© Libro N° 8935. Construyendo Comunidades... Reflexiones Actuales Sobre Comunicación Comunitaria. Autores Varios. Emancipación.
Agosto 14 de 2021.
Título original: ©
Construyendo Comunidades... Reflexiones
Actuales Sobre Comunicación Comunitaria. Autores Varios
Versión Original: © Construyendo Comunidades... Reflexiones Actuales
Sobre Comunicación Comunitaria. Autores Varios
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Reflexiones Actuales Sobre Comunicación
Comunitaria
Autores Varios
Construyendo Comunidades... Reflexiones Actuales Sobre Comunicación Comunitaria Autores Varios
Construyendo comunidades...
Reflexiones actuales sobre comunicación comunitaria
inclusiones: categorías
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Construyendo comunidades...
Reflexiones actuales sobre comunicación comunitaria
María Cristina Mata, Jorge Huergo, Washington Uranga, Nestor Ganduglia,
Gabriela Bergomás, Juan Isella, Emanuel Aguirre, Julieta Aiassa, Karina Arach
Minella, Trinidad Balbuena, Paula Baños, María Emilia Carrieres, Luciana
Danielli, Pilar Espósito, Patricia Fasano, Romina Krenz, Claudia Medvescig,
Verónica Mingarini, Marianela Morzán, Mara Muscia, Lucrecia Pérez Campos,
Gretel Ramírez, Leandro Romero, Irene Roquel, Laura Rozados, Gretel Schneider.
Construyendo comunidades : reflexiones actuales sobre comunicación
comunitaria - 1a ed. - Buenos Aires : La Crujía, 2009.
208 p. ; 20x14 cm.
ISBN 978-987-601-091-7
1. Comunicacion Social. CDD 302.2
Director de la colección Inclusiones
Damián Fernández Pedemonte
Primera edición: octubre 2009
© La Crujía Ediciones
E-mail: editorial@lacrujialibros.com.ar
www.lacrujiaediciones.com.ar
Diseño de interior y de tapa: Ana Uranga B.
Foto de tapa: Leandro Romero
Ficha técnica:
Equipo editor: María Emilia Carrieres, Luciana Danielli, Martín Yedro,
Leandro Romero,
Pilar Espósito, Patricia Fasano.
Desgrabaciones: Martín Yedro, Leandro Romero, Pablo Felizia, Gretel
Schneider,
Luciana Danielli.
Edición de textos: María Emilia Carrieres, Luciana Danielli, Martín
Yedro, Leandro
Romero, Pilar Espósito, Patricia Fasano.
Gestiones: Pilar Espósito, Patricia Fasano.
Esta es una publicación del Área de Comunicación Comunitaria del Centro
de Producción en Comunicación y Educación de la Facultad de Ciencias de la
Educación de la Universidad Nacional de Entre Ríos.
ISBN: 978-987-601-091-7
Impreso en Argentina
A quienes día a día construyen comunidades…
ÍNDICE
Introducción 9
Construir comunidades… desde la Universidad
Laura Méndez 15
primera PARTE
Del murmullo a la palabra
Comunicación omunitaria en pos de la palabra .
y la visibilidad social
María Cristina Mata 21
Segunda parte
Entre la comunicación y la educación
Algunos desafíos a la comunicación/educación comunitaria y popular .
Jorge Huergo 37
Comunicación/educación: una mirada crítica
Laura Rozados 49
Comunicación/educación en el marco de la extensión universitaria
Gabriela Bergomás 61
Comunicación comunitaria en la cárcel, preguntas a un recorrido
Emanuel Aguirre, Julieta Aiassa, Trinidad Balbuena, Paula Baños,
Romina Krenz, Lucrecia Pérez Campos, Irene Roquel, Leandro Romero,
Gretel Schneider 71
Pensando en común (I): Comunicación en contextos de Reclusión
“Poner el cuerpo”: Reflexiones sobre la intervención 83
tercera parte
Por el camino de las memorias
Las redes mágicas de la memoria: memoria y tradición oral en las
leyendas populares
Néstor Ganduglia 91
Tramas de barrio: contar para ser tenidas en cuenta
Luciana Danielli, Claudia Medvescig, Mara Muscia e Irene Roquel 107
Pensando en común (II): Pueblos originarios
Construir la visibilidad 123
Cuarta parte
Por los avatares de la comunicación comunitaria
Aprender con la comunidad
Juan Isella 129
La identificación, ¿es o se hace? .
Sobre el trabajo en una radio comunitaria
Patricia Fasano, Gretel Ramírez, Claudia Medvescig, Marianela Morzán,
Pilar Espósito e Irene Roquel 137
“Capacitación” en comunicación comunitaria: el lugar de la cultura
popular.
Patricia Fasano, Karina Arach Minella, Gretel Ramírez,
Marianela Morzán y Verónica Mingarini 151
Pensando en común (III):
Sobre la experiencia de la FM Comunitaria “Doña Munda” 165
La comunicación comunitaria: proceso cultural, social y político
Washington Uranga 179
PASOS… Un recorrido por una experiencia de articulación
Gretel Ramírez, Marianela Morzán, Irene Roquel,
Claudia Medvescig, Verónica Mingarini,
María Emilia Carrieres y Luciana Danielli 189
Autoras y autores 199
Introducción
Construyendo comunidades… es el producto de casi cinco años de trabajo
del Área de Comunicación Comunitaria; años duran-te los cuales la principal
inquietud que nos ha impulsado ha sido
la de abrirnos un lugar para practicar y pensar la Comunicación
Comunitaria en el universo académico y profesional de los comuni-cadores
sociales.
Podría conjeturarse que somos un grupo de románticos que no hallamos un
espacio donde movernos con comodidad en el escena-rio que nos propone la
Comunicación Social de comienzos de siglo, y algo de eso somos; aunque una vez
que hemos comenzado a expre-sar nuestras percepciones, hemos encontrado que no
estamos solos y, mejor aún, pareciera ser ésta una pequeña llama que cada vez
más encuentra el terreno propicio para multiplicarse.
Hay un dato real, que nos abarca y trasciende: el interés por la
Comunicación Comunitaria viene creciendo en los últimos años en la Argentina.
Quizá podamos datar ese crecimiento en lo que va del nuevo siglo, y quizá
también –y es ésta una hipótesis que invi-tamos a considerar- en ese interés
confluyan, por un lado, el im-presionante aumento –y publicidad- de los índices
de pobreza en la última década del siglo pasado y comienzos de éste, que
provocó algunas modificaciones en la percepción de los argentinos sobre
nosotros mismos; y por el otro, el creciente desencanto político que
10 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
desde hace ya algún tiempo rodea el aura de los comunicadores sociales.
Frente a ese palpable crecimiento, nos cabe -como miem-bros de la
Universidad y más específicamente de la academia de Comunicación Social- una
ineludible responsabilidad: la de cons-truir un espacio para reflexionar sobre
el fenómeno poniéndolo en interlocución con las teorías conocidas, alentando
así la producción de nuevas propuestas teóricas.
Producir teoría es un proceso social y colectivo alimentado por la
imaginación, el pensamiento, la re-flexión de todos y cada uno de quienes
participamos de la vida social, incluyendo especialmente a quienes experimentan
de manera práctica los fenómenos que no-sotros observamos. Pero producir teoría
no es una actividad exclusiva del pensamiento, sino de la experiencia en un
sentido amplio. Por eso es que consideramos que el modo más productivo de
inscribirnos en ese proceso es, por un lado, siendo parte de las prácticas
–practicando la Comunicación Comunitaria- y, al mismo tiempo, reflexionando
teóri-camente –produciendo interpretaciones teóricas- sobre ellas.
Por eso este libro… Para compartir nuestras reflexiones de los últimos
años y las de quienes nos han acompañado de cerca con sus aportes; y para echar
más combustible sobre esta llama que nos enciende y que esperamos encienda a
otros.
Construyendo comunidades… no es en términos teóricos una serie de
afirmaciones sino un compendio de interrogantes, muchos de ellos existenciales,
procurando un territorio familiar donde manifestarse y estimular la imaginación
de propuestas para pensar la Comunicación Comunitaria a la luz del tiempo
político que nos toca vivir.
Y sin embargo y al mismo tiempo, Construyendo comunidades… es la
confirmación de ciertas posiciones políticas, epistemológicas y profesionales
que nos agrupan y que el lector encontrará como hilo conductor a lo largo de
los textos que componen el libro.
El de comunicación comunitaria pareciera un concepto esquivo a las
definiciones normativas, al mismo tiempo que sensible a las pres-
INTRODUCCIÓN 11
cripciones ideológicas. Tal vez porque el propio concepto de
<con-cepto> -como Maffesoli advierte- implica una captación inmóvil de la
cosa descripta, que le hace perder su natural vitalidad: “Al nombrar,
precisamente, aquello mismo que aprehendemos, matamos lo nombrado. […] En
cuanto hay vida, hay labilidad, dinamismo. La vida no se deja cercar. Todo lo
más se pueden trazar los contornos, describir la forma, esbozar las
características generales. Al actuar así, se hace a la vez obra de
conocimiento, sin realizar por ello una taxidermia que fija, cataloga y pone
orden dentro de un cuerpo de objetos muertos. Paradójicamente, este respeto de
la vida move-diza es propiamente lo que puede acabar, si está bien gestionado
en un cono-cimiento más completo de lo que se propone aprehender.” (1997:62)
Tal vez porque, muy especialmente, la comunicación comunitaria refiera a un
terreno particularmente ambiguo y movedizo de la comunicación: aquél donde el
énfasis de la construcción identitaria está puesto en esa dimensión de la subjetividad
–y de la producción de significacio-nes- en la que somos un ‘nos’, que es como
Espósito (2003) sugiere pensar la comunidad.
¿Existe aquella ‘comunicación comunitaria’ que imaginamos (e
idea-lizamos)? ¿Es una fantasía que nos permite mantener en pie algunas
utopías? ¿Es una creación de instituciones y/o militantes? ¿Qué y cómo es
aquello que actualmente recibe el nombre de ‘comunicación comunitaria’? ¿Hasta
dónde debemos y podemos intervenir en los proyectos de las organizaciones
sociales? ¿Qué aristas adquiere esta intervención cuando es realizada desde la
Universidad? ¿Cuáles son las actuales implicancias políticas de tal vinculación?
¿Qué concep-to/s de comunidad sostenemos en nuestras prácticas y qué concepto/s
de comunicación? ¿Cuál es, en este campo, la relación entre las di-mensiones
mediática y no-mediática de la comunicación? ¿Cuál, el lugar para la
diversidad? ¿Cuál, la línea entre intervención profesional y militancia, y
cuáles las implicancias de una y otra? ¿Cuáles, las lógicas imperantes en las
organizaciones sociales y cómo relacionarnos con ellas?
Estos y otros interrogantes nos acompañan permanentemente y desde hace
años, por lo que constituyen ejes problemáticos que atraviesan el material de
esta publicación, delineando los contornos del territorio de la comunicación
comunitaria que actualmente expe-
12 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
rimentamos: comunicación/educación, experiencias de redes entre
organizaciones, trabajos con las memorias, límites de la interven-ción,
comunicación en espacios de reclusión, radios abiertas, radios comunitarias,
construcción de ciudadanía, participación política, violencia, identificación…
En 2005 y 2006 organizamos las Jornadas de Comunicación Comunitaria para
compartir esos interrogantes con otras perso-nas, desveladas como nosotros por
las mismas cuestiones. De esas Jornadas –especialmente las de 2006- salió parte
importante del material que compone este libro: los aportes de María Cristina
Mata, Jorge Huergo, Néstor Ganduglia, Washington Uranga, Gabriela Bergomás y
Juan Isella, como así también los fragmentos de Intercambios escogidos por su
riqueza para delinear el escenario actual de la Comunicación Comunitaria.
El resto de los artículos que componen esta publicación son tex-tos
donde hemos plasmado distintas reflexiones teóricas basadas en las diferentes
experiencias en terreno que protagonizamos desde el ACC. En tal sentido, son
sistematizaciones que constituyen herra-mientas de trabajo fundamentales no
sólo para posibilitar nuestras prácticas sino también para contribuir a
consolidar un campo acadé-mico y profesional para la Comunicación Comunitaria.
Construyendo Comunidades… ha sido posible gracias a la Mención Especial
del Premio Presidencial “Prácticas Educativas Solidarias en Educación Superior”
recibida en 2008 por el ACC.
Agradecemos muy especialmente a los autores antes citados, por
acompañarnos y enseñarnos. A Laura Méndez, por las pala-bras de presentación
del libro. A las y los colegas, compañeras y compañeros participantes de las
distintas prácticas de comunica-ción comunitaria con los que hemos tenido
contacto en estos años, por aportarnos sus experiencias y reflexiones. A las
personas que forman o han formado parte de nuestros Proyectos en Terreno, en la
ciudad de Paraná: los internos de la Unidad Penal N°1; los niños, jóvenes y
mujeres del Club de Abuelas del barrio Belgrano; los integrantes de la FM
Comunitaria “Doña Munda”; los alum-nos y docentes de las Escuelas Nuestra
Señora de Guadalupe,
INTRODUCCIÓN 13
Bazán y Bustos, Almafuerte y Maximio Victoria; los integrantes de la
Asociación Civil Barriletes y de las Fundaciones Eco Urbano y Mujeres Tramando;
y a todos aquellos que han participado de nuestras actividades y talleres. A
las personas que hacen la Facultad de Ciencias de la Educación, por los
distintos tipos de apoyos. A María Rosa Felquer, Aldo Rotman, Lea Lvovich,
Aurora Ruiu, Valeria Olivetti, Gastón Ortiz, Laureano Escobar, Gustavo Vieyra,
Adelina Quartino, Andrés Leiva, Liliana Barbagelata, Sylvia Mayer, Mariana
Muñoz, Federico Vimberg, a la Delegación Entre Ríos del INADI y a todos quienes
en algún momento han enriquecido nues-tro trabajo con su colaboración. A la
Universidad Pública y a la sociedad que la sostiene.
Construyendo Comunidades… pretende ser, en definitiva, un es-pacio de
intercambio entre quienes creemos que la Comunicación Comunitaria requiere una
reflexión teórica específica dentro de la Comunicación Social; y una invitación
a redoblar la apuesta de tra-bajo en esta dirección: la de propiciar la
construcción de más y más es-pacios de comunicación desde los ‘nos’ que
atraviesan la vida social, especialmente en sus márgenes.
Equipo del Área de Comunicación Comunitaria (C.E.P.C.E.-F.C.E.-U.N.E.R.)
Referencias bibliográficas
Espósito, R. (2003) Communitas. Origen y destino de la comunidad,
Amorrortu, Buenos Aires.
Maffesoli, M. (1997) Elogio de la razón sensible. Una visión intuitiva
del mundo contemporáneo, Paidós, Buenos Aires.
Construir comunidades… desde la Universidad
Es muy importante para la Facultad de Ciencias de la Educación (FCE) de
la Universidad Nacional de Entre Ríos (UNER) contar con un espacio de
Comunicación Comunitaria. El mismo fue creado gracias a la iniciativa de un
grupo de graduados y algunos estudian-tes –que también van egresando en el
camino– a través de una serie de experiencias y recorridos tan ricos que
habilitan el poder trabajar en función de “ir construyendo comunidad
–deberíamos decir co-
munidades, en plural– para nuevos mundos posibles”.
Me parece fundamental reflexionar en profundidad sobre la sig-nificación
del Área de Comunicación Comunitaria (ACC) para nues-tra institución. Ésta ha
tenido y ha sostenido como objetivo formar profesionales de la educación y de
la comunicación capaces de po-ner en cuestión conceptos y prácticas que una
larga tradición políti-co-epistemológica ha pretendido naturalizar como fijos,
a-históricos y por lo tanto inamovibles, y cuyas características han sido el
indivi-dualismo y la extremada simplificación de toda complejidad a fin de
ordenar y dominar el mundo.
Por el contrario, el esfuerzo y el desafío suponen, en estos tiem-pos
inciertos, permitirnos la reflexión acerca de lo incuestionable, para lo cual
el primer ejercicio es poner esos conceptos y prácticas en el contexto en el
que fueron inventados, teniendo en cuenta las circunstancias histórico-sociales
en que han emergido. Esta opera-
16 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
ción es necesaria para emprender la tarea de desacralizarlos y por
consiguiente transformarlos.
Nos parece una ocasión propicia para hacer algunas reflexiones en torno
a esto que podríamos denominar el cruce entre la comuni-cación y los espacios
comunitarios. No es casual, desde mi punto de vista, que este período histórico
que nos ha tocado transitar –hubié-ramos podido estar en otros, pero es acá
donde nos situamos efec-tivamente–, esta compleja trama histórica en la que nos
toca vivir tenga justamente como arranque, como puntapié inicial, la ruptura
con la vida social comunitaria.
Esta complejidad se intensifica hoy, por un lado, por esta etapa del
sistema capitalista en la que su empedernida axiomática ha llevado al planeta a
extremos casi inimaginables. Teóricos de la economía po-lítica, en especial
Marx, habían anunciado su inevitable destrucción, pero no habían podido
dimensionar el alcance de sus procesos cons-tantes de mutación que implican
operaciones de desterritorialización y reterritorialización, a la vez que
construyen modos de subjetivación que le permiten conservar casi intactos los
espacios de acumulación de riqueza, de saber y de poder, de los que resulta
difícil fugar si no se emprenden, justamente, tareas colectivas que permitan
reconstruir sus supuestos fundamentos trascendentes.
No hubiera sido posible la imposición de la lógica del capitalismo en
las condiciones de la vida social comunitaria, por consiguiente fue
absolutamente necesario comenzar por su destrucción, porque “lo co-munitario”
implica espacios de un territorio común, de lenguas, de visiones del mundo y de
saberes comunes y, sobre todo, de múltiples lazos sociales que hagan posible
esa trama sólida y compleja que es la comunidad, o que han sido alguna vez las
comunidades.
Tampoco se trata de idealizar ciegamente al espacio social comu-nitario.
Tal vez hayan tenido otros conflictos y problemas, diferentes a los que tenemos
en la actualidad, pero la diferencia fundamen-tal es que contaron con otros
medios de resolución; seguramente los conflictos eran vivenciados y
experimentados colectivamente, de otra manera, con códigos múltiples que
permitían a cada uno sostenerse en la vida social comunitaria. Estas formas de
vida eran
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 17
–indudablemente tenemos que reconocerlo– “incomposibles” con la lógica
del capital, que en su lugar instaura un individualismo com-petitivo que nos ha
arrastrado hasta donde estamos: nos ha llevado al borde de la destrucción del
planeta, al límite de la disolución de los saberes colectivos y al abismo de la
posibilidad de construcción de auténticas relaciones sociales.
La mencionada construcción está ligada a la comunicación en tanto que
proceso de producción de sentidos. Articularlos y viven-ciarlos cotidianamente,
elaborando los códigos en los que deben estar sostenidos, consiste y se aúna en
definitiva en las múltiples maneras de circulación que en nuestro mundo
construyen los sig-nos. En realidad, eso es lo que concebimos como un espacio
comu-nitario: un espacio en el cual se tiene en común lo que es necesario para
la vida.
Creemos que hoy nosotros estamos en condiciones de decir –con un gran
dejo de nostalgia– que no tenemos la suerte de conocer ver-daderamente lo que
es un espacio social comunitario. Nuestra función es buscar los saberes en
otros lugares; ni siquiera sabemos escuchar otros saberes distintos; ni
siquiera sabemos valorarlos, porque nos ate-nemos a una construcción
individualista, o aparentemente individual, de los conocimientos y del
pensamiento. Plantear hoy la comunica-ción comunitaria es animarse a pensar, de
nuevo, en la necesidad de construir otros mundos, mundos nuevos, muchos mundos.
Para ello es necesario multiplicar espacios comunitarios, habitarlos de otros
modos y, lo que es todavía más importante, tenemos que aprender a hacerlo por
nosotros mismos, sin esperar salvaciones milagrosas ni iluminados que marquen
el camino, atribuyéndose algún saber tras-cendente o privilegiado.
Espero que podamos aprovechar al máximo este espacio para discutir, para
escucharnos, para compartir las diferentes experien-cias, para aprender de
todas ellas y, sobre todo, para ponerlas en común, para crear, para empezar a
construir desde los espacios de comunidad en los que estamos, que significan en
realidad espa-cios colectivos atravesados por múltiples relaciones, en los
cuales lo más importante no es el bien individual sino la producción entre
todos.
18 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
Todo esto constituye, en sí, un aprendizaje por construir. Sabemos que
nos resulta bastante difícil, sobre todo a los que ve-nimos de largos años en
las instituciones, los que tenemos intensa trayectoria y tiempo invertido en
las áreas académicas. Creo que a nosotros nos resulta todavía más difícil. Por
eso debemos valorar estos espacios, que los puede habitar la Universidad; y al
mismo tiempo destacar lo que pasamos por alto habitualmente: estos es-pacios
sólo son posibles en la Universidad Pública. En ella tenemos la posibilidad de
investigar, de compartir con otros lo que investi-gamos y, a su vez, de poder
también nosotros enriquecernos con las múltiples experiencias que se producen
en los distintos espacios. Este intercambio, esta intercomunicación, sólo es
posible en el es-pacio de la Universidad Pública, al cual creo que tenemos la
obli-gación política de seguir defendiendo, aunque a veces nos resulte costoso
continuar militando en ella.
María Laura Méndez
Decana de la Facultad de Ciencias de la Educación
I. Del murmullo a la palabra…
COMUNICACIÓN COMUNITARIA EN POS DE LA PALABRA Y LA VISIBILIDAD SOCIAL*
María Cristina Mata
Después de estos días en que se han ido compartiendo diversas y valiosas
experiencias de comunicación comunitaria, he ido hilvanado algunas ideas en
función de lo escuchado y de mis propias
experiencias de trabajo.
Y voy a comenzar refiriéndome a una actividad que organizamos en la
Escuela de Ciencias de la Información hace poco tiempo atrás, cuando yo era
todavía su directora. En el marco de la Feria del Libro que se realiza todos
los años en Córdoba, decidimos organizar una actividad en la que no se presentó
ningún libro porque lamentable-mente hay textos que no se escriben pero merecen
ser dichos. La actividad consistió en proponer un espacio que permitiera poner
en vinculación una serie de organizaciones sociales de Córdoba con un público
mayormente estudiantil –alumnos de nuestra escuela– para hablar acerca de la
comunicación. Era casi un libro oral aquél que se nos ocurrió ofrecer. Y a la
actividad en cuestión la bautizamos Del murmullo a la palabra. Fue así que
invitamos a un conjunto de organizaciones sociales muy dispares con un dato en
común: todas trataban de hacerse ver y oír en el espacio público local.
* Conferencia ofrecida en el marco
de las Segundas Jornadas de Comunicación Comunitaria (Paraná, 8 al 10 de
noviembre de 2006; Área de Comunicación Comunitaria - Facultad de Ciencias de
la Educación - Universidad Nacional de Entre Ríos) y revisada para esta
publicación.
22 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
Algunos de quienes participaron fueron grupos de personas con un débil
lazo organizativo: jóvenes de localidades cercanas que ha-bían comenzado a
reunirse con algunos docentes de nuestra escuela, preocupados por ser vistos
por los demás como sospechosos, simple-mente por el hecho de ser jóvenes y
pobres. Otras organizaciones te-nían mayor formalización: mujeres de un barrio
popular que estaban luchando contra la contaminación que existe en su zona y
que provo-caba enfermedades y muertes. También había algunas consolidadas
organizativamente y con alcances, como la agrupación H.I.J.O.S. Ésos eran los
tipos de organizaciones que habíamos invitado. Y les pedimos que contaran por
qué razones querían hacerse ver y oír por los demás, cómo trataban de hacerlo,
qué dificultades y obstáculos habían encon-trado, así como también qué logros
habían podido obtener.
No voy a dar cuenta aquí de todo lo que se dijo en esa reunión, pero
quiero compartir con ustedes algunas razones acerca de por qué denominamos a
esa actividad Del murmullo a la palabra. Partimos de la convicción de que en
nuestra sociedad hay una enorme cantidad de organizaciones y movimientos
sociales que están pugnando por hacerse ver y escuchar. Esto no es algo nuevo,
sin embargo creo que nosotros, los comunicadores (de distintas facultades),
somos capaces de escuchar ese murmullo. Y somos capaces de hacerlo porque
ponemos el oído. Vaya entonces una primera reflexión: el murmullo se puede
escuchar. Ese murmullo para nosotros constituye una práctica que vivifica, es
decir, una práctica que da fuerza a los individuos. Es esa fuerza que se cobra
cuando uno puede decir quién es. Ese murmullo convierte en solidari-dad lo que
en nuestra sociedad a veces puede ser puro asistencialismo, pura buena
voluntad. Ese murmullo aglutina, permite aprendizajes.
Nuestro interrogante, sin embargo, era cómo transformar el murmullo en
palabra. Cuando hablamos de palabra, nos referi-mos a un acto de enunciación
claro y distinto, capaz de ser dicho y oído públicamente. Una palabra que no
sea hablada por los otros. Y somos conscientes de que el murmullo existente no
siempre se convierte en palabra clara y distinta, que hay dificultades para
ello, porque se trata de una palabra capaz de pronunciar cuál es el orden
social que se quiere construir; de una palabra política. Y hay mur-mullos que
no van a ser jamás palabras porque están ensimismados.
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 23
Ensimismamiento en la voluntad de pronunciarse a sí mismos. Y es en este
punto dónde creo que vale hacerse algunas preguntas acerca de la comunicación
comunitaria.
Reflexionar sobre horizontes y cambiar de rumbo
¿Cuál es –creo que conviene preguntarse– el horizonte de la
comu-nicación comunitaria? Mi intención no es afirmar cuál debe ser ese
ho-rizonte. Trataré en cambio de pensar en él a partir de algunas experien-cias
que mejor conozco. En este sentido, creo que se puede reconocer –por lo menos–
la existencia de dos tipos de horizontes muy distintos.
Por un lado, hay quienes tienen como horizonte de la comunica-ción
comunitaria una meta que hace de la comunidad una suerte de refugio muy
precario. Me refiero a una cantidad de experiencias y de prácticas de
comunicación que se caracterizan a sí mismas como orientadas a fortalecer
ciertos lazos comunitarios. Una comunidad, como bien se sabe, no alude
solamente a la existencia de un grupo de individuos, sino que además refiere a
las interacciones que se construyen dentro del mismo. Hay algunas prácticas de comunica-ción
cuyo horizonte caracterizo como un refugio precario, ya que se detienen en la
idea de lograr la fortaleza de un espacio restringido en el cual sus actores se
identifican y mueven.
Otras prácticas, en cambio, asumen un horizonte mayor. Se trata de un
horizonte que se plantea como meta o desafío, que no tiene que ver
estrictamente con lo que pasa dentro de la comunidad o el grupo inmediato. Son
experiencias que, sin negar la importancia de construir lo propio, saben que
hay algo que las excede y que, decidi-damente, no tiene que ver con lo
inmediatamente propio sino con algo que las excede pero que le otorga sentido y
proyección.
Ese horizonte de la comunicación comunitaria es uno de los te-mas sobre
los que hay que reflexionar fuertemente, no sólo en rela-ción con cada práctica
sino también para seguir pensando y constru-yendo nuevas herramientas de
trabajo.
Es como cuando uno emprende un camino o un viaje. Allá, al fondo, hay
algo que es el horizonte. Si uno lo tiene medianamente
24 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
entrevisto, aunque no exista total claridad al respecto, puede pararse
al lado del camino o puede desviarse por alguna senda secundaria y hasta llegar
a perderse… pero uno sabe o casi sabe adónde va y ello permite retomar el
rumbo. Pero –como pasa también en los viajes– cuando uno llega a aquello que
entrevió como horizonte, aparece uno nuevo. Uno mira y a lo lejos hay otro
horizonte. Cuando uno llega, lo que parecía el horizonte comienza a verse de
manera distinta. En ese sentido, considero que desde la comunicación
comunitaria nos ten-dríamos que parar siempre frente al horizonte. Son metas y
desafíos que exceden lo particular pero frente a los cuales resultaría
peligroso –en tanto y en cuanto la comunicación comunitaria se plantea como un
terreno de construcción colectiva– tener demasiadas certezas. Esos horizontes
son inciertos, móviles e igualmente necesarios para andar.
En este punto me gustaría detenerme a pensar acerca de cómo se acumulan
fuerzas para desarrollar tareas de comunicación comunitaria, de dónde se sacan
las energías cuando las cosas no salen demasiado bien, para que el trabajo siga
motivando y continúe creciendo. Creo que esa acumulación de fuerzas es posible
cuando uno tiene media-namente claro el horizonte. Aun con toda la
incertidumbre que nos rodea, ese horizonte es el único lugar desde el que uno
puede ver –día a día– cómo la práctica acerca o aleja. Sólo teniendo más o
menos claro ese horizonte se puede tomar cierta distancia y cambiar el rumbo.
Ésa es una de las dificultades que experimentamos a veces quie-nes
asumimos como parte de nuestras prácticas profesionales la tarea de acompañar y
promover la comunicación en relación con organizaciones sociales. Porque
cambiar el rumbo es, por ejemplo, devolver el dinero que nos han dado para un
subsidio cuando con-sideramos que las tareas planificadas serán irrelevantes o
hasta con-traproducentes... o reconocer que algo no ha funcionado como
espe-rábamos o que no sabemos cómo hacer algo que en los papeles, en la
planificación de tareas parecía adecuado y sencillo de ejecutar…
La perspectiva del “ir con los otros”
Me parece que hay demasiadas experiencias construidas –siguien-do con la
metáfora del camino– desde la idea del estar y no tantas
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 25
desde la perspectiva del ir. Es decir, hay en la comunicación
comuni-taria una gran cantidad de construcciones del estar que se vinculan
fuertemente con el “¿quién soy?”. Y no está mal que se trabajen los procesos
identitarios, ni que se trabaje el reconocimiento, pero creo que hay algunas
experiencias que, además de trabajar sobre eso, tie-nen la virtud de trabajar
aquel horizonte del ir. Hablo de ir hacia una meta, hacia un desafío. Se puede
decir –y de hecho a veces lo di-cen, por eso me anticipo– que esta idea del
finalismo en los procesos de comunicación comunitaria podría ser fruto de
visiones políticas teleológicas que ya mostraron su inutilidad y su fracaso en
térmi-nos históricos. En algún sentido puedo estar de acuerdo con eso: cuando
por horizonte entendemos un futuro diseñado de manera cerrada por grupos que,
quizás sin quererlo, asumen casi el papel de vanguardia ilustrada; o bien
cuando por camino se entiende un conjunto de recetas o de metodologías ya
aceptadas que se siguen aplicando. También cuando el andar vale más que los
sujetos que caminan, o cuando se niega que en ese caminar va a haber
destiem-pos, ritmos distintos y modalidades de transitar muy diferentes. Sin
embargo, no estoy de acuerdo con eso cuando el trabajo del estar se convierte
en ensimismamiento, en puro trabajo de expresividad grupal que fortalece
internamente pero que termina alentando la construcción de un nosotros incapaz
de entablar un diálogo con los otros. En verdad encuentro que hay muchas
experiencias de comu-nicación comunitaria de ese tipo.
Por otra parte, se ha hablado hasta el cansancio acerca de uno de los
problemas político-culturales más serios de nuestro país: el quiebre de
anteriores condiciones de agrupamiento y de participa-ción social. Esto se
suele nombrar como la creciente desafiliación de los individuos respecto de las
instituciones y de espacios en los que antaño nos constituíamos como actores de
la vida en común. En este sentido, se ha hablado mucho de la necesidad de
recomponer el te-jido social, de reconstruir viejos lazos comunitarios, etc. No
obstante ello, muchas veces me pregunto hasta qué punto en las experiencias de
comunicación comunitaria se hace visible este diagnóstico tan extendido, que
surgió en un momento de nuestro país y que hoy pa-rece conjugarse con un diagnóstico
que habla de aquella capacidad organizativa y reivindicativa que va creciendo
–el murmullo al que
26 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
me refiero– y que si no llega a constituirse en palabra es por la
inca-pacidad de articulación que existe entre esas prácticas particulares.
Hacia una conceptualización de la comunidad y lo comunitario
En este punto quisiera proponerles otro punto de reflexión: cuando los
términos comunicación popular y comunicación alterna-tiva fueron sustituidos
por la noción de comunicación comunitaria, algunos señalamos que eso merecía un
fuerte debate, es decir, discu-siones teóricas y políticas. Considero que
todavía son debates no sal-dados. Seguramente hay muchas razones que
intervinieron en ello y no es éste el momento de replantearlo. De todos modos,
más allá de esta falencia que arrastramos, me parece que es aún necesario
conceptualizar lo que la comunidad y lo comunitario nombran.
En general, por comunidad se entiende a agrupamientos de in-dividuos en
los que se produce una serie de interacciones fundadas en valores, en
significados, en fines, en expectativas compartidas. Es una noción bastante
habitual de comunidad, o que por lo menos puede leerse en muchas de las
prácticas. Sin embargo encuentro que ese tipo de conceptualización puede
inducir a un error, que se me hace visible en muchas ocasiones: pensar lo
compartido como sinó-nimo de lo acordado y de lo consensuado. Creo que lo compartido
alude a lo que se reconoce como propio, pero de ninguna manera puede nombrar el
acuerdo o el consenso.
Así como se ha venido instalando una cierta idea de la demo-cracia como
sistema de los acuerdos y los consensos, también se ha instalado una noción de
comunidad en la cual el conflicto ha desaparecido. Entonces, frente a eso, otra
reflexión: la comunidad o lo comunitario no puede ser nunca el paraíso. No sólo
porque siempre va a existir el conflicto, sino porque en cualquier proceso de
interacción humana y social está presente el poder y la lucha por el mismo. Y
éste es otro de los elementos que a menudo, en muchas ex-periencias de
comunicación comunitaria, se soslaya y se elude. Pero en ese eludir el
conflicto, lo único que logramos es reproducir un
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 27
estado ideal, equivalente a creer que cuando alguien pronuncia su
palabra ha podido convertir en igualdad la profunda desigualdad, en acuerdo, en
idea compartida, lo que es meramente una yuxtapo-sición de palabras, una tras
otra.
Por un marco mayor
Esa constatación me lleva a plantear otras problemáticas que de-bemos
atender en relación con la comunicación comunitaria. Muchas veces el encierro
en la comunidad no permite pensar a las comuni-dades, sean del tipo que sean,
inscriptas en un contexto mayor. La práctica indica que aun en situaciones en
las que algunas comuni-dades logran hacer explícitas sus voluntades políticas,
sus conflictos, sus acuerdos y sus desacuerdos, son fácilmente vulnerables si
quedan encerradas en sí mismas. Son vulneradas en ese marco mayor, en esa
sociedad en la que se desenvuelven, donde de alguna manera no han podido
procesarse las fuerzas que actúan, los poderes que están en pugna y que
inevitablemente van a afectar a la comunidad, por democrática y participativa
que sea.
En este sentido, a más de uno de nosotros nos ha tocado ver cómo algunas
comunidades que se organizaron en el marco de la crisis de 2001 (me refiero a
barrios, cooperativas vecinales, comedores comu-nitarios, etc.) a partir de una
gran necesidad, pero también de un im-portante resurgir político, fueron
finalmente destruidas desde afuera por la utilización que ciertos movimientos
políticos y el propio Estado hicieron de aquellas necesidades e intereses. Al
menos, fue la realidad que pudimos observar en Córdoba. Y se trata de una
realidad que todavía no veo procesada desde muchas de las prácticas de
comuni-cación comunitaria que se desarrollaron, porque finalmente sintieron que
habían fracasado cuando lo que se había construido como interac-ción, como
valor compartido, como diseño de experiencia conjunta, era desarticulado
rápidamente. Desarticulados por un diseño de so-ciedad de asistidos, en vez de
un diseño de sociedad de trabajadores; desarticulados aquellos esfuerzos
organizativos, expresivos, construi-dos con mucha participación, debido a la
capacidad de cooptación o de disgregación derivada de un cierto proyecto
político–económico.
28 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
Trabajar en conjunto asumiéndose como actor social
Hasta aquí las cuestiones que más me preocupan cuando pienso en la
comunicación comunitaria, que son también los problemas y preocupaciones que
comparto con compañeros, con estudiantes, do-centes y militantes que intentan
reflexionar sobre las prácticas que realizan diariamente. A partir de ello, me
animo a destacar, al me-nos, lo que considero que son nuestros puntos de
fuerza, aquello que se está haciendo desde múltiples y diversas experiencias y
que nos da la luz para seguir andando por estos terrenos.
Una gran enseñanza que nos dejan muchas de esas experien-cias es la
convicción de que la comunicación posibilita la producción de significados y
expectativas compartidas. Existen ejercicios –en el sentido de esfuerzos y
trabajo– de comunicación comunitaria que constituyen espacios efectivos para el
reconocimiento de las dife-rencias, de las coincidencias, para revelar y
procesar conflictos, para establecer acuerdos. Y ésas son las experiencias de
las que tenemos que aprender.
Otra dimensión que considero digna de destacar es que actual-mente
muchas experiencias enfatizan fuertemente la necesidad de la información. Sin
embargo, en tiempos donde se instala con fuerza el pensamiento único, creo que
algunas experiencias de co-municación comunitaria nos están mostrando que sin
una re-infor-matización de la sociedad es muy difícil construir alternativas
que quiebren las lógicas predominantes y el sentido común. Cuando hablo de
re-informatización de la sociedad me refiero a un proceso de informatización
desde otra perspectiva. No me estoy refiriendo sólo a esa dimensión que
habitualmente trabajamos –la informa-ción acerca de lo propio, de lo local y lo
particular– sino más bien a la necesidad de trabajar para incorporar
conocimientos, saberes que son negados, para cuestionar las agendas que se
construyen desde los medios masivos pero también desde las instituciones
educativas y desde el Estado.
Este desafío impone, para la comunicación comunitaria, la ne-cesidad de
entablar alianzas y acuerdos para la práctica de la comu-nicación comunitaria;
alianzas que no sólo pueden ser acuerdos de
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 29
naturaleza política sino que han de ser también acuerdos de trabajo
institucional compartido y sustentable. Es en este sentido que creo tenemos una
obligación no sólo como universitarios sino también como profesionales –aunque
ya no estemos en la Universidad–, una obligación como gente que ha tenido y
tiene la oportunidad de con-tar con un capital simbólico del que otros carecen
y que a veces se regatea o encubre bajo la forma de pretendidas modestias o
actitu-des basistas.
La comunicación comunitaria debe ser un espacio de integración de
diferentes grupos. No sólo de grupos de la misma comunidad sino de personas e
instituciones que, situadas en distintos lugares, pueden compartir un mismo
horizonte político. Siempre recono-ciendo las diferencias y asumiéndose como
actores sociales diferen-tes, aunque con una misma obligación y legitimidad
para actuar en política.
Por eso mismo, si en el trabajo que realizamos desde nuestras
instituciones en los barrios o en relación con organizaciones socia-les, no nos
asumimos como un actor social de pleno derecho y nos concebimos sólo como
alguien que coopera o que se compromete con otro a quien reconocemos una mayor
legitimidad en términos sociales y políticos, estamos en serios problemas.
Porque si, como solía decir Armand Mattelart hace mucho tiempo, sentimos la
dis-minución de ser “el pequeño burgués ilustrado”, estamos negando la
posibilidad de construir verdaderas alternativas políticas plura-les, fundadas
en el reconocimiento de las diferencias y negamos o encubrimos el riesgo de la
confrontación, del desacuerdo, del carácter político y no meramente profesional
o técnico de nuestras intervenciones.
Si de verdad creemos y pensamos que la comunicación es una práctica de
interacción y de construcción de sentidos a partir de la cual se construye la
socialidad, es decir, nuestros modos de ser y estar juntos, tenemos que asumir
que nuestra palabra interviene en esa construcción, aunque pensemos que es sólo
una palabra de cooperación y de apoyo. Siempre interviene. Y el mejor modo que
tenemos de intervenir es asumiendo plenamente que nuestra inter-vención, lo
deseemos o no, es una intervención política.
30 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
Momentos de una red discursiva
Hay una gran gama de experiencias de comunicación comuni-taria que van
trabajando como pueden y como saben este asunto del intervenir, pero me parece
muy interesante tratar de leer aque-llas en las que la intervención implica
realmente jugarse en el mismo terreno, junto a todos los otros actores sociales
con los cuales nos relacionamos.
La comunicación comunitaria busca espacios de articulación con otras
instancias mayores de comunicación de diversos modos. Ésta es nada más que un
momento de una red discursiva mucho mayor, en la que los procesos, las
prácticas y los productos de comunicación comunitaria están inscriptos. Es muy
interesante ver que la práctica de la comunicación comunitaria no se restringe
al recurso propio, a lo que se tiene, sino que se busca una ampliación
permanente.
Durante muchos años tuvimos polémicas, a veces desgastantes e inútiles,
en las que se discutía si la comunicación popular y alterna-tiva debía ser o no
masiva. Tales debates nos permitieron, luego de mucho tiempo, entender que si
lo popular y alternativo no buscaba la masividad, iba a lograr de manera muy
precaria sus finalidades. Lo que hoy tenemos que plantearnos, a partir de estas
múltiples ex-periencias, es cómo la comunicación comunitaria puede –y de hecho
ya lo hace en algunos casos– modificar agendas, instalarse en otros medios, en
otros espacios, visibilizar temáticas, voces, actores que no están presentes en
la escena pública. Las prácticas de comunica-ción comunitaria se inscriben en
un diálogo ya existente que, en gran medida, se realiza en los medios masivos
de comunicación. Por ello debe asumirse el desafío de intentar ser parte de ese
diálogo, para lo cual también debemos explorar el trabajo con algunos
profesio-nales de la comunicación que desde esos propios medios y en otros
espacios pueden compartir visiones y búsquedas. En ese sentido hay todavía una
enorme tarea por hacer. Me refiero nuevamente a crear agendas, instalar actores
sociales, instalar temas en los distintos me-dios, en instituciones públicas,
incluso a nivel del Estado. Por eso quisiera plantear las vinculaciones entre
prácticas de comunicación comunitaria y construcción de ciudadanía.
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 31
Acerca de la ciudadanía
Así como podemos pensar que la comunicación comunitaria vino a
reemplazar –como noción– a la idea de comunicación popular, hay quienes
argumentan que la noción de ciudadanía empezó a utilizar-se en distintos
ámbitos, cuando ya no convenía hablar de los sectores populares, del pueblo o
de la clase trabajadora. Me parece que no está mal interrogarse sobre qué
nombra la noción de ciudadanía actualmente, para no dar lugar a ambigüedades.
Para nosotros lo que nombra esta noción, más allá de su dimen-sión
jurídica innegable, se relaciona con el derecho a tener derechos. Es decir, la
noción de ciudadanía, tal como la vienen trabajando nume-rosos teóricos
políticos, habla del reconocimiento de derechos pero también de su efectivo
ejercicio y de su ampliación; es decir, de la posibilidad de que lo que está
escrito normativamente se cumpla y de que lo que no está escrito se pueda
escribir como parte de la dis-puta por el orden social que se anhela.
En ese sentido, quiero retomar una idea formulada por algunos teóricos
políticos, según la cual la ciudadanía no es un estado perma-nente. Vale decir,
uno no es ciudadano todo el tiempo; se es ciuda-dano todo el tiempo sólo en
términos jurídicos. Siempre tenemos formalmente unos ciertos derechos, desde
que nos levantamos hasta que nos acostamos; la Constitución está ahí y las
leyes están ahí. Eso sí constituye un estado permanente al menos mientras rige
la institu-cionalidad democrática. Pero desde un punto de vista político –según
señalan algunos autores– no somos ciudadanos todo el tiempo. Uno es ciudadano
cada vez que demanda y propone algo que tiene que ver con el campo de los
derechos en la esfera pública. Uno es ciudadano cuando puede expresar las demandas
y las propuestas, que ha podido construir como fruto de un ejercicio colectivo
de reconocimiento de necesidades e intereses y un ejercicio de análisis acerca
de los poderes que niegan la posibilidad de satisfacerlas o hacerlos realidad.
En este sentido, se es ciudadano cuando se irrumpe en la esfera pública para
hacer visible la falta de derechos o la necesidad de nuevos derechos.
Ahora bien, ¿por qué nos es útil esa renovada noción de ciuda-danía?
¿Por qué nos ayuda a pensar de otra forma la comunicación?
32 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
Porque al asumir esta perspectiva sobre la ciudadanía podemos decir que
la misma es imposible sin la comunicación. No hay modo de demandar y proponer
en la esfera pública, de hacer surgir nuevas ideas de un colectivo, sino a
través de la comunicación, de la posibi-lidad de hablar, de expresarse y
participar. En este punto nosotros cuestionamos enfáticamente la idea de
comunicación como herra-mienta o instrumento. Sostenemos que la comunicación es
una prácti-ca instituyente de nuestra condición de ciudadanos. No se puede ser
ciudadano si no se puede expresar en la esfera pública la carencia de derechos
y la lucha por nuevos derechos.
El derecho a la comunicación pública
Desde esta perspectiva, podemos reconocer nuevas preocupacio-nes.
Realizando una serie de estudios con las organizaciones sociales de Córdoba,
encontramos que existe una débil puesta en relación entre sus prácticas
organizativas, sus prácticas reivindicativas, lo que quieren alcanzar en
términos políticos y el reconocimiento de lo sustancial que son para ello los
derechos a la información y a la comunicación.
