© Libro N° 9003. Los Hombres Sin Alma O Los Vitanuls. Brunner, John. Emancipación. Septiembre 5 de 2021.
Título
original: © Los Hombres Sin Alma O
Los Vitanuls. John Brunner
Versión Original: © Los Hombres Sin Alma O Los Vitanuls.
John Brunner
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LOS HOMBRES SIN ALMA O LOS VITANULS
John Brunner
Los Hombres Sin Alma O Los
Vitanuls
John Brunner
LOS HOMBRES SIN ALMA O
LOS VITANULS
John Brunner
La comadrona de
la maternidad se detuvo ante la cristalera aséptica, a prueba
de ruidos, de la sala de partos.
—Y allí —dijo al joven norteamericano de
elevada estatura, perteneciente a la Organización Mundial
de la Salud—, puede ver a nuestro santo patrón.
Barry Chance miró perplejo a
la mujer hindú. Era una cuarentona de Kashmiri, vivaz y
con aire de gran competencia. No se trataba, por lo tanto, de la
persona más adecuada para tomar a broma el
trabajo a que dedicaba su vida. Además, no
había el más leve matiz de ironía en el tono de
su voz. Claro que en aquel
fecundo subcontinente, en la India, un extranjero nunca
podía tener certeza de nada.
—Perdone —dijo él tímidamente—. No creo haber
entendido…
Por el rabillo del ojo estudió al hombre que la
comadrona le había indicado. Era anciano y calvo, y el escaso pelo que quedaba
en su cabeza formaba una especie de aureola que enmarcaba su rostro
profundamente arrugado.
La may or parte de los indostanos, según
había podido comprobar
el norteamericano, solían engordar con la edad; pero
aquél era muy enjuto, como Gandhi. Evidentemente, su
aureola y aquella ascética apariencia podían justificar
y a una fama de santidad.
—Nuestro santo patrón —repitió
la comadrona, totalmente ajena al asombro de su
interlocutor—. Es el doctor Ananda Kotiwala, y tiene usted
una gran suerte al verle actuar. Hoy es el último
día que lo hace, pues se retira de la profesión.
Mientras trataba de comprender las
observaciones que le hacía la mujer, Chance
observó casi con descaro al anciano. Se dijo que
podía disculpársele su tosquedad, y a que la galería que lindaba con la sala de
partos era una especie de lugar público. Allí había parientes
y amigos de las parturientas, y hasta diminutos chiquillos que tenían
que ponerse de puntillas para atisbar a través del ventanal
de doble vidrio. En la India no existía la
intimidad más que para los
que tenían mucho dinero, y en un país superpoblado
y subdesarrollado, sólo una mínima fracción de sus habitantes
gozaban de un lujo similar al que el joven extranjero había
disfrutado desde su niñez.
El que los pequeños
pudieran contemplar fascinados la llegada de sus nuevos hermanitos,
se consideraba allí como una etapa de su educación. Chance
repitió para sus adentros
que era un extranjero, y además un médico que había
estudiado en una de las pocas facultades que aún seguían
haciendo prestar el juramento hipocrático a sus graduados. Trató
de desechar aquellos pensamientos y procuró
descifrar el curioso comentario que le hiciera
la comadrona.
La escena que
se ofrecía ante él no le
proporcionaba demasiados indicios. Lo único que alcanzaba a
ver era la sala de partos de un hospital
indio corriente, en la que había treinta y
seis parturientas, de las cuales dos, por lo menos, sufrían
terribles dolores y no dejaban de chillar, a juzgar por su
gesto y las bocas abiertas. El cristal a
prueba de ruidos era excelente.
Se preguntó qué sentirían los
indios respecto a la llegada de sus
hijos al mundo en semejantes condiciones. El
espectáculo
le recordaba una cadena de fabricación en serie, en la
que las madres eran máquinas que producían una
cantidad determinada de criaturas, de acuerdo con un
plan preestablecido. ¡Y todo de
una forma increíblemente pública!
De nuevo notó que caía en la trampa de pensar como
un norteamericano corriente, con estrechez de criterio.
Durante innumerables
generaciones, la humanidad había nacido públicamente.
Aunque se estimaba que la actual población
del mundo era justamente equivalente al total
de seres humanos que poblaron el mundo antes
del siglo XXI, la may oría de los habitantes del
planeta conservaban su antigua tradición de considerar los
nacimientos como un verdadero acontecimiento
social: en las poblaciones, en general, como una
excusa para celebrar una fiesta;
y en aquella región de la India, como una especie de excursión
familiar a la maternidad.
Los
aspectos modernos del hecho podían apreciarse claramente,
como, por ejemplo, la actitud de las madres: se
veía en seguida cuál de ellas recibió instrucción prenatal,
pues en ese caso tenían
los ojos cerrados y el semblante con
expresión serena y decidida. Sabían del milagro que se estaba
produciendo en sus cuerpos,
y procuraban facilitarlo, en lugar de
resistirse. Eso estaba bien, y
Chance movió
la cabeza, aprobándolo. Pero quedaban las madres que
chillaban, tanto de terror como de dolor, probablemente…
El joven médico desvió su atención con un esfuerzo.
Después de todo, su misión era llevar a cabo un estudio de los métodos
empleados en aquel establecimiento.
Daba la impresión de que se aplicaban
debidamente las últimas recomendaciones de los
expertos; era lo menos que
podía esperarse en una gran ciudad donde la mayor
parte del personal médico había tenido la ventaja de
recibir sus enseñanzas en el extranjero. Dentro de
poco, él tendría que ir a los pueblos, y allí las cosas
serían muy diferentes; pero y a pensaría en eso
cuando llegase el momento.
El anciano médico, al que habían
apodado de « santo patrón» , estaba
terminando en ese momento con el parto de un
niño. La mano enguantada levantó al último
recluta del ejército de la humanidad, que brillaba bajo la
luz de los focos. Una suave palmada tenía por
misión provocar el lloriqueo y
las primeras inspiraciones profundas, sin agravar el
trauma del nacimiento. Luego, el recién nacido
pasó a las manos de la ayudante, quien lo colocó en
el banquillo situado junto al lecho,
algo más bajo que el nivel de la madre, a
fin de que los últimos y preciosos centímetros cúbicos de
sangre materna fluyeran de la placenta, antes
de proceder a seccionar el cordón umbilical.
