
hociquito. «Si fuera un fuelle...» No, no es un fuelle; es el beatífico Rielas.
[p. 231]—¡Chissst! ¡Chissst...! Rielas...
Rielas alza los ojos y retrocede sorprendido.
—Oye, Rielas, ven aquí; como que tropiezas el balón
con el pie y se mete por aquí. Oye.
Obedece Rielas.
—Pero, Coste... Jesús.
—Me he escapado, ¿sabes?
—Jesús, Jesús.
—Quiero despedirme de los amigos; de Bertuco, de
Ricardín, de ti, ¿sabes? Á ver si os podéis escabullir un momento. ¡Ah! Oye. No
me acusarás...
—Calla, hombre. Tú, aguarda más dentro, por si
acaso nos ven—. Y salió corriendo pradera abajo, menudeando los gritos.—¡Ahí
va! ¡Ahí va!—Dió un puntapié á la pelota y la proyectó á una altura excelsa.
Coste se internó en el bosque, sentóse sobre un
gran guijarro y aguardó. Pasaba el tiempo y nadie venía. Á la vuelta de media
hora, onduló un silbido cauteloso. Respondió Coste, silbando de su parte. Entre
los árboles avanzaban Ricardín, Bertuco y Rielas. Ricardín venía con claras
señales en el rostro de no traerlas todas consigo; Bertuco, muy sereno. Se
abrazan los niños.
—Adentro, más á la espesura—dice Bertuco.
—¡Por Dios...! ¿Y si nos echan de menos?—pregunta
Ricardín.
—Ya daremos cualquier disculpa.
—¿Sabéis? Me escapo. El Padre Mur me odia, todos me
odian. Yo no puedo vivir así. Sólo vosotros sois buenos...—explica, de camino.
—¿Y cómo te las vas á componer?—inquiere Bertuco.
—Allá veremos. Este debe de ser el camino de
Ribadeo. Tú sabrás, Ricardín.
[p. 232]—Yo no sé. Además eso está muy lejos. ¿Vas
á pie?
—¿Á pie? ¡Quiá! ¿Á que no sabéis con quién escapo?
No acertáis, de seguro.
Callan.
—Con el Padre Sequeros—se atreve á decir Rielas.
—Arrea. Con... con Castelar.
—Entonces lo has robado—observa Ricardín.
—¿Robarlo? Si es más mío que de nadie...
—¿Dónde lo tienes? Yo quiero verlo—añade Bertuco.
—Ahí cerca está atado á un árbol.
Descubren al burro, el cual recibe á los niños
alegrando los ojos y entiesando las orejas. Bertuco pregunta:
—¿Qué es esto, Coste?
—Un paraguas, me parece.
—Que encontraste escondido en unas matas, detrás
del cobertizo de la segunda—. Y se echa á reir.
—¿Y cómo sabes?
—¿Acierto?
—Sí que aciertas.
—Pues basta. ¿Llevas dinero?
—¿Cómo dinero?
—Naturalmente. ¿Piensas viajar como Don Quijote?
—Puedes vender el burro.
—¡Vamos, hombre! Tú estas loco, Ricardín—replica
Coste, indignado.
—Entonces...
—Entonces, yo qué sé. Dios me ayudará.
Ricardín se desabotona el chaleco, investiga entre
los forros, extrae un papel mugriento y lo desarrolla hasta manifestar una
pieza de dos pesetas.
[p. 233]—Toma; las pude esconder á principio de
curso. De algo te podrán servir.
—No, no las quiero. Guárdalas tú.
Bertuco se interpone.
—Tómalas, Coste; á ti te hacen más falta. Yo no
tengo nada que darte.
Rielas atraviesa empeñada lucha interior, en la
cual la victoria corresponde á la munificencia. Revuelve en la faltriquera de
la cazadora y expone á la luz del día una cajetilla que entrega á Coste.
—Son de emboquillados de Valencia. La puedes
vender, ó te la puedes fumar.
Han enmudecido á causa de la emoción. Bertuco,
temblándole el acento, reanuda la charla:
—¿Dónde vas á dormir esta noche? Es ya tarde. Viene
la noche.
—Sí, es ya muy tarde. Dormiré aquí, en el bosque.
—¿No tendrás miedo?—Ricardín está estremecido.
—¿Á qué?
—Reza, por si acaso.
—Eso ya se sabe. ¿Crees que soy un hereje?
Tiemblan unas voces en la distancia: «Bertucooo...
Campomanes...»
—Bueno, adiós.
—Adiós.
—Adiós, Bertuco, Ricardín, Rielas... adiós. Ya no
os volveré á ver.
Se abrazan; se besan; lloran. Los tres alumnos van
á perderse entre la columnata de robles enyedrados. Coste, casi lelo, se
desdobla é inicia un breve coloquio.
—Coste, tienes mala pata.
—Muy mala, me c... en diez.
Castelar sacude las orejas con tanto garbo que, al
ruido que mueve, Coste vuelve la cabeza. El burro le mira, diríase que
amorosamente.
[p. 234]Se oye la charanga del colegio y cómo se
apaga, según retorna al cobijo del casón.
La negrura se filtra dentro del bosque. Levántanse
mil rumores. Grazna un cuervo.
El muchacho arregla á tientas un lecho de hojas
secas; se cubre con la frazada; invoca al sueño. Castelar se
acomoda al lado de su amigo, como velándole. Rinde el cansancio al prófugo, que
cae dormido murmurando:
Bendita sea tu pureza
Y eternamente lo sea,
Pues todo un Dios...
II
Al día siguiente se despertó con los sentidos
ágiles y animoso el pecho. Cabalgó por una carretera durante toda la mañana.
Comió en un chigre; bebió sidra; fumó dos emboquillados y salió del
antro con dos reales en el bolsillo.
Carreteros, jinetes y peatones le miraban al paso
con leve estupefacción.
Á media tarde dejó pacer á Castelar de
la hierba de las cunetas, aguardándole sentado en un montón de caliza picada.
