© Libro N° 8918. Las Matemáticas De Los Faraones. Moreno Castillo, Ricardo. Emancipación. Agosto 7 de 2021.
Título original: ©
Las Matemáticas De Los Faraones. Ricardo
Moreno Castillo
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LAS MATEMÁTICAS DE LOS FARAONES
Ricardo
Moreno Castillo
Las Matemáticas De Los Faraones
Ricardo Moreno Castillo
CONTENIDO
Introducción
1. Egipto y su historia
2. Documentos matemáticos egipcios
3. Astronomía y calendario
4. Los sistemas de numeración egipcios
5. Las fracciones del dos
6. Otras descomposiciones en sumas de fracciones unitarias
7. Sumas, restas, multiplicaciones y divisiones
8. Ecuaciones algebraicas
9. Geometría
Bibliografía
A mi nieto Alejandro
Me esperan en Egipto- respondió la golondrina. Mañana mis amigas volarán
hacia la segunda catarata. Allí el hipopótamo se acuesta entre los juncos y el
dios Memnon se alza sobre un enorme trono de granito. Durante la noche observa
las estrellas, y cuando brilla la estrella de la mañana lanza un grito de
alegría y luego calla. A mediodía, los rojos leones bajan a beber a la orilla
del río. Sus ojos son como verdes aguamarinas y sus rugidos son más atronadores
que los rugidos de la catarata.
Oscar Wilde
Introducción
Desde los griegos hasta nosotros, la civilización egipcia ha ejercido
una fascinación permanente. De Tales de Mileto se cuenta que viajó por Egipto y
que de allí trajo las reglas prácticas para calcular las superficies de los
terrenos, así como algunos procedimientos de construcción (y quizás la idea de
que el agua estaba en el principio de todas las cosas). También Pitágoras,
dicen, fue a conocer el país del Nilo, pasó temporadas en Menfis y Heliópolis,
y tuvo ocasión de tratar a los sacerdotes de los ritos iniciáticos. Al
historiador griego Heródoto le debemos las primeras noticias de su historia.
Demócrito de Abdera heredó de su padre una pequeña fortuna que gastó en viajar.
Visitó la India, Persia y, por supuesto, Egipto. El matemático Eudoxo de Cnido pasó
una temporada en Menfis, y pudo aprender la matemática de los faraones. Platón,
a la muerte de Sócrates, desconsolado por la pérdida de su maestro y también
incómodo por la situación política de Atenas, dedicó algunos años a vagar por
el mundo. En su periplo no pudo faltar el valle del Nilo, donde se puso al
corriente de la astronomía egipcia, y en varios de sus Diálogos dejó
ver su simpatía por Egipto y sus creaciones culturales. Este aprecio fue
contagiado a su discípulo Aristóteles, quien en su Metafísica reconoce
en los egipcios a los primeros descubridores en matemáticas (y lo atribuye,
curiosamente, a que tenían una casta sacerdotal que disponía de tiempo libre),
y en otro lugar sostiene que se les deben muchos de los conocimientos
astronómicos de la humanidad. En la Política dice de ellos que
son el pueblo más antiguo, lo cual explica su prioridad en tantos
descubrimientos, y que fueran los primeros en dotarse de unas leyes y de una
estructura política.
A partir de Alejandro Magno, Egipto pasó a formar parte del mundo griego
y las dos culturas, la egipcia y la helenística, tendrían ocasión de fundirse
en la ciudad de Alejandría, que fue el centro del saber durante siglos. Después
fue provincia romana y, siglos más tarde, pasó a formar parte del mundo árabe.
La cultura faraónica fue desdibujándose bajo las que se superpusieron a ella,
pero el interés por la vieja civilización nunca desapareció del todo, siempre
viva en la imaginación de alquimistas, pseudocientíficos y amantes de las
historias fabulosas. Hasta que a finales del siglo XVIII nace la egiptología
como disciplina científica, y a partir de entonces tenemos conocimiento muy de
primera mano de esta cultura tan admirada por los antiguos griegos. Las fuentes
documentales se han hecho accesibles y podemos conocer directamente sus
aportaciones y conocimientos matemáticos, de los que hasta no hace mucho solo
teníamos noticia por el testimonio de los viajeros que visitaron el país. Dar a
conocer esta matemática es el objeto de este libro.
Hago constar mi gratitud a José Manuel Vegas Montaner por sus consejos y
orientaciones bibliográficas, y a Juan Ángel Argelina Díaz, Angelines Prieto
Yerro y José Villarta Moset, quienes leyeron con mucha atención el manuscrito,
enmendaron equivocaciones y propusieron notables mejoras.
Capítulo 1
Egipto y su historia
Desde el corazón de África hasta el mar Mediterráneo, recorriendo el
límite oriental del desierto del Sahara, fluye el segundo río más largo del
mundo. Nosotros lo llamamos Nilo (palabra de origen griego), pero para los
pueblos que habitaban en sus orillas era simplemente “el Río”. Al desembocar
forma un delta y sus aguas se reparten entre varios brazos, a los que se llama
a veces “las siete bocas del Nilo”.
Nadie en el mundo antiguo fue capaz de remontar su curso hasta las
fuentes, y el lugar de nacimiento del Nilo fue un misterio muy bien guardado
durante muchos siglos. En opinión de Plinio el Viejo, su origen estaba en las
montañas de la Baja Mauritania y, en algunos intervalos de su recorrido, fluía
bajo tierra. En el año 1858 el explorador británico John Hanning Speke, durante
un viaje de exploración por el África central cuyo objetivo era localizar los
Grandes Lagos, llegó a la orilla sur de una inmensa masa de agua. Convencido de
haber encontrado las fuentes del Nilo, le dio el nombre de Lago Victoria, en
honor a quien entonces reinaba en su país. Richard Francis Burton (célebre,
entre otras muchas cosas, por su traducción al inglés de Las mil y una
noches), que le acompañaba en el viaje, juzgó precipitada la
conclusión. Esta disparidad de criterios dio lugar a una controversia en el
seno de la comunidad científica que animó a muchos otros aventureros a intentar
confirmar o impugnar la conjetura de Speke. Entre ellos el conocido explorador
y misionero David Livingstone, que fracasó en su intento al desplazarse
demasiado al Oeste y entrar en la cuenca del Congo. Finalmente fue el
explorador galés Henry Morton Stanley quien, al circunnavegar el lago Victoria
y llegar a las cataratas Rippon en la orilla norte, demostró que Speke estaba
en lo cierto.
El río Kagera, el mayor río tributario del lago Victoria, nace en
Burundi. Su cabecera es la fuente del Nilo más alejada del Mediterráneo. Así
considerado, el Nilo-Kagera es el segundo río más largo del mundo, con una
longitud de 6.756 kilómetros, solo superado por el Amazonas en poco más de 300
kilómetros.
A lo largo de su recorrido el Nilo cae hasta seis veces formando
cataratas, que se suelen enumerar desde la desembocadura hacia el interior. Al
comenzar la primavera se deshielan las nieves de las montañas del África
centro-oriental y grandes cantidades de agua alimentan a los ríos de la región.
El Nilo se desborda a partir del mes de julio y recupera su cauce normal en
octubre. Al retirarse las aguas dejan un poso de cieno, y de esta manera el
terreno a lo largo de las orillas del río se renueva constantemente y se
mantiene siempre fértil. Gracias a esto, alrededor del tramo más septentrional,
entre el mar y la primera catarata (en el país que nosotros conocemos como
Egipto, pero que sus habitantes llamaban “Jem”), surgió una de las
civilizaciones más antiguas del mundo. El historiador griego Heródoto escribió
que “Egipto es un regalo del Nilo”, porque el Nilo fertilizaba las tierras,
proporcionaba papiro y pescado, y era también una eficaz vía de transporte para
mercancías y personas. Las zonas desérticas que quedan fuera del alcance de las
inundaciones protegen parcialmente a Egipto, que solo ha podido ser invadido
desde el delta o por el mismo valle, desde el sur.
Por todas estas razones, Egipto ha conservado durante cinco mil años una
fisonomía propia, y no existe ningún otro lugar que permita estudiar a lo largo
de un intervalo de tiempo tan dilatado el proceso de formación, cénit y ocaso
de una religión y una cultura.
§..*?
De los primeros dos mil años de la civilización egipcia, entre el 5000 y
3000 a.C., se sabe poco. La escritura todavía no se había inventado, y este
período de tiempo se ha de considerar como parte de la prehistoria egipcia.
A partir del 600 a.C. los griegos, viajeros impenitentes y curiosos
insaciables, empezaron a interesarse por Egipto y a visitarlo. Entre ellos, el
ya citado Heródoto, contemporáneo de Pericles, a quien debemos las primeras
noticias sobre la vieja civilización, basadas parte en observaciones propias y
parte en testimonios ajenos y tradiciones orales. Heródoto fue criticado por
algunos estudiosos posteriores, empezando por el propio Tucídides, que lo
tildaban de poco riguroso con los datos. Con todo, su obra se convirtió en
fuente indispensable para los historiadores del mundo antiguo, y Cicerón llegó
a decir de él que era “el padre de la historia”.
Hacia el año 60 a.C. el historiador griego Diodoro Sículo (o de Sicilia)
visitó Egipto. A su historia y costumbres dedicó un capítulo de su vasta obra
(una Biblioteca Histórica en cuarenta volúmenes). También lo
hizo poco después el geógrafo Estrabón, quien recorrió el Nilo hasta la primera
catarata y dejó recogido en una Geografía todo lo que aprendió
en sus viajes. Ahora bien, ni Heródoto, ni Diodoro, ni Estrabón entendían la
vieja escritura egipcia (ya plenamente desarrollada desde poco después del 3000
a.C.), y en consecuencia no pudieron basarse en documentos escritos. Aludieron
a ella como una incomprensible escritura de imágenes y la llamaron jeroglífica, refiriéndose
a su posible carácter religioso.
Pero la más detallada historia de Egipto la escribió el sacerdote
Manetón, alrededor del año 280 a.C., cuando el país estaba gobernado por la
dinastía griega de los Ptolomeos. Lamentablemente, ni la historia de Manetón ni
las fuentes por él utilizadas han sobrevivido, y solo tenemos algunos
fragmentos citados por autores posteriores. Concretamente han llegado hasta
nosotros listas de gobernantes egipcios recuperadas por Eusebio de Cesárea, un
escritor cristiano del siglo III que escribió un compendio de la historia
universal. Lo que ha subsistido de La historia de Egipto de
Manetón está publicado en Alianza Editorial, en una traducción de César Vidal.
Desde entonces, y hasta que se supieron leer los jeroglíficos, las más
valiosas fuentes para conocer el antiguo Egipto permanecerían secas durante
mucho tiempo. Horapolo, un gramático del siglo V d.C., compuso un tratado sobre
la escritura jeroglífica, considerándola ideográfica. Esta conjetura fue tenida
por cierta durante muchos años, lo cual tuvo dos malas consecuencias. La
primera, que cualquier diletante pudiera dejar volar su fantasía buscando
sentido simbólico a las imágenes, llegando a veces a conclusiones delirantes, y
la segunda, desviar del camino correcto a los investigadores serios.
Muchos años después de Horapolo, ya muriendo el siglo XVIII, tuvo lugar
un hecho importantísimo. Un ejército francés combatía en Egipto bajo las
órdenes del general Napoleón Bonaparte. El capitán Pierre François Bouchard,
trabajando en la reparación de un fuerte, encontró una piedra negra, parte de
una estela de granodiorita (roca plutónica muy semejante al granito) con una
inscripción en tres lenguas y tres escrituras distintas: griega antigua,
jeroglífica y demótica (una abreviación de la jeroglífica). El fuerte estaba
cerca de la ciudad portuaria de Rashid, que los europeos llamaban Rosetta, y
por esta razón la piedra se llamó desde entonces “la piedra Rosetta”.
La piedra Rosetta (Museo Británico. Londres).
Bouchard se dio cuenta de la importancia del hallazgo y depositó la
estela en el Instituto de Egipto que el propio Napoleón había creado unos años
antes. Pero la campaña acabó con la derrota de Bonaparte y la victoria de los
ingleses, quienes se incautaron de parte de las antigüedades halladas por los
franceses. Así, la piedra Rosetta fue parar al Museo Británico, y es desde
entonces una de sus piezas más visitadas.
Muchos y muy buenos filólogos se volcaron en el estudio comparativo de
los tres textos de la piedra, por ver si de esa comparación se podría descifrar
la escritura egipcia. Todos se estrellaron porque, sin más discusión, daban por
buena la hipótesis de Horapolo. Hasta que llegó Jean François Champollion,
quien se atrevió a cuestionarla, y así se puso en el camino correcto.
Champollion había nacido en Figeac, pequeño pueblo del sur de Francia,
en el año 1790. Desde muy niño dio pruebas de una inteligencia prodigiosa, pero
fue mal alumno en la escuela de su pueblo. Su hermano mayor, un filólogo
competente, se lo llevó consigo a Grenoble y se preocupó por su educación. A
los once años Champollion demostró un enorme interés por el latín y el griego y
comenzó a dedicarse con extraordinario aprovechamiento al estudio del hebreo.