Excelente. Todo iba de acuerdo con los
procedimientos más modernos de la
especialidad. Sin embargo…, ¿por qué
tenía el médico que dar tantas explicaciones a
la muchacha que sostenía a la criatura con aire un
tanto desmañado? El desconcierto de Chance duró poco.
Recordó en seguida que en aquel país no
había enfermeras suficientes como para destinar
una a cada madre; por consiguiente,
aquellas jóvenes que con
gesto temeroso aparecían enfundadas en un
« mono» de plástico, con el lacio
pelo moreno recogido en redecillas esterilizadas, debían
ser hermanas menores o hijas de las parturientas, que
estaban haciendo lo que podían por ayudarlas.
Luego, el anciano médico, con
una sonrisa tranquilizadora final, dejó a la chica de
gesto preocupado y se acercó a una de
las mujeres que chillaban.
Chance observó complacido cómo la
tranquilizaba, y que al cabo de unos instantes conseguía que
se relajase por completo, al tiempo que le indicaba — hasta
donde alcanzó a deducir, teniendo en cuenta la
doble barrera de cristal y a aquel lenguaje ininteligible—
la mejor manera de acelerar el parto. De todos modos,
allí no había encontrado nada que no hubiera
visto anteriormente en un centenar de maternidades.
Por fin, Chance se volvió hacia la comadrona y le
preguntó sin rodeos:
—¿Por qué le llaman « santo patrón» ?
—El doctor Kotiwala —repuso la mujer— posee en
grado sumo una personalidad…, ¿cómo diríamos?, ¿existe en su idioma la palabra
« empática» ?
—¿Del griego « empatía» ? No, creo que no existe
—contestó Chance, frunciendo el ceño—. De todos modos, comprendo lo que quiere
usted decir.
—En efecto, ¿no ha visto de
qué forma calmó a esa mujer que estaba gritando?
Chance
asintió lentamente. Sin la menor duda, ese don debía
considerarse como precioso, en un
país como aquél. Tenía un gran mérito poder
ahuyentar el miedo supersticioso de
una mujer, que era poco menos que
una campesina, haciéndole ver lo que consiguieron
las mujeres que
la rodeaban, tras nueve meses de preñez y
una instrucción adecuada. Ahora sólo quedaba y a
una mujer con la boca
abierta, quejándose, y el viejo médico la calmó a su
vez. Aquélla a la que había hablado anteriormente luchaba en aquel momento por
facilitar las contracciones musculares.
—El doctor Kotiwala es maravilloso
—prosiguió la comadrona—. Todo el mundo le quiere. He
sabido de algunos padres que consultaban a los
astrólogos, no para conocer la mejor o peor suerte
que aguardaba a sus hijos, sino para asegurarse de
que nacerían durante un turno del doctor Kotiwala en la
sala de partos.
¿Un turno? Sí, claro, allí
tenían tres turnos de partos cada veinticuatro horas. Una
vez más, la imagen de la cadena de montaje
apareció en la mente de Chance. Pero aquél era un hecho
demasiado importante para poder conciliarlo con la
idea de recurrir a los astrólogos. ¡Qué país
tan desconcertante! Chance
reprimió un estremecimiento y admitió para sus
adentros que se sintió contento cuando supo que le permitían regresar a su
país.
Permaneció en silencio un buen rato, y
advirtió algo que no había notado anteriormente. Cuando los dolores
del parto disminuían un poco,
las mujeres abrían los ojos y seguían con
la mirada al doctor Kotiwala en sus
desplazamientos por la sala, como aguardando esperanzadas a que
éste pasara uno o dos minutos junto a su lecho.
Pero esta vez sus esperanzas no
se verían materializadas. Al otro lado de la sala había un
parto laborioso, y se necesitaría una cuidadosa
manipulación para invertir la posición de la criatura. En
su funda de plástico, una hermosa muchacha de
tez oscura y de unos quince años se inclinaba para ver lo que
hacía el médico, mientras tendía
su mano derecha, a fin de que la parturienta se aferrase a
ella en busca de alivio y consuelo.
En realidad, pensó Chance, no había nada de
extraordinario en el comportamiento de Kotiwala. Era un médico competente,
sin duda alguna, y sus pacientes parecían quererle mucho. Pero y a estaba
bastante viejo y actuaba con lentitud, pudiendo apreciarse que estaba
cansado cuando, con toda cautela, realizaba las últimas manipulaciones en
aquel parto difícil que estaba atendiendo. De todos modos, resultaba
admirable poder apreciar un toque de humanidad semejante en una fábrica de
recién nacidos como era aquélla. Al poco tiempo de llegar, Chance había
preguntado a la comadrona cuánto tiempo permanecía allí
una paciente, por término medio. Ella le contestó,
sonriendo:
—Veinticuatro horas en los casos sencillos, y unas
treinta y seis cuando se presentan complicaciones.
Al observar al doctor Kotiwala, se recibía la
impresión de que el tiempo no tuviera importancia alguna para él.
Desde el punto de vista de
un norteamericano, aquello no bastaba para
cobrar fama de santidad, pero, dentro de la mentalidad
india, las cosas adquirían un cariz diferente.
La comadrona dijo a Chance que había
llegado en un momento de apremio, nueve meses después
de una importante fiesta religiosa que la gente
consideraba como especialmente favorable para incrementar su
familia. A pesar de la advertencia, Chance
quedó asombrado. La maternidad estaba realmente atestada.
A pesar de todo, pudo ser aún peor. Apenas pudo
dominar el joven médico un estremecimiento. Lo peor del problema se había
resuelto, pero aún había unas
180.000 nuevas bocas que
alimentar diariamente. En la
cúspide del incremento de la población
hubo casi un cuarto de millón de nacimientos por día.
Luego, cuando los beneficios de la medicina moderna se dejaron sentir, hasta en la
India, en China y en
África, comenzó a reconocerse la necesidad de establecer
planes para que los niños pudieran ser
alimentados, educados y vestidos. Con ello disminuy ó un poco
la crisis.
No obstante, aún tendrían que transcurrir bastantes
años antes de que las criaturas de aquel período álgido se
convirtieran en maestros, obreros o médicos que
pudiesen enfrentarse con aquella apremiante situación. Al
pensar en esto, recordó algo que había atraído su
atención recientemente, y el joven
médico habló en voz alta, sin darse cuenta:
—Gentes como él, sobre todo en esta profesión, son
las que debieran elegir.