Son muy escasas las organizaciones sociales de Córdoba que lu-chan para
revertir, por ejemplo, el incumplimiento de ciertas nor-mativas vinculadas a
esos derechos que tenemos en nuestra pro-vincia, por ejemplo, el derecho a la
información pública. Casi no existen organizaciones sociales y políticas que
estén interviniendo en los debates para que tengamos una nueva ley de
radiodifusión, por ejemplo. Tampoco se vislumbran procesos y trabajos en torno
a lo que deberían ser los medios públicos en la ciudad y en la pro-vincia. Es
cierto que desde el sindicato de prensa local y desde la Universidad se
trabajan estas dimensiones y se busca motivar para que otros sectores sociales
participen en debates e iniciativas sobre esas temáticas. Pero los resultados
son débiles.
En otros estudios hemos comprobado que existe una difusa idea acerca de
los derechos constitucionales a la expresión y a la comuni-cación que tenemos
los individuos en nuestra sociedad. Una idea di-fusa porque, mientras los datos
de una encuesta realizada como par-
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 33
te de esos estudios nos indican que más del cincuenta por ciento de la
población de Córdoba alcanza a reconocer esos derechos, esa mis-ma población
está conforme con la información que le brindan los medios. Reconocen que hay
desigualdades expresivas, que algunos tienen más posibilidades de comunicarse
que otros, pero para ellos las razones son fundamentalmente políticas y
económicas, mientras los medios de comunicación parecieran no tener mayores
responsa-bilidades en esa situación. Nos resulta preocupante encontrar una zona
no problematizada de la sociedad y de las prácticas sociales: la comunicación
mediática; pública. Se trata de una zona que está pro-blematizada sólo por
quienes trabajamos en el campo de la comu-nicación, llámese comunitaria,
popular o alternativa. Nosotros que-remos construir y estamos construyendo otra
comunicación, pero el conjunto del movimiento social parece no haber asumido
aún como propia la lucha por una comunicación diferente. Asimismo, nos esta-mos
encontrando con que muchas veces las organizaciones sociales y políticas que
quieren hacerse ver y oír, como aquellas que habíamos convocado a participar en
el espacio Del murmullo a la palabra, recu-rren sistemáticamente a estrategias
propagandísticas y publicitarias, que son las que más cabida tienen en el
sistema de medios conso-lidado. Es decir, en función de su necesidad de lograr
visibilidad aceptan de algún modo la lógica comunicativa que los medios
insta-lan hegemónicamente.
Un desafío para la comunicación comunitaria
Son varios los teóricos de la ciudadanía que reconocen en el desempleo
una de las mayores trabas para acceder a la posibilidad de ser ciudadano: el
desempleado no cuenta salarialmente, queda fuera de lo que se suelen denominar
cadenas sociales aseguradoras; se ve privado (él mismo y sus familiares) del
acceso a la educación y la salud pero también a una vivienda digna. Desde el
terreno de la pura necesidad material a que se ve reducida su vida, resulta
em-pobrecida su capacidad de asumirse como actor político. Pero sin minimizar
los efectos del desempleo como dispositivo de desciu-dadanización, quisiera
señalar que las grandes mayorías excluidas del derecho a la información y la
comunicación pública, tampoco
34 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
cuentan y ven seriamente limitadas sus posibilidades de ser ciu-dadanos.
En este sentido, podemos decir que uno de los desafíos de la
co-municación comunitaria hoy es aquello que hace algunos años Jesús Martín
Barbero señaló que debía ser el desafío para los comunicado-res en Colombia y
que creo que también es un desafío para nosotros. Martín Barbero decía que el
mayor desafío para los comunicadores en Colombia era poner “aquel país roto a
contar”. Y remarcaba que al término contar lo usaba en un doble sentido: tanto
en el sentido de narrar, de contar qué somos, quiénes somos, qué queremos y qué
buscamos; como en el sentido de ser tenidos en cuenta.
La comunicación comunitaria debe asumir ese desafío: recono-cer que sin
una palabra cada vez más clara y distinta, capaz de ex-presar lo que busca, de
reconocer a aquél con quien puede hablar y a aquél a quien hay que identificar
como el que priva a los demás de su derecho a hablar, no podremos jamás contar.
Y la búsqueda de esa palabra clara y distinta no puede restringirse, como he
tratado de manifestar, al desarrollo exitoso de algunas experiencias grupales,
ensimismadas en sus logros, sino en el horizonte mayor del diálogo común a toda
la sociedad. Es allí donde la comunicación comuni-taria debe ensanchar sus
perspectivas, innovar estrategias, asumir riesgos, para ir generando
condiciones que permitan la emergencia del murmullo con autonomía y legitimidad.
No somos los comuni-cadores los únicos que debemos asumir el desafío; pero
tenemos, al respecto, una obligación mayúscula.
Por eso, cada vez que nos reunimos, cada vez que sistematiza-mos o
analizamos nuestras experiencias, creo que se impone marcar lo que se va
logrando, pero también reconocer lo que falta. De lo contrario, desde la
comunicación comunitaria corremos el riesgo de autocomplacernos perdiendo de
vista ese horizonte mayor en el que ella necesariamente debe inscribirse si
anhelamos modificar las ló-gicas comunicativas dominantes, que no sólo regulan
medios y len-guajes sino la verdadera posibilidad de ser sujetos.
II. Entre la comunicación y la
educación…
JJ.
ALGUNOS DESAFÍOS A LA COMUNICACIÓN/EDUCACIÓN COMUNITARIA Y POPULAR*
Jorge Huergo
Cuando miramos el cielo lo vemos como un plano en el que una estrellita
está al lado de la otra… Aunque resulta que una está a miles de kilómetros más
atrás, si hubiese atrás –o más allá– en el
universo. Así experimentamos múltiples planos y múltiples tiempos, el
espacio y el tiempo es como si nos distorsionan. Nosotros vemos las estrellas y
las llamamos por su nombre: ésta es la Cruz del Sur y aquellas son las Tres
Marías, y a lo mejor hay una distancia enorme entre ellas. Por su parte, el
hombre de campo mira eso mismo y lee signos de la naturaleza, mira los
movimientos del cielo y puede pre-decir ciertos factores climáticos.
Las formas de mirar, los modos de nombrar, los signos que anti-cipan…
Son aspectos que valen, también, al considerar un “campo” como el de la
comunicación/educación comunitaria y popular. Más aún cuando nosotros, con
nuestros trabajos y experiencias, con nues-tros posicionamientos e ideas,
hacemos ese campo.
Lo interesante es ver a partir de las experiencias de comunica-ción y
educación comunitaria y en ese sentido preguntarnos: ¿cómo
* Conferencia ofrecida en el marco
de las Primeras Jornadas de Comunicación Comunitaria (Paraná, 5 y 6 de mayo de
2005; Área de Comunicación Comunitaria - Facultad de Ciencias de la Educación -
Universidad Nacional de Entre Ríos) y revisada para esta edición.
38 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
nos podemos plantear un campo? Fundamentalmente porque si
ins-titucionalizamos un espacio o si abrimos la inquietud de reflexionar la
educación/comunicación popular y comunitaria de alguna mane-ra, el interrogante
es ¿cómo ordenamos esto? Yo no diría “ordenar” sino hacer un cosmos de esto, es
decir, establecer algunos principios de lectura para esto y para múltiples
experiencias más. Aquí recu-peramos una cuestión central del pensamiento
latinoamericano que ha sido olvidado desde hace tiempo. En nuestras facultades
leemos a Bourdieu, Foucault, Althusser, Williams y nos olvidamos de Rodolfo
Kusch y una infinidad de pensadores y políticos latinoamericanos, tales como
Artigas, Alem, Irigoyen y Perón.
Son muchos quienes nos ayudaron a pensar y no fueron acadé-micos, por
eso también debemos pensar en el saber de Don José, el de Doña Rosa, el de los
jóvenes, que conforman un campo que queremos vislumbrar como un cosmos. Es así
que nuestro norte es ver de qué manera le damos espesor al pensamiento
latinoamerica-no en este tipo de interrogantes sobre la comunicación/educación
comunitaria y popular, otorgándole también la palabra –que muchas veces le
hemos quitado– a la propia memoria y a las relaciones que cotidianamente
establecemos con otros.
La comunicación/educación comunitaria y popular
Cuando nos preguntamos por comunicación y educación co-munitaria y
popular necesariamente creemos que debemos salir de la academia para buscar las
respuestas en el propio territorio. El territorio es el terreno donde las
preguntas no son sólo pre-guntas en el sentido universitario, sino el producto
del diálogo que establecemos con una comunidad de la cual formamos parte,
aun-que a veces solemos abstraernos de ella. Generalmente decimos: “Nosotros
somos quienes tenemos que pensar esta comunidad”. Me parece que nuestro desafío
es empezar a ver por qué carriles, en una situación de complejidad y de crisis
orgánica, empezamos a pensar junto a las organizaciones sociales y a otras
subjetividades esto de hacer de la Universidad un actor político, no en el
sentido de un actor influyente, de un actor de poder, sino en el sentido de
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 39
un actor que acompañe movimientos de empoderamiento social y político.
Hay algunas cuestiones que son interesantes para pensar, tenien-do en
cuenta que no es fácil separar comunicación y educación en este caso. La
primera tiene que ver con: ¿qué es lo comunicativo y qué es lo educativo en el
momento histórico que vivimos? ¿Cómo trabajar la relación entre comunicación y
educación en este contexto de complejidad y de crisis orgánica? ¿Qué sentido
tiene ahora crear y producir espacios de formación universitaria en esta línea?
Paulo Freire decía que la educación popular es la dimensión edu-cativa
del trabajo político, transformador, contra hegemónico. En la actualidad ese
trabajo político se ha complejizado y está en crisis. Entonces, ¿qué es lo
educativo en este contexto? ¿Por dónde circula lo que podemos llamar lo
educativo? Y me parece que ahí encontra-mos una primera inferencia que hace a
esta complejidad, y es que hoy no es sencillo encontrar referentes fijos o
institucionalizados, sino que muchas veces lo educativo circula por espacios
transitorios, por referencias que son débiles. Es decir, lo educativo no
adquiere la densidad que adquirió en la época en la que la institución
educativa era la encargada de incluirnos y de habilitarnos para el
funciona-miento de la sociedad moderna. Entonces, hay un primer punto que
debemos buscar con las organizaciones y los movimientos sociales de la
actualidad.
Actualmente formo parte del equipo de un taller de educación popular con
la agrupación H.I.J.O.S., y hace un tiempo les propuse que en lugar de pensar
un taller con metas, objetivos, roles, agen-tes, métodos y contenidos,
empecemos a preguntarnos cuál es el rol educativo que una agrupación como
H.I.J.O.S. tiene en la sociedad. Por su propia presencia, produce procesos de
transformación, de escritura y de lectura del mundo, de posicionamientos que ya
son educativos antes que ellos mismos se propongan realizar una “acti-vidad
educativa” que sea específicamente didáctica. Éste es un lugar que hay que
recorrer.
Otro ejemplo es la organización Instituto de Cultura Popular (INCUPO):
más allá de ser una institución que desde hace más de
40 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
35 años viene trabajando con campesinos, aborígenes vinculados a la
producción agropecuaria, más allá de las estrategias en ciertas si-tuaciones
específicamente educativas, la sola presencia de INCUPO en el campo de la
comunicación/educación en la Argentina es educa-tiva, es formativa. ¿En qué
sentido? Porque nos ayuda a leer, a mirar cuestiones sociales de nuestro país
de maneras diferentes a las que teníamos antes.
Lo educativo, tomando la noción de una mexicana que se llama Rosa Nidia
Buenfil Burgos, es ese proceso en el cual frente a deter-minadas
interpelaciones, se producen identificaciones subjetivas y a partir de allí se
transforma en prácticas. Las interpelaciones no siempre están ligadas a una
intencionalidad, como por ejemplo que yo, que pertenezco a cierta organización,
empiezo a producir un espacio de capacitación que quiero que sea interpelador.
A veces la propia orga-nización empieza a producir transformaciones en las
prácticas porque los sujetos empiezan a identificarse con valores, idearios,
maneras de actuar, modos de expresarse, modos de producir, y no hay ninguna
capacitación intencional. Eso va adquiriendo un potencial educativo más allá de
la finalidad educativa misma. Lo educativo pasa por los medios de comunicación,
éstos interpelan incesantemente a los su-jetos; nos identificamos con algún
periodista, con el protagonista de una novela y esto produce cierto efecto en
nuestras prácticas que des-pués debemos evaluar. Podría ser el reforzamiento de
representacio-nes naturalizadas que favorece a la hegemonía o el
cuestionamiento y la desnaturalización de ese tipo de representaciones; si
favorecen la producción de estereotipos, de prejuicios, de prácticas
discriminato-rias, o –en cambio– favorecen prácticas de diálogo cultural,
prácticas de habilitación para la toma de la palabra.
En este caso, una de las experiencias que me pareció muy rica es la de
la Agencia Radiofónica de Comunicación (ARC) de la Facultad de Ciencias de la
Educación (FCE) de la Universidad Nacional de Entre Ríos (UNER). Sus
integrantes dijeron: “lo comu-nitario no es lo pobre”, a lo que yo agrego: “y
la educación popular no es primitiva”. Ellos con su experiencia presentan cosas
de Paraná que los medios no muestran y, de esta manera, descubren otra agenda u
otra manera de mirar la agenda. Y la educación aparece aquí en
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 41
tanto se potencian otros modos de leer el mundo y, por lo tanto,
habilita otros modos de escribirlo. Luego dijeron que esto de que “no es pobre
la comunicación comunitaria” tiene que ver con la apropiación de tecnologías,
con el hecho de perderle el miedo, de salirnos de esto de la tecnofobia o la
tecnofilia, de no pensar que si usamos tecnología ya no somos populares; esto
me parece muy interesante de pensar. También es para tener en cuenta lo que
está haciendo el Foro Argentino de Radios Comunitarias (FARCO) en este sentido:
el cambio que realizan en el modo de circulación del capital y de los bienes
simbólicos, me parece que es una cuestión central que tiene que ver con lo
educativo. En esa medida se pro-mueve la democratización de los saberes.
Hay muchas experiencias que hablan de una estética acorde con los nuevos
movimientos culturales, ya que lo educativo no estaba asociado con una estética
iluminista, no es algo que desde el pun-to de vista cultural uno deba
articularlo solamente con lo folclóri-co. ¿De qué modos, en las prácticas de
nuestras organizaciones, de nuestra intervención universitaria en el diálogo
con las organizacio-nes, vamos contribuyendo también a salirnos de esa
dicotomía, de esa dualidad entre una cultura demasiado ligada a lo iluminista,
a las bellas artes, a las buenas letras, o una cultura demasiado ligada a lo
folclórico?
Acerca de nuestra intervención y las identidades
Hace un tiempo, en un taller realizado en Catamarca, hablábamos de la
identidad: ¿dónde está la identidad?, ¿por qué hablamos de identidad propia? Le
pregunté a los jóvenes que participaban: “¿En qué música está lo propio?
Escuchar Bersuit Vergarabat o los Redonditos de Ricota, ¿es propio de nuestra
identidad?”. A esto respondieron: “No, lo propio de nuestra identidad son Los
Chalchaleros o Soledad”. Entonces yo continué: “¿Cómo lo propio de nuestra
identidad, si está totalmente forma-teado por el mercado?”.
Me parece que hay una zona en la que la educación popular también tiene
que intervenir en la definición de las identidades; ¿cómo se constru-
42 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
yen en el mundo de hoy, en una articulación entre memoria y formatos
comerciales? Indudablemente, éste es un dato con el cual podemos tra-bajar, un
eje para profundizar acerca de qué significa hoy esta dimen-sión educativa del
trabajo político, que es el eje cultural. Claro que un eje cultural
indudablemente tiene que ver con lo comunicacional, que se ha hecho mucho más
complejo que en las décadas anteriores.
Asimismo encontramos otras experiencias que hablan de los es-pacios
educativos como espacios referenciales y de referentes múlti-ples, si bien no
tenemos que tomarlos como referentes fijos. Si obser-vamos las culturas
juveniles, los referentes ya no son los padres ni los maestros, sino que son
los pares, y las referencias son las esquinas, por ejemplo; allí los jóvenes
forman su interpretación del mundo, en los modos de interacción, en los lazos
sociales. No tenemos que empezar negando todo eso, sino pensando ¿cómo
trabajamos a partir de estas condiciones? ¿Cómo intervenimos? De otro modo la
educación popular se restringe a sólo unos pocos “sujetos concien-tes”, con
conciencia esclarecida, y éste es otro aspecto importante para cuestionarnos:
¿qué es lo interpelador para los jóvenes, hoy? No sólo para los jóvenes, sino
para muchos adultos excluidos, ¿es un espacio institucional o son las redes
débiles que se forman entre distintos grupos y vecindarios lo que tiene más
peso interpelador?
Luego de detectar estos planteos, el problema recae en nuestra
intervención: ¿por qué debemos prestarle atención como comuni-cadores y
educadores? Porque estamos en un momento de “crisis orgánica” y, como decía
Antonio Gramsci –si bien lo dijo también Arturo Jauretche–: “en la crisis
orgánica lo viejo muere y lo nuevo no termina de nacer”. Y nosotros estamos en
ese momento: ya no nos sirven las miradas que teníamos antes, los modos de ver
el mundo y las respuestas que teníamos antes, y tenemos que empezar a ver qué
hacemos con esto.
Pensando e interviniendo desde la crisis
La crisis orgánica tiene tres rasgos o tres dimensiones fuertes. Uno de
ellos es la crisis de instituciones, de los partidos políticos, de los
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 43
organismos de la Constitución, o sea, de la representación política y de
las instituciones formadoras de sujetos, es decir, las escuelas. Estos espacios
han sido puestos en crisis, no por una cuestión propia de la época, sino porque
han sido objeto de depredación en la época neoliberal.
A fines de los ochenta, por dar un ejemplo, hablar de descen-tralización
tenía un potencial que estaba totalmente articulado con las posibilidades de
democratización de la educación y de la salud. De repente, la astucia del
neoliberalismo hizo que descentralización pasara a ser desconcentración
económica; vemos cómo nos robaron hasta el lenguaje y le dieron otro sentido, y
a partir de allí “descen-tralización” quiso decir que el Estado nacional se
dejaba de hacer cargo de los gastos en salud y educación –porque se trataba de
gas-tos– y el Estado provincial –o los municipales, o los particulares–
co-menzaba a ser el responsable. Todo este programa contribuyó a que entrara en
crisis la escuela.
Cuando entra en crisis una institución formadora de sujetos no tenemos
más remedio que reconocer cuáles son los demás espacios formadores de sujetos
para, a partir de allí, restituirlos. No podemos crearlos de la nada, porque
haríamos como Sarmiento, que trajo el modelo de Prusia y el de Versalles a la
Argentina afirmando: “Con esto organizaremos el sistema educativo argentino”.
Ésa es la alternativa que hoy tenemos: la re-institucionalización de
espacios formadores de sujetos que han sido destituidos. Debemos optar entre
quedarnos anclados en las pequeñas experiencias que nos salen bien o empezar a
incidir en la formación institucional que le debemos al país, por decirlo de
alguna manera. Y creo que las univer-sidades en esto tienen que tomar
protagonismo, y en este sentido hay que tomar muy en serio la formación
universitaria.
El segundo rasgo es la inadecuación entre un imaginario de mo-vilidad y
ascenso social y las condiciones materiales de vida. En la época de Perón
(1946-1955), los argentinos tenían la idea de ascenso social: si tenían trabajo
sabían que podían hacerse una casa y tener una familia tipo, con seguridad
social y un sistema de salud que funcionaba –que yo diría que era interesado,
porque apuntaba a que
44 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
el obrero esté sano para favorecer al sistema capitalista–. Hoy esa
expectativa se ha desarticulado.
Este sistema se ha desarticulado con las condiciones materiales de vida,
y los jóvenes son los más golpeados en esta situación porque no pueden pensar
en tener su casa. Esto sería el pos-modernismo: que no haya futuro tiene que
ver con la producción de una tremenda crisis que comienza con la dictadura
militar en la Argentina y que tiene que ver con el acortamiento del futuro, con
la imposibilidad de mirar hacia allá.
El tercer rasgo es la crisis de los contratos sociales y la
prolife-ración de los lazos sociales. Para que exista la “sociedad”, debe
ha-ber reciprocidad, reconocimiento mutuo y sentido de pertenencia. Pero muchas
mujeres y hombres no se sienten reconocidos, han sido expulsados, no se sienten
perteneciendo a esta sociedad. Los lazos sociales, acaso más débiles,
contribuyen a vivenciar la socialidad, el reconocimiento, la pertenencia, la
reciprocidad. Pero no es suficien-te. Tenemos que empezar a ver cómo desde la
comunicación y la educación incidimos en este horizonte político que es, de
alguna manera, reconstruir con los distintos actores contratos que nos vuel-van
a dar una organicidad en nuestra sociedad.
Leer la época, escribir nuestro tiempo
Si nos detenemos en la historia de la educación popular en la Argentina,
vemos que atravesó distintos momentos, cada uno de ellos vinculado a intereses
particulares. Sarmiento proponía una educación popular que llegara a todos. Un
pedagogo brasileño, Dermeval Saviani, dice: “Lo que pretendía el sistema
tradicional es que el dominado domine los saberes que dominaba el dominador”. Y
esto puede resultar interesante para organizar la circulación de saberes en la
sociedad: no pensar más en una educación popular que esté naturalmente
marginada, sino que vuelva a tener un papel central en la distribución de
saberes en la sociedad. Después vino una época en la cual creció el anarquismo
como movimiento social y político, pero también educativo popular, que pretendía
una resis-
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 45
tencia a las formas y a las prácticas de la “pedagogía oficial”. Y
res-pecto a esto, ¿cómo podemos resignificar estas matrices (Sarmiento, el
anarquismo) para ver cuál es el horizonte político de la educación popular de
hoy? La crítica a la “pedagogía oficial” tradicional está vinculada a los
elementos innecesarios del sistema disciplinar, con el control y el orden por
el orden mismo. Pero era clara la relación entre proyecto político y educación.
La vinculación entre educación y proyecto político es un elemento fuerte que
hoy también podemos tomar para nuestro proyecto.
Otro proyecto es el nacionalismo popular, ideas que en su mayo-ría
produjo el pedagogo cordobés Saúl Taborda. Él sostenía que el modelo
sarmientino no reconoció en su Educación Popular que las comunidades tienen
formas educativas que se corresponden a su vida social. Es éste el elemento
central en un proyecto político de educación popular actual, que sólo es
posible a partir del recono-cimiento de las formas educativas populares que se
producen en la vida social, en múltiples espacios y organizaciones sociales. Es
decir, a partir del reconocimiento de que son diversas, ricas y que no po-demos
ignorarlas.
Otra corriente es la de la época de los procesos y proyectos de
liberación latinoamericana. A esa corriente la podemos observar en el campo de
la comunicación/educación popular vinculado con el pensamiento de Paulo Freire.
Se trata de pensar en la manera en que los sectores oprimidos se fueron
organizando. Se trata, también, de pensar cómo funciona la hegemonía y cómo
muchas veces los oprimidos contribuyen con las formas de su propia opresión.
Pero debemos insistir en esa vieja idea de Freire sobre el trabajo educati-vo,
que es eso: trabajar con los oprimidos en sus propias formas de organización (y
no ponerlos al servicio de las nuestras).
Con los procesos de crisis orgánica se ha multiplicado lo político y lo
educativo, y se va articulando a través de diversos antagonismos. Lo popular se
produce en esos antagonismos: étnicos, de género, de identidades sexuales,
religiosos, generacionales. Considerando esta situación, hay dos riesgos para
tener en cuenta en este trabajo de comunicación y educación popular: uno es el
riesgo de la auto-marginalización. Nos referimos a esto cuando nos encontramos
ha-
46 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
ciendo una intervención y pensamos que nuestra experiencia es la mejor,
y al no tener contacto con otras experiencias, con otros mo-vimientos sociales,
con el Estado, nos quedamos en nuestro mundo seguros de que todo nos sale bien,
encerrándonos en este círculo y olvidándonos de la existencia de los demás.
Esto le hace juego al neoliberalismo, que basa su modelo de educación popular
en el tra-bajo desarticulado, fragmentado, atomizado. Esto ocurre revestido de
un equívoco: confundir el campo de lo político con el campo de lo moral, y
separar de manera tajante lo bueno de lo malo, lo puro de lo impuro, lo sagrado
de lo pecaminoso (donde siempre es el otro, son los otros, los que cargan con
la valoración negativa). Y es un gran problema que esto le suceda a la
izquierda o a los sectores progresistas. Nosotros tenemos que discutir todo
esto; tenemos que discutir todo aquello que forma parte de la construcción de
lo públi-co. Este mapa de desarticulaciones es una cuestión de época, pero no
debemos darle lugar a este modelo y, por lo tanto, no debemos mantenernos al
margen de las discusiones con otros. No olvidemos que la discusión es el rasgo
distintivo de la esfera pública.
Al otro riesgo lo advirtió Ernesto Laclau hace dos años en una
conferencia en Buenos Aires, cuando dijo que el problema de la Argentina en
2001 fue la proliferación de movimientos sociales y su desarticulación con un
proyecto vertical, un proyecto de país que fuera más allá de un movimiento
local o particular. Si estos movi-mientos no se articulan, los resultados
pueden ser frustrantes; si tra-bajamos en el campo de la salud, en la manera
que lo que hacemos no incida en la producción de otros movimientos de salud o
en las políticas de salud, seguramente va a ser estéril, cerrado. Hay una
deuda: se trata de ver los modos de producir esas articulaciones ha-cia la
construcción de un proyecto nacional y global.
Retos para la formación universitaria
Por último, ¿por qué y de qué modo esto tiene sentido en la for-mación
universitaria? ¿Cómo volvemos a comunicar la Universidad con la comunidad de la
que formamos parte? Tenemos que dejar de pensar la academia fuera, y esto no se
resuelve sólo en la militancia.
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 47
¿Cómo la Universidad se comunica con los movimientos de la com-plejidad
cultural y la conflictividad social, en diálogo con la cons-trucción de saber
popular y de poder popular? Para esto, debemos alentar procesos de curiosidad,
de elaboración de preguntas y de búsqueda “con” esos movimientos y esas
organizaciones, y no “para” ellos o por fuera de ellos.
¿Cómo le otorgamos comunicación a la Universidad con insti-tuciones
sociales o populares o que trabajan en lo popular? Por un lado, aprendiendo en
el fragor de experiencias que nos sumerjan en la vida social, con sus rasgos de
complejidad y conflictividad. Pero, por otro, haciendo un aprendizaje en
relación a cuán necesario es discutir la relación entre práctica, organización
y subjetividades, no sólo para los agentes universitarios sino para las propias
subjetivida-des con quienes hacemos el diálogo intercultural.
¿Cómo lo trabajamos en la academia? Aquí hay una tradición que es la de
los estudios culturales británicos. Richard Hoggart dice que se trata de
empezar a buscar en estas prácticas, formas, organizaciones o instituciones que
se transforman por el cambio social, pero buscar en movimiento, en el mismo
proceso de cambio o transformación. No podemos tener respuestas cerradas,
tampoco dar viejas respuestas –o sólo dentro de la Universidad–: tenemos que
hacer una ruptura epistemológica (como proponía Gastón Bachelard) y ante los
nuevos problemas, reformular el campo de significación, de los lenguajes, de
los códigos.
Hoy lo político en la Universidad es asumir que no somos como la
Academia de Platón, que pensaba la ciudad de fuera, sino que te-nemos que
adoptar la posición de Sócrates, que se pensaba hijo de la ciudad, engendrado
por ella, dentro de ella. Es desde allí desde don-de se vuelve a otorgar
sentido a esta institución educativa en nuestra sociedad. No podemos pensar por
fuera de la sociedad o dentro de la Universidad solamente, sino pensar,
reflexionar, estudiar, producir, intervenir sabiéndonos engendrados por esta
sociedad compleja, con-flictiva, en transformación y en una crisis orgánica
prolongada.
Es importante también pensar las trayectorias pedagógicas y
cu-rriculares. Respecto a esto quiero resaltar dos cuestiones: una es que
48 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
pensar en el sentido de la dialéctica teoría/práctica es una deuda de
trabajo en nuestras Universidades y del trabajo en la comunidad. Lo más común
es pensar que la conceptualización es una tarea exclusiva de la academia, con
lo que estamos yendo al revés en la democratiza-ción de saberes. Otra es que
además aparece lo que llamo el carácter militante de los espacios formativos,
es decir, la apertura y la perma-nencia en el trabajo en terreno; no ya sólo de
militancia política en agrupaciones, sino como un trabajo formativo (aun cuando
sea parte de la militancia estudiantil).
Actualmente es imprescindible para la Universidad devolver es-pacios
donde sumergirse en la experiencia de trabajo en terreno, que adquiere un
potencial formativo, donde se negocie el intercam-bio entre los formadores y
los agentes. La posibilidad de abrir perfi-les y campos profesionales en estas
áreas que parecen inestables, que se corresponden a la pelea que damos en el
espacio público. Esto tiene que ver con las discusiones en la Universidad y con
la apertura de espacios de formación teórica en profundidad. Vuelvo a decir,
educación popular no quiere decir educación pobre ni primitiva. Tenemos que ser
antiacademicistas pero sólidamente académicos. El desafío es formarnos mejor en
el campo de la investigación cultural de la comunicación. Se trata de tomarnos
en serio la formación de la Universidad, porque los espacios de educación
popular lo deman-dan. Esto debe ser una sólida formación, de comprensión de lo
que nos encontramos (como afirmaba Heidegger, primero está el encon-trarse,
luego el comprender) la comprensión que surge del estar en terreno y, desde
allí, conservar una línea formativa, sólida, fuerte y permanente.
Parafraseando al Obispo Enrique Angelelli: “con un oído en el evangelio
y el otro en el pueblo”, es momento de optar por los po-bres, por los
insignificantes, por los expulsados, los discriminados; y hacerlo desde la
academia. Es hora de poner seriamente un oído en el pueblo y el otro en los
procesos de construcción de saberes.
Comunicación/educación:
una mirada crítica*
Laura Rozados
La noción de lo comunitario abre la reflexión sobre las prácticas de
intervención en el campo de la comunicación, en un contexto en el que el
discurso social criminaliza la miseria, territorializa esta-
bleciendo fronteras moralizantes y focaliza la amenaza social en los
jóvenes pobres y excluidos.
En este marco, el espacio escolar se constituye en una gran trama
textual, en la que se manifiestan diversas modalidades de comuni-cación,
algunas explícitas otras solapadas, casi imperceptibles para una mirada que
busca solamente aquello conocido.
A la manera de los apuntes del camino, surgidos de los registros, de las
conversaciones y de los debates que desata el trabajo en terreno, realizaremos
un recorrido que pretende ser crítico, sobre una expe-riencia desde la
comunicación comunitaria y la educación popular, en la que se realizaron
talleres con jóvenes de secundaria en diferentes
* Este trabajo es el fruto de 3
años de práctica en terreno con adolescentes y jóvenes en la Escuela Bazán y
Bustos y Nuestra Señora de Guadalupe de la Ciudad de Paraná, sobre el cual se
desarrolló, en un ida y vuelta de la praxis a la teoría, una reflexión
colectiva de la que participaron alumnos y becarios de extensión de la Facultad
de Ciencias de la Educación, en el marco del Proyecto de Extensión “El taller
vivencial como estrategia de prevención de la violencia en los noviazgos”.
Conformaron el equipo de trabajo Analia Venanzi, Marcela Carolina Ruiz, Evelyn
Botti, Betiana Spadillero, María Elida Mercado, Mauro Fiaramontti, Alejo
Prudkin y Laura Rozados.
50 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
instituciones escolares de la ciudad de Paraná, denominadas urbano
marginales, a las cuales se arribó con el objetivo de trabajar las moda-lidades
y condiciones de la violencia de género en los noviazgos.
Nuestra pretensión es detener la mirada sobre la trama de precon-ceptos
que delinearon la intervención y que actuaron como obstáculos epistemológicos y
metodológicos para el desarrollo de la misma.
La intervención en los márgenes de la comunicación/ educación
Hablar de intervención en el espacio escolar postula necesaria-mente la
pregunta por los supuestos y perspectivas en relación al sujeto, a las
problemáticas a abordar, a los contextos institucionales y a los modos y las
prácticas implementadas. Intervenir implica “venir entre” un grupo de sujetos y
una situación significada como proble-mática, con el objeto de transformar la
relación entre los sujetos y los problemas. La transformación es lo que da
sentido a la intervención y lo que marca sus alcances y sus límites.
Bajo estas condiciones nos acercamos como grupo extensionista a la
escuela, con el entusiasmo que implicaba el comienzo de una nueva experiencia,
en la que ensayaríamos formas diferentes, acaso nuevas, de acceso y
participación a la producción de conocimientos, bajo los postulados dialógicos
de la educación freireana y la comu-nicación comunitaria. Estábamos realmente
convencidas de que una metodología inclusiva, que reconociera al otro como un
igual, sería el único camino posible para poder hablar de la violencia que
atra-viesa, contamina, rodea y se constituye en parte de las relaciones entre
los sujetos.
Desde nuestros presupuestos teóricos y metodológicos, nuestro horizonte
estaba claro: la violencia tiene una presencia ineludible en las relaciones
sociales, casi se podría decir que en las actuales condi-ciones de desigualdad,
no hay relación social que no esté mediada por algún grado de violencia. El
problema es su naturalización y por ende su invisibilización a nivel social.
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 51
La condición de estar invisibilizada que asume la violencia –es decir,
de estar fuera del reconocimiento otorgado a aquello que se recorta como algo
visible– impide reconocer la necesidad de su abor-daje y, por ende, de
transformar esta necesidad en una demanda de intervención.
El primer problema que tuvimos que afrontar, en el trabajo desde la
comunicación/educación respecto de la violencia, fue la ausencia del
reconocimiento de una necesidad de transformación que deri-vara en una demanda,
no sólo por parte de directivos y docentes, sino también por parte de la
población adolescente. Bajo estas con-diciones, fue necesario apelar a algunas
razones externas al grupo para fundamentar y dar sentido a una intervención que
pretendía ser participativa. La gravedad de la problemática, los estragos en la
salud y la vida de los y las adolescentes, la disminución de su auto-nomía
personal y la baja de la autoestima, constituyeron algunas de las razones de
peso que justificaron nuestra intervención y marcaron el horizonte de nuestras
expectativas.
Nos parecía que tal horizonte marcaba un campo de certezas en términos
del lugar al que pretendíamos arribar, a la vez que nos permitía delimitar un
campo problemático y diseñar unas estrate-gias de trabajo. El problema se
presentó cuando advertimos que el horizonte se había corrido, y que aquello que
considerábamos como propio del espacio educativo –esto es las relaciones de
saber-poder entre docentes y alumnos en un espacio de disputa pero también de
encuentro– había cambiado, transformándose en una pura con-tingencia caótica.
La lógica que creíamos instituyente de lo común, a partir de una maquinaria de
funciones y lugares preestablecidos, parecía haberse agotado.
El segundo problema que debimos enfrentar al momento de la intervención
tenía que ver con el choque de dos concepciones: una concepción que busca
descubrir en las relaciones sociales un lugar único y estable, frente a otra
concepción –aquella que echan a andar los adolescentes– que actualiza en su
decir y en su hacer la hetero-geneidad y la multiplicidad de las
representaciones, de las creencias y de los códigos.
52 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
En un intento por despegarnos de aquello que precisamente pre-tendíamos
transformar –la mirada unificadora y estigmatizante– nos preguntábamos cómo
sería encontrar una palabra problematizadora que, al decir de Freire,
respondiera al universo vocabular de esos adolescentes, en un marco de absoluta
incertidumbre. Debatíamos acerca de las razones que justificaban nuestra
presencia en el lugar, ya que nos sentíamos impotentes para actuar desde los
supuestos iniciales. Llegado un momento, nos dimos cuenta que lo común
compartido más allá de las asimetrías en relación al saber y al poder, era la
condición de estar a la intemperie, seguramente de maneras diferentes y con
diferentes intensidades, pero a la intemperie.
Se está a la intemperie cuando se pierde la seguridad que otorga un
conjunto de ideas sobre el sujeto, los lugares y el tiempo. Cuando el otro
aparece como un extraño al que no se puede reconocer en su estatus de semejante
y bajo las condiciones de su diferencia. Desprovistas de los recursos y
herramientas necesarias para comuni-carnos, nos encontramos con la necesidad de
poner en práctica un método de autoatención que implicara la vigilancia
permanente de los conceptos y saberes, de las narrativas que se construyen con
y so-bre los sujetos, de los peligros de habituarnos a ciertas asociaciones que
acarrean el cierre del sujeto dentro del discurso de las políticas de la
asimilación.
Esta modalidad de autoatención desató una mirada insurgente sobre
nuestras propias prácticas, destinada a desocultar los modos sutiles de la
dominación que no están fuera, sino que nos atraviesan. Tuvimos que dejar en
suspenso el lápiz y con él el ojo científico de la disección, y empezar a
transitar las percepciones, las creencias, los modos de ser y estar en el mundo
de ese colectivo adolescente, bajo la aceptación de una condición de época
marcada por la mul-tiplicidad, la heterogeneidad, las combinatorias no
convencionales –muchas veces irreverentes– y la plurilocalidad de las
identidades.
Creemos que volver la mirada sobre la propia práctica implica reconocer
las maneras sutiles en que la cultura dominante nos re-absorbe y captura en la
fijeza de las representaciones, es ofrecerle combate a las certezas originales
como educadores y comunicadores comunitarios, para darnos la oportunidad de
escuchar otras voces y
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 53
reconocer otras miradas, en contextos caóticos, revueltos, inciertos. Es
también tomar conciencia de que la práctica dialógica es funda-mentalmente
agonística, y que por lo tanto acarrea el conflicto con las diferencias y corre
todo el tiempo el horizonte de los lugares prefigurados.
Docentes, alumnos y extensionistas, éramos subjetividades de la
intemperie, transitando el desfondamiento de aquellos segmentos que dieron
forma sólida a la existencia escolar, y asumiendo el desafío de tener que
reconocer nuestra impotencia y enfrentar la tentación de volver a las
clasificaciones tranquilizadoras y a los lugares comunes de la clausura del
sentido. Para seguir adelante con la inter-vención, fue necesario pensar la
escuela a partir de sus modos de expresión, a fin de poder tomar lo real como
fuente de pensamiento y desandar nuestros supuestos iniciales que delineaban un
horizonte inexistente. Es entonces en la interacción, en el ir y venir de
dichos y prácticas, en el propio juego intersubjetivo que se da en una larga
duración, donde es posible aprehender las prácticas comunicativas de los
ado-lescentes entre sí y con el afuera, los modos –la mayoría de las veces
cambiantes– en que ellos mismos se definen e identifican, sus relacio-nes,
jerarquías y valoraciones, sin adjudicarles rasgos estereotípicos que
contribuyen a cristalizar identidades y a reforzar criterios de
mar-ginalización, sexismo y discriminación (Duschatzky, 2007:28; Arfuch,
2004:4).
La mirada del otro produce la diferencia
Hablar de comunicación/educación implica abordar un territorio
problemático y complejo, no sólo por la dificultad de su delimitación en los
contextos actuales, sino también por la opacidad de sus expe-riencias, de sus
recorridos y de sus conceptualizaciones. Definir las zonas de conjunción entre
las prácticas que postulan la circulación de saberes y las prácticas que
inauguran procesos de producción de sentido, más allá de los espacios de
escolarización y más acá de los medios y las tecnologías, exige abrir el amplio
abanico de la inter-vención en comunicación/educación al campo de la cultura.
54 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
Y en esta articulación es la presencia soberana del otro la que marca
los tiempos y alcances de una relación. No basta con conocer la dimen-sión de
sus saberes y experiencias, es necesario reconocer sus códigos, sus maneras
particulares y propias de usar el lenguaje, sus intereses y deseos, sus
necesidades. Al decir de Paulo Freire, es necesario ejer-citar también un
reconocimiento que no es del orden de lo racional, sino que está ligado al
orden de la pertenencia, de la fe práctica, de la convicción de que el otro es
capaz de jugar el mismo juego. Significa concederle cierta igualdad de honor
para decir y actuar en un campo de reciprocidad en el que pueda ejercitar su
identidad con absoluta soberanía.
Tal como señala Jorge Huergo, en un contexto de revoltura cultural en el
que la escuela pierde cada día su lugar hegemónico como espacio educativo, a la
vez que expone la cara obscena de las desigualdades sociales, la pregunta sobre
la comunicación de y sobre los jóvenes y adolescentes, nos lleva a observar los
códigos, las mo-dalidades y los discursos que enuncian y producen las
diferencias al interior del espacio educativo.
La escuela funda hoy su habitabilidad a partir de la tonalidad que
imprimen las presencias que la habitan. Los rituales tradiciona-les de la
práctica educativa dan lugar a otros rituales más cercanos a los encuentros
callejeros en la plaza pública o la esquina del ba-rrio. Bulliciosos, caóticos,
plagados de confusión para los docentes que no alcanzan a entender las
transformaciones operadas en un espacio en el que los adolescentes se abren
paso en los intersticios de las prácticas y las normas institucionales,
poniendo límite a los límites, apropiándose compulsivamente de algunos espacios
como los baños o el patio del fondo, o rompiendo las barreras del adentro y del
afuera como si el aula fuera una continuación del barrio o de la canchita.
El panorama es complejo. Es difícil el encuentro entre los docen-tes que
reactualizan con su accionar viejas prácticas beneficientes a la vez que
construyen a un otro pobre, violento, vago y tonto, y los jóvenes y
adolescentes que, a pesar de hacerse cargo de la mirada del otro, insisten con
su necesidad de reconocimiento mediante la expresión de sus propios códigos.
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 55
En relación a la violencia, por ejemplo, los y las jóvenes hablan y
actúan con naturalidad, como si no conocieran otro modo para relacionarse.
Cuentan historias familiares encadenadas por la vio-lencia y las explican como
aquellas situaciones que permanecen en su historia, porque “vienen desde Adán y
Eva” o “desde la época de las cavernas” o “desde siempre”. Son historias en las
que “mi papá es así porque tuvo una infancia de maltrato y abandono”, o “porque
lo ignoraron sus propios padres”. También cuentan sus peleas callejeras y sus
enre-dos con la policía, que generalmente terminan con uno o dos días de
detención, y los desencuentros con los novios que se fueron con otra o con
otro.
Explican la violencia como una constante en las historias familia-res,
como si ella fuera la regla que articula causas y efectos en un sin-tagma
infinito y eterno. De este modo dicen y actúan exactamente lo que se espera de
ellos. Dan forma a una trama discursiva perfecta, sin fisuras ni
contradicciones, tranquilizando así la conciencia de los adultos y
retroalimentando el discurso hegemónico que los constru-ye como pobres,
violentos y marginales.
En el aula, su comportamiento confirma de manera circular las
interpretaciones adultas: algunos alumnos transitan frenéticamente
Las palabras producen aquello que nombran, y en esa designación los
nombres hacen a las cosas sociales. Nominar a un espacio social, designa y
oculta, trasluce e invisibiliza, pero además inscribe aquello que nombra en los
marcos de la ley. Los términos que usamos con toda naturalidad nada tienen de
naturales, producen un sentido inscriptos en un orden social determinado. De
este modo el nombre con el que se designa un lugar, establece un campo
semiótico respecto de ese lugar, construye, como dice Magariños de Morentín,
una semiosis indicial desde la cual se recorta un objeto y se lo pone a
funcionar en una cadena de interpretantes inscriptos en una gama de
prohibiciones y permisos. El nombre es aquello que inscribe a los sujetos y a
los objetos en un lugar de la relación social y conforma una de las maneras a
través de las cuales se construye en y por el lenguaje, la condición de
“marginal”. El nombre “del Volcadero” o de la “Pasarela” otorgado a los alumnos
de la Escuela Nuestra Señora de Guadalupe y Bazán y Bustos de la Ciudad de
Paraná, señala su condición de pertenencia a un espacio significado como
“margen”, como lo que “está afuera y no pertenece” al espacio del centro. El
margen, espacio imaginario del afuera, se opone al espacio imaginario del adentro,
porque transgrede la ley de la semejanza, construyendo la diferencia como
resultado de una política de la significación.
56 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
de un lado a otro; otros se cambian de banco y se aglutinan forman-do un
frente de protesta, mientras las chicas permanecen replegadas como espectadoras
en un rincón sin hablar. Los profesores gritan para pedir el silencio y no
logran su objetivo. El juego de poder continúa y aparece el cuaderno de firmas
que da cuerpo al silencio de los alumnos sólo por un rato. La comunicación
parece imposible en los márgenes interpretativos del orden, la armonía, los
códigos compartidos.
A raíz de lo planteado nos preguntamos: ¿qué comunican es-tas
relaciones? ¿Cuáles son los modos de la comunicación que se presentan como una
novedad radical en el marco de la educación? ¿Cómo es la vinculación de la
comunicación en la educación en es-tos contextos de “revoltura cultural” como
plantea Huergo (2005) y de “subjetividades de la intemperie” como las define
Duschatzky (2007)?