Por entonces conoció al célebre matemático Jean- Baptiste-Joseph Fourier, quien
había estado en Egipto y era además arqueólogo aficionado. Impresionado por la
inteligencia del niño, le invitó a ver su colección de antigüedades. Por
primera vez ve unos papiros con escritura jeroglífica, y pregunta a Fourier si
eso se podía leer. Al recibir una respuesta negativa dice: “ dentro de
unos años, cuando sea mayor, yo los leeré”. A los trece empieza a estudiar
árabe, sirio, caldeo y copto. Sus intereses son enormes, pero se centra sobre
todo en lo que de alguna manera tiene que ver con Egipto. Estudia también
chino, en un intento de aclarar su parentesco con el egipcio antiguo. Sus
estudios en la academia de Grenoble terminan con la exposición de un esbozo de
lo que sería su libro Egipto bajo los faraones. Después pasa
dos años en París, pero rehúye todos los encantos de la ciudad. Se encierra en
bibliotecas, profundiza en los idiomas que ya conoce, y comienza el estudio del
sánscrito y el persa. Todo ello en medio de innumerables estrecheces de las que
a duras penas le libra su hermano. Pero su mayor preocupación, que llega a ser
casi obsesiva, es el estudio de la piedra Rosetta. En 1809 vuelve a Grenoble y,
a la edad de diecinueve años, es nombrado profesor de la universidad. Sus
preocupaciones materiales parecen haber terminado, pero la tranquilidad dura
poco. Champollion estaba convencido de que la única forma razonable del estado
es la república, y no simpatizaba ni con Napoleón ni con la restauración
borbónica. Es destituido de su cátedra y vuelve a vivir a salto de mata, pero
es entonces cuando empieza el trabajo de desciframiento definitivo de los
jeroglíficos. Y la luz vino en cuanto comprendió que el camino trazado por
Horapolo no llevaba a ningún lugar: las imágenes jeroglíficas eran
representativas de sonidos. Empezó fijándose en los nombre de los reyes. El
texto de la piedra Rosetta alude al rey Ptolomeo Epífanes (el quinto de la
dinastía de los Ptolomeos, cuyo reinado se extiende entre los años 205 y 181
a.C.). En el lugar del texto egipcio donde era presumible que estuviera el
nombre del rey había un grupo de signos dentro de un óvalo. Era razonable
suponer que la palabra más digna de ser resaltada mediante este óvalo (que los
especialistas llaman cartucho) fuera el nombre del rey. La
suposición resulto certera, y de este modo fue posible identificar algunos
signos jeroglíficos con algunas letras. Ya tenía el extremo de la enredada
madeja. Siguió estudiando textos que llegaban a Europa, más antiguos que la
piedra Rosetta, hasta alcanzar el otro extremo de la madeja. En el año 1822
escribió una carta al secretario de la Academia de Inscripciones de París dando
cuenta de sus descubrimientos, y dos años más tarde publicó su obra Resumen
del sistema jeroglífico de los antiguos egipcios. En 1826 le llegó el
reconocimiento público y fue nombrado conservador de la colección egipcia del
museo del Louvre. En 1828 pudo visitar Egipto y cumplir así el mayor anhelo de
su vida. Formó parte de una expedición franco-italiana en la que también iban,
además de otros egiptólogos, artistas, delineantes y arquitectos. Desembarcaron
en Alejandría, fueron al Cairo, donde vieron por vez primera las pirámides,
llegaron hasta Asuán, al sur del país, y se internaron en Nubia. La historia de
este viaje, con todas las licencias que se permiten a un buen escritor, está
muy bien contada en la novela Champollion l’egyptien, del
francés Christian Jacq. La traducción española lleva por título El
egiptólogo, y está publicada por la editorial Debolsillo.
Después de dieciocho meses de trabajo de campo su salud comenzó a
resentirse. Volvió a Francia, ya muy deteriorado, para intentar acabar su obra
más ambiciosa, su Gramática egipcia. En 1831 fue nombrado
profesor del Colegio de Francia, donde ocupó la primera cátedra de egiptología
creada en el mundo, pero poco pudo disfrutar de la nueva situación. Falleció en
1832. Sus restos reposan en el cementerio de Pére Lachaise de París. La Gramática
egipcia fue publicada póstumamente gracias a los buenos oficios de su
hermano mayor, que tanto le había ayudado y que había sido su primer mentor.
Gracias a Champollion la escritura jeroglífica se hizo accesible y los
textos egipcios dejaron de ser un misterio. Desde su tiempo hasta hoy el
conocimiento de la historia de Egipto ha dado pasos de gigante. Uno de quienes
más y mejor aprovecharon el legado de Champollion fue el egiptólogo alemán Karl
Richard Lepsius, quien vivió entre los años 1810 y 1884, y descubrió el
“Decreto de Canopus”, un documento bilingüe en griego y demótico que
complementa muy bien a la piedra Rosetta para la comprensión del lenguaje
jeroglífico. Además, fue el primer editor y traductor de lo que llamamos
habitualmente El libro de los muertos (el título original
podría traducirse como La salida al día), una recopilación de
plegarias y sortilegios para ayudar a los difuntos en su camino hacia el más
allá.
§..*?
La parte norte de Egipto, la región triangular abarcada por el delta del
Nilo, se conoce habitualmente como el Bajo Egipto, y la parte sur, hasta la
primera catarata, como el Alto Egipto. La lista de reyes de Manetón comienza
con Menes, el primero que unificó ambos, hacia al año 3100 (todas las fechas,
salvo que se advierta lo contrario, son antes de Cristo), después de gobernar
el Alto Egipto, cuya capital estaba en Nejen. Para mejor controlar ambos
territorios hizo construir una ciudad fronteriza, a poca distancia hacia el sur
del vértice inferior del delta. La llamaron Jikuptah (nombre del cual podría
proceder la palabra “Egipto”), pero los griegos la conocían como Menfis, y es
ese nombre el que conservaría a lo largo de su historia.
Manetón clasificó a los gobernantes egipcios en dinastías, hasta treinta
llegó a inventariar, cada una de ellas compuesta por los miembros de una misma
familia. Así, Menes es el primer rey de la primera dinastía. Los historiadores
posteriores agruparon estas dinastías en imperios, períodos de una cierta
estabilidad, separados entre sí por etapas de disgregación y desorden. La época
anterior a Menes se conoce como predinástica, y es entonces cuando colonos de
muy distintas procedencias se van estableciendo en las cercanías del Nilo.
Aprendieron a aprovechar eficazmente el agua, a fundir el cobre, y
desarrollaron modelos de vida urbana que dieron lugar a pequeños estados.
El período que cubre las dos primeras dinastías, de unos cuatro siglos,
suele llamarse Arcaico, y sobre su historia se conoce poco. Sí sabemos que
durante este período Egipto prospera y la figura del rey, símbolo del bienestar
a ojos del pueblo, se va divinizando cada vez más. Llega a convertirse en un
dios encarnado en forma humana cuya misión principal consistía en garantizar el
equilibrio divino frente a las fuerzas del caos. La religión egipcia es
heredera de los diversos cultos locales surgidos durante la era predinástica,
cada uno con su propia mitología, pero todas ellas variaciones sobre el tema de
los ciclos naturales del sol y el Nilo. Con el tiempo, se fueron fundiendo unos
con otros hasta dar lugar a la religión oficial del estado, centrada en el dios
Osiris, quien habría enseñado a los egipcios las artes y la agricultura. Según
una leyenda (cuyo fundamento remoto pudo estar en sucesos ocurridos al comienzo
del período Arcaico), Osiris fue muerto por su hermano menor Set, quien troceó
su cadáver y esparció los fragmentos por todo Egipto. Isis, la esposa de
Osiris, localizó todos los restos salvo uno y lo devolvió a la vida. Pero,
incompleto como estaba, Osiris no pudo gobernar el mundo de los vivos y
descendió al mundo subterráneo, y allí reina sobre las almas de los muertos.
Horus, el hijo de Osiris
e Isis (representado habitualmente con cabeza de halcón), mató a Set. La
leyenda concuerda muy bien con el ciclo del sol. Osiris representa el sol
poniente, que desciende agonizante al mundo subterráneo por culpa de Set, que
representa a la noche. Horus es el sol naciente, que mata a la noche. El faraón
encarna a Horus mientras está vivo y a Osiris después de muerto. Con todo, y
aun después de la reunificación, las ciudades seguían apegadas a sus propios
dioses. En Onu (que los griegos llamarían Heliópolis) se adoraba a la deidad
solar Ra, en Tebas a Amón, símbolo del poder creador, y en Menfis a Path y
Hathor (identificados, con el tiempo, a Osiris e Isis).
Para que el hombre pueda participar en el ciclo y vivir más allá de la
muerte, hay que rendir el debido culto a los dioses. Las plegarias que habían
de ser repetidas y los rituales necesarios están recogidos en el ya
mencionado Libro de los muertos. También se pueden encontrar
en él métodos para la conservación de cadáveres, porque la salvación en la otra
vida precisaba la presencia física del cuerpo. Los órganos internos se
extraían, y el resto se trataba con productos químicos y se envolvían en vendas
impermeabilizadas con pez. Los cadáveres así embalsamados se llamaron momias, palabra
de origen persa que significa precisamente pez.
Por si la conservación se malograba, se usaban otros métodos para
duplicar la vida. Se enterraban con el difunto objetos que había usado, y las
paredes de la tumba se cubrían con inscripciones y pinturas que narraban o
representaban escenas de su vida. Estas inscripciones y pinturas han sido
valiosas fuentes para conocer las actividades cotidianas en Egipto. Además, era
importante situar las tumbas fuera del alcance de las crecidas del Nilo y en su
zona occidental, en el desierto, por donde se ponía el Sol, porque allí
iniciaba el difunto su viaje hacia el más allá. Ahora bien, estos métodos para
garantizar la supervivencia de ultratumba, tan elaborados y caros, se usaron en
principio solo con los reyes como representante del pueblo ante los dioses. Si
el rey entraba en relación con los dioses conforme a los rituales prescritos,
el Nilo rebosaría, las cosechas serían abundantes, y la enfermedad y la penuria
se mantendrían a distancia. El rey era Egipto.
Pero pronto los egipcios más acomodados empezaron a anhelar un trato
semejante. Aspiraron a ser enterrados en tumbas y a ser momificados. Esto
proporcionó a la religión una mayor base, pero favoreció la desviación de
riqueza y energías a una actividad tan estéril como es la de los
enterramientos. Las primeras tumbas eran unas construcciones con forma de
tronco de pirámide de base rectangular. No sabemos qué nombre les daban los
antiguos egipcios, pero los árabes las llamaron mastabas, y
así las seguimos llamando nosotros. Las primeras mastabas fueron fabricadas con
adobe, ladrillo cocido, pero con el tiempo llegarían a ser de piedra. Al oeste
de Mentís, en la actual ciudad de Sakkara, está una de las mayores necrópolis
de Egipto. Las mastabas más antiguas pertenecen a reyes de la primera y segunda
dinastías.
§. El Imperio Antiguo
Con el fin de la segunda dinastía y la entronización de la tercera
comienza el período que los historiadores llaman Imperio Antiguo. Zoser, el
primer rey, llegó al poder hacia el año 2680. El personaje más relevante de su
reinado fue su consejero Imhotep, el primer científico de la historia cuyo
nombre ha llegado hasta nosotros. Tuvo fama como médico y mago, tan es así que
siglos después fue incorporado al panteón egipcio como dios de la medicina. Se
cuenta de él que, presintiendo años de sequía, mandó almacenar durante la época
de bonanza los excedentes de trigo, y con esto salvó al pueblo de la hambruna.
No es imposible que el relato bíblico de José esté remotamente inspirado en la
leyenda de Imhotep. También fue un gran arquitecto (Manetón dice de él que “fue
el inventor del arte de edificar con piedra cortada”), y construyó en Sakkara
la mastaba de Zoser. Fue la mayor construida hasta entonces y también la
primera en la que se utilizó la piedra. Con todo, y a pesar
de sus dimensiones y su solidez, ni Zoser ni Imhotep debieron de quedar
contentos con el resultado. Por ello, colocaron otra mastaba más pequeña sobre
la primera, y luego otra más pequeña todavía sobre la segunda, y así, hasta
seis mastabas de tamaño decreciente, formando una pirámide escalonada. La
mastaba múltiple de Imhotep es la única de su clase que ha sobrevivido.
Posteriormente se pensó que una pirámide tendría un mejor aspecto si sus lados
se van acercando al vértice con continuidad, en lugar de hacerlo a saltos. La
innovación tuvo lugar hacia el año 2614, durante el reinado de Sneferu, el
primer rey de la IV dinastía (durante la cual el Imperio Antiguo llegó a su
cénit). Sneferu hizo construir una pirámide escalonada de ocho pisos y después
mandó rellenar los escalones dando así una impresión de uniformidad. Después
dispuso hacer otra con escalones tan pequeños que esa impresión se tiene
incluso sin relleno. Esta pirámide se llama la Pirámide Inclinada, porque en la
parte superior se altera la pendiente, haciéndose menor. Después de Sneferu,
todas las pirámides, unas ochenta en total, fueron ya verdaderas pirámides. La
mayor de todas, la llamada Gran Pirámide, fue edificada por orden del faraón
Jufu, sucesor de Sneferu. Según testimonios recogidos por Heródoto, tardó
veinte años en ser construida y en ella trabajaron cien mil hombres. También
pudo averiguar el nombre de quien la había mandado erigir, pero el nombre de
Jufu, al helenizarse, se quedó en Keops, y por esta razón la Gran Pirámide es
también conocida como Pirámide de Keops. El poeta griego Antípatro de Sidón la
incluyó en su catálogo de las siete maravillas del mundo. Y es la única de las
siete que aún podemos contemplar. A Jufu le sucedió su hijo Jafre (Kefrén para
los griegos), quien hizo construir otra algo más pequeña, y su hijo Menkure
(Micerinos), una tercera, más pequeña todavía. Las tres están en la ciudad de
Giza. No lejos de ella está la famosa esfinge, una gigantesca escultura de un
león con cabeza humana. También fue construida durante la IV dinastía, y el
rostro podría ser una imagen de Jafre.
Hacia el año 2500 muere prematuramente el sucesor de Menkure sin
herederos masculinos. Los sacerdotes de Ra, siempre celosos del culto que se
rendía en Menfis a Horus y Path, lograron colocar a uno de los suyos en el
trono. Así comenzó la V dinastía, que duró hasta el 2430. Durante esta dinastía
y la siguiente decae la erección de pirámides. El rey Pepi I, el tercero de la
VI, tuvo que mantener a raya a los nómadas del desierto que desde el noroeste
amenazaban la conservación de la península del Sinaí, que abastecía a los
egipcios de madera y de metales. Pero entre las aventuras militares y la
construcción de templos y pirámides, los recursos menguaban y el Imperio
Antiguo comienza su declinar. A Pepi 1 le sucede su hijo Pepi II, que accede al
trono en el año 2272, siendo todavía un niño. Si los datos que nos han llegado
son ciertos, gobernó durante noventa años, y su reinado habría sido entonces el
más largo de la historia. Durante su minoría de edad la nobleza se fue haciendo
más y más fuerte, y cuando le llegó la hora de regir personalmente el país, la
situación era ya difícilmente reversible. Y lo poco que pudo avanzar en la
recuperación del poder real retrocedió a lo largo de sus muchos años de
senilidad. A su muerte ningún rey fue capaz de controlar a la levantisca
nobleza y la VI dinastía, y con ella el Imperio Antiguo, llega a su fin. Egipto
se fragmenta y comienza una Edad Oscura. Manetón enumera cuatro dinastías
durante este período, de la VII hasta la X, pero es probable que sus reyes no
fueran más que jefes locales con poco poder más allá de su propio territorio.