—Perdón; ¿cómo ha dicho? —inquirió la
comadrona, con ostensible formulismo británico, una de las visibles
huellas que éstos dejaron en las gentes educadas del país.
—No, nada —contestó Chance.
—Sin embargo, creo haberle oído decir que alguien
debía elegir al doctor Kotiwala para algo.
Disgustado consigo mismo, pero consciente
del problema que se le
presentaba al mundo a corto plazo, e incapaz de contenerse
por más tiempo, Chance dijo al fin:
—Ha dicho usted que éste era el último día del
doctor Kotiwala, ¿no es cierto?
—Así es, mañana se retira.
—¿Han pensado en alguien para reemplazarle?
La comadrona negó vigorosamente con la cabeza, al
tiempo que contestaba:
—No, claro que no. En lo material, sí; otro médico
deberá ocupar su puesto; pero los hombres como el doctor Kotiwala
andan escasos en cualquier generación, y más aún en la época actual.
Nos entristece mucho perderle.
—¿Ha sobrepasado y a… algún límite arbitrario de
retiro? La comadrona sonrió ligeramente y repuso:
—Nada de eso, al menos en la India. No podemos
permitirnos los lujos de ustedes, los norteamericanos, entre los que se cuentan
desechar el material (sea humano o de otro tipo) antes de que esté realmente
gastado.
Con la mirada fija en el anciano médico, que y a
había logrado enderezar a la criatura dentro del útero materno y se disponía a
atender a la mujer de la cama siguiente, Chance dijo:
—Entonces, se retira voluntariamente, ¿no es
cierto?
—Así es.
—¿Y por qué lo hace? ¿Ha perdido interés por la
labor que desempeña?
—¡De ningún modo! —contestó
la comadrona, como ofendida—. De todas formas, no
sabría decir cuál es
el motivo. Ya tiene mucha edad, y tal
vez teme que un día, a no tardar, muera algún niño a
causa de su incapacidad. Eso le
haría retroceder muchos pasos en su camino hacia
la « iluminación» .
También pareció « iluminarse» algo en la mente de
Chance. Creyendo comprender lo que decía la mujer, manifestó:
—En tal caso, realmente merece…
Pero se interrumpió al recordar que no debía pensar
ni hablar acerca de ese
tema.
—¿Cómo? —inquirió la comadrona. Y al ver que Chance
movía negativamente la cabeza, agregó—: Mire, cuando el doctor Kotiwala era
joven, estaba muy influido por las enseñanzas de los jains, para
los que la pérdida de una sola vida es un hecho repugnante. Cuando su amor a la
vida le hizo estudiar como médico, tuvo que aceptar que algunas muertes, las de
las bacterias, por ejemplo, resultaban inevitables para asegurar la
supervivencia humana. Sus modales afectuosos tienen una raíz religiosa. Sería
demasiado para él si, a causa de su arrogancia, siguiera trabajando y ello
costase la vida de un inocente.
—No creo que ahora sea jain —declaró
Chance, sin que se le ocurriese otro comentario.
Para sus adentros se dijo que, de acuerdo con lo
que decía la comadrona, en
Norteamérica había una serie
de viejos y achacosos que
habrían hecho un gran bien obrando con la humildad de
Kotiwala, en lugar de aferrarse a sus puestos hasta que
llegaban a la senilidad.
—Es hindú, como la mayor parte de
nuestro pueblo —explicó la mujer—. Aunque me ha contado que
antaño sufrió la fuerte influencia de las enseñanzas budistas, las
que, por cierto, comenzaron como una herejía hindú. De
todas formas, me temo que no he comprendido a qué
se refería usted hace un momento.
Chance pensó en las
gigantescas fábricas propiedad de
Du Pont, Bay er, Glaxo y sabe Dios
cuántos más, trabajando noche y
día con más gasto de energía que un
millón de madres dando a luz seres corrientes, y se dijo
que los hechos iban a ser del dominio público lo bastante
pronto como para que no tuviera
que correr el riesgo de alzar la cortina
del secreto. Era mejor seguir callado. Al
fin manifestó:
—Bien, lo que quise decir es que si y o tuviese
alguna influencia, las gentes como él gozarían de preferencia cuando llegue…;
bueno, la clase de tratamiento médico más avanzado. Conservar a alguien como
él, que es querido y admirado, me parece mucho mejor que hacer lo mismo con
alguien al que se teme.
Hubo un momento de silencio.
—Creo comprenderle —dijo la comadrona—. Entonces,
la píldora contra la muerte es un éxito, ¿verdad?
Chance se estremeció, y ella le sonrió de nuevo con
gesto intencionado.
—Resulta difícil estar al corriente de
las
novedades médicas cuando se trabaja con
tanto agobio —afirmó—, pero también aquí llegan
algunos rumores. Ustedes, en sus ricos países, como los
Estados Unidos y Rusia, han estado tratando de hallar,
durante muchos años, un fármaco de
amplia esfera de acción contra el envejecimiento y,
conociendo de oídas su país, supongo que
se habrán producido largas y enconadas discusiones
sobre quién debe
ser la primera persona en beneficiarse del
nuevo hallazgo.
Chance se rindió incondicionalmente y asintió con
aire contrito.
—En efecto —dijo al fin—, hay
una droga contra la senilidad. Aún no es perfecta; pero son
tan grandes las presiones sobre las compañías de
productos farmacéuticos para que lleven a cabo la producción comercial, que poco
antes de dejar la sede de la Organización Mundial de
la Salud, para venir aquí, supe que se
estaban adjudicando y a los contratos. El tratamiento costará
quinientos o seiscientos dólares y servirá para ocho o diez
años. No necesito decir lo que eso va a
significar. Por mi parte, si pudiera hacer mi voluntad,
elegiría a alguien como el doctor
Kotiwala para que disfrutase del nuevo
adelanto, en lugar de todos
esos viejos y achacosos llenos de poder y riqueza que
van a proy ectar sobre el futuro sus
anticuadas ideas, gracias a este nuevo adelanto de la ciencia.
El joven médico se
detuvo en seco, alarmado por su
propia vehemencia, y deseando en su fuero interno
que ninguno de los curiosos que les rodeaban supiera
hablar inglés.
—Esa actitud dice mucho en favor suyo —admitió la
comadrona—. Pero, en cierto sentido, es inexacto decir que el doctor Kotiwala
va a retirarse. Más bien podríamos decir que cambia de carrera. Por otra parte,
si le ofreciese usted un tratamiento antisenil, creo que el doctor sonreiría y
lo rechazaría.