En las aulas, los y las adolescentes se mueven y actúan como lo hacen en
las calles del barrio, circulando de un lado a otro, de un código al otro,
participando de redes de sociabilidad diferenciadas, y se escabullen
inaprensibles de los diagnósticos y de las institu-ciones. Resisten a las
rotulaciones y los destinos prefijados, ajus-tándose mal a los sistemas
clasificatorios, por lo que “son un poco delincuentes, un poco drogadictos, un
poco vagabundos, un poco desocupados, un poco trabajadores precarios, un poco
prostitutas, un poco repetidores o desertores escolares. Un poco de todo, y
nada de todo ello. Ninguna de estas etiquetas les va bien” del todo (Volnovich,
1999:369).
El problema que enfrenta la mirada de la escuela sobre los
ado-lescentes, es el de la “fijeza” en la construcción ideológica del otro a
través del estereotipo. Tal como lo plantea Homi Bhaba desde la crítica
cultural, la fijeza “es un modo paradójico de representación: connota rigidez y
orden inmutable así como desorden, degenera-ción y repetición demónica. Del
mismo modo, el estereotipo, que es su estrategia discursiva mayor, es una forma
de conocimiento e identificación que vacila entre lo que siempre ‘está en su
lugar’, ya conocido, y algo que debe ser repetido ansiosamente” más allá de su
comprobación (Bhabha, 2002:91).
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 57
Es esta condición de ambivalencia del estereotipo –en nuestro caso del
estereotipo de adolescente-alumno indisciplinado, vago, irrespetuoso y
violento– la que conforma sus estrategias de indivi-duación y marginalización y
“produce ese efecto de verdad probabi-lística y predictibilidad que, para el
estereotipo, siempre debe estar en exceso de lo que puede ser probado
empíricamente o construido lógicamente” (Bhabha, 2002:91).
Lo que debe ser cuestionado entonces, es el modo de represen-tación de
la otredad. Construir al otro –el/la adolescente– como violento, irrecuperable,
incontrolable sobre la base del origen de clase, o de su condición etarea, o de
su sexo-género, es un modo totalizador en el que vemos los efectos de la verdad
de aquello que clasificamos dentro de un orden. En la construcción del sujeto
en el discurso y el ejercicio del poder a través del discurso, “el cuerpo está
siempre simultáneamente (aunque conflictivamente) inscripto tanto en la
economía del placer y el deseo como en la economía del discurso, la dominación
y el poder” (Bhabha, 2002:92).
Sin embargo, en los márgenes de las representaciones del otro/a que
promueve el estereotipo –en las que anidan los signos la dis-criminación y la
diferencia– nos encontramos con una escuela de presencias múltiples,
heterogéneas, no regladas, imposibles de ser asociadas a alguna comunidad de
valores preexistentes. A ese espa-cio los y las adolescentes se acercan porque
es un lugar de encuentro, de contactos, de negociación de la existencia y de
aprendizaje de otros saberes. Allí acomodan su presencia a sus propias
convenien-cias: vender algo de “merca” o comprar y fumarse un porro en “el
fondo”, engancharse a la chica que les gusta, acordar un encuentro en la
placita para tomar una cerveza o jugar un partido de fútbol en la canchita del
barrio. Inventan modos de hacer y de saber en ese espacio aún disciplinario y
se las ingenian para enfrentar y poner en jaque los límites de la maquinaria
censuradora. Cruzan todo el tiempo las fronteras de un devenir reglado que
codifica y juzga su accionar como violación, trasgresión o burla de los
límites.
Desde la comunicación/educación, tal vez tengamos que pensar que los
comportamientos de escape o huida hacia los rincones o el griterío
ensordecedor, sean las únicas maneras a través de las cuales
58 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
los y las adolescentes ensayan hoy diferentes hablas en su abrirse
camino para legitimar el uso de la palabra ante un otro que los des-autoriza,
considerándolos por momentos como cuasi enemigos de los que hay que defenderse
o pobrecitos a los que hay que integrar y asistir. Tal vez debamos pensar que
las hablas adolescentes son un puro decir que intenta hallar a un interlocutor
ausente –el adulto–, “hablas sin guión” como diría Duschatzky, sin otra
pretensión más que el ejercicio de su legítimo derecho al uso de la palabra.
En este contexto, la proximidad que marca el contacto de las rela-ciones
entre adolescentes y que es una condición necesaria al vínculo comunicacional y
comunitario, no está dada por un sustrato moral o por la aspiración a “llegar a
ser” en el futuro, sino por la condición de ser parte de una red de múltiples
conexiones posibles. Y la red necesita que los sujetos estén en la escuela más
allá de las cualidades y formas reales que tomen sus vidas. En la red, las
presencias no son necesariamente semejantes, no se afectan mutuamente de un
modo necesario o se mantienen ligadas por sentidos compartidos. En la red –que
parecería ser el modo de estar en la escuela hoy–, el ruido, el azar, el otro,
lo distinto, son las fuentes de la novedad radical y no meros “defectos
especiales”. Los adolescentes se integran a la red pero se acomodan a sus
propias conveniencias, y el espacio que arman es un espacio que puede ocuparse
de maneras disímiles, mu-chas veces no convergentes, y que no por ello deja de
ser igualmente una comunidad de sentido que se resiste a ser encasillada en una
única modalidad y en un único lenguaje.
Los enunciados de los docentes en relación a los adolescentes son
contradictorios. Navegan tanto por la descalificación como por la conmiseración
caritativa. Construyen al mismo tiempo tanto víctimas como victimarios. Desde
su perspectiva, distintas expresiones dan cuenta de su condición de vagos,
revoltosos e irresponsables, pero también pobres y vulnerables: “a éstos si los
dejás te pasan por encima..., no reconocen ningún límite, la falta de respeto
es una constante…”; o en alusión a su sexualidad “… información tienen, yo no
sé qué hacen con lo que se les dice”. En relación a la situación de desventaja
social y económica señalan que “a estos chicos hay que sacarlos porque ellos
pobrecitos no saben lo que es el centro, no pueden salir de su barrio, hay que
llevarlos a otros lugares…”.
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 59
A modo de síntesis
Los desafíos que plantea hoy una práctica articuladora de la
comunicación y la educación, tal vez tengan que ver con aquel convite que hace
Schmucler cuando nos propone “pensar todo de nuevo”. Y pensar todo de nuevo no
significa cambiar de rumbo, o dejar de hacer lo que estamos haciendo, sino
tomar distancia respecto de lo que hacemos para pensar qué y cómo lo estamos
haciendo. Y éste es un gesto no sólo de optimismo, sino también un acto de
valentía.
Pensar todo de nuevo es situarnos, para parafrasear a María Cristina
Mata, en un horizonte en el que no estemos permanen-temente apostando al futuro
como una manera de eludir nuestra existencia, sino plantados en el presente con
la única certeza de que entre el hoy y el mañana no hay solución de
continuidad, y de que nuestra responsabilidad con el futuro se realiza
únicamente en la actualidad.
Pensar todo de nuevo significa abandonar ciertas ilusiones y te-ner
ciertos resguardos teóricos: resguardos ante la complejidad del lenguaje y de
la comunicación, ante las formas del discurso y de la narración, –y no
quedarnos solamente con los eventuales conteni-dos– que son finalmente las que
imponen sentido. Y entre las ilusio-nes a abandonar están precisamente las de
la completud del sujeto y el reconocimiento de una única identidad; las de la
representativi-dad de las teorías, los relatos y las narraciones en relación de
un real que se supone previo y objetivo y las de la creencia en una relación
unívoca entre unos objetivos y unas metodologías propuestas y unos resultados
(Arfuch, 2004:4).
De modo que en el terreno de la comunicación/educación –como así también
en el del arte y la cultura– una intervención no es válida en sí misma, no se
legitima simplemente por la bondad de la causa, hace falta un serio sostén
teórico y un compromiso autorreflexivo sobre el propio lugar, aquello que
algunos llaman, no sin polémica, la “buena distancia”.
60 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
Referencias bibliográficas
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posi-bles relaciones entre discursos y prácticas en la investigación social,
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Mata, M. C. “Experiencias y prácticas de comunicación comunitaria en pos
de la palabra y la visibilidad social”, en esta edición.
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banalidad”, en Comunicación y Educación como campos problemáti-cos desde una
perspectiva epistemológica. Cuaderno Nº 4. Serie Ciclos y Conferencias. Fac. de
Ciencias de la Educación. Uner.
Volnovich, J (1999). “Los que viven en el margen de la sociedad ci-vil”,
en Dabas, E. y Najmanovich, D. (1999). Redes. El lenguaje de los vínculos,
Buenos Aires, Paidós.
Comunicación/educación en el marco de la extensión universitaria*
Gabriela Bergomás
En este momento estoy cumpliendo la función de Secretaria de Extensión
Universitaria y Cultura en la Universidad Nacional de Entre Ríos (UNER),
cuestión que me hace sentir mucho más que
comprometida con estas temáticas, ya que la extensión universitaria es
uno de esos ámbitos privilegiados en donde se concreta la rela-ción entre la
Universidad y su entorno, es el lugar donde uno puede escuchar las voces de los
protagonistas.
En verdad, hay tantas cosas por hacer y lograr en función de
reposicionar la extensión universitaria dentro del contexto político de la
Universidad pública, que quisiera al menos señalar algunas y enmarcarlas
especialmente en la relación comunicación/educación.
Particularmente, nunca entendí la comunicación desvinculada de la
educación, ni a ésta desvinculada de la comunicación. Esta re-lación constituye
un tema central, sobre todo para nosotros (quienes integramos la Facultad de
Ciencias de la Educación de la UNER) que tenemos las carreras de comunicación y
de educación convi-viendo. Lamentablemente, esa convivencia es muy especial y
se da
* Texto revisado en base a la
conferencia ofrecida en el marco de las Segundas Jornadas de Comunicación
Comunitaria (Paraná, 8 al 10 de noviembre de 2006; Área de Comunicación
Comunitaria - Facultad de Ciencias de la Educación - Universidad Nacional de
Entre Ríos). En ese momento, la autora estaba a cargo de la Secretaría de
Extensión de la UNER.
62 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
en un espacio ciertamente complejo, que cuenta con la posibilidad de
concretar esta reunión de las dos disciplinas, esta articulación que
históricamente está dada pero que en realidad se desconoce y hace que cada
propuesta de formación tenga y siga su propio camino, con muy pocas
oportunidades de encontrarse.
Quizás al pensar en la memoria encontramos una de las razo-nes de esta
separación. Hemos dejado de lado muchos hechos y referencias que tienen que ver
con una memoria signada por la omisión de la historia latinoamericana y, sobre
todo, de una cul-tura que de manera fundamental sigue haciendo referencia a
toda la gente que concretó su compromiso político y social en la dé-cada de los
70`, a través de formas de comunicación y educación alternativas –que fueron
realmente las que pusieron la base para movimientos revolucionarios que,
tristemente, la Universidad y los ámbitos de formación hoy desconocen e incluso
ignoran–. Sin lugar a dudas estas referencias nos sitúan, nos contextualizan y
le darían una especial significación a nuestro presente. Aunque los escenarios
cambiaron, tendríamos fundamentos para revisar y analizar experiencias y
reflexiones, evitando que volvamos a em-pezar siempre de nuevo.
Esta recuperación sería central para re-trabajar temas que movi-lizarían
y reubicarían las diversas experiencias de hace treinta años, que no pierden
actualidad, ya sea que nos referenciemos en Freire, Kaplún, Gutiérrez o Díaz
Bordenave. Este último decía en 1983: “... no faltan en América Latina informes
de reuniones nacionales, internacionales, estudios teóricos, investigaciones
empíricas, parcia-les o globales, sobre la situación de los sistemas de
educación, por un lado, y los sistemas de comunicación por el otro. Lo que tal
vez falta son estudios que enfoquen la relación entre ambos sistemas”. No ha
cambiado mucho la situación…
La pregunta entonces sería: ¿hasta dónde delinear los límites en-tre la
educación y la comunicación, y hasta dónde nos sirve poner límites cuando nos
referimos a esa relación? Lo cierto es que los límites están muy difusos y que
nos ponen frente a un campo en construcción que tiene aún raíces sin conocer.
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 63
De la formación en educación/comunicación
Lo que realmente es preocupante es el ámbito de la formación, en donde
es necesario ver con claridad los términos en que se da la relación
comunicación/educación. Y al comenzar el análisis van saliendo a la luz muchas
problemáticas que son cercanas a todos los que venimos trabajando en este campo
y nos muestran lo difícil que es ubicarse en algún rol y en un determinado
contexto: no sabemos bien si somos comunicadores populares, educadores
populares, edu-comunicadores, etcétera, o si en todo caso no tiene mayor
relevancia el rótulo que encarnemos.
En el año 1998 tuve el gusto de hacerle una entrevista a Mario Kaplún,
en la que le pregunté acerca de la relación entre la comu-nicación y la
educación. Entonces contestó: “... hay una analogía que yo utilizo para
explicar la situación en que vivimos, comuni-cadores y educadores, por lo menos
hasta los últimos años. Somos como los murciélagos, porque hay un cuento muy
sugerente de un murciélago que estaba buscando a sus congéneres y fue a lo de
los ratones, porque tenía cuerpo de ratón, pero los ratones le dije-ron: no, tú
vuelas, tú tienes alas, vete con los pájaros. Entonces fue cuando los pájaros
le dijeron: tú tienes cuerpo de ratón, no eres de los nuestros tampoco”
(Bergomás, 2000). En conclusión, esto es lo que nos pasaba a los comunicadores
y a los educadores. Es decir, ¿dónde estábamos parados? Kaplún hacia referencia
a la necesidad de consolidar espacios donde la identidad profesional se
configure con mayor claridad a partir de la integración.
A lo largo de nuestra carrera profesional hemos tenido la po-sibilidad
de conocer una amplia variedad de experiencias, ricas y productivas, que nos
permiten asumir que estamos definiendo un espacio de construcción de
conocimiento. Instancia que debemos re-significar, en tanto aparecemos
desvalorizados o auto-desvalorizados en lo que sería el contexto académico.
En todo esto se pone en juego la calidad y la pertinencia social de los
conocimientos que la Universidad produce, que a su vez involu-cra el compromiso
y la responsabilidad de la institución universitaria en su relación con los
problemas y las demandas sociales.
64 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
Estos planteos también sirven para pensar el ámbito en el que es-tamos
trabajando quienes venimos intentando construir formas de vinculación
distintas. Es aquí donde se hacen visibles los diferentes niveles con los que
nos encontramos en el abordaje de estas temáticas. Por ejemplo, yo no sé si
seguiría hablando de intervención… Pondría en cuestión también los términos de
divulgación/popularización, etcé-tera. Creo que hay muchos aspectos sobre los
cuales aún nos hace falta sincerar la reflexión en vistas a construir
conocimientos desde un lugar alternativo. Esto es construcción de conocimiento,
y no tenemos por qué estar justificándolo en el marco del sistema
institucionalizado de Ciencia y Técnica, así como lo plantea el juego académico
median-te el encuadre de las políticas universitarias oficiales.
Entonces la pregunta sería, ¿desde dónde nos posicionamos para encontrar
espacios de reflexión acerca de los marcos teóricos y los abordajes posibles?
Esta reflexión debería darse sin lugar a dudas desde las relaciones que tenemos
con los otros actores sociales, con nuestro entorno y por lo tanto en los
ámbitos vinculados a la exten-sión en la Universidad.
Tengo la seguridad de que nos sobran elementos para re-armar
metodológicamente propuestas centradas en la búsqueda de nuevas formas de
comunicación de la Universidad con su entorno y apor-tar para construir
alternativas que replanteen la formación de los educadores y de los
comunicadores. También tenemos por delante el desafío de integrar estas
temáticas en las propuestas curriculares, frente a sectores que no dejan de
explicitar su resistencia. La ca-pacidad de interpretar y producir mensajes con
otros lenguajes, la lectura crítica de los mismos y la posibilidad de analizar
las distintas formas de construcción, validación, circulación y acceso al
conoci-miento que hoy se plantean, deberían conformar el núcleo concep-tual
para una propuesta de formación profesional.
Hay una gran contradicción entre las propuestas curriculares y las
prácticas profesionales: seguimos sin integrar los saberes enri-quecidos a
partir de la relación con los demás actores sociales. Esta contradicción no
sólo se ve en las carreras que nos vinculan; también aparecen, por ejemplo, al
expresar que estamos aplicando estrate-gias de sensibilización hacia el
presupuesto participativo, en una
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 65
perspectiva de desarrollo local en distintos proyectos, al momen-to que
estamos formando profesionales en ciencias económicas con propuestas
curriculares que ignoran el concepto y su significación social.
En el ámbito educativo, la escuela a la que aludimos y contri-buimos en
términos de formación, no se parece a la que realmente tenemos y necesitamos
resignificar. Es decir, hablamos de una cosa pero hacemos y concretamos otra,
lo que nos coloca en una situación bastante “esquizoide”.
Vale preguntarse a la luz de todo esto, ¿qué profesionales estamos
formando? ¿Cómo insertamos esta reflexión/acción de la relación con los otros
en la Universidad?, ¿Cómo construir una Universidad entendida como un actor más
en el proceso de construcción de co-nocimiento? Se trata de plantear la
resignificación del lugar de la Universidad, en el cual ya no puede seguir
siendo “el” lugar de la verdad y la única fuente de construcción y validación
de conocimien-to, cerrada a las necesidades y demandas sociales.
Además, en el marco de la sociedad del conocimiento que –quera-mos o no–
estamos viviendo, es ineludible analizar el impacto de las nuevas tecnologías
de la información y de la comunicación que con-tribuyen a que las formas de
producción, circulación y validación del conocimiento, sean otras. “La
explosión de la información requiere nuevas estrategias constructivas entre los
que producen y aquellos que se apropian del conocimiento” (García Guadilla,
1996).
La Universidad tiene que empezar también a cuestionarse su lugar como
institución productora de conocimiento: ¿Qué tipo de conocimiento y qué
políticas de conocimiento estamos sustentando en nuestras prácticas?
Producir conocimientos reflexionando sobre las prácticas
Considero que el gran desafío que nos compromete consiste en repensar
los lugares de construcción y validación del conocimiento,
66 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
en vistas a su apropiación social. Esto último resulta muy desafiante
para la Universidad, porque hasta ahora sólo lo hizo en algunos ca-sos en el
marco de la extensión universitaria o del voluntarismo que fundamenta algunos
proyectos a través de experiencias aisladas.
Entonces, debemos ubicar a la extensión también desde ese lugar como un
ámbito de construcción de conocimiento. La extensión tam-bién implica
investigación; hay intervenciones profesionales de un altísimo nivel de
desarrollo y modelos que transmiten métodos de investigación a los
profesionales (Samaja, 2003). En tanto la exten-sión no sea valorada como un
espacio para la producción de conoci-miento, la relación de la Universidad con
la sociedad se verá obsta-culizada y desvalorizada. Creo que todos tenemos que
contribuir con la producción y la reflexión acerca de nuestras propias
prácticas, ya que no tienen los ámbitos institucionales que se merecen, en
tanto espacios donde se construye conocimiento a la par de cualquiera de las
otras prácticas en el marco de las actividades académicas.
Por otra parte, el desafío también es pensar a la extensión como un eje
fundamentalmente vinculado a la comunicación. Si no sabe-mos comunicarnos, si
no sabemos encontrar las formas de dialogar con el contexto, si no encontramos
las formas para poder vincular-nos con los distintos sujetos sociales, no vamos
a poder hablar de una relación productiva con el medio. Las formas
tradicionales de producción académica no tienen su aspecto central en la
comuni-cabilidad.
Y en este camino hacia la resignificación de la extensión, tenemos que
tener en cuenta las formas y las condiciones de participación en los procesos
de producción y validación del conocimiento que vin-culan hoy a la Universidad
con muchos otros actores. Por eso habla-mos de una relación con actores
heterogéneos, hablamos de gestión asociada, hablamos de abrirnos y de una
multiplicidad de formas de comunicarnos. Tenemos que saber si somos realmente
interlocutores válidos o si solamente vamos con nuestro libro o con nuestra
“oferta” a pretender imponerla en el ámbito social. El conocimiento
universi-tario en el siglo XX –según Buenaventura da Souza Santos– ha sido
signado fundamentalmente por una perspectiva disciplinar y no es-taba
atravesado por la perspectiva social, si después la sociedad se
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 67
lo apropiaba, bienvenido sea, pero no era uno de sus objetivos. Pero en
el contexto actual hay otras formas de construcción que también implican, según
este autor, una nueva perspectiva del conocimiento, un conocimiento de tipo
contextual con una mirada transdisciplinar, con una idea de mayor
responsabilidad y compromiso social y, por lo tanto, con una mayor
interactividad, no unilateralidad, como hasta ahora venimos acostumbrados.
En este contexto tenemos que profundizar el análisis de los nue-vos
perfiles profesionales que van surgiendo a partir del dinamismo de los procesos
sociales, y en especial de la relación de éstos y los cambios que se producen
en el conocimiento. La flexibilidad y la in-tegración de los saberes tienden a
ser las líneas orientadoras, y esto debe ir acompañado de un cambio
institucional. Ahora bien, ¿qué Universidad se necesita?… ¿Cómo se caracterizan
los nuevos estilos de gestión? ¿Cómo se conforman los equipos de trabajo? Es
imposi-ble pretender un cambio si no lo acompañamos con políticas que se
encuadren en una nueva relación con el conocimiento.
Insisto, nos hace falta teoría, pero teoría distinta, marcos distin-tos…
No nos neguemos a la posibilidad de repensar la teoría que enmarca nuestras
prácticas: “decir que vamos a pensar en la teoría suena a desafío. En realidad
lo que nos sobra es la práctica ciega a la que nos obliga el mundo circundante,
cuyo único lema parece ser ‘no hablen, hagan’. El desafío entonces, es pensar
qué quiere decir este hacer” (Schmucler, 1997).
Además debemos aprovechar las grietas que el sistema nos deja para
trabajar, y que son muchas. Hay que aprovecharlas e intentar ver cómo
insertamos nuestra reflexión y nuestra experiencia dentro de las instancias de
formación.
Si bien éste es el desafío para la Universidad, sabemos que no es fácil
realizarlo dentro de una estructura institucional que sigue manteniéndose
dentro de parámetros ancestrales, por decirlo así, que hacen que las
iniciativas de cambio cuesten demasiado. Por ello, creo que como protagonistas
tenemos que buscar nuevas formas de gestión y de producción de conocimientos,
en vistas a una real apro-piación social de los mismos.
68 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
Tenemos que reapropiarnos de nuestra historia e, incluso, re-cuperar la
pasión por este trabajo. Si en aquellos tiempos no tan lejanos muchos tuvieron
la fuerza y el compromiso político-ético para pensar y construir alternativas,
hoy tenemos que rescatar esa fuerza y esas experiencias en función de poder
también pensar y construir nuevas propuestas de educación/comunicación,
contando además con la potencialidad que nos brindan las tecnologías de la
información y la comunicación para la participación y el acceso al
conocimiento.
En este marco no podemos dejar de hacer referencia a Paulo Freire,
recordándonos que una lectura radical del mundo es el prin-cipal insumo para
realizar transformaciones que realmente sean un peligro para el statu quo… Y
que más allá de los saberes técnicos y científicos está también la cuestión de
prepararnos para conocer el mundo de otras maneras, a través de saberes no
preestablecidos. “La negación de esto sería repetir el proceso hegemónico de
las clases dominantes que siempre determinaron lo que pueden y deben saber las
clases dominadas” (Freire, 1993).
Considero que seguimos siendo actores de reproducciones muy fuertes, de
relaciones preestablecidas. Pero a la vez pienso que tene-mos que potenciar
estos espacios donde se problematizan las relacio-nes entre educación y
comunicación, potenciar estos lugares privi-legiados para poder desarrollar
prácticas alternativas. Por ejemplo, el Centro de Producción en Comunicación y
Educación de nuestra Facultad puede convertirse en uno de esos espacios.
Los invito a pensar que el desafío es de todos. Tenemos que
re-posicionarnos para poder hacer visibles nuevas formas de construc-ción y
apropiación social del conocimiento, por más lento que sea el proceso.
Referencias bibliográficas
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Seminario del Consejo Latinoamericano de ciencias sociales. FELAFACS. México,
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CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 69
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Zemelman, H. (2000). Uso crítico de la teoría. En torno a las funciones
analíticas de la totalidad, México, Universidad de las Naciones Unidas, Colegio
de México.
Comunicación comunitaria en la cárcel, preguntas a un recorrido
Producción colectiva del equipo integrado por Emanuel Aguirre, Julieta
Aiassa, Trinidad Balbuena, Paula Banos, Romina Krenz, Lucrecia Pérez Campos,
Irene Roquel, Leandro Romero y Gretel Schneider
El Área de Comunicación Comunitaria de la Facultad de Ciencias de la
Educación de la UNER desarrolla –desde el año 2006– una línea de intervención
en contextos de encierro, a través del Proyecto de
Extensión Universitaria “Comunicación Comunitaria en la cárcel”.
Los internos de la Unidad Penal Nº 1 de Paraná fueron convoca-dos a
participar de un espacio de taller con el objetivo de promover nuevos modos de
comunicación en un ámbito de reclusión donde las palabras –al igual que estos
sujetos– están apresadas, silenciadas, reprimidas y controladas.
En “La Hora Libre”, comunicadores y educadores, convencidos de que
“todos tenemos algo para decir”, intentamos apostar al diálogo, a la
El primer año de esta experiencia se denominó Comunicación Comunitaria:
Palabras sueltas… en la cárcel; durante los años 2007 y 2008 se presentó bajo
el nombre Comunicación Comunitaria: Palabras libres… en la cárcel. A partir del
año 2009, la práctica pasó a llamarse Comunicación Comunitaria en la cárcel,
siempre dentro de los mismos lineamientos y metodología. Ver www.
chamuyofm.blogspot.com
La Unidad Penal Nº1 Juan José O’Connor de la ciudad de Paraná ocupa
aproximadamente tres manzanas. La cárcel cuenta con 330 internos
aproximadamente, cuyo promedio de edad ronda los 32 a 34 años. Asisten a la
escuela alrededor de 70 reclusos, son 4 los que continúan sus estudios
superiores (con un profesor de la UADER que los asiste). Cada uno de los
talleres ocupacionales (cunicultura, huerta, panadería, herrería, carpintería)
cuenta con un grupo permanente de 12 personas. En “Hora Libre” participan de 15
a 22 internos por encuentro.
72 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
integración, a la no-violencia, a la creatividad y al ejercicio del
derecho a la expresión, trabajando con relatos, juegos, dinámicas teatrales y
di-versos saberes puestos al servicio de la expresión personal y colectiva.
Esta intervención se plantea desde la perspectiva de la educación
popular y la comunicación comunitaria, abordajes que promueven la valorización
de la escucha, la participación en las decisiones y el respeto hacia los
derechos del otro. Así, el aprendizaje mutuo ha constituido el factor
fundamental que define este espacio. El inter-cambio se produce desde el
respeto por la diferencia, en una “comu-nidad” que en tanto tal, adquiere
características muy particulares.
La vida en la cárcel está determinada por la convivencia forzada en un
lugar poco habitable y donde quien tiene más, vive mejor y somete a los demás.
La disciplina es franqueable pero riesgosa, el Servicio Penitenciario responde
a la provocación con arbitrariedad y los rencores crecen. Los internos manejan
un código propio que consiste en hablar de tal modo que escape a la comprensión
de la autoridad y de actuar buscando distanciarse del orden imperante.
Los espacios educativos que existen en la Unidad Penal son aquellos que
se diferencian de la rutina carcelaria. Contribuyen a proponer otros modos de
habitar la prisión, escapando de esos có-digos que encierran tanto como las
murallas y a ocupar ese tiempo que suele transcurrir demasiado lento. En este
marco, el Taller de Comunicación invita a “La Hora Libre”.
¿Cómo podemos pensar la comunicación en la cárcel? Ésta es un proceso en
constante movimiento, donde el horizonte de significacio-nes se construye
permanentemente. En esa construcción se evidencian las luchas por el poder y
sus tensiones, negociaciones y conflictos. Este texto pretende aproximarse a
algunas de las cuestiones que problemati-zan esta intervención de la
Universidad en la cárcel de Paraná.
La cárcel desde la Universidad (y viceversa)
Podemos observar que la cárcel –como institución disciplina-ria y
correctiva– se encuentra en crisis producto de la aplicación
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 73
de políticas neoliberales, sobre todo durante la década de los 90. Según
analiza Ignacio Lewkowicz: “No se trata de la decadencia de una institución,
sino de la alteración estructural de su función. Tras los mismos muros, con el
mismo edificio y el mismo perso-nal, se ha dibujado de hecho una nueva
institución: el depósito” (2004:127).
En esta línea y tomando lo planteado por este autor, acordamos que la
cárcel ha adquirido en los últimos tiempos el carácter de “de-pósito de
pobres”. La mutación que permite comprender la institu-ción de la
cárcel-depósito es el “agotamiento” del Estado nacional.
Las cárceles son entonces, dispositivos en los que se ubica a los
individuos que son retirados de circulación porque no pueden habi-tar la ciudad
y están fuera del mercado. Siguiendo este planteo, la tan mentada
resocialización o reinserción se convierte en una quimera, dado que muy
difícilmente estos sujetos vuelvan a insertarse al lugar al que nunca
pertenecieron.
Michel Foucault (2002) sostiene que la cárcel –al igual que la fá-brica
y el manicomio–, es una institución desde la que se regula, castiga y corrige
lo que no es productivo.
Sin embargo, la prisión ya no puede pensarse como aquella insti-tución
moderna concebida bajo el amparo de los Estados nacionales, dispositivo
normalizador y disciplinar de los sujetos “anormales”, a los que es necesario
readaptar y resocializar.
Como una herramienta de castigo, un mecanismo legítimo de control y de
integración social, la cárcel es el lugar donde se arroja a los hombres para
que ahora y en el futuro no sean una amenaza a la paz social. Esta institución
constituye hoy el punto más agudo de la dinámica de expulsión que caracteriza a
nuestra sociedad.
Si la institución penal es un depósito de pobres y ya no pue-de
considerarse un lugar de rehabilitación sino de exclusión vitali-cia… Si el
preso no egresará como ciudadano –mucho menos como consumidor– sino como futuro
reincidente… Si los delitos menores y excarcelables serán costosamente
custodiados por elevadas fian-
74 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
zas… Si no hay rehabilitación sino mera segregación y aislamiento...
Entonces, ¿por qué trabajar en las cárceles? ¿Qué hacer en ellas?
Zaffaroni, en el prólogo a García Yomha, sostiene desde una perspectiva
realista y a su vez respetuosa de la dignidad humana, que la resocialización
debe ser repensada “como un esfuerzo por ofre-cer y facilitar –nunca imponer–
un cambio en la autopercepción de la persona, de modo que eleve su nivel de
invulnerabilidad al poder punitivo” (García Yomha, D. et al., 2006:5). En este
proceso tiene un importante rol la posibilidad de la formación (educación), la
cultura y la expresión.
Las experiencias universitarias dentro de las cárceles –Devoto, Caseros,
Ezeiza en Buenos Aires y Las Flores en Santa Fe, entre otras– han demostrado
que se ha habilitado un “modo activo de habitar la prisión”. Lo mismo podemos
corroborar en los múltiples proyectos comunicacionales que tienen lugar en las
cárceles argenti-nas, con algunos de las cuales nuestro equipo de extensión ha
inter-cambiado experiencias.
Se trata entonces de construir otro tipo de subjetivación; de
pro-porcionar una “humanidad” que el depósito tiende a cancelar; de construir
un espacio de libertad en la prisión.
Éstas y otras posibilidades expresivas pueden servir –más que para
imaginar un futuro– para habitar dignamente en un lugar don-de la humanidad se
torna imposible.
Resignificar –dar otro sentido–, entablar vínculos y defenderlos,
perseguir un objetivo en común, mantener un código grupal lejano de las
“jerarquías tumberas”, es lo que ha permitido –a un reducido número de
internos– pensarse de una manera diferente: si bien “es-tán presos, no son
presos”.
Sirvan como ejemplos, la Revista Ciudad Interna de la cárcel de Coronda,
el Taller de Fotografía Mirada Foto y la Revista 44 Ja Ja en Córdoba, el Centro
de Prácticas de la Universidad de La Plata, Talleres Literarios en Gualeguay,
Ezeiza, Las Flores, Coronda, Neuquén; como así también Talleres de Teatro en
varias Unidades Penales, etc.
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 75
Así lo expresa uno de los internos:
Esto es como una visita para nosotros y en el taller nos despejamos la
mente, pensamos en otra cosa y hablamos de las cosas de la calle que es muy
importante para nosotros. Saber cosas de la calle, (…) y de los cambios que
hubo últimamente, tantas cosas nuevas han pasado en estos cinco años que estoy
acá.
El día de mañana uno nunca sabe, sale de acá y tiene la posibilidad de
trabajar en una radio. Y uno ya sabe el comienzo como es, como es una
entrevista, como se escribe algo aunque a mí escribir no me gusta.
Lo cierto es que en La Hora Libre se propone y se intenta poner en
práctica –aunque sea por unas horas– un modo distinto de vivir el encierro; se
inventa una forma de ser libres, de “buscar la calle…”. En este encuentro,
algunos recobran un poco de la libertad suspen-dida y otros nos acercamos a la
vida en la cárcel.
En las proximidades del adentro
Concebir al ámbito carcelario como el espacio de lucha, nego-ciaciones y
tensiones, lugar donde se configura la identidad de de-terminados sujetos, nos
lleva a pensar la comunicación en la cárcel desde una mirada reflexiva acerca
de las condiciones concretas de existencia en las cuales los sujetos dan
sentido a sus prácticas.
La vida carcelaria misma o las diversas formas de procurarse ciertos
goces son –de alguna manera directa o indirectamente– co-nocidas en las calles
y en los barrios marginales. La cuestión delic-tiva –su gente, su dinámica, su
lenguaje, etc.– forma parte de las relaciones entre amigos del barrio,
hermanos, primos, conocidos.
Palabras de Mario.
Esta expresión, para los internos de la U.P., hace referencia a
cualquier tipo de salida hacia el exterior de la institución. Ésta puede ser
real (física) o bien relacionada a despejar la mente y lograr abstraerse por
unos instantes del encierro.
76 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
Es decir, los prisioneros se sitúan en un horizonte cultural que va más
allá de los muros: incluye la reproducción de la jerga delictiva, el consumo de
drogas, la certeza de la reincidencia, etcétera.
Partimos de la idea de intervención como la posibilidad de “venir
entre”. Venir, estar, llegar a una realidad y sumergirse en ella. Nos interesó
especialmente focalizar los modos en que esta comunidad se organiza y comunica.
En este sentido, encontramos que la comunidad carcelaria se es-tructura
en una forma jerárquica muy marcada.
La mayoría de los internos pronto adquiere la capacidad de ne-gociación
en torno de sus derechos en el convivir diario. Esta nego-ciación tiene que ver
con los roles que se establecen en torno a la posición que ocupen en la
“jerarquía tumbera”.
El escalafón ubica en primer lugar a los ladrones, luego a los homicidas
y en tercer lugar a los “violadores”, incluyendo en esta categoría a los
culpables de abusos de menores y a los “matamujer”. Es así que en la escala de
poder que se constituye intramuros, el la-drón es rey, sobre todo quien posee
una trayectoria de “raids” (giras de robo nocturno) y/o se le adjudique una
reconocida participación en motines.
Como en el mundo mercantilizado, en el penal quien más bienes materiales
posee, más poder ejerce, dados los beneficios que esto supone y la mejor
calidad de vida que se logra. Por lo tanto, la activi-dad ilegal ha
acostumbrado a la mayoría a ciertos fetiches instalados en nuestro país en los
años noventa: la tecnología de punta, las za-patillas y la ropa de marca, entre
otros.
Estas jerarquías ponen en funcionamiento la vida del penal, los
intercambios, las protecciones, etc. Nuestra tarea en esta interven-ción ha
apuntado a desnaturalizar esta trama, hacerla visible y tratar de que no se
reproduzca en el trabajo en el equipo. En La Hora Libre, “todos tenemos algo
para decir”, más allá de las razones por las que nos hallamos en ese mundo
gris, más allá de las carátulas, de los prontuarios, de las vueltas de la vida…
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 77
En cada encuentro de comunicación nos olvidamos de nuestra situación y
somos personas que de a poco vamos cambiando nuestra forma de pensar y actuar
con el uso de la palabra.
El grupo que se formó es muy bueno, ya que en él encontré la mayoría de
los puntos planteados el primer día; a pesar de que estamos en una cárcel y no
es fácil llevar adelante, sobre todo el compañerismo que hay en este equipo. Lo
de la radio abierta me pareció fantástico ya que nunca antes había estado con
un micrófono hablando frente al público; pensé que iba a salir cualquier cosa,
pero salió demasiado bien, a pesar de que fue la primera vez que lo hicimos, y
siendo que la mayoría de nosotros no teníamos ni noción de conducir una radio.
Comunicadores y educadores ¿hacia dónde?
Plantear un espacio de comunicación significa pensar en una propuesta
educativa; un proyecto que contribuye a un intercambio, a una transformación
mutua.
Teniendo en cuenta este colectivo –jóvenes semianalfabetos en su mayoría
y alejados de toda institución educativa formal– apela-mos a los lineamientos
de la educación popular. En este sentido, la comunicación comunitaria se ha
alimentado de los principales conceptos de Paulo Freire, quien aportó una
visión transformadora para pensar la comunicación y la educación como diálogo y
mutuos aprendizajes.
Freire reconoció en el diálogo la posibilidad de promover las
transformaciones sociales trabajando con sujetos oprimidos, princi-pales
víctimas de la injusticia y la violencia social.
Entendemos que esta concepción nos permite por un lado, acer-carnos
reflexivamente a la función actual de las cárceles y su dis-
Palabras de Guido.
Palabras de Misael.
78 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
positivo disciplinario, su población y el rol de la educación en este
contexto y por el otro, intercambiar y distribuir capital cultural,
so-cializando distintos saberes –para vivir, para pensar, para crear tanto en
el encierro como en libertad.
Entablar y facilitar una relación dialógica entre estudiantes y
gra-duados de una Universidad y sujetos privados de su libertad, con-denados
por hechos delictivos, presenta desafíos interesantes. ¿Qué tenemos en común?
¿En qué zona de experiencia nos podemos en-contrar para producir juntos? ¿Qué
objetivo podemos compartir?
En esta búsqueda de un objetivo y significados comunes hemos apelado a
varias herramientas de expresión –fundamentalmente a las actividades lúdicas– a
fin de establecer un clima de comuni-cación, ya que “la mirada hacia los
aspectos lúdicos y expresivos muestra también otra posibilidad de aproximación
a la comunidad” (Carballeda A., 2002:122).
Como “niños”, los adultos podemos descubrir nuevas dimensio-nes jugando.
“Jugar implica ‘fundar un orden’, desarrollar actitudes y conductas diferentes
de las habituales que posibilitan otra forma de vinculación con el mundo, la
vida social y la trama de significa-ciones de ésta. Cada acercamiento lúdico a
la realidad genera inte-rrogantes, origina nuevas inquietudes e impulsa formas
de relación o construcción de lazos sociales. Un acercamiento lúdico a la vida
cotidiana presupone, entonces, tanto la generación de interrogan-tes, como,
especialmente, la creación de nuevas formas de relación con los otros”
(Carballeda A., 2002:130).
Las dinámicas expresivo-teatrales y los juegos posibilitan “libe-rar”
aquello que tenemos en común y lo que nos hace diferentes en un clima de risas
y distensión donde “hacer el ridículo” es la regla y donde nos despojamos de la
incomodidad. Asimismo la animación sociocultural y las técnicas de la expresión
plástica facilitan el diálo-go y la escritura.
Los juegos, junto a los dibujos y los collages nos permitieron conocer
no sólo la manera en que los presos viven cotidianamente –los “ranchos”, las
visitas, las formas de matar el tiempo, los consu-
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 79
mos, los castigos–, sino también la conformación de sus familias, su
origen barrial, sus intereses, sus sueños y sus proyecciones más allá de los
años de encierro.
En este marco siempre intentamos fortalecer los vínculos gru-pales, y
promover las expresiones colectivas, poniendo en juego los valores que cada uno
tiene, más allá de las “cargas pesadas” y estig-matizantes con las que
convivimos. Al construir una relación grupal basada en la confianza y en la que
“lo que es del grupo queda en el grupo”, procuramos escuchar lo que se dice y
también lo que circula por lo bajo.
María Cristina Mata observa que la tarea de la comunicación co-munitaria
tiene que ver con “saber escuchar los murmullos y luego lograr que se
transformen en voces: esa fuerza que se cobra cuando uno puede decir quién es.
Ese murmullo puede convertirse en soli-daridad. Ese murmullo aglutina, permite
aprendizajes”.
Por otra parte tratamos –en lo posible– de poner en otro lugar los
momentos de las “confesiones personales” donde los internos desahogan sus
pesares o intentan justificar sus acciones pasadas. Estas “confidencias”, sin
embargo, se transforman en una oportunidad de aproximarnos a comprender sus
historias y condiciones de vida.
De esto se trata “La Hora Libre”, un espacio para encontrar/nos en la
diversidad, para repensar/nos como sujetos creativos y para es-tablecer nuevos
vínculos comunicacionales. Un camino que siempre está empezando.
Palabras sueltas que hacen libres
¿Cómo y qué pensamos de inter-venir desde la comunicación co-munitaria y
la educación popular en un espacio de encierro donde los dispositivos de
intervención instalados históricamente se orien-tan desde la coerción y la
censura?
Mata, María Cristina. “Experiencias y prácticas de comunicación
comunitaria en pos de la palabra y la visibilidad social”, en esta edición.
80 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
Es en este marco de prácticas de violencia institucional,
discrimi-natorias y estigmatizantes donde nos preguntamos por los posibles
indicios de ruptura o superación de esas dinámicas y tramas preexis-tentes. En
este sentido intentamos indagar y observar –para luego proponer y potenciar–
aquellos “gestos” no violentos que permiten ciertas transformaciones subjetivas
y grupales; acaso ciertos corri-mientos en palabras y lenguajes, de la propia
imagen internalizada y limitante de “preso” que orienta a su vez las formas de
ser, estar y hacer de los sujetos en reclusión.
Desde esta perspectiva, creamos vínculos cuya tendencia consiste en
romper con una subjetividad reducida a la mera condición de re-clusos,
permitiendo así a los sujetos tomar distancia y/o diferenciarse de los estigmas
que portan y soportan, al momento que imaginan, creen, generan expectativas,
consideran opciones y, hasta en algún momento –por mínimo y fugaz que sea–, se
proyectan.
El taller de comunicación (...) me pareció “genial” porque surgió de un
grupo, de jóvenes que tuvieron voluntad de hacerle saber a la gente que desde
acá también podemos comunicarnos aunque estemos privados de libertad. Con La
Hora Libre, aprendí a expresar el chamuyo para bien porque me di cuenta que se
puede lograr mucho más... Nos podemos dar cuenta que una parte de la sociedad
todavía cree en nosotros.
“Todos tenemos algo para decir” ha sido, desde el principio, el enun-ciado
que nos habilitó a que el discurso de todos comience a circular. Esto último,
consiste en un trabajo nunca acabado ni exento de con-flictos que debe generar
sus propias condiciones de posibilidad.
Creer y confiar en los otros es un aspecto sustancial para la
cons-trucción de esas condiciones en función de una constitución colecti-va del
vínculo en tanto que actividades significativas y espacios alter-nativos.
También lo es la búsqueda constante, crítica y reflexiva, del sentido de
nuestra práctica como edu-comunicadores. Práctica que se despliega en constante
confrontación con los propios estigmas,
Alberto.
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 81
identificaciones, autovaloraciones y concepciones acerca de lo que somos
y hacemos.
Pensamos aún que el sentido político de nuestras “acciones” pasa por
generar esas posibilidades de enunciación y expresión. Y que éstas, en gran
parte, nacen de la predisposición al diálogo y a las escuchas donde se tejen
imágenes, enunciados y vínculos que, como ya afirmamos, van más allá del
contexto de encierro y de las repre-sentaciones dominantes encarnadas en los
hábitos cotidianos.
Por otra parte, sumado a lo que podamos producir en La Hora Libre –como
proceso de construcción progresivo de otras formas de comunicarnos al interior
del grupo y del penal–, hallamos uno de los objetivos del proyecto: construir
otra “imagen pública del preso”. En este sentido, las radios abiertas, la
publicación de la fotonovela construida con personajes de plastilina y el mural
comunitario, han apuntado a cumplir ese objetivo a través de la visibilización
del pro-tagonismo ejercido por los sujetos participantes del taller en
activi-dades expresivas y creativas alternativas.
Ahora bien, una de las tantas preguntas que nos hacemos es cómo lograr
aportar a un proceso de orden político más amplio que esté a favor del
desarrollo de los sujetos en comunicación, y en contra de la discursividad
“enmohecida”, es decir, de las rígidas prácticas carcela-rias que hacen
superfluo al sujeto-humano y que van en detrimento de las “autonomías”
individuales y colectivas, teniendo en cuenta las condiciones
socio-históricas-institucionales heredadas ya aludidas.