Preocupábale no ver el mar cerca; pero le habían dicho que aquélla era la
carretera de la costa. Reputaba como de buen augurio no haberse tropezado con
una horda de gitanos, que roban niños y burros. Pero, luego, pensándolo más
despacio, consideraba que acaso fuera dulce la vida entre aquellas gentes de
bronce, y hembras[p. 235] hoscas y melancólicas que, apoyando el codo en
la cintura, tienden la diestra al caminante, como si solicitasen amor.
Cabalgó nuevamente. El cielo se anublaba. Las nubes
se fundían, formando una techumbre pizarrosa. Comenzó á gotear. Luego á llover
torrencialmente. Fué á guardarse debajo de un árbol, siendo ineficaz el gran
paraguas bermejo; pero, como la noche avanzase demasiadamente, resolvió seguir
en busca de un mesón.
El terreno era quebrado y estéril; cañadas y montes
vestidos de tojo y de esmirriados pinos.
La obscuridad era mucha y el agua más. Oíase un
raro retumbo próximo.
Á la izquierda del camino, lindando con la tenue
blancura de la carretera, las tinieblas se espesaban en una masa angulosa.
«Debe de ser una casa de aldea», imaginó Coste, asiéndose á esta esperanza.
Acercóse, encendió unas cerillas. Era un tinglado de palitroques, cubierto de
paja; asilo de caminantes ó pastores. Dentro no llovía. Coste descendió del
asno y se acomodó en el suelo. Á poco, caía dormido.
Soñó con pesadillas espantables, y despertó porque
la angustia le atenazaba la garganta. Tendió las manos en la sombra,
solicitando la compañía de su leal camarada. Buscó de un lado, de otro, medio
muerto bajo la losa de presunciones horribles. Castelar no
estaba. «¡Sueño aún! ¡Sueño aún!» Se golpeó con furia la frente, se mesó los
cabellos, por volver al estado de vigilia. Rostro abajo le corrían hilos de
líquido calentuzo, los cuales se le entraron por la comisura de los labios,
desparramándose en densidad acre. «Es sangre. Me he hecho daño. Estoy
despierto.» Iba á gritar, á orar á voces, suplicando misericordia del cielo;
mas la voz se le disipó antes[p. 236] de salir de los labios y los pulsos
se detuvieron. Por la carretera, muy cerca de él, pasaban seres fantásticos.
Iban en silencio y llevaban una luz. Enloquecido, corrió monte arriba. Caía
entre espinas, se arrastraba, volvía á correr. Sonó una detonación. Los oídos
le zumbaban. Y corrió, corrió, hasta que se derrumbó, sin aliento ni sentido.
Recobróse; tenía las ropas embebidas en agua; tiritaba. La cerrazón era
completa. La lluvia azotaba y el viento se revolvía frenético. Aquel vago
retumbo de antes se exacerbaba, era ensordecedor.
Un lanzazo de luz hendió las negras entrañas de la
noche tormentosa. «Es un faro. Estoy al lado del mar. ¿Andará cerca Ribadeo?
¡Padre Sequeros, Padre Sequeros, ayúdeme!
Divina Pastora,
Dulce, amada prenda,
Dirige los pasos
De estas tus ovejas.
¡No me dejes, Madre mía! ¡No me dejes, Madre mía!»
Ante las pupilas del niño, que el delirio dilataba, mil fugaces lucecillas
urdían diabólica zarabanda. En los oídos le retiñía un campanilleo mareante.
Fantasmas sutiles le rozaban, mosconeando, las sienes. Una voz cantó junto á su
oreja:
Lucifer tiene muermo,
Satanás sarna,
Y el diablillo Cojuelo
Tiene almorranas.
Almorranas y muermo,
Sarna y ladillas,
Su mujer se las quita
Con tenacillas.
[p. 237]Esto mismo lo había leído Coste, de
escondite, en un libro que tenía el Padre Estich, el literato.
La voz repitió la indecorosa copla. Coste
sollozaba:
«Mírame con compasión.
No me dejes, Madre mía.»
Concentró las flacas fuerzas que conservaba; se
puso en pie; dió dos pasos... y caía desde el acantilado al embravecido mar. En
un picacho cortante se le partió la cabeza, haciéndole perder la vida, no sin
antes bisbisear, con débil y delgado soplo: «No me dejes, Madr...»
[p. 239]
MIRABILE VISU
[p. 241]Uno que otro velón, de largo en largo,
colocados de manera que el postrero y más débil resplandor del uno se
encadenaba con el del siguiente, abrían por entre las sombras del tránsito de
los Padres una ruta equívoca y melancólica. El silencio era hondo, de infinita
vacuidad, como si habiendo perdido su vida el Criador, porque era aquella noche
la del Viernes Santo, el universo se hubiera desplomado en sorda y definitiva
inercia, y alumbraban los velones como expirantes pavesas de un mundo pretérito.
Nació un rumor latebroso de la aparente nada; la
sombra se espesó en un punto, á modo de cuajarón de tinieblas, cauto y
semoviente. Así como se acercaba á la luz de un velón podía advertirse en que
era un Padre, arrebujado en el manteo, y como su alzada fuese poca y
fachendease mucho, ¿quién había de ser sino Conejo?
Germinaron nuevos bultos en las entrañas de la
sombra. El resplandor de las lámparas, aunque escaso, los definía. Envolvíanse
todos en los manteos. Y pasaron: el larguirucho y adamado Estich; el vivaracho
Ocaña; el jesuitófobo Atienza; el imponderable apéndice nasal de Mur, de donde
como[p. 242] de una percha pendían los arreos talares; el valetudinario y
expectorante é ijadeante Avellaneda; Arostegui, tetinhiesto y solemne; Olano,
oblongo y carnal; Landazabal, de las nalgas en asidero; Numarte, vulgar y tosco;
Sequeros, rígido y pausado; toda la comunidad. Caminaban acuciosos, con pie
desnudo é inaudible. Los manteos revolaban á veces sobre los talones. Parecían
bestias negras y traidoras, hijas de la lobreguez y de la inmundicia, ratas ó
murciélagos enormes.
