© Libro N° 9004. Problemas Del Genio Creador. Disch, Thomas M.. Emancipación. Septiembre 5 de
2021.
Título
original: © Problemas Del Genio
Creador. Thomas M. Disch
Versión Original: © Problemas Del Genio Creador. Thomas M.
Disch
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
https://solocienciaficcion.blogspot.com/2020/06/problemas-del-genio-creador-thomas-m.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Fondo: https://us.123rf.com/450wm/vska/vska1602/vska160200033/51749626-nueva-futuro-concepto-de-tecnolog%C3%ADa-fondo-abstracto-para-soluci%C3%B3n-de-negocio.jpg?ver=6
Portada E.O. de Imagen original:
https://cdn5.dibujos.net/dibujos/pintados/201309/fisico-profesiones-otras-profesiones-pintado-por-danyror-9805136.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Thomas M. Disch
Problemas Del Genio Creador
Thomas M. Disch
PROBLEMAS DEL GENIO CREADOR
Thomas M. Disch
Sentía un dolor sordo, una especie de
vacío en la zona del hígado, el asiento de la
inteligencia, según la Psicología de Aristóteles;
sentía como si alguien estuviese dentro de
su cuerpo inflando un globo, y
que aquel globo era su
organismo. Unas veces lo ignoraba, pero otras no
podía hacerlo, igual que cuando se
tiene una encía hinchada e incesantemente
se comprueba su estado con
la lengua o un
dedo. Se sentía enfermo y las piernas le dolían de estar
tanto tiempo sentado.
El profesor Offengeld estaba hablando de Dante.
Dante había nacido en 1265.
« Nació en 1265» , escribió en su cuaderno.
Se habría sentido igual aun a pesar de la
frialdad de Milly, pero esto no
hacía más que empeorar las
cosas. Milly era su chica, y ambos se amaban, pero durante
las tres últimas noches ella le esquivaba ostensiblemente, diciendo
que tenía que estudiar, o alegando cualquier otra
excusa absurda.
El profesor Offengeld hizo una
observación jocosa y los demás alumnos que se
hallaban en el auditorio se echaron a reír. Birdie estiró
las piernas por el pasillo y bostezó.
—El infierno que Dante nos describe, es el que cada
uno de nosotros llevamos secretamente en lo más recóndito de nuestra alma
—aseguró Offengeld, solemnemente.
Tonterías, se dijo para sus
adentros. Todo eso era un montón de tonterías. Escribió «
tonterías» en su cuaderno, y luego dio a las
letras un aspecto de relieve, sombreando los
lados con todo cuidado.
Offengeld les hablaba ahora acerca de Florencia, de
los papas y esas cosas.
—¿Qué es simonía? —preguntó el profesor.
Birdie estaba escuchando, pero no se dio
cuenta de la pregunta. En
realidad no la oy ó, pues trataba de reproducir en su
libreta el rostro de Milly, aunque no sabía dibujar demasiado bien.
Exceptuando las calaveras. Estas le salían
espléndidamente. Tal vez debió haber asistido a una escuela
de Bellas Artes. Convirtió la cabeza
de Milly en una calavera con larga cabellera rubia. Se sintió aún más enfermo.
Ahora le dolía el estómago.
Quizá era la barrita de Synthamon que
había tomado en lugar de una comida caliente. No se
sometía a una dieta equilibrada, y eso era un error.
Durante más de dos años había comido en cafeterías y
descansado en dormitorios comunes. Desde que se
diplomó en la escuela de enseñanza secundaria,
para ser más exactos. Aquella vida era un infierno.
Necesitaba un hogar, una existencia regular. Tenía que
sentar cabeza, en suma. Cuando
se casara con Milly iban a tener
lechos gemelos. Tendrían un apartamento de dos
habitaciones para ambos, y una de las estancias serviría
sólo de alcoba. En ella no habría nada más que dos
lechos. Se imaginó a Milly en su elegante uniforme de
azafata, y
luego comenzó a desnudarla mentalmente. Cerró
los ojos. Le quitó primero la chaquetilla con la insignia de
la Pan- American sobre el pecho izquierdo. Luego soltó el broche de la cintura y
descorrió la cremallera. Deslizó la falda
por encima del terso pantaloncito. Éste era del tipo
antiguo, con encajes en los dobladillos. También la blusa
estaba confeccionada de un modo tradicional,
con muchos botones. Era engorroso soltar tantos botones. Birdie
perdió interés en la imagen.
Los reos de pecados de
la carne se hallaban en el primer círculo,
dijo el profesor, porque su pecado
era menor. Francesca de Rímini, Cleopatra,
Elizabeth Tay lor. La clase entera celebró la bromita
del profesor Offengeld. Todos conocían a
Elizabeth Tay lor por la asignatura de Historia del
Cine, cursada el año anterior.
Rímini era una ciudad de Italia.
¿A quién demonios podía
interesarle semejante tostón? ¿Qué importaba el lugar
donde había nacido Dante? Tal vez nunca había existido. Aun así, ¿en
qué podía afectarle a él, Birdie Ludd?
En nada.
¿Por qué no se decidía a hacerle esas preguntas a
Offengeld? ¿Por qué no le pedía que se callara de una vez?
La razón
principal era que Offengeld no se encontraba allí. Lo
que parecía el profesor era en realidad
un flujo de electrones dentro de un gran cristal
sintético. El Offengeld de carne y hueso
había muerto dos años antes. En vida, el profesor fue
considerado como el may or erudito en los
estudios sobre Dante y su literatura, y por ello el Consejo
Educativo Nacional estaba empleando sus cintas aún.
Aquello era ridículo. Dante, Florencia,
los papas simoníacos… Ahora y a no estaban en la condenada
Edad Media, sino en el condenado siglo XXI, y él
era Birdie Ludd, estaba enamorado, se encontraba solo
y sin trabajo, y no podía hacer nada para
remediarlo, nada en absoluto, ni disponía de un solo lugar
donde refugiarse en todo aquel hediondo país.
La sensación de vacío
que experimentaba en el interior
del pecho se acentuó, y de nuevo trató de
pensar en los botones de la imaginaria
blusa de Milly, así como en la carne tibia y
familiar que había debajo. Seguía
sintiéndose enfermo. Rompió la hoja con
la calavera dibujada, no sin echar una ojeada culpable al
cartel que había sobre el estrado del auditorio, y
que decía: EL PAPEL ES VALIOSO. NO LO DESPERDICIES. Entonces dobló
los trozos con cuidado y siguió doblándolos hasta que fueron
demasiado gruesos para seguir con la
operación. Por fin introdujo el papel en
el bolsillo de su camisa.
La muchacha que se sentaba a su lado le
estaba mirando con mala cara por
desperdiciar el papel de esa forma. Como
otras chicas vulgares, era una acérrima conservadora,
pero tenía excelentes notas, y Birdie contaba
con ella para pasar
los exámenes finales. Por consiguiente, le dirigió
una sonrisa. Tenía una sonrisa realmente simpática. Todo el mundo se
lo decía. Su único problema era la
nariz, demasiado chata.
El profesor Offengeld dijo en ese momento:
—Y ahora vamos a realizar una pequeña prueba de
asimilación. Por favor, cierren sus cuadernos y colóquenlos debajo de los
asientos.
Su imagen se desvaneció, y se encendieron las luces
del auditorio. A continuación, una voz grabada resonó en la sala:
—¡No hablen, por favor!
Cuatro monitores negros procedieron a
distribuir las hojas con el cuestionario a los
quinientos estudiantes que había en el auditorio.
