© Libro N° 9001. Cuando Los Pájaros Mueran. Goligorsky, Eduardo. Emancipación. Septiembre 5 de
2021.
Título
original: © Cuando Los Pájaros Mueran.
Eduardo Goligorsky
Versión Original: © Cuando Los Pájaros Mueran. Eduardo
Goligorsky
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Eduardo Goligorsky
Cuando Los Pájaros Mueran
Eduardo Goligorsky
CUANDO LOS PÁJAROS MUERAN
Eduardo Goligorsky
Los primeros rayos del sol inundaron el valle,
anunciando otro día de calor insoportable. Una brisa suave, tibia, agitaba los
penachos de las cortaderas y las puntas amarillas de los altos pajonales, entre
los que corría un angosto arroyo. El cielo era muy azul, y estaba totalmente
despejado. Nada turbaba su serenidad. Hacía dos años que los pájaros habían
muerto.En el valle todavía no se observaba ningún movimiento. La
locomotora y los vagones de carga detenidos parecían un insólito juguete arrojado por el niño
caprichoso de algún gigante vagabundo. En dos años las malezas habían
cubierto las vías.Se oyó un chirrido y se abrió la puerta corrediza
de uno de los vagones. Un hombre asomó primero la cabeza y
después el resto del cuerpo. Era muy alto.
En su rostro increíblemente consumido, la piel tostada y curtida se pegaba a
los pómulos, a los bordes de las
hundidas cuencas oculares, a las
sienes cóncavas y al filo cortante de una nariz larga y
ganchuda. Las crenchas revueltas, de
color pardo indefinido, le caían sobre los hombros. La boca
sólo era un tajo en la maraña de la barba
mugrienta, y de los ojos apenas se veía un brillo
alienado en el fondo de dos cavernas.El hombre saltó
del vagón al suelo, y la brisa le agitó los faldones
del estrafalario gabán. Era un abrigo
de cuero de piel, raído, endurecido
por la roña y cubierto de manchas. Al abrirse,
mostró que el hombre no llevaba puesta
otra ropa. Sus piernas largas y
huesudas terminaban en unos toscos zapatones
de montaña, con el cuero agrietado y tajeado.El hombre
se rascó la barba. Miró a su izquierda, donde el gorgoteo del agua indicaba la
presencia del arroyo, y meneó la cabeza. Luego metió la mano en el bolsillo del
gabán, hundiendo casi todo el antebrazo en sus misteriosos abismos, y sacó una
botella de vino llena hasta las tres cuartas partes. Le quitó el corcho, se
llevó el pico a los labios, y bebió largamente. Un hilo líquido y rosado le
chorreó por la barba y dejó un rastro de perlitas brillantes sobre la pechera
del abrigo, impermeabilizada por la costra de grasa.El hombre hipó,
tapó la botella y la dejó caer nuevamente en las
profundidades del bolsillo. Algo se deslizó por la tierra, junto a su
pie derecho, y éste se desplazó velozmente para
apretar la forma reptante.
Luego el hombre se agachó y recogió la presa entre los
dedos flacos y sucios.Era una lagartija verde, de unos
veinte centímetros de largo. El pisotón le había
aplastado la cabeza, pero el tronco se retorcía aún
con espasmos eléctricos. El hombre no esperó que
las sacudidas se interrumpiesen, y con sus
dientes desparejos, escasos,
amarillos, empezó a arrancar tiras
de pellejo y carne blanca.
Mientras masticaba, sus ojos y a buscaban en
el suelo la ración siguiente.Al cabo de un rato había
cazado otras dos lagartijas, pero la última
la arrojó después de los primeros bocados. En
ningún momento prestó atención al hecho de que los tres animalitos tenían dos muñones a los costados del cuerpo, comoextremidades
atrofiadas, además de las patas naturales. Para él eso estaba tan desprovisto
de significado como la ausencia de pájaros en el cielo.El hombre fue con paso
lento hasta la cortadera más próxima, arrancó un penacho recién florecido, y
mascó el tallo. Cuando sólo quedaron algunas fibras duras que se le enganchaban
en los dientes, las escupió y sacó otra vez la botella.Este trago
fue más largo, y cuando sus labios se separaron del pico
con un chasquido, casi no quedaba vino.