§. Imperio Medio
Entre Menfis y la primera catarata está una ciudad cuyos naturales
adoraban a Amón, dios de la fertilidad. Ellos la llamaban Nuwe, pero hoy se
conoce como Tebas (nada que ver con la Tebas griega), el nombre de uno de sus
barrios. Tebas prosperó durante las dinastías V y VI, gracias a las rutas
comerciales que se extendían más al sur de la primera catarata, y se salvó de
lo peor durante la decadencia del Imperio Antiguo. Hacia el año 2132 llegó al
poder un linaje de reyes muy capaces (englobados por Manetón en una XI
dinastía) que colocaron bajo su dominio regiones cada vez mayores del Alto
Egipto. En el año 2052 el rey Mentuhotep II completó la conquista y así, ciento
treinta años después de la desaparición de Pepi II, Egipto estaba regido de
nuevo por un único monarca. Con él comienza el Imperio Medio. Ahora Amón, dios
de la sede del gobierno, tenía tanta importancia que los sacerdotes de Ra lo
reconocieron como una segunda presencia del suyo, y empezaron a hablar del dios
Amón-Ra.
Los últimos reyes de la dinastía tuvieron la valiosa colaboración de
Amenemhat, un muy hábil primer ministro. Por circunstancias de las que sabemos
poco, el ministro subió al trono en 1991 y reinó como Amenemhat 1, inaugurando
de este modo la XII dinastía. Cambió la capitalidad de Tebas a Lisht,
considerablemente más al norte, desde donde podía controlar mejor el Bajo
Egipto. Pero Tebas siguió prosperando, y siglos después volvería a ser capital.
La XII dinastía fue una la edad de oro del Imperio Medio, así como la IV lo fue
del Antiguo. Las pirámides se hicieron más pequeñas y la arquitectura más
mesurada, pero la orfebrería fue mucho más elaborada y las miniaturas más
detalladas. Por primera vez hay una literatura profana, independiente de la
religión y de los mitos. Al propio Amenemhat I se le atribuye una colección de
refranes y consejos, dedicados a la juventud en general y a su futuro sucesor
en especial. También la ciencia progresó. El más importante documento
matemático egipcio, del que se hablará después, es una copia de un original
escrito durante la XII dinastía.
Amenemhat I muere en 1971, posiblemente asesinado. Su hijo Senusret I, o
Sesostris I según la versión griega, accede al trono. Fue el primer rey que
hizo conquistas fuera de Egipto. Las relaciones comerciales con las tierras
aguas arriba desde la primera catarata habían sido relativamente buenas, pero
con interferencias reiteradas por parte de tribus hostiles. Ya algunos reyes,
entre ellos Sneferu y Pepi II, habían enviado expediciones para proteger el
comercio. Pero Sesostris I creyó que las cosas serían mucho más fáciles si
ponía definitivamente esos territorios bajo un total control egipcio.
De modo que pasó la primera catarata y llegó hasta la segunda, dejando a
lo largo del río fuertes militares y enclaves fortificados. La región así
dominada es lo que hoy llamamos Nubia, que forma parte del actual Sudán. Con
Amenemhat III (quien gobernó entre los años 1842 y 1797), hijo y sucesor de
Sesostris I, el poder y la prosperidad de la XII dinastía llegó a la cúspide.
La soberanía de Egipto llega, hacia el sur, hasta la tercera catarata, y hacia
el este, hasta el interior de Siria. Algunos historiadores sostienen que más o
menos en esta época (bajo el reinado de Amenemhat III o el de algunos de sus
inmediatos predecesores) vivió el patriarca Abraham. Si Abraham se desplazó
libremente a través de Canaán y Egipto, como dice la Biblia, no es aventurado
conjeturar que ambas regiones estaban bajo un mismo gobierno.
Con la muerte de Amenemhat III acaba el Imperio Medio y el reino se
divide. Manetón habla de las dinastías XIII y XIV que, parece ser, gobernaron
simultáneamente, por lo que ninguna pudo haber controlado todo el país. Comenzó
una segunda Edad Oscura. Pero, a diferencia de la primera, ahora había un
pueblo extranjero dispuesto a aprovecharse de la debilidad de Egipto.
§. Los hicsos
Hacia el 1720 una turba heterogénea de nómadas descendió sobre Egipto
desde el noreste. No formaban una única tribu ni un solo pueblo, pero los
egipcios los designaron con el nombre genérico de hicsos, palabra
que se traduce habitualmente por “reyes pastores” (aunque, según algunos
estudios recientes, significa algo así como “gobernantes de las montañas”). Los
invasores tenían carros y caballos y los egipcios carecían de ambas cosas.
Tampoco tenían un rey lo bastante enérgico como para unificar el país frente al
enemigo común ni lo bastante inteligente como para adoptar las armas del
adversario. Y así, a menos de ochenta años de la desaparición de Amenemhat III,
Egipto sucumbió casi sin luchar. Afortunadamente, los hicsos eran poco
numerosos y prefirieron no diseminarse a lo largo del Nilo. Se centraron más en
el delta y sus alrededores, y controlaron un imperio que abarcaba el Bajo
Egipto y Siria. Dos linajes de reyes hicsos rigieron Egipto, las dinastías XV y
XVI según el catálogo de Manetón (quien incluyó en su inventario a los
gobernantes extranjeros). De estas dinastías no se sabe casi nada, porque las
épocas posteriores procuraron ignorarlas.
Sí hay indicios de que durante este período entraron pacíficamente
oleadas de inmigrantes procedentes de Canaán, al sur de Siria. Si esto es así,
los reyes hicsos debieron acogerlos como compatriotas (cosa difícil de imaginar
bajo una dinastía egipcia) con cuya ayuda podrían contar a la hora de mantener
a los nativos bajo control. Tal vez la historia bíblica de José y sus hermanos
sea un eco de estos hechos. El faraón de quien se dice que hizo de José su
primer ministro, recibió amistosamente a Jacob y asignó a su familia un lugar
para vivir era, muy probablemente, un rey hicso. El historiador Josefo, en su
búsqueda de la pasada grandeza del pueblo judío, llegó a decir que los hicsos
eran los hebreos que conquistaron Egipto. Pero esta afirmación no resiste el
menor cotejo con los hechos.
Entretanto en Tebas, demasiado al sur para ser controlada por los
hicsos, los sacerdotes de Amón mantenían su poder. Unos setenta y cinco años
después de la invasión hicsa, sus gobernantes se hicieron con el título de
reyes y se consideraron los reyes legítimos de Egipto. Así se inicia la
dinastía XVII, que coexiste con la XVI en el norte. Los tebanos aprendieron a
manejar los carros y los caballos, empezaron a luchar contra los hicsos, y a
hacer algunos progresos. A Kamosis, el último rey de la XVII dinastía, le faltó
poco para ver el triunfo final. A su muerte llega al poder Ahmés I, quien
inaugura la XVIII dinastía y completó la conquista. Derrotó al último rey hicso
y lo persiguió hasta Palestina. Algunos de los inmigrantes cananeos que habían
entrado durante el período de dominación quedaron en Egipto, pero es dudoso que
disfrutaran del afecto de los nuevos gobernantes. Más probable es que estos,
como medida de seguridad, los despojaran de todo poder. Esto es lo que pudo dar
lugar a las posteriores historias israelitas sobre su época de esclavitud en
Egipto, bajo el poder de un faraón que ya ni se acordaba de José.
§. El Imperio Nuevo
Con la victoria de Ahmés I comienza el Imperio Nuevo. Expulsados los
invasores, restablece el poder en el norte de Nubia y controla con mano firme a
la nobleza. En adelante, el rey ya no será solo garante de la fertilidad,
también lo será de las victorias militares, y es entonces cuando se le da el
título de “faraón”, que significa “la gran casa”. Estrictamente hablando, este
título no se debe utilizar con los reyes de las dinastías anteriores a la
XVIII. Con todo, se emplea, y esto es así por influencia de la Biblia, que fue
escrita con posterioridad al Imperio Nuevo, y aplica el título de faraón a los
reyes anteriores, incluso a los reyes hicsos.
En el año 1545 llega al poder Amenofis I, hijo y sucesor de Ahmés I. Con
él, el poder egipcio llegó más lejos de lo nunca había llegado. Hacia el este
consolidó sus posiciones allende el Sinaí, y al oeste penetró en Libia, cuyas
tribus nativas saqueaban a veces las tranquilas comunidades agrícolas del Nilo.
Tutmosis I, su sucesor, fue todavía más lejos. Hacia el sur llegó hasta la
cuarta catarata, y hacia el este, más allá de Siria. Tebas se convirtió en la
ciudad más grande y fastuosa del mundo, y desde Tutmosis 1 en adelante, los
faraones la llenaron de templos, obeliscos y estatuas.
Enfrente de Tebas, pero a la otra orilla del río, en la margen
occidental, Tutmosis 1 mandó construir su sepultura. Pero en lugar de edificar
una pirámide, hizo excavar la roca y construir complicados laberintos para
desorientar a los saqueadores de tumbas. Más de sesenta faraones, después de
Tutmosis, fueron enterrados cerca de él y de la misma manera, y así surgió la
necrópolis que llamamos el Valle de los Reyes.
A Tutmosis 1 le sucedió su hijo Tutmosis II, casado con su hermanastra
Hatshepsut. Tutmosis II murió en el 1490, y le sucedió Tutmosis III, el hijo
que había tenido con una concubina. Como era demasiado joven para gobernar, su
madrastra y medio tía reinó en su lugar. Hatshepsut mantuvo la paz, protegió la
industria, favoreció el comercio, y también se ocupó de embellecer Tebas con
grandes monumentos. Un enorme obelisco construido bajo su mandato está
actualmente en el Central Park de Nueva York, y es conocido popularmente como
la “Aguja de Cleopatra” (aludiendo a una reina de Egipto 1500 años posterior).
Hatshepsut murió en 1469, y Tutmosis III asumió el poder. Las ciudades
de Siria pensaron que se las habían con un hombre débil y se aliaron contra él
a fin de sacudirse el señorío egipcio. Pero calcularon mal. Tutmosis III
reaccionó a tiempo y penetró en el interior de Siria, derrotando la coalición.
En otra campaña llegó hasta el reino de Mitanni, al norte del Eufrates, cuya
esfera de influencia competía peligrosamente con la de Egipto. Tutmosis III
murió después de treinta y tres años de reinado. Además de un gran militar,
también fue un capaz administrador, y algunos historiadores se refieren a él
como Tutmosis III el Grande.
Le sucedió su hijo Amenofis II, a éste su hijo Tutmosis IV y a éste su
hijo Amenofis III. Los tres supieron salvaguardar la herencia del gran faraón,
manteniendo el imperio sin extenderlo y practicando una política de paz.
Incluso los dos últimos se casaron con princesas mitannis, a fin de relajar la
tensión con los antiguos adversarios. Al morir Amenofis III se edificó en su
honor un templo cuya entrada estaba flanqueada por dos colosales estatuas
sedentes suyas. Dos figuras de menor tamaño, situadas junto al trono,
representan a su esposa y a su madre. Las estatuas, lo único que sobrevive del
templo, son famosas porque una de ellas tenía la peculiaridad de emitir un
sonido al salir el sol. Estrabón y otros viajeros griegos observaron el
fenómeno. Esto dio lugar a una leyenda según la cual el coloso era la imagen
del mítico guerrero Memnón, hijo de la Aurora, muerto en un combate contra
Aquiles durante la guerra de Troya, y cada mañana saludaba con un grito la
aparición de su madre. Pero el prodigio tenía su explicación. Parece ser que a
consecuencia de un terremoto habido el año 27 a.C. se agrietó la estatua hasta
la cintura, y la dilatación de la piedra con los primeros rayos de sol
provocaba el sonido. Muchos y muy ilustres viajeros de la antigüedad viajaron
hasta las estatuas para observar el portento, entre ellos emperador Adriano y
su esposa Sabina. A principios del siglo III, el emperador Septimio Severo
mandó restaurarla y el fenómeno dejó de producirse.
Amenofis III muere en 1370 y le sucede su hijo Amenofis IV. Con tres
cuartas partes de estirpe mitanni, simpatizaba con las ideas religiosas de su
madre, más simples que el complicado sistema religioso egipcio. Pretendió crear
un nuevo culto con el sol como única deidad e incluso cambió su propio nombre
por Ajenatón (que significa agradable a Atón, el dios sol). Pero los sacerdotes
tebanos hicieron frente a la herejía y arrastraron al pueblo con ellos.
Desanimado ante una muy pertinaz resistencia, Ajenatón abandonó la capital con
su esposa Nefertiti, su familia y unos pocos conversos, e hizo construir, entre
Tebas y Menfis, una nueva capital dedicada a la nueva fe. La llamó Ajetatón (el
horizonte de Atón), y la llenó de templos, palacios y residencias para su
familia y la nobleza. Pero el fanatismo religioso de Ajenatón le hizo descuidar
todo lo que no fuera su monomanía. Desde Siria, cuya frontera este soportaba
incursiones de pueblos nómadas, le llegaban apremiantes llamadas de socorro que
desoyó. También desde Mitanni, asediada por los hititas, llegaron peticiones de
refuerzos que nunca fueron enviados. Todo lo ganado por Tutmosis III y
conservado por sus tres inmediatos sucesores se perdió.
A finales del siglo XIX, en donde estuvo ubicada la desaparecida
Ajetatón, fueron encontradas unas trescientas tablillas de arcilla con
escritura cuneiforme que dan fe de esas inútiles demandas de ayuda. Estas
tablillas son una fuente histórica inestimable para conocer la época de
Ajetatón, porque los sacerdotes de los viejos cultos hicieron todo lo posible
para que no quedara ningún recuerdo de él.