En las escaleras se adensó el negro torrente,
porque á los Padres se les incorporaron los legos; Santiesteban, de pútrida
sonrisa; Calvo, el cocinero, de imposible obesidad, en términos que, al igual
de aquel obispo francés, parecía haber venido al mundo á fin de demostrar hasta
qué punto puede dar de sí la piel humana; Echevarría, nostálgico del cetro
adolescente, y todos los otros.
Los Padres penetraron en el refectorio; los
Hermanos permanecieron junto á la puerta. Se verificaba una de las dos
disciplinas en común que hay durante el año (la víspera de San Ignacio y el
Viernes Santo).
Sobre la mesa de la cabecera, en donde acostumbraba
á comer el Rector, había una vela encendida. Arostegui se arrodilló; todos
siguieron su ejemplo. Dejaron caer á tierra los manteos, manifestando, por las
trazas, el torso desnudo; mas no era así, sino que á favor de la poca luz
hacían pasar como propio pellejo (¡inocente fraude!) el tejido de la camiseta,
en lo cual no andaban muy errados, porque, además de ser el color originario de
un tono crudo y moreno, semejante al de la carne, con la cochambre y exudaciones
sebáceas que trasudaban aquella prenda, había llegado á convertirse en algo
consustantivo al propio cuerpo. Anabitarte apagó[p. 243] la vela, de
suerte que el refectorio lobregueció por entero. El Rector dijo con acento
jaculatorio:
—Reverendos Padres y carísimos hermanos; por orden
de la santa obediencia decimos nuestra culpa. Por todas las faltas[16] cometidas
durante el año. Por lo cual, y en honra de San Ignacio, tomamos esta
disciplina.
Oíase el manso y meticuloso guitarreo de
los padres previniendo muy cuerdamente cualquier desperfecto de las respectivas
camisetas, y el vehemente zurrido de los legos aplicándose furiosos lapos en
los lomos, recios y rústicos, á propósito para la afrenta del látigo y de la
servidumbre.
Á los diez ó doce segundos, Anabitarte tocó en un
vaso con un cuchillo. Como por ensalmo cesó el rumor de penitencia. Tan sólo,
junto al postigo, algún lego montaraz se aplicaba unos zurriagazos de propina.
Y se fueron todos tan frescos á sus celdas.
Avellaneda estornudaba. Los legos llevaban las costillas largueadas de
verdugones.
Aquella noche, Sequeros recibió otra esquelita
azul:
«Desde mañana puede usted bajar á la división.
Queda desobligado del retiro.
P. Arostegui, S. J.»
[p. 245]
HORTUS SICCUS
[p. 247]Estos son retazos de unas memorias íntimas
de Bertuco. Los transcribimos tal como aparecen de mano del niño.
Noviembre.
Sicut cinamomo.
Yo no soy congregante, porque, al parecer, soy
bastante enredoso. Lo fuí una vez, y en seguida me echaron. Me acuerdo del
oficio de la Virgen, que cantábamos. ¡Qué hermoso es! La música da mucha
tristeza. La letra no la entiendo toda, porque está en latín; pero hay dos
versículos que no los puedo apartar de la cabeza. Uno sobre todo.
Sicut cinamomo.
Verdaderamente, yo no sé si es cinamomo ó
cinamomus. ¿Qué más da? Lo tengo pegado á la memoria, y el repetirlo con el
pensamiento me produce mucha alegría y me emociona; vamos, no sé explicármelo.
¿Por qué será? Como el cinamomo... La Virgen es como el cinamomo. En el parque
de San Francisco, mi tío Alberto me enseñó una vez una mata de cinamomo. Las
flores eran muy blancas, muy ligeras, olían muy bien y tenían el corazón de
oro... ¡Qué guapa debía de ser la Virgen!... Y la señora Ruth, de seguro, es también
como el cinamomo. Desde que se mató el marido, no hemos vuelto á verla en los
paseos. Si yo no fuera un[p. 248] niño, me casaba con ella, ahora que está
viuda. ¡Cómo llorará la pobre!...
Hoy, que es lunes, han salido los congregantes para
hacer sus oficios. Nos hemos quedado aquí en el estudio unos pocos, los
informales. El Padre Sequeros nos ha dicho que, de todos los que quedamos aquí,
sólo se salvará uno. Cuando él lo dice... ¿Quién será? ¿Ricardín? ¿Yo? Y como
llegan los ecos de los cánticos, sicut cinamomo, me han entrado
ganas de llorar.
Diciembre.
El temor de Dios.
Yo quiero á la Virgen porque es muy buena y hace
milagros con los que son sus devotos. En cambio, Dios, tal como nos lo pintan
los Padres, es muy malo. ¡Perdón, Dios mío! Quiero decir que castiga mucho y no
perdona nunca. ¡Qué horror! Ya veis, la Virgen sólo quiere que se la quiera;
Dios quiere que se le tema, que uno se maltrate y haga penitencias para salvar
el alma. Yo quiero salvarme. Al parecer, ningún jesuíta se ha condenado. Seré
jesuíta. Vamos, me asusta el que suelen ser muy sucios. Ese Padre Olano... Pues
¿y Conejo? No digamos Mur.
Yo hago muchas mortificaciones, para que Dios se
apiade de mis pecados, y porque me lo ordena el Padre Espiritual.
Anoche me dijo Conejo que por qué me arrodillaba en
los tránsitos y besaba el suelo, lo que le parecía una majadería. Yo no supe
explicar por qué lo hacía, y me dijo que me iba á prohibir que confesara y
comulgara. ¡Virgen mía; yo no sé qué pensar ni qué hacer! Tú eres guapa y
buena...
Ayer, el papá de Pelayo lo sacó del colegio. Un día
vi á Marujina, su hermana; cómo me gusta...
[p. 249]Marzo.
Solo.
Cuando me acuerdo de mi papá creo volverme loco. No
me quiere, ni me ha querido nunca. ¿Por qué será? Yo soy bueno. El único que me
quiere es mi tío Alberto y la pobre Teodora...
Hoy me escribe el tío: la infeliz Teodora, después
de pasar muy mal invierno con sus achaques reumáticos, ha fallecido. Como de tu
padre no se sabe nada y se acercan las vacaciones, lo más probable es que las
tengas que pasar en mi compañía. ¿No te alegras?