Volvieron a debilitarse las luces y la primera
elección múltiple apareció en la pantalla:
1. Dante Alighieri nació en: a) 1300, b) 1265, c)
1625, d) fecha desconocida.
Por lo que a Birdie
se refería, la fecha era desconocida.
La perra que se sentaba a su lado estaba ocultando su cuestionario.
¿Cuándo diablos habría nacido Dante? Había escrito la fecha en
el cuaderno, pero no la recordaba. Alzó la
vista para mirar de nuevo la pregunta, pero y a habían
colocado la segunda en la pantalla. Hizo una señal en
el espacio (c), y luego la borró, sintiendo vagamente que
no estaba acertado; mas, al fin, volvió a trazar
la misma marca. Cuando levantó de nuevo la mirada,
aparecía y a la cuarta pregunta en la pantalla.
Esta vez debía elegir entre una serie
de nombres ridículos de los que nunca había oído hablar. Aquel
maldito cuestionario no tenía pies
ni cabeza. Irritado, marcó la (c) en todas las
preguntas, por anticipado, y luego entregó
la hoja de papel al monitor que estaba en la
parte anterior de la sala. El individuo le dijo que no podía
abandonar el auditorio hasta que terminase
la prueba. Birdie tomó asiento en un
rincón oscuro
y procuró pensar en Milly. Algo marchaba mal, pero no
sabía lo que era. Sonó en ese momento la campanilla, y
todos lanzaron un suspiro de alivio.
El número 334 de la calle
11 era uno de los veinte edificios idénticos que se
construy eron en 1980 bajo el primer
programa MODICUM, del Gobierno federal. Cada edificio tenía
veintiún pisos (uno para tiendas,
y el resto para viviendas), y las
plantas presentaban forma de esvástica, con los brazos abiertos
hacia cuatro apartamentos de tres
habitaciones (para parejas con hijos), y
seis apartamentos de dos
habitaciones (para parejas sin hijos). Por consiguiente, cada edificio
podía albergar a 2.240 ocupantes sin que se sintieran
hacinados. El polígono, que ocupaba una zona de menos de
seis manzanas de casas, albergaba una población de
44.800 almas. Había sido una notable realización, para su tiempo.
« ¡Cállense!» Alguien, un hombre, estaba
gritando por el patio de ventilación del número 334 de la
calle 11. « ¿Por qué no se callan,
de una vez?» Eran las siete y media, y el individuo
llevaba chillando cuarenta y cinco minutos por el
patio, desde que regresara de
su trabajo (tres horas lavando
platos en una cafetería). No era fácil saber
a quién le gritaba. En
otro apartamento, una mujer vociferaba, dirigiéndose a
un hombre: « ¿Qué significa esto, veinte
dólares?» Y el hombre le replicó,
no menos sonoramente: « ¡Veinte dólares; eso es lo que
significa!»
Numerosas criaturas lanzaban vagidos de
descontento, y otros niños may ores
hacían ruidos más fuertes mientras jugaban a las
guerrillas en los pasillos. Birdie,
sentado en la escalera, alcanzaba a ver, en
el piso inferior, a una
chiquilla negra de trece años que
bailaba en aquel lugar, frente a la luna
de un armario, y cantaba acompañando la
música de un transistor que mantenía en el hueco de sus senos
adolescentes. No puedo decir cuánto le amo, tronaba la radio,
a todo volumen. No era una canción que agradase
especialmente a Birdie Ludd, pero estaba catalogada en el
tercer lugar del listado de éxitos del país,
y eso quería decir algo. La muchacha tenía un
traserillo bastante atractivo; Birdie pensó que la chica iba
a hacer estallar las costuras de su pantaloncito de calle.
Trató él de abrir la estrecha ventana
que comunicaba la escalera con el patio de
ventilación, pero se hallaba atascada. Retiró
las manos cubiertas de hollín, y lanzó débilmente una maldición.
« ¡Ni siquiera puedo oír lo que pienso!» ,
aulló el hombre por el patio.
Al oír que alguien subía, Birdie se sentó, abrió su
libro de texto e hizo como
que estaba ley endo. Pensó que tal vez
sería Milly (fuera quien fuese, usaba tacones
altos), y en la garganta comenzó a hacérsele un
nudo. En el caso de que fuera Milly, ¿qué iba a
decirle él?
Pero no era Milly. Tan sólo se
trataba de una anciana
que llegaba cargando con el bolso de
la compra. Se detuvo en
el rellano, debajo de Birdie, se apoy ó en la baranda, suspiró
y dejó en el suelo la bolsa. Luego se colocó un palillo rosado
de Oralina entre los fláccidos labios, y al cabo de unos segundos
sonrió a Birdie. Éste frunció el ceño y se enfrascó en la
contemplación de una mala reproducción de La muerte de
Sócrates, de David, que figuraba en su texto.
—Estudiando, ¿verdad? —inquirió la anciana.
—Sí, eso es lo que estoy haciendo. Estudiando.
—Así me gusta.
La vieja se quitó el tranquilizante de la boca, y
lo mantuvo entre los dedos índice y medio, como si fuera un cigarrillo. Se
ensanchó su sonrisa, como si estuviera pensando alguna ocurrencia graciosa.
—Es muy conveniente que
los jóvenes estudien —declaró al fin, entre risitas. La
radio comenzó a emitir un nuevo anuncio de la Ford. Era
uno de los favoritos de Birdie, y éste deseó
que el viejo achacoso se callara para poder
oírlo.
—No se puede ir a
ninguna parte, en estos
días, sin tener estudios —insistió ella.
Birdie siguió mudo. La vieja se decidió a abordar
un nuevo tema.
—Estas escaleras… —dijo, y se calló. Birdie,
irritado, levantó la mirada del libro.
—¿Qué pasa con las escaleras? —preguntó.
—¿Qué pasa? Pues que los ascensores están
estropeados desde hace tres semanas. Eso es lo que pasa. ¡Tres semanas!
—¿Y qué?
—Pues que y a podían arreglarlos, de una vez. Pero
no hace uno más que llamar a la oficina de MODICUM, y le contestan con
evasivas. Es inadmisible.
A Birdie le hubiera
gustado amordazarla. Le estaba
estropeando el anuncio. Además, hablaba como si
hubiera pasado toda su vida en algún edificio
privado, y no en un mísero suburbio de MODICUM. En realidad
hacía años, y no semanas, que
los ascensores de aquel edificio no funcionaban.
Con gesto de disgusto, Birdie se hizo a
un lado en el escalón para que la anciana
pudiera pasar por donde él estaba. Subió ella tres
escalones, hasta que su rostro estuvo a la altura del de Birdie.
La mujer olía a cerveza, a Sy nthamon y
a vejez. Él odiaba a los viejos. Le irritaban sus
rostros arrugados y el contacto de su piel fría
y reseca. Precisamente porque había tantos viejos, Birdie Ludd no
podía casarse con la muchacha que amaba, ni le
permitían tener un hijo. Eso era una verdadera vergüenza.
—¿Qué estás estudiando?
Birdie echó una ojeada al pie de la ilustración,
que no había leído antes.
—Sócrates —repuso él, acordándose vagamente de algo
que había dicho el profesor de Historia de Arte—. Es el tema del cuadro, un
cuadro griego.
—¿Vas a estudiar pintura, u otra cosa?
—Otra cosa —dijo Birdie, secamente.
—Eres el amigo de Milly Holt, ¿no es cierto? No
hubo respuesta.
—¿Acaso la estás esperando esta noche?
