© Libro N° 9002. El Talismán Cíclope. Frazer, Shamus. Emancipación. Septiembre 5 de 2021.
Título
original: © El Talismán Cíclope. Shamus
Frazer
Versión Original: © El Talismán Cíclope. Shamus Frazer
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Shamus Frazer
El Talismán Cíclope
Shamus Frazer
EL TALISMÁN CÍCLOPE
Shamus Frazer
Fue por mediación de Bradbury Minor, cuando oí
hablar por primera vez del juju.
—¿Ha visto usted el dios de Winterborn,
señor? Llegó por correo esta mañana.
—¿Dios?
—Sí, de África. Tiene solamente un ojo y es
terriblemente feo, señor.
Y cuando Winterborn
lo trajo para realizar una inspección descubrí que, por una vez,
Bradbury no había exagerado: era terriblemente feo aun
cuando en la forma de distorsión que uno espera hallar en una
talla del África Occidental. El trabajo era africano,
pero las facciones y su expresión eran completamente
europeas.
—¿Envió tu padre esto, Winterborn?
—Sí, mi padrastro,
señor. Perteneció a un médico brujo. Lo tomó de
su cabaña.
—¿Y el brujo no le dio importancia?
—La carta dice que huy ó a la selva, y
así los policías de mi padre lo registraron todo
y quemaron la cabaña. Era un brujo malo y si le
hubiesen atrapado con seguridad le hubieran ahorcado… ¿Cree
usted que es un dios, señor?
—Sospecho que es un juju…, un talismán de alguna
clase…, creo y o…, un mal juju.
—¡Diablos!, es terriblemente feo… como aquel
monstruo de un solo ojo de la obra latina que estamos haciendo…, el tipo que es
un caníbal, y a sabe, señor… Polly …
—¿A cuál te refieres?
—No lo recuerdo bien, señor.
—Sin duda alguna te referirás al cíclope,
Winterborn.
Yo era nuevo en el campo de la enseñanza, pero y a
había adoptado aquel deplorable hábito de corregir a los demás.
—Polyphemus, desde luego…, este es exactamente
igual a como imagino debió ser Polyphemus, aunque mucho más pequeño. Pero pesa
mucho, ¿verdad, señor?
Tomé el talismán y le di
vueltas entre las manos. Estaba tallado en una
clase de madera dura como el hierro, y
pintada toscamente, pero con gran eficacia. Había
algo en la forma del cuerpo y la inclinación de
la cabeza
hacia arriba que era sugestivo…, pero no tenía y
o la menor idea en aquellos momentos de lo que
podía sugerir. Tenía un aspecto general casi griego:
la perfecta talla
de los cabellos rojos y
la barba que rodeaban al rostro,
pálido como la nieve, la boca cuadrada, abierta, mostrando
unos terribles colmillos de marfil que
se parecían mucho a las máscaras de
la Tragedia. Pero no era en la
antigua Grecia donde debía buscar la pista de aquella cabeza y cuello
extendido, así como aquel ojo único
que miraba hacia arriba: la asociación
que mi mente trataba de buscar
parecía pertenecer a una fecha
posterior. En consecuencia mencioné la explicación mucho antes de que me
enterase con certeza de lo que se representaba en mi
mente.
—Sabes, Winterborn…, creo que es un modelo del
mascarón de proa de una nave.
—Pero, ¿no es muy pequeña, señor?
—Se trata sólo de un modelo,
un modelo a escala reducida,
pero se parece más al mascarón de un buque
del siglo dieciocho que a los modelos usuales de los ídolos africanos.
—¡Pero si es africano!
—Es un trabajo de artesanía africana, diría y o,
pero copiado de un modelo europeo.
—Entonces no es un dios ni nada por el estilo.
Winterborn parecía sentirse un tanto decepcionado
ante mi idea. Al cabo de unos segundos de silencio, añadió:
—¡No es más que la imitación del mascarón de proa
de un buque! ¡Qué fracaso!
—No veo la razón por la cual no deba ser
un dios —dije—. Después de todo los negros han
considerado como ídolos hasta sombreros de
copa antes de ahora, y este cíclope seguramente parece más poderoso
que un sombrero de copa. Mi idea es que se trata
de un mascarón de proa de una nave esclavista…, y
esto, evidentemente, tendría una fuerte influencia como «
medicina del hombre blanco» . Es feo y tiene un
aspecto lo suficientemente maligno como para hacer ruido
entre todos los dioses de la selva. Bien, toma esta cosa horrible antes de
que me lance algún sortilegio.
Al mismo tiempo que pronunciaba estas
últimas palabras me estremecí
cómicamente, estremecimiento que al final resultó
ser real, y a que en el acto tuve una
visión en la que aquella cosa crecía
desmesuradamente entre mis manos, hasta llegar
a sobresalir por encima de los
árboles más altos, formando parte de una extraña nave cuya
proa parecía un enorme dardo, con las parchadas velas
flotando perezosamente bajo el escaso viento.
—¡El mascarón de proa de una nave de esclavos,
convertido en un dios! — exclamó Winterborn mirando a su tesoro—. ¿Realmente lo
cree usted así, señor?
—Nada me sorprendería: un negro cíclope
o Polyphemus, ¿quién sabe? Ya podrás imaginar la impresión que
produciría una figura muchas veces mayor
que este tamaño deslizándose por un río. Para lograr
que el dios estuviese de buen humor, los nativos de la
localidad seguramente tallaron este modelo en pequeño,
esto creo y o, posiblemente tallado por las propias
tripulaciones ribereñas. Luego le llevaron a tierra
y comenzaron a ofrecerle los sacrificios
que más le complacían.
—¡Vay a! Veo lo que quiere usted decir, señor…, con
eso del mascarón de
proa. Debió ser entonces un barco bestial.
—De lo peor, sin duda alguna.
—Ahora mismo no parece estar de muy buen humor,
¿verdad, señor? Quizá echa de menos tales sacrificios. ¿Cree usted que le
importaría mucho tomarse un chocolate con leche?
—Seguramente exigiría una dieta más fuerte, me temo
y o, que chocolate y leche.
—¿Sangre, señor? Y corazones humanos arrancados de
los pechos…
—Algo parecido a eso, sin duda.
—Le diré una cosa, señor. Si hay salchichas para la
cena, guardaré una para Polly.
Después de la llegada del juju, noté que
Winterborn se tomaba mucho más interés por su latín,
o al menos por los ensay os que estábamos realizando
durante aquel curso para representar la obra. Existía
la tradición en la Sheridan House School de que
los muchachos representasen al año por
lo menos dos obras en el Día
del Premio, una en latín y la otra en inglés:
Roger Edlington, quien hacía unos pocos años había heredado de
su padre la dirección escolar,
también había heredado el punto de vista, un tanto pasado
de moda, en que los padres de los alumnos debían recibir
una buena
impresión antes de ser debidamente agasajados, y
la obra en latín evidentemente estaba bien pensada como
« impresión» . Roger me había pedido
que produjera ambas obras en aquel año,
y y o había elegido el pequeño drama de Ulises
y el Cíclope porque era corto
y fácil de aprender, y por otra parte contenía suficiente
cantidad de mímica e incidentes para facilitar incluso a
los padres que no tenían la menor idea del latín, con
la ayuda de una breve sinopsis, que y o
había impreso en el programa, seguir
bien el guión. Además, el tema Grand Guignol sería
un gran contraste con Toad of Toad Hall,
que se representaría a continuación.
Winterborn, en un principio, figuraba en el reparto
como oveja cíclope, pero esto no le satisfizo nada; y cuando Fenwick cayó
enfermo con ictericia, muy pronto se presentó voluntariamente para representar
el papel de Polyphemus.
—Pero tú tienes la
mitad de la estatura de Fenwick —alegué y
o—. Y Polyphemus era un gigante.
—De todas maneras iba usted a encargar una cabeza
de cartón para Fenwick, señor. Podría hacerla un poco más alta para mí. Eso es
todo.
—Si eres capaz de representar el papel, sí que
podría hacer eso —respondí. Winterborn miró retadoramente al resto del elenco.
—Haré de Polyphemus —declaró con toda
determinación. Nadie aceptó el reto.
