© Libro N° 8933. ¡Todo El Poder Para La Asamblea! Comunidad Y
Participación En La Democracia Ateniense. López Barja De Quiroga, Pedro. Emancipación. Agosto
14 De 2021.
Título
original: ©
"¡TODO EL PODER
PARA LA ASAMBLEA!" Comunidad y participación en la democracia ateniense. Pedro
López Barja de Quiroga
Versión Original: © "¡TODO EL PODER PARA LA
ASAMBLEA!" Comunidad y participación en la democracia ateniense. Pedro
López Barja de Quiroga
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
https://omegalfa.es/downloadfile.php?file=libros/comunidad-y-participacion-en-la-democracia-ateniense.pdf
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O. de Imagen original:
cubaencuentro.com
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
¡TODO
EL PODER PARA LA ASAMBLEA!
Comunidad y participación en la democracia ateniense
Pedro López Barja de Quiroga
¡TODO EL PODER PARA LA ASAMBLEA!
Comunidad y participación en la democracia
ateniense
Pedro López Barja de Quiroga
"¡TODO EL PODER PARA
LA ASAMBLEA!"
Comunidad
y participación en la democracia ateniense.
Pedro
López Barja de Quiroga
Univ. de Santiago de Compostela
Biblioteca Omegalfa
1. INTRODUCCIÓN
Mi intención en el día de hoy es la de ofrecer un panorama significativo
del funcionamiento de la democracia ateniense, esto es, llevar a cabo una
lectura, entre las muchas posibles, que sub-raye lo que desde la atalaya de
nuestro presente es importante olvidando otros aspectos más accesorios. Con
otras palabras, les amenazo con una distorsión deliberada del tema que nos
ocupa, no sólo por obvias razones de tiempo sino también porque sólo subrayando
y seleccionando podemos empezar a comprender.
Con esto no quiero abogar en favor de una lectura simplista que pretenda
trasplantar sin más algunos rasgos espigados del pasado griego a la realidad
actual. Contamos con muchos ejem-plos de los riesgos implícitos en semejante
actitud. A finales del siglo XIX, la propaganda antiabolicionista en los
Estados Unidos recurría a menudo al ejemplo de Atenas como prueba de que
esclavitud y democracia eran perfectamente compatibles; y muy recientemente, en
1990, una diputada del Frente Nacional de Jean Marie Le Pen hablaba largamente
ante la Asamblea francesa sobre los metecos atenienses (que eran extranjeros
residentes en el Ática sin derechos de ciudadanía ni de acceso a la propiedad
de bienes inmuebles) para explicar cómo debe afrontar una demo-cracia el problema
de la inmigración: naturalmente, discriminan-do a los inmigrantes.
1
Sé que de todas estas cuestiones se tratará más extensamente otro día,
pero considero adecuado iniciar mi exposición con esta señal de advertencia
ante los riesgos inherentes a toda idealiza-ción excesiva de la Atenas
democrática. Y para evitar tales exce-sos, nada mejor que partir de un prudente
distanciamiento que nos permita comprobar las diferencias, enormes en todos los
as-pectos, radicales en muchas de sus dimensiones, entre el pasado griego y
nuestro presente. En una palabra, será necesario devol-verle al pasado sus
rasgos específicos situándolos en su contexto histórico propio. En nuestro
caso, se trata, evidentemente, de la Atenas democrática, es decir, la que
arranca con las reformas de Efialtes en el 462 a.C. y llega hasta la
destrucción definitiva de la democracia por el poder macedonio en el 322 a.C.
En este siglo y medio, Atenas pasó por dos etapas bien distintas: la primera,
de supremacía indiscutible en el Egeo, seguida de un largo conflicto con
Esparta (la guerra del Peloponeso) que conducirá a la derrota de Atenas y a un
breve y brutal paréntesis oligárquico en el 404. Con el restablecimiento de la
democracia al año siguiente, da co-mienzo una nueva fase, durante la cual
Atenas ocupa un lugar subordinado ante la hegemonía primero de Esparta, luego
de Tebas y finalmente de Macedonia. Conserva, pese a todo, su prestigio y su
independencia y aún habla con voz propia en los asuntos internacionales.
La distinción entre la Atenas triunfante del siglo V y la más modesta
del siglo IV tendrá consecuencias importantes para nuestra exposición, como
veremos. Pero antes, quiero exponerles brevemente el camino que vamos a seguir.
Comenzaré con un análisis sucinto del concepto de pólis, imprescindible si
queremos evitar las fáciles extrapolaciones a las que acabo de referirme,
porque la democracia en una pólis, por definición, ha de presen-tar rasgos
específicos, diferentes de la democracia implantada en un estado. Luego
abordaré el núcleo de mi conferencia con un
2
estudio detallado del funcionamiento institucional de la demo-cracia en
Atenas, para concluir destacando su carácter tan singu-lar, no repetido nunca a
lo largo de la Historia hasta nuestros días.
2. LA PÓLIS
Como digo, el primer concepto que debemos precisar es el de pólis, y
hemos de hacerlo con especial énfasis, porque se ha di-fundido en exceso la
traducción, singularmente inapropiada, de pólis como ciudad-estado. En primer
lugar, no era absolutamente necesario que en cada pólis hubiera un núcleo
urbano, aunque sea cierto que así ocurría en la mayor parte de los casos. De
una de las póleis más importantes de Grecia, Esparta, sabemos que a finales del
siglo V aún vivía dispersa en aldeas, sin santuarios ni edificios suntuosos
(Tuc. 1,10,2). Aunque el proceso de urbaniza-ción volvió cada vez más raras
situaciones como la de Esparta, todavía en el siglo II d.C., Panopeo en la
Fócide (Grecia central) era una pólis, pero no una ciudad, pues carecía de
teatro, de ágo-ra y de cualquier clase de edificios oficiales (Paus. 10,4,1).