—¿Hay una ley que prohíba esperar a alguien?
La vieja se rió ante el rostro
de él, y luego se dispuso
a seguir hasta el próximo rellano. Birdie
trató de no mirarla, pero no pudo
evitarlo. Se miraron a los ojos, y ella volvió
a reírse. Sin poder contenerse, Birdie le preguntó de
qué se reía, y la vieja replicó en seguida:
—¿Hay alguna ley que prohíba reírse?
A continuación siguió
lanzando carcajadas, hasta que éstas se convirtieron en una
tos ronca, como la que recordaba de una película
de educación sanitaria acerca de los peligros del tabaco. Birdie
se preguntó si la vieja sería una adicta al vicio. Él
conocía
a numerosos hombres que fumaban, pero aquello parecía repugnante en una mujer.
Varios pisos más abajo se oy ó el sonido de una
puerta al cerrarse. Birdie miró por el abismo del pozo de la escalera, y pudo
ver una mano que ascendía por la
barandilla. Tal vez era la
de Milly. Los dedos eran delgados, como los
de ella, y las uñas pintadas de color dorado. No
obstante, en la tenue luz de la escalera, resultaba
difícil asegurar algo. Un sentimiento de esperanza
le hizo olvidar la risa de
la anciana, el hedor de la basura y los gritos que
se oían por todas partes. El pozo de la escalera se
convirtió en el escenario de un romance, como los de
la televisión.
La gente le había
dicho siempre que Milly era lo
suficientemente hermosa como para poder ser actriz.
Y él mismo hubiera tenido mucho mejor aspecto de
no haber sido por la nariz. Ya imaginaba cómo exclamaría ella:
« ¡Birdie!» , cuando le viera
esperándola; cómo le besaría, y le
haría entrar en seguida en el piso de su madre…
Al llegar al piso once o doce, la mano abandonó la
baranda y no volvió a aparecer. Evidentemente, no había sido Milly.
Echó una ojeada a su reloj
« Timex» , garantizado. Eran las ocho en punto.
Aún podía aguardar un par
de horas a Milly. Luego
tendría que tomar el Metro,
de regreso a su alojamiento; una hora
de viaje. De no ser por los exámenes, habría
seguido esperando allí toda la noche.
Volvió a sentarse, para estudiar
Historia del Arte. Observó la reproducción del cuadro de
Sócrates bajo la luz mortecina. El griego sostenía con
una mano una gran copa, y con la otra estaba señalando a
alguien. En modo alguno parecía estar
muriéndose. El examen semestral de Historia del Arte
sería al día siguiente, a las dos de
la tarde. Tendría que estudiar a fondo. De nuevo examinó la
ilustración. ¿Por qué pintaría cuadros la gente, después de
todo? Siguió mirando hasta que le dolieron los ojos.
En algún lugar estaba llorando un niño. « ¡Silencio!
¿Por qué no se callan de una vez? ¿Han perdido el juicio?» Una
pandilla de andrajosos, que jugaban a guerrilleros
birmanos, bajó corriendo las escaleras, y un minuto
después otro grupo, éste de tropas norteamericanas, pasó
persiguiéndolos y gritando barbaridades.
Mientras seguía contemplando la
ilustración en la penumbra, Birdie comenzó a
llorar. Estaba seguro, aunque no era capaz de admitirlo a
viva voz, de que Milly le estaba engañando.
Él amaba tanto
a Milly, era tan hermosa… La última vez
que la vio le llamó estúpido. « Eres un estúpido —le dijo—,
y me pones enferma.» Pero era tan hermosa…
Cay ó una lágrima sobre la copa de Sócrates, y fue
absorbida por el papel barato del libro. La
radio comenzó a transmitir un nuevo
anuncio. Poco a poco fue serenándose. ¡Debía
esforzarse por estudiar, caramba!
Vamos a ver, ¿quién demonios era Sócrates?
El padre de Birdie Ludd era un hombre rollizo, con
una barbilla huidiza y
nariz chata, como su hijo. Desde
la muerte de su esposa, había vivido en un dormitorio de
MODICUM para hombres maduros, donde Birdie le visitaba una
vez al mes. No tenían nada de qué hablar, pero la gente de
MODICUM insistía en que los miembros de las familias
debían seguir unidos. La vida familiar era la fuerza de
cohesión más poderosa que había en cualquier
sociedad. Se veían en la sala de visitas, y si alguno de
los dos había recibido una carta de
los hermanos o hermanas de Birdie, hablaban un poco de ello.
También miraban algo la televisión (especialmente si
había partido de béisbol, pues el señor Ludd era apasionado
seguidor de los Yanquis). Luego, poco antes de marcharse Birdie, su padre le
pedía prestados cinco o seis dólares, y a que la asignación que recibía de
MODICUM no le bastaba para proveerse de Thorazina.
Birdie, claro está, nunca tenía nada para prestar.
Cada vez que el muchacho visitaba a
su padre, se acordaba del señor Mack. Éste había sido
su consejero tutor en la clase superior
de P.S. 125 y, como tal, desempeñó un papel mucho más importante en la
vida de Birdie que su propio padre. Se trataba de
un hombre calvo, de edad madura, con un vientre tan
protuberante como el del padre de Birdie, y una
característica nariz judía. Birdie siempre tuvo la
impresión de que el
consejero le tomaba a broma, que su
benevolencia era un disfraz bajo el cual escondía un desdén
ilimitado, y que sus buenos consejos no eran más que
una burla. Lo malo era que Birdie no podía hacer otra cosa
que aguantar. El señor Mack era quien tenía la sartén
por el mango, y había que obedecerle.
En realidad, el señor Mack
experimentaba una especie de tibia simpatía hacia Birdie Ludd.
De los diversos estudiantes que habían fracasado en la REGENT,
Birdie era, sin duda, uno de los más simpáticos. Nunca
se comportó con violencia o grosería durante las entrevistas,
y siempre parecía estar dispuesto a intentar lo mejor.
—Lo cierto es —le había dicho una
noche el señor Mack a su mujer, confidencialmente
(ella también hacía como de consejera tutora)—
que se trata, a mi juicio, de
un magnífico ejemplo de falta de
adaptación al sistema, porque el muchacho
es básicamente decente.
—Vamos, vamos —repuso ella—. Tú sí
que eres básicamente un viejo bonachón.
En realidad el caso de Birdie
no era tan excepcional. El Congreso había aprobado la ley
de Revisión Genética (REGENT, como era vulgarmente
conocida) en el año 2011, siete antes de que Birdie
hubiera cumplido los dieciocho años y tuviera
que someterse a ella. Pero ahora la agitación y las
protestas habían concluido,
y el sistema parecía desenvolverse con toda normalidad. Las cifras de
la población se habían mantenido invariables desde el año 2014.
El primer decreto instituido en ese ámbito, en
1998, era menos concreto. En
él, simplemente se especificaba que los individuos
evidentemente indeseables, desde el punto de vista genético, como los
diabéticos, los locos peligrosos y los idiotas, no tendrían el privilegio de
poder reproducirse. También se les negaba el voto. El decreto de 1998 no
encontró virtualmente oposición alguna, y fue fácil implantarlo, y a que por
aquella época los métodos cívicos anticonceptivos se aplicaban en todas partes,
menos en las zonas rurales más atrasadas. La principal misión del decreto de
1998, fue preparar el camino al sistema de la REGENT.