Ajenatón murió en el 1353 dejando seis hijas y ningún hijo, y de su
reforma religiosa no quedó nada. Los pocos conversos volvieron a la antigua
religión y Ajetatón fue progresivamente abandonada. Incluso Tutanjatón, un
yerno de Ajetatón que le sucedió en el trono, cambió su nombre por el de
Tutankhamón, para dejar así claro que la vuelta de Anión a su lugar de dios
principal tenía el aval del faraón. Tutankhamón fue un rey de escasa relevancia
política pero, por dos motivos, es el más conocido de todos los faraones. El
primero, porque su tumba nunca fue saqueada, y su descubrimiento, en el año
1922, dio lugar al hallazgo de un tesoro de inapreciable valor arqueológico. El
segundo, por la popular leyenda de “la maldición del faraón”, según la cual
todos las personas relacionadas con la profanación de la tumba habrían de
terminar mal. Esta fábula se basó en que Lord Carnarvon, uno de los dos
egiptólogos ingleses que dirigía la expedición, murió poco después del
descubrimiento por culpa de la picadura de un mosquito complicada con una
neumonía. Aunque Howard Cárter, el otro egiptólogo, murió pacíficamente
bastante después a la edad de sesenta y cinco años, la leyenda siguió viva
durante mucho tiempo.
A Tutankhamón le sucedió su visir Ay, que hizo un débil intento de
conservar las doctrinas de Ajenatón, y a éste un general llamado Horemheb, que
se convirtió en faraón el año 1339. Bajo su gobierno se recuperó en parte el
prestigio militar de Egipto y se restauraron definitivamente las viejas
creencias. Horemheb no estaba vinculado familiarmente con la casa real, pero se
le incluye en la XVIII dinastía (y con él se cierra) porque no originó un
linaje propio. La historia de Horemheb y del declive de la XVIII dinastía está
narrada en la célebre novela Sinuhé el egipcio, del escritor
finlandés Mika Waltari.
El famoso busto de la reina Nefertiti (Neues Museum, Berlín).
Horemheb murió el año 1304 y le sucedió Ramsés 1, uno de sus generales,
con quien se estrena la XIX dinastía. Era ya muy mayor y tan solo duró un año
en el trono. Le relevó su hijo Setis I, que afianzó el poder egipcio en Siria
(aunque tuvo que llegar a compromisos con los hititas), venció a los libios y
edificó grandes templos en Tebas. Murió en el 1290, y su hijo Ramsés II subió
al trono. Era aún muy joven y su reinado duró sesenta y siete años, el más
largo de la historia egipcia después del de Pepi II. Ramsés II era un hombre de
un egocentrismo enfermizo y llenó Egipto de monumentos en su honor e
inscripciones que relataban sus victorias. Tebas alcanzó su mayor esplendor
expandiéndose a ambos lados del Nilo, llenándose de tesoros traídos de todas
partes del mundo y el perímetro de sus murallas llegó a medir catorce millas.
Su fama llegó más lejos que nunca, y Homero habló de ella y de sus maravillas
en La Iliada. En el exterior tuvo que enfrentarse con los
hititas, pero la guerra terminó en tablas y hubo que firmar la paz sin ningún
vencedor claro. Ramsés II es posiblemente el faraón que, según el Libro
del Éxodo, esclavizó a los israelitas sometiéndolos a duros trabajos.
Murió con cerca de noventa años, y le sucedió su décimo tercer hijo Merneptah.
Este faraón fue el primero que tuvo que enfrentarse con invasores que entraban
por el mar. Saqueadores de origen micénico que previamente habían ocupado Creta
llegaron hasta las costas de Libia y, con la ayuda de tribus libias,
irrumpieron las fértiles tierras egipcias. Los desconcertados egipcios llamaron
“Pueblos del Mar” a estos inesperados invasores, y por culpa de ellos, Egipto
atravesó un período de caos. Según la tradición, Merneptah fue el faraón sobre
el que se abatieron las famosas plagas por no dejar marchar a los israelitas.
Puede ser que la historia de las plagas sea un recuerdo difuso de la catástrofe
que supuso para Egipto el saqueo de los Pueblos del Mar. Y también es muy
posible que algunos de los esclavos aprovecharan los desórdenes para huir.
Merneptah murió en 1211, y durante veinte años reinaron reyes de escasa
importancia. Pero en el año 1192 el gobernador de Tebas, quien aseguraba ser
descendiente de Ramsés II, accedió al trono e inauguró la XX dinastía. Logró
restablecer el orden y dejar un país en condiciones a su hijo Ramsés 111, que
comenzó su reinado en el año 1190. Este rey tuvo que enfrentarse nuevamente con
los Pueblos del Mar (entre los que estaban los que en la Biblia se llaman
filisteos), procedentes esta vez de la cosía sur de Asia Menor, que entraron en
Egipto desde Siria, como antaño habían hecho los hicsos. Pero Ramsés III no fue
cogido por sorpresa, los derrotó completamente, y los filisteos fueron forzados
a asentarse en la costa noreste de Egipto, donde vivieron en permanente
rivalidad con los israelitas. Pero esta fue la última gran Vitoria de Egipto.
Ramsés III murió en el 1158, después de treinta y cinco años de reinado.
Durante los ochenta siguientes reinaron ocho reyes, todos ellos llamados Ramsés
(desde Ramsés IV hasta Ramsés XI) y todos unos títeres en manos del clero. A la
muerte del último, en 1075, el sumo sacerdote de Amón se autoproclamó
gobernante de Egipto. Pero no reinó sobre un Egipto unido. En la región del
delta surgió un segundo grupo de gobernantes, con capital en Tanis, que son
agrupados en la dinastía XXI.
§. Los libios
Durante esta época, y gracias al empuje de su líder David, los
israelitas habían derrotado a los filisteos y sometido a las pequeñas naciones
limítrofes. La debilidad de Egipto fue aprovechada para crear un imperio
israelita que abarcaba desde la península del Sinaí hasta el curso superior del
río Éufrates. Las ciudades costeras fenicias mantuvieron su independencia, pero
fueron aliadas del rey David y de su hijo Salomón. Egipto procuró llevarse bien
con los israelitas y Psusennes II, el último faraón de la dinastía XXI, cedió
una de sus hijas para el harén de Salomón. Otra se casó con el hijo del
comandante de las tropas mercenarias, un hombre de origen libio llamado
Sheshonk. A la muerte de Psusennes le sucede el propio Sheshonk, con quien
comienza la dinastía XXII.
Sheshonk recuperó el control de Tebas, hizo nombrar a su hijo sumo
sacerdote de Amón y reunificó el valle del Nilo. Para debilitar el poder
israelita apoyó al líder rebelde Jeroboam. Tras el triunfo de la revuelta el
imperio de David y Salomón se desintegra definitivamente. La parte
septentrional conservó el nombre de Israel y fue gobernada primero por Jeroboam
y luego por otros reyes que no descendían de David. Al sur quedó el pequeño
reino de Judá, con capital en Jerusalén, donde el linaje de David pervivió
durante más de trescientos años. Aprovechando la situación de debilidad,
Sheshonk invadió Judá, saqueó el Templo y sometió al país a tributo. Sus
sucesores no fueron capaces de mantener la unidad y Tebas volvió a separase en
el año 761. La dinastía XXIII está integrada por los nuevos gobernantes de
Tebas.
§. Los nubios
Durante el Imperio Nuevo, Nubia había sido una prolongación hacia el sur
de Egipto, y así lo acreditan todos los hallazgos arqueológicos de esa época.
Ahora bien, durante el declive de éste, con gobiernos antagonistas en Tebas y
en el delta, a los faraones no les quedaban energías para extender su poder
mucho más al sur de la primera catarata. Por esta razón los nubios se fueron
alejando políticamente de Egipto, aunque culturalmente siguieron siendo
egipcios, y establecieron su capital en Napata, muy cerca de la cuarta
catarata.
Cuando Sheshonk se hizo con el dominio de Tebas, algunos sacerdotes de
Amón se refugiaron en Napata. Bajo la influencia de estos sacerdotes, Nubia fue
acercándose al culto a Amón, superando en ortodoxia al propio Egipto. En el año
750, en parte por deseo de expansión, en parte por motivos religiosos, un
monarca nubio conquistó Tebas en muy poco tiempo y devolvió el poder a los
descendientes de los sacerdotes exiliados. Sus sucesores llegaron hasta el
delta, donde encontraron alguna resistencia. La dinastía de estos reyes que les
hicieron frente es la dinastía XXIV, y la de los nubios (también llamada
dinastía etíope) la XXV.
Entretanto, una nueva potencia emergente amenazaba al Egipto nubio. Los
asirios, originarios del alto Tigris, y hasta entonces un pueblo de escasa
importancia militar, habían aprendido a fundir el hierro. Y así pudieron crear
un ejército bien equipado con máquinas de guerra con el cual invadieron Siria.
Los faraones nubios trataron de desactivar el peligro animando a la resistencia
a israelitas, judeos y fenicios y fomentando desórdenes más allá de las líneas
asirias. Pero cuando el rey asirio Senaquerib puso cerco a Jerusalén, en el año
701, consideraron oportuno combatir. La lucha fue muy dura
y las tropas egipcias, comandadas por Taharka, sobrino del faraón,
fueron derrotadas. Pero los asirios también quedaron muy debilitados y
Senaquerib, requerido por asuntos más apremiantes en otros lugares de su
imperio, levantó el asedio.
Senaquerib fue asesinado en el año 681. Su hijo y sucesor Esar- haddón
quiso ajustar las cuentas con Egipto y tomó Menfis y el delta, y obligó a
Taharka, entonces faraón, a huir hacia el sur. Taharka consiguió rehacerse y
lograr una efímera victoria sobre Esar- haddón, quien murió poco después. Pero
su hijo Asurbanipal reconquistó Menfis y persiguió a Taharka hasta Tebas, que
fue tomada en el año 661. Así acabó la dinastía de los faraones nubios.
Siguieron reinando en Nubia, pero su civilización y su poder declinaron para
siempre.
§. El Egipto saítico
Los asirios se conformaron con controlar Egipto a través de virreyes de
reconocida hostilidad hacia los nubios. El primero fue Ne- cao, un príncipe del
bajo Egipto, que gobernó razonablemente bien y murió luchando al lado de
Asurbanipal. Su hijo Psamético, quien le sucedió en el cargo, aguardó
pacientemente la ocasión para romper con Asiria. Y así, aprovechando los
problemas que asediaban a Asurbanipal en distintos lugares del imperio, la
última guarnición asiria fue expulsada de Egipto en el 652, tan solo nueve años
después de la conquista de Tebas. Psamético se proclamó faraón, y con él da
comienzo la dinastía XXVI. Estableció su capital en Sais, cerca del mar, y por
esta razón el Egipto de la época se llama “Egipto saítico”.
Psamético I fue un rey competente, bajo cuyo reinado tuvo lugar un
revivir económico y un renacimiento cultural. Se reivindicaron los tiempos de
los constructores de pirámides, se recuperaron los clásicos literarios y se
repararon los daños que la toma de los asirios había causado a Tebas. Además,
Psamético I sabía lo mucho que podrían aprender los egipcios de los griegos
(quienes ya habían colonizado parte de la costa Libiay fundado allí la ciudad
de Cirene), y los animó a establecerse en Egipto. Así, al sur de Sais surgió la
ciudad de Naucratis, centro comercial griego.
Asurbanipal murió en el año 625. Babilonia y sus alrededores estaban
habitados por los caldeos, pueblo de origen semítico que había llegado hacia el
año 1000. Por entonces la gobernaba Nabopolasar, que lo hacía en calidad de
virrey asirio. Pero cuando Asiria se encontró sin un rey enérgico, Nabopolasar
(igual que Psamético unos años antes) creyó llegada su oportunidad. Buscó
aliados entre las tribus medas, hasta entonces tributarias de los asirios, y en
el año 612 la coalición de medos y babilonios tomó Nínive, la capital del
imperio. Caldea ocupó el valle del Tigris y el Éufrates, y todo lo que pudo
hacia occidente, y Media pobló una franja de territorio al norte y este de
Caldea.
Dos años después subió al trono egipcio Necao I. El peligro asirio había
desaparecido, pero ahora había otro nuevo, e intentó contener a los caldeos a
una prudente distancia de sus fronteras. En su camino derrotó al reino de Judá,
pero fue derrotado por Nabucodonosor, hijo del rey caldeo y un gran estratega.
Necao tuvo que retirarse, y si Nabucodonosor no lo persiguió fue porque la
muerte de Nabopolasar le obligó a regresar a Babilonia para asegurarse la
sucesión. Necao murió en el 595, y le sucedió su hijo Psamético II. El peligro
caldeo seguía en pie, pero Nabucodonosor estaba demasiado atareado con Judá,
que no acababa de someterse. El conflicto acabó con la toma de Jerusalén, la
destrucción del templo, el fin de la dinastía de David y el cautiverio de gran
parte de la aristocracia, que fue deportada a Babilonia. Pero entonces tuvo que
ocuparse de la ciudad fenicia de Tiro, que también se le resistía. Todo esto
dejó provisionalmente las manos libres a Psamético II, quien volvió sus ojos
hacia Nubia. La dinastía allí reinante había controlado Egipto, y si lo tenía
muy presente, la cosa podría repetirse. Para prevenir males mayores, estableció
una guarnición permanente muy cerca de la primera catarata, compuesta sobre
todo por mercenarios judíos, quienes ante la amenaza caldea habían llegado a
Egipto buscando refugio. Eran eficaces combatientes y Psamético los contrató de
buen grado. A Psamético II le sucedió su hijo Haibria, bajo cuyo reinado
siguieron llegando nuevas oleadas de judíos. Esta población judía sería,
durante los seis siglos siguientes, un elemento importantísimo en la vida
cultural de Egipto. Haibria fue destronado por Alunes, un oficial muy popular
entre sus soldados, que se puso al frente de una sublevación militar de
carácter anti-griego. Atunes se casó con una hermana del depuesto faraón, de
manera que se le considera de la Dinastía XXVI.
Entre tanto, Nabucodonosor había muerto, y le sucedieron unos reyes
débiles y pacíficos. Tampoco los medos resultaban vecinos peligrosos. Pero al
sur de Media estaba Persia, cuyos habitantes estaban muy cerca lingüística y
culturalmente de los medos. En el año 550 un jefe persa llamado Ciro entró en
Media y ocupó el trono del Imperio Medo, que en adelante sería conocido como
Imperio Persa. Después conquistó Asia Menor y a continuación Babilonia. Murió
en el 530, en un intento de extender su imperio hacia Asia Central. Es conocido
como Ciro el Grande, no solo por su capacidad militar, sino también porque
siempre trató cortésmente a los adversarios vencidos.