Con todo, mayor reproche ha de recaer, en el binomio ciudad-estado,
sobre este segundo término. El concepto moderno de estado tiene como uno de sus
componentes centrales la noción de territorio, pues un estado se entiende como
el ejercicio del poder soberano sobre un determinado territorio. La soberanía,
desde luego, nunca fue un rasgo determinante de la pólis griega que, como tal,
sobrevivió mal que bien incluso una vez integrada en el Imperio romano y
sometida a él. Y lo mismo puede aplicarse también al territorio, porque los
griegos atendieron siempre mu-cho más a la comunidad de ciudadanos que al lugar
físico donde habitaban. Una pólis puede emigrar colectivamente, trasladarse a
otro lugar, sin alterar por ello su ser como pólis: cuando el avance
3
persa obligó a todos los habitantes de Focea, en la costa occiden-tal de
la actual Turquía, a embarcarse y abandonar su ciudad (Hdt. 1,165), la pólis no
desapareció por ello, sino que siguió exis-tiendo en el cuerpo ciudadano que
peregrinaba de un lugar a otro del Mediterráneo buscando un lugar donde
asentarse. Lo mismo ocurrió cuando, algunos años más tarde, los atenienses
hubieron de abandonar Atenas al saqueo persa. En este punto, el lenguaje es
fundamental: no se habla tanto de Atenas sino de los atenien-ses, no de Esparta
sino de los espartanos. De modo sistemático, en los tratados internacionales,
en las obras de historia o en las tragedias, la referencia a la pólis ateniense
se hace como "hoi Athenaioi", "los atenienses", aunque
nosotros, imbuidos de la noción moderna de estado, traduzcamos como
"Atenas".
La pólis, por tanto, no es un estado sino una comunidad de personas
sometida a una misma ley. El romano Cicerón no hará otra cosa que retomar la
larga tradición griega de pensamiento político cuando traduce la res publica
romana como una res popu-li, una cosa, algo, que es de todos, del conjunto del
pueblo. De esta definición de la pólis se derivan dos consecuencias que serán
importantes para nuestro tratamiento ulterior de la democracia de los
atenienses. La primera de ellas atiende a la composición de la comunidad, que
lógicamente ya no viene determinada por el territorio. A diferencia de los que
sucede en un estado moderno, en Grecia no todos los nacidos dentro de las
fronteras de la pólis adquieren la ciudadanía sino sólo los hijos de
ciudadanos, porque, una vez más, el criterio decisivo es la comunidad, no el
territorio. En Atenas había 30.000 ciudadanos varones adultos junto a 20.000
metecos varones adultos, muchos de ellos griegos, proce-dentes de otras póleis,
que habían residido en Atenas desde hacía varias generaciones, sin que por ello
cambiase su situación jurídi-ca, que era muy desfavorable: en efecto, no sólo
carecían de de-rechos políticos sino que tampoco podían adquirir la propiedad
4
sobre bienes inmuebles (casas y tierras). En el 451 a.C., Pericles logró
que se aprobase una ley en Atenas que enduracía los requi-sitos para obtener la
ciudadanía, pues a partir de entonces fue preciso que tanto el padre como la
madre fuesen atenienses para que el hijo heredase tal condición. Esta ley, que
se mantuvo vi-gente a lo largo del siglo IV, aumentó de hecho el aislamiento de
los metecos penalizando los matrimonios mixtos.
La segunda consecuencia, a la que antes aludía, se refiere a la
separación, e incluso el enfrentamiento entre el estado y la so-ciedad, tan
característica de nuestra época y sin embargo inexis-tente en la Grecia
antigua, donde la pólis se identifica, como he-mos visto, con la comunidad y no
con el aparato de poder políti-co. Por esta razón, en Grecia no podía cuajar el
concepto de dere-chos inherentes y universales del ciudadano, que le sirvan
para protegerse frente a las injerencias cada vez más temibles del es-tado.
Aunque algún pensador aislado pudo tal vez acercarse a esta visión garantista
de la ley (Licofrón en Aristóteles), en térmi-nos generales, nunca hubo
solución de continuidad entre los ciu-dadanos y la constitución política que
regulaba su vida y sus insti-tuciones. Son numerosísimos los textos que de una
u otra forma aluden a este principio. Comencemos por uno de los más céle-bres,
la oración fúnebre que Tucídides pone en boca de Pericles para honrar a los
caídos atenienses en el primer año de la guerra del Peloponeso. A nosotros no
nos interesa ahora determinar si el historiador quiso o no recoger fielmente
las palabras del célebre político, nos basta con saber que su intención era
realizar una de las escasas apologías que han llegado a nosotros de la
democracia ateniense. Pericles es muy claro al respecto: los atenienses somos
como somos en nuestro quehacer cotidiano, en nuestra vida pri-vada tanto como
en la pública, porque tenemos una constitución democrática, que permite
desarrollar y mejorar la personalidad de cada ateniense tomado individualmente.
Desde una perspecti-
5
va justamente contraria, antidemocrática, Platón vendrá a coinci-dir en
este isomorfismo, llamémoslo así, entre el hombre y la pó-lis: en una ciudad
tiránica, la psicología de sus habitantes tendrá unos rasgos específicos,
diferentes de los que encontramos entre quienes viven en una democracia o en
una oligarquía. Era éste un principio tan evidente para Platón que ni siquiera
se tomó la mo-lestia de intentar demostrarlo. La raíz profunda se encuentra en
la ley concebida como educadora. Para nosotros, la ley debe adaptarse a la
voluntad de los ciudadanos, y cambiar a medida que esta última vaya
alterándose. La perspectiva griega era jus-tamente la contraria, pues la ley
moldeaba el carácter de quienes estaban bajo su influjo, era su educadora. Por
esta razón Sócrates en el Critón platónico se niega a huir del corredor de la
muerte donde espera su ejecución por cicuta, porque el ciudadano se lo debe
todo a la ley: fue engendrado según las leyes que rigen el matrimonio, educado
de acuerdo con las leyes sobre educación.
En resumidas cuentas, la intimidad, la privacidad, tan anglosa-jona, no
encuentran ni el más mínimo reconocimiento en el pen-samiento político griego,
deficiencia que abría la puerta al totali-tarismo más drástico, al sometimiento
absoluto y pleno del indi-viduo a la ley, como en la utopía platónica de la
República.