El cerebro del hombre registró automáticamente esta
circunstancia desagradable. La bebida era más difícil
de conseguir que los alimentos. Pero como no era
capaz de fijar su atención
durante mucho tiempo en una misma idea, al
cabo de un rato fue a sentarse al sol, entre las vías. Hacía mucho tiempo
que vivía en el valle. Más tiempo quizá del que había
pasado en cualquier otro lugar. Allí estaba tranquilo y solo.
No era como hasta hacía dos años, cuando andaba a los tropezones
por las calles, perseguido por las burlas de los chicos, insultado y
pateado cada vez
que lo sacaban del banco de una
plaza para llevarlo a dormir en una celda
infestada de chinches. En esa época no
conocía la tibieza del sol
tal como se hace sentir en los grandes espacios
abiertos. Esto era mejor, mucho mejor.Nunca había imaginado
que esto existiese. Si no hubiera sucedido
aquello, jamás se le habría ocurrido escapar de la ciudad,
y habría continuado siempre con
la mano tendida, esperando unas monedas,
para comprarse luego un vaso de vino y un pedazo de pan y
queso.Pero aquello había ocurrido. Hacía dos
años caminaba por la calle, ajeno como siempre a lo
que le rodeaba, cuando oyó los gritos. Vio que
todos corrían y se atropellaban. Las sirenas aullaron hasta
aturdirlo, y algunos se abrazaron y otros se tomaron a
puñetazos. Frente a él, un escaparate cayó hecho trizas.
Estiró la mano, casi inconscientemente, y
tomó el gabán con cuello de piel.
Después él también echó a correr, mirando a
ratos hacia atrás, pero observó que ningún policía le prestaba
atención, y acortó el paso.
No entendía lo que decía la gente. Todos hablaban en voz alta y las manos
señalaban al cielo. Muchos lloraban y algunos estaban arrodillados sobre el
pavimento, moviendo los labios. El tránsito estaba atascado y la mayoría de los
conductores abandonaba sus vehículos. Las palabras llegaban a sus oídos como
ruidos desagradables, que se mezclaban con otros ruidos mecánicos, inhumanos.De
pronto él también se sintió asustado.
Un empujón lo derribó al suelo y su miedo se
convirtió en pánico. Estaba acostumbrado a que lo
pisoteasen, pero esto, comprendió, de algún modo era diferente.
Tuvo
que hacer un esfuerzo para evitar
que en la confusión se le escapase de
las manos su flamante abrigo.Se incorporó dificultosamente,
se puso el gabán, dispuesto a protegerlo contra un nuevo tumulto, y volvió
a correr, sin saber hacia dónde iba. Se alejó
cada vez más del centro de la ciudad, llegó a los
barrios apartados, atravesó los arrabales y desembocó
en los primeros descampados que rodeaban la
metrópoli. Pero su
fuga parecía inútil. Por todas partes encontraba
la misma confusión,
las mismas carreras, los mismos alaridos.
Muchos hombres y mujeres habían
tenido menos suerte que él, y
yacían aplastados en los caminos. La gente continuaba
pisando esos
cuerpos, sin preocuparse por comprobar antes
si en ellos quedaba un poco de vida. La
ola humana no tardaba en rematar a
los moribundos.El hombre jadeaba, sin aliento,
con la boca y la garganta resecas y una dolorosa punzada en
el flanco. Su cuerpo, innecesariamente abrigado
por el gabán, estaba bañado en transpiración.Vio una carretera atestada
de vehículos que abandonaban la ciudad. Por la orilla
del camino se desplazaba
una abigarrada caravana de seres vestidos en las formas más diversas,
algunos casi desnudos, otros cargados con
sus ropas más valiosas, muchos con
las manos vacías, otros
agobiados bajo el peso de paquetes y valijas. Esa
gente lo espantaba.
Cuando cayó la noche, el hombre se alejó de la
multitud, caminando a campo traviesa. A ratos
divisaba a la distancia las linternas de un grupo de fugitivos que
se había apartado, como él, de
la carretera, pero entonces cambiaba de rumbo y
continuaba la marcha lenta y dificultosa en medio de
las sombras.Hasta que súbitamente brotó en las tinieblas un
resplandor fulminante, que se expandió por el cielo y por toda
la atmósfera. El hombre tuvo
la impresión de que el mundo se incendiaba y que un
calor extraño le picoteaba la piel. La lejana columna
de fuego se ensanchó en forma de hongo, sobre la
ciudad, y su voluminosa cabeza se dilató monstruosamente. El hongo
emitía extrañas radiaciones rojas y amarillas,
y el hombre se dejó caer boca abajo en
el suelo. Así permaneció hasta
que el sol apareció sobre el horizonte, filtrando apenas sus ray os
a través de una nube espesa y oscura que cubría
todo el cielo.El hombre nunca supo lo que había sucedido, ni qué
relación tuvo el hongo luminoso con la fuga de los habitantes de la ciudad.