Esta prueba comprendía tres
partes: en primer lugar, el y a
conocido examen de Stanford-Binet, relativo a la inteligencia;
luego el Skinner-Waxmann, de potencial creador (que
consistía, en gran parte, en elegir una serie de líneas
punteadas especiales), y por fin la
prueba O’Ry an-Ejército, de aptitud física,
con el examen de metabolismo. Los
candidatos fracasaban si recibían una puntuación
que, en dos de las tres pruebas, estuviera por debajo del
límite admitido. Birdie Ludd estuvo nervioso el día de su REGENT (era un martes trece, ¡condenación!), y justamente en medio de
la prueba de Skinner-Waxmann un gorrión entró en el auditorio y
provocó un revuelo, por lo que Birdie no se pudo concentrar. En consecuencia, no
le extrañó demasiado saber que le
habían reprobado en la prueba de cociente intelectual
y en la Skinner-Waxmann.
En el examen de aptitud física, Birdie obtuvo
cien puntos (el máximo en la curva normal), lo
que le hizo sentirse muy orgulloso.
Birdie no creía
realmente en el fracaso, al menos como situación permanente. Había reprobado el
tercer año; pero, ¿le había
impedido eso terminar los estudios de
enseñanza secundaria? En absoluto. Lo importante,
según el señor Mack había
advertido en una asamblea especial a Birdie y a los otros
107 candidatos que fueron reprobados, era que el
fracaso podía considerarse tan sólo como un punto de vista, y
que la confianza en sí mismos podía resolver
la may or parte de los problemas. Birdie crey ó
aquellas palabras entonces, y firmó para que
volvieran a examinarle en la gran sede que la oficina
de Salud, Educación y Beneficencia tenía en la ciudad. En esta
ocasión, realmente, se aplicó al estudio. Compró la
obra Cómo puede usted añadir veinte puntos a su cociente de
inteligencia, por L. C. Wedgewood, doctor en Filosofía,
y Sus exámenes REGENT, preparada por el Consejo Nacional de
Educación. En este último libro había una docena
de pruebas de ejemplo, y Birdie resolvió todos
los problemas fáciles de cada prueba (lo único importante,
según el mismo libro explicaba, eran las
treinta primeras preguntas; las treinta
segundas eran para genios precoces). Al
llegar el día del segundo examen, Birdie se mostraba
optimista y confiado en sí mismo.
Pero las preguntas fueron absurdas.
Ninguna estuvo de acuerdo con lo que había
estudiado. Para la prueba de inteligencia
tuvo que sentarse en una sofocante
cabina, junto a una vieja vestida de
negro, para repetir números de teléfono según ella se los
iba apuntando, y tanto en
el orden normal como al revés, ¡pero con el
número de zona, además! Luego la mujer le
enseñó distintos
dibujos y él tuvo que decir lo que había
de erróneo en ellos. Con mucha frecuencia no había nada
equivocado. Así siguieron las cosas durante más de una hora.
La prueba de capacidad creadora era aún más
difícil. Le entregaron unos alicates y le llevaron a una estancia vacía, de cuy
o techo pendían dos trozos de alambre. Birdie tenía que unir los dos alambres.
Aquello era imposible. Tal como estaban colocados
esos alambres, aun utilizando los alicates, no había posibilidad de efectuar el
empalme. Trató de conseguirlo una docena de veces, y no logró nada. Cuando
abandonó la estancia, estaba a punto de echarse a llorar. Había otras tres
pruebas aún más ridículas que aquélla, y Birdie apenas hizo un esfuerzo para
resolverlas. Era imposible.
Luego le indicaron la forma de
solucionar el problema de los alicates y
los alambres, y no le pareció demasiado difícil.
En verdad no era más que un vulgar truco, y eso le
puso de un humor realmente endemoniado. Consideraba
que ejercicios como ésos eran una
injusticia. Pero, ¿qué podía hacer él? Nada. ¿A quién
podía quejarse? A nadie. Lo hizo ante el señor
Mack, quien prometió hacer lo posible por ay udar a
Birdie, procurando que volvieran a
calificarle debidamente. Lo importante era
recordar que el fracaso tan sólo suponía una actitud negativa.
Birdie debía pensar positivamente, y aprender a ay udarse a
sí mismo. El señor Mack le sugirió entonces
que fuera a la Universidad.
En esos momentos la Universidad era
en lo último que Birdie
podía haber pensado. Sólo pensaba en descansar, después
de los fatigosos exámenes. Y, por
otra parte, él no pertenecía al tipo
universitario. Claro está que no era un bruto, pero
tampoco pretendía hacerse pasar por un genio. El
señor Mack le dijo entonces que el 73 por ciento
de los diplomados en institutos de enseñanza secundaria iban a
la Universidad, y que las tres cuartas partes de los
que comenzaban estudios superiores obtenían el diploma final.
Birdie contestó:
—Sí, claro, pero…
Sin embargo, no fue capaz de
decir lo que estaba pensando:
que el propio Mack era un condenado intelectual, y que
por consiguiente no podía saber lo que Birdie sentía acerca de
la Universidad.
—Debes recordar, Birdie, que se
trata ahora de algo más que un proy ecto de
educación. Si recibes una puntuación
suficiente en REGENT, podrás abandonar los estudios,
podrás casarte y obtener un
sueldo trabajando para MODICUM. Eso, si no
tienes más ambiciones…
Después de un hosco y pesado
silencio, el señor Mack abandonó la táctica
de reprenderle y optó por engatusarle.
—Supongo que querrás casarte, ¿verdad? —inquirió.
—Sí, pero…
—Y tener hijos, ¿no es eso?
—Claro, pero…
—En tal caso, a mi entender, la
Universidad es lo que más te conviene,
Birdie. Has hecho tus REGENT y
has fracasado. Volviste a efectuar las pruebas y
lograste una
puntuación más baja que en las primeras. Después
de eso, sólo te quedan tres posibilidades: o bien realizas un
servicio excepcional en beneficio de la nación o de
la economía del país, lo que no es fácil para una
persona corriente; o demuestras aptitudes físicas,
intelectuales o creadoras
muy superiores al nivel demostrado en las REGENT
que reprobaste, lo que también presenta grandes
problemas, u obtienes una licenciatura. Esto
último me parece lo más fácil,
Birdie. Tal vez sea tu único camino.
—Creo que tiene usted razón.
El señor Mack sonrió satisfecho y se ajustó el
cinturón bajo el voluminoso vientre. Birdie se preguntó cuál habría sido la
puntuación obtenida por Mack en la prueba O’Ry an-Ejército, de aptitud física.
Seguramente, no fue de cien puntos.
—Y por lo
que respecta al dinero —agregó Mack, mientras
examinaba la ficha educativa de Birdie—, no
necesitas preocuparte por eso. Mientras mantengas unas
calificaciones medias, podrás obtener una beca del estado
de Nueva York, como mínimo. Supongo que
tus padres no estarán en condiciones
de ay udarte, ¿verdad?
Birdie repuso que era así, efectivamente, y el
señor Mack le entregó un formulario para solicitar becas.
—Todo ciudadano de los Estados Unidos tiene derecho
a recibir educación superior, Birdie. Si no conseguimos ejercitar nuestros
derechos, la culpa será sólo de nosotros. Hoy no hay excusa para los que no
asisten a la Universidad.
Y como Birdie Ludd no tenía excusa
alguna, se inscribió en la Universidad. Desde el principio
le dio la sensación de que todo
aquello era una trampa, un rompecabezas con una
solución capciosa que les habían descubierto a todos menos a
él. Un laberinto en el que los otros entraban y salían a
voluntad, pero donde Birdie, cada vez que intentaba hallar
una salida, se veía ante un obstáculo insalvable.