Que la pólis sea una comunidad no significa que todos puedan o deban
participar en el gobierno. Muy al contrario, la democra-cia tuvo un carácter
verdaderamente excepcional en la historia de Grecia, donde abundaron siempre
los gobiernos oligárquicos, más o menos moderados, que justificaban su
supremacía política en su mayor contribución económica: porque eran ellos
quienes en mayor medida soportaban los gastos de la entera comunidad, tanto en
tiempos de paz como especialmente en tiempo de gue-rra, consideraban los
oligarcas justo y apropiado que les corres-pondiera también una parte mayor en
el gobierno de la pólis. Con
6
todo, incluso en una oligarquía, los habitantes de una pólis son
miembros de una comunidad, no súbditos. La diferencia se expre-sa gráficamente
en el relato del enfrentamiento entre persas y griegos que conocemos con el
nombre de Guerras Médicas: los persas acudían a la batalla empujados a
latigazos por sus oficiales quienes cavaban trincheras detrás de sus filas para
evitar que huyeran, mientras los griegos avanzaban libres, todos al mismo ritmo
marcado por la flauta. Entre los persas, el monarca era un pastor que tenía a
su cuidado un rebaño de ovejas, pero no había pastores entre los griegos, no
había reyes. Y la diferencia pienso puede percibirse bien en el mismo texto de
las leyes del arcaísmo griego. Uno de los textos legislativos más antiguos que
ha llegado hasta nosotros, la ley de Dreros, en Creta, de mediados del siglo
VII a.C. comienza proclamando: "la Ciudad ha decidido" (H.van
Effenterre y F.Ruzé, Nomima, vol.I, Roma, 1994, nº81). No puede afirmarse con
mayor rotundidad que es la entera comunidad quien se dota a sí misma de las
leyes que precisa, sin recurrir a ninguna instancia superior. El contraste es
evidente si recordamos que, por ejemplo, en el código de Hammurabi es el dios
Marduk quien entrega la ley al monarca babilonio, igual que Moisés subió al
Sinaí a recoger de Yaveh la Torah. Cuando es un dios quien or-dena, la
reflexión y la discusión sobre lo justo e injusto de un sis-tema político
resultan inviables.
3. DEMOCRACIA DIRECTA
Una vez que hemos revisado el concepto de pólis, entendere-mos con mayor
facilidad, creo, que la democracia que llegó a im-plantarse en Atenas hubo de
ser radicalmente diferente de la nuestra, en tanto que es la democracia de una
comunidad some-tida a la ley, no la de un estado moderno. Por ello no es de
extra-ñar que notemos en ella la ausencia de dos principios políticos
7
que nosotros consideramos vertebrales en una democracia, en concreto, el
gobierno representativo y la división de poderes. Consideremos cada uno de
ellos por separado.
3.a. Gobierno representativo.
En Atenas imperaba la fragmentación del poder de modo que pudiera
repartirse sucesivamente entre todos sin que nadie pu-diera concentrar en sus
manos una cantidad excesiva. En este punto podemos considerarla heredera del
llamado pensamiento geométrico que había ido desarrollándose desde el siglo VII
a.C.: igual que la Tierra se halla en equilibrio en el centro del cosmos porque
está sometida a fuerzas contrarias y equivalentes sin que ningún cuerpo celeste
tenga poder sobre ella, en la ciudad se po-día obtener un equilibrio semejante
depositando el poder en el centro de modo que todos estuvieran a la misma
distancia de él. En Atenas, este objetivo se alcanzó mediante dos
procedimien-tos: el sorteo y la decisión asamblearia. En cuanto al primero,
Aristóteles (Política, 1317b) consideraba el recurso generalizado al sorteo
como uno de los principales rasgos democráticos, por-que "una
característica de la libertad es gobernar y ser goberna-dos por turno".
Por el contrario, en las oligarquías se evitaba el sorteo y se recurría de modo
preferente a la elección por parte de los ciudadanos. Basta con echar un
vistazo al cuadro adjunto para comprobar que, aparte de la Asamblea, todas las
restantes insti-tuciones atenienses se cubrían mediante sorteo. Sólo se emplea
la elección para designar a los generales (strategoí) y a los cargos con
responsabilidad financiera (tesoreros, etc.). Éstos últimos, además, sólo los
pueden desempeñar personas que tengan un patrimonio mínimo con el fin de que si
resultan culpables por malversación de fondos pudiera obligárseles a reponer lo
perdido con su propio dinero. Tanto los estrategas como los tesoreros eran
cargos anuales y estaban sometidos a un control particular-
8
mente riguroso, pues si los restantes magistrados, como veremos más
adelante, debían rendir cuentas al abandonar el cargo, los estrategas en
cualquier momento podían ser depuestos por la asamblea. Comprendemos fácilmente
ese temor a su excesivo poder, porque se trataba de magistraturas electivas, es
decir, con apoyo popular, y que además gestionaban el dinero público y dirigían
el ejercito. Como estratega reelegido año tras año, desde el 440 hasta su
muerte en 429 dirigió Pericles los asuntos de Ate-nas con un predominio tan
ostensible que, según Tucídides, en aquellos años, aunque se mantenía en
apariencia la democracia, se trataba en realidad del gobierno del primer
ciudadano, esto es, del propio Pericles.
