© Libro N° 8931. Siglo XXI: Tiempo De Revoluciones Desde Abajo. Rauber, Isabel. Emancipación. Agosto 14 de 2021.
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Siglo XXI: Tiempo De Revoluciones Desde Abajo.
Isabel Rauber
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Isabel Rauber
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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TIEMPO DE REVOLUCIONES
DESDE ABAJO
Isabel
Rauber
Siglo XXI:
Tiempo De Revoluciones Desde Abajo
Isabel Rauber
SIGLO XXI:
TIEMPO DE REVOLUCIONES DESDE ABAJO
por
Isabel Rauber
Fuente:
Rebelión
Í n d i c e
2...... La problemática.
5...... Una nueva proyección estratégica: La revolución desde abajo
25.... Ir más allá del capitalismo supone una larga transición
LA PROBLEMÁTICA
Las revoluciones socialistas ocurridas en el Siglo XX pueden definirse
-siguiendo reflexiones de Engels acerca de los derro-teros diversos de las
revoluciones sociales-, como revoluciones desde arriba, es decir, revoluciones
que apostaron a cambiar la sociedad desde las transformaciones económicas (tipo
de pro-piedad), gestadas desde el aparato estatal-partidario, engranaje de
centralización y control político, económico, social y cultu-ral. De ahí que la
“toma del poder” –reducido a la apropiación del aparato estatal- fue definida
como el centro del quehacer revolucionario de aquella estrategia (Lenin),
desplazando la propuesta de revolución social (Marx).
En conclusión puede decirse que las revoluciones socialistas del siglo
XX, en tanto revoluciones desde arriba, apelaron al Estado como herramienta
fundamental del cambio, e hicieron del partido (de vanguardia) su
personificación política. Se cen-traron en la conquista del poder político para
–desde ahí-, po-ner fin a la propiedad privada de los medios de producción y de
la producción toda. Apostaron a la política (institucionalizada) para modificar
la economía y, a través de esta, toda la sociedad.
2
La misión del partido de vanguardia era -en esa estrategia-, garantizar
esto.
Sus objetivos fundamentales se centraron, por tanto, en lograr el
desarrollo económico, entendido y aceptado como sustrato de la base “material”
indispensable para pasar al socialismo. Esa meta, que -a partir de la
experiencia leninista de la revolu-ción en un solo país-, configuraría el
período de transición al socialismo, se alcanzaría apelando –generalmente en
primera fase-, al capitalismo de Estado.1 Por esa vía los procesos de
transición avanzaron hacia la conformación de un tipo peculiar de socialismo,
el socialismo de Estado o estatista.2
Los objetivos de la liberación humana, que solo puede ser obra
consciente y voluntaria de los seres humanos mismos, resultó relegada, sujeta y
pospuesta frente a lo económico. La revolu-ción social, que –de haber sido tal-
debió haber desencadenado, profundizado y apelado a un proceso radical de
transformación cultural de la sociedad, se transformó en lo contrario:
construyó diques de contención/exclusión del desarrollo del papel activo de la
conciencia, y apostó a que las conciencias se transforma-ran –mecánicamente- en
“socialistas” como reflejo (pasivo) de los cambios ocurridos en la economía. La
historia le “pasó la cuenta” sin tapujos, a este modo de pensar/hacer la
transforma-ción social.
A lo largo del siglo XX, las diversas experiencias socialistas que
existieron -pese a las diferencias que existen entre ellas-, continuaron la
senda iniciada por Lenin en octubre del 17 y apostaron -en lo fundamental- a
desarrollar un socialismo de estado: la apropiación-transformación del aparato
estatal y sus
1 Lenin, Vladimir I., “Ante el IV
aniversario de la revolución de octubre”,
Obras Completas en 50 tomos, T. 35, Cartago, Buenos Aires.
2 Ver: Engels, Federico, “Acerca
de la cuestión social en Rusia”. En: Marx,
Carlos y Engels, F., Obras Escogidas en 3 tomos, T II., Editorial
Progreso, 1973, Moscú, p. 431.
3
instituciones, por parte de partidos u otro tipo de organización
política considerado “la vanguardia”, para –desde allí-, desa-rrollar la
economía y –con ello, supuestamente-, las concien-cias de hombres y mujeres de
la sociedad toda.
La estatización creciente de los diversos ámbitos de la vida social lo
invadió todo, incluso el desarrollo de la vida domésti-ca cotidiana,
tergiversando –cuando no contradiciendo-, el pos-tulado originario de
liberación.
La apuesta a la construcción de una nueva cultura como ele-mento clave
para la superación del capitalismo quedó, de he-cho, fuera de los procesos
socialistas.
La práctica centralista del estatismo aumentó el funcionamien-to
burocrático, incrementando los métodos autoritarios, centra-listas,
verticalistas y subordinantes heredados de las sociedades clasistas anteriores.
Poco a poco, las decisiones sobre las transformaciones, los pasos a
seguir, los esfuerzos a entregar, le fueron arrebatados al pueblo de sus manos
y de su conciencia. Se produjo un crecien-te extrañamiento, un alejamiento de
lo que debió haber sido apropiación y, con ello, le fue arrebatado al pueblo el
proceso revolucionario mismo. La alienación política heredada, lejos de
disminuir tendió a incrementarse, llegando en algunas realida-des del campo
socialista a provocar un quiebre total entre el régimen político, la vida de
los dirigentes, y el conjunto del pueblo, sus aspiraciones, anhelos y
necesidades (por ejemplo, en el caso rumano).
La existencia y desarrollo de procesos de extrañamiento cre-cientes de
los actores fundamentales respecto a lo que debió haber sido su proceso
revolucionario, así como el consiguiente paternalismo y clientelismo social que
trajo aparejado el afian-zamiento del socialismo de Estado en manos de la
dirigencia partidaria, fue uno de los daños culturales y políticos más gra-ves
y profundos de aquel socialismo real. Los resultados de tal
4
concepción emergieron a la vista del mundo al compás de la caída de las
piedras del muro de Berlín: Ni hombres ni mujeres nuevos, ni sistema socialista
de producción material-espiritual de la vida social.
Reflexionar críticamente acerca de las experiencias socialistas del
siglo XX resulta en consecuencia, además de un compromi-so con la historia de
los pueblos, un empeño vital a la hora de replantearse hoy la superación del
capitalismo, sus vías y mé-todos, y las formas de organización y participación
de los pro-tagonistas fundamentales. En este sentido, resulta claro que lo
relativo a la democracia, la participación y el control populares, tienen tanta
importancia como lo inherente a la construcción de un nuevo poder y una nueva
cultura. De conjunto, resultan cuestiones de fondo que hacen a la posibilidad
de construir la nueva sociedad, que en el siglo XXI requiere –junto al rescate
crítico de las enseñanzas de las experiencias socialistas del si-glo XX-, de
nuevos enfoques y propuestas.
UNA NUEVA PROYECCIÓN ESTRATÉGICA:
LA REVOLUCIÓN DESDE ABAJO
En los últimos 30 ó 40 años, los movimientos sociales de Amé-rica Latina
protagonizaron grandes revueltas populares. Estas estimularon los debates
acerca de la posibilidad de cambiar la realidad, acerca de la orientación y el
alcance estratégicos de tales cambios, y acerca de quiénes serían los sujetos
que los llevarían adelante. Se plantearon reflexiones netamente políti-cas
centradas en la problemática del poder: en qué consiste, cuáles son los
mecanismos de su producción y reproducción, cómo se transforma, por qué medios,
quiénes y para qué, o sea, con qué objetivos y orientación estratégica.
Aguijoneadas por los fragores de las resistencias y luchas sociales, se fueron
5
creando y desarrollando elementos claves de lo que hoy confi-gura una
nueva concepción estratégica acerca del cambio so-cial, acerca de la
construcción del poder propio, y acerca del sujeto(s) capaz de construir,
sostener y profundizar los proce-sos sociales de cambio hacia la construcción
de una nueva so-ciedad, superadora del capitalismo.
Esa concepción estratégica, que no apuesta (ni espera) a tomar el poder
institucional para desencadenar/articular el proceso socio-transformador, que
no confía el cambio de las relaciones sociales entre hombres y mujeres a
decretos emanados de la superestructura estatal-gubernamental-partidaria, que
construye poder popular a partir de apostar a la formación de sujetos
conscientes, protagonistas del proceso revolucionario de cam-bios, es la que
permite definir hoy a las revoluciones sociales como revoluciones desde abajo.
Nuevos componentes paradigmáticos:
La transformación de la sociedad comienza en el seno mismo del
capitalismo, sin esperar (apostar/condicionar) a la toma del poder. Esto
significa que el poder (popular) se construye desde abajo y desde el interior
del sistema regido por el capital, dis-putándole su hegemonía, construyendo
poder y hegemonía propios.
El poder no es un objeto, ni radica en un lugar determinado. Es una
relación social macro-articuladora y reguladora de la inter-articulación del
conjunto de relaciones sociales, estructurada desde y a partir de intereses de
clases, que resultan -en tal inter-relación- predominantes. En base a esto se
conforman las fuer-zas sociales que actúan en pro del afianzamiento de los
meca-nismos de producción, reproducción del metabolismo social existente y las
que actúan para frenarlos, modificarlos o reem-plazarlos radicalmente. Entre
ellas, naturalmente, se configura
6
un más o manos amplio abanico de fuerzas y sectores sociales que se
posicionan de forma alternativa a favor de uno u otro polo en conflicto.
La conquista del poder no puede ser, por tanto, un acto (toma del
poder); es un proceso articulado/mediado por la construc-ción de poder popular
(poder propio), en tanto no es el poder del capital el que se busca ejercer
sino el poder del pueblo. Y para eso debe ir construyéndose. En dicho proceso,
el pueblo irá tomando conciencia de su capacidad de poder y de los mo-dos y
vías para ejercerlo, organizándose para ello -empoderán-dose- sobre nuevas
bases, desarrollando prácticas colectivas que abran camino hacia lo nuevo a la
vez que lo van creando y construyendo día a día en todos los ámbitos de sus
actividades.
El sujeto del cambio, el sujeto revolucionario, no existe como tal a
priori, es decir, previo a la experiencia. Es en las resisten-cias y luchas
sociales, en la construcción de alternativas secto-riales e intersectoriales,
coyunturales y estratégicas, que los diversos actores van desarrollando su
conciencia política y avanzando hacia formas complejas de organización y
articula-ción, es decir, hacia la constitución (auto-constitución) 3 del actor
colectivo, fuerza social y política creadora, impulsora y realizadora de los
cambios.
Se trata de un sujeto plural, de un colectivo de actores sociales y
políticos diversos, que se van articulando en uno y constitu-yéndose en actor
colectivo sobre la base de compartir la orien-
3 Referido al movimiento social,
la expresión “auto” no quiere decir que un fenómeno o proceso se produzca por
generación espontánea ni má-gicamente. Alude a la necesaria participación
consciente de los sujetos que dan vida y sentido al proceso, señala que es en
la experiencia, en la participación consciente de los sujetos en el proceso
transformador, transformando, que se producen las transformaciones en los
sujetos (por los sujetos), y suponen por tanto transformaciones en el poder, la
con-ciencia y organización.
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tación estratégica, virtual imán que atrae y tracciona -con mo-dos y por
caminos disímiles- a las resistencias, luchas y pro-puestas alternativas de
cambio.
El proyecto de nueva sociedad se define en el proceso mismo, con la
participación activa y protagónica de los actores y secto-res sociales que
participan del proceso de lucha y transforma-ción social. No emana del trabajo
de un grupo de profesionales reunidos en un congreso partidario. El nuevo
mundo, la nueva sociedad donde la humanidad va a vivir, no puede delegarse en
élites ni minorías bien intencionadas, es responsabilidad de todos o, en el
peor de los casos, de las mayorías.
La construcción de poder popular desde abajo
En Latinoamérica existen hoy nuevos (y diversos) modos de
pensar/transformar la sociedad, surgidos y enriquecidos con las resistencia y
luchas de los pueblos. En ellos, la revolución so-cial no se concibe –según la
vieja usanza-, como un tiempo, “una etapa” o un proceso que se inicia luego de
la “toma del poder”, ni como un resultado de ello; no es “algo que ocurre” en
la sociedad a consecuencia de la apropiación de la superes-tructura política y
cambios estructurales por parte de una van-guardia política, cuya tarea central
sería construir las “bases materiales” para el socialismo.
A diferencia de la metodología vanguardista que tipificó las prácticas y
los derroteros revolucionarios del siglo XX, la pro-puesta de revolución social
desde abajo supone que esta no empieza después de “la toma del poder” sino que
nace y se desarrolla en las entrañas mismas del capitalismo, con las pri-meras
resistencias; está presente en todo el proceso, es el pro-ceso mismo. Este
posicionamiento y comprensión de la revolu-ción social como un proceso de
transformación integral (social, cultural, económico y ético) permanente, se
expresa y condensa
8
metodológica y políticamente en el concepto construcción de poder desde
abajo.
En esta perspectiva, la transformación de la sociedad se evi-dencia como
un proceso permanente de resistencia, de rechazo al poder hegemónico dominante
y –a la vez-, de construcción de lo nuevo, del poder popular. Este nace y se
desarrolla desde abajo, se produce, reproduce y expresa en el modo de vida
co-tidiana individual, comunitaria y social, y que es protagoniza-do, en primer
lugar, por los hombres y las mujeres del pueblo que viven –en el campo o en la
ciudad- de vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. Son ellos
–transformación cultural y construcción del actor colectivo mediante-, los
responsables de imprimir el contenido y la orientación al proceso
revoluciona-rio de transformación social en cada sociedad, en la medida que
sean capaces de crearlo, construirlo, sostenerlo y desarro-llarlo.
La revolución social desde abajo apuesta a construir poder po-pular
desde abajo, es decir, a la transformación cultural, políti-ca, ideológica y
económica del modo de vida implantado por el capital y a la construcción de un
nuevo modo de vida, de una nueva civilización humana superadora del
capitalismo. Esta tarea reclama no solo de la construcción /autoconstrucción
del actor colectivo capaz de hacerla realidad en los ámbitos loca-les, sino
también en el ámbito global, es decir, reclama también de la conformación de un
sujeto global. Ello anuncia que se trata de un proceso global de
transformaciones profundamente imbricado con una lucha cultural, ideológica y
política acerca del ser humano y su existencia, su libertad y sus obligaciones
para consigo mismo y sus hermanos, y con la naturaleza
Precisiones del concepto “desde abajo”
El concepto desde abajo alude, en primer lugar, a un posicio-namiento
político- social desde el cual se produce la transfor-
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mación de la sociedad y la construcción de lo nuevo, en el que ocupa un
lugar central, protagónico, la participación de “los de abajo”. Así lo
emplearon, por ejemplo, Marx, Engels y Lenin.
Actualmente, este concepto ha ampliado su significación. Por un lado,
algunos sectores sociales y pensadores lo han reinter-pretado y enarbolado como
contraposición al poder “desde arriba”, como rechazo a todo tipo de dirección
centralizada y, por extensión, a toda forma de organización social y política.
En la práctica, esto se ha traducido en distintas posiciones ba-sistas,
espontaneístas y en la divulgación de un tergiversado anarquismo. Digo
“tergiversado” puesto que el anarquismo nunca renunció ni rechazó la
organización, muy por el contra-rio. La disputa fundamental estuvo marcada por
los debates en torno al Estado y sus formas de desaparición: ¿se extingue o
debe abolirse? Junto a ellos se desarrollaron otros aspectos que es importante
rescatar: la defensa de las posiciones libertarias, participativas, el apelo a
la horizontalidad y la valorización de lo autogestionario como motor de la
libertad individual y co-lectiva.
Por otro lado, rescatando las significación originaria y el idea-rio
anarquista libertario, el concepto “desde abajo” plantea una nueva lógica de
pensamiento, acción y concepción de las rela-ciones sociales y políticas: tiene
su punto de partida siempre en el problema o situación concreta al que se le
busca respuesta, propuesta o solución, y en los sujetos involucrados en ello.
Esta lógica se contrapone a aquella que sustenta lo que se piensa y ejecuta
“desde arriba”, es decir, que piensa y proyecta las ac-ciones a partir de las
superestructuras, los aparatos guberna-mentales y partidarios, alimentando una
metodología propia de las minorías autoritarias, las élites iluminadas y las
vanguar-dias.
Es por eso que, construir poder desde abajo implica, ante todo, una
lógica diferente a la tradicional hegemónica acerca de có-
10
mo contrarrestar el poder del capital, cómo construir el poder propio,
desde dónde, y quiénes lo harán. Esta lógica apela y apuesta siempre al
protagonismo consciente de los pueblos y, simultáneamente –recuperando la
significación que Marx otor-gaba a lo radical-, hace de la raíz de los
problemas o fenóme-nos, el punto de partida y llegada del proceso
transformador. Apostar a la construcción de poder desde abajo para transfor-mar
la sociedad implica vivir un proceso revolucionario radi-cal, desde abajo. Precisamente
por ello, asumir esta propuesta político-metodológica resulta central en los
procesos socio-transformadores que hoy tienen lugar en Latinoamérica,
inde-pendientemente del lugar o la posición desde la cual se impul-sen las
transformaciones: si desde la superestructura política, o desde una comunidad,
si desde un puesto de gobierno, o desde la cuadra de un barrio. El papel que se
desempeñe en el proce-so de transformación puede estar vinculado o no a lo
institu-cional, puede estar ubicado “arriba”, “abajo”, o “en el medio” de los
escalafones jerárquicos establecidos en las estructuras estatales o
gubernamentales, construir desde abajo implica -en todo momento, ámbito y
relación-, un posicionamiento políti-co-metodológico clave: partir del problema
concreto y de los actores en él involucrados, para pensar las soluciones
alternati-vas con ellos y desde su realidad, definirlas, diseñarlas y
reali-zarlas. Supone siempre, por ello, una organización, capacidad y una
voluntad colectivas.
Construir poder desde abajo reclama, por tanto, un cambio cultural y
político práctico, indispensable para el análisis y la práctica política
actuales de los movimientos sociales y políti-cos de este continente, en tiempo
de revoluciones desde abajo. Entiende que: La superación de la enajenación
humana, la libe-ración individual y colectiva es el sentido primero y último de
la transformación social.
El poder es una relación social (hegemónica, dominante) resul-tante de
la interrelación del conjunto de relaciones sociales,
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culturales, económicas, políticas, erigidas sobre los intereses
sectoriales y de clase, y reguladas por las interrelaciones entre estas,
constituyendo y expresando sobre esa base una determi-nada relación de fuerzas,
con predominio de una, que se consti-tuye en fuerza hegemónica (económica,
cultural, política e ideológica), y cuya situación y fortaleza o debilidad es
puesta permanentemente en jaque en las interrelaciones de clases, y marca la
dinámica del movimiento social y político en cada momento histórico concreto.
Tener poder propio implica ser capaz de contrarrestar el poder
hegemónico al punto de excluirlo como tal del campo de la determinación de las
relaciones sociales y, a la vez, construir su propia hegemonía en las
relaciones sociales y mediante la construcción de otro tipo de interrelaciones
sociales, culturales, económicas y políticas. Supone articular la resistencia,
lucha y construcción popular, en todos los ámbitos: desde el supuesta-mente más
ínfimo y cotidiano hasta las instituciones superes-tructurales, sobre la base
de una lógica propia, radicalmente diferente de la del poder que se pretender
superar, o se quedará prisionero de su hegemonía y poder por más que se logre
des-plazarlos del aparato institucional (socialismo del siglo XX).
La transformación de la sociedad se desarrolla en un proceso complejo
(proceso de procesos) que anuda simultáneamente participación, construcción,
apropiación y empoderamiento colectivos, a partir de promover el protagonismo
de todos y cada uno de los actores y actoras sociales y, consiguientemen-te, su
conciencia y organización.
Rechaza la lógica, organización, pensamiento y prácticas jerár-quicas y
verticalistas, discriminatorias y excluyentes. Y se pro-pone desarrollar la
horizontalidad como base para una nueva cultura solidaria y equitativa (en la
práctica, el pensamiento, la organización, el poder).
La participación democrática es una característica sine qua non
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del proceso de transformación (y de la nueva sociedad). Su núcleo
articula la participación desde abajo del pueblo cons-ciente y organizado, con
el pluralismo (aceptación y conviven-cia con las diferencias y los diferentes),
y la interrelación hori-zontal.
El sujeto (social, político, histórico) del cambio es plural; se expresa
como actor colectivo, y se autoconstituye como tal en el proceso mismo de
resistencia, lucha y transformación socia-les. No hay sujetos a priori de las
prácticas de lucha en los momentos histórico-concretos.
Supone un reposicionamiento y redimensionamiento y signifi-cación de la
política, lo político y el poder por parte del conjun-to de actores sociales,
políticos, y el pueblo todo.
Profundiza la dimensión sociocultural de la democracia, inte-grando a
esta la necesaria búsqueda de equidad de géneros, sexos, razas, etnias,
capacidades, y – sobre esta base- radicaliza la crítica al poder hegemónico
dominante, contribuyendo a su deconstrucción social, histórica y cultural, y a
la construcción de nuevos rumbos democráticos participativos.
La construcción de lo nuevo se basa en una lógica diferente de
articulación de las luchas sociales y de sus actores, de los ca-minos de
maduración de la conciencia política, de la definición y organización del
instrumento político, y del proceso de cons-trucción-acumulación de poder
propio.
Se propone superar la sociedad capitalista, transformándola desde su
interior en la misma medida en que los actores/sujetos van construyendo en sus
prácticas cotidianamente los “avan-ces” de lo que algún día será –en
integralidad- la nueva socie-dad anhelada. En ese proceso, van
(auto)constituyéndose tam-bién los sujetos que la diseñan y luchan por hacerla
realidad, como tales sujetos.
El proyecto alternativo sintetiza y define el rumbo estratégico.
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Es por ello, a la vez, el eslabón que articula, cohesiona e im-prime un
sentido revolucionario cuestionador-transformador a las resistencias sociales,
a las luchas sectoriales y a las pro-puestas reivindicativas, cohesionándolas y
proyectándolas ha-cia la construcción de lo que un día será una nueva
civilización humana.
Fundar y construir una nueva civilización humana significa fundar y
construir un nuevo modo de vida. Ello implica el desarrollo yuxtapuesto,
simultáneo y articulado de procesos de transformación de la sociedad, de sus
modos de producción y reproducción, de transformación-autotransformación de los
hombres y las mujeres que realizan esas transformaciones, y de las
interrelaciones sociales (públicas y privadas) entre ellos establecidas.
Los procesos y caminos de construcción del proyecto, del po-der propio,
y de la (auto)constitución de actores sociales en ac-tor colectivo (sujeto) de
la transformación, resultan estructu-ralmente interdependientes e
interconstituyentes. El eje vital radica en los actores-sujetos, en su
capacidad para desarrollarse y (auto)conformarse en actor colectivo del cambio
(sujeto po-pular) y, por tanto, en su capacidad para diseñar y definir el
proyecto, construir su poder, y –a la vez- dotarse de las formas orgánicas que
el proceso de transformación vaya reclamando.
¿Construir poder vs toma del poder?
En el proceso de confrontación con el poder hegemónico do-minante del
capital, los sectores populares despliegan, simultá-neamente, sus capacidades
de construcción y acumulación de poder (saber, organización, conciencia y
proyecto), de posicio-namiento territorial de fuerzas, de cultura, de
organización po-lítica y de propuestas propias. En tales procesos desarrollan
sus capacidades de gestión y administración de lo propio (go-bierno), van
construyendo poder propio y lo van ejerciendo. Es
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decir, hay una toma 4 permanente de poder, un empoderamien-to 5
creciente –aun con marchas y contramarchas-, por parte de los actores
sociopolíticos, respecto del curso y los destinos de sus vidas. Estos van
construyendo consciente y voluntariamen-te lo que –reflexión crítica de su
realidad mediante-, han deci-dido construir. Se produce una interdialéctica
constante entre poder construido - poder apropiado y poder propio. Por ello
afirmo que se toma lo que se construye. Porque no se “toma el poder” que existe,
salvo para seguir sus reglas. Si de transfor-mación radical del poder se trata,
toda apropiación del poder está mediada por la destrucción/superación del viejo
poder y la construcción de uno nuevo, propio. De conjunto este proceso
constituye un proceso de empoderamiento colectivo (y a la vez particularizado)
de los actores.
En esta dimensión, construir poder - tomar poder no resultan caminos
alternativos, separados, ni contrapuestos. Implican andares sinuosos y
complejos, en los cuales el poder propio se va construyendo y, en tal sentido,
es lícito conquistar espacios institucionales del poder existente, si esto
posibilita, estimula, facilita o impulsa el desarrollo, la consolidación /
acumulación
/ crecimiento de hegemonía
propia, cambiando -en función de ella y a partir de ella-, todo lo que sea
posible/factible de ser cambiado a favor del proceso sociotransformador:
legislación, instituciones, funcionamiento y toma de decisiones. Se trata de
desarrollar nuevas formas y contenidos democráticos, partici-pativos, para
avanzar hacia lo nuevo en la misma medida en que se lo va construyendo. El
poder político institucional resul-ta aquí claramente uno de los instrumentos
para la transforma-ción social, pero no su eje determinante.
Centrar la discusión en la interrogante acerca de si el poder se
4 Toma-apropiación: tomar
conciencia de la capacidad de poder inherente al ser humano para luchar por su
vida, y del poder propio construido.
5 Apropiación consciente, con
sentido de pertenencia.
15
toma o se construye, empobrece el pensamiento y poda las alas de las
voluntades de quienes resisten, luchan y construyen lo nuevo cotidianamente,
inspirados/movilizados por la posibili-dad de ir concretando en el presente, en
la medida que sea po-sible, como avances, los sueños del mañana diferente. La
inter-dialéctica poder propio construido - poder apropiado, solo puede ser
liberadora si es resultante y síntesis del empodera-miento pleno
(multifacético) y protagónico de los actores so-ciales y políticos que lo
construyen.
El poder no es, en ningún caso, un ente enclavado en la socie-dad; no es
una institución, ni un edificio, ni un territorio especí-fico que se ocupa. Se
vive (ejerce, siente) conscientemente co-mo poder que hay que
enfrentar/transformar, o como poder propio que hay que profundizar, construir,
desarrollar, organi-zar, etcétera, o no existe proceso de construcción de poder
ni hegemonía propios, ni se trata de un proceso liberador. Implica la
conformación de un complejo proceso colectivo social, cul-tural, ideológico y
político, articulado y orientado a la supera-ción del sistema del capital,
sobre la base de una (nueva) ética y una (nueva) lógica del metabolismo social,
propias de los pueblos, que también se irán construyendo desde abajo. Y esto
requiere de la voluntad organizada y la participación consciente de todos los
actores sociales. En primer lugar, porque su activi-dad
cuestionadora/transformadora hace al proceso mismo y, en segundo, porque la
nueva sociedad anhelada no se formará espontáneamente, habrá de ser diseñada y
construida con la participación creativa consciente de todo el pueblo,
constituido en actor colectivo, protagonista pleno del proceso (sujeto).
Construir el futuro desde nuestras prácticas cotidianas en el presente
De ahí el contenido y alcance revolucionarios de la concepción que
plantea transformar la sociedad y construir el (nuevo) po-
16
der, la nueva sociedad, desde abajo y desde el seno de las so-ciedades
capitalistas, es decir, desde el presente. No hay un después en cuanto a
tareas, enfoques y actitudes políticos, del mismo modo que no puede haber
contraposición entre medios y fines, que no puede construirse democracia con
prácticas autoritarias. No se puede olvidar que son las prácticas diferen-tes
las que desatan, promueven y afianzan las transformaciones de los modos de
hacer, de vivir y de pensar. Hacer de estas, dimensiones cada vez más
crecientes de gestación y desarrollo de lo nuevo es parte de la lógica de las
revoluciones desde aba-jo.
Lo nuevo –aunque de modo fragmentado e incipiente-, se va gestando y
construyendo desde el presente, en cada resistencia y lucha social enfrentada
al capital, y se va desarrollando y profundizando en el proceso de
transformación. En él, el ejem-plo ocupa el lugar pedagógico-político central.
Es importante que quienes ocupan responsabilidades de dirección y liderazgo
político y social tengan presente que sus modos de actuar polí-tica y
socialmente valen más que mil palabras y constituyen la fuerza pedagógica
primera.
Poner fin a la lógica del capital
El cambio social requiere poner fin al poder del capital, a su lógica de
funcionamiento, y a sus mecanismos de hegemonía y dominación. Y esto tiene
posibilidades de lograrse si se va construyendo una nueva cultura, nuevos modos
de interrelacio-nes sociales, colectivas, grupales, comunitarias, alimentando -
sobre esa base- el poder propio, creado y desarrollado con la participación de
todos y todas, de modo que despliegue su in-dependencia de pensamiento y acción
encaminadas a la libera-ción individual y colectiva.
Si se llega al poder con la misma cultura del capital, a la corta o a la
larga se reproducen sus modos de funcionamiento, su
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lógica verticalista, autoritaria, explotadora, discriminadora,
excluyente y alienante. Es vital, por tanto, asumir el proceso de construcción
de poder propio inter-articuladamente con la creación y construcción de una
nueva cultura.
El poder popular no puede pensarse entonces como un “contra-poder”. Es
mucho más que eso; es un camino integral de gesta-ción de nuevos valores y
relaciones y, en tal sentido, liberador. De ahí el lugar central y permanente
que la batalla político-cultural ocupa en este proceso. Se trata de un proceso
integral de transformación también integral: en lo social, económico, político,
cultural, ético, jurídico, etc., todo se va transformando articuladamente
marcado por la consciente actitud y actividad del actor colectivo protagonista
del cambio. No se trata de di-señar (y transitar) primero una etapa dedicada a
construir las bases económicas, luego otra destinada al cambio cultural… No hay
etapas separadas entre sí que luego de transcurridas -en sucesión temporal-,
den como resultado la nueva sociedad. En lo social el todo no es la suma de las
partes, salvo dialéctica-mente hablando, es decir, interconectadamente, lo que
habla de intercondicionamiento, interdependencia e interdefinición entre todas
y cada una de ellas.
Solo por un camino integral será posible avanzar (de un modo integral),
hacia una sociedad liberadora, desalienadora –que solo puede ser tal si es
autodesalienadora-, y en ese sentido formadora de nuevos hombres y nuevas
mujeres, diseñadores y constructores de la utopía anhelada.
¿“Vía electoral” para la toma del poder?
La experiencia de los gobiernos revolucionarios latinoamericanos
El gobierno puede resultar un instrumento político clave para el proceso
transformador, acceder a él constituye -en tal perspec-
18
tiva-, un gigantesco paso de avance para desarrollar procesos de
empoderamiento sociales colectivos. La apertura y / o am-pliación de procesos
democráticos participativos puede acti-var/profundizar los procesos de
conformación del actor colec-tivo del cambio, promoviendo –desde abajo- la
transformación del propio gobierno y sus formas de ejercicio institucional y de
control social, recortando –a través de ellas-, el poder o -mejor dicho-, los
poderes instituidos del capital. De ahí que en los actuales procesos
latinoamericanos de construcción democráti-ca de lo nuevo, resulte central la
realización de asambleas constituyentes, sustrato jurídico, político y social
de la nueva institucionalidad engendrada por los procesos de luchas socia-les,
abanderados por la resistencia, el empuje y los reclamos históricos de los
pueblos de este continente (con sus organiza-ciones sociales y políticas).
Obviamente, no se puede esperar que las asambleas constitu-yentes sean,
en sí mismas motor del cambio. Los pueblos han de estar preparados para plasmar
en ellas sus puntos de vista y para definirlas acorde con sus intereses. Pero
en esto, como en todo, no puede perderse la noción de proceso: no puede
preten-derse que se alcancen todos los objetivos en la primera asam-blea; habrá
que hacer tantas asambleas constituyentes como lo vaya reclamando y
posibilitando la profundización, radicaliza-ción de los procesos, marcada, en
primer lugar por la madura-ción política del actor colectivo, fuerza social del
cambio. En esto, como en todo, no se trata de un acto que pone punto final a la
supervivencia del basamento jurídico-institucional del ca-pital; es el proceso
de construcción cotidiana sistemática y permanente.
Esto implica una modificación de la concepción acerca del lu-gar y el
papel del Estado en los procesos sociales de cambio, en su interrelación con la
llamada “sociedad civil”: movimientos y organizaciones sociales, partidos
políticos, organizaciones co-munitarias, religiosas, etc. y viceversa, en su
interrelación con
19
los gobiernos nacional y estaduales, provinciales, departamen-tales,
etc., en lo jurídico-institucional y en lo democrático-participativo.
Los actuales procesos político-sociales latinoamericanos,
parti-cularmente los de Venezuela y Bolivia, enseñan que siendo gobierno –si
hay voluntad política colectiva como sustrato- es posible impulsar la
participación protagónica del pueblo en el proceso y con ello avanzar –desde
abajo- en la construcción del actor colectivo, su conciencia y organización,
bases del proceso de construcción del poder popular revolucionario. Es
precisa-mente por ello que estas experiencias se empeñan en una gran transformación
cultural y política (práctica-educativa), enten-diéndolas como plataforma
indispensable para los cambios. Esto caracteriza particularmente el proceso
actual de Bolivia, definiéndolo como una revolución democrático-cultural desde
abajo. Los logros están a la vista, también los desafíos.
Lo expuesto reafirma una hipótesis: en las condiciones actuales de
Latinoamérica, la disputa político-electoral por el gobierno nacional resulta
una instancia clave para los procesos de cam-bios. Negarse a participar en
tales contiendas, implicaría -de hecho-, la negación de toda política, a la vez
que tornaría un sinsentido la lucha de clases, los procesos de acumulación de
fuerzas y la construcción sociopolítica toda, ya que -de ante-mano- se les
impone a esta un límite que –por definición- no se desearía traspasar.
“No resulta suficiente protestar contra las injusticias. No resul-ta
suficiente proclamar que otro mundo es posible. Se trata de transformar las
situaciones y tomar decisiones efectivas. Y en ello radica la pregunta acerca
del poder.” [Houtart]
Hacer política es imprescindible y fundamental. El problema radica en
cómo hacer política de un modo y con un contenido diferente al tradicional, en
no ser funcional al poder del capital y, articulado a ello, en cómo superar la
desconfianza instalada
20
en las mayorías populares hacia los partidos políticos, los polí-ticos y
la política.
En esta perspectiva, lo que podría entenderse como vía electo-ral para
realizar las transformaciones sociales, resulta hoy para los pueblos un camino
medular para el proceso de construc-ción, acumulación y crecimiento de poder,
conciencia, pro-puestas y organización política propias, en proceso de
(au-to)constitución de los actores sociales y políticos en sujeto po-pular del
cambio. Pero esta apuesta no puede interpretarse ni concebirse como el “camino
electoral para la toma del poder”; implica otro modo de entender y realizar la
transformación social. No se trata de llegar al gobierno para “dar el
manotazo”, no se trata de reemplazar la insurrección por las urnas, y
pre-tender que una vez ganadas las alecciones, llegando al gobierno se puede
actuar obviando la correlación de fuerzas (conciencia, organización, cultural y
poder) existente, y la necesidad de cambiarla favorablemente a los pueblos,
para lo cual se ha em-prendido el tránsito hacia lo nuevo por esta vía,
tránsito que reclama -como momento central y eje del mismo- la existencia de un
fuerte actor colectivo, fuerza social y política de libera-ción en los ámbitos
parlamentario y extraparlamentario.
En tal sentido, estar en el gobierno puede significar para las fuerzas
sociales transformadoras contar con un instrumento político de primer orden
que, en conjunción con el protagonis-mo de las fuerzas sociales
extraparlamentarias populares acti-vas, puede abrir puertas y promover
transformaciones mayores. Ni la participación electoral, ni el ser gobierno
provincial o nacional constituyen -en esta perspectiva-, la finalidad última de
la acción política.
En cualquier caso, vale aclarar un punto: no se trata de partici-par de
las elecciones para acceder a espacios/fracciones del poder existente, y
limitarse a ejercerlo ocupando sus espacios parlamentarios o gubernamentales
-nacionales o locales-. No se
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trata de “hacer buena letra” para quedar bien con los detentores
tradicionales del poder establecido, y –de modo consciente o no-, contribuir a
relegitimar, reoxigenar y reproducir el sistema del capital y sus lógicas. Es
injustificable que la participación de la izquierda en gobiernos locales o
nacionales se alcance proponiendo construir lo nuevo, pero termine aceptando o
in-cluso promoviendo políticas neoliberales o sostenedo-ras/salvadoras del
capitalismo. En tal caso, por muy buenas intenciones que se tengan, las
elecciones –y la maquinaria ins-titucional funcional al capital-, terminarán
tragándose la pers-pectiva de transformación social de los que participan en el
gobierno. Esto conduce a desacreditar el sentido político estra-tégico
transformador que tiene para la izquierda y los acto-res/sectores que la
acompañan, la participación en la disputa democrática para acceder a
parlamentos y gobiernos, y termina generalmente abortando el proceso
político/social hacia posi-cionamientos personales.
Los casos más evidentes en este sentido resultan ser los de
par-lamentarios que llegan a ser tales en nombre de movimientos sociales u
organizaciones políticas de izquierda y luego - cortando todo vínculo- se
dedican a hacer de la bancada un ámbito para sus ambiciones personales, o un
lucrativo “puesto de trabajo”. Ese es, precisamente, el juego del poder.
Esto alerta, por un lado, sobre el indeclinable papel protagóni-co de
los actores sociopolíticos colectivos en todas las dimen-siones, tiempos y
tareas del proceso político transformador y, articuladamente, sobre el sentido
de los métodos y de los ins-trumentos a emplear, crear, etcétera. Por otro,
indica que las transformaciones sociales de la época actual implican profun-dos
(radicales) procesos de cambios, pues la transición a otra sociedad supone,
necesariamente, la articulación de los proce-sos locales, nacionales y/o
regionales con el tránsito global hacia un mundo diferente, y la formación del
sujeto revolucio-
22
nario global.6
Se puede avanzar –de hecho ocurre- en el ámbito de un país, pero es
vital ir generando consensos regionales e internaciona-les, interarticularse
con otros procesos sociotransformadores. En Latinoamérica se abren hoy grandes
oportunidades para ello, dada la coincidencia histórica de gobiernos como los
de Venezuela, Bolivia, Ecuador, Cuba, Brasil, Nicaragua, Uru-guay, entre otros.
Esta situación emerge como resultado de la acumulación de resistencias y luchas
de los pueblos, y marca el predominio de la tendencia transformadora que se
abre paso en medio (a través) de la casualidad.
El desafío es, en este sentido, superada la “sorpresa” inicial, poner en
marcha propuestas concretas que permitan, por un lado, fortalecer y articular a
las organizaciones sociales y polí-ticas de los pueblos y, por otro,
profundizar los procesos de cuestionamiento de las medidas regresivas del
neoliberalismo, frenar su implementación y, allí donde sea posible, anular su
vigencia y avanzar creando y construyendo lo nuevo.
Sobre esa base, y simultáneamente, los primeros pasos están marcados por
desarrollar programas de gobierno que -teniendo en cuenta la correlación de
fuerzas existente y las posibilidades de modificarla favorablemente-, impulsen
al máximo posible los procesos socio-transformadores consolidando la gestión
gubernamental naciente, o preparándose para participar en los
6 Formar una nueva cultura, como
la socialista, por ejemplo, no implica solo luchar contra el capitalismo
anterior, contra los rezagos y lastres del pasado, sino también dar cuenta de
la influencia del capitalismo contem-poráneo y sus modos de acción mundialmente
contaminantes y contagio-sos. Por eso los cambios radicales, la construcción de
hombres y mujeres nuevos, la construcción de una nueva cultura, de un nuevo
modo de vida, es –a la vez que un empeño local- parte de un proceso
contracultural uni-versal, hacia la conformación de un sujeto revolucionario
mundial, es decir, una humanidad que, conscientemente, quiera vivir de un modo
diferente al impuesto por el capital y se decida a construirlo y sostenerlo.
23
procesos electorales, y ganar. De ahí en más: lo dicho, los acto-res y
la vida…
Lo expresado marca una diferencia fundamental respecto de la propuesta
socialdemócrata, que se plantea apenas “mejorar” el capitalismo. Sus reformas
no están concebidas como parte de un camino para superar el capitalismo, sino
para sostenerlo aliviando sus conflictos. Consiguientemente, la
socialdemocra-cia amolda y acomoda – en cada momento- sus gobiernos y sus
políticas a las necesidades y dictados del capital.
Construir una amplia fuerza social de liberación
La vía democrática de transformación social constituye un gran y
novedoso desafío para las organizaciones sociales y políticas populares. Ella
implica que en cada momento del proceso haya que optar y ratificar (o
rectificar) a favor de quiénes y de qué políticas se está, y desde dónde,
quiénes gobiernan y para quié-nes. Esta es siempre una opción conciente,
individual y colec-tiva, y para lograrla o mantenerla hay que construirla
cotidia-namente desde abajo. Supone, a la vez, ir transformando la democracia en
la medida que se sea capaz de profundizarla (abrirla a la participación de la
ciudadanía), y construir otras modalidades o rescatar democracias preexistentes
en los pue-blos (por ejemplo, los pueblos originarios y su practicas
comu-nitarias). Esto irá conformando las bases para una nueva legali-dad y
jurisprudencia (y viceversa), respaldo y sostén de los procesos
socio-transformadores colectivos, constructores tam-bién en lo político de una
nueva cultura de poder basada en la participación colectiva creciente en el
proceso de toma de deci-siones y en la ejecución de las resoluciones y el
control de los resultados y la gestión gubernamental toda. En esto, como en las
demás áreas y ámbitos, es vital el empoderamiento crecien-te y liberador de los
pueblos.
Por todo ello resulta fundamental que la participación electoral
24
se discuta, construya y desarrolle respondiendo (articulada) a un
proceso político mayor traccionado por una amplia fuerza social
extraparlamentaria capaz de pensar, organizar e impul-sar el proceso hacia
transformaciones mayores, buscando ir más allá del capitalismo, conformando una
alternativa local (nacional) y –a la vez- continental, de liberación de los
trabaja-dores y el pueblo, orientada hacia lo que en un futuro podrá llegar a
ser un socialismo nuevo, creado y construido –desde abajo y día a día- colectivamente.
El desafío político neurálgico para la transformación de la so-ciedad
desde abajo hacia la superación del capitalismo, radica en construir un amplio
movimiento sociopolítico articulador de las fuerzas parlamentarias y
extraparlamentarias de los traba-jadores y el pueblo, en oposición y disputa
con las fuerzas de dominación parlamentaria y extraparlamentaria del capital
(lo-cal-global), y todo ello demanda una profunda transformación ideológica,
política y cultural.
IR MÁS ALLÁ DEL CAPITALISMO SUPONE UNA LARGA TRANSICIÓN
Si se acepta que el replanteo profundo del tipo de sociedad que se
quiere construir implica, por un lado, la construcción del actor colectivo del
cambio social y la disputa/construcción de poder y hegemonía propios que se
desarrolla hoy a través de los procesos democrático-parlamentarios, si se
acepta, por otro lado, que esto implica a la vez, una radical modificación de
la concepción del desarrollo económico y del bienestar social, repensados y
diseñados sobre bases solidarias, equitativas y sustentables, y simultáneamente
articulado a lo anterior-, una radical modificación del modelo político, social
y cultural hasta
25
ahora conocido por la humanidad, junto a la creación de nue-vos
parámetros de bienestar y progreso basados en la participa-ción democrática
organizada y consciente de las mayorías, se coincidirá entonces en que la
búsqueda de nuevos paradigmas
–fortalecida por los nuevos caminos y horizontes políticos que existen
hoy en el continente-, reclama repensar la transición hacia la nueva sociedad
desde nuevas bases y premisas: las de la construcción del poder, los sujetos y
el proyecto alternativo desde abajo, desde el presente y desde el interior del
capitalis-mo, desarrollando la participación democrática integral de la
ciudadanía en todos los ámbitos de la vida social y capacitán-dolos para ello,
impulsando la transformación cultural de los pueblos hacia su
(auto)constitución en actor político colectivo, sujeto revolucionario.
La superación del capitalismo requiere –si de terminar con sus males se
trata-, de la superación de la lógica del funcionamien-to del capital. Esto
hace que la transformación social suponga una larga transición. Esta nace en
las entrañas del capitalismo, pero no ocurrirá espontáneamente, ni por la
maduración “nece-saria” de condiciones, ni como consecuencia “natural” de las
cada vez más profundas crisis cíclicas del capital; su desenlace, avance y
radicalización, requieren de la acción política cons-ciente, organizada y
articulada a una orientación estratégica socialista.
Esta transición tiene entre sus tareas centrales la construcción de
poder político- cultural popular desde abajo, simultánea-mente llave y camino
para la construcción del actor colectivo, la fuerza social revolucionaria del
cambio y su organización política, impulsado por la participación democrática
de los pueblos, y cohesionado inicialmente mediante definiciones programáticas
estratégicas que orienten y contribuyan a hacer confluir y enlazar los procesos
de lucha y transformación que nacen en los ámbitos comunitarios locales con los
que tienen lugar en otras dimensiones y ámbitos.
26
Se trata de ir definiendo colectivamente un proyecto alternativo capaz
de imprimirle una direccionalidad común a la diversidad de procesos de
resistencias, luchas y construcciones de vías de sobrevivencia sectoriales que
se desarrollan aparentemente aislados entre sí. De conjunto, esto alimenta el
proceso de [au-to]constitución de los actores sociopolíticos en actor colectivo
del cambio (sujeto histórico), constructor de su hegemonía (su poder político,
cultural y social) sobre nuevas bases, es decir, encarnando a la sociedad
superadora del capitalismo y de su lógica de funcionamiento, en la medida que
se la va constru-yendo en las prácticas alternativas del presente.7 En este
empe-ño, el desarrollo de la participación democrática y consciente de todos y
cada uno de los actores y actoras sociales y políti-cos, y el desarrollo de la
batalla cultural que la haga posible y verdadera, es decir, desalienante,
resulta elemento definitorio vital.
Vale recordar que los cambios sociales no son resultados de los cambios
en la economía, en las relaciones de propiedad, las estructuras, las leyes y
las instituciones; son inherentes a la actividad socio-transformadora integral
de los sujetos. Por tan-to, toda revolución social radical (desde abajo) tiene
como cen-tro y punto de partida a los seres humanos concretos que inte-gran una
sociedad concreta en un momento histórico determi-nado; de ahí que sea
imprescindible enfocar el proceso socio-transformador en su integralidad y
profundidad multidimensio-nal e intercultural. Esta complejidad del proceso es
parte sus-tantiva, característica de las revoluciones desde abajo, creadas y
protagonizadas por los pueblos. Tales son las revoluciones sociales del siglo
XXI. ■
7 La maduración de este proceso,
el momento en el que se producirá una fuerza tal que sea capaz de enrumbar esa
transformación más abarcadora del todo social, si bien constituye el objetivo
estratégico de ese poder po-pular, no puede definirse a priori, ni será el
mismo para todas y cada una de las sociedades y los momento históricos.
27
Isabel Rauber es Dra. en Filosofía. Directora de Pasado y Presente XXI.
Estudiosa de las relaciones de poder, la construcción de poder popular, y los
caminos de transformación social.

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