—¿Cómo es posible…?
—Resulta difícil explicarlo en su
idioma —declaró la comadrona, frunciendo el ceño—.
¿Sabe usted lo que es un sunnyasi, quizá?
—Uno de esos santones que he visto en este país,
ataviados sólo con un taparrabos y que piden limosna con una escudilla
—contestó Chance.
—También usan un cayado.
—Entonces, son una especie de faquires, ¿verdad?
—Nada de eso. El sunnyasi es un hombre en la
etapa final de su vida de trabajo. Pudo haber sido
cualquier cosa: comerciante, funcionario, abogado o
incluso médico.
—Eso quiere decir que el doctor Kotiwala
va a echar por la borda toda su ciencia médica, todos los
servicios que aún puede prestar a sus semejantes, desdeñando incluso
la salvación de numerosas criaturas, para irse a mendigar con
una escudilla en beneficio de su propia
salvación, ¿no es cierto?
—Por eso le llamamos nuestro santo patrón
—aseguró la mujer, sonriendo con afecto
en dirección al doctor Kotiwala—. Cuando se marche de
aquí y logre adquirir la virtud, será siempre un amigo
para los que quedamos atrás.
Chance no daba crédito a sus oídos.
Un momento antes la comadrona había dicho que la India no
podía permitirse dejar de lado a las gentes que aún eran
capaces de rendir algo, y ahora parecía aprobar un propósito que
a él se
le antojaba una mezcla, a partes iguales, de
egoísmo y superstición.
—¿Va usted a decirme que él cree en esa necedad de
acumular virtudes para una existencia futura?
La comadrona le miró con frialdad.
—Me parece que eso es una
descortesía por
su parte —dijo—. Las enseñanzas del
hinduismo nos dicen que el alma vuelve
a encarnarse, a través de un ciclo eterno, hasta llegar a
identificarse con el Todo. ¿No se da usted cuenta de que
toda una vida de trabajo entre los recién nacidos nos
permite ver todo esto con may or claridad?
—Entonces, ¿usted también lo cree?
—Eso no tiene importancia. Pero sí le
diré que presencio milagros cada vez que admito a
una madre en este hospital. Soy testigo
de cómo un acto animal, un proceso sucio, sangriento
y hediondo, da lugar a la aparición de un
ser racional. Yo nací, lo mismo que
usted, como una criatura indefensa y llorosa,
y aquí estamos ahora, hablando en términos
abstractos. Tal vez sólo sea cuestión
de complejidad química, no lo sé, en realidad. Lo único
que puedo
decirle es que me cuesta trabajo aceptar ciertos
adelantos médicos.
Chance
siguió mirando a través de los cristales de la sala de
partos. Tenía el ceño fruncido
y en cierto modo se sentía
decepcionado, incluso engañado, después de tener que aceptar al doctor Kotiwala según
los términos admirativos de la comadrona. Al fin murmuró:
—Creo que será mejor que nos marchemos.
La principal sensación
que experimentaba el doctor Kotiwala era de
cansancio. Se extendía por todo su cuerpo, hasta
la médula de los huesos.
No se apreciaba ningún
signo, en su comportamiento, indicando que estuviera
actuando de forma casi mecánica. Tal vez
alguna madre de las que se confiaban a él y
le confiaban sus hijos, fue capaz de
notar aquel desfallecimiento. Lo
cierto es que el doctor Kotiwala se hallaba increíblemente
cansado.
Habían transcurrido más de sesenta años
desde que terminó los estudios de Medicina. No había habido cambios
apreciables en cuanto a la forma en que
los seres humanos venían al mundo. Sí, los elementos
accesorios habían ido sucediéndose conforme evolucionaban las
tendencias de la medicina; recordaba algunos desastres
inenarrables, como el de la talidomida, y la bendición de los
antibióticos, que
por su eficacia, precisamente, estaban atestando
a países como el suyo con más bocas de
las que se podían alimentar. Y ahora había trabajado con
unas nuevas técnicas con las cuales nueve
de cada diez recién nacidos bajo su
supervisión eran bien recibidos y queridos por sus padres, en lugar
de constituir una carga o verse condenados a la existencia
a medias del hijo ilegítimo.
En ocasiones las cosas salían bien, y otras salían
mal. A lo largo de su prolongada y eficaz vida profesional, el doctor Kotiwala
había llegado a la convicción de que no podía confiar más que en ese principio.
Mañana…
Su mente amenazaba con divagar,
con alejarse de lo
que estaba haciendo, ayudar
a traer al mundo el último de esos
pequeños seres, en su carrera de especialista.
¿Cuántos millares de mujeres gimieron de dolor en
el lecho del parto, delante de él? No se
atrevía a hacer un cálculo
siquiera. ¿Y cuántos miles de nuevas vidas se iniciaron entre
sus manos? Tampoco podía recordarlo. Tal vez con
su ay uda vino al mundo un ladrón, un traidor, un
asesino, un fratricida…
No importaba. Mañana… (En realidad y a era hoy,
puesto que terminaba su turno, y aquel niño que alzaba ahora por los pies era
el último que recibiría su atención… en una gran maternidad; pues si requerían
su ayuda en alguna mísera aldea, no dejaría de acudir), mañana se romperían los
lazos que le ligaban al mundo. Sólo se dedicaría a la vida del espíritu, y
entonces…
Se esforzó en volver a la realidad.
La mujer que estaba al lado de la parturienta,
su cuñada, daba la sensación de estar muy ocupada con lo
que tenía que hacer: desinfectarse las manos y
colocarse un pegajoso « mono» de
plástico. En aquel momento le hizo la
temible pregunta.
El anciano vaciló antes de contestar.
En apariencia, nada parecía marchar mal,
en cuanto al recién nacido. Se trataba de un
niño, en buenas condiciones físicamente y que dejaba oír un
lloriqueo normal
al enfrentarse con el mundo. Todo salía como debía salir. Y sin embargo…
Acunó a la criatura en el brazo
izquierdo, mientras le alzaba diestramente un párpado y
luego otro. Sesenta años de práctica habían hecho que sus
manipulaciones tuvieran una gran suavidad. Observó a fondo los
vacuos ojos claros, que contrastaban increíblemente con el color de la piel que los rodeaba.