El sorteo no se realizaba directamente sobre el conjunto de los
ciudadanos sino de tal modo que la Boulé y los jurados constitu-yeran una
representación equilibrada de las distintas partes del Ática. Para la Boulé,
cada uno de los demoi (pequeñas circuns-cripciones territoriales en las que
estaba dividida el Ática) tenía asignada una cuota que sabemos variaba en
función del número de ciudadanos registrados en cada demos. Así se lograba que
to-das las partes del Ática estuvieran representadas en la Boulé en proporción
a su peso demográfico. Para los jurados, el procedi-miento era más complejo,
aunque obedecía al mismo principio. Cada año se designaban seis mil jurados
entre quienes se presen-taran voluntariamente: ignoramos qué ocurría cuando el
número de voluntarios no alcanzaba esa cifra o la superaba, aunque es verosímil
que, en éste último caso, se recurriera al sorteo. Los así elegidos debían
prestar un juramento y (desde el 380 a.C.) reci-bían una tésera (pinakion) con
su nombre y patronímico, sellada con el emblema que figura en el reverso de los
trióbolos, moneda ateniense por valor de tres óbolos, que era la paga diaria
que ob-tenían los jurados. De esta forma, se reunía un panel de seis mil
jurados potenciales perfectamente identificados. Para constituir
9
los tribunales, el procedimiento fue perfeccionándose con el tiempo
hasta alcanzar una gran complejidad con una reforma en el 380 a.C., que, en
síntesis, disponía lo siguiente: cada día, de ese panel de seis mil, quienes
deseaban servir como jurados se pre-sentaban voluntarios y una aparato especial
(el kleroterion, algo así como el loteador) seleccionaba al azar y utilizando
los pinakia el número requerido (en función del número de juicios que fue-ran a
celebrarse ese día), cuidando de que al final hubiera un nú-mero idéntico de
jurados de cada una de las diez tribus. Un se-gundo sorteo repartía a los
elegidos entre los distintos tribunales. El objetivo de todo este complicado
proceso era asegurarse de que nadie pudiera saber de antemano qué casos habría de
juzgar (pues tal conocimiento lo haría susceptible de soborno) garanti-zando al
tiempo que cada tribunal, cada dikasterion venía a ser una representación
aleatoria, pero proporcionada de las distintas partes de la pólis ateniense,
puesto que las tribus, en tanto que agrupaciones de demoi, tenían también una
base territorial. De este modo, al igual que en la Boulé, el voto de los
jurados era equivalente, en proporción aritmética, al voto de todos los
ciuda-danos en la Asamblea
En segundo lugar, después del sorteo, mencionamos la deci-sión
asamblearia. Hemos visto que tanto los jurados como la Bou-lé se constituyen
como representaciones proporcionales, en mi-niatura, del conjunto de la
ciudadanía con el fin de que pudieran actuar como sus legítimos portavoces. Aún
así, un elevado núme-ro de cuestiones siguió siendo competencia de la Asamblea,
algu-nas de ellas más o menos honoríficas (como la concesión de la ciudadanía),
pero también otras de la mayor trascendencia, como las declaraciones de guerra,
los tratados de paz o la ley de presu-puestos, por llamarla así (el merismos),
que establecía el reparto entre las diversas instituciones del dinero público.
El funcionamiento de la Asamblea era simple. Con un adelanto
10
suficiente, la Boulé fijaba el orden del día y ordenaba exponerlo en las
estatuas de los Héroes Epónimos con el fin de que todos pudieran conocerlas.
Estos probouleumata podían indicar, sim-plemente, los asuntos que debían
tratarse en la Asamblea o con-tener también una propuesta concreta para algunos
de ellas, pe-ro en ambos casos, la Asamblea gozaba de plena libertad para
añadir, modificar o enmendar la propuesta de la Boulé. Al llegar el día, quien
lo deseara subía a la tribuna de los oradores para exponer sus puntos de vista.
En principio, cualquiera podía hacer-lo, pero era natural que, la mayoría de
las veces, sólo intervinie-ran quienes tuvieran una cierta educación oratoria.
De este mo-do, resultó que en el régimen democrático el poder político pasó a
depender directamente del poder de conviccion y no es de ex-trañar que,
precisamente ahora, a partir de mediados del siglo V, comenzaran a proliferar
en diversas ciudades griegas y sobre todo en Atenas, los sofistas, cuya misión
era la de enseñar a quienes pudieran pagarlo los recursos oratorios y los
conocimientos polí-ticos que permitían destacar en la gestión de los asuntos
públicos. La aristocracia, que hasta ese momento había cimentado su po-der
sobre clientelas más o menos amplias de dependientes y so-bre su mayor
capacidad de gasto en beneficio de la comunidad, tuvo que acostumbrarse a esta
nueva forma de hacer las cosas. Todo fue bien mientras los dirigentes, como en
el caso de Peri-cles, siguieron perteneciendo a las familias tradicionalmente do-minantes
en Atenas, pero a finales del siglo V, comenzaron a apa-recer personajes de
origen plebeyo que se habían enriquecido y que lograron obtener para sí mismos
la influencia hasta entonces reservada a las familias aristocráticas. Eran
hombres nuevos sobre quienes recayó el odio, la burla y el sarcasmo de la vieja
aristocra-cia, que los motejó de demagogos y los acusó de manipular
ser-vilmente los apetitos del demos. En la comedia aparecen como curtidores,
artesanos, etc., lo que da pie a pensar que sus fuentes
11
de ingresos no dependían de la agricultura, como había sido tra-dicional
hasta entonces entre los líderes políticos.