—Es un papel largo, Winterborn —dije y o—. ¿Serás
capaz de aprenderlo?
—Ya lo conozco, señor. Nunca pensé que
Fenwick fuera muy bueno, aunque no pescase
esa enfermedad amarilla… y así pensé que por
si acaso ocurría algo imprevisto debía aprender su papel. Y
le diré una cosa más, señor, cuando haga esa cabeza
de carnaval para mí, puede usted copiar el rostro
de Polly.
—¿De tu juju? Ya hace mucho tiempo que no le veo.
—¡Oh!, lo lleva con él a la cama —dijo Bradbury —
para que le conceda dulces sueños…, dulces, ¡cosa que no creo posible!
—¡Oh, no digas más tonterías, Bradbury, cierra la
boca! —exclamó Winterborn.
—Bien, te probaremos en esa parte del programa,
Winterborn.
Sorprendentemente fue muy bueno, y solamente hubo
que hacerle un par de advertencias. El alarido que lanzó cuando se abrasa el
ojo del cíclope fue enormemente realista…, fue parecido al grito duro y áspero
de un pavo. El muchacho consiguió el papel… y antes de que transcurriese mucho
tiempo y a estaba desempeñando el papel de ayudante de productor.
La escena donde Ulises y
sus marineros se apoderan del cayado del gigante e
introducen su punta en el ojo del dormido
Polyphemus, lo más dramático de la obra, podía
llegar a ser un fracaso si
su mecánica salía mal. Yo había
pensado en encajar un ojo postizo a la
falsa cabeza, algo parecido a
la tapadera de desagüe de una bañera, que
podría arrancarse desde el interior de un tirón. Incluso
había jugueteado con la idea de
un ojo eléctrico muy brillante que se
podría desenchufar en el momento de la repentina ceguera. Pero ninguno
de estos métodos parecía encaminarse al ridículo
o al desastre. Fue Winterborn quien dio con la solución
que, aunque horripilante, fue eficaz y sencilla.
—Mire, señor, se coloca el cayado de
hierro en el brasero para calentarlo. El fuego debe
ser solamente papel rojo con una luz por la parte posterior.
Bien, ¿no podríamos poner un pote de pintura roja también en
el brasero? Entonces todo lo que tienen que hacer es meter el
extremo del cayado en la pintura
de manera que cuando lo retiren aparecerá la
punta roja para introducirla
luego en mi… sobre el ojo pintado de Polyphemus…
—Es una buena idea,
Winterborn…, pero se necesitarán dos cabezas
para las dos representaciones. Me gustaría
probarlo en la escuela, primero en
el ensay o de ropas, y apenas habrá tiempo de volver a
pintar la cabeza para la representación ante las
familias, del día siguiente.
—¡Oh, eso no tiene importancia, señor! —dijo Winterborn—. Todos ayudaremos a hacerlo.
Fue el método que y o adopté.
Construimos el
entramado de alambre y cartón piedra, empleando el modelo del juju de
Winterborn. Colocamos parches de crepé rojo para el pelo
y barba y la única ceja, y el
efecto final fue
verdaderamente horrible.
Era como si el juju mediante alguna monstruosa forma de
partenogénesis hubiese concebido aquel par de
gigantes gemelos, un reduplicado hinchado y siniestro de
sí mismo.
Las
obras de verano se representaban al aire libre
cuando lo permitía el tiempo, y hasta algunas veces cuando
no lo permitía. Se colocaban sillas en
el césped formando un amplio semicírculo cuy o pivote
sobre el suave césped era un pequeño
pabellón de verano con columnas, muy parecido a una
construcción griega, a un templo heleno, protegido por enormes hay as que
proporcionaban sombra y buen sonido a los actores. Este
rincón del parque formaba un teatro natural, y a que los setos
que bordeaban el semihundido Paseo de
las Hay as, ofrecían gran número de senderos
ocultos que se podían aprovechar para entrar y
salir en escena, y el jardín del templete tenía una elegancia
extraña que le permitía ser tanto palacio como cabaña, Toad Hall y
la cueva del Cíclope, en la misma tarde sin el
menor esfuerzo de imaginación.
En la tarde anterior al ensay o con trajes, los
actores se reunieron allí para realizar los últimos ajustes a sus ropas.
A Polyphemus se le entregó una
larga capa roja que colgaba de unas enguantadas
alas sujetas a la cabeza falsa, y desde un orificio por el
cual Winterborn atisbaba como un enano. Tenía un
aspecto prodigioso. Molly Sabine, que estaba rellenando las vestiduras de Rana
y ajustando sobre su cabeza formada por
una cesta, los ojos que más bien parecían dos
pelotas de tenis, lanzó un pequeño chillido cuando se volvió
hacia el disfraz de Winterborn y vio el ojo pintado que se
alzaba sobre ella.
—¡Cielo santo! —exclamó volviéndose
hacia mí en débil
protesta—. ¿No es eso demasiado horrible, James? Vas
a lograr que los muchachos sufran pesadillas.
Winterborn se sentía muy complacido.
—Acabo de atemorizar a
Sabby enormemente —dijo desde los
pliegues de su capa roja—. Drácula y Frankenstein no son nada
a mi lado. Tendréis que llamar a enfermeras profesionales
de la Cruz Roja y hombres con camillas para trasladar a
las madres que se desmayarán en el Día
del Premio.
—Ven aquí —dije— y déjame quitarte esa cabeza antes
de que la tuya se hinche demasiado para permitirlo.
Los trajes y cabezas
quedaron almacenados en el pabellón
de verano hasta el día siguiente.
Winterborn permaneció detrás de mí, mientras y
o comprobaba lo que había y lo encerraba todo. Estuvo
musitando latín durante
todo el tiempo como si deseara impresionarme sobre el hecho de
que su dicción era perfecta y que
podría desempeñar cualquier otro papel si también era necesario.
—Pero, ¡oh, señor! —exclamó cuando regresábamos
caminando sobre el
césped—. He dejado ahí dentro a Polly.
—Bien, has dicho que vas a
llevarle bajo tu capa
mañana como mascota…, de manera que, ¿por qué
no debe estar ahí con el resto del material?
—Es que prometí prestarlo esta noche a Custance.
Pero no importa, señor.
Podrá pasarse sin él otro día, creo y o.
—¿Y qué diablos quiere hacer con él Custance?
—Bien, es curioso lo que Sabby …, lo que
dijo acerca de pesadillas. Verá usted, si dormimos con
Polly bajo la almohada todos tenemos sueños.
—Todos tenéis sueños…, ¿qué quieres decir con eso?
—Ya lo hemos probado, señor. Todos soñamos con ese
barco.
—Tonterías. Tenéis mucha imaginación.
—Al principio creí que sería debido a pensar en
él…, que no eran verdaderos sueños. Pero todos lo hemos probado en nuestro
dormitorio, y siempre soñamos con ese horrible barco.
—Quizá es que
estáis demasiado nerviosos con el Día
del Premio e imagináis cosas.
O probablemente lleváis encima demasiado contrabando
después de apagar las luces y lo pagáis
con malos sueños. Será preciso dosificar esas pesadillas…
—No son exactamente pesadillas, señor, a
causa de la emoción. Hay oscuridad y
cantos, muchos cantos; las maderas crujen y
nosotros rodamos de un lado para otro
de manera que las cadenas chocan constantemente.
Y hay gritos en la oscuridad, y sobre todo esto
cierta sensación de algo que va a suceder. Comparamos impresiones y
todo es igual excepto el suspense
que se está
haciendo cada vez más intolerable…
—Pues está bien que hay as
dejado tu juju en el pabellón
de verano. Necesitas dormir todo cuanto
puedas para los dos próximos días… y no estar despierto a
todas horas contando historias de horror.
—¡Oh, no estamos despiertos, señor!
Nunca hablamos hasta que llega
la mañana. Entonces es cuando charlamos… sobre el barco… y
lo que puede suceder a continuación.
—Bien, pues olvidarlo todo hasta el día del Premio.
Los maestros de preparatoria, al igual
que los padres para los que actúan a menudo,
escuchan a medias cuando un muchacho está hablando.