Más allá de ellos había…, había…
Pero, ¿qué podía decirse de una
criatura como aquélla, que sólo llevaba unos instantes en
el mundo? El doctor Kotiwala suspiró y entregó el niño
a la cuñada de la madre, mientras el reloj
de pared desgranaba los últimos segundos de su turno
de guardia.
De
todas formas, su mente retuvo la imagen de
la criatura, a la que, movido por un impulso indefinible, volvió
a mirar por segunda vez. Cuando llegó el médico que
le relevaba, el doctor Kotiwala concluy ó
su informe y dijo:
—He notado algo extraño en el niño que acaba de
nacer en la cama 32. Yo estoy muy cansado, pero, si usted encuentra ocasión,
tenga la bondad de examinarle. ¿Lo hará?
—Desde luego —repuso el otro médico, un joven
rollizo de Benarés, de rostro oscuro y brillante, como sus manos.
El asunto seguía incomodando al doctor
Kotiwala, aunque y a había encargado de ello a otro. Una vez que
se hubo duchado y cambiado de ropa, dispuesto y
a para marcharse, aún permaneció en el pasillo para observar
a su colega mientras examinaba a la criatura desde la coronilla hasta
la planta de los pies. No pareció hallar nada anormal el
joven médico; y volviéndose hacia
donde estaba el doctor Kotiwala se
encogió de hombros, como diciendo: « No
hay por qué inquietarse, a mi entender» .
« Sin embargo, cuando miré aquellos ojos, había
algo detrás de ellos que me hizo creer…»
No, aquello era absurdo. ¿Qué podía leer
un hombre en los ojos de un
ser humano que acababa de nacer? ¿No era una
especie de arrogancia lo que le hacía
pensar que su colega había pasado algo por alto, algo de vital
importancia? Verdaderamente preocupado, consideró la idea de volver a
la sala de partos para echar otra mirada al
recién nacido.
—¿No es su santo patrón el que
está ahí? —susurró Chance, en tono sarcástico,
dirigiéndose a la comadrona.
—Sí, en efecto. ¡Qué suerte! Ahora
puede usted conocerle personalmente…, si lo desea.
—Me lo ha descrito usted de tal forma que
consideraría
una verdadera pena no conocerle antes de
que se quite el traje y se convierta en un
humilde nativo.
La comadrona hizo caso omiso de la ironía. Se
acercó al médico lanzando breves exclamaciones, pero se interrumpió al advertir
la expresión sombría de Kotiwala.
—¿Qué ocurre, doctor? ¿Algo malo?
—No estoy seguro
—repuso el anciano en buen inglés, aunque
con aquel fuerte acento cantarín que los británicos, antes
de marcharse, habían bautizado como « el galés de
Bombay » —. Se trata del recién nacido de
la cama 32, un varón. Estoy seguro de que algo no anda
bien, pero no acabo de descubrirlo.
—En tal caso, habrá que cuidarle —aseguró
la comadrona, que evidentemente tenía gran
fe en las opiniones de Kotiwala.
—El doctor Banerji y a le ha examinado, y no está
de acuerdo conmigo — repuso el anciano.
Era indudable
que, para la comadrona, Kotiwala era Kotiwala
y Banerji no era nadie. Su expresión así
lo confirmaba, más que
cualquier frase. Chance se dijo que allí tenía la ocasión
de comprobar si la
confianza de la comadrona estaba realmente justificada.
—En vez de distraer al doctor Banerji, que parece
estar muy ocupado — sugirió Chance—, ¿por qué no traer aquí al niño, para
echarle una ojeada?
—Le presento al doctor Chance, de la OMS —dijo la
comadrona, y Kotiwala estrechó la mano del aludido con aire ausente.
—Sí, creo que es una buena idea
—replicó—. Más vale contar con una segunda opinión.
Chance se dijo que sus estudios
relativamente recientes le permitirían aplicar algunos procedimientos
que Kotiwala no
estaba acostumbrado a usar. Pero ocurrió al revés: lentamente
fue palpando el anciano el cuerpo y los miembros de
la criatura, de un modo tan experto que Chance no pudo
por menos que admirarle. Aquello tenía grandes
ventajas, siempre que se conociera la
localización normal de cada hueso y de los músculos
principales, en la armazón infantil. De todas formas,
el reconocimiento tampoco reveló nada en esta
ocasión.
El corazón parecía normal, igual que la presión
sanguínea; el aspecto externo era saludable, los reflejos resultaban vigorosos,
las fontanelas del cráneo algo anchas, aunque dentro del límite de variación
normal…
Después de tres cuartos de hora, Chance
se convenció de que el anciano
hacía aquello para impresionarle. Notó que Kotiwala alzaba
los párpados del niño una y otra vez y le miraba los ojos como si
pudiera leer en el cerebro que había detrás. La repetición del
acto comenzaba a irritarle, y cuando volvió a hacerlo no
pudo dominarse y le preguntó:
—Dígame, doctor, ¿qué ve usted en esos ojos?
—¿Y usted, quiere decirme si ve algo? —repuso
Kotiwala, e indicó a Chance que podía observar, si lo deseaba.
—No encuentro nada extraño —murmuró Chance un
momento después.
—Eso mismo he advertido y o. Nada.
« ¡Por todos los santos!» , se dijo
Chance para sus adentros, y se dirigió hacia un rincón de la
estancia mientras se quitaba los guantes de goma, para
echarlos luego en el cubo de prendas para esterilizar.
—Francamente
—declaró por encima del hombro, poco después—, y
o no veo
nada anormal en esa criatura. ¿Qué cree usted?
¿Que el alma de un gusano ha entrado en ese cuerpo por error, o
algo parecido?
Kotiwala no podía haber pasado por alto el evidente
sarcasmo de aquellas palabras, a pesar de lo cual su respuesta fue tranquila y
cortés.
—No, doctor Chance —dijo—,
eso me parece poco probable. Después
de muchas horas de contemplación, he
llegado al convencimiento de que las ideas tradicionales son
inexactas. La condición del hombre es algo simplemente humano, y abarca tanto al idiota como al genio, sin comprender otras
especies. De todos modos, ¿quién podría asegurar que el
alma de un chimpancé o de un perro es inferior a la
que se trasluce en la mirada de
un perfecto imbécil?
—Ciertamente, y o no
lo aseguraría —repuso Chance, sin dejar de ironizar,
y mientras se quitaba la bata, Kotiwala se encogió de hombros,
suspiró y se quedó en silencio.
