© Libro N° 8930. Construir Al Enemigo Y Otros Escritos. Eco, Umberto. Emancipación. Agosto 14 de 2021.
Título original: ©
Construir Al Enemigo Y Otros Escritos. Umberto
Eco
Versión Original: © Construir Al Enemigo Y Otros Escritos. Umberto Eco
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CONSTRUIR AL ENEMIGO Y OTROS ESCRITOS
Umberto
Eco
Construir Al Enemigo Y Otros Escritos
Umberto Eco
El libro arranca con el texto titulado «Construir al enemigo», donde se
insiste en las bondades de tener siempre a mano a un rival en quien descargar
nuestras debilidades o faltas y, si ese rival no existe, pues habrá que
crearlo. Le siguen otros textos que cabalgan de Dan Brown a Barak Obama y
Angela Merkel, y una espléndida pieza que aborda el tema de Wikileaks,
invitándonos a reflexionar sobre el poder del silencio en una sociedad donde el
escándalo es moneda corriente.
En otros escritos
sale a la
luz la corrupción política
italiana, aliñada con el cuerpo de mujeres hermosas y dispuestas a triunfar,
pero alrededor de este tema tan manido el professore hila un sagaz discurso sobre
el ruido mediático, especialmente creado desde los centros de poder para
distraer al ciudadano medio y ocultar otras noticias importantes. Y de la
política pasamos al Ulises, de Joyce, para descubrir una nueva opinión sobre
esta novela que muchos mientan y pocos han leído.
Resumiendo, Eco tiene edad y condición para hablar de casi todo, enlazando
temas que en apariencia parecen muy lejanos, y Construir al enemigo es el mejor
ejemplo de una inteligencia privilegiada puesta al servicio de esos lectores
que a la vida le piden algo más que titulares de periódico.
Umberto Eco
Construir al enemigo y otros escritos
ePub r1.0
Titivillus 03.08.16
Título original: Costruire il nemico e altri scritti occasionali
Umberto Eco, 2011
Traducción: Helena Lozano Miralles
Editor digital: Titivillus ePub base r1.2
Introducción
El verdadero título de esta recopilación
debería haber sido «Escritos
ocasionales». Solo la justa preocupación del editor hacia un título tan
modesto que podría no atraer la atención del lector, cuando el del primer
ensayo presenta algún que otro motivo de curiosidad, nos ha llevado a la
elección final.
Ahora bien, ¿qué virtudes tiene
un
escrito ocasional? Pues que, normalmente, el escritor no pensaba tener
que ocuparse ni remotamente de un determinado argumento, pero se ve empujado a
hacerlo por la invitación a una serie de charlas o ensayos temáticos. El tema
estimula al autor y lo invita a reflexionar sobre algo que de otro modo habría
pasado por alto y, a menudo, un tema recibido por dictado exterior resulta más
fecundo que uno nacido por alguna jerigonza interior.
Otra virtud del escrito ocasional es que no obliga a la originalidad a
toda costa, sino que tiende, más bien, a divertir tanto a quien habla como a
quienes escuchan. En definitiva, el
escrito ocasional es un ejercicio retórico en barroco, como cuando
Roxana le imponía a Christián (y a través de él a Cyrano) desafíos del tipo
«Habladme del amor».
Al final de cada texto (todos ellos de la última década), indico las
fechas y las ocasiones, pero, precisamente para subrayar su carácter ocasional,
recuerdo que «Lo absoluto y lo relativo» y «La llama es bella» se leyeron en el
marco del festival «La Milanesiana», donde hay justamente un hilo conductor: si
tener que hablar de lo absoluto en los años en que estaba estallando la
polémica sobre el relativismo constituyó una interesante ocasión, la del fuego
fue
una hermosa prueba porque nunca me habría imaginado que me demoraría (en
caliente) sobre ese argumento.
«Los embriones fuera del paraíso» corresponde a una ponencia presentada
en Bolonia en un congreso sobre la ética de la investigación, que luego se
incluyó en el libro recopilado por Francesco Galofaro, Etica della ricerca
medica e identità culturale europea (Bolonia, CLUEB, 2009). «El Grupo 63,
cuarenta años después» abría un congreso, siempre boloñés, cuyo tema queda
evidenciado en el título.
Las reflexiones sobre la poética del exceso en Hugo sintetizan tres
diversas intervenciones escritas y orales,
mientras que el divertissement sobre las astronomías imaginarias lo
presenté impúdicamente en dos versiones distintas y en dos congresos distintos,
el uno de astrónomos y el otro de geógrafos.
«Tras tesoros» condensa varias
intervenciones sobre el mismo argumento; «Delicias fermentadas» se
pronunció en un congreso sobre Piero Camporesi.
«Velinas y silencio» se dictó casi sobre la marcha en el congreso de la
Asociación Italiana de Semiótica de 2009.
Otros dos escritos son auténticos divertissements publicados en años
distintos en el Almanacco del Bibliofilo e inspirados por los temas de
estos almanaques, es decir, «Divagaciones sentimentales sobre las lecturas de
los años más tiernos» para «¡Yo soy Edmundo Dantès!». Y «Reseñas con retraso»
para «Solo nos faltaba el Ulises». En el Almanacco del Bibliofilo de 2011 se
publicó también «Por qué nunca se encuentra la isla», pero retoma una
comunicación presentada en un congreso sobre las islas que se celebró en
Carloforte en 2010.
«Reflexiones sobre WikiLeaks» es la reelaboración de dos artículos
publicados uno en Libération (2 de diciembre de 2010) y el otro en
L’Espresso (31 de diciembre de 2010). Por último, en cuanto al primer
texto de la recopilación, «Construir al enemigo», se leyó en uno de los
encuentros sobre los clásicos organizados en la Universidad de Bolonia por
Ivano Dionigi. Ahora estas veinte páginas mías se me antojan un poco avaras
después de que Gian Antonio Stella desarrollara el tema en más de trescientas
páginas en su Negri, froci, giudei & co. L’eterna guerra contro l’altro
(Milán Rizzoli, 2009), pero qué le vamos a hacer; sentía relegarlas al olvido,
visto que seguimos construyendo enemigos a diario.
Construir al enemigo
Hace años, en Nueva York, me tocó un taxista cuyo nombre era difícil de
descifrar y me aclaró que era paquistaní. Me preguntó de dónde era yo y le
contesté que italiano. Me preguntó que cuántos éramos y se quedó asombrado de
que fuéramos tan pocos y de que nuestra lengua no fuera el inglés.
Por último me preguntó cuáles eran
nuestros enemigos. Ante mi
«¿Perdone?», aclaró despacio que quería saber con qué pueblos estábamos
en guerra desde hacía siglos por reivindicaciones territoriales, odios étnicos,
violaciones permanentes de fronteras, etcétera, etcétera. Le dije que no
estábamos en guerra con nadie. Con aire condescendiente me explicó que quería
saber quiénes eran nuestros adversarios históricos, esos que primero ellos nos
matan y luego los matamos nosotros o viceversa. Le repetí que no los tenemos,
que la última guerra la hicimos hace más de medio siglo, entre otras cosas,
empezándola con un enemigo y acabándola con otro.
No estaba satisfecho. ¿Cómo es
posible que haya un pueblo que no tiene enemigos? Nada más bajarme,
dejándole dos dólares de propina para recompensarle por nuestro indolente
pacifismo, se me ocurrió lo que debería haberle contestado, es decir, que no es
verdad que los italianos no tienen enemigos. No tienen enemigos externos y, en
todo caso, no logran ponerse de acuerdo jamás para decidir quiénes son, porque
están siempre en guerra entre ellos: Pisa contra Lucca, güelfos contra
gibelinos, nordistas contra sudistas, fascistas contra partisanos, mafia contra
Estado, gobierno contra magistratura. Y es una pena que por aquel entonces
todavía no se hubiera producido la caída
de los dos gobiernos de Romano Prodi, porque le habría podido explicar
mejor qué significa perder una guerra por culpa del fuego amigo.
Ahora bien, reflexionando sobre aquel episodio, me he convencido de que
una de las desgracias de nuestro país, en los últimos sesenta años, ha sido
precisamente no haber tenido verdaderos enemigos. La unidad de Italia se hizo
gracias a la presencia de los austriacos o, como quería el poeta Giovanni
Berchet, del irto, increscioso alemanno («el híspido y engorroso alemán»);
Mussolini pudo gozar del consenso popular incitándonos a vengarnos de la
victoria mutilada, de las
humillaciones sufridas en Dogali y Adua, así como de las
demoplutocracias judaicas que nos imponían sus inicuas sanciones. Véase qué le
sucedió a Estados Unidos cuando desapareció el imperio del mal y se disolvió el
gran enemigo soviético. Peligraba su identidad hasta que Bin Laden, acordándose
de los beneficios recibidos cuando lo ayudaban contra la Unión Soviética,
tendió hacia Estados Unidos su mano misericordiosa y le proporcionó a Bush la
ocasión de crear nuevos enemigos reforzando el sentimiento de identidad
nacional y su poder.
Tener un enemigo es importante no
solo para definir nuestra identidad, sino también para procurarnos un
obstáculo con respecto al cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, al
encararlo, nuestro valor. Por lo tanto, cuando el enemigo no existe, es preciso
construirlo. Véase la generosa flexibilidad con la que los naziskins de
Verona elegían como enemigo a quienquiera que no perteneciera a su grupo, con
tal de reconocerse como tales. Pues bien, en esta ocasión no nos interesa tanto
el fenómeno casi natural de identificar a un enemigo que nos amenaza como el
proceso de producción y demonización del enemigo.
En las Catilinarias (II, 1-10),
Cicerón no debería haber sentido la necesidad de bosquejar una imagen
del enemigo, porque tenía las pruebas de la conjura de Catilina. Pero lo
construye cuando, en la segunda oración, les presenta a los senadores la imagen
de los amigos de Catilina, reverberando su halo de perversidad moral sobre el
principal acusado:
Paréceme estarles viendo en sus orgías recostados lánguidamente,
abrazando mujeres impúdicas, debilitados por la embriaguez, hartos de manjares,
coronados de guirnaldas, inundados de perfumes, enervados por los
placeres, eructando amenazas de matar a los buenos y de incendiar a
Roma. […] Les reconoceréis en lo bien peinados, elegantes, unos sin barba,
otros con la barba muy cuidada; con túnicas talares y con mangas, en que gastan
togas tan finas como velos. […] Estos mozalbetes tan pulidos y delicados no
solo saben enamorar y ser amados, cantar y bailar, sino también clavar un puñal
y verter un veneno[1].
El moralismo de Cicerón, al final, será el mismo de Agustín, que
estigmatizará a
los paganos porque, a diferencia de los cristianos, frecuentan circos,
teatros, anfiteatros y celebran fiestas orgiásticas.
Los enemigos son distintos de nosotros y siguen costumbres que no son
las nuestras.
Uno diferente por excelencia es el extranjero. Ya en los bajorrelieves
romanos los bárbaros aparecen barbudos y chatos, y el mismo apelativo de
bárbaros, como es sabido, hace alusión a un defecto de lenguaje y, por lo
tanto, de pensamiento.
Ahora bien, desde el principio se construyen como enemigos no tanto a
los que son diferentes y que nos amenazan directamente (como sería el caso de
los
bárbaros), sino a aquellos que alguien tiene interés en representar como
amenazadores aunque no nos amenacen directamente, de modo que lo que ponga de
relieve su diversidad no sea su carácter de amenaza, sino que sea su diversidad
misma la que se convierta en señal de amenaza.
Véase lo que dice Tácito de los judíos: «Consideran profano todo lo que
nosotros tenemos por sagrado, y todo lo que nosotros aborrecemos por impuro es
para ellos lícito» (y me viene a la cabeza el repudio anglosajón por los
comedores de ranas franceses o el repudio alemán por los italianos que abusan
del ajo). Los judíos son «raros»
porque se abstienen de comer carne de cerdo, no ponen levadura en el
pan, se entregan al ocio el séptimo día, se casan solo entre ellos, se
circuncidan (fíjense) no porque se trate de una norma higiénica o religiosa
sino «para marcar su diversidad», entierran a los muertos y no veneran a
nuestros Césares. Una vez demostrado lo distintas que son algunas costumbres
auténticas (circuncisión, descanso del sábado), se puede subrayar aún más la
diversidad introduciendo en el retrato costumbres legendarias (consagran la
efigie de un asno, desprecian a padres, hijos, hermanos, patria y dioses).
Plinio no encuentra cargos
significativos contra los cristianos, puesto que ha de admitir que no se
dedican a cometer delitos sino solo a llevar a cabo acciones virtuosas. Aun
así, los condena a muerte porque no sacrifican al emperador y esa obstinación
en rechazar algo tan obvio y natural establece su diversidad.
Una nueva forma de enemigo será, más tarde, con el desarrollo de los
contactos entre los pueblos, no solo el que está fuera y exhibe su extrañeza
desde lejos, sino el que está dentro, entre nosotros. Hoy lo llamaríamos el
inmigrado extracomunitario, que, de alguna manera, actúa de forma distinta o
habla mal nuestra lengua, y que en la
sátira de Juvenal es el graeculo listo y timador, descarado, libidinoso,
capaz de tender sobre el lecho a la abuela de un amigo.
Extranjero entre todos, y distinto por su color, es el negro. En la
entrada «Negro» de la Enciclopedia Británica, primera edición norteamericana de
1798, se leía:
En el color de la piel de los negros encontramos diferentes
matices; pero todos se diferencian de la misma manera de los demás
hombres en los rasgos de su rostro. Mejillas redondas, pómulos altos, una
frente ligeramente elevada, nariz corta, ancha y roma, labios
gruesos, orejas pequeñas, fealdad e irregularidad de forma caracterizan
su aspecto exterior. Las mujeres negras tienen caderas muy caídas, y glúteos
sumamente rollizos, que les otorgan la forma de una silla de
montar. Los vicios más conocidos parecen ser el destino de esta infeliz
raza: se dice que
ocio, traición, venganza, crueldad, desvergüenza, robo, mentira,
lenguaje obsceno,
desenfreno, mezquindad e intemperancia han extinguido los
principios de la ley natural y han acallado las reprimendas de la
conciencia. Son ajenos a todo sentimiento de compasión y constituyen un
terrible ejemplo de la corrupción del hombre cuando queda abandonado a sí
mismo.
El negro es feo. El enemigo debe ser feo porque se identifica lo bello
con lo bueno (kalokagathia), y una de las características fundamentales de la
belleza ha sido siempre lo que la Edad Media denominará integritas (es decir,
tener todo lo que se requiere para ser un representante medio de una especie,
por
lo cual, entre los humanos, serán feos los que carecen de un miembro, de
un ojo, tienen una estatura inferior a la media o un color «deshumano»). Ahí
tenemos, entonces, desde el gigante monóculo Polifemo hasta el enano Mime, el
modelo de identificación del enemigo. Prisco de Panio en el siglo V d. C.
describe a Atila bajo de estatura, con un tórax ancho y una cabeza grande, los
ojos pequeños, la barba fina y encanecida, la nariz aplastada y (rasgo
fundamental) la tez oscura. Pero es curioso cómo se parece el rostro de Atila a
la fisonomía del diablo tal como lo verá más de cinco siglos después Rodolfus
Glaber: estatura modesta,
cuello fino, rostro demacrado, ojos muy negros, frente surcada de
arrugas, nariz achatada, boca sobresaliente, labios turgentes, barbilla
estrecha y afilada, barba caprina, orejas híspidas y
puntiagudas, cabello erizado y desgreñado, dentadura canina, cráneo
alargado, pecho prominente, espalda gibosa (Crónicas, V, 2).
En el encuentro con una civilización todavía desconocida, carecen de
integritas los bizantinos vistos por Liutprando de Cremona, enviado en el año
968 por el emperador Otón I a Bizancio (Relatio de legatione
constantinopolitana):
Nicéforo es un ser monstruoso, un pigmeo con una cabeza enorme, que
parece un topo por la pequeñez de sus ojos, afeado por una barba corta, larga,
espesa y entrecana, con el cuello de un dedo de largo; un etíope por su color,
con quien no querrías tropezarte por la noche, vientre obeso, enjuto de nalgas,
muslos demasiado largos para su corta estatura, piernas cortas, pies planos y
una ropa de pueblerino gastada, hedionda y desteñida de tanto ponérsela.
Hediondo. El enemigo siempre huele
mal, y un tal Berillon, al principio de la Primera Guerra Mundial
(1915), escribía un La polychrésie de la race allemande, donde demostraba que
el alemán medio produce más materia fecal que el francés, y con un olor más
desagradable. Si el bizantino olía mal, mal olía el sarraceno en el Evagatorium
in Terrae sanctae, Arabiae et Egypti peregrinationem de Felix Fabri (siglo XV):
Los sarracenos emiten un terrible hedor, por lo que se dedican a
continuas abluciones de todo tipo; y como nosotros no olemos mal, a ellos no
les importa que
nos bañemos con ellos. Claro que son igual de indulgentes con los
hebreos, que apestan aún más […]. De este modo, los sarracenos están contentos
de hallarse en compañía de quienes como nosotros no hedemos.
Olían mal los austriacos de Giuseppe Giusti, en su famoso poema que
inicia con «Vostra eccellenza che mi sta in cagnesco / per que’ pochi
scherzucci di dozzina?»:
Entro, e ti trovo un pieno di soldati,
di que’ soldati
settentrionali,
come sarebbe Boemi e Croati,
messi qui nella vigna a far da pali.
[…]
Mi tenni indietro, ché, piovuto in mezzo
di quella maramaglia, io non lo nego
d’aver provato un senso di ribrezzo
che lei non prova in grazia dell’impiego.
Sentiva un’afa, un alito di lezzo;
scusi, Eccellenza, mi
parean di sego,
in quella bella casa del Signore,
fin le candele dell’altar maggiore[2].
No puede no apestar el gitano, visto que se alimenta de carroñas, tal
como nos enseña Cesare Lombroso (L’uomo delinquente, 1876, 1, II) y apesta en
Desde Rusia con amor la enemiga de James Bond, Rosa Klebb, no solo rusa y
soviética, sino por añadidura lesbiana:
En el exterior de la puerta anónima pintada de color crema,
Tatiana ya percibió el olor de la habitación que había detrás. Cuando la
voz le dijo ásperamente que entrara y ella abrió la puerta, fue el olor lo que
llenó su mente mientras se detenía en la entrada y miraba fijamente los ojos de
la mujer que se encontraba sentada detrás de una mesa redonda, bajo la luz
central. Era el olor del metro en
los atardeceres calurosos: perfume barato que ocultaba olores animales.
La gente de Rusia se empapaba en perfume, tanto si se había bañado como si no,
pero sobre todo cuando no lo
había hecho, y las muchachas sanas y limpias como Tatiana volvían
siempre andando de la oficina a casa, a menos que lloviera o nevara mucho, para
evitar el hedor de los trenes y el metro. […]
Tatiana continuaba aún
repasando alegremente la situación, cuando se abrió la puerta del
dormitorio y «esa mujer, Klebb» apareció en la misma. […] La coronel Klebb de
SMERSH llevaba puesto un camisón semitransparente hecho de crépe de chine color
naranja.
[…] Una rodilla con hoyuelos,
como un coco amarillento, aparecía doblada y adelantada entre los pliegues
medio abiertos del camisón, en la postura clásica de las modelos. […] Rosa
Klebb se había quitado las gafas y su rostro desnudo estaba ahora cargado de rímel,
colorete y lápiz de labios. Parecía la puta más vieja del mundo. […] Dio unos
golpecitos en el sofá, a su lado.
—Apague la luz de arriba, querida. El interruptor está junto a la
puerta. Luego venga a sentarse a mi lado. Debemos
conocernos la una a la otra[3].
Monstruoso y hediondo será, por lo menos desde los orígenes del
cristianismo, el judío, visto que su
modelo es el Anticristo, el archienemigo, el enemigo no solo nuestro
sino de Dios:
Éstas son sus facciones: la cabeza es como una llama ardiente, el ojo
derecho inyectado de sangre, el izquierdo de un verde felino y tiene dos
pupilas, sus párpados son blancos, el labio inferior es grande, el fémur
derecho es
débil, los pies grandes, el pulgar aplastado y alargado[4].
El Anticristo nacerá del pueblo de los judíos […] de la unión de un
padre y de una madre como todos los hombres, y no, como se dice, de una virgen.
[…] Al empezar su concepción, el diablo entrará en el útero materno, por virtud
del diablo será alimentado en el vientre de la madre, y el poder del diablo
siempre estará con él[5].
Tendrá dos ojos de fuego, orejas como las de un asno, nariz y
boca como un león, porque enviará a los hombres los actos de locura del
más delictuoso de los fuegos y las voces más vergonzosas de la contradicción,
haciendo que renieguen de Dios, expandiendo en sus sentidos el hedor más
horrible, destruyendo las instituciones de la Iglesia con la más feroz de las
codicias; se reirá con maldad con un rictus enorme enseñando horribles dientes
de hierro[6].
Si el Anticristo viene del pueblo de los judíos, su modelo deberá
reflejarse en la imagen del hebreo, ya sea que se trate de
antisemitismo popular, de antisemitismo teológico o de antisemitismo
burgués de los siglos XVIII y XIX. Empecemos por el rostro:
Suelen tener el rostro lívido, la nariz aguileña, los ojos hundidos, la
barbilla de punta y los músculos constrictores de la boca muy pronunciados. […]
Además, los judíos sufren de enfermedades que indican la corrupción de su
sangre, como antaño la lepra y hoy el escorbuto, que le es afín, las escrófulas
y los flujos de sangre. […] Se dice que los judíos
despiden siempre un
mal olor
[…]. Otros atribuyen estos
efectos al uso frecuente de verduras de olor penetrante como cebolla y ajo […].
Otros más dicen que es la carne de ganso, que les gusta mucho, la que los
vuelve lívidos y atrabiliarios, dado que este alimento abunda de azúcares toscos
y pegajosos[7].
Más tarde, Wagner complicará el retrato con aspectos fonéticos y
mímicos:
El judío que, como es sabido, tiene su Dios muy particular, nos
sorprende primero, en la vida ordinaria, por su aspecto
exterior; a cualquier
nacionalidad europea que pertenezcamos, él presenta algo
desagradablemente extraño a esa nacionalidad: involuntariamente deseamos no
tener nada en común con un hombre que tiene esa apariencia […]. No podemos
imaginar sobre la escena a un personaje antiguo o moderno, ya sea un héroe, ya
un enamorado, representado por un judío, sin sentir involuntariamente todo lo
impropio, que llega hasta el ridículo, de una tal idea […]. Lo
que nos repugna particularmente es la expresión física del acento judío.
[…] Nuestro oído se ve afectado de manera extraña y desagradable por el sonido
agudo, chillón, seseante y arrastrado de la pronunciación judía: un empleo de
nuestra lengua nacional completamente impropio […] nos obliga durante una
conversación, a prestar más
atención a ese cómo desagradable del hablar judío que a su qué. Hay que
reconocer y retener la importancia excepcional de este hecho para explicar la
impresión que nos
hacen las obras musicales de los judíos modernos. Cuando oímos hablar a
un judío, la ausencia de
toda expresión puramente humana en su discurso nos hiere a pesar nuestro
[…]. Es natural que la aridez natural de la naturaleza judía alcance su apogeo
en el canto, considerado el medio de expresión más vivaz y más
incuestionablemente verdadero de la sensibilidad individual; y de acuerdo con
la
naturaleza de las cosas deberíamos negar al judío toda capacidad
artística en todos los campos del arte, y no solamente
en el que tiene por base al canto[8].
Hitler procede con mayor gracia, casi al límite de la envidia:
En los jóvenes la forma de vestir debe estar al servicio de la
educación. […] Si hoy en día la perfección corporal no estuviera relegada a
segundo plano por nuestra moda desaliñada, no sería posible que centenares de
millares de jovencitas fueran
seducidas por repugnantes bastardos judíos con las piernas torcidas[9].
Del rostro a las costumbres, ahí tenemos al enemigo judío matando a
niños y bebiendo su sangre. Aparece muy pronto, por ejemplo, en los Cuentos de
Canterbury de Chaucer, donde se relata de un niño muy parecido al santo
Simoncito de Trento; mientras pasa por el barrio judío cantando O alma
redemptoris mater, lo secuestran, le cortan el pescuezo y lo tiran a un pozo.
El judío que mata a los niños y se abreva con su sangre tiene una
genealogía muy compleja porque el mismo modelo preexistía en la construcción
del enemigo interno al cristianismo, el hereje. Nos basta un solo texto:
Por la noche, cuando se encienden las velas y nosotros celebramos la
Pasión, ellos conducen a una cierta casa a las jóvenes que han introducido a
sus ritos secretos, apagan las lámparas porque no quieren la luz como testigo
de las
abominaciones que se cometerán, y desahogan su propia depravación sobre
la primera que se les presenta, aunque sea su hermana o su hija. Están
convencidos, en efecto, de que les hacen algo muy grato a los demonios si
quebrantan las leyes divinas que prohíben el
connubio con los que tienen la misma sangre. Una vez acabado el rito,
vuelven a casa y esperan que pasen nueve meses: llegado el momento en que
deberían nacer los sacrílegos hijos de la sacrílega simiente, se vuelven a
congregar en el mismo lugar. Tres días después del parto, arrancan esos
miserables hijos a sus madres, cortan sus tiernos miembros con una daga
afilada, recogen en copas la sangre derramada y queman a los recién nacidos
cuando todavía respiran arrojándolos a una hoguera. Luego mezclan en las copas
la
sangre y las cenizas para obtener un horrible mejunje, con el que
ensucian comidas y bebidas, a
escondidas, como quienes vierten veneno en el aguamiel. Esta es su
comunión[10].
A veces el enemigo se percibe como distinto y feo porque es de clase
inferior. En la Ilíada, Tersites («bizco y cojo de un pie; sus hombros
corcovados se contraían sobre el pecho, y tenía la cabeza puntiaguda y cubierta
por rala cabellera», II, 212) es socialmente inferior a Agamenón o a Aquiles y,
por consiguiente, envidioso de ellos. Entre Tersites y el personaje de Franti
de
Edmondo De Amicis hay poca diferencia, ambos son feos: Ulises golpea
hasta hacerle sangre al primero y la sociedad condenará a Franti a la cadena
perpetua:
Tiene a su lado a uno de rostro descarado y triste, que se llama Franti,
al que ya habían expulsado de otra escuela. […] Sólo uno podía reírse mientras
Derossi hablaba de los funerales del Rey, y fue Franti. Yo lo detesto. Es malo.
Cuando viene un padre a la escuela a regañar al hijo, él goza; cuando alguno
llora, él ríe; atormenta a Crossi
porque tiene el brazo muerto, se burla de Precossi al que todos
respetan, se burla hasta de Robetti, el de segundo, que camina con muletas por
haber salvado al niño. Provoca a todos los más débiles que él, y cuando llega a
los puños se enfurece y trata de hacer daño. Hay algo que produce aversión en
esa pequeña frente, en esos ojos turbios que casi esconde bajo la visera de su
boina de hule. No le teme a nada, se ríe en la cara del maestro; cuando puede,
roba, niega con una cara impávida, siempre está peleando con
alguien, lleva a la escuela unas agujas para chuzar a los vecinos, se
arranca botones de la chaqueta y se los arranca a los otros y los apuesta;
tiene morral, cuadernos y libros descosidos, rotos, sucios, la regla rota, la
pluma carcomida, las uñas roídas, la ropa llena de manchas y rasgaduras que se
hace en las peleas. […] Algunas veces el maestro finge no ver sus canalladas y
él las hace peores; intentó tratarlo de buena manera y él se burló. Le dijo
palabras terribles, y él se cubrió el rostro con las manos como si llorara,
pero reía[11].
Entre los portadores de fealdad debida a su posición social están,
obviamente, el delincuente nato y la prostituta; ahora bien, con la prostituta
entramos en otro universo, el de la hostilidad o el del racismo sexual. Al
varón que gobierna y escribe, o escribiendo gobierna, la mujer se ha
representado como su enemiga desde siempre. Es más, no nos dejemos engañar por
la mujeres angelicales; precisamente porque la literatura mayor está dominada
por criaturas bellas y dulcísimas, el mundo de la sátira —que es en definitiva
el del
imaginario popular— demoniza sin cesar a la hembra, desde la Antigüedad
clásica, pasando por la Edad Media, hasta los tiempos modernos. Para la
Antigüedad me limito a Marcial:
Cuando tienes trescientos consulados, Vetustila, y tres pelos y cuatro
dientes, pecho de cigarra, piernas y color de hormiga; cuando tienes una frente
más arrugada que tu estola y unos pechos que parecen telarañas; […] y tu vista
alcanza lo que alcanzan las lechuzas por la mañana, y hueles a lo que los
machos cabríos, y tienes la
rabadilla de una ánade flaca,
[…] solamente una antorcha
funeraria puede penetrar en semejante coño[12].
¿Y quién será el autor de esta cita?
La mujer es un animal imperfecto, recocido por mil
pasiones desagradables y abominables solo de pensar en ellas, por no
hablar de razonar de ellas. […] Ningún otro animal es menos limpio que ella: el
puerco no alcanza su suciedad,
ni siquiera cuando está emplastado de fango; y si acaso
alguien quisiera negarlo, mírense sus partos, búsquense los lugares
secretos donde ellas, avergonzándose, esconden los
horribles instrumentos que emplean para quitarse sus superfluos
humores[13].
Si eso podía pensarlo Giovanni Boccaccio (en su Corbaccio), laico y
desvergonzado, imagínense lo que debía de pensar y escribir un moralista
medieval para afirmar el principio paulino de que mejor sería no probar jamás
los placeres de la carne aunque existiera la remota posibilidad de conocerlos
sin quemarse.
En el siglo X, Odón de Cluny recordaba que:
La belleza del cuerpo está solo en la piel. En efecto, si los hombres
vieran lo que hay debajo de la piel, dotados de la penetración visiva interior
como los linces de Beocia, la mera visión de las mujeres les resultaría
nauseabunda: esta gracia femenina que es solo mucosidad, sangre, humor y hiel.
Considerad lo que se esconde en las fosas nasales, en la garganta, en el
vientre: inmundicias por doquier. […] Y a nosotros que
nos repugna tocar aun con la punta de los dedos el vómito o el
estiércol, ¿cómo podemos desear estrechar entre nuestros brazos
un simple saco de excrementos[14]?
De la misoginia que definiríamos «normal» se llega a la construcción de
la bruja, obra maestra de la civilización moderna. Sin duda, la bruja era
conocida también en la Antigüedad clásica, y me limitaré a recordar a Horacio
(«Yo mismo he visto a Canidia, ceñida con su capa negra, con los pies desnudos
y el cabello suelto, aullar con Sagana la mayor. La palidez les había
dado a ambas un aspecto horrible», Sermones, 8) o a las brujas del Asno
de oro de Apuleyo. Pero tanto, en la Antigüedad como en la Edad Media se habla
de brujas y brujos más que nada como referencia a creencias populares, como
incidentes de posesión episódicos a fin de cuentas. Roma no se sentía amenazada
por las brujas en los tiempos de Horacio, y en la Edad Media aún se pensaba
que, en el fondo, la brujería era un fenómeno de autosugestión, es decir, que
la bruja era aquella que se creía una bruja, como recitaba en el siglo IX el
Canon episcopi.
Algunas mujeres depravadas,
votadas a Satanás y desviadas por sus ilusiones y seducciones, creen y
afirman cabalgar de noche ciertas bestias, en compañía de una muchedumbre de
mujeres, siguiendo a Diana. […] Los sacerdotes deben predicar constantemente al
pueblo de Dios que eso es absolutamente falso, y que tales fantasías no las
despierta el espíritu divino en las mentes de los fieles sino el espíritu
malvado. Satanás, en efecto, se transforma en ángel de la luz y toma posesión
de la mente de esas mujercillas y las domina a causa de su escasa fe e
incredulidad.
Por el contrario, la bruja empieza a congregarse en sectas, a celebrar
sus aquelarres, a volar, a trocarse en animal, y a convertirse en enemigo
social en los albores del mundo moderno, tanto que se merece los procesos
inquisitoriales y la hoguera. No trataremos aquí el problema complejo del
síndrome de la brujería, si se trata de búsqueda de un chivo expiatorio en el
curso de profundas crisis sociales, de influencias del chamanismo siberiano o
de la permanencia de arquetipos eternos. Lo que nos interesa en este ámbito
sigue siendo el modelo recurrente de la creación de un enemigo, modelo que es
análogo al de la construcción del hereje
o del judío. Y no basta con que hombres de ciencia como Gerolamo Cardano
(De rerum varietate, XV) en el siglo XVI avanzaran sus objeciones de sentido
común:
Son mujercillas de miserable condición, que malviven en los valles
alimentándose de castañas y hierbas. […] Por eso son macilentas, deformes,
tienen la tez térrea, los ojos saltones, y su
mirada demuestra su temperamento melancólico y bilioso. Taciturnas y
ausentes, se diferencian poco de los que están poseídos por el demonio.
Son tan firmes en sus opiniones, que de atender sólo a los discursos que
hacen, se podría considerar verdadero lo que cuentan con tanta convicción,
hechos que no se han producido jamás ni jamás se producirán.
Las nuevas oleadas de persecución empiezan con los leprosos. Carlo
Ginzburg recuerda que en 1321 los quemaron en toda Francia porque intentaron
matar a la población envenenando aguas, manantiales, pozos: «Las mujeres
leprosas que hubieran confesado el crimen, espontáneamente o por efecto de la
tortura, debían ser
quemadas, a menos que estuvieran embarazadas; si lo estaban, habían de
permanecer separadas hasta el parto y el destete del niño y ser posteriormente
quemadas».
No resulta difícil identificar aquí las raíces de los procesos a los que
contagiaban la peste, a los manzonianos untadores. Ahora bien, el otro aspecto
de la persecución citada por Ginzburg es que automáticamente a los untadores
leprosos se los relacionaba con los judíos y los sarracenos. Varios cronistas
referían voces según las cuales los judíos eran cómplices de los leprosos y por
ello a muchos se los quemaba con ellos: «El populacho se tomaba la
justicia por su mano, sin llamar ni al preboste ni al bailío: encerraban
a la gente en su casa, junto con el ganado y los muebles, y los quemaban[15]».
Uno de los jefes de los leprosos habría confesado haber sido corrompido
con dinero por un judío, que le entregó un veneno (hecho con sangre humana,
orina, tres hierbas y hostia consagrada) dentro de bolsitas provistas de pesos
para que se hundieran más fácilmente en los manantiales; pero el que había dado
el encargo a los judíos fue el rey de Granada, y otra fuente sumaba a la
conjura también al sultán de Babilonia. De esta forma, con un solo golpe se
reunían tres tipos de enemigo
tradicional: el leproso, el judío y el sarraceno. La remisión al cuarto
enemigo, el hereje, lo proporcionaba el detalle de que los leprosos convocados
tenían que escupir sobre la hostia y pisotear la cruz.
Más tarde, rituales de ese tipo serán practicados por las brujas. Si en
el siglo XIV aparecieron los primeros manuales para el proceso inquisitorial
que apuntaba a los herejes, como la
Practica inquisitionis hereticae pravitatis de Bernardo Gui o el
Directorium Inquisitorum de Nicolás Aymerich, en el siglo XV (mientras en
Florencia Marsilio Ficino traduce a Platón por encargo de Cosme de
Médicis y según una conocida parodia goliardesca los seres humanos se
disponían a cantar «che sollievo, che sollievo – siamo fuor dal Medioevo» [qué
alivio, qué alivio, de la Edad Media hemos salido], entre 1435 y 1437 aparece
(se publica posteriormente en 1473) el Formicarius de Nider, donde por primera
vez se habla de las distintas prácticas de brujería en sentido moderno. En la
bula Summis desiderantes affectibus, de 1484, Inocencio VIII escribía:
En los últimos tiempos llegó a Nuestros oídos, no sin afligirnos con la
más amarga pena, la
noticia de que en algunas partes de Alemania […] muchas personas de uno
y otro sexo, despreocupadas de su salvación y apartadas de la Fe Católica, se
abandonaron a demonios, íncubos y súcubos, y con sus
encantamientos, hechizos, conjuraciones y otros execrables
embrujos y artificios,
enormidades y horrendas ofensas, han matado niños que estaban aún en el
útero materno, lo cual también hicieron con las crías de los ganados; que
arruinaron los productos de la tierra, las uvas de la vid, los
frutos de los árboles. […] Por cuanto Nos, como es Nuestro
deber, Nos sentimos profundamente deseosos de […] aplicar potentes
remedios para impedir que la enfermedad de la herejía y otras infamias den su
ponzoña para destrucción de muchas almas inocentes, […] decretamos y mandamos
que los
mencionados Inquisidores [Sprenger y Kramer] tengan poderes para
proceder a la corrección, encarcelamiento y castigo justos de cualesquiera
personas.
Y, en efecto, inspirándose también en el Formicarius, Sprenger y Kramer
publicarían en 1486 el infame Malleus maleficarum (El martillo de las brujas).
Cómo se construía una bruja nos lo dicen (un ejemplo entre miles) los
autos del proceso inquisitorial contra Antonia de la parroquia de Saint-Jorioz,
diócesis de Ginebra, en 1477:
La acusada, habiendo abandonado a su marido y a su hija, se llegó con
Masset al lugar denominado «laz Perroy» junto al torrente […] donde se
celebraba una sinagoga de
herejes, y donde halló a numerosos hombres y mujeres, que allá se
cortejaban, danzaban y bailaban hacia atrás. Le mostró entonces un demonio,
llamado Robinet, que tenía el aspecto de un negro, diciendo: «Éste es nuestro
maestro, al que debemos rendir homenaje, si quieres conseguir lo que deseas».
La acusada le preguntó cómo debía proceder […] y el mencionado Masset le
contestó: «Renegarás de Dios tu creador, y de la fe católica y de esa rufiana
de la Virgen María y aceptarás como señor y maestro tuyo a este
demonio llamado Robinet y harás a su manera todo lo que él quiera […]».
Oídas estas palabras, la acusada empezó a entristecerse y se negó a hacerlo de
buenas a primeras. Pero al final renegó de Dios su creador diciendo: «Yo
reniego de Dios mi creador y de la fe católica y de la santa Cruz, y te acepto
a ti, demonio Robinet, como mi señor y maestro». Y rindió homenaje al demonio
besándole el pie. […] Luego, en menosprecio de Dios, arrojó al suelo y pisoteó
con el pie izquierdo hasta romperla una cruz de madera.
[…] Se hizo transportar sobre
un bastón de un pie y medio de largo; para ir a las sinagogas, la acusada debía
untarlo con el ungüento contenido en un copón, que estaba lleno, y colocárselo
entre las piernas diciendo: «¡Adelante, ve adonde el diablo!» e inmediatamente
era transportada por el aire con un movimiento rápido, hasta el lugar de la
sinagoga. Confiesa también que en ese lugar comieron pan y carnes: bebieron
vino y volvieron a bailar;
entonces,habiéndose
transformadoelsusodicho
demonio, su maestro, en un perro
negro, lo honraron y reverenciaron, besándolo en el trasero; por último,
el demonio, habiendo apagado el fuego que allá resplandecía de llamas verdes
que iluminaban la sinagoga, exclamó con gran voz: «¡Meclet! ¡Meclet!» y a ese
grito
yacieron animalmente los hombres con las mujeres y la acusada con el
susodicho Masset Garin[16].
Esta declaración, con los varios detalles del escupitajo a la cruz y del
beso en el ano, recuerda casi literalmente las
declaraciones del proceso de los templarios que se había producido siglo
y medio antes. Lo que llama la atención es que no solo los inquisidores de este
proceso del siglo XV están guiados, a la hora de plantear sus preguntas y
alegatos, por lo que han leído en los procesos anteriores, sino que, en todos
estos casos, la víctima, al final de un interrogatorio, que se considera
bastante denso, se convence de los cargos que se le imputan. En los procesos de
brujería no solo se construye una imagen del enemigo, y no solo la víctima al
final confiesa incluso lo que no ha hecho, sino que al confesarlo se convence
de haberlo hecho. Recordarán que un
procedimiento análogo se relata en El cero y el infinito (1941) de
Koestler, y que también en los procesos estalinistas primero se construía la
imagen del enemigo y luego se convencía a la víctima de que se reconociera en
esa imagen.
La construcción del enemigo induce a convertirse en tal también a
quienes aspirarían a un reconocimiento benévolo. Teatro y narrativa nos
muestran ejemplos de «patitos feos» que, despreciados por sus semejantes, se
adecuan a la imagen que se tiene de ellos. Como ejemplo típico citaría Ricardo
III:
Mas yo, que no nací para estas travesuras,
ni estoy hecho para cortejar a un amoroso espejo […];
yo, que estoy privado de bellas proporciones,
y traicionado en mis
rasgos por falaz naturaleza,
deforme, inconcluso y enviado antes de tiempo
a este mundo viviente, a medio hacer apenas,
y además tan cojo y
tan falto de garbo
que los perros me
ladran cuando me detengo;
pues yo, […] no hallo otro gusto para matar el tiempo,
que espiar mi sombra dibujada al sol
mientras sobre mi
deformidad voy discurriendo;
y puesto que no puedo probarme como amante, […]
he determinado
probarme cual
villano[17].
Al parecer no podemos pasarnos sin el enemigo. La figura del enemigo no
puede ser abolida por los procesos de civilización. La necesidad es connatural
también al hombre manso y amigo de la paz. Sencillamente, en estos casos, se
desplaza la imagen del enemigo de un objeto humano a una fuerza natural o
social que de alguna forma nos amenaza y que debe ser doblegada, ya sea la
explotación capitalista, la contaminación ambiental o el hambre en el Tercer
Mundo. Ahora bien, aun siendo estos casos virtuosos, como nos recuerda
Brecht, también el odio hacia la injusticia desencaja el rostro.
Así pues, ¿la ética es impotente ante la necesidad ancestral de tener
enemigos? Yo diría que la instancia ética sobreviene no cuando fingimos que no
hay enemigos, sino cuando se intenta entenderlos, ponerse en su lugar. No hay
en Esquilo rencor hacia los persas, cuya tragedia vive entre ellos y desde su
punto de vista. César trata a los galos con mucho respeto; a lo sumo, hace que
resulten un poco lloricas cada vez que se rinden, y Tácito admira a los
germanos, puesto que tienen una hermosa complexión y se limita a deplorar su
suciedad y su reluctancia a
llevar a cabo trabajos pesados porque no soportan ni el calor ni la sed.
Intentar entender al otro significa destruir los clichés que lo rodean,
sin negar ni borrar su alteridad.
Pero seamos realistas. Estas formas de comprensión del enemigo son
propias de los poetas, de los santos y de los traidores. Nuestras pulsiones más
profundas son de un orden muy diferente. En 1968 se publicó en Estados Unidos
un Informe secreto de Iron Mountain sobre la posibilidad y conveniencia de la
paz, de autor anónimo (alguien incluso llegó a atribuírselo a Galbraith[18]).
Claramente, se trata de un panfleto contra la guerra, o
por lo menos de un lamento pesimista sobre su inevitabilidad. Pues bien,
puesto que para hacer la guerra se necesita a un enemigo con quien luchar, el
carácter ineluctable de la guerra se corresponde con lo ineluc ta ble de la
elección y construcción del enemigo. De este modo, con extremada seriedad, en
ese panfleto se observaba que la reconversión de toda la sociedad
norteamericana a una situación de paz sería desastrosa porque solo la guerra es
el fundamento del desarrollo armónico de las sociedades humanas. Su despilfarro
organizado constituye la válvula que regula la buena marcha de la sociedad. La
guerra resuelve el
problema de los suministros; es un acicate. La guerra permite que una
comunidad se reconozca como «nación»; sin el contrapeso de la guerra, un
gobierno no podría establecer ni siquiera la esfera de su misma legitimidad;
solo la guerra asegura el equilibrio entre las clases y permite colocar y
explotar a los elementos
antisociales. La paz produce inestabilidad y delincuencia juvenil; la
guerra encauza de la mejor manera todas las fuerzas turbulentas dándoles un
«estatus». El ejército es la última esperanza de los desheredados y de los
inadaptados; solo el sistema de la guerra, con su poder de vida y muerte,
predispone a las sociedades a pagar un precio de sangre también por
instituciones que no dependen de ella, como el desarrollo del automovilismo.
Ecológicamente, la guerra nos dota de una válvula de escape para las vidas en
excedencia; y, si hasta el siglo XIX morían en la guerra solo los miembros más
valiosos del cuerpo social (los guerreros), y se salvaban los ineptos, los
sistemas actuales han permitido superar este problema con los bombardeos
sobre poblaciones civiles. El bombardeo limita el aumento de la
población mejor que el infanticidio ritual, la castidad religiosa, la
mutilación forzada o el uso extensivo de
la pena de muerte… Por último, solo la guerra permite el desarrollo de
un arte verdaderamente «humanista», en el que predominen las situaciones de
conflicto.
Así pues, la construcción del enemigo debe ser intensiva y constante.
George Orwell en 1984 nos ofrece un modelo verdaderamente ejemplar:
Un momento después se oyó un espantoso chirrido, como de una
monstruosa máquina sin engrasar, ruido que procedía de la gran
telepantalla situada al fondo de la habitación. Era un ruido que le hacía
rechinar a uno los dientes y que ponía los pelos
de punta. Había empezado el Odio.
Como de costumbre, apareció en la pantalla el rostro de Emmanuel
Goldstein, el Enemigo del Pueblo. Del público salieron aquí y allá fuertes
silbidos. La mujeruca del pelo arenoso dio un chillido mezcla de miedo y asco.
Goldstein era el renegado que hacía mucho tiempo (nadie podía recordar cuánto)
había sido una de las figuras principales del Partido, casi con la misma
importancia que el Gran Hermano, y luego se había
dedicado a actividades
contrarrevolucionarias, había sido condenado a muerte y se había
escapado misteriosamente, desapareciendo para siempre. Los programas de los Dos
Minutos de Odio variaban cada día, pero en ninguno de ellos dejaba de ser
Goldstein el protagonista. Era el traidor por excelencia, el que antes y más
que nadie había manchado la pureza del Partido. Todos los subsiguientes
crímenes contra el Partido, todos los actos de sabotaje, herejías, desviaciones
y traiciones de toda clase
procedían directamente de sus enseñanzas. En cierto modo, seguía vivo y
conspirando. […]
El diafragma de Winston se encogió. Nunca podía ver la cara de Goldstein
sin experimentar
una penosa mezcla de emociones. Era un rostro judío, delgado, con una
aureola de pelo blanco y una barbita de chivo: una cara inteligente que tenía,
sin embargo, algo de despreciable y una especie de tontería senil que le
prestaba su larga nariz, a cuyo extremo se sostenían en difícil equilibrio unas
gafas. Parecía el rostro de una oveja y su misma
voz tenía algo de ovejuna.
Goldstein pronunciaba su habitual discurso en el que atacaba
venenosamente las doctrinas del Partido; […] pedía que se firmara
inmediatamente la paz con Eurasia. Abogaba por la libertad de palabra, la
libertad de Prensa, la libertad de reunión y la libertad de pensamiento,
gritando histéricamente que la
revolución había sido traicionada. […]
Antes de que el Odio hubiera durado treinta segundos, la mitad de los
espectadores lanzaban incontenibles exclamaciones de
rabia. […] En su segundo minuto, el odio llegó al frenesí. Los
espectadores saltaban y gritaban enfurecidos tratando de apagar con sus gritos
la perforante voz que salía de la pantalla.
La mujer del cabello color arena se había puesto al rojo vivo y abría y
cerraba la boca como un pez al que acaban de dejar en tierra. […] La joven
sentada exactamente detrás de Winston, aquella morena, había empezado a gritar:
«¡Cerdo! ¡Cerdo! ¡Cerdo!», y, de pronto, cogiendo un pesado diccionario
de neolengua, lo arrojó a la pantalla. El diccionario le dio a Goldstein
en la nariz y rebotó. Pero la voz continuó inexorable. En un momento de lucidez
descubrió Winston que estaba chillando histéricamente como los demás y dando
fuertes patadas con los talones contra los palos de su propia silla. Lo
horrible de los Dos Minutos de Odio no era el que cada uno tuviera que
desempeñar allí un papel sino, al contrario, que era absolutamente imposible
evitar la participación porque uno era
arrastrado irremisiblemente.
[…] Un éxtasis de miedo y
venganza, un deseo de matar, de torturar, de aplastar rostros con un martillo,
parecían recorrer a todos los presentes como una
corriente eléctrica convirtiéndole a uno, incluso contra su voluntad, en
un loco gesticulador y vociferante[19].
No es necesario alcanzar los delirios de 1984 para reconocernos como
seres que necesitan a un enemigo. Estamos viendo lo que puede el miedo de los
nuevos flujos migratorios. Ampliando a toda una etnia las características de
algunos
de sus miembros que viven en una situación de marginación, se está
construyendo hoy en día, en Italia, la imagen del enemigo rumano, chivo
expiatorio ideal para una sociedad que, arrollada por un proceso de
transformación también étnica, ya no consigue reconocerse.
La visión más pesimista al respecto es la de Sartre en A puerta cerrada.
Por una parte, podemos reconocernos a nosotros mismos solo en presencia de
Otro, y sobre este principio se rigen las reglas de convivencia y docilidad.
Pero, más a menudo, encontramos a ese Otro insoportable porque de alguna manera
no es nosotros. De modo que,
reduciéndolo a enemigo, nos construimos nuestro infierno en la tierra.
Cuando Sartre encierra a tres difuntos, que en vida no se conocían, en una
habitación de hotel, uno de ellos entiende la tremenda verdad:
Ya verán qué tontería. ¡Una verdadera tontería! No hay tortura física,
¿verdad? Y, sin embargo, estamos en el infierno. Y no hay nadie. Nadie. Nos
quedaremos hasta el fin solos y juntos. ¿No es así? En suma, alguien falta
aquí: el verdugo.
[…] Han hecho una economía
personal. Eso es todo. […] El
verdugo es cada uno para los otros dos[20].
[Conferencia dictada en
la Universidad de Bolonia el 15 de mayo de 2008 en el marco de las
veladas sobre los clásicos y publicada en Ivano Dionigi (ed.), Elogio
della politica, Milán, BUR, 2009].
Lo absoluto y lo
relativo
Si han decidido venir aquí esta tarde, a pesar del título terrorífico de
mi charla, quiere decir que están preparados para todo, aunque una lección
seria sobre los conceptos de absoluto y relativo debería durar por lo menos dos
mil quinientos años, tanto como el debate real. Me hallo aquí porque La
Milanesiana de
este año está dedicada a los «Conflictos de lo absoluto», y naturalmente
me he preguntado qué se entendía con este término. Es la pregunta más elemental
que un filósofo debe plantear.
Como no estaba presente en los
demás acontecimientos de La Milanesiana, he ido a buscar en Internet
imágenes de artistas que se remiten a lo absoluto, y me he topado con una
Recherche de l’absolu de Magritte con otras obras cuyo autor no es importante
recordar, como La pintura de lo absoluto, Quête d’absolu, Alla ricerca
dell’Assoluto, Marcheur d’Absolu, con varias imágenes publicitarias, como la de
el vodka Absolut. Parece ser que lo
absoluto vende bien.
Además, la noción de absoluto me ha recordado uno de sus opuestos, es
decir, la noción de relativo, que se ha puesto bastante de moda desde que
eclesiásticos de máximos niveles e incluso pensadores laicos han dado inicio a
una campaña contra el así llamado relativismo, con lo que «relativismo» se ha
convertido en un término denigratorio usado con finalidades casi terroristas,
tal como hace Silvio Berlusconi con la palabra «comunismo». Aquí, por lo tanto,
me limitaré a no aclararles sino a confundirles las ideas, intentando
sugerirles cómo cada uno de estos
términos significa —según las circunstancias y los contextos— cosas muy
distintas entre sí, y cómo, por consiguiente, no deben usarse como bates de
béisbol.
Según los diccionarios de filosofía, absoluto sería todo lo que es ab
solutus, desligado de ataduras o límites, algo que no depende de nada, que
tiene su propia razón, causa y explicación en sí mismo. Algo, pues, muy
parecido a Dios, en el sentido en que Dios se definía «Yo soy quien soy» («Ego
sum qui sum»), con respecto al cual todo lo demás es contingente, es decir, no
tiene la propia causa en sí mismo y —aunque existiera por accidente— podría
perfectamente no
existir, o dejar de existir mañana, como le sucede al sistema solar o a
cada uno de nosotros.
Al ser nosotros seres contingentes, y por ello destinados a morir,
tenemos una desesperada necesidad de pensar que podemos anclarnos a algo que no
perece, esto es, a un absoluto. Ahora bien, este absoluto puede ser
trascendente, como la divinidad bíblica, o inmanente. Aun sin hablar de Spinoza
o de Bruno, con los filósofos idealistas también nosotros entramos a formar
parte de lo absoluto, porque lo absoluto sería (por ejemplo, en Schelling) la
unidad indisoluble del sujeto que conoce y de lo que antaño se consideraba
ajeno
al sujeto, como la naturaleza, o el mundo. En lo absoluto nos
identificamos con Dios, formamos parte de algo que todavía no se ha cumplido
cabalmente: proceso, desarrollo, crecimiento infinito e infinita
autodefinición. Así las cosas, nosotros jamás podremos ni definir ni conocer lo
absoluto porque formamos parte de él, e intentar concebirlo sería hacer como el
barón de Münchhausen que salía del pantano tirándose de los pelos.
La alternativa es, entonces, pensar en lo absoluto como algo que
nosotros no somos y que está en algún otro lugar, sin depender de nosotros,
como el Dios de Aristóteles que se piensa a sí mismo
pensante y que, como quería Joyce en el Dedalus, «permanece dentro, o
detrás, o más allá, o por encima de su obra,
transfundido, evaporado de la existencia… indiferente… entretenido en
arreglarse las uñas». En efecto, en el siglo XV Nicolás de Cusa en De docta
ignorantia ya decía: «Deus est absolutus».
Ahora bien, para el de Cusa, en cuanto absoluto, Dios nunca es
plenamente aprehensible. La relación entre nuestro conocimiento y Dios es la
misma que se instaura entre un polígono inscrito y la circunferencia en la que
se halla inscrito: a medida que se van multiplicando los lados del polígono,
nos acercamos cada vez más a la circunferencia, pero el polígono y la
circunferencia nunca serán iguales. Decía Nicolás de Cusa que Dios es como un
círculo cuyo centro está por doquier y cuya circunferencia no está en ningún
lugar.
¿Se puede pensar en un círculo con el centro por doquier y la
circunferencia en ninguna parte? Evidentemente no. Con todo, podemos
mencionarlo, y es lo que estamos haciendo en este momento, y cada uno de
ustedes entiende que estoy hablando de algo que tiene que ver con
la geometría, salvo que es
geométricamente imposible e inconcebible. Así pues, hay una
diferencia entre poder concebir o no concebir algo y poderlo mencionar
atribuyéndole algún significado.
¿Qué quiere decir usar una palabra y atribuirle un significado? Quiere
decir muchas cosas:
A. Poseer instrucciones para reconocer el eventual objeto, situación o
acontecimiento. Por ejemplo, forman parte del significado de las palabras
«perro» o «tropezar» una serie de descripciones, también en forma de imágenes,
que nos permiten reconocer un perro y distinguirlo de un gato, y distinguir la
acción de tropezar de la de saltar.
B. Disponer de una definición y/o clasificación. Se dan definiciones y
clasificaciones del perro, pero también de acontecimientos o situaciones como
«homicidio involuntario»,
distinguiéndolo de «homicidio preterintencional».
C. Conocer, con respecto a una determinada entidad, otras propiedades,
denominadas factuales o enciclopédicas. Por ejemplo, con respecto al perro,
sabemos que es fiel, es bueno para cazar o para hacer guardia; del homicidio
involuntario sabemos que según el código puede llevar a una determinada
condena, etcétera.
D. Posiblemente,
poseer
instrucciones sobre cómo producir el
objeto o el acontecimiento correspondiente. Conozco el significado del
término «jarrón» porque, aun no siendo un alfarero, sé cómo debería producirse
un jarrón; y lo mismo sucede con los términos «decapitación» o «ácido
sulfúrico». En cambio, para el término «cerebro» conozco los significados A y
B, algunas de sus propiedades C, pero no sé cómo podría producirlo.
Un magnífico caso en el que conozco las propiedades A, B, C y D lo
propone C. S. Peirce, al definir el litio de este modo:
Si miras en un libro de texto de química la definición de litio, te
puede decir que es un elemento cuyo peso atómico es cercano a
7. Pero si el autor tiene una mente
más lógica te dirá que si buscas entre los minerales vítreos, translúcidos,
grises o blancos, muy duros, quebradizos e insolubles, uno que le dé un matiz
carmesí a una llama sin luz, triturando este mineral con cal o con veneno para
ratas y fundiéndolo, puede disolverse en parte en ácido muriático; y si esta
solución se evapora, y se extrae el residuo con ácido
sulfúrico, y se purifica
debidamente, puede transformarse, por medio de métodos ordinarios, en un
cloridro, que al ser obtenido en estado sólido, fundido y electrolizado con
media docena de células energéticas, producirá un glóbulo de un metal plateado
de color rosáceo que flotará en gasolina; y el material de eso es un espécimen
de litio. La peculiaridad de esta definición —o más bien este precepto que es
más útil que una definición— es que te dice qué denota la palabra litio al
prescribir lo que
has de hacer para obtener una familiaridad perceptual con el objeto de
la palabra[1].
Se trata de un buen ejemplo de representación completa y satisfactoria
del significado de un término. Ahora bien, otras expresiones, en cambio, tienen
significados nebulosos e imprecisos —siguen grados de claridad decreciente—.
Por ejemplo, también la expresión «el número par más alto» tiene un
significado, tanto es así que ya sabemos que debería tener la propiedad de ser
divisible por dos (y, por lo tanto, seríamos capaces de distinguirlo del número
impar más alto), poseemos
incluso una vaga instrucción para su producción, en el sentido de que
podemos imaginar que contamos números cada vez más altos, separando los impares
de los pares…, lo único es que nos damos cuenta de que no llegaremos nunca a
él, como si en un sueño notáramos que podemos aferrar algo sin conseguirlo. En
cambio, una expresión como «círculo con el centro por doquier y la
circunferencia en ninguna parte» no sugiere ninguna regla para producir un
objeto correspondiente, no solo no soporta definición alguna sino que frustra
cualquier esfuerzo por nuestra parte por imaginarlo, excepto provocarnos una
sensación de vértigo.
En definitiva, una expresión como absoluto tiene una definición
tautológica (es absoluto lo que no es contingente, y es contingente lo que no
es absoluto), pero aun así no sugiere descripciones, definiciones y
clasificaciones; no podemos pensar en instrucciones para producir algo
correspondiente, no conocemos ninguna de sus propiedades excepto suponer que
las tiene todas y es con toda probabilidad ese id cujus nihil majus cogitari
possit del que hablaba san Anselmo de Aosta (y se me ocurre la frase atribuida
a Rubinstein: «¿Que si creo en Dios? No, yo creo en algo
muchísimo mayor»). Lo que conseguimos imaginar, a lo sumo, al
intentar concebirlo es la clásica noche en la que todos los toros son
negros.
Es verdad que es posible no solo mencionar sino también representar de
forma visiva lo que no podemos concebir. Pero estas imágenes no
representan lo inconcebible: sencillamente nos invitan a intentar
imaginar algo inconcebible, y luego frustran nuestras expectativas. Lo que se
capta al intentar entenderlas es precisamente la sensación de impotencia que
expresaba Dante en el último canto del Paraíso (XXXIII, vv. 82-96) cuando desea
decirnos qué es lo que vio en el momento en que pudo fijar la mirada en la
divinidad, pero no consigue decirnos
sino que no consigue decirlo, y echa mano de la metáfora fascinante de
un libro con infinitas páginas:
Oh abbondante grazia ond’io presunsi
ficcar lo viso per la luce etterna,
tanto che la veduta vi consunsi!
Nel suo profondo vidi che s’interna
legato con amore in un volume,
ciò che per l’universo si squaderna: sustanze e
accidenti e
lor costume,
quasi conflati insieme, per tal modo
che ciò ch’i’ dico è un semplice lume.
La forma universal di questo nodo
credo ch’i’ vidi, perché più di largo,
dicendo questo, mi sento ch’i’ godo.
Un punto solo m’è maggior letargo
che venticinque secoli a la ’mpresa,
che fé Nettuno ammirar l’ombra d’Argo
[2].
Y no es distinta la sensación de impotencia que expresa Leopardi cuando
quiere hablarnos del infinito («Così tra questa / immensità s’annega il pensier
mio: / e il naufragar m’è dolce in questo mare[3]»).
Y precisamente por eso, en esta serie de conferencias se ha visto a los
artistas hablar de lo absoluto. Ya el Pseudo-Dionisio Areopagita recordaba que,
puesto que la unidad divina está tan lejos de nosotros que no puede ni ser
comprendida ni aprehendida, se debe hablar de ella mediante metáforas y
alusiones, y, sobre todo, para hacer evidente la escasez de nuestro
discurso,
mediante símbolos negativos, expresiones dispares:
Otras veces incluso se valen de lo menos apreciado, como «ungüento
oloroso», como «piedra angular». Incluso se le aplican a Dios las figuras de
las fieras y se le atribuyen las propiedades del león y de la pantera, y dicen
que es un leopardo y un oso devorador. Hay que añadir, además de esto, lo que
parece más abyecto de todo y más inverosímil, pues los
expertos en cosas divinas han transmitido incluso que Dios mismo se ha
aplicado a sí mismo la forma de gusano[4].
Algunos filósofos ingenuos han avanzado la propuesta de que solo los
poetas saben decirnos qué es el ser o lo absoluto, pero de hecho, los poetas
solo expresan lo indefinido. Era la poética de Mallarmé, que se pasó la vida
intentando enunciar una «explicación órfica de la tierra»:
Digo: ¡una flor! y, fuera del olvido al que mi voz relega todo contorno,
en tanto que alguna
cosa distinta que los cálices consabidos, musicalmente se eleva, idea
misma y suave, la ausente de todos los ramos[5].