Pero no tardó en comprender que muchas cosas habían cambiado. No trató de
volver a esa ciudad ni a ninguna otra, porque algo le decía que no encontraría
en ellas el refugio con el que estaba acostumbrado a identificarlas. Ahora las
ciudades estaban malditas y debía eludirlas. De modo que continuó la marcha por
el campo.Cada vez veía menos grupos de gente, pero en cambio descubrió muchos
cadáveres horriblemente mutilados y quemados. En algunas oportunidades los
cadáveres se apilaban formando verdaderas montañas. El hombre aprendió también
a evitar esos manchones de
muerte.Una mañana vio cómo un pájaro se
detenía en pleno vuelo y caía fulminado. Y aunque el alimento era escaso y difícil
de encontrar, supo que no debía comer esa ave, y no la comió.Las nubes no habían vuelto a disiparse, y por
la noche formaban un techo fosforescente,
pero el hombre apretaba los párpados con fuerza
y dormía ajeno a todos esos fenómenos alucinantes
que
le aterraban.Vio muchos bares de campaña, vacíos
o con sus ocupantes muertos, pero no entró en ellos, y
durante ese tiempo no bebió alcohol. Una tarde quiso probar el agua de
un arroyo, pero el líquido
le quemó la mano. Desde entonces se acostumbró a
saciar su sed sólo cuando ésta y a era insoportable.
Varios días más tarde encontró el tren detenido y
abandonado en el valle. Trepó a uno de los
vagones, corrió un cajón que le obstruía el paso,
y buscó un sitio para acostarse.A la mañana siguiente,
observó con curiosidad que las nubes oscuras y
espesas dejaban pasar por primera vez un rayo de sol.
Un calor agradable le invadió el cuerpo. Quizá fue esa
novedosa sensación placentera la que le indujo a
no reanudar enseguida la marcha, según
su costumbre.Cuando descubrió el arroyo vecino, comprobó con satisfacción
que sus aguas no quemaban y que tenían un sabor fresco y soportable ahora que
se había acostumbrado a pasar largas temporadas sin vino.A partir de su huida
de la ciudad, se había alimentado principalmente con retoños de cañas, hierbas,
hojas tiernas. En el valle encontró una vegetación sabrosa, y además sus
extremidades agilizadas por la vida salvaje le permitieron obtener su ración
básica de carne entre los animalitos que corrían por el campo.Después de
unos meses, quizá un
año, empezaron a aparecer los hombres. No eran muchos.
Apenas formaban pequeñas bandas harapientas
que habían escogido otros valles próximos para instalar
sus tiendas precarias. De cuando en cuando
esos hombres rondaban cerca del
tren, sin acercarse mucho al solitario barbudo que
se rascaba plácidamente a la luz del sol. Convencidos de que no
podían esperar nada de él, continuaban sus expediciones de
caza o de exploración.Pero un día cambió la rutina. Junto
con los cazadores vino una
criatura andrajosa, de edad y sexo indefinidos, cuyo rostro
macilento y arrugado parecía absurdamente
viejo sobre el minúsculo cuerpo infantil, esquelético y de abdomen prominente.
La criatura marchaba rezagada, y cuando
vio al hombre que descansaba junto al vagón
se acercó a él. En ese momento se le doblaron las
escuálidas piernas y cayó torpemente sobre el pasto.