Los mundos del adulto y del muchacho tropiezan, pero no
se penetran mutuamente. He desenterrado esta conversación
sostenida con
Winterborn únicamente cuando más tarde los
acontecimientos hicieron necesario que y o
la recordase. Porque, efectivamente, la
conversación inmediatamente se olvidó y quedó
sumergida en los acontecimientos de la rutina diaria tan
pronto como él y y o llegamos a los edificios de la escuela y
seguimos desde allí diferentes caminos.
Ninguna madre se desmayó realmente en
el Día del Premio, aunque algunas confesaron que
consideraban « molesta» la obra en latín.
Winterborn se sintió muy conmovido a causa de
las felicitaciones de sus condiscípulos tras el ensay
o hecho con trajes, y
actuó muchísimo mejor en la
segunda representación. Tenía un aspecto soberbiamente obsceno:
los pequeños pies calzados con sandalias y mostrando los finos
tobillos bajo el borde de
la capa escarlata que ayudaba
a exagerar la deformidad de los hombros y de la cabeza
que se balanceaba torpemente; y la voz aflautada que salía de
todo aquel tinglado era grotesca pero no absurda.
Hubo risas nerviosas cuando pronunció sus primeras
líneas, pero más tarde el público llegó a aceptar su terrible aspecto como una
de las más características deformidades del monstruo que representaba.
Y cuando se situó entre las columnas del
templete del jardín con su horripilante rostro pintado
y embadurnado en rojo, para soltar las gotas de
pintura escarlata al mismo tiempo que lanzaba un grito
estridente como si fuera el de un herido monstruo
prehistórico, el grito casi rasgó
las membranas de los cerebros presentes. Era un grito
inhumano. En aquel instante todo el mundo olvidó al
muchacho que atisbaba por la pequeña abertura de
la roja capa: era el propio cíclope el que lanzaba un
fantástico alarido de dolor.
Los padres se sintieron terriblemente
impresionados por aquel grito, o al menos eso supuse
y o
cuando más tarde escuché sus comentarios durante
la hora del té en el jardín. Pero sus hijos
les dijeron que aquél era un grito de as, un
grito magnífico, súper, de verdadero brujo…, y
Winterborn recibió por ello una larga serie de alabanzas por parte de
los adultos.
Las madres, haciendo
una enorme variedad de comentarios bajo la también
gran variedad de sus sombreros, se sintieron impulsadas a
admitir que la obra en latín, y especialmente Poly phemus, y
por supuesto su grito, había sido
indudablemente formidable. Pero aun así
había miradas bajo los sombreros que eran ligeramente
críticas, exactamente igual a la mirada que me había
dirigido Molly Sabine, dos días antes, que sugerían que evidentemente la
obra en latín había impresionado a los padres,
pero no en la forma en que Roger Edlington había
intentado. Me di cuenta de que preferían, cuando sus hijos lo
permitieron, hablar de Toad of Toad Hall, que había
sido todo lo que se esperaba de ella y que había ayudado a
disolver mediante felices y alegres carcajadas las
tensiones creadas por la representación de Winterborn.
Como es corriente en estas ocasiones, hubo muchas
cosas que hacer cuando partió el último coche con los padres. Se permitió a
algunos de los muchachos quedarse en pie y ayudar. Los bedeles del colegio y a
estaban amontonando las sillas alquiladas y una montaña de diversos objetos y
un grupo de muchachos
ayudaba a cargarlo todo en camiones. Las sillas de
la escuela se devolvieron a la biblioteca y a otras aulas de donde se habían
cogido. El parque era un lugar de terrible confusión, pero de confusión
organizada, de donde logré tomar unos cuantos actores para que trabajaran en el
pabellón de verano y en los varios
« camerinos» que se habían
construido en los senderos. Recogimos los aplastados tubos
de cosmética, lápices para las cejas, frascos vacíos,
y todo ello lo guardamos en las cajas del maquillaje.
Pelucas, trajes, cabezas de animales, y espejos se colocaron en cestas
de la lavandería y luego se enviaron al cuarto de
plancha para su posterior clasificación
y almacenamiento. Las dos grandes cabezas de cíclope,
todavía húmedas de pintura,
se dejaron en compañía de otros objetos en
el templete griego… en compañía de
la vieja red de tenis, los polvorientos paquetes
de cañas de bambú, la
máquina averiada para marcar líneas en
el terreno, y las desvencijadas sillas de lona.
Antes de cerrar lancé una ojeada a mi alrededor
para comprobar que no faltaba nada y que no había olvidado algo. Había una cosa
sobre el alféizar de la ventana: era el juju de Winterborn.
—Mira esto —dije—, ¿dónde está Winterborn? Se dejó
atrás su mascota.
—¡Oh, la llevaré y o, señor! —dijo Custance—.
Winterborn me pidió que la buscase.
—¿Dónde está él? No lo he vuelto a ver desde que
terminó la obra, su representación.
—Creo que no se siente muy bien, señor.
—¿Se ha ido a la cama?
—No, señor. Está sentado ahí fuera, sobre la
hierba.
—Está bien. ¿Tienes y a esa mascota? Yo voy a
cerrar.
Me detuve entonces entre
las columnas dóricas. Estaba oscureciendo. Una
luna descolorida, los planetas y las estrellas bordaban y a un
cielo azul negro. Entre los árboles la casa de estuco parecía
muchísimo más blanca, un
blanco fantasmal sobre el que unas abiertas ventanas y a
iluminadas por la luz eléctrica
se destacaban como si fuesen manchas de sangre
sobre un blanco espectro.
Acababa de levantarse un viento frío con la
salida de la luna. Recordé al
cegado Polyphemus balanceándose en aquel mismo lugar horas antes,
reuniendo fuerzas para lanzar aquel poderoso grito… y sentí
un estremecimiento.
Custance y
a atravesaba el césped haciendo
oscilar el juju como si se tratara de un llavero. Cuando le
seguí salió una figura de entre los arbustos situados en un lado
del césped. La figura avanzó hacia él.
—¡Eh, Custance! Te hablé en serio. No debes
llevarle esta noche.
—Me lo prometiste. Me lo prometiste hace dos
noches.
—Pero te lo advertí. Está de muy mal humor…
—¡Oh, no digas tonterías, Winterborn! Lo
imaginaste. Solamente se trata de madera pintada. No pudo haber hecho lo que
has dicho.
—Déjalo abajo… en tu pupitre. En cualquier parte.
No lo lleves al dormitorio esta noche…, ven, dame eso.
Hubo una breve lucha, y luego Winterborn lanzó un
grito.
—¿Lo ves?…, y a te lo dije. Acaba de morderme.
Custance se había liberado de Winterborn y en aquel
momento interpretaba sobre el césped una especie de danza salvaje blandiendo el
juju.
—¡Imaginación! —gritó por encima del hombro—. Los
dos son de madera desde la cabeza a los pies. Nunca podrías sentir un mordisco.
Winterborn estaba apretándose un dedo entre los
dientes cuando y o me acerqué a él.
—¿Te has herido la mano, Winterborn?
—Tiene unos dientes terribles, muy agudos. Salió
sangre cuando mordió.
—Querrás decir que tu mano tropezó con esas cosas
que tiene en la boca, al luchar con Custance ahora mismo.
—Quizá hay a sido eso, señor. Tengo el dedo herido
en ambos lados…
Y al pronunciar estas últimas palabras alzó el dedo
lleno de sangre. Después, añadió:
—Esos colmillos son como púas.
—Mejor será que vayas a ver a la directora y le
pidas que te lo vende.
Custance me ha dicho que no te sentías muy bien
esta tarde.
—Noté cierto malestar después de
la representación, pero y a se me ha pasado.
—Fue un…
Me detuve para elegir la palabra más idónea e
inmediatamente la palabra se eligió a sí misma para que y o la pronunciara:
—… un éxito « fantástico» tu representación de esta
tarde.
—Eso es lo que dicen todos, señor. Pero…, pero no
recuerdo muchas cosas después de haberme quedado ciego, excepto el hecho de que
estoy seguro de no haber hecho aquel ruido.
—¿Qué ruido?
—El grito, señor… y luego el ruido de espantoso
gorgoteo que siguió después.
—Ciertamente te portaste bien, Winterborn —dije y
o—, y creo que algunas personas, por ejemplo, la directora…, bien, no se dieron
cuenta.