Pues, sí, señor; me alegré, y no sentí
remordimiento por haber matado á Teodora, que yo fuí quien la mató. Pero
después, sin saber cómo, me sentí muy solo, muy solo.
No conocí á mi madre, Virgen mía.
En su regazo nunca me dormí,
Ni su mirada se posó en la mía.
¡Sé tú mi madre; ten piedad de mí!
No he conocido maternal regazo,
Ni un cantar amoroso me acunó,
Ni he gustado su beso, ni su abrazo.
Sin ti, Virgen guapina, ¿qué haré yo?
Mira qué triste ha sido mi fortuna
Y cómo el vendaval secó la flor,
Que fuese aroma y luz sobre mi cuna
Huérfana. Yo no sé lo que es amor.
Ve que lloro perdido y al tirano
Yugo de la tiniebla me rendí.
Tiéndeme tu divina y blanca mano.
Muera ya y vaya al cielo en pos de ti.
[p. 250]Marzo.
La estampa y la lenteja.
Yo tengo una estampa alemana de la litografía de
Benziger, y representa á San Estanislao de Kostka. También tengo una planta muy
pequeñina de lenteja. La lenteja la encontré en un patio; llené de tierra un
pote vacío de pasta para los dientes y planté la lenteja. Prendió. La llevé á
la camarilla. Ya tiene unas hojitas muy delgadas. Algunas noches escarbo la
tierra y veo las raíces. Son blancas como lombrices. ¡Qué cosa!
Pajolero es el que tiene más fuerza de la división.
Me robó la estampa, así, porque le dió la gana, y cuando se la pedí se rió de
mí. Me entró una rabia que me hice sangre en los labios. ¿Es que porque tiene
más fuerza puede hacer lo que quiere? Me quejé al Padre Mur y no me hizo caso;
al Padre Sequeros, pero Pajolero negó. Me quedé sin la estampa. Esto es una
injusticia. Yo no sabía, no entendía bien lo que era injusticia. No sé lo que
pasa por mí. Si hubiera tenido un cuchillo se lo hubiera clavado á Pajolero en
el corazón. Estoy rabioso. ¿Cómo consiente Dios esto? ¿Por qué inventó él la
injusticia, una cosa tan horrible? Porque claro está que todo viene de Dios.
Eso está muy mal. Á mí no se me hubiera ocurrido nunca que en el mundo cupieran
estas atrocidades habiendo providencia. No, no puede ser.
Hoy he mirado de nuevo la lenteja, sus hojitas y
sus raíces. Me entró una ternura muy grande, que casi me hizo llorar, y me
acordé de que había tenido pensamientos blasfemos. Los Padres hablan de
milagros. ¿Qué mayor milagro que esta planta que yo tengo en el pote de pasta
dentífrica? ¡Perdón, Dios mío!
[p. 251]Abril.
El Papa á los infiernos.
Hoy, en la plática, el Padre Numarte nos ha
referido una cosa que me ha dejado asustado. Predicaba un jesuíta en una
iglesia; de pronto se calló; luego dijo: «En este momento, Su Santidad Clemente
XIII acaba de descender á los infiernos.» Después se comprobó que á la misma
hora que lo dijo el jesuíta había muerto el Papa, que fué precisamente quien
suprimió la orden. Me parece demasiado. Es decir, que en la Iglesia, lo único
importante, son los jesuítas. Á veces creo que son unos farsantes.
Abril.
La bandera misteriosa.
No tenemos clases. Estamos muertos de miedo y los
Padres más todavía. Ayer apedrearon el colegio y tiraron cohetes contra las
ventanas. ¿Por qué quieren tan mal á los jesuítas? Son los impíos.
Los soldados están paseando por los pasillos y
colocados á las entradas. Yo les he oído decir palabrotas y blasfemias. Según
parece vienen á protegernos por si atacan otra vez el colegio.
Á los niños nos dejan hacer en estos días lo que
queremos. Esta mañana, Bárcenas me llevó á uno de los desvanes. Fuímos á
cencerros tapados y llegamos á un cuarto obscuro. Estaba lleno de fusiles y
otras cosas que no sé lo que son. Luego abrió un envoltorio Bárcenas y me
enseñó un trapo que parecía una bandera, colorada y azul con rayas cruzadas. Me
aseguró que era el pabellón inglés y que poniéndolo en el tejado de los Padres
no tenían nada que temer. Se me figura que Bárcenas no sabe lo que dice.
[p. 252]Mayo.
El grillo.
Anoche oí un grillo cantando en las camarillas.
¿Quién lo habrá cazado? Si lo averiguan buena la tiene.
Cri, cri, cri; cómo me gustaba oirlo.
La parra de mi casa en Cenciella está por el verano
llena de cigarras que chillan. ¡Ay, el sol del verano...! Á los grillos les
gusta más el prado liso que donde hay pomares. Los pomares de mi casa parecen
personas viejas, y las manzanas tienen todos los colores y son lisas como de
cera. Pero los grillos buscan el prado.
Cri, cri, cri; cómo me gustaba oirlo.
En el verano suenan tantos, tantos... hasta los
montes de lejos. Por los prados corre el río, aquel río tan quieto á donde van
á lavar las mujeres de Cenciella. Nuestra criada, la Palomba, era
muy guapa. No llevaba corsé y se le marcaba el pecho.
Cri, cri, cri; cómo me gusta el canto del grillo.
En los prados hay á veces amapolas, con hojas de
raso. Soplábamos Rosaura y yo y volaban las hojas. ¡Qué ganas tengo de irme á
casa! Me bañaré en el albercón y perderé de vista este colegio.
Mayo.
La tuna de Coimbra.
Hoy nos ha dado un concierto la tuna de Coimbra. Lo
que me ha entusiasmado son los panderetólogos. Cómo brincan, y se revuelcan por
el suelo, y se retuercen, sonando la pandereta contra el codo, contra el pie,
contra la cabeza... Les aplaudimos á rabiar. Yo siempre quise ser un gran
poeta; pero hoy he comprendido que es mejor ser un gran panderetólogo.