En realidad, este texto es intraducible, y nos dice solamente que se
menciona una palabra, aislada en el espacio blanco que la rodea, y de ella debe
brotar la totalidad de lo no dicho, pero en forma de una ausencia. En efecto:
Nombrar un objeto equivale a suprimir tres cuartos del poder de la
poesía, plasmada por la felicidad de ir adivinando poco a poco: sugerir, ése es
el
sueño[6].
Toda la vida de Mallarmé sigue el surco de este sueño que es, al mismo
tiempo, el surco de un jaque. Un jaque que Dante aceptó desde el principio,
entendiendo que se trataba de orgullo luciferino pretender expresar de forma
finita lo infinito, y evitó el jaque a la poesía precisamente haciendo poesía
del jaque, que no es poesía que quiere decir lo
indecible sino poesía de la imposibilidad de decirlo. Reflexionen sobre
el hecho de que Dante (como, por
otra parte, el Pseudo-Dionisio Areopagita y Nicolás de Cusa) era
creyente. ¿Se puede creer en un absoluto y afirmar que es impensable e
indefinible? Claro que sí, si se acepta que al imposible pensamiento de lo
absoluto se sustituye el sentimiento de lo absoluto y, por lo tanto, la fe,
como «sustanzia di cose sperate / ed argumento delle non parventi[7]». Elie
Wiesel, en el curso de estas conferencias, ha recordado las palabras de Kafka
por las que es posible hablar con Dios, pero no de Dios. Si lo absoluto es
filosóficamente una noche en la que todos los toros son negros, para el místico
que, como Juan de la Cruz, lo percibe como «Noche oscura» («¡Oh noche que me
guiaste!, / ¡oh noche
amable más que el alborada!»), lo absoluto es fuente de emociones
inefables. Juan de la Cruz expresa su experiencia mística mediante la poesía:
ante lo indecible de lo absoluto, puede presentársenos como una garantía el
hecho de que esta tensión insatisfecha pueda resolverse materialmente en una
forma cabal. Lo que, en su Oda sobre una urna griega, le permitía ver a Keats
la belleza como sustituta de la experiencia de lo absoluto:
La belleza es verdad y la verdad belleza. Tal es cuanto
sobre la tierra conocéis, cuanto necesitáis conocer.
Esto está bien para los que han decidido practicar una religión
estética. Pero Juan de la Cruz nos habría dicho que, en realidad, era solo su
experiencia mística de lo absoluto la que le garantizaba la única verdad
posible. De ahí la persuasión de muchos hombres de fe, convencidos de que esas
filosofías que niegan la posibilidad de conocer lo absoluto automáticamente
niegan todo criterio de verdad o, al negar que haya un criterio absoluto de
verdad, niegan la posibilidad de poder experimentar lo absoluto. Ahora bien,
una cosa es decir que una filosofía niega la posibilidad de conocer lo absoluto
y otra es decir que
esa filosofía niega todo criterio de verdad, también para lo que atañe
al
mundo contingente. ¿Verdad y experiencia de lo absoluto son, pues, tan
inseparables?
La confianza en que hay algo verdadero es fundamental para la
supervivencia de los seres humanos. Si nosotros no pensáramos que, cuando nos
hablan, los demás nos dicen o la verdad o la mentira, no sería posible una vida
asociada, pues ni siquiera podríamos confiar en que, si en un envase pone
«Aspirina», podemos excluir que se trata de estricnina.
Una teoría especular de la verdad es aquella por la cual la verdad es
adaequatio rei et intellectus, como si nuestra mente fuera un espejo que
debe reflejar fielmente las cosas tal como están, siempre que el espejo
funcione bien y no sea ni deformante ni esté empañado. Es la teoría que
sostiene, por ejemplo, santo Tomás, pero también el
Lenin de Materialismo y empiriocriticismo (1909), y puesto que Tomás no
podía ser leninista, debería subseguirse que Lenin en filosofía era un
neotomista, naturalmente sin saberlo. En realidad, salvo en estados extáticos,
estamos obligados a hablar y a decir qué refleja nuestro intelecto. Sin
embargo, definimos como verdaderas (o falsas) no las cosas sino las
aseveraciones que
hacemos sobre cómo están las cosas. La célebre definición de Tarski dice
que el enunciado «La nieve es blanca» es verdadero solo si la nieve es blanca.
Ahora, pasemos por alto la blancura de la nieve, que se volverá cada vez más
discutible, y consideremos otro ejemplo: el enunciado «Está lloviendo» (entre
comillas) es verdadero solo si fuera está lloviendo (sin comillas).
La primera parte de la definición (la que está entre comillas) es un
enunciado verbal y no representa sino a sí mismo, pero la segunda parte debería
expresar cómo están las cosas de hecho. Sin embargo, lo que debería ser un
estado de cosas se expresa, de nuevo, con
palabras. Para evitar esta mediación lingüística deberíamos decir que
«Está
lloviendo» (entre comillas) es verdadero si [existe] eso (y sin decir
nada indicáramos la lluvia que cae). Ahora bien, si nos parece posible llevar a
cabo este recurso deíctico de la evidencia de los sentidos con la lluvia, sería
más difícil hacerlo con el enunciado «La Tierra gira alrededor del Sol»
(porque, si acaso, los sentidos nos dirían precisamente lo contrario).
Para establecer si el enunciado corresponde a un estado de cosas, hay
que haber interpretado el término «llover» y haber estipulado su definición.
Hay que haber establecido
que: para hablar de lluvia no basta con notar gotas de agua que caen
desde arriba (porque podría tratarse de alguien que está regando las flores de
un balcón); que las gotas tienen que tener un determinado tamaño y caudal (de
otro modo, hablaríamos de rocío o de escarcha); que la sensación debe ser
continua (de otro modo, diríamos que ha
habido un atisbo de lluvia inmediatamente abortado), y así en adelante.
Habiendo estipulado esto, debemos pasar sucesivamente a una comprobación
empírica, que en el caso de la lluvia está a disposición de todos (basta con
tender la mano y confiar en los propios sentidos).
Ahora bien, en el caso del enunciado «La Tierra gira alrededor del Sol»,
los procedimientos de comprobación son más complicados. ¿Qué sentido adopta la
palabra «verdadero» en cada uno de los enunciados que siguen?
1. Me duele la tripa.
2. Esta noche he soñado que se me
aparecía el padre Pío.
3. Mañana lloverá con certeza.
4. El mundo se acabará en 2536.
5. Hay una
vida después de la
muerte.
Los enunciados 1 y 2 expresan una evidencia subjetiva, pero el dolor de
tripa es una sensación evidente e ineliminable, mientras que podría no
estar seguro de mis recuerdos al recordar un sueño de la noche antes. Además,
los dos enunciados no pueden ser comprobados de inmediato por otras personas.
Sin duda, un médico que quiera entender si de verdad tengo una colitis o soy un
hipocondríaco tendría algunos instrumentos de control, pero mayores
dificultades tendría un psicoanalista al que le dijera que he soñado con el
padre Pío, porque podría mentirle tranquilamente.
Las afirmaciones 3, 4 y 5 no se pueden comprobar inmediatamente. Que
mañana lloverá puede ser comprobado
mañana, mientras que el mundo se acabe en 2536 nos plantearía algún que
otro problema (y este es el motivo por el que distinguimos la credibilidad de
un meteorólogo de la de un profeta). La diferencia entre 4 y 5 es que la
afirmación 4 se volverá verdadera o falsa por lo menos en 2536, mientras que la
5 seguirá siendo empíricamente indecidible per saecula saeculorum.
6. Todos los ángulos rectos tienen
necesariamente 90 grados.
7. El agua hierve siempre a 100
grados.
8. La manzana es una angiosperma.
9. Napoleón murió el 5 de mayo de
1821.
10. Se llega a la costa
siguiendo el curso del Sol.
11. Jesús es el Hijo de
Dios.
12. La recta interpretación
de las Sagradas Escrituras está definida por el magisterio de la Iglesia.
13. Los embriones son ya
seres humanos y tienen alma.
Algunos de estos enunciados son verdaderos o falsos en relación con
reglas que nos hemos dado: el ángulo recto tiene noventa grados solo en el
ámbito de los postulados euclidianos; el agua hierve a cien grados es verdadero
solo si damos crédito a una ley física
elaborada por generalización inductiva, pero también sobre la base de la
definición de grado centígrado; una manzana es una angiosperma solo sobre la
base de algunas reglas de clasificación botánica.
Otros enunciados prevén la confianza en comprobaciones llevadas a cabo
por otros antes de nosotros: creemos que es verdad que Napoleón murió el 5 de
mayo de 1821 porque aceptamos lo que nos dicen los libros de historia, pero
siempre tenemos que admitir la posibilidad de que un documento inédito
descubierto un
mañana en los archivos del Almirantazgo británico atestigüe que
murió en otra fecha. A veces, por razones utilitarias, adoptamos como
verdadera una idea que sabemos que es falsa: por ejemplo, para orientarnos en
el desierto, nos comportamos como si fuera verdad que el Sol se mueve de este a
oeste.
Por lo que atañe a las afirmaciones religiosas, no diremos que son
indecidibles. Si se acepta como histórico el testimonio de los Evangelios, las
pruebas de la divinidad de Cristo encontrarían la aprobación de un protestante.
Pero no sucedería lo mismo con lo que atañe al magisterio de la Iglesia. En
cambio, la afirmación sobre el alma de los embriones depende
solo de una estipulación de los significados de expresiones como «vida»,
«humano» y «alma». Santo Tomás, por ejemplo (véase más adelante, «Los embriones
fuera del paraíso»), consideraba que los embriones tenían solo un alma
sensitiva, como los animales, y, por lo tanto, al no ser aún seres humanos
dotados de alma racional, no participaban de la resurrección de la carne. Hoy
sería acusado de herejía, pero en aquella época tan civil lo hicieron santo.
Se trata, pues, de decidir cómo ir contratando cada vez los criterios de
verdad que estamos usando. Nuestro sentido de tolerancia se basa,
precisamente, en el reconocimiento de los diversos grados de
verificabilidad o aceptabilidad. Puedo tener el deber científico y didáctico de
suspender a un estudiante que sostenga que el agua hierve a noventa grados al
igual que el ángulo recto —al parecer lo han dicho en un examen—, pero también
un cristiano debería aceptar que para alguien no haya otro Dios que Alá y que
Mahoma sea su profeta (y pedimos que los musulmanes hagan lo contrario).
En cambio, a la luz de algunas polémicas recientes, parece que esta
distinción entre diversos criterios de verdad, típica del pensamiento moderno y
en especial del pensamiento lógico-
científico, da lugar a un relativismo entendido como enfermedad
histórica de la cultura contemporánea, que niega toda idea de verdad. Claro que
¿qué
entienden por relativismo los antirrelativistas?
Algunas enciclopedias filosóficas nos dicen que hay un relativismo
cognoscitivo, por el que los objetos pueden conocerse solo en condiciones que
son determinadas por las facultades humanas.
En este sentido, habría sido relativista también Kant, quien no negaba
en absoluto que se pudieran enunciar leyes con valor universal; y además, aun
sobre bases morales, creía
en Dios.
En otra enciclopedia filosófica encuentro, en cambio, que por
relativismo se entiende «toda concepción que no admite principios
absolutos en el campo del conocimiento y de la acción». Pero es distinto negar
principios absolutos en el campo del conocimiento o en el campo de la acción.
Hay personas dispuestas a sostener que «la paidofilia está mal» es una verdad
relativa únicamente a un determinado sistema de valores, visto que en
determinadas culturas se admitía o se admite o tolera, y aun así están
dispuestos a sostener que el teorema de Pitágoras debe ser válido en todas las
épocas y en todas las culturas.
Ninguna persona seria colocaría bajo la etiqueta del relativismo la
teoría einsteiniana de la relatividad. Decir que una medición depende de las
condiciones de movimiento del observador se presenta como principio válido para
todo ser humano en cualquier época y lugar.
El relativismo como doctrina filosófica con ese nombre nace con el
positivismo decimonónico, donde se sostiene la incognoscibilidad de lo
absoluto, entendido a lo sumo como límite móvil de una investigación científica
continua. Pero ningún positivista ha sostenido jamás que no se
pueda llegar a verdades científicas objetivamente controlables y válidas
para todos.
Una postura filosófica que, con una lectura apresurada de los manuales,
podría definirse como relativista es el denominado holismo, según el cual todo
enunciado es verdadero/falso (y adquiere un significado) solo dentro de un
sistema orgánico de suposiciones, un determinado esquema conceptual o, como han
dicho otros, dentro de un determinado paradigma científico. Un holista sostiene
(justamente) que la noción de espacio tiene un sentido distinto en el sistema
aristotélico y en el newtoniano, de modo que los dos
sistemas son inconmensurables, y que tanto vale un sistema científico
como el otro en la medida en que consigue dar razón de un conjunto de
fenómenos. Pero los holistas son los primeros en decirnos que hay sistemas que
no consiguen dar razón de ninguna manera de un conjunto de fenómenos y que hay
sistemas que, a la larga, prevalecen porque lo hacen mejor que los demás. Así
pues, también el holista, en su aparente tolerancia, se mide con algo de lo que
hay que dar razón y, también cuando no lo dice, se atiene a lo que yo definiría
como un realismo mínimo, por el cual debe existir un modo en el que están o van
las cosas. Quizá no podamos conocerlo
jamás pero, si no creemos que existe, nuestra búsqueda no tendría
sentido, como tampoco tendría sentido buscar siempre nuevos sistemas de
explicación del mundo.
El holista se suele definir como pragmatista, pero también aquí no hay
que leer apresuradamente los manuales de filosofía: el verdadero pragmatista,
como lo era Peirce, no decía que las ideas son verdaderas solo si demuestran
que son eficaces, sino que demuestran su eficacia cuando son verdaderas. Y
cuando sostenía el falibilismo, es decir, la posibilidad de que todos nuestros
conocimientos puedan ponerse siempre en tela de juicio, al mismo tiempo
afirmaba que, a través de la corrección continua de sus conocimientos,
la comunidad humana saca adelante «la antorcha de la verdad».
Lo que nos induce a considerar estas
teorías como sospechosas de relativismo es el hecho de que los distintos
sistemas son recíprocamente inconmensurables. Sin duda, el sistema ptolemaico
es inconmensurable con respecto al sistema copernicano, y solo en el primero
adquieren un sentido preciso las nociones de epiciclo y deferente. Pero que los
dos sistemas sean inconmensurables no quiere decir que no sean comparables, y
precisamente al compararlos,
entendemos cuáles eran los fenómenos celestes que Ptolomeo explicaba con
las nociones de epiciclo y deferente, y entendemos que se trataba de los mismos
fenómenos de los que querían dar razón los copernicanos según un esquema
conceptual distinto.
El holismo de los filósofos es parecido al holismo lingüístico, según el
cual una determinada lengua, a través de su estructura semántica y sintáctica,
impondría una determinada visión del mundo, de la que es prisionero el
hablante. Recordaba Benjamin Lee Whorf que, por ejemplo, en las lenguas
occidentales se tiende a analizar muchos acontecimientos como objetos, y una
expresión como «tres días» es gramaticalmente equivalente a «tres
manzanas», mientras que algunas lenguas de los nativos americanos están
orientadas al proceso y ven acontecimientos allá donde nosotros vemos cosas, de
modo que la lengua hopi estaría mejor dotada que el inglés
para definir ciertos fenómenos estudiados por la física moderna. Y Whorf
recordaba también que los esquimales tenían, en lugar de la palabra «nieve»,
cuatro términos distintos según la consistencia de la nieve misma, y por lo
tanto, verían más cosas distintas allá donde nosotros vemos solo una. Aparte de
que esta afirmación ha sido
contestada, en cualquier caso también un esquiador occidental sabe
distinguir entre diferentes tipos de nieve de distinta consistencia, y basta
que un esquimal entre en contacto con nosotros para entender que cuando
nosotros decimos nieve para las presuntas cuatro cosas que él llama de formas
distintas, hacemos como un francés que llama glace al hielo, al polo, al
helado, al espejo y al cristal de un escaparate, y aun así por las mañanas no
es tan prisionero de su lengua como para afeitarse mirándose en un helado.
Por último, aparte del hecho de que no todo el pensamiento contemporáneo
acepta la perspectiva holista, esta sigue
el surco de esas teorías del perspectivismo del conocimiento según las
cuales se pueden ofrecer perspectivas distintas de la realidad y cada
perspectiva da razón de un aspecto de la misma, aunque no agote su insondable
riqueza. No hay nada relativista en sostener que la realidad siempre se define
desde un punto de vista particular (lo cual no significa subjetivo e
individual), al igual que afirmar que la vemos siempre y solo desde cierta
descripción no nos exime de creer y esperar que lo que nos representamos es
siempre lo mismo.
Las enciclopedias consignan,
junto
al relativismo cognoscitivo, el
relativismo cultural. Que distintas culturas tienen no solo lenguas o
mitologías distintas sino también distintas concepciones morales (todas
razonables en su ámbito), es algo que
empezaron a entender primero Montaigne y después Locke, cuando Europa
entró en contacto de forma más crítica con otras culturas. El hecho de que
ciertos primitivos de las selvas de Nueva Guinea sigan considerando todavía hoy
en día legítimo y recomendable el canibalismo (y un inglés no), me parece una
observación incontestable, al igual que es incontestable que en algunos países
se reserve a las adúlteras un tipo de
reprobación distinto del nuestro. Ahora bien, el reconocimiento de las
variedades de las culturas, en primer lugar, no niega que determinados
comportamientos sean más universales (por ejemplo, el amor de una madre hacia
sus propios hijos, o el hecho de que se suelan usar las mismas expresiones
faciales para expresar disgusto o hilaridad), y, en segundo lugar, no implica
automáticamente el relativismo moral, por el que, al no existir valores éticos
iguales para todas
las culturas, podemos adaptar libremente nuestro comportamiento a
nuestros deseos o intereses. Reconocer que una cultura ajena es distinta y debe
ser respetada en su diversidad no significa abdicar de nuestra identidad
cultural.
¿Cómo se ha llegado entonces a construir el fantasma del relativismo
como ideología homogénea, cáncer de la civilización contemporánea?
Hay una crítica laica al relativismo, que se dirige sobre todo hacia los
excesos del relativismo cultural. Marcello Pera, que presenta sus tesis en un
libro escrito a cuatro manos con Ratzinger, Sin raíces (Barcelona, Península,
2006), sabe bien que hay diferencias entre las culturas, pero sostiene que hay
algunos valores de la cultura occidental (como la democracia,
la separación entre Estado y religión, el liberalismo) que se han
demostrado superiores a los de otras culturas. Ahora, la cultura occidental
tiene buenas
razones para considerarse más evolucionada que otras con respecto a esos
argumentos pero, al sostener que
esa superioridad debería ser universalmente evidente, Marcello Pera usa
un argumento contestable. Afirma: «Si los miembros de la cultura B muestran
libremente que prefieren la cultura A y no viceversa; si, por ejemplo, los
flujos migratorios van del islam a Occidente y no al revés, entonces hay
razones para creer que A es mejor que B». El argumento es débil
desde el momento que los irlandeses en el siglo XIX no emigraron en masa
hacia Estados Unidos porque prefirieran ese país protestante a su amada Irlanda
católica, sino porque en su casa se morían de hambre a causa del tizón de las
patatas. El rechazo del relativismo cultural por parte de Pera está dictado por
la preocupación de que la tolerancia hacia otras culturas degenere en
obsecuencia y que Occidente ceda bajo la presión de los flujos migratorios a la
prepotencia de culturas ajenas. El problema de Pera no es la defensa de lo
absoluto sino la defensa de Occidente.
En su Contro il relativismo (Roma-Bari, Laterza, 2005), Giovanni
Jervis se construye un relativista de conveniencia, extraño matrimonio
entre un romántico tardío, un pensador posmoderno de origen nietzscheano, y un
seguidor de la new age, para quien el relativismo sería una forma de
irracionalismo que se opone a la ciencia. Jervis denuncia una naturaleza
reaccionaria del relativismo cultural: si se sostiene que toda forma de
sociedad debe ser respetada y justificada, cuando no idealizada, se estimula la
marginalización de los pueblos. No solo eso, sino que tales antropólogos
culturales han sido solidarios con las instancias de un pensamiento religioso,
pues, en lugar de intentar buscar
características biológicas y conductas constantes entre los pueblos, han
subrayado su diversidad debida únicamente a su cultura y, al dar demasiada
importancia a la cultura y pasar por alto factores biológicos, han sostenido
indirectamente y una vez más la primacía del espíritu sobre la materia.
No está claro, por lo tanto, si el relativismo es contrario al espíritu
religioso o si es una forma enmascarada de pensamiento religioso. Si por lo
menos los antirrelativistas se pusieran de acuerdo, pero lo cierto es que
personas distintas hablan de relativismo refiriéndose a fenómenos distintos.
Algunos creyentes se encuentran ante un
doble temor: que el relativismo cultural lleve necesariamente al
relativismo moral, y que sostener que hay distintas maneras de verificar la
verdad de una proposición ponga en tela de juicio la posibilidad de reconocer
una verdad absoluta.
Sobre el relativismo cultural el entonces cardenal Ratzinger, en unas
notas doctrinales de la Congregación para la Doctrina de la Fe, planteaba una
estrecha relación entre relativismo cultural y relativismo ético, lamentando
que desde diversas partes se sostenga que el pluralismo ético es la condición
para la democracia.
Ya hemos dicho que el relativismo
cultural no implica el relativismo ético: por relativismo cultural se le
permite meterse un clavo en la nariz a un papúa de Nueva Guinea y, sin embargo,
en virtud de una ética que nuestro grupo no pone en tela de juicio, no se le
permite a un adulto (ni siquiera si es un sacerdote) que abuse de un niño de
siete años.
En cuanto al contraste entre relativismo y verdad, Juan Pablo II, en la
encíclica Fides et ratio afirmaba que:
La filosofía moderna, dejando de orientar su investigación sobre el ser,
ha concentrado la propia búsqueda sobre el conocimiento humano. En lugar de
apoyarse
sobre la capacidad que tiene el hombre para conocer la verdad, ha
preferido destacar sus límites y condicionamientos. Ello ha derivado en varias
formas de agnosticismo y de relativismo, que han llevado la investigación
filosófica a perderse en las arenas movedizas de un escepticismo general.
Y Ratzinger, en una homilía de 2005:
Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada
como definitivo y que deja como última medida
solo el propio yo y sus antojos. Nosotros, en cambio, tenemos otra
medida: el Hijo de Dios, el hombre verdadero[8].
Aquí se oponen dos nociones de verdad, una como propiedad semántica de
los enunciados y la otra como propiedad de la divinidad. Ello se debe al hecho
de que ya en las Sagradas Escrituras (por lo menos según las traducciones a
través de las cuales las conocemos) aparecen ambas nociones de verdad. A veces
se usa verdad como correspondencia entre algo que se dice y la manera en la que
están las cosas («En verdad, en verdad os digo», en el sentido de «digo de
verdad»), y a veces, en cambio, la verdad es propiedad intrínseca de la
divinidad («Yo soy el camino, la verdad y la vida»). Esto ha llevado a muchos
padres de la Iglesia a posturas que hoy Ratzinger definiría relativistas,
puesto que decían que no era importante preocuparse de que una determinada
afirmación sobre el mundo correspondiera a la manera en la que estaban
las cosas con tal de que se prestara atención a la única verdad digna de ese
nombre, el mensaje de la salvación. San Agustín, ante la disputa sobre si la
Tierra era esférica o plana, parecía ser propenso a la esfericidad, pero
recordaba que saberlo no servía
para salvar el alma, y por lo tanto, juzgaba que, en la práctica, valía
tanto una teoría como la otra.
En cambio, es difícil encontrar en los muchos escritos del cardenal
Ratzinger una definición de verdad que no sea la de una verdad revelada y
encarnada en el Cristo. Ahora bien, si la verdad de la fe es verdad revelada,
¿por qué oponerla a la verdad de los filósofos y de los científicos, que es
concepto con otras finalidades y naturaleza? Bastaría con atenerse a santo
Tomás, el cual, en el De aeternitate mundi, sabiendo perfectamente que sostener
la tesis averroísta de la eternidad del mundo era una terrible
herejía, aceptaba por fe que el mundo había sido creado, pero desde el
punto de vista cosmológico admitía que no se podía demostrar racionalmente ni
que hubiera sido creado ni que fuera eterno. En cambio, para Ratzinger, en la
intervención en un volumen titulado El monoteísmo (Milán, Mondadori, 2002), la
esencia de todo el pensamiento filosófico y científico moderno es que la verdad
en cuanto tal —así se piensa— no puede ser conocida, sino que se puede avanzar
poco a poco solo con los pequeños pasos de la verificación y de la
falsificación. Se refuerza la tendencia a sustituir el concepto de verdad con
el de consenso. Pero ello significa que el
hombre se separa de la verdad y de este modo también de la distinción
entre el bien y el mal, sometiéndose completamente al principio de la mayoría…
El hombre proyecta y «monta» el mundo sin criterios preestablecidos y de este
modo supera necesariamente también el concepto de dignidad humana, por lo que
incluso los
derechos humanos se vuelven problemáticos. En semejante concepción de la
razón y de la racionalidad no queda espacio alguno para el concepto de Dios.
Esta extrapolación por la que, de un prudente concepto de verdad
científica como objeto de verificación y
corrección continuas, se pasa a una denuncia de la destrucción de toda
dignidad humana no es sostenible, a menos que no se identifique, como veremos,
todo el pensamiento moderno con la afirmación de que no hay hechos sino solo
interpretaciones, de ahí se pase a la afirmación de que no hay fundamento del
ser, por lo tanto de que Dios ha muerto, y por último, de que si Dios no
existe, entonces todo es posible.
Ahora, ni Ratzinger ni los antirrelativistas en general son unos
visionarios o unos confabuladores. Sencillamente, los antirrelativistas que
definiré como moderados o críticos identifican su enemigo solo con esa
forma específica de relativismo extremo por el que no existen hechos
sino solo interpretaciones, mientras que los antirrelativistas que definiré
como radicales extienden esa pretensión de que no existen hechos sino solo
interpretaciones a todo el pensamiento moderno, cometiendo un error que —por lo
menos en la universidad de mis tiempos— no habría permitido aprobar un examen
de historia de la filosofía.
La idea de que no hay hechos sino solo interpretaciones nace con
Nietzsche y se encuentra explicada con mucha claridad en Sobre verdad y mentira
en sentido extramoral (1873). Puesto que la naturaleza ha tirado la llave, el
intelecto juega con ficciones conceptuales que denomina verdades.
Nosotros creemos hablar de árboles, colores, nieve y flores, pero son metáforas
que no corresponden a las
esencias originarias. Ante la multiplicidad de la hojas encontradas no
existe una «hoja» primordial «de acuerdo con la cual están conformadas,
dibujadas, coloreadas, recortadas, pintadas todas las hojas, pero por manos
torpes». El pájaro o el insecto perciben el mundo de una forma distinta de la
nuestra, y no tiene sentido decir cuál de las percepciones es la más justa,
porque
necesitaríamos ese criterio de «percepción exacta» que no existe. La
naturaleza «no sabe de formas ni de conceptos, ni tampoco, por
consiguiente, de especies, sino tan solo de una X inaccesible e indefinible
para el hombre». La verdad se convierte entonces en «una multitud movible de
metáforas, metonimias y antropomorfismos», de invenciones poéticas que
sucesivamente se han envarado en conocimiento, «ilusiones que se han olvidado
que lo son».
Sin embargo, Nietzsche evita tomar en consideración dos fenómenos. Uno
es que, adecuándonos a las constricciones de este discutible saber nuestro, de
alguna manera se consigue dar cuenta de la naturaleza: si a alguien le muerde
un
perro, el médico sabe qué inyección ponerle, aun no habiendo tenido
experiencia del perro individual que lo ha mordido. El otro es que, de vez en
cuando, la naturaleza nos obliga a denunciar como ilusorio nuestro saber y a
elegir una forma alternativa (que es, al cabo, el problema de la revolución de
los paradigmas de conocimiento). Nietzsche nota la existencia de constricciones
naturales que se le antojan «fuerzas terribles» que nos presionan sin cesar,
oponiéndose a nuestras verdades «científicas». Pero se niega a
conceptualizarlas, visto que precisamente para escapar de ellas nos hemos
construido, como defensa, el
armazón conceptual. El cambio es posible, pero no como reestructuración,
sino como revolución poética permanente:
Si cada cual tuviese una específica capacidad perceptiva,
si éste percibiese exclusivamente al modo del pájaro, aquél al modo del
gusano y el de más allá al modo de la planta, o si una misma sensación
impresionase a éste como color rojo, a aquél como color azul y al de más allá
hasta como sonido, nadie hablaría de tal legalidad de la Naturaleza.
Por lo tanto el arte (y con ella el mito)
entremezcla constantemente las rúbricas y celdas de los conceptos,
estableciendo nuevas transposiciones, metáforas y metonimias; evidencia en todo
momento un afán de rehacer el mundo existente del hombre lúcido, de hacerlo tan
abigarrado e irregular, tan inconexo, tan sugestivo y eternamente nuevo como es
el mundo de los sueños[9].
Si estas son las premisas, la primera posibilidad sería refugiarnos en
el sueño
como fuga de la realidad. Pero el mismo Nietzsche admite que este
dominio del arte sobre la vida sería un engaño, aunque supremamente jocoso. La
segunda posibilidad es la que la posteridad nietzscheana ha acogido como
verdadera lección: el arte puede decir lo que dice porque es el Ser mismo el
que acepta cualquier definición, porque no tiene fundamento. Este desvanecerse
del Ser, coincidía para Nietzsche con la muerte de Dios. Lo cual permite a
algunos creyentes derivar, de esta muerte anunciada, la falsa consecuencia
dostoievskiana: si Dios no existe o ya no existe, entonces todo está permitido.
Ahora bien, si acaso, el no creyente sabe que, de no haber ni infierno
ni paraíso, entonces es indispensable salvarnos en la tierra instaurando
benevolencia, comprensión y ley moral. En 2006 salió un libro de Eugenio
Lecaldano[10] donde, con una amplia documentación antológica, se sostiene que
se puede llevar de verdad una vida moral solo si a Dios se lo aparta a un lado.
Desde luego, no quiero establecer aquí si Lecaldano y los autores que incluye
en su antología tienen razón; solo quiero recordar que hay quien sostiene que
la ausencia de Dios no elimina el problema ético, y, precisamente porque lo
sabía, el
cardenal Martini instituyó en Milán la cátedra de los no creyentes. Que
luego Martini no se haya convertido en Papa, puede hacer dudar de la
inspiración divina del cónclave, pero esos son argumentos que escapan de mi
competencia. También Elie Wiesel, hace unos días, nos recordó que los que
pensaban que todo estaba permitido no eran los que creían que Dios había
muerto, sino los que creían ser Dios (defecto común a grandes y pequeños
dictadores).
En cualquier caso, la idea de que no hay hechos sino solo
interpretaciones no es en absoluto compartida por todo el pensamiento
contemporáneo, que en gran
parte plantea a Nietzsche y a sus seguidores las siguientes objeciones:
a) Si no hubiera hechos sino solo interpretaciones, entonces ¿de qué sería
interpretación una interpretación? b) Si las interpretaciones se interpretaran
entre ellas, de todos modos debería haber habido un objeto o un acontecimiento
inicial que empujó a interpretar. c) Además, aunque el ser no fuera definible,
habría que decir quiénes
somos nosotros que hablamos metafóricamente, y el problema de decir algo
verdadero se desplazaría del objeto al sujeto del conocimiento. Dios podrá
haber muerto, pero Nietzsche no. ¿Con qué fundamento justificamos la
presencia de Nietzsche? ¿Diciendo que es solo una metáfora? Pero si lo
es, ¿quién la enuncia? Además, aunque se hablara de la realidad solo mediante
metáforas, para elaborarlas es necesario que existan palabras que tengan un
significado literal y denoten cosas que conocemos por experiencia: no puedo
llamar «pata» al sostén de la mesa si no tengo una noción metafórica de la pata
animal, conociendo su forma y función. d) Por último, si afirmamos que ya no
existe un criterio intersubjetivo de verificación, olvidamos que de vez en
cuando lo que está fuera de nosotros (y que Nietzsche denominaba las fuerzas
terribles) se opone a nuestros intentos de
expresarlo aun metafóricamente; que si aplicamos, qué sé yo, la teoría
del flogisto a una inflamación, no logramos curarla, mientras que, si
recurrimos a los antibióticos, sí lo conseguimos; y que, por lo tanto, existe
una teoría médica mejor que otra.
Así pues, quizá no exista un absoluto, o si existe no será ni pensable
ni aprehensible, pero existen fuerzas naturales que secundan o desafían
nuestras interpretaciones. Si yo interpreto una puerta abierta pintada en un
trompe-l’oeil como una puerta verdadera y camino derecho para atravesarla, ese
hecho que es la pared
impenetrable deslegitimará mi
interpretación.
Debe haber un modo en el que están o van las cosas; y la prueba es no
solo que todos los hombres son mortales sino también que, si intento pasar a
través de una pared, me rompo el tabique nasal. La muerte y esa pared son la
única forma de absoluto de la que no podemos dudar.
La evidencia de esa pared, que nos dice «no» cuando nosotros queremos
interpretarla como si no existiera, será, tal vez, un criterio de verdad harto
modesto para los guardianes de lo absoluto, pero, retomando a Keats, «tal es
cuanto sobre la tierra conocéis, cuanto necesitáis conocer».
[Conferencia dictada en
el marco de La Milanesiana el 9 de julio de 2007].
La llama es bella
La Milanesiana de este año está dedicada a los cuatro elementos. Hablar
de los cuatro iba más allá de mis posibilidades, por lo que he elegido
limitarme al fuego.
¿Por qué? Porque de todos los elementos es el que más corre el riesgo de
ser olvidado a pesar de seguir siendo todavía fundamental para nuestras vidas.
El aire lo respiramos todos los días; el
agua la utilizamos a diario, la tierra no dejamos de pisotearla, pero
nuestra experiencia del fuego se expone a ir reduciéndose cada vez más. Las que
eran las funciones del fuego han sido asumidas progresivamente por formas de
energía invisible; hemos disociado la idea de luz de la de llama, y el fuego lo
experimentamos solo a través del gas (donde casi no se ve), con la cerilla o
con el encendedor, pero solo para los que siguen fumando, o con las llamitas de
las velas, pero solo para los que siguen yendo a misa.
Queda la chimenea, para los privilegiados, y por ahí me gustaría
empezar. En los años setenta compré una
casa de campo dotada de una hermosa chimenea y para mis hijos, que
entonces tenían diez y doce años, la experiencia del fuego, del tronco que
arde, de la
llama, resultó un fenómeno absolutamente nuevo. Me di cuenta de que,
cuando estaba encendida la chimenea, ya no buscaban el televisor. La llama era
más bella y variada que cualquier programa, contaba historias infinitas, se
renovaba a cada instante, no seguía esquemas fijos como el show televisivo.
Quizá haya sido Gaston Bachelard, quien entre los contemporáneos, más ha
reflexionado sobre la poesía, la mitología, la psicología y el
psicoanálisis del fuego, pues no podía evitar encontrarse con el fuego
en el curso de su investigación sobre las
figuras arquetípicas que han acompañado el imaginario humano desde sus
orígenes.
El calor del fuego remite al calor del Sol, visto a su vez como bola de
fuego; el fuego hipnotiza y es, por lo tanto, el primer objeto y el móvil de
las fantasías; el fuego nos recuerda la primera inhibición universal (no hay
que tocarlo), convirtiéndose de este modo en epifanía de la ley; el fuego es la
primera criatura que, para nacer y para crecer, devora los dos pedazos de
madera que lo han generado —sin contar con que
este nacimiento del fuego tiene una fuerte trascendencia sexual porque
la semilla de la llama brota de una fricción
— y, por otra parte, si se quiere seguir
con una lectura psicoanalítica, recordaremos que, para Freud, la
condición para dominar el fuego es la renuncia del placer de apagarlo con la
micción y, por consiguiente, la renuncia a la vida pulsional.
Sin embargo, el fuego se convierte en metáfora de muchas pulsiones,
desde inflamarse de ira hasta el fuego de la infatuación amorosa; el fuego está
presente metafóricamente en todo discurso sobre las pasiones, al igual que se
lo vincula a la vida, siempre
metafóricamente, a través del color en común con la sangre. El fuego
como calor dirige esa maceración de la materia nutritiva que es la digestión, y
con el proceso nutritivo comparte el hecho de que, para vivir, debe ser
alimentado sin cesar.
El fuego se presenta inmediatamente
como instrumento de cualquier transformación y cuando se desea que algo
cambie se llama al fuego; impedir que se apague el fuego requiere de nosotros
un cuidado parecido al que se debe al recién nacido; en el fuego se vuelven
enseguida evidentes las
contradicciones fundamentales de nuestra vida, es elemento que da vida y
elemento que da muerte, destrucción, sufrimiento, es símbolo de pureza y
purificación, pero también de inmundicia porque su deyección produce
cenizas.
El fuego puede ser luz deslumbrante que no se puede mirar fijamente como
no se puede mirar fijamente al Sol; ahora bien, si lo amaestramos como es
debido, por ejemplo, cuando se convierte en luz de vela, nos permite juegos de
claroscuro, vigilias nocturnas en cuyo curso una llama solitaria nos obliga a
imaginar, con sus ligeros resplandores que se desvanecen en la oscuridad. La
vela, por su parte, es alusión a un manantial de vida y, al
mismo tiempo, a un Sol que se extingue. El fuego nace de la materia para
transformarse en sustancia cada vez más ligera y aérea, desde la llama roja o
azulada de su raíz hasta la llama blanca de su cúspide, hasta disiparse en
humo… En este sentido, la naturaleza del fuego es ascensional, nos reclama a la
trascendencia, y aun así, quizá porque hemos sabido que vive en el corazón de
la Tierra desde donde eructa solo durante el despertar de los volcanes, el
fuego es símbolo de profundidades infernales. Es vida pero es experiencia de su
extinción y de su permanente fragilidad.
Y, para concluir con Bachelard, me
gusta citar esta página, sacada de
Psicoanálisis del fuego:
De los ganchos de los llares cuelga el negro caldero. La olla, sobre sus
tres patas, sobresale por encima de la ceniza cálida. Soplando, con las
mejillas hinchadas, en el cañón de la chimenea, mi abuela reanimaba las llamas
adormecidas. Todo se cocinaba a la vez: las gruesas patatas para los cerdos,
las patatas más finas para la familia. Para mí, un huevo fresco se cocía bajo
la ceniza. El fuego no se mide con un reloj de arena: el
huevo estaba cocido cuando una gota de agua, y muchas veces una gota de
saliva, se evaporaba sobre la cáscara. Me he sorprendido mucho al leer
últimamente que Denis Papin vigilaba su marmita empleando el procedimiento de
mi abuela. Antes del huevo, yo estaba condenado a la sopa de pan. […] Pero
cuando yo era bueno, se llamaba al barquillero. Él aplastaba con su molde el
fuego de espino, rojo como el dardo de las espadañas. Y el barquillo aparecía
sobre mi mesa, más cálido a los dedos que a los
labios. Entonces sí, yo comía fuego, devoraba su oro, su olor, y hasta
su chisporroteo, en tanto que el ardiente barquillo crujiese entre mis dientes.
Y siempre es de este modo, por una especie de placer de lujo, de postre, como
el fuego justifica su humanidad[1].
El fuego es, por lo tanto, demasiadas cosas y —además de ser un fenómeno
físico— se convierte en un símbolo, y como todos los símbolos es ambiguo,
polisémico, evoca sentidos distintos según los contextos. Por consiguiente, en
esta velada sobre el fuego intentaré no
un psicoanálisis sino una primitiva y desenvuelta semiótica, yendo en
búsqueda de los diferentes significados que ha adoptado y adopta para nosotros,
nosotros que con él nos calentamos y, a veces, nos abrasamos.
El fuego como elemento divino
Visto que la primera experiencia del fuego se produce indirectamente a
través de la luz solar y directamente a través del rayo y el incendio no
dominable, es evidente que el fuego había de asociarse desde sus orígenes con
la divinidad, y
en todas las religiones primitivas encontramos de alguna forma un culto
del fuego, desde el saludo al Sol que se levanta hasta la conservación del
fuego sagrado, que no debe apagarse nunca, en los lugares más recónditos del
templo.
En la Biblia, el fuego es siempre una imagen epifánica de lo divino,
Elías será raptado en un carro de fuego, en el resplandor del fuego jubilarán
los justos («¡Así perezcan todos tus enemigos, oh Yahveh! ¡Y sean los que te
aman como el salir del sol con todo su fulgor!», Jueces 5,31; «Los doctos
brillarán como el fulgor del firmamento; y los que enseñaron a la multitud la
justicia, como las estrellas, por toda la eternidad»,
Daniel 12,3; «El día de su visita resplandecerán y como chispas en
rastrojo correrán», Sabiduría 3,7), mientras que los padres de la Iglesia
hablarán de Cristo como lampas, lucifer, lumen, lux, oriens, sol iustitiae, sol
novus, stella.
Los primeros filósofos reflexionaron sobre el fuego como principio
cósmico. Según Aristóteles, para Heráclito el arkhé, el origen de todas las
cosas, era el fuego, y en algunos fragmentos parece efectivamente que Heráclito
sostiene esta tesis. Afirmaba que el universo se regenera con cada era mediante
el fuego, que hay intercambio recíproco de todas las cosas con el fuego y del
fuego con
todo, tal como las mercancías con el oro y el oro con las mercancías. Y
según Diógenes Laercio, Heráclito habría sostenido que todo se forma a partir
del fuego y en el fuego se resuelve, que todas las cosas son, por condensación
o rarefacción, mutaciones del fuego (el cual condensándose se transforma en
humedad, esta al consolidarse se transforma en tierra, la tierra se fluidifica
a su vez en agua y el agua produce evaporaciones luminosas que alimentan un
nuevo fuego). Pero, por desgracia, se sabe que Heráclito era oscuro por
definición, que el señor cuyo oráculo está en Delfos ni dice ni esconde, sino
que indica, y muchos
consideran que las referencias al fuego eran simplemente metáforas para
expresar la extremada mutabilidad de la totalidad. Es decir, panta rei, todo
fluye móvil y mutable, y no solo (glosaría) no nos bañamos nunca dos veces en
el mismo río, sino que tampoco nos quemamos dos veces con la misma llama.
Quizá la identificación del fuego con lo divino más bella la encontramos
en la obra de Plotino. El fuego es manifestación de lo divino precisa y
paradójicamente porque el Uno, de quien todo emana y del que nada se puede
decir, ni se mueve ni se consume
en un acto de creación. Y se podrá pensar en este Primero solo como si
fuera una irradiación que se difunde desde sí mismo, tal como la luz que
resplandece alrededor del Sol, que el Sol irradia de manera siempre nueva pero
permanece tal cual es, sin consumirse (Enéadas, V, 1,6).
Y si las cosas nacen de una irradiación, nada puede ser más bello en la
Tierra que lo que es figura misma de la irradiación divina, el fuego. La
belleza de un color, que es algo sencillo, nace de una forma que domina la
oscuridad de la materia y de la presencia en el color de una luz incorpórea,
que es su
razón formal. Por eso, más que cualquier otro cuerpo, el fuego es bello
en sí mismo, porque tiene la inmaterialidad de la forma: de todos los cuerpos,
es el más ligero, tanto que llega a ser casi inmaterial. Permanece siempre
puro, porque no acoge en sí otros elementos que componen la materia, mientras
que todos los demás acogen en sí mismos al fuego: estos, en efecto, pueden
calentarse, mientras que el fuego no puede enfriarse. Solo el fuego por su
naturaleza posee los colores y a partir de él las demás cosas reciben forma y
color, y cuando se alejan de la luz del fuego dejan de ser bellas.
De derivación neoplatónica son las páginas del Pseudo-Dionisio
Areopagita (siglos V-VI) que influirán en toda la estética medieval. Véase en
Jerarquía celeste, XV:
El símbolo del fuego es la mejor manera de poder expresar la semejanza
que tienen con Dios los espíritus celestes. Los santos Autores Sagrados
describen, efectivamente, muchas veces al Ser Supraesencial y que no admite
forma alguna con la imagen del fuego, en la medida en que éste contiene, si se
puede
hablar así, muchas imágenes visibles de las propiedades de la Deidad.
Porque el fuego, por decirlo así, está sensiblemente presente en todas las
cosas. Penetra todo sin mezclarse y está separado de todo, es totalmente
luminoso y a la vez como oculto, no se lo puede conocer en sí mismo si no se le
junta una materia donde se manifieste su propio poder, es irresistible y no se
lo puede mirar fijamente, domina todo y transforma las cosas que están bajo su
influencia, asimilándolas a su propio poder[2].
Las concepciones medievales de la belleza están dominadas, junto al
concepto de proporción, por el de claridad y luminosidad. Cine y juegos de rol
nos hacen pensar en la Edad Media como en una secuencia de siglos «oscuros», no
solo metafóricamente sino en términos de color nocturno y sombras tenebrosas.
Nada es más falso. La gente de la Edad Media vivía sin duda en lugares oscuros,
bosques, zaguanes de castillos, cuartos angostos apenas alumbrados por la
chimenea; pero, aparte de que se trataba de gente que se acostaba pronto y
estaba más acostumbrada al día que a la noche (que gustará tanto a los
románticos), la Edad
Media se representa a sí misma con tonos vivos.
La Edad Media identificaba la belleza (además de con la proporción) con
la luz y el color. Color que era siempre elemental: una sinfonía de rojos,
azules, oro, plata, blanco y verde, sin matices ni claroscuros, donde el
esplendor lo genera la armonía del conjunto en lugar de dejarse determinar por
una luz que envuelva las cosas desde fuera y haga destilar el color más allá de
los límites de la figura. En las miniaturas medievales la luz parece irradiarse
de los objetos.
En los poetas, este sentido del color deslumbrante está siempre
presente: la
hierba es verde, la sangre roja, la leche cándida, una mujer hermosa
tiene para Guido Guinizzelli un «viso di neve colorato in grana», un rostro de
nieve teñido con grana (por no hablar, más tarde, de las «chiare, fresche,
dolci acque», las claras, frescas, dulces aguas).
El fuego anima las visiones de los místicos, en especial las páginas de
Hildegarde de Bingen. Véase, por ejemplo, del Liber scivias (II, 2):
Vi una luz fulgidísima y en ella una figura de hombre color zafiro que
inflamaba todo con un suavísimo fuego rutilante, y esa
luz espléndida se difundió por el entero fuego rutilante, y este fuego
rutilante por la entera luz esplendente, y la luz fulgidísima y el fuego
rutilante por la entera figura del hombre, produciendo una sola lumbrera de una
única virtud y potencia. […]
La llama consta de una espléndida claridad, de un ínsito vigor y de un
ígneo ardor, pero la espléndida claridad la posee para relucir, el ínsito vigor
para mantenerse vivo, y el ígneo ardor para quemar[3].
Por no hablar de las visiones de luz que relumbran en el Paraíso
dantesco y que, curiosamente, han sido representadas en su máximo esplendor por
un artista decimonónico como Doré, que intentó (como podía, pero no se podía)
hacer
visibles esas efulgencias, esos remolinos de llamas, esas lámparas, esos
soles, esas claridades que nacen «per guisa d’orizzonte che rischiari» (a guisa
de horizonte que se aclara, Paraíso, XIV, v. 69), esas cándidas rosas, esas
flores rubicundas que resplandecen en el tercer cántico, donde también la
visión de Dios se presenta como un éxtasis de fuego:
Ne la profonda e chiara sussistenza
de l’alto lume parvermi tre giri
di tre colori e d’una contenenza;
e l’un da l’altro come iri da iri
parea reflesso, e ’l terzo parea foco
che quinci e quindi igualmente si spiri[4].
Domina en la Edad Media una cosmología de la luz. Ya en el siglo IX en
Juan Escoto Eriúgena (Comentario a
la Jerarquía celeste, I) se dice que:
De ahí que esta fábrica universal del mundo sea un grandísimo
resplandor compuesto por muchas partes como por muchas luces para
revelar las puras especies de las cosas inteligibles e intuirlas con la vista
de la mente, introduciendo en el corazón de los sabios fieles la divina gracia
y la ayuda de la razón. Con acierto, pues, llama el teólogo a Dios el padre de
las luces, porque de Él son todas, por las que y en las que se manifiesta y en
el resplandor de
la luz de su sabiduría las unifica y las hace[5].
En el siglo XIII, la cosmología de la luz propuesta por Roberto
Grossatesta elabora una imagen del universo formado por un único flujo de
energía luminosa, fuente al mismo tiempo de belleza y de ser, haciéndonos
pensar en una suerte de Big Bang. De la luz única se derivan por rarefacciones
y condensaciones progresivas las esferas astrales y las zonas naturales de los
elementos, y, por consiguiente, los matices infinitos del color y los volúmenes
de las cosas. Buenaventura de Bagnoregio (Comentario a las
Sentencias, II, 12, 1; II, 13, 2) recordará que la luz es la naturaleza
común que se encuentra en todos los cuerpos, tanto celestes como terrestres, es
la forma sustancial de los cuerpos, que poseen de modo más real y digno el ser
cuanto más participan de ella.
Fuego infernal
Aunque el fuego se mueve en el cielo y se irradia hasta nosotros, puesto
que también eructa desde las profundidades de la Tierra sembrando la muerte, el
fuego se asocia asimismo a los reinos infernales desde los orígenes.
En Job (41, 1-27), de las fauces del Leviatán «salen antorchas, chispas
de fuego saltan; su soplo enciende carbones, una llama sale de su boca». En el
Apocalipsis cuando se abre el séptimo sello llegan granizo y fuego a devastar
la Tierra, se abre el pozo del abismo, del que salen humo y langostas, los
cuatro ángeles, liberados junto al río Éufrates donde estaban atados, se mueven
con inmensos ejércitos de gente con corazas de fuego. Y cuando vuelve a
aparecer el Cordero y llega en una nube blanca el juez supremo, el Sol quema a
los que han sobrevivido. Y, después del Armagedón, la Bestia será arrojada
junto al falso profeta a un lago de fuego
que arde con azufre.
En los Evangelios se condenan los pecadores al fuego de la Gehena (Mateo
13,40-42):
De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el
fuego, así será el fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que
recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad; allí
será el llanto y el rechinar de dientes.
Curiosamente, en el infierno dantesco hay menos fuego que el que se
podría
imaginar, porque el poeta se las ingenia para imaginar varios y diversos
suplicios, pero podemos conformarnos con los herejes que yacen en tumbas de
fuego, con los violentos arrojados a un río de sangre hirviendo, con los
blasfemadores, sodomitas y usureros golpeados por lluvias de fuego, con los
simoníacos clavados cabeza abajo con los pies en llamas, con los rufianes
sumergidos en pez hirviente…
Desde luego, el fuego infernal será más invasivo en los textos barrocos,
con una descripción de los tormentos infernales que supera la violencia
dantesca, entre otras cosas porque no está redimida por el soplo del arte.
Como en esta página de san Alfonso de
Ligorio:
La pena de sentido que más atormenta a los réprobos es el fuego del
infierno. […] Aun en este mundo, el suplicio del fuego es el más terrible de
todos. Mas hay tal diferencia entre las llamas de la tierra y las del infierno,
que, según dice san Agustín, en comparación de aquellas, las nuestras son como
pintadas; […] el réprobo estará dentro de las llamas, rodeado de ellas por
todas partes, como leño en el horno. Tendrá abismos de
fuego bajo sus plantas, inmensas masas de fuego sobre su cabeza y
alrededor de sí. Cuanto vea, toque o respire, fuego ha de respirar, tocar y
ver. Sumergido estará en fuego como el pez en el agua. Y esas llamas no se
hallarán solo en derredor del réprobo, sino que penetrarán dentro de él, en sus
mismas entrañas, para atormentarle. El cuerpo será pura llama; arderá el
corazón en el pecho, las vísceras en el vientre, el cerebro en la cabeza, en
las venas la sangre, la médula en los huesos. Todo condenado se convertirá en
un
horno ardiente[6].
Y Ercole Mattioli, en la Pietà illustrata (1694), dirá:
Será un gran prodigio que un solo fuego contenga en sí eminentemente,
según el juicio de gravísimos teólogos, el frío de los hielos, los aguijonazos
de las espinas y del hierro, la hiel de los áspides, los venenos de las
víboras, la crueldad de todos los animales feroces, la
malignidad de todos lo elementos y de las estrellas. […] Mayor prodigio
aún, et supra
virtutem ignis, será que ese fuego, pese a ser de un solo tipo, sepa
distinguir a la hora de atormentar a quienes más pecaron, ese que Tertuliano
llama sapiens ignis, y Eusebio Emiseno ignis arbiter, porque ha de adaptar las
dimensiones y diferencias de los suplicios a las dimensiones y diferencias de
las culpas […]; el fuego, casi como si estuviera dotado de razón y plena
cognición, para discernir entre pecador y pecador, dejará sentir más o menos la
aspereza de sus rigores.
Para llegar a la revelación del último secreto de Fátima por parte de
sor Lucía, ex pastorcilla:
Ahora bien, el secreto consta de tres partes distintas, de las cuales
voy a revelar dos. La primera fue, pues, la visión del infierno. Nuestra Señora
nos mostró un gran mar de fuego que parecía estar debajo de la tierra.
Sumergidos en ese fuego, los demonios y las almas, como si fuesen brasas
transparentes y negras o bronceadas, con forma humana que fluctuaban en el
incendio, llevadas por las llamas
que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo que caían hacia
todos los lados, parecidas al caer de las pavesas en los grandes incendios, sin
equilibrio ni peso, entre gritos de dolor y gemidos de desesperación que
horrorizaba y hacía estremecer de pavor. Los demonios se distinguían por sus
formas horribles y asquerosas de
animales espantosos y desconocidos, pero transparentes y negros[7].
Fuego alquímico
A medio camino entre fuego divino y fuego infernal está el fuego como
operador alquímico. Fuego y crisol parecen ser esenciales para la operación
alquímica, que se propone obrar sobre una materia prima para así obtener, a
través de una serie de manipulaciones, la piedra filosofal, capaz de llevar a
cabo la proyección, es decir, la transformación de los metales viles en oro.
Las manipulaciones de la materia prima se producen en tres fases,
marcadas por el color que la materia va adquiriendo: la obra al negro, la obra
al blanco y la obra al rojo. La obra al negro prevé una cocción (y, por lo
tanto,
la intervención de un fuego) y una descomposición de la materia; la obra
al blanco es un proceso de sublimación o destilación, y la obra al rojo, el
estadio final (el rojo es color solar y el Sol está a menudo en lugar del oro y
viceversa).
Instrumento fundamental de la manipulación es el horno hermético, el
atanor, pero se usan alambiques, jarras, morteros, todos ellos designados con
nombres simbólicos, como huevo filosófico, vientre materno, cámara nupcial,
pelícano, esfera, sepulcro, etcétera. Las sustancias fundamentales son el
azufre, el mercurio y la sal. Los procedimientos nunca están claros, porque el
lenguaje de los alquimistas se
basa en tres principios:
1. Puesto que el objeto del arte es
un secreto máximo e indecible, el secreto de los secretos, cualquier expresión
nunca dice lo que parece querer decir, cualquier interpretación simbólica nunca
será la definitiva, porque el secreto estará siempre en otro lugar: «¡Pobre
necio! ¿Serás tan ingenuo como para creer que te enseñamos abiertamente el
mayor y más importante de los secretos? Te aseguro que quien quiera explicar
según el sentido ordinario y literal de las palabras lo que escriben los
filósofos herméticos se encontrará prisionero en los meandros de un
laberinto del que no podrá huir, y no tendrá el hilo de Ariadna que lo
guíe para encontrar la salida» (Artefio).
2. Cuando parece que se habla de
sustancias corrientes, oro, plata, mercurio, se está hablando de otra cosa, el
oro o el mercurio de los filósofos, que nada tienen que ver con los metales
corrientes.
3. Si ningún discurso dice nunca lo
que parece decir, a la inversa, todos los discursos hablarán siempre del mismo
secreto. Como dice la Turba philosophorum: «Y sabed que en cualquier cosa que
digamos, todos estamos de acuerdo, […] uno aclara lo que el otro oculta. Y a
cualquiera que
lea nuestros libros y los entienda ya no le es necesario ir a buscar ni
a países, ni a villas, ni tiene que malgastar su dinero».
¿Cuándo interviene el fuego en el proceso alquímico? Si el fuego
alquímico tuviera una analogía con el fuego que vela por la digestión o la
gestación, debería intervenir en el transcurso de la obra al negro, es decir,
cuando el calor, actuando por encima y contra la humedad radical metálica,
viscosa y oleosa, genera en el individuo la nigredo. Si nos fiamos de un texto
como el Dictionnaire Mytho-Hermétique de Dom Pernety (París,
Delalain, 1787), leemos que:
Cuando el calor actúa sobre estas materias se vuelven primero polvo y
agua dura y pegajosa, que se evapora al extremo superior del vaso, luego
desciende sobre el fondo como rocío o lluvia, donde se vuelve casi como un
caldo negro y graso. Por ello se ha hablado de sublimación y volatilización,
ascensión y descensión. Cuando se ha coagulado, el agua se vuelve primero como
la pez negra, por lo que se la ha
llamado tierra fétida y
maloliente. Entonces emana un hedor de moho, de sepulcro y de tumba[8].
Ahora bien, se pueden encontrar en los textos afirmaciones por las que
los términos destilación, sublimación, calcinación, o digestión, o cocción,
reverberación, disolución, descensión y coagulación no son sino una misma y
única «Operación», hecha en el mismo recipiente, es decir, una cocción de la
materia. Por lo tanto, concluye Pernety,
es necesario ver y considerar que esta operación es única pero
está expresada en términos distintos; y se comprenderá que todas las
siguientes expresiones signifiquen siempre lo mismo: destilar en el alambique;
separar el alma del cuerpo; quemar; acuificar; calcinar; cerar; dar de beber;
adaptar juntos; hacer comer; reunir; corregir; cribar; cortar con las tenazas;
dividir; unir los elementos; extraerlos; exaltarlos; convertirlos; cambiar el
uno en el otro; cortar con el cuchillo; herir con espada, con hacha, con
cimitarra; traspasar con la lanza, con la jabalina, con la flecha; matar;
aplastar; atar;
desatar; corromper; fundir; generar; concebir; poner en el mundo;
apurar; humedecer;
regar; embeber; empastar; amalgamar; enterrar; encerar; lavar; lavar con
el fuego; dulcificar; lustrar; limar; golpear con el martillo; mortificar;
ennegrecer; pudrir; girar alrededor; circular; rubificar; disolver;
sublimar; lixiviar; inhumar; resucitar; reverberar; estrujar; reducir a polvo;
machacar en el mortero; pulverizar sobre el mármol y
tantas otras expresiones similares, todas las cuales
quieren decir solo cocer mediante el mismo régimen, hasta el rojo
oscuro. Hay que tener cuidado, por tanto, de no quitar el vaso y separarlo del
fuego porque, si la materia se enfriara, se perdería todo[9].
Pero, entonces, ¿de qué fuego se trata, visto que varios tratadistas
hablan a su vez de fuego de Persia, fuego de Egipto, fuego de las Indias, fuego
elemental, fuego natural, fuego artificial, fuego de cenizas, fuego de arena,
fuego de limadura, fuego de fusión, fuego de llamas, fuego contra natura, fuego
Algir, fuego Azothico, fuego celeste, fuego
corrosivo, fuego de la materia, fuego de león, fuego de putrefacción,
fuego dragón, fuego de estiércol, etcétera, etcétera?
El fuego calienta siempre el horno, desde el principio hasta la obra al
rojo. Claro que ¿no será el término «fuego» también metáfora para la materia
roja que aparece en el proceso alquímico? Y, en efecto, siempre Pernety propone
algunos nombres de la piedra al rojo: goma roja, aceite rojo, rubí, vitriolo
rojo, ceniza de Tártaro, cuerpo rojo, fruto, piedra roja, magnesia roja, piedra
estrellada, sal roja, azufre rojo, sangre, amapola, vino tinto, grana y,
justamente, «fuego, fuego de la naturaleza[10]».
Así pues, los alquimistas siempre han trabajado con el fuego y el fuego
está en la base de la práctica alquímica y, aun así, precisamente el fuego
constituye uno de los misterios alquímicos más impenetrables. Puesto que nunca
he producido oro, no sé darle una respuesta a este problema y paso a otro tipo
de fuego, el de otra alquimia, la artística, donde el fuego se convierte en
instrumento de nueva génesis, y el artista se presenta como imitador de los
dioses.
Fuego como causa del arte
Cuenta Platón en el Protágoras que:
era un tiempo en el que existían los dioses, pero no las especies
mortales. […] Cuando se disponían a sacarlas a la luz, mandaron a Prometeo y a
Epimeteo que las revistiesen de
facultades distribuyéndolas convenientemente entre ellas. Epimeteo pidió
a Prometeo que le permitiese a él hacer la distribución. «Una vez yo haya hecho
la distribución —dijo—, tú la supervisas». Con este permiso comienza a
distribuir. Al distribuir, a unas les
proporcionaba fuerza, pero no rapidez, en tanto que revestía de rapidez
a otras más débiles. Dotaba de armas a unas en tanto que para aquéllas, a las
que daba una naturaleza inerme, ideaba otra facultad para su salvación. A las
que daba un cuerpo pequeño, les dotaba de alas para huir o de escondrijos para
guarnecerse, en tanto que a las que daba un cuerpo grande, precisamente
mediante él, las salvaba. De este modo equitativo iba distribuyendo las
restantes facultades. […] Cuando les suministró los medios para
evitar las destrucciones mutuas, ideó defensas contra el rigor de las
estaciones enviadas por Zeus: las cubrió con pelo espeso y piel gruesa, aptos
para protegerse del frío invernal y del calor ardiente, y, además, para que
cuando fueran a acostarse, les sirvieran de abrigo natural y adecuado a cada
cual. A unas les puso en los pies cascos y a otras piel gruesa sin sangre.
Después de esto, suministró alimentos distintos a cada una: a unas, hierbas de
la tierra; a otras, frutos de los árboles; y a otras, raíces. Y hubo especies a
las que
permitió alimentarse con la carne de otros animales. Concedió a aquéllas
escasa descendencia, y a éstos, devorados por aquéllas, gran fecundidad;
procurando, así, salvar la especie.