—Ni y o tampoco, señor. Verá usted,
después de que Ulises y sus griegos metieron el cayado
por mi ojo y y
o me puse en pie, me enredé en los
pliegues de la capa. No
veía nada, señor. Todo estaba
terriblemente rojo y oscuro. Creo
que en aquel momento tuve miedo de escena o como se
llame esa sensación. Temía tropezar y golpear la
cabeza contra las columnas del
templete o tropezar en los escalones. Yo tenía a
Pol… mi juju, y a sabe
usted, bajo mi capa. Y cuando estaba luchando
con aquellos antipáticos pliegues de tela roja en busca de
aire para respirar mejor y ver la luz del día…, bueno…, suena estúpido, señor, y
quizá y o estaba muy cansado y lo imaginé, pero…
—Adelante, Winterborn, ¿qué más?
—Me pareció, señor, que
aquella imagen se retorcía entre mis manos y
entonces…, « entonces gritó, señor» …, fue aquel grito terrible
con el gorgoteo posterior… Le dejé caer al suelo como si
fuese un hierro candente y le oí caer sobre el escalón
donde pareció retorcerse como una serpiente y luego
sentí también cómo me mordía un tobillo.
En aquel momento me las arreglé para
encontrar la abertura de la capa. Entonces vi todas
las caras y supe dónde estaba y que tenía que
pronunciar más palabras en latín. Fue como cuando
una pesadilla se convierte en un sueño ordinario, señor. Me sentí
aliviado, pero deseando despertarme en caso de que
sucediera algo peor.
—Si me preguntas, te diré que
esta representación ha sido para ti
un gran esfuerzo. Cuando te
enredaste en la capa sentiste pánico
e inmediatamente imaginaste todo cuanto me acabas de
decir. Te dejaste arrastrar por el papel y quizá creíste
que el primer grito no sonaba con suficiente fuerza desde allí
dentro, y así, cuando lograste liberar tu rostro, lo prolongaste
con aquel espantoso gorgoteo de garganta.
—Quizá, señor. Eso mismo he
intentado explicarme a mí mismo. Sudaba mucho bajo aquella
larga capa y probablemente la cosa resbaló
de mis manos. Y así debí pensar que se retorcía entre mis
manos, lo solté, y me tocó en un tobillo.
—Por esa razón gritaste tan bien. No había
necesidad
de actuar en tal momento. Pero ahora te
llevaré hasta la señorita Sabine, y haré que te curen ese
dedo… y el tobillo. Y mientras lo hace le
diré también que te dé un par de aspirinas. Lo que necesitas esta
noche, querido muchacho, es dormir todo lo que puedas.
—Bien, me alegra que sea Custance quien tiene esta
noche a Polly y no y o
—dijo Winterborn a la vez que partíamos hacia los
edificios de la escuela.
En las semanas que
siguieron al Día del Premio, el tiempo
se hizo tropical. Los
días fueron muy calurosos y pesados.
Era como si el aire hubiese adquirido
la cualidad del metal, como si la tierra comenzara a
cubrirse con una máscara dorada, con un Faraón que soñara y
se creyese muerto, yacente, sin movimiento y
aun así vivo en su propia imagen dorada. Los
árboles aparecían como tallados sin que se moviese ni
una sola de sus hojas.
Era imposible trabajar en las aulas.
Los muchachos se sentaban ante sus pupitres, con los rostros
ardientes y sin el menor deseo de hacer nada. Las
voces de sus maestros tenían efecto soporífero, como el zumbar
de mil insectos. Cuando podía y o
daba mis clases en alguna parte del parque donde
hubiese sombra, pero no puedo decir que allí se lograse realizar un
buen trabajo. Mi
propia voz ciertamente parecía ejercer también
efectos soporíferos sobre mí.
El único lugar donde podíamos alcanzar la ilusión
de hallarnos frescos era la
piscina. Sus aguas, calentadas por el sol
durante todo el día, eran caldo
caliente. El personal podía bañarse allí después de que se
hubiesen apagado las luces, pero era igual
que meterse en aceite caliente, y el pequeño esfuerzo que
se hacía para flotar hacía que el aire
nocturno fuera más pegajoso cuando uno salía del agua.
La puesta del sol no produjo alivio del
calor.
Al menos así me lo parecía. Por el contrario, aumentaron las
incomodidades. Las noches eran períodos de
tiempo sin viento, y había en la oscuridad
cierto reflejo rojizo, invisible, que había descrito
Winterborn cuando recordaba su momento de
pánico al luchar con los pliegues de su capa. Se tardaba mucho
en conciliar el sueño y cuando llegaba quedaba roto por extraños
sueños y sonidos. A menudo había relámpagos en el horizonte
y en la lejanía sonaba el bramar de los
truenos. Estábamos rodeados por
un enorme círculo de
tormentas, pero ninguna estallaba.
Para empeorar las cosas, en la tercera semana de la
ola de calor, la piscina quedó prohibida por orden del médico del colegio.
Varios muchachos se
sentían afectados por una enfermedad cutánea…, una
especie de diviesos que el doctor Halliday consideraba
que podían ser contagiosos y tenían su origen en el agua de
la piscina.
Ciertamente, la enfermedad no respondía
a su tratamiento: dijeron que las
inyecciones de penicilina aún inflamaban más las
hinchazones. Se drenó la piscina, pero el contagio,
si era tal…, continuó extendiéndose.
Los muchachos afectados no tenían
fiebre y a todos se les permitía asistir a las clases,
bien ocultos sus diviesos bajo una compresa de gasa.
En realidad y o no vi uno de tales diviesos hasta
que en una noche, normalmente tórrida, en la que
sufría un terrible dolor de cabeza, había ido a la
« clínica» de Molly Sabine, tras el
general apagón de luces, para tomar una aspirina y una
tableta para dormir. En aquel momento
acababa de entrar allí Custance, ataviado con
su pijama y parpadeando.
—Creo que ahora tengo morriña, directora —dijo—.
Tengo un pequeño bulto en el pecho.
—Haces y a el número siete de tu dormitorio —dijo
Molly —. Quítate el pijama y déjame echar una mirada…, súbete ese faldón
estúpido…, así.
Había una mancha oval en el centro del pecho…, un
enrojecimiento ligeramente hinchado bordeado por una piel cuarteada y
amarillenta.
—¿Están todos así? —pregunté.
—Todos igual —dijo
Custance—, pero Bradbury tiene un divieso en
el brazo y el de Felton está en su
estómago. Winterborn lo tiene en la clavícula, y …
—¡Estate quieto! —estalló Molly a la vez que
limpiaba con una loción el extraño grano—. ¿Te duele?
—Bueno…, creo que me late…, pero no me duele
exactamente.
—Te pondré
una compresa para que no lo rasques. Ven a verme por
la mañana.
—Está bien, directora. ¿Cree usted… que es una
picadura de mosquito?
—Podría ser. Dejarás de jugar y vendrás aquí por la
mañana para la cura,
¿entendido?
—Custance —dije y o—, ¿qué es lo que ha estado
sucediendo en ese barco?
¿Lo sabes tú?
El muchacho me miró abriendo mucho los ojos.
—¿Sabe usted lo de ese barco, señor?
—Algo sé. Creo que iba a suceder no sé qué. ¿Tengo
razón?
—¡Oh!, tomamos el barco que usted y a
conoce —respondió el muchacho con aire distraído—
y matamos a algunos en la lucha, y al resto
los sujetamos con nuestras propias cadenas. Hubo
una tormenta… Felton fue quien soñó esa parte, señor…,
y el buque se arruinó. Cuando me tocó
a mí el turno, y a no quedaba mucho de
él. Por todas partes había
selva impenetrable y había fuego en unos
claros, y arrastramos una cosa enorme desde los árboles.
Los tambores sonaban locamente y una o
dos veces esta cosa…, creo que era una especie de
ídolo…, se tambaleó y se estrelló, y cuando
esto ocurrió todo el mundo comenzó a lamentarse.
—Aun así…, ¿sabes de qué se trataba?
—En mi sueño era la hora de
dormir. No pude
ver mucho. En compañía de los demás tiré
de las sogas.