Alunes contemplaba horrorizado el crecimiento de un imperio mucho más
poderoso que los conocidos hasta entonces. Pero murió en el 525 y fue su hijo,
Psamético III, quien tuvo que hacer frente a la situación. A Ciro le sucedió
Cambises, quien se dispuso a invadir Egipto. Los egipcios se aprestaron para la
defensa, pero fue inútil. Fueron literalmente arrollados por los persas y
Cambises entró victorioso en Menfis.
§. Los persas
Lo que sabemos del gobierno de Cambises nos ha llegado a través de los
datos recogidos por Heródoto un siglo después, quien a su vez se basó en
testimonios de un clero egipcio poco simpatizante con los persas. Esto hace que
ciertas noticias que tenemos de Cambises como un tirano cruel y malvado sean
poco de fiar. Probablemente rigió Egipto con sensatez, como hicieron en general
los persas. Además aceptó el vasallaje de Libia y de la ciudad griega de
Cirene, y llegó a controlar el norte de Nubia. Cambises tuvo que abandonar
Egipto precipitadamente para enfrentarse a un rival que se proclamó rey
asegurando ser hijo de Ciro. Pero murió en el camino y, después de unos meses
de confusión, fue sucedido por Darío, primo lejano suyo. Darío 1 fue un gran
organizador, y bajo su mandato Egipto prosperó y conservó sus viejas
costumbres. Pero los egipcios no estaban contentos. Aprovechando una
desafortunada campaña contra Grecia en la que los persas sufrieron la célebre
derrota de Maratón, se rebelaron. En esto muere Darío y su hijo Jerjes se
encuentra con dos frentes abiertos, el griego y el egipcio. No puede atender a
ambos a la vez y considera más urgente el segundo. La sublevación es aplastada
y Egipto es sometido de nuevo, pero la guerra dura tres años, y esta demora es
muy bien aprovechada por los griegos para rearmarse y mejorar su flota. Cuando
Jerjes retoma sus planes de invadir Grecia, los persas son nuevamente
derrotados en la legendaria batalla de Salamina. El asesinato de Jerjes, en el
año 464, fue la señal para una segunda rebelión, esta vez con ayuda de la flota
ateniense. Pero Artajerjes I, sucesor de Jerjes, consiguió sofocarla y las
tropas griegas fueron aniquiladas.
A Artajerjes le sucedió Darío II, y a éste Artajerjes II, pero para
afianzarse en el trono tuvo que librar una breve guerra civil contra su hermano
Ciro el Joven. Esta situación fue aprovechada por Egipto para rebelarse una
tercera vez, y ahora sí que logró una precaria emancipación que duró unos
sesenta años.
En este período de independencia gobernaron brevemente las dinastías
XXVIII, XXIX y XXX (la XXVII es la de los reyes persas). El primer rey de la
dinastía XXX fue Nectabeno I, que se preparó para afrontar una invasión persa
que parecía inminente. Y cuando la invasión tuvo lugar, Artajerjes II tuvo que
retirarse. Nectabeno murió en el año 360, dejando un Egipto próspero e
independiente, pero el peligro persa seguía allí. Le sucedió Teos, que se
consideró lo bastante fuerte como para tomar la ofensiva. Pero cuando el
ejército egipcio entró en Siria saltaron las discordias entre mercenarios de
muy distintas procedencias, y la expedición no siguió adelante. Y entretanto un
pariente de Teos había reclamado el trono y proclamado rey con el nombre de
Nectabeno II. Teos tuvo que huir y refugiarse con los persas.
Artajerjes II muere en el 358 y le sucede su hijo Artajerjes III, quien
intenta de nuevo una campaña contra Egipto. Esta vez la invasión tuvo éxito, y
Nectabeno II tiene que refugiarse en Nubia. Es el último rey de la lista
elaborada por Manetón.
§. Los griegos
Mientras las ciudades griegas se arruinaban unas a otras en disensiones
estériles, sube al trono de Macedonia, al norte de Grecia, el rey Filipo II.
Macedonia era de lengua y cultura griega, pero hasta entonces había sido un
país de pequeña importancia, y los demás griegos la despreciaban por
considerarla bárbara e inculta. Pero Filipo II no era en absoluto una persona
vulgar. Supo crear un gran ejército y con él alcanzar el control de toda
Grecia. Una Grecia unida liderada por un gran estratega estaba en condiciones
de iniciar una ofensiva contra Persia. Pero en el año 336, cuando los primeros
barcos cruzaban el mar hacia Asia Menor, Filipo fue asesinado. Le sucedió su
hijo Alejandro III, más conocido como Alejandro Magno, que entonces tenía tan
solo veinte años. Ante un rey tan joven, parecía que la empresa se iba a quedar
en nada. Pero si el padre no era un hombre vulgar, el hijo lo era mucho menos,
y las ciudades dominadas que pensaron que había llegado la hora de sacudirse el
yugo macedónico pronto quedaron desengañadas. Alejandro sofocó todo intento de
rebelión, y en el año 334 retomó el proyecto contra Persia. En el noroeste de
Asia Menor se deshizo de las primeras avanzadillas de los persas, y ya en el
interior, derrotó al grueso del ejército. Después bajó por la costa de Siria y
entró en Egipto, donde fue recibido como un libertador. Alejandro no hizo nada
que pudiera molestar la susceptibilidad de los egipcios. Respetó sus
costumbres, se adaptó a ellas y ofreció sacrificios a los dioses siguiendo los ritos
establecidos. Incluso viajó hasta un lejano templo de Amón donde efectuó todas
las ceremonias precisas para ser divinizado como faraón. Después buscó un lugar
apropiado donde edificar una ciudad que habría de llamarse Alejandría, en
recuerdo de sí mismo. Lo encontró en la desembocadura del brazo más al oeste
del Nilo, y dejó la construcción a cargo de un griego de Naucratis llamado
Cleomenes, el cual encargó el proyecto al arquitecto Dinócrates de Rodas.
Después abandonó Egipto en pos de nuevas conquistas dejando que un grupo de
egipcios nativos lo gobernasen en su ausencia.
Alejandro fue ganando una batalla tras otra contra los ejércitos de
Darío III, el último rey persa, que acabó asesinado por sus propios hombres.
Con él acaba la dinastía iniciada por Ciro el Grande. A los treinta y tres
años, de vuelta de la India, muere Alejandro Magno dejando una sucesión
incierta. Sus generales empezaron a luchar por el control del imperio, pero uno
de ellos, Ptolomeo, se hizo con el gobierno de Egipto y renunció a todo lo
demás. Para mejor legitimar su posición, se apoderó del cuerpo de Alejandro y
lo mando enterrar en Menfis. Como rey de Egipto fundó una dinastía que duraría
tres siglos, más que cualquiera de las treinta dinastías anteriores, hasta que
Egipto se convirtió en una provincia romana. La capital fue Alejandría, que se
transformó en una ciudad grande, próspera y cosmopolita, habitada por griegos,
judíos y egipcios nativos. Pero además, Ptolomeo y sus inmediatos sucesores
hicieron de Alejandría el más importante centro del saber de la Antigüedad.
Crearon un museo, dotado de una espléndida biblioteca, donde sabios y eruditos
podían estudiar e investigar libres de otras preocupaciones. Allí se
encontraron los saberes teóricos griegos y los más prácticos de los egipcios,
allí escribió Euclides sus Elementos
y allí midió Eratóstenes la circunferencia de la tierra. También en
Alejandría fue traducida la Biblia al griego (la famosa Biblia de los
Setenta) y Manetón escribió la obra tantas veces citada aquí.
Pero todo esto es ya otra historia.
Ptolomeo I Sóter (el Salvador) (367 a.C.-283 a.C.).
Capítulo 2
Documentos matemáticos egipcios
Una parte muy limitada de las matemáticas egipcias nos ha llegado a
través inscripciones halladas en templos y tumbas. Mucha más información la
proporcionan algunos de los papiros que han llegado hasta nosotros. De ellos
hablaremos en el presente capítulo.
El papiro es un soporte de escritura fabricado de una planta acuática
cuyo nombre científico es cyperus papyrus (y que servía de
materia prima para muchas otras cosas útiles), pero que vulgarmente también es
llamada papiro. Para convertirla en material para escribir se mantenía en
remojo el tallo de la planta unos diez días. A continuación se cortaba en tiras
muy finas que se prensaban con un rodillo para eliminar parte de la sustancia
líquida. Después se colocaban las láminas horizontal y verticalmente, y se
prensaba de nuevo, de modo que la savia hiciese de adhesivo. Para terminar, se
friccionaba con una concha o una pieza de marfil, quedando ya apto para ser
utilizado. Los rollos de papiro tenían una longitud media de cinco metros (el
mayor papiro encontrado mide más de 41). Se escribía en la cara del papiro que
tenía dispuestas las tiras horizontalmente, y para ello se utilizaba una
varilla de bambú cortada transversalmente que, según el ángulo de la escritura,
formaba trazos gruesos o finos. La tinta se elaboraba con hollín o carbón
vegetal, tratado con una ligera solución de cola. La tinta roja se utilizaba
para los títulos y los inicios de capítulo. El lector sujetaba el volumen con
su mano derecha, y lo iba desenvolviendo con la izquierda, con la cual
enrollaba la parte ya leída. Los papiros podían ser de muy distinta condición.
Plinio el viejo llegó a clasificarlos en ocho grupos, según su calidad.
El uso del papiro declinó al mismo tiempo que la vieja cultura egipcia,
siendo sustituido paulatinamente por el pergamino, de origen animal. Disminuyó
a lo largo del siglo V d.C. y desapareció completamente en el siglo XI.
§. La cabeza de maza de Nemes
La cabeza de maza de Nemes es la cabeza de una maza de ceremonia de
alrededor del año 3000 a.C., que pudo pertenecer a Nemes. Está hecha de piedra
caliza, mide 19,8 centímetros de altura y actualmente está en el Ashmolean
Museum de Oxford. Fue hallada en Hieracómpolis (nombre griego de Nejen, la
antigua capital del Alto Egipto) por los arqueólogos británicos James Edward
Quibell y Frederick William Green durante unas excavaciones que tuvieron lugar
entre los años 1897 y 1898.
En un bajorrelieve se puede ver a un rey sentado dentro de una capilla,
encima de la cual está una diosa en forma de buitre con las alas desplegadas.
Debajo hay dos portadores de sombrillas reales. También aparece, y esto es lo
que tiene interés para la historia de la matemática, el registro de un botín de
guerra estimado en 120.000 cautivos, 400.000 bueyes y 1.422.000 cabras. Las
cifras son claramente exageradas, pero demuestra una notable capacidad de
contar y manejar grandes números.
§. EL Papiro Rhind
De todos los documentos que poseemos para llegar a las matemáticas
egipcias, el más importante es sin duda el Papiro Rhind, también conocido como
Papiro de Ahmes, que de las dos maneras suele ser llamado según se aluda al
arqueólogo que lo encontró o al escriba que lo copió. Alexander Henry Rhind,
hijo de un banquero acomodado, había nacido en la ciudad de Wick, al norte de
Escocia, en el año 1833. Durante su época de estudiante en Edimburgo tuvo
ocasión de asistir a una conferencia del historiador Cosmo Innes, y a partir de
entonces comenzó a interesarse por la arqueología y a excavar en los túmulos
neolíticos del Condado de Caithness. Los resultados de sus investigaciones
fueron publicados en el Archaeological Journal de la Sociedad
de Anticuarios de Escocia.
En 1855 se trasladó a Egipto, y allí estuvo hasta 1857, excavando en la
Necrópolis Tebana. Expuso sus descubrimientos en su primer artículo sobre el
Antiguo Egipto y donó al museo de Edimburgo los objetos hallados. Entre los
años 1858 y 1862 viajó por distintos países dando charlas y conferencias, y en
1863 volvió a Egipto. Recorrió el Nilo desde El Cairo hasta la segunda
catarata, realizando un estudio geológico completo, tomando datos en distintos
puntos sobre profundidad y sedimentación para averiguar cómo las
características físicas del río pudieron influir en las construcciones egipcias
de la Antigüedad. Nunca llegó a publicar los resultados, pero se conservan gran
parte de sus anotaciones, que nos dan una idea muy clara del ingente trabajo de
Rhind durante unos años en los que no eran corrientes este tipo de estudios.
Durante el viaje se deterioró su nunca boyante salud y se retiró a
Cadenabbia, un pueblo a orillas del Lago de Como, y allí murió el 3 de julio de
1863, pocos días antes de cumplir treinta años. Cedió su biblioteca a la
Sociedad de Anticuarios de Escocia, y dejó legados para becas en la Universidad
de Edimburgo, y también para la creación en la localidad de Sibster de una
sociedad dedicada a organizar conferencias sobre arqueología, etnología y
etnografía.
Con todo, el acontecimiento más importante de su vida para la historia
de las matemáticas fue la adquisición del famoso papiro que lleva su nombre. Se
lo compró a un anticuario de Luxor, obtenido quizás de alguna excavación
ilegal. Es un documento de unos seis metros de longitud por treinta y tres
centímetros de ancho de alrededor del 1650 a.C., en el cual un escriba de
nombre Ahmes recopiló una colección de 87 problemas matemáticos que recoge
saberes de doscientos años antes sobre cuestiones aritméticas, fracciones,
cálculo de áreas, volúmenes, progresiones, repartos proporcionales, reglas de
tres, ecuaciones lineales y trigonometría elemental, todo ello explicado de un
modo muy claro y didáctico. Está depositado en el Museo Británico desde 1863, y
es el más antiguo tratado de matemáticas del que se tenga noticias.
Entre otros documentos adquiridos por Rhind había un rollo de cuero en
tan mal estado que pasaron muchos años hasta que se pudo desplegar. Al hacerlo,
descubrieron que era una colección de 26 sumas escritas bajo la forma de
fracciones unitarias. Es útil porque aclara algunos aspectos mecánicos de la
matemática egipcia.
§. El Papiro de Moscú
Después del papiro Rhind, el más importante documento matemático egipcio
es el Papiro de Moscú.
El Papiro de Moscú.