Voy á hacer el examen de conciencia para
confesarme, que mañana es primer viernes de mes.
[p. 253]
MANU FORTI
[p. 255]El Padre Mur perseguía la oportunidad de
satisfacer su venganza en Bertuco, el cual, en cierta ocasión, había repelido
coléricamente las asiduidades cariciosas y pegajosas del jesuíta.
Mur inspeccionaba las filas de alumnos que á la
puerta de los confesores aguardaban, cruzados de brazos, la vez de ir
descargando la conciencia. Á la puerta del Padre Arroyo había ocho niños.
Bertuco estaba el séptimo, y, aun cuando apercibía sus potencias espirituales
para postrarse ante el santo tribunal con el recogimiento debido, no lograba
impedir que en su memoria bullesen danzantes imágenes de panderetólogos: la
impresión había sido muy intensa y estaba demasiado reciente. Entre las muchas
artimañas y máculas ladinas con que Mur cazaba á los enredadores, una de ellas
consistía en volverles la espalda, con lo cual ellos, juzgándose libres por el
momento, verificaban sin disimulo su travesura; mas, siendo luenga la nariz de
Mur, y descansando las gafas en lo más avanzado del apéndice nasal, bastábale
subir, como al desgaire, la mano hasta el rostro, poniéndola detrás de los
vidrios para tener un espejo en donde se retrataba todo lo que detrás de él
acontecía. Por no[p. 256] traicionarse y prolongar en lo posible la
astucia, no daba á entender por el momento los resultados de su espionaje, sino
al cabo de algún tiempo, con lo cual, los díscolos, creían haber sido acusados
por algún compañero fuelle.
Volvióse de espaldas Mur; Bertuco, á quien le
sonaban en los oídos las sonajas de mil panderetas, y en cuyos nervios parecía
infundirse la energía y agilidad de una falange de panderetólogos, como se
viese á salvo de la mirada rapaz de Mur, sopló al oído de su vecino en la fila:
—Mira tú que aquel pequeño, el rubio... ¡canario!—Y
comenzó á retorcerse y descoyuntarse, remedando al artista del pandero, y con
los ojos pendientes de Mur, en previsión de que se pudiera volver de pronto.
Mur, en aquel punto, hacía espejo de sus gafas;
pero no supo interpretar los movimientos del niño en derecho sentido, sino que
dió por averiguado que le hacía burla y muecas de odio con todo desembarazo y
desvergüenza. Arrebatado de iracundia, giró sobre los talones y puso en las
mejillas de Bertuco una sonora y recia bofetada. En las infantiles pupilas
había una mezcla de estupor y de odio. Á seguida, Mur se aferró con su diestra,
huesuda y truculenta, á la oreja de Bertuco, arrastrándolo por el tránsito, y
luego escaleras abajo, después de haber ordenado á los otros siete niños que
vinieran de testigos, hasta un estrecho y breve pasadizo, enladrillado de rojo,
que abre una comunicación entre el claustro central y los patios exteriores,
por la parte de los lugares excusados.
Los niños hicieron corro; Mur y Bertuco en el
dentro.
—¡Arrodíllate!
Bertuco obedeció.
[p. 257]—Vete haciendo una cruz con la lengua en el
suelo. Primeramente, desde aquí hasta aquí—. Señalaba con el pie una extensión
como de tres palmos.
Bertuco permaneció inmóvil. Sus ojitos azules
parecían de acero, bruñido en la piedra de afilar. Los tiernos espectadores
estaban consternados.
—¡Á la una! ¡Á las dos...! ¡Á las tres!—Y dió al
niño vehemente puñetazo en la nuca, con intención decidida de derribarlo de
bruces, y lo hubiera logrado si las manos alertas de Bertuco no se hubieran
apoyado en tierra.
—¡Haz la cruz con la lengua!
Bertuco, que había vuelto á colocarse de rodillas,
no hizo movimiento alguno.
—Á la una, á las dos... ¡á las tres!—Segundo golpe,
con redoblado vigor.
Juanito Prendes, de pusilánime corazón, se echó á
llorar, y entre acongojados hipos balbucía:
—Por Dios, Bertuco, obedece. ¿Qué más te da?
Á Bertuco no le repugnaba lo repugnante del
castigo, sino la humillación que entrañaba. Adivinaba confusamente que aquello
que sentía dentro de sí como espina dorsal de su espíritu, la dignidad, en
siendo violada y partida, no era posible rehacerla y enderezarla. Hendíasele el
corazón de espanto.
—¡Máteme, máteme por Dios!
—La muerte merecías, infame. Haz la cruz,
arrástrate, asqueroso reptil—. Y de un puntapié lo envió rodando contra el
muro.
Y ya, no Juanito Prendes, que también los seis
restantes le suplicaban que se doblegara, sabiendo que el Padre Mur no
perdonaría nunca.
Y en un momento de suprema desesperanza y
abrumadora vergüenza y asco de sí propio, casi aniquilado por el temor y la
amargura, Bertuco se dispuso á obedecer, y sacando la lengua la aplicó[p.
258] al suelo. Dos lágrimas ardientes como la punta de un puñal enrojecido
en la lumbre le taladraron los ojos, anublándolos. Dentro del pecho
experimentaba el furor de una garra que le rebañase las entrañas.
—¡Lame la tierra!—rugió Mur, con voz estrangulada
de ira y torpe fruición.
El paso continuo de centenares de pies había
desgastado el ladrillo, formando un polvo terroso y sucio. De otra parte, las
fauces de Bertuco estaban resecas. Así que por las tres veces que puso la
lengua sobre el suelo convirtiósele en un objeto extraño y asqueroso, como
petrificado, que le ocasionaba fuertes torturas y le impedía hablar.
—¡No puedo más...!—articuló con esfuerzo.
Mur le puso el tosco zapato sobre la nuca. El niño,
en una convulsión, quedóse rígido, yacente, bañado el rostro en sangre.
—Marchaos ahora mismo de aquí. Y como digáis algo á
alguien os hago lo mismo á vosotros.