—¿Qué diablos estás diciendo? —preguntó Molly.
—¡Oh, no es más que un serial! —respondí y o—, una
historia que los muchachos del dormitorio de Custance se cuentan unos a otros.
—Le diré esto, señor —continuó Custance—. No me
gustaría ser ellos.
—¿Ellos?
—Los hombres que atamos. También los llevamos a la
selva y …
—James, por favor —dijo Molly —. Es hora de que
este chico esté en la cama…, ahora te irás a tu dormitorio, Custance, y procura
no rascarte.
—¡Oh, no me pica
ni nada! Siento algo, eso es todo…, noto solamente un suave
golpear, un latido como cuando se tiene
sujeto en la mano a un pájaro…, buenas noches,
directora…, buenas noches, señor.
Cuando el muchacho se fue, dije:
—El doctor Halliday está desorientado
con esas hinchazones, ¿no? ¿Qué supone sobre
todo esto?
—Cree que puede tratarse de
la mordedura o picadura de
un insecto de alguna clase.
—¿Y usted?
—No lo sé. Nunca he visto antes de ahora cosa
semejante.
—Yo creo haberlo visto —respondí—. Esa hinchazón
del pecho de Custance
es como un ojo…, un ojo con
una catarata y un párpado semitransparente sobre ella…,
¿tienen todos el mismo aspecto?
—Sí, el mismo. Ahora que
usted menciona eso, efectivamente, todas las hinchazones
tienen el aspecto de un ojo.
—¿Y hay algún muchacho que muestre más de una
hinchazón de esa clase?
—No…, un momento…, no, creo que no.
—Es curioso que esa epidemia por llamarla de alguna
manera sólo se hay a dado en los dormitorios de los chicos mayores.
—Eso es lo que me hace pensar que el doctor estuvo
equivocado al prohibir la natación en la piscina…, pero supongo que sabrá lo
que hace… Y a propósito,
¿qué era lo que trataba de decir Custance
con esa extraña historia, cuando le
envié a la cama?
—No estoy seguro. Tiene algo que ver con el juju de
Winterborn.
—¡Oh! —exclamó Molly un
tanto desesperada—. Hasta ahora han estado llevando esa
cosa horrible a los dormitorios. Una vez lo
encontré en la cama de uno de los
chicos. Les dije que si alguna vez volvía a ver aquella
cosa en un dormitorio la confiscaría.
—¿Cómo tomaron eso?
—¡Oh, hubo las usuales protestas! Pero
comprendieron mis intenciones.
—Molly —dije—. ¿Esperaremos una hora o algo así y
luego registramos los dormitorios? Me gustaría saber quién tiene esta noche ese
juju.
—No se atreverán…, no dejé la menor duda de que se
lo confiscaría y castigaría al muchacho responsable.
—Francamente creo que podrá usted confiscar eso
esta misma noche.
Incluso desde la mitad del pasillo pudimos oír,
a través de la puerta entreabierta, que
los muchachos del dormitorio de Custance aún no se habían
dormido. Caminamos de puntillas los últimos pasos por el pasillo sin iluminar y
nos detuvimos para escuchar los excitados murmullos que
partían del ulterior del dormitorio.
—Te digo que es verdad. Si uno sueña, soñamos
todos.
—¿Quieres decir que y o soñaré ahora aun cuando no
esté conmigo? — preguntó Custance a otro muchacho.
—Sí, cualquiera que tenga la marca: nosotros siete
y los que están en los otros dormitorios.
—¿La misma cosa?
—Siempre la misma cosa.
—¿Quién lo tiene esta noche?
En aquel momento hablaba Bradbury.
—Yo lo tengo. Winterborn dijo que todo iba bien.
—¡Vay a, Felton! Me pregunto qué es lo que en
realidad vamos a hacer con ellos.
—Lo sabes, lo sabes muy bien —dijo alguien riendo
entre dientes en plena oscuridad—. Los estamos alimentando desde hace semanas,
¿no?
Molly Sabine encendió las luces.
Hubo unos rápidos movimientos, el crujido de
los muelles de las camas, y un súbito coro de
ronquidos. Ni una sola cabeza se movía en su almohada.
—Estabais charlando después de la hora de apagar
las luces —dijo Molly en voz alta.
Nadie habló ni se movió.
—Bradbury —dije y o—, entrega eso a la directora.
El muchacho se volvió
simulando parpadear bajo la luz y a la vez
pretendiendo despertarse.
—¿Cómo…, qué…, qué es eso, señor?
—Lo que tienes en tu cama.
—¿En mi cama, señor…? ¿Qué quiere usted decir,
señor? No tengo nada.
Algo muy pesado cayó en aquel mismo
momento sobre el suelo del dormitorio. Los
otros muchachos decidieron despertarse
ante el ruido, pero aun así
su representación fue muy pobre.
Recogí el juju del suelo. Había caído junto a la
cama de Bradbury y a continuación lo entregué a Molly.
—Su premio —dije.
Pero Molly parecía estar
tan enfadada conmigo como con los muchachos. Me
lanzó una de sus rápidas miradas antes de enfocar sus
baterías a todo el dormitorio.
—Muy bien —dijo—, todos habéis
estado charlando después de apagarse las luces y os voy a
castigar. Sabéis bien lo que os dije
sobre el hecho de traer esta cosa
horrible al dormitorio. Bien. Pediré al señor Herrick que
lo guarde durante el resto del curso. Y… Bradbury, te castigaré por
la desobediencia y por mentir. Ahora si sorprendo a
alguien charlando una vez más esta noche, enviaré a
todo el dormitorio al director.
Molly apagó las luces y salió de la habitación con
ademán majestuoso…, dejando tras ella un profundo silencio.
—Creo, James —me dijo cuando
llegamos a su habitación—, que si usted sabía que se llevaban
esto al dormitorio debía habérmelo dicho.
—Bien, pero y o no sabía que usted lo prohibiría. Y
hasta esta misma noche supuse que era una cosa inofensiva. ¿Quiere guardarlo
usted?
—No. Hágase usted cargo de él.
Y procure que Winterborn no lo
tenga hasta el fin del curso. Y, James…
Molly se detuvo esbozando una sonrisa con la que me
decía que estaba perdonado, que se había esfumado su enfado, y que volvía a ser
la mujer de
siempre:
—… puede llevárselo a la cama cada noche, si gusta.
No me agradaba. Lo guardé en mi armario y cerré la
puerta con llave. Pero aun así soñé.
Hacía un calor terrible y
estaba empapado de sudor desde
los pies a la cabeza. En alguna
parte había un incendio que producía
grotescas sombras como demonios alrededor de la cabaña. Los muros de barro
parecían escarlata bajo aquella luz y
vi cómo un enorme escorpión cobrizo trepaba
por encima de mi cabeza y se ocultaba en el techo
de paja. En mi cerebro sonaba un monótono
canto acompañado por el batir de
los tambores. Regueros de sudor, tan molestos como una nube
de moscas, se deslizaban por mi cabeza y rostro para detenerse en los ojos.
Súbitamente cesaron los cantos
y el sonar de los tambores, y en el largo
silencio que siguió, luché desesperadamente
para desembarazarme de mis cadenas. Un grito terrible
apuñaló mi corazón como si fuera un cuchillo
y caí hacia atrás sobre el duro suelo
de barro. Fue seguido de
un enorme suspiro, como exhalado por el
mismo infierno, o de todas
las bocas del averno. Comenzaron de nuevo los cantos
y el sonar de tambores, pero con más violencia
que antes, acompañados por el golpear
de innumerables pies. El horror
iba en aumento con el ritmo del canto. Entonces
un cuerpo fue arrojado en el interior de
la cabaña, tropezó con las piernas de alguien y cay ó
sobre mí, en el suelo. Bajo la luz
del fuego vi el rostro sangriento y mutilado, y desperté
gritando: « ¡Los ojos! ¡Se han comido los ojos del
capitán Zebulon!»