Su descubridor, Vladímir Semiónovich Golenishchev, nacido en 1856,
provenía de una vieja familia noble rusa. Estudió en la universidad de San
Petersburgo, y durante toda su vida viajó a Egipto más de sesenta veces,
organizando y financiando excavaciones. Recopiló una enorme colección de
antigüedades egipcias, entre ellas el Papiro matemático de Moscú, adquirido en
1883. Después de la revolución de 1917 no volvió a Rusia, viviendo desde
entonces entre Niza y El Cairo, en cuya universidad ocupó la cátedra de egiptología.
Murió en Niza, a los 90 años.
El Papiro de Moscú, así llamado porque está depositado en el Museo de
Bellas Artes de Moscú, tiene 5 metros de longitud y 8 centímetros de anchura.
Consta de 25 problemas, algunos demasiado deteriorados como para poder ser
leídos. Está escrito en hierática (una simplificación de la jeroglífica) y es
de alrededor del 1890 a.C., de cuando la XII dinastía. El escriba, de quien no
sabemos ni el nombre, no era tan bueno en su oficio como Ahmes, cuya escritura
y manera de explicar las cosas es mucho más clara.
§. El Papiro de Berlín
El Papiro de Berlín, así llamado por estar depositado en el museo
egipcio de esta ciudad, se puede datar entre los años 2160 y 1700 a.C. De autor
desconocido, en él se encuentran problemas relacionados con las fracciones
unitarias, ecuaciones lineales y sistemas de ecuaciones con dos incógnitas (uno
de ellos de segundo grado).
El papiro de Kahun
Los papiros de Kahun o Lahun, del año 1800 a.C. aproximadamente, son una
colección de papiros que reproducen textos más antiguos de muy diversos temas,
obstetricia entre ellos, y que contiene algunos fragmentos matemáticos, algunos
de los cuales no han podido ser descifrados todavía. Fueron descubiertos en el
año 1889 en el poblado de Lahun por Flinders Petrie. William Matthew Flinders
Petrie (nieto del capitán Matthew Flinders, explorador de las costas de
Australia), nacido en Charlton en 1853, fue un reputado egiptólogo británico
que realizó excavaciones en los yacimientos arqueológicos más importantes de
Egipto. Ejerció la primera cátedra de egiptología del Reino Unido y murió en
Jerusalén en el año 1942. Es autor de más de mil publicaciones, entre libros y
artículos, y la colección de antigüedades egipcias que reunió a lo largo de su
vida se encuentra en el Museo Petrie del University College de Londres.
Capítulo 3
Astronomía y calendario
La astronomía egipcia es en parte deudora de la babilónica. Los
babilonios medían el tiempo según el mes lunar, con ciertos añadidos cuando
convenía ajustar el calendario a las tareas agrícolas. Hacia el año 2000 a.C.
crearon el año solar, de 360 días con 12 meses de 30. Fueron ellos quienes
primero dividieron las estrellas del cinturón ecuatorial (donde se corta el
plano del ecuador de la tierra con la esfera de las estrellas fijas) en doce
grupos o constelaciones correspondientes a los meses. Realizaron observaciones
bastante precisas sobre el movimiento de los planetas, y crearon la semana como
unidad de tiempo, con siete días por los siete cuerpos celestes cuya posición
varía en relación con las estrellas fijas: el sol, la luna y los cinco planetas
al alcance de la vista.
§. Cosmología egipcia
Para los egipcios el mundo era una caja rectangular, y el cielo se
sostenía sobre cuatro altas montañas situadas en las esquinas de la tierra. El
Nilo procedía de un río universal que fluía en torno de la tierra, sobre el
cual navegaba la barca del dios Sol en su viaje diario a través del cielo.
Durante la inundación, la barca podía aproximarse más a la tierra, explicando
así los cambios de las estaciones en relación a la posición del sol. El mundo
procedía de un caos primigenio, y los dioses macho y hembra del caos habían
engendrado a los dioses de las fuerzas naturales, a quienes les correspondió la
tarea de ordenar el cosmos. Hasta aquí hay cierta semejanza con la cosmología
mesopotámica, pero en ésta los dioses jóvenes emplean su fuerza física para luchar
contra los dioses del caos y someter la naturaleza.
En cambio, los dioses de los egipcios son poderosos sin ser violentos,
quizá porque la naturaleza era más controlable en Egipto que en Mesopotamia:
las inundaciones del Nilo se producen con regularidad matemática, mientras que
las del Tigris y el Éufrates son impredecibles.
La orientación de algunas pirámides hace pensar que los egipcios sabían
localizar el norte. El método por el cual lo hacían no se conoce, pero sí
sabemos que utilizaban la longitud de las sombras para determinar la hora. Es
muy posible que se dieran cuenta de que la sombra más corta es la orientada
hacia el norte, y que luego se fijaran en alguna estrella fija que señalara en
la misma dirección.
§. Calendario
Los astrónomos egipcios dividían las estrellas del ecuador celeste en
treinta y seis grupos. Cada uno de ellos, cuando aparecía sobre el horizonte
antes de amanecer, indicaba el comienzo de un período de diez días. A partir
del año 2000 a.C. regularon su calendario por el orto de la estrella Sirio, que
salía justo antes del alba durante la época de la inundación del Nilo. El año
se dividía en doce meses de treinta días, más cinco días que los griegos
llamaron epagómenos, en total 365 días, como el nuestro. Es el
calendario más exacto de cuantos fueron utilizados en la antigüedad, pero los
egipcios nunca llegaron a intercalar un día suplementario cada cierto número de
años para hacer coincidir el año civil con el astronómico.
La corrección necesaria para arreglar el desajuste fue hecha también en
Egipto, pero ya bajo la dominación de la dinastía griega de los Ptolomeos.
Eratóstenes de Cirene, bibliotecario en el museo de Alejandría, propuso que uno
de cada cuatro años (los llamados años bisiestos) duraría un
día más, para así compensar el error que se produce al dar por buena la
duración del año en 365 días (en realidad dura casi un cuarto de día más). En
el año 45 a.C. fue adoptado por Julio César para todo el Imperio Romano, y por
eso es llamado calendario juliano. Ahora bien, como la
fracción de día no es exactamente un cuarto, este calendario lleva a un error
de tres días cada 400 años. En 1582 el papa Gregorio XIII dispuso que los años
múltiplos de cuatro que fueran múltiplo de 100 pero no de 400, no serían
bisiestos. Este calendario, conocido como gregoriano, produce
un error de un día cada 4000 años. Fue aceptado en toda Europa salvo en
Inglaterra, que no lo adoptó hasta muy entrado el siglo XVIII.
Así, con todas las correcciones y reajustes que ha tenido, nuestro
actual calendario tiene su origen en Egipto.
Capítulo 4
Los sistemas de numeración egipcios
Nuestro sistema de numeración es posicional y de base diez. Lo primero
quiere decir que una misma cifra representa distintas cosas según el lugar
donde vaya colocada. Por ejemplo, en los tres números 427, 571 y 798 aparece la
cifra siete, pero en cada uno de ellos significa algo diferente: en el primero
el número siete, en el segundo el setenta y en el tercero el setecientos. Lo
segundo, que para escribir un número lo descomponemos en suma de potencias de
diez. Así, cuando escribimos 5683, estamos representando muy abreviadamente la
suma siguiente:
5000 + 600 + 80 + 3 = 5 × 103 + 6 × 102 +
8 × 10 + 3
Los sistemas de numeración egipcios (veremos que hay varios) no son
posicionales pero sí de base diez. La base diez es la más corriente en las
distintas culturas, por la simple razón de que tenemos diez dedos, pero no es
la única posible. Los civilización sumeria, no lejos geográficamente de la
egipcia y contemporánea con ella, calculaban con un sistema de base sesenta.
Reminiscencia del viejo sistema sumerio es nuestra división sexagesimal de las
horas y los ángulos.
§. Sistema de numeración jeroglífico
El sistema jeroglífico adjudicaba un signo a cada potencia de diez (como
se puede ver en la siguiente tabla) y cualquier otro número se representaba por
repetición de estos signos.
Así, esta sería la representación del número 2324127 en escritura
jeroglífica:
Como cada signo vale con independencia del lugar que ocupa, el número
podía ser escrito tanto de izquierda a derecha como al revés (aunque más
habitual era lo primero), e incluso de arriba abajo.
Las fracciones unitarias (de numerador uno) se representaban colocando
el número debajo de un óvalo:
§. Sistema de numeración hierático
A mediados del tercer milenio a. de C. se empezó a utilizar en los
papiros la escritura hierática, más simple que la jeroglífica
(una simplificación más radical dio lugar a la demótica). En
el sistema de numeración hierática hay un signo para cada múltiplo de diez,
otro para cada múltiplo de cien y otro para cada múltiplo de mil. Esto se puede
ver en la tabla que viene a continuación.
Entonces el número 9658 se escribiría así:
En las fracciones unitarias, el óvalo es sustituido por un punto:
Y ésta es la manera de que tenían en el antiguo Egipto de escribir los
números. Pero en todo lo que sigue, para una mayor claridad, y aun hablando de
matemáticas egipcias, se utilizará la notación actual, y no la que se acaba de
explicar.
Capítulo 5
Las fracciones del dos
Se verá más adelante cómo parte de la aritmética egipcia descansa en la
posibilidad de expresar cualquier fracción en suma de fracciones unitarias
distintas, esto es, de numerador uno (salvo 2/3, a la que sí se da existencia
autónoma por derecho propio). Para facilitar los cálculos, elaboraron algunas
tablas en las que las fracciones de aparición más frecuente estaban desglosadas
en suma de fracciones unitarias. El papiro Ahmes comienza con una tabla de
descomposiciones de todas las fracciones irreducibles de numerador 2 y
denominador comprendido entre 5 y 101. Es la que está en la página siguiente.
Ahora bien, una fracción se puede expresar como suma de fracciones
unitarias de muchas maneras diferentes. ¿Por qué escogieron unas en lugar de
otras? ¿Qué criterios siguieron a] elaborar la tabla?
§. La hipótesis de Gillings
El historiador Richard J. Gillings, en su ya clásico libro Mathematics
in the time of the pharaons, propuso unos criterios que explicarían
con cierta verosimilitud la elección de cada descomposición entre las distintas
opciones.
Son los que vienen a continuación:
1. De todas las descomposiciones posibles se escoge aquella de
denominadores más pequeños, que nunca pueden exceder de mil.
2. Una descomposición en dos sumandos es preferible a una de tres, y una
de tres es preferible a una de cuatro. El número de sumandos no puede exceder
de cuatro.
3. Las fracciones aparecen colocadas en orden decreciente sin repetirse
ninguna.
4. E! denominador de la primera fracción es lo más pequeño posible, pero
se puede admitir uno ligeramente mayor si eso permite reducir el de la última.
5. Los números pares son preferibles a los impares, aun a costa de
aumentar el primer denominador o el número de sumandos.
En los parágrafos que siguen reflexionaremos sobre estos preceptos
propuestos por Gillings.
§. Fracciones que se expresan como suma de dos fracciones unitarias
Todas las fracciones (salvos dos) que en el papiro Ahmes se desglosan en
suma de dos fracciones unitarias lo hacen según el siguiente esquema:
Esto, a veces, se puede hacer de varias maneras. Cuando es así (salvo en
un caso que ya veremos) se escoge aquella en que la diferencia entre los
denominadores lo más pequeña posible. Eliminando la expresión anterior da lugar
a esta otra:
x (2y – 1)
= n
Cada descomposición de n en dos factores proporciona
una expresión de 2/n como suma de dos fracciones unitarias
distintas (salvo la posibilidad x = n y 2y
- 1 = 1, que da lugar a dos fracciones iguales). A
continuación se harán los cálculos para cada una de las fracciones y se darán
todas las posibilidades que se desprenden de la fórmula anterior, y se verá
cómo, de todas ellas, la que aparece en el inventario de las fracciones de dos
(y que en la tabla aparecerá en negrilla) es la que corresponde a la x mayor
y a la y menor. Claro que para llegar a este resultado no hace elaborar las
tablas que aquí aparecen, basta con tomar como x al mayor
divisor propio de n.
1. Fracción 2/5:
2. Fracción 2/7:
3. Fracción 2/9:
4. Fracción 2/11:
5. Fracción 2/15:
6. Fracción 2/21:
7. Fracción 2/23:
8. Fracción 2/25:
9. Fracción 2/27:
10. Fracción 2/33:
11. Fracción 2/35:
Para esta fracción no se sigue la regla general. ¿Será porque el último
valor de x no da números pares? Cualquiera que sea la razón,
el desglose de la fracción 2/35 se aparta de la norma y se hace según la
fórmula:
12. Fracción 2/39:
13. Fracción 2/45:
14. Fracción 2/49:
15. Fracción 2/51:
16. Fracción 2/55:
La descomposición que aparece en el papiro no es la de la última fila
(que no da denominadores pares), sino de la de la segunda.
17. Fracción 2/57:
18. Fracción 2/63:
19. Fracción 2/65:
20. Fracción 2/69:
21. Fracción 2/75:
22. Fracción 2/77:
23. Fracción 2/81:
24. Fracción 2/85:
Aquí la última fila no da denominadores pares, pero aplicar la fórmula
que se usó para 2/35 no resolvería el problema.
25. Fracción 2/87:
26. Fracción 2/91:
En esta fracción se prescinde de la regla (aunque da denominadores
pares) y se hace lo mismo que con 2/35. Quizá porque el segundo denominador
pareció excesivo.
27. Fracción 2/93:
28. Fracción 2/99:
Ninguna de las fracciones cuyo denominador es primo (a partir de 2/23)
aparece descompuesta en dos sumandos. Esto es así porque el segundo denominador
sería muy grande. Por ejemplo, si aplicamos el procedimiento utilizado hasta
ahora para la fracción 2/31 llegaríamos a lo siguiente:
§. Fracciones que se expresan como suma de tres fracciones unitarias
Todas las fracciones que en la tabla se desglosan en tres sumandos
(salvo 2/95, por razones que ya veremos) lo hacen según el modelo siguiente:
Como el producto de dos números es múltiplo de su mínimo común múltiplo,
existe un entero t tal que m.c.m. Qr,y) = (xy)/t, y
podemos rescribir así la última igualdad:
Sumamos las cuatro últimas fracciones y eliminamos denominadores:
2xy -x - y = nt
Multiplicamos todo por 2 y a continuación sumamos la unidad:
4xy - 2x - 2y + 1 = 2nt +
1
El polinomio del primer miembro se puede poner como producto de otros
dos:
(2x- 1) (2y - 1) = 2nt + 1
Para cada t que haga de 2nt + 1 un número
compuesto, y cada descomposición de éste para la cual t sea
divisor común de r e y, habrá una expresión de 2/n como suma de
tres fracciones unitarias. Se estudiarán todos los casos pero, a diferencia de
lo que se hizo en el apartado anterior, cada tabla acaba en cuanto se llega a
la expresión que aparece en el papiro (aunque se pueden ampliar, buscando otras
alternativas). De todas las opciones, siempre se excluyen las que tengan algún
denominador superior a mil. De las restantes, se escoge la que tenga más
denominadores pares, y en igualdad de condiciones, aquella en la que el primer
denominador sea más pequeño.