Pero como Epimeteo no era del todo sabio, gastó, sin darse cuenta, todas
las facultades en los brutos. Pero quedaba aún sin equipar la especie humana y
no sabía qué hacer. Hallándose en este trance, llega Prometeo para supervisar
la distribución. Ve a
todos los animales armoniosamente equipados y al
hombre, en cambio, desnudo, sin calzado, sin abrigo e inerme. […]
Ante la imposibilidad de encontrar un medio de salvación para el hombre,
Prometeo roba a Hefesto y a Atenea la sabiduría de las artes junto con el fuego
(ya que sin el fuego era imposible que aquélla fuese adquirida por nadie o
resultase útil) y se la ofrece, así, como regalo al hombre[11].
Con la conquista del fuego nacen las artes, al menos en el sentido
griego de
técnicas y, por consiguiente, el dominio del hombre sobre la naturaleza.
Y es una pena que Platón no hubiera leído a Lévi-Strauss y no nos hubiera dicho
que, con la producción del fuego, empieza la cocción de los alimentos; pero, en
el fondo, la culinaria no es sino un arte y, por lo tanto, estaba incluida bajo
la noción platónica de techne.
Cuánto tiene que ver el fuego con las artes, nos lo cuenta muy bien
Benvenuto Cellini en su Vida, diciendo cómo fundió su Perseo, recubriéndolo con
una túnica de tierra para después, a fuego lento, ir sacando la cera,
la cual salía por muchos
respiraderos que había yo hecho; pues cuantos más se hacen, tanto mejor
se llena el molde. Concluído que hube de sacar la cera, hice alrededor de mi
Perseo, esto es, de dicho molde,
una funda de ladrillos, entretegiéndolos unos sobre otros y dejando
muchos espacios por donde pudiese el fuego salir mejor. Después comencé a echar
leña poco a poco y sostuve el fuego dos días y dos noches continuamente, hasta
tanto que saliese toda la cera, y habiéndose cocido muy bien dicho molde, al
momento
principié a cavar la fosa para enterrar en ella mi molde, con todos los
requisitos que previene el arte. […] Lo enderecé diligentemente; y levantándolo
una braza sobre el plano de mi horno, teniéndolo muy derecho, de suerte que
colgaba en medio de la fosa, poco a poco lo hice descender hasta el fondo del
horno. […] Cuando vi que había quedado muy bien sujeto, y que aquel modo de
sujetarlo poniendo aquellos conductos en su lugar hacía buen efecto […] me
volví a mi horno, el cual había hecho llenar con muchos
pedazos de cobre y otros de bronce, poniéndolos unos sobre otros del
modo cómo lo enseña el arte (esto es, en hueco, para dejar paso a las llamas
del hogar, a fin de que más presto adquiera dicho metal el necesario calor con
que se funda y se reduzca a líquido), entonces dije animosamente que diesen
fuego al horno. Y al echar leños de pino, por la untuosidad de la resina que
suelta el pino y por estar tan bien hecho mi horno
[…] sucedióme que se prendió
fuego al taller y teníamos miedo de que se nos cayese el techo
encima; por otra parte, hacia el huerto descargóme el cielo tal fuerza
de agua y viento, que se
me enfriaba el horno. Combatiendo así muchas horas con estos perversos
accidentes, fue la fatiga mucho más de lo que mi fuerte robustez de complexión
podía resistir; de suerte que me acometió una fiebre efímera, de lo mayor que
imaginarse pueda en el mundo. Esto fue causa de que me viese forzado a irme a
echar en el lecho[12].
Y así en adelante, entre fuegos accidentales, fuegos artificiales y
fiebres corporales, la estatua va tomando forma a partir de tan elevada
concepción.
Claro que, aunque el fuego es un elemento divino, al aprender a hacer el
fuego, el hombre se adueña de un poder que hasta entonces estaba reservado a
los dioses y, por lo tanto, incluso el fuego que enciende en el templo es
efecto de un acto de soberbia. La civilización griega asigna enseguida esta
connotación de soberbia a la conquista del fuego y es curioso que las
celebraciones de Prometeo, no solo en la tragedia clásica sino también en el
arte posterior, no insisten tanto en el don del fuego como en el castigo que le
sigue.
Fuego como experiencia epifánica
Cuando el artista acepta y reconoce con orgullo e hybris ser semejante a
los dioses, y ve la obra de arte como sustituto de la creación divina, entonces
se abre camino la sensibilidad decadente de la equiparación entre experiencia
estética y fuego y entre fuego y epifanía.
El concepto (si no el término) de epifanía nace con Walter Pater con su
Conclusión a El Renacimiento. No es
una casualidad que la célebre Conclusión se abra con una cita de
Heráclito. La realidad es una suma de fuerzas y elementos que devienen y se van
deshaciendo, y solo la experiencia superficial hace que nos parezcan
consistentes y fijados en una presencia inoportuna: «pero cuando la reflexión
se pone a jugar con los objetos, estos se desenvuelven bajo su influencia; la
fuerza cohesiva parece estar suspendida como en los trucos de magia». Estamos,
pues, en un mundo de impresiones inestables, antojadizas, incoherentes: la
costumbre está rota, la vida se vuelve vana y de ella, más allá de ella, quedan
momentos independientes, aprehensibles
un instante e inmediatamente desvanecidos.
En cada momento surge alguna forma perfecta en la mano o en el rostro;
algún tono de las colinas o del mar es más selecto que los demás; algún humor o
pasión,
vislumbre o excitación
intelectual, resulta irresistiblemente real y atractivo para nosotros,
pero solo en ese momento.
Mantener este éxtasis será «triunfar en la vida»:
Mientras todo se licúa bajo nuestros pies, es posible que podamos
aprehender alguna pasión exquisita o alguna contribución al conocimiento que
parezca liberar por un momento el espíritu al ensanchar el horizonte, o bien
alguna conmoción de los sentidos,
extraños matices, extraños colores y olores curiosos, o bien la obra de
las manos de los artistas o el rostro de un amigo[13].
El éxtasis estético y sensual lo perciben en términos de fulgor todos
los
escritores decadentes. Ahora bien, quizá el primero en vincular el
éxtasis estético a la idea del fuego fue Gabriele D’Annunzio, éxtasis que no
seremos tan triviales como para enlazarlo solo con la idea harto manida de que
la llama es bella. La idea del éxtasis estético como experiencia del fuego
aparece en esa novela que, precisamente, se remite en su título al fuego. Ante
la belleza de Venecia, Stelio Effrena tiene la experiencia del fuego:
Cada instante, entonces, vibró en las cosas como un relámpago
insostenible. De las cruces erguidas en lo sumo de las
cúpulas, llenas de plegarias, a los tenues cristales salinos pendientes
bajo el arco de los puentes, todo brilló en un supremo júbilo de luz. Como el
vigía grita con todas sus fuerzas, manifestando el ansia que ruge en su pecho,
a guisa de tempestad, así el ángel de oro, desde el vértice de la máxima torre,
dio al fin el anuncio, llameando. Y apareció él. Apareció sobre una nube
sentado como en un carro de fuego, llevando detrás de sí, los extremos de sus
púrpuras[14].
Inspirado justamente por El fuego dannunziano, que había leído y amado,
he ahí el máximo teórico de la epifanía, James Joyce. «Por epifanía entendía
una súbita manifestación espiritual, bien sea en la vulgaridad de lenguaje y
gesto o en una frase memorable de la propia mente» (Stephen el héroe). Ahora
bien, esta experiencia aparece siempre en Joyce como experiencia llameante. La
palabra «fuego» aparece 59 veces en el Retrato, «llama» y «llameante» 35 veces,
por no hablar de términos relacionados como «radiosidad» o «esplendor». En El
fuego, Foscarina escucha las palabras de Stelio y se siente «atraída a aquella
atmósfera,
ardiente como la proximidad de una fragua». Para Stephen Dedalus el
éxtasis estético se manifiesta siempre como fulgor, y se expresa mediante
metáforas solares, y lo mismo sucede con Stelio Effrena. Comparemos solo dos
pasos. D’Annunzio:
El navío viró con gran fuerza. Un milagro lo inundó. Los rayos primeros
del sol traspasaron la vela palpitante, fulguraron los ángeles sobre los
campanarios de San Marcos y de San Jorge Mayor; incendiaron la esfera de la
fortuna; coronaron de relámpagos las cinco mitras de
la basílica. […] «¡Gloria al
milagro!». Un sentimiento sobrehumano de potencia y de libertad dilató
el corazón del joven, como el viento hinchó la vela por él transfigurada. En el
esplendor purpúreo de la vela se encontraba como en el esplendor de su propia
sangre[15].
Y en el Retrato:
Su pensamiento era como un
crepúsculo de duda y desconfianza propia, alumbrado acá y allá por
relámpagos de la intuición, pero relámpagos de tan
diáfana claridad, que en aquellos instantes el mundo se deshacía bajo
sus pies, como si hubiera sido consumido por el fuego; después su lengua se
anudaba y sus ojos permanecían mudos ante las miradas de los demás, porque se
sentía envuelto como en un manto en el espíritu de la belleza[16].
El fuego que regenera
Hemos visto que para Heráclito el universo se regenera cada era a través
del fuego. Parece ser que Empédocles
tuvo con el fuego mayor familiaridad. Quizá para divinizarse, o para
convencer a sus seguidores de que se había divinizado, Empédocles se arrojó (lo
dicen solo algunos) al Etna. Esta purificación final, esta elección de
anulación en el fuego, ha seducido a los poetas de todos los tiempos, y baste
con recordar a Hölderlin:
¿Acaso no lo ves?
Hoy
regresa el tiempo hermoso de mi vida
una vez más, y lo más grande me espera
todavía; arriba, hijo
mío: subamos
a la cumbre del viejo y sagrado Etna,
pues los dioses están más cerca en las alturas.
Hoy quiero ver de allí con estos ojos,
otra vez, los ríos y las islas y el mar.
Que me bendiga al despedirse, vacilante
sobre doradas aguas, la luz del sol,
espléndida y juvenil que antaño
tanto amé. Luego brillarán en torno nuestro
calladamente las
estrellas eternas, mientras subiendo
de las entrañas al monte, brota el fuego de la tierra
y con ternura nos roza el que todo lo mueve,
el espíritu, el éter, ¡oh entonces[17]!
De todas formas, entre Heráclito y Empédocles, se delinea otro aspecto
del fuego, no solo como elemento creador sino también como elemento al mismo
tiempo destructor y regenerador. Los
estoicos nos hablaron de la ecpirosis como de la conflagración universal
(o incendio o fin del mundo) a través de la cual todo, procediendo del fuego,
al fuego regresa cuando se concluye el propio ciclo evolutivo. De por sí la
idea de la ecpirosis no sugiere en absoluto que la purificación a través del
fuego pueda ser alcanzada por proyecto y obra del hombre. Pero, sin duda, en
muchos sacrificios basados en el fuego está la idea de que el fuego, al
destruir, purifica y regenera. De ahí la sacralidad de la hoguera.
Los siglos pasados están llenos de hogueras, y no solo las de los
herejes medievales sino también las de las
brujas quemadas en el mundo moderno, por lo menos hasta el siglo XVIII.
Y solo el estetismo dannunziano hacía decir a Mila de Codro que la llama era
bella. Son horribles las hogueras que castigaron a tantos herejes, entre otras
cosas porque seguían a otras torturas, y baste (tomado de la Historia de fray
Dolcino, heresiarca) con la descripción del suplicio de fray Dolcino cuando
junto a su esposa Margarita fue entregado al brazo secular. Mientras las
campanas de la ciudad repicaban a rebato, se los colocó en un carro, rodeados
de verdugos, seguidos por la milicia, que recorrió toda la ciudad y en cada
esquina con tenazas al rojo vivo se
les desgarraban las carnes a los reos. Primero se quemó a Margarita,
delante de Dolcino, que no movió un músculo del rostro, así como tampoco emitió
un lamento cuando las tenazas le mordían sus extremidades. Luego el carro
siguió su camino, mientras los verdugos introducían sus hierros en vasijas
llenas de brasas ardientes. Dolcino sufrió otros tormentos, y permaneció
siempre mudo, salvo cuando le amputaron la nariz, porque se encogió un poco de
hombros, y cuando le arrancaron el miembro viril, puesto que en ese momento
lanzó un largo suspiro, como un sollozo. Lo último que dijo sonó a
impenitencia, y avisó de que resucitaría al tercer día.
Luego lo quemaron y sus cenizas fueron dispersadas en el viento.
Para los inquisidores de todas las épocas, raza y religión, el fuego
purifica no solo los pecados de los seres humanos sino también los de los
libros. Son muchas las historias de las hogueras de libros, algunas acaecidas
por descuido, otras por ignorancia pero otras más, como las hogueras nazis de
libros, para purificar y eliminar los testimonios de un arte degenerado. Los
amigos solícitos queman por razones de moralidad e higiene mental la biblioteca
de libros de caballerías de don Quijote.
Quema la biblioteca de Auto de fe de Elias Canetti, en una hoguera que
recuerda el sacrificio de Empédocles («Cuando por fin las llamas lo alcanzaron,
se echó a reír a carcajadas como jamás en su vida había reído»). Queman los
libros condenados a la desaparición en Fahrenheit 451 de Ray Bradbury. Se quema
por fatalidad, pero a causa de una censura originaria, mi biblioteca de la
abadía de El nombre de la rosa.
Fernando Báez, en su Historia universal de la destrucción de los libros,
se pregunta cuáles son las razones por las que el fuego ha sido el factor
dominante en la destrucción de
los libros. Y responde.
El fuego, en suma ha salvado, y por lo mismo, casi todas las religiones
consagran fuegos a sus respectivas divinidades. Ese poder para resguardar la
vida también es, y vale la pena señalarlo, poder destructor. Al destruir con
fuego el hombre juega a ser Dios, dueño del fuego de la vida y de la muerte. Y
de esta manera se identifica con un culto solar purificatorio y con el gran
mito de la destrucción, que casi siempre ocurre por la ecpirosis. La razón
del uso del fuego es evidente: reduce el espíritu de una obra a
materia[18].
Ecpirosis contemporáneas
El fuego es destructor en todo episodio de guerra, desde el fabuloso y
fabulado fuego griego de los bizantinos (secreto militar como ningún otro, y
quisiera recordar la buena novela que le dedicó Luigi Malerba, El fuego griego)
hasta el descubrimiento casual de la pólvora por parte de Bertoldo el Negro,
que desaparece en una personal y punitiva ecpirosis. El fuego es escarmiento
para
quienes hacen doble juego en la guerra, y «fuego» es la orden que
conmina todos los fusilamientos, como si se invocara el origen de la vida para
acelerar el epílogo de la muerte. Pero quizá el fuego de guerra que más ha
atemorizado a la humanidad —me refiero a la humanidad entera, que por vez
primera se enteraba globalmente de lo que estaba sucediendo en una parte del
planeta— fue la explosión de la bomba atómica.
Uno de los pilotos que lanzó la bomba sobre Nagasaki escribió: «De
repente, la luz de mil soles iluminó la cabina. Me vi obligado a cerrar los
ojos durante dos segundos, a pesar de las gafas oscuras». El Bhagavad Guita
recitaba: «Si el brillo de mil soles se encendiera en el cielo, sería
parecido a la gloria de esta gran alma. […] Yo soy el tiempo que trae la
desesperación al mundo, el que aniquila a todas las personas», y en estos
versos reparó Oppenheimer tras la explosión de la primera bomba atómica.
Con lo cual nos acercamos dramáticamente a la conclusión de mi discurso
y —en un espacio de tiempo más razonable— a la conclusión de la aventura humana
sobre la Tierra o de la aventura de la Tierra en el cosmos. Porque nunca como
ahora tres de los
elementos primordiales están amenazados: el aire, herido de muerte
por contaminaciones y por anhídrido carbónico; el agua, que por un lado
se envenena y por el otro está destinada a encarecerse cada vez más. El único
que está triunfando es el fuego, en forma de calor que asola la Tierra, que
subvirtiendo las estaciones y deshaciendo los hielos invitará a los
mares a invadirla. Sin darnos cuenta marchamos hacia la primera y verdadera
ecpirosis. Mientras Bush y China rechazan el protocolo de Kioto, marchamos
hacia la muerte por fuego. Y poco nos importa que el universo se regenere tras
nuestro holocausto, porque no será el nuestro.
Recomendaba Buda en
su Sermón
del fuego:
Monjes, todo está ardiendo. ¿Qué es «todo» lo que está ardiendo? Monjes,
el ojo está ardiendo, las formas visuales están ardiendo, la conciencia visual
está ardiendo, la sensación visual está ardiendo. También está ardiendo toda
sensación placentera o dolorosa, o ni dolorosa ni placentera que surja por
motivo de la impresión visual. ¿Ardiendo con qué? Ardiendo con el fuego de la
pasión, ardiendo con el fuego del odio, ardiendo con el fuego de la
ignorancia. Yo digo que arde con el nacimiento, la vejez y la muerte;
con el pesar, la lamentación, el dolor, la aflicción y la desesperación. El
oído está ardiendo, los sonidos están ardiendo […] la nariz está ardiendo, los
olores están ardiendo […] la lengua está ardiendo, los sabores están ardiendo
[…] la mente está ardiendo, los objetos mentales están ardiendo. […] Monjes, el
sabio y noble discípulo que comprende tales cosas se vuelve ecuánime con
respecto al ojo, se vuelve ecuánime con respecto a
la forma visual, se vuelve ecuánime con respecto a la conciencia visual
y se vuelve ecuánime con respecto a la impresión visual […] se vuelve ecuánime
con respecto al oído, se vuelve ecuánime con respecto a los sonidos […] se
vuelve ecuánime con respecto a los olores, […] se vuelve ecuánime con respecto
a cualquier sensación placentera o dolorosa, o ni dolorosa ni placentera que
surja por motivo de la impresión gustativa.
Pero la humanidad no ha sabido
renunciar (por lo menos en parte) al apego a sus propios olores,
sabores, sonidos y placeres del tacto, ni tampoco a producir fuego por
fricción. Quizá debía dejarle su generación a los dioses, que nos lo habrían
dado, solo de vez en cuando, en forma de rayo.
[Conferencia dictada en
el marco de la
manifestación La Milanesiana dedicada a I quattro elementi: fuoco, aria,
terra e acqua, el 7 de julio de 2008].
Tras tesoros
Tesorear es una experiencia apasionante: vale la pena organizarnos un
buen viaje, siguiendo un itinerario que nos lleve a tocar los tesoros más
interesantes, localizándolos incluso en abadías menores. Quizá ya no valga la
pena ir a Saint-Denis, a las puertas de París, donde en el siglo XII el gran
Suger, coleccionista exquisito, devoto de las piedras preciosas, de las perlas,
de los marfiles, de los candelabros de oro, de los palios de altar
historiados, hizo de la acumulación de objetos preciosos una especie de
religión y una
teoría filosófico mística. Desgraciadamente se han perdido los
relicarios, los jarrones sagrados, la ropa que vestían los reyes en las
ceremonias de consagración, la corona fúnebre de Luis XVI y de María Antonieta,
el panel de la adoración de los pastores donado por el Rey Sol, aunque algunas
de las piezas más selectas todavía se pueden ver en el Louvre.
En cambio, no podemos perdernos una visita a la catedral de San Vito, en
Praga, donde se pueden encontrar los
cráneos de san Adalberto y san Wenceslao, la espada de san Esteban, un
fragmento de la Cruz, el mantel de la última cena, un diente de santa
Margarita, un fragmento de la tibia de san Vidal, una costilla de santa Sofía,
la barbilla de san Eobán, la vara de Moisés, el traje de la Virgen.
El anillo de compromiso de san José estaba en el catálogo del fabuloso
tesoro del duque de Berry, ahora dispersado, pero debería hallarse en
Notre-Dame de París, mientras que en el tesoro imperial de Viena se puede
admirar un pedazo del pesebre de Belén, la bolsa de san Esteban, la lanza que
traspasó a Jesús en el costado con un clavo de la cruz, la
espada de Carlomagno, un diente de san Juan Bautista, un hueso del brazo
de santa Ana, las cadenas de los apóstoles, un retal de la túnica de Juan
Evangelista, otro fragmento del mantel de la última cena.
Pues bien, por mucha atención que les prestemos a los tesoros, siempre
habrá algunos cercanísimos cuya existencia ignoramos. Creo, por ejemplo, que
poquísimos milaneses, por no hablar de los turistas, han visitado el tesoro del
Duomo de Milán. Allí se pueden admirar unas tapas del evangeliario de Ariberto
(siglo XI) con deliciosas placas de esmalte cloisonné, filigranas de oro,
engarces de piedras
preciosas.
La búsqueda de las piedras preciosas y de sus distintas cualidades es
una de las diversiones preferidas por los apasionados de tesoros, puesto que se
trata de reconocer no solo el diamante, el rubí o la esmeralda, sino también
esas piedras que siempre se mencionan en los textos sagrados, como el ópalo, el
crisopacio, el berilo, el ágata, el jaspe, la sardónice. Si uno es bueno, debe
saber distinguir las piedras buenas de las falsas: en el tesoro de la catedral
de Milán hay una gran estatua plateada de san Carlos, de época barroca: puesto
que a sus mecenas o donadores la plata les parecía un
material pobre, lleva un pectoral con cruz que es todo un fulgor de
gemas. Y algunas, dice el catálogo, son verdaderas, otras no, son cristales
coloreados. Claro que si dejamos caer tanta escrupulosidad mercadotécnica,
tenemos que disfrutar, ante todo, de lo que los constructores de estos objetos
querían obtener, un efecto global de relumbre y riqueza. Entre otras cosas
porque la mayor parte de los materiales preciosos de los tesoros son auténticos
y si comparamos el escaparate del mayor joyero de París con la vitrinita
lateral de un tesoro cualquiera, no vale un puesto en el mercado de las pulgas.
Sugeriría también una mirada
a la
laringe de san Carlos Borromeo, aunque hay que demorarse con mayor
atención ante la Paz de Pío IV, que es una pequeña hornacina con dos columnas
de lapislázuli y oro que enmarcan una deposición en el sepulcro, también de
oro. Encima hay una cruz áurea con trece diamantes sobre un tondo de ónice
veteado, y el pequeño frontón está adornado con oro, ágata, lapislázuli y
rubíes.
Remontándonos más atrás en el tiempo, encontramos una cajita del período
ambrosiano, para las reliquias de los apóstoles, de plata repujada, con
magníficos bajorrelieves. Claro que por lo que atañe a los bajorrelieves, el
más
fascinante es una historieta mística de marfil, denominado Díptico de
las cinco partes, arte de Rávena del siglo V, con escenas de la vida de Cristo
y, en el centro, un cordero místico en alveolos de plata dorada con pastas de
cristal, única imagen con colores tenues sobre un fondo de marfil viejo.
Son ejemplos de lo que una tradición histórica nos ha malacostumbrado a
llamar artes menores. Obviamente es arte sin el adjetivo, y si alrededor hay
algo «menor» (que artísticamente vale menos) es precisamente la catedral misma.
Si hubiera un diluvio y me preguntaran si quiero salvar la catedral o el
Díptico, elegiría sin duda este
último, y no porque pueda meterse con mayor facilidad en el Arca.
Sin embargo, aun tomando en
consideración la anexa capilla denominada el Scurolo de san Carlos, con
el cuerpo del santo y una custodia de plata y cristal que me ha parecido más
milagrosa que su contenido, el tesoro de la catedral no nos muestra todo lo que
podría. Al consultar el Inventario de paramentos y ajuar sagrado de la catedral
de Milán, nos damos cuenta de que el tesoro propiamente dicho es solo la parte
mínima de una colección, esparcida en las distintas sacristías, que contempla
paramentos espléndidos, jarrones,
marfiles, oros y reliquias muy apetecibles, como algunas espinas de la
corona de Jesús, un fragmento de la cruz, pedazos variados de santa Inés, santa
Ágata, santa Catalina, santa Práxedes y de los santos Simpliciano, Cayo y
Geroncio.
Cuando se visita un tesoro no hay que acercarse necesariamente a las
reliquias con ánimo científico, de otro modo se corre el riesgo de perder la
fe, puesto que noticias legendarias comunican que en el siglo XII en una
catedral alemana se conservaba el cráneo de san Juan Bautista a la edad de doce
años. Claro que una vez, en un monasterio del monte Athos, hablando
con el monje bibliotecario, descubrí que había sido alumno de Roland
Barthes en París y había participado en el mayo del
68. Entonces, sabiendo que
era hombre de cultura, le pregunté si creía en la autenticidad de las reliquias
que besaba devotamente cada mañana al alba, durante una interminable y sublime
función religiosa. El monje me sonrió con dulzura, con cierta maliciosa complicidad,
y me dijo que el problema no residía en la autenticidad sino en la fe, y que
él, al besar las reliquias, percibía su perfume místico. En fin, no es la
reliquia la que hace la fe, sino la fe la que hace la reliquia.
Pues bien, ni siquiera un descreído
puede sustraerse a la fascinación de dos portentos. Ante todo, el objeto
mismo, esos cartílagos anónimos y amarillentos, místicamente repugnantes,
patéticos y misteriosos, esos jirones de ropa, de quién sabe qué época,
desteñidos, descoloridos, deshilachados, enrollados en una ampolla, a veces,
como un misterioso manuscrito en una botella, materias a menudo desmigajadas,
que se confunden con la tela y el metal o el hueso que constituyen su yacija.
Y, en segundo lugar, los recipientes, a menudo de increíble riqueza, a veces
construidos por un bricoleur devoto con piezas de otros relicarios, con forma
de torre, de pequeña catedral con pináculos y
cúpulas, para llegar a ciertos relicarios barrocos (los más bellos están
en Viena), que son una selva de esculturas diminutas, y parecen relojes,
carillones, cajas mágicas. Algunos de ellos les recuerdan, a los apasionados
del arte contemporáneo, las cajas surrealistas de Joseph Cornell y las vitrinas
llenas de objetos serializados de Arman: relicarios laicos, pero que exhiben el
mismo gusto por los materiales ajados y polvorientos, por la acumulación
enloquecida, e imponen una visión analítica, minuciosa, que se niega al simple
golpe de vista.
Amar los tesoros significa también entender cuál era el gusto tanto de
los
antiguos mecenas medievales como de los coleccionistas renacentistas y
barrocos, llegando hasta las Wunderkammern de los príncipes alemanes: no
había distinción neta entre objeto devoto, hallazgo extraño y obra de arte. Un
altorrelieve de marfil era precioso tanto por su hechura (nosotros diríamos hoy
por el arte) como por el valor de sus materiales. Y de la misma forma se
percibía como precioso, digno de verse, maravilloso, el objeto extraño, por lo
que el tesoro del duque de Berry exponía junto a cálices y jarrones de gran
valor artístico también un elefante disecado, un basilisco, un huevo que un
abad encontró dentro de otro huevo,
maná del desierto, una nuez de coco, un cuerno de unicornio.
¿Todo perdido? No, porque un huevo de unicornio se encuentra también en
el tesoro de Viena, y nos da la certidumbre de que los unicornios existían,
aunque el catálogo nos haga saber con brutalidad positivista que se trata de un
cuerno de narval.
A este punto, el visitante, una vez entrado en el espíritu del buen
aficionado de tesoros, mirará con el mismo interés el cuerno, una copa de ágata
del siglo IV, que la tradición afirma ser la copa del Grial, la corona, el
globo y el cetro imperial (esplendores de la orfebrería medieval) y, puesto que
el tesoro de Viena no conoce límites de tiempo, el lecho con columnillas
imperio en el que durmió el desafortunado hijo de Napoleón, el rey de Roma, es
decir, el «Aiglon» (que a estas alturas se vuelve igual de legendario que los
unicornios o el Grial).
Y hemos de ser capaces de olvidar lo que hemos leído en las historias
del arte, perder el sentido de las diferencias entre curiosidad y obra de arte,
para gozar, ante todo, del amasijo de maravillas, del desfile de prodigios, de
la epifanía de lo increíble. Y soñar con el cráneo de san Juan a la edad de
doce años, regodeándonos con sus venas
rosadas, su color ceniza de fondo, el arabesco de las junturas
desarticuladas y corroídas, y la vitrina que lo ha de contener, con sus
esmaltes azules como el altar de Verdún y la almohadilla interna de raso
amarillento, recubierto de pequeñas rosas que se han marchitado en esa vitrina
de cristal, sin aire desde hace dos mil años, todo ello inmovilizado al vacío,
antes de que el Bautista creciera y perdiera bajo la espada del verdugo el otro
cráneo, más maduro, pero de menor valor místico y comercial, porque si una
presunta cabeza se conserva en la iglesia de San Silvestre in Capite en Roma,
una tradición previa la situaba en la catedral
de Amiens; y de todas formas, a la cabeza custodiada en Roma debería
faltarle la mandíbula, reivindicada por la iglesia de San Lorenzo, en Viterbo.
Para lo demás nos basta con coger un mapa y establecer unos itinerarios
factibles. Por ejemplo, la verdadera cruz, descubierta en Jerusalén por santa
Elena, madre de Constantino, fue sustraída por los persas en el siglo VII, y
luego recuperada por el emperador bizantino Heraclio. En 1187 los cruzados la
llevaron al campo de batalla de Hattin, para que les asegurara la victoria
contra Saladino; la batalla, sin embargo, no se ganó, como es bien sabido, y de
la cruz se perdieron las
huellas para siempre. Afortunadamente, en los siglos anteriores se le
habían extraído numerosos fragmentos que se conservan en muchas iglesias.
Los tres clavos (dos para las manos y uno para los pies enclavados
juntos), que se encontraron aún hincados en la cruz, se los habría llevado
Elena a su hijo Constantino: según la leyenda, uno de ellos lo engastó en su
yelmo de batalla, con el otro sacaron un freno para su caballo. El tercer
clavo, según la tradición, se conserva en la iglesia de Santa Cruz de Jerusalén
en Roma. El Sagrado Freno, en cambio, se encuentra en la catedral de Milán,
donde dos veces al año se muestra a los fieles. Del
clavo montado sobre el yelmo se han perdido las huellas; según una
tradición, hoy en día se encuentra en la corona férrea, conservada en la
catedral de Monza.
La corona de
espinas, conservada
durante mucho tiempo en
Constantinopla, fue cedida posteriormente al rey Luis IX de Francia que
la colocó en la Sainte-Chapelle, que él mismo mandó construir adrede en París.
En su origen tenía decenas de espinas, pero en el curso de los siglos fueron
donadas a iglesias, santuarios y personajes importantes, y hoy han quedado solo
los ramos trenzados en forma de casco.
La columna de la flagelación está en Roma en Santa Práxedes; la sagrada
lanza, que perteneció a Carlomagno y a sus sucesores hoy se encuentra en Viena;
el prepucio de Jesús se conservaba y exponía el día de Año Nuevo en Calcata,
pueblecito de la provincia de Viterbo, hasta 1970, cuando el párroco comunicó
su robo. Han reivindicado la posesión de una reliquia análoga Roma, Santiago de
Compostela, la misma Chartres, Besançon, Metz, Hildesheim, Charroux, Conques,
Langres, Amberes, Fécamp, Puyen-Velay, Auvergne.
La sangre de Jesús destilada de la herida del costado, según la
tradición, fue recogida por el soldado Longino,
que lo traspasó con su lanza: la llevó a Mantua; la ampolla que contiene
la presunta sangre está custodiada en la catedral de esa ciudad. Otra sangre
atribuida a Jesús se conserva en una vitrina cilíndrica visible en la basílica
de la Sagrada Sangre (Heilig-Bloedbasiliek) en Brujas, en Bélgica.
La Sagrada Cuna está en Santa María la Mayor (Roma), la sábana santa,
como es bien sabido, está en Turín, la toalla de lino que usó Cristo para el
lavado de los pies de los apóstoles está en la iglesia romana de San Juan de
Letrán pero también en Alemania, en Acqs. En esta última toalla se podría ver
incluso la huella del pie
de Judas.
Las vendas del niño Jesús están en Aquisgrán; el cuarto de María, donde
se produjo la Anunciación, fue trasladado volando por algunos ángeles desde
Nazaret hasta Loreto; en muchas iglesias se conservan los presuntos cabellos de
María (un cabello, por ejemplo, está en Messina), o su leche; el sagrado
cinturón (el de la Virgen) está en Prato; el anillo nupcial de san José, en
Perugia, en la catedral; los anillos de compromiso de José y María, en
Notre-Dame de París; el cinturón de san José (llevado a Francia en 1254 por
Joinville) está en la iglesia de los Feuillants en París; su vara, en el
sagrado eremitorio de
Camaldoli. Partes y pedazos de la ropa de san José se hallan en Santa
Cecilia en Roma, Santa Anastasia en Roma, Santo Domingo y San José del Mercado
en Bolonia. Fragmentos de la tumba de san José se hallan en Santa María al
Portico y Santa María in Campitelli en Roma.
Fragmentos del sagrado velo de la Virgen y de la túnica de san José se
encuentran en Santa María de Licodia, conservados en un artístico relicario de
plata, obra del siglo XVII. Ese relicario se sacaba en procesión hasta la
década de 1970, el último sábado del mes de agosto, con ocasión de la fiesta
patronal.
El cuerpo de san Pedro se sepultó en Roma, en el lugar próximo a su
martirio,
cerca del circo de Nerón: en ese lugar se construyó la homónima basílica
constantiniana y luego la actual basílica de San Pedro. En 1964, tras una
campaña de excavaciones arqueológicas, se anunció el hallazgo de los
huesos del apóstol, hoy colocados bajo el altar.
El cuerpo de Santiago, según la leyenda, fue transportado por la
corriente del mar hasta la costa atlántica de España y enterrado en un lugar
denominado campus stellae. En esa localidad surge hoy el santuario de Santiago
de Compostela, desde la Edad Media una de las principales metas de
peregrinación junto con Roma y
Jerusalén.
El cuerpo de santo Tomás apóstol está custodiado en la catedral de
Ortona (Chieti), transportado en 1258 desde Quíos, isla del mar Egeo, donde fue
custodiado por los cristianos tras la caída de Edesa en 1146. A Edesa lo
llevaron desde Madrás, lugar de su martirio en el año 72, por orden del
emperador Alejandro Severo en torno al año 230.
Uno de los 30 denarios por los que Judas Iscariote traicionó a Cristo
está en la sacristía de la colegiata de Visso (Macerata). Un cuerpo de san
Bartolomé apóstol está en Roma (devuelto a la isla Tiberina por Pío IV); otro
en San
Bartolomé, en Benevento. En cualquier caso, a ambos cuerpos debería
faltarles la calota craneal, porque una se conserva en la catedral de
Frankfurt, la otra en el monasterio de Lune (Luneburg). No se sabe de qué
cuerpo procede la tercera calota, ahora en la cartuja de Colonia. Siempre de
san Bartolomé, hay un brazo en la catedral de Canterbury, pero Pisa alardeaba
de la posesión de parte de la piel.
El cuerpo de san Lucas evangelista está conservado en la iglesia de
Santa Justina en Padua; el de san Marcos, custodiado primero en Antioquía,
luego fue llevado a Venecia.
En Milán se conservaban
antiguamente los presuntos restos de los Reyes Magos. En el siglo XII el
emperador Federico Barbarroja los tomó como botín de guerra y se los llevó a
Colonia, donde todavía están. Algunos restos fueron devueltos a Milán en la
década de 1950 y se depositaron en San Eustorgio.
Los despojos de san Nicolás de Bari, es decir Santa Claus, se
custodiaban en Myra, en Asia Menor. En 1087 fueron robados por unos marineros
de Bari y transportados a su ciudad.
El cuerpo de san Ambrosio, patrón de Milán, está enterrado en la
basílica consagrada a él, junto con los cuerpos de los santos Gervasio y
Protasio.
En la basílica de San Antonio de Padua se conservan la lengua y los
dedos del santo; la mano de san Esteban de Hungría se conserva en la basílica
de Budapest, las ampollas con la sangre de san Jenaro están en Nápoles, parte
del cuerpo de santa Judit se conserva en la catedral de Nevers, mientras que un
fragmento óseo se conserva en un valioso relicario de cristal de roca colocado
en la cripta de las tumbas mediceas en San Lorenzo en Florencia.
En Misterbianco (Sicilia) se expone el 17 de enero el brazo de san
Antonio abad; el de san Benedicto de Norcia fue donado al monasterio de Leno en
el siglo VIII por intercesión del rey
Desiderio.
El cuerpo de Santa Ágata en Catania está subdividido en varios
relicarios, construidos por los orfebres de Limoges para las extremidades, uno
para cada fémur, uno para cada brazo, uno para cada pierna. En 1628 se realizó
el de la mama. Ahora bien, cúbito y radio de un brazo están en Palermo, en la
capilla real. Un hueso del brazo de santa Ágata está en Messina, en el
monasterio del Santísimo Salvador; otro está en Alì; un dedo de santa Ágata
está en Santa Ágata de los Godos (Benevento); el cuerpo de san Pedro de Verona
está en la capilla Portinari de San Eustorgio en Milán (el 29 de abril es
costumbre ir a golpearse
la cabeza para prevenir el dolor de la misma).
Los restos de san Gregorio de Nacianzo están en San Pedro, en Roma, pero
una parte fue donada por Juan Pablo II al patriarca de Constantinopla en 2004.
Reliquias de san Lúcido se hallan en Aquara, cerca de Salerno: han sido robadas
varias veces, y por fin las fuerzas del orden encontraron la cabeza en una casa
privada en 1999. Reliquias de san Pantaleón se hallan en la homónima iglesia de
Lanciano (la espada que cortó la cabeza al santo, la rueda en la que se
martirizó su cuerpo, la antorcha con la que le quemaron las heridas, un tronco
del olivo que floreció
al contacto de su cuerpo).
Una costilla de santa Catalina está en Astenet, en Bélgica; un pie en la
iglesia de los Santos Juan y Pablo en Venecia. Un dedo y la cabeza (separada
del cuerpo en 1382 por deseo del papa Urbano VI) están en la basílica de Santo
Domingo en Siena.
Un pedazo de la lengua de san Blas se halla en Carotino, un brazo en la
catedral de Ruvo di Puglia, el cráneo en Dubrovnik. Encontramos un diente de
santa Apolonia en la catedral de Oporto; el cuerpo de san Ciríaco, en la
catedral de Ancona; el corazón de san Alfio, en Lentini; el cuerpo de san
Roque, en Venecia, en el altar mayor de la iglesia
de la Archicofradía de la Escuela Grande; la apófisis que forma parte de
la escápula y otro fragmento óseo, en Scilla; parte de un hueso del brazo, en
la homónima iglesia de Roma; una tibia y otras pequeñas partes de la massa
corporis y lo que se considera haber sido su bastón, en su santuario de
Montpellier; una falange, en la iglesia parroquial de Cisterna de Latina; una
parte del talón, en la catedral de Frigento; algunos fragmentos de huesos, en
la basílica de San Mauricio y en la iglesia de la Cofradía de San Roque en
Turín.
En Constantinopla se veneraban reliquias que se perdieron tras las
cuarta
cruzada, como el manto de la Virgen (el maphorion), las sandalias de
Cristo, la túnica de san Juan Bautista, una ampolla con la sangre de Cristo,
que se usó para firmar algunos documentos solemnes, el parapeto del pozo ante
el que se desarrolló el episodio evangélico de Cristo y la samaritana, la
piedra sobre la que se amortajó el cuerpo de Cristo tras su muerte, el trono de
Salomón, la verga de Moisés, los restos de los inocentes que mató Herodes, un
pedazo de la boñiga del asno con el que entró Jesús en Jerusalén, el icono de
la Virgen Odigitria (que habría pintado el evangelista san Lucas), los iconos
considerados milagrosos al no haber
sido pintados por mano humana (acheropite), el Mandylion, el paño con la
imagen del rostro de Cristo impresa (inicialmente en Edesa, donde tenía fama de
volverla invencible si se lo exponía en las murallas).
No quisiera haber dado la impresión de que eso de conservar reliquias es
solo un talante cristiano, mejor dicho, católico. Plinio nos habla de reliquias
preciosas para el mundo grecorromano, como la lira de Orfeo, la sandalia de
Helena o los huesos del monstruo que asaltó a Andrómeda. Y ya en época clásica,
la presencia de una reliquia
constituía un motivo de atracción para una ciudad o para un templo y,
por lo tanto, representaba además de un objeto
sagrado también una valiosa «mercancía» turística.
El culto de las reliquias ha sido algo habitual en todas las religiones
y culturas; depende, por una parte, de una especie de pulsión que definiría
como mito-materialista, por la que se puede encontrar algo del poder de un
grande o de un santo al tocar partes de su cuerpo; y por la otra, del normal
gusto anticuario (por el cual el coleccionista está dispuesto a gastarse
fortunas no solo para poseer el primer ejemplar publicado de un libro famoso,
sino
también para poseer el que perteneció a una persona importante).
En este segundo sentido (pero quizá también en el primero), hay asimismo
un culto de reliquias laicas, y bastaría con leer regularmente los boletines de
las subastas de Christie’s para ver cómo un par de zapatitos pertenecientes a
una célebre diva se ofrecen a precios superiores a los de un cuadro de un
pintor del Renacimiento. Estos memorabilia pueden ser tanto los guantes
(verdaderos) de Jacqueline Kennedy como los (falsos) utilizados por Rita
Hayworth en Gilda. Por otra parte, he visto a muchos turistas en Nashville,
Tennessee, ir a admirar el
Cadillac de Elvis Presley. Y decir que no era el único porque lo
cambiaba cada seis meses.
Naturalmente la reliquia más famosa de todos los tiempos ha sido el
santo Grial, pero no le aconsejaría a nadie que fuera en su busca (o queste)
porque los precedentes no testimonian a su favor. En cualquier caso, está
científicamente probado que dos mil años no bastan.
[Una primera versión, con este título, apareció en Roberta Cordani, ed.,
Milano: meraviglie,
miracoli, misteri, Milán,
CELIP, 2001; una
segunda versión aumentada («In attesa di
una semiotica dei tesori») está recogida en Stefano Jacoviello et al.,
Testure. Scritti seriosi e schizzi scherzosi per Omar Calabrese, Siena,
Protagon, 2009].
Delicias fermentadas
Mis relaciones con Piero Camporesi fueron siempre muy amistosas y
cordiales, caracterizadas por el aprecio recíproco, o por lo menos eso espero;
hasta tal punto que saqueé sus textos para conseguir citas insuperables para
novelas mías como El nombre de la rosa y La isla del día de antes, y él me
pidió que le escribiera un prefacio a la edición inglesa de su libro sobre la
sangre. Con todo, siempre se desarrollaron en el ámbito universitario;
quiero decir, que nos veíamos en los claustros de facultad, en los pasillos del
departamento, e incluso bajo los soportales de Bolonia, pero nunca tuve la
oportunidad de frecuentarlo en la vida privada ni de visitar su biblioteca.
Por lo que sé, Piero Camporesi era un gourmet, amaba la buena cocina;
alguien me ha dicho que también era un buen cocinero, lo cual no es
sorprendente en un autor que dedicó tantas páginas no solo a los disgustos sino
también a los placeres del cuerpo, a la leche, a las salsas y condimentos, como
tampoco podríamos esperarnos
algo distinto por parte de quien una vez declarara (en una entrevista al
diario La Stampa de agosto de 1985) que, tras haber estudiado Petrarca, el
Barroco, Vittorio Alfieri y el Romanticismo, hacia finales de los años sesenta
el encuentro con Pellegrino Artusi le resultó traumático.
Claro que mis noticias sobre la glotonería de Camporesi son solo
librescas: he salido a cenar en su compañía únicamente en las páginas de sus
libros. Estoy autorizado, pues, a celebrar al Camporesi gourmet solo como
degustador de libros.
Camporesi nos hablaba de miserias, deyecciones, putrescencias del
cuerpo, y
al mismo tiempo de sus éxtasis y lujurias; lo hacía, ante todo, hurgando
con su bisturí en cuerpos librescos, es decir, en libros que hablaban de
cuerpos y —cual Mondino de Liuzzi— se dedicaba a diseccionar no cadáveres
robados en algún cementerio, sino libros liberados de la clausura de la
bibliotecas donde solían yacer ignorados, ocultando sus delicias a la
mayoría, tal como el Des Esseintes de À rebours descubriría en olvidadas
crónicas altomedievales «la gracia tartamudeante, la torpeza a menudo exquisita
de los monjes que aderezaban recalentando las sobras poéticas de la Antigüedad
en un guiso piadoso […]
aquel taller de donde salían verbos de refinada dulzura, sustantivos con
aroma a incienso y extraños adjetivos toscamente modelados con oro en el estilo
deliciosamente bárbaro de la joyería gótica».
Claro está que si Camporesi quería textos con los que relamerse los
labios al saborear su excesiva obsolescencia y sus intemperancias léxicas,
podría haberse orientado hacia los clásicos de la corrupción lingüística, como
al italo-joyceano de la Hypnerotomachia, a los macarrones macarrónicos de
Folengo, o —de querer devorar la modernidad— a Gadda. Y, en cambio, fue a
descubrir textos desconocidos, o conocidos por
otros motivos. Desde luego, tras haber leído el corpus de Camporesi,
sabemos mucho más sobre la sangre, el pan, el vino o el chocolate, así como
cosas inauditas sobre hambre, gusanos, bubones y escrófulas, fi bras,
intestinos, vómitos, voracidades, cucañas y carnavales; pero oso decir que
estas exploraciones serían fascinantes aunque no se hubieran verifi cado los
fenómenos de los que hablan estos textos, y Camporesi nos hubiera hablado de
cuerpos y nutrimentos de cuerpos, qué sé yo, venusianos, demasiado distintos
del nuestro para suscitar atracción o disgusto. Quiero decir que es fascinante
saber que bandas de
vagabundos atravesaron siglos lejanos, pero más fascinante aún es
descubrirlo como puro flatus vocis, y leer de falsos monjes, charlatanes,
alfarnates, belitres, pordioseros y desharrapados, leprosos y
tullidos, ambulantes, giróvagos, cuentacuentos, clérigos sin patria,
estudiantes itinerantes, tahúres, malabaristas, mercenarios inválidos,
judíos errantes, locos, forajidos, malhechores con las orejas cortadas,
sodomitas.
No es la farmacéutica, sino la lexicografía o la historia de la lengua
las que exultan al descubrir en sus páginas los siropes de amapolas, las
unciones, los ungüentos, los baños, las
inhalaciones, los polvos, las fumigaciones, la spongia somnifera
embebida de jugos de opio, beleño, cicuta, mandrágora…
Abrimos Le officine dei sensi en el primer capítulo sobre «El queso
maldito». Es bien sabido que el queso, aun procediendo de un líquido casto y
suave como la leche, resulta más apetecible cuanto más putrefacto esté y evoque
mohos y emanaciones corpóreas que solemos afanarnos en eliminar con pediluvios
y semicupios; y lo sabe no solo el glotón sino también y, sobre todo, el
gourmet. Ahora bien, no sé si Camporesi habría podido escribir veintiocho
páginas sobre las nequicias
del queso sencillamente olisqueando gorgonzola y stilton, abandonando
sobre su lengua un queso de fossa, un reblochon, un roquefort o un vacherin.
Tenía que ir a explorar páginas ignoradas del De sensu rerum et magia de
Campanella, o peor aún, recuperar textos del más recóndito siglo XVII como Il
mercato delle maraviglie di natura de Nicolò Serpetro, la Physica subterranea
de Joachim Becher, el De casei nequitia de Lotichio, o el Intorno ai latticini
de Paolo Boccone para poder superponer al olor del queso verdadero este collage
de citas mucho más podrido y hediondo:
Durante muchos siglos y por parte de muchos se consideró que la
malignidad intrínseca del queso, su «nequicia», era preavisada y marcada por su
olor, para muchos nauseabundo y nauseante, índice seguro de materia
«mortecina», de residuo en descomposición, materia deshecha y deletérea,
sustancia pútrida nociva para la salud y terrible corruptor de los humores. […]
Res foetida et foeda, descremada de la parte excrementicia de la leche, escoria
nociva, coágulo de la parte ínfima, legamosa y
terrestre del blanco líquido, cópula […] de las peores substancias, al
contrario de la mantequilla que es su mejor parte, elegida, pura, verdadera y
auténtica delicia divina, Iovis medulla, medula de Júpiter.
«Res foeda, graveolens, inmunda, putidaque», el queso no es sino «massa
informis, foetida e lactis scoriis partibusque terrestribus ac recrementitiis,
alimenti causa, coagulata sive combinata»; comida que es preciso dejar a los
hombres de azada y a los menesterosos («ad fossores et proletarios»), «res
agrestis atque inmunda», indigno de personas respetables, de ciudadanos
honrados: pasto, en una palabra, de harapientos y villanos, acostumbrados a
comer «comidas malas» […]. Los comedores de queso se los figura Pedro Lotichio
parecidos a
degenerados amadores y sórdidos saboreadores de las
sustancias putrefactas
(«putredinem in deliciis habent»). La lógica médica precientífica no
solo le daba la razón sino que le ofrecía también
fáciles instrumentos para demostrar la iniquidad del queso
porque los humores no podían sino quedar desconcertados y corrompidos
por la corrupción de alimentos fétidos y pútridos. Al alimentarse uno de queso,
ponía en movimiento un mecanismo incontrolable de multiplicación de esos
gusanos que, también normalmente, «in visceris latibulis pullulant». Esa era la
horrible verdad: el queso generaba en los oscuros meandros de las entrañas, en
las tinieblas de las vísceras humanas, pequeños y asquerosos monstruos pues
incrementaba la preexistente podredumbre. […]
Si de la podredumbre se
formaban espontánea y casualmente (el nacimiento ex putri) babosas y
caracoles; si del estiércol bovino brotaban cucarachas, gusanos, avispas,
zánganos; si del rocío nacían mariposas, hormigas, langostas, cigarras, ¿cómo
podía no suceder —se preguntaba el médico alemán— que en los intestinos del
hombre, viscosos de pituita, de residuos de descomposición, no se verificara el
mismo proceso que daba vida incontrolada y sorprendente (fuera de la cópula y
de la
inseminación del huevo) a
miríadas de hórridos animalcula? ¿Por qué no considerar que también en
el bajo vientre, estercolero del hombre, no había de fermentar la misma
inmundicia, la misma gusaneante y equívoca fauna de los «pequeños animales», de
los «animaluchos», plaga cruel del hombre? […] ¿Por qué no podía suceder lo
mismo si de «pituitosa, crassa, crudaque materia vermes atque lombrici omnes
trahunt originem[1]»?
Y del mismo modo, la exploración de
textos poco conocidos no se detenía en el De spiritu ardente ex lacte
bubulo
del dieciochesco Nicolaus Oseretskowsky, que nos revela cómo los
tártaros se emborrachaban con leche fermentada. Solo Camporesi, entre los no
muchos devotos que habrán leído la Vida de la venerable sor Margarita María
Alacoque de 1784 (me refiero a la santa que tuvo la primera visión del Sagrado
Corazón de Jesús), podía ir a pescar en esa biografía la noticia tremenda de
que esta mística, dispuesta a cualquier mortificación de los sentidos, no
conseguía vencer la propia repugnancia por el queso, al punto de sentirse
tentada a renunciar a la vida
conventual con tal de no verse obligada por la obediencia a comer tan
horrible aunque humilde alimento, para al final lograr llevar a cabo el supremo
sacrificio. De donde el comentario de Camporesi, «increíbles conflictos al
borde de la deses pe ra ción y del
suicidio. Alucinantes batallas combatidas por un alma atormentada por un
pedazo de queso».
Ahora bien, el episodio existía y existe en esa biografía de la santa,
pero solo Dios sabe cómo podía ocurrírsele a un ser humano la idea de ir a
buscar en esas virtuosísimas páginas un texto caseario. Quizá Camporesi (es una
hipótesis que avanzo solo por gusto de
la paradoja) nunca comió queso, pero desde luego comió, como el apóstol,
páginas y páginas infinitas de libros acabados quién sabe dónde, y este fue su
divino y culpable camembert.
Si esta hipótesis pudiera parecer excesiva, véase con cuánta e igual
voluptuosidad consigue hablarnos Camporesi no solo de una comida
vituperable, o por lo menos vituperada, como el queso, sino también de
divagaciones culinarias capaces de hacerle la boca agua a cualquiera, de
penitencias que inducirían el vómito en cualquier alma sensible y cómo, a
propósito del príncipe Raimondo di Sangro, en lugar de descubrir sus
fechorías mumifi catorias y los álgidos teatros de nervios, músculos y
venas al desnudo, nos relata su fantasía archimboldesca para falsificar comidas
por las que rebosantemente lujuriante en todo, algunos días hacía disponer toda
la cena con hierbas, otros días con frutas; a veces con comidas dulces y
melosas; otras veces con viandas hechas de leche. Y es que tenía despenseros
tan expertos y amaestrados en el arte de manipular lo dulce y los lácteos que
todas las viandas que los cocineros preparaban con carne y pescado y con las
más diversas suertes de animales, estos con maravillosa imitación las hacían de
leche y miel, y también los pomos los contrahacían de
mil guisas[2].
Pero igualmente, y con la misma voluptuosidad, ahí lo tenemos leyendo a
Sebastiano Pauli y sus Predicaciones cuaresmales haciendo que a nosotros se nos
pongan los pelos de punta mientras que él, Camporesi, chasquea la lengua al
sacar a la luz ciertas pías recomendaciones para una buena muerte:
Apenas ese cuerpo, bien compuesto no obstante y bien organizado, es
encerrado en el sepulcro, cambia de color y se vuelve amarillo y pálido, pero
de una palidez y de una lividez
que produce náuseas e inspira miedo. Luego ennegrece por completo desde
la cabeza hasta los pies, y una erupción sombría y negra, como de carbón, lo
reviste y lo recubre. Después
comienza a hincharse extrañamente por el rostro, por el pecho y por el
vientre, sobre la hinchazón del estómago surge un moho fétido y graso,
asqueroso indicio de la inminente corrupción. Al poco tiempo, el vientre así de
amarillo e hinchado comienza a rasgarse, y se produce aquí un reventón y allá
una rotura, por donde mana
una lenta lava de podredumbre y porquería en la que flotan y nadan
pedazos y fragmentos de aquella carne negra y purulenta. Aquí se ve flotar un
medio ojo putrefacto, allá un pedazo de labio podrido y corrupto, y más
adelante un grupo de intestinos rasgados y lívidos. En este fango grasiento se
genera además una gran cantidad de moscas menudas, de gusanos y de otros
asquerosos animalitos que bullen y se aovillan en la sangre corrupta, y
lanzándose sobre aquella carne marchita la comen y la devoran. Una parte de
esos
gusanos sale del pecho, otra parte fluye de la nariz junto con una
sustancia sucia y mucosa; otros, enviscados en aquella putrefacción, entran y
salen por la boca, y los más hartos van y vienen, gorgotean y regorgotean
garganta abajo[3].
¿Hay alguna diferencia entre describir una cena trimalciónica en un País
de Cucaña, recordándonos al Dario Fo del Misterio bufo a quien se le cae la
baba de delectación con una comida tan solo soñada, o entre deleitarse ante el
horrendo espectáculo de los condenados de los cuaresmales de Romolo
Marchelli y sacando de los del padre Segneri el espectáculo de bajo
imperio de los condenados que reciben su mayor pena al ver a Dios reírse de su
pena?
Y cuando levantan los ojos para volverse a aquel gran Dios, que lo
enciende, ven, que él (lo habré de decir) ven, que él, llegando a ser para con
ellos
[…] un Nerón, no por
injusticia sino por severidad, no sólo no quiere, o consolarlos, o socorrerlos,
o compadecerse de ellos, sino que de más se hace aplauso con las manos, y con
increíble gusto se está riendo.
¡Pensad, pues, en qué extremos habrán de prorrumpir, y en cuántos
furores! Nosotros nos abrasamos; ¿Y Dios se ríe? ¡O
Dios cruelísimo! […] Excesivamente nos engañó quien nos dijo que nuestro
mayor tormento sería mirar la cara de un Dios indignado: de un Dios que se ríe,
había de habernos dicho, de un Dios que se ríe[4].
No veo diferencia entre el tono anhelante con el que Camporesi saborea,
en las páginas de Le delizie e i frutti dell’agricoltura e della villa de
Giovan Battista Barpo, listas de carne salada de
buey y de oveja, carnero, cerdo y ternera, y además, corderos, capones,
gallinas viejas, patos, así como radicículas de hierbas y perejil que,
hervidas, rebozadas y cocidas en aceite, son como buenas lampreas; o las masas
fritas de harina, agua de rosas, azafrán y azúcar con un poco de vino de
malvasía, cortadas en redondo como los cristales de una ventana y rellenas de
pan rallado, manzanas, flores de clavel y nueces molidas, a la espera de que la
Pascua traiga el cabritillo, las terneras, los espárragos y los pichones, y los
meses
siguientes requesones, cuajadas, naterones, cacio fresco, guisantes,
coles, judías hervidas rebozadas y fritas (Le
officine dei sensi), listas dedicadas al paladar, y listas que parecen
dedicadas solo al oído, un oído con las trompas de Eustaquio tan glotonas como
una garganta, como estas listas de malhechores halladas (no solo) en el
Speculum cerretanorum: «Biantes, secundi Felsi, alias Gamuffati, Affratres,
Falsibordones, Acatosi, Affarfantes, Acapanos, Alachrimantes, Asciones,
Acadentes, Cagnabaldi, Mutuatores,
Atrementes, Admiracti, Aconi,
Attarantati, Apezentes, Cocchini, Spectini, Iucchi alias Rebaptizati,
Falpatores alias Magistri artium, Affarinati, Alampadati, Reliquiarii,
Pauliani, Alacerbati sive Prothobiantes,
Calcidarii, Lotores, Confitentes,
Semifoenorequites, Crociarii, Compatrizantes, Affamiglioli, Pauperes
verecundi, Morghigeni, Bigamizantes, Prothomedici, Testatores».
O listas muy poco correctas políticamente de los defectos femeninos que,
recuperadas de las páginas de Poetiche dicerie ovvero vaghissime descrittioni
de Caraffa, parecen referirse a las virtudes comestibles de alguna rarísima
caza:
No saben vuestras mercedes que la mujer fue llamada el retrato de la
inconstancia, el tipo de la fragilidad, la madre de las
astucias, el símbolo de la variedad, la maestra de las malicias, la
ministra de los desengaños y la inventora de los engaños, la amiga de la
simulación pues que es la imperfección misma; tiene voz débil, lengua voluble,
pasos lentos, cólera rauda, odio tenaz; está dispuesta a las envidias, es débil
en el esfuerzo, es docta en el mal, es fácil en las mentiras, pues que es un
bello campo en donde áspid mordedor se anida; es una muerta ceniza donde se
oculta encendido carbón; un falso escollo escondido entre
pequeñas olas; una punzante espina recubierta de rosas y azucenas; una
venenosa serpiente encovada entre hierbas y flores; una luz que languidece;
llama que se esfuma; gloria que cae; sol que se eclipsa; luna que muda;
estrella que se desvanece; cielo que se oscurece; sombra que huye, y mar que se
turba[5].
Y si todavía no se reconociera que Camporesi era un gourmet de listas,
véase la desvergonzada glotonería con la que describe, deliciado, la mesa
miserable y miseranda de santos penitentes. Como el José de Copertino
descubierto en una Vida dieciochesca, para quien eran comida hierbas y
frutos secos, y habas cocidas, aliñadas solo con amarguísimo polvo, y el
viernes no se alimentaba sino de una hierba tan amarga y repugnante que solo de
rozarla con la punta de la lengua dejaba durante muchos días el estómago con
náuseas. O este otro, como dice la Vida del siervo de Dios Carlo Girolamo
Severoli de Faenza, que rociaba el pan reblandecido con cenizas que lleva
consigo adrede y ocultas, y lo mojaba en el agua de fregar los platos, y a
veces lo ponía a remojo en agua verminosa. De modo que justamente a causa de
tales y tantas mortificaciones y abstinencias aconteció
que perdió completamente su primer semblante, demacrado y con los huesos
cubiertos por su sola piel teñida de palidez, totalmente consumido, con pocos y
cortos pelos en la barba, transfi gurado y encorvado en su complexión, donde se
veía solo un esqueleto descarnado, viva imagen de penitencia. Por lo cual se
produjeron en él esos langores, agotamientos, deliquios y palideces de muerte,
de modo que de vez en cuando se veía obligado, en los viajes, a abandonarse,
dejándose caer por los suelos para buscar algún consuelo para sus abatidos
miembros; por callar de las demás dolorosísimas indisposiciones de rotura y
hernia, a las
que nunca quiso poner remedio[6].
A veces, al leer de corrido todos los libros de Camporesi (que, en
cambio,
hay que dosificar) intentando representarnos con la imaginación aquello
de lo que habla, podríamos sentirnos embargados por la saciedad y la sospecha
de que entre desear nadar en la crema y desear nadar entre las heces no hay
mucha diferencia, de modo que cualquier obra suya podría servir de evangelio o
corán para los personajes de La grande bouffe de Ferreri, donde al fi nal de la
película ingestión y evacuación suceden al mismo tiempo. Pero se produciría
solo si pensáramos que Camporesi habla únicamente de
cosas, sin captar que habla, ante todo, de palabras y, si es por
palabras, Paraíso e Infierno son partes de un mismo poema.
Claro, Camporesi quería ser un antropólogo cultural, o un historiador de
la vida material, aunque llevaba a cabo esa actividad suya como minero de obras
literarias ya olvidadas y, al hacerlo, no solo nos contaba las peripecias
seculares del cuerpo y de la comida, sino que a menudo sacaba a la luz
paralelismos entre aquellos tiempos y el nuestro; y al reflexionar sobre los
antiguos ritos y mitos de la sangre, no dejaba de recordar cómo se había
derramado tanta en nuestra civilizadísima época, entre holocausto,
intifada, genocidios, degollaciones y matanzas tribales, ni nunca omitió
comentar las perversiones contemporáneas, desde la neurosis dietética
hasta el hedonismo de masas, desde la decadencia del olfato hasta las
adulteraciones alimentarias y la desaparición del infierno tradicional, casi
echando de menos épocas menos remilgadas y más honestas en las que se olía la
sangre derramada, masoquistas místicos besaban las postemas de los leprosos y
los excrementos eran olisqueados como elementos del panorama olfativo cotidiano
(y me pregunto qué habría escrito hoy en día sobre la basura napolitana).