El trabajo de estos años en un contexto de encierro, nos ha per-mitido
ampliar el horizonte de nuestra práctica en comunicación comunitaria. Las
experiencias artísticas –literarias, artesanales, tea-trales– y la posibilidad
de iniciar carreras universitarias en el ámbito de las cárceles de nuestro país
conforman un mapa de prácticas que nos muestran caminos iniciados y ya
consolidados que, si se “conec-tasen” entre sí, quizá contribuyan a dilucidar
en parte la pregunta anteriormente esbozada. Nuestra intervención en la cárcel
de Paraná está intentando construir un camino en esa dirección, una práctica
que pueda consolidarse reflexionando desde la perspectiva –tam-bién siempre en
construcción– de la comunicación comunitaria.
82 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
Referencias bibliográficas
Carballeda, A. (2002). La intervención en lo social. Exclusión e
integra-ción en los nuevos escenarios sociales, Editorial Paidós Tramas
Sociales. Buenos Aires, abril de 2002.
Foucault, M. (2002). Vigilar y Castigar y Los Anormales, Siglo Veintiuno
Editores, Argentina.
Lewkowicz, I. (2008). Pensar sin Estado, Ed. Paidós, Buenos Aires.
García Yomha, D. y Camaño, C. (2006). Manual Práctico para defen-derse
de la cárcel, Instituto de Estudios Comparados en Cs. penales y sociales,
Buenos Aires.
Pensando en común I*
Comunicación en contextos de Reclusión
“PONER EL CUERPO”: REFLEXIONES SOBRE LA INTERVENCIÓN
- ¿Qué espacios de trabajo interno
se dan grupalmente para poder asimilar y recanalizar la violencia institucional
que circula en estos espacios y que son muy impactantes para el cuerpo y la
mente? Personalmente, creo que uno se cansa, porque como ser humano tenemos
límites.
- Yo, en cambio, considero que
nunca te cansás. Se trata de un proceso donde van surgiendo cosas nuevas a
partir de, en nues-tro caso, los antecedentes que nos transmiten formas de
trabajar. No contamos con un sustento económico para financiar nuestro proyecto.
Ni el Estado ni ninguna otra institución nos da dinero. Pero independientemente
de ello, el trabajo compromete, y es cuerpo y alma. Y más allá de que
dependamos de un área de la Facultad, nuestro trabajo se define por la fuerza
que ponemos en él. Intentamos crecer y utilizar el material con el que contamos
y también apostamos a la formación de personas para incorporarlas al proceso.
Valoramos mucho el interés que se pone en el trabajo. No priorizamos un sueldo.
- Nosotros podemos hablar de dos
tipos de experiencias. Una en la cárcel de mujeres con un trabajo de más de dos
años, de frecuencia semanal sin interrupciones. Comparto en parte lo que dice
la com-pañera pero considero que necesitamos por momentos realimentar-nos. Es
decir, hay tiempos en que se producen crisis, momentos que son desagradables
porque se traducen en un estado de impotencia,
* Espacio de intercambio
correspondiente a la Mesa de Trabajo “Comunicación en espacios de Reclusión”,
de las Segundas Jornadas de Comunicación Comunitaria (Paraná, 8 al 10 de
noviembre de 2006; Área de Comunicación Comunitaria - Facultad de Ciencias de
la Educación - Universidad Nacional de Entre Ríos). La falta de identificación
de las intervenciones obedece a las limitaciones propias del registro de audio.
84 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
en el que pensamos que estamos frente a una muralla que no pode-mos
saltar porque ya no nos quedan más energías. De todas formas ponemos la
búsqueda, la palabra, el oído, la intención... Pero al sentir que las energías
se nos van agotando tuvimos que ir encontrando una solución para nutrirnos y no
dejar caer los esfuerzos y lo ya con-cretado. Esta solución es compartir, para
luego proseguir. Compartir con personas con las cuales se puede entablar cierta
simpatía. Esas personas bien pueden ser los internos. Éstos devuelven de
diferentes maneras lo que se pone en juego en las experiencias. Pensamos que el
trabajo es agotador y por ello se vuelve necesario hablar y trabajar con gente
que pueda comprenderlo. En general, una de las batallas más arduas es contra el
“vos también, dónde te vas a meter…”. Es decir, contra todo lo que implica ese
enunciado: sus significados, sus contextos referenciales… “¿Por qué no te
quedás con tus hijos, por qué no hacés jardín o por qué no dormís la siesta?”,
como si todo eso fuera más productivo que ir a una unidad penitenciaria a
tratar de crear desde la literatura.
- En nuestro caso, todos tratamos
de escribir después de haber ido al Penal, para conformar un registro. Esto
sería una parte impor-tante que hace a la contención del grupo. Leer y charlar
nuestros registros, compartirlos, deviene fundamental para recobrar fuerzas a
la hora de volver al Penal. Es decir, el mantener un intercambio fluido entre
nosotros, sobre cómo vivimos y cómo nos afectan las experiencias, es
absolutamente necesario para que se nos vayan un poco las sombras de la cara.
- Nosotros también le damos
importancia a la conversación. Pero tuvimos que incorporar a la psicóloga del
penal porque teníamos casos que no alcanzábamos a comprender. Había dos
internos que jamás entregaron nada y el problema era que había que otorgar certificados
avalados institucionalmente. Lo que nos ayudó en ma-teria de contención al
interior del proceso fue el mutuo apoyo entre nosotros y el aporte de la
psicóloga, que nos dijo que les otorgáse-mos los certificados a los dos
internos, argumentando que son dos personas sistemáticamente castigadas por
mala conducta y que desde que se estaba dictando el taller nunca más fueron
castiga-dos. De alguna manera, también el taller servía de contención si
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 85
pensamos en otras funciones institucionales, más concretamente, de la
institución carcelaria.
- Me parece importante rescatar un poco la cuestión de la
vulnera-bilidad de los diferentes sectores. Para mí esto es un trabajo
apa-sionante. A mí me llenan de energía las demás personas, la energía está en
la gente. Por ahí el trabajo implica amarguras y oscuridad; pero también hay un
involucramiento con el trabajo en la cárcel, lo que sería un elemento de
satisfacción no sólo laboral sino a nivel personal. Yo tengo amigos, afectos en
la cárcel. Y además me pare-ce interesante que, por ejemplo, mis hijos chiquitos
conozcan esa realidad desde ahora.
- Me parece fundamental la
cuestión de poner el cuerpo. Nosotros somos un grupo de trabajo conformado por
seis personas. Sin em-bargo, hay muchísimos proyectos que se van dando al mismo
tiem-po a lo largo de un año. Es menester señalar que en estos procesos se
transforma en algo importantísimo la contención –diría obliga-toria– entre los
grupos. Se trata de una contención intergrupal que activa a todo el mundo y que
hace que las personas que participan en un proyecto determinado se interioricen
en los proyectos de los demás, precisamente mediante esa contención. En las
reuniones enseguida se visualizan ese tipo de cuestiones. Ponerle el cuerpo,
estar, ayuda a visualizar los malestares anímicos y así generar una contención.
La necesidad de la misma se expresa en la búsqueda y elaboración de estrategias
grupales de contención. Ponerle el cuerpo a las situaciones adversas, si bien
desgasta, también es una estrategia grupal que genera compromisos y realimenta
energías. Poner el cuerpo se da cuando al trabajar lográs una conexión con lo
que estás haciendo.
- Creo que podemos hablar de
“poner el cuerpo” en otro sentido. Poner el cuerpo en relación a un afecto, a
un cariño, a una conten-ción, a un abrazo… Somos gente que valoramos el estar
cerca del otro. Por eso, cuando vamos a coordinar talleres generamos dis-tintos
vínculos que tienen que ver con el poner el cuerpo desde lo que sentimos y no
meramente desde lo que rige una obligación a realizar una determinada tarea que
obliga al cuerpo a estar de un modo más definido o reglamentado.
86 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
- Yo quería decir con relación al
cuerpo dos cosas. Por un lado, sa-bemos que los cuerpos, en circunstancias como
las que venimos describiendo y comentando, se alimentan de adrenalina. La
acti-vidad nos genera esta cuestión de que todo el tiempo que le dedi-camos
resulta ser poco. Además, las personas que trabajamos en esto nos alimentamos
de otros cuerpos, a través del lenguaje que éstos expresan. Dentro de la
cárcel, por ejemplo, antes de poner a consideración del público más masivo el
documental sonoro, en una primera instancia ofrecimos el mismo a la escucha de
los pro-pios internos, para ver qué opinaban ellos al respecto, si se sentían
reflejados, o si había algo que ellos preferían que sacásemos, etcé-tera. De
esta manera, nos alimentamos de eso, así como también de ponerle el cuerpo a la
sensación de no dar más. Resulta más fuerte por su importancia el ímpetu de
querer registrar la experien-cia, para que quede de alguna manera; en el
sentido de que pueda transformarse en un antecedente y en una política
comunicacional dentro de una oficina de prensa. Y para que a su vez vaya más
allá del voluntarismo.
- Me quedé pensando en lo que
implica poner el cuerpo. Por un lado, en el Área de Comunicación Comunitaria
trabajamos en grupo. Esto significa que al trabajar en grupos de contención y
de complementación, lo que nos proponemos se hace viable, factible de concretarse
y de prolongarse en algún proceso. De lo contrario, es decir, sin la contención
y la complementariedad grupal, se haría mucho más difícil, sino imposible,
trabajar. Por otro lado, siempre estamos intentando dar o elaborar algún tipo
de comprensión in-telectual a lo que nos está pasando, al proceso en el que
todos esta-mos implicados. También es una cuestión fundamental el cómo, de qué
maneras sostenemos el proceso en términos emocionales, psi-cológicos e
intelectuales. Y desde luego, de qué forma sostenemos nuestro trabajo y
nuestros ánimos desde un punto de vista más técnico, es decir, desde lo
profesional. Tratamos permanentemen-te de sacar a la luz el caso que estamos
viviendo, problematizar la teoría.
Esto último consiste en la realización de una lectura mensual de un
texto de referencia. Se trata de la construcción de un espacio en el
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 87
cual discutimos ese texto, desde el caso o la experiencia que cada uno
está llevando a cabo dentro del marco de un proyecto determi-nado. La idea es
que esta iniciativa que ahora ha decaído un poco, se sostenga en el tiempo.
Pienso que intentar comprender, teorizar o pensar la propia visión de/en la
práctica, es también un modo de ayudar-nos a poner el cuerpo. Es decir, tampoco
podemos poner el cuerpo en un sinsentido. Por el contrario, el cuerpo se pone
en un marco de comprensión, de sentidos que hacen a la respuesta del por qué lo
ponemos, hasta dónde podemos ponerlo, etcétera.
Respecto a lo emocional que nos sucede, este año estamos, desde el ACC,
pensando seriamente en plantearnos para el año próximo la existencia de un
espacio con un tercero, donde nosotros poda-mos trabajar desde ese punto de
vista emocional. O sea, trabajar todo aquello que traemos o cargamos de los
talleres y demás expe-riencias o situaciones. Estas cuestiones que estamos
pensando, no están contenidas solamente en una dimensión del pensamiento, en el
sentido de que están en nuestras cabezas sin relación alguna con la práctica.
Se trata de un modo de producir teoría que no es sólo de la “cabeza” por
decirlo así. En otras palabras, producir teoría en este marco sería un modo de
comprensión de la práctica.
- Me parece que los grupos que
estamos acá, estamos viviendo en un clima muy emocionante. Siento que ponemos
mucho el cuerpo y que por ahí la distancia que tomamos con las personas con las
que trabajamos es más bien una “distancia cercana”. La violencia, el encierro,
las cárceles, los abusos, la locura, entre otros temas, son todos muy
difíciles, muy contaminantes. Me parece que amamos lo que hacemos y que
queremos seguir haciéndolo, pero la mochila y la contractura al trabajar con
esas problemáticas también son reales. Muchas veces hacemos esto por una
cuestión que obedece a una militancia más que a una profesión, en el sentido de
que cobramos poco o nada por lo que hacemos. Esa mochila se nos va instalando
en el cuerpo, y se nos instala en forma de síntoma. Es una mochila que se
expresa en el cuerpo. Entonces, si no nos damos o construimos espacios
sistemáticos de autocontención, de aprendizaje colectivo y de trabajo en
equipo, el trabajo se hace más difícil y las contracturas se expresan en los
cuerpos. Por lo tanto, las personas que trabajamos
88 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
en comunicación comunitaria, en educación popular, o como deno-minemos a
nuestras prácticas, necesitamos de ese espacio al menos de vez en cuando, en el
cual podamos descargar todas las tensiones que acumulamos. Más aún, si tenemos
en cuenta que tratamos con temas y problemáticas que son contaminantes, y que
toda contami-nación tiene una relación directa con nuestra salud, por ende, con
nuestro bienestar físico y metal.
- Un modo propicio de aportar, acaso el único, es ejercer con la
prác-tica aquello que hay que ejercer con cualquier tipo de práctica que quiera
construir conocimiento, lo que a su vez implica un enorme y radical
distanciamiento. Si no podemos distanciarnos de la prácti-ca, difícilmente
podremos aprender. Para aprender es necesario ver la práctica como práctica del
otro, es menester abstraer y distan-ciarnos aunque sea por un momento, para así
retornar y enterrar los pies en las realidades que nos involucran y
comprometen. De lo contrario, difícilmente podremos generalizar y ofrecer
construccio-nes para otros. La pregunta fundamental sería: ¿cómo pongo algo
entre medio de la práctica y de mí? No quiero creer que la práctica de la
comunicación comunitaria en lugares de encierro sea mucho más riesgosa y
terrible que otras prácticas profesionales. No com-parto ese tipo de
caracterización.
III. Por el camino de las memorias…
LAS REDES MÁGICAS DE LA MEMORIA:
Memoria y tradición oral
en las leyendas populares*
Néstor Ganduglia
El muro torcido
Hace un par de años realizábamos una jornada sobre el tema “La tradición
oral en una educación para la diversidad cultu-ral”, con docentes de la ciudad
de Paysandú. Allí tuve la fortuna de
aprender un montón de historias mágicas nacidas desde el misterio del
río y del heroísmo de la resistencia, pero ninguna me dejó huella tan marcada
como la que me contó un señor mientras caminába-mos por la ciudad luego de
finalizada la jornada. Él me señaló una esquina donde hay ahora un edificio de
ladrillos rojos y reciente construcción. Allí, según me decía, hubo hasta no
hace mucho tiem-po atrás una casa viejísima pero hermosa. Sin embargo, estaba
tan descuidada que el primero que puso la plata suficiente convenció enseguida
al municipio de que había que tirarla abajo para cons-truir allí algo nuevo.
Cuando los obreros empezaron a excavar para hacer los cimientos del nuevo
edificio, se encontraron con un hueco en la tierra y de allí empezaron a sacar huesos
humanos y armas antiguas. Llamaron inmediatamente al capataz, quien empezó a
sa-car cuentas. Pensó: “si yo aviso esto, primero viene la policía, después la
* Conferencia ofrecida en el marco
de las Segundas Jornadas de Comunicación Comunitaria (Paraná, 8 al 10 de
noviembre de 2006; Área de Comunicación Comunitaria - Facultad de Ciencias de
la Educación - Universidad Nacional de Entre Ríos) y revisada para esta
publicación.
92 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
técnica, después vienen los antropólogos, después vienen los
historiadores, después los periodistas, y yo tengo un contrato que cumplir”.
Entonces, su orden fue: “¡Metan todo eso pa’dentro, déjense de joder, y hagan
el muro!”. “¿Cómo? ¿Está seguro?”, preguntaron los obreros. “Sí”, con-testó él.
Los obreros, entonces, cuidadosos de su trabajo, metieron todo aquel hueserío
adentro y efectivamente allí comenzaron a le-vantar los muros que serían el
cimiento del nuevo edificio. Resulta que cuando el muro empezó a crecer, más o
menos un metro, metro y medio, lo midieron con la medición que requieren estos
casos, y descubrieron que estaba torcido. Vino el capataz, con bronca, y les
dijo “tiren todo eso y levanten un muro como la gente”. Así lo hicieron,
picaron todo, y empezaron a levantar el muro de nuevo. Un metro, metro y medio,
más o menos... torcido otra vez. El capataz reaccio-nó: “me están tomando el
pelo”. Se hartó, los echó a todos, y trajo una cuadrilla nueva. Y les dijo
“bueno, la tarea de ustedes, hermanos, es tirar todo esto y hacer un muro como
la gente”. Tiraron todo abajo, levantaron el muro, metro, metro y medio...
torcido. En la cuarta vez recién lograron que el muro fuera lo suficientemente
derecho como para funcionar como cimiento del nuevo edificio. Pero para ese
entonces, en todo Paysandú y alrededores estaban enterados de que ahí abajo
había algo.
Me parece fascinante la alegoría que esta historia entraña en tor-no a
las funciones de la memoria. Nuestra cabeza occidental, en tan-to mentalidad
conquistadora, suele imaginar que la memoria es una especie de sujeción al
pasado, lo cual es un grave error. La historia del muro de Paysandú es como si
nos estuviera diciendo lo siguiente: sobre un cimiento tan frágil no puede
levantarse un edificio sólido. Esto es lo que nos está diciendo el relato: sin
memoria, no hay pro-yecto. Toda memoria social es el cimiento de un proyecto de
futuro. Esto transgrede claramente la noción de tiempo que tenemos
natu-ralizada en esta racionalidad dominante, que es la nuestra.
¿Qué es, entonces, la memoria? Lo primero que tenemos que hacer, a mi
modo de ver, es repensar el propio concepto y el sentido que tiene para, desde
allí, empezar a dibujar cuál es el verdadero territorio del trabajo en el que
estamos, y cuáles son los auténticos desafíos a los que nos estamos
enfrentando.
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 93
Las memorias colectivas
Podríamos señalar un conjunto de soportes de las memorias co-lectivas,
de las memorias populares y comunitarias, que responden a un sentido de la
memoria selectiva: una cuidadosa selección de las experiencias y aprendizajes
de la comunidad que sirven para cimentar un determinado proyecto de futuro. Nos
encontraríamos con que el trabajo con la memoria multiplica no sólo la
extensión de su territorio (en relación con el que usualmente le asignamos, de
mera “mirada al pasado”), sino también el sentido de su desarrollo en términos
de contribución a los procesos de cambio social.
Yo vengo de Uruguay, un país que todavía está luchando por empezar a
comprender cuál debe ser el verdadero lugar de las me-morias en los procesos
históricos. Lo estamos haciendo, me pare-ce, de la forma más dolorosa de todas.
“Memoria” todavía significa en nuestros países, y creo que con buen criterio,
un concepto muy fuertemente asociado a las atrocidades relacionadas con la violación
de los Derechos Humanos durante las últimas dictaduras militares. Aquellos
hechos representaron una fractura tan profunda, que nos obligó a repensar cuál
es el lugar de la memoria hoy y, sobre todo, cuál debe ser el lugar reservado
para la memoria en nuestras socie-dades contemporáneas. Por supuesto que
nuestros problemas con la memoria son mucho más viejos de lo que a veces
sospechamos. Han sido muchas las fracturas que tendremos que intentar
recomponer ahora a través del trabajo con las memorias. Pero no deja de ser
va-ledero empezar por estas últimas.
La memoria puede, entonces, cobrar mil formas. Las tradiciones orales
son buen ejemplo de los dispositivos sociales que los pueblos implementan para
atesorar su memoria más cara. En este sentido, las memorias populares jamás
guardan cualquier cosa al azar, nunca son arbitrarias, porque toda memoria es
necesariamente el producto de un diálogo de significaciones. Si un contenido no
posee carac-terísticas de trascendencia que movilicen el diálogo en torno suyo,
simplemente se extingue en el olvido.
Podríamos pensar en términos de historia oral; un concepto
re-lativamente nuevo, al menos en su aplicación sistemática, que trans-
94 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
grede en sí mismo lo que todavía siguen siendo parámetros domi-nantes de
la historia como ciencia. Asimismo, se trata de un concepto que está muy
fuertemente asociado al campo social, a las historias de vida. Seguramente
porque la existencia de una comunidad se constituye a partir de los aportes de
las múltiples historias de vida; porque para explicar cómo es o era la vida en
una comunidad, nada mejor que aludir a esas raíces que permiten dilucidar el
entramado socio-histórico en el que se desarrolló. En toda historia de vida hay
indicios de una historia de la comunidad, así como en toda historia de la
comunidad conviven múltiples historias de vida.
De alguna manera, hay como una suerte de “nostalgia” en esta forma de
abordar el relato de la historia de una comunidad específi-ca. Pero un sentido
especial de nostalgia, una nostalgia hacia adelan-te. Porque, en definitiva, la
nostalgia no es hacia atrás. Es la depre-sión la que va hacia atrás. Es como si
las personas de una comunidad dijeran: “Ése es el modo de vida, el modo de
relación comunitaria, que nos gustaría proponer para el futuro de nuestra
comunidad”. Es como si en aquella simple respuesta estuviesen haciendo,
simul-táneamente, una crítica a los procesos modernos de banalización y zapping
vincular en las comunidades, especialmente las urbanas, más expuestas a las
virtualidades, las aceleraciones de la vida cotidiana y el bombardeo de
información.
¿Cuál es, entonces, la relación entre historia oral e historias de vida?
Todo testimonio de una historia de vida supone, en realidad, una articulación
entre la verticalidad personal y la horizontalidad comunitaria. Las historias
de vida sirven no sólo para saber cómo fue la vida de alguna persona en alguna
situación social, sino tam-bién –y fundamentalmente– para dilucidar el
entramado social e histórico en el que esa vida se desarrolló. Es decir: en
toda historia de vida hay indicios de una historia de la comunidad, así como en
toda historia de la comunidad conviven múltiples historias de vida.
Ésta es apenas una de las modalidades o soportes de memoria colectiva
oral. Hay, además, muchos otros soportes –de los cuales sólo vamos a poder
nombrar algunos pocos– que a menudo no con-sideramos como tales, y que
extienden notablemente el territorio de trabajo en el que nos estamos
aventurando.
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 95
Ritualidades, territorios, devociones
Las ritualidades constituyen un soporte de memoria colectiva, plenas de
significados y de sentidos. Muchas veces no consideramos la dimensión social
que ellas encarnan. Inclusive, a menudo restrin-gimos el término ritualidad y
lo remitimos a ciertas prácticas mágicas que son propias de los pueblos
originarios y que desarrollan perió-dicamente en sus comunidades. Como si ello
fuera poco, tenemos tendencia a considerar las ritualidades como cosa ajena, no
propia de ciudadanos modernos. Pienso, en este sentido, en algunas cere-monias
mapuches, que en buena medida tienen que ver con rituales de reciprocidad en
los que se sostiene la modalidad de vinculación comunitaria al mismo tiempo que
se sella el pacto solidario con la tierra, lo que –en síntesis– define a la
comunidad mapuche en su conjunto. Sin embargo, solemos olvidar las
significaciones de dichas ritualidades, porque a pesar de ser tan visibles no
dejan de resultar-nos ajenas.
El mate, para mencionar un ejemplo concreto, no es solamen-te una bebida
o una infusión: es un ritual, del mismo modo que el asado se ha convertido en
un ritual. Todos y todas participamos cotidianamente en un conjunto de rituales
que sostienen determina-dos contenidos. Habitualmente olvidamos cuáles son esos
sentidos y contenidos, a los cuales deberíamos prestar mayor atención, pero de
igual forma participamos en ellos. Porque además de individuos –que es lo que
tenemos presente que somos– también somos comu-nidad y respondemos a las
necesidades comunitarias, aun cuando nuestra racionalidad no nos permita
comprenderlo fácilmente.
Por otra parte, la noción de territorialidad que los pueblos cons-truyen
es también un soporte de memoria colectiva, en el cual de-beríamos focalizar
cada vez más. Para citar un ejemplo, en el sur de Panamá vive todavía el pueblo
de los kunas, en una zona marcada-mente selvática. Los kunas, curiosamente,
fueron el primer pueblo de este territorio que logró su autonomía social y
política, con sus propias formas de justicia y organización política
reconocidas por el Estado. ¿Cómo lograron semejante victoria? Estamos hablando
de Panamá, el país del canal, un territorio entrecruzado por los más po-
96 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
derosos intereses del mundo. Los kunas no lograron su autonomía porque
tuvieran un ejército sofisticado, o porque representaran una amenaza muy seria.
¿Cómo lo lograron, entonces?
Cuando un niño o una niña kuna nace, sus padres tienen una curiosa
obligación, que consiste en tomar la placenta, ir hasta un lugar secreto –sólo
conocido por ellos dos–, enterrar allí la pla-centa y en ese mismo lugar
plantar un árbol. Los antropólogos dirían inmediatamente: “ritual de ofrenda a
los dioses”. Eso es lo que decimos cuando no tenemos ni la menor idea de por
qué lo hacen. Pero si lo pensamos bien, cada kuna, nace, crece, vive toda su
vida y finalmente muere sabiendo que en algún lugar de su te-rritorio tiene un
hermano árbol. Sin embargo, como no saben con certeza cuál de todos los árboles
es su hermano, verán entonces un hermano en cada árbol. Así se educa un modo de
relación con la naturaleza, y en particular con el territorio, una relación de
fa-miliaridad con la tierra, que hace que cada hombre y cada mujer kuna
defiendan su territorio como a su familia. Una relación que nosotros
-lamentablemente- hemos perdido, atravesados por una racionalidad occidental
para la cual el territorio es sólo una pro-piedad, un dibujo en un mapa,
producto de divisiones, de pactos políticos o conquistas militares.
Estas diversas nociones de territorialidad, tan ricas y tan propias de
cada pueblo, podrían transformar radicalmente los modos de afrontar el trabajo
comunitario, sea en un barrio o en cualquier otro espacio. Incluso, la misma
noción de barrio puede ser transformada radicalmente a partir de nuevos
sentidos del territorio.
Las devociones, por otro lado, también constituyen un soporte de memoria
social. Un soporte que, de alguna forma, santifica o heroíza a ciertos
personajes de las historias comunitarias y los ele-va al rango de personajes de
tradición y sujetos de devoción por ser representativos de lo mejor del
conjunto. Podríamos preguntar-nos, por ejemplo: ¿Por qué el “Gauchito” Gil?
¿Por qué nunca es un “General” Gil, o un “Doctor” Gil? Es el “Gauchito” Gil.
Nada más y nada menos que un gauchito que dejó la vida peleando por la
Federación y que tuvo la espantosa mala suerte de enamorarse de la mujer de un
comisario y acabar degollado en un árbol. Vemos,
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 97
entonces, que hay allí una trasgresión al poder y un ideario de por
medio, y es ésa la trascendencia que cura y sana.
De esta forma, tampoco puede ser casualidad una historia como la de la
Difunta Correa, que es en el fondo –según me parece a mí– una alegoría de quien
vive porque aún después de muerta si-gue dando vida. Como sea, no vamos a
encontrar por allí santos doctores o santos generales. Sí vamos a encontrar
santos bandidos, pero deberíamos preguntarnos por qué. Todas esas devociones
que entrecruzan de punta a punta al territorio de América Latina no pueden ser
solamente una casualidad o el producto de la estupidez supersticiosa de
millones. Es por esto que deberíamos poder enten-der los criterios que
organizan las múltiples memorias populares, porque sin ellos no entenderemos lo
que las mismas nos proponen como proyecto de sociedad.
Tomando mate
La alimentación también constituye un soporte de memoria so-cial, que
transgrede casi violentamente esta moderna era de “fast food”, para la cual
comer es una mera función biológica necesaria para sostener el funcionamiento
de la máquina que somos, razón por la cual cuanto más barato y rápido lo
hagamos, tanto mejor.
Hace algunos años atrás yo trabajaba en la documentación de tradiciones
orales en la costa caribeña de Colombia. Me llamaron mucho la atención algunas
características de sus poblaciones, que conforman una larga franja que sigue en
Venezuela. Poblaciones mayoritariamente de negros y negras. La gente me recibía
siempre, sabiendo que soy un apasionado del tema de las tradiciones, con un
despliegue enorme de sus platos típicos. Y a mí no dejaba de sorprenderme que a
lo largo de esa franja casi todos los platos eran muy distintos entre un pueblo
y otro, y sin embargo tenían dos in-gredientes en común: maíz y yuca.
No tengo la menor idea de cómo es la planta de yuca, porque en mi país
no crece, pero sí tengo perfectamente claro cómo es una planta de maíz y sé
cómo es un plantío de maíz. Por eso me llamó poderosamente
98 ÁREA DE COMUNICACIÓN COMUNITARIA
(COMPILADORES)
la atención recorrer todo el territorio de la Costa Atlántica y no ver
en ningún lugar plantaciones de maíz. Entonces, empecé a preguntarle a la
gente: “¿Dónde está el maíz, que aparece en todos los platos típicos?”. Ellos
me respondían: “Ah no, m’hijo. Acá no hay maíz, porque esto es muy caliente.
Esta lejísimos”. “¿Dónde?”, preguntaba yo de vuelta. “Allá”, me respon-dían,
“allá...”, en el altiplano. “¿Y por qué todos los platos típicos tienen un
ingrediente que les cuesta tanto traer de tan lejos?”, insistía yo con mis
inte-rrogaciones. Pero no obtenía respuesta contundente.
Finalmente terminé dando con un historiador, un negro viejo que me dijo:
“La respuesta a eso que usted pregunta es mucho más in-teresante de lo que se
imagina”. Según me contó, hace más o menos 250 años atrás, hubo en toda la
Costa Atlántica de Nueva Granada una inmensa rebelión de los esclavos negros.
Se comunicaban con tambores, de un lado a otro, en un lenguaje tan fino que
lograron acordar a través de decenas de kilómetros un día y una hora para el
levantamiento, así como también un lugar donde reunirse. Se reunió un gran
grupo que decidió alejarse de la costa porque allí podían ser rodeados con
facilidad. Y tuvieron que caminar continente adentro. Iban descalzos,
prácticamente sin ropa y sin nada que comer. Pronto tuvieron que empezar a
escalar montañas, cruzando fríos y quizás nevadas. Muchos de ellos –sobre todo
los ancianos, las mujeres y los niños– nunca llegaron a su destino. Nadie les
dio alimento ni abri-go, porque sabían que tras ellos vendrían los españoles y
que iban a castigar como traidor a quien les echara una mano. De manera que
tuvieron que recorrer cientos de kilómetros a pie, sufriendo frío y hambre,
además del dolor de perder a su gente en el camino, poco a poco. Los que
lograron escalar las montañas y alcanzar el altiplano se encontraron con la
única población que verdaderamente les abrió las puertas de sus casas,
brindándoles también lo que tenían para comer. Era otro pueblo esclavizado y
perseguido, el pueblo muis-ca. Desde entonces, hace más de dos siglos, los
descendientes de aquellos esclavos rebeldes siguen alimentándose cada día con
aquel episodio de solidaridad entre dos pueblos perseguidos y humillados. No
importa que desde tan lejos tengan que traer su maicito y su yuca. Para ellos,
alimentarse no es meramente mantener las fun-ciones biológicas. Alimentarse es
–fundamentalmente– darse vida y sentido en función de su memoria.
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 99
Así también, deberíamos preguntarnos cuánto hace que se toma mate en
estas regiones. La mayoría de nosotros seguramente res-ponderíamos que hace por
lo menos unos 200 o 400 años. Sin em-bargo, ya existe evidencia suficiente como
para suponer que en rea-lidad hace más o menos 4.000 años que se toma mate en
nuestras regiones. Antes de que alguien en Egipto soñara que alguna vez iban a
construir pirámides, aquí ya se tomaba mate. Ésta es una pregunta que suelo
hacer para señalar hasta qué punto nuestra propia no-ción del tiempo, es decir,
nuestras subjetividades, están coloniza-das. Cuando decimos “¡Uy! desde
siempre”, ¿Cuánto es ese “desde siempre”? Decimos “¡Uy! 200 años, o quizás 300,
como mucho 400”. Nadie pasa de 500. Esto se debe a que ni siquiera podemos
concebir tiempo más allá de la llegada de los conquistadores. El tiempo mis-mo,
para nuestro imaginario aún colonizado, empieza ahí. De ahí para atrás no hay
nada.
Una vez, caminando por Tacuarembó –en el centro de mi país– me encontré
con un maravilloso pensador que me invitó a su casa. Era una casa de barro, un
quincho que él mismo había levantado. Por supuesto, inmediatamente se puso a
preparar el mate. Yo me senté en un banco que había al lado de una mesita y
seguimos con-versando. Él puso, como diríamos en la ciudad, a hinchar la yerba,
en esa mesita al lado mío, con la bombilla y todo. Yo creí que me es-taba
cebando el primer mate, por lo que hice el gesto de agarrarlo. Ahí, por primera
vez en toda aquella mañana, el señor se dio vuelta y me dijo: “¡Chist!... El
primero es para el espíritu”.
Yo le agradezco a aquel señor, porque me enseñó que lo que yo preparo
cada mañana no es meramente una infusión que me le-vanta el ánimo para encarar
el día. Es una invocación a un espíritu. Aunque no tenga convicciones
religiosas, yo sí conozco a ese espíri-tu, porque lo he visto toda mi vida: es
el espíritu de esa cosa ávida y chiquita que se da porque sí. Es una forma de
relacionarse. Es un juego en el que damos algo sin esperar nada a cambio,
porque es el derecho del otro que yo se lo dé. Nada más que eso.
Como ya somos gente grande, no creemos en espíritus, por su-puesto.
Sobre todo porque estamos en el marco de una Universidad. Sin embargo, en todas
esas pequeñas cosas estamos transgrediendo
100 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
–aún sin querer– los parámetros dominantes, a través de nuestras
memorias. El mate, entonces, no es una mera costumbre: es un ritual que sirve
para invocar un espíritu que la gente creó para que se man-tuvieran vivos los
valores que les dan sentido como comunidad; es la cosa chiquita y cálida que se
entrega porque sí, que trasciende dife-rencias de color o clase, que
fraterniza, que acerca, abre corazones y habilita la palabra con toda su magia.
Porque una comunidad sabe bien que cuando esos valores se extingan, ya no podrá
ser más una comunidad. Confieso públicamente que, desde aquel encuentro, ya no
es preparar una bebida lo que hago cada mañana, sino invocar a ese espíritu
para que sea él quien me guíe el resto del día.
El pasado por delante
La memoria es, a la vez, un alimento de identidad. Como ya di-jimos, no
se trata solamente de una conexión con el pasado. Es más bien una crítica al
tiempo occidental. Leonel Lienlaf –un amigazo mapuche– es un poeta del sur de
Chile que se refirió a esto con mu-chísima claridad, cuando hace un par de años
atrás compartíamos el 1er. Foro Latinoamericano de Memoria e Identidad. En
aquella ocasión, él señalaba: “Sólo a ustedes los huincas (es decir, los
blancos) se les puede ocurrir que lo que tienen por delante es el futuro.
Ustedes tienen todo dado vuelta. Allá en mi pueblo dicen, desde los más
antiguos entre los antiguos, que lo que uno tiene por delante es el pasado, por
eso lo puede ver”. Entonces, nosotros le preguntábamos: “Pero, Leonel, ¿y cómo
hacen para construir un proyecto de futuro?”. Ésa era nuestra mayor
preocupa-ción. Él nos miraba como diciendo “a estos blancos hay que explicarles
todo” y nos contestaba: “Sencillísimo. Transformando el pasado”.
Acabamos de esbozar una idea muy familiar para un psicoa-nalista, sólo
que el Psicoanálisis tiene aproximadamente cien años de existencia y esta
verdad mapuche tiene milenios de historia. Si aprendiéramos a escuchar a estos
pueblos, a lo mejor aprendería-mos también muchas cosas que nos están haciendo
falta para afron-tar nuestro propio futuro. Porque la memoria sirve para
restablecer el entramado comunitario de vínculos que sostienen cualquier
posi-bilidad de un proyecto colectivo.
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 101
Yo tuve la hermosa oportunidad de conocer la ciudad de Tartagal, en
Salta. En aquella ocasión fui invitado a trabajar con un grupo am-plio de
personas, en una población que se llama Embarcación, para conducir allí un
taller sobre diálogo intercultural con gente wichí, toba y guaraní. Confieso
que cada vez que tengo la hermosa opor-tunidad de trabajar con gente de pueblos
originarios, me encuentro con el mismo obstáculo: la diferencia en los ritmos.
Uno, pongamos por caso, hace una pregunta a un auditorio de comunidades
origi-narias y lo más común es que se produzca un gran silencio. La gente queda
como con la vista en el horizonte. Eso puede durar dos, tres minutos, cinco,
diez, quince… hasta veinte. Entonces, a uno que vie-ne de la ciudad –donde se
producen pensamientos como si fuesen hamburguesas o zapatillas–, en esos mismos
minutos le pasaron mi-llones de cosas por la cabeza. Uno siente que está
haciendo el papel de tarado, o que no le están entendiendo nada, o que el que
no entiende nada es uno… en fin. Tanto es así, que en la mañana del se-gundo
día de trabajo decidí ser franco y comunicarles esta sensación que tenía. Ni
bien empezó la reunión de trabajo, les dije: “Ustedes no se preocupen,
discúlpenme si me ven ansioso cuando se genera el silencio. Yo me imagino que
tiene que ver con que yo les estoy imponiendo mi lengua, que no es la de
ustedes. Tendrán que hacer traducciones...”. Se produjo, nue-vamente, el largo
silencio. De pronto, una señora de edad bastante avanzada, muy tímidamente
levantó la mano y me dijo: “Mire m’hijo, yo le voy a explicar. Algo de eso hay.
Lo que pasa es que cuando usted nos hace una pregunta, yo primero tengo que
pensar cuál es la respuesta que yo le daría. Recién después yo tengo que irme
hasta allá, hasta donde están mis abuelos, mis ancestros, y preguntarles a
ellos cuál es la respuesta que ellos le darían. Después yo me tengo que ir
hasta allá, hasta donde están wawas, los niños que todavía no nacieron, y
preguntarles también cuál es la respuesta que ellos le darían. Y recién cuando
pueda armar una sola respuesta con las tres, solo ahí le puedo contestar”.
Confieso que me dio un poco de envidia aquella señora, de una comunidad
que carece de casi todo lo que aquí consideramos esen-cial. Recuerdo haber
visto un niño wichí absolutamente extasiado mirando durante buen rato una
canilla de agua abierta. Y sin embar-go yo –que vivo en una ciudad con más de
un millón de habitantes, en pleno centro, donde se mueve gente todo el tiempo–,
reconoz-
102 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
co que cuando tengo que buscar alguna respuesta a una pregunta que la
vida me formula, me siento espantosamente solo. La soledad campea como un mal
epidémico, especialmente allí donde la gente está más amontonada. Terrible
paradoja de nuestra era de las co-municaciones. Nunca antes en la historia de
la humanidad la gente estuvo tan sola como ahora. Estas personas, por el
contrario, han sa-bido sobrellevar su humilde condición mientras sostienen toda
una asamblea interior de varias generaciones de su propio pueblo, de su propia
comunidad, para entre todos dar la mejor respuesta posible a cada pregunta que
la vida les hace.
Las memorias no son objetos de museo, sino cosas vivas, que sirven
precisamente para eso, para contar con aquellas voces inte-riores. Una tarea
aún pendiente para quienes nos hemos convencido de que esas voces no existen,
perdiéndolas para siempre y sumién-donos en la más terrible de todas las
soledades. Esa misma señora, si se va a la ciudad buscando trabajo, no consigue
empleo porque no sabe manejar “Windows”. Hay todo un conjunto de saberes que,
de alguna forma, tenemos no ya que “rescatar” sino más bien que reconocer en
todo su inmenso valor.
Aplicada en estos casos, “rescate” es una palabra que me ha dejado de
gustar, porque resulta que todo lo que yo me propuse rescatar me lo terminé
encontrando en perfecto estado de salud. No necesitaba ser “rescatado” como yo
suponía. Es más, creo que mantenía mejor su estado de salud si yo no me metía a
alterarlo. Lo que sí tenemos que rescatar son nuestros propios oídos, para
aprender a escuchar, y nuestras propias sensibilidades, para apren-der a
trascender los miedos que el trabajo con la memoria nos obli-ga a enfrentar.
Porque trabajar en el campo de la memoria implica, muchas veces, permitir que
otro te mueva el piso, que te modifique varias de las convicciones que han
sustentado tu propia vida. Por eso, aprender a escuchar a menudo es un oficio
doloroso. En es-pecial para quienes sin darnos cuenta, junto con los contenidos
curriculares de nuestras carreras universitarias, hemos aprendido que somos los
portadores de la verdad y que nosotros sí sabemos cómo funciona el mundo.
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 103
La diversidad de las memorias
Yo suelo hablar en plural cuando me refiero a la memoria. Las memorias
pueden ser tan diversas, y a menudo contradictorias entre sí, como los saberes
y las personas. Y es bueno que así sea, porque son representativas de las
sociedades que las generan, sin forzar la unicidad. En el campo de las memorias
no hay una verdad única como en “la” verdad histórica, llamada a ser la memoria
oficial. La historia es también un sustento de futuro, aunque generalmente la
veamos como una mera descripción del pasado. Todo lo que se escri-be en los
libros de historia es, en realidad, un determinado proyecto de futuro. Es el
proyecto que debemos aceptar porque la historia lo dice. Por poner un ejemplo:
¿quiénes estuvieron en la batalla de San Lorenzo? Sólo recordaremos los nombres
de generales, de per-sonalidades políticamente prominentes. No sabemos el
nombre de uno solo de los criollos rasos que dieron la vida allí por un sueño
de país libre. La historia también está repleta de excluidos. Y sobre ese
relato de nuestra historia, no podremos sino concebir una sociedad repleta de
excluidos, donde las personas importantes son los gene-rales y los
políticamente prominentes.
Las memorias, en cambio, difieren de la historia en que son di-versas,
razón por la cual nuestra tarea por delante –si bien difícil– consiste en
adoptar una actitud nueva con respecto a esa diversidad, para reinventarla
cotidianamente. La idea de diversidad cultural no es nueva en el terreno de las
ciencias sociales, pero jamás en la histo-ria humana había alcanzado la
dimensión social, política e histórica que tiene en estos momentos.
La diversidad empezó a ser considerada como merecedora de estudio –al
igual que tantas otras cosas en nuestro pensamiento oc-cidental– cuando resultó
problemática, es decir, cuando se convir-tió en un problema sin resolución para
la mentalidad hegemónica. Entonces, allá por los años ’50, comenzó a decirse
que lo que había que promover era la “tolerancia” hacia el “otro diferente”.
Esa idea inicial pronto cayó a pedazos y se demostró completamente
insu-ficiente, porque la tolerancia con el otro diferente tiene mucho de “me
banco que existas”, de “vos allí, yo acá”. No resuelve el asunto
104 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
en términos de organización de una sociedad diversa, y en cambio puede
llegar a sustentar cosas tan espantosas como el apartheid en Sudáfrica. A la
idea de tolerancia le sucedió la del “respeto”, que por lo menos representaba
un cierto acercamiento, algo un poco más entrañable. Pero también pronto se
demostró insuficiente para dar solución al “problema” de la diversidad.
Yo creo que hoy estamos ante un desafío mucho mayor. Tenemos que ser
capaces de “disfrutar” del otro diferente, sin considerarlo un problema sino,
justamente, una potencialidad. Tenemos que ser ca-paces de permitirnos una
transformación, dejarnos transformar por el otro. Ésa es la tarea que está
implícita en el abordaje de las memo-rias sociales. Porque las memorias
sociales existen, justamente, para erigirse en alternativas de un proyecto
diferente al hegemónico, al que está instalado socialmente. Por ende, este
abordaje tiende a re-mover nuestros propios parámetros, los que nos sustentan a
nosotros mismos y a la posición social que hemos forjado durante toda nues-tra
vida. Además, todas esas diversas memorias sociales, las que no están en los
soportes más visibles o más inmediatos, son las que tien-den a sostener
aquellas memorias a las que más tememos, que son las memorias de lo doloroso.
Esas memorias que son las que más nos cuestan. Las memorias, en este sentido,
tienen una función: sostener los saberes, esperando que la sociedad realice el
proceso para poder tolerarlos, respetarlos y también disfrutarlos,
apropiándoselos.
Motivos para seguir juntos
Cuando hablamos de memorias y decimos que está bien que sean diversas,
es justamente porque las memorias tienden al mismo tiem-po a hacer visibles a
sectores sociales y aspectos de la realidad que han sido subsumidos mediante
distintos mecanismos de poder. Que ya no son necesariamente las armas, sino la
vergüenza y la humilla-ción, por ejemplo. La vergüenza de relatar, y enfrentar,
un pasado. El miedo a ser descalificado, a ser tratado de supersticioso o de
tonto. El miedo a que lo que uno cuenta sea una manera de legarle a sus hi-jos
para siempre, la miseria y la exclusión social en la que uno vivió, como pasa
generalmente con personas de los pueblos originarios. Yo
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 105
he visto muchas familias que ya no le enseñan su lengua a sus hijos, ni
sus tradiciones ni sus saberes, porque temen que todo eso los con-dene –como
los condenó a ellos durante toda su vida y por genera-ciones– a vivir en la más
vergonzosa de las miserias. Redimensionar las memorias sociales es, de este
modo, redimensionar a los sectores invisibles, a los sectores socialmente
invisibilizados.