Cuando de
nuevo me dormí, las sombras habían tomado una forma delirante. Se movían danzando
a mi alrededor. Unas enormes cabezas se movían sobre
diminutos cuerpos pintados y unas piernas emplumadas y
tatuadas se agitaban
sobre mi cabeza. Una mujer embadurnada con
pintura amarilla cay ó sobre codos y rodillas y
así permaneció, con
sus senos temblando y expulsando espuma por
la boca: me gruñía como un chacal y
se acercó más a mí, retorciéndose. Alguien cubierto
por una piel de hiena la apartó a un lado violentamente y se
inclinó para darme comida de
una calabaza pintada. Oí una voz
que murmuraba en mi oído: « No lo comas. Es
Zebulon» , y entonces desperté para contemplar un rojizo y
silencioso amanecer, y el familiar espectáculo de las
hay as que se alzaban más allá de mi ventana.
Me levanté y me vestí.
Abrí el armario y saqué de allí el talismán cíclope, y
durante un rato estuve junto a la ventana pensando en lo que
debía hacer con él. Mi habitación estaba orientada a
una parte del Paseo de las Hay as, y allí era
el punto donde más se aproximaba a un ala de
la casa: las hay as se perdían a lo lejos, y a la izquierda
se veía el parque y el pequeño templete.
Con la creciente luz del
día el horror de la noche fue
haciéndose más y más remoto. Mis temibles
sospechas de hacía solamente un
rato comenzaron a parecer absurdas. De todas maneras no deseaba
compartir mi habitación otra noche con aquel trozo de
dura madera tallada que
sostenía en aquel momento como un cetro sobre mi antebrazo.
El problema quedó resuelto al fijarme en
el pabellón de verano. El templete griego sería el «
hogar» de Polly hasta fin de curso.
Antes de que alguien se hubiese levantado tomé la
llave del tablero que había en la oficina de
la escuela, salí por una
puerta lateral y caminé sobre la
hierba empapada de rocío hasta llegar al pabellón.
Allí escondí el juju de Winterborn, en
el interior de un rollo de red vieja y
luego cerré la puerta del pabellón. Sentí
un gran alivio cuando regresé a la escuela. El
pequeño ídolo estaba más seguro allí. Que las arañas y los
ratones soñaran con él, si él así lo deseaba. Me
sentí contento conmigo mismo y al
mismo tiempo enormemente consciente de lo absurdo
de mi actitud.
Hubiera sido más razonable, tal y como se
desarrollaron los acontecimientos, haber seguido mi primer impulso que era
meter al cíclope en la caldera de la calefacción.
Winterborn armó cierto ruido a causa de la
confiscación de su dios.
—Señor, no es justo. Yo no
sabía que Bradbury le llevaría al dormitorio…, se lo digo
de verdad, señor. ¿No puedo recuperarlo si prometo que
nunca más le llevaremos arriba?
—La directora ha dicho que lo tendrás a final de
curso. Aun cuando la pudieras convencer de
lo contrario, prevalecerá mi opinión.
Estará encerrado hasta finales del curso.
—Pero, señor, ése… es mi dios.
No sabía que Bradbury lo había cogido…, si él viene y le dice a usted
que y o no sabía nada, ¿no será posible…?
—Me dijo que se lo habías prestado y los demás así
lo han confirmado.
—¡Los sucios embusteros! Pero, señor, ¿no puedo, de
vez en cuando verlo, y tenerle conmigo un rato?
—No.
—¿Dónde lo ha guardado, señor? No está en su
habitación.
—¿Cómo sabes eso, Winterborn?
—Bien. Yo… no lo sabía, solamente lo suponía. Pero,
¿dónde lo ha puesto, señor?
—Puedes seguir suponiéndolo.
Winterborn cerró los ojos y en sus facciones se
reflejó una expresión de infinito sufrimiento. Se acercó más a mí. Mostraba un
vendaje por la entreabierta camisa deportiva. Era la última cura que sin duda
alguna le había hecho Molly
Sabine.
—Esto no es justo. Esta
escuela es una esclavitud —murmuró con
los ojos todavía cerrados.
Se ciñó más a mí, hasta el punto
de que por un momento creí que iba
a perder el conocimiento.
—¿Qué es lo que te ocurre, Winterborn? —pregunté—.
¿Estás enfermo? El muchacho abrió los ojos y dijo:
—No, solamente es sueño…, todo va
bien ahora, señor. Allí el dios estará
bien. ¿Me permitirá usted recuperarlo en el último día
de clase?
—En el último día.
Durante varias noches continué
soñando, pero lo atribuí más al calor
que al juju. En
aquellos momentos mis pesadillas parecían consistir en sonidos,
gritos extraños, lamentos, y un lejano sonar
de tambores. Estos
ruidos me despertaban y hacían que
todos mis sentidos permaneciesen alerta y alarmados…,
mis ojos forzando la visión en la
oscuridad, mis oídos escuchando al enorme silencio
que reinaba, y mi respiración controlando los latidos
de mi corazón. Antes de que transcurriese mucho tiempo
descubrí que otros también habían escuchado los ruidos que
y o atribuía a mi imaginación.
—Ese pájaro maldito —observó Roger Edlington a la
hora de desayunar, una mañana— me ha tenido despierto la mitad de la noche. ¿Lo
has oído tú, James?
—¡Un pájaro! —exclamé—. Escuché ruidos muy extraños
durante varias noches…, pero no pude identificarlos.
—Pienso que quizá se hay
a escapado de su jaula alguno de
los pájaros del coronel Torkington. Estuvo chillando
por toda la casa durante horas. Al principio creí que se
trataba de un
pavo, pero el grito era más agudo
y prolongado. Quizá se trate de algún loro o algo
por el estilo.
—Las aves del coronel Torkington están a cinco
millas de distancia —observé
y o.
—Lo sé. Es extraño que algún pájaro hay a volado
hasta aquí. Pero es la única
explicación que encuentro a ese ruido nocturno.
Telefonearé a Torkington esta misma mañana y le diré que envíe a uno de sus
hombres para que se lleven a ese animalito.
Más tarde, en la misma mañana, me encontré
con Roger en la biblioteca. Ante él, sobre
la mesa, había dos volúmenes de
la Enciclopedia Británica y varios libros
sobre pájaros.
—Torkington no ha perdido ninguno de sus pájaros,
James —dijo—. Pero de una cosa sí estoy seguro: que el pájaro de la noche
pasada no era un búho…
Comenzó a volver las páginas de la enciclopedia.
Luego añadió:
—La dificultad con estos expertos en pájaros es que
resultan ininteligibles e inútiles al tratar de explicar en letra impresa los
gritos de los pájaros. O bien se muestran en sus descripciones vagos y poéticos
o dicen que son sonidos
musicales, o hablan de « notas límpidas» y de «
escalas descendentes» .
—Sospecho que el pájaro de la última
noche no era vago, ni poético ni musical.
—¡Desde luego que no! —exclamó Roger, frunciendo el
ceño al inclinarse sobre su estudio de los hábitos y canto del « pájaro que
ríe» .
Estuvimos levantados hasta muy tarde
aquella misma noche, y aproximadamente a la una oímos un
extraño grito muy cerca de la casa. Era un largo
y áspero lamento seguido de un horrendo gorgoteo. Roger
salió al exterior armado con una
escopeta para cazar a la criatura bajo la luz de la luna.
Al cabo de veinte minutos regresó para informar sobre
su fracaso.
—Es un bicho listo —dijo—, porque
desde el momento en que salí de la casa no se volvió a oír
un solo ruido. Sin embargo, tuve la sensación de estar siendo
observado en todo momento. Fue algo muy extraño.
La excursión de Roger al menos tuvo la virtud de
asustar a la criatura en cuestión. Una o dos veces gritó nuevamente, pero lo
hizo remotamente, desde alguna parte distante de los campos de juego o quizá
desde el bosque.
A la noche siguiente me fui a
la cama temprano y desperté
repetidas veces, como y a era mi costumbre,
para descubrir que reinaba el más profundo de los
silencios. Debió ser después de
la medianoche cuando me levanté al escuchar una llamada en la
puerta y a
causa también de moverse la manilla de esta
última. Encendí la lámpara de la mesita de noche y dije:
—Sí…, ¿quién es?
Era Molly Sabine ataviada con su bata
de cama y reflejándose en sus facciones cierta
expresión de temor.