Más tarde…
El sunnyasi Ananda Bhagat no
vestía más que un taparrabos,
y sus pertenencias en este mundo consistían
tan sólo en una escudilla y el cayado
que empuñaba. A su alrededor, la gente del poblado
tiritaba en sus atuendos rústicos y baratos —y a que hacía
frío en la zona de las
colinas, en aquel mes de diciembre
—, y pasaban todo el tiempo que
podían acurrucados ante
las pequeñas hogueras. Quemaban ramitas, raramente carbón, y también excrementos de vaca secos.
Los ingenieros agrónomos extranjeros les
habían aconsejado que usaran los excrementos como abono, pero el calor
del fuego estaba más cerca de su presente
que el misterio del aprovechamiento del nitrógeno por la
tierra en las cosechas del año siguiente.
Ahora, ignorando el frío, sin hacer caso del denso
humo de la hoguera que subía hacia el techo y llenaba la sombría choza, Ananda
Bhagat habló con tranquilizador acento a la temerosa muchacha de diecisiete
años a cuy o pecho se aferraba el niño. Había mirado los ojos de éste, y de
nuevo volvió a escudriñarlos… ¡Nada!
No era la primera vez que había
visto eso en aquel pueblo, ni era tampoco el
primer pueblo
donde ocurría. Aceptó el hecho como una
circunstancia de la vida. Al renunciar a seguir llevando su apellido,
Kotiwala había dejado de lado
los prejuicios de aquel doctor en medicina
por el Trinity College, de Dublín, que preconizaba la aplicación de
los criterios científicos más estrictos en las salas
asépticas de un gran hospital urbano. Al cabo de ochenta y
cinco años de vida, intuy ó que sobre él pesaba una mayor responsabilidad,
y se dispuso a asumirla.
Mientras observaba
inquisitivamente el rostro inexpresivo del pequeño creyó
percibir un ruido sordo. La joven madre también lo oyó, y
se encogió visiblemente, pues era intenso y se
hacía cada vez más fuerte. Tanto se había
desvinculado Ananda Bhagat de su antiguo mundo, que tuvo
que hacer un esfuerzo para poder identificarlo.
Era un fuerte zumbido en el cielo. Un helicóptero,
algo insólito en aquel lugar. ¿Para qué venía un
helicóptero a un pueblecito determinado de entre los
setenta mil que había en la India?
La joven madre gimió, y el sunnyasi dijo:
—Tranquilízate, hija mía. Iré afuera a ver lo que
ocurre.
Antes de dejar caer la mano de
la muchacha, le dio una palmadita tranquilizadora y cruzó la
deteriorada puerta, saliendo a la calle, que barría un viento helado.
Aquel pueblo sólo tenía una calle. Haciéndose sombra con la enjuta mano,
el sunnyasi miró hacia arriba, al cielo.
En efecto, era un helicóptero que
volaba en círculos, reluciendo bajo los
tenues ray os del sol invernal. El aparato estaba
descendiendo. Dentro de poco tiempo, y a se habría posado en el suelo.
Ananda Bhagat esperó.
Un momento después la gente salió de sus
chozas haciendo comentarios, preguntándose sin duda por qué
la atención del mundo exterior se
había centrado en ellos, bajo la forma de aquel estruendoso
vehículo. Al advertir que su portentoso
visitante, el santón, el sunnyasi —los
que eran como él escaseaban en aquellos días y había que
venerarlos—, se mantenía
impávido, sacaron coraje de su ejemplo y permanecieron
firmes en sus lugares.
El helicóptero aterrizó en medio de
un remolino de polvo, algo más allá del
accidentado sendero que llamaban « calle» , y del interior
del aparato saltó un hombre. Era un extranjero alto,
de pelo rubio y
tez clara, que contempló la escena calmosamente, y
que al advertir la presencia del sunnyasi dejó escapar una exclamación. Tras decir
algo a sus acompañantes, cruzó la calle a grandes zancadas.
Otras dos personas salieron del helicóptero y
se colocaron junto al aparato, hablando en voz baja: una muchacha de
unos veinte años, ataviada con un sari verde y
azul, y un joven de amplio « mono» , el piloto.
Apretando la criatura
contra su cuerpo, la joven madre también había salido
a ver lo que ocurría, mientras su primer hijo,
que apenas había dejado los pañales, la seguía con
pasos inseguros, tendiendo una mano para aferrarse al sari de
su madre en caso de
que perdiera el equilibrio.
—¡Doctor Kotiwala! —exclamó el joven que había
descendido del helicóptero.
—Ese era y o
—contestó el santón, con voz ronca. El idioma inglés
había huido de su mente, como una serpiente abandona
su antigua piel.
—¡Por todos los cielos! —manifestó el
joven ásperamente—; y a hemos tenido
bastante trabajo con
localizarle, para que además nos reciba con juegos de palabras cuando al fin
le encontramos. Nos hemos detenido en treinta
poblados, haciendo indagaciones, y siempre nos decían que
usted había estado allí poco antes…
El joven extranjero se secó el rostro con el dorso
de la mano y añadió:
—Me llamo Barry Chance, por si lo ha olvidado. Nos
conocimos en la maternidad de…
—Le recuerdo muy bien —interrumpió el sunnyasi—.
Pero, ¿quién soy y o para que gaste usted tanto tiempo y energías en la
búsqueda de mi persona?
—Sólo puedo decirle que es usted el primer hombre
que ha reconocido a un
vitanul.
Siguió un momento de silencio. En ese lapso, Chance
pudo apreciar cómo la personalidad del santón se desvanecía, para ser
sustituida por la del doctor Kotiwala. El cambio se reflejó sobre todo en la
voz, que en las palabras siguientes volvió a adquirir aquel « acento galés de
Bombay » .
—Mi latín es rudimentario, pues sólo aprendí lo
necesario para la medicina, pero deduzco que la palabra proviene de vita,
vida, y nullus, nada… Se refiere
usted a alguien como esta criatura, ¿verdad?
Kotiwala hizo un gesto a la joven madre, para que
avanzase un paso, y colocó suavemente una mano sobre la espalda del pequeño.
Chance echó una mirada, se encogió de hombros y
luego declaró:
—Si usted lo dice… Esta niña sólo tiene
dos meses, ¿no es cierto?