Pensando, por ejemplo, acerca de la memoria de los inmigran-tes, uno
podría preguntarse: ¿a quién le interesa la forma en que vivían los inmigrantes
italianos hace 80 años atrás? Sencillo: ese conjunto de memorias seguramente
destapará algo que tenga una vigencia absolutamente trascendental en este
momento histórico en el que en la mayoría de los países más “avanzados” (esos
que noso-tros imitamos como modelos de desarrollo), “inmigrante” es una idea
fuertemente asociada con “garronero”, ladrón de empleo o, en el mejor de los
casos, mano de obra baratísima. El trabajo de visibi-lizar la memoria de los
inmigrantes no hace otra cosa que extraer cuidadosamente los elementos del
pasado necesarios para saber que un inmigrante es alguien que viene con toda
una carga de cultura, de saberes, de modos de vincularse social y
comunitariamente. Es alguien que viene con toda una herencia cultural a aportar
lo suyo a sociedades tan fragmentarias y dañadas por la productividad
indus-trial como las de Europa o las de los Estados Unidos. Y lo seguirán
haciendo –felizmente– porque no hay muro ni guardia nacional que sea capaz de
detener semejante proceso migratorio. Mientras haya un sólo latinoamericano o
latinoamericana que no encuentre susten-to digno en su propia tierra, no habrá
muro capaz de detenerlo.
El trabajo con las memorias, en definitiva, es un modo de digni-ficación
de saberes, y por ende de los sectores sociales que los sos-tienen vivos. Y el
trabajo de apropiación social de la memoria, que debe acompañar siempre toda
tarea en relación con las memorias populares y sociales, es un trabajo de
movernos el piso mutuamente y de construir identidad en el sentido en el que yo
prefiero definir a la identidad. He leído decenas de definiciones diferentes
respec-to de qué es la identidad. Muchas de ellas contradictorias entre sí.
Algunas, inclusive, contradictorias consigo mismas. Pero la gente me enseñó a
quedarme con la más sencilla de todas, aquella que dice:
106 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
la identidad es el conjunto de los motivos que tenemos para seguir
juntos.
Trabajar con las memorias es ser capaces de revivir y de apro-piarnos
colectivamente de toda esa miríada de motivos para seguir juntos, que
pacientemente los pueblos –a pesar de las múltiples re-presiones, las de las
armas pero también las de la historia, las de los valores, las de las
relaciones de poder entre saberes– han sabido sostener y mantener vivos, en
movimiento, esperando que algún día sepamos comprender que el nuestro no es el
saber más importante, y que si no somos capaces de dignificar y de apropiarnos
socialmen-te de los saberes que los pueblos construyeron y todavía sostienen,
pronto no tendremos ya motivos para seguir juntos.
TRAMAS DE BARRIO:
Contar para ser tenidas en cuenta
Luciana Danielli, Claudia Medvescig, Mara Muscia e Irene Roquel*
Orígenes, motivaciones y decisiones
Al momento de decidir dar inicio formal a nuestro proyecto sobre memoria
barrial y tercera edad a fines de 2005, teníamos cier-tos antecedentes de
trabajo en el barrio Belgrano –conocido como
“La Pasarela”–, y tanto desde el Área de Comunicación Comunitaria (ACC)
como del Departamento de la Mediana y Tercera Edad –am-bos pertenecientes a la
Facultad de Ciencias de la Educación de la UNER–, coincidíamos en la decisión
política de apoyar e impulsar proyectos en y con los sectores más marginados y
postergados de la sociedad paranaense.
Lo que nos convocaba precisamente a este trabajo articulado, era poder
potenciarnos en un proyecto común orientado a promover la revalorización del
rol protagónico de un grupo de mujeres de la tercera edad en el entramado
sociocomunitario del barrio Belgrano –barrio urbano-marginal de la ciudad de
Paraná– y en especial en la Asociación Civil “Club de Madres y Abuelas”, que
este grupo había iniciado hace más de 20 años atrás.
* El resto de las integrantes del
equipo del Proyecto de Extensión son: Aurora Ruiu (directora), Patricia Fasano
(co-directora), Valeria Olivetti, María Emilia Carrieres, Liliana Barbagelata
(colaboradora), Sylvia Mayer (colaboradora) y Mariana Muñoz (pasante).
108 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
Pero debemos aclarar que los primeros indicios de esta necesidad -que
inicialmente no estaba explicitada como tal, pero de la cual sí había una
manifestación difusa-, eran una conjunción de síntomas compartidos, propios a
su vez del cruce de las condiciones de per-sonas caracterizadas a la vez como
adultos mayores, pobres y mu-jeres. Abandono, soledad, pérdida de lazos y de
espacios propios, desilusión, fueron algunos de los indicios que surgieron al
comenzar a reunirnos para intentar definir una propuesta. Asimismo,
mani-festaban un sentimiento de exclusión respecto del funcionamiento de la
organización barrial que ellas mismas habían iniciado modes-tamente, dado el
crecimiento y burocratización que trajo consigo la llegada de recursos
externos.
Las mujeres reclamaban atención, reconocimiento y un espacio material de
encuentro y expresión de recuerdos y saberes. También expresaban la necesidad
de dejar un “legado” a las generaciones más jóvenes del barrio. Un legado que
reconociera su trayectoria y esfuerzos, y que al mismo tiempo hablara de
participación, de ganas de hacer y de generar transformaciones en la comunidad.
Yo quisiera que los chicos lleguen a ser grandes y tengan una ocupación
en algo, si Dios los ayuda, que lleguen a ser maestros, que digan: “Yo estuve
en ese barrio que era pobre, donde trabajaban unas viejas, que hicieron todo
esto con amor”.
A partir de los sucesivos encuentros que propusimos a fines de 2005 para
conformar el grupo interesado –y de cuya convocato-ria nos encargamos
conjuntamente con algunas de estas mujeres y a través del boca en boca–, el
proyecto fue tomando forma. Así, en 2006 iniciamos formalmente las actividades
encuadradas en el Proyecto de Extensión que grupalmente decidimos llamar
“Viejas Historias: Memoria Barrial y Tercera Edad”. Podemos decir que del
encuentro de necesidades, intereses, motivaciones y decisiones surgió la
posibilidad de generar un espacio de taller para compar-tir experiencias. Más
adelante, nacería además la posibilidad de
Las citas pertenecientes a las participantes del Proyecto corresponden a
registros sonoros de los talleres.
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 109
realizar una pieza comunicacional, y de manera conjunta resolvi-mos que
fuera un libro.
De esta manera, le propusimos al grupo de mujeres una instancia en la
que pudieran contar la historia “no oficial” del barrio des-de sus propias
voces, para reconstruir en ese contexto el recorrido protagonizado por ellas;
el que dio origen y forma al barrio, a la organización civil y al grupo mismo.
En sintonía con la intención original de las mujeres -de que su labor no
quedara en el olvido–, se trató de compartir en ese espacio, y a través de sus
memorias, las posibilidades y frutos de la participación, la solidaridad y la
acción comunitaria, cristalizados en sus saberes y experiencias concretas como
alternativas o “enseñanzas” que luego pudieran ser dirigidas a las generaciones
jóvenes del barrio.
En términos generales, nos planteamos como objetivo favorecer el
reconocimiento del rol activo de los primeros pobladores en la producción de
los acontecimientos significativos vinculados a la vida y la historia de las
comunidades barriales, a partir de diferentes es-trategias de expresión, y de
la socialización de lo producido tanto en las distintas generaciones de los
barrios como en la Universidad.
La premisa de este proyecto, por otra parte, se apoya en la
reafir-mación de la memoria como mecanismo sociocultural que fortalece los
sentidos de pertenencia e identidad. Por consiguiente, apunta a la generación
de instancias de reflexión, negociación y socialización de la(s) memoria(s) en
sectores populares de tercera edad, recono-ciendo la multivocidad en relación
al concepto de memoria y funda-mentalmente a las diferentes vivencias en
relación a ésta.
Espacios, grupalidad y encuentros
En cuanto a la metodología del proyecto y los fundamentos de la misma,
cabe mencionar que concebimos, por un lado, el trabajo de comunicación en
ámbitos comunitarios como una labor de aper-tura de nuevos espacios o de
resignificación de los ya preexistentes, donde puedan participar y ser
protagonistas aquellos sectores de la sociedad que se encuentran marginados o
postergados. Propiciar
110 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
espacios en los que grupos vulnerados –esto es, expulsados a nivel
material y/o simbólico- puedan revalorizarse y reposicionarse como
interlocutores, construyendo posibilidades de diálogo al interior del grupo y
de la misma comunidad de origen, para así también enta-blar diálogos con otros
sectores de la ciudad y la sociedad.
Por otro lado, las experiencias de educación con adultos mayores indican
que para los sujetos de la tercera edad el trabajo colectivo es fundamental,
dado que los pares son referentes que les permiten reconocerse en otros,
valorar sus trayectorias de vida y compartir las experiencias, incluso las de
pérdidas de las capacidades cognitivas o motrices, de los seres queridos, de la
presencia y el protagonismo en espacios de acción y decisión, entre otras.
Es desde aquí que en una primera etapa del proyecto prevaleció la idea
de construir un espacio de encuentro del que este grupo de mujeres se pudiera
ir apropiando. Una instancia de recreación y de salida de la cotidianeidad, en
el que lograran compartir acti-vidades lúdico-expresivas con sus pares. Y a la
vez, un espacio en el cual alcanzaran a recuperar y/o reconstruir un rol
protagónico, a partir de la palabra y de la escucha, para reencontrarse con sus
experiencias, resignificarlas, valorarlas y poder “(de) mostrarlas” en diversas
instancias de socialización.
Decidimos optar por el trabajo grupal ya que, enmarcado en una situación
distendida y re-creativa, permite la mutua estimulación del diálogo, el
intercambio fluido y, sobre todo, la activación de la me-moria personal y
colectiva. Desde el primer momento fue prioridad darle espacio a la situación
colectiva, al relato oral armado entre todas; con la intención de no presentar
historias unidireccionales ni cerradas, sino de tratar de observar,
resignificar y propiciar estas otras formas de “hacer memoria”.
En este sentido, consideramos a la dinámica grupal que se impri-mió en
todo el proceso como una de las cualidades más valorables y valoradas del
proyecto como así también el aporte primordial de esta experiencia a otros
trabajos de memoria barrial, y a la producción final -en formato libro-, donde
el equipo editor trabajó para inten-tar plasmar ese “espíritu colectivo y
participativo”. (Por eso mismo,
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 111
también, a través del trabajo de edición se intentó que la misma se
tradujese en la producción final, el libro).
Tal como expresa Halbwachs: “Toda memoria, incluso la indivi-dual, se
gesta y se apoya en el pensamiento y la comunicación del grupo: cada uno está
seguro de sus recuerdos porque los demás tam-bién los conocen…” (2002:2). La
posibilidad de reconstruir un re-cuerdo está dada por la integridad y la unión
grupal. “Hacer memo-ria” es aquí, revalidar una relación grupal, y un modo de
relación, que permite a su vez pensar en proyección. La memoria es pasado
vivido, experimentado y reconstruido por un determinado grupo o comunidad; es
comunicativa, y supone el intento constante por mostrar que si ese pasado se
recupera, por lo tanto, la identidad del grupo y sus proyectos, también
permanecerán.
Oralidad y otros recursos expresivos
Como herramientas dinamizadoras de los encuentros grupales, y
motivadoras de los intercambios sobre situaciones pasadas e histo-rias de vida,
recurrimos a la utilización de la narración oral y otras técnicas de expresión
(escrita, dramática, plástica, lúdica), convenci-das de la libertad,
creatividad y espontaneidad que éstas aportan a cualquier trabajo colectivo.
La utilización de la narración oral en particular, como dispara-dor de
la mayoría de los encuentros, se sustentó en dos aspectos: primero, es la
oralidad la forma de comunicación que prima en la cultura de todas estas
mujeres; segundo, la narración oral en un marco grupal activa la memoria
colectiva, como un acto de donación y de celebración de la palabra hablada. Por
ende, se intentó favo-recer así el ejercicio de la oralidad como instrumento de
expresión de la propia subjetividad, de la memoria personal y de la memoria
colectiva.
Sin embargo, cabe aclarar, siguiendo a Huergo (2004), que cuan-do
describimos en estos términos nuestra “acción”, nos referimos a que retomamos y
revalorizamos la expresión oral y el diálogo como forma de comunicación
inherente a los sectores populares, no como
112 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
el resultado de nuestra intervención, ni como el evento que se pro-duce
en el marco de nuestras “dinámicas” de comunicación popular o comunitaria, ya
que el diálogo, en sentido cultural, trama todo el tiempo la cultura popular.
Basar en los relatos orales la construcción de un camino compar-tido
significa, justamente, encontrar los lazos de las subjetividades de estas
mujeres; los puntos de reconocimiento e identificación en-tre ellas, con la
comunidad de la que forman parte, y también con un modo de comunicación que no
les es ajeno ni extraño y con el cual se sienten cómodas. Los relatos orales
habilitan la posibilidad de conservar un modo de ser, una identidad, y de poder
transmitir-la, interviniendo a su vez en el proceso social de una comunidad al
tiempo que se construye una memoria colectiva
Coordenadas: temporalidad, territorios y silencios
La temporalidad y la territorialidad constituyen dos de los ejes sobre
los cuales se construye la trama de la memoria. Mas estos soportes, así
pensados o habitados, no responden a las exigencias de la mo-dernidad
capitalista y occidental. En el marco de la memoria colecti-va, no son
geográficamente exactos, ni linealmente cronológicos.
En el caso de esta experiencia de trabajo de memoria barrial, la
identificación de estos ejes con sus particulares formas de hacerse presentes
en los relatos, fue posible a partir de la puesta en común y la espontaneidad
de sus protagonistas al contar. Estas condiciones permitieron ir tramando y
desentrañando, desde la multivocidad, acontecimientos significativos diversos y
descripciones de caracterís-ticas físicas y espaciales del barrio en distintos
momentos.
Mujer 1: Era un barrio re, pero re pobre... pobre... pobre. No había
casas, no había nada en ese entonces. Pero te digo que cuando nosotros vinimos
acá esto era campo.
Mujer 2: Campo, campo mortal nomás, porque lo único que había eran los
árboles, los chañares.
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 113
Mujer 3: Y así a los costados había como un enramado. Sí, eso alcancé a
ver yo.
Mujer 1: La gente vivía en ranchitos.
Mujer 2: Estaban separados los ranchitos. Había uno por acá, otro por
allá, nunca juntos.
Mujer 4: Era mucha gente y estaba todo separado.
En consonancia con esta línea, a lo largo de los talleres tratamos de
que las participantes pudieran expresar libre y espontáneamente sus historias y
las de su barrio. Es decir, no se promovió una es-tructuración de las
narraciones, ni la definición de “hitos históricos” en los términos hegemónicos
y/o tradicionales. Sí se intentó, empe-ro, registrar aquellos hechos personales
y barriales, comunitarios y sociales, que fueron surgiendo a partir de las
distintas actividades propuestas. Es decir, desde la coordinación, quisimos
evitar impo-ner una periodización, para así acompañar y registrar los
recorridos propios que el grupo mismo fuese marcando.
Esto implicó que, al iniciar los encuentros –y más allá de que ya estaba
la decisión compartida de reconstruir la historia del barrio–, las primeras
referencias espacio-temporales tuvieran que ver con lu-gares y momentos
anteriores a la llegada de las mujeres al barrio. A estas memorias, ellas
mismas las denominaron “prehistoria”, porque tenían que ver con su infancia y
adolescencia, y con situaciones pre-vias a su llegada a “La Pasarela”.
Dentro de esta “prehistoria”, también emergió como tema co-mún la
ruralidad, ya que casi todas las mujeres del grupo habían nacido en el interior
de la provincia. Las memorias de las expe-riencias anteriores a la vida en el
barrio afloraron constantemente, evidenciándose en el desarrollo lo traumático
que fue para ellas el cambio de hábitos y costumbres desencadenado por su
traslado del campo a la ciudad. Este pasaje, según aflora de los relatos,
requirió una readaptación de sus conocimientos y experiencias así como una
nueva identificación territorial que les permitiera afrontar la vida en un
nuevo entorno.
114 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
Asimismo, las fronteras temporales del relato construido por las mujeres
sobre el barrio, están impregnadas de sus historias personales. Dado que es
preciso relacionar el acto de rememorar con las representa-ciones temporales
que tienen los actores particulares, cabe señalar que el tiempo que atraviesa
las narraciones que se generaron en el marco de esta experiencia, no es un
tiempo anónimo, sino más bien un tiempo que nutrió su sentido en la dinámica
familiar de las que estas mujeres fueron y son protagonistas. En el puente
entre los momentos privados y los momentos públicos, y en el pasado cotidiano
compartido, se en-cuentran los soportes de la trama de las memorias
comunitarias, ocu-pando un lugar preponderante la genealogía familiar y
doméstica.
Yo vine de Diamante. Yo vine… a ver… Allá estuve 24 años, pero allá
nació… vamos a sacar bien la cuenta… Mi hijo menor tiene 44 años y él nació
acá. No, acá no, allá… [Señala para donde quedaba su anterior vivienda]. Yo ya
estaba ahí cuando él nació… Mi hijo mayor tenía más o menos… le calcularía 10
años. Y hoy él tiene 54 años, no, 53; pero él no nació ahí, él vino chico. Mi
hija tenía seis años… Mis hijos, los dos mayores, ya habían nacido, pero
vinieron chicos porque iban a la escuela. De acá se iban a la escuela, que yo
los llevaba a la escuela Santa Fe. ¿Te acordás? Ellos fueron todos a la escuela
Santa Fe. A mí me trajo eso, me trajo venir porque mi marido andaba en los
trenes...
De esta manera, los tiempos y espacios del barrio se organizan en
función de las biografías personales de estas mujeres.
Rastreando en esta temporalidad, también podemos encontrar en sus
discursos los hechos que consideran memorables: aquellos en los que “ellas”
tomaron la iniciativa y/o en los que fueron activas protagonistas de
transformaciones positivas y logros comunitarios.
Nosotras logramos en el barrio lo que nadie logró. Nosotras conseguimos
las 90 casitas. Cortamos el caño del agua que iba al ejército para sacar agua
para nosotros.
Por otro lado, si tenemos en cuenta la pobreza del barrio y el es-tigma
de “marginal” condensado en la imagen pública de éste, como
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 115
entorno generador de violencia y hechos delictivos, aparece como
so-porte de las memorias de estas mujeres una territorialidad diferente a la
antes expuesta, con elementos “defensivos” o “reivindicativos”. Cabe mencionar
que este barrio, si bien se encuentra muy cerca de la zona céntrica de la
ciudad –apenas a diez cuadras– se halla al mismo tiempo muy lejos de la mirada
de los paranaenses, ya que es víctima de una sistemática indiferencia y de una
antigua estigmatización ma-nifiesta incluso en la denominación popular del
barrio anclada en un elemento físico-espacial que la separa de la ciudad: “La
Pasarela”.
El barrio Belgrano nació como barrio ferroviario, y sus primeros
habitantes estuvieron ligados al trabajo en el ferrocarril e incluso se fueron
instalando allí por el progreso que les deparaba. Pero a la vez, al vaivén del
constante movimiento de personas, dentro del barrio también se incorporaron
núcleos de actividad ilegal, lo que a la larga se convirtió, para el resto de
los habitantes de la ciudad, en un ele-mento recurrente de identificación que
le era adjudicado tanto a la zona como a sus residentes, casi sin distinción.
Posteriormente, debi-do al proceso neoliberal que se había iniciado en el país,
el cierre del ferrocarril significó la pérdida de casi todas las fuentes de
trabajo, y el barrio se vio sumergido en una profunda pobreza, a la que tam-bién
en su momento le hicieron frente estas mujeres, promoviendo acciones
comunitarias espontáneas.
Es a raíz de todo esto que, consciente de los discursos prejuicio-sos y
difamatorios de los que es objeto el barrio, generalizados en gran parte de la
opinión pública y reforzados por los medios masi-vos, una de las mujeres
comparte: Yo tengo una imagen que me duele mucho, cuando la gente dice ‘La
Pasarela’… Sí, fue La Pasarela y es La Pasarela, porque tiene el puente, tiene
todo…Pero La Pasarela antes era una cosa, pero cuando nosotros vinimos ahí –y
me doy el lujo de decirlo–, cuando nosotros vinimos ahí, todo se acabó. Porque
nosotros enseñamos muchas cosas acá, las ‘Abuelas’. Muchas. ¡Dejamos todo!
Dejamos los años, dejamos lo que hicimos a la gente, hicimos cosas para la
gente...
De esta manera, se inscribe en las expresiones de este grupo de vecinas
la necesidad de contar una historia distinta de su barrio, que en definitiva
difiera de las dibujadas en las páginas policiales de los diarios, para lograr
autoafirmación y reconocimiento, como así tam-
116 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
bién una diferenciación o distanciamiento respecto del estigma que
cargan como habitantes de ese barrio estigmatizado.
En relación a esto, y sumándose como otro eje o soporte de las memorias,
también aparece el silencio o silenciamiento –tanto de si-tuaciones como de
personajes que formaron parte de la historia ba-rrial–, producto de la
ambivalencia y contradicción propia de esta necesidad de reivindicación que
responde a su vez a una representa-ción incorporada de lo “socialmente
correcto”.
Mujer 1: Yo cuando iba al centro, yo no decía que vivía en la Pasarela.
[Risas]
Mujer 2: Yo tampoco.
Mujer 3: Claro, porque…
Coordinadora: Y si te pedían un dato, como “¿dónde vive, señora?”…
Mujer 1: En Avenida Ejército. En Avenida Ejército.
Mujer 2: O sino decíamos Paracao. [Ambas son calles cercanas al barrio]
Mujer 1: Ajá. Porque la Pasarela para nosotros era como... Mala palabra
era… Es que nosotros nos negábamos a decir en el lugar que vivíamos.
Cabe mencionar aquí que, una vez finalizada la etapa de talle-res y en
instancias de la edición del texto para la producción final, algunas de las
mujeres pidieron que ciertas anécdotas o temas que se desarrollaron a lo largo
de los encuentros fueran excluidos de la pieza gráfica. Estos hechos o
contenidos, asumidos por ellas como vergonzantes –y por lo tanto censurables–,
tenían que ver, por ejem-plo, con situaciones de clandestinidad en el barrio,
cuya inclusión en la publicación podría afectar -según explicaban- la imagen o
la sensibilidad de vecinos actuales.
Estas tensiones y resistencias a incluir elementos que desde el equipo
coordinador considerábamos parte importante de la trama
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 117
de la memoria social del barrio, supuso un nuevo eje de debate con las
mujeres para intentar reconsiderar y llegar a un consenso acerca de aquellos
vínculos con ciertos personajes o hechos, que si bien forman parte de lo
silenciado o evadido, no dejan de ser parte del recorrido que transitó la
comunidad hasta el presente.
A raíz de esto surgió la necesidad de reflexionar sobre el lugar de los
elementos –resistidos– en la reconstrucción de la historia co-mún del barrio. Y
en consecuencia nos preguntamos: ¿qué sucede cuando desde la comunicación
comunitaria planteamos la impor-tancia de abrir nuevos espacios que habiliten
la participación y el protagonismo a través de la toma de la palabra de los
actores que se encuentran marginados o postergados, y éstos devuelven o
mani-fiestan resistencias y represiones internalizadas a decir justamente
aquellas cosas que tienen que ver con esta situación de marginación y
postergación?
Según Schmucler, “la memoria siempre es la forma en que un grupo se
reconoce con relación al pasado, es decir, qué del pasado es lo que debe
sostenerse para que la existencia en nuestro presente tenga el sentido que cree
más adecuado” (2007:9).
Las coordenadas que seguimos en las tramas de las memorias de las
mujeres nos sirvieron como guías para aproximarnos a historias del barrio que,
a partir de las voces de sus protagonistas, nos cuen-tan una versión diferente
de la oficial. Reiteramos, este trabajo de memoria barrial no intenta alcanzar
parámetros de verosimilitud, ni sustentarse en hechos y fechas congruentes y
comprobables, sino que pretende reflejar los frutos de la memoria simbólica
construida colectivamente, donde las personas, los espacios y los tiempos se
superponen y hasta se contradicen, en la búsqueda de visibilidad de lo vivido,
de la reconstrucción del entramado comunitario, y de su proyección. Así pues,
coincidimos con Ganduglia cuando respecto a la construcción colectiva de las
memorias dice que “la existencia de una comunidad se constituye a partir de los
aportes de las múltiples historias de vida; porque para explicar cómo es o era
la vida en una comunidad, nada mejor que aludir a esas raíces que permiten
dilu-cidar el entramado socio-histórico en el que se desarrolló. En toda
historia de vida hay indicios de una historia de la comunidad, así
118 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
como en toda historia de la comunidad conviven múltiples historias de
vida”.
Comunicación comunitaria y trabajo con las memorias
A la luz de lo ya expuesto en derredor de esta experiencia, que-remos
reflexionar para finalizar, sobre la importancia o pertinen-cia actual de la
comunicación comunitaria en los trabajos de y con memoria(s).
En primer lugar, al introducir la dimensión comunicacional en un momento
de rememoración, toma mayor visibilidad el carácter compartido de las memorias
que, como toda construcción de sen-tidos, se van generando y reconstruyendo a
partir de la constante puesta en común. Y esos esfuerzos van ligados
indisolublemente al acto de narrar. De narrarnos.
Cuando hablamos especialmente de comunicación comunitaria, ha-cemos
referencia a una construcción de sentidos por lo general anti-hegemónica, que
implica reafirmación y reconocimiento de identida-des culturales diversas y
generalmente, por lo mismo, marginadas.
Por eso decimos que un trabajo de comunicación comunitaria con las
memorias trasciende el posicionamiento subjetivo e interno, abriendo la
posibilidad de posicionarnos como interlocutores socia-les frente a y con
otros/otras. Trabajar con las memorias, además, aporta a la comprensión de dos
de los ejes que vertebran los inte-rrogantes y objetivos de la comunicación
comunitaria: la convivencia (vivenciar con otros) y la participación.
Y esto es así porque las memorias se juegan en la existencia con-creta
de las sociedades, de los grupos y de las personas, no como simple evocación de
hechos sino como compromiso con nuestra vida hoy. Esto implica que pensemos la
memoria (o las memorias) como diálogo y acuerdo (nunca permanente, siempre en
tensión). No se trata entonces de conservadurismo o de preservación de un
pasado,
Extracto perteneciente a la conferencia incluida en esta misma
publicación.
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 119
sino de “actualización” a la luz de las urgencias del presente. Y, en
ese proceso, lo que se actualizan son los vínculos y normas que nos conforman
en nuestro habitar. Porque, al decir de Jelín (que cita a Koselleck), “el
presente contiene y construye la experiencia pasada y las expectativas futuras”
(2002:12).
La misma autora sostiene también que la memoria tiene impor-tancia en
relación a la construcción y el fortalecimiento del sentido de pertenencia en
las sociedades contemporáneas (caracterizadas por falta de raíces, “desarraigo”
y cambios veloces) y, en momentos en que las identidades se ven en peligro ante
la pretensión homoge-neizadora del mercado global y la pérdida de marcos de
interpreta-ción, el trabajo con las memorias ayuda a reconstituir el sentido de
continuidad que precisan los grupos para reconocerse como tales. La referencia
a un pasado común permite construir sentimientos de autovaloración y confianza,
tornándose fuente de seguridad ante el temor al olvido. Esto último se vuelve
más claro en el caso de esta experiencia, protagonizada por un grupo de mujeres
adultas mayo-res, tratando de “dejar algo” para las generaciones más jóvenes
del barrio, siendo ese algo no tanto un producto “acabado” o “cerrado” como una
apertura a seguir construyendo.
Para este caso, nos resulta interesante traer a cuenta otra afirma-ción
de Jelín: “la memoria es una visión del pasado construida como conocimiento
cultural compartido por generaciones sucesivas y por diversos ‘otros/as’”
(2001:175).
En este sentido, el proyecto fue concebido sobre la convicción de que un
trabajo de estas características no tiene repercusiones sólo en las propias
participantes, sino en la comunidad en general de la que ellas han sido
artífices y de la que forman parte. Y que en el acto de rememorar, a partir del
intercambio de lo vivenciado, “las abuelas” pueden contribuir, desde la
reconstrucción crítica de la his-toria personal y grupal, al delineamiento del
relato histórico de la comunidad sobre sí misma.
En los escenarios actuales, en los que toma relevancia política la
manera en que nos “proyectamos”, esto es, la capacidad de generar una imagen o
imaginario (con valores, compromisos y expectativas
120 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
propias), el hacer memoria también es una posibilidad genuina y
coherente de lograr reconocimiento y visibilidad, al tiempo que puede
constituirse aun como un aporte a la construcción de ciu-dadanía.
A partir del convencimiento de que la memoria cumple un rol fundamental
en los procesos de conformación identitaria (en la ac-tualidad construida más
sobre lo diverso que sobre lo unívoco), cree-mos que cobra importancia el
propiciar espacios en los que grupos socialmente marginados o postergados
puedan reposicionarse como interlocutores, lograr el reconocimiento social de
sus voces, de sus reclamos, e incluso de su presencia: “decir-nos” para poder
decidir, “contar-nos” para poder “contar”, ser tenidos en cuenta.
Tal como afirma Martín-Barbero: “Contar es tanto narrar his-torias como
ser tenidos en cuenta por los otros. Lo que significa que para ser reconocidos
necesitamos contar nuestro relato, pues no existe identidad sin narración ya
que ésta no sólo es expresiva sino constitutiva de lo que somos. Tanto
individual como colectivamente, pero especialmente en lo colectivo, muchas de
las posibilidades de ser reconocidos, tenidos en cuenta, contar en las
decisiones que nos afectan, dependen de la veracidad y legitimidad de los
relatos en que contamos la tensión entre lo que somos y lo que queremos ser”
(2001).
En síntesis, desde esta línea de trabajo de comunicación comuni-taria y
memoria barrial, sostenemos que es fundamental reconocer y revalorizar las
experiencias históricas de participación y desarrollo de una comunidad, así
como también producir y reforzar lazos de integración entre los diversos grupos
que la integran. Mediante la exploración y la comunicación de las memorias
creemos que es po-sible el des-cubrimiento de todo aquello que aparece como
cotidia-no, como acontecimiento natural de la vida diaria en comunidad, pero
que cobra especial importancia, al ser resignificado y tomado en cuenta, en los
relatos y en el ejercicio de la propia palabra en el marco de una construcción
colectiva.
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 121
Referencias bibliográficas
Ganduglia, Néstor. “Las redes mágicas de la memoria. Memoria y tradición
oral en las leyendas populares”, en esta edición.
Halbwachs, M. (2002). “Fragmentos de la Memoria Colectiva”, en Athenea
Digital, Nº 2. Barcelona: UAB. http://psicologiasocial.uab.
es/athenea/index.php/atheneaDigital/article/view/52
Huergo, J. (2004). “Comunicación popular y comunitaria: Desafíos
político-culturales”, en Revista Nodos, Nº 4. La Plata: UNLP. http://
www.perio.unlp.edu.ar/nodos
Jelín, E. (2001). “Las memorias en las calles y en la acción. Espacios
de lucha por los derechos humanos”, en Memorias, identidades e imagi-narios
sociales, Primeras Jornadas de Patrimonio Intangible. Buenos Aires, Comisión
para la Preservación del Patrimonio Histórico Cultural de la Ciudad de Buenos
Aires.
_____ (2002). Los trabajos de la memoria, Madrid, Siglo XXI Editores.
Martín-Barbero, J. (2001). “Políticas culturales de nación en tiempos de
globalización”, en Revista Número, Nº 31. Bogotá.
http://www.re-vistanumero.com/31col.htm
Schmucler, H. (2007). “La inquietante relación entre lugares y
me-morias”, en Memoria Abierta, Buenos Aires.
http://www.memoriaa-bierta.org.ar/materiales/pdf/hector_schmucler.pdf
Pensando en común II*
Pueblos originarios:
CONSTRUIR LA VISIBILIDAD
(Gabriela Sosa ) La experiencia comenzó en el año 2002. En Pampa del
Indio, que es una localidad chaqueña, se realizó una reunión y se dis-cutió
sobre la necesidad de tener mayor visibilidad hacia la sociedad blanca. Después
de este encuentro, la situación fue cambiando poco a poco, en cuanto a los
intercambios que se lograron. Se consiguió tener más protagonismo y
fundamentalmente ser considerados como otro actor social más. Entendimos que
para ser verdaderamente actores sociales con injerencia en las decisiones había
que obtener una visibi-lidad real. Y para este fin estaban los medios. Es
decir, si todos los que intervienen en la escena pública aparecen en los
medios, ¿por qué no aparecía el indígena? Así arrancó nuestra experiencia.
Los corresponsales, por su parte, son designados por las organiza-ciones
políticas. Lo cual, por supuesto, provoca tensiones y conflic-tos. Por un lado
esto es bueno, ya que no se fomenta el ejercicio de la profesión tal y como se
la podría entender desde una concepción del periodismo liberal. Es decir,
resulta crucial la construcción de un vínculo sólido y de un compromiso con la
comunidad. Por otro lado, existe la tensión propia de las organizaciones
políticas. Hay corresponsales que tienen una verdadera vocación de comunicar y
de trabajar, pero también hay otros que surgen ligados a la cues-tión política.
No faltan dirigentes que toman estos puestos como objetos de negociación. Este
tipo de disputas por el poder no está ausente, como en todos lados. De cualquier
forma, se construyó con el tiempo la Red de corresponsales.
En ocasión de la realización de la Cumbre de los Pueblos, las
co-munidades indígenas hicieron un taller donde nos enseñaban
* Espacio de intercambio enmarcado
en las Segundas Jornadas de Comunicación Comunitaria (Paraná, 8 al 10 de
noviembre de 2006; Área de Comunicación Comunitaria - Facultad de Ciencias de
la Educación - Universidad Nacional de Entre Ríos).
Comunicadora social de la Red de Comunicación Indígena (Chaco).
124 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
a saludar en la lengua de cada una de ellas. Fue realmente muy fuerte,
porque estuvimos un día y medio participando. Pero los me-dios masivos sólo se
preocuparon por mostrar al Presidente en la Cumbre; no mostraron cuando ellos
le entregaban un documento. De manera que la forma de “zapatear” fue con la
ausencia en la conferencia de prensa. Esto fortaleció muchísimo la importancia
del documento.
Creemos que es necesario que en comunicación y medios alterna-tivos se
empiece a difundir el conocimiento como patrimonio de los pueblos. Por ejemplo,
el lenguaje de ceros y unos de la compu-tadora retoma la base de un sistema
anterior, sistema que estaba ya en los mensajes de los representantes de la
cultura quichua. Por eso, yo propongo que a través de los medios alternativos
tratemos de contagiar a la sociedad en su conjunto, para que sepan que hay
muchos conocimientos de la tecnología moderna que se basan en antiguas
culturas, o mejor dicho, en culturas actualmente sepul-tadas.
LAS RELACIONES INSTITUCIONALES
(Liliana Lizondo ) Nosotros trabajamos con dos organizaciones, pero hay
que tener en cuenta que hace 10 años que estamos tra-bajando con las
comunidades. Se trabaja, por ejemplo con pro-yectos de género y también en
relación con el tema de radio. Se podría decir que se trata de un trabajo
social, así como también en cuestiones agropecuarias. Respecto de cómo nosotros
–como Universidad– iniciamos este trabajo y convocamos, es bastante complejo.
Pero creo que no tiene que surgir necesariamente de las comunidades indígenas,
de una demanda por parte de ellos: so-mos nosotros los que convocamos a través
de los proyectos y de los programas socio-agropecuarios, lo cual no deja de
tener las limita-ciones propias de los organismos que auspician los proyectos,
que representan y hacen de interventores. Es decir, son cuestiones que no dejan
de estar ligadas a la política de gobierno de la provincia.
Comunicadora social de la Universidad Nacional de Salta (sede Tartagal)
y coordinadora de La Voz del Pueblo Indígena.
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 125
Entonces, no sólo hay luchas con las instituciones con las que se
trabaja y con los paisanos; porque con la gente a veces no tene-mos una
relación directa, hay gente a la que conocemos por estar trabajando en las
comunidades y los invitamos a participar. Pero tampoco arrancamos desde cero:
tenemos gente que trabaja en el Programa Social Agropecuario y también tenemos
previstos pro-yectos de capacitación para jóvenes. Contamos con la colaboración
de un grupo de estudiantes, que trabajan con nosotros y pertene-cen a las
comunidades. A través de ellos podemos conectarnos con la sensibilidad de los
jóvenes y tratamos de movilizarlos para que se inserten en alguna capacitación.
(Gabriela Sosa) Chaco tiene organizaciones indígenas que son muy fuertes
y hay allí mucha tradición de lucha por el tema de tierras. Asimismo, existe
cierto contacto previo con otras instituciones, porque -como ya se dijo- la
película no empezó cuando uno se puso a mirarla. Toda la historia de ese
contacto con otras instituciones, al igual que el trabajo anterior, ayuda a
sensibilizar respecto de estos temas. Pero la demanda surge de las
organizaciones. Y esto casualmente en Chaco se fue levantando. En Formosa
también ha habido un gran levante. Santa Fe también cuenta con sus
organi-zaciones, en las que se mantienen vínculos con las comunidades de esos
lugares. Podríamos decir que son comunidades-lugares, luga-res que están
volviendo a construir viejos vínculos.
En cuanto a lo que hacen los corresponsales: ellos hacen envíos de sus
producciones semanalmente, para programas de radio, de dife-rentes modos.
Tienen grabador para trabajar, casettes y demás in-sumos. Algunos envían los
casettes, otros llaman por teléfono –o se los llama–, otros editan en mp3,
otros escriben y luego se incorpora al programa, otros escriben para el
boletín, otros mandan sus escri-tos por mail. Hay lugares que tienen una
importante organización y cuentan con comunicadores indígenas. No hablamos,
lógicamente, de profesionales salidos de la Universidad. Hay experiencias como
las de Villa Río Bermejito, donde se trabaja con las cooperativas y es algo muy
interesante. Todas esas experiencias constituyen un proceso que ha posibilitado
que existan comunicadores indígenas. Porque también ha habido muchas
instituciones que han ido rea-
126 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
lizando todo ese trabajo y las organizaciones lo han tomado como una
cuestión relevante. Lo van incorporando y se van apropiando de esos
instrumentos. Todo va cambiando, ingresan jóvenes que tienen una gran
adaptación a los recursos tecnológicos y para ellos es un proceso muy
importante. Muchos de ellos han vuelto a hablar su lengua en esto de
transformarse en comunicadores de sus comunidades. Vuelven hacia allí y
recuperan su identidad, se reencuentran con sus orígenes. Y son esos jóvenes
los que van a sostener todo esto. Además, otro punto crucial es que las
organiza-ciones ponen especial énfasis en esta tarea de formación del joven,
porque hay un interés político.
Hay quienes se pelean por transformar e integrar a la Universidad con la
comunidad, pero también existe un interés en que esos jó-venes entren a la
formalidad del sistema y se conviertan en abo-gados, en comunicadores
graduados. Se trata de oficiar esto. Claro que la responsabilidad de hacerlo
recae en el Estado, porque las condiciones de acceso no son las mismas. Ya para
algunos grupos que son también vulnerables, no son las mismas; ¡imagínense, si
uno habla una lengua, tener que estudiar en otra, encontrándose en la
Universidad con tanta palabra difícil y tanto planteo extraño! Esto, a su vez,
es un desafío para la Universidad.
IV. Por los avatares
de la comunicación comunitaria…
APRENDER CON LA COMUNIDAD*
Juan Isella
¿Cómo se hace para trabajar en comunicación comunitaria? ¿Cómo se hace
para trabajar en comunidad?
Soy docente de la Universidad de Buenos Aires e integro una cátedra que
se denomina Taller de Comunicación Comunitaria que se dicta para los alumnos de
la licenciatura en Comunicación Social que dicta la Facultad de Ciencias
Sociales. Venimos trabajando des-de hace varios años con vecinos
autoconvocados, Sociedades de Fomento, asociaciones culturales, comedores,
fábricas recuperadas y con una gran cantidad de experiencias interesantes.
La problemática que nos inquieta desde hace varios años dentro de la
cátedra es la dificultad para entender qué pasa en la comunidad con los relatos
teóricos, a veces totalizantes y otras desactualizadas. En otras palabras, nos
preguntamos cómo explicamos lo que sucede cuando aquellos relatos teóricos que
disponemos no nos permiten explicar y comprender los procesos y prácticas
determinadas en con-textos específicos. Esto produce tensión entre los alumnos
que van
* Texto basado en la presentación
realizada en el marco de las Segundas Jornadas de Comunicación Comunitaria
(Paraná, 8 al 10 de noviembre de 2006; Área de Comunicación Comunitaria –
Facultad de Ciencias de la Educación – Universidad Nacional de Entre Ríos) y
revisado para esta publicación.
130 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
con determinados relatos para entender las acciones, por un lado, y con
las explicaciones que dan los actores sociales involucrados, por el otro.
Consideramos que allí se produce una fuerte tensión que hace que los alumnos
sientan una aguda frustración, causada por la imposibilidad de explicar lo que
está sucediendo. Asimismo, la co-munidad siente otra tremenda frustración
porque no se siente iden-tificada con aquello que se dice que es.
Acerca de cómo nombrar a los otros y las otras
Tenemos que pensar que estos relatos, en tanto relatos académi-cos, son
tomados por el científico social para contar lo que está su-cediendo con eso
que entiende como real y que, a su vez, construye realidad. Se trata de relatos
que no sólo plantean conceptos sino también las formas de actuar que tenemos al
trabajar en la comuni-dad. Sobre este asunto, más que respuestas contamos con
preguntas, es decir, ésta es una problemática que genera interrogantes.
La primera pregunta que inevitablemente nos genera es: ¿cómo nombramos a
los otros y a las otras? ¿Son sujetos?, ¿son actores?, ¿gen-te?, ¿pueblo?... La
elección que hagamos sobre cómo nombraremos a los otros, nos legaliza en primer
lugar a nosotros. Es decir, somos nosotros lo que no somos los otros y las
otras.
En algunos trabajos que comenzamos a mirar desde una pers-pectiva de
género se nota muchísimo esta cuestión, porque cuando queremos identificar
problemáticas concretas que tienen que ver con las prácticas y relaciones entre
varones y mujeres dentro de or-ganizaciones, se nos dificulta mucho hablar en
términos de varones y mujeres. Hablamos más bien de actores y de sujetos,
porque el concepto de sujeto –por ejemplo– de alguna manera se presenta como
integrador.
Este dato no es menor porque tenemos que pensar que dentro de las mismas
organizaciones con las cuales colaboramos, participa-mos y donde nuestros
alumnos y alumnas realizan sus experiencias pedagógicas, se suelen reiterar
roles estereotipados de la sociedad en las acciones de protesta y resistencia.
Las mujeres se dedicarán a
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 131
actividades naturalizadas para ellas: el cuidado de niños y adultos,
comida y albergue; y los varones a la seguridad y negociación con las
autoridades.
Un trabajo de reciente aparición, y que se puede conseguir en forma
gratuita en Internet, coloca de manifiesto esta desigualdad que parte de una
desigualdad simbólica y real que se vive en la so-ciedad. Permítanme
compartirla:
Este plan –jefas y jefes de familia instalado en 2002–, en las
características de su complementación, presenta un reconocimiento a esta
presencia femenina en su denominación (nombrando explícitamente a jefes y
jefas) pero sin embargo no propone ninguna diferencia posterior en su puesta en
marcha. Inclusive en la misma denominación iguala la situación de ser jefe o
jefa, cuando la realidad nos muestra que en general la Jefa se encuentra sola
(sin su marido o compañero) y a cargo de sus hijos e hijas y debe afrontar la
situación de desempleo sin poder contar con alguna ayuda especial por su
condición de madre. Éste no es caso de los varones que acceden al plan de
jefes, donde la denominación les otorga una jefatura (jerárquica) de un
conjunto familiar que incluye a la mujer.
De este trabajo podemos inferir que las determinaciones simbó-licas, o
la necesidad de reformular sus denominaciones, tampoco instauran realidades que
rompan con los estereotipos que predomi-nan en la sociedad. Indudablemente los
reconocimientos simbólicos deben estar acompañados por acciones concretas.
Una teoría determinada afirma que los sujetos son activos acto-res que
desarrollan ciertas actividades o prácticas en la comunidad. Empero, el
concepto de sujeto en sí, no nos va a decir qué pasa con-cretamente en las
prácticas que se movilizan cotidianamente y que llevan consigo una lucha de
poder entre mujeres y varones dentro de una organización dada. Esto implica una
redefinición de los con-
El trabajo es un reporte provisorio de una investigación auspiciada por
UNESCO y cuyo coordinador fue Cross Battistin.
132 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
ceptos. Hay que pensar que cada concepto en realidad es una lucha de
poder en la cual nosotros imponemos determinadas categorías a los otros y a las
otras.
Es necesario redefinir a los otros y las otras cuando se está
traba-jando con ellos, por el hecho de que cuando enfocamos al otro en términos
de descripción, esto es, de describir qué le sucede, estamos poniendo en juego
una concepción teórica en particular. No hace-mos otra cosa que decir: “esto
son ustedes” o, por ejemplo: “ustedes par-ticipan más y ustedes menos”. ¿Quién
dice eso? ¿Cómo le podemos de-cir a alguien si participa más o menos, si ese
alguien dedica la hora que tiene después de venir a trabajar a generar algo en
el barrio?