Pero esta voluntad de entender el pasado y el presente pasaba, lo
repito, a través de esa forma de libido que ha sido definida «librido», y no
podía oler Camporesi el perfume de una lasaña bien hecha o el hedor de un
cuerpo descompuesto sino a través del olor del papel nacido de trapos
macerados, debidamente afiligranado, adornado por manchas de humedad y encajes
de carcomas, con tal de que fuera, como habrían dicho lo bibliógrafos de
antaño, de la plus insigne rareté.
[Discurso pronunciado
en el congreso internacional de estudios
sobre Piero Camporesi en marzo de 2008 en Forlì. Publicado en E. Casali,
M Soffritti, eds., Camporesi nel mondo, Bolonia, Bolonia University Press,
2009].
Los embriones fuera del paraíso
Esta intervención mía no pretende sostener posturas filosóficas,
teológicas y bioéticas sobre los problemas del aborto, de las células
estaminales, de los embriones y de la denominada defensa de la vida. Mi
intervención tiene un carácter puramente histórico y pretende relatar qué
pensaba al respecto
santo Tomás de Aquino. A lo sumo, el hecho de que pensara de forma
distinta de la Iglesia actual dota a mi reconstrucción de una curiosidad
particular.
El debate es antiquísimo, nace con Orígenes, que consideraba que Dios
creó desde los orígenes las almas humanas. La opinión fue refutada de
inmediato, también a la luz de la expresión del Génesis (2,7) por la que el
Señor «formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de
vida, y resultó el hombre un ser viviente». Así pues, en la Biblia,
primero Dios crea el cuerpo, y luego le insufla el alma, y esta
doctrina, que se ha convertido en la doctrina oficial de la Iglesia, se llama
creacionismo. Ahora bien, esta posición planteaba problemas por lo que atañe a
la transmisión del pecado original. Si el alma no es transmitida por los
padres, ¿por qué los niños no están libres del pecado original, a tal punto que
deben ser bautizados? Por eso Tertuliano (De anima) sostuvo que el alma del
padre se «traduce» de padre en hijo a través del semen. Claro que el
traducianismo se consideró inmediatamente herético, al presumir un origen
material del alma.
Otro que estuvo en apuros fue san
Agustín, que tenía que vérselas con los pelagianos, quienes negaban la
transmisión del pecado original. Por lo tanto, Agustín, por un lado, sostiene
la doctrina creacionista (contra el traducianismo corporal) y, por el otro,
admite una especie de traducianismo espiritual. Claro que todos los
comentadores juzgan su postura bastante retorcida. Agustín había sentido la
tentación de admitir el traducianismo, pero al final en la epístola 190
confiesa la propia incertidumbre al respecto y observa que las Sagradas
Escrituras no
sostienen ni creacionismo ni traducianismo. Véase también su oscilación
entre ambas tesis en De
genesi ad litteram.
Santo Tomás de Aquino será decididamente creacionista, y resolverá la
cuestión de la culpa original de forma muy elegante. El pecado original se
traduce con el semen como una infección natural (Summa theologiae, I-II, 81, 1
ad 1, ad 2), pero esto no tiene nada que ver con la traducción del alma
racional:
Se dice que el hijo no llevará el pecado del padre, porque no se le
castiga por dicho pecado a no ser que sea partícipe de la culpa. Y así ocurre
en nuestro caso: pues el hijo hereda la culpa del padre por generación;
como (puede heredar) el pecado actual por imitación. […] Aunque el alma
no sea transmitida (por generación), ya que la virtualidad del semen no puede
producir un alma racional, sin embargo, (el semen) coopera dispositivamente a
la misma. De ahí que, por la virtualidad del semen, se transmita la naturaleza
humana del padre al hijo y,
simultáneamente con la naturaleza, la infección de la misma; puesto que
el que nace se hace partícipe de la culpa del primer padre por recibir de él su
naturaleza por una cierta moción,
que es la generación[1].
Si el alma no se transmite con el semen, ¿cuándo se introduce en el
feto? Recordemos que para Tomás los vegetales tienen alma vegetativa, que en
los animales es absorbida por el alma sensitiva, mientras que en los seres
humanos estas dos funciones son absorbidas por el alma racional, que es la que
convierte al hombre en ser dotado de inteligencia y, añado yo, hace de él una
persona, en cuanto la persona era, por antigua tradición «naturae rationalis
individua substantia», sustancia individual de naturaleza racional.
Ahora
bien, el alma que sobrevivirá a la corrupción del cuerpo y que será
llamada a la condenación o a la gloria eterna, la que hace que un hombre sea
hombre y no un animal o un vegetal, esa alma no es sino el alma racional.
Tomás tiene una visión muy biológica de la formación del feto: Dios
introduce el alma solo cuando el feto adquiere, gradualmente, primero alma
vegetativa y luego alma sensitiva. Solo en ese momento, en un cuerpo ya
formado, se crea el alma racional (Summa theologiae, I, 90).
Por lo tanto, el embrión tiene solo alma sensitiva (Summa theologiae, I,
76, 3):
El Filósofo dice que el embrión es antes animal que hombre. Pero esto
sería imposible si el alma sensitiva y la intelectiva tuviesen la misma
especie, pues el animal lo es por el alma sensitiva, en cambio, el hombre lo es
por la intelectiva. Por lo tanto, en el hombre no puede tener la misma esencia
el alma sensitiva y la intelectiva. Por lo tanto, hay que decir: el alma
sensitiva, la intelectiva y la nutritiva, en el hombre son numéricamente la
misma. Cómo sucede esto, se puede comprobar fácilmente reflexionando sobre
las diferencias de las especies y de las formas. Pues observamos que las
especies y las formas se distinguen entre sí por su mayor o menor perfección.
De este modo, en el orden natural los seres animados son más perfectos que los
inanimados, los animales, son más perfectos que las plantas, el hombre más
perfecto que los animales, y aun dentro de estos géneros hay diversos grados.
Así, Aristóteles
[…] compara las diversas
almas a las especies de las figuras, en las que unas contienen a otras, como el
pentágono contiene al
cuadrilátero y es mayor que él. Así, pues, el alma intelectiva contiene
virtualmente todo lo que hay en el alma sensitiva de los seres irracionales y
lo que hay en el alma vegetativa de las plantas. Por lo tanto, así como una
superficie pentagonal no tiene figura de cuadrilátero por una parte y de
pentágono por otra, ya que la primera es superflua al estar contenida en la
segunda, así tampoco Sócrates es hombre en virtud de un alma y animal en virtud
de otra, sino que lo es por una y la misma. […] Al principio, el embrión
tiene un alma solo sensitiva que es sustituida por otra más perfecta, a
la vez sensitiva e intelectiva.
En Summa theologiae I, 118, 1, ad 4) se dice que el alma sensitiva se
transmite con el semen:
En los animales perfectos, que son engendrados por unión carnal de
sexos, la virtud activa está en la sustancia seminal del género masculino,
según el Filósofo. […] Mientras que la materia del feto es lo suministrado por
la hembra. En
esta materia se encuentra ya desde el principio el alma vegetativa, pero
no obrando en acto segundo, sino en acto primero, tal como está el alma
sensitiva en los que duermen. Pero cuando comienza a tomar alimento, de hecho
está ya obrando. Esta materia, pues, se va alterando por la virtud seminal
activa hasta llegar a ser en acto alma sensitiva; pero no de tal modo que la
virtud que había en el semen se convierte en alma sensitiva, en cuyo caso sería
uno mismo el que engendra y el engendrado, y esto se
parecería más a la nutrición y al crecimiento que a la generación, como
anota el Filósofo. Después que por la virtud del principio activo que había en
el semen se produce en el engendrado el alma sensitiva en cuanto a alguna parte
principal, esta misma alma sensitiva de la prole comienza ya a actuar para el
complemento del propio cuerpo por la nutrición y el crecimiento. Pero la virtud
activa existente antes en el semen, deja de existir al
disolverse el semen y
desvanecerse el espíritu inherente a él. En esta
desaparición no hay inconveniente alguno, pues esta virtud no es agente
principal, sino instrumental; y la moción del instrumento cesa una vez que se
ha producido el efecto.
Y en Summa theologiae I, 118, 2, Resp. Tomás niega que la virtud del
semen pueda producir el principio intelectivo, y que, por lo tanto, exista un
alma en el momento en que se concibe. Puesto que el alma intelectiva es una
substancia inmaterial, no puede ser causada por generación, sino solo por
creación por parte de Dios. Quienes admitieran que el alma intelectiva se
transmite mediante el
semen deberían admitir también que no es subsistente por sí misma y que,
por consiguiente, se corrompe con la corrupción del cuerpo.
Siempre en la misma cuestión (ad secundum), Tomás niega también que
después del alma vegetativa (presente desde el principio) llegue otra alma, es
decir, la sensitiva; y tras ella, otra más, y es decir, la intelectiva. De este
modo en el hombre habría tres almas, de las cuales una sería potencia de la
otra. Y niega que la misma alma, la cual desde el principio era solo
vegetativa, luego, por una virtud activa del semen llegue a ser también
sensitiva, y por último se convierta en alma intelectiva, no por la
virtud activa del semen, sino por la virtud de un agente superior, y es
decir, Dios que desde fuera llegaría a alumbrarla:
Pero tampoco esto puede admitirse. 1) En primer lugar, porque ninguna
forma sustancial es susceptible de más y menos, sino que añadirles perfección
es hacerlas cambiar de especie, como hace otra especie en los números el simple
añadido de la unidad. Además, no es posible que una forma numéricamente
idéntica pertenezca a diversas especies. 2) En segundo lugar,
porque se seguiría que la generación del animal sería un movimiento
continuo, pasando gradualmente de lo imperfecto a lo perfecto, como ocurre en
la alteración. 3) En tercer lugar, porque se tendría que la generación del
hombre o del animal no sería generación en sentido estricto, puesto que el
sujeto de la generación ya se daría en acto antes de la
generación misma. Efectivamente, si en la materia de la prole desde el
principio hay alma vegetativa que gradualmente va llegando hasta
la perfección, siempre habrá
adición de perfección subsiguiente sin corrupción de la perfección
precedente. Esto va contra la naturaleza de la generación en sentido propio. 4)
En cuarto lugar, porque lo que es causado por la acción de Dios, o es algo
subsistente, en cuyo caso será esencialmente distinto de la forma preexistente,
que no era subsistente, y así se vuelve a la opinión de los que ponían varias
almas en el cuerpo; o no es algo
subsistente, sino alguna perfección del alma preexistente, y de esto,
por necesidad, se
sigue que el alma intelectiva se corrompa al corromperse el cuerpo, lo
cual es imposible. […]
Por lo tanto, hay que decir: la generación de un ser implica siempre
corrupción de otro, y, por eso, tanto en los hombres como en los otros
animales, al llegar una forma superior se corrompe la precedente, pero de tal
manera que en la forma siguiente queda todo lo que había en la anterior más lo
que ella trae de nuevo. De este
modo, mediante diversas generaciones y corrupciones se
llega a la última forma sustancial tanto en el hombre como en los otros
animales. Esto resulta evidente en los animales engendrados a partir de la
descomposición. Por lo tanto, hay que decir que el alma intelectiva es creada
por Dios al
completarse la generación humana, y que esta alma es, a un mismo tiempo,
sensitiva y vegetativa, corrompiéndose las formas que le preceden.
Así pues, en el momento en que es creada, el alma racional, por decirlo
de alguna manera, formatea las dos almas,
vegetativa y sensitiva, y las recarga como implicadas por el alma
racional.
En la Summa contra gentiles (II, 89,
11) se repite que hay un
orden, una graduación en la generación, a causa de las formas intermedias de
las que queda dotado el feto desde el principio hasta su forma final[2].
¿En qué punto de la formación del feto se infunde esa alma intelectiva
que hace de él una persona humana a todos los efectos? La doctrina tradicional
era muy cauta al respecto, y se hablaba en general de cuarenta días. Tomás dice
solo que el alma es creada cuando el cuerpo del feto está dispuesta a acogerla.
En Summa theologiae (III, 33, 2), Tomás se pregunta si el alma de Cristo
fue creada al mismo tiempo que el cuerpo. Nótese que, puesto que la concepción
de Cristo no se produjo mediante la transferencia de semen sino por gracia del
Espíritu Santo, no habría nada sorprendente en que en un caso como este Dios
creara simultáneamente el feto y el alma racional. Pero también Cristo, en
cuanto hombre-Dios, debe seguir las leyes humanas: «El momento de la infusión
del alma puede considerarse de dos modos. Uno, según la disposición del cuerpo.
Y así el alma no fue infundida en el cuerpo de Cristo en un momento distinto al
que lo es en
los demás hombres. Como, una vez formado el cuerpo de un hombre, al
instante le es infundida el alma, así sucedió en Cristo. Otro, considerando
dicho momento solo en relación con el tiempo. Y bajo este aspecto, por haber
sido perfectamente formado el cuerpo de Cristo con anterioridad temporal,
también fue animado antes».
Claro que aquí no está en cuestión tanto el problema de cuándo se
convierte un feto en un ser humano, sino si el embrión es ya un ser humano. Y
como se ha visto, Tomás es clarísimo al respecto. Aunque el suplemento a la
Summa theologiae no es de mano suya sino probablemente de su discípulo
Reginaldo de Piperno, es interesante leer la cuestión 80, 4. El problema
reside en si con la resurrección de los cuerpos resurge todo lo que ha
contribuido a su crecimiento, de donde
se derivan algunas cuestiones aparentemente grotescas: la comida se
transforma en substancia de naturaleza humana, a veces nos alimentamos con
carne de buey, entonces, si ha de resucitar todo lo que ha sido substancia
humana, ¿resucitará también la carne de buey? Es imposible que una misma cosa
resucite en hombres distintos. Sin embargo, es posible que algo haya
pertenecido substancialmente a distintos hombres, como en el caso del caníbal
que se alimenta de carne humana, que transforma en su misma substancia.
Entonces, ¿quién resucita? ¿El comedor o el comido?
La cuestión 80 responde de forma compleja y artificiosa y no parece
tomar partido entre opiniones distintas. Ahora bien, lo que nos interesa es que
al final de la discusión se dice que los seres naturales son lo que son no en
virtud de su materia, sino de su forma. Por lo tanto, aunque la materia que al
principio tuvo forma de carne bovina resucite en el hombre con la forma de
carne humana, no será en absoluto carne de buey, sino de hombre. De otro modo,
habría que decir que resucitará también
el fango con el que se formó el cuerpo de Adán. En cuanto a la hipótesis
del canibalismo, según una opinión, las carnes ingeridas no se reintegran nunca
en la verdadera naturaleza humana de quien la come, sino en la de aquel que ha
sido comido. Por lo tanto, las mencionadas carnes resurgirán en este último y
no en el primero.
Ahora bien, el punto sustancial que nos interesa es que, según esta
opinión, los embriones no tomarán parte en la resurrección de la carne si antes
no han sido animados por el alma racional.
Bien, sería infantil pedirle a Tomás
absoluciones para los que lleven a cabo un aborto dentro de un
determinado período de tiempo y, probablemente, no pensaba ni siquiera en las
implicaciones morales de su discurso, que hoy denominaríamos de tipo
exquisitamente científico. De todas formas, es curioso que la Iglesia, que
siempre se remite al magisterio del doctor de Aquino, haya decidido alejarse
tácita de sus posiciones sobre este punto.
Ha sucedido un poco lo mismo que con el evolucionismo, con el que la
Iglesia ha llegado a pactos desde hace mucho tiempo, porque basta con
interpretar en sentido traslaticio los seis días de la creación, como han hecho
siempre los padres de la Iglesia, y vemos que no hay contraindicaciones
bíblicas a una visión evolucionista. Es más, el Génesis es un texto
exquisitamente darwiniano, porque nos dice que la creación se produjo por fases
desde lo menos complejo a lo más complejo, desde lo mineral a lo vegetal, a lo
animal y a lo humano.
En el principio creó Dios los cielos y la tierra. […] Dijo Dios «Haya
luz», y hubo luz. Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó Dios la luz de la
oscuridad; y llamó Dios a la luz «día» y a la oscuridad la llamó «noche». […]
E hizo Dios el firmamento; y apartó las aguas de por debajo del
firmamento de las aguas de por encima del firmamento. […] Dijo Dios:
«Acumúlense las aguas de por debajo del firmamento en un solo conjunto, y
déjese ver lo seco»; y así fue. Y llamó Dios a lo seco «tierra» y al conjunto
de las aguas lo llamó «mares». […] Dijo Dios: «Produzca la tierra vegetación:
hierbas que den semillas y árboles frutales que den fruto, de su especie, con
su semilla dentro, sobre la tierra». […] Hizo Dios los dos luceros
mayores: el lucero grande para el dominio del día, y el lucero pequeño
para el dominio de la noche, y las estrellas. […] Dijo Dios: «Bullan las aguas
de animales vivientes, y aves revoloteen sobre la tierra contra el firmamento
celeste». Y creó Dios los grandes monstruos marinos y todo animal viviente, los
que serpean, de los que bullen las aguas por sus especies
[…]. Dijo Dios: «Produzca la
tierra animales vivientes de cada especie: bestias, sierpes y alimañas
terrestres de cada especie». […] Y dijo Dios:
«Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra». […]
Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus
narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente[3].
La elección de una batalla antievolucionista y de una defensa de la vida
que llega hasta el embrión parece, más bien, una alineación en las
posiciones del protestantismo fundamentalista.
He dicho que en esta intervención mía no pretendía tomar parte en las
disputas actuales, sino solo dar razón
del pensamiento de Tomás de Aquino, con quien la Iglesia de Roma puede
hacer lo que quiera. Por lo cual, aquí me detengo, entregando estos documentos
a la consideración de mis oyentes.
[Ponencia dictada el 25 de noviembre de 2008 en Bolonia, en la Scuola
Superiore di Studi
Umanistici, en un congreso sobre la ética de la investigación, publicada
posteriormente en las actas, Francesco Galofaro, ed., Etica della ricerca
medica e
identità culturale
europea, Bolonia, CLUEB, 2009].
El Grupo 63, cuarenta años después
Reunirse no veinte sino cuarenta años después puede tener dos funciones,
o perfiles. Una es la reunión de los nostálgicos de una monarquía, que se
reúnen porque quisieran que el tiempo volviera atrás. La otra es la reunión de
los antiguos compañeros del curso de tercero A, en la cual es bonito recordar
el tiempo perdido precisamente porque se sabe que ya no volverá: nadie
piensa que se quiera volver atrás, sencillamente se está recitando el propio
longtemps je me suis couché de bonne heure, y cada uno saborea en los discursos
de los demás la propia magdalena mojada en la infusión de tila.
Espero que este encuentro tenga más de simposio entre antiguos
compañeros de clase que de conjura de vandeanos nostálgicos, con un solo
correctivo. Que nos reunimos también para reflexionar sobre un momento de la
cultura italiana, leyéndolo con la perspectiva que da la madurez, para entender
qué sucedió y por qué, y para ayudar a los más
jóvenes, que no estaban, a comprenderlo mejor. En concreto, puesto que
no sabía con quién me encontraría en esta sala, he pensado proponer unas
anotaciones sobre el ambiente cultural de hace cuarenta años, dirigidas sobre
todo a los que no estaban, y no a los supervivientes que veo con gran placer
pero que, como era habitual entonces, me dirán que todo lo que voy a decir está
equivocado.
Volvamos pues a los orígenes, y puesto que estamos hablando aquí en
Bolonia, en el recuerdo aún inolvidable de Luciano Anceschi, recordemos que en
el principio era Il Verri.
«Il Verri»
Me acuerdo perfectamente de aquel mes de mayo de 1956 en que Anceschi me
llamó por teléfono. Lo conocía por su fama. ¿Qué podía saber él de mí? Que
desde hacía menos de un año y medio me había licenciado en estética en Turín,
que vivía en Milán y estaba frecuentando jóvenes poetas como Luciano Erba y
Bartolo Cattafi, que veía a Enzo Paci y a Dino Formaggio, que había publicado
pocas cosas en revistas casi clandestinas. Me citó en un bar del centro. Quería
solo un intercambio de ideas. Iba a empezar una revista y no
estaba buscando nombres famosos (ya los tenía), intentaba juntar
jóvenes, no necesariamente alumnos suyos, gente distinta, y quería que hablaran
entre ellos. Le habían dicho que había un jovencillo de veinticuatro años con
intereses que podían suscitar también su curiosidad, e iba a reclutarlo.
Recordaba yo hace algunos años este episodio, durante la celebración
fúnebre de Anceschi, aquí en el Archiginnasio, con Fausto Curi, y le
preguntaba: «Si a uno de nosotros, hoy, con todos los líos que tenemos ya, nos
dijeran que hay en la ciudad un joven que se ha licenciado en otra universidad,
¿iríamos a buscarlo para que colaborara
en algo?». Curi me contestó. «¡Nos atrincheraríamos en casa, descolgando
el teléfono!». Quizá no nos atrincheremos siempre, por lo menos eso
espero. Pero desde luego Anceschi no se atrincheraba jamás.
Anceschi me introdujo en los misterios del Blu Bar de piazza Meda. Era
un bar del centro, más bien anónimo, pero tenía una salita en la parte trasera,
y todos los sábados, hacia las seis, llegaban unos señores que se sentaban a
charlar de literatura, tomando un té o un aperitivo: eran Eugenio Montale,
Alfonso Gatto, Vittorio Sereni, Giansiro Ferrata, Gillo Dorfles, Enzo Paci y
algún que otro escritor de paso por
Milán. Carlo Bo dominaba la escena con sus silencios homéricos. Algunas
tardes, aquella salita hacía pensar en el florentino Le Giubbe Rosse.
Introducidos de extranjis por Anceschi, empezamos a llegar nosotros,
jovencísimos. Recuerdo aquellas veladas como ocasiones épicas, y el
diálogo generacional no fue infructuoso, por lo menos para nosotros. De alguna
manera, contribuimos a una lenta transformación del ambiente; nos pasábamos las
poesías de los futuros Novissimi; Glauco Cambon nos dejaba leer los apuntes
mecanografiados de sus primeros ensayos joyceanos para Aut-Aut; Giuseppe
Guglielmi nos leía
los versos que luego publicaría en el primer número de Il Verri, donde
evocaba una «ella» que llevaba en un plato de Sèvres «anifructus brunito per la
cena» (anifructus castaño para cenar): Il Verri iba a publicar una poesía que
hablaba de mierda, aun con acentos arcaicos.
Anceschi me tomaba del brazo y me decía: «Eco, mire a ver qué se puede
hacer por este chico, Balestrini. Tiene ingenio pero es perezoso. Hay que
empujarlo hacia alguna actividad, quizá en una editorial». Algunos años más
tarde, una vez estallada la gran algazara del Grupo 63, Anceschi me tomaba del
brazo y me decía: «Eco, mire a ver qué
se puede hacer con nuestro Balestrini. Quizá habría que frenarlo un
poco…». Pero se veía que disfrutaba con los frutos de su siembra, y
viajaba socarrón entre las generaciones.
Estoy mirándome el índice del primer número de Il Verri, de 1956 (con el
filiforme y austero diseño gráfico de Michele Provinciali): poesías de Giuseppe
Guglielmi y Luciano Erba, antología de poetas americanos menores traducidos por
Rizzardi, ensayos de Gorlier, Cambon, Giuliani, Bàrberi
Squarotti, Pestalozza, y luego jovencísimos como Renato Barilli. Los
colaboradores se movían entre los intereses de Linea Lombarda y los de
los futuros Novissimi. Los poetas que se reseñaban era Dylan Thomas,
Pound, Montale (pero Edoardo Sanguineti, extrema vanguardia pospoundiana, se
ocupaba de Dante, Infierno, I-III). Ahora bien, atención respetuosa por las
Storie ferraresi de Giorgio Bassani, un homenaje de Anceschi a Alfredo
Gargiulo, un escrito de Fausto Curi sobre Corrado Govoni…
El segundo número contiene un ensayo de Montale sobre Guido Gozzano, un
René Wellek sobre el realismo (acababa de salir en la editorial Il Mulino la
traducción de Teoría literaria de Wellek y Warren), un ensayo de Cambon sobre
el teatro de
Wallace Stevens. Poesías de Cattafi y Alfredo Giuliani, un relato de
Lalla Romano. Luciano Erba compila una antología de nuevos poetas franceses,
entre los cuales figura el joven Yves Bonnefoy. Mientras tanto, había salido en
Varese, para un editor de Magenta (o quizá en Magenta para Varese), el libro de
otro joven, Laborintus, y Giuliani da noticia crítica de la primicia. Bàrberi
Squarotti reseña a Francesco Leonetti y a Elémire Zolla narradores, un joven
Melandri reseña el libro de Oreste Borrello sobre la estética del
existencialismo, Enzo Paci reseña a Actis Perinetti, y yo descubro que he
escrito la reseña del primer número de
Le surréalisme, même, dirigido por Breton.
En el número 4, junto con un ensayo estético de Holthusen, poesías de
Sereni y de Nanni Balestrini (por lo tanto, dos generaciones juntas), una
antología de nuevos (o casi) poetas alemanes, Paul Celan, Höllerer, Ingeborg
Bachmann. Giuliani reseña a Mario Luzi y Las cenizas de Gramsci de Pier Paolo
Pasolini; Curi reseña a Bo y Bo reseña a Ranuccio Bianchi Bandinelli; el ojo
del cine de Pietro Bianchi lo presenta un misterioso A. A. Y, visto que la
breve reseña empieza con una alusión a las teorías de aquellos años
«estrambóticas y a veces repelentes, que en general han
acabado mal», y termina en forma de lista, bastante esnob, de directores
de cine definidos como «incantevoli
predilezioni» (encantadoras predilecciones), pues bien, aquí se nota la
mano del novel y aún contenido Arbasino Alberto.
Entre 1958 y 1959 aparecen antologías de jóvenes poetas rusos y
españoles, relatos de Giuseppe Pontiggia, Buzzi, Italo Calvino, poesías de
Vollaro, Risi, Cacciatore, Pasolini, Antonio Porta que aún firmaba como Leo
Paolazzi. La revista de la apremiante neovanguardia acoge con respeto El
gatopardo y Una vida violenta por obra de Bàrberi Squarotti,
pero también abre en 1959 el discurso sobre el Nouveau Roman gracias a
Barilli, con textos de Robbe-Grillet.
Junto a este torbellino de descubrimientos y de anticipaciones sobre
todo lo nuevo, Il Verri lanza miradas sosegadas a la historia y no desdeña el
ámbito académico, con un ensayo de Teodorico Moretti Costanzi sobre Plotino (en
el número 2), mientras que el segundo número de 1958 está dedicado al Barroco
(con ensayos de Bottari, Getto, Raimondi, y, como el tema es demasiado amplio,
será retomado en el número 6 de 1959). También los poetas, que aparecen como
novísimos, se llaman Théodore Agrippa
d’Aubigné o Jean de Sponde, y las prosas son de Giordano Bruno.
Así pues, lecturas clásicas sobre los últimos contemporáneos y lecturas
contemporáneas de los clásicos, sin prestar demasiada atención a las
distinciones de género; una mirada equilibrada tanto a los estremecimientos de
la naciente vanguardia como a las pruebas de escritores ya consagrados; una
mirada a la cultura mundial que hace de Il Verri, para retomar la fórmula
acuñada por Arbasino, una alegre e incesante excursión a Chiasso. Pero más
importante aún que esta extensión de la línea lombarda allende los valles
suizos, es que, en estas páginas, los jóvenes
reseñaban a sus coetáneos, y los más ancianos reseñaban a los más
jóvenes, o viceversa, siguiendo la sola consigna de la curiosidad, sin
distinciones de rango académico; y este era un fenómeno importante para
aquellos tiempos.
La relectura de los índices podría seguir, pero yo me detendría en el
sintomático número 1 de 1960, un año antes de que se publicara, siempre en la
biblioteca de Il Verri, la antología de los Novissimi. En su intervención de
apertura, Anceschi saluda el cuarto año, da a entender que ha llegado el
momento de sacar adelante la investigación, y abre un debate de voces
discordantes. Y da cabida, con realce muy distinto, a un
cahier de doléances de Barilli, donde se ajustan las cuentas con Carlo
Cassola, Pier Paolo Pasolini y Giovanni Testori; un ensayo de Guglielmi donde
naturalmente se abre a Gadda, se salva a Calvino, pero se concluye que Moravia
y Pratolini se obstinan en hacer de hombres sin atributos. Y para remarcar la
decisión de evitar faltar al respeto en el futuro, un ensayo de Arbasino, que
ya con su título, I nipotini dell’ingegnere e il gatto di casa De Feo pone
sobre aviso a Gadda y al crítico de L’Espresso Sandro De Feo.
Una nueva vis polemica llama a las
puertas. Il Verri apunta a desequilibrarse felizmente, Anceschi
suelta las amarras, decidido evidentemente a pagar el precio. Y
permítanme una nota personal. Desde hacía algunos números, yo había empezado a
publicar en Il Verri pastiches en una columna titulada «Diario mínimo», textos
míos y ajenos,
alternados por pequeñas citas, fragmentos curiosos. Mirando el primer
número de 1960 descubro que la idea de una isla situada en el meridiano 180
(que se convertiría veinticinco años más tarde en el tema de mi tercera novela)
ya debía de rondarme por la cabeza porque cito los entonces novísimos versos de
una canción del Festival de San Remo («È mezzanotte, quasi per tutti…», Es
medianoche, casi para todos…) y lo titulo Fusi orari (husos horarios). A
continuación transcribo dos citas. La primera es de la Crítica del juicio de
Kant (I, §53):
Además, hay en la música como una falta de urbanidad, porque por la
naturaleza misma de los instrumentos, extiende su acción más lejos que se desea
en la vecindad, […] inconveniente que no tienen las artes que hablan a la
vista, puesto que no hay más que volver los ojos para evitar su impresión. Se
podría casi comparar la música a los olores
que se entienden a lo lejos. El que saca de su bolsillo un mocador
perfumado, no consulta la voluntad de los que se hallan a su alrededor, y les
impone un goce que no pueden evitar si han de respirar[1].
Inmediatamente después, casi para avisar de que no eran solo los
antiguos los que decían tonterías, citaba yo un paso de la carta de Joyce a
Frank Budgen: «Observo un intento furtivo de proponer a un tal señor Marcel
Proust de aquí contra el firmante de esta carta. He leído algunas páginas
suyas. No veo
ningún talento especial».
Decididamente, Il Verri iba en camino de no respetar ya a nadie.
El ambiente
No hay que olvidar lo que estaba sucediendo en las otras artes. No
hablaré de los pintores, que luego encontraremos a nuestro lado en las primeras
reuniones del Grupo 63, desde Achille Perilli a Gastone Novelli, desde Franco
Angeli a Fabio Mauri. Quisiera recordar, más bien, lo que estaba sucediendo en
el ambiente musical.
En Milán, todavía en 1956, a Schönberg se le silbaba en la Scala. En
el estreno de Passaggio, con música de Luciano Berio y texto de Edoardo
Sanguineti, en 1962, el público estaba tan desquiciado que, para condenar tan
atroz novedad, gritó: «¡Centroizquierda!». Roberto Leydi, que nunca
estuvo enrolado en el Grupo 63 pero vivía las andanzas de la nueva música junto
con el descubrimiento de la música de los tiempos pasados, recordaba que una
vez, no sé en qué ocasión, a Berio y a él los recibieron con el grito:
«¡Marchaos a Rusia!». Por suerte no se fueron porque, con los vientos que
corrían entonces, habrían ido a parar a un gulag. Claro que, para el público de
aquellos años, lo nuevo
era comunista. Y visto el uso que sigue haciendo Silvio Berlusconi de
este término, se ve que las cosas no han cambiado tanto en los últimos cuarenta
años, y en el reino de la mala fe sigue en vigor la ley del eterno retorno.
En los estudios radiotelevisivos de la RAI en Milán había un Estudio de
Fonología Musical, dirigido por Luciano Berio y Bruno Maderna, por donde
pasaban Pierre Boulez, Karlheinz Stockhausen, Henri Pousseur y otros para
juguetear con los nuevos instrumentos electrónicos. Hacia finales de los años
cincuenta, Luciano Berio había publicado los pocos números de Incontri
Musicali, donde se produjo la
primera confrontación entre la teoría de la Neue Musik y la lingüística
estructural, con una polémica entre Pousseur y Nicolas Ruwet. De los artículos
publicados en ese ámbito nació en 1962 mi Obra abierta. Por otra parte, fue
precisamente en algunas veladas musicales organizadas por Boulez en París,
hacia finales de los años cincuenta, donde conocí a Roland Barthes.
Al Estudio de Fonología llegó también John Cage, cuyas partituras (a
medias entre arte visual e insulto a la música) habían sido publicadas en el
Almanacco Letterario Bompiani de 1962, dedicado a las aplicaciones de las
computadoras electrónicas a las artes (donde salía la primera poesía
compuesta por un ordenador, Tape Mark I de Nanni Balestrini). Cage compuso en
Milán su Fontana Mix, pero nadie recuerda por qué se llamaba así. Pues bien, el
músico se alojaba en la casa de una señora Fontana: Cage era un hombre
guapísimo, la señora Fontana era mucho más madura que él y buscaba pretextos
para poseerlo en el fondo del pasillo; Cage, que notoriamente tenía tendencias
por completo distintas, resistía con estoicismo. Al final, le dedicó su
composición a la señora Fontana. Más tarde, tras quedarse sin blanca, gracias a
Berio y Leydi, llegó al
concurso de televisión Lascia o raddoppia? como experto en setas; en el
escenario daba improbables conciertos para batidora, radio y otros
electrodomésticos, mientras Mike Bongiorno preguntaba si eso era
futurismo. Se estaban creando misteriosas relaciones entre vanguardia y
comunicaciones de masas, y mucho antes del pop art.
Para seguir con los acontecimientos de aquellos años, recuerdo que en
1960 se publicó por fin en Italia el Ulises de Joyce, pero antes aún,
precisamente con Berio, Leydi y Roberto Senesi, se organizó un acontecimiento
musical —Homenaje a Joyce— basado en las
onomatopeyas del capítulo 11 del texto joyceano. Si tuviéramos que
definirlo hoy, era un intento de entender los significados trabajando sobre los
significantes, esto es, un homenaje al lenguaje como clave para entender el
mundo.
En 1962, Bruno Munari organizó en la Galleria del Duomo en Milán la
primera exposición de arte cinético y programado, así como de obras
multiplicadas, con las aportaciones de Giovanni Anceschi, Davide Boriani,
Gianni Colombo, Gabriele Devecchi, Grazia Varisco, el Gruppo N, Enzo Mari y el
mismo Munari.
Quiero decir, por
lo tanto, que el
Grupo 63 no nació en el vacío, ni en el vacío apareció la antología de
los Novissimi con los textos de Sanguineti, Pagliarani, Giuliani, Porta y
Balestrini.
En otro lugar, he intentado mostrar cómo muchos de aquellos fermentos
eran la expresión de una «ilustración padana», y no fue una casualidad que
Anceschi eligiera el nombre de Pietro Verri para el título de su revista. Il
Verri nacía en aquella Milán en la cual, durante la guerra, la editorial Rosa e
Ballo había dado a conocer los textos de Brecht, Yeats, los expresionistas
alemanes y el primer Joyce, mientras que, en Turín, Frassinelli nos había
permitido conocer tanto a Melville
como el Retrato joyceano y a Kafka. Naturalmente términos como «padano»
o «lombardo» tienen valor simbólico, porque a este ambiente habían pertenecido
tanto el sardo Gramsci como, tiempo después, el siciliano Elio Vittorini, y no
fue una coincidencia que la primera reunión del Grupo 63 se celebrara en
Palermo, en el curso de un festival de música y teatro de amplia apertura
europea. Hablo de ilustración padana, porque el ambiente cultural en el que
nacía el Grupo 63 se caracterizaba por el rechazo de la cultura crociana y, por
lo tanto, meridional: era el ambiente de Antonio Banfi, del napolitano ya
turinés Nicola
Abbagnano, de Ludovico Geymonat, de Enzo Paci. Era el ambiente en el que
se descubría el neopositivismo, se leía a Pound y a Eliot; donde Bompiani en su
colección «Idee Nuove» publicaba todo lo que en las décadas anteriores no se
había publicado con las tapas florales de Gius. Laterza e Figli, donde Il
Mulino nos permitía conocer teorías críticas ignoradas hasta entonces, desde
los formalistas rusos hasta el New Criticism a través de Wellek y Warren; el
ambiente de las editoriales Einaudi, Feltrinelli y sucesivamente Il Saggiatore,
que traducían a Husserl, a Merleau-Ponty o a Wittgenstein; el ambiente en el
que se leía a Gadda y se empezaba a descubrir
a un Italo Svevo de quien hasta entonces se decía que escribía mal; el
ambiente en el que Giovanni Getto leía el Paraíso dantesco acercándonos a una
poesía de la inteligencia que no había sido comprendida cabalmente por
Francesco De Sanctis, todavía vinculado a la poesía de las humanas pasiones.
En el triángulo Turín-Milán-Bolonia florecían los primeros acercamientos
a las teorías estructuralistas. Nótese que, aunque sucesivamente alguien
hablara de matrimonio entre vanguardia y estructuralismo, la noticia es falsa.
Casi nadie del mundillo del Grupo 63 se ocupaba de estructuralismo, que si
acaso era practicado por los filólogos de
Pavía y Turín, como Maria Corti, Cesare Segre, D’Arco Silvio Avalle, y
los dos filones seguían sendas, por decirlo así, independientes (la única
excepción, el único que encendía velas a Dios y al diablo, quizá fuera yo).
Pero estos cruces creaban un ambiente.
Me acuerdo de que Eugenio Scalfari, que me había invitado a colaborar
con L’Espresso en 1965, al principio me decía, cuando reseñaba a Lévi-Strauss,
que no me olvidara de que estaba escribiendo para un público de abogados
crocianos meridionales. Ese era el clima incluso del pensamiento más laicamente
abierto a las novedades, pero yo le respondía a Scalfari, quien
por otra parte me dejaba hacer lo que yo quería, que los lectores de
L’Espresso ya eran los nietos de aquellos abogados crocianos, leían a Barthes o
a Pound, y se constituían en escuela de Palermo.
Tampoco hay que olvidar cuál era entonces la estructura de la cultura
marxista, que, en los grandes debates «oficiales» sobre las artes, acataba los
dictámenes del realismo socialista soviético; de ahí las excomuniones de
autores aun cercanos al Partido Comunista, cuyos pecados podían ser tanto un
«romanticismo de regreso» como cualquier otra perversión. Y no estoy hablando
de autores de vanguardia sino del Pratolini de Metello o del
Visconti de Senso, por no hablar obviamente del gélido recibimiento de
las películas de Antonioni, en parte absuelto porque se sugería que ponía en
escena, aun en forma de dramas privados, la alienación del mundo capitalista.
Pero, en efecto, la formación cultural de los marxistas italianos seguía siendo
sobre todo crociana e idealista.
Para entender ese ambiente hay que pensar en los esfuerzos de Vittorini,
que además ya era herético desde los tiempos de Il Politecnico (título que una
vez más remitía a la ilustración lombarda de Carlo Cattaneo), cuando en 1962
dio el vuelco histórico de Menabò 5. En 1961, Vittorini dedicó
Menabò 4 a la literatura industrial, entendiendo con este término a los
escritores que se ocupaban de la nueva realidad de la industria (Ottiero
Ottieri había publicado hacía dos años en la colección «Gettoni» de Einaudi su
bellísimo Donnarumma all’assalto y en Menabò 4 publicaba un «Taccuino
industriale»). En Menabò 2 de 1960, Vittorini ya había publicado «La ragazza
Carla» de Pagliarani, que sería el caballo de batalla de la antología de los
Novissimi.
Con su acostumbrado olfato, Vittorini decidió dedicar Menabò 5 a una
nueva manera de entender la expresión «literatura e industria»,
focalizando la atención crítica no en el tema industrial sino en las
nuevas tendencias estilísticas de un mundo dominado por la tecnología. Era un
valiente paso desde el neorrealismo (donde prevalecían los contenidos sobre el
estilo) hacia una investigación sobre el estilo de los nuevos tiempos, por lo
que, tras un largo ensayo mío «Sul modo di formare come impegno sulla
realtà[2]», aparecían pruebas narrativas de lo más ultrajantes de Edoardo
Sanguineti, Nani Filippini y Furio Colombo. Había también un ensayo, en
apariencia polémico, pero sustancialmente cómplice, «La sfida al
labirinto» de Italo Calvino (que
entonces me dijo: «Perdona, pero Vittorini [y detrás de Vittorini estaba
la cultura marxista de la época, de la que se había liberado pero a la que al
fin y al cabo todavía tenía que rendir cuentas] me ha pedido que tienda un
cordón sanitario». Querido y amable Calvino, que en el futuro entrecruzaría sus
destinos con los de las sendas que se bifurcan y con los experimentalismos del
Oulipo).
En fin, que respecto del mundo de la cultura marxista, a los nuevos
escritores, que consideraban que el compromiso estaba en el lenguaje y no en
los temas politizados, se los veía como moscas cojoneras del neocapitalismo, y
no
contaba que entre ellos hubiera algunos,
como por ejemplo Sanguineti, explícitamente alineados con la izquierda.
Las contestaciones
Entender este ambiente —y el choque que se creaba entre el Grupo 63 y
otros sectores de la cultura italiana— sirve para descifrar también una serie
de reacciones a menudo furiosas y de apasionadas controversias. Para volver
solo a mis recuerdos personales, en 1962, Obra abierta (que hablaba, les
recuerdo, de Joyce y Mallarmé e incluso
de Brecht, y no de la mierda de artista de Piero Manzoni) y luego el
número 6 de Menabò, suscitaron consensos o fecunda polémica «desde dentro», por
parte de Eugenio Battisti, Elio Pagliarani, Filiberto Menna, Walter Mauro,
Emilio Garroni, Bruno Zevi, Glauco Cambon, Angelo Guglielmi, Renato Barilli e
—infatigable e inteligentemente polémico— Gianni Scalia; «desde fuera» en
cambio soportaron ataques feroces. Aldo Rossi en Paese Sera escribía: «Díganle
a ese joven ensayista que abre y cierra las obras como si fueran puertas,
juegos de cartas o gobiernos de izquierdas, que acabará en una cátedra y que
sus
alumnos, al aprender a mantenerse informados en decenas de revistas, se
volverán tan buenos que querrán ocupar su plaza» (lo cual, afortunadamente, fue
una admirable profecía, y nunca he entendido por qué mis alumnos no tenían que
leer decenas de revistas). L’Unità, en un artículo firmado por Velso Mucci,
hablaba de regreso al decadentismo; L’Osservatore Romano, a través de la pluma
de Fortunato Pasqualino, se preguntaba por qué los escritores se metían en la
maleza de la crítica científica y filosófica y se entregaban a absurdos dilemas
extraestéticos. En Filmcritica, entonces de inspiración paleomarxista (prueba
de ello era que su
numen tutelar era Armando Plebe, futuro activista missino de extrema
derecha), se hablaba de «obra abierta como obra absurda». En L’Espresso,
entonces periódico de los últimos crocianos abrazados a la intuición lírica
como los últimos japoneses en las islas del Pacífico tras el final de la
guerra, Vittorio Saltini se preguntaba con Machado (inocente) cómo era posible
que «las más poderosas perversiones del gusto tengan siempre los abogados de
costumbre para defender sus mayores extravagancias». Rinascita, sin que su
mucho más prudente autor, Luigi Pestalozza, lo supiera, titulaba su reseña «La
obra abierta musical y los sofismas
de Umberto Eco». Paese Sera Libri condenaba los improbables ejercicios
sobre el lenguaje; Walter Pedullà en Avanti! observaba cómo «Eco sirve de
sostén a pocos, inexpertos y
modestísimos narradores de vanguardia».
Por no hablar de cuando en 1962 publiqué dos artículos en Rinascita,
invitado por el inolvidable y abiertísimo Mario Spinella, para llamar la
atención de la cultura entonces de izquierdas hacia una atenta consideración de
las nuevas literaturas, de los estudios sobre las comunicaciones de masas.
Cáigase el cielo. Únicamente Asor Rosa en Mondo Nuovo de noviembre de 1962
prestó oídos a la llamada. La respuesta más virulenta llegó de
Rinascita, y no es sorprendente que llegara de Rossana Rossanda, que nunca en
su vida ha conseguido cambiar una sola idea (lo que para muchos, a veces yo
incluido, es un mérito), pero es curioso que entre los críticos más severos por
parte marxista estuvieran Massimo Pini, hoy hombre de la derecha de Alleanza
Nazionale, y un ensayo en dos entregas de un joven marxista francés, según el
cual intentar combinar estructuralismo y marxismo era una empresa desesperada y
demasiado neocapitalista. Se llamaba Louis Althusser y esto lo publicaba en
Rinascita en 1963, dos años antes de
escribir Pour Marx y Lire le Capital.
Buenos tiempos.
En el transcurso de todas estas vicisitudes, Montale seguía con tono
preocupado su desarrollo, que no conseguía aceptar, pero les dedicaba numerosos
artículos en Il Corriere, como uno que se hace preguntas, caso admirable,
considerando su edad y su historia.
La sociedad literaria italiana
Resultó natural que un día Balestrini me dijera (y no sé si yo era el
primero con quien hablaba, pero estábamos en un
pequeño restaurante cerca de Brera) que había llegado el momento de
inspirarse en el Grupo 47 alemán, y reunir a todas las personas que vivíamos en
ese ambiente común, para leernos los unos a los otros nuestros textos, hablar
mal cada uno del otro para empezar, y luego, si sobraba tiempo, de los demás,
de esos que según nosotros entendían la literatura como «consolación» y no como
provocación. Me acuerdo de que Balestrini me dijo: «Haremos morir de rabia a un
montón de gente». Parecía una chulería, pero funcionó.
¿Por qué el Grupo 63, que se reunía en Palermo sin, al principio,
pregonar la iniciativa a los cuatro vientos y —bien
pensado— metiéndose solo en sus asuntos, tenía que hacer que tanta gente
se irritara?
Para entender esta historia hay que dar un paso atrás y recordar qué era
la
sociedad literaria italiana (independientemente de las posturas
ideológicas) hacia finales de los años cincuenta. Se trataba de una sociedad
que había vivido en defensa y mutuo auxilio, aislada del contexto social, por
razones obvias. Había una dictadura y los escritores que no se alineaban con el
régimen —me refiero a los que no se alineaban en cuanto a las elecciones
estilísticas, con independencia de las convicciones e incluso de las cobardías
políticas de muchos— eran tolerados a duras penas Se reunían en cafés
oscuros, hablaban entre ellos y escribían para un público de tirada limitada.
Vivían mal, y se ayudaban recíprocamente para
encontrar una traducción, una colaboración editorial mal pagada.
Arbasino tal vez fue injusto cuando se preguntaba por qué no se fueron jamás de
excursión a Chiasso, donde habrían podido encontrar toda la literatura europea.
Quizá de contrabando, pero bien que había leído Pavese Moby Dick, Montale Billy
Budd, y Vittorini a los autores que publicó en Americana. Claro que, si desde
dentro conseguían recibirlo todo, o mucho, fuera no podían
salir.
Debo contar un episodio personal, y pido perdón, pero en este caso tuve
como una revelación. En 1963 el Times Literary Supplement decidió dedicar una
serie de números, en septiembre, a «The critical moment», es decir, a un
panorama de las nuevas tendencias de la crítica. Me invitaron a participar, y
como a mí, invitaron a Roland Barthes, a Raymond Picard (que luego se
convertiría en su archienemigo), a George Steiner, a René Wellek, a Harry
Levin, a Emil Steiger, a Dámaso Alonso, a Jan Kott y otros. Imagínense mi
orgullo, a mis treinta años, incluirme entre tal insigne compañía, cuando
ninguno de mis textos había sido traducido todavía al inglés. Creo que
se lo dije a mi mujer, para demostrarle que no se había casado con el último de
los imbéciles, y luego callé.
El hecho es que el otro italiano invitado era Emilio Cecchi, me refiero
a Emilio Cecchi, uno de los más ilustres estudiosos de literatura
angloamericana. Nadie era más digno que él de ser incluido en esa lista. Pues
bien, Emilio Cecchi, onusto de laureles académicos, considerado en aquel
entonces el único que podía competir con Mario Praz por el título de mayor
anglista italiano, con ocasión de aquel acontecimiento escribió dos artículos
en Il Corriere
della Sera, uno para decir que se estaba llevando a cabo esa
recopilación, otro para reseñarla nada más salir.
¿Qué quiere decir esto? Que un hombre como Emilio Cecchi, tras años de
dictadura y de guerra, encontraba acogida, por fin, en el mundo anglosajón, y
justamente se sentía orgulloso. Yo, por lo que me concernía, consideraba
perfectamente normal que los ingleses me hubieran leído en italiano en 1962 y
me pidieran una intervención en 1963. Para mi generación, el mundo se había
ampliado. No íbamos a Chiasso, sino a París y a Londres en avión.
Se había producido una fractura
dramática entre nosotros y la generación anterior, que tuvo que
sobrevivir bajo el fascismo, perder sus años más bellos en la Resistencia, o en
los escuadrones de Salò. Nosotros, los que habíamos nacido alrededor de los
años treinta, éramos una generación afortunada. Nuestros hermanos mayores
fueron destruidos por las guerras. Si no murieron, se licenciaron con diez años
de retraso; algunos de ellos no consiguieron entender qué era el fascismo,
otros lo aprendieron a costa propia en los
Grupos Universitarios Fascistas. Nosotros llegamos a la liberación y al
renacimiento del país cuando teníamos algunos diez, otros catorce, otros quince
años. Vírgenes. Lo bastante conscientes para haber entendido lo que
había sucedido antes, lo bastante inocentes porque no nos había dado tiempo
para comprometernos. Nosotros éramos una generación que empezó a entrar en la
edad adulta cuando todas las oportunidades estaban abiertas, y estábamos
dispuestos a correr todos los riesgos, mientras que nuestros mayores todavía
estaban acostumbrados a protegerse el uno con el otro.
Al principio, alguien habló del Grupo 63 como de un movimiento de
jóvenes turcos que intentaban expugnar los baluartes del poder cultural con
acciones provocadoras. Pues bien, si
algo distinguía a la neovanguardia de la de principios de siglo era que
nosotros no éramos unos bohemios que vivían en
buhardillas e intentaban desesperadamente publicar su poesía en la
gaceta local. Cada uno de nosotros, a sus treinta años, ya había publicado uno
o dos libros, ya estaba introducido en la que entonces se denominaba la
industria cultural, y con tareas directivas, algunos en editoriales, otros en
periódicos, otros en la RAI. En este sentido, el Grupo 63 fue la expresión de
una generación que no se rebelaba desde fuera sino desde dentro.
No fue una polémica contra el establishment, fue una rebelión desde
dentro del establishment, un fenómeno sin duda nuevo con respecto a las
vanguardias históricas. Si es verdad que los vanguardistas históricos eran
incendiarios que habían de morir como bomberos, el Grupo 63 fue un movimiento
que nació en el cuartel de los bomberos, donde luego algunos acabaron como
incendiarios. El grupo expresaba una forma de alegría, y eso hacía sufrir al
escritor que, por definición, había de ser un sufridor.
Revolución en las formas
La denominada neovanguardia del
Grupo 63 irritaba a la cultura que entonces se decía comprometida —
fundada, lo hemos visto, en un connubio entre poética del realismo socialista y
marx-crocianismo; hircocervo, pensándolo bien hoy en día, harto curioso,
una especie de sección cultural de un partido berlusconiano donde
podían convivir orgullosos reaccionarios (por lo menos desde el
punto de vista literario) y comprometidos socialistas, paleo-idealistas
y materialistas, ya fueran históricos o dialécticos. El Grupo 63 no parecía
creer en el gesto revolucionario, aunque fuera el de los futuristas que
escandalizaban a los buenos burgueses
en el Salone Margherita. Ya
habíamos
entendido que los gestos revolucionarios, en la nueva sociedad de
consumo, atacaban a una conservación tan dúctil y espabilada que se apropiaba
de todos los elementos de estorbo, que fagocitaba toda propuesta de subversión
introduciéndola en el círculo de lo aceptado y del objeto de consumo. La
subversión artística ya no podía asimilarse a la subversión política.
Y, por lo tanto, la neovanguardia, proponiéndose como proyecto de
subversión desde dentro, intentaba afinar la puntería, desplazar la polémica
hacia objetivos más radicales, que
difícilmente podrían inmunizarse, cambiar los tiempos y las técnicas de
guerra y, sobre todo, anticipar o provocar, a través de las soluciones del
arte, una visión distinta de la sociedad en la que se movía.
La vocación profunda de la denominada neovanguardia quedó bien
especificada por Angelo Guglielmi, en
1964, en su Avanguardia e sperimentalismo. Si la vanguardia siempre
había sido un movimiento de rotura violenta, el experimentalismo era distinto;
si futuristas, dadaístas o surrealistas habían sido vanguardia, en cambio,
Proust, Eliot o Joyce eran escritores experimentales. Y desde
luego, la mayor parte de los participantes del congreso de Palermo de
1963 estaba más del lado del experimentalismo que del de la vanguardia.
Por ello, a propósito de la primera reunión de Palermo, hablé de una
generación de Neptuno, opuesta a una generación de Vulcano, y acuñé la
expresión de «vanguardia en coche cama» (pensando malignamente en Mussolini,
que no tomó parte en la Marcha sobre Roma y se sumó el día siguiente a sus
pelotones, llegando en coche cama, sabiendo bien que la marcha contaba bastante
poco, visto que el rey estaba de acuerdo, y que a un
parlamento democrático se lo socava poco a poco y desde dentro, no
tomando una Bastilla ya vacía).
La comparación era sarcástica, pero servía para polemizar con quienes
estaban imaginándose todavía a los neovanguardistas como tropas de asalto al
palacio de invierno del poder literario. Lo que quería decir es que sabíamos
perfectamente que se negarían a meternos en la cárcel, y que no valía la pena
hacernos heroicas ilusiones. El gesto revolucionario quería sustituirse con la
lenta experimentación, la revolución con la filología. Escribía entonces:
Al gesto que todo lo aclara de una vez (mi posición y la de los demás)
le sigue la propuesta que, de momento, no aclara todavía nada […]. Se sabe solo
que la dirección es buena y, a largo plazo, las semillas que se están
esparciendo darán un fruto insospechado. De momento, en el curso de la fase
intermedia, también el trabajo que se está haciendo entrará a formar parte del
juego (nada se desperdicia): pero de momento, gracias a este trabajo, se está
configurando una manera nueva de ver las cosas, de hablar de ellas, de
determinar
cuáles son para actuar sobre ellas. No hay una coartada heroica que, de
momento, justifique nada. Se está como, en la taberna, Jenny la de los Piratas:
un día llegará un barco, y Jenny chasqueará los dedos y hará que rueden
cabezas. Pero de momento, Jenny friega platos y hace camas. Mientras tanto,
escudriña el rostro de los clientes, imita sus gestos, su forma de beber el
vino…, aprieta la mano contra las almohadas para rehacer las formas de las
cabezas que se han posado en ellas. En cada gesto
suyo […] se oculta un proyecto, un experimento de gestos distintos. Y no
es que Jenny haga solo eso: ya desde ahora podrá mantener un carteo secreto con
la Tortuga, entrada la noche podrá mover la lámpara ante los cristales de su
ventana para señalar los movimientos de los parroquianos, y dará refugio bajo
su cama a los compañeros perseguidos. Pero eso lo hará como otra Jenny, que no
es la Jenny de la taberna, con su función técnica precisa, fregar los platos y
hacer las camas. ¿Cómo están hechos esos platos?
¿Con qué madera las camas? ¿Hay una relación entre la madera y la forma
de las camas, y la naturaleza de los clientes? ¿Qué se podrá recuperar de todo
esto el día del desembarco? Jenny, por lo tanto, en su oficio no hace
revoluciones. Hace filología. Ahora bien, ¿el gesto
experimental no podrá demorarse sobre sí mismo?, ¿no se perderá de vista
su finalidad en la secuencia de las investigaciones sucesivas? Nada más fácil.
De ahí la necesidad de un control recíproco, de una discusión, no con la obra
acabada, sino mientras se hace la obra. Los gestos de cada uno son
tan distintos que solo comparándolos fase a fase se podrán hallar las
direcciones comunes o complementarias. La generación ha entendido que, puesto
que el escándalo efectivo no constituye ya la verificación de cada propuesta
individual, no queda sino la verificación en común, el encuentro y el control
de las triangulaciones. Ciertamente, lo que más escapa a toda
triangulación es la efusión lírica individual: señal de que la generación no
cree en la efusión
lírica. Y si la poesía se identifica con ella, pues bien, que quede
claro que la generación no cree ni siquiera en la poesía. Evidentemente cree en
algo distinto. Quizá aún no sabe ni siquiera su nombre[3].
Imagínense si la estética del realismo socialista podía ver de forma
favorable semejantes afirmaciones. Pero lo que había irritado aún más a la
sociedad literaria no había sido la postura que definiríamos «política» del
Grupo. Fue una disposición distinta al diálogo y al debate. He hablado de una
sociedad literaria confinada en sus propios
lugares establecidos, y empeñada por razones históricas de supervivencia
en proteger a sus miembros y en mantener intacto su único capital, la idea
sacralizada del poeta y del hombre de cultura. Era una generación que podía
conocer la desavenencia, pero la consumía a través de un ignorarse mutuo de los
varios conventículos, y prefería la malignidad susurrada en el bar a la
reprobación en un artículo público. Era, por decirlo así, una generación
acostumbrada a lavar los trapos sucios en familia (se distinguían solo los
marxistas, por tradición proclives a la polémica y al ataque, pero también en
esos casos, salvo que se cuestionaran
los cánones de una estética de partido, el intento era más bien reclutar
a compañeros de camino, no rechazarlos).
¿Qué se puso en escena, en cambio, en Palermo? Alrededor de una mesa, un
grupo de poetas, novelistas y críticos (y pintores y músicos en función de
oyentes) escuchaba a alguno de los presentes leer sus obras más recientes.
Capítulos, páginas, fragmentos, ejemplos, excerpta. Si los presentes
constituían un grupo, parecía ser a primera vista por las meras razones por las
que fue «grupo» el puñado de víctimas en el puente de San Luis Rey. Junto con
el equipo de Il Verri se sentaban quienes, como Pignotti,
procedía de diferentes experiencias florentinas; o como Leonetti, de una
línea Officina-Menabò; y vagantes como Ferretti, como Marmori, aislado en
París, o Amelia Rosselli, a quien luego le tocarían padrinos que no estaban en
Palermo.
Y también entre los colaboradores de Il Verri existían distintas
opiniones que salieron a la luz aquellos días, que se habían prefigurado ya
tiempo atrás y que se agudizarían más tarde. Por ejemplo, la evaluación que
daban Sanguineti y Barilli del marxismo era distinta. Sobre los problemas de la
obra abierta, la posición de Guglielmi era distinta de la mía. Habría sido
difícil
encontrar analogías de poética entre el río verbal de Amelia Rosselli y
la precisión brechtiana de Pagliarani. Sobre la actitud emotiva hacia los datos
de la realidad tecnológica contemporánea, Balestrini y Pignotti, aun tan
distintos entre sí, se encontraron con la oposición radical de Sanguineti.
Basta cotejar una página de Balestrini y una de Manganelli para preguntarse,
con buenas dosis de razón, qué tenían en común aquellos dos curiosos
individuos.
Pues bien, las personas que se reunieron en Palermo tenían en común
tanto una voluntad de experimentación como una exigencia de diálogo
pendenciero, sin piedad y sin dobleces.
Los escritores se leían los textos unos a otros, pero, dado que había
fracturas originarias, ninguna lectura recibía consenso general. No nos
declarábamos perplejos, nos declarábamos en contra. Y decíamos por qué. Cuáles
eran los porqués no cuenta. Cuenta que en esa sociedad literaria, la unidad se
estaba realizando poco a poco a través de dos implícitos presupuestos
metodológicos: a) cada uno de los autores sentía la necesidad de controlar su
propia investigación proponiéndola a las reacciones ajenas; b) la colaboración
se manifestaba como ausencia de piedad e indulgencia.
Corrían definiciones que habrían
levantado ampollas en los ánimos más sensibles. Cada uno de estos
juicios, expresado públicamente en el ámbito de
una sociedad apolínea, habría significado el final de una hermosa
amistad. En Palermo, en cambio, la disensión generaba amistad.
Solo días después me di cuenta de que el grupo existía, al hablar de
ello con un literato de otra generación. Intentaba demostrarle que en Palermo
no se había constituido un movimiento homogéneo. Ante las tres acusaciones: «Os
echo en cara haber formado un grupo. Haberlo formado sobre una base
generacional. Haberlo formado en oposición a alguien y a algo», observaba
yo que era típico de todas las épocas la formación de corrientes, que a
menudo el denominador común tenía una base generacional (si licet, Sturm und
Drang, Scapigliatura, Die Brücke o Ronda), y oponía, de todos modos, el
argumento conciliador y definitivo: él mismo, si hubiera querido, habría podido
ir a Palermo, sentarse a aquella mesa, leer su texto más reciente, y habría
sido acogido con el respeto y el aprecio debidos al autor, y con la franqueza
debida a aquellos objetos de ejercicio crítico que son las obras. Respuesta:
«Yo nunca habría ido a Palermo. No acepto someter a otros un trabajo in fieri.
El escritor se realiza a sí mismo
solo ante la página blanca, y en ella se
concluye, al realizarla». ¿Qué responder?
Este fue el mensaje ofensivo lanzado por el grupo, y al releer las
reacciones de entonces, uno queda desconcertado ante las repulsas, las
protestas, los atrincheramientos defensivos. Es más, osaría decir que la
fortuna del Grupo, su visibilidad en los medios de masas, se debió a sus
adversarios.