Pero, ¿qué otra cosa podía hacer? Birdie estaba
enamorado.
En la mañana del día en que se
realizaba el examen de Historia del Arte, Birdie se
hallaba tendido en su cama, en el vacío dormitorio,
pensando en su amor. No podía dormir, pero
tampoco sentía deseos
de levantarse. Sin embargo,
el cuerpo le bullía de vitalidad, de energía juvenil,
aunque no tenía ganas de desperdiciar esas energías cepillándose
los dientes y bajando a desay unar. A
decir verdad, y
a era demasiado tarde para ir a desay
unar. Se encontraba muy bien allí.
Los ray os del sol entraban por la ventana del sur,
y una leve brisa susurraba, agitando la cortina. Birdie rió quedamente al notar
aquella sensación de plenitud.
Se volvió de lado, hacia la izquierda, y contempló,
a través de la ventana, un rectángulo perfecto de cielo azul. Una hermosura.
Estaban en marzo, pero más parecía abril o may o. Ese iba a ser un día
espléndido. Lo presentía hasta en los huesos.
La forma en que la
brisa estremeció la cortina le hizo pensar en
el verano anterior, cuando el suave viento del
lago jugueteaba con el cabello de Milly. Habían
ido a pasar un fin de semana al lago Hopatcong, en Nueva
Jersey. Encontraron un pequeño prado no lejos de la
orilla, pero aislado de donde estaban los bañistas por un seto de
arbustos, y allí se hicieron el amor durante casi toda
la tarde.
A
continuación permanecieron tendidos, el uno al lado
del otro, con la cabeza apoy ada en la hierba, mirándose a los ojos.
Los de Milly eran de color avellana,
con motas doradas. Los de él eran como un
cielo sin nubes. Algunos mechones del cabello
de Milly, algo rebeldes tras el baño matinal, le
cruzaban el rostro. Birdie pensó que era la muchacha más hermosa del
mundo. Cuando se lo dijo, ella se limitó a
sonreír. Sus labios estaban tibios y dulces, y no dijo
nada cruel.
Birdie cerró los ojos
para recordar mejor el momento en que la había
besado.
—Te quiero mucho, Birdie, te amo con toda el alma
—aseguró Milly.
Y él también la adoraba. Más que a nada en el
mundo. ¿No lo sabía ella?
¿Acaso lo había olvidado?
—Haré cualquier cosa por ti —dijo él en voz alta,
en el dormitorio vacío.
Ella había vuelto a sonreír, después. Le susurró
algo al oído, y Birdie pudo notar que sus labios le
rozaban el lóbulo de la oreja.
—Sólo una cosa te pido, Birdie. Una cosa. Y tú
sabes bien lo que es.
—Lo sé, lo sé.
Él trató de volver la cabeza para hacerla callar
con un beso, pero ella se la retuvo firmemente entre sus manos.
—Debes clasificarte debidamente.
Aquello le sonaba casi cruel, pero cuando la miró
de nuevo a los ojos, no vio asomo alguno de saña, sino tan sólo amor.
—Quiero tener un hijo, mi amor. Tuy o y
mío. Quiero que nos casemos y que tengamos nuestro propio
piso, y una criatura. Estoy cansada de vivir
con mi madre, y también de mi trabajo. Deseo ser
tu mujer; sólo pretendo lo que todas
las mujeres quieren. Por favor, Birdie.
—Estoy haciendo lo
posible, ¿no te parece? Dentro de tres años
tendré un título superior, y entonces volverán
a clasificarme. Ese mismo día nos casaremos.
Él la miró con aire de perrillo herido,
lo que habitualmente servía para que
ella dejase de discutir.
El reloj de pared del dormitorio señalaba
las 11.07. « Este será mi día de suerte» , se prometió Birdie a
sí mismo. Saltó del lecho e hizo diez flexiones
sobre el linóleo del piso, apoy ado en los brazos. Aquel
suelo no parecía ensuciarse nunca, aunque
Birdie jamás había visto a nadie limpiarlo. En la última flexión no
pudo levantarse, y se quedó allí, descansando con los labios pegados
contra el frío linóleo.
Luego se incorporó y tomó asiento en
el borde del desordenado lecho, observando la cortina blanca que se movía
a impulsos del viento. Pensó de nuevo en Milly, su
querida, hermosa y espléndida Milly. Deseaba enormemente casarse con
ella, sin que le importase cuál era su clasificación
genética. Si ella le amaba de verdad, eso
no podía constituir ningún inconveniente. No obstante, se daba cuenta de que
estaba haciendo lo que debía, al esperar. Comprendía
que el apresuramiento era una necedad. Inmediatamente después
de fracasar en la prueba para rectificar su
clasificación, Birdie trató de convencerla para que tomase
una píldora fecundadora que compró en
el mercado negro por veinte dólares. La
píldora contrarrestaba el efecto del agente
anticonceptivo que se vertía en el agua de
la ciudad.
—¿Estás loco? —le gritó ella, entonces—. ¿Has
perdido el juicio, Birdie?
—Sólo quiero un hijo, eso es todo. ¡Condenación! Si
no nos dejan tenerlo legalmente, lo tendremos por nuestra cuenta.
—¿Y qué crees que pasará cuando descubran que estoy
encinta ilegalmente? Birdie se encerró en un hosco silencio. No había pensado
en aquel detalle.
—Me harán abortar
y tendré entonces una calificación
negativa, en mi hoja de
servicios, para el resto de mi vida. ¡Dios mío,
Birdie, a veces eres realmente torpe!
—Podríamos ir a México…
—¿Y qué haríamos allí, morirnos, suicidarnos? ¿No
has leído los periódicos en estos últimos diez años?
—Bueno, sé que lo han hecho otras mujeres. He leído
las noticias de este año.
Fue como una protesta. Reclamaban sobre los
derechos civiles, y esas cosas.
—¿Y qué ocurrió entonces? Todos los chiquillos
fueron recluidos en orfanatos federales, y los padres terminaron en la cárcel.
Además, los esterilizaron. ¿Es posible que no supieras eso, Birdie?
—Sí, lo sabía, pero…
—Pero, ¿qué, estúpido?
—Que había pensado…
—Tú no piensas, eso es lo malo que tienes. Jamás
piensas. Yo tengo que hacerlo por los dos. Por suerte, tengo más cerebro del
que necesito para mí sola.
—Bah —dijo él, burlonamente, al tiempo que exhibía
su sonrisa especial, de estrella de cine.
Ella no podía resistir esa sonrisa; ahora se
encogió de hombros y, después de
lanzar una breve carcajada, lo
besó en los labios. No era capaz de
estar enfadada con Birdie más de diez minutos seguidos. Le
hacía reír y olvidar todo lo que no fuera su amor. En ese aspecto, Milly era como su madre. Y
Birdie era como el hijo de ella.
Las 11.35. El examen de Historia del
Arte se iniciaba a las dos. Ya había perdido la clase de las diez,
sobre Aptitud de Consumo. Una lástima.
Birdie se dirigió al cuarto de
baño para asearse, y la radio
automática comenzó a sonar cuando abrió la puerta. Estaban
tocando Vaya, vaya, ¿por qué soy tan feliz? Birdie también pudo haberse
hecho la misma pregunta.
Ya de vuelta, en el dormitorio,
trató de llamar por teléfono
a Milly, a su trabajo, pero sólo había
un aparato en cada sección de segunda clase de
los reactores de la Pan-American, y solía estar ocupado
durante
todo el vuelo. Dejó un mensaje para que ella
le llamara, aunque sabía que no lo haría.