El hombre se inclinó. La criatura tenía los ojos abiertos y lo miraba con una
expresión desamparada y triste. En su boca casi no quedaban dientes y tenía una
pústula fresca e inflamada sobre la mejilla izquierda. El hombre quedó
fugazmente desconcertado, y luego recordó algo. Quizá pudiese distraer a ese
ser que despertaba en él un atávico sentimiento de compasión. Volvió al vagón,
hurgó en una de las cajas que había desplazado para improvisar su refugio, y
sacó unfrasquito. Los afiebrados
ojos infantiles contemplaron con extrañeza
ese objeto tan ajeno a su mundo, y
luego parecieron cubrirse con un velo opaco.Los cazadores
desarrapados se aproximaron, e interponiéndose
entre el hombre y la criatura la alzaron y se alejaron
en dirección a su campamento. El frasquito de cápsulas
multicolores seguía apretado entre los dedos de
la criatura.El hombre olvidó el incidente y continuó
su vida solitaria, sin contar los días que
pasaban. Pero una tarde volvieron los cazadores, y esta vez
se encaminaron directamente hacia él. La criatura que los
había acompañado en la oportunidad anterior, y que había caído
vencida por la enfermedad y el agotamiento,
venía con ellos. Ahora tenía un
aspecto completamente distinto. Se le habían redondeado las mejillas, le
brillaban los ojos, y de su llaga sólo quedaba una
cicatriz rosada.Los cazadores se acercaron al hombre del
tren y le hablaron, sin que él comprendiera lo que
querían decir. Una mujer que acompañaba al grupo se adelantó,
se arrodilló ante él y le
besó largamente la mano. Luego
le entregaron trozos de carne cocida
y varias botellas de vino que habían sacado
probablemente de alguna
ciudad abandonada.Hacía mucho tiempo
que el hombre no probaba el vino,
y el espectáculo de las botellas le
crispó el estómago. Sin prestar atención a
los cazadores ni a la mujer, arrancó con los
dientes el corcho de una botella, se llevó el pico a
los labios y bebió, bebió
hasta atragantarse.Por el rabillo del ojo vio
que uno de los cazadores se acercaba disimuladamente al vagón.
Entonces dejó en el suelo la botella y a medio
vacía, y se abalanzó hacia el intruso, lanzando rugidos
de cólera. El cazador retrocedió y
sus compañeros elevaron un coro de protestas y
disculpas. La mujer quiso
besarle nuevamente la mano, y la criatura
le echó los brazos al cuello, pero el hombre los rechazó.
Siguieron hablándole, hasta que
la charla se hizo ensordecedora, mientras él sólo
pensaba en el vino que no probaba desde hacía mucho tiempo,
y en las botellas y la carne asada que le habían traído los
cazadores. Recordó que él le había dado algo a
la criatura, unos días antes, y
pensó que el frasquito tenía alguna
relación con las cosas
que ahora le regalaban. Subió al vagón,
hurgó en la caja, sacó otro frasquito, y se lo entregó
a la mujer que le había besado las manos.Los
cazadores murmuraron más palabras ininteligibles y se alejaron. Él ni siquiera
los miró porque todo su interés estaba concentrado en la carne que agarraba
entre sus dos manos y masticaba con
deleite.Las visitas empezaron a repetirse con frecuencia. Otros
niños o adolescentes macilentos, de ojos hundidos
y cuerpo esquelético, desfilaron por el vagón. Lo
que sucedía entonces y a era casi ritual: el hombre
entregaba un frasquito de cápsulas multicolores,
las mujeres le besaban las manos, los cazadores entonaban
un coro de palabras absurdas y depositaban a sus pies
la carne asada y las botellas de vino.
El hombre incluso llegó
a acostumbrarse al nombre que le daban a él,
que jamás había tenido nombre y volvía la
cabeza siempre que oía decir« el
Sabio» Esa mañana el sol abrasador y a
estaba muy alto cuando oy ó las voces y vio
a los cazadores que avanzaban por el valle.
Estaban cada vez más andrajosos, y sus
rasgos eran cada vez más duros. Todos llevaban
cuchillos al cinto, y algunos empuñaban cañas rematadas por
puntas metálicas muy afiladas. Las armas de fuego de
los primeros tiempos habían desaparecido.El hombre del tren se
humedeció los labios. Esa visita significaba que le traían una nueva provisión
de vino. Ya era hora, porque acababa de vaciar la última botella. Además,
podría comer carne asada, y eso siempre era mejor que la bazofia magra
arrancada de las lagartijas.Cuando los cazadores estuvieron cerca, se puso en
pie. Vio que el hombre que siempre encabezaba el grupo traía en sus brazos a un
niño completamente desnudo, cuy os miembros raquíticos colgaban flojamente. Le
oy ó hablar con rapidez.« Sabio» , decía el cazador. « Sabio» , y algo así como
« mi hijo, mi propio hijo» .El hombre del tren observó a
la criatura. No sabía qué
le había dicho el jefe de los cazadores, e
inclinó la cabeza, asintiendo. Miró las botellas de vino, que llenaban
un cesto de mimbre. Había más que
otras veces. Se pasó la lengua por los labios y
se encaminó hacia su refugio.Trepó al vagón. El interior estaba
recalentado por el sol. Metió la mano en la caja de los frasquitos y tanteó
inútilmente el fondo.Estaba vacía.El hombre miró estúpidamente a
su alrededor. No había ninguna caja parecida. El resto del
vagón estaba ocupado por grandes esqueletos de madera, con máquinas que
olían aún a aceite y a grasa rancios. Él sabía que en los otros
vagones tampoco hallaría lo que buscaba. Los había visitado
y sólo contenían
otras máquinas embaladas.Comprobó por última vez que
la caja estaba vacía, fue hasta la puerta
del vagón y saltó nuevamente a tierra.