La introducción de la democracia en Atenas supuso por tanto un cambio en
la forma de ejercer el poder político, que ahora dependía de la oratoria, y
lógicamente también, alteraciones pro-fundas en la distribución de ese poder en
el seno de la sociedad, pero no supuso la desaparición de los dirigentes como
tales. En otras palabras, siguió existiendo un reducido grupo de personas cuya
influencia era sobresaliente en la dirección de los asuntos públicos: son los
denominados rhetores (oradores) o bien, dema-gogos según el tono más o menos
despectivo que se quiera em-plear. Según nos cuenta Demostenes, con no
disimulada compla-cencia, cuando en Atenas se supo que los macedonios habían
atacado .... en la Asamblea nadie quiso hablar y todas las miradas
se dirigieron hacia él confiando en que con sus propuestas les indicara
el camino a seguir. La diferencia estriba en que estos dirigentes nunca
pudieron confiar en que sus ideas contaran con el beneplácito de la Asamblea,
que en cualquier momento podía optar por desautorizarlos, como le ocurrió a
Pericles en una céle-bre ocasión cuando los atenienses comprendieron que la
guerra contra Esparta presentaba mayores dificultades de las que ellos habían
supuesto. Sin duda, los oradores contaban con subordina-dos que les apoyaban,
con testaferros que introdujeran sus pro-puestas en la Boulé para que llegaran
a la Asamblea y podrían, varios de ellos, coaligarse entre sí frente a un
tercero, pero todas estas estrategias carecen, evidentemente, de la típica
rigidez de los partidos políticos modernos. Ésta es otra de las diferencias
importantes que separan la democracia antigua de la nuestra: en Atenas no había
partidos políticos, no podía haberlos porque, como hemos visto, el gobierno no
era representativo sino directo, y los partidos son meras organizaciones
preparadas para captar votos con los que auparse al poder. En Atenas había
facciones,
12
claro, grupos de presión incluso si queremos optar por una termi-nología
modernizante, agrupaciones políticas siempre inestables y cambiantes que no
contaban con la legitimidad que da el voto. Cuando Demóstenes se ponía de pie
para hablar ante sus conciu-dadanos no tenía otro respaldo que su propio
prestigio.
Hemos dicho anteriormente que todos los ciudadanos podían formar parte
de la Asamblea, pero esto sólo es verdad en teoría. En la práctica, según lo ha
mostrado la arqueologia, en la colina llamada Pnyx donde se celebraban las
reuniones sólo cabían seis mil personas sentadas en bancos de madera. Sabemos
que, de hecho, cuando se sobrepasaba esa cifra, los últimos en llegar se
quedaban fuera y no se les permitía participar de ninguna forma en las
deliberaciones. Naturalmente, esto sólo sucedía cuando se planteaban cuestiones
vitales, como por ejemplo, una declaración de guerra, porque para asuntos más
rutinarios quienes residieran lejos de la misma Atenas no se tomarían la
molestia de empren-der un largo viaje a pie, salvo cuando el orden del día, por
el mo-tivo que fuese, les afectara directamente.
Se nos plantea así una de las paradojas más interesantes de la
democracia ateniense, pues resulta que la Asamblea contaba con una composición
más desequilibrada que la Boulé o los jurados, en donde, como hemos visto,
todas las partes del Ática se halla-ban equitativamente representadas. La
agitada historia del siglo V hizo comprender a los atenienses los peligros que
entrañaba una dependencia excesiva de las decisiones de la Asamblea, porque su
composición podía variar grandemente en uno u otro momento. De hecho, los
cambios constitucionales más trascendentes del siglo V tuvieron lugar,
precisamente, cuando había importantes ausencias en la Asamblea, que
distorsionaban claramente sus decisiones como expresión de la voluntad
colectiva: primero en el 462, las reformas democráticas de Efialtes fueron
aprobadas en el
13
momento en que el ejército hoplítico estaba lejos del Ática, em-peñado
en el asedio del monte Itome, en Mesenia; y en el 411, el golpe de mano
oligárquico se produjo cuando la flota entera es-taba anclada en la isla de
Samos. Comprendiendo estos peligros, en el siglo IV se introdujeron dos medidas
que pretendían evitar-los: la graphé paranómon y los nomothetai.
Empezando por éstos últimos, los nomothetai, eran un modo de retirar de
la Asamblea parte al menos de la responsabilidad en el proceso de cambio
legislativo. Se estableció una diferencia en-tre los decretos, que la Asamblea
podía alterar a voluntar, y las leyes, recopiladas por una comisión nombrada
con este fin que llevó a cabo su trabajo entre el 410 y el 399. Las leyes, a
diferen-cia de los decretos, tenían carácter constitucional y la Asamblea no
podía modificarlas. Para introducir una ley nueva, la Asamblea debe primero
aprobar la iniciativa, presentada por un magistrado o por un simple ciudadano,
decidir el número de nomothetai que habrán de dirimir el asunto y designar
cinco defensores de la an-tigua ley, pues toda innovación legislativa se
presenta como un cambio en la antigua ley de modo que pueda adaptarse al
proce-dimiento contradictorio. Los nomothetai eran elegidos, proba-blemente por
sorteo, entre quienes hubieran prestado ese año juramento heliástico y
constituían un jurado de diferente tamaño (501, 1.001, 1.501) según la
importancia de la legislación pro-puesta. Tras oir al proponente de la nueva
ley y a los abogados de la antigua, los nomothetai deciden en el día y reciben
su corres-pondiente paga, como los jueces ordinarios. Es claro, a tenor de lo
dicho, que con la figura del nomotheta no se pretendía una mayor competencia
por parte del legislador, no se trataba de de-legar en una comisión de
técnicos, sino dificultar el cambio legis-lativo y atribuirlo, no a la Asamblea
sino a unos jurados en donde se hallen equitativamente representadas todas las
partes del Áti-ca.
14
Una finalidad, hasta cierto punto, semejante, tenía la graphè paranómon.