1. Fracción 2/13:
2. Fracción 2/17:
3. Fracción 2/19:
4. Fracción 2/31:
5. Fracción 2/37:
6. Fracción 2/41:
7. Fracción 2/47:
8. Fracción 2/53:
9. Fracción 2/59:
10. Fracción 2/67:
10. Fracción 2/71:
11. Fracción 2/95:
Ante la imposibilidad de aplicar el procedimiento (la tabla se alarga
interminablemente), se opta por partir de la descomposición de 2/19 y
multiplicar todos los denominadores por cinco.
12. Fracción 2/97:
§. Fracciones que se expresan como suma de cuatro fracciones unitarias
Todas las fracciones que en la tabla se escriben como suma de cuatro
fracciones unitarias lo hacen (salvo la última) según un esquema idéntico al
que siguen las que se escriben como suma de tres:
Igual que antes, ponemos m.c.m. (x,y,z) - (xyz)/t (con t un
número entero) y rescribimos la última igualdad:
Sumamos las cuatro últimas fracciones y eliminamos denominadores:
2xyz - yz - xz - xy = nt
Esta ecuación se puede abordar dando valores a una de las incógnitas y
encontrando todos los posibles valores para las otras dos. Vamos a ver los tres
casos que se van a necesitar. Si x = 2, la ecuación resulta
ser:
3yz - 2z - 2y = nt
Multiplicamos todo por 3 y a continuación sumamos 4, y resulta: 9yz -
6x - 6y + 4 = 3nt + 4
El polinomio del primer miembro es reducible:
(3y - 2)(3z - 2) = 3nt + 4
Si x = 3, entonces:
5yz - 3z - 3y = nt
Multiplicamos todo por 5 y a continuación sumamos 9, y resulta:
25yz - 15z - 15y + 9 - 5nt + 9
El polinomio del primer miembro se puede poner como producto de otros
dos:
(5y - 3) (5z - 3) = 5nt + 9
Si x = 4, entonces:
7yz - 4z - 4y = nt
Ahora multiplicamos todo por 7 y a continuación sumamos 16:
49yz - 28z - 28y + 16 = 7nt + 16
El polinomio del primer miembro se descompone de este modo:
(7y - 4) (7z - 4) = 7nt + 16
En cualquiera de los tres casos, para cada t que
convierta al segundo miembro en un número compuesto, y cada descomposición de
éste para la cual t sea divisor común de x, y y z, habrá
una expresión de 2/n como suma de cuatro fracciones unitarias. Ante
varias alternativas, los criterios de selección son los mismos que en el caso
de tres sumandos (aunque en un caso se admite un denominador impar para hacer
el último denominador más pequeño).
1. Fracción 2/29:
Suponemos en principio x = 2, y fabricamos
la correspondiente tabla:
La descomposición procedente de la quinta fila no es válida, por dar dos
sumandos iguales. De las otras dos, se escoge la última, por las razones ya
indicadas.
2. Fracción 2/43:
Suponemos de nuevo que x = 2:
En este caso, el primer intento da con la descomposición que aparece en
el papiro.
3. Fracción 2/61:
Si hacemos x = 2, el primer valor útil para t es
2, que da lugar a lo siguiente:
Si x = 3, tenemos que llegar a t = 3
para dar con la expresión:
Para x = 4, fabricamos la correspondiente tabla:
El valor t = 8 suministra la descomposición que da el
papiro, que es preferible a las dos anteriores.
4. Fracción 2/73:
Probamos primero con x = 2. Para t = 2
tenemos que:
Ensayamos con x = 3
Ya tenemos la descomposición que aparece en la tabla. Como en ambas el
primer denominador es igual (y en ninguna son todos pares), se decanta por
aquella en que es menor el cuarto denominador.
5. Fracción 2/79:
Si hacemos x = 2, para i =
4 tenemos la expresión:
Como el último denominador es excesivo, probamos con x =
3:
Ya tenemos la descomposición que aparece en la tabla.
6. Fracción 2/83:
Si hacemos x = 2, para t =
4 tenemos:
Si x = 3, para t = 3 tenemos esta
otra:
Ambas son obviamente desechables. Para x = 4 fabricamos la tabla:
7. Fracción 2/89:
Si x = 2, para t = 3 llegamos a la
suma (cuyo denominador final es demasiado grande):
En cambio, para x = 3 y t = 3 llegamos
a esta otra (ninguno de cuyos denominadores es un número par):
Para x = 4 efectuamos la tabla:
Y ya tenemos la descomposición del papiro.
Para la fracción 2/101 estos procedimientos son inaplicables, pues el
denominador de la última fracción sale siempre mayor que mil.
§.¿Y porque las fracciones de cada descomposición tenían que ser
distintas?
Las fracciones de cada descomposición siempre son distintas (y esto sí
que no tiene ninguna excepción) ¿Y por qué no se puede escribir 2/9 = 1/9 +
1/9? Esto ahorraría todos los cálculos anteriores.
La pregunta solo puede ser respondida conjeturalmente. Veremos después
cómo la multiplicación se basa en duplicaciones sucesivas, y una segunda
duplicación de 1 /9 nos daría cuatros sumandos, y una tercera ocho, lo cual
haría todo muy incómodo. Con la ayuda de la tabla de fracciones unitarias, las
sucesivas duplicaciones de 1 /9 se hacen de la siguiente manera:
Todas estas incomodidades se superan hoy día con la noción de numerador,
que permite expresar la repetición de una misma fracción tantas veces como se
quiera sin tener que escribirla todas esas veces, pero los matemáticos egipcios
carecían de ella.
Capítulo 6
Otras descomposiciones en sumas de fracciones unitarias
La lista de descomposiciones en suma de fracciones unitarias que se ha
visto en el capítulo precedente es la que más interés ha despertado entre los
egiptólogos y más polémica ha generado. Pero hay algunas otras que se verán en
este capítulo.
§. Las divisiones por diez
Después del catálogo de las fracciones del dos en el papiro Rhind,
empieza la colección de problemas propiamente dicha. Los nueve primeros
consisten en dividir un cierto número de panes entre diez personas, número que
va desde uno (en el primer problema) hasta nueve (en el noveno). En cada uno de
ellos se da un resultado, sin mayores explicaciones. Estos resultados se
resumen en la siguiente tabla:
También aquí es legítimo preguntarse por los criterios seguidos para
escoger una cierta expresión entre las muchas posibles. Aquellas que equivalen
por sí mismas a una fracción unitaria no necesitan explicación. Las
descomposiciones de las fracciones 3/10, 4/10 y 6/10 siguen el esquema
siguiente:
Esto da lugar a la ecuación:
(nx - 10)y = 10
Después hay que dar valores a x hasta conseguir que el
número entre paréntesis sea divisor de diez. Ante varias posibilidades, se
escoge la que haga más pequeña la diferencia entre los denominadores. Como
ejemplo, se verán las posibilidades para la fracción 3/10:
Las tres últimas fracciones, al ser mayor que dos tercios, incluyen a
ésta entre los sumandos. Como 7/10 menos 2/3 ya es una fracción unitaria, la
cosa no presenta mayores problemas.
Las descomposiciones de las fracciones 8/10 y 9/10 adoptan una pauta muy
semejante las de las anteriores:
Esto conduce a la ecuación:
(3nx - 20x - 30) y = 30
De ella se han de buscar soluciones enteras. Para la fracción 8/10, la
búsqueda de soluciones da lugar a la tabla:
Se escoge la descomposición que se deduce de la última fila porque hace
mínima la diferencia entre los dos últimos denominadores.
§. Los dos tercios de una cantidad
Para conocer la tercera parte de una cierta cantidad, a veces se
calculaba previamente los dos tercios y a continuación su mitad. Por ejemplo,
en el problema 30 se utiliza la fórmula:
Y en el problema 70, esta otra:
En otras ocasiones se pasa directamente al tercio de la cantidad, como
si el escriba no tuviera a mano una tabla multiplicar por dos tercios.
§. Las fracciones del rollo de cuero
Ya se dijo que junto con el papiro Rhind fue adquirido un rollo de cuero
que, debido a su mal estado, tardó mucho en ser desplegado y leído. Es un
listado de fracciones unitarias descompuestas en sumas de fracciones unitarias:
Las que se descomponen en suma de dos fracciones unitarias lo hacen
siguiendo un modelo muy semejante al de las fracciones de dos del papiro Rhind:
De esto se deduce la ecuación:
x (y - 1)
= n
Salvo 1/4 y 1/8 en su primera aparición, en todos los casos se escoge la
posibilidad que hace menor la distancia entre los denominadores. Para 1/8 las
posibilidades son las siguientes:
Las que se descomponen en tres fracciones unitarias (excepto las dos
primeras) siguen la pauta:
Expresadas como suma de cuatro fracciones unitarias solo hay dos, y la
segunda se deduce de la primera duplicando los denominadores.
§. La descomposición de una fracción en suma de fracciones unitarias en
tiempos posteriores
El problema de descomponer una fracción cualquiera (y no necesariamente
de numerador dos o uno) como suma de fracciones unitarias siguió preocupando a
los matemáticos. En el siglo XIX, mucho después de que Ahmes copiara el célebre
papiro, el matemático inglés James Joseph Sylvester (1814-1897) ideó un
algoritmo muy simple para resolverlo.
Consideremos una fracción propia p/n (esto es,
con p < n). Dividimos el numerador entre el denominador, lo
cual significa encontrar dos números q y r (llamados
cociente y resto) tales que n = pq + r y r < p. Entonces:
Ahora bien, como r/p < 1, sucede lo
siguiente:
Esto evidencia que la fracción unitaria más cercana a p/n pero
menor que ella es 1/(q + 1). Después aplicamos el mismo proceso a
la fracción diferencia:
Como p - r < p, el numerador de
cada fracción es siempre menor que el de la anterior, de modo que
necesariamente se llega a una fracción unitaria. Sea, por ejemplo, la fracción
6/19:
Entonces la descomposición es la siguiente:
Este procedimiento tiene dos ventajas. La primera, que se sabe que el
número de sumandos va a ser, como mucho, igual al numerador de la fracción. La
segunda, que cada fracción unitaria es la mejor aproximación posible de la
fracción que queremos descomponer menos la suma de las fracciones unitarias
anteriores. Pero no garantiza que la expresión sea la más simple ni la más
cómoda de manejar. De hecho, a ninguna de las descomposiciones que aparecen en
el papiro Ahmes (salvo las de 2/5, 2/7, 2/11 y 2/23) se podría llegar a través
de este camino.
Capítulo 7
Sumas, restas, multiplicaciones y divisiones
Un sistema aditivo no presenta grandes dificultades para sumar. Se
juntan todas las cifras de ambos sumandos (las unidades de uno con las unidades
del otro, las decenas de uno con las decenas de otro, y así sucesivamente) y
después, cada diez unidades de un orden se sustituye por una unidad de orden
superior. De modo muy semejante se pueden efectuar restas.
§. La multiplicación de números enteros
La multiplicación egipcia se basaba en la duplicación: uno de los
factores se expresaba como suma de potencias de dos y se duplicaba
sucesivamente el otro (cuando se sabe sumar, también se sabe multiplicar por
dos). Queremos multiplicar, por ejemplo, 27 por 38. El primer factor, como suma
de potencias de dos es 27 = 1 + 2 + 8 + 16. Entonces:
Se suman miembro a miembro las igualdades que llevan un asterisco
(correspondientes a las potencias de dos que intervienen en el 27) y tenemos el
resultado:
§. La multiplicación de números fraccionarios
La multiplicación de números con fracciones se rige por el mismo
principio que el que rige la de enteros, con la complicación añadida de que
todas las fracciones (salvo la privilegiada 2/3), han de ser representadas como
suma de fracciones unitarias. Si se desea multiplicar 1 + 1/3 + 1/5 por 30 +
1/3, hacemos 30 + 1 /3 = 2 + 4 + 8 + 16+ 1 /3, y actuamos como anteriormente:
Ahora sumamos miembro a miembro las igualdades que tienen asterisco (se
observará que para multiplicar por un tercio, primero se multiplica por dos
tercios y luego se toma la mitad):
§. La división entera
La división se hacía según el mismo principio: se va duplicando el
divisor hasta llegar a la máxima duplicación por debajo del dividendo (aunque a
veces, en lugar de duplicar, se multiplica por diez). Queremos dividir, por
ejemplo, 847 entre 33:
La siguiente duplicación supera a 847. Ahora sumamos miembro a miembro
desde abajo, y si en algún paso la suma resulta ser mayor que el dividendo,
saltamos ese sumando. En nuestro caso sirven aquellas igualdades que llevan un
asterisco:
(1 + 8 + 16) × 33 = 825
Del 825 al 847 van 22, de modo que 847 = 33 × 25 + 22.
§. División con números fraccionarios
Supongamos que se ha de dividir 100 entre 7 + 1/2 + 1/4 + 1/8. Igual que
en el ejemplo precedente, vamos duplicando el divisor:
La siguiente duplicación supera al cien. Sumamos desde abajo a arriba,
de manera que el segundo miembro no resulte mayor que el dividendo, y nos
quedamos con las dos que tienen asterisco:
Todavía falta para llegar a 100. Multiplicamos por dos tercios:
Sumamos las dos últimas igualdades y resulta:
Falta todavía 1/4 para llegar a 100. Ahora bien, de la cuarta
multiplicación se deduce que el divisor multiplicado por 2/63 es 1/4. Entonces
tenemos lo siguiente:
§. Problemas de compleción
Los problemas de restas de fracciones se resuelven con ayuda de unos
números auxiliares que dejan entrever una cierta idea del mínimo común múltiplo
de dos números. Por ejemplo, se quiere saber cuánto falta a dos tercios más un
quinceavo hasta llegar a uno.