Resolvió ponerse su jersey blanco,
con el pantalón tejano del mismo color, y
zapatillas blancas. Se cepilló y peinó el cabello,
se miró en el espejo del cuarto de baño y sonrió
complacido. La radio automática comenzó a transmitir su anuncio
favorito, el de la Ford. Solo, frente al espacio
que había ante los urinarios, comenzó a
bailar mientras entonaba las estrofas de la serie comercial.
Sólo tenía
que hacer un viaje de quince
minutos en Metro para llegar a
Battery Park. Compró una bolsa de cacahuetes, para dar
de comer a las palomas del aviario. Cuando se
le terminaron los cacahuetes, deambuló entre las filas de
bancos donde los viejos se sentaban día tras día para
contemplar el mar y aguardar la muerte. Esa mañana, Birdie
no sentía por los ancianos el mismo odio que la noche anterior.
Alineados en filas, bajo la intensa luz del
sol, parecían estar muy lejos; no daban la
impresión de constituir una amenaza.
La brisa que llegaba del puerto olía a sal,
petróleo y materias corrompidas, pero en conjunto no
resultaba un aroma desagradable, sino que,
por el contrario, era vigorizante. Si Birdie hubiese
vivido unos siglos antes, tal vez habría
sido marino. Se comió dos barras de Sy nthamon
y bebió un bote de Fun.
El cielo estaba lleno de
aviones reactores. Milly podía estar en alguno de
ellos. Una semana, sólo una semana antes, ella le
había dicho:
—Te amaré toda la vida. Nunca habrá ningún otro
hombre para mí. Birdie se sentía enormemente contento.
Un anciano, que vestía un
antiguo traje con solapas, avanzó, arrastrando los pies
por el camino, apoy ándose en la
balaustrada. Tenía el rostro casi cubierto
por una cómica barba blanca, espesa y rizada, que contrastaba
notablemente con su cráneo, tan liso y
desnudo como el casco de un policía. Al pasar junto a Birdie le
pidió una moneda, hablando con un raro acento, ni español,
ni francés, que hizo recordar algo a Birdie.
Éste arrugó la nariz y le contestó:
—Lo siento, y o también estoy sin un céntimo.
Lo cual, en realidad, no era precisamente la
verdad.
El viejo de la barba hizo un ademán poco académico,
y entonces Birdie recordó a quién se parecía. ¡A Sócrates!
Echó una ojeada a
su muñeca, pero se dio cuenta de que había olvidado
ponerse el reloj. Giró en redondo,
y en ese momento el gigantesco reloj, anuncio del
First National City Bank, dio las dos y cuarto.
No era posible. Birdie preguntó a otros dos ancianos
si era esa hora, y
sus relojes lo confirmaron.
De nada valía y a tratar de
llegar al examen. Sin saber muy bien la razón,
Birdie esbozó una sonrisa.
Lanzó después un suspiro que denotaba alivio, y se
sentó a contemplar el mar.
—Lo que quiero que comprendas, Birdie,
si me dejas terminar, es que existen
personas más capacitadas que y o para aconsejarte.
Hace y a tres años que no he visto tu ficha. Desde entonces,
desconozco los progresos que has hecho, y las metas que te has
trazado. Cierto es que hay un psicólogo en la Universidad,
y además…
Birdie se agitó en la concha de plástico que era su
asiento, y la mirada acusadora de sus cándidos ojos azules actuó tan
eficazmente sobre el consejero, que éste también empezó a moverse inquieto en
su sillón. Birdie parecía tener el don de hacer que el señor Mack se sintiera
culpable.
—… Y, además, hay otros alumnos esperando fuera
para verme, Birdie. Has elegido el momento en que estoy más ocupado.
Y al decir esto el señor Mack señaló con gesto
patético hacia la pequeña antesala ady acente a su oficina, donde un cuarto
estudiante acababa de tomar asiento.
—Está bien; si no quiere usted ay udarme, será
mejor que me marche.
—Aparte de que quiera o no, ¿qué podría y o hacer?
No comprendo cómo has podido fracasar en esas pruebas. Tus calificaciones
medias eran buenas. Si continuaras insistiendo…
El consejero sonrió débilmente. Estaba a
punto de endilgarle una perorata sobre el valor que
suponía mantener una actitud
positiva, pero pensó en seguida que Birdie necesitaba
algo más enérgico, y dijo:
—Si rectificar tu clasificación significa algo para
ti, es necesario que trabajes duro, que hagas sacrificios.
—Ya le dije que debió ser un error. ¿Tengo y o la
culpa de que no hagan exámenes normales?
—¡Dos semanas, Birdie! ¡Dos semanas sin asistir a
una sola clase, sin llamar siquiera a tu alojamiento! ¿Dónde has estado? ¡Y
esos exámenes trimestrales! En realidad, parece como si estuvieras tratando de
que te expulsaran.
—¡He dicho que lo lamento!
—No sacas nada irritándote conmigo, Birdie Ludd. Ya
nada puedo hacer por
ti. Absolutamente nada.
El señor Mack echó hacia atrás su silla,
disponiéndose a levantarse.
—Pero, antes… cuando me reprobaron en el primer
examen, recuerdo que usted habló de otras formas de lograr que rectificasen la
clasificación, además de la Universidad. ¿De qué se trataba?
—Servicios Excepcionales. Podrías intentarlo.
—¿Qué es eso?
—En términos llanos,
y para ti, supondría ingresar en el ejército y llevar
a cabo una acción bélica de extraordinario
heroísmo. Y, además, vivir para disfrutarlo.
—¿Formar parte de las guerrillas
del ejército? —manifestó Birdie, riendo nerviosamente—. Eso
no es para este chico, para Birdie Ludd. ¿Quién ha
sabido de algún guerrillero al que hay an rectificado
la clasificación?
—Admito que es algo desusado. Por eso te recomendé
lo de la Universidad desde el principio.
—Y el tercer procedimiento, ¿qué era?
—Una demostración de
aptitudes manifiestamente superiores —repuso el señor
Mack, sonriendo y con tono de ironía—. Unas aptitudes que no se
hay an puesto de manifiesto en las pruebas.
—¿Cómo podría hacer eso?
—Debes llenar un formulario ante la Oficina de
Salud, Educación y Beneficencia, y a los tres meses se llevará a cabo la
demostración.
—¿Qué demostración? ¿Sobre qué trata y qué debo
hacer?
—Eso es algo que
te concierne exclusivamente
a ti. Algunos presentan cuadros, otros una
pieza musical que han
compuesto. Pero la may oría entrega
una muestra de sus escritos. Creo recordar que
hay un libro totalmente compuesto por
historias, ensay os y demás, de los que consiguieron, con ello, su
propósito de rectificar la clasificación. Claro está que
la may or parte de los que presentan un trozo literario no logran su
objeto. Los que triunfan suelen ser individuos no conformistas, de los
que siempre están criticando el sistema. No
te aconsejaría…
—¿Dónde puedo conseguir ese libro?
—En la biblioteca, creo y o; pero…
—¿Permiten a cualquiera intentarlo?
—Sí, sólo una vez.
Birdie saltó tan súbitamente de su asiento, que por
un instante el señor Mack temió que fuera a
golpearle. Pero el joven sólo le tendió la diestra para
estrechar la suy a.
—Gracias, señor Mack, muchísimas gracias —dijo—. Ya
sabía y o que usted aún hallaría una forma de ay udarme.