Las denominaciones de la participación
Habría que pensar, y ésta ya es otra dimensión, acerca de cómo pensamos
estos relatos o estas teorías científicas, cómo describimos o cómo contamos o
nos cuentan aquello que está sucediendo. Cómo nombramos cierta participación es
un verdadero problema.
Hace un tiempo me decían: “sí, está todo muy bien, queremos tra-bajar
con ustedes. Pero no hagan lo mismo de siempre: vienen, hacen un diagnóstico y
después dicen que está todo mal y se van”. Ellos ya saben que las cosas no
están bien. Parecería que en nuestra dinámica actual de trabajo solamente
reconstruimos lo obvio, desde parámetros obvios para personas que ya saben lo
que les pasa. Pero me parece que nos olvidamos de esto, imaginemos la
situación: ellos están en su organización, trabajan voluntariamente, dedican
tiempo y encima le decimos que lo que hacen está todo mal, o sea, las acciones
que vienen realizando con mucho esfuerzo para nuestros relatos teóricos son
erróneos.
El problema consiste en que no trabajamos junto a ellos desde la
construcción del relato del problema, nosotros vamos a la comuni-dad con el
problema construido. Ya el hecho de utilizar la palabra intervención implica
cierto modo de proceder, cierta lógica: inclusivo-exclusivo que “interviene” en
la realidad.
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 133
Es interesante cómo plantea Gustavo Cimadevilla, casi en un jue-go de
palabras, a la razón intervencionista:
... reconocido un problema que requiere de una necesaria interferencia
sobre el mundo, la intervención por la que se opta produce, mantiene, destruye
o impide determinado estado de cosas p, para lo cual se confía en cierto saber
que implica una única solución correcta como verdad y en tanto resulte de
cierto método cognoscible; ello, ejecutando una acción racional con arreglo a
fines orientada por el cálculo, la búsqueda de beneficio y la eficacia como
instancia de actuación y consecución (2004).
Nos cuesta pensar en nuevas palabras que nos permitan producir nuevos
acercamientos a la comunidad: “acompañamiento” y “facili-tación” todavía no nos
conforman.
A esto, como docentes y alumnos, debemos sumarle otra dificul-tad, que
consiste en pensar que la realidad es tan simple y accesible como la presentan
los relatos. Esto nos pasa porque simplificamos las prácticas comunicativas, es
decir, porque seguimos aplicando modelos tales como emisor/mensaje/receptor,
modelos en el que el emisor ocupa el lugar del todopoderoso y aparece un
receptor que de alguna manera (aunque hace una década que se viene
resignifi-cando y teorizando) ocupa un lugar menos activo.
Ese modelo de la comunicación involucra también una forma de pensar los
conceptos y de ubicarse respecto del emisor, del mensaje y del receptor: ¿en
qué lugar nos paramos?, ¿cómo trabajamos esos lugares?
Espacios de encuentro para escuchar a los otros y las otras
Consideramos que hay un debate puntual, de hecho hemos tra-bajado
particularmente este tema, acerca de todo un espacio o terri-torio de encuentro
–que puede ser virtual o no– en el que, al trabajar con la comunidad, no
hacemos foco en ella o en buscar un espacio,
134 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
un nuevo relato que nos permita escribir lo que pensamos sobre la misma
comunidad. Más bien se trata de un espacio a construir y conocer que implica
poder charlar, conversar, dialogar. Por eso, no se trata de ir a describir y
nombrar algo. Creo que es un relato que tenemos que ir construyendo con la
comunidad, un espacio que nos permita reflejar nuestros juicios previos,
nuestros miedos, nuestros avances y retrocesos. Una especie de sistematización
de la experien-cia, pero no descripción de la misma sino como relato
pedagógico. Relatos que se construyan en primera persona, no distanciados sino
involucrados. Indudablemente dentro de un contexto de aprendiza-je, de relación
entre docentes y alumnos.
Con motivo de encontrarme en las Jornadas de Comunicación Comunitaria,
cuando estábamos desayunando en el hotel se acercó una persona a charlar con
nosotros. Era un integrante del proyecto de radio del Borda, “La Colifata”. Se
puso a conversar de manera muy entusiasta, con unas evidentes ganas de
contarnos tantas cosas. Esto me llevó a pensar que a veces no nos tomamos el
tiempo sufi-ciente para poder escuchar. Y nuestro rol precisamente se centra en
disponer de un tiempo para poder escuchar a los otros. Yo me quedé maravillado
por la cantidad de cosas que me contaba. Y creo que también era bueno para
quien contaba cosas, aquella posibilidad de que lo escuchasen. Tener un buen
oído, una buena escucha, es casi un principio ético de todo comunicador.
Después criticaremos, dialogaremos en lugares simétricos, cada quien con sus
saberes par-ticulares, que no son ni peores ni mejores. Esto nos habla del tipo
y de la posibilidad de intervención del comunicador.
La idea fuerte y puntual que quería tratar es la del espacio de
en-cuentro, ese territorio donde no hay verdades que no se pueden tras-tocar o
mover. Incluso las teorías y las explicaciones no son fijas, hay que empezar a
reconstruir teorías pero a partir de los relatos de los mismo afectados. No
podemos quedarnos con los primeros anteojos teóricos que adquirimos, sino que a
éstos hay que agregarle la cons-trucción de nuevos relatos que, seguramente,
serán provisorios.
Probablemente esos relatos van a reflejar qué nos sucede, o qué sucede
en el barrio de González Catán o en Libertad o en Merlo, o en cualquier otra
comunidad. No podemos quedarnos en la impor-
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 135
tación meramente de teorías y relatos sociales generales. Tenemos que
contar otras cosas a partir de otros lugares y, sobre todo, generar teorías que
nos permitan explicar nuestras propias realidades.
Referencia bibliográfica
Cimadevilla, Gustavo (2004). Dominios. Crítica a la razón
intervencio-nista, la comunicación y el desarrollo sustentable, Buenos Aires,
Editorial Prometeo.
LA IDENTIFICACIÓN, ¿ES O SE HACE?
Sobre el trabajo
en una radio comunitaria*
Patricia Fasano, Gretel Ramírez, Claudia Medvescig, Marianela Morzzán,
Pilar Espósito e Irene Roquel
La FM Comunitaria Doña Munda es la primera radio comuni-taria de la
ciudad de Paraná creada a fines de 1999 por iniciativa de un grupo de vecinos
de dos barrios de la zona de San Agustín Sur. La radio salió al aire gracias al
apoyo económico del Centro Franciscano de Argentina, delegación Paraná, y de la
Comunidad de Hermanas Franciscanas de Gante (Alemania) y tuvo una primera etapa
(años 1999 y 2000) de participación entusiasta de un grupo de alrededor de 40
vecinos.
La idea de contar con una radio para el barrio empezó a tomar voz
cuando, el 4 de diciembre de 1999, un grupo de vecinos que par-ticipaba de las
Comunidades Eclesiales de Base (CEB) y grupos de la Iglesia se reunieron
convocados por el Centro Franciscano. A esta
* Estas reflexiones surgieron en
el marco del trabajo realizado como comunicadoras entre agosto de 2004 y
diciembre de 2005 en la FM Comunitaria Doña Munda, de la ciudad de Paraná.
Dicho trabajo consistió en el acompañamiento del proceso de la radio mediante
la realización de talleres de comunicación radiofónica y comunitaria, como
parte del Proyecto de Extensión: “Comunicación Comunitaria: Haciendo la Radio”
(Área de Comunicación Comunitaria - Facultad de Ciencias de la Educación -
UNER). El material de base del análisis está constituido por los registros
escritos y audiovisuales realizados durante los encuentros. Una primera versión
de este texto fue presentada como ponencia en las IX Jornadas Nacionales de
Investigadores en Comunicación (Villa María, Córdoba), 22 al 24 de septiembre
de 2005.
Y, hasta el momento, la única radio comunitaria barrial de la ciudad.
138 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
primera le siguieron una serie de reuniones con el fin de poder
dife-renciar “lo que es una radio comunitaria o popular”, de “la radio
comercial, tradicional”. Pasaron los meses y en mayor número cada vez más
jóve-nes del barrio se acercaban a participar de las reuniones. En febrero de
2000, un vecino de San Agustín ofreció un equipo transmisor (25
W) y en pocos días se
comenzó con la señal de prueba desde el Centro Comunitario “Padre Kolbe”. Un
mes después, la radio salía al aire los fines de semana de 9 a 20 hs. con
programación propia.
Mediante bingos, ventas de empanadas, rifas y otros beneficios, se
consiguió el dinero para poder comprar una consola de sonido, bandejas
reproductoras de cds y casseteras, lo que posibilitó devolver los equipos
prestados y comenzar a tener equipamiento propio. La programación era variada:
programas tropicales, ecología, románti-cos, informativos barriales,
religiosos, de interés general, folklóricos, música del recuerdo.
Cada programa debía ser realizado por dos o tres integrantes a fin de
poder enriquecer la labor. Con el tiempo se fueron desig-nando roles como
coordinadores de programas, telefonistas y de atención al público para poder
recepcionar pedidos que los vecinos enviaban en esquelitas. El sentido de
pertenencia y el compromiso con la radio era tan fuerte que sus integrantes
constantemente bus-caban y evaluaban alternativas para mejorar. Los sábados,
después que cerraba la programación, todos expresaban sus puntos de vista sobre
distintos aspectos de la emisora y se fijaban nuevas metas.
Esta primera etapa finalizó en noviembre de 2000 con la rotura de los
equipos de transmisión y, fundamentalmente, la ruptura del grupo humano que
resultó fracturado por las diferencias de crite-rios, en apariencia
irresolubles, sobre cómo organizar la radio.
En julio de 2004, los equipos estuvieron nuevamente en condicio-nes de
transmitir gracias a la persistencia de un pequeñísimo grupo liderado por quien
se encargaba de la gestión de fondos y de la vin-culación con la fuente de
financiamiento, a quien llamaremos Estela ; una agente externa al barrio que
desarrollaba en éste su militancia
Todos los nombres de personas que aparecen en este artículo son
ficticios.
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 139
social. En esta nueva “puesta al aire” de la FM Doña Munda, a Estela la
acompañaba un pequeño grupo integrado por la presidenta de la Asociación y
otros tres antiguos integrantes del proyecto.
En este contexto fuimos convocadas como integrantes del Área de
Comunicación Comunitaria (ACC) a realizar talleres de comuni-cación orientados
a incentivar la participación de las personas del barrio en la programación de
la emisora.
Si bien la preocupación por la convocatoria se manifestó de ma-nera
constante, en una oportunidad fue expresada de la siguiente manera por Pepe, un
allegado al grupo “impulsor”:
¿Cómo producimos la IDENTIFICACIÓN de los oyentes con la emisora?
Esta preocupación, expresada por un vecino, nos llamó la aten-ción e
invitó a problematizar algunos supuestos teóricos básicos con los que veníamos
trabajando. Nos sorprendió que una radio de-nominada “comunitaria” tuviese que
preocuparse por construir la identificación de los oyentes.
En relación a lo comunitario, fundamentaremos a partir de la reflexión
realizada sobre nuestra praxis que:
a) Lo “comunitario” está compuesto
por varias, múltiples y en-contradas subjetividades que lo atraviesan y
constituyen.
b) El hecho de que los proyectos se
propongan como “comuni-tarios” no significa necesariamente que surjan de la
participación plena de la comunidad, ni siquiera que sean inclusivos.
c) La identificación de los
integrantes de la comunidad con el proyecto denominado (por algunos)
“comunitario” no es algo que venga dado, sino una meta a trabajar
permanentemente.
El proceso que relatamos llegó a su fin a mediados de 2006, momento en
que la radio volvió a cerrar sus transmisiones. En mayo de 2008, la radio “Doña
Munda” volvió al aire, ahora a cargo de un grupo de la Capilla liderado por una
Hermana Franciscana y convertida en una radio religiosa. Así continúa en la
actualidad.
140 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
Ninguna de estas afirmaciones se pretende novedosa; por el con-trario,
deseamos sumarnos a las problematizaciones que en tal senti-do vienen
realizando algunos de nuestros referentes latinoamerica-nos en relación a
supuestos que sostuvieron durante años la teoría y las prácticas de
comunicación popular, fundamentalmente en torno a tres conceptos centrales en
ese campo e íntimamente relacionados entre sí: lo comunitario, la participación
y la comunicación posible (a través de la identificación).
Comunidad
Torres Carrillo plantea que “a pesar de haber reconocido al ba-rrio como
espacio de identificación sociocultural de sus habitantes, no consideramos que
los barrios sean ‘comunidades’ unitarias y ho-mogéneas... Por el contrario, los
asentamientos populares no consti-tuyen un universo cerrado, ni son ajenos al
conjunto de procesos que afectan la vida de la ciudad y de la sociedad: son
escenarios donde se expresan y emergen diferencias de diversa índole”
(2001:10).
A poco de comenzar a acompañar el proceso de la FM Comunitaria Doña
Munda, encontramos que quienes en ese momento llevaban adelante el proyecto de
la radio “comunitaria” eran un grupo pe-queño de personas con un “sueño” que
por momentos parecía el mismo, mientras en otros sólo parecía coincidir en
tanto medio para conquistar anhelos distintos: “contribuir a posibilitar la
‘felicidad’ de to-dos” [Estela, “promotora social y humana”], “poder
‘compartir’ con la gente del barrio” [Francisco, vecino], “llegar a la gente,
comunicarme” [Luis, vecino].
Ese pequeño grupo de sujetos individuales diferentes entre sí, que en el
marco de la FM Doña Munda por momentos y en rela-ción a ciertos fines
constituía un “nosotros”, a su vez se diferenciaba del resto del barrio y de
otros grupos de sujetos individuales que constituían a su vez otros “nosotros”
en relación a éste y otros espa-cios. De esa heterogeneidad está hecha la
materia de ese algo que se denomina “la comunidad”, a la cual pertenecía en
este caso la FM Comunitaria Doña Munda.
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 141
Alfaro (1988) advierte claramente que “los sujetos no son sólo
individuos, sino también solidaridades naturales, espontáneas y construcciones
colectivas, forjadas por voluntad, las que también significan distanciamientos,
tensiones y enfrentamientos. La orga-nización está compuesta también de
sujetos, donde tienen cabida las expectativas individuales, las demandas de
reconocimiento, los efectos, como los apetitos caudillescos, y otros no
nombrados”.
Como puede ya entreverse, a lo que apuntan nuestras interroga-ciones es
a identificar los complejos procesos de diferenciación exis-tentes allí donde
desde cierta superficial mirada podría suponerse que hay homogeneidad. Esto nos
demanda diferenciar de entrada la existencia de –al menos– tres tipos de
subjetividades en juego:
a) la de los actores invidivuales,
miembros de la comunidad y miembros –algunos– de la radio; b) la de la
organización nucleada en torno del proyecto de la radio comunitaria; y c) la de
la comu-nidad como un todo con modalidades específicas de socialidad y comunicación.
A su vez, atravesándolas como una entidad con identidad propia, está el
medio de comunicación, como lugar donde tales subjetivida-des de alguna manera
[ése es el asunto, justamente: de qué manera] circulan y condensan cierta
producción de sentidos.
De cómo ciertos individuos de la comunidad pasaron a ser una
organización. La identidad como proceso social. El lugar del conflicto
En cierto momento histórico algunos individuos de la comunidad junto a
otros extracomunitarios decidieron organizarse para llevar a cabo un proyecto:
tener su propia radio comunitaria, teniendo en cuenta que una organización es a
la vez la “acción de organizar, el resultado de esa acción y el conjunto
organizado en sí mismo” (Bártoli, 1992); y, lo que más nos interesa: se trata
de “formas sociales establecidas como procesos por los cuales la sociedad se
organiza” (Arach Minella, 2005).
142 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
En ese momento, nació un sujeto colectivo cuya identidad estaba por
construirse, entendiendo con Torres Carrillo como identidad colectiva de una
agrupación social al “cúmulo de representaciones sociales compartidas que
funciona como una matriz de significados que define un conjunto de atributos
idiosincrásicos propios que dan sentido de pertenencia a sus miembros y les
permite distinguirse de otras entidades colectivas; en fin, al conjunto de
semejanzas y dife-rencias que limita la construcción simbólica de un nosotros
frente a un ellos” (2001:10).
Por otro lado, Hall (2003) propone que la identificación es una
construcción realizada en un proceso, siempre incompleto, “siempre en proceso”.
Según el autor, en este proceso nunca se pierde, se gana o abandona porque, a
pesar de tener condiciones de existencia de-terminantes (como las experiencias
de vida, un recorrido histórico y un territorio en común), incluyendo los
recursos materiales y sim-bólicos que son necesarios para sustentarla, la
identificación es, en última instancia, condicional y contingente. Es una
articulación que opera a través de la diferencia e implica un trabajo
discursivo, una demarcación de los límites simbólicos, que siempre dejan un
afuera, un otro. La identidad siempre se constituye en relación con aquello que
“no es”, con aquello que falta.
Pero en ese adentro tampoco hay un sistema coherente de rela-ciones, una
articulación total, sino sólo una sutura en la que siempre se encuentran
conflictos y ambivalencias. “Las identidades nunca es-tán unificadas, (...)
están sujetas a una historización radical y están permanentemente en proceso de
cambio y transformación” (Hall, 2003), porque se constituyen siempre dentro de
un juego de poder y de exclusión, que no es una totalidad primordial –aunque
así sea presentado–, sino el resultado de un proceso naturalizado y
sobre-determinado de cierre.
En la construcción de esa identidad colectiva alrededor del pro-yecto de
la radio participaron múltiples subjetividades individuales y sociales cuya
tensión de fuerzas era tarea de la organización encau-sar en dirección al
objetivo común. Y al hablar de “subjetividades individuales y sociales” nos
referimos a posiciones de sujeto en el
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 143
espacio social, construidas por el atravesamiento de distintos
discur-sos (Verón, 1998).
Así, mientras algunos veían en el proyecto de la radio una opor-tunidad
de abonar a la construcción de la “fraternidad universal”, otro quería “llegar
a la gente”; otra, “que este barrio sea un barrio grande, reconocido”. Toda la
complejidad de la vida cotidiana de los sujetos atraviesa la vida de la
organización: hábitos, ritos y costumbres que se repiten, recrean y
resignifican dando lugar a la lucha y la resisten-cia hacia el afuera, pero
también entre los integrantes de la misma.
La diversidad se multiplica en relación a las estrategias y prácticas
que cada quien interpreta como las adecuadas para alcanzar los más diversos
fines: si ha de transmitirse o no música en inglés, si la cumbia villera es una
apología del delito o una radiografía popular de la rea-lidad y si ha de
difundírsela o no, si es necesaria o no la capacitación profesional, en fin,
diferencias de criterios en las que la diversidad aflora generando tensiones, a
veces, aparentemente irresolubles.
¿Por qué “irresolubles”? Porque nos hemos habituado a pensar el
conflicto como un problema, en lugar de una tensión de fuerzas de cuyo impulso
la organización salga fortalecida; por el contrario, siempre estamos pensando
en organizaciones libres de conflicto, cuando en realidad éste es una
consecuencia inevitable de la vida en sociedad. Es más, las organizaciones no
están habituadas a trabajar con el conflicto como motor.
Lo que nos interesa resaltar es que la diversidad no es accidental sino
constitutiva de la organización; y que en la capacidad de ésta para producir
articulaciones (en el sentido en que lo trabajan Laclau y Mouffe, 1987)
inclusivas de la diversidad, le va la vida. Más cuando se trata de una
organización comunitaria.
Participación
La historia de la FM Doña Munda nos habla de una etapa ori-ginaria en la
que “éramos muchos, y a veces da nostalgia”, pero en la que también “era un
quilombo”. Incluso, la sensación que quedó en
144 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
el grupo que luego volvió a reactivar el proyecto es que eran “muy
democráticos, pero no funcionó”. El problema en la segunda etapa, en cambio,
fue la falta de participación de los vecinos.
Pero resulta que, desde la visión del pequeño grupo, “la gente [los
otros, el resto del barrio] quiere venir y hacer su historia”; esto es, no
sumirse a cierto orden interno que supone “respetar los Objetivos” redactados
por el grupo impulsor de esta segunda etapa de la radio. Los “Objetivos” son
una declaración de principios en la que el gru-po se posicionaba respecto de la
misión de la emisora, del tipo de música a transmitir y de otras cuestiones que
definían sobre todo la ideología de la radio plasmada en un tipo de
programación. En esta declaración de principios, realizada en el marco de la
participación en innumerables espacios de formación en comunicación
comunita-ria, se reproducía un “deber ser” que situaba el horizonte de
realiza-ción del proyecto en unas condiciones de participación y consenso que
diferían bastante de las condiciones de posibilidad reales de ésta y la mayoría
de las organizaciones.
Ese “deber ser” llevó a que los actores tengan en claro que “una radio
comunitaria es una radio que está al lado de la gente, es de la gente más pobre
y está al servicio de los más pequeños. Es una radio que informa y defiende a
la gente, actualiza desde otra mirada. Hace que la comunidad se sienta
partícipe, se involucre y dé su testimonio” [Jorge, integrante de la Juventud
Franciscana y parte de la FM]. Sin embargo, la preocu-pación por la falta de
participación significativa de la comunidad se daba de bruces con ese “deber
ser”. La voluntad inclusiva ma-nifestada se chocaba con el temor a caer
nuevamente en esa suerte de torre babilónica en la que “todo vale”: frente al
conflicto que había generado en la etapa anterior la divergencia de posiciones,
se apelaba ahora a cierta forma de ordenamiento que en tanto había sido elegido
por algunos e impuesto para otros, se convertía en un intento de
disciplinamiento fuertemente resistido. ¿Por quiénes? En primer lugar, por los
adolescentes. En segundo lugar, por otros su-jetos del barrio.
Pero, ¿en qué punto, en qué momento el orden interno ne-cesario se
convierte en una disciplina? ¿Es posible acaso poner
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 145
en forma (codificar) (Bourdieu, 1993) sin restringir? La <vis
for-mae> (la fuerza de la forma) de la que habla Bourdieu, ¿puede acaso por
definición no ser en alguna medida violenta (impues-ta)? ¿Cuál es la
participación posible en la operación de codifi-cación? Como lo planteaba
Baudrillard (1974), quien maneja la operación de codificación lo maneja todo;
entonces volvemos a las preguntas aparentemente sin respuestas que nos dejaba
en su momento su planteo: ¿qué comunicación es posible en los límites del código?
Si partimos de considerar a la identificación como un proceso de
articulación que opera a través de la diferencia (ción), tal como lo propone
Hall, es posible delimitar en el mismo la permanente cons-trucción de
subjetividades definidas en términos “nosotros”/“ellos”. Esto puede verse
claramente en el caso de la FM Doña Munda, don-de aparecen varios pares de
nosotros/ellos en la constitución de las identidades en juego.
En cuanto a la gente que participaba en la producción de la radio
(“Nosotros”, la organización), veíamos emerger:
- un “nosotros1” (un micro-grupo) conformado por las cinco per-sonas
gestoras de la segunda etapa del proyecto, que conformaban la “Comisión” y se
reunía semanalmente para: buscar recursos para el financiamiento, coordinar la
programación, asignar horarios y días, definir y resolver todos los temas que
se iban presentando; y
- un “nosotros2”, conformado por
la totalidad de los integrantes del proyecto de la radio quienes, respecto del
pequeño grupo gestor constituía un “nosotros-ellos” y que eran quienes
participaban de la programación y demás actividades, sin tomar parte en las
tomas de decisiones.
Funcionaba también una segunda distinción nosotros/ellos inter-na:
“nosotros” (Adultos) / “ellos” (Adolescentes). Desde los Adultos, “ellos”
(Adolescentes) sólo quieren hacer operación técnica, no quie-ren asistir a la
capacitación, no cumplen los horarios de apertura de la radio. En tanto, desde
los Adolescentes “ellos” (Adultos) no nos dejan pasar la música que queremos,
tenemos que pedir permiso
146 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
para hacer los programas, etcétera. Resultado: los adolescentes se
retiran de la escena de la radio, salvo excepciones.
Por otro lado, había una distinción nosotros/ellos entre quienes hacían
los programas (la organización) y los oyentes: el proyecto de la radio se
orientaba a que ese “ellos” (los oyentes) se volviese “no-sotros”; entonces,
desde el momento en que la radio se dirigía a la comunidad, el oyente era
intencionalmente interpelado a través de un “nosotros” inclusivo.
Pero cuando hablamos de participación, ¿qué ocurre con esta constitución
del “nosotros”? Porque, al hablar de “comunidad”, se suponía que todos
conformaban en cierto sentido una unidad: den-tro de esta concepción se
enmarcaban los discursos de los integran-tes de la radio. Pero si era así, ¿por
qué las decisiones eran toma-das por unos pocos (la “Comisión”)? Esto era
señalado como una contradicción por los vecinos que habían participado en la
primera etapa de la radio y ahora permanecían distanciados; e interfería en la
construcción de sentimientos de pertenencia de algunos vecinos en relación a la
radio como proyecto comunitario. La radio le ha-blaba al barrio y quienes la
llevaban adelante manifestaban deseos de transmitir las distintas voces de la
comunidad. Pero, ¿lo logran? ¿Qué hacer para lograrlo? ¿Cómo construir la
identificación?
La participación del barrio en la radio es fundamental, pero acá
volvemos a la dicotomía del ser/deber ser expresada en término de formas:
inevitablemente hay un molde que le da forma a la partici-pación en la radio y
a esa forma la construyen unos pocos. La partici-pación está regulada por una
práctica cotidiana que comunica que “el lugar está abierto, pero no para
transmitir lo que querés”; “no para que cada uno haga su historia”. Entonces,
la pregunta que surge es: esos pocos, ¿en qué medida y en qué sentido
representan a la comunidad a la que pretende representar la radio? Y además,
¿por qué los organizadores
Es interesante señalar que esos preceptos funcionaban más a nivel
simbólico que real (a través de carteles que intentaban instaurar un orden
interno), ya que luego en los hechos era imposible establecer un control
exhaustivo del contenido de la programación, de modo que los pocos adolescentes
que participaban de la radio ponían la música que deseaban. Parecía una
silenciosa lucha por el ejercicio de la autoridad.
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 147
insisten en que la participación es fundamental para el funcionamien-to
de la radio? Podríamos decir que esta necesidad de hacer participar a los
vecinos tiene que ver con esos preceptos sobre comunicación co-munitaria que
enmarcan los discursos y las prácticas; como si hiciera falta completar las
piezas de un todo y como si esa falta fuese percibi-da como una identidad no
constituida o incompleta.
Alfaro advierte que “la participación admite múltiples sentidos. Su
contenido liberador depende de sus intenciones y métodos, como del modo cómo se
incorpora a la vida subjetiva y objetiva de sus des-tinatarios. [...] En el
mundo de los educadores y comunicadores po-pulares, la participación es por lo
tanto casi un ritual y una fe signifi-ca y garantiza la liberación, no puede
faltar. [Pero...] ignorábamos o tratábamos de olvidar que la complejidad social
y cultural ha hecho más borrosa la diferencia entre las clases, las culturas,
lo urbano y lo rural, lo masivo y lo popular [...] Que unas prácticas
participativas no podían cambiar tan fácilmente un relación social tan
arraigada. [Por lo tanto...] ¿Quiénes somos, para qué estamos? ¿Cuál es nuestro
lugar en la participación? El que hoy día lo podamos plantear así con toda su
crudeza, es señal de redenciones mutuas que ya se ini-cian, tejiendo la
esperanza” (1988).
La comunicación posible (a través de la identificación)
En definitiva, nuestros interrogantes coincidían con los que plan-teaba
María Cristina Mata acerca de “los momentos, lugares y moda-lidades a partir de
los cuales unos individuos y grupos elaboran sus propuestas y otros las hacen
suyas, las rechazan o modifican” (1989). También dice: “Una radio es más que un
conjunto de mensajes. Es una institución con historia, con roles políticos
jugados ‘a favor’ o ‘en contra’ en momentos claves de la vida del país y de la
ciudad. Es un conjunto de locutores, conductores de programas, periodistas,
artis-tas, que tienen nombre y rostro, historias particulares. Y no puede
pensarse un sistema de recepción al margen del rechazo o adhesión que esas
historias suscitaron y suscitan en sus oyentes. Por último, una radio también
es su audiencia: los ‘iguales a mí que escucho’ o los otros. Y por allí también
pasan los modos de recibir los mensajes,
148 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
por las redes de naturaleza simbólica que logran diseñar entre sus
públicos” (1989). En tanto medio de comunicación, la radio cons-tituye un
prisma a través del cual es posible ver refractados ciertos modos de ser de lo
comunitario.
Las emisiones de Doña Munda partían de una suposición acerca de lo que
la comunidad quería escuchar, es decir, lo que el grupo interpreta-ba de la
comunidad. El oyente ideal, en este caso, era el vecino a quien se conoce y con
el que se comparte una vida cotidiana y un territorio, la persona con quien uno
(comunicador) se encuentra al salir a la calle. De esta manera, se produce algo
así como una relación de transferencia en relación al oyente que supone al
menos por parte de quienes hacen la programación, si no una identificación del
oyente con la radio, sí una identificación de la radio con el modelo de oyente
construido.
Pero el prisma refracta, no refleja: esto significa que en el propio
ejercicio de resignificación permanente que toda comunicación supo-ne, es
posible introducir la diferencia. De eso se trata la articulación.
Entonces... ¿la identificación es o se hace?
Al preguntarnos ¿a quién le hablan? ¿Quién está del otro lado mientras
la radio emite? Ricardo Haye (2000) sintetiza esta opera-ción realizada desde
la producción: esto supone que cada una de las personas que se posiciona como
emisor (conductores, operadores, informativistas, musicalizadores, etcétera)
interpela a sus escuchas en función de la construcción imaginaria realizada
para preverlos. A su vez, el oyente se comporta como tal desde sus condiciones
reales, también construyendo la identidad del emisor a partir de un cúmulo de
información que es completada transferencialmente a través de un proceso de
proyección.
Así, entre ambas posiciones –emisión y recepción– se establecen
diferentes modos de co-operación (sensorial) que, al proyectarse una en
relación a la otra, se re-significan permanentemente, se vuelven a significar
pero de otra manera, con nuevos elementos: los que cada quien “trae” consigo a
la situación de comunicación. Desde ahí se constituiría la identificación, en
este caso en relación a la radio.
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 149
Pero en el caso de la FM Comunitaria Doña Munda, la operación de mutua
re-significación está teñida por una historia (la “primera etapa” de la radio)
que, por su fuerte carga emocional, obstruye las posibilida-des de emergencia
de nuevos y diferentes elementos de significación.
Cuáles sean los elementos identitarios del otro que se traigan al
encuentro resulta fundamental para que el proceso continúe su mar-cha de manera
productiva. Pero en este sentido, del mismo modo que hay asimetría entre el
medio y sus oyentes, es diferente también el grado de responsabilidad que a
cada una de las partes le cabe en la posibilidad de destrabar el proceso:
quienes asumen la gestión y planificación del proyecto comunicacional –en este
caso, comunica-dores populares– saben que la identificación “se hace” y que, en
ello, al proyecto le va la vida.
Pero también es cierto que, al mismo tiempo, la identificación “es”, en
el sentido de que siempre hay una estructura, ciertos ras-gos objetivos que
vienen dados y que condicionan la práctica so-cial, sin los cuales ningún
proceso de identificación sería posible: una historia, determinadas redes
sociales, condiciones objetivas de vida, una base territorial común, una
lengua, maneras histó-ricas de relacionarse entre sí, etcétera. Esta dimensión
“objetiva” de la identificación no es, sin embargo, una entidad que venga dada
de una vez y para siempre, sino que implica ciertas con-diciones compartidas
que, al mismo tiempo que suponen cierta común-unidad, implica también disputa
de posiciones, relaciones de fuerza en conflicto motorizando permanentemente el
proceso: maneras distintas de pensar y hacer lo común, que sólo se man-tienen
unidas a través de pequeñas puntadas, si seguimos con la metáfora de la sutura.
Ahora bien, la necesidad de comunicación está en el centro de este
proceso de construcción de lo común y, en el caso que estamos analizando, todos
y cada uno de los integrantes de la comunidad conoce vivencialmente –sabe– de
la importancia de un medio de comunicación como la FM Comunitaria Doña Munda
para enrique-cerlo. De manera que en la medida en que el conflicto pueda
trans-formarse permanentemente en articulación de diferencias, la salud de los
proyectos comunitarios estaría resguardada.
150 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
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“CAPACITACIÓN” EN COMUNICACIÓN COMUNITARIA: EL LUGAR DE LA CULTURA
POPULAR
Patricia Fasano, Karina Arach Minella, Gretel Ramírez, Marianela Morzán
y Verónica Mingarini
“No basta con hacer circular las palabras de un lado a otro de la
barrera que separa a las clases populares de las otras clases,
para restablecer la continuidad del espacio social
y del espacio simbólico”
Claude Grignon
Lo que motiva la elaboración de este artículo es la necesidad de
reflexionar sobre la relación que establecemos con los sectores populares con
los que nos vinculamos a través de acciones de capa-citación emprendidas desde
el Área de Comunicación Comunitaria
(ACC), a la cual pertenecemos.
La misma gira en torno de una preocupación fundamental que acompaña todo
el tiempo nuestras prácticas, y que tiene que ver con el complejo escenario en
el que en estos albores del siglo XXI se presenta esta suerte de
“resurgimiento” de la comunicación comuni-taria en nuestro país y en el entorno
de la carrera de Comunicación Social de Paraná.
1. Un marco para mirar nuestras prácticas
Desde hace algunos años, se ha vuelto cada vez más habitual es-cuchar
hablar de la importancia del rol de la comunicación comuni-taria en el
desarrollo de una ciudadanía activa.
Podría conjeturarse que tal emergencia está directamente rela-cionada
con el refulgir del protagonismo político de las pequeñas
152 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
organizaciones que caracterizó la llamada “crisis del 2001”, y es
cier-to que dicha crisis social, económica y política tornó evidentes en la
opinión pública no sólo los niveles de pobreza de la Argentina (que súbitamente
despertó del sueño de ser parte del Primer Mundo) sino también el necesario
protagonismo de las organizaciones de la sociedad civil en ese contexto.
Lo que esto no explica es cómo la “comunicación comunitaria” –como
estrategia técnico-política de las organizaciones– llega a po-pularizarse como
alternativa y qué condiciones hacen posible la apa-rición de –en nuestro caso–
la Universidad como aliada de la socie-dad civil en ese cometido.
Dos factores, creemos, han intervenido de manera decisiva para
posibilitar dicho escenario: por el lado de las organizaciones comu-nitarias,
la difusión de un modelo de gestión internacional de finan-ciamiento que
promueve la realización de “acciones comunicaciona-les” en los contextos
comunitarios, en muchos casos inclusive como requisito indispensable; por el
lado de los sectores profesionales de la comunicación, la existencia de una
profunda crisis laboral –y exis-tencial– en torno de las competencias académicas
y profesionales del comunicador social. Ya desde la década del ’90 venían
presentándose las condiciones para el encuentro entre esos dos actores sociales
y polí-ticos: uno en procura de elementos técnicos, el otro en procura de un
remozamiento político de la profesión de comunicador social.
Lo que una mirada más atenta obligaría a ver es que, en mu-chos de los
casos, esto supone que ni las prácticas de comunicación comunitaria advienen
herramientas de expresión (política) de los sectores populares como resultado
de un proceso “espontáneo” de apropiación de las mismas, ni el contacto de los
profesionales de la comunicación con los actores comunitarios es el resultado
de un proceso sostenido de construcción de un vínculo entre universidad y medio
incorporado –hecho cuerpo– en la formación académica y profesional de los
mismos.
Sería ésta una mirada ciertamente “nostálgica” de ciertas con-diciones
políticas en cuyo marco parece haber surgido, allá por las décadas del ‘70 y
‘80, la comunicación comunitaria, al abrigo de pa-
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 153
radigmas políticos revolucionarios, traducidos en prácticas de
edu-cación (y comunicación) popular.
Preferimos mirar desde otro lugar (teórico, epistemológico, polí-tico)
que nos permita ver esas condiciones como mediaciones, tal como Martín Barbero
lo viene planteando desde hace ya dos décadas: como “los lugares de los que
provienen las constricciones que delimi-tan y configuran la materialidad social
y la expresividad cultural” de las prácticas de comunicación (1987:233).
Siendo así, las mediaciones se presentan como articulaciones, es decir,
como elementos que al relacionarse se transforman; y en el caso que nos ocupa,
los elementos a los que nos referimos son, como lo apunta Jorge Huergo (2001),
“los sectores, las prácticas y las representaciones hegemónicas y los sectores,
las prácticas y las representaciones subalternas”, encarnados aquí por las
figuras de la Universidad y las organizaciones.
Tales articulaciones se tratan, a no dudarlo, de articulaciones
políti-cas. Y verlas como mediaciones nos permite considerarlas no como las
“desviaciones” de un modelo ideal, sino como las condiciones reales desde las
cuales entender nuestras prácticas en términos de “praxis” (el concepto de
“praxis” nos permite pensar, reflexionar, producir teoría desde y en las
acciones reales y concretas del presente, que es necesariamente un presente
histórico, un presente dentro de ciertas condiciones históricas).
2. En el comienzo, la demanda
Cabe aclarar que las reflexiones que presentamos aquí corres-ponden
fundamentalmente a las prácticas de capacitación lleva-das adelante por uno de
los equipos del Área de Comunicación Comunitaria: el que trabaja en relación a
los proyectos de medios comunitarios, especialmente radios. Así, el equipo
brinda capacita-ción, acompañamiento, asesoramiento profesional a grupos
perte-necientes a organizaciones, centrando la capacitación en la dimen-sión
“comunitaria” de la comunicación y en algunos procedimientos técnicos
específicos, generalmente, de la dinámica radial.
154 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
Lo que sucede concretamente es que los representantes de dife-rentes
comunidades nos convocan en tanto profesionales de la co-municación (o
estudiantes avanzados) para “atender” los problemas en/de la comunicación en
sus lugares de referencia. Esto se traduce de las más variadas formas: talleres
de expresión, talleres de radio para adolescentes, creación de una radio
barrial, creación de un bo-letín, etcétera.
Ahora bien, ¿qué requieren exactamente cuando nos convocan?
Muchas veces, la convocatoria llega en términos de “queremos un cursito
de radio”, o “nos gustaría tener una radio barrial”, o “nos prome-tieron un
subsidio para la radio en el barrio, pero no sabemos por dónde comenzar”,
“queremos que los niños tengan una experiencia con el lenguaje radiofónico en
la escuela”, entre otros. Se nos convoca, aparentemente, como poseedoras de un
saber técnico huérfano de toda perspectiva política.
Miraremos más de cerca algunas de esas experiencias, para po-der ver un
poco mejor lo que allí acontece.
Caso 1. FM Comunitaria “Doña Munda”
En 2005, los integrantes de la FM Comunitaria “Doña Munda” (primera y en
ese momento única radio comunitaria de Paraná), del barrio Padre Kolbe, nos
solicitaron una suerte de apoyo técnico para la producción de sus programas de
radio. La radio había vuelto a transmitir luego de estar cerrada cerca de dos
años, y el equipo de comunicadores populares a cargo de los programas era, en
gran me-dida, nuevo.
El requerimiento era claro: precisaban capacitación técnica en
radiofonía, incluyendo operación técnica y armado de programas, especialmente.
Lo que hicimos –durante un año– fueron encuentros de taller en los que, con un
grupo que rondaba entre los 5 y 10 inte-grantes (todos adultos y un
adolescente), trabajamos técnicas de sen-sibilización musical, de percepción
auditiva, de producción perio-dística (encuestas, entrevistas, lectura e
interpretación de noticias), de operación técnica y otras, poniendo un permanente
énfasis en el
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 155
contenido y la condición comunitaria del espacio. En el transcurso de
los encuentros fuimos interiorizándonos sobre el problema que constituía para
el grupo la insuficiente participación de los vecinos en el proyecto de la
radio, así que de a poco fuimos también imple-mentando conjuntamente
estrategias de convocatoria del vecindario, que incluyó la realización de una
Radio Abierta como cierre del año.
A mediados de 2006, la radio volvió a cerrar las transmisiones debido a
la falta de participación de los vecinos, y en el 2008, se nos convocó a
participar en el proceso de puesta al aire (por tercera vez) de la emisora.
Caso 2. Club de Abuelas, 1era. Etapa: Experiencia con el grupo de
adolescentes (y la organización)
A fines de 2005, el equipo del ACC fue convocado por el Club de Abuelas
del Barrio Belgrano con la expectativa de que les ayudára-mos a tener la radio
propia El proyecto comenzó con mucho entu-siasmo y con alrededor de ocho
jóvenes, que serían los encargados de poner en marcha el proyecto en
representación de la organiza-ción. Se realizaron algunos talleres de
sensibilización con integran-tes de otras radios comunitarias que ya habían
tenido éxito, como la FM Aire Libre de Rosario, y se comenzó a trabajar intensamente
en la presentación de proyectos para obtener financiamiento para la compra del
equipo de transmisión.
Luego comenzamos con el taller de radio comunitaria. Los en-cuentros
empezaron siendo quincenales pero luego, a pedido de quienes participaban del
taller, el mismo comenzó a ser semanal. Cabe aclarar que, debido a las otras
actividades que allí se realizan, la organización contaba con equipamiento de
audio y computación que permitía usar micrófonos, grabar, mezclar, editar,
etcétera en el ámbito del taller; debido a ello, también, varios de los jóvenes
que participaban de los encuentros ya manejaban con fluidez esa tecno-logía, o
sea que lo único que faltaba era poder “salir al aire”.
Transcurridos los meses y ante la falta de aparición de financia-miento
para comprar los equipos, el entusiasmo inicial se fue enfrian-
156 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
do. Esto, sumado a la existencia de algunas cuestiones relacionadas con
su pertenencia a la organización, motivó que varios integrantes del grupo
dejaran de participar de los encuentros de taller.
Después de unos meses sin actividad, el equipo del ACC planteó una nueva
propuesta: un taller de radio con niños, con el objetivo de continuar con la
sensibilización de la comunidad en relación al proyecto de la organización de
tener una radio propia.
Caso 3. Club de Abuelas, 2da. Etapa: Experiencia con el grupo de niños
Durante los últimos cuatro meses del 2006, llevamos adelante un taller
de Radio para niños y niñas en el Club de Abuelas. Este taller intentó
fortalecer las relaciones de la organización con nues-tro Proyecto de
Extensión, que se encontraban un poco desgasta-das por la frustración
experimentada con el proyecto anterior y también por la existencia de algunas
visiones estratégicas diferen-tes entre la organización y el equipo del Área.
Con este nuevo grupo, integrado por niños de diversas edades, jugamos a
“hacer radio” imaginando situaciones radiofónicas. Así nació “Radio Barrio
Belgrano” y el programa “Es lo que hay”, que se emitía por medio de equipos de
audio y parlantes para todo el Club de Abuelas y el vecindario.
Para finalizar el año, se recopilaron en un CD las producciones
radiofónicas realizadas y se le entregó una copia a cada niño –junto con la
certificación de la Facultad– en un acto público realizado en el barrio.
Nosotras, como comunicadoras comunitarias, en un primer momento sentimos que
habíamos fracasado, pero después entendi-mos que no había sido poco lo logrado.
Más allá de lo producido en lo que a material radiofónico refiere, se había
conformado un equipo de niños que valoraron su palabra y su forma de
expresarse, y que querían ha-blar con su comunidad, querían hablarles a sus
padres, a sus herma-nos, compañeros de escuela, maestras, amigos, a todos.
Escribieron cuentos, eligieron música, reconocieron quiénes de ellos eran
buenos para “hablar”, quienes eran buenos para “escribir”, quienes tenían
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 157
mejor gusto para la música, y quien entendía mejor la parte técnica. Un
grupo de niños y niñas se transformó, en el transcurso del taller, en un
equipo. Y ése, en verdad, había sido nuestro “objetivo”.
Interrogantes
En la presentación de los casos se van perfilando algunos de los
interrogantes con los que nuestra práctica nos enfrenta, y que desea-mos
desplegar en este artículo:
- ¿Cuáles son los límites, tanto presupuestarios como políticos y
éti-cos, de nuestras posibilidades de intervención en la escena comunitaria?
¿Hasta dónde es propicio y conveniente que contribuyamos a “sostener”
materialmente los proyectos de comunicación comunitaria con los que nos
relacionamos? ¿Cuál es nuestro rol como actores en ese proceso?
- ¿Qué significa que se nos
demande como “profesionales”?
- La demanda de un “servicio
profesional” por parte de comu-nicadores sociales universitarios, ¿no
constituye acaso una demanda de contribuir a poner en código (generalmente
radiofónico) el dis-curso popular? Y también en ese sentido, ¿cómo manejarnos
entre los límites de, por un lado, el riesgo de la estereotipación de ciertas
formas de la cultura popular con su consecuente pérdida de espe-cificidad y,
por otro lado, la necesidad de promover la producción de piezas
comunicacionales “audibles” dentro de los códigos de au-dibilidad de la
población? ¿Qué implicancias tiene transformar en “radiofónico” el lenguaje
popular?