Entonces, sin reconocimiento alguno…
Dejó en suspenso la frase, con entonación de duda,
pero en seguida continuó, diciendo apasionadamente:
—¡Sí, sin examen alguno! ¡Ahí está el quid! ¿Sabe
usted qué pasó con el niño del que usted dijo que tenía algo raro, la última
vez que asistió a un parto, antes de…, de retirarse?
Había un fiero acento en la voz de Chance, pero no
iba dirigido contra el anciano, sino que era sencillamente un signo exterior
con el cual manifestaba que se hallaba en el límite de su resistencia.
—He visto muchos como aquél, desde entonces
—aseguró Kotiwala—.
Puedo imaginar lo que sucedió, pero prefiero que me
lo diga usted.
Decididamente, no era y
a el sunnyasi quien hablaba, sino el
médico competente con toda una vida de práctica a sus espaldas.
Chance le observó con un gesto que no estaba exento
de temor.
Los curiosos lugareños congregados en torno a los
dos hombres reconocieron aquella expresión y dedujeron —aunque ninguno de ellos
podía seguir la rápida conversación en inglés— que el extranjero que había
llegado por el aire se sentía bajo el influjo de la personalidad de su « hombre
santo» . Ello les hizo sentirse mucho más tranquilos.
—Bien, el caso es que
su amiga, la comadrona —dijo Chance—, siguió
insistiendo en que, si usted había dicho que el chiquillo
tenía algo extraño, así debía ser, aunque ni y o
ni el doctor Banerji hubiéramos observado en
él nada anormal. Continuó con el asunto, hasta que
llegó a obstaculizar mi trabajo y
a demorar mi marcha. De modo que antes
de perder la paciencia hice trasladar el niño a Nueva
Delhi, para que le hicieran en la OMS la serie de
análisis más completos que pueden llevarse
a cabo. ¿Y sabe usted lo que observaron?
Kotiwala se acarició la frente con gesto de
cansancio y repuso:
—¿La supresión de los ritmos alfa y theta,
tal vez?
—¡Usted y a lo sabía!
El evidente tono de acusación que se
advertía en la voz de Chance fue percibido por los nativos, algunos
de los cuales avanzaron con aire amenazador y se situaron
junto al sunnyasi, como para protegerle.
Kotiwala les hizo un gesto, indicándoles que no
había nada que temer. Luego dijo:
—No, no lo sabía. Lo supuse cuando me preguntó
usted lo que habían observado.
—Entonces, ¿cómo es posible…?
—¿Que adivinase y o que aquella criatura no era
normal? No puedo explicarle eso, doctor Chance. Se necesitarían sesenta años de
trabajar en una maternidad, viendo decenas de niños nacer día tras día, para
que pudiera usted comprender lo que y o vi en ese momento.
Chance reprimió el exabrupto que pugnaba por
escapar de entre sus labios, y dejó caer los hombros un desaliento.
—Tendré que reconocer eso —contestó—. Pero el hecho
subsiste: usted advirtió, al cabo de unos minutos de su nacimiento, e incluso
aunque el niño parecía sano y el reconocimiento practicado no reveló ninguna
deficiencia orgánica, que su cerebro estaba…, estaba vacío, ¡que no había mente
alguna en aquel cuerpo! ¡Cielos, el trabajo que tuve para convencer a los de la
OMS que usted lo había adivinado; las semanas de discusiones, antes de que me
dejasen volver a la India, para buscarle!
—Sus pruebas… —murmuró Kotiwala, como sin dar
importancia a aquella última frase—. ¿Han realizado muchas?
Chance alzó los brazos al cielo e inquirió:
—Dígame, doctor, ¿dónde demonios ha estado en estos
dos últimos años?
—Recorriendo descalzo los más humildes poblados
—contestó al fin Kotiwala
—. No he recibido noticias del mundo exterior. Este
mundo es muy reducido.
Y al decir esto señaló con la mano la rústica
calleja, las chozas míseras, los campos labrados, las montañas que lo
circundaban todo.
El joven médico aspiró profundamente y agregó:
—De modo que usted no
sabe nada, y no parece importarle.
Bien, permítame que
le informe. Pocas semanas después de haberle conocido
se propagaron algunas noticias que me hicieron recordar mi encuentro con
usted en la
India. Eran ciertos informes acerca de un repentino
y aterrador incremento de la imbecilidad congénita. Normalmente
el recién nacido comienza
a reaccionar a muy poca edad. Los más precoces sonríen tempranamente, y
cualquiera de ellos es capaz de notar un movimiento, percibir los
colores vivos y alargar el brazo para
coger algo…
—Todos, menos los que usted ha llamado vitanuls,
¿no es cierto?
—Así es —contestó Chance,
y cerró los puños
con ademán de impotencia—.
¡Esas criaturas no
dan muestras de tener vida! ¡No presentan
ninguna reacción normal! Hay una ausencia de
ondas cerebrales normales cuando se
les hace un electroencefalograma, como si todo lo
que caracteriza al ser humano hubiera…,
¡hubiera huido de ellos!
Señaló luego con el índice el pecho del anciano y
agregó con voz alterada:
—¡Y usted lo advirtió desde el primer momento!
¡Dígame cómo pudo ocurrir eso!
—Espere un momento —dijo Kotiwala, a quien el peso
de los años no restaba
dignidad—. De ese aumento de la imbecilidad, ¿se
enteró usted en cuanto y o me retiré de mis tareas en la maternidad?
—No, claro que no.
—¿Por qué « claro que no» ?
—Pues porque estábamos
demasiado ocupados para prestar atención a ciertas cosas.
Un pequeño triunfo de la medicina llenaba los titulares de los periódicos y
daba a la OMS no pocos quebraderos de cabeza. El
tratamiento antisenil se hizo público pocos días después
de conocernos usted y y o, y todo el mundo comenzó a
pedir esa panacea.
—Comprendo —dijo Kotiwala; y su figura se encorvó
con desaliento.
—¿Qué es lo que comprende usted? —inquirió Chance.
—Perdone mi interrupción. Prosiga, por favor.
Chance sintió un
escalofrío, como si de
pronto recordase la gélida temperatura de diciembre.
—Hicimos todo lo posible —continuó diciendo—, y
aplazamos el anuncio de ese tratamiento hasta que hubo existencias
suficientes como para aplicárselo a varios millones de
solicitantes. La medida resultó desafortunada, y a que todos aquellos
a quienes un familiar
se les murió poco antes comenzaron a acusarnos de haberles dejado morir por
negligencia. Comprenderá usted que en tal situación
todo lo que hacíamos parecía desacertado.