Los funcionarios de la Oficina de Salud, Educación
y Beneficencia mostraron más deseos de ay udarle de lo
que Birdie hubiera creído. Incluso dispusieron
que recibiera una beca de quinientos dólares para mantenerse durante el período preparatorio de
tres meses. Además, le proporcionaron una placa
de metal con el número del asiento que podría
usar en la sección Nassau de la Biblioteca
Nacional; le recomendaron algunos consejeros literarios,
con distintos honorarios profesionales, e incluso
le entregaron gratuitamente un ejemplar del
libro al que se había referido el señor Mack. Éste
tenía una introducción de Lucille Mortimer
Randolphe-Clapp, creadora del sistema de REGENT, y Birdie
encontró ese prólogo muy interesante, si bien
no terminaba de entenderlo del todo.
Birdie no se mostró muy impresionado
por el primer ensay o que aparecía en el libro: En el fondo
del montón, relato de una deplorable niñez en MODICUM. Había
sido escrito por Jack Ch…, que entonces tenía diecinueve años, y
Birdie se dijo que era capaz de escribir algo parecido; no
había nada allí que fuera una novedad para él. Incluso
advirtió que el lenguaje era vulgar, y la construcción de
las frases defectuosa. Seguía una historia que no tenía pies
ni cabeza, y luego una poesía no menos absurda.
Birdie ley ó
todo el libro en un solo día, algo que nunca
había hecho antes, y encontró pocas cosas que le
gustaran: el relato de un muchacho que abandonó la escuela
de segunda enseñanza para ir a trabajar a
una reserva de caimanes, y un sesudo ensay o sobre las
dificultades que se presentaban para lograr una subvención de
MODICUM. Lo mejor de todo era el artículo titulado El
consuelo de la Filosofía, que había sido escrito por
una muchacha que era ciega
y tullida a la vez. Birdie nunca había leído nada relativo
a Filosofía, a excepción de su libro de texto en
el curso de ética, y se dijo que sería buena idea intentar
algo en ese sentido, durante los tres meses del
período preparatorio del que disponía.
Durante los tres o cuatro días que
siguieron, sin embargo, Birdie empleó todo el tiempo en buscar
habilitación. Tendría que limitar todo lo posible los gastos, si
pensaba superar esos tres meses con sólo quinientos
dólares. Al fin halló un cuarto en un
edificio privado de Brookly n, que debió haber sido
construido un siglo antes, por lo menos. El alquiler le costaba
treinta dólares a la semana, lo que
no era caro teniendo en cuenta el tamaño, y
a que la estancia medía sus buenos
nueve metros cuadrados. En ella había una cama, un
sillón, dos lámparas de pie,
una mesa de madera con su silla, una desvencijada
cómoda y una alfombra de lana legítima. También tenía baño
privado. En su primera noche allí, pasó
un buen rato caminando descalzo sobre
la alfombra, con la radio puesta a todo volumen. En dos
ocasiones bajó a la cabina telefónica del vestíbulo para
llamar a Milly e invitarla tal vez a una fiestecilla
íntima, pero en ese caso tendría que explicarle la
razón de haberse mudado del
dormitorio común, y el no
haberla llamado desde el día del examen de Historia del Arte, lo que sin duda la tendría
intrigada.
La segunda vez que bajó a hablar, se puso
a charlar con una chica que estaba también esperando para
llamar por teléfono. La muchacha dijo llamarse Fran.
Llevaba un vestido muy ajustado, de plástico semitransparente,
pero en su cuerpo no
resultaba demasiado provocativo, y a que era un tanto
delgaducha. Birdie disfrutó conversando con ella, a pesar de todo,
pues era más comunicativa que la may oría de
las muchachas. Vivía justo frente a Birdie, en el
mismo vestíbulo, de modo que era la
cosa más natural del mundo que
poco después fuera a la habitación
de ella para tomar algunas cervezas. Al poco tiempo,
Birdie y a le había contado todo lo relativo a su situación, incluso lo
concerniente a Milly. Fran se echó a llorar.
Luego confesó que también ella había fracasado
en la REGENT, y además en las tres partes de
la prueba. Birdie estaba empezando a mostrarse afectuoso,
cuando ella recibió una llamada telefónica y tuvo que marcharse.
A la mañana siguiente,
Birdie hizo su primera visita (de toda su vida) a la
Biblioteca Nacional. La sección Nassau estaba alojada en un
antiguo edificio de cristal, un poco al oeste de la zona central de
Wall Street. En cada piso había una colmena de
casillas, cada una con su exhibidor de microfilmes y su
altoparlante. En el piso 28, el último, se
hallaba el equipo electrónico que relacionaba esa sección con la
central, y mediante otra conexión con
la Biblioteca del Congreso, la del Museo Británico y la Osterreichische
Nationalbibliothek, de Viena. Un monitor, que no
tendría más edad que Birdie, le enseñó
a utilizar el sistema
de perforación de tarjetas de su casilla. Un
investigador podía solicitar, prácticamente, cualquier libro del
mundo,
o escuchar la grabación que deseara, sin necesitar
otra cosa que un código de doce cifras. Cuando
hubo terminado de leer, Birdie se puso
a mirar hoscamente la vacía pantalla de cristal.
Habría experimentado una gran satisfacción rompiendo de
un puñetazo aquel trozo de vidrio.
Después de una buena comida caliente,
Birdie se sintió bastante mejor. Se acordó de
Sócrates y del ensay o de la muchacha ciega acerca de El
consuelo de la Filosofía; a continuación, solicitó todos los
libros de Sócrates a nivel de los últimos cursos de las escuelas de
enseñanza secundaria, y comenzó a
leerlos al azar.
A las once de aquella noche,
Birdie terminaba de leer el capítulo de La República,
de Platón, que contiene la famosa parábola de
la cueva. Abandonó la biblioteca, deslumbrado, y vagó
durante varias horas por la zona de Wall Street,
brillantemente iluminada. Aun cuando era más de la media noche, el lugar
se
hallaba rebosante de trabajadores. Birdie los contempló lleno de asombro.
¿Estaría alguno de ellos al corriente de
las grandes verdades que habían transfigurado el alma de
Birdie aquella noche? ¿O tal vez, a semejanza de los
prisioneros de la cueva, vivían entre sombras, sin sospechar la existencia de la luz
del sol?
En el mundo había una increíble
belleza en la que Birdie ni siquiera llegó a soñar. Esa
belleza era algo más que una mancha azul de cielo
o la curva de los senos de Milly. Penetraba por todas
partes, incluso en la misma ciudad, hasta
entonces, para Birdie, una cruel máquina cuy a única
función consistía en estropear todos sus sueños,
aunque ahora parecía refulgir interiormente, como un
diamante herido por un rayo de luz. El rostro
de todos
los peatones reflejaba aquel inefable significado.
Birdie recordó el delito
por el que el Senado ateniense condenó a muerte a
Sócrates… —¡por corromper a la juventud!—, y sintió que
odiaba al Senado ateniense, aunque era un odio diferente
del que sentía habitualmente. Ahora odiaba a Atenas por
una razón: ¡la justicia!
Verdad, belleza, justicia.
Y también amor. En todas partes, se dijo Birdie,
había una explicación para todo, un sentido de las
cosas. Todo tenía un significado especial.
Las emociones
pasaron por él tan rápidamente que no podía
identificarlas. En cierto momento, al ver reflejado su
rostro en el cristal de un
oscuro escaparate, sintió deseos de echarse a reír.
Luego, al recordar a Fran tendida en el lecho, con su
vestido barato de plástico, tuvo ganas de llorar. Ahora se
daba cuenta, al fin, que Fran era una
prostituta, y que nunca podría ser otra cosa.