—James —dijo—, no hay nadie en el dormitorio Azul
de los may ores. Las camas están vacías. Miré luego, en el Amarillo de la
puerta de al lado y allí hay solamente dos muchachos dormidos. Los demás se han
ido.
Me puse la bata y las zapatillas y seguí a la
linterna de Molly a lo largo del pasillo.
El dormitorio Azul
estaba completamente iluminado por la luz de la luna,
que al filtrarse por las altas ventanas del siglo
dieciocho, formaba largos rectángulos de luz
sobre el pavimento y tumbas de alabastro de las camas.
—Ya han regresado, Molly —musité señalando a una
cama junto a la puerta.
Había sobre el lecho el bulto
de
un cuerpo que dormía, bajo la colcha, y
sobre la almohada se dibujaba el contorno de
una cabeza.
—¡Oh!…, han tomado bien sus precauciones —dijo
Molly al mismo tiempo que tiraba hacia abajo de la colcha y sábanas.
Una almohada formaba
el cuerpo, y la cabeza
estaba compuesta por un par de calcetines
rellenos de papel y
una esponja. Aquél era mi muchacho
durmiente. Molly enfocó la linterna hacia las otras
camas.
—El resto —dijo— han sido igualmente
ingeniosos. Pero, ¿a dónde habrán ido?
—Escuche, Molly —dije—. ¿Quiere
usted hacer una lista de los muchachos que
faltan? Me vestiré e
iré en busca de Roger. Tenemos
que evitar despertar a los demás.
Habían desertado todos con una
sola excepción en los dormitorios de los mayores.
Molly había descubierto una cama deshecha y vacía en
el dormitorio Verde de los pequeños.
—Se trata del
pequeño Dickie Zuppinger —informó Molly —, y es
el único que no lo adquirió.
—¿Adquirir qué…? —preguntó Roger con mal humor por
haberse interrumpido su sueño y a continuación tener que enfrentarse con
aquella responsabilidad.
—Lo que ellos llaman morriña…, esos extraños
diviesos que les he curado.
—¿Quiere usted decir que todos los que están
ausentes padecen esa misma epidemia?
—La lista que acabo de hacer es la misma que
extendí en la última cura…, excepto Zuppinger.
—¡Esos pequeños asnos! —exclamó Roger—.
Me he dado cuenta de que se sienten terriblemente orgullosos de sus ampollas o
lo que sea. Supongo que andarán por
ahí celebrando alguna fiesta con motivo de su marca de Caín. Pero en sus cuerpos
habrá muy pronto algunas ampollas más en cuanto les
ponga la mano encima.
Registramos toda
la casa y comprobamos que los muchachos no se
hallaban en el edificio. Roger descubrió que faltaba en
el tablero la llave de la puerta lateral.
—¿Y la llave del pabellón de verano? —pregunté.
—No me he fijado
en eso… Mejor será que registremos los diferentes
sectores. Yo pasaré por la piscina, miraré en
el gimnasio y luego examinaré el parque y los campos de juego. Usted
vaya por el otro lado. Examine el Paseo de
las Hay as. Quizá estén reunidos entre los arbustos. Si no
están por allí, vaya hasta el parque y el bosque. Si los
dos no encontramos a nadie, nos reuniremos en el otero
donde armamos los fuegos artificiales. Ya veo que tiene
una linterna.
¿Tiene también un silbato?
—No.
—Tenga…, aquí hay uno. Yo tomaré otro en mi
despacho. Hágalo sonar con fuerza si los chicos echan a correr.
La puerta del pabellón
de verano estaba entreabierta. Miré al interior.
El rollo de vieja red y el ídolo que contenía
habían desaparecido. El pequeño y polvoriento cuarto aparecía
muy vacío, como si aquella
estancia bostezara bajo la luz de la luna. Durante
un momento permanecí inmóvil,
desorientado ante aquel vacío, antes de recordar que
cuando había estado allí por última vez las dos grandes
cabezas pintadas me habían contemplado desde uno de los rincones
de la estancia.
Penetré a continuación por entre los altos
arbustos, enfocando mi linterna en todas direcciones.
No había nadie en aquellos lugares. Luego, descendí
hasta el paseo flanqueado por las hay as. Allí la luz de la luna se
filtraba por entre las espesas copas de los
árboles, formando luego un gran bordado de luz
y sombras sobre la tierra.
El Paseo de las Hay as conducía al parque y a la
vez bordeaba el bosque. Cuando me acerqué a este último vi el resplandor de un
fuego a través de los árboles, y comencé a endurecer mis rasgos preparándome
para mostrarme sumamente severo, tal y como lo exigían las circunstancias
incluso en un novato maestro de escuela.
Apagué la linterna y, apartándome del sendero, di
un rodeo, alejándome, a la vez, del fuego, con objeto de surgir en un
punto donde era más densa la arboleda.
El canto de voces infantiles
y el tronar
de tambores ahogaba perfectamente mis pasos.
Incluso, cuando salí al claro donde
ardía la hoguera, nadie pareció darse cuenta
de mi presencia.
Había unos veinte muchachos desnudos
hasta la
cintura agachados en semicírculo alrededor del
fuego. Yo me encontraba a unas diez y ardas de
distancia de ellos, y me apoyé contra un árbol, preguntándome si
debía hacer sonar el silbato y gritar luego con
terrible ironía:
—¡Hora de recreo!
La mayor parte de aquellos que se
hallaban en cuclillas, balanceando los cuerpos al ritmo
del canto, me daban la
espalda en aquellos momentos. Pero frente a mí, un
tanto retiradas y sobre una elevación
del terreno, más allá del fuego, había «
tres» grandes figuras.
« Han fabricado una tercera cabeza —me dije a mí
mismo, incómodamente
—, y han vuelto a pintar los rostros de las otras
dos.»
Los que tocaban los tambores se hallaban
arrodillados a ambos lados de las figuras cíclope, y golpeaban sobre
un oxidado bidón y sobre lo que parecían ser
latas vacías de galletas. En un terreno más elevado,
entre el fuego y las tres pintadas figuras, había
un objeto largo y negro, que al principio no
pude identificar.
Súbitamente, cesaron los cantos y el sonar de
tambores. Luego hubo una especie de prolongado suspiro, como el eco de aquel
otro que y o había percibido
en mi sueño, aunque un
poco más suave, y uno de los pintados cíclopes osciló hacia delante
hasta que estuvo sobre la cosa larga y negra que se hallaba
tendida en tierra. Aquella cosa se retorció y lanzó un
prolongado grito. El cíclope alzó un largo cayado de extremo
muy afilado, como el de un dardo. Y entonces y o grité con
todas mis fuerzas:
—¡Suelta eso!
Y, al mismo tiempo, corrí hacia la hoguera.
Hubo
una enorme confusión, precedida de otro grito agudo y
prolongado. El cayado había fallado en su objetivo
y aparecía clavado en la tierra. Las tres figuras
de los cíclopes se volvieron y se perdieron con paso
torpe entre los árboles.
Yo había echado a correr a través del
semicírculo, bordeando el fuego,
y me acerqué rápidamente hacia aquel objeto que
había en tierra. Y en aquel mismo instante el terrible
silencio que reinaba
a mi espalda me hizo volver la cabeza para mirar a
los muchachos.
Estaban dormidos; dormidos
o quizá en trance. En su mayor
parte mostraban los ojos cerrados y aquellos
cuyos ojos estaban
abiertos miraban hacia el frente fijamente, con
horrible expresión. La luz del fuego hacía brillar
intensamente el aceite que embadurnaba sus cuerpos. Me
volví de nuevo hacia el cayado y hacia aquella cosa que yacía en
el suelo tendida a su lado.
Durante un terrible momento pensé que
estaba contemplando un cuerpo carbonizado. Al instante siguiente, con
infinito alivio, me había dado cuenta de que se trataba de
la vieja red de tenis procedente del pabellón
de verano que envolvía un cuerpo que se agitaba.
A través de la negrura de la red distinguí
dos ojos atemorizados, un mechón de cabellos rubios y las
tiras de una rasgada almohada, con las que el
muchacho estaba maniatado.
—Todo va bien, Dickie —dije al mismo tiempo que le
liberaba de la red—. Te sacaré de aquí dentro de un minuto.