Tomemos, por ejemplo, el asunto de las Liale 63. Fue Sanguineti, me
parece, quien dijo que Cassola y Bassani eran las Liala de 1963. Ironía que
ahora considero injusta, por lo menos con respecto a Bassani, sin olvidar que,
en
aquel entonces, precisamente Vittorini era un ensañado denigrador del
Jardín de los Finzi-Contini. Pero en fin, si se hubiera pasado por alto la
afirmación, o hubiera circulado como una de las muchas boutades que decían
Flaiano o Mazzacurati en piazza del Popolo o en via Veneto, nos habríamos
quedado en mera anécdota de circulación oral. En cambio, fue precisamente
Bassani, que sin duda no estaba preparado para el juego provocador de la
invectiva, acostumbrado a un tipo del todo distinto de, como se decía entonces,
educación literaria, quien desencadenó una dolorida polémica en Paese Sera,
contribuyendo a que el escándalo se
extendiera como una mancha de aceite. Por otra parte, algunos años más
tarde, los amigos florentinos, con la complicidad de Camilla Cederna y
la mía, organizaron un Premio Fata (hada), contrapuesto al Premio Strega
(bruja), que habría de entregarse al peor libro del año. No era más que una
inocentada, y el jurado se lo otorgó adrede a Pasolini. Y Pasolini, polemista
tan luchador y en tantos aspectos tan atento a las nuevas provocaciones
culturales, no pudo resistirse y —sabiendo que el premio se le asignaría— envió
una carta para la velada de la entrega de premios en la que explicaba por qué
era injusto el veredicto.
Como se ve, no se puede negar un componente guasón a muchas de las
provocaciones del Grupo, pero el Grupo acababa en las páginas de los periódicos
no por sus proezas de estudiante bromista, sino por las reacciones
escandalizadas de los directores de instituto alcanzados por sus alfilerazos.
Pasados los primeros y poco heroicos furores, las oposiciones a la
neovanguardia tomaron otro camino: ya no se hablaba de bromistas insolentes,
sino que se decía que el Grupo expresaba muchas bellas teorías y ninguna obra
válida. Esta contestación perdura hoy en día, pero se sirve de un
delicioso argumento que llamaré «argumento de la alcachofa». Cuando el
tiempo hizo justicia y la crítica oficial descubrió que Antonio Porta era una
gran poeta, Germano Lombardi o Emilio Tadini grandes novelistas, Giorgio
Manganelli un altísimo prosista y, si hablamos de quienes fueron absueltos
todavía en vida (y propongo solo dos ejemplos sin pretender agotar la lista),
cuando no se pudo negar el talento de Arbasino o de Malerba, se dijo: «Sí, pero
esos no pertenecían efectivamente al grupo, estaban solo de paso». Ahora bien,
es obvio que si yo denigro el cine norteamericano, y cuando alguien me cita a
Orson Welles o a John Ford, a
Humphrey Bogart o a Bette Davis, o a quien sea, a cada nombre contesto
que, bueno, no eran verdaderamente norteamericanos en el sentido más profundo
del término, al final, quitándole poco a poco las hojas a la alcachofa, el cine
norteamericano queda reducido a Abbott y Costello, y yo he ganado la partida.
Pero así se hizo y aún se sigue haciendo en varias gacetillas.
Autocríticas
Desde luego, como en todos los cenáculos de vanguardia, a veces la
polémica y la experimentación se
empujaron hasta el exceso, baste con pensar en el gusto por la
ilegibilidad. Con todo, considero que fue una temporada productiva, en la cual,
en cualquier caso, se fertilizó a conciencia. Pero, sobre todo, no fue una
temporada dogmática, en el sentido de que en el curso de los años (y esto,
desde luego, desconcertaba aún más a los adversarios), a través de sus
distintas reuniones, el Grupo sabía volver a poner en cuestión las ideas de los
inicios.
A este respecto, quisiera recordar la reunión del Grupo en 1965, dos
años después. Me gustaría recordar la relación inicial de Barilli, ya teórico
de
todos los experimentalismos del Nouveau Roman, que se las tenía que ver
con el nuevo Robbe-Grillet, y con Grass, y con Pynchon, citaba al redescubierto
Roussel, que amaba a Verne. Decía Barilli que hasta entonces se había
privilegiado el final de la intriga, y el bloqueo de la acción en la epifanía y
en el éxtasis materialista, pero que estaba empezando una nueva fase de la
narrativa con la revalorización de la acción, aunque fuera una acción autre.
Esos días, se
proyectó un curioso collage cinematográfico de Baruchello y Grifi,
Verifica incerta, una historia hecha con retazos de historias, o mejor, de
situaciones estándar, de topoi del cine comercial. Y se vio que el
público reaccionó con mayor placer en esos puntos en los que, hasta unos años
antes, habría dado señales de escándalo, es decir, allá donde se eludían las
consecuencias lógicas y temporales de la acción tradicional y las expectativas
se veían frustradas con violencia. La vanguardia se estaba convirtiendo en
tradición: lo que se presentaba como disonante algunos años antes, se convertía
en miel para los oídos (o para los ojos). La inaceptabilidad del mensaje ya no
era un criterio príncipe para una narrativa (y para cualquier arte)
experimental, visto que lo
inaceptable se codificaba ya como agradable. Lo que atraía en el trabajo
de Baruchello y Grifiera la revisitación irónica y crítica de lo agradable
fílmico que se revalorizaba en el mismo instante en que se ponía en crisis.
En aquellos días, en el Palermo de 1965, se discutió, sin aún saberlo,
sobre la naciente poética de lo posmoderno, solo que en aquel entonces ese
término todavía no circulaba.
Desde 1962 un músico severamente serial como Henri Pousseur, hablando de
los Beatles, me decía: «Trabajan para nosotros»; y yo le contestaba que también
él estaba trabajando para ellos (y en aquellos años Cathy Berberian nos
mostraba que los Beatles podían ser ejecutados con un estilo a lo
Purcell).
Desde dentro del Grupo se notaba que, si la experimentación previa había
llevado hasta la tela blanca, o hasta la escena vacía, ahora se había llegado a
un punto de inflexión. El non ultra citraque lo había expresado sin duda la
mierda de artista de Manzoni, pero el producto extremo del primer Grupo 63 se
produciría en 1968, cuando Gian Pio Torricelli publicó en Lerici Coazione a
contare, donde en cincuenta páginas aparecían impresos en letras alfabéticas,
uno junto al otro y sin comas, los números de uno a cinco mil ciento treinta y
dos. Si a eso se había llegado,
acababa una época y había que empezar otra.
Una época en la que Balestrini pasaba del collage de palabras a un
collage de situaciones sociopolíticas,
Sanguineti no abandonaba completamente la Palus Putredinis de los
primeros años cincuenta pero se aventuraba, en 1963 con Capriccio italiano y en
1967 con Il Gioco dell’oca , en territorios de más afable narratividad, y
podría seguir con otras citas.
La contradicción y el suicidio
¿Cuál fue la contradicción fundamental del Grupo 63? He dicho que, al
poder rehacer la elección inocente de las vanguardias históricas, la mayor
parte de los participantes del Grupo practicaba un experimentalismo literario
más subterráneo, y no es una casualidad que su numen tutelar no fueran los
dadaístas o los futuristas sino Gadda. Y, aun así, en la definición misma de
neovanguardia —que no recuerdo ya si vino de dentro o fue asignada desde fuera
(y aceptada con divertida serenidad)— todavía contaba la alusión a las
vanguardias históricas.
Ahora bien, hay una diferencia sustancial entre movimientos de
vanguardia y literatura experimental, por lo menos tanta como podía
haberla entre Boccioni y Joyce.
Renato Poggioli en su Teoria dell’arte d’avanguardia fijó bien las
características de estos movimientos. Eran: activismo (fascinación por la
aventura, gratuidad del fin); antagonismo (se actúa contra algo o
alguien); nihilismo (se hace tabula rasa de los valores tradicionales); culto
de la juventud (la querelle des anciens et des modernes); lucidez (arte como
juego); predominio de la poética sobre la obra; autopropaganda (violenta
imposición del propio modelo con exclusión de todos los demás);
revolucionarismo y
terrorismo (en sentido cultural), y por último, agonismo, en el sentido
de sentido agónico del holocausto, capacidad de suicidio en el momento
adecuado, y gusto por la catástrofe personal.
En cambio, el experimentalismo es devoción hacia la obra individual. La
vanguardia agita una poética, renunciando por amor suyo a las obras,
produce más bien manifiestos, mientras que el experimentalismo produce la obra
y solo de ella saca o permite luego que
se saque una poética. El
experimentalismo tiende a una provocación interna al circuito de la
intertextualidad, la vanguardia a una
provocación externa, en el cuerpo social. Cuando Piero Manzoni producía
una tela blanca hacía experimentalismo, cuando vendía a los museos una lata con
una mierda de artista hacía provocación vanguardista.
Pues bien, en el Grupo 63 convivieron las dos almas, y es obvio que el
alma vanguardista prevaleciera al crear su imagen massmediática. Si los textos
experimentales, a despecho de tantas controversias, aún permanecen, los gestos
vanguardistas no podían sino vivir una breve estación.
El momento en el que el Grupo 63 escogió de manera definitiva el camino
de la vanguardia fue paradójicamente el
momento en que regresaba del experimentalismo con el lenguaje al
compromiso público y político. Fue la época de Quindici, que vio dramáticas
conversiones a la utopía del 68, o dolorosas resistencias, y al final llevó a
la revista (e indirectamente con ella al Grupo) a un suicidio deliberado,
precisamente en el sentido del agonismo de Poggioli.
En la catástrofe estoicamente deseada de Quindici salieron al
descubierto, es obvio, las divisiones que existían desde el principio, pero que
habían sido superadas gracias a la elección del diálogo recíproco. Frente a las
tensiones inmediatas de un período
histórico entre los más contradictorios y animados, el Grupo decidió que
no podía seguir fingiendo una unidad que no existía desde el principio. Pero
esta ausencia de unidad que había constituido su fuerza interior, y su energía
de provocación externa, ahora sancionaba el justo suicidio. El Grupo se
entregaba, si no a la historia, por lo menos a las ocasiones de celebración de
cuarenta años más tarde.
¿Fue verdadera gloria? Todos pueden responder menos nosotros. Que ese
trabajo diera sus frutos, yo lo creo, y se puede crear tradición y ejemplo
también
a través de los errores propios. Lo único que siento es que esta reunión
sea incompleta y que a lo largo del camino hayan caído, entre los más
conocidos, Antonio Porta, Giorgio Manganelli, Enrico Filippini, Emilio Tadini,
Adriano Spatola, Corrado Costa, Germano Lombardi, Giancarlo Marmori y, entre
los que fueron entonces activos compañeros de camino, Amelia Rosselli, Pietro
Buttitta, Andrea Barbato, Angelo Maria Ripellino, Franco Lucentini, Giuseppe y
Guido Guglielmi, por no hablar de Vittorini y Calvino. Que su recuerdo acompañe
este simposio nuestro y le ponga su única y razonable nota de nostalgia.
[Conferencia dictada en Bolonia en mayo de 2003, con motivo de los
cuarenta años del Grupo 63, y publicada como Prolusione en VV.AA., Il
Gruppo 63
quarant’anni dopo, Actas del Congreso (Bolonia, 8-11 de mayo
de 2003), Bolonia, Pendragon, 2005].
«Hugo, Hélas!»
La poética del exceso
Todo discurso sobre Victor Hugo suele empezarse con una afirmación de
Gide: cuando le preguntaron quién era el mayor poeta francés, exclamó «Hugo,
hélas!» («Hugo, ¡ay de mí!»[1]). Si queremos ensañarnos, seguimos con la cita
de Cocteau: «Victor Hugo era un loco que se creía Victor Hugo[2]».
El grito de dolor de Gide significaba muchas cosas, pero ya se tiende a
interpretarlo en el sentido de que Hugo (también y quizá precisamente el Hugo
narrador) es un gran escritor a pesar de
sus innumerables defectos, su grandilocuencia, su retórica a veces
insoportable. La afirmación de Cocteau, en cambio, es inexacta: Victor Hugo no
era un loco que se creía Victor Hugo; Victor Hugo solo se creía Dios, o por lo
menos su intérprete autorizado.
En Hugo predomina siempre el exceso a la hora de describir los
acontecimientos terrestres, y la indómita voluntad de verlos siempre desde el
punto de vista de Dios. El gusto por el
exceso lo lleva a descripciones que
avanzan mediante enumeraciones interminables, a la creación de
personajes cuya psicología siempre se juzga insostenible, conformada con el
hacha, cuyas pasiones alcanzan tales niveles de paroxismo que se vuelven
memorables, emblema de las fuerzas que mueven la historia. La voluntad de
suplantar a Dios le permite ver siempre, por debajo y por encima de los
acontecimientos que embisten a sus héroes, las grandes fuerzas que mueven las
vicisitudes humanas, y si no es Dios el que domina y dirige las voluntades individuales,
es el hado, un destino que a veces se presenta como providencia y
otras como una especie de proyecto casi hegeliano.
El gusto por el exceso explica por qué Cocteau podía tomar a Hugo por el
Señor Dios, personaje excesivo por definición, que mueve el abismo para crear
el cielo y la tierra, desencadena diluvios universales, hunde a los pecadores
en las vísceras de la Gehena, y mucho más (¡pardiez, un poco de moderación!) y,
por otro lado, justifica el melancólico lamento de Gide, que evidentemente
identificaba el arte con el equilibrio apolíneo y no con el furor dionisiaco.
Sé perfectamente que amo a Hugo porque en otros escritos míos he
celebrado lo sublime por exceso: el exceso puede incluso darle la vuelta
a la mala escritura y transformar la trivialidad en tempestad wagneriana y,
para explicar la fascinación de una película como Casablanca, notaba yo que un
solo cliché es kitsch, cien clichés soltados sin pudor se vuelven épicos;
también he hablado de lo mal escrito que está El conde de Montecristo (a
diferencia de otras novelas de Dumas, como Los tres mosqueteros): es
redundante y verboso, pero
precisamente por estas malas cualidades, llevadas más allá del límite de
lo razonable, acaricia lo sublime dinámico de kantiana memoria, y
justifica el éxito que ha tenido y que tiene en millones de lectores[3].
Volvamos a Hugo. Tomemos un territorio típico del exceso romántico, la
representación del feo y del malvado.
Desde el Pelida Aquiles hasta los umbrales del romanticismo, el héroe
siempre ha sido guapo, mientras que desde Tersites hasta más o menos el mismo
período, feo, horrible, grotesco o risible ha sido el malvado. Y cuando se hace
un héroe de un malvado, se lo vuelve hermoso, véase el Satanás de Milton.
Ya con la novela gótica la
perspectiva se invierte: no solo inquietante y tremendo se presenta el
héroe, sino que también el antihéroe, en su tenebrosidad, se vuelve, si no
fascinante, por lo menos interesante. Dirá Byron de su Giaour que torvo y no de
esta tierra era el rostro que se vislumbraba bajo su lóbrega capucha, y su ojo
y su sonrisa amarga suscitaban terror y sentimientos de culpabilidad. Y de otro
espíritu tétrico, Ann Radcliffe dirá en el Confesionario de los penitentes
negros que su figura causaba impresión, sus extremidades eran grandes y
carentes de gracia y, puesto que caminaba a grandes pasos, envuelto en los
negros hábitos de su orden, en su
aspecto se manifestaba algo terrible y casi sobrehumano, mientras su
capucha, arrojando una sombra sobre su rostro lívido, daba una sensación de
horror a sus grandes ojos melancólicos…
El Vathek de Beckford tenía un aspecto atractivo y majestuoso, pero,
cuando montaba en cólera, uno de sus ojos se volvía tan terrible que su mirada
resultaba intolerable, y el desventurado sobre quien la posaba caía de espaldas
y, a veces, incluso moría al instante. Para Stevenson, el señor Hyde tenía tez
pálida y estatura de enano, daba una impresión de deformidad sin presentar por
ello una malformación definitiva, tenía una sonrisa desagradable, se
comportaba con una mezcla desconcertante de timidez y de descaro, se
expresaba con voz ronca, susurrante, quebrada, que inspiraba disgusto,
repugnancia y miedo.
De Heathcliff dirá Emily Brontë que en su frente colgaba una pesada
nube, sus ojos eran de basilisco, sus labios se veían apretados en una
expresión de tristeza indecible. Y Eugène Sue dirá del maestro de escuela que
su rostro estaba surcado en todas las direcciones por cicatrices lívidas y
profundas; los labios tumefactos por la acción corrosiva del vitriolo; los
cartílagos de la nariz cortados; las ventanillas sustituidas por dos agujeros
informes; la cabeza era
desmesuradamente grande, tenía brazos largos, manos cortas, gruesas y
peludas hasta en los dedos; las piernas arqueadas, los ojos inquietos, móviles,
ardientes como los de una fiera.
Ahora bien, Hugo también excede en la representación del feo por las
razones expuestas en su célebre prefacio de
Cromwell, donde de forma absolutamente cabal se teoriza la revolución de
lo bello que, en el periodo romántico, se transforma en su contrario, en lo feo
y deforme y, en cualquier caso, en lo grotesco.
El genio moderno —dirá— transforma a los gigantes en enanos; de los
cíclopes saca gnomos. El contacto
con lo deforme confiere a lo sublime moderno algo más notable, algo más
sublime si cabe que la belleza antigua.
Lo grotesco es la otra cara de lo sublime, la sombra de la luz, lo
grotesco es la fuente más rica que la naturaleza puede ofrecer al arte. La
belleza universal, que en la antigüedad se difundía solemnemente sobre todas
las cosas, no carecía de monotonía, y la misma impresión puede resultar
aburrida a fuerza de proponerla una y otra vez. Lo bello no tiene sino un tipo,
lo feo tiene mil. Lo sublime comparado a lo sublime contrasta con esfuerzo, y
hay que tomarse una pausa de todo, también de lo bello. La salamandra hace
resaltar a la ondina; el gnomo hace más bello al sísifo.
Claro que Hugo, cuando crea, es más radical que cuando teoriza. Lo
deforme no es solo una forma del mal que se opone a lo bello y al bien, es ello
mismo estrategia de una atroz y no deseada modestia, como si Dios hubiera
querido esconder a los demás, bajo el aspecto de una fealdad exterior, una
belleza interior, destinada aun así a que le den jaque. Hugo se enternece por
la fealdad irredimible de la araña y de la ortiga («Quiero a la araña y la
ortiga / porque son aborrecidas… / Oh, tú que pasas, sé amable con esa planta
oscura, con el pobre animal, con su fealdad y su
picadura. / ¡Ten piedad del mal!»).
El Quasimodo de Nuestra Señora de París tiene una nariz piramidal, una
boca de herradura, el ojo izquierdo obstruido por una ceja rojiza e hirsuta,
mientras que el derecho se confunde totalmente tras una enorme verruga; los
dientes están mellados aquí y allá, como las almenas de un castillo; del belfo
calloso asoma uno de sus dientes, cual colmillo de elefante… Tiene una cabeza
desproporcionada erizada de pelos rojizos; una enorme joroba entre los hombros,
pies enormes y manos monstruosas, también las piernas están tan
extravagantemente desviadas que solo se tocan en las rodillas y, además,
mirándolas de frente, parecen dos hojas de hoz que se juntan en los
mangos…
Como contrapeso a este aspecto repugnante, Hugo otorga a Quasimodo un
ánimo sensible y una gran capacidad de amar. Pero alcanza la cima con la figura
de Gwynplaine, el Hombre que Ríe.
Gwynplaine no es solo el más feo de todos, es el más infeliz por su
fealdad; y de todos es también el espíritu más puro, capaz de amor infinito. Y,
paradoja de la fealdad romántica, monstruoso como es y precisamente por ser
monstruoso, suscita el deseo de la mujer más bella
de Londres.
Resumamos, para quienes lo hubieran olvidado. Hijo de noble familia,
secuestrado de pequeño por una rencilla política, Gwynplaine es transformado
por los comprachicos en una máscara grotesca, desfigurando quirúrgicamente sus
facciones y condenándolo a una eterna risotada.
La naturaleza había sido pródigamente bondadosa con Gwynplaine. Le había
dado una boca que se abría de oreja a oreja; unas orejas que se doblaban encima
casi de los ojos, una nariz deforme propia
para inclinarla a uno y otro lado, una mueca y una cara que no se podía
mirar sin reír. […] ¿Pero, era sólo la naturaleza? ¿No la habían ayudado? Unos
ojos que recordaban días de sufrimiento, un corte por boca, una protuberancia
roma con dos agujeros que eran las aletas de la nariz, un rostro como aplastado
y todo eso daba como resultado la risa. Pero la verdad es que la naturaleza
sola no produce esas obras maestras.
[…] Semejante rostro no se
debía al azar, sino que estaba hecho adrede. […] ¿Acaso
Gwynplaine, de niño, había llamado lo bastante la atención para que se
ocuparan de él hasta el extremo de modificar su rostro? ¿Por qué no? Sin duda,
la finalidad no fue otra que exhibirle y especular con él. Según todas las
apariencias, los
industriosos comprachicos habían remodelado su rostro. Era evidente que
una ciencia
misteriosa, probablemente oculta, que era a la cirugía lo que la
alquimia es a la química, había cincelado aquel rostro, seguramente en la edad
infantil y con premeditación. Esta ciencia,
hábil en las disecciones, en las oclusiones y en las ligaduras,
había hundido la boca,
desfigurando los labios,
descarnado las encías, distendido las orejas, deshecho los cartílagos,
desordenado las cejas y las mejillas, ensanchado
el músculo zigomático, difuminado las costuras y las cicatrices,
extendido la piel sobre las lesiones, manteniendo
siempre el semblante boquiabierto… Y de aquella escultura poderosa y
profunda había salido una máscara: Gwynplaine (II, 1).[4]
Cual máscara, Gwynplaine se exhibe como saltimbanqui, amadísimo por los
espectadores, y ama de un amor puro desde su infancia a Dea, una muchacha ciega
que se exhibe con él. Gwynplaine veía en la tierra a una sola mujer, a esa
criatura ciega. Dea idolatraba a Gwynplaine, lo tocaba y le decía: «Eres tan
bello».
Hasta que no suceden dos cosas. Lady Josiane, hermana de la reina,
anhelada por su belleza por todos los gentilhombres de la corte, ve a
Gwynplaine en el teatro, se prenda de él y le manda una nota: «Eres horrible y
yo soy hermosa. Eres comediante y yo soy duquesa. Soy la primera y tú eres el
último. Te deseo. Te amo. Ven». Gwynplaine se debate entre la
excitación, el deseo y el amor por Dea, cuando sucede otra cosa. Cree
ser
arrestado, es sometido a un interrogatorio, a una confrontación con un
bandido a punto de morir; brevemente, de repente se ve reconocido como lord
Fermain Clancharlie, barón de Clancharlie y Hunkerville, marqués de Corleone en
Sicilia, par de Inglaterra, secuestrado y mutilado en tierna edad a causa de
una rencilla familiar.
Procedemos con grandes pasos entre otras cosas porque el mismo
Gwynplaine se ve elevado del fango a
las estrellas sin siquiera darse cuenta de lo que sucede, salvo que en
un determinado momento se encuentra, vestido suntuosamente, en las salas de un
palacio que, le dicen, es el suyo.
Lo percibe como un palacio encantado, y ya la serie de las maravillas
que descubre en él (solo en ese desierto deslumbrante), la fuga de las
habitaciones y de los gabinetes hace que la cabeza le dé vueltas, no solo la
suya sino también la de los lectores. No es una casualidad que ese capítulo se
titule «Semejanza de un palacio con un bosque», y la descripción de ese Louvre,
o de ese Hermitage, ocupa cinco o seis páginas, según las ediciones. Así
pues, Gwynplaine vagabundea asombrado de habitación en habitación hasta
que llega a una alcoba en cuyo lecho, junto a una bañera lista para un baño
virginal, ve a una mujer desnuda.
No desnuda al pie de la letra, nos avisa Hugo. Estaba vestida. Pero la
descripción de esta mujer vestida, sobre todo si se la ve con los ojos de
Gwynplaine, que nunca ha visto una desnudez femenina, representa sin duda una
de las cumbres de la literatura erótica.
En el centro de la cortina, en el lugar donde se halla de ordinario la
araña, Gwynplaine vio algo
formidable, una mujer desnuda. Desnuda literalmente no. La
mujer estaba vestida, y vestida de la cabeza a los pies. El vestido
consistía en una camisa muy larga, como las túnicas de los ángeles en los
cuadros de santos, pero tan sutil que parecía mojada. De ahí que fuera casi un
desnudo de mujer, pero más traidor y más peligroso que la franca desnudez. […]
El tisú de plata, diáfano como un cristal, era una cortina. Sólo estaba fija
por la parte de arriba, y podía levantarse. […] En este lecho, de plata como el
tocador y el
canapé, estaba acostada la mujer. Dormía. […]
Entre su desnudez y la mirada había dos obstáculos, su camisa y la
cortina de gasa de plata. Dos transparencias. El aposento, más bien alcoba que
aposento, estaba iluminado con una especie de recato por el reflejo de la sala
de baño. Quizá la mujer no mostraba pudor, pero la luz sí. El lecho no tenía
columnas, ni dosel, ni cielo, de manera que la mujer, cuando
abría los ojos, podía contemplarse mil veces desnuda en los espejos de
encima de su
cabeza. […] Gwynplaine no percibió ninguno de esos detalles. La mujer
era lo único que veía. […] Reconocía a esta mujer […] Era la duquesa […] ¡Y
volvía a verla! La volvía a ver terrible. La mujer desnuda es la mujer armada.
[…] Este impudor se disolvía en centelleo. Esta criatura estaba desnuda con
tanta tranquilidad como si tuviera derecho al cinismo divino, como si tuviera
la seguridad de una moradora del Olimpo que se sabe hija de la inmensidad y que
puede decir al océano: ¡Padre!, y se ofrece,
inabordable y soberbia a todo lo que pasa, a las miradas, a los deseos,
a las demencias a los
pensamientos, tan
arrogantemente adormecida sobre este lecho de boudoir como Venus en la
inmensidad de la espuma (VII, 3).
Y entonces Josiane se despierta, reconoce a Gwynplaine y empieza una
furibunda obra de seducción a la que el infeliz ya no sabe resistirse, salvo
que la mujer lo lleva hasta el colmo del deseo pero aún no se entrega. Solo
prorrumpe en una serie de fantasías, más erotizantes que la misma desnudez,
donde se
manifiesta como virgen (todavía lo es) y prostituta, anhelante de gozar
no solo de los placeres que la teratología de Gwynplaine le promete, sino
también del escalofrío que su desafío al mundo y a la corte le provocará, en
cuya perspectiva se embriaga: Venus se espera un doble orgasmo, tanto por la
posesión privada como por la exhibición pública de su Vulcano.
—Me siento degradada cerca de ti. ¡Qué felicidad! ¡Que insípido es ser
alteza! Yo soy augusta; no hay nada más fatigoso. Decaer, descansa. Estoy tan
saturada de respeto que
tengo necesidad de desprecio.
[…] Te amo no sólo porque
eres deforme, sino porque eres vil. Amo el monstruo y amo el histrión. Un
amante humillado, escarnecido, grotesco, horrible, expuesto a las risas en esa
picota que se llama teatro, tiene un sabor extraordinario. Es morder en el fruto
del abismo. Un amante infamante es exquisito. Tener entre los dientes la
manzana, no del paraíso, sino del infierno, he aquí lo que me tienta; tengo esa
clase de hambre y esa clase de sed, y yo soy esa Eva, la Eva del abismo. Tú
eras
probablemente, sin saberlo, un demonio. Yo me he guardado para una
máscara del sueño. Tú eres una marioneta de la que un espectro tira los hilos.
Eres la visión de la gran risa infernal. Eres el dueño que yo esperaba.
[…] Gwynplaine, yo soy el
trono, tú eres el caballete. Pongámonos al mismo nivel. ¡Ah! Soy feliz; heme
aquí caída. Querría que todo el mundo pudiera saber hasta qué punto soy
abyecta. Se prosternarían aún más, pues el que más aborrece, más se humilla.
Así está hecho el género humano.
Hostil, pero reptil. Dragón, pero gusano. ¡Oh, soy depravada como los
dioses! […] Tú no eres feo, tú eres deforme. El feo es pequeño, el deforme es
grande. Lo feo es la mueca del diablo detrás de lo hermoso. Lo deforme es el
envés de lo sublime. […]
—¡Te amo! Gritó ella. Y le mordió con un beso (VII, 4).
Mientras Gwynplaine está dispuesto a ceder, llega un mensaje de la reina
la cual le comunica a su hermana que el Hombre que Ríe ha sido reconocido como
el legítimo lord Clancharlie y le
está destinado como marido. Josiane comenta. «Sea —se levanta, tiende la
mano y (pasando del tú al vos) le dice a aquel con quien quería unirse
salvajemente—: Salid. —Y comenta—: Puesto que sois mi marido, salid… Vos no
tenéis el derecho de estar aquí. Es el lugar de mi amante».
Excesivo Gwynplaine en su deformidad, excesiva Josiane en su
sadomasoquismo inicial, excesiva su reacción. La situación, que ya había
sufrido un giro inesperado por el mecanismo normal de la agnición (vos no sois
un saltimbanqui sino un lord), enriquecida por el doble cambio de fortuna (eras
un miserable, ahora no solo
eres un señor sino que eres deseado por la mujer más bella del reino,
que ahora tú también deseas con toda tu alma perturbada y conmovida) —y esto
bastaría, si no para la tragedia, por lo menos para la comedia—, da un vuelco
una vez más. No se transforma en tragedia (por lo menos de momento, Gwynplaine
se matará solo al final), pero sí en farsa grotesca. El lector está agotado y
de una sola vez ha captado tanto las tramas del destino como los tejemanejes de
la sociedad galante de ese siglo. Hugo no tiene pudor alguno, para él Josiane
es pudibunda como una santa.
Y lleguemos a la otra peripecia de la fortuna. Gwynplaine —para quien el
episodio de Josiane ya ha inducido a comprender tanto las leyes del poder como
las costumbres que representan su aspecto exterior— entra en la Cámara de los
Lores, acogido con desconfianza y curiosidad. No hace nada para que lo acepten,
es más, en la primera votación se levanta y pronuncia un apasionado discurso a
favor del pueblo y contra la aristocracia que lo explota. Un fragmento que
podría haber sido sacado de El capital de Marx, pero — pronunciado con la cara
que, incluso en el desdén y en la pasión, en el dolor y en
el amor por la verdad, ríe— no suscita repulsa sino hilaridad. La sesión
se cierra entre bromas y chistes, Gwynplaine entiende que ese no puede ser su
mundo, y tras una desesperada búsqueda vuelve junto a Dea cuando esta, por
desgracia, al agravarse su estado más por la desaparición de su amado que por
el mal que le mina la salud desde hace tiempo, muere, aun feliz, entre sus
brazos.
Gwynplaine no resiste, dividido entre dos mundos de los cuales uno lo
desconoce y el otro se le escapa, y se quita la vida.
De este modo, en Gwynplaine, romántico por excelencia, encontramos
todos los elementos de lo novelesco en síntesis: la pasión humana
purísima, la tentación y la fascinación por el pecado, los rápidos vuelcos de
fortuna con el paso desde el abismo de la miseria a los fastos de la corte, la
rebelión titánica al mundo de la injusticia, el testimonio dado heroicamente a
la verdad aún a costa de perderlo todo, la muerte de la amada por consunción,
el destino coronado por el suicidio. Pero todo salido de tono.
Aun siendo una obra juvenil, Nuestra Señora de París, muestra ya las
señales de una poética del exceso. En los
capítulos iniciales, para dar la idea de una fiesta pública y de la
participación tanto de la aristocracia como de los burgueses y del pueblo, para
dar la idea de ese «hormiguero», el lector debe sorberse una serie desmedida de
nombres de personajes sin duda históricos pero de quienes nunca ha oído hablar
y que, por lo tanto, no le dicen nada. Y mucho cuidado con intentar
localizarlos, preguntarse quiénes eran. Se trata de ver un desfile, qué sé yo,
el desfile del 14 de julio en París o el Trooping the Colour en Londres, donde
no se reconocen los regimientos por sus uniformes ni se sabe su historia, pero
se capta la inmensidad del desfile y ojo
con ver solo la mitad: perderíamos la fascinación y la majestuosidad del
acontecimiento. Hugo nunca nos dice «había una multitud», nos pone por
autoridad en el centro de esa multitud y es como si nos presentara a los
componentes uno a uno. A nosotros nos deja que estrechemos algunas manos,
hagamos como que reconocemos a una figura que debería resultarnos conocida y
adelante, para luego volver a casa con la sensación de haber vivido lo inmenso.
Dígase lo mismo para la dantesca visita de Gringoire a la Corte de los
Milagros, entre viciosos, vagabundos, desharrapados, curas que han colgado los
hábitos, escolares díscolos, rameras,
gitanos, narquois, coquillarts,
hubins,
sabouilleux, falsos paralíticos,
carteristas, pordioseros, etcétera, etcétera. No es preciso
distinguirlos a todos, es el léxico el que forma la masa, debe sentirse pulular
a la mala vida y a la mala suerte, entender ese pueblo de la ciénaga,
turbulento y purulento, que muchos capítulos más adelante se volcará al asalto
de la catedral, como una inmensa colonia de termitas, de ratas de cloaca, de
escarabajos, de langostas, donde el protagonista no es el individuo sino la
masa. En fin, hay que aprender y recorrer las enumeraciones, las listas, los
catálogos como flujo musical. Y entonces, se entra en el libro.
Y llegamos al punto en el que la poética del exceso se manifiesta a
través de la técnica del catálogo o de la lista. Técnica que Hugo aprovecha en
innumerables ocasiones, pero que quizá halla su empleo más continuo, amplio y
consistente en El noventa y tres.
Por mucho que se enumeren y se analicen los defectos de este libro, ante
todo su incontinencia oratoria, a medida que vamos metiendo el dedo en la
llaga, los defectos empiezan a parecernos espléndidos. Sería como decir, para
un devoto de Bach y de sus desencarnadas arquitecturas casi mentales, que
Beethoven alza los tonos con respecto a todos esos claves tan bien temperados;
pero ¿para qué?, ¿acaso conseguimos sustraernos al poder de la Quinta o
de la Novena?
Se puede evitar entrar en un festín pantagruélico, pero, una vez que se
ha aceptado el juego, es inútil acordarse de los consejos del dietólogo, o
anhelar ciertas delicadas experiencias de la nouvelle cuisine. Si uno tiene el
estómago para participar en la orgía, se
experimentarán sensaciones memorables, de otro modo, mejor salir
enseguida, y quedarse dormido leyendo pocos aforismos de algún gentilhombre del
siglo XVIII. Hugo no es para los estómagos delicados. Por otra parte, aunque la
batalla del Hernani llegue con
retraso respecto del Sturm und Drang, la sombra de aquella tormenta y de
aquel asalto ilumina también al último de los románticos todavía en 1874 (fecha
de publicación, si no de gestación, de la novela).
Para entender cómo El noventa y tres se alimenta del exceso, recordemos
su historia, que en síntesis es elemental, melodramática al gusto, y en manos
de un libretista a la italiana habría podido producir el equivalente, qué sé
yo, de Tosca o de Il trovatore (me refiero al libreto solo, sin el comentario
musical que nos permite tomarnos en serio también los versos).
Estamos en el annus horribilis de la revolución; la Vandea se ha
sublevado, un viejo aristocrático de grandes virtudes guerreras desembarca en
esa región para organizar militarmente la sublevación de las masas campesinas
que salen como diablos de bosques misteriosos y disparan recitando el rosario:
es el marqués de Lantenac. La revolución, que se expresa en la Convención, le
envía sus hombres para
combatirlo. Primero, un joven aristocrático pero ahora republicano,
Gauvain (que es el sobrino de Lantenac), de femínea belleza, as de la guerra,
pero utopista angélico que
espera aún que el choque pueda resolverse bajo la bandera de la piedad y
del respeto del adversario. Y luego el que hoy denominaríamos el comisario
político, Cimourdain, sacerdote que ha renunciado a sus hábitos, despiadado
como Lantenac, convencido de que la regeneración social y política puede pasar
solo a través del baño de sangre y de que todo héroe al que se le conceda la
gracia hoy se convertirá en el enemigo que mañana nos matará.
Cimourdain, por añadidura (el melodrama tiene sus exigencias) ha sido el
preceptor del jovencito Gauvain y lo ama como a un hijo. Hugo nunca nos deja
pensar en una pasión distinta de la
de la identificación total de un hombre, primero casto por fe y luego
por vocación revolucionaria, con la paternidad espiritual: pero ¿quién sabe? La
pasión de Cimourdain es feroz, total, carnalmente mística.
Lantenac y Gauvain intentan matarse recíprocamente, en esta lucha entre
reacción y revolución, chocando y huyendo en un torbellino de matanzas sin
nombre. Claro que esta historia de muchos horrores se abre con el
descubrimiento de una viuda famélica y de sus tres hijos por parte de un
batallón republicano, que decide adoptar a los pequeños, en un mensaje radiante
donde «les oiseaux gazouillaient audessus des
baïonnettes». Los niños serán capturados sucesivamente por Lantenac,
quien fusila a la madre y mantiene a los niños (ya mascotas republicanas) como
rehenes. La madre sobrevive a la ejecución y vaga desesperada en su búsqueda,
mientras que los republicanos se batirán para liberar a los tres inocentes,
prisioneros en la torre oscura y medieval donde hacia el final Lantenac será
asediado por Gauvain. Tras una resistencia feroz, Lantenac consigue escapar del
asedio por un pasadizo secreto, pero sus partidarios prenden fuego a la torre,
los niños van a morir, vuelve a aparecer la madre desesperada, y Lantenac (que
padece una especie de
transfiguración y se transforma de Satanás en Lucifer salvador) vuelve a
entrar en la torre, dejando que lo capturen sus enemigos, para liberar a los
niños y ponerlos a salvo.
A la espera del proceso que Cimourdain ha organizado allí mismo,
haciendo llegar una guillotina, Gauvain se pregunta si debe condenar a muerte a
un hombre que ha sabido redimir sus propios errores con un gesto de
generosidad; entra en la celda del prisionero, donde en un largo monólogo
Lantenac reafirma los derechos del trono y del altar, luego Gauvain lo deja
escapar y aguarda en la celda, ocupando su lugar. Cuando se descubre su gesto,
a
Cimourdain no le quedará más remedio que procesarlo y decidir, con su
voto dirimente, su muerte, la muerte de la única persona que ha amado jamás.
El motivo recurrente de los tres niños acompaña de alguna manera las
vicisitudes atormentadas de Gauvain, que bajo el emblema de la amabilidad y la
piedad afrontará el castigo que reivindica, y ambos motivos arrojan una luz de
esperanza sobre ese futuro que el sacrificio humano prepara. No vale que todo
el ejército reclame a voz en grito la gracia para su comandante. Cimourdain
conoce el espasmo de los afectos más profundos pero ha dedicado su vida al
deber, a la ley, es el guardián de esa
pureza revolucionaria que ya se identifica con el Terror. En el momento
en que la cabeza de Gauvain cae en la cesta, Cimourdain se pegará un tiro en el
corazón: «Y aquellas dos almas, hermanas trágicas, volaron juntas, mezclándose
la sombra de la una con la luz de la otra».
Eso es todo, ¿Hugo quería solo hacernos llorar? No y no; y la primera
observación que podemos hacer, antes aún que en términos políticos, debe ser
expresada en términos narratológicos. Forma parte ya de la koiné de cualquier
estudioso de estructuras narrativas (y
evito toda remisión erudita a variaciones teóricas secundarias) que en
una historia se agitan sí actores, pero los actores encarnan a Actantes, esto
es, papeles narrativos a través de los cuales el actor puede pasar, a veces
cambiando su función en la estructura de la fábula. Para entendernos, en una
novela como Los novios pueden agitarse las fuerzas del mal o de la humana
debilidad contra las de la providencia que mueve los destinos de todos, y un
mismo actor como el Innominado puede pasar de repente del papel de Opositor al
de Adyuvante. Y de este modo —ante actores encadenados a un papel actancial
inmodificable como don
Rodrigo, por una parte, y fray Cristoforo por la otra— se explica
también la ambigüedad de don Abbondio que, cacharro de barro entre cacharros de
metal, oscila sin cesar de un papel al otro, y precisamente por eso, al final,
podemos perdonar su extravío.
Pues bien, cuando Hugo, en edad avanzada, escribía esta novela que
llevaba pensando desde hacía mucho tiempo (ya aludía a ella en el prefacio de
El hombre que ríe, algunos años antes), había cambiado profundamente las
posturas políticas e ideológicas de su juventud. Si en su juventud manifestó
ideas legitimistas y simpatizó con la Vandea (considerando el año 1793 un
punto oscuro en el cielo azul de 1789), después se movió hacia
principios liberales, luego socialistas y, tras el golpe de Estado de Luis
Napoleón, principios socialistas democráticos y republicanos. En 1841, en el
discurso de ingreso en la Académie Française ya había homenajeado a la
Convención que «rompió el trono y salvó al país […] que cometió atentados e
hizo prodigios que nosotros podemos detestar y maldecir, pero que debemos
admirar». Aun no comprendiendo a la Comuna, ya en plena Restauración, se batirá
por la amnistía en favor de los comuneros. En fin, que gestación y publicación
de El noventa y tres coinciden con su
definitiva evolución hacia posturas cada vez más radicales. Hugo, para
entender la Comuna, debe justificar también el Terror. Se batía desde hacía ya
tiempo contra la pena de muerte —recordando la gran lección reaccionaria de un
autor que conocía muy bien, Joseph de Maistre—, pero sabía que rescate y
purificación pasan también a través de los horrores del sacrificio humano.
La remisión a De Maistre aparece precisamente en ese cuarto capítulo del
primer libro de Los miserables donde
monseñor Myriel contempla la guillotina:
Quien llega a divisarla, se
estremece con el más misterioso de los estremecimientos […] El cadalso
es una visión […], parece que es una especie de ser, que tiene no sé qué
sombría iniciativa. Se diría que aquellos andamios ven, que aquella máquina
oye, que aquel mecanismo comprende, que aquella madera, aquel hierro y aquellas
cuerdas tienen voluntad
[…]. El patíbulo es el
cómplice del verdugo; devora, come carne, bebe sangre […], [es] un espectro que
parece vivir de una especie de vida espantosa, hecha y amasada con todas las
muertes
que ha dado[5].
Ahora bien, en El noventa y tres, la guillotina, que matará al héroe más
puro de la revolución, pasa del lado de la muerte al de la vida y, en todo
caso, se yergue como símbolo del futuro contra el más oscuro de los símbolos
del pasado. La guillotina ahora está erigida delante de la Tourgue, la
fortaleza donde estaba asediado Lantenac. En la torre se condensan mil
quinientos años de pecados feudales, representa el intrincado nudo que hay que
desatar; la guillotina la encara con la pureza de un acero que cortará el nudo.
No ha nacido
de la nada, ha sido fecundada por la sangre que ha corrido durante
quince siglos por esa misma tierra, y desde la profundidad de la tierra surge,
desconocida vengadora, y le dice a la torre: «Soy tu hija». Y la torre percibe
que se aproxima su fin. Se trata de una confrontación que no es nueva para
Hugo: recuerda a la de Frollo en Nuestra Señora de París, mientras compara al
libro impreso con las torres y las gárgolas de la catedral: «Ceci tuera cela».
Aun siendo todavía un monstruo, en El noventa y tres la guillotina está del
lado del porvenir.
¿Qué es un monstruo feroz donador de muerte que promete una vida mejor?
Un oxímoron. Victor Brombert[6] ha observado cuántos oxímoros pueblan
esta novela: ángel rapaz, íntimo de sacuerdo, dulzura colosal, odiosamente
auxiliador, terrible serenidad, inocentes venerandos, miserables tremendos, el
infierno justo al alba, Lantenac que en un determinado momento se convierte de
Satanás infernal en celeste Lucifer. El oxímoron es «un microcosmos retórico
que afirma la naturaleza sustancialmente antitética del mundo», pero subraya
cómo al final las antítesis se resuelven en un orden superior. La historia que
cuenta El noventa y tres es la de un delito virtuoso, la de una violencia
auxiliadora cuyas finalidades profundas
deben entenderse para que sus episodios puedan ser justificados. El
noventa y tres quiere ser la historia no de aquello que algunos hombres han
hecho, sino la historia de lo que la Historia ha obligado a hacer a esos
hombres, independiente de sus voluntades, a menudo minada por la contradicción.
Y la idea de una finalidad de la historia justifica incluso la fuerza que
aparentemente quería oponerse a esa finalidad, la Vandea.
Pues bien, hemos vuelto a definir la relación, en este libro, entre
pequeños actores y Actantes. Cada individuo y cada objeto, desde Marat a la
guillotina, no se representa a sí mismo sino a las
grandes fuerzas que son las protagonistas efectivas de la novela. Aquí,
de verdad, Hugo se nos presenta como el intérprete autorizado de la voluntad
divina e intenta justificar desde el punto de vista de Dios todas las historias
que cuenta.
Fuera como fuese el Dios de Hugo, siempre está presente en su narrativa
para explicar los enigmas sangrientos de la historia. Quizá Hugo nunca habría
escrito que todo lo que es real es racional, pero habría estado de acuerdo en
que es racional todo lo que es ideal. En cualquier caso, hay siempre un tono
hegeliano a la hora de reconocer que la historia marcha hacia sus propios fines
por encima de la cabeza de los actores condenados a encarnar sus
intentos. Piensen solo en la beethoveniana descripción de la batalla de
Waterloo de Los miserables. Contrariamente a lo que hará Stendhal, que describe
la batalla con los ojos de Fabrizio, que está dentro y no entiende qué está
pasando, Hugo la describe con los ojos de Dios, la ve desde arriba: sabe que si
Napoleón hubiera sabido que más allá de la cima de la meseta de Mont-Saint-Jean
había un barranco (pero su guía no se lo había dicho), los coraceros de Milhaud
no habrían caído a los pies del ejército inglés; que si el pastorcillo que
hacía de guía a Bülow hubiera sugerido un
recorrido distinto, el ejército prusiano no habría llegado a tiempo para
decidir la suerte de la batalla. Pero ¿qué importa, y qué cuentan los cálculos
equivocados de Napoleón (actor) o la insipiencia de Grouchy (actor) que habría
podido regresar y no lo hizo, o las astucias, si las hubo, del actor
Wellington, visto que Hugo define Waterloo como una batalla de primer orden
ganada por un capitán de segundo orden?
¿Acaso dejó de tener causa ese vértigo, ese terror, esa caída desde el
más alto valor que ha admitido la historia? La sombra
de una línea recta enorme se proyecta sobre Waterloo […] se necesitaba
la desaparición del
grande hombre para el advenimiento del gran siglo. De efectuarla se
encargó uno a quien nadie replica. El pánico de los héroes tiene su
explicación. En la batalla de Waterloo hay algo más que una nube, hay un
meteoro. Dios había pasado por allí[7].
Y Dios pasa también por la Vandea y la Convención, adoptando las
apariencias actoriales ahora de campesinos salvajes y feroces, ahora de
aristócratas
convertidos a la égalité, ahora de héroes lóbregos y nocturnos como
Cimourdain o solares como Gauvain. Hugo ve racionalmente en la Vandea un error
pero, puesto que este error es deseado y mantenido bajo control por un plan
providencial (o fatal), está fascinado por la Vandea, y escribe su epopeya. Es
escéptico, sarcástico, chismoso con los pequeños hombres que pueblan la
Convención, pero los ve a todos juntos como gigantes, o mejor, nos da una
imagen gigantesca de la Convención.
Por eso no le preocupa que sus actores sean psicológicamente rígidos y
estén envarados por su destino, no le preocupa que los furores fríos de
Lantenac, la dureza de Cimourdain o la cálida y apasionada dulzura de su
homérico Gauvain (¿Aquiles?, ¿Héctor?) sean improbables. Hugo quiere
hacer que sintamos a través de ellos las grandes fuerzas que están en juego.
Hugo quiere contarnos una historia de excesos, y de excesos tan
inexplicables que no pueden mencionarse como no sea mediante el
oxímoron. ¿Qué estilo adoptar para contar uno, muchos excesos? Un estilo
excesivo. Exactamente lo que estaba en las cuerdas estilísticas de Hugo.
Ya hemos visto en El hombre que ríe que una de las manifestaciones del
exceso es el vuelco vertiginoso de los golpes de escena y de las perspectivas.
Es difícil explicar esta técnica, de la que Hugo es un maestro. Sabe que el
canon de la tragedia requiere, precisamente, lo que los franceses denominan
coup de théâtre, y en la tragedia clásica uno de ellos suele bastar y sobrar,
si se logra digerirlo: Edipo descubre que ha matado a su padre y ha yacido con
su madre, ¿qué más quieren? Final de la acción trágica, y catarsis.
Pero Hugo no se conforma (¿acaso
no se cree Victor Hugo?). Veamos ahora qué sucede en El noventa y tres.
La corbeta Claymore está intentado atravesar el bloqueo naval republicano en
las costas de Bretaña para desembarcar al jefe de la sublevación vandeana,
Lantenac. Se presenta desde fuera como barco de carga pero va armada con
treinta piezas de artillería. Y se produce el drama: Hugo, por temor a que no
nos demos cuenta de las dimensiones, anuncia: «Acababa de suceder algo
espantoso». Una pieza de a veinticuatro se desengancha. Un barco que se inclina
a cada momento siguiendo el capricho de un mar agitado, un cañón que se pasea
de un costado al otro es
peor que una salva enemiga. Se lanza contra babor y estribor como y más
que una de sus balas y rompe los costados, abre vías de agua, nadie puede
pararlo. Y condena el barco al naufragio. Una bestia sobrenatural, nos advierte
Hugo, temiendo que no hayamos entendido; y para que no haya tergiversaciones,
nos describe el ruinoso episodio durante cinco páginas. Hasta que un valiente
cabo de cañón, jugando con el animal de hierro como un torero con el toro, se
encara a él, se le planta delante arriesgando su vida, lo esquiva, lo provoca,
lo ataca de nuevo, va a ser arrollado cuando Lantenac arroja entre las ruedas
del cañón un fardo de
asignados falsos, detiene por un instante su carrera, le da la
oportunidad al marinero de meter una barra de hierro entre los radios de las
ruedas posteriores, levantar al monstruo, derribarlo, devolverle su inmovilidad
mineral. La tripulación exulta. El marinero le da las gracias a Lantenac por
haberle salvado la vida; poco después Lantenac lo alaba por su valor ante toda
la tripulación y, quitándosela a un oficial, le cuelga en el pecho la cruz de
San Luis.
Luego manda que lo fusilen.
Ha sido valiente, pero era el responsable de la pieza, y debería haber
controlado que no se liberara. El
hombre, con su condecoración en el pecho, se ofrece al pelotón de
ejecución.
¿Basta como peripecia? No. El barco ya está comprometido, Lantenac
llegará a la costa en un bote pilotado por un marinero. A medio camino, el
marinero se identifica como el hermano del fusilado y anuncia que matará a
Lantenac. Lantenac se yergue ante el vengador y le suelta un discurso de cinco
páginas. Le explica qué es el deber, le recuerda que su tarea es salvar a
Francia, salvar a Dios; lo convence de que él, Lantenac, ha actuado según
justicia mientras que, si el marinero sucumbiese al deseo de venganza,
cometería la mayor de las injusticias
(«Tomas mi vida que es la del rey, y das tu eternidad al demonio»). El
marinero, vencido, pide (él) la gracia, Lantenac se la concede, y a partir de
ese momento Halmalo, el vengador fallido, se convertirá en criatura del verdugo
de su hermano, en nombre de la Vandea.
Con esto baste por lo que atañe al exceso de cambios inesperados en
cadena. Lleguemos ahora al otro y principal motor del exceso, la lista
descomunal. Definido el jefe, hay que dar la idea del ejército que lo espera.
Hugo quiere dar la imagen de la insurrección filomonárquica en toda su
extensión, aldea por aldea, castillo por castillo, bosque por bosque.
Habría podido, de forma bastante llana, reproducir un mapa de esas poblaciones
indicando con un punto los focos de la sublevación. Pero habría reducido un
acontecimiento que quería que fuera cósmico a dimensiones regionales. Entonces,
con prodigiosa invención narrativa, presupone un mensajero con una memoria de
un Pico della Mirandola. Halmalo no sabe leer, y Lantenac se felicita por ello,
un hombre que lee es un estorbo. Le basta saber recordar. Y le pasa sus
instrucciones, que reproduzco solo por excerpta, porque esta vez la lista ocupa
ocho
páginas.
—Muy bien. Escucha, Halmalo. Tú tomarás por la derecha mientras yo voy
por la izquierda. Iré por Fougères, y tú por Ba zouges. Conserva tu saco, que
te da la apariencia de aldeano; oculta las armas, corta un palo de cualquier
vallado, arrástrate entre los setos altos; deslízate detrás de los centenos
crecidos; […] mantente lejos de los caminantes; evita los puentes y los
caminos. No entres en Portonson. […] ¿Conoces los bosques?
—Todos.
—¿De toda la región? —Desde Noirmourtier hasta
Laval.
—¿Conoces también los nombres?
—Conozco los bosques, sus nombres… todo.
—¿No olvidarás nada?
—Nada.
—Pues presta atención. ¿Cuántas leguas puedes andar por día?
—Diez, quince, dieciocho, veinte si es necesario.
—Lo será. No pierdas una palabra de lo que voy a decirte.
Irás al bosque de Saint-Aubin. —¿Cerca de Lamballe? —Sí. Al borde del
barranco
que hay entre Saint-Rieul y Plédéliac hay un gran castaño; allí te
detendrás aunque no veas a nadie. […] Harás la señal. ¿Sabes hacerla? […]
Luego le tendió a Halmalo el nudo de seda verde.
—Éste es mi nudo de mando. Tómalo. Es importante que nadie sepa todavía
mi nombre. Este nudo basta. La flor de lis fue bordada por Madame Royale en la
prisión del Temple. […] Atiende bien lo que voy a
decirte. Ésta es la consigna: Levantaos, guerra sin cuartel. Irás, pues,
al extremo del bosque de Saint-Aubin, harás la señal tres veces y a la tercera
verás salir un hombre de la tierra. […] Ese hombre es Lanchenault, al que
llaman Corazón de Rey. Le
enseñarás este nudo. Comprenderá. Después irás por los caminos que creas
mejores al bosque de Astillé, y allí verás a un tipo patizambo, a quien llaman
Mousqueton, y que no tiene compasión de nadie. Le dirás que le aprecio y que
ponga en movimientos sus parroquias.
Irás luego al bosque de Couesbon, que está a una legua de Ploërmel; allí
harás la señal del mochuelo y saldrá un hombre de otro agujero. Es el señor
Thuault, senescal de Ploërmel, que ha sido de lo que llaman la Asamblea
Constituyente, pero de los buenos de esa reunión. Le dirás que arme el castillo
de Couesbon, que es del marqués de Guer, quien se ha exiliado. […] Irás después
a Saint-Ouen-les-Toits, y hablarás con Jean Chouan, que a mis ojos es el
verdadero jefe. Luego, al bosque de Ville-Anglose, donde verás a
Guitter, a quien llaman Saint-Martin, y le dirás que vigile a cierto
sujeto llamado Courmesil, que es yerno del viejo Goupil de Préfeln y jefe de
los jacobinos de Argentan. Conserva bien todo esto en la memoria; no escribo
porque no conviene escribir nada […]. Irás después al bosque de Rougefeu, donde
está Miélette, que salta los barrancos con ayuda de un palo largo.
Salto tres páginas enteras:
—Irás a Saint-Mhervé, donde
verás a Gaulier, llamado Grand-Pierre, después te dirigirás al cantón de
Parné, donde están los tipos de rostro ennegrecido […]. Irás acto seguido al
campo de la Vaca Negra, que se halla en un promontorio en medio del bosque de
Charnie; después al campo Verde y al campo de las Hormigas. Irás asimismo al
Grand-Bordage, que se llama también Prado Alto, y está habitado por una viuda
de quien es yerno Treton, apodado el Inglés. El Grand-Bordage se halla en la
parroquia de Queslaines; visitarás Épineux-le-
Chevreuil, Sille-le-Guillaume, Parannes, y a todos los hombres que están
en los bosques…
Y así sigue, hasta el intercambio final:
—No te olvides de nada. — Quede tranquilo el señor. — Ahora marcha y que
Dios te ilumine. —Haré cuanto me habéis ordenado: iré, hablaré, obedeceré,
mandaré[8].
Naturalmente es imposible que Halmalo lo recuerde todo, y el lector se
da cuenta, el lector que ya una línea
después ha olvidado los nombres de la línea anterior. La lista es
aburrida, pero hay que leerla, y releerla. Es como una música. Son puros
sonidos, podría ser el índice de los nombres al final de un atlas, pero esta
furia catalogadora hace del espacio de la Vandea un infinito.
La técnica de la lista es antigua. Si algo debe presentarse tan inmenso
y confuso que una definición o una descripción no podrían dar razón de su
complejidad, se echa mano al catálogo, sobre todo para dar la sensación de un
espacio, con todo lo que contiene. La lista o el catálogo no llena un espacio,
que de por sí sería neutro, con
apariencias significativas, con
pertinencias, evidencias, detalles que saltan a la vista. Alinea nombres
de cosas, o personas, o lugares. Es una hipotiposis que hace ver por exceso de
flatus vocis, como si el oído le asignara al ojo parte de la tarea, demasiado
cansada, de recordar todo lo que oye, o como si la imaginación se esforzara en
construir un lugar donde pueda encontrar alojamiento todo lo que se ha
mencionado. La lista es una hipotiposis Braille.
Nada es inesencial en la lista que Halmalo fingirá (espero) recordar: el
conjunto es la vastedad misma de la contrarrevolución, su arraigarse en la
tierra, en los matorrales, en las aldeas,
en los bosques, en las parroquias. Hugo conoce todas las astucias de la
lista, incluida la persuasión (que quizá también tenía Homero) de que los
lectores no se la leerían entera (o los oyentes del aedo la escucharían como se
escucha la recitación del rosario, cediendo a su fascinación puramente
hechicera). Hugo, estoy seguro, sabía que el lector se saltaría esas páginas,
como lo sabía Manzoni cuando, contra toda regla narrativa, nos deja en suspenso
con don Abbondio ante los bravos, para ofrecernos cuatro páginas de edictos (en
verdad, cuatro en la edición «Quarantana», pero casi seis en la
«Ventisettana»). El lector salta (quizá
se demorará en la segunda o tercera relectura), pero no puede ignorar
que la lista está ahí, ante sus ojos, le impone el salto porque no es
soportable, pero precisamente ese ser insoportable amplifica su fuerza.
Volviendo a Hugo, la insurrección es tan amplia que nosotros, al leer, no
podríamos siquiera recordar a todos los protagonistas, aunque fueran solo los
jefes. Es el remordimiento de la lectura prorrogada la que hace que sintamos lo
sublime de la Vandea.
Sublime es la sublevación legitimista y sublime debe ser la imagen de la
Convención, quintaesencia de la revolución. Llegamos al libro tercero,
que se remite a la Convención. Los tres primeros capítulos describen la
sala, y ya en estas primeras siete páginas la abundancia descriptiva nos hacer
perder el sentido del espacio y nos deja atónitos. Pero luego sigue, quince
páginas más, con la lista de los componentes de la Convención, más o menos
siempre con este tenor:
A la derecha, la Gironda, legión de pensadores; a la izquierda, la
Montaña, grupo de atletas. A un lado Brissot, que recibió las llaves de la
Bastilla; Barbaroux,
a quien obedecían los marselleses; Kervélegan, que
tenía a su disposición el batallón de Brest acuartelado en el
arrabal de Saint-Marceau; Gersonné, que estableció la supremacía de los
representantes sobre los generales. […] Sillery el cojo de la derecha, como
Couthon era el jorobado de la izquierda; Lause-Duperret, que llamado facineroso
por un periodista, lo invitó a comer
diciéndole: «Yo sé que facineroso significa simplemente el hombre que no
piensa como nosotros»; Rabaut Saint-Étienne, que comenzó su almanaque de 1790
con estas palabras: La
revolución está terminada; […] Vigée, que se decía granadero del segundo
batallón de
Mayenne-et-Loire, y que amenazado por las tribunas públicas gritó:
«¡Pido que al primer murmullo de las tribunas nos retiremos todos y marchemos a
Versalles sable en mano!»; Buzot, que estaba destinado a morir de hambre;
Valazé, que debía morir al golpe de su propio puñal; Condorcet, que pereció en
Bourg-la-Reine, pueblo convertido en Bourg-Igualdad, denunciado por el Horacio
que llevaba en el
bolsillo; Pétion, cuyo destino era ser adorado por la muchedumbre en
1792 y devorado por los lobos en 1793; y otros veinte más como Pontécoulant,
Marboz, Lidon, Saint-Martin, Dussaulx, traductor de Juvenal, que hizo la
campaña de Hannover, Boilleau,
Bertrand, Lesterp-Beauvais, Lesage, Gomaire, Gardien, Mainvielle,
Duplantier, Lacaze, Antiboul, gente toda a cuya cabeza se hallaba un Barnave a
quien llamaban Vergniaud.
Y venga, repito, durante quince páginas, una letanía de misa negra,
Antoine-
Louis-Léon Florelle de Saint-Just, Merlin de Thionville, Merkin de
Douai, Billaud-Varenne, Fabre d’Englantine, Fréron-Thersite, Osselin,
Garan-Coulon,
Javogues, Camboulas, Collot,
D’Herbois, Goupilleau, Laurent Lecointre, Léonard Bourdoin, Bourbotte,
Levasseur de la Sarthe, Reverchon, Bernard de Saintres, Charles Richard,
Châteauneuf-Randon, Lavicomterie, Le Peletier de Saint-Fourgeau, como si Hugo
tuviera clara conciencia de que en este enloquecido catálogo el lector perdería
la identidad de los actores para captar las dimensiones titánicas del Actante
único que pretendía poner en escena: la Revolución misma con sus
glorias y sus miserias.
Parece, sin embargo, que Hugo (¿debilidad, timidez, exceso en el
exceso?) tiene miedo de que el lector (a quien bien se le supone que se salte
páginas) no sepa captar de verdad las dimensiones del monstruo que se quiere
representar, y entonces —técnica modernísima en la historia de la enumeración,
y en todo caso distinta de la descripción de la Vandea— la voz del autor
interviene al principio, al final, en medio de la lista, para sacar y sacar la
moral:
La Convención. Nos acercamos a la gran cima: la Convención.
La mirada se detiene en presencia de esa cúspide. Nunca se ha presentado
nada más alto en el horizonte de la Humanidad. En el globo físico tenemos el
Himalaya; en el mundo de la
historia sobresale la Convención.