Birdie, en cambio, aún alentaba esperanzas para que su
situación cambiase.
Poco después se encontraba
solo, en Battery Park. Allí había más oscuridad y
había menos agitación. Permaneció de pie junto a la
balaustrada del paseo marítimo y echó un vistazo a
las negras ondas que lamían los bloques de hormigón.
En el cielo parpadeaban unas
luces rojas, mientras los reactores salían o
llegaban al aeropuerto de Central Park. Y esa escena, que siempre le
había impresionado profundamente, ahora la encontraba
increíblemente regocijante.
A Birdie le parecía que todo aquello contenía un
significado especial, un principio que él debía comunicar a las demás personas
que no lo conocían. Sin embargo, no acertaba a precisar, con exactitud, qué
principio era ése. En su espíritu, que acababa de despertar, estaba
desarrollándose una batalla para poder traducir en palabras aquel sentimiento,
pero en el momento en que creía haberlo logrado, se daba cuenta de que había
sufrido un error. Por fin, cerca y a del amanecer, regresó a su habitación,
sintiéndose temporalmente derrotado.
Justamente en el momento en que iba
a entrar en su cuarto, advirtió que un guerrillero, con
la máscara impersonal de su oficio
cubriéndole el rostro, y con el número de identificación
pintado sobre una ceja, salía de
la alcoba de Fran.
Birdie sintió un breve impulso de odio hacia él, seguido de
un sentimiento de compasión y ternura hacia la
pobre muchacha. Pero esa noche no le quedaba
tiempo para consolarla. Ya tenía él sus
propios problemas.
Durmió con sueño inquieto y se despertó a las once,
cuando estaba a punto de
tener una
pesadilla. Se hallaba en una estancia de cuy o
techo pendían dos cuerdas. Él se
colocó debajo, tratando de atraparlas,
pero cuando creía tenerlas en la mano, se
le escapaban en un movimiento pendular.
Sabía lo que
significaba aquel sueño. Las cuerdas representaban una
prueba a su capacidad creadora. Ése era
el principio que había buscado tan desesperadamente la noche
anterior. La capacidad creadora era la clave de
todo. Si podía aprender a conocerla, si lograba
analizarla, sería capaz de resolver sus problemas.
La idea se hallaba
aún en su mente en forma nebulosa, pero se daba cuenta
de que iba por buen camino. Tomó para desayunar unos huevos
y una taza de café, y se
dirigió inmediatamente a su casilla de la
biblioteca, para estudiar. Aunque notaba que tenía algo
de fiebre, le parecía sentirse mejor que
nunca. Se hallaba libre, o en un
estado muy similar. En todo caso, estaba totalmente seguro
de una cosa: nada del pasado valía un
ardite, mientras que el futuro se anunciaba radiante
de promesas.
No comenzó a trabajar en su
ensay o hasta la última semana del período
preparatorio. Tenía muchísimas cosas que aprender
primero: literatura, pintura, filosofía, todo aquello que no
había comprendido anteriormente. Y
aún le quedaba mucho por aprender; lo
admitía, pero se daba cuenta de que al fin iba a
conseguirlo, porque ahora lo deseaba de todo corazón.
Cuando inició la redacción de
su trabajo, comprobó que
la tarea era más difícil de lo que había
pensado. Pagó diez dólares por una hora de consulta con
un consejero literario colegiado, el cual le indicó
que limitara la extensión del ensay
o, pues incluía en él demasiadas ideas. Lucille Mortimer
Randolphe-Clapp daba más o menos el mismo consejo en
el libro que le entregaron para prepararse, afirmando que
los mejores ensay os no excedían de las doscientas
palabras. Birdie se preguntó si en las futuras ediciones del
libro aparecería su propio trabajo.
Hizo cuatro borradores completos, antes
de sentirse satisfecho. Luego se lo ley ó a
Fran, quien dijo que le hacía llorar de emoción. Redactó la copia
definitiva el mismo día ocho de junio, que era el de
su cumpleaños, para que le diera buena suerte, y la envió a la
Oficina de Salud, Educación y Beneficencia.
El ensay o de Birdie Ludd decía así:
PROBLEMAS DEL GENIO CREADOR
por Berthold Anthony Ludd
Son tres los requisitos de la belleza: plenitud,
armonía y esplendor.
ARISTÓTELES
Desde los tiempos antiguos, hasta nuestros días,
hemos ido descubriendo que existe más de un criterio a tenor del cual el
crítico analiza el producto del genio creador. ¿Sabemos acaso cuál de esas
medidas deben emplearse? ¿Es conveniente enfrentarse directamente
con el sujeto propuesto, o más bien debe hacerse de un modo indirecto?
Todos conocemos
el gran drama de Goethe, Fausto, al que
no es posible negar la cúspide de la calidad
literaria, el atributo de «
obra maestra» . Sin embargo, ¿qué motivación pudo
impulsarle a describir « el cielo» y « el infierno» en la
extraña forma que lo hace? ¿Quién es Fausto, sino
nosotros
mismos? ¿No demuestra acaso una verdadera necesidad
de comunicarse con los espíritus que le rodean? Nuestra
respuesta sólo puede ser « ¡sí!» .
De
este modo, nos enfrentamos una
vez más con el problema del genio creador. La belleza
de una obra está supeditada a tres condiciones:
1) el tema debe ser de fórmula literaria; 2) todas
las partes deben estar contenidas en
el total, y
3) el significado será absolutamente claro. La verdadera capacidad creadora sólo
se halla presente cuando puede ser descubierta en la obra
de arte. Este es también el parecer de Aristóteles.
El criterio del genio creador no se
establece solamente en el dominio de la literatura.
¿Acaso el científico, el profeta o el pintor, no
tienden hacia el mismo fin? ¿Qué camino debemos seguir, en este caso?
Otro criterio de
la capacidad creadora ha
sido determinado por Sócrates, al que
tan cruelmente obligaron a quitarse la vida sus propios compatriotas,
y de quien son estas palabras: « No saber
nada es la primera condición de todo conocimiento» . De
la gran sabiduría de
Sócrates es posible extraer conclusiones acertadas
en relación con este problema. El genio creador es
el que es capaz de establecer relaciones donde éstas
no existen.
La computadora que hizo la primera clasificación
dio a Berthold Anthony Ludd una puntuación de 12, y
remitió el escrito al archivo
de Rechazo Automático, donde se hizo una
fotocopia del ensay o y desde donde lo enviaron, luego, a la sección de Correo
Exterior.
Una empleada de esta oficina unió
con una grapa el escrito de Birdie a una carta donde
se explicaban las razones por las que no se podía rectificar su
clasificación, por el momento, y se le sugería que lo intentase de
nuevo 365 días después de la fecha de esa misma carta.
Birdie se hallaba en el vestíbulo del edificio
cuando llegó el correo. Estaba tan ansioso por abrir el sobre, que rompió en
dos pedazos su ensay o, al sacarlo.
Esa misma tarde, sin molestarse
siquiera en
emborracharse, Birdie se alistó en las tropas de Infantería de Marina de los Estados Unidos, para ir a defender la democracia
en tierras de Birmania.
Inmediatamente después de
prestar juramento, el sargento se le acercó y deslizó
sobre el sombrío rostro de Birdie
la máscara negra con el número de identidad pintado
sobre una ceja. Su número era USMC100-7011-D07. Desde
ese momento, Birdie era un guerrillero.

No hay comentarios:
Publicar un comentario