» Y, por si fuera poco, se
recibió una noticia escalofriante: ¡los casos de imbecilidad
congénita aumentaban a un diez, y luego a un veinte y hasta a un
treinta por ciento de los nacimientos! ¿Qué estaba sucediendo? Los rumores se hacen
cada vez más amenazadores, y a
que justamente cuando comenzábamos a felicitarnos
por el eficaz resultado de la vacuna antisenil se inicia el
fenómeno más estremecedor de la historia de la Medicina,
y, además, la situación
va empeorando sin cesar… En las dos
últimas semanas la proporción de
deficientes mentales totales ha alcanzado un ochenta por ciento.
¿Comprende lo que esto significa, o está tan absorto en sus místicas
contemplaciones que eso
no le preocupa en absoluto? Debe usted
darse cuenta de que, de cada diez niños que han nacido
esta última semana, no importa en qué país
o continente, ¡ocho de ellos
son animales sin mente!
—¿Y, a su
juicio, el que examinamos juntos fue el
primero de ellos? — inquirió el anciano.
Kotiwala hizo caso omiso de la
dureza que se
transparentaba en las palabras del joven médico; tenía
la vista ausente, clavada en la azul lejanía, sobre las
montañas.
—Eso hemos podido deducir —dijo Chance,
haciendo un ademán significativo con
la mano—. Cuando fuimos investigando retrospectivamente, comprobamos que
las primeras criaturas con esas
características habían nacido el
mismo día en que estuvimos usted y y
o en la maternidad y que el primero de
todos ellos nació una hora después,
aproximadamente, de conocerle a usted y o.
—¿Qué ocurrió entonces?
—Lo que
podía esperarse. Todos los recursos de la ONU
se pusieron en juego; estudiamos
los antecedentes del asunto en todo el mundo,
hasta nueve meses antes de aquel día, cuando
las criaturas debieron haber sido
concebidas…; pero no sacamos nada en limpio. Lo
único cierto es que todos esos pequeños están
vacíos, mentalmente huecos… Si no
estuviéramos en un callejón sin salida, nunca
se me habría ocurrido cometer la tontería de venir
a verle, y a que, después de todo,
imagino que en nada podrá usted ayudarnos, ¿no es cierto?
El apasionado ardor del que
daba muestras Chance desde que llegó pareció
haberse consumido de pronto, dando la impresión de habérsele agotado las
palabras. Kotiwala permaneció reflexionando durante un par de minutos, mientras los
lugareños, cada vez más inquietos, murmuraban entre
ellos. Al fin, el anciano rompió su
mutismo, preguntando:
—Esa droga antisenil, ¿ha tenido éxito?
—Sí, afortunadamente. De
no haber tenido ese
consuelo en medio de semejante desastre creo que
nos habríamos vuelto locos. Con ello ha disminuido
increíblemente el índice de mortalidad; como todo ha sido debidamente
planeado, estamos en condiciones de alimentar a todos
aquellos seres humanos que
van agregándose, y …
—Bien —le interrumpió Kotiwala—; creo que
puedo decirle lo que ocurrió el día en que
nos conocimos.
Chance le miró asombrado.
—¡Entonces dígalo, por Dios! —exclamó—. Es usted mi
última esperanza.
¡Nuestra última esperanza!
—No puedo ofrecer esperanza alguna,
hijo mío —repuso el anciano, y sus suaves palabras
resonaron como el tañido de una campana que toca
a muerto—. Pero podría sacar una deducción.
Creo haber leído que, según los cálculos, en este
siglo XXI hay tantos seres humanos vivos como los que
han muerto desde que el hombre evolucionó y pudo ser
considerado como tal. ¿No es así?
—Así es, en efecto. Yo también leí esa obra hace y
a algún tiempo.
—Entonces puedo afirmar que lo ocurrido el día en
que nos conocimos fue esto: el número de todos los seres humanos que habían
existido hasta entonces fue superado por el de los vivos, por vez primera.
El joven movió la cabeza, atónito; luego murmuró:
—Creo…, creo que no le entiendo… ¿O acaso sí…,
acaso le comprendo perfectamente?
—Y, al mismo tiempo o poco después —siguió diciendo
Kotiwala—, ustedes descubren y aplican en todo el mundo una droga que combate
la vejez. Doctor Chance, usted no querrá aceptar esto, pues recuerdo que me
gastó aquel día una broma acerca de un gusano; pero y o sí lo acepto. Afirmo
que usted me ha hecho
comprender lo que vi al mirar a los ojos de aquel
recién nacido, cuando hice lo mismo con esta pequeña.
Así diciendo, apoyó dulcemente la mano sobre el
cuerpecillo que sostenía la joven madre, a su lado, quien le dirigió una tímida
y breve sonrisa.
—No se trata de la ausencia de mente, como usted ha
dicho —añadió Kotiwala—, sino de una falta de alma.
Durante unos segundos Chance creyó oír una
risa demoníaca en el susurro del viento invernal.
Con un violento esfuerzo trató de librarse de aquella idea.
—¡No, eso es absurdo! —exclamó—.
¡No puede usted decirme que
hay escasez de almas humanas, como si
estuvieran almacenadas en algún depósito cósmico y
las entregasen por encima de un
mostrador cada vez que nace un niño!
¡Vamos, doctor, usted es una persona culta!
—Como usted bien
dice —repuso cortésmente Kotiwala—,
eso es algo que y o
no me aventuraría a discutirle. Pero de
todos modos debo estarle agradecido por haberme indicado
lo que debo hacer.
—¡Magnífico! —exclamó Chance—. Heme aquí
cruzando medio mundo, en la esperanza de que
usted me diga cómo debo actuar, y en lugar
de ello afirma usted que y o le he indicado… Pero, ¿qué va
a hacer usted?
Un brillo de esperanza asomaba ahora a los ojos de
Chance, al fin.
—Debo morir —manifestó el sunnyasi.
Y, recogiendo su cayado y su
escudilla, sin decir una
sola palabra a los demás, ni siquiera a
la joven madre a la que había consolado poco antes,
se alejó con el lento paso de los ancianos por el
camino que conducía a las altas montañas azules y a los hielos
eternos con cuyo auxilio iba a liberar su alma.

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