- ¿Y no constituye, acaso también,
esta demanda que las organiza-ciones realizan a la Universidad una demanda de
“legitimidad” de los saberes de la cultura popular (a ser re-estetizados para
encuadrarse en las “leyes” de la comunicación masiva)? Este modo de
materialización del vínculo, ¿es un modo de legitimación de un saber que se
posee, o es un pedido de autorización a quienes se asigna la autoridad para
dis-cernir lo que <es> de lo que <no es> radialmente audible?
- Al demandarnos desde ese lugar,
la relación se construye desde un comienzo posicionándonos en el lugar de
representantes de una
158 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
institución (la Universidad) portadora legitimada del “saber”
(técni-co-profesional). Esto supone una asimetría social desde el comienzo.
¿Cómo administrar esa asimetría?
Éstos son algunos de los interrogantes, en relación a los cuales venimos
desarrollando algunas intuiciones teóricas, que son las que brevemente vamos a
presentar a continuación.
Andando por el (espinoso) terreno de las paradojas
Somos parte de un escenario indiscutiblemente nuevo, para el cual no nos
preparan las (en general desactualizadas) producciones teóricas sobre
comunicación popular y comunitaria. En ese marco, y en relación a los
interrogantes antes presentados, tenemos algunas intuiciones para compartir.
Primera intuición: es prioritario aportar a la actualización de la
producción teórica sobre comunicación comunitaria
En ese nuevo escenario, ocurre que –a diferencia de lo que pa-saba en
las décadas de los ’70 y ’80, en que la condición “artesanal” parece haber sido
casi un requisito de las prácticas de comunica-ción popular– las organizaciones
sociales se relacionan de mane-ra autónoma con entes de financiamiento (del
Estado nacional o del exterior), consiguen los fondos para emprender proyectos
de comunicación comunitaria –es más, en algunos casos los propios proyectos son
impulsados por esos entes como condición para la ejecución de proyectos
sociales más amplios–, y luego requieren la capacitación técnica de ciertas
instituciones legitimadas (como la Universidad), lo que a su vez les agrega
mérito en la gestión con dichos entes. Hay así (al menos) tres
institucionalidades que se vin-culan en estas prácticas: 1) la de la organización
comunitaria (en la persona de sus líderes); 2) la del ente de financiamiento; y
3) la de la organización capacitadora (en este caso la Universidad). Tres
mediaciones institucionales en la producción del proceso de comuni-cación
comunitaria, incluso antes de que éste sea encarnado por los demás actores
comunitarios.
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 159
O sea que muchas de las veces somos convocados con la secreta pero
perceptible expectativa de que contribuyamos a encender el fuego comunal de la
comunicación comunitaria allí donde existe so-lamente el propósito de una
gestión: los líderes quieren “tener” una radio o que la radio existente
“funcione”, entonces se nos convoca con el anhelo de que contribuyamos a
cumplir ese propósito. ¿Y no es eso legítimo?
Pareciera que esa suerte de “imposición” política de generar pro-yectos
de comunicación comunitaria que experimentan algunas or-ganizaciones, como
también esa suerte de fantasía de que la comuni-cación comunitaria consiste en
gran medida en la disponibilidad de un dispositivo tecnológico (los aparatos de
transmisión de la radio y los equipos de audio), es una condición de origen de
nuestra actual relación con los proyectos de comunicación comunitaria, donde lo
que se nos está solicitando, detrás de la demanda visible de “capa-citación
técnica”, es la creación conjunta de las condiciones políticas imprescindibles
para llevarlos adelante.
Segunda intuición: tras el lenguaje técnico de la demanda por
“capacitación técnica”, lo que las organizaciones comunitarias esperan es que
contribuyamos a posibilitar las condiciones políticas de las prácticas de
comunicación comunitaria
Esto nos lleva a pensar, entonces, ¿qué rol nos cabe jugar en ese
es-cenario, ya no en tanto actores técnicos, sino en tanto actores políticos?
Viene aquí a nuestra memoria lo expresado por María Cristina Mata en
ocasión de las II Jornadas de Comunicación Comunitaria, cuando decía que “la
Comunicación Comunitaria tiene que ser un espacio de integración de diferentes
grupos, no sólo de grupos de la comunidad sino de grupos, de instituciones y de
otros lugares que puedan compartir un horizonte político; reconociendo la
diferencia y reconociéndose como actores sociales diferentes; pero todos con la
misma obligación y legitimidad para actuar en política. Por eso, si uno no se
asume como actor social sino como alguien que va a co-operar con otro, a
comprometerse con otro, un compromiso donde parece que el otro es el actor
social legítimo y uno tiene la dismi-
160 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
nución de ser el pequeño burgués, a mí me parece que le hacemos un flaco
favor a la posibilidad de construir verdaderas alternativas políticas. Nuestra
palabra nunca será una palabra que no interven-ga en esa construcción, aunque
digamos que nuestra palabra es de cooperación, de apoyo y de lo que se trata es
de asumir que nuestra intervención es una intervención política”.
La cuestión, para nosotras, pasa por cómo realizar una oferta de
capacitación-acompañamiento que ni descuide la dimensión política requerida en
el vínculo, ni descuide la dimensión técnica explícita-mente demandada. O, en
otros términos, que atienda a la demanda técnica asumiendo plenamente la
responsabilidad política.
Esta cuestión presenta una paradoja, ya que: por un lado, las
organizaciones demandan explícitamente asistencia técnica y en el proceso
termina desnudándose la necesidad de un acompañamiento político; pero por el
otro, esas mismas organizaciones sólo nos re-conocen una plena autoridad como
actores técnicos, no políticos. Se trata de una autoridad asentada en una idea
de “profesional” –como decíamos al comienzo– legalizado por su saber técnico,
pero despoja-do de una dimensión política.
¿Cuánto de esa idea tecnocrática de “profesional” ha sido abona-da por
la propia Universidad? ¿Cuánto de ella es aún asumida por nosotros cuando
creemos que estamos “cooperando” con un proceso que es de otros?
Tercera intuición: establecer un diálogo con lo popular es el camino a
través del cual se encuentran, en nuestro trabajo de “capacitación”, las
dimensiones técnica y política de nuestra labor
Diremos ahora algo que debimos haber dicho desde un comien-zo:
“capacitar” es un concepto que se opone de manera feroz a nues-tras buenas
intenciones. “Capacitar” implica que alguien es “capaz” y alguien es “incapaz”;
y, ahí sí, sólo en la esfera exclusivamente técnica nuestra tarea es la de
“capacitar”. ¿Y esto qué significa en
Mata, María Cristina. “Experiencias y prácticas de comunicación
comunitaria en pos de la palabra y la visibilidad social”, en esta edición.
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 161
nuestro caso exactamente? Significa transferir herramientas que
posibilitan poner en código de “audibilidad mediática” el lenguaje popular,
entendiendo la técnica en tanto “organizador perceptivo”, como lo propone
Martín Barbero para caracterizar “aquello que en las prácticas articula la
transformación material a la innovación dis-cursiva; con lo que la tecnicidad
más que a aparatos nos remite al diseño de nuevas prácticas, y más que
destrezas, es competencia en el lenguaje” (Martín Barbero, 2002:231).
Éste es un costado de nuestro trabajo profesional, que requiere
necesariamente de otro, relativo al modo en que nos relacionamos con lo
popular, que es donde toma forma el carácter político de nues-tra intervención.
Y cuando decimos lo popular, nos referimos a ese lugar a la vez tan evidente y
tan difícil de asir en el que las matrices y formatos culturales de los
sectores populares se proponen como el otro término de un diálogo a través del
cual se articulan distintas ins-titucionalidades, en este caso el de las
organizaciones comunitarias barriales y el de la Universidad. Ese lugar, por
otra parte, en el que habita la tensión permanente de las prácticas de la vida
concreta, de la vida cotidiana. En palabras de Martín Barbero,“ese ‘lugar’
des-de el que se hace posible históricamente abarcar y comprender el sentido
que adquieren los procesos de comunicación, tanto los que desbordan lo nacional
‘por arriba’ –los procesos macro que involu-cran la puesta en funcionamiento de
los satélites y las tecnologías de información–, como los que lo desbordan ‘por
abajo’ desde la multi-plicidad de formas de protesta ‘regionales’, locales,
ligadas a la exis-tencia negada pero viva de la heterogeneidad cultural”
(2002:125).
El diálogo con lo popular como condición –fundamentalmente exis-tencial–
de los comunicadores es el lugar en el que se llena de un sentido político
emancipador la práctica de intervención comunitaria. Y al decir “diálogo” no
estamos pensando en una convencional ho-rizontalidad despojada de asimetrías y
de conflictos, pletórica de armonía. Por el contrario –y es lo que estamos
intentando problema-tizar en esta ponencia–, pensamos en el “diálogo” como un
vínculo de negociación, de tensión, pero también de acuerdos (provisorios,
ines-tables, a veces fugaces). En un “suceso o proceso de encuentro entre los
sujetos, desde horizontes culturales diferentes” (Huergo:2001).
162 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
Una propuesta para andar (despacio)
¿Qué hacemos en la práctica con estos principios, cargados de paradojas
y en un terreno tan movedizo?
Propondremos a continuación una suerte de esquema de trabajo basado en
tres etapas o momentos que nuestra experiencia nos ha señalado como ineludibles
en el trabajo de capacitación-acompaña-miento de procesos de comunicación
comunitaria tales como los que hemos presentado más arriba.
Ellas son:
a) la apropiación de una
discursividad (lo que María Cristina Mata caracterizó como “pasar del murmullo
a la palabra”;
b) la familiarización con un
lenguaje técnico;
c) la reflexividad (política) a
través de la praxis (comunicativa).
a) La apropiación de una discursividad
Llamamos de este modo al primer momento del trabajo con in-tegrantes de
experiencias de comunicación comunitaria, consistente en el reconocimiento
positivo de una identidad desde la cual expresarse –la comunidad y la cultura
popular– y del propio “acento” (Grignon y Passeron: 1992) que esa identidad
supone en la forma de expresión. Este momento incluye experiencias de
vocalización, de movimientos del cuerpo, de reconocimiento musical, de
expresión gráfica, etcé-tera.
b) La familiarización con un lenguaje técnico
Aquí se trabaja para generar una mínima apropiación de pro-cedimientos
técnicos que permitan “achicar las distancias” con el imaginario que en general
se tiene sobre “los medios”; es decir: se propicia una familiarización con
algunas técnicas a través de expe-riencias siempre realizadas a partir de esa
discursividad apuntando
Usamos el término “momentos” debido a que no se trata de etapas
sucesivas,
sino de distintas dimensiones –a veces simultáneas, a veces sucesivas,
siempre
desordenadas– de un mismo proceso.
Ibídem nota 1.
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 163
en la dirección en que lo señala Martín Barbero (1989) cuando pro-pone
pensar a “lo masivo” como “mediación histórica de lo popular”.
El espectro de las técnicas abarca tanto cuestiones ligadas a la
dimensión tecnológica –operación de aparatos de audio, manejo de micrófonos,
manejo de programas de PC, edición de músicas, etcé-tera–, como a la dimensión
más específicamente comunicacional –rea-lización de piezas en distintos
formatos como entrevistas, encuestas, narraciones sonoras, musicalizaciones;
armado de programas, crite-rios de construcción de noticias, etcétera– y, por
último, lo que tiene que ver con el trabajo en grupo –asunción y alternación de
roles, to-mas de decisiones colectivas, etcétera–. Este momento es trabajado a
través de la producción de piezas comunicacionales grupales.
El trabajo en esta fase es el que permite la multiplicación y
siste-matización de la experiencia, en la medida en que supone la
inter-nalización de métodos y técnicas (claro que esta internalización depen-de
de la asiduidad con que los mismos son practicados).
c) La reflexividad (política) a través de la praxis (comunicativa)
La reflexividad es una actividad que tiene lugar espontáneamente a
través de la praxis, en la medida en que el sujeto va viendo su propia
transformación en el espejo de sus producciones. Y cuando decimos “el sujeto”
no estamos pensando solamente en los participantes de los talleres: también
estamos pensando en nosotros como “capacitadores-comunicadores”. La
reflexividad es un proceso que nos ocurre en la me-dida en que nos vamos
transformando y podemos percibir esas trans-formaciones a partir, claro, de una
disposición a transformarnos.
A veces el momento de la evaluación –indicado al final de toda dinámica
de taller– facilita el ámbito para la verbalización de esa reflexividad. A
veces, la conciencia de ese proceso llega mucho tiem-po después, cuando ya se
está distante de la experiencia y en con-diciones de procesar la propia
transformación. A veces, no ocurre nunca.
Para nosotros, técnicamente, hay dos prácticas que contribuyen
decisivamente a ese proceso de reflexividad: el registro escrito de las
experiencias y la reflexión teórica sobre ellas.
164 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
Pues bien, algo de eso es lo que hemos intentado hacer a través de este
artículo.
Para terminar, deseamos dejar flotando en el aire una interroga-ción, ni
nueva ni sorprendente, que acompaña permanente nuestro trabajo: ¿Ser
conscientes nos ayuda a disminuir la violencia simbólica implícita en las
relaciones creadas a través del vínculo de capacita-ción en comunicación
comunitaria?
Apostamos a que sí. Al menos, nos ayuda a hacernos responsables; y,
siguiendo la tradición de Mijail Bachtin –y Valentín Voloshinov (1992)–, la
responsabilidad sería la primera condición de la comunicación.
Referencias bibliográficas
Bachtin, M. (1982). Estética de la creación verbal, México, Siglo
Veintiuno.
Grignon, C. y Passeron; J. C. (1992). Lo culto y lo popular, Madrid,
Ediciones de La Piqueta.
Huergo, J. (2001). “La popularización, mediación y negociación de
significados. La popularización de la ciencia y la tecnología”, Ponencia
presentada en el Seminario Latinoamericano Estrategia para la Formación de
Popularizadores en Ciencia y Tecnología. Red POP- Cono Sur. La Plata, 14 al 17
de mayo. http://www.redpop.org/ publicaciones/mainlapopularizacion.html
Martín Barbero, J. (1989). De los medios a las mediaciones, México,
Gustavo Gili.
_____ (2002). Oficio de cartógrafo. Travesías latinoamericanas de la
comu-
nicación en la cultura, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.
Voloshinov, V. (1992). El marxismo y la filosofía del lenguaje, Madrid,
Alianza.
Pensando en común III*
Medios comunitarios:
SOBRE LA EXPERIENCIA
DE LA FM COMUNITARIA “DOÑA MUNDA”
Presentación
(Delia Pesoa ) La historia de esta radio comunitaria comenzó allá por el
año 1999, en la Capilla San Francisco de Asís de la ciudad de Paraná. Surgió la
necesidad de que el barrio Padre Kolbe tuviera un medio de comunicación, más
exactamente una radio; razón por la cual se convocó desde la Capilla a la
Hermana Mariana, del Centro Franciscano, y a un conjunto de gente, con la idea
de empezar a pensar qué se podía hacer. Y así comenzaron las reuniones. Primero
en octubre del ´99, luego también en noviembre y diciembre, hasta que en
febrero del 2000 ya estábamos arrancando con el funciona-miento de nuestra
radio comunitaria.
En la Capilla no se podía transmitir porque los espacios estaban
ocu-pados. Entonces, comenzamos a hablar con la gente de la Comisión Vecinal.
Ellos nos prestaron un espacio muy chiquitito –que al princi-pio era sólo una
cocina–, sacaron de allí todas sus cositas y nosotros empezamos a poner las
nuestras. Los primeros equipos que tenía-mos eran prestados, armados y muy
chiquitos, de muy poco alcance. Eran solamente de 5 vatios, por eso salíamos a
dos cuadras alrede-dor, no mucho más. Y se prendió mucha gente en el barrio.
En aquel momento éramos aproximadamente entre 30 y 40 perso-nas, todas
del barrio. Ninguno sabía de comunicación... jamás había-mos estado delante de
un micrófono. Simplemente éramos gente con ganas de hacer, con ganas de
comunicarle a otros vecinos cosas
* Presentación y posterior
intercambio acontecidos en el marco de las Segundas Jornadas de Comunicación
Comunitaria (Paraná, 8 al 10 de noviembre de 2006; Área de Comunicación
Comunitaria - Facultad de Ciencias de la Educación - Universidad Nacional de
Entre Ríos).
Vecina del B° Padre Kolbe y por entonces presidenta de la Asociación
Civil “Doña Munda”.
166 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
importantes para nosotros: qué es lo que hacía la cooperadora de la
escuela, qué estaba haciendo la capilla, etc. Y más allá de estas
informaciones, estaban también los valores y talentos del barrio. Había mucha
gente que sabía cantar, gente que sabía recitar, gen-te de nuestros barrios de
Paraná que nunca iba a poder llegar a los medios masivos.
De este modo, comenzamos a transmitir continuamente los vier-nes,
sábados y domingos –tres días a la semana–, con el día com-pleto de
programación. Éramos muchísimas personas al principio. Nos encargábamos todos
de todo, casi sin pensar. Todos queríamos tener un programa. Al comienzo
estábamos con mucho miedo de agarrar el micrófono. Después, cuando nos fuimos
soltando, ya nos peleábamos por hablar, por ver quién se quedaba con la
palabra.
Lo primero que hicimos fue establecer los objetivos de la radio en-tre
todas las personas que conformábamos el grupo. Los objetivos eran muy
sencillos, eran más bien pautas que habíamos acordado. Estuvimos saliendo al
aire desde allí aproximadamente un año y medio, con muchas complicaciones. No
entraba dinero, la gen-te que trabajaba allí lo hacía ad-honorem, por buena
voluntad, y si se rompía cualquier cosita nos costaba realmente carísimo.
Contábamos con la colaboración del nieto de Doña Munda –una vecina tradicional
del barrio, en honor a quien se le puso el nombre a la radio–, que vivía en el
barrio Gaucho Rivero. A él le gustaba mucho el tema de la radio y tuvo, en
alguna época, una radio que se llamaba FM Latina. Él acomodaba y arreglaba los
equipos, se acercó a nosotros y empezó a ayudarnos, cada vez que se nos rompía
algo. Lo hacía todo de manera bastante artesanal.
Tampoco teníamos teléfono propio. Nos lo prestaba una vecina de la
cuadra. Cuando había algún llamado telefónico, mandábamos a una persona
corriendo para que trajera el papelito. Incluso el hijo de ella, que era muy
chiquito en ese momento, iba corriendo –con lluvia y con barro, porque tenía
que atravesar la placita del barrio– y nos alcanzaba los mensajes de la gente.
Muchas veces nos pedían temas musicales que nosotros, lógicamente, no
tenía-mos. Todo el material que teníamos lo traíamos desde nuestras casas.
Pedían un tema musical, nosotros aclarábamos en la radio
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 167
que no lo teníamos y pedíamos que nos lo acercaran, si alguien lo tenía.
De esta forma, la gente se iba enganchando y nos prestaba su material musical.
En aquellos momentos, hace unos cuatro o cinco años atrás, no tenía-mos
forma de obtener dinero para afrontar los gastos que significaba mantener los
equipos. Entonces, todos los domingos organizába-mos bingos, venta de tortas
fritas y pasteles. Inclusive organiza-mos un baile del recuerdo, en avenida
Ejército, junto con la gente de la escuela “Gaucho Rivero” que nos ayudó
muchísimo, con el propósito de que entrara dinero de alguna forma. Pero nuestra
finalidad era que no se convirtiera tampoco en una radio comer-cial.
Pretendíamos que no hubiera publicidad, sino más bien gen-te que apostara a
nuestro proyecto. Invitamos a los comerciantes del barrio –el carnicero, el
verdulero, el panadero– a que aportaran para nuestro proyecto. Nosotros les
pasábamos publicidad, con sus nombres, destacando que esa era la gente que nos
apoyaba y ellos colaboraban con 2 pesos, 3 o 5 según sus posibilidades. Como
era mucha la gente que estaba en la radio, siempre alguno de nosotros tenía
algún comerciante amigo para sumarse. Con el tiempo, era bastante la gente que
nos apoyaba y aportaba con su colaboración. A través de ello se pagaba la luz
de la comisión vecinal, otras cuen-tas y demás gastos.
Estuvimos saliendo al aire un año y medio, con diversos progra-mas de
ecología, interés general, un informativo barrial, folclore, programas de los
chicos de la escuela, infantiles; hasta que se nos rompió un equipo. Se rompió
el transmisor, que salía muy caro y no lo pudimos hacer arreglar. En ese
tiempo, además, cambió la comisión de la vecinal. La comisión entrante quiso
que la ra-dio se convirtiera en una más de las actividades de la Comisión, y
nosotros no aceptamos; decidimos no apoyar esa idea y tuvimos que cerrar la
radio hasta encontrar un lugar desde el cual poder salir al aire. Por otra
parte, en ese mismo momento, empezamos a ver proyectos de la Fundación
Franciscana de Alemania. Entonces, decidimos armar y presentar un proyecto. El
mismo se aprobó y al tiempo nos mandaron el dinero para comprar el terreno y
para empezar a edificar.
168 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
Durante alrededor de un año estuvimos buscando terreno. Queríamos
construir en el barrio Padre Kolbe. Finalmente, conse-guimos uno, lo compramos
y con el dinero empezamos a edificar. Toda la edificación se hizo con la ayuda
de la gente, con los que habíamos quedado, porque de las 40 personas iniciales
quedamos sólo 8 o 9, para continuar con el proyecto. Como dice mi compañero
Valentín, el “fierrito” convoca, pero cuando el “fierrito” no está al aire, la
gente se va. Quedamos alrededor de 8 personas para levan-tar y sostener todo,
con la ayuda de los maridos y las esposas de los compañeros. Y así, de a poco,
se construyó lo que hoy está en pie en el barrio Padre Kolbe.
(Valentín Monzón ) Yo siento que fue una muy buena experiencia aquella.
Fue una experiencia hermosa, porque ninguno de noso-tros era experto en la
materia; simplemente éramos gente coraju-da, que se animó a hacer programas de
radio. Por supuesto, había también gente con experiencia en medios que nos
ayudó y nos ani-mó a seguir adelante.
Lamentablemente, hoy la radio está cerrada y no sabemos bien por qué.
Porque fueron muchos años de lucha. Seguimos adelante, por supuesto, junto a
las personas que nos acompañan desde siempre. Más de una vez nos pasó que se
nos rompían los equipos y tenía-mos que frenar una y otra vez. Estuvimos casi
un año y pico sin transmitir, con reuniones, reafirmando el compromiso,
tratando de obtener nuestros propios equipos. Hoy tenemos terreno pro-pio,
tenemos una edificación nuestra, nos hemos organizado más y mejor. Nuestros
objetivos siguen siendo los mismos, quizás haya que renovarlos un poco. Sin
embargo, no sabemos por qué, en un determinado momento la gente ya no quiso
participar más. Tal vez fue sólo el furor del momento, o quizás hemos perdido
poder de convocatoria. Es un fenómeno difícil de entender. Igualmente,
se-guimos apostando a esta radio del barrio.
La radio permanece cerrada, no surgen nuevos programas, no hay gente
nueva que se sume. Así que los invitamos a quienes quieran
Vecino del B° Gaucho Rivero y por entonces integrante de la Comisión
Directiva de la radio.
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 169
acercarse. Estamos abiertos, dispuestos a escuchar las ideas que tengan
para brindarnos. No queremos que esto muera.
(Delia Pesoa) Días atrás, una chica me preguntaba “¿cómo puede estar
cerrado esto?”. Y sí, en verdad es lamentable... Creo que to-davía no hemos
podido identificar las razones del cierre. Hemos salido a invitar a los vecinos
casa por casa, hemos hecho afiches para convocar a la gente. Los vecinos nos
dicen que nos van a ayu-dar, con bingos y venta de tortas fritas y pasteles,
pero no quieren involucrarse en el día a día. El gran problema que tenemos es
que la gente no se interesa por participar. Cuando se cerró la radio, por
ejemplo, todos los vecinos fueron a preguntarnos por qué se había cerrado. Y
fue por eso, precisamente, por la falta de parti-cipación de la gente.
Entonces, se nos ocurrió cerrar la radio du-rante dos meses para ver qué
pasaba, cómo podíamos remontar la situación, para pensar si teníamos que seguir
sosteniendo los mismos objetivos que nos habíamos planteado en su momento o si
era necesario plantearnos nuevos objetivos, si el problema éra-mos nosotros,
los que estábamos al frente de la radio. Nos hemos preguntado muchísimas cosas
en relación con esto, nos hemos sentido culpables muchas veces, al tratar de
saber por qué la gen-te se ha alejado.
(Valentín Monzón) Cuando hemos convocado a la gente para par-ticipar de
los programas de radio, no hemos obtenido respuestas. Y nosotros no queremos,
por ejemplo, volcarnos a entregar premios, o a hacer concursos. Queremos que
nos escuchen por nuestros ob-jetivos, por los contenidos de los programas, no
porque sorteamos algo. Por eso mucha gente que se ha acercado a nosotros, se ha
en-contrado con estas cuestiones, que son parte de nuestros objetivos. Hacemos
comunicación comunitaria, no concursos.
Me parece que la manera de salir adelante es entre todos, como surgió
este proyecto, sin concentrarse en una sola persona sino en todos. Quizás haya
que reformular algunos de los objetivos que en su momento nos reunieron. Pero
la radio todavía está y hay que seguir haciéndola posible.
170 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
Intercambios:
LOS LÍMITES DE LA INTERVENCIÓN EN COMUNICACIÓN
COMUNITARIA: NUEVOS TIEMPOS, VIEJAS CUESTIONES
(Néstor Ganduglia) Yo quiero dirigirme, sobre todo, a la gente de Doña
Munda. Me llamó mucho la atención –y se ha convertido casi en el centro del
debate– este cierre de Doña Munda. Me quedaron un montón de interrogantes
flotando, que en realidad me surgían como torrente. Tengo un recuerdo no
demasiado lejano todavía, de haber conversado con distintos grupos en alguna
circunstancia, un par de años atrás, respecto al lugar particular reservado a
la cumbia villera en la radio. Hago entonces una consulta, y lo tiro así como
una cuestión que me quedó simplemente dando vueltas en la ca-beza, a partir de
los diversos diálogos que he tenido con actores sociales y referentes
comunitarios: ¿Una radio popular, una radio comunitaria, debe irradiar, debe
difundir la cumbia villera? Ésa es, en síntesis, la pregunta.
Y yo verdaderamente creo, o en realidad debería decir que sospe-cho que,
de alguna manera, éste puede ser uno, entre tantos otros factores, que hagan
que una radio sea fuertemente apropiada. Es decir, puede constituir un elemento
que fomente una auténtica apropiación popular, mayor acceso y llegada, en muy
poco tiempo, hacia una comunidad en su conjunto, teniendo en cuenta todos y
cada uno de sus rincones. En una radio, o en un ámbito comunitario de cualquier
naturaleza que se trate, es un desafío de creación per-manente, a riesgo de
meter la pata, pero también de ser insolentes –como se dijo aquí mismo hace un
par de días atrás– y de estar en constante renovación, riesgo y transformación.
En relación con el tema de la cumbia villera, y qué lugar debería tener en la
comuni-cación popular en general, la pregunta es: ¿Deberíamos alentarla y
difundirla? ¿O tratar de invisibilizarla y sustituirla por otras co-sas que
nosotros entendemos que responden más a los intereses y necesidades de las
comunidades? ¿Deberíamos reemplazarla por otras músicas que, a nuestro
criterio, los identifican más y mejor? Por otra parte, identificarse con un
determinado género musical, ¿qué quiere decir? ¿Qué significa? ¿Que nosotros
decidimos cuáles deben ser los contenidos que los identifiquen? ¿O tiene que
ver con los gustos? Me parece que esto tiene que ver con qué cosas elegi-
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 171
mos, cuando decidimos hacer una radio popular, para darle un lu-gar
destacado, con todos los contenidos que implica y arrastra con-sigo. Es decir,
qué contenidos ponemos de relieve, qué contenidos suscribimos o reprobamos,
acaso como apologías de la violencia de género o de ciertas conductas que
podríamos llamar delictivas o transgresoras. Creo que es una polémica
interesante y significa-tiva, porque sacude –a mi modo de ver– la capacidad que
tenemos nosotros de escuchar lo que la comunidad aporta de suyo. Y nues-tro
aporte en particular debe ser, al menos, una mirada crítica.
(María Cristina Mata) Yo también quiero hacerles una pregunta a los
compañeros de Doña Munda. A mí lo que no me quedó del todo claro en el relato
de Delia es a partir de qué surge concretamente la radio. Porque, como bien se
contó, estaba por un lado la Capilla, donde se gestó la idea de tener una
radio, es decir, “empezamos a reunirnos” nos contaba Delia, y de pronto se
juntó un montón de gente en torno al proyecto. Entonces yo me pregunto si esto
fue una iniciativa de la capilla o de algunos laicos pertenecientes a la
capilla. Esta es la pregunta que quería hacerles concretamente para pensar
entre todos en este espacio.
Por otra parte, respecto de lo que comentaba Néstor recién, yo voy a
responder lo siguiente: en Córdoba, en sectores populares, no cum-bia villera,
pero sí cuarteto, por supuesto. Lo que quiero decir es que se trata de una
pregunta recurrente sobre la cual hay cientos de páginas escritas, y esto sí
que a mí me preocupa. Este es un debate que se dio en los años ´70, en los años
´80. Estamos ya en el 2006, no puede ser que tengamos debates de ese tipo
todavía. Puede ser, únicamente, porque hay una memoria que no se construye y
esto es lo terrible. Cuando digo que no puede ser, no digo que sea una pregunta
mal planteada, creo que es una pregunta que hay que ha-cerla de nuevo, pero por
qué hay que hacerse de nuevo las mismas preguntas, una y otra vez. Hay toda una
experiencia de comunica-ción y de prácticas sociales, políticas y culturales en
América Latina que no están acumuladas en ningún lado. Esto sí a mí me parece
que es un pecado, no porque tengamos a partir de todo ello una respuesta
certera (ya que si la tuviese, así de rápido, es porque ya no necesito
pensarlo, porque ya lo aprendí hace mucho tiempo). Yo
172 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
lo que digo es que a mí me parece, a lo largo de la comunicación
comunitaria, que esto es un problema serio, que aún no sé por dón-de va y que a
mí me preocupa mucho. Qué estamos haciendo los más viejos por un lado y qué
estamos haciendo los que tenemos posibilidades institucionales, porque no todo
el mundo las tiene, de recuperar todo lo que se sabe.
Se hablaba recién de saberes. Porque acá hay un saber de la
co-municación popular y alternativa que se ha perdido en el camino, que no
está, y esto es lo grave. Seguramente esto no pasa tanto en otros países, pero
en nuestro país sí pasa. Y está el saber de Incupo, pero a mí me gustaría poder
comprobar cuántos en nuestro país conocen el saber de Incupo. No es que no
hayan habido prácticas ni experiencias, pero hay como un no-registro de los
debates, de los avances, de lo que se aprende día a día. Por eso me parece que
es bueno que se plantee la pregunta, porque tenemos que recuperar todo lo que
ya se debatió sobre ese tema. Es infinito, rico y segura-mente no lo vamos a
agotar aquí, pero podemos abordarlo.
En Córdoba es el cuarteto, yo sí que puedo contestar desde ese sa-ber,
de las experiencias de radio popular en mi región.
(Gretel Ramírez) Voy a responder a esta última pregunta: la radio surge
concretamente a partir de un grupo de distintas organizacio-nes, sobre todo
gente nucleada en lo que es la CTA, que recoge la referencia al Grito de los
Excluidos y lo reproduce en una plaza del barrio San Agustín, situación en la
que participa mucha gente de las Comunidades Eclesiales de Base. Y estas
Comunidades Eclesiales de Base estaban asentadas fundamentalmente cerca de la
capilla San Francisco, donde ellos luego comienzan a reunirse cada vez con
mayor asiduidad. En ese momento, en el que participaron muchos gremios y
también las comunidades y los vecinos, es cuando el nie-to de Doña Munda se
encarga de la musicalización del evento. Es él mismo quien dice “qué bueno
sería volver a tener una radio”, como la FM Latina que habían tenido ellos ya
en el barrio, reunidos en el patio de la casa de Doña Munda, saliendo al aire
desde ahí. Se cuen-ta que los vecinos la escuchaban más por los parlantes
abiertos que ponían, que por el alcance real de la FM. De manera que es la
gente de las Comunidades, sobre todo, la que retoma la idea de una radio.
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 173
Y ahí es donde empiezan a reunirse periódicamente para formar lo que
primero fue la FM comunitaria y que hoy en día ya se convirtió en asociación
civil.
(Patricia Fasano) Nosotros, ahí en Doña Munda, nos encontramos con el
tema ya muy instalado, respecto de la prohibición de pasar cumbia villera. En
realidad, la prohibición recaía tanto sobre la cumbia villera como sobre toda
la música en inglés. Entonces, en estas instancias es donde surge uno de los
tantos dilemas nuestros y que tiene que ver con lo que a nosotros todo el
tiempo nos atormenta, en relación a cuá-les son los límites legítimos hasta
donde nosotros podemos intervenir en la cultura organizacional de los grupos
humanos.
Efectivamente, al encontrarnos con esta historia, nosotros plan-teamos
una propuesta de trabajo en taller, donde trabajamos con diferentes músicas,
trabajamos con los cuerpos, con los distintos tipos de músicas en distintas
lenguas. No sólo en inglés, sino en idiomas extranjeros en general, entre ellos
el inglés, pero también el guaraní, un idioma africano, en fin, distintos
idiomas, nativos y extranjeros. ¿Y qué pasó? Hubo gente del grupo del taller
que no asistió. Pero igualmente, las dinámicas se llevaron a cabo: íbamos
bailando según los sonidos de la música y cuando la misma se dete-nía
expresábamos qué emociones nos había transmitido esa músi-ca a cada uno de los
participantes. Al final terminábamos bailando todos juntos, entre risas, para
después hacer una evaluación. Cuál fue la gran conclusión: que la música no
tiene ideología, que la mú-sica transmite emociones, que no importa el idioma,
en fin, que la música constituye en sí misma un lenguaje universal para
co-municar cosas (sensaciones, emociones, sentimientos, etc.). Y esto surgió
del grupo mismo como conclusión, pero fue lo único que nosotros pudimos mostrar
como el modo de significar del lengua-je musical y pudimos, en ese sentido,
acompañarlos a ellos a una reflexión vivencial respecto de lo que implica la
música como tal. Hasta ahí pudimos llegar, y ahí nos hemos debatido
enormemente, porque la organización se da sus líderes, la organización se da
sus estatutos, ellos mismos se están replanteando en este momento si esos
estatutos y ese modelo de liderazgo escogido oportunamente no habrá sido lo que
expulsó al resto de la comunidad.
174 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
Ahora bien, éste no es un fenómeno singular. En realidad, muchas veces
sucede que las iniciativas son llevadas adelante con la mejor buena voluntad y
progresan mediante modelos de liderazgo que no son saludables para todos los
miembros del grupo. Pero son los que el grupo se da a sí mismo y en ese sentido
gozan de cierta le-gitimidad. Entonces para nosotros es una paradoja que está
todo el tiempo confrontándonos a la pregunta de hasta dónde tenemos derecho a
plantear un trabajo de reflexión sobre estos temas que no surgen como conflicto
para el propio grupo, que el grupo no vi-sualiza como conflicto.
(Gretel Ramírez) Sí, realmente es un gran problema esto que men-ciona
Patricia en cuanto a la intención de no invadir, de pregun-tarse hasta dónde,
cuál es el límite, el umbral de la intervención. Muchas veces nos interrogamos
sobre este asunto, a lo largo de los proyectos, formulándonos muchas preguntas.
Y quizás, muchas de las preguntas que nosotros nos hacemos, que creemos
insosla-yables, apuntan justamente a dilucidar si la organización tomaba como
posibles salidas o como posibles cuestionamientos todo esto que nosotros
discutíamos. Lamentablemente, pienso que todavía no han podido llegar a la
madurez total como grupo. O tal vez no-sotros no hemos sido lo suficientemente
claros, o a lo mejor tam-poco nos correspondía.
(Patricia Fasano) A nosotros nos ha pasado algo realmente raro con el
tema de radio, como si no termináramos de encontrarle por com-pleto el sentido
a nuestro trabajo de intervención en comunicación comunitaria. Porque nos
encontramos con iniciativas que nos con-vocan para un acompañamiento del
proceso, pero resulta que en algún momento de tal proceso nos damos cuenta de
que somos nosotros quienes estamos sosteniendo el deseo de que eso exista. Y
entonces, lo que nos da sentido de ser-ahí se disuelve, porque nosotros estamos
ahí debido a que somos convocados a trabajar en ese lugar, ya que no somos
parte de la comunidad previo a la convocatoria.
Ésta es la razón por la cual pusimos de relieve todos estos temas, como
ejes a propuestas, interrogantes abiertos para conversar y debatir durante las
Jornadas: todos los temas que tienen que ver
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 175
con las posibilidades de la intervención, los límites que tiene la
intervención, los problemas de la participación. Realmente, noso-tros hemos
escuchado en estos días muchas iniciativas casi espon-táneas y aparentemente
muy sólidas, consistentes, de proyectos comunitarios, pero lo que vemos además
en nuestro trabajo coti-diano es que es muy difícil el sostenimiento de esos
proyectos co-munitarios. Y como comunicadores, nos persigue todo el tiempo la
pregunta: qué estamos haciendo acá, hasta qué punto es legítimo que nosotros
sostengamos este proyecto cuando el proyecto su-puestamente es de la comunidad.
También pienso que es un sín-toma de cosas que están pasando en nuestra
sociedad, pero por otra parte creo que nosotros tenemos que encontrar un modo
de acompañar esta sociedad real en la que vivimos, no la que tenemos en nuestra
imaginación, ésa donde los proyectos comunitarios flu-yen sin dificultades.
(Laura Rozados) Yo quiero señalar algo brevemente. Me parece que
directamente no habría que pensarlo por ahí, que habría que te-ner otra
perspectiva para mirar esto que nos pasa cuando estamos trabajando con otros.
No tiene que ver con que siempre le estemos errando, o con que el otro esté
equivocado en su postura, o noso-tros estemos equivocados en la nuestra. En
todo caso, sí, algo pasó en esa comunidad. Y tendrá que revisar qué le pasó y
verá qué pro-yectos surgen de ahí. Porque sino se busca la gran equivocación,
te paralizás y te quedás ahí, frustrado, y te agarra culpa. A propósito de
esto, a nosotros nos pasa que las chicas se embarazan igual, a pesar de los
talleres de educación sexual, pero no es nuestra culpa. (...) Nosotros estamos
trabajando con el tema de espacios comuni-tarios y vemos que las comunidades
son cambiantes y dinámicas, entonces, la gente también empieza a cambiar.
Muchas veces no-sotros hacemos tareas de comunicación y comunidad, y nos damos
cuenta de que, por ejemplo, un adolescente de 16 años con el cual trabajamos,
luego de cuatro años ya no es el mismo y pareciera que el proyecto empieza a
caerse como tal. Es decir, por la evolución comunitaria, nosotros tenemos que
ir siempre renovando nuestro trabajo para hacerlo real, porque las necesidades
que hoy surgen acá, quizás dentro de dos semanas ya no estén más, o se
transfor-men en otra cosa. Me parece que no siempre fallan las técnicas,
176 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
sino que a veces no vamos al mismo ritmo. Hay una frase por ahí, en una
publicación, que quiero rescatar: “no hay nada más sin apu-ros que un pueblo
haciendo su historia”, por eso es que hay pueblos que se levantan
impresionantemente en poco tiempo y otros que están años dando vueltas sobre
una misma situación, lo cual no quiere decir que sea siempre un fracaso.
LA COMUNICACIÓN COMUNITARIA:
PROCESO CULTURAL,
SOCIAL Y POLÍTICO*
Washington Uranga
Ante todo, quiero decirles gracias. Estoy muy contento de estar acá,
compartiendo estas Jornadas con todos ustedes. Voy a tra-tar de darle
continuidad a algunas de las ideas que ya se han venido
conversando en estos días y que no son ajenas a las preocupaciones que
yo mismo tengo. Son nada más que algunos puntos para pensar en común.
Me parece que uno de los aspectos importantes sobre el que te-nemos que
seguir reflexionando se relaciona con una concepción de la comunicación
entendida como proceso y no meramente como acontecimiento. Esto implica
entender a la comunicación como una narración que surge de la experiencia y de
la práctica, de la vida cotidiana de los sujetos. No se trata de un grito
aislado, sino de un llamado al diálogo que se hilvana en el quehacer de los
sujetos en la historia.
No obstante esto que decimos, nuestras interpretaciones apun-tan muchas
veces a mirar la historia apenas como una serie de acon-tecimientos aislados.
Éste es también el resultado de una determi-nada manera de entender el
periodismo de la que somos deudores:
* Conferencia ofrecida en el marco
de las Segundas Jornadas de Comunicación Comunitaria (Paraná, 8 al 10 de
noviembre de 2006; Área de Comunicación Comunitaria - Facultad de Ciencias de
la Educación - Universidad Nacional de Entre Ríos).
178 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
la transmisión de hechos aislados, cerrados sobre sí mismos y sin
concatenación alguna. Es la fragmentación del relato histórico sin conexiones
entre un hecho y otro.
Por eso, cuando afirmamos la necesidad de entender a la comu-nicación
como proceso, estamos proponiendo al mismo tiempo re-componer el sentido
narrativo de la historia a través de los procesos comunicacionales. Es decir,
articular entre sí acontecimientos donde los actores sociales se construyen y
constituyen simbólicamente, sur-gen como protagonistas, e impregnan de sentido
el proceso históri-co del que son partícipes.
Debemos ser conscientes de que el sistema masivo de medios trata de
instalar la lógica exactamente contraria, es decir, el aconte-cimiento por
encima de la narración. Al intentar superar esta meto-dología según la cual la
historia no es más que la suma de pequeños hechos cotidianos o de grandes
acontecimientos extraordinarios sin articulación alguna entre sí, lo que
estamos introduciendo es un de-bate sobre el modo mismo de conocimiento, sobre
la forma de apro-piación de los acontecimientos históricos como forma de
acumula-ción de saberes para los actores participantes y para el conjunto de la
sociedad. En este sentido, la comunicación comunitaria nos invita a reconstruir
la narrativa de la historia desde los procesos comunica-cionales que permiten
tejer los hechos entre sí, lo cual supone hilva-nar la historia particular de
cada uno de los actores sociales desde la narrativa política, social y cultural
de la historia colectiva.
Esto es complejizar la mirada. El proceso comunicacional no puede
entenderse, entonces, como una suma de fotografías o una sucesión de cuadros;
es un film, imágenes que van entrelazando ac-tores en medio de un escenario.
Ésta es la perspectiva con la que miramos la vida cotidiana cuando trabajamos
en comunicación co-munitaria. Esto es, al mismo tiempo, lo que nos permite
pensar la comunicación mucho más allá de los medios.
Al hablar de comunicación comunitaria no nos estamos refirien-do
estrictamente a los medios comunitarios, sino más bien a un pro-ceso
comunicacional en el que esos medios quedan inscriptos y del que son parte.
Ésta es la razón por la cual yo no empecé hablando
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 179
de radio, ni de televisión, ni de gráfica, aunque también haya que darse
un tiempo para hablar sobre ello. Lo que nos preocupa, no obstante, es un
proceso comunicacional que se constituye y que, a la vez, construye la
narrativa histórica.
Más allá de lo local, el espacio público: política y ciudadanía
Cabe preguntarse, entonces, ¿desde dónde debemos pensar el proceso
comunicacional? Esto supone, inevitablemente, articularlo con la dimensión de
lo local. Los actores se constituyen y adquie-ren identidad en el espacio de lo
local. Luego se proyectan e inte-ractúan. Pero es en el espacio local donde
“son”, donde adquieren una determinada identidad. Es también en el espacio de
la cultura donde se construyen modos de entender y de entenderse, donde cada
parte adquiere una determinada personalidad e identidad en función de un todo
contextual que genera sentidos interpretativos y que atraviesa cada una de las
particularidades. Es un espacio donde los otros y las otras me reconocen como
un par. Ese espacio de la cultura es, entonces, espacio de lo social y espacio
de la política. No lo podemos pensar desagregadamente. Es necesariamente un
espacio de construcción política. En esta línea, creo que tenemos que pensar a
la comunicación comunitaria como comunicación en el espacio público.
Lo público es, fundamentalmente, el lugar de todos y de todas, el lugar
de los derechos y del reconocimiento de esos derechos que tienen que hacerse
visibles y tangibles. No se trata de lo público abstracto, sino de un espacio
concreto donde los derechos de todos y de todas adquieren visibilidad y se
ejercen. De otro modo, lo pú-blico termina privatizado. Y este proceso de
privatizar lo público es un proceso de corrupción. De esta manera deberíamos
entender la corrupción: convertir lo público en privado, sacarlo del escenario,
privar al conjunto social de algo que le pertenece.
Lo público no es verdadero, genuino y legítimo sin comunica-ción. Por
eso la comunicación comunitaria tiene que estar decidida-
180 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
mente orientada a la construcción de lo público. Porque lo
comuni-cacional, es decir, la construcción de las relaciones entre los actores
en el escenario social es, en definitiva, constitutivo de lo público.
Desde este punto de vista, la comunicación comunitaria no pue-de
trabajarse sino en el marco de la construcción de ciudadanía. Ya no podemos
pensar a la comunicación sólo como información o sólo como entretenimiento.