En principio, sería sencillo evitar el juicio ante los nomothetai presentando
un decreto ante la Asamblea que con-traviniera lo dispuesto en una ley anterior
y para atajar esta vía de fraude se permitía a cualquiera paralizar una
propuesta ante la Asamblea siempre que se comprometiera a presentar, a renglón
seguido, ante los jurados ordinarios una graphè paranómon o cuestión de
insconstitucionalidad. Si el jurado consideraba que el decreto era
inconstitucional al proponente se le castigaba con una multa y por reincidente,
a la tercera vez, con la pérdida de todos sus derechos cívicos. Conviene
destacar que si el jurado optaba por la absolución el decreto entraba en vigor
sin necesi-dad de que la Asamblea, que no había llegado a considerarlo,
expresara su opinión al respeto. Hablar de inconstitucionalidad puede ser
engañoso, porque lo que se dirimía en estos casos no eran cuestiones técnicas
sino puramente políticas. Es evidente que ante una multitudinaria Asamblea a
los oradores les resulta-ría difícil presentar una exposición articulada y
extensa de las propias ideas. La graphè paranomon venía a resolver este
pro-blema permitiendo que una representación equilibrada de la pólis ateniense
decidiera en cuanto a la política más acertada para el futuro. No es extraño,
por tanto, que en el siglo IV se recurriera a ella con notable frecuencia,
hasta el punto de que el orador Anti-fonte se vanagloriaba de haber salido nada
menos que setenta y cinco veces absuelto de tales procesos. Como instrumento
predi-lecto de la lucha polìtica había venido a sustituir al ostracismo del
siglo V, por el que la Asamblea (no los jurados) decidía expulsar de Atenas por
diez años a una persona sin concederle ninguna posibilidad de defenderse ni
acusarle de nada en concreto, salvo una vaga referencia a haber intentado
alzarse con la tiranía. Aun-que el ostracismo seguía vigente en el siglo IV, no
sabemos que se aplicase nunca después del 417/16 (ostracismo de Hipérbolo), sin
15
duda porque se prefería recurrir a la graphé paronómon (introdu-cida en
el 415). En ambos casos, se buscaban mecanismos capa-ces de dirimir el
conflicto poítico, como lo prueba el comporta-miento de Esquines, quien
presentó una graphè paronómon con-tra Ctesifonte por haber propuesto a la
Asamblea que se aproba-se un decreto honorífico en favor de Demóstenes. La
acusación iba dirigida, ya digo, contra Ctesifonte, pero el destinatario era
claramente Demóstenes. En última instancia, se pretendía que el pueblo decidiera
entre el "proyecto" político de Demóstenes y el de Esquines.
3.b.División de poderes
Hemos comentado anteriormente que la singularidad de la democracia
ateniense residía, en primer lugar, en un gobierno directo, no electivo, y en
segundo lugar, en la ausencia de división de poderes. En este segundo aspecto
lo cierto es que pisamos un terreno más espinoso, porque algunos teóricos
antiguos, refle-xionando sobre la diversidad constitucional, tan característica
de la historia griega, se plantearon distingos que, en apariencia, se asemejan
a la conocida fóormula de Montesquieu. Aristóteles distinguía, en toda
constitución, tres elementos: el deliberativo (la Asamblea), el referente a los
magistrados (donde incluye a la Boulé) y el de la administración de justicia.
Pero ésta es una divi-sión formal, que no pretende, a diferencia de
Montesquieu, ga-rantizar la protección del individuo frente al estado
estableciendo un sistema complejo de mutuos controles entre los tres poderes.
Por eso no extraña que en la práctica política hubiera más bien una
"confusión" que una neta separación entre esos tres elemen-tos. En
realidad, todo el poder se lo repartían la Asamblea y los tribunales de
jurados, a menudo mezclando entre sí sus funcio-nes, y a los magistrados, con
la sola excepción de los generales, sólo les quedaban asuntos más bien
rutinarios, sometidos ade-
16
más a un férreo control popular.
Ya hemos visto que, a través de la nomothesía y la graphé pa-ronómon,
los tribunales en ciertos casos se apropiaban de la po-testad legislativa, pero
también la Asamblea en pleno podía cons-tituirse en un tribunal, en algunos
delitos particularmente graves, castigados con la pena de muerte, que eran
sustancialmente tres: haber intentado acabar con la democracia, traición
militar o ha-ber sobornado a un rhetór (orador) para que defendiese ante la
Asamblea intereses contrarios a los de Atenas.
Desde el año 355 en adelante, siguiendo una tendencia que hemos visto
operar en otras ocasiones, la decisión en tales delitos pasó a corresponder en
exclusiva a los tribunales de jurados, ya no a la Asamblea, pero para el
periodo anterior (es decir, entre 492 y 355 a.C.) conocemos 30 acusaciones de
este tipo, un núme-ro ciertamente elevado. A este respecto, señala una
autoridad moderna que "la democracia antigua se caracterizaba, en general,
por la frecuencia de las acusaciones políticas, mientras que las oligarquías
padecían el defecto contrario, esto es, que a los diri-gentes rara vez se les
exigían cuentas por su labor" (Hansen); por el contrario, desde una óptica
conservadora, una helenista se preguntaba si es que los estadistas atenienses
traicionaban a me-nudo el orden constitucional, anteponiendo los intereses de
par-tido al interés común (J. de Romilly, p.130).
El caso más célebre de esta clase de acusaciones políticas afec-tó a los
generales atenienses que resultaron victoriosos en la ba-talla naval de las
Arginusas hacia el final de la Guerra del Pelopo-neso. Se les acusó de no
haberse detenido a recoger del mar los cadáveres de sus compatriotas muertos en
combate (o según otra versión, los heridos). Se instó entonces a la Boulé para
que redac-tara una proposición formal contra ellos, que la Asamblea debería
votar a continuación. Cosas del azar, Sócrates formaba parte en-tonces de la
pritanía que estaba al frente de la Boulé y, según
17
cuentan sus panegiristas, fue el único que se opuso a tal medida porque
la consideraba ilegal. A juzgar por el relato que se nos ha conservado, aquel
proceso no fue muy distinto a un linchamiento público, en el que no se les
permitió a los acusados ejercer una defensa en regla ni fueron juzgados por
separado sino todos si-multáneamente. Al final, los generales, en su mayor
parte, fueron condenados a muerte y ejecutados.