Los niños huyeron, aterrorizados. Y en estando á
solas, el jesuíta arrastró el cuerpo exánime de Bertuco hasta un grifo que hay
contiguo á los lugares excusados, y chapuzándole la cabeza le devolvió el
sentido.
—Lávate bien esas narices. Cuidado con que nadie
entienda nada de esto, porque te arranco el alma negra que tienes, canalla. Hoy
no te confiesas, porque eres un sacrílego, ni cenas. Te pondrás en el centro
del refectorio, en donde todos vean tu cara maldita de criminal, y no probarás
bocado hasta que me repitas de memoria la elegía triste de Ovidio. Por la
noche, no cerrarás la puerta de la camarilla; te pones de rodillas en el umbral
hasta que yo vaya. ¡Ea! Ya estás listo. Al estudio.
Á la hora de la cena, convergiendo á él las mi[p.
259]radas de todos los alumnos que le abochornaban, procuró desentenderse de
todo y aprender cuanto antes la elegía. Su cabeza estaba débil y dolorida; las
mallas de la memoria, tan sueltas que dejaban escapar los versos á ellas
confiados. Al final de la cena sabía tan sólo una pequeña parte:
Cum subit illius tristisima noctis imago
quae mihi supremum tempus in urbe fuit,
cum repeto noctem quae tot mihi cara reliquit,
labitur ex oculis nunc quoque guta meis.
En la camarilla se arrodilló como le habían
ordenado. El dolor y el cansancio le rendían. Pasaba el tiempo; oíase el suave
ronquido de algún alumno. La luz era escasa y medrosa, á propósito para
poblarse de aquellas formas infernales con que los Padres aterrorizaban el
cándido corazón de los niños. Aunque la frente le abrasaba, sus miembros
estaban ateridos y sus mandíbulas trepidaban de miedo. Cada ruido ó susurro le
detenía la circulación; cerraba los ojos, por no ver la cabra ó el cerdo
endiablados. Allá, muy avanzada la noche, se le apareció Mur de pronto. Venía
envuelto en una manta de Palencia y descalzo. Sin decir palabra, arremetió
sobre Bertuco á puñadas y rodillazos, estrujándolo contra los hierros de la
cama. Con el furor de la arremetida, la manta se le desprendió de los hombros,
dejándolo en ropas muy menores y descuidadas, á través de las cuales mostraba
velludas lobregueces, y las vergüenzas, enhiestas. Cuando tuvo al niño bien
molido, se fué, cerrando la portezuela de golpe.
Bregaba aún Bertuco, antes de conciliar un reposado
sueño, entre la vigilia y un sopor plúmbeo,[p. 260] henchido de
incoherencias y desatinos, cuando la frigidez de un chorro de agua y unos
sañudos pellizcos, aplicados con mano férrea, le hicieron lanzar un grito y
abrir los ojos. Mur estaba en pie, junto al lecho, envuelto en la manta.
—Vístete de prisa, y ponte de rodillas.
Era noche aún. Bertuco siguió el curso del tiempo,
por el reloj del observatorio. Le habían hecho levantarse hora y media antes
que los demás.
Cuando bajó á la capilla, con sus compañeros,
sentía el cráneo lleno de humo turbio y ardiente; los miembros le obedecían
apenas; la tierra era muelle y se balanceaba en un vaivén amplio. En el estudio
de la mañana temió caer desplomado en dos ocasiones. No desayunó, porque Mur le
hizo continuar estudiando á Ovidio. Al fin, en la clase del Padre Ocaña,
prorrumpiendo en un alarido desgarrador, escurrióse entre el banco y la mesa y
fué á dar en tierra, poseído de frenesí. Sus compañeros se apartaban, sobrecogidos.
Ocaña descendió ágil del púlpito y acudió en auxilio de Bertuco.
—Rielas, Benavides, vosotros que sois fuertes;
ayudadme á sujetarlo.
Benavides, de rostro de chimpancé, solapado enemigo
por envidia de Bertuco, se excusaba.
—No me atrevo... Parece un endemoniado.
—Te digo que vengas; no seas cernícalo. Es un
ataque de nervios.
En esto, Bertuco recobró la calma. Yacía sobre el
piso, de cemento, sin dar señales de vida. Mirábanse unos á otros, sin osar
acercársele, cuando el niño se incorporó, sentándose. Emitía profundos,
trágicos gritos de terror; adelantaba los brazos, como deteniendo invisibles
agresiones; sus ojos se abrían desmesurados, casi blancos, á causa de la
extremada contracción de la pupila, como la más[p. 261]cara antigua del
espanto. Cayó de nuevo; cerró los ojos; conducía las pálidas manecitas tan
pronto al corazón como á la cabeza, suspirando con leve y desolada quejumbre.
El Padre Ocaña trajo su sillón, del púlpito á la
parte baja del aula, y en él acomodó al enfermo.
—Ahora, ayudadme vosotros dos: vamos á subirlo á la
enfermería.
Allí, lo tendieron sobre una cama, desmayado aún.
Acudió el Hermano Echevarría y se avisó á Conejo.
El caso era alarmante. Temerosos de la nesciencia
del enfermero, los Padres acordaron llamar al doctor Cachano con toda urgencia.
Presentóse el doctor, un hombre enjuto, cetrino y
alto, cuyas patillas piramidales y rucias eran como claudicantes orejas de
borrico. Se armó de doradas gafas, apoyó la oreja sobre la caja torácica de
Bertuco y auscultó recogidamente, frunciendo las cejas de manera sombría.
En aquel punto, á Bertuco le atacó una gran
convulsión epileptiforme; agitaba desesperadamente brazos y piernas, arqueaba
el cuerpo, apoyándose en los talones y en la nuca, ó pretendía arrojarse del
lecho. Á la postre quedó postrado, inerte.
Ya en el pasillo, el doctor Cachano comunicó á
Echevarría el plan terapéutico que había de seguir: baños templados, infusión
de tila con azahar, bromuro y cloral.
—¿Es grave la cosa, doctor?