El minuto fue largo, y y o todavía luchaba con los
nudos que le inmovilizaban, cuando un segundo dardo cayó muy cerca de nosotros,
en el borde del fuego, alzando una nube de chispas.
Me incorporé y miré de nuevo hacia el semicírculo
de sonámbulos. Parecían hallarse congelados, en la misma posición en la que y o
les había visto anteriormente, algunos con los ojos cerrados, y otros mirando
hacia el frente, sin parpadear lo más mínimo.
Sin embargo, cuando y
o me inclinaba sobre la red, un momento antes,
había tenido la extraña sensación de que alguien me vigilaba. Era una
situación que y o solo no podía manejar. Hice sonar el silbato varias
veces, y me alegré cuando en la lejanía oí
su eco. Unos cuantos muchachos despertaron entonces
y comenzaron a quejarse:
—¿Qué sucede…? ¿Es el señor Herrick…? ¿Dónde
estamos? ¿Acaso hubo un
ataque aéreo, señor?
—No ocurre nada
—respondí—. Quedaos junto al fuego, calentaros y procurar no
dormir. Esto es importante, ¿comprendéis? No
volváis a dormiros otra vez. Procurad despertar
a los demás también.
Pero, aunque y o estuve un rato
gritando para guiar a Roger hacia aquel lugar,
los muchachos volvieron a
dormirse inmediatamente. El pequeño Zuppinger
había perdido el conocimiento y y
o permanecí sin moverme de mi sitio hasta que
llegó Roger.
—Es una especie de hipnosis colectiva —dije a
Roger—. Es preciso despertarles y mantenerles despiertos.
Ahí junto a los árboles están apilados los pijamas y
batas. Iré a buscar a los demás. Hay unos cuantos que se
han adentrado en el bosque.
No se hallaban muy lejos… tres inmensas figuras
bajo los árboles.
Una de ellas me apuntó con un palo
aguzado, pero le tomé por la fina muñeca y le sacudí
con violencia; la pintada cabeza osciló y
se desprendió de los hombros, dejando
al descubierto a Felton, quien parpadeó, volviendo a
la vida.
—¿Qué es lo que ocurre, señor? ¿Qué sucede…? ¿Qué
estamos haciendo aquí, señor?
Los otros dos cíclopes se alejaban por entre los
árboles. Tomé al más próximo por un brazo, cuando seguía a su compañero, le
arranqué la falsa cabeza y Bradbury comenzó a lamentarse:
—¿Qué diablos, señor? ¡Eh, Felton…, si no llevas
nada encima! ¿Qué estamos haciendo en el bosque?
Les llevé a ambos hasta la higuera y les dejé
en manos de Roger, quien estaba vigilando cómo
el grupo de chicos se ponía sus pijamas.
—¡Ah, Felton y Bradbury
! —exclamó Roger—. Bien, y a está el lote
completo, James.
—Hay otro en el bosque —dije—. También le traeré.
—¡Pero si todos los muchachos que
faltaban están aquí! He pasado lista. Tiene usted que ay
udarme a llevarles a la escuela. Habrá que llevar a
Zuppinger en brazos.
Era casi el amanecer cuando logramos llevarles
hasta la escuela y subirles a sus
dormitorios. Se llamó al doctor, y Roger, su
esposa Pamela y Molly Sabine, se quedaron vigilando
sus camas.
Había dicho a Roger lo que sospechaba y añadí:
—Estoy seguro de que uno de ellos huy ó al bosque.
—¡Pero si hemos comprobado la presencia de todos,
James! No faltaba
ninguno. ¡Oh, me gustaría
que el doctor se diese más prisa! Supongo que ha sido una
especie de autosugestión; como usted ha dicho, una especie de
histeria en masa o una hipnosis colectiva…
Roger se detuvo y luego añadió calmosamente:
—Creo que a mí también me alcanzó… ¿Sabe usted que
cuando les traíamos aquí y o…, en realidad creí que la hinchazón que había en
el cuello de Winterborn era un ojo? Caminaba a tropezones, con los ojos
cerrados, y durante un instante creí que me estaba mirando desde su garganta.
Absurdo. Pero ha sido una noche muy agitada.
—¿Quiere usted que me quede aquí de guardia?
—No. Ya somos bastantes aquí. Creo que el doctor
Halliday y a no tardará en llegar. Vaya a dormir un poco, James.
—Voy hasta el parque para ver si ha quedado alguna
cosa atrás. Y, con su permiso, me llevaré su escopeta.
El aire era pesado cuando caminé por el parque. La
tormenta que nos había amenazado durante semanas por fin se estaba acercando.
Sonaban los truenos sobre el bosque. Los relámpagos parecían hacer saltar hacia
mí los árboles del bosque. Pero por el este el cielo estaba y a clareando.
Mi excursión con
la escopeta, al igual que la anterior de Roger,
fue un fracaso. Una
vez me pareció oír el áspero grito que surgía de
un grupo de árboles, en
el centro del parque,
pero cuando me acerqué allí, no había nada ni nadie.
Entonces, y después de que hacia el norte
estallara una tremenda sinfonía de truenos
y relámpagos, creí haber oído gritar a los cíclopes en
el bosque. En aquel instante había llegado al claro del
bosque, la oscuridad se había disipado y y a no necesitaba la linterna.
Examiné el terreno en un amplio
círculo alrededor del punto donde había estado antes
la hoguera, y al cabo de veinte minutos
encontré el talismán cíclope.
Se había reducido a
su tamaño habitual, y estaba caído entre las hojas que
tapizaban aquel punto del bosque. Lo recogí y lo llevé
hasta el lugar donde aún ardía el fuego. Trató de asirse a mi mano con
sus dientes, pero me lo sacudí
de encima y cayó en el centro de las llamas. Hubo
una nube de chispas y sonó un agudo grito. El ídolo se retorció durante un
instante entre la ardiente madera y y o recogí una larga
astilla para empujarlo más hacia el centro del
fuego, de donde trataba de huir. Contemplé cómo ardía hasta
convertirse en una escoria incandescente, y a continuación le apliqué
unos cuantos golpes, hasta convertirlo en cenizas.
Regresé al edificio del colegio poco
antes de que la lluvia comenzara a caer con
fuerza. Unas cuantas gotas de
buen tamaño cayeron sobre mí al atravesar
corriendo el parque y, cuando alcancé la puerta
lateral del edificio, estalló la tormenta con toda su intensidad.
Encontré en el vestíbulo al doctor Halliday, que
bajaba en compañía de Roger Edlington.
—¡Maravilloso! —decía el médico en aquel
momento—. Se han curado casi milagrosamente. No les ha
quedado ni una sola marca, excepto ese pequeño que
se mordió la lengua, pero no creo que le hay a
quedado hinchazón alguna. Es sorprendente lo que
a veces puede hacer la penicilina.
Ninguno de los muchachos recordaba lo
sucedido aquella noche. Yo podría haber pensado igual que
Roger…, que me había alcanzado también aquella hipnosis
colectiva…, si los acontecimientos posteriores no hubiesen suministrado una
posdata a la historia.
Durante la guerra mi buque fue
torpedeado en medio del Atlántico y los
supervivientes fueron desembarcados en una fétida ciudad
portuaria de la costa
de África occidental, para esperar allí la llegada de
otro convoy. Pasé allí varios días y durante este
tiempo visité un museo de la localidad. En un rincón del
salón de Etnología se alzaba, en inmenso tamaño, el original
del talismán juju.
A sus pies, una tarjeta explicaba que aquel
mascarón de proa de un buque naufragado había sido durante cien años el dios
tribal del pueblo Walupa. Me dijeron que los walupas habían sido en otro tiempo
notorios caníbales, y quien me lo dijo añadió que « probablemente aún lo eran»
. Un amigo mío, policía, pocos años antes de la guerra, tuvo entre sus manos un
caso. Había un doctor-brujo walupa…
Y así volví a escuchar de nuevo
sobre el ataque durante el cual se había
descubierto el juju de Winterborn. Los detalles
de aquel ataque y de las cosas
descubiertas en la cabaña eran suficientes para prestar
autenticidad a mi historia; pero entonces no la
conté. Apenas podía pasar de ser algo más que un
relato de bar.

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