Pese a excepciones como ésta, que acabamos de comentar, en la que la
Asamblea se constituye en tribunal, la tendencia que hemos venido observando es
justamente la contraria, esto es, la judicialización de la vida política;
porque los jurados no sólo po-dían arrogarse competencias legislativas sino que
también les correspondía a ellos desarrollar las tareas de control de los
magis-trados. Cuando el magistrado había manejado fondos públicos debía
presentar las cuentas (al final de cada pritanía) ante los diez logistai
designados por sorteo, uno por cada tribu, quienes, si no quedaban satisfechos,
lo denunciaban ante un jurado que elos mismo presidían. Más importante era el
control ejercido por los diez euthynoi (también elegidos por sorteo, uno por
tribu) que se sentaban en el ágora junto a la estatua del Héroe Epónimo
co-rrespondiente durante los tres días siguientes al término del examen de los
logistai para recibir las quejas que cualquier ciuda-dano quiera presentar
contra el ex-magistrado; tales quejas po-dían referirse tanto a agravios
individuales como a acciones juz-gadas lesivas para los intereses comunes y los
euthynoi, si las en-contraban fundadas, las presentaban ante un jurado. El
cómico Aristófanes se encargó de destacar el uso que el pueblo (dêmos) podía
hacer de sus atribuciones. En una comedia titulada Los Ca-balleros, Demos (pues
los nombres de los personajes casi nunca son inocentes en Aristófanes) responde
al Coro que le reprocha dejarse adular y seducir por cualquiera: "Mirad si
yo astutamente les engaño a éstos <refiriéndose a los demagogos> que se
tienen
18
por muy listos y creen engañarme. Les observo cuando roban y finjo no
verles. Después les obligo a su vez a vomitar una acusa-ción por sus bocas a
modo de sonda". (vv.1111 y ss.).
A mediados del s.V, las reformas del misterioso Efialtes im-plantaron en
Atenas la llamada democracia radical retirando a los arcontes casi por completo
los poderes judiciales y entregándose-los a los jurados. A partir de ese
momento los jurados ampliaron muchísimo sus competencias, convirtiéndose así en
el signo dis-tintivo de la democracia ateniense, que es como decir de la pólis
ateniense en general. En sus comedias, como hemos visto, Aristó-fanes suele
reflejar la realidad de su época, caricaturizándola, exagerando los rasgos que
más quiere destacar. En las Nubes (vv.215.-217) nos presenta un diálogo entre
un miembro de una academia de sofistas y un personaje que quiere aprender las
co-sas allí se enseñan. El de la academia le enseña entonces un mapa de toda la
tierra y le señala donde está Atenas, a lo que el otro replica: "¿Qué
dices? No lo creo, porque no veo a los jueces en sesión". Pensar en Atenas
suponía automáticamente pensar en los jurados, sentados en sus tribunales un
día y otro, casi todos los días del año, de acuerdo con la visión cómica de
Aristófanes. Con él coincide, y no deja de resultar significativa la
coincidencia, el llamado Viejo Oligarca, que es como se conoce al autor de un
panfleto político anónimo de mediados del siglo V, que se nos ha conservado
entre las obras de Jenofonte. Aunque el panfleto no se caracteriza precisamente
por su sentido del humor, llama la atención que aquí recurra, como Aristófanes,
a la exageración cómica: quienes censuran a Atenas porque allí los asuntos se mueven
con lentitud tienen razón y una de las razones del retraso es que los ateniense
debe resolver "tantas causas privadas y pú-blicas y tantas acciones de
control (euthynai) cuantas no resuel-ven ni todos los demás humanos
juntos" (3,2, cfr. 3,4). Desde una
19
perspectiva distinta, vino a incidir en lo mismo Aristóteles (Políti-ca,
1274a), para quien la evolución institucional de Atenas vino marcada,
precisamente, por la institución del jurado popular, pues una vez establecido
por Solón, los avances posteriores hacia la democracia radical resultaron de
algún modo inevitables. Por eso, en su opinión, el ciudadano se define como la
persona que tiene abierta la posibilidad de participar en las deliberaciones
(en la Asamblea) y en los jurados.
Esta judicialización deriva también, como apuntó Maine en día, de una
característica elasticidad en la administración de justicia, en la que está
notablemente ausente el principio de legalidad. Analizando los discursos
forenses que se nos han conservado, vemos que los tribunales empleaban
criterios muy subjetivos a la hora de emitir un veredicto. No era raro utilizar
como argumento de la defensa el de haber realizado brillantemente los servicios
para la comunidad que conocemos como liturgias o haber partici-pado en acciones
militares. El orador Lisias, tras narrar cómo se había presentado voluntario
para la expedición contra Agesilao, rey de Esparta, declara: "Y si obré
así no fue porque no considera-ra yo arriesgado combatir contra los
lacedemonios sino con obje-to de gozar por ello, si algún día me veía metido en
un proceso injustamente, de vuestra mayor estimación y obtener todos mis
derechos" (Lisias 16,17). Con otras palabras, los derechos no exis-ten por
sí mismos, sino que dependen de la estimación pública que tenga cada persona.
En estas condiciones se comprende que Aristóteles considere defectuoso el
veredicto si, por tratarse de una ciudad demasiado grande, el tribunal no
conoce previamente al acusado, una circunstancia que sería motivo de recusación
en cualquier jurado moderno. La impresión resultante de todos estos testimonios
es la de que se buscaba un ganador en el enfrenta-miento entre las partes, no
tutelar un derecho preexistente. Puesto que los tribunales equvalían
aritméticamente a la Asam-
20
blea de todos los ciudadanos, a través de ellos manifestaba el pueblo
sus preferencias por una u otra opción, que es como decir, por una u otra
persona. Lógicamente pues, la actividad desplega-da ante los tribunales podía
cimentar una carrera política, o bien podía destruirla. Pericles inició su
actividad pública presentando una denuncia contra Cimón en la que le acusaba de
haberse de-jado sobornar por el rey de Macedonia. No tuvo éxito y Cimón salió
absuelto. De igual forma, más tarde, cuando sus oponentes quisieron debilitar
la indiscutida preeminencia de Pericles, recu-rrieron de nuevo a los
tribunales, denunciando a sus amigos, Fi-dias y Anaxágoras, y a su amante,
Aspasia.
Sin duda, una de las "causas célebres" de la democracia
ate-niense fue la que concluyó con la condena de Sócrates.