—Como puede que sí, puede que no. Á mí me inspira
serios temores. Á este niño han debido darle un susto muy grande. Conviene que
no le dejen solo un momento, y, sobre todo, yo, en el caso de ustedes, querido
Padre Ministro, avisaba á la familia para sacudirme de encima responsabilida[p.
262]des—; y al sacudir, acordadamente, la cabeza, ondulaban las patillas,
espolvoreadas de rapé que le había ofrecido Conejo.
Así que don Alberto recibió la carta con las
tristes nuevas del mal de su sobrino, emprendió la marcha acompañándose de
Trelles, un médico joven, inteligente y clerófobo furibundo. Llegaron á Regium
en el tren de la tarde; á la media hora estaban en el colegio. Encontraron á
Bertuco animoso y sonriente; viendo á su tío se sorprendió. Conejo dijo:
—Gracias á Dios, ya está bien. Pero nos ha dado un
susto...
—¿Cuándo ha caído enfermo?—preguntó don Alberto, y
acariciaba al niño en la mejilla.
—Ayer, en la clase de la mañana. No damos con la
causa, porque él no dice nada. Ha sido un ataque nervioso muy violento. Sin
duda, como están próximos los exámenes, el estudio excesivo...
—¿Podrá salir del colegio para reponerse? Lo
encuentro muy pálido y flacucho.
—Como usted guste; pero no lo creo necesario.
—Sí, mejor será que me lo lleve mañana.
Bertuco oprimió alborozadamente la mano de su tío.
—Supongo que no habrá inconveniente en que el señor
Trelles y yo nos quedemos esta noche velándolo aquí.
—¡Oh! ¿Inconveniente? Ninguno. Pero, ¿para qué?
—Sí, nos quedaremos.
—Como usted determine.
En estando á solas, pretendieron sonsacar á Bertuco
la verdad de lo ocurrido; pero el muchacho no confesó nada.
Á las diez de la noche, Bertuco cayó en intenso[p.
263] sopor; su respiración era muy lenta y apenas perceptible; el pulso
irregular, los ojos se iban hundiendo y sus extremidades enfriando.
—¡Trelles, Trelles, que se nos muere!—exclamó don
Alberto, con la faz desencajada.
—No hay tiempo que perder... Frótele fuerte con el
puño sobre el corazón, en tanto yo busco á ese idiota de enfermero.—Gritó á la
puerta:—¡Enfermero, enfermero de los demonios!
—¿Qué quiere, pues?
—Éter, ¿hay éter?
—Ya, ya hay.
—De prisa, papanatas. Y botellas de agua caliente;
de prisa, de prisa... ¡caracho!
Gracias á la inyección de éter, al calor del agua y
á los masajes precordiales, el niño se reanimó.
—No puedo más, tío: hace dos días que no como.
—¡Ave María Purísima! Enfermero, una copa de Jerez
y bizcochos; corriendo, hombre—. Y de que hubo salido el lego:
—Bertuco, á ti te han dado una paliza tremenda. No
lo niegues, porque acabo de verte todo el cuerpo magullado.
—No, no; sería cuando me caí en la clase. Dicen que
me daba golpes contra las patas de la mesa.
Hasta las once fueron llegando Padres, de vez en
vez, que subían á interesarse por la salud de Bertuco. El Padre Atienza, gran
amigo de don Alberto por haber sido compañero de niñez en el colegio de Orduña,
subió el último. Los dos hombres se abrazaron con mucha cordialidad.
—¡Voto al chápiro! Entonces, ¿qué? ¿Te llevas al
niño?
—Mañana, como no ordene otra cosa el amigo Trelles.
¿Podremos marchar?
—No hay inconveniente.
[p. 264]
—¿No le parece á usted mejor, Trelles, ir en coche
desde aquí?
—Lo apruebo.
Una pausa.
—Oye, Alberto; voy á decirte una cosa en secreto,
regorgojo.
El jesuíta cogió de las solapas al caballero y lo
condujo junto á la ventana.
—Me voy con vosotros.
—¿Eh?
—Que me voy con vosotros.
—¿Y eso?
—Para no volver más, qué recuerno. Lo he pensado
mucho y ahora se me presenta la ocasión: es providencial. ¿Qué dices?—Don
Alberto abrazó á su amigo; éste continuó:—Figúrate que no quieren publicarme mi
gran obra sobre la evolución, en la cual he consumido mi vida. El tribunal
encargado de juzgarla ha dictaminado que no tenía mérito bastante para ser
publicada por un hijo de la Compañía, ¿habráse visto mastuerzos? Mira, te
traeré de mi celda un paquetito, que sacaréis como cosa vuestra; son mis
manuscritos. Mañana, á pretexto de acompañaros un momento, me introduzco con
vosotros en el coche y luego, ¡viva la Pepa!
Don Alberto soltó la carcajada.
El resto de la noche se deslizó en paz. Cada vez
que despertaba Bertuco, Trelles lo alimentaba con leche, Jerez y bizcochos,
restituyéndole de esta suerte las perdidas fuerzas.
Y á la mañana siguiente, el Padre Atienza, don
Alberto, Bertuco y Trelles, iban camino de Pilares, en un arcaico landó que con
fatiga arrastraban tres caballejos de evidente y descarnada senectud. En la
cuesta del Pedroso el mayoral gritó:
—¡Si no se baja alguno, los caballos no suben!
[p. 265]
Descendió, con un salto alegre y muchachil, el
Padre Atienza; siguióle Trelles. Bertuco se obstinó en imitarlos. Todos echaron
pie á tierra.
Era una mañana primaveral y florida. Cubría la
mocedad del campo un bozo de verde tierno. Los más vetustos troncos reflorecían
de juventud. En los nidos brotaban las primeras voces. El señor malviz tañía su
flauta. La vaca matrona rumiaba al pie del roble; temblaba la esquila, y el
humo aldeano y azul sujetaba el cielo á la tierra. Luego, el caballero grillo
rascaba su averiado violín en el umbral de la covacha.
—¡Hay grillos!—suspiró Bertuco.
—¡Cuánta hermosura, Dios mío, cuánta libertad!—El
Padre Atienza abría los brazos y se ponía cara al firmamento.