[…]
La Convención es la primera metamorfosis del pueblo.
[…]
Todo el conjunto era violento, salvaje, regulado. Lo correcto en lo
feroz; tal es en cierto modo la revolución.
[…]
Nada más deforme ni más sublime: grupo de héroes, rebaño de cobardes;
fieras en una montaña, reptiles en un pantano […]. Enumeración titánica. […]
Tragedias cuyo enredo fue obra de gigantes, y cuyo desenlace fue tarea
de pigmeos.
[…]
Tal era aquella Convención desmesurada; trinchera del género humano
atacado por todas las tinieblas a la vez; fuegos nocturnos de un ejército de
ideas sitiadas; inmenso vivac de talentos sobre la pendiente de un
abismo. Nada hay en la Historia comparable a aquel grupo, a la vez
senado y populacho, cónclave y plazuela, areópago y plaza pública, tribunal y
acusado. La Convención se doblegó siempre a impulsos del viento dominante; pero
aquel viento salía de la boca del pueblo y era el soplo de Dios.
[…]
Imposible no detenerse a contemplar esa gran procesión de sombras.
¿Insoportable? Insoportable. ¿Grandilocuente? Aún peor. ¿Sublime?
Sublime. Vean que me dejo arrastrar por mi autor y ya hablo como él: es
que cuando la grandilocuencia rompe los márgenes, atraviesa el muro del sonido
del Exceso Excesivo, nace una sospecha de poesía. Hélas.
Un autor (a menos que no mire a los cuartos, y escriba sin esperanza de
inmortalidad para modistillas, viajantes de comercio o amantes de la
pornografía conocidos por sus gustos en ese preciso momento y en un determinado
país) no trabaja nunca para el propio lector empírico, sino que intenta
construir un Lector Modelo, es decir, ese lector que, si acepta desde el
principio las reglas del juego textual que se le propone, se
convertirá en el lector ideal de ese libro, incluso mil años después.
¿En qué lector modelo está pensando Hugo? Yo creo que tenía dos en la cabeza.
El primero era aquel que leía en 1874, es decir, ochenta años después del
fatídico noventa y tres. Este o esta todavía tenía presentes muchos de los
nombres de la Convención: es como si nosotros leyéramos hoy en Italia un libro
sobre la década de 1920, donde la aparición de figuras como Mussolini,
D’Annunzio, Marinetti, Facta, Corridoni, Matteotti, Papini, Boccioni, Carrà,
Italo Balbo o Turati no nos encontraría completamente en ayunas. El otro lector
es el del futuro (o incluso un lector extranjero de sus
tiempos), el cual —salvo por unos pocos nombres como Robespierre, Danton
o Marat— debería sentirse trastornado ante semejante sarta de desconocidos;
pero, al mismo tiempo, debería tener la impresión de estar
escuchando un chismorreo ininterrumpido que habla de la aldea que visita
por vez primera y donde poco a poco aprende a moverse entre una multitud de
figuras contradictorias, a olisquear el ambiente, a irse acostumbrando a
moverse en esa fiesta concurrida donde adivina que cada rostro desconocido es
la máscara de una historia sangrienta y, a fin de cuentas, una de las tantas
máscaras de la
Historia.
Ya se ha dicho, a Hugo no le interesa la psicología de sus personajes
leñosos o marmóreos, le interesa la antonomasia a la que remiten o, si lo
desean, su valor simbólico. Y lo mismo sucede con las cosas, los bosques de la
Vandea, o con la Tourgue, la inmensa Tour Gauvain donde Lantenac permanece
asediado por Gauvain, ambos vinculados a esa morada solariega que los dos
intentan destruir, el asediante desde fuera y el asediado desde dentro
amenazando un holocausto final. Se han escrito muchas páginas sobre el valor
simbólico de esta torre, entre otras cosas porque en ella se consuma otro gesto
simbólico inocente,
la destrucción de un libro a manos de los tres niños.
Rehenes de Lantenac, que amenaza con hacerlos saltar por los aires si
los republicanos intentaran liberarlos, encerrados en la biblioteca de la torre
asediada, los niños no consiguen hacer nada mejor que destruir y transformar en
un revoloteo de jirones de papel un libro raro sobre san Bartolomé —y es
imposible no ver cómo en su gesto se vuelve a proponer, al contrario, la Noche
de San Bartolomé, vergüenza de la monarquía del tiempo pasado y, por lo tanto,
quizá, venganza de la historia, antistrofa infantil a ese trabajo de anulación
del pasado que en otros
lugares lleva a cabo la guillotina. Y, naturalmente, el capítulo que
narra esta historia en la historia se titula «La masacre de San Bartolomé»,
puesto que Hugo siempre está temiendo que no nos emocionemos bastante.
Este gesto se impone como simbólico gracias al exceso, los juegos
infantiles se nos cuentan con minuciosidad en quince páginas, y precisamente en
virtud de ese exceso, Hugo nos avisa de que también en ese caso no se trata de
un acontecimiento individual, sino del aletear sobre la tragedia de un Actante,
que si no es salvador, por lo menos es benévolo, la Inocencia. Está claro que
se podría
haber resuelto todo en una epifanía fulminante, y Hugo era capaz de
proponerla, como nos demuestra en las últimas líneas del sexto capítulo del
tercer libro: la pequeña Georgette recoge puñados de jirones del libro sometido
a ese sparagmos sacral, los arroja por la ventana, los ve librarse en el viento
y dice: «Papillons», y la ingenua matanza acaba en un desvanecerse de mariposas
en el azul. Ahora bien, no se podía encajar esta epifanía brevísima en la
intriga de tantos otros excesos, con el peligro de que se volviera
imperceptible. Si Exceso debe haber, asimismo las apariciones más fulgurantes
de lo numinoso (contra toda
costumbre mística) deberán durar tiempos larguísimos. En El noventa y
tres, también la gracia debe presentarse bajo forma de barrizal, gorgoteo de
lava incandescente, rebosamiento de aguas, inundación de afectos y efectos. Es
inútil pedirle a Wagner que contenga toda la tetralogía en la medida de un
scherzo chopiniano.
Ahora bien, para no dejarnos llevar por nuestro autor, apresurémonos
críticamente hacia el final. Tras una batalla sin duda épica (¡qué gran
guionista cinematográfico habría sido Hugo!), por fin Gauvain captura a
Lantenac. El duelo
ha terminado. Cimourdain no
vacila y —antes aún del proceso—
hace erigir la
guillotina. Matar a Lantenac era matar a la Vandea, y matar a la Vandea
era salvar a Francia. Pero
Lantenac, como se
decía al
principio, se había ofrecido espontáneamente a su captura para salvar a
los tres niños que corrían el riesgo de morir quemados en esa biblioteca cuya
llave solo él poseía. Ante ese gesto de generosidad, Gauvain no tiene el valor
de mandar a la guillotina a ese hombre, y lo salva. En el diálogo entre
Lantenac y Gauvain primero, y en el diálogo entre Cimourdain y Gauvain ya a la
espera de
la muerte, Hugo echa mano de otros recursos oratorios enfrentando a dos
mundos. En la primera invectiva de Lantenac contra Gauvain (antes de saber que
lo salvaría) se despliega toda la altanería del cidevant ante el
representante de quienes han guillotinado al rey; en la confrontación
entre Cimourdain y Gauvain emerge el abismo entre el sacerdote de la venganza y
el apóstol de la esperanza. Quisiera al hombre de Euclides, dice Cimourdain, y
Gauvain contesta que quisiera al hombre de Homero. Toda la novela nos dice (en
términos de estilo) que Hugo desearía estar en el lado de Homero, y por ello no
consigue hacernos odiar a su
homérica Vandea, pero en términos de ideología, este Homero ha intentado
decirnos que para construir el porvenir era preciso pasar por la línea recta de
la guillotina.
Esta es la historia que cuenta el libro, la historia de sus elecciones
estilísticas, la historia de una lectura (la nuestra, pero otras son posibles).
¿Qué decir?, ¿que los historiadores han identificado en este libro gran
cantidad de anacronismos y de licencias inaceptables? ¿Qué más da? Hugo no
quería hacer historia, quería que sintiéramos la respiración jadeante, el
rugido a menudo maloliente de la Historia. ¿Engañarnos como Marx, que en
El 18 brumario de Luis Bonaparte consideraba a Hugo más interesado en los
conflictos morales de los individuos que en la comprensión de la lucha de
clases? Si acaso lo contrario, y ya lo hemos dicho, Hugo esculpe sus psicología
a golpes de hacha con tal de hacer sentir las fuerzas en conflicto. Y si no era
de la lucha de clases aquello en lo que podía pensar, sin duda eran, y se dio
cuenta de ello Lukács, los ideales de una democracia revolucionaria que
indicaban la vía del porvenir; el mismo Lukács templaba su juicio con la severa
advertencia de que «Las verdaderas
colisiones humanas e históricas entre el aristócrata y el sacerdote que
se han colocado del lado de la Revolución se convierten ambos en rebuscados
conflictos de deber sobre el terreno de este abstracto humanismo[9]». Santo
Dios, ya hemos dicho que a Hugo no le interesaba la clase sino el pueblo y
Dios. Era típico de la rigidez mental del último Lukács no entender que Hugo no
podía ser Lenin (si acaso Lenin era un Cimourdain que no se suicida) y que, es
más, la magia trágica y romántica de El noventa y tres reside en hacer que
jueguen juntas las razones de la Historia y las de las distintas morales
individuales, midiendo la fractura
continua entre política y utopía.
Ahora bien, creo que no hay una lectura mejor para entender los
movimientos profundos tanto de la Revolución como de ese enemigo suyo, la
Vandea, que aún hoy en día sigue siendo ideología para tantos nostálgicos de la
France profonde. Para escribir la historia de dos excesos, Hugo (fiel a su
poética) no podía sino elegir la técnica del Exceso, llevada al exceso. Solo si
aceptamos esta convención, podemos entender la Convención, convirtiéndonos en
el Lector Modelo que Hugo anhelaba, construido no mediante delicados troqueles
sino mediante un opus incertum de rocas apenas esbozadas.
Pues bien, si entramos en el espíritu que anima a esta novela, quizá
salgamos con los ojos secos pero con la mente en tumulto. Hélas.
[Inédito con esta forma,
sintetiza diversas intervenciones escritas y orales].
«Velinas» y silencio
Los italianos más jóvenes creen que la velina es una chica despampanante
que baila con la mascota de la tele, el Gabibbo; los italianos más jóvenes
también creen que el casino es un gran ruido. Los de mi generación saben que,
en términos de semántica histórica, el casino era una casa de tolerancia y solo
después, por connotación, se convirtió en lugar de desorden, de modo que ha
perdido su denotación inicial y todos, a lo mejor incluso algún
cardenal, lo usan para indicar «lugar de desorden». Del mismo modo, el bordello
antiguamente era una casa de tolerancia, pero mi
abuela, mujer de costumbres integérrimas, ya decía: «Non fate bordello»
para decir «No hagáis ruido», habiéndose perdido el significado originario de
la palabra. Por lo tanto, los jóvenes no saben que la velina era una hoja de
papel de calco (carta velina) que la oficina del régimen fascista que se
ocupaba del control cultural enviaba a los periódicos; oficina esta que
dependía del Ministerio de Cultura Popular, cuyo acrónimo,
MinCul-Pop, delataba la falta de sentido del humor del régimen, incapaz
de evitar un equívoco fónico tan grave. Esas notas les decían a los periódicos
de qué había que hablar y qué debía callarse. Por eso la velina se convirtió,
en la jerga periodística, en el símbolo de la censura, en la invitación a
tapar, a hacer desaparecer la noticia[1]. Las velinas que conocemos hoy, en
cambio, son exactamente todo lo contrario: son, lo sabemos todos, la
celebración de la apariencia, de la visibilidad, es más, de la fama alcanzada a
través de la pura visibilidad, donde la mera aparición califica como excelente
(también esas apariciones que antaño se habrían
considerado indecorosas).
Por lo tanto, estamos ante dos formas de la «velinidad», que me gustaría
hacer corresponder a dos formas de censura. La primera era la censura a través
del silencio; la segunda es la censura a través del ruido; es decir, considero
la velina como símbolo del acontecimiento televisivo, de la manifestación, del
espectáculo, de la propagación de la noticia, etc.
El fascismo había entendido (como suelen entender las dictaduras) que
las conductas aberrantes se potencian por el hecho de que los medios de
comunicación dan noticia de ellas. Por ejemplo, las velinas decían «no
mencionen los suicidios» porque, si se hablaba de suicidios, al cabo de
unos días alguien se suicidaba por imitación. Y puesto que en ninguna parte
está escrito que todo lo que se les pasaba por la cabeza a los jerarcas
fascistas estuviera equivocado, hay que decir que esto es algo la mar de justo,
tanto es verdad que sabemos de acontecimientos nacionales que se han producido
solo porque los medios de comunicación han hablado de ellos. Por ejemplo, las
protestas universitarias de 1977 y las de la Pantera a finales de los años
ochenta fueron acontecimientos con una vida brevísima que intentaban revivir el
68 simplemente porque los periódicos
empezaron a decir «Está volviendo el 68». Los que vivieron aquellos
acontecimientos saben perfectamente que fueron creados por la prensa, como por
la prensa se crean palizas, suicidios, tiroteos en aulas escolásticas: la
noticia de un tiroteo en una escuela provoca otros tiroteos en otras escuelas y
muchísimos rumanos, probablemente, se han visto impulsados a cometer estupro
con ancianas porque los periódicos les contaban que era una especialidad
reservada a los «extracomunitarios» y que era facilísimo hacerlo, bastaba ir a
los pasajes subterráneos, cerca de las estaciones, etc.
Si la velina del pasado decía: «Para
no crear conductas que se consideran aberrantes, no hay que hablar de
ellas», la velina del presente dice: «Para que no se hable de conductas
aberrantes, hay que hablar muchísimo de otras cosas». Yo siempre he sido de la
opinión que, si me enterara por casualidad de que mañana los periódicos van a
hablar de una fechoría mía que me acarrearía un perjuicio gravísimo, lo primero
que haría sería ir a poner una bomba junto a la comisaría o la estación. El día
siguiente las primeras páginas de los periódicos estarían ocupadas por ese
acontecimiento y mi escandalillo personal acabaría en las páginas internas de
sucesos. Y quién sabe
cuántas bombas verdaderas han sido colocadas precisamente para hacer
desaparecer de la primera página otras noticias. El ejemplo de la bomba es
fónicamente apropiado, porque es justo el ejemplo de un ruido enorme que reduce
al silencio todo lo demás.
El ruido como cobertura. Diría que la ideología de esta censura a través
del ruido se puede expresar en términos wittgensteinianos, diciendo: de lo que
hay callar, se debe hablar muchísimo. El telediario de la primera cadena de
nuestra televisión pública es el ejemplo príncipe de esta técnica, repleto de
terneras con dos cabezas, pequeños robos, es decir, sucesos menudos que
antaño los periódicos relegaban precisamente al final y que hoy, en
cambio, sirven para llenar tres cuartos de hora de información, para que así no
nos demos cuenta de que se han callado las informaciones que había que dar. En
los últimos meses hemos asistido a una explosión de escándalos, desde el del
director del periódico Avvenire hasta el del magistrado con los calcetines
color turquesa, que tienen la clarísima función de hacer que la avalancha de
pseudoescándalos se vuelva tan ruidosa que ya no se preste atención a ese caso
del que se debe callar. Y nótese, lo bueno del ruido es que cuanto más fuerte
es, menos caso se hace a lo que dice. El
caso del magistrado con los calcetines color turquesa es ejemplar,
porque el magistrado no ha hecho sino fumar, ir al barbero y llevar calcetines
color turquesa, pero eso ha servido para llenar las páginas durante tres días.
Para hacer ruido no es necesario inventar noticias. Basta con difundir
una noticia verdadera pero irrelevante, que, sin embargo, crea una sombra de
sospecha por el mero hecho de darse. Es verdadero e irrelevante que el
magistrado lleve los calcetines color turquesa, pero el hecho de decirlo con
aire de estar aludiendo a algo menos confesable, deja siempre una huella, una
impresión. Entre otras cosas porque
nada se puede desmentir menos que una noticia irrelevante pero
verdadera.
El error del cotidiano La
Repubblica en su campaña antiberlusconiana ha sido insistir demasiado en
una noticia relevante (la fiesta para la mayoría de edad de Noemi). Si, en
cambio, hubieran escrito, qué sé yo, «Berlusconi la otra mañana fue a piazza
Navona, se vio con su primo y juntos se tomaron una cerveza… Qué curioso»,
habría nacido tal serie de insinuaciones, de miradas oblicuas, de apuros, que a
estas horas el presidente del Consejo de Ministros ya habría presentado su
dimisión. En fin, el hecho demasiado relevante puede ser
contestado, mientras que la acusación que no es tal no puede ser
contestada.
Un día, cuando tenía diez años, una señora me paró en la puerta de un
bar y me dijo: «Te doy una lira si me escribes una carta, porque me he hecho
daño en la mano». Yo, que era un niño bien educado, le contesté que no quería
nada y que se lo haría por pura cortesía y la señora insistió en invitarme por
lo menos a un helado. Me hace escribir una carta, yo lo cuento en casa. «Dios
mío —dice mi madre—, te han hecho escribir una carta anónima, ¡ahora quién sabe
qué pasará cuando lo descubran!». Yo le dije: «Mira que esa carta no decía nada
malo». En efecto, estaba dirigida a
un rico comerciante que yo también conocía porque tenía su tienda en el
centro, y decía: «Hemos sabido que tiene usted la intención de pedir en
matrimonio a la señorita X. Queremos informarle de que la señorita X es de
familia respetable y rica, y es muy apreciada en toda la ciudad». Ahora bien,
jamás se había visto una carta anónima que alabara al acusado en lugar de
infamarlo. ¿Cuál era, pues, la función de aquella carta anónima? Puesto que la
señora que me contrató no tenía, evidentemente, elementos para decir nada más,
quería crear al menos un
ambiente de incomodidad. El destinatario debió de preguntarse: «¿Por
qué me dicen semejantes cosas? ¿Qué quiere decir que es muy apreciada en
toda la ciudad?». Yo creo que el comerciante decidió desistir de la idea de la
boda por el temor de meter en su casa a una persona que estaba en boca de
todos.
El ruido ni siquiera necesita transmitir mensajes interesantes, entre
otras cosas porque un mensaje se superpone al otro y todos, precisamente, hacen
ruido. A veces el ruido adopta la forma de una redundancia excesiva. Hace
algunos meses salió un hermoso artículo de Edmondo Berselli en L’Espresso;
decía: ¿se han dado cuenta de que la publicidad ya no dice nada?
Puesto que no se puede probar que un detergente es mejor que otro (y de
hecho son todos iguales), desde hace cincuenta años no se inventa ninguna
manera de hablar de detergentes que no sea poner en escena o bien a amas de
casa que se niegan a recibir dos tambores a cambio del propio o bien a abuelas
solícitas que informan de que la mancha resistente desaparecerá al usar el
detergente apropiado. Por lo tanto, la publicidad de detergentes hace un ruido
intenso y martilleante, nutrido por el mismo mensaje que ya todos se saben de
memoria —tanto que algunos eslóganes se han vuelto proverbiales, tipo «Omo lava
más blanco»— cuya función es
doble: en parte, reiterar la marca (en algunos casos es una estrategia
ganadora: si yo tuviera que entrar en una tienda y pedir un detergente, pediría
o Dixan u Omo porque llevo cincuenta años oyéndolos); en parte, no permitir que
nos demos cuenta de que no podemos hacer ningún discurso epidíctico sobre ese
detergente, es decir, ni de alabanza ni de censura. Y lo mismo sucede con otras
formas: Berselli observa que no se entiende lo que dice ninguno de los anuncios
publicitarios de telefonía móvil. Pero no es necesario entender qué dicen: los
teléfonos móviles los vende el gran ruido. Creo que, de común acuerdo, los
fabricantes
han renunciado a vender sus propios teléfonos y hacen una publicidad
generalizada, que sirva para difundir la idea de que existen los móviles. Si
luego te compras un Nokia o un Samsung, eso lo decidirán otros factores, no la
publicidad. De hecho, la publicidad-ruido adopta la función principal de hacer
recordar el sketch y no el producto. Intenten pensar en los anuncios más
agradables —algunos son incluso divertidos— y recordar a qué producto se
refieren. Son poquísimos los casos en los que el nombre del producto se asocia
a la publicidad tipo «No Martini, no party». En todos los demás casos el ruido
suple al hecho de
no poder demostrar la excelencia del producto.
Internet, naturalmente, representa, sin intentos de censura, el máximo
del ruido asociado a la nula información. O mejor: primero, si se recibe alguna
información no se sabe si es fidedigna;
segundo, intenten buscar una información en Internet: solo nosotros,
hombres de estudio, trabajando diez minutos, empezamos a filtrar y encontrar el
dato que nos interesa. Todos los demás usuarios se quedan fijos en un blog, en
un porno específico, etc., y tampoco navegan mucho más, porque navegar no
permite recoger una información fidedigna.
Si pensamos en casos de ruido que no presuponen una intención censoria,
pero que de todos modos llegan a censurar, en parte debemos hablar también del
periódico de sesenta y cuatro páginas. Sesenta y cuatro páginas son demasiadas
para aislar la noticia pertinente. Una vez más, alguno de ustedes me dirá: «Yo
compro el periódico para encontrar la noticia que me interesa». Seguramente,
pero los que lo hacen son una élite que sabe tratar la información, y habrá una
razón por la que la venta y lectura de los periódicos está cayendo en picado.
Los jóvenes ya no leen los periódicos, es más cómodo ir a buscar la página de
La Repubblica o
de Il Corriere della Sera en Internet, porque de un pantallazo lo sacan
todo, o los periódicos gratis de la estación o del metro porque en dos páginas
nos cuentan lo que hay.
Tenemos, por lo tanto, una censura voluntaria por efecto de ruido —y es
lo que sucede en el mundo televisivo, en la creación de los escándalos
políticos, etc.— y una censura involuntaria pero fatal, allá donde por razones
de por sí absolutamente legítimas (inversiones publicitarias, ventas, etc.) el
exceso de información se traduce en ruido. Esto (pasando ahora del tema de la
comunicación al tema de la ética) ha creado también una psicología y una
ética del ruido. ¿Quiénes son los imbéciles que van por la calle con los
auriculares del iPod en las orejas o los que no consiguen estar una hora en un
tren leyendo el periódico o mirando el paisaje, sino que deben encender el
móvil para decir en la primera parte del viaje: «He salido» y en la segunda
parte del viaje: «Estoy a punto de llegar»? Son personas que ya no consiguen
vivir fuera del mundo del ruido. Por este motivo los restaurantes, ya ruidosos
de por sí por la concurrencia de clientes, sueltan aún más ruido mediante, a
veces, dos televisores encendidos, y música; y si les pedimos que los apaguen,
nos miran como si estuviéramos locos. Esta
necesidad intensa de ruido tiene una función de droga e impide focalizar
lo que sería verdaderamente fundamental. Redi in interiorem hominem: sí, al
final un buen ideal para el universo de la política de mañana y de la
televisión todavía seguiría siendo san Agustín.
Solo habiendo silencio funciona el único y verdadero medio de
información que es el bisbiseo. Todo pueblo, aun oprimido por el más censor de
los tiranos, ha conseguido saber siempre todo lo que sucede en el mundo a
través del bisbiseo. Los editores saben que los libros que se han convertido en
best sellers no han llegado a serlo por la publicidad o por la reseñas, sino
por un
término que en francés es el bouche à oreille, en inglés word of mouth,
en italiano passaparola: los libros llegan al éxito solo a través del bisbiseo
del boca a boca. Al perder la condición del silencio se pierde la posibilidad
de captar la palabra a media voz, que es el único, fundamental y fidedigno
medio de comunicación.
Resumiendo, para acabar, yo diría que uno de los problemas éticos que
nos hemos de plantear es cómo volver al silencio. Y uno de los problemas
semióticos que deberíamos encarar es estudiar mejor la función del silencio en
los distintos modos de comunicación. Abordar una semiótica del silencio:
puede ser una semiótica de la reticencia, una semiótica del silencio en
el teatro, una semiótica del silencio en la política, una semiótica del
silencio en el discurso político, es decir, la larga pausa, el silencio como
creación de suspense, como amenaza, el silencio como consenso, el silencio como
negación, el silencio en música. Miren cuántos temas para un estudio de una
semiótica del silencio. Y, por lo tanto, italianos, no os exhortaré yo, como
hacía Foscolo, a contar historias, sino al silencio.
[Discurso pronunciado en el congreso de 2009 de la Asociación Italiana
de Semiótica].
Astronomías imaginarias
Quiero aclarar enseguida que al hablar de geografías y astronomías
imaginarias no me voy a ocupar de astrología. No es que la historia de la
astrología no se haya entrecruzado una y otra vez con la de la astronomía, sino
que las astronomías y las geografías imaginarias de las que voy a hablar ya han
sido
reconocidas como imaginarias o falsas por todos, mientras todavía hoy en
día los hombres de negocios y los jefes de Estado recurren a los astrólogos
para saber qué deben hacer. Por lo tanto, la astrología no es una ciencia,
exacta o equivocada, sino una religión (o una superstición, siendo siempre las
supersticiones las religiones de los demás), y como tal no puede demostrarse ni
que es verdadera ni que es falsa; es solo cuestión de fe, y en las cuestiones
de fe siempre es mejor no inmiscuirse, por lo menos por respeto hacia los que
creen.
Las geografías y las astronomías imaginarias de las que hablaré han sido
practicadas por personas que exploraban de buena fe el cielo y la tierra
tal y como los veían, y si aun así se engañaron, no podemos decir que lo
hicieran con mala fe. En cambio, los que se están ocupando aún hoy de
astrología saben perfectamente que se refieren a una bóveda celeste distinta de
la que ya la astronomía ha explorado y definido y, sin embargo, siguen haciendo
como si esa imagen del cielo fuera verdadera. Ante la mala fe de los astrólogos
no se puede ejercer forma alguna de simpatía. No es gente que se haya engañado,
son engañadores. Argumento cerrado.
De niño soñaba mirando los atlas. Me imaginaba viajes y aventuras por
tierras exóticas, o me ponía en lugar de un conquistador persa que penetrara en
las estepas de Asia central para descender luego hacia los mares de Sonda y
construirse un imperio que fuera desde Ecbatana hasta la isla de Sajalín. Esta
es quizá la razón por la que de mayor decidí visitar todos los lugares cuyo
nombre años antes hubiera inflamado mi imaginación, como Samarcanda o Tombuctú,
el fuerte de El Álamo o el río Amazonas, y ya solo me faltan Mompracem y
Casablanca.
Más difíciles han sido mis andanzas astronómicas, y siempre mediante
interpósita persona. En los años setenta y ochenta, acogía en mi casa de campo
a un amigo, exiliado checoslovaco, que se construía telescopios y desde la
terraza exploraba el cielo por la noche, llamándome cuando descubría algo
interesante. Decidí que solo Rodolfo II de Praga y yo habíamos tenido el
privilegio de alojar establemente en nuestro tejado a un astrónomo bohemio,
pero luego cayó el muro de Berlín y mi astrónomo bohemio volvió a Bohemia.
Me consolé con mi colección de libros antiguos, que se llama
Bibliotheca semiologica curiosa,
lunatica, magica et pneumatica, e incluye solo libros que hablen de
cosas falsas. En mi colección están las obras de Tolomeo y no las de Galileo, y
si de pequeño soñaba con mis viajes mirando el Atlas De Agostini, ahora
prefiero hacerlo mirando mapas de origen tolemaico.
¿Es imaginaria esta representación del mundo conocido por aquel
entonces? Hay que distinguir entre los distintos sentidos de la palabra
«imaginario». Hay astronomías que han imaginado un mundo basándose en la pura
especulación y en pulsiones místicas, no para decirnos cómo es el cosmos
visible, sino cuáles son las fuerzas invisibles y espirituales que lo
atraviesan; y hay astronomías que, aun fundadas en la observación y en la
experiencia, sin embargo, han imaginado explicaciones que hoy consideramos
falsas. Basta con observar la explicación que Athanasius Kircher en su Mundus
subterraneus, de 1665, da de las manchas solares como exhalaciones de vapor
emanadas por la superficie de la estrella. Ingenuo, pero ingenioso. Y para
quedarnos con Kircher, pues ahí estaba aplicando
principios físicos y cálculos
matemáticos en su Turris Babel de 1679, para demostrar que era imposible
construir hasta el cielo la torre de Babel: en efecto, una vez superada cierta
altura y alcanzado el peso del mismo globo, habría hecho girar el eje terrestre
cuarenta y cinco grados.
La forma de la Tierra
Anaxímenes, en el siglo VI a. C., hablaba de un rectángulo terrestre,
hecho de tierra y de agua, y rodeado por el marco del océano, que navegaba
sobre una especie de cojín de aire comprimido.
Era bastante realista para los antiguos considerar que la Tierra era
plana. Para Homero era un disco rodeado por el océano y cubierto por la calota
de los cielos, y para Tales y Hecateo de Mileto, un disco plano. Era más irreal
pensar, como hizo Pitágoras por razones místico-matemáticas, que
era esférica. Los pitagóricos elaboraron un complejo sistema planetario
donde la Tierra no era ni siquiera el centro del universo. Estaba en la
periferia también el Sol, y todas las esferas de los planetas giraban alrededor
de un fuego central. Entre otras cosas, cada esfera, al girar, producía un
sonido de la gama musical y, para establecer una correspondencia exacta entre
fenómenos sonoros y fenómenos astronómicos, introdujeron incluso un planeta
inexistente, la Antitierra. En su furor matemático-musical (y en su desprecio
por la experiencia sensible), los pitagóricos no consideraron que, si cada
planeta producía un sonido de la gama,
su música mundana habría producido una desagradable disonancia, como si
un gato saltara de repente sobre el teclado de un piano. Pero esta idea la
volvemos a encontrar mil y pico años después en Boecio, y no nos olvidemos de
que Copérnico fue inspirado también por principios matemático-estéticos.
Las sucesivas demostraciones sobre la esfericidad de la Tierra se
basaron, en cambio, sobre observaciones empíricas. Tolomeo, naturalmente, sabía
que la Tierra era redonda, de otro modo no habría podido dividirla en
trescientos sesenta grados de meridiano, pero ya lo habían entendido
Parménides, Eudoxos,
Platón, Aristóteles, Euclides,
Arquímedes. Y lo sabía Eratóstenes que, en el siglo III a. C., calculó
con una buena aproximación la longitud del meridiano terrestre, calculando la
distinta inclinación del Sol, a las doce del mediodía del solsticio de
primavera, cuando se reflejaba en el fondo de los pozos de Alejandría y de
Siena (hoy Asuán).
Ahora bien, a propósito de la Tierra plana hay que abrir un paréntesis,
para decir que no existe solo una historia de la astronomía imaginaria, sino
también una historia imaginaria de la astronomía, que sobrevive aún hoy en
muchos ámbitos científicos, por no hablar de la opinión común.
Intentemos hacer un experimento, y preguntémosle a una persona incluso
culta qué quería demostrar Cristóbal Colón cuando pretendía alcanzar el levante
por el poniente, y qué se obstinaban en negar los sabios de Salamanca. La
respuesta, en la mayor parte de los casos, será que Colón consideraba que la
Tierra era redonda, mientras los sabios de Salamanca consideraban que la Tierra
era plana y que, tras un breve camino, las tres carabelas caerían en el abismo
cósmico.
El pensamiento laico decimonónico, irritado por el hecho de que la
Iglesia no aceptara la hipótesis heliocéntrica, atribuyó a todo el pensamiento
cristiano
(patrístico y escolástico) la idea de que la Tierra era plana. La idea
se reforzó en el curso de la lucha emprendida por los partidarios de la
hipótesis darwiniana contra toda forma de fundamentalismo. Se trataba de
demostrar que, así como se habían equivocado sobre la esfericidad de la Tierra,
así las iglesias podían equivocarse sobre el origen de las especies. Por lo
tanto, se aprovechó el hecho de que un autor cristiano del siglo IV como
Lactancio (en su Divinae institutiones) se oponía a las teorías paganas de la
esfericidad de la Tierra puesto que en la Biblia se describe el universo
siguiendo el modelo del tabernáculo, esto es, de forma
cuadrangular; y, además, porque tampoco podía aceptar la idea de que
existieran unas Antípodas donde los hombres habían de caminar cabeza abajo.
Por último se descubrió que un geógrafo bizantino del siglo VI, Cosmas
Indicopleustes, en su Topografía cristiana, siempre pensando en el tabernáculo
bíblico, sostuvo que el cosmos era rectangular, con un arco que dominaba el
suelo plano de la Tierra.
La bóveda curvada permanece oculta a nuestra mirada por el stereoma, es
decir, el velo del firmamento. Debajo
se extiende el ecumene, esto es, toda la Tierra en la que vivimos, que
se apoya en el océano y sube por un declive imperceptible y continuo hacia el
noroeste, donde se yergue una montaña tan alta que su presencia escapa a
nuestra mirada y su cima se confunde con las nubes. El Sol, movido por los
ángeles —a los que se deben también las lluvias, los terremotos y todos los
demás fenómenos atmosféricos—, pasa por la mañana desde oriente hacia el sur,
por delante de la montaña e ilumina el mundo, y por la noche se remonta hacia
occidente y desaparece detrás de la montaña. El ciclo inverso lo llevan a cabo
la Luna y las estrellas.
Cosma nos muestra también la Tierra como si la observáramos desde
arriba. Tenemos el marco del océano, más allá del cual están las tierras donde
vivía Noé antes del diluvio. Hacia el oriente extremo de estas tierras,
separadas del océano por regiones habitadas por seres monstruosos, está el
paraíso terrenal.
Desde el paraíso se generan el Éufrates, el Tigris y el Ganges, que
pasan por debajo del océano y desembocan luego en el golfo Pérsico, mientras
que el Nilo hace un recorrido más tortuoso por las tierras antediluvianas,
entra en el océano, retoma su camino en las bajas regiones septentrionales, y
más precisamente en tierras de Egipto, y desemboca en el golfo Romaico, es
decir, en el Helesponto.
Como ha demostrado Jeffrey Burton Russell en su Inventing the Flat Earth
(Nueva York, Praeger, 1991), muchos libros prestigiosos de historia de la
astronomía, que aún se estudian en las escuelas, afirman que la teoría de
Cosmas se convirtió en la opinión predominante en toda la Edad Media,
que la Iglesia medieval enseñaba que la Tierra era un disco plano con Jerusalén
en el centro, y que las mismas obras de Tolomeo permanecieron desconocidas en
toda la Edad Media. El hecho es que el texto de Cosmas, escrito en griego, una
lengua que la Edad Media cristiana había olvidado, fue conocido en el mundo
occidental solo en 1706 y se publicó en inglés en 1897. Ningún autor medieval
lo conocía.
Incluso un estudiante de primero de bachillerato puede entender
fácilmente que, si Dante entra en el embudo infernal y sale por la otra parte
viendo estrellas
desconocidas a los pies de la montaña del Purgatorio, eso significa que
sabía perfectamente que la Tierra era esférica. Y la misma opinión compartían
Orígenes y Ambrosio, Alberto Magno, Tomás de Aquino, Roger Bacon y Juan de
Sacrobosco, solo por citar a algunos. El argumento de la discusión en los
tiempos de Colón era que los sabios de Salamanca habían hecho cálculos más
precisos que los suyos, y consideraban que la Tierra, redondísima, era más
amplia de lo que creía nuestro genovés, y que, por lo tanto, era insensato
intentar circunnavegarla. Colón, en cambio, buen navegante, pero astrónomo
pésimo, pensaba que la Tierra era más pequeña
de lo que era. Naturalmente ni él ni los sabios de Salamanca sospechaban
que entre Europa y Asia existía otro continente. Teniendo razón, los doctores
de Salamanca no la tenían; y Colón, no teniendo razón, la tuvo: por
serendipidad.
¿Cómo se difundió la idea de que la Edad Media consideraba la Tierra un
disco plano? En el siglo VII Isidoro de Sevilla (que aun así no era un modelo
de meticulosidad científica) calculaba la longitud del ecuador en ochenta mil
estadios. Por lo tanto, pensaba que la Tierra era esférica. Sin embargo,
precisamente en los manuscritos de Isidoro aparece un diagrama que inspiró
muchas representaciones de nuestro planeta, el denominado mapa en forma
de T.
La parte superior representa a Asia, arriba, porque según la leyenda en
Asia estaba el paraíso terrenal, la barra horizontal representaba por un lado
el mar Negro, y por el otro el Nilo; la vertical el Mediterráneo; por lo cual
el cuarto de círculo a la izquierda representa Europa y el de la derecha
África. Todo está rodeado por el gran círculo del océano.
La impresión de que la Tierra se veía como un círculo la dan los mapas
que ilustran los comentarios del Apocalipsis del Beato de Liébana, un texto
escrito en el siglo VIII pero que, ilustrado por iluminadores mozárabes en los
siglos sucesivos, influyó mucho en el
arte de las abadías románicas y de las catedrales góticas, y el modelo
se encuentra en un sinnúmero de otros manuscritos ilustrados.
¿Cómo era posible que personas que consideraban la Tierra esférica
hicieran mapas donde se veía una Tierra plana? La explicación es que lo hacemos
también nosotros. Criticar estos mapas porque son planos sería como criticar un
atlas contemporáneo porque es plano. Se trataba de una forma ingenua y
convencional de proyección cartográfica.
Se podría objetar que, en esos mismos siglos, los árabes habían
producido mapas más verdaderos,
aunque a menudo tenían la mala costumbre de representar el norte abajo y
el sur arriba. Pero debemos tener en consideración otros elementos. El primero
nos lo sugiere san Agustín, el cual tiene bien presente el debate abierto por
Lactancio sobre el cosmos con forma de tabernáculo, pero al mismo tiempo conoce
las opiniones de los antiguos sobre la esfericidad del globo. La conclusión de
Agustín es que no hay que dejarse impresionar por la descripción del
tabernáculo bíblico porque, ya se sabe, las Escrituras Sagradas a menudo hablan
mediante metáforas, y quizá la Tierra sea esférica. Pero como saber si es
esférica o deja de
serlo no nos sirve para salvar el alma, se puede ignorar la cuestión.
Esto no quiere decir que, como a menudo se ha insinuado, no hubiera una
astronomía medieval. Basta con citar el episodio de Gerberto de Aurillac, el
papa Silvestre II del siglo X, que para conseguir una edición de la Farsalia de
Lucano promete a cambio una esfera armilar y, sin saber que la Farsalia quedó
incompleta por la muerte de Lucano, cuando recibe el manuscrito mutilado da en
cambio solo media esfera armilar. Señal, por un lado, de la gran atención de la
primera Edad Media hacia la cultura clásica, pero al mismo tiempo de sus
intereses astronómicos.
Entre los siglos XII y XIII se traducen el Almagesto de Tolomeo y luego
el De Caelo de Aristóteles. Como todos sabemos, una de las materias del
cuadrivio que se enseñaba en las escuelas medievales era la astronomía, y es
del siglo XIII ese Tractatus de sphaera mundi de Juan de Sacrobosco que,
recalcado sobre Tolomeo, constituiría una autoridad indiscutible durante
algunos siglos.
Sin embargo, también es verdad que durante mucho tiempo las nociones
geográficas y astronómicas provenían confusamente de autores como Plinio o
Solino, en los cuales la preocupación
astronómica no era tal vez
predominante. La visión del cosmos tolemaico, quizá adquirida por vías
indirectas, era la visión teológicamente más fidedigna. Como había enseñado
Aristóteles, cada elemento del mundo debía mantenerse en su lugar natural, del
cual podía ser desplazado solo mediante violencia y no por naturaleza. El lugar
natural del elemento terrestre era el centro del mundo, mientras que agua y
aire habían de tener una posición intermedia y el fuego estaba en la periferia.
Era una visión razonable y tranquilizadora, y, al fin y al cabo, sobre esta
imagen del universo, Dante pudo imaginar su viaje por los tres reinos de la
ultratumba. Y si esta representación
no daba cuenta de todos los fenómenos celestes, el mismo Tolomeo se las
ingenió para introducir ajustes y correcciones, como la teoría de los epiciclos
y de los deferentes, según la cual, para explicar los distintos fenómenos
astronómicos, como las aceleraciones, las estaciones, la retrogradaciones y las
variaciones de distancia de los planetas, se suponía que cada planeta llevaba a
cabo una revolución alrededor de la Tierra mediante una circunferencia mayor,
el deferente, y además trazaba también una revolución, o epiciclo, alrededor de
un punto C del propio deferente.
Por último, la Edad Media era una
época de grandes viajes pero, con las carreteras en ruinas, bosques por
atravesar y brazos de mar por superar fiándose de las pateras de aquel
entonces, no había posibilidad de trazar mapas adecuados. Eran puramente
indicativos, como las instrucciones de la Guía de los peregrinos a Santiago de
Compostela, que decían más o menos: «Para ir de Roma a Jerusalén hay que
dirigirse hacia el sur e ir preguntando por el camino». Ahora, intenten pensar
en el mapa de las líneas de ferrocarril que nos propone uno de esos horarios de
trenes que encontramos en los quioscos. Nadie, a partir de esa serie de nudos,
de por sí clarísima si hemos de tomar un
tren desde Milán hasta Livorno (y enterarnos de que deberemos pasar por
Génova), podría extrapolar con exactitud la forma de Italia. La forma exacta de
Italia no interesa a quienes tienen que ir a la estación.
Los romanos trazaron una serie de carreteras que conectaban todas las
ciudades del mundo conocido, pero podemos ver cómo se representaban en el mapa
denominado peutingeriano, por el nombre de quien lo descubrió en el siglo XV.
La parte superior representa a Europa, la inferior a África, pero
estamos en la misma situación del mapa de los ferrocarriles. En este mapa se
pueden ver las carreteras, de dónde salen y adónde llegan, pero no se adivina
mínimamente ni la forma de Europa ni la del Mediterráneo ni la de África (y sin
duda los romanos tenían que tener nociones geográficas mucho
más precisas). Pero no les interesaba la forma de los continentes, sino
la noticia de que, por ejemplo, había una carretera que permitía ir desde
Marsella hasta Génova.
Para todo lo demás, los viajes medievales eran imaginarios. La Edad
Media produjo enciclopedias, Imagines mundi que intentaban satisfacer sobre
todo el gusto por lo maravilloso, narrando sobre países lejanos e inaccesibles;
esos libros estaban escritos todos ellos por personas que nunca habían visto
los lugares de los que hablaban, porque la fuerza de la tradición en aquel
entonces contaba más que la experiencia. Un mapa no pretendía representar la
forma de la Tierra, sino enumerar las ciudades y los pueblos que se podían
encontrar.
Es más, la representación simbólica contaba más que la representación
empírica. En muchos mapas lo que le
preocupaba al miniaturista era representar a Jerusalén en el centro de
la Tierra, no cómo se llegaba a Jerusalén. Todo ello mientras mapas de la misma
época representaban ya bastante bien Italia y el Mediterráneo.
Una última consideración. Los mapas medievales no tenían una función
científica, sino que respondían a la instancia de lo fabuloso por parte del
público, me gustaría decir de la misma manera en que hoy en día revistas de
papel cuché nos demuestran la existencia de platillos volantes y en la
televisión nos cuentan que las pirámides fueron construidas por una
civilización
extraterrestre. Se escrutaba el cielo a ojos vista para ver cometas que
la imaginación transformaba enseguida en algo que (hoy) confirmaría la
existencia de los ovnis. En muchos mapas de lo siglos XV y XVI, donde ya hay
representaciones cartográficamente aceptables, se siguen representando
los
monstruos misteriosos que se consideraba habitaban esas regiones que el
mapa reproduce de forma no del todo legendaria.
Así pues, no seamos severos con los mapas medievales. Con ellos en la
mente, Marco Polo consiguió llegar hasta China, los cruzados a Jerusalén y
quizá los irlandeses o los vikingos a
América.
Un paréntesis: ¿de verdad, como quiere la leyenda, los vikingos llegaron
a América? Sabemos todos que la verdadera revolución medieval en la navegación
se produce a partir de la invención del timón de codaste. En los barcos griegos
y romanos, en los de los vikingos e incluso en los de Guillermo el Conquistador
que en 1066 arribaron a las playas inglesas (como se ve en el tapiz de la reina
Matilde en Bayeux), el timón estaba constituido por dos remos laterales
posteriores, maniobrados de manera que imprimieran la dirección
deseada al casco. El sistema, además de ser bastante pesado, hacía casi
imposible la maniobra para embarcaciones de gran tonelaje, pero sobre
todo resultaba imposible de gobernar cuando se navegaba a contra viento, dado
que es un tipo de navegación en el que hay que «bordear», es decir, maniobrar
alternativamente el timón de modo que el casco ofrezca primero un costado y
luego el otro a la acción del viento. Los marineros, por lo tanto, tenían que
conformarse con el pequeño cabotaje, esto es, costear las costas para poderse
parar cuando el viento no fuera favorable.
Así pues, los vikingos jamás podrían
haber navegado desde España a América Central como hizo Colón (y lo
mismo vale para los monjes irlandeses). Ahora bien, el tema cambia si pensamos
que hicieron el trayecto primero desde Islandia a Groenlandia, y de ahí a las
costas canadienses. Basta con mirar un mapa para entender cómo buenos
navegadores a bordo de drakkars (y quién sabe cuántos naufragios) pudieron
conseguir llegar al extremo norte del continente americano y quizá a las costas
de Labrador.
La forma del cielo
Pero dejemos la Tierra y lleguemos al cielo. Entre los siglos IV y III
a. C., Aristarco de Samos propuso una
hipótesis heliocéntrica; también Copérnico lo recordaba. Plutarco nos
cuenta que a Aristarco se lo acusó de impiedad precisamente porque puso la
Tierra en movimiento, para así poder explicar, mediante la rotación terrestre,
fenómenos astronómicos que no se podían justificar de otro modo. Plutarco no
aprobaba esta hipótesis y, más tarde, Tolomeo la juzgaría «ridícula».
Aristarco era un adelantado a su tiempo, y puede ser que llegara a su
conclusión por razones equivocadas. Por otra parte, la historia de la
astronomía es curiosa. Un gran materialista como Epicuro cultivaba una idea que
ha sobrevivido durante mucho tiempo, tanto es así que la discutía Gassendi en
el siglo XVII, y que de todas maneras está testimoniada en el De rerum natura
de Lucrecio: el Sol, la Luna y las estrellas (por muchos y muy serios motivos)
no pueden ser ni más grandes ni más pequeños de como se presentan a nuestros
sentidos. Por lo cual Epicuro juzgaba que el Sol tenía un diámetro de unos
treinta centímetros.
El De revolutionibus orbium
caelestium de Copérnico es de 1543. Creemos que de repente el mundo dio
un vuelco y hablamos de revolución copernicana. Pero el Diálogo sobre los dos
máximos sistemas de Galileo es de 1632 (ochenta y nueve años más tarde) y
sabemos qué resistencias encontró. Por otra parte, tanto la de Copérnico como
la de Galileo eran astronomías imaginarias, porque se equivocaban sobre la
forma de las órbitas planetarias.
Claro que la más rigurosa de las astronomías imaginarias fue la de Tycho
Brahe, grandísimo astrónomo y maestro de Kepler, quien elaboró una tercera
solución: los planetas giran alrededor
del Sol, porque de otro modo no podrían
explicarse muchos fenómenos astronómicos, pero el Sol y los planetas
giran en torno a la Tierra, siempre inmóvil en el centro del universo.
La hipótesis de Brahe la tomaron por buena, por ejemplo, los jesuitas,
el mayor entre ellos: Athanasius Kircher. Kircher era un hombre culto, y ya no
podía aceptar el sistema tolemaico. En una tabla dedicada a los sistemas
solares, en su Iter extaticum coeleste (edición de 1660), nos muestra, junto al
sistema platónico y al sistema egipcio, también el sistema copernicano, que
explica con exactitud pero añade «quem deinde secuti sunt pene omnes
Mathematici Acatholici et nonnullis ex Catholicis, quibus nimirum
ingenium et calamus prurit ad nova venditanda». Por lo tanto, no siendo de esa
mala ralea, Kircher elige a Brahe.
Por otra parte, pesaban argumentos muy fuertes contra la idea de una
Tierra que se movía alrededor del Sol. En su Historia utriusque cosmi de 1617,
Robert Fludd demuestra con argumentos mecánicos que, si hay que hacer girar una
rueda, como la celeste, es más fácil hacerlo ejerciendo una fuerza en la
periferia —en aquellas esferas donde estaba el primer móvil— que actuando
sobre el centro, donde los descerebrados copernicanos colocarían
tanto al Sol como a cualquier fuerza generadora de vida y de movimiento.
Alessandro Tassoni, en su Dieci libri di pensieri diversi de 1627, enumera una
serie de razones según las cuales el
movimiento terrestre parecía impensable. Cito solo dos.
Argumento del eclipse. Al quitar la Tierra del centro del mundo, hay que
ponerla o encima o debajo de la Luna. Si la ponemos debajo nunca habrá un
eclipse de Sol porque, al estar la Luna o encima del Sol o encima de la Tierra,
nunca podrá interponerse entre la Tierra y el Sol. Si la ponemos encima, nunca
habrá eclipse de Luna porque la Tierra nunca podrá interponerse entre ella y el
Sol. Y además, la astronomía tampoco podría predecir ya los eclipses,
puesto que regula sus cálculos según los movimientos del Sol, y si el Sol no se
moviera, su empresa sería vana.
Argumento de los pájaros. Si la Tierra girara, los pájaros, cuando
vuelan hacia occidente, nunca podrían mantener su paso, y no avanzarían nada.
Descartes, que se inclinaba por la hipótesis galileana pero nunca tuvo
el valor de publicar sus opiniones al respecto, elaboró una teoría bastante
fascinante, la de los remolinos o tourbillons (Principia philosophiae de 1664).
Imaginaba que los cielos eran una materia líquida, como un mar, que gira
alrededor formando una suerte de vórtices marinos, unos remolinos,
precisamente. Estos remolinos arrastran a los planetas en su giro, y un
remolino arrastra a la Tierra alrededor del Sol. Pero es el remolino el que se
mueve. La Tierra está inmóvil en el remolino que la arrastra. La agudeza de
Descartes
residía en enunciar estas explicaciones asombrosas, que servían para
nadar en el mar geocéntrico salvando la ropa heliocéntrica, como puras
hipótesis y, por lo tanto, no se ponía en contraste con la verdad reconocida
por la Iglesia.
Como decía Apollinaire, «pitié, pitié pour nous qui combattons aux
frontières de l’illimité et de l’avenir,
pitié pour nos pechés, pitié pour nos erreurs…». Eran épocas en las que
el astrónomo serio podía cometer errores y muchos, como le sucedió a Galileo,
que con el telescopio descubrió el anillo de Saturno, pero no logró comprender
de qué se trataba. Como primera idea, se le ocurrió que no había visto una sola
estrella, sino tres juntas en línea recta paralela a la equinoccial, y
representó lo que ha visto como tres circulitos. En los escritos sucesivos,
consideró que Saturno podía aparecer con forma de aceituna, y por último ya no
habló de tres cuerpos o de una aceituna, sino de «dos medias elipses con dos
triangulitos oscurísimos en el medio de las
mencionadas figuras» y nos devuelve un Saturno muy parecido a Mickey
Mouse.
Del anillo hablará más tarde solo Huygens.
La infinidad de los mundos
Vagando entre mundos construidos por la imaginación, la astronomía
imaginaria de nuestros antepasados, veteada de relámpagos ocultistas, supo
concebir
una idea revolucionaria, la de la pluralidad de los mundos. Esta idea ya
estaba presente en los atomistas antiguos, en Demócrito, Leucipo, Epicuro y
Lucrecio. Como nos relata Hipólito en su Philosophoumena, si los átomos están
en continuo movimiento en el vacío no pueden sino producir infinitos mundos,
distintos los unos de los otros, y en algunos no hay ni Sol ni Luna, en otros
las estrellas son mayores que en el nuestro, en otros mucho más numerosas. Una
hipótesis que según Epicuro, al no poder contradecirse, debía presuponerse como
verdadera hasta que no se demostrara que era falsa. Recitará Lucrecio (De
rerum, II,
1052 ss. y 1064 ss.): «nulla est finis: uti ducui, res ipsaque per se /
vociferatur, et elucet natura profundi» (No hay por ningún sitio límite, tal
como te enseñé y la propia realidad proclama a voces y la naturaleza de tal
hondura resalta). Y seguía «Por ello, una y otra vez, es preciso que admitas
que en esos lugares se producen otras agrupaciones de materia como esta que el
éter sujeta en ansioso abrazo».
Tanto el vacío como la pluralidad de los mundos habían sido contestados
por Aristóteles y con Aristóteles los grandes escolásticos como Tomás y Bacon.
Pero la sospecha de la pluralidad de los mundos se les presentará a Ockham,
Buridán, Nicolás de Oresme y otros, cuando se discuta de la infinita
potentia Dei. De una infinidad de los mundos hablarán en el siglo XV Nicolás de
Cusa y en el siglo XVI Giordano Bruno.
Cuál era el veneno que contenía esta hipótesis es algo que surgió más
claramente cuando los nuevos epicúreos, los libertinos del XVII, la
defiendieron. Visitar otros mundos, encontrarse con sus habitantes, era una
herejía mucho más peligrosa que la hipótesis heliocéntrica. Si hay infinitos
mundos, se pone en cuestión la unicidad de la redención: o el pecado de Adán y
la pasión de Cristo son solo un episodio marginal que atañe a nuestra Tierra
pero
no a las demás criaturas divinas, o el Gólgota debería haberse repetido
infinitas veces en infinitos planetas, quitando su sublime unicidad al
sacrificio del Hijo del Hombre.
Como nos recordó Fontenelle en sus Entretiens sur la pluralité des
mondes (1686), la hipótesis ya estaba presente en la teoría cartesiana de los
remolinos, porque si cada estrella arrastra a sus planetas en un remolino, y un
remolino mayor arrastra a la estrella, se podían imaginar en el cielo infinitos
remolinos que arrastran a infinitos sistemas planetarios.
Con la idea de la pluralidad de los mundos empieza en el siglo XVII la
ciencia ficción moderna, desde los viajes de Cyrano de Bergerac a los
imperios del Sol y de la Luna, hasta The Man in the Moone de Godwin, y el
Discovery of a World in the Moone de Wilkins. En cuanto a las formas para
subir, todavía no estamos en Julio Verne. Cyrano, la primera vez, se cuelga del
cuerpo un gran número de ampollas rellenas de rocío y el calor del Sol,
atrayendo el rocío, hace que suba. La segunda vez usa una máquina empujada por
cohetes. Godwin propone, en cambio, un avión ante litteram propulsado por
pájaros.
La ciencia ficción
La ciencia ficción moderna, desde Verne hasta nuestro siglo, abre otro
capítulo de las astronomías imaginarias, donde se explotan y se llevan a su
extremo las hipótesis de la astronomía y de la cosmología científica. Mi
antiguo alumno Renato Giovannoli ha escrito un libro apasionante sobre la
ciencia de la ciencia ficción[1] donde no solo examina todas las hipótesis
pseudocientíficas (a menudo muy creíbles) elaboradas por los relatos de
anticipación, sino que muestra cómo la ciencia de la ciencia ficción constituye
un cuerpo bastante
homogéneo de ideas y topoi que vuelven de narrador en narrador, mediante
perfeccionamientos y desarrollos sucesivos, desde los cañones cargados
con nitroglicerina de Verne y las habitaciones antigravitacionales de Wells
hasta los viajes en el tiempo, pasando por las distintas técnicas de
astronavegación, el viaje en hibernación, la astronave como un
pequeño universo cerrado y ecológicamente autosuficiente con cultivos
hidropónicos, las infinitas variaciones sobre la paradoja de Langevin, con el
astronauta que regresa de un viaje espacial a la velocidad de la luz diez años
más joven que su propio
hermano gemelo. Por ejemplo, Robert Heinlein en La hora de las estrellas
escribió la historia de dos gemelos que durante el viaje se comunican
telepáticamente, pero Tullio Regge en su Cronache dall’Universo notó que, si
los mensajes telepáticos llegan al instante, las respuestas del hermano que
viaja deberían llegar antes de la pregunta.
Otro tema constante es el del hiperespacio que Heinlein en Jones, el
hombre estelar describe como sigue, usando como modelo un pañuelo: «Aquí está
Marte… Aquí está Júpiter. Para ir de Marte a Júpiter tiene usted que ir de aquí
a aquí, ¿no es eso?… Pero supongamos que doble el pañuelo de
forma que Marte está encima de Júpiter: ¿qué puede impedir pasar de uno
a otro?». De este modo, la ciencia ficción ha ido en busca de los puntos
anómalos del universo donde el espacio puede plegarse sobre sí mismo. Ha
utilizado también hipótesis científicas, como los puentes de Einstein-Rose, los
agujeros negros, los agujeros de gusano espacio-temporales, y Kurt Vonnegut
imaginó en Las sirenas de Titán la existencia de túneles hiperespaciales, los
infundíbulos cronosinclásticos, mientras otros han inventado los taquiones,
partículas más veloces que la luz.
Se han discutido todos los problemas del viaje en el tiempo, sin
desdoblamiento y con desdoblamiento del cronoviajero, incluida la famosa
paradoja del abuelo (si volviéramos atrás y matáramos a nuestro abuelo antes de
que se casara, quizá en ese momento desapareceríamos), usando también conceptos
elaborados por científicos como Reichenbach en su El sentido del tiempo, a
propósito de cadenas causales donde, por lo menos en el mundo subatómico, A
causa B, B causa C, y C causa A. Philip Dick en El mundo contra reloj teorizó
la inversión entrópica. Fredric Brown escribió un cuento, «El final», donde en
la primera parte se supone que el tiempo es un campo y que el profesor Jones ha
encontrado una máquina que invierte el campo temporal: Jones aprieta un
botón mientras habla, y la segunda parte de la historia está construida con las
mismas palabras que la primera, pero en orden inverso.
Y por último, jugando con la antigua teoría de la infinidad de los
mundos, se han imaginado universos paralelos, por lo que Fredric Brown en su
Universo de locos nos recuerda que puede existir un
número infinito de universos coexistentes: «Hay, por ejemplo, un
universo en el cual esta misma escena está siendo repetida, excepto que tú, o
tu equivalente, lleva zapatos castaños y no negros. Hay un número infinito de
permutaciones de esa variación; un universo en el cual tú tienes un
ligero rasguño en el dedo índice, y otro donde tienes cuernos rojos». Pero en
la lógica de los mundos posibles un filósofo como D. K. Lewis en su
Counterfactuals de 1973 sostenía: «Yo subrayo que no identifico de ninguna
manera los mundos posibles con respetables entidades lingüísticas. Yo los asumo
como respetables entidades de pleno derecho. Cuando profeso una actitud
realista por lo que atañe a los mundos posibles, quiero que se me tome al pie
de la letra.
[…] Nuestro mundo actual es
solo un mundo entre los demás mundos. […] Ustedes creen ya en nuestro mundo
actual. Yo solo les pido que crean en más cosas de este tipo».
¿Cuánto separa mucha ciencia ficción de la ciencia que la ha precedido o
la seguirá? Si los narradores de ciencia ficción leen sin duda a los
científicos, ¿cuántos científicos han alimentado su imaginación con los
narradores de ciencia ficción? ¿Cuántas de las astronomías imaginarias de la
ciencia ficción siguen o seguirán siendo un día todavía imaginarias?
He encontrado un texto en el que Tomás de Aquino (In primum
sententiarum, 8, 1, 2) distingue dos tipos de relación morfológica entre causa
y efecto: la causa puede parecerse
al efecto, como un personaje se parece a su retrato, o la causa puede
ser diferente del efecto como sucede con el fuego que causa el humo; entre esta
segunda categoría de causas, Tomás coloca al Sol, que produce calor pero de por
sí es frío. Nosotros sonreímos, porque a ese ejemplo lo llevaba su teoría de
las esferas celestes, pero el día en que tomemos en serio la fusión fría, ¿no
deberíamos volver a considerar con respeto también la idea del Aquinate?
El Sol frío y la Tierra hueca
A propósito del Sol frío, ha habido
geoastronomías más que imaginarias, delirantes diría yo, que por lo
visto inspiraron pensamientos y decisiones muy serias, aunque muy poco
apreciables.
Desde 1925, en los ambientes nazis, se
publicitaba la teoría de un
pseudocientífico austriaco, Hans Hörbiger, llamada WEL, es decir,
Welteislehre, o teoría del hielo eterno[2]. Esa teoría gozó de los favores de
hombres como Rosenberg y Himmler. Pero con la llegada de Hitler al poder, a
Hörbiger lo tomaron en serio en algunos ambientes científicos, por ejemplo,
estudiosos como Lenard, que había descubierto los rayos X con Röntgen.
Para Hörbiger, el cosmos era el teatro de una lucha eterna entre el
hielo y el fuego, que produce no una evolución sino una alternancia de ciclos,
o de épocas. Antaño había un enorme cuerpo de elevada temperatura, millones de
veces mayor que el Sol, que entró en colisión con una inmensa acumulación de
hielo cósmico. La masa de hielo penetró en este cuerpo incandescente y, tras
trabajar en su interior como vapor durante centenares de millones de años, lo
hizo estallar. Varios fragmentos se proyectaron tanto en el espacio helado como
en una zona intermedia donde se constituyó el sistema solar. La Luna, Marte,
Júpiter y Saturno están helados, y
un anillo de hielo es la Vía Láctea, en la cual la astronomía
tradicional ve estrellas; pero se trata de trucos fotográficos. Las manchas
solares están producidas por bloques de hielo que se separan de Júpiter.
Ahora, la fuerza de la explosión originaria va disminuyendo y cada
planeta no lleva a cabo una revolución elíptica, como cree erróneamente la
ciencia oficial, sino una aproximación en espiral (imperceptible) alrededor del
planeta mayor que lo atrae. Al final del ciclo en que estamos viviendo, la Luna
se aproximará cada vez más a la Tierra, de modo que las aguas de los océanos se
irán elevando, sumergiendo los trópicos
y dejando aflorar solo las montañas más altas, los rayos cósmicos se
volverán
más poderosos y determinarán mutaciones genéticas. Por último,
nuestro satélite estallará transformándose en un anillo de hielo, agua y
gas, que luego caerá sobre el globo terráqueo. A causa de complejas vicisitudes
debidas a la influencia de Marte, también la Tierra se transformará en un globo
de hielo y al final será reabsorbida por el Sol. Luego habrá una nueva
explosión y un nuevo inicio, al igual que la Tierra, en el pasado, tuvo y
reabsorbió otros tres satélites.