4. CONCLUSIONES
La democracia ateniense requería, para sobrevivir, de un enorme esfuerzo
por parte de sus ciudadanos, quienes venían obligados a dedicar una parte
importante de su tiempo a las tareas políticas. En el s.IV, la Asamblea se
reunía, por imperativo legal y dejando a un lado las convocatorias
extraordinarias, cuatro veces cada pri-tanìa, es decir, cuarenta veces al año,
y las reuniones duraban todo el día, salvo casos excepcionales, anunciados de
antemano, de dos días de reunión. En ellas se aprobaban, de media, unos 9
ó 10 decretos por sesión, por lo
que se ha calculado que la Asam-blea emitió unos 30.000 decretos, cifra sin
duda impresionante, que dice mucho de la íntima interrelación entre la
democracia y el incremento de la burocracia (del papeleo, por emplear una ex-presión
moderna). Por su parte, la Boulé se reunía unos 275 días al año (todos, menos
los festivos) y aunque es verdad que las au-sencias eran frecuentes, debemos
suponer una asistencia más o
21
menos regular para que el órgano funcionara mínimamente. En una
generación, unas 10.000 personas habrían formado parte de la Boulè, lo que
supone aproximadamente la tercera parte del cuerpo cívico. En cuanto a los
jurados, los cálculos modernos con-sideran que trabajarían unos doscientos días
al año.
Todo esto es muy sorprendente porque implica que la demo-cracia
funcionaba gracias a una activísima movilización por parte de sus ciudadanos.
El sorteo se empleaba ante todo para selec-cionar entre un grupo de candidatos
y sólo subsidiariamente se recurría la conscripción obligatoria. Por poner un
paralelo mo-derno, en el ambiente que mejor conozco, las Juntas de Facultad se
reúnen con una frecuencia mucho menor que la Asamblea ateniense. Se comprende
que en la Oración Fúnebre, a la que ya hemos aludido, Pericles censurara
acremente al ciudadano pasi-vo, al ápragmon a quien sólo le interesan sus
asuntos privados y se desentiende del bienestar colectivo. Para potenciar al
máximo este reparto entre todos del poder y la responsabilidad, estaba
prohibido ejercer un cargo civil más de una vez en la vida, salvo el de miembro
de la Boulé, que podía repetirse hasta un máximo de dos veces y no
consecutivas. Los cargos militares eran, una vez más, la excepción, porque
podían iterarse indefinidamente. Otros pensadores posteriores a Pericles y màs
próximos al ideario oli-gárquico alabarán en cambio sin medida los regímenes en
los cuales los ciudadanos pasivos forman una parte sustancial del conjunto,
porque de este modo no plantearán problemas a la minoría que naturalmente debe
asumir el gobierno.
Una participación tan activa en el gobierno de la pólis tenía, claro
está, un alto coste finaciero. En los gobiernos oligárquicos las magistraturas
y los honores fueron siempre gratuitos porque se entendía que debían ejercerlas
quienes tuvieran un patrimonio suficiente. En Atenas, por el contrario y desde
mediados del siglo V en adelante, fueron introducièndose diversas retribuciones
por
22
el ejercicio de cargos públicos. Los jurados cobraban 3 óbolos por
sesión y, a título comparativo, sabemos que el salario medio dia-rio rondaba
entonces los 6 óbolos. También los magistrados co-braban una pequeña cantidad
en el s.V, pero dejaron de hacerlo en el s.IV. En cambio, la asistencia a la
Asamblea se retribuía en el siglo IV (no en el V) también con 3 óbolos; también
los miembros de la Boulé cobraban (5 óbolos, 1 dracma los prítanes) cada vez
que asistían a una reunión. A todos estos gastos se añadía el teo-rikon, un
fondo creado, probablemente por Pericles, con el fin de que los ciudadanos
pudieran asisitir gratuitamente a las represen-taciones trágicas y cómicas.
Por último, al menos en la segunda mitad del siglo cuarto, per-cibimos
incluso un atisbo de caridad pública, pues a los inválidos que no pudieran
trabajar y tuvieran un patrimonio escaso, la Bou-lé, tras comprobar la
veracidad de las alegaciones, les entregaba 2 óbolos diarios como sustento
(Arist. Ath. Pol. 49,4). Todos estos gastos, y especialmente el de los jurados,
suponían un desembol-so muy importante para las finanzas atenienses que, no
conviene olvidarlo, se abastecían en parte gracias a un impuesto sobre la
tierra (eisphorá) que recaía obviamente sobre los más ricos. Mientras Atenas
tuvo un imperio, la carga finaciera quizás no se hiciera sentir con todo su
peso, pero luego, la guerra primero y después la situación subordinada a la que
se vio relegada en el siglo IV provocaron la protesta de los más ricos, que se
sentían tiranizados al tener que costear un régimen político abierto a to-dos.
Las críticas arreciaron sobre esta "pólis asalariada" (emmist-hós
pólis) que, según se decía, entregaba todo el poder a la esco-ria de la
sociedad, a los más pobres, a quienes apartaba del traba-jo con el señuelo de
esa magra retribución diaria.
Más allá de las críticas, quedémonos con la imagen de esa in-tensa
movilización política de todo el cuerpo ciudadano, delibe-
23
radamente buscada y cimentada teóricamente sobre el conven-cimiento de
que todos los varones, con independencia de su clase y condición, tienen la
capacidad para elegir por sí mismos el des-tino que prefieren para la comunidad
en donde viven. No se trata de que todos tengan derecho, pues ésa sería una
percepción mo-derna, sino de que todos tienen la competencia necesaria, si se
extiende la educación y se fomenta el aprendizaje que supone la participación
cotidiana en las tareas políticas. No creo que estu-vieran muy equivocados dado
que los atenienses, todos los ate-nienses, supieron hacer funcionar con éxito
la maquinaria demo-crática durante más de un siglo y entusiasmarse con el
régimen por el cual se gobernaban a sí mismos. Sucumbieron al final, ante el
poder macedonio, igual que las restantes póleis griegas, no por el hecho de ser
una democracia, puesto que tampoco las oligar-quías lograron conservar su
independencia, sino porque eran una pólis y por tanto, con posibilidades
limitadas de concentración de poder. La experiencia de la democracia directa no
volverá a repe-tirse luego en la historia, y en el momento presente tampoco
pa-rece que vaya a reeditarse en un futuro próximo. ■

No hay comentarios:
Publicar un comentario