Don Alberto comenzó á recitar, sonoramente:
«¿Por qué habláis de un milagro?
No conozco otra cosa que milagros;
si recorro las calles de una urbe,
ó paseo con pie desnudo junto al mar,
ó permanezco bajo los árboles del bosque,
ó contemplo las abejas en torno de la colmena al
mediodía,
ó los animales que se nutren en los campos,
ó los pájaros, ó la maravilla de los insectos en el
aire,
ó la maravilla de la puesta solar,
ó las estrellas,
ó la exquisita, delicada, fina curva de la luna
nueva en primavera.
· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
Para mí cada hora de luz y sombra es un milagro;
cada pulgada de espacio y de tierra,
... las briznas de hierba...
inefables y perfectos milagros. ¡Todo, todo, todo!»
Los otros tres le oían mudos, fascinados.
—¡Bendito sea Dios!—comentó el Padre Atienza, así
que hubo concluído don Alberto.
[p. 266]
Después de una pausa, con transición absurda,
Trelles preguntó en seco al Padre Atienza:
—¿Cree usted que se debería suprimir la Compañía de
Jesús?
—¡De raíz!
A. M. D. G.
Pontevedra.
Baliñas.—Caldas de Reyes, Octubre 1910.
[p. 267]
POSTDATA
Al Sr. D. Enrique Amado.
Querido Enrique:
Este pobre libro mío, que sale al mundo con la
arriscada pretensión de mejorarlo un poco, sería incompleto si tu nombre y el
recuerdo de tu amistad, que tan obligado me tiene, no aparecieran asociados á
él. Gracias á ti se escribió. Si yo mereciera reconocimiento de los hombres de
buena voluntad, á ti se te debe en igual medida que á mí. Tú me diste afecto
leal y raro en que me apoyara y me proporcionaste asilo adecuado en donde
realizara mi obra. Nunca olvidaré la rústica y repuesta casita en donde convivimos;
la paz aldeana de que me rodeaste, que tan grande bien me hizo. ¡Aquietantes
robledas, mansos maizales, collados revestidos de vides! Si bajo tan docta
tutela no acabé empeño de mayor fuste, culpa es de mi flaqueza, no de mi
intención ni de tu diligencia.
Te abrazo,
Ramón.
En Madrid, Noviembre 1910.
[p. 269]
ÍNDICE
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Páginas |
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|
Dedicatoria. |
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Ab urbe condita. |
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Ianuis clausis. |
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A maximis ad minima. |
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Consejo de pastores. |
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Pedagogía laxa.—Rara avis. |
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|
La pedagogía de Conejo. |
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|
Mur, pedagogo. |
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|
Vive memor lethi. |
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Amari aliquid. |
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|
El libro de Ruth. |
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Fronti nulla fides. |
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Acta est fabula. |
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Mirabile visu. |
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Hortus siccus. |
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Manu forti. |
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Postdata. |
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NOTAS
[1] Padre
mío; es un gran día.
[2] Una de
las torturas dadas por Mur consistía en obligar al niño á que se mantuviera con
las piernas en flexión, los tacones y la espalda contiguos á la pared, de
manera que el equilibrio era difícil y los calambres que se originaban muy
penosos.
[3] Á guisa
de escolio, creo oportuno agregar algo que me acaeció hace cosa de cinco años.
Habíame ido á pasar el mes de Agosto en un lugar costero del Cantábrico. En
compañía de un amigo, paseaba largamente, discurriendo y dialogando acerca de
todas las cosas. Solían ir con nosotros algunos niños, hermanos de aquél, los
cuales se holgaban de ordinario á su manera alejados de nuestra conversación.
Cierta tarde explicaba yo á mi amigo las aficiones táctiles del Hermano
Echevarría (que tal es su verdadero nombre), del cual hube de ser yo frustrado
sujeto paciente en el colegio de Gijón, cuando hete aquí que uno de los niños,
alumno á la sazón de los jesuítas, comienza á reir alocadamente. Volvímonos á
él, preguntándole la causa de tanto regocijo. El muchacho nos dió á entender
que había oído mi cuento. Cuando pudo hablar, dijo: «Lo mismo que ahora.»
Es decir, que si mis cálculos no yerran, este
laborioso lego lleva diez y seis años dedicado á estudios de organografía
comparada. ¡No está mal! Tengo entendido que continúa en el colegio de Gijón.
[4] —Entonces,
lo que usted debe hacer es ir inmediatamente al convento. ¡Qué alegría! Es
usted un ángel.
—Pero, querida Aurora; no es cosa fácil. ¿Cómo voy
á ir si no conozco á nadie?
[5] Quién,
qué, en dónde, en favor de quién, cuántas veces, por qué, de qué manera,
cuándo.
[6] —Padre
mío, Padre mío.
—Hermana mía, querida hermana, hermanita.
[7] —De
cantar mejor.
[8] —Pues,
¡Aleluya!
[9] —Quiá.
Qué amable es usted...
[10] —Imposible.
[11] Adiós,
para siempre. Te amé, Ruth, más que á todas las cosas. Te amé, corazón mío.
[12] —Oh,
no. No es cierto. ¡Horrible! Te fuí fiel. Te amé. Perdóname, querido.
[13] —Puta,
maldita puta.
[14] —Dios
mío.
[15] —Pobrecita,
tan hermosa... Venga usted conmigo.
—¿Es usted... Gonzalfáñez? Quiero ver mis hijos y
morir.
—Todavía no. Venga usted conmigo.
[16] Se
supone que un jesuíta no peca. Faltas son, por ejemplo: andar de prisa, mirar á
una mujer, beber agua sin necesidad...
Nota de transcripción
· Los errores de imprenta han sido corregidos sin
avisar.
· Se ha respetado la ortografía original,
normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.
· Se han añadido tildes a las mayúsculas que las
necesitan.
· Las páginas en blanco han sido eliminadas.
· Las notas a pie de página se han renumerado y
colocado al final del libro.
End of the Project Gutenberg EBook of A.M.D.G., by
Ramón Pérez de Ayala
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK A.M.D.G.
***

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