Evidentemente, esta cosmogonía presuponía una especie de eterno
retorno que se remitía a mitos y epopeyas antiquísimas. Una vez más, lo
que los nazis de hoy en día denominan la sabiduría de la tradición se oponía al
falso saber de la ciencia liberal y judaica. Además, una cosmogonía glacial
parecía muy nórdica y aria. En su El retorno de los brujos, Pauwels y
Bergier[3] atribuyen a esta profunda creencia en los orígenes glaciales del
cosmos la confianza, alimentada por Hitler, de que sus tropas podrían manejarse
perfectamente en el hielo del territorio ruso. Pero sostienen también que la
exigencia de probar cómo reaccionaría el hielo cósmico retrasó también los
experimentos sobre las V1.
En 1938 un pseudo-Elmar Brugg[4] publicó un libro en honor de Hörbiger
cual Copérnico del siglo XX, sosteniendo que la teoría del hielo eterno
explicaba los vínculos profundos que unen los acontecimientos terrenos a las
fuerzas cósmicas, y concluía que el silencio de la ciencia democrático-judaica
sobre Hörbiger era un caso típico de conspiración de los mediocres.
Que alrededor del partido nazi actuaran seguidores de ciencias
mágico-herméticas y neotemplarias, por ejemplo, los secuaces de la Thule
Gesellschaft fundada por Rudolf von
Sebottendorff, es un fenómeno ampliamente estudiado[5].
En el ambiente nazi se habría prestado oídos a otra teoría, aquella
según la cual la Tierra está hueca y nosotros no vivimos fuera, en la corteza
exterior, convexa, sino dentro, en la superficie cóncava interna. La teoría fue
enunciada a principios del siglo XIX por un tal capitán J. Cleves Symmes de
Ohio que escribió a varias sociedades científicas: «A todo el mundo: yo declaro
que la Tierra está vacía y es habitable en su interior; que contiene cierto
número de esferas sólidas, concéntricas, es decir, colocadas una dentro de la
otra, y que está abierta en los dos polos por una extensión de doce o dieciséis
grados». En la Academia de
Ciencias Naturales de Filadelfia se conserva todavía la maqueta, de
madera, de su universo.
En la segunda mitad del siglo, la teoría fue retomada por Cyrus Reed
Teed, quien especificaba que lo que nosotros creemos cielo es una masa de gas,
que llena el interior del globo, con zonas de luz brillante. El Sol, la Luna y
las estrellas no serían globos celestes sino efectos visuales provocados por
varios fenómenos.
Tras la Primera Guerra Mundial, la teoría fue introducida en Alemania
por Peter Bender, y luego por Karl Neupert, que fundó el movimiento de la
Hohlweltlehre, la teoría de la Tierra
hueca. Según algunas fuentes[6], las altas jerarquías alemanas se
tomaron en serio la teoría, y en algunos círculos de la marina alemana se
consideraba que la teoría de la Tierra hueca permitía establecer con mayor
exactitud las posiciones de los buques ingleses porque, de usarse rayos
infrarrojos, la curvatura de la Tierra no oscurecería la observación. Se dice
incluso que algunos lanzamientos con las V1 erraron el tiro precisamente porque
se calcularon sus trayectorias partiendo de la hipótesis de una superficie
cóncava y no convexa. Ahí —si es verdad— se ve la utilidad histórica y
providencial de las astronomías delirantes.
Geografías imaginarias e historia verdadera
En la segunda mitad del siglo XII llegó a Occidente una carta que
relataba cómo en el lejano Oriente, allende la regiones ocupadas por los
musulmanes, allende esas tierras que los cruzados habían intentado sustraer al
dominio de los infieles, pero que habían vuelto a su dominio, florecía un reino
cristiano, gobernado por un fabuloso preste Juan, o presbyter Johannes, «re
potentia et virtute dei et domini nostri Iesu Christi». La carta empezaba
diciendo:
Has de saber y creer firmemente que nos, el Preste Juan, soy señor de
los señores y supero a todos los reyes de la tierra en todas las riquezas que
hay bajo el cielo, así como en virtud y poder. Setenta y dos reyes nos pagan
tributos. […] Nuestra Soberanía se extiende sobre las tres Indias: desde la
Mayor, donde reposa el cuerpo del
apóstol Tomás, nuestros dominios se adentran en el desierto, se
despliegan hasta los confines de Oriente para luego formar un arco replegándose
hacia Occidente, hasta Babilonia
desierta, cerca de la torre de Babel. […] En nuestros dominios nacen y
viven
elefantes, dromedarios,
camellos, hipopótamos,
cocodrilos, metagallinarios,
cameteternos, tinsiretas,
panteras, onagros, leones blancos y rojos, osos y mirlos blancos,
cigarras mudas, grifos, tigres, chacales, hienas, bueyes silvestres,
sagitarios, hombres salvajes, hombres cornudos, faunos, sátiros y mujeres de la
misma especie, pigmeos, cinocéfalos, gigantes que miden cuarenta codos,
monóculos,
cíclopes, un pájaro llamado fénix y prácticamente todo tipo de animal
que vive bajo la bóveda celeste […] En una de nuestras provincias fluye un río
llamado Indo. Este río, que mana del Paraíso, extiende sus meandros en brazos
distintos por toda la provincia y en él se encuentran piedras naturales,
esmeraldas, zafiros, carbúnculos, topacios, crisólitos, ónices,
berilios, amatistas, sardónices y muchas otras piedras preciosas[7].
Y así en adelante enumerando otras
mirabilia. Traducida y parafraseada muchas veces en el curso de los
siglos siguientes, hasta el siglo XVII, y en varias lenguas y versiones, la
carta tuvo una importancia decisiva para la expansión del Occidente cristiano
hacia Oriente. La idea de que más allá de las tierras musulmanas podía existir
un reino cristiano legitimaba todas las empresas de expansión y exploración.
Del preste Juan hablarían Giovanni Pian del Carpine, Guillermo de Rubruck y
Marco Polo. Hacia mediados del siglo XIV, el reino del preste Juan se desplazó
desde un Oriente impreciso hacia Etiopía, cuando los navegantes portugueses
afrontaron la aventura
africana. En el siglo XV Enrique IV de Inglaterra, el duque de Berry y
el papa Eugenio IV intentaron establecer contactos con el preste Juan. En
Bolonia, en la época de la coronación de Carlos V, todavía se discutía si Juan
podía ser un aliado posible para la reconquista del santo sepulcro.
¿Cómo nació y qué finalidad tenía la carta del preste Juan? Quizá se
trataba de un documento de propaganda
antibizantina, elaborado en los scriptoria de Federico I, pero el
problema no reside tanto en su origen como en su recepción. A través del
fantasear geográfico se fue reforzando poco a poco un proyecto político. En
otras palabras, el fantasma evocado por algún escriba en vena de
falsificaciones (género literario muy estimable en aquella época) actuó como
coartada para la expansión del mundo cristiano hacia África y Asia, amigable
sostén del fardo del hombre blanco.
He aquí, pues, un caso de geografía imaginaria que ha producido historia
verdadera. No es el único. Quisiera acabar con el Typus orbis terrarum de
Ortelio, del siglo XVI.
Ortelio nos representaba ya el continente americano con notable
precisión, pero seguía pensando, como muchos antes y después de él, que existía
una Terra australis, un inmensa
calota que envolvía toda la parte antártica del planeta. Para encontrar
esta inexistente Tierra austral, navegadores incansables, desde Mendaña hasta
Bougainville, desde Tasman hasta Cook, exploraron el Pacífico. Gracias a una
cartografía imaginaria se descubrieron por fin la verdadera Australia,
Tasmania, Nueva Zelanda.
Piedad, pues, por quienes han combatido en las fronteras de lo ilimitado
y del porvenir. Piedad por las grandezas y los errores a menudo
fecundos de todas las geografías y astronomías imaginarias.
[Reelaboración de dos ponencias, una de 2001,
presentada en un congreso de astrónomos, y otra de 2002, en un congreso
de geógrafos].
¡Yo soy Edmundo
Dantès!
Algunos desafortunados se han iniciado en la literatura leyendo, qué sé
yo, a Robbe-Grillet. Robbe-Grillet se puede leer solo después de haber
entendido cuáles son las estructuras ancestrales de la narración, que él
incumple. Para saborear las invenciones y las deformaciones léxicas de Gadda,
hay
que conocer las reglas de la lengua italiana y haberse familiarizado con
el buen toscano de Pinocho.
Recuerdo que cuando era adolescente, tenía un amigo con quien tenía
entablado un desafío permanente: mi amigo, de familia culta, leía a Ariosto, y
yo, para estar a su nivel, me gastaba el poco dinero que tenía para comprarme a
Tasso en algún puesto de libros viejos. Me lo medio leía, pero lo que yo leía,
y secretamente, eran Los tres mosqueteros. Una tarde, la madre del chico, de
visita en mi casa, descubrió el libro inculpado en la cocina (los futuros
hombres de letras han leído en la cocina, acurrucados con
la espalda apoyada en el aparador, con su madre gritando que se iban a
quedar sin ojos, que al menos salieran a tomar un poco de aire) y reaccionó
escandalizada («Pero cómo, ¿lees esa porquería?»). Nótese que esa misma señora
le decía a mi madre que su ídolo era Wodehouse, y lo leía yo también, y con
mucho gusto pero —literatura de consumo por literatura de consumo— ¿por qué
Wodehouse era más noble que Dumas?
Es que pesaba sobre la novela de entregas una condena ya secular, y no
solo la enmienda Riancey de 1850 la había amenazado de muerte imponiendo a los
periódicos que publicaban
folletines un impuesto insostenible, sino que entre las personas
timoratas de Dios cundía la difusa opinión de que los folletines arruinaban a
las familias, corrompían a los jóvenes, empujaban a los adultos al comunismo y
a la subversión del trono y del altar; baste ver las casi dos mil páginas en
dos volúmenes que le dedicaba a esta literatura diabólica en 1845 Alfred
Nettement (Études critiques sur le feuilleton-roman).
Sin embargo, solo si leemos la novela por entregas (y de pequeños),
aprendemos los mecanismos clásicos de la narrativa, en su manifestación en
estado puro, a menudo
desvergonzadamente, pero con una arrolladora energía mitopoyética.
Pues bien, ahora me gustaría ocuparme no de un libro en especial sino
precisamente de un género (el folletín) y de un mecanismo específico, la
agnición o reconocimiento.
Si fuera necesario recordar, como acabo de hacer, que el folletín pone
en escena los mecanismos eternos de la
narración, deberíamos citar a Aristóteles (Poética 1452a-b). La agnición
es «la transición de la ignorancia al conocimiento», y en especial el
reconocimiento de persona a persona, como cuando un personaje descubre en otro,
e inopinadamente (por
revelación ajena o descubrimiento de una joya o de una cicatriz), al
propio padre o al propio hijo, o peor aún, cuando Edipo se da cuenta de que esa
Yocasta con la que ha contraído matrimonio es su madre.
A la agnición o se reacciona con sencillez, siguiendo el juego del
narrador, o se reflexiona según los modos de la narratología. En el segundo
caso, algunos creen que se corre el riesgo de perder el efecto, pero no es
verdad, y para probarlo haré algunas reflexiones narratológicas para volver
luego de manera salvaje, en toma directa, a los milagros de la agnición.
Una agnición doble debe tomar por
sorpresa no solo al personaje sino también al lector. Esta sorpresa
puede haber sido preparada bajo forma de insinuaciones y sospechas o puede
llegar de veras repentina incluso para quien lee; la dosificación de
anticipaciones casi imperceptibles o de golpes de escena inesperados depende de
la habilidad del narrador. En cambio, se produce una agnición sencilla cuando
el personaje cae de las nubes ante la revelación, pero el lector ya sabe lo que
está sucediendo. Es típico de esta categoría el descubrimiento múltiple de
Montecristo ante sus enemigos, que el lector espera y saborea a partir de la
mitad del libro.
En la agnición doble, el lector, al identificarse con el personaje,
sufre y goza con él y participa en sus sorpresas. En la sencilla, en cambio, el
lector proyecta en sus personajes, cuyo secreto ya conoce o adivina, las
propias frustraciones o los propios deseos de revancha y anticipa el golpe de
escena. Es decir, el lector quisiera actuar con sus propios enemigos, con su
propio jefe, con la mujer que lo ha traicionado, tal como actúa Montecristo:
«¿Tú me despreciabas? Pues bien, ¡ahora te diré quién soy yo de verdad!», y se
relame los labios esperando que llegue el momento final.
Elemento útil para
que salga bien
una agnición es el disfraz: el disfrazado, desenmascarándose, aumenta la
sorpresa del personaje implicado; el lector, por su parte, o participa de la
sorpresa o, al haber reconocido al disfrazado, goza de la sorpresa de los
ignaros personajes.
Se produce también una doble especie de degeneración a partir de estos
dos tipos de agnición cuando haya reconocimiento redundante o inútil. En
efecto, el reconocimiento es una moneda que hay que gastar con parsimonia y
debería constituir el clou de una trama respetable. El caso de Montecristo que
se descubre muchas veces y, a su vez, se va enterando de las intrigas de las
cuales fue víctima, constituye un caso
extraño y magistral de reconocimiento que, aun siendo usado más de una
vez, no resulta por ello menos satisfactorio. En el folletín vulgar, en cambio,
el reconocimiento, considerando que «vende bien», se repite hasta la saciedad,
y de este modo pierde todo su poder dramático y adquiere una pura función
consolatoria, en el sentido de que ofrece al lector una droga de la que se ha
vuelto adicto y no puede pasar sin ella. Este derroche del mecanismo adopta
sucesivamente formas aberrantes cuando el reconocimiento, claramente, resulta
inútil para el desarrollo de la trama, y la novela se satura de agniciones por
meras finalidades
publicitarias, como si quisiera recibir la calificación de novela por
entregas ideal, que vale lo que cuesta.
Un caso evidente de agniciones inútiles a raudales lo tenemos en El
herrero del convento (Le forgeron de la Cour Dieu) de Ponson du Terrail.
Teniendo presente que en la lista que sigue las agniciones inútiles están
marcadas con un asterisco (y como se ve son la mayoría) pues bien, en esta
novela *el padre Jerónimo se descubre a Juana; el padre Jerónimo se descubre a
Mazures; *la condesa de Mazures, gracias al relato de Valognes, reconoce en
Juana a la hermana de Aurora; *gracias al retrato contenido en el
joyero que le dejó su madre, Aurora reconoce en Juana a su propia
hermana; Aurora, leyendo el manuscrito de su madre, reconoce en el anciano
Benjamín a Fritz; *Luciano se entera por Aurora de que Juana es la hermana de
Aurora (y de que su madre —de él— mató a la madre de ambas); *Raúl de la
Maurelière reconoce en César al hijo de Blaisot y en su acosadora a la condesa
de Mazures; *Luciano, tras herir a Maurelière en duelo, descubre bajo su camisa
un medallón con el retrato de Gretchen; *la gitana entiende gracias a un
medallón hallado en las manos de Polyte que Aurora es libre; *Bibi reconoce a
Juana y Aurora en las
aristocráticas denunciadas por la gitana; *Pablo (alias el caballero de
Mazures), gracias al medallón de Gretchen que Bibi le enseña (tras haberlo
recibido de la gitana que a su vez lo ha recibido de Polyte), reconoce a su
hija Aurora en la aristócrata que debería arrestar; *Bibi revela a Pablo que su
hija ha sido arrestada en lugar de Juana; Bibi, en su huida, se entera de que
la muchacha salvada de la guillotina es Aurora; Bibi en la diligencia descubre
que su compañero de viaje es Dagoberto; *Dagoberto se entera por Bibi de que
Aurora y Juana están en París y de que Aurora está en la cárcel; Polyte
reconoce en Dagoberto al hombre que le
salvó la vida en las Tullerías; *Dagoberto reconoce a la gitana que un
día le predijo la suerte; *el médico de Dagoberto reconoce en el médico alemán
que llega de repente —invitado por las Máscaras Rojas— a su antiguo maestro y
este reconoce en él a su discípulo y en Polyte al joven que poco antes había
salvado por el camino; años después, Polyte reconoce a Bibi en un desconocido
que habla con él; ambos reconocen a la gitana y en Zoe a su ayudante; Benito
encuentra y reconoce a Bibi; *Pablo (loco desde hace años) recobra el juicio y
reconoce a Benito y a Bibi; se reconoce en el viejo ermitaño al prior padre
Jerónimo; *el caballero de
Mazures se entera por el padre Jerónimo de que su hija está viva; *la
gitana descubre que su mayordomo es el mismo Bibi; *el republicano (atraído en
una trampa) reconoce en una bella alemana a una joven cuyos padres había
mandado a la guillotina (su identidad ha sido revelada al lector dos páginas
antes); *la gitana (condenada por los gitanos) reconoce en Luciano, Dagoberto,
Aurora y Juana a aquellos que había acosado y arruinado.
No importa que quien (afortunadamente) no ha leído El herrero del
convento se haya orientado en esta avalancha de agniciones que atañen a
personajes de los que no sabe
nada. Mejor que le quede una gran confusión en la cabeza porque, con
respecto a los clásicos del folletín, esta novela es como una película que,
para interesar al público de El último tango en París, ofrece a los propios
espectadores la visión de ciento veinte
minutos ininterrumpidos de penetraciones posteriores entre un centenar
de huéspedes de un hospital psiquiátrico. Que es lo que hacía Sade en Los 120
días de Sodoma, explayándose en centenares de páginas allá donde Dante se había
limitado a escribir «la bocca mi baciò tutto tremante» (la boca me besó todo
anhelante).
Los reconocimientos de Ponson du Terrail son inútiles, además de
exageradamente redundantes, porque el lector ya lo sabe todo de sus personajes.
Aunque bien es verdad que para los lectores de buen comer se introduce una
punta de sadismo en el juego. Los personajes de la novela desempeñan el papel
del tonto del pueblo, puesto que son los últimos en entender aquello que tanto
los lectores como los demás
personajes ya han entendido perfectamente.
La agnición de tonto del pueblo se divide en agnición de tonto auténtico
y de tonto calumniado. Tenemos un tonto auténtico cuando todos los elementos de
la trama, datos, hechos, confidencias, señales inequívocas, concurren a
que se produzca la agnición, y solo el personaje persevera en la propia
ignorancia; en otros términos, la trama les ha proporcionado tanto a él como al
lector los elementos para desentrañar el enigma, y resulta inexplicable que no
lo logre. La figura perfecta del tonto auténtico, críticamente asumida por el
lector, es la del policía oficial en contraposición con el detective (cuyos
conocimientos proceden al mismo paso que los del lector). Pero hay casos en los
que el tonto es calumniado, porque de hecho los acontecimientos de la trama no
le dicen nada, y lo que hace
que el lector esté en autos es la tradición de las tramas populares. Es
decir, el lector sabe que, por tradición narrativa, el personaje X no puede ser
sino el hijo del personaje Y. Pero Y no puede saberlo, porque no ha leído
novelas por entregas.
Un caso típico es el de Rodolfo de Gerolstein en Los misterios de París.
Desde que Rodolfo conoce a la Goualeuse, es decir, a Fleur-de-Marie, tierna e
indefensa prostituta, y en cuanto se sabe que a Rodolfo le quitaron, a muy
tierna edad, a la hija que tuvo con Sarah
McGregor, el lector entiende inmediatamente que Fleur-de-Marie ha de ser
su hija a la fuerza. Ahora bien,
¿por qué debería pensar Rodolfo que es el padre de una joven que ha
encontrado por azar en una sórdida taberna? Justamente, lo sabrá solo al final.
Claro que Sue se da cuenta de que el lector ya lo sospecha y al final de la
primera parte le anticipa la solución: estamos ante un caso típico de
sometimiento de la trama a los condicionamientos de la tradición literaria y de
la distribución mercantil. La tradición literaria hace que el lector sepa ya
cuál es la solución más probable, mientras que la distribución semanal del
folletín, con la historia que se desgrana en un número interminable de
entregas, hace que no se pueda mantener en suspenso al lector durante
demasiado tiempo, a riesgo de que sucumba su memoria a largo plazo. Por
lo tanto, Sue se ve obligado a cerrar esa mano para poder abrir otras sin
sobrecargar la memoria y la capacidad de tensión del lector.
Narrativamente hablando, Sue lleva a cabo un suicidio al jugarse su
mejor carta en la segunda mano. Pero el suicidio se produjo ya en el momento en
el que decidió moverse en el ámbito de soluciones narrativas obvias: la novela
popular no puede ser problemática ni tan siquiera en la invención de la trama.
Un último mecanismo que entra dentro de la categoría de la agnición
inútil es el topos del falso desconocido.
La novela popular, al empezar el capítulo, suele presentar a un
personaje misterioso que debería resultar desconocido para el lector, pero tras
haber hecho que se mueva lo suficiente, avisa: «El desconocido, en quien el
lector ya habrá reconocido a nuestro X…». Una vez más, tenemos un expediente
narrativo de poca monta, gracias al cual el narrador introduce por enésima vez,
en medida degradada, el placer del reconocimiento. Nótese que ahora el
protagonista de la agnición no es el personaje (el desconocido sabe
perfectamente quién es, y suele aparecer en un callejón oscuro o en una
habitación reservada, sin que otros lo
hayan visto todavía), sino solo el lector. Y este lector, si es un
habitué de los folletines, entiende enseguida que el desconocido es un falso
desconocido y suele adivinar de inmediato quién es, pero el autor insiste en
querer hacerle desempeñar el papel del tonto del pueblo, y quizá con algún
lector menos entendido lo consigue.
Sin embargo, si desde el punto de vista de una estilística de la trama,
estos medios degradados constituyen ripios narrativos, desde el punto de vista
de una psicología de la fruición y de una psicología del consenso funcionan muy
bien, puesto que la pereza del lector pide que se la halague con la
proposición de enigmas que ya ha resuelto o que sepa resolver
fácilmente.
Llegados a este punto podríamos preguntarnos si de verdad, recurriendo a
artificios tan manidos, la agnición del folletín tiene realmente el poder
narrativo que le atribuía al principio. Pues sí. Una amiga mía solía decir:
«Cuando en una película sale una bandera al viento, yo lloro. Y no me importa
de qué país es». Escribía alguien —reseñando Love Story— que hay que tener un
corazón de piedra para no echarse a reír ante las vicisitudes de Oliver y
Jenny. Error, también a los que tienen un corazón de piedra se les humedecerán
los ojos, porque hay una
química de las pasiones y cuando los artificios narrativos se conciben
para hacer llorar, hacen llorar siempre, y el más cínico de los dandis a lo
sumo puede hacer como si se rascara la nariz para enjugar una lágrima furtiva.
Podemos haber visto una infinidad de veces La diligencia (e incluso sus clones
más desastrados), pero cuando llega el Séptimo de Caballería al son de la
corneta, cargando con los sables en ristre para desbaratar a la morralla de
Jerónimo ya casi vencedora, también el corazón de un perverso late vistosamente
bajo su camisa de fina batista.
Y entonces abandonémonos
libremente al placer y a la emoción de la agnición, aunque ya sepamos
quién debe reconocer a quién, y admiremos consternados las técnicas múltiples
con las que este arquetipo narrativo sigue reproduciéndose a lo largo de toda
la historia del folletín:
—¡Oh! —dijo Milady levantándose—; seguro es que no se hallará tribunal
alguno que contra mí haya pronunciado la sentencia infame, ni se hallará
tampoco el ejecutor de ella.
—¡Silencio —dijo una voz —, sobre esto a mí me toca responder! —Y el
hombre de la
capa colorada se acercó a su vez.
—¿Quién es ese hombre, quién es? —gritó Milady
sofocada de terror, destrenzándose y enderezándose sus cabellos en su
lívida cabeza como si fuesen vivientes y animados.
—Pero ¿quién sois, pues? — exclamaron todos los testigos de esta escena.
—Preguntádselo a esta mujer —dijo el hombre de la capa colorada—, ya
veis cómo me ha conocido ella.
—¡El verdugo de Lille! ¡El
verdugo de Lille! —exclamó Milady enteramente dominada por un terror
insensato, y apoyándose con sus crispadas manos en la pared para no caer.
Y ese hombre que durante treinta años inclinara la frente ante Andrés,
se irguió en toda su estatura e indicándole al hijo desalmado el cadáver del
padre, luego la puerta y el hombre que permanecía en el umbral dijo:
—Señor vizconde, vuestro padre asesinó al primer marido de vuestra madre
y arrojó al mar a vuestro hermano mayor, que no murió y está aquí presente. —Y
señaló a Armando, mientras Andrés palidecía, espantado—. Vuestro padre,
arrepentido en su última hora, ha restituido lo que había robado a su hijastro.
Ahora os encontráis en la casa del conde Armando de Kergaz. ¡Marchaos
inmediatamente!
Armando había hablado como amo y Andrés, quizá por primera vez en su
vida, obedeció. Se movió lentamente, como un tigre herido que se retira
retrocediendo y, al retirarse, aún amenaza. Cuando llegó al umbral, con una
mirada hacia esa ventana desde la que
había observado París iluminada por las primeras luces del alba, casi
como si lanzara a Armando un terrible y supremo desafío, exclamó:
—Lucharemos, virtuoso hermano. Ahí tienes París y tu fortuna. Veremos
quién vence, si el filántropo o el malvado. Porque yo volveré. Nos
encontraremos, hermano; tú, encarnación idiota de la virtud, y yo, genio del
vicio. París será nuestro campo de batalla.
Salió con la cabeza alta y una risa infernal en los labios y, sin
derramar una lágrima,
abandonó cual impío Don Juan, la casa que ya no era suya. Se interrumpió
una vez más y dejó vagabundear su mirada por encima de los invitados. Los
huéspedes escuchaban en silencio y la sonrisa había desaparecido de sus
labios.
—Pues bien ese ladrón, ese asesino, ese torturador de mujeres, lo he
encontrado esta noche, hace una hora… Sí. Está aquí —dijo el enmascarado,
avanzando un paso antes de extender su brazo hacia el vizconde y añadir—: ¡Este
es!
Andrés Filipone dio un salto
en su asiento, a la vez que el joven se despojaba de su disfraz.
—¡Armando, el escultor! — exclamaron con asombro varios invitados.
—¡Andrés! —gritó el artista, con voz atronadora.
—¿Me conoces?
La estupefacción paralizaba a todos de tal modo que no advirtieron la
entrada de un hombre vestido de negro. Como el viejo criado que fue a
sorprender a Don Juan durante una orgía, este hombre sin hacer caso a nadie,
fue derecho hacia Andrés para decirle:
—Señor vizconde, vuestro padre, el general conde Filipone, os requiere a
la cabecera de su lecho de muerte. Quisiera veros.
Pero el hombre que había llevado la noticia, divisando a
Armando que se había abalanzado tras Andrés para detenerlo, exclamó:
—¡Santo Dios! ¡La viva imagen de mi coronel, Armando de Kergaz!
Un hombre apareció en el umbral de la cámara en la que se hallaban los
esposos. Al verlo, el conde Filipone, retrocedió helado por el estupor. El
recién
llegado era un hombre de unos treinta y seis años, alto y vestido con un
largo redingote azul adornado por un galón rojo, de esos que solían vestir los
soldados del imperio en la época de la Restauración. Dio tres pasos hacia
Filipone, que retrocedió asustado, tendió una mano acusadora contra él y gritó:
—¡Asesino! ¡Asesino!
—¡Sebastián! —murmuró Filipone, sobrecogido.
—¡Sí! —dijo el húsar—. Sí, soy Sebastián, quien tú creías haber matado,
pero que no murió… Sebastián, a quien una
hora más tarde unos cosacos hallaron bañado en sangre; Sebastián, que
tras cuatro años de reclusión, viene a pedirte cuentas de la sangre de su
coronel, sangre con la que te manchaste las manos.
Mientras Filipone, aniquilado, seguía retrocediendo ante esa terrible
aparición, Sebastián se dirigió hacia la condesa diciéndole:
—Señora, este hombre es un miserable, es el asesino del hijo tal y como
fue el asesino del padre.
Entonces la condesa, un
instante antes confundida y loca de dolor, se abalanzó como una tigresa
contra el asesino del hijo para desgarrarlo con sus uñas.
—¡Asesino! ¡Asesino! — gritó—. El patíbulo te espera… ¡Seré yo misma la
que te entregue al verdugo! —Pero en ese instante, mientras el infame seguía
retrocediendo, la madre sintió algo agitarse en sus entrañas. Lanzó un grito y
se detuvo pálida, tambaleante, transida de dolor… El hombre que quería entregar
a la venganza de la justicia, el hombre que quería arrastrar al patíbulo, ese
hombre miserable e infame era el padre del otro hijo que empezaba a
agitarse dentro de ella.
—¡Es ella! ¡Es ella! — exclamó el viejo, dirigiendo la mirada de Marcia
a Virginia. Él
sólo había interpretado justamente el grito doloroso de la mujer
desmayada y volvió a caer en el sopor habitual, del que se despertaba sin
embargo de vez en cuando, como si quisiera
empezar una confesión importante para ella. Por fin una lágrima bañaba
aquella mejilla resecada desde hacía tanto
tiempo, por los años y los sufrimientos. El viejo Elías, que desde hacía
unos minutos se
había convertido en un energúmeno que no cabía en sí, aprovechó un
instante en que las mujeres levantaron la cabeza de la condesa para darle de
beber, para presentar a su vez ante sus ojos un collar de oro, con una cruz
bellísima en el fondo, del mismo metal, cuajada de diamantes preciosísimos, que
deslumbraban la vista con su esplendor. En el acto, el viejo añadió los
siguientes nombres:
—¡Virginia y Silvia!
—¡Silvia! —exclamó la condesa y sus ojos vítreos se fijaron en la
preciosa joya, como si hubiera sido un talismán, y la hermosa cabeza se reclinó
en la almohada, como una flor al viento candente del desierto que dobla su
tallo para no erguirse ya. Aun así, la hora final de la bella traicionada
todavía no había sonado. Se estremeció un instante después, como si la
corriente eléctrica la hubiera tocado, abrió los ojos y los dirigió hacia
Marcia con una expresión tan ávida de amor que sólo una madre puede entender y
apreciar.
—¡Mi hija! —exclamó y volvió a reclinarse.
En ello, un hombre con el rostro vendado entró a grandes pasos en la
habitación, se arrodilló entre los dos lechos de
las heridas y gritó desesperadamente:
—¡Perdón! ¡Perdón!
La condesa Virginia se exaltó ante ese grito. Se irguió de medio cuerpo
con una rapidez extraordinaria y lanzando una mirada sobre el miserable
prosternado exclamó con voz desgarradora:
—¡Marcia! ¡Marcia! ¡Este infame es tu padre!
Esteban sacó del bolsillo la cartera, extrajo una carta sellada con un
gran sello negro y la tendió hacia Jorge, añadiendo:
—Querido hijo, lee esta carta… Léela en voz alta… Y vos, Lucía Fortier,
escuchad…
Jorge Darier tomó la carta con mano temblorosa. Parecía que no osara
romper el sello.
—¡Lee! —repitió el artista. El joven rompió el sobre y
leyó: «Mi amado Jorge: en el mes de septiembre de 1861, una pobre mujer
que llevaba un niño
de la mano, se presentaba en mi casa, en el presbiterio de Chevry. Esa
pobre mujer había sido perseguida, espiada, hecha objeto de la triple acusación
de asesinato, robo e incendio. Llamábase Juana Fortier…». Una triple
exclamación emitida al mismo tiempo por Jorge, Lucía y Luciano Labroue, siguió
a estas palabras.
—Yo… yo… —dijo Jorge confundido—, yo soy el hijo de Juana Fortier, y
Lucía… Lucía… ¡es mi hermana!
Al mismo tiempo tendía los brazos hacia la joven.
—¡Mi hermano!… ¡Hermano
mío! —exclamó Lucía arrojándose sobre el corazón de
Jorge, que la mantuvo estrechamente abrazada.
—Sí… sí… —exclamó entonces—. ¡Ésta es la prueba del delito! ¡Ah! ¡Madre
mía! ¡Madre mía! ¡Por fin Dios ha tenido piedad! Pero esta prueba decisiva que
se creía perdida… ¿dónde estaba?
—En los flancos del caballito de cartón que llevabais cuando vuestra
madre y vos os presentasteis en el presbiterio de Chevry… —contestó Esteban
Castel.
—¿Tenéis una prueba?… —Este es su certificado de
defunción… ¡el actual Pablo Hermant, el millonario, el gran industrial,
el antiguo socio de James Mortimer, no es sino Jacobo Garaud!
Mario acercó bruscamente su silla a la de Thénardier. Este notó el
movimiento, y continuó con la lentitud de un orador que es dueño de sus
oyentes, y que siente la palpitación del adversario a cada una de sus palabras.
—Ese hombre, obligado a
ocultarse por razones ajenas a la política, había elegido la
alcantarilla para su domicilio y tenía una llave de la reja. Era, repito, el
seis de junio, a las ocho, poco más o menos, de la noche. Ahora veréis claro.
El conductor del cadáver eran Juan Valjean; el que tenía la llave os habla en
este momento; y el pedazo de levita…
Thénardier acabó la frase
sacando del bolsillo y sosteniendo a la altura de los ojos, cogido entre
los dos pulgares y los dos índices, un jirón de paño negro, todo lleno
de manchas oscuras. Habíase
levantado Mario, pálido, respirando apenas, con la vista fija en el
pedazo de paño negro; y sin pronunciar una palabra, sin apartar los ojos de
aquel jirón, retrocedió hacia la pared, buscando detrás de sí con la mano
derecha, a tientas, una llave que estaba en la cerradura de una alacena, junto
a la chimenea. Encontró la llave, abrió la alacena e introdujo el brazo sin
volver el rostro ni separar la vista de Thénardier. Entretanto éste continuaba:
—Señor barón, me asisten
grandes razones para creer que el joven asesinado era un opulento
extranjero, atraído por Juan Valjean a una emboscada, y portador de una suma
enorme.
—El joven era yo, y aquí está la levita —gritó Mario, arrojando en el
suelo una levita negra y vieja, manchada de sangre.
Enseguida, arrancando el jirón de manos de Thénardier, se bajó y lo
ajustó en el faldón roto. Adaptábase perfectamente; el jirón completaba la
levita.
—¡Dios mío! —dijo Villefort retrocediendo asustado
—, ¡esta voz no es la del abate Busoni!
—No.
El abate arrancó su falsa tonsura, sacudió la cabeza, y sus largos
cabellos negros, sueltos ya, cayeron sobre sus espaldas rodeando su varonil
semblante.
—Es el rostro del conde de Montecristo —exclamó Villefort con los ojos
inciertos.
—No es esto todo, señor procurador del rey, mirad mejor y más lejos.
—¡Esta voz!, ¡esta voz! ¿Dónde la oí por primera vez?
—La oísteis por primera vez
en Marsella, hace veintitrés años, el día de vuestra boda con la
señorita de Saint-Merán. Buscad en vuestros papeles.
—¿No sois Busoni? ¿No sois Montecristo? ¡Dios mío, sois el enemigo
oculto, implacable, mortal! ¿Hice algo contra vos en Marsella? ¡Oh, desgraciado
de mí!
—Sí, tenéis razón, es bien cierto —dijo el conde cruzando los brazos
sobre el pecho—, ¡buscad!, ¡buscad!
—Mas ¿qué os he hecho? — exclamó Villefort, cuyo espíritu luchaba ya en
el límite donde se
confunden la razón y la demencia en aquellos momentos en que no puede
decirse que dormimos ni que estamos despiertos—. ¿Qué os he hecho? ¡Decid,
hablad!
—Me condenasteis a una muerte lenta y horrorosa, matasteis a mi padre,
me robasteis el amor con la libertad, y la fortuna con el amor.
—¿Quién sois? ¿Quién sois? ¡Dios mío!
—Soy el espectro de un desgraciado al que sepultasteis en las mazmorras
del castillo de If; a este espectro, salido entonces de la tumba, Dios ha
puesto la máscara del conde de Montecristo, y le ha cubierto de
diamantes y oro para que no le reconozcáis hoy.
—¡Ah, le reconozco, le reconozco! —dijo el procurador del rey—, tú eres…
—¡Yo soy Edmundo Dantès!
Montecristo palideció terriblemente; sus ojos parecían de fuego; de un
salto entró en el despacho inmediato al salón, y en menos de un segundo,
quitándose la corbata, levita y chaleco, vistió una chaqueta y se puso un
sombrero de marino, bajo el cual se dejaban ver sus
negros cabellos.
Salió así, implacable y avanzando con los brazos cruzados ante el
general, que le esperaba y que retrocedió espantado hasta encontrar una mesa,
en la que se apoyó.
—Fernando —le dijo—, de mis cien nombres basta uno solo para herirte
como un rayo, pero éste lo adivinas o por lo menos te acuerdas de él, porque a
pesar de mis penas, de mis martirios, puedo hoy mostrarte un rostro que la
dicha de la venganza rejuvenece, que muchas veces debes haber visto en sueños
después de tu matrimonio… con Mercedes, que era mi novia.
El general, con la cabeza caída hacia atrás, las manos extendidas y la
vista fija, devoraba en silencio este terrible espectáculo; buscando la pared
para apoyarse en ella, se dejó ir hasta la puerta, por la que salió andando de
espaldas,
pronunciando con acento lúgubre:
—¡Edmundo Dantès!
Luego, con unos suspiros que nada tenían de humanos, bajó hasta el
peristilo de la casa, llegó a la entrada y cayó en
brazos de su criado.
—¿Es que al fin os arrepentís? —dijo una voz sombría y solemne, que hizo
erizarse los cabellos en la cabeza de Danglars.
Su mirada débil trató de distinguir los objetos, y vio detrás del
bandido un hombre envuelto en una capa y oculto tras una pilastra de piedra.
—¿De qué tengo que
arrepentirme? —balbució Danglars.
—Del mal que me habéis hecho —dijo la misma voz.
—¡Oh, sí; me arrepiento, me
arrepiento! —exclamó el banquero. Y se golpeó el pecho con el puño
desfallecido. — Entonces os perdono —dijo el hombre soltando la capa y dando
algunos pasos para colocarse ante la luz.
—¡El conde de Montecristo! —dijo Danglars, más pálido de terror, que lo
que estaba un momento antes de hambre y de miseria.
—Os engañáis, no soy el conde de Montecristo.
—¿Quién sois, entonces? —Soy el que habéis vendido,
entregado, deshonrado, cuya
mujer amada habéis prostituido, al que habéis pisoteado para poder
encumbraros y alzaros con una gran fortuna, cuyo padre habéis hecho morir de
hambre, a quien condenasteis a morir del mismo modo, y que, sin embargo, os
perdona, porque tiene asimismo necesidad de ser perdonado: ¡yo soy Edmundo
Dantès!
Luego estalló en una espantosa carcajada y se puso a bailar ante el
cadáver. Se había vuelto loco[1].
Oh, las delicias de la agnición y del falso desconocido. Ni siquiera
Achille
Campanile renegaba de ellas, declinándolas solo con sentido común
surrealista, al principio de Si la luna me trae fortuna:
Quien, en aquella mañana gris del 16 de diciembre de 19.., se
hubiese introducido furtivamente, y por su cuenta y riesgo, en la
habitación donde se desarrolla la escena que da principio a nuestra historia,
habría quedado sobremanera sorprendido de hallar en ella a un joven de pelo
rizado y lívidas
mejillas que paseaba nerviosamente arriba y abajo: un joven en el que
nadie hubiese reconocido al doctor Falcuccio, primero porque no era el doctor
Falcuccio, y segundo, porque no tenía ningún parecido con el doctor Falcuccio.
Observemos, de paso, que la sorpresa de quien se hubiese introducido
furtivamente en la habitación del que hablamos es injustificada del todo. Aquel
hombre estaba en su casa y tenía derecho a pasear como y hasta que le diese la
gana[2].
[Publicado en
Almanacco del
Bibliofilo.
Biblionostalgia:
divagazioni sentimentali
sulle letture degli
anni
più verdi, Mario
Scognamiglio, ed., Milán, Rovello, 2008].
Solo nos faltaba el
«Ulises»
Salió hace algunos años, pero pocos la han leído porque está escrito en
una lengua poco generalizada como el inglés, una extraña novela (¿novela?)
debida a la pluma de Jacobo Yoice, o Ioice, como escribe Guido Piovene, o
Joyce. Al intentar dar razón de ella al lector (ahora las personas cultas
tienen a
su disposición la traducción francesa) me siento tan confundido, víctima
de sentimientos tan trastocados como la obra que me los inspira; de ahí que
procederé mediante observaciones sueltas, apuntes para futuros desarrollos, me
permito numerarlos para no dar la impresión de que estos párrafos quieren
subseguirse de forma lógica o consecuencial.
1. En Italia esta obra, como por
otra parte los demás libros de Joyce, la conocían pocos, y la mayor parte de
ellos de oídas, porque en los cenáculos y en los salones intelectuales se
murmuraban cosas al respecto. De modo
que algún raro ejemplar de este Ulysses (que debería traducirse como
Ulises, puesto que así se llama en lengua británica el héroe homérico) pasaba
de mano en mano, se prestaba con avaricia, se intentaba entenderlo en vano y
dejaba tras de sí una estela de confusa y turbia impresión de escándalo, de
caótica monstruosidad.
2. Por otro lado, ya al leer su
libro anterior, el Retrato, uno se da cuenta de que al final del libro todo se
desmigaja, y tanto las escritura como las ideas estallan en fragmentos
uliginosos, como polvo pírico mojado.
3. Digamos enseguida, tras una
primera y agotadora lectura, y sin
demorarnos más, que Ulises no es una obra de arte.
4. En su ejercicio novelesco, Joyce
se ha limitado a aportar una suerte de puntillismo psicológico y estilístico
que no alcanza jamás la síntesis, y por eso no solo Joyce sino también sus
congéneres como Proust y Svevo son fenómenos de moda destinados a durar poco.
5. No es una casualidad que se diga
de Joyce, un adocenado poeta irlandés que vive en Trieste, que ha sido el
descubridor de Svevo (otro autor que escribe fatal). En cualquier caso, Svevo
quizá sea el escritor italiano que más se ha acercado a esa literatura
pasivamente
analítica, que tuvo su apogeo con Proust, y es arte ramplón si el arte
es obra de hombres vivos y activos, si un pintor vale más que un espejo.
6. Joyce, en el fondo, está entre
los llamados a perpetuar el mal gusto de esa pandilla de mamarrachos que es
nuestra burguesía italiana. Pero gracias a Dios, y a Mussolini, Italia no es
toda ella burguesa, europeísta y parisién.
7. Pero eso es lo que hay, visto
que a orillas del Sena se ha querido traducir esta obra. Y quienes llegan a la
última página se quedan atónitos y asqueados, como si saliera de una
interminable galería repleta de basuras y habitada por monstruos. Joyce es una
lluvia de
cenizas que todo lo sofoca. Nos habían hecho esperar, los románticos,
que fuéramos ángeles caídos, y he aquí que este despiadado confesor nos
convence de que somos un animal perezoso con tendencias eróticas y vagas
aspiraciones a la magia más siniestra y ferina. Nuestros mismos sueños, que un
poco nos enaltecían, no son sino nocturnos aquelarres realistas, delirio de la
materia que quisiera participar en la orgía de nuestros pensamientos. No hay
escapatoria, repito… Cierto es que hay en su obra una paciencia enorme, casi
demente, casi inteligente aunque no genial, pero la verdad de Joyce no es sino
una verdad secundaria, transitoria,
demasiado vinculada a nuestra existencia empírica.
8. Un poeta de esos denominados
«herméticos», un tal Ungaretti, parece haber visto una relación entre Joyce y
Rabelais. Sin duda hay una disgregación paralela en las aglutinaciones muy
distintas de esos dos mundos (rabelaisiano y joyceano): el desorden orgánico en
el que desembocan, en el uno, las fuerzas clásicas de la imaginación, de la
representación poética y del mito; en el otro, las de la inteligencia moderna,
el gusto, la representación humana, la psicología. Estamos ante, lo repito, la
disgregación que, en Rabelais, convierte un
argumento de epopeya en película grotesca, absurda, metafísica, una
materia fluida y uniforme, deslavazada, inarmónica y aun así sintética;
Rabelais con su muchedumbre exuberante de personajes, que podían ser héroes de
poema clásico como es debido, lleva a cabo una transfiguración en tipos
anómalos, incubados, exorbitantes. En cambio, en Joyce, a partir de un caso
sencillo, de una historia casi sentimental, sencillamente psicológica, como es
el despertar matutino de un hombre, se operan efectos capilares e infinitesimales,
resultados divisionistas, ilusiones tenebrosas, monstruosas al contrario, en
una complexión fantástica
de cálculos llevados al átomo, a la
célula, a la composición
extremadamente química del pensamiento. En pocas palabras, el uno entra
en un reino de absurdidades
sobrehumanas, apoyándose en arquitecturas de absoluta fantasía; el otro
en un continente de fantasías infrahumanas, donde uno se adentra solo con el
bisturí, la lupa y las pinzas de la inteligencia dernier cri.
9. Quizá Joyce se podría adscribir
a
laliteraturadenominadade
psicoanálisis, pero revela características que lo apartan también de
este tipo de literatura. Joyce acude al hombre tal cual es, a una formación
burda de los sentimientos, a una profundidad que se puede llamar también
vileza. Y como se ha dicho, empaste de estupidez, de prejuicios, de vagas
reminiscencias culturales, de
sentimentalismo mezquino, de prepotencias sexuales. El psicoanálisis le
pasa un método del que, por otra parte, habría podido prescindir, sin por ello
desviarse un ápice de su propósito y de sus resultados de representación. En
este campo, su testimonio es solo científico, no literario. Y debería quedar
claro que, en la historia de la literatura, Joyce pertenece a una corriente ya
acabada, moribunda, donde desde luego deberá resignarse a entrar como tardío y
sutil epígono junto a los ensalzados sillones de Dostoyevsky, Zola y, de
refilón, Samuel Butler.
10. Para algunos, Proust o
Joyce son personalidades de primer plano del momento histórico del que son
producto coherente. Pero es importante decir con claridad que, para nosotros,
hoy en día, ellos no representan una espiritualidad actual: la visión del mundo,
la particular y general Weltanschauung, que expresan no tiene una validez para
nosotros, precisamente porque se remite a la mentalidad de la civilización de
la que son el producto, allá donde nosotros pedimos una «novela colectivista»,
pedimos que se nos dé, por fin, una
novela en la que las relaciones humanas, la vida social, el amor y toda
la vida, en la que vivimos, se vean desde esa nueva perspectiva que constituye
para nosotros la nueva moral y la nueva forma de resolver la vida. Ya hemos
indicado que esta ética nuestra se resuelve en la ética que se desarrolla, como
necesario corolario, a partir del fenómeno social y humano de las corporaciones
que nosotros vivimos intensamente como una nueva organización de nuestra vida y
ya hemos indicado que justo por ello nos oponemos a todas las formas de la
novela decadente individualista y
burguesa (autobiografismo, ufano
diarismo, psicologismo de la
autoconciencia).
11. La verdad es que los
escritores de allende los Alpes, como Jacobo Joyce, David Heriberto Lawrence,
Tomás Mann, Julián Huxley y Andrés Gide, han inmolado su verdad y seriedad
poética obligándose a pequeñas y elegantes acrobacias… Todos estos pretendidos
artistas «europeos» sin distinción llevan estampada en la cara la diabólica
sonrisa de quienes, poseyendo una verdad de primer orden, se ponen a jugar con
ella cuando les place. La verdad que poseen y con la que se dedican a hacer
juegos peligrosos es la verdad poética, su genuino sentimiento.
Todos ellos están de acuerdo en desvirtuar ese sumo bien. Cada uno a su
manera, pero cada uno obedeciendo al mismo arbitrio, como si quisieran elevar
una torre de mentiras intelectuales. Por eso Joyce genera cosas fuera de toda
medida, como una cabra a la que se obligara a prohijar un perro.
12. De Joyce, evidentemente,
se ha apoderado el demonio de la alusión y de la asociación de ideas. Eso de
componer una página de prosa como una página de auténtica música es una
botaratada introducida en la literatura por la moda wagneriana que hizo furor a
finales del
siglo pasado. Joyce entrelaza Leitmotiven, irreconocibles a causa de
un contrapunto denso de alusiones. Aún más, también quiere acordar sus
episodios según tonos de color: el color dominante aquí será el rojo, allí el
verde, etc. Es esa confusión de las artes que se empezó tímidamente con
Baudelaire, y se convirtió en lugar común del decadentismo, tras el famoso
soneto de Rimbaud sobre los colores de las vocales. Audiciones coloreadas,
orquestaciones verbales…; por ese camino, como es bien sabido, llegamos a los
cuadros hechos con pedazos de periódicos y culos de botella. El lenguaje de
Joyce es un lenguaje delicuescente, y —permítaseme aquí un jueguecito de
palabras joyceano—
delincuente… Joyce se ha dejado tentar por el demonio del esperanto.
13. El problema es que hay
que superar las novelas comunistoides de Tomás Mann. Joyce solo ha transformado
en una ristra de palabras ese monólogo interior inventado por el modesto
Dujardin, corrompiendo las bellas palabras libres, sintéticas, dinámicas y simultáneas
inventadas osadamente por nuestros futuristas, verdaderos artistas del Régimen.
14. Por lo tanto, no hay que
abandonar el espíritu de la propia nación. Joyce, anhelante de éxito, se adaptó
muy pronto al nuevo
internacionalismoartístico,
abandonando la realidad del verdadero sentimiento, formulando en sus
nuevas obras el más injusto acto de rebelión hacia ese espíritu nacional del
que había partido y diseminando de ironía la nacionalidad, la lengua y la
religión de su país. A partir del Retrato, Joyce, envileciendo su humanidad, ha
vuelto al caos, al turbio sueño, al subconsciente, ha muerto asfixiado por su
mismo demonio maléfico y no han quedado sino las elucubradas y estériles
audacias de una suerte de psicoanalista que se injerta en el método de Freud
con la violencia de sus arbitrios. Espíritu fragmentario orientado a captar más
lo huidizo que lo duradero, la del irlandés es una actitud
femenina, no ya por esa amabilidad sencilla de la que debe estar
infundido el ánimo siempre apolíneo de un artista, sino por esa desfachatada
pose de intelectualoide a medio camino entre la
degeneración fisiológica y el manicomio. Su muestrario resulta tan
sobado y barato que puede ser digno, a lo sumo, de un pornógrafo traficante de
panfletos. Joyce es un típico exponente de la decadencia moderna, una célula
purulenta e infecciosa también para nuestra literatura. ¿Por qué? Pues porque
con su anticlasicismo se ha puesto en contraste con los caracteres de la
latinidad antigua y moderna, contra los cuales ha adoptado una actitud
satírica.
Joyce otorga a su revuelta un carácter impuro y subversivo al quitar a
Roma Universa del altar, para poner en él al ídolo dorado del internacionalismo
judaico; internacionalismo que desde hace muchos años controla demasiadas
iniciativas del pensamiento moderno. La realidad es que Joyce ha cortejado a
esa organización judía, lanzadora de hombres y de ideas, que tanto ha
predominado en París. Joyce está en contra de toda la latinidad, tanto contra
la civilización imperial como contra la
civilización católica; es interesadamente antilatino. Sus pullas contra
Roma y el papado, soltadas con indigno talante de payaso, serían menos
molestas si no se vislumbrara en ellas una larvada forma de seducción
hacia los hijos de Israel.
15. ¿De verdad la novela contemporánea ha de caer en la cloaca y
precisamente en esta Italia, fragua de renovación ética y de restauración
espiritual?, ¿ha de tomar como modelo a Joyce, un autor donde moral, religión,
sentido de la familia y de la sociedad, virtud, deber, belleza, valor,
heroísmo, sacrificio —es decir, civilización occidental, además de auténtica
humanidad—, se pierde por completo y la carcoma judaica todo lo destruye?
16. Esta es la verdad, y de
poco valen, las defensas de Joyce, debidas a
las plumas (¿vendidas a quién?) de Conrado Pavolini, Aníbal Pastore,
Adelquis Baratono, por no hablar de los Montale, los Benco, los Linati, los
Cecchi o los Pannunzio. Y este último tiene poco que decir cuando afirma que
«el problema verdadero de la literatura italiana es convertirse de una vez por
todas en europea, injertarse en el tronco poderoso de las literaturas
extranjeras y ser en ello verdaderamente original, tener algo propio que decir
(observado, amado, sufrido) en esta realidad que nos rodea que no sea la
consabida repetición verista de los sucesos para nada piadosos de la hermana
Teresa o del tío Miguel o, peor aún, la representación
empapada de lirismo de viajes fabulosos, de inútiles regresos, de paseos
en tramway por los suburbios (¡cuántos paseos en esta literatura!)».
17. El verdadero atentado al
espíritu de la nueva Italia está precisamente en la prosa narrativa, donde,
empezando por Italo Svevo, un judío de siete suelas, y llegando a Alberto
Moravia, un judío de catorce suelas, se va tejiendo una miserable red para pescar
desde el fondo cenagoso de la sociedad figuras repugnantes de hombres que no
son «hombres» sino seres abúlicos, enfangados de sensualidad baja y
repugnante, enfermos física y moralmente… Y los maestros de todos
esos narradores son precisamente esos locos patológicos que se llaman
Marcel Proust y James Joyce, nombres extranjeros y judíos hasta la médula, y
derrotistas hasta más no poder.
Nota
Salvo las expresiones de ensamblaje entre los párrafos, los distintos
juicios están sacados de artículos publicados en los años veinte y treinta. Por
orden:
1. Carlo Linati, «Joyce», Corriere
della Sera, 20 de agosto de 1925.
2. Relación de
lectura del
manuscrito del Portrait of the Artist as a Young Man, 1916.
3. Santino Caramella, «Anti-Joyce»,
Il Baretti, 12, 1926.
4. Valentino Piccoli, «Ma Joyce chi
è?», L’Illustrazione Italiana, 10, 1927, e «Il romanzo italiano del
dopoguerra», La Parola e il Libro, 4, 1927.
5. Guido Piovene, «Narratori», La
Parola e il Libro, 9-10, 1927.
6. Curzio Malaparte, «Strapaese e
stracittà», Il Selvaggio, IV, 20, 1927.
7. G. B. Angioletti, «Aura
poetica», La Fiera Letteraria, 7 de julio de 1929.
8. Elio Vittorini, «Joyce e
Rabelais», La Stampa, 23 de agosto de 1929.
9. Elio Vittorini, «Letteratura di
psicoanalisi», La Stampa, 27 de septiembre de 1929.
10. Luciano Anceschi,
«Romanzo collettivo o romanzo collettivista», L’Ambrosiano, 17 de mayo de 1934
(para justificar a quien se convertiría en el animador de uno de los
movimientos de vanguardia más radicales de la cultura italiana posteriores a la
Segunda Guerra Mundial, no olvidemos que por aquel entonces tenía veintitrés
años y cuando el fascismo empezó a educarlo tenía diez).
11. Vitaliano Brancati, «I
romanzieri europei leggano romanzi italiani», en Scrittori nostri, Milán,
Mondadori,
1935.
12. Mario Praz, «Commento a
Ulysses», La Stampa, 5 de agosto de 1930.
13. Filippo Tommaso
Marinetti et al., Il romanzo sintetico, 1939 (ahora en ídem, Teoria e
invenzione futurista, Milán, Mondadori, 1968).
14. Ennio Giorgianni,
«Inchiesta su James Joyce», Epiloghi di Perseo, 1, 1934.
15. Renato Famea, «Joyce,
Proust e il romanzo moderno», Meridiano di Roma, 14 de abril de 1940.
16. Mario Pannunzio,
«Necessità del romanzo», Il Saggiatore, junio de 1932.
17. GiuseppeBiondolillo,
«Giudaismo letterario», L’Unione Sarda, 14 de abril de 1939.
Debo todas las fuentes a Giovanni Cianci, La fortuna di Joyce in Italia,
Bari, Adriatica, 1974.
[Publicado en
Almanacco del Bibliofilo. Recensioni in ritardo: antologia di
singolari e argute presentazioni di opere letterarie antiche e moderne,
famose, poco note e sconosciute, Mario Scognamiglio, ed.,
Milán, Rovello, 2009].
Por qué nunca se encuentra la isla
Los países de la Utopía se hallan (salvo alguna aislada excepción, como
el reino del preste Juan) en una isla. La isla es
percibida como un no-lugar, inalcanzable, a la que se arriba por azar,
pero donde, una vez abandonada, ya no se podrá volver. Por lo tanto, solo en
una isla puede realizarse una
civilización perfecta, de la que nosotros llegaremos a saber algo solo a
través de las leyendas.
Aunque la civilización griega viviera entre archipiélagos, y hubiera de
estar acostumbrada a las islas, solo en islas misteriosas Ulises se encuentra
con Circe, Polifemo o Nausicaa. Islas son las que se descubren en las
Argonáuticas de Apolonio Rodio; Bie naven tu ra das o Afortunadas son las islas
a las que arriba san Brandán en el transcurso de su navigatio; en una isla está
la ciudad de Utopía de Tomás Moro; en islas florecen la civilizaciones
desconocidas y perfectas anheladas entre los siglos XVII y XVIII, desde la
Tierra Austral de Foigny hasta la isla de los Severambes de Vairasse. En
una isla buscan un paraíso perdido (sin encontrarlo) los amotinados del Bounty;
en una isla vive el capitán Nemo de Verne; en una isla yacen tanto el tesoro de
Stevenson como el del conde de Montecristo, y así en adelante, hasta las islas
de las utopías negativas, desde los monstruos del doctor Moreau a la isla del
doctor No a la que arriba James Bond.
¿Por qué la fascinación de las islas? No tanto porque sean un lugar que,
como dice la palabra misma, está aislado del resto del mundo: Marco Polo o
Giovanni Pian del Carpine encontraron
en ilimitadas tierras firmes lugares separados del civil consorcio. Es
porque, hasta el siglo XVIII, cuando fue posible determinar las longitudes, una
isla se podía encontrar por azar y, como Ulises, se podía huir de ella, pero no
había manera de volverla a encontrar. Desde los tiempos de san Brandán (y hasta
Gozzano) una isla siempre fue una insula perdita.
Eso explica la fortuna y la fascinación de ese género de libros, muy
populares entre los siglos XV y XVI, que fueron los islarios, registro de todas
las islas del mundo, tanto las islas conocidas como aquellas a las que aludían
solo vagas leyendas. Los
islarios, a su manera, tendían a un máximo de precisión geográfica (no
como los relatos de tierras legendarias de los siglos precedentes) y se movían
en el límite entre la voz tradicional y la relación de viaje. A veces se
equivocaban, creían que existían dos islas, Taprobana y Ceilán, allá donde
luego (ahora lo sabemos) existe una sola, pero ¿qué importa? Representaban una
geografía de lo desconocido, o por lo menos, de lo poco conocido.
Después, empiezan las relaciones de los viajeros del siglo XVIII: Cook,
Bougainville, La Pérouse…, también ellos en busca de islas, pero atentos a
describir solo lo que veían, sin prestar
fe ya a la tradición. Y es otra historia. Pero, en cualquier caso,
también ellos iban en busca o de una isla que no existía, como la Tierra
Austral (de la cual fantaseaban todos los atlas) o de una isla que alguien
había encontrado una vez pero luego no había conseguido volver a dar con ella.
Por lo cual nuestras fantasías sobre las islas se mueven, todavía en
nuestros días, entre el mito de una isla que no existe, es decir, el mito de la
ausencia; el de una isla que existe demasiado, y es decir, el mito de la
excedencia; el de una isla no encontrada, o mito de la imprecisión, y el de una
isla no reencontrada, es decir, el mito de la
insula perdita. Y se trata de cuatro historias distintas.
La primera es una historia fabulosa, y en general los cuentos
fantásticos sobre las islas se dividen entre las que nos piden que hagamos como
si la isla existiera (con una llamada a la suspensión de la incredulidad) —
digamos que son así las islas de Verne o de Stevenson— y las que nos hablan de
una isla que no existe por definición y solo para afirmar el poder de los
cuentos: así es la isla de Peter Pan. Bien, la isla que no existe por
definición no nos interesa, por lo menos hoy. Por una sencilla razón: que nadie
la va a buscar, ni los niños recorren los mares
en busca de la isla del capitán Garfio ni los adultos en busca de la
isla del capitán Nemo.
Del mismo modo, no me demoraré sobre la isla que existe demasiado, entre
otras cosas porque para representar el fenómeno de la excedencia creo que
existe solo el caso de la duplicación de Ceilán y Taprobana. Esta historia ha
sido contada con mucha precisión en un texto sobre los islarios de Tarcisio
Lancioni[1] y a él les remito. En realidad lo que hoy me interesa es el amor
infeliz por una isla que ya no se encuentra,
mientras que Taprobana la reencontraban siempre, incluso donde no la
buscaban y, por lo tanto, desde el
punto de vista erótico, no fue la historia de un amor sin esperanza,
sino más bien la de una incontinencia donjuanesca, por lo cual en los mapas las
Taprobana eran ya «mille e tre».
Según Plinio, Taprobana se descubrió en los tiempos de Alejandro,
mientras que antes se la conocía genéricamente como tierra de los Antictonios y
se la consideraba «otro mundo». La isla de Plinio podía identificarse con
Ceilán y así se deduce de los mapas de Tolomeo, por lo menos en las ediciones
del siglo XVI. También Isidoro de Sevilla la coloca al sur de la India y se
limita a decirnos que está llena de piedras preciosas y hay en ella dos veranos
y dos inviernos. En el Millón, no se menciona Taprobana pero se habla de Ceilán
como Seilam.