La idea consiste en sustituir las fracciones por números enteros. Estos
números enteros auxiliares, que en el texto aparecen en rojo, aquí irán en
negrilla. Si la unidad de divide en 15 partes, entonces:
1 se corresponde 15
2/3 se corresponde 10
1/15 se corresponde 1
Entonces el número buscado se corresponde con 4, y es 1/5 + 1/15.
Capítulo 8
Ecuaciones algebraicas
Varios de los problemas que aparecen en el papiro Rhind son ecuaciones
de primer grado, que se resuelven mediante el llamado “método aha”. La
palabra aha significa montón, y se usa para
referirse a una cantidad desconocida, lo que nosotros llamamos incógnita, que
se ha de calcular teniendo como dato el resultado de ciertas operaciones de
suma y resta entre ella y sus múltiplos (enteros o fraccionarios). En el
lenguaje algebraico actual, se trata de resolver una ecuación del tipo
siguiente:
ax + bx + cx = d
Los números a, b, c y d pueden ser
enteros o fraccionarios. El método aha, llamado
posteriormente regla falsa, consiste en dar a la incógnita un
valor arbitrario x’ y hacer con él todo lo que el problema
manda hacer. El resultado es un cierto número d*. Si d*
= d, la solución es correcta. Si no es así, la proporción que
hay entre la falsa solución y la buena es la misma que la que hay entre d*
y d.
§. Problema 26 del papiro Rhind
Una cantidad y su cuarta parte suman 15. ¿Cuál es la cantidad?
Un tratado contemporáneo traduciría la cuestión en la ecuación
algebraica siguiente:
x + x/4 =
15
Y diría lo siguiente:
x = (4/5)15 = 12
En cambio, el escriba toma como falsa solución x* = 4.
Este número y su cuarta parte suman 5, y no 15, como debería de ser. Para
obtener 15 a partir de 5 hay que multiplicar por 3. Entonces x es el resultado
de multiplicar por 3 el valor de prueba 4, y resulta ser 12. En lugar de 4, se
podría haber escogido cualquier otro número como falsa solución, pero es el más
pequeño valor de todos los que evitan la aparición de fracciones.
Como se puede ver, este procedimiento utiliza implícitamente el carácter
lineal del problema. Esto quiere decir que sobre la cantidad desconocida se han
de sumar múltiplos o divisores de ella, pero no números. Si nos preguntaran,
por ejemplo, sobre una cantidad sabiendo que al sumarle su tercera parte y el
número 7 da lugar a 22, el método no funcionaría. Habría que utilizar la regla
de doble falsa posición, pero esta regla no la conocían los egipcios, y en
Europa no se supo de ella hasta que la trajeron los árabes, quienes a su vez la
habían aprendido de los chinos.
§. Problema 29 del papiro Rhind
A una cierta cantidad se le suman sus dos terceras partes, a la suma se
le añade su tercera parte, y la tercera parte de todo eso es 10. ¿Cuál es la
cantidad?
El problema, en un texto actual daría lugar a la ecuación:
Supongamos que la solución es 27:
El resultado es el doble de lo que debería. Entonces la verdadera
solución es la mitad de la falsa solución, esto es 13 + 1/2.
§. Problema 40 del papiro Rhind
Repartir 100 barras de pan entre cinco personas, de tal modo que las
raciones estén en progresión aritmética, y que la séptima parte de la suma de
las tres raciones mayores sea igual a la suma de las dos más pequeñas. ¿Cuánto
le toca a cada uno?
Supongamos que la primera persona recibe 1, y que la diferencia entre
dos porciones es 5 + 1/2. Entonces las porciones (según esta falsa solución)
son:
La suma de todas ellas es 60. Buscamos el número que multiplicado por 60
da 100, que resulta ser 1 + 2/3, y es lo que recibe la primera persona. La
diferencia de la progresión es:
El reparto final es el siguiente:
Si llamamos x a la porción menor e y a
la diferencia, el problema se puede resolver mediante el siguiente sistema:
Si una sola falsa solución ha servido para las dos incógnitas, es porque
la relación entre ambas es lineal: y = (11/2)x.
§. Un problema de segundo grado procedente del papiro de Berlín
Un cuadrado tiene una superficie de 100 unidades cuadradas, y es igual a
la suma de las superficies de dos cuadrados , el lado de uno de los cuales es igual a la mitad más la cuarta
parte del lado del otro. ¿Cuánto miden los lados de los cuadrados?
Si x es el lado de uno de los cuadrados, e y el
lado del otro, entonces
x = (1/2 + l/4)y =
(3/4)y
El problema se traduce en un sistema de segundo grado:
x 2 + y2 =
100
4x - 3y = 0
Si como falso valor para la segunda incógnita tomamos y* =
1, nos encontramos con que x* = 3/4. La suma de las superficies de
los falsos cuadrados es 25/16, y para llegar a 100 este número ha de ser
multiplicado por 64. Entonces multiplicamos 9/16 y 1 por 64, y llegamos a 36 y
64, los valores correctos de los cuadrados de los lados. En consecuencia, las
longitudes de éstos son 6 y 8.
§. La regla falsa, andando el tiempo
La regla falsa gozó de gran longevidad, y fue mejorada de tal modo que
pudo ser utilizada en casos en los cuales es inaplicable la regla falsa de los
egipcios, que ahora podemos llamar regla falsa simple, en
contraposición a la regla falsa doble oregla de doble falsa
posición. Se encuentra por primera vez en los Nueve Capítulos
sobre las Artes Matemáticas, el texto matemático más importante de la
antigua China escrito alrededor del año 250 a.C. y habría de ser, andando el
tiempo, muy utilizada en el mundo árabe y en el occidente medieval. Se usa
cuando un número desconocido da lugar a un cierto resultado después de sumar
sobre él, no solo múltiplos o divisores suyos (en cuyo caso estaría indicada la
regla de falsa posición simple), sino también números. El método consiste en
coger un primer número como posible solución, y hacer con él las operaciones
que indica el problema, y que tendrían que dar lugar, si fuera correcta, a un
número d, fijado de antemano. Y sucede que el resultado
es d1. Si d1 = d, el
problema está resuelto. En caso contrario, a la diferencia e1 entre
lo que da y lo que debería dar la llamamos el primer error. A continuación
probamos con otra posible soluciónx2, que da lugar a un
número d2. Sid2 = d, ya
está, y si no, calculamos el segundo error e2. Si
ambos errores lo son por defecto o por exceso, la solución correcta es:
En cambio, si uno de los errores lo es por defecto y el otro lo es por
defecto, entonces:
El ejemplo que viene a continuación procede del Líber abad (publicado
por Leonardo de Pisa en el año 1202):
Un obrero acuerda con su patrón recibir siete bizancios cada día de
trabajo, y pagarle cuatro
por cada día que no trabajase. Se trata de saber cuántos días ha trabajado
durante un mes si al final recibió un bizancio.
Hoy día, el problema se expresaría a través de la siguiente ecuación
algebraica (en cuyo primer miembro no solo aparecen múltiplos o divisores de la
incógnita):
7x - 4(30 - x) = 1
Es fácil comprobar que en este caso la regla falsa simple no es
operativa. Por la regla de la doble falsa posición, se resuelve de la siguiente
manera. Si el obrero trabajó durante quince días, ganó 45 bizancios, luego el
primer error es 44, por exceso. Si trabajó veinte días, ganó 100 bizancios, y
el segundo error es 99, también por exceso. Entonces:
Los días de trabajo fueron once. Si hubiéramos escogido nueve días como
primera solución, el obrero hubiera perdido 21 bizancios, y el primer error
sería 22 por defecto.
En este caso:
Capítulo 9
Geometría
Cuando el Nilo inundaba las tierras era necesario volver a medir los
campos y remarcar las lindes, a fin de que cada uno recobrara lo suyo. En
opinión de Heródoto, de ahí adquirieron los griegos el arte de medir la tierra.
Ahora bien, la geometría de los egipcios, más que una ciencia deductiva, era
una colección de fórmulas de áreas y volúmenes, dadas sin demostración, aunque
a veces sorprendentemente precisas. Para saber cómo se llegó a ellas no son los
manuscritos lo suficientemente explícitos.
§. Superficie del círculo
El problema 50 del papiro Rhind da el siguiente procedimiento para
calcular la superficie de terreno circular cuyo diámetro son nueve varas:
Debes sustraer de 9 su novena parte. Queda 8, que has de multiplicar por
8, lo cual hace 64. Ésa es la superficie del círculo.
Si R es el radio del círculo, la fórmula utilizada es
la siguiente:
El valor de 𝜋 está dado con un error de
dos centésimas. ¿Cómo pudieron llegar a una tan buena aproximado de π? Una
conjetura aceptada por muchos historiadores es la siguiente:
Consideramos el cuadrado circunscrito al círculo, cuyo lado es 2R. Dividimos
el cuadrado en nueve cuadrados iguales, y' de los cuadrados de las esquinas
eliminamos su mitad (ver Figura 1).
Así, tenemos un octógono cuya superficie se aproxima a la del círculo. A
partir de aquí, debieron razonar de esta manera:
Se ha de tener presente que la primera y penúltima igualdades son
aproximadas. En la penúltima se ha cambiado el siete por otro número un poco
mayor y el nueve por otro número un poco menor.
Este valor aproximado de 𝜋 dado por Ahmes también es
el utilizado en otros documentos, como en el papiro de Kahun, de manera que
debió ser el usado habitualmente en Egipto. Además, conocían la proporción
siguiente:
§. Superficie de un triángulo
El problema 51 del papiro Rhind explica cómo calcular la superficie de
un triángulo de lado diez varas y base cuatro varas:
Tomarás la mitad de 4 (que es 2), para hacer un rectángulo.
Multiplicarás 10 por 2, y ésa es su superficie.
Puesto que trata al lado como la altura, no cabe duda de que se refiere
a un triángulo rectángulo. Lo de “hacer un rectángulo” lleva a suponer que el
escriba utiliza un procedimiento gráfico: construir un rectángulo con la misma
altura y base la mitad, y observar que el área del triángulo coincide con la
del rectángulo (ver Figura 2).
§. Superficie de un trapecio
En el problema 52, siguiente al anterior, se trata de calcular la
superficie de un trapecio isósceles de bases 4 y 6 y altura 20:
Suma sus bases (y es 10), toma la mitad de 10 (que es 5), para hacer un
rectángulo, y multiplica 20 y da 100.
En este caso se construye un rectángulo con la misma altura del trapecio
y cuya base es la semisuma de las bases (Figura 3)
§. Inclinación de una pirámide
En el problema 56 del papiro Rhind hay algo así como un embrión de
trigonometría. Al construir una pirámide es esencial saber la pendiente de sus
lados, para que todos tengan la misma y sea uniforme en cada uno de ellos.
Concretamente, pide calcular la inclinación (el “seqt”) de una pirámide cuya
base mide 360 codos de lado y su altura 250 codos.
La mitad de 360 es 180. Divides 180 entre 250 y el cociente se
multiplica por 7 (porque un codo son siete manos):
A la vista de la figura queda claro que lo que hace el problema es
calcular la cotangente del ángulo α (en este caso α/2 = 180 y h = 250).
§. Dimensiones de un rectángulo cuya área se conoce
El problema 6 del papiro de Moscú pide calcular las dimensiones de un
rectángulo cuya superficie es 12 y la relación entre la longitud y la anchura
es 1/2 + 1/4.
Repite 1/2 + 1/4 hasta
que dé 1, y resulta 1 + 1/3. Contar 1 + 1/3 veces
12, y da 16. Después calcula la raíz cuadrada y da 4, que es la longitud, y la
anchura es 3.
De lo que se trata, en definitiva, es de resolver la siguiente ecuación
de segundo grado (cuya incógnita es la longitud):
Al multiplicar 12 por el inverso de 1/2 +1/4 (que es 1 + 1/3), lo que
hace equivale a aislar en el primer miembro el cuadrado de la incógnita:
La longitud es 4 y la anchura 3 (la mitad más la cuarta parte de 4).
§. Sobre el área de una superficie curva
El problema 10 del papiro de Moscú es algo ambiguo, y se han dado de él
dos interpretaciones distintas. Pide calcular el área de una cesta de apertura
4 + 1/2, y al final de los cálculos da como solución 32. Según W. W. Struve
(traductor al alemán del papiro de Moscú), se trata de una cesta semiesférica
de diámetro 4+1/2 (ver Figura 5).
El resultado concuerda con los cálculos que se apoyan en esta hipótesis:
Si la interpretación de Struve es correcta, los egipcios sabrían
encontrar la superficie de una esfera, adelantándose así más de mil años a
Arquímedes.
Pero el egiptólogo T. E. Peet (autor de la primera traducción del papiro
Rhind) no se hace tantas ilusiones. Sostiene que el cesto tiene forma de teja
de base cuadrada, y que la “abertura” es el lado del cuadrado (ver Figura 6).
También ahora los cálculos avalan la conjetura:
Si Peet tiene razón, lo único que se demuestra es que los egipcios
sabían calcular la superficie lateral de un cilindro, lo cual es un resultado
mucho menos espectacular que el que se desprende de la primera interpretación.
§. Volumen de un tronco de pirámide
En el problema 14 del papiro de Moscú se calcula el volumen de un tronco
de pirámide cuadrada:
Si tienes una pirámide truncada de altura 6 y de bases cuadradas de
lados 4 y 2, debes coger el cuadrado de 4 (que es 16), después doblarlo (y da
8), después coger el cuadrado de 2 (que es 4), sumar las tres cosas (y da 28),
después coger un tercio de 6 (que es 2), y multiplicarlo por 28, y da 56.
Las instrucciones no son más que la aplicación a un caso particular de
la fórmula general del volumen de un tronco de pirámide cuadrada:
V = h /3 (a2 +
ab + b2)
(donde h es la altura y a y b los
lados de las bases, como se puede ver en la Figura 7).
Si se hace b = 0, la fórmula da el volumen de la
pirámide pero, curiosamente, no se ha encontrado ninguna referencia directa al
cálculo del volumen de una pirámide completa.
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