Sería una enorme reducción y una distor-sión respecto de las múltiples
dimensiones de la comunicación. Lo comunitario está directamente vinculado con
la vocación política, en términos de construcción de ciudadanía y participación
social. Construcción política que no está ligada exclusivamente a la
organi-zación política tradicional, sino que se relaciona con la construcción
colectiva del bien común, tarea que tiene caminos muy diversos.
Disputas de poder, alianzas y diferencia
Distanciarse de la política partidaria no implica, sin embargo,
olvidarse de la perspectiva del poder. Es primordial que asumamos que al hacer
comunicación comunitaria, al trabajar en comunicación comunitaria, también nos
inscribimos en una lógica en la cual existe siempre vocación por el poder. En
definitiva, la construcción de lo público es una lucha por el poder. El espacio
público es como una arena, un campo de batalla, un escenario donde libramos
perma-nentemente luchas de poder. Nosotros, desde la escena comunica-cional,
desatamos una lucha simbólica por el poder, con los variados entretelones que
esto tiene y con los distintos lugares que a cada uno y a cada una le
corresponde ocupar en determinados momentos. Como sea, desagregar a la
comunicación comunitaria o popular de la lucha por el poder es, a mi juicio,
perder el rumbo.
Siguiendo con esta reflexión, con este pensamiento en voz alta, creo que
pensar la comunicación comunitaria y popular en el es-pacio público, en medio
de las luchas por el poder, nos obliga a abrir y a considerar el capítulo de
las alianzas. Los procesos socia-les son necesariamente colectivos y el
resultado de la interacción entre actores. Por eso requiere de alianzas, de
articulaciones de
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 181
actores plurales y diversos. Dado que no existe la posibilidad de
coincidir plenamente en todo, es imprescindible asumir la diver-sidad, la
diferencia, como un valor, aun cuando en determinados momentos se convierta en
un obstáculo. Esto supone comprender la importancia del principio de alteridad:
reconocer que el otro y la otra valen por sí mismos, porque son esencialmente
diferentes a mí y porque –desde la lógica de la alteridad– me aportan desde la
diferencia. El otro y la otra me enriquecen desde la diferencia y se enriquecen
conmigo. De más está reiterar cuán aburrido sería si fuésemos todos iguales,
además de absolutamente improductivo.
La comunicación colabora a la construcción de consensos, pero también a
la constitución de un espacio de diálogo en la diferencia. Me parece que hablar
sobre esto, en este país, en este momento, no constituye una cuestión menor.
Creo que hablar del reconocimiento de la diferencia y de construir desde
visiones plurales en función de objetivos comunes, es un asunto clave en un
proceso político como el argentino donde, si bien hemos dado algunos pasos
importantes, todavía estamos muy estancados en cuanto a la construcción de
al-ternativas políticas que nos permitan caminar con certezas el media-no y el
largo plazo.
Desde el campo de la comunicación comunitaria y popular, noso-tros –los
comunicadores– tenemos que realizar aportes en esta línea. Aportes críticos,
pero también propuestas de construcción colectiva.
Experiencias de encuentro: universidad, organizaciones sociales y Estado
En relación a la Universidad y la producción de conocimiento, yo también
tengo la experiencia y la vivencia de estar adentro de la Universidad. Y
también tengo algunas asignaturas pendientes, pero estoy seguro que un espacio
como este debería repetirse a lo largo y a lo ancho del país con mucha más
asiduidad. No se trata simplemente de lugares, no se trata de si la Universidad
va o si las organizaciones vienen. Me parece que la Universidad tiene que ir y
las organizaciones tienen que venir y, en todo caso, creo que todos
182 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
los procesos de construcción política y producción de conocimien-to son
siempre una experiencia de encuentro, en la que todos nos enriquecemos. No es
que la Universidad aporte algo esencialmente diferente a lo que pueden contar
las organizaciones populares, o que éstas tengan una palabra o una mirada única
y particular. Lo que aportamos todos son prácticas de vida cotidiana distintas,
prácticas que se enriquecen y generan conocimiento en el encuentro.
En este sentido, la comunicación comunitaria y popular no pue-de
entenderse como un recorte de algo más grande que sería la co-municación. Es
una perspectiva aplicable a toda la comunicación. Es un lugar de encuentro en
el espacio de la vida cotidiana, entre quienes tienen prácticas diferentes. Y
ese lugar, como tal, es un lugar de producción de conocimiento. Es un lugar de
diálogo y de inter-cambio donde el conocimiento emerge. En este sentido la
comuni-cación comunitaria es también una vocación y una decisión política para,
desde el encuentro, ser capaces de socializar el conocimiento, convertirlo en
alimento político y motor de la acción en el espacio público. Es una
convocatoria a la acción en la historia y en la perma-nente interlocución con
otros y otras. Lo contrario es encerrarnos en nuestros libros, ensayos y
ponencias para nuestra propia autosatis-facción, pero sin ninguna incidencia
transformadora.
Desde mi propia experiencia en los últimos años, siento que a partir de
esta mirada hay que rediscutir el Estado, como lugar y como concepto. Nos
cuesta sentirnos parte del Estado, porque es un lugar y un actor ajeno a
nuestras prácticas. Está allá, lejos de noso-tros, por fuera de nuestras
prácticas. Recurrimos al Estado para de-mandar, para exigir pero difícilmente
para integrarnos a una labor de construcción conjunta, colectiva y asociada.
Es necesario volver a entender al Estado como la representación del
conjunto de la ciudadanía, es decir, de todas y de todos nosotros, y sin
reducirlo a su aparato burocrático. El neoliberalismo arrasó con el Estado, lo
redujo a su mínima expresión. Y también montó una campaña de desprestigio según
la cual el Estado es ineficiente y corrupto. En contraposición existiría un
sector privado eficaz y supuestamente incorruptible. Completa el escenario una
sociedad civil encargada de las tareas filantrópicas y que debe hacerse cargo
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 183
de quienes, por ineficacia o incapacidad, son excluidos del sistema.
Debería agregarse la idea de que si el Estado no se nota, es mejor Estado.
Aunque luego se recurra a ese mismo Estado para garan-tizar, de la manera que
sea, las operaciones y las ganancias de los privados.
Creo que ésta es una interpretación ideológicamente perversa que
heredamos del neoliberalismo. En este sentido estamos real-mente en pañales. Me
parece imprescindible que avancemos en una profunda discusión política sobre el
papel del Estado, pensando en un Estado activo, actuante y propulsor del
desarrollo y de la calidad de vida de todos y todas.
Me refiero también a un Estado concebido como escenario mul-tisectorial
y multiactoral. No podemos renunciar a ello, no podemos delegar estas
responsabilidades y seguir pensándonos al margen del Estado como si no
tuviéramos allí ninguna responsabilidad. El Estado es actor fundamental en la
construcción de alternativas socia-les, políticas y culturales.
Estrategias edu-comunicacionales hacia una política pública de
comunicación
Otra cuestión sumamente importante está vinculada a la cons-trucción de
estrategias comunicacionales. Nuestra perspectiva de comunicación comunitaria
no podrá prosperar si no somos capa-ces de diseñar estrategias comunicacionales
que vayan aportando a la construcción de políticas de comunicación elaboradas
desde el Estado con la participación de actores sociales diversos. Esto supone,
a su vez, admitir las asimetrías reales y asumir que vivimos en el país de
América Latina con mayor concentración de la propiedad de me-dios, con los
mayores niveles de desigualdad social, y que apenas es-tamos saliendo de una de
las crisis más agudas de nuestra historia.
Pero junto al reconocimiento de la diferencia es necesario pro-mover una
actitud política de construcción para superar los obstácu-los y generar
alternativas Hay que abrirse a la genuina negociación
184 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
y construcción de alianzas. Negociar no es claudicar, es encontrar los
puntos de equilibrio para poder avanzar hacia un objetivo de-terminado.
Entonces, creo que hay que rescatar espacios como éste, espacios de
negociación, de diálogo, que nos permitan asumir la res-ponsabilidad política
que nos exige el momento histórico y nuestras propias convicciones.
Quiero concluir con algunas ideas –casi un punteo– sobre estra-tegias de
comunicación. Advierto que no hay en lo que diré un de-sarrollo acabado, es tan
sólo una provocación que en algunos casos son apenas títulos para seguir
trabajando.
Hay un primer nivel de estrategias que yo llamaría de “diversi-dad
comunicacional”, entendiéndolas como aquellas que nos permi-tan generar
espacios de libre manifestación, donde todas las voces –o la mayor cantidad de
voces presentes en la sociedad– puedan ex-presarse. Estas estrategias de
diversidad comunicacional tienen que ver con el sistema de medios, con la
Universidad, con los espacios de las organizaciones sociales, con el Estado.
Son lugares, espacios donde las distintas voces puedan oírse.
Junto con las estrategias de diversidad comunicacional, hay que imaginar
estrategias de “alianzas”, que nos permitan incluir cada vez a más actores,
para que no solamente cada uno se exprese desde su realidad, sino para que
también logremos generar iniciativas que potencien las acciones locales y para
que puedan construirse redes de diversos niveles.
Simultáneamente, me parece que debemos ir avanzando –particu-larmente en
este escenario– en el diseño de estrategias de “reconoci-miento”, de producción
y conocimiento de culturas que sean trabaja-das sobre las modalidades de
recepción de los distintos actores.
Necesitamos, junto con el reconocimiento de la diferencia, com-prender
el valor del otro y de la otra, desde su propia cultura, desde su profundidad,
desde su historia, desde su identidad. En este sen-tido, tenemos que pensar en
estrategias de “producciones comuni-cacionales transculturales”. Y
probablemente tengamos que criticar menos y producir más. Yo siento que estamos
produciendo muy poco.
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 185
No lo digo con ingenuidad y, obviamente, no desconozco que no es fácil
producir. Sin embargo, creo que son muchas más las compli-caciones que nosotros
mismos nos creamos. Son más los obstáculos mentales que los reales. No nos
estamos poniendo un auténtico desa-fío para producir, porque tampoco estamos
utilizando las ventajas con las que contamos. No estamos utilizando a nuestro
favor el desarrollo de las condiciones tecnológicas, no estamos aprovechando
suficien-temente las nuevas tecnologías... No soy yo –precisamente– uno de
aquellos que creen que la magia de la tecnología todo lo soluciona. Tampoco
creo que las tecnologías y el desarrollo de Internet demo-craticen el mundo.
Pero sí estoy convencido de que estamos sub-utili-zando nuestras propias
capacidades de producción.
Finalmente, me parece que nada de esto funciona si no se com-plementa
con estrategias de “educación y comunicación”. No hay procesos comunicacionales
que no estén anudados a estrategias de educación. Porque educación y
comunicación son indisociables. Entonces, se trata de generar estrategias de
comunicación que tra-bajen sobre lógicas y perspectivas de comunicación
pedagógica, de comunicabilidad incluso para transmitir esta producción de
conoci-miento sobre la que se habló antes. Me refiero a estrategias de
verifi-cación de medios y uso de canales estratégicos, porque la diversidad y
el desarrollo tecnológico hacen que debamos identificar cuáles son los medios
adecuados para cada tarea y para cada espacio. A mí me encanta la radio, pero
me molesta pensar que solamente podemos usar la radio para toda finalidad, como
si fuera lo único que sabemos hacer. Lo hacemos muy bien, sin duda, pero
necesitamos que cada espacio tenga respuestas adecuadas.
Creo además que necesitamos estrategias para generar bancos de
información, que permitan la recuperación, el almacenamiento y la correcta
utilización de la información. Siempre con la participación de los actores
sociales que normalmente están incluidos en el escena-rio. Nosotros, por
nuestra parte, en este escenario de la Universidad en el que trabajamos,
tenemos que apuntalar esta lógica en la que seguramente vamos a recibir nueva y
valiosa información.
Por último, es necesaria también una estrategia
“político-comu-nicacional”, que nos lleve a construir políticas públicas de
comu-
186 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
nicación. Es imperdonable que esta sociedad siga hoy, con tantos años de
democracia, sin tener una ley de radiodifusión. Esto –evi-dentemente– tiene que
ver con el escenario nacional, con procesos de construcción política, con
hegemonías, pero también con todos nosotros, los diversos actores sociales, que
no hemos sido capaces de construir políticas públicas en esta línea.
PASOS. Un recorrido
por una experiencia
de articulación
Gretel Ramírez, Marianela Morzán, Irene Roquel, Claudia Medvescig,
Verónica Mingarini, María Emilia Carrieres y Luciana Danielli
Cuando empezamos a pensar el Proyecto de Articulación de Saberes de las
Organizaciones Sociales (PASOS) lo hicimos sentados en ronda y poniendo en
común ideas e inquietudes con personas vinculadas a diferentes organizaciones
sociales del país, en el marco de las Segundas Jornadas de Comunicación
Comunitaria, organizadas por el Área Comunicación Comunitaria (ACC), a fines
del 2006. El ámbito fue la Facultad de Ciencias de la Educación de la
Universidad Nacional de Entre Ríos (UNER), un espacio dedicado casi exclusivamente
a los actores de la “academia” y a los contenidos curriculares mayoritariamente
teórico-conceptuales. Sin embargo, esa instancia fue una oportunidad casi
inédita de compartir expe-
riencias de organización social y comunitaria de primera mano.
La siguiente reunión, ya con integrantes de organizaciones para-naenses
interesadas en trabajar de forma asociativa, orientó los pri-meros trazos sobre
los cuales trabajamos en el diseño del Proyecto. En las sucesivas reuniones, el
intercambio y la puesta en común de inquietudes acerca de lo que ocurre con las
organizaciones en nues-tro contexto, permitió definir –entre otros– los
siguientes temas, necesidades e intereses: multiplicidad de acciones
fragmentadas; escaso conocimiento de las organizaciones entre sí; “desperdicio”
y “encapsulamiento” de recursos humanos y conocimientos en cada organización y
en sus beneficiarios; necesidad de intercambiar expe-riencias y saberes entre
organizaciones; inquietud respecto de cómo
188 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
generar redes y cómo sostenerlas; necesidad de registrar, sistemati-zar
y difundir las acciones de las organizaciones, etc.
Estos emergentes fueron discutidos y retomados con vistas a am-pliar y
complejizar las acciones tendientes a propiciar el intercambio de experiencias
organizacionales y la profundización de la reflexión en torno a la comunicación
comunitaria, condiciones ambas nece-sarias para el desarrollo del campo
académico y profesional de la comunicación social, fundamentalmente del campo
asociativo y or-ganizacional, y del ejercicio de la ciudadanía.
En estas instancias se consolidó también el grupo promotor del proyecto
con el que, desde la aprobación del PASOS en diciembre de 2007, desarrollamos
la propuesta.
Las Fundaciones Eco Urbano y Mujeres Tramando, la Asociación Civil
Barriletes y el ACC, pusimos esfuerzos y deseos para acom-pañarnos en una
travesía de articulación con vistas a poner a dia-logar los recursos (en
términos de saberes, experiencias, recursos relacionales y comunicacionales) de
las organizaciones sociales, y desarrollar las herramientas necesarias para
comunicar (poner-en-co-mún). Comunicar como forma de socializar propuestas de
desarro-llo comunitario, y de fortalecer el accionar de los distintos espacios
asociativos que funcionan en la ciudad de Paraná, los cuales suelen
desencontrarse y desconocerse dada la inexistencia de espacios de articulación
sostenidos, y las urgencias y multiplicidad de demandas que reclaman la
atención de cada uno por separado.
Propuestas, búsquedas y encuentros
En este sentido, en el marco del proyecto se organizaron durante el año
2008 diversas actividades y espacios de participación progresivos:
1. Relevamiento
Realizamos un relevamiento de organizaciones de la ciudad, a partir de
las visitas presenciales a las mismas, registradas en audio y fotografía,
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 189
con el fin de posibilitar la sistematización y la posterior
socialización a través de una base de datos distribuida en las propias
organizaciones relevadas, en la universidad, y en los medios de comunicación.
En una lectura preliminar, algunos datos del relevamiento ha-blan de
puntos en común, más allá de la diversidad de organizacio-nes, y de la
necesidad de seguir articulando:
-La gran mayoría de las organizaciones relevadas no cuenta con un
espacio físico propio de reunión y trabajo, y las que lo poseen, es alquilado u
obtenido en comodato.
-Se da un movimiento permanente de los integrantes de las
orga-nizaciones, ante la diversidad de actividades que deben sostener por fuera
de las mismas, lo cual muchas veces repercute en la dificultad para sostener la
estructura organizativa y su funcionamiento.
-Se identifica la falta de conocimiento de las organizaciones entre sí
–uno de los motivos de este proyecto–, a excepción de las organi-zaciones
ambientalistas y de defensa de los derechos de las mujeres, adolescentes y
niños, que se nuclean en foros, redes, o desarrollan programas y proyectos
asociados.
-Respecto a la comunicación, la mayoría reconoce la necesidad de
difundir y acceder a información, generar visibilidad, relacionar-se con los
medios. Muchas cuentan con un área o responsable de difusión, siendo en algunos
casos pasantes temporarios de la carrera de Comunicación Social.
2. Boletín “El Cruce”
Otro nexo con la comunidad fue el Boletín “El Cruce”, publica-ción
bimensual editada por PASOS en 2008, donde las organizacio-nes pudieron hacerse
visibles a través de notas breves que incluyeron lo recopilado en las
instancias de relevamiento: temas de interés, ob-jetivos, experiencias,
metodología de trabajo, público destinatario, proyectos en marcha y a futuro,
entre otros.
Un elemento clave en la construcción de un espacio asociativo es que en
él todos los grupos y organizaciones participantes com-
190 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
partimos la información que poseemos. “Poner en común” es una primera
forma de asociarnos y cooperar. Y el acceso a la información es una vía para la
posibilidad de optar y decidir. Para facilitar la circulación de esa
información es preciso desarrollar distintas estra-tegias o herramientas que se
adapten o respondan a la diversidad del espacio asociativo, de sus integrantes
y de sus interlocutores. Actualmente, y dada la imposibilidad para continuar
con la impre-sión del Boletín por falta de recursos, incorporamos parte de los
contenidos que se estaban publicando en “El Cruce” al Resumen semanal
“Novedades Comunitarias” que se envía por correo electró-nico desde el ACC, y
que cuenta con secciones de agenda, noticias, recomendados y convocatorias de
interés de las organizaciones so-ciales y la Universidad.
3. El “FORO”
El “FORO” fue, y aún sigue siendo, un espacio de encuentro, debate,
reflexión y construcción colaborativa de conocimientos sur-gidos de las
prácticas de las cuatro organizaciones promotoras del PASOS. Materializado en
reuniones presenciales mensuales con participación de representantes de cada
organización, en el FORO se generaron consensos hacia el trabajo colectivo,
ejes de análisis y líneas políticas de acción que se transformaron en insumos
para el resto de las actividades planificadas. En estos encuentros se
in-cluyeron la socialización de materiales, intercambio de información sobre
las actividades de cada organización y actualización sobre pro-blemáticas,
demandas y proyectos de interés, algunos de ellos com-partidos. Entre otros
temas se abordaron los siguientes: trayectoria (proceso o perspectiva histórica
de la organización y sus acciones); reconocimiento geográfico de los barrios de
incidencia y reflexión sobre el rol que cada organización cumple en ese lugar;
identidad organizacional (valores que determinan la orientación de la
orga-nización y el rumbo que se da a las acciones e instrumentos, líneas
políticas, técnicas y capacidades organizacionales); aspectos de las
organizaciones que faltan madurar, fortalezas y problemas; evalua-ción,
valoración de logros y fracasos, efectividad derivada de y en estrategias,
factibilidad social; visibilidad, difusión, comunicación; actividades y
proyectos actuales de cada organización y propuestas
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 191
o ideas a futuro para realizar en forma conjunta. En los primeros
encuentros se elaboró conjuntamente la herramienta de recolección de datos para
el relevamiento antes mencionado.
Sin dudas, las instancias de FORO también nutrieron las cuatro cartillas
edu-comunicacionales de trabajo que se publicaron desde el PASOS (“Espacios
Asociativos”, “Tramando Nuestro Placer”, “Cultura Ambiental” y “Barriletes:
espacio de educación no formal y alterna-tiva solidaria por la cultura del
trabajo y la inclusión social”), dando cuenta en algunos casos de la identidad
y las temáticas abordadas por las organizaciones. Estas publicaciones fueron
pensadas como herra-mientas para la dinamización de talleres y otras
actividades, y se dis-tribuyeron en organizaciones, eventos y paneles, entre
otros espacios.
4. Encuentros recreativos
Distintos encuentros re-creativos (Noche de Encuentro, Ciclo de
Cine-Debate y Feria de Organizaciones “La Kermés”), fueron la apertura a
presentar de manera dinámica y alentadora, proyectos y actividades de las
organizaciones paranaenses al resto de las organi-zaciones y a la comunidad
paranaense en general.
En particular, la primera Feria de las Organizaciones Sociales de Paraná
“La Kermés”, significó, sin dudas, la puesta en escena y apuesta colectiva más
significativa de esta experiencia de articula-ción de saberes. Más de 30
organizaciones de la ciudad pudieron apropiarse de un espacio abierto a la
presentación de cada una en diferentes formatos –a través de stands,
proyecciones audiovisuales, emisión en la radio abierta, juegos, etc.–, en un
evento integrador que permitió visibilizar la acción individual y también
conjunta.
Del diálogo y puesta en común como estrategias comunicacionales hacia el
reconocimiento y construcción de saberes colectivos
De lo descrito hasta aquí de la experiencia, nos parece importan-te
reflexionar sobre el reconocimiento de los saberes y la generación
192 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
de nuevos espacios de intercambio y construcción de conocimiento
colectivo, donde la apelación al diálogo y la puesta en común son las
estrategias comunicacionales centrales.
Afirmamos que la comunicación como dimensión de la vida coti-diana está
presente en todas las instancias de la vida organizacional, en la base de las
relaciones que en ella se generan, y que no es sólo el fin o producto de las
mismas, sino el medio que permite sostenerlas y potenciarlas. En este sentido,
cada una de las actividades y espacios planteados desde el PASOS nos permitió
reconocer también el poten-cial de la comunicación como dinamizadora de los
procesos de relación inter-organizacional, con vistas a fortalecer un espacio
asociativo.
El modo de comunicación dialógica nos permitió consolidar un modo de
relación basado en el encuentro con el “otro”.
Este encuentro implicaba una comprensión empática, un aprecio y
valoración positiva de los aportes que cada uno podía realizar, res-petando las
diversas y multivariadas descripciones o interpretacio-nes acerca de la
temática que tratábamos desde un lugar de pares, escuchando y aprehendiendo
desde los matices de la realidad que cada actor ponía en juego. Un encuentro
donde lo que importaba era el “estar ahí”, en interacción directa, en sintonía,
en congruen-cia, en integración, demostrando un involucramiento real, vívido
con el “otro”; afrontando el cumplimiento de los compromisos asu-midos, desde
un contacto significativo a partir del re-conocimiento mutuo y progresivo; con
relaciones simétricas, donde lo que cobraba importancia era una participación
colaborativa en la que se facilitara que emergiera un proceso nuevo de
construcción en común. Como expresan varios autores, “es la ‘confianza en el
propio organismo’ y en el ‘otro’ lo que permite abrirnos a la realidad de lo
diferente y de lo que se encuentra emergiendo” (Rogers y Rosenberg:1981), y eso
era esencialmente la propuesta del PASOS: una nueva forma de fortalecimiento y
articulación de saberes.
En este encuentro con el otro desde una relación dialógica, todas las
organizaciones fuimos partícipes de una experiencia transfor-madora, dado que
no entablamos una relación desde una postura neutral. Por el contrario, pusimos
en juego todos nuestros capitales
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 193
humanos, simbólicos y culturales en pos de la consolidación de un
diálogo en el que necesariamente, y según Javier Armenta (2008), “ambos
participantes puedan verse transformados por la misma ex-periencia. Visto de
otra manera implicaría que la ausencia de las defensas permiten una apertura a
la experiencia del ‘otro’ en donde terminamos enriquecidos o en un proceso de
revisión, reconstruc-ción o reconfiguración de nuestras experiencias”.
En este punto queremos introducir una serie de interrogantes que nos
acompañaron desde el inicio de la experiencia:
¿Qué implica construir un espacio asociativo?
¿Vale la pena consolidarlo como tal? ¿O es en el fluir y el devenir
cambiante y complejo que cobra sentido?
¿Qué tipo de fortalecimiento se va dando, teniendo en cuenta la
situación actual y las necesidades e intereses que estamos atravesando?
¿Qué relaciones posibles se generan?
Ahora bien, la experiencia de PASOS nos ha llevado a pregun-tarnos qué
implica construir un espacio asociativo que permita la acción colectiva, sin
diluir la identidad y el protagonismo de cada uno de los actores involucrados.
Qué procesos y dificultades supo-ne acordar un objetivo compartido, a partir de
iniciativas distintas. Qué transformaciones acarrea al interior de cada
organización, y qué compromisos demanda.
Podemos decir, siguiendo a Daniel Arroyo (2007), que el concep-to de
espacios asociativos surge en los nuevos contextos de aplica-bilidad de las
relaciones de asociabilidad, de intercambio y sosteni-miento entre
organizaciones que dependen directamente del Estado y otras de carácter no
gubernamental, llevando en sí mismas la posi-bilidad de crecimiento mutuo. De
este modo se pueden aprovechar al máximo los recursos con que contamos,
facilitando la unión entre lo social y lo productivo.
Otra característica es que los espacios asociativos no sólo repre-sentan
la posibilidad física de encuentro sino que también hacen
194 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
referencia a la necesidad de un vínculo que haga partícipes de un
es-pacio en común a todos los actores intervinientes. Espacio en común donde
cada organización mantiene las particularidades que la iden-tifican y
sostienen. De este modo, se facilita el enriquecimiento mu-tuo a través del
intercambio de saberes y, mediante la articulación, se construye entre los
distintos actores participantes un trabajo en red o asociado que permita la
transformación para el crecimiento.
En este sentido, la experiencia del PASOS nos confirma que es posible la
construcción progresiva y colectiva de vínculos y relaciones horizontales que
permitan a las organizaciones sociales potenciar las capacidades de gestión,
discusión y reflexión sobre necesidades prioritarias y formas de trabajo
asociativo, de definición de agendas comunes y de proyectos articulados. Todo a
partir de la creación de espacios de encuentro, actividades, e instancias y
estrategias no con-vencionales de comunicación e interacción creativas y
motivadoras de la participación.
Por otro lado, en muchos casos, la ausencia de espacios físicos o de
posibilidades de encuentros presenciales, nos lleva a preguntarnos: ¿qué y cómo
se sostiene un proyecto de articulación como el PASOS y cuál es su proyección a
futuro? Quizás sea justamente esta red de relaciones, que va tomando diferentes
caminos y características (unos se suman, otros redefinen su participación), la
que motiva y sostiene. Más allá de un núcleo “material y tangible”, lo que se
reconoce como significativo es la relación en sí misma, y la conciencia de que
existe como sentido compartido. En gran medida desconocemos la multi-plicación
e impacto que las actividades organizadas han tenido y ten-drán a largo plazo,
como por ejemplo en el caso del uso que se pueda dar al material producto del
relevamiento de las organizaciones, pero estamos convencidos de que el
potencial estará justamente en las re-laciones que se puedan construir a partir
de la socialización de esa información, en los múltiples cruces y tramas que se
vayan tejiendo.
Podría decirse que toda experiencia de trabajo asociado produce
intercambios entre personas, organizaciones y territorios, y generan algún tipo
de coordinación de estos intercambios a los que, a su vez, proyectan en
espacios mayores de incidencia. (Rovere:2005)
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 195
Es decir que, frente a las presunciones de la demanda de literali-dad
del concepto de “espacio” asociativo, la experiencia nos permite reflexionar
sobre la importancia de la prescindencia o trascendencia de las coordenadas de
tiempo y espacio, hacia unas coordenadas relacionales, más acordes con los
tiempos que corren de urgencia y superposición de actividades, y más
significativas a la hora de poner en juego la asociatividad o articulación.
El protagonismo, la pertenencia, las referencias y referentes, son todos
elementos que se vuelven por momentos intangibles pero no por eso menos reales.
De la relación Universidad/organizaciones sociales
A partir de recuperar la idea de un trabajo asociativo en el que se
potencien las capacidades específicas con que contamos las partes del grupo
promotor del proyecto, creemos importante destacar el rol que juega en este
proceso la Universidad, a través del ACC.
Reconocemos que la situación de aislamiento, fragilidad y mar-ginación
de la sociedad paranaense con relación a las instituciones del Estado, requiere
de una Universidad Pública comprometida con la realidad social en la que está
inmersa, que cumpla con aquellos fines enunciados en sus estatutos y que versan
sobre su obligación de: “Elaborar, desarrollar, transferir, promover y difundir
la cultura, la ciencia y la tecnología, orientándolas de acuerdo a las
necesidades nacionales y regionales, debiendo para ello interactuar con toda
or-ganización representativa de sus diversos sectores, a fin de informarse
directamente sobre sus problemas e inquietudes espirituales y materia-les y
propender a la elevación del nivel cultural de la colectividad para que le alcance
el beneficio de los avances científicos y tecnológicos y las elevadas
expresiones de la cultura nacional e internacional”.
Es por esto que haciendo hincapié en las funciones de articula-ción y de
(co) producción, democratización y socialización de conoci-mientos que le
incumben a la Universidad, el Área de Comunicación
Resolución de la Asamblea Universitaria N° 27 del 2 de marzo de 2002.
196 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
Comunitaria aspira a ser identificada progresivamente como arti-culadora
e integradora de las inquietudes de las organizaciones so-ciales y
comunitarias, como un espacio abierto en el que sea posible acordar acciones,
viabilizar y/o canalizar inquietudes, propuestas y apoyar proyectos de
desarrollo.
PASOS en la voz de sus protagonistas
“PASOS fue un desafío, una instancia más de aprendizaje donde nos
encontramos con nuestros límites y flaquezas, pero también con nuestras
renovadas ganas de seguir pensando en alternativas que permitan transformar la
sociedad, para aportar ‘un granito de are-na’ en la búsqueda incesante de otras
formas de vincularnos”.
“Uno de los principales indicadores de pobreza es la falta de
or-ganización o de lugares para participar en donde adquirir destrezas y
habilidades. Por eso creemos fundamental crear lazos y vínculos entre los
diferentes actores basados en la confianza como pilar cen-tral para generar
capital social”.
“En el año próximo deseamos volver a dar un nuevo paso pero ya
acompañados por algunas organizaciones que hemos ido conociendo en este
trayecto. Dos mil nueve debe ser un año de consolidación de este espacio de
articulación de saberes, pero también de potenciación de la articulación de
acciones, de generación de un pensamiento pro-pio que inscriba en algunos
ámbitos del Estado la voz de la sociedad en movimiento desde una mirada y un
hacer comprometido y solidario”.
Compartir PASOS, fue partir con otros/as hacia un recorrido en principio
incierto, pero cuyo sedimento se fue asentando en el terreno de las relaciones
y de los reconocimientos, a medida que avanzábamos. Con la mirada puesta en el
horizonte de posibilidades que genera el conocer-nos con las organizaciones
sociales de Paraná, seguimos caminando y construyendo.
Fundación Mujeres Tramando, Boletín El Cruce. Nº 5 (2008:13) Fundación
Eco Urbano, Boletín El Cruce. Nº 5 (2008:15). Asociación Civil Barriletes.
Boletín El Cruce. Nº 5 (2008:14-15).
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 197
Referencias bibliográficas
Armenta, J. (2008) “Diálogo y amistad: una perspectiva centrada en la
persona”, en Olas de Cambio, núm. 2. Counseling Red.
http://coun-selingred.com.ar/_newsletters/javier.htm.
Arroyo, D. (2007). “Prólogo”, en: Fleury, S; Uranga, W. et al.,
Políticas sociales de desarrollo y ciudadanía. Reflexiones desde el sur
Latinoamericano, Ministerio de Desarrollo Social (Secretaría de Políticas
Sociales y Desarrollo Humano), Buenos Aires.
Boletín El Cruce, núm. 5 (2008). Proyecto Pasos, Paraná.
Resolución De La Asamblea Universitaria, N° 27, 2 de marzo de 2002.
Rogers, C., y Rosenberg, R. (1981). La persona como centro, Barcelona:
Herder.
Rovere, M. y Tamargo M. (2005). Redes y coaliciones o como ampliar el
espacio de lo posible, Buenos Aires: Mimeo. www.gestionsocial.org. Biblioteca
Virtual Gestión Social.
AUTORAS Y AUTORES
Área de Comunicación Comunitaria
Fue creada en noviembre de 2004 e integra el Centro de Producción en
Comunicación y Educación (C.E.P.C.E.) de la Facultad de Ciencias de la
Educación de la Universidad Nacional de Entre Ríos, donde funciona la carrera
de Comunicación Social. Dado que la Comunicación Comunitaria como campo
específico no figura en la currícula de la carrera, la creación del ACC
persiguió fundamentalmente el objetivo de instalar esta temática en el ámbi-to
académico y profesional de los nuevos comunicadores sociales y educadores, y
contribuir a desarrollarlo en la región. Está integrada formalmente por
diecinueve personas entre docentes, graduadas y estudiantes de Comunicación
Social y recientemente también de Ciencias de la Educación, más aquellos que
colaboran con la reali-zación de proyectos puntuales. Trabaja con Proyectos en
Terreno y otras Actividades Académicas internas de formación. Para más
deta-lles, ver blog: http://areacomunicacioncomunitaria.wordpress.com o
escribir a comcom@fcedu.uner.edu.ar
El Área de Comunicación Comunitaria está integrada por:
Mg. Patricia Fasano (Coord.), Lic. Gretel Ramírez (Coord.), Lic. Laura
Rozados, Lic. Karina Arach Minella, Lic. Lucrecia Pérez Campos, Lic. Claudia
Medvescig, Lic. Irene Roquel, Lic. Pilar Espósito, Lic. Marianela Morzán, Lic.
Gretel Schneider, Lic. Verónica Mingarini, Prof. María Paula Baños, Prof.
Romina Krenz, Téc. Luciana Danielli, Téc. María Emilia Carrieres, Téc. Emanuel
Aguirre, Téc. Leandro Romero, Téc. Martín Yedro, Téc. Patricia Fontelles.
200 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
Emanuel Sebastián Aguirre
Técnico en Comunicación Social con orientación en Redacción (UNER,
2006). Cargo de Docente Auxiliar Alumno, Ad Honorem del Área de Comunicación
Comunitaria Facultad de Ciencias de la Educación (UNER) desde 2008. Integrante
del Proyecto de Extensión Comunicación Comunitaria en la cárcel desde el año
2007. Contacto: manirojo@hotmail.com
Julieta Aiassa
Diseñadora Gráfica. Tesista de la Licenciatura en Diseño de la
Comunicación Visual (UNL). Integrante del Proyecto Comunicación Comunitaria en
la Cárcel desde 2008. Contacto: julietaaiassa@ho-tmail.com
Karina Arach Minella
Licenciada en Comunicación Social (FCE-UNER). Doctoranda en Ciencias
Sociales (UNER). Docente de grado en la Facultad Ciencias de la Educación
(UNER) y en las carreras de Licenciatura en Comunicación Social y Tecnicatura
en Diseño (UCSE-DAR). Extensionista (UNER). Especialista en comunicación
organizacional y comunitaria. Contacto: karinaarach@yahoo.com.ar
Trinidad Balbuena
Licenciada en Comunicación Social (UNER). Integrante del Proyecto de
Extensión Comunicación Comunitaria en la cárcel des-de el 2007. Desde 2008
colaboradora del Área de Comunicación Comunitaria de la Facultad de Ciencias de
la Educación (UNER). Contacto: trinitolk@hotmail.com
Paula Baños
Profesora en Ciencias de la Educación, estudiante de la Licenciatura en
Ciencias de la Educación FCE-UNER. Extensionista desde 2008 en el Proyecto
Comunicación Comunitaria en la Cárcel.
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 201
Integrante del Área de Comunicación Comunitaria desde 2008. Contacto:
neshika_8@hotmail.com
Gabriela Bergomás
Profesora en Ciencias de la Educación. Secretaria Técnica del Centro de
Producción en Comunicación y Educación de la Facultad de Ciencias de la
Educación, Universidad Nacional de Entre Ríos.
María Emilia Carrieres
Técnica en Comunicación Social. Estudiante de la Licenciatura en
Comunicación Social FCE-UNER. Integrante del Área de Comunicación Comunitaria
desde 2005. Extensionista en el Proyecto Viejas Historias: Memoria Barrial y
Tercera Edad; e integrante de PASOS, Proyecto de Articulación de Saberes de las
Organizaciones Sociales. Contacto: memi159@hotmail.com
Luciana Danielli
Técnica en Comunicación Social. Estudiante de la Licenciatura en
Comunicación Social (UNER). Integrante y becaria del Proyecto de Extensión
“Viejas Historias: Memoria Barrial y Tercera Edad” (UNER). Integrante del Área
de Comunicación Comunitaria de la Facultad de Ciencias de la Educación (UNER,
desde 2005). Contacto: luchidanielli@yahoo.com.ar
Pilar Espósito
Licenciada en Comunicación Social. Integrante del Área de Comunicación
Comunitaria desde 2004. Colaboradora de los Proyectos de Extensión
“Comunicación Comunitaria: haciendo la radio” (2004 a 2006), “El taller
vivencial como estrategia de preven-ción de noviazgos violentos” (2005) y
“Comunicación Comunitaria en la cárcel” (desde 2006 hasta 2008). Contacto:
pilaresposito@ yahoo.com
202 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
Patricia Fasano
Licenciada en Ciencias de la Información (UNER, 1993). Magíster (UNAM,
2003) y doctoranda (UFRGS) en Antropología Social. Investigadora sobre
comunicación en sectores populares. Coordinadora del Área de Comunicación
Comunitaria de la Facultad de Ciencias de la Educación (UNER). Contacto:
quiensabe@arnet.com.ar
Néstor Ganduglia
Psicólogo, psicólogo social, docente y educador popular urugua-yo.
Profesor responsable de cátedra en Ciencias de la Comunicación de la Univ. de
la República (1994, 2000), Prof. de la Maestría en Educación Popular de la MFAL
(desde 1990). Investigador en cultu-ras, memorias y saberes populares de
América Latina. Actual direc-tor del proyecto “Desarrollo culturalmente
sostenible” en 6 países latinoamericanos. Director del Foro Latinoamericano
“Memoria e identidad” (2004-2009).
Jorge Huergo
Profesor en Filosofía y Pedagogía y Magíster en Planificación de la
Comunicación. Profesor Titular y Director del Centro de Comunicación y
Educación de la UNLP. Docente de Maestrías y Doctorados en varias Universidades
de Argentina y América Latina. Miembro de la Asamblea del Instituto de Cultura
Popular (INCUPO) y de la Coordinación Nacional del Seminario de Formación
Teológica. Coordinador del Programa de Transformaciones Curriculares en la
Dirección de Educación Superior de la Provincia de Bs. As.
Juan Isella
Docente de facultad de Ciencias Sociales, UBA en la cátedra del Taller
de Comunicación Comunitaria e Instituto de Formación Docente de la provincia de
Buenos Aires. Integrante del Equipo Técnico Regional para la capacitación de
docente dependiente de la Dirección de Educación y Cultura. Maestrando en
Investigación Social Universita di Bologna/Tres de Febrero.
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 203
Romina Krenz
Profesora de Ciencias de la Educación (2009). Integrante del Proyecto
Comunicación Comunitaria en la Cárcel del 2007 y del Área de Comunicación
Comunitaria de la Facultad de Ciencias de la Educación desde 2008. Contacto:
rominakrenz@hotmail.com
María Cristina Mata
Licenciada en Letras, desde hace casi 30 años se desempeña como
profesora e investigadora en el campo de la comunicación. Directora de la
Maestría en Comunicación y Cultura Contemporánea del Centro de Estudios
Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba y Directora del Programa de
Estudios sobre Comunicación y Ciudadanía del mismo Centro donde, además, se
desempeña como docente e investigadora por concurso desde 1994. Profesora de
dife-rentes carreras de posgrado de Argentina, ha dictado cursos y confe-rencias
en diferentes universidades de países latinoamericanos. Fue Directora de la
Escuela de Ciencias de la Información de la U.N.C. (2002-2005) y Directora de
la Región Cono Sur de FELAFACS (Federación Latinoamericana de Facultades de
Comunicación Social) (2004-2008). Tanto a nivel académico como en relación con
organis-mos nacionales e internacionales de comunicación, sus principales
trabajos han estado vinculados al papel que cumplen los sistemas y medios de
comunicación masiva en la sociedad actual, especiali-zándose en campos tales
como la comunicación popular, el estudio de los públicos y los procesos de
mediatización cultural y las vin-culaciones entre política y comunicación.
Durante más de 10 años fue Coordinadora del Área de Investigación de ALER
(Asociación Latinoamericana de Educación Radiofónica), institución con la que
sigue cooperando en el estudio de la relación de las emisoras populares y sus
audiencias. Es integrante de la Colación por una Radiodifusión Democrática.
Claudia Medvescig
Licenciada en Comunicación Social (UNER). Docente auxiliar de primera
categoría Ad-Honorem en el Área de Comunicación
204 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
Comunitaria de la Facultad de Ciencias de la Educación (UNER).
Realización de registros de campo y coordinadora de talleres de co-municación,
producción de publicaciones, y gestión de articulación de proyectos
inter-organizacionales. Integrante del P.E “Memoria Barrial y Tercera Edad”, e
integrante del equipo articulador del Proyecto Pasos. Contacto:
claumedvescig@hotmail.com
Verónica Mingarini
Licenciada en Comunicación Social (UNER, 2008). Docente e integrante del
Equipo de Medios Comunitarios y de proyectos con organizaciones sociales del
Área de Comunicación Comunitaria de la Facultad de Ciencias de la Educación
(UNER, desde 2005). Contacto: veronicamingarini@yahoo.com.ar
Marianela Morzán
Licenciada en Comunicación Social. Docente del Área de Comunicación
Comunitaria e integrante de proyectos relacionados con medios comunitarios y
organizaciones sociales desde el 2004. Comunicadora organizacional en diversas
instituciones, desde el 2005. Contacto: marianelamor@yahoo.com.ar
Mara Adriana Muscia
Licenciada en Ciencias de la Comunicación (UBA, 1998) y Profesora en
Comunicación Social (UNER, 2006). Docente del Área de Comunicación Comunitaria
de la Facultad de Ciencias de la Educación (UNER) desde 2007. Integrante del
Proyecto de Extensión “Viejas Historias: Memoria Barrial y Tercera Edad” desde
el año 2007. Contacto: maramuscia@yahoo.com.ar
Lucrecia Pérez Campos
Licenciada en Ciencias de la Información (UNER, 1994). Docente de
Teorías de la Comunicación (UNER, desde 1997) y del Área de Comunicación
Comunitaria de la Facultad de Ciencias
CONSTRUYENDO COMUNIDADES... 205
de la Educación (UNER, desde 2005). Directora del Proyecto de Extensión
Comunicación Comunitaria en la cárcel desde el año 2006. Contacto:
luperezcampos@hotmail.com
Gretel Ramírez
Licenciada en Comunicación Social (UNER, 2002). Extensionista en
Proyectos de Comunicación Comunitaria desde 2005. Co-Coordinadora del Área
Comunicación Comunitaria (FCE -UNER). Coordinadora de P.A.S.O.S (2008-2009).
Docente. Contacto: grete-lramirez@educ.ar
Leandro Romero
Técnico en Comunicación Social, estudiante de la Licenciatura y del
Profesorado en Comunicación Social FCE-UNER. Extensionista desde 2008 en el
Proyecto Comunicación Comunitaria en la Cárcel. Integrante del Área de
Comunicación Comunitaria desde 2008. Contacto: leandroromero78@yahoo.com
Irene Liza Roquel
Licenciada en Comunicación Social (UNER, 2006). Diplomatura de Posgrado
en Desarrollo Cultural Comunitario (UAB, 2008). Integrante del ACC desde su
creación y de los equipos de los proyectos en terreno: Memoria barrial y
tercera edad, PASOS, y Comunicación Comunitaria en la cárcel. Contacto:
irene.roquel@ gmail.com
Laura Rozados
Docente de la cátedra de Semiótica de la Facultad de Ciencias de la
Educación (UNER). Directora del Proyecto de Extensión “El ta-ller vivencial
como estrategia de prevención de noviazgos violentos”. Integrante del Área de
Comunicación Comunitaria desde 2005. Investigadora en cuestiones de violencia y
género. Defensora de los derechos de las mujeres. Contacto:
laurarozados@arnet.com.ar
206 ÁREA DE COMUNICACIÓN
COMUNITARIA (COMPILADORES)
Gretel Schneider
Licenciada en Comunicación Social (2007), estudiante del Profesorado en
Comunicación Social FCE -UNER. Extensionista desde 2005 del Proyecto
Comunicación Comunitaria en la Cárcel. Integrante del Área de Comunicación
Comunitaria de la Facultad de Ciencias de la Educación (UNER) desde 2005.
Contacto: greschneider@gmail.com
Washington Uranga
Periodista, docente e investigador. Es editorialista del diario Página
12 (Buenos Aires) y docente en grado y posgrado en varias universidades
nacionales.

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