El jefe de
los cazadores le miró las manos, frunció el ceño, y
emitió
un chorro de palabras rápidas, tajantes. El hombre volvió
a entender « Sabio» , « hijo» , « remedios» ,
« mi hijo» .Se encogió de hombros y
se acercó al canasto que contenía las botellas de
vino. Pero uno de los cazadores le cerró el paso
y le apoy ó la punta de la lanza contra el pecho.
El jefe de los cazadores dijo algo a sus espaldas.El hombre se rascó la barba,
Indeciso. La lanza era un obstáculo insalvable.Se volvió, y fue a sentarse
nuevamente en el piso del vagón, con las piernas flacas y desnudas colgando
hacia afuera, asomadas por la abertura del gabán.De pronto,
la escena se transformó. El jefe de
los cazadores dejó al niño en brazos de
un compañero y avanzó hacia el hombre del tren, con semblante
hosco. Cerró la mano sobre la empuñadura del
cuchillo, que asomaba por encima del
borde del taparrabos, y con un tirón sacó a relucir
la hoja afilada. La blandió frente al hombre, que
lo miraba sin conmoverse.« Sabio» … « mi hijo» … « remedios»
…Irritado por el silencio del hombre, el cazador lo tomó
por el faldón del gabán, y con un tirón brusco
lo hizo caer de su precario asiento.El hombre se
desplomó de bruces sobre el pastizal. Entonces el jefe de los cazadores trepó
con un salto al vagón y desapareció en su cálida penumbra.El hombre se
incorporó a su vez con un brinco ágil y quiso seguirlo, pero tropezó con una
barrera de lanzas. Un momento después el jefe de los cazadores reapareció con
el rostro crispado por la furia. Traía en las manos, además del cuchillo, una
caja de cartón vacía.Otro torrente de palabras brotó de los labios del jefe.«
Escondido» … « dónde» … « Sabio» … « dónde» …El hombre siguió callado,
acariciándose la pelambre mugrienta. Todo eso era tan absurdo como el lejano
caos de la ciudad. Volvió a mirar las botellas, con melancólica resignación.
Ignoraba qué le estaban diciendo, pero por el tono comprendió que y a no podía
esperar nada de esa gente.Se encogió nuevamente de
hombros. Sólo debía aguardar hasta que se fuesen y
lo dejaran en paz. Más tarde se las arreglaría. Ahí,
junto a la vía,
se deslizaba en ese momento una
lagartija verde. No tenía cola, y en sus
flancos asomaban dos muñones deformes, pero le
hincaría con gusto el diente. Era una lástima que se
hubiese agotado su provisión de vino.
El jefe de los cazadores se irguió frente a él, aullando como un loco.« Dónde»
… « escondido» … « remedios» … « dónde» … « Sabio» …Con un ademán colérico,
arrojó la caja de cartón a los pies del hombre del tren. Luego avanzó,
blandiendo el cuchillo, apuntando con la hoja hacia el vientre que la abertura
del gabán dejaba al descubierto.« Dónde» … « escondido» … « remedios» … « mi
hijo» … « remedios» …« Sabio» …El hombre no contestó, y
la hoja de acero describió un arco refulgente y se
hundió en el abdomen hasta la empuñadura, y volvió a salir
con un ruido succionante y un gorgoteo de sangre, y siguió
clavándose y desprendiéndose de
la carne hasta que el hombre cay ó sobre los
pastos, con los ojos desorbitados y vidriosos y
las manos crispadas sobre las entrañas abiertas.
La sangre todavía brotaba mansa y lentamente de la
herida, con débiles palpitaciones, cuando los cazadores emprendieron la marcha hacia el
campamento.

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