La duplicación de Ceilán y
Taprobana es palmaria en los viajes de Mandeville, que habla de ella en
dos capítulos distintos. No nos dice dónde se encuentra exactamente Ceilán pero
precisa que tiene un perímetro de ochocientas millas, en su territorio hay
muchas sierpes y dragones y cocodrillos, que hombre no osa estar. Aquestos
cocodrillos son sierpes de color amarillos y colorados, y tienen quatro pies y
piernas cortas, y grandes uñas muy agudas; y hay algunos que son tan grandes
como diez codos de largo, y quando ellos van por algún lugar blando o arenoso
paresce que ha passado por allí alguna viga o gran árbol arrastrando. Y hay
otras muchas bestias salvages,
especialmente elephantes. Y en aquesta isla hay una montaña y en medio
d’ella hay un gran lago lleno de agua; y dizen los de aquella tierra que Adam y
Eva lloraron encima de aquella montaña cien años quando fueron echados del
Parayso Terrenal, y dizen que aqueste lago vino primeramente por sus lágrimas.
Y en lo hondo de aquel lago halla hombre muchas piedras preciosas y gruessas
perlas; en este lago hay cocodrillos y otras muchas serpientes y muchas bestias
salvages y gusanos. El rey de aquesta tierra da cada año una vez de buen grado
a las gentes pobres que están cerca d’este lago de aquellas piedras preciosas
por amor de Dios y de Adam
y porque hallen más. Y por el venino de las sierpres que los comerían se
untan con el çumo de una yerva que se llama «limones» las piernas y los braços,
y con muchas otras yervas, y entonces ninguno de aquellos gusanos se osa llegar
a ellos. […] En otras muchas y diversas partes de allá hay ánsares salvages que
tienen dos cabeças[2].
Taprobana, en cambio, dice Mandeville, se encuentra por las partes del
reino del preste Juan. Mandeville todavía no colocaba, como sucederá más tarde,
el reino del preste Juan en Etiopía sino allá por la India, aunque la India del
preste Juan se confunde a menudo con el Extremo Oriente donde surge el paraíso
terrestre. En cualquier caso, allá por la India (y se menciona el punto
donde el mar Rojo desemboca en el océano) se halla Taprobana. Como en Isidoro,
la isla tiene dos veranos y dos inviernos y en ella surgen enormes montañas de
oro custodiadas por hormigas gigantes.
Las hormigas son grandes, y no hay ninguno que se ose allegar a aquellas
montañas por miedo de las hormigas si no es con gran ingenio, y es d’esta
manera: quando haze gran calor las hormigas se ponen debaxo de tierra desde
tercia hasta hora de nona, y entonces ellos toman
camellos y dromedarios, rocines y otras bestias y los cargan y salen con
el oro corriendo porque las hormigas no salgan fuera; y quando no haze calor
las hormigas no duermen ni se ponen debaxo de tierra, y para esto tienen otro
modo: que toman yeguas que tengan hijos chicos, y cárgalos con dos barriles
pequeños abiertos por alto y cuelgan hasta cerca de la tierra, así lançan
yeguas a pascer cerca de aquellas montañas y encierran sus hijos, y quando las
hormigas veen los barriles corren a ellos muy reziamente porque ellas son
de tal natura que no dexan cosa alguna alrededor, ni campo ni otra cosa,
y también tienen tal natura que hinchen aquellos barriles de oro de manera que
las yeguas quedan cargadas, y entonces los buenos de las yeguas lançan los
hijos al campo donde por las yeguas sean vistos; entonces las yeguas vienen
para sus hijos y así las descargan y toman el oro[3].
Desde este punto en adelante, de cartógrafo en cartógrafo, Taprobana
gira como una peonza de un punto al otro del océano Índico, a veces sola, a
veces en
dúplex con Ceilán. Durante cierto período se identifica con Sumatra,
pero a veces la encontramos entre Sumatra e Indochina, junto a Borneo.
Tommaso Porcacchi en las Isole più famose del mondo (1572) nos habla de
una Taprobana llena de riquezas, de sus elefantes y de sus inmensas tortugas,
además de la característica atribuida por Diodoro de Sicilia a sus habitantes,
que tendrían una especie de lengua bífida («doble hasta la raíz y dividida: con
una parte hablan con el uno, con la otra hablan con el otro»).
Después de haber transcrito varias noticias tradicionales, Porcacchi
pide perdón a sus lectores, porque no ha
encontrado en ninguna parte la mención exacta de su colocación
geográfica, y concluye: «A pesar de que muchos autores antiguos y modernos han
tratado de esta isla, aun así yo no encuentro ninguno que le asigne sus
confines: por lo que habré de ser exculpado si en esto falto a mi habitual
orden». En cuanto a su identificación con Ceilán, tiene sus dudas:
Primero se la llamó (según Tolomeo) Simondi, y luego Salica, y por
último Taprobana, pero los modernos concluyen que hoy se llame Sumatra, aunque
no falten los que quieren
que Taprobana no sea Sumatra sino la isla de Zeilam […]. No obstante,
algunos modernos afirman que ninguno de los antiguos colocó bien la isla
Taprobana: es más, sostienen, que donde la han colocado, no hay isla alguna que
se pueda identificar con ella.
Así, lentamente, Taprobana, de isla excedente, se convierte en isla que
no existe y como tal la trata Tomás Moro que situará su Utopía entre «Ceilán y
América», y en Taprobana hará surgir Campanella su ciudad del Sol. Lleguemos
ahora a las islas cuya
ausencia ha estimulado una búsqueda, a veces espasmódica, y una
nostalgia que todavía perdura.
Naturalmente, la épica antigua nos ha contado de islas que quizá existen
o quizá no, tanto que las islas que toca Ulises han dado origen a una
literatura erudita para establecer a qué tierras
verdaderamente existentes corresponden. Y a una búsqueda todavía no
concluida (a juzgar por las revistas de misterios y por las transmisiones
televisivas para merluzos) ha llevado el mito de la Atlántida. Claro que la
Atlántida se vivió más bien como todo un continente, e inmediatamente se aceptó
la idea de que se hundiera en el
mar. Por lo tanto, se fantasea pero no se va en su busca.
En cambio, la primera que nos habló de una isla que había que buscar
fue, quizá, la Navigatio sancti Brandani.
San Brandán con sus místicos marineros toca muchísimas islas: la isla de
los pájaros, la isla del infierno, la isla casi escollo aislado en el mar a la
que está encadenado Judas, y aquella falsa isla que ya engañara a Simbad, en la
que se posa la barca de Brandán y solo al cabo de un día, la tripulación, al
encender los fuegos y ver que la isla se irrita, se da cuenta de que la isla no
es tal, sino un terrible monstruo marino llamado Jasconius.
La isla que ha excitado la fantasía de la posteridad es la isla de los
bienaventurados, una especie de paraíso terrestre a la que arriban nuestros
navegadores tras siete años de peripecias, una tierra más preciosa que ninguna
por su belleza, por las cosas maravillosas y graciosas, y deleitables
que había en ella, así como bellos, claros y preciosos ríos con sus
aguas muy dulces, y muy frescas y suaves; y había árboles de muchas formas,
todos ellos preciosos de preciados frutos, y abundaban rosas, azucenas,
violetas y hierbas, aromáticas y perfectas en su bondad. Y había avecillas
cantoras de muy deleitables naturalezas y todas cantaban con orden un dulcísimo
y suave canto: parecía de verdad ese tiempo de deleite de la dulce primavera. Y
todos los caminos y carreteras estaban bien trabajadas de todas las formas, con
piedras preciosas, y había tantas cosas buenas que alegraban el corazón de
todos los que las veían con los ojos;
había animales domésticos y salvajes de todos los tipos, que iban y
venían a su gusto y voluntad, y todos ellos estaban juntos con familiaridad sin
querer hacerse ninguno daño o acarrear ninguna molestia el uno al otro; y
también había pájaros que estaban juntos de este modo. Y había viñas y parras
siempre bien provistas de preciosas uvas cuya bondad y belleza supera a todas
las demás[4].
La isla paradisíaca visitada por san Brandán produce un deseo (lo que no
había sucedido ni con la Atlántida ni con Ogigia o la isla de los Feacios).
Durante toda la Edad Media, y aún en el Renacimiento, se cree firmemente en su
existencia. Sale en los mapas, como en
el mapamundi de Ebersdorf; en un mapa de Toscanelli para el rey de
Portugal, la isla de san Brandán aparece en medio del mar en la vía hacia ese
Japón que había de alcanzarse buscando el levante por el poniente, y casi
proféticamente se encuentra allá donde luego estará América.
A veces está en la latitud de Irlanda, en los mapas más modernos baja
hacia el sur, a la altura de las Canarias, o islas Afortunadas, y a menudo las
islas Afortunadas se confunden con la isla de San Borondón, a veces se la
identifica con el grupo de Madeira y a veces con otra isla inexistente como la
mítica Antilia, y así sucede en el Arte del
navegar de Pedro de Medina en el siglo XVI. En el globo de Behaim, de
1492, estaba situada más hacia Occidente y en proximidad del ecuador. Y ya
había tomado el nombre de Isla Perdida, Insula Perdita.
En su De imagine mundi, Honorio de Autun (siglo XII) la describió como
la más amena de las islas, desconocida a los humanos, pues aunque se la
hallara, después no se logró reencontrarla («Est quaedam Oceani insula dicta
Perdita, amoenitate et fertilitate omnium rerum prae cunctis terris
praestantissima, hominibus ignota. Quae aliquando casu inventa, postea quaesita
non est inventa, et ideo dicitur Perdita»); en el siglo XIV
Pierre Bersuire hablaba en los mismos términos de las islas Afortunadas.
Que se pensara que la Isla Perdida habría de reencontrarse algún día lo
testimonia el Tratado de Évora, con el que en junio de 1519 Manuel de Portugal
renunciaba a favor de España a cualquier derecho sobre las islas Canarias, y en
la renuncia se incluye expresamente una Isla Perdida o Escondida. En 1569
Gerardo Mercator seguía marcando aún en su mapa la isla misteriosa, y en 1721
salían en pos de ella los últimos exploradores[5].
La isla de san Brandán no es una isla que no existe, porque alguien ha
estado en ella, sino que está perdida, porque
nadie consigue volver a ella. Por ello se hace término de un deseo
insatisfecho y su historia es alegoría de cualquier historia de amor verdadera,
la historia de un breve encuentro, de un místico doctor Zhivago que ha perdido
a su Lara. El amor desesperado no es el amor soñado que nunca llega (la isla de
nunca jamás, ilusión para adolescentes enamorados del amor), sino aquel que,
habiendo llegado una vez, luego desaparece para siempre.
Pero ¿por qué se perdían las islas?
Desde la Antigüedad, el navegante no tenía otros puntos de referencia
sino los
astros. Con instrumentos como el astrolabio o la ballestilla, se fijaba
la altura de un astro en el horizonte, se deducía su distancia del cenit y,
conociendo su declinación, dado que la distancia cenital sumada —o restada— la
declinación dan la latitud, se sabía en qué paralelo se encontraba, es decir,
cuánto se hallaba al norte o al sur de un punto conocido. Sin embargo, para
poder reencontrar una isla (por no hablar de cualquier otro lugar) no bastaba
la latitud, se necesitaba también la longitud. Como es bien sabido Nápoles y
Nueva York se encuentran en la misma latitud y con todo, como es igualmente
sabido, no se encuentran en
el mismo sitio. Están en una longitud distinta. Esto es, en un grado de
meridiano distinto.
Y he aquí el problema que puso en crisis a los navegantes hasta casi
finales del siglo XVIII. No había medios seguros para determinar la longitud,
para establecer cuánto se estaba a Oriente o a Occidente del mismo punto.
Y así (un caso clamoroso de insulae perditae) sucedió con las islas
Salomón. Ya en 1528, Álvaro de Saavedra salió en busca de estas islas
legendarias, donde se esperaba encontrar el oro del rey homónimo, moviéndose
entre las Marshall y las islas del Almirantazgo; a ellas llegó, en cambio, en
1568 Álvaro
de Mendaña, quien las bautizó y después de él nadie consiguió volver a
encontrarlas, ni siquiera él mismo, cuando volvió a partir con Queirós, casi
treinta años después, para su redescubrimiento: no las encontró por un pelo,
arribando, al sureste, a la isla de Santa Cruz.
Y lo mismo sucedió después de él. Los holandeses a principios del siglo
XVII instituían su Compañía de las Indias, fundaban en Asia la ciudad de
Batavia como punto de partida para muchas expediciones hacia el este y tocaban
una Nueva Holanda, pero nada de islas Salomón. Igualmente, los piratas
ingleses, a quienes la corte de san
Jacobo no dudaba en otorgar cuartos de nobleza, descubrían otras tierras
probablemente a Oriente de las islas Salomón. Pero de las islas Salomón, nadie
encontraría ya huella, tanto que durante mucho tiempo se las consideró una
leyenda.
Mendaña las había tocado, pero fijó impropiamente su longitud. Y aun
cuando, con ayuda celestial, la hubiera determinado de la manera correcta, los
demás navegantes que buscaban esa longitud (y él mismo en su segundo viaje) no
sabían con claridad cuál era la propia.
Durante algunos siglos, las grandes potencias marítimas europeas se
batieron para descubrir un método adecuado para determinar el punto
fijo, ese punto fijo sobre el que ironizaba ya Cervantes, dispuestos a pagar
sumas enormes a quien encontrara el método correcto. Navegantes, hombres de
ciencia y dementes inventaron todo tipo de soluciones; estaba el método basado
en los eclipses lunares, el que consideraba las variaciones de la aguja
magnética, el método del loch, mientras Galileo proponía un procedimiento
basado en los eclipses de los satélites de Júpiter, tan frecuentes que podía
observarse más de uno cada noche.
Pero todos los métodos se habían revelado insuficientes. Naturalmente,
un
medio seguro podía haberlo: tener a bordo un reloj que mantuviera la
hora de un meridiano conocido, determinar en el mar la hora del lugar X y,
basándose en el hecho de que el globo había sido subdivido desde la Antigüedad
en trescientos sesenta grados de longitud y que el Sol recorre en una hora
quince grados, deducir gracias a la diferencia la longitud desde el punto X. En
otras palabras, si el reloj situado a bordo en el momento de la salida hubiera
dicho que, pongamos, en París eran las doce del mediodía, y sabiendo que en el
lugar X eran las seis de la tarde, traduciendo cada hora de diferencia en
quince grados, se habría sabido que la longitud
del lugar X estaba a noventa grados del meridiano de París.
Pero si no era difícil determinar la hora del lugar en que se estaba,
era casi imposible tener a bordo no digamos relojes de arena o de agua, que
para funcionar, habrían debido posarse sobre un plano inmóvil, ni tan siquiera
un reloj mecánico que funcionara perfectamente, tras meses de navegación, a
pesar de los golpes del viento y las olas. Y nótese que este reloj habría
debido ser capaz de una precisión extrema porque un error de cuatro segundos
producía un error de un grado de longitud.
Una sugerencia, de la que hablan algunas crónicas de la época, era que
se
usara el polvo de simpatía. El polvo de simpatía era un compuesto
prodigioso que, colocado en el arma que había provocado la herida, actuaba (por
una especie de continuidad casi atómica) entre las partículas de la sangre
difundidas en el aire encima de la herida, aunque arma y herida estuvieran a
una gran distancia la una de la otra. Dándole tiempo al tiempo, el polvo de
simpatía debía curar, pero como primera reacción podía provocar irritación y
sufrimiento.
Por lo tanto, se decidió herir a un perro, mantenerlo a bordo del barco
durante el viaje, y frotar el arma con el compuesto prodigioso cada día a la
misma hora. El perro reaccionaría con un aullido de sufrimiento y
entonces a bordo se sabría qué hora era en ese momento en el punto de
partida[6].
De esta historia me he ocupado en mi La isla del día de antes y me
permito transcribir un fragmento porque, en el fondo, sobre una noticia tan
incierta, el mío es el único documento que sugiere cómo habían de suceder las
cosas.
Hasta que una mañana, aprovechando que un marinero se había caído de una
entena fracturándose el cráneo, que en el combés había alboroto, y que
el doctor había sido llamado a curar al desventurado, Roberto habíase
escurrido en la bodega. Casi a tientas había conseguido encontrar el camino
justo. Quizá había sido la suerte, quizá el animal quejábase más de lo normal
aquella mañana: Roberto, poco más o menos allá donde, más tarde, en el Daphne
habría descubierto las cubetas de aguardiente, encontróse ante un
atroz espectáculo. Bien defendido de las miradas indiscretas, y en un
cuartucho construido a su medida, sobre un manto de harapos, yacía un
perro.
Quizá era de raza, pero el sufrimiento y las privaciones lo habían
reducido a pellejo y huesos. Y con todo, sus verdugos mostraban la intención de
mantenerlo vivo: habíanle apercibido de comida y agua en abundancia, e
incluso comida no canina, sin duda substraída a los pasajeros. Yacía sobre un
costado, con la cabeza abandonada y la lengua fuera. En el costado
abríase una amplia y horrenda herida. Fresca y gangrenosa al mismo tiempo,
mostraba dos grandes labios
rosáceos, y exhibía en el centro, a lo largo de toda su hendidura, un
alma purulenta que parecía secretar requesón. Y Roberto comprendió que la
herida presentábase así porque la mano de un cirujano, en vez de coser los
labios, había hecho de suerte que permanecieran abiertos y espaciados,
fijándolos a la piel.
Hija bastarda del arte, aquella herida había sido no sólo procurada,
sino curada con iniquidad, de suerte que no se cicatrizara, y el perro siguiera
padeciendo, quién sabe desde cuándo. No sólo, sino que
Roberto divisó también, en torno y dentro de la llaga, los residuos de
una substancia cristalina, como si un médico (¡un médico, tan cruelmente
avisado!) cada día la rociara con una sal irritante.
Impotente, Roberto había acariciado al miserable, que ahora gañía dócil.
Habíase
preguntado cómo podría socorrerle, pero tocándolo más fuerte lo había
hecho sufrir más. Con todo, su piedad estábase
dejando vencer por un sentimiento de victoria. No había duda, aquél era
el secreto del
doctor Byrd, la carga misteriosa embarcada en Londres.
Por lo que Roberto había visto, lo que podía deducir un hombre que
supiera lo que él sabía era que el perro había sido herido en Inglaterra y Byrd
cuidábase mucho de que permaneciera siempre llagado. Alguien en Londres, cada
día a una hora fija y convenida, hacía algo al arma culpable, o a un paño
empapado de la sangre del
animal, provocándole la reacción. Quizá de alivio, quizá de pena aún
mayor, pues el doctor Byrd bien había dicho
que con el Weapon Salve también podía hacerse daño. De esa forma, a
bordo del Amarilis se podía saber en un momento determinado qué hora era en
Europa. ¡Conociendo la hora del lugar de tránsito, era posible calcular el
meridiano[7]!
Si la historia del perro es fantástica, en la misma novela me limito a
poner en escena un instrumental sugerido por Galileo en una carta de 1637 (a
Lorenzo Realio). Galileo pensaba poder fijar la longitud observando los
satélites de Júpiter. Ahora bien, una vez más, en un
barco a la merced de las olas, habría sido difícil apuntar el telescopio
de forma precisa. Y para ello Galileo proponía una solución extraordinaria.
Para reírse de ella, no es necesario ver el partido cómico que le sacaba en mi
texto; basta con leer a Galileo.
En cuanto a la primera dificultad, no hay duda de que se me representa
ser la mayor, a la cual, con todo, creo haberle puesto remedio en los mediocres
vaivenes del barco; y tanto debe bastar, puesto que en las grandes agitaciones
y tempestades que muy a menudo esconden incluso
la vista del sol, y de los demás astros, cesan todas las demás
observaciones, aún diría más, cesan también todos los oficios marineros. Ahora
bien, en las agitaciones medias, pienso que se puede poner al observador en un
estado de placidez parecida a la tranquilidad y bonanza del mar, y para
conseguir este beneficio he pensado colocar al observador en un lugar del barco
preparado para este propósito, de modo que no solo no se noten las conmociones
de proa a popa, sino tampoco las laterales de las bandas: y mi pensamiento
tiene
este fundamento. Si el barco estuviera siempre en aguas placidísimas y
sin fluctuar en absoluto, no hay duda de que el uso del telescopio sería tan
fácil como en tierra firme. Ahora yo quiero colocar al observador en una
navecilla colocada dentro del barco grande, y esta navecilla debe tener en su
interior una cantidad de agua conforme a las necesidades de las que ahora
hablaré. Aquí primeramente manifiesto, que el agua contenida en el recipiente
pequeño, aunque el barco se incline o recline a derecha o a
izquierda, adelante o atrás, se conservará siempre equilibrada, sin
alzarse o bajarse en ninguna de sus partes, puesto que se conservará siempre
paralela al horizonte; de modo que, si en esta pequeña nave nosotros
colocáramos otra menor, que flotara en el agua que la primera contiene, se
encontraría en un
mar placidísimo, y por consiguiente se mantendría sin fluctuar: y esta
segunda navecilla, debe ser el lugar donde debe colocarse el observador.
Quiero, por lo tanto, que el primer recipiente que
debe contener el agua, sea como una gran palangana con forma de medio
orbe esférico, y que parecido a éste sea el recipiente menor: su menor tamaño
debe consistir en que entre la superficie convexa suya y la superficie cóncava
del recipiente que lo contiene no quede un espacio mayor del grosor de un
pulgar; por lo que bastará poquísima cantidad de agua para sostener el
recipiente interior, como sucedería si se lo colocara en el amplio océano […].
El tamaño de estos recipientes debe ser tal que el interior y más
pequeño pueda sostener sin sumergirse el peso de quien debe hacer las
observaciones, así como el asiento y los demás artefactos necesarios para la
ubicación del telescopio. Y para que el recipiente contenido quede siempre
separado de la superficie del que lo contiene sin tocarla nunca, para que no
pueda ser conmocionado de la manera en que es conmocionado el recipiente
contenedor por la agitación del barco, quiero que en la superficie interior y
cóncava del recipiente contenedor se coloquen unos
muelles, de ocho a diez, que impidan que ambos recipientes se toquen,
pero que no impidan que el recipiente de dentro no obedezca a las elevaciones y
bajadas de los bordes del recipiente contenedor: y, si en lugar de agua,
quisiéramos colocar aceite, tanto mejor, y la cantidad tampoco sería mucha,
porque dos o tres barriles serían suficientes. […]
Yo hice ya en el pasado, para que se usaran en nuestras galeras, una
cierta cofia en forma de celada que, llevándola en la cabeza el observador, y
teniendo
en ella fijado un telescopio, ajustado de manera tal que miraba siempre
al mismo punto hacia el que el otro ojo libre dirigía la vista, sin hacer nada
más, el objeto que el observador miraba con el ojo libre se hallaba siempre en
el objetivo del telescopio. Una máquina parecida se podría componer, no solo
sobre la cabeza sino también sobre los hombros y el busto, fijada inmóvil en el
observador, en el cual se asegurara un telescopio del tamaño necesario para
distinguir perfectamente las estrellas de
Júpiter[8].
Sin afán de ofender a Galileo, cuya extraordinaria invención nadie osó
financiar, y a toda la plétora de inventores de métodos extraordinarios para
fijar la longitud, hubo que esperar a la invención del cronómetro marino de
Harrison para resolver el problema, o mejor dicho, a su aplicación definitiva
en la década de 1770. A partir de ese momento, aunque hubiera habido una
tormenta, el reloj habría mantenido la hora justa del punto de partida. Antes
de entonces las insulae estaban fatalmente perditae.
Y antes de entonces, la historia de la exploración del Pacífico es la
historia de gente que descubre siempre la tierra que no iba buscando. Por
ejemplo, Tasman en 1643 buscaba las Salomón; primero llegó a Tasmania (es
decir, cuarenta y dos grados de latitud más al sur como si nada), avista Nueva
Zelanda, pasa por las Tonga, toca las Fiyi sin desembarcar —ve solo unas pocas
islitas—, y llega a las costas de Nueva Guinea sin darse cuenta de que en esa
curva que había formado estaba Australia, que sí que no era una cosita de nada.
Había navegado haciendo carambolas como una bola de billar y, durante muchos
años más, otros
navegantes llegaron a dos pasos de Australia sin verla.
En fin, era un vagabundear como dementes entre islotes, barreras
coralinas y continentes, siguiendo un plan trazado pero sin trazar un plano. Y
pobrecillos, el plano podemos hacerlo nosotros, con los mapas elaborados
después de Cook: en el fondo vagaban todos como el capitán Bligh, en bote,
hacia las Molucas, y lo importante era no volver a encontrar al Bounty.
Pues bien, nos perdemos en las islas también tras haber resuelto el
problema de las longitudes. Véanse las navegaciones de Corto Maltés y Rasputín
en la Balada del Mar Salado. Los personajes de la Balada leen. En cierto
momento, Pandora aparece
dulcemente apoyada en la opera omnia de Melville, Caín lee a Coleridge,
autor de otra balada, la del viejo marinero, y curiosamente la encuentra en el
submarino alemán de Slütter, quien dejará en Escondida, tras su muerte, también
un Rilke y un Shelley; por último, Caín al final cita a Eurípides.
Incluso un bandolero como Rasputín, justo al principio, lee el Voyage
autour du monde par la frégate du rois La Boudeuse et la Flûte L’Étoile. Puedo
asegurar que no se trata de la primera edición de 1771, que no lleva el nombre
del autor en el frontispicio ni está impresa a tres columnas.
El libro está abierto hacia la mitad y, por lo menos en la edición
original, con el mismo formato, en ese punto se abre el capítulo V, «Navigation
depuis les grandes Cyclades; découverte du golfe de la Louisiade… Relâche… la
Nouvelle Bretagne». Si ha sacado el punto con las técnicas de 1913, Rasputín
debería saber que se halla (como indica el mapa que Pratt ofrece) en el
meridiano 155 oeste, pero si se fía de Bougainville, debería encontrarse en el
fatídico meridiano 180, en la línea del cambio de fecha. Por otra parte,
Bougainville hablaba de «Isles Salomon dont l’existence et la position sont
douteuses».
Cuando el mercantil holandés se encuentra con el catamarán de Rasputín,
lo primero que observan tanto los oficiales como el marinero de las Fiyi es
que, para ser de las islas Fiyi, esa embarcación resulta estar bastante a
trasmano, porque los fiyianos suelen ir desde el este hacia el sur. Y, como
veremos después, es eso lo que deberían haber hecho, porque la isla del
Monje se encuentra mucho más hacia el sureste.
Díganme ustedes por qué, si salió de Kaiserín, Corto debe encontrar el
submarino de Slütter bajo la punta occidental de Nueva Pomerania (mientras
navega hacia el oeste, por lo tanto), mientras que la meta del submarino es
Escondida, y la Escondida
del Monje (19º sur y 169º oeste) debería estar al sur de las Salomón y
al oeste de las Fiyi. Un oficial de marina alemán que para ir a Escondida
navega hacia Nueva Guinea y dice (como dice) «Dentro de poco llegaremos a
Escondida» (y está a una distancia de por lo menos 20º de meridiano) es un
soñador, atrapado en la red de Rasputín, que ha confundido los confines del
espacio. El hecho es que Rasputín o Pratt o ambos intentan confundir también
los confines del tiempo.
Caín y Pandora son capturados por Rasputín el 1 de noviembre de 1913,
pero todos llegan a Escondida después del 14 de agosto de 1914 (el Monje les
informa de que en esa fecha ha estallado la guerra), grosso modo entre
septiembre y la última década de
octubre, que es cuando entran en escena los ingleses. Entre dos páginas
de Coleridge y dos discusiones con Slütter, ha pasado un año, en el transcurso
del cual el submarino se movía siguiendo rumbos vagos, con la indolencia
curiosa, la sed de deriva de los bucaneros del siglo XVII, del Viejo Marinero y
del capitán Ahab.
Todos los protagonistas de la Balada se mueven como en los tiempos de
Bougainville, cuando no de Mendaña: viajan por el archipiélago de la
incertidumbre.
Es que la fascinación de las islas es precisamente la de perderse.
Pobres de nosotros si las encontramos a la
primera, como sucede con un miserable ferry que va de Civitavecchia a
Cerdeña. La fascinación eterna de la isla sigue siendo la que celebra Guido
Gozzano.
Ma bella più di tutte l’Isola
Non-Trovata:
quella che il Re di Spagna s’ebbe da suo cugino
il Re di Portogallo con firma sugellata
e bulla del Pontefice in gotico latino.
L’Infante fece vela pel regno favoloso,
vide le fortunate: Iunonia, Gorgo, Hera
e il Mare di Sargasso e il Mare Tenebroso
quell’isola cercando… Ma l’isola non c’era.
Invano le galee panciute a vele tonde,
le caravelle invano armarono la prora:
con pace del Pontefice l’isola si nasconde,
e Portogallo e Spagna la cercano tuttora.
L’isola esiste. Appare talora di lontano
tra Teneriffe e Palma, soffusa di mistero:
«… l’Isola Non-Trovata!». Il buon Canarïano
dal Picco alto di Teyde l’addita al forestiero.
La segnano le carte antiche dei corsari.
… Hifola da
– trovarfi?…
Hifola pellegrina?…
È l’isola fatata che scivola sui
mari;
talora i naviganti la vedono vicina…
Radono con le prore quella beata riva:
tra fiori mai veduti svettano palme somme,
odora la divina foresta spessa e viva,
lacrima il cardamomo, trasudano le gomme…
S’annuncia col profumo, come una cortigiana,
l’Isola Non-Trovata… Ma, se il pilota avanza,
rapida si dilegua come parvenza vana,
si tinge dell’azzurro color di lontananza[9].
Yo no creo que Gozzano tuviera presente algunos mapas que se encuentran
en los libros de navegación del siglo XVIII, pero esta idea de isla que «se
desvanece como apariencia vana, / se tiñe del azul color de lejanía» nos obliga
a pensar en la manera en la que, antes de haber resuelto el problema de las
longitudes, para reconocer las islas se echaba mano del dibujo de sus siluetas
tal y como se las había visto la
primera vez. Llegando de lejos, la isla (cuya forma no existía en ningún
mapa) se la reconocía, como diríamos hoy de una ciudad norteamericana, por su
skyline. ¿Y si había dos islas con un skyline muy parecido, como si hubiera dos
ciudades que tuvieran ambas el Empire State Building y (antes) las Torres
Gemelas en el sur? Se arribaba a la isla equivocada, y quién sabe cuántas veces
se hizo.
Entre otras cosas porque el perfil de una isla cambia con el color del
cielo, la bruma, la hora del día e incluso la dulce estación, que cambia la
consistencia de las masas arbóreas. A veces la isla se tiñe del azul de la
lejanía, puede desaparecer en la noche o en la bruma, las nubes bajas pueden
ocultar el perfil de los montes. No hay nada más huidizo que una isla de la que
se conoce solo su perfil. Llegar a una isla cuyo mapa no se posee, ni la
coordenadas, es moverse como un personaje de Abbott en una Planilandia en la
que se conoce una sola dimensión y las cosas se ven solo de frente, como líneas
sin grosor, es decir, sin altura, y sin profundidad, por no
decir que solo un ser extraplanilándico podría verlas desde arriba.
Y de hecho, se decía que los habitantes de las islas de Madeira, de
Palma, de Gomera y del Hierro, engañados por las nubes, o por los espectros del
Hada Morgana, a veces creían divisar la insula perdita hacia occidente, huidiza
entre el agua y el cielo.
Así como se podía vislumbrar entre los reflejos del mar una isla que no
existía, también se podían confundir dos islas que no existían y no encontrar
jamás aquella a la que se quería llegar.
Las islas se pierden así.
Y por eso las islas nunca se
encuentran. Como decía Plinio (II, 96), algunas islas fluctúan siempre.
[Publicado en
Almanacco del Bibliofilo. Sulle orme di san Brandano (Milán, Rovello,
2011), retoma una ponencia presentada en un congreso sobre las
islas celebrado en Carloforte en 2010].
Reflexiones sobre
WikiLeaks
WikiLeaks ha demostrado ser un escándalo aparente en lo que tiene que
ver con los contenidos, mientras que ha sido y será algo más en cuanto a las
formas, pues, como veremos, ha inaugurado una nueva época histórica.
Un escándalo es aparente cuando lleva al nivel del discurso público lo
que todos sabían y comentaban de forma más privada, eso que no pasaba
del nivel del chismorreo, por decirlo de alguna manera, solo por razones de
hipocresía (por ejemplo, los cotilleos sobre un adulterio). Cualquier persona,
no digo enterada de los asuntos de la diplomacia, sino que haya visto películas
de intriga internacional, sabe perfectamente que, por lo menos desde el final
de la Segunda Guerra Mundial, o sea, desde que los jefes de Estado pueden
llamarse por teléfono o tomar un avión para verse para cenar, las embajadas han
perdido su función diplomática (¿se le envió un embajador de uniforme a
declararle la guerra a
Sadam?) y, en los casos más evidentes,
salvo pequeños ejercicios de representación, se han transformado en
centros de documentación sobre el país anfitrión (y cuando el embajador es
bueno realiza el trabajo de sociólogo y de politólogo), mientras que en los
casos más reservados las embajadas son auténticas centrales de espionaje.
Sin embargo, haberlo declarado en voz alta ha obligado a la diplomacia
estadounidense a admitir que es verdad y, por lo tanto, a sufrir una pérdida de
imagen en el plano de las formas. Con la curiosa consecuencia de que esta
pérdida, fuga, goteo de noticias reservadas, más que perjudicar a las
presuntas víctimas (Berlusconi, Sarkozy, Gaddafi o Merkel), ha
perjudicado al presunto verdugo, es decir, a la pobre señora Clinton, que
probablemente se limitaba a recibir los mensajes que los funcionarios de
embajada le enviaban por deber profesional, visto que se les paga
exclusivamente para eso. Que, al fin y al cabo y según todas las evidencias, es
lo que Assange quería,
puesto que era al gobierno estadounidense al que tenía atravesado, no al
gobierno de Berlusconi.
¿Por qué no ha afectado a las víctimas, como no sea superficialmente?
Porque, como todos habrán notado, los famosos mensajes secretos eran puros
«ecos de la prensa», y se limitaban a referir lo que todos en Europa
sabían y decían, y que incluso en Estados Unidos ya se había publicado en el
Newsweek. Por lo tanto, los informes secretos eran como los informes que los
gabinetes de prensa de una empresa mandan al consejero delegado, que, teniendo
en cuenta todo lo que tiene que hacer no puede leer también los periódicos.
Es evidente que los informes enviados a Hillary Clinton, al no informar
de cosas secretas, no eran notas del espionaje. Ahora bien, aunque se hubiera
tratado de noticias aparentemente más reservadas, como el hecho de que
Berlusconi tiene intereses
privados en los negocios del gas ruso, también en este caso (ya sea
verdadero o falso) las notas repetirían solo lo que comentaban los que hablan
de política en el bar, los famosos «estrategas de café», como se los denominaba
en los tiempos del fascismo.
Lo cual confirma otra cosa que sabemos perfectamente. Es decir, que todo
dosier elaborado por unos servicios secretos (de cualquier nación) está hecho
con material que ya es de dominio público. Las «extraordinarias» revelaciones
estadounidenses sobre las noches de juerga de Berlusconi referían lo que desde
hacía meses podía leerse en cualquier periódico italiano (excepto
dos), y las manías de sátrapa de Gaddafieran desde hacía tiempo tema —
por lo demás bastante manido— para los caricaturistas.
La regla por la que los expedientes secretos deben confeccionarse solo
con noticias ya conocidas es esencial para la dinámica de los servicios
secretos, y no solo en este siglo. Y es esa misma regla según la cual si
ustedes van a una librería dedicada a publicaciones esotéricas, ven que cada
libro nuevo (sobre el Grial, sobre el misterio de
Rennes-le-Château, sobre los Templarios o sobre los Rosa-Cruz) repite
exactamente lo que ponía en los libros anteriores. No solo porque al
autor de textos ocultistas no le gusta llevar a cabo investigaciones
inéditas (ni sabría dónde buscar noticias sobre lo inexistente), sino porque
los devotos del ocultismo creen solo en lo que ya saben y les confirma lo que
ya conocían. Que es, al fin y al cabo, el mecanismo del éxito de Dan Brown.
Lo mismo sucede con los expedientes secretos. Perezoso el informador y
perezoso, o de mente estrecha, el director de los servicios secretos, que
considera verdadero solo lo que reconoce. Visto, pues, que los servicios
secretos, de todos los países, no sirven para prever casos como el ataque a las
Torres Gemelas (aunque si
están regularmente desviados, en algunos casos incluso los producen) y
solo archivan lo que ya se conocía, más valdría eliminarlos. Pero, con los
tiempos que corren, eliminar más puestos de trabajo sería verdaderamente
insensato.
Hemos dicho que si en cuanto a contenidos el escándalo era solo
aparente, en el ámbito de las formas WikiLeaks ha inaugurado una nueva época
histórica.
Pues bien, ningún gobierno en el mundo podrá alimentar ya áreas
secretas, y no digo solo Estados Unidos sino ni siquiera San Marino o el
Principado de Mónaco (quizá se salve
solo Andorra), si sigue confiando las propias comunicaciones y los
propios archivos reservados a Internet o a otras formas de memoria electrónica.
Intentemos captar la dimensión del fenómeno. Una vez, en los tiempos de
Orwell, se podía concebir el Poder como un Gran Hermano que monitorizaba cada
gesto de cada uno de sus súbditos, también y sobre todo cuando nadie se daba
cuenta. El Gran Hermano televisivo es una pobre caricatura porque ahí todos
pueden monitorizar lo que le pasa a un pequeño grupo de exhibicionistas que se
reúnen precisamente para dejarse ver, por lo que el tema tiene un relieve
meramente
teatral o psiquiátrico. Ahora bien, lo que en los tiempos de Orwell aún
era una profecía hoy en día se ha cumplido cabalmente, puesto que el Poder
puede controlar todos los movimientos de los individuos a través de su teléfono
móvil, todas las transacciones llevadas a cabo, los hoteles visitados, las
autopistas recorridas mediante sus tarjetas de crédito, todas sus presencias en
los supermercados a través de las televisiones de circuito cerrado, y un largo
etcétera; de este modo, el ciudadano se ha convertido en víctima total del ojo
de un Hermano Grandísimo.
Eso es lo que pensábamos al menos hasta ayer. Pero ahora se demuestra
que
ni siquiera los cuartos oscuros del Poder pueden escapar a la
monitorización de un pirata informático, y, por lo tanto, la relación de
monitorización deja de ser unidireccional y se vuelve circular. El Poder
controla a todos y cada uno de los ciudadanos pero cada ciudadano, o en su
lugar el pirata que se erige en su vengador, puede conocer todos los secretos
del Poder.
Y aunque la gran masa de los ciudadanos no esté en condiciones de
examinar y evaluar la cantidad de material que el pirata captura y difunde,
aquí se dibuja un nuevo papel para la prensa (y ya lo está desempeñando en
estos días): en lugar de dar cuenta de las
noticias importantes —y antaño decidían los gobiernos cuáles eran las
noticias de verdad importantes, al declarar una guerra, devaluar una moneda,
firmar una alianza—, ahora decide autónomamente qué noticias deben volverse
importantes y cuáles pueden ser calladas, negociando incluso (como ha sucedido)
con el poder político qué «secretos» revelados comunicar y cuáles dejar a un
lado.
(Habría que añadir que —visto que todos los informes secretos que
alimentan odios y amistades de un gobierno proceden de artículos publicados o
de confidencias de periodistas a un funcionario de
embajada— la prensa está adquiriendo también otra función: una vez
espiaba el mundo de las embajadas extranjeras para conocer sus tramas ocultas,
y ahora son las embajadas las que espían a la prensa para conocer sus
manifestaciones evidentes. Pero volvamos a lo nuestro).
¿Cómo podrá regirse a partir de mañana un Poder que ya no tiene la
posibilidad de conservar sus propios secretos? Bien es verdad que, como ya
decía Simmel, todo secreto verdadero es un secreto vacío (porque un secreto
vacío jamás podrá ser revelado) y poseer un secreto vacío representa el máximo
del poder; y bien es verdad que saber todo sobre el carácter de
Berlusconi o de Merkel es efectivamente un secreto vacío en cuanto
secreto, porque es un tema de público dominio; ahora bien, revelar, como ha
hecho WikiLeaks, que los secretos de Hillary Clinton eran secretos vacíos,
significa quitarle al Poder todo su poder.
Es evidente que, en el futuro, los Estados ya no podrán encomendar
ninguna información reservada a Internet: sería como ponerla en un cartel
pegado en la esquina de la calle. Pero es igualmente evidente que, con las
actuales tecnologías de interceptación, es vano esperar poder mantener
relaciones reservadas por teléfono. Nada más fácil, además, que descubrir
si y cuándo un jefe de Estado ha viajado en avión para contactar con un
colega suyo, por no hablar de esa verbena popular para manifestantes en que se
han convertido los G8.
Y entonces, ¿cómo podrán mantenerse en el futuro relaciones privadas y
reservadas? ¿Cómo reaccionar ante el triunfo incontrolable de la transparencia
total?
Sé perfectamente que, de momento, mi previsión es de ciencia ficción y,
por lo tanto, novelesca, pero me veo obligado a imaginar a agentes del gobierno
que de forma absolutamente reservada se desplazan mediante diligencias o
calesas siguiendo
recorridos incontrolables, transitando por los caminos rurales de las
áreas más deprimidas, ni siquiera tocadas por el turismo (porque el turista
ahora saca fotos con el móvil de todo lo que se mueve delante de él), llevando
mensajes aprendidos de memoria y a lo sumo escondiendo las pocas y esenciales
informaciones escritas en el tacón de un zapato.
Qué bueno es imaginarse que los enviados de la embajada de Livonia se
encuentran con el mensajero del País de las Campanillas en la esquina de una
calle solitaria, a medianoche, susurrándose un santo y seña mientras se
rozan furtivos. O que, en el transcurso
de un baile de disfraces en la corte de Ruritania, un pálido Pierrot,
retirándose hacia donde los candelabros dejan una zona de sombra, se quita la
máscara y muestra el rostro de Obama a esa Sulamita que, apartando rápidamente
su velo, se revelará como Angela Merkel. Y allá, entre un vals y una polca, se
producirá ese encuentro, por fin oculto también a Assange, que decidirá las
suertes del euro, o del dólar, o de ambos.
Bueno, seamos serios, no pasará, pero de alguna manera tendrá que
suceder algo muy parecido. En cualquier caso, las informaciones, la grabación
del coloquio secreto, habrán de ser
conservadas en copia única y manuscrita en cajones cerrados con llave.
Reflexionemos: en el fondo, el intento de espionaje en el Watergate (donde se
trataba de descerrajar un armario o un archivador) tuvo menos éxito que
WikiLeaks. Y le aconsejo a la señora Clinton que lea este anuncio que he
encontrado en Internet:
Matex Security existe desde 1982 para proteger sus bienes. Con la
realización a la medida de muebles para su casa dotados de secreter donde
ocultar sus bienes y documentos de valor, que ningún malintencionado
encontrará nunca aunque registre toda su casa, oficina o embarcación de
cualquier tipo y modelo. Estos trabajos se llevan a cabo con la máxima
confidencialidad y los muebles se fabrican a medida y según las
indicaciones del cliente, construidos exclusivamente por nuestro
carpintero y por personal de nuestra mayor confianza.
Por otra parte, hace tiempo escribí que la tecnología avanza a paso de
cangrejo, es decir, hacia atrás. Un siglo después de la revolución de las
comunicaciones gracias al telégrafo sin cables, Internet
ha restablecido un telégrafo con cables (telefónicos). Las cintas de
vídeo
(analógicas) permitieron a los estudiosos de cine explorar una película
paso a paso, recorriéndola hacia delante y hacia atrás, descubriendo así todos
sus secretos de montaje, mientras que ahora los DVD (digitales) permiten solo
saltar por capítulos, y es decir, solo por macrosegmentos. Ahora con la alta
velocidad se va en tren desde Milán a Roma en tres horas mientras que con el
avión, entre un desplazamiento y otro, se necesitan por lo menos tres horas y
media. Así pues, no es extraordinario que también la política y la técnica de
las comunicaciones gubernamentales
vuelvan a los correos a caballo, a encuentros entre las nieblas de un
baño turco, a mensajes entregados en la alcoba por alguna condesa de
Castiglione. Se abrirán, por lo tanto, buenas perspectivas de trabajo para las
velinas de mañana o para quienes hayan aprendido a emplearlas bien en favor de
la cosa pública.
[Reelaboración de dos artículos publicados en Libération, el 2 de
diciembre de 2010, y en L’Espresso, el 31 de diciembre de 2010].
Notas
[1] Trad. cast. de Juan
Bautista Calvo, Obras Completas de Marco Tulio Cicerón, t.XIV, Madrid,
Sucesores de Hernando, 1917. <<
[2] Su Excelencia que mal
me mira, ¿por esas ordinarias bromillas? […] Entro, y la encuentro [la iglesia
de San Ambrosio de Milán] llena de soldados, de esos soldados septentrionales,
es decir, bohemios o croatas, colocados aquí en la viña como espaldares. […] Me
coloqué detrás, puesto que caído en medio de esa gentuza, yo no lo niego,
experimenté una sensación de repulsión que usted no experimenta por razón de su
cargo. Se sentía tal bochorno, tal vaho de hedor; perdóneme, Su Excelencia, si
en esa bella casa del Señor, me parecían de sebo hasta las
velas del altar mayor. <<
[3] Ian Fleming, Desde
Rusia con amor, trad. cast. de Diana Falcón, Barcelona, Círculo de Lectores,
2003. <<
[4] Testamento siríaco de
Nuestro Señor Jesucristo, I, 4, siglo V. <<
[5] Adso de Montier-en-Der,
Sobre el nacimiento y los tiempos del Anticristo, siglo X. <<
[6] Hildegarde de Bingen,
Liber scivias, III, 1, 14, siglo XII. <<
[7] Baptiste-Henri
Grégoire, Essai sur la régéneration physique, mora-le et politique des Juifs,
1788. <<
[8] Richard Wagner, El
judaísmo en la música [1850], trad. cast. en Wagneriana, 1, 1977. <<
[9] Mi lucha, 1925.
<<
[10] Miguel Psellos, De
operatione daemonum, siglo XI. <<
[11] E. De Amicis, Corazón,
trad. cast de Daniela Helmsdorff, Bogotá, Norma, 2001, pp. 19, 84-85. <<
[12] Epigramas de Marco
Valerio Marcial, epígrafe 94, trad. cast. de José Guillén, Zaragoza,
Institución Fernando el Católico, 2003. <<
[13] La femina è animale
imperfetto, passionato da mille passioni spiacevoli e abbominevoli pure a
ricordarsene, non che a ragionarne […] Niuno altro animale è meno netto di lei:
non il porco, qualora è più nel loto convolto, aggiugne alla bruttezza di loro;
e, se forse alcuno questo negar volesse, riguardinsi i parti loro, ricerchinsi
i
luoghisegretidoveesse,
vergognandosene, nascondono gli orribili strumenti li quali a tór via i
loro umori superflui adoperano. <<
[14] Collatiunum libri tres,
PL, 133, cols. 556 y 648. <<
[15] Storia notturna. Una
decifrazione del sabba, Turín, Einaudi, 1989; trad. cast. de Alberto Clavería
Ibáñez,
Historia nocturna, Barcelona, Península, 2003, pp. 41-43. <<
[16] Citado en Giuseppina y
Eugenio Battisti, La civiltà delle streghe, Milán, Lerici, 1964, pp. 73 y ss.
<<
[17] William Shakespeare,
Ricardo III, ed. de María Enriqueta Gómez Padilla, México, Unam, 1982, acto I,
escena I.
<<
[18] Report from Iron
Mountain: On the Possibility and Desirability of Peace, ed. de Leonard C.
Lewin, Nueva York, The Dial Press, 1968. <<
[19] George Orwell, 1984,
trad. cast. de Rafael Vázquez Zamora, Barcelona, Destino, 1966. <<
[20] Jean-Paul Sartre, A
puerta cerrada, trad. cast. de Aurora Bernárdez, Buenos Aires, Losada, 1974.
<<
[1] Collected Papers, 2330.
Trad. cast.
de Mónica Aguerri, «Diversas concepciones lógicas», Boletín del Grupo de
Estudios Peircianos, 4, 2004, http://www.unav.es/gep/BoletinGEP/Bol html.
<<
[2] En la traducción de
Ángel Crespo: ¡Gracia abundante en la que audaz lanzóse / mi rostro a sostener
la luz eterna, / tanto que allí mi vista consumióse! / En su profundidad vi que
se interna, / con amor en un libro encuadernado, / lo que en el orbe se
desencuaderna; / sustancias y accidentes, todo atado / con sus
costumbres, vi yo en tal figura / que una luz simple es lo por mí expresado. /
La forma universal de esta atadura / creo que vi, pues siento que es más largo
/ mi placer, al decirla, y mi ventura. / Un punto sólo me es mayor letargo /
que
veinticinco siglos a la ardida / empresa, que admiró a Neptuno, de Argo.
Divina Comedia, Barcelona, Planeta, 1990. <<
[3] En esta / inmensidad se
anega el pensamiento, / y el naufragar en este mar me es dulce. Trad. cast de
Diego Navarro, Leopardi: Cantos, Barcelona, Plaza y Janés, 1951. <<
[4] Jerarquía celeste, II,
5, en Obras completas del Pseudo Dionisio Areopagita, trad. cast. de Hipólito
Gil Blanco, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2002, p. 113. <<
[5] Crisis de verso, trad.
cast. de Ricardo Silva Santiesteban en ídem,
Divagaciones, Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, 1998, p.
223. <<
[6] Sur l’évolution
littéraire: réponse à l’enquête de Jules Huret, 1891. <<
[7] La sustancia es la fe
de lo esperado / y de lo no aparente el argumento, Paraíso, cit., XXIV.
<<
[8] Missa pro eligendo romano pontefice, homilía del cardenal Ratzinger,
18 de abril de 2005. <<
[9] Friedrich Nietzsche,
Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, trad. cast. de Pablo Simón, en
idem, Obras Completas, vol. I, Buenos Aires, Prestigio, 1970. <<
[10] Eugenio Lecaldano, Una
ética sin Dios, trad cast. de Mario Trigo Cortijo, Barcelona, Proteus, 2009.
<<
[1] Gaston Bachelard,
Psicoanálisis del fuego, trad. cast. de Ramón G. Redondo, Madrid, Alianza,
1966, pp. 30-31. <<
[2] En Obras completas del
Pseudo Dionisio Areopagita, trad. cast. de Hipólito Gil Blanco, Madrid,
Biblioteca de Autores Cristianos, 2002, p. 157. <<
[3] Hildegarde de Bingen,
Liber Scivias, trad. cast. de José Pedro Tosaus Abadía, en Elémire Zolla, Los
místicos de Occidente, Barcelona, Paidós, 2000. <<
[4] Paraíso, XXXIII, vv.
115-120. En la profunda y clara subsistencia / de la alta luz tres giros
distinguía / de tres colores y una continencia; / cual iris de iris, uno
parecía / reflejo de otro, y el tercero un foco / que de uno y otro por igual
venía. Trad. cast. de Ángel Crespo, Divina Comedia, Barcelona, Planeta, 1990.
<<
[5] Trad. cast. de María
Pons Irazazábal, en Umberto Eco, ed., Historia de la belleza, Barcelona, Lumen,
2004. <<
[6] Preparación para la
muerte, XXVI.
<<
[7] Congregación para la
Doctrina de la Fe, El mensaje de Fátima, 6 de junio de 2000. <<
[8] La clef de l’oeuvre,
pp. 155-156. <<
[9] Règles générales, pp.
202-206. <<
[10] Signes, pp. 187-189.
<<
[11] Protágoras, 320c ss.,
trad. cast. de J. Velarde, Oviedo, Pentalfa, 1980. <<
[12] Benvenuto Cellini, Vida,
II, 75, trad. cast de Luis Marco, Madrid, Viuda de Hernando, 1892. <<
[13] Walter Pater, El
Renacimiento, trad. cast. de Marta Salís, Barcelona, Alba, 1999, pp. 179-183.
<<
[14] Gabriele d’Annunzio, El
fuego, trad. cast. de Tomás Orts Ramos, en idem, Obras inmortales, Madrid,
Edaf, 1974, parte I: «La epifanía del fuego». <<
[15] Ibidem. <<
[16] James Joyce, Retrato del
artista adolescente, trad. cast. de Dámaso Alonso, Barcelona, Lumen, 1976.
<<
[17] Empédocles, trad. cast.
de Anacleto Ferrer, Madrid, Hiperión, 1997, p. 145.
<<
[18] Fernando Báez, Historia
universal de la destrucción de los libros, Barcelona, Destino, 2004. <<
[1] Piero Camporesi, Le
officine dei sensi, Milán, Garzanti, 1985, pp. 53-55.
<<
[2] Cit. en Piero
Camporesi, Il brodo indiano, Milán, Garzanti, 1990, p. 132.
<<
[3] Le officine dei sensi,
cit., pp. 124-125. <<
[4] Cit. en Piero
Camporesi, La casa dell’eternità, Milán, Garzanti, 1987, p. 131; trad, cast. de
Antonio de las Casas, en Pablo Señeri, Quaresma, Barcelona, Jayme Osset, 1765.
<<
[5] Cit. en Piero
Camporesi, I balsami di Venere, Milán, Garzanti, 1989, p. 115.
<<
[6] Cit. en Piero
Camporesi, La carne impassibile, Milán, Il Saggiatore, 1983, p. 52. <<
[1] Suma de teología, Madrid,
Biblioteca de Autores Cristianos, 1988.
<<
[2] «In generatione
animalis et hominis in quibus est forma perfectissima, sunt plurimae formae et
generationes
intermediae, et per consequens corruptiones, quia generatio unius est
corruptio alterius. Anima igitur vegetabilis, quae primo inest, cum embryo
vivit vita plantae, corrumpitur, et succedit anima perfectior, quae est
nutritiva et sensitiva simul, et tunc embryo vivit vita animalis; hac autem
corrupta, succedit anima rationalis ab extrinseco immissa, licet praecedentes
fuerint virtute seminis». (Por esto en la generación del hombre o en la del
animal, como la forma es perfectísima, hay muchas formas y generaciones
intermedias, y, por consiguiente, corrupciones, porque la generación de uno es
la corrupción de otro. Luego el alma vegetal, que aparece en el momento en que
el embrión vive la vida vegetativa, se corrompe, sucediéndole un alma más
perfecta, que es a la vez nutritiva y sensitiva, y entonces el embrión vive la
vida animal; mas, corrompida esta, sucédale el alma racional, infundida por un
agente extrínseco, aunque las precedentes estaban en la virtud seminal).
<<
[3] Biblia de Jerusalén,
Bilbao, Desclée de Brouwer, 1976. <<
[1] Trad. cast. de Alejo
García Moreno y Juan Ruvira, Madrid, Iravedra y Novo, 1876, i, §53. <<
[2] «De la manera de formar
como compromiso con la realidad», ahora en Obra Abierta, Barcelona, Ariel,
1979, pp. 277-334. <<
[3] Umberto Eco, «La
generazione di Nettuno», in VV.AA., Gruppo 63, Milán, Feltrinelli, 1964, pp.
413-414. <<
[1] Para la historia de
esta respuesta y las justificaciones que siguieron, véase André Gide, Hugo,
hélas!, ed. de Claude Martin, París, Fata Morgana, 2002. <<
[2] Jean Cocteau, Le
Mystère laïc, en idem, Œuvres complètes, Lausana, Maguerat, 1946, vol. X, p.
21. <<
[3] Cfr. Umberto Eco,
«Casablanca, o el renacimiento de los dioses», en La estrategia de la ilusión,
Barcelona, Lumen, 1986, pp. 286-292, y «Elogio del Montecristo», en De los
espejos y otros ensayos, Barcelona, Lumen, 1988, pp. 157-170. <<
[4] Victor Hugo, El hombre
que ríe, trad. cast. de Carmen Vila, Barcelona, Bruguera, 1972. Cito por esta
edición en todas las citas que siguen. <<
[5] Victor Hugo, Los
miserables, ed. de J. L. Gómez, trad. cast. de N. Fernández Cuesta, Barcelona,
Planeta, 2000, p. 20.
<<
[6] Victor Brombert, Victor
Hugo and the visionary novel, Cambridge, Harvard UP, 1984. <<
[7] Los miserables, cit.,
pp. 325-326. <<
[8] Trad. cast. de Miguel
Giménez Sales, Barcelona, Montesinos, 2002. <<
[9] György Lukács, La
novela histórica, trad. cast. de Jasmin Reuter, México, Era, 1966, p. 318.
<<
[1] Una vez aclarado qué
era una velina original, hay que decir por qué el término ha adoptado el
significado actual. Antonio Ricci, el autor del programa satírico Striscia la
notizia, al principio se valía de azafatas que, con patines y minifalda, además
de bailar con el Gabibbo, llevaban mensajes a los dos presentadores, y por eso
se las llamó veline. Ahora bien, esa elección tiene un significado notable:
quiere decir que cuando empezó a emitirse el programa, Ricci podía hacer el
juego de palabras y llamar veline a las azafatas, parodiando aún más
eficazmente a los
telediarios, porque todavía había un público que se acordaba y sabía qué
eran las veline del MinCulPop. Si hoy ya no lo sabemos, esta es otra de las
reflexiones que hay que hacer sobre el ruido, sobre la superposición de la
información: en tan solo dos décadas se borra una noción histórica porque otra
se superpone de forma obsesiva. <<
[1] Renato Giovannoli,
Scienza della fantascienza, Milán, Bompiani, 1991.
<<
[2] Hans Hörbiger,
Glazial-Kosmogonie,
Leipzig, Kaiserslautern Hermann Kaysers, 1913. <<
[3] Louis Pauwels, Jacques
Bergier, El retorno de los brujos. Introducción al realismo fantástico,
Barcelona, Plaza y Janés, 1963. <<
[4] En realidad Rudolf
Elmayer-Vestenbrugg, Die Welteislehre nach Hanns Hörbiger, Leipzig, Koehler
Amelang, 1938. <<
[5] Por ejemplo, René
Alleau, Hitler et les sociétés secrètes, París, Grasset, 1969, o Giorgio Galli,
Hitler e il nazismo magico, Milán, Rizzoli, nueva edición 2005. <<
[6] Por ejemplo, Gerard
Kniper, del observatorio de monte Palomar, en un
artículo publicado en Popular Astronomy en 1946, y Willy Ley, que
trabajó en Alemania en las V1, en su artículo «Pseudoscience in Naziland»,
Astounding Science Fiction, 39, 1947.
<<
[7] La lettera del Prete
Gianni, edición de Gioia Zaganelli, Parma, Pratiche, 1990, p. 55. <<
[1] El collage está
compuesto, en orden, por fragmentos de Alexandre Dumas, Ponson du Terrail,
Giuseppe Garibaldi, Xavier de Monte-pin, Victor Hugo, otra vez Dumas y Carolina
Invernizio. <<
[2] Achille Campanile, Se
la luna mi porta fortuna, en idem, Opere. Romanzi e racconti 1924-1933, Milán,
Bompiani, 1989, p. 204; trad. cast. de Domingo Pruna, Si la luna me trae
fortuna, Barcelona, G. P., 1958, p. 6. <<
[1] Tarcisio Lancioni,
Almanacco del bibliofilo. Viaggio tra gli isolari, 1992, Milán, Rovello.
<<
[2] Juan de Mandavila,
Libro de las maravillas del mundo, Valencia, 1540, edición de Estela Pérez
Bosch, Revista Lemir, 5, Valencia, 2001. <<
[3] Ibidem. <<
[4] La navigazione di San
Brandano traducción de un anónimo del siglo xv en lengua toscana y veneta de
Navigatio sancti Brandani, edición de Maria Antonietta Grignani, Milán,
Bompiani, 1975, pp. 229-231. <<
[5] Véase, para toda esta
cuestión, Arturo Graf, Miti, leggende e superstizioni del Medio Evo, Turín,
Loescher, 1892-1893, cap. IV. <<
[6] Sobre el polvo de
simpatía existía en la época una amplia literatura, en especial las obras de
Kenhelm Digby (por ejemplo, Theatrum sympatheticum, in quo Sympathiae Actiones
variae, singulares & admirandae tàm Macro — quam Microcosmicae exhibentur, &
Mechanicé, Physicé, Mathematicé, Chimicé & Medicé, occasione Pulveris
Sympathetici, ita quidem elucidantur, ut illarum agendi vis & modus, sine
qualitatum occultarum, animaeve Mundi, aut spiritus astralis Magnive
Magnalis, vel aliorum Commentariorum subsidium ad oculum
pateat, Nuremberg, 1660) pero la historia del perro quizá sea
legendaria. Entre los textos más recientes que la relatan, véase Dava Sobel,
Longitud: la verdadera historia de un genio solitario que resolvió el mayor
problema científico de su tiempo, Barcelona, Debate, 1998. <<
[7] La isla del día de
antes, Barcelona, Lumen, 1995, pp. 185-186. <<
[8] Carta a Lorenzo Realio,
1637; en Galileo Galilei, Opere, Turín, Utet, 1964, vol. I, pp. 951-953.
<<
[9] Bella más que ninguna
es la Isla No-Encontrada: / la que el rey de España recibió de su primo / el
rey de Portugal con firma sellada /y bula de pontífice en gótico latín. / El
infante se hizo a la vela hacia el reino fabuloso, / vio las afortunadas: Junonia,
Gorgona, Hera / y el Mar de Sargazo y el Mar Tenebroso / esa isla buscando…
Pero la isla no estaba. / En vano las galeas panzudas con abultadas velas / las
carabelas en vano armaron su proa: / que se resigne el pontífice, la isla se
esconde, / y Portugal y España la siguen buscando. / La isla existe. Aparece a
veces de lejos / entre Tenerife y
Palma, teñida de misterio: / «¡… la Isla No-Encontrada!». El buen canariense /
desde el Pico alto de Teide la señala al forastero. / La indican los mapas
antiguos de los corsarios. /… Ínsula ¿encuéntrase? … Ínsula ¿peregrina?… / Es
la isla encantada que se desliza por los mares; / a veces los navegantes la ven
cercana… /Acarician con las proas esa beata orilla: / entre flores nunca vistas
cimbrean palmeras encumbradas, / perfuma la divina floresta espesa y viva,
/ lagrimea el cardamomo, rezuman
las gomas… / Se anuncia con el perfume, como una cortesana, / la Isla
No-Encontrada… Pero, si el piloto avanza, /
rauda se desvanece como apariencia vana, / se tiñe del azul color de
